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Sembrando

Esperanza

Por

El Cangrejo Narrador



Javier era un analista de seguros, cuyas aficiones eran la música y las
flores. Sembró una extraña variedad de flor parecida a las margaritas. Tenía
los pétalos color perla de un brillo poderoso, lo cual hacía que la flor
prácticamente se hiciera invisible cuando el sol brillaba y en las noches de
luna llena se podía distinguir la flor en medio de la oscuridad del jardín,
gracias a la claridad de la luna. Sus hojas destilaban un aroma parecido al del
eucalipto. Eran tan verdes como los limones en plena primavera. Todas las
mañanas Javier cuidaba de la flor, le regaba agua, le decía toda clase de frases
poéticas. - Querida mía, si fueras una mujer, te rogaría que te casaras conmigo.
Si fueras una chiquilla, serías mi hija -. Le dijo una mañana. Cuando llovía a
cántaros, salía con su impermeable puesto a cubrirla de la lluvia con una
especie de biombo (como el que utilizó El principito para su rosa, quien por
cierto era uno de sus personajes infantiles favoritos). Pasada la lluvia la flor
lucía radiante. Aunque el agua de lluvia le sentaba muy bien, para evitar que
perdiera el brillo de sus pétalos, Javier la cubría con el biombo durante unos
minutos. - Tus pétalos son como largos y suaves cabellos. Por ser blancuzcos,
son la mayor inspiración para decirte palabras bellas, mi querida flor -. Dijo
Javier.
No sabía que nombre ponerle a esta extraña variedad de flor. ¿Blanca? No.
¿Diva? No. La palabra diva le hizo acordar a una novia con quien no tuvo muy
cordiales relaciones. Recordó que utilizaba la palabra diva para referirse a
aquella antigua novia y eso fue idealizarla excesivamente sin ver los defectos
que tenía tal chica. Su ex-novia era egocéntrica y nunca le expresaba cariño ni
admiración. En cambio a él, le sobraban palabras de afecto hacia ella.
¿Angélica? ¿Cristal? ¿Coral? ¿Chiarisa? ¿Catalina? ¿Carlotta? ¿Paola?
¿Guadalupe? Ninguno de estos nombres le gustaban para la flor ¡Vaya lío!
Un día Javier tuvo que irse de viaje. Dejó a cargo de la casa y del jardín a
su fiel perro Rufo. - Cuida bien de nuestra querida amiga-. Se refería a la flor.
Javier partió un poco preocupado por su pequeña flor. Quizá echaría de menos
a Javier, así fueran unos cuantos días. Además, aún no sabía que nombre
ponerle. Javier era un joven de unos treinta años de edad, alto, delgado y de
cabello negro. Sus ojos eran negros y encima de ellos, tenía grandes cejas. Era
un muchacho reservado pero muy noble con las demás personas,
especialmente con sus padres.
Mientras tanto, aquella preciosa flor se sentía muy sola. -Creo que voy
romper en lágrimas. Me hace falta tanto Javier. ¿Se habrá ido para siempre?
¿Le recordé a su injusta ex-novia acaso? -. Después de pensar lo anterior, lloró
como si Javier la hubiese abandonado a su suerte.
Rufo estaba en la casa y vio a la flor deprimida. No entendía nada puesto
que el día estaba soleado, en el parque aledaño a la casa los niños jugaban y
reían. Los ancianos se reunían en sus tertulias, sentados en los bancos a
compartir sus experiencias de vida, jugar ajedrez y tomar un buen refresco.
Rufo decidió salir al jardín a ver lo que pasaba con la flor. Él era un fox-terrier
muy juguetón y noble. La flor parecía enderezarse al notar la presencia del
perro. Los ladridos gentiles de Rufo alegraron a la flor. Hizo trucos y
morisquetas para hacerla sentir mejor. – Gracias por levantarme el ánimo,
lindo perrito-. Dijo para sí misma la flor. Rufo salió corriendo a traer uno de
sus juguetes favoritos, un pequeño oso de peluche vestido de rayas como un
reo llamado Tony. Lo llevaba en su hocico como si fuera un cachorrito. Eso le
dio mucha risa a la flor. Estuvieron toda la tarde juntos jugando hasta que
llegó la noche y Rufo se fue a su casita a dormir.
Había luna llena y millares de estrellas en el cielo. Parecían pedacitos de
cristal, atornillados en el manto del cielo, y ni una nube a la vista. Tal vez se
vislumbraba algún cúmulo pequeño parecido a un gigantesco algodón flotando
en la noche. La flor dormía tranquilamente y su brillo era notable debido a la
claridad de la luna. Rufo de vez en cuando, echaba un ojo a la amada flor de
su dueño hasta que no pudo con el sueño y quedó completamente dormido.
¿Qué pasará con la flor? ¿Qué tal si llueve o entra un ladrón a la casa?
Entonces, una misteriosa jovencita apareció, aprovechando quizás el sueño
pesado del perro. Era una especie de hadita con una blusa púrpura, una
chaqueta gris y una falda negra larga. Lucía unos zapatos plateados con
lentejuelas brillantes como el diamante. Parecía no tener frío. Era muy bonita,
tenía el cabello negro, sedoso y largo. Era de tez clara y delgada. ¿Cómo
llegaría al jardín este misterioso personaje? Volando no pudo porque no tenía
alas. ¿Acaso vendría en autobús o en taxi? No se veía a la vista ni un solo
vehículo en la calle.
- Voy a hacer mi trabajo aquí porque este es el lugar que me han indicado
para poderlo hacer-. Dijo la jovencita. Alzó su dedo, apuntó hacia la flor y
surgió un brillo cegador en medio de ésta. La jovencita era una especie de
hechicera y estaba haciendo un misterioso conjuro con la flor. Todo esto hizo
que Rufo se despertara y sintiera miedo pensando que la joven iba a lastimar la
flor, así que salió de su casa a ahuyentar a aquella joven. No obstante, se dio
cuenta de que la muchacha no estaba haciéndole daño, vio en la joven un alma
generosa y observó como terminaba el trabajo que le habían encargado.
– Tranquilo Rufo, tu flor está a salvo, solo cumplí con mi deber -. Dijo la
joven. – Tengo que irme ya, muy pronto regresaré-. Se fue la muchacha y
Rufo estaba afligido. La muchacha se retiró. Rufo vio a la flor todavía
dormida y brillando. Se fue a dormir.
El alba repuntó en aquel día sábado, y de nuevo el barrio donde vivía
Javier, cobraba vida. Rufo se despertó a tomar agua en su escudilla y comer un
poco de alimento para perros que le dejó Javier. Vaya sorpresa se llevó el
sabueso al no ver a la flor en su lugar habitual del jardín. En vez de la flor,
estaba tirada en el suelo una joven bastante hermosa de extensos cabellos
rubios, envuelta en pasto y miles de flores como la que había sembrado Javier.
Su cara era totalmente redonda, con una nariz respingada. Aunque era delgada
y de tez blanca, su aspecto era atlético, parecía sacada de un cuadro de arte. La
joven estaba profundamente dormida. Rufo lo entendió todo. La jovencita
transformó la flor en una doncella. “¿Qué va decir mi amo cuando no vea a su
flor?”. Pensó Rufo. “Sin embargo él estará muy contento. Debe estar sin ropa
esta joven, he de traerle ropa como sea”. Rufo fue a buscar algunas prendas de
la casa, todas ellas de la nodriza de Javier, quién se encontraba de vacaciones.
Lo hizo antes de que se despertara.
La joven al abrir sus ojos vio su cuerpo rodeado de flores y gritó. Rufo
salió al jardín de nuevo. – ¿Qué me ha pasado Rufo, por qué no tengo mis
pétalos, mi corola, tallos y raíz?- . Dijo la mujer notablemente asustada. –
¿Quién me convirtió en ser humano? Javier se enojará y…-. Calló la
muchacha. Rufo fue por la ropa y se la entregó a la dama. – Gracias Rufo. Me
podría resfriar -. El aspecto de la joven era el de una humilde pero bonita ama
de llaves. Sus ojos eran color marrón claro como el café suave. El traje que se
puso era gris y le quedaba a la medida. Era de estatura alta. – He de darte tu
desayuno Rufo -. Trató de caminar pero siempre tuvo tropezones, dado que
nunca había andado. Aprendió a hacerlo muy rápido. Lo primero que hizo fue
caminar alrededor del jardín con Rufo, que no paraba de retozar de alegría al
ver a la flor convertida en ser humano.
La mujer tímidamente salió hacia el vecindario con Rufo. La gente que
pasaba por su lado estaba atónita ante la belleza de la joven. – Nunca había
visto esta señorita en el barrio-. Dijo el chico repartidor de periódicos a uno de
los vecinos. – Y lo más curioso es verla sacando al perro del señor Javier. De
seguro es su nueva ama de llaves.-. Añadió el muchacho.
Los niños sentían curiosidad por la joven dama, al verla caminar con Rufo.
A veces caminaba torpemente, otras veces lo hacía con cierta elegancia pero
tendía a doblar el pie izquierdo. Todo en ella era armonioso excepto sus pies,
los cuales eran grandes y flacos. Cuando doblaba su pie izquierdo parecía
caminar como cierto personaje infantil de Walt Disney cuyo nombre en
español es Tribilín . Algunos niños se reían cuando la muchacha doblaba el pie
al caminar. Ella solo se limitaba a reír con ellos. Interactuar con los humanos
le parecía tan extraño como andar. Tenía confianza en el fiel Rufo y ansiaba
ver a Javier de vuelta. Sin embargo, no ocultaba el temor de que Javier viera
su flor convertida en ser humano. – ¡Santo Cielo! Me pregunto cuál será la
reacción de Javier. Pensará que soy una ladrona -. Dijo a Rufo, pálida durante
la caminata.
Al llegar a casa dejó a Rufo en su casita para que tomara la siesta de la
tarde. Era ya la una de la tarde. Ella estaba acostumbrada a alimentarse con el
agua. Los alimentos sólidos se le hicieron extraños. Encontró en la heladera
unas frutas aún conservadas de Javier: una manzana, dos peras y una ciruela.
Solamente encontró exquisita la manzana y con eso quedó satisfecha.
Empezó a escarbar en los muebles y estantes de la casa en busca de algo
interesante. Vio un cuadro de unas flores. – Tal vez eran parientes míos-. Dijo
la muchacha con la mirada fija en el cuadro. De pronto, irrumpió en el estudio
de Javier y quedó sorprendida por varios detalles: el desorden que había en él;
libros y papeles regados en el suelo; las pantuflas favoritas del joven colgadas
en el perchero; y lo otro fue un polvoriento pero hermoso piano vertical
acústico que heredó de su abuelita, quien era una gran intérprete. Encima del
piano había un retrato de la abuela de Javier cuando era joven y 2 pequeños
bustos flanqueaban el retrato, se trataban de dos compositores muy famosos:
Beethoven y Wagner , a la izquierda y a la derecha respectivamente. Sabía que
Javier tomaba clases de piano ya que a éste le fascinaba mucho la música
clásica en especial la música para piano. Todos los sábados por la tarde, venía
su profesor a dictarle clases y durante una hora o dos tocaban el piano,
tomaban una taza de café y la pasaban muy bien. Ella escuchaba todo lo que
Javier aprendía de su profesor. Siendo humana, sentía deseos de crear por sí
misma aquella música espléndida. Sin embargo se preguntó: -¿Cómo voy a
tocar este majestuoso instrumento si es la primera vez que tengo manos en vez
de hojas?-. Se puso a digitar las teclas una a una con su índice como un niño
que siente curiosidad por el piano la primera vez. Repentinamente, sintió que
sus manos estaban muy relajadas y sus dedos se movían más rápido. Eran
ciertamente capaces de tocar escalas a toda velocidad. Luego, empezó a
interpretar una de las obras que el profesor de Javier (cuyo nombre era
Teodoro) le estaba enseñando: El Estudio de los Cinco Dedos del compositor
francés Claude Debussy . Estaba tan concentrada en la obra que la tocó
completa y casi sin ningún error, excepto unas cuantas notas tocadas
erróneamente. Rufo se levantó de su letargo para disfrutar tal música vigorosa
y brillante, en las manos de la joven muchacha vestida de ama de llaves. Javier
le gustaba mucho la música de Debussy, ya conocía otras dos obras de dicho
compositor y sentía deseos de tocar la mencionada obra de manera casi
magistral.
Al día siguiente, la muchacha se despertó muy contenta. Preparó el
desayuno de Rufo y luego invitó al perro a la casa. Encontró algo que despertó
mucho su curiosidad y era un disco compacto de Javier. Lo colocó en el
equipo de sonido y encontró una pista que le llamó mucho la atención: El vals
de las flores del Cascanueces del compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky .
“Para mí esto es como estar en un salón de baile o en una pista de patinaje. Lo
bailaría horas y horas pero solo dura unos minutos”. Pensó la muchacha.
Cuando era flor, sabía que Javier escuchaba mucho esta obra ya que le
recordaba mucho el baile de matrimonio de sus padres, pues ellos le dijeron
que habían bailado esta obra en aquella ocasión. Ella también sintió deseos de
bailar porque podía moverse como un ser humano. Extendió sus brazos e imitó
pasos de ballet, para nada perfectos pero algo majestuosos. De repente, alguien
abrió el cerrojo de la puerta de la casa. Era Javier. No comprendía que pasaba.
Dejó caer sus maletas del susto. Al oír la muchacha el ruido de las maletas,
paró de bailar y vio a Javier: - ¡Javier, que agradable sorpresa!-. Dijo ella.
– ¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi casa?-. Dijo el joven aterrado. –
Entiendo que estés sorprendido ante mí presencia. Tienes que saber que yo soy
la flor que con tanto esmero y cariño has cuidado todo el tiempo-. Javier no
estaba muy seguro. Pensó: “¿Acaso es una ladrona? ¿Será de casualidad una
aparición? Rufo has sido un muy mal guardián ya que dejaste entrar a esta
extraña”. Calló durante unos minutos. – ¿Qué dices, Javier? Te has quedado
callado-. La muchacha interrumpió el silencio de Javier. –No sé, es que todo es
tan extraño. Salgo de viaje unos días, me encuentro esta sorpresa y…-. Javier
replicó pero dejó de hablar un momento y contempló el rostro redondo de la
joven, su cálida sonrisa y sus ojos marrones. No percibió ningún aire de
maldad en la joven. La encontró aseada. No dejaba de mirar su cara, hasta que
por fin dijo: - ¿Y por qué tienes el traje de mi ama de llaves?-. La muchacha
respondió riéndose: - Rufo tuvo la gentileza de traerme este curioso uniforme
-. Javier le pareció muy chistoso. – Vaya cortesía de mi buen amigo. Tengo
algunas ropas de mi madre cuando era joven en mi alcoba. Puede que te
queden-. Sonrió plácidamente a su interlocutora y se dirigió a la alcoba donde
tenía las ropas de su mamá. – Por cierto, me gustó mucho verte bailando el
vals de las flores. Parecías una flor liberada de su raíz, volando por los aires
cual bailarina experimentada-. Dijo Javier. La muchacha se ruborizó al
escuchar las palabras de Javier. –Te pido perdón por entrar a tu casa sin previo
aviso. Estoy apenada-. Dijo la muchacha. – No pasa nada, siento que te
conozco desde hace mucho tiempo-. Respondió Javier mientras escogía los
vestidos para su nueva huésped.
- Creo que estas dos mudas de ropa te han de quedar bien-. Dijo Javier
mostrando a la muchacha dos vestidos de su madre uno azul y otro rojo. Su
madre era tan alta como la muchacha. Ambas ropas le quedaban bien a la
joven. Ella recogió las maletas de Javier, desempacó la ropa y finalmente
organizó todas sus prendas en los armarios. – Muchas gracias querida, no te
hubieras molestado. Bueno, iré a ver mi flor-. – Javier, soy tu flor, acabo de
decírtelo-. Dijo la muchacha. – Puede ser, pero aún no te creo nada-.
Respondió Javier de manera suspicaz. La muchacha tomó del brazo a Javier y
le explicó todo. – Hace unas noches ha ocurrido un milagro. No lo comprendí
al principio, pero después vi todo muy claro. He sido transformada en ser
humano para traerte alegría porque has estado mucho tiempo solo. Te ha sido
difícil conseguir el amor verdadero de una mujer, sin embargo debo conocerte
más a fondo para lograr que seas realmente dichoso-. Dijo la muchacha, luego
le dijo que su transformación fue gracias a una misteriosa jovencita con
aspecto de hada encantada. – Debo estar soñando-. Dijo Javier. Era escéptico.
Pensaba que esta muchacha quizá estaba tomándole el pelo. De pronto, vio
algo que le hizo cambiar de parecer. El brillo de su flor por las noches se hizo
evidente alrededor de la muchacha al brillar el sol. – ¿Qué me dices ahora?-.
Preguntó la muchacha. – Te veo más hermosa a la luz del sol -. Dijo Javier
tembloroso.
– Que amable, gracias Javier-. Replicó la muchacha. – Tengo una tarea
pendiente contigo y es, cual nombre ponerte-. Dijo Javier acariciando sus
suaves manos. Reía dulcemente al sentir las caricias de Javier. – Ya habrá
tiempo para eso. Por ahora, disfrutemos de este día y de la vida-. Dijo la
muchacha.
Dieron un paseo llevando a Rufo que estaba juguetón. Tenían comida para
hacer un pequeño picnic. “Me siento tan feliz, al fin la persona que he
idealizado durante muchos años, ha aparecido. Tal vez esa hadita que la
transformó en mujer, es pariente de Cupido. Nunca pensé que gracias a una
flor surgiría el amor de mi vida”. Cavilaba Javier mientras contemplaba a su
compañera. Recordó verla bailar el Cascanueces hace un rato. “Sería
maravilloso bailar con ella”. Encontraron un pequeño claro en el parque para
el picnic. – A pesar de mi viaje amiga mía, no estoy tan cansado para
compartir una buena charla contigo en este parque-. Dijo Javier. –Eso está
muy bien Javier-. Afirmó la muchacha. Llevaron emparedados, frutas, postres
y refrescos para el picnic.
– He visto como tocabas el piano tan bien desde que tengo memoria-. Dijo
la muchacha. – Muchas gracias, aunque no sé. Tengo que mejorar más.
Agradezco tus palabras-. Javier estaba sonrojado. – Tal vez pueda ayudarte-.
Dijo la muchacha. Javier se echó a reír. - Es en serio-. Dijo la muchacha
ofuscada. – Eso tengo que verlo-. Respondió Javier. – No te rías, me haces
sentir mal-. Dijo la muchacha con ira. Javier dejó de reír. – Lo siento, no te
sulfures. Solo estaba bromeando-. La muchacha se sintió mejor:
- Tienes razón, tienes que verlo-. – No era mi intención avergonzarte-. Dijo
Javier. Contemplaron al cariñoso Rufo jugar en el parque. Javier se había
enamorado de la muchacha la cual antes fue la flor que plantó. Temía
confesarle su amor y ser rechazado una vez más o vivir un corto idilio,
seguido de una decepción.
Regresaron a casa después de la puesta del sol. Javier abrió la cubierta del
teclado de su piano. – Bueno, te mostraré como voy con esta obra llamada…-.
– El estudio de los cinco dedos, adelante-. Fue interrumpido por la muchacha.
Javier estaba estupefacto.
– Supongo que has estado escuchando mis clases-. La muchacha asintió.
Empezó a tocar. Aún le faltaba mucho por aprender. Tenía la primera hoja
estudiada pero aún tocaba con fallos. – Es una obra complicada. A mi maestro
le sale fluidamente. Casi sin ningún error-. Dijo Javier después de tocar el
fragmento que conocía hasta el momento. – Déjame mostrarte algo Javier-.
Dijo la muchacha. Javier se levantó del banco y se lo cedió cortésmente a la
joven. Acto seguido, empezó a tocar la obra como aquel día en que Javier
estaba ausente y tenía como espectador a Rufo. Javier no salía del asombro,
estaba fascinado por la forma en que la muchacha movía sus manos y creaba
música. “Ni un solo error”. Pensó Javier. La postura de la muchacha en efecto,
era elegante. Terminada la obra, Javier aplaudió conmovido: -Bravo, que
talentosa eres. Debería presentarte a mi profesor. Seguro que estará muy
orgulloso de tenerte como discípula-. La muchacha sonrió humildemente. – Tu
esfuerzo y dedicación han hecho que esta obra fuera completamente accesible
a mí-. Javier dijo: - Pero yo solo llevo la primera página y he estudiado
lentamente cada compás. Mi profesor dice que estudiar fragmentos de una
obra, te permite abordar la obra con más facilidad y sin rendirte rápido-.
– Verás, yo tengo capacidad de abordar toda una obra, en vez de estudiarla
por partes -. Replicó la dama. Javier no podía creer lo que oía.
Después pasaron a cenar un poco frente a la chimenea. Estaba haciendo
frío afuera.
- ¿Quieres escuchar algo de música?- Preguntó Javier a la muchacha. –
Vals de las flores, por favor-. Respondió. Estaban a gusto escuchando música
junto al fuego. Callaron un rato largo.
Luego del rato de silencio, Javier dijo: - En verdad, eres mágicamente
preciosa, como una diosa. Desde que llegué me he sentido tan bien. Puedes
quedarte en mi casa todo el tiempo que quieras. Hace tiempo no había sentido
tanta felicidad-. La muchacha estaba sonrojada y maravillada al mismo
tiempo: - Que gesto tan noble, Javier. No tengo igual donde ir y…-. – Siempre
has vivido aquí, puesto que yo te planté, te regué y te cuidé. Esta es tu casa
también. ¿Por qué habría de echarte?-. Interrumpió Javier. – Gracias-. Dijo la
muchacha y seguidamente le dio un fuerte abrazo al joven. – Es más, yo
quisiera expresarte lo siguiente-. Se miraron fijamente a la cara y Javier
intentó besar su boca pero ella se apartó. – No, no me pidas eso-. Se levantó
del suelo y corrió hacia la alcoba que Javier le dio. Estaba turbada. Javier se
quedó quieto. “No debí tratarla de besar. Ahora ¿qué le digo?”. Apagó el fuego
de la chimenea y fue a la habitación de la joven. – ¿Puedo pasar a tu cuarto,
amiga?-. Preguntó Javier. – Si, primero que todo discúlpame si fui agresiva
contigo-. Dijo la muchacha. – Yo fui un abusivo y estabas en tu derecho a
defenderte-.
De nuevo hicieron silencio. – Sé que no tienes malas intenciones conmigo.
Además, me querías besar de corazón pero por el momento no puedes
hacerlo-. Dijo la muchacha entristecida. –No te pongas triste, no ha pasado
nada. Evitaré hacerlo de nuevo-. Dijo Javier en tono consolador. La muchacha
en tono más entusiasta, se dirigió a Javier:
- Desde el día en que me plantaste, te has enamorado de mí. Es un lindo
gesto de tu parte, sin embargo temo que deberías enamorarte de otra persona.
Cuando intentaste besarme, sentí algo terrible, como si me fuera a morir-.
Afirmó la muchacha. Javier saltó del lugar donde estaba parado. No salía de su
asombro ante semejante noticia.
–Pero, ¿para qué la gentil muchachita que te visitó aquella noche te
convirtió en ser humano? ¿Acaso tú, mí dulce flor, al convertirte en una mujer,
estarías lista para amar? – Yo se los explicaré-. Era la muchacha de cabellos
negros, chaqueta gris y blusa púrpura. Entró por la ventana como un ladrón. –
Dios mío, así que por fin te conozco-. Dijo Javier. – Así es, yo fui quien le dio
vida a tu flor. Parte de mi trabajo. Debo recomendarte Javier que solo podrás
besarla si demuestras amor verdadero. Si lo haces ahora, ella volverá a ser flor.
Sé que es duro pero así son las reglas y el destino. Por ahora, hay que esperar
con paciencia y tomar acciones adecuadas-. – ¿Cuáles son esas acciones
adecuadas?-. Preguntó Javier. – Debes averiguarlas. Por cierto, no será fácil-.
Y la niña desapareció en un rayo de luz brillante y cegadora.
Javier estaba decidido a averiguar cuáles eran esas acciones adecuadas.
Reflexionó un momento: “Voy a hacer todo lo necesario para ganar tu amor
florecita mía, porque estoy enamorado de ti”. Luego, se dirigió a la muchacha:
- Voy a dormir, supongo que estás cansada. De ahora en adelante, dedicaré
mi vida a conquistarte. Pueden pasar días, semanas, meses, incluso años, pero
lograré demostrarte amor verdadero-. La muchacha estaba conmovida.
– Espero que hagas lo correcto, Javier. Siento que eres mucho más que un
simple amigo, pero temo por mi vida-. Dijo la joven dama. – Pierde cuidado,
si no hubieses reaccionado a mis impulsos, lo hubiese lamentado toda mi vida.
Buenas noches, querida-. – Buenas noches, querido-. Javier apagó la luz y se
fue a dormir.
Javier yacía en su cama. No podía dormir bien. La cabeza le daba vueltas
tratando de averiguar que hacer para ganarse el amor de la muchacha, de paso
colocarle un nombre, porque ella era la flor que había sembrado con mucho
amor. Por otro lado, reflexionó lo siguiente: “Debo estar soñando despierto.
Mi flor es convertida en una hermosa dama por una especie de hadita que no
pasa de los veinte años. Salgo de vacaciones unos días y suceden cosas muy
extrañas a mi alrededor”. Calló durante unos diez minutos aún sin poder
dormir. -¿Y ahora cómo ganaré honrosamente su amor?-. Se preguntó en voz
alta. Creyó que la muchacha se despertó con su lamento. Todo estaba muy
tranquilo en su alrededor.
Transcurrió una semana. Javier seguía en su labor de analista de seguros
para la compañía donde trabajaba. Mientras tanto, su flor convertida en mujer,
se encargaba de cuidar a Rufo y ayudar en los quehaceres del hogar. – ¿Estás
segura de que no quieres que te pague por hacer los oficios del hogar? Estoy
dispuesto a hacerlo-. Dijo Javier.
– No es necesario. Esto me ayudará a mantener mi mente ocupada.-.
Respondió la joven. – Puedes escuchar música o tocar el piano cuando te
sientas aburrida. Si dejas algo pendiente por hacer, yo lo haré gustosamente-. –
Me aseguraré de que no quede nada sin hacer, querido-. Javier siguió su
camino hacia el trabajo. Mientras iba en su coche pensaba: “Debo hacer algo
realmente esplendido por ella, de esta manera podré ganarme su amor. Ella no
puede ser toda la vida ama de casa. Merece algo mejor”. Cuando llegó al
centro de la ciudad, vio un restaurante de lujo el cual llamó su atención. Se
aseguró de estacionar su carro en una zona permitida. No quería generar
atascos en el tráfico, como en ciertas grandes ciudades del mundo, donde la
gente estaciona su auto donde le da la gana, ocasionando congestiones viales.
–Buenas tardes caballero-. Saludó Javier al administrador del restaurante.
– Buenas tardes señor ¿en qué puedo servirle? -. -Quisiera reservar una
mesa para dos esta noche, por favor-.
– Seguro-. Respondió el administrador. Luego de hacer los arreglos, Javier
abordó su auto muy contento.
En el camino vio un almacén de ropa. Decidió comprarle a su querida
amiga unos cuantos vestidos para la noche. – Quisiera comprar roja especial
para una encantadora flor que ha cautivado mi corazón-. Dijo Javier a la
vendedora.
– Con mucho gusto señor, usted es todo un caballero con las damas-. Dijo
la vendedora. -. - Bueno, es correcto ser así con todas las buenas damas pero,
es mejor ser encantador con la que uno ama de verdad-. Le respondió Javier,
sonriéndole a la señorita quien se sonrojó. Después de pagar por los vestidos,
uno de ellos blanco y el otro azul, prosiguió su camino. En cuanto a su trabajo,
no tuvo problemas con sus jefes, pues hizo la reserva en el restaurante y la
compra de los vestidos durante la hora de almuerzo.
Concluido el trabajo del día y con la llegada de la noche, Javier no podía
ocultar su emoción. Estaba dispuesto a expresar su amor sincero a la
muchacha. No obstante, sabía que no iba a ser nada fácil. Era consciente de
que una cena romántica no bastaba para cautivar el corazón de su amiga. De
hecho, eso le hubiera funcionado con una mujer interesada en el dinero,
prestigio social y lujos, pero con la joven no haría efecto inmediatamente.
– Hola querida, hoy no quiero que prepares cena, te invito a cenar en un
bello lugar. Traje ropa nueva para ti, en esta ocasión-. Dijo Javier lleno de
alegría al abrir la puerta. Rufo entró a la casa a recibir a su amo. – De acuerdo
Javier, no tenía ganas de cocinar-. Respondió la muchacha. – Espero que te
gusten estos atavíos que compré-. Dijo Javier. La muchacha se quedó
pensativa al ver los vestidos. – No debiste gastar dinero en trapos para mí, con
lo que tengo me basta-. Dijo la muchacha con cara de preocupación. Javier
estaba atónito.
– Pero, gracias Javier-. Dijo la muchacha y le dio el abrazo del oso. – Me
alegra que te gusten los vestidos-. Replicó Javier. –Perdón si te hice creer que
estaba enfadada-. Dijo la muchacha. – No hay problema-. Sonrió el muchacho.
Luego de unos minutos, la muchacha ya estaba arreglada. Javier no podía
dejar de mirarla y admirar su belleza natural. – Has sido una hermosa flor y
aún lo eres para mí-. Dijo Javier quien se había puesto el mejor de sus trajes, el
cual era de color azul noche, con una camisa azul de diminutos cuadros y una
corbata roja. –Tú eres un príncipe contemporáneo-. Dijo la muchacha. –
Bueno, no hagamos esperar el carruaje-. Dijo Javier bromeando con la joven.
Abordaron el carruaje que no era más que el modesto carro de Javier, en
marcha hacia el restaurante.
Era una noche hermosa. Había una brisa fresca en el barrio. La muchacha
contemplaba las otras casas. – Debe haber una flor como yo en los jardines de
todas esas casas-. Exclamó. –Tú eres única entre esas flores-. Dijo Javier. La
muchacha estaba ruborizada. Al llegar al restaurante, vieron las aceras
iluminadas y personas aún en la calle. En aquella zona de la ciudad, había
varios hoteles y un teatro de cine. Algunas personas iban a entrar a una
función de cine. Javier dejó su auto en un estacionamiento cercano al
restaurante. De hecho, el lote era propiedad del dueño del restaurante,
exclusivo para sus clientes. Cuando llegaron al sitio, había un letrero que
llamó mucho la atención a Javier. “Presentación de la pianista Ximena
Puerto”. El muchacho meditó un momento. – He oído antes a esta pianista
pero no recuerdo donde-. Dijo. – ¿La conoces?-. Preguntó la muchacha. – Oh
sí, ya lo creo. Nos conocimos en una escuela de piano a la que asistí hace unos
años. Ella estaba más avanzada que yo. Es la sobrina de mi profesor. De
cariño, le digo Xime-. Afirmó Javier. Llegaron a la mesa reservada. Después
del saludo al camarero, Javier empezó a ordenar: - Me gustaría cenar un arroz
húngaro especial con una botella de buen vino, caballero-. La muchacha le
pareció excesivo aquello que Javier ordenó. Estaba indecisa. Al final dijo: - Yo
voy a ordenar Risotto de Pollo-. Mirando a Javier, agregó: - Por supuesto que
compartiré una copa de vino contigo-. Javier quedó boquiabierto.
En ese momento llegó la pianista al escenario del restaurante. Había un
hermoso piano de cola negro. Ximena la pianista, era una joven de mediana
estatura, blanca y de cabello castaño. Sonreía mucho, sin embargo al tocar el
piano, era muy seria. Tenía una blusa color rosa de tela delgada, una falda
negra y tacones, que la hacían ver más alta. Tocó una obra que conocía muy
bien. Se sentía un poco asustada. La obra que tocó se llamaba: “Tico tico no
fubá” . Era una tonada muy popular brasileña. Poco a poco Javier iba
perdiendo interés en su compañera. Estaba absorto con las notas que tocaba su
amiga Ximena, las cuales tocaba con mucha destreza. La muchacha estaba
celosa. Ella no parecía sentirse a gusto escuchando a Ximena, aunque
reconocía su talento. Terminada la función, hubo una lluvia de aplausos en
aquel lugar. La muchacha aplaudía sin mucho entusiasmo a diferencia de
Javier quien estaba muy emocionado.
- No exageres, tocó con muchos fallos-. Dijo la muchacha. - ¿Estás
bromeado? Ella es toda una maestra-. Respondió Javier. La joven se sentía
incómoda. Durante la cena, no intercambiaron palabra alguna. Terminada la
cena, Javier le dijo a su amiga: - Voy a saludar a Ximena, ya regreso-. La
muchacha iba a decir algo. – No me tardo, si es lo que te preocupa, cariño-. El
joven se arregló su corbata y se puso su chaqueta. La joven estaba a punto de
estallar en cólera, sin embargo no era tan iracunda después de todo. Tuvo un
poco de paciencia. Sabía que Javier sólo quería felicitar a su amiga y
saludarla. Ximena estaba al otro lado del salón principal, en una cafetería
alterna del restaurante. Javier había pagado la cuenta del restaurante, así que
Javier y su invitada no terminarían lavando los platos del restaurante.
-¿Xime, te acuerdas de mí?-. Preguntó Javier. Ximena miró a Javier
dubitativamente. Luego de un minuto, se levantó de su asiento y gritó: - Por
supuesto, Javier el estudiante de mi tío Teodoro. Dios mío ¿Dónde te has
metido que no te he vuelto a ver en la Escuela? -. Javier respondió: - Decidí
tomar clases en mi casa. Me gustó mucho como tocaste esta noche-. – Muchas
gracias Javier, estaba nerviosa por ser mi primera vez en vivo-. Dijo Ximena.
– Es natural teniendo en cuenta lo difícil que debe ser el arreglo del “Tico
Tico” que hiciste-. Replicó Javier. Después de unos minutos de charla, Javier
se despidió de Ximena para volver con su joven amiga. “Debe estar molesta
esperándome”. Pensó Javier. Al regresar al salón principal, vio la mesa vacía.
Esto asustó a Javier. Encontró una nota junto a las flores de la mesa.
“Espero que hayas encontrado la felicidad, porque yo no la he encontrado”.
Todo esto le pareció confuso. “¿Qué le habré hecho a mi flor? “. Pensó de
nuevo.
–Señor vigilante, ¿Ha visto usted salir a una joven rubia muy hermosa?-.
Preguntó Javier al guardia del restaurante. – Si señor, se fue derecho
caminando por esta calle-.
–Muchas gracias, señor. Le he roto su corazón, iré tras ella-. Le dijo Javier
al vigilante. La noche estaba muy oscura. Javier temía que le pasara algo a su
amiga. No conocía muy bien el camino de regreso. Por más rápido que
caminaba, no distinguía a la muchacha. De pronto, vio una sombra en el suelo
a su diestra, volteó y era la muchacha. Se había removido el maquillaje y tenía
ojeras. – ¿Dónde te has metido? Me tenías muy preocupado-. Dijo Javier,
colocando sus manos en los hombros de la muchacha. – Lo siento, creo que
me puse celosa. Sólo querías saludar a tu amiga-. – Lo sé, pero no debí
ignorarte en ningún momento. Fue la emoción de verla tocar. Regresemos a
casa-. Dijo Javier. – Allá hay un parque, ¿Por qué no nos sentamos en aquel
banco y hablamos un poco, querido?-. Dijo la muchacha tomando de la mano
a Javier. – Creo que no fue muy buena idea llevarme a cenar, Javier. El
ambiente estaba excelente pero aún no soy realmente feliz-. – Eso lo noté.
Como lo siento-. Dijo Javier y callaron unos instantes. – Aún sin maquillaje,
eres hermosa para mí-. Dijo Javier sonrojado. – ¿En serio? No sé si estas
tratando de congraciarte conmigo o lo dices de corazón-. Dijo la muchacha,
mirando a Javier fijamente. – Lo segundo-. Respondió Javier. De nuevo, se
quedaron en silencio. Javier dijo a continuación lo siguiente: - Es como si
estuvieras lejos de mí pero al mismo tiempo cerca de mí. He llegado a la
conclusión de que vivimos en una especie de realidad virtual, donde nos
comunicamos, nos bromeamos, nos hacemos confidencias. Sin embargo, no
podemos escucharnos, palparnos, ni percibir olores-.
– Es posible, pero si estamos unidos podemos convertir esa fantasía, en
una realidad -. Dijo la muchacha. – Esta ha sido una batalla perdida, pero la
guerra jamás-. Dijo Javier levantándose del banco, brioso y seguro de sí
mismo. – Por cierto, puede que tú no hayas encontrado la felicidad, pero yo
tampoco la he encontrado-. Añadió Javier y se marcharon de ahí.
Transcurrieron unos dos meses. Cada uno hacía sus actividades normales
sin ningún contratiempo. Javier estaba dedicado a su labor como analista de
seguros y a las clases de piano. La muchacha estaba dedicada a los quehaceres
del hogar gratis. Javier insistía en pagarle pero ella amablemente, no aceptaba
su oferta. En una ocasión, tocó el piano después de una clase de Javier.
Teodoro el profesor de Javier, quedó mudo ante las proezas de la muchacha al
piano: – Te doy un consejo. Ella debería estudiar en Europa o en Estados
Unidos. Estoy seguro de que llegará muy lejos-. Javier meditó mucho sobre la
idea que le dio su profesor. “La pregunta es de dónde sacaré dinero para
costear su formación artística. Si supiera mi profesor que todo es una especie
de fantasía hecha realidad. Eso no tiene importancia. Sin embargo, mandarla a
Europa a estudiar en una buena universidad, podría ser edificante para ella”.
Javier recordó que hace muchos años, su abuelita le dijo lo siguiente:
“Dentro del banco del piano, he dejado algo que podría ser de gran utilidad
para ti, para tus hijos, para los hijos de tus hijos, en fin. Es más, podría ser de
gran utilidad para alguien que realmente estimes y desees que salga adelante”.
Nunca se le ocurrió abrir el banco del piano.
Una noche cuando la muchacha estaba dormida, se levantó y fue al estudio
a investigar lo que había dentro del banco del piano. Rufo el perro de Javier,
estaba dormido en su casita en el jardín. Abrió el banco y descubrió
asombrado, partituras de obras que no conocía. Quizá su abuela las habría
interpretado. Estaban apiladas todas; algunas estaban polvorientas; otras
estaban amarillentas debido a la humedad. Al sacarlas todas, encontró algo
que realmente lo dejó sin palabras: fajos de billetes. Esta era la herencia que le
dejó su abuelita. Con mucha emoción y determinado, dijo para sí mismo: “Con
este dinero, podré hacer realidad el sueño de mi querida flor”. Tomó aquellos
fajos de billetes, los guardo en un cofrecito y le echó llave al candado del
cofre.
Al día siguiente, durante el desayuno tuvo una charla con la muchacha.
– Quiero hacerte una pregunta que no te había hecho antes-. La muchacha
sintió curiosidad y dijo: - Si, te escucho-. - ¿Alguna vez has tenido un deseo
profundo en el corazón?-. Preguntó Javier a su amiga. – Bueno… en mi
condición de ser humano, sí. Conocer a alguien como tú-. Javier sonrió:
- Bueno, pero me imagino que tienes en mente alguna cosa más allá de
conocerme-. La muchacha comprendió lo que quería saber Javier. – Me
gustaría estudiar música. Gracias a ti, adquirí de manera innata la habilidad de
tocar el piano. Es una lástima que no hayas podido dedicarte a la música
porque hubieras sido un gran intérprete-. – Si yo hubiese llegado lejos, tú no
habrías existido. Gracias a la especie de niñita bonachona que te hizo mujer,
estás aquí y puedo hacer realidad tu más profundo anhelo-. La muchacha
estaba pasmada. – De manera que ¿tú podrías ayudarme a estudiar música?-. –
Exacto. Te voy a explicar. Mi abuelita me dejó una considerable suma de
dinero que hallé dentro del banco del piano, junto con un montón de partituras
que no conocía. Ella me dijo que ese dinero sería de gran utilidad para mis
descendientes o alguien que realmente estimara. Como no me he casado, he
decidido invertir este dinero en tu futuro, si realmente es lo que quieres-. La
muchacha se sentía entusiasmada. – Me gustaría que estudiaras en Italia,
Alemania o en Francia donde hay muy buenas escuelas de arte-. Dijo Javier. –
De acuerdo, pero cuando esté allá, voy a conseguir un trabajo para costear los
gastos de la estadía. No quiero que todo lo tengas que pagar-. Dijo la
muchacha. – Entendido. Si necesitas ayuda, yo te puedo mandar el dinero que
necesites-. Agregó Javier.
Javier investigó todo lo referente a las escuelas de música en Europa,
permitiendo a la muchacha que escogiera la que más le guste. Su profesor
Teodoro, le dio información muy útil. Después de varios días de búsqueda,
decidieron que Italia era la mejor opción y el lugar escogido fue Milán y su
conservatorio. Javier se dio a la tarea de conseguir vuelos de avión, vivienda y
demás para su amiga, quien iría sola a lograr sus sueños. La muchacha dijo:
- ¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Tú podrías emprender esta
aventura ya que a ti te gusta la música-. – Este sacrificio vale mucho la pena,
porque he descubierto que tu felicidad yace en el cumplimiento de tus sueños.
Lo único que te pediré a cambio es que trabajes y disfrutes mucho lo que vas a
hacer, querida. Además, estás muy aventajada con respecto a mí. Tal vez me
anime algún día. Dios dirá. Por lo pronto, deseo que seas muy feliz-.
Nuevamente, la muchacha se sintió conmovida. – Por cierto, ya sé cuál
nombre te pondré: Esperanza Valiente-. Dijo el muchacho. – De esta forma no
tendremos problemas con el asunto de tus tiquetes de avión, pasaporte, visa de
estudiante, inscripción en la universidad, etc. Diremos en el registro civil que
extraviaste tus papeles. Igual, todo esto que nos ocurre, es un cuento escrito
por alguien, producto de su imaginación donde todo es posible-. Añadió
Javier. Esperanza estuvo de acuerdo con lo expresado por Javier.
Llegó el día de la partida de Esperanza hacia tierras lejanas. Javier no
podía estar más feliz pero a la vez triste. La razón de su tristeza era no haber
podido conquistar a Esperanza. Lo intentó en un paseo por el parque y luego
en una cena romántica, sin embargo todo fue en vano.
En el aeropuerto llegó la hora de pasar a la sala de espera para abordar el
vuelo.
– Bueno Esperanza hasta aquí te acompaño. Que Dios ilumine tu camino,
te llene de sabiduría y que llegues muy lejos con tu talento musical-.
Esperanza rompió en llanto, no pudo evitarlo: - Siempre te recordaré, Javier.
No dejaré de escribirte-. –Yo tampoco-Dijo Javier sollozando. – Cuida bien al
cariñoso de Rufo-. Dijo plañideramente Esperanza. Tenía ganas de besarla en
la boca pero era consciente de lo que podía suceder. Ingresó a la sala de
espera. Llevaba uno de los trajes que Javier le regaló. “Definitivamente las
despedidas son crueles y las ausencias, eternas”. Pensó Javier. “Espero que el
retorno sea jubiloso”.
Ese día fue muy largo para Javier. Aprovechó y pasó el tiempo con Rufo
que también notaba la ausencia de su querida Esperanza. Rufo miraba un
calendario en la cocina. Quizás pensaba que dentro de unos días o un mes,
regresaría Esperanza. – No muchacho. Ella está trabajando mucho para lograr
sus sueños. Me temo que tendremos que esperar un largo tiempo. Cuando me
conecte a la Internet, podremos hablar con ella y saber que se encuentra bien-.
Dijo Javier, acariciando la cabeza de Rufo.
Generalmente se comunicaban los fines de semana. Javier con una taza de
café y un croissant, charlaba felizmente con su amiga Esperanza. – He visto
cosas exorbitantes en este país. Los paisajes son sorprendentes y la gente es
muy amable. No he tenido problema en aprender italiano, ya que es parecido a
nuestro idioma -. Dijo Esperanza, desde su computador portátil. – Por mi parte
lo hablaré con sumo acento-. Dijo Javier alzando su brazo, haciendo un gesto
cómico, ambos rieron. – Rufo, saluda a nuestra floral Esperanza-. El perro se
puso frente al monitor de Javier, ladraba con alegría. Estaba entusiasmado de
ver a Esperanza. – Te quiere mucho y te recuerda, querida-. Callaron un
instante.
– La próxima semana estudiaré unas obras para piano de Schumann -.
Afirmó Esperanza. - ¿En serio? ¿Y cuál obra es, Carnaval Op. 9? Debe ser
genial enfrentarse a esas obras-. Dijo Javier entusiasmado. – No, mi docente
dice que El Carnaval es una obra de octavo año. Estudiaré Las Escenas de
Niños-.
– Esa obra es una maravilla, sobre todo la introducción. Cuando la oigo,
me acuerdo de mi juego de ajedrez por computador. La música de fondo
corresponde a la introducción de las Escenas de Niños-. Dijo Javier.
– Entonces, vas a jugar más ajedrez ¿cierto?-. Preguntó Esperanza con
curiosidad irónica. – Pues sí, aunque no me vaya bien. Con eso te pensaré
mucho. Tú sabes que lo hago día y noche. Ansío tu regreso-. Respondió Javier.
Acto seguido añadió: - Cuando tenga algo de dinero, te visitaré, y de paso
conoceré Europa-. La muchacha le encantó la idea. – Y yo te recibiré con
mucho gusto-. Esperanza le mostró su habitación. Estaba bien iluminada y
tenía una sencilla pero cómoda cama. Había adquirido un piano digital cuya
marca era Kawai. No ocupaba mucho espacio y no perturbaba a sus vecinos. –
No les molesta cuando toco. Sienten la música y creen que soy prodigiosa-.
Dijo Esperanza en referencia a sus vecinos. Algunos eran italianos, otros eran
franceses. Había turcos, españoles, un peruano y dos argentinos. Se
despidieron con frases cariñosas. Javier estaba decidido a viajar a Italia para
encontrarse con Esperanza, sin embargo no podía ser pronto. Tenía en mente
traer a sus padres a casa para cuidar de Rufo en su ausencia. Por lo pronto,
tenía que reunir el dinero necesario para llevar a cabo el viaje. Planeaba pasar
un mes con Esperanza, viajando por el país y el continente. Estaba resuelto a
decirle lo mucho que la amaba.
Transcurrió año y medio sin ninguna novedad. Javier llevaba a cabo sus
labores cotidianas. Esperanza estudiaba arduamente en el Conservatorio, y se
desempeñaba como niñera para una familia acomodada. Con este trabajo,
podía costear sus gastos personales. Javier y Esperanza intercambiaban
correspondencia electrónica. Se conectaban para charlar en Internet los fines
de semana. A veces tenían charlas extensas, otras veces de corta duración. Las
correspondencias de Javier consistían en saber cómo estaba Esperanza, como
iban sus estudios, y conocer sus nuevas amistades. Esperanza había conocido
muy buenos amigos, sin embargo había estudiantes que sentían envidia de los
progresos musicales de la joven. “Son unos infelices perdedores”. Dijo
Esperanza en una de los correos electrónicos. Aquello le causó mucha risa.
Estaba seguro de que iban a vivir un idilio intenso e inquebrantable.
Un día, como un impulso súbito, decidió escribirle en un correo el
siguiente palabrerío:
“Dulce dama de chocolate,
Que me hablas de flores,
Al brillo de tu gentil cabellera dorada,
Digna de la amazona que eres.
Aunque estas en un reino lejano,
Te siento tan cerca como mi sombra.
Nuestro tiempo es corto,
Disfruto mucho a tu lado como si fuera
Una eternidad.
Te quiere Javier”.
Javier le decía “Dama de chocolate” a Esperanza porque a ésta le fascinaba
mucho el chocolate. El poema anterior era una señal inequívoca de su próximo
viaje a Europa y por lo tanto a Italia, donde residía Esperanza. Ya tenía muy
avanzada la obra El estudio de los cinco dedos. Tocaba claramente la mitad de
la partitura, el resto si tenía que dedicarle más para mejorarla. Había grabado
en su celular todos los compases que conocía para enseñárselos a Esperanza.
Había estudiado y presentado unas obras de Johann Sebastian Bach : 2
invenciones a 2 partes. Se sentía orgulloso de todo el trabajo que había hecho,
aunque no fuera a nivel profesional como lo estaba haciendo Esperanza.
Estaba ansioso por escuchar los progresos de Esperanza tocando las Escenas
de Niños. Soñaba con hacer un dúo a cuatro manos con ella en un futuro.
Un mes después de enviarle aquel poema en un e-mail, Javier recibió una
noticia nada halagadora de su amada Esperanza. – Javier, acabo de conocer a
un chico especial que estudia violonchelo. Se llama Michael Tanner, es
alemán, viene de una ciudad llamada Hannover, es alto, pelirrojo y muy
educado. Habla fluidamente el italiano-. Javier sintió por dentro furia, sin
embargo, él fingía estar complacido. – Mmm.....Es… un gran placer-. Dijo de
manera entrecortada. -¿Estás bien?-. Preguntó Esperanza. – Si. No te
preocupes. Supongo que han estado saliendo últimamente. Te felicito. Lo
importante es que seas muy feliz-. Se había repuesto de su furia interna. La
charla fue breve. Javier no podía dejar de pensar en lo que le dijo Esperanza.
– “He perdido una vez más en el juego del amor. ¿Qué haré ahora? ¿Valdrá
la pena visitarla? ¡Que predicamento en el que estoy metido! Igual ella tiene
derecho a hacer su vida como mejor le parezca. No obstante, yo fui quien le
dio vida como flor, luego fue aquella hadita, quien le dio forma humana,
debería ella aún amarme”. En pocas palabras, Javier estaba celoso.
Las sesiones de charla disminuyeron a medida que pasaba el tiempo.
Esperanza por un lado, estaba muy ocupada en sus estudios y en su trabajo
como niñera. Por otro lado, Javier sentía mucha tristeza de ver que su sueño de
amor se desvanecía. Tal vez no entendía lo que sucedía. Le molestaba por
dentro, cuando Esperanza hablaba de su amigo Michael. Para disimular, le
seguía la corriente. Esperanza le preguntaba si se encontraba bien. Un día lo
notó distraído: -¿Te pasa algo Javier?-. Preguntó a Javier. – La verdad… no…
nada. Debe ser que trabajo demasiado. Debería tomarme vacaciones-.
Respondió Javier. – No, a ti te pasa algo y tiene que ver conmigo-. Alzó la
voz, notablemente enojada. – ¿Te molesta que esté saliendo con Michael
verdad? ¡Que egoísta eres! El día en que le hablaste cariñosamente a tu amiga
Ximena, me contuve porque pensé que ustedes no tenían nada serio, pero me
dio mucha rabia que me ignoraras aquella vez. Ve por ella. Eres libre de
hacerlo-. Añadió Esperanza aún molesta. – De esta forma me pagas todo lo
que he hecho por ti. No te he pedido ni un centavo y ni te lo pediré. Es injusto
que estés enojada conmigo. No estoy celoso. Me alegra que hayas conseguido
el a…-. – Si lo estás, mírate. No me haces caso cuando hablamos. No dices
gran cosa como antes. No te gusta que hable de Michael. Él ha sido todo un
caballero conmigo. De hecho, me ha apoyado mucho, en momentos en que me
he sentido sola. Te lo he dicho una y otra vez en los días anteriores-. Fue
interrumpido por Esperanza. Javier meditó un momento y dijo: - Oh sí, es
cierto lo confieso, me dejé llevar por los celos, querida. La verdad lo siento
mucho, no sé que me pasa. He pensado bien y me parece que tienes derecho a
ser feliz con quien realmente creas conveniente-. Esperanza se calmó un poco,
reflexionó y afirmó: - Discúlpame si fui muy brusca contigo, de hecho aún
más brusca que cuando tuvimos la cena, aquella vez. Me gustaría que vinieras
pronto a Italia-. Los dos volvieron a callar. – Ya se me ocurrirá algún medio
para viajar y verte. Por ahora, te dejo estoy un poco cansado y mañana tengo
mucho trabajo-. Dijo Javier.
– Que descanses Javier-. Añadió Esperanza. – Gracias, te quiero mucho
Esperanza. Muchos éxitos. Un día de estos, te sorprenderé.-. Dijo Javier y
terminaron la plática. A pesar de que estuvieron tensos esta vez, había cierta
calma en ellos luego de arreglar sus diferencias.
Aquella noche hacía mucho frío. Javier tuvo un sueño casi de pesadilla.
Soñó que caminaba sin rumbo fijo por la ciudad de noche. Se dirigía a un
paradero de autobuses. De pronto, se pasó de aquel paradero. Había caminado
unas ocho cuadras al sur del paradero. Se topó con otro. Repentinamente hubo
un incendio, al otro lado de la calle. Sonaron alarmas de pánico por toda la
ciudad. Se acercó un soldado y le dijo: “Pronto, caballero, huya. Esto es un
toque de queda. Corra a su casa o busque un refugio”. Javier no entendía
absolutamente nada de lo que sucedía. De todos modos, huyó de aquel lugar. A
lo lejos, vio un aviso en medio de la oscuridad. “Camino a la esperanza”,
decía. Indicaba un camino, y Javier lo tomó. El sueño terminó, y Javier se
levantó de un salto de la cama. Estaba jadeando y sudando. Rufo estaba en la
casa y entró al cuarto. –Todo está bien mi estimado Rufo. Fue una pesadilla, y
que extraña pesadilla. Debe ser el frío o fue la pizza que me comí ayer-. Volvió
a dormir. Rufo se echó en el suelo.
Un mes después, Javier tomó una decisión: “Iré a Italia en el barco
mercante de mi tío Archibaldo. He de contactarme con él. Aquel sueño
fantasmagórico fue una señal. Debo ir por Esperanza”.
Hizo todos los preparativos para el viaje. Dejó a Rufo en casa de sus
padres. Tenía que viajar él solo sin su fiel Rufo, debido a los posibles riesgos
que correría. Su madre estaba muy preocupada así ella fuera la hermana del tío
Archibaldo. – Si no fuera mi hermano, te diría que busques otro medio de
embarcarte en esta loca aventura. En fin, toma tu remedio contra el mareo y
abrígate bien-. Su padre no estaba tan preocupado, sin embargo le hacía
recomendaciones: - Sé que antes has viajado con el tío Archibaldo en su barco
mercante, pero igual ten cuidado sobre todo cuando ocurran las galernas,
ciclones o algo así. Una vez tuvimos una tormenta terrible y creímos no salir
con vida. Fue horrible-. – Yo confío en el tío Archibaldo. Para mí, más que un
viejo lobo marino, es un ángel guardián de la mar. Por eso, no nos pasó nada y
llegamos a nuestro destino. Tenía cuatro años cuando tuvimos aquella
tormenta marina-. Dijo Javier. Rufo estuvo pensativo y luego se despidió con
mucha alegría de su amo.
– Pórtate bien con tus abuelos, amiguito-. Rufo lloró y empezó a aullar
como si presagiara una calamidad.
Emprendió camino hacia el puerto, el cual estaba muy lejos de la ciudad.
Tardó un día en llegar porque tomó un autobús hacia la costa. Percibió la
salinidad del mar dentro del bus. Veía a lo lejos el mar en un cielo azul con
nubes alrededor. Creyó haber visto el rostro de Esperanza en el horizonte. No
había dormido bien, debido a que estuvo toda la noche sentado en el mismo
sitio.
El bus lo dejó a unos pasos del puerto. Sabía que su tío Archibaldo había
anclado su barco en el muelle 4. El barco se llamaba “Mérida”. Había llegado
hace tres días, procedente del archipiélago de Indonesia, con un cargamento de
azúcar, cacao y bananos. El Mérida iba a zarpar a Italia, con un cargamento de
flores y perfumes. Era un barco de mediano tamaño, aproximadamente pesaba
400 toneladas. El tío Archibaldo había navegado en este barco por 29 años y
solo le ha hecho 3 trabajos de mantenimiento. Era una máquina protegida por
Dios según él.
Javier traía una maleta de mano mediana. Subió por la pasarela, para
saludar a su tío. Archibaldo tenía el aspecto típico de un capitán de marina
mercante o incluso un almirante de guerra: alto, barbado, muy fuerte aunque
entrado en años. Usaba un jersey azul como un personaje llamado Capitán
Haddock de un libro de comics llamado Las Aventuras de Tintín . Tanto Javier
como el tío Archibaldo eran voraces lectores de este célebre libro de
historietas, el cual era más viejo que el tío Archibaldo. Fumaba en pipa. Había
dejado de beber ya que en su juventud ingería generosas cantidades de ron y
su médico de confianza le recetó dejar el alcohol. Fue lo mejor que hizo. Una
vez, siendo joven en un huracán en el Caribe, casi cae al mar. Estaba muy
ebrio y al ver la furia de las olas en medio de su borrachera, tuvo mucho
miedo. Después de lo ocurrido, y seguir los consejos del médico, decidió
tomar té o café con leche. El tío Archibaldo estaba en el puesto de mando,
leyendo uno de los libros de Tintín.
– Caramba, Rodrigo Tortilla tú me has matado-. Vociferó Javier.
– Condenado muchacho, tenías que decirme lo que este loro feo iba
revelar-. Estaban discutiendo un pasaje del cómic. Tiró el libro, cuyo título era
“La Oreja Rota”. Se abrazaron. – Grumetillo infeliz, tiempo sin verte. Supe
que te vas a Europa. Tu mamá me lo dijo. Estaba ansiosa. La tranquilicé
diciéndole que vamos a tener muy buen tiempo y mar en calma-. Dijo
Archibaldo. – Me alegra de nuevo subir a bordo contigo tío. Me imagino que
si tendremos muy buen tiempo-. Dijo Javier. Archibaldo recogió el libro de
historietas, lo puso en su escritorio y antes de hablar, prendió su pipa: - Me
temo que no. Han pronosticado dos galernas para los próximos días, sin
embargo recuerda que Dios cuida del Mérida. Después de esos días,
tendremos buen tiempo-. Javier se puso pálido. Pensaba que había firmado su
sentencia de muerte. Hacía mucho tiempo no viajaba en barco. – Claro tío,
Dios protege al Mérida y su tripulación-. Dijo Javier. –Así se habla, sobrino-.
Exclamó el tío Archibaldo.
Javier antes de partir al puerto, le dijo a Esperanza que iba estar muy
ocupado durante varios días. Le dijo que tendría noticias de él pronto. Sin
embargo, Esperanza le parecía tal mensaje sospechoso. Javier le advirtió que
podía mandar todos los correos que quisiera, pero no tendría tiempo de
revisarlos. Quería aparecer de incógnito, y sorprenderla. En el último correo
escribió lo siguiente:
“Tendrás una agradable sorpresa. Te pido mucha paciencia”.
Mientras tanto, uno de los miembros de la tripulación guio a Javier hacia
uno de los camarotes. Era un simpático marino afro-descendiente llamado
Robinson.
– Espero que se sienta cómodo en este camarote, jefe-. Dijo Robinson. –
Es maravilloso, muchas gracias Robinson, le das mi agradecimiento al capitán.
– A la orden, jefe-. Dijo Robinson. – Y por favor, no me llames jefe, llámame
Javier simplemente-. Dijo expresándole confianza al joven moreno. Tenían la
misma edad, había surgido en aquel momento una grata amistad. – Ok, Javier.
Eres un gran hombre. Mereces lo mejor de la vida. Hoy ayudaré al cocinero
con mi especialidad, mojarra frita y arroz con coco-. Dijo Robinson. – Se me
hace agua a la boca, seguro que me encantará. Muchas gracias por tu ayuda-.
Robinson lo dejó solo en su camarote. Distinguió el puerto a través de la
portilla. “Que bello puerto, mañana partiré de aquí para hacer realidad mi
sueño. Ahora si será la oportunidad de demostrar mi amor verdadero a
Esperanza”.
Llegó la noche. Javier tenía en la cabeza muchas cosas en que pensar. Las
tormentas tropicales que probablemente iba a experimentar; pensaba en su fiel
Rufo que extrañaba mucho; recordaba los momentos diversos que pasó con
Esperanza. “El tiempo pasa volando”. Pensó; recordó también a su profesor de
piano y a su sobrina. Creía que Ximena estaba enamorada de él, sin embargo
supo que se iba a casar en unos días con un violinista. Estaba desolado porque
no podía asistir a las nupcias debido al viaje. Le dejó una tarjeta de
felicitaciones y le escribió lo siguiente:
“Si no vuelvo por alguna razón especial,
Sé feliz con tu pareja y sigue estudiando música. Eres genial”.
Al día siguiente, el Mérida levó anclas con buen viento y un cielo
bellamente azul. Las gaviotas se veían pequeñitas, a medida que la
embarcación se alejaba de la costa. Javier y su tío Archibaldo estaban en el
puesto de mando. Archibaldo llevaba el timón.
– Ah mi querido sobrino, espero que estés preparado para este viaje. Serán
dos semanas en altamar, hijo-. Dijo Archibaldo. – En efecto, ya tomé mi
medicina para el mareo. Hasta ahora me he sentido bien, tío. Que linda se ve la
costa desde acá. No me acordaba de lo enorme que es el mar-. Dijo Javier.
– Ahora sobrino ¿Vas a ir de vacaciones a Italia? Pensé que ibas a viajar
como todos esos marineros de agua dulce de la ciudad: en avión y en primera
clase-. Exclamó Archibaldo en medio de fuertes risotadas. – Inicialmente,
tenía planeado tomar un vuelo. El objetivo de mi viaje es poder ver a la
persona que amo en este mundo. La razón por la que viajo en barco es porque
quiero darle una sorpresa a mi amada, así que llegaré de incógnito. Ella no
tiene la más remota idea de que me dirijo a Europa. Le dije que esperara unas
semanas-. Dijo Javier. – Además, como dices tío, el avión es para marineros
de agua dulce que quieren viajar con todas las comodidades del mundo, sin
experimentar ni un solo riesgo. Por eso, acudí a ti-. Añadió Javier. – Vaya
historia de amor grumetillo, no recuerdo la última vez que me enamoré. Si, ya
lo recuerdo. Hace unos 15 años, cuando fui de viaje por los mares del Pacífico.
En una de las islas polinesias, fuimos recibidos por una tribu aborigen. Las
mujeres eran exóticas y al mismo tiempo hermosas. Morenas, con cabellos
negros y tan largos que les llegaban hasta la mitad de sus espaldas. Le pedí a
una de ellas que se casara conmigo, pero dijo que no, porque sus leyes
prohibían el matrimonio con extranjeros. Es más, ella estaba comprometida
con un lugareño. No estaba muy segura, tenía que hacerlo por sus padres, su
pueblo, sus ancestros y bueno, todas esas cosas. Después de aquello, me he
dedicado a cortejar mujeres de mi edad o un poco más jóvenes que yo. Tu
madre ha criticado eso de mí -. Dijo Archibaldo mientras llevaba el timón.
Javier observó el horizonte. Eran las ocho de la mañana. – ¿Y sigues
estudiando piano, hijo?-. Preguntó Archibaldo. – Si, es una bella actividad. Mi
chica será una gran artista del piano-. –Yo me dediqué a tocar mi bandoneón.
Cuando era un muchacho, quería ser músico, pero me interesaron más las olas,
los vientos huracanados y la sed de viaje en altamar que las notas musicales.
Esta noche haré un pequeño toque en el salón de eventos-. Javier asintió.
Admiraba a su loco tío. – Espero que nos haga buen tiempo tío-. Dijo.
– No te confíes muchacho, como lo habrás notado, hace mucho calor y esta
es la señal inequívoca de tormentas próximamente-. Afirmó Archibaldo.
En efecto, el calor era insoportable. La tripulación trabajaba sudando a
chorros y el barco andaba muy despacio, aunque en la dirección correcta. La
tierra no se veía por ninguno de los puntos cardinales. Estaban en medio del
océano. El día transcurrió sin ninguna novedad, llegada la noche, empezó el
espectáculo del capitán en el salón de eventos. Archibaldo ordenó echar el
ancla mientras se llevaba a cabo la reunión. En la sala estaban Javier,
Robinson, el cocinero y toda la tripulación, escuchando a Archibaldo tocar su
bandoneón. Tocaba tangos y varias melodías alusivas al mar. No le inquietaba
la llegada de un huracán y la amenaza de un naufragio. Después del toque, uno
de los miembros de la tripulación, un tal Chester contaba historias de
naufragios y de fantasmas. Javier no creía mucho en esas historias, sin
embargo después de lo ocurrido con su flor, aquellas historias le parecían
verosímiles. – Puedes ir a tu cuarto hijo, si tienes sueño. En cinco minutos
levamos anclas. Yo me quedaré en el cuarto de mando-. Dijo Archibaldo a su
sobrino. – Gracias tío, espero dormir bien-. Respondió Javier. – Recuerda que
este barco Dios lo protege-. Dijo Archibaldo con aire señorial.
El calor aún persistía. En lo alto estaba la luna en medio de nubarrones.
Javier fue a dormir en su camarote. Había una pequeña despensa por si quería
tomar o comer algo. En ella, había una cerveza de raíz, varios refrescos y unos
sándwiches. Se había comido uno de ellos. También había unas botanas. Le
hacía falta acariciar a su querido Rufo, y jugar con él. Además, extrañaba su
piano. Temía perder la técnica después de emprender este viaje de locos.
A medida que pasaban las horas, el viento del Oeste soplaba con mucha
fuerza y el calor desaparecía. Javier cerró la portilla, y se colocó una cobija
extra. Tenía mucho frío. – No puedo dormir, bailamos demasiado-. Dijo para sí
mismo. Se levantó de su cama y lo que observó por la portilla, lo sorprendió: a
lo lejos en el mar furioso y la noche oscura, divisó una gigantesca silueta.
Parecía un buque. Javier llegó a pensar que era un monstruo o una ballena. Se
puso su impermeable y salió corriendo al cuarto de mando donde estaba su tío.
En la cubierta llovía a cántaros. Javier se sostenía de lo que encontraba para no
caer al mar. Había olas de hasta tres metros que chocaban unas con otras. El
barco parecía sumergirse en un abismo y luego emerger del mismo.
–Dios mío, no creo que salgamos vivos de esta-. Dijo Javier. Le sorprendió
que Robinson, el marino Chester, el cocinero y la tripulación no estuviesen
corriendo por la cubierta, aterrados por el destino que les esperaba. “Están
acostumbrados al mal tiempo en la mar”. Pensó Javier mientras se bamboleaba
y recuperaba el equilibrio para subir al cuarto del tío Archibaldo. Cuando llegó
a la sala de mando, encontró a Archibaldo manejando el timón con su
impermeable puesto. Estaba excitado pero no tenía miedo: - Qué buena brisa
¿no Javier?-. Dijo Archibaldo. – Esto no es nada comparado a lo que he
experimentado, esto es solo una lluvia con brisa. Mañana habrá pasado. No
corremos ningún peligro-. Añadió. – Menos mal, tío-. Dijo Javier. Volteó hacia
la mesa y vio una botella con un manuscrito. -¿Qué significa eso, tío?-.
Preguntó Javier con ávida curiosidad. – Encontré esta botella con un
manuscrito hace un rato, vino del océano. Parece que tuviera miles de años el
papel ese. Está muy húmedo, amarillento y lleno de algas. Es una historia de
un buque gigantesco de cuatro mil toneladas con personas misteriosas que
hablaban una jerga incomprensible y tenían miles de años de edad.
Seguramente era un buque fantasma. Lo último que dice es…- . – Nos
hundimos-. Gritó Javier. Archibaldo volteó bruscamente su cabeza al ver el
peligro que se avecinaba. Aquella inmensa silueta a lo lejos, era el gigantesco
barco que el manuscrito mencionaba y estaba a unas pocas millas del Mérida
acercándose. Archibaldo viró hacia babor rápidamente y se salvaron de una
muerte atroz. Si no hacían algo, aquella embarcación espectral los hubiese
cortado en dos. – No me explico como ese barco apareció de la nada y además
el cretino del capitán no fue capaz de encender las luces-. Dijo Archibaldo
muy molesto. – Eso era de lo que quería hablarte, vi una misteriosa y enorme
figura a lo lejos, seguro era el barco que por poco nos hunde. Esa embarcación
era la del manuscrito en la botella y era un buque fantasma-. Afirmó Javier. -
¿Tú crees? Bueno, de la que nos salvamos, muchacho. Mañana al amanecer,
tiraré esa botella al mar, no sirve para nada-. Dijo Archibaldo. En efecto, aquel
barco siguió su rumbo a lo lejos y desapareció en el mar. – Acabo de recordar
que estamos en un sitio donde un barco con almas pérdidas, se hace más
grande y despedaza embarcaciones pequeñas que navegan cerca de ellos. Los
que se salvan, logran de manera inexplicable abordar aquel barco fantasmal,
hacia las tinieblas de los abismos del mar o quien sabe, quizás hacia el
mismísimo infierno-. Dijo Archibaldo. Javier tembló del miedo ante aquella
historia.
– Yo llamo a este fenómeno El Manuscrito en la Botella basándome en lo
que leí en ese papel viejo y bueno, en lo que nos pasó esta noche-. Agregó
Archibaldo. – Debes estar asustado, sobrino. Vuelve a tu camarote. Ya no
corremos peligro, mira, ha parado la lluvia y el mar se está apaciguando-. Dijo
Archibaldo. Javier miró a lo lejos la luna llena y las nubes de lluvia se
alejaban. Vio otra aparición en el cielo. Era una niña como la que convirtió a
su flor en mujer pero con alas y le saludaba. - ¿Qué te pasa grumete? Parece
que viste otra aparición-. Preguntó Archibaldo, dándole una palmadita en el
hombro.
– No nada, quizás…es la emoción de lo del barco fantasma. Ya me
dormiré, mañana ayudaré a Robinson en la sala de máquinas o si quieres
limpio la cubierta así podré matar el tiempo, tío-. Replicó Javier. – Como
quieras, buenas noches Javier-. – Buenas noches tío-. Y bajó a cubierta. El mar
parecía una oscura piscina iluminada en el centro por la luna, la misma que
iluminaba a Esperanza cuando era una flor. “Gracias niña encantada, por evitar
una muerte espantosa”. Pensó Javier.
Al día siguiente, hizo calor pero menos que el día anterior. Javier se puso a
limpiar la cubierta sin necesidad de que su tío Archibaldo le diera órdenes.
Había nubes en el cielo pero no presagiaban tormentas por el momento. Hizo
una pausa. Sacó una foto que tenía en el bolsillo de su camisa. Era Esperanza,
sonriendo y mostrando sus largos cabellos rubios. Tenía una blusa púrpura que
le quedaba a la medida. Javier tomó esta foto durante los días que ella estaba
en casa. “Como te extraño, amada mía”. Suspiró. Tenía 2 fotos de Esperanza,
la que tenía a la mano en ese momento, y otra guardada en sus cosas
personales, en casa. Tomó un bolígrafo que tenía junto a la foto. Escribió las
siguientes líneas al pie de la foto.
“Mas allá de los mares, más allá de las montañas, siempre pienso en ti, te
amo.
Javier”.
De repente, sintió que el viento soplaba hacia el este, entonces, arrojó la
foto y vio como el viento se la llevaba muy lejos. -¿Qué fue eso Javier?-.
Preguntó Robinson quien pasaba por ahí. – Es una especie de carta de amor en
una foto. Si no le llega a mi chica, que sea el cielo testigo de mi verdadero
amor-. Respondió Javier extendiendo sus brazos. – Eres muy romántico,
amigo-.
– Gracias Robin, eres un buen amigo-. Rio tímidamente Javier a su
interlocutor.
–Termino de trapear este lado de la cubierta y te invito a una copa-. Añadió
Javier. – Seguro, mi buen Javier-.
Mientras tanto, en Italia ya eran las siete de la noche de aquel día.
Esperanza se encontraba estudiando para un examen programado para la
próxima semana. Estaba tocando las Escenas de Niños. Tenía la ventana de su
habitación abierta. Había un clima espléndido afuera y la luna estaba en lo
alto, rodeada de millares de estrellas. “No lo entiendo, Javier ya no me quiere.
Si supera que Michael es solo un amigo mío. Javier es quién realmente me
importa”. Reflexionó Esperanza, mientras contemplaba la luna. Vio como algo
pequeño apareció de un momento a otro. – Vaya, debe ser un insecto-. Dijo
Esperanza. Era la foto que Javier tiró hacia el mar y que el viento se llevó. La
foto aterrizó en una de las teclas del piano. – Me acercaré a verla-. Lo que vio,
la dejó boquiabierta y con la piel de gallina. – Soy yo ¿Cómo llegó esta foto
hasta acá?-. Se preguntó a sí misma. Leyó el mensaje manuscrito al pie de la
pequeña foto. Saltó de alegría y le salieron muchas lágrimas de la emoción.
Prosiguió con sus estudios con mucho entusiasmo. Una hora después,
consideró que había estudiado lo suficiente y se fue a dormir.
Entretanto, Robinson y Javier estaban en el café del barco charlando.
– Créeme socio, esa fotito le llegará a tu chica-. Dijo Robinson, iniciando
la conversación. – Ojalá, mi buen Robin. Después de ver como mí flor es
convertida en la mujer que amo y salvarme de perder la vida por un barco
fantasma, cualquier milagro es posible-. Dijo Javier.
–Te comprendo. Fueron momentos de pánico con la muerte cerca de
nosotros. Amigo, te confieso que también me gusta una mujer-. Robinson sacó
del bolsillo de su pantalón una foto de una mujer afro descendiente, muy
atractiva, con ojos adorables y una sonrisa franca. -¿Cómo se llama tú chica?-.
Preguntó Javier, muy interesado en el tema.
– Eleanor. Vive en Ghana, en África. La conocí en uno de los viajes del
capitán Archibaldo hacia el puerto de Accra la capital de Ghana. Es bióloga de
la Universidad Pública de la ciudad. El próximo año se irá a Londres a
estudiar una maestría. Me casaré con ella. Tenemos 2 años de noviazgo y creo
que ya estamos listos para el matrimonio-. Dijo Robinson. – Te felicito, voy a
asistir a tu boda-. Dijo Javier. – Muchas gracias. Me gustaría que fueras el
padrino de la boda, compadre-. Dijo Robinson, dándole una palmadita en la
espalda.
– Seguro. Tu amistad ha sido tan incondicional y has trabajado muy bien
para mi tío. En cuanto vea a mi chica y le confiese mi amor, espero invitarte a
mi boda también-. – Hecho-. Respondió Robinson. - Por Eleanor-. Alzó su
copa Javier. – Por Esperanza-. Robinson hizo lo mismo. Ambos dijeron: -
Salud-.
El viaje continuó apaciblemente, con buena brisa y sol. Habían dejado
atrás el Mar Caribe y estaban en la mitad del Océano Atlántico. Tuvieron dos
días de lluvias aisladas sin riesgo de que el Mérida se hundiera. Atracaron el
puerto de Algeciras en España, ubicado a orillas del Mar Mediterráneo, cerca
del territorio de Gibraltar y la ciudad de Cádiz, la cual se encuentra en el punto
más meridional de la península ibérica. Hubo una fiesta a bordo de gitanos
españoles que estaban de paso. En el grupo, se destacó un joven gitano
llamado Marcos de Jesús Mateo de la Concepción Torres Albornoz. Era un
joven alto, de bigote pequeño, moreno que tocaba la guitarra muy hábilmente.
Mientras él tocaba su guitarra, una gitana de cabellos largos y sedosos bailaba
con una pañoleta roja. – Son muy buenos estos músicos-. Exclamó Javier a
Robinson. – Menos mal son solo músicos Me han dicho que esta gente se la
pasa robando a lo largo del continente -. Dijo Robinson. – Y tienen un
lenguaje propio de ellos, a veces incomprensible para los que no somos
gitanos.-. Afirmó Javier. – Estos son divertidos sobre todo Marcos de Jesús
como se llame-. Dijo Robinson. Luego de esta charla entre los dos, el gitano
Marcos los abordó, tocando con su guitarra una melodía nostálgica. Luego de
la velada gitana, Archibaldo nuevamente tocó con su bandoneón una canción
llamada “Por una cabeza” de Carlos Gardel .
Al día siguiente, tomaron rumbo hacia otro puerto español: Santa Pola, el
cual estaba ubicado más al norte de Algeciras. El clima era seco y casi no
llovía por esos lugares. Estuvieron unas tres horas encallados ahí. Luego,
zarparon hacia Italia navegando el Mediterráneo. En dos días llegarían a
Nápoles, uno de los puertos más importantes de Italia. Hacía mucho frío en la
noche. El viento soplaba muy fuerte y el mar estaba algo encrespado.
–Robinson, ¿Por qué hace tanto frío?-. Preguntó Javier quien solamente
tenía una sudadera puesta. –Es el mistral, Javier. En esta época del año es muy
frecuente por estas latitudes-. Respondió Robinson. – Voy a colocarme un
abrigo, así no me congelaré-. Esta vez Javier temía por su vida. El frío y los
vientos casi huracanados mecían el barco de un lado a otro. No se veía
absolutamente nada en el horizonte, era una noche muy oscura. Javier se fue a
su camarote. Aquel espectáculo le parecía escalofriante. Su tío Archibaldo no
parecía asustado. Era todo un viejo lobo marino que había pasado por muchos
peligros de muerte a lo largo y ancho del mar. Recordaba su frase: “El Mérida
lo cuida Dios”. No obstante, pensó: “¿Y si esta vez es diferente? Nos
hundiremos casi en la recta final de este viaje. No podré ver a mi amada
Esperanza”. Permaneció encerrado en su camarote, con una lámpara
encendida al lado de su cama con todas las cobijas, aún aterrado por lo que
pudiera suceder aquella noche. De pronto, Javier se quedó dormido. Estaba
completamente inmóvil pese al bamboleo del barco debido al mistral. Poco a
poco fue cerrando sus ojos negros. Tuvo otro sueño tan extraño como el que
tuvo antes de partir en busca de Esperanza. Se encontraba en un corredor gris
con baldosas de colores negros y blancos. Parecía un inmenso tablero de
ajedrez. A la izquierda de Javier, había tres puertas que tenía que abrir. Tenía
un papelito en la palma de su mano que decía:
“Al abrir una de estas puertas, sabrás la verdad”
Abrió la primera puerta. Detrás de esta puerta, había una mujer sentada de
espaldas con una copa de vino. Javier se acercó a aquella muchacha sentada.
Al acercarse a la muchacha, vio un espejo grande delante de la muchacha y en
el reflejo observó un espectáculo desagradable: aquella mujer tenía lepra y su
lengua parecía la de una serpiente. Sus ojillos eran amarillentos y venosos. La
copa de vino en realidad era sangre. Javier huyó de aquella habitación y cerró
la puerta. Temía abrir la siguiente puerta ya que pensaba que se iba a llevar
otra sorpresa terrible como la de la primera. “Me da lo mismo, igual es mi
propio sueño”. Pensó. Abrió esta puerta y encontró un paisaje asombroso: una
ciudad de gigantescos rascacielos. Unos tenían formas cuadradas otros más
bien curvas. Los colores de estos edificios variaban, unos eran azules, otros
grisáceos y por último rojos. Era de noche y la luna era rojiza. Las avenidas,
las aceras y el suelo en sí eran de cristal, sin embargo Javier estaba parado en
una parte llena de tierra. Intentó pisar la parte cristalina y en cuanto la pisó,
sintió temblores sobre la tierra y vio como violentamente se agrietaba aquel
suelo de cristal, las calles se partían en dos y los rascacielos se tambaleaban
hasta caer. Todo se desmoronaba, aquello era siniestro. Corrió hacia la puerta
antes de que cayera en las zanjas generadas por el terremoto. Cerró la puerta y
de inmediato abrió la otra. Al abrirla cayó hacia un misterioso vacío. En aquel
vacío había espirales blancas alrededor, nada era comprensible hasta que
despertó del sueño. Había amanecido. El mar estaba en calma. – Que sueño
tan extraño. Debió ser el mistral de anoche-. Abrió la portilla, y divisó a lo
lejos la tierra. Se veía el volcán Vesubio, ya estaban cerca de las costas de
Nápoles. Esto llenó de alegría a Javier. Por fin, se vería con Esperanza,
después de mucho tiempo de ausencia. Javier se cambió de ropa y alistó su
maleta para abandonar el Mérida. Subió a la sala del capitán, donde estaba
reunida la tripulación para hacer un pequeño brindis de despedida a Javier. El
capitán Archibaldo tenía su uniforme de la marina y la tripulación estaba
vestida de frac.
– Muchas gracias amigos por este detalle. Ahora tomaré un tren hacia
Milán. Mi presencia sorprenderá a mi chica-. Dijo Javier en tono
grandilocuente. – En verdad la sorprenderás, grumete. El hecho de viajar por
los océanos sin pensar en los riesgos que ello implica, es de admirar-. Dijo
Archibaldo. Robinson se acercó a Javier y le dio un abrazo. – Tiene razón mi
capi, es una gran hazaña la que has hecho, eres una gran persona, mereces ser
muy feliz-. Dijo.
–Gracias, iré a tu matrimonio con Eleanor-. Javier le respondió. – Tío,
regresaré en avión esta vez. No me esperen, supongo que la emoción de los
siete mares te llama-. – De acuerdo, mis muchachos y yo estaremos unos dos
días y partiremos al África. Muchos éxitos con tu dama, hijo-. Hacía algo de
calor en Nápoles. La ciudad tenía su encanto mediterráneo italiano. Las calles
estaban abarrotadas. – Cuanta gente por estos lugares-. Dijo Javier. Antes de
abordar el tren, le llamó la atención un gitano tocando en su mandolina una
vieja melodía italiana. Le dio unas monedas y aquel gitano le dijo en italiano:
-Grazie signore straniero -. Javier le sonrió. Abordó el tren con destino a
Milán.
Javier se sentía maravillado por el paisaje mediterráneo de Italia. Vio
cultivos de olivo alrededor, casitas campesinas y muchas edificaciones de la
época romana. Iba en un tren sencillo, sin muchos lujos pero al menos era
seguro y cómodo. Javier no hablaba mucho el italiano así que tuvo que hablar
en inglés con las personas para pedir información cuando era necesario. El
viaje en tren duró varias horas. Tomó una siesta en el camino y se acostó en
los sillones del vagón, aprovechando que no había nadie. “Cuestión de horas
para darle a mi amada Esperanza una sorpresa, por fin”. Pensó en medio de su
siesta.
El tren llegó a Milán. La tarde se acercaba a su fin. Buscó hoteles cercanos
al conservatorio. Estaba agotado del viaje en barco y luego en tren. Se
hospedó en un hotel llamado “L'ospite musicale” . Tenía tres plantas. No era
precisamente un hotel 5 estrellas, pero era acogedor. La habitación asignada a
Javier tenía una vista espléndida: un enorme y verde parque y más allá del
parque, estaba el campus universitario del conservatorio.
Cayó la noche. Javier caminaba de un lado a otro, preparando su encuentro
sorpresa con Esperanza. “Me pregunto si llego al Conservatorio, hablo con el
director y pregunto por Esperanza. Tal vez debería llamarla y concertar una
cita con ella en el parque. Quizás no, mejor invitarla al restaurante del hotel a
cenar como aquella vez”. Desistió de este último plan. Seguía ansioso.
Al día siguiente, decidió emprender un paseo por el parque. Se había
puesto ropa deportiva para trotar alrededor del inmenso parque. Cuando tenía
tiempo libre en su casa, aprovechaba y salía a trotar con su perro Rufo. Tomó
una ducha fría para despertarse y salir a ejercitarse. Dejó el hotel y empezó a
trotar. Sentía como si estuviese volando hacia un país lejano. Imaginaba que
sus brazos eran alas y sus piernas le daban el impulso necesario para
emprender vuelo. En el parque había muchas flores de diversos colores y
formas. “Nunca había visto tantas flores en mi vida”. Pensó Javier. Cuando
llegó a la mitad del parque, se detuvo. Vio entre los arbustos como a cien
metros, una persona sentada en un banco. Estaba de espaldas leyendo. – No
puede ser-. Dijo entre labios y se puso ambas manos en la boca, emocionado.
Era Esperanza, estudiando alguna partitura o leyendo un libro simplemente.
Empezó a voltearse y Javier se escondió entre los arbustos. Esperanza
prosiguió leyendo. Tenía unos lentes de sol color café, redondos, con un
diseño muy moderno. Llevaba una blusa blanca y un sombrero rosado.
Cargaba un maletín negro donde llevaba sus cuadernos de notas y partituras.
Se había hecho trenzas en el pelo. “Le quedaban muy bien esas trenzas”.
Pensó Javier mirándola leer en el banco. Se alejó lentamente del lugar.
Concluyó que aún no era el momento apropiado para sorprenderla. Estaba
fuera del alcance de ella, entonces, empezó a correr hacia el hotel. Sin
embargo, Esperanza se levantó del banco y notó a lo lejos una figura
masculina correr. – No puede ser él. ¿Cómo llegaría hasta Italia? Me hubiese
avisado-. Dijo para sí misma. Regresó al conservatorio ya que tenía una
prueba en una hora.
Al llegar al hotel, Javier estaba jadeando. Se sentía emocionado. Uno de
los empleados dijo: -El señor corrió mucho por lo que veo-. – Si, el parque es
demasiado grande, diría que más grande que el que está en mi casa allá al otro
lado del océano-. Exclamó Javier. Se dirigió a su habitación. En realidad, no
había trotado mucho. Ver a Esperanza estudiando música en aquel banco, le
pareció el momento más maravilloso de toda su vida. “Afortunadamente, no
me dio un infarto”. Pensó un momento. “Tengo un plan”. Añadió. El plan era
sencillo: sorprenderla en el parque mientras leía, a la mañana siguiente.
En su maleta traía un par de sudaderas, un traje de baño y el traje oscuro
que lució en la noche de la cena con Esperanza. Compró una camisa diferente.
Se compró una camisa blanca bastante lisa y una corbata azul oscura de
poliéster con rayas grisáceas. Antes de dormir, se miró al espejo de la
habitación. Cuidaba de su apariencia, observando cada detalle. Era muy
importante para él verse lo más elegante posible. Había pensado en comprarse
un sombrero pero le pareció cursi. Deseaba con toda su alma que fuera
mañana. Según Javier, este sería un momento supremamente histórico.
Crujió el alba, había una espléndida vista hacia el parque con el sol de la
mañana. Empezó a vestirse afanadamente como lo había planificado. Olvidó
un detalle: se puso un zapato negro y el otro café. Lucía extraño. Dos viajeros
notaron el aspecto de Javier. – No sabía que estaba de moda calzar zapatos de
distintos colores-. Dijo uno de los viajeros. – No, ese chico está locamente
enamorado o es un excéntrico. Yo creo que está enamorado-. Afirmó la viajera
presumiblemente, la esposa del otro viajero. La combinación de colores era
singular, traje azul oscuro, camisa blanca, corbata azul a rayas, un zapato
negro y otro café. Javier no había notado aún aquel detalle. Los transeúntes lo
miraban con curiosidad, pero él ni se inmutaba. Pensaba nada más en
Esperanza y la impresión que le causaría verle. A medida que se acercaba al
parque, su corazón latía cada vez más rápido. Unos niños estaban jugando a la
pelota. Al ver pasar a Javier, los niños dejaron sus juegos para observar lo que
iba a hacer Javier. Algunos no podían contener la risa.
Por fin se acercó al banco donde vio a Esperanza. Esta vez tenía un aspecto
más deportivo. No tenía las trenzas del día anterior. Su piel lucía un poco
oscura. Tenía su cabello recogido. La redondez de su cabeza era evidente,
incluso a más de diez metros de distancia.
De pronto, sucedió algo insólito. Un círculo de curiosos se hizo alrededor
del banco donde estaba estudiando Esperanza. Ni ella, ni Javier se dieron
cuenta. Esperanza se encontraba concentrada estudiando con un recipiente
desechable de café en leche. Javier caminaba ahora muy despacio. Todo su
cuerpo le temblaba, las manos le sudaban. Los dientes le castañeaban
continuamente. Estaba detrás del banco a escasos dos metros, entonces le tapó
los ojos a Esperanza, quien estaba asustada. Dejó caer su libro de notas. –
Sorpresa ¿Puedes adivinar quién soy?-. La joven quedó muda, empezó a tocar
esas manos y dedos. Le eran muy familiares. - No puede ser. Esto es una
broma-. Gritó Esperanza. – Si, soy yo, Javier en carne y hueso-. Retiró
lentamente sus manos de la cara de Esperanza y ésta se levantó del banco.
Saltó de la emoción al ver a Javier después de mucho tiempo. Se miraron
fijamente hasta que Esperanza vio el calzado de Javier y le preguntó: -¿Por
qué te pusiste zapatos de diferente color?-.
– Porque no puedo vivir sin ti y…-. Interrumpió y miró sus zapatos. Se
avergonzó de su calzado. – Bueno, cuando uno está locamente enamorado,
pierde completamente la cabeza por lo tanto, uno termina haciendo semejante
ridículo. Creo que lo mismo pasa cuando vas a presentar una obra musical o
literaria que significa mucho en tu vida, y no puedes esperar a…-. De nuevo,
dejó de hablar porque se dio cuenta de la gente que los rodeaba. – A mostrar
dicha obra a tu público. Quizás darme esta sorpresa, ha sido tu obra cumbre
querido. Este es tu público-. Prosiguió Esperanza. Javier miró alrededor suyo y
sus zapatos. – La verdad es que se me olvidó que estás comprometida con
aquel muchacho del que me hablaste hace ya un tiempo-. Dijo Javier. -¿De qué
estás hablando? ¿Michael Tanner el estudiante de chelo?-. Esperanza se echó a
reír.
– Michael es sólo un compañero de estudios. Tuvo que regresar a su país.
Quien realmente amo es a ti-. Dijo Esperanza y a partir de este momento,
expresaron su verdadero amor sin que hubiese riesgo de que Esperanza
volviera a ser una flor. Los curiosos aplaudieron enérgicamente, como si fuera
una gran obra maestra interpretada en un teatro. Entre los curiosos, estaba una
jovencita llorando de la emoción. – Este trabajo me ha salido muy bien-. Era la
niña que convirtió la flor de Javier en Esperanza. Se alejó del lugar sin rumbo
fijo. Javier percibió a lo lejos a la niña. –Espera mi amor. Acabo de ver a la
personita que hizo este amor posible-. Dijo.
-¿De veras?-. Preguntó Esperanza, con mucho entusiasmo. Javier corrió
hacia la niña antes de que tomara un autobús. – Tú vienes con nosotros
amiguita-. Dijo Javier tomando de la mano a la niña. La niña se quedó
pensativa. – No me vengas con pretextos, nenita-. –No Javier, pero si quieres
que te acompañe lo haré-. Los acompañó. Llevó a la niña como si fuera su
hermanita pequeña. La multitud aún se encontraba ahí. – Esta jovencita, es una
amiguita de Esperanza. Me ayudó a tener valor para confesar cuanto amo a mi
querida flor acá a mi lado -. Les dijo a los curiosos. – Vino hasta a Italia para
felicitarnos-. Agregó Javier.
–Mi amiguita o mejor dicho, nuestra amiguita, hizo posible despertar el
amor de un hombre tan especial como Javier, quien yo sin saberlo, llegó hasta
acá para sorprenderme-. Dijo Esperanza, mirando de nuevo a Javier. – Y lo
logró-. La multitud aplaudió vigorosamente. Algunos traían flores y se las
echaron a Javier, Esperanza y la niña. – Ahora voy a darte una sorpresa, la
cual será este sábado-. Dijo Esperanza a Javier. Se fueron caminando tomados
de la mano. Dejaron que la niña siguiera su camino. Encontraron un sitio
aislado, al otro lado del parque para hablar. - ¿Cómo hiciste para llegar hasta
acá, Javier?-. Esperanza interrogó a Javier con notable curiosidad. Para no
alargar el relato, Javier le dijo que se embarcó en el barco de su tío Archibaldo
con rumbo a Italia. Después de varios días, con mar en calma y algunas
tormentas marinas, llegó a Nápoles. De ahí, partió hacia Milán en tren. Le
habló acerca de su amigo Robinson quien conoció en altamar, de su ocurrente
tío Archibaldo y su barco El Mérida. –Entonces, ¿vas a ser el padrino de bodas
de Robinson?-. Preguntó Esperanza cuando supo que Robinson planeaba
casarse con Eleanor, la mujer de su vida. – Así es. Es uno de los grandes
amigos que he conocido en mi vida-. Respondió Javier. – Es un gesto muy
noble de tu parte. Me muero por conocer a Eleanor-. Dijo Esperanza. – Así va
a ser-. Dijo Javier. Callaron durante diez minutos. – La próxima vez me
pondré zapatos del mismo color. Lo juro-. Dijo Javier. – No tiene ninguna
importancia-. Javier dijo:
- ¿Te llegó mi mensaje en una foto tuya?-– Si, lo tengo enmarcado ahora
en mí mesa de dormir-. Replicó Esperanza.
Se despidieron, Esperanza se fue al Conservatorio y Javier regresó a su
hotel. Se preguntaba de qué se trataba la sorpresa que Esperanza le iba a dar el
sábado. Esa noche no pudo conciliar el sueño, pensando en la dichosa sorpresa
de Esperanza. Tuvo que tomarse un buen vaso de vino para poder dormir. Fue
un día miércoles cuando Esperanza y Javier se volvieron a encontrar.
Esperanza y Javier tuvieron encuentros después de las clases en el
Conservatorio. El viernes por la mañana Javier se comunicó con sus padres
por Internet, para saber cómo estaban y como se encontraba el noble Rufo. En
el computador solo estaba su mamá y Rufo. El papá de Javier estaba
trabajando. – Rufo te extraña todos los días, pero acá lo cuidamos bien-. Dijo
la mamá de Javier. Rufo había engordado un poco. – Dentro de poco regresaré
y madre por favor, no le des mucha comida…-. Dijo Javier y su mama lo
interrumpió: - Yo le doy lo apropiado, además estaba flaquito cuando lo
trajiste con nosotros-. – De acuerdo, pero será mejor que lo pongas a dieta,
parece un marranito-. Dijo Javier preocupado por su fiel compañero. La mamá
vio a Rufo un instante. – Es verdad, lo pondré a dieta y a hacer ejercicio. ¿Por
cierto, cómo llegaste a Italia, hijito?-. – Todo salió bien. Mi tío es un gran
almirante de barco, mamá-. Respondió Javier.
– Menos mal, Archibaldo es tan loco y embustero. Parece haber nacido en
algún puerto del Mediterráneo-. –Es un gran hombre mamá. Bueno te dejo,
salúdame a mi padre-. Dijo Javier. – Que tengas buena estancia, yo le doy tus
saludos. Despídete de Javier, Rufo-. Dijo la mamá de Javier con Rufo al lado
meneando la cola. – Muy pronto nos veremos de nuevo, amigo-. Dijo Javier
muy emocionado de ver a su mascota.
Javier no podía estar más emocionado que nunca. Ya faltaban unas horas
para la sorpresa que Esperanza le tenía preparado. Hizo ejercicios para poder
relajarse y entrar en sueño. Cayó dormido repentinamente.
Era sábado en la mañana. Bajó al lobby del hotel para averiguar si tenía
correspondencia y efectivamente la había. Era una carta de invitación a un
evento en el Conservatorio. La remitente era Esperanza. La cita era a las tres
de la tarde. “Seguramente va a tocar una obra para mí. Sin falta estaré allí”.
Pensó. Una nota manuscrita cayó del sobre. La nota decía lo siguiente:
“Esta vez, no mezcles los colores de los zapatos
Esperanza”.
Se echó a reír a carcajadas, sin embargo lo tomó como un aviso para no
hacer el ridículo de hace unos días en el parque. Almorzó una pizza cuadrada
sin huevo. Odiaba el huevo en las pastas. Todos esos días había comido
espaguetis, fettuccini, osobuco y lasaña. Amaba mucho la comida italiana. Las
acompañaba con un buen vino, aunque en pocas cantidades para evitar
embriagarse. Se puso un traje negro con una camisa color vino tinto. No llevó
corbatas. Esta vez si calzó adecuadamente.
Faltaban cinco minutos para las tres de la tarde. Como el conservatorio
estaba cerca, Javier no tuvo problemas para llegar a tiempo. Traía la invitación
al recital de Esperanza. Llegó al teatro del Conservatorio. Era grande y
majestuoso. Los acabados del lugar eran sin duda hermosos. Le sorprendió no
ver gente alrededor. “Debo estar soñando. No veo gente. ¿En dónde se han ido
todos? En fin, entraré a la sala de conciertos”-. Estuvo pensando.
Al entrar a la sala, el lugar estaba completamente en penumbras. “¿Dónde
me ubico? Creo que encontré mi butaca”. De nuevo pensó. Encontró una silla
vacía en medio de la oscuridad. No se oía ni la tos de alguna persona.
Transcurrieron dos minutos hasta que de pronto, una luz en la tarima se
encendió, dejando el resto de la sala aún a oscuras. Al estilo de un baile
romántico a media luz, Javier vio un piano de media cola y entonces, surgió
alguien de las tinieblas, era Esperanza con un traje color blanco que resaltaba
su esbelta figura. Aunque caminaba doblando los pies, se veía sofisticada.
Javier estaba mudo ante su presencia. Ella parecía no verlo, se sentó
rápidamente en el piano y empezó a tocar. Estaba interpretando el estudio de
los cinco dedos que Javier estuvo estudiando durante mucho tiempo sin
resultados positivos. La ejecución era prácticamente insuperable. Se sentía en
el edén escuchando tan impecable versión de la obra de Debussy, transportada
al infinito gracias a las majestuosas manos de Esperanza. Javier le sorprendía
la aparente ausencia de público. De todos modos disfrutaba gratis de un
soberbio espectáculo. Cuando terminó la obra, Javier sintió ganas de aplaudir
fervorosamente, pero no lo hizo, pues pensó que Esperanza tocaría alguna
obra más, y así fue. Nuevamente, hubo un silencio sepulcral. “Me preguntó si
por lo menos aquí habrá algún ratoncito o gato escondido, presenciando esto”.
Pensó Javier mirando a ambos lados. Acto seguido, Esperanza puso sus finas
manos en el teclado del piano de nuevo. Respiró profundamente y arrancó a
tocar. Esta vez interpretó Las Escenas de Niños de Schumann, obra que
Esperanza había estudiado mucho. Aquellas melodías eran néctar y ambrosía
para Javier. Cuando llegó al famoso fragmento del Ensueño, Javier no pudo
contener sus lágrimas al escuchar tan frágil versión de aquel fragmento de las
escenas de niños.
Terminada la obra, Esperanza retiró pausadamente sus manos del piano y
las puso en sus piernas. Las luces se encendieron y Javier vio una gran
cantidad de gente alrededor suyo, aplaudiendo y ovacionado a Esperanza.
“Deben ser amigos de Esperanza”. Pensó Javier, quien también aplaudía
vigorosamente. Al final de los aplausos, Esperanza se dirigió a la audiencia: -
Javier, levántate de tu puesto y ven al escenario, por favor-. Javier se paró de
su butaca temblorosamente. Ver tanta gente reunida en un teatro, le causaba
pánico. No entendía aquella petición por parte de Esperanza. Llegó a la tarima.
Esperanza con un tono de voz amigable, le dijo tomándolo del brazo: -Quiero
que toques lo que has aprendido con tu maestro de piano-. Javier se sentía aún
más asustado, sin embargo accedió: - Muy bien. Les tocaré dos piezas de
Bach, la invención No. 1 en Do Mayor y la invención No. 2 en Do menor.
Espero que me salgan bien. No las he estudiado desde hace mucho tiempo-.
Las manos le sudaban, y sus piernas temblaban.
– Javier, estas no son simples piecitas son obras maestras. El hecho de que
hayas viajado en barco hasta acá, no es excusa para no tocar algo que sabes y
te gusta mucho de corazón-. Dijo Esperanza enfáticamente. El público
aplaudió y Javier se sentó a tocar. Pese los nervios, Javier se concentró y
empezó a tocar la primera invención. Estaba completamente concentrado,
tocaba sin partitura, recordando cada una de las notas de dicha obra. La había
estudiado más de cien veces durante dos años. La tocaba unas veces rápido,
otras veces lento. Siempre detectaba errores en la interpretación, sin embargo
esta vez la tocó sin ningún error. Al terminar, alzó su cara al techo y cerró los
ojos. Esperanza y el público no podían contener la emoción de tan buena
interpretación. Javier estuvo a punto de negarle a Esperanza tocar la siguiente
obra, pero prefirió arriesgarse a tocarla, no importa si fallaba en la
interpretación. Una vez más, demostró dominio sobre el instrumento sin ser un
pianista experto. Recordó las notas de esta obra, siendo ésta más difícil para él.
Hubo un momento en que se bloqueó por completo. Tuvo que improvisar lo
que faltaba para no decepcionar a Esperanza y logró terminar victoriosamente
la ejecución de la obra. Los asistentes y Esperanza de nuevo aplaudieron a
Javier, quién no podía creer lo bien que tocó aquellas obras.
–Ojalá Teodoro mi profesor estuviera aquí-. Dijo Javier a Esperanza. –
Estaría muy orgulloso de tus progresos, corazón-. En medio de los aplausos,
Esperanza se acercó a Javier, lo abrazó y le dio el beso del amor, como en los
cuentos de hadas clásicos.
Una semana después hubo un receso de actividades universitarias,
entonces Javier llevó a Esperanza a Venecia para pasar esa semana de
descanso, disfrutando de los canales, los museos y actividades culturales al
aire libre cerca de los canales. Javier y Esperanza rentaron un bote de vela
para ellos dos. Pasearon por un canal que ofrecía una vista panorámica de
Venecia, flotando sobre las aguas. No hacía mucho calor pero el sol brillaba
fulgurante, lo cual hacía que Esperanza brillara como cuando era flor en el
jardín de Javier. –Quisiera tomarte una foto con el sol alumbrándote mi amor,
pero dejaré que mi memoria capture tu figura y se quede en ella para siempre
como regalo para mi alma y corazón-. Dijo Javier. –Simplemente maravilloso
lo que has dicho. Me recuerda cuando era flor y me decías toda clase de
palabras encantadoras, hermoso-. Replicó Esperanza tomando su mano. Ella
tenía una blusa gris sin mangas con adorables dibujos de rosas. Traía sandalias
café puestas y gafas de sol. Su novio llevaba una camisa manga larga color
marrón y un pantalón blanco. Sus zapatos eran deportivos de color negro.
Luego de besarse, Javier tomó unas fotos del canal y las casas de la ciudad. –
Venecia es espléndida pero no me gustaría vivir aquí. Siento que toda esta
agua nos podría tragar, enviándonos al infierno-. Dijo Esperanza con
preocupación. –Cuando vine por ti, estuve cerca de terminar en un abismo
infernal, vi una embarcación fantasmal que por poco nos parte en dos. Gracias
a la hadita nos salvamos-. Afirmó Javier. –Por cierto, tengo aquí en mi maletín
una postal con fotos que me mandó la niñita mágica-. Añadió abriendo
rápidamente un maletín donde llevaba su cámara fotográfica, notas personales
y su billetera. Vieron juntos las fotos.
– Me dijo que se llama Melanie. Vive en un país de Centroamérica. Es
profesora de piano y tiene una hermanita-. Dijo Javier.
– ¡Que linda se ve Melanie! No tenía idea que era pianista-. Dijo
Esperanza.
–Ni yo tampoco. Acá está en un hotel con spa incluido disfrutando de unas
vacaciones después de realizar su “trabajo”. Se ve tan tierna. Dice que está
muy feliz y se dedicará a transmitir a otros lo que sabe de música. Le gustaría
que tú la ayudaras cuando termines la carrera-. Prosiguió Javier y Esperanza
dijo:
-Encantado de hacerlo, le dices que cuando termine sería un placer asistirla
como docente de piano-. Esperanza sonrió. –Cuando acabes tus estudios, te
llevaré a ese lugar debe ser muy relajante-. Dijo Javier señalando con su dedo
el spa. Se podía apreciar la flora del trópico en los alrededores. –Querido, ya
estoy relajada. Con solo estar contigo, el mundo es un paraíso-. Esperanza
toco sus hombros y se tomaron de la mano. Fue una tarde espléndida para la
pareja.
A Javier le quedaba una semana más de vacaciones en Italia, así que
cuando regresaron a Milán, Javier invitó a su amada al cine. Fueron a ver una
película llamada Dunkerque . – ¡Ay! Yo estuve en Dunkerque el año pasado,
en un viaje de verano con mis amigos, y queda en la costa norte de Francia.
Debe ser interesante esa película-. Dijo Esperanza cuando Javier le mostró los
boletos del cine. En efecto, Esperanza quedó cautivada con la película. Javier
le fascinó la música y las escenas de acción. Sin embargo, Esperanza estuvo
concentrada en un actor que interpretaba a un piloto de guerra , el cual se le
veía el rostro cubierto con sus aparatos de aviador a lo largo de la película.
Solo al final de la película, al bajarse de su avión en llamas se quita sus
aparatos de piloto. “Que tipazo el piloto”. Pensó Esperanza. Javier parecía
sentir celos del actor pero recordó el incidente con Ximena, su amiga pianista
así que no se alteró con Esperanza.
–Me gustaron muchos las escenas, definitivamente es una obra maestra del
séptimo arte ¿No estás de acuerdo, cariño?-. Dijo Javier a manera de
interrogación. –Si, en efecto. Muy buenas actuaciones y la música es
increíble-. Respondió Esperanza quien recordaba todavía el rostro del aviador
de la película. –Javier, tu eres un tipo único. No nos separemos ¿sí?-. -¿Por
qué habría de separarme de ti? Nunca-. Javier besó la frente de su amada. Con
ese beso, olvidó al actor que interpretó al piloto de la película. ¿Para siempre?
Tal vez sí, tal vez no. Solamente Esperanza lo sabe.
Dos años después del viaje que Javier hizo a Italia, éste recogió lo que
sembró: Esperanza. Una flor hecha una mujer con dotes de pianista que está
estudiando en el Conservatorio de Milán. Todo gracias al trabajo de Melanie,
la niña mágica que visitó a Javier e hizo el milagro (dedicada a la docencia
musical actualmente y sin que nuestros personajes los supieran). Luego, la
misma niña lo salvó de morir ahogado en altamar. Esperanza continuaba
felizmente sus estudios de piano. Javier y Esperanza visitaron a Robinson
quien se casó con Eleanor. La boda fue en Londres, y Javier fue el padrino de
bodas. Los asistentes a la boda fueron el tío Archibaldo, quién se había
afeitado su barba dejándose el bigote solamente, los amigos de Robinson del
“Mérida”, los padres y demás familiares de Robinson y Eleanor.
Un día, Javier estaba en el jardín de su casa jugando con Rufo. Sembró una
nueva flor para embellecer su jardín. Observaba mucho la foto de Esperanza.
Luego de sembrar la flor, nuevamente le echó un vistazo a la foto, cuando de
pronto, vio una sombra a sus espaldas. – Hola Javier, no me digas que ya no
me quieres-. Era Esperanza quién llegó de incógnito. – ¿Por qué dejaría de
amarte?-. Preguntó excitado. – Estás sembrando otra flor-. Dijo ella. – Es
cierto. Sólo quiero recordar cuando eras una dulce flor, claro aún lo eres pero
en carne y hueso. Te amo tanto. Si esta flor cobra vida, ojalá sea nuestra hija,
sino será para mí el recuerdo de tu inesperado pero asombroso nacimiento-.
Dijo Javier. Se abrazaron y empezaron a recorrer el jardín con Rufo. Con esto
termina el presente relato. Quizás no vivieron felices para siempre,
simplemente vivieron como toda pareja verdadera, amándose en las buenas y
en las malas.