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LA INSÓLITA BATALLA DE TUCUMÁN

La batalla de Tucumán, disputada el 24 de septiembre de 1812, es sin dudas uno de los


principales enfrentamientos que definieron nuestra independencia. Pero también debe figurar
entre las batallas más singulares de la historia argentina.

Por empezar, suele decirse que el entonces comandante del Ejército del Norte, Manuel
Belgrano, desobedeció al gobierno. En realidad, el Triunvirato le escribió para ordenarle que
no presentara batalla y continuara su retirada hasta Córdoba. Pero la comunicación llegó a sus
manos después de haber vencido a los realistas. ¿La demora del correo fue determinante para
que el militar frente a sus ochocientos jinetes y mil infantes, haya decidido pelear, dispuesto a
no cederles más terreno a los tres mil realistas que venían empujando desde el Norte? Puede
ser. Pero más que nada, se debió a la decisión de los vecinos, quienes convencieron al
comandante de que era hora de enfrentar al enemigo.

Minutos antes de que se iniciara la acción, Belgrano controlaba el campo montado en su


habitual rosillo. El primer cañonazo de los patriotas asustó al manso caballo y el general se fue
al piso. La noticia de la caída se propagó en la tropa con velocidad de una bala. Hubo un
malestar general porque entre nuestros soldados el accidente fue considerado un mal
presagio. Lo que en realidad complicaba la cosas era que más de un supersticioso (y había
muchos en la paisanada) se pusieran nerviosos en el preciso momento en que se necesitaba
que la tropa tomara confianza.

Entre el humo de los cañonazos y la polvareda que levantaba la caballería, se hacía imposible
contar con un metro de visibilidad. A eso se sumó una inmensa manga de langostas que acertó
a pasar en medio del campo de batalla embarrando aún más la cancha. Tanto patriotas como
realistas sentían que eran alcanzados por las balas cuando en realidad no se trataba más que
de las langostas que chocaban con violencia contra sus cuerpos.

Por la disposición en el campo de batalla, las dos fuerzas quedaron situadas de la forma más
incómoda para los nuestros. Los realistas atacaron avanzando hacia el Norte y los patriotas lo
hicieron de cara al Sur. Esto quiere decir que en caso de retirada no podrían retroceder a
terreno seguro, sino que ambos bandos deberían huir yendo hacia el enemigo o bien ir hacia
atrás y después dar un inmenso rodeo para alcanzar su retaguardia. A este tipo de posición en
el campo de batalla se lo conoce como “de frente invertido”.

Pero el verdadero problema era el de los uniformes. No había forma de diferencias a los
integrantes de un bando u otro porque todos usaban el mismo tipo de uniformes, o
directamente ninguno. Soldados que huían hacia adelante, otros que “avanzaban” hacia atrás,
muchos que, en medio de la humareda y las langostas, no sabían para dónde correr. Era
imposible saber quién era quién. Por el parecido de los uniformes, Julián Paz, oficial del
ejército de Belgrano fue tomado prisionero por sus propios camaradas. También su hermano
José María Paz (quién antes de ser general y avenida fue ayudante del barón de Holmberg en
la batalla de Tucumán) vivió un episodio provocado por la confusión de los bandos.

Se topó en un descampado con un soldado y le preguntó a qué ejército pertenecía. El hombre


le respondió: “Al nuestro”, demostrando que tampoco tenía idea de quién le estaba hablando.
Paz insistió, preguntándole a cuál ejército se suponía que llamaba “nuestro”. El soldado
respondió: “Al nuestro, señor”. Paz sacó su pistola, le apuntó y le dijo: “Hable usted la verdad o
lo mato”. El soldado alzó las manos y dio pasos asustados hacia atrás, con el objetivo de
alcanzar su fusil. Como un lince se lanzó sobre su arma y apuntó al oficial patriota. Paz disparó
su pistola, pero estaba en tan mal estado que la bala jamás salió. El soldado aprovechó para
disparar su fusil, pero tampoco tuvo suerte: su arma estaba mal cargada. Durante varios
segundos quedaron frente a frente, mirándose con ganas de matarse, sin importar si ambos
pertenecían al mismo bando o no. Hasta que apareció el capitán patriota Apolinario
“Chocolate” Saravia quién, aunque no sabía si el hombre del fusil era de su bando o no, si
conocía a Paz. Por eso sacó su cuchillo y degolló al soldado. Por las dudas.

Paz y Saravia se abalanzaron sobre el cadáver para sacarse la duda. Lo revisaron y


descubrieron, tal vez por los papeles que llevaba encima, que había pertenecido al ejército
realista.

Belgrano se cayó del caballo, las langostas atacaron a ambos ejércitos, los soldados no sabían
si mataban a un camarada o a un enemigo. Todo era confusión. Pero el hecho más curioso de
la batalla de Tucumán fue que cuando la lucha llegaba a su fin, tanto los patriotas como los
realistas ignoraban quién había ganado. Ocurrió a la mañana siguiente. El general enemigo, Pío
Tristán, estaba en las afueras del poblado. Belgrano se encontraba un poco más lejos. Y parte
de la infantería criolla tomó posiciones dentro de la ciudad. Tristán supuso que tenía ventaja,
pero no estaba seguro. Entonces, decidió averiguarlo: envió un emisario al pueblo e intimó la
rendición “en cinco minutos” de los criollos que defendían la plaza central, amenazando con
incendiar la ciudad si no se entregaban. El coronel Eustaquio Díaz Vélez le respondió al
emisario: “Diga usted a su general que mal puede imponer rendición a su vencedor, y que el
general en jefe Belgrano, que se halla ausente con toda la caballería, muy pronto le hará
conocer su imprudencia”.

El general en jefe Belgrano andaba por el campo, preguntando a oficiales y soldados si sabían
quién había ganado. Las respuestas eran dispares. Hoy lo sabemos: los patriotas habían sido
los vencedores.