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En el período grecorromano la epimeleia heautou (inquietud de sí) y el gnothi seautou (conocimiento de

sí) estaban ligadas a una ética de la verdad que promovía el acceso a una forma de vida - individual y
colectiva - superior. El maestro - en tanto parrhesiastés - era quien guiaría al alumno en este proceso de
transformación paulatina en sujeto de veredicción.

En la actualidad, conocimiento y verdad - “verdad en tanto saber del mundo como experiencia
espiritual del sujeto” (Foucault, 2001: 305) - parecen haber seguido caminos distintos. Foucault se aboca
al estudio de la verdad en relación con el sujeto, el poder y el saber, trazando su genealogía. Desde la
perspectiva de Foucault, intentamos analizar cómo se daba la relación entre educación y verdad en el
período grecorromano y rescatamos la figura del maestro parrhesiastés que educa desde una ética de la
verdad haciendo que teoría y práctica, el logos y el bios, coincidan.

Palabras clave: educación, ética de la verdad, inquietud de sí

Summary: During the Greco-Roman period the epimeleia heautou (care of the self) and gnothi
seautou (knowledge of self) were related to an ethic of truth that promoted better - individual and
collective - ways of life. A parrhesiastes teacher would guide students into this never ending process of
gradual transformation based on an ethic of truth.

Today, knowledge and truth - "truth as knowledge of the world as a spiritual experience of the
subject" (Foucault, 2001: 305) - appear to have followed different paths. Foucault advocated his studies
to the truth in relation to the subject, the power and knowledge, tracing its genealogy. From Foucault´s
perspective, we analyze the relationship between education and truth in the Greco-Roman period and
recover the figure of the parrhesiastés teacher who educates based on an ethic of truth making theory
and practice, logos and bios, match.

Key words: education, ethics of truth, epimeleia heautou

Reflexiones sobre educación y verdad desde la perspectiva de Michel Foucault

Patricia Carabelli Mari[1]

pat.carabelli@gmail.com

La obra de Michel Foucault (1926-1985) ha resultado de inmenso valor dentro de la filosofía del
conocimiento al ahondar en concepciones vinculadas al saber, el poder y el sujeto. En ellas, nociones en
torno al concepto de verdad son abordadas y complejizadas puesto que resulta inherente a las tres
concepciones de interés para el filósofo; el saber, el poder y el sujeto serán determinados por supuestos
vinculados a la verdad. Objetivación y subjetivación, dominación y libertad, dependerán de relaciones en
torno a la verdad.

En “El orden del discurso” (1970) Foucault logra plasmar una concepción de la verdad vinculada al
orden del lenguaje; al lenguaje como simbólico que actúa sobre la realidad determinándola ya que “el
discurso está en el orden de las leyes” (Foucault, 1970: 13) y conforma prácticas que conforman los
objetos a los que se refiere. Foucault (1970) plantea que los sujetos buscan poseer, adueñarse, de los
discursos - tornándose éstos objeto de deseo[2] - ya que dotan de poder al establecer criterios de
verdad. Según este autor, los criterios de verdad aparecen revestidos de procedimientos de exclusión
instaurados coactivamente desde las instituciones. Para él,

“la voluntad de verdad, como los otros sistemas de exclusión, se apoya en una base institucional: está a
la vez reforzada y acompañada por una densa serie de prácticas como la pedagogía, el sistema de libros,
la edición, las bibliotecas, las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales [y es
acompañada] por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica en una sociedad, en la forma que es
valorado, distribuido, repartido y en cierta forma atribuido.” (Foucault, 1970: 22)

La educación en sí, los sistemas de educación, son “una forma política de mantener o de modificar la
adecuación de los discursos, con los saberes y los poderes que implican.” (Foucault, 1970: 45) Foucault
nos plantea: “replantearnos nuestra voluntad de verdad; restituir al discurso su carácter de
acontecimiento; borrar finalmente la soberanía del significante” (Foucault, 1970: 51); cuestionar
teleologías y totalizaciones provenientes de discursos que se erigen como absolutos.

Buscando ahondar en el análisis en torno a la construcción de subjetividades en las instituciones - entre


las que destacamos las educativas - Foucault destaca una intención de uniformidad en los sujetos a
partir de discursos y tecnologías instauradas que buscan formar un sujeto universal, un sujeto
“normalizado”. Foucault no sólo cree que esto es una imposibilidad sino que se opone a tal tipo de
discurso. Propone una doble acepción del sujeto vinculada tanto al sujetamiento de la
subjetividad (assujettissement) en que el sujeto vive conforme a ciertas normas, regidos por “juegos
epistémicos, normalizadores, bio-técnicos” (Díaz Marsá, 2006: 191), como de la “subjetivation” que
refiere a ser sujeto de sí mismo, a reflexionar y optar críticamente. En “Une esthétique de
l´existence” Foucault recalca que:

“es preciso distinguir. En primer lugar, pienso efectivamente que no hay un sujeto soberano, fundador,
una forma universal de sujeto que uno podría encontrar en todas partes. Soy muy escéptico y muy hostil
con esa concepción de sujeto. Pienso por el contrario que el sujeto se constituye a través de prácticas de
sujeción (assujettissement), o, de manera más autónoma, a través de prácticas de liberación, de libertad,
como en la Antigüedad, a partir, entiéndase bien, de un cierto número de reglas, estilos, convenciones
que uno encuentra dentro del medio cultural” (Díaz Marsá, 2006: 190,191)

Buscando ahondar en la concepción de verdad reinante en la modernidad y en cómo a partir de ella se


conforman discursos que rigen la vida de los sujetos, Foucault intenta trazar una posible genealogía
desde la época griega. A partir del curso impartido en el Collège de France en 1981- 1982 que se publica
con el título de “La hermenéutica del sujeto” Foucault rescata la importancia de la verdad para los
sujetos ya que de ella dependerá “una lógica estratégica de acción” (Díaz Marsá, 2006: 189) que permita
una subjetivación de los sujetos. Retoma la importancia de llevar una vida vinculada al cuidado de sí
(epimeleia heautou) y regida por una ética de la verdad vinculándola al acto de la parrhesía griega como
forma de acontecimiento disruptivo dentro de discursos totalizadores instaurados que intentan excluir
su crítica e imponerse.

En el período grecorromano la epimeleia heautou (inquietud de sí) y el gnothi seautou (conocimiento de


sí) estaban ligadas a una ética de la verdad que promovía el acceso a una forma de vida - individual y
colectiva - superior. El maestro - en tanto parrhesiastés - era quien guiaría al alumno en este proceso de
transformación paulatina en sujeto de veredicción; en esta askesis, en el ejercicio de sí sobre sí mismo
que permitiría al sujeto, y a la sociedad en su conjunto, acceder a una forma superior del Bien.
Según Foucault (1981/82: 28) la epimeleia heautou es una actitud ante la vida, con uno, los otros y el
mundo; es “una manera determinada de considerar las cosas, de estar en el mundo, realizar acciones,
tener relaciones con el prójimo” y conlleva no sólo observación, el volver la mirada a sí y a los otros para
analizar críticamente lo que ocurre en el entorno y en el pensamiento, sino también accionar en
concordancia con lo que se analiza. La epimeleia heautou implica conjunción entre lo que se dice, se
piensa y se hace; poner en práctica aquello que se analiza, buscando modificar y modificarse. Sólo
mediante un ejercicio y esfuerzo permanente como fortalecimiento del alma sujeto en tanto búsqueda
incesante de veredicción; mediante una conjunción entre el decir, practicar y la verdad, podría el sujeto
- los sujetos - encaminarse por un camino riguroso, pero a la vez desconocido y nuevo, que permitiría
una conversión de sí y una subjetivación vinculado a condiciones de espiritualidad que permitirían
acercarse a la verdad. “El cuidado de sí no es un “descubrimiento” de quien es uno, sino una invención a
partir de lo que uno puede ser, (…) en tanto hacedor de su propia vida” (Cabrera, 2003: 36). Este
movimiento de ascensión del sujeto, que implicaba un trabajo de sí sobre sí mismo, se tornaba
una tekhné tou biou, un arte de vivir ligado a una ética de la verdad, a una ética de la palabra; a
la parrhesía.

La parrhesía estaba ligada a “...una nueva ética [...] de la relación verbal con el Otro” (Foucault, 2001:
167) y sólo puede ser encontrada en el período grecorromano, donde el parrhesiastés era considerado
fundamental para acceder a una mejor forma de sociedad vinculada a la epimeleia heautou y gnothi
seauton; al cuidado de sí y de los otros; al gobierno de sí y de los otros.

“Etimológicamente, “parresiazesthai” significa “decir todo” (...) Aquel que usa la parrhesía, el
parrhesiastés, es alguien que dice todo cuanto tiene en mente: no oculta nada, sino que abre su corazón
y su alma por completo a otras personas a través de su discurso.” (Foucault, 2004: 36, 37)

Uno de los pilares del pensamiento moral y político del período grecorromano era la parrhesía ya que
el parrhesiastés, que viviría según criterios de veracidad, en que hay una coincidencia entre creencia y
verdad, sería quien permitiría elevar hacia modos mejores de vida a la sociedad. Si bien cualquiera
podía intentar realizar prácticas relacionadas con el decir verdadero, no cualquiera ejercía la parrhesía o
era un parrhesiastés ya que implicaba un modo de vida que coincidieran con una actitud volcada hacia
el camino de la epimeleia heautou y el gnothi seautou. Por eso, el parrhesiastés no hablaría ni para
adular al otro, ni para herirlo, ni utilizaría un discurso bello y mediado por técnicas discursivas de la
retórica - su gran opositora - ni diría todo lo que pasase por su mente, parloteando libremente;
el parrhesiastés daría su opinión buscando interpelar al discurso o la acción de otro, de la forma más
clara y directa posible, en el momento que creía propicio y que pudiera enriquecer positivamente a
quien le escuchaba.

La epimeleia heautou, el gnothi seauton y la parrhesía estaban vinculadas a la educación. Iban


conformando un arte de vivir, un “desplazamiento del sujeto hacia sí mismo y retorno de sí a
sí” (Foucault, 1981-82: 243) que exigía esfuerzo, crítica, gobierno de sí, ejercicio, transformación, y para
ello, se debía necesariamente pasar por otro, por un maestro. Pero no por cualquier maestro sino un
maestro parrhesiastés, un maestro generoso que educara en y por la verdad. Un maestro con la actitud
moral, ethos, y el procedimiento técnico, la tekhné, “para transmitir el discurso de verdad a quien lo
necesita para su autoconstitución como sujeto de soberanía sobre sí mismo y sujeto de veridicción de sí
para sí” (Foucault, 1981- 82: 354). Éste intentaría transmitir determinadas prácticas que permitirían
constituirse como sujeto de veredicción: “...una técnica y una ética del silencio, una técnica y una ética
de la escucha, una técnica...y una ética de la lectura y escritura;” (Foucault, 1981-82: 354) y una lucha
contra la adulación y la retórica intentando que el enseñado logre ser crítico de sí mismo, con los otros y
de cada instancia a la que tenga que enfrentarse a lo largo de su vida. Si el maestro ha sido un buen
maestro en el arte de la parrhesía, los discípulos deberían convertirse ellos mismos
en parrhesiastés procurando una relación armónica entre el discurso racional que usan y el estilo de vida
que llevan. Serían capaces de buscar incesantemente un equilibrio entre el bíos y el logos; y
consecuentemente - al devenir parrhesiastés - los discípulos ejercerían la parrhesía entre sí y dentro de
la sociedad. Conlleva entonces:

“...cierta franqueza de corazón que es la apertura de su propia alma, que él pone en comunicación con
la de los demás, realizando con ello lo necesario para alcanzar su salvación pero incitando también a los
otros a tener con él una actitud no de negativa, rechazo y censura, sino de eunoia (benevolencia), lo cual
estimula a todos los elementos del grupo, todo los personajes del grupo, a procurar su propia
salvación.” (Foucault, 1981-82: 374)

La verdad está vinculada a la emancipación; por tanto una educación que busca emancipar
necesariamente deberá estar vinculada a una ética de la verdad. Pero, ¿a qué refiere una educación
para la emancipación en la actualidad? ¿Está vinculada a criterios de verdad? Educar para emancipar,
educar en la autonomía, fomentar el pensamiento crítico; son expresiones que afortunadamente
circulan en el ámbito educativo aún cuando tecnócratas se empeñan en hablar de “capacitación” -
considerando a los sujetos qua objetos - o cuando se educa para ser parte del orden mundial
preestablecido. En un mundo que ha sucumbido ante el fetichismo de la mercancía hay aún lugar para
el sujeto - para los sujetos - y para la reflexión emancipatoria. La educación de por sí es un acto
complejo; cuanto más educar para una emancipación en el mundo alienante del que somos parte. En el
mundo platónico se analizaba cómo intentar llevar una vida regida por una ética de la verdad en que el
sujeto iría accediendo al conocimiento por medio de un trabajo que le permitiría modificarse, modificar
su entorno y a los otros, y así, subjetivarse. Sin lugar a dudas la reflexión concienzuda debe ser parte
de nuestras praxis cotidianas, pero ello implica un esfuerzo diario y concienzudo, una reflexión de cada
acción, de cada pensamiento, pensando en uno mismo y en los otros, pensando en formas de producir
sentido más humanos.

Un buen maestro es aquel que se abre de corazón e intenta enseñar desde la verdad, mostrando y
analizando las cosas buenas y malas de la humanidad, brindando la posibilidad de cuestionar y de ser
cuestionado, de poder pensar y actuar más allá de lo que imponen las ideologías dominantes; buscando
nuevas formas de sociedades comprometidas con todos sus miembros, más justas, sociedades en que se
logren acuerdos concienzudos en base a la historia, el diálogo y la confrontación de ideas. La
emancipación se torna así un horizonte utópico necesario y complejo pues exige de un constante
reflexionar sobre la praxis para buscar nuevas sociedades, más democráticas, igualitarias y justas.
Sociedades - al igual que en el período platónico - basadas en la inquietud y el conocimiento de sí.

Creemos que recuperar una ética de la verdad en la educación más allá de los campos propios del
conocimiento es primordial, recuperándose el camino subjetivo de la verdad como forma de constituir
sujetos de veredicción con una inquietud de sí que les permita ocuparse de sí y de los otros; intentando
cuestionar, dialogar, escuchar, ejercer y acatar, lo que se presenta como lo más justo e igualitario en una
sociedad verdaderamente democrática.
Referencias bibliográficas

Cabrera, M. (2003): “El último Sócrates de Foucault” En: Abraham, T. (2003): El último
Foucault. Sudamericana. Bs. As. p.p.17-38.

Díaz Marsá, M.A. (2006): “Foucault, Platón y la historia de la verdad”. Logos. Anales del Seminario de
Metafísica. Vol. 40 (2007) p.p.185-213.

Foucault, M. (1970): El orden del discurso. Siglo veintiuno editores Argentina, Buenos Aires, [2005].

____________ (1981-1982): La hermenéutica del sujeto, Fondo de Cultura Económica de Argentina,


Buenos Aires, [2006].

____________(2004): Discurso y verdad en la antigua Grecia, Paidós, Buenos Aires.