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CHIQUITUNGA

La Chiquitunga podría convertirse en la primera beata paraguaya. Se trata de la


carmelita María Felicia Guggiari, quien como religiosa adoptó el nombre de María
Felicia de Jesús Sacramentado, pero popularmente se la conoce como
Chiquitunga.

Una comisión médica de la Santa Sede ya dio su visto bueno sobre una curación
inexplicable para la ciencia, que se habría producido por su intercesión. Si todo
prospera, sería el segundo paraguayo en los altares luego de san Roque
González de Santa Cruz y la primera mujer paraguaya, las predilectas del Papa
Francisco, en ser beatificada.

La comisión médica de la Santa Sede confirmó que no se puede explicar la


curación en 2002 del bebé Ángel Ramón, quien tras su nacimiento estuvo veinte
minutos sin signos vitales, y tras el pedido a Chiquitunga, se recuperó.

El niño, 15 años después, lleva una vida normal, y no tuvo secuelas del episodio.
Aún resta el dictamen de la congregación para la Causa de los Santos con la nota
teológica y la aprobación final del Papa para que se pueda llamar a una ceremonia
de beatificación pero vibra en las redes sociales la emoción por el posible
desenlace. Con beatificación o sin ella, es rotunda la admiración de la Iglesia
paraguaya por su hija Chiquitunga.

¿Quién era Chiquitunga?

Nacida en Villarrica en 1925, María Felicia se volcó de lleno a la Acción Católica


desde su adolescencia. Se entregaba a Dios acompañando niños en la
catequesis, jóvenes trabajadores y universitarios, pobres, enfermos y ancianos.

“En todos los trabajos que estoy realizando trato de poner el sello de nuestro
espíritu cristiano, porque quiero que todo se sature de Cristo y donde quiera que
sea pueda dejar un rayito de luz”, escribió durante sus años de intensa vida
apostólica. Su sed de entrega era indescriptible, aún para alguien, como ella, con
un dominio de la palabra digno de las mejores poetisas: “No sabría explicarle la
ansiedad, el deseo intenso de trabajar exclusivamente, entregada en cuerpo y
alma por causa de Cristo, al apostolado; sed, verdaderamente sed, tengo de una
inmolación más efectiva”. “Ser apóstoles, Señor, que hermoso sueño”, escribió.

Hasta que a los 30 años sintió el llamado a la vida contemplativa e ingresó como
carmelita descalza en Asunción. Las Hermanas Carmelitas la recuerdan como
alguien que se caracterizó por “su gran espíritu de sacrificio, caridad y
generosidad, todo envuelto en gran mansedumbre y comunicativa alegría”, según
consta en la página web de Chiquitunga. Su entrega y su amor por Cristo era
pleno, y se refleja en varias de sus poesías:

Ábreme, Jesús, la puerta;


golpeando estoy ha rato.
¿No me escuchas que no sales?,
¿o dormido estás acaso?
Ábreme, Jesús, que es tarde
y he salido así corriendo
de entre medio del barullo;
he querido estar con Vos.
Ábreme, abre, te ruego,
la puertita del Sagrario,
aun si duermes y descansas,
para yo velar tu sueño.

Al poco tiempo de haberse entregado en la vida contemplativa, enfermó de una


hepatitis infecciosa. Tenía 34 años, y poco antes de morir, clamó: “Papito querido,
¡qué feliz soy!; ¡Qué grande es la Religión Católica!; ¡Qué dicha el encuentro con
mi Jesús!; ¡Soy muy feliz!; ¡Qué dulce encuentro! ¡Virgen María!”.

Ya en 2015, durante la visita del Papa Francisco al Paraguay los obispos de ese
país le habían insistido al Papa por la causa. Monseñor Claudio Giménez, obispo
de Caacupé, incluso le pidió en público al Papa por la beatificación de
Chiquitunga, al agradecerle el cariño que siempre expresa el Santo Padre por las
mujeres paraguayas: “Le agradecemos que haya honrado muchas veces a la
mujer paraguaya.

Hay una mujer paraguaya que la quisiéramos ver en los altares. Hasta ahora
tenemos un santo, que es San Roque, jesuita como usted. ¿Tendremos alguna
vez la dicha de que una paraguaya carmelita descalza también lo pueda? Su
nombre es Chiquitunga, y el proceso está muy cerca de usted en Roma”.

La más gloriosa de América

Francisco suele hacer saber su admiración por las mujeres paraguayas, y era muy
cercano a ellas en Buenos Aires. Para el Santo Padre, las mujeres paraguayas
son “las más gloriosas de América”. El Papa refiere al papel en la reconstrucción
del país, diezmado tras la Guerra contra la Triple Alianza de Argentina, Brasil y
Uruguay, que en 1870 dejó como saldo un 70% de la población masculina del
Paraguay muerta.
“Ustedes tienen la memoria, ustedes tienen la genética de aquellas que
reconstruyeron la vida, la fe, la dignidad de su Pueblo. Junto a María, han vivido
situaciones muy pero muy difíciles, que desde una lógica común sería contraria a
toda fe. Ustedes, al contrario, impulsadas y sostenidas por la Virgen, siguieron
creyentes, inclusive ‘esperando contra toda esperanza’”, les dijo Francisco durante
su visita al Paraguay en 2015.

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Desde muy joven el corazón de Chiquitunga ardía de amor a Jesucristo, y se
consumía de celo apostólico: el deseo de colaborar con Jesús en su obra
salvadora.

En sus escritos podemos admirar el ofrecimiento total y radical de su vida, de su


corazón y aún de su cuerpo, a su amado Jesucristo. Primero en el apostolado
activo y después en la vida contemplativa del Carmelo.

María Felicia, familiarmente "Chiquitunga", nació en la familia Guggiari Echevarría


en Villarica, Paraguay el 12 de enero de 1925.

A los 16 años se alistó en las filas de la Acción Católica de la que fue miembro
entusiasta y dirigente abnegada. Se consagró aservir a Dios. Lo encontró en los
niños en la catequesis, en los jóvenes trabajadores o universitarios con sus
problemas, en los pobres, enfermos y ancianos en sus necesidades materiales y
espirituales. Trabajó primero en Villarica, luego en Asunción. Sobre aquellos
tiempos de apostolado escribió:

En todos los trabajos que estoy realizando trato de poner el sello de nuestro
espíritu cristiano, porque quiero que todo se sature de Cristo y donde quiera que
sea pueda dejar un rayito de luz.

No sabría explicarle la ansiedad, el deseo intenso de trabajar exclusivamente,


entregada en cuerpo y alma por causa de Cristo, al apostolado; sed,
verdaderamente sed, tengo de una inmolación mas efectiva.

Logró un olvido total de si misma para entregarse a Dios y al prójimo. Su amor por
los pobres y por los que sufren fue excepcional. Hablando de "sus viejitas" de
Villarica escribe:

Nunca imaginé que sería tan feliz llevando consuelo a quienes con su dolor hacen
posible nuestra vida... Recorriendo hogares, prodigando aunque sea tan solo una
sonrisa como fruto espontáneo de la gracia palpitante en nuestras almas,
encendido nuestro poco de Amor Divino. Ser apóstoles, Señor, que hermoso
sueño".

Deseando ya entrar en el Carmelo, M. Felicia escribe:

Se me hacen tan largos los días y quisiera pasaran uno tras otro hasta ver llegada
aquella maravillosa aurora en que, encerrada en las cuatro mas felices paredes
que haya habitado en mi vida, ofreciendo sin cesar mi vida...

Felicia amaba de corazón el apostolado. Pero llegó el día en que Jesús la llamó
para Sí en la vida contemplativa. Para ofrecerlo todo a Dios, a los 30 años, ingresó
en el Carmelo de la Asunción (Paraguay). Tomó el hábito de Carmelita Descalza
el 14 de agosto de 1955. Su camino fue ofrecerlo todo. Como Santa Teresita de
Lisieuxy otras grandes hijas del Carmelo, la Hna. Felicia descubrió el secreto de la
vida escondida para Jesús, vida sumamente fecunda que desborda en bendición
para toda la humanidad. Cuentan que cierta Hermana había exclamado:
"Apresurémosnos, porque el tiempo es oro", a lo que la sierva de Dios respondió
con toda dulzura para no ofenderla: "No, hermana, el tiempo no es oro, es
apostolado".

Vibraba en ella el amor apremiante de Cristo, la ternura filial a su "Madrecita", La


Virgen María, la participación activa en la Eucaristía y en la misión evangelizadora
de la Iglesia Católica.

Las Madres Carmelitas Descalzas de Asunción recuerdan: "En los cuatro años
que la querida Hermana vivió entre nosotras se caracterizó por su gran espíritu de
sacrificio, caridad y generosidad, todo envuelto en gran mansedumbre y
comunicativa alegría"

La hepatitis infecciosa que ya había llevado a la tumba a una de sus hermanas, la


obligó a internarse en un Sanatorio de la ciudad, en enero de 1959, por un mes y
algo mas.

Estoy con estos sentimientos de que no ha de ser mucho lo que me falte para que
Jesús, viendo sobre todo mi nada, me lleve pronto.

Aunque pide por su salud porque cree que todavía podrá servir a su Amado en la
tierra, ella se pone totalmente en sus manos.

Enfermó de púrpura, una especie de derrame interno que producía en distintas


partes del cuerpo y de la cara unas manchas de sangre; su médula ósea no
elaboraba ya glóbulos rojos.

¡Jesús tomó de verdad la ofrenda! A lo que El disponga, lo digo con toda el alma y
si El lo quiere sabe por qué!

Ya estoy esperando a Jesús, quisiera llenarme de sólo su amor y no vivir sino sólo
pare El. Sólo espero cumplir su voluntad, no quiero otra cosa. Me he ofrecido a El
como pequeña víctima, por los sacerdotes, por nuestra Sagrada Orden, por
Nuestra Comunidad, por mis padres y familiares, en fin, por todas las almas".

Tenía un gran anhelo por encontrarse con su Divino Esposo. La Hna. Felicia
recibió con mucha devoción el sacramento de los enfermos con todo su
conocimiento. "He aquí Jesús, a tu pequeña esposa".

Murió el 28 de marzo del 1959, domingo de Pascua. Aproximadamente a las


cuatro de la mañana, y con todos los familiares presentes, entra en agonía. Estaba
rozagante, recuerda alguien. Pidió a la madre Priora y a otras dos Madres allí
presentes, le leyeran el "Muero porque no muero" de Santa Teresa de
Jesús (fundadora de la orden). Recostada en los almohadones parecía dormir. De
pronto se yergue y con una energía no común exclama:

Papito querido, ¡qué feliz soy!; ¡Que grande es la Religión Católica!; ¡Que dicha el
encuentro con mi Jesús!; ¡Soy muy feliz!"

Y sin borrársele la sonrisa:

Jesús te amo. ¡Que dulce encuentro! ¡Virgen María!


Luego una frase de despedida y consuelo a su madre y hermano y plácidamente
su alma voló al cielo. En su rostro quedó estampada la dulce y característica
sonrisa que le había animado en vida. Chiquitunga tenía 34 años de edad.

El 13 de diciembre de 1997 se inició su Proceso de Beatificación.

"Este Lirio de la Iglesia Católica en el Paraguay se convierte en nuestros días en


llamado, ejemplo y compañía", nos dice Monseñor Felipe Santiago Benitez:

Llamado a los jóvenes y a personas de vida consagrada, a realizar su vocación


cristiana, sea laical, sea religiosa, con valiente y generosa entrega;

Ejemplo de que es posible -y hoy necesario- con la fuerza de Dios, vivir la


vocación bautismal y apostólica, en medio de las mayores dificultades y
contradicciones, difundiendo alegría, esperanza y paz.

Máximas de la Hermana María Felicia de Jesús Sacramentado


Tenemos sus preciosos escritos en diarios, poesías y cartas. Escritos de
espontaneidad amable, sencillos, penetrantes, nos revelan que ella vivió en
plenitud su vocación bautismal de apóstol.

Renuevo ante Tí, Jesús Hostia, este deseo sincero e íntimo de inmolar mi vida en
aras de tu amor

La últimas fuerzas de mi ser Tú me las diste y a Tí Señor, las vuelvo.

Todo mi afán está en trabajar hasta caer rendida, (como en algunas noches), y,
aún rendida, seguir... hasta agotar las fuerzas por la Gloria de Dios y la salvación
de las almas. Todo está entregado, y la consigna de la hora es trabajar hasta caer
muerta, si es posible. Pero trabajar con espíritu en la más íntima y profunda unión
con Dios.

Cuanto mas haya que hacer y donde estar, dando gota a gota de nuestra vida,
tanto mejor, hasta que llegue el día ansiosamente esperado: en este momento mi
papel no es otro que recibirlo todo con calma, como todo venido de la Providencia
y no traicionar a la Causa."

Ofrecimiento de dolores:

Anoche, qué feliz me sentía al poder darme Dios la gracia de ofrecerle los dolores
que sentía. No me he quejado un instante, antes bien, Señor, tú sabes cómo te lo
ofrecía y sobre todo por esta nuestra decisión sublime de entrega total.

...pero Dios me ha dado la gracia grande de ofrecer agradecimiento, sin quejarme


en nada y tratando de sonreir... No obstante, Jesús mío, sigo ofreciendo uno a
uno, gota a gota, este cáliz por nuestro apostolado, ¡por tu gloria!

Me siento bastante decaída a veces. Ya lo sabes, mi Dueño: cuando quieras, lo


que quieras...

Como te agradezco, Señor, (este malestar físico intenso), íntegramente todo te


ofrezco, Señor, por tu gloria y salvación de nuestra alma y, junto con la nuestra, la
de miles de almas más.

Pronto comprendió que sin santidad no era posible el apostolado, es decir,


la conversión de las almas.

Es necesario santificarnos para poder dar algo a los demás


Ofreciendo los recuerdos

Muchos son los recuerdos que tratan de avasallarme, ¡Jesús mío! ¡Cuanto en
verdad me gustaría vivir, unos instantes, aquellos que serían imborrables! Pero
con toda calma, con la generosidad más amplia, Tú ves cómo te los he ofrecido,
ofreciéndote a cada instante todos los trabajos, luchas, angustias, cansancios de
estos días.

Ofreciendo los trabajos

Jesús mío, con toda el alma, con la generosidad más amplia, Tú ves cómo te los
he ofrecido, ofreciéndote a cada instante todos los trabajos, luchas, angustias,
cansancios de estos días

Ofreciendo las soledades

Estoy pasando unos días de verdadera preocupación: un tanto el desaliento y otro


tanto la tristeza de esto que llamo soledad, han querido envolverme sin más ni
más en sus redes. Por ello mismo multiplico mis defensas: el trabajo desplegado
es el más intenso. Y cómo cuesta ofrecer, Señor; esto ya estaba ofrecido.

Hay momentos verdaderamente desoladores, que si no fuese por ese ideal que
abrazo...yo no sé si hubiera resistido sin desesperarme. Pero Nuestro Señor es
incalculablemente generoso para conmigo, pues, cuando ya va a ser, según mi
parecer, imposible seguir soportando, de cualquier lado me hace llegar una
palabra, un gesto, una sonrisa que vuelve a levantarme.

Señor, Tú sabes cómo recibo tus pruebas, no permitas que flaquee en nada,
acepta en cambio todos mis esfuerzos y desvelos, y dame en cambio, Dios mío,
un verdadero espíritu de oración, sacrificio y acción.

Ofreciendo la propia voluntad

Mi papel no es otra cosa que hacer que se cumpla en mí la voluntad del Padre
Celestial, aunque esa Voluntad para conmigo parezca y sea muchas veces tan
dura

No hago sino tratar de realizar en mi lo que la Divina Providencia disponga... Yo


pienso que una sola vez se ama en la vida. Porque amor es darse, prodigarse...

Padre, acepta para tu gloria la entrega total de mi ser en unión con el perfecto
holocausto de tu divino Hijo. En El, por El y con El quiero vivir, amar, creer, sufrir, y
morir. Elijo su Corazón como lugar de mis eterna morada.

Se acostumbró a repetir una breve jaculatoria:

Yo te doy gracias, mi Dios, y quisiera poder en todo y siempre decir: ¡Si, Padre!,
conformando a Tu divina Voluntad mi pequeña voluntad.

De la Química aprendió a hacer una fórmula a modo de lema: T2OS: Todo te


ofrezco, Señor.

"¿Dónde podré darme, Jesús, sin medida?"

...En este momento, en que como nunca, con un ardor inigualable, quisiera darme,
darme, Jesús, Maestro amado, sin medida, Esposo de mi alma, Tú que conoces
mis ansias de apostolado, de celo por la salvación de las almas, ayúdame que
sepa dónde quieres la consagración integral de todo mi ser..."
¿Cuál será mi lugar en esta entrega total? Cuánta sed tengo de esa entrega y hay
tantas cosas por delante. He procurado en todo momento, Jesús mío, encontrar tu
voluntad y de acuerdo a ella actuar.

Estoy dando todo lo que soy... y entonces es cuando con ansiedad inmensa
quisiera estar ya en mi lugar definitivo, libre de todas las cosas que nos atan y vivir
la plenitud de una vida integralmente ofrecida.

Ansias del Amor Infinito

Que mi vida naufrague en el mar infinito de su amor.

Dame, Señor, fuerzas suficientes y sobre todo sublima cada día más y más este
amor. ¡Purifica mis ansias, mis anhelos, Señor! y haz que este ardor de mi
corazón se trueque en una sed intensa de unión contigo, Dueño amado de las
almas, de intenso renunciamiento. Vivir solo para Tí, por Tí y en Tí.

Si es necesario, Señor, arranca mi corazón, lo que tu quieras, si ya no es mío.


¡Toma, Señor, que es tuyo este pobre corazón!

¡Tengo sed de su amor! Un ansia extraña de entrega total, de inmolación


silenciosa y escondida.

Oración

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que te complaces haciendo tu


morada en el corazón de los hombres; te damos gracias por haber hermoseado a
tu sierva María Felicia con el fuego de tu amor, impulsándola a gastar su juventud
en el apostolado laical y en la inmolación en la vida contemplativa. Te alabamos y
bendecimos, porque, con su ejemplar figura, nos manifiestas tu bondad de Padre y
Amigo, y las ilimitadas exigencias del verdadero amor. Te rogamos nos concedas
por su intercesión, la gracia que ahora te suplicamos, si es para tu mayor gloria y
bien de las almas. Amén.