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ABSOLUTISMO POLITICO

Atendiendo a la etimología, absolutismo debiera significar el poder público,


discrecional e ilimitado, no compartido con ninguna otra entidad política, ni sujeto
a leyes previamente establecidas; pero a esta clase de gobierno se reserva el
derecho el nombre especial de despotismo.
Absolutismo es, pues, en significación restricta, el poder político sujeto a leyes
previamente promulgadas o emanadas de sí mismo, y no compartido con otros
poderes: es la soberanía residente en una sola entidad que asume en sí
discrecionalmente los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.
Esta clase de soberanía se ha ejercido algunas veces por colectividades,
llamadas oligarquías, pero con más frecuencia en los tiempos modernos por un
solo individuo llamado monarca. De donde se deduce que el absolutismo es
independiente de la forma de gobierno.
Para defender el absolutismo, se ha supuesto un imposible: la perfección
humana. Y se ha dicho: si hay un medio de que sólo lleguen al poder los mejores
y más aptos, es evidente que estos mejores y más aptos deben ejercer el poder
supremo sin trabas y con toda independencia, para poder hacer el bien, pronto
y en toda su magnitud.
Y acto continuo los partidarios del absolutismo han creído probar que los más
aptos pueden siempre llegar al poder supremo, o bien en las democracias y
oligarquías absolutas, o bien en el derecho divino delos reyes.
Para que en una poligarquía fuese fructuoso el absolutismo, era preciso no sólo
que cada individuo estuviese dotado de vastos conocimientos y de juicio recto y
profundo, sino de prendas excepcionales de carácter: prudencia, habilidad,
honradez, firmeza y energía. Pero con estas dotes sólo, no bastaba: era
indispensable que, después de advenidos al poder supremo, tuviesen realmente
las facultades preeminentes que antes del advenimiento se les suponían, propias
para realizar pronto y bien los fines del Estado: era necesario, además, el
imposible de que todos viesen del mismo modo las cuestiones de gobierno; que
siempre estuviesen de acuerdo, y que, no pensando nunca con el corazón, jamás
cediesen a influencia alguna extraña al bien común. Pues ¿qué decir de la
transmisión del poder en la forma oligárquica?
¿Se fundaba en el derecho hereditario? Entonces, pronto los descendientes de
los mejores y más aptos no lo serían regularmente ya. El genio es intransmisible,
lo mismo que todas las gran des cualidades.
¿Se fundaban en la selección de los mejores de entre la oligarquía gobernante?
Entonces las intransigencias del nepotismo, las presiones e influencias de los
poderosos y las esperanzas de medios indignos al amparo de los encumbrados,
harían imposible la continuación en el poder de los mejores y más aptos. Del
azar, del nacimiento dependería en gran parte la transmisión.
¿Se acudía al voto popular de una democracia absoluta? Entonces, no estando
declarados inviolables los derechos de la personalidad humana ni los de las
entidades jurídicas, el gobierno iría a manos, no de los mejores, sino de los más
audaces; y, no habiendo para éstos nada superior y anterior a su voluntad y a
sus leyes, ¿quién podría impedir la formación de mayorías que, en pro de
egoístas y vitandos intereses, ahogaran la la voz de las minorías bien
intencionadas y anhelantes del bien público?
Así, pues, el capricho, las disidencias, las discordias, las luchas y la guerra,
serían los frutos ciertos del absolutismo oligárquico.
Admitida la teoría del derecho divino de los reyes, ya es más fácil la defensa del
absolutismo monárquico. Si el poder emana de Dios; si el Rey es un ser que
recibe de la Divinidad la misión de regir a sus pueblos; si lo que pasa en el mundo
está guiado por leyes providenciales, entonces es de toda conveniencia que el
elegido de Dios de dirección libérrima a los destinos de su pueblo.
Únanse a esta doctrina del derecho divino de los reyes los mismos argumentos
aducibles y aducidos en favor del absolutismo oligárquico; y se comprenderá que
haya muchas voluntades en favor del absolutismo de los reyes. Ya Aristóteles,
en su libro dePolítica, decía que, en el caso de existir en algún pueblo un
individuo, o bien una familia, tan extraordinarios que poseyeran ellos solos
excelencias del espíritu y dotes y virtudes del corazón, superiores con mucho a
las de todas las familias juntas, entonces sería, no sólo de justicia, sino también
de evidente conveniencia, que el individuo de tal hipótesis fuese monarca, y tan
excepcional y excelente familia heredera del poder Real absoluto.
Es verdad que la naturaleza sorprende a veces la Humanidad con uno de esos
genios extraordinarios que los contemporáneos admiran y las generaciones
sucesivas veneran; pero ni estos genios aparecen con tanta frecuencia que
pueda siempre contarse con la seguridad de poseer uno en toda época, ni suelen
tales genios ser comprendidos por las gentes de su tiempo; ni sus dotes
extraordinarias habían de vincularse en su su familia. Así es que la práctica ha
correspondido muy mal al sistema.
Indudablemente está en lo posible que el juicio soberano de un rey excepcional
sea en efecto el más acertado; pero, ¿no es claro que las ventajas que de ello
se deriven serán un juego del azar, como dependientes de una excepcionalidad?
Lo hijo del acaso no es propio de la virtualidad del sistema; y es absurdo confiar
los destinos de un país a las eventualidades y contingencias anexas al carácter,
condiciones y buena voluntad de un solo hombre. Carlos III fue un buen rey
absoluto, según testifica su historia; pero, ¿cómo los que tal dicen no advierten
que al citar a ese buen rey condenan el sistema en las personas de sus
antecesores y sucesores? Los que citan a otros monarcas raros, ¿no perciben
que sólo son modelos a fuerza de excepcionales?
Además, aunque el monarca sea un modelo de perfección, no cabe en lo posible
que su energía abarque todas las esferas de la gobernación de un estado. «Si
se examina, dice Zschokke, quién es el que gobierna en tales monarquías,
resulta que muy pocas veces puede determinarse con exactitud. Aunque existan
o un ministro favorito, o un amigo íntimo confidente, o una amante que domine
completamente al monarca y lo arregle todo a su antojo, puede sostenerse, sin
embargo, que esas mismas personas son muchas veces inocentes de lo que
pasa; pues acontece muy a menudo que quien da el primer impulso es uno de
esos Dii minores desconocidos, ignorados, oscuros, en quienes nadie repara y
a quienes de seguro nadie atribuye nunca la influencia que por accidente ejercen
en los destinos de su nación: acaso un escribiente, un ayuda de cámara, un
lacayo, quizás hoy el uno y mañana el otro, porque donde no hay una ley cierta
y segura, allí reina la casualidad.»
En las monarquías absolutas un hombre lo es todo, el resto de la nación no es
nada; la libertad, la independencia solamente a uno corresponden de derecho y
por la ley; las que gozan y disfrutan los demás ciudadanos, dado que alguna
disfruten o gocen, es pura gracia; el talento más extraordinario, la inteligencia
más capaz, la virtud más esclarecida para nada sirven, ni al que las posee, ni a
su patria, si la casualidad no hace (y suele no hacerlo) que se hallen reunidas
tantas virtudes en la persona del monarca. Todo con esta forma de gobierno es
casual, incierto, inseguro.
La razón pues, dice Arrazola, condena todo absolutismo en el Poder, ejérzalo
uno solo, ejérzanlo muchos, porque el absolutismo implica la falta de razón en
los demás.
El absolutismo, tal como la moderna escuela absolutista lo entiende y lo expone,
es mucho menos antiguo de lo que sus mismos partidarios y sus mismos
decididos defensores creen. La monarquía vivió en Europa, durante la edad
media, vida raquítica y achacosa. Hostilizada frecuentemente por adversarios
poderosos, por grandes señores, a veces más opulentos y de más extensos
dominios que los mismos monarcas, osados y revoltosos, hubo de buscar
constantemente apoyo y sostén contra señores feudales y contra magnates
potentes entre los plebeyos que también teníais grandes agravios que vengar de
los señores que los vejaban y los oprimían, y claro es que en estos pactos de
alianza con los súbditos la monarquía hubo de hacer concesiones que
mermaban su poder y lo reconocían en cambio a los pueblos, villas y ciudades.
Algo muy parecido a esto sucedió en España, donde ya por esta lucha incesante
entre la monarquía y la nobleza, ya por la guerra de siete siglos sostenida contra
los árabes, tantas y tantas veces hubo menester la autoridad real de aliados
entre los humildes, que, ya por unas, ya por otras razones, rara es la villa, ciudad
y aún aldea que no haya tenido en época más o menos remota sus fueros, sus
preeminencias y sus privilegios, todo ello, como es natural, con perjuicio del
absolutismo, de la monarquía. Sin recurrir a las monarquías de los visigodos,
cuya historia puede decirse que, con muy contadas excepciones, es una serie
de asesinatos y cuyo carácter electivo, aunque bastardeado por último, las privan
de toda semejanza con las establecidas al comenzarse la lucha de la
reconquista, vemos que desde muy antiguo fue costumbre de los monarcas
castellanos reunir Cortes.
Éstas, según el señor Colmeiro, se manifiestan en toda su grandeza y en todo
su esplendor en los siglos XII, XIII y XIV. Don Enrique III pesó con mano dura
sobre ellas; Don Juan II las estimó en poco, y Don Enrique IV en menos. Los
reyes Católicos las levantaron muy alto al principio de su reinado; pero después
dejaron con frecuencia de reunirlas. Carlos I las dio la batalla y las venció. Aun
vencidas, las toleró y solía convocarlas a fin de que le otorgasen servicios y
recursos: Felipe II siguió la misma política. En el siglo XVII y cuando los abusos
de los procuradores, las corruptelas introducidas en las elecciones y la venalidad
de la mayor parte de los representados habían llevado a situación deplorable esa
representación de las ciudades y de los pueblos, vino a darlas el golpe de gracia
la regia disposición en virtud de la cual se trasladó a las ciudades mismas el
derecho de prorrogar los servicios con lo cual la corona se excusaba el
llamamiento de Procuradores. En el siglo XVIII ya se reunieron las Cortes en muy
contadas ocasiones y sólo con el fin de ofrecer humildemente su voto al Rey
cuando éste quería tomar algún acuerdo grave que si acaso importaba a la
nación, más aun interesaba a la dinastía. El absolutismo nacido entonces de
hecho, ni tuvo ocasión de definirse, ni motivo para ser formulado. Sin adversarios
ni contradictores, aceptóse por unos y por otros en autoridad de cosa juzgada y
no se controvertía por nadie. Los monarcas, absorbentes e insaciables, como
son insaciables y absorbentes cuantos ejercen poder, no habían de poner en tela
de juicio su soberanía absoluta e ilimitada; los pueblos, escarmentados por
numerosas defecciones y desengaños continuos, mostraban muy poco interés,
o no mostraban ninguno, por reconquistar unos derechos en cuyo ejercicio tan
pocas ventajas habían hallado. Los poetas más celebrados, los escritores más
populares, los pensadores y los filósofos, el clero y la nobleza, cuanto en el país
podía y valía, entonaban las alabanzas del Rey.
Todos, en fin, contribuyeron a difundir y arraigar la idea del absolutismo sin
definirle, ni determinarle. La idea era inconscientemente profesada, como
sucede con todos los principios que se admiten sin luchas y que no han sido
sometidos a la piedra de toque de la controversia y del libre examen. En España
existía de hecho el absolutismo sin que así se hubiese dicho en ninguna ley ; los
españoles, en su inmensa mayoría, eran absolutistas sin que ellos se llamasen
así, ni se diesen cuenta de que lo eran. Los trabajos de los enciclopedistas
franceses, la propaganda volteriana y sobre todo el acontecimiento de la
revolución francesa, que tanta influencia ejerció en los destinos de Europa,
trajeron a España su inevitable influencia: las nuevas ideas, al encontrarse con
las antiguas, quisieron disputarle el terreno; el choque se produjo, y entonces
puede decirse que el absolutismo nació en nuestra patria como partido político;
pues la necesidad de luchar trajo consigo el estudio de las cuestiones de derecho
que la polémica entrañaba. El partido absolutista nació, pues, potente y
avasallador, a lo que contribuían varias causas a cual más eficaces, siendo la
principal el ingénito apego que el hombre tiene a lo que por costumbre hace y
piensa.
El absolutismo venía a ser, era en realidad, la continuación de lo anterior; las
ideas de libertad eran lo nuevo, lo que chocaba de frente con creencias
arraigadas, con inveteradas costumbres, con preocupaciones realizadas, lo que
destruía intereses creados a la sombra de las antiguas instituciones. Tenían
además en contra el pecado original de su procedencia. España, en guerra con
Francia, había cobrado odio inextinguible al invasor, y las innovaciones tenían
para las muchedumbres cierto sabor de extranjería y de afrancesamiento que las
hacía inadmisibles; y he aquí cómo estas repugnancias accidentales vinieron a
unirse a las generales con que toda idea nueva y todo nuevo procedimiento
tropiezan para difundirse y arraigar. De aquí, por consiguiente, las guerras
civiles, cuya historia de sangre es, en España, la de todo nuestro siglo.