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JORGE DANIEL GELMAN

04-029-043 - Argentina I "B" (Gelman) - 90 copias

ROSAS, ESTANCIERO
GOBIERNO Y EXPANSIÓN GANADERA

CLAVES PARA TODOS


COLECCIÓN DIRIGIDA POR JOSÉ NON

CAPITAL INTELECTUAL

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Director general Ariel Granica
Director de la colección José Nun
Editor jefe Jorge Sigal
Edición Luis Gruss
Coordinación Cecilia Rodríguez
Corrección Alfredo Cortés
Dirección de arte Martín Marotta
Diagramación Verónica Feinmann
Ilustración Miguel Rep
Producción Néstor Mazzei

Derechos exclusivos de la edición en castellano reservados para todo el mundo:


© 2005, Jorge Daniel Gelman
© 2005, Capital Intelectual
Francisco Acuña de Figueroa 459 (1180) Buenos Aires, Argentina
E-mail: clavesparatodos@capin.com.ar Teléfono: (+54 11) 4866-1881
1ªedición: 7.500 ejemplares
Impreso en Sociedad Impresora Americana S.A., Lavardén 157, Cap. Fed., en
marzo de 2005. Distribuye en Cap. Fed. y GBA: Vaccaro, Sánchez y Cía. S.A.
Distribuye en interior y exterior: D.I.S.A. Queda hecho el depósito que prevé
la ley 11.723. Impreso en Argentina. Todos los derechos reservados. Ninguna
parte de esta publicación puede ser reproducida sin permiso escrito del editor.

CAPITAL INTELECTUAL

PRODUCE:
Le Monde diplomatique. Edición Cono Sur • MLQTD.Mirá lo que te digo
Fem, femenina y singular • Mira Quién Vino, Vinos y Gastronomía

982 Gelman, Jorge Daniel


CDD Rosas, estanciero. Gobierno y expansión ganadera
1a ed. Buenos Aires: Capital Intelectual, 2005
96 p.: 20x14 cm. (Claves para todos, dirigida por José Nun, N° 23)
ISBN 987-1181-27-2
1. Historia Política Argentina. I. Titulo.

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ÍNDICE
Prólogo
Estancia y Política 9
Capítulo uno
Expansión ganadera 13
Capítulo dos
El gran emporio 23
Capítulo tres
Gobernador y pobladores 31
Capítulo cuatro
Peones de campo 43
Capítulo cinco
Coerción y resistencia 60
Conclusiones
El régimen de Rosas 70
Bibliografía 88
El autor 95

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PRÓLOGO
ESTANCIA Y POLÍTICA

La historia que se va a narrar toma como punto de partida la


conformación de un poderoso sector terrateniente en Buenos
Aires en los años que siguen a la Revolución de mayo de 1810.
Uno de los principales protagonistas de este proceso fue Juan
Manuel de Rosas quien, además de llegar a ser uno de los estan-
cieros más ricos de la época, se convirtió en el gobernador de la
provincia durante más de veinte años.
Según un libro célebre, Juan Manuel de Rosas, del historiador
británico John Lynch, quien a la vez retomaba el sentido común
de los escritos sobre el período, el gobernador tomó como mode-

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lo para su gobierno autoritario y paternalista la experiencia que
había acumulado como patrón de estancias.
Allí había aprendido a tratar a los sectores populares y había
forjado su autoridad de caudillo, estableciendo un poder que
ejercía con mano de hierro, basado en la cercanía física pero a
¡a vez en una enorme distancia social y política en relación con
sus peones.
Según esta visión, Rosas construyó un poder en sus estan-
cias que le autorizaba a ordenar a su antojo todos los elementos
de la producción y el trabajo, en base al miedo y el paternalismo,
lo que le permitía la utilización discrecional de los recursos que
monopolizaba. Actuaría de la misma manera con el gobierno de
la provincia.
Esta relación entre la estancia -arcaica, bárbara y manejada
de manera despótica por el estanciero- y el sistema político pre-
dominante en la primera mitad del siglo XIX es común en la li-
teratura sobre la época. Sarmiento fue uno de los primeros en
resaltar este tópico en su gran obra, Facundo, que escribe desde
el exilio durante el gobierno de Rosas. Allí lo explica de diversas
maneras, como en este célebre párrafo sobre el gobernador de
Buenos Aires:

"¿Dónde, pues, ha estudiado este hombre el plan de innova-


ciones que introduce en su gobierno, en deprecio del sentido co-
mún, de la tradición, de la conciencia y de la práctica inmemorial
de los pueblos civilizados? Dios me perdone si me equivoco, pe-
ro esta ¡dea me domina hace tiempo: en la estancia de ganados,
en que ha pasado toda su vida y en la Inquisición, en cuya tradi-
ción ha sido educado."

Y, como es evidente en Sarmiento, el traslado del aprendiza-


je de la estancia al mundo de la política no puede resultar más que
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en la construcción de gobiernos despóticos y sangrientos, no su-
jetos a otra regla que la voluntad del patrón/gobernador. Así lo de-
fine en otro conocido párrafo:

"El caudillo argentino es un Mahoma, que pudiera a su anto-


jo cambiar la religión dominante y forjar una nueva. Tiene todos
los poderes; su injusticia es una desgracia para su víctima, pero
no un abuso de su parte; porque él puede ser injusto; más toda-
vía: él ha de ser injusto necesariamente; siempre lo ha sido."

En este libro partimos del m i s m o lugar, la estancia, para ex-


plicar una historia bastante distinta. Sin desconocer los aspectos
coercitivos del r o s i s m o , estudios recientes han tratado de bu-
cear en los mecanismos consensuales utilizados por el régimen
de Rosas para construir su legitimidad e imponer la autoridad del
Estado que los gobiernos anteriores no lograban establecer. Algu-
nos de esos trabajos han comenzado a pensar esa etapa como una
solución negociada, resultado de la f e n o m e n a l crisis política y
social derivada del fin del orden colonial.
La necesidad de encontrar nuevas formas de legitimación de
los gobiernos, la incorporación creciente de los sectores populares
a la vida política, pero también, como veremos, las condiciones del
trabajo y la producción en el período que sigue a la Revolución, pu-
sieron en jaque todos los intentos de organización política y de res-
tablecimiento de la autoridad hasta la llegada de Rosas.
Una parte de la explicación de estas crisis intermitentes remi-
te a la incapacidad de las elites para canalizar las energías de los
sectores populares movilizados luego de la Revolución. En ello re-
sidiría una de las originalidades del g o b i e r n o de Rosas, quien
t o m ó en cuenta esa realidad y actuó en consecuencia.
La hipótesis que propone este ensayo es que esa perspectiva
política y sobre todo la necesidad de organizar a los grupos socia-

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les subalternos y negociar con ellos, fueron aprendidas por Rosas
en parte durante su experiencia como propietario rural. A la vez,
postulamos que la necesidad de restablecer la autoridad del Es-
tado y la paz social condicionó la capacidad de Rosas y de los
estancieros en general para imponer cambios radicales en la eco-
nomía agraria luego de la Revolución.
En su experiencia como estanciero, el restaurador de las leyes
tuvo que discutir las condiciones de explotación de los recursos y
los derechos de propiedad con los sectores medios y humildes
del entorno rural. Éstos tenían una larga experiencia como actores
principales de ese mundo agrario y disponían de un conjunto de
normas y prácticas que gozaban de una dilatada legitimidad, así
como nuevos bríos y expectativas derivadas de las condiciones
económicas y políticas creadas por la Revolución.
Es verdad también que el cambio económico favoreció el sur-
gimiento de un poderoso sector terrateniente que buscó alterar
de manera radical las formas de utilización de los recursos y
consolidar nuevos tipos de derechos de propiedad. Sin embargo,
su capacidad para hacerlo resultó seriamente limitada por las
propias condiciones estructurales en que se dio la llamada expan-
sión ganadera, así como por la situación política generada por el
proceso revolucionario.

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CAPÍTULO UNO
EXPANSIÓN GANADERA

Aunque una cierta tradición cultural supone que la región pam-


peana, y Buenos Aires como su centro, nació asociada a la explo-
tación de sus recursos agrarios, especialmente ganaderos, desde
la llegada misma de los primeros españoles a la región, esta vi-
sión se ajusta poco a la realidad colonial y a las actividades de sus
sectores dominantes.
Más bien durante todo el período colonial la actividad central
de estos sectores se encontraba en el comercio y el contraban-
do a través del puerto de la ciudad. Y este comercio tenía como
motor principal la articulación de regiones muy alejadas de Bue-
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nos Aires, desde Europa y África, pasando por Brasil, hasta las
zonas más lejanas del interior del territorio hispanoamericano.
Ni siquiera durante la época del Virreinato del Río de la Plata,
desde 1776, este comercio tuvo como eje la exportación de los
productos del entorno agrario de la ciudad, sino la recolección de
la plata producida sobre todo en el famoso cerro rico de Potosí.
Esta plata se diseminaba por todo el territorio virreinal y los co-
merciantes de Buenos Aires trataban de recolectarla mediante un
intenso comercio con todas esas regiones. A cambio de ella traían
mercancías europeas y esclavos africanos, con los que se reco-
menzaba el circuito una vez más.
Es verdad también que desde los inicios de la colonización
española del territorio había una producción agrícola en Buenos
Aires destinada sobre todo al consumo de la población local, así
como una ganadería orientada al mismo fin y a proveer de anima-
les de carga (mulas) al espacio interior americano. Sólo una parte
de esta ganadería se destinaba a la exportación por el puerto, en
la forma de cueros vacunos y algunos otros derivados pecuarios
como la grasa, el sebo o las crines, incorporándose recién a ini-
cios del siglo XIX la carne salada.
Pero estas actividades nunca constituyeron el eje económico
de la ciudad puerto durante la colonia, en especial de sus podero-
sas elites comerciantes. Muchos de sus miembros tuvieron al-
gunas chacras y estancias importantes -más de aquéllas que de
éstas-, pero no jugaban todavía un papel destacado en sus inte-
reses. Y cuando tuvieron estancias era preferentemente en zonas
ganaderas más dinámicas a fines de la colonia, como Entre Ríos
o la Banda Oriental del Uruguay.
Un reflejo directo de ello es la escasa preocupación de la ad-
ministración local y de los grupos dominantes de la época en
expandir la frontera rural 'de Buenos Aires, que hasta fines de la
colonia se mantuvo prácticamente limitada por el río Salado. El
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territorio bajo control de las autoridades coloniales constituía el
llamado corredor porteño, un estrecho espacio capaz de alimen-
tar a la población local y asegurar un limitado excedente agrope-
cuario, pero más que suficiente para asegurar la circulación de
mercancías y personas hacia el norte del Virreinato, en camino
hacia Potosí y otros centros importantes del territorio.
De esta manera la economía agraria que se desarrolló en este
corredor era bastante diferente a las imágenes que la pintan
exuberante de animales, de estancieros todopoderosos y de gau-
chos henchidos de comer carne a su antojo.
Se trataba, en rigor, de una sociedad de pequeños y me-
dianos productores que, en proporciones modestas y según las
aptitudes de los terrenos que habitaban, producían cereales y
otros bienes agrícolas para abastecer a la ciudad de Buenos
Aires, criaban mulas para enviar a los mercados del norte ávi-
dos de medios de transporte, así como ganados vacunos y
ovinos para alimentar a la población local y exportar algunos de
sus derivados hacia el exterior.
Evidentemente existía también un grupo de productores agra-
rios de mayor entidad; pero éstos eran bastante modestos, en tanto
que la mayor parte de la producción estaban en manos de ex-
plotaciones pequeñas y medianas que se aseguraban lo principal
del trabajo necesario mediante sus propios grupos familiares.
Si bien algunos de los más grandes productores podían recu-
rrir al trabajo asalariado y esclavo, la mayoría de los agricultores
y pastores, cuando necesitaban trabajo extra-familiar, lo obtenían
mediante mecanismos de reciprocidad con sus vecinos o siste-
mas como el agregado o el poblador.
Estos últimos términos designaban normalmente a personas
que se agregaban a la familia o poblaban las tierras de otro, es-
tableciendo algún tipo de reconocimiento hacia sus titulares,
que podía ser la ayuda en diversas faenas o simplemente con-
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trolar los límites de la posesión y convalidar derechos de propie-
dad muchas veces discutidos frente a otros vecinos o el Estado.
Estos sistemas, a su vez, se amparaban y mezclaban con una
larga serie de tradiciones y prácticas, algunas de origen peninsular,
otras inventadas localmente en la experiencia de vida fronteriza.
Así, por ejemplo, si agregarse o poblarse en tierras de otro po-
día tener una funcionalidad para el jefe de la unidad productiva
receptora -como forma de conseguir mano de obra eventual o al-
gún otro tipo de reciprocidad- esta acción se amparaba a la vez
en una vieja tradición por la que una persona que se encontraba
en situación de extrema necesidad tenía derecho a la protección
del más pudiente.
De este modo, muchas veces un propietario debía aceptar a
un poblador aunque esto no le sirviera para los fines de su ex-
plotación o incluso limitara el control de su propiedad y su capa-
cidad de producción.
Así, una larga experiencia -a veces legal, a veces fáctica- había
legitimado ciertas prácticas como el derecho a tener acceso a leña
de consumo o a las piedras -ambas tan escasas en la región-
en tierras de otro, a perseguir avestruces o cazar nutrias. Incluso
en ciertos contextos era aceptable alimentar los animales propios
a costa del pasto ajeno, en una ganadería a campo abierto donde
las alambradas eran inexistentes.

MIRANDO A POTOSÍ
Todo esto era posible en una sociedad en la que la propiedad
privada de la tierra no estaba generalizada ni tenía el mismo
sentido que en las sociedades contemporáneas.
El proceso de apropiación privada de la tierra estaba lejos de
haberse consolidado en la campaña, y este derecho coexistía con
el acceso bastante amplio a tierras públicas (en realidad realen-

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le JORGE DANIEL GELMAN


gas, del rey) y diversos mecanismos que daban paso al usufructo
de ciertas parcelas, sin que esto implicara reconocer derechos
de propiedad privada.
Así, por ejemplo, la prolongada residencia y el trabajo perso-
nal en una parcela generaban derechos reconocidos por el ve-
cindario, derechos que obviamente se podían reforzar por otras
razones como la defensa de la frontera frente al indígena, etc. Y
esto valía tanto para los que residían en tierras sin dueño (las ci-
tadas realengas), como para los que lo hacían muchas veces en
tierras que reconocían un propietario particular.
Por lo tanto, aun en los casos de existencia de propiedad
privada con títulos legales, se trataba de una propiedad condi-
cionada por derechos y costumbres como los mencionados an-
teriormente. Era muy difícil rechazar a una familia pobre que pedía
instalarse en tierras privadas no totalmente explotadas o pobla-
das. O impedir que pasaran por estas tierras a cazar o a recoger
leña, etc.
Otro problema del que se quejaban los propietarios más des-
tacados era el escaso control sobre la propiedad de los animales, la
caza furtiva o el robo de ganado -el abigeato-, cuyos derivados
muchas veces circulaban a través de verdaderos circuitos comer-
ciales ilegales o semi-legales, como las llamadas pulperías o tiendas
volantes, que aparecían condenadas en muchos escritos de las eli-
tes y de los gobernantes, pero que eran combatidas con escaso
entusiasmo y nulo resultado.
Claro que todo esto era posible sin que provocara grandes
conflictos, en una etapa de la historia regional en la que los nego-
cios de las elites pasaban centralmente por otros lados. Como
dijimos, éstas estaban más interesadas en conseguir plata poto-
sina para exportar e ingresar esclavos y mercancías europeas por
el puerto, que en asegurar los derechos de propiedad privada en
la campaña cercana. En este espacio les preocupaba más bien

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mantener la tranquilidad social y asegurar el abastecimiento de
los bienes de consumo imprescindibles para la ciudad. Y éstos pa-
recían asegurados con las condiciones existentes.

COLAPSO ESPAÑOL
La situación cambia bastante luego de la Revolución. El colapso
del Imperio español, la crisis de la producción minera potosina y
la ruptura del espacio interno de intercambios que constituía el
Virreinato provocan un cambio bastante drástico en los intere-
ses de la región porteña y de sus grupos dominantes.
Por otro lado, el fin del monopolio comercial y la apertura a
los mercados externos que demandaban cada vez más produc-
tos primarios como los cueros constituyen un fuerte aliciente
para que se produzca en Buenos Aires lo que se llamó la expan-
sión ganadera.
El primer síntoma de este cambio es la ampliación territorial
de la provincia, que pasa por primera vez la frontera del río Salado
de manera decidida y prácticamente triplica las tierras disponibles
entre mediados de la década de 1810 y los inicios de los '30.
Las nuevas tierras ganadas al sur de este río serán el eje de la
expansión vacuna que caracteriza a este período. En 1839, por
ejemplo, se pudo medir el crecimiento del stock ganadero y su
distribución regional: había unos tres millones de vacunos, dos
millones y medio de ovinos y 600 mil equinos. En el caso de los
bovinos, el corazón de la economía agraria de Buenos Aires de
la época, el stock se había triplicado en relación con el final del
período colonial. Y de aquellos tres millones de cabezas, dos
tercios se concentraban en el sur de la campaña, la mayor parte
en las nuevas tierras al sur del Salado.
Esta expansión de la frontera y del stock ganadero se habían
dado en parte de manera espontánea por la iniciativa de vecinos

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que pasaban la vieja frontera y comenzaban nuevos emprendi-
mientos, a veces negociando esta aventura con los grupos indí-
genas allí instalados.
Pero también se dio un fuerte impulso por parte del Estado de
Buenos Aires que, espoleado por las elites, ahora veía la necesi-
dad de expandir el casi único negocio que les quedaba luego de
la crisis colonial y que prometía pingües ganancias para los estan-
cieros, así como ingresos fiscales consistentes para las exhaustas
arcas estatales.
Parte de las viejas elites reorientará sus intereses hacia el
campo y la ganadería, sin por ello abandonar su carácter urbano.
Pero este grupo interesado en la expansión ganadera se nutrirá
también de actores enriquecidos en el nuevo contexto económico
en el que la posesión de ciertas tierras, que antes podían no repor-
tar mayores ingresos, ahora prometían transformarse en la clave
de un rápido proceso de ascenso social.
En este período, y amparados en políticas de tierras que los
favorecían o que hábilmente manipularon, se constituyeron algunas
inmensas fortunas agrarias. Rosas es el ejemplo más conocido de
un grupo relativamente reducido, pero muy poderoso, de perso-
nas que sumaban decenas de miles de hectáreas y de cabezas de
ganado. Entre ellos encontramos apellidos de larga resonancia en
el futuro de la provincia y del país, como Anchorena, Ramos Mejía,
Díaz Vélez, Terrero, Álzaga, Martínez, etc.
Evidentemente este grupo, dado el peso que la producción y
exportación de derivados ganaderos adquiere en sus intereses,
promoverá una serie de cambios importantes en las condiciones
de vida y en las reglas de juego de la sociedad y economía loca-
les, dirigidos a sacar todo el provecho que la actividad agraria
les prometía.
Por un lado defenderán la libertad de comercio exterior para
asegurar la colocación de los excedentes ganaderos en los merca-

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dos internacionales en las mejores condiciones, a la vez que pre-
fieren la libre importación de mercancías extranjeras como modo
de incorporar bienes manufacturados (y eventualmente alimentos)
de calidad y a precios más bajos que los producidos localmente.
De esta manera pretendían asegurar el abaratamiento de los
consumos y, por la misma vía, permitir una baja de los costos
laborales. De todos modos, la postura a favor de la libre impor-
tación de bienes no será incompatible con políticas fiscales
que gravaban con impuestos más o menos importantes su en-
trada por el puerto, ya que éstos se habían revelado como la única
opción realista para conseguir ingresos consistentes para las
finanzas estatales, sin enfrentarse con los sectores económicos
en condiciones de pagar impuestos directos voluminosos.

TERMINA EL RECREO
Junto a estas políticas comerciales las elites promoverán una
reformulación importante en los derechos de propiedad sobre la
tierra y los bienes en general, como un modo de garantizar el
libre uso y goce de sus posesiones.
También impulsarán reformas orientadas al disciplinamiento
de la población más pobre y a la constitución de un mercado de
trabajo que les asegure una provisión razonable, y lo más barata
y dócil posible, de mano de obra dependiente.
Aunque parte de estas propuestas se empiezan a formular de
manera algo confusa y ecléctica desde la época colonial, es evi-
dente que adquieren mayor claridad y sobre todo mayor con-
senso entre las elites luego de la Revolución.
A lo largo de la década de 1810 se impulsan reformas en el
sentido de asegurar los derechos de propiedad y el libre comer-
cio, aunque la convulsión posrevolucionaria no ayuda mucho y
los propios ejércitos de las guerras de independencia y civiles más

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bien colaboran en la creación de una situación de caos e insegu-
ridad en la posesión de los bienes privados.
Los ejércitos en campaña son máquinas de apropiación directa
de ganados y recursos diversos allí por donde pasan y sus integran-
tes incorporan estas prácticas en las lógicas de la supervivencia
cotidiana. También los gobiernos, necesitados de ingresos fiscales,
recurren a mecanismos bastante alejados de los ideales.
Justamente el año '20, máxima expresión de la anarquía
posrevolucionaria, marcará el inicio de un camino destinado a
reconstruir el orden y asegurar unos derechos que el propio pro-
ceso revolucionario había complicado aun más que durante el
período colonial.
En esos años aparecen una serie de escritos que van esta-
bleciendo una especie de programa de reformas en el sentido
indicado por los intereses de los grandes propietarios. Entre ellos
nos interesa destacar las famosas Instrucciones a los Mayordo-
mos de Estancias, escritas por Rosas hacia 1820.
Aunque ellas estaban destinadas a orientar los trabajos en
las estancias que administraba por entonces, se las puede con-
siderar como una especie de programa de transformación social
y económica de las prácticas de la campaña, en el sentido de la
reafirmación de los derechos de propiedad y la mejora de las
condiciones del mercado de trabajo para los estancieros.
Entre los elementos centrales de dichas Instrucciones se
destacan toda una serie de órdenes destinadas a liberar las tierras
que administra el estanciero de todo compromiso con terceros,
haciendo respetar la plena propiedad de sus titulares. Así, por ejem-
plo, se rechaza la presencia de pobladores. También se prohibe
taxativamente el desarrollo de actividades tradicionales que cues-
tionen el dominio del terreno por el propietario.
Ya no se aceptaría la presencia de cazadores de avestruces o
nutrias en sus estancias sin autorización expresa del propietario,

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ROSAS, ESTANCIERO 21
y tampoco la utilización de la leña de sus montes u otros recursos.
De la misma manera se prohibe la realización de actividades por
cuenta propia por parte de los empleados, erradicando sus culti-
vos, cría de animales, aun los de granja, así como se impide la
instalación y pasaje de pulperos volantes por sus propiedades,
1
considerados como aliados de "cuatreros y abigeos"1.
Muchos estudiosos han considerado estas Instrucciones como
una muestra clara de la construcción de un nuevo orden capitalis-
ta que terminaba de una vez y para siempre con las costumbres y
prácticas de origen colonial, aseguraba nuevos y plenos derechos
de propiedad y la constitución de un mercado de trabajo fluido.
Sin embargo, como intentaremos mostrar aquí mediante el
análisis de las estancias del propio Rosas, había una brecha muy
grande entre la voluntad de reforma del gran propietario y su ca-
pacidad para imponerla.

1. J. M. de Rosas, Instrucciones a los mayordomos de estancias, Buenos Aires,


Americana, 1951. En otros escritos más políticos de la misma época Rosas ex-
presa puntos de vista similares, ya no sólo para administrar sus propiedades sino
también para el "arreglo" de la provincia. Así, por ejemplo, en la famosa "Se-
gunda memoria del Coronel Juan Manuel de Rosas", de 1821, expresa la necesidad
de respetar la antigua disposición de "buen gobierno" de que quien no tenga al
menos una "suerte de estancia" (unas 2.000 hectáreas) no puede ser criador. De
la misma manera defiende el carácter absoluto de la propiedad y condena las co-
rrerías de los paisanos que atraviesan los campos ajenos persiguiendo avestruces,
cazando nutrias, etc. Además, demanda la persecución de "ladrones, vagos,
salteadores, incógnitos, perturbadores y todos los que hoy son el azote de las
propiedades de los hacendados".

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CAPITULO DOS
EL GRAN EMPORIO

No caben dudas de que Rosas fue uno de los mayores y más ri-
cos estancieros de la primera mitad del siglo XIX. Provenía de una
familia de destacados propietarios del sur bonaerense y, siendo
muy joven, adquirió una importante experiencia como adminis-
trador de los campos de sus primos, los Anchorena. Casi simultá-
neamente comenzará a desarrollar sus propios emprendimientos
agrarios, en un primer momento como parte de una sociedad con
Luis Dorrego y Juan Nepomuceno Terrero, que funcionó con el
nombre de Rosas, Terrero y Compañía hasta 1837, cuando la so-
ciedad se divide y Rosas se independiza como propietario rural.
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ROSAS, ESTANCIERO 23
La historia de esta asociación empresaria es bastante cono-
cida. Se funda en 1815 con la instalación de un saladero en Quil-
mes. En 1817 adquieren una propiedad importante en la Guardia
del Monte, sobre la margen interior del Salado, donde comenzará
a funcionar la mítica estancia Los Cerrillos, a la que es trasladado
también el saladero.
Según explica Rosas en 1818, la extensión de la misma es de
tres leguas de frente por otras tantas de fondo. En este último
año el estanciero, en nombre de la sociedad, solicita a las auto-
ridades un terreno al exterior del Salado para poder colocar el
ganado que dice tener y al mismo tiempo ocuparse de aplacar a
los "indios infieles".
En octubre de 1818 se acepta la denuncia y en enero del año
siguiente -un tiempo récord- se mensuran los nuevos terrenos ai
exterior del Salado, lindantes con Los Cerrillos. Estos terrenos
de 24 leguas cuadradas de superficie (cuatro leguas de frente so-
bre el Salado y seis de fondo) se conocerán inicialmente con el
nombre de Constitución (expresando probablemente el agradeci-
miento y sumisión a las autoridades que habían sido tan generosas
en todo este procedimiento) y, sumados a los que ya poseían del
otro lado del Salado, constituían un enorme territorio de 33 leguas
cuadradas (casi 90 mil hectáreas).,2

2. Si consideramos que cada legua cuadrada equivalía a 2.700 hectáreas, la pro-


piedad en esos momentos significaba 24.300 hectáreas al interior del Salado y
otras 64.800 en su margen exterior. Lynch sostiene que hacia 1821 el complejo
de Los Cerrillos comprendía 120 leguas (más de 300.000 hectáreas), lo cual no pa-
rece tener asidero en estos momentos. Lynch, Juan Manuel de Rosas. pág. 30. A.
Carretero, por su parte, es mas moderado, señalando que hacia 1830 la sociedad
de Rosas poseía algo mas de 60 leguas. Esta cifra incluye las diversas propieda-
des de la sociedad, y teniendo en cuenta que sobre todo la del exterior del Salado
fue creciendo de tamaño puede ajustarse algo más a la realidad. Ver Carretero, La
propiedad de la tierra en la época de Rosas.

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Aquí no terminaría la expansión de la sociedad; en 1821 ad-
quiere la estancia de San Martín, de dimensiones bastante más
modestas pero ubicada mucho mejor en relación con los merca-
dos, ya que se encontraba entre Matanza y Cañuelas, en una zona
de vieja colonización y cercana a la ciudad de Buenos Aires.
Aparentemente las propiedades de la sociedad se completaron
con una tercera estancia en el pago de la Magdalena (denominada
El Rey), pero sobre esta última no tenemos ninguna información
seria. En todo caso no forma parte de las explotaciones de Rosas
a partir de la década de 1830.
Todas estas estancias serán puestas en explotación y crece-
rán a lo largo del tiempo; pero a mediados de la década mencio-
nada parece haber problemas en la sociedad Rosas, Terrero y Cía.
y el gobernador de Buenos Aires empieza a preparar el camino
para articular un emporio estanciero en soledad.
En 1836 compra en el partido de Monte (en las cercanías del
pueblo) la estancia de Zenon Videla y su finado padre, pero como
explica en una carta, la compró solo por su cuenta. Finalmente al
año siguiente la sociedad es disuelta, quedándole a Terrero Los
Cerrillos al interior del Salado y a Rosas la parte del exterior del
Salado y la estancia de San Martín.
En definitiva el gobernador quedará como propietario particu-
lar de un enorme complejo que incluye la estancia de San Martín en
el partido de Cañuelas, la estancia que compró a Videla en el parti-
do de Monte, que llamará Rosario, y la estancia del exterior del Sa-
lado (inicialmente en el partido de Azul, luego partido de Las Flores
cuando aquél se divide), que llamaremos Chacabuco, último
nombre que tuvo hasta la caída de Rosas en 1852, aunque antes
adoptó otras denominaciones. Esta última propiedad es la que
crece más a lo largo de los años, habiéndose al menos duplicado
durante el largo gobierno de Rosas. A esto debemos agregar el
saladero/matadero que Rosas tenía en su cuartel general de Palermo

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ROSAS, ESTANCIERO 25
que, con las otras propiedades, constituía un verdadero complejo
que realizaba las más diversas actividades agrícolas y ganaderas,
articuladas entre sí desde Buenos Aires, y que convirtieron al gober-
nador en uno de los mayores empresarios rurales del período. Sólo
se lo podía comparar a un puñado de personajes de la misma época.
Las actividades que se desarrollaban en las estancias de Ro-
sas eran de lo más diversas y tenían que ver, en cada una, con las
características del terreno, la cercanía relativa de los mercados y
a su vez con la articulación entre las mismas dentro del complejo.
Obviamente el destino final de la mayoría de los productos era
Buenos Aires: en primer lugar el ganado vacuno que terminaba
faenado en el matadero de Palermo. Este ganado era criado
en cantidades modestas en San Martín, en proporciones más
destacadas en Rosario, pero sobre todo fuera del Salado, en
Chacabuco, que se convirtió progresivamente en la estancia más
importante del complejo.
En San Martín, la más cercana a la ciudad, se criaba una
gran cantidad de ovejas y también se realizaban invernadas del
ganado que venía de las estancias más alejadas, antes de ser
enviado al matadero. Finalmente, en San Martín y Rosario se
realizaban actividades agrícolas, sobre todo hortícolas y tam-
bién madereras, que en ambos casos se complementaban con
la fabricación de ladrillos.

UN RICO STOCK
La estancia de San Martín estaba dividida en varios puestos, que in-
cluían una quinta/huerta importante cerca de la casa principal con
higueras, naranjos, olivos, nogales, peras, damascos, guindas, vid,
moras y duraznos. También había árboles de distinto tipo como ála-
mos, paraísos, sauces de diversas especies, que junto a algunos fru-
tales eran utilizados para madera. El resto del territorio se destina-

21/90

26 JORGE DANIEL GELMAN:


ba a la cría del ovino así como a invernar vacunos. Tenemos infor-
mación detallada de su stock animal para finales de la década del
'30. El mismo incluía casi 17 mil ovejas, tres mil vacunos y algo más
de mil cabezas, entre caballos y burros. Dada esta orientación pro-
ductiva, la cría y esquila de ovejas eran sus principales ocupaciones
aunque tuviera también otras actividades.
La situación en las estancias de Rosario y Chacabuco era bas-
tante diferente.
En la del interior del Salado, Rosario, había una quinta rela-
tivamente importante que justificaba la contratación permanente
de un quintero; también en ambas estancias, a uno y otro lado
del río, se criaban algunas ovejas; pero sin dudas la actividad
central de ellas y sobre todo la de Chacabuco consistía en la cría
de ganado vacuno.
La estancia de Rosario estaba organizada entre siete y nueve
puestos con sus rodeos, mientras que la de Chacabuco tenía
diez puestos en 1838, para llegar a casi veinte en 1847. En ellos se
distribuía el importante stock que contenían. Entre ambas estan-
cias llegaron a tener más de 10 mil ovinos y otros tantos equinos,
pero su eje giraba sobre el vacuno. En 1838 sumaban algo más de
40 mil cabezas de este ganado, que diez años después alcanzarían
algo más del doble. En un momento intermedio, hacia 1845, los
inventarios de estas estancias sumaban más de 150 mil cabezas
de vacunos, una cifra realmente impresionante. Al menos dos ter-
cios del stock se ubicaba en Chacabuco, la enorme estancia del
exterior del Salado.
Como puede apreciarse, la cría de ovejas no era una actividad
descuidada en estas estancias. Incluso hacia finales del período
considerado se realiza un esfuerzo por mejorar la calidad de las
majadas incorporando padres finos, al igual que se lo estaba ha-
ciendo en San Martín. Sin embargo, considerando la extensión de
estas estancias y comparándolas con las dimensiones y el stock

22/90
ROSAS, ESTANCIERO 27
de la estancia de Cañuelas, se comprende fácilmente que no era
ésta una actividad destacada en la frontera. La estancia San Mar-
tín, con una extensión quizá veinte veces más pequeña que las
estancias de Monte y Las Flores, tenía ya en 1838 un stock ovino
más importante que éstas dos juntas en 1846-47.
Por el contrario, lo que estos datos muestran de manera
contundente es la importancia que el ganado vacuno tenía en
ambas estancias. Sobre todo en Chacabuco. Dadas las caracterís-
ticas y dimensiones del patrimonio de estas estancias resulta
obvio que la principal preocupación de las mismas era mantener
el ganado en rodeo -recordemos que no había todavía alambra-
das- y procurar su engorde a lo largo de todo el año, así como las
tareas más estacionales de yerra y castración.
Sin embargo, a diferencia de muchas estancias coloniales,
el faenamiento no era una tarea importante ya que el desarro-
llo de los mataderos y saladeros en la primera mitad del siglo
hacía que esta actividad se realizara directamente en los mer-
cados. Por otra parte, las dimensiones del terreno y del stock de
estas estancias de Rosas provocaban el riesgo siempre presen-
te del alzamiento de los animales ante el menor signo de sequía,
ante la falta de trabajadores o ante cualquier otro fenómeno co-
yuntural frecuente.
De ahí la obsesión de sus administradores y de Rosas por
controlar estos problemas. En abril de 1845, para poner un ejem-
plo, Rosas le manda decir al nuevo administrador de Chacabuco
que es decisivo sujetar el ganado alzado a rodeo: "Éste es el prin-
cipal objeto que constantemente debe tenerse en vista porque
esto es el alma de todo, a cuyo cumplido efecto no deben dispen-
3
sarse esfuerzos"3.

3. Carta del 15/4/1845, Archivo General de la Nación (en adelante AGN), sala X,
43.2.8.

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28 JORGE DANIEL GELMAN
MUNDO RURAL
¿Cómo podemos ubicar el complejo de estancias de Rosas e
contexto de la evolución del mundo agrario bonaerense de
primera mitad del siglo? En primer lugar, se puede señalar que Ro-
sas era un hombre de su tiempo, por lo cual resulta exagerado
aceptar las palabras de su panegirista y primer periodista Pedro
de Angelis. Este autor escribió: "Nuestros campos no ofrecían en-
tonces otro aspecto que el de una inmensa estancia cubierta de
ganado... Los primeros establecimientos que interrumpieron esta
monotonía fueron los del señor Rosas"4.
Esto obviamente no era verdad, ya que hoy sabemos sobrada-
mente que la práctica de la agricultura y la ganadería diversificada
eran comunes y muy importantes a fines de la época colonial
Pero Rosas siguió perfectamente la evolución del mundo agra-
rio pampeano dedicándose al saladero cuando esta actividad
empezó a adquirir importancia, fomentando los cultivos en las
regiones más apropiadas para ello, i m p l e m e n t a n d o la cría de
ovinos y su progresivo refinamiento al calor de la expansión
de su exportación y el alza de sus precios y, por supuesto, pro-
moviendo la cría del ganado vacuno en la frontera en grandes
cantidades para faenar en sus propias instalaciones en el mer-
cado de Buenos Aires.
Sin embargo, en lo que no seguía al promedio de su época era
en la magnitud de sus actividades agrarias. Rosas se convirtió
en uno de los mayores terratenientes y ganaderos de Buenos Ai-
res y el tamaño de sus emprendimientos estaba excesivamente
lejos de la media. Como ya dijimos se ha calculado que para fina-
les de los años '30 la provincia de Buenos Aires poseía un stock
que alcanzaba unos tres millones de vacunos y unos dos millones

4. P. de Angelis, "Biografía de Don Juan Manuel de Rosas", escrita en 1830 La ci-


ta es de una edición incluida en Rosas, Instrucciones..., cit-, pág XV.

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ROSAS, ESTANCIERO 29
de ovinos. Esto quiere decir que Rosas reunía entre el 1,5 y el 2
por ciento del total provincial.
Muy pocos personajes podían pretender acercarse a la rique-
za ganadera del gobernador; a lo sumo puede decirse que lo hi-
zo un pequeño puñado, como los Anchorena, sus primos, que pa-
recen haber llegado a acumular un capital territorial y ganadero
más importante aun que el del propio gobernador5.
Las estancias de Rosas, en definitiva, si bien siguen en su orien-
tación productiva un perfil similar al del resto de sus coetáneos, in-
troducen un elemento nuevo que es su enorme magnitud. En medio
de un paisaje social de la campaña que continúa estando dominado
por pequeños y medianos pastores y agricultores emerge un redu-
cido, pero muy poderoso, sector de enormes estancieros encabeza-
dos por el gobernador provincial, don Juan Manuel de Rosas.
Sin embargo, ese medio social dominado por pequeños y
medianos productores, la abundancia relativa de tierras y la fuerte
inestabilidad política del período aparecerán como condicionan-
tes severos de las actividades del gobernador y de los grandes pro-
pietarios en general. Si estudiamos la relación que Rosas estable-
ció con los pobladores de la campaña, el vínculo complejo con los
trabajadores de sus estancias y los problemas para hacer crecer y
sobre todo rentabilizar sus grandes emprendimientos, esta imagen
de dominación y control se puede matizar considerablemente.

5. Los datos sobre el emporio ganadero y terrateniente de los Anchorena no son


seguros a pesar de su fama y de haber sido tratados por varios historiadores. Así
por ejemplo A. Carretero, Los Anchorena. Política y negocios en el siglo XIX, Ed.
8ª década, Bs. As., 1970, o J. Brown, A socioeconomic history of Argentina, CUP,
Cambridge, 1979. Esta familia acumuló ingentes cantidades de tierra, pero no dis-
ponemos de cifras ciertas del stock. Según Brown, a mediados de los años '30, en
una parte de sus propiedades poseían unos 50.000 animales, cifra que se duplica
veinte años después. Este autor calcula que sumando el resto de las estancias de
la familia, se podría haber llegado a un cuarto de millón de animales, unos años
después de la caída de Rosas.

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30 JORGE DANIEL GELMAN


CAPITULO TRES
GOBERNADOR Y POBLADORES

Los datos ya indicados no dejan dudas sobre el peso económi-


co de Rosas en la campaña bonaerense. Para buena parte de la
historiografía, las herramientas que le otorga ese lugar en el me-
dio rural son la clave para entender su llegada al poder político.
Y ambos elementos, su carácter de gran propietario y de gober-
nador de la provincia, se refuerzan mutuamente por la capacidad
que le otorgan al personaje para manipular a la población rural,
tanto a sus peones como al resto de los pobladores, directamen-
te o a través de los funcionarios rurales y jefes militares depen-
dientes del gobierno dirigido por él. De esta manera, el dominio
terrateniente en el terreno económico-social y el caudillismo en
el político aparecían como complementos explicativos del desa-
rrollo histórico en el período que sigue a la Revolución.

26/90
ROSAS, ESTANCIERO 31
Pero como veremos a continuación, la actuación de Rosas
como estanciero y en especial la relación que establece con los
pobladores rurales que se vinculan con sus propiedades no pare-
cen confirmar este diagnóstico. Más bien lo que se observa son
las enormes dificultades que tiene para imponer sus planes como
propietario, sobre todo cuando éstos entran en conflicto con las
prácticas aceptadas por una sociedad rural compleja y movilizada
por la crisis posrevolucionaria.
Esto queda claro al analizar, por ejemplo, la correspondencia
entre Rosas y los administradores de sus estancias. A través de
ella se confirma que, a pesar de las leyes que el gobernador o sus
antecesores firmaron desde el gobierno y de las estrictas órdenes
que en su juventud dictara en las Instrucciones a los Mayordomos,
siguen reiterándose en sus estancias problemas como la sustrac-
ción de animales y las constantes mezclas de ganados, favorecidos
por la falta de alambradas, el recurso a la leña de los montes ubi-
cados en tierras ajenas o la tolerancia para la caza de avestruces
y nutrias en cualquier terreno.
En ocasiones, Rosas soportará estos y otros problemas
que le impiden aprovechar plenamente sus propiedades; otras
veces intentará reprimirlos. Así, por ejemplo, en 1844 escribe
al administrador de su estancia Chacabuco quejándose amarga-
mente: "Respecto a los hombres que se juntan en esos cam-
pos a correr avestruces: no los debes permitir jamás. Ese es un
escándalo que yo lo ignoraba. Pero lo más escandaloso aun es
que Don Basilio [el administrador de Rosario] lo haya silenciado
y que el Juez de Paz lo haya consentido. El Juez de Paz debe
prenderlos a todos ellos y bien asegurados con grillos debe man-
darlos presos al cuartel general" 6 .

6. Carta de Rosas a Ramírez, 20/9/1844, AGN, X, 43.2.8.

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32 JORGE DANIEL GELMAN
La solución que propone Rosas, como se ve, parece confirmar
su imagen de autoritario y todopoderoso. Sin embargo, debemos
recordar que más de veinte años atrás había prohibido termi-
nantemente estas prácticas en sus campos y se seguían reali-
zando. Y lo más importante es que las mismas parecen haber
contado con la tolerancia de la máxima autoridad de la estancia,
su administrador, y de la autoridad política del partido, el Juez
de Paz. En otra ocasión, por el contrario, Rosas da su acuerdo
para que los vecinos de la estancia de San Martín entren a su
propiedad de Cañuelas para cortar leña7.
Uno de los problemas más importantes en este sentido pa-
rece haber sido la dificultad para fijar los límites de la propiedad,
evitar las mezclas de ganado, la invasión de sus tierras por anima-
les ajenos y aun los robos de los propios. Rosas intentará comba-
tir estos fenómenos y será intransigente cuando se descubre al-
gún robo de sus ganados.
Valga como ejemplo mencionar lo que sucede cuando el ad-
ministrador de San Martín averigua que unos vecinos, propie-
tarios de un terreno lindero, tenían entre sus ovejas 43 carneros
que pertenecían al gobernador y 24 de ellos tenían encima con-
tramarcada la señal de los vecinos. Es decir que no se trataba
de una simple confusión de ganados, típica en la región, sino
que estas personas habían tratado de ocultar adrede la marca
original del gobernador para quedarse con los animales.
El administrador hace la denuncia al Juez de Paz y unos días
mas tarde trasciende que el vecino "ha fugado con familia y to-
do y el Juez de Paz (...) ha embargado lo poco que tiene"8 . La ame-

7. Carta de Rosas a Bécar, 28/3/1839, AGN, X, 25.6.6.


8. Cartas de Bécar a Rosas, 11/8/1838 y 1/9/1838, AGN, X, 25.5.5. Vale la pena con
todo remarcar que el administrador no hace justicia por mano propia, sino que se
dirige al Juez de Paz para ello.

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ROSAS, ESTANCIERO 33
naza de castigo a este delito parece haber sido lo suficientemen-
te fuerte para que esta familia abandone sus tierras y pertenencias
para escapar de la justicia. Con todo, unos días mas tarde, el gober-
nador, dando muestras de paternalismo y de la necesidad de mo-
derar las consecuencias de un hecho quizá bastante frecuente en la
campaña, le informa a su administrador que "a la mujer de Ga-
bino Pardo [el vecino], si sabe Usted donde está puede usted ha-
cerle decir que se vea conmigo" 9 .
Rosas se seguirá quejando de la sustracción de animales de
sus estancias y más frecuentes aun resultan los perjuicios por
las mezclas de ganado y la invasión de sus tierras por animales
ajenos que comen sus pasturas y levantan sus animales. Las
cartas que refieren este tipo de situaciones son innumerables y
varias de ellas trasuntan además la sensación de impotencia de
los administradores para acabar con la situación.
De esta manera, parece que Rosas no puede disponer libre-
mente de sus propiedades y debe tolerar que este tipo de situa-
ciones se repita una y otra vez. Una de las soluciones principales
que intentará aplicar el gobernador para limitar estos problemas
es el recurso a los pobladores.
Como ya dijimos, el poblador parece haber sido un habitan-
te tolerado en tierras ajenas, que probablemente desarrollara allí
actividades autónomas como productor a cambio de una cierta
reciprocidad con el dueño de las tierras. Ésta podía ser su dispo-
nibilidad para conchabarse en ciertos momentos del año en la
explotación del propietario, o también cumplir la función de esta-
blecer un límite entre estas tierras y las de los vecinos, o incluso
sólo convertirse en un elemento que convalidara la propiedad
privada de quien le acogía. En la campaña bonaerense de la pri-

9. Carta del 3/9/1838, Ibid.

29/90

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mera mitad del siglo XIX parece una práctica frecuente y los cam-
pos de Rosas son una buena muestra de ello.
A pesar de que ya en las Instrucciones prohibiera la presencia
de pobladores, recurrirá a ellos casi constantemente y en todas
sus estancias. De hecho, en las mismas Instrucciones, hacía algunas
salvedades, ya que señalaba que en Los Cerrillos hay poblado-
res que cuidan los límites de la estancia y que no se mezclen los
ganados ajenos, y que "bajo estas condiciones tienen permiso para
vivir en los terrenos...".
Cuidar los límites parece haber sido la preocupación central
de Rosas al autorizar pobladores con sus familias y sus propias
actividades en las estancias que controlaba. Así, por ejemplo, des-
pués de comprar la estancia de Monte (Rosario), le escribe el ad-
ministrador que "es de necesidad poblar el puesto de Santa Inés
para ir atajando las entradas o pastoreos que tienen los vecinos
de la Guardia del Monte en el campo que fue de Videla"10.

EVITAR CONFLICTOS
Esta necesidad de poblar los límites de las tierras implicaba que
el propietario no podía disponer de una parte de sus tierras y pas-
turas y que muchas veces, bajo la apariencia de un campo muy
poblado de personas y animales que suponemos son de su pro-
pietario, nos podemos encontrar con un enjambre de pequeños
o medianos productores que trabajan por su cuenta. Esto es lo que
sucede en las tierras de Rosas, no sólo con los pobladores sino in-
cluso con algunos de sus capataces y peones.
Un ejemplo de ello lo encontramos en la estancia que com-
pra en 1836 en el partido de Monte. El administrador le escribe

10. Carta de Peredo a Rosas, 11/8/1838, A G N . X, 25.5.3.

30/90

ROSAS, ESTANCIERO 35
a Rosas explicando que el campo está lleno de pobladores, al-
gunos de ellos arrendatarios, y que no será fácil deshacerse de
ellos: "Los que arrendaban a Videla están dispuestos a entregar.
Pero lo que sucede es que estos que arrendaban a Videla han lle-
nado el campo arrendando a otros que será lo que dará gran tra-
bajo para hacerlos mudar. También advierto a U. Señor que el
campo mejor para echar ganado es el que tiene menos poblado-
res, pues serán como ocho o diez los que ocupan el campo mejor,
que lo demás lo que está... hay más de cien chacras y con sem-
brados bastante grandes"11.
Si no tuviéramos esta preciosa carta del administrador de Ro-
sas, habríamos pensado que el enorme campo de Videla era la
típica gran estancia ganadera de la primera mitad del siglo XIX. Y
resulta que dentro de la "típica" estancia hay un centenar de chaca-
reros y algunos medianos y pequeños pastores, en su mayoría arren-
datarios del propietario, con sus propios subarrendatarios.
Y tan interesante como esto resulta la actitud del gobernador.
Evidentemente el hombre compró esta gran estancia de Monte
para ponerla en producción y obtener con ello un rédito. Por eso
le escribe a su administrador lo que sigue: "No quisiera perjudi-
carme teniendo parado un capital tan crecido sin poblar el campo
de hacienda". Pero a la vez advierte: "En este estado yo no quiero
violentar a nadie de los pobladores". Y concluye que "entre noso-
tros yo considero que a algunos de esos pobladores será preciso
irles buscando acomodo por otra parte, porque considero que
echando hacienda en la estancia del Rosario, en la Esperanza y en
el Seco podrán perjudicar. Por Lobos ha comprado el gobierno
unos terrenos a los Writte con el objeto de favorecer y colocar al-
gunos pobres de los muchos (criadores) que andan tirados y creo

11. Carta de Peredo a Rosas. 3/10/1836, AGN, X, 25.2.5.

31/90

36 JORGE DANIEL GELMAN


que ahí podrían ir algunos de los que quedasen, más en los terre-
nos que fueron de Dorna y Videla"12.
Como se ve, el gobernador y ahora propietario de esas tierras
se cuida mucho de enfrentarse inmediatamente con los pequeños
productores. Estos últimos poblaron esas tierras y, a través del arrien-
do u otros mecanismos, adquirieron ciertos derechos reconocidos
en esa sociedad. Y como obviamente quiere sacar provecho del ca-
pital que invirtió, se ve obligado a buscar tierras alternativas para
aquellos pobladores que no piensa dejar en las suyas. En este caso
apelando en parte a recursos que dispone su gobierno para ubicar
a paisanos pobres en el vecino partido de Lobos.
Como dijimos, Rosas se favorecerá en algunos casos... Pero
en otros no tendrá más remedio que tolerar una variedad de po-
bladores en sus estancias. Veamos algunos ejemplos.
Tenemos constancia de que en las estancias Rosario y Chaca-
buco hubo presencia de estos pobladores con sus ganados, tanto
en los años '30 como en los '40. Rosas y sus administradores
tratan de que se instalen en los lindes de las propiedades, aunque
no siempre lo consiguen. Así se reiteran las quejas por los que
ocupan los centros de las estancias. En 1846 el administrador de
Chacabuco le escribe a Rosas: "He dispuesto la mudanza a los des-
lindes de los terrenos a los pobladores de los campos del Rosario
y de San Benito [Chacabuco], aquellos que se hallaban en el cen-
tro de los terrenos"13.
Un año antes le había escrito que en los campos de Rosario
"hay poblaciones casi en el centro del terreno; estos tienen sus
grupos de ganados en varias cantidades, y aun cuando sea poca
siempre causan algún obstáculo al llenar aquellos campos de
hacienda. Si U. dispone sean removidos a los confines de los te-

12. Carta de Rosas del 14/10/1836, A G N , X, 25.2.S.


13. Carta del 30/9/1846, A G N , 26.5.4.

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ROSAS, ESTANCIERO 37 .
rrenos, Io creo oportuno, pues entonces servirán como barrera a
la hacienda que se introduzca"14.
Es evidente que se trata de productores de diversa entidad y
que están causando un perjuicio bastante notable a la explotación
principal del gobernador. Este intenta enviarlos a los límites para
usarlos como "alambrada", pero no siempre lo consigue. Y a me-
diados de los '40 se ve obligado a reiterar disposiciones que ya
había establecido hace muchos años. Por otra parte, no todos
estos pobladores eran pequeños campesinos: algunos eran ver-
daderos estancieros sin tierra. En 1844 muere uno de estos pobla-
dores y el administrador de Chacabuco informa a Rosas del
recuento de sus bienes. Este hombre, el "finado Cuestas", tenía
unos 5.000 vacunos, 8 bueyes, 1.170 equinos y 2.000 ovejas. Eso
sí, le aclara que "los ranchos son del menor interés"15. Como se
ve, tenemos poblando en los campos de Rosas a un estanciero
más importante que muchos propietarios de la campaña.
Como dijimos, en muchos casos, el gobernador trata de sacar
una ventaja de estos pobladores utilizándolos como barrera para
las haciendas y estableciendo con ellos algunos mecanismos de
reciprocidad. Esto queda claro en una carta que escribe a un ad-
ministrador en la que le explica que "también debes fijarte en las
poblaciones que haya perjudiciales en mis terrenos y cuyos dueños
no corresponden al favor que reciben, o están mal situadas"16.
Pero también, como vimos, esta presencia de productores con
sus familias provoca problemas al propietario, al tiempo que ge-
nera ciertos derechos al ocupante, que al gobernador le resultan
difíciles de limitar. En el mismo caso del fallecido Cuestas, Rosas
le pide al administrador que mande a esos terrenos, donde hay

14. Carta del 29/5/1845, AGN, X, 43.2.8.


15. Carta del 15/12/1844, AGN, X, 43.2.8.
16. Carta de Rosas, 20/9/1844, AGN, X, 43.2.8.

33/90

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más pobladores, "alguna madera para ranchos y corrales, a fin de
que vean los que corren con esos establecimientos que no me ol-
vido de esos terrenos, ni del perjuicio que me resulta de que esas
poblaciones extrañas se conserven en ellos, como están"17.

LÍMITES Y DERECHOS
Como se ve, los pobladores parecen cuestionar en cierta medida
los plenos derechos de propiedad del titular legal de la tierra, quien
con cierta frecuencia se ve obligado a recordarles quién es el due-
ño y señor del lugar. En 1838 uno de los pobladores de Chacabuco
decide irse de esos campos. El administrador le escribe a Rosas
que "el puesto del Gualicho todos saben Señor y aun el mesmo
poblador que está en campo de U. Señor y ahora anda por ven-
der la población al que se la compre".
Puede entonces observarse en este ejemplo que las poblacio-
nes se venden y se compran entre pobladores. Es decir que quien
estaba instalado de favor en las tierras del gobernador, se consi-
dera con el derecho de cobrar un precio para irse y dejar a otro el
espacio que le habían cedido con sus construcciones elementales.
Y el administrador le sugiere a Rosas: "Si U. señor gusta la
compraremos para que no la compre otro y luego sea de necesi-
dad sufrirlo"18. Al mes siguiente Rosas le contesta que la compre
"no sea cosa que venda a otro y en la venta nos perjudique" 19 .
Unos meses más tarde compran un rancho de otro poblador en
el puesto de Alto Redondo20.
Resulta claro, entonces, que los pobladores terminan adqui-
riendo ciertos derechos sobre las tierras que pueblan y la propiedad
plena de los bienes que allí tienen. Y el dueño de los campos, que les

17. 26/1/1845, AGN, X, 43.2.8.


18. Carta del 25/3/1838. AGN, X. 25.5.4.
19. 14/4/1838, Ibid.
20. 1/7/1838, AGN, X, 25.5.3.

34/90

ROSAS, ESTANCIERO 39
autorizó a instalarse allí, se ve obligado a comprarle esos bienes cuan-
do se marchan, si no quiere que se instale en las mismas tierras al-
guien que no responda a los mecanismos de reciprocidad acordados.
Entonces vemos que la población no se establece sólo como
un mecanismo funcional a los intereses del propietario, sino que
también genera situaciones que lo perjudican y pueden poner
en cuestión sus derechos de propiedad. En algunos casos se pue-
de verificar que muchas de estas poblaciones son el resultado
de las presiones de los vecinos que buscan y se consideran con
ciertos derechos a solicitar hacer población en tierras ajenas que
no estén plenamente utilizadas.
En 1838 se aparece por Chacabuco un personaje, Don Roque
Torres, quien le dice al administrador que Rosas le había autorizado
a instalarse en algún terrenito suyo. A los pocos días, el gran es-
tanciero le explica al administrador que esto no era verdad. "Sólo le
hice decir se viese con vos a ver si por las orillas de los terrenos
del otro lado del Salado... había como acomodarlo", escribe21. Ya ese
mismo año Rosas le había explicado al administrador el cuidado que
hay que tener en ocupar todos los terrenos "para asegurarlos, por-
que si no luego cuesta mucho el hacer desamparo de un campo, co-
mo ya de esto tenemos experiencia en el campo de las Perdices, que
ha estado tantos años ocupado por los pobladores porque obraban
naturalmente las consideraciones que en tales casos suelen tener-
se con los conocidos. Y por esta razón si el campo de La Posta es
bueno, luego que vean que se ha despoblado al instante me han de
, 22

llover los empeños para ponerse alguno o algunos... .


La carta de Rosas no podía ser más clara: si da la impresión
de que el terreno del gobernador está subutilizado, el todopodero-
so Restaurador de las Leyes no tendrá más remedio que sucumbir
a las presiones de los vecinos orientadas a poblar sus tierras.
21. Cartas del 28/5/1838 y 4/6/1838, AGN, X, 25.5.3.
22. 30/4/1838, AGN, X, 25.5.4.

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40 JORGE DANIEL GELMAN
La otra cuestión que limita la capacidad del propietario de uti-
lizar plenamente sus tierras tiene que ver con la mano de obra.
Aunque de esto hablaremos en el capítulo siguiente, queremos
mencionar aquí sólo un elemento que se vincula directamente
con el tema que venimos tratando: algunos de los trabajadores
dependientes de la estancia, además de los salarios que reciben
o de algunas raciones, obtienen la autorización del propietario de
criar sus propios animales en esos terrenos.
Esto es muy claro en el caso de los administradores que, ade-
más de los abultados salarios que reciben, realizan una produc-
ción propia en las tierras del gobernador.
El administrador de San Martín en los años '30, Juan José
Bécar, además de recibir en pago el 5 por ciento del procreo o fae-
na de la estancia, tiene sus propios animales en rodeo (en parte
los mismos que retira como ganancia del gobernador). Rosas se
queja a veces de que aquél descuida los intereses de la propiedad
en beneficio de los del administrador. Ese año Bécar tenía unas
800 cabezas de ganado y le informa que intentará conseguir un te-
rrenito para poner su hacienda.
Al año siguiente le dice que irá a hablar con su padrino de casa-
miento "que él ha sabido que ando en solicitud de un terreno y que
el tiene uno sin poblar"23. Esta carta pone de relieve algunos temas
centrales sobre el funcionamiento de la sociedad rural bonaerense
del período. Por un lado la posibilidad cierta de movilidad social: un
trabajador dependiente que consigue armar su rodeo en tierra aje-
na y convertirse en productor independiente. También destaca el pa-
pel de las redes parentales en estos procesos de movilidad.
En 1846, el nuevo administrador de San Martín, Dionisio
Schoo, a su vez emparentado con el anterior, da cuenta de que
en la estancia de Rosas tiene una punta de ganado "como de

23. Cartas del 11/8/1838 y 13/8/1839, A G N , X, 25.5.5.


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ROSAS, ESTANCIERO 41
300 cabezas". Eso sí, le aclara a Rosas, si lo autoriza a conservar-
lo, los tendrá en rodeo aparte con "un muchacho conchabado
por mí"24. Como se ve, quiere constituir una unidad productiva
autónoma, con mano de obra dependiente, dentro de la estancia
del gobernador. Digamos al pasar que el tenor de la carta deja
entrever que en ocasiones anteriores se ha derivado trabajo de-
pendiente pagado por Rosas para atender los intereses particula-
res de algún administrador. También el responsable de Chacabuco
en los años '30 (Pascual Peredo) aparece como propietario de
ganado sin tierras.
Pero no sólo los administradores son autorizados a criar sus
animales en tierras del gobernador. A veces sucede lo mismo con
los capataces de los puestos que se instalan allí con sus familias.
En 1838 Rosas le escribe al administrador de Chacabuco que
"en cuanto a la licencia para las vaquitas de algunos capataces
hombres de bien que tenés en los puestos, podés permitirles que
las tengan en ellos de conformidad a lo que me proponés"25.
Obviamente esta tolerancia tiene que ver con otro problema,
que trataremos inmediatamente, que es el de las dificultades de
Rosas para conseguir y controlar la mano de obra que necesi-
taba para sus explotaciones. En todo caso, los resultados son los
mismos: para conseguir mano de obra más o menos controla-
ble, limitar un poco la evasión/invasión de ganado en sus tierras,
o simplemente por presión de los vecinos de sus estancias, de-
be permitir que una parte considerable de sus tierras sean utili-
zadas por pobladores o trabajadores para realizar sus propias
actividades productivas.

24. 31/5/1846, AGN, X, 26.5.4.


25. 4/6/1838, AGN, X, 25.5.3.
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42 JORGE DANIEL GELMAN


CAPITULO CUATRO
PEONES DE CAMPO

Los estudios sobre los peones de campo en la época rosista señalan


como rasgo predominante la lucha de los grandes estancieros con
una población de tipo gauchesca a la que querían someter a concha-
bo para garantizar sus necesidades crecientes de mano de obra.
También se insistía en que el poder de los estancieros en la
campaña y el apoyo decidido de un Estado cada vez más contro-
lado por ese grupo permitieron ir sometiendo a esa población con
la ayuda de una batería de medidas legales: las leyes de vagancia,
la obligatoriedad de la papeleta de conchabo, la restricción a las
pulperías volantes, etc.

38/90
ROSAS, ESTANCIERO 43
Había asimismo un creciente despliegue del aparato estatal en
la propia campaña, representado por los jueces de paz y sus funcio-
narios subalternos, a su vez controlados o fuertemente influidos por
los grandes estancieros. Igualmente, la creciente militarización (o la
amenaza de reclutamiento) habría servido como instancia disciplina-
dora de esa población rural, que habría así aceptado el peonaje co-
mo un mal menor, de protección frente a las amenazas del Estado.
Una parte de la historiografía cuestionó estas imágenes. En
primer lugar, planteó la existencia de una concurrencia más que
una complementariedad entre el Estado y los estancieros por una
población masculina escasa, que aquél necesitaba convertir en
soldados y éstos en peones.
A la vez, se señaló la dificultad de pensar las estructuras militares
como instancias de control, ya que esas mismas estructuras respeta-
ban poco las leyes en general y la propiedad en particular. Finalmen-
te, se planteó que la escasez de trabajadores se imponía como un
tope muy preciso al control de los estancieros sobre esa población,
que por su parte supo aprovechar esta circunstancia para negociar
mejor las condiciones de trabajo en las estancias. También se de-
ben añadir otros elementos importantes en este cuadro revisionis-
ta, como son los condicionamientos que imponían a los estancieros
más importantes la existencia de una oferta de tierra abundante y la
persistencia de una población rural predominantemente campesina.
No sólo había una multitud de pequeños y medianos produc-
tores en las distintas regiones de la campaña. Estos ocupaban tie-
rras propias o del Estado; asimismo, como vimos en el caso de las
estancias del gobernador, en el interior de las grandes estancias ha-
bía productores por cuenta propia. Y esto significaba una dificultad
importante para el gran estanciero a la hora de encontrar mano de
obra, particularmente trabajadores más o menos permanentes.
El recurso que habían utilizado los estancieros a fines de la
época colonial para sortear este obstáculo era una población de

39/90
44 JORGE DANIEL GELMAN
migrantes del interior, muchos de ellos varones solos sin muchas
alternativas al trabajo asalariado, así como una creciente por-
ción de trabajadores esclavos de origen africano.
En cuanto al primer sector, aquel del interior, su flujo parece
haber continuado en la primera mitad del siglo XIX, atraídos por
las posibilidades de trabajo y de tierra que en muchas provincias
escaseaban. Sin embargo, se planteaba un problema muy serio
con ellos por la inestabilidad política, por las guerras y porque era
el sector más susceptible de caer en las garras de los oficiales
reclutadores de los ejércitos de este período.
Era mucho más fácil reclutar este tipo de personas, sin redes
sociales que los contuvieran en Buenos Aires, que la población cam-
pesina local, cuyo apoyo necesitaban bastante desesperadamente
los inestables gobiernos del lugar. Siendo este sector de migrantes
uno de los pocos con los cuales los estancieros podían contar
para sus faenas permanentes, los propietarios presionaron para que
los provincianos fueran exceptuados del reclutamiento.
Y, en efecto, la legislación de la primera mitad del siglo en gene-
ral reconoció esta excepción. Sin embargo, las necesidades del Es-
tado parecen haber sido más fuertes que estas presiones y podemos
constatar que una parte muy importante de los reclutados eran mi-
grantes, por lo general bastante recientes, que habían sido imputados
de "vagos" por los jueces o alcaldes para luego enviarlos a prisión.
Muchos de los reclutados conseguían escapar de sus oficiales y
los estancieros se ofrecían muy prestos a ocultarlos y darles traba-
jo en sus estancias, evitando que se los llevaran de nuevo. Igualmen-
te hacían todos los fraudes posibles para engañar a las autoridades
y presentar a muchos de sus peones susceptibles de ser reclutados
como casos que se encontraban exceptuados por la ley. Rosas en
esto parece haber sido un experto, aun cuando a veces contradecía
abiertamente las medidas que él, como gobernador, imponía al con-
junto de la población rural.

40/90
ROSAS, ESTANCIERO 45
RECLUTAMIENTO FORZOSO
En 1826 Rosas escribe una carta al administrador de las estancias
que regenteaba, explicándole cómo hacer para evitar que los peo-
nes sean reclutados. Como el gobierno iba a formar un regimien-
to de milicia con la gente del exterior del Salado, le recomienda
que diga que todos los peones eran de Los Cerrillos (del interior
del Salado) y además "los que puedan pasar por esclavos, no ne-
26

cesitan papeleta" .
Para convalidar esta situación, en septiembre del mismo año,
escribe al comandante que iba a enrolar, diciéndole que en las afue-
ras del Salado los peones que tiene no son vecinos del lugar, sino que
son sólo provincianos y como tales están exceptuados de la milicia27.
Nicolás Anchorena hacía cosas parecidas y en 1834 lo encon-
tramos recomendando a su administrador, Morillo, cuáles son las
categorías de trabajadores que están exceptuadas de reclutamien-
to. Y le indica que con aquellos peones de quienes no es posible
demostrar su excepción, que los deje "en libertad, para que cum-
plan o no cumplan, porque ni Usted ni yo tenemos obligación, po-
der, ni autoridad por la ley para obligar a los peones a que vayan"28.
Nos consta que Rosas llegó a ocultar reclutas evadidos que
utilizaba como peones en sus estancias. Es verdad, también, que
eso ocurre en 1839, en medio de una escasez enorme de peones
y una de las peores crisis políticas de su gobierno, cuando el go-
bernador advierte al administrador de Chacabuco sobre dos de-
sertores que habían vuelto a la estancia: "En cuanto a los individuos
Vicente Acosta y José Zapata, podés ponerlos en algunos de los
puestos que no están muy a la vista, sobre algún camino, hasta
que yo pueda indultarlos"29.
26. Carta de Rosas a Morillo, 1826, AGN, VIl, 16.4.7.
27. Carta del 12/9/1826, Ibid.
28. Carta del 28/12/1834, AGN, X, 16.4.8.
29. Carta a Peredo, 31/8/1839, AGN, X, 25.6.6.

41/90

46 JORGE DANIEL GELMAN


Es que la voracidad de los ejércitos y milicias en reclutar hom-
bres en la primera mitad del siglo XIX era insaciable y esto podía
poner en cuestión todo el sistema de trabajo en las estancias, más
aun que en las pequeñas explotaciones familiares que se encon-
traban amparadas en parte por la legislación y quizá sobre todo
por los vínculos sociales con el vecindario y las autoridades en-
cargadas de reclutar. Esta situación podía tornarse dramática en
los peores años de guerra exterior o de conflicto civil.
Un ejemplo catastrófico en este sentido fue el bloqueo fran-
cés de 1838-40 y, sobre todo, el alzamiento antirosista de la cam-
paña sur a fines del '39, que parece haber generado una escasez
absoluta de peones por los reclutamientos forzosos y la propia si-
tuación de caos social. En diciembre del '39 el administrador de
Rosario escribe a Rosas diciéndole que todo el trabajo está atra-
sado "a causa de los unitarios salvajes que han originado tantos
males, pues desde el día 1 del pasado noviembre están en servicio
todos los negros que tenía conchabados, y hasta ahora siguen en
asamblea, de modo que sólo me quedan cinco peones"30.
Como dijimos, la otra solución colonial a la demanda de tra-
bajo estable en las estancias eran los esclavos africanos,. Hasta
1815, siguiendo los datos del censo de ese año, el número de
esclavos rurales se incrementa notablemente, llegando a repre-
sentar casi un 9 por ciento de la población. Pero desde entonces,
si bien su desaparición fue lenta, el esclavo se fue convirtiendo en
un bien cada vez más escaso y, por lo tanto, caro.
También los esclavos parecen haber aprendido a ampararse
en la nueva situación creada por la Revolución y la necesidad que
de ellos tenían los gobiernos para defender mejor sus derechos.
En la visión de las elites, los esclavos se estaban insolentando.
Pedro de Angelis, en su ya citada biografía de Rosas, explica:

30. Carta de Paez, 18/12/1839, A G N , X, 25.7.1.

42/90
ROSAS, ESTANCIERO 47
"La Revolución... agitó profundamente al país e hizo que los es-
clavos fuesen menos dóciles a la voz de sus amos"31.
Sea como sea, lo cierto es que los esclavos fueron cada vez
menos y los propietarios tuvieron que contentarse cada vez más
con los peones libres y por lo tanto éstos pasaron a conformar ca-
si la única fuente de trabajadores estables en las estancias.
Rosas fue un gran propietario de esclavos. En 1825 todavía los
utilizaba en grandes cantidades: poseía en esa fecha al menos
33 personas de esa condición jurídica. Sin embargo, desde me-
diados de la década siguiente parece ya no haber más esclavos
en sus estancias. Inclusive en estas últimas fechas varios de los
que habían sido sus esclavos diez años atrás aparecen en las lis-
tas de peones y capataces, trabajando por un salario al igual que
el resto de los trabajadores de sus estancias.
La excepción tardía parece haber sido un esclavo carpintero,
que trabajaba en Rosario hasta 1840 y que sólo parece darle pro-
blemas al gobernador. Ese año el esclavo visita a Rosas en Bue-
nos Aires y éste le cuenta al administrador de la estancia que "co-
mo yo no quiero esclavos ni caso le he hecho". Y luego agrega
que lo mandó de vuelta a Rosario y le explica a su administrador
que "si allí no anda bien le daré la libertad, para que vaya a bus-
car su vida donde Dios lo ayude, pues repito que ya no quiero más
esclavos". Y de inmediato agrega: "Espero no será desagrada-
ble ante los ojos de Dios"32. Más allá del intento algo tardío de que-
dar bien con su conciencia, lo que esto refleja claramente es el fin
de la esclavitud como método corriente de obtener mano de obra
estable en la campaña.
Entonces, por lo menos desde mediados de la década del '30,
las fuentes de mano de obra para la estancia eran más limitadas

3 1 . Ver su " B i o g r a f í a " , cit., p á g . XIV.


32. Carta d e l 24/4/1840, A G N , X, 25.7.1.

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48 JORGE DANIEL GELMAN
y habían perdido un elemento, la esclavitud, que demostró ser
muy eficaz para ellas en el pasado.
Lucio Mansilla, en su ensayo sobre Rosas, da una visión bastan-
te ajustada de los tipos de trabajadores de la gran estancia en este pe-
ríodo: "Había el mayordomo, el capataz, la peonada más o menos se-
dentaria, y cuando llegaban las grandes faenas, las yerras, el gaucho
errante se conchababa por unos cuantos días. Luego volvía a su vida
de cuatrero, merodeaba, estando hoy con los cristianos, mañana
con los indios; y algunas provincias mandaban inmigraciones de tra-
bajadores, periódicamente, que en el camino robaban cuanto podían"33.
Más allá de esa visión muy propia de la elite que observaba con
temor a esa población flotante que no se sujetaba a la autoridad de
un patrón, lo que parece cierto es la división entre el personal jerár-
quico de la estancia y los peones más o menos "sedentarios", por
un lado, que trabajaban meses completos en la explotación, y por
el otro lado una variedad muy grande de personajes que sólo se
contrataban en la estancia para tareas extraordinarias y se lo hacía,
cabe añadir, con contratos por día o por tarea.

LUGAR DE LOS INDIOS


Entre 1835 y 1849, que son los años sobre los cuales tenemos in-
formación sistemática sobre las estancias de Rosas, encontramos
cuatro categorías principales entre los trabajadores más estables:
los empleados jerárquicos (administradores y capataces), los peo-
nes mensuales ordinarios, los cautivos y los peones gallegos o
españoles (inaugurando así, dicho sea de paso, la tendencia rio-
platense a confundir la identidad española y la gallega).
Las categorías que encontramos a lo largo de todo el período
estudiado son las dos primeras, los jerárquicos y los peones ordi-

33. L. Mansilla, Rozas. Ensayo histórico-psicológico, Talleres gráficos argentinos,


Bs. As., 1933, pág. 57.

ROSAS, ESTANCIERO 44/90 49


narios, con contratos mensuales. Ya mencionamos que en el pri-
mer caso algunos tenían derecho a sostener ciertas actividades
productivas propias. Pero en el caso de los capataces de puestos
y de los peones se trataba centralmente de trabajadores asala-
riados que se contrataban siguiendo las reglas ordinarias que im-
ponía el mercado: se les pagaba los salarios usuales en la campa-
ña y se ocupaban de las tareas ordinarias de la explotación. Eso
ocurría en San Martín, con los trabajos de la quinta y chacra, los
pastores de las ovejas y los cuidadores de los otros ganados.
En los casos de Rosario y Chacabuco los peones cuidaban prin-
cipalmente el ganado vacuno y equino, siendo su ocupación cen-
tral parar rodeo y evitar el alzamiento del ganado. Se trataba de
trabajadores bastante confiables para la explotación y los vemos
reaparecer una y otra vez en las estancias, aunque no tenían lazos
de sujeción demasiado estrechos con el propietario. Eran emplea-
dos caros debido a la escasez general de mano de obra en la cam-
paña de la época y sobre todo muy escasos en determinadas
coyunturas, como algunas de las ya referidas.
Para tratar de reducir los costos de la explotación, así como
para garantizar la presencia permanente de trabajadores, el go-
bernador recurrirá a métodos que se asimilan a las condiciones
en las cuales trabajaban los esclavos en la época más temprana,
y aquí es donde aparecen ios cautivos y los gallegos.
En un famoso memorial de Rosas de 1820, en el que explica-
ba su preferencia por establecer tratados de amistad con los in-
dios de la frontera, explicaba que con ello, además de permitir ase-
gurar las explotaciones de sus ataques, "los indios hasta llegarían
a suplir la presente escasez de brazos en la campaña. En mis es-
tancias Los Cerrillos y San Martín tengo algunos peones indios
pampas que me son fieles y son de los mejores"34.

34. Rosas, "Segunda memoria...", en Saldías, Historia de la Confederación..., T. I,


pág. 349.

45/90
50 JORGE DANIEL GELMAN
Por la información que tenemos para la década del '30, el cau-
tivo es una categoría de trabajador compuesta por indígenas, cla-
ramente diferenciada de los peones ordinarios de la explotación
y con un trato más parecido al de la esclavitud. Algunos de ellos
parecen haber sido entregados al gobernador por pueblos de "in-
dios amigos" y no tenían libertad para contratarse donde quisieran,
sino que debían permanecer en esas explotaciones.
En ellas realizaban tareas como el resto de los peones, pero
no recibían el mismo salario sino que, más parecido al trato dis-
pensado a los esclavos, recibían "raciones" todos los domingos
y además se les agregaba un poco de plata por semana para gastos
menores. Así, por ejemplo en 1838, además de la ración sema-
nal de productos, en San Martín se les paga a una parte de los
cautivos un peso por semana y a otra parte apenas la mitad. Aun-
que no podemos calcular el costo de las raciones, resulta obvio
que el salario monetario que se les entrega se parece mas bien a
un pequeño premio o incentivo si lo comparamos al salario medio
de los peones libres de los mismos años, una cifra que se acer-
caba a los 40 pesos por mes.
Sin embargo, la capacidad de retener en las mismas condicio-
nes y manipular a estos indios cautivos disminuye en la década
del '30. Las propias alteraciones políticas y sociales de finales de
la década parecen haberles abierto una brecha para presionar y
negociar su status en las estancias, que terminará por cuestionar
todo este sistema de explotación.
En primer lugar, observamos su progresiva desaparición de
las estancias más cercanas a la frontera y su reclusión en las
más próximas a Buenos Aires donde parecía más fácil controlar-
los. Hasta 1837 todavía están en la estancia Chacabuco del gober-
nador; pero a partir de esa fecha no encontramos más referencia
a este tipo de trabajadores ni en esta estancia ni en la de Rosario
y sólo los localizaremos en la de San Martín, en Cañuelas, cerca

46/90
ROSAS, ESTANCIERO 51
de la ciudad. Hacia finales de 1838 quedan en esta última cinco
mujeres cautivas y ocho varones, todos muy jóvenes. Pero in-
cluso aquí, a partir de estos años, la situación de los cautivos
empieza a cambiar y se transforman con rapidez en trabajadores
cada vez más libres y difíciles de retener.
Un ejemplo de la resistencia de los cautivos a continuar en su
situación servil lo encontramos en el año '38, cuando uno de ellos,
Felipe Castañeda -según cuenta el administrador-,"se me ha hui-
do en estos días por haberle pegado el capataz unos rebencazos
porque no cumplía con su obligación". Y luego agrega: "Se ha ¡do
en un caballo dé un peón"35.
La osadía de este cautivo no irá demasiado lejos, ya que se-
rá atrapado por el juez de paz de Las Conchas unos días más tar-
de; sin embargo, el resultado final indica la crisis de este sistema
de trabajo en las estancias de Rosas. El gobernador manda de vuel-
ta al "indio Castañeda" a la estancia, pero le dice al administra-
dor: "A este indio como ya va siendo mosito podrías señalarle
15 pesos por ahora al mes, y con el tiempo irle aumentando, según
su trabajo, y quizas así se sujete 36 .
Como se ve, el "castigo" al cautivo por su huida no es el cepo,
sino asignarle un salario. Por supuesto que todavía sigue siendo un
monto bajo en relación con los peones ordinarios; pero es una
muestra muy clara de las dificultades crecientes del gobernador
para conservar este sistema de trabajo coercitivo y de las posibi-
lidades progresivas de los cautivos de negociar su status y acer-
carse cada vez más al del resto de la población rural.
La transición será muy rápida y muy compleja y la información
que tenemos nos muestra a las claras la capacidad de estos cauti-
vos de comprender su situación y de presionar para modificarla.

35. 12/7/1838, Ibid.


36. Carta del 22/7/1838, Ibid.

47/90
52 JORGE DANIEL GELMAN
Un mes y medio después del suceso narrado, el administra-
dor manifiesta la dificultad de continuar tratando igual que antes
a los demás cautivos de la estancia si al indio Castañeda se le da
el status privilegiado de pagarle un salario. Dice así: "Sobre el chino
Castañeda, sobre el sueldo de 15 pesos que usted me decía se le
podía poner por mes. Yo señor hallo que sería conveniente, pero
como tengo dos cautivos mozos peones que ya son de todo tra-
bajo y otro más que será como Castañeda, han de fijar la atención
de que éste gana sueldo y ellos no. Porque han estado siempre
recibiendo la ración por semana, lo mismo que Castañeda". La
respuesta de Rosas no se hace esperar y le contesta: "Puesto que
tiene U. dos cautivos ya de cuenta puede señalarle a Castañeda
10 pesos mensuales, y a cada uno de dichos cautivos otros diez,
hasta más adelante en que se les retire el vestuario que ahora se
37

les da sin cargo y se les asigne jornal de cuenta' .


Aunque Castañeda de repente debió resignar 5 pesos de su
salario prometido, su huida dio lugar a que también los otros em-
pezaran a cobrar un salario sin que todavía les retiren la ración del
vestuario. Y desde aquí la situación se acelera. A mediados del
año siguiente Rosas otorga plena libertad a las cautivas mujeres
"para conchabarse donde mejor les acomodase" y, aunque los
cautivos varones seguirán ganando hasta el final salarios infe-
riores al resto de los trabajadores, consiguen aumentar radical-
mente sus haberes hasta llegar a duplicar en 1840 el salario que
recibían en 1838, mientras el resto de los trabajadores continúa
con salarios estables.
Lo cierto es que desde 1840 los cautivos desaparecen corno
categoría de trabajadores en las estancias del gobernador. Des-
de fines de 1839 se produce una agudísima escasez de brazos que
parece continuarse al menos hasta 1842 y que se refleja a partir

37. Cartas del 1/9/1838 y del 3/9/1838, A G N , X, 25.5.5.

48/90
ROSAS, ESTANCIERO 53
de esos años en un incremento notable de los salarios de todos
los tipos de trabajadores.

VIENEN LOS GALLEGOS


Esta escasez y carestía de trabajadores llevan a Rosas, a mediados
de la década del '40, a recurrir a otro expediente para tratar de so-
lucionarlos: los peones gallegos. ¿Pero quiénes son estos gallegos?
Se trata de trabajadores españoles a quienes el gobernador les
paga el pasaje para que vengan a Buenos Aires con el compromiso
de trabajar en sus propiedades por un salario; de este sueldo se iría
descontando el valor del pasaje hasta saldarlo y, en ese momento,
se convertirían en peones libres. Resulta evidente que la necesidad
del gobernador de desembolsar una fuerte suma para hacer venir
desde Galicia a unos cuantos trabajadores es, por sí misma, una mues-
tra de la escasez y carestía del trabajo en la campaña de esos años.
La ventaja para Rosas era la relación de dependencia genera-
da por el endeudamiento que le autorizaba a fijarles un salario bas-
tante más bajo que el que le pagaba a los demás peones. Y, de
paso, aseguraba su presencia en sus propiedades hasta que sal-
daran sus deudas. La vida inicial de estos gallegos en las pampas
debió ser bastante dura, porque a sus salarios más bajos debían
descontarle los pagos para saldar la deuda del pasaje, lo que re-
sultaba inexorable y era escrupulosamente registrado en las
libretas que cada uno llevaba con las estancias.
Pero no todo era color de rosas para el gobernador en su rela-
ción con estos gallegos. En la estancia de San Martín, dedicada a la
agricultura y la cría de ovejas, parecen haberse adaptado rápida-
mente y el administrador le pide en 1845 a don Juan Manuel que le
envíe más "porque para todo sirven y ganan menos que los demás
38

peones que van trabajando como los gallegos" . Sin embargo, en

38. Carta de Schoo a Rosas, 31/5/1845, A G N , X, 43.2.8.

49/90

54 JORGE DANIEL GELMAN


las estancias ganaderas, de la frontera, donde las destrezas a caba-
llo eran imprescindibles, fue más difícil emplearlos con provecho.
Así se quejaba el administrador de Chacabuco, quien le pide a Ro-
sas que le consiga peones domadores para los puestos porque "hay
varios capataces que no tienen mas que los peones gallegos, aun-
que éstos se van aplicando al trabajo de campo y en un año mas de
servicio podrán desempeñar los ejercicios de estancia"39.
Si entre 1844 y 1845 estos españoles, mientras van siendo adies-
trados, empiezan a cumplir funciones primordiales en las estancias
garantizando una presencia estable y barata de peones, también
con bastante rapidez empiezan a saldar sus deudas y a resistir las
condiciones desfavorables que les había impuesto el gobernador.
En 1846, uno de estos gallegos (Ramón Ceijo) se fugó de Cha-
cabuco y fue atrapado y reclutado por el general Prudencio Rosas.
Aunque no sabemos si el gobernador consiguió recuperar el dine-
ro que este hombre aún le debía, no volverá a aparecer en las listas
40

de gallegos de las estancias de Rosas . Lo más grave para el gober-


nador era que, aun ganando salarios más bajos que el resto, estos
gallegos empezaron a saldar sus pasajes con bastante rapidez y así
lograron cambiar las condiciones en que eran empleados.
En octubre de 1846 ya hay algunos en Rosario que han salda-
do sus deudas y, como Rosas no autoriza a aumentarles el sueldo
con rapidez, se empiezan a ir. En 1847 esta situación empieza a ser
frecuente y los administradores de las estancias logran que algu-
nos se queden (otros se van), pero los primeros consiguen en ge-
neral que se les aumente el sueldo al nivel de los peones libres y
también discuten las otras condiciones de trabajo. Así, por ejemplo,
en Rosario a uno se le aumenta el salario a 100 pesos (igual que a los peon

3 9 . Carta del 31/1/1845, A G N , X, 43.2.8.


40. Carta del 30/9/1846, A G N , X. 26.5.4.

50/90

ROSAS, ESTANCIERO 55
por ahora", mientras que otro no sólo recibe un aumento salarial,
sino que además "quiere seguir su trabajo en la casa con don Basi-
lio en la quinta" y abandonar las tareas ganaderas41.
Como se ve de nuevo, y más fácilmente que en el caso de
los cautivos, estos trabajadores coactivos consiguen cambiar su
status y alcanzan condiciones de empleo parecidas a los demás
trabajadores libres. Es decir que en plazos mas o menos breves
las condiciones de trabajo de los empleados mensualizados ten-
dieron a igualarse y Rosas no tuvo más remedio que contentar-
se con los libres y las condiciones que imponía el mercado de tra-
bajo y la propia resistencia de esos peones.
Por otro lado, existían los trabajadores ocasionales, por día
o por tarea. La existencia de este tipo de trabajador se vincula por
un lado con algunas tareas de la estancia que tienen una deman-
da estacional muy aguda. Pero también aparece como una opción
de esas mismas personas que prefieren este tipo de contrato que
les otorga mayor libertad y sobre todo salarios mucho más al-
tos, aunque por períodos más cortos.
En cuanto a los trabajadores por tarea, se trata centralmente de
los que se ocupan de la trasquila de las ovejas y reciben un salario
por cantidad de ovejas trasquiladas. Como es sabido, esta actividad
se realiza puntualmente en el verano, requiere importantes canti-
dades de trabajadores y no se puede retrasar, a riesgo de provo-
car un mal al animal pelado cuando se inician los primeros fríos.
Este tipo de trabajador no parece haber faltado en las estancias
de Rosas cuando se lo necesitaba. En todo caso, no hemos encon-
trado quejas por este motivo en la correspondencia. Por supuesto
que para ello había que pagarles bien y a su vez suministrarles algu-
nos "vicios" mientras duraba la faena. Así, en diciembre de 1838,
el administrador Bécar le informa a Rosas que con los peones de la

41. Cartas del 9/10/1846, 28/7/1847 y 24/4/1847, AGN, X, 25.7.1.

51/90
56 JORGE DANIEL GELMAN
trasquila "he tenido que abrir un tercio chico de yerba que había, sin
su orden de Usted, pero lo he hecho para que no tengan que que-
jarse"42. Esta oferta aceptable de peones trasquiladores quizá se
explique por la mayor cercanía a la ciudad de esta actividad, que per-
mitía una fluida presencia de trabajadores eventuales de diversas
procedencias (incluidos citadinos) y también por un hecho peculiar
que ya ha sido señalado por los trabajos referidos a la segunda mi-
tad del siglo: no sólo se contrataban varones para la esquila, sino
que aquí la mujer adquiere por primera vez un rol destacado en las
labores asalariadas de la estancia. Sobre 35 casos de esquiladores
que hemos podido identificar en la estancia de San Martín, once eran
mujeres, es decir, casi un tercio de la mano de obra empleada.
La otra cuestión interesante a destacar de estos personajes es
que no parecen tener ningún tipo de compromiso a largo plazo
con la estancia, sino que se trata de trabajadores itinerantes que
probablemente luego continuaran esquilando en otros campos o
desarrollaran algunas actividades propias.

VIVIR AL DÍA
Existían también los peones por día. Éstos eran contratados ma-
yormente por unos cuantos días en algunos meses, cuando las
estancias los necesitaban para faenas extraordinarias como la ye-
rra y castración de animales.
En San Martín los encontramos entre abril y mayo realizando
la yerra. Pero en Rosario y Chacabuco no respetan una estaciona-
lidad, sino que aparecen contratados en distintos momentos y
para cumplir tareas diversas. Este comportamiento virtualmente
anómalo tiene que ver con un fenómeno del cual los administra-
dores y Rosas no dejan de quejarse, que es la escasez de peones
mensuales y la obligación de contratarlos por día. Y lo hacen sin

42. Carta del 7/12/1838, A G N , X, 25.5.5.

52/90
ROSAS, ESTANCIERO 57
lugar a dudas en contra de la voluntad de los patrones, ya que les
resultan menos confiables y mucho más caros.
Estos peones por día tienen varias armas para conseguir impo-
ner sus puntos de vista. La más importante era seguramente que
de la escasez general de peones de campo, la más acuciante era la
de los diestros en las faenas a caballo. Entre estos últimos se re-
clutaba la mayoría de los peones por día, en particular entre aqué-
llos que poseían sus propias tropillas de caballos y podían suplir
la escasez de animales de montar que padecían los estancieros.
Entre 1844 y 1849 Rosas y sus administradores se quejaron
frecuentemente de la imposibilidad de conseguir peones mensua-
les y de la necesidad de contratarlos por día, lo que resultaba
excesivamente caro. En 1844 Rosas escribió al administrador de
Chacabuco protestando por el excesivo jornal de esos peones y
diciendo que debía reemplazarlos urgentemente por mensuales.
Le sugería que les pagara solo quince pesos por jornal y no 20 y
"si les pagás 20 debe ser sólo por la necesidad, mientras puedas
hacerte de los caballos necesarios, pues esos jornales de los peo-
nes son tremendos y muy injustos para los hacendados, sin mas
causa que haber el gobierno dispuesto de sus caballos [de los ha-
cendados] para el ejército y haberse por ello alzado las haciendas.
Es pues conveniente ir comprando caballos para ir haciendo los
trabajos con peones por mes"43. A pesar de esta fuerte recomen-
dación, la presencia de trabajadores por día no cesa en los cuatro
trimestres de 1845 y los volvemos a encontrar en las fuentes de
Chacabuco en 1847. Por lo demás, no deja de llamar la atención
la queja de Rosas por las requisas de caballos que realiza el go-
bierno, siendo él mismo su titular.
El trabajo por día, entonces, aparece a veces como resultado
de la demanda estacional de las estancias, pero también como

43. 20/9/1844, AGN, X, 43.2.8.


53/90

58 JORGE DANIEL GELMAN


consecuencia de la escasez de peones que se deseaba contratar
por mes y por lo tanto como una estrategia de una parte de la po-
blación masculina rural, de un estrato de pequeños propietarios
(los que poseen al menos una tropilla de caballos), que aprove-
chaban para trabajar de manera coyuntural con un salario que po-
día ser varias veces mayor que el del trabajador mensual.
Al igual que los peones de la esquila, estos trabajadores por
día no parecen tener una relación prolongada ni compromisos a
largo plazo con las estancias. La inmensa mayoría sólo se contra-
tó por un breve período en las propiedades de Rosas.
Finalmente estaban los peones y capataces mensuales. Los
trabajadores que entraban en estas categorías eran más esta-
bles que los anteriores, pero no eran muchos los dispuestos a ha-
cerlo y, sobre todo, no por mucho tiempo.
Si se observan las cuentas disponibles de las estancias de Ro-
sas encontramos que pasaron por ellas al menos 585 personas
distintas que ingresaban en las categorías de peones y capata-
ces mensualizados. Se trata de una cifra muy abultada para la épo-
ca. Pero la gran mayoría sólo estuvo en esas propiedades apenas
uno o dos trimestres (más del 50 por ciento) y el resto apenas un
poco más. Sólo un núcleo muy reducido se mantuvo de manera
prolongada en las estancias de Rosas, particularmente una vein-
tena de capataces que estuvieron en ellas durante varios años.
Por otra parte, estos trabajadores, al igual que el resto de los
que encontramos en las estancias del gobernador, van a buscar
las maneras, a veces con más éxito, otras veces con menos, de
presionar para mejorar sus condiciones de trabajo. Veremos esto
a continuación.

54/90

ROSAS, ESTANCIERO 59
CAPITULO CINCO
COERCIÓN Y RESISTENCIA

No cabe duda, y la historiografía ha insistido sobremanera en ello,


de que Rosas intentará utilizar los instrumentos que le otorga el
poder económico, social y político que le confiere su situación pa-
ra limitar las aspiraciones de los pobladores de la campaña en ge-
neral y de sus propios empleados en particular.
Por un lado, el estanciero pone en juego las amenazas y la
coacción descarnada, elementos de los cuales, sin embargo, no
encontramos demasiados ejemplos en la abultadísima masa de
fuentes de sus estancias. También recurrirá al paternalismo, a la
protección frente a las leyes coactivas que el Estado (y él mismo

60 55/90 JORGE DANIEL GELMAN


como gobernador) implementó para limitar la movilidad y liber-
tad de la población más pobre, así como frente a la amenaza siem-
pre presente de los reclutamientos militares.
En relación con lo primero encontramos sólo pocos ejemplos.
La mayoría se refiere a los trabajadores que, por su propia con-
dición de origen, están sometidos a una sujeción coercitiva, los
cautivos y los españoles. Sin embargo, ya vimos como éstos lo-
gran modificar con bastante rapidez y éxito su situación.
En relación con el resto de los trabajadores, la represión o la
amenaza parecen haber funcionado mucho menos. Por ejemplo, en
1838 un capataz de Chacabuco "agarró unas cosas de la hacienda,
un poco de sebo y lo vendió"44. El administrador lo manda preso
inmediatamente a la Guardia del Monte. Y sin embargo, cuando
consulta a Rosas qué hacer con este pequeño ladrón, trata de mo-
rigerar las cosas aclarándole al gobernador que "es hombre de buen
servicio, esto lo haría porque es acostumbrado a sebo ración".
Como se ve aquí, resulta difícil diferenciar lo que el propieta-
rio considera un robo de las prácticas aceptadas en esa relación, a
las cuales el administrador apela en su carta para limitar el castigo
a un capataz que aprecia. En 1844 Rosas le escribe al administrador
de Chacabuco para impulsarle a poner orden entre los peones más
díscolos. Le dice puntualmente: "En cuanto a los desobedientes, ya
sabés que no debés aflojarles ni un momento, porque para que ha-
ya orden en una casa es necesario amenazar a los malos y a los atre-
vidos con los castigos necesarios"45.
Al año siguiente tendrán oportunidad de poner en práctica es-
tas amenazas cuando un peón mensual se escapa de la misma es-
tancia sin haber finalizado su contrato. El administrador explica

44. Carta de Peredo, 28/5/1838, A G N , X, 25.5.3.


45. Carta del 20/9/1844, A G N , X, 43.2.8.

56/90
ROSAS. ESTANCIERO 61
que este peón "se va sin licencia mía y como prófugo, a causa
de la reprensión que le hice en el trabajo".
Como se ve aquí, la amenaza no provocó la sumisión, sino la
huida del peón. Y el administrador explica muy bien la cuestión:
"Estos hombres se figuran son árbitros en sus [acciones] sin res-
petar a quienes están sujetos. Quiero pues me lo remita si llega
a esa, a que no queden acostumbrados a salir con sus ideas"47.
Resulta claro que hay una disputa entre los hábitos de los traba-
jadores rurales y los intentos de coaccionarlos para imponerles
normas distintas.
Y en este caso el triunfo resulta en el corto plazo para el go-
bernador. A los pocos días "el peón que se fugó, Ramón Gualpa,
luego que llegó lo puso preso en el cepo Calderón [el adminis-
trador del saladero de Rosas], y ahora lo he mandado traer para
acá, al cepo de acá para que lo tengan diariamente tres horas de
cabeza, y el resto del día y la noche de pies. Así seguirá hasta
que se conozca estar bien arrepentido de su delito y entonces le
ordenaré a Calderón que te lo mande"47. Por un lado, hay que des-
tacar que el peón fugado no dudó en dirigirse hacia el saladero de
Rosas, lo cual muestra sus expectativas de no ser castigado por
irse de la estancia; pero aquí el gobernador tampoco dudó en im-
ponerle un durísimo castigo para tratar de contener, con ese ejem-
plo, las actitudes de sus peones.
Sin embargo, como dijimos, este tipo de situaciones no apa-
recen reflejadas con frecuencia en las fuentes que llegaron hasta
nosotros. Lo que sí encontramos con mayor frecuencia son las
actitudes paternalistas y de protección hacia los pobladores como
una forma de lograr su mayor sujeción. Ya mencionamos cómo
Rosas disfraza a los peones para evadirlos de las obligaciones m¡-

46. Todo esto en carta del 20/3/1845, AGN, X. 43.2.8.


47.11/3/1845, ibid.
57/90
litares, incluso escondiendo a algunos que ya habían desertado.
Rosas parece comprometerse con los peones que consigue con-
chabar en sus estancias a evitarles la milicia y esto queda claro en
una carta de 1826 dirigida al comandante reclutador, cuando le ex-
plica que si intenta reclutar a sus peones del exterior del Salado
"se ¡rían sin quedar uno". Y agrega además lo que considera más
grave: "Se irían desacreditando mi nombre diciendo que les ha-
bía faltado, pues cuando les contraté fue asegurándoles que no
48

serian por ningún motivo empleados en el servicio de armas" .


Es clarísimo en esta carta el intento de Rosas de convertirse en
protector de sus peones frente a un Estado voraz de reclutas y, co-
mo también explica, la clave para conseguirlo es que se difunda
en la campaña que él cumple con la palabra empeñada.
También intentará proteger a sus peones frente a ciertas ad-
versidades, como cuando los heridos son enviados a curarse a
Buenos Aires. No se les seguirá pagando el salario, pero Rosas pa-
rece tomar a su cargo los gastos de curación. O cuando, por ejem-
plo, fallece Pedro Lastra, el quintero que tuvo por mucho tiempo
en Rosario. En ese caso le indica al administrador de la estancia
que "a la señora viuda dígale Ud. que si gusta puede seguir ahí vi-
viendo donde yo podré atender mejor a sus necesidades y a sus
hijos. Digo esto porque si se va a otra parte, luego le destinarán
los hijos al servicio sin yo poder remediar"49.
En conclusión: paternalismo y protección frente a las ame-
nazas del Estado reclutador. Pero el objetivo de esto es doble: en
una carta anterior del administrador de Rosario, se aclara que la
viuda del quintero piensa irse a vivir a San Fernando bajo el am-
paro de unos parientes pobres. Y se indica que los dos hijos ma-
yores de Lastra, de 12 y 13 años, "están conchabados con Don

48. Carta de Rosas a Salvadores, 12/9/1826, AGN, Vil, 16.4.7.


49. Carta de Rosas a Paez, junio de 1847, AGN, X, 25.7.1.

58/90
ROSAS, ESTANCIERO 63
Laureano [el administrador de Chacabuco al otro lado del Salado]
para los pastoreos"50. Es decir que Rosas busca también por esta
vía retener a estos dos adolescentes que ya sirven como peones
mensualizados en una de sus estancias.

CAMBIAR ALGO
A pesar de todo esto, el éxito de Rosas en reclutar peones men-
sualizados es bastante relativo y deberá utilizar otros recursos, que
son sin duda los más frecuentes: los estímulos salariales y la
mejora en las condiciones de trabajo.
La correspondencia es reiterativa sobre esto y sobre las propias
exigencias de los trabajadores para conseguir esas mejoras. Ya en
1820, al referirse Rosas a las dificultades de mover a la "milicia del
sur" e incluso a la "peonada de mi hacienda", explica al gobierno
que muchos se van y que "para mover y entusiasmar... no debe
faltar el aliciente del interés cuando el honor no es estímulo. Por
lo tanto, creo que sin dinero nada podrá hacerse..."51.
En 1832, en medio de una fuerte sequía y el alzamiento de los
ganados, le escribe Rosas al administrador de las estancias de An-
chorena: "A los peones haláguelos del modo que crea más con-
veniente y anímelos. Por lo que importa el jornal no se pare en el
precio atendida la necesidad..."52.
Por supuesto que Rosas, al igual que cualquier estanciero im-.
portante, tratará de pagar los salarios más bajos posibles a sus
trabajadores. Sin embargo, su capacidad para hacerlo es limitada
por las opciones que éstos poseen y que les confiere una impor-
tante capacidad de resistencia. Esto se hará sobre todo evidente

50. 26/3/46, Ibid.


5 1 . Carta al " g o b e r n a d o r s u s t i t u t o " , 6/9/1820, A G N , Vil, 16.4.7.
52. Carta de Rosas a Décima, 20/3/1832, A G N , Vil, 16.4.8.

59/90
64 JORGE DANIEL GELMAN
en los momentos de grandes necesidades de las estancias y de
aguda escasez de peones por circunstancias como las guerras, los
conflictos políticos o coyunturas climáticas adversas.
Los pedidos de aumento salarial, las quejas y las alteraciones
de los peones y capataces aparecen reiteradamente en las fuen-
tes que provienen de las estancias. A fines del '37 registramos
un pedido de aumento salarial de los capataces de Chacabuco. A
fines del '38 son los peones de San Martín quienes reclaman un
aumento. Unos meses más tarde se reitera el pedido y ante la fal-
ta de respuesta el administrador se empieza a quedar sin peones.
Al año siguiente el administrador de esa estancia le informa a Ro-
sas que los trabajadores reclaman el pago puntual de sus haberes
y además "se hallan rezongando por los sueldos. Dicen, según yo
sé, que el sueldo de 40 pesos en el día para nada les alcanza" (y
tenían razones más que justificadas para decir eso en medio de
una inflación de precios impresionante).
Al año siguiente se les aumenta el salario "pues todos se me
quiejaron que sus sueldos para nada les alcanza". El mismo año
el administrador de Rosario reclama a Rosas el dinero de los pa-
gos "pues la mucha demora de los pagamentos causa disgusto a
los peones...". Y para dar algunos ejemplos tardíos, en 1845 el ad-
ministrador de Chacabuco le informa a Rosas de la escasez de peo-
nes de largo plazo "porque actualmente hay alteraciones en ellos;
unos sirven 2 o 3 meses, luego cesan de trabajar y van a servir a
otra parte". Y en 1847 el mismo personaje advierte al patrón que
muchos peones se están saliendo de la estancia y que incluso los
peones por día, con lo excesivamente caros que son, "últimamen-
te no permanecen más tiempo que el que le duran los caballos"53.

53. Todas estas citas son de las cartas de 30/12/1837, 2/10/1838,27/12/1838,15/6/1839,


2/6/1840, 22/6/1840,29/5/1845 y 26/5/1847, en AGN, X, 25.5.4, 25.5.5, 25.8.3, 25.8.2,
43.2.8 y 26.5.4.

60/90
ROSAS, ESTANCIERO . 65
Por supuesto, los administradores y Rosas tratarán de resistir
estos embates pero, sobre todo en determinadas coyunturas, ter-
minarán cediendo a las presiones ante la amenaza de quedarse sin
peones. 0 bien ante la alternativa de tener que recurrir masiva-
mente a la contratación por día, camino todavía más gravoso
para la explotación.
Muchos trabajadores rurales se resisten a ser contratados por
períodos prolongados, incluso a riesgo de carecer de libreta de
conchabo, lo que los volvía susceptibles de caer bajo las garras de
la autoridad. En una carta de 1838 el administrador de la estan-
cia de San Martín advierte al gobernador que no consigue peones
por plazos prolongados, que muchos se "han ido saliendo" y que
"yo los había querido conchabar bajo contrato. Pero ellos no lo
han querido admitir"54.

EVOLUCIÓN SALARIAL
Veamos someramente cómo incide todo esto en la evolución de
los salarios de los trabajadores de las estancias de Rosas y, sobre
todo, en su nivel de vida y en los costos de las explotaciones.
Si observamos a los capataces y peones libres, tenemos una
muy fuerte estabilidad en sus salarios nominales hasta 1842 y
luego subas bastante espectaculares; un poco más temprano bene-
fician a los capataces, pero son seguidos, luego, por los peones.
Si comparamos estos movimientos de salarios con los de
los peones por día y los de la esquila por tarea, la situación tiende
a homologarse. Con todo, notamos alguna diferencia interesan-
te, como un leve aumento en el salario de los peones por día y
tarea en 1840, es decir antes que los mensualizados.

54. Carta del 8/2/1838, A G N , X, 25.5.5.

61/90

66 JORGE DANIEL GELMAN


Como ya hemos señalado, estos años serán críticos para
los estancieros por varios motivos que se agravan con el levan-
tamiento del sur de finales del '39 y la invasión de la provincia por
Lavalle en 1840. Aunque los salarios de peones y capataces no
aumentan en ese momento, lo que en realidad sucede es que las
estancias de Rosas se quedan irremediablemente sin trabajadores
y los niveles salariales que se indicaron valen para unos pocos
peones y capataces que logran ser retenidos, como también se
ha dicho, por poco tiempo.
De allí en adelante la situación en este sentido parece volver-
se caótica y el resultado será el alzamiento de los ganados del go-
bernador cuyas consecuencias deberá pagar unos años más tarde.
Entonces el leve aumento en los salarios de los peones por día y
por tarea puede estar reflejando un intento de conseguir traba-
jadores más caros, por unos días contados, en medio de esa
situación desesperada.
A mediados de la década del '40, en cambio, las alzas en los
salarios de todas las categorías corren parejas, aunque una de ellas
parece salir relativamente favorecida. Se trata de la paga recibida
por los peones por día que llegan a triplicar el salario nominal
(entre 1838 y 1845), mejora que recién alcanzan los peones men-
suales en el año 1849.
Estos incrementos salariales de mediados de los '40, que se ini-
cian en realidad en 1843 para reafirmarse en los años siguientes,
están reflejando por un lado las dificultades de las estancias por la
escasez de peones generada desde 1840. Esto fue así debido a
una fuerte sequía ocurrida en 1843-44, pero sobre todo por una for-
tísima resistencia de los trabajadores acosados por un alza en los
precios muy aguda que se produjo en los años precedentes.
Hemos podido comparar la evolución de los salarios de peo-
nes y capataces mensualizados con los precios del trigo, la carne
salada y el oro en Buenos Aires. Las conclusiones generales de
62/90

ROSAS, ESTANCIERO 67
este ejercicio reflejan una tremenda caída del poder adquisitivo
hasta inicios de los '40. Esa baja de los salarios comienza aproxi-
madamente en 1837, se agudiza en 1839 y 1840, para mantenerse
en niveles muy bajos hasta 1842-43.
La situación de los asalariados rurales entre 1838-39 y 1842-43
parece haber sido dramática, aunque quizá podemos matizar
estas conclusiones si recordamos que parecía haber muy pocos
asalariados rurales desde fines del '39 y por un tiempo bastante
prolongado. Probablemente los estancieros tuvieron que com-
pensar esto con sustanciosas raciones de carne y otros bienes
de consumo a sus pocos empleados.
En cualquier caso, esta situación, y sobre todo la combinación
del alza de la carne con la tremenda alza del trigo entre el '41 y el
'43, significaron un empobrecimiento absoluta de la población
asalariada y ayudan a entender la resistencia persistente de los tra-
bajadores en 1842-43 para conseguir una fuerte alza en los salarios.
Cuando en estos años el gobernador se proponga retener y
aumentar la dotación de trabajadores de sus estancias, deberá
aceptar fuertes aumentos en los salarios. Y la coyuntura de pre-
cios más favorable permitirá que la recuperación en términos rea-
les de esos sueldos resulte a veces impresionante.

¿DÓNDE ESTÁ EL NEGOCIO?


Si por otra parte intentamos evaluar el impacto de estos cam-
bios en la rentabilidad de la gran estancia, lo más útil sería consi-
derar la relación de los salarios con los precios de exportación. En
efecto, siendo los gastos salariales una parte sustancial de los gas-
tos corrientes de la estancia, y siendo los precios de las exporta-.
dones un indicador de los ingresos de un estanciero como Rosas,
su relación nos debería iluminar sobre la mayor o menor bonanza
del propietario.

63/90
68 JORGE DANIEL GELMAN
En este sentido lo que podemos observar es una relación fa-
vorable al estanciero entre 1838 y 1842 por el alza del precio de lo
que vende y la baja en términos relativos de lo que compra (el sa-
lario se mantiene estable). Sin embargo esto es sólo una aparien-
cia que los terratenientes no pueden aprovechar plenamente.
Desde inicios del '38 los grandes estancieros no pueden ex-
portar casi nada por el bloqueo del puerto. Y, cuando dicha barre-
ra se levanta a finales de 1840, las dificultades para conseguir
mano de obra se vuelven muy agudas, en parte por las consecuen-
cias del levantamiento rural del '39 y en parte, también, debido a
la invasión de Lavalle, concretada por el norte de la provincia, al
año siguiente.
De 1843 a 1845 la situación se torna desfavorable a los estan-
cieros cuando deben incrementar los salarios de sus trabajadores,
mientras los precios de sus exportaciones están experimentando
un ligero descenso. La tendencia se revierte levemente después,
pero, para entonces, ya habrá comenzado el segundo bloqueo,
ahora franco-inglés, que durará hasta 1848.
Aunque esto es sólo una aproximación a un fenómeno que
sin duda requiere un estudio más amplio, la situación de los tra-
bajadores parece fluctuante. Con algunos momentos dramáticos
vividos en los inicios del '40, y también con otros mejores -o fran-
camente buenos-, la situación de los grandes estancieros no re-
sulta demasiado floreciente por una combinación de factores que
incluyen, sobre todo, los conflictos externos que enfrentó el
gobierno de Rosas. Pero también, hay que decirlo, debido a la
fuerte resistencia que ejercieron los trabajadores, rurales, a veces
con más éxito y a veces con menos.

64/90
ROSAS, ESTANCIERO 69
CONCLUSIONES
EL RÉGIMEN DE ROSAS

Como señalamos al inicio del presente ensayo, una de las pre-


guntas que guiaron esta indagación estaba orientada a entender
la relación entre la experiencia de Rosas como estanciero, las
modalidades del crecimiento agrario del período y el sistema po-
lítico desarrollado en su largo gobierno. Comencemos por ana-
lizar el contexto económico general en la campaña bonaerense
en la primera mitad del siglo XIX.
Resulta evidente que hay un cambio en el rumbo económico
de la región y un importante crecimiento del sector agrario. Algu-
nas de sus señales más claras son un aumento bastante espec-
tacular de la población -con un porcentual diferencial que favorece

65/90

70 JORGE DANIEL GELMAN


al mundo rural frente al urbano-, la difusión de los poblados en la
campaña, la expansión arrolladora en la frontera y los territorios
controlados por la provincia. Otro indicador es el aumento del stock
ganadero y de las exportaciones de origen pecuario.
Si tomamos por ejemplo la población, que en 1778 alcanzaba
a unos 37 mil habitantes (repartidos en 24 mil para la ciudad y ape-
nas 13 mil en la campaña), hay que decir que su número llega en
1815 a unos 90 mil habitantes (todavía con una leve diferencia a
favor de la ciudad con 50 mil del total), y alcanza en 1836-38 a más
de 150 mil habitantes (ahora con una diferencia apreciable a favor
del campo con unos 90 mil de ese total). Esta tendencia se conso-
lida hacia 1854-55, cuando de la abultada cifra de 270 mil habitan-
tes en la provincia, la parte rural -que ahora incluye a varios
pueblos de una cierta entidad- ya duplica a la de la ciudad.
Como señalamos antes, esta población ocupará un territorio
muy ampliado a través de la expansión de la frontera, en el que
también se desarrollará rápidamente el stock ganadero vacuno,
convertido en el nervio económico de la región.
El crecimiento de las exportaciones es un reflejo de ello. A pe-
sar de muchos inconvenientes (guerras, bloqueos del puerto du-
rante varios años, sequías prolongadas, etc.), las extracciones de
mercancías mediante el puerto de Buenos Aires (compuestas en
proporciones que superaban del 60 al 70 por ciento por cueros y
otros derivados pecuarios) se incrementan constantemente des-
de unas 700 mil libras esterlinas al año, en 1822, hasta más de 2
millones al año antes de la caída de Rosas. Considerando sólo los
cueros producidos en la propia provincia se exportan cifras que
oscilan entre 220 mil y 470 mil unidades al año entre 1836-38, más
de un millón en los años que siguen al fin del bloqueo francés, en
1840, para alcanzar entre 1,5 y 2,2 millones anuales en 1849-50.
La imagen tradicional de esta expansión era la del latifundio
ganadero. Esta visión incluía la llegada al poder de algunos de sus
66/90

ROSAS, ESTANCIERO 71
mayores representantes, enfrentados a una población rural que
no quería someterse. Por este motivo se recurría cada vez más a
distintos métodos coercitivos, a la vez que se consolidaban nue-
vas formas de derecho de propiedad, menos condicionadas por
antiguas costumbres de origen colonial, muchas de ellas especí-
ficas de situaciones de frontera.
Este proceso de expansión ganadera parecía, de este modo, apro-
vechar la disponibilidad relativa de los factores de producción: mu-
cha tierra y poco trabajo hacían conveniente el desarrollo de la gran
estancia vacuna extensiva. Y en esto el Estado acompañó, facilitan-
do ese proceso de apropiación extensiva -sobre todo en la frontera-.
Esta experiencia se contraponía con bastante facilidad a otros
experimentos de frontera coetáneos, en particular a los realizados
en Canadá o Estados Unidos, donde las políticas de los Estados y
una mejor dotación de recursos humanos habrían favorecido un
proceso de colonización familiar que ocupaba y ponía en produc-
ción pequeñas y medianas parcelas.
Buena parte de estas imágenes han sido revisadas reciente-
mente en los estudios históricos. Así se ha puesto de relieve la
continuidad en la presencia de un número destacado de peque-
ñas y medianas explotaciones agrarias durante toda la primera
mitad del siglo XIX. Éstas dominaban todavía el paisaje social de
la campaña, aunque su participación en el reparto de la torta eco-
nómica se haya visto menguada.
Las cifras que hemos indicado aquí sobre la importancia eco-
nómica de las estancias de Rosas y sus stocks ganaderos no dejan
dudas sobre la aparición de algunas enormes fortunas vincula-
das a la expansión agraria de este período, a niveles insospecha-
dos a fines de la colonia. Por lo tanto, el nuevo peso económico del
puñado de grandes propietarios no puede ser subvalorado; pero
tampoco se pueden cerrar los ojos a esta testaruda persistencia de
la pequeña y mediana explotación familiar. El análisis de una do-

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72 JORGE DANIEL GELMAN
cumentación muy detallada para 1839 ha permitido medir muchas
variables económicas y sociales del momento. Una de ellas, deci-
siva en esta argumentación, es la existencia en pleno corazón del
régimen de Rosas de más de cinco mil unidades familiares rurales
que contaban con bienes propios que les permitían emprender
actividades por cuenta propia.
Estas unidades, que son apenas un mínimo de las que se en-
contraban en las mismas condiciones, representaban cerca de
la mitad del total de las unidades familiares de la campaña de la
época. De modo que encontramos en plena época de Rosas la
continuidad y aun el reforzamiento de una multitud de unidades
productivas familiares que siguen dominando el paisaje social
de la campaña.
El peso económico de las nuevas grandes estancias hacía que
el porcentaje de la riqueza rural en manos de los pequeños y media-
nos propietarios fuera seguramente menor que en la época colonial.
Sin embargo el crecimiento general de la riqueza y otras condicio-
nes que hemos analizado en este trabajo dejaban a los menos ricos
una cantidad de recursos que seguía siendo importante en térmi-
nos absolutos. En muchos casos, incluso, no solamente permitía
la subsistencia de esas familias sin tener que recurrir al mercado de
trabajo como peones, sino también y con bastante frecuencia la con-
tinuidad de procesos de movilidad social ascendente.
Obviamente es necesario explicar esta persistencia de las
explotaciones familiares en un contexto en que el Estado parece
estar dominado por los grandes estancieros que intentan aplicar
medidas en su único beneficio. Hay que admitir, además, que cier-
tos elementos del modelo económico del momento favorecían a
la gran explotación extensiva.
El estudio del complejo de grandes estancias del personaje
más poderoso de la primer mitad del siglo nos brinda algunas pis-
tas para interpretar las modalidades de la expansión agraria del

68/90
ROSAS, ESTANCIERO 73
período, los condicionamientos a su crecimiento y, paradójica-
mente, también, sobre la citada persistencia campesina.

LOS LÍMITES
La construcción del emporio estanciero de Rosas sigue unos pa-
trones que parecen bastante clásicos y que nos pintan al varias
veces gobernador como un práctico empresario. El hombre se ini-
cia tempranamente como saladerista, cuando esta actividad em-
pieza a despegar en la región. Al principio junto a sus socios y más
tarde solo, se va convirtiendo en un gran estanciero, aprovechan-
do las oportunidades que le brinda la expansión de la frontera para
ocupar terrenos a un costo muy bajo.
Con el tiempo solicita y obtiene enormes terrenos para la so-
ciedad en la frontera del Salado y los amplía más tarde a través
de la compra o los conocidos premios militares, hasta convertir-
se en uno de los mayores propietarios de la zona. Como vimos
también, a pesar de su tamaño poco frecuente, las estancias de
Rosas tienen una orientación productiva que se adecua a la de las
regiones donde se encuentran: la de San Martín sobre todo agrí-
cola y ovina, las de Rosario y Chacabuco más ganaderas, con un
claro énfasis en el vacuno al exterior del Salado.
Aunque difícilmente podamos afirmar que el gobernador se
encontraba en la vanguardia de la innovación agropecuaria del
período, podemos ubicarlo como un hombre de su tiempo,
preocupado por someter a rodeo el ganado vacuno, que intro-
duce en sus estancias la alfalfa para invernadas, que intenta me-
jorar la calidad del ovino, etc.
Lamentablemente el estado y la dispersión de las fuentes re-
lativas a las estancias del gobernador no nos permiten medir la
rentabilidad general de sus explotaciones. Pero el gobernador es-
taba muy preocupado por obtener ganancias de las mismas y a
veces se quejaba amargamente por no conseguirlas.

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En 1838 le escribe al administrador de San Martín: "Los pro-
ductos de esa estancia no han correspondido al capital invertido
en su compra en el año de 1821, lo que bien claramente lo vimos
con Don Juan [Nepomuceno Terrero] al liquidar las cuentas de la
sociedad [recordamos que esa sociedad se había disuelto re-
cientemente], pues que si el dinero se hubiera puesto al rédito ín-
fimo del 3 por ciento al año habría producido mucho más que lo
que hemos sacado de producto deducidos los gastos. Pero en fin,
esto pasa en parte porque hay que contar con las grandes pérdi-
das que hemos sufrido en las secas y en la revolución. Pero aun
con todo esto comparadas las existencias que quedaron después
de esas calamidades [la situación sigue igual]..."55.
Obviamente no podemos creer al pie de la letra lo que Rosas
le dice a su administrador con el objetivo de apretarle las clavijas
y conseguir mejorar los resultados de la estancia. Sin embargo,
sus palabras dan cuenta de un cierto estado de ánimo y también
apuntan algunos de los problemas que un gran estanciero debía
enfrentar por esos años.
De hecho, lo que hemos intentado realizar en estas páginas
es una evaluación ajustada de cuáles eran los límites del creci-
miento de la gran estancia y cuáles eran los condicionamientos
que le imponía a Rosas la realidad que lo circundaba. Estos lími-
tes aparecieron como muy variados y fuertes.
En primer lugar, las coyunturas climáticas que no parecen ha-
ber sido muy favorables en esta primera mitad del siglo. Sobre
todo con una sequía que resultó ciertamente desastrosa en sus
efectos entre 1829 y 1832 y también a mediados de la década del
'40. La de inicios de los '30 es la que parece evocar el goberna-
dor en la carta antes citada.

55. Carta a Bécar, 22/7/1838, A G N , X, 25.5.5.

70/90

ROSAS. ESTANCIERO 75 .
Pero tanto o más importante que esto parece haber sido la co-
yuntura política, que también evoca Rosas. En primer lugar, los con-
flictos externos que incluyeron bloqueos del puerto y provocaron la
suspensión de las exportaciones por períodos bastante prolonga-
dos a lo largo de esta primera mitad del siglo. Y junto a esos conflic-
tos externos, la perenne crisis con la Banda Oriental, los conflictos
interprovinciales e intraprovinciales (cuya máxima expresión fue sin
dudas el levantamiento de la campaña sur en el '39). Éstos no sólo
alteraban el ritmo de las exportaciones, sino quizá sobretodo el con-
junto de las condiciones que necesitaba una estancia para producir,
en primer lugar, la disponibilidad de trabajadores para las estancias.
Con todos estos trastornos la voracidad del Estado en reclutar
hombres no tenía límites y se convertía en intolerable en los mo-
mentos de mayor crisis política. Y como ya señalamos, a pesar de
las reiteradas quejas de los estancieros, la víctima propicia de los
enrolamientos parece haber sido el migrante reciente, carente de
papeleta de conchabo y sobre todo de redes de contención local.
Este sector de migrantes se había convertido, cada vez más al avan-
zar el siglo XIX, en el grupo principal del cual podía obtener mano
de obra más o menos permanente la gran estancia.
En 1827 unos hacendados de Pergamino, en medio de la guerra
con Brasil y los consecuentes reclutamientos, se quejan amargamen-
te: "Los males que de este enrolamiento han resultado tan notorios...
es de necesidad hacer presente la horrorosa emigración que se no-
ta desde el día del enrolamiento; más de 70 familias se han traslada-
do a la provincia de Santa Fe, diariamente se van desapareciendo los
peones de las estancias y en breve nos hallaremos sin un solo
hombre, pues aun los del país [es decir los de Buenos Aires] se van..."56.
Ya señalamos anteriormente los efectos catastróficos que tiene
el levantamiento del sur en el '39, que se suma a los reclutamientos

56. Citado en B. Díaz, Juzgados de Paz de campaña.... cit., pág. 120-121.

71/90 JORGE DANIEL GELMAN


76
previos desde inicios del bloqueo francés del '38. La revolución de
los Libres deja a las estancias de Rosas sin peones y sus efectos des-
bordan el solo problema de los reclutamientos para notarse una
cierta indisciplina social, de la cual se quejan los administradores
de las estancias hasta el '42. Ese mismo año Rosas impulsará des-,
de el gobierno una serie de medidas represivas para acelerar la
"aprehensión de los vagos, de los desconocidos, de los malentre-
tenidos y de los desertores", igualmente restringir la matanza de
nutrias hasta "la conclusión de la guerra", porque (eso) "contribu-
ye actualmente a la escasez de peones en las haciendas y demás
elaboraciones rurales"57.
También en la coyuntura del último bloqueo de la etapa rosista
se escuchan voces similares. En 1846, el comerciante José Brau-
lio Haedo señala que "la presencia de un armamento naval y te-
rrestre... ha hecho suspender los trabajos de los estancieros y de
todas las demás faenas... Al movimiento de aquellos estableci-
mientos ha sucedido el de las armas y en toda la redondez de la
provincia en vez de peones sólo se ven soldados"58.

RESISTIR Y NEGOCIAR
Los problemas coyunturales, que se reiteran una y otra vez en esta
etapa, no eran sin embargo los únicos ni los más importantes. O en
realidad su importancia se veía magnificada por la persistencia de
una estructura económica y social que venía de la colonia, que ha-
bía constituido a través del tiempo una serie de prácticas sociales
que los gobiernos antecesores de Rosas no habían logrado modi-
ficar sustancialmente y que el Restaurador de las Leyes deberá to-
mar seriamente en cuenta. Es más, la expansión en la frontera con

57. ROBA, 1842, pág. 16.


58. Citado por Montoya, La ganadería..., cit., pág. 44-45.

72/90
ROSAS, ESTANCIERO 7.7
la incorporación acelerada de nuevas tierras para explotar no hace
sino aumentar las posibilidades para el desarrollo de viejas prácti-
cas de asentamiento y puesta en producción de las mismas.
Las fuentes de las estancias de Rosas nos brindan una aproxi-
mación parcial a estos fenómenos, que sin embargo es contun-
dente. Un ejemplo es la presencia de más de un centenar de peque-
ños productores en el interior de una gran estancia que compra y
la necesidad de llegar a una transacción costosa para el gobernador
buscando que al menos una parte se retire. También está la pre-
sión de los vecinos para ocupar partes de las tierras de Rosas y la
presencia hasta el final de los pobladores con sus ganados en las es-
tancias de su propiedad. Los permisos para cortar leña en los mon-
tes de sus tierras. Las dificultades para erradicar la caza de nutrias y
avestruces. Las autorizaciones a administradores y capataces para
criar animales propios en el interior de las estancias de Rosas... y así
podríamos seguir enumerando situaciones.
La persistencia de este mundo campesino no sólo cuestiona
los plenos derechos de propiedad del gran estanciero, sino que
condiciona fuertemente la oferta de trabajo para sus estancias.
Si el gobernador debe descansar sobre todo en los migrantes
e intentar reclutar mano de obra coactiva (los cautivos y más ade-
lante los gallegos) para sus estancias, no es sólo porque la esclavi-
tud se va extinguiendo, sino también porque una buena parte de la
población rural tiene como opción la producción independiente.
Hemos intentado buscar entre los productores rurales de las zo-
nas cercanas a las estancias de Rosas los rastros de trabajadores que
pudieran aparecer, aunque sea temporalmente, en las explotacio-
nes del gobernador, y casi no los hemos encontrado. Por otra parte,
de los "pobladores" instalados en el interior de las tierras de Rosas
ninguno aparece en los listados de trabajadores de las explotaciones.
No dudamos que alguno de ellos pudiera ayudar ("responder al fa-
vor", en palabras de Rosas) en alguna volteada de animales o en otra

73/90
78 JORGE DANIEL GELMAN
faena puntual. Pero en todo caso no parecen ser una fuente de mano
de obra segura ni disponible en las estancias que les daban acogida.
Entonces no le quedaban al estanciero muchas alternativas
más que esos peones, mayormente migrantes y en buena parte
itinerantes, que intentaba contratar y retener en su propiedad. Con
algunos pocos lo conseguía, pero una mayoría llegaba y se iba,
exigía altos salarios, se resistía a ser contratado por mes y prefería
el trabajo puntual y mejor pago. Por supuesto Rosas, que además
de gran propietario era el todopoderoso gobernador, intentará re-
currir a la coacción y el paternalismo. Pero, como vimos, estos
casos no resultaban frecuentes ni siempre daban buenos resulta-
dos. Sumemos un ejemplo a los ya relatados anteriormente. En
1838 el administrador de San Martín le explica a Rosas que un
peón, Marcelino Leyba, "me ha pedido hoy sus cuentas", disgus-
tado porque no le daban un aumento prometido. Entonces el admi-
nistrador recurre a la amenaza: "Yo a Leyba le he pegado un buen
susto y le he dicho que él no debía moverse de aquí sin una orden
del patrón"59. Sin embargo, la amenaza del administrador no tiene
un buen resultado: en las listas de trabajadores rurales registra-
dos del '38 en adelante, el peón "asustado" no vuelve a aparecer...
La alternativa para conseguir esos peones, entonces, se limita
sobre todo a los estímulos en el trabajo y, ante todo, a los salarios.
A principios de 1840, cuando los efectos del levantamiento del
sur se hacen sentir con toda la fuerza, el mismo administrador le
explica a Rosas: "Señor, respecto a domadores he corrido la voz
que a 80 pesos por mes se les paga sólo para trabajar de a caba-
60

llo, a ver si de ese modo se consiguen" .


Y, como ya insistimos anteriormente, aunque se aumenten
los salarios esto no garantiza conseguir los suficientes peones men-

59. Carta de Bécar del 27/12/1838, AGN, X, 25.5.5


60. 7/2/1840, AGN, X, 25.8.3.

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ROSAS, ESTANCIERO 79
suales y se tiene que recurrir a los carísimos peones por día para
completar algunas faenas ordinarias de la explotación. Estos peo-
nes por día son un sector muy peculiar del mundo del trabajo rural.
La clave para ellos parece haber sido disponer de una tropilla de ca-
ballos aceptable, y contratarse con sus animales por unos días en
las estancias, ganando un salario que superaba en varias veces al
peón de a pie.
Todos estos elementos generaban para esa fracción de la
población rural susceptible de emplearse en una estancia, un es-
pacio de negociación y resistencia que a veces les resultaba into-
lerable a los grandes estancieros y que se reflejará todavía muy
fuertemente en los comentarios que algunos hacendados realizan
en los años '60 a raíz de la discusión por el nuevo Código Rural
que impulsa Valentín Alsina, el ministro de gobierno de entonces.
Estos espacios de negociación y resistencia fueron incluso
aprovechados por aquellos sectores más carentes de protección
social, como los cautivos indígenas o los inmigrantes endeuda-
dos, que rápidamente tendieron a conquistar la posición de los
otros pobladores locales.

ACCIÓN POLÍTICA
Si nos trasladamos ahora al terreno de la política resulta difícil pen-
sar, como lo hiciera Sarmiento y muchos otros después que él, que
el carácter autocrático, sanguinario y arbitrario que le atribuyen a
Rosas como gobernante era el derivado del estado de barbarie de
la campaña y de la experiencia de Rosas como gaucho-estanciero.
Aunque sería necio negar la utilización de la violencia por parte
del Restaurador y sus seguidores -sobre todo en ciertas coyuntu-
ras de crisis-, o su personalismo rayano con la obsesión, resulta
difícil pensar que esos rasgos fueron los únicos -y los principales-
de su actuación política. Menos todavía que fueron el resultado
de la experiencia de nuestro personaje como patrón de estancias.

80
75/90 JORGE DANIEL GELMAN
Más bien si algo debe haber aprendido Rosas de esta experien-
cia es la enorme dificultad de actuar desconociendo las normas,
valores y prácticas que la mayoría de los pobladores reconocían
como aceptables y que estaban dispuestos a defender. Más aun
en una coyuntura que les otorgaba cuotas importantes de poder
por la fragilidad de los gobiernos, por la necesidad que éstos te-
nían de aquéllos (como votantes, como soldados, trabajadores,
etc.) y por las propias condiciones exhibidas por los mercados.
El gobernador parece comprender la necesidad apremiante de
alcanzar un alto grado de legitimidad para recomponer la autoridad
del Estado. Para ello recurrirá a caminos de negociación en distin-
tos niveles orientados a alcanzar consensos aceptables donde pu-
diera. Así lo hace con diversos poderes establecidos (por ejemplo
con varios grupos indígenas de la frontera con quienes negocia
un statu quo, o con los líderes de los otros Estados provinciales),
también con las instituciones preexistentes en la provincia de
Buenos Aires (la Junta de Representantes, los jueces de paz, los
cuerpos militares y milicianos, casi todos surgidos en los tempra-
nos '20), con un conjunto amplio y ecléctico de ¡deas y discursos
(católico, revolucionario-igualitarista, republicano, federal, etc.), y
con las prácticas sociales y políticas reconocidas como válidas por
la población: desde las electorales instauradas en 1821 hasta las re-
feridas a la explotación de los recursos y la propiedad.
Cuando llega por primera vez al gobierno en 1829 el objetivo
central de Rosas es reconstruir el orden y la disciplina social que con-
sidera destruidos por las nefastas experiencias políticas que siguie-
ron a la Revolución, agudizadas por la última aventura del unitario
Lavalle con su golpe contra Dorrego en 1828. Pero para lograrlo adop-
ta una estrategia que a primera vista puede resultar contradictoria.
Como señalaron algunos autores, Rosas puso toda su ac-
ción política al servicio de la reconstrucción del orden estatal y so-
cial como condición sine qua non para permitir el florecimiento

ROSAS, ESTANCIERO 76/90 81


de los intereses ganaderos/exportadores de los cuales él mismo
era un actor importante. Para ello creía que debía pasar por enci-
ma de la ceguera y las tendencias suicidas de estos mismos sec-
tores de la elite que habían gobernado hasta entonces, no habían
entendido los cambios aportados por la Revolución y habían apo-
yado las experiencias unitarias y aristocratizantes.
Aunque Rosas añoraba el orden perdido bajo el régimen co-
lonial y había apoyado en el '20 la salida propuesta por el grupo
de los centralistas/rivadavianos, en 1829 se proclama heredero del
federalismo dorreguista que hasta hacía poco repudiaba, adopta
el republicanismo y establece una acción política destinada a re-
construir el consenso social perdido y a orientar a los sectores po-
pulares movilizados.
La conclusión que parece sacar, luego de la crisis de la experien-
cia del Partido del Orden en los años '20, es que no se puede gober-
nar de espaldas a los sectores populares, a los que se necesita mo-
vilizar constantemente para las guerras y a los que se apela como
fuente de soberanía en las elecciones para legitimar los gobiernos
o en la frontera para contener a los indígenas hostiles. En este sen-
tido resulta una experiencia muy parecida a la que venía haciendo
(¿sufriendo?) en sus propias estancias con los pobladores y peones.
El conocido relato que hace el agente oriental en Buenos Aires,
Santiago Vázquez, describiendo su entrevista con Rosas en 1829,
es un buen resumen de la ideología que fundaba la acción política
rosista en ese momento y que parece poner en un mismo plano su
autoridad como hombre de campo y como dirigente o administra-
dor general. El recién nombrado gobernador le habría dicho:
"[C]onozco y respeto mucho los talentos de muchos de los se-
ñores que han gobernado el país, y especialmente de los señores
Rivadavia, Agüero y otros de su tiempo; pero a mi parecer, todos
cometían un grande error, porque yo considero en los hombres
de este país dos cosas, lo físico y lo moral; los gobiernos cuidaban

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82 JORGE DANIEL GELMAN
mucho de esto, pero descuidaban aquello, quiero decir, que se
conducían muy bien para la gente ilustrada, que es lo que yo lla-
mo moral, pero despreciaban lo físico, pues los hombres de las
clases bajas, los de la campaña, que son la gente de acción. Yo no-
té esto desde el principio, y me pareció que en los lances de la Re-
volución los mismos partidos habían de dar lugar a que esa clase
se sobrepusiese y causase los mayores males, porque usted sabe
la disposición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos
y superiores: me pareció pues, desde entonces muy importante
conseguir una influencia grande sobre esa clase, para contenerla,
o para dirigirla; y me propuse adquirir esa influencia a toda costa;
para eso me fue preciso trabajar con mucha constancia, con mu-
chos sacrificios de comodidades y de dinero, hacerme gaucho
como ellos y hacer cuanto ellos hacían; protegerlos, hacerme su
apoderado, cuidar de sus intereses, en fin, no ahorrar trabajo ni
medios para adquirir más su concepto. Esta conducta me atrajo
los celos y las persecuciones de los gobiernos...'61
Aunque esta carta ha sido muy citada por los estudiosos del
rosismo, no siempre se han detenido lo suficiente en sus conse-
cuencias. Rosas debía conquistar autoridad sobre los sectores po-
pulares, la parte física en este texto. Y eso implicaba una costosa
transacción de su parte con ellos en la forma de discursos, accio-
nes, protección de sus intereses, etc., que podían afectar a los sec-
tores de la elite a los que pertenecía y que, según explica aquí, le
granjearon la hostilidad de éstos y de los gobiernos.
Aunque Rosas trató desde el inicio de conciliar los intereses de
las elites con los de los otros sectores de la sociedad, en diversas oca-
siones la gravedad de las crisis políticas y de los conflictos bélicos au-
mentó la distancia entre su gobierno y los sectores dominantes,

61. Citado en José María Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, Ed. Científica y Litera-
ria Argentina, Buenos Aires, 1927, Tomo 1.

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ROSAS, ESTANCIERO 83
incluyendo en ellos a buena parte de los terratenientes. Esto llevó a
Rosas -en esas circunstancias- a apoyarse más en los sectores me-
dios y humildes rurales, en los subalternos urbanos, en los grupos de
indios amigos y en redes clientelares, definidas, más que por su po-
sición social, por su adhesión incondicional al federalismo rosista.
En ese afán Rosas debió entablar transacciones diversas, que
incluían desde prácticas discursivas que exaltaban valores com-
partidos por esos sectores y de denuncia de las elites, hasta con-
cesiones más costosas en términos materiales.
Así por ejemplo, en medio de una crisis del partido federal en 1833,
cuando su poder estaba amenazado por el sector más liberal de ese
partido, Rosas recomienda a uno de sus principales operadores en la
campaña, Vicente González, que ofrezca terrenos de sus estancias en
Monte y Azul a pobladores humildes con la evidente intención de ga-
nar su simpatía y apoyo a la causa política que encarnaba:
"Para neutralizar alguna seducción de este nombre funesto [Es-
pinosa, que militaba en la fracción contraria a Rosas], entre los pay-
sanos se me ocurre lo siguiente, que usted verá si conviene empe-
zar a echar la voz e ir formando la lista. En todos los fondos de los
terrenos de los Cerrillos pueden colocarse hasta cincuenta pobla-
ciones de chacras con los animales que tengan de dos a trescien-
tos, los pobladores. Además en el campo que sigue hasta el arroyo
Azul, pueden también colocarse otros cincuenta o más. Esta obra a
favor de algunos pobres ha mucho que la tengo pensada, y si ha
estado demorada es tan solo por la falta de tiempo para poderla ha-
cer yo personalmente. En tal estado quizá convendría que usted
echase la voz por Lobos, que yo le he encargado, que a todos los
paisanos pobres que han servido en la restauración, o sus padres
o viudas o madres, que no tengan donde poblarse para sembrar y
les convenga hacerlo en las tierras de los Cerrillos a sus fondos, los
tome en lista, para colocarlos yo por allí a mi regreso de campaña.
Si le parece bueno puede usted hacerlo, y esta comisión puede en-

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84 JORGE DANIEL GELMAN
cargarla a los buenos amigos que haya en Lobos para por medio
de ella darles importancia con los paisanos, etc. A estos es nece-
sario encargarles que no le aflojen a los enemigos, y que en los
fandangos griten viva el Restaurador de Nuestras Leyes... '62
De la misma manera instruye a su mujer para que halague a
los humildes de la ciudad en busca de su apoyo:
"Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres y por ello
cuánto importa el sostenerlo para atraer y cultivar sus voluntades.
No cortes pues sus correspondencias. Escríbeles con frecuencia,
mándales cualquier regalo, sin que te duela gastar en esto. Digo
lo mismo respecto a las madres y mujeres de los pardos y morenos
que son fieles. No repares, repito, en visitar a las que lo merezcan
y llevarlas a tus distracciones rurales, como también en soco-
rrerlas con lo que puedas en sus desgracias. A los amigos fíeles
que te hayan servido déjalos que jueguen el billar en casa y obse-
quíalos con lo que puedas.." 63
Esta misma actitud es la que le permite enfrentar la negociación
con las provincias que habían derrotado precedentemente los in-
tentos de organización política promovidos por Buenos Aires.
Así Rosas restablece una serie de alianzas externas que garan-
tizan una cierta tranquilidad en ese terreno, básicamente a través
de un pacto de no agresión y defensa mutua con varias provincias,
así como aceitando mecanismos de transferencias financieras pa-
ra los fiscos en apuros de algunos estados provinciales clave en el
sistema de equilibrios interregionales como Santa Fe.
La alianza que establece con el gobernador santafesino Esta-
nislao López es sin duda una pieza central en el entramado de
relaciones interprovinciales en toda la región central y litoral. De

62. Ernesto Celesia, Rosas, aportes para su historia, dos tomos, Ed. Goncourt, Bue-
nos Aires 1969. pg 587 y sig.
63. Ibid, carta del 23/11/1833.

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ROSAS, ESTANCIERO
igual modo, en el resto del interior, es importante su alianza con
Facundo Quiroga, el caudillo riojano que había conquistado una
importante influencia en toda la región andina.
Aunque la desproporción de recursos a favor de Buenos Ai-
res y la ambición y habilidad política de Rosas le permitirán ir avan-
zando sobre la autonomía de las provincias en el futuro cercano,
el gobernador bonaerense deberá ganar inicialmente el apoyo de
sus socios del interior con acciones concretas que a veces podían
afectar los intereses inmediatos de la provincia que gobernaba.
En un sentido similar se puede describir la política indígena y
de fronteras del gobernador, que venía impulsando y parcialmente
implementando antes de acceder a este cargo en tanto comandan-
te de campaña y como propietario destacado de las regiones de
frontera. Se trataba centralmente de una combinación de fuerza,
amenaza y negociación, por la cual consigue derrotar a una serie de
grupos y entablar negociaciones con varios de ellos, quienes se es-
tablecen en territorios autónomos como "indios aliados" o en la
misma frontera, como "indios amigos", a cambio de ciertas conce-
siones y recursos que les otorga el Estado de Buenos Aires.
El llamado negocio pacífico entablado con un grupo impor-
tante de pueblos indígenas significa erogaciones importantes pa-
ra el fisco bonaerense e implica la aceptación de ciertas pautas so-
ciales y culturales por parte del gobierno y los pobladores criollos,
además de un constante y delicado juego de negociaciones con
los indígenas.
Pero gracias a esa estrategia Rosas consigue armar un factor
de poder clave, tanto para proteger la frontera como para dirimir
conflictos internos en la sociedad criolla. Grupos de indios ami-
gos tuvieron una actuación destacada en la agitación rural que ter-
mina por deponer a Lavalle y favorecer el acceso de Rosas al poder
en 1829. Y todavía de manera más nítida van a intervenir para
derrotar a los enemigos del gobernador en la crisis de 1838-40.

81/90
86 JORGE DANIEL GELMAN
Tenemos entonces una experiencia política negociada, que
busca construir consensos y conquistar, por su intermedio, la
autoridad que los gobiernos anteriores no alcanzaron. Y esta ex-
periencia, como hemos intentado demostrar, se la puede poner
en paralelo con aquélla que el gobernador experimentara en sus
estancias y en su relación con los pobladores rurales, si bien en
un sentido bastante distinto al indicado tradicionalmente.
De manera complementaria es necesario señalar que así co-
mo la experiencia acumulada por Rosas en el campo influyó en
su labor como gobernante, esta última afectó también sus activi-
dades privadas. Así, por ejemplo, cuando Rosas actuaba en sus
estancias para proteger el valor de su palabra frente a los paisa-
nos, es evidente que también tomaba en consideración su ima-
gen como gobernante.
En el mismo sentido es probable que su actitud frente a la es-
clavitud africana haya estado influida por su relación con las na-
ciones africanas de la ciudad de Buenos Aires que se convirtieron
en una pieza importante de su andamiaje político urbano. Todos
estos elementos limitaron la capacidad del Estado y de las elites
de transformar las condiciones legales, económicas y sociales
preexistentes en la ciudad y el campo. Ampliaron, de paso, la ca-
pacidad de resistencia de los sectores subalternos. Ello también
ayuda a entender la irritación creciente de las elites, inclusive del
sector terrateniente, que habiendo sostenido mayormente a Ro-
sas en sus inicios se van a distanciar del gobierno y van a termi-
nar apoyando alternativas violentas al mismo como la rebelión de
los Libres del Sur en 1839 o la invasión de Lavalle en 1840.

82/90

ROSAS, ESTANCIERO 87
BIBLIOGRAFÍA

Las características de este libro obligaron a reducir al mínimo


las referencias a las fuentes y sobre todo a la abundante biblio-
grafía en que se basa su composición. Aquí se incluye una
parte de esa bibliografía, sin cuyo auxilio este trabajo hubiera
resultado imposible.

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EL AUTOR

Se doctoró en Historia en 1983 en la Ecole des Hautes Etudes en


Sciences Sociales, de París. Es profesor titular de Historia Argen-
tina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA e Investigador
principal de CONICET en el Instituto Ravignani. Ha publicado va-
rios libros como De Mercachifle a gran comerciante: los caminos
del ascenso en el Río de la Plata colonial (1996); Campesinos y Es-
tancieros. Una región del Río de la Plata a fines de la época colo-
nial (1998); Historia del Agro Argentino. Desde la Conquista hasta
fines del siglo XX (2001, en colaboración con Osvaldo Barsky) y
numerosos artículos sobre temas de historia argentina y americana
dei período colonial y del siglo XIX.

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