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EL TIEMPO “PER ANNUM” O “TIEMPO ORDINARIO”

Al describir la organización litúrgica del


tiempo, las Normas universales sobre el año litúrgico y
sobre el calendario explican primero los períodos de
Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. Luego
agrega que:

« Además de los tiempos que tienen un carácter


propio, quedan treinta y tres o treinta y cuatro
semanas en el transcurso del año, en las que no
se celebra ningún aspecto particular del misterio
de Cristo; más bien este misterio se vive en toda
su plenitud, particularmente los domingos. Este
período de tiempo recibe el nombre de “Tiempo
Ordinario”»1.

Esta parte del año litúrgico se divide en dos secciones. La primera de ellas,
la que estamos empezando en este momento, va desde la Fiesta del Bautismo del
Señor hasta el miércoles de Ceniza; la segunda inicia inmediatamente después del
domingo de Pentecostés y se prolonga hasta antes de que empiece el siguiente año
litúrgico. Ambas tienen el mismo sentido que acabamos de mencionar: celebrar la
integridad del Misterio de Cristo, sin concentrarse particularmente en ninguno de
sus elementos.
En razón de su nombre en español y por no gozar del carácter socialmente
festivo que sí tienen otros períodos del año, podría pensarse que el Tiempo
Ordinario es un período de menor relevancia. Pero su verdadera importancia se
descubre cuando se logra entender que la liturgia no agota su riqueza en la
dimensión cultual; ya que, al entender que la celebración eclesial también tiene una
función formativa, igualmente comprendemos que el tiempo “per annum” es « […]
un programa continuado de penetración en el misterio de la salvación siguiendo la
existencia humana de Jesús a través de los evangelios […] »2.
Sin negar que Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua puedan contribuir en
ese sentido, podemos pensar -entonces- al Tiempo Ordinario como un espacio
privilegiado para ir desarrollando ese programa de evangelización constante al
que hemos sido convocados por los Obispos de Latinoamérica, cuando en su
quinta conferencia celebrada en Aparecida, Brasil, han hablado de un « […]

1"Normas universales sobre el Año Litúrgico y sobre el calendario", n. 43: Misal Romano. Reformado por mandato
del Concilio Ecuménico Vaticano II, promulgado por la autoridad del Papa Pablo VI y revisado por el Papa Juan Pablo II,
Bogotá: Conferencia Episcopal de Colombia, 2008, p. 107.
2 Julián López-Martín, “Tiempo Ordinario”: D. SARTORE — A.M. TRIACCA — J.M. CANALS (dir.); Nuevo

Diccionario de Liturgia, Madrid: Ediciones San Pablo, 19863, p. 1967.


despertar misionero, en forma de Misión Continental [... que…] Buscará poner a la Iglesia
en estado permanente de misión »3.
Tal y como lo ha hecho a lo largo de todos los siglos de existencia que tiene
la Iglesia, la Liturgia sigue haciendo importantes aportes al proceso de
evangelización constante de los cristianos. De manera particular, traigamos a
colación la dinámica reiterativa que es propia de la ritualidad; pues, al repetir una
y otra vez un gesto, una palabra o un canto, la celebración nos da la oportunidad
de asimilar su contenido. En esto, la Liturgia actúa como un maestro que logra
acompañar adecuadamente los procesos de aprendizaje gracias a la realización
reiterada de ejercicios diversos.
Ciertamente se trata de un proceso que no se limita al Tiempo Ordinario.
Pero este período del año litúrgico nos hace sentirlo con mucho más fuerza. Por
eso, es lícito considerar que el tiempo “per annum” es un espacio propicio para
que comprendamos este elemento litúrgico y su verdadero sentido. De tal forma
que, lejos de considerarla como un obstáculo que debemos superar gracias a una
indiscriminada innovación, veamos la “reiteración ritual” como un valioso recurso
que la Iglesia pone en nuestras manos para que, casi sin darnos cuenta, crezcamos
en nuestra identidad cristiana.

3CELAM, Documento conclusivo. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida,
Brasil, mayo 2007, Bogotá: CELAM, n° 551.