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DESGRABACION HOMILIA CARDENAL JORGE BERGOGLIO SJ

Arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina

Domingo, 17 de junio 2012


Conmemorando 50° aniversario de FASTA
Catedral Metropolitana

Jesús en su lenguaje sencillo explica cómo funciona el Pueblo de Dios, cómo funciona la Iglesia. Como
funciona -parece muy funcional esto, pero es para entenderlo- cómo funciona su acción en cada persona.

Él hace todo. En la oración inicial de la Misa decíamos “Señor, que por nuestra fragilidad humana solos no
podemos nada” (Or. colecta, Dom XI TO): Él hace todo. Él es como la semilla en el corazón, que va
creciendo y uno no la siente. Pero él trabaja, y lo único que pide es docilidad. Docilidad de la tierra, para
que la haga crecer, docilidad del corazón. Y a veces semillas muy pequeñas, de las que nadie se fiaba al
principio. Pensemos en el Cura de Ars que dudaron tanto en ordenarlo. Por docilidad, a esa gracia que
trabajaba en él, se santificó. La semilla recibida, la semilla en el corazón, y ser dócil, crea santidad. Y lo hace
Él.

En la primera lectura el Señor, ya en el Antiguo Testamento, nos había dicho: “Tomaré un brote, lo plantaré
en una montaña muy elevada, lo plantaré en la montaña más elevada de Israel. Y echará ramas y producirá
frutos” (Ez. 17, 22-23). Él hace el trabajo de la santidad. Lo único que quiere de la tierra a cambio es
docilidad, que lo dejemos hacer.

San Ignacio -lo cito para contrarrestar tanto dominico junto- decía de sí mismo que somos todo
impedimento. Tenía conciencia de lo que era la tentación, lo que era la huella del pecado original. Como se
le ponía impedimento al Señor. Y cuando describe los grados de pecado -es curioso- dice son tres
escalones. Primero la avaricia, es el amor a la plata. Segundo, la vanidad. Y tercero, crecida soberbia. Y de
allí todos los pecados. Él sabía que dentro de uno, cuando se buscan seguridades fuera de uno –la avaricia-,
cuando uno se vanagloria -espíritu mundano-. Cuando uno, permítanme la palabra porteña, “se la creyó”,
ya no hay semilla que fructifique en esa tierra.

Ezequiel también lo profetiza: “Y todos los árboles del campo sabrán que Yo soy el Señor, humillo al árbol
del campo y exalto al árbol humillado. Hago secar al árbol verde y reverdecer al árbol seco” (Ez. 17, 24). Es
decir, aquel que se la cree, aquel que se siente suficiente, aquel que pone su confianza en la tierra y no en
la semilla, el Señor se encarga de humillarlo.

Ahí no hay santidad, ahí hay suficiencia, solo hay soberbia.

Ustedes cumplen 50 años. Y vienen a dar gracias a Dios. Yo les quiero augurar en nombre de la Iglesia,
docilidad para seguir, docilidad a la gracia. Ustedes no le van a hacer bien a la Iglesia, por ningún otro
camino que no sea el de la santidad. ¿Cómo Padre? ¡Mire en 50 años cuánto tenemos! Adherentes,
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socios, consagrados, sacerdotes, laicos. Somos una entidad fuerte. Cuántos colegios hemos salvado ¡Es
verdad! Cuánto trabajo hemos hecho ¡Cuidado! Que ahí el demonio va a meter la cola. Y entonces, corren
el peligro de creérsela.

En este momento están en un momento de esplendor. Pero miren a sus costados: iglesias particulares
fuertes, potentes, cómo Dios las humilló con pecados abominables. Y les sacó la plata para los
juicios. Iglesias que ponían su esperanza en su poder económico. Vean algún instituto religioso, que tiene
que agachar la cabeza, por las cosas abominables que sucedieron en sus centros. Dios los humilló porque se
creyeron en su momento los salvadores de la Iglesia. ¡Humildad!

Y prepárense para las tentaciones. Porque la tentación no es un pecado, es señal de que andan bien. Si a
uno nadie lo tienta, es porque anda mal. El demonio no se ocupa. De los tontos el demonio no se ocupa. De
los que no hacen nada en la Iglesia, el demonio no se ocupa.

Así que den gracias cuando vengan las tentaciones. Den gracias de que los persigan, cuando hablen mal de
ustedes. Sin dar motivo para ello, por supuesto. Porque ahí está germinando la santidad.

La palabra “milicianos” que ustedes usan, tiene un sabor de familia para ustedes, que habla del
compromiso, de trabajo, de entregarse al Evangelio. Pero nunca se olviden que ser miliciano, no es lo
mismo que ser proselitista. El Papa nos decía que la Iglesia crece por atracción, no por proselitismo. Por
atracción de la santidad, testimonio que tienen que dar. Ser miliciano es militar en la santidad. Dejar que
cada día la tierra de mi corazón sea más dócil, para que esa vida crezca, se haga grande, y un árbol grande.

Sigan sirviendo a la Iglesia, en la santidad. Sigan evangelizando por atracción de santidad. Sean milicianos
en la exigencia propia, en el sacrificio cotidiano, en la abnegación continua en todas las cosas posibles.

Y eso dará testimonio de que están siguiendo a un Señor que no es de este mundo. Darán testimonio de
eso que dice tan bello, tan bellamente San Pablo en la segunda lectura, de que están “viviendo en el exilio”
(2Cor 5, 6). Tengan psicología de exiliado, que saben que están seguros en el ancla (Cf. Heb. 6,19), pero que
ya tienen trabajo en otra Patria. Miren aquella patria, trabajen por esta, pero allá. Son exiliados que están
en camino.

Que Jesús les conceda esta gracia, la gracia de la docilidad para ser santos. La gracia de la militancia en la
santidad. Y la gracia de la humildad, que los va a salvar de todo aquello que pueda seducirlos: de riqueza,
de vanidad o el poder de otros.

Que la Virgen los cuide mucho.

Que así sea.

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