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Amoricidio

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Rey Emmanuel Andújar
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Amoricidio

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Rey Emmanuel Andújar
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Rey Emmanuel Andújar

Amoricidio
Premio Cuento Joven Feria del Libro
Santo Domingo 2007

Amoricidio
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Amoricidio
Rey Emmanuel Andújar
ISBN:
2012

Editorial SANTUARIO
Av. Pedro Henríquez Ureña No. 134,
La Esperilla, Santo Domingo, Rep. Dom.
E-mail: editorialsantuario@gmail.com
http://editorialsantuario.blogspot.com
Tels.: 809 412-2447; 809 637-1918

Diagramación y diseño de portada: Amado Santana

Impresión:

Impreso en República Dominicana


Printed in Dominican Republic

Rey Emmanuel Andújar


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ÍNDICE

Prólogo a Amoricidio, de Rey Emmanuel Andújar .................. 11


JOSÉ A LCÁNTARA ALMÁNZAR

El Jaguar ............................................................................ 17
Wilkins: El Bombón Asesino ............................................... 21
Day After Pill ..................................................................... 27
Una pequeña ceremonia ..................................................... 33
Manos que no ven .............................................................. 39
El Orfebre.......................................................................... 45
Madera de Combate........................................................... 53
Máscaras de Navidad .......................................................... 57
Una promesa terrible .......................................................... 63
La Carne Contraataca ......................................................... 69
Otros cuentos ..................................................................... 77
El último habitante ............................................................. 79
Spray de love ...................................................................... 83
Cojuelo .............................................................................. 87
The Golden Ticket ............................................................. 93
Crucita jean is not my lover [almost a tale] ........................... 99
Emeterio .......................................................................... 101
Azulaje ............................................................................. 103
El inevitable regreso de juana, la menor............................. 105
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Mirtilio post ..................................................................... 109
Terebelia .......................................................................... 117
Navidades en la habana..................................................... 119
Guía romántica de malevosick........................................... 121
La Foret ............................................................................ 123
Badtrip............................................................................. 125
Denyer ............................................................................. 127
Katasha ............................................................................ 129

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Para Chan y Filemón,
del lado de acá

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PRÓLOGO A AMORICIDIO,
DE R EY EMMANUEL ANDÚJAR
JOSÉ ALCÁNTARA A LMÁNZAR

EL CUENTO ES una de las zonas más fascinantes y complejas de


la narrativa, y aunque algunos de los grandes maestros del género
en Hispanoamérica –pienso ahora en Horacio Quiroga, Juan
Bosch, Julio Cortázar, Augusto Monterroso y Julio Ramón Ribe-
yro– han teorizado y formulado decálogos, lo cierto es que el cuento
se resiste a ser encasillado y, no obstante la antigua tradición oral
de que proviene, en nuestro medio no cesa de renovarse y de ofre-
cernos espléndidas muestras de talento creador.
En esencia, el cuento se distingue de otras expresiones na-
rrativas por su intensidad y concisión; por esa carrera sin tregua
contra el tiempo que es uno de sus rasgos inconfundibles. Si la
novela es un “territorio libre”, según postulaba Juan José Arreo-
la, el cuento vendría a constituir un orbe cerrado en sí mismo y,
paradójicamente, una dimensión inconmensurable en su breve-
dad, donde imaginación, fantasía y lenguaje asumen los papeles
fundamentales.
Un cuentista de garra se reconoce al instante en cuanto
entramos en contacto con su obra narrativa, y Rey Emmanuel
Andújar sin duda lo es, como lo prueba la colección titulada
Amoricidio, Premio Internacional de Cuento Feria del Libro
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2007. Desde hace años sigo de cerca la trayectoria de este jo-
ven autor, nacido en Santo Domingo en 1977 y Doctor en
Filosofía, con especialidad en Literatura Caribeña, por el Cen-
tro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Es un
activo dramaturgo y actor, con frecuentes presentaciones tan-
to en su país de origen como en Puerto Rico y Estados Unidos,
y ha recibido numerosos reconocimientos y galardones por su
trabajo literario.
La lectura de Amoricidio (2008) desemboca en una primera
impresión. En este puñado de historias el amor se resume en des-
encuentro y fatalidad, y el sexo –su instrumento privilegiado–
opera con la eficacia de un escalpelo de pasiones y trastornos in-
confesables (“El Jaguar”).
Nuestro autor maneja un humor lacerante, negro, despiada-
do. El humor funciona aquí como fórmula contra la estirada so-
lemnidad de espíritus conservadores. Es un recurso permanente
con el que Andújar parece reírse de todo y de todos, un certero
mecanismo que empuja cualquier resquicio de nostalgia, derri-
bando mitos y subvirtiendo realidades petrificadas o enmascara-
das por las buenas costumbres y la publicidad.
Nuestro autor, a diferencia de muchos otros narradores do-
minicanos, maneja con destreza el recurso de la ironía, que se cla-
va en el alma del lector como un dardo envenenado. Cristina Peri-
Rossi, una de las cómplices de Andújar en su aventura narrativa,
dice que la ironía “crea distancia, y sólo en la distancia somos lúci-
dos, perversos, ambivalentes e inteligentes”. En los cuentos de
nuestro autor, la ironía es cruelmente eficaz. Con ella revela las
flaquezas humanas y nos alecciona sobre las paradojas de la
existencia. “El mundo es un barril de ironía, sin fondo”, se lee
en “La carne contraataca”, cuento en el que se mofa del profe-
sional todopoderoso. Aquí, el sarcasmo del narrador se hace

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particularmente cáustico cuando se refiere a los escritores con
ínfulas de grandeza.
En los cuentos de Andújar, el lenguaje coloquial es una he-
rramienta con la que desarticula los procedimientos narrativos que
han hecho estragos entre nosotros. Sus intertextualidades, sus
elipsis violentas, sus slogans, sus diálogos inmersos en el tejido de
la ficción, nos acercan a ese submundo que es objeto de su inte-
rés. Esa forma de narrar, nerviosa, desigual, impredecible, obli-
ga a una lectura atenta a los sucesivos cambios de tono, a los
saltos de plano, a las contradicciones en los estados de ánimo de
los personajes.
El universo ficticio de Andújar posee una fuerte impronta
sensorial. Aquí y allá estallan colores, sonidos y olores, palpamos
los roces suaves de una caricia, el golpe áspero de una mano, el
sudor en las axilas de un personaje. A veces nos atraen unas azuce-
nas de nostalgia, nos aturde el tufo insoportable de un borracho,
nos seduce el brillo de una piel convertida en pergamino donde
se inscribe el erotismo. La identidad se marca en la piel negra o
parda, en las líneas faciales del mulato, en su pelo enmarañado:
esos mismos rasgos que han sido despreciados a través de nuestra
historia.
Muchos cuentos de Andújar transcurren en el bar, la barra o
el café (“Una promesa terrible”, “Una pequeña ceremonia”, “Day
After Pill”), donde las volutas de humo, las burbujas de cerveza
que agonizan en un vaso, y el convite para un viaje de marihuana,
crean la atmósfera propicia para la transgresión y el olvido. Son
exorcismos contra la soledad, el dolor y el desencanto. El bar, en
los cuentos de Andújar, es un espacio privilegiado para la confe-
sión de verdades, la contemplación del strip-tease impúdico, el
espacio ideal para proyectar imágenes de la decadencia de una
sociedad que se desangra en sus propias frustraciones.
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Por otro lado, el submundo de los seres con discapacidades
físicas (“Máscaras de Navidad”, “Una pequeña ceremonia”) se re-
vela en toda su impotencia. Así, cojas, enanos, ciegos, desfilan
mostrando sus miserias, pero nos aleccionan por su capacidad para
el amor y la grandeza de corazón. Este enrarecido clima recuerda
El obsceno pájaro de la noche, novela que dio celebridad a José
Donoso. Pero en los cuentos de Andújar, la deformación más im-
portante se anida siempre en el espíritu, ya se trate de la relación
hostil entre madre e hijo (“Wilkins: El Bombón Asesino”); el dra-
ma de la pareja ahíta de sexo y alcohol (“Day After Pill”); o el
abuso contra la mujer y el homicidio como liberación (“Una pro-
mesa terrible”).
Andújar es un espectador muy lúcido, un testigo alerta
ante guerras atroces y ciudades decadentes, dotado de un olfa-
to extraordinario para percibir los indicadores de la corrup-
ción y la impostura. Su referencia a grandes autores y obras
literarias, musicales o cinematográficas, entremezclada con la
sordidez de seres vulgares y comunes, forma parte de ese infal-
table recorrido por su olimpo particular, del que extrae fuer-
zas para seguir adelante con su labor narrativa. Esos autores
(Borges, Barthes, Lacan, Lezama, entre muchos otros) se yer-
guen como símbolos de una modernidad siempre en movimien-
to, con los que el autor comparte visiones entrañables; o sim-
plemente son contraseñas que intercambia con sus admirados
y queridos maestros.
En Amoricidio impacta la frescura del lenguaje, el spanglish,
la desacralización que el autor practica a base de palabrotas. An-
dújar inicia sus textos sin preámbulos, planteando la situación,
con el personaje en movimiento. Los diálogos se mezclan con la
narración, sin comillas, sin guiones u otros signos de puntuación,
porque son obstáculos que trazarían una línea divisoria entre lo

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que se cuenta y lo que se dice, entre lo que se narra y lo que se
piensa o se desea.
Con Amoricidio, Rey Emmanuel Andújar reitera su voca-
ción de narrador de fuste, al tiempo que trae una ráfaga de aire
fresco a la cuentística dominicana de nuestros días.

Santo Domingo, 23 de septiembre de 2008.

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EL JAGUAR

I want now to hold in my hands


the fragrance of your flesh
and smell it.
I want to roam in your soul
and scoop the taste of your flesh.

Kazuko Shiraishi
The Season of the Sacred Lecher

EL CIGARRILLO PINTURA de labios se consume sin piedad.


Severanda organiza su masivo pecho dentro de una pieza muy
cara de ropa interior. Repara en los ojos verdes que la estudian sin
ganas. Están satisfechos. La lengua repasa el hocico tratando de
recordar el festín de hace poco. Los colmillos se dejan ver de cuando
en vez, perfectos, relucientes. El espacio es un desastre de sangre,
sudor, carne muerta, alguna lágrima y preguntas, muchas... Ella
termina el proceso con dos o tres gotas de delicado perfume, re-
mata el cigarrillo con desgana y piensa en voz dura: Los hombres
son unos imbéciles.
Se conocieron hace un miércoles en el Superocho Night
Club. Ella llamó su atención de inmediato: el cuerpo grande y
violento, la gran sonrisa. John siempre ha llegado tarde a todos los
lugares y a todas las etapas de su vida. Es súper lento. Así que Seve-
randa tuvo que tomar la iniciativa y preguntar nombres, entablar
conversaciones ridículas referentes al clima y los últimos partidos de
pelota. Todo eso era inútil, John no era de este mundo, estaba en
otra frecuencia y además para empeorar las cosas, era poeta.
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Ella hizo un esfuerzo y mencionó una pequeña lista de escri-
tores, los que todo el mundo conoce... eso le dio oportunidad a
nuestro John para que se explayara, con toda su parsimonia, en
una serie de poetas de vanguardia provistos de una reputación
más o menos dudosa y sin ningún texto publicado. La pobre Se-
veranda paseó la vista por las etiquetas de las botellas y hasta tara-
reó canciones en voz baja para no dormirse mientras asentía con-
cienzudamente. Sugirió otro trago, alzó el pecho y notó que los
ojos del escritor se movían al compás del testamento. Todo estaba
cayendo en su lugar.
Tengo un Jaguar, dijo Severanda varias cervezas después por
decir cualquier cosa y mantener el asunto a flote; a John sólo le
quedó asentir y pensar en voz baja, Diablo, bonito carro. Encen-
dió un cigarrillo y preguntó, Cómo es eso. Ella esperó por un
fuego que llegaba torpe y trémulo, bendecido por una sonrisa
rídicula, para responder, Un regalo de mi padre cuando terminé
la universidad. Debe ser muy caro el mantenimiento, dijo John
ajústandose las gafas y mirando los senos sin ningún tipo de repa-
ro, tratando de alargar el tema ya que habían sobrevivido a unos
silencios tenebrosos hace poco. Si tú supieras que no, el manteni-
miento puede ser algo complicado pero vale la pena... es un ca-
pricho mío, nada más. John pensó que sin duda había cuadrado
la noche, una jeva de este calibre, bien montada e inteligente... no
pensó en la extraña combinación y por primera vez en su vida
dejó de hacerse preguntas y decidió disfrutar la buenaventura.
La noche ya no aguantaba. Los panas no podían entender
qué hacía una hembra como esa hablando con el estúpido de
John pero para los gustos los colores y como estamos llegando a los
finales, se están viendo casos. La despedida fue con beso en las
comisuras, una caricia con uñas bien pintadas e intercambio de
teléfonos. Se verían el próximo miércoles. Ella le pidió que por

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favor no se pusiera perfume. Alergias, fue la razón. John regresa-
ba sonriente a la mesa de sus amigos mientras ella desaparecía sin
mucho ruido.
Miércoles. John llegó a la dirección indicada, sorprendido
de la extraña edificación, parecida a un gran almacén. Afuera no
estaba el vehículo de la muchacha así que pensó que no había
llegado. Después de un rato se aventuró a tocar el timbre. Para su
sorpresa, ella apareció como salida de catálogo de Victoria Secret:
el pelo caía como cascada, tan linda, ni una gota de maquillaje
siquiera, la culebrilla en la división de las inmensas tetas... la suavi-
dad que prometía la erizada piel era casi palpable. Estaba ligera-
mente nerviosa, se notaba en el velo de sudor en la nariz. Pasa,
estás en tu casa, dijo ella dando la espalda y mostrando el trasero
redondo y el caminito de pelos desde la espalda hasta allá; lunares
y un coqueto tatuaje quedaban al descubierto por entre la delica-
deza del modelito con encajes como para morirse, como para que-
darse en ellos, como para escribir de nuevo de ahora en adelante:
El destino de un Poeta. Él se extrañó pero la siguió sin protestar,
sin decir Buenas Tardes, tragando seco y preguntándose, mien-
tras el corazón le bajaba al estómago, a quién tendría que matar
para merecer esta mujer entera. En ningún momento llamó su
atención la falta de muebles en el galpón. Severanda, temblorosa-
mente sexy, ofreció algo de tomar. Cerveza, dijo él. Ella se excusó
diciendo, Ya mismo, y subió las escaleras. Dos eternos minutos
después, mientras John palpaba sus bolsillos asegurando los con-
dones, escuchó el rugido, el golpe de la reja que se abría, luego,
casi de inmediato, otro rugido. La bestia atacó la yugular, como se
estila. Severanda, desde el piso de arriba, conseguía un orgasmo
brutal. La fiera, zarpazo a mordida, terminaba con la agonía del
muchacho, que quedó haciéndose miles de dolorosas y sangrien-
tas preguntas mirando fijamente hacia el techo.
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WILKINS: EL BOMBÓN ASESINO

para N.R.C.

Y ESE HOMBRE está vivo, pregunté mientras Micaela emocio-


nada me mostraba la última colección Grandes Éxitos de El Gran
Hijo de Puerto Rico. Ella se ofendió bastante ya que este señor es
su ídolo. Está vivo y muy vigente, dijo acelerando furiosamente.
Bueno es que para mí, después de la canción esa, Como no creer en
Dios... no sé, le perdí la seña, no lo escuché más, respondí aferrán-
dome al cinturón de seguridad. Pues fíjate que no, él se mantiene
haciendo cosas, está dando conciertos... es más, dentro de poco le
vamos a celebrar sus cincuenta años dentro de la música. Creí no
haber escuchado bien y lamentándolo tuve que preguntar, Cómo
que “le vamos” a celebrar, no entiendo. Ella explicó, Es que yo soy
parte ejecutiva de la directiva de su fan club, Puertorriqueñas y
Puertorriqueños del Mundo para con Wilkins Lo Más Grande. Quie-
res un formulario de inscripción, preguntó, ya bajando la tensión
y por fin sonriendo de nuevo.
De más estaría decir que todo esto me dejó en sock (porque
la h no suena). Llevo unos meses ya saliendo con Micaela que es
una muchachita de lo más qué sé yo y hasta lleva una Maestría en
Administración de Empresas y todo... quiero decir que se ve de lo
más normal y sin decir que en la cama es un éxito. Hace mucho
que no cruzaba cuerpos con una mujer que se entregara tanto y
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tan por entero en las paredes: acorralándome en frente de los
espejos y pidiéndome cosas imposibles encima de las mesas y en la
ducha. Hemos tenido conversaciones socio-filosóficas bastante
interesantes y a un nivel aceptable. Así que cuando me salió con la
bellaquería esta de Wilkins no tuve más remedio que sorprender-
me y luego echarme a reír como bestia. De que te ríes cabrón, me
dijo violenta por vez primera. Luego de varias discusiones acerca
del tema me di cuenta que era imposible… que la cabra siempre
tira para el monte.
Ella trató de convencerme de escuchar las producciones
musicales de Uno de los Ídolos más Grandes y Genuinos que ha
dado esta Tierra Caribeña. Me mantuve reacio al ofrecimiento
hasta que el asunto se tornó obsesivo y vi amenazada mi ración
sexual acostumbrada. Accedí a escuchar al hombre por una hora
y el golpe fue mortal, quedé mareado y deseé mucho alcohol.
Recordé mi niñez, vi a mi madre limpiando ventanas los domin-
gos, vi la televisión en blanco y negro de mi abuela, vi el afro del
ídolo visitando el Show del Mediodía y hasta tomé un sorbito de
la Sopa de Caracol. No pude con tanto. No sólo por lo horrible
musicalmente hablando sino porque ella tarareaba cada canción
como si estuviera en un concierto en vivo de El Divo Divino de
América. Yo no podía, no quería, no me interesaba entender.
Como todo lo quiero resolver con larga distancia no me que-
dó otro remedio que llamar a mi amigo el Dr. Jonás Beltré, hijo
del maravilloso psicoanalista amigo de la familia, el benemérito
Dr. Daniel Beltré. Resulta que el unigénito estaba en Barcelona
haciendo un postgrado así que yo dichoso: larga distancia con él.
Qué hora es allá, Jonás. Tarde para mí, contestó, pero en medio
de un bostezo me salvó la vida diciendo, A los hermanos lo que sea
y más si están lejos de su patria, para qué soy bueno. Fíjate compa-
dre... y le expliqué con lujo de detalles el asunto de Micaela y él

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me sacó de dudas, No, no es una patología de problemas de la
niñez ni falta de imagen del padre, simplemente la situación es
que ella se quedó en los ochentas. No entendí y él se explicó: en los
ochenta ella era púber y le hubiese gustado que Wilkins fuera su
hombre, su todo. Cogerse a Wilikins, ella quiere comerse a Wil-
kins, dije soezmente. El doctor respondió, Sí verdugo, ella quiere
partirle un brazo, ella lo quiere para ella. Coño, reculé, enten-
diendo ahí mismo el hecho de que ella tuviese todas las produc-
ciones de los ochenta que valieran la pena; todo cayó en su lugar:
Una noche estábamos en un motel y por casualidad en la televi-
sión pasaron un anuncio de esos de Canciones para no Olvidar y
todo era ochenta y pequeños clips y había mucho pelo, mucha
greña, mucho curly y mucha, pero mucha chaqueta con leopar-
dos y cadenitas y pantalones pegaditos y ella me rogaba no lo qui-
tes, ni se te ocurra cambiar de canal y yo como ella estaba desnuda
no le di importancia y me dediqué a otra cosa y el doctor me trajo
a la realidad, Caballero es tarde y esta llamada es muy cara, se le
ofrece algo más, y yo que no, que okey, Me saluda a su padre y se
cuida en Barcelona.
Por esos días hablé con mi madre, larga distancia también
claro está. Pero qué tiene eso de malo mi hijo si Wilkins es un gran
artista, es más, si yo fuese puertorriqueña abogaría para que se le
levantara una estatua ya que tú no tienes idea de los corazones que
ha destrozado y sanado ese Santo con su voz y la letra de sus can-
ciones y sus bailes y movimientos. Dije que eso no podía ser, que
he tenido que hacerme un experto en el tema por culpa de una
mujer y ella me cortó en dos en el aire, Lo que pasa es que eres un
ignorante y lo que te gusta es esa mierda de Sabina y Fito y Charly
que nadie entiende... eres mi hijo y me duele pero de seguro que
tú eres un drogadicto igual que ellos... dime, dime dónde estás, de
qué país me estás llamando que yo voy ahora mismo a internarte
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para que te desintoxiques... Y yo terminé, con dolor en el alma, col-
gando el teléfono... tanto que quería seguir con la larga distancia.
Decidí enfrentarme a Wilkins que era enfrentarse a ella… y
tanto la enfrenté con la espada del razonamiento que las cosas
llegaron a un doloroso extremo: Wilkins en Concierto. Y ella que
compra dos boletas. Tú tienes que ir, tú no puedes quedarte así, si
tú lo ves en vivo te vas a dar cuenta de que Él es un Músico Autén-
tico, lo más Original... si vas y ves sus heridas, sus movimientos, si
sientes el dolor de su música podrás entender que Él y sólo Él es lo
Más Grande, que Él es la Música como tal y que el mundo respira
por el movimiento de su pelo y caderas... No quise escuchar más
pero no sé porqué ella se puso tan bonita y tan sexy en ese mo-
mento y yo débil, y yo muy enamorado de ella, y ella el amor de
mi vida y no recuerdo en qué momento dije que sí, que muy bien,
que iría al concierto.
Me hubiese gustado conseguir una capucha para ir a la pla-
za donde se presentaba El Ídolo de Multitudes, este Gran Hijo de
Puerto Rico y del Mundo. Pero lo mejor fue que fuera así, a cara
de vaquero, ya que pude ver en verdad la revolución que el sexa-
genario genera. No escuché las canciones. Me fui en un mastur-
bation mental trip: Cómo sería visitarlo a su castillo en Córdoba y
que él me enseñara las guitarras que nunca ha tocado, colgadas en
las paredes colocadas por cincuenta picapedreros de la zona como
si fuesen parte de un gran rompecabezas, cómo cruzaría las pier-
nas y su manera de hablar... las copitas de champagne y vinos de
su propio viñedo. Batas de seda con excentricidades a lo Prince
enseñando la grupa y bailando: Mi Muchachita, mi Margarita, tú
siempre ha sido mía... y diciendo a los invitados que se paren y que
bailen con él y los que no se pueden parar porque son impedidos
físicos no se preocupen que los arquitectos ya están diseñando
una rampa a manera de montaña rusa para que ustedes también

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puedan disfrutar de los beneficios del pantano de mi castillo y
todos regocijados haríamos una ronda y encenderíamos velas can-
tando a coro: Wilkins, tú eres lo más grande… Eres el Divino
Rockmántico, El Divo de Divos, El Bombón Asesino. Despierto
de esta pesadilla para entrar en otra y es que Micaela se ha sacado
el brassiere, tirándolo al escenario. De repente abro más los ojos
para descubrir que soy uno de los escasos hombres que se encuen-
tran diez kilómetros a la redonda, y esto contando al Astro de los
Astros, al Multifacético, al Atleta de la Canción Rockmántica. Los
otros hombres, con sus respectivas novias, primas, hermanas o
amigas sobre los hombros me miraban con esa mirada que se le da
a un congénere cuando el dolor es uno. Frente a la tarima, varias
señoras en las edades de mi abuela agitaban LP´s de cuando él
usaba smoking blanco y afro para que fuesen estampados con la
firma de uno de los artistas más polifacéticos que ha dado esta
tierra y una muchacha se acerca y me mira con cara de que No
veo y yo me pregunto qué me querrá decir y ella, habló. Por favor
déjame subir a tus hombros para verlo mejor, rogó… y como
Micaela no andaba ni cerca y yo soy un tipo súper condescen-
diente no me quedó más remedio y le dije, Upa, y ella en mis
hombros fue feliz; sobre mis hombros empezó a cantar galillo en
mano, El primero no es el que llega a la piel sino el que llega al
corazón. Sudo copiosamente. Micaela hace un amague para tirar
los panties... yo dejé caer a la jeva y busqué la salida.
Meses después comenzó a cerrar los ojos fuertemente duran-
te nuestros procesos copulares y gritar Wilikins. También le cogió
con tararear canciones en el baño y a veces, según ella, por descui-
do, dejaba el Ipod conectado con todas sus canciones y me decía
que estaba dañado y que se le había borrado todo y nada más
tocaba Wilkins. Como no sé mucho de tecnología no aguanté
más y decidí no volverla a ver con dolor en mi alma y en mi sexo.
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Es más, por una dichosa casualidad ambos nos mudamos de la isla
y retiramos las mesas y hasta otro verano. Luego volví, cuando las
heridas estuvieron sanadas en su totalidad. Un amigo me invitó a
un ágape extraordinario a dos horas de la ciudad. Mientras atra-
vesábamos la carretera de un delicioso viernes Carlitos preguntó,
Estás aburrido. Riposté que no pero que podía escuchar una
musiquita. Ah pues mira aquí está un disco buenísimo: el MTV
Unplugged de Wilkins... está cabrón... por fin le hicieron justicia
a uno de los más grandes; tiene unos dúos brutales ahí con Anaís,
Toño Rosario, Ivy Queen. No-te-lo-puedes-perder.
Respiré hondo, sentí los demonios del pasado apoderarse de
mí. Antes de lanzarme del vehículo en movimiento le escuché
ofrecer, Si tú quieres vamos un día a su castillo, estoy organizando
un tour para Argentina porque yo soy de la Junta Directiva de su
Fan Club...

Rey Emmanuel Andújar


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DAY A FTER PILL

—TÚ ERES MI Antonio Banderas


—Y tú eres mi Gina Lollobrigida

...Por ahí siguió el juego. Las verdaderas identidades no im-


portaban. Besos profundos con sabor a Marlboro Lights, beso de
tornillo con sabor a vodka Absolut, beso definitivo dame otro tra-
go y otro a nombre de ella y mucho baile. Él era el último macho
caribeño y se lucía con cortos pasos de salsa que en cualquier ba-
rrio desde la Habana a San Juan darían vergüenza pero para la
rubia criada en Pisa, hija de pisano y madre gringa eran lo último
de los muñequitos y él bailaba y metía mano y se pegaba y ella
sonreía queriendo que esta noche calurosa de septiembre durara
para siempre, beso candente y trago frío vodka orange.

—Tú eres mi Monica Bellucci, bellisima


—Y tú eres mi Ricky Martin, Livin la vida loca

Se retiraron borrachitos muchísimo antes de la hora triste


para pescar un taxi amarillo que los llevara a la guarida de ella
porque Tú eres mío cuesta notte, susurraba la jeva con la boca fría
en una mordida de oreja y antes de irse se dieron un beso frente al
local que todavía rebosaba de muchachitas que habían dejado
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todos los colleges de upstate vacíos para venir a atragantarse jarras
de sangría y bailar salsa, y merengue y pasito y quebradita y a
gritar con tres piedras en el pecho canciones del Sur profundo
interpretadas por Soda Stereo o por un Aterciopelados imposi-
bles para ellas de mencionar... ah, pero cuando ponían la Mayo-
nesa ella se bate como si fuera Mayonesa los bancos, las sillas y
las mesas se quedaban vacías y todo Manhattan en un hilo… Y
a dar cintura mala las gringas para que el aprovechado joven
latinoamericano se sintiera más indispensable. Volvemos: el taxi
no llega así que abrazo y beso delicado en la bocaza que hace
un rato prometió recitar poemas de Leopardi y en medio de la
promesa y otro beso una muchacha con lentes y borrachita
también y tambaleando sale del local y pide y suplica a la ita-
liana que per favore le deje estampar un beso a los labios de esa
belleza latina que ella ahora atesora y la italiana muy open min-
ded le dice que adelante pero que sólo uno porque esta noche
todos los besos son para ella y ella los quiere todos y el caribeño
se siente grande, rotundo, y se deja besar por todas y jura qué
buena es la vida, que la vida no se acabe que no se acabe nunca
Manhattan que no se acabe esta visa para un sueño y el taxi
llega por fin y se brinca al taxi y entre sonrisas se le da la direc-
ción y el chofer del turbante acciona el meter y a correr fanáti-
cos y hay juegos por debajo del cristal mientras el señor del tur-
bante conduce y el macho latino y supremo toma posesión y
encuentra pantis y la muchacha dice por lo bajo lo bueno que
está en una mezcla de italiano y algunas cosas que se le inte-
rrumpen en la boca que quiere hablar en inglés también pero el
beso tropical no le da tiempo o la mano en la teta no le da chan-
ce y ella entonces se da cuenta de que están en Madison Avenue
y que todo va bien y quiere que estos veinticuatro años duren
para siempre que esta noche no se acabe no te preocupes que en

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casa hay vino rosso, bianco, grappa y semifreddo, todo para ti, todo
para esa boca, porque...

—Tú eres mi Alejandro Fernández


— Y tú, tú eres mi Laura Pausini

Apartamento bonito luego de un breve forcejeo en el ele-


vator. Apartamento bonito en el Spanish Harlem. Apartamento
pequeño como todos los apartamentos en Manhattan pero este
tenía afiches de la fiesta brava por todos lados. Me encanta vivir
en el Barrio because I like… no, better, I love tostones and ropa
vieja and maduros because all that is different than cuchifritos and
all that... Y yo, No te preocupes que yo no soy tu típico domini-
cano de Washington Heights, no te preocupes que no te voy a
desvalijar la casa, sólo cierra los ojos y recita los poemas prometi-
dos que yo te voy a recitar, también te prometo poemitas corru-
gados y comunes de Neruda y el Indio Duarte y te voy a cantar
boleros, te prometo ahora, a que no te lo quitas todo todo todito
y me enseñas ese cuerpo mediterráneo y lo medimos frente a
frente con todas mis playas de veraneo y mis matas de coco... sí,
porque a mí las playas sin matas de coco no me gustan... sí, cie-
rra los ojos, Los cierro, dice ella fuertemente y beso y beso pro-
fundo ahora en el mueble, en la colcha. Destapa un vino. Un
vino bueno para celebrar dice ella. Que sea champagne, pro-
pongo. Prosseco, que no es lo mismo dice ella y pum, sale el
corcho, espuma, y te juro madre mía, padre mío allá en tu casita
de White Plains en el Bronx, te juro por lo más sagrado que
vimos los fuegos artificiales en la Plaza España y ella vio los solda-
dos en atención tirando salvas en la Plaza Garibaldi y te juro
madre mía, padre mío, que los besos de ese negro con el pelo
ensortijado sabían a Nutella y que nadie ha besado mejor y cuando
Amoricidio
29
destapamos la tercera botella, esta de Barolo, sí padre, el Baro-
lo del 89 que tenía mi hermano guardado para la cena de tu
llegada padre... padre discúlpame, fratello mío discúlpame…
es que cuando él me besaba y me cantaba esas canciones Ba-
chata Rosa al oído yo creía madre que el mundo se acababa, es
más padre, yo quería que el mundo se acabara y que no, en-
tonces cuando ya estábamos borrachitos de música de Paolo
Rossi y tanto bolero, padre, sugerimos que lo mejor era pasar a
mis habitaciones y buscar un condón porque a la noche le es-
taba llegando la hora triste... ustedes saben, esa hora en donde
todo se recoge, las palabras se convierten en murmullos y el
dolor de cabeza nos hace jurar que nunca, pero que nunca
más tocaremos una botella en lo que nos quede de vida si sali-
mos vivos de esta resaca. Pero esta noche estaba entera todavía
para estos fines y teníamos la vida por delante así que condón
se ha dicho pero antes...

—Tú eres mi Sophia Loren


—Per favore, enough is enough

Antes del encondonamiento hubo chulería pero ella dejó


una cosa bien clara: Esto es una aventura... no puedo, tengo no-
vio allá en Italia. El ser una aventura duele, la etiqueta quizás due-
le pero el vino estaba muy arriba y no había llegado al corazón así
que se lo dejó pasar aunque lo peor estaba por llegar ya que en los
vaivenes y golpes de cadera ella seguía repitiendo un complejo de
dolor, un rosario que en vez de placer denotaba culpabilidad:
Nunca me casaría contigo, lo quiero a él, con Andrea tendré hi-
jos, con Andrea tendré una casa, tú eres sólo una aventura... en
medio de toda esta extrañeza ambos reparan en un suceso dramá-
tico: El condón se ha roto.

Rey Emmanuel Andújar


30
—Mierda
—Questo e veramente un casino, dijo ella bastante molesta.

Tomaron una decisión rápida y decidieron ir al hospital más


cercano, cuatro cuadras arriba. Fueron caminando, mudos, ma-
nos embolsilladas y con la boca seca, deseando kilómetros de pla-
yas de agua dulce, fría. Ninguno de los dos tenía experiencia en
estos casos. La mañana los estaba delatando. El clima se compor-
taba bien. Con el escaso sol él se dio cuenta de que ella no era tan
Gina o Sophia pero no se veía mal, tenía algo de chulería en los
ojos negros, infinita bondad en el rosado de las mejillas. Él no era
tan Antonio Banderas pero su afro decía sexo y sus manos eran
suaves y fuertes. La enfermera morena los calmó, no era nada del
otro mundo. Extraerían el resto del profiláctico y le darían una
pastilla del día después para evitar... complicaciones. Mientras ella
esperaba con las piernas abiertas en emergencias la enfermera
preguntó, Usted es el novio, y a él no le quedó más remedio. Lue-
go de la hora eterna, ella salió con media sonrisa que auguraba
calma y él sostuvo ese pequeño alivio, eso salvaría al mundo de
tanta maldad. Ella se sentó a su lado pastilla en mano, todavía no
habían cruzado palabra hasta que ella rompió el silencio con una
sola pregunta: Te viniste adentro. Claro, respondió él, sabiendo
que no habría problema con la pastillita. De repente se armó un
corredero y hubo lágrimas fuertes, gritos ahogados que salían de
todos los rincones. Una cadena televisiva anunciaba que en ese
momento otro avión se estrellaba contra la segunda torre. New
York is under attack. Hay que donar sangre, hay que correr, hay
que buscar un lugar seguro. En medio del rush mañanero ellos se
miraron por vez primera, se miraron en serio y envejecieron jun-
tos todo un momento para siempre. Él buscó la mano en donde
estaba la pastilla. Apretó fuerte. La invitó a desayunar.
Amoricidio
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Rey Emmanuel Andújar
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UNA PEQUEÑA CEREMONIA

TENGO UNA ENFERMEDAD que desafía la ciencia, dijo Ro-


sama antes de encender un cigarrillo largo. Su sonrisa era grande
de dientes blancos contrastando con el morenaje furioso de su
piel. Negra de cabo a rabo; pelo lacio que te hacía recordar los
cuentos de ciguapas en las faldas de abuela las noches de eternos
apagones y pan con agua de limón. Los años me han enseñado que
hay noticias catastróficas que uno debe recibir con la misma natura-
lidad con que son expresadas, cuestión de no romper el hilo divino
de la lógica sensible. El cigarrillo siempre ha sido una buena excusa
así que asentí, abrí un poco los ojos conciente de que la oscuridad
del bar no delataría el temblor en mis manos. No abundé en el
tema con preguntas necias. Busqué refugio en los ojos del barten-
der y pedí dos tragos a mi cuenta, Whisky a las rocas, soda al lado...
Ron Extraviejo para la señorita, muchas gracias hermano.
Aprobamos el trago y Tony, el dueño de la barra, que hacía
al mismo tiempo de disck jockey, nos bendijo con un merengue.
Bailamos pegadito hasta el final, como acabaditos de coser... Ella
buscaba cosas que se le habían perdido hace años debajo de mis
amuletos y espalda baja y yo, oliendo su pelo, mirándola de vez en
cuando y robándole carcajadas porque al final eso es lo que uno
se lleva. Me encantan esos ojitos de puto que pones, dijo ella
Amoricidio
33
agarrándome las nalgas y yo pegándome más. Olvidé lo que me
había confesado acerca de su salud, sus manos de enana me em-
pujaron hacia una esquina de la oscuridad agarrándome fuerte-
mente todo lo que se llama sexo medio. Me dejé llevar sin sorpre-
sa. La boca grande encontró mi oído y con toda seguridad me
contó la parte más terrible: Lo más terrible es que puedo morir
cualquier mañana de estas.
Ese bar nos gustaba por muchas razones, una de ellas era la
pantalla gigante en donde Tony de vez en cuando te sorprendía
con un video del concierto Lágrimas Negras de Bebo y el Cigala.
Lachan, mi amiga de más tiempo, solicitaba Vete de mí con lágri-
mas en los ojos y la mayoría de las veces pedía un trago nuevo
aunque el suyo estuviera entero, daba golpes diminutos en la ba-
rra y contagiaba a todos con el dolor... a ese tema le seguían uno o
dos más. Sé que es posible escuchar ese disco entero sin ningún
reparo, pero en circunstancias de tanto trago, tanto humo coagu-
lado de camino al techo y la poca luz era probable que a cualquier
mortal con dos centavos de sensibilidad se le cuarteara el alma, así
que mejor dejar las cosas por las buenas y retirarse con Corazón
Loco y la cancioncita en portugués, para así dar paso a otros nive-
les de sufrimiento. En ese bar yo me sentía muy Gianmaria Volon-
té, muy Ed Harris en Pollock cigarrillo en mano, trago al frente y
sufriendo. Mentiría si no dijera que los besos que he robado en las
esquinas de esta guarida no han sabido mejor. Puedo, más no quie-
ro, recordar cada uno de los bailes y las cosas que se generaron
bajo los efectos de la belleza que allí radica. Exagero: dentro de
esas cuatro paredes destrozo cualquier vínculo con la soledad. Llega
la hora de ajustar cuentas y ella hace hincapié en la propuesta de
hace rato, cuando entre beso y chulería impertinente en la barra
lado a lado me soltó con toda la desvergüenza y seguridad de los
borrachos: No me gustaría morir sin casarme... no por el papel,

Rey Emmanuel Andújar


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sino por la ceremonia. Es cierto, no me propuso nada, pero un
favor así no se le niega a un amigo con privilegios. Quieres ser mi
esposa, pregunté. Quiero, dijo ella buscando las llaves del carro.
Entre manoseo premarital llegamos a su casa. También nos
robamos unos cuantos besos antes de que el padre abriera la puer-
ta, que por cierto, tenía algo extraño en su arquitectura: era bas-
tante pequeña. El padre salió sonriendo y casi invisible por entre
la tranquilidad de la madrugada. No se escuchaba un alma. Pa-
dre, lo hemos logrado, dijo ella, presentando al hombre del ma-
ñana. Tuve que arrodillarme para abrazar a mi futuro suegro. Don
Ernesto era un enano.
Seguí trabajando fielmente en mi teoría de aparentar que
todo era cotidiano al enfrentarme a la casa con todo y sus caracte-
rísticas. Recordé un cuento de la niñez en donde alguien llegaba
a una casa desocupada para darse cuenta de que todo era peque-
ño. El padre de la novia me condujo hasta el patio que en oposi-
ción a todo lo demás me pareció inmenso, luego comprendí que
podía tratarse de una ilusión bastante óptica comparado con todo
lo que había allí: Sillas diminutas, diminuta la mesa, las flores y
todos los aprestos. La pequeña ceremonia estaba montada, como
si estuvieran esperando la boda en cualquier momento. Allí esta-
ban los cuatro hermanos, las tías y los primos... sobre todo la ma-
dre presidiendo un extremo de la ínfima mesa: todos enanos, to-
dos pequeños.
Esta extrañeza era combatida por el amor que expresaban al
futuro miembro de la familia. No iba a usar traje por un asunto
de inmediatez y no podía pedir uno prestado por la discrepancia
en las medidas pero para darle formalidad al asunto me buscaron
una pajarilla y colocaron una rosa enana en el ojal del bolsillo de
mi camisa. Los hermanos me llevaron al baño a lavarme la cara y a
cepillarme los dientes para no matar a la gente con el tufo. Mi
Amoricidio
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novia se preparaba en la habitación con sus primas mientras el
olor del sancocho de gallina que con alegría se gestaba en la coci-
na llenaba el ambiente. Minutos antes del evento, el padre ex-
presó su deseo de tener una conversación conmigo... Formalida-
des, se excusó el pequeño caballero quien decidió que nos sentá-
ramos en la sala. Whisky, ofreció el señor. A la roca, dije, mien-
tras él servía dos vasos cortos y paladeaba el buen trago de Blue
Label. Sé que ella le ha explicado la situación, joven mío, y agra-
dezco sobremanera la pequeña felicidad que nos ha traído esta
madrugada. Yo iba a decir algo pero me paró en seco con la
mano, que aunque chiquita, denotaba una autoridad sacrosan-
ta. Cruzó las piernitas y continuó, Estamos preparándonos para
este momento desde que ella nació... puede que parezca tener
un poco de tamaño, casi regular, pero tiene por dentro el cuer-
po de enana, así que el doctor sentenció que no pasaría de los
veinte y ya tiene veintitrés. No los aparenta, dije, conciente de
que había dicho un disparate. Pues los tiene aunque ese no es el
punto, dijo él seriamente y terminó, con la garganta cojeando y
avisos lacrimosos, Usted debe ser un buen muchacho para que
ella lo haya elegido, así que lo querremos como a un hijo... us-
ted comprenderá que esto es una mera formalidad, debe irse
mañana muy lejos, ahórrese el dolor de su muerte... sólo le pido,
como padre, entre caballeros, que la lleve siempre en el corazón
con mucho cuidado.
Fue una ceremonia corta y emotiva... no había tiempo que
perder. Dijímos, Sí, acepto y hubo aplausos de manitas felices.
Amanecía casi pero los pequeños bailaban a mi alrededor, me fe-
licitaban, felicitaban a la novia y nos sacaban fotos al lado del biz-
cocho. Después de los bailes nupciales de merengue y bachata sin
fondo vino el primito con la guitarrita y ronroneó algo que yo
tenía escrito en una servilleta, algo bien cursi y borracho... pero

Rey Emmanuel Andújar


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después de su interpretación entendí que ese bien podría ser el
camino para regresar a la ternura:

Quiero
cantar la canción pequeña de tu pecho
encontrarte siempre eterna
y salir horizontes estrellas a cazar
prendido en tu mirada
de bella y deseada
Quiero
escalar por los tacones de tu boca
compartir de tu sonrisa y escapar de las heridas y el dolor
amargo y caramelo
Ay mujercita por ti yo quiero
acabar con las guerras y en tu nombre
recoger los caracoles
desafinar los acordeones y el dolor
pasillo azul sin fondo
Quiero
dibujarte blanco y negro de montañas
desafiar la poesía para hacer tu boca mía y el dolor
amargo caramelo
Quiero un minuto corto contigo
para estrenar este deseo de ajonjolí
Yo tengo una boca de cascabeles
llena de mameyes maduritos para ti
Quiero... puedo... Quiero...

Al fin salió el sol a dañarlo todo y Rosama se excusó de un


dolor de pecho intenso, la llevaron a sus habitaciones. Nos des-
pedimos con un beso grande y bueno como consumación de
Amoricidio
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nuestro lazo. La madre se fue con ella, el padre me mostró la sali-
da. Supe que no la vería más. Salí a la calle tropezando con
gente sin alma que se apuraban a las oficinas, mujeres con pre-
guntas y sin amor. Empezó a llover a cántaros. Decidí que no
tenía nada más que hacer en esa ciudad y me fui sin hacer las
maletas, sin despedirme, llorando con el Mar Caribe de fondo
camino al aeropuerto.

Rey Emmanuel Andújar


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MANOS QUE NO VEN

Su mano dice que el mundo es cóncavo


Juan Gelman

NUESTRA HISTORIA COMENZÓ y terminó con arena en


los pies, en los bolsillos. Nos conocimos en serio un sábado y al día
siguiente estábamos frente al mar tomando cafecito y picando
cositas dulces. Al principio esperábamos el ejército de las hormi-
gas pero que va. Odio los sapos, son horribles, dije, y ella sonrió.
Continuamos haciendo chistes y hablando de sus gatos y de los
viajes de vacaciones de su infancia: Santo Domingo Colonial; sus
abuelos tenían una joyería en la Avenida Mella al lado del Cine
Lido exactamente. Nos reímos mucho otra vez y me preguntó si
alguna vez había entrado a ese cine en donde por años han pasa-
do películas porno. Claro que fui, todos hemos ido, especialmen-
te a las francesas, agregué sin miedo... con ella no tenía miedo a
nada y se lo dejé saber, Con vos no tengo miedo. Sus ojos verdes se
confundían con la inmensidad del mar, la risa se perdía en el rui-
do de los aviones que sobrevolaban. Mis manos entretenían azú-
car en el café con leche porque no sabían qué hacer, no sabían si
volver a tocar las otras manos uñas pintadas de rojo mamasita.
Quieres caminar, pregunté para no aburrir. Sí, sólo con una con-
dición, dijo ella, No me tomes de las manos por favor.
La noche anterior habíamos quedado en un café del Viejo
San Juan. La vi sentadita sosteniendo su taza con las dos manos.
Amoricidio
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De inmediato saludé y no recuerdo si fue beso o apretón de ma-
nos mientras me excusaba por haber llegado tarde. No hay pro-
blema dijo ella y abrió los ojos y me tiré de clavado en esa alberca
verdiazul. Dije cosas nerviosas de idiota, busqué cigarrillos y pedí
cortadito con más leche que café dos de azúcar. Viene el proceso
de curriculums, de conocerse y conté más o menos todo en diez
minutos. Tu turno, dije yo. Me hubiese gustado estudiar micro-
biología, toco el violín y trabajo en el laboratorio de la facultad...
no veo desde los seis años, daños irreparables en la córnea según
los doctores... de eso ya te has dado cuenta, terminó, mientras yo
me moría de la sorpresa. No abundé más sobre el tema. Camina-
mos y el café se convirtió en cerveza. La lógica dictó que tenía que
comportarme lo más normal posible pero ella notó mi desasosie-
go. No importa, estoy acostumbrada, me tranquilizó sonriendo y
el sábado continuó siendo mi día favorito.
Me encanta caminar por este lado de la ciudad... son los ado-
quines, dijo, y de inmediato pedí la cuenta. Prometió llevarme a
un lugar bonito que según ella tendría su recompensa, ya que la
vista ahí es genial. Me aventuré a sostenerle la mano y ella se deja-
ba. En verdad fue más por tocarla que por el mero hecho de ayu-
darla a cruzar calles y subir aceras, luego me di cuenta de que ella
conocía cada tramo, cada peldaño, bajadas y subidas. Adoro estos
olores, sonidos y texturas, me dijo al oído en un gesto de irreme-
diable ternura. Llegamos al parque. Un grupo de adolescentes
vestidos de negro y de pelo largo destrozaron el silencio mientras
ella me mostraba la bahía colonial y cerraba los ojos, respiraba
hondo como para meterse el tajo de noche dentro del pecho.
Acaricié sus manos con notable mala fe y me advirtió, No va a
pasar nada esta noche, contigo prefiero dejar las cosas correr, he
tenido experiencias, de las malas, por el asunto de la inmediatez.
Qué inteligente la gente que aprende de sus errores, me dije,

Rey Emmanuel Andújar


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pensando en mis pies destrozados de tanto tropezar con las mis-
mas piedras, a gusto. Notó mi desconcierto y buscó mi cara con
sus manos, reconoció los accidentes. Eres bello, dijo con la sonrisa
esa, la desgarradora, otra vez. Vamos, que ya se hace tarde, propu-
se, suplicando un abrazo. Estreché su cuerpo menudo y sentí las
costillas, asumí su pelo y supe que ese olor no me dejaría en paz
por los próximos meses... toda una vida quisiera yo... En el camino
de vuelta hubo azucenas. El olor de la niñez, dijo ella mientras le
colocaba una en el pelo. Nos despedimos sin más, alguien la ven-
dría a recoger. Llámame, me encanta tu voz, dijo como quien dice
adiós. Quedamos para el próximo día. Promesa de de domingo
playero.
Las semanas siguientes fueron normales en estos procesos: la
espera al lado del teléfono, los desencuentros, problemas de agen-
da. Un día me aparecí en la facultad con azucenas y girasoles y le
robé sonrisas. En el laboratorio me mostró lo que hacía. Lavar las
ranas, darle de comer a los conejos. Ella se tomó la demanda y
decidió acabar con mis miedos cuando acarició mis manos. Cie-
rra los ojos, cantó por lo bajo. El agua estaba fría y casi me desma-
yo cuando sentí el asunto gelatinoso en mis dedos... sus manos
calmaban las mías y el corazón palpitaba como loco. Nos reímos
mucho. Quieres ir esta noche a la playa, preguntó. Contesté que
claro, a las ocho está bien.
Un día venimos con rastrillos y bolsas para recoger tanta ba-
sura, dijo con sus dientes blanquísimos de leche y yo asentía di-
ciendo que era buena idea. La noche de Ocean Park se regalaba
buena de nubes y una brisa con olor a Caribe... mar con el que
hemos nacido y nos persigue en los trenes camino a Den Haag
que nos resultan ajenos, o en la confusión de Roma Termini. En-
contramos un tronco y nos sentamos en la arena. Las manos cono-
cen, han sido advertidas ya, pero de vez en cuando dejan los
Amoricidio
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dedos ser en un antebrazo y la extremidad atesora. Las manos
dedican canciones brasileiras muy románticas para la ocasión; con-
fundidas, no saben qué más hacer. Un día tocaré el violín para ti,
promete ella recostando su cabeza sobre mi hombro. Minutos
eternos de complicidad de sus rizos cerca de mi cuello. Ese olor
otra vez...
Las manos odian y envidian el hombro.
La ciudad es pequeña pero se las arregla para que yo no la
vea más. Ya no creo en las coincidencias. Vengo y voy de aero-
puerto en aeropuerto, las cartas no llegan, los servidores se caen y
no hay computadora que resista... luego vienen las alergias, los
males estomacales, las lluvias, la intermitencia del tránsito y nadie
quiere ver a nadie. Recuerdo haberle dedicado dos canciones,
una directamente... esa que dice Hace falta que te diga que me
muero por tener algo contigo... la versión por Vicentico y la otra se
la sigo dedicando en mi mente, cuando estoy solo en las salas de
espera luego de haber pasado por migración y busco alkasetzers y
no los encuentro y si los encuentro no hay agua en los aviones. La
otra canción, de Calamaro, El comandante de tu parte de adelan-
te. Siempre me pregunto, qué seré para ella ahora en la distan-
cia... si me pensará dentro de su oscuridad y sus complejos. Qui-
siera ser de todo, me digo, mientras recibo la servilleta diminuta y
el vasito de naranja diminuto para engullir la comidita que sabe a
cartón de aire; de todo, quisiera ser de todo menos una de las
historias tristes para su vibrador, como mencionó ella la última vez
en medio de cerveza fría y solo de violín en la playa de Piñones.
Los hombres se han convertido para mí en una excusa intermina-
ble... Al principio era un asunto como de lástima, la muchacha
ciega y todo eso... luego les demuestro la mujer normal que hay
en mí, que siente, que exige, quizás más que nadie, entonces viene
el sexo como fetiche, acostarse con la ciega, y eso, que no muchos

Rey Emmanuel Andújar


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hombres de los que he conocido han visto Red Dragon, o El Lado
Oscuro del Corazón. Has visto esa película, preguntó prometiendo
volver a vernos en alguna esquina. A vernos, dije irónicamente...
Claro que a vernos, respondió visiblemente molesta y ya no la
escuché más, me llegaron palabras envueltas en notas de Mendel-
ssohn concierto para violín en mi menor opus 64. Aire sal de mar,
como si alguien hubiese destrozado un caracol en mi cabeza mien-
tras yo miraba seriamente las huellas en la arena devoradas por la
resaca pensando en la terrible inmortalidad del cangrejo.

Amoricidio
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Rey Emmanuel Andújar
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EL ORFEBRE

En el amor y en el boxeo
todo es cuestión de distancia.
Cristina Peri Rossi

LOS DOLORES COMENZARON un jueves. El pulgar se puso


azulnegrovioláceo inmediatamente y me palpitaba como si el co-
razón se hubiese trasladado a ese dedo y toda la sangre que se bom-
beaba al cuerpo fuese de aquel color, de este dolor. El estruendo del
martillo quedó en mis oídos, así como todas las malas palabras que
dije en menos de dos minutos. Vivo de las casualidades pero este no
fue el caso, estuve pensando, mientras me decía que tuve suerte ya
que la herramienta no me cayó en el dedo del pie, eso ya hubiera
sido demasiado. Entonces como por arte de magia, en lo que mira-
ba el maldito clavo en la pared, suena el timbre y el teléfono al
mismo tiempo. Decido abrir el portón... la contestadora que se
encargue de aquello, los teléfonos nunca me han gustado.
Josian, llegaste temprano, dije, con la cara estrujada por una
mueca. Él se mostró más preocupado de lo normal y eso estaba
bien. Preguntó qué pasó y le expliqué que estaba tratando de col-
gar los malditos cuadros. Lachan, mi amiga con la que comparto
esta casa nueva, estaba de viaje pero había dejado un mensaje
bastante claro: Deja de hacerte la paja y ponte a arreglar la casa,
vacía las maletas, coloca los libros en los libreros, cambia las bom-
billas y cuelga los cuadros antes de que yo llegue para no matarte,
Amoricidio
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te quiero y adiós. Me tiré en un mueble y actué un poco más
adolorido de lo que en realidad estaba. Josian rebuscó en la habi-
tación hasta encontrar un poco de mentol. A ver esa mano, me
dijo con toda su ternura y empezó a acariciarme el dedo que se
hinchaba. No deja de sorprenderme este muchacho que no llega
a los veinte años y es tan grande, tiene una belleza de energúme-
no... quien lo viera ahora, tratando de curar mis golpes con sus
manos de gigante y cancioncitas de sana sana culito de rana no
creería que es campeón centroamericano de las 140 libras en
boxeo… invicto, todo por knockout.
Tienes un mensaje en la máquina, me dijo mientras buscaba
algo de tomar en la nevera. Le tengo sus jugos y sus cosas porque
siempre está a dieta de deportista. Pásame una cerveza, están en el
freezer, le dije mientras presionaba el botoncito de play en el telé-
fono para escuchar el mensaje, era Melissa: Sé que estás en la ciu-
dad, quiero verte. Josian me miró sin preguntar quién es esa ni
nada, se excusó diciendo estar cansado y se fue a la habitación.
Vienes, preguntó. Sí, concedí y fui a encender el aire acondicio-
nado. Él se puso a ver televisión y yo a escribir. Qué escribes, pre-
guntó media hora después. Un cuento aburrido, cosas que no
llegarán a las escuelas públicas, dije sonriendo. Por favor, escribe
algo lindo, deja ya esas historias de balas y sangre, que tú no eres
detective. El dolor se me estremeció por las carcajadas verdaderas
que emití, le dije que tampoco era poeta pero que estaba bien y
pensé en escribir algo para él. Antes de quedarse dormido me
dijo: Me gusta eso que pusieron en tu segundo libro, que eres,
“Un orfebre metido a boxeador”. Por cierto, qué es un orfebre.
Le dije que ya, que descansara, que después le explicaba. Enton-
ces llegó a mi mente el Adriano moribundo de Yourcenar escri-
biendo acerca de la belleza dormida a su lado. Me prometí escri-
bir un relato con respiración y palomas que no tuviese que ver

Rey Emmanuel Andújar


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nada con sangre y gente llorando, una historia que hablara de la
belleza y la ternura de este atlas sosteniendo mi mundo de arena,
todas las tardes desde que lo conocí en el gimnasio de la Federa-
ción Nacional de Boxeo. Recuerdo la sonrisa que contrastaba con
la fiereza con que tiraba los golpes. Qué hace un escritor boxean-
do, me preguntó como todo el mundo. Estoy investigando para
escribir una pieza para teatro, respondí. Él recomendó a los de-
más boxeadores que sólo me golpearan del cuello para abajo.
Después me confesó que le gustaba mi cara, que no quería verme
desfigurado. Nos empezamos a ver todas las tardes y mi vida deci-
dió recobrar algo de sentido.
Me gusta este apartamento. Luego de muchas peleas con
Lachan decidí organizarme un poco y dejar de ser el indigente
que dice mi madre, el desarraigado que dice mi abuela, el loquito
que dice la doctora Zeta que me quiere tanto del otro lado del
charco. Así que me puse a trabajar de camarero por año y medio
y pude ahorrar lo suficiente para conseguir este apartamento de
dos habitaciones con baño y techos altos, grandes paredes buenas
para libreros y mucha luz. El único problema real son mis vecinos
de arriba: una pareja de recién casados que se la pasan discutien-
do o singando a todas horas con ruidos y señales cuestión de que
yo no duerma. Al poco tiempo de la mudanza me vi con la vecina
mientras salía del complejo y el encuentro no fue nada agradable.
Esa noche la luna estaba preciosa y decidí salir a caminar hasta el
Malecón para verla mejor y mientras flotaba embelesado hacia el
portón, chocamos de frente; ella venía del supermercado y todas
las bolsas cayeron al piso. Mil perdones, rogué, y mientras me
agachaba a recoger las bolsas la muy perra me insultó, Qué coño
es lo que mira para arriba, atienda por donde anda. Volví a excu-
sarme millones de veces recogiendo cosas sin mirar, cuando llegué
a su cintura me quedé frío. La jeva tenía una nueve milímetros en
Amoricidio
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el cinto; la vecina era policía de la secreta, me enteré después.
Deje de decir perdón, buena mierda coño, qué es lo que anda
tropezando con la gente, gritó bastante agitada. Cometí el gran
error de responder, Miraba la luna, está bonita. Qué luna del
coño, mariconazo, mire por donde anda, gritó al arrebatarme las
bolsas. Por poco se me salen las lágrimas pero el terror me dejó
frío; no dije nada más cosa de que no cogiera la pistola y me diera
un tiro, ya sabemos que los policías y los militares están entrena-
dos para entender que los civiles somos una excusa absurda de la
sociedad. Se fue sin decir adiós ni buenas noches. Yo seguí mi
cacería por la luna, me paré en la esquina, compré ron y cigarri-
llos para confundir el susto.
Al final de la tarde Josian se despidió y se fue a entrenar.
Aproveché la soledad para llamar a Melissa, era una sorpresa que
me hubiese encontrado. Hola cómo estás, tú llamando, qué sor-
presa. Nada, supe que estabas aquí y me dieron ganas de verte.
Bueno, me voy como en tres semanas pero podemos vernos esta
noche. Perfecto, anota la dirección, dijo y quedamos a las nueve.
Entre cuatro cervezas bien frías, cigarrillos y música, esperé hasta
que llegara la hora. Llamé un taxi. En veinte minutos ya estaba en
el lugar. Subí hasta el cuarto piso para confirmar que la ironía es
un barril sin fondo: la niña me había citado en casa de su novio.
No es que eso tuviese nada de malo, en realidad Melissa y yo
nunca habíamos tenido nada de sexo o roce... nuestra relación era
más una mutua paja mental, una gran colección de desencuen-
tros. Si yo estaba en la ciudad, ella estaba con novio nuevo o de
viaje y siempre regresaba dos días después y ya yo no estaba. Dije
buenas noches y el novio me saludó efusivamente, no sé lo que
ella le habrá dicho. Él tipo era un moreno inmenso, pelotero. Por
la conversación entre tragos de whisky, supe que estaba esperan-
do para ser firmado por los Cardenales de San Luis. Al tercer

Rey Emmanuel Andújar


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trago determiné que era la hora de irme pero ellos sugirieron salir
a tomar algo. Cuando el moreno se fue a la habitación le pregun-
té a Melissa con la mirada, Qué pretendes. Ella respondió por lo
bajo: No te preocupes, tenemos una relación muy abierta, ade-
más, él sabe. Toda la ciudad sabe lo que siento por ti.
Propuse un bar cerca de casa, por si acaso. Luego de muchas
botellas de cerveza y varios shots de tequila me confié, el miedo
quedó atrás y entendí que quizás yo estaba exagerando; que sí,
que esas clases de relaciones open minded existen. Me excusé para
ir al baño y llegué agarrándome de las paredes. Cuando terminé
de orinar ya Melissa estaba detrás de mí para acorralarme contra
el lavamanos y me besó y tocó con maldad. Eso duró una eterni-
dad y mentiría si digo que no me lo gocé, me sentí joven, como
antes, pero todo tiene su precio. Al salir el moreno me esperaba
con lágrimas en los ojos en la puerta del baño. No dijo una pala-
bra, botaba espuma por la boca. Cuando quise explicar algo, su
puño en mi boca no me dejó. El golpe me dejó esperando el se-
gundo, de inmediato sentí el líquido caliente, la sangre que brota-
ba por la nariz. El tipo me agarró y me sacó a la calle. Melissa
gritaba detrás pero era imposible, él no paraba de llorar pero me
seguía sonando como si yo fuese una conga. Como por la octava
trompada dejé de contar. El señor que cuida la entrada del bar
llamó a un par de muchachos que me lo quitaron de encima.
Melissa se lo llevó hasta la camioneta y se fueron raudos antes de
que llegara la policía... aún retengo una imagen que valoro: las
gotas de mi sangre que rodaban de su mano derecha.
Después de todo, al día siguiente el dolor predominante era
el del maldito dedo. Hice esfuerzo enorme para verme en el espe-
jo. Estaba jodido, la cara súper hinchada y tres puntos de sutura
encima del ojo izquierdo. Me tiraron muchas placas. Es un trau-
ma mínimo, dijo el médico que recetó descanso, antibióticos y
Amoricidio
49
líquidos. Tanto calmante y antinflamatorio me tenían como un
zombie. Josian llegó como todas las tardes y se enfureció bastante
cuando me vio tan desmejorado. Exigió explicaciones y yo le con-
té casi todo con lujo de detalles. Pidió teléfonos, direcciones para
ir a buscar a ese pendejo pero sobre todo a la muy hija de puta de
la jeva que te metió en ese lío. Le dije que lo dejara, que total, el
tipo es un farsante y ella sí, una verdadera hija de su maldita ma-
dre. Me puso algo de los ungüentos para los golpes que lleva en su
bulto de entrenamiento y puso un té, luego una sopa… yo no
podía casi tragar por el dolor. Seguimos discutiendo, él exigiendo
razones, yo negándolas. Me preguntó si tenía algo con esa jeva,
que quién era, se puso en celos. Entonces empezamos a pelear de
manera violenta y hubo gritos... él también se puso a llorar y yo
me asusté, recordando que cuando los hombres lloran pueden
ponerse brutos. Le di las gracias por venir y le pedí que se fuera. Si
me voy ahora no me ves jamás, juró con los ojos pequeños, rojos.
Con dolor en el dedo, porque como dije antes, allí era que estaba
mi alma, le mentí. Si te vas ahora no me importa, vete, vete, mu-
chachito de la mierda, no quiero verte, no quiero ver a nadie,
déjame solo, como todos. Dije estas palabras consciente de que
nadie me deja solo, de que soy yo quien siempre se va, quien de
manera sadomasoquista y egocéntrica ha manejado todas las rela-
ciones. Tomó su bulto y se fue. Le grité cobarde, me susurré pen-
dejo, maricón. Pasé la tarde llorando. Ahora sí me dolía todo el
cuerpo.
Sí, señorita, un vuelo de ida... sí, para mañana a primera hora,
imploré. Todo lleno, si desea puedo ponerlo en lista de espera,
resolvió la voz telefónica. Está bien, dije, un día más, un día me-
nos… cada vez que vengo a esta ciudad salgo mal herido. No pude
dormir, los vecinos de arriba me dieron la tanda completa. Sólo
hubo una pequeña diferencia que agradezco. Primero fueron los

Rey Emmanuel Andújar


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ruidos amatorios de la cama, luego una puerta que se estrellaba,
gritos, amenazas, tensiones... juro que pude escuchar el mecanis-
mo de la pistola al activarse y pensé en el proyectil ascendiendo a
la recámara... el estruendo vino casi inmediatamente después. La
policía no llegó nunca y no sé porqué, no sentí miedo. Todos los
vecinos salieron, menos yo. Decidí tomar cerveza, prender un jo-
int, buscar una maleta y empacar cualquier cosa. En la oscuridad
encontré los guantes de Josian en la sala, volví a llorar. Levanté la
cabeza y reparé en el maldito clavo, pensé que si fuese mas gran-
de, y yo tuviese una soga... pero no voy a tomarme atribuciones
con mi vida. Entonces decidí colgar los guantes. Busqué el pasa-
porte y la billetera... apagué la luz y cerré con doble candado. En
el aeropuerto escribiría la historia de una pistolera ninfómana.
Aprovecharía esta despedida para convertirla en la poesía dura de
un muchacho que no veré jamás... el poema de como me iría a
dormir en una lista de espera para siempre.

Amoricidio
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Rey Emmanuel Andújar
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MADERA DE COMBATE
para Sofía Amundsen

Nostalgias de escuchar su risa loca,


y sentir junto a mi boca como un fuego
su respiración.
Nostalgias, Andrés Calamaro version

QUÉ TE PASÓ en la boca, pregunté para romper el silencio. La


encontré disfrutando del viento que la despeinaba... no supo qué
contestar y se empezó a dar mordiditas en el labio sacando un
poco la lengua de cuando en vez. Tardó en contestar, como si se
hubiese ido en un viaje hacia aquel lugar para escoger cualquier
historia y satisfacer mi curiosidad.
El casco se me bajaba y no pude ver; ese día estaba de mal
humor, el foxhole de ese campo de tiro es muy incomodo y al
disparar el rifle perdí el control, luego fue todo sangre... aunque
tuve que seguir disparando, no me quedaba otra opción. Me cuen-
ta todo esto un poco enfadada porque andábamos medio perdi-
dos; no podía ayudarla, no conozco la ciudad. Estuvimos mane-
jando otra media hora buscando la salida correcta en la autopista.
Tuvimos que llevar a Yoshua (el amigo con derecho) a su casa y
por suerte nos perdimos en el camino de regreso. Sentía que esa
era la primera vez que en verdad hablábamos. Nos quitamos las
máscaras y yo pude conocerla, hacerle toda clase de preguntas y
de paso contar mi historia. Ella tenía cuatro años en el Army, me
dijo que lo hacía porque ellos le pagaban los estudios y todo eso.
En realidad uno no hace nada, tengo que ir una vez al mes a la
Amoricidio
53
base, allí uno limpia armas, maneja camiones... es bastante aburri-
do. Me contó todo acerca de sus ocho meses de entrenamiento en
Estados Unidos, del novio que la dejó al año de enlistarse. Es un
zángano y para bobos estoy yo, me dijo y por fin encontramos la
salida correcta.
En el restaurante pedimos sandwichs de pavo con mayonesa
y ensalada. Yo en verdad podía comer cualquier cosa, la resaca me
estaba matando y necesitaba tirarle algo al estómago. Después
mucha agua fría y un alka setzer. Antes del café quise tocar sus
manos, estudiarla completa para seguir encontrándome con ci-
catrices, seguir haciéndole preguntas y escuchar su risa peque-
ña, la historia del arte de su cuerpo, su música. Moviendo la
cucharilla en la taza le supliqué, Es necesario que te salgas de eso
del ejército... si ellos pueden llamarte en cualquier momento
para ir a la guerra sería una vaina... es verdad que no nos cono-
cemos pero te confieso que me dolería horrores si me entero de
que tienes que irte. Ella abrió los ojos inmensos. Entendí que
podría pensar que yo estaba exagerando. Proseguí, Tú eres, qué
se yo, una persona abierta, encierras mucha bondad, eres una
artista y los artistas construyen cosas... esa gente, los militares, al
final destruyen todo, sus leyes van en contra de lo que pensa-
mos… Luego compartí mi historia de los seis meses que pasé en
la marina al salir del colegio. Es muy terrible... y eso que está
pasando allá en la guerra, imagina que no tengas opción, matar
a otro ser humano sin saber porqué, en ese momento eres tú o
ese otro, le quitas la vida, te expones a que te la quiten, te expo-
nes a que esa vaina te guste... luego las noches sin poder juntar
los ojos, el horror... no sé ni qué más decirte. Ahora era ella quien
seriamente tomaba mi mano y buscaba historias para dormir en
las arrugas y los terribles caminos de lectura de mi palma, tocando
callos, las cicatrices de las quemadas de cigarrillo... quería conocer

Rey Emmanuel Andújar


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mi vida por mis manos, me dijo con una lágrima sin mirarme a la
cara.
Estuvimos trabajando en lo de la exposición todo el resto de
la tarde. El galpón en donde estaba la galería era un espacio muy
interesante. Bregábamos una pieza de performance-instalación en
donde yo actuaba dentro de unas estructuras de madera que ella
había armado. Nos tomamos un descanso de iced tea y sofá cómo-
do, tirados uno muy cerca del otro y envueltos en el delicioso olor
a resina de madera recién cortada. Empezamos a hojear una revis-
ta de fotografía, admirábamos lo blanco y negro. Me gustan los
desnudos, la silueta... dices madera y pienso en el cuerpo huma-
no, en la belleza, me dijo sin mirarme. Recité un poema de Leza-
ma: Y yo sigo trabajando la madera como una uña despierta... como
el hombre que espera en una casa de hojas... mi alma no está en un
cenicero. Tomé el atrevimiento de su mano y busqué cosas tam-
bién... las besé con uñas y todo. Me lancé a sus ojos y estaban
cerrados, todo su cuerpo temblaba como hoja de segueta, como
cuerda de guitarra... busqué su boca pero no fue posible.
Teníamos sillas para por lo menos treinta personas... no fue
casi nadie. Ella sonreía nerviosa y un poco defraudada. Le dije
que no, que habían cuatro personas y que eso era suficiente. In-
tenté subirnos los ánimos contándole algo de Galeano en el Picco-
lo Teatro de Milano. Una historia de aplaudir como loco hasta que
sangran las manos. Ella ahí, con su vestido negro, la boca sucia de
pintura de labios, el xilófono en las manos y sus botas hasta las
rodillas, preciosa en toda esa negritud que contrastaba con el co-
lor de su piel sin broncear. Cuando encendieron las luces rojas y
azules navegué por entre la leña como poseído por ese otro yo que
llega cuando el personaje se va y la representación se convierte en
parte de nuestros diarios dolores y pesares, angustias y alegrías. El
teatro como arma, como fuego de resistencia, como la representación
Amoricidio
55
más fiel de las cosas que quiero mentirte. Actué para ella, para sus
manos, en un combate de regalo entre mi imposibilidad de tener-
la para siempre y nunca jamás a mi lado. Las ocho manos del
escaso público se convirtieron en abrazo de pulpo y al final le vi
sonreír satisfecha y en serio.
Me largué una semana después de haberle escrito una carta
muy larga. Quise que esa carta fuese rota o quemada, o guardada
dentro de algún buen libro, o en un sobre perfumado con alguna
hoja seca e interesante. En el avión me encontré con una chica
argentina que releía a Borges y Storni, intercalando cuentos y
poemas. Antes de intercambiar pastillas para dormir le conté esta
historia casi completa, sólo que en la versión aeronáutica yo era el
hombre que esperaba su regreso de la guerra y ella lograba llegar
hasta mí, sin un rasguño... la llevaba al campo y me acostaba cerca
de su regazo, le contaba historias de Arenas o le recitaba poemas
de Clemente Soto Vélez hasta la dormidera... yo siempre me en-
traría en su sueños después, livianamente, y estaría ahí junto al
jarrón de agua fresca, por si a medio sueño le llegaban las oscuras
pesadillas de sangre y polvo en el campo de batalla.

Rey Emmanuel Andújar


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MÁSCARAS DE NAVIDAD

Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.


Juan Carlos Onetti

DÓNDE ESTÁ MI árbol, dijo La Coja inmediatamente después


de escuchar el mecanismo de la llave entrando lentamente, ha-
ciendo el mínimo de ruido cuestión de no despertar a medio
mundo. El apartamento estaba casi a oscuras, lo salvaba del mons-
truo total algo amarillento que entraba por la cocina... el incienso
agonizando en una esquina del comedor. La voz llegaba desde el
final del pasillo a la derecha. Fui avanzando como sin querer, res-
pirando de a poco y soportando mi peso en las paredes. La borra-
chera me era tan inherente como la humedad, la camisa pegada a
los sobacos. Había llorado bastante. Entra, dijo la voz con las sá-
banas hasta la cintura. Hice lo propio y encendí la luz, luego un
cigarrillo... procedí a disertar acerca de lo inexplicable.
Ese es el problema de La Coja: quiere cosas. Hace mucho
que no sale y pretende saciar esa hambre de colores y sonidos con
antojos que le vienen en los momentos más cruciales, la verdad es
que esas pequeñas excusas pueden salvarle el tiempo que le que-
da, que es bastante. La casa se ha sobrepoblado con litografías de
edificios sucios convertidos en arte de verdad, libros que inundan
los muebles (Aquí no vienen visitas, dijo ella una vez excusando la
laboriosa organización de sillones convertidos en bibliotecas),
Amoricidio
57
gatos apáticos de porcelana, de trapo, de aluminio, de porcelani-
cron, que me odian de vez en cuando... entonces ha llegado la
Navidad y La Coja quiere todo rojo, dorado y verde, caramelos,
regalos, parrandas... hay que celebrar, aunque uno esté jodido,
aunque uno sienta un dedo metido en la garganta hasta el fondo
y la desesperanza se haga presente como si la vida fuese una in-
mensa sala de espera.
Vas a tener que dejar de ir al teatro, cada vez regresas peor,
me dijo mientras pedía que por favor le dejara fumarse un ciga-
rrillo conmigo. Accedí, ya no puedo negarle nada, no quiero
negarle nada. Vi muchas obras en una, pero en realidad fue una
completa y me colé en el intermedio de la segunda, la misma
que vi ayer, confesé como media verdad, sabiendo que ella no
saldría de dudas tan fácil y que terminaría contándole todo. La
historia de una mujer que se desplazaba por un pequeño esce-
nario y hablaba como si fuese dueña del órgano audio-senti-
mental de todo el allí reunido. Maruja estaba detrás de mí con
el nuevo novio, un muchacho bien decente aunque con la gra-
cia de un plátano... para los gustos los colores. Me fui en un
viaje y sufrí con la señora que sudaba, hablaba con diferentes
acentos mientras le hacía el amor a Lacan, trataba con indife-
rencia a Barthes y se despedía de su relación con Clarice Lispec-
tor en un aeropuerto... quería que sufriésemos con ella lo sufri-
ble. Luego de aplaudir a mares me di cuenta, por lo de Maruja,
que uno no puede dar todo lo que escucha por sentado, ni si-
quiera esas cosas que se dicen en secreto de confesión bajo la luz
roja de los moteles con ruido de lluvia de fondo. La Coja termi-
na su cigarrillo y sonríe irónicamente sabiendo que me va a dar
por donde duele. Espero te hayas comportado como todo un
caballero ante esa situación, susurró, sin profundidad. Dejé de
llorar durante el intermedio, le mentí.

Rey Emmanuel Andújar


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Quiere un árbol de Navidad y no cualquier embeleco. Quiere
uno con estrella en el tope, ramas originales que huelan a bosque
invernal debajo del cual se puedan colocar regalos. No me lo dice,
no me lo dirá nunca pero quiere niños que no puedan dormir
esperando la mañana genial en la que puedan destrozar las atadu-
ras celestes, desea la gran sonrisa que viene después del esperado
camión de bomberos, el GameBoy, las muñecas que regalan gui-
ñadas azules... demanda gente con tazas de chocolate caliente y
marsmallows, villancicos, la familia reunida, el abrazo y el muchas
gracias por esas pantuflas o el libro, aquel juego de afeitar que
siempre hemos deseado madre muchas gracias y el desayuno tar-
dío con las sobras de la cena. Pero la jodo con Pavese y le digo:
Hay que tener mucho cuidado con lo que se quiere, porque si lo que se
quiere luego no se desea... y me da una de esas miradas horribles y se
excusa de que tiene mucho dolor en los pies y que por favor la
deje sola. Así me voy a la sala, fumo muchos cigarrillos y empiezo
a escribir una historia que pueda salvarme, hago maquetas de
humo, tan cojo como ella, sabiendo de antemano que eso no será
suficiente.
Voy a buscar una cerveza, le digo, y ofrezco una por ser ama-
ble porque a estas horas y con esta nostalgia no se va a poner para
eso. Me traslado a la cocina con el mismo cuidado, como si no
quisiese despertar a los gatos antes mencionados. Todo duerme
placidamente… será imposible que el sonido de la lata al desta-
parse despierte a esta ciudad que se prepara para el lunes de fue-
go. Cuéntame del segundo acto de la otra obra, la de danza que
viste ayer. Busco la crema para masajearle los pies. La borrachera
se ha ido, ella sabe que pretendo recuperarla con las tres cervezas
que quedan en la nevera. Le cuento sin miedo. Brutal, traté de no
llorar por respeto al señor que estaba a mi lado, se le veía más
triste que yo. No aguanté. Al principio de la pieza, silencio total
Amoricidio
59
y movimiento. La sala se queda en una pieza, dejándose llevar por
el calor de la respiración de la pareja... el hombre cierra los ojos y
sujeta la espalda de la muchacha como si fuese infinito. Ella abre
los ojos y se deja hacer mientras él le señala piruetas de dolor.
Luego juntan sus manos y comienza un bolero, venezolano me
parece, que habla de optimismo en cartas... eso es lo único que
recuerdo, es lo único que quiero recordar. Locura de lienzo y es-
pada, dramatismo de esquinas, esperanza de colirio para el alma.
Despúes no supe de mí hasta el momento de los aplausos.
De joven ( y esto no fue hace tanto) La Coja bailaba. Es qui-
zás por eso que me hace ir al teatro para que vuelva y le cuente
aunque disimule que no le gusta, como esa película de Almodó-
var, la que nos confirma que los estados de coma no son eternos.
Yo no voy porque me gusta aunque concedo que el teatro y la
danza son las formas más explícitas de entender la muerte, de com-
probar qué tan nimios e inmensos a la vez pueden ser nuestros
actos sobre esta tierra. Entonces, masoquista al fin, La Coja agra-
dece, nunca dice que me quiere pero sus ojos no mienten y siem-
pre hay una lágrima suya acompasada de sonrisas. Me cuenta de
cuando bailaba, de la rigidez de sus entrenamientos, de las horas
de sudor derretidas en un pequeño tabloncillo, el uno dos tres
cuatro, el temblor en la cadera, cinco seis, la música que se le mete
a uno hasta el momento siete ocho y el cigarrillo prohibido para
celebrar que ya todo ha pasado, que la última función es siempre
en domingo, que la semana empieza para recordarnos que no so-
mos nada.
Eres de los que invitan a las actrices a un café después de la
función, luego terminan tomando vino y no les hablas de la obra
porque sabes que están hartas de eso, ni quieren oir de lo bien que
bailaron o cantaron... sabes que ellas necesitan un abrazo antes de
dormir, eso es lo que te hace inevitable, se te ve en la carita que

Rey Emmanuel Andújar


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pones. Dijo todo esto de corrido, con un sólo aliento de nicotina y
yo dejándola. Me convenció de que dios quita y da, y aunque hay
que reconocer que es un juego muy hijo de puta, es ese juego el
que mantiene este caos organizado. Le di la razón, no por evitar la
discusión sino porque de verdad hacía sentido. Fui a buscar la
segunda y última cerveza. Nunca es bueno que la nevera se quede
sin ese cariñito, eso no se le hace a nadie. Mientras masajeaba sus
pies me encontré de nuevo con las cicatrices de la operación...
pensé Frankestein, los dedos abiertos por los clavos ortopédicos,
las violentas suturas... como si el dolor que le sobreviene en estas
noches húmedas de principios de diciembre no son suficientes
para activar el recuerdo de una pena en las extremidades inferio-
res que ella dice no sentir. Entonces, como si fuese a dormir (esa
es mi señal) susurra automáticamente: Decroux dijo una vez que
los pies son el proletariado del cuerpo, me tomó seis operaciones
entenderlo.
En el cuarto que hace de baúl para recuerdos encuentro
miles, sin exagerar, de álbumes con fotografías en donde La Coja
está de Medea, en ocasiones de monja (papelito que le va de lo
más bien), mira, en esta está de burro, en aquella es una femme
fatale con gafas oscuras que no dejan ver la verdad... hasta de
Quijote hizo una vez, cuanto hubiese dado para ver ese montaje.
La Coja escucha tangos, guarachas y mucho bolero, éstos últimos
son para los sábados por la noche, cuando detrás de una copita de
porto que paladea con gusto delicioso se deja llevar por esas histo-
rias de barra, de machos, de mujeres sin alma... en fin, pónganos
algo, amigo, en la copa rota.
Intenté dormir pero ella empezó a delirar con el asunto del
árbol. Hoy a muerto Pinochet de viejo, qué rabia, dijo ahogándo-
se con la almohada. Yo, que no me había desnudado, seguí pen-
sando en cervezas frías en otro lugar. Quizás me encuentre con la
Amoricidio
61
rubia esa de Indiana que bailaba dentro de una pieza en donde el
coreógrafo, atinadamente, escogió Dos Gardenias. Digo quizá
pensando en ojalá... sí, quisiera encontrarme con ella y contarle
historias buenas, generarle otras debajo de su cuello, justo en ese
lugar en donde la oreja deja de ser para convertirse en caminito
de pelo, en un erizarse de músculos y pezones, en un querernos
hasta que las ansias duren o el sol salga. Sólo así dejaría a La Coja.
Haría una llamada al uno ochocientos de la línea aérea, esperaría
por la voz impersonal y cambiaría para hoy por la noche el vuelo
con destino a Ámsterdam que tengo en diez días. Antes, navega-
ría por la ciudad llena de máscaras y temblores en un descapota-
ble verde al lado de la rubia, recogeríamos ocho árboles de navi-
dad: tres para la sala, uno en cada habitación, uno en el baño y
otro en el recibidor. Echaría lo único que tengo en equipaje de
mano... sólo para joder a La Coja me iría sin despedidas, solo,
para quererla, para siempre.

Rey Emmanuel Andújar


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UNA PROMESA TERRIBLE

EL CAFÉ ESTABA desierto, esto beneficiaba al encargado que


entrenaba a una muchacha en la máquina para Espresso. La luz
era asquerosa. Encendí un cigarrillo, me puse a ver la tarde fría y
gris caer sin red en la vieja ciudad. De fondo se escuchaba un
melancólico latin jazz imposible de descifrar. La nueva empleada
al parecer se había quemado con el vapor de la máquina. Nada
grave. Sus gritos me lastimaron, me tomaron por sorpresa. De vez
en cuando palpaba nerviosamente el paquete que tenía a mis pies.
En la mesa, unos libros de Bellatin que no había tocado. A las seis
menos veinte Ella entró haciendo ruido, maldiciendo el clima y
sacudiéndose las gotas de agua helada de la chaqueta.
El miércoles le hacía fisuras a la semana, era irremediable
que se destrozara en partes desiguales al anochecer. Se sentó y
luego de arreglarse el pelo con dificultad me pidió que le encen-
diera el cigarrillo, se moría por un café. Me fijé en que tenía dos
dedos entablillados y la mano hinchada, morada. La mucha-
cha vino casi inmediatamente al ver a la clienta que se sentaba
en mi mesa, diligente, no esperó que la llamaran. Tapaba su
mano con una pequeña gasa. Le pregunté por cortesía qué
pasaba, sabiendo de antemano la respuesta: Es que hoy es mi
primer día, y me quemé... estudio aquí en frente, esto es algo de
medio tiempo en lo que...
Amoricidio
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Macchiato, menos leche que café, exigió Ella cortando en el
aire la conversación con la niña. Me pareció bastante imprudente
y me juré que se lo dejaría saber. Pedí otro café, lo mismo que
estaba tomando, aunque un poco más fuerte por favor. Mis ojos
le prometieron un billete extra de propina, quizás no le salve la
tarde pero le pueda sacar una sonrisa.
Trajiste el paquete, preguntó Ella casi inmediatamente des-
pués de que la mesera desapareció con paso de primer día en
cualquier trabajo. Sí, concedí discretamente y pregunté, Cuál es
la prisa. Me respondió con la mirada... comprendí al instante. La
muchacha regresó con las tazas en equilibrio, le preguntó a Ella si
quería azúcar de dieta, brown o regular. Mi acompañante res-
pondió con rudeza. Atiné a reclamar, Oye, bájale algo, y me excu-
sé con la muchacha que no pudo resistir las lágrimas... su primer
día de trabajo había sido una mierda y nosotros éramos los res-
ponsables. Ella, por el sucio cristal, entendía que todo era mejor
desde el solitario café. Empezó a llorar una pena sin lágrimas, con
esos intervalos respiratorios que preceden al ataque de pánico,
tomando bocanadas grandes de aire que llenaban sus mejillas que-
madas por el frío de principios de diciembre. Otra vez... no había
que ser un adivino, conociendo el pasado de esta relación y vien-
do las heridas en las manos, los dedos lacerados… Es esta mierda
que está muy caliente, me quemé la lengua, mintió Ella.
Lo mismo pasó en Rotterdam. Era noviembre y ya la ciudad
se estaba poniendo gris aunque todavía era lindo y los paraguas
eran vitales cualquier tarde. Quedamos en que me recogería en la
estación de la universidad. Caminamos hasta llegar mucho más
allá de los centros comerciales y nos refugiamos en un bar que
imitaba un tren antiguo. El lugar era horrible pero la camarera
un encanto, nos recomendó probar una variante nueva de la
Heineken. La cerveza salía de un tubo congelado, con deliciosa

Rey Emmanuel Andújar


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espuma. Ocho vasos de cerveza después Ella que va para el baño
yo intento aprovecharme, abrazarla. Hizo un ademán de dolor y
solté inmediatamente sus costillas. Se marchó con paso torpe y
apresurado, lloraba. Al regresar me contó que había aceptado esa
maestría para estar lejos de él. Extrañaba sus amigos pero no po-
día estar un día más con Dagoberto. Tenía problema serios y cada
vez que se olía algo de celos o cualquier disparate le entraba a
golpes secos, luego venían los ataques de culpa y arrepentimiento:
No lo vuelvo hacer mi Puchita, es que tú me obligas mi Puchita,
yo te quiero, entiéndeme, te amo más que nadie mi Puchita... y
ella llorando por lo bajo, en donde la piel empieza a cambiar de
color, a abultarse sin regreso.
Desconozco el momento en que todo se fue a la mierda. Re-
cuerdo el amor cuando el Caribe era perfecto, todos los veranos
en la Playa de Kenepa, Curazao. Nos importaba un coño el futu-
ro, estábamos seguros de que podíamos lograrlo todo. Ese querer
de la post-adolescencia, mucho antes de la Neurosis, el asfalto por
pasto, la estrechez a fin de mes. Antes, todo era deseo lleno, furio-
so pero lento, descubrimiento abrupto de las varillas del brassiere,
los encajes, el pezón largo y erecto, el sufrimiento detrás de las
puertas y la desconfianza solapada de nuestros padres que nos
dejaban solos en los estacionamientos y en el cine. Ahora pienso
en Benedetti, y entiendo que nuestro amor radicaba en la falta de
prisa con que nos heríamos, dándonos tiempo para conocer cada
parte de nuestros alientos, las bocas atormentadas e inexpertas
mordiéndose los caminos nuevos, toqueteo, manoseo sudado, co-
pioso. Porrito a escondidas y mareo compartido, helado de fresa,
olor a desembocadura de sus piernas nuevas sin afeitar, la ciudad
que se camina en media hora, los primeros cafés, el paquete que
llegaba de Colombia o Venezuela lleno de revistas y libros de Onetti
y Uslar Pietri y Mutis es mejor que García Márquez te apuesto un
Amoricidio
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beso cada semana en la tienda de El Chico. Las despedidas más
descorazonadoras en Domingo Santo, los eneros de cada año o en
la muerte de cada verano.
El tiempo se encargó de separarnos. La universidad, la con-
fusión de los amores y la terrible transición entre la muerte episto-
lar y el nacimiento del internet acabaron de jodernos, de distan-
ciarnos para siempre. Años después me enteré por mi madre de
que ella me había dejado una última carta aquel verano, en don-
de me hacía prometerle que nos ayudaríamos en cualquier cosa
que necesitáramos... que no importara la situación, si uno atrave-
saba el mundo para pedirle a otro un favor, lo cumpliríamos. Asu-
mí ese pacto de sangre, de amantes y hermanos, secretamente en
mi habitación y guardé esa carta en un libro que sabía no iba a
perder.
Mi hermana asistió a mi boda en Santa Cruz con una mu-
chacha californiana. El viaje había sido devastador: Surinam-Puerto
Rico-Miami-San Francisco. Nada más hizo bajarse del avión para
contarme en español, aprovechando el inglés de mi futura esposa,
del destino de Ella: Se casó con Dagoberto, quien se ha converti-
do en el energúmeno más grande. Ahí me enteré con muchísima
pena que el tipo la adobaba a golpes por cualquier cosita, una
trompada de orégano, dos cucharadas de abuso psicológico, piz-
cas de ahorcamiento, tazas de gritos, llantos...
Para este favor yo era el indicado. No vivo en esta ciudad
aunque me encantaría; vine sólo a visitar a mami y a un congreso
de escritores… simposios interminables acerca del Realismo Má-
gico y su incidencia en la Nueva Literatura Americana. Me quedé
una semana de más, era hora ya de partir al calor. Mientras mi
madre me daba las instrucciones que Ella le había dictado por
teléfono, intenté explicarle el problema. La Doña contestó con la
sabiduría de los años, El hombre que te da una vez te vuelve a dar

Rey Emmanuel Andújar


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hasta que te mata... es lamentable, pero eso es ley de vida. La pri-
mera vez que la vi en este viaje fue al día siguiente de llegar, un ojo
morado se escondía detrás de unas inmensas gafas... yo creía que
eso sólo pasaba en las películas, pero la vida nos da lecciones
terribles. No tengo el privilegio de compartir el dolor ajeno, se
me hace difícil asimilarlo. Ese día me dijo, Dagoberto vino con
sus grititos de comemierda arrepentido; le dije tragándome las
lágrimas y la furia que si me volvía a poner la mano encima pro-
curara matarme, si no lo haces te aseguro… te juro que no lo
harás jamás.
Él hizo caso omiso de la amenaza, así que hoy día, Ella está
frente a mí, perdiendo muchísimo peso y con dos dedos rotos
frente a un café frío. Le tomé la mano y le di un beso, pateando
lentamente el paquete que tenía a mis pies. Me excusé para ir al
baño y la mesera, bonita con su mano quemada, me paró a medio
camino, preguntándome, Usted es escritor, verdad... tengo su li-
bro, lo acaban de asignar en la universidad porque usted era de
los que venían al congreso, si me lo firma, si me hiciera usted el
favor... Le dije que al salir del baño haría lo propio y que me fuera
preparando otro café. Cuidado con esa mano, completé con una
sonrisa. La muchacha preguntó, Y su novia, no querrá algo más.
Miré hacia la mesa: Ella sostenía el paquete con ambas manos,
como contando la cantidad de municiones dentro de la bolsa,
como sosteniendo el mar de lágrimas y armándose de valor. Le
dije a la camarera que no, que sólo un café, gracias. Sabiendo de
antemano que cuando saliera del baño Ella no estaría ahí; que se
habría ido a cumplir una promesa terrible.

Amoricidio
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Rey Emmanuel Andújar
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LA CARNE CONTRAATACA

SOY BISEXUAL, dijo la muchacha abriendo los ojos como si se


hubiese ganado la Lotto... por ende, no me quedó de otra que
felicitarla. Fue algo bastante desatinado a juzgar por la actitud de
su rostro. Ya había perdido la cuenta por la séptima cerveza. Pre-
sumí que el hecho de ser bisexual le daba a ella ese estatus de open
minded, tan de moda en las últimas décadas y que me ayudaría en
la empresa de estrellarnos contra cualquier pared y desbaratarnos
el resto de la madrugada. Asumí mal. Por más coqueto que puse
los ojos y por más puterías que hice con mi boca, con el lenguaje
corporal, la jeva no se inmutó. Luego me mató el gallo en la funda
con aquello de que: Ya no sé que esperar de los hombres, porque
fíjate tú, qué puedo yo querer de un hombre... yo tengo trabajo,
soy independiente, inteligente, y no me veo nada, nada mal... así
que todas esas cosas convencionales, esa cosa de el hombre querer
“complementar” a la mujer, son mierdas que no van conmigo. Fui
a la cocina, busqué una cerveza, me metí otra en los bolsillos…
huí por la puerta de atrás.
La resaca me pone muy sensible, así que en la sala de espera y
durante todo el vuelo, pensé mucho acerca de lo que me había
dicho esta muchacha del nuevo tiempo. Además el domingo pa-
sado había leído en el periódico un artículo cuyo título rezaba a
Amoricidio
69
manera de pregunta: Para qué sirven los hombres. En ese mo-
mento no lo pensé profundamente... más hoy, con todo y resaca y
sensibilidad y lo de anoche y todas estas noches en la soledad de
mi mano... pasé por aduanas, imploré velocidad en los trámites,
renté un carro. Llegúe a la consulta privada del Dr. Daniel Beltré.
Afuera del impecable consultorio un hombre ya muy mayor
cambiaba el letrero que afuera decía Dr. Daniel Beltré & Hijos.
La muchacha, detrás del escritorio, maquillada muy inteligente-
mente, me dijo buenas tardes con notable tristeza. Vengo a ver al
Dr. Beltré, no tengo cita, pero si me hace usted el favor. Me dio la
mala noticia de que el doctor estaba de viaje, un crucero, Japón.
Vi la gloria, ya saben, el teléfono, larga distancia... Sería usted tan
amable de darme su teléfono privado por favor, nadie sabe, quizás
lo consiga... No puedo, dio órdenes estrictas de no ser molestado;
celebra el renovamiento de sus votos… recitó todo esto sin mirar-
me pero en su voz encontré esa cosa pequeña, la ronquera que le
da a uno cuando se compadece, y completó, sin dejar de mirar la
agenda: Pero el hijo está, si quiere lo puede atender ya mismo.
Hubiese dado un brazo por el número del barco en donde se
hallaba el doctor, llamar al capitán, decir que era una emergen-
cia... pero transé por el hijo. Usted habla del hijo hijo, o sea, de
Jonasito, indagué sin ocultar mi sorpresa. La señorita Irizarry me
contestó mirándome a los ojos fijamente, por primera vez, No es
Jonasito, es el Eminentísimo Dr. Jonás Marthan... se ha cambiado
el apellido por el de la madre, dice que le da más caché.
El Dr. Marthan no me atendió inmediatamente así que los
cuarenta minutos que siguieron a la terrible noticia, me los pasé
entre cuatro alka-setzers, uno cada diez minutos, y entonando
como susurro la canción Con mi burrito sabanero voy camino de
Belén... En una regresión telefónica con el Dr. Beltré, hace años,
mientras yo estaba en Sacramento y él en Córdoba, descubrimos

Rey Emmanuel Andújar


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que esa canción fue muy importante en mi niñez porque una ca-
mioneta que vendía helados la ponía en repetición suculenta mien-
tras yo corría descalzo por todo el barrio, allá en el Ensanche Oza-
ma. La puerta por fin se abrió y los regalos no terminaban. Jack
Veneno, gloria nacional, Campeón Vitalicio de la NWA, por sus
siglas en inglés, y el único latinoamericano que ha vencido a Rick
Flair, salía limpiándose las lágrimas con un pañuelo mientras el
Dr. Marthan le daba palmaditas en la espalda y recomendándole
que hablara con la secretaria para que hiciera otra cita, claro, la
semana que viene… Pero si te pasa algo viejo Jack, no dudes en
llamar. Quedé en una pieza. El doctorcito me miró y pareció no
conocerme. Traté de que el luchador me firmara un autógrafo
antes de irse. Es para mi hijo, mentí. El gladiador, muy formal-
mente, me mandó a la misma mierda con la mirada.
Fui invitado a pasar. El doctor se mostró cordial pero nada
amigable. Esto me extrañó pero preferí seguirle la corriente. Es-
tuvo mirando mi expediente con cara de preocupación. Veo que
usted es paciente de mi padre, me dijo sin levantar la vista de la
carpeta. Me sorprendió que me usteara, yo moví un peón: Hola
Jonasito, qué es lo que pasa, cómo te va... soy yo... déjate de vainas.
El doctor me miró por encima de los espejuelos negros, de mucho
aumento, de pasta gruesa, Quiero que entienda algo, estimado
señor mío... no acostumbro a atender pacientes de mi querido
padre, El Excelentísimo y Venerado Doctor Daniel Beltré, pero la
señorita me habló con pena de usted y mi padre me encargó de
manera especial que si usted se aparecía o llamaba, le atendiera,
no por ser usted alguien especial, sino porque él no quería ser
molestado durante su viaje, y todos aquí hemos sido enterados de
su aficción a las consultas larga distancia. Las utilizo sólo en caso
de emergencia, interrumpí, y esto lo molestó aun más. Si usted
quiere que le atienda, deberá atenerse a las siguientes reglas:
Amoricidio
71
primero, ni para usted, ni para nadie, soy Jonasito… acabo de
graduarme Magna Cum Laude y fui el primero en mi clase, y en
mi práctica tengo a pacientes bastante delicados, ya vio usted quién
salió hace poco por esa puerta. Sentí que Jonasito, perdón, el Be-
nemérito Doctor Marthan, me hizo esa pregunta sin importar si
le contestaba o no... Luego, prosiguió con las reglas, Segundo: de
ahora en adelante nos ustearemos, así que para usted soy el Señor
Doctor Marthan... quizás más adelante, y si esto sigue en pie, me
pueda llamar Querido Maestro de la Luz de Siempre.
Al instante entendí que algo andaba mal. Jonasito y yo
habíamos ido juntos a la escuela desde el jardín de infantes y
las noticias que me llegaban de sus estudios eran satisfactorias...
que era el primero en su clase, que era invitado a congresos,
siendo aún estudiante y todo eso. Pude perfectamente mentar-
le su malditísima madre e irme a la puñeta pero respeto infini-
tamente a su madre y yo no podía irme a la puñeta, ya me
habían mandado a la mierda y mi estado no era óptimo, el
doctor padre estaba incomunicado, yo necesitaba algo de tera-
pia. Me quedé.
Respeto las leyes, Señor, queridísmo y estimado caballero
Doctor Marthan, dígame cuándo empezamos. No exagere, con
Señor Doctor basta y sobra, concedió el médico y de inmediato
agregó, Ahora vamos a ver, qué lo hace coger un avión para ha-
blar con mi padre, cuál es la gravedad del asunto. Me gustó mu-
cho que él hubiese supuesto que tomé el vuelo sólo para tomar
una terapia, así que traté de ser coherente, Leí un artículo hace
poco, decía que los hombres ya no sirven, que no somos modelos
para criar a nuestros hijos... luego le dije a una mujer que me
gustaba mucho, y mire doctor lo que me cuesta a mí decirle a una
mujer que me gusta, a veces me pasan siglos sin que... bueno, a
ella no le importó el que me gustara, sólo me dijo que era bisexual

Rey Emmanuel Andújar


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con tendencia poderosa al lesbianismo, los hombres no tienen nada
que ofrecerle... me emborraché y tuve una recaída.
Está tomando sus medicamentos, preguntó él, adivinando
las anotaciones en la carpeta.
Prefiero un whisky con soda al lado y tres cubos de hielo, o
cerveza light bien fría, en su defecto.
Si no sigue las instrucciones, con relación a sus medicamen-
tos es imposible ayudarle, mi querido...
Yo invito las tres primeras rondas, mi estimado, si me hace
usted el grandísimo favor.
Me encanta la carne, agregó el doctor, cambiando ya de tono,
y continuó, Conozco un buen barcito, una terraza bailable... le
adelanto que tienen un Marqués del Riscal reserva que le va muy
bien a las consultas externas.
Sus deseos son órdenes, dije tomando las llaves del carro y
sintiéndome desde ya mucho mejor.
Tuve que pagar la consulta, carísima por cierto. El barcito en
verdad era de lo más qué sé yo y las muchachas con camisas rojas
apretadas todo un éxito. El doctor se mantuvo firme en su idea
del usteo y todo el respeto y llegó a un dictamen luego de botella
y media de vino... yo, cuatro whiskies y Perrier. Lo que pasa es que
usted está en la fase más dolorosa de la crisis post-treinta y le ade-
lanto que si no se medica como es debido va a sufrir mucho hasta
el levantamiento de los cuarenta, me dijo el pequeño comemier-
da, sabiendo yo que él no llega a los 28. Pedí un quinto trago y
decidí ponerme a estudiar un curso avanzado de psiquiatría. No
me vengas con esas... perdón Sr. Doctor Marthan, recapitulo, No
ve me venga usted con esa pendejada, doctor, que usted es años
menor que yo, coño, agregué. El doctor me contestó bastante cal-
mado, se dio un trago de vino que elogió elegantemente mientras
miraba los redondos e inmensos culos de las muchachas que iban
Amoricidio
73
y venían con bandejas llenas de todo. Le hablo por mis experien-
cias pasadas. En un curso avanzado de regresión con el Dr. Weiss,
en Manchester, pude determinar que en realidad tengo un cono-
cimiento antiquísimo y que soy en verdad mucho más mayor de lo
que parezco, eso se lleva por dentro y es mi regalo, soy un iniciado
mi querido caballero, dijo el doctor y ya le agarraba el culo a la
niña que cambiaba los ceniceros... Adiviné que le mordía la oreja
y le decía, Me encanta la textura de tu carne, quiero comerte
entera. La muchacha se fue sonriendo, regresó con más trago.
Bebí de un tirón, le sirvieron más vino al pedante hijo de puta.
Imploré por otro trago, doble, y decidí graduarme de Psiquiatría
con honores y postgrado en la Universidad de Illinois, para con el
título poder dictaminar que mi querido Jonasito estaba más loco
que yo pero que tenía más suerte con las mujeres... claro, con ese
carro, con esa antipatía, con esa voz y aquel apartamento en el
último piso de una torre en la avenida Anacaona. A la segunda
botella de vino del doctor llegó la confesión que aclaró las pocas
dudas que quedaban y que me confirmó que el mundo es un
barril de ironía sin fondo.
Supe que usted publicó un libro, algo acerca de la carne
Sí, después de un año visitando la consulta de su padre... lo
publiqué como ejercicio de exorcismo. Se llama El factor carne.
Cómo le va al libro, ya sé que a usted como escritor simple-
mente no le va.
Pues al libro muy bien. Lo asignan en universidades, mentí.
Me voy a Barcelona. Le he dicho a mi padre que haré un
Doctorado allí, pero en realidad, voy a comenzar mi carrera como
escritor.
Craso error, si me permite usted, su majestad.
Pamplinas. No puedo creer en esas cosas, eso es envidia...
entre escritores te veas.

Rey Emmanuel Andújar


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Lo que usted diga, mi querido colega... pero le advierto...
Sí, colega, porque es usted escritor ya publicado... claro, búr-
lese, pero le juro que se arrepentirá... le haré tragar sus palabras.
No me malinterprete, lo de colega lo decía porque con el
trago que viene me recibiré de un Doctorado en Psiquiatría.
Durante el resto de la sesión, el hombre abrió su corazón
para dejarme saber cuán sensible era. Soñaba que al llegar a Bar-
celona, con todas esas historias recogidas durante su corta carrera
médica, podría escribir la novela de la década y que los agentes
literarios estarían molestándolo en su piso de Barceloneta para
que les entregara nuevo material, y que las mujeres viajarían de
sitios tan remotos como Beirut para ofrecerle su virginidad, por-
que algún capítulo de sus gloriosas novelas les había cambiado la
vida. Dictaría congresos, su agenda estaría repleta con invitacio-
nes a cócteles y reuniones de sectas intelectuales, salvaría periódi-
cos y revistas de la ruina por el simple hecho de publicar una
columna en sus páginas y de más está nombrar los premios y reco-
nocimientos por editoriales y universidades que recibiría con hu-
mildad pero sin asombro... Pobre chico, pensé. Ni siquiera inten-
té disuadirlo, al contrario, apoyé su idea e incluso le pedí que
escribiera el prólogo de mi próximo libro de cuentos. Se llama
Amoricidio, confesé y él contestó, tomando más vino y sentándose
a una camarera en las piernas, Título algo abrupto, pero para un
libro cuya tirada será de quinientos ejemplares de los cuales ten-
drá que regalar más de la mitad, puede parecer oportuno... no
me gusta, pero a su cerebro no se le puede pedir más. Reí por lo
bajo y comprendí que la idea de tener a una muchacha como esa
en mis piernas no estaba mal, así que me senté una también. Al
final del turno, cuando la madrugada apenas comenzaba, acor-
damos los cuatro en ir a terminar la noche al apartamento de
Jonasito y sí, fue una noche de esas, de las que no me gusta escribir
Amoricidio
75
porque siento que son muy mías, además, cómo describir el nume-
rito de las muchachas en semi ropa interior. A la mañana siguien-
te los dejé a los tres en la cama y me fui sin dejar una nota. Fui a
comprar unos alka setzers y camino al aeropuerto iba rezando,
pidiendo que la muchacha me dijera que sí, que había cupo para
el vuelo de esta tarde. Y había, pero en otra línea aérea. Antes de
quedarme completamente dormido, soñé que estaba en Chile,
era verano, yo llegaba al hotel muy borrachito con Andrea, que
había tomado de más. Al pedir la llave de la habitación la chica
del Front Desk anunció, Tiene tres mensajes… El primero: Hola,
es el Dr. Daniel Beltré, hace mucho que no hablamos, no importa
que usted esté ya curado, déme una llamada, no bote a los ami-
gos... estoy en Positano, ciao. Segundo: Es la Srta. Irrizarry para
darle dos noticias, una buena y una mala... la buena es que al
Maestro de la Luz, el Señor Doctor Jonás Marthan, lo acaban de
galardonar con el Premio Nacional de Cuento por su libro El
Amoricidio, la mala es que ha recibido usted una llamada non
grata… se ha quedado sin editor, ni editorial que le reimprima, lo
siento en el alma. Tercero: Soy yo, la chica de recepción, no se
altere al leer este mensaje, disimule, le escribo para decirle que si a
su amiga no le importa, yo puedo subir cuando se termine mi
turno y seguimos la fiesta allá arriba, sin compromisos... hoy me
he puesto ropa interior negra, encajes, liguero… qué dice. Sonreí
y me quedé con el tercer mensaje... cuando iba a mirar a la recep-
cionista para aprobar, me despertó la azafata, diciéndome que se
según el piloto se avecinan turbulencias, hay que subir la mesita,
hay enderezar el asiento... hay que abrocharse los cinturones.

Río Piedras-Den Haag


Octubre-Diciembre 2006

Rey Emmanuel Andújar


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OTROS CUENTOS

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EL ÚLTIMO HABITANTE
El último habitante del planeta
miró al espejo y encontró su cara
palpó la superficie con un dedo
y la sintió brillar.

Mastretta

1. EL AHORA O NUNCA

LA MUJER, guiada por una sospecha, pasó toda la noche afinan-


do el dispositivo. Rompiendo la madrugada llegó el esposo, entre-
gando en cada sentido la descarga de desprecio como quien da un
refresco. Saniela no medió palabras y le sonó una tabaná en forma,
mano volteada y todo. Sorprendida en su propio gesto, se llevó las
manos a la boca al ver el hilillo de sangre bajar por la nariz del
hombre.
Saulo Fonalleda se tanteó el pecho encontrando cigarrillos.
Escogió algunas palabras para organizar una respuesta violenta.
La ebria mirada se demoró en el living de showroom, deteniéndo-
se en el bombilleo del árbol. Barajó la frase, dejándola reposar un
poco en la comisura; y disparó:
Tú no sirves ni para los perros.

2. DIOSMÍO , POR QUÉ NOS HAS ABANDONADO

Saniela saboreó un poco el insulto. A qué se atreverá ahora,


se decía mirando al energúmeno quien, ayudado por la borrache-
ra, le arruinaba la alfombra de cenizas. Él reparaba en ella sin
tregua: el cuerpo todavía firme pero camino al declive; imposible
Amoricidio
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ya, gracias a la distancia definitiva impuesta por el tedio que se les
fue aglomerando como rédito atrasado, y por el Dr. Fornieri: el
hombre que, según ella, era la última cocacola del desierto.
Saulo consideró un último trago. La mujer reaccionó dando
un paso atrás; Ahora me mata, se dijo. Ahora nada: la ignoró como
a catálogo de supermercado. Se sirvió ron con dos de hielo, deján-
dose ofender por el recuerdo de las inevitables fotografías: Ma-
rruecos; el mochileo en Positano; aquel otoño en San Francisco…
todo ese pasado sostenido en la nevera por sonrisas imantadas.
Tanto abrazo. Tanti auguri. El futuro por delante y desecho en
una tarde caliente en la que el hombre abrió un e-mail que no era
para él.

3. EL ADIÓS

El ruido del vaso rompiéndose en el fregadero sacó a Saniela


del arrebato; la dejó enmudecida, agrietándose. Los dedos adolo-
ridos –se había pasado toda la noche apretando, ajustando el dis-
positivo– jugaban a quitar y poner los anillos: el de la universidad,
ingeniería mecánica, Maestría en resistencia, desarrollo y manejo
de materiales; los de matrimonio: la simple banda de platino y la
exquisita piedra incrustada. Dio un paso hacia delante, sorpren-
dida de que su cuerpo, que hasta hace poco la había traicionado,
reaccionara ahora al ver la mano del hombre bañada en sangre.
Entendió que no podía retroceder: buscó la billetera y algu-
na bufanda. Forzada por la costumbre pensó en llaves pero recor-
dó que no las necesitaría jamás. El chirrido de la puerta anunció
el adiós. Saulo se asomó al pasillo y confirmó la ausencia de la
mujer. Estaba solo, al fin.
Puso un disco a todo jendel y bailó hasta llegar al baño. Eufó-
rico, reparó en la blanca e inmaculada profundidad del inodoro.

Rey Emmanuel Andújar


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“Se acabó el arrodillarse o sentarse.” El último habitante del pla-
neta/ contó el dinero y se tomó su tiempo.
Separó las piernas sonrientes. Apuntó el chorro. Ejecutó.
La mujer no había bajado aún las escaleras. Se quedó tara-
reando la canción preferida de ambos frente a la verde inmensi-
dad de una puerta que, como el dolor, se le venía irremediable-
mente encima. Repasó las manos apenadas por el esfuerzo, recor-
dando la frase hiriente; pensando en la dignidad que tuvo que
buscar para tragársela. Y pensó/ ¿quién será/ tan feliz/ como yo?/
Mira el mundo a mis pies/ para mí/ porque sí.
Adentro, Saulo orinaba libremente, inaugurando la soltería.
Concentró el néctar de la victoria por los bordes, salpicando todo
entre el llanto y la risa. Con el eructo haló la cadena.
Ahí, el horror.
Primero sintió un daño brillante, luego un chillido helado
que recorrió toda la casa hasta llegar a la puerta. El primer reflejo
de la mujer fue entrar en su ayuda. Se palpó de llaves pero fue
inútil. Escuchó el claxon del Dr. Fornieri llamándola: el vuelo sa-
lía en par de horas. Todo tiempo por pasado fue peor.
Los orinados dedos de Saulo habrían activado el dispositivo
de largas y afiladas navajas que le cercenaron en limpio las rodi-
llas. Saniela besó con mucha fuerza al Dr. Fornieri, pensando en
el ex desangrándose en la inmundicia del inmenso baño con otro
insulto atravesado en la garganta.

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SPRAY DE LOVE
Sí negra, me arrestaron,
pero estoy contigo.

José Raúl Gonzáles, Gallego

1. …ESE RECUERDO: EL DE LA MANO TENDIDA, de


momento triste. Hace semanas no salgo, me mantengo ajeno… la
calle me duele.
Hoy el ánimo me dijo cerveza, y con todo ese calor, esta hume-
dad, terminé aceptando la invitación de David Santini a un par
de frías.
Habrá un trío de jazz, prometió.
Quedamos a las ocho y algo frente a su casa. Tiré el acostum-
brado par de piedras. Salió al cuarto ruido y gritó que iba bajan-
do, lo que significaba que se tardaría veinte minutos en acicala-
miento. Fumo. Frente a su casa está la sede del periódico de iz-
quierda de la ciudad: “la esperanza es más que un símbolo”, es el
lema. Frente al muro está el muchacho; le llevo diez años. “He ahí
el aura de soledad que gobierna la luz de neón sobre su cuerpo
serio.” Escucha una música que acelera; está dibujando un graffi-
ti; refunfuña, presiona pause.

2. Ofrezco la mano. Perdido en el espacio, tiende la propia ma-


chada de pintura. Recapacitamos con las manos tendidas; él baja
la mirada hacia la extremidad, se excusa. Estoy esperando un pana,
me justifico, para quedarme espiando el trabajo. No es seguro que
Amoricidio
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te quedes; tú sabes que ya no se puede pintar en la ciudad. Yo
tengo el salvoconducto, y ni así…
Antes de tomar la decisión esta de no salir me encontré con
que brigadas municipales pintaban la ciudad de dos colores: una
franja gris mamasita y un azul pendejo. Pintaban. Pintaban. Mu-
ros de contención. Edificios gubernamentales, rabos de aceras,
alturas en los postes… La nota más ingeniosa la ha puesto el edito-
rial del mismo periódico: la ciudad no tendría nada que envidiar-
le a la aldea de papá pitufo. Los colores eran simplemente omino-
sos. La ciudad se iba sumiendo en esa cosa maliciosa, lenta, triste,
contagiosa.
Pero esta pared es de un fondo verde con oleaje rojo sangre.
Me apasiona de manera tan violenta quizás por mi imposibilidad
artística: a veces escribo pero todo esfuerzo es torpe, aburrido y
sin norte. Habrá que morir en el sur… escribo, pero ya se ha
dicho demasiado.

3. Hay que irse de aquí. El salvoconducto es una excusa desierta.


Me dice que un amigo, Ésar Kagemura, estaba marcando su edi-
ficio con todos los permisos en regla y llega la patrulla y lo sazo-
nan. La madre llora para que no le maten al muchacho; se lo
llevan en una camioneta, la vieja se queda enganchada del vehí-
culo, que la arrastra esquina y media, dejándole medio cuerpo en
carne de tizón.
Sergio, dice al fin. Se busca los bolsillos. Pierde la mirada y
retrocede. Propongo las cervezas. Él se ofrece a comprarlas por-
que tiene que darle luz a un amigo sobre un expediente y queda-
ron de verse en aquella barra.
Extiende la mano y ahora sí estrechamos. Entre la pintura y
la suavidad del apriete su extremidad se sentía como pan mojado.
Cuando lo veo alejarse, regreso por un instante a la promesa de

Rey Emmanuel Andújar


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sangre del cuadro; la esperanza que flota en ese coágulo verde
rodeado de basura por todas partes.
Despierto. El espanto:
Intento lavar una mano con la otra; restriego contra el pan-
talón, la camisa, como si mis manos multiplicaran un flujo de
matices, transformándome… es entonces cuando escucho la sire-
na, la voz amplificada, la banda sonora del error.
Deténgase. Déjeme ver las manos.
David Santini no baja nunca. No tengo salvoconducto. No
hay explicación que valga. Presiento la fuerza. El impulso de la ley
entre mis piernas abiertas. Veo a Sergio pasar de largo con las
cervezas congeladas en la mano. Me ignora. Busco sus ojos. Es
inútil.
No lo culpo.
Yo hice alguna vez algo muy parecido.

Amoricidio
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COJUELO

Turn your lights down low


Marley

EL INSULTO ES INTERRUMPIDO POR LA TROMPADA.


La sangre no brota de inmediato. Mientras deja caer la mirada,
los dedos cubren totalmente el rostro. El ojo de Dagoberto la busca;
una voz tiesa acompasa la leve agitación; luego afirma, Eso es pá
que aprenda a respetar a los hombres.
De no ser por el temblor en las manos entrelazadas que cu-
brían la lágrima de sangre, hubiese podido apostar que Ignaura
había muerto de un infarto ofensivo. Quise irme pero el brillo de
las uñas acrílicas, relamidas por el sol atardecido, me sujetaban a
la tríada. Pensar que hace poco esos dedos machucados de sangre
eran los que acariciaban los colmillos; los que exploraban los cuer-
nos inmensos de la máscara.
No nos dimos tiempo para sorprendernos de la casualidad y
tomamos ese callejón por asalto. Nos abrazamos por encima de la
cascabelería de los disfraces. No pudimos besarnos por las incomo-
didades pero llegué tan cerca que pude recordar la melaza de su
aliento. La sonrisa que me había traído tantos problemas es ahora
una mueca descompuesta. Las manos han caído demostrando la
herida y el empoderamiento del dolor. Dagoberto me mira y ame-
naza, Prepárate. Cuando lleguemos a la Capital te toca lo tuyo.
Amoricidio
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Siete meses después septiembre llega abrasando todo a su
paso.
Mirando un almendro seco, abarrotado de cotorras, escu-
cho historias deshilvanadas de los dos años de casada: años escla-
vos en el apetito de ser impureza; esperando, preparando una
estocada a traición. Prendo el blunt y ella entrega el vaso bendito
con dos dedos de Blacka, virutas de hielo.
Dice, Salú, tirándose el pelo hacia atrás a la italiana. Clavo
los ojos en la horrible cicatriz como quien se concentra sin querer
en un escote desencajado.
Sí. Siete puntos…, confirma, dejando que los mechones le
cubran la franja de carne seca; marchándose rauda del rastro de
violencia.
Desde el humo que tirita escapándose del tabaco, le confieso
que anduve unos días medio asustado hasta que decidí irme del
país. Retiró alguna broza de la punta de la lengua y sin mirarme,
insultó, A la verdá que tú eres una señorita… Dagoberto es un
ná. Me dio ese fuetazo porque me agarró desprevenía…
Todo el cuerpo de Ignaura gira en torno a un grito: mide más
de seis pies; fue campeona de jujitsu y boxeo. Atreverse a ese cuerpo
es dejarse zarandear por un caimán; los brazos peludos, la espalda
cangri, el tronco de minotaura… siempre me ha gustado…
Fuck the barbies.
Se dejó envolver por el arrebato y la música que inundaban
lentamente los tobillos. El teléfono insistía. El, “Sí, soy yo. Déjelo
después del tono” resonó seco, fañoso y rebosando personalidad;
le dio paso a un beep que alumbró un tono funerario.
El mensaje:
Estática; silencio… (canción de Air Suply) “Si me vas a per-
donar hazlo ahora (llanto) … es que tú no entiendes que no pue-
do vivir sin ti… si no vuelves me voy a matar.”

Rey Emmanuel Andújar


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Yo, que siempre he creído que las fábulas tienen que devol-
vernos la capacidad de soñar, la imaginé respondiendo, ¿Tú eres
apellido Estévez? ¿No? Pues mátate.
Disimulando la vergüenza ajena me serví otro trago. Puse un
disco de la Rexach. Entre las estrofas punzantes pude escuchar lo
último que en verdad le dijo, Te luciste, de verdá… y te puedes
dar el gustazo de decir que eres el primer hombre que me puso la
mano encima, coño… que ni papi, que en paz descanse.
Y tú, dame otra cerveza, apuntó con un dedo certero.
El silencio postmortem de la llamada fue interrumpido por
otro timbre. La señora de Calcaño -–catecúmena irredenta, vocal
de la mesa directiva del Club de Esposas de Oficiales–, movía el
fondo de whisky preguntándose quién era ese ángel al que me
estaba encomendando; corregí: …Arcángel; es San Miguel. En
ese momento descubrí que de veras nunca acerté a definir cuán
empocilgado estaba en ese pleito ajeno. La madre de Dago mueve
un peon, A los hombres hay que tenerles paciencia. El papá era
igual. Sé que mi hijo no es fácil pero es lo mejor que nos ha podi-
do pasar a todos; imagínate la clase de inoperantes que andan por
ahí. Dijo todo esto mirándome fijamente y yo rezando, San Mi-
guel, agarra tú este guía. Sugerí irme.
Tú no vas para parte… Y tráeme otra cerveza. Ignaura utili-
zó el dedo otra vez. Le clavó los ojos a la doña; luego sentenció,
con la sangre congelada, poniendo un disco de Amy Winehouse,
marcando el bajo con el pie izquierdo y encendiendo la chicharra
que encontró en el cenicero, Mire… usté se cree que a mí no me
importa que me haya dejado la cara como borojolera… Yo ya no
sirvo para nada. ¿Quién coño me va a querer así?
Yo, quise agregar, pero ambas me asesinaron el gallo en la
funda con el rápido, contundente pestañeo. Ignaura prendió tres
cigarrillos y se bebió dos cervezas. El silencio podía amarrarse con
Amoricidio
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cadenas y venderse a sesenta pesos la libra; hasta que Ignaura lo
desbarató, ratificando que sí, que tenía la boca sucia como un
tirapiedras, A usté yo le tengo mucho respeto pero tenga presente
que los Estévez no le comemos mierda a nadie. No voy a seguir
planchando camisas. Es mucha mentira que yo, con esta maestría
en mercadeo, voy estar aguantando malascrianzas… Podemos ser
amistades si se quiere, pero eso de ama de casa fulltime… ni fú ni
fá, nacarile del oriente. Si eso fue con el irrespeto del puño, maña-
na me mata. No, no, y no.
Me regalé una cerveza opinando, sin que me preguntaran,
que eso era verdad porque Los Hermanos Bronco siempre grita-
ron desde la tercera cuerda del cuadrilátero que el que da prime-
ro siempre da dos veces.
En medio del mar de botellas vacías las vi hacerse amigas y
llorar por el hijo o el marido que nunca tuvieron. Logré escapar,
siempre ilegal, siempre lejos, siempre solo: en San Francisco tra-
bajé de electricista en un teatro, me casé y me divorcié de una
mujer a la que le cambiaban los ojos según el humor; en Sorrento
fui aprendiz de mecánica Diesel; en Gallarate empecé fregando
platos en un restaurante y descubrí el arte del buen comer; llegué
hasta Den Haag para ser estibador de supermercado y ver de cerca
la enfermedad del recuerdo de mi madre. Al fin, en el Maremagno
de Barcelona, encontré el amor… sólo para perderlo entre los veri-
cuetos de la ramblería y las distorsiones de Gaudí. Resignado, me
mudé al Hotel Malda… no me pagaban pero mi trabajo cubría el
hospedaje y cena tres veces por semana. Con la miseria de las propi-
nas iba a Sitges de cuando en vez, compraba medio pollo hornea-
do, pan y una fanta. Cuando recogieron para despedir el verano,
frente a un inmenso caimán de arena, tropecé con mi gorda.
Ignaura Estévez, le dije, sorprendido por la falsa coinciden-
cia. Estábamos en Valencia por lo de la luna de miel y Kagemura

Rey Emmanuel Andújar


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nos dijo que andabas por Barce… tás flaco; cómo te va, me pre-
guntó. Dagoberto me extendió la mano como si el pasado y el
presente fuesen una foto desencajada. Me invitaron paella y vino.
No recuerdo haber asentido. Por la segunda botella de albariño él
se excusó al baño. Me enteré de que ya no bebe cerveza, se quitó
de la mafutería y ahora todo es Marlboro Rojo y delirio de ho-
meopatía. Tendrían un bebé… las cosas por fin iban a arreglarse.
Cuéntame de ti… ¿qué con la escritura? Suspiró, con la boca he-
cha un puño al darse cuenta de que por un momento, frente a la
cara de este muchacho famélico al que se le empujaban los pómu-
los, pudo regresar hasta ese paraíso, el de mucho antes de haberse
casado. El mesero puso el resto de la paella para llevar. Te despido
de Dago… dijo, ocultando el lagrimeo… revolviéndose el pelo a
la italiana, recapacitando, dejando que los mechones le hicieran
la confidencia del nuevo set de cicatrices.

Amoricidio
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Rey Emmanuel Andújar
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THE G OLDEN TICKET

para Héctor Meléndez, el Jaguar.


Sé que todo va a acabar en fracaso.
Yo mismo. Vos también.

Juan Carlos Onetti

VENÍA HACIA MÍ con ese andar tropezado, ansioso, menean-


do la cabeza a los lados como si ensayara la música que salvaría su
vida. Recibí los cigarrillos sin decir gracias, mientras él me mostra-
ba el resto del botín: botellas de tequila añejo, tabaco, whisky de
contrabando. No sospechaba el porqué de mi desdén; había in-
terpretado esa ensayada calma como una particularidad íntima,
algo esencial que deberían traer los extranjeros. Escupí algo de
humo, reparé en él. Ya quiero que llegue el reventón del 24, pa-
troncito, dijo, sin poder disimular la insistencia, mariposeando a
mi lado.
Desde hace cuatro días me asediaba con lo del baile. Él me
hacía los mandados, me servía de Lazarillo por las calles de viento
frío y seco de Sarabá. A cambio, le dejaba caer algunos pesos que
aceptaba a regañadientes. Anoche confesó que andaba ahorran-
do para hacerle un regalo a la Cata, su noviecita, que trabaja en el
Papillon. Véngase conmigo patroncito, a la mejor y levanta novia,
intentaba convencerme. Según él, las chavas del Papillon son las
más requetechulas de Sarabá. Aunque mi Catalinita es la mera
mamacita, aclaraba siempre.
Amoricidio
93
Terminé por aceptar. Aniseto presagiaba la mejor Noche-
buena de nuestras vidas. Habló de comprarse un sombrero, de
estrenar botas y correa, porque su Catalina, la más bella de todas
las putas, estaría allí esperando su regalo, para el que faltaban sola-
mente unos cuantos pesos. Ya verá míster, prometía con el acento
dulce y agitado. Dibujé una mueca, intentando imitar la felici-
dad. No quería contagiarlo de este oscuro e impaciente deseo de
morirme.
Esa asquerosa desidia fue la causante de mi súbita huida. Las
perspectivas de una Navidad Puertorriqueña, después de lo bien
que me había ido en Thanksgiving, eran de lo más atractivas. Mis
amigos boricuas, quienes me habían recibido como se acepta un
paquete inesperado, organizaban un futuro que incluía parran-
das y tragos de coquito, pasteles, resacas de ron caña y lechón en
varita. Los escuchaba barajar planes y fechas, buscaban repartirse
el cómo traerme y llevarme. Yo intentaba seguirles la corriente
mientras ellos distraían la modorra ocasionada por un proceso de
divorcio, la pérdida de todos los bienes materiales conjuntos y
acumulados, el fracaso editorial… Trataba de convencerme de
que todo estaría bien, pero no me era posible formular ninguna
estrategia para después de diciembre. Cualquier ayuda clínica es-
taba descartada, ya no tenía el ánimo. Sólo quería irme, no iba a
arruinarle las fiestas a nadie.
Mi hermana llamó desde Ámsterdam. El plan de mi madre
era reunir a toda la familia, después de tanto tiempo de andar
desperdigados por el mundo, para pasar juntos el asueto. Ofreció
pagarme el pasaje. Pretexté compromisos laborales ineludibles que
me harían imposible llegar para el 24. Ella descubrió la mentira. Era-
mos concientes de que mi madre y yo no romperíamos aquella pro-
mesa. Ese mismo día recibí la llamada de la directora de una revista
de variedades para la que escribía reportajes esporádicamente. El

Rey Emmanuel Andújar


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trabajo sería en Sarabá y estaría relacionado con la vida nocturna,
el narcotráfico y la música grupera. Según lo que estaba ofrecien-
do como paga, entendí que nadie se atrevía a tirarse la maroma;
primero, porque era Navidad y segundo, ya se sabe lo peligrosa
que puede ser la frontera. No tenía nada que perder, aunque no
acepté enseguida. Le saqué el cincuenta por ciento por adelanta-
do y boleto en Bussines Class. Dejé Puerto Rico bajo un aguacero
intenso, un poco borracho, delirando una silenciosa y egoísta to-
nada de esperanza que involucraba botellazos… balas, que pon-
drían fin a esta miseria.
Según la editora, Aniseto sería mi contacto en Sarabá; él me
ayudaría en todo lo necesario. Lo llamé por teléfono desde el motel
y quedamos en cenar esa noche. Tenía los ojos demasiado vivos, el
pelo brillante y grasiento reposando en las orejas pequeñas, deta-
lles contrastantes con la timidez de su atuendo, la rugosidad de
sus manos. La sonrisa grande, hermosa, ostentaba una furiosa ju-
ventud y ganas de vivir. Quizás esa brillante alegría fue la que
despertó en mí el sentimiento encontrado. No podía quererlo to-
talmente, tampoco me permití la lástima abierta. Entonces acepté
la propuesta de ir al Papillon. Llegó el momento de conocer el
secreto que él guardaba para su Cata: un Golden Ticket, el pasa-
porte que le permitiría bailar una pieza completa con su novia en
medio de la pista, delante de todos.
En ese justo momento empecé a odiarlo.
El Papillon es el antro más costoso de todo Sarabá y el prefe-
rido por los capos de la región. Estas razones lo convierten en el
lugar más seguro y peligroso de toda la frontera, una contradic-
ción que nunca se resolverá. El recurso humano está compuesto
por lo mejor de los alrededores: muchachas rabiosamente jóvenes
repartidas por todo el local, con las caras escondidas tras un ma-
quillaje deprimente, esperando la próxima víctima. Para bailar una
Amoricidio
95
pieza, se necesita un Golden Ticket que regularmente vale veinti-
cinco dólares, pero hoy cuesta cuarenta. Es Nochebuena y viene,
desde Laredo, la Marilú y sus Jaguares Dorados.
Decidimos entrar. Pedí una botella, necesitaba aturdirme.
La banda estaba afinando para empezar la fiesta y los Golden Tic-
kets se agotaban. Aniseto dudaba antes de dar los cuarenta dóla-
res que había empezado a reunir en agosto. Con esto nos pode-
mos comprar una licuadora, o un abanico… pá la boda, usté sabe.
Te pago el baile, ofrecí.
Quería humillarlo, definir nuestras diferencias, que me de-
volviera el gesto ofendido alegando que podría ser pobre pero se
pagaba sus cosas. Todo lo contrario. Aceptó el regalo como si yo
fuese su mejor amigo, al tiempo que proponía un brindis por su
futuro con la Cata, quien se acercaba sigilosa, cubriéndole los ojos,
besándolo. El perfume barato me golpeó la cara. Reconocí el ves-
tidito verde Salvation Army, el calzado abusado. Una Eréndira
cualquiera… la niña más hermosa del desierto.
Aniseto nos presentó. Este es el míster, viene de lejos… y nos
pagó el baile, mamacita.
La muchacha tendió la suave extremidad diciendo gracias.
Le invité a un trago. No, mejor una botella, Hipnotiq, para ella y
sus amigas.
Rebueno el patroncito, a todo dar.
Catalina se alejaba partiendo la pista. Aniseto me regalaba
un abrazo de hermano menor. Le pregunté porqué no estaba
con su familia en estos días de fiesta. Hace siglos no sabe nada de
sus jefecitos; se habían ido de madrugada, querían cruzar al
Norte. Sarabá es una ciudad de gente sola… Catalinita es mi
única familia.
La fiesta comenzó. Los hombres hacían cola para bailar con
Catalina, mientras Aniseto la miraba extasiado, como quien ve la

Rey Emmanuel Andújar


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felicidad pasar frente a sus ojos. Me decía que era la que más tic-
kets iba a recoger esa noche.
Y tú, cuándo bailas con ella.
Pos ya mismo, patroncito… pero báilela usté primero, si quie-
re, pá que vea.
Me pensé arrastrado por el cuerpo joven, lleno de curvas
que pulsaban su vestido… una bomba de tiempo en mis brazos.
Me imaginé con la boca apretada, usufructuando el recuerdo de
la que fue mi mujer, siempre al borde de la melancolía, de la sucia
comparación al reverso de la moneda.
No Aniseto. Ve, baila tú primero.
La banda arrancó con los acordes de una bachata-grupera.
Aniseto, ticket en mano, avanzó. En mi garganta se formaba una
contundencia que intenté aflojar con dos, tres whiskys. Los vi
demasiado juntos, encerrándose en un abrazo afilado en donde
no alcanzaba el aire para mis ruegos ni mi infelicidad. La envi-
dia que se posó a mi lado era tan real que daban ganas de invi-
tarle un trago. Ella le encaracolaba las manos, protegiéndolo de
mi mirada de Caín. Él se derramó en sus hombros, como pro-
metiendo amaneceres en islas, sudando huracanes, regalando
brazos de mar. Pensé: Si le besa la espalda, si le abre el vestido,
saldrán de ella girasoles, miramelindas, jazmines… una selva ale-
gre e imposible.
Salí a fumar. Esa música duraría para siempre. De repente se
escucharon todos los disparos del universo. Seis, siete segundos.
La discoteca, inmóvil, rodeaba a Aniseto, camisa nueva bañada en
sangre. Sostenía a la Cata en sus brazos; estaba como ido, no reac-
cionaba. Rompí el silencio pidiendo ambulancias. Apareció un
taxi que cobraba cuarenta dólares por llevarla al hospital.
Subimos al asiento trasero. Él le acariciaba el pelo llorando,
rogándole que se quedara. Reclamando, porqué la bala no le tocó
Amoricidio
97
a él… Mi odio no disminuía, tampoco llegaba la esperada lásti-
ma. Esa bala era para mí, como la mujer.
Me despedí en Emergencias. Puse doscientos dólares en su
bolsillo. Quiso acercarse pero yo ya era inútil para el amor. Al salir
encontré a los gruperos sosteniendo tristes, un acordeón herido
de muerte. El taxista me llevaría al motel, luego al aeropuerto. Allí
llamaría a Holanda, avisaría que podría llegar el 27… quizás mi
hermana le pasaría el teléfono a mamá y ella, contenta, rompería
la promesa, No te preocupes, aquí nunca será Navidad hasta que
tú llegues.

Rey Emmanuel Andújar


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C RUCITA JEAN IS NOT MY LOVER
[ALMOST A TALE]

La necesaria ocultación de actos que,


sin embargo, se consideran esenciales
conducen a posiciones paradójicas como
aquella frase de Himmler a propósito
de la “solución final”:
Es una página gloriosa de nuestra historia
que nunca ha sido escrita y que jamás lo será.
Tzvetan Todorov

QUE LA MUJER fuese precavida o no era pecata minuta por-


que Cebé estuvo ese semestre que ponía la bala donde le apetecie-
se. En Cálculo I cayó Samaria; no hubo como no enterarse por-
que en el estudiantado, desde Mercadeo hasta Hostelería y Turis-
mo, Cebé era lo deseado. Cebé sabía ponerla donde es. Te lo ha-
cía en el asiento de atrás del Supervolki Rojo o en una cabaña
llamada Andrómeda San Isidro adentro. Adentro también lo tuvo
Mauvie, de Dibujo Industrial II, a quien no le hicieron el daño
en el motel. Mauvie fue carne de escarabajo.
Ese semestre a Cebé le cogió con el surfeo. No hubo quien lo
sacara de Playa Caribe. En ocho meses no cogió media ola pero
no regresó con el tanque en E: de recogida para Foniuna se llevó
a una jeva del Ensache Ozama, Cruz Jean de nombre. El apellido
provenía de un pasado concurrido en el Archipiélago. Eso com-
pletaba a Cruz con un morenaje que se reflejaba en su tongoneo,
apriete y engrase. Tras el calor de la jeva Cebé perdió carro, traba-
jo, mujeres, visa. Cruz Jean lo secó. Antes de ella el chamaco hasta
Amoricidio
99
rapeaba [no lo hacía mal] pero eso lo dejó. Colgó los guantes de-
bido al chulimameo con ella.
Pero cualquiera que haya estado de último en la fila del con-
sulado sabe cuánto dura el néctar de la victoria en boca de pobre.
Claro que se pegaron los cuernos. Cruz Jean dejó los aleluyas y se
tiró a la calle. Arrasó con cuanto brassiere y bóxer se le cruzó des-
de Casa de Teatro hasta Parada. Cebé un día en desespere la invi-
tó a una iglesia [metodista] y ella arreglándose un cachito de rimel
le escupió, Airon Sink So. Cebé, estoico, tiró una Biblia sobre el
tálamo perspirado. Ella aconsejó retomaran la cordura. Sugirió,
Get-your-fókin-book-away-from-me.
El resto se malescribió en las paredes capitalinas. Desde Bue-
nos Aires de Herrera hasta Maquiteria, la muchacha quedó en
desacredite. Conoció a un suizo. Pensó, I still someone can be. Poco
después del segundo aborto y un fracaso en San Antonio de los
Baños, procedió hacia el AILA. En la parte del formulario migra-
torio que preguntaba, Ocupación, Cruz Jean tageó: Con un solo
viaje del Presidente se construyen diez escuelas. Yo soy la que va a
escribir en la Página en blanco del Cortesano. Fuck the pride.

Rey Emmanuel Andújar


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EMETERIO

A Frank Báez

DE GONCALVES SE dice que no escribe aplacando el tedio.


Para el portugués lo relacionado con lo literario tiene que ver con
las maneras de entender el mundo, sus agobios, asombros e inte-
rrupciones. Por interrupciones se entienden la cantidad de viajes
y oficios que ha ejercido a lo ancho de una carrera llena de tropie-
zos y calles mal dobladas. Se sabe que laboró un tiempo largo en
una casa de huéspedes en Barcelona, específicamente en la calle
Malda [Rambla parte atrás] y que allí conoció a la dominicana
que con trucos y centelleo lo terminó por arrastrar a un Carnaval
Vegano en donde le dieron tanta cerveza de bilíguer, baracaní-
guara y máscaras y bellísimas incoherencias que decidió quedarse
tres meses y luego se mudó a Cabarete, en donde una jeva califor-
niana quedó prendada, o preñada que es lo mismo pero no es
igual. La palabra asombro la usa el escritor para catalogar la am-
nesia de espaldas y de razones, porque también es vox populi que
el tiempo que malgastó Emeterio en las calles capitalinas, léase
Zona Colonial, léase Mierdópolis [José Levy], léase Buenos Aires
de Herrera y las Cabañas de los Kilómetros, fue tiempo de desor-
den del cuerpo y sus bajas y buenas razones, entiéndase por esto
el agarre que se dio una noche con un portento de más de seis
Amoricidio
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pies que se hacía llamar Marilyn y hacía cruisin del otro lado del
Puente, léase Avenida España, léase San Vicente hasta la Charles,
léase Alma Rosa y las Cabañas de los otros Kilómetros. Emeterio, al
menos en las esquinas que enderezó en la República, actuó como lo
que Marcel Duchamp prefiguró cuando dijo The real artist of to-
morrow will be underground. Según la Marilyn entrevistada, algu-
na vez en medio del asfixie que sostuvo con el escritor en cuestión,
el mismo habló de tirarse del Puente Francisco Del Rosario Sán-
chez. Marilyn lo miró como lo que era, un loco y medio y le exigió
motivo, razón o circunstancia y el Emeterio, no se sabe si arrebata-
do o seducido por la magia del travesty-spoken-word-poet le confesó
cosas fatales de su vida, comenzando por la mujer que dejó embar-
cada en Varadero con una cuenta de varios cientos de dólares en
un billar o de la vez que en Brooklyn fingió ser costarricense por
asuntos que la policía no ha revelado. Marilyn quiso montarse en el
motor [por esos tiempos la loca tenía un SuperCub] pero, aunque
parezca ominoso, De Goncalves comenzó a entonar la version de
So What de Miles, temita que le gusta mucho a la Marilyn básica-
mente por la manera en que entra Coltrane con el saxo a casi seis
minutos de la canción. Agrega Marilyn, “Cualquiera creería que
un disco como ese estaría pegado en estos días pero quién dijo…
Oh nineties, what have you done to us!” Marilyn pidió para el pasaje
antes de marcharse, no sin antes sacarse del escote de pelo en pecho
un papiro de hojas recicladas que un arrasado Emeterio de Gon-
calves hilvanó en noches amargas en donde las gringas pollonas
recitaban, I love it when you smell like Vermont.
Por agobio se entiende el asfalto, la certeza de sal y mierda en
desembocadura entre Villa Duarte y Santa Bárbara, la desgana del
prende y pasa. La condena de seguir escribiendo Caribe DR sin im-
portar que se esté en Chicago o en Vancouver. El peso y la bendición
de ser escritor y pretender llamarse Emeterio Turú de Goncalves.

Rey Emmanuel Andújar


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AZULAJE

somos del dios la parte contaminada

LOS DEDOS APRETADOS al óxido malla ciclónica buscan sin


éxito resquicios de piel o tela, algo para acompañar los adioses;
para cerciorar.
Ese es el cuerpo de este lado, una mano interrumpida en
extensión hacia el cuerpo del lado de allá, el de la infección. Ese
cuerpo enfermo es un perfil. La otra mejilla colocada para la re-
primenda o el beso aunque es ya tarde. Lo demuestra la fuerza
con que el cuerpo de acá, el sano todavía, es sujetado por el cuer-
po de un guardián; un garfio de carne abrazo. El cuerpo apoca-
do, del lado de adentro, es empujado hacia una fila, desnudo,
evaluado, soliviantado y medido, contabilizado. Ya es otoño, lo
dice la noche a las tres de la tarde y la lluvia fría. Los ojos podridos
con un tanto todavía de aquella belleza, encuentran de reojo al
cuerpo de acá, ya malbaratado por el peso que habita entre nega-
ción y derrota. El mensaje en las miradas se traduce, Resignación
fulana. Pero cómo actuar coherentes con la muerte entregada de
esta manera. Muerte de manera literal ya que para la una la vida
era el cuerpo de la otra. Y Viceversa. Habitarse.
Del lado Quarentine se desprenden noticias y abogados, fun-
cionarios con teorías de despacho y decretos; el asco en suma. Del
Amoricidio
103
lado supuestamente sano todavía los brazos no ceden. Alargados.
Tenaces. El horror de quedarse sin ella, de rodillas. El cuerpo de
acá sabe que no ha de tocar aquellas costillas y convulsa. Cómo
vivir con este cuerpo solo; que me la dejen sin brazos pero que me
la dejen, sin piernas pero que me la dejen sin ojos para quedarme
con ella. El tono era moribundo aunque no concluyente. Esto sin
ella no es vida sino qué pretendo; un cuerpo a medias aquí o allá
no es cuerpo.

la abarqué entre penínsulas

Veintidós años más tarde, en la Corte de Derechos Humanos


en La Haya salió a relucir cómo los oficiales arrancaron los láseres
de las manos inertes de los soldados que no se atrevieron al acribi-
lle de los infectos en frente de sus familiares y allegados que, desde
el lado de allá de la malla ciclónica asistían a la maldad humana.
Un recluta resumió su declaración explicando cómo se llenó de
congoja ante la constatación de que la bajeza ajena era peor que la
propia.
La muchacha que alguna vez estuviese del lado sobreviviente
salió de la corte antes de las deliberaciones y sentencias. Ximena,
que así se llamaba la chica, caminó por las callejas peatonales de
Centro Den Haag hasta perderse. La tarde era gris y de nuevo era
octubre a mediados; otoño adentro por esos lados. Nubes bajas.
Algunas hojas resistían. Se encontró antes del anochecer definiti-
vo frente al escaparate de un ornitólogo. Dos azulejos se picotea-
ban fuirosos. Ximena pudo llorar al fin, viéndose joven aún refle-
jada en la confusión de aquel amor natural. Dos minutos después
una adolescente colorada con un name tag que decía INGA salió
apagando luces y cambiando el letrero a cerrado. De ahí en ade-
lante todo fue aceptación, sonrisa media y ashubliev.

Rey Emmanuel Andújar


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EL INEVITABLE REGRESO DE JUANA, LA MENOR

JUANA SE LLAMABA. Su voz dudaba un tanto en la penum-


bra de la habitación mal alumbrada por la bombilla que pervivía
en la cadena inservible encima del espejo. Quiso decirme que
después del incendio del 1984 no hubo voluntad posible; todo
era una ruina y eso daba vergüenza. Los ochentas fueron detesta-
bles pero como aquellas Navidades, mi hijo, nunca de Baní. Repi-
tió esta última frase envuelta en la forma de un gemido que tuve
que descifrar por entre los gritos del resto de los internos que iban
desperezando; regresaban de sueños submarinos en donde un
presidente enano, corrupto y manituoso, regalaba a manos ciegas
tanta muñeca y bicicleta que la multitud hacía fila desde septiem-
bre para recibir en el enero de la mordida. Tanto nadar para ama-
necer esclavo, tanto mentir para acaecer en la orilla. La señora dijo
esto para agradecer el gesto y las flores. El doctor, un muchacho
hindú pero criado en Talacoma y demasiado joven, todavía indi-
ferente al dolor ajeno, envió una enfermera redonda a por un
jarrón con agua; el doctor sabía que la doña estaba en las últimas
y quiso mantener vivas las flores al darse cuenta que el cuerpo
inhumano de Julián Chiví que se retorcía parsimonioso bajo las
mantas no iba para parte.
Amoricidio
105
El hospital quedaba al pie de lo que en otros paisajes u otros
ánimos sería una colina. Pero esto es el Caribe, ripostó Juana con
una sonrisa acaudalada aunque sin énfasis. Por alguna razón creí
que había muerto aquel octubre en que me llamaron de la edito-
rial para informarme que aceptaban el manuscrito pero que tenía
que hacerle algunos cambios. Al día siguiente fui a Villa Duarte a
darle la noticia pero no como forma de albricia o agradecimiento.
No. Era para echarle las cosas en cara. Tanto que dijiste que no
sería escritor y hasta te reíste en mi cara y pediste otra cerveza
cuando te dije que no quería en esta vida hacer otra cosa más que
escribir y tú te reíste Juana, con la carcajada que ahora te abando-
na reíste porque según tú escribir era más que dejar que los dedos
flotaran sobre un puñado de teclas universalmente dispuestas. Para
componer una novela habría que dejarse sobrellevar por los per-
sonajes e inundarse de la vida y tú no has vivido nada, dijiste.
Pero, ¿qué podrías saber tú que no eras más que una campesina
que habías parido un millar de hijos que ahora no servían ni tan
siquiera para retumbar en lo obvio?, ¿ah?, ¿qué podrías saber, tú,
que alumbraste un montón de arrabaleras que lo daban por bata-
ta?, ¿tú?, ¿a mí?
Después de ese octubre vino la Navidad y poco antes, la no-
vela. Durante las pascuas fui a encontrarte debajo de los puentes
acurrucada en planchas de zinc entregadas por los gobiernos in-
ternacionales a manera de donativo. Estamos en el Caribe; las
mañanas de diciembre son otra cosa ya que el cambio de estacio-
nes regala un azul cielo indefinible como a eso de las seis de la
mañana y en los campos del olvidado Sur, de donde según la par-
tida de nacimiento dice que eres, Azua, específicamente, el aire se
pinta de una algarabía desnuda que no puede, que no quiere ser
descrita en llamadas; es más, evita los teléfonos y las señales; las
conexiones no nos sirven para nada. La última llamarada del

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recuerdo habla de lerenes; hasta en los misterios más generosos
del Rosario eras una mujer llamada Juanita que regresaba a su
tierra después de haber perjurado lo contrario, deprimida y con
el alma en un zapato.
La Navidad es para el pueblo, dijo el doctor en bengalí antes
de anotar la hora del deceso. La enfermera gorda apuntó en un
exceso que los delfines trazarían hacia dónde nadar.

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MIRTILIO POST

dime, oh viento,
qué tardes son éstas
de mi deterioro y de mi caída

Jorge Frisancho

EN LA HISTORIA según Sor María el retrato del Jefe había


desaparecido de la sala mucho antes de que yo viera la luz. Mirti-
lio, asimilando muy mal la pérdida del líder, se mantuvo aferrado
a lo fatuo mediante la repetición de tradiciones orales que llena-
ban noches de apagón durante la dictadura subsiguiente. Decir
que éramos pobres es poco si se toma en cuenta que la casa sobre-
vivió al Ciclón David gracias a los parches de cajas de arenques,
latas de aceite aplastadas y planchas de zinc podrido. Este es un
lugar común en mi proyecto literario. La única que en verdad
trabajaba era La Buela, llevaba las riendas de un próspero nego-
cio de sastrería que uniformaba infantes, celebraba quinceañeras
y hacía lucir paupérrimos pero honrados a los covachuelistas. Es
imposible sustraerme del peso de esa herida; hay que cuidarse de
quienes odian o admiran la pobreza. Nosotros buscamos la mane-
ra de sortearla porque decir que estábamos mal era poco. Anduvi-
mos arrastrando el bate. Sor María cuenta que comíamos trozos
de batata con asadura mientras Mirtilio, quien había visto La Gran
Era pasarle por encima, matizaba la vergüenza contando con que
Amoricidio
109
Balaguer le pagaría por doble los favores que venía haciendo des-
de el Partido de la Palma y luego el Reformista Colorado.
Las cosas bregaron de otra manera. Durante el break dicta-
torial, Salvador Jorge Blanco movió fichas forzadas y la cometió
firmando el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que
nos dejó tanto más perjudicados. El desorden civil sorprendió a la
media isla una tarde de playa. Fue la primera vez que escuché
disparos. Me vi de súbito isado por entre tortas de harina y espi-
nazos y rodajas de limón y mujeres gordas y saladas mientras do-
minicanos contra dominicanas se atropellaban a merced de una
política atrasada y con inclinaciones al avivaminento de la fortuna
personal mediante lo ajeno.
La pifia del Partido Revolucionario avivó la llama dentro del
pecho de Mirtilio, quien aprovechó para opinar que lo que hacía
falta en ese país [estaba demostrado] era la mano sabia del Hom-
bre, quien además de estar ya un tanto decrépito, como el dicta-
dor que describiera el mejor de nosotros en tantas novelas, también
era ciego. ¡Ciego! Gritó María Magdalena, también hija de Mir-
tilio, quien justificaba el amor por el reformismo contando con
un puesto que supuestamente le tocaba por la fe que había im-
partido toda su vida hacia el Hombre. En la escuela nos hablaban
de dios e imaginábamos a un viejo barbudo, blanco, tomando
decisiones para entretener el tedio. Poco antes de quedarse total-
mente solo [las ratas, o sea, mis tías, abandonando el barco] Mirti-
lio confesó que él no creía en dios y que si existía algo como tal, era
una aleación celeste entre Trujillo y Balaguer.
La Buela balanceó la casa como pudo y aunque no hubo
bicicletas ni muñecas simpre apareció el peso para que los fines de
semana el nene pudiese ir a jugar una hora de maquinitas en la
Avenida Mella. Cosa más grande. El asunto era triste. Las tías, que
habían durado hasta los noventa esperando alguna canonjía, se

Rey Emmanuel Andújar


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cansaron y pusieron en práctica un plan infalible de escape. Des-
pués de hartarse de comida ponían la consola de Mirtilio a todo
lo que daba para escuchar una emisora santiaguera que pasaba
Tres Patines y luego una radionovela. Uno de los dramas permitió
a María Magdalena tramar una estrategia para poner pies en pol-
vorosa. Mientras, Mirtilio quemaba los cartuchos finales de otra
Era: consiguió un trabajo nada más y nada menos que en el ocaso
de las oficinas de ONATRATE.
Un recuerdo que guardo certero es el de un sábado en don-
de el viejo me llevó hasta su oficina. Años después de ese fracaso,
la literatura me regaló la melancolía y se hizo difícil no leer El
Astillero sin pensar en Mirtilio y los hombres que con él jugaban
Tresidós y compartían tragos de ron Cara de Gato para masticar
la miseria y la mentira de las once de la mañana. Recuerdo por las
tardes, poco antes de que el viejo llegara, al reguero de tías reuni-
do alrededor de La Buela para despotricar en su contra. Entra-
ban al cuarto a desordenar las fotos en blanco y negro del Gene-
ralísimo y los miles de símbolos y souvenires de una Era [un pa-
ñuelo manchado, postales de correo de la Feria de la Confraterni-
dad, insignias rotas y oxidadas], de un pasado que Mirtilio mante-
nía en un altar flotante, un aroma de berrón, canela y Cebo de
Flandes.
Para llegar a ONATRATE el viejo debía atravesar la ciudad.
Después de caminar como loco y ceder ante una confusión de
guaguas, rutas y carros públicos, llegaba a los alrededores del Es-
tado Quisqueya y respiraba hondo ante los autobuses de manu-
factura brasileira que se dejaban asediar por agua, sol y sereno.
Ascendía hasta una oficina de sucios cristales en donde otro an-
ciano, fotograma del nectar de la derrota, sintonizaba resultados
de Grandes Ligas o algún discurso pacificador. A las nueve y me-
dia, luego de fumarse media cajetilla de Casinos, Mirtilio enviaba
Amoricidio
111
por los cuatro periódicos, café, y los archivos de las rutas del 77
[año de gran tribulación]. El otro viejo decía sí señor y se iba ren-
queando de a poco, dejando a Mirtilio cada vez más solo en ese
desierto de pelusas, arañas tejedoras y bruscas cuentas por pagar.
Tarde y ensopado de sudor, Mirtilio llegaba al hogar. La odi-
sea del tráfico que lo dilataba en la tripa de la ciudad permitía la
confección detallada de mentiras con las que entretendría noches
a lo oscuro. Los apagones eran como de veinte horas. Al ver a mis
tías indispuestas, el viejo buscaba mis oídos y ya no había cómo
escapar de sus inventos. El delirio no tenía parangón: según Mir-
tlio, Balaguer iba a estar visitando las instalaciones e iba a conce-
der ascensos. El viejo anunciaba que había que prepararse porque
dentro de poco tendríamos un Caprice Classic con chofer y de
seguro nos mudaríamos a uno de los edificios que el Hombre iba
a inaugurar muy pronto en la Avenida España o sus alrededores.
Sí, el lugar era Villa Duarte y la época, como se dijo, los noventas.
La locura del Faro a Colón se había establecido, poniendo las pa-
labras Desalojo y Esperanza de moda. En una de sus tardes más
eufóricas Mirtilio envió por cartulina y escarcha para hacer un
letrero que rezara Balaguer Inmortal y así entregarse a uno de los
tantos mitines de inauguración. Una de las tías metió las cuatro y
pasada de fresca pronosticó que no tendríamos apartamento ni
nada y que eso de estar construyendo un catafalco para honrar la
figura del conquistador era tan solo un deseo cojo de también
celebrarse su Feria de la Confraternidad. Porque si Trujillo tuvo
una yo también puedo, dijo la tía que Balaguer decía. La tabaná
con la mano volteada no se hizo esperar y rodando, la tía María
Kirsa llegó hasta Curazao y su senda fue seguida por la ya mencio-
nada María Magdalena y luego por Sor María, la verduga que de
cuando en vez me refresca esta historia.

Rey Emmanuel Andújar


112
II

La muerte de Mirtilio me sorprendió por los Nuevayores


en donde empezaba a garabatear la pantalla para entregarme a
una locura literaria. No supe en verdad si quise ser escritor, yo
siempre lo que quise fue ser famoso y algo me dijo bien por
dentro que con la tendencia de los acontecimientos como escri-
tor yo no iba a llegar nunca a una primera plana. Todavía la
autogestión cibernética no había nacido. De haber sabido que
existirían cosas como Facebook, me hubiese preparado mejor en
el campo tecnológico. Pero me tiré a la calle nuyorkina a bregar
de la manera más tercermundista posible y hay, como para lle-
nar un álbum, historias de circos y teatros de tercera en donde
pasé tantas noches de arrebato, hay puentes por abajo, vagones
subterráneos, domingos, apartamentos cajas de fósforos, hom-
bres, colombianas, comida china, contornos y muy poca litera-
tura. Quise lanzarme, aterido de fiebre, a matar al padre pero,
¿cómo muere un espectro? Para acabar con el enemigo habría
que conocerle pero un fantasma es lo peor del espejo. Por obviar
la contundencia, ésta no tiende a lo terso. Dolor si hubo que-
da… lo mismo dicen del amor.
Para acabar con Mirtilio tenía que apuntar muy atrás y los
escritores de la Patria se ocupaban en mantener la zarza trujillista
coleando mediante libros, coloquios y documentales. Durante el
peor invierno del autoexilio escribí mi primer cuento y Balaguer
no había muerto. Fue quizás el darme con el puño lo que me tiró
a la calle con más fuerza; allí amplié mis raíces, quise alejarme de
todo lo dominicano. Decidí que el mejor tratamiento para ese
flagelo era el olvido. Me hice socio de un club de películas uru-
guayas, cogí dos clases de Yoga, cinco de Kung Fu y conocí el
Kush. Qué humo, qué viernes, qué otoños en la 14th. Por años
Amoricidio
113
me las ingenié para navegar por entre la jungla de los verbos sin
tener que mencionar los nombres de quienes se hicieron paso por
entre la conciencia de una dominicanidad abatida por la memo-
ria, la sangre y la macana; nombres para quienes las constitucio-
nes eran pedazos de papel ofendido. Para mi sorpresa logré com-
poner dos o tres historias que supuestamente obviaban el pasado.
Insuflado por esa mínima victoria y por el suero de la juventud [el
estado más bello e insolente] despotriqué y no de manera tímida,
contra los homólogos que alimentaban ficciones con las miles de
anécdotas en donde el Generalísimo mandaba a resolver con un
bicornio en una mano y una copa de Carlos Quinto en la otra. Se
me hizo inevitable prestar atención a estos cuentos sin llegar a la
conclusión de que todas estas historias eran idénticas a las que
hilvanaba Mirtilio. El viejo no estaba solo en la creación de mitos
y leyendas. La pregunta me asalta cada vez que creo un personaje,
cada vez que trazo una línea dramática, ¿será posible escribir Pa-
tria sin ensuciarme la boca?

III

La pregunta me arrastra hacia Dominicana. Cuando Nueva


York se convierte en una complicación de vodka, lágrima y cora-
zón. Cuando Nueva York regresa en estos inviernos aletargados y
holandeses. Cuando crees que eres feliz porque ese otro cuerpo
ronca tranquilo entre juegos de sábanas coloradas y eres conscien-
te del café tibio amargo. Entonces regresas.

IV

Vagando por mi vecindad, La Zona Colonial, con las pier-


nas cenizas gracias al invierno del que me lograba escapar, paré

Rey Emmanuel Andújar


114
por coincidencia en la Librería Trinitaria y abusando del cliché,
le pregunté a la dueña, ¿por qué escribir sobre Trujillo, sobre
Balaguer? ¿Por qué nadie escribe sobre Mirtilio, sobre los millo-
nes de Mirtilios? ¿Habrá cómo rescatarse? La señora, bañada de
una infinita paciencia ante el temblor de mi rodilla derecha de
escritor joven, caribeño y por lo tanto triplemente patético, me
aplacó en una mecedora ilustre [se habrían sentado allí gente
como Tony Raful, Manuel Rueda, Vargas Llosa] y me quemó la
lengua con un café. Desde esa ardiente impaciencia me dejó
saber que aunque veinte años no eran nada, treinta y pico sí
eran algo. Obviar que esa realidad nos definía era inútil. Bende-
cido por la resolana de un clima que me hacía olvidar la contun-
dencia del bajo cero fui testigo de la vida cayendo en su sitio
como un juego de Tetris. Era cierto lo que decía la historia según
Sor María: Bienvenida sea la democracia y hay que celebrarla,
aunque de manera lamentable hoy día seamos testigos de un
esquema de barrabasadas. Mirtilio justificó los excesos de Truji-
llo aclarando que éste había creado el Estado Dominicano; a
Balaguer le excusaba la locura de sangre de la Banda Colorá
[Oh Macorís what have you done to us!] porque había construi-
do el Faro y las hileras de multifamiliares y porque nos había
rellenado a fundas de granos de arroz y aceite del malo. Dije
que éramos, somos pobres, y por lo tanto, estamos desautoriza-
dos a dar consejos. Pero en las noches a punto de congelación de
un apartamentito en South Bronx, alrededor de una fogata de
pasaportes, mis tías suelen reunirse comandadas por Sor María
la mayor. Rememoran allí los grandes días de la miseria de Mir-
tilio. Carcajean las camajanas al compás de merengues de Wil-
frido y sus Beduinos, bailan hasta el asfixie con los Mayimbes
Villalona y Santos; le encuentran sentido a la diáspora al reco-
nocer que el desorden Trujillo nos empujó al paso errante y a un
Amoricidio
115
desequilibrio de sazones que no consuela el mar tricolor que se
agita para anunciar la democracia entre fronteras de ceremonia
y caída.

Rey Emmanuel Andújar


116
TEREBELIA

TERESA TIENE CATORCE años cuando sonríe. Afuera, el sol


plano sobre el Mediterráneo. Si la luz se esconde, la juventud se
escapa con resabio dejando una vejez instalada. Quiero comerle
la vida del cuerpo; ambos lo sabemos pero retrasamos el entrecru-
ce. En el agua brillan sus ojos serios. Es el sol, regresando.
La última auditoría me llevó al norte de Italia en donde de-
trás de las copas de Sangiovese ella es mía, mía nunca jamás, con
posibilidad otoñal de fondo. No puedo comer linguine ni espa-
guetti ni nada... se me escapan los fideos del tenedor. Me enamo-
ro de ella en intervalos de cinco segundos mientras bebe, mueve
las manos nerviosas que quieren fumar o cosechar jardines pero
para nada acariciarme; tan lejana. Hago todas las preguntas utili-
zando aquellas palabras, las rebuscadas para este evento. Quedo
mutis y embelesado frente a la inmensa espalda que se desintegra
por los escenarios, la cóncava piedad de sus piernas abarcando,
dibujando jam sessions on my heart. Un contable y una bailarina o
la historia que no puedo inventarme; tan cerca de la anécdota que
duele. La noche esperada es asquerosamente perfecta para com-
poner siete boleros y cuatro bachatas en su nombre pero los con-
tables no escriben y ella no quiere escuchar de las dificultades que
implica traducir hojas de balances del inglés al italiano. Dice que
Amoricidio
117
quiere montar una obra de Mishima para celebrar el verano. Se
desenreda de mí y con un pellizco me pregunta por Puerto Rico
con la dejadez de quien averigua por la suerte de un primo terce-
ro. Al carajo los soretes que proclaman la autoconducta porque
ella huele a domingo por la mañana, a caminar agarradito de Tere,
los dedos que hunden la piel, la masa del pan sin sacramentar.
El vacío profundo que quema en la memoria y no me permi-
te recuperarme del jetlag vino después del limoncello y una lírica
de Paolo Conte como para caminarla definitiva en otro abrazo sin
horas de oficina, en una ciudad que grita su nombre de agarre
monstruoso, que rescata a los oficinistas desdichados de las pesa-
dillas de alcohol y sustancias dudosas. Madrugada y más vino y la
estaca violenta y final: los cuerpos de la nostalgia se miden en peso,
rapidez y violencia; nombran el mar que se repite en los ojos de
Tere; la proximidad de una caricia veneno que encuentra a los
hombres en las correas aduanales sin socorro. Tere respira hondo,
sonriente, enamorada de mentira y casi convencida de que esta
cabeza encontrará un hombro en Business Class... Tere juega to-
das las cartas a morir y matar, cuando contable confieso, Todo con
vos es saldar o ceder.

Rey Emmanuel Andújar


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NAVIDADES EN LA HABANA

EN SANGÍVIN JESS me rogó que me extendiese con ella hasta


las Navidades pero puse trabas, Tengo que entregar los finales en
la universidad… Además, tá lo de Cuba. Se mostró enfurecida: le
tocaba quedarse en ese clima grisoscuro mientras yo me iba a La
Habana, tanto mojito tanta desgracia, playa transparente hasta la
garganta, beso sudado en el aterrizaje; los adioses.
Llego a un San Antonio de los Baños que enamora de verde,
de acento suavecito, como sugerido, como Oye chiquitico ojos más
lindos que tú tienes, bébete otra cerveza, apriétame, tú eres domini-
cano, tú eres del cielo, qué boca tan dulce. Me siento completo,
borracho de la isla que me faltaba. Escribo en las paredes de Cen-
tro Habana: “Te confieso que privando en ciego tropecé con los
rumbos de miel que dejaba en tu costillar cuando te adelantaba,
apretándote izquierda, me mordiste una oreja, me recordaste mi
santo.”
Hace dos semanas le juraba a Jess amor eterno en Irving Park
y ahora que hago unos trueques violentos con Cubana de Avia-
ción estoy seguro que dentro de un mes juraré quedarme. Ser
cubano. Quizás así adopte un estilo literario que presione lo escri-
to; que coloque definitivamente entre la espada y la pared lo que
significa entablar desde el lenguaje poético y el habla cotidiana.
Amoricidio
119
Una poesía en donde la palabra signifique, en sí. Lo común, se-
gún Cortázar: Lo insólito es lo contrario a lo común; es decir, una
lata. O sea que me siento horrible lejos del Viejo San Juan. Le
pregunto al moreno que me machaca las hojas para el Mojito en
el Nacional, ¿Cuántas islas me tocan? ¿Cuántas albergo?
Las cubanas te acuestan en los ceniceros para que lleves su
marca. Te revuelcas la vida con una cubana y no terminas siendo
ni su novio ni su nadie ni su nada: eres un pedazo de hierba que
les recuerda de donde vienen; una lágrima mañanera en un film
de Pineda Barnet; un trozo de sangre que les hace extrañar al hijo
que tendrán contigo; la bruma de una mujer que toma la decisión
de escaparse con otra mujer; los bosques sin verjas; playas amura-
lladas… Tanto tiempo viviendo en Boricua y sin haber amado.
Pero el avión que me devuelve pasa como siempre por la
República, en donde me embroman por el acento pero no me
permiten ser nada más que un DominicanYork en tránsito. El
avión llega a Chicago y hay un tren que sale para Naperville. Des-
pierto y te encuentro arrecomodada en mi pecho; me aruñas un
bembe y dices, Te quiero, en ese acento tan estrujado, tan no pue-
do vivir sin ti, tan yo sabía que vocé iba a voltar. En tu casa todavía
el arbolito resiste las bombillas y las aureolas, los regalos abajo y sin
abrir. La gringada, en suma. Yo destapo la botella de Havana Club
para ponerme sabroso, para entregarte un corazón desbordante,
arrestado de mulatos y malecones. Un corazón coraza para rega-
lárteme en Navidad.

Rey Emmanuel Andújar


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GUÍA ROMÁNTICA DE MALEVOSICK

LA MALETA QUEDÓ en el piso de la pensión. Salí caminando,


un poco enfermo por el café y los cohetes. El termostato no bene-
ficiaba el asunto, un aire de sal podrida se coagulaba al nivel de la
cabeza de los enanos que controlaban la venta de boletos para
una feria de artesanía. La primera y última cerveza me la dí en El
Curazoleño. Una vieja borracha se arrastró en una mesa de billar,
mostrando la ruina de las piernas cundidas de várices. El marido,
con el mismo cigarrillo ensuciándole la comisura, me reprochó
algo con la mano a la italiana. ¿Y si en verdad era mi madre?, me
pregunté al huir. El resto fue la tarde ardiente de sol escondido
amenazando desprenderse. Hubo una casa al fondo de la colina de
basura y cemento; en ella, doctores descalzos, garrapatas y perros
gigantes con cara de gente. Al huir, luego del café y los cascos de
guayaba con queso, escuché las manos aplaudir reclamando mi re-
greso pero no volteé a decir gracias. Casi afuera, doblado ante gran-
des escaleras, encontré un atajo y, a sabiendas de que era lo menos
recomendable en una tarde Purple Haze, me dejé atraer por la
cueva que se llenaba de un sable de sol escapado del nublazón.
Casi libre, tropiezo con un efebo vestido de Vainilla Ice que
me mira profundo, amenazante. Al minuto próximo, alarga los
Amoricidio
121
dedos y por experiencia intuyo que la mano regresaría con algo
niquelado aunque a tiempo recordé que en ese sueño yo también
portaba un hierro. Estaba ahí, en la sobaquera, la nueve milíme-
tros. Le vacié el peine sin apear el dedo del gatillo. Respirando
como si fuera la primera vez.
No escuché la repetición del plomo; sólo el olor a sangre pudo
despertarme.

Rey Emmanuel Andújar


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LA FORET

VOY POR LA quinta Heineken. No se hace difícil escoger entre


las dos hermanas: termino bailando con ambas en la semioscuri-
dad. Sima y Anita han vivido en Den Haag toda su vida y bailan
más y mejor bachata que yo, que me muevo únicamente gracias al
inevitable asunto caribeño que me recorre. Anita se aleja para
alimentar la vellonera. Su inglés es deficiente, mi holandés nulo,
además el ruido de las bocinas no nos deja leer los labios siquiera.
Convenimos un amor a trío, con señas y caricias entre las bendi-
ciones de la vellonera que van desde Charlie Parker hasta An-
thony Santos. El problema es, ¿Cuál de las dos? En esos momentos
me digo San Miguel agarra tú ese guía y me entrego a la sabiduría:
garabatos entre rostro y pecho. Efectivamente, las hermanitas son
muy condescendientes una con la otra; en acuerdo tácito deciden
repartirse al moreno que ni corto ni perezoso susurra cosas impo-
sibles al oído de una y se enreda en el pelo de la otra.
Vámonos a un lugar más cómodo, dijeron. Salí a la noche
holandesa llena de viento y lluvia, mañana sería año nuevo y yo
celebraría esta noche como debe ser, como nunca ha sido. La mano
que tiembla busca llaves y encuentra. Mientras desamarro la bici-
cleta y las nenas piden permiso a los familiares, se arma un lío de
Amoricidio
123
apaga y vámonos por la fókin vellonera. Ellas quedan atrapadas
entre gritos, botellazos y empujones. Un señor logra escapar y me
dice: Véte, que la policía viene por ahí. Pedaleo hasta casa cuestio-
nando mi suerte.
Le hago todo el cuento a mi madre destapando la última
cerveza de la noche. Ella me dice que no me preocupe, como
quiera mi vuelo sale mañana y coger el jetlag con resaca no es
bueno... además, nadie sabe como es mejor. La cerveza y la última
frase me apestan y me voy para el carajo; hago las maletas. Yo, que
siempre creí saber cómo es mejor.

Rey Emmanuel Andújar


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BADTRIP
pá Kilia

SALGO DEL AVIÓN como empujado por una fiebre que no


me acaba de matar pero que tampoco se me quita. Me meten
debajo de las sábanas y rememoro el turbulento fin de semana
nuyorkino y los besos de hielo, el abrazo de brisa y el toqueteo
deshidratado en el asiento trasero de un taxi amarillo: Llámame,
prométeme volvernos a tener o a sentir de alguna manera, de aquel
momento. Sopita de camarones que inunda el apartamento para
rememorar: Su sabor... el inconfundible y perfectamente olvida-
ble tacto de su sonrisa izquierda, de tu meneo rotundo, incesante
y delicioso en aquella esquina... el temblor de la sala cuando las
otras manos, esas, las suaves, maniobraban los dados que decidi-
rían quién se iba con quién esa noche; y nosotros: tú mirando
como quien dice yo te agarro bajando y yo mirándote como que-
riendo, como comiéndote el cuello, como desayunándome tu boca
entre Sapporo y Presidente.
En estos momentos en que me atraviesan con antibióticos,
me acurrucan y me condenan a la abstemia, saco cuentas... Para
dormir fabrico cuentos con girasoles y promesas. Deseo morir bajo
la lluvia, entregar el paquete, destrozar el diccionario y, por qué
no: Mañana cojo un avión para verte, y fabricaré nieve y hambre
Amoricidio
125
de frío, solo y tan sólo para que hagamos una hoguera con todos
los libros de Paulo Cohelo y Walter Riso y Brian Weiss. Nos em-
briagaremos de ese ritual en verdadera superación y tú como loca
destruyendo altares y muerta de la risa y llamando a Pastor De
Moya con esa sonrisa que calma este mar, tú, saliendo infinita y
masculina de esa vacuidad que me crece debajo de las uñas cuan-
do no puedo verte, cuando te escribo y soy este mental masturba-
tion trip, gracias al exceso de jarabes para la tos y el acetaminofén.

Rey Emmanuel Andújar


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DENYER

LA TINTA ES LA sangre de las palabras… ese fue el último instan-


te que me robó la tarjeta de llamadas. Entre las pocas cosas cohe-
rentes que dijo, afirmó estar detenido en Honduras por un asunto
que tenía mucho que ver con sustancias controladas. Estoy salien-
do de Houston; cuando llegué a San Juan… pero armé la frase sin
ningún tipo de esperanza: inútiles conjuntos de letras. Por todos
los amigos de Jonás es sabido que él va a encontrar cómo salir de
ese lío y luego te va a llamar desde Barce para decirte, Ando con
dos rubias, coge para acá.
De todas maneras tengo que reconocer que esta vez algo en
sus coherencias despertó una curiosidad de las que no deja dor-
mir. Una mujer le leyó la mano en pleno carnaval y decidió que
se retiraba; dejaba todo lo literario: demasiadas sombras en una
sola palma. Afirmó que sólo le interesaba escribir novelas de las
que atienden las sensibilidades… encontrar hasta perderse en
ese pequeño abismo que existe entre letra y letra. Vivir ahí. Con-
fiar en él.
Jonás es danger. Se queda unos días en tu casa, te desvalija el
corazón. Te empuja a los abismos del miedo. Una tarde, fumando
y bebiendo Amstel en el puente Whelmina, le dije, jugando: ¿Te
acuerdas de la rubia Wendy? ¿La hija de los dueños del hotel
Amoricidio
127
Central? ¿De los besos? Todavía hoy me pregunto por qué lo arrastré
a esos recuerdos de leche de miel de niña. Denyer. Claro que la
recuerdo pero no vivo ahí, contestó, y al final de la tarde lloró
medio minuto echándole la culpa al humo de los leños que por las
calles holandesas vienen ya enrolados. Yo no lloré ná. Lo fui a
dejar en el aeropuerto y nos dimos el abrazo rápido de los que
odian despedirse. Esa noche encontré un verso escrito en papel
de envolver, entre las sábanas, Si pudiera quedarme con algo tuyo,
ese algo sería el rastro de tu boca. Queriéndote, Jonás el Canalla.

Rey Emmanuel Andújar


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KATASHA

PASARON LOS ECLIPSES, los ensayos. Esta vez el avión lo tomó


otra persona. Estoy anclado a gusto en este Caribe corsario: muje-
res con acordeones rosados y hombres que tratan la amistá como
un reló de a peso. Antes del viaje le expliqué a Katasha que la
distancia pesa pero hace las cosas más interesantes… Ella me dejó
saber que eso era bullshit. He aquí la canción, lo prometido es
deuda: Nosotros dudando siempre de que iba a llover y el cielo
encapotado. Dijiste qué va ómbe vámonos si tenemos tanto tiem-
po sin vernos y sin el terremoto, sin el olor a cosita loca de tu
pelo. La cara duele de tanto sonreír. Te resbalas pero no te caes.
La verdad se me desmorona debajo de la lengua: contigo cami-
naría hasta la muralla. Jugamos a besarnos, me lo prohíbes tan-
tas veces, de repente felicidad. Abrimos las toallas para tocarnos
la enredadera y el viento alborota tu afro. Inquieto, te tomo la
mano, ya no hay verbotten: hoy entregas porque el muchacho
errante, un poquito loco y hablador desgrana su boca en tu nuca.
Te sonríes, mi casa es tu lóbulo. Te erizas y humedeces; yo copio-
so. Afuera es Milano en pleno Natale. Adentro Kurosawa y Pros-
seco. Los cuerpos se tocan y construyen un buen recuerdo. Todo
mañana será mejor since the best times were the ones to come.
Fuck the distance.
Amoricidio
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Entendemos que la libertad es la meta. Mucho más llora-
mos desnudos en este sistema insular; nos reconocemos, te ahogas
y yo supremo. Te levanto te resisto te engaño. Te quejas tengo
hambre; te robo otro beso en la columna; decido voltearte, decir-
te soy tu presente, algo como, te jodiste porque pretendo amarte
como nunca dentro de la próxima media hora.
Una bandada de calor y mosquitos quiere despertarme.
Estoy en frecuencia Caribe, otra vez convencido de la posibilidad
y el ahogo. Del otro lado el teléfono ni pío. No hay biyuya con
qué pagarte la maravillosidad. No hay pasión sin caída ni placer
sin autoconsumo. Acá pervivo una alergia que me está matando
aunque vale la pena destacar que al pensarte me rebosa una ale-
gría que me está destruyendo.

Rey Emmanuel Andújar


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Esta versión de Amoricidio-Antologables Volumen II
fue preparada en Chicago, Verano del 2012. Gracias
a Samuel Medina, de la Editorial Agentes Catalíticos,
por la concesión de derechos para esta edición.

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