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£ ARMONÍAS 1)E LA HIGIENE

^t COS El.

; CATECISMO DE L ! FE CATOLICA.
! HIGIENE DEL CUERPO Y DEL ALMA
COVJ'BJIDA

E N E L C A T E C IS M O .
t-Ok
el Doctor cd medicina

Cirios Ronquillo.

Ill <ÚOUlQlC1UDHtbrMUDV*|iirOlÍ(P
l-l KÍ«ftlid ilíKÍOdiÜ.
' S . P a b l o i tu» C'íl*»., i.,

BARCELONA.
m m n y ubokru relkiosa v cientifigi
!)KI. H E R E D E R O D E D. P A B L O H I E R A , |
relie de B otador, núm . 21 y 20.
ARMONÍAS DE LA HIGIENE
CON El.

CATECISMO DE LA FE CATÓLICA.
HIGIENE DEL CUERPO Y DEL ALMA
CüMKNIDA

E N E L C A T E C IS M O ,
POR

el Doclor en medicina
C.Á.RLOS RONQUILLO.

Iii ifuo mnl »mnc4 ihotiun iipii-nluc,


l'l sriililin abfOiliJi.l,

( S . P j í l u i¡ l a , C o l.* .. II, 3),

MltCI’LON.Y:
I1PREHTA Y LIBRERÍA RELIGIOSA T CIENTÍFICA
r>líl. IIKUHDBRO I)R D. PAm.O niEHA.
callr il - Robador ,‘niini. 2 i y ¿lí.
1 K 7(j.
INDICE.

l'n a esplicaciou al lector............................... 7

P R IM E R A P A U T E .

Comentarios higiénicos del Catecismo.


Credo.................................................................. y
Mandamientos de la ley de Dios.................. H
Mandamientos de la Iglesia..........................28
l'ucidos capitales.............................. 3G
Sacram entos..................................................... 58
virtudes teologales......................................... 06
Virtudes cardinales. . ............................ 18
uionaventu ran zas.......................................... 82
Potencias del alma..........................................
Sentidos corporales......................................... 94
Obras de m isericordia.................................... 97

SEGUNDA PARTE.
Bosquejo de medicina m oral y religiosa.
i. La fe es la fuerza, la salud, el gran me­
dicamento del alma. ¿Qué fe eligiremos? ]<4
II. E l reconocimiento Interno con le fe, ei<
en si un medio de curación....................... ]05
III. Medicación tánica y fortificante.. . . loe
IV. Medicación debilitante Oantiflogística, lis
V. Medicación antiospa9inódiea, difusiva,
instantánea.........................................................
E P ÍL O G O .
Culto de Maria. Sello del Catolicismo. . , ia4
APROBACION.

ILiri-rluiiu 22 ilc setiem bre de 1STb.


Kn \¡sta (lo In c usm a finorahle i|iie lia resultado di'
la obra titu la d a : A r m n tiia t ile la h ig U n r ro n el fYilf-
rim in ilt la fe n ilú lir tt, dnnins nuestro perm iso para
que pueda p u b licarse, tleliiemlo rn tie g a r á nuestra Se-
i-n-taría ilos ejem plares ile d itlia olirn. para ru in |iu lsirli s
ion mi oriftim il, an tes ile darse al públieo. I.o ileeretó 5
lirm a S. K. I.. lie 1<> <|>li* certifico.

R l O b U p o d e h r f r l o M , D . K. O .

Pnr m a n du d o de S. I?. / . el (H ispo m i señor.


I .í r . ( ¡ u r l o P » U < P i tr a ..
t
V

Á M J K S P O tS A

TERESA C O R O N A D O .
L u x a tenía luccat el, Dominc
UNA EXPLICACION AL LECTOR.

¿Qué es el Catecismo?
«Librochiquito por 6U ta m año pero g r a n ­
de por Ibs altas verdades y m a g istra le s so­
luciones que contiene.» A.1 leer este con ci­
so y exacto juicio que del Catecismo hacia
el eraiuente escritor é h ig ien ista D. Pedro
Felipe Monlau (1), abrig áb am o s la g r a t a
esperanza de que él mismo se e n c a rg a ría
de esplauar estas verdades y estas m a g is ­
trales solucioues aplicándolas & la higiene.
Es verdad que Monlau no expresó un p e n ­
samiento n u e v o , porque todo juicio claro
y toda conciencia rem a reconocían y a el
sin par valor del libro chiquito. lín c a m ­
bio, Monlau no se avergonzó de decirlo en
plena academ ia y de confesarlo en plena
revolución. Probablem ente se h u b ie ra n
visto colmados nuestros d e seos, si aquel
discurso no h u b ie ra sido el últim o trabajo
del iufutigable módico catalau.
Un año y otro año h a n tra sc u rrid o e s p e ­
rando qu e a lguno de los brillantes escrito­
res de que E spaña se envanece , inspirado
en el concepto de M onlau, llev ara á cabo
il¡ L»iseurto leído a n te la A cadem ia de C iencias
inórale*» el ¿¿de muyo de
u n a uinprosa que re d u n d a r debía cu b cuu-
ficio de todos y en propia gloria.
¡Otra esperanza defraudada!
Un acontecim iento que sa tu ró de a m a r ­
g u r a las y a tristes fibras de n u e stra exis­
tencia , nos indujo á ta n te a r el terreno que
debían reco rrer otros m as diestros. P á g i­
nas y m as pAginnB escribimos, y al leerlas
y al volverlas & le e r, tuvim os la penosa
convicción de q u e , si malos por necesidad
hnn sido siem pre lo.s productos do n u e stra
p lu m a , el presente sobrepu ja á todus cu
incorrección. Con todo, al dnrlo lioy á luz,
110 nos bemofi atrevido ui á c orregir un
concepto ni á q u ita r un pñrrofu: sénnos
permitido el pueril deseo de ofrecer el tr a ­
bajo con todas la» m arcas del estado moral
<]Uo presidió en su rednccion.
Un cambio, si m ate ria lm e n te el escrito es
malo, tenemos la ilusión, la poca modestia,
si se q u ie re , de creer que los ideas son
buenos y mejores sus tendencias. Si con su
le c tu ra , otro con superiores dotes intelec­
tuales y con a b u n d a n te caudal de e r u d i ­
ción escribe y publica mejores arm onios,
esté s e g u ro que su t r a b a n serft nltam enle
h u m a n ita rio y que merecerá la'adm iración
y el cariño fraternal del pobre au to r de las
presentes A rtnonias.
C .R .
PRIMERA PARTE.
COMENTARIOS HIGIÉNICOS DEL CATECISMO.

CR ED O .

C R E O EN D IO S.

Creamos en Dios, A u to r de todas las cosas,


Criador m teslro.
Palabras son estas santas , slutesis de la
verdadera sabiduría, q u e o im o s en n u e s tra
c u n a p ron un c ia d as por amorosos labios.
Quedeu g r a b a d a s para siem pre en nuestros
corazones, sin quo n u n c a las borren ni el
tiempo, d e stru c to r de lo bueno, ni I06 des-
i'iigaúos, que m anch an lo bello, ni las ale­
g r ía s , ui las penns , y sobro todo, ni la
ciencia que podam os ad q u irir.
A lgunos sftbios , m u y p o c o s , engolfados
t'n los problem as científicos, olvidándose
de los hom bres y linsta de si misinos , u r -
rustrados por el torbellino de u n a limitada
r a z ó n , han im aginado descubrir que Dios
110 existía y han dicho: *Vo creo en Dios.
El necio que repite tales teorías de la cien­
cia .se cub re de ridículos atavíos y llega al
colmo de la m as d e sg ra c ia d a abyección.
No te n g a m o s la satá nic a soberbia de c reer­
nos s&bios, seamos hum ildes, y á imitación
de los g r a n d e s hom bres de la a n tig üed ad ,
proclam em os la existencia de nn solo Dios.

PADRE TODOPODEROSO.
Creamos en el Padre Todopoderoso, y como
á ta l adorémosle y aviémosle.
Dios Criador ee Padre d e todas los c ria tu ­
ras Padre que los g u ia y las m anda, y Padre
á quien debemos e n te ra y com pleta s u m i­
sión. Sin la existencia de Dios Padre no se
com prende el respeto á n uestro s padres,
im ág en es de Dios en la tierra, ni los goces
tran qu ilos de la fam ilia, y los cuidados y
alivios qu e en ella dam os y recibimos. La
fu mitin en (iu tabernáculo santo que los
enem igos de Dios, por la fuerza de la lóg-i-
ca, tam bién asp iran á s u p r im i r , y lo mas
inicuo au n , á profanar. Y sin familia, nada
de bueno, útil y consolador ofrece el m u n ­
do con su agitación , pom pas y devaneos.
F u e r a de la familia, solo e ncontrarem os
halagad oras aparicucias, enferm edades pa-
- l i ­
ra el cu e rp o , m a le sta r p a ra el c o m o n y
desórdenes para la inteligencia. Respete­
mos al Padre Todopoderoso cumplieudo
sus diez m andam ientos.

Y F.N JESUCRISTO ÚNICO HIJO SUYO.

Creamos en Jesús, H ijo de Dios,


Redentor del mundo.
Creamos en el P a d r e , porque la razón
lo pro clam a; cream os en Jesucristo, ú n i­
co Hijo de Dios, p orque existe un libro
divino llamado 2?/ Evangelio, cu ya s mftxi-
m as sublimes, esparcidas en sus p&ginas y
en tedas condensadas, fueron p ro n u n c ia ­
das por UU ho m b re, que no bastaba que
fuera b u eno , ju sto y sa n to , era necesario
que fuera Dios. Y nquol Dios, como hombre
que ern fi lu par, Hijo único dehia ser
do Dios.
Ornarnos en el Hijo , porque s u ley os la
única qríe puede alionar Ims pasiones qu e
c on iiuu a m e iite e stán g e rm in a n d o en núes*
tro corazon, p re cu rso ras de los males y tl«
la m u e rte del individuo y de la sociedad.
Creamos en el Hijo, p ir q u e su doctrina es
Iii única que puedo Imcur de lo* hom bres
herm anos 011 la naturnle/.n, y porque t a m ­
bién es la única que procluruu y sautiiiea
el omor en todas los cesas. Por d esg ra c ia el
odio insano re in a a u n en la tie r r a : no se a ­
mos cómplices de la e n e m istad , y al re­
cuerdo del Creo en el H ijo , e o añadam os
con n u c i r o s p e n s a m i e n t o s , palabras y
obras m as combustible á este incendio d e ­
v asta d o r; huyaiiuosde toda región, d e lo do
l u g n r , de toda ag ru p a c ió n de hombres
donde se prom ueva el odio y la g u e rr a .
Pronlamemos el am or y ln paz.

CREO UN EL liSPÍHITU SANTO.


Creamos en el E s p ír itu S a n io , fu e n te de
toda luz.
Las iu melisas diferencias que de liombm
h hom bre e x is te n , ln bondad y la malicia,
ln snbidurin y la ig n o ra n c ia , el g u sto h 1<j
bello y Ib obtusion do los sentim ientos d e ­
licados, los sAbios p re te n d e n explicarlos
por el desarrollo y ju e g o de los órgnnos, y
sin em bargo, es probnblc que n u n c a po­
drán lle g a r al principio de la d em o stra ­
ción.
Todo el bien, todo el saber, todo lo bello
de lo Alto viene, y asi lo dijo J e s ú s : «Y
n in g u n o subió al cielo sino el que d i f u n ­
diera del cielo.» ( J ucid, i).
Seamos h u m ild e s : n uestros méritos y
b u e n a s acciones reflejo son del E spíritu
•le luz. Ln hu m ildad y la sencillez m o d e ­
ran los Im petus del c uerp o y del alm a.
Preservativos son de nuestros males.

OREO EN LA SANTA. MADR 12 IGLESIA


CATÓLICA.
Creamos en la Iglesia católica, p orque
universal debe ser la comunion de todas las
a lm a s , porque ig ua les deben s e r l o s m e­
dios p a ra unirnos cou D ios, para cu m plir
los deberes acá en la tie rra , y para a lc a n ­
zar el cielo prometido. Seamos sordos á los
que, sem brando odios , q uieren fraccionar
la Religión, y con nombres nuevos Be e m ­
peñan en a p a r ta r las alm as del centro de
A utoridad que en Roma reside.
Compadezcamos al pretendido sábio en
las ciencias n a t u r a l e s , que de teoría en
teoría, de negación en neg ación , rechaza &
Dios: compadezcámosle, p orqu e es esclavo
dd su m e n g u a d a rozoti. No m erecen ta n ta
compasión el teólog o, el m o ralista y el
erudito, qu e de cita en cita, de a r g u m e n to
en a rg u m e n to a b ju ra n del pasado y p r e te n ­
den mod ern izar lo que no p uede ser viejo ni
n uevo: la e te rn a Religión. No m erecen
ta n ta compasion p orqu e s u b in teligencias
brillantes son esclavas vo lu ntarias del odio,
de la ven g a n z a y de la iusaciable am bición.
- 14 -
No demos oídos k los qne pretendan im ­
buirnos un Atomo de modificación en los
preceptos de la Religión que profesamos.
La modificación e n g e n d ra la du da, y la
d u d a es nn m alestar del alm a, que hace
p a d e c e r y roba la tra n q u ilid a d , que es la
p r e n d a mas s e g u ra de salud corporal y e s­
p iritu a l. La d u da e n g e n d ra tam bién la
d u d a , y dud an do del nielo, dudam os de los
h o m b r e s , del a m ig o , del d e u d o , de ln
c ie n c i a , del m undo en f i n , y truncase esta
vida en un infierno devorador.

MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS.

i.
A m a rá s d Dios sobre todas las cosas.
Si Dios es la bondad iu iin ita , el poder
sup rem o, la sabidu ría sin lim ites y la b e ­
lleza v e r d a d e r a , m e n g u a d o y m iserable
se rá el hombre qu e prefiera lo m a lo , lo Í n ­
fimo, ln ig n o ra n te y lo imperfecto al C ria­
dor de cielos y tierra. No am am os á Dios
faltando á sus m andam ientos, que son la
ú nica base en que puede d e sc a n sa r la paz
y la arm on ia en la tie rra . El que no s a n t i ­
fica las fiestas, el qu e u s u r p a lo ajeno , el
que se e n tr e g a á placeres inm u nd os falla
h Dios y conspira contra la paz de su con­
ciencia y c on tra la sa lud do e u cuerpo.
Ani.-indo & Dios nos am arem os en verdad.
Ameraos ft nosotros mismos y k nuestros
sem ejantes, s e g ú n la ley del S inai, y h a ­
bremos cum plido con el p rim e r m a n d a ­
miento. ¡Cuán sencillo es! Por egeismo
deberíamos a m a r h Dios sobre todas las
cusas.

II.

No ju r a r á s el santo n o m lre de Dios en vano.

Sublime m andam iento, encam inado m as


que ¿ s e r v i r á Dios h e nsalzar al hombre,
que como ¿ h e c h u r a s u y a , k no d e sm e n tir
su elevado origen debe e n c a m in a r sus p a ­
sos. Dios es g r a n d e , y el hom bre puede
s e r g r a n d e : ¿cómo, pues, m ezclar el n om ­
bre de Dios en coses p e q u e ñ a s ? Dios es la
Bondad in f i n i t a , ¿cómo, p u e s , j u r a r en
nom bre de Dios por lo m alo?... En estos
ju ra m e n to s, & m a s de la blasfemia, h a y un
contrasentido , y el ser que loa p ro n u n c ia
se convierte en un m ó n strn o de a b o m in a ­
ción , 6 en u n a c r ia tu ra de raquíticos s e n ­
tim ientos ó en u n inconsciente eco de h á b i­
tos m al adquiridos por u n a im itación s e r -
- 10 -

vil propia de cicrtosaniranles, poro in dign a


del hombre.
Dios pe rm ite el ju r a m e n to en mom entos
a ug u sto s, solemnes y necesarios p a ra i m ­
p rim ir el Bello de su majestad en el acto.
Dios perm ite el ju r a m e n to p a ra Iniciar no­
bles y elevadas e m p re sa s , p ara que en
ellas no falte el soplo de b u poder y el b ri­
llo de su luz. P a ra todo lo p e q u e ñ o , p a r a
todo ln que d e g ra d a ó envilece al hombre,
no ju re m o s el santo nom bre dn Dios en
vano.
III.

Sa n tifica rá s las fiestas.


La Religión y la ciencia, Dios y el sábio,
ai se q u i e r e , en frases d is tin ta s , escriben
en b u s códigos el tercer m a n d a m ie n to :
santifica las fiestas, dice Dios; descanta u n
día, aconseja el higien ista.
Si el descanso es u n a necesidad de todos
los m om entos, y a que u n a m ism a posicion
fatiga & los pocos m inutos de g u a r d a r l a ; si
cada dia necesitam os re p a r a r en el sueño
la fatiga del trabajo físico é intelectual de
la jo rn a d a , salud ab le es el consejo de la
ciencia de descausar u n día de los eje rci­
cios de la sem a na . Pero en este d i a , n u e s ­
tros órganos deben entrogarso & nuevos
ejercicios, DUtistros pulm ones re s p ira r un
nuevo aire, y la inteligencia üjnrsc en n u e ­
vos conocimientos. La Religión n fia d e : y el
nlma fortificarse por m as tiem po en ln ado ­
ración del Ser suprem o.
¡ Cuánta sa biduría en un m a ndam iento !
Cumplido el precepto religioso , la Iglesia
consiente que el o bre ro , encerrado toda la
sem ana en la atm ósfera vic.inda del taller,
fortifique su organism o con pasees y eje r­
cicios cam pestres. Iin el cam po, donde el
aire es balsámico, donde la vista se e n c a n ­
ta con las m aravillas de ln n aturaleza,
donde el alm a se eleva & lo infinito, y los
labios están prontos á la p legaria.
E jercidos saludables, nineua £ in str u c ti­
va conversación , socorro f» 1<>* d e s g ra c ia ­
dos y cum plim ien to de los preceptos de ln
Iglesia, 1)6 ahi el mudo de santificar las
fiestas por el católico.
No su «Mitifican las fiestas cuando se, b u s ­
can medios p a ra com prom eter ln salud del
cuerpo y del alma: las orgias que te rm in a n
con la b o r ra c h e ra'y la indigestión , p r e l u ­
dios de m as acerbos m a le s ; el ju ego , pasión
terrible, basada en el robo, que siem pre
te rm in a con la iniseria h la infamia ;’el t r a ­
to amoroso ilegitimo q u e -q u ita la paz dol
nlma cuando no d e stru y e el c u e rp o ; y lan
diversiones cu qu e se ridiculiza la moral
2
religiosa y so escarnecen altísimos m iste­
rios que d ejan un vacío cu la conciencia y
d e p rav a n los sentim ientos. N o : asi no se
sántifican las fiestas, asi solo se rindo c u l­
to a l vicio y el hom bre se d egrada.

IV.
H on ra rá s P adre y M adre.
Después del am or , ro6pcto y obediencia
debidos al Criador, Padre un iv ersal, o r d e ­
na pI Decálogo en su c uarto m andam iento,
a m o r , respeto y obediencia h nu estros c ria ­
d o re s, padres de ln tierra. Jefes ellos son
iir tos de esta p e queña sociedad llamada fa­
milia , origen de las m as vastas naciones,
las cuales p a ra bu ré gim e n y paz interior
no debieran ser otra cosa qu e un g runde
pero exnclu reflejo del rég im en y paz del
liogar doméstico.
E te rn a honra debamos & nuestros padres
nu nq uo no e stu v ie ra escrito el ineludible
c u a rto m a n d a m ie n to , p orque i n n u m e r a ­
bles motivos de correspondencia y g r a titu d
nos obligarian & ello: ellos eu los prim ros
m omentos de n u e stra vida nos rodearon de
mil cuidados, p a r a que no pereciéram os de
m iseria y necesidad; ellas, las pobres m a ­
dres, Be trocaron cu verdadero» áng e le s de
n u e stra g u a r d a , a te n ta s siem pre para
a p a rtarn o s el m as leve motivo da dolor ó
de incomodidad; ellos pasaron la rg a s ho­
ras de vela y de lágrim as transidos de pe ­
na bajo el tem or de n u e s tra m u e rte ; ellos
uos reg alaro n la le u g u a patria, ¿ in f u n d ie ­
ron en n uestros corazones las eternas le­
yes de la m oral r e lig io s a ; ellos guiaron
nuestros prim eros pasos, nos alim entaron,
vistieron, educaron y protegieron; de ellos
en fin, hemos recibido saludables consejos
para el cuerpo y para el e spíritu.
Debemos también h o n ra r A n u e stro s p a -
'Irns porque son su periores en edad y j e ­
fes de la familia. En esa sociedad, el padre
es el jefe que m an da, y asi se leo e n el G é ­
nesis :
«Porque m nndnrá á sus hijos y ó su ca6a
después de si.» ( x v m , 19).
líntro el confuso tropel de reformas y
ftfnu de innovaciones, y en tre el continuo
escarnio de lo antigu o, parece que solo u n a
institución se ha librado de la critica u n i­
versal. Iístn institución es la de los P a -
triarca6. Lns inteligencias y los corazones
m as m odernizados laten de placer al p e n ­
sam iento de la vida p atriarcal, esto es, del
padre de fam ilias, jefe benévolo y santo
de toda su g re y . Y los reform adores de
la sociedad en g en era l, por un a contradic­
ción feliz, m ien tras predican y ensayan las
-so ­
mas absurdas fbrmas de gobierno, Be r e ­
servan en el h og a r doméstico el papel de
pad re con todo el respeto y obediencia d e ­
bidos á su jorarqu ía. ¡ Desgraciada la fumi-
lia en la cual no rcitm el respeto, la obe­
diencia y la sum isión! ¿Y por qué estas
desgracias de familia no sirven da ejemplo
y saludable escarm iento á los políticos del
m u nd o ? ...
Obediencia debemos también á nuestros
padres, aun en las ocasiones en q u e n u e s ­
tr a h u m a n a n a tu ra le z a se rebelo por c i e r ­
tos actos que califlcamos de inoportunos,
ridiculos 6 esccsivos. Solo en la Religión se.
en c u e n tra n ftierx.Hs ]>uru alcanzar la obe­
diencia voluntaria, ó -i yo quiere, lu s u m i­
sión sin Id esclavitud, <S mus claro per mas
que uo lo p a re z c a , ln esclavitud con la l i ­
bertad. San Gregorio dice : #Ln obcdienr.in
es la única virtud que ingiere y e ng en drn
en el alm a las demfts virtudes, y e n g e n d ra ­
das, las conserva. Lo que con m as laconis­
mo y mas poéticam ente escrito está en el
libro de los Proverbios :
«El hombre obediente contará la victo­
ria.» ( x x i , 28).
V.

No m atarás.
L á g rim a s de a m a r g u r a a r r a n c a esto
m andam iento. Dios dijo : N o m atarás y el
Hijo a ñ a d ió : A m a d á vuestros enem igos; y
^on lodo, el herm ano asesta a u n el a rm a
homicida en el pecho del h e rm a n o , ó on
venena su existencia con las a rm a s m in e s
de la calum nia y de la tra ic ió n , y a u n
hay campos do ba ta lla en que m illares de
g u e rre ro s se destrozan con el odio que les
prestan los jefes qu e los conducen á ln
pelen.
Pero no basta pora cum plir este m a n d a ­
miento no m a la r ni no m a ta r s e ; no basta
no desear la m u e rte del prójim o, no bnsta
no tu r b a r su existencia causAndole^hcridas
«n el a t o a , las mas difíciles de cicatrizar,
no basta no d esear n i a p la u d ir la g u e r r a ó
sea el asesinato al por m a yo r... no basta.
Y es que este m a nd a m ie n to tiene m as
ostensión, y que este m and am ien to revela
la obra de u n a Sabiduría infinita. Consa­
g ra n d o el respeto do la vida hace su y a s
todas las leyes de la ciencia de la sa lud
llam ada Higiene. La salud es.la 'm a n ife s-
tucioii mas g e n u in a y m as p u r a de la vi-
- se -
da. La salud perfecta ce un ideal divino.
¡Cuántos é in n u m e ra b le s proceptos p u e ­
den e sp on táneam en te b ro ta r del quinto
m a n d a m ie n to !
No a te n ta rá s c on tra la salud.
No comerás en esceso ni u sa rá s a li­
m entos indigestos.
No serás ambicioso en demasía.
No serás esclavo de la avaricia.
No te de ja rá s d om inur p o r la ira.
No adorm ecerás tu cuerpo y tu espí­
ritu con la pereza.
F a lta á este m a n d a m ie n to :
El que conociendo las r e g la s - d e la Hi­
g iene no las practica.
lil que estan do enfe rm o , en vez de b u s ­
c ar un médico ilu stra d o , se fia de com a ­
dres y g e n te igno ran te.
El propietario que construye casas ó al­
quila habitaciones m a l sanas donde por
precisión deben en ferm a r los inquilinos.
La A utoridad qu e no em plea todos los
medios posibles p a r a com batir la in sa lu ­
bridad de la poblacion.
F a lta n , en fin, al precepto No m a th r d s :
Los que a n unc ia n panaceas p ara c u r a r
los males del cuerpo ; los p r o p ag a n d is ta s
de teorias d e slu m b ra d o ra s, y todos los que
con sus pa la b ra s y escritos p e r tu r b a n el
pu eb lo , dism in uy en do su resignación on
— 23 —
el trabajo, distrayéndole del descanso en
la fam ilia, y u surpánd ole el bálsam o c o n ­
solador de la Iteligion.

VI.
N o fo rn ic a rá s. (Véase lu ju ria ) .

VII.
No hu rla rá s.
Leed niños, leamos h o m b res, las se n c i­
llas p r e g u n ta s y respu estas que al séptim o
m andam iento dedica nu e stro Catecismo, y
por poco e sp íritu de ju stic io qu e nos a n i­
m e, por poco que ¿ la v erdad rin dam os
c u lto, habrem o s de confesar que no p u e ­
den escribirse con menos lin e a s, leyes tan
sábias y p rev isoras, que son s a lv a g u a rd ia
de los individuos y de la sociedad.
El robo en su acepción m as v u lg a r , el
robo en cuadrilla, los instig ad ores al robo,
el 110 p a g a r las d e u d a s , el ag iotaje del co­
m ercio , la subida calculada de las s u s ta n ­
cias de p rim e ra necesidad, los escándalos
de la h o ls a , estas y o tras mil formas de
robo están incluidas en la c ateg oría de p e ­
cados m ortales por ser faltas al séptimo
m a n d a m ie n t o : No hurtarás.
N uestra Religión, que por boca de bu di-
— a l­
vino Muestro ensalza la hum ildad y ln po­
breza, e n se ñ a la emítela con qu e debemos
an d a r [los hom bres en otecorar riquezn.%
y lo difícil que e s, sin faltar al séptim o
m a n d a m ie n to , el lleg a r á ser m u y rinns.
¡Qué freno mas poderoso pura im pedir la
explotación del hombro por el hom bre , y
pa ra evitar los terribles sacudim ientos de
la envidia y de la m iseria!

VIH.
No levantarás fa lso testim onio n i m entirás.
Uepresenlhban los antiguos la verdad
bajo la fig u ra de ima jóven medio env u e lta
en un manto blanquísim o: no em pañem os,
p u e s, la nftidft b la n c u ra de la verdad ni
con n u e s tra m ente, ni con n u e s t r a buen.
Por egoísmo no ejercitemos n u e s tr a in ­
teligencia en la elaboración de m entiras,
siquiera sean leves y de a g ra d a b le pasa­
tiem po, ya que el varón verídico en todos
tiem pos y lu g a re s hft sido respetado. La po­
tente inteligencia liu m a u a destinada r s t i
A la realización de g ra n d e s cosas, y de nada
se rv iría n el talen to , el sa b e r, la o b serva­
ción, los experim entos y demAs medios dn
investigación, si a p a g a d a está la lftmpnra
de la verdad. Losc&lculos astronómicos, los
anAlisis químicos, la experim entación raé-
— iiü —
(lien, los trabajos mecánicos, la recopila­
ción histórica \ otros cien «stiulioa que
honran A Ih h u m a n id a d , si* convertirían
rcn errores sin cu e n to , en m u e r t e , en c a ­
tástrofes y en inútiles fábulas, faltando la
verdad.
Pero cuando la m e n tira es aleve, cuando
se u ltra ja al prójimo con la calum nia ruin,
pronunciada, ya de. frente, ó por medio del
cobarde a n ó n im o , ó de la vergonzosa retl-
Cincia, solo t-n el Catecismo se e n c u e n tra
la condenación del d e lin c u e n te , y solo en
ln llñlif^ioii balín ti ofendido el antiséptica
para Ihs m align as heridas qtie se le lian
inferido.
Buscad, buscad en las leyes h u m a u a s
reglas y penas contra la m urm ura c ió n , y
no las hallareis, como si se t ra ta r a de falta
corriente ó cosa fútil. Escrito cstfi en el I.i-
hi'o de los Proverbios: Las palabras (leí
chismoso parecen sencillas, m as ellas p e n e ­
tra n en lo mas in tim o de las entrañas.
( x x v i , 22). Y en efecto; tras la m u r m u r a ­
ció n, la culumniu ó el c h is m e , el pacien­
te , s e g ú n su tem p e ra m e n to y c a r á c te r , ó
se e n tr e g a & los rudos trasp o rte s de la c ó ­
lera ó se concentra en la letal inmovilidad
<le la tristeza. Las enferm edades del c o ra­
zó n , del h i l a d o y Ia p érdida de la inte li­
g e n c ia , son los frutos de un falso teetimo-
— 2ft —
nio. Calmante» ofrec.e la Religión p a ra es­
tos dolores, y Iónicos de sin p a r potencia.
¡Ojalfc tuviéram os la fe de tom ar en todas
ocasiones estos remedios y se g u ir con cons­
ta n c ia la medicación! ¡Quó mas tónico y
difusivo qu e las sig uien tes p alab ras ile san
I’ablu : A m i no se m e da nada, ser juzgado
y temido en poco de los\hom bres. E l que me
ju z g a es el Señor!

IX.
N o desearás la m u jer de tu p ró jim o .

x.
No desearás los bienes de tu p ró jim o .
Son estos m and am ien to s amplificación
del VI y del VJI, pero como eetos eetftn d e ­
dicados al acto m ntarinl, el IX y el X p r o ­
híben h asta los deseos de faltar. Y es que
p a r a n u e stra perfecta salud no basta el
cu m p lir a n te los h o m b re s, sino q u e es de
todo p u n to necesario c u m p lir con nosotros
m ism os, no profanando el sa n tu a rio de la
conciencia.
Cuando u n deseo culpable molesta n u e s ­
tra m o nte, y no procuram o s ni instan te
n eu tralizarlo con otro la udablo, ligando
pa ra «lio de todas las fuerzas que puede
sum inistrarno s u n a v olun tad firme y u n a
clara razou, nos d e g ra d a m o s y m a l g a s ta ­
mos el tiempo destinado á pensam ientos
generosos, h trabajos útiles y A b uenas
obras. Debemos a h o g a r al nacer todo d e­
seo, porque el deseo es el prim er acto in­
telectual é iaiciador de toda em presa. Aho­
garem os el deseo poniendo en práctica
todo9 ios consejos religiosos é higiénicos
Que h ay a m o s recibido.
Estos dos m a n d a m ie n to s , son á m a s, la
consagración del derecho de propiedad es­
piritual y c o r p o r a l , q u e , k pe sa r de los e m ­
bates que ha recibido en las borrascas que
«travesam os, triu n f a y triu n fa rá en lo s u ­
cesivo como todos los eternos y g ra n d e s
principios de justicia.
JVo desearás la m u jer de tu p rójim o. Dios
su tes de p ro m u lg a r el Decálogo habift ya
condenado el a dulterio : «Pero Dios vino A
Abinifciech en sueños de noche y d i j o l e :
Mira que m orirás & c a u sa de la m u je r que
has tomado, porque tiene marido.» (G éne­
sis, x x , 9).
N o desearás los bienes de ln p ro jim o . No
d eseem o s los b ie n e s a je n o s, p o rq u e no son
nueetros. No im po rta que las riquezRR se
haynn a dquirido con medios ile g itim o ?; no
los deseemos, porque no son n u e s tr o s , ni
somos ju e ce s.—No im porta que leg alm eu te
— 38 —
estas riquezas nos p e rte n e zca n , p idám os­
las A ln. Ju stic ia , y si ni fallo nos es ad v e r­
so, resigném onos; Dios ftfd lo permite.

MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA.

i.
Oír m isa cum plida los Domingos y F iestas.
La asistencia al sacrificio de la misa es
el sello con que el Catolicismo m arca la
f-antificncion de las fiestns. ¡ Molestia p e ­
q u e ñ a , culto tan concillo como grnndioso!
Conocedora la Iglesia de lns distintas
necesidades y de los variados te m p e ra m e n ­
tos, fuerzas y flaquezas de cada hombre,
en p a r tic u la r , fija el m ínim um de culto
p a ra qu e todos sin fatiga y sin distracción
pued an asistir, y log rar el objeto apetecido.
A los m u y ocupados, (1 los distraídos en
asu ntos te r r e n o s , ft los m u y afligidos, los
cscesivam ente a le g re s , & los de creencia
tibia, á los cAsi escépticos solo se les exige
algu no s m inutos ( no llega á m edia hora)
en los dias festivos de asistencia en la cnsn
del Peíior.
Los que hacen escarnio del culto católico
son bien in ju s to s : olvidante de las largas
y enojosas ceremonius de otros cultos uu-
‘ifTuos y m odernos, y tampoco tienen eu
cuenta lns pesadas y ridiculas ceremonias
de la sociedad civil, g u a rd a n d o tan solo la
e&tira y el envenenado odio pa ra la Iglesia
católica.
¿Quft pasa en la m isa?
¡Sobre un a mesa dos cirios a lu m b ra u la
imAgea del Crucificado. Un h om bre, 1111
sacerdote revestido con la albísim a tún ica
do la v e rd ad , rec u e rd a y conm em ora la
s u p re m a horgi de la cena y re n u e v a el
altísimo y precioso don de. su cuerpo y
sangre sacratísimos que otorgí» á la h u ­
m anidad Je sú s de Nazaret, é invoca la m i­
sericordia divina pnrn lus difuntos y pide
•'alud y p;r¿ .para los vivos. Los asistentes
unen t u 3 oraciones 6 las d<*l s a c e r d o te :
dan g ra c ia s á Cristo por su generoso sa-
•'nfieio, dedicnn a lg un os m omentos á la
memoria de las personas que fallecieron,
.V hasta les os perm itido pedir la salud y
felicidad te rre n a s para los que viven. ¡Me­
dia hora re p a rtid a en tre DÍ03 y los h o m ­
bres!
¡Qué iniciación mns sencilla y A la p a r
mas en érg ica pn ra p re p a ra r el hombre al
descanso m aterial é intelectual del dia do
tiesta! 151 continuo pensar de la sem ana en
el trabajo y en los negocios, debe detenerse
a n te el dique de lu m isa , y ni salir do ella
tom ar nuevo curso los ideas, ya qu e el á n i­
mo e s ti espontáneam ente dispuesto al so­
laz y esparcim iento, y los rencores conti­
nuos qu e hacen m a la s a n g re por fuerza
deben p a ra rse ni decir el sacerd ote: la
p a z del Señor sea siem pre con nosotros.

II.
Confesar á lo menos una vez a l año.
Medio hig iénico, y por lo tanto p re v en ­
tivo de vnrios m alos, m neefio el m as efi­
caz p nra la* posiones, consuelo cu todos
los dolores y luz en m uchas eludas, i b la
confesión. La ciencia ilu s tra d » , lu ciencia
tu le ra nte , la ciencia verd a d e ra, y que c o ­
mo & ta l, est/i obligad* & a d m itir que paru
precaver y c u ra r los males de los indi vi -
dúos y de la suciedad, todos loa medios por
desgracia son pocos, y que en conciencia
n in g u n o puedo de sd e ñ a rse , a d m ite , acon-
sejn y proclam a ln necesidad y eficacia de
la uonfesion prescindiendo del m an d a to
religioso.
¿A qué obliga la confesion? A liocer
m entalm en te un exacto y severo in v e n ta ­
rio del g é n e ro de vida que hemos llevado,
npuntnudo u n a por una todas las in fra c ­
ciones que d e las leyes divinas y h um ano s
— ai -
huyamos cometido, y es p ro ba ble , que
después de esta sum o de faltas, si el cora-
zon no estíi pervertido 6 el en tendim iento
dom inado, seamos nosotros mismos los
médicos qu e atinem os en las causas de
nu estras enferm edades y m ise ria s, y que
encontrem os los medios p a r a remediarlos.
Al re c orda r, por ejem plo, que no santifi­
camos las fiestas a p a re c erá n las diversio-
ncs, los contratiem pos que sig u e n y las
enfermedades que ocasionan; a l a p u n ta r
nuestros traspo rtes do ir a , com p re n de re ­
m o s d m aj ¿ injusticia que al prójimo i n ­
ferimos, y vendrem os en conocimiento do
1 ue el h u m o r irascible es la cau sa de la
enfermedad que tal vez sufrimos.
lusuficit nte h u b ie ra tid o e l inventarío
*1® c u lp u s sin lu o b lig a c ió n p re c is a de d e ­
clararlo h un hombre quo re p re se n ta k
ÍMos y h un h e rm a n o que toma la investi­
dura J e juez. J e s u c r is to con delicadeza su-
,n a >con tino divino ideó u n a crisis s u p r e ­
m a para el hom bre, ciego por sus instintos
y febricitante por sus pasiones. ¿ U óm opa-
sar de la culpa á la g r a c ia con menos sa­
cudidas pnra el paciento y sin a g r a v a r sus
niales? Un momento de hum illación ante
o tro hombre, y la curación eBt¿ a se g u ra d a .
¡ Humillación p e q u e ñ a ! D ecir ln penn k un
juez q u e despues do condonar perdona,
— 32 —
depositar la a m a r g u r a cu el scnu Je un
herm an o y recibir lus saludables consejos
ile un padre.
Ln confcsion ee u n a institución h ig ié n i­
ca. lis una c onsulta higiénica y lina céte-
drn clínica do p ato lo g ía : las pasiones son
explicadas por los médicos del confesiona­
rio con sns negros y verdaderos colores, y
el paciente com prendo la g r a v e d a d del
mal y recibo los medios de curncion.
Lns ventajas de la confesiou son in c a lc u ­
lables. ¡Ojalá que todos los hombres se
confesaran ! ¡Ojnlfi que cada penitento e n ­
c o n tra ra un ju e z adecuado á sus necesida­
des ! líl m undo snrin nn paraíso, y si pora
q u ita r la monotonía drl cuadro do voy. en
cuando h u b ie ra un culpable, brillaría mas
la virtud del a rrepen tim iento .

III.
Comulgar p o r ¡¿ascuaflorida.
líl O6cóptico y el cre ye n te libio pueden
oncoutrar en la confosion alivio A sus p e ­
nas y correctivo A sus malas inclinaciones,
considerando solamente ni sacerdote como
h. un médico moral y hombre do bien. Pero
sin fe completa no so trasladen A la eucn-
rÍBtica m esa: prescindiendo del sacrilegio,
neto seria co m pletam ente i n ú t i l , el r e ­
medio un tendría acción a lg u n a .
I.ns ventnjns m orales y m ateriales de la
comunión solo lns puede co m p rend er el
(’rej’Rntn. A nins de cum plir con ol expreso
m andato de Jcsi'is nn su úllim n cena, Ir
Iglesia, n u e s t r a en hum a n o s sentim ientos,
procuro con lu comunion que no sean i l u ­
sorios, sino reales y positivos los efectos
higiénicos y curativos de la confesion. Por
temor, por ve rgü e nz a , por otros cien m o ti­
vos podrían om itirse m uchas faltn s, y e n ­
tóneos ol médico del almo , falto de datos,
no podría dese m p eñ a r eficazmente su co­
metido. Pero la Religión despues de la
declaración impone el reconocimiento inte­
rior por el q u e todo lo s a b e , y el hom bre,
con el deseo de r e c ib ir á Dios, obligado es-
tá 4 q ue ei ¡nterno esp u rg o sea completo,
verdadero y real.
I-n confesion e s , p u e s , u n a evacuación
p ara recibir el alim ento del espíritu v el
maravilloso bálsam o de las h erid a s i n t e r ­
nas.
Valle de l&grimas es esta vida, fugaces
los momentos de placer y a u n m uchos de
ellos seguidos de la rg a s horas de dolor.
El creyente católico tiene sobre los de­
m ás hom bres la v e n taja de p ro c u ra rse á
menudo tan vivo, suave y delicado pla-
3
- 34 -
c e r , que será incom prensible siem pre A
los qu e no han tenido la diclia de e x peri­
m en tarlo .

IV.
A y u n a r en la Cuaresma y oíros dias m a n ­
dados , y abstenerse de comer carne en los
dios prohibidos.
N ada da cu e n ta propia podemos escri­
bir. Los lectores preferirán que copiemos
los s ig uientes párrafos del em inente h ig ie ­
n ista Dr. D. Pedro Felipe Monlau.
«La práctica de los a y u n o s, de las v ig i­
lia s, de los tém poras y la institución de
la Cuaresma, nos revelan qu e en todos
tiem pos y por todos los legisladores civiles
y monásticos , se h a adivinado la influen­
cia del ré g im e n . Los progresos del e p ic u ­
reismo y de la indiferencia han traído la re­
lajación de aquellas a n tig u a s y solemnes
c o stu m b re s; pero los médicos ilustrados
n u n c a cesarán de ap laud ir la institución
de la dieta c u adrag esim al de la Iglesia ca­
tólica, a u n no considerándola m a s que ba­
jo el aspecto higiénico. Seis ó siete se m a ­
n a s de m oderada abstinencia de carne y
alim entos animalizados , y en la época del
año en q u e se hace m a s viva la liemotosis
y m as bullicioso el movim iento orgánico,
u n a práctica a ltam en te saludable y d i g -
n » «le s e r aceptada, aun cuando no Ir reco­
mendase lo santo y respetable de su ori­
g e n . Rs útil in te rru m p ir 4 intervalos el ré­
gimen hnbítual, p orque una dicta uniform e
predispone b determ inadas enfermedades;
luego son útiles lae v ig ilia s y las abstinen­
cias, lur-go es útil ln Cuaresm a.»
Las elevadas frases de D ^scuret hnríin
n,,n conocer mas la im portancia del cnnrlo
m andam iento.
«Á los Sacram entos y & la oracion a g r e ­
g a todavía la Religión sa n ta el ay u n o y la
a bstinencia , medios higiénicos m u y pro ­
pios para am ortecer la violencia de las pa­
siones: y en sil profu nda sa b id u ría , p r e s ­
críbales m as la r g a s y severas precisam en­
te en la época del nño en que la n a tu ra le z a
toda está h p u n to de e n tr a r en fe rm e n ta -
C¡0U. Si el vigor de la estación, si la m ise-
r *a . si unn constitución enflaquecida por la
|,(Iftd, las dolencias 6 el trabajo, se oponen
^ (|ue el precepto sea r ig u ro sa m e n te obser­
vado, bondadosam ente dispensa de 61; pero
quiere que cada cual sup la esta o bservan­
cia con u n a lim osna proporcionada al es­
tado do su fortuna. Así es que combatidos
dos vicios, por desgracia tan com unes, co­
mo son la in tem p e ra n c ia y la avaricia, dis­
m in u y e la im petuosidad de la cólera, m ien -
— ati —
tras que h u n tiempo hace pasar k m anos
del pobru lo supérflno (leí rico. ¡Maravillo­
so instituto, que hace e sp ira r en los labios
del in d íc e n te la blasfemia contra la Provi­
dencia, y true c a en bendiciones los furores
qiin Iií hub ie ra inspirado ln envidia. ¡Tlny
acaso a lg u n a in s titu d n n lium nna que nerií-
rlite tanto e sm ero, tan la p r u d e n c ia , taut.')
am or!»
V.
P a g a r los diezmas.
Aplicación del VIÍ y X Mandamientos
de la Ley de Dios.

PECADOS CAPITALES.

SOBERBIA.

Contra soberbia hum ildad.


A! reseñar los pecados c a p ita le s , el Cate­
cismo pone, y 110 sin fundam ento, la sober­
bia en p r im e r lu g a r.
La soberbia, el orgullo, la v anidad, la al­
ta n e ría y la p e tu la n c ia , son en efecto p a ­
siones primitiva?, y sogun los sagrad os li­
bros tnvieron y a o rfgsn a n te s de la c re a -
ci'tn del m undo , cuando un a p a ito de los
hnbiluutes angélicos, engreídos i’n el cielo
con las prero gntivas y excelencias de que
gozaban, olvidando quo da Dios las habían
recibido, forjaron la prim ?ru de las in s u r ­
recciones y declararon la primeva de las
g u e rra s .
Pr imitiva es la soberbia en el hombre, ya
Que en su n a tu ra le z a radica p or te n e r en
H'is facultades y en el mismo organism o
materia propicia y fecu nd ante p a r a su
desarrollo. Dotado el hom bre de una inlu-
ligenrtia superior, siéndola con ella p e rm i­
tido elevarse á las m as sublimes y pro fu n ­
das concepciones; ¡qué ex tra ñ o que se
Crea rey del univwrso y , desdeñando á. los
dem&s, no adm ita nada superior k él! O r­
ganizado de una m anera adm irable, hab ien­
do la n a tu ra le z a hecho prodigios en 61 de
herm osura y perfección y siendo innato en
¿1 el g u sto de lo bello, ¡qué extratio quo 1»
vanidad se liHga d u e ñ a de sus facultades
y rínda completo culto A su prepia h e r ­
mosura y perfección física!
Original es también la soberbia, porque
los privilegios de la sa n g re , los honores y
riquezas hereditarias y los ejemplos p a te r ­
nos infiltran en el niño desda la cuna la
m as tennz de las p a s io n e s , rebelde ü los
tratam leutos mas ¡-ábinmeiitc dirigidos.
A pesar do lu u niversalidad de la sober­
b ia, íi pesar de qu e todos p ag am os u n tri­
buto á su maléfica a tr a c c ió n ; ¡ cu&n m ise­
rable é infructífera y desg raciad a es , llíi-
m sse orgullo ó limítese A ser lu ueciu
vanidud! - Algunos em peradores romanos
se hicieron adorar como dioses, y la poste-
ridud, al leer 1» historio, se rie de sus p r e ­
tensiones y an atem atiza sus c rím en e s.—El
soberbio, el altanero, el orgulloso, son te­
midos pero no respetados, y m ucho menos
amados. Y si a lg u n a desg raciada c ria tu ra
llega & sentir por ellos a m or verdadero, es
u n a m-'irtir de su mal carácter, A menos
que an te ella el orgulloso no de p o n g a su
orgullo y se tru e q u e eu el mas hum ilde de
los hombres. — K1 eábio orgulloso es lu ró-
mora mas g ra n d e p ara el progreso de la
ciencia: rechaza con desden los adelantos
q u e él no ha descubierto, y si es au to r de
un Eistema nuevo fom enta lu confusion y
lu d uda en el seno de la h u m a u id a d .—¿Qué
diremos de la vanidad del hermoso y del
qu e so cree un modelo de e le g a n c ia? Las
clianzonetas di; amigos y i-uvkliusos le ro­
dean y llegan & tudoa los oidoa, escepto íi
los del sordo vanidoso. — Cuundo el o r g u ­
lloso de los honores y n<|iii’ZBS Ael vanido­
so se ven obligados por la fo rtuna á bajar
de su p e d e stu l, nada puede compararse Ix
6u desesperación y h sus s u frim ie n to s ; y
tenemos y a uno de los castigos te r re ­
nales de la soberbia.
Contra s o b e rb ia , hu m ild ad aconseja el
Catecismo, y n a d a mas podemos oñndir. La
Religión quiere que demos gra c ia s & Dios
por los favores recibidos, sin qu e por ello
dos enorgullezcam os. La Religión no se
opone á que trabajem os p ara obtener n u e ­
vos conocimientos y hasta honores le g íti­
mos, lo que 110 nos es perm itido es m enos­
preciar ni que no ha llegndo & n u e s tra
'•llu ra . Los niños, por sus pocos anos, d e ­
bilidad física y escasa instrucción , deben
p o sre r antes que todo ln v irtu d de la h u m il­
dad y la unas aprecittblt) do lus cualidades
l.'i Modestia. C onsidereft corno superiores
desde los padres liasla el último de los
criados, ya que todos tienen mas ednd, mns
f u e r z a s , m as instrucción ó m as e x p e rie n ­
cia. No tengan los niños ja c ta n c ia por s a ­
ber m a s , ir mejor vestidos y poseer m e ­
jores j u g u e te s que otros nlfios, y a quo
todn esta superio ridad es debida #i que sus
padres poseen mns dineror quo los de loa
otros. Asi los niños como los hombres no
deben olvidar n n n e a que su suerte no es
com pletam ente propia.
Los siguientes textos del Jivungclio do
suu Lucas, el primero palabras de María y
de Je sú s los dos ú lti m o s , son la apoteosis
de la hum ildad y lu condenación do la so­
berbia. Y si bien todos se refieren al cielo
como premio del h u m ild e , entiéndase que
felizmente también en esta tie rra de odio y
de injusticias la modestia del ign oran te es
nprecinda, y la modestia df*.l síibio, si bien
al principio no c o m p re n d id a, llega un dia
qu e alcanza el prem io merecido.
«Pues miró la bajeza de su e s c l a v a : pues
desde ah ora me dirím b ie n a v e n tu ra d a to­
das las generaciones.» ( i, 48).
«Y tú C a p b a r n a u m , ensalzada hasta ti
cielo , h a s ta el infierno serás s u m e r g i­
da.» (x , 15).
«Porque todo aquol qua so ensalza h u ­
millado será : y el Que se hum illa, será e n ­
salzado.» (x iv , 11).

AVARICIA.
Contra, avaricia largueza.
Si la soberbia es el pecado o riginal y la
pasión inu&ta en el h om bre, la avaricia e3
el pecado m as horrendo y la pasión m as
re p u g n a n te . Por eso el Catecismo con cien -
c i a s u m a y no por capricho dfi num eración,
nos la p resenta en segun do lug ar.
Muchos grados y vnriadas formas tiene
la avaricia.
—li­
c u a nd o llega el g ra d o sum a y ofrece la
forma mas miserable, compasión entonces,
®as que desprecio, escita el desgraciado
«varo. El poseedor do u n tesoro, que no fo -
lo.no e n ju g a légrim n a lg u n a y que es sor­
do á la necesidad ajena, sino que tam bién,
es sordo á todas sus necesidades, que sufre
frío, que pasa ham bre, qu e tiene el aspecto
de un pobre y p asa la vida de un mendigo,
l ú e todo su afan es a c u m u la r m o n e d a s , y
tocarlas es su única delicia, q u e es un idóla­
tra del dinero considerando como u n a pro­
fanación el gastarlo, este hombre está falto
do todo sentimiento, de toda facultad noble
y hasta de instinto. La ciencia cási lo c a l i­
z a de loco. ¿Quién sabe el juicio de Dios?
Por d e s g r a c i a , de tanto en tanto se ven
en el m undo ejemplos de tal degradación,
pero no es solam ente por estos que el Cate­
cismo condena la avaricia.
Mas la ta es la significación de esta p a l a ­
bra.
Todo el que p uede y no socorre al pobre
y consuela al desgraciado, es avaro. Embo­
ta m iento de todo sentim iento delicado co­
mo se n sibilidad , t e r n u r a y compasion,
desobediencia al precepto de Dios, am or ni
prójimo como á si mismo y olvido del c o n ­
sejo de J e s ú s , amaos los unos ¿i los oíros.
Hé ahí el avaro.
La sociedad e n g e n e ra l, y m a s en n ues­
tros tie m p os, padece mal de avaricia.
A varicia es ésa fiebre de riq u e z a s , ese
afán de g a n a r dinero rápida y atro p e lla d a ­
mente, uo perdonando sacrificio a lg u n o ,.y
sin p a ra r mientes si los medios son h o n r a ­
dos, legítimos y puros. Y m ie n tra s d u ra
e s te a f a n , están descuidados todos lus días:
uo se cum plen los preceptos religiosos , á
monos qu e ln hipocresía no 6ea el escabel
de la fo rtu n a ; no se cum plen los deberes
con el prójimo, y a qtic este, es m oler in de
explotación p a ra e xtra e r la riqueza a p e te ­
cida ; no se cum plen los deberes de c iu d a ­
dano y a que las in trigns y veleidades ilela
política sou p u e rta s abiertas p a ra e n tra r
de lleno en la posesion de los h ono res; uo
se cum plen los preceptos de la salud , ya
que la agitación continua no perm ite órden
en el trabajo, ni paz en el sueño; uo se c u m ­
plen los deberes in te le c tu n lc s , y a quo la
inteligencia está m a g n e tiz a d a por el áureo
ideal; no se c u m p le n , en fin, los deberes
morolos, yn que la conciencia está cubierta
con un tupido velo p ara no oír su voz.
Como resultado de Ift completa desobe­
diencia ft tan m últiples deberes sucede lo
.«ignieute : p ertu rb a d a ia sociedad ; las r i ­
quezas y los h on ore s, patrimonio del mus
osado ó del m as crimiuul, uo del mns digno
y del rnHB laborioso; desaparición de los
goces tranq uilo s y santos é invención de
Placeres tumultuosos é im púdicos; ru in a s
estrepitosas, desgracias por doquier y des­
esperación impla.
Y si la sociedad es infeliz, ¿cómo pueden
•'o serlo los Individuos? Iil insomnio, la zo­
zobra, el frenesí continuo traen consigo e n ­
fermedades g ra v e s de las e n tr a ñ a s , la d e ­
c e n c i a física, la vejez a d elantada y la
muerte p re m a tu ra .
Ln diam etralm en te opuesto á la avaricia
n° es el remedio de esta pasión y tampoco
1° aconseja el Catecismo. La disipación, el
Malgastar el dinero en fiesta?, trojes y de­
s l í e o s es otro mal profundo pa ra los iu-
^ ivid «os y uil cáncer corroedor pora los
pUüblos. Los gastos e xtraordinarios de He-
liojrftbalo, alim e n ta n d o con esplendidez á
sus perros, caballos y leones, los fastuosos
banquetes de Clcopatra p ara com placer &
Antonio, c onstituyen el tipo a n tig u o de la
disipación y del lujo.
N o . no es la disipación el correctivo de
la avaricia , sino un térm ino medio que el
Catecismo llam a liberalidad, que consiste
en un conveniente uso de las riquezas y en
nosncrificar n in g ú n deber h u m a n o y sobro
todo divino p o r a g a n a r ó re te n e r las ri
quezas.
- u —
En san Maleo, vi, 19, 20 y 21 se lee :
«No queráis atesorar para vosotros teso­
ros en la lie r r a ; donde oriu ó polilla los
consum en, y e n donde ladrones los d e s e n ­
tierran y rubau.»
«Mus atesorad p ara vosotros tesoros en
el c ie l o : en dondo no les consume orin ni
polilla ; y en dondo ladronas no les desen •
tierra n ni robnn.»
«Pues en donde e stá tu tesoro allí est/i
también tu corazon.»

LUJUHIA.

Contra Injuria castidad.


Deseando vivam ente que. estas pobres
pá g in a s sean un alim ento moral p a ra los
niños, ¿q u é les diremos de la lu ju ria ? ...
Felices si cuando niños, felices si c u a n ­
do hom bres no sienten c irc u la r en su
sa n g re el inflamatorio veneno de la l u j u ­
ria. Felices si cuando n i ñ o s , felices si
cuando jóvenes no lle ga n siquiera & ten er
una idea clara de esta mortlrera pasión.
T ercer pecado capital que 6 la soberbia
y avaricii*FÍg,ue porque tiene el tr is te p r i ­
vilegio de dom iuarlns siquiera sea por a l ­
gu no s momentos. Iil soberbio depone su
a ltan ería ante una inm un da m ujer, y el
avaro hace el sacrificio, para él grandioso,
dü desprenderse do un» moneda en nras del
('nrnnl placer.
I-tt historia do la hu m anidad es ln histo -
ria de )a Injuria : Sodcina y G om orra m e ­
recieron fuego del cielo; en Grecia y sobro
t°do en Roma e n tre mil espectáculos h o r ­
rendos, la lu ju ria ostentaba r u s mas re­
p u g n a n te s formas; ol pueblo de Israel fal­
taba cada dia ma6 al pacto solemne que
con su Dios habia celebrado , y el m und o
¡ha á consumirse en el sensualismo, c u a n ­
do apareció Je sú s de N azaret, hijo de un a
Virgen qnc predica ln castidad. Iín clApn-
cttlipsis, x iv , 4, se leen estas significativas
Palabras : «listos son los que no ee c o n ta ­
minaron con miijere.6: porque son vfrge-
n«K. Estos siguen ni Cordero á donde q u i e ­
ra que vaya. Estos fueron rescatados de en -
tre I03 hom bres por primicias para Dios y
p a r a el Cordero.»
La lu ju ria pervierte y d e stru y e n u e stra s
facultades y n uestros c ue rpo s: la iutiili-
gen cia mas despejada y activa q u eda osen -
recida y debilitada por los devaneos do ln
ju v e n tu d y h a sta por los hábitos v e rg o n z o ­
sos de algu no s niños, y a quella in te lig e n ­
cia que h ubiera producido ópimos frutos,
cual flor por el sol que m a d a , p ie rd í su a ro ­
m a y su fragancia. La robustez del cuerpo
desaparecí’ , y el obrero estft obligado 6
- -lo -
trocar su laboriosa vida con la vida del
m e n d ig o ; hnjo su d estructor influjo lns
n a tu ra le z as delicadas p ag a n h ln Hcír sn
mortal tributo, defraudumlo las m as h a la ­
g ü e ñ a s e speran zas; y finalm ente, la lu ju ­
ria es un podridero de cuyas exhalaciones
se d e spren de un virus, u n a enferm edad
a sq u e ro sa, que infiltrándose on la sa n g re ,
a to rm en ta ni lujurioso y castiga en loe h i ­
jos y b a sta en las generaciones los faltas
de los padres.
Contra lu ju ria castidad, recomienda el
Catecismo. Castidad recom ienda también
la higiene. Un trabajo corporal moderado,
un tra b a jo intelectual que fortifique el es­
p ír itu , la conversación con personas ho­
nestas, la le c tu ra d e libros m orales y el
c um plim iento de los preceptos religiosos
de mucho nos pued en serv ir p a ra conser­
var la virtud de la caetidad.

IRÁ.
' Contra, ir a paciencia.
La ira es ponzoña que infun de odio en el
uluia; otras vece? la ira es la manifestación
de un odio m u y reprimido.
La cólera, la i r a , el furor... palab ras to­
das que desde el principio del m un do d es­
tilan sa ng re , lá g rim a s, penas por do quier.
Pecado on la i r a : asi lo d eclara n u e stra
flfiligion s a n ta ; asi lo manifestó J e sú s en
(“1 sermón de la mo ntañ a, que es el m as elo­
cuente y lacónico de los discursos p r o n u n ­
ciados en la tierra: M as yo os digo que todo
<iqve¿ que se enoja con su herm ano, obligado
serd á ju icio . Y en este mismo serm ón pro­
nunció Je sús a quellas sublim es palabras
im p re g n a d a s de espe ra nz a: B ien a ven tu ra ­
dos los m ansos; B ienaventurados los p a c í­
ficos.
La ira es u n a pasión para la medicino, es
de c ir, una verdadera en ferm ed ad, á cuyo
llam am iento responden otras enferm eda­
des p ara m ortificar m as si cabe al d es g ra ­
ciado qu e padece m al de ira. La ira e6 u n
mal y un semillero de males.
Dirigiéndonos & los n iñ o s, he ahí lo que
escribimos en u n articulo:
«D esterrad , queridos niños, de vuestros
corazones la i r a : este en el g r a n deber de
nuestros padres y u n o de vuestros prin ci­
pales deberes. Las p r im e ia s fuerzas de
v u e s tra v o lunta d, los crepúsculos de vues­
tro ju ic io , las primicias de v u estra educa­
ción , dedicadlas á re p rim ir los a rra n q u e s
de vuestro genio. La terca insistencia en
pedir los objetos, la rabieta que e xperi­
mentáis si no os los dan , el ciego destrozo
de lo que en aquel momento cae en v u e s ­
tras m anos, los gritos y oí llanto con que
tradu cís v uestro infantil furor, d esa p a re z ­
can como por ensalmo cunndo sepáis que
ln ira crece c.on los nfios que es el lorm en-
to continuo de los que la sufren y nn m n r-
tirio perpétuo pnrn lns personas que viven
ni lado de la persona que cornete t:il peca­
do ó que padece tal enfermedad.»
Desde la riñ a q u e rompe u n a a n tig u a y
útil am istad e n tre dos hombres, dejando
un vacio en dos alm as , ha sta las riñas de
naciones (g u e r r a s por otro nombre), que
dejan vacíos miles de h o gares y cubren la
tie rra de miles de cadáveres, considérese
los g ra d o s intermedios de la i r a , y s r e n ­
c ontrará odios de fam ilia, odios de clase,
odios de partid o y odios de creencias.
Ln ira es l a chispa que da fuego h la tea
del incendiario, es la p iz a rra q ue a g u z a el
p u ñ a l del asesino, es la baba que envenena
la le n g u a del orador político. Disfrazados
el odio y la ira con miiscara de libertad ó
de sa n tid a d , son las deidades que invocan
los que se dedican fi d e rrib a r gobiernos y ft
conmover las nacioue?.
Contra la ira, pocieucia, ordena el Cate­
cismo de la Doctrina cristiana. Contra la
ira, paciencia, tam bién prescribe la m edi­
cina.
Los filósofos de la a ntigüedad , k porfía
procuraron evitar con saludables consejos
los efectos de la ira.
Pitftgorus, que conocía perfectam ente las
^ tr e c h o s relaciones del c u e rp o con el es­
píritu, i n s t i t u y ó un rég im e n alimenticio
altam ente sóbrio pnra sus discípulos: pnn
y miel, vinu pocas voces; y los que a s p ir a ­
ban á la perfección solo probaban pan y
ag u a . Cuando los discípulos d e Pitftgoras
f(! e n tretenían en discusiones filosóficas,
si a lg un o llegaba á proferir u n a palabra
que pu d ie ra m ortificar al co ntrario, no
*e ponía el sol sin qu e nmbos se hubiesen
*lado las m an o s, en señal üe reconcilia*
cíon.
Una do las nobles cualidades do S ó c ra ­
tes era eu tra n q u ilid a d de a lm a , que no
pudieron t u r b a r ni lus d e s g ra c ia s, ni las
m ju ria s, ni los m alos tratam ientos. Y si es
cierto, como a lg un os creen, que era irasci­
ble y apasionado por tem p eram ento, y que
•'u calm a era efecto de la reflexión y esfuer-
Z(>sque 1)izo para corregirse, Sócrates debe
ser el acabado modelo p ara los que alegan
o» disculpa de sus arrebntos que no pueden
dominarse.
La filosofía de Epictcto se ruducc h estos
dos morales p re c e p to s : sufre las d e s g r a ­
cias con paciencia y goza con moderación
«le los placeres. Frases brevísim as q u e a u n
-so ­
las redujo m as con estas célebres p a la b r a s :
s u fr ir y contenerse.
Por ú ltim o , vino a l inundo un filósofo
divino predicando el a m o r, en cuyo r e i­
no, la ira no tiene derecho de ciudadanía.
Y subiendo la a m a rg a c u e sta del Calvario
con sin p a r m a n s e d u m b r e , llegó &la cima,
donde clavado en c r u z , murió ofrccicndo
p ru e b a p a te n te de qu e Él e ra Hijo de Dios.
A utores ra c io n a lista s, desprovistos com­
p le tam e n te de fe, al llegar al grandioso
c uadro del Calvario, no pued en menos de
e x c l a m a r : la m u e rte de Je6Ús es la m uerte
de un Dios. ¿ P o r q u é ? . ..
Porque Je s ú s ruurió perdonando; p o r­
que su m u e rte es la gloriosa exaltación du
la h um ildad y de la paciencia; porque su
m u e rte es el eterno a n a te m a de la h u m a ­
n a ira.

GULA.
Contra g u la tem planza.
Contestes están la Religión y la ciencia
en condenar la g u l a y en prescribir la a b s ­
tinencia. til esceso de a lim e n to , el re c o n ­
c e n tra r en las comidas todos loa placeres,
y el c onsum ir el tiempo pensando en c o ­
m e r , constituye la g u la . Vicio, pecado,
pasión prop ia sola del hom bre, pero ta m -
bien ind ig n a del poseedor de superiores
facultades destinadas á m as nobles é in t e ­
lectuales fines.
Comer p a ra vivir lió ahí lo que m an da ln
R e lig ió n , lo que la ciencia a c o n se ja ; y para
cum plir con usía necesidad vital basta e s ­
tar atento á dos sensaciones ig u a lm e n te
salvado ras: la sensación de h a m b re pa ra
comer; la sensación de suficiencia p a r a ce­
sa r , sin que con condim entos, salsas y p la ­
tos nuev os, nos soa permitido c o ntin ua r el
animal placer con toda p le n itu d .
Comer para sostener las fuerzas para el
trabajo, tam bién lo perm ite la lieligiou y
h» ciencia lo m a u d a , y p a ra conseguirlo,
basta oir la voz de la experiencia qu e ha
observado ln necesidad del régim en a n i ­
mal y vojctnl en dete rm in ad a s p ro p o rc io ­
nes , y la voz de la ciencia qu e con sus e x ­
perimentos y análisis ha fijado la cantidad
y calidad precisa de alim entos p a r a r e c u ­
p e ra r las pérdidas de n u e s tr a economía.
El esceso en la comida y la insuficiencia
en la comida son cau sa de enfermedades
de la rg a y difícil curación.
Cuando en la comida se busca tan solo
el placer m a te ria l, y en la variedad de
m a nja re s p ro lo n g a r unos instan tes mas
esto p lacer, el cerebro del comedor y por
ende su inteligencia se e m b o ta , y nada hay
mas triste que su aspecto al te rm in a r el
banquete;. É l, tan risu e ño , placentero,
chisp eante de a g u d e z a antes de comer,
queda después siu fuerzas para tra b a ja r,
siu fuerzas para p e n sa r, siu fuer zúa pura
hacer u u a b u e n a acción.
D istraer el á n im o , elevar la in teligencia
sobre ln m aterialid ad de los píalos p a ra uo
en c e n ag arse en el placer se n su a l, es u u a
ta re a religiosa é higiénica. En lisporta, á
mas de distin gu irse los ciudadanos todos
por su fru g a lid a d , d u ra n te las comidas
públicas se explicaban rasgos de moral ó
ejemplos de v irtu d e s, y en nuestros con­
ventos le c tu ra s piadosas se dnban durniito
el refectorio, listas conv ersaciones, estas
lectu ras con trib uy en en g r a n m a n e ra A que
el hombre, d u ra n te la com ida, recuerde lo
que á él y á Dios se debe, y que al mismo
tiempo recuerde quo ¿ mas de a n im a l, es
hombre, es dscir, que tiene un alm a.
Los extraordinarios en la comida los a u ­
toriza a lg u n a vez la ciencia y los bendice
la R eligión, cun tul que nu se d ea cu o l­
vido los consejos anteriores.
Celebremos con un plato mas las g r a n ­
des festividades del Cristianismo y las
legitim as y p u ra s satisfacciones de f a m i­
lia. En estas c o m id a s , siem pre h a b rá en
n u e stro corazon y en n uestro espíritu un
dfisinfertnntr que im pedirá que nos oonln-
piemor. con la p u la , y tam bién hnbrá en
patas comidas algo de noble y elevado en
°1 corazon y en el espíritu que nos im p e ­
dirá olvidar sagrados deberes.
La te m planza prescrita por ln Religión
no está en p u g n a con la ciencia, por eso
copiamos de un libro mistico Fjcrcicios de
perfección, por R o d ríg u e z , unos consejos
que no tem ería en hacerlos propios n in g ú n
higienista.
«Asi como la virtud de la te m p la n za no
(,stá en no c o m e r , sino en comer cuando es
m enester y lo que es m en ester, y en lo d e ­
más abstenerse.»

ENVIDIA.
Contra envidia caridad.
En el noveno y en el dérimo m a n d a m ie n ­
tos prohibida está la envidia.
No desearás ln m u jer de tu prójim o: ni
,;on p e n sa m ie n to s, ni con deseos c o n tu r­
barás la arm ónica paz corporal y espiri-
t'inl del hogar d o m é s tic o : no envidiarás
los goces puros y legítimos de fnmüia.
No descarAs los bienes» de tu prftjimo, 110
envidiarás sus riq u e z a s, sil posicion, ni
sus facultades.
líl hom bre no p u e d e , p u e s , e nvidiar
n a d a de lo que está prohibido por los m a n -
dnmientos IX y X del Decálogo.
Sin em b a rg o , conozcamos mns á fondo
ese pecado in f e r n a l, usa pasión deprim ente
llauiHdn envidia.
D os c l a s e s h n y d e e n v i d i a , A m b as h o r­
re n d a s y que debemos pro cu ra r á todo
tra n ce repeler á su m eno r asomo.
Si envidiamos las riquezas legitim as a l ­
canzadas con el trabajo h o n ra d o , si envi­
diamos la posicion legitim a obtenida por
la aplicación y el ta le n to , si envidiamos
los aplausos legítimos otorgados al mérito
verdadero, nos convertimos en u nosm óns-
triin.s de m ald ad, vileza y m iseria, porque
con n u e stra envidia m anifestam os odiar
todo lo mas panto y lo mas n o b le : odiamos
el trabajo, odiamos la v irtu d , odiamos el
saber. Hé ahí u n a p rim e ra clase de en v i­
d ia , cuyo origen gráfic am en te espone el
libro de la Sabidu ría ( n , 24 y 25).
«Mas por la envidia del diablo en tró la
m u e rte en el mundo.»
«Y le im itan & 61 los que son de su p a r ­
tido.»
Si envidiamos las riquezas ilegitimas a l­
canzadas con el fraudo ó con el crimeD, si
cuvidiomos los honores y posicion o b te n i­
dos por la audacia afortun ad a de la ig n o ­
rancia, nos convertimos en unos m ónstruos
de p e rv e rsida d , porque coa n u e s tra envi­
dia luauiTealHuios a m a r y querer lo p e c a ­
minoso, lo injusto y lo criminal.
Retratado la envidin, veamos los males
qiiü á los hom bres y a k sociedad ocasio­
n a, y los males que aqueja» al mismo e n ­
vidioso.
R encores, m a ledicen cia, c a lu m nias con
todas sus fatales secuelas son los frutos
de la envidia y la triste obra del envidioso.
Desunión e n tre las fam ilias, enem istades
**ntrc c iudadanos, odios civiles eu loa p u e ­
blos, g u e r r a s en tre las naciones.
La tenaz envidia e n fe rm a , debilita y
ranta al qu e la sufro : vuélvepe am arillento
su color, ti'irbanse sus d igestiones, se a l­
tera el h íg a d o , sus vasos se o b s tru y e n , y
en un momento de desesperación, la lo­
c u ra , el asesinato ó el suicidio pueden dar
fin íi la triste historia del envidioso.
Contra envidia caridad o rdena el Cate­
cism o: admiración p u ra los b u e n o s, c a r i ­
dad p ara los m alos; ainor i todos. Sepan
losnlfloB, que el trabajo p a rtic u la r de cada
uno c o nstituye el verdadero m érito; que
las riquezas y los honores son bienes p a ­
sajeros aun en este m u n d o ; y q u e la i'inica
felicidad e striba en c ontentarse cada uno
con su suerte. Por d e sg ra c ia , pocos están
contentos con la s u y a , y esto solo debería
— ÜC —
servirnos de barrer» pnra impedirnos quo
envidiáram os a u n al qu e ap a ren te m en te
es mus digno de envidia. ¿Sabemos, acaso,
lo que en su interior p asa? ¿sabem os ac a ­
so, sus sufrimientos m orales?... Recorde­
m os, por fin, que Dios es el árbitro sobe­
ra n o , y sinceram ente d ig a m o s :
Hágase tu vo luntad, asi en el cielo como
en la tierra.

PRHRZA.

Contra pereza diligencia.

Comerás el p a n con el sudor de tu rostro,


dijo Dios: y la ley del trabajo fue estab le­
cida, y ante este conciso precepto queda
pálido y a m o rtig u a d o el relevante mérito
de los mil pensam ientos y mil escritos de
los economistas.
Y como consecuencia lógica del divino
p recepto, el Catecismo considera como p e ­
cado m ortal su desobediencia, esto e s, la
pereza. Poca quien no trabnja p a ra g a n a r
el pan m a te ria l; peca quien no tra b a ja
p a ra ilu m in a r su inteligencia y su co ra-
zon; peca quien no tr a b a ja en ejecutar
b uenas obras.
Desde la m as tie rn a infancia debería in-
cnlcnrse & I03 n iñ o s , las siguientes m&xi-
nias del libro de los Proverbios de Salomon:
«Ve fi ln h o r m ig a , oh perezoso, y consi­
dera sus cominos y a p re n d e su sab id u-
f la.» (vi, G).
«La mano floja produjo indigencia , y la
mano activa acu m u ló riquezas.» (x , 4).
«líl que la b ra su tie rra se saciará de
pan , mas el q u e am a el ocio es m u y n e -
<‘- iu.» ( x i i , 2).
La ociosidad es u n a pasión tnn funesta
al individuo como á 1a so c ie d ad , y no en
vano en los Libros santos se lee que es la
m adre de iodos los vicios. La ociosidad con-
<1nce al misero & la vagaDcia, h la m e n d i­
cidad , al robo y al a s e s in a to ; la ociosidad
es la causa de que el obrero frecuente la
tab erna y el j u e g o , y que se e n tre g u e á l n
In ju ria , dando todo por resultado el d e s ­
orden en la familia; la ociosidad hace a r ­
ru in a r & comerciantes y h indu striales; la
desAplicacion, que es la ocinsidnd cic n ti-
ficn, liare m orir enfermos al m édico, p e r ­
der plsitos al ah ogado, h u n d ir edificios al
ingeniera y a r q u ite c to , p e rd e r b atallas al
g e n e ra l y a r r u i n a r naciones á los g o b e r­
nantes.
Contra pereza d ilig e n c ia : esto e s , t r a ­
bajo, aplicación y cultivo de todas n u e s ­
tras facultades. Si por n u e s tra n a tu ra le z a
débil, floja ó enferm iza u o estm noB d is ­
puestos p ara el trab a jo , la medicina h i­
giénica aconseja el sol, el aire, la alim en­
tación y los oportunos ejercicios. No im i­
té is , ni euvidieis al ocioso: la vida es un
continuo movim iento, el ocio es unn flemi-
parálisis de la vida como el sueño de un a
se m im u e rte . Fortifiqúese el cuerpo con
ejercicio m o d e ra d o , la in teligencia con es­
tu dios apropiados á n u e s tr a s facultades, y
el alma con el ejercicio d e la moral C ris ­
tia n » .

SACRAMENTOS.

EUCARISTÍA Y PENITENCIA.
(V éanse los M andam ientos de la Ig lesia ).

BAUTISMO, CONFIRMACION
Y EXTREMAUNCION.
Siendo estos tres Sacram entos p u ra m e n ­
te cristianos y e s p iritu a le s , infusión do la
g r a c ia en loa dos prim aros é invocación de
la g r a c ia en el í'iltimo, dejarem os h a b l a r á
A u g u sto Nicolás, au to r tan sencillo como
elocuente.
«B autism o . El bautism o es la p u erta por
donde entram os en la sociedad cristia n a ;
I|r>s lava ante Dios del pecado o r ig in a l, nos
A v iste de la inocencia como de un vestido
Manco , y nos hace pnsar de la familia de
Adán illa de Jesucristo . Deposita en n u e s­
tra alm a u n a le v ad ura de g ra c ia que fe r­
m en ta en se c re to , y se desarrolla cou n u e s ­
tra razón y voluntad, y tiende ¿ n e u t r a l i z a r
le a n tig u a levadu ra de la concupiscencia
que está en n u e s tra c a rn e , y que debe c a u ­
sar mn3 adelan te lautos desórdenes,
«Confirmación. La se g u n d a e d a d , la dé
lft adolescencia, trac consigo el ardor de
Ina pnsiones y el ejercicio de n u e s t r a vo­
l u n ta d , y es la edad critica y o rd in a ria ­
m ente decisiva en la vida del hombre.
Hasta aquí no ha hecho mas que p re lu d ia r
sus destinos, que han estado en m anos de
otro, y que a h o ra van & p a r a r 6 sus p ro ­
pias m auos. ¡ Época te rrib le y fatal p a ra la
v ir tu d , en que empieza el combate ¡ en que
ln vida y la m u e rte e n tra n en terrible l u ­
cha! En este m om ento solemne in terviene
se g u n d a vez la Religión p a r a confirm ar la
g ra c ia del bn utism o, u n g ir hl jóvon atleta,
señalarlo en la frente con la señal de salud
que debe distin gu irlo en la p e l e a , é im p ri­
mirle en la m e jilla , con el signo de la
a frenta, el valor p a r a sobrellevarla hnsta
- ÜO -

la m u erte por la sa n ta cnnsa del debpr en


la cual se bHlla alistado.
«E xtrem au n ció n . La extrem n un clon es
como el bautism o de la otra v id a, solo que
se halla colocado al lado de a c b , p orque del
lado de ni 1A la ju sticia tiene ocupada su
e n tra d a . Nos hace m erced al perdón antes
qu e m uram o s á la n a tu ra le z a ; cierra su c e ­
sivam ente las p u e rta s á la concupiscencia,
y hace e n tr a r de nuevo la g ra c ia del p er-
don por el mismo sitio por donde se habia
perdido la de la inocencia. P o r esta santa
u n c ió n , dice el sacerdote, el Señor te p e r ­
done todo e l m a l que hiciste con la v i s t a , el
o lfa to , el tacto, etc.; y con estas p alabras,
con la unción que las acom paña y la» s u ­
blimes oraciones que las sig u en recibe en
el almo fiel la vida de la g ra c ia , y se obra
con frecueucia en ella una alegria y u n a
paz tan sensibles, que el mismo cuerpo
e n c u e n tra quizás en ellos un principio de
m pjorla, y el alm a bendice y am a siem pre
los p a d e c im ie n to s , mas ó veces que los
crim inales placeres de que son doloroso
expiación.»
MATRIMONIO.

El m atrim o nio, la uniou indisoluble e n ­


tre lia hombre y u a a m u je r, es elevada por
n u estra Religión ¿ la sublim e categoría de
Sacram ento. Y coa rHzoa: el m atrim onio
debía ser runs que un m aterial contrato ó
u n a reunión p a ra g o z a r las du lz u ra s de la
vida, y tam bién debía ser m ucho m us que
la uuion para p e rp e tu a r la especie á sem e­
jan z a de otros seres dotados de vida.
En la Religión , dice un au to r contem po­
ráneo (1), están los místicos velos qu e c u ­
bren el pudor de la m ujer.
En la Religión estíi la indisolubilidad del
matrimonio.
En la Religión está el rég im en de la co-
imiuidad de bienes.
«Déjense (2) p a ra otros tiempos y para
n a tu ra le z as em brutecidas las delirantes
orglaB que presenciaron las m á rg e n e s del
T ig ris y del Eufrates y las lla n u ras de Sa-
n a a r ; el culto im pu ro de Milita en los te m ­
plos de B abilonia; la poligam ia y los torpes
(1) u . J o a q u í n £<mclicz d e Toca. El matrimonio, ¡u
lev natural, su importancia social-
(2) Id ., Id.
6 erraÜ 0 6 de Oriente, y todas las consecuen-
cias del panteísm o a terra d o r de Brahmn.
Contemplemos en e sp e ra n z a á la m u je r
de Occidente q u e , coronada de m irtos y
laureles, e n to n a el himno do. la em a n c ip a ­
ción f u t u r a , y como la Pitonisa ad ivina el
porv en ir, y como I’latou espone su teoría
del a m o r id e a l, y veninos cómo el Cristia­
nism o entiende el m a trim o n io : * la unión
de dos 6eres p a ra p ra c tic ar la v irtu d , p ara
corregirse y consolarse m ú tu a m e n te y por
ende perfeccionarse am bos; la unión de
dos seres para fu n d ar u n a familia n u e v a
con su representación d iv in a , ilum inand o
la inteligencia de los niños y sem brando
en aus tiernos corazones con la voz y el
ejemplo las semillas del am or cristiano y
de la m oral c ristiana. Significando tanto rl
m atrim on io y siendo tan elevada su m i ­
sión, bien puede invoenr el sacerdote la
g r a c ia de lo Alto, p ara que cual benéfico
roclo se esp arza entre los cónyuges.
La Religión, de consuno con la ciencia,
busca la salud de los esposos y de los h i­
jo s, y de a h í, los im pedim entos del m a t r i ­
monio. En efecto: ¡da ciencia sup lica un
poco menos de a m o r y un poco mas do c o m ­
pasión p a ra los hijos quo ven drán. Sin a ta ­
c ar la libertad del individuo, predice s u ­
frimientos sin c u e n to , si linfático ó débil
un hom bre se casa cou u n a m ujer escro­
fulosa ó prediepuesta & la tisis (1).»
G loria & la Iglesia católica que se a n ti­
cipó & las observaciones m odernas de ln
ciencia. I.éanse los prim eros párrafos do
un articulo que publicam os en 1861 t i t u ­
lado : Del m a trim onio entra consanguíneos
y su influencia en la sordo-m udez h ered ita ­
ria (2).
«Antes de ap a re c er el E vangelio, qu e d e ­
bía re g e n e r a r física y m oralm ente la e spe­
cie h u m a n a , descuidaron los legisladores
señalar los im pedim entos por la c onsan­
g u inida d. Solo á los últim os de la civiliza­
ción p a g a n a , p recurso ra del Cristianismo
encontram os a lg u n a restricción: la p a te r ­
n id a d , a u n q u e solo fuese ad o p tiv a , im pe­
dia el m atrim onio, no h abía connubium
e n tre h e rm a n a y h e rm a n o , a u n q u e si con
la herm a n a adoptiva en determ in a d as c i r ­
cunstancias ; y si bien pasó como legal el
matrimonio con u n a sob rin a, desde que
Claudio dió el ejem plo, casándose con Agri-
p in a , fue ejemplo rarísim a vez imitado.
«Los Papas, fíeles intérpretes del Libro
santo, se a p re su ra ro n á prohibir el m a tr i­
monio hasta el cuarto grado. Q jc el ho m -
(1 1 Educación higiénica, (le un pueblo. D i s c u r s o lc l -
do e n 1849p o r e l A u to r.
(2i Véase el Monitor de la Salud.
bre b usq u e por com pañera á u n a e strañ a,
que los vínculos sociales se a u m e n te n ;
qu e m u c h a s familias formen un a sola y
sean los hom bres, por la n a tu ra le z a y por
sus uniones herm anos todos. Hó aquí la
fra te rnida d un iv e rsa l, el verdadero socia­
lismo snntificado por el Vicario de J e s u ­
cristo con solo un a ley p a r a el m a trim o n io ;
ley q u e , i»l observur los efectos de la c o n ­
s a n g u in id ad , debemos a d m ira r conside­
rando en ella un a de las p rim e ra s glorias
del pontificado.
«¿Quién sabe si aquellos ilustrados y vir­
tuosos legisladores conocieron los r e s u lta ­
dos de los m atrim onios entro parientes,
cuando se a p re su ra ro n A prohibirlos? Las
preocupaciones del vulgo dutan siem pre
de m uy léjos y en todos los países, el v u l­
g o , e n tre sus rondallas, refiere m o n s tru o ­
sidades y casos desgraciados resu lta n te s
d i matrim onios e n tre p a r i e n t e s ; y como
com plem ento, la ciencia, al reconocer que
lo q ue se tenia por ilusiones del vulgo, son
hechos prácticos, tem ores por desgracia
fundados, bendice la Religión de la cual
em anan proccptos higiénicos de ton vital
im portancia
«Con la cuestión de los im pedimentos del
matrim onio va im plicada otra : la de las
dispensas.
«Por la rgo s años los Papas observaron ri­
guro sa m e n te la ley y no dispensaron & n a ­
die. G u e rra s intestin as se p rese n ta n , y los
com batien tes, cansados l e m a ta r s e , dan
tre g u a s Asu furia, y esperan silenciosos ln
voz del sucesor de Pedro. Un casamiento
podia poner térm ino al exterm inio y eer el
iris de paz p ara dos ejércitos enemigos. Lo
fue en e f e c to : tras e ncarn izad a lucha,
en 1206, el p a p a Inocencio III dispensa h
Otton IV el poderse casar con la hija de F e ­
lipe, d u q u e de Suevia, pariente en cuarto
grado.
«La higiene que podia ver en las disp en ­
sas u n a trasgresiou de la saludable ley
prohibitiva, consiente gozosa la p rim e ra
dispensa dada por Inocencio, por cunnto «i
salas popnili suprem a lea, e s t, m uc h o mns
pesaban en la balunza las vidas de m illa ­
res de com batientes que u n a prob lem á­
tica m al conformación del hijo del soberbio
Otton IV.»

ÓRDEN SA.GRADO.

Médico de almas es el sacerdote católi­


co. Por órden de Dios consuela todas los
p e n a s ; en nom bre de Dios perdo na todas
las f a l t a s ; y en ciertos momentos, h su
misterioso soplo, el pan y el vino se t r u e ­
can en Taudales de gloria. Titulo ta n ele­
vado, ta n nobles facultades, de lo Alto d e ­
ben proceder.
Consagrado por completo h la h u m a n i-
dad , & llorar todos sus dolores , k c orregir
todos su s extravíos y á difundir por do
q u ier las luces de la Religión, la familia
debia ser u n obstáculo p ara e m p re sa tan
g r a n d io s a , y h á ahí la adm irable in s titu ­
ción del celibato eclesiástico.

VIRTUDES TEOLOGALES.

FE.
F u e r z a p o d e r o s a , invisible como otras
fuerzas qu e los sábios h a n demostrado, es
ln fe.
Atracción del hombre & otro m u nd o no
esplorado por los viajeros, es la fe.
Luz que e m ana de otro sol no observado
por los astrónomo?, es la fo.
La fe ea creer. En e s ta p a la b ra creer es­
tá condensada unn nueva vida den tro de la
vida terrena.
F u e r z a , luz y n u e v a vida. ; C uánta m a ­
r a v illa ! Necio é infeliz es el hom bre que
voluntariam ente abandona la fe.
Atracción h otro m un do. Con la fe nos
consideramos con derecho de c iudadanía
on el cielo, y poca m ella nos h a rá n las m i­
serias y contrariedades dñ e sta vida, si oí­
mos en nu estro interior u n a voz que nos
dice: ni esta d esgracia, ni las que vendrán,
ni la m ism a m u e rte es el té rm in o ; en otro
lu g a r está el descanso, en otra región está
el premio.
Luz que e m a n a de otro sol. Creencia eu
la e te rn a Sabiduría sin analizarla, y po­
seerla sin estudiarla. Con la sim ple in te li­
g e n c ia no sabemos sino lo q u e noe enseñan
y lo quo á n u e stra s lim itadas facultades es
dable alcanzar. Cnn la fe tenemos solucion
h m uch as dificultades que los síibios a u n
confian vencer. Con la fe , n u n c a s e n tire ­
mos Iasofocacion del cansancio, ni esvare-
mos en las sombras de la d ud a y ni p od re­
mos perdernos en las tinieblas de lft confu­
sión : la fe es la luz.
N ueva vida. Sentimos en la fe la p le n i­
tu d de la e x iste n c ia d e n u estro esp íritu, su
origen y su no fin, vivimos en él y pa ra él, le
nu trim oscon la oracinn y lefortificamos con
el ejercicio de la virtud . Robusto y fuerte
el espíritu te n d rá completo dominio sobre
los instintos y necesidades del cuerpo, y por
— (58 —
ende , no nos e n tre g a rem o s con fácil com­
placencia ni & la g u l a , ni & la i r a , ui k la
lu ju r ia , ni á la envidia , ni á otra pasión,
siendo el resu ltad o salud y felicidad. La fe,
p u e s , es la n u e v a v id a , la vida buen a, la
vida higiénica.

ESPERANZA.

F ru to balsámico del árbol de la f e , es la


esperanza.
Bálsamo que r e s triñ e las heridas del a l ­
m a impidiendo que la fe se escape y que la
desesperación penetre, es la esperanza.
Alimento, p an de cada dia, es la espe­
ran za.
F ru to de la fe : sin fe no cabe e speranza
ni en lo divino ni en lo hum an o. Sin creer
en el médico, ¿cómc e sp e ra r la curación
por 6U ciencia? sin creer en el am igo, ¿có­
mo e sp e ra r el socorro de su benevolencia ?
sin creer en el ju e z , ¿cómo esperar en el
fallo de su justic ia ? y sin c reer en Dios, el
m édico de los m é d ic o s , el m ejor de los
A m ig o s y el Ju e z de la ju s tic ia eterna, ¿có­
mo esperar en Dios?
La esperanza es un bálsam o en lo divino
y en lo hum ano. El hombre que desespera
de la su e rte q u e d a sin vigor a l g u n o , y ¿1
mismo se convierte en fom entador de su
desgracia. Al contrario, el ho m b re q u e es­
pera y no le abandona la razón y sobre to ­
do el q u e en Dios confia, puede hum illarse
frente el liuracan de la desgracia, puede
por un momento doblar la a batida frente,
pero p a ra le va nta rla pronto se r e n a , fija la
vista en los cielos de donde espera fuerza
y auxilios.
La e sp e ra n z a es el pan n u e stro de cada
dia. P ara el dia de m a ñ a n a y p a r a l a vejez
tra b aja m o s; p a ra la g lo ria leg itim a de m a ­
ñ a n a e s tu d ia el s&bio y pe le a el g u e r r e r o ;
y p ara la gloria e te r n a debemos redoblar
nu estros esfuerzos, luchando y venciendo.
Sin la esp era n z a no se com prende la vi­
da, puesto que su carencia com pleta incita
al hom b re & s u d e s tr u c c ió n : el suicidio.
Sin esperanza , el enfermo g ra v e ta c to do
cuerpo como de espíritu, no puede c u rarse
por mas inteligente que sea el médico y
por m as oportunos que sean los remedios.
N onos abandone ja m á s la esperanza di­
vina, y si Dios dijo al pueblo de Isra e l: Yo
soy el Señor tu Dios (Éxodo, x x n ), r e p ita ­
mos con el P rofeta: En t i , Señor , esp e ré ,
no quede yu jmníis confuso, líbrame por tu
justicia. (Salmo x x x , 2).
CARIDAD.

R e su rte n y esencia de los diez m a n d a ­


mientos del Decálogo, as la caridad.
Complemento de todas las virtudes y
profiláctico de todos los v ic io s, es la ca­
ridad.
Demostración ostensible de la fe y de la
e sp eranza es la caridad.
Y en fiu, señnl inequívoca de perfecta
salud m oral y m a te r ia l, es la caridad.
Resi'imen y esencia de I03 diez m a n d a ­
m ientos del Decálogo: A m a rá s á Dios so­
bre todas las cosas y a l p ró jim o como á t i
m ism o. V irtu d sublim e que torpe y m ez­
qu in a m e n te l o s a t e o 3 , provistos d e su mo­
ral universal, formulan asi: no quieras p a ­
ra los otros lo que no quieras p a r a ti. N o :
no es esta la caridad de origen divino ; no,
no es esta la caridad de procedencia cris­
tiana. Hemos de a m a r al prójimo como á
nosotros mismos, y como á nosotros mismos
nos hem os de a m a r s e g ú n el espíritu de
Dios, claro estíi que el am or m aterial con
q u e so a m a el ateo , trasmitido al prójimo,
no es caridad.
Compleinent3 de todas las virtudes y
profiláctico de todos los vicios. Ni los hom
bres, ni los santos han podido a ñ a d i r , h a ­
blando de la caridad, na d a mas expresivo,
nada m as elocuente qu e las conocidas p a ­
labras del A p ó s to l: La caridad es paciente,
os benigna, la caridad no es envidiosa, no
obraprecipiladamev.lt!, no se ensoberbece, no
m ambiciosa., no busca sus provechos. ( C ar­
ta & los corintios, x n , 4).
Muchos cristianos creen que la caridad
no es o tra cosa sino el m ovim iento de com ­
pasión que hace p a sa r la m oneda de sus
manos & las del pobre y los servicios que
prestau & los desgraciados. Sí esto es c a ri­
dad, pero uo es toda la caridad, 6Íno u u a de
sus ferro as ostensibles.
La caridad uo es envidiosa : no desea ni
pretende los bienes del prójimo y a p a rtu de
la mente toda id e a d e empobrecerle, líl es­
píritu de caridad rechaza hasta la p alabra
mas ju s ta y v erdad era si con ella podemos
ca u s a r el mas leve desasosiego ¿i nuestro
herm an o.
¿A.caso necesitamos decir u n a p alubra
m as del sublim e espíritu de caridad?
¿Cu&ndu , ¡oh M&rtir del Gólgota! reinará
la c a rid a d cu el m uudo?
Demostración ostensible de la fe y de la
e sp e ra n z a : sello que m a rc a n u e stra c r e e n ­
cia y g a ra n tía en qu>; fun dar n u e stra espe­
ranza. Si no seguim os los consejos y 110
cum plim os las órdenes del médico, ¿de qué
sirvo creer y e sp e ra r eu su ciencia? si
n u n ca hemos dado pruebas de cariño al
amigo, ¿dé qué sirve el c re sr y e sp e ra r en
su am istad? si no tenemos razón , ¿ d e qué
sirve creer y e sp era r en la ju stic ia del juez?
A bsolutam ente de n a d a , lo propio q u e si
con n uestros actos internos y externos no
demostram os la sinceridad do n u e s tr a fe y
que tenemos motivos p a r a e s p e i i a u en el
Médico de los m édicos, en el m ejor de los
am igos y en el Ju e z eterno.
Y en fin, señal inequívocn de perfecta sa­
lud : la caridad es pacien te, el hom bre que
la puseeno sufre trasportes de i r a ; la cari­
dad es benigna y la d u lz u ra esparce el
bien estar y la norm alid ad en las funciones;
la caridad no es envidiosa y por lo tanto
prese rva de todas las enferm edades que
son obra de la envidia; no obra p re c ip ita ­
dam ente, es d e c ir , el reg u la d o r de la vida
y de la s a l u d , la sa n a p ru d e n c ia g u ia sus
manifestaciones. Y por último cuando pu e­
blos y naciones, g o b ern a n tes y gobernados
e s ta rá n inspirados por la caridad , el odio
■desaparecerá de la faz de la tie rra, la g u e r ­
ra serft imposible y la higiene habrá alcali­
zado 11 ua g a r a n tía m as de 6alud : la paz.
VIRTUDES CARDINALES.

PRUDENCIA.

Faro luminoso de la vida que nos señala


los escollos que debemos ev itar fifi la p r u ­
dencia. Los escollos m as temibles son ln
m aldad y la m entira, q u e están escondidos
en los a l parecer apacibles m a re s de la so­
ciedad, donde a l parecer todo bien tiene su
pedestal y la verdad 6u tem plo.
Desde la a n tig ü e d a d h a sido con sid era­
da la prud en cia como u u a virtu d que debu
presidir la co nducta de la vida h u m a n a .
Simbolizada en Prom eteo, que significa
previsión, fue rep re se n ta d a por los e g ip ­
cios bajo la figu ra de u n a serpiente con
tres c a b e z as , u n a de perro pa ra olfatear,
otra de león á p unto de tr a g a r y otra de
lobo en actitud d e m e dita r un a retirada.
Como se desprende del sim ple re la to , se
tra ta del em blem a de una p rudencia egoísta
y material. Pero Jesucristo, manifestando
quo la p ru d e n c ia debe te n e r la aEtuciu
de la serpien te y la d u lz u ra de. la p a lo ­
ma, y la Iglesia católica, elevando la p ru-
— li —
ciencia & la p r im e ra de las virtud es c a rd i­
nales, ó sea la que nos enseña á discernir,
lo que d o s conduce á Dios y lo qu e de él
n o s a p a r ta , h a n hecho de eeta virtud la s a l­
va g u a rd ia de la salud del cuerpo, del espí­
ritu y de la sociedad.
La higiene, el arte de conservar la salud,
si d o es la mism a p rud en cia, es k lo menos
todo prudencia, y p resurosa adm ite la mis­
m a definición de la Iglesia.
La prud en cia se obtiene con la e x p e r ie n ­
cia y ciencia ajenas, con la experiencia
propia y con n u e s tr a razou. Im p ru d e n te s
son y pecan contra si mismos y contra Dios
los que d esatienden ó desprecian los avisos
de la prudencia.
N uestros podres ó el médico nos a co nse­
ja n no pasar re p e n tin a m en te y sin abrigo
de un lu g a r caliente á otro m u y frió’, po r­
que pueden sobrevenir supresiones de t r a s ­
piración y enferm edades graves. Si no se­
gu im os este c onsejo, enferm amos por
im pru dencia. Hé alií el consejo de lu
experiencia y ciencia ajenas.
liem os sufrido iuflamaciones y nos re s ­
friamos siem pre qu e no tomam os la6 d e b i­
das precauciones al salir de u n local m uy
caliente. Hé ahí la ex periencia propia. So­
mos m u y im p ru d e n te s si olvidamos estas
lecciones*
— To —
Por n u e stra razou ó ciencia nos explica­
r e s la necesidad de que s “. p ro du zcan es­
tas enferm edades. Hé abí la razón propia
C o n se ja n d o prudencia. Cometemos la m as
criminal da las im prudencias si olvidamos
tales razones y tal ciencia.
Y con esta im p ru d e n cia no se crea que
solo perjudicam os á n uestros c u erpos y
Que solo despreciam os & la cieucia h u m a ­
ba, sépase que tam bién ofendemos ¿ Dios.
Faltam os al c uarto m andam iento, porque
desobedecemos n uestro s pad res y al m é ­
dico, y a el que nos da uu b u e n consejo
haco las veces de padre, y faltamos al
l u iu to m a n d a m ie n to , porque atontamos
contra n u e s tra vida.
Hé ahí los arm on ías de ln h igiene y del
Catecismo en toda su verdad y clara se n ­
cillez.

JUSTICIA.

Virtud que nos obliga á d a r ¿ cada uno


lo que le p ertenece y á respetar los d ere­
chos do to d a s, p a n del pueblo (C h ateau ­
briand) ; m adre do la paz pública y del ór-
don privado; y por u n au to r escéptico
( V o lt a ir e ) : la idea de ju sticia me parece
u u a verdad de p rim e r orden. Pero es nece­
sario esta r poseído del espíritu cristiano
p a r a decir con F e n e l o n : se d eshonra 1»
ju stic ia cuando no se usa la d u lz u r a , los
m iram ientos y la condescendencia. Y es
que la ju stic ia es la re c titu d que Dios nos
h a enseñado por su g racia; y es q u e el mo­
delo de n u e s tra ju s tic ia está en estas s u ­
blimes p alabras de la oracion :
Y PERDÓNANOS NUESTÜAS DEUDAS A.SÍ CO­
MO NOSOTHOS r c n D O N A M O S A NUESTROS D E U ­
DORES.
Y en estos otros q u e escritas están en san
L u c a s:
M irad p o r vosotros. S i pecare tu herm ano
contra ti, corrígelo: y s i se arrepintiese, p e r ­
dónale.
Ju stic ia clam an las naciones; p r o m u lg a r
leyes ju s ta s es el p r im e r deber de los le­
gisladores; c u m p lirla s y hacerlas c u m p lir
es el p rim e r deber de los gobiernos.
Todos los que de educación se h a n ocu­
pado sériam ente, estudiando p ara este ob­
je to la n a tu ra le z a h u m a n a , están confor­
m es en d esa rro lla r ante todo el sentim iento
de ju stic ia . A costúm brense los niños en las
escuelas al ejercicio de esta v i r t u d , sean
rectos ju eces de las faltas de su s compañe­
ros p a r a que en su día sean subditos obe­
die n te s y au to ridad es ju sta s.
La higiene, que es u n a ra m a de la ed u­
cación, a y u d a á consolidar la g r a n obra de
severa ju stic ia h u m a n a , pero en su
Practica im ita la amorosa ju stic ia del
Evangelio:
Si pecare tu herm ano, corrígelo.
Un ejemplo:
Al ver á un niño pálido y ojeroso, con
ojo? hundidos y m ira d a lá n g u id a , con ac­
titu d n e g lig e n te y p e re z o sa , «i h a y p r e ­
sunciones fun dadas que aqu el niño se e n­
tre g a á hábitos vergonzosos, á u n a lujuria
m onstruosa por lo t e m p r a n a , á ig u a l que
un b u en confesor, el médico h ig ienista
compadece y corrige. l)espues de exp li­
carle en térm inos claros, p a ra qu e h a g a n
impresión en su alm a, los peligros que cor­
re, como a ta q u e s nerviosos, convulsiones,
falta de desarrollo físico é in telectual y
por lo tanto la debilidad p a ra toda la vida,
teniendo la sociedad en él un ser in útil en
fuerza, en in teligencia y ha s ta p a r a p erpe­
tu a r la especie, le aconsejará u n a m o r tifi-
cacioti saludable: cam a d u r a , abluciones
frías, ejercicios y trabajos corporales ha sta
la fatiga. Á ig u a l que el confesor prod ig ará
los rem edios m orales y religiosos. Y c u a n ­
do se h a y a obtenido la curación , el h ig ie ­
nista h a b r á compadecido, corregido y p er­
donado: h a b rá hecho ju sticia segú n el
Evangelio.
FORTALEZA.

Virtud que nos da fuerzas p ara obrar co­


mo debemos, dice el C atecism o; valor para
sostenerse en la adversidad, p ara practicar
la v ir tu d y p a ra resistir las pasiones que,
como dice Rousseau, son las que nos hacen
débiles.
T a n relacionada está la fuerza m oral con
la fís ic a , que cási son ig u a le s los medios
p a r a a lc a n z ar ambas. El libro de la historia
nos enseña que el v igor físico de d e term i­
nados individuos y la fuerza de de te rm i­
nadas razas, debióse sobre todo a l ejercicio
diario y re g u la r de todos los m ie m b r o s , íi
la continencia 6 castidad y & la privación
de todos los placeres qu e e n e rv a n . Catón,
el ce nsor, & los ochenta años tiene nn hijo
con la hija de S eleniussu cliente; Mnssinisa,
r e y de los m u n id a s , despues de u n a vida
g u e r r e r a , tuvo cerca de los n oventa años
un liijo, llomado M ethym no; la robustez y
vigor de los paladines de la Edad media,
consistía en q u e profesaban un verdadero
c n lto , jam ás profanad o, á la daran de sus
pensamientos. Los héroes fueron siempre
c a s to s : Bayardo fue continente como Sci-
pion el Africano; Huripides nos p in ta al
temible Aquiles timido con las m ujeres y
respetuoso con Clitemne é Ifigena; entre
los hebreos y otros pueblos estaba p roh i­
bido ap ro x im a rse & las m ujeres en tiempo
de g u e r r a , y sabido es, que los delicias de
Capua causaron la ru in a del ejército de
Aníbal.
Los m ismos medios que fortalecen el
c uerpo tienden á fortalecer el alm a: el tr a -
bujo corporal, la castid ad, la sobriedad, la
práctica de todas las virtu de s higiénicas y
de todas las virtud e s cristianas nos com u­
nican fuerzas p a r a a m a r el bien y p a r a
con sag rarn os & Dios.
El amor á Dios nos fortalece en las d e s­
gracias p a r a que no cedamos & la desespe­
ración, porque, como dice T eiitchtorsleben
en su H igiene del a lm a , el am or de Dios es
la m e jo r , la m as p u r a y la m as f u e i i t h de
las afeccÁanes: es el sentim iento que absorbe
á lodos los d e m is. Este am or es el único
que puede devolvernos d e s p u e s d e l a pena
u n a a le g ría santa, tr a n q u ila y m ística. La
p u r a alegría es p renda s e g u ra de salud del
cuerpo y la manifestación m as visible de
fortaleza del alm a.
TEMPLANZA.

V irtu d que p reserva de las pasiones y


que lim ita los deseos ; señorío firme y d is­
creto que contiene los Ímpetus ilícitos del
án im o ; freno de las coses que tem p oral­
m en te d e l e i t a n , y llam ada tam bién so-
p krosino ó g u a r d ia n de la sabiduría.
V irtud higiénica e n a lto g ra d o que tiene
por aux iliares & otras v irtu de s llam adas
Hubriedad, castidad, m odestia y las su m as
de sus efectos se llam an salud, robustez y
fortaleza.
Y como y a tan ta s vcccs hemos repetido,
siendo tan estrechísim as las relaciones del
cuerpo y del espíritu en esta vida, nada
estraüo p a re c e rá que la te m p la n z a moral
d e pend a de la te m p la n za física y viceversa.
Nada debilita tanto las facultades intelec­
tuales como los escesos en la alimentación
y los e stragos de la lu ju r ia , y así Horacio
dice del discípulo de las m usas que aspira
& elevarse & la cim a del Helicón.
A h s tin u it venere et vino su d a vit et a lu l.
T e m p la n z a se liorna especialm ente la
nhstencion del vino y de los líquidos alco­
hólicos, y sociedades de tem planza están
establecidas e n los Estados Unidos, In g la ­
t e r r a y A lem ania p a r a com batir el vicio de
la em briagu ez. Á Dios g racias, fam a de só-
brios gozamos los españoles, si bieu en
particu lar d o faltan in dividualidades in ­
tem perantes. Sirvan los efectos de las b e­
bidas alcohólicas de ejemplo p ara demos­
t r a r lo que es y lo qu e se vuelve el hombre
faltado de la v ir tu d de la tem planza.
líl v í q o produce la em b riagu ez, que con
razón h a sido com parada á u n a locura a g u ­
da, con su falta de razón, Arrebatos de ira
y de f u r o r , que p u e de n te r m in a r con un
c r im e n , y un estado final de soñolencia
e stúp id a y re p u g n a n te . La repetición de la
em briag uez deja reliquias funestas en el
físico y en el m o r a l : a lu c in a c io n e s , d e ­
mencia, te m b lo re s, alteraciones de los s e n ­
tidos y em brutecim iento final. La pasión
de la e m b riag uez conduce ¿ la m iseria, de­
p ra v a las costum bres y d e stru y e los vincu -
los de familia.
Cuando no solemos do m inar los deseos,
cuando nos entre g am o s en brazos de la pa­
sión, enferm am os y pecamos: «Es co nd i­
ción , sine q m non, dice W illich (L e c to ­
res on diet a n d re g im e n ) p a r a vivir con sa­
lu d el d o m in a r nuestros afectos y pasio­
nes,»
ÍIIMAYENTUIIANZAS.

i.
Bienaventurados los pobres de esp iritu , por­
que de ellos es el reino de los cielos.
Fclicos los quo estén contentos con sil
pobreza; felices los quo están contentos
con su hum ilde posicion; felices los que
están coutentos cou la inteligencia que de
lo alto recibieron. Ellos poseen u n a sabi­
d u r ía so bren atu ral que d e p u ra la pena de
sus cualidades acres y ponzoñosas, ellos
saben s u frir; ellos no conocen el insomnio
de la ambición y tampoco están atacados
de la vanidosa dem encia de crccrsc sábios;
ellos, en fin, tienen y a en Ir tierra un fon­
do de s alud perfecta. Bienaventurados de­
ben ser en el cielo.

II-
Bienaventurados los mansos, porque ellos
poseerán la tierra.
Felices los que am a n el prójimo y desean
la paz y sufren resignados la injusticia.
Ellos poseen en su corazon tina mulla di-
—a l­
vina que lc3 p re serv a del fuego iu sla n tá -
neo y voraz de la ira , y poseyéndola, ni la
sa n g re Be les enardece y no se e n tr e g a n k
los trasp ortes de un furor y un a locura p a ­
sajeros. No ofenden al h e rm a n o : al c ontra­
rio, atra e n las ajenas voluntades y poseen
en verdad la tierra . B ienaventurados d e ­
ben ser en los cielos.

IlL
Bienaventurados los que lloran, porque se­
rá n consolados.
Felices, si, los quo poseen en ol fondo
de su sér una voz m isteriosa y unos oidos
prontos á escucharla. La conciencia, t e r ­
m óm etro sensible qu e indica á estos bien­
a v en tu ra d o s la m enor perturbación depen­
dien te de la c u lp a ; el rubo r que tiñ e sus
sem blantes y las lá g rim a s que derram an
por la culpa com etida ó in te n ta d a , in fu n ­
den fortaleza en el á n im o , p re se rv a n del
c ontagio y desvian de la senda qu e condu­
ce & la enferm edad ó á la m u erte.
Feliz el jóven qu e al salir por voz p rim e­
ra de la b&quica y lasciva o rg ía , se a v er­
g ü e n z a de si mismo, y ni siqu ie ra com­
p re n d e cómo ha podido c onsum ir las horas
entre g a d o h la g u la , á la intem p erancia, al
ju e g o y á la lu ju ria , olvidtmdo por entero
- a l ­
ia paz y sobriedad del h o g a r doméstico, la
tranq uilidad del estudio y el recogim iento
del templo. La confusiou y el llanto tra s el
rccucrdo del m aterial p la c e r, es la voz de
la conciencia, el aviso de la R e ligión, el
consejo de la h ig ie n e que dicen con acento
cariñoso al jó v e n : de ten te ; la send a que
va6 á recorrer es la del vicio, la enfe rm e ­
d a d , su térm ino, y m as allá está la m u e rte
y d espues el Juicio de Dios.
Feliz quien al sólo pensam iento d e la
m e n tir a , al solo deseo del m a l, queda
conturbado y confuso: de purísim o cristal
es b u conciencia qu e se e m p a ñ a a l menor
soplo de la culpa. T ras de la confusion que
e x p e rim e n ta y de las lá g rim as que vierte,
ve n drá benéfico consuelo, saludhble bálsa­
mo qu e cicatriza el r a sg u ñ o que h a sufrido
el e s p ír itu , y este á su vez, se tr u e c a en
roca d u r a que desafiará el h u ra c a n de las
pasiones.

IV.
B ienaventurados los que tienen hambre y
sed de ju stic ia , porque ellos serán hartos.
Felices los que acá en la tie rra tienen en
todo s u ser esculpido los atribu to s de la
ju stic ia y son ju sto s se g ú n Jesucristo.
Ellos c o m p ararán las acciones ajenas con
las propias, y tard arán en pron un ciar el
fallo; exentos de todo pensam iento bajo y
ru in , libre9 de toda pasión deprim ente, no
ofenderán a l que va errado ni con severi­
dad ju z g a r á n al que ha de linquido; las
faltas de los otros se rvirá n p a r a corregir
las propias, y en pago de tan señalado fa ­
vor corresponderán con am or santo en vez
de ódio implo. Bienaventurados ellos, que
su sueño será el sueño del qu e descansa
despues de haber rep arado su s fuerzas con
el debido alim ento; y es que ellos se han
saciado de ju sticia y bien av enturad os son.

V.
Bienaventurados los misericordiosos, porque
ellos alcanzarán m isericordia.
Felices los que en sus corazones arde,
viva y refulgente, la sa n ta llam a de la ca­
ridad c ristiana; llam a que sin cesar se ele­
va del volcan de am or que sus pechos a te ­
soran. Felices ellos qu e ocupan su cuerpo
y su alm a en d e rra m a r él bien: la limosna
en las m anos, el consejo en los labios, el
consuelo en las m irad as y la paciencia en
el ánimo. Con actos ta n difusivos, la s a n ­
gre y los fluidos todos, el pensam iento y
la voluntad, todos & u n a tienden k esca­
parse en busca de la desgracia. En tales
- ac -
c ria tu ra s no son posibles Ins enfermedades
producidas por triste ó egoísta concentra­
ción. Ellos alcan zarán misericordia en esta
vida y bienaventurados serán en la otra.

VI.

Bienaventurados los de lim pio coranon, p o r ­


que ellos verán ti Dios.
Felices los que profesan la fe católica y
c um plen sus deberes y sig u e n s u r m a n d a ­
mientos. Felices los qu e procuran conser­
v a r purificado el sa ntuario de la concien­
c ia , y cuand o esta h a sufrido la m enor
m ancha, no contentos con llorar la d e sg ra ­
c ia , acuden p resurosos, hum ildes y aver­
gonzados a ule el Ju e z que tiene en sus
m anos el precioso reactivo que torna á su
prÍ6tino estado todo lo que el vicio ó la
c ulpa desdoró. Bienaventurados estos p u l­
cros : qu e si la limpieza física es p renda de
salud y condicion indispensable p a r a a l­
te r n a r con la sociedad, la limpieza moral
p re n d a también es de salud y condicion
indispensable p ara v e r & Dios.
Bienaventurados los p a cifica s, porque hijos
de Dios serán llam ados.
Felices los que continu am ente atienden
ni precepto de Je sú s : p az sea con, vosotros.
Paz consigo mismo, paz con los herm anos,
paz de los herm ano s con Dios; y buscan en
su conciencia la paz que es el fruto de los
sanos de.seos, de los buenos pensam ientos
y de las obras ú tiles; y reconcilian el h e r ­
m ano con el h e rm a n o ; y corrigen al próji­
mo enderezando r u s pasos por el camino
que en esta vida conduce al bienestar m o ­
ral , y en la otra, ¿ ln ciudad de Dios. Hijos
de Dios serán llam ados, porque á im ita ­
ción de J e s ú s son pro pag an distas de la m o­
ral y de los preceptos de la higiene.

VIII.
Bienaventurados los que padecen p ersecu ­
ción po r la ju stic ia , porque de ellos es el
reino de Dios.
Felices los m á r tir e s , tipos acabados del
hombre ilum inado por la lux de la verdad,
fortalecido con la virtu d de la ju sticia , a u ­
xiliado por la esperanza y en cuyo pocho
Hrde vivn la bra sa do la santa caridad. Mu­
rieron por Jesucristo: ceñidas b u s sienes
con la coronn y blandiendo la victoriosa
palm a entran en los cielos con los honores
de conquistador. Y en efecto, los m ártires
conquistan el cielo, conquistan el reino de
Dios.
Ante la m ajestad del cruento sacrificio,
ni hombre racionalista, por m as escéptico y
descreído que sea, adm irar debe una R eli­
gión que tantos m ártires reg istra eu sus
nnnies. Y es que todo hombre juicioso ad­
m ira los m ártires; adm ira á los hombres
faltos de todo lo que acá en la tierra es un
bald ó n , y dotados de todo lo que acá en la
tierra son cualidades recom endables; fal­
tos de tem or, de vacilación, de d u d a, de
miedo á la m u erte; dotados de convicción,
de generosidad, de abnegación y de valor.
Felices los m ártires por toda idea gene­
rosa, siquiera esta sea te rre n a l, y, con tal
que la am bición, la envidia ó la ira no h a ­
yan sido los móviles que les linyan im pe­
lido á la lucha. Felices los m ártires de la
cien cia, con tal que, la soberbia ó la vani­
dad no h ay a turbado la modesta paz de la
sabiduría.
El valor es la g ran virtud del m ártir;
virtud que infunde salud y robustez cor­
poral, y, raza degenerada y m iserable es
la raza desprovista de valor. Causa dege-
- 89 —
ncradn y perdida es lu quo cuenta partida­
rios que no p&ben ser m ártires. El valor
conquista la tierra, y cuando sobreviene la
f u e r t e , el m ártir conquista el cielo.

POTENCIAS DEL AU IA .

MEMORIA.
Hl Catecism o, coa esa sencillez Admira­
ble que provoca la sonrisa del sábio psicó­
logo, considera la memoria como lft prim e­
ra de las potencias del alm a. Y en verdad,
que no les sobra razón á los fisiólogos, psi­
cólogos y filósofos dados á la burla de la
sencillez del Catecismo: la m em oria es la
prim era facultad interna que se desarrolla
en el niño, y á veces es lu prim era que su ­
fre el rig o r de los años.
Caudal de conocimientos es la memoria,
quo adquiere el hom bre con monería ajena
y con moneda propia; caudal m uy produc­
tor para su perfección y experiencia, si lo
adm inistra con juicio sano y con voluntad
Arme.
El Catecismo no prohíbe que el hombre
atesore el saber, lo que solo nos exige es
que empleemos bien la m em oria, es decir,
— ÍK ) —

que no olvidemos lo que no debe olvidarse.


No olvidar que estam os obligados &cuín -
plir los diez preceptos del Decálogo. —No
olvidar que existen siete pecados capitales
que destruyen la salud y pierden el alma,
listo, como hijos de Dios.
No olvidar que h ay catorce obras de m i­
sericordia que practicar y que debemos
am ará nuestros hermanos. Esto, como cris­
tianos.
No olvidar los siete sacram entos desti­
nados & recibir la gracia y á purificar 1a
conciencia. Esto, como católicos.
El Catecismo concede al hombre que
baga todo el uso de sil m em oria, con tal
que no olvide esos sencillos y apacibles
deberes.

ENTENDIMIENTO.
El entendim iento ó inteligencia, es, se­
gún el Catecismo, la segunda potencia del
alma. Clasifique cada psicólogo & su m a­
nera las funciones del espíritu, pero siem ­
pre entre todas sobresale y á todas las con­
densa la inteligencia.
La inteligencia es un don su p erio r, una
noble prerogativa que única y exclusiva­
m ente posee el hombre sobre la faz de la
tierra , y sin em bargo, este ntributo divino
— Vil —
'l'ieda alterado y muchu.« veces abolido por
¡‘na copa de vino, por la m irada de una
'ntnunda m ujer, por los halagos de la va­
nidad, por el freD csí de la ambición, por la
fulgura de la ira, por el llanto de la des­
gracia y hasta por la risa de la felicidad.
Pero aun hay algo mas tan asombroso
como triste: cuando la inteligencia por su
claridad purísim a y por sil fructífero trabajo
parece que debe elevarse en raudo vuelo
hasta su divino origen, se desploma mas
'le una vez acometida del vértigo del orgu­
llo. Conócete fi 11 mismo, dijo la eábia an -
ligiledad, conócete íi ti mismo, han repeti­
do los doctores de la Iglesia, pero el sftbio,
acometido de este vértigo, no ve á Dios y
falta al único y saludable consejo que nos
da el Catecismo al ocuparse del entendi­
miento : contemplar las perfecciones' de
Dios.
La Iglesia no es enem iga de la ciencia,
como suponen algunos m aterialistas apo­
yados en el deleznable terreno de una n e­
cia preocupación. ¿Cómo puede oponerse
la Religión á que se descubran cada dia
nuevas arm onías en la mAquina del u n i­
verso, nuevas funciones en los organismos
vivientes y nuevos cuerpos y nuevos apa­
ratos para la industria? ¿Cómo puede opo­
nerse á q u e cada dia se patentice mas lo
- 92 -
que pnerle el hum ano ingenio, siendo todo
esto mayores motivos de ndoracion «1 Sér
suprem o?
Desarrollemos n uestra inteligencia para
adorar y contem plar, y al gozar con el es­
pectáculo que nos ofrece la virtud en la
tierra, adore y contemple nuestro entendi­
miento la bondad eterua.
Y si hasta los mismos m aterialistas a d ­
m iten las relaciones entre la salud del
cuerpo y la del entendim iento, usemos de
sobriedad, de tem planza y de continencia;
tengam os m odestia, paciencia y caridad;
conservemos in teg ra y sana la inteligen­
cia p ara servir A los hombres y adorar &
Dios.

VOLUNTAD.

Discutan Ion filósofos si la voluntad es


siem pre libre, ó si puede ser esclava de las
pasiones, contradíganse los m aterialistas
sobre los limites del libre albedrío, que el
Catecismo con su pequenez, pero con un
fondo práctico adm irable, entiende por vo­
luntad una potencia interior que regula,
dirige y m anda á las demás facultades y
potencias del hombre.
R1 Catecismo, como la higiene, no limita
la libertad hum ana ni la concede tampoco
rienda suelta. Y como el acto de la volun­
tad es q u erer, el Catecismo solo exige que
Queramos bien, que es hablando higiénica­
mente, lo mi?mo que decir: que tengam os
una voluntad sana. Y para darnos un p«-
trou exacto de esta salud nos hace repetir
i todas horas lus palabras de Jesús :
«Ven^a el tu reino. Hñ^ase tu voluntad
como en el cielo, asi también en la tierra.»
Y como Dios no quiere el mal ni en el
cielo ni en la tie rra , claro está que tam po­
co nosotros debemos querer el mal.
ÁY qué es bien quereren higiene y en R e­
ligión? Es buscar la perfección propia en
beneficio de los demíts; querer fortificar ln
memoria para recordar lo que somos y uo
olvidar los beneficios que de Dios y ios
hombres hemos recibido; querer fortificar
la inteligencia para ser útiles á la h um ani­
dad con nuestros consejos y nuestras o b ras;
querer fortificar los sentim ientos para sen­
tir el placer de no estar atacados por la
culpa 6 por la pasión; querer fortificar el
cuerpo para ser útiles & nuestros sem ejan­
tes y no m olestarles con nuestra in u ti­
lidad.
Fortificada la m em oria, la inteligencia,
los sentim ientos y el cuerpo, con la ayuda
de Dios, alcanzarem os una voluntad firme
y fuerte que no se dejaríi atraer ciegarneu-
- 1)1 -

te por el placer y que no retrocederá ante


el dolor. Jesús nos va 6 dar cou sus pala­
bras un medio para alcanzar esta salud y
fortaleza de la voluntad:
«Y habiendo dado algunos pasos, se pos­
tró sobre su rostro, é hizo oracion , y d ijo :
Padre mió, si es posible pase de mí este cá ­
liz. Mas 1 1 0 como yo quiero, sino como tú.»
¡Mateo, x x v i, 39).

SENTIDOS CORPORALES.

V1ÍH, OIII, GUSTAR, 0L1ÍU Y TOCAR.


T ratar de la arm ouia de la higiene con
el Catecismo en lo que á los cinco sentirlos
se refiere, parecerá, sin duda, tarea impo­
sible, que solo torturando el ingenio y re­
moviendo artificios puede lograrse encon­
trar algo que deslum bre pero que no con­
venza. Y m as reparo encontrará el critico
severo si á su m ente acuden las dos líneas
que & los cinco sentidos dedica la doctrina
que son las siguientes:
«P. ¿Podemos pecar con el m al uso do
los sentidos?
«It. SI, padre, y por eso debemos llevar­
los recogidos,»
— ys —
Cou todo, no nos abandona la fe de que
en esta últim a trin ch era, podremos decir
als<J> que sin ser bello ni nuevo, satisfag-a
las aspiraciones de nuestra inteligencia.
Es verdad que la higiene en general solo
se ocupa de la salud física de los sentidos:
conservar su fuerza con el ejercicio, no des­
truirlos ó embotarlos con im presiones de­
masiado vivas; no volverlos delicados é
im presionables con sensaciones suaves,
m antenerlos limpios y preservarles de los
agentes exteriores, tal us la condensación
de la doctrina higiénica m aterial de los
sentidos.
Pero, tam bién para altos fines debe con­
servarse la integridnd de los sentidos. Ellos
son las puertas por donde penetran las no­
ticias del m undo exterior, y por ellos la in­
teligencia se n u tre, y conocemos el mundo
y las mas pequeñas propiedades de los
cuerpos que en él existen. Los sentidos
son las ventanas por las cuales entra la
luz divina de la moral que alum brar debe
nuestra alm a. Los sentidos, en fin, cuando
la voluntad es floja y estamos pobres de
prudencia y do tem planza, encienden la
mecha para que las pasiones escondidas
espióte» arruinando el edificio de nuestra
salud física y moral. Por eso con razón so ­
brada aconseja el Cutecisrao que llevemos
recogidos los sentidos, esto es, que estén
apartados de todo lo que puede dañar ¿
nuestra salud.
Un efecto, siem pre s e r i preferible quo I»
vista se espacie en las flores del campo, &
que im prudente se fije mi la ñor que en su
seno lleva una ecmideenuda m ujer. Miran­
do |a naturaleza siem pre bq encontrará 6
paz en el corazon, ó luz en la inteligencia,
ó Dios eu el alm a; m ientras que en el se­
gundo caso, inquieto quedará el corazon,
turbia la inteligencia y abandonada el a l­
ma. Ved con este último ejem plo, como la
lujuria en trará por los ojos, y ved con
cu&nta razón nos aconseja el Catecismo
que llevemos recocidos nuestros sentidos.
OBRAS DE MISERICORDIA.

CoRronALus: Dar de comer al que tiene


hambre; dar de beber al que tim e sed;
vestir á los desnudos; visitar enfermos y
presos; recoger los peregrinos; redim ir
cautivos, y enterrar los muertos.
E s p i r i t u a l e s : Enseñar al ignorante; dar
buen consejo al que lo ha menester; cor­
regir a l que va equivocado; consolar al
triste y desconsolado ¡perdonar las in ju ­
rias por amor de Dios; su frir con p a ­
ciencia las flaquezas y molestias de nues­
tro prójim o, y rogar á Dios p or los vivos
y por los muertos.

Compendio del am or cristiano son las


obras de m isericordia. La beneficencia y la
instrucción estftn ya incluidas en el Cate­
cismo como nn deber de los iudivlduos y
de la sociedad. Que la beneficencia y la
instrucción fueron obras del Cristianismo
todos lo saben y nadin lo niega. Y fijando
tan üolo n u estra atención en la beneficen­
cia, debemos tam bién decir que los autores
est&n acordes en m anifestar que los asilos
de beneficencia se levantaron como por en­
salmo bajo la inspiración de la nueva fe.
Podian haber existido antes virtudes p ri­
vadas y vagas aspiraciones de espiritu9
generosos y elevados, pero no el amor al
género hum ano: charitas generi humano.
Una de las prim eras asambleas de la igle­
sia de Jernsalen tiene por objeto escoger
entre los discípulos los encargados de re­
coger y distrib u ir las limosnas. En Oriente
pronto se abren hospicios de todos géne­
ros: para los huérfanos (orphanotrophia),
p ara los pobres (ptockophia), para los via­
jeros (xenones), p ara los enfermos (nosoco­
m ial, p»ra los viejos (gerontocomio,) y para
los expósitos (Ircphotropkia). Una m ujer
cristiana dota A Roma de su prim er hospi­
tal y tam bién fue obra su ya la m ita lan-
guentium ó casa de convalecientes, erigida
á orillas del Tlber. En la misma época san
Basilio levanta en las puertas de Cesarea
un hospital célebre en todo Oriente. L0 3
Concilios reglam entan la beneficencia, los
obispos fundan hospitales y los sacerdotes
los adm inistran. T pasando siglos y mas
sig lo s, y prodigios y mas prodigios de ca­
ridad encontram os á Vicente de Paul ad ­
quiriendo inm ortalidad hum ana con su no­
ble y delicada institución.
En la em presa de las obras de m isericor­
dia la higiene h a Bido la aliada mas fiel y
1& cooperadora inteligente de la caridad
cristiana. Véase, en prueba de ello, un
párrafo de un discurso que leimos (1)
en 1869:
«Los lugares que cobijan la m ise ria , la
orfandad, el abandono, la enferm edad y
la locura, deber¿D ocupar algunas leccio­
nes de provechosa y trascendental ense­
ñanza. Al contar la historia de la benefi­
cencia, prescinda el profesor de sus ideas
filosóficas y de sus creencias, olvide por
un momento su m aterialism o y hasta su
ateísm o, pague generoso un tributo A la
im parcialidad y á la ju stic ia , no se aver­
güence de adm irar las bellezas del Cris­
tianism o, adm ire y haga adm irar las g lo ­
rias, las legitim as g lo rias, les im perece­
deras glorias de la caridad cristiana. La
historia de la caridad cristiana debe ser
contada desde los prim eros em peradores
cristianos, que se m uestran solícitos p a ra
mejorar la suerte de los niños sometidos
basta entonces al régim en absoluto de la
autoridad p atern a, y Alas tristes conse­
cuencias del principio bárbaro de la lim i­
tación legal del núm ero de ciudadanos.
Nerva, para estim ular & los plebeyos de

! 1, Bdtttacion higiénica de un pueblo.


Italia á la renuncia de ese poder aboluto y
fiero señala tierras & los mas pobres, y
T rajano, que había añadido los nombres
de cinco mil n iñ o í en la nómina de los ali­
m entistas, funda con este objeto rentas
perpétuas en la, m ayoría de las ciudades
de Italia.
«La higiene h a completado la idea cris­
tiana convirtiendo en lugares sanos y am e­
no» las casas de beneficencia: ha enseñado
á la b u e n a , pero ignorante y ciega cari­
d ad , fijando las condiciones que deben re­
un ir los hospitales desde la elección del
terreno hasta la, al parecer nim ia, m ateria
de las cortinas.
«En 1864, en el periódico E l Pabellón
médico (1), condensamos lo antedicho en
una sola lin e a , pero linea sintética de las
adm irables arm onías de la higiene y del
Catecismo: «La ciencia encontró estos tem -
crplos del am or y los trocó en templos del
«saber.»
( 1) Lo primero déla Higlent.
SECUNDA 'PARTE.

B O S Q U EJO DE M EDIC INA M O RAL V R ELIG IO S A .

Recorridas estén las páginas de la Doc­


trin a cristiana. Comentarios naturales y
sencillos han brotado de nuestra plum a,
sin que en su confección b aya tenido parte
algu n a ni nuestro escaso ingenio ni nues­
tra pobre im aginación. Inspirados por el
am or ¿ la h ig iene, loe com entarios han sa­
lido ya formados como espontáneam ente
el arom a se desprende de la flor, y reu n i­
dos, forman un catálogo de preceptos de
salud y de rem edios: constituyen una hi­
giene y medicina moral y religiosa.
Pero hemos guardado este titulo pura
esta últim a p a rte , porque en ella sin teti­
zamos y refundimos loa conceptos aplicán­
dolos k determ inados remedios morales y
á determ inados males del espíritu.
Bosquejo la llamamos porque no ha sido
nuestro intento clasificar ni describir los
males ni los remedios. Ni nuestras fuerzas
llegan á tanto ni lo perm itiría la Índole de
la obrita. Un bosquejo y nuestro caudal
de conocimientos solo perm iten tra ta r de
puntos generales y de alguno que otro
concreto.

I.
La f e es la fu erza, la salud, el gran medi­
camento del alma. ¿ Qué f s eligiremos?
Si fuese posible detener en lo mas in ti­
mo de nuestro ser la germ inación de la
moral sem illa que los padres, el sacerdote
y el m aestro á porfía se gozaron eu sem ­
b ra r; si estuviésemos libres de todo afecto,
y nos p reguntaron : ¿qué escudo escoge­
remos para librarnos de las heridas que
tan &m enudo nos am enazan en esta lucha
incesante de la vida? Diríamos sin v a c ila r:
la fe. Y si nos volviesen á interpelar, reci­
bidas las h e rid a s: ¿qué bálsamo y qué ven­
daje son mas apropiados p ara m itigar los
dolores y evitar los estragos de la podre­
dum bre? También siu reflexionarnos a p re ­
suraríam os & responder : la fe.
¿Pero en dónde hallar este escudo im pe­
netrable y este vendaje fijo é inamovible?
¿En la am istad? La am istad, planta de­
licada y de arom ática flor, pero especie
m uy ra ra , y m uchas otras plantas se Ase­
mejan y confunden con ella, que en vez
de despedir grato olor destilan pérfido
veneno que desencanta la ilusión y m ata
la fe.
¿Eu el am or? Amor, emanación divina,
8intásis perfecta de dos alm as, pero que al
prim er soplo de la parca se ev ap o ra, q u e­
dando un vacio doloroso dispuesto á lle­
narse de la am arg u ra propia y de la in ­
g ra titu d ajena.
¿En la política? La política es una fe
fraccionada en culto & una idea y en con­
fianza ilim itada en ciertos hom bres: si la
inteligencia del creyente político conserva
su Integridad, pronto comprende que la
¡dea es una quim era y los hombres unos
negociantes de la idea; pero si el fanatis­
mo con sus cataratas intercepta la luz de
la razón, entonces, por lo común que es el
fanatism o político, tendrem os una idea
clara de lo que es la fe terrena. La política
es una mezcla de amor á lo quo so cree j us-
to y de odio &lo» que no adm iten la id ea, y
d ea lii, que el creyente político nunca esté
satisfecho de lo presente, que espere siem­
pre en m añana y que odie tenazm ente &
cualquier hombre que la imaginación forja
un enemigo. Hé ahi la obra estéril para el
b ie n , fecunda para el m al de la fe en políti­
ca, sea cual fuere b u nom bre y tendencias.
Solamente y tan solo mas allá, de lo p er­
ceptible, en otras esferas m as p u ra s, el
&lma hum ana con su m aravillosa facultad
de trasm utación encuentra calm a en la agi­
tación, consuelo de verdad en las penas,
consejo en las necesidades y esperanza en
la desesperación. Solamente y tan solo con
la fe relig io sa, el alm a puede pasar el p a n ­
tano de m iserias siu inficionarse coa los
efluvios y vadear ol rio sin sum ergirse en
la aflicción.
Pero, por d esgracia, la fe religiosa ni se
co m p ra, ni se vende, ni se presta. Tam­
poco la salud física se com pra, ni se ven­
de, ni se p re sta : heredamos m ayor ó me­
nor salud de nuestros p ad res, y la higiene
nos ensena los medios de conservarla y for­
tificarla. Lo propio sucede con la fe, que es
la robustez d clu h n a, queadquirim os en la
cuna : la Religión nos da los medios para
conservarla y aum entarla.
II.
E l reconocimiento interno con la f e , es c)i si
un medio de curación.
l.“ l a conciencia propia.

Desde la m as rem ota antigüedad, los


médicos en todas las enferm edades, ave­
riguan y exam inan dia por dia el eBtadu
de las vías digestivas. Ni el tiem po, ni las
doctrinas, ni los sistem as, han podido tu r­
bar el ejercicio de tan prudente práctica,
y es que el estado de las vias digestivas,
exige modificaciones en el tratam iento,
que de no hacerlas, se siguen complica­
ciones graves que enm ascaran la enferm e­
dad prim ordial.
También en los padecim ientos del alma
hemos de m irar con detención sum a el es­
tado de nuestra conciencia, verdadero ap a­
rato digestivo de nuestras facultades Inti­
mas. Cuando tenemos una p ena, cuando
nos sucede una desgracia, sea de la clase
que fu ere, con m esurado recogim iento,
con mano seguro sondeemos I o b m isterio­
sos canales que van á p arar á la concien­
c ia, é indaguem os si por nuestras pasio­
nes, por nuestros deseos, por nuestras
alegrías ó tristezas internas siquiera fue-
- 106 -
sen m udas, siquiera fuese tan solo el rá ­
pido fulgor de la idea que por la m ente
cruza, podemos haber merecido el mal que
nos aflige. Y si eu algo nos consideramos
reos, e I una sombra de culpa se dibuja en
la conciencia, esta es la ocaslon de p al­
par la eficacia de la fe. Parece que este
reconocimiento de culpabilidad Labia de
aum entar pena ¿ la p en a, dolor al dolor,
desesperación á la desesperación. Nada de
eso. El ateo se quejará de la suerte, pero
para el creyente, la fe será el revulsivo
que distraerá la mente de tristes y lú g u ­
bres ideas y le im pelirá á contem plar y
adm irar la justicia de Dios. De contem plar
y adm irar á bendecir nu hay mas que un
paso, y mucho menos h ay de la bendición
á la g ratitu d . A rrim e el creyente un poco
m as ¿ su pecho el escudo de le fe, dé una
vuelta m as & la divina venda, y la oracinn
todos los dias repetida, se pronunciará con
toda verdad: Hágase tu voluntad así en la
tie rra como en el cielo.

2.° La conciencia ajena.

En el escrupuloso exim en de los plie­


gues de la conciencia, k veces la m ente
suspende el propio reconocim iento, y 6in
quererlo, cual si fuese im pelida por su p e­
rior m andato penetra en lo sagrado de lo
ajeno, y recuerda, y com para, y en con­
clusión saca que la desgracia que la aflige
uo iba dirigida directam ente & ella. E sque
por castigar faltas ajenas, sufrim os & ve­
ces la plenitud de la desgracia: bala que,
si bien no 6 nosotros disparada, penetra en
medio de nuestro corazon.
Estos hechos, por desgracia tan comunes
eu la vida, llaman en verdad la atención de
las personas pensadoras, y hasta de los
labios del aten se escapa á veces esta ex­
presión : un hecho providencial.
Lloremos, lloremos si, las victimas de
las faltas ajenas, pero sean estas lá g ri­
mas fresco roclo que temple el ardor do
nuestros corazones. Y al hum illar nuestras
frentes ante los designios del Altísimo,
tengam os un solo pensam iento. Este pen­
sam iento, este vendaje contentivo del co-
rozon que pugna para salir, sea
Dios es justo.
¿Vale tan poco Dios, p ara que dejemos
de cooperar resignados 6 su ju stic ia , si­
quiera perdamos la dicha terrena?
III.
Medicación tónica y fortificante.
La fe, dicho e st¿ , infunde robustez y
tonicidad en el alm a, y con todo, sin baber
perdido la fe, el espíritu se encuentra flojo,
abatido, débil, como se encuentra floja,
abatida y débil la constitución mas robusta
despues de u na enfermedad m uy la rg a , ó
de copiosas hem orragias ó de agudos do­
lores. Esta constitución debilitada con­
tiene en su fondo un sello de robustez: por
medio de la higiene y con los remedios po*
demos fortificarla; lo mismo el alm a cre­
yente q u e, por mas abatida que esté, la
m edicina religiosa tiene medios de Ioni­
zarla.

l.° A leería.

La alegría es el carácter m as c ierto , mas


segu ro , es el indicador, en una palabra,
de la salud.
Si veis & un hombre comer y digerir
bieu, respirar con toda facilidad, ni can­
earse en el ejercicio, dorm ir tranquila­
m ente y en apariencia desem peñar con
regularidad todas las funciones da nuestra
economía, sin quejarse de dolor alguno, y
sin em bargo, este hombre no está alegre,
bien podéis decir sin tem or de equivoca­
ros que está enfermo de cuerpo ó de espí­
ritu y quizás de ambos componentes de
nuestro sér k la vez.
La tristeza en ei es una enferm edad, ora
dependa de mal recóndito en las mas pro­
fundas m allas del organism o, ora dependa
de pasiones de ánim o, ora en fin , dependa
de la costum bre que en todas nuestras ma­
nifestaciones ejerce despótico yugo.
Obligados estamos á tener a le g ría , y &
recobrarla cuando se ha perdido. No im ­
porta que no seamos competentes en la
m ateria por nin g ú n estilo. ¿Acaso los m é­
dicos enfermos no pueden escribir de m e­
dicina?...
La higiene aconséjala alegría como base
y coronam iento del edificio de la salud.
La Religión ordena alegría como base y
coronamiento del edificio de la virtud.
¿Cómo alcanzarla? ¿cómo recobrarla?
Existeu caractéres naturalm ente alegres
como los hay naturalm ente buenos, como
hay individuos de poderosa fuerza diges­
tiv a , como hay en fin, inteligencias n a tu ­
ralm ente despejadas.
No habiendo tenido la suerte de obtener
de la naturaleza tan vivificador d o n , con­
viene que no confundamos con la alegría
ciertas espansiones del ánimo que no re­
tinen lascualidades higiénicas y religiosas
ile la buena y verdadera alegría.
No es aleg ría el bullicio y algazara de
los que corron de placer en placer. Es un
estímulo ficticio q u e, cuando Í A l t a , el in­
dividuo cae en el aburrim ifinto y en el
hastio.
Todas las pasiones, como la a v a ricia, la
am bición, el odio tienen su periodo de ale­
g ría que sigue y antecede ¿ horrorosas sa­
cudidas. No es esta la alegría que aconse­
jan la higiene y la Religión.
Salud físic a : no perdonar medio alguno
para co n serv arla, ó que es lo mismo, cum ­
plir con todo lo recomendado por la higie­
ne; templanza: que si bien no produce go­
ces extrem os, en cambio no ocasiona dolor
nlguno, y la falta de dolor es ya c&si m e­
dia aleg ría; las siete virtudes opuestas á.
los siete pecados capitales que constituyen
siete elementos de salad del alm a; amor a l
trabajo, que distrae la Im aginación, p re­
s e r v a de mil debilidades y asegura la sub­
sistencia; cumplimiento de los deberes re ­
ligiosos, que nos ponen en placenteras
relaciones con Dios y con nosotros mismos;
contemplación y estudio de la naturaleza,
que eleva el ¿nimo y aparta nuestros sen­
tidos de miserias hum anas y terrenales y
nos ofrece un interm inable panoram a de
sensaciones puras y a le g re s; finalm ente,
una dosis, por m ínim a qne sen, de resigna­
ción cristiana que nos hará acatar hum il­
des, sino en el prim er m om ento, en m u ­
chos m om entos, los contratiem pos de la
vida. Hó ahí, para nosotros, las puras fuen­
tes de una alegría que no nos hará consi­
derar como un infierno la vida presente, y
que al contrario, nos será g ra to preludio
de la gloria futura.

2.' Recogimiento.

No es en el brillo, no es en la pompa de
las grandes y solemnes ceremonias donde
«1 necesitado de tónicos puede encontrar
nn mpdio para rehacer su ánimo.
Entrad en las prim eras horas del an o ­
checer en cualquiera de nuestros templos
cuando no se celebra función a lg u n a : me­
lancólica tristeza Inspiran alg u n a que otra
lám para de vacilante luz y la solitaria vela
que arde ante una im ágen. La soledad del
sitio apenas ostá turbada con la presencia
do los pocos séres que están alli dispersos.
¡Fenómeno estraño! La noche, la oscuri­
dad , el estado aislado, solitario é inmóvil
de aquellos séres. parece que todo cons­
pira á la debilidad y á la tristeza. Pero no
es a s i : aquellos individuos se tontean, allí
del modo m as adecuado &sus necesidades
y condiciones. Uno repite largas oracio­
nes; el otro lim itase ¿ una corta depreca­
ción; el de ac¿ perm anece con los labios
m udos y el pensam iento fijo en el E tern o ;
el de a M , ni labios ni pensam iento bendi­
cen á Dios, entró en el tem plo sin concien­
cia propia pero si por instinto de conser­
vación. Y sin em bargo, todos cual si se
hubieran dedicado ¿ una excursión cam ­
pestre y refocilado las fuerzas al lado de
una cristalina fuente, salen del tem plo for­
tificados con deseos de volver y de asegu­
ra r la curación.
¡Oh poder fortificante del recogim iento!
Mucho m al han hecho, y probablem ente
h a rá n , los que por desprecio k la Religión
y por odio al clero, derriban tem plos. De
ellos si, que podemos decir con verdad
fisiológica y cien tífica: P erdonadles, Se­
ñor, que no saben lo que se hacen.
¿Cuáles son los efectos del recogimiento?
Múltiples son y necesaria seria la plum a
de nn m aestro en p in tar los afectos hum a­
nos, ó la de un escritor ascético que por
larg a experiencia propia pudiese analizar
hasta lo últim o de n u estra sustancia este
maravilloso acto medicamentoso. Perdida
la actividad por el p e s a r, lánguida es la
vida física y la m o ral, las potencias están
pronto á ex tin g u irse, y diriase, que por
olvido de n u estra propia conservación p a ­
rece que por todos nuestros poros destila
tristeza y que el alm a se va. El recogim ien-
to comunica fuerza á la fibra,, la endurece
si se quiere, es pues, uu tónico a strin g e n te
como diría un f a r m a c ó l o g o .

3 0 Un ejemplo de enfermedad moral que exige tónicos:


La ingratitud.

La vida de Jesucristo y las cerem onias de


la Iglesia nos sum inistran tónicos variados
para las diversas clases de debilidad. Pon­
gam os, por ejem plo, uu m al del alm a d e­
bilitante por excelencia : La i n g r a l i t V A l
que del prójimo sufrimos.
¡La in g ratitu d I Mal proteiform e, que
exalta y aplasta, que rápida hace correr
la sangre colorando las mejillas do indig­
nación, y que á los pocos in stan tes, la vida
afluye al centro, presa de la mas triste
concentración; la inteligencia clara y lú­
cida pugna para explicar el golpe recibido
p ara caer pronto eu la oscuridad de la cle­
m encia, vemos y no querem os ver; noque-
remos ver y vemos.
Muchos grados tiene este m a l; según las
8
condiciones del agresor y clase de los pro­
yectiles; el padecim iento es m as ó menos
intenso, mns ó menos d u ra d ero , pero siem ­
pre es mal do in g ratitu d que no puede
confundirse con ningún otro.
Felices los de ánimo esforzado, dn v a­
lor varonil que saben arrancar del pecho
el dardo, arrojarlo con soberano desden,
aplicar en la herida el ardiente licor del
desprecio, sufrir un momento dolor acer­
bo, curarse por prim era intención y do
recordar mas este episodio de la vida.
No todas las naturalezas sou a s i: p a r a
las naturalezas delicadas, la religión ca­
tólica ofrece u na de sus m as sublimes y
tristes ceremonias. En el Viernes Santo, el
sacerdote paulatinam ente descubre el leüo
de la cru z, lo coloca despues en el suelo
donde los fieles lo a d o r a D . El c o ro con m e­
lancólica entonación c a n ta :
«Pueblo mió ¿qué te he hecho vo? ó ¿en
qué te lie entristecido? R espóndem e: Por­
que te saqué de la tierra de E gipto, p re­
paraste u na cruz para tu Salvador.
«Yo abrí el mai delante de ti; y tú con
uua lanza abriste mi costado... Pueblo mió
¿qué te he hecho yo? 6 ¿en qué te he e n ­
tristecido? Respóndeme.
«Yo anduve delante de tí en una colum­
n a de nube; y tú me llevaste al pretorio
de P ilatos: Pueblo mió ¿qué te lie he­
cho yu?»
¡ Sublime ceremonia! ¿Quién al recuerdo
del Calvario y al oir aquellos solemnes
cánticos, puede recordar la ingratitud del
amigo y del deudo?

IV.
Medicación debilitante ó unliflogislica.
No hay duda que el desaliento y la de­
bilidad es lu fru ta estacional de nuestros
tiempos; no hay duda que en los enfermos
que visitam os, se observan todos los dias
estados y complicaciones no descritos ni
vislumbrados por los doctores clásicos, y
que no son mas que ráfagas visibles de una
debilidad encarnada en el cuerpo y esp iri­
tualizada en el alm a; no hay duda, en fin,
que todos los dias, los médicos tropezamos
con irritaciones é inflamaciones en euge-
tos débiles y con inflamaciones por debili­
dad. Hemos heredado debilidad, y , debi­
lidad nos toca legar. Pero, á pesar de esta
triste verdad, no podemos negar que tanto
en medicina corporal como en la espiritual,
vemos aun inflamaciones francas y pléto­
ras de p u ra sangre. Y si en otra página
hemos dicho que toda pasión tiene sus pa­
roxismos de aleg ría, ahora nos toca decir
que toda pasión tiene sus horas de calen­
tu ra ardiente y bus largos periodos de ir­
ritación. Y si Hipócrates en su régim en de
las enfermedades agudas se ocupa con
minuciosos detalles de la preparación y
empleo de la tisana y sus sucesores de las
indicaciones de la san g ría , nosotros debe­
remos estudiar con cuidado las tisanas y
sangrías del alm a, los alteran tes, atem pe­
rantes y nntiplftsticos: en una p alabra, to­
dos los medios que pueden rebajar la ten­
sión escesiva que voluntariam ente ó por
fuerza sufre el espíritu.

1.® Templanza.

Poco podremos añ adir & lo que hemo3


espuesto al hablar de esta v irtud (véase
T em p lan za): el efecto de la tem planza es
hacer refractario el espíritu á la violencia
de la pasión, y cuando esta nos domina,
cuando hemos entrado en la senda del pe­
cado, la tem planza nos vuelve & colocar en
el punto de partida de donde no debíamos
apartam os jainfts. T em planza, pues, cuan­
do nos encontremos enardecidos, sobrie­
dad en ol comer y cu el beber, frialdad en
ln In ju ria, abstención de deseos de mando,
dominación y riquezas; tranquilidad con
lo que se posee, nada de envidia, tem plan­
za en todo.

2.° Humildad.

Otro remedio soberano para tem plar y


resolver todo estado inflamatorio eR la hu­
mildad. Remedio soberano si, pero que
nuestro ser rechaza como 66 rechazan las
operaciones dolorosas y cruentas.
El raciocinio adm ite y toleraque el hom­
bre, Atomo del universo, hunda su frente
en el polvo ante la g ran d eza, poder y sa­
biduría infinita.
Pero, ¿ser hum ildes con nuestros sem e­
jantes? Ante este pensam iento, ante esto
precepto, la razón forcojea paru no com­
prenderlo y para no cum plirlo, y en esta
lucha satánica nos prestan poderosa a y u ­
da el ardor que despiden nuestros instin­
tos, la calentura de nuestros deseos, el
desvario, en fin, de las pasiones. Remedio
soberano es la hum ildad, pero que como
la proposicion de una am putación ó de un
cauterio ag rav a m as 6i cabe el estado del
enferm o, hasta que nuevas razones y m e­
jor oportunidnd puedan vencer la prim era
repugnancia.
Desgraciadam ente para m uchas enfer­
medades no hay otro remedio mas seguro
y radical que la hum ildad, de modo que
no hay otra solucion que e sta : ó estar
enferm os, es decir ser pecadores, 6 ser
hum ildes que es lo mismo que estar en
gracia.
Para el orgullo y la vanidad no hay otro
recurso que in g erir abundantes y repeti­
das dósis de hum ildad.
Para los ataques de ira , un bailo de h u ­
mildad es remedie probado.
Con dósis, siquiera hom eopáticas de h u ­
mildad', no son posibles ciertos actos a le ­
ves y crim inales de la lujuria.
H um ildad, pero hum ildad p u ra , hum il­
dad en esencia, es el desinfectante del
m iasm a de la avaricia y apaga la sed de
riquezas.
Hum ildad y solo hum ildad exigen los
movimientos escesivamente espansivos
que antes ó despues de la pena sufrimos
eu los contratiempos.
Y felizm ente, la religión cristiana, con
solicitud paternal ennoblece y hace ag ra­
dable la hum ildad, de modo que el reme­
dio ni es hum illante ni desagradable.
Ennoblece la hum ildad con Dios: h u m i­
llarse ante Dios, en n uestra R eligión, no
es una servidum bre ciega y vil, al contra­
rio, es ser m as que sus hijos, mas que su
coinpañRro, es ser su mismo ser... Por ine-
dio de la orncion perm ite que nuestro es­
píritu toque h asta los lindes de la gloria y
hasta nos perm ite entrever las m aravillas
de su santo tabernáculo. Por medio de la
E ucaristía, adquirim os los tim bres de m a­
yor nobleza que la tierra y los cielos pue ■
den otorgar.
Hace agradable la humildad con nuestros
semejantes. ¿Qué nos pide la Religión para
que alcancem os este derecho de ciudadanía
celeste? Que sacrifiquemos nuestros resen­
timientos personales “p erdonando; es decir,
que la in q u ietu d , el coraje, la sed de ven­
ganza y otros estados dolorosos y violen­
tos, sean sustituidos con un p la c e r: el per-
don. Que conociéndonos, pero conociéndo­
nos b ien , esto es , despues de conocer que
m illares de hombres saben y pueden mas
que nosotros, no nos regocijemos con nues­
tro esnaso valim iento y no menospreciemos
A los que, & nuestro entender, valen menos
que nosotros, evitándose así los disgustos
que el odio y la envidia pueden causarnos,
y gozando al mismo tiempo de las conside­
raciones que en el m undo ya se tributan al
saber y poder legítim os y hum ildes.
Con la h u m ild ad , calm a adquiere el
cuerpo y el espíritu. Efímeras y pasajeras
serán las calenturas que por necesidad so­
brevienen en el curso de la vida.
3.° Caridad. ; V éase u a ta v irtu d ).

Revulsivos em plea la m edicina en las i r ­


ritaciones p ara llam ar el aflujo h regiones
m as A menos lejanas del punto del mal.
La m edicina religiosa nos propina la ca­
ridad como potente y enérgico revulsivo.
Cuando ensimismados en n u estra pena, en
nuestro quebranto, en nuestros males en
fin, fijamos los ojos y con ellos el corazon
en las p e n a s , quebrantos y m ales ajenos,
m uy superiores á los n u e stro s, la com pa­
sión y el espíritu de caridad que I& inspira
obran el m ilagro revulsivo de m itigar
nuestros dolores : llamando la vida h la pe­
riferia, abrírnoslos brazos para consolar al
que está mas afligido que nosotros.
Para el ataque de ir a , ¿qué sinapism o
mas activo que un poco de caridad? Pronto
se despeja la cabeza-y vemos la razón ó sin­
razón del que nos ha ofendido: si con razón,
como justos hemos de doblar la cabeza; y si
sinrazón, uno de los efectos revulsivos de
la caridad será compadecer al infeliz que
tiene la desgracia de ser malo.
V.
Medicación antiespusmódicit, difusiva,
■instantánea.
Los remedios religiosos, á igual que los
otros no obran en g eneral instantánea­
m ente : la medicación debe ser larg a y
sostenida, y aun asi, sea por nuestra m ala
índole, sea por lo grave y adelantado de la
enferm edad, los mejores y mas bien indi­
cados remedios no dem uestran f u s m a r a ­
villosos efectos. Y tanto es asi, que ciertas
exhortaciones religiosas en momentos su­
premos de la vida, son com pletam ente in­
eficaces, puesto que los sentidos, la inteli­
gencia y el corazón tienen del todo cerra­
dos sus poros y no es posible absorcion de
medicamento alguno. Es una verdad vul­
g a r, dicha ya por Hipócrates , que los re­
medios deben propinarse con la debida
oportunidad.
Con todo, casos hay en que los remedios
religiosos tienen u n a acción instantánea y
pronta, una acción antiespasm ódica y cal­
m ante.
Los medicamentos antiespasmódicos que
se despachan en las boticas tienen un olor
arom ático, difusivo y p en etrante, suave ó
fétido. Iguales propiedades tienen los re ­
medios religiosos : olor aromático como el
incien so , difusivo como la aleg ría de los
á n g e le s, suaves como el am or de María ó
penetrante como su pasión. Dicho queda
que no está en nu estra mano re cetarlo s:
vienen espontáneam ente como el arroyo al
fatigado viajero.
Hé ahí un ejemplo.
E ra una ta r d e : presenciábam os con lán ­
gu id a tristeza como objetos que habían
pertenecido á u na persona querida iban
desapareciendo uno tras otro de nuestros
ojos arrebatados por m anos, para nosotros,
profanas.
Eran objetos que pocos dias an tes, h a ­
bían sido calificados de nuestros por labios
amorosos. Eran los labios de la esposa
cristiana. Y en el m atrim onio de Cristo hay
m ancom unidad de bienes.
N uestra tristeza iba tomando nn carác­
ter de am arg u ra terrenal, cuando de pronto
nuestro corazon se inundó de una tranqui­
lidad celeste.
La im aginación se trasladó á los dias de
a Semana S anta, bajo la3 severas bóvedas
del templo escuchando la Pasión, y nues­
tro s nidos oyeron la voz de trueno del sa­
cerdote que decia : P a rtili m n t vestimenta
mea sibi, et investem neam miserunt sor-
tem: R epartieron mis vestidos entre s í : y
echaron suertes sobre mi vestidura.
Del tem plo, natu ral era que en exhala*
cion m agnética nos trasladáram os al tem ­
plo augusto del GóJgota, y allí contem pla­
mos la Madre dolorida presenciando la des­
nudez del H ijo; dolor inmenso, que inspiró
á nuestro G ranada las siguientes lineas:
S i me quitaren la hacienda, no por eso me
entristezca y o ; pues te veo, en esa cruz tan
despojado y desnudo.
Nada debe, p u e s , sorprender, que la
tranquilidad em bargara nuestros sentidos
y nuestro ser: no la tranquilidad del o rg u ­
llo , no la tranquilidad del desprecio, s íd o
la pacífica tranquilidad que sum inistra la
botica de la Religión.
EPILOGO.

CULTO DE M ARÍA.
S ELLO D E L CATOLICISM O.

F.liíi q u e b r a n ta r a tu cab ez a,
y t ú p o n d r á s asoehnnzaR i
sil c a lc a fin r. íd e n . m , 15).
D esd e alioiTi m u üir.'iu h lc n -
n v e n tu r a d a to d a s lu s g e ­
n e r a c io n e s . (L u c . i , 18).

Por breves in sta n te s, divina y clemente


Señora, perm itidnos p resaindirdel faro lu­
minoso de la fe, y nu estra m ente libre, sin
vasallaje de afecto alguno, pueda estudiar
el culto que fi Vos os rinden las criaturas
católicas. Que en Vos no veamos ¿ la Hija
del que t o u u l o p u e d e , ni á la Madre del
que es t o d o a m o r , u¡ k la Esposa del que
t o d o l o v i v i f i c a . La Doncella del templo,
la Virgen parida en el pesebre, la Madre en
el Calvario, no aparezcan & nuestros ojos
con su g randeza y sublimidad. Una súpli-
ca mas n o b le, S eñ o ra: por brevas in stan ­
tes perm itid que os consideremos como una
hum ana creación.

Un espíritu escéptico, creyendo form u­


lar un pensamiento original y profundo,
cuando solo copiaba del original un hecho
histórico , dijo: si no existiera Dios , seria
preciso inventarlo.
¿Por qué el filósofo no añadió: si la Vir­
g en no existiera, seria preciso inventarla?
¿Por qué?

La idea de un Ser suprem o, Criador y


Juez brota de la m ente y se desprende de
lu coucicncia desde el momento en que el
hombro se comprende, desdeel momento en
quo el hombre conoce su superioridad y
noble destino, y á la par su pequeflez y mi­
seria.
¿Por qué los pueblos an tig u o s, en sus
variadas civilizaciones uo crearon el culto
á la V irgen? ¿Por qué?

María debia ser adorada por el Cristia­


nismo. No por el cristianism o racionalista,
ideólogo , espiritualista en dem asía, rece­
loso y escéptico. Debia ser adorada por el
Cristianismo c re y e n te , sensitivo y dualis­
ta, en una p alab ra, por el Catolicismo.
El Catolicismo es la única Religión quo
comprende la naturaleza hum ana, alm a y
cuerpo, espíritu y m ateria , que atienda &
los dos componentes de nuestro ser con
igual cuidado, y que &los dos fortifica y su
salud p ro cu ra: ei cuerpo en esta vida, el
alm a en toda su carrera inm ortal.
Demostrado queda como la m oral evan­
gélica, los ayunos j ciertas restricciones en
los m atrim onios, la penitencia y otros sa ­
cram entos tienden &conservar tanto la sa­
lud del cuerpo como la del alm a. Las a ro ­
m áticas flores, el balsámico incienso, las
bellas esculturas y las tiernas melodías
tienden & vivificar la f e , halagando los
sentidos con placeres inocentes, sanos y
puros. La Iglesia , pródiga en poéticas ri­
quezas , h a m ultiplicado los himnos y de­
precaciones á la V irgen, en las cuales b ri­
llan la tern u ra de sentim ientos, la delica­
deza de los conceptos y la dulzura de las
im ágenes. Y el católico, con la repetición
de estos him nos, trueca en suavidad la
grosería de los in stin to s, en dulzura el
desapego y en purísim o ideal el prosáico
positivismo.

Solo de esta Religión podía nacer el tipo


acabado de María : tipo divino para enla­
zarse con D ios; tipo hum ano para relacio­
narse con los mortales.
K1 hombre, herido por la pena y abru­
mado por el pesar, dirige la vista á 106 cie­
los dem andando alivio y consuelo. Pero los
cielos están tan alto... y el hombre está tan
bajo. Pero allá mora un Ser tan gran d e y
el hom bre es tan pequeño.
E ra preciso una mano quo elevara la
plegaria, un prism a que concentrara las
aspiraciones del espíritu, un interm edio en
fin , de grandeza y de pequeñez: era p re ­
ciso la Virgen, visitada por el Espíritu del
Señor y la afligida Mujer del C alvario: ln
grandeza y esplendor divino y la pequenez
y el llanto hum ano.

El dolor, la m iseria, las esperanzas falli­


das embotan á m enudo los sentim ientos,
obtunden la m emoria y el alm a creyente no
Re couoce y olvida lo que es. La Religión
católica, m aestra en previsión y m as cono­
cedora de la im portancia de los sentidos
que los mismos científico-m aterialistas,
viene en auxilio del atribulado hijo de
Adán. ¿Y cómo? Por medio de las im á­
genes : de esas im ágenes tan anatem atiza­
das por el protestantism o y por los espíri­
tus fuertes. No en balde liemos dicho que
la Religión católica era la única que cuno-
cia la naturaleza hum ana.
Al contem plar el desgraciado la imágen
de la V irgen, un rayo de luz penetra por
sus ojos que va & ilum inar las densas ti­
nieblas de su entendim iento. La m ente se­
renada envía suave n éctar al corazon para
endulzar su am argura.

Pero ha hecho m as esta Religión tan sá-


bia como sencilla. M aría, la consoladora
universal, no debia aparecer ante el triste
con el mismo sem blante, con el mismo m i­
ra r ni con las m ism as vestiduras.
Ni las penas son siem pre de la miBma
Índole, ni los hombres son iguales en sus
afectos, ni en la manifestación de sus sen­
timientos. No en bulile hemos dicho y repe­
tido, que n uestra Religión era m aestra en
fisiología hum ana. El culto á. la Virgen en
sus innum erables invocaciones es un rico
catálogo de terapéutica moral.
Un enfermo yace en el lecho del dolor y
una m ujer á su lado sufre con su sufrir y
llora con su llanto. ¿Qué m as grato balsá­
mico é inocente narcótico que contem plar
invocando 6 la Virgen dolorosa?
Una Madre transida de am argura, y lo­
ca de desesperación , m ira uua cuna vacia
y un ataúd lleno. ¿Qué compañía m as g ra ­
ta y melancólica quo la imAgcn do la Vir­
g en en su santa soledad? ¿Qué cordial
mas difusible?...
La esperauza está á punto de desvane­
cerse y la duda ó la blasfemia prontas á sa-
lir por los labios. ¿Qué tónico mas recons­
tituyente que la súplica k la Virgen de los
Desamparados ó de las Mercedes?
Las asociacioues de familias llámense
naciones, provincias ó aldeas, am an su
le n g u a , su p atria, sus costum bres y su
h isto ria, y desean para ellas una especial
m anifestación de la Ayuda divina, y de
a h í , las vírgenes, celebradas del P ilar,
M ontserrat y otras mil que se veneran en
las erm itas alentando la fe de los senci­
llos campesinos. La Religión santa procla­
mó eu efecto la igualdad y la fraternidad
de todos loa hombree, de todos los pueblos,
de todas las regiones, pero tam bién santi­
ficó la familia y las naciones que no son
mas que agrupaciones de familias. P ara la
fraternidad universal invoca á un Dios y
ru eg a á una Virgen en los cielos; para la
familia y p ara la nación , la Virgen se re ­
viste de particulares atributos y se hace
catalana en M o D s e rr a t y aragonesa en el
Pilar.

El culto á la Virgen es, pues, el sello de


la fe católica. Todo labio que un dia con la
leche m aterna recibió las prim eras inspi­
raciones religiosas, está pronto k p r o n u n -
a
ciar el nombre de Muría cuaudo ¡a d esg ra­
cia asoma ó cuando el dolor se hace sentir.
Despues de saludarla con lus palabras del
A rc án g el, que son testimonio perenne de
mi ustrn redención, ln decim os: Ruega por
nosotros. Otro testimonio del culto espiri­
tual de esta Itelig-iou , acusada de idólatra
de la Virgen y de los Santos. No, la Virgen
cual la m as hum ilde de las cria tu ras, ru e ­
g a por nosotros: María es la síntesis de la
pleg aria hum ana.
Y despues del angélico saludo y de la
hum ana p le g a ria , aparece otra depreca­
ción tierna y m elancólica, afectuosa y su ­
blime : l a S a l v i í . Reina y Madre de mise­
ricordia, vida y dulzura y esperanza nuestra,
Dios te salte; á t i llamamos loa desterra­
dos hijos de Eva, á t i suspiramos, gimien ■
do y llorando en este valle de lágrimas.
Mientras que los ateos no nos dem uestren
que somos alegres triunfadores en vez de
miseros desterrados, m ientras loe m ateria­
listas no truequen en valle de perpétua
calm a el valle de lág rim as, los católicos
continuarem os diciendo: y despues de este
destierro, muéstranos á Jesús, fru to bendito
de tu vientre.

F I N.