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Gérard Imbert - La hipervisibilidad televisiva

Introducción

Esta propuesta se encuadra dentro de un enfoque claramente pluridisciplinar: comunicativo,


semiótico (mediante la atención puesta en las modalidades del ver) y socio-antropológico en la
medida en que se interesa por el componente simbólico de las prácticas comunicativas y su
incidencia en las representaciones de los sujetos sociales. Pero, más que otra cosa, es un
acercamiento figurativo a la realidad socio-comunicativa que se interesa por la dimensión
sensible del intercambio (1). Y por sensible entiendo un método de análisis centrado en las
formas del discurso social: esto es, la manera cómo en el discurso y en las prácticas sociales se
formalizan unos peculiares modos de ver y de sentir.

En el discurso televisivo de las dos últimas décadas, al igual que en el conjunto del discurso
social, se están produciendo unas profundas mutaciones que afectan a las representaciones
sociales y que han generado una nueva relación con el medio. Ésta se ha traducido por nuevos
ritos y mitos dentro del medio y en torno a él. Daré unas breves definiciones de ambos
conceptos.

Por ritos entiendo un dispositivo formal de prácticas recurrentes que transmiten una
determinada representación de la realidad y cumplen una función social: la de crear / reforzar
el vínculo con el medio compartiendo el mismo espectáculo, creando así un consenso formal en
torno al ver. Como dispositivo formal el rito se podría definir como sigue:

- tiene un carácter repetitivo: de ahí su función reproductiva.

- tiene sus soportes físicos (verbales, visuales, gestuales) que le dan una cierta visibilidad social:
en ello estriba su función mostrativa.

- es una forma fuertemente codificada: es su función comunicativa.

- encierra por fin una fuerte carga simbólica: de donde se deriva su función persuasiva.

Los actuales rituales comunicativos contribuyen a instalar verdaderos escenarios (2): establecen
una representación teatral - a menudo dramatizada - de la realidad, mediante una tendencia a
acentuar los efectos, al modo espectacular, proyectando al espectador en el corazón mismo del
dispositivo comunicativo: esta tendencia se plasma en la neo-televisión en ritos participativos
en los que el espectador es un "actante" más del juego televisivo. El rito se transforma en
ceremonia colectiva, en un compartir el mismo código.

En cuanto al mito - donde se manifiesta también la fuerza del código (de acuerdo con sus
específicos modos de representación) - lo concibo como la formalización del imaginario
colectivo. Siguiendo la vía abierta por Roland Barthes, Gilbert Durand y la sociología de lo

1
cotidiano (Michel Maffesoli), podemos decir que los mitos televisivos se hacen cargo de recoger
una serie de representaciones flotantes, dándoles una cierta figuratividad. En este sentido, si el
rito es lo que da forma a lo informe. el mito sería lo que visibiliza lo invisible, hasta fundar su
propia realidad (o su ilusión de realidad), empezando por la ilusión referencial; el rebatido: "Lo
he visto en la tele" acentúa la identificación del sujeto con el medio dando a la representación
cartas de realidad, acentuando de esta manera el contrato que le une al medio; pero, en este
caso, el contrato ya no se funda en el creer o en el entender sino en el ver (el modo de ver
como autolegitimación de la realidad producida por el propio medio). Esta primacía del ver
sobre el saber es fundamental porque le da a la realidad representada un modo de existencia
propio y establece con el espectador una relación de adhesión in-mediata (sin mediación).
Como dice la publicidad española para la CNN +, medio que prefigura una información "on
line": "¿Han atacado, o están atacando? Una nueva forma de ver España y el mundo", como si
uno estuviera en el mismo campo de batalla, pero con la comodidad del sillón familiar.: "Está
pasando, lo estás viendo" (o, dicho de otra manera, está pasando porque lo estás viendo…).

Esta figuratividad del medio se apoya en una serie de mitos: el mito de la transparencia (el
pensar que ver equivale a entender), el mito de la cercanía (ver igual a poseer), el mito del
directo (como abolición de la distancia enunciativa y narrativa), el mito, en fin, de una
"televisión de la intimidad" (para recoger el título del libro de Dominique Mehl sobre el tema);
como si el ver más permitiera entender mejor, como si la cantidad de información pudiera ser
la garantía de una mejor calidad de comunicación, como si el "directo" aboliera todas las
mediaciones y fuera garantía de una transparencia total.

En la realidad de todos los días ocurre todo lo contrario: el exceso de visibilidad puede provocar
saturación y conducir a una cierta insensibilidad. La hipertrofia informativa puede diluir los
referentes y hacer perder el sentido de la realidad. El directo puede acentuar la dramatización
de los hechos en detrimento de su intelección. Son suficientemente patentes los efectos de la
saturación sígnica en temas como el cuerpo, la violencia, la muerte, como para no tener que
volver sobre ellos...

La televisión, como agente socializador, es el dispositivo más eficaz de reproducción de ritos y


mitos, y lo hace desde distintos ángulos:

1) A nivel simbólico: es un dispositivo productor de realidad: No se trata aquí de una simple


reproducción de la realidad objetiva (la de los "hechos"), sino de una realidad que el mismo
medio contribuye a construir, a la que da forma mediante unos modos de representación que
le son propios: ni totalmente realistas, ni del todo ficticios. El "reality show" sería la
formalización extrema de esta oferta de realidad: más que reproducción mimética, responde a
una reconstrucción ficticia, a pesar de que su base es documental (se inspira en hechos reales) y
los "decorados" son naturales, de acuerdo con una representación dramatizada.

2) Nivel figurativo (formal): dentro de esta construcción de una realidad sui géneris, son de
destacar las mutaciones de los modos de ver: la instauración de un régimen
de hipervisibilidadcomo nuevo modo de ver, esta tendencia por ejemplo a saturar el espacio de

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representación, exacerbado en los "talk show", "reality show", donde se visibiliza hasta los
aspectos más íntimos, pero que está también presente en el discurso informativo. Este
derroche semiológico podría ser una respuesta - en forma de potlatch (de exceso, de
despilfarro) - a la deperdición de sentido en la cultura de la imagen y también a la pérdida de
credibilidad del discurso informativo: A la pérdida de valor de lo político, contesta la
sobrevaloración del suceso, la redundancia de lo comunicativo.

3) Nivel comunicativo: La hipertrofia del ver modifica la relación con el espectador. Define un
nuevo contrato comunicativo que acerca el espectador a la realidad representada al modo
paradójico: si la realidad a través del medio aparece como más cercana, es al mismo tiempo
más virtual. La hiperrealidad televisiva se sitúa más allá del realismo: es una "oferta de
realidad" con un componente imaginario fuerte. Como ejemplo los efectos masivos que
producen las "sitcom" sobre el público (Son series que se basan en situaciones cotidianas,
familiares o profesionales). Una película como "El show de Truman" de Peter Weir ha sabido
muy bien mostrar cómo la proyección imaginaria de situaciones, personajes y roles funda una
"comunidad virtual" de espectadores, crea una estética común basada en el ver-juntos.

Nadie se lo cree (en el fondo), pero todos lo ven... y lo importante es que lo ven juntos... Esto
posibilita una reconstrucción de socialidad desde - y en - el propio medio.

I- La neo-televisión: un dispositivo de producción de la realidad

Quisiera recoger brevemente la noción de neo-televisión, introducida por Umberto Eco y


glosada luego por Francesco Casetti (3). Al margen de la rigidez de la oposición entre neo-
televisión y paleo-televisión (es obvio que hay actualmente una coexistencia de rasgos arcaicos
y de otros postmodernos), las rupturas formales introducidas en la televisión de hoy son
interesantes porque extensibles al conjunto del discurso social. Veamos algunos rasgos
característicos:

1) La dilución entre géneros:

Enmarcada dentro de lo que se ha dado en llamar la cultura-mosaico (Abraham Moles) se


traduce por una dilución de las funciones, consistente en no distinguir tan claramente entre
información y espectáculo (o hacer de la información un espectáculo): el discurso televisivo se
convierte así en un gran talk-show en el que todo cabe, sin jerarquización, ni temática ni
intelectual; lo que rompe también con los géneros y con la distinción entre cultura popular y
cultura de élite.

2) La creación de una realidad sui géneris:

La neo-televisión introduce nuevos modos de ver basados en la movilidad de la cámara, su


circulación en la calle pero también, en términos simbólicos, su intrusión en el espacio privado,
sus incursiones cada día más frecuentes en la privacidad. Ojo omnímodo - a la manera del

3
narrador omnisciente del relato realista - la televisión crea su propio universo de
representaciones abarcando varios niveles:

- desde el punto de vista referencial, con la introducción de objetos, temas que, hasta entonces,
no tenían cabida en el discurso público: todo lo referente a lo privado, lo tabú, lo secreto en fin,
la parte invisible, la "parte maldita" (Bataille) del discurso social;

- desde el punto de vista formal también con sus peculiares protocolos de representación de la
realidad: el "hiperrealismo" televisivo (4);

- por fin, desde una perspectiva simbólica, moldeando nuevos modos de sentir y de seducir.

Pero esta apertura del medio a lo social, esta porosidad tanto referencial como sensible es sólo
aparente. Tras todo elle, se produce una especie de "cierre simbólico": estriba en la enorme
capacidad del medio de absorberlo todo, de apropiarse del hacer ajeno, de fagocitar los
decires, de anular toda alteridad. En el discurso televisivo ya nada es indecible; hasta lo más
invisible se vuelve visible...

3) La integración del público al dispositivo comunicativo:

Otro rasgo es la proyección del público en el dispositivo comunicativo. De instancia receptora,


el medio lo convierte en partícipe activo del juego comunicativo; de ojo pasivo en
contemplador complaciente de sí mismo, e incluso de su propia alteridad, diluyéndose aquí las
barreras entre identidad y alteridad, fundando lo que algunos han llamado una estética del
lugar común (Maria Pia Pozzato (5)) y del "hombre común". Es obvio en los talk show y reality
show, e incluso en las series: el que veo proyectado en la pantalla - en forma de confesión o en
clave de ficción - soy yo y al mismo tiempo es otro; es un sujeto virtual - una especie de
espectador-modelo - que permite todas las identificaciones, un espectador común, un "hombre
sin atributos". Estamos aquí claramente - para bien y para mal - a espaldas de la lógica de la
distinción en la que se basa la sociedad burguesa, dentro de un planteamiento que no es ni
elitista ni popular, de acuerdo con un modelo reflexivo, de narcisismo trivializado que,
mediante la identificación emotiva, diluye la racionalización, borra las diferencias.

4) El narcisismo del medio:

Este espejo que se reenvía continuamente al espectador-común es también un espejo que


reenvía al propio ojo del medio, dentro de lo que podríamos llamar un narcisismo enunciativo:
remite a la infinita capacidad del medio de visibilizar lo invisible, a su poder-ver que no es sólo
potencia técnica sino también simbólica, como una suerte de derecho de mirada, que a
menudo se manifiesta como un verdadero derecho de pernada simbólico (programas como
"Esta noche cruzamos el Missisipi" o incluso, hoy, "Crónicas marcianas", son ejemplo de ello).

Más allá de la función espectacular -el convertir la realidad, hasta la más íntima, en un gran
show (6)- se da aquí una función especular: el presentarle al público un espejo en el que

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contemplarse, en una relación que oscila entre el narcisismo y el voyeurismo (que es, en todo
caso, bastante regresiva). Llamaré imaginería a este conjunto de imágenes recurrentes,
conformadoras de estereotipos, que produce (más que reproduce) el medio. Y lo hace
teatralizándolas y al mismo tiempo remitiendo a sus propias marcas enunciativas, a su
competencia como medio, a su poder simbólico (Bourdieu), poder de ver y de hacer-ver.

-5) La creación de un "habla profana" o discurso común:

Estas diferentes características contribuyen a producir una cierta "autonomización" del discurso
televisivo con respecto a otros discursos públicos: la televisión crea sus propio espacio
comunicativo, al margen de los discursos reconocidos. Establece una forma transversal de
comunicación, ni enteramente informativa, ni totalmente lúdica, una versión degradada del
discurso público, más mimética que educativa: un "discurso común" o, como lo ha
calificado Dominique Mehl(7), un "habla profana", nacida de un nuevo pacto comunicativo entre
el medio y el público y que talk show,y reality show han llevado hasta su extremo. Habla
ordinaria, del hombre de la calle, que da la espalda a la voz única del Saber, al habla
especializada de los expertos para dejar paso a una polifonía, o multivocalidad, al discurso
plural y sensible (y al mismo tiempo fantasmático) de la calle... Lo hace siguiendo el modelo de
la conversación (Bettetini(8)): la tele se convierte en una forma conversacional basada en un
pacto comunicativo, con sus componentes rituales (su gestualidad, su proxemia) bajo el signo
de la "variedad" (programas "envase" capaces de encerrar todas las formas del espectáculo
televisivo).

Marca al mismo tiempo una vuelta de la sociedad civil frente al poder político, la afirmación de
una pluralidad de decires y sentires frente a un concepto unitario de la Opinión pública, y
también la revancha de lo privado sobre la hegemonía de una cierta representación pública.

Pero, obviamente, tiene un componente mitológico importante. Revela lo que he llamado los
imaginarios del ver. La televisión se convierte así en el gran ritual moderno, al transformar
objetos y valores abstractos en formas sensibles, al proyectar los imaginarios colectivos en
situaciones e imágenes dramáticas, y traducir los símbolos en relatos, dándoles forma narrativa
y estableciendo una participación directa al espectáculo. Esta participación es escópica, dentro
de una ceremonia del ver y del sentir juntos. Se basa en lo que he llamado la hipervisibilidad.

II- La hipervisibilidad moderna: el nuevo mito televisivo

La hipervisibilidad es para mí la extensión, exacerbación y degradación de la categoría de lo


informativo: hoy la información se ha trivializado; ya no hay objetos "dignos" ni cotos
reservados; todo puede ser objeto de información. todo es "digno de atención", de ser
mostrado con tal de que sea "de actualidad". Hay un imperialismo de la actualidad que ha
asentado por parte de los medios audio-visuales unquerer-ver sin límites (ni espaciales, ni
referenciales, ni simbólicos, ni tampoco éticos). Nada escapa al ojo de la mirada mediática y
esto inclina hacia una relación voyeurista con los objetos de la actualidad, dentro de una

5
trivialización del discurso del saber: mutación profunda que afecta directamente a la manera de
aprehender la realidad, a la competencia cognoscitiva del sujeto social. Marca el paso de un
saber intelectivo (mediado, es decir que establece una distancia con respecto al objeto,
distancia que permite una visión crítica), a un saber-ver: un saber in-mediato - sin aparente
mediación - que pasa por el ver. es sensitivo, perceptivo y obedece a menudo a "lo
impactante", lo novedoso, a lo que produce un efecto inmediato e impide cualquier
distanciación crítica.

Esta relación entre sujetos y objetos de saber - fundada en un poder-ver cada día más ilimitado
- asienta una nueva figuratividad basada en la proximidad, la visibilidad. Todo es palpable,
alcanzable mediante la mirada, al alcance del ciudadanos de a pie y esto no deja de crear una
ilusión referencial: el creer que mediante el ver se puede dominar - casi se diría físicamente - el
mundo.

En el régimen moderno de visibilidad la relación con el otro se diluye, es secundaria: pasa, antes
que nada, por una relación con los objetos, que revela un verdadero fetichismo de los
objetos (9). En cambio, la relación entre sujetos se reconstruye en segundo grado, mediante
un ver-juntos (10), una comunión escópica fundadora de una cierta socialidad, generadora de
nuevos ritos comunicativos (lo veremos en la última parte). Remito a los programas
participativos con su escenificación del espectador como actante, sujeto activo o pasivo y en
ocasiones víctima, de la acción: véanse los juegos-concurso, los videos domésticos o incluso
programas de "humor amarillo", esto es, programas que pueden caer en una "estética de lo
ridículo", próxima de la estética del sufrimiento que se da en los reality show

¿Cómo se manifiesta la hipervisibilidad moderna?

En un primer acercamiento la he definido como una hipertrofia visual: un mostrar todo, de


manera recurrente y al modo espectacular, con una tendencia a la dramatización. En el medio
televisivo la hipervisibilidad opera a varios niveles:

1) Es referencial , afecta a los objetos: es una mostración impúdica, que no deja espacio para el
silencio, para lo no-dicho, para el secreto, que cae a menudo en una cierta obscenidad (en el
sentido que le da Baudrillard a la palabra: un mostrar excesivo). Esto vale tanto en el terreno
informativo como en la ficción, con la omnipresencia por ejemplo de una imaginería en torno a
la violencia, a lo anómico (lo que está al margen de la Ley).

2) Es enunciativa mediante la visibilización, en los estudios de televisión, del potencial técnico


del medio (la mostración de un espacio "entre bastidores", con la presencia de cámaras de
televisión, nos remite a la competencia modal del medio: a su poder-ver).

Reside también en la omnivisibilidad, en la capacidad de multiplicar los puntos de vista (muy


utilizada en las retransmisiones deportivas); y en la repetitividad: véase el efecto de comicidad
producido por la repetición de una escena traumática en los videos domésticos; la recurrencia

6
del ver anula aquí toda su carga sensible, convierte el accidente en espectáculo cómico. Hay en
estos ejemplos, y en otros, un abuso formal de mirada:

3) La hipervisibilidad está también vinculada con el código (la formalización de la realidad, la


manera de representarla), dentro de una hipercodificación (una exageración de rasgos, que se
traduce por una sobrepuja sígnica). De tanto querer mostrar personajes y universos
"representativos", se cae en una representación hiperrealista y, muchas veces, en la caricatura.
Es lo que ocurrió con la reciente serie de Telemadrid "Cercanías" (el título mismo es revelador
de esta televisión de la cercanía, de la intimidad...). En este programa, presuntamente
documental, los personajes, paradigmáticamente representativos de una serie de "modelos
juveniles", se representaban a sí mismos como estereotipos de lo joven, dentro de una
ambientación total: eran "jóvenes" (se supone que auténticos) pero al mismo tiempo el medio
había escogido actores profesionales … que se representaban a sí mismos como jóvenes. Todo
esto en un universo repleto de "signos juveniles" (ropa, objetos utilitarios y "decorativos", con
la subsiguiente hipervisibilización de las marcas...). En fin todo, aquí, era demasiado... No está
tan alejado este modo de representar de otros, exacerbados, llevados a su extremo, como
pueden ser el cómic (en particular el "manga") o, en versión cruenta, los videojuegos o incluso
el cine "gore". Proceden, todos, mediante una saturación de signos.

4) Por fin la hipervisibilidad opera sobre la recepción del mensaje:

Es una permanente solicitación de la mirada, que establece una relación sensible con el medio
(que pasa por la imaginería), con una tendencia a la "triangulación", es decir la presencia de una
instancia tercera que facilita el voyeurismo. Voyeurismo es ver viendo y se apoya a menudo en
una instancia mediadora, que orienta la mirada del espectador hacia una "escena prohibida",
esto es, en términos psicoanalíticos, hacia lo in-visible, lo irrepresentable, lo que es objeto de
un interdicto (inter-dictum es lo que no se puede decir o mostrar). El poder-ver es,
frecuentemente, una manera de ir más allá de lo no-dicho... Esta figura mediadora puede ser un
reportero o el presentador del telediario, del talk-show, via la presencia de una pantalla de
televisión en el plató (como ocurre en "Crónicas marcianas" por ejemplo); puede ser asimismo
un personaje dentro de una serie que permite identificaciones múltiples (como en las sitcom); o
la figura misma del espectador tal y como la escenifican los reality show o los juegos-concurso,
en una especie de "mise en abyme" de la mirada.

La hipervisibilidad procede, pues, mediante una hipertrofia representativa, es fundadora de


una hiperrealidad propia del medio televisivo, mezcla de realidad y artificio: que no es ni una
realidad objetiva ni una ficción pura; algo más que la primera - un "grado plus" de realismo - sin
caer del todo en la segunda (la serie de Telemadrid ya citada, "Cercanías", es paradigmática a
este respecto). Muchos géneros en boga ilustran este carácter híbrido: confusión entre
protagonistas de los hechos y actores en los reality show, entre documental y ficción en algunas
sitcom, entre información y diversión en los talk-show...

Con esto vamos hacia nuevas convenciones narrativas que operan el paso de un modelo
reproductivo a un modelo simulador de realidad, con una porosidad visible en muchas series

7
entre la ficción y el contexto social (con la interferencia de las modas, las estéticas del día e
incluso, en las producciones latinoamericanas, referencias directas a la actualidad socio-
política); esto revela una permeabilidad al imaginario colectivo hasta en el universo de
referencia de las series (ayer los médicos, hoy los periodistas y siempre los jóvenes, la familia
con sus pequeños conflictos y grandes dramas).

Este particular modo de representar funda una realidad que no es ni real ni no -real; es una
imagen de la realidad, funciona al modo del simulacro. Como en una simulación de laboratorio
o cibernética, se recrea un simulacro de realidad; se crea, reuniendo las "condiciones
objetivas", una realidad virtual. Esta realidad ya no se basa en un contrato fiduciario de tipo
veridictorio (la fe en la "realidad" objetiva de los hechos) sino más bien en un contrato de tipo
sensitivo, fundado en la percepción subjetiva de los hechos. Lo que importa aquí es la
representación - con todas las proyecciones que permite (positivas y negativas, identificatorias
y repulsivas) - más que el referente en sí. Marca el paso de lo verdadero a lo verosímil, a una
ilusión de realidad creada por el propio medio (La película "El show de Truman" de Peter Weir
ilustra magníficamente esta ilusión de realidad).

III- Hacia un nuevo contrato comunicativo: La reconstrucción de socialidad

La televisión, hoy, no sólo se ha sustituido a los grandes mediadores culturales (Familia,


Escuela, Intelectuales), sino que, de alguna manera, sustituye una realidad por otra: a un déficit
de intercambio en el ámbito social, a los fallos de representación en el espejo público, sustituye
una "comunicación representada", proyectada virtualmente en la pantalla mediática. El habla
profana permite identificaciones sincréticas: de sujetos heterogéneos a objetos variados,
dentro de un sistema patchwork. Crea a su vez "comunidades virtuales" en torno a un
programa, a un formato: comunidades puntuales, "de quita y pon" que ya no corresponden a
criterios socio-económicos, ni siquiera a veces culturales o ideológicos. Son grupos
heterogéneos reunidos por un ver/sentir común…

Son lo que llamaré "comunidades visuales", que aceptan la arbitrariedad de lo que ven, la
artificialidad de los modos de representación e incluso la virtualidad de la relación que
establecen con el espectador, con tal de que respondan a su demanda imaginaria: demanda de
"realidad" primero - aunque sea al modo de la simulación - demanda de representación de sí
mismos, sobre todo. Esta demanda se basa en un verdadero pacto visual, con su eficacia
simbólica, generadora de un consenso formal en torno al medio.

¿Cuáles son las características de estas comunidades visuales y del pacto comunicativo que
establecen?

- Son formas "agregativas" de espectadores, que coinciden no por su cohesión (ya no son
segmentos sociales fácilmente identificables) sino por su grado de identificación al medio (que
puede ser puramente ficticia o fantasmática), al margen de su identidad social.

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- Estas identificaciones no son forzosamente positivas, hacia un modelo a imitar, factor de
identidad, sino que pueden ser negativas e incluso de tipo revulsivo: es decir generadoras de
inseguridad, sufrimiento, pánico; es lo que ocurre en el cine de terror o las películas
apocalípticas a través de la contemplación de lo que Baudrillard ha llamado "la transparencia
del mal", esa tendencia a trivializar objetos negativos: figuras del mal, violencia, horror,
catástrofes, accidentes, que reintroducen lo real en estado bruto (11).

- El contrato comunicativo que establecen conlleva un componente lúdico importante que


permite precisamente eludir la angustia, evitar caer en la anomía. Desde esta perspectiva, los
videos domésticos serían la otra cara del discurso informativo, su reverso irrisorio, la conversión
del accidente en figura cómica. Lo mismo pasa con los juegos-concurso: serían la cara risueña
del Azar, la versión amena de la Fatalidad , con su versión cruel - tipo "humor amarillo" - que
juega con los límites de lo tolerable…

- Es fuertemente redundante; obedece a lo que llamo las figuras de lo mismo: la tendencia, de


acuerdo con una lógica mimética, a reenviar constantemente al espectador imágenes de sí
mismo como clase, arquetipo (joven, mujer, con todas sus variantes, ama de casa en particular,
héroe, etc). Tendencia hipervisible en muchas teleseries que no aportan nada nuevo en cuanto
a contenidos (no informan sino sobre lo que ya sabemos que somos) pero que producen un
"efecto representativo", dan un plus de existencia al sujeto representado; aunque aquí, como
ocurre en la representación hiperrealista en pintura, hay siempre un "décalage", pequeños
desfases representativos que pueden producir grandes fisuras simbólicas: demasiada
"perfección", plenitud en estos modelos (como le ocurre a Truman…), de donde procede
seguramente la fascinación que ejercen sobre el espectador común. Es un universo donde todo
es demasiado…

- Responden por fin, como lo hemos visto, a una lógica de la simulación. Lógica que un
programa como "El Gran Hermano" de Telecinco ha llevado a su extremo (12).

Todo ello nos sitúa en una lógica más allá de la reproducción, en un espacio de lo posible, en un
universo fundamentalmente ambivalente: a la vez Utopía (literalmente utopos es "en ningún
lugar", en el mejor de los casos en un espacio virtual: del poder-ser); un mundo en el que todo
es posible, donde no hay lugar asignado a la identidad, donde todo esta ahí, donde la felicidad -
o la desdicha absoluta - están al alcance de la mano, aunque no sea verdad… Y, al mismo
tiempo, es un mundo dominado por el Destino, cuyas figuras (en forma de muerte, violencia,
crímenes contra-natura, fatalidad) acechan, siempre vuelven para recordar la "prueba de
realidad", el retorno del principio de realidad, la ineluctabilidad de la Sanción final: Un mundo
fundamentalmente ambivalente donde coexisten deseo y repulsión, atracción y rechazo.

De ahí la obsolescencia de muchos planteamientos teóricos que analizan los nuevos discursos,
los nuevos modos de representar con parámetros de ayer: a la lógica de la alienación conviene
anteponer una lógica de la seducción, a la de la reproducción una lógica de la simulación. E
incluso lo que ayer era ocultación (según las teorías materialistas de la Ideología) se ha
convertido hoy en hipervisibilización.

9
El mal, en términos simbólicos, no procede aquí del engaño, de la sustracción sino más bien del
exceso de visibilización, del desbordamiento de representaciones, del potlatch de
comunicaciones.

Conclusión

Hay, tras el mito de la cercanía, de la transparencia total, del directo, una "ilusión de presente"
que da pie a lo que Jesús Martín Barbero (13) llama "retórica del directo", la impresión de estar
compartiendo el acontecimiento gracias a su visibilización, ya sea en su dimensión social
(informativa), ya sea en su dimensión individual (en el reality show por ejemplo). El directo, lo
mismo que la fotografía de manera simulada, hace coincidir el presente histórico (el de los
hechos) con el presente enunciativo (el de la narración de los hechos). "Acerca" la realidad al
espectador. Sin duda es una manera de compensar eltelos, la lejanía en la que ha quedado el
espacio político. Es también una manera de reintroducir una dimensión comunicativa en un
espacio - el espacio social - cada vez más despersonalizado.

Pero, más allá de la visibilización del contacto, del intercambio (en la sociedad postmoderna
"todo/todos comunicamos"), se vislumbra una imaginario del miedo que se plasma en la
resurgencia de figuras arcaicas: un imaginario del accidente, de la catástrofe, del sufrimiento,
del horror, que intentan domesticar por ejemplo los programas basados en videos domésticos o
los reportajes "en caliente" sobre sucesos ("Real TV en Estados Unidos o "Patrulla de noche" en
Rusia). Se establece así un verdadero ritual de violencia que reintroduce la figura arcaica del
destino (como figura feliz en los juegos-concurso, como figura fatal en los programas antes
mencionados)… Figuras reversibles, en fin, a imagen de muchas producciones mass mediáticas,
que juegan con el azar, rozan la muerte, juguetean con los límites; imaginarios del fin, como los
he llamado (14), que escenifican grandes obsesiones: el fin de la historia, el fin de lo social… pero
también, de manera simbólica, los límites del poder-ver y del poder-hacer; esto es, los límites
de la ley en su vertiente tanto social como simbólica.

Cuestionamiento por fin de los límites mismos entre lo público y lo privado: ¿hasta dónde
puede llegar el poder-ver del medio en la exploración de lo íntimo, hasta dónde, también en la
visibilización del horror?

La hipervisibilidad televisiva, cinematográfica, plantea los límites del ver en términos


deontológicos. De ahí el interés de una confrontación con los profesionales de los medios.

Diremos, con perdón para el juego verbal, ¡que la televisión de la intimidad se ha erigido en
modalidad catódica de la confesión católica! A la par que rehabilita lo subjetivo (lo sensible, el
decir íntimo), frente a la objetivación excesiva de otros discursos públicos, no deja por otra
parte de hacer peligrar gravemente la dignidad del sujeto y el equilibrio difícil, complejo, entre
publicidad y secreto, entre el reino de lo visible y la parte invisible, entre la parte "divina"
(eufórica) del mito comunicativo y su parte maldita…

10
Notas
1- Para una formalización teórica en términos semióticos, véase Gérard Imbert: "Por una
semiología figurativa de los discursos sociales (Imágenes / imaginarios de la
postmodernidad)". Anthropos, núm.186: "Semiología crítica", sept-oct. 1999.

2- Remito sobre este aspecto a mi estudio sobre las representaciones de la violencia en los
medios de comunicación: Los escenarios de la violencia. Icaria. Barcelona, 1992.

3- Umberto Eco: "TV: la transparence perdue", in La guerre du faux. París. Grasset, 1985. Y
Francesco Casetti, Roger Odin: "De la paléo- a la néo-télévision". Communications 51. París,
1990.

4- Wenceslao Castañares: "Nuevas formas de ver, nuevas formas de ser: el hiperrealismo


televisivo". Revista de Occidente. Núm.170-171, 1995.

5- Maria Pia Pozzato: Estetica e vita quotidiana. Lupetti. Milano, 1995.

6- Gérard Imbert: "La intimidad como espectáculo: de la televerdad a la telebasura". Revista de


Occidente. Núm.201, febrero 1998.

7- Dominique Mehl: "La parole profane" in Penser la télévision. Jerôme Bourdon, François Jost
(dir.). Nathan-INA. París, 1998.

8- Gianfranco Bettetini: La conversación audiovisual. Cátedra. Madrid, 1986.

9- Jean Baudrillard: El sistema de los objetos. Siglo XXI, Madrid, 1969. L'échange symbolique et
la mort. Gallimard. París, 1976.

10- Michel Maffesoli: La transfiguration du politique. Le Livre de Poche. París, 1992.

11- Sobre esta "mirada profanadora", remito al trabajo de Jesús González Requena: El discurso
televisivo: espectáculo de la postmodernidad. Cátedra. Madrid, 1988.

12- Remito al respecto a Gérard Imbert: "La transparencia posmoderna. De la casa de muñecas
al Hogar del Gran Hermano." El País, Opinión, 16/5/2000.

13- Jesús Martín Barbero y Germán Rey: Los ejercicios del ver. Gedisa. Barcelona, 1999.

14- Gérard Imbert: La tentación de suicidio. Representaciones de la violencia e ima- ginarios de


muerte en la cultura de la postmodernidad (Un acercamiento comunicativo). Paidós. Barcelona,
2000.

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