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EL CANTO DE LA SIRENA

Psic. Moisés Recuenco La Barrera


moisesrecuenco@gmail.com

Cuando analizamos el comportamiento humano, descubrimos


muchas teorías científicas que explican que este, está determinado e
influenciado por ciertos factores y variables como: la genética, la
crianza, la cultura, las creencias, los valores, las emociones, las
relaciones sociales, las experiencias personales, etc. Pero ninguna de
estas teorías científicas argumenta a favor de que el comportamiento
humano, también está determinado e influenciado por una naturaleza
que lo lleva a inclinarse hacia el mal. La prueba de esta nefasta realidad
se basa en el hecho de que nadie tiene que enseñar al niño a ser egoísta
y a mentir. Por el contrario, como padres hacemos todo el esfuerzo
posible para enseñarle al niño a decir la verdad, porque la mentira es lo
ppque mejor sabe hacer, aunque él no se dé cuenta que está mintiendo
hasta que alguien se lo haga saber, o las consecuencias naturales de
dicho comportamiento se lo hagan ver.

Podemos decir, sin lugar a dudas, que esta naturaleza es la


condición de todo ser humano sobre la tierra. Es categórico. Si no, no
existiría la educación como ciencia. Justamente, John Ruskin, crítico y
escritor británico, dijo: “educar a un niño no es hacerle aprender algo
que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía.” El ser humano no
nace para hacer el bien, tiene que aprenderlo a lo largo de toda su
existencia.

En conclusión, podemos afirmar que el ser humano nace con una


discapacidad: no sabe hacer el bien: “…porque el querer el bien está en
mí, pero no el hacerlo.”(Romanos 7: 18). En otras palabras, tenemos la
intención pero no logramos actuar de acuerdo con ella. Un problema
serio, muy profundo y arraigado que nos conduce por el lado opuesto
del bien. “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
(Mateo 26: 41).

Pero el problema de fondo aún no ha sido expuesto. Encontramos


una realidad aún más nefasta del solo hecho de haber nacido en el mal.
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Y es que somos atraídos por el mal ¿Dígame usted si esta no es la prueba
más real de que todos nacemos bajo pecado? ¿Y dígame usted si hay
algo más terrible que esto?

El salmista lo había declarado miles de años atrás: “He aquí, en


maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”.
(Salmos 51: 5).

Pero, si queremos horrorizarnos, aceptemos que, ojalá fuesen las


consecuencias nefastas que trae el pecado lo que debería haber alejado
a la gente de continuar practicándolo. La realidad actual y de siempre,
nos ha mostrado que no son sus efectos destructivos lo que ha alejado
a la gente del mal: el engaño y el inevitable divorcio, el sexo por placer
y las temibles infecciones de transmisión sexual, la diversión sin límites,
los accidentes de tránsito, las adicciones más profundas, el orgullo, la
violencia y su nefasta consecuencia sobre la familia, el enriquecimiento
ilícito y la corrupción política, la hipocresía y la vida doble, y tantas
realidades que los seres humanos han vivido por miles de años. Pero
nada de esto ha alejado a la gente de su pecado, por el contrario se le
busca hoy con el mismo ímpetu como en siglos pasados. Los hombres
son capaces de continuar en el mismo tren de vida.

Si no son las consecuencias trágicas que trae el pecado, lo que


debería motivar a la gente a que huya de él, entonces hay una realidad
aún más temible que las consecuencias mismas, y esa es que el mal
termina por ser una experiencia placentera, buscándolo
incansablemente, con el pretexto de que es la supuesta felicidad la que
se persigue. Allí tenemos al consumidor de sustancias alucinógenas y
otras drogas que lo hace vivir en un ciclo interminable de sufrimiento y
placer. Al hombre violento que vive atormentado por una infancia
insana pero disfruta infligir dolor a su propia familia. Allí está el corrupto
y el asesino que encuentran placer en planificar su robo y su crimen. Al
hipócrita escondiéndose detrás de una máscara de bondad, y tantos
comportamientos que han dejado al mundo devastado.

Es un ciclo interminable entre la justificación de los actos más viles


y el placer que encuentra el ser humano al ejecutarlos. ¡Una locura
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espantosa que parece no acabar y amenaza con aniquilar al planeta
entero!

“Que dejan los caminos derechos, para andar por sendas


tenebrosas; que se alegran haciendo el mal, y se entregan en las
perversidades del vicio, cuyas veredas son torcidas y torcidos sus
caminos”. (Proverbios 2: 13-15).

“Se destruyó, cayó la tierra; enfermó, cayó el mundo; enfermaron


los altos pueblos de la tierra. Y la tierra se contaminó bajos sus
moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho,
quebrantaron el pacto sempiterno. Por esta causa la maldición
consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados, por esta causa
fueron consumidos los habitantes de la tierra, y disminuyeron los
hombres”. (Isaías 24: 4-6).

En realidad la consecuencia más devastadora del pecado, no se


encuentra en la forma cómo arruina la vida de alguien, la consecuencia
más devastadora es que el pecado tiene un poder seductor muy, muy
difícil de resistir. El pecado tiene una voz melodiosa y cautivadora como
el canto de la sirena que a millones ha atraído a sus profundidades. Y
una vez que te ha atrapado, salir, parece poco probable.

La voz del mal no es estruendosa, ni ruidosa, por el contrario, es


melodiosa, cautivadora e hipnotizante. Tan hipnotizante como aquella
voz diabólica que se le apareció a Eva en el Jardín del Edén. Pero sus
efectos fueron devastadores hasta el día de hoy. El hombre, al entrar en
contacto con el Autor del mal, este lo sometió en un interminable ciclo
de engaño, dolor y sufrimiento. Le mostró el cebo, le abrió la puerta y
luego se la cerró brutalmente, quedando el ser humano prisionero de
sus deseos. “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de
vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no
ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla
mentira, de sí mismo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”.
(Juan 8: 44). “A sus presos nunca les abrió la cárcel”. (Isaías 14: 17). “El
que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el
principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del
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diablo”. (1° Juan 3: 8). “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como
esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea
del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos
6: 16).

Sí comparamos el pecado con el personaje del film: “Alien: el


octavo pasajero”, ese ser espeluznante creado por el cineasta Ridley
Scott, quien en la película, vive y está inoculado en los cuerpos de los
tripulantes de la nave Nostromo, luego de haberse incubado por un
tiempo, hace su aparición destrozando los cuerpos de los infectados. Del
mismo modo, el mal se encuentra en lo más profundo de nuestro ser, y
en el momento en que menos lo esperemos aparecerá en toda su
deformidad y malignidad, llevándonos a cometer los actos más
vergonzosos y repudiables.

El mal y la tragedia humana están entretejida en sus genes, nada


puede hacer por él mismo, está completamente perdido, no tiene
esperanza y está condenado a la extinción.

El problema básico del hombre, no es solo el pecado que lleva


dentro de él, sino también la atracción irresistible que produce en su
ser. Es trágico, pero esa es su realidad.

¿Qué esperanza tiene de salir de esta prisión?

Hace dos mil años un hombre llegó de muy lejos y proclamó: “Y


conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. (Juan 8: 32). “Yo he
venido para tengan vida, y la tengan en abundancia”. (Juan 10: 10). Y en
una exclamación de dolor y grito de júbilo a la vez, el apóstol de los
gentiles dijo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de
muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor.” (Romanos
7: 24).

Este mismo apóstol nos dejó la clave para ir destruyendo el poder


del mal en nosotros, hasta el día de la aparición de Cristo: “Con Cristo
estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo
que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me
amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gálatas 2: 20).
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Se necesita con desesperación, ¡más que un transplante de
órganos! Lo que afirma y revela el apóstol Pablo es que se necesita ¡un
transplante de vida! Cambiar esta vida por otra. ¡Esto no es posible
desde el punto de vista humano!

Pero, como afirma el mismo Señor de las huestes: “He aquí, que
yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?”.
(Jeremías 32: 27).

Entonces, un día, podremos decir junto con el apóstol Juan: “Todo


aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente
de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”.
(1° Juan 3: 9).