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¿En la variedad

está el gusto?

Un niño me mira y me dice que soy una


niña porque llevo un anillo en el dedo.

Un muchacho me dice que pienso como


bebé, porque no creo en la violencia
como modo de solución a problemas
cotidianos. Unas jóvenes me observan
detenidamente, seguramente captaron
alguna pose no convencional (muy
común en mí), y me miran entre
extrañadas y sorprendidas: se ríen. Y así, otras situaciones similares.

Aunque poseo la capacidad suficiente de relativizar estas situaciones, en


determinados momentos me siento extraño, raro, freaki, de otro mundo.
También con cierta rabia, y con cierta pena. Cientos de emociones y
sensaciones pasan por mi cabeza (¿sólo por la corteza cerebral que las
elabora?).

Colores, formas, posturas, texturas, sabores: en la variedad está gusto,


solemos decir. Por tanto, cuanta más diferencia, más disfrute y más
posibilidades de estar a gusto, de ser feliz, de plenificarse. ¿Por qué no
es lo mismo entre seres humanos? ¿Acaso el ser iguales, el pensar igual,
el elegir lo mismo o seguir la misma línea de pensamiento, o de
preferencias sexuales, o de percibir la vida, van a garantizar nuestra
comodidad? Si bien no es fácil entender o comprender la diferencia del
otro, ¿dónde está la raíz de nuestra intolerancia cotidiana, de nuestro
afán de discriminación, de nuestros temores.

Inevitablemente me pregunto si algún día podremos llegar al respeto


pleno del ser individual del otro. Y más aún, a disfrutarlo y a exclamar
de corazón: ¡en la variedad está el gusto de ser y existir! Quizás ése día
no habrán más clasificaciones ni categorizaciones; ni gente extraña,
rara, freaki o de otro mundo... apuesto por ello, aunque confieso que
también me cuesta.
¿En la variedad
está el gusto?

Un niño me mira y me dice que soy una


niña porque llevo un anillo en el dedo.

Un muchacho me dice que pienso como


bebé, porque no creo en la violencia
como modo de solución a problemas
cotidianos. Unas jóvenes me observan
detenidamente, seguramente captaron
alguna pose no convencional (muy
común en mí), y me miran entre
extrañadas y sorprendidas: se ríen. Y así, otras situaciones similares.

Aunque poseo la capacidad suficiente de relativizar estas situaciones, en


determinados momentos me siento extraño, raro, freaki, de otro mundo.
También con cierta rabia, y con cierta pena. Cientos de emociones y
sensaciones pasan por mi cabeza (¿sólo por la corteza cerebral que las
elabora?).

Colores, formas, posturas, texturas, sabores: en la variedad está gusto,


solemos decir. Por tanto, cuanta más diferencia, más disfrute y más
posibilidades de estar a gusto, de ser feliz, de plenificarse. ¿Por qué no
es lo mismo entre seres humanos? ¿Acaso el ser iguales, el pensar igual,
el elegir lo mismo o seguir la misma línea de pensamiento, o de
preferencias sexuales, o de percibir la vida, van a garantizar nuestra
comodidad? Si bien no es fácil entender o comprender la diferencia del
otro, ¿dónde está la raíz de nuestra intolerancia cotidiana, de nuestro
afán de discriminación, de nuestros temores.

Inevitablemente me pregunto si algún día podremos llegar al respeto


pleno del ser individual del otro. Y más aún, a disfrutarlo y a exclamar
de corazón: ¡en la variedad está el gusto de ser y existir! Quizás ése día
no habrán más clasificaciones ni categorizaciones; ni gente extraña,
rara, freaki o de otro mundo... apuesto por ello, aunque confieso que
también me cuesta. Jugué