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“Año del Dialogo y la Reconciliación Nacional”

“UNIVERSIDAD SAN JUAN BAUTISTA”

PLATON

DOCENTE:

xxxxxxxxxxxx

ESPECIALIDAD :

Administración y Negocios Internacionales

CICLO:

II

ESTUDIANTE:

Paola

CHINCHA – PERU

2018

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DEDICATORIA

Este trabajo lo dedico a las personas más importantes de mi

vida: "MIS PADRES".

Porque gracias a ellos, a mi esfuerzo y dedicación he salido

adelante y espero superarme el día de mañana poniendo mi

dedicación en cuerpo y alma tal y como ellos lo han hecho

conmigo.

Quiero agradecerles por todo el apoyo que me han brindado a lo

largo de mi vida, por su paciencia, su comprensión y sus

consejos.... en fin en una sola frase: "POR DARME LA VIDA".

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ÍNDICE

Caratula………………………………………………….…….……….……01

Dedicatoria…………………………………………..……………….…..….02

Índice…………………………………………………………………………03

Agradecimiento ……………………………………………………………..04

Introducción…………………………………………….….……….…...…..05

Tema…… ………………………………..………………….…….….….….06 – 44

Conclusión………………………………..………………….…….….…….45

Bibliografía ………………………………………………………………….46

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AGRADECIMIENTO

Damos infinitamente gracias a Dios, por habernos dado fuerza y valor para terminar

exitosamente mi carrera profesional. Agradezco también la confianza y el apoyo de nuestros

padres y hermanos, porque han contribuido positivamente para llevar a cabo esta difícil jornada.

Todos los maestros de la Universidad Privada San Juan Bautista, que nos impartieron sus

conocimientos, que nos ayudaron a crecer como persona y como Profesional.

Un agradecimiento muy especial, al docente, por su constante asesoramiento.

Finalmente, agradezco a mi hermana, por la constante comunicación con ella ha contribuido

en gran medida a transformar y mejorar nuestra forma de actuar como profesional, especialmente

a aquellos que nos brindaron cariño, comprensión, apoyo, y momentos muy gratos.

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INTRODUCCIÓN

Platón fue el más destacado discípulo de Sócrates, de quien adoptó el método dialogado

para hacer filosofía. Pero, a diferencia de su maestro, dejó escritos sus pensamientos, y elevó a

categoría de belleza literaria el arte del diálogo.

Y aún más, “se atrevió” a establecer unas bases firmes, objetivas, para la definición de las

virtudes y los valores: la justicia, la belleza, el bien... que Sócrates anduvo toda su vida

persiguiendo.

Junto a Aristóteles, Platón representa la cima de la filosofía clásica griega (siglo IV a. de

C.). Su teoría de las Ideas –su concepción de que la realidad tiene dos ámbitos o mundos,

sensible e inteligible– ha marcado un hito en toda la filosofía posterior, fielmente seguida por

unos y duramente criticada por otros; en todo caso Platón ha sido decididamente influyente.

El mundo sensible o material es sólo una parte inferior de la realidad, una realidad

devaluada, mera imitación de otra realidad no visible pero auténtica, a la que sólo la razón (lo

divino en el hombre) tiene acceso: el mundo inteligible.

El ser humano, compuesto de cuerpo y alma, tiene el privilegio de vivir entre ambos mundos:

su cuerpo pertenece al ámbito de lo sensible, de lo que nace y perece, pero su alma

ocasionalmente unida al cuerpo , aunque originaria del mundo inteligible le permite asomarse a

esas otras realidades, que no nacen ni mueren, que son perfectas.

Ese mundo de realidades perfectas sirvió de modelo al artesano divino que plasmó el mundo

de las cosas físicas (la physis). Hay, pues, conexión entre ambos mundos, como la que hay entre

un original y su copia; la copia, aunque imperfecta, recuerda al original.

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BIOGRAFIA DE PLATON

Platón nació probablemente en Atenas o en Egina en el año

427 a.C. y murió en Atenas el 347 a.C. Fue un filósofo

aprendiz de Sócrates y maestro de Aristóteles. Es

reconocido por sus diálogos, en los que habla de filosofía,

metafísica, epistemología, ontología, ética, política, arte, y

muchos otros temas.

Platón era hijo de Aristón, y nació en medio de una familia

aristocrática, en la que algunos miembros habían usurpado

el poder de Atenas luego de la Guerra del Peloponeso. Es por ello que, pese a pertenecer a la

oligarquía, Platón en varias ocasiones mostró su rechazo al gobierno que tenía Atenas en ese

entonces. Esto puede evidenciarse en sus obras Político, Leyes y República.

Sobre su infancia y adolescencia nos habla Espeusipo, su sobrino, quien describe la agilidad

mental precoz de Platón. Cuenta además que en un comienzo el filósofo quería ser artista y que

estaba muy interesado en la pintura, el drama y la poesía, y que incluso quería escribir tragedias;

pero todo esto cambió cuando Platón comenzó a asistir a las reuniones impartidas por Sócrates.

Y este interés por el arte rápidamente cambió por un odio hacia ellas, al punto de promover, en la

construcción de su Estado Ideal, la expulsión de los poetas. Se sabe que, en cambio, Platón se

dedicó a los deportes, al ejercicio corporal y sobre todo a las prácticas atléticas y a la gimnasia.

De hecho, se ha llegado a saber que “Platón” no era su verdadero nombre, sino Aristocles, y que

“Platón” era en realidad un apodo que le había puesto su profesor de gimnasia debido a su

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espalda ancha. Algunos creen incluso que era jorobado, y que luchó en la Guerra del

Peloponeso y en la Guerra de Corinto.

Por su parte, Aristóteles cuenta que antes de escuchar a Sócrates, Platón había conocido a

Crátilo, quien lo había introducido en la antigua discusión de si el pensamiento es totalmente

empírico o totalmente racional, inclinándolo por lo primero. Sin embargo, Sócrates le habría

hecho cambiar de parecer al llevarlo a definir primero cada cosa de la que se quería hablar. Por

ello llegó a la idea de que antes del mundo sensible, había una realidad que sólo podía ser

conocida pero no experimentada, y de ahí surgió su teoría del mundo de las ideas, en donde

existen los arquetipos de cada elemento del mundo empírico.

Sobre su acercamiento a Sócrates difieren Diógenes Laercio y W. K. C. Guthrie. El primero cree

que Platón conoció a Sócrates cuando este tenía veinte años; el segundo cree que ya lo conocía

desde tiempo atrás, cuando tenía incluso quince años. De ambos puede rescatarse entonces que el

primer encuentro ocurrió entre el año 412 a.C. y 407 a.C., y desde entonces Platón fue un

discípulo acérrimo y un gran amigo de Sócrates. Si bien hay discusión sobre su primer

encuentro, también lo hay sobre el último. La razón de esta ambigüedad radica en dos libros de

Platón. En el primero, Apología, narra que Sócrates, mientras era declarado culpable por ofender

a los dioses griegos y por corromper a la juventud, señaló entre el público a los creía que sus

únicos amigos, entre los que estaba Platón. Sin embargo, en el segundo, Fedón, dice, mediante

uno de sus personajes, que él mismo, Platón, no había podido ir al juicio de Sócrates por

encontrarse enfermo. Sobre esto último se han arrojado varias hipótesis, algunas acusando a

Platón de no ser tan amigo de Sócrates como se pensaba; pero este juicio no estaría en relación

con el afecto que le demuestra en toda su obra. Una de las hipótesis más aceptadas es que tal vez

Platón no fue porque no resistía la idea de ver a Sócrates siendo juzgado y castigado.

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Una vez muerto Sócrates, Platón viajó junto a algunos compañeros a Megara, Egipto, Italia y

Sicilia, donde conoció a diferentes pensadores que influirían su pensamiento, como es el caso de

los pitagóricos, de los que aprendió conceptos como el de armonía; o Parménides, del que pudo

desarrollar su idea de alma; o Anaxágoras, del que compartió la idea de que la razón inundaba

todo cuanto existía. Luego volvió y compró una propiedad en las cercanías de Atenas, donde

fundó su Academia, por la que pasarían grandes pensadores y que estaría en servicio hasta el año

529 d.C. Aquí Platón compartiría sus conocimientos hasta su muerte en el 347 a.C., cuando

rondaba los ochenta años.

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Un mito, para empezar

Probablemente la obra más conocida de Platón sea el diálogo de madurez República. El

libro VII de este diálogo se inicia con una narración sorprendente, una alegoría plagada de

simbolismo en la que están sugeridos todos los grandes temas de la filosofía platónica: su idea de

que hay un doble ámbito de realidades, su concepción del ser humano, su visión del

conocimiento y la educación... El texto en cuestión es habitualmente conocido como “mito de la

caverna”. (Figura Nº1).

El escenario del mito es una cueva, en la que Platón imagina a unos hombres que, desde

niños, permanecen inmovilizados por ataduras a las piernas y al cuello y obligados a mirar

únicamente al fondo de la caverna. En la penumbra de esa vivienda subterránea los prisioneros

sólo perciben las imágenes y ecos de voces proyectadas sobre la pared del fondo, a la manera de

unos espectadores en una sala de cine.

Detrás de esos extraños espectadores, a cierta distancia de ellos y en un plano ligeramente

superior, hay un fuego encendido, y, entre ese fuego y los prisioneros, la cueva está cortada

transversalmente por un camino elevado. En paralelo a ese camino, pero más próximo a los

espectadores, discurre un tabique a modo de mampara y de altura similar a un hombre. De ese

modo, cuando pasan por el camino personas que transportan los más diversos objetos, sobre la

pared del fondo de la cueva el fuego proyecta únicamente las sombras de los objetos

transportados, pero no las sombras de los porteadores. Y como la pared del fondo tiene eco, las

conversaciones de los porteadores crean en los espectadores la ilusión de que las voces son

emitidas por las sombras.

El propio Platón nos traduce el significado de esa escena. Ese extraño lugar representa el

mundo en el que nosotros vivimos, el mundo que alcanzan a ver nuestros sentidos. Y esos

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extraños prisioneros somos los humanos, condenados a ver (conocer) lo que otros –educadores,

familia, agentes sociales,... – nos presentan como real o verdadero.

Pero la alegoría no acaba ahí. Platón sugiere que fuera de la caverna hay otro mundo, el

real, el verdadero; un mundo no de sombras y apariencias, sino de objetos reales iluminados por

el sol, que facilita su visión. Este otro mundo no queda al alcance de los sentidos, no lo captan

los prisioneros, sino que únicamente resulta visible a la razón, al “ojo del alma”.

Pese a todo, hay comunicación entre ambos mundos, y, aunque se trate de una “áspera y

escarpada subida”, los prisioneros de la caverna, pueden liberarse de las cadenas –de la

ignorancia– y ascender al mundo de la luz,, de la verdad. (TAL VEZ CONVENDRÍA

RECORDAR QUE TAMBIÉN HAY UNA BAJADA, METÁFORA DEL COMPROMISO

POLÍTICO DEL FILÓSOFO). Ese recorrido simboliza en Platón el conocimiento, la

educación, la tarea de mejoramiento de los seres humanos.

TEORÍA DE LAS IDEAS: LOS DOS MUNDOS

El mundo sensible

Platón nos ha sugerido que el sombrío mundo de la cueva equivale al mundo en el que

viven los humanos que no ven más realidad que la presentada por los sentidos. Es el mundo de la

physis, el único del que se habían ocupado explícitamente los filósofos precedentes. Platón lo

denominó mundo visible o sensible, precisamente porque las realidades que lo constituyen se

captan por los sentidos.

A las realidades de este mundo sensible las caracteriza Platón como efímeras: nacen y

mueren, son realidades compuestas, divisibles, imperfectas (la materia de que constan impide su

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perfección). Es el mundo del permanente fluir, de que hablaba Heráclito, el mundo de los

cambios permanentes, de la inestabilidad.

El saber que se ocupa de estas realidades sensibles, la física, no mereció a Platón el nombre de

ciencia; de hecho, cuando en sus últimos escritos dio una explicación del origen de este mundo

natural (se ocupó de ello en el diálogo Timeo), la presentó como una explicación meramente

verosímil y no rigurosamente científica.

En esa narración de la génesis del mundo sensible hace intervenir Platón a los siguientes

elementos:

- Un artesano inteligente, llamado por Platón “demiurgo” (“artesano” en griego), que modeló

los seres de la naturaleza.

- Ese “demiurgo” no crea las cosas de la nada; el concepto de creación de la nada es cristiano,

no griego. El demiurgo, a la manera de un escultor, modela una materia ya existente, eterna

y dotada de movimientos caóticos. Esa masa caótica material fue organizada por el

demiurgo en formas geométricas regulares, con lo que Platón recogía la influencia

pitagórica: la physis sólo resulta inteligible si se la reviste de estructuras matemáticas.

- Como ser inteligente que es, el demiurgo, al fabricar los seres sensibles, siguió unos

modelos que trató de plasmar en la materia. Esos modelos o arquetipos son eternos y

perfectos, son las Formas o Ideas del llamado mundo inteligible.

Si las realidades materiales del mundo sensible no son perfectas no hay que achacarlo al

Demiurgo, dice Platón, sino a la materia de que se sirvió y que siempre resulta en este filósofo un

factor de imperfección. La obra del Demiurgo resultó la mejor y la más bella de las posibles.

Frente a las explicaciones mecanicistas anteriores, Platón planteó una explicación finalista o

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teleológica de la naturaleza, haciendo intervenir en su formación a un ser inteligente que trata de

plasmar en la materia un mundo ideal.

El cosmos resultante de esos tres factores, demiurgo, materia, Ideas, fue concebido por Platón

como un gigantesco ser vivo y divino, poseedor de un alma que todo lo mueve y con la forma de

la figura geométrica más perfecta, la esfera. En el centro de la esfera cósmica situaba la Tierra,

luego las esferas de los planetas, y, abarcándolas a todas y como límite extremo de ese mundo,

la esfera de las estrellas fijas, consideradas por Platón divinidades.

La explicación cosmológica de Platón recogió las ideas de su tiempo y su concepción

geocéntrica y geoestática del universo ejerció una notable influencia en siglos posteriores. El

pensamiento cristiano consideró compatible la hipótesis platónica con su creencia, a condición

de sustituir el demiurgo por el Dios cristiano, creador del mundo “a partir de la nada”.

El mundo inteligible: las Ideas

La narración del mito de la caverna sugiere claramente la existencia independiente de otro

mundo de luz y de verdad, del que las sombras de la cueva no son sino un débil e imperfecto

reflejo. Las imágenes que perciben en el mundo sensible (la caverna) los prisioneros son meros

apareceres (fenómenos) de las auténticas realidades que constituyen el mundo de “fuera”, el

llamado por Platón mundo inteligible (cosmos noetós). La denominación de inteligible responde

a que las realidades de ese mundo sólo pueden ser captadas por la inteligencia (nous en griego).

A esas realidades inteligibles las denominaba Formas o Ideas.

Los términos Idea y Forma con que traducimos las palabras de Platón aludían, en griego, a

algo que se puede visionar (¿”ver”, MEJOR?). Pero, aunque los términos Idea o Forma aluden

a algo que se puede visionar (VER), no se refieren a realidades físicas que puedan “verse” con

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los órganos corporales, sino que designan realidades que sólo se pueden captar mediante el “ojo

del alma” la razón o entendimiento.

Tampoco hay que olvidar que el término Idea en Platón no designa, como ocurre entre nosotros,

una mera idea o pensamiento (una sirena, por ejemplo) que la mente puede fabricar sin que por

ello lo representado en la mente exista en la realidad. La Idea o Forma platónica alude a

realidades que tienen existencia fuera de la mente del sujeto que las piensa y aunque el

entendimiento no las conociera. Es decir, son realidades objetivas, no meros pensamientos.

(RECORDAR QUE SON LO QUE AHORA LLAMAMOS ESENCIAS, MÁS QUE

“PENSAMIENTOS”)

Esa admisión de un mundo independiente constituido por Ideas o Formas, con las

características que Platón les atribuye, suele conocerse como Teoría de las Ideas. Formulada de

una manera comprensible, esa teoría afirma que, independientemente de las cosas físicas o

sensibles, hay unas realidades las ideas que son inmateriales, absolutas su existencia no depende

de que haya inteligencias que las capten, eternas e inmutables.

Frente a las realidades del mundo sensible, que son materiales, sujetas a generación y

corrupción nacen y mueren y a cambios continuos, hay otras, las Ideas, que constituyen un

mundo separado, el de las verdaderas realidades, al que las cosas sensibles se parecen

imperfectamente, como una copia a su original. Existe, por ejemplo, la Belleza, la Justicia,

siempre perfectas, siempre iguales, independientemente de que en el mundo sensible haya cosas

y acciones que consideramos bellas y justas. Es más, lo que en el mundo sensible hay de bello o

de justo es bello o justo en la medida en que se aproxima, más o menos, a las Ideas de Belleza o

de Justicia.

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Las propiedades que Platón atribuyó a las Ideas guardan una notable coincidencia con las

características del Ser de Parménides. En el mundo inteligible de Platón cada Idea es única,

frente a la multiplicidad de manifestaciones de esa Idea en el mundo sensible: una única idea de

hombre frente a la multiplicidad de individuos humanos; las Ideas son eternas, los seres físicos

son temporales; son inmutables, los seres sensibles cambian.

La teoría platónica de las Ideas incorpora también lo más característico de la indagación

socrática. Cuando Sócrates buscaba saber qué son las virtudes (justicia, valor...) buscaba el rasgo

común a todas las acciones justas o valientes, rasgo que permitía considerar todas esas acciones

como virtuosas. La teoría de las Ideas fue una respuesta a esa búsqueda socrática. Sólo que

Platón fue más allá: Sócrates suponía que ese rasgo común, que permitía calificar como virtuosas

a acciones distintas, estaba en las propias acciones, pero su discípulo lo considera separado e

independiente de ellas; es la idea Justicia la que permite llamar justas a diversas acciones

humanas. Las Ideas son, para Platón, el canon con el que medimos el grado de realidad y de

perfección del mundo sensible. Con la afirmación del mundo inteligible se inauguraba

propiamente la metafísica occidental, es decir, la afirmación de que existen realidades

suprasensibles que sólo se captan con la razón.

Los dos mundos, sensible e inteligible, fueron concebidos por Platón como estructuras

ordenadas, como cosmos: ambos tienen, uno de manera parcial y otro de modo perfecto, orden,

armonía, belleza. El sensible porque, aunque hecho de materia, ha sido modelado por un ser

inteligente siguiendo modelos perfectos, lo que resulta incompatible con el caos o

desorganización. El inteligible, porque es un mundo perfecto, incompatible con el caos; es un

mundo plural hay muchas Ideas, y las Ideas están organizadas jerárquicamente. Si bien Platón

mantuvo dudas acerca de cuál fuera el término adecuado para expresar la Idea que ocupaba la

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cúspide de la jerarquía, Bien es el término más comúnmente admitido. La Idea de Bien otorga

realidad a las restantes ideas, garantiza su perfecto ensamblaje, da orden e inteligibilidad a ese

mundo. Respecto de los seres humanos, el bien es la garantía de los ideales de la vida moral y

política el bien, la justicia, y en el plano teórico el conocimiento del Bien supone la coronación

del saber, la consecución de la verdad.

Mito de la Caverna (Figura Nº1).

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OBRAS

En la antigüedad, el ordenamiento de los diálogos de Platón fue dado enteramente a lo largo de

líneas temáticas. Los mejores informes de estas órdenes (véase la discusión de Diógenes Laercio

en 3.56-62) incluyeron muchas obras cuya autenticidad es ahora disputada o rechazada

unánimemente.

Aristóteles, Diógenes Laercio y Olympiodoro afirman que Platón escribió las Leyes después de

la República. Las referencias internas en el Sofista y el Estadista (también conocido como el

Político) muestran que el estadista viene después del sofista.

El Timaeus puede referirse a la República como antes de ella, y más claramente menciona a los

Critias como siguiente.

Se puede pensar que las referencias en el Sofista y en Theteteus muestran el orden previsto de

tres diálogos: Parménides, Theteteus y Sofista, pero no se sabe si estos diálogos fueron realmente

escritos en ese orden.

Los eruditos han tratado de aumentar esta evidencia bastante escasa empleando diferentes

métodos de ordenar los diálogos restantes. Uno de esos métodos es el de la estilometría,

mediante el cual se miden diversos aspectos de la dicción de Platón en cada diálogo con sus usos

y frecuencias en otros.

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Otra forma aún más popular de ordenar y agrupar los diálogos es lo que se denomina “análisis de

contenido”, que funciona mediante la búsqueda y enumeración de aparentes similitudes o

diferencias en el estilo filosófico y el contenido de los diversos diálogos.

La erudición más reciente supone que los diálogos de Platón pueden clasificarse en diferentes

grupos.

Lo más completo que se puede encontrar es en el libro de Gregory Vlastos, “Sócrates: Ironist and

Moral Philosopher” (Cambridge y Cornell, 1991, capítulos 2-4), donde se observan diez

diferencias significativas entre el Sócrates de los diálogos tempranos y el de los diálogos

posteriores. Durante cada período, realizó diversas obras:

ETAPA TEMPRANA

Situada entre después de la muerte de Sócrates y el primer viaje de Platón a Sicilia en 387

a.C., escribe:

Apología, aquí el autor defiende a Sócrates, cuando los tribunales de Atenas lo acusaron de

atentar contra la juventud.

También destaca Cármides donde Sócrates habla con Cármides acerca de la prudencia. En esta

época también escribe el filósfo Criton y Eutidemo donde Sócrates describe a su amigo Crito una

visita que él y varios jóvenes pagaron a dos hermanos, Euthydemus y Dionysodorus.

Entre otros libros destacan Gorgias en el cual interviene la moralidad, la retórica y la ética.

En Hipias mayor e Hipias menor, se discute acerca de la belleza. A su vez en, Ion, Sócrates,

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habla con una artista que recita poemas épicos, denominada rapsoda, y en Laques trata sobre la

valentía.

Su segundo escrito más notable de este periodo es Protagoras donde Sócrates visita a Protágoras

por petición de un amigo, pero le advierte que los sufistas son peligrosos, hablando de la virtud y

de la sabiduría. En la obra completa presenta sus principales ideas, además es su más conocido

legado. En él Sócrates conversa con diferentes seguidores.

TRANSICIÓN TEMPRANA

Esta etapa abarca en concreto al final del primer grupo o principio del grupo medio, 387-380

a.C., cuando escribe:

Crátilo, en esta obra los personajes hablan acerca del origen y la razón de las palabras, ciencia

denominada etimología). Por otro lado en Menéxeno se ha llegado a creer ilegítimo por ser un

discurso fúnebre y satírico del conocido Pericles, único en su obra. Y en Menón nuevamente se

cuestiona el origen de la virtud.

ETAPA MEDIA

Las obras de este periodo comprenden entre 380-360 a.C. Las más destacadas son, entre otras:

Phaedo, aquí Sócrates otorga cuatro maneras de pensar en las que todas expresan la inmortalidad

del alma, de la II República a la X República. En Simposio hay una extrema importancia en el

mundo actual, ya que de allí deriva “el amor platónico”. Además se examina el amor en una

reunión donde distintos hombres dan sus discursos

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TRANSICIÓN TARDÍA

Entre 360-355 a.C., pueden hablarse de escritos que han sido revisado y estudiados por los

filósofos de la posterioridad. Estas obras son:

Parménides, además de Sócrates siendo muy joven, la presencia de Aristóteles es muy resaltable.

El escrito es un gran desafío para lograr una interpretación acertada de este diálogo, que ocurre

justamente en Parménides y de allí el nombre.

Además, el autor escribió Theaetetus, donde Sócrates discute con Teteto las tres formas de

conocimiento: opinar, percibir y juzgar, no logrando aceptar ninguna al 100%.

Y Phaedrus, Fedro en español, en el cual se escribe sobre el amor erótico y del enamorarse, la

memoria y la reencarnación.

ETAPA TARDÍA

Abarca los años 355-347 a.C., y en orden cronológico pueden encontrarse las siguientes obras:

Sofista, Estadista, Philebus, Filebo en español, Sócrates enfrenta el placer y el hedonismo a

Philebus. En Timeo, la obra plantea especulaciones sobre la naturaleza del mundo físico y de los

seres humanos y es seguida por el diálogo de Critias.

Critias consiste esencialmente en la historia acerca de una buena ciudad y una ciudad

transformada en mal, además del divinamente arreglado castigo terapéutico por su derrota en las

manos de los buenos.

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Por último, escribió Las Leyes, considerada el más largo diálogo de Platón. La conversación

descrita en los doce libros de la obra comienza con la pregunta de a quién se le da el crédito por

establecer las leyes de una civilización. Sus reflexiones sobre la ética del gobierno y la ley lo han

establecido como un clásico de la filosofía política junto con La República)

OTRAS OBRAS ATRIBUIDAS A PLATÓN

Otros trabajos, incluyendo las trece cartas y los dieciocho epigramas, se han atribuido a Platón.

Estos otros trabajos se llaman generalmente “el spuria” y “el dubia”.

Los spuria se recogieron entre las obras de Platón, pero se sospechó que fueran fraudes incluso

en la antigüedad. Los dubia son los presuntos auténticos en la antigüedad posterior, pero que más

recientemente se han puesto en duda.

SPURIA

Diez de los spuria son mencionados por Diógenes Laercio y cinco de éstos ya no existen: el

criador de caballos, Feacios, Chelidon, Séptimo Día y Epiménides. Existen otras cinco: Halcyon,

Axiochus, Demodocus, Eryxias y Sisyphus.

Se añaden, además, la Justicia, la Virtud y las Definiciones, que se incluyeron en los manuscritos

medievales, pero que no se mencionan en la antigüedad.

Obras cuya autenticidad también se dudó en la antigüedad incluye a el Segundo Alcibíades(o

Alcibíades II), Epinomis, Hiparco y los amantes rivales, y éstos a veces se defienden como

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auténticos hoy en día. Si alguno de estos es auténtico, el Epinomis estaría en el grupo tardío, y

los otros irían con los primeros grupos de transición.

EPIGRAMAS

Diecisiete o dieciocho epigramas, poemas propios de monumentos funerarios u otras

dedicatorias, también son atribuidos a Platón por varios autores antiguos. La mayoría de éstos no

son ciertamente de Platón, pero algunos pocos pueden ser auténticos.

El primero es un poema de amor dedicado a un estudiante de astronomía, tal vez en la Academia,

el segundo parece ser una inscripción funeraria para ese mismo alumno, y el tercero es una

inscripción funeraria para su amigo siracusan. Destaca Dion, en la cual confiesa que Dion

“enloquecía su corazón con erôs”, y el último, el séptimo, es un poema de amor a una mujer

joven o una niña.

DUBIA

La Dubia presenta riesgos especiales para los estudiosos: por un lado, la decisión de no incluirlos

entre los diálogos auténticos crea el riesgo de perder pruebas valiosas de la filosofía de Platón.

Por otra parte, cualquier decisión de incluirlos crea el riesgo de ofuscar la visión correcta de la

filosofía de Platón.

Los dubia incluyen los primeros Alcibíades, Minos y Teas, (Figura Nº2) todos los cuales, de

ser auténticos, irían probablemente con los primeros grupos de transición; el Cleitófono, que

podría ser temprano, transitorio o mediano y las cartas, de las cuales la séptima parece la mejor

candidata para la autenticidad.

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Sin embargo, en relación con lo que realmente se escribió en la antigüedad, existen ahora tan

pocas fuentes absolutamente fidedignas, que la falta de referencias antiguas a cualquier diálogo

no parece ser una razón adecuada para dudar de su autenticidad, ya que muchos diálogos tienen

el mismo problema.

En estilo y contenido, parece que a la mayoría de los eruditos contemporáneos les encaja bien

con los otros diálogos platónicos.

Gracias al transcurso del tiempo y la huella que han dejado sus obras en la historia, se ha

demostrado porque Platón es uno de los filósofos más grandes de la humanidad.

Alcibíades, Minos y Teas -Dubai (Figura Nº2)

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TEORÍA POLÍTICA. EL ESTADO IDEAL

En los datos biográficos ya señalamos que Platón quedó profundamente decepcionado de la

política “real” de la que fue testigo: de la permanente inestabilidad de los gobiernos, de las

injusticias cometidas por unos y otros de los que se aupaban al poder (como la condena de

Sócrates), de la imparable degeneración de las leyes y las costumbres de la polis... A la vista de

estas “enfermedades” tomó la decisión de no participar en actividades públicas y dedicarse, en

cambio, a “reflexionar sobre la posibilidad de mejorar la situación”. Fue su decepción de la

política lo que le impulsó a la filosofía, hasta el punto de que se ha sugerido que toda la filosofía

platónica no es sino un intento de poner remedio a los males de los Estados.

8.1.- Los regímenes políticos imperfectos

La clave para analizar si una sociedad tiene o no una organización deseable hay que buscarla

en los gobernantes. Platón conoció distintos regímenes políticos y todos ellos le merecieron una

opinión negativa. En el libro VIII de “República” nos dejó su análisis de las sucesivas formas

políticas en que van degenerando los Estados.

Timocracia.- Del griego thymos (impulso, ánimo, energía) y kratos (poder), la timocracia es

el gobierno de aquellos en quienes predomina lo pasional sobre lo racional, el gobierno de la

clase militar. Platón caracteriza esta forma de gobierno por orientar sus actividades a la guerra,

en detrimento de otras actividades socialmente necesarias. Los dirigentes se muestran ávidos de

honores y de reconocimientos, pero no sería eso lo más grave si paulatinamente su sentido del

honor y del coraje militar no fuera sustituido por su avidez de riqueza, con lo que la timocracia

degenera en

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Oligarquía.- Es, dice Platón, “el gobierno en el que mandan los ricos, sin que el pobre

tenga acceso al poder”. La degeneración del gobierno timocrático en oligárquico es

caracterizada muy gráficamente: “la riqueza almacenada destruye a esos gobernantes, que

empiezan por inventarse nuevos modos de ganar y gastar dinero y llegan a violentar las

leyes...”. Los oligarcas se olvidan de la educación del pueblo y de la solidaridad, y, movidos

únicamente por su afán de riqueza, crean en el Estado dos clases: “una de pobres y otra de

ricos...”. La oligarquía emprende así un camino de corrupción que acaba trayendo un nuevo

sistema político,

Democracia.- La mayoría de pobres acaba venciendo y establece una forma de poder político

que puede llegar a todos mediante elecciones. El Estado se llena de libertad. Pero el régimen

democrático en que piensa Platón es el que él ha conocido en Atenas, y, aunque aparentemente

es el que permite vivir mejor, es retratado con tintes muy negros. La libertad democrática acaba

degenerando en desorden, en ausencia de jerarquías, en inmoralidad: nadie obedece las leyes,

nadie se deja mandar. La democracia es vista por Platón como un régimen de incompetencia,

porque cualquiera, herrero o zapatero, noble o rústico, se considera en condiciones de opinar

sobre problemas de administración del Estado sin estar cualificado para ello. El exceso de

libertad y la falta de educación del pueblo van corrompiendo la democracia y hacen “cambiar

este régimen político y lo van poniendo en manos de la tiranía”.

Tiranía.- Es el gobierno del oportunista que, aprovechando el caos en que degenera la

democracia, se hace con el poder. La tiranía, de la que todas las poleis griegas tenían experiencia,

resulta ser el peor de los regímenes para Platón. El tirano, alentado por sus esbirros, hace y

deshace a placer: destierra, mata, saquea. “El pueblo (demos) leemos a Platón, tratando de

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evitar el humo, ha caído en el fuego”. “El exceso de libertad parece, pues, que no termina en

otra cosa sino en exceso de esclavitud, lo mismo para el individuo que para la polis”.

Esta descripción degenerativa de los regímenes políticos incita a preguntar si nuestro filósofo

no concibió alguna forma de organización política inter- media entre el libertinaje de la

democracia y la esclavitud de la tiranía. Para Platón sí había una manera de organizar la sociedad

en la que los gobernantes se preocupasen del bien común en vez de perseguir el beneficio

particular. Pero, como veremos, no será posible sin una profunda actuación educativa en los

ciudadanos que permita obtener de cada uno sus mejores talentos.

8.2.- El régimen ideal, el Estado justo

Platón trazó en su diálogo “República” un modelo ideal de polis. Este diálogo es una

reflexión sobre la justicia y cómo establecerla en los Estados de modo duradero.

El pensamiento político de Platón es una prolongación de su reflexión moral, de su teoría del

alma y de las virtudes: la tarea moral consiste en la elevación y perfeccionamiento del alma

individual mediante las virtudes; por su parte, el objetivo de la política será el perfeccionamiento

y la felicidad de todos los ciudadanos. La ciencia política tiene, entonces, un nivel de dignidad

superior, pues persigue el bien, la felicidad de toda la sociedad. No hay en Platón –como no la

hay entre los griegos hasta el período helenista– contraposición alguna entre individuo y

ciudadano, entre felicidad individual y colectiva; el ser humano, que es social por ser humano

(por naturaleza), no puede realizarse plenamente como tal individuo sino en un marco de

convivencia que se lo pueda garantizar.

Resulta lógico, por tanto, que el ideal platónico de comunidad guarde una correlación estrecha

con su concepción del alma. La estructura de la ciudad ideal de Platón estará reflejada en la

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estructura del alma: “en el alma de cada uno hay las mismas clases que en la ciudad y en el

mismo número” (“República”, 441 c).

PLATÓN EN LA POSTERIDAD

La filosofía de Platón estará presente en el pensamiento occidental mucho más allá del

tiempo que pervivió la Academia, fundada por él en el año 387 a. de C. y clausurada en el siglo

VI por el emperador Justiniano. Veamos algunos importantes ejemplos de esta influencia.

La Academia no mantuvo la pureza del platonismo tras la muerte de Platón, ya que no pocas

de sus ideas se mezclaron con las de otras corrientes, como ocurrió a partir del s. III con el

neoplatonismo. El Cristianismo llevó a cabo la síntesis de su concepción religiosa del mundo y

de la filosofía sirviéndose fundamentalmente de elementos neoplatónicos. El platonismo resultó

ser la corriente de pensamiento griego más influyente en la construcción del cuerpo doctrinal del

Cristianismo, como prueba la obra de San Agustín (siglo V), manteniendo esa posición hasta el

siglo XIII en que Occidente recupera las obras de Aristóteles.

En el Renacimiento, la Academia de Florencia devolvió al primer plano del interés filosófico

la obra de Platón. Abundaron los personajes de los siglos XV y XVI, como Marsilio Ficino y el

humanista Tomás Moro en los que se reflejan teorías platónicas. En el siglo XVII, en el inicio

mismo de la filosofía moderna, se constata claramente la huella del idealismo platónico en el

movimiento racionalista.

La importancia del pensamiento platónico se percibe en el pensamiento contemporáneo, unas

veces como objeto de crítica y rechazo (por ejemplo, en Nietzsche (siglo XIX) o en Popper

(siglo XX), otras como expresión de reconocimiento: así, se reconoce la influencia en la teoría de

la verdad de Heidegger, se constata el rastro de su teoría política del gobierno de los sabios en

Ortega y Gasset, se hace un reconocimiento a la teoría platónica de las Ideas en la admisión de

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un tercer mundo objetivo por Popper. Probablemente, la mejor valoración del pensamiento

platónico esté recogida en la conocida frase del neoempirista A. Whitehead, para quien la

filosofía occidental puede reducirse “a una serie de notas a pie de página que acotan la filosofía

de Platón”.

Platón y Aristóteles (Figura Nº3)

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ANTROPOLOGÍA Y PSICOLOGÍA

Dualismo humano

La situación de los prisioneros en la cueva simboliza el estado “natural” de los seres humanos: habitan

un mundo de sombras y reflejos, en el que, en su condición de seres ignorantes de otro mundo verdadero,

se sienten cómodos; se reirían incluso de quien les ofreciese romper sus cadenas (su ignorancia) para salir

a la luz (a la verdad), y, si pudiesen, lo matarían, dice Platón. ¿Qué les ocurre, según Platón, a los

humanos?

En la manera platónica de concebir al hombre se proyecta la vieja idea órfica del alma desterrada en un

cuerpo, idea que Platón conoció en sus contactos con los pitagóricos. El ser humano es, mientras dura su

vida, un compuesto de cuerpo y alma. El cuerpo es material, cambiante y corruptible; por eso, aunque

forma parte del hombre, el cuerpo no es lo más valioso para Platón; desde el punto de vista del valor, y

hablando con propiedad, el hombre se define por su alma.

El alma de cada individuo humano es inmaterial e inmortal y goza de prioridad en Platón, como el

mundo inteligible respecto del sensible. El ser humano es un extraño ser a caballo entre ambos mundos.

Por su cuerpo está anclado al mundo de la sensibilidad; por su alma, originaria del mundo ideal, anhela

retornar a su origen. La doble realidad que compone al ser humano, cuerpo y alma, tiene naturaleza,

origen e intereses contrapuestos. Esta concepción dualista del hombre la veremos reaparecer en

posteriores momentos de la historia de la filosofía.

El alma: origen, naturaleza, estructura y destino

Platón fue el primer filósofo en elaborar una psicología (etimológicamente estudio del alma o psyché).

El alma no procede del mundo sensible. Aunque Platón no la considera una Idea o Forma más, el alma

vivía desde siempre en el mundo celeste, era afín a las Ideas y, como ellas, inmaterial y simple. Al no

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tener composición de partes es inmortal (morir equivale a descomponerse, y, por tanto, lo simple no

puede morir). En el diálogo “Fedón” ofrece Platón varias pruebas de esa inmortalidad.

Para explicar la llegada del alma al mundo sensible y su unión a un cuerpo, Platón recurre nuevamente

a un mito, el del carro alado, en el diálogo “Fedro”: las almas, simbolizadas cada una por un carro alado,

caminan en procesión por el mundo celeste. El carro va conducido por un auriga y es arrastrado por dos

corceles, uno “bueno y hermoso (ME PARECE QUE LO DE HERMOSO NO ESTÁ EN EL TEXTO) y

hecho de elementos nobles, y el otro “de todo lo contrario”. Éste se desboca y el carro (el alma) cae al

mundo sensible. El lenguaje alegórico del mito parece sugerir que las almas se ven unidas al cuerpo como

consecuencia de algún desorden o culpa contraída.

La unión del alma al cuerpo es una situación transitoria: dura mientras dura la vida. Es, además, una

unión incómoda y antinatural, puesto que el mundo propio del alma es el de las Ideas, con cuya

contemplación era feliz. Platón refleja en este punto las ideas órfico-pitagóricas de que el cuerpo es una

cárcel o sepultura para el alma y de que la unión de cuerpo y alma es comparable a la que hay entre el

jinete y su montura o entre el piloto y la nave. El alma desea evadirse, y su esfuerzo fundamental va

encaminado a purificarse mientras dura la unión.

La metáfora del “carro alado” ofrece también una interpretación de la estructura del alma, de sus

funciones o partes. El mito nos presenta un carro (el alma) guiado por un auriga y tirado por dos

caballos, uno dócil, manejable, y otro díscolo, rebelde. El conductor o auriga simboliza la parte o función

racional: la razón, la inteligencia; el caballo dócil representaría la voluntad: el ánimo, el esfuerzo, el

coraje; el caballo díscolo aludiría a las tendencias o deseos menos controlables racionalmente. Podemos

pensar que el símil platónico del carro pretende reflejar las tendencias y conflictos que se dan realmente

en el psiquismo humano.

Cada una de las tres partes del alma tiene su misión o virtud correspondiente. Y las tres funciones del

alma y sus respectivas virtudes guardan en Platón una relación de simetría con las clases sociales. El

esquema siguiente recoge esas relaciones:

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INDIVIDUO SOCIEDAD

Partes del alma Virtudes Clases sociales

Racional Prudencia Sabio

Irascible Fortaleza Guardianes

Concupiscible Templanza Productores

La función o parte racional del alma, que Platón situaba en la cabeza, tiene la misión de controlar las

otras tendencias, como el auriga debe controlar los corceles; las tendencias de la voluntad y de la

concupiscencia las considera ubicadas en el tórax y en el abdomen, y para que el alma logre el retorno a

su mundo deben ser controladas por la razón.

El destino del alma tras la muerte del cuerpo lo narra Platón en varios diálogos, Fedón, Fedro,

Gorgias, y en el mito de Er en República. En síntesis, las almas serán juzgadas por un tribunal divino, y,

de acuerdo al nivel de purificación que presenten, volverán definitivamente al mundo ideal (si se han

purificado del todo), o deberán elegir una nueva encarnación (es la creencia en la reencarnación o

metempsícosis). Así, hasta completar el ciclo purificatorio, cosa que, antes o después, lograrán todas las

almas.

Teoría moral: las virtudes

El alma, como hemos visto, convive transitoriamente en un cuerpo que tiene sus propias exigencias,

sus inclinaciones, sus pasiones, sus instintos. Estas tendencias del cuerpo suponen una especie de lastre

del que el alma tiene que desprenderse para lograr el retorno a sus orígenes divinos. El cuerpo, en este

aspecto, lo entiende Platón como un estorbo para los verdaderos intereses humanos. Esta concepción del

cuerpo como obstáculo que hay que superar o como cárcel de la que hay que evadirse la veremos también

en corrientes y filósofos posteriores.

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La salida de los prisioneros de la cueva, su liberación de las cadenas, representa la tarea moral a que

está llamado todo individuo humano que no quiera vivir irreflexivamente. Es el programa de liberación

del alma, un proceso de purificación que requiere una adecuada satisfacción de las tendencias a conocer

función racional, a querer función irascible y a desear función concupiscible que anidan en ella. Si cada

una de esas tendencias se satisface en la proporción adecuada, sin excesos ni defectos, se logra la virtud,

correspondiente: la prudencia en el caso de la parte o función racional, la fortaleza o valentía de la parte

irascible y la templanza o moderación de la función concupiscible

Pero hay que lograr una realización equilibrada de esas tendencias del alma. Lo racional, mediante la

prudencia, debe guiar lo irascible, y con ayuda de la fortaleza, controlar las tendencias concupiscibles y

mantenerlas en la moderación. Platón no negaba la satisfacción de los placeres ni el ejercicio de las

pasiones nobles, como el tesón, la indignación o la valentía; pero sí sostenía que hay un orden de

prioridades, y que el papel dirigente le corresponde a la parte racional. No en vano consideraba Platón que

lo racional del alma es lo único inmortal, y, por ello, lo único salvable.

Si se logra esa armonización de las tres funciones, el alma estará en posesión de la cuarta y más

importante virtud: la justicia. La justicia significa en Platón orden, equilibrio, armonía, y el hombre es

justo cuando tiene equilibradas las distintas apetencias; ser justo exige, pues, tener sabiduría (prudencia),

ánimo (fortaleza) y moderación (templanza). Encontramos así en Platón la primera formulación de las que

siglos más tarde se denominarán virtudes cardinales o fundamentales del alma.

El conocimiento y el amor

Las virtudes son instrumento de purificación del alma. Esta teoría moral purificadora tiene ecos

socráticos. En efecto, la catarsis del alma se logra mediante el papel rector de la función racional o

intelectual, cuando el alma sabe imponer un equilibrio racional a sus apetencias. Así que la virtud es,

sobre todo, conocimiento, racionalidad, como en Sócrates.

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La explicación platónica del conocimiento discurre en paralelo a su concepción de la realidad. A los

dos niveles de realidad (el sensible y el inteligible) les corresponde dos niveles de conocimiento: el que

tienen los prisioneros y el de los liberados, que logran contemplar los objetos reales y al sol que permite

verlos. El primero, o sensible, es un conocimiento al que Platón alude metafóricamente como de sombras

u oscuridad, y sólo cabe tener con él un saber ínfimo: opinión (doxa); este grado de conocimiento no

excluye el error, es inestable, no se apoya en razones. El segundo, o intelectual, simbolizado por la luz o

la claridad, es el conocimiento verdadero, es ciencia (episteme).

El conocimiento como reminiscencia

En el diálogo “Menón” encontramos por primera vez una llamativa hipótesis sobre cómo puede

alcanzarse un conocimiento científico si las realidades que lo pueden proporcionar, las Ideas, están en un

mundo separado del sensible. ¿Cómo puede explicarse, por ejemplo, el salto desde la contemplación a

través de la vista de una figura circular material e imperfecta a la Idea general y perfecta de Círculo?

Sócrates, protagonista del diálogo mencionado, lleva a cabo un experimento. Reclama al anfitrión la

presencia de un esclavo y recibe garantías de que no ha tenido instrucción, de que es iletrado. Tras un

meticuloso interrogatorio de tipo mayéutico, el esclavo acaba encontrando la solución de un problema

geométrico. En el texto resulta probado que ese conocimiento, “dado a luz” por el esclavo, no es resultado

de un proceso de enseñanza (que nunca había recibido); nadie, tampoco, le ha sugerido la solución.

Entonces, ¿de dónde procede la solución al problema?

La conclusión de Platón es que ese conocimiento matemático estaba ya en el alma del esclavo. Y la

explicación resulta fácil de seguir, ahora que ya conocemos algunas cosas de Platón. El alma del esclavo,

como todas, procede del “mundo supraceleste”, donde, dada su afinidad a las Ideas, ha conocido la

verdadera realidad, la que otorga ciencia. Al “caer” al mundo sensible, el alma ha sufrido un proceso de

amnesia: olvida provisionalmente aquellos conocimientos. Pero las cosas del mundo sensible, que,

aunque imperfectas, son reflejos de las Ideas, despiertan en ella el recuerdo de lo olvidado. La visión, por

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ejemplo, de un objeto circular reaviva en el alma la Idea perfecta de Círculo. Aprender, dice Platón, no

es otra cosa sino recordar. (Anámnesis significa en griego recuerdo). El verdadero conocimiento, el

científico, no es otra cosa que anámnesis. (Llamada a texto nº 4)

El conocimiento científico no se lo proporcionan al alma los sentidos, que sólo conocen las cosas

cambiantes del mundo sensible. El saber auténtico, el que se ocupa de lo que no nace ni perece, de lo que

es siempre igual, como las verdades matemáticas, brota del alma mediante la memoria. El alma es, pues,

el manantial del saber, poseedora de verdades que conoció antes de encarnarse y que no han llegado a ella

a través de los sentidosi.

Esta teoría del conocimiento como recuerdo permite entender la novedosa concepción que Platón tenía

de la educación: Algunos dice refiriéndose a los sofistas– entienden la educación como la tarea de

introducir saber, datos, conocimiento en el alma de los alumnos, como si se tratara de dar vista a unos

ojos ciegos. Pero el alma ya tiene ese conocimiento (ya ve), y educar significa, por tanto, orientar el ojo

del alma (el entendimiento) en la dirección adecuada: enseñar a mirar hacia lo que es verdadero, a las

Ideas, al Bien.

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Los grados de conocimiento. La dialéctica

Aprender, conocer, no es más que recordar. Esa es tarea del alma, que debe recorrer unos

peldaños que llevan desde un nivel de conocimiento ínfimo a uno supremo y final.

Platón propone una segunda división, también desigual, de las dos mitades del segmento, de

manera que tanto en el ámbito de lo sensible como en el de lo inteligible se establecen dos

niveles de realidad que se corresponden con otros tantos niveles de conocimiento. En la primera

mitad de la línea (AC, mundo sensible) quedan diferenciadas las sombras y los reflejos de los

objetos que las producen, y a estos dos niveles de realidad les aplica Platón dos formas de

conocimiento: la imaginación o conjetura (eikasía) para la sección AD, y la creencia (pistis)

para la sección DC. Estos dos niveles de conocimiento agotan las formas posibles de saber

acerca del mundo físico.

La imaginación es conocimiento de las sombras y reflejos de las cosas sensibles; es el nivel

inferior, pues es una imitación de imitaciones, ya que capta imágenes de los seres sensibles, que

son, a su vez, imitación de las Ideas. Objetos de este nivel de conocimiento serían las narraciones

fabulosas de la poesía y las creaciones artísticas. La creencia, segundo nivel de la opinión o

doxa, conoce ya los objetos del mundo sensible; pero como son imitaciones de las Ideas,

realidades a medias, este conocimiento no permite demostraciones rigurosas; es tan cambiante

como los objetos que conoce. Es el saber de la física, que no llega a ciencia para Platón.

Divídase también la segunda mitad de la línea (mundo inteligible), sección CB, en dos

mitades desiguales, con lo que la realidad inteligible queda escindida en dos niveles: el de los

entes matemáticos (números y figuras), representado por el segmento CE, y el de las Ideas,

coronado por la Idea de Bien, representado en el gráfico por el segmento EB. A cada uno de

estos dos grados de realidad le asigna un nivel de conocimiento: la razón discursiva (dianoia) y

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la pura intelección (noesis). Platón reconoce el carácter científico de ambos niveles de

conocimiento, si bien establece diferencias de grado.

En efecto, la razón discursiva (Dianoia) es el conocimiento del matemático, que se ocupa de

realidades inmutables, perfectas, como las Ideas de triángulo o de círculo, por ejemplo. Pero el

matemático opera con un método no perfecto, dice Platón: parte de alguna Idea por ejemplo, el

círculo “como si la conociera y fuera evidente a todos”, y ayudándose de una representación

sensible del círculo, bien en su mente o en una pizarra, deduce consecuencias. Platón encontraba

en la actividad matemática dos imperfecciones; aunque el matemático piensa en las Ideas

(círculo, triángulo, etc.), no las conoce, sino que las “supone”, y por ello se limita a extraer

consecuencias sin remontarse al principio de esas Ideas; en segundo lugar, no se ha

desembarazado del todo del conocimiento sensible, pues aún recurre a imágenes mentales o

dibujadas en su trabajo.

El último, y el más perfecto nivel de conocimiento, es el de la pura intelección (noesis), al

que Platón suele denominar dialéctica. El poseedor de este conocimiento, el filósofo auténtico,

conoce ya las Ideas en sí mismas, sin tener que recurrir a imágenes o símbolos sensibles, como el

matemático. Este cuarto saber, la dialéctica, parte de una Idea y se eleva, pasando de una Idea a

otra en ese mundo jerarquizado, hasta la Idea suprema de Bien: este es el proceso ascendente de

la dialéctica. Luego, el dialéctico (el filósofo) recorre un proceso descendente: desde la Idea

suprema desciende hasta las Ideas inferiores, descubriendo las relaciones de dependencia de unas

Ideas respecto de otras y captando así la estructura general del mundo inteligible. En el

descubrimiento de la estructura de ese mundo ideal, en su contemplación, consiste para Platón la

verdad.

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El máximo nivel del conocimiento se colma con la presencia ante “el ojo del alma” (la

intelección pura) de esas realidades perfectas, inmutables, que son las Ideas. Son las mismas

realidades para todos los hombres, lleguen o no a conocerlas; de manera que el relativismo

sofístico (lo que cada uno estima verdadero, eso es la verdad) sólo tiene sentido defenderlo entre

ignorantes; los sabios, los dialécticos, los filósofos, tienen a su alcance una y la misma verdad:

las Ideas presididas por el Bien.

El conocimiento, en Platón, resulta ser un proceso gradual, y dificultoso, de ascenso desde lo

menos real de lo sensible hasta la máxima realidad inteligible, la Idea de Bien. No explica Platón

directamente qué sea el Bien, sino que se sirve de una analogía con el Sol. Así como el sol da

calor que vivifica a los seres sensibles, y al alumbrar las cosas permite verlas (conocerlas), así el

Bien es principio de las demás Ideas y su contemplación (su visión intelectual) es necesaria para

el conocimiento de aquellas..

Con esta teoría del conocimiento se pone de manifiesto la jerarquía platónica de los distintos

saberes. Del mundo sensible no puede haber ciencia, que es conocimiento de lo universal y

necesario; lo más parecido a la ciencia en el mundo sensible sería la física, pero ya hemos visto

que, en definitiva, se ocupa de meras imitaciones (los objetos físicos) y no proporciona sino

opiniones meramente probables. Menos verdad aún proporciona el arte (poesía, pintura, etc.); el

arte figurativo, que para Platón es imitación (mímesis), es una imitación de las cosas, que, a su

vez, son imitaciones de las Ideas. Por eso el arte no contará entre las disciplinas que deberán

enseñarse a los gobernantes del estado perfecto que Platón dibujó en “República”.

Las matemáticas apuntan ya a las Ideas, a lo inmutable y perfecto, pero se ayudan todavía de

elementos sensibles en su tarea. Sirven, eso sí, para dar “un fuerte impulso a la región

superior”, pero la aritmética, la geometría... “No son más que el preludio de la melodía que hay

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que aprender”. Sólo la filosofía (la dialéctica) ofrece un conocimiento puro, una visión

intelectual inmediata (intuición) del mundo verdadero coronado por el Bien.

El amor, impulsor del alma

Las virtudes y el conocimiento son ambos instrumentos de purificación de los que el alma se

sirve para elevarse desde lo sensible al mundo ideal. Pero para ese ascenso el alma requiere una

fuerza, un impulso que la eleve; ese impulso es el amor (eros).

Platón se ocupó del amor en hermosos diálogos, como “Banquete” y “Fedro”. De “Fedro”

conocemos el relato alegórico del “carro alado”: el alma, paseando en el séquito de los dioses, ha

contemplado en su vida anterior el mundo perfecto de las Ideas, ha conocido la Belleza. Al

perder sus alas y caer al mundo sensible, olvidó aquella visión. Sin embargo, con ocasión de la

belleza participada que hay en las cosas sensibles, se aviva en ella el recuerdo y el deseo hace

reaparecer las alas perdidas y le permite elevarse.

El amor es, pues, un mediador entre los dos mundos. Es nostalgia y deseo, tensión hacia la

Belleza, que es una manifestación del Bien. Platón lo caracteriza como una realidad intermedia

entre los dioses y los hombres; no es bueno y bello como un dios, sino aspiración a la bondad y

a la belleza; no es mortal como los hombres, aunque tampoco inmortal. Platón lo compara con la

filosofía, que no es sabiduría (sophía) sino querencia a la sabiduría; el filósofo (el amor es filó-

sofo MANTENER EL GUIÓN) no es ni sabio ni ignorante, sino un aspirante a saber. Como un

amante, piensa Platón, a quien a veces se le escapa u oculta lo amado y debe volver a buscarlo.

Desconocemos la manera como ha llegado hasta nosotros la expresión “amor platónico”, pero

el significado que suele darse a esta expresión apenas guarda parecido con el que Platón le

asignaba; el amor platónico significaba deseo de lo bello, de la sabiduría, de la inmortalidad.

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Es verdad que el amor tiene muchos caminos que llevan a diversos grados de belleza y

felicidad. Pero el verdadero amante debe ascender todos los niveles hasta llegar a la visión de la

Belleza en sí. El primer grado en la escala del amor es el deseo de poseer un cuerpo bello para

engendrar en lo bello otro cuerpo; es el amor físico, en el que Platón admite que hay ya un ansia

de inmortalidad, “porque la generación, aunque sea en una criatura mortal, es perennidad e

inmortalidad”. El segundo grado del amor es el de los amantes, no ya de cuerpos, sino de las

almas, de las artes, de la justicia, de las ciencias. Es el nivel del amor que fecunda el espíritu. Y

el tercer grado es la visión gratificante de la Idea de Belleza, la contemplación de lo Bello en sí.

La Belleza es, en Platón, la meta del amor, no del arte.

En el amor encuentra el alma un complemento a las virtudes y al conocimiento. La añoranza

de la belleza presta al alma las alas que necesita para elevarse del lodazal de lo sensible.

Teoría política. El Estado ideal

En los datos biográficos ya señalamos que Platón quedó profundamente decepcionado de la

política “real” de la que fue testigo: de la permanente inestabilidad de los gobiernos, de las

injusticias cometidas por unos y otros de los que se aupaban al poder (como la condena de

Sócrates), de la imparable degeneración de las leyes y las costumbres de la polis... A la vista de

estas “enfermedades” tomó la decisión de no participar en actividades públicas y dedicarse, en

cambio, a “reflexionar sobre la posibilidad de mejorar la situación”. Fue su decepción de la

política lo que le impulsó a la filosofía, hasta el punto de que se ha sugerido que toda la filosofía

platónica no es sino un intento de poner remedio a los males de los Estados.

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Los regímenes políticos imperfectos

La clave para analizar si una sociedad tiene o no una organización deseable hay que buscarla

en los gobernantes. Platón conoció distintos regímenes políticos y todos ellos le merecieron una

opinión negativa. En el libro VIII de “República” nos dejó su análisis de las sucesivas formas

políticas en que van degenerando los Estados.

Timocracia.- Del griego thymos (impulso, ánimo, energía) y kratos (poder), la timocracia es

el gobierno de aquellos en quienes predomina lo pasional sobre lo racional, el gobierno de la

clase militar. Platón caracteriza esta forma de gobierno por orientar sus actividades a la guerra,

en detrimento de otras actividades socialmente necesarias. Los dirigentes se muestran ávidos de

honores y de reconocimientos, pero no sería eso lo más grave si paulatinamente su sentido del

honor y del coraje militar no fuera sustituido por su avidez de riqueza, con lo que la timocracia

degenera en

Oligarquía.- Es, dice Platón, “el gobierno en el que mandan los ricos, sin que el pobre

tenga acceso al poder”. La degeneración del gobierno timocrático en oligárquico es

caracterizada muy gráficamente: “la riqueza almacenada destruye a esos gobernantes, que

empiezan por inventarse nuevos modos de ganar y gastar dinero y llegan a violentar las

leyes...”. Los oligarcas se olvidan de la educación del pueblo y de la solidaridad, y, movidos

únicamente por su afán de riqueza, crean en el Estado dos clases: “una de pobres y otra de

ricos...”. La oligarquía emprende así un camino de corrupción que acaba trayendo un nuevo

sistema político.

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Democracia.- La mayoría de pobres acaba venciendo y establece una forma de poder político

que puede llegar a todos mediante elecciones. El Estado se llena de libertad. Pero el régimen

democrático en que piensa Platón es el que él ha conocido en Atenas, y, aunque aparentemente

es el que permite vivir mejor, es retratado con tintes muy negros. La libertad democrática acaba

degenerando en desorden, en ausencia de jerarquías, en inmoralidad: nadie obedece las leyes,

nadie se deja mandar. La democracia es vista por Platón como un régimen de incompetencia,

porque cualquiera, herrero o zapatero, noble o rústico, se considera en condiciones de opinar

sobre problemas de administración del Estado sin estar cualificado para ello. El exceso de

libertad y la falta de educación del pueblo van corrompiendo la democracia y hacen “cambiar

este régimen político y lo van poniendo en manos de la tiranía”.

Tiranía.- Es el gobierno del oportunista que, aprovechando el caos en que degenera la

democracia, se hace con el poder. La tiranía, de la que todas las poleis griegas tenían experiencia,

resulta ser el peor de los regímenes para Platón. El tirano, alentado por sus esbirros, hace y

deshace a placer: destierra, mata, saquea. “El pueblo (demos) leemos a Platón, tratando de

evitar el humo, ha caído en el fuego”. “El exceso de libertad parece, pues, que no termina en

otra cosa sino en exceso de esclavitud, lo mismo para el individuo que para la polis”.

Esta descripción degenerativa de los regímenes políticos incita a preguntar si nuestro filósofo

no concibió alguna forma de organización política inter- media entre el libertinaje de la

democracia y la esclavitud de la tiranía. Para Platón sí había una manera de organizar la sociedad

en la que los gobernantes se preocupasen del bien común en vez de perseguir el beneficio

particular. Pero, como veremos, no será posible sin una profunda actuación educativa en los

ciudadanos que permita obtener de cada uno sus mejores talentos.

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El régimen ideal, el Estado justo

Platón trazó en su diálogo “República” un modelo ideal de polis. Este diálogo es una

reflexión sobre la justicia y cómo establecerla en los Estados de modo duradero.

El pensamiento político de Platón es una prolongación de su reflexión moral, de su teoría del

alma y de las virtudes: la tarea moral consiste en la elevación y perfeccionamiento del alma

individual mediante las virtudes; por su parte, el objetivo de la política será el perfeccionamiento

y la felicidad de todos los ciudadanos. La ciencia política tiene, entonces, un nivel de dignidad

superior, pues persigue el bien, la felicidad de toda la sociedad. No hay en Platón –como no la

hay entre los griegos hasta el período helenista contraposición alguna entre individuo y

ciudadano, entre felicidad individual y colectiva; el ser humano, que es social por ser humano

(por naturaleza), no puede realizarse plenamente como tal individuo sino en un marco de

convivencia que se lo pueda garantizar.

Resulta lógico, por tanto, que el ideal platónico de comunidad guarde una correlación estrecha

con su concepción del alma. La estructura de la ciudad ideal de Platón estará reflejada en la

estructura del alma: “en el alma de cada uno hay las mismas clases que en la ciudad y en el

mismo número” (“República”, 441 c).

Estructura del Estado: clases sociales

Si el Estado debe reflejar a gran escala lo que el alma individual en pequeña, a cada tendencia

o parte del alma le debe corresponder una clase social. Platón reconoce que en el Estado se dan

tres tipos de necesidades: producción de bienes, defensa frente a peligros externos e internos, y

dirección de la sociedad para que haya en ella armonía (justicia). Y para atender a esa triple

necesidad se requieren tres clases sociales:

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Productores. La clase productora (campesinos, artesanos, comerciantes...) se ocupa de

proporcionar el sustento diario de la sociedad. Esta clase inferior, con misión de soporte

económico, la formarán aquellos ciudadanos en cuya alma predomine la parte apetitiva. Si

realizan bien su función, tienen como virtud propia la templanza, que controla sus impulsos.

Guardianes (phylakes). Tienen como misión defender el Estado de desórdenes internos y de

peligros externos. Constituyen la clase militar, a la que corresponde la virtud de la fortaleza

(andreia) como reflejo de la parte irascible del alma que en ellos predomina.

Gobernantes (archontes). A esta clase superior, la más importante para Platón, le

corresponde la tarea de dirigir a las otras clases para el cumplimiento del bien general. En cuanto

clase dirigente tiene como virtud propia la prudencia o sabiduría, expresión de la función

racional del alma que predomina en sus miembros.

Si cada clase social se ocupa de su función y la realiza de manera excelente tendremos una

sociedad en la que brillará la justicia.

Una sociedad bien fundada exige, pues, una cooperación entre los ciudadanos para satisfacer

todas sus necesidades. Hay que dividir las tareas y hay que buscar una especialización: cada

individuo de esa sociedad ideal debe ocuparse de aquella función que mejor pueda desempeñar.

El sistema educativo: la selección de los mejores

¿Cómo adscribir a los ciudadanos a una u otra de las clases sociales?

Platón ideó que los más aptos para las respectivas tareas sociales saldrían de un sistema

educativo generalizado, con un plan de estudios programado al detalle, estableciendo para su

ciudad ideal un sistema meritocrático: la asignación a una u otra de las clases se haría por

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méritos, por la capacidad y tenacidad mostrada por los individuos, ricos o pobres, hombres o

mujeres.

Si bien las tres clases sociales son necesarias, a Platón le preocupó especialmente la

educación de las clases de los guardianes y gobernantes, porque de ellos depende especialmente

el buen funcionamiento del Estado. La clase trabajadora, pensaba, no requiere educación

especial, pues las artes y los oficios se aprenden con la práctica.

El plan de estudios trazado por Platón consta de tres ciclos. En el primero se proponen como

materias educativas la gimnasia y la músicaii. Superado este primer ciclo educativo, los

guardianes deben familiarizarse con el conocimiento de las disciplinas que integran el segundo

ciclo: aritmética, logística (¿LÓGICA?), geometría, astronomía y música. Aquellos que no

superasen satisfactoriamente este segundo ciclo quedarían asignados a la clase de guardianes

como auxiliares. Los que diesen muestras de aplicación y constancia, los guardianes

propiamente dichos, constituirían la clase de ciudadanos en quienes predomina lo volitivo del

alma, la fuerza, la valentía.

Para los guardianes, así como para la clase dirigente que saldrá de entre ellos, prescribe Platón

un régimen especial de vida (AÑADIR: “lo que se ha dado en llamar “comunismo

platónico””). Vivirán apartados del resto de los ciudadanos, sin tener propiedad privada ni

familia propia; sus relaciones sexuales, que deben buscar la pureza biológica del grupo, estarán

estrictamente reguladas, y los hijos que nazcan de esas relaciones serán acogidos por un

organismo estatal, sin que los padres puedan reconocer a sus hijos. Se evitarán, así, los egoísmos

o particularismos, y se conseguirá que la clase entera sea una gran familia. El programa de vida

resulta ser muy duro, pero cuando uno de los interlocutores le hace notar a Sócrates que esos

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hombres y mujeres no van a ser felices, la respuesta es tajante: no nos proponemos hacer feliz a

una sola clase, sino a la totalidad de los ciudadanos.

Los mejores de entre los guardianes, los que superen el segundo ciclo de las enseñanzas

propedéuticas (preparatorias), iniciarán, a los treinta años, el tercer y último ciclo educativo,

del que saldrán los gobernantes. De los treinta a los treinta y cinco años estarán dedicados a la

dialéctica, la cumbre del sistema educativo. Durante quince años se irán ocupando, por turnos,

de desempeñar cargos políticos menores, y a los cincuenta años, en posesión de la sabiduría que

da el conocimiento de las Ideas, y, sobre todas, del Bien, y de la experiencia adquirida en

empleos secundarios, gobernarán por turno el Estado, dedicando los períodos en que no

gobiernen a la filosofía.

Tras ese arduo proceso de superación de pruebas selectivas y rigurosas tendríamos a los

mejores al frente del Estado. Este es el régimen ideal en el que pensaba Platón: los sabios, los

filósofos auténticos, los que se han liberado de las cadenas y han conseguido salir de la cueva y

contemplar directamente el sol (el Bien), dirigirán una sociedad perfectamente estructurada en la

que cada ciudadano ocupará el lugar que por capacidad y preparación le corresponde.

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CONCLUSIONES

Llegando a la conclusión, en mi punto de vista la Teoría de las Ideas que Platón nos plantea

resulta bastante cierta ya que todo lo que existe a nuestro alrededor surge de un molde, y esto lo

podemos distinguir de manera muy interesante en el diseño, en mi caso en la arquitectura, porque

lo que captan nuestros sentidos “artísticos” es diferente a lo que notan los demás. Por poner un

ejemplo: tal vez una naranja, cualquier persona común la vería solamente como una naranja, pero

yo la podría ver como un proyecto de construcción. De cierto modo, el mundo de las ideas del

cual tanto habló Platón, está escondido detrás de todo lo que observamos, pero hace falta prestar

más atención para que nuestra alma inmortal, la cual no está interesada por las cosas materiales,

recuerde lo que ya ha vivido y experimentado con diferentes seres.

El Mito de la Caverna, Platón nos hace abrir los ojos, y ver más allá del mundo. De acuerdo a

la actualidad, mi interpretación al mito es, que la mayoría de las personas están muy entradas en

su trabajo y su vida cotidiana, pero en realidad no se ponen a pensar si es lo que les gusta, no se

dejan cegar por la luz del mundo para iluminarse y ver lo que hay afuera de sus monótonas vidas.

Vuelvo a recalcar que como diseñadora de espacio, que pretendo ser, se debe tener una visión

más abierta del mundo, profundizar en las cosas, y no quedarnos en la superficie.

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BIBLIOGRAFIAS

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