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El cuento de la enfermedad

El sonido gutural de su débil voz en su lecho de muerte la hizo volver a la realidad.


Cuarenta y pico años que se había mentido segura de que nada le podría pasar a él.
En la soledad de la ya ambigua habitación iluminada por una única vela, se encontraba
sentada frente al aparentemente muerto cuerpo de un hombre de edad. Su sombra bailaba
un funesto vals en la muralla descascarada de ladrillo. Está cómoda, cuán isla como único
mueble aparte del catre y su silla, descansaba un riñón metálico cubierto de pastillas
multicolores y jarabes, un mutido enjambre de mostacillas e hilo dejaban entrever cómo se
había hecho pedazos un viejo rosario de carey. Movió lentamente su brazo, sintió como s
ele tensaba cada músculo y en un esfuerzo sobrehumano tomó el valor de tocarlo. Pasó
cuidadosamente su mano sobre la de él y el pinchazo en el alma la llevó a cerrar los ojos,
cerrarlos para ahogar sus lamentos.
Ahora corría por un parque, llevaba ese vestido blanco con cerezas que le habían dado en
su cumpleaños y que siempre olía a césped húmedo. Oía cómo a la distancia él la llamaba y
sin pensarlo dio vuelta para abrazarlo; sintió el calor de su cara contra la suya y se colgó de
su cuello.
Apretó más fuerte la mano y no encontró el calor de aquellos años, si no una fría capa de
piel suelta sobre un insipiente conjunto de huesos.
Recordó un día lluvioso cuando su novio la había dejado y lloró en la calle sentada en la
cuneta esperando ahogarse en llanto (o lluvia) y él había aparecido ahí, sin chaqueta, a
buscarla con una sonrisa imperiosa en el rostro, sin más palabras que un abrazo para
llevarla a casa. Cayó por su mejilla una lágrima.
La inerte mano resbalaba por entre las suyas demostrando aún más su deplorable estado. La
apretó, más bien, se aferró a ella cuanto pudo.
Era tarde, noche de verano y aún no terminaba un plano para pasar su último ramo, se
abrió la puerta y entró él, tomó el lápiz y se sentó, no durmió asta que terminaron. Se oyó
un leve alarido y abrió los ojos.: en el rostro del hombre se crucificaba un dolor tan intenso
que la llevó a echársele encima. Cayó de rodillas al suelo y lo abrazó como pudo. Tenía
tanto miedo. Lloró, lloró como si así avivara la insignificante llama que aún retenía a su
padre en este mundo. La respiración se aceleró, abrió los ojos de golpe y sentenció con la
mirada al techo, como si así castigara a alguien; los cerró lentamente y de un modo
inimaginable movió el brazo hacia su hija para apretarle la mano. Ella inmediatamente
dejó de llorar, suspiró mientras aquel gesto se dilataba, vio libre nuevamente su extremidad
y el dolor en el rostro del hombre se había perdido.
Durante un momento el aire expelió un dulce aroma a canela, era como si el tiempo se
hubiera detenido por completo, ella con los ojos abiertos saboreando la agria sensación que
tenía, respiraba como si en cada inhalación se estuviera llevando un recuerdo.
Se incorporó torpemente y comenzó a acariciar el cano cabello del, ahora, definitivamente
muerto cuerpo de su padre. Se sentó a los pies de la cama y en un rincón se acomodó,
apoyada contra el muro y sin soltarle la mano se durmió. Su Rostro era infantil, poco a
poco comenzó a perder lozanidad, pero su sonrisa se apoderó impertinentemente de su cara.
Se desvaneció entre aquel olor a canela. Ya no se sentía preocupada, ni cansada, sólo estaba
feliz. Corría por el césped húmedo y al fondo se divisaba la figura de su padre joven y
fuerte. Fue hacia él y se colgó de su cuello. Sintió su calor y sonrió satisfecha.
[Final alternativo] Afuera en la tarde de fines de otoño, él, el padre mira por última vez a su
hija sin vida sobre la camilla de un hospital, con esas sábanas blancas y la ventana abierta,
afuera el olor a césped húmedo y el adiós a su hija mayor.

[final original] Afuera en la obscuridad de la tarde de fines de otoño, una mujer de cuarenta
y pico años arrastraba su cuerpo, su rostro denotaba la inexistencia de alma, su corazón sin
vida se dirigía hacia la calle principal, su expresión era de total frialdad. Debía ser así,
debía ir a la funeraria, ala iglesia, en fin, eran tantos trámites…

2005