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200 Aniversario Vicaría General del Ejército


La atención espiritual a los militares tiene precedentes muy antiguos. Podemos
encontrarlos en la misma Sagrada Escritura: desde Moisés, que intercedió por el pueblo
de Israel perseguido por el ejército egipcio en su marcha hacia la Tierra Prometida 1 y,
más tarde, oró al Señor de los Ejércitos para que le diera a los israelitas la victoria en la
batalla contra Amalec2; hasta San Juan Bautista, que aconsejó a unos soldados 3; San
Pedro que bautizó al centurión Cornelio4; San Pablo que evangelizó a su carcelero 5. El
epígono lo constituye el mismo Señor Jesús, que atendiendo la súplica de un oficial
subalterno del ejército romano por un sirviente suyo que estaba enfermo, no sólo le
concedió lo que pedía sino que quedó admirado por la fe de este soldado: “Yo les
aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe”.6

Ya en el medioevo encontramos la descollante figura del franciscano San Juan


de Capistrano (1386-1456). El juicio moderno del historiador Juan Hofer sostiene que
“Juan de Capistrano salvó a Belgrado en tres oportunidades: induciendo al jefe militar
(Hunyady) a trabar batalla naval; resistiendo a las propuestas y presiones de los jefes
militares para que se abandonara la ciudad a su suerte y, en la noche del asalto, en
ausencia de los jefes militares, animando a los combatientes con su presencia y
palabra”.7

Canonizado en 1690 por Alejandro VIII, en 1984 el Beato Juan Pablo II lo


declaró “Patrono ante Dios de los Capellanes Militares de todas las Fuerzas Armadas
de las regiones tanto occidentales como orientales del mundo”.

Haciéndose eco de esta inmemorial tradición y atendiendo a las indicaciones


pastorales del Concilio Vaticano II, el Beato Juan Pablo II promulgó el 21 de abril de
1986 la Constitución Apostólica Spirituali Militum Curae, por la cual los Ordinariatos
Castrenses fueron equiparados jurídicamente a las diócesis, con el fin de organizar
establemente la asistencia pastoral o religiosa de los militares católicos. Porque, como
dice el primer punto de la Spirituali Militum Curae, “La asistencia espiritual de los
militares es algo que la Iglesia ha querido cuidar siempre con extraordinaria solicitud
1
Éx. 14, 13ss.
2
Éx. 17, 8-16.
3
Lc. 3, 14.
4
Hch 10, 1ss.
5
Hch 16, 29-33.
6
Lc 7, 9.
7
MIGLIORANZA, CONTARDO, San Juan de Capestrano, Buenos Aires, Misiones Franciscanas
Conventuales, 1994, p. 201.
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según las diversas circunstancias. Ciertamente éste constituye un determinado grupo


social y “por las condiciones peculiares de su vida”, bien porque forman parte de las
Fuerzas Armadas de forma voluntaria y estable, bien porque sean llamados a ellas por
ley para un tiempo determinado, necesitan una concreta y específica forma de
asistencia espiritual; por esta necesidad, a lo largo de los tiempos, ha velado la
sagrada jerarquía, y en particular los Romanos Pontífices, dada su función de servicio
o “diaconía”, proveyendo del mejor modo en cada uno de los casos, con la jurisdicción
más apropiada a las personas y a las circunstancias”.8

El Vicariato Castrense de la República Argentina, erigido por el Acuerdo del 28


de junio de 1957 entre el Estado Argentino y la Santa Sede, se convirtió en el Obispado
Castrense de Argentina en 1986.

En nuestra Patria, la asistencia religiosa a las fuerzas armadas se remonta a


los tiempos españoles. Muchas capellanías castrenses de fuertes y cantones de
frontera dieron origen a parroquias y comunidades cristianas “civiles”.

A modo de ejemplo, encontramos por ejemplo que en las islas Malvinas, durante
el período hispánico, entre 1767 y 1811, actuaron 35 capellanes castrenses: 16
franciscanos, 18 mercedarios y un dominico. A esto le agregamos los 21 capellanes
navales de la Armada española, del clero secular, embarcados en los navíos que
periódicamente arribaban al archipiélago. Lo que nos da un total de 56 sacerdotes para
un período de 44 años. Dos de estos capellanes fallecieron en las islas y allí fueron
sepultados: el mercedario Fray Juan López Neyla (+1/9/1788) y el Pbro. Mariano José
Zarco (+1803).

En 1806 las tropas hispano-criollas que expulsaron a los invasores ingleses


fueron al combate luego de asistir a la Santa Misa, ya sea en un templo, como las tropas
de Juan Martín de Pueyrredón en el templo de la Villa de Nuestra Señora de Luján antes
de enfrentar a los británicos en Perdriel, ya sea Misa de Campaña, como las tropas de
Santiago de Liniers en la Chacarita, antes de derrotar a los intrusos en las calles de
Buenos Aires.

8
Constitución Apostólica Spirituali Militum Curae, p. 1.
3

El Primer Gobierno Patrio9 mantuvo la atención religiosa castrense que se hacía


desde los tiempos españoles. Sabemos que el Ejército Argentino “nació con la Patria
en mayo de 1810”, en virtud del decreto del 29 de mayo de 1810, emitido por la Junta
cuatro días después de su conformación. Y casi dos semanas después, el 14 de junio, se
produjo el nombramiento de los primeros capellanes castrenses por decreto de la Junta
presidida por Cornelio Saavedra, Comandante de Patricios, con acuerdo del Obispo de
Buenos Aires, a la sazón Teniente Vicario Castrense, Monseñor Benito de Lué y Riega.
Los primeros capellanes del Ejército Argentino fueron los Pbros. Joaquín Ruiz y
Manuel Albariño, destinados al ejército que se dirigió al Alto Perú.

También el ejército que marchó en campaña al Paraguay a fines de 1810,


comandado por el Grl Manuel Belgrano contó con capellanes castrenses: los Pbros. Juan
José García de Arboleya y Juan Valle. Antes de la batalla de Paraguary, se levantó un
altar de campaña en la cumbre del cerro Mbaey y se celebró allí la Santa Misa.

En 1812, estando al frente del Ejército del Norte, Belgrano hizo bendecir la
bandera por él creada. La bendición la hizo el capellán, canónigo Juan Ignacio Gorriti
en San Salvador de Jujuy el 25 de mayo de 1812. La preocupación de Belgrano por la
asistencia religiosa de sus tropas se evidencia en dos documentos de la época:

“Prevendrá a todos [los capellanes] cumplan con su obligación de hallarse


presentes a la hora del rosario, y cumplir con las órdenes que estén comunicadas sobre
prédica, dándome cuenta de los motivos por qué no lo ejecutasen.”10

Y al Gobierno, le comunica el General lo que sigue:

“Acá trabajamos lo que se pueda, y espero que sea con buen éxito, mediante
Dios y Nuestra Generala, María Santísima de Mercedes: vista V. E. a las tropas con el

escapulario de esta Señora: mande que recen con devoción el rosario, y que los
capellanes le expliquen, después de él, la doctrina cristiana, siquiera un cuarto de
hora: no importa que lo ridiculicen los despreocupados; V. E. verá las felices resultas:
hablo por experiencia.”11

9
El Pbro. Manuel Alberti, vocal de la “Primera Junta”, era Cura Párroco de San Nicolás. Entre marzo y
octubre de 1790 fue capellán castrense interino de la Guardia de Chascomús. Falleció en Buenos Aires el
31 de enero de 1811. Cf. Ludovico García de Loydi, Los Capellanes del Ejército, Bs. As., 1980, T. III p.
196.
10
Nota de Belgrano al Vicario Castrense Juan Ignacio Gorriti en AGN, Ordenanza al ejército. Tucumán,
28-X-1816
11
AGN, Oficio del Belgrano al Gobierno, Jujuy, 6-VI-1813.
4

Veintidós días más tarde de esta comunicación de Belgrano al Triunvirato, la


Asamblea del Año XIII creó la Vicaría General Castrense, que nacionalizó y dio marco
jurídico a lo que ya se venía realizando desde los tiempos de la dominación española. El
Primer Vicario Castrense fue el Deán Dr. Diego Estanislao Zavaleta.

También el Padre de la Patria comprendió la necesidad absoluta de la asistencia


religiosa tanto del Regimiento de Granaderos a Caballo, como del Ejército de los Andes.
Así lo expuso el mismo Grl San Martín: “Se hace ya sensible la falta de un vicario
castrense, que contraído por su instituto al servicio exclusivo del ejército, se halle éste
mejor atendido en sus ocurrencias espirituales y religiosas que lo está actualmente por
el párroco de la ciudad, cuyas ocupaciones inherentes a la vasta extensión de su
feligresía le distraen de un modo inevitable. Si a todo se agrega carecer de capellán los
cuerpos del ejército, convendremos en la absoluta necesidad de esta medida.”12

Los capellanes de hoy debemos ser, ante todo, sacerdotes de Cristo, al servicio
de Dios y de los hombres. Pero con una vocación particular para ser pastores de las
almas que sirven a la defensa y la seguridad de la Patria. Ese es nuestro honor: estar al
servicio de quienes sirven a la Patria.

Como sacerdotes, somos enviados a anunciar el Evangelio y a administrar los


sacramentos ahí donde estén presentes los militares y sus familias. Apremiante
exigencia que es, nada más ni nada menos, que contribuir a garantizar el ejercicio del
derecho humano a la libertad religiosa.

Abnegación, respeto a la libertad y los derechos del hombre, celo apostólico,


fortaleza, caridad pastoral, a semejanza de Jesús, que “no ha venido a ser servido, sino
a servir y a dar su vida”.13 Hasta el heroísmo, porque “nadie tiene mayor amor que el
que da su vida por sus amigos”.14 Debe ser el capellán el hombre que haga presente a
Cristo, en aquellos que poseen una vocación de servicio tan peculiar como la milicia,
que implica de suyo la posibilidad de ofrendar la vida, si fuera preciso, para asegurar la
defensa y la integridad de la Patria.

12
Nota de San Martín al Gobernador Intendente de Mendoza Toribio de Luzuriaga en AGN, Documentos
referentes a la Guerra de la Independencia y Emancipación de la República Argentina, Bs. As., 1917, p.
372.
13
Mt. 20, 28.
14
Jn. 15, 13.
5

El Papa Benedicto XVI nos recordó en el Encuentro Internacional de Obispos


Castrenses del 2011, que “la vida militar de un cristiano, de hecho, se pone en relación
con el primero y más grande mandamiento, el de amor a Dios y al prójimo, porque el
militar cristiano está llamado a realizar una síntesis por la que sea posible ser un
militar por amor, cumpliendo el ministerium pacis inter arma”.15

El Papa Francisco, quien fuera Administrador Apostólico de nuestro Obispado


Castrense, en la reciente Misa con militares y capellanes italianos (02Jun2013) decía:
“El Señor escucha la oración de todos, como escuchó la del centurión que pidió la
curación de su siervo. La oración de todos no como si fuéramos anónimos, sino la
oración de todos y de cada uno. Nuestro Dios es Dios de lo grande y de lo pequeño.
Escucha a todos porque ama a todos”.

Virgen de la Merced, Generala y Patrona del Ejército Argentino ruega por


nosotros.

15
BENEDICTO XVI, Ibídem.