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Capitulo 2

El niño y sus padres

La constitución del sujeto y la organización del yo

En la clase dell4 de diciembre de 1977, Lacan pregunta: ¿la cadena nconciente se detiene en la relación con los padres? ¿Es, sí o no, fun- dada la relación del niño con los padres? 1 Anticipo que la combinatoria de letra e identificación opera entre In lengua materna y el surgimiento del sujeto. Es posible formular que el niño extrae del magma del lenguaje arti- ;ulado en la lengua, los significantes y la letra, ese es el efecto deno- minado "transmisión". La experiencia clínica me permite decir que los obstáculos que aparecen en la transmisión constituyen los avatares de la neurosis y el camino de los padecimientos graves. Cruces y con- 1ingencias hacen a esta diversidad que en ocasiones se presenta en la niñez y otras en la adolescencia, ante el despertar de lo real del sexo, del goce sexual y del encuentro con el partenaire. En la psicosis, esta- lla, despuntando inexorable. Entre hijos y padres, las identificaciones montan los tiempos ins- tituyentes del sujeto para hacer eslabón y diferencia en la cadena de las generaciones. A lo largo de su enseñanza, Lacan intentó desus- tancializar y desimaginarizar las figuras parentales, esforzándose por transmitir lugares y funciones antes que personajes, por eso m e ll am ó la atención ver que hacia el final de su seminario volvía a los padres y los resituaba.

1. De sarrollo esta idea, para nada

transparente desde el punt o d e vl ~ t•• c: oru ; o ptual, e n

varios capítulos del presente libro.

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Liliana Donzis

En la clase antes señalada redimensiona a los padres en términos de operaciones: padre y madre, según la inspiración freudiana, son fuente de identificaciones y constituyen los parientes próximos que transmiten la lengua que parasita y que por la letra hace del sujeto un

parletre.

Lo singular se constituye a nivel de las marcas materiales de la letra, de ese germen que opera en la combinatoria significante y en lo fantasmático del sujeto -en el tratamiento de algunos niños nos encontramos frente a los primeros juegos de la letra y el significante. De las tres identificaciones propuestas por Freud, la primera incor-

poración, pasaje de exo a endo, marca a fuego, por sí o por no, la ads- cripción al lenguaje y la continuidad de la cadena generacional y de

la cultura 2

muesca de origen que dará lugar a nuevas eficacias en la constitu- ción del sujeto dividido por el lenguaje, el que despunta aun cuando el objeto no está situado como tal. La segunda, al rasgo, es el trazo distintivo del sujeto y Lacan la llama identificación al rasgo unario. Se trata de una operación simbólica que indica la extracción de un trazo que portará la vía significante. Madre y padre, para la ocasión, son parte de un menú del que se sirve el niño. En la identificación no hay elección ni voluntad, no es posible prever esta operación. Si las dos mencionadas son necesarias para la emergencia del sujeto, su instauración es contingente, concierne a una apuesta, a un riesgo, a un accidente que acaece o no. El producto de la identificación es de naturaleza inconsciente. El sujeto, en especial el niño, no reconoce su procedencia ni el amasijo del que se hace la pasta de la lengua en el cuerpo que habla, antes bien, lo padece y se sirve del significante en la identificación segunda. Si esta es exitosa, lo es a costa del amor al padre que proviene de la primera identificación. La identificación segunda o simbólica es viril, al padre y1o a la madre. El ejemplo clásico surge del caso Dora, la paciente de Freud que tosía porque su padre también tosía. Ella no elige ese rasgo, es

una contingencia signada por la identificación al padre que opera y que tiene efectos indudables en la posición de la hija 3

Lacan la denomina, con Freud, identificación primaria,

2. Lacan trabaja ese pasaje de exterior a interior en el primer retornamiento del toro que por efecto de un corte permite que el afuera y el adentro sean producto de una reversión. 3. En ocasiones los padres solicitan al analista que su hij•J se identifique segtín un mod elo femenino o masculino, y la verdad, por los motivo s m en ciona do s , os <-¡uu poco podem os hacer p ara sati sfacer est a d em and a.

Niños y púberes. La dirección de la cura

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La tercera identificación, denominad a por Freud identificación

secundaria, es propia del tiempo edípico y su eficacia. Lacan la llama

identificación al deseo o identificación hi st ér ica. Est a halla en la base de la formación prim e ra d el fa n tas m a

que el sujeto se identifica al objeto de la demanda del Otro, el objeto a que se especifica en alguna de las variantes de los objetos p ul sionales:

oral, anal, invocante y escópico. Su puesta en juego co nll eva la oclu- sión de la falta en el Otro, sirviéndose del obj eto de la p ulsión.

en la

medida que implican un orden , arrastran la il~ sión de una s u ces i ón temporal. Primera, segunda, tercera implican que son subsidiarias entre sí, no podemos situar la identificación especular, que propicia la instauración de la imagen, el trazo y el yo, sin que la primera, concer- niente a la entrada en el lenguaje, esté presente. Sin embargo, a la luz de las últimas enseñanzas de Lacan sobre el anudamiento borromeo, debemos rever la cuestión de la estructura y la temporalidad. Las tres

operación se en la medida

Por mi parte considero que la serie de las id e ntifi cac ion es,

identificaciones primeras surgen del empalme de las tres dimensio- nes del sujeto, RSI, e instituyen al sujeto. Pero si esta instauración es un acto del decir, sin secuencia temporal, acto que se evidencia en el análisis en transferencia, no podemos plantear que hay diagnóstico de la estructura del sujeto por fuera del campo analítico, tampoco con niños ni con púberes. Por este motivo es importante distinguir la pre- gunta por la estructura del sujeto de los diagnósticos psiquiátricos y neurológicos generalizados, hoy tan en boga, ya que estos obedecen

a sumatorias de signos y otras coordenadas que nada tienen que ver con el sujeto y la cura que el psicoanálisis nos propone.

La significación del gesto en el rostro de la madre

Propongo reflexionar sobre la lógica del surgimiento del sentido,

e ntendido como la articulación entre el registro de lo imaginario y lo simbólico. 1\ partir d e la incidencia del gesto de la madre en el espejo, ese

LJ U C Winn ico t t planteó como

1 nns tltuye un a de las fuentes del sentido y que encuentra su raíz en el Otro pr imo rd ia l. El rus t ro y e l gesto d e la mad r e son instauradores de sentido y cola- Íml. l ll e n la transm isión de la lengua. El gesto no es del orden de lo

precursor del espejo, considero que este

111

i ll lrt i Ht l ltlll:h

prcvc rb a l 4 , es disc urs ivo, partic ip a d e l le nguaje y pot tu lu 1-1 t•cu s d" In pulsional materno. El gesto del otro constituye ese mom e nto puntual en el que el niño, estando frente el espejo, gira su cabeza buscando el asentimiento del Otro. Lacan nos dice que el asentimiento es lo sim- bólico a la segunda potencia. El sentido entre imaginario y simbólico no solo se enlaza gracias a lo especular, sino también a eso que la madre refleja en el rostro. Siguiendo a Lacan, el gesto es del orden del verbo y articula el símbolo que al niño le permitirá discriminar que lo que ve en el rostro de la madre y en su gesto ya no es él, por ende, lo que ha visto tendrá consecuencias. En esta operatoria se pone en juego el fantasma materno como la constelación pulsional de la madre para con ese hijo, estableciendo una relación fundamental con el goce de ella y modelando la vida pul- sional del niño. En uno de sus textos 5 , Winnicott cita a Lacan y dice: "En el desarrollo emocional individual el precursor del espejo es el rostro de la madre. Me referiré al aspecto normal de esto, así como a su psicopatología. No cabe duda de que el trabajo de Jacques Lacan, Le stade du miroir (1949), influyó sobre mí. Lacan se refiere al uso del espejo en el desarrollo del

yo de cada individuo[

las primeras etapas del desarrollo emocional del niño desempeña un papel vital en el ambiente que en verdad aún no ha sido separado del niño por este. Poco a poco se produce la separación del no-yo y el yo, y el ritmo varía según el niño y el ambiente. Los principales cambios se producen en la separación de la madre como rasgo ambiental percibida de manera objetiva. Sí no hay una persona que sea la madre, la tarea de desarrollo del niño resulta infinitamente complicada'' 6 Para Winicott, el niño siempre responde a las ofertas ambientales y ya desde los pri-

meros meses de vida, el mundo circundante desempeña un papel pri- mordial. Sin embargo, muchos bebés tienen una larga experiencia de no recibir de vuelta lo que miran, por ende manifestarán serios déficits, ya que no podrán aunar una imagen de sí mismos y del semejante, tal como acontece en el denominado trastorno de Asperger. Una vez más podemos preguntarnos por la paradoja entre las inci- dencias del Unwelty la estructura, entre el ambiente y las invariantes

.]. La afirmación desnuda es la siguiente: en

4. Jacques Lacan: Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1971.

5. Se trata de El papel del espejo de la madre y la familia en el d esarrollo del niño, publi- cado en 1967.

6. Donald Winnicot: "El papel de espejo de la madre y la familia en el desarrollo del niño", en Realidad y juego, Granica Editor, Buenos Aires, 1972, p. 147.

N1ñ11•• y ptl i Jt ' lt ',

1 11 dlla •c-dtín il" h t 11 ll H

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t"il ll ll ' lln a les . !'ero más allá d e este debate, resulta de enorme inte-

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,

qu t• es te p rec u rs or de la imagen tenga un lugar preliminar en la

dll

l're ncia e ntre el yo y el no-yo e incida en el punto del corte entre el

I· II Je t o , e l ob j eto y el Otro.

Los principales cambios que trae aparejados la separación con la 111adre subrayan que el niño advierte en su alrededor que ella ocupa otro lugar, que hay un cambio en la mamá. Pero ¿qué ve un bebé

·uando mira a la mamá? El bebé mira a su alrededor, es posible que se encuentre ante el pecho o el biberón y no lo mire específicamente, sin embargo puede darse cuenta de un rasgo característico al mirar a la mamá. ¿Qué ve? Para responder a esta pregunta, Winnicott recoge qlgunos relatos de las experiencias con pacientes adultos que pudieron recordar y recons- truir en análisis los primeros fenómenos y verbalízaciones. De un

] sugiero que por lo general se ve a sí

modo magistral nos dice:"[

m ismo, en otras palabras, la madre lo mira y lo que ella parece se rela- ciona con lo que ve en él. La mira, se ve en ella porque lo que en ella

aparece se relaciona con lo que él es". En esa doble faz del mirar, que siendo recíproca no es simétrica, él

la mira y se ve en ella. Uno podría decir que ya estamos en el espejo,

.] y eso es lo que él piensa que es él" 7

Para una madre, no siempre es sencillo mirar cómodamente a su bebé. Ello implica un esfuerzo y una ruptura del principio de placer, un desafío a la homeostasís que produce cierta incomodidad para la

m amá. Ella refleja su propio estado de ánimo o, lo que es peor aun, su

angustia, sus desvelos, la rigidez de sus propias defensas. En ese caso,

]. Toma

el gesto ambiental". El gesto no es igual a la operatoria especular sino que es un trazo que Lacan denomina significante y que adviene por vía identificatoría. Winnicott se anima a decir lo que piensan los bebés, sin duda parte del axioma kleiniano que plantea que desde los primeros minutos de vida hay fantasmagorías y percepciones formando parte de la m en ta-

sí hay pensamiento, también hay m enta li-

dad, motivo por el cual le es posible situar estos precurs ores idcicos

pero agrega:"[

¿qué ve el bebé? "Se ve en el estado de ánimo de su mamá[

lidad del bebé 8 • Entonces,

anteriores lógicamente a la formación de la imagen esp ec ul a r.

7. Para Winnicott hay pensamientos y fantasías desde discutible desde la perspectiva lacaniana.

enseñó que la mentalidad es imaginaria y

8. Lacan nos

la sentimenta!idad.

muy tem prn n n c <l nd, lo c ua l es

de s u c nl ncc c o n o l nf~:cto s u rge

·111

1ilhilhtll,j¡l!l

d e (l llirllo

una c ri s is

puerperal o una problemática singular que la abate y la deprime. Esos rasgos depresivos que ve en el rostro de aquella produce en el bebé una operación similar a la que tiene lugar en el espejo 9 -que Lacan grafica en el esquema óptico-, cuando el niño vuelve su mirada hacia la madre para autentificar el gesto -es en el gesto de asentimiento del Otro que el niño legitima la experiencia. Es decir que recién allí mira el rostro, él es eso y siente eso.

Pero para los bebés que no reciben de vuelta lo que miran y no se ven a sí mismos, las consecuencias recaen, por ejemplo, en su capa- cidad de juego -la cual se atrofia-, en su futura capacidad creadora. Ellos buscarán que de una u otra manera el Otro les devuelva algo. "Es posible que lo logren con otros métodos, en verdad, una madre cuyo rostro se encuentra inmóvil puede responder de algún otro modo". Cuando el rostro de la mamá no es un espejo se produce una dife-

rencia entre lo que el bebé ve en ese rostro y el de él, en un momento preciso se produce un clivaje entre lo que ve en la cara de la mamá y su cara, él ya no es -segundo momento- esa cara, no es eso que ve en la

)

el bebé aprende muy pronto a hacer un 'pronóstico': ahora puedo olvidar el talante de mi mamá y ser espontáneo, pero en cualquier momento su expresión quedará inmóvil o su estado de ánimo predo- minará y tendré que retirar mis necesidades personales porque de lo contrario mi persona podría sufrir una injuria". Podemos suponer que entre la cara de la mamá y el modo en que el bebé puede identificarse en esa cara, el movimiento de retorno de su cabeza hacia él mismo instituye un primer clivaje en la constitución del yo, y que la madre como otro le permite comenzar a diferenciar que lo que ve en ella ya no es él-lo que él ve tiene efectos, incuso a nivel de las operaciones de constitución de la subjetividad, ya que la experiencia no es la misma si la mamá está enojada, angustiada, inhi- bida, deprimida o rechaza al bebé, aunque lo cuide. El autor toma de su experiencia clínica los casos de algunas muje -

mamá, sino que puede ser visto de otro modo. Según Winnicott: "(

Par a Winn ico tt, e l beb é ve en l a cara tic d e ella, el cual puede ser duradero -puede

la rnam :'i e l e~ Indo estar atravesa ndo

res que tuvieron severos trastornos depresivos, con quienes trabajó intensamente sus primeros años de vida. Ellas le contaban que si bien habían sido cuidadas por su mamá o alguna nodriza, estas eran tristes ycon falta de ánimo positivo - no aparecen descriptas como las mamás

~J. En é l, la mirada del Otro constituye el espejo, el objeto (el cuerpo) es el florero y el I'Amillete real.

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d, •l .tull~>lu, Hlno at ravesadas por la tristeza. A través de los rastros que qttt·duron en las hijas, Winnicott investiga esa pincelada de la depre- s ión, de la tristeza materna, y para clarificar su elaboración, busca en el pintor expresionista Francis Bacon rostros angustiados, depresivos, aterrorizados, oscuros, retorcidos -incluso en sus autorretratos. Contemplar un cuadro de Bacon es estar ante penas y desgarros que podrían ser nuestros temores a la soledad, el fracaso, la humilla- ción, la vejez, la muerte y las ansiedades ante el peligro de una catás- trofe. La preferencia de Bacon por el barnizado de sus cuadros puede

) hecho de que el espejo aparta en

cierto modo la dureza de su ambiente y lo protege. He observado sus trabajos, en especial los de tono azul oscuro, se benefician cuando permiten que el espectador, nosotros, veamos en el cuadro, como si fuera un espejo, nuestro propio rostro angustiado". Algo parecido nos sucede frente a la obra de Lucian Freud -nieto de Sigmund Freud-, uno de los grandes pintores del siglo XX y comienzos del XXI, que se retrató a sí mismo en el espejo y expresó la descompo- sición de la mirada: buscó su rasgo, su gesto y lo que se ve de su gesto en su rostro, que a su vez es el rostro del Otro y de los otros. Madres tristes, madres depresivas -podría decirse con Winnicott- nos traen a la consulta niños que tienen cambios de humor o pesa- dillas en las que no se encuentran deseables sino que se ven como partes caídas del Otro y en el Otro. El trastorno de Asperger, por ejemplo, circunscribe los padeci- mientos que surgen por ciertos déficits en la constitución de la imagen especular. Entre el trazo y la imagen se cuela algo del orden del afecto, del lazo sentimental entre la madre y el hijo, pero en el denominado síndrome de Asperger, este lazo no se produce convenientemente. Por ende, son niños con un claro predominio de lo simbólico, pero sin afecto; hay presencia del Otro, pero no mirada corporizante que lo habite. Es por esta razón que cuando la mirada no se enlaza al afecto -enlace que Winnicott denomina holding- en la operación especu- lar, el niño presenta una imagen rígida, triste, aplanada y una mirada espectral que se vuelve más notoria en el lazo social. Esos niños no construyen una empatía con el semejante, aunque haya proliferación simbólica. Debido a que en el rostro de la madre está el precursor del espejo y el espejo mismo, esta experiencia puede posibilitar que se instaure el cuerpo y el lazo con el semejante por la vía de la pregnancia fálica. El cuerpo dPI infans está investido por el falo, de modo propiciatorio o no, pero 110 pot esto se encuentra necesariamente en una posición psicóticn.

deberse, según Winnicott, al"(

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El denominado trastorno bipolar, cuya extensión actual al campo de la infancia y la adolescencia no solo es innecesaria sino que atenta contra los niños y jóvenes, describe estados de ánimo, donde predominan los cambios de humor, que nada tienen que ver con la subjetividad y promueve el tratamiento médico y farmacológico. Mi desacuerdo con esta postura se asienta en el hecho de que cuando un niño presenta cambios bruscos en su estado de ánimo (irritabilidad, llantos, euforia, dificultad de separación y tristeza) sitúa con crudeza que hay una alteración y una dificultad de enlace con el otro materno, pero no el inicio de una locura maníaco-depresiva. En su Relato de mi análisis con Winnicott 10 , Margaret Little des- cribe los estados que transitó, ella pasaba de la explosión agresiva a momentos de manía y luego a una depresión profunda. Deduzco que debe haber sido una paciente muy difícil paraWinnicott, sin embargo

el analista condujo la cura hasta sus últimas consecuencias. En ese

testimonio de su análisis cuenta que las situaciones anímicas que padeció se produjeron a raíz del carácter irascible y del rechazo de su madre para con ella. Freud planteó que las primeras impresiones de la vida y del vínculo con los padres quedan bajo la amnesia infantil. Algo resta de lo que fue reprimido por el sujeto en estas primeras experiencias, de entre ellas, conjeturo que la mirada primaria de la madre resta bajo la barra de la

.represión. En muchas ocasiones exploramos cómo fue el primer año de vida

y cómo fue la posición subjetiva de cada uno de los padres, pero el

carácter enunciativo de ellos guarda más de un recuerdo encubridor, pues nos transmiten la historia desde su subjetividad. No obstante les proponemos a ambos, en especial a la madre, que persistan en la bús- queda de algunos de sus recuerdos sobre los objetos que los acompa- ñaron, a ellos y al niño, y tratamos de deducir su carácter transicional

o no -es que no todo objeto lo es.

Winnicott propone zonas intermedias, tanto para el espacio como para el objeto. En estas zonas sensibles para la madre y el hijo que denomina transicionales, se destaca el despunte, lo inaugural del objeto imaginario que colabora para mediar entre el adentro y el afuera. Asimismo marca la cercanía y la distancia con el cuerpo de la madre. El objeto transicional contribuye al surgimiento del simbo- lismo como producto del clivaje de la primera separación del cuerpo

·

1O. Margaret Little: Relato de mi análisis con Winnicott, Lugar Ed itorial, flutmo~/\t. 1\ .,

¡g9 5.

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del Otro. Cositas, pedacitos, hilachas que crean esta zona de frontera entre el niño y el Otro. Algunas de las consecuencias, tanto del gesto primigenio como del espacio transicional, reflejan el tiempo primordial de la constitución del yo y del otro, la instauración de la imagen especular y sus efectos. De esos instantes primordiales y constitutivos, dice que son resultan-

] zona intermedia de la experiencia entre el pulgar y el

juguete, entre el erotismo oral y una verdadera relación objeta!, entre

una actividad creadora primaria y la puesta en el afuera de lo que se

ha incorporado [él lo llamaba yo-no yo] . También

riencia intermedia entre el uno y el otro concierne a una zona entre el parloteo automático del bebé y la manera en que un niño comienza a

balbucear con algún

El fenómeno transicional concierne tanto a la mirada como a los sonidos, a lo escópico y a lo invocante -la identificación especular también es una identificación sonora, el espejo es fónico y visuaP 2 Refiere al uso que se hace de un objeto que no forma parte del cuerpo del niño, aunque él no lo reconoce del todo como perteneciente a la

realidad exterior -es tanto exterior como interior-, entre él y la mamá. Ese dedo, su dedo, no es su dedo, ni es el del muñeco, el dedo, así como la hilacha, demarca esa zona entre lo objetivo y lo subjetivo.

Cito a Winnicott: "[

dedos acarician el rostro y el dedo se separa''. El fenómeno transicional no es sin mentalidad, sin imaginario. En la clausura de las jornadas sobre la psicosis (1968), Lacan nos dice que el objeto y el espacio transicional no son para el niño, sino para la madre, para que ella pueda partir y dejarlo partir. A la vez, el objeto transicional se abandona, cae por desuso, mas esta caída no implica un duelo para el niño sino que simplemente pierde significación.

pulgar se mete en la boca mientras los otros

esta zona de expe -

tes de esa"(

sonido que lo caracteriza" 11

] el

El deseo de la madre y la ficción del origen

Los tratamientos llevados a cabo con niños que presentan proble- máticas graves requieren y nos demandan una tarea conjunta con los uifios y sus padres, con cada uno de ellos. Por efecto del trabajo que

J. l . l hllu tld Wiunkoll: "Objetos tr a n s icion a les y fe nómeno s transicionale s ", e n Reali-

lml y }llr'H"· C:rnnlcn 1\ditor, flucnos Aires, 1972.

L' 1 <tt.>.tll d"ll"lllllll \ ni fou~nwno lmn s klonn l ron 111 r~rmlno "trnnsirlvl s mo" .

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mantuve con algunas madres de niños en análisis pude advertir que algo se reorganizaba entre ellas y su hijo. Vislumbré que a medida que las palabras cobraban un nuevo lugar, también se hacía un lugar para el niño, tanto discursivo como imaginario y real, lugar del que hasta ese entonces el niño carecía. Desinvestido de miradas, de pala- bras y de demandas, él no encontraba un alojamiento en el Otro. Estos lugares inéditos para el niño implicaron un trabajo de rear- ticulación entre el abanico pulsional, el falo y el objeto a en la madre, favoreciendo la constitución del fantasma materno, ese enclave de goce que a su vez es fuente de la pulsión y orilla a partir de la cual esta hace su recorrido alrededor del objeto a. Esta operación da cuenta de la investidura del cuerpo del hijo situado en calidad de objeto. Es menester aclarar que en situaciones extremas no hay falta registrable en la articulación pulsional materna, el autoerotismo gobierna la escena entre el niño y la madre. En esta fuente se nutren las problemáticas más graves de la infancia. Pero no se trata de la psicosis de la madre, no siempre las dificultades obedecen a dicha presentación de la estructura materna, sino que se trata de la posi- ción psicótica y/o de locura de una madre para con ese hijo en un momento determinado de los primeros meses de vida, cuando la carencia de recursos maternos recaen en el niño produciendo efec- tos registrables. Esta incidencia, cuya raíz es pulsional, puede pre- sentarse contingentemente. En los casos más propicios se historizan y se significan como episo- dios traumáticos que se enlazan a diferentes motivos históricos, fami- liares, incluso de índole social, acaecidos alrededor de ese tiempo de la vida del niño y de sus parientes. Freud nos enseñó que no se trata de un suceso traumático sino de la elaboración que puede pesar sobre él, que lo importante es lo que se edifica y se articula con lo real, que en ocasiones implica un forzamiento de la historia, los padres o alguno de ellos le suele adosar un sentido a lo que carece de él. Es decir, no es la situación la que hace a la dificultad sino cómo esta se monta, aun la más extrema de las eveatualidades recibe el peso del significante y se encabalga o no discursivamente. La lengua hace cuerpo, sustancia gozante; el cuerpo no es solo la Gestalt, la interposición imaginaria, la imagen, pero tampoco es sin ella. El cuerpo goza, pero lo hace del goce de la palabra, subj etivado por la vía del fantasma, de la pulsión y de la lalengua. Esta se inven ta también gracias al significante, cuyos ecos provien en de nu cs l ro:-; parientes próximos.

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Mateo, la imagen entre el sonido y la palabra

La imagen del cuerpo concierne a una virtualidad, es el reflejo de una superficie en la que toma asiento la impronta del cuerpo. Ella no es la consistencia del mismo, sino solo su reflejo imaginario. La con- sistencia del cuerpo se organiza por la vía del falo que da cuerpo a lo imaginario. En los primeros tiempos de la enseñanza de Lacan, la determi- nación del sistema nervioso central y la prematuración del infans lo condujeron a reflexionar sobre la instauración de lo imaginario como lugar princeps del yo y el narcisismo. El cachorro humano nace a la vida prematuro. El reflejo de la imagen proviene de la mirada del Otro que presta su ojo, pero el falo también aporta sentido, significación,

y el deseo del Otro materno. La imagen es previa a la articulación en. la que el niño se nombra a sí mismo, nene o nena, con su nombre en tercera persona, tal como los otros lo llaman. Incluso le permite pro- nunciar el pronombre personal. Esa última opción comporta un límite en el yo, decir yo en lugar del nombre implica un reconocimiento del otro como diferente. Si surge el yp como una sustitución a través de la cual el niño se nombra de diferente modo que como lo nombran, en tercera persona, es que apareció el uso del pronombre, el cual implica un segundo momento respecto del nombrarse en tercera persona. El yo también subraya la distancia con el pronombre de la segunda persona. Decir yo implica una abstracción y una sustantivación de quien fue mirado por el Otro, sustrae y menciona al mismo tiempo el nombre propio. Por otra parte, el tú del yo concierne al entre dos, y en esta plataforma se monta la agresividad en sus primeras manifestaciones.

El estadio del espejo requiere que medie la identificación primera,

la entrada en el lenguaje. En El yo y el ello leemos que la primera iden-

tificación es con el padre -aunque Freud asimile primero con primor- d ial, es evidente que para él se trata de una identificación con pun- tos d e indiferenciación sexual. Lo mítico de la primera identificación hace que esta comporte una ficción del origen -lo interesante es que de este mito primordial surgen subsidiariamente otras operaciones, a

tHl b cr, la constitución del yo, el narcisismo y la

La e ntrada en el campo del lenguaje no es privativa de los huma-

II O~l, l osa n im a l es domésticos también ingresan al campo del lenguaje

"En los animales, quienes

tf ,, nu nmo, po r eso cumplen sus órdenes.

•• n l lt· ll t' lt d e se r s in o e l se r nomb r ados aun cuando se impongan de lo

lf'il l , l u t y l 11 s l l nt o, es dec ir e l s~•be r qu e implic a s u s up er viv e n c i a. [

identificación al trazo.

].

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Quedan los animales carentes de hombre [que no son humanos], por ello llamados domésticos y que por esta razón recorren los sis- mos, por lo demás bastantes breves, del inconsciente" 13 Domesticados ("domésticos", d'homme, del hombre), los anima- les responden al nombre y a la lengua de su amo, pero no más. Ese es todo el alcance que produce su entrada en el lenguaje, en el tajo abierto por el lenguaje. La primera entrada en el baño del lenguaje es imprescindible para la operación que se constituye en el estadio del espejo y que diferen- cia de modo absoluto al niño del cachorro, esa que conjuga la identifi- cación al trazo, como trazo distintivo, con la imagen del cuerpo. Pero este inicio per se no comporta aún la combinatoria de las palabras ni tampoco instituye la metáfora. La risa que sanciona que el gato hace guau y el perro miau, tal como expresa Roman Jakobson, es el indicador de mayor relevancia del símbolo y la sustitución. Pero el gato no ríe si el perro hace miau, salvo en los dibujos animados, donde gatos y perros no solo son domésticos sino también subroga- dos humanos. Ahora bien, es de esperar que la operatoria fundante del sujeto le permita al niño avanzar más allá de los pliegues de lo doméstico. Un niño de dos años llamado Mateo, a quien le diagnostican TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo), comienza su primer trata- miento dentro del marco cognitivo-conductual propuesto por los profesionales de la institución a la que acuden sus padres cuando advierten, a los dieciséis meses, que él no responde, no los mira, sino que por el contrario, evita todo contacto, tanto con las palabras como también con la mirada y los gestos. De las entrevistas con los padres surge que el niño fue un bebé nor- mal, pero luego de un episodio febril, a causa del cual padece una convulsión, Mateo detiene el contacto con los otros y los aprendizajes sociales esperables para su edad. Los padres, no muy conformes con el tratamiento cognitivista, deciden consultar con un psicoanalista. Luego de varias entrevistas con ellos inicio un tiempo de encuentros con el niño. Apoco de iniciar estas sesiones, Mateo parece despertar. Comienza a interesarse por las pequeñas cositas del consultorio, a repetir fonemas y a realizar una especie de fort-da corporal, sin sonido, basado en un movimiento de entrada y salida de entre las piernas de la mamá, al que luego le agrega

13. Jacques Lacan: "Televisión", en Psicoanálisis. Radiofonía & televisión, Ed. Ana· grama, 1993, pp. 86-87.

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algunos sonidos. Incipientemente se convierte en algo repetitivo que puedo llamar juego. Me pareció oportuno que a partir de su interés por las piernas de la mamá, alguna voz y sonido se sumasen para que el cuerpo cobrara vida. Invité a la mamá a que modulase algunas palabras mientras Mateo zigzagueaba a su alrededor. Ella, en lugar de hablar intentaba cantar, ponía alguna melodía a un tarareo, vocalizaba, tal vez de modo un poco desafinado, pero eficaz a la luz del reconocimiento entre madre e hijo. Debo aclarar que en el espacio del consultorio, al modo de un espa- cio moebiano, la sala de espera se continuaba con el consultorio pro- piamente dicho. Mateo comenzó a reconocer el espacio donde había juguetes y en el que solamente había sillones y muebles. Llevaba de la mano a su mamá hasta donde estaba la caja de cositas-juguetes y allí reiniciaba con algo de interés su movimiento alrededor del cuerpo ella, acompañado de algunos cantos. Poco a poco, Mateo comenzó a responder cuando escuchaba su nombre, a abrir y cerrar los ojos al escuchar la voz de su mamá. ¿Qué sucedió? Lo sonoro le permitió despertar. Mateo estaba en el lenguaje, pero carecía de cuerpo, por ende, de nombre. Si como dice Lacan, el juego del fort-da sitúa el surgimiento del símbolo, no del síntoma, Mateo comienza a responder cuando escu- cha el canto de su mamá, durante el juego de aparición y desaparición de entre sus piernas.

El padre interviene enseñándole el nombre de las frutas; cuando le señala un kiwi o una manzana, Mateo repite el nombre. Al mostrarle los lápices de colores, le pide que le entregue el del color del kiwi y Mateo señala el lápiz verde. Luego le habla de la manzana, le muestra un color rojo y le pide que encuentre el lápiz rojo como la manzana; más tarde enlaz<¡l el amarillo con el limón. Sin duda, para el niño este es un juego con una serie de pasos que implican el reconocimiento de la palabra, la forma, el color y la voz del padre. El juego se vuelve una respuesta en la que conjuga la identificación al trazo y la identificación especular; el niño lee, intenta hablar, aun cuando todavía esquiva la mirada. Mateo seriaba uno a uno los elementos y sus colores. Usaba un número limitado de vocablos con los que producía un efecto meto- llfmico: "Verde, rojo, amarillo, verde, rojo, amarillo". En el uno a uno, 1mzo a trazo, se produce una discontinuidad que enlaza un vacío pro- elu cido por efecto de la identificación primaria.

", parece que por momentos

'.11dn, y n mover la cabeza intentando expresar la negación. Dice

omicnza a vocalizar un

"Run, ra

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Liliana Donzis

"mmm", se dirige al analista repitiendo sonidos e incluyendo al otro en su mirada. Lacan dice que estos niños son verbosos, que están en el verbo, pero que nosotros no los entendemos. Cuando Mateo hace "gugu- gugugugu", yo escucho algo entre dos palabras, y cuando descubre un perrito en la caja de juegos mi escucha le permite transformar el "gugugu" en "guaguau". Meses más tarde responde a mi pregunta:

"¿Quién vino?". "El nene". Según mi criterio, en ese momento del tra-

tamiento se construyó la eficacia especular. ¿Qué es el estadio del espejo? Es ese instante en que el niño reco- noce su propia imagen, pero no solo eso. Sin limitarse a situar mera- mente un fenómeno primigenio, este también ilustra sobre el carácter conflictivo de la relación dual. "Todo lo que el niño capta al quedar cautivo de su propia imagen es precisamente la distancia que hay entre

sus.tensiones internas [

]y la identificación

El estadio del espejo articula lo imaginario y lo simbólico y en tiem- pos de su surgimiento pone en marcha la función de i'(a). Para que una mirada se refleje y haga aparecer una imagen es menester que una mamá o un subrogado libidinice fálicamente el cuerpo del niño. Mas en la imagen de su cuerpo el sujeto halla el paradigma de todas las formas de la semejanza que va a aplicar sobre el mundo. No sin cierta hostilidad, aunque en su encuentro resultara jubilosa, se vuelve un potencial de enfrentamiento, siempre posible, con un par, es decir que promueve el origen de la agresividad. Esta imagen, yo ideal, es la que se fija en el punto en que el sujeto se detiene como Ideal del yo. Desde ese momento el yo, con su juego de prestancia, se convierte en función de dominio; la rivalidad está constituida. En el camino de la subjetivación, donde el papel del significante es insoslayable, este proceso imaginario enlaza la imagen especular, i(a), con la constitución del yo. Mediante la primera identificación, el soma se agujerea y adviene cuerpo humano, cuerpo que resiste el trazo que escucha o que se lee para advenir como ideal del Otro. Entre la imagen y el trazo, i'(a), el objeto se reviste como resto. "¿Quién vino?". El kiwi

con dicha imagen" 14

de la mamá.

En el primer tiempo de la enseñanza de Lacan, el cuerpo es ima- gen y superficie, aún no está conceptualizado como consistencia y sustancia gozante. Solo a partir de la introducción del objeto a en la

14. Jacques Lacan: El Seminario, Libro IV: La relación de objeto, Ed . Paid ós, Hnrr r•ln un,

1994, p . 17.

Niños y púberes. La dirección de la cura

49

teoría, el cuerpo toma cuerpo y culmina con la proposición del falo que otorga consistencia. Desde el ángulo simbólico, el sujeto emerge como la raíz cuadrada

Ese -1 es el sujeto que como uno se resta al campo

del Otro. La sustracción representa que hay un significante menos en el campo del Otro, que al mismo tiempo es constitutivo del sujeto, y uno en más en el campo subjetivo. De este modo, el campo del Otro pasa a ser el universo del discurso, pero un universo barrado con un uno en menos. Lacan trabaja la conocida paradoja de Bertrand Russell: ¿existe

un catálogo que contenga el universo de los catálogos? De existir ese catálogo que incluye a todos los catálogos, ¿se contiene a sí mismo? Si se contiene a sí mismo, ¿hay alguno que contenga a todos? Entonces, ya no es el que se contiene a sí mismo. Si hubiera un catálogo que contuviese el conjunto de todos los catálogos, podríamos decir que hay Otro del Otro. Pero lo que Lacan demuestra es que no hay Otro del Otro sino un Otro del sujeto, un Otro del lenguaje. Si en el campo del Otro hay un uno en menos, el sujeto, es indemostrable que haya Otro del Otro. El neurótico horada el campo del Otro en la medida en que el campo del Otro es el goce. Desde el ángulo simbólico, el sujeto horada ese campo con cada significante. Tomemos solamente un significante como

] por

marca de esa oscura autoridad-potencia 15 del trazo unario que"[

colmar la marca invisible que el sujeto recibe del significante, enajena a ese sujeto en la identificación primera que forma el ideal del yo" 16 Podemos decir que la madre es la lengua, postulado radicalmente diferente al de los posfreudianos, quienes situaron la materialidad de

la madre como causa y subjetivación, es decir, como una sustancia- lización del Otro. Por el contrario, desde los inicios de su enseñanza, Lacan prefiere dar un lugar y una función operacional al Otro primor- dial -para la ocasión, la madre-, al que se le sustrae un significante, sustracción que deja un resto que él denomina objeto a, objeto resto que deviene causa del deseo.

de menos uno ( j-1).

15. Pa ra el sujeto no es fácilmente perceptible que el sentido que siempre brota a rau- d n i(;!S por la imagen y que representa la potencia del Otro, retorna desde lo real por m udio de la repetición significante y que esta repetición tiene en su base una exclu- >lÍr' n rndi ca l, pu es como bien dice Daniel Paola, el sentido toma su asiento en una fn ¡d u¡¡ió n (ver Da ni el Pao!a: Inconsciente, sentido y forclusión, Letra Viva Editorial,

ll H,. •toH AireN, 2011 ) .

1h J,u ' !" ' "' l .orn n ; "S 11bvcrs ió n d e l s uj e t o y dial éc ti ca d e l d ese o en el inconsciente freu-

dhllll•", 1'11/ •\l'lllo~ " ·Sig l o XX I ccli r mcs, Btt e

n os Air es, 2 00 5 , p . 787 .

50

Liliana Donzis

El objeto a es un operador lógico, por ende no tiene especularidad, no se refleja en el espejo, razón por la cual, al no estar orientado, no presenta ni izquierda ni derecha. Es el testimonio de la sustracción de un significante que se simboliza como falta, como castración en el Otro. Durante la niñez se da esa particular situación en la cual, lo que queda por fuera del campo del Otro se reintroduce como objeto a o como significante. Una u otra opción: objeto o significante 17 De ahí que un niño se inscriba como 1/a-Lacan emplea esta grafía para situar no solo al niño como objeto del Otro sino para indicar que el término sujeto también le cabe a un niño en determinadas posiciones. En el seminario sobre la angustia, donde Lacan ubica al objeto a como resto de la operación, se encuentra una formulación que dice que si este objeto surge entre la mirada y lo real produce el fenómeno de lo siniestro descripto por Freud -que es el que incide en la emer- gencia de ciertas problemáticas graves en la niñez. El objeto a es causa en la medida en que como resto deviene motor del deseo, constituido a partir del vacío instituyente que promovió ese resto, caída del corte producido en la identificación primaria. Mateo consiguió efectuar algunas de estas operaciones en el tiempo del análisis; también pudo despertar algo que estaba incor- porado para reingresar a través de lo sonoro la voz de la madre, faci- litadora de la constitución del cuerpo. Alrededor de una danza casi ritual, cercando el cuerpo de aquella, Mateo pudo oír un sonido que lo significó. Entre la imagen y el sonido, en el movimiento se instaló un grito, gugugugu , que se convirtió en tarareo gracias a la voz materna, no sin el padre, en el espacio que el analista les ofertó.

17. Su coalescencia es del orden de la estructura del fant us m n,

Niños y púberes. La dirección de la cura

El chorlito y el cocodrilo. Deseo y goce

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Me pinto de rojo estreno mi piquito reluciente siendo chorlito te limpio la mugre verde diente de cocodrilo la muerte no me llama, por pequeña soy imprescindible 18

La siguiente historia me fue relatada, no conozco su origen. Conje- turo que es verdadera. Se dice que el primer cocodrilo que existió, el Sarcosuchus impera- tor, vivió hace unos ciento diez millones de años.

Más allá de su longevidad, el hábito de realizar la voltereta de la

muerte

explicación: gira varias veces con ella dentro de sus fauces para des- garrarla -es que cuando muerde, el cocodrilo no corta como el tibu- rón, sino que debe desgarrar la carne para su ingestión 20 Las víctimas que pudieron salvarse, aunque con graves mordeduras, corren más riesgo de muerte por infección que por la mordedura en sí. La boca del cocodrilo es una fiesta de bacterias y parásitos. Pero él cuenta con el chorlito, un ave que le ayuda a quitar los restos de comida que le quedan entre los dientes 21

presa 19 tiene la siguiente

cuando hinca sus dientes sobre la

Eliano, citado por Plutarco, comenta que el cocodrilo tiene dos modos de quitarse las sanguijuelas: exponiéndose al sol para que mueran o sirviéndose del chorlito, que si- es prudente no cae en las fauces del reptil y come sus gusanos y sanguijuelas.

18. Marianela Riera: Al borde de la noche, Ediciones Botella al Mar, Buenos Aires, 2009, p. 41. 19. Se sabe que entre hipopótamos y cocodrilos hay un gran respeto, que en general suelen esquivar sus encuentros, pero que de haberlos, el vencedor sería el hipopó- tamo, por tener mayor resistencia debajo del agua. -·o . Al a trapar a uno de estos especímenes para su estudio, lo fundamental es controlar su estrés, pues la acumulación de ácido láctico en sus músculos los vuelve rápidos, y taparles los ojos para tranquilizarlos. -· t . El ch orlito egip cio es tin ave zancuda que vive en África subsahariana tropical y que Ílllllb ió n I'Cc ibc e l no mbre d e "páj aro d e cocodrilo", por la relación simbióti ca qu e

H~ t tt LI• •cn u J n t- 1.

::>2

Liliana Donzis

Esta breve introducción respecto del vínculo entre uno y el otro nos ilustra sobre un dúo complementario: el cocodrilo necesita del chorlito y el chorlito, del cocodrilo. La idea, a la vez, me evoca la metáfora de Lacan sobre la boca del -cocodrilo. Él dice: "El papel de la madre es el deseo de la madre. [

Siempre produce estragos" 22 Conjeturo, no es más que una hipótesis, que Lacan pudo haber conocido la historia que recién conté, que el niño-chorlito se ajusta y adapta al diente del cocodrilo-madre, y entre ellos dos se forja el borde oral, abriéndose paso desde el goce. El cocodrilo tiene en su boca al chorlito y puede engullirlo 23 , muerte

segura para el pajarito. Sin embargo, ese goce mortal se mitiga por la función vital que el pequeño cumple. El goce materno, agrega Lacan, se detiene por efecto del palo-falo que lo atraviesa. También puede suce- der que el chorlito ni siquiera esté en la boca del cocodrilo, en cuyo caso no se registran ni el deseo de la madre ni la pulsión de muerte.

En el primer caso, el pequeño chorlito juega; en el segundo, entre madre e hijo se produce algo más primitivo y real, la pulsión no enlaza

la cara muerte sino que insta a la vida en una eternización de la misma.

Aunque imposible, este último caso sirve para mostrar un cuerpo viviente que está tomado sin metáfora ninguna, la libra de carne vive

o muere sin que llegue a tener valor de intercambio. En cambio, el Nombre del Padre separa, desgaja una frontera entre uno y otro, apuesta a propiciar alguna discontinuidad en el tejido existencial tomando el relevo del palo que atraviesa las fauces del cocodrilo. La escena dual que ilustra la historia del chorlito y el cocodrilo muestra la impronta oral. El niño-chorlito debe ocupar una posición amorosa y pulsional para con la madre-cocodrilo y esta tiene que per- mitir, cosa que no ocurre sin dificultades, la presencia de un tercero. La oralidad encuentra su tope en el recorrido mismo de la pulsión, no se trata de engullir el objeto sino de recorrerlo. En el apólogo aparece la importancia de la función X, función fálica que actúa en la tríada madre-hijo-falo 24

Esa situación elementalmente edípica no es verificable en las pro- blemáticas muy graves de la infancia, donde predomina el fracaso de esa escena en que la demanda está presente. Poner en marcha el

]

22. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVII: El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 118.

23. De hecho, es lo que hace con las crías que no rompieron el cascarón.

24. No hay chance de reducir el cocodrilo, el chorlito, e l falo y e l p a dr e a e mpir lrt

alguna.

Niños y púberes. La dirección de la cura

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despunte subjetivo mediante el análisis, como en el caso de Mateo, nos enfrenta con uno de los mayores desafíos de nuestra práctica. La breve historia relatada también muestra que entre el niño y la madre hay una interdependencia que puede generar una repetición compulsiva de esa boca que quiere tragar y del pequeño que limpia esos dientes. Es en esa repetición que puede generarse un:a diferencia por medio del juego. Puede jugar a limpiar, a volar, a mirar. Del lado del niño, el juego se revela como la operación necesaria aportada por el significante y la función fálica, asiento del fantasma en calidad de respuesta a la castración del Otro. El falo, encargado de la función de castración, indica que el sujeto no dispone de todos los significantes sino de algunos. La notación de esta disponibilidad, que al mismo tiempo designa la ligazón con la represión primordial, se escribe V x <I> x.

El niño responde con el significante ala castración del Otro y lo lúdico se vuelve oportunidad para poner de manifiesto los efectos subjetivos. Estas operaciones son la base de las fantasmatizaciones lúdicas. La falta no es nombrable más que fantasmáticamente, sosteniendo el deseo como deseo del Otro. Si el sujeto adviene neurótico, será a costa de una pérdida, un resto no simbolizable ni especularizable. Al gunos juegos infantiles pueden responder a esta lógica, son sexua - le s sin que el acto sexual esté comprometido. Lacan dice: "Observen que en el juego está la realidad reducida a su forma de deyecto, del sexo en su forma insexuada. El otro beneficio del juego es que la rela- ción de verdad está allí, en razón misma de la supresión de ese polo de realidad como imposible -la relación de verdad está suprimida. Uno puede preguntarse en todos sentidos lo que hay allí de verdad, de la ciencia antes que se afirmara. Uno puede preguntarse lo que es del inco nsciente antes que yo lo interprete. Pero lo propio del juego es que antes que se juegue, nadie sabe lo que va a salir de él" 25 Al lí está la relación del juego con el fantasma. El niño puede hacer nlgo p ara que el Otro lo reconozca como sujeto; si no alcanza con su juego cotidiano lo intentará, sin saberlo, por la vía del padecimiento.

] el juego es un fantasma tornado inofensivo y

L.acan prosigue:"[

onservado en su estructura" 26 , aunque no por eso deja de tener enor-

II I CS consecuencias. Ese fa n tas ma que siendo sexual no convoca al acto sexual nos i 1 11 1 nd u ce e n Jo que implica el juego en el análisis, un juego que en su

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lill't¡ ll t'rl l.nt:nn: /:'/ Seminario, Libro XII: Problemas cruciales para. el psicoanálisis,

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1Htl n n myn eh: 19()5 , in é dito.

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Liliana Donzis

ac cionar mantiene una regla. La dificultad que se presenta es que el analista tendrá que saber tanto de su posición como de la operación d e la cura y de lo singular de ese niño. El analista conduce la cura entre el cocodrilo, el chorlito y el Nom- bre del Padre, enhebrando eficazmente la instauración del sujeto y en consecuencia aportando una modificación en relación con el Otro. El acto del analista permite y da paso para que la lengua materna devenga lengua encarnada, lalangue, imaginariamente simbólica. Mediante los maternas de los cuatro discursos presentes en el seminario sobre el reverso del psicoanálisis, Lacan busca alcanzar una expresión lo más rigurosa posible para abordar lo real. Asimismo vuelve a utilizar los grupos algebraicos desarrollados por el matemá- tico Felix .Klein, que le vienen de perlas para escribir cuatro elementos que en la medida en que giran, permiten escribir cada discurso dife- renciado del otro 27 El materna carece de bilingüismo, no padece la elongación propia de la lengua, por eso es legible mas allá de la lengua hablada, de cada idioma. Sin más, es una fórmula que excluye lo imaginario. De vuelta una vez más sobre el Edipo, el mito y el Nombre del Padre, a esta altura de su enseñanza encarrila estos términos y con- ceptos hacia lo real del goce. Dice, entonces, que madre y padre son funciones en la estructura. No interesan tanto sus características pun- tuales sino las funciones que ejercen en virtud del lugar y el entra- mado significante y pulsional. No hay pad re que pueda simbolizar y encarnarse a la vez. Por eso, en la brecha entre la encarnadura y lo simbólico, Lacan escribe el Nombre del Padre, resituándolo en el pri- mer tramo de sus enseñanzas en la metáfora paterna. En esa formulación, el deseo de la madre queda bajo la impronta d el Nombre del Padre, que lo deja bajo la barra de la represión y otorga n la variable X-el lugar del sujeto- un nuevo significado. Ninguno de stos términos corresponde a la empiria, aunque lo formulado en la m etáfora paterna conlleve un plus de raigambre imaginaria. Al sus- titu ir el deseo enigmático de la madre por un significante, el padre produce un cambio en el deseo de la madre e introduce en este un más allá del hijo.

27. Cada uno s ostie n e, a la vez , la po t en ci a li dad d e lo s im b ó li co.

Niños y púberes. La dirección de la cura

Nombre del Padre

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Des~ad'e = Nombffi del Padffi ( F:o )

Des~adre

Significado al sujeto

A partir de la metáfora, Lacan escribe diferentes fórmulas sobre la fobia de Juanito en el seminario de 1956 -toma como base una pro- porción algebraica que en este caso se expresa mediante una ecua- ción. Al avanzar desde la metáfora hacia el significante del Nombre del Padre, en oportunidad del seminario de 1970 resitúa el deseo de la madre sin recurrir al materna sino a una imagen, denotando que es imposible que lo imaginario no esté presente cada vez que se pone en juego la palabra.

Dice, entonces, que el deseo de la madre produce estragos. ¿Y qué varió entre la formulación de la metáfora y la del estrago? En lugar de apuntar exclusivamente al deseo de la madre, Lacan enraíza el estrago en el goce. Ubica al falo no solo como significante de la diferencia y el deseo sino como causa del goce y marca del padre. Madre e hijo son necesariamente cuatro: madre, padre, hijo y falo. Al situar a la madre como cocodrilo estragante, una madre en la que anida el goce, Lacan nos da el motivo por el que cuestiona a los posfreudianos, y no solo a ellos, que tienen en cuenta exclusivamente el deseo de la madre. Nos dice: "Esto es capital. El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que pueda resultarles indi- ferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre.

] Hay

un palo, de piedra por supuesto, que está ahí, en potencia, en la boca, y eso la contiene, la traba. Es lo que se llama el falo. Es el palo que te protege si, de repente, eso se cierra.

Entonces, traté de explicar que había algo tranquilizador. [

[

]

para que comprendieran [

]

hablé de la metáfora paterna.

Del complejo de Edipo no hablé nunca más que de esta forma. Esto debería ser algo sugerente, ¿no? Dije que se trataba de la metáfora pa- loma, mientras que sin embargo no es así como Freud nos presenta In~ cosas. Sobre todo porque se empeña en que eso tiene que haber

ocurrido de forma efectiva, esa condenada historia del asesinato del

padre de la horda. [

]

Prc ud se empeña en que eso fue real" 28

:11

hH'fiiiHtl

Lnmn : Op , rlt ,, pp . 118 - 11 9.

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Liliana Donzis

En el mito de la horda primitiva, el goce es absoluto y es del padre.

estaban reservados a él.

El ac ceso a todas las mujeres, el sexo y el goce

En el seminario de los cuatro discursos, Lacan revisa el mito a la luz

de lo real y la pregunta por el padre asesinado. Edipo se acuesta con Yocasta porque resuelve el enigma. Sin embargo, en términos freudia- nos subsiste la equivalencia entre el padre muerto y el goce. Si damos un salto en la obra de Lacan, desde el mencionado semi- nario hasta el Seminario XXII: RSI, nos encontramos con que el padre real es un efecto de lenguaje, por ende no es un modelo a seguir ni un modelo de excepción. El lugar del padre se complejiza, padre es el que nombra y también lo que el analizante debe recorrer en lo concer-

niente al goce y a la versión del goce del padre. Nombrada esta última como pere-version, Lacan juega con la homofonía producida entre perversión y la versión del padre. Servirse del padre permite poner una traba al goce de la madre, nombrar las cosas por su nombre. El niño se sirve del padre, de su nombre, pero aún no responde con una versión del padre, motivo por el cual el Nombre del Padre anuda la estructura permitiendo que se responda al goce con el síntoma. Genera saber, unbewusst, pero no saber hacer ahí. Lacan dice que: "Un padre no tiene derecho al respeto, sino al amor,

más que si el dicho, el dicho amor, el dicho respeto está [

versement orientado, es decir hace de una mujer objeto a minúscula causa su deseo. Pero lo que esta una mujer con minúscula a-coge de ello, si puedo expresarme así, no tiene nada que ver en la cuestión" 29 Esta frase se entiende desde la perspectiva de que el goce difiere en la posición masculina y femenina, por lo cual no hay escritura lógica que interrelacione los goces. Para un hombre, una mujer es su sín- toma en la medida en que no hay escritura de la relación sexual, lo que hace factible el enlace amoroso y sexual con el objeto.

] se ocupa

de otros objetos a minúsculas, que son los hijos, junto a los cuales

el padre sin embargo interviene excepcionalmente en el buen caso

-para mantener en la represión[

ten la versión (version) que le es propia de su perversión, única garan-

tía de su

Estas ideas resultan imprescindibles para situar un padre para una madre. Si ella está en relación con la causa del sujeto masculino es

] pere-

Él requiere de ese goce del objeto y ella, una mujer,"[

] en el justo me-dios, si me permi-

función de padre (pere)" 30

29. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXII: RSI, cl ase d el21 d e ene ro d e J 975, in ú dil u ,

Niños y púberes. La dirección de la cura

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porque ella, la madre, no solo goza de los hijos, sino que reclam a un más allá del falo. Propongo que una mujer no es toda madre, sino qu e

puntúa el no todo goce fálico, hace lugar al goce femenino y, por e nd e,

cesa de situarse como cocodrilo y puede ceder al chorlito.

El no todo de la madre

La criatura no ha elegido su origen.

William Shakespeare

La etimología de la palabra infans remite a sin habla, pero no a sin lenguaje . El niño surge del campo real del lenguaje y adquiere la palabra. En los últimos tiempos de su enseñanza, Lacan nos aporta nuevas precisiones acerca de lo real. Desde ellas sitúo lo real del lenguaje, o magma de goce, que está destinado a la pérdida. El sujeto se exilia del Otro real en proporción directa a su emergencia entre las cadencias, gritos y susurros de la lengua materna. Se exilia del goce primordial por efecto de su entrada en una lengua. Forastero del lenguaje, el parletre, hablanteser, conjuga su destino por la vía de la palabra al mismo tiempo qu e deja un real imposible de penetrar. El sujeto se exilia de la lengua materna en la medida en que construye y constituye su lalangue. Aprendemos a hablar una lengua entre otras articulando el símbolo y la imagen con lo imposible de subsumir en ellos. Lo simbólico no recubre totalmente lo real, pese a lo cual surgen efectos de lo simbólico en lo real, por ejemplo el síntoma, que hace gala del goce fálico. El síntoma porta y se especifica en el goce que enlaza el incons- ciente a la pulsión, instilando la letra del enjambre de significantes. No obstante, la pulsión no requiere del síntoma, puede hacer su camino 'ntre los laberintos del goce. La pulsión como tal despunta en la infancia. Freud inaugura este concepto con la idea de que la sexualidad infantil se monta en dicha constitución. En sus recorridos, lo pulsional delinea bordes en r\ 1 r uc rpo, m ap e ando superficies y contornos erógenos, otorgando 1 IW t po al cuerpo, superficie consistente donde al modo de un muro ' ' 1' 1Ht l' d o Ct-icribir la letra y el objeto a. IH ohjl'lo a comporta un vacío necesario para que quien se dice ll!lt dt i• pll P d n h a bilit ar un a vía p a ra a rticularla demanda, presionando

58

Liliana Donzis

y escribiendo el cuerpo del hijo no solo con los cuidados necesarios sino también con su voz, con palabras moduladas en cierta cadencia, con ecos de lo imaginario de su propia historia y los efectos del Nom- bre del Padre que transmite en dichas pulsaciones. Es por la falta que habita en la madre que el Nombre del Padre se articula, ecuación que si se verifica, indica que ella no funciona locamente en relación con su hijo. En su carta a Jenny Aubry 3 1, en respuesta a una pregunta que ella le formulara, Lacan plantea que: "La articulación se reduce en mucho cuando el síntoma que llega a dominar compete a la subjetividad de la madre. Esta vez, el niño está involucrado directamente como corre- lativo de un fantasma" 32 Es llamativo que a la configuración del objeto del fantasma que corresponde a la subjetividad de la madre no lo haya llamado fan - tasma materno. Puedo afirmar que pese a su difusión, Lacan no habla de tal fantasma ni en esta carta ni a lo largo de su obra. Entiendo que la síntesis "fantasma materno" deviene de la clínica con niños, cuando advertimos que el hijo está situado en calidad y en el lugar del objeto en y para la madre. Desde mi práctica y en la transmisión de la clínica, decidí denominar "fantasma materno" a la constelación articulada entre la pulsión y el falo que cada madre transmite, desde su particu- lar posición fantasmática, a cada uno de sus hijos. La diferencia entre el fantasma materno y el que se construye en transferencia en la posición del neurótico, en cuyo entramado anclan los goces, los padecimientos y los síntomas del sujeto, está claramente especificada en la obra de Lacan. De hecho, el seminario sobre la lógica del fantasma comienza diciendo que el niño depende del imaginario de la madre, no dice del sujeto madre, en análisis. Este enganche ima- ginario entre el hijo y la madre tiene consecuencias en la subjetividad; no es un producto de la transferencia analítica, pero reconoce, al igual que ella, un enlace afectivo entre ambos. En la medida en que se sitúa como Otro primordial, la madre tam- bién está barrada por la castración -de no operar la castración, el pronóstico del niño será poco propicio. Asimismo, este lugar del Otro concierne a lo simbólico y a las operaciones simbólico-imaginarias de las que se deducen funciones.

31. Esta carta, más conocida como Dos notas sobre el niño, data de octubre de 1969. Fue publicada por primera vez por la Dra. Jenny Aubry y editada en espafiol por Jacques-Alain Miller. 32. Jacques Lacan: "Dos notas sobre el nifio", en Interven ciones y tex tos 2 , Rd . M u m m tial, 1988 , p . 55 .

Niños y púberes. La dirección de la cura

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El grafo del deseo puede servir de guía para comprender el com- plejo proceso por el que el Otro toma la vía invocante para p ulsar la respuesta del sujeto. La demanda del Otro tiene esta función, p resio- nar por vía del Drang pulsional para poner en causa deseante lo oral, lo anal, lo escópico y lo invocante como respuesta del sujeto.

.S

A la demanda del a en el grafo le corresponde un cortocircuito del

A del S(A). La relación con el Otro en la dialéctica del deseo del sujeto

es una preocupación central para Lacan en los primeros años de su enseñanza, le permite articular el surgimiento del sujeto como res- puesta al Otro. La demanda aparece del lado del Otro como pulsación

que atraviesa lct línea de la enunciación y da paso al inconsciente, que resulta de ese pasaje. "Pues el psicoanálisis implica por supuesto lo real del cuerpo y de lo imaginario de su esquema mental. Pero para reconocer el alcance en la perspectiva que se autoriza en él por el desarrollo, hay que darse cuenta primero de que las integraciones más

o menos parcelarias que parecen constituir su ordenación, funcionan

allf an te todo como los elementos de una heráldica, de un blasón del uerpo. Como se confirma por el uso que se hace de ellas para leer los dibujos infantiles" 33

1 1 ) n e t¡Ut l tl Lm:¡tn : "S n bvors ión d el sujeto

y dialéctica d el deseo en el inconsciente freu-

tl

hmo ", <'11 h\ n / ltH .~. Sl¡(lo XX I e ditor es . Bue n o s Ai r es , 2 00 5 , p. 783.

60

Liliana Donzis

·~-- -----------------------------------------

En el plano de lo simbólico y del deseo, el Otro como lugar ocupa

un a posición clave, incluso antes de advenir a la existencia, y

llegar a situarse como amo absoluto. Pero no se trata de reducir la díada madre-hijo a una comunicación bien lograda, sino que el men- saje en este entre-dos requiere un código para constituirse, por eso el Otro se vuelve la residencia del significante, partícula, vocablo que propongo considerar como letra sónica y fónica (fonema y sonido). La transmisión de la lengua materna se apoya en el sonido, peró la palabra no comienza sino con el paso de una ficción organizada por el falo como causa de goce y de deseo. Lo que el psicoanálisis demuestra es que esta organización es contingente, está sometida en su apropiación a los accidentes de la historia del sujeto, al traumatismo y al acontecimiento como contin- gencia. Para que tengan efectos cada una de las variables de la lengua, del sonido, aun del amor y el espanto, es menester que el código esté incompleto. Ese elemento faltante en lo simbólico es el significante en menos que el sujeto representa del campo del Otro, la falta que habita al sujeto también se sitúa en la madre y no es ajena a la Spaltung, divi-

sión del sujeto por el lenguaje. La letra hace peripecias en el significante, pero falta en la cadena, y como en el juego del scrabble, es por su ausencia que se soportan y se sostienen los movimientos desde el inicio hasta el final de la partida.

Esa ausencia real está modulada por el falo. Una madre corporiza y sonoriza la lengua en la medida en que desea algo más allá de su hijo y del falo. Un goce, que Lacan denomina

11 femenino, señala ese más allá del falo, el no todo goce fálico que en los maternas de la sexuación se escribe con la siguiente grafía: V x <P x. En la pareja parental, la madre y el padre participan de funciones

1 estructurales diferentes y producen efectos de diversa índole según las contingencias del acto en el que están incluidos, dejando una estela de eficacias indelebles en el por-venir de los hijos. Lo esperable es que entre un hijo y sus padres se delimite una frontera para que cada cuerpo sea un cuerpo atravesado por el goce, el significante y la pulsión. ¿Pero qué es un Padre? En los años sesenta, anticipándose al horizonte

] fuerza de la cos-

tumbre, de inseminar artificialmente a las mujeres en sedición fálica con el esperma de un gran hombre, para que saquemos de nosotros mismos sobre la función paternal un veredicto" 34 Que el padre esté presente para sacar un veredicto sobre su posición, esto no es sin consecuencias.

puede

que hoy es moneda corriente, Lacan dice: será por "[

3~ . 1/J f dl' lll , p . 7 9 2.

Niños y púberes. La dirección de la cura

61

Padre, lo mismo que madre, es una función en la estructura que marca con el significante la diferencia y sostiene en una mujer su sín- toma, causa de goce. El padre es transmisor de la ley en la cual él tam- bién está inscripto. Cuando sostiene una distancia simbólica con su hijo, el juego se mantiene en el orden lúdico, pero si dicha distancia se excede, el marco lúdico se disgrega y da lugar a la agresividad y a la hostilidad, las que hacen caer o diluir el juego, convirtiéndolo en pasaje al acto.

El fantasma materno

Tal como ya dije, Lacan no menciona explícitamente el fantasma materno en ninguna ocasión. No obstante, en Dos notas sobre el niño 35 se encuentra una premisa que permite formular una conjunción entre fantasma y posición materna. La pregunta que Aubry le hace a Lacan y este contesta por medio de la carta, refiere a la operación de alienación en el fantasma. Si la madre toma como objeto al hijo, el niño queda expuesto a sus captu- ras de goce, encapsulado en una dualidad imaginaria y en un goce real que ignoran, omiten o rechazan - eventual o definitivamente- el nom- bre y la función del padre. Está claro que ese lugar de objeto correla- tivo de su fantasma, como dice Lacan, puede aplastar la emergencia subjetiva del niño. El deseo es aquí un deseo anónimo. Estos son los casos más refractarios a nuestras intervenciones y la vulnerabilidad queda de manifiesto en las psicosis o en los padeci- mientos psicosomáticos. La clínica con niños me demostró que el concepto de fantasma materno puede extenderse a casi todas las presentaciones de la infan- cia en la medida en que el fantasma materno es una relación necesa- ria entre madre e hijo, así como también una posición que en la gran mayoría de los casos es del orden de lo instituyente. Entiendo que esta posición materna instituyente se transforma por efecto de las opera- iones de la sexualidad infantil.

i 1 1 , E~ tus n o t as d e Laca n recorren el espine! de f'l rn iAm o año d e s u publi cac ión . Es un texto

co n n i ños desde de inves tigación

•:n 'l ii S d lre rr nrcs tradu ccion es y presentaciones (ver el dossier de investigación y rn mp n r.u ·lo u cl l' l e lt nd o l i' X Io d e Sa ndr a Contr e r a s y Graciela Morelli , ficha de circu -

l urlrin h ll• •r nH cl t• h r HI•II A) .

la práctica analít i ca muy citado y objeto

62

Liliana Donzis

El fantasma materno es un enclave y una posición estructural y estructurante, no hay chance de surgimiento del niño como sujeto sin ese paso por una posición que lo toma como objeto fantasmá- tico. Como ya dije, se trata de la constelación pulsional de cada madre para con cada uno de sus hijos, donde el niño ocupa el objeto a que concierne al fantasma, objeto que se especifica en las especies de los objetos pulsionales. En el Seminario XN: La lógica del fantasma, Lacan dice que el objeto "a resulta de una operación de estructura lógica efectuada no

in vivo, no sobre lo viviente mismo[

esta entidad tan poco aprehendida del cuerpo, hay alguna cosa que se presta a esta operación de estructura lógica que nos queda por deter- minar. Es el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, estas piezas separables, sin embargo, profundamente religadas al cuerpo, he aquí de lo que se

trata el objeto a" 36 El niño pende como objeto del imaginario de la madre y en lo real, como la cara pulsional del objeto, pudiendo primar alguna de las especies de la pulsión. Esto debe suceder con cada hijo particular, mas no es válido para el conjunto de la progenie de una madre. Es decir, el objeto a se especifica en relación con un hijo en determinado momento y según las condiciones subjetivas de la madre y el padre. Es así que en ocasiones, la constelación pulsional está sindicada por la obturación de la falta y el hijo es el objeto que funciona como tapón -es en estas circunstancias que el niño es el objeto correlativo del objeto del fantasma de la madre. El niño puede estar en las mieles o entre los desechos del Otro materno, o por el contrario, puede migrar de ese lugar gracias a la mediación paterna, es decir, a la castración, que es tanto del Otro como del niño -el Otro, como afirma Lacan, también es un sujeto. Este estado del sujeto es el que se denomina "síntoma de la verdad de la pareja parental", formulación que al mismo tiempo plantea la reso- lución entre la constelación pulsional materna y el Nombre del Padre. Esta articulación es la que preserva al hijo de la voracidad del deseo de la madre y pone a trabajar al significante, que al insistir en su trazo evidencia que hay algo que no entra en la cadena, algo real, imposible, que no cesa de no escribirse. La experiencia analítica atestigua que la función de la castración tiene un papel crucial en la regulación del deseo, el amor y el goce. Lo

]. Pero, en fin, constata que en

36. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIV: La lógica del fantasma, clas e de l 16 dLI

noviembre de 1966, inédito.

Niños y púberes. La dirección de la cura

63

incestuoso se transforma gracias a la actuación del Nombre del Padre y la represión engendra el síntoma. Al conjugarse lo pulsional con la represión se producen cambios en los destinos de la pulsión, tal como lo dice Freud, que modifican la posición del sujeto. Pero esta modificación es a posteriori de la puesta en marcha de la pulsión, que demarca bordes y orificios en un cuerpo con los significantes de la demanda del Otro. "Es preciso que haya algo en el significante que resuene. Resulta sorprendente que esto no se les haya presentado de nin- gún modo a los filósofos ingleses. Los llamo así porque no son psicoa- nalistas. Creen con una convicción inquebrantable que la palabra no tiene efecto. Se equivocan. Piensan que hay pulsiones, y eso cuando tienen la amabilidad de no traducir Trieb por instinto. No piensan que las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir.

] es preciso que

el cuerpo sea sensible a ello. Es que el cuerpo tiene algunos orificios, entre los cuales el más importante es la oreja, porque no puede tapo- narse, clausurarse, cerrarse. Por esta vía responde en el cuerpo lo que he llamado la voz" 37 Letras sonoras, letras tangible en el eco de un decir que resuena en el cuerpo, marcan el sendero de la voz, ese pilar que desde el susurro al grito regula el amor entre el goce y el deseo. Tanto en el amparo como en la atención, especialmente con los objetos voz y mirada, se inviste sonora y fálicamente al niño. El fantasma materno es esa deriva pulsional de la madre que bor- dea y hace mella en el hijo, un enclave de goce que por la vía de la castración puede convertirse en deseo si el falo se articula con la posi- ción de objeto en el niño, camino necesario para la transformación del goce. Ahora bien, en el consultorio a veces se constata que la falta está excluida, no tiene lugar. Cuando esto es así, la diferencia en las conse- cuencias va desde el polo de la forclusión del Nombre del Padre hasta el de la forclusión parcial del sentido. Los problemas que pueden pre- sentarse pueden tener su raíz en la posición de una madre respecto del Nombre del Padre; en el acceso a la palabra parasitaria en que se escribe el goce fálico; o en un rechazo del sentido, sin remisión fálica, que puede dar lugar a una simbolización sin imagen, tal como sucede ' 11 a lgunos trastornos graves.

Para que resuene este decir, para que consuene [

hll't¡llt'~ l. f ll ' llu : J- i! Sf• minnrin , Ubro XXIII : El sinthom e , Ed. Paidós, Buenos Air e s ,

.'llOil. p

111

64

Liliana Donzis

Las presunciones de psicosis en la niñez o los autismos testimonian sobre esta última opción, pues en sus distintos modos de aparición y despliegue nos muestran estas difíciles y dramáticas circunstancias. Distinto es el caso cuando el objeto a que representa el cuerpo del hijo para la madre, se articula con el falo imaginario (-cp) sin que medie la función simbólica del falo. En este caso, el hijo es el a como resto en el que no hace mella la mortificación que produce el significante, por eso a veces no ingresa como ramillete deseante en el reflejo especular. El calce entre registros se produce, pero la clínica nos ofrece la oca- sión de comprobar la continuidad de lo real en lo imaginario, dicho de otro modo, el nudo borromeo no se comprueba. "Pienso que ahí reconocen la figura, si a pesar de todo la dibujé bien, la figura en la que de un solo trazo he figurado el engendra- miento de lo real y que ese real se prolonga, en suma, por lo imagina- rio, porque es de eso de lo que se trata, sin que se sepa bien dónde se

detienen lo

real y lo imaginario" 38

Figura 1

\I

fB

\s

Figura 2

"-.,

1

IR

r~S)

r'CD

Rl

1S

Mi hipótesis es que el anudamiento de lo real en continuidad con lo imaginario tiene la apariencia de dos cuerdas, cuando en realidad se trata de una sola. Esta presentación se da en ciertas afecciones nar- cisísticas y en algunos niños que presentan dificultades en el lazo con los otros. Si bien es una combinación poco eficaz para que el signifi- cante haga cuerpo en el niño, es diferente a la que se da en las presun- ciones de psicosis. De hecho, las presentaciones clínicas más favora- bles o apenas más favorables son aquellas en las que se verifica una articulación insuficiente, o apenas insinuada, entre el falo y el objeto

38. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXN: L'insu que sait de l'un e- b é1me .l'rli f l'

mourre, clase del8 de febrero de 1977, inédito.

Niños y púberes. La dirección de la cura

65

a del lado de la madre. Los efectos de esta combinatoria pueden ser

una alteración en la constitución del espacio transicional, en la insta- lación del campo de la ilusión winnicottianos y concomitantemente, déficits en la constitución del objeto imaginario y atipias en la forma-

ción del yo 39 Asimismo, en afecciones como el trastorno

alteraciones en el desarrollo de la afectividad y el lazo social, pero no

en la producción simbólica 40 (Dicho sea de paso, las diferencias recién mencionadas son estruc- turales y merecen tratarse y estudiarse en sus distinciones, ya que de las mismas pueden surgir elementos de importancia para, la dirección de la cura. No obstante, las estandarizaciones diagnósticas como el DSM, en sus distintas versiones, incluyen un conjunto de problemá- ticas sin diferenciar matices en los trastornos generalizados del desa- rrollo, confundiendo forma y fondo, estructura y apariencia.) Caso contrario a los antes mencionados, si el fantasma materno,

como constelación pulsional, produce una articulación del falo con el objeto a, con el vacío estructural que este conlleva, el hijo, el cuerpo del niño ocupa provisoriamente el lugar de causa del deseo materno. Aquí el objeto está enlazado al Nombre del Padre e instaura, al mismo tiempo, una frontera entre el niño y el Otro materno. Esta operación nos da la pista de que existe una distancia entre la demanda materna y el cuerpo del hijo, pues los significantes parentales inciden a través de la demanda haciendo bordes, escribiendo eróticamente las líneas de fuga por donde el hijo inscribirá su propia lengua encarnada, pre- figurando que en el entre-dos hay un tres. En las Dos notas , Lacan

] puede representar la verdad de

la pareja familiar. Este es el caso más complejo, pero también el más abierto a nuestras intervenciones" 41 En este último, el síntoma gobierna la regulación del goce fálico, del

del cuerpo, y se despliega en la coalescencia entre la hiancia

del inconsciente y la sexualidad. El lapsus, el síntoma y el olvido escri- ben la frontera entre uno y otro para que cada cuerpo sea un cuerpo

encorpsado por el significante y la pulsión. Con Lacan decimos que

de Asperger,

dice que en esa posición, el niño "[

go ce fuera

' lO. Esta insuficiencia entre el falo imaginario y el objeto a también se verifica en los cnsos de descriptos por Margaret Mahler como simbiosis en la infancia.

·10. Invito a l lec tor a seguir esta propuesta en el capítulo IV del presente libro, el cual ••:H:t d edicado a reflexionar ,sobre los padecimientos que surgen por una insuficien-

t

h• t!ll ol cnmpo del sentido.

·11 hH : qur·~ l.a c nn: "Dos not as sobre el niño", en Intervenciones y textos 2, Ed. Manan-

lhll , l'llll i, p .[, [, ,

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Liliana Donzis

este es uno de los modos en que la resolución de la constelación pul- sional materna, conjugada con el Nombre del Padre, tuvo eficacia. No obstante, se redimensionará en el fantasma mediante fantasías orales, anales, invocantes y escópicas, variantes del menú del que se sirve el neurótico. La preservación de la función de la falta por obra de la eficacia de las funciones parentales, permite que lo imaginario de la demanda se enlace al sentido otorgando consistencia al cuerpo. En los tiempos instituyentes del sujeto se delinean bordes y deri- vas de goce en el a-muro significante inventado por Lacan que alude al amor y al muro, al objeto a. El amor se escribe en una superficie consistente, la piel, el cuerpo, con los vacíos que produce el objeto a y sus especies. El cuerpo deviene sensible a los ecos de la pulsión. Pero cuando los bordes reales del contorno del cuerpo no se instituyen, el niño los busca, a veces frenéticamente, a los golpes, chocando con algo que limite el movimiento, algo que oficie y se convierta en con- torno, la piel externa de la que parece carecer su cuerpo. La clínica que toma en cuenta estas vertientes de la pulsión, las ineficacias en su montaje, pone a cielo abierto las vicisitudes de la organización sexual que nos advierte de los obstáculos en la transmi- sión de la castración. Las dificultades se evidencian entre el niño y sus pares, entre el sujeto, el Otro y los otros. Pongo a consideración la siguiente afirmación: la hiperactividad y las impulsiones en los niños son una manifestación clínica de la pul- sión, un modo problemático en que se estabiliza la pulsión cuando las identificaciones trastabillan por ineficacia de la demanda materna, que en su primer recorrido, a veces mítico, no oficia a partir de la causa de deseo sino de las dificultades concernientes a la escritura del a-muro 42 La poesía de Tudal que Lacan menciona en diferentes momen- tos de su obra dice que entre el hombre y la mujer hay un mundo, un muro, un a-mur, objeto a, amor y muro. Entre un hombre y una mujer, entre deux-d'eux, entre dos y entre ellos, puede constituirse la pareja parental. Entre ellos dos, deux-d'eux, hay un mundo y un muro, ninguna complementariedad 43

~

42. Esta propuesta está desarrollada en el capítulo III de este mismo libro.

43. En este terreno Lacan demostró una enorme libertad que nos permite seguir reflexionando sobre la parentalidad. Entre-dos y entre-ellos puede concebirse tanto el m atrimonio tradicional y sus hijos como las neoparentalidades.

Niños y púberes . La dirección de la cura

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Lo importante es que el objeto a surja para cada quien con una posición en relación con su fantasma, en una determinada relación con el goce, según se sitúe la función fálica. Cuestión muy precisa cuando de padres se trata. Pareja de padres, fantasmas individuales y parentales cobijaran al hijo en su advenimiento al mundo, quien estará in-mundo por efecto de la transmisión de la castración en cada una de las chances singula- res que contingentemente le toquen. Aclaro que cuando menciono la pareja parental no contemplo ningún factor ideológico, cultural, ni religioso acerca de su conforma- ción. Recibí en la consulta niños cuyos padres eran del mismo sexo y sin embargo, la parentalidad, en su estricto sentido operatorio, no evidenciaba dificultades. La pareja parental es, a ini criterio, la opera- toria de transmisión de la lengua, en consecuencia, hombres y muje- res, padres y madres están en condiciones de transmitir la lengua y los obstáculos que impone el malestar, real, de la cultura. Ahora bien, madre y padre son funciones estructurales que se desarrollan y mode- lan contingentemente, ocupan un lugar con consecuencias indelebles en el por-venir de los hijos. Padres y madres heterosexuales, homosexuales, casados, solteros, en concubinato - diferencia que cada tiempo cultural subraya- por- tan y dejan efectos singulares en los hijos y en sus historias, por eso es importante señalar que no se trata de subrayar el modo de elec- ción de pareja de los padres sino cómo estos encarnan las funciones parentales. Mi experiencia con hijos de parejas heterosexuales me permite afir- mar que los primeros no dejan de presentar síntomas y problemáticas neuróticas o psicóticas por provenir de tal conformación familiar. Lo que sí queda pendiente es la apreciación de los efectos clínicos que aparecen en las nuevas formas de matrimonio y neoparentalidades. Las palabras de los padres impactan y sus ecos dejan huellas tanto en la repetición como en la creación. Pero el niño no es una repetición a secas de los impactos del Otro del lenguaje, no es hablado por el

Otro,

sino que constituye su alfabeto vivo a partir del Otro 44 •

1111 Ln

h ipP rnc tlvid ncl, In d esa te n ció n y algunos fenómenos psicosomáticos ponen en

t•vi dl ·.ll l'in tnnt o los rxrrsos co mo el d esengarce entre el cuerpo y la palabra.

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Liliana Donzis

El niño es todo movimiento. El movimiento es la ley de la niñez

Con esta frase: "El niño es todo movimiento. El movimiento es la ley de la pjñez",una madre justificaba los desórdenes y la hiperactivi- dad que :¡nanifestaba su hijo, a quien sus compañeros no dudaban en designar como el destructor. A cada paso rompía y golpeaba lo que se le presentaba en el camino.

La frase materna lo apaciguaba, de algún modo le resultaba propi- ciatoria, pues con ella se remendaba y se retejía la morbilidad que el exceso p\llsional provocaba. La demanda de amor de esta madre no enlazaba. significantes al cuerpo de su hijo, sino que lo enganchaba a los suyos y lo alienaba ubicándolo junto a ella en la contienda familiar y las desavenencias matrimoniales. El pequeño destructor se encon- traba imposibilitado para tramitar el amor materno a través del Nom- bre del Padre, dificultad que se retroalimentaba e impedía que la ley simbólica produjera alguna eficacia. En todos los aspectos de su vida cotidiana, el niño dejaba en evi- dencia que por efecto de esta fractura en la transmisión del Nombre del Padre se ponían en jaque los soportes simbólicos necesarios para desplegar cualquier actividad lúdica con sus semejantes. La fórmula materna afirmaba y negaba al mismo tiempo cuestio- nes ligadas a la ley, introducía una norma con la que frenaba cual- quier interdicción e intervención paterna. La frase pertenecía a su acervo cultural, se encontraba en un texto de la educadora italiana María Montessori 45 y con ella legitimaba la descarga pulsional de la que surgían el apremio y el automatismo como fruto de la falla de la metáfora. Esta y otras máximas parecidas que surgían del fondo de sus teoríqs dejaban al niño a su merced, no lo aplacaban ni le propo- nían un j,uego. Las mismas también eran dirigidas a su marido, que restaba impotente y sin respuesta, mudo o crispado, frente a la cultura educadora de su esposa. La madre no descalificaba al padre como tal, eso no estaba dicho,

"[

.] precisamente diciendo que no se dice, se dice, cosa que parece

45. María Montessori (Italia, 1870- Países Bajos, 1952), fue una educadora, cie n tífica, médica, psiquiatra, filósofa. Devota católica, aunque feminista y hum anista itali a na. Creó métodos de enseñanza para niños con dificultades mentales. Advirtió que los

el prc ceso edu cativo y tcmp6 u- Cu es ti on es q u e en s qt lw upu nu

niños necesitan objetos para tocar y manipular en t ico , sief\do esencial a su método la actividad física. se tomaban en cuenta.

Niños y púberes.

La dirección de la cura

69

casi una suerte de evidencia por el absurdo, _es algo en lo que tenemos que detenernos, recordando lo que ya les indiqué como siendo la pro- piedad más radical-si se puede decir- del significante" 46 • Los significantes de la madre destruían la incidencia de la prohi- bición paterna. Este hijo era quien le ofrecía a la pareja parental la escena de la destrucción del vínculo matrimonial, que se mantenía meramente por razones religiosas e ideológicas. La consulta, que se realiza por insistencia de la escuela, dio la oca- sión para desplegar sus infortunios personales. El niño era curioso e inteligente, le gustaban las actividades plás- ticas, pero no lograba desarrollarlas. La hiperactividad gobernaba la escena. Si la ley representada y transmitida por los nombres del padre se instaura en la niñez generando el campo propicio para el juego, la lec- toescritura y el vínculo con el semejante, no es de la misma estofa ni produce los mismos efectos la ley del niño apoyada en el todo movi- miento, ley que deja en suspenso la diferencia y el no-todo. La función del padre y la función fálica que de él se deduce, ponen en movimiento el enigma de la sexualidad, pero no la ley del todo movimiento. "Padre" para un niño es la fuente de un enigma -no se trata de psicologizarlo ni de sustancializarlo en sus prohibiciones-, pues la función de prohibición que vehicula da al deseo su forma enigmática, algo de lo que el sujeto se encuentra separado -la nega- ción produce eficacia gramatical y eficacia en la lógica del deseo. En el caso del destructor, el padre no dudaba en prohibirle que destruyera todo lo que estaba a su paso, pero la madre abortaba cual- quier intervención paterna. El niño ni siquiera podía obedecer, para no hacer mayores estropicios. "Eso con lo que el niño se las tenía que ver, era con lo prohibido (inte r-dit), con lo dicho que no. Todo el proceso de la educación, algu- nos principios de censura, van a formar ese dicho que no, puesto que se trata de operaciones con el significante indecible; y eso supone que

dicho que no, si es dicho, es dicho, e incluso si

no es ejecutado, queda dicho. De ahí, el hecho de que no decir es dis-

linlo que obedecer para no hacer; dicho de otro modo, la verdad del t!Psco es, por sí misma, una ofensa a la autoridad de la ley4 7 ." Para el nlño, estaba dicho que "sí" al movimiento, también estaba ·

dicho q u e "no".

JI s uj eto p ercibe que el

41l

!>1• ~l't"" L11c11u : NI Sl'm i nor io, Libro VI: El deseo y s u interpretación , clase d e l 10 de

Llldt~utht" d11 l9 Gfl, ln~cllto.

' l 1 1/J/tl"lll , o ln HM .¡.,¡ 1 d11 rlll'f.,mhrf' dn l!l GU.

70

Liliana Donzis

La negación, tanto desde la puntuación lógica como desde su inci- dencia edípica, puede ser forclusiva o discordancial. Mientras que la primera niega el conjunto de las proposiciones en su totalidad, la segunda niega una parte del conjunto -todo, pero no todo; es todo, pero no eso. Este último tipo es el que toma Lacan para escribir y articular los maternas de la sexuación. Con ella sitúa la negación de la proposición universal afirmativa, V x <1> x, que podemos leer como: para todo ser

hablante hay función fálica, castración. Pero al modificar el cuantifi- cador de la proposición introduce una formulación que niega el uni-

todo puede negarse y escribe: no -toda

versal afirmativo, dice que el

función fálica, no-toda fálica. Dicho de otro modo, el goce puede ser

otro goce que el goce fálico, siendo que este último queda adscripto

para una madre como goce del cuerpo falicizado del hijo. Es así que el cuerpo del hijo es eventualmente el representante fálico. El no-todo afecta a la fórmula y a la posición materna. Si una madre también se sitúa como mujer, es decir, en función fálica y como no-toda fálica, esta condición recae sobre el hijo y propicia la instau- ración de las formaciones del inconsciente (el chiste, el síntoma, los sueños, el olvido). La función de la negación que opera en el discurso corresponde a la negación discordancia!, la cual permite que el sujeto, niño y niña, tenga en cuenta que no existe el universo de discurso, que no se trata del todo, pues en él hay una falta, que está involucrada en el no-todo de la escritura de quien se dice mujer. Es por la vía del significante como el sujeto se sexúa. El fantasma como respuesta a la castración del Otro opera en la figura materna transmitiendo el enigma de la sexualidad y el goce, al mismo tiempo que indica su anudamiento a la represión primaria

y al deseo, efecto de la operación de castración. Asimismo, remite al

p adre, cuya función conlleva la castración y el falo simbólico. Para el niño de la fórmula: "La niñez es todo movimiento. El movi- miento es la ley de la niñez", la negación discordancia! no se enraíza. El no-todo queda suprimido por la madre, para quien el niño está en acuerdo con la función fálica. Todo falo, todo movimiento. Freud supo transmitirnos la importancia de la Verneinung, la negación, de hecho planteó tres formulaciones de la misma: la que

opera en la Verdriingung-represión-, la que lo hace en la Verleugnung

-renegación-, y la tercera, en la Verwerfung -rechazo. El pu n t o es qu e sin el apoyo escritural de la negación no se produce el correlato e ntre pulsión e inhibición.

Niños y púberes. La dirección de la cura

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La cupla pulsión-inhibición habilita, en su doble movimiento, nuevos destinos a lo pulsional y permite soportar las múltiples vici- situdes del fantasma, a condición de que la negación discordancia! haga su obra. No hay relación sexual es un modo escritural en el que se asienta la diferencia sexual. Entonces, la madre no es toda ni puede aportar todos los signifi- cantes. El falo es el encargado de la función de castración y nos indica que el sujeto no dispone de todos los significantes, solo de algunos. La notación de esta disponibilidad, que al mismo tiempo designa la ligazón con la represión primordial, se escribe V x <1> x. El infans arriba al mundo para habitar el lenguaje. Este real, magma

de goce, está destinado a la pérdida. El sujeto se exilia del lenguaje en la medida en que surge la lengua que lo parasita y que no es idéntica

a la lengua materna. Pero por efecto de su entrada en una lengua, por

constituir su alfabeto, lalangue, también se exilia del goce primordial. "El hecho de que un niño diga quizá, todavía no, antes de que sea capaz de construir verdaderamente una frase, prueba que hay algo en él, una criba que se atraviesa, a través de la cual el agua del lenguaje llega a dejar algo tras su paso, algunos detritos con los que jugará" 48 La falta no es nombrable más que fantasmáticamente, sosteniendo el deseo como deseo del Otro. El niño adviene neurótico a costa de una pérdida, un resto no simbolizable ni especularizable. En la clínica comprobamos que el pasaje por la castración no es sin el pasaje por la castración del Otro, digamos, la madre. Pero cuando la

madre es toda fálica, la pulsión gobierna eróticamente el movimiento

e impide el surgimiento de lo lúdico y la concatenación del deseo. Las primeras entrevistas lúdicas con el destructor ponían de mani- fiesto su agresividad y su dificultad para detener su impulsividad. Efectivamente, rompía y desarmaba todo aquello que tuviese delante. En el trabajo con él y sus padres se fueron hilando otros juegos en los que la pulsión encontró el camino de la sublimación, aunque los momentos de tensión, dominados por su insistente deseo de romper, siguieron existiendo. Ro mper o no romper, destruir o no destruir, eran alternativas que sonaban reiteradamente en las sesiones. Luego de varias intervencio- nes, sus dibujos le mostraron que también podía realizar cosas juntas. Fue entonces que comenzó a construir edificios, casas y chalets, un mundo de pequeños ladrillos donde había diferencias.

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72

Liliana Donzis

Insistía en restaurar casas antiguas, tuve que surtir la caja de jue- gos con elementos destinados para tal fin. Descubrí un arquitecto delicado y dedicado a construir canales para los ríos y hogares para varones desvalidos; también obras de arte amasadas con plastilina y masa. Las vicisitudes pulsionales fueron encontrando cauces para sus transformaciones. · Mientras tanto, en las entrevistas con los padres -sin la presencia del niño- se pudo lograr, con mucha dificultad, que la madre diese un lugar diferente a la palabra del padre, quien al legitimar su posición brindó al niño otro lugar y permitió que se restaurara una disconti- nuidad en el movimiento pulsional. El tiempo de análisis con él fue breve, pero también muy intenso.

Capítulo 3

Clínica de la pulsión en la niñez

Pulsión y goce 1

La palabra del hombre Se ha convertido en floración parásita. Hay que cavar detrás de la escritura, Hasta encontrar la otra, la cegada.

Roberto Juarroz: Poesía vertical

¿Es posible sostener un psicoanálisis en la infancia, cuando en las operaciones instituyentes se conjuga el enlace entre cuerpo, pulsión y lengua, unas incipientes articulaciones de lo inconsciente con la sexualidad, es decir, de lo pulsional, sus trayectos y fijaciones? Aun cuando nuestra praxis se edifique en el andamiaje de los tiem- pos de la constitución de la neurosis infantil, el trabajo con los niños nos cuestiona y puede que nos parezca un análisis atípico, respecto del análisis del neurótico. El lugar del Otro toma consistencia discursiva y transferencia} en los padres . La experiencia en el trabajo con los niños revela que la in- fa ncia no solo cursa entre cuidados parentales, sino también bajo el impe rio de las pasiones en las que un cuerpo, el del niño, hace desper- tar en los adultos los goces más aberrantes. La escritura de la estructura y su relación con la temporalidad es uno de los temas que me interesa interrogar porque he advertido que

1 V,j ,,¡,,ll!\I'IH h <~tntlll dt • l t ex t o pub li ca do con e l título "L a infancia . Pulsión y goce", flll f ruH/vtiiPI Slwn um/ / .'¡,. , r/ N" 211, Ed. de l a Esc u e la Fre udi a n a d e Bu enos Aires ,

Jl\i"IIII~Ail"•· -' 1111',

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de acuerdo con la noción y la concepción de la temporalidad que nos formulemos vamos a abordar de uno u otro modo nuestro enfoque sobre la infancia 2 La niñez demarca una secuencia lógica en la estructuración de la neurosis, tiempo cuyos ritmos laten al compás del movimiento pul- sional. En la infancia, las zonas erógenas son las fuentes en las que los fo- nemas se sexualizan. Los juegos y los sueños de los niños (Freud dixit) vehiculizan palabras y nombres que se pueblan de satisfacciones gra- cias a la deriva de goce que la pulsión imprime. En 1905, en Tres ensayos de teoría sexual, Freud dice que la pulsión se produce en la niñez; con ella sitúa e instala un límite entre lo psí- quico y lo somático. Parafraseándolo podemos decir que la pulsión demarca una articulación entre el sujeto y la sexualidad. Cuando Lacan se refiere al fantasma materno señala la diversidad pulsional en la que abreva la demanda materna que realiza orificios y mapea zonas erógenas en el cuerpo del infans. Es así que de una ma- dre surge, deseo mediante, una historia singular, para con cada uno de sus hijos, que se enlaza a lo más íntimo de sus recorridos pulsiona- les y al mismo tiempo articula la estructura subjetiva del niño. En el seminario sobre la lógica del fantasma, Lacan plantea que el niño pende del imaginario de la madre por efecto de la operación fundante de alineación, unión en la que es necesaria una separación, un clivaje entre uno y otro, que él formula con la escritura: Uno menos

a, 1-a 3

En los tiempos de la niñez, por efecto de la división del sujeto que realiza el lenguaje -operación originaria-, el objeto a cae del campo del Otro y da la chance de su enlace y su inserción en el cuerpo a través de los recorridos pulsionales. El a comporta el enlace y la inserción de la pulsión con la sustancia gozante, operación en la que el significante se inserta en el cuerpo y es causa del goce fálico. Este acto instituyente produce una escansión temporal en la vida del sujeto, momento lógi- co que instala un antes y un después. La cuerda imaginaria se enlaza a lo real pulsional que se umbilica cerrando el orificio de lo simbólico 4 y constituyendo una de las vías en la que lo visto y lo oído primitivo, eso que hace que cada quien tenga

2. Ver el capítulo VI de este mismo libro. 3. Conceptualización desarrollada en el apartado "Mateo, la imagen entre el sonid o y la palabra", capítulo JI de este mismo libro. 4. Jacques Lacan: "Respuesta de Jacques Lacan a un a preg unta d e Mnrccl Hillt•t'", ,." Suplem ento d e las notas No 1, Es cu e la Fre udinn n d e Bu e n os Ait' l'S, 1~lll!l.

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su inconsciente, se une al cuerpo. Esa deriva de goce, con su insisten- cia de que la satisfacción se efectúe mediante el rodeo del objeto, se articula con un cuerpo, no sin los oficios prestados por el Otro que · en la reiteración de la demanda bordea, hace límite y contorno de lo que será en un niño su camino de ser sexuado, tal como lo menciona Freud: "He ahí la pulsión". La lengua colorea de sexualidad el cuerpo, dibujando en la inti- midad de los goces la lógica que el psicoanálisis denomina "destinos pulsionales", aquellos que trazan el destino de ser sexuado. Por efecto de esta sustracción cesa de no escribirse lo que en la contingencia de la sexualidad demarca las condiciones de goce. En el seminario de 1964, Lacan anuncia que la sexualidad se esfuerza por entrar en el campo del amor, que incauta una por una las pulsiones parciales que son requeridas en el campo de la sexualidad. Así, median- te un atajo que pone en juego el campo del lenguaje en el que se forja la demanda de amor, establece una relación entre pulsión y amor.

Amor y goce. Eros y Tánatos

El cuerpo del niño, si se me permite una metáfora, es tiempo de transformación de goce en el que se enclava la intrincación pulsional -que comienza su itinerario de lazo y letra-, el amor y la muerte. Este enlace no es sin la versión del padre. Algunas experiencias de curas llevadas a cabo con niños me permi- ten avizorar que el enlace entre amor, deseo y goce es precario en la infancia, aun cuando ya se encuentre enlazada la arquitectura del nudo borromeo (real, simbólico e imaginario). El niño ensaya sobre el amor. Agape, Philo y Eros son tres nombres del amor en griego. El pri- mero remite al amor cristiano, teocéntrico 5 ; el segundo, al amor in- telectual; el último, que comprende la falta, al amor concerniente al uerpo sexual y al fracaso del inconsciente. A los bordes del cuerpo afectados por la pulsión, Freud los nombró

"e rógen os". Para él, Eros, uno de los nombres del amor, es pulsión de vida. I.acan escribe vida en la cuerda de lo real y escribe muerte en la cuerda de lo l; imb ó lico - e s menester aclarar que muerte en lo simbólico atañe a la

s r• g ur1d a mu erte, la qu e vivifica al sujeto por obra del significante.

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/'/ J llllfillll > / •'"' ' 11 '1'~ y rlt•sr • lll t u ·r·.< tle l goce , Ed. P a id ós , Bu e n os Ai rés,

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Liliana Donzis

El cineasta, autor y director Woody Allen, en una conferencia de prensa que ofreció en el auditorio Kaufmann de NuevaYork, comentó:

"Mi madre decía que fui un niño dulce durante los primeros cuatro a ños de mi vida. Luego me amargué. No hubo un momento traumá- tico. Fue un misterio. Solo puedo atribuirlo a la conciencia de la mor- talidad". La muerte, real de la vida, miSterio del tiempo y del cuerpo, marca

a fuego por la vía de lo simbólico y lo imaginario su enigma en el amor,

el deseo y el goce. Sexo y muerte son la cuña en la palabra que descu-

brimos en cada análisis, en cada rincón de la combinatoria de la letra. Amor y muerte se presentifican y "opacifican" en las dos caras de la

pulsión; se enredan, o lo que es

El acto instituyente del sujeto en la niñez marca a cara o cruz los itinerarios, los caminos del amor y del saber, la articulación entre in-

se desenlazan.

consciente y sexualidad.

Pulsión, inhibición, negación

El aforismo lacaniano no hay relación sexual indica que la sexuali- dad no es ajena a la castración, que la letra se encadena al fantasma

a través de la pulsión, camino en el que se articulan sus trayectos y rodeos por las especificaciones del objeto. En el Seminario XXV.· El momento de concluir, Lacan ubica tres cuplas que escribe en el nudo borromeo: real-fantasma; principio de placer-inconsciente; pulsión-inhibición. La dupla, cupla, que mar- ca la polarización pulsión-inhibición supone un movimiento entre ambos, entre goce y nominación imaginaria, que a mi entender da la chance de que la inhibición opere, entre las vicisitudes de la deriva de goce, como freno o suspensión del trayecto de la pulsión. Esto quiere decir qw3la inhibición ir:.tenta detener el empuje constante de la pul- sión, que haya una detención asentada en el yo y en la consistencia del cuerpo. La inhibición no es sin die Verneinung, la negación que hace ju ego en la pulsión -tal como ya fue especificado 6 , Freud sitúa a la negación como efecto del juicio de atribución y de existencia.

6. Ver apartado "El niño es todo movimiento. El movimien to es l a ley ele 1:1 n iilp 7.", 11 1 1 ., ¡ capítulo II de este mismo libro.

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En su artículo de 1925, La negación, menciona que la incorpora- ción está al servicio de la vida y que lo expulsado es aqu ello ajeno al yo, afirmación que es subsidiaria del juicio de atribución. Negar una atribución requiere de otra función: el juicio de existencia, qu e indica que la cosa puede o no existir. Esta elucubración freudiana dejó con- secuencias en las diferentes hipótesis sobre el tiempo de la pulsión en la niñez, sobre su relación con el inconsciente y la sexualidad, y nos dejó a los analistas que nos interesamos por el sujeto en la infancia varios interrogantes. En dicho artículo precisa un momento mítico de afirmación y ex- pulsión originarias, Bejahung y Ausstossung, operaciones que no son observables, sino que conocemos por sus efectos, y que acarrean en la constitución de la estructura la posibilidad de la neurosis. Anteceden- te necesario que sitúa el juicio de existencia y el juicio de atribución, ambos como requisitos para la escritura de la negación, para que la función de la negación se produzca. La afirmación primordial, condición de la negación, instala una atribución que deja como consecuencia que dicha atribución puede existir o no. Afirmar o negar requieren de una partícula gramatical que interviene en la lengua. El inconsciente, dice Freud, no conoce la ne- gación ni la contradicción, es decir que la negación es un elemento de la lengua, no del inconsciente, ya que en este no hay representación d e la negación ni de la contradicción. La negación, entonces, concier- ne a una partícula gramatical que como efecto de la lengua incide en la enunciación. Según Freud, este es el antecedente lógico de la re- presión y/o surge en el retorno de lo reprimido para negar lo afirma- do, vale decir que es del orden de la sustitución, la que concierne a la operación de la metáfora, cuyo éxito, aunque no haya representación lograda porque esta siempre es fallida, radica en producir un retorno sustitutivo -tal como lo vemos aparecer en el síntoma, el sueño, el lap- sus y el chiste. En los tiempos que anteceden a la operación de la represión, el niño usa la partícula de la negación discursiva como intento de tacha- dura -Lacan dice que esta es una represión débil. La negación en sen- tido estricto es, en la niñez, un preludio a la operación de represión, q ue tiene dos alcances: uno en el terreno de la lógica y de la gramática, otro en el terreno edípico. Pero el adulto también apela a ella: "Soné cu n u na seño ra - le dice a su analista- que no es mi madre". El no es l!ll m adre es lo que Freud indica como negación de la existencia de lo

L(lll' .(_·xJs t c.

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La negación discordancia! introduce una muesca, una diferencia:

todo, pero no eso 7 Los niños conquistan la negación de la existencia primero en for- ma práctica. René Spitz sitúa el "no" como un "no" práctico que le per- mite al niño tanto comprender como obedecer órdenes. Lacan dice que obedecer una orden simple es aplicar una obediencia para no ha- cer, es decir que no implica aceptar lo que el otro dice, se trata de algo meramente práctico que regula la acción. Hacer o no hacer, accionar

o no accionar, obedecer la orden de la negación implica que la misma ya está articulada y que el niño puede, a su tiempo, descontarse de la cadena como un uno. La negación pasa de un uso práctico a un plano discursivo, del "no" a un "no" discursivo, al dicho que "no". Asimismo, se articula con el dique que Freud enuncia con respecto a la pulsión, que comienza su itinera- rio por un estímulo sensorial-la fuente-, rodea un objeto contingente

y encuentra la satisfacción en la.reinserción en el cuerpo. Para realizar este trayecto es menester que el yo esté organizado, de modo tal que pueda inhibir o modificar a través de un nuevo recorrido a la pulsión. En estos movimientos, el cambio de fines y de trayecto permite que las derivas de goce se transformen y alimenten nuevas acciones, entre ellas

el juego y el dibujo, así como ciertas formas del transitivismo.

En el juego, como ya dije en varias oportunidades, se crean esce- nas, formas imaginarias y simbólicas que proponen un trabajo con la ausencia y a esta como contorno de simbolismos. La creación de escenas lúdicas provee argumentaciones que le permiten al niño es- tablecer enlaces entre la imagen y el trazo, argumentaciones que en el análisis se sostienen gracias a las briznas del fantasma. En lo lúdico se articula la negación, hay algo que no está y que debe ser representado por otra cosa, el objeto y los significantes. En la distan- cia que producto de una ausencia se extiende entre el espejo y lo refle-

jado surgen los significantes, que pueden ser representados por otros significantes, deslizamiento entre significantes que advierte de un va- cío imposible de llenar por completo. Dicho de otro modo, en el Otro hay un hueco que sitúa una falta que se va contorneando y limitando por el carril del significante, en el que la pulsión hace su recorrido. En el transcurso de un análisis hay cambios en los juegos, aun cuando el niño siempre juegue a lo mismo, porque la repetición hace

7. ¿De qué modo Lacan introduce esta cuestión respecto del goce en los matern as d e la sexuación? En la proposición que sitúa que hay un no-todo goce fá lico . No es solo una función en el discurso, sino que es también una función lógica qu e se '"l lcul" con las categorías modales.

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la diferencia. Jorge Fukelman dijo, en más de una oportunidad, que el juego vela la verdad. Por mi parte prefiero decir que enlaza lo real; revela la verdad y empalma lo real.

El sujeto, que surge entre significantes, se sitúa como tal en el pro- nombre y el sentido, entre el yo y el no-yo. (¿Qué quiere decir el "no" del yo? ¿Acaso es la negación del yo?). La función del juego entre yo y no-yo es restaurar los déficits, lo astillado que pudiera haberse produ- cido en la constitución de la imagen especular y en lo no especulariza- ble, lo que no entra en el espejo, pero constituye la reserva libidinal, tal como Lacan designa a la castración imaginaria. "En cuanto empieza a hablar, el rasgo unario entra en juego. El hecho de poder decir 1 y 1 y 1 más, y 1 más, constituye la identificación primaria. Siempre se tiene

que partir de un l. [

del reconocimiento en cuanto tal de la unidad llamada i(a).

] es a partir de ahí que se inscribe la posibilidad

Ese i(a) está dado en la experiencia especular, pero, tal como les he

) en el plano de

i'(a), que es la imagen virtual de una imagen real, no aparece nada. He escrito arriba (-q¡), porque tendremos que llevarlo hasta ahí la próxima

dicho, esta es autentificada por el Otro y como tal. [

vez. Este menos-phi no es más visible, más sensible, más presentifi-

que aquí, bajo i(a), porque no ha entrado en lo imaginario"8

cable allí

Eso que no entra en lo imaginario, lo irrepresentable, toca una ausen- cia reeditada a nivel de la significación fálica. En ocasiones el juego es una metáfora y en otras, un eficaz lengua- je-herramienta que delinea el objeto a, las pequeñas cositas del juego, con la pregnancia del falo. A veces sigue la línea del desplazamiento entre representaciones; a veces, el de las sustituciones que represen- tan al sujeto para otro significante, donde las palabras, paroles y mots, materializan un efecto sustitutivo. Las dificultades en su instalación y formación nos advierten de las problemáticas atinentes a la constitu- ción subjetiva. La ausencia del juego, las interrupciones o los acciden- tes que aparecen en él son el material en el que leemos la emergencia o el empantanamiento del sujeto en la infancia. Lo lúdico tiene su raíz ey el movimiento pulsional, del que toma su carga, no es sin el resorte que la pulsión le imprime, y aporta algunos hilvanes a lo que será el fantasma 9 Cuando las pulsiones se enlazan 10

O. Jncqu es Lacan: El Seminario, Libro X La angustia, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, p . 51.

fl. Vf'r cl a partado "El niño está hecho para tejer y jugar su nudo", en el capítulo 1 de ••HJu m iMm o li b ro .

n rHII inó pe rve rs ión polimorfa infantil al tiempo en el que las pulsiones

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bajo el imperio del Nombre del Padre y de la articulación falo-castra- ción las producciones del niño adquieren una eficacia metafórica y la negación resulta afectada en su existencia misma, ya que pasa del uso meramente práctico a ser una negación gramatical y discursiva. René Spitz estableció una relación entre el"no" y el"sí" 11 , siendo la primera forma de la negación, la negatividad semántica e ideacional, no conceptual; ella es el germen de lo conceptual y antecedente del

"sí". Lo cito: "El uso volitivo del contenido ideacional de la negación en el gesto semántico 'No' es sin duda alguna el logro intelectual más

espectacular de la infancia [

ta del símbolo verbal y del gesto de un concepto abstracto[

) Es probablemente la primera conquis-

) es el in-

dicador visible de que el niño ha logrado la abstracción de la negativa

y el rehusamiento [

La negativa es una creación del Yo y es puesta al servicio de la función del juicio del Yo". Y prosigue diciendo que el gesto "no" aparece como remanente de la situación anaclítica, en palabras de Freud, como el made in Germany, el certificado de origen. El"no", según Spitz, contribuye a enriquecer las respuestas del niño tanto a nivel práctico como conceptual; posibilita obedecer órdenes y da origen a la ideación. Para Freud, los efectos fundantes de la negación conciernen a la lec- tura de lo inscripto. Por su parte, Lacan subraya en ella lo interdit, la prohibición y el dicho que no 12 El dicho que no es para el niño la lectura que opera sobre la traza de la pulsión, que interrumpe el itinerario del Drang pulsional, lo suspende y eventualmente lo obliga a hacer otro

recorrido -esta es la articulación pulsión-inhibición que ya mencioné. En 1956, en el Seminario VI: El deseo y su interpretación, Lacan afir- ma que la obediencia de no hacer equivale a la orden del superyó y se diferencia del dicho que no, interdit, entredicho, pues este último, en tanto negación discordancial, permite al sujeto descontarse de la cadena, es un decir de lectura y escritura concerniente al sujeto y no al Otro parental 13 Todas estas distinciones, que serán articuladas en lo que sigue, re- sultan de gran importancia en la clínica analítica de los padecimien- tos psicosomáticos.

).El concepto 'No' no existe en el inconsciente.

11. René Spitz: No y sí. Sobre la génesis de la comunicación humana, Ed. Paidós, Buenos

Aires, 1966, p. 123.

12. Jacques Lacan: El Seminario, Libro diciembre de 1958, inédito.

13. Silvia Amigo: Paradojas clíni c as de Rosario, 200 3.

VI: El deseo y su interpretación,

clase d e l JO d o

la vida y la mu e rt e , Horno S api o n s l~di d unn ,.,

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Diagnósticos: hiperactividad y déficit de atención

Variados padecimientos por los que se consulta a un analista tie- nen su enclave en el montaje pulsional, en el automatismo como re- verberancia corporal que no encuentra un modo de escribir las fun- ciones de negación y de inhibición. De un modo u otro, la pulsión no encuentra una escena, ni siquiera la escena lúdica más primitiva que haga de detención al Drang, a su fuerza constante, que se resuelve como compulsión y tendencia a la descarga. En estas dificultades se puede contar el golpe, enumerarlo en su repetición, pero el niño no puede recorrer el camino de la palabra ni el del juego. Padecimientos corporales, hiperactividad, desorden de atención, clasificados y medicalizados por la psiquiatría imperante como ADH- ADD, tienen su raíz en el déficit del montaje de la pulsión. Cuando la vacilación del Otro de la demanda no permite resolver la tensión en un montaje de escena, la hiperactividad como tendencia a la descarga es la prima de placer que el niño encuentra en el desor- den motor. Por esa vacilación del Otro, el niño cae de la red signifi- cante, la lengua materna no hace cuerpo y no favorece la posibilidad de la espera, Ja necesaria estructura de demora, resolviéndose por el contrario en sufrimiento. La tendencia imperiosa de la pulsión a la descarga se hace sufrimiento, apremio que no halla la demora que el fantasma aporta, aporte que en la niñez a veces queda subsumido a los engarces pulsionales de la fantasmática materna. El colapso del fantasma no depende de que la madre sea psicótica o neurótica, aun- que no es sin consecuencias en uno u otro caso, sino de lo precario de sus enlaces que no pueden aportar ese mínimo necesario de imagen, i'(a), que auspicie una estructura de demora en el niño 14 • La constelación pulsional del Otro materno deja diferentes trazas en el hijo si lo toma como objeto de goce, por el lado de la significa- ción fálica o ambas a la vez 15 . En el primer caso, la hiperactividad y la desatención en el aprendizaje son las respuestas pulsionales que no hallan la necesaria estructura de demora en la articulación negación- inhibición. Los niños que no encuentran anclaje en el deseo parental, deambulan en el lenguaje. Gobernados por lo intemporal de la deriva de goce, manifiestan una continuidad sin discontinuidad, sin la efica- ia del significante que aporta la función de la palabra enlazada a la

1 1 1 /\ Lplun t na r l a rul;•c ió n en t re repe tició n

' 1"" ,, , 1! I Htr, lll tln l ll' una do hl v <lco p ció n : s ufri r y esperar. 1'• I•II•JII"~ ' '" •111 111 111/1,•, rli'i Jllfmrmofi~ta,duHo cl(' l :l df' marzo dP 1')72, inédito.

y pul sión,

Lacan tom a e l t érmino souffrance,

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pulsión. Se trata de situaciones en las que no se alcanza a formular un límite a la errancia de la pulsión, el juego y el dibujo no se constituyen sino muy precariamente.

La pulsión es el antecedente lógico de lo fantasmático, de esa zona que Lacan denominó de pantalla y de orilla a la deriva de goce -que atañe al juego y ál dibujo- 16 , que si no se teje en la lalangue, no se or- ganiza su montura de significante e imagen. Desde el ángulo de la significación fálica, el juego hace consistencia

y el dibujo se presenta como la chance de desplegar nuevos recursos. El juego como escena y montaje da color y textura a la pulsión, como

si se tratase de la edición cinematográfica, demorando la descarga del

Drang por la vía sustitutiva, que a su vez requiere de lo dicho que no, es decir, de la escritura lógica de la negación.

Nota sobre el fantasma

En los últimos tiempos he observado que los analistas que traba- jan con niños dan gran relevancia al juego. Aclaro que este no es un ideal del análisis con niños, sino una opción privilegiada que nos ofre-

ce los recursos del lenguaje y un intento de respuesta del lado del niño

frente a los requerimientos pulsionales. En el tiempo de la infancia, la pulsión, el cuerpo y el lenguaje de- marcan una zona de juego que no es ajena a las consecuencias de la constitución del yo y sus efectos de unificación imaginaria del cuerpo. Las imágenes auspician el lazo con los otros. El juego se emplaza y toman lugar retazos de lalangue, que como imaginerías eróticas y erógenas se soportan en la función fálica y pre- ludian la configuración de la condición de goce en la neurosis. ·En la infancia no siempre contamos con el ve/ unificante que apor- ta la estructura del fantasma y nutre la transferencia mientras presta el cobijo del amor y el deseo en su particular envoltura del objeto. Los niños cuentan con los itinerarios de la pulsión parcial, riberas de goce con las que podemos intentar operar pero que no implican la defini- tiva condición de goce que hace que cada quien se escriba hombre o mujer.

16. El jugar y el dibujar del niño en análisis, que con Lacan definimos fanta s m a inof( •n - sivo, es una pantalla frente a lo real, ruta de exilio n ecesari a y propi c ia pnrn lrt llorn ción parásita del lenguaje.

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El axioma del fantasma, sujeto dividido en disyunción -conjun- ción con el objeto- opera tanto en la cura como en la posición sexual, permite la relación del parletre con el goce en la niñez, y su puesta a punto en un psicoanálisis no se homologa con la del neurótico pos- puberal. Para los niños, el registro de la función sexuada se vincula con el falo como lugar princeps de la diferencia. Sin embargo, Lacan dice que la sexuación requiere de otra dimensión, ya que si para los partenaires hay apoyatura en la función fálica, el obstáculo entre ambos polos es el goce. Para los niños, la posición de "para todos hay función fálica" conlleva la castración, pero no necesariamente la negación del todo, es decir que como argumento, la función fálica domina respecto de la escritura del no toda es. La existencia y consistencia de la madre fun- ciona como obstáculo en la escritura de la contingencia. Los niños juegan con la sexualidad de diversos modos, pero si se rompe la coordenada lúdica se produce un pasaje a lo real del goce sexual y del otro sexo, tal como aparece en el pasaje al acto o en el abuso sexual al que pueden quedar expuestos -advertimos que esta entrada en la sexualidad es una anticipación en la que el niño queda fuera de juego y bien sabemos que le será difícil procesar. Sin embar- go, el fantaseo de las escenas de seducción y su puesta en un escena lúdica son aconteceres propios de la investigación sexual infantil que aportan consistencia imaginaria al axioma. Los juegos de seducción y de índole erótico entre pares tienen eficacia en la sexualidad y en la declaración de sexo, pero cuando la sexualidad pasa a ser un ejercicio con alguien que no es un par, las consecuencias tienen otro tenor.

Clínica de la pulsión

A menudo los niños se nos parecen[

].

A los que por su bien hay que

].

Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca.

Joan Manuel Serrat

El s ufrimi ento surge y reverbera tanto en la palabra como en el ctl('rpo . El rl' IJe rtorio d e afecciones, padecimientos y síntomas que Jllt 'rw nt : ul lo tl ninm; es amplio , va riado y complejo. Su abanico va

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desde el autismo a la fobia, sin descontar las afecciones psicosomá- ticas, las enfermedades autoinmunes, el llamado ADD y la hiperacti- vidad, entre las variadas nomenclaturas en uso. En más de una ocasión me pregunté a qué responde cada uno de estos padecimientos, si están determinados por distinciones en lo instituyente de la estructura y por diferencias en el anudamiento de las tres dimensiones del lenguaje. El empalme en acto de las tres dimensiones del lenguaje (RSI) nos permite pensar la emergencia del síntoma como efecto de lo simbó- lico en lo real, al mismo tiempo que resulta el punto culminante del proceso identificatorio. En el síntoma subyace la eficacia de la pro- ducción de las identificaciones inaugurales: la primaria, a lo real; la se- gunda, a lo simbólico; y subsidiariamente a estas dos, la identificación especular que compone en la estructura la organización de la imagen, la constitución del ideal y del yo. A partir de este primer entramado se asienta la tercera identificación, propia del fantasma o histérica, que hace a la asunción neta del significante del Nombre del Padre. En cierto tiempo lógico de este complejo proceso se advierte, en el tropiezo en lo que se dice, la plenitud del goce fálico, indicándonos que en el síntoma opera de modo prevalente la articulación incons- ciente y sexualidad. Por el contrario, en las manifestaciones en las que prevalece el exceso de respuesta motriz, el golpe y la agresividad, no hay producción del síntoma, sino que estas problemáticas ponen so- bre el tapete las dificultades en la instauración del yo, la imagen y la articulación de la pulsión con el lenguaje; muestran una falla a nivel del cuerpo, particularmente en lo concerniente a sus bordes, su su- perficie y sus contornos. ¿Los golpes son acaso una forma de poner un límite en el cuerpo? ¿Son un modo de buscar una piel de la que se carece simbólica e imaginariamente? La hiperactividad, motivo frecuente de consulta, es, a mi criterio, una manifestación de las dificultades en el montaje de la pulsión que provoca que el niño no pueda coordinar las excitaciones motrices en su conjunto. La pulsión hace su trayecto, pero algo le impide la reinserción en el cuerpo que produce su satisfacción y que se regis - tra como fin. En este derrotero, la fuerza de la pulsión inerva el soma como descarga motriz. A menudo, mueven en exceso los pies, las manos o se remueven en su asiento; abandonan su lugar en la clase o en otros sitios en los que se espera que permanezcan sentados; corren o saltan excesivamen t en situaciones en que es inapropiado hacerlo; tienen dificultades parn jugar o para dedicarse tranquilamente a activid ades de ocio; marchnn

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o actúan como si tuvieran un motor; hablan en exceso. He aquí la ca-

racterización del trastorno de hiperactividad en la infancia según el DSM IV La nomenclatura de estas problemáticas clínicas por las que tan- to me pregunté y que la neuropediatría denomina "disfunción cere-

bral mínima", "hiperkinesia", etcétera, se basa exclusivamente en lo fenoménico, motivo por el cual omite y olvida la singularidad de cada niño -tanto la de aquellos que presentan dificultades para mantener

la atención como la de quienes manifiestan un exceso en la ejecución

motriz. Tal como ya dije, la neuropediatría plantea que son afecciones

incurables que responden positivamente a la medicación 17 Pero si el fin no justifica los medios, ¿cuál es la pertinencia de la medicación en la infancia? ¿Su prescripción es de rigor? ¿No será que se la emplea para tranquilizar a padres y maestros? O lo que es peor, para cumplir con estándares y protocolos auspiciados por la industria farmacéutica. Si el ADD/H triunfa, si el trastorno como denominador común

- esa bolsa de gatos en la que no se diferencian las singularidades, tal co~o aparece en el DSM N- se sigue imponiendo sin que podamos interrogar con qué pasta se amasan cada una de las dificultades en cada niño singular, en cada constelación familiar y pulsional, lejos de encontrar una ganancia en ese camuflaje contemporáneo, los niños perderán inexorablemente, por no tener lugar una verdadera trans- formación en la economía de goces. Hace tiempo dije que: "Esta estandarización comporta per se cierto grado de iatrogenia y va en detrimento de lo singular de cada niño

y de cada hijo en relación con sus padres. Pero no solo destaco esta

arista sino también el hecho más que comprobado que por los carriles

de la medicalización -las más de las veces innecesaria- un niño pierde

o al menos sofoca la chance de viabilizar entre cuerpo y lenguaje las

vicisitudes de su organización pulsional, es decir, sexual" 18 . Los niños inquietos; los que se mueven constantemente y a veces no pueden permanecer sentados; los que tiran los objetos por el aire,

17. Cuando la medicación no es necesaria, lejos de transformar el padecimiento deja

alnií'io a m erced de una interrupción de su proceso de subjetivación -la que mayor- me nte se presc ribe es el metilfenidato, conocido comercialmente como Ritalina; tam bi é n la ato moxe tin a, que si bien se ha retirado del mercado en Estados Unidos p or prod ucir efe c tos co la terales adversos tales como la depresión o el pasaje al acto, c ollt l llll il ·dí •IH inn !lmini ~ tra d a e n al g unos p a íses.

" !' 111 VP I ~llón p o li m o rf a infantil " , e n !mago Agenda, diciembre de

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Liliana Donzis

pegan, insultan, patalean y evidencian conductas erráticas, descon- troladas e impredecibles que dificultan la vida familiar, social y esco- lar, pueden encontrar otro remedio. Mi experiencia me indica que la palabra tiene efectos en los niños y sus familias. Estar en Babia, en la luna de Valencia, quedar tildado, distraído, in- quieto; corporizarse en los superhéroes de los dibujos animados japo- neses; tirarse al piso o contra el piso y golpearse contra la pared en bus- ca de un límite que en lo concreto sea intraspasable, todo eso supone dificultades que merecen nuestra atención por los riesgos que conlle- van, pero no nos autorizan a diagnosticar una patología irreversible. Por mi experiencia, el trabajo psicoanalítico con estos niños y sus padres es harto difícil, de alta complejidad, pero al mismo tiempo es el indicado y el que menor violencia acarrea en los niños. La hiperactividad es, según mi hipótesis, una manifestación clí- nica de la pulsión -que no es presubjetiva y requiere del suelo fértil abonado por las identificaciones en tiempos instituyentes-, una mo- dalidad problemática en el montaje de la pulsión concomitante con los movimientos identificatorios instituyentes. Yla cura psicoanalítica en niños que presentan un exceso de la función motriz nos muestra que hay que tener en cuenta dos vectores: el que concierne al pasaje del autoerotismo al montaje de la pulsión, y el que desde este pasaje remite a la configuración de una escena 19 La dificultad puede situarse en cualquiera de los dos movimientos o en ambos. Ahora bien, tan- to en los casos más viables a nuestra intervención como en aquellos en que aparece una mayor dificultad clínica, el montaje pulsional re- quiere de una superficie corporal que sea permeable a la escritura que los circuitos pulsionales producen. Dicho de otro modo, es menester que la imagen del cuerpo adquiera consistencia. Para que dicha consistencia se enlace a lo simbólico son impres- cindibles las operaciones fundamentales a través de las cuales el mag- ma del lenguaje se enhebra, gracias a la lengua materna, en las derivas de goce de la pulsión. En su reiteración, la demanda materna orilla los bordes del cuerpo constituyendo las zonas erógenas y los bordes en fuentes, de las que emanan los estímulos. Esos bordes precisan del narcisismo, que no es sin la imagen proveniente de lo especular y del significante -ambos colaboran con la unificación imaginaria de la su- perficie erógena del cuerpo. Las consecuencias de la constitución del

19. Considero que la escena lúdica no es solamente la organización de un juego, siuu que corresponde a la organización misma del juego. Hay escenas privilegind ns qu n pospuberalmente ingresarán como argumento y fijación de la pul s ión e n In n11 11 Ul tura del fantasma.

Niños y púberes. La dirección de la cura

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yo y los efectos de unificación imaginaria auspician la aparición del semejante y el inicio del lazo con los otros.

A su vez, estas operaciones no son sin el falo, que otorga cuerpo a lo imaginario y en su enlace con el significante da las chances de que

]las pulsiones son el eco en

el cuerpo del hecho de que hay un decir. Para que resuene este decir, para que consuene, [

]es preciso que

el

Mi idea es que aunque dichas operaciones también existen en los niños hiperactivos y en los que no pueden sostener su atención, no advertimos de manera neta la función de la discontinuidad que apor- ta el significante ni la eficacia y efectos de las operaciones fundantes enmarcadas en el Nombre del Padre. Lo que vemos aparecer, enton- ces, es un fracaso o fallo en las mismas. En algunos niños, los más permeables a nuestro trabajo, el desor- den motriz se produce como una vía de escape de la simbolización que no culmina de enlazarse al síntoma y al goce fálico. En calidad de objeto, no de causa de goce y deseo, el cuerpo del niño opera como un tapón y no como un producto de la identificación al deseo por efecto de la castración del Otro. En otros casos, la manifestación pul- sional desarraigada del cuerpo y de lo simbólico queda inmersa en la hostilidad, en la agresión, y se hace patente como desorganiza- ción e hiperexcitación motriz. En este caso el cuerpo funciona como inervación somática, sin que la palabra corte, sin que la medida y la distancia se encarnen, haciendo que las acciones del niño se vean gobernadas por la continuidad propia del proceso primario. Vida de lo real pulsional desintrincada de la mortificación que produce la

el decir encuentre ecos en el cuerpo. "(

cuerpo sea sensible a ello" 20

eficacia del significante, sus cortocircuitos alimentan la pulsión que des organiza sufrientemente al cuerpo. El trabajo pulsional pone de manifiesto, así, el automatismo y la compulsión desnuda de escenas y argumentaciones. Por el contrario, si se modula con el significante y ;! objeto, emerge una ganancia de goce, plus de gozar, y el juego reina ·amo producto de la reiteración del trayecto pulsional. El automatismo se diferencia claramente de la angustia ante la es- pera del corte propiciatorio que sentía Juanito. En la angustia hay una l~s pcra que desespera, pero que al mismo tiempo tiene vocación de sfnloma. Para el niño hiperactivo, en cambio, no hay chances de que l' produzca una demora para la descarga. La angustia, en ocasiones

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IIILL!lli JN l .nrnn : W Se minario, Libro XXIII: El sinthome, Ed. Paidós, Buenos Aires,

;U UI, , p

1 11

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Liliana Donzis

mortal, lo conduce a padecer movimientos incesantes de urr cuerpo · angustiado en el que no hace mella la discontinuidad que provee el significante ni actúa la negación como operación simbólica de la es- critura del "no" y de la interdicción. En el seminario de 1964, Lacan nos ofrece una idea exacta de los acontecimientos en los que el acto que el sujeto debe suscribir está to- mado por la motricidad en su aspecto más activo, por la ausencia mo- mentánea de bordes corporales. El niño está dominado por un automa-

tismo y la repetición no conlleva el retorno del trazo, sino que manifiesta

el rechazo de algo que hace reventar la masa corporal contra lo que fuera

-la pared, el otro, el suelo. En estas circunstancias, la hiancia que com-

promete a los parletres entre cuero y carne, entre palabra y pulsión, no desgrana el saber que circula entre los significantes que representan al sujeto sino que el niño emerge en los golpes del golpe a golpe. "Cuando un cuerpo se estrella contra el suelo, su masa no es la cau- sa de lo que recibe de rechazo de su fuerza viva, su masa está integra- da en esa fuerza que vuelve a él para disolver su coherencia por un efecto de rechazo o de retorno" 21 Los bordes corporales se liquidan y disuelven en la medida en que se produce un fallo en la función sostenedora de la imagen especular

y según el grado de este fallo, la organización del montaje de la pul-

sión se diluye tanto a nivel de la fuente como a nivel del objeto de la

pulsión. En las situaciones más difíciles y menos propicias a la cons-

titución de la neurosis, la dificultad que pulsa la excitación motriz ca- rece de uno de los nomb res del padre. Lo simbólico del padre cede su

] un resto no simbolizable del padre que

no fue capturado por la inmersión en el lenguaje que la identificación primaria conlleva'' 22 Cuando opera el falo imaginario, la castración imaginaria modula lo no representable de la imagen -puedo conjeturar que esta modu- lación, imprescindible para el enlace entre cuerpo, sexo y lenguaje, debe su eficacia a la identificación primera que viabilizó el pasaje de exo a endo, de lo exterior a lo interior, generando un primer vacío que se incorpora como tal y que será la condición necesaria para que el cuerpo se vuelva consistente y resistente a la sucesión del trazo que la

segunda identificación inaugura 23

lugar a la emergencia de"(

21. Jacques Lacan: El Seminario , Libro XI: Los cuatro conceptos fundam coanálisis, Barral editores, Barcelona, 1977, p. 34.

en ta les clel¡Js l

22. Silvia Amigo: Clínicas del cuerpo, Horno Sapiens Ediciones, Ro sa ri o,

2007.

23 . La cuestión del incorporal y su relación con

la identifi cació n prim ar i a ~•· ~' l l<' tl ílll l lit

en Clínica de la identificación, de Clara Cru glak, y e n Clf11ims r/ 1'1 l'l!f' I /H! , t tt ' Sllvln

Ami go, ambos de Horno Sapi cns Edi cio nes.

Niños y púberes. La dirección de la cura

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Escrituras producidas por los ecos y las reverberancias de la sono- ridad de la lengua materna que deja huellas en un número limitado de bocas del cuerpo, asiento de las zonas erógenas; lengua sonora, visual, acariciadora o indiferente, empasta y amasa el cuerpo del infans con lo germinal de la pulsión; escrituras que producen ritmos, entonaciones, sonidos y miradas que colaboran en la unificación de la imagen y el dominio del cuerpo en movimiento. Pero cuando lo oído primitivo no pasa a una imagen que lo sopo r- te, genera autopercepciones de fragmentación en el niño. Este recha- zo de la lengua y de la imagen, que se verifica en las patologías muy graves de la niñez, provoca que las pulsiones, límite entre lo psíquico

y lo somático, no sitúen la frontera necesaria y subjetiva entre el niño

y el Otro parental. La experiencia clínica me permite colegir que en la hiperactividad prevalece un resto que excede al trazo unario, al trazo distintivo del sujeto, y que deja como consecuencia un fracaso en el circuito pulsio- nal, especialmente en los contornos de las fuentes que constituyen las zonas erógenas. En ese fallo, la imagen del cuerpo unificado se esfu- ma y en su lugar restan pedazos de real como islas sin borde. El desva- necimiento de la pulsión a nivel de la zona erógena o el desenlace de las caras muerte-vida inciden para que la fuerza de la pulsión devenga compulsión, agresión o excitación motriz. En esos casos, el objeto a reina, pero es la cara real del objeto, la no especificada en alguno de los objetos de la pulsión, la que no entra a t allar como especie del a. El objeto resta, no adviene causa de deseo,

y la imagen no logra captar la ausencia del objeto real. Esta ausencia del objeto real que Lacan introduce como ramillete de flores, se pier- de a favor de la imagen virtual, de ahí que la ausencia de la ausencia también impida el mantenimiento de la unificación imaginaria del cuerpo. Ahora bien, que el último recurso ante la carencia de una frontera

entre el niño y el Otro sea que el cuerpo se estrelle contra el suelo o la pared nos permite verificar que la fragmentación obedece al desen- lnce de las caras de la pulsión o al desenlace entre imagen y trazo. En cualq uiera de los dos casos, el cuerpo del otro, el otro cuerpo, no hace de lfm ite al del niño, por eso el rechazo participa de una negación for-

c lu s iva del

A d ifere ncia de esto, cuando el Drangpulsional se independiza en

··• ' trayecto del objeto y la deriva pulsional no ancla en su retorno al

t tu •t p( 1, r~tzón por la cual no hay satisfacción registrable ni espejismo

qu(' pt ove:1 el obje to de la pulsión, reaparecen en lo real los efectos

Nombre del Padre.

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dramáticos del golpe vacío de sentido, no atravesado por el significan- te. Ese enclave de goce se manifiesta a nivel del cuerpo, en una suerte de desengarce provisorio entre la imagen y el trazo, y las mortifica- ciones del y en el cuerpo, en las que incide el superyó de los padres o de alguno de ellos, terminan promoviendo un escape a la mortifica- ción que produce el significante. En estas condiciones surge la salida a la motricidad, sin que medie la actividad lúdica, gráfica o verbal. Este tipo de hiperactividad revela el desorden motor que abreva en las fuentes pulsionales y que se manifiesta como una forma del au- toerotismo de las pulsiones parciales independientes y heterogéneas en niños que en otros momentos también pueden jugar, conversar, relatar, escribir, etcétera. Es decir, en ocasiones juegan y en otras el juego no se produce. Además de este, debo decir que he hallado otra modalidad de au- tomatismo concerniente al desgarro de algún haz de catectización del par pulsión-inhibición, situación en la que se presentifica la imposi- bilidad de la demora. La pulsión está en souffrance, como sufrimiento -la expresión en souffrance designa, al mismo tiempo, esperar y sufrir. La descarga sufre la espera o desespera, ya que en lugar de esperar su sustitución o transformación, el niño se siente compelido a una exigencia de inmediatez en la satisfacción -los diversos ataques pul- sionales pueden ir desde el vómito incoercible del bulímico hasta las formas menos elaboradas de la agresión. El análisis muestra los senderos para delimitar la frontera entre el niño y sus padres en la delgada escritura que se dibuja en los con- tornos del cuerpo como límite entre el sujeto y el Otro -esta frontera es el contorno que ofrece la pulsión como escritura del cuerpo y sus singulares características en cada sujeto- y su eficacia, la del análi- sis, se produce en un trabajo de borde y de argumento. Entre cuerpo, imagen y palabra, el recorrido pulsional brinda otra satisfacción. En la medida en que se produce la intrincación pulsional, se asienta lo que es del orden de una exigencia estructural y estructurante cuyo correlato es la emergencia del goce fálico que por el buen sesgo se resuelve en síntoma o se enhebra con escenas lúdicas, favoreciendo la generación de un compás de espera entre excitación y satisfacción. Es así que la escena verbal, lúdica o gráfica, aun las producciones más primitivas, permiten resolver el Drangpulsional y que este no deven- ga compulsión. La verdad concierne a lo real y en el discurso se encarrila como ar- gumento en lo simbólico y como superficie en lo imaginario. Instauro la estructura de ficción necesaria para que la existencia cob re vifl n { 1 11

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las palabras en vez de inquietar la motricidad. La verdad del sujeto, en definitiva, no tiene "remedio".

La verdad no tiene remedio

"Cuando intentamos recordar lo que en nuestra primera infancia nos sucedió, nos exponemos muchas veces a confundir lo que otras personas nos han dicho con lo que debemos realmente a nuestra ex- periencia y a nuestras observaciones personales. Goethe hace esta consideración en una de las primeras páginas de su biografía, cuya re- dacción comenzó a los sesenta años. A la frase copiada preceden tan solo algunas noticias sobre su nacimiento, acaecido 'el28 de agosto de 1749, a mediodía, en el momento mismo en que el reloj daba las doce'. La constelación de los astros le era favorable y fue quizá la causa de su conservación, pues vino al mundo 'como muerto', y solo con gran trabajo se consiguió que viera la luz. A estas observaciones sigue una breve descripción de la casa y de la habitación en que los niños -su hermana y él- gustaban más de estar. Pero luego solo relata Goethe, realmente, un único suceso que puede ser situado en su 'primera in- fancia' (¿antes de los cuatro años?), del cual parece haber conservado un recuerdo personal" 24 En su texto "Un recuerdo infantil de Goethe en 'Poesía y verdad"', Freud nos presenta un problema que si bien no corresponde puntual- mente a un hiperactivo severo, aporta algunas luces sobre el tema. Johann Wolfgang von Goethe fue uno de los dos únicos sobrevi- vientes entre varios hermanos que murieron en los primeros años de vida. El niño Goethe estaba en tiempo de elaborar el odio y la culpa fratricida que le despertaba la muerte de sus hermanos, cuando tuvo lugar el siguiente episodio. De todas las travesuras que los padres del célebre escritor conta- ban del niño, él recuerda solo una. En cierta ocasión habían compra- do en el mercado unos cacharros para la cocina y otros idénticos en miniatura para que jugaran los niños. Una aburrida tarde, tiró uno a la calle. Una familia vecina, los 0., que observaban lo mucho que lo regoc ij ab a esa situación, gritaron: ¡Más! El pequeño fue hasta la coci- na y pa ra divertir a sus vecinos, comenzó a tirar uno a uno sus trastos

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Nunvn , Mn rl r lcl. l !l6fl. t o m o 11, p . 11 29.

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de loza; no paró hasta acabar con ellos, para sumar goce y excitación ante cada "¡más!" 25 No conforme con esto, siguió rompiendo la vajilla familiar. Freud dice que ese recuerdo formaba parte de la historia familiar de un niño travieso que no convocaba a otras reflexiones. Pero en su teoría del inconsciente, los recuerdos y aconteceres de la infancia no son indiferentes ni insignificantes. Este recuerdo de Goethe, junto a los aportados por otros pacientes de Freud, delinea la aparición de los celos que sienten los niños por sus hermanos, quienes en ocasiones, lúdicamente los tiran por la ventana, "fuera de casa", para "que se los vuelvan a llevar". El grano de verdad que Freud recoge en estos hechos de la infan- cia no solo apunta al episodio sintomático, sino a que ellos forjan la escena que unos años más tarde aparece en Pegan a un niño: "El niño

[ ) sabe muy bien que hace algo rnalo, por lo cual le regañaran los

mayores, y si este conocimiento no basta para retenerle, es que aspi- ra a satisfacer un resentimiento contra sus padres: quiere mostrarse malo" 26 El ejemplo ilumina una serie de problemáticas, entre las cuales menciono la de los niños inquietos, los que se mueven constante- mente, los que no cesan en su actiVidad, aunque bien saben que sus padres se van a enojar, los que no se rinden ante la evidencia del des- trozo de juguetes y otros objetos. Niños que corren de aquí para allí, que no pueden cumplir con las consignas de los padres o maestros, niños que como el pequeño Goethe parecen solicitar "¡más, más!". En el artículo citado, el niño malo busca la mirada del otro, su aten- ción, pero "insabidamente" sabe que el desorden motriz es la vía de escape de una simbolización que no culmina de enlazarse al goce fá- lico. En esta situación, el niño, en el lugar de la causa de deseo fálico, lo satura con la compulsión a la descarga e irremediablemente padece encadenado al Otro.

Es importante señalar que en la fase de "perversión polimorfa in- fantil" se descubre la relación que hay entre el trabajo pulsional -su fijación y la satisfacción- y la aparición de ciertas problemáticas en la niñez, entre las cuales menciono los llamados trastornos en el sos- tenimiento de la atención e hiperactividad. Para Freud, la perversión polimorfa infantil concierne a un tiempo estructural y transitorio en el cual, a partir de las excitaciones pulsionales se inscribe el montaje de

25. Goethe dice: "[

] yo me sentía extremadamente gozoso de pro c ura rl es aq u r l

placer". 6. Sigmund Freud: Op. cit., p. ll3l.

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la pulsión, en el que se constituyen las tempranas fijaciones, derivas y circuitos de goce. Para la constitución de este montaje se requiere del asentamiento del yo y de la instancia del padre. Llevando el recuerdo antes narrado al extremo de una broma, me pregunto cuál hubiese sido el destino y qué hubiese ocurrido en la sub- jetividad de Goethe si sus padres hubiesen consultado a un profesional psi que prescribiera algunos miligramos diarios de Ritalina para calmar las eventuales compulsiones de un niño de cuatro o cinco años. Conje- turo que tal vez Goethe no hubiera tenido la posibilidad de transformar los destinos pulsionales en la exquisita sublimación del escrito. Aunque su ejemplo lúdico no se corresponde puntualmente con el de un hiperactivo severo, aporta al legado freudiano respecto del trabajo que requiere el infantil sujeto para transformar los fines de la pulsión y de la producción del objeto. Estas operaciones psíquicas son ineludibles y deben ser efectuadas en la niñez, aun bajo las condi- ciones de la vida contemporánea, en las que no hay sitio para correr, lanzar y expandir los movimientos del cuerpo. Mediante el juego el niño anuda, procura subjetivar y tramitar los goces más propiciatorios y más mortíferos, los trabajos de duelo no consumados por los padres y otros padecimientos que conllevan hos- tilidad y sufrimiento. Siguiendo el hilo de la interpretación freudiana, el juego de tirar compulsivamente los objetos fue el intento de Goethe de jugar con los otros, de tirar, arrojar a cada uno de los otros por la ventana. Sexo y muerte, dos enigmas del sujeto que conllevan la intrinca- ción pulsional, requieren del marco que la ventana provee, marco que contornea un vacío, que es un límite a la acción.

Hiperactividad. Sin demora ni espera

O. tiene cinco años. Pega, patalea, escupe y patea; a veces presenta erupciones cutáneas. En el jardín de infantes está tenso, golpea a sus compañeros. No se queda quieto ni un minuto, va de aquí para allí y molesta a medio mundo, motivo por el cual no lo invitan a ningún cumpleaños. Lo que inquieta no es su movimiento incesante sino su nspecto tenso y las agresiones para con los otros, que son constantes y habituales. r.s un nii'lo l1:1mativamente bello, admirado e idealizado por sus JHtdt•·~l, JH'H I l ' lutnd n com ienzan lo s problemas, algo del ideal se les

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quiebra a ambos. O. les provoca un dolor inmenso y les resulta incom- prensible que no sea la perfección ambicionada; que se destaque por lo peor les resulta intolerable e intramitable. ¡Oh! pasa a ser 0., denigrado por el padre, quien subrepticiamen- te lo va abandonado poco a poco - al final del tiempo de análisis de O. se pudo trabajar con aquello doloroso que le resultó haber sido abandonado por su propio padre. Aunque se había propuesto plan- tarse de otro modo ante su hijo, no pudo. A veces lloraba frente a la desobediencia del niño, otras desbordaba en palabras crueles y

escenas violentas 27 En una oportunidad, O. rompe una cortina que adornaba el balcón de su casa y la prende fuego, suceso que multiplica la violencia entre

el padre y el hijo. Decidí que era menester mantener entrevistas con el

niño y el padre en conjunto. En una ocasión, O.le explica al padre que

él no tiene la intención de pegar, de quemar, romper o agredir, que eso

le sale, lo mismo que el fuego que sale de la boca del dragón, y que no

lo puede controlar. Luego del primer año de juego, si puede llamarse así, O. está más calmo. Sin embargo, hay algo que no termina de acotarse. Comienzan

a invitarlo a jugar a las casas de algunos compañeritos, pero en el club

al que concurren no se integra, no toleran que tire a la zanja a otros nenes o que reviente a pelotazos las flores de la plaza. En sesión, prefiere jugar con personajes de TV y de películas. Es el hombre de fuego, de hielo, los Powers Rangers. Se disfraza envol- viéndose con trapos, telas y papeles, pero no dibuja. Solo quiere jugar tan incesantemente como cuando golpea. Juega hasta el cansancio, se entroniza como el winner, el gran ganador de toda batalla. Los almo- hadones cruzan el aire de la sala. En su juego él es el gladiador - no le interesa ningún otro juego- y me somete a perder frente a su fuerza

descomunal. Pero ese juego es repetitivo, se trata siempre de la misma escena y llega fatalmente al mismo resultado. La creación queda del lado del cambio de personajes, pero la escena es la misma, se trata de

una pelea sin fin . Tomando el juego como cauce y causa,

cena primaria parece dibujarse en el intento de articular inconsciente

y sexualidad. Los padres intentan ponerle un límite a sus desbordes. Premios y castigos pueblan la casa. O. llora, promete portarse bien, nunca mal,

algo de la es-

27. Por otra parte, la madre vacila en el saber, no es de las que saben todo o nada. Ell11 duda todo el tiempo y su angustia frente a los automatismos de O. es muy inl v ii NI • -automatismos que abrevaban en la excitación qu e ofrece lo pulsiunnl y t¡lll ' li> relanzan en su gatillar.

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pero no lo logra. El golpe parece independizarse, se le dispara auto- máticamente sin que medie su voluntad, y él se da cuenta de esto. Entiendo que la transformación que O. requiere no pasa por el periplo castigo-premio-límite, ya que estos castigos solo consiguen enfurecer aún más al yo, sino que el límite es el cuerpo del otro. Los bordes im- precisos de su cuerpo golpean a otros cuerpos para registrar períme- tros, contornos. Las pulsiones hacen orificios en el cuerpo, le dan un contorno y un espesor. El falo da cuerpo a la imagen, esta última es insuficiente para absorber el Drangpulsional. Pero O. es solamente una imagen bonita, pura mirada sin consistencia fálica. Sus desbordes no piden severidad ni lágrimas de un padre. A pesar de que los padres no estaban muy conformes con las inci- dencias analíticas logradas y reclamaban mayor severidad, el análisis de O. continuó un tiempo más. Las incipientes escenificaciones de sus juegos repetitivos le per- mitían articular inconsciente y sexualidad, pulsión y lenguaje, pero algo volvía a fracasar al significar fálicamente el campo lúdico. Es que el apoyo en el fantasma materno no le aportaba a O. suficiente con- sistencia para su juego. En el intento de armar un campo lúdico, la conjunción entre la imagen y el significante se quebraba repitiendo escenas que se congelaban en un interminable fracaso. El falo como soporte faltaba a la cita lúdica. Entre lo especular y la caída del ideal parental, la imagen especular en la que sostiene su narcisismo presenta una fisura, esa punta que O. intenta absorber sin éxito en el juego. O. busca, pero no encuentra en la red significante el soporte fálico que le dé sentido y argumento de letra a lo imaginario. Su imagen bella y demoníaca asusta a padres, niños y maestros. Como a veces le agrega a su disfraz un moño en su cuello, en una sesión dije: "Llegó el del moñito", que se oye como "el demoñito". Esta intervención que leyó la imagen mientras la enlazaba al trazo, abrió un nuevo sentido, produjo un pas de sens en su doble vertiente: paso de sentido y sinsentido. O. cayó en la cuenta de que su imagen trans- mitía algo a la mirada del otro, y que era vista como tal. En sesión se produjo un asentimiento a su imagen y a diferencia de lo que sucedía on sus padres, que solo esperaban al lindo, al ideal, incluso al que representaba la muerte y el abandono del padre, surgió un "demoñi- to", un significante que representaba al sujeto para otro significante. 1':1jucr,o produjo un sujeto entre cosa y cosa, entre palabra y palabra, t' IIIH' hnnwn y c·nsn <' n palabras.

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A partir del "demoñito", O. solicita que le invente máquinas para no golpear, quiere una pausa. El término souffrance -que como ya dije es sufrir, pero también esperar- se resitúa: ni O. ni los padres pueden esperar. Un día invité al niño a jugar al capitán Piluso y Coquito 28 La clásica gomera del personaje televisivo se convirtió repentinamente en un re- vólver que no podía dejar de percutir y lanzar tiros. Revólver, armas de fuego, ametralladoras automáticas, armas que requieren de un sujeto que dispare, que lance el percutor y vuelva a lanzarlo. Pero resultó que la escopeta de dos caños recortados disparaba sola, se independizaba de quien la portaba. Por arte de magia se transformó en una pisto- la automática Colt 45, luego en una Browning de nueve milímetros sin silenciador que se disparaba automáticamente sola, sin pausa, sin respiro. Jugaba con la pistola, se disparaba sin sujeto. En ese tiempo inventó, o al menos intentó inventar con su analista un revólver de parar. Entonces cobraron existencia dos versiones de la Browning: la automática-sin-parar y la que podía detenerse, reingre- sar como corte en la fuerza pulsional. Entre ambas había una discon- tinuidad, una diferencia, y algo nuevo en la detención del tiro. Un nuevo sentido, un nuevo cuerpo se iba armando para O. El "de- moñito" fue la intervención del analista a través del significante "mo- ñito", que se conjugaba con su traje, y de la introducción del capitán Piluso y la gomera. Luego, el juego del revólver-de-parar fue permi- tiendo que se articulara el significante entre el yo no pienso-yo no soy, entre el ello y el efecto de lo inconsciente.

La hiperactividad, una conjetura problemática del fantasma materno

En los niños pequeños, la vacilación del Otro de la demanda im- pide resolver la tensión pulsional en un montaje de escena y una de sus consecuencias es la tendencia a la descarga pulsional. Por medio de ella, el niño no pierde goce, no gasta goce, sino que obtiene place r en el desorden motor. En esta vacilación del Otro, el niño cae d e la red

2 8 El niño no conocía a estos viejos personajes televisivos. Resultaban interesa nte pa ra la ocnsiou precisamente porque eran de otra época, no podían comprarse en la juguetería, era n so lo 111111

pndu ·M di'

g in abl es y na rra bles . La se rie E l capitá n Pi/u so s e te lev isa ba e n ti empo s en qu e los . eran nitios.

Niños y púberes. La dirección de la cura

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significante sin poder hacer del sufrimiento una espera. La tendencia a la descarga de la pulsión es el sufrimiento, el apremio que no halla la demora que el fantasma aporta, aporte que en la niñez a veces queda subsumido en lo fantasmático del Otro materno. Si el fantasma materno colapsa, aun cuando la madre presente una estructura neurótica, la transmisión del falo fracasa o resulta in- suficiente para soportar el cuerpo del niño y la demora que el fan- tasma aporta en calidad de argumento imaginario naufraga, viéndose afectadas las chances lúdicas con las que contará el niño. El fantasma materno brinda una arista para reflexionar sobre el andamiaje en el que advienen las desatenciones y la hiperactividad. Una vez más, el montaje pulsional, en este caso del lado parental, sir- ve para aclarar las dificultades en el aprendizaje y las distracciones. Sin anclaje en el Otro, muchos niños que no tienen las caracterís- ticas de los autistas deambulan en el lenguaje, gobernados por los rodeos de lo intemporal del proceso primario, muestran una con- tinuidad sin discontinuidad, sin el corte propio de la función de la palabra enlazada a la pulsión. En estas situaciones, el "no" de la ne- gación no alcanza a escribir un límite en la errancia de la pulsión y el lenguaje. Las diversas circunstancias del movimiento de encaje de la pul- sión que Freud denominó "perversión polimorfa infantil" -tiempo de la niñez en el que el priman las más diversas posiciones: sádicas, masoquistas, voyeristas y exhibicionistas- indican que todo está a la vista. Los juegos infantiles se alimentan de lo oral, lo escópico, lo anal y lo invocante, produciendo un enlace de la excitación con la explica- ción del mundo, especialmente del mundo sexual. A ese enlace entre pulsión, cuerpo y lenguaje Freud lo denominó "investigación sexual infantil", marco en que la reverberancia del cuerpo toma consistencia, también a nivel del discurso, como cuerpo de la letra, en la medida en que la ley del deseo se conjuga con el significante y ancla en el cuerpo falicizado 29 Las dificultades y tropiezos de este tiempo instituyente nos permi- ten reflexionar sobre lo que suelo nombrar como aún no neurosis. Para 0., el abrochamiento entre imagen y trazo en el campo del se ntido se vio afectado. El tiempo era un flujo continuo, por eso no reconocía la posibilidad de la espera como resultado de la disconti- nuidad de la repetición. No había ni tiempo ni demora posible en la

:w. D ns tm;o lu in stituye nte d e la perversión polimorfa y la identificación al trazo que

0

1d , t HI ,,¡ h•nHtlll i•· a la ¡misión, de manera que el trazo quede alineado a

la imagen

p 111VI' Il !P t ll!l dn Hl¡tl! •llu q1.1 u fu e p i'Opi ciatorio y fundan te de la eficacia del

yo .

98

Liliana Donzis

satisfacción de la demanda. La exigencia pulsional no contaba en el uno a uno del golpe sino que lo llevaba a golpearse una y otra vez. Los padres de O. buscaban en la intervención analítica alguna re- ferencia sobre el origen del problema, al modo del traumatismo, pero esto no era para nada evidente. Hubo que rastrillar mucho en la his- toria familiar del padre para que este pudiese incluir la muerte de su propio padre, abuelo del niño, en el análisis. La repetición del golpear estaba del lado del automaton, la di- ferencia oxigenante de lo nuevo no surgía con facilidad. El signifi- cante el "demoñito" fue la brecha para lo nuevo. Para la madre no era factible cuestionar su posición, por lo vulnerable de su posición subjetiva. "Yo no sé qué pasa, ni qué le pasa. Me va a volver loca", era su frase habitual. El niño caía de la red significante por su va - cilación, no tenía anclaje en la madre ni en el padre. O. sufría y no lograba transformar el sufrimiento en demora o espera, por ende la coacción, Zwang pulsional, la Wiederholungszwang, compulsión a la repetición, gobernaba la escena del juego, en el que el pasaje a la acción se volvía apremiante. Sin discontinuidad no hay ni día ni noche, ni dormir ni despertar. O. jugaba indefinidamente con la acción como reverberancia de la carga pulsional sin poder resolver la tensión y sin llegar a resolución alguna. El juego del gatillo automático y la máquina de parar fue del orden de la tyche, del encuentro, donde lo pulsional se volvió lúdico y surgió una verdad consistente en la inclusión de la diversidad más radical, que conlleva la repetición en sí misma. Tal como Lacan afirma en el seminario de 1964, el juego comporta una hiancia, una discontinuidad que llama el foso , al que se le une el carretel, objeto. Cuando el Otro materno no puede significar esa hen- didura, en el foso no hay borde, tampoco hay angustia ante el precipi- cio, por eso el niño no puede más que gritar, saltar, correr o caminar de un lado al otro. Los padres de O. -lo mismo el pequeño- no podían metaforizar la muerte como discontinuidad; eran vivientes decepcionados porque su niño no alcanzaba el ideal propuesto de belleza ígnea y al mismo tiempo frisada. De fuego y de hielo, como los personajes, lo arrastra- ban desde la red significante al automaton. Desde otra arista considero que la perversión polimorfa in fa ntil indica que la pulsión aún no se ha organizado en relación con el falo y el Nombre del Padre. O. nadaba en el "no pienso" d e la pul s ió n si n articularse con el significante, por lo que no llegab a a p rodu c ir ju e¡:wl

Niños y púberes. La dirección de la cura

99

ligados a la significación fálica, Bedeutung, aunque conjeturo que ese tiempo de análisis fue su preludio. Cuando lo pulsional se desintrinca, cuando un haz pulsional se au- tonomiza, este puede fijarse como un rasgo proveniente de la identi-

ficación que hace a la formación del carácter, o bien cuando el objeto se estaña en una fijación de goce, impide que la perversión infantil se

La imagen de O. e s tab a

transforme por efecto del Nombre del Padre.

congelada, endurecida, a pesar del envoltorio del disfraz con el que intentaba procurarse otras texturas, que en este niño se asemejaban más a una coraza que ponía de manifiesto el impasse del falo sin el cual no podía conjugar el verbo con el acto, entre cuerpo y palabra.

¿Qué-ma? 30 ¿Qué querés, mamá? 31

Miguel tiene ya seis años y solo habla con su madre; no se relacio- na con sus pares, no tiene amigos en el colegio. Cuando algún adulto se le acerca, lo insulta. Enurético al momento de la consulta, padeció convulsiones de origen comicial entre los dos y tres años. En la díada aparentemente amorosa con su mamá, las cosas tam- poco andan bien. Se pelean, discuten, es desobediente. La madre teme que Miguel se convierta en un delincuente, en un joven inadaptado. Al poco tiempo de iniciar su análisis, el niño fabrica en sesión hi- los con masa, largos hilos que ubica en el espacio entre la habitación donde lo atiendo y la sala de espera donde lo aguarda su mamá. Estos hilos comunicadores, según su expresión, cumplen la función de en- redarse con su madre, atándose a ella. Tiempo más tarde, estos hilos se transforman en tubos intestinales, tripas que ata y enrolla a los mu- ñecos que están en el consultorio. En una oportunidad, pocas sesiones después, trae fósforos que or- dena uno aliado del otro; entre ellos hay contigüidad y también dis- tancia. Juega con los fósforos como si fueran palotes, los unos de una serie, y luego raspa la cerilla en la caja para que enciendan fuego. Poco a p oco enciende papeles, muñecos, y dice que es la quema. "Quema'', del verbo quemar, alude a incendio, pero en el conurbano bonaerense

:J O. Parte d e e s te texto fue presentando en las jornadas Un siglo de sexualidad: a cien rt f! os d e la publi cación de "Tres ensayos de teoría sexual", de Sigmund Freud, México,

~'•'brcro de 2 00 5 .

' 11 . 'l' u vf\ t • l fl l~ ' Hll o el e c onve r sa r s obr e un fragmento

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I H v l •ll l n q

u e n os r e a li z a r a e n 1987 .

del análisis de Miguel con Fran<;oise

100

Liliana Donzis

la palabra "quema" designa el basurero donde se incineran los desper- dicios municipales. Este juego con el fuego que Miguel denomina quema abre a una intervención del analista: "¿Qué-ma? ¿Qué querés, mamá?". Miguel transforma su posición, comienza a hablar en sesión de sus cuestiones cotidianas, relata sueños y también dibuja. "¿Qué quiere mamá?". Esa pregunta que lo impacta y que por me- dio del significante apunta al deseo del Otro, a lo simbólico, genera una distancia separadora entre él y su madre. Su juego con fuego tam- bién ilumina el juego con la orina. Agua para apagar el fuego, que cese el fuego de los palotes incendiados. "Quema; ¿qué-ma?; ¿qué más?". En la escena de los hilos comunicadores, el Otro materno no está excluido, tiene plena consistencia. Pero el juego que enciende lo pul- sional da la chance de enlazar lo real, lo imaginario y lo simbólico. Se abre una distancia con el Otro que propicia la vía que va de un Otro al otro, del Otro que Lacan llamó primordial -en este caso, la madre- a un otro. De la madre a los otros, sus pares, Miguel intenta establecer algún nuevo lazo con otros niños. El primer tiempo del análisis lo podemos escribir con el algoritmo que usó Lacan en el seminario sobre la relación de objeto, de 1956, donde escribe la díada inclusiva A/ a: el niño que en calidad de objeto está adherido al cuerpo y a las palabras de la madre. Miguel sostenía el lugar de objeto a del fantasma materno. El juego de la quema nos permite articular el significante, par orde- nado S 1 -S 2 , operación simbólica de separación que pone en evidencia un corte. Si esta operación no se produce, el infans queda sometido al capricho pulsional de la madre, queda a merced de la demanda del Otro, sin poder interrogarlo, permanece en la burbuja materna más allá de lo que el tiempo instituyente exige. Como objeto de un fantasma, el niño puede ser engullido por el goce o puede soportar el deseo. Sea como sea, se sitúa en calidad de objeto de la burbuja -Lacan toma algunos soportes escriturales para iluminar la clínica, entre ellos, emplea la superficie topológica del cross-cap3 2 para escribir el fantasma. En esta superficie, tanto el sujeto como el objeto están en su interioridad y en su exterioridad.

32. El cross-cap es una superficie unilátera compuesta por una banda de moebius y un disco. Esta hipótesis sobre el cross-cap en la transferencin con niños y padr es In hw desarrollada en los siguientes trabajos: En honor a Emsi Alberstadt Freud, pros"" tado en las jornadas de la EFBA, 2008 y en Interpretación y acto , prc sc nlatlt• "" lnn jornadas de la EFBA, 2010.

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Línea de

falsa intersección

Hormiga

101

Banda de Moebius

~

+

o

Disco

Al hacer serie, el juego despunta alguna significación, permite leer de otro modo la continuidad y el englobamiento entre madre e hijo -que pone de manifiesto el cross-cap-, y produce cortes que separan objeto de sujeto, es decir, aquello que el fantasma engloba, el juego lo redistribuye en acto. En el juego el niño inviste un personaje, lo hace imagen de un deseo, construye un argumento con los retazos del Otro; trauma y argumento se velan, se revelan y se entretejen. Miguel me cuenta, mientras me muestra unas cicatrices en su cuello y su hombro, que cuando era muy pequeño, su madre le tiró accidentalmente un recipiente con aceite hirviendo. En este acciden- te con efectos traumáticos, lo imposible encuentra azarosamente lo contingente y algo cesa de no escribirse dejando una cicatriz. Freud planteó que la pulsión es una de las formas de la memo- ria y no es ajena a la formación del carácter. En Moisés y la religión monoteísta habla sobre las dos caras del trauma, una positiva y otra negativa. La positiva, que concierne a la repetición, a la traza en la que se aloja una representación e inscribe la serie de huellas, deja un rastro inalterable por haber sido olvidados su origen histórico y su ve rdadera base. La cara negativa del trauma implica, por el contrario, la ausencia del trazo, no hay repetición del trazo sino un real que no cesa de no inscribirse. Entre ambos, el lenguaje hace su obra en la /a lengua, lo imposible no cesa de no escribirse, pero a la vez, un he- cho historizable, aunque olvidado, irrumpe por su fuerza excesiva y d is ntptiva en las conexiones asociativas propias de la lengua. Miguel i w d s t n ltklic:-~m ente c on un padecimiento, la quema, que conllevaba , . ,, •. lttP¡wl ki6 n el d es p e rta r d e la verdad del trauma.

l02

Liliana Donzis

En el transcurso de las sesiones comienza a guardar restos, reta- zos y desperdicios de objetos; también excrementos, secreciones de su nariz y saliva en cajas de cartón y plásticos destinados a ese fin. En principio, con la basura y los excrementos intenta asustar a los brujos; luego se transforman en excrementos mágicos; más tarde, los restos guardados se convierten en magos que engañan a los padres. Con los restos del objeto, restos de las especies del objeto a que usa para camuflarse, también engaña. Engaño necesario para que el objeto a especificado, en este caso el objeto anal, esté disponible para el sujeto, para que la pulsión pueda hacer su tour alrededor de él. El excremento-resto, situado en la escena del análisis, también se fue di- versificando, ahora eran restos que identificaban al analista, a quien

consideraba una mierda, una basura, además de una tonta.

·

En el engaño, ese punto de avanzada, el objeto es útil en la medi- da en que como en los cuentos infantiles, es un objeto mágico. Por ejemplo, en la versión de Perrault de Caperucita Roja, engañar al Otro acarrea el riesgo de encontrar en el camino al lobo. Pero gracias a esa feroz oralidad, aparece un padre en la función del guardián que con- cluye con su apelación a la obediencia como efecto de la instauración del superyó. En otro conocido cuento, Hansel y Gretel son abandonados por los padres, quienes no pueden darles sustento y contención. El alo- jamiento en la casa de la bruja es el ardid que enmascara lo oral. Con los restos-migas de pan que los hermanitos dejan en el camino para señalizar su retorno, no solo engañan a la mismísima bruja que los quiere devorar, sino también a sus padres, porque siguiendo las mi- guitas pueden reencontrarlos. Para un niño no es lo mismo perderse para el Otro, aunque sea a costa de un engaño, que ser abandonado por el Otro, dejarlo librado a su suerte. Las consecuencias y los efectos son diferentes en uno y otro caso. Jugar al "puedes perderme" es del orden de lo necesario, hace a la separación como operación simbólica -correlato de la alienación-, pero no es del mismo orden, antes bien, es un riesgo, que un niño quede expuesto al abandono y al desalojo de las vestiduras amorosas

y simbólicas. Dejarlo

su cuerpo por el peor sesgo. Hansel y Gretel es un excelente ejemplo del valor que ti en e el sig- nificante, ya que las miguitas de pan adquieren el valor d e trazo; con ellas dejan marca, hacen una serie que será útil a la h ora de busc;¡ r el camino de regreso. Tienen valor porque el s uj eto em erge en i fC' los signifi cantes.

a merced del destino

también significa m arcar

Niños y púberes. La dirección de la cura

103

El niño produce significantes en la escena lúdica. Miguel juega con los comunicadores, primero con el "iqué-ma?", después produciendo significantes que sitúan un sujeto. Los objetos-basura también ubi- can al sujeto que surge como engañador y engañado, magia que enla- za el objeto al significante y hace aparecer un sujeto barrado. Miguel, condenado a la quema, al fuego, juega antes de poder producir un relato del accidente y de la orina como resto de fuego. Es en la escena del análisis donde organiza el juego en el que despunta el sujeto, aun en la adversidad de su vida cotidiana, donde puede hacer algo con el abandono de su padre y con la alineación al síntoma y al fantasma de la madre. El análisis en los niños apuesta a que el sujeto advenga, apuesta a la parición del parlétre con un cuerpo sexuado, en la medida en que está trabajado por la pulsión. La cura analítica nos enseña cada vez, y en cada caso singular, que las pulsiones, límite entre lo psíquico y lo somático, son también un borde subjetivamente. Hacen al borde eró- geno, a una frontera de goce entre dos cuerpos, produciendo así un cuerpo para cada uno. Dicho de otro modo, el tour pulsionallimita el cuerpo del niño y hace diferencia con el cuerpo de la madre. El Otro, a través del fantasma materno, cincela en el cuerpo del niño los bordes erógenos y sus circuitos pulsionales, delineando lo lúdico entre otras actividades. Una vez que la pregunta de Miguel por el deseo del Otro se for- mula, se produce una articulación con el Nombre del Padre. Que- mar, orinar, escupir, armar un kit con los objetos pulsionales, espar- cir restos, retomarlos, triturados en función de lo traumático, todo eso implica hacer algo con la lengua materna en honor a la ley del lenguaje. De la acción al juego, del lenguaje al trauma y su entrada en dis- curso, tal fue la ruta que siguió la cura de Miguel en sus años de in- fancia. El analista que juega con un niño no compromete su cuerpo, aunque juegue, porque suspende su goce, y si bien ofrece su pre- sencia, su corporalidad puede ocupar el lugar de semblante del ob- jet o que la pulsión precisa. El sujeto supuesto en la transferencia con niños es el sujeto supuesto saber jugar 3 El cuerpo y la palabra se visten de brujo, de basurero, de basura, de tonta. Y como el azar h izo que se encontrara con esta analista, la tonta le interpretó que

11 l llln11H J ln111 1-i' "Tit'lll JW de t ra n s fe re n cia", e njugar, dibujar, escribir: Psicoanálisis

'tl!lltlllPI

I IIIIII•• '>~tpi••IH' 1\dkio ll eS, Rosnrio, 1998.

104

Liliana Donzis

era la analista que le había tocado en suerte. Su asombro y su risa

abrieron a un nuevo tiempo del análisis que transcurrió hasta su final posible. Que la sexualidad es instituyente de la subjetividad, hoy no sor- prende a nadie, pero en tiempos de Freud, tal aseveración provocó una renovación de las ideas y una subversión en la concepción del niño. La sexualidad infantil y sus operaciones, entonces, son un modo de definir los tiempos instituyentes del sujeto. La infancia es un tiem- po de escritura de la estructura 34 En la clínica no tenemos acceso a lo real de la operatoria sino a través de aquello que el anudamiento produce y de sus efectos. El analista presta presencia al semblante desde el vacío que el objeto a comporta, es decir que su posición se sostiene en un vacío y en un trabajo, en la medida que en el jugar está vaciado de su propia infancia. El análisis del analista es el pivote del deseo del analista, función del análisis sin la cual no es posible jugar con un niño. El analista desacierta la orientación de la cura si inadvertidamente incluye sus teorías sexuales infantiles . El campo pulsional en el que se sustenta la ficción que lo lúdico organiza, requiere a un analista que entre ba- suras, restos y brujas no devenga sexuado. Los niños suelen hacer preguntas sobre el sexo y la muerte que re- claman presencia y respuestas. Pero las respuestas no requieren un saber sobre la infancia, por el contrario, para ocupar el lugar al que la transferencia invita, quien se dice analista debe haber pasado por una pérdida, por el duelo de sus fuegos y sus juegos de infancia.

34. En la conferencia del 27 de febrero de. l977, conocida como Palabras sobre la "' ' teria, Lacan dice: "Lo esencial de lo que ha dicho Freud es qu e h ay la mrls g tmtd"

] y la sexualid a d que r e in a e n cstn ~' H pntlc •, lu

relación entre el uso de las palabras[

sexualidad está enteramente capturada en esas palabras

.1" .

Niños y púberes. La dirección de la cura

Pasión por el cuerpo niño 35

105

I hada new tricycle, red and yellow With a bell Do you think they have destroyed my tricycle too?

Nedim, cinco años,

refugiado de Sarajevo 36

La clínica con niños nos presenta variados problemas, entre ellos, la violencia intrafamiliar, la agresividad y los diversos modos de goce que operan tanto en el niño como en quienes deben protegerlo y cui- darlo. En ocasiones, cuando la transferencia presta cobijo, la hostili- dad puede empalmarse con la palabra. Pero en otras circunstancias, la agresividad y el odio llegan a dominar la vida cotidiana. En sus tesis del año 1948, Lacan se pregunta por la agresividad y subraya la intención humana en la que el encono es subjetivo, así sur- ge de la función que el estadio del espejo proporciona, y la agresividad correlativa a la oposición entre la unidad corporal y la fragmentación. Entre el yo y el tú, la disputa puede ser transitiva: no soy yo quien pega sino el otro, mi rival, mi igual. En más de una oportunidad, Lacan comenta el apólogo de San Agus- tín en sus Confesiones: "Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pe- queñuelo presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba, todo

pálido y con una mirada envenenada, a su hermano de leche" 37 He aquí al infans, para quien la palabra aún no está articulada en la lengua, fren- te a la situación en la que la contemplación del otro provoca reacciones emocionales que reactivan y ponen en marcha de un modo primordial

el encono, base de lo imaginario para Lacan, en donde sitúa"[

ordenadas psíquicas y somáticas de la agresividad original" 38 Según Lacan, la agresividad es una tensión correlativa de la estruc- tura narcisística en el devenir del sujeto que reaparece en otros mo- mentos de la vida. Ahora bien, cuando ella se articula con la función

pacificadora del Nombre del Padre, se normativiza, se cincela y aco- moda en la civilización.

]lasco-

:Ei . lis te texto es una reelaboración de otros dos aparecidos con el mismo título "Hosti- lidad e n la vida cotidiana", en Psicoanálisis y el hospital No 25, y con algunas modi- ti ca<:iunc s en Diagramas de psicodrama y grupos. Cuadernos de Bitácora, Ed. de las M1tdnls du Plaza de Mayo, 2005.

. 1 / ) t ll que· •• 1,llt ' l lll : "L a ngr es ivi d ad e n ps i coanálisis", en Escritos 1, Siglo XXI editores,

111

lc.h " ' "" ur p e nce Im ages ofwar by children offormer Yugoslavia (Unicef)

l

111

li i<Hitl ~ Alli "l , :'O O ! i,

J/,¡,ln¡¡

p . 10 7.

106

Liliana Donzis

La agresividad se cuela necesariamente en el análisis, y junto al odio desenlazado, se convierte en una de las fuentes de la transferen- cia negativa y de la reacción terapéutica negativa. En el análisis con niños, la tensión agresiva se manifiesta con los niños, con los padres o entre niños y padres, y COIIJ.O no siempre pue- de ser trabajada, en muchas ocasiones se vuelve el pantano en el que el analista hunde los pies. De diferente estofa que el odio, la crueldad y el sadismo, la agre-

sividad se monta en la tensión

estructural en la identificación

en cambio, se asienta en la pulsión anal en calidad de fuente en la que, según Freud, enraíza la aprehensión como pulsión de dominio -la crueldad y el sadismo son fruto del erotismo anal. Sin embargo, la apreciación freudiana es insuficiente ya que el goce se instila más allá del placer que pueden aportar lo especular, lo tanático y lo pulsional. La cultura de todos los tiempos, no solo la contemporánea, refleja en la vida cotidiana la tensión agresiva y el odio como pasión del ser entre padres e hijos, incluso a través de las vicisitudes ambientales en las que el niño se desarrolla, a tal punto que su cuerpo pasa a ser el receptáculo directo del odio y la hostilidad -se lo somete a vejacio- nes físicas y psíquicas, a torturas tales como el hambre, la inquina y el abuso. Lacan formula el pathema 40 como efecto del lenguaje cuyo nódulo es la pasión por el cuerpo. Esta referencia se suma, aunque es de otro orden, a las pasiones del ser, que en los primeros tiempos de su ense- ñanza son la tríada: amor, odio e ignorancia. Si la pasión por el cuerpo es un hecho de estructura, el pathema como solución problemática nos dice que no hay razón pura cuando del cuerpo se trata, sino que el pathos es un factor intrínseco al cuerpo y a las razones prácticas. Como factor concomitante al parletre, este también señala una geografía posible para el goce y sus excesos. El cuerpo resulta un lugar problemático porque es la sede en la que se registran los goces. La pasión por el cuerpo como consistencia surge a partir del en- lace de las tres dimensiones, RSI -Lacan denomina consistencia a la

yo -otro y encuentra su fundamento del estadio del espejo 39 El sadismo,

39. En cuanto a la agresividad que se produce en la masa, en la multitud humana, esta concierne a la unidad que se produce en la multitud de yoes que se identifican a un trazo, generalmente guiados por amor al Ideal del yo. La multitud toma d ellfd cr u u trazo, un rasgo identificatorio que hace a la masa, por ejemplo el bigo ti to de l Fililrl'l' , un elemento que congrega a la comunidad a través de un a referencia amom~n. 4 0. Jacques Lacan: E l Seminario, Libro XXII: RSJ, c la se d e l 2 1 el e e n ero ciP 10 7S, lnl'llllo

Niños y púberes. La dirección de la cura

107

cuerda imaginaria ligada al orden del cuerpo; ex-sistencia, a lo real; agujero, a lo simbólico. En el enlace de las tres cuerdas, en el lugar triple del nudo borromeo, escribe el objeto a 41 Por otra parte, en la inmixión entre la consistencia imaginaria y lo real sitúa el goce del Otro, goce que puede tomar al cuerpo en la angustia o como enclave de las pasiones desenlazadas y de la agresividad. Lacan dice qu e es el goce que hace falta que no, un goce inexistente, pero que tiene efectos en la neurosis y que puede dar existencia a las alucinaciones en las psicosis. Abro un paréntesis para recordar las últimas formulaciones de Lacan acerca del inconsciente como discordante con el cuerpo. In- consciente y cuerpo no se recubren íntegramente, pues el objeto y el cuerpo operan como cierre, también como obstáculo y frontera a la metonimia que el inconsciente produce en su decir. Dicho de otra modo, no hay cópula posible entre el Uno del significante y el objeto

a." [

miento del Uno por el otro se termine [aun cuando] su diferencia sea tan pequeña como podamos figurarla, sí hay incluso un límite, pero en el interior de este límite jamás habrá conjunción alguna del uno menos a. El uno del sentido no se confunde con el uno del significan-

te. El uno del sentido es el ser, el ser especificado por el inconsciente

en tanto que existe, por lo menos al cuerpo[

] es decir que no hay jamás ninguna razón para que ei recubri-

] ex-siste en la discordia

es discordante al cuerpo" 42 Ahora bien, del enlace

borromeo surgen eficacias entre el Uno del significante y el objeto. Por la vía de la pulsión, el objeto a contornea pedazos del cuerpo, ligándolo a sus orificios. Su manifestación en la cuerda imaginaria es el objeto de la demanda de amor, mientras que en su límite simbólico el objeto a se presta como cuerpo de letra, camino por el que hace peripecias en y con el significante. El número de oro, que Lacan introduce para tratar de escribir un imposible, plantea que no hay modo de extinguir la diferencia entre goces heterogéneos, entre el uno y el Otro. Tampoco es viable la escri- tura de la proporción sexual. No hay cópula entre el Uno y el a, fór- mula que le sirve para volver a decir que esta abstracción radical es notable mediante una escritura matemática: l-a, Uno menos a. Esta formulación basada en el número de oro no es ajena a las operaciones que constituyen el fantasma, incluso la proporción áurea

[ ] el inconsciente

~l. Jn cqu es La ca n: "La t ercera ", en Intervenciones y textos 2, Ediciones Manantial, Bue-

· 1; '

11 0 ~ A Ir¡· ~ . 1 9BU, P- 90.

I HtlJlll '~ Ln en n : J ne quc s l. ncn n : eL S e minario, Ubro XX ff : R S T, clas e de l 2 1 de cnt"rn

ll• • 1'1 /r;, inf'diltl

108

Liliana Donzis

resulta viable para escribir el enganche del niño a lo imaginario de la

madre 43 Si una madre desea poseer completamente el cuerpo del niño, esta posesión es imposible en lo real, hay una distancia entre el goce y el cuerpo, pero aun así, sus efectos pueden ser devastadores. Las con- secuencias del odio, el goce del cuerpo del niño, sea este amoroso u hostil, inciden en proporción a la fuerza de uno o de otro, y la cara de la agresividad, de la hostilidad y el odio, muestran la pasión que se liga al cuerpo del niño en tanto pathema del falo en lo real. En el fantasma materno 4 4, el niño presta su cuerpo como soporte del objeto a de la madre. El sujeto por advenir, el que se soporta en

esta unión por la alienación fundan te, requiere

ter que opere una sustracción para que el niño se desprenda del Otro, operación que Lacan escribe con la fórmula: Uno menos a. La clínica psicoanalítica, en particular con los niños, nos muestra que estas operaciones necesarias no siempre se producen o no son del todo eficaces cuando el goce se apodera del campo de la subjeti- vidad y el cuerpo del niño queda tomado como rehén, como objeto real de un goce que no involucra suficientemente el goce fálico . Este último libidiniza el cuerpo y sus orificios, permite que la pulsión rea- lice su tour articulando propiciatoriamente amor, deseo y goce, vía por la cual inconsciente y sexualidad anudan el cuerpo a la letra. Por el contrario, cuando el niño es un objeto de goce a secas, se goza de su cuerpo como puro objeto y se ve impedido de dar respuestas subjeti - vas. Esta situación no evidencia la sustracción lógica 1-a que reclama el significante para vivificar un cuerpo. Anonadado en el Otro y por el Otro, por la hostilidad de la vida co- tidiana, el niño queda a m erced de las turbulencias del lenguaje, de las diferentes degradaciones del silencio, de la inhibición de la palabra y del odio, no puede sustraerse a la muerte. Ese es el caldo propicio para las vejaciones que la cultura le impone, pudiendo quedar a disposi-

ción de las pasiones que su cuerpo despierta. En mi prát::tka he podido observar esa pasión por el cuerpo que lo convierte en un cuerpo de padecimientos y sufrimientos, tomado desde el odio como pasión del ser. Violencia, maltrato, grandes golpizas; abusos sexuales, prostitu- ción infantil, niños dealers, son algunos de los nombres del malestar en la infancia. El mundo infantil que los románticos catalogaron d

de un corte. Es menes-

43. Ve r el Seminario XIV: La lógica del fantasma .

Niños y púberes. La dirección de la cura

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angelical e inocente fue, desde los albores de la historia, un sitio de hostilidad, de odio, y el cuerpo el lugar de despliegue del erotismo. A guisa de ejemplo, durante el siglo XII en Francia era costumbre el infanticidio femenino después del cuarto nacimiento, no solo no era posible mantener tantas bocas improductivas sino que esta modali- dad fue usada para limitar la futura natalidad. En la Edad Moderna, mientras se conquistaba América, en Europa los hijos eran abando- nados o vendidos como trabajadores o esclavos 45 La Revolución In- dustrial arrojó niños asalariados bajo una extrema dureza laboral y en condiciones de explotación extrema.

El cuerpo niño

La cultura, cuya raíz etimológica remite a caldo, caldo de lengua- je, sitúa al Otro como lugar del lenguaje, de la demanda y fuente de transmisión de la lengua. Además de esto, en los primeros tiempos de su enseñanza Lacan sostiene que el Otro es el lugar de la ley, lugar que deviene tesoro del significante. Ahora bien, el andamiaje en el que adviene el sujeto queda mar- cado por fijaciones -Fixierung- que provienen de los recorridos pul- sionales, trayectos y fijezas pulsionales que responden a lo que quizá fueron fijaciones del Otro encarnado en los padres. Que el niño sea objeto de maniobras amorosas, eróticas u hostiles no es sin consecuencias para él. Atravesado por las marcas que el Otro le inflige y que escriben consistentemente su cuerpo, se van demar- cando zonas erógenas que sensibles al lenguaje dicen y dirán de las fijaciones pulsionales 46 En la niñez se dibuja y contornea el cuerpo, esa superficie apro- piada para la identificación especular, el que adquiere consistencia en la medida en que el falo da cuerpo a lo imaginario. Su superficie es el lugar privilegiado donde se asientan las fuentes de la excitación y donde se despliegan los itinerarios de la pulsión y sus derivas de goce. El cuerpo del infans se presta como objeto de pasiones, manipula- ciones y maniobras amorosas u hostiles, de odio o ultraje, artimañas

tl !i. I-16c l o r Bas ile: Historia de la psicología y la psiquiatría infantoj uvenil, 2003.

!111, Jnc qu e s 1,ncn n : "La s ignifi ca ción del falo", en Escritos 2, Siglo XXI editores, Buenos AIIII M, :' OO' i

110

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perversas de una erótica que se infiltra en la cultura, que engulle el cuerpo del niño o lo transforma en mercancía. El cuerpo de los niños, los niños como cuerpo, adquieren un valor fálico y gracias a ese valor se convierten en objetos de intercambio. En algunas posiciones paternas perversas, el cuerpo del niño como falo pasa a lo real por medio de diversas acciones en las que interviene una voluntad de goce muy diferente a la condición fantasmática de goce del neurótico. La violencia intrafamiliar, el abuso sexual y psicológico sosteni- do a lo largo del tiempo, pueden estar al servicio de goces perversos. La voluntad de goce concierne a la ejecución fija de una maniobra que se realiza en el cuerpo de otro y que degrada su condición de sujeto, es extraña y diferente a la condición que denota una posibi- lidad. Voluntad que preside la puesta en acto del perverso, que en su accionar sobre el cuerpo del niño lo degrada a la pura condición de objeto. Cuando el niño es solamente un cuerpo sometido a una voluntad de goce, se pierde y a veces se arrasa su subjetividad.

Perversión y pedofilia

La pedofilia es el ejemplo paradigmático que el campo de las po- siciones perversas nos ofrece para repensar el lugar emblemático que toma el cuerpo de los niños. El pedófilo necesita un cuerpo sin tiem- po, siempre niño, ese es su objeto. Ama y goza del tiempo niño, de un cuerpo que debe ser invariablemente infantil, sin importar de qué niño se trate. Cuerpo sin tiempo implica que la castración no tiene efecto. El ins- tante, el paso del tiempo, es el marcador a través del cual se produce la diferencia entre el antes y el después, discontinuidad en la que cons- tatamos la eficacia de la castración. Pero para el pedófilo no hay corte temporal, la imagen del impúber le aporta satisfacción sexual. La renegación de la castración opera a la hora de gozar de un cuer- po. Eclipsando la chance del niño como sujeto deseante, ya que en el acto del perverso no importa el nacimiento del deseo del partenaire, este se convierte en víctima del goce real del otro. Su cuerpo qu ed a capturado, no sin seducciones, bajo el dominio sexual d el a dul to , ex - cluyéndose cualquier posibilidad de salir del circuito al qu e Jo so m e le el pedófilo.

Niños y púberes. La dirección de la cura

111

Desde otro ángulo, el brillo fálico del cuerpo niño invita a la mi- rada, los cuerpos niños se consumen públicamente en producciones publicitarias. Venden y se venden. A causa de la impronta fálica que reciben del Otro se transforman en ese resto que es causa de diferen- tes apetitos sexuales y en consecuencia, resultan ángeles y portadores de deseos. El mercado se encarga de ponerles precio a los cuerpos vic- timizados en alguna forma de explotación. ·

Indiferencia, abandono, silencio

Con Freud aprendimos que de las raíces de la infancia pende la

posición del adulto. La condición de prematuración expone al infans

a una dependencia estructural y estructurante del Otro, condición

humana que nos hace sensibles a los ecos del decir de los padres, de

quienes transmiten la lengua y son soporte de diferentes identifica- ciones. La transmisión de la lengua que nos parasita fabrica los eslabones

del pasaje generacional y lleva el germen de lo traumático, que es en

sí un hecho de lenguaje. El trauma puede o no entrar en el discurso,

alternativas que Freud llamó trauma positivo o negativo, cuyos efec- tos difieren.

Es por fuerza de la repetición del trazo que el significante penetra en el molino de las palabras, pasa al discurso y le evita al sujeto en-

que el hombre es por naturaleza, a saber, una

frentarse con lo"(

bestia feroz" 47 Los excesos amorosos u hostiles inciden a la hora de los padeci- mientos, que en el mejor de los casos se inscriben discursivamente. Entre padres e hijos a veces observamos la instilación de odios, inclu- so generacionales, que pasan si solución de continuidad a la genera- ción siguiente y muerden la estructura del infans. Otras veces, mal- tratos de diverso índole pero sin ejercicio de la violencia directa, pues esta es encubierta y silenciada. El odio es de lo real, reniega de la diferencia y en ocasiones funcio- n a como la injuria: ataca al cuerpo y lo esclaviza a un goce que hace falta que no. Uno de los nombres de este odio es "crueldad". Fernando

]

4 / , Jru' q ucs l. nco n : [][ Se m in a rio, Libro V:

l h t m t n n i\ltP R, 1989, p. :w .

Las formaciones del inconsciente , Ed. Paidós,

ll 2

Liliana Donzis

Ulloa 48 plantea que se trata de un odio primordial que no se amarra a lo simbólico y que no hace par con la ternura que humaniza. Acuerdo con su lectura, más aún, pienso que la niñez se amasa entre odios y ternuras que deben enhebrarse al discurso, de lo contrario se produ- cen inhibiciones y angustias. Quienes trabajamos con niños sabemos que muchas de las difi- cultades por las que los padres consultan se tejen con los hilos del odio y la hostilidad entre ellos y para con el niño. Odio como pasión del ser, hostilidad como contracara del amor, cubren silenciosamente las sintomatologías más variadas. Los padecimientos en la infancia están poblados de abandonos y desalojos que tienen lugar por efecto del desenlace del amor y el deseo, dejando al niño a merced de goces mortíferos. En ciertas circunstancias nos encontramos frente a las emergen- cias que se presentan en las guardias pediátricas, emergencias que surgen como correlato de algunas escenas de la vida conyugal o fa- .miliar, donde sin más trámite subjetivo que el pasaje al acto, el goce pasa al cuerpo del niño desatando una dramática que ataca sin pasar por el discurso. Escenas que terminan por convocar al orden judicial, hostilidades lacerantes que despojan al niño del necesario y mínimo sentido que aporta el juego. Nada para dibujar ni decir de lo incon- mensurable de ciertos goces que empujan al niño a pasajes al acto, intoxicaciones y accidentes. Urgencias cotidianas que aparecen como efecto del desalojo en el Otro. No es nueva la pregunta por la posición del niño, no solo como objeto de un fantasma, sino como objeto bien real en la contienda por los objetos frente a la separación de bienes matrimoniales. En el "esto es mío, esto es tuyo", los niños ocupan el lugar de los objetos de la pulsión. Son escupibles, mordibles, desechables, excrementos con valor de cambio. ¿Pero de quién son los niños en estos casos? Sobre los hijos del divorcio se ha escrito y debatido en abundan- cia. Aunque no voy a detenerme en ello, deseo mencionar que el odio pone a cielo abierto que el niño representa el producto sin sujeto de la cópula sexual de los padres y que la disputa concierne a mantener un dominio sobre el goce, que por otra parte es en sí imposible. En esas circunstancias, bien cotidianas, ellos representan un goce que no termina de caer y en el que no entra su subjetividad, en el odio entre los padres se intenta abolir al niño como sujeto.

48. Fernando Ulloa: Presentación sobre la sublimación, trabajo presentado 1111 lrt Reunión Lacanoamericana de Tucum á n, 2003.

Niños y púberes. La dirección de la cura

113

El odio es arrasador. A veces los hijos son el lugar de una exhibición obscena del poder y el dominio, de la afirmación yoica que manifiesta que no se pudo destituir al otro de la pareja conyugal. Lo que era com- partido, quien era un lugar común en el lenguaje cotidiano, se torna en espacio de un goce devastador. Pero nuestra cultura conoce otras degradaciones: el robo de bebés

y el tráfico de niños son solo dos botones de muestra de la barbarie humana, a la que también puede sumarse la apropiación de bebés nacidos en cautiverio, la desaparición forzada de sus madres y padres

y la negación del legítimo derecho a la identidad y al conocimiento de

la propia historia 49

Hostilidades de la vida cotidiana nutren al niño con la derrota del lazo social. La derrota de la palabra y el pasaje a la brutalidad del odio sindican al niño como el objeto de una reivindicación gobernada por

la

pasión y que al mismo tiempo lo ignora como sujeto. El psicoanálisis señala otro camino, tanto en la doctrina como en

el

campo de la transferencia, donde se destaca el valor y la chance del

enlace estructural de la palabra al cuerpo, eficacia del inconsciente

que ilumina la libertad del sujeto.

49. Me refiero particularmente a los niños nacidos en los campos de concentración que hubo en la Argentina entre 1976 y 1983, instaurados por el gobierno militar que actuó en esos años. Los niños fueron arrancados de su madre y de sus padres en 1momento de nacer. Dados en adopción de modo ilegal o directamente apropia- do ~ por los capto res de sus padres. Es de destacar que los autores del plan sistemá- tico do desaparición de personas y sustracción de los menores fueron procesados y 11111t:itu~ d11 111los condenados. Ver la resolución judicial sobre este tema del 5 de

j11lltt dn ;>Ot :!.

Capítulo 4

El campo del sentido y sus problemas 1

A propósito del trastorno de Asperger

A partir de algunos análisis que conduje con niños denominados ''Asperger", me propuse estudiar e investigar, desde la perspectiva que el psicoanálisis nos ofrece, las presentaciones de los trastornos o sín- dromes que la psiquiatría denominó con aquel nombre. Mi intención es esclarecer tanto el diagnóstico como el tratamiento de estas dificul- tades que considero como vicisitudes en el campo del sentido. Dicho de otro modo, en la articulación de los registros del lenguaje, RSI, he situado la dificultad más severa en la inmixión entre lo imaginario y lo simbólico, que Lacan denominó inliibición.

ll6

Liliana Donzis

Un obstáculo clínico me condujo a preguntarme por la entidad psiquiátrica recién mencionada, cuyo común denominador es la difi- cultad que se centra en el lazo social, la falta de empatía, la cual puede ir acompañada o no de dificultades motoras y simbólicas. En estas problemáticas no siempre es posible situar formaciones del inconsciente, particularmente el síntoma, por dos motivos: 1) por- que se trata de niños pequeños, en quienes por razones de estructura no es factible que la operación de la castración y la represión con- comitantes al Nombre del Padre cuenten con la eficacia esperada; 2) porque la angustia tampoco se presenta en estas problemáticas. Entonces, ¿desde qué ángulo situamos estas dificultades dentro del campo del psicoanálisis? ¿Las mismas son permeables a la inter- vención analítica y transferencia!? Un niño a quien atendí hace un tiempo me generó estos y otros interrogantes. Germán presentaba una inhibición en el aprendizaje y en el esta- blecimiento de lazos sociales. Era apocado, a veces silencioso, pero muy cordial, y tenía un enorme deseo de participar en actividades junto con otros niños. Concurría a una escuela de jornada completa en la que se estudiaban los contenidos programáticos tanto en cas- tellano como en inglés. Frente a tan altas exigencias a las que estaba sometido, su rendimiento escolar era pobre, lo que redundaba en una difícil integración escolar y social. Sus padres estaban divorciados y mantenían una dura batalla en todos los terrenos: económico, social, afectivo y judicial. Los desacuer- dos respecto de la educación de los hijos también eran significativos. Al niño le resultaba muy difícil hablar de sus cuestiones con la madre, quien lo sometía a severos castigos y le impedía encontrarse con el padre, quien por su parte era poco comunicativo y reservado. A Germán le gustaba jugar con soldados, ilustrar guerras y batallas. Sus juegos evidenciaban cierta creatividad, aunque tenían un carácter repetitivo. A los siete años, momento de la consulta, estaba muy inte- resado en investigar las diferencias anatómicas entre niñas y varones. Buscaba en diccionarios, también bajo de los vestidos de las muñe- cas, quién tenía y quién no tenía pechos y pene. El falo imaginario, reserva libidinal, estaba en juego. En sus guerras

y batallas con soldados y con extraterrestres, las diferencias surgían

a través de las confrontaciones bélicas y deportivas. En una sesi ón,

mientras jugaba al "poliladron" -policía y ladrón-, señala el pene d e un muñeco y dice que él sabe que las nenas no tienen pen e s ino v c~ji/1(1 -por vagina. Este equívoco queda aparentemente situado como c rru1

Niños y púberes. La dirección de la cura

ll7

e ignorancia de la palabra "vagina'', sin implicar desconocimiento

alguno acerca de la vagina y la sexualidad de hombres y mujeres. Sus exploraciones lo llevaban a imaginar aventuras infinitas y de difícil resolución, ninguna de las fuerzas ganaba, por ende, sesión tras sesión, lo que gobernaba era la reiteración de lo mismo, aunque n o de

la misma manera.

A su vez, en la contienda entre los padres primaban los gritos y las injurias de la madre hacia el padre y su nueva pareja. Para ella era

difícil escuchar y confiar en todo aquel que suponía no acordaba con su posición en la querella familiar. Un día que Germán se atrevió a contradecirla, su respuesta no se hizo esperar y amenazó al niño de diversos modos. Las alteraciones de Germán se multiplicaban ante las escenas inju- riosas de su madre, quien a su vez comenzó a buscar tratamientos alternativos al psicoanalítico, ya que así evitaba su implicación en la problemática y en el trato que le dispensaba. Con el argumento de que el niño había presentado un episodio comicial, recurrió a un centro de atención especializado en neurología. Luego de un estudio encefalográfico y algunas pruebas psicológicas, le diagnostican tras- torno de Asperger. Germán no presentaba los signos de dicha entidad psiquiátrica. Sin embargo, dado lo impreciso del cuadro y la difícil situación fami- liar, prosperó el sometimiento al protocolo de tratamiento para el trastorno de Asperger que indicaron en aquel centro. Al padre le resultó muy difícil aceptar tanto el diagnóstico como los padecimientos de su hijo, e innecesaria la medicación. Según mi criterio, el niño era reservado con sus sentimientos por temor, pero también por amor a sus padres. Pagaba con silencio el precio de la batalla entre los adultos. En estos casos más que frecuen-

tes, pero no por ello deseables, los niños se vuelven objeto de la pasión

y corporizan la contienda. Son tratados según el goce que aún habita

en el entre-dos de los padres, ocupando con su cuerpo y su padeci- miento el lugar de la cópula amorosa u odiosa entre los progenitores. Aquí es menester diferenciar dos posiciones: la del niño que inviste el objeto de modo transitorio en la fantasmática parental, la cual es estructural y estructurante, y la del niño como objeto que tapona, la cual no tiene en cuenta su subjetividad 2 En una presen- tación judicial, por ejemplo, no solo no se contempla su intimidad

"

: 1 y ,,r ;•,1 npm tnrln "Indiferencia, abandono, silencio", en el capítulo III de este mismo llh l fl

1111

Liliana Donzis

y su subjetividad sino que se lo cuenta en términos de beneficios o pérdidas para alguno de los padres. Obviamente, cuando un niño, un hijo, ocupa el lugar de objeto en la disputa y en la hostilidad matrimo- nial, su porvenir está comprometido, lo mismo que la subjetividad y la patología de los padres. Estas situaciones representan un enorme desafío en la transferen- cia y generalmente comportan un tiempo de trabajo muy intenso con cada uno de los padres. Despejar alguno de esos puntos de goce le da al niño la chance de despegar de ese lugar. En el análisis con niños, los obstáculos en la transferencia pueden surgir de los diferentes polos de la misma, pues el análisis moviliza

a los padres y las pasiones que albergan. Pasiones del ser, como las

denominó Lacan, el odio y la indiferencia tienen papeles preponde- rantes en la emergencia de la diversidad de los goces. El pasaje al acto, con los riesgos que acarrea, a veces se vuelve una alternativa para el niño identificado con el objeto a, reducido a un desecho, estragado o lesionado en lo real del cuerpo. El análisis de Germán debió atravesar los pasajes al acto del niño

y de los padres, también las amenazas maternas y las dificultades del

padre para situarse de otro modo. No obstante, lo lúdico iba ganando la batalla, lo simbólico prosperaba y el marco del análisis prestó su ayuda para sostener al sujeto. Entre la diferencia fálica y el significante de la diferencia, Germán pudo seguir investigando la vajilla-vagina, su ignorancia se volvió fecunda y estableció diferencias de importancia. Las tradiciones ideológicas de la familia paterna y el prestigio pro- fesional que su padre había alcanzado eran índices de un poderío que Germán admiraba y temía. De él esperaba palabras, juegos, historias, pero sobre todo, que acotara las impulsiones de la madre. En los inci- pientes diálogos que comenzaron a entablar, el niño le pedía que le transmitiera alguno de sus hobbies, se interesaba por ellos. Su caso resulta un paradigma de estos tiempos, donde los niños son diagnosticados de modo serial, cumpliendo con protocolos y test en los que se diluye lo singular. Obviamente, Germán no padecía el mencionado trastorno, y a pesar de que estuvo en tratamiento neuro- lógico y psiquiátrico durante un tiempo breve, fue él quien insistió y pidió a sus padres continuar con el análisis, con su espacio de juego

y dibujo. Su voz se hizo escuchar y los padres declinaron la oferta psi- quiátrica. Esta situación denotó el avance del niño, y aunque las inhi- biciones continuaban, pudo comenzar a hablar con ellos en pos de sus intereses. El fútbol, las batallas y la investig<~ción sexual se guía n siendo prioritarios.

Niños y púberes. La dirección de la cura

119

La clínica con

niños nos pone ante situaciones como esta 3 , y aun-

que no podemos anticipar cuándo se verán los efectos del análisis en la vida cotidiana, la experiencia nos indica que los habrá, pero estos no son predecibles sino posibles y contingentes. Si bien muchos niños padecen dificultades en el lazo soci a l, no por ello están aislados. Aquellos que exhiben una producción escolar buena o muy buena, pero no pueden expresar sus afectos, se presen- tan torpes motrizmente e inhibidos y tienen altas posibilidades de ser rotulados bajo el nombre de trastorno de Asperger y tratados con psi- cofármacos, a la par de las recetas conductistas y cognitivistas, para que automaticen su pensamiento y su conducta. Es decir, bajo un pre-

texto terapéutico se busca domesticar como a los animales. Estamos advertidos de que en la gran mayoría de los casos, los niños no padecen tales enfermedades y que ni los fármacos ni la automatización conductual son necesarios. La llamada clínica de la evidencia deja demasiados blancos en una verdadera investigación

sobre los fundamentos de la subjetividad y arrastra hacia un futuro

siempre incierto la

Según el cuarto Manual Diagnóstico de Salud Mental de la Asocia- ción de Psiquiatría Americana, el DSM IV; en el trastorno de Asperger hay una alteración cualitativa de la interacción social, manifestada al menos por dos de los siguientes ítems:

demostración de sus bases 4

l. Importante alteración del uso de múltiples comportamientos no verbales tales como: contacto ocular, expresión facial, pos- turas corporales y gestos reguladores de la interacción social.

2. Incapacidad para desarrollar relaciones con pares apropiadas al nivel del desarrollo del sujeto.

3. Ausencia de la tendencia espontánea a compartir intereses y objetivos con otras personas.

4. Ausencia de reciprocidad social.

Respecto de los comportamientos, el manual indica que tanto los intereses como las actividades son restrictivos, repetitivos y estereotipa- dos, manifestados al menos por una de las siguientes características:

3.

La lectura del malestar actual en la cultura nos concierne como psicoanalistas, lo mismo que la reflexión en torno a Jos estigmas y abusos de Jos diagnósticos, pronós-

ti cos y tra ta mi e nto s en

la infancia.

11.

l. a a l ta p ro b n bili dn cl d e qu e Jo s profesionales intervinientes sostengan que

un tras-

turn o tnl q , l p11d 1•t 1' d o por vid a influye negativamente tanto en el entorno familiar

l!J I UU l'll f'l t•~ l u i ; IJ y H (ll il tl .

120

Liliana Donzis

l. Que los patrones antes mencionados sean anormales por su intensidad o por su objetivo.

2. Que el niño mantenga una adhesión aparentemente inflexible a rutinas, rituales no funcionales.

3. Que presente manierismos motores estereotipados y repetitivos.

4. Preocupación insistente por partes de objetos.

Según consta en el mismo, el trastorno genera un deterioro clínica- mente importante en lo social, laboral y escolar. De las tablas emplea-

das para tipificar el trastorno de Asperger surge que basta con la sola

p resencia de algunos de los ítems antes mencionados para realizar el

di agnóstico. Es por demás curioso que con la suma de algunas de estas

conductas se pueda dar un pronóstico, en general de difícil resolución

y que impedirá al niño contar con un alcance social de relevancia. Tanto los manuales psiquiátricos como las comunicaciones de los médicos neurólogos plantean que se trata de un trastorno neuromen- tal que forma parte del espectro de trastornos autísticos 5 ¿Qué dicen los manuales de diagnóstico? Que los neurotípicos tie- nen un sofisticado y amplio sentido del reconocimiento de los estados em ocionale s. La mayoría de las personas son capaces de reconocer información sobre sus estados cognitivos y emocionales, también los de las otras personas, basándose en pistas originadas en el entorno

y en el lenguaje

corporal. Es decir que los neurotípi t?os pueden tener

información de sí mismos y del semejante, entran en el código del lenguaje expresivo. Una corriente de la neurología sostiene que el cerebro de los niños Asperger está afectado, por eso solo puede concentrarse en algunos temas es pecíficos o manifiestan una preocupación absorbente por un solo tema, por ejemplo, los mapas del mundo, las reglas matemáticas. En su dedicación exclusiva a temas intelectuales no entra a tallar el afecto.

El d en o minado Asperger parece tener un inicio posterior al

a utismo, o por lo menos es reconocido tiempo después. El retraso y la torpeza motora pueden observarse durante el período preescolar y las deficiencias en la interacción social, en el contexto de la vida escolar. Según plantean algunas corrientes, este sigue un curso continuo y en

la mayor parte de los casos se prolonga durante toda la vida.

'•. l.a expresión trastorno de Asperger fue usada por primera vez en 1981 por Loma Wing, quien en una noticia periodística bautizó con el nombre del pediatra aus- lrfac o Hans Asperger ese conjunto impreciso de signos. Su aparición e n e l DS M IV tJStá fechada en 1994.

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121

Según el detalle psiquiátrico, las personas con Asperger no poseen habilidades sociales, se puede decir que tienen una ceguera emocional. Aveces no reconocen una sonrisa y es posible que la pro- pia sea solo una mueca sin gracia; son incapaces -se agrega- de leer entrelíneas.

Una propuesta psicoanalítica

¿Por qué será que se considera al Asperger una entidad específica cuando muchos de sus índices pueden presentarse en diversos cua- dros? He comprobado clínicamente que no todos los niños que llegan con este diagnóstico presentan los signos fenoménicos antes mencio- nados, ni la gravedad y permanencia de las dificultades. La acotada viñeta que antes ofrecí es un claro ejemplo del uso indebido de los diagnósticos fenoménicos. Aunque Germán presen- taba alguno de los ítems descriptos, tanto el análisis como el a poste- riori del mismo demostraron que no se trataba de un Asperger. Entonces, ¿cómo situar estos sufrimientos? ¿La pregunta por la estructura aporta algo de relevancia? Si bien el interrogante es específicamente por el trastorno de Asperger, me permito ubicarlo dentro de las diversas presentaciones en la infancia en las que se observan dificultades en la instauración del yo, en la imagen, problemas que atañen al cuerpo y comprometen el lazo social, el aprendizaje inicial de la lectoescritura, la producción simbólica, y también en aquellas en las que se infiere que la inmixión de lo imaginario y lo simbólico no se enlaza convenientemente. Dicho de otro modo, me interesa conceptualizar las dificultades vinculadas con la ausencia de empatía que pueden o no estar acompañadas de una producción simbólica en la niñez. Lo primero que el analista debe hacer cuando recibe una consulta de este tipo es prescindir del nombre y del rótulo generalizador con el que se ha designado al niño. Luego, la pregunta por la estructura, neu- rótica o psicótica, aporta elementos para discernir las diversidades subjetivas. Como el psicoanálisis no ofrece protocolos de tratamiento, subraya el uno por uno de cada niño y de cada historia singular. Dicho esto, algunas preguntas más: ¿será posible relacionar la falta de empatía con la falta o ausencia de angustia? ¿No será que la emer- ncn cia de angustia es la que se desplaza y opera en otro registro como

l nh i h i c: ió n ?

122

Liliana Donzis

Mientras la primera nos conduce al campo de la forclusión del Nombre del Padre, a la continuación de lo real en lo imaginario, la segunda nos señala el empalme entre lo real y lo imaginario, la inmixión en la que escribimos la angustia y en la que lo imaginario pone cuerpo, pero también podemos indicar que puede operar una inhibición, un freno motor enraizado en la instancia del yo, es decir, entre imaginario y simbólico. Según la acertada expresión freudiana, la inhibición obtura el surgimiento de la angustia. Una marcada inhibición puede acarrear dificultades en el estable- cimiento de relaciones con otros y torpezas motrices. En este caso es posible conjeturar que el campo del sentido, esa inmixión de lo ima- ginario y lo simbólico, no solo se encuentra afectado por la inhibición, sino que el sentido es el campo en el que la inhibición se materializa 6 La clínica con niños también nos informa de los padecimientos producidos por dislocación del enlace imaginario-simbólico, por una falta de empalme que genera una contigüidad entre los registros y hace que el trazo de la identificación simbólica y la identificación a la imagen en el espejo no se verifiquen. Si bien aquí el sentido está afec- tado, estas consideraciones no son condiciones suficientes ni eficien- tes para diagnosticar a un niño dentro del espectro autista o bajo el rótulo de los llamados trastornos generalizados del desarrollo (TGD).

La identificación especular

En el Seminario III: Las psicosis, Lacan formula la necesariedad del Nombre del Padre para producir la metaforización y sustitución significante. Dice que Schreber responde con una serie de alteracio- nes corporales, incluso delirios, porque carece de ese abrochamiento. Para que haya símbolo es menester que haya un operador estructural y lógico, el Nombre del Padre, que permita la concatenación lingüís- tica, que otorgue flexibilidad al discurso, que posibilite que las pala- bras se asocien en la diversidad de significaciones imaginarias. Mientras que la forclusión del Nombre del Padre produce dislo- ques, desarticulaciones en el tejido simbólico que dejan como saldo una relación con el discurso diferente a la que hay en la neurosis, lo que prevalece en estos niños es un disloque en el sentido y la

6. De mi interlocución con Daniel Paola a propósito de su libro lnconsácntt·, ·''t•flt ltlo y forclusión.