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Cultura | Viernes, 9 de mayo de 2003

La historia de un poeta combatiente


El periodista Pablo Montanaro explica la génesis de “La palabra en acción: Biografía de un
poeta y militante”, el primer libro sobre la vida de Paco Urondo.

Por Angel Berlanga

El notable poeta argentino Paco Urondo tiene su primera biografía. Era hora:
pasaron ya casi 27 años desde su muerte en combate en Dorrego, Mendoza, el
17 de junio de 1976. Aquella tarde, Urondo acudía a una de esas citas fatales
con un compañero que, como consecuencia de la tortura, había dado datos clave
a la policía. La conducción de Montoneros le había ordenado ir a esa provincia
para reorganizar a los cuadros. El aceptó ir, aunque sospechaba que lo
mandaban al muere. La tarde de aquel otoño vio que lo estaban esperando e
intentó escapar. Cuando supo que no tenía salida, tragó una pastilla de cianuro y
murió en su ley. El periodista y poeta Pablo Montanaro parece cumplir con una
asignatura pendiente en la historia argentina al publicar La palabra en acción: El autor presenta hoy en público “La
Biografía de un poeta y militante. A partir de una investigación que incluyó palabra en acción”, junto a Osvaldo
entrevistas (David Viñas, Horacio Verbitsky, Ernesto Jauretche, Noé Jitrik, Pedro Bayer, León ozitchner y Cristina
Banegas.
Orgambide, Leónidas Lamborghini, Lilia Ferreyra, los hijos y hermana de Urondo,
entre otros), rastreo de material publicado y documentación inédita, Montanaro
reconstruyó y ordenó la historia de Urondo, un escritor que ejerció intensamente su vocación y un ejemplo cabal de la
pasión, involucramiento e incluso de los excesos con los que se vivía la política en los ‘70.
Aunque tenía apenas 46 años cuando lo mataron, Urondo posee una extensa obra: formó parte del grupo Poesía Buenos
Aires en los ‘50 y de Zona de la Poesía Americana en los ‘60 (publicó varios libros de poemas), y fue guionista de cine y TV,
novelista y cuentista, dramaturgo, redactor de Panorama y Noticias, y autor de Trelew: la patria fusilada, un libro de
testimonios de sobrevivientes de la masacre de 1972. “Nunca se publicaron sus obras completas. Hasta ahora sólo se
reeditó una antología de poemas y su novela Los pasos previos”, señala Montanaro, quien hoy (a las 19.30 en librería
Hernández, Corrientes 1436) presentará la biografía junto a los escritores Osvaldo Bayer y León Rozitchner, y la actriz
Cristina Banegas. También se reproducirá una grabación en la que Urondo recita sus poemas.
–¿Qué tipo de poeta era Urondo?
–Creo que Juan Gelman y él son las voces poéticas de los ‘60. Cada vez que lo escucho, se me eriza la piel: es una voz
potente, que marca los versos. Y lo curioso es que su obra hasta ahora no fue rescatada, aunque esté considerada como
muy importante por los grandes poetas. En los ‘50 hizo una poesía breve, de vanguardia; después pasó a un tono más
coloquial y testimonial en los ‘60, y finalmente, en los ‘70, desemboca en una poesía más política, de denuncia. Creo, sin
embargo, que hay un desnivel entre lo poético y lo narrativo, su novela y sus cuentos me parecen menores. Era muy buen
periodista: su libro sobre la masacre de Trelew, derivado de las horas de grabación con los tres sobrevivientes en la cárcel
de Devoto en 1973, mientras estaba preso, es un ejemplo. Trabajaba muy bien las historias de vida; entre otras cosas,
habría que rescatar sus textos sobre Neruda, Discépolo y Juan L. Ortiz.
–El libro vuelca testimonios e información y evita opinar. ¿Por qué decidió limitar sus consideraciones?
–La idea fue tratar de reconstruir su vida y su obra. Analizar a fondo su poesía hubiera implicado ensayos y estudios de
distintas épocas. Por otra parte, no soy crítico literario. Espero, por otra parte, que este libro incite a escribir otros, en los que
se dé cuenta de otros encuadres. También sucede que Urondo como personaje y la potencia de su historia relegarían a un
segundo plano cualquier otro aspecto. Es muy fuerte todo lo que le pasa con la militancia desde 1973, por tomar sólo la
última parte del libro: Devoto, La patria fusilada, su nombramiento como director en la carrera de Letras, Ezeiza, su
participación en Noticias, el secuestro del cadáver de Aramburu, su rol en el secuestro de los hermanos Born, la vida
clandestina y finalmente su designación en Mendoza. De todas formas, a la par de su militancia, él siguió escribiendo hasta
el final. Incluso hay un libro póstumo, que vaya a saber en qué manos quedó.
–¿Dónde puede verse hoy la influencia de Urondo?
–Se tiene que difundir su obra. Los poetas jóvenes algo saben de él. Urondo quedó solo en esa esquina de Mendoza, sin
protección. Recién ahora en la facultad se están haciendo algunas tesis: esto tiene que ver con el silencio que tapó su obra.
Algunos le critican su paso de intelectual o poeta romántico a revolucionario. Yo creo que desde sus primeras vinculaciones
con el arte ya planteaba esto de la acción y la palabra. Era un tipo que no arrugaba. Y eso está marcado en su poesía.
Podía haberse distanciado cuando las cosas se pusieron pesadas, y eligió quedarse.
–Eso destaca Rodolfo Walsh en la carta que escribió cuando supo que lo habían matado.
–El tenía muy buenos contactos en España y Francia, pero era tozudo y no era de los que huían. Quizá su propia militancia
terminó tapando su obra. Tal vez él también provocó ese silencio. Aunque hay ejemplos concretos de cómo se lo acalló:
cuando en 1979 se publicó una antología de Poesía Buenos Aires, la editorial borroneó su nombre, para que no apareciera.
–¿Cuáles son las conclusiones más fuertes de su trabajo?
–Me quedaron preguntas, sobre todo. ¿Por qué él da una vuelta de más aquella tarde en Mendoza, si sabía que lo
perseguían? ¿Y qué pasó con los ámbitos culturales, con las editoriales? ¿Cómo no lo registraron, cómo no difundieron su
obra?

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