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CAMBIO SOCIAL I

CAPÍTULO 3

LA DIMENSIÓN TEMPORAL DE LA SOCIEDAD: EL TIEMPO SOCIAL.

El tiempo como dimensión de la vida social

Todos los fenómenos sociales acontecen en algún momento en el tiempo. Todos los procesos sociales se
extienden en el tiempo. La vida social se vive en el tiempo. “Todo modelo de interacción existente está
situado en el tiempo” (Giddens 1979: 3,202) El tiempo es la dimensión indispensable de la realidad
humana “en cada uno de los aspectos de nuestra vida” (Adam 1990: 9) Estos hechos ontológicos
implican consecuencias epistemológicas; son la razón de la “centralidad del tiempo para la materia a examen
por las ciencias sociales” (Adam 1990; 9)

El tiempo está ligado de forma aún más íntima al cambio social. La experiencia misma del tiempo y
la idea de tiempo derivan de la naturaleza cambiante de la realidad. Es imposible concebir el tiempo sin
referencia a algún cambio. Y viceversa, la idea de cambio al margen del tiempo es simplemente
inconcebible. Como la ha expresado Pitirim Sorokin: “cualquier estado de devenir, cambio, proceso,
mudanza, movimiento, dinámica, en contraposición con el ser, implica tiempo” (1937, vol 1: 156)

Examinemos primero algunas propiedades generales del tiempo como dimensión de todo fenómeno social,
a continuación algunas características especiales del tiempo en tanto aspecto de cambio social. Todo
fenómeno o suceso está relacionado con otros fenómenos o sucesos. No hay fenómenos o sucesos
absolutamente singulares, únicos. Una de las formas que toma tal relación es la secuencial, en la que la
precedencia y la sucesión conectan los sucesos en una cadena o en un proceso. Esto sucede a todos los
niveles; macro, medio y micro. Si tomamos cualquier hecho singular, siempre está situado en una secuencia
mayor, precede o sucede a otros, acontece antes o después de otros. En otras palabras, “todos los actos
sociales están encajados temporalmente dentro de actos sociales mayores. Llamamos a esto estar
permeados por el tiempo” (Lewis y Weigart 1990: 82)

Si observamos con más detalle cada fenómeno o suceso social, veremos que no sólo está relacionado
externamente con otros fenómenos sino que puede ser descompuesto internamente en componentes, y
que estos componentes están interrelacionados. Algunas relaciones internas son de nuevo secuenciales,
conectan estadios anteriores y posteriores o fases del fenómeno. Decimos también que todo fenómeno
tiene alguna duración, duran algún tiempo.

Siempre que pensamos en un fenómeno como algo momentáneo, fugaz, instantáneo, se trata de algo
que depende del entramado temporal relativo que apliquemos. En suma, no hay fenómenos o sucesos
atemporales, tanto en el sentido de la localización en el tiempo como en el de la extensión en el
tiempo. La secuencia y la duración son dos aspectos fundamentales de la vida social, reflejo de dos
aspectos cruciales del tiempo.

Los fenómenos y los sucesos sociales son también irreversibles Una vez que algo ha sucedido no puede ser
deshecho. Una vez que se ha acometido una acción no puede des-acometerse; una vez que se ha concebido
una idea no puede despensarse....

Esto es válido en todos los niveles de la vida social. En el macronivel, en el nivel medio o en el nivel de la
vida cotidiana. Todo esto está inscrito en la idea metafórica del flujo del tiempo , aquello que acontece a
continuación tendrá una localización diferente en el flujo. En palabras de un autor moderno: “la acción y su
repetición no puede ser siempre la misma. Todo aquello envuelto en ella es irrevocablemente cambiado
en el intervalo” (Adam 1990: 168)

La irreversibilidad del flujo del tiempo implica la distinción entre pasado, presente y futuro. La distinción que
hoy nos resulta tan obvia, no es históricamente universal; tan sólo apareció en un punto determinado del
desarrollo de las sociedades humanas, está íntimamente relacionada a la invención de la escritura. El futuro
fue lanzado hacia delante, pudo ser proyectado y planeado, y no meramente imaginado. La afirmación fuerte
de esta distinción no aparece hasta el pensamiento judeocristiano, y desde esta fuente se ha extendido
a la entera civilización humana.

La distinción entre pasado, presente y futuro no es tan tajante como parece. De forma estricta no
hay presente, porque los procesos sociales están en movimiento. Aunque tomemos la escala más
pequeña, siempre está el movimiento, el flujo, en lugar de un estado cristalizado. El cliché de que en el
presente están el pasado y el futuro no está falto de razón. A efectos prácticos, no obstante, la distinción
es por supuesto válida, siempre que recordemos que lo que tomamos como presente es algo
convencional, extraído del flujo continuo por medio de límites arbitrarios. En la ciencia social el criterio de
demarcación tiene que ver con la posibilidad de percepción humana y de influencia causal con los
hechos. Tal como lo ha expresado Barbara Adam, “ Conocemos los hechos por testimonios, percibimos
los presentes directamente, y conocemos los futuros sólo en nuestra imaginación. Los hechos pasados
están determinados, los presentes están siendo determinados y los futuros aún no han sido determinados...
El pasado ya no puede ser influido, el presente está sujeto a influencia y el futuro sólo es potencialmente
influible” (1990: 22)

El tiempo en tanto aspecto del cambio social

Para el estudio del cambio social, el tiempo no es sólo una dimensión universal, sino el núcleo, el
factor constitutivo. En la vida social el cambio es ubicuo; en sentido estricto no hay dos estados
temporalmente distintos de una entidad social que sean idénticos. A efectos prácticos, las necesidades
de la vida cotidiana sugieren ciertas magnitudes de diferencias que pueden ser ignoradas. Sin
embargo, lo que es tratado como estable se refiere sobre todo a niveles de cambio que van mucho más
despacio que la estructura de referencia del observador.

En realidad cambio y tiempo siempre están ahí, la idea de estabilidad es tan sólo una convención útil.
Incluso cuando usamos esta convención, no podemos escapar al tiempo, porque al hablar de
estabilidad, estamos pensando en una falta relativa de diferencias. “Hablar de estabilidad social no
implica abstraerse del tiempo puesto que la estabilidad significa continuidad en el tiempo” (Giddens
1979: 199) Incluso, hablar de estabilidad tiene sentido sólo por referencia a algo más que está
cambiando, a otras sociedades, al medio ambiente, a la pertenencia a grupos, etc.

El tiempo, en relación con los cambios sociales, puede aparecer de dos formas.

Primero. Puede servir como estructura externa para la medida de sucesos y procesos, ordenando el
flujo caótico para beneficio de la orientación humana y de la coordinación de las acciones humanas.
Esto es el tiempo cuantitativo, presupuesto por determinado artefactos como relojes y calendarios que
nos permiten identificar el lapso comparativo, la velocidad, los intervalos, la duración de diversos
acontecimientos sociales. Del mismo modo nos permiten la conexión o la separación de forma ordenada de
innumerables acciones realizadas por individuos y grupos en la sociedad. Cuanto más compleja es la
sociedad, mayor es la importancia del ordenamiento y la coordinación temporal En la sociedad moderna
ninguna organización podría funcionar sin contar el tiempo. Cuando se inventan y desarrollan aparatos para
medir el tiempo, todos los cambios sociales pueden ser cronometrados, localizados dentro de una
estructura externa. A esto nos referimos con “acontecimientos en el tiempo”

Hay otra forma en la que el tiempo se mezcla con el cambio social. Como una propiedad interna,
inmanente, ontológica, de los sucesos y de los procesos sociales. Al considerar cualquier proceso social
vemos que manifiesta varias cualidades temporales:

1 Son, de forma característica, más largos o más cortos.

2 Van más deprisa o más despacio.

3 Están marcados por intervalos rítmicos o fortuitos.

4 Son divididos en unidades de diferente cualidad sustantiva por medio de las circunstancias
naturales o sociales.

En todos estos casos encontramos “tiempo en los acontecimientos” en lugar de simplemente


“acontecimientos en el tiempo”. Esto es lo que en sociología se denomina usualmente “tiempo social”

El cálculo del tiempo

La medida del tiempo exige una escala y unas unidades. Éstas pueden construirse por referencia a sucesos
repetitivos que señalan intervalos y a suceso únicos que marcan el comienzo de la escala. Los sucesos
naturales proporcionan los puntos obvios de referencia. El ciclo astronómico, día, noche, estaciones.
Una cierta idea de aurora, amanecer, anochecer... es con toda probabilidad universal, impuesta por las
circunstancias primordiales de la existencia humana sobre la tierra.

Otras unidades de tiempo reflejan experiencias sociales en lugar de naturales. Éste es el caso de la semana y
sus orígenes sociales que quedan puestos de manifiesto en la distinta duración que toma en diversas culturas.
El fundamento para la determinación de la semana se halla en el ritmo recurrente de mercados y ferias.
También refleja la necesidad biológica del descanso, al establecer un día para el ocio y las
necesidades espirituales. Las divisiones convencionales derivadas de la religión también pueden
encontrarse en la escala del año.

Los primeros aparatos técnicos para construir y medir el tiempo aparecen en Babilonia y Egipto
muchos años antes de nuestra Era. Tan sólo a mediados del siglo XIX apareció en el mercado, en Suiza y los
EE.UU., el reloj económico personal, al alcance del público en general y no sólo de los más ricos.

Relojes y cronómetros hicieron posible disociar el tiempo de los sucesos y procesos concretos, tanto
naturales como sociales, e introdujeron las unidades del tiempo convencionales, de igual duración, fáciles
de contar. La división del día en doce horas, basadas en el sistema del zodiaco, ya había sido introducida
en Grecia. La división de la hora en sesenta minutos, y el minuto en sesenta segundos es una historia
mucho más reciente, que data del siglo XIV.

El tiempo en la conciencia y la cultura.

Como rasgo dominante de la vida social y que permea objetivamente los sucesos y procesos sociales, el
tiempo ha de tener su reflejo en el nivel subjetivo de la conciencia. La percepción y la conciencia del tiempo
es una experiencia humana universal. Algunas personas difieren de manera llamativa en su “sentido del
tiempo”. Si bien para la sociología es más interesante otra reflexión de las realidades del tiempo, la
sociopsicológica o cultural, a saber, los símbolos típicos, los valores, las reglas y orientaciones
referidas al tiempo y compartidas por grupos, comunidades, clases y otras entidades colectivas o sociales.
Devienen estos últimos codificados, se atrincheran en la conciencia social o en la cultura, adquiriendo
una cualidad intersubjetiva y normativa y produciendo distintos “perfiles temporales” en distintas
sociedades. La huella de tales patrones culturales comunes se siente en diversas áreas de la vida
social, manifestándose en estilos específicos de conducta. Si comparamos diversas culturas
contemporáneas descubriremos orientaciones temporales radicalmente distintas. Esto es cierto no sólo en el
macronivel de las naciones o de los grupos étnicos. Hay diversas ocupaciones que ponen un gran
énfasis en las virtudes del tiempo, en el “ahorro del tiempo”, mientras otras lo tratan de forma
mucho más elástica. (ejecutivos-artístas). También las clases sociales, el género y el grupo de edad están
altamente diferenciados en sus perspectivas temporales.

De forma más precisa, cuando hablamos de orientación en el tiempo o de

perspectiva temporal han de distinguirse los siguientes aspectos:

1 El nivel de conciencia del tiempo: Es el rasgo más general, ejemplificado en un extremo por una
preocupación obsesiva por el tiempo; (“el síndrome del tiempo es dinero”). En el extremo opuesto por
la indiferencia, la negligencia y la permisividad con respecto al tiempo; (“el síndrome mañana”)

2 La profundidad de la conciencia del tiempo: a veces sólo el tiempo inmediato, el más próximo, es
reconocido, y a veces el tiempo distante es también reconocido. Podemos hablar de perspectiva a corto
plazo, (presentismo) y a largo plazo, al margen de si miramos hacia delante o hacia atrás.

3 La forma o perfil de tiempo: cíclica o lineal. Mircea Eliade (1959) afirma que la concepción del tiempo
del “hombre arcaico” era cíclica, en ella los hechos se despliegan con los ritmos recurrentes de la naturaleza.
La visión lineal del tiempo comienza con la cristiandad, e introduce el concepto de redención futura y de
salvación, hacia los cuales la historia mundial y las biografías personales se van acercando de forma
constante. Sin embargo sigue habiendo importantes enclaves del pensamiento cíclico en el mundo
moderno industrial. Michael Young (1988) ha subrayado que los ritmos cíclicos de la vida social están
íntimamente ligados con la esencia rítmica de los procesos naturales. De forma parecida, J David
Lewis y Andrew J. Weigart (1990) discuten “tres ciclos que en nuestra sociedad están basados, más o
menos, en tres secuencias naturales definidas como unidades de tiempo significativas”: el girar de los días,
la rutina de la semana y las estaciones anuales.
4 El énfasis en el pasado o el futuro: “La forma en que los miembros del grupo se relacionan con el pasado
y el futuro -esto es, su perspectiva temporal- es en gran medida dependiente de la estructura del
grupo y de sus funciones”. (Coser y Coser 1990) Algunas sociedades o grupos miran hacia atrás: aprecian las
tradiciones, se fijan en las hazañas pasadas, viven en la historia; otras miran hacia adelante, rompen
con las tradiciones, ignoran el pasado, miran hacia el futuro. Podemos hablar de orientación
retrospectiva frente a orientación prospectiva

5 La manera de concebir el futuro: puede verse como algo con lo que uno se topa pasivamente, o como
algo que se ha de construir activamente. Lo primero sugiere anticipación y adaptación, lo segundo,
planificación y modelación. Podemos hablar de orientación pasiva o fatalista frente a orientación
activa y o voluntarista. Cuando esta última actitud se empareja con una imaginación temporal amplia,
y abarca no sólo los asuntos mundanos, cotidianos, sino también procesos históricos a gran escala, es
denominada “historicidad”. Esto es, “el conocimiento consciente de que no sólo estamos formados
históricamente sino de que formamos la historia; que la historia nos hace y que hacemos la historia” (Adam
1990: 146) En palabras de otro autor es la conciencia del transcurso lineal del tiempo y de “la
movilización activa de las formas sociales en la prosecución de su propia transformación” (Giddens
1979: 221) Tal orientación hacia el futuro es en sí un fenómeno histórico, surgido tan sólo en
determinado estadio de la civilización humana, y que es particularmente característico en el período
de la modernidad.

6 El valor-énfasis dominante tanto en el cambio, en la novedad y el progreso, como en la recurrencia, la


similitud y el orden: el primero puede ser denominado orientación progresiva, y es opuesto de la
orientación conservadora. El modelo ideológico se refiere a un área mucho más amplia que la conciencia
del tiempo, pero también condimenta de forma significativa las orientaciones temporales.

El factor tiempo puede penetrar la cultura de una sociedad, de una comunidad o de un grupo social no sólo
en la faceta general de las orientaciones temporales, sino también en la forma mucho más específica de las
reglas (expectativas normativas) que regulan los distintos aspectos de la conducta humana. Tales reglas se
encontrarán tanto dentro de diversas instituciones, como dentro de diversos papeles sociales. En suma, las
reglas que se ocupan del tiempo están integradas estructuralmente en redes más amplias de reglas, en sistemas
normativos sociales.

Una categoría importante de tales reglas ha sido señalada por Robert K. Merton, y las denominó
“duraciones socialmente esperadas” (1982c; 1984) En su opinión hay importantes normas sociales que
constituyen el “componente primario temporal de las estructuras sociales y de las relaciones
interpersonales” (1968: 365-6). Tales normas, integradas en la estructura social, regulan la duración de
determinados actos, la permanencia de grupos y organizaciones, el final de determinados cargos, etc.
Lo fundamental no es sólo que algunas formas de la vida social duren más que otras, sino que hay
expectativas normativas que prescriben cuánto han de durar y cualquier alejamiento de tales normas
está definido socialmente como desviación, provocando sanciones sociales.

Al igual que todas las reglas sociales, la “duración esperada” influye fuertemente en el pensar y en el hacer
de los actores sociales. Normalmente, cuando se espera que el lazo social, la pertenencia al grupo o al
estatus, dure mucho, la gente se toma más en serio su apoyo, se compromete más, le dedica más recursos,
participa más en todo su ser. Incluso dentro del dominio ocupacional hay llamativas diferencias de
compromiso, dependiendo de la definición normativa de la duración. Si la duración es normativamente
limitada se pueden observar llamativas diferencias de conducta y de compromiso entre el período inicial, las
fases intermedias y el tiempo próximo al final.

Pero las reglas estructurales implicadas en el tiempo no están limitadas al aspecto de la duración. Hay
múltiples expectativas normativas referidas a la velocidad de determinados procesos. Hay reglas que
definen los momentos adecuados para acceder a determinados estatus. Hay normas que prescriben los
ritmos y los intervalos de los procesos. No resulta sorprendente que el tiempo, un factor tan característico
de la vida social, esté regulado de forma tan extensa.

Las funciones del tiempo social

Hay algunas funciones universales a las que sirve el tiempo en todas las sociedades. Hay también
importantes diferencias históricas entre las primeras sociedades tradicionales y las modernas sociedades
industriales respecto al papel del tiempo. Wilbert Moore (1963a) ha sugerido una triple función que tiene
que ver con tres aspectos universales de la vida social: la sincronización de acciones simultáneas, el
secuenciamiento de las acciones posteriores, la determinación de la tasa de acciones dentro de una
unidad temporal. Desde este punto de partida podemos desarrollar una tipología más amplia.

1 El primer requisito de la vida social satisfecho por los sistemas comunes de cuantificar el tiempo
es la sincronización de las actividades. Una gran parte de la vida social de toda sociedad es ocupada
por la acción colectiva, por cosas hechas a consuno por un gran número de gente. Para que se dé la
acción colectiva, la gente ha de encontrarse en el mismo sitio al mismo tiempo. Incluso si su
presencia física no es necesaria, han de acometer determinadas acciones al mismo tiempo.

2 El siguiente requisito universal es la coordinación. Las acciones individuales no acontecen en el vacío.


Gran número de ellas están relacionadas, conducen a la creación de un bien común, o se suman a la creación
de un producto común. La división del trabajo es el ejemplo más claro de esto. Los esfuerzos individuales,
para que sean instrumentales respecto a la tarea común han de ocurrir al mismo tiempo, o en alguna
distancia especificada en el tiempo o en series temporales.

3 Un requisito más es la “secuenciación”. Los procesos sociales se producen por fases, los sucesos se
suceden unos a otros en secuencias específicas, hay una lógica necesaria, inherente, a la mayoría de los
procesos. Hay muchas acciones que sólo tienen sentido si encajan en un momento determinado en el
proceso. No pueden ser hechos antes o después de su tiempo justo. Quizás el mejor modelo de esta
situación nos lo proporciona la cadena de montaje de una fábrica, pero la situación es mucho más
universal.
4 Otro requisito es la actualidad. Algunas actividades sólo pueden emprenderse si determinadas
oportunidades o recursos están disponibles, y pueden no estar disponibles a todas horas.

5 El siguiente requisito a consignar es la medida. La duración de las diversas actividades puede


tener una importancia social decisiva, por ejemplo determinar la duración de un esfuerzo que se prevé
realizar, la excelencia en la ejecución, el coste de los servicios... Sin medidas comunes, aceptadas, no puede
hacerse determinación alguna de tal tipo.

6 El requisito último es la diferenciación. Es importante romper con la monotonía de la rutina vital


intercalando diversos períodos con actividades variadas. Todas las diversiones extraordinarias frente al
trabajo y las preocupaciones mundanas son apreciadas por la gente en todas las sociedades, y una de las
funciones del tiempo es demarcar y reservar momentos adecuados para ellas.

La significación de todas estas funciones cambia con la complejidad de las sociedades humanas, sus
instituciones y organizaciones, las tareas y los desafíos a los que se enfrentan su miembros. En una sociedad
primitiva, el tiempo es el producto que emerge de actividades rítmicas, de modelos repetitivos de acciones, de
los ciclos de las estaciones, del ciclo de la vida, de observancias mágicas o religiosas. La gente toma una
cierta conciencia del tiempo per se, pero es secundaria, derivada de las apremiantes tareas de la
existencia cotidiana. Como ha dicho Barbara Adam, el tiempo es una especie de variable
secundaria, dependiente, en las vida de las primeras sociedades.

Satisface exclusivamente funciones instrumentales.

Si tomamos el extremo opuesto, el de una sociedad moderna, industrial, la situación se invierte. El


tiempo deviene el regulador central, el coordinador, el organizador de las actividades humanas. Debido a
esto, adquiere una cualidad mistificada de autonomía. Ya no es una herramienta o un instrumento, sino
un valor en sí mismo. Se convierte en una variable independiente, un factor primario determinante de la vida
social. El tiempo toma la forma de un recurso que puede gastarse, ahorrarse, repartirse, o incluso na
mercancía que puede venderse o cambiarse. Este fenómeno de reificación y autonomización de algunas
cualidades emergentes de la vida social, que empiezan a vivir una realidad separada y a constreñir y oprimir a
sus propios creadores, a los individuos humanos, es un rasgo más amplio de la modernidad, y no está
limitado al dominio del tiempo.

Principales tradiciones teóricas en el estudio del tiempo

La sociología clásica del tiempo es mérito de Emile Durkheim (1915) y de los miembros de su
“Escuela Francesa”, Marcel Mauss, Henry Hubert, maurice Halbwachs, Marcel Granet (cf. Banaszczyk
1989) Durkheim introdujo tres nuevos acentos, que definen su enfoque distintivo del tiempo y que fueron
heredados por la sociología posterior: la perspectiva sociológica, la perspectiva relacional y la perspectiva
relativista.

Las nociones de sentido común del tiempo lo habían considerado como una especie de medio difuso,
natural, que abarca todas las experiencias humanas. Durkheim dio un paso más, trasladando el problema del
tiempo al dominio de lo social. Para él el tiempo es el “factor social”, o la “representación colectiva”: el
reflejo o la emanación compartida de las experiencias colectivas y de la organización social de una
comunidad o sociedad. Como tal es construido socialmente. Al igual que otros “hechos sociales”
construidos socialmente, el tiempo se aparece a la gente como algo externo, algo que se encuentra, y que
ejerce una fuerza constrictiva sobre sus acciones. Proporciona la regulación normativa de la vida social,
y en este sentido retroalimenta a la sociedad de la que ha emanado. Moldea a sus propios creadores.
Durkheim aprehende la dialéctica del tiempo: el tiempo expresa el ritmo de las actividades cotidianas,
pero también, reflexivamente, regula tales actividades.

El carácter social del tiempo implica que no es una sustancia, sino un conjunto de relaciones que ordenan los
acontecimientos sociales en un modelo secuencial o rítmico.

Los orígenes sociales del tiempo implican que puede tomar formas distintas en las diversas sociedades de
las que emana. Se le tiene por relativo a los distintos fundamentos existenciales que surgen de
diferentes culturas, o en diferentes épocas. Por tanto el tiempo es histórica y culturalmente relativo.

Los durkheimianos posteriores extendieron tal relativismo no sólo a la comparación entre sociedades sino
también a la constitución interna de tales sociedades, a las partes que la componen. Afirmaron que se
habían encontrado que las diversas colectividades proporcionaban esquemas temporales específicos a
sus participantes; cada tipo de actividad humana era contemplada como dirigida por una matriz
temporal distinta. También se afirmaba que había grupos o categorías sociales que estaban en cierta
medida aislados del impacto generalizado del tiempo. Este relativismo extremo también valía con respecto
a los ritmos reales, objetivos, de la vida social, a la conciencia subjetiva y a la percepción del tiempo y a las
regulaciones culturales, normativas de los aspectos temporales de la sociedad.

Otra importante contribución a la teoría del tiempo procede de Pitirim Sorokin y de Robert K. Merton. En
su famosos artículo (1937) analizan lo que denominan el “tiempo sociocultural”, y lo conectan incluso de
forma más íntima con la problemática del cambio social. El énfasis radica en la naturaleza relativista y
cualitativa del tiempo. No es nunca una escala cuantitativa neutral para medir los cambios, sino que por
el contrario está dotado de un rico contenido, y fluye de forma distinta en las diferentes sociedades. “Los
sistemas del tiempo varían con la estructura social” (p615) Esto es debido al hecho de que los puntos
de referencia para la cuantificación del tiempo son escogidos entre acontecimientos socialmente
relevantes, y su significación depende de distintos estilos de vida, y de los problemas dominantes en
distintas comunidades y sociedades. En consecuencia las fechas tienen significado cultural, y no sólo
de calendario, para las sociedades concretas; los períodos, incluso los que son nominalmente iguales, pasan
con diferente velocidad dependiendo de la cultura concreta. El flujo del tiempo no es neutral, suave o
uniforme; hay marcados acelerones y vacíos. Sorokin y Merton consideran el tiempo social como un
prerrequisito funcional de una vida social ordenada, predecible, coordinada y sincronizada. Al ser de
origen social y estar dotado de contenido cultural, retroalimenta a la sociedad, aumentando y
enriqueciendo sus ritmos vitales característicos.

Una importante contribución, que enfatiza la tremenda heterogeneidad del tiempo social cualitativo,
procede de Georges Gurvitch (1964) Presenta una tipología de ocho categorías de tiempo que pueden
encontrarse en la sociedad moderna. Cada sociedad está caracterizada por una configuración particular de
los tiempos sociales, y la elección del tiempo deviene un aspecto importante de la identidad del grupo, y en
consecuencia de la competición y las luchas entre grupos.
Una “sociología del tiempo” de orientación empírica ha sido desarrollada por Eviatar Zerubavel
(1981) Él cree que el “orden sociotemporal” es un principio fundamental y universal de la vida social. Se
manifiesta en el nivel subjetivo y en el objetivo. La sociedad produce “estructuras temporales de
referencia” objetivas, compartidas para su funcionamiento, y la gente desarrolla “orientaciones
temporales normalizadas” que son indispensables para orientarse en la vida social de su sociedad. Todo
acontecimiento o cambio social tiene su propio “perfil temporal”, una combinación de cuatro características
temporales: 1 estructura secuencial, 2 la duración, 3 la localización en secuencias más amplias 4 la
repetitividad o unicidad.

En la sociedad moderna hay una importante distinción que separa el tiempo público del privado. A medida
que el tiempo deviene en mercancía la gente vende parte de su tiempo privado, convirtiéndolo en tiempo
de trabajo. (Zerubavel 1990: 171) Este tiempo es regulado por rígidos horarios de trabajo. “ Por cuanto esta
época deviene burocrática, el tiempo de la persona moderna está rígidamente segmentado en partes durante
las cuales se supone que es accesible en su papel ocupacional, y en otras se supone que no lo es” (Zerubavel
1990: 172) Esto es un reelaboración reciente del enfoque anterior, tradicional, de investigación de la
sociología del tiempo, esto es, del estudio de los “presupuestos del tiempo” (Szalai 1972)