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Eduardo Galeano

(Eduardo Hugues Galeano; Montevideo, 1940 -


2015) Escritor y periodista uruguayo cuya obra,
comprometida con la realidad latinoamericana,
indaga en las raíces y en los mecanismos sociales y
políticos de Hispanoamérica.

Se inició en el periodismo a los catorce años, en el


semanario socialista El Sol, en el que publicaba
dibujos y caricaturas políticas que firmaba como
Gius. Posteriormente fue jefe de redacción del
semanario Marcha y director del diario Época. En
1973 se exilió en Argentina, donde fundó la revista
Crisis, y en 1976 continuó su exilio en España.

Regresó a Uruguay en 1985, cuando Julio María Sanguinetti asumió la


presidencia del país por medio de elecciones democráticas. Posteriormente
fundó y dirigió su propia editorial (El Chanchito), publicando a la vez una
columna semanal en el diario mexicano La Jornada. En 1999 fue galardonado
en Estados Unidos con el Premio para la Libertad Cultural, de la Fundación
Lanna.
Su obra, traducida a mas de veinte lenguas, es una perpetua y polémica
interpretación de la realidad de América Latina, estimada por muchos como
una radiografía del continente. Eduardo Galeano es, sin duda, uno de los
cronistas de trayectoria más incisiva, inteligente y creadora de su país. Una
de sus obras más conocidas es Las venas abiertas de América Latina, un análisis de
la secular explotación del continente sudamericano desde los tiempos
de Colón hasta la época presente que, desde su publicación en 1971, ha
tenido más de treinta ediciones.
En dos ocasiones obtuvo el premio Casa de las Américas: en 1975 con su
novela La canción de nosotros y en 1978 con el testimonio Días y noches de amor y de
guerra. En la primera obra, La canción de nosotros, abordaba el complejo tema de
la lucha armada y la relación entre las fuentes culturales populares y la
militancia de izquierdas de la pequeña burguesía.
La segunda, Días y noches de amor y de guerra, es una crónica novelada de las
dictaduras de Argentina y Uruguay, aunque hay continuas referencias al
entorno latinoamericano. En ella se relatan las vivencias de un periodista en
un país aplastado por el poder militar y paramilitar en un período atroz,
marcado por la violencia ejercida sobre los discrepantes.
Sin embargo, junto al horror de amigos que desaparecían en ocasiones "por
error" y otras simplemente por pensar por sí mismos, están el amor, los
amigos, los hijos, el paisaje, todo aquello que aun en la oscuridad de una
guerra sucia y despiadada contra los más débiles sigue siendo motivo para
vivir, defender las ideas y alzar la voz contra los que actuaban impunemente
para implantar el miedo y la consiguiente paralización. En la primera página
ya se anuncia: "Todo lo que aquí se cuenta, ocurrió. El autor lo escribe tal
como lo guardó en su memoria. Algunos nombres, pocos, han sido
cambiados". Aunque los hechos son, pues, dolorosamente reales, están
contados con sobriedad, sin llegar al regodeo y la autocompasión.

Su trilogía Memoria del fuego, que combina elementos de la poesía, la historia


y el cuento, está conformada por Los nacimientos (1982), Las caras y las
máscaras(1984) y El siglo del viento (1986), y fue premiada por el Ministerio de
Cultura del Uruguay y también con el American Book Award, distinción que
otorga la Washington University. La obra es una cronología de
acontecimientos culturales e históricos que proporcionan una visión de
conjunto sobre la identidad latinoamericana. Por su audaz mezcla de géneros
y su talante crítico es quizá una de las obras más ilustrativas de la labor de
Galeano.
En Memoria del fuego, Eduardo Galeano lleva a cabo una revisión de la historia
de Latinoamérica desde el descubrimiento de América hasta nuestros días, con el
propósito de enfrentarse a la "usurpación de la memoria" que él denuncia en
la historia oficial. Se trata de un texto de carácter híbrido, entre el relato y
el informe, entre la recopilación de poemas y la transcripción de documentos,
entre la descripción de los hechos y la interpretación de los movimientos
sociales y culturales que los sustentan.
Excepto la primera parte de Los nacimientos, titulada "Primeras voces", la obra
se estructura como un mosaico de breves textos independientes que, sin
embargo, encajan y se articulan entre sí para formar un cuadro completo de
los últimos quinientos años de la historia de América, siempre desde la
perspectiva de los desheredados y buscando la diversidad en los temas, las
voces y los estilos. Cada uno de estos textos va encabezado por el año y el
lugar en el que tiene lugar el episodio que se narra. Al pie del mismo se citan
las obras que documentan los datos allí recogidos.

El criterio que se sigue para la ordenación de estos fragmentos es


estrictamente cronológico, mientras que el criterio geográfico es
intencionadamente ignorado, para mejor conseguir la impresión de unidad
de la historia americana, más allá de unas fronteras a menudo fijadas en
función de intereses ajenos a las verdaderas realidades nacionales y a golpe
de guerra fratricida o de abuso imperialista.

Por otra parte, Galeano huye explícitamente de la imparcialidad; no busca la


construcción de un discurso aséptico en el que los hechos y las gentes queden
igualados por una mirada presuntamente objetiva. Su pretensión, y sin duda
su logro, es reflejar el drama de América en su multidimensionalidad: el
juego del poder; la lucha de los oprimidos en pos de su emancipación; la
creación de un arte y una literatura genuinos, más allá del mimetismo
colonial; las transformaciones sociales y económicas; la evolución de las
relaciones interamericanas y con el exterior, etc. El punto de vista es
abiertamente partidista, rechazando todo aquello que ha instalado a América
Latina en una subordinación que se pretende inevitable y la brutal
explotación y el aniquilamiento a que han sido sometidos los pobres de todo
el continente, incluyendo a los marginados del Norte poderoso y opulento,
sean indios, negros, chinos o chicanos.

Escritor prolífico, la obra de Eduardo Galeano abarca los más diversos


géneros narrativos y periodísticos. Otros títulos suyos a destacar son Los días
siguientes(1962), China, crónica de un desafío (1964), Los fantasmas de día de
León (1967), Guatemala, país ocupado (1967), Nosotros decimos no (1989), El libro de
los abrazos (1989), Las palabras andantes (1993), El fútbol a sol y sombra (1995), Las
aventuras de los jóvenes dioses (1998), Patas arriba. La escuela del mundo al
revés (1999), Bocas del tiempo (2004) y Espejos. Una historia casi universal(2008).
Alberto Masferrer
(Vicente Alberto Masferrer Mónico; Tecapa, 1868
- San Salvador, 1932) Escritor e intelectual
salvadoreño. De personalidad polémica, fue una
de las figuras más dinámicas de la vida cultural y
política de su país y ejerció una fuerte influencia
en las generaciones más jóvenes.

Hijo de una ciudadana salvadoreña, Leonor


Mónico, y de un español afincado en El Salvador,
Enrique Masferrer, su padre se negó en un
principio a reconocerlo como vástago;
posteriormente se avino a reconocer su
paternidad y Alberto pasó a vivir a la casa de su
progenitor. Cursó sus primeras letras en la
escuela de Jucuapa y, a los diez años de edad,
ingresó colegio que había fundado en San
Salvador la pedagoga francesa Agustine Charvin.

En 1883 fue enviado por su padre a Guatemala


en represalia por haberse negado a cumplir un castigo que le había impuesto.
El jovencísimo Masferrer rechazó la custodia paterna y vagabundeó por
Guatemala, Honduras y Nicaragua, trabajando en oficios como el de
buhonero.

Ejerció luego la docencia en el departamento nicaragüense de Rivas, desde


donde fue enviado a la isla de Ometepe para que impartiera clases en el
presidio que allí se levantaba. Posteriormente se trasladó a San Rafael del
Sur, donde asumió la dirección de la Escuela de Varones. En 1885 se trasladó
a Costa Rica, donde apenas permaneció un año, y en 1886 regresó a su país
natal y fue profesor en El Carrizal, donde residió durante tres años. En 1889
fue nombrado director de la escuela de Jucuapa, la misma en que el propio
Masferrer había recibido sus primeras clases.

En 1890 fue nombrado subdirector escolar en Sensutepeque y archivero de


la Contaduría Mayor en San Salvador; dos años después asumió la dirección
del Diario Oficial, y en 1900 se convirtió en secretario del Instituto Nacional,
cargo que abandonó un año más tarde, cuando fue nombrado cónsul de El
Salvador en Buenos Aires (Argentina). Inició así una carrera diplomática que
lo llevaría a ocupar los consulados salvadoreños en Santiago de Chile (1902),
San José de Costa Rica (1907) y Amberes (Bélgica, 1910). Fue delegado de
El Salvador en la Conferencia de La Haya (1912), colaborador en el Segundo
Congreso Científico celebrado Washington en 1915, asesor del Ministerio de
Instrucción Pública y director del Instituto Ixeles (1916).

Su labor literaria y ensayística se desarrolló paralelamente. En 1923 se


convirtió en uno de los editorialistas del periódico El Día, y en 1928, en
compañía de los escritores y periodistas Alberto Guerra Trigueros y José
Bernal, fundó en la capital salvadoreña el rotativo Patria, donde se hizo cargo
de la sección editorial y de una aplaudida columna titulada Vivir. Sus trabajos
periodísticos publicados en este diario fueron recopilados al cabo de varios
años por el poeta y crítico literario Pedro Geoffroy Rivas, y publicados por la
editorial de la Universidad de El Salvador. Masferrer brilló también como
periodista en territorio chileno, donde, bajo el pseudónimo de "Lutrín", firmó
una columna humorística que aparecía en los rotativos El Chileno, de
Santiago, y El Mercurio, de Valparaíso.

En los últimos años de su vida, Alberto Masferrer se implicó en la política de


su país. Participó ardientemente en la campaña electoral de 1929 y 1930 a
favor del partido laborista, apoyando al candidato Arturo Araujo, quien,
elegido presidente en 1931, resultó inmediatamente derrocado por el golpe
de estado del general Maximiliano Hernández Martínez. Las matanzas
posteriores a manos del ejército salvadoreño desengañaron a Masferrer,
quien hubo de partir a Guatemala y a Honduras sumido en la pobreza y la
enfermedad.

Según sus propias palabras, él quería "Luchar contra todas las injusticias;
declarar la guerra a la miseria y la ignorancia; meter el hombro a las clases
desheredadas sin humillar a las favorecidas; consagrar nuestro esfuerzo al
triunfo de la verdad y de la virtud (...). Considerado de esta manera, el
socialismo es la más santa de las doctrinas: es el cristianismo en sus más
avanzadas consecuencias. En este sentido, nuestra literatura debe ser
socialista", palabras que operan como una especie de poética o al menos de
programa cultural y social. Este episodio sumió al escritor en una amarga
decepción que se agravó por sus problemas de salud y por el agotamiento
que le produjo el viaje a Guatemala. De regreso a El Salvador, muy mermado
de facultades, falleció en la capital del país el 4 de septiembre de 1932.

El magisterio de Alberto Masferrer dejó una honda huella en la juventud de


su país; basta citar como ejemplos dos de las principales figuras de la
literatura salvadoreña del siglo XX: la poetisa Claudia Lars y el narrador Salarrué
[Salvador Salazar Arrué]. Su obra se caracteriza por una mezcla de socialismo y
misticismo religioso y por una visión un tanto ambigua de los problemas
sociales. Su primer libro, Páginas (1893), a pesar de estar enclavado en el
modernismo, se destacó por su impronta social. Entre sus obras más
importantes figuran La nuevas ideas(1910), Ensayo sobre el destino (1926), El dinero
maldito (1927) y El minimun vital (1929). La obra Las siete cuerdas de la lira (1926)
ahondó en los misterios del cosmos, la psicología y las fuerzas
sobrenaturales.
Otros títulos de su producción son Naderías (1900), Recortes (1908), ¿Qué
debemos saber? (1913), Pensamientos y formas (1921), El buitre se tornó
calandria (1922), Ensayos y figuraciones sobre la vida de
Jesús (1927), Helios(1928), La religión universal (1928) y El libro de la vida (1932).
Póstumamente se publicó El rosal deshojado (1935). Su copiosa producción
literaria le valió un asiento en la Academia Salvadoreña de la Lengua, donde
ocupó la silla N, en sustitución del poeta y militar Juan José Cañas.