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Escrituras

Noé Jitrik
Escritor
(Argentina)

Nunca me llamó la atención, o tal vez nunca lo advertí cuando era chico, en el período
que va desde el más antiguo de mis recuerdos —una noche de una fiesta brillante de
luces, en un salón lleno de personas hablando con pasión e intensidad— hasta el que
podría ser el último en el pueblo —una mirada prolongada, al atardecer, desde la
ventanilla de un tren en un vagón de segunda clase, dirigida al pueblo que estábamos
dejando para siempre— que en mi familia se escribiera o, al menos, que tuviera alguna
importancia hacerlo.

Estarían, sus miembros, ocupados con otras cosas o, en los momentos en que eso podía
hacerse, más interesados en resolver, por vía oral, arduos asuntos de interés familiar.
Por ahí, simplemente, escribir no era necesario, no formaba parte de ese conjunto de
modos tan universales de resolver la relación con el tiempo que puede ser que tengan
otras personas. Mi madre no lo hacía: mis más remotos recuerdos sólo la recuperan
sobre una tela o una máquina, cosiendo ropa para sus hijos pero, además, detalle
decisivo, no sabía escribir, como lo vine a saber después, en ninguno de los idiomas por
los que había pasado o que le habían tocado en suerte. Tampoco la suya, mi abuela,
que no porque ya estuviera ciega cuando yo empecé a tener conciencia de que estaba
ahí y formaba parte de mi mundo, habría intentado o querido seguir esa vía de
comunicación o de distracción, que escribir también lo es. No sabían y eso era todo, hay
gente que vive así toda su vida, en santa ignorancia, pero en el caso de ambas debe
haber una explicación porque, por lo demás, eran mujeres inteligentes, de réplicas
rápidas y concisas y de reacciones positivas. La explicación reside en el origen, acerca
del cual nunca en realidad pregunté nada sino hasta muchos años más tarde, cuando
muy pocos o nadie me podían informar acerca de quién había sido el primero de la
estirpe o de la familia ni de dónde llegó ni por qué fue a parar al remoto pueblo en el
que ambas habían vivido hasta emigrar a la Argentina, con familias que habían estado
ahí desde siempre —siglos supongo. Puedo imaginar, sin embargo, que todas esas
preguntas tienen respuesta en la noción de migraciones ancestrales que transformaron
la geografía europea, durante las cuales nadie debe haber sido consultado ni deseado ir
al sitio en el que en algún momento recaló, todos debieron ser enviados, y recluidos, de
una manera u otra, en esas aldeas en las que, además de muchas otras carencias, no
debía haber habido escuelas; o si las había les estaban vedadas a las mujeres, las
mujeres no tenían por qué aprender a leer o a escribir puesto que los hombres del
colectivo judío lo hacían en los lóbregos escritorios de las sinagogas, no seguramente
para intercambiar ideas o sentimientos o para informarse de lo que ocurría más allá de
lo conocido sino sólo para celebrar la ajena grandeza del Señor sin nombre. Y ni hablar
de escuelas rusas, no creo que en la Rusia en la que había durado el grupo que después
fue mi familia hubiera existido un plan semejante al sarmientino, con sincera y
visionaria preocupación por lograr una integración nacional de elementos humanos
disímiles. Que eran considerados disímiles no hay duda pero ¿eran considerados
humanos los judíos en la Rusia zarista?

Tal vez mis hermanos escribían, pero sin que se notara, por obligaciones o razones
escolares, lo cual no es seriamente escribir: así debía ser porque uno de ellos, el mayor,
que muy jovencito entró a trabajar en el correo y llegó a ser un orgulloso telegrafista,
escribía en otra parte, no en la casa: había adquirido muy pronto una caligrafía aunque
oficinesca muy bella, cursiva, perfecta, que posteriormente exhibía como un sello de
personalidad y con la cual, después de escuchar con atención el repiqueteo del
telégrafo, escribía los telegramas mediante lápices que llamábamos de «tinta», cuya
virtud consistía en que sus trazos eran indelebles, tratar de borrar algún error producía
manchas, del mismo modo que tratar de borrar trazos de tinta líquida. Nunca más he
visto esa clase de lápices, supongo que ya no existen, que en mis manos eran un
verdadero peligro, no en las de mi hermano, muy ducho en su manejo, había que ver y
admirar cómo les sacaba punta.

Por otra parte, la atmósfera de la casa no predisponía a la escritura, así como tampoco
el mobiliario: no puedo recordar en qué lugar, cuando empecé a ir a la escuela, yo hacía
mis deberes, como se decía entonces, tal vez en la gran mesa del comedor, donde
todos y cada uno hacían sus cosas, muy diversas; me queda claro, en cambio, que por
las noches la familia se reunía en ese espacio cuadrangular al que llamo comedor pero
que servía de cocina, sala de estar, también comedor y quizás dormitorio para alguno
de mis hermanos, acaso para mí mismo, y que allí se hablaba, no podría decir de qué y
no me lo reprocho, después de todo han pasado casi setenta años y las imágenes se
hacen estáticas, las figuras inmóviles, por más que sigan conservando una entrañable
luminosidad.

Allí, no puedo imaginar ningún otro lugar en esa casa helada, mi padre, que en
ocasiones leía en voz alta para todos, escribiría, no como se podría entender ahora,
para llevar un diario, como alguna vez imaginé que podía haberlo hecho en las últimas
páginas, en blanco, del ejemplar de la Biblia que todavía conservo, como lo hacían los
protestantes que en ese lugar anotaban todos los acontecimientos familiares o para, en
un nivel más alto, hacer textos —si lo hubiera hecho habrían sido narraciones, que
nunca hizo tampoco verbalmente, de sus desventuras desde que había salido de su casa
materna en la remota Minsk hasta su llegada a Buenos Aires, en 1907— sino cartas que
sin duda enviaba muy de tanto en tanto a sus parientes en Rusia y cuyas respuestas
venían en sobres abultados, cargados de letras y de coloridos sellos postales: su
corresponsal era su hermano menor que, según llegué a saber mucho después, era
oficial en el Ejército Rojo, es probable que fuera un bolchevique, filiación o concepto que
mi padre nunca comentó: ¿habría sido o querido ser él mismo comunista, antes de
emigrar? Escribiría esas cartas en ruso o en idisch, no tengo modo de determinarlo,
pero no en castellano, idioma y grafía que para su hermano debía ser extravagante
aunque él, no obstante, lo conocía y lo manejaba, yo diría que medianamente bien para
lo que podía necesitar, sobre todo en un lugar en el que muy pocos lo hablaban, como
si vivir así de separados del país no fuera una anomalía: si alguien hubiera podido
entrar en las casas y recorrer las calles del pueblo escuchando las conversaciones se
habría creído en algún lugar de Europa, no en la misteriosa pampa argentina.

Puedo, aun entre las brumas de escenas tan lejanas, rehacer el marco de esos
reducidos actos de escritura de mi padre: algo separado de los demás en esa habitación
comunal —que yo recuerdo llena de luz pero que debía estar casi en penumbra, apenas
clausuradas las sombras de la noche por una lamparilla mínima—, concentrado en su
labor, midiendo las expresiones, pesando las informaciones, recorrería un papel con una
lapicera que culminaba en una pluma de brillante acero, de las llamadas cucharita, en
cuyo centro un ojo dejaba salir la tinta que el cuenco recogía, y que producía un ruido
que entonces me parecía angustioso y desgarrador pero que ahora, a la distancia, se
me figura que es un resumen, una síntesis o el zumo de una delicia perdida o una
melodía que por debajo de las palabras va sosteniendo un sentido.

Lo único que me queda de su escritura es su firma estampada, quiero creer que


solemnemente, en dos lugares emblemáticos para mí, en mi partida de nacimiento,
ante el Jefe del Registro Civil, y en el boletín de calificaciones de mi cuarto grado, como
legítima aceptación y hasta consagración de mensuales éxitos escolares que no hacían
época pero que tampoco traían problemas («es un buen alumno», «debe mejorar su
cuaderno», «es un excelente alumno» y así siguiendo, mes a mes). Esa firma aparece
segura, los rasgos se echan hacia la derecha, el trazo es decidido, lo que prueba que
sabía bien de qué se trataba cuando firmaba. Hay dos iniciales en la firma: la del
nombre, una B, y la del apellido, una J; en la primera la columna parece haber
comenzado arriba, de modo tal que el trazo hace abajo un recomienzo que permite
dibujar el cuerpo principal de la letra y concluirla con un cierre en forma de broche
rematado por un punto; en la segunda hay una especie de capitel que permitiría
entender el pasaje fonético hacia la ye, que con frecuencia así se interpreta mi apellido,
pero lo que más me llama la atención es la fuerza puesta en la t que está en el centro
mismo de la firma: es un trazo cargado pero preciso que contrasta con la delgadez de
las letras que siguen y que declinan en la ka final. ¿Qué estaría afirmando en esa cruz
que es toda t? ¿Un orgullo, una convicción, un deseo de no ceder? En todo el trazado se
pueden percibir, como indefinible persistencia de la memoria, restos de escritura cirílica,
no hebraica, una marca semejante a un tatuaje que se quiere borrar pero que en su
estar ahí, recordando que lo que se quiere olvidar no se puede recuperar, se convierte,
en el trazo de la letra, en un objeto de absoluta separación. Miro alguna vez esa firma y
reconozco, con dolor, que es en realidad lo único que me queda de mi padre, entre
concreto y todo lo simbólico que puede ser una descarga de tinta sobre una letra, que
hay en ello un llamado que no es advertencia, un evanescente toque que no puedo
desarrollar porque murió muy joven, siendo yo todavía un niño que sintió su muerte
como una rúbrica, el otro modo de una firma que miro a veces sin entender qué me
significa pero que fue sin duda un escudo protector.

La caricia

Por el contrario, tuve la mejor maestra que se podría tener para aprender otras cosas,
no el sexo pero sí el amor. Durante la primera semana de mi asistencia a la escuela
primaria, en lo que entonces se llamaba «primero inferior», conducido el primer día por
mi madre, no se me pasaba por la cabeza que yo tuviera que copiar palotes ni recitar
cosas como las que todos mis compañeros recitaban. Me recuerdo tranquilo, sin hacer
caso, no apartado ni embriagado por un monólogo interior, diría más bien que
indiferente a lo que significaba todo ese rumor del elemental aprendizaje. Estaba ahí,
eso era un hecho, cómo no ir a la escuela, una cosa era ir a la escuela, esa obligación, y
otra muy diferente encontrarle un sentido, pero nada en mi interior, ninguna ley, me
obligaba a aprender nada. Al cabo de esa semana, mis hermanas empezaron a
preocuparse, o tal vez nadie se preocupó demasiado, por sabiduría, darle tiempo al
niño, o por irresponsabilidad o porque graves problemas los llevaban a desjerarquizar
ese aspecto tan importante de la vida en familia; de esa neutralidad extraje una
consecuencia que hoy juzgo equivocada: la de que leer y escribir era menos importante
de lo que se cree y que era muy posible que ir a la escuela tuviera un alcance que yo
bien podía pasar por alto.

Cuando esa semana había concluido y empezaba la segunda, la maestra se acercó a mí,
puso su mano en mi cabeza, la acarició y yo sentí una especie de turbulencia que
muchos años después entendí que correspondía a la aparición en mi primaria vida de
eso que se suele designar como el amor, por más complicado y difícil que sea definirlo.
Puedo decir, entonces, que me enamoré de esa mujer que ya no sé qué tan joven fuera,
su caricia me despertó un sentimiento tan fuerte de emulación que en menos de una
semana aprendí a leer y a escribir, intuyendo, quizás, que existen los exámenes del
amor y que yo los estaba rindiendo por primera vez en mi vida, sin usar esa palabra, sin
querer nada más que dar ocasión a que esa mano se posara, con esa deseada suavidad,
en mi cabeza, y que la acariciara, deseando asimismo vagamente que prosiguiera con
las caricias que, lo entendí con total claridad, no eran de la misma índole que las que
me proporcionaban mis hermanas o mi madre. En una semana, digo, aprendí a leer y a
escribir y no más de dos meses después, cuando comenzaba el otoño, fui a la biblioteca
del pueblo y saqué un libro, era La cabaña del tío Tom, no recuerdo quién me lo indicó,
y lo empecé a leer, con la tenacidad y la obstinación que marcaron toda mi vida de
lector.

Poesía

Ya no recuerdo qué más pasó durante ese primer año escolar en materia de aprendizaje
ni si yo hablaba de mis novedosas sensaciones con mis compañeros, ni siquiera
recuerdo quiénes eran; tampoco puedo rememorar el modo en que en casa se tomaba
esta afición o entrega o rito, si con benevolencia o con indiferencia, como muchas otras
cosas que suelen hacer los niños y que parecen muy naturales. De lo que sí conservo
una imagen es de la maestra preparando a todos los niños para una fiesta de fin de año
en la que probaría no sólo qué habían aprendido, cómo habían cambiado y qué eran
capaces de hacer, triunfo de su apuesta inicial y básica, sino qué podía inventar para
luchar contra el tedio pueblerino que debía ser mucho para una mujer tal vez joven,
venida de otra parte y tal vez poco acostumbrada a la vida del campo. Nos hacía
aprender unos versitos, nos paraba al frente de la clase para decirlos y todos se morían
de vergüenza, tan poco preparados como estábamos a las cosas superiores del arte. Sin
embargo, yo ensayaba el mío en casa y cuando lo decía frente a mis hermanos todos se
reían de buena gana, como si yo estuviera haciendo un buen chiste. Tal vez no se
estaban burlando de mí sino iniciándose en algo así como una elemental crítica literaria,
de recepción quizás pero también ideológica pues cuando yo recitaba «Mi padre quiere
que yo sea general / Mi tío que yo sea obispo» y proseguía con sucesivos deseos de
triunfos sociales en una sociedad tan remota y ajena, para culminar con una declaración
rutilante, «Pero yo lo que quiero ser es un gran señor confitero», se quedaban en lo que
ahora puede designarse como «ilusión referencial», estaban atentos sólo al referente,
tan extravagante para nuestra vida de inmigrantes y pueblerinos como las princesas
para Rubén Darío, que no podían menos que reírse puesto que no podían discutir los
propósitos de la maestra ni el énfasis que yo ponía en la recitación.

El hecho es que las clases de ese primer año terminaron y la fiesta de cierre tendría
lugar en la tarde de un día de diciembre de 1934. En un gesto irresponsable, que me
llena, siempre que se reproduce, de un invencible sentimiento de culpa, consideré que
el acto escolar en el que debía actuar no era contradictorio con otras actividades que
pudieran ejecutarse previamente. Hacía calor, el patio ardía y la casa no ofrecía ningún
refugio de modo que fui a la calle y allí me encontré con algunos chicos; conmigo
éramos cuatro. Decidimos jugar a la pelota en medio de la calle reseca, bajo el sol; nos
fabricamos una de papel y armamos los sumarios equipos, dos contra dos; los más
grandes, astutos, se reservaron los respectivos arcos y nos mandaron al frente a los
más chicos; el partido debía comenzar tirando la pelota hacia arriba; así se hizo y al
saltar al mismo tiempo la cabeza del otro chico me golpeó en la nariz de modo tan
contundente que el partido se suspendió casi antes de empezar; la nariz me dolía a más
no poder y comencé a sangrar y lo primero que pensé era que no podría ir a la fiesta y
no recibiría de la maestra la caricia o el beso cuya esperanza me había hecho aceptar el
ridículo de la recitación. No fue grave y ya en casa mi madre me puso paños fríos, algo
hizo para que la hemorragia cesara pero nada pudo hacer para que mi nariz recuperara
su perfil original: cada vez que por creer que puedo hacer algo «entretanto» se me
deteriora la acción principal, a veces largamente preparada, me toco la nariz y se me
hace presente el fantasma de la interferencia al que yo mismo convoco, como si la
participación que me toca en un acontecimiento central tuviera que disminuir para
poder sentir el aleteo de la fatalidad o el sabor del peligro o el perfume de la
frustración, nada de lo cual suele estar ausente de los momentos que, porque implican
un reconocimiento o una fuente de placer, consideramos importantes en nuestra vida:
puede ser un simple llegar tarde, o tener un accidente imprevisto, o creer que no puedo
dejar de completar un párrafo cuando debería haber marchado ya para el lugar en el
que se me espera, en un largo etcétera cuyo punto de partida es la nariz torcida por un
golpe sufrido en una tarde caliginosa del mes de diciembre de 1934.

Mi madre me llevó a la fiesta, la maestra estaba ocupada con los detalles, la tropa de
niños era indócil por timidez o por innata rebeldía y los parientes, que ocupaban el gran
patio de tierra recién regado y en el que se podía respirar un grato perfume a desierto
dominado, estarían ansiosos por ver cómo sus hijos habían respondido a esfuerzos de la
maestra que no comprendían bien, el himno nacional, patriotismos esotéricos para ellos,
rimas y ritmos que por más que fueran sencillos escaparían de su horizonte de
comprensión lingüística, hecha a otras y más duras inflexiones. En un momento, que
llegó fatalmente, me tocó el turno, tenía que pasar al frente y actuar pero me resistí, no
quería, me planté con firmeza y dije que no, que no iba a recitar nada. La maestra
resolvió el problema: por un lado me dio un beso y, por el otro, un empujón de modo
que de pronto me vi en el modesto escenario y, acorralado, largué esos tontos versos
que sin embargo nunca olvidé.

Lecturas

Pasado el terrible verano y antes de enfrentarme con el no menos amenazante invierno


la búsqueda de entretenimiento tenía otro carácter. Yo supongo que, aunque no lo
formulamos así, desde niño el paso del tiempo es el principal enemigo y las estrategias
para derrotarlo no son muchas: cuando no se las halla viene el tedio, el aburrimiento y
la sensación de que nada sucede y aun de que nada tiene sentido. Es por eso que se
habla de «pasatiempos», el más importante de los cuales es el juego, en especial el
erótico: cuando está a nuestro alcance el paso del tiempo se hace más liviano,
imperceptible, no se nota y la angustia de su misteriosa e implacable duración se
repliega.

En las tardes de otoño, después de haber vuelto de la escuela, ocupados los otros niños
en sus propias e importantes labores, o sea sin alternativas a la vista, leer, a mediados
de mis seis, siete y ocho años, se me convirtió en la ocupación por excelencia. Ya dije
por qué y cómo empecé a hacerlo e, incluso, que el primer libro que cayó en mis manos
fue La cabaña del Tío Tom, ese novelón lacrimógeno que no sé quién me sugirió que
leyera. Lo hice apasionadamente, con una obstinación y una persistencia en la lectura
que me han acompañado toda la vida sin que nadie, cosa extraña, lo tomara demasiado
en cuenta ni intentara reprimir esta novedosa afición que yo ejecutaba en la más
absoluta soledad; me recuerdo sentado en el suelo y apoyado en la pared trasera del
galpón que mi padre había construido o hecho construir para instalar allí su breve
industria del agua gaseosa, mirando hacia el oeste y teniendo sobre mis rodillas
temblorosas el libro en el cual la injusta suerte del esclavo negro, tan devoto de sus
amitos, me conmovía hasta las lágrimas, ignorante, en ese momento, de lo que sobre
tan abnegado personaje pensaban millones de personas, de todo color, que lo
encontraban repugnante nada más que por esa devoción.
No sé cuánto tiempo pasó después de esa primera lectura, quizás semanas, quizás
meses; tal vez alguien advirtió mi inclinación y me recomendó otras lecturas, tal vez fue
en la biblioteca del pueblo, de la que yo había retirado el primer libro, donde, como
siguiendo una lógica de lectura bastante universal, hicieron que me pusiera a leer un
libro de un carácter muy diferente, El Conde de Montecristo; puedo asegurar que así fue
pues nunca volví a leer esa novela y, sin embargo, tanto la desdicha y la venganza de
Edmundo Dantés me han marcado en general, pura presencia de una magia vital o
posibilidad esperanzada de una transformación de lo peor en lo más excelso, como,
indeleblemente, la sabiduría del maravilloso Abate Faría, a quien recuerdo como el más
extraordinario ejemplo de ese constructivismo, eso lo razoné mucho después, que hizo
la grandeza de una burguesía iluminada o deslumbrada por la invención. No es de
extrañar, en consecuencia, que leyera después La isla misteriosa, de Julio Verne,
aunque no sé si fue en esa época; tal vez, en cambio, me interné en la heroicidad
piratesca de Salgari, aunque no estoy seguro de que en algún momento, antes de la
adolescencia, supe de las islas y los piratas malayos; más bien, creo, me atrapó Los
tres mosqueteros, no como modelo de una heroicidad imposible de imitar sino como
idea de lealtad, de fidelidad a una causa, de consecuencia con un temperamento
aunque, si lo pienso un poco más, es posible que me haya atraído el mundo de la
realeza o de la inteligencia puesta tanto en el mal, el siniestro Richelieu, como en su
antagonista clásico, el bien, Athos, Porthos y Aramis.

Durante mi octavo año, y gracias a una ocurrencia de mi padre que había considerado,
tal vez porque me había visto leer tan denodadamente, que podía pasar, como ya lo
relaté, de primero superior a tercero en otra escuela, la llamada «provincial», fui
desdichado, infeliz diría, aunque no sé si alguien se daba cuenta; el malestar que me
causaba no rendir, no aprender, no responder a las exigencias de un maestro severo,
unido a una creciente debilidad física, un principio de anemia que poco tiempo después
se reveló como psicológico, palabra clave que, por supuesto, no funcionaba en ese
tiempo, hizo que me refugiara aún más en la lectura; creo que fue durante ese duro año
cuando leí todos esos folletines, tal vez más que durante el anterior, de lo cual saco que
la lectura ha sido y es para mí por momentos fuga y refugio más que aprendizaje.
Cuando, por fin, el otoño daba lugar a la primavera, la lectura fue cesando hasta
terminar casi por completo en el verano de ese año y cuando estaba a punto de llegar a
los nueve años de edad y se estaba preparando nuestra emigración, ese viaje a Buenos
Aires que cambió de una manera radical la dirección que había estado tomando mi vida,
o que no tomaba todavía.

Si la memoria no me traiciona creo que retomé la lectura unos cinco años después
cuando mi hermano mayor, que se había quedado en el pueblo, firme en su puesto de
telegrafista, me entregó, como una prolongación de la biblioteca, una antología de
textos de Rubén Darío que había llegado a sus manos o había sustraído no sé cómo ni
motivado por qué, puesto que no era lector y menos de poesía: el volumen, empastado,
sin fecha de edición, contenía poemas de Azul y algunos cuentos, que recuerdo muy
bien pese a que ya pasaron casi sesenta años: «El rey burgués», «La canción del oro» y
otros igualmente memorables. El libro tenía sellos que tratamos de eliminar, como para
borrar las huellas de un crimen, vana e ingenuamente: lo que queda me retrotrae a la
biblioteca y la no declarada devoción que le presté pudo haber justificado el latrocinio
de mi hermano que debe haber creído, tal vez, que tal objeto me correspondía pero sin
adivinar que ese libro me abriría una avenida por la que traté y trato de transitar desde
entonces, sin haber intuido que la música de esos poemas me autorizaría a mí mismo a
escribir poesía alguna vez, tan bella como la que ese libro me ofrecía y algunos de
cuyos versos se me han fijado, con una fuerza equivalente a la que el propio Darío se
entregó en su hermoso «Margarita Gautier», que yo me repetía mientras caminaba por
las calles anhelante de ese sentimiento de pérdida que a él le dio un lugar en el mundo:
«Fija en mi mente está», escribió, y eso, lo que está fijo en mi mente, regresa
incontenible, yerto y animado al mismo tiempo, perdido y hallado al mismo tiempo.

Congreso de Rosario > Paneles y ponencias > Identidad y lengua en la creación literaria

La comunicación textual en el mundo hispánico: Transversalidad y contrastes


La lengua de los argentinos: lectura y oralidad
Mempo Giardinelli
Escritor
(Argentina)

Este congreso me parece una extraordinaria oportunidad para


discutir la cuestión del habla de nuestros pueblos: cómo hablan
la lengua que hablan, y por lo tanto cómo se comunican (cómo
escriben y cómo leen).

En el caso de la Argentina, es evidente que el castellano se ha


empobrecido de manera dramática en las últimas décadas. Hace
unos veinte años Juan Filloy señalaba que siendo el castellano
una lengua de más de 70 000 vocablos resultaba insólito que en
el lenguaje coloquial los argentinos utilizaran apenas entre 1000
y 1500 palabras. Decía que era como si el propietario de un fino
guardarropa anduviera por la vida en calzoncillos y con una
camiseta rotosa.

En los últimos años aquello que apuntaba el gran polígrafo


cordobés se ha agudizado, porque ahora que nuestra lengua
contabiliza casi 84000 vocablos el habla del argentino medio no
ha de superar el millar de palabras.
El problema del idioma de un pueblo no es una cuestión de
buenas intenciones, como no es exclusivo asunto de
especialistas, ni «uno de los precios de la globalización» (como
se ha llegado a argumentar). De hecho, la lengua que habla
cada sociedad es representación fiel de su modo de vida, y
muestra cabal de su calidad de vida.

Por eso no me interesa discutir formalidades burocráticas de la


lengua, ni pedir ni dar permisos para transgredir o
experimentar. Lo que yo quisiera de este congreso es que
aporte a nuestra sociedad la conciencia de lo importante que es
hablar y escribir correctamente nuestra riquísima lengua.

La lengua no es solamente un medio de comunicación. Es un


instrumento esencial de relación, de cultura y de trabajo; es la
vida misma de todo el pueblo. Nada puede hacerse sin la
intervención del lenguaje. Por ende, todo lo que degrada la
lengua que se habla, todo lo que la deforma y envilece, afecta a
la nación entera.

Es cierto que vivimos en un mundo en emergencia, pero en este


país la emergencia ha sido y es la vida cotidiana misma. Por eso
el envilecimiento y deterioro de la lengua que hablan los
argentinos ha sido irrefrenable en por lo menos las últimas tres
décadas. Las causas son múltiples y comenzaron, sin dudas, con
el miedo y el silencio que impuso la Dictadura, con la práctica de
la censura, el descrédito del pensamiento y de los intelectuales,
el deterioro de la capacidad lectora y, en general, la destrucción
de la educación pública. En este país se han dilapidado no
solamente recursos económicos, sino que entre el autoritarismo
militar y la debilidad de la democracia nos hemos empobrecido
también en materia lingüística. Y ese empobrecimiento, aunque
nuestro pueblo no lo advierte, ha producido y produce graves
daños en nuestra sociedad.

Por lo tanto, hay que alentar que la lengua se desarrolle y


evolucione, pero de modo natural y dentro de los propios
cánones y reglas que, cada tanto, está muy bien que se revisen.
La evolución natural del idioma que se habla diariamente obliga
a aceptar que cambie y se adapte a cada nueva época. Y eso
incluye, por supuesto, asimilar e incorporar vocablos
extranjeros: hoy los anglicismos derivados del uso masivo de
Internet, como ayer latinismos o galicismos.
Una comunidad que conoce y habla bien su lengua, siempre
está en condiciones no sólo de expresar mejor sus propios
deseos y de perfeccionar sus acciones; también está capacitada
para recibir sin riesgo los aportes de otras lenguas y otras
tecnologías. Hay ejemplos de lo que sucede cuando ello no es
así, incluso en nuestra propia lengua. En Filipinas, tras la
derrota de España en la guerra con los Estados Unidos (1898) el
inglés se impuso sobre el castellano hasta eliminarlo. Y el otro
caso es Puerto Rico, donde sólo la resistencia cultural de los
puertorriqueños —que es colosal— ha impedido que se pierdan
totalmente sus costumbres, tradiciones y lengua.

Replantear el lenguaje coloquial como problema inmediato y


urgente de nuestro pueblo es un modo de detener, primero, y
enseguida contrarrestar, el embrutecimiento que es fácil
advertir en las últimas décadas. Basta escuchar lo mal que
hablan las nuevas generaciones y leer lo peor que escriben.

De ahí que es urgente que todos los argentinos sean concientes


de que aquí se habla mal, con una utilización mínima de las
enormes posibilidades de nuestra lengua, lo cual tiene
consecuencias indeseables concretas y cotidianas. Hablar bien,
con propiedad y corrección, es el camino más seguro para
pensar mejor. Y pensar mejor es la vía más segura para obrar
mejor. Pero para ello hace falta crear conciencia acerca del
vínculo estrecho entre lengua e identidad nacional. La identidad
lingüística es seguramente la primera señal de identidad fuerte
que tenemos los seres humanos en tanto sujetos que vivimos
en sociedad. Sin lengua no podríamos entendernos, discutir,
intercambiar, crecer, desarrollarnos como seres inteligentes. En
cualquier lugar y cualquier época de la Historia de la
Humanidad, cada nación fue antes una lengua que un Estado.

Por eso, elevar la calidad del castellano que se habla en la


Argentina y, en general, en toda Latinoamérica es una tarea
necesaria para que sea más propio y más fuerte, capaz de
expresar cabalmente a nuestros pueblos, haciendo, a la vez,
que se expresen mejor, y entonces piensen mejor y procedan
mejor.

Para mí, en tanto escritor que hace de esta lengua profesión, la


transversalidad fundamental consiste en advertir que la lengua
que hablamos entreteje nuestras vidas, diariamente y en todas
las naciones que hablan el castellano, permitiéndonos
entendimiento, comunicación y expresión y otorgándonos a la
vez una fuerte identidad. Se trata de un fenomenal tejido
idiomático que, sin embargo, está en peligro. Y si se continúa
entendiendo a la lengua meramente como un precario medio de
comunicación, el riesgo se incrementa porque se olvida que la
lengua es, como dice Ivonne Bordelois en su libro La palabra
amenazada, «ante todo un placer (.y.) una forma, acaso la más
elevada, de amor y conocimiento».

Personalmente, desde hace casi veinte años trabajo


desarrollando estrategias y emprendimientos para difundir el
uso apropiado de nuestra lengua. Cada uno de los
multitudinarios encuentros que convocamos desde la Fundación
que presido en el Chaco se orienta, precisamente, a
repensar cómo dar de leer, y por qué y para qué. Buscar las
respuestas adecuadas implica, desde luego, trabajar para la
construcción de una sociedad conciente de la lengua que habla,
y mucho más competente en el uso de la misma.

Puede sonar exagerado decir que sólo la lectura salvará a


nuestros pueblos, pero estoy convencido de que realmente
ningún país tiene destino si su gente no lee. No hay aprendizaje,
crecimiento ni desarrollo cultural; no hay mejora educativa
posible y no es posible una democracia sólida e igualadora de
oportunidades, si los habitantes de esa nación no leen. Por eso
leer y hacer leer es el único camino —el único— para recuperar
la capacidad de pensamiento y sensibilidad de un pueblo. Y el
único camino para ello es hablar bien, porque se lee más
cuando mejor se habla y se habla mejor cuando más se lee.

Suelo insistir en la necesidad de oponernos a las modas


pedagógicas que hicieron del placer de leer un trabajo pesado.
Es necesario y urgente despojar a la lectura de ejercitaciones
obligatorias y trabajosas porque, más allá de las buenas
intenciones que las alientan, en muchos casos sólo entorpecen
el simple y grandioso placer de leer. Los que trabajamos por
una nueva Pedagogía de la Lectura —esto es la formación
maciza y sostenida de lectores competentes, que a su vez sean
capaces de formar a otros lectores— sabemos que la
multiplicación de los panes de la lectura es maravillosa y que
sólo así se forman personas libres e imaginativas, capaces de
discutir internamente con los textos porque los leyeron con
placer, amor y ganas, y han alcanzado dimensiones superiores
en el uso de la lengua.
En nuestra Fundación estamos convencidos de que leer y hacer
leer es resistir. Y esa resistencia es lingüística porque nosotros
llegamos a estas labores alarmados por lo mal que se habla, lo
pésimo que se escribe y lo comprometida que está la identidad
de nuestro pueblo.

No voy a relatar todo lo que hacemos, pero me parece


inevitable alguna mención, porque tenemos una experiencia rica
y compartible. Nosotros mismos nos sorprendemos de lo que
vienen logrando las voluntarias de nuestro Programa de Abuelas
Cuenta Cuentos. Han logrado crear una mística alrededor del
entusiasmo desbordante que se produce cuando se lee por puro
placer, por amor y por ganas. La respuesta es fenomenal. En los
últimos diez años hemos contribuido a instalar la problemática
de la lectura como asunto prioritario, tanto para el Estado como
en los niveles familiar e individual. Hemos entrenado centenares
de abuelas, docentes y bibliotecarios, y hemos producido miles
de experiencias de lectura. Pero el nuestro es sólo el esfuerzo
de una pequeña ONG provinciana.

Lo que está ocurriendo con el lenguaje coloquial de los


argentinos es alarmante. Ya es tiempo de llamar la atención de
los gobiernos, las universidades, los legisladores y los jueces,
los profesionales de la comunicación y los medios
de idem. Porque es un problema que afecta a toda la actividad
humana y en él se juega nuestra identidad como nación. Nada
menos.

Pero el problema no es, como suele decirse con liviandad,


que el español está sujeto a agresiones por parte del inglés. Es
cierto que por razones de dominación esa lengua se difunde en
el mundo desde hace siglos, primero por expansión británica y
luego norteamericana. Es una lengua útil y cumple una
importante función en el comercio, la industria, el turismo, la
ciencia y la tecnología. Pero no por eso va en contra del
castellano ni de ninguna otra lengua. Y es que cuando una
lengua es fuerte (y es fuerte cuando está arraigada en los
ciudadanos que la hablan, y estos la hablan bien), no hay
agresión que la invalide. Entonces, no se trata de una lucha
entre lenguas. Lo que hay que hacer es hablar bien la propia,
dejando de lado toda forma de chovinismo lingüístico o lexical.
A mí personalmente me disgusta que en la Argentina hoy
cualquier comerciante ofrece servicio de «delivery» y no de
«envío a domicilio». Pero no me parece una batalla
fundamental; creo que ésas son muestras de la estupidez
humana, que, como decía Jorge Luis Borges, es muy popular.

Tampoco se trata de españolizar términos que provienen del


inglés. Ni mucho menos de prohibirlos. Los pueblos, y en
particular los usuarios de las nuevas tecnologías, traducen los
términos como mejor les parece y esto, además de inevitable,
puede resultar enriquecedor. No hay nada que temer: no son
más de dos o tres centenares de vocablos, que, por otra parte,
en las curiosas traducciones espontáneas terminan definiendo
nuevas formas originales. Yo todavía «reenvío» textos, pero
cuando me dicen que me lo «forwardean», lo entiendo y no me
siento ofendido ni me dispongo a dar batalla.

Esta cuestión de la identidad tiene que ver, desde luego, con la


creación literaria. No es mi tema en este congreso, pero como
es el tema de mi vida puedo decir, desde mi experiencia como
escritor, que la creación literaria es en sí misma una marca de
identidad. Soy en tanto escribo, y soy lo que escribo, de modo
que mi escritura me identifica. Pero si para mí, en lo individual,
eso no es un problema, sí puede serlo en términos colectivos. Y
es que la problemática identitaria de una sociedad como la
argentina trasciende, y holgadamente, la creación literaria a la
vez que también la incluye.

Las reglas de la lengua no prohíben que se las quebrante, pero


primero hay que conocerlas y respetarlas. Sólo entonces cabe la
experimentación literaria y es aceptable su validación. La lengua
que hablamos está viva y en renovación permanente, porque es
una lengua que se recrea día a día puesto que la hablan y
escriben más de 400 millones de personas. Es una lengua en
expansión y los escritores, periodistas, ensayistas e
intelectuales en general, que trabajan y se expresan en esta
lengua, contribuyen de manera principal a las modificaciones
periódicas que acepta la Academia de la Lengua. Que a la corta
o a la larga las acepta. Y más aún: las que no acepta no por eso
quedan desautorizadas. De manera que es una lengua
maravillosa, que siempre está más allá de lo canónico.

Esto recoloca sobre la mesa la provocadora opinión de Gabriel


García Márquez, cuando en Valladolid propuso la jubilación de la
ortografía. En aquella oportunidad, fui uno de los que respondió
al maestro y dije entonces —y digo ahora— que la cuestión no
pasa por determinar cuál regla anulamos, ni por igualar la ge y
la jota, abolir las haches o exterminar los acentos. No, la
cuestión central está en el creciente desconocimiento de reglas
ortográficas y hasta sintácticas que impera en las
comunicaciones actuales, particularmente Internet y el
llamadoCyberespacio.

Frente a ellas, ¿debemos bajar los brazos y entregarnos sin


luchar? ¿Por el hecho de que el cyberespacio esté lleno de
ignorantes, vamos a proponer la ignorancia como nueva regla
para todos? ¿Dado que tantos millones hablan mal y escriben
peor, entonces vamos a «democratizar» alegremente hacia
abajo, es decir hacia la ignorancia?

A mí me parece que el verdadero porvenir de una lengua no


requiere la eliminación de sus reglas sino, al contrario, exige su
cumplimiento. Las reglas siempre están para algo: tienen un
sentido y éste es histórico, filosófico y cultural. La falta de reglas
o el desconocimiento de ellas es el caos y la disgregación. De
ahí que las propuestas ligeras y efectistas de eliminación de
reglas son, por lo menos, peligrosas. Y esto es particularmente
cierto para quienes vivimos en sociedades donde casi todas las
reglas se dejaron de cumplir o se cumplen cada vez menos, y
donde se aplauden estúpidamente las transgresiones, que hoy
son el eufemismo popular para designar a la impunidad.

Es urgente que este país cumpla las reglas de la lengua que


habla. Y es urgente que no se ignoren los quebrantos. Desde
luego que no pretendo ni propongo que vivamos prisioneros de
las reglas, pero tampoco acuerdo con la idea de que la gente
debe hablar y escribir como le da la gana. El desafío mayor es
múltiple y consiste en impedir que nuestra lengua permanezca
estática en la Academia, perfecta e inmutable en los códices, y
moribunda en la realidad de los que la hablan.

El castellano, que es el español que se habla en América, ha


sido a la vez lengua de encuentro y lengua de sometimiento.
Desde hace años tengo escrito que la lengua que hablamos en
América es el resultado de un choque cultural. Cuando en 1992
se «celebró» —entre comillas— el quinto centenario de la
llegada de Colón a América, sostuve que no correspondía hablar
de conquista ni de encuentro, sino de «encontronazo». Y cuando
sucede algo así, tan traumático, el resultado incluye
sometimientos y reconciliaciones, o sea síntesis. Que es lo que
en mi opinión debiera surgir de este congreso: síntesis y sentido
común para el ejercicio de una libertad responsable con
aceptación de la evolución natural de la lengua; reforma de las
reglas pero sólo a partir del previo cumplimiento de las
existentes; y, ojalá, la puesta en marcha de un plan hispano-
americano de revalorización de esta lengua que es parte
fundamental de nuestra identidad.
La internacionalización del español
Roberto Fontanarrosa
Escritor
(Argentina)

No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que,


aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir
que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-
na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo
—porque es como un test que han hecho—.

Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por


ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribano (José
Claudio Escribano), se nota que es tan polémica esta mesa que
es la única a la que le han asignado «escribano» para que se
controle todo lo que se dice en ella.

Creo que es un aporte real en cuanto al intercambio, me ha


tocado vivir cuando he tenido que acompañar a la selección
argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El
intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una
riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían «come gatos»
que es, estrictamente para los rosarinos, «un rosarinismo».

Un Congreso de la Lengua, es más que todo, para plantearse


preguntas. Yo como casi siempre hablo desde el
desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas
palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué?, ¿quién
dice qué tienen las malas palabras?, ¿o es que acaso les pegan
las malas palabras a las buenas?, ¿son malas porque son de
mala calidad?, o sea que ¿cuando uno las pronuncia se
deterioran? o ¿cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas
con la moral?
Obviamente, no se quién las define como malas palabras, tal
vez sean como esos villanos de viejas películas como las que
nosotros veíamos, que en un principio eran buenos, pero que al
final la sociedad los hizo malos.

Tal vez nosotros al marginarlas, las hemos derivado en palabras


malas, lo que yo pienso es que brindan otros matices muchas de
ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se
preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario?
Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé
que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse,
para expresarse, para transmitir, para graficar algo, entonces,
¿hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que
son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunos incluso
por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que
una persona es tonta o zonza que decir que es
un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de
disminución neurológica realmente agresivo.

El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si


está en el diccionario de dudas—, está en que también puede
hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer
referencia a algo que tiene pelotas que puede ser un utilero de
fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo
que digo, el secreto, la fuerza; está en la letra t. Analicémoslo
—anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo
mismo decir zonzo que decir peloTUdo.

Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está
exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los
países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de
algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra
maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi
amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto
a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el
lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los
barcos para divisar tierra o lo que fuere, entonces mandar a una
persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.

Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me


estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras
mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando
porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar.
Me explicaban, que las islas Carajo son unas islas que están en
el océano Índico.
En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como
mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos se
decía caracho es de una debilidad absoluta y de una
hipocresía... ¿no?

A veces hay periódicos que ponen: «El senador fulano de tal


envío a la M a su par…». La triste función de esos puntos
suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo
ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la
Lengua.

Voy a ir cerrando, hay otra palabra que quiero apuntar que creo
es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra
«mierda», que también es irremplazable. El secreto de la
contextura física está en la r —anoten las docentes— porque es
mucho más débil como lo dicen los cubanos: miELda, que suena
a chino y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas
que ha tenido la Revolución cubana—, quita de posibilidades de
expresiva.

Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al


lenguaje y al Congreso, lo que yo pido es que atendamos a esta
condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista
dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado
el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no
quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas
palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos
una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que
las vamos a necesitar.

Texto adaptad