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Historia de Buda.

Siddharta Gautama, también llamado Sakyamuni y Buda, fue un importante religioso, fundador
del budismo.Siddharta Gautama nació probablemente en el año 558 antes de Cristo en Kapilavastu,
ciudad amurallada del reino de Sakya situada en la región meridional del Himalaya, en la India.
Conocido también con el nombre de Sakyamuni ("el sabio de Sakya"), Siddharta era hijo de
Suddhodana, rey de Sakya, y de la reina Maya, que procedía de una poderosa familia del reino.
Según la tradición, la reina Maya se dirigía a la casa de sus padres para dar a luz a su hijo, sin
embargo el camino era muy largo y Siddharta nació en los jardines de Lumbini.
Una noche, la reina Maya soñó que un elefante blanco descendía del cielo y entraba en su seno,
señal de que acababa de concebir a un ser muy especial. El hecho de que el elefante descendiera del
cielo significaba que el niño provenía de Tushita (la tierra pura).
Meses más tarde, cuando la reina dio a luz, en lugar de sentir dolor, tuvo una maravillosa
experiencia en la que se agarraba a la rama de un árbol con la mano izquierda y los dioses Brahma e
Indra recogían al niño, que nacía de su costado derecho. El niño nació casi sin dolor y era conciente
de todo a su alrededor, se dice que tenía la fuerza necesaria para mantenerse en pie y que al nacer
miro a su madre y dijo “-He nacido para alcanzar la iluminación y para liberar a todas las criaturas
del sufrimiento”. Y también se dice que iban creciendo flores de loto a su paso y que los dioses
procedieron a venerar al infante y a ofrecerle abluciones.
Cuando el rey vio al niño, se llenó de alegría y sintió como si todos sus deseos se hubieran
cumplido. Poco después de su nacimiento fue visitado por el brahmán Asita, un asceta de gran
reputación por su sabiduría y por sus dotes para interpretar presagios. El sabio brahmán profetizó
que Siddharta llegaría a ser un gran gobernante o un gran maestro religioso, Śuddhodana consultó a
ocho sacerdotes quienes le explicaron que el niño sería santo y alcanzaría la sabiduría perfecta; ésto
consternó a Śuddhodana, que quería que su hijo siguiera sus mismos pasos y que un día le sucediera
en el trono. Por ello su padre lo protegió de la dureza de la vida, fuera de palacio, para evitar que el
hijo desarrollara su tendencia hacia lo espiritual. Pensó que el mejor modo de evitarle la tendencia a
la religiosidad consistía en impedirle toda experiencia con el lado amargo de la vida, de modo que
creó en torno de él una vida llena de placeres y con el menor contacto posible con el sufrimiento de
la realidad.
A pesar de las precauciones de su padre, Siddhartha alcanzó a salir del palacio en una ocación a la
edad de 15 años, entonces se produjeron los llamados “cuatro encuentros”, en los que vio por
primera vez en su vida a un anciano, a un enfermo, a un cadáver y por último a un asceta (persona
que practica ascetismo, doctrina filosófica y religiosa que busca purificar el espíritu por medio de la
negación de los placeres materiales o abstinencia), realidades todas estas que desconocía a nivel
personal. La vejez, la enfermedad y la muerte indicaban el sufrimiento inherente a la vida humana;
el religioso, la necesidad de hallarle un sentido. Estos encuentros dejaron una profunda huella en su
mente y le hicieron comprender que todos los seres sintientes, sin excepción, están sometidos a los
sufrimientos del nacimiento, las enfermedades, la vejez y la muerte. Puesto que conocía las leyes de
la reencarnación, provenidas de su cultura hindú, sabía que no padecemos estos sufrimientos sólo
una vez, sino incontables veces, vida tras vida, sin cesar. Al contemplar cómo todos los seres están
atrapados en este círculo vicioso de sufrimiento, sintió una profunda compasión por ellos y generó
un sincero deseo de liberarlos de su dolor. De esta manera se dio cuenta de que el mero hecho de
existir implica cierto sufrimiento, y de que algunos desarrollan una espiritualidad que libera de éste.
A la vez, notó que también él estaba sujeto al mismo sufrimiento y su ánimo se tornó sombrío, pues
se preguntaba cómo alguien podía vivir en paz y felicidad si esto era lo que le deparaba la vida.
Éstas experiencias lo llevarían a querer dejar atrás los muros del palacio en el que se había
desarrollado la mayor parte de su vida.
Al cumplir 29 años, el príncipe tuvo una visión en la que todos los Budas de las diez direcciones
aparecieron ante él y le dijeron al unísono: “En el pasado te comprometiste a alcanzar el estado
victorioso de un Buda para poder ayudar a todos los seres que se encuentran atrapados en el ciclo
del sufrimiento. Ahora ha llegado el momento de que cumplas tu promesa”.
El príncipe fue a hablar con su padre de inmediato y le dijo: “Quiero retirarme a un lugar apacible
en el bosque donde pueda dedicarme a la concentración meditativa y alcanzar con rapidez la
iluminación total. Cuando lo consiga, podré beneficiar a todos los seres y devolverles su bondad, en
especial, la que vosotros me habéis mostrado. Por lo tanto, os suplico que me concedáis permiso
para dejar el palacio”. Al oír estas palabras, su padre se sorprendió enormemente y se negó
rotundamente a complacerlo. El príncipe Sidharta contestó al rey: “Padre, si puedes liberarme de
manera permanente de los sufrimientos del nacimiento, las enfermedades, la vejez y la muerte, me
quedaré a vivir en el palacio; en caso contrario, he de marcharme y dar sentido a mi vida”.
El rey intentó por todos los medios convencer a su hijo de que no abandonara el palacio. Con la
esperanza de que cambiara de opinión, le rodeó de un séquito de encantadoras doncellas, bailarinas,
cantantes y músicos que lo entretenían día y noche. Además, para evitar que se escapase en secreto,
rodeó el palacio de guardianes. A pesar de estas distracciones, Sidharta seguía decidido a marcharse
para practicar la meditación.
Una noche, con sus poderes sobrenaturales, sumergió en un profundo sueño a todos los guardianes
y sirvientes, y se escapó montado en su corcel y en compañía de su criado y fiel amigo Chantaka.
Después de recorrer unos 10 km, el príncipe desmontó de su caballo, se cortó los cabellos, se
despojó de sus joyas y aderezos y los entregó a su criado para que, de vuelta a casa, los devolviera a
su familia, con el mensaje de que no regresaría hasta haber alcanzado la iluminación. De este modo,
decidió adoptar la vida de los monjes que vivían en extremo ascetismo (renunciando a todos sus
bienes, herencia y a su posición social, para seguir distintas prácticas religiosas y espirituales),
pasando antes unos años como mendigo. Esto entonces era muy común en la India. Los sramanas o
“vagabundos religiosos” eran ya por entonces un movimiento religioso muy importante compuesto
por todo tipo de posturas religiosas e ideas. En este entorno, Siddharta empezará su búsqueda
espiritual.
En su camino, Siddharta aprendió de la mano de cuatro diferentes maestros. Con ellos aprendió
diferentes técnicas de meditación y logró altos estados de conciencia. Dentro de las distintas ideas
que examinó Siddharta intentaban redefinir la unión del individuo con un absoluto para así lograr la
liberación. Pero a pesar de sus grandes logros con estas prácticas, no encontró en ellas satisfacción
para sus preguntas. Entonces, en un intento por doblegar totalmente al mundo sensorial, Siddharta
probó a someterse a austeridades tan extremas que casi ocasionaron su muerte, pero aun así
tampoco encontró solución a su problema.
Sidharta continuó su viaje hasta llegar a un lugar cerca de Bodh Gaya, en la India, que encontró
apropiado para el recogimiento. Se estableció allí y empezó a practicar la meditación, con la cual se
enfocó de manera convergente en la naturaleza última de todos los fenómenos. Después de
adiestrarse en esta práctica durante seis años, comprendió que estaba a punto de alcanzar la
iluminación. Entonces, caminó hasta Bodh Gaya, y allí, el día de luna llena del cuarto mes del
calendario lunar, se sentó en la postura de meditación bajo el Árbol Bodhi (ficus religioso,
considerado el árbol de la sabiduría) e hizo la promesa de no abandonar su meditación hasta no
alcanzar la iluminación perfecta. Al anochecer, el Mara Devaputra, jefe de los maras o demonios de
este mundo, intentó interrumpir su concentración con el conjuro de pavorosas apariciones.
Manifestó huestes de terribles espíritus demoníacos: unos le disparaban lanzas y flechas, otros le
arrojaban bolas de fuego, piedras, rocas y hasta montañas enteras. Sin embargo, Sidharta
permaneció imperturbable. Gracias al poder de su concentración, los fuegos ardientes se
transformaron en ofrendas de luces de arco iris, y las armas, rocas y montañas, en una refrescante
lluvia de flores. Al comprobar que no podía distraer a Sidharta de su meditación, el malvado dios
Mara, comprendiendo la gravedad y el peligro que encerraba tal desafío, le envió una cascada de
tentaciones, la más importante en forma de un trío de libidinosas odaliscas que agitaron
histéricamente sus vientres ante la cabeza inclinada de Siddharta; cuando éste levantó sus ojos hacia
ellas, el fulgor de su mirada las convirtió en torpes ancianas de repugnante apariencia. De este
modo, venció a los demonios de este mundo y, por ello, más tarde recibió el nombre de Buda
Victorioso. Sidharta continuó meditando hasta el amanecer, cuando alcanzó la concentración
semejante al vajra. Con esta concentración, que es la última mente de un ser con limitaciones,
eliminó de su mente los velos más sutiles de la ignorancia y, al momento siguiente, se convirtió en
un Buda, un ser totalmente iluminado o despierto. La luz del amanecer acudió en su auxilio,
permitiéndole ver con radiante claridad toda la intrincada cadena de las causas y los efectos que
regulan la vida, y el camino para alcanzar la salvación y la gloria. Esa noche le fue otorgado el
conocimiento de sus existencias anteriores, a la vez fue provisto del tercer ojo o visión divina.
Siddharta había comprendido que los sufrimientos humanos están íntimamente ligados a la
naturaleza de la existencia, al hecho de nacer, y que para escapar a la rueda de las reencarnaciones
era necesario superar la ignorancia y prescindir de pasiones y deseos. La caridad era una forma de
desear la salvación de todos los hombres y la de uno mismo.
Comprendió las “Cuatro Nobles Verdades”:
1) Toda existencia es sufrimiento
2) El origen del sufrimiento es el anhelo
3) El sufrimiento puede extinguirse, extinguiendo su causa.
4) Para extinguir la causa del sufrimiento, debemos seguir el Noble camino óctuple (vía que
lleva al cese del sufrimiento, la iluminación o Nirvana)
Ya no pesaba sobre él la ilusión del falso yo: su verdadero ser estaba más allá de las dualidades del
aferramiento y la repulsión; había trascendido el espacio y el tiempo, la vida y la muerte.
Comprendió que nunca más volvería a renacer, que había roto el eterno girar de la rueda del
samsara. Esto es el Nirvana. Después empezó a enseñar sobre el Nirvana a quien le oyera; fundando
lo que se conoce en Oriente como Buddha-Dharma (la enseñanza del buda); en occidente se conoce
más comúnmente como el budismo.
Luego de alcanzar la iluminación, Buda comenzó a recorrer diferentes ciudades enseñando sobre
Nirvana y sobre Buddha-Dharma (la enseñanza de Buda), la cuál explica cómo es la naturaleza del
mundo percivido y de todos los fenómenos.
Al admitir que las mujeres estaban igualmente capacitadas para la iluminación y más tarde al
fundar la orden de monjas (bikhsunis), Buda instauró unas normas totalmente revolucionarias
para la sociedad de su tiempo. No obstante esto no debe llevar a la falsa ilusión de que el
machismo no está presente en la historia del budismo. Al contrario, las actitudes sexistas han
existido con frecuencia aunque no hubieran claras justificaciones doctrinales.
Buda continuó predicando durante 55 años. Visitó varias veces su ciudad natal y recorrió el valle
del Ganges, levantándose cada día al amanecer y recorriendo entre veinticinco y treinta kilómetros
por jornada, enseñando generosamente a todos los hombres sin esperar recompensa ni distinción
alguna.
En los últimos años de su vida, Siddharta sufrió duros reveses. El rey Bimbisara fue destronado por
su propio hijo y el trono de los sakyas fue usurpado por Vidudabha, hijo del rey Pasenadi, protector
también del budismo. Parece que intentaba retornar a su ciudad natal cuando le sobrevino la
muerte. Tenía 81 años de edad y se encontraba muy débil, pero siguió predicando su doctrina
hasta los últimos momentos. Por las descripciones hechas de la enfermedad infecciosa que
contrajo, se cree que la causa última de su muerte, acaecida en la ciudad de Kusinagara, pudo ser
una disentería. Su cuerpo fue incinerado a los siete días de haber fallecido y sus cenizas repartidas
entre sus seguidores.
Una de las cosas más significativas e impresionantes del budismo es su pasiencia. No existe ningún
dogma budista y, por lo tanto, ningún budista es perseguido por hereje.