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Índice

Creditos 2
Prólogo 4
Prefacio 6
1. La realidad virtual 8
2. Escudriñar la Palabra 15
3. El maravilloso don de Dios 26
4. Nuestra única esperanza 36
5. Las buenas nuevas acerca del Juicio 48
6. El éxito según Dios 59
7. Eliezer: un siervo fiel 66
8. Salud para nosotros y para el mundo 74
9. La obra en las ciudades 83
10. Que no se te olvide nunca tu nombre 98
11. Una nueva reforma 111
12. Una fe ardiente 119
13. ¡En marcha! 131
Título de la obra original en inglés: Almost Home © 2012
by Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA.
All rights reserved. Spanish language edition published with permission of the copyright owner.

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Traducción
José I. Pacheco

Edición del texto


Francesc X. Gelabert

Diseño y diagramación
Jaime Gori

Diseño de la portada
Steve Lanto

Conversión a libro electrónico


Daniel M edina Goff

Copyright © 2012 de la edición en español


Asociación Publicadora Interamericana

Está prohibida y penada por las leyes internacionales de protección de la propiedad intelectual la traducción y la reproducción
total o parcial de esta obra (texto, imágenes, diseño y diagramación), su tratamiento informático y su transmisión, ya sea
electrónica, mecánica, por fotocopia, en audio o por cualquier otro medio, sin el permiso previo y por escrito de los editores.
En esta obra las citas bíblicas han sido tomadas de la versión Reina-Valera, revisión de 1995: RV95 © Sociedades Bíblicas
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de acuerdo con la RV95.
En las citas bíblicas, salvo indicación en contra, todos los destacados (cursivas, negritas) siempre son del autor o el editor.
Las citas de las obras de Elena G. de White han sido tomadas de las ediciones renovadas de APIA, que hasta la fecha son:
Patriarcas y profetas, Profetas y reyes, El Deseado de todas las gentes, Los hechos de los apóstoles, El conflicto de los siglos,
El camino a Cristo, Así dijo Jesús (El discurso maestro de Jesucristo), Testimonios para la iglesia (9 tomos), La educación,
Eventos de los últimos días, Hijas de Dios, Mensajes para los jóvenes, Mente, carácter y personalidad (2 tomos), La oración,
Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática, Consejos sobre alimentación (Consejos sobre el régimen alimenticio), El
hogar cristiano, Conducción del niño, Fe y obras. El resto de las obras se citan de las ediciones clásicas de la Biblioteca del
Hogar Cristiano.

ISBN: 978-1-61161-103-8 (edición rústica)

ISBN: 978-1-61161-110-6 (epub)

ISBN: 978-1-61161-118-2 (mobi)

Impresión y encuadernación
Review and Herald Graphics
Impreso en E.E. U.U.
Printed in USA

1a edición: octubre 2012

1a edición en libro electrónico: (epub): diciembre de 2012

Procedencia de las imágenes: Pacific Press, dreamstime.com


Prólogo
Hayestelibros que no debieran faltar en ninguna biblioteca que se precie, y
que usted tiene en sus manos es uno de ellos. El pastor Ted Wilson,
presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo
Día habla con franqueza acerca de temas de vital importancia en estos
críticos momentos. Los mensajes de A LAS PUERTAS surgieron como
sermones que el pastor Wilson ha predicado en muy diversos lugares. Su
presentación oral ha sido una bendición para miles de personas en todo el
mundo. Ahora, impresos, inspirarán a muchas más.
Cada capítulo apela tanto a nuestra razón como a nuestro corazón, nos
estimula a la reflexión y nos motiva a reconsagrar nuestra su vida a Aquel
que se entregó por nosotros y que hoy está intercediendo en nuestro favor.
Estoy seguro que usted recibirá inspiración y ánimo al leer las siguientes
páginas.
En el capítulo que lleva como título «Conociendo la Palabra», el pastor
Wilson nos habla de corazón a corazón, instándonos a que llenemos
nuestras mentes de la Palabra de Dios. Nos recuerda la advertencia lanzada
por Elena G. de White: «Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las
verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto».* Estoy
seguro de que todo lector de ese capítulo se sentirá motivado a conceder la
máxima prioridad al estudio de la Palabra de Dios.
En el capítulo «Nuestra única esperanza», el pastor Wilson presenta la
justicia de Cristo como nuestra única esperanza de salvación exaltando la
inmerecida gracia divina en todo su inefable atractivo, y nos asegura que
aunque esa gracia sobrepasa en valor todo lo demás en el universo, Dios la
ha puesto a disposición de cada uno de nosotros.
La pasión del pastor Wilson para que este mundo perdido sea ganado
para Cristo resuena claramente en capítulos como «La evangelización de
las ciudades» y «Sanidad para todos». En ellos podemos ver que lleva en
su corazón a los millones que nunca han tenido la oportunidad de escuchar
el mensaje del fin. El mayor anhelo del pastor Wilson es inspirar a los
diecisiete millones de adventistas de todo el mundo, para que se acerquen a
sus amigos, vecinos, compañeros de trabajo y familiares mediante actos de
bondad, actos que testifiquen poderosamente a favor de Cristo y de su
iglesia de los últimos días.
En los dos últimos capítulos del libro, «Fe en llamas» y «¡En marcha!» el
pastor Wilson insta a los adventistas en todo lugar a que se preparen para el
regreso del nuestro Señor. A LAS PUERTAS es ante todo un libro adventista. El
tema del pronto regreso de Cristo es el trasfondo de cada una de sus
páginas, y cada capítulo busca ayudar al lector en su preparación para ese
gran día.
Al leer A LAS PUERTAS vemos que el regreso de Jesús es la única respuesta
a los problemas que amenazan con ahogarnos a todos los habitantes de este
planeta. En sus páginas encontramos un gran estímulo en las promesas
bíblicas de que Cristo tiene una iglesia en este tiempo del fin, la cual
triunfará finalmente, y que un día la gloria de Dios inundará a este mundo
desquiciado y al borde del abismo.
Espero que al leer esta obra usted sea atraído al Cristo que murió por
usted y por mí, que resucitó, ascendió a los cielos y que ahora se encuentra
en el cielo intercediendo por nosotros; el Cristo que pronto volverá para
que donde él está nosotros también podamos estar.
MARK A. FINLEY
Asistente del presidente de la Asociación General
__________________
* El conflicto de los siglos, cap. 38, p. 580.
Prefacio
A lplenamente
acercarnos al fin del tiempo y al regreso de Cristo necesitamos confiar
en él para que supla todas nuestras necesidades.
Dependemos de él para nuestra salvación y para nuestras necesidades
cotidianas. Lo que está aconteciendo en el ámbito político, social y
económico, los cambios en el clima, el desarrollo ecuménico, nos indican
que él vuelve pronto. ¡Estamos a las puertas del hogar! Es tiempo de que
nos entreguemos al Señor y de que nos unamos a nuestros hermanos y
hermanas en la fe, para suplicar humildemente que se produzca un
reavivamiento y una reforma; reconociendo que Dios ha prometido
derramar la lluvia tardía del Espíritu Santo de modo que su obra sea
rápidamente concluida.
Considero un gran privilegio escudriñar profundamente en nuestras
Biblias y ser revitalizados por su Palabra. Mi gran esperanza es que cada
uno de nosotros, como miembros de la iglesia remanente de Dios, y según
él no los indica en 2 Crónicas 7: 14, nos humillemos, oremos
fervientemente, busquemos la presencia de Cristo a través de su Palabra, y
así dejemos de lado nuestros planes y aspiraciones personales para permitir
que en su lugar el Espíritu Santo nos dirija. Dios desea utilizarnos a cada
uno de nosotros para proclamar mediante la palabra y la acción la riqueza
del mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14: Cristo, su justicia, el
servicio de su santuario, la santidad del sábado, la genuina adoración al
Creador y el pronto regreso de Jesús.
¡Qué gran privilegio el nuestro! Nosotros, a quienes Dios ha llamado a
realizar la mayor proclamación de todos los tiempos, anunciando a todo el
mundo la conclusión del gran conflicto entre Cristo y Satanás teniendo la
plena certeza de que nuestro Salvador saldrá victorioso. Qué gran
privilegio unirnos en Cristo para servir a los demás en su nombre y
compartir el precioso mensaje adventista ¡portador de la verdad bíblica!
Dios nos pide que utilicemos todos los métodos a nuestro alcance en la
evangelización con el fin de comunicar su mensaje al mundo.
Hermano, hermana, te invito a que participes activamente en los diversos
planes de la Iglesia para testificar, incluyendo el proyecto de distribución
de El conflicto de los siglos, los proyectos de evangelización de las
ciudades, la obra médica misionera, y todas las demás formas de
evangelismo a nuestro alcance. Te ruego que nos ayudes a proclamar las
buenas nuevas a los millones de habitantes de las ciudades y de las zonas
rurales. Debemos testificar de Cristo en las ciudades mediante los métodos
esbozados en el Espíritu de Profecía que son los escritos inspirados por el
cielo y llenos de bendiciones que Dios ha provisto para su iglesia.
Respecto al gran desafío de compartir a Cristo en los las grandes centros
urbanos, Elena G. de White nos ha dicho: «No hay cambio en los mensajes
que Dios ha enviado en el pasado. La obra en las ciudades es la obra
esencial para este tiempo. Cuando se trabajen las ciudades como Dios
desea, el resultado será la puesta en marcha de un poderoso movimiento
cual nunca se ha visto».* Esta es una gran carga que tengo en mi corazón y
les pido a todos los lectores de esta obra que igualmente la compartan
conmigo. Por eso que he donado los derechos de autor que me
corresponden por las ventas de este libro a las actividades evangelizadoras
del proyecto «Evangelización de Grandes Ciudades».
Ojalá que A LAS PUERTAS nos estimule a caminar más cerca del Señor
dirigiendo nuestra atención a la Biblia, al Espíritu de Profecía y a la gran
tarea de emitir el gran clamor que se nos ha encomendado a cada uno de
nosotros como miembros de este gran movimiento adventista.
TED N. C. WILSON
Presidente de la Asociación General
de la Iglesia Adventista del Séptimo Día
__________________
* El ministerio médico, p. 403.
CAPÍTULO 1

La realidad virtual
Hace tan solo unos años los complicados y novedosos aparatos
electrónicos de vanguardia no solían pasar de ser un tema de
conversación. La gente no los adquiría porque fueran del todo útiles, sino
por simple curiosidad, con el afán de demostrar un estatus superior.
En la actualidad, por el contrario, los aparatos electrónicos se han
convertido en necesidades «virtuales». Esperamos que nuestros
automóviles tengan cámaras que se activan al retroceder y que los «libros»
que leemos nos proporcionen enlaces «en tiempo real» a todas las
enciclopedias virtuales. Respecto a nuestras ocupaciones, apenas
podríamos trabajar, y mucho menos competir, desprovistos de nuestros
teléfonos inteligentes y de las tabletas electrónicas. Todos esos aparatos nos
permiten, no tan solo mantenernos en constante comunicación con los
demás, sino que también conservan y gestionan nuestras agendas y listados
de direcciones.
Los ejércitos actuales utilizan gafas de visión nocturna, proyectiles
guiados por rayos láser y aviones no tripulados; no solo para espiar y
bombardear al enemigo, sino también para derribar a otros aviones de
combate tripulados por fuerzas adversarias. Los expertos nos dicen que en
un futuro cercano la mitad de los tanques y otros vehículos blindados serán
manejados por control remoto.
Y finalmente tenemos la realidad virtual; es decir una tecnología
audiovisual y táctil, que permite que se experimente la sensación de estar
realizando algo diferente a la realidad del momento, como sería jugar al
tenis, pilotear un avión, conducir un coche de carreras, o incluso al
examinar el plano de una casa visualizando el interior de una vivienda
construida de acuerdo con dicho plano, y todo sin movernos del sitio. La
realidad virtual se utiliza en juegos electrónicos, en adiestramiento militar,
en el entrenamiento de los pilotos aéreos, para diseño gráfico, para la
simulación de sucesos cotidianos, en viajes espaciales y en un sinnúmero
de otras actividades.
La realidad virtual es algo casi real… pero no del todo.
En los sorprendentes e inciertos tiempos en que nos ha tocado vivir
podríamos preguntarnos si la tecnología ha moldeado tanto nuestra visión
del universo que consideraremos que Dios únicamente existe como una
realidad virtual. ¿Acaso habremos creado a un Cristo virtual que podemos
manipular y moldear a nuestro gusto? ¿Alguien a quien podemos guardar en
una carpeta virtual y luego sacarlo cuando lo necesitemos, o cuando se nos
antoje?
A mucha gente ni siquiera le interesa un Cristo virtual, pues en realidad
no quiere saber nada de Cristo.
Jesucristo, no obstante, es alguien real que pretende tener una relación
personal con nosotros. Dios creó a los seres humanos a su imagen (Gén. 1:
26). Si fuéramos como él, nuestra conducta sería una muestra de lo que él
es. Asimismo, debido a que nosotros somos seres reales en lugar de
virtuales, él también lo es.
Sí, Dios es una persona real que se gozaba en acudir al huerto «al aire
del día» para dialogar con el hombre y la mujer que había creado (Gén. 3:
8). Después de que Adán y Eva hubieron pecado nuestro Dios real habló
con un diablo real y reveló el resultado real del conflicto que estaba
afectando a todos los seres del universo. Él dijo: «Pondré enemistad entre ti
y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza,
y tú la herirás en el talón» (Gén. 3: 15). En este, al igual que en otros textos
(Gál. 3: 16), el Creador estaba anunciando que un Cristo real se haría
humano y que finalmente destruiría a aquel que había introducido el pecado
y la muerte en lo que hasta entonces había sido un hogar perfecto, una tierra
perfecta.

«Y habitaré
en medio de ellos».
Aun antes de su nacimiento, Cristo se había solidarizado y comprometido
con su pueblo: hablando a los patriarcas, interponiéndose entre los
israelitas y sus enemigos, reuniéndose con Moisés en el Monte Sinaí donde
le dijo: «Me erigirán un santuario, y habitaré en medio de ellos» (Éxo. 25:
8).
Así que los hijos de Israel edificaron un santuario donde Dios se reunía
con su pueblo. Sin embargo, aunque ese santuario estaba construido con
telas, madera, bronce y oro, que eran materiales tangibles, era una realidad
virtual. El terrenal era una representación del santuario real que está en el
cielo. Elena G. de White afirmó: «Aquel santuario en el cual oficia Jesús en
nuestro favor, es el gran original, del cual el santuario construido por
Moisés era una copia».1
El libro de Hebreos llama al santuario celestial «verdadero tabernáculo
que levantó el Señor y no el hombre» (Heb. 8: 2). El santuario celestial y el
terrenal son una representación del Dios verdadero y de su amor, una
demostración de la forma en que él intenta salvarnos. Ellos señalan a
Cristo, el cordero que murió por nosotros, en lugar nuestro. Los mismos
apuntan a Cristo, el sumo sacerdote que intercede por su pueblo; el que
conquistó el pecado. Constituyen una muestra de la excelsa gloria de los
servicios del santuario. Según expresa Elena G. de White, gracias al
santuario «sus pensamientos eran llevados hacia los acontecimientos finales
de la gran controversia entre Cristo y Satanás, y hacia la purificación final
del universo que lo limpiará del pecado y de los pecadores».2
El santuario señalaba hacia el Jesús real que viviría una vida real y
conquistaría la realidad del pecado mediante su muerte. No iba a morir en
una cruz «higienizada», una cruz virtual, una cruz infográficamente retocada.
No, él moriría en un tosco y real instrumento de tortura, en medio de una
agonía real que únicamente él pudo resistir al depender del poder de su
Padre celestial. Ese Jesús tan real se levantó de su pétrea tumba y ascendió
a un cielo real con el fin de servir como sumo sacerdote real en el santuario
celestial real.
No hay nada virtual en la salvación que Dios logró a favor nuestro. ¡Es un
amor real, una real misericordia y un sacrificio real!
¿Puedes imaginar el horror de Adán y Eva en el Edén, mientras
degollaban a un cordero perfecto para con ello obtener perdón? En todo
aquello no había realidad virtual alguna. Ellos estaban luchando con
asuntos reales que apuntaban a la muerte real de Jesús por ti y por mí.
Pablo nos dice que «sin derramamiento de sangre no hay remisión» (Heb.
9: 22). Soldados reales, con armas reales, realmente derramaron la sangre
de Cristo. Él realizó el más elevado sacrificio para conquistar el pecado
con el fin de que tengamos vida eterna real.
Cristo no solo se convirtió en el máximo sacrificio en favor nuestro, sino
que cuando regresó al cielo también comenzó a actuar como nuestro
mediador y nuestro sumo sacerdote. Leamos Hebreos 9: 24. Allí Pablo
afirma: «Porque no entró Cristo en el santuario hecho por los hombres,
figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora por
nosotros ante Dios». De esa forma un Cristo real comparece ante Dios hoy
mismo por ti y por mí.
¿Cómo es que Cristo se halla legitimado para representarnos ante Dios?
Pablo dijo que Cristo vino para «quitar de en medio el pecado. Y de la
manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y
después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para
llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación
con el pecado, para salvar a los que lo esperan» (Heb. 9: 26-28). Elena G.
de White nos dice: «Cristo fue designado como Mediador desde la creación
de Dios, designado desde la eternidad para ser nuestro sustituto y
garantía».3
Dios desarrolló ese plan para nuestra salvación aun antes de crear el
mundo. Quizá puedas imaginar el silencio imperante en la sala de
conferencias del cielo, mientras se presentaba dicho plan. El Todopoderoso
habló con una gran firmeza: «La salvación estará al alcance de todo ser
humano que esté dispuesto a someter su vida al Señor Jesucristo».
¡Qué Dios maravilloso es aquel a quien servimos!
Ese Dios increíble nos ha encargado que utilicemos Internet y todos los
medios a nuestro alcance para decirle a quienquiera que tenga fe, que confíe
en él, que sienta el deseo vivir con él para siempre; que él ha hecho todo lo
necesario para que eso sea posible. El Señor nos ha pedido que
presentemos la realidad de Cristo, que implica ser salvado del pecado y de
la muerte, y la realidad de su pronto regreso. El Señor desea asimismo que
invitemos a la gente para que decida servirle.

El pacto de Dios
con nosotros
En el libro de Hebreos se cita a Jeremías 31, al hablar de quienes se
entregan a Dios: «Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos
días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las
escribiré» (Heb. 10: 16, 17). En los versículos 19 al 23 Pablo nos dice que
la sangre de Jesús fue derramada por nosotros para que «tengamos libertad
de entrar en el lugar santísimo» ya que hay allí un sumo sacerdote que sirve
a «la casa de Dios», lo cual nos incluye a todos nosotros. Por lo tanto,
«Acerquémonos, pues, con corazón sincero, en plena certidumbre de fe».
Pablo dice que ya que podemos tener fe en un Dios real que nos ha legado
la salvación: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra
esperanza, porque fiel es el que prometió».
¿Cómo podremos entonces conectarnos con ese Dios? ¿Cómo lograremos
encontrar aquello que es verdadero en un mundo edificado sobre una
realidad virtual?
Ellis Bush, ha escrito un poema en el que se pregunta si Jesús habría
utilizado un modem durante el Sermón del Monte. Al final de dicho poema
pregunta si acaso las maravillas de esta época moderna no nos estarán
incitando a poner en duda todo lo verdadero. ¿Cómo pudo un solo hombre
ofrecer una nueva vida? Luego ofrece su respuesta: «Si a veces te sucede
que se te hace difícil escuchar la voz de Dios, pon a un lado tu ordenador
portátil y todos tus sofisticados aparatos; abre tu Biblia, abre tu corazón y
permítele al Señor que se acerque a ti».
No existe realidad virtual alguna en la vida de Jesús y en lo que él ha
hecho por nuestra salvación. Jesús es real. Su vida, su muerte y
resurrección fueron reales. Su mediación en el santuario celestial también
es real. La tarea que él nos ha encomendado de compartir esa maravillosa
historia con los demás mediante lo que decimos y hacemos es también real.
Permítanme contarles acerca de alguien que sabe que Dios es real. Hace
poco estuve en Londonderry, en Irlanda del Norte. Los protestantes y los
católicos viven allí en medio de una frágil tregua. Se puede percibir la
tensión en el ambiente. Al ver los fuertemente armados soldados británicos
en patrulla y las fortificaciones alrededor de las estaciones de policía y los
cuarteles, todo lo cual le añadía más peso a mi percepción. Lo que vi me
dijo claramente que se trata de un lugar difícil.
En aquel tiempo contábamos con un cierto número de miembros de
iglesia activos en Londonderry. Adoraban en una iglesia construida por los
voluntarios de Maranata en 1978. Conocí a una consagrada hermana de
nombre Anna en aquella iglesia, que había sido adventista por unos treinta
años después de haber conocido el mensaje a través de las lecciones de
The Voice of Prophecy (La Voz de la Esperanza en inglés). Ella cree en un
Dios real y en el poder real de la oración.
En 1978, cuando la iglesia fue construida había más de treinta miembros
en Londonderry. Con el paso de los años varios se mudaron a otros lugares,
alguno falleció o se desanimó y dejó de asistir. Finalmente Anna era el
único miembro que quedó en aquella iglesia. Alguien podía haber
catalogado aquella iglesia como una congregación virtual, pero continuaba
siendo una iglesia real ya que Anna seguía asistiendo cada sábado.
La Misión Irlandesa pensó en cerrar la iglesia y vender el edificio. Pero
Anna se opuso rotundamente, exigiendo que la Misión se mantuviera
enviando un predicador cada sábado. Ella continuó asistiendo sábado tras
sábado, insistiendo que su ateo esposo la llevara, aunque él iba protestando
sin parar todo el camino. Mientras tanto ella continuaba pidiéndole al Señor
que hiciera llegar nuevas almas a la iglesia y al mensaje que ella amaba.
Pero nadie acudía.
Un sábado Anna oró: «Señor, envía por lo menos a una persona a la
iglesia», y providencialmente el sábado siguiente Mary hizo su aparición.
Mary era natural de Londonderry pero se había ido a vivir a Canadá
donde conoció a Ross, con quien más tarde se casó. Mientras vivían en
Toronto se hicieron adventistas y algún tiempo después decidieron mudarse
de vuelta a Londonderry.
Mary llegó unas semanas antes que Ross y el viernes en la noche decidió
que iba a asistir a la iglesia. Ella esperaba encontrar un buen número de
adoradores como en Toronto, pero en el templo únicamente encontró a
Anna. Anna se sintió maravillada de contar con otra hermana en la fe ¡Dios
había contestado su oración! Pronto se les unió Ross, y luego otros más lo
han hecho. Ahora cerca de una docena de personas asisten regularmente a
aquella iglesia, incluyendo a una hermana de Mary.
En la actualidad, los pocos adventistas que viven en Londonderry
enfrentan una dura situación. Sin embargo, ellos saben que Dios es alguien
real y anhelan el compañerismo que tendrán con Cristo cuando él venga por
segunda vez. ¡Ellos esperan ansiosamente la segunda venida!

No es un holograma.
No se trata de ningún truco televisivo presentado en una gran pantalla
de plasma.
No es una realidad virtual.
Todo es muy real.

Muy pronto veremos una pequeña nube negra del tamaño de la palma de
la mano, que se irá haciendo cada vez más y más grande, y cada vez más
brillante, hasta que llene toda la bóveda celeste. Aquella «nube» estará
formada por miles de millones de ángeles, con el real Jesucristo en ella.
¡Aquel que murió por nosotros estará sentado en el mismo centro de la
nube!
En 1 Juan 3: 2 leemos: «Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se
ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se
manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es».
Veremos a ese mismo Jesús que nos creó a su imagen, tal como él es:
¡alguien real!
Jesús nos ha llamado a proclamar a todo el mundo que él es real. Él nos
ofrece el poder y la dirección del Espíritu Santo con el fin de que podamos
testificar por él. Comprometámonos a compartirlo a través de Internet, en
nuestras vidas y en cualquier otra forma que podamos. Él es nuestro Señor y
Creador, nuestro Redentor y Mediador, nuestro amigo y nuestro verdadero
Rey. No es una imitación. No es un personaje virtual. ¡Es alguien real! y ya
estamos a las puertas del hogar.
__________________

1. Patriarcas y profetas, cap. 30, pp. 324, 325.


2. Ibíd., p. 326.
3. Mensajes selectos, t. 1, p. 293.
4. Ellis Bush, Did Jesus Use a Modem at the Sermon on the Mount? 1nspiracional Thoughts
for the Information Age (Mukilteo: WinePress, 1997), p. 8.
CAPÍTULO 2

Escudriñar
la Palabra
E stamos enfrentando una crisis, una gran crisis en relación con la Biblia.
¿Consideramos los adventistas que la Biblia es la Palabra de Dios, o
sencillamente pensamos que es una mera recopilación de consejos y
aforismos interesantes? ¿Constituye nuestro manual de vida o la usamos
para poco más que lucir en una mesa de la sala de nuestro hogar? ¿Es la
Biblia la autoridad final o no lo es?
El Salmista dijo: «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar
contra ti» (Sal. 119: 11). Al decir «tus dichos» se estaba refiriendo a la
Palabra de Dios. ¿Estamos nosotros los adventistas leyendo la Palabra de
Dios y permitiendo que hable a nuestros corazones, y a los demás, mediante
nuestras vidas? ¿O estaremos minusvalorando la Palabra?
En mi casa tengo diversas versiones de la Biblia. Algunas de ellas las
considero de gran utilidad. He subrayado, resaltado y realizado numerosas
anotaciones en algunos de esos ejemplares. Por eso aprecio especialmente
algunas de esas Biblias. Una de ellas está prácticamente inservible debido
a que se mojó cuando aterrizábamos en un remoto lugar del Congo. El agua
entró a chorros en la bodega de la avioneta de la Misión y empapó la
maleta donde yo había colocado mi Biblia. Luego conseguí una parecida a
esa que había utilizado durante años. Cuando la tapa se le desprendió hice
que la reencuadernaran. Pero hace poco me la dejé olvidada en un avión en
Sudáfrica. Ahora poseo otra Biblia de estudio y estoy tratando de
acostumbrarme a ella.
Amo a mi Biblia. ¡Es mi gran amiga! Probablemente usted sienta lo
mismo respecto a su Biblia.
Francis Schaeffer, el conocido pensador cristiano, autor de diversas
obras de gran impacto, dijo en cierta ocasión que amaba tanto a su Biblia
que siempre la mantenía junto a él debido a que le proporcionaba un gran
consuelo y seguridad. La mantenía muy cerca de modo que incluso estando
acostado en la oscuridad pudiera alcanzarla y tocarla.
Durante nuestra estadía en Rusia nos dimos cuenta de lo mucho que la
gente apreciaba y respetaba la Biblia. Antes de la caída del comunismo las
Biblias eran escasas, tan escasas que algunos estaban dispuestos a
arriesgarse a introducirlas de contrabando al país. Después que Rusia
concedió libertad religiosa a sus ciudadanos, las Biblias se consiguen con
mayor facilidad. Sin embargo, los cristianos rusos continúan valorando sus
Biblias. El mero hecho de sostener en sus manos una Biblia les proporciona
gozo.
Desde luego nosotros no practicamos la «bibliolatría». No adoramos la
Biblia. Adoramos al Verbo que fue hecho carne: a Jesucristo nuestro Señor.
No es el libro en sí lo que es importante; sino lo que contiene el libro.
Los adventistas han valorado por mucho tiempo la Biblia y por eso han
sido llamados «el pueblo del Libro». La profecía nos indica que, por la
gracia de Dios, en el futuro seremos nuevamente conocidos como «el
pueblo del Libro». Pero, ¿acaso en la actualidad nuestros amigos nos
conocen como «el pueblo del Libro»? ¿Estamos utilizando de modo
constante y activo la Biblia, o sencillamente simulamos ser devotos
cristianos?
Roy Robertson, quien en unión a Dawson Trotman fundó el movimiento
cristiano Navigators, relató algo que le aconteció al comienzo de la
Segunda Guerra Mundial y que le indicó que él estaba fingiendo una
expresión de espiritualidad.
Su barco, el West Virginia, había atracado en Pearl Harbor el 6 de
diciembre de 1941. Roy y otros dos marineros habían bajado a tierra y se
habían unido a un grupo que estudiaba la Biblia.
El moderador del grupo de estudio pidió que todos los presentes
repitieran un versículo favorito y que explicaran su significado; lo cual
puso muy inquieto a Roy en gran manera. Roy se había criado en un hogar
cristiano y asistía a la iglesia tres veces a la semana, pero era incapaz de
recordar ningún versículo. Finalmente le vino a la memoria Juan 3: 16; pero
el marinero a quien le tocó hablar antes recitó y comentó ese mismo texto.
Robertson relata que no le vino a la mente otro versículo, por lo que
permaneció callado y avergonzado. Cuando se acostó aquella noche se
desveló dándole vueltas a la cabeza pensando que era un farsante espiritual.
Al día siguiente a las 7:55, la alarma del barco lo despertó, llamando a
todos a sus puestos de combate. Aquel fue el día del ataque japonés a Pearl
Harbor.
Robertson y su grupo corrieron a su puesto de ametralladoras, pero allí
no disponían de munición real; todo lo que tenían eran balas de fogueo. Por
tanto, los primeros quince minutos de una batalla que duró dos horas, ellos
estuvieron disparando munición de fogueo esperando que pudieran asustar a
los pilotos japoneses para que se alejaran de su barco.
Robertson relata que mientras disparaba aquellas municiones «ficticias»
se decía: «Esto es precisamente lo que has estado haciendo toda la vida:
lanzando salvas al aire en nombre de Cristo». Luego, mientras los
proyectiles japoneses impactaban su barco, él decidió que si salía con vida
se dedicaría en serio a seguir a Cristo.
Como adventistas que nos acercamos al fin del tiempo, ¿acaso nos
habremos vuelto complacientes y todo lo que hacemos es disparar salvas
por Jesús? ¿Nos disponemos a seguir a Cristo y a escudriñar con toda
seriedad en su Palabra? ¿Pretendemos ser «el pueblo del Libro»? ¿Será que
la Palabra de Dios es de tan vital importancia para nosotros que nuestro
mayor anhelo es compartirla con los demás?

Biblias polvorientas
Hace poco observé un letrero al frente de una iglesia que está cerca de
casa, que me llamó la atención, pues decía: «Las Biblias cubiertas de polvo
dan lugar a vidas sucias». ¿Hemos estado tan ocupados que nuestras Biblias
están llenas de polvo? ¿Hemos olvidado nuestras raíces como «el pueblo
del Libro», un pueblo con una misión, un movimiento llamado a proclamar
el mensaje final del advenimiento encontrado en la Biblia?
El tomo 2 de Mensajes selectos es uno de mis libros favoritos. El
Espíritu de Profecía representa una enorme bendición para nuestra iglesia,
tanto en forma corporativa como individual. Observemos lo que Elena G.
de White tiene que decir respecto al papel de la Palabra de Dios en el
tiempo del fin.
«Ahora necesitamos una sabiduría más que humana al leer e investigar las
Escrituras; y si acudimos a la Palabra de Dios con humildad de corazón, él
levantará un estandarte para protegernos del medio ambiente licencioso. […]
Cuando los hombres se acercan bien a Jesús, cuando Cristo mora en sus
corazones mediante la fe, entonces su amor a los mandamientos de Dios se
fortalece en proporción al desprecio que el mundo amontone sobre sus preceptos
santos.
Ahora es cuando el verdadero día de reposo debe ser presentado ante la gente
mediante la pluma y la voz. Cuando el cuarto mandamiento y los que lo observan
son ignorados y despreciados, los fieles piensan que no es el momento de ocultar
su fe sino de exaltar la ley de Jehová desplegando el estandarte en el que están
inscritos el mensaje del tercer ángel, los mandamientos de Dios y la fe de Jesús».1

Las señales en el mundo que nos rodea indican que la segunda venida de
Cristo es un hecho inminente. La Biblia se convertirá en un elemento cada
vez más importante según se vaya perfilando el tiempo del fin; porque es la
Palabra de Dios y apunta al Verbo vivo, a Jesucristo y a su plan para el
mundo y para nuestras vidas.
Muchos de los judíos que vivían en Tesalónica no estaban dispuestos a
escudriñar profundamente en la Palabra y a permitir que el evangelio
transformara sus vidas. Más bien conspiraron y provocaron un fuerte
disturbio. Los creyentes de Tesalónica, temerosos de que se les culpara del
disturbio, despacharon a Pablo y a Silas a Berea en horas de la noche. Allí
ellos encontraron a judíos piadosos y de miras amplias que estuvieron
dispuestos a oír lo que contaban Pablo y Silas respecto de Jesús. Así que se
dispusieron a estudiar las Escrituras para comprobar si era cierto lo que
habían escuchado. Lucas escribió que los bereanos «eran más nobles que
los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda
solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran
así» (Hech. 17: 11).
La verdad se convirtió en algo real para los bereanos, que no
dependieron de nadie para simular su entrega al servicio de Dios.
«Investigaban diariamente los relatos inspirados; y al comparar escritura
con escritura, los ángeles celestiales estaban junto a ellos, iluminando sus
mentes e impresionando sus corazones».2
Hoy en día, los ángeles del cielo están a nuestro lado, abriendo nuestro
entendimiento mientras estudiamos las Escrituras con oración. El Espíritu
Santo así podrá señalarnos a Cristo, el Verbo vivo que genera convicción y
conversión.
Estamos viviendo en los últimos días, en el período de Laodicea, cuando
podemos simular con facilidad ser cristianos. Con el fin de apartarnos de la
Biblia y de lo que ella enseña, el diablo utilizará cualquier medio: la
televisión, el entretenimiento y las diversiones, el trabajo, la música,
controversias, falsas enseñanzas, discordias, los problemas económicos, y
cualquier cosa que pueda absorber nuestro tiempo y mantenernos alejados
de la Palabra de Dios.
Hay algo más que representa un gran peligro para nosotros debido a que
nos distrae para que dejemos de indagar en la Palabra de la misma forma
que lo hicieron los bereanos. Eso se conoce como «una religión basada en
las sensaciones». Sus proponentes afirman que se debe primeramente
«sentir» el Espíritu, que la religión debe ser «experimentada» para que sea
real. Quizá por eso el sentimentalismo y lo emocional se han vuelto
predominantes en gran parte del mundo religioso.
¿Qué le sucede a la fe en Cristo y a su Palabra cuando la gente presta una
atención preponderante a los sentimientos? ¿Qué sucede cuando los
cristianos no «sienten» que deben ser religiosos? ¿Qué pasará cuando «no
se sienten» cerca de Dios? ¿Qué ocurre cuando actúan en forma parecida a
los tesalonicenses y no como los bereanos, prestando más atención a sus
sentimientos que a la Biblia?
Elena G. de White advierte:
«En los últimos días la tierra se verá casi completamente destituida de la fe
verdadera. La Palabra de Dios se considerará indigna de confianza bajo el menor
pretexto, mientras que se aceptará el razonamiento humano, aunque este
contradiga las realidades claras de la Escritura».3

El hecho es que nuestros sentimientos son engañosos. Podemos conocer


la verdad únicamente cuando nos apoyamos en la autoridad de las
Escrituras. La Palabra de Dios jamás miente, siempre es fidedigna.
Pablo le recordó a Timoteo el valor de la Palabra de Dios, diciéndole
que las Sagradas Escrituras lo podían «hacer sabio para la salvación por la
fe que es en Cristo Jesús»; puesto que «toda la Escritura es inspirada por
Dios y útil para enseñar, para redarg•ir, para corregir, para instruir en
justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente
preparado para toda buena obra» (2 Tim. 3: 15-17).
A su vez Elena G. de White dijo:
«Estamos en los límites mismos del mundo eterno. En esta obra no se necesitan
personas que profesan el cristianismo únicamente cuando no hay dificultades. La
religión basada en las emociones y los gustos no se necesita en este tiempo. Tiene
que haber un reavivamiento de nuestra fe y de la proclamación de la verdad».4

La Biblia puede suscitar en nosotros una fe poderosa y un espíritu de


testificación. Lo logra al darnos un claro entendimiento de la gran comisión
que Dios ha encomendado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día de que
proclame el mensaje de los tres ángeles a todo el mundo. La Biblia resuena
con una nota de confiabilidad. La Palabra de Dios es poderosa.

Un tiempo bien empleado


Estudiar la Biblia y los valores eternos aporta beneficios físicos y
mentales que no se obtienen al dedicar tiempo a asuntos sin importancia.
Elena G. de White observa:
«Miles de los que llenan hoy en día los centros psiquiátricos han cosechado su
desequilibrio mental por la lectura de novelas, que resulta en la edificación de
castillos en el aire y en un sentimentalismo enfermizo. La Biblia es el libro de los
libros; les dará vida y salud. Es un sedante de los nervios, e imparte solidez a la
mente y firmeza de principios».5

Hace algunos años mi suegro, el Dr. Don Vollmer tuvo un paciente que no
era adventista llamado Phil Collins. El padre de Phil había sido director de
la Casa de la Moneda ubicada en la ciudad de Washington. Phil había
trabajado para el gobierno antes de jubilarse y en su juventud había sido
compañero de estudios en la Facultad de Derecho de J. Edgar Hoover, que
llegó a ser el director general del FBI. Luego de jubilarse, Phil le preguntó
al Dr. Vollmer qué podría hacer para prevenir la posible pérdida de sus
facultades mentales. El médico le contestó que la mejor forma de mantener
la agudeza mental era mediante la lectura de la Biblia. El tío Phil, como lo
llamaba la familia, siguió aquel consejo y llegó a hacerse adventista gracias
a ello.
Phil llegó a ser un buen amigo de la familia Vollmer y un fiel miembro de
la Iglesia Foster Memorial de Asheville, Carolina del Norte. Se mantuvo
mentalmente alerta hasta el día de su muerte, ya nonagenario.
Arthur S. Maxwell cuenta la historia de un acaudalado granjero de la
antigua Grecia que en su lecho de muerte dijo a sus hijos: «Mi fortuna está
escondida en los terrenos de mi finca. Si ustedes desean ser ricos, caven
hasta encontrarla».
Los hijos supusieron que su padre había colocado su dinero en un cofre
herrado y que lo había enterrado en algún lugar de la finca, por lo que con
ahínco se dispusieron a encontrarlo. Araron todos los campos utilizando
diversos tipos de herramientas, cavando a una profundidad que ningún
arado habría alcanzado. Pero no encontraron señal alguna del supuesto
cofre con el tesoro.
En la primavera abandonaron la búsqueda con el fin de sembrar los
campos de trigo. Llegó el verano y luego el tiempo de la cosecha; ¡y qué
cosecha fue aquella! ¡Jamás habían obtenido resultados parecidos! La
concienzuda remoción del terreno había producido la riqueza que ellos
perseguían. El plan que había ideado su astuto padre había tenido éxito.
Nosotros también hemos heredado una fortuna, pero la nuestra está
escondida en la Biblia. Necesitamos escudriñar el Libro Sagrado tan
minuciosamente como aquellos herederos buscaron en sus tierras; tan
minuciosamente como los bereanos indagaron en las Escrituras, cavando en
ellas con todas las herramientas espirituales que poseían. Cuando lo
hagamos, encontraremos un verdadero tesoro porque la Palabra de Dios nos
coloca cara a cara frente al mayor tesoro de todos: Jesucristo, nuestro
Salvador.
La Biblia revela que únicamente podemos obtener la salvación a través
de una total confianza en Cristo, en su vida y en su muerte, en su
resurrección y en el ministerio que está desempeñando en el Lugar
Santísimo del Santuario celestial. La Escritura nos dirá que el sábado es el
sello especial de Cristo y el pacto con su pueblo que guarda sus
mandamientos. Reafirmará nuestra creencia y esperanza en una literal
segunda venida de nuestro Redentor, y en que él vendrá muy pronto.

¿Con qué motivos?


En una Biblia que perteneció a mi madre encontré un poema titulado:
«¿Cómo lees?».6 Los primeros dos versos decían que «una cosa es leer la
Biblia completa, y otra leerla para aprender y hacer». Este poema afirma
que se pueden tener numerosos motivos para leer la Biblia, como mejorar
nuestra reputación, imitar lo que el prójimo hace, encontrar posibles
contradicciones, comprobar creencias favoritas, y muchas otras.
¿Cómo llevas a cabo, tú mi hermano, la lectura de la Biblia? ¿La lees
para encontrar a Cristo y a su verdad, o la lees por otros motivos? Es de la
máxima importancia que leamos la Palabra de Dios en la forma correcta y
por los motivos correctos, ya que lo que ella dice es vital para sobrevivir a
las penurias del tiempo del fin. La Biblia fortalecerá la creencia de que
servimos a un Dios que nunca falla y cuya iglesia triunfará ante los ataques
del diablo.
Ya estamos enfrentando esos ataques, que irán en aumento. La iglesia será
inundada con apostasías y falsas doctrinas; sin embargo, ¡la Palabra de
Dios permanece firme!
Elena G. de White advierte:
«Estamos viviendo durante los peligros de los últimos días. Una fe superficial
produce una experiencia superficial» […]. Todos deben comprender la necesidad
de entender la verdad por sí mismos, individualmente. […] Existe una gran
necesidad de estudiar el libro de Daniel y el libro de Apocalipsis, y de aprender
cabalmente los textos a fin de saber qué se ha escrito. […] Han ocurrido
apostasías y el Señor ha permitido que asuntos de esa naturaleza se desarrollasen
en el pasado a fin de mostrar con cuánta facilidad sus hijos serán descarriados
cuando dependan de las palabras de los hombres en vez de investigar por sí
mismos las Escrituras, como hicieron los nobles bereanos, para ver si esas cosas
eran así. Y el Señor ha permitido que acontezcan cosas de esta índole para que se
den advertencias de que tales cosas ocurrirán».7

Únicamente podremos pasar la prueba si seguimos el ejemplo de los


bereanos, ya que la Biblia es el único cimiento lo suficientemente firme
como para edificar nuestra fe sobre él. Satanás hará todo lo posible por
destruir la confianza de los adventistas en las verdades señeras que hemos
atesorado. Pero no triunfará. La iglesia de Cristo jamás será quebrada o
destruida. El diablo ha intentado todo tipo de trampas para eliminar la
iglesia de Dios, sin éxito.
En el año 360 de nuestra era Flavio Claudio Juliano ascendió al trono
imperial. Era sobrino de Constantino el Grande, el emperador que había
«cristianizado» al mundo romano. Juliano intentó restablecer el paganismo
y por eso es conocido históricamente como Juliano el Apóstata. El nuevo
emperador comenzó a perseguir abiertamente a los cristianos, a quienes
llamaba «galileos», retirándoles la protección legal que Constantino les
había brindado.
Juliano había sido educado en Atenas en unión a un fiel cristiano llamado
Agatón. Aunque Juliano perseguía a los cristianos, invitó a su amigo Agatón
que sirviera en su corte real. Juliano con frecuencia se burlaba de Agatón.
Una vez, ante un numeroso grupo de acomodados romanos, Juliano le dijo:
—Agatón, ¿y tu carpintero, tiene trabajo en estos días?
Agatón sonrió antes de contestar.
—Creo que ha interrumpido su labor relacionada a preparar mansiones
para los fieles, para dedicarse a construir un ataúd para tu imperio.
El 26 de junio del 363, apenas transcurridos dos años de aquel diálogo,
Juliano agonizaba a consecuencias de una herida en el abdomen producida
por una lanza persa cuando se hallaba al frente de sus tropas en un intento
por conquistar el antiguo Imperio Persa. Se dice que Juliano tomó un
puñado de polvo ahora teñido de rojo por su sangre y que lanzándolo al
aire pronunció sus dos últimas palabras: «Viciste Galilae», es decir,
«¡Venciste, Galileo!». Hace mucho que el Imperio Romano se disipó en el
polvo de la historia; sin embargo, el imperio del Carpintero de Nazaret
continúa pujante y seguirá existiendo hasta su glorioso segundo
advenimiento y aún más allá por toda la eternidad.
El Señor desea que su pueblo sea el campeón de la verdad mediante su
poder. Deberíamos recordar «que la iglesia de Cristo, por débil e
imperfecta que sea, es, en la tierra, el único objeto al cual concede su
consideración suprema».8 Debemos levantar el estandarte de Cristo y
proclamar el peculiar mensaje bíblico que él nos ha encomendado para esta
hora.
En Mensajes selectos, leemos:
«Somos adventistas del séptimo día y nunca deberíamos avergonzarnos de llevar
este nombre. Como un pueblo, debemos colocarnos firmemente de parte de la
verdad y la justicia. […] Para que esto sea así, hemos de contemplar a Jesús, el
Autor y Consumador de nuestra fe. […] Se me dijo que los hombres utilizarán
toda clase de subterfugios para tornar menos prominente la diferencia que existe
entre la fe de los adventistas del séptimo día y la de quienes observan el primer
día de la semana. Todo el mundo participará en esta controversia; y hay que tener
en cuenta que el tiempo es corto. No es este el momento de arriar nuestros
colores».9

Por la gracia de Dios, seamos adalides de la Palabra de Dios y exaltemos


a Cristo, el Verbo. Contemplemos la Biblia para encontrar vida en ella y
hagamos de la misma el cimiento de nuestras creencias. Estamos abocados
a una feroz lucha y hemos de saber en qué creemos.

Poniendo a prueba su sinceridad


Hace algunos años, en plena convulsión revolucionaria en Nicaragua, un
pastor y un anciano se dirigían a una remota región montañosa. Tenían
planes de visitar a los miembros de nuestra iglesia que vivían en aquella
zona.
Un oficial al frente de más de cien combatientes armados los detuvo y les
ordenó que bajaran del automóvil. El oficial revisó el vehículo, sacando
del mismo una Biblia y un himnario. Luego hizo una pregunta:
—¿A dónde se dirigen?
El pastor le informó, pero el oficial dijo que no le creía.
—Ustedes son espías —afirmó.
El oficial abrió el himnario.
—¿Ustedes conocen este himno?
—Sí, claro —contestaron ambos.
—Bien, quiero que lo canten —ordenó el oficial.
El pastor y el anciano lo cantaron a dúo, algo que conmovió el corazón de
algunos soldados. Luego el oficial tomó la Biblia y la abrió.
—¿Conocen el salmo 91?
—Sí, lo conozco dijo el pastor.
—Pues repítalo —ordenó el oficial.
El pastor lo recitó completo.
Aquel oficial se sintió impresionado, aunque todavía tenía sus dudas.
Seleccionó algunos otros capítulos como Juan 14 y 1 Corintios 13,
preguntándole al pastor acerca de los mismos. Luego buscó Mateo 4, que
habla del llamamiento de los discípulos de Jesús.
—¿Conocen este relato? —preguntó de nuevo el oficial.
—Claro —dijo el pastor.
—Bueno, pues predíquenos un sermón acerca del mismo —ordenó
nuevamente el oficial.
El pastor predicó un poderoso mensaje durante unos quince o veinte
minutos, luego concluyó con un conmovedor llamado.
—Este relato no concluye con los discípulos. Cristo desea que todos, en
todas partes del mundo, lo sigan.
Luego invitó a los combatientes a que siguieran a Cristo, haciendo que
brotaran lágrimas de muchos rostros. Cuando el pastor concluyó su prédica,
el oficial dijo que estaba totalmente convencido de que aquellos dos
hombres eran quienes afirmaban ser. Luego añadió:
—Si ustedes no me hubieran probado que eran cristianos, los habría
fusilado.
Además les dijo que una vez había sido un creyente cristiano pero que
había perdido su fe.
—Los admiro y creo que ustedes están ayudando a nuestro pueblo. En el
futuro cuando necesiten viajar a las montañas, pónganse en contacto
conmigo y yo les daré a varios de mis hombres para que los escolten, ya
que es peligroso ir allá sin protección.
Es de gran ayuda conocer la Biblia y saber en qué creemos. La Biblia
contiene los mensajes que Dios desea que reciba todo el mundo, en todo
lugar. Es la única ancla en la que podemos permanecer firmes mientras
enfrentamos la incertidumbre del futuro.
Jesús vuelve pronto, pero antes de su regreso el diablo intentará también
falsificar ese acontecimiento. No podremos creer ni siquiera lo que veamos
con nuestros propios ojos. Tendremos que depender totalmente de nuestra fe
en la Palabra de Dios.

Escudriña a diario las Escrituras.


Conoce la Palabra.
Apréciala.
Léela y cree en ella.
Predícala.
Compártela.
Ámala.
Permite que la Biblia forme parte de tu vida.

Recordemos lo que Pablo escribió: «La palabra de Cristo habite en


abundancia en vosotros» (Col. 3: 16).
Nos encontramos a las puertas del hogar. Como miembros del gran
movimiento adventista sobrepongámonos a la crisis laodicense al atesorar
la Palabra de Dios en nuestros corazones para que seamos real y
cabalmente «el pueblo del Libro», y fortalecidos por el Espíritu Santo
compartamos la Palabra de Dios con todo el mundo.
__________________

1. Mensajes selectos, t. 2, pp. 421-423.


2. Los hechos de los apóstoles, cap. 23, p. 175.
3. Ser semejantes a Jesús, p. 151.
4. Mensajes selectos, t. 2, p. 439.
5. Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática, sección 2, p. 26.
6. Autor anónimo.
7. Mensajes selectos, t. 2, pp. 453, 454.
8. Ibíd., p. 457.
9. Ibíd., pp. 442, 443.
CAPÍTULO 3

El maravilloso
don de Dios
E «lEspíritu
último engaño de Satanás consistirá en convertir el testimonio del
de Dios en algo ineficaz. […] Satanás trabajará ingeniosamente,
con métodos distintos e instrumentos diferentes, para desarraigar la
confianza del pueblo remanente de Dios en el testimonio verdadero».1
«Pronto se hará todo esfuerzo posible para desestimar y pervertir la verdad
de los testimonios del Espíritu de Dios. Debemos estar siempre atentos a
los claros y directos mensajes, que desde 1846, han estado viniendo al
pueblo de Dios».2
Elena G. de White es muy clara, ¿no es cierto?
Cuando nos encontramos a las puertas del hogar, en un momento cuando
el mundo se apresta para la batalla final del gran conflicto, Satanás
intentará hacer que el pueblo de Dios descarrile al remecer su confianza en
«el testimonio del Espíritu de Dios», es decir, en el Espíritu de Profecía.
¿Por qué? ¿Por qué será el Espíritu de Profecía una amenaza tan grande
para Satanás, al punto de que él lo combatirá hasta el mismo fin?
Las Escrituras identifican al Espíritu de Profecía con la afirmación de
que es el «testimonio de Jesús» (Apoc. 19: 10), el testimonio de nuestro
Señor, el testimonio del Ser celestial que asumió la forma de siervo y se
humilló hasta la cruz (Fil. 2). Este Señor, que es el Verbo hecho carne (Juan
1), y que nos dio la Santa Palabra, también nos ha dado el Espíritu de
Profecía.
Por favor, no se vayan a confundir. No estoy diciendo que el Espíritu de
Profecía es lo mismo que la Biblia, o que sea equivalente a la Biblia. Según
Elena G. de White, la función del Espíritu de Profecía no es reemplazar a la
Biblia, sino llevarnos a la Biblia. Ahora bien, es necesario que entendamos
que el Espíritu de Profecía es el producto de la misma inspiración celestial
que nos proveyó la Biblia. Después de todo, el «testimonio de Jesús»
también nos ha sido dado por el mismo autor de la Biblia, el Espíritu Santo.
Elena G. de White nos dice:
«Mediante su Espíritu Santo, la voz de Dios nos ha venido continuamente en
forma de amonestación e instrucción, para confirmar la fe de los creyentes en el
Espíritu de Profecía. El mensaje ha venido repetidas veces: “Escribe las cosas que
te he dado para confirmar la fe de mi pueblo en la posición que ha tomado”. El
tiempo y las pruebas no han anulado la instrucción dada, sino que han establecido
la verdad del testimonio dado mediante los años de sufrimiento y abnegación. La
instrucción que fue dada en los primeros días del mensaje ha de ser retenida como
instrucción segura de seguir en estos días finales».3

Ese testimonio de Jesús, el Espíritu de Profecía, es parte integral del


movimiento adventista. ¡Es el maravilloso don que Dios nos ha concedido!
Está centrado en Cristo y en todo lo que él representa: su salvación, su
gracia y el ministerio que él está desempeñando en el Lugar Santísimo del
Santuario celestial. El Espíritu de Profecía comparte lo que Jesús desea que
conozcan los que se hallan a la espera de su segunda venida. No sabemos
cuándo regresará. Jesús dijo que eso es algo que únicamente el Padre lo
sabe. Lo que sí sabemos es que regresará muy pronto. Yo lo creo
firmemente. Y es que todo lo que está ocurriendo en este convulsionado
mundo nos dice que ya están desarrollándose los acontecimientos finales
del gran conflicto.

Identificación
de llamadas
Mi propósito no es tanto demostrar que el Espíritu de Profecía es
verdadero, sino señalar la relevancia actual del mismo según se aproxima
el segundo advenimiento. De hecho, el Espíritu de Profecía es la forma que
Dios tiene para identificarse como aquel que llama a su iglesia, es una de
las características fundamentales de la iglesia remanente.
El servicio de identificación de llamadas telefónicas es algo estupendo. A
Nancy, mi esposa, le encanta; pues al saber quién la está llamando le da la
oportunidad de contestar la llamada, o dejar que vaya al buzón de voz. Dos
de mis hijas incluso han asignado a algunas personas un sonido especial
para identificar a quiénes las están llamando por el tono del timbre.
Apocalipsis 12: 17 es el método de identificación de llamadas del pueblo
remanente de Dios. Allí leemos: «Entonces el dragón se llenó de ira contra
la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de la descendencia de
ella, contra los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el
testimonio de Jesucristo». Por eso el pueblo de Dios del tiempo del fin
poseerá dos características importantes. Primero, guardará los
mandamientos de Dios, incluyendo el cuarto como algo fundamental, ya que
este mandamiento identifica quién es Dios: el Creador del universo.
Al guardar el cuarto mandamiento expresamos nuestra fidelidad a Dios.
El día santo es una señal y un sello que vinculará al pueblo con Dios por
toda la eternidad. Elena G. de White señala que el sábado desempeñará un
papel determinante en los acontecimientos finales.
«El asunto del sábado será el punto culminante del gran conflicto final, en el cual
todo el mundo tornará parte. […] Dios nos ha llamado a enarbolar el estandarte
de su sábado pisoteado».4

El sábado es el día especial de descanso, santificado por Dios mismo,


establecido en Génesis 2, al final de la creación; y luego recordado en los
Diez Mandamientos dados en el Monte Sinaí. El sábado forma parte
integral de nuestra fe así como de nuestro nombre.
Hace poco un fiel miembro de nuestra iglesia me preguntó si estábamos
dejando de enfatizar intencionalmente el aspecto «sabático» de nuestra fe
ya que muchos utilizan el nombre adventista sin acompañarlo con del
séptimo día. Le aseguré que de ninguna manera estábamos dejando de
enfatizar el séptimo día. Le manifesté asimismo que estaba de acuerdo con
él, respecto a que debíamos resaltar dicho aspecto utilizando nuestro
nombre completo siempre y cuando resulte posible.
El séptimo día es de gran importancia debido a que guardar el sábado
representa el tipo de relación que Cristo desea que sostengamos con él.
Guardar el sábado no es un mecanismo legalista encaminado a llevarnos al
cielo, sino una señal de nuestro amor y lealtad hacia nuestro Creador y
Redentor.
La segunda característica de la iglesia remanente de Dios es que tendrá el
«testimonio de Jesús». Apocalipsis 19: 10 nos aclara que el «testimonio de
Jesús» es el «espíritu de profecía». El espíritu de profecía es un
maravilloso don de parte del Señor, que es la fuente de toda inspiración.
En un trabajo de investigación dedicado a identificar las características
de la iglesia remanente, el Dr. Gerhard Pfandl explica que en Apocalipsis
12: 9; 12: 17 y 20: 4; la expresión «testimonio de Jesús» aparece
relacionada con «la palabra de Dios» y «los mandamientos de Dios».
«El paralelismo entre la “palabra de Dios” o “los mandamientos de Dios” es
fundamental para entender esta última expresión. La “palabra de Dios” en los
tiempos de Juan se refería al Antiguo Testamento; mientras que el “testimonio de
Jesús” tenía que ver con lo dicho por Jesús en los Evangelios a través de profetas
como Pedro y Pablo».6

Por tanto, Apocalipsis 12: 17 nos dice que en los últimos días de la
historia del planeta, Dios se comunicará con su pueblo remanente a través
del «testimonio de Jesús», el «espíritu de profecía». Creemos que eso tuvo
su cumplimiento en la obra y los escritos de la más débil de los débiles:
Elena G. de White.
Juan Carlos Viera, exdirector del Patrimonio White (White Estate), en un
artículo publicado en la revista Adventist Review, afirmaba:
«La expresión “testimonio de Jesús” se refiere a un amante Salvador que desea
mantenerse en comunicación y relación personal con nosotros. Nos dice que
Jesús se encuentra en la propia esencia de este don y que se manifiesta a través
del mismo. Él desea mantener una continua especial y divina relación con nosotros
para siempre».7

El Espíritu de Profecía fue concedido para alimentar y ayudar a este


movimiento del tiempo del fin, a través de la instrucción proveniente del
cielo. Dios utilizó al Espíritu de Profecía para dirigir el establecimiento de
un pueblo remanente, la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que habría de
amarlo inmensamente y que obedecería sus mandamientos. El Señor utilizó
al Espíritu de Profecía, mediante Elena G. de White, para alimentar a un
pequeño grupo a fin de que se desarrollara hasta movilizar a millones de
miembros alrededor del mundo.

La indiferencia
¿Por que será que hay tantos adventistas que no siguen el consejo de Dios
registrado en los escritos del Espíritu de Profecía? No es que sientan
animosidad en contra del mismo, aunque algunos puede que sí. El mayor
problema es la indiferencia. No siguen el consejo de Dios enviado a través
del Espíritu de Profecía porque no están familiarizados con él. No lo leen,
o pasan por alto lo que han leído.
Elena G. de White nos aconseja:
«Los volúmenes de Spirit of Prophecy, y también de los Testimonios deben ser
presentados a todas y cada una de las familias de los observadores del sábado y
estos deberían conocer su valor y sentir la necesidad de leerlos. La idea de
reducir al máximo el precio de esos libros y disponer de solo un ejemplar en las
iglesias no fue la ocurrencia más acertada. Deberían estar en la biblioteca de
todas y cada una de las familias, quienes deberían leerlos una y otra vez. Es
preciso que estén allí donde muchos puedan leerlos y donde estén al alcance de
todos los vecinos […]. Prestad vuestros ejemplares de Spirit of Prophecy a
vuestros vecinos y conseguid que luego ellos adquieran otros para sí».8

Elena G. de White también dijo algo respecto a que la Serie del Conflicto
debería llegar a estar «en cada hogar de la nación».9 Eso es precisamente lo
que nuestras editoriales y los colportores están haciendo, y lo que todos
nosotros deberíamos estar haciendo.
El Espíritu de Profecía ha sido un elemento clave en el compromiso del
pueblo de Dios en la obra de publicaciones, médica y educativa, que son
los medios para cumplir la misión que Dios nos ha encomendado. El
Espíritu de Profecía ha iniciado y guiado la expansión pastoral,
evangelizadora, misionera y administrativa de la iglesia. De hecho, los
escritos del Espíritu de Profecía contienen consejos respecto a
prácticamente todos los aspectos, incluyendo la teología, el estilo de vida,
la salud personal, la familia, el hogar, la juventud, las relaciones
interpersonales, la mayordomía personal, y mucho más. Esta fuerza divina
sigue guiando al pueblo de Dios y continuará haciéndolo hasta el regreso
del Señor.
La Iglesia Adventista del Séptimo Día no es una iglesia más. Es un
movimiento que tiene su origen en el cielo al que se le ha encomendado la
gran comisión de proclamar el mensaje de los tres ángeles. Elena G. de
White nos dice:
«En un sentido muy especial, los adventistas del séptimo día han sido colocados en
el mundo como centinelas y transmisores de luz. A ellos ha sido confiada la tarea
de dirigir la última amonestación a un mundo que perece. La Palabra de Dios
proyecta sobre ellos una luz maravillosa. Una obra de la mayor importancia les ha
sido confiada: proclamar los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles.
Ninguna otra obra puede ser comparada con esta, y nada debe desviar nuestra
atención de ella».10

Debido a que el Espíritu de Profecía debe representar un papel de tanta


relevancia en la iglesia de Dios de los últimos días, ¿será de sorprender
que Satanás lo ataque? Observemos las siguientes advertencias:
«Se encenderá un odio satánico contra los Testimonios. La obra de Satanás será
perturbar la fe de las iglesias en ellos por esta razón: Satanás no puede disponer
de una senda tan clara para introducir sus engaños y atar a las almas con sus
errores si se obedecen las amonestaciones y reproches del Espíritu de Dios».11

«Debemos seguir las directivas que nos han sido dadas por el Espíritu de Profecía.
Debemos amar la verdad presente y obedecerla. Esto nos salvará de aceptar
fuertes engaños. Dios nos ha hablado por medio de su Palabra. Él nos ha hablado
por medio de los Testimonios para la iglesia, y por los libros que han ayudado a
hacer claro nuestro deber actual y la posición que debemos ocupar».12

¿Cuál es « nuestro deber actual y la posición que debemos ocupar»?


Mediante la sangre y la gracia divinas, el Señor nos ha llamado a ser «el
remanente de la descendencia de la mujer»; un movimiento único y con un
propósito que debe mantenerse firme a favor de Cristo y de la verdad. Una
iglesia que debe proclamar el mensaje del advenimiento portando el
testimonio de Jesús; haciendo que la gente dirija su mirada a Jesús, que es
lo esencial de toda verdad. Asimismo, mediante el poder del Espíritu Santo
la iglesia ha de guiar a todos a que regresen a la verdadera adoración de
Dios.
Debemos exaltar a Jesús, como nos indica Elena G. de White:
«Nuestra fe aumenta al mirar a Jesús, que es el centro de todo lo atractivo y
hermoso. Cuanto más contemplamos lo celestial, tanto menos vemos cosas
deseables o atractivas en lo terreno. Cuanto más continuamente fijamos el ojo de
la fe en Cristo en quien están centradas nuestras esperanzas de vida eterna, tanto
más crece nuestra fe».13

Debemos reconocer que la iglesia está llamada a realizar una gran obra
entre sus miembros y a favor de aquellos que todavía están fuera de ella.
El tiempo del zarandeo se acerca. El zarandeo preparará al pueblo de
Dios para el clamor final en el que Cristo nos ha pedido que nos
involucremos.
Exaltemos a Cristo y a su Palabra. Aceptemos el magnífico don del
Espíritu de Profecía mientras nos acercamos al final de este mundo.
Bajo la dirección del Espíritu Santo, la Palabra de Dios y el Espíritu de
Profecía nos llevarán humillados a los pies de la cruz, y entonces el Señor
estará en condiciones de realizar su obra, preparando a su pueblo para los
tremendos acontecimientos futuros.

Lo que sucederá
Elena G. de White se refiere a algunos acontecimientos futuros:
«El 20 de noviembre de 1857 me fue mostrado el pueblo de Dios, y lo vi
poderosamente sacudido. Algunos, con robusta fe y clamores de agonía
intercedían ante Dios. […] Vi que algunos no participaban en esta lucha e
intercesión. Parecían indiferentes y negligentes. […] Pregunté cuál era el
significado del zarandeo que yo había visto, y se me mostró que lo motivaría el
directo testimonio que exige el consejo del Testigo fiel a la iglesia de Laodicea.
Tendrá este consejo efecto en el corazón de quien lo reciba y le inducirá a
ensalzar la norma y expresar claramente la verdad. Algunos no soportarán este
testimonio directo, sino que se levantarán contra él. Esto es lo que causará un
zarandeo en el pueblo de Dios. El testimonio del Testigo no ha sido escuchado sino
a medias. El solemne testimonio, del cual depende el destino de la iglesia, se tiene
en poca estima, cuando no se lo descarta por completo. Este testimonio ha de
mover a profundo arrepentimiento, y todos los que lo reciban sinceramente, le
obedecerán y quedarán purificados».14

¿Por qué creo yo en el Espíritu de Profecía?


Fui criado en un hogar donde este maravilloso don era tenido en gran
estima. Mi padre, el pastor Neal C. Wilson, siempre hablaba en forma
positiva y convincente de don de profecía.
Cuando yo era alumno de primer año en lo que es hoy la Universidad de
La Sierra, mi padre me escribió una carta en la que citaba una frase de El
camino a Cristo, y yo atesoro ese pasaje. Mi madre también mostró una
total lealtad a la Palabra de Dios y al Espíritu de Profecía. Jamás oí a mis
padres proferir crítica alguna respecto al Espíritu de Profecía. Mi esposa
ha demostrado también su confianza plena en el Espíritu de Profecía al
leerlo a diario y aplicar sus consejos en nuestra vida hogareña.
Puedo decir que he progresado de una confianza inicial sembrada en mi
corazón por mis padres, hasta llegar a un profundo aprecio a los consejos y
orientaciones que nos ofrece el Espíritu de Profecía. Siempre que leo los
escritos del Espíritu de Profecía, encuentro evidencias de que fueron
inspirados por Dios y de que son «el testimonio de Jesús». El Espíritu de
Profecía representa una gran bendición para mi vida y para mi ministerio.
¿Por qué creo en el Espíritu de Profecía?
Allá por el año 1870 un presbiteriano escocés, de nombre William, llegó
a los Estados Unidos procedente de Irlanda. Él y su esposa, Isabella,
natural de Irlanda, residieron por algún tiempo en Filadelfia. Allí William
trabajó como ingeniero, en la fabricación de locomotoras. Después de un
tiempo, William e Isabella se trasladaron al Oeste, a la zona de los bosques
de gigantescos árboles del norte de California, donde William trabajó en la
industria maderera. Finalmente se establecieron cerca de un pueblo llamado
Healdsburg. Allí se dedicaron la cultivo de árboles frutales y a la
ganadería, y además establecieron un negocio de provisiones.
En 1905, William oyó decir que se había erigido varias carpas, al norte
del río Russian, cerca de Healdsburg. En un principio creyó que había
llegado un circo al pueblo, por lo que decidió que llevaría a sus cuatro
hijos allá, pensado que a ellos les gustaría. Luego se enteró de que todo
aquello estaba relacionado con una reunión campestre que los adventistas
iban a celebrar. Isabella, que para esa fecha ya era adventista, lo invitó a
que asistiera a las reuniones a lo cual él accedió. La predicación estuvo a
cargo de Elena G. de White, que habló acerca de la necesidad de un
Salvador para los pecadores así como del poder de Cristo para cambiar
vidas.
Al final del sermón, Elena G. White invitó a la congregación a aceptar a
Jesús como su Salvador. Para gran sorpresa de Isabella, William, que no
era nada proclive a la religión, entregó su vida al Señor. Él estudió el
precioso mensaje del advenimiento durante un año y luego decidió cerrar su
tienda los sábados, confiando en Dios respecto al futuro. Se unió a la
iglesia mediante el bautismo una vez que se convenció del fundamento
bíblico del resto de las doctrinas sustentadas por la Iglesia Adventista del
Séptimo Día. Con el tiempo William se convirtió en el primer anciano de la
Iglesia de Healdsburg, y llegó a ser conocido por su generosidad y
disposición a ayudar a los necesitados.
William e Isabella Wilson fueron mis bisabuelos. Mi abuelo, cuando yo
era niño, nos contaba que Elena G. de White venía a su casa de campo y, a
él y a sus hermanos, les relataba historias mientras ellos permanecían a sus
pies. La familia Wilson reconoce que el conocimiento del precioso mensaje
del advenimiento se lo debe a la obra directa, práctica y evangelizadora,
llevada a cabo por Elena G. de White.
Los escritos del Espíritu de Profecía, aunque son valiosos de por sí,
adquieren un valor aún más personal, para mí y mi familia, debido al
testimonio directo de su autora.

Nuestra responsabilidad
Todo adventista del séptimo día —laico, pastor o docente— debe
estimular a cada hermano a prepararse para la segunda venida. Elena G. de
White nos anima mediante los siguientes comentarios:
«El regreso de Cristo a nuestro mundo no se demorará mucho. Sea esta la nota
tónica de todo mensaje. El Espíritu refrenador de Dios se está retirando ahora
mismo del mundo. Los huracanes, las tormentas, las tempestades, los incendios y
las inundaciones, los desastres por tierra y mar, se siguen en rápida sucesión.
Satanás espera envolver al pueblo remanente de Dios en la ruina general que está
por sobrevenir a la tierra. A medida que la venida de Cristo se acerque, será más
resuelto y decidido en sus esfuerzos para vencerlo. […] Está por sobrecogernos
la lucha final del gran conflicto, cuando con “gran poder y señales y milagros
mentirosos, y con todo engaño de iniquidad”, Satanás obrará para representar
falsamente el carácter de Dios, a fin de seducir, “si fuera posible, aun a los
escogidos”. Si hubo alguna vez un pueblo que necesitase un aumento constante de
la luz del cielo, es el pueblo que, en este tiempo de peligro, Dios llamó a ser
depositario de su santa ley y a vindicar su carácter delante del mundo. Aquellos a
quienes se confió un cometido tan sagrado deben ser espiritualizados y elevados
por las verdades que profesan creer».15

El Espíritu de Profecía nos invita a comprometernos sin reservas con la


proclamación de esta preciosa verdad del advenimiento, el mensaje de los
tres ángeles que nos conduce a Cristo y a su justicia y a la verdadera
adoración de Dios, y que nos recuerda que Dios tiene en la actualidad una
iglesia, una iglesia que cumple los requisitos especificados en Apocalipsis
12: 17; un pueblo que guarda los mandamientos de Dios y tiene el
testimonio de Jesús que es el maravilloso don del Espíritu de Profecía.
Dios nos guiará y nos protegerá mientras llevamos a cabo la tarea que él
nos encomendó. Aquel que inspiró la Palabra de Dios y el Espíritu de
Profecía no nos dejará ni nos desamparará. Él permanecerá a nuestro lado.
Nos ha sido encomendado predicar el mismo mensaje que Pablo
proclamó: Cristo crucificado, resucitado y que viene otra vez. Debemos
predicarlo en todo momento y lugar. Al hacerlo recibiremos la seguridad de
que él estará siempre a nuestro lado. Nunca nos abandonará. Siempre está
con nosotros para darnos el ánimo y el entendimiento que necesitamos
mientras enfrentamos la mayor prueba que el pueblo de Dios jamás ha
sufrido a lo largo de todo el gran conflicto.
Un día no muy lejano veremos en el oriente una pequeña nube del tamaño
de la mitad de la palma de una mano. Esa nube se irá haciendo cada vez
mayor, y su brillo irá en aumento hasta que llene todo el cielo. Luego
veremos que está constituida por todos los ángeles del cielo. Han venido a
presenciar lo que saben será el mayor acontecimiento que jamás se ha
producido en la tierra; de hecho, en todo el universo. Sentado en el centro
de la nube angélica está nuestro Señor y Salvador, que vino a este mundo,
vivió una vida perfecta, murió en la cruz en lugar nuestro, resucitó y
ascendió al cielo para convertirse en nuestro sumo sacerdote. En este
mismo momento él intercede en nuestro favor en el Lugar Santísimo del
Santuario celestial. Sin embargo, cuando regrese a buscar a los suyos se
despojará de las vestiduras sacerdotales que lleva ahora y se colocará las
de rey.
Cuando él venga, elevaremos nuestra vista a lo alto y diremos: «Este es
nuestro Dios a quien hemos esperado. Él nos salvará». Cristo a su vez
mirará hacia abajo y dirá: «¡Bien hecho siervos buenos y fieles! Entren en
el gozo de su Señor». ¡Qué gran acontecimiento será! Las dificultades y los
sufrimientos de esta vida desaparecerán de nuestra memoria mientras
pasamos la eternidad con nuestro Señor.
En preparación para ese día, debemos comprometernos mediante la
gracia y el poder divino a caminar continuamente con Cristo; a dedicar
tiempo a su Palabra; a utilizar el poder de la oración y a enriquecer nuestra
vida espiritual mediante una lectura diaria del Espíritu de Profecía.
Estamos a las puertas del hogar. Sería terriblemente lamentable si no
permanecemos fieles hasta el fin, por haber despreciado la dirección para
estos últimos días que Dios ha provisto a través del Espíritu de Profecía.
__________________

1. Mensajes selectos, t. 2, p. 89.


2. Ibíd, t. 1, p. 46.
3. Ibíd.
4. Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 354.
5. Originalmente publicado en el Journal of the Adventist Theological Society, 8, nº 1, 2 (1997),
pp 19-27. Existe una versión revisada en línea. La cita utilizada corresponde a la p. 220 de la
versión impresa.
6. Juan CarlosViera. «God’s Guiding Gift», Adventist Review, 24 de julio, 1997, pp. 12-15.
7. Testimonios para la iglesia, t. 4, pp. 383, 384.
8. El hogar cristiano, p. 436. Esta Serie consta de cinco libros: Patriarcas y profetas, Profetas
y reyes, El Deseado de todas las gentes, Los hechos de los apóstoles y El conflicto de los
siglos.
9. Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 17.
10. Mensajes selectos, t. 1, p. 55.
11. Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 313.
12. En los lugares celestiales, p. 129.
13. Testimonios para la iglesia, «El zarandeo», t. 1, p. 168.
14. Consejos para la iglesia, pp. 626-629.
CAPÍTULO 4

Nuestra única esperanza


Losrápidamente
acontecimientos que se vienen sucediendo a nuestro alrededor están
dando cabal cumplimiento a las profecías de Daniel, de
Mateo y del Apocalipsis. El mundo se halla convulsionado. Los problemas
políticos se agudizan en todas partes. La decadencia moral y cultural nos
está asfixiando. Los sistemas financieros mundiales se encuentran al borde
del colapso. Los desastres naturales van exponencialmente en aumento. Los
esfuerzos ecuménicos están abocados a neutralizar la Palabra de Dios. Todo
ello nos advierte a voz en grito que nos encaminamos aceleradamente hacia
el final de la historia de este mundo.
Algunos podrían decir: «Oh, todo eso en realidad es cíclico». Usted
puede creerlo si así lo desea; pero para mí son señales del pronto regreso
de Cristo. Los adventistas del séptimo día jamás deberíamos andar fijando
ni el día ni la hora, sin embargo en las Escrituras se nos han indicado
señales que nos dicen que ese gran acontecimiento ocurrirá muy pronto.
¡Será un privilegio presenciar todo lo que sucederá ese grandioso día!
¡Qué gran honor ser miembros de la iglesia remanente de Dios y proclamar
el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14: 6-12! ¡Qué gran
oportunidad para rogar al Señor que se produzca un reavivamiento y una
reforma y que descienda la lluvia tardía del Espíritu Santo que iluminará a
la tierra con la verdad bíblica, el mensaje del evangelio de salvación en
Cristo, y la proclamación de un Salvador presto a regresar!
Nos encontramos a las puertas del hogar. El llamado a un reavivamiento y
a una reforma no es algo que inventó el Concilio Anual de la Asociación
General del año 2010. Ninguna junta puede legislar en cuanto a asuntos
espirituales y luego colocar marcas de cotejo en un listado, como una
indicación de que el blanco ha sido alcanzado. Nosotros no podemos
organizar un reavivamiento y una reforma. ¡Únicamente el Espíritu Santo
puede hacerlo!
Nuestro llamado a un reavivamiento y a una reforma no es una iniciativa
legalista que se basa en nuestros propios esfuerzos. Es un llamado centrado
en Cristo y únicamente en él, que nos compele a aceptar su justicia y a ser
fortalecidos por el Espíritu Santo con el fin de llevar a cabo la última gran
comisión antes del regreso de Cristo: proclamar al Salvador, su justicia y
su pronto regreso. Diferentes pasajes bíblicos, como Oseas 6 o Joel 2, así
como todo el libro de Hechos, enfatizan ese llamamiento.
En 2 Crónicas 7: 14 el Señor nos invita a una total entrega como
preparación para el cumplimiento de nuestra misión: «Si se humilla mi
pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y
se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos,
perdonaré sus pecados y sanaré su tierra».
Hemos de humillarnos ante Cristo, reconociendo que nuestra única
esperanza reside en él y en su justicia.
Elena G. de White añade a su vez un énfasis adicional, al analizar los
tiempos en que vivimos, al escribir:
«La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un
reavivamiento de la verdadera piedad en nuestro medio. Procurarlo debiera ser
nuestra primera obra».1

Si reconocemos nuestra necesidad de un reavivamiento y una reforma en


estos días finales de la historia del planeta, debemos también aceptar que
dicha experiencia debería estar cimentada en una plena aceptación de
Cristo y de su multiforme gracia.
Los adventistas del séptimo día deberían ser los principales voceros de
la salvación a través de Cristo y únicamente mediante él. Jesús nos
proporciona la justicia que necesitamos, y esa justicia se obtiene a la vez
mediante la justificación y la santificación. Esas dos importantes
manifestaciones de la justicia divina son inseparables; forman parte de la
abarcante y amplia justicia de Cristo y constituyen algo que únicamente
recibimos de modo compacto, jamás en forma aislada.

Confusión en cuanto a la justificación


y la santificación
Por diferentes motivos y circunstancias se ha confundido la naturaleza y
el papel tanto de la justificación como de la santificación. Las discusiones
respecto a dichos conceptos han creado divisiones en las iglesias y entre
sus miembros.
Hay quienes enfatizan la justificación, excluyendo la santificación, para
terminar promoviendo una «gracia barata». Otros se concentran
prácticamente en forma exclusiva en la santificación para llegar a un cierto
tipo de perfeccionismo de salvación por las obras.
La justicia de Dios incluye tanto la justificación como la santificación.
Nosotros no ideamos el plan de salvación; Dios lo hizo. Es su forma de
incluirnos en una relación con él que se inicia en el presente y que durará
por la eternidad.
El plan de salvación divino es maravilloso y reconfortante, aunque no
podamos comprender algunos de sus aspectos. Es, no obstante, tan sencillo,
que un niño puede entenderlo, y tan amplio, que será objeto de nuestro
estudio por toda la eternidad. Lo básico de las buenas nuevas de salvación
es que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a esta tierra para hacerse uno de
nosotros, criaturas que él había formado y que le pertenecen. El Salvador
vivió una vida perfecta, sin pecado; murió por nosotros, resucitó e
intercede a favor nuestro en el Lugar Santísimo del Santuario celestial, y
regresará pronto para llevarnos al hogar. Sí, Cristo vuelve otra vez y está a
las puertas.
Las profecías bíblicas nos hablan de las señales que indican que su
regreso se aproxima: problemas políticos alrededor del mundo,
degradación moral y social, una frágil situación económica, sutiles
iniciativas ecuménicas, un aumento en el número e intensidad de los
desastres naturales, y gran confusión religiosa. Ahí están, insistimos, todas
esas señales en el mundo que nos rodea.
Dios le ha confiado a su pueblo de los últimos días el maravilloso
privilegio de proclamar los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14;
un hecho que señala a Cristo y a su justicia así como a la verdadera
adoración de Dios.
El Señor desea que proclamemos su amplia y abarcante justicia y que
promovamos la verdadera adoración al Creador, dando toda gloria a él y
proclamando que la hora de su juicio ha llegado. Debemos señalar que
Babilonia ha caído y que está promoviendo la confusión espiritual. Hemos
de invitar a todo el mundo a que regrese a un conocimiento puro y sencillo
del plan divino de salvación.
Debemos advertir respecto a la adoración de la bestia o de su imagen,
para que nadie tenga que recibir la señal de la bestia en la frente y en la
mano. Nos incumbe decirle a todo el mundo que recibir esa marca equivale
a estar de acuerdo con la bestia, con el anticristo, con la autoridad que se
atribuye la capacidad de cambiar la ley de Dios y de rechazar el valor
único e insustituible de los méritos de Cristo.
Los adventistas hemos sido llamados a proclamar la verdad tal como es
en Jesús. Nuestra salvación se encuentra en él y únicamente en él. Pablo
declara de una manera rotunda:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es
don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe, pues somos hechura suya,
creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano
para que anduviéramos en ellas» (Efe. 2: 8-10).

Sin lugar a dudas, debido a la plenitud de su gracia, el Señor ha hecho


provisión para nosotros al establecer el plan de salvación mediante el cual
nos justifica y luego nos santifica. Tanto la justificación como la
santificación forman parte de su inefable justicia. Su poder es lo que hace
que la logremos. Al aceptar la justificación que él ofrece, el manto de su
justicia que nos hace perfectos a la vista de Dios, de inmediato recibimos
también el poder que acompaña esa justificación: la vida de Cristo, es
decir, el poder transformador que nos permite asemejarnos a él más y más.
La justicia que recibimos de Cristo es completa y suficiente. Observemos
por ejemplo, que Pablo primeramente describe la increíble humildad de
Cristo al venir a morir como un sustituto perfecto por nosotros los
pecadores. Luego el apóstol habla de la obediencia y de la obra de Dios en
nosotros y a través de nosotros:
«Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no solamente cuando
estoy presente, sino mucho más ahora que estoy ausente, ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el
querer como el hacer, por su buena voluntad» (Fil. 2: 12, l3).

Este no es un llamado a conseguir la salvación por obras; es un llamado


directo para ser justificados mediante la fe en Dios que «produce así el
querer como el hacer». Nos dice que debemos enfocarnos en nuestra
relación con Cristo y permitir que su poder justificador y santificador nos
lleve a una relación con él de modo que podamos pasar la eternidad en su
compañía.
Cuando entronizamos a Jesús en nuestras vidas él realiza algo prodigioso,
nos cambia a su semejanza. Cristo obra una conversión milagrosa
santificada por el Espíritu. Únicamente Dios puede hacerlo. Cristo nos
justifica y nos permite que nos conectemos con él de forma que nos
parezcamos más y más a él. Debido a ello los borrachos se convierten en
sobrios, gente disoluta se convierte en personas respetables. Por la acción
del Espíritu Santo los iracundos se vuelven pacificadores, los mentirosos se
vuelven veraces, los de mentes impuras se transforman en personas serias,
los evolucionistas en creacionistas. Por esa acción los egoístas y narcisistas
se vuelven desprendidos, caritativos y generosos; los incrédulos se
transforman en creyentes.
Todo eso debido al poder divino. El Señor cambia nuestras vidas y
nosotros comenzamos a producir el fruto del Espíritu. Según afirma
Santiago: «Así también la fe, si no tiene obras, está completamente muerta»
(Sant. 2: 17).
Una vez que enfoquemos por completo nuestra atención en el vínculo que
mantenemos con Cristo, estaremos sosteniendo una relación correcta con él.
Lo que él hace en nosotros se logra únicamente mediante su poder, una vez
que nos sometemos a su autoridad y a su amor

Un texto impactante
Uno de los versículos más impactantes de la Biblia es 2 Corintios 5: 21,
donde el apóstol Pablo ilustra esa correcta relación entre Cristo y el
creyente: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que
nosotros seamos justicia de Dios en él».
Dios el Padre entregó a su Hijo perfecto, a Cristo, como sacrificio por
nuestros pecados con el fin de que pudiéramos recibir la perfecta justicia
de él. ¡El plan de salvación es algo increíble! ¡No es de extrañar que lo
vayamos a estudiar por toda la eternidad! ¡No es de extrañar que al llegar al
cielo tomemos nuestras coronas y las echaremos a los pies de Jesús como
una muestra de inmensa gratitud y de amor por su poder redentor! ¡No será
de extrañar que le entonemos cánticos de alabanza por los siglos sin fin!
Por eso proclamamos el increíble amor de Dios entonando las estrofas de
«Sublime gracia»:
«¡Sublime gracia del Señor!
De muerte me libró.
Perdido fui, me rescató;
fui ciego, me hizo ver».2

Esa es la experiencia del nuevo nacimiento que Jesús mencionó cuando le


dijo a Nicodemo: «De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo
no puede ver el reino de Dios» (Juan 3: 3).
La experiencia de nacer de nuevo que se logra plenamente a través del
poder de Jesús nos coloca en una relación correcta con él y nos convierte
en una nueva persona. En 2 Corintios 5: 17 leemos: «De modo que si alguno
está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas
nuevas».
Cuando el Espíritu Santo nos lleva a confesar nuestros pecados y a caer a
los pies de la cruz de Cristo, nos convertimos en nuevas criaturas y somos
limpiados de nuestros pecados.
Juan declara: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1: 9).
Además añade: «Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su
nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacieron de
sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios»
(Juan 1: 12, 13). Y finalmente Juan anuncia: «Porque todo lo que es nacido
de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo,
nuestra fe» (1 Juan 5: 4).
Esos versículos hablan de la maravillosa justicia divina mediante la cual
somos salvos por gracia y vivimos por fe. ¡Todo gracias a Jesucristo
nuestro Salvador y Señor! De ahí que podamos unirnos a Pablo para
proclamar:
«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí;
y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y
se entregó a sí mismo por mí» (Gál. 2: 20).

Finalmente, Pablo lo resume todo mediante una sencilla declaración:


«Porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia» (Fil. 1: 21).
Pablo ofrece a Tito, un converso del paganismo, una extraordinaria
explicación de la inmensa y abarcante justicia divina. Cuando Tito era
todavía un joven pastor, Pablo lo dejó a cargo de una congregación en la
isla de Creta. Esa isla de regular tamaño se encuentra al sur de Grecia, en
el Mediterráneo. Siglos atrás fue el centro de la poderosa civilización
minoica que rivalizó con las de Mesopotamia y Egipto. En la época de
Pablo, los cretenses eran paganos que habían recibido la influencia de
judíos que enfatizaban ciertos ritos y normas. Creta era una encrucijada
comercial y recibía numerosos visitantes, por tanto no es nada extraño que
de vez en cuando surgieran allí desacuerdos.
Pablo le escribió una carta a Tito aconsejándole a él y a los cretenses
respecto a normas prácticas relativas a la vida cristiana. Desde luego,
Pablo estaba aleccionándonos a nosotros al igual que a los cretenses
cuando escribió:
«La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos
enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este
siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza
bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo» (Tito 2: 11-13).

¡Yo estoy aguardando ansiosamente esa «esperanza bienaventurada y la


manifestación gloriosa» de Cristo! ¿Acaso no lo estás tú también?
No hace mucho perdí a mi querido padre, el cual fue un consagrado líder
de la iglesia, un excelente padre y uno de mis mejores amigos. Gracias a la
misericordia y el poder de Cristo veré de nuevo a mi padre. ¡Gloria a Dios
porque estamos a las puertas del hogar!
En el capítulo 3 de la Carta a Tito, Pablo instruye al joven pastor
pidiendo que le recuerde algo a su grey:
«Que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén
dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no sean amigos de
contiendas, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con toda la
humanidad. Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes,
extraviados, esclavos de placeres y deleites diversos, viviendo en malicia y
envidia, odiados y odiándonos unos a otros» (Tito 3: 1-3).

Pablo empieza enumerando nuestros problemas. Pero fijémonos en lo que


dice acerca de la forma en que hemos cambiado. Comienza recordándonos
«la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad»
(Tito 3: 4). A continuación en los versículos 5 y 6, Pablo indica que Cristo
«nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino
por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la
renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros
abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador».
El apóstol continúa diciendo que el plan de salvación se llevó a cabo
para que «justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a
la esperanza de la vida eterna» (vers. 7).
Somos pues justificados por Cristo, es decir, cubiertos con el manto de su
justicia que nos es imputada, haciéndonos aparecer perfectos ante el Padre
como si no hubiéramos pecado. Es la justicia de Cristo la que logra eso.
Luego en el versículo 8, Pablo le dice a Tito: «Palabra fiel es esta, y en
estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios
procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los
hombres». Las buenas obras que Pablo menciona aquí son el resultado del
poder santificador de Cristo. El Espíritu Santo obra en nosotros para
hacernos cada vez más semejantes a Cristo. En lo que respecta a la
santificación, dependemos enteramente de nuestra relación con Cristo. Esto
también es parte de la justicia de Cristo.

Una verdad bíblica


El Espíritu de Profecía apoya la verdad bíblica de la inmensa justicia de
Cristo, aportando algunas interesantes reflexiones. Quisiera compartir
contigo varias animadoras y útiles aseveraciones tomadas de ese pequeño
gran libro que es El camino a Cristo. Dos impresionantes declaraciones las
he tomado de los capítulos 7 y 8.
«La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de
siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nuestros primeros padres:
la perfecta obediencia a la ley de Dios, la perfecta justicia. Si la vida eterna se
concediera con alguna condición inferior a esta, peligraría la felicidad de todo el
universo. Se le abriría la puerta al pecado con toda su secuela de dolor y miseria
para siempre.

Antes que Adán cayera le era posible desarrollar un carácter justo por la
obediencia a la ley de Dios. Mas no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una
naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a nosotros mismos. Puesto
que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley
santa. No tenemos justicia propia con que cumplir lo que la ley de Dios exige.
Pero Cristo nos preparó una vía de escape. Vivió en esta tierra en medio de
pruebas y tentaciones como las que nosotros tenemos que afrontar. Sin embargo,
su vida fue impecable. Murió por nosotros, y ahora ofrece quitar nuestros pecados
y vestirnos de su justicia. Si te entregas a él y lo aceptas como tu Salvador, por
pecaminosa que haya sido tu vida, gracias a él serás contado entre los justos. El
carácter de Cristo reemplaza el tuyo, y eres aceptado por Dios como si no
hubieras pecado.

Más aún, Cristo cambia el corazón, y habita en el tuyo por la fe. Tienes que
mantener esta comunión con Cristo por la fe y la sumisión continua de tu voluntad
a él. Mientras lo hagas, él obrará en vosotros para que quieras y hagas conforme
a su beneplácito. Así podrás decir: “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la
fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y dio su vida por mí”. Así dijo el Señor
Jesús a sus discípulos: “Porque no serán ustedes los que hablen, sino que el
Espíritu de su Padre que hablará por medio de ustedes”. De modo que si Cristo
obra en ti, manifestarás el mismo espíritu y harás las mismas obras que él: obras
de justicia y obediencia.

Así que no hay en nosotros mismos cosa alguna de qué jactarnos. No tenemos
motivo para ensalzarnos. El único fundamento de nuestra esperanza es la justicia
de Cristo que se nos imputa y la que produce su Espíritu obrando en nosotros y
por nosotros».
«Por la fe llegaste a ser de Cristo, y por la fe tienes que crecer en él, dando y
recibiendo. Tienes que entregarle todo: el corazón, la voluntad, la vida, entregarte
a él para obedecerlo en todo lo que te pida; y tienes que recibirlo todo: a Cristo, la
plenitud de toda bendición, para que more en tu corazón, sea tu fuerza, tu justicia,
tu eterno Auxiliador, y te dé poder para obedecer.

Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primera tarea. Sea tu
oración: “Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a
tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo, y sea toda mi obra hecha en
ti”. Este es un asunto diario. Cada mañana, conságrate a Dios por ese día.
Somete todos tus planes a él, para ponerlos en práctica o abandonarlos, según te
lo indique su providencia. Podrás así poner cada día tu vida en las manos de Dios,
y ella será cada vez más semejante a la de Cristo.

La vida en Cristo es una vida de plena confianza. Tal vez no se experimente una
sensación de éxtasis, pero tiene que haber una confianza continua y apacible. Tu
esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo. Tu debilidad está unida a su
fuerza, tu ignorancia a su sabiduría, tu fragilidad a su eterno poder. Así que no has
de mirarte a ti mismo ni depender de ti, sino mirar a Cristo. Piensa en su amor, en
la belleza y perfección de su carácter. Cristo en su abnegación, Cristo en su
humillación, Cristo en su pureza y santidad, Cristo en su incomparable amor: este
es el tema que debe contemplar el alma. Amándolo, imitándolo, dependiendo
enteramente de él, es como serás transformado a su semejanza».3

No es de extrañar que Pablo proclame:


«Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo
de Dios, retengamos nuestra profesión. No tenemos un sumo sacerdote que no
pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente
al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno
socorro» (Heb. 4: 14-16).

¡Qué poderoso Salvador el que vino a esta tierra para tomar nuestro lugar
y proveer una vía de escape para nosotros! ¡Qué amor y humildad demostró
Cristo al venir a morir por nosotros! Elena G. de White escribió:
«Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la
naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús
aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años
de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la
herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran
aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas
y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado».4

Nuestro todo en todo


Cristo es nuestro todo, la conclusión de todo. Él nos ha proporcionado la
salvación a través de su abarcante y completa justicia. Dependemos total y
completamente de él y de su justicia Elena G. de White señala que:
«Al tomar sobre sí la naturaleza del hombre en su condición caída, Cristo no
participó de su pecado en lo más mínimo. […] No debemos tener dudas en cuanto
a la perfección impecable de la naturaleza humana de Cristo. Nuestra fe debe ser
inteligente; debemos mirar a Jesús con perfecta confianza, con fe plena y entera
en el Sacrificio expiatorio. Esto es esencial para que el alma no sea rodeada de
tinieblas. Este santo Sustituto puede salvar hasta lo último, pues presentó ante el
expectante universo una humildad perfecta y completa en su carácter humano, y
una perfecta obediencia a todos los requerimientos de Dios. El poder divino es
colocado sobre el hombre para que pueda llegar a ser participante de la naturaleza
divina, habiendo escapado de la corrupción que está en el mundo por la
concupiscencia. Por esto el hombre, arrepentido y creyente, puede ser hecho
justicia de Dios en Cristo».5

Jamás debemos reclamar justicia alguna de parte nuestra. Debemos mirar


a Jesús en todo momento. No podemos ganar el acceso al cielo mediante
nuestros propios esfuerzos o nuestra justicia propia. Nuestra salvación
depende por entero de Cristo y de su amplia justicia.
Elena G. de White describió en El Deseado de todas las gentes la
justicia que recibimos de Cristo:
«La justicia que Cristo enseñaba es la conformidad del corazón y de la vida a la
voluntad revelada de Dios. Los hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos
únicamente al tener fe en Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la
verdadera piedad elevará los pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces las
formas externas de la religión armonizarán con la pureza interna del cristiano».6

No podemos pensar que somos justos por naturaleza o que podemos


mejorar mediante nuestros propios esfuerzos. Dependemos totalmente de
Cristo para cualquier cambio realizado en nuestras vidas mientras nos
sometemos a él. No podemos ufanarnos de ser perfectos o de haber
alcanzado la perfección. Observemos lo que Elena G, de White dice en una
reciente y maravillosa compilación que lleva por título Reavivamiento:
Nuestra mayor necesidad:
«Nadie que pretenda santidad es realmente santo. Los que son registrados como
santos en los libros del cielo no son conscientes de este hecho, y son los últimos en
jactarse de su propia bondad. Ninguno de los profetas y apóstoles jamás profesó
santidad, ni aun Daniel, Pablo o Juan. Los justos nunca tienen semejante
pretensión. Cuanto más se parezcan a Cristo, más lamentarán su desemejanza
con él; porque sus conciencias son sensitivas, y consideran el pecado más como
Dios lo mira. Tienen puntos de vista exaltados de Dios y del gran plan de
salvación; y sus corazones, humillados bajo un sentido de su propia falta de mérito,
son sensibles al honor de ser contados como miembros de la familia real, hijos e
hijas del Rey eterno».7

Ningún adventista debe albergar la idea de que es mejor que otro. Nadie
debe señalar a los demás diciendo que no son santos o perfectos. Todos
somos pecadores que estamos al pie de la cruz necesitados de un Salvador
que nos conceda su justicia, algo que nos aportará tanto la justificación
como la santificación. Todo se lo debemos a Jesús.
«Esta relación espiritual puede ser establecida tan solo por medio del ejercicio de
la fe personal. Esta fe debe expresarse de parte de nosotros en una suprema
preferencia, en una perfecta confianza, en una total consagración. Nuestra
voluntad debe ser completamente sometida a la voluntad divina, nuestros
sentimientos, nuestros deseos, nuestros intereses y nuestro honor deben ser
identificados con la prosperidad del reino de Cristo y el honor de su causa,
mientras nosotros recibimos constantemente gracia de él, y mientras Cristo acepta
nuestra gratitud».8

No debemos examinarnos mutuamente tratando de identificar los pecados


ajenos y pensando que somos mejores que otro pecador. Tampoco debemos
crear confusión y división en la iglesia al acusar a los demás de que son
más pecadores que nosotros. No debemos considerarnos perfectos, ya que
únicamente la justicia justificadora y santificadora de Cristo es la que cubre
nuestras imperfecciones. Nuestra salvación se obtiene solo a través de la
justicia de Cristo: nosotros no poseemos ningún tipo de justicia personal.
Todos dependemos totalmente de Cristo y de su justicia para nuestra
salvación, e igualmente para permanecer delante de Dios. Debido a que
todos nos encontramos en la misma situación, es necesario que estemos
todos unidos en palabra y acción.
Elena G. de White nos dice:
«El secreto de la unidad se halla en la igualdad de los creyentes en Cristo. La
razón de toda división, discordia y diferencia se halla en la separación de Cristo.
Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues mientras más
nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos,
simpatía, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús».9

La maravillosa justicia de Cristo es el secreto de nuestra preparación


para el cielo donde el pecado no dañará nuestras relaciones personales ni
familiares. Estamos prácticamente a las puertas del hogar. Debemos
prepararnos para vivir allá. Debemos contemplar cada vez más a Jesús.
__________________
1. Mensajes selectos, t. 1, p. 141.
2. Nuevo Himnario Adventista, nº 303.
3. El camino a Cristo, caps. 7, 8; pp. 93, 94; 103, 104.
4. El Deseado de todas las gentes, cap. 4, pp. 32, 33.
5. Mensajes selectos, t. 1. pp. 299, 300.
6. El Deseado de todas la gentes, cap. 31, p. 279.
7. Reavivamiento: Nuestra mayor necesidad, p. 71.
8. Ibíd., p. 57, 58.
9. Mensajes selectos, t. 1, p. 304.
CAPÍTULO 5

Las buenas nuevas


acerca del Juicio
Losnuestra
adventistas del séptimo día siempre hemos sido conscientes de
singular misión, y por ende, de nuestro carácter único
identificado al interpretar los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis
14: 6-12. No podremos cumplir plenamente la misión que Dios nos ha
encomendado si no entendemos este pasaje bíblico, ya que la teología
adventista y el concepto de su misión son inseparables. Debemos predicar,
enseñar y vivir los trascendentales mensajes de los tres ángeles.
Cada uno de esos ángeles presenta un mensaje especial.

El primero de ellos insta a un regreso a la verdadera adoración a Dios


El segundo anuncia que algunas organizaciones religiosas apóstatas se
han olvidado de la Biblia y por ello han «caído».
El tercero señala la marca que distingue a aquellos que se oponen a
Dios, de quienes no lo hacen. El pueblo de Dios adorará en el sábado,
día séptimo; considerándolo un día santo. Ese respeto por el día que
Dios considera «suyo» es también una señal de que el que lo santifica
pertenece a Dios. Por otro lado, cambiar el sábado por cualquier otro
día de la semana equivale a la marca de la bestia; una marca que
identifica a aquellos que desprecian a Dios y su voluntad.

Hoy en día en diversos lugares parece que algunos consideran que los
mensajes de esos ángeles no son «políticamente correctos», añadiendo que
no es recomendable presentarlos en público. Pero esos son precisamente
los mensajes que Dios nos ha pedido que proclamemos. Son los mensajes
más importantes que podemos predicar. ¡Constituyen nuestra teología y
nuestra misión! Los mensajes de los tres ángeles son el motivo y la razón
para que muchos se conviertan en adventistas del séptimo día, en miembros
de la iglesia remanente.
En este capítulo nos enfocaremos en el mensaje del primer ángel que
habla de los atributos de Dios como Creador, del Juicio y del mensaje del
Santuario, ya que esto constituye el centro de la teología y de la misión que
Dios nos ha encomendado, y en consecuencia son cuestiones que los
adventistas consideramos vitales, ¡temas que debemos enseñar y proclamar!
Apocalipsis 14: 6, 7 es el pasaje que contiene el mensaje del primer
ángel:
«En medio del cielo vi volar otro ángel que tenía el evangelio eterno para
predicarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Decía
a gran voz: “¡Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado.
Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas!”».

El versículo habla de «otro ángel». En el Apocalipsis aparecen varios


ángeles o mensajeros. Este es el primero de los tres mensajeros del capítulo
14. Es un ángel portador de admirables noticias. «El evangelio eterno» y el
plan de salvación constituyen las buenas nuevas relacionadas con el hecho
de que Cristo pagó nuestra deuda, cargando con nuestra culpa en la cruz, y
que ahora intercede por nosotros como nuestro Sumo Sacerdote.
El versículo 6 se refiere al «evangelio eterno». El evangelio eterno
consiste en la gran noticia de que somos justificados mediante la fe en
Cristo, que nos ofrece justicia imputada mediante la justificación, y justicia
impartida a través de la santificación. Finalmente recibiremos la
glorificación, todo por medio de Cristo.
Debemos llevar a todo el mundo este mensaje de la justicia de Cristo y de
la salvación concedida gratuitamente a todos aquellos que creen en él,
proclamándolo a toda nación y a toda lengua y pueblo.
El versículo 7 nos dice que el ángel comunica su mensaje a «gran voz»,
lo cual nos indica que no debemos susurrar este precioso mensaje, ¡hemos
proclamarlo «a gran voz»!

Debemos decirle a la gente que tema a Dios. En otras palabras, que


respete y honre a Dios; que lo glorifique a él en lugar de glorificarse a
sí mismos, pues la hora de su juicio ha llegado.
Debemos dar gloria a Dios mostrándole nuestra lealtad y confiando
que él suplirá todas nuestras necesidades, incluyendo la de ser
justificados
Debemos glorificarlo a través de nuestro estilo de vida y del buen uso
del tiempo.
Debemos asimismo glorificarlo por medio de nuestra forma de vestir y
de comer, y en todas y cada una de nuestras decisiones diarias.

No olvides, mi hermano, que lo que comemos y bebemos afecta


directamente nuestra vida espiritual. La Biblia y el Espíritu de Profecía nos
lo advierten. Por tanto, debemos abstenernos de sustancias dañinas como el
alcohol, el tabaco, la cafeína y los narcóticos, practicando un estilo de vida
de moderación y templanza bajo la dirección del Espíritu Santo.
Debemos darle gloria a Dios, porque la hora del juicio y de la salvación
ha llegado.
Mediante este anuncio especial, el mensaje del primer ángel nos ayuda a
regresar a la verdadera adoración del Dios que hizo el cielo, la tierra, el
mar y todo lo que en ellos hay. El Creador merece toda nuestra alabanza y
adoración, ya que somos criaturas suyas. Por eso lo adoramos el sábado, el
séptimo día de la semana. Lo hacemos porque nos lo ha pedido, habiendo el
hecho del sábado el recordativo de su obra creadora.
El trascendental mensaje de una creación reciente, realizada en seis días
literales, consecutivos y de veinticuatro horas, constituye la base de nuestra
adoración en ese día sagrado. El sábado de cada semana es el mismo
sábado que Dios bendijo y santificó hace seis mil años. Esta preciosa
verdad bíblica de una creación literal ha sido atacada ferozmente por el
secularismo, el ateísmo y el materialismo, e incluso está siendo atacada o
socavada por algunos adventistas del séptimo día.
Nuestra iglesia se ha ceñido siempre al método histórico-gramatical
para el estudio y el análisis de las Escrituras. Ha interpretado pasajes
difíciles utilizando otros textos bíblicos, para en ellos encontrar las claves
necesarias; permitiendo de esa forma que la Biblia se interprete a sí misma,
concepto a concepto y precepto tras precepto. Uno de los más pérfidos
ataques en contra de la Palabra de Dios y de la creación ha sido el de
quienes proponen el uso del método histórico-crítico para interpretar la
Biblia. Este sistema constituye un mortal enemigo de nuestra teología y de
nuestra misión, pues tiende a conceder más credibilidad a los eruditos que a
las explícitas declaraciones de las Escrituras. Los críticos consideran que
su ciencia e inteligencia los autorizan a juzgar qué partes de la Biblia son
genuinas y cuáles no.
Mantengámonos alejados de todo enfoque histórico-crítico; ya que no
nos ayuda a confiar en Dios, ni su Palabra, ni en su voluntad. De hecho, el
método histórico-crítico lo que intenta es desvirtuar la teología y la misión
de nuestra organización.
Si no aceptamos literalmente el relato de la Creación tal como aparece en
Génesis 1 y 2, no tendremos ninguna razón para adorar a Dios en sábado. El
mensaje del primer ángel es la voz de alarma para que todos los habitantes
del mundo adoren a Dios, el Creador, el séptimo día de la semana, el
sábado.
Otros elementos esenciales del mensaje del primer ángel son: «el
evangelio eterno» y el mensaje del Juicio. En realidad, el tema principal
del mensaje del primer ángel es el Juicio de todos aquellos que han vivido
sobre la tierra, que se está celebrando en el cielo precisamente ahora. Es
una parte esencial del plan de salvación que Dios estableció antes de la
fundación de este mundo; un plan basado en la obra de Cristo en esta tierra
y en el santuario celestial con el fin de proporcionarnos la salvación.

El Santuario terrenal
Nada más salir de Egipto los israelitas anduvieron vagando un tiempo por
el desierto de Sinaí. Fue entonces cuando el Señor le encargó a Moisés la
construcción de un tabernáculo. Los servicios que se iban a celebrar en
aquel Santuario tenían el propósito de prefigurar la muerte de Cristo en la
cruz por nuestros pecados y su final transferencia a aquel que merece cargar
con ellos: Satanás. Mediante el servicio cotidiano del Santuario terrenal,
Dios mostraría al mundo la forma en que Cristo iba a manejar el problema
del pecado y llevaría a cabo el Juicio.
Moisés registró el inicio del proyecto en Éxodo 25: 8, 9:
«Me erigirán un santuario, y habitaré en medio de ellos. Conforme a todo lo que
yo te muestre, así haréis el diseño del tabernáculo y el diseño de todos sus
utensilios».

En buena medida, el Santuario terrenal y sus servicios nos enseñan de la


justicia de Cristo, así como a la manera en que el juicio iba ser llevado a
cabo.
En Hebreos 8: 2 leemos que Jesús es «ministro del santuario y de aquel
verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre». Por otro lado,
Hebreos 8: 5 indica que el Santuario terrenal es «figura y sombra de las
cosas celestiales».
El Santuario muestra al mundo la forma en que Dios está obrando con el
fin de salvarnos, y constituye una doctrina adventista esencial.
Podemos leer la descripción del mobiliario y la estructura del Santuario
en Éxodo 25: 2-8. También encontramos una excelente descripción en el
capítulo 30 de Patriarcas y profetas.
Recordemos brevemente algunos de los aspectos más significativos del
Santuario:

El Santuario terrenal fue construido utilizando los mejores materiales


que se hallaban al alcance de los hijos de Israel. Constituía una
estructura compacta, tomando en cuenta que era portátil, aunque a la
vez resultaba impresionante, pues tenía unos quince metros de largo
por unos cinco de ancho y de alto. Las paredes estaban hechas con
tablas de madera enchapadas en oro y unidas con bisagras de plata.
Las «paredes» del atrio que rodeaba al santuario eran de lino fino.
Los sacrificios eran quemados en un altar de bronce colocado en el
atrio, frente al tabernáculo; y la sangre expiatoria de los sacrificios
que representaba la sangre de Cristo derramada por nosotros, era
rociada sobre los cuernos del altar.
El lavacro donde los sacerdotes se purificaban, representaba el poder
purificador de la sangre de Cristo.
El pan de la proposición que estaba colocado en una mesa de oro en el
Lugar Santo, representaba a Cristo, el Pan de vida para cada uno de
nosotros.
El candelabro de siete brazos de una sola pieza de oro macizo,
representaba a Jesús, la luz del mundo y de nuestras vidas.
El altar de oro del incienso, cuyo fuego había sido encendido por el
mismo Dios, era un símbolo de la presencia del Señor. El altar se
encontraba junto al velo que separaba el Lugar Santo del Lugar
Santísimo. El humo que ascendía de ese altar representaba las
oraciones de los adoradores y las peticiones elevadas a Dios en
solicitud de perdón. Los cuernos del altar eran rociados con la sangre
de los sacrificios por los pecados. Asimismo, esa sangre era rociada
en el velo como una muestra de la transferencia de la culpa del
pecador al Santuario.
El velo que separaba el Lugar Santo del Santísimo no llegaba hasta el
techo por lo que el humo del incienso ofrecido en el Lugar Santo
pasaba al Lugar Santísimo hasta el propiciatorio que cubría el arca del
pacto. En este segundo departamento del tabernáculo se llevaba a cabo
el simbólico servicio anual de expiación e intercesión, conectando de
esa manera al cielo con la tierra.
El arca, construida de madera de acacia revestida de oro, contenía los
Diez Mandamientos escritos por el mismo Dios en tablas de piedra.
También conservaba en su interior un poco de maná y la vara de Aarón
que había florecido, como muestra del interés que tiene Dios en
nuestras vidas y de su atención a nuestras necesidades.
El propiciatorio estaba formado por una única pieza de oro fundido
con dos querubines de oro encima. Cada uno de ellos tenía un ala en
alto y la otra plegada en símbolo de reverencia y humildad. Esto
representaba el respeto que el cielo presta a la ley de Dios, así como
el interés de los seres celestiales en el plan de redención, en el
significado del Juicio, en nuestra redención mediante la sangre de
Jesús, nuestro humilde sometimiento y confesión a él, puesto que
reconocemos nuestra necesidad de perdón y de la salvación que nos
ofrece.
La gloria de la santa Shekina, ubicada sobre el propiciatorio, aportaba
una manifestación visible de la presencia de Dios. La santidad del
tabernáculo así como la presencia y el poder de Dios eran motivo de
reverente inspiración.

Verdaderamente Dios está con nosotros hoy mientras adoramos en el


templo, del mismo modo que lo estuvo con el antiguo Israel cuando el
pueblo adoraba en aquel Santuario. Hoy él está aquí con nosotros mediante
su Santo Espíritu; por eso es tan importante que mantengamos la reverencia
mientras estamos en el templo.
Elena G. de White escribió lo siguiente acerca de los servicios del
Santuario israelita:
«Así, en la obra de Cristo en favor de nuestra redención, simbolizada por el
servicio del Santuario, “la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la
paz se besaron” (Sal. 85: 10)».1
Todo aquel ritual apuntaba al plan de redención que se centraba en la
sangre de Cristo.
Por lo general, un pecador acudía a la entrada del tabernáculo. Colocaba
su mano sobre la cabeza del animal destinado al sacrificio confesando su
pecado, y de esa forma se transfería simbólicamente el pecado de su
persona al inocente sacrificio. Luego, sacrificaba el animal con su propia
mano y la sangre era rociada por el sacerdote delante del velo, en el Lugar
Santo, mostrando así la simbólica transferencia del pecado al Santuario.
El ritual se llevaba a cabo un día tras otro. ¡Imagínese la real y tangible
acumulación de sangre y de los pecados virtuales o intangibles, aunque
reales, en el Lugar Santo! Así que era necesario limpiar, eliminar, todos
aquellos pecados. Con ese propósito Dios ordenó que fuera realizada una
expiación para cada uno de los departamentos santos.
Una vez al año el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo para
purificar de pecado a todo el Santuario. En ese Día de Expiación anual se
llevaban dos machos cabríos a la entrada del tabernáculo. Uno de ellos,
cuya sangre representaba la de Cristo derramada por nosotros, era
sacrificado como una ofrenda por el pueblo, y su sangre llevada al Lugar
Santísimo y rociada sobre el propiciatorio. Luego el sumo sacerdote
colocaba sus manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, el chivo
expiatorio, que representaba a Satanás, confesando los pecados acumulados
del pueblo de Israel y transfiriéndolos del Santuario al macho cabrío de
Azazel. Luego este animal era llevado al desierto para que allí muriera,
mostrando que Satanás cargará finalmente con la culpa del pecado y morirá,
dando fin de esa forma a sus tentaciones.

En la cruz
Repasemos ahora lo sucedido en relación con la muerte de Jesús en la
cruz aquel viernes a la hora del sacrificio vespertino. El sacerdote que
oficiaba en el templo de Jerusalén, al mismo momento en que Jesús moría,
estaba listo para sacrificar el cordero reglamentario. Según Mateo 27: 51,
la cortina que separaba el Lugar Santo del Santísimo «se rasgó en dos, de
de arriba abajo» mientras que el animal destinado al sacrificio escapaba.
El Deseado de todas las gentes nos indica:
«El gran sacrificio había sido hecho. Estaba abierto el camino que llevaba al
Santísimo. Había sido preparado para todos un camino nuevo y viviente. Ya no
necesitaría la humanidad pecaminosa y entristecida esperar la salida del sumo
sacerdote. Desde entonces, el Salvador iba a oficiar como sacerdote y abogado
en el cielo de los cielos».2

Jesús, el sacrificio, se convirtió en nuestro Sumo Sacerdote. Después de


su resurrección ascendió al cielo y comenzó su especial ministerio de
intercesión sacerdotal. En Hebreos 4: 14-16 leemos:
«Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo
de Dios, retengamos nuestra profesión. No tenemos un sumo sacerdote que no
pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente
al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno
socorro».

Ese fue el resultado salvífico de la obra de Cristo en la cruz. Cristo


posee el derecho y el privilegio de representarnos; él es el Sumo Sacerdote
y nuestro supremo Abogado. El conflicto de los siglos señala que «en el
templo celestial, la morada de Dios, su trono está asentado en juicio y en
justicia».3 Por otro lado, Hebreos 6: 19 indica que él «penetra hasta dentro
del velo» en el Lugar Santo, para continuar realizando allí su obra
mediadora durante más de mil ochocientos años. Luego, de acuerdo con la
profecía de Daniel 8: 14, después de «dos mil y trescientos días», el
Santuario será «purificado». En ese momento Cristo entra al Lugar
Santísimo para dar inicio a su obra final, para juzgar luego de ministrar.
Ahora estamos viviendo durante el juicio, en la hora de la etapa final de
la obra de Cristo relacionada con la purificación del Santuario. La doctrina
del Santuario y del Juicio son el fundamento teológico de la misión en la
que nos hallamos comprometidos los adventistas del séptimo. Muy pronto
Cristo regresará y obligará a Satanás a cargar con su castigo final. La
sangre de Jesucristo, nuestro sacrificio, derramada en la cruz así como su
ministerio desempeñado en el Santuario celestial, tienen un mismo y único
propósito. Ese objetivo apunta a que tú y yo nos sometamos a él,
confesando nuestros pecados y aceptándolo como Salvador, reconciliados
así con Dios para poder gozar de la vida eterna.
Gracias al ministerio de Cristo en la cruz y en el Santuario celestial
podemos hacer nuestra la vida eterna. No tenemos que temer al juicio si
conocemos al Cordero, si conocemos al sumo sacerdote y si conocemos al
Rey que viene.
Los mensajes de los tres ángeles transforman vidas. El Espíritu Santo
obra en los corazones de quienes escuchan el mensaje del advenimiento. Él
Espíritu lo hace a través de la predicación y del testimonio de quienes aman
y sirven a Dios.
Hace algunos años un agente de policía de Moldavia llamado Vasili se
convenció respecto a la verdad presentada en la Biblia y de este precioso
mensaje, por lo que decidió bautizarse en la Iglesia Adventista del Séptimo
Día. Sin embargo, cuando les habló a sus familiares y amigos respecto a su
nueva fe ellos reaccionaron en forma negativa. Su padre y su madre dijeron
que lo desheredarían; su hermano mencionó que se olvidaría de él; su
esposa lo amenazó con que se divorciaría; su jefe, el comandante de la
policía, dijo que jamás le permitiría no trabajar los sábados.
Vasili clamó a Dios, pidiendo que el Señor lo iluminara. Oró pidiendo
una respuesta directa a su problema. Rogó que Dios le mostrara un texto al
abrir su Biblia, indicándole lo que debía hacer. Cuando Vasili la abrió, el
primer pasaje que llamó su atención fue el de Mateo 10: 35-38, donde Jesús
advierte a quienes lo siguen que los miembros de su familia pueden
convertirse en sus enemigos. Luego continúa diciendo que quienes aman
más a su padre o madre que al Señor, no son dignos de él; al final afirma
que debemos tomar nuestra cruz y seguirlo.
Vasili le agradeció a Dios por haberle respondido, y en la siguiente
ceremonia bautismal fue bautizado. Cuando le dijo a su esposa lo que había
hecho ella le mencionó que los formularios para el divorcio estaban listos y
que únicamente se necesitaban unas firmas. La reacción de Vasili fue
decirle que él la amaba y sugirió a su esposa que lo acompañara para ir a
casa de los padres de él para comunicarles la noticia. Ella estuvo de
acuerdo, pensando que los padres de su marido la ayudarían a persuadirlo
para que abandonara sus creencias. Sin embargo, cuando visitaron a los
ancianos se puso en evidencia que el Espíritu Santo había estado obrando,
ya que en lugar de enojarse con él o levantarle la voz, reaccionaron
positivamente, al igual que su hermano.
Ante ese cambio de actitud, la esposa de Vasili, frustrada se enfureció.
Vasili, no obstante, conservó la calma, y no discutió con ella ni se enfrentó
a su intransigencia.
Luego Vasili le informó a su jefe, el comandante de la policía, que había
sido bautizado, entregándole al mismo tiempo su renuncia. El comandante le
devolvió la carta de renuncia y le dijo que se tomara una semana de
vacaciones para que meditara respecto a su situación. Al finalizar la
semana, Vasili regresó a la oficina de su jefe y volvió a entregarle la carta
de renuncia. Pero en lugar de aceptarla, el jefe lo ascendió con el fin de que
no tuviera problemas para observar el sábado.
Justamente por aquel entonces, se produjo una crisis que amenazaba el
trabajo de la esposa de Vasili, que se desempeñaba como cajera de una
empresa. Un día, al término de sus labores ella encontró que le faltaba
dinero. En la caja no había todo el efectivo que se esperaba según el
registro. Su jefe le dijo que ella era responsable por la diferencia y que se
le haría un cobro al respecto, algo que les ocasionaría una seria pérdida
financiera a Vasili y a ella.
Esa noche ella le pidió a Vasili que orara por el caso y él así lo hizo. Al
día siguiente ella identificó un error en la contabilidad que correspondía
exactamente a la cantidad faltante. Vasili aprovechó para invitar a su esposa
a que entregara su corazón a Dios, pero ella se negó.
Poco después, los médicos encontraron que la suegra de Vasili estaba
sufriendo de cáncer. Eso fue un duro golpe. Vasili y su esposa fueron a
visitar a la señora y oraron por ella. Como resultado, y gracias a la
intervención de Dios, ¡ella sanó!
Eso impactó a la esposa de Vasili. Desde entonces en adelante ella
decidió acompañar a Vasili a la iglesia adventista, donde poco después fue
bautizada.
Dios obra de forma maravillosa cuando alguien acepta este maravilloso
mensaje del advenimiento y decide serle fiel. Hay sin embargo, multitudes
que aún no han escuchado la verdad que Dios nos ha encomendado
compartir. Por tanto, debemos proclamar el mensaje del primer ángel a todo
el mundo, mediante nuestras vidas y nuestras palabras. Debemos instar a la
gente a que tema a Dios y le dé gloria, «porque la hora de su juicio ha
llegado» y que adoren «a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las
fuentes de las aguas».
No hay motivo para que sintamos temor por el Juicio si nos colocamos en
las manos tiernas y amantes de Jesús. Bien podemos decir con Pablo: «Por
eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios,
viviendo siempre para interceder por ellos» (Heb. 7: 25).
¡Qué hermoso mensaje para que este movimiento adventista de los
últimos días lo lleve al mundo! La proclamación del mensaje del primer, el
segundo y el tercer ángel, que llama a volver a la verdadera y bíblica
adoración a Dios debe motivar nuestra misión.
¡Estamos a las puertas del hogar!
Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para dar cumplimiento a
nuestra misión con el fin de apresurar ese día cuando Jesús vendrá para
llevarnos con él.
__________________

1. Patriarcas y profetas, cap. 30, p. 317.


2. El Deseado de todas las gentes, cap. 78, p. 716.
3. El conflicto de los siglos, cap. 24, p. 410.
CAPÍTULO 6

El éxito según Dios


¿C ómo defines tú el éxito…? ¿Tener una oficina propia en un lugar
privilegiado? ¿Asumir la presidencia de una pujante empresa? ¿Quizá
poseer una villa junto a un lago o un apartamento en la playa? ¿Un crucero
por el Caribe? ¿Hacer compras ilimitadas? ¿Poseer un Porsche, un BMW,
un Lexus o varios Mercedes? ¿Ser una reconocida figura política… un
deportista de élite… una estrella del cine o de la música…?
El éxito significaba algo bien diferente para el apóstol Pablo. La mayor
parte de la gente piensa que la definición de éxito es todo lo contrario de lo
que él indica. Él les dijo a los corintios:
«Si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para
que nadie piense de mí más de lo que en mí ve u oye de mí. Y para que la
grandeza de las revelaciones no me exaltara, me fue dado un aguijón en mi carne,
un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca; respecto a
lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí. Y me ha dicho: “Bástate
mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, de buena
gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder
de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en insultos, en
necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces
soy fuerte» (1 Cor. 12: 6-10).

No me parece que sería esa la actitud de quienes buscan el poder o la


fama, ni siquiera creo que es algo que se les ocurriría pensar, y menos aún,
decir.
¿Gloriarnos en nuestras debilidades? ¿Gozarnos por las persecuciones o
los insultos? ¿Cómo es posible que yo pueda ser fuerte cuando soy débil?
¿Qué intenta decirnos Pablo? ¿Será que quiere dar a entender que la
definición del éxito propuesta por el medio social está basada en el
egoísmo; mientras que la definición de Cristo implica servir fielmente a
Dios y a nuestros semejantes sin recibir recompensa o reconocimiento por
lo que hacemos?
Acumular riquezas o la admiración de la gente podría definir el éxito en
un mundo donde la muerte fuera definitiva e irreversible. Pero quienes
esperan vivir para siempre en una tierra donde no habrá muerte, ni llanto, ni
clamor ni dolor, no sienten la necesidad de colocar en primer lugar el yo.
Tampoco consideran que el éxito consista en competir con los demás por
todo aquello que hace de la vida algo agradable. Tendrán, por el contrario,
muy buenos motivos para definir al éxito de una forma bien diferente.
Así que tiene mucho sentido que Pablo aconseje a los corintios diciendo:
«Pero el que se gloría, gloríese en el Señor. No es aprobado el que se alaba
a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba» (2 Cor. 10: 17, 18).
Aunque el apóstol también afirmó: «Digo, pues, por la gracia que me es
dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de
sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la
medida de fe que Dios repartió a cada uno» (Rom. 12: 3).
La valoración que hace la Biblia de sus personajes indica ciertamente
que existen diferentes definiciones del éxito que se apartan de las normas
aceptadas por la sociedad. Los héroes bíblicos serían hoy en gran medida
como poco exitosos.
Por ejemplo, tenemos a Noé que predicó durante ciento veinte años sin
que llegara a convencer a nadie, excepto a su familia más cercana. José
incomodó tanto a sus hermanos que lo vendieron como esclavo, para luego
ser encarcelado por un supuesto intento de violación. Moisés, dominado
por su mal carácter, dio muerte a un hombre cuando era joven, y ya anciano
se dejó dominar por la ira cuando el pueblo que estaba guiando a la libertad
había perdido su confianza en él. El profeta Elías, después de obtener una
gran victoria para Dios en el monte Carmelo corrió cual conejo asustado
huyendo de una iracunda mujer. Jeremías, que aseguraba ser profeta, fue
lanzado a un maloliente foso debido a que sus mensajes no eran optimistas.
María, tuvo un único hijo que fue acusado de ser hereje y rebelde, y luego
fue juzgado y sentenciado a muerte. Pablo, que estaba ascendiendo
vertiginosamente a posiciones de liderazgo en su nación, se desvió hacia un
camino que lo condujo a repetidos arrestos y finalmente al patíbulo.
¿Por qué las Escrituras alaban a estos personajes y los consideran como
realmente destacados y plenamente exitosos? Lo hacen porque estaban
siguiendo la receta divina para el éxito: se sometieron humildemente a Dios
y decidieron cumplir el plan celestial. Vivieron para servir a los demás con
amor y humildad y para llevarlos al conocimiento de Dios.

El mejor ejemplo de todos


Desde luego, Jesucristo es el mejor ejemplo de todos. Alcanzó la cumbre,
el máximo grado de una vida exitosa y de completa sumisión a su Padre
celestial, una vida dedicada por entero a los demás. Vivió en la tierra como
un ejemplo para nosotros y murió para liberarnos del pecado. Todo se lo
debemos a él.
Hace ya tiempo alguien escribió:
«Nació en una aldea poco conocida, hijo de una campesina. Se crió en otra aldea
remota, donde trabajó en una carpintería hasta la edad de treinta años. Luego,
durante tres años se convirtió en un predicador itinerante. Nunca formó una
familia ni tuvo vivienda propia. Nunca visitó una gran ciudad. No viajó lejos del
lugar de su nacimiento. No escribió ningún libro ni tuvo un buen empleo. No hizo
nada de lo que por lo general se asocia a la grandeza personal.

Siendo joven todavía, la opinión popular se volvió en su contra. Sus amigos lo


abandonaron. Fue entregado a sus enemigos y fue sometido a una farsa judicial.
Lo crucificaron entre dos salteadores. Mientras agonizaba, sus verdugos
apostaron para ver quién se iba quedar con su única pertenencia personal: una
túnica. Una vez muerto fue bajado de la cruz y colocado en una tumba prestada.

Diecinueve siglos han pasado, y hoy él es el más grande de los personajes para
gran parte de humanidad. Todos los ejércitos que han guerreado, todas las
armadas que han navegado, todos los parlamentos que han legislado y todos los
reyes que han reinado, no han influido en la vida de los seres humanos tan
poderosamente como lo hizo aquella vida solitaria».1

La popular versión de la Biblia Dios Habla Hoy presenta el breve,


aunque impactante resumen que hace Pablo del significado personal que la
encarnación significó para Jesús y para su Padre en el cielo, de la siguiente
forma:
«Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo
Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su
igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo.
Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera,
se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la
cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los
nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas
en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es
Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2: 5-11, DHH).

¡Qué gran sacrificio! ¡Qué inmenso amor por nosotros! ¡Qué gran fórmula
para alcanzar el éxito! No es de extrañar que toda rodilla deberá doblarse
delante de él. En eso consiste el verdadero éxito bíblico. Así es como
podemos ser fuertes aún en nuestra debilidad.
En la sala de estar de la casa de uno de mis cuñados hay un cuadro que
presenta a Cristo en la cruz y a un hombre arrodillado delante de él. Hay
una inscripción en el cuadro que dice algo así: «Al arrodillarse por fe
delante de la cruz el pecador llega a la posición más elevada que alguien
puede alcanzar».2
Elena G. de White aconseja en su maravilloso libro, El camino a Cristo,
cuyo contenido todos deberíamos atesorar:
«Mantengamos por lo tanto los ojos fijos en Cristo, y él nos preservará. Confiando
en Jesús, estamos seguros. Nada puede arrebatarnos de su mano. Si lo
contemplamos constantemente, “somos transformados a su semejanza con más y
más gloria, por la acción del Señor que es el Espíritu”».3

Todo bien que poseemos y todo lo que somos lo debemos a Cristo y es


imprescindible que reconozcamos nuestra constante necesidad de él. Pablo
lo presenta de la siguiente forma: «Cristo, cuando aún éramos débiles, a su
tiempo murió por los impíos» (Rom. 5: 6). Él murió por ti y por mí.
Sean cuales fueren nuestras circunstancias, debemos reconocer que
únicamente alcanzaremos el verdadero éxito si nos mantenemos conectados
con Cristo. Él es nuestra única fuente de amor, la motivación y la fortaleza
que debemos tener para vivir vidas de humilde servicio a los demás. Esa es
la definición del éxito que ofrece el cielo.

Ejemplos de la vida real


Podemos encontrar muchas formas para seguir a Cristo al entregarnos a
un servicio desinteresado a favor de nuestros semejantes, incontables
maneras en las que podemos fortalecernos haciéndonos débiles,
innumerables maneras de negarnos mientras exaltamos a Jesús.
Existen muchos ejemplos de personas que en la actualidad han podido
hacer precisamente eso. Hay numerosos casos anónimos de sencillos
sacrificios y de servicio cristiano. El Señor los conoce todos y cada uno de
ellos. Son tan importantes para él que están registrados en los libros del
cielo, aunque nadie jamás haya oído hablar de ellos.
Alcanzamos la cima del éxito cuando hacemos la voluntad de nuestro
Padre celestial en el lugar donde vivimos y laboramos, sin importar que
nuestro trabajo lo desempeñemos en una oficina u otro lugar, o en nuestra
propia casa. Si dependemos de Dios él nos dará el éxito siempre que lo
sirvamos a él y ayudemos a los demás.
En el capítulo 3 mencioné una cita, una joya espiritual de El camino a
Cristo que mi padre me envió en una carta cuando yo estudiaba en la
universidad. Estas fueron las palabras que tanto me impresionaron:
«Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primera tarea. Sea tu
oración: “Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a
tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo, y sea toda mi obra hecha en
ti”. Este es un asunto diario. Cada mañana, conságrate a Dios por ese día.
Somete todos tus planes a él, para ponerlos en práctica o abandonarlos, según te
lo indique su providencia. Podrás así poner cada día tu vida en las manos de Dios,
y ella será cada vez más semejante a la de Cristo».4

Debemos pedirle al Espíritu Santo que nos guíe de modo que sepamos
cómo servir a Dios y a quienes nos rodean con un amor desinteresado y una
total entrega al ejemplo dado por Cristo.
Tú puedes trabajar como programador de computadoras, como enfermero
o enfermera, mecánico de autos, maestro o maestra, médico, diseñador
gráfico, músico, vendedor, agricultor, o en cualquier otra ocupación. Sin
importar tu oficio o empleo el Señor desea obrar a través de ti. Él desea
que compartas el conocimiento de Cristo y su gran mensaje del
advenimiento con aquellos que aún no lo han aceptado a él ni a la salvación
que les ofrece. Hay muchos que necesitan conocer lo que Jesús ha hecho
por ti. Necesitan saber que hoy día Jesús está ministrando por nosotros
como nuestro abogado y Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo del
Santuario celestial.
Cristo ha hecho grandes cosas por ti, ¿qué harás tú por él?

La promesa de un padre
Mark Finley cuenta acerca de un padre y de un hijo que vivían en
Armenia, un país sujeto a constantes terremotos. Ese padre un día llevó a su
hijo a la escuela. Al dejarlo allí le dijo que iría a buscarlo cuando
terminaran las clases. Pocas horas después un gran terremoto sacudió la
región. El padre corrió a la escuela, con la esperanza de que su hijo hubiera
sobrevivido. Sin embargo, el edificio yacía en ruinas y su hijo estaba
enterrado bajo de los escombros.
No obstante, el padre no se dio por vencido. Como pudo, comenzó a
remover las piezas de cemento y de varillas retorcidas en aquel lugar donde
había estado la escuela. Pidió a otras personas que lo ayudaran, y algunas
lo hicieron por un rato; pero todas se fueron alejando, ya que desprovistos
de herramientas no creían que tuvieran ninguna posibilidad de salvar a
nadie. Le dijeron a aquel padre que lo mejor que podía hacer era dejar de
excavar, porque no tenía sentido seguir; nadie podía haber sobrevivido en
aquel lugar. Sin embargo, él continuó excavando tan solo con sus manos que
ya estaban lastimadas y ensangrentadas.
Trabajó horas y horas sin encontrar señales de que algún niño hubiera
sobrevivido a la catástrofe. A pesar de todo continuó removiendo
escombros, motivado por una esperanza. ¡Treinta y seis horas! después de
haber comenzado su tarea de desescombró manual escuchó la voz que
ansiaba oír. Escuchó a su hijo decir: «Papá, ¡yo sabía que tú ibas a venir a
buscarme! Papi, ¡aquí hay otros catorce niños conmigo!».
Las manos de Cristo fueron laceradas y ensangrentadas por ti y por mí. Él
dio su vida por todos nosotros. Jesús nos pide que sigamos su ejemplo de
amor desinteresado por los demás, honrando de esa forma a Dios. Nos insta
a que compartamos su amor y el maravilloso mensaje de esperanza del
advenimiento en nuestros lugares de trabajo así como en el resto de
nuestras actividades. Él desea que compartamos con los demás las
verdades de valor eterno atesoradas en la Palabra de Dios y en los escritos
del Espíritu de Profecía.
Dios nos llama para que nos arrodillemos al pie de la cruz y
contemplemos a Jesús. El Señor desea que reconozcamos que nuestras
debilidades se convierten en fortalezas cuando nos colocamos en sus
manos. Pablo aconsejó a los filipenses: «Tengan unos con otros la manera
de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús» (Fil. 2: 5, DHH). Este
mismo consejo es válido para nosotros también.
Según afirma Elena G. de White en Profetas y reyes: «La mansedumbre y
humildad de corazón son las condiciones indispensables para obtener
fuerza y para alcanzar la victoria».5
Dios nos llama a servirle tanto a él como a los demás.
¡Nos encontramos a las puertas del hogar! Jesús regresará muy pronto.
No tenemos tiempo que perder escalando las cimas del éxito terrenal.
Necesitamos dedicar nuestras vidas a servir a favor de Dios en una forma
que tienda a crear un impacto en quienes nos rodean.
Alcanzaremos la verdadera victoria una vez que perdamos de vista el yo
y todo lo que el mundo considera un motivo de éxito.
__________________

1. Anónimo.
2. Ver Los hechos de los apóstoles, cap. 20, p. 156.
3. El camino a Cristo, cap. 8, pp. 107, 108.
4. Ibíd., p. 104.
5. Profetas y reyes, cap. 47, p. 395.
CAPÍTULO 7

Eliezer: un siervo fiel


R ecuerdo que en la universidad donde estudié había un gran arco. Los
alumnos teníamos que pasar por debajo de él para dirigirnos a las aulas,
a la cafetería o a la capilla. Resultaba altamente aleccionador que dicho
arco tenía un letrero o inscripción que era a su vez el lema de la institución:
«La puerta hacia el servicio».
En este mundo cada vez más secularizado, muchos se sienten tentados a
tomar sus decisiones después de haber valorado lo que tomarlas podría
representarles. ¿Hasta qué punto esas decisiones van a contribuir a que yo
consiga algún ascenso laboral, o un aumento salarial, o a que mi vida sea
más placentera y cómoda? Sin embargo, aquel lema de mi universidad iba
en otra dirección. Elena G. de White se refirió a esto mismo al decir:
«Los seguidores de Cristo han sido redimidos para servir. Nuestro Señor enseña
que el verdadero objeto de la vida es el ministerio [servicio]».1

Los acontecimientos que se están produciendo en todo el mundo indican


que estamos a un paso de tremendamente espectaculares y trascendentales
acontecimientos. Lo que está ocurriendo ahora nos indica que la segunda
venida de Cristo ocurrirá en breve. El universo entero nos está observando
con gran interés. ¡Hoy estamos siendo todos llamados a servir a Dios como
nunca antes!
El apóstol Pablo explicó a Tito, su protegido, cómo hemos de vivir como
los cristianos:
«La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos
enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este
siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza
bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo. Él se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda maldad y
purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2: 11-14).

Nuestro mensaje y nuestra misión son muy claros. Dios llama a los
creyentes a servirlo de una forma única: proclamando a Cristo, anunciando
su pronto regreso y difundiendo el mensaje de los tres ángeles. No debemos
permitir que nos distraigan los entretenimientos, los espectáculos
deportivos, las riquezas, o la tentación de vivir cómodamente. El llamado a
concederle la prioridad a nuestra misión se hace más apremiante por la
cercanía del regreso de Jesús. La mejor manera de servir a nuestros
prójimos es compartiendo con ellos el precioso mensaje que la Providencia
nos ha confiado.
Un servicio desinteresado no suele proporcionar prestigio ni fama. De
hecho, a menudo provoca oposición y penurias. Aunque quienes sirven bajo
la dirección divina enfrenten numerosos desafíos y problemas, serán una
gran bendición y un testimonio para aquellos a los que sirvan y para todos
los que observen su fidelidad.
El servicio a Dios es algo sumamente importante. Siempre recuerdo lo
que dijo de un sermón el pastor J. R. Spangler, cuando era secretario de la
Asociación Ministerial de la Asociación General: «Los ministros necesitan
preocuparse más por el servicio que prestan que por su salario». W. A.
Spicer (1865-1952), que fue presidente de la Asociación General (1922-
1930), compartía la misma opinión: «No hay puestos de honor, sino
únicamente de servicio».
Desde mi niñez mi padre me enseñó que servir a Dios constituye un
extraordinario privilegio. Desde luego Dios desea que le sirvamos por
amor; no porque alguien nos haya dicho que debemos hacerlo. No obstante,
la preocupación de mi padre y de mi madre respecto a que yo sirviera a
Dios ha tenido una gran y positiva influencia en mi vida. He podido darme
cuenta de que si damos un primer paso por fe, Dios allanará el camino para
que trabajemos para él.

Cinco compromisos
Una vida de servicio posee tiene diversas facetas. Considero que una
vida de servicio exige al menos estos cinco compromisos:

1. Permitir que Cristo sea nuestro Señor. Eso significa que debemos
vivir en obediencia a sus requerimientos y dedicarnos a servirlo,
reconociendo que él es soberano y que ha confiado en nosotros para
que seamos buenos mayordomos de la vida que él nos ha concedido.
2. Estar dispuestos a ir al lugar que Dios nos indique, confiando que él
nos protegerá. Eso significa que debemos estar dispuestos a
preguntarle a Dios a diario: «Señor, ¿qué deseas que yo haga hoy?».
3. Conectarnos con el cielo al comienzo de cada nuevo día. Esto
implica manifestar una actitud humilde y la disposición a aprender;
teniendo una diaria comunión con Dios mediante oraciones surgidas de
lo más íntimo de nuestro corazón, así como mediante el estudio de la
Biblia y los escritos del Espíritu de Profecía.
4. Dar gracias a Dios. Significa que debemos poseer un profundo
sentido de gratitud respecto al Omnipotente por su cuidado y
protección, así como por permitirnos servirle en estos últimos días de
la historia del mundo.
5. Comprometernos con la misión y el mensaje del movimiento
adventista. Esto implica que debemos confiar plenamente en que la
Iglesia Adventista del Séptimo Día ha sido llamada a la peculiar tarea
de proclamar los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14 y a
predicar las buenas nuevas de una salvación que se obtiene únicamente
gracias a la justicia de Cristo.

La Biblia contiene numerosos relatos de personajes que sirvieron a Dios


desinteresadamente. Uno ellos ilustra de forma bella y a la vez poderosa los
cinco compromisos anteriores. Me refiero a la conmovedora historia de
amor encontrada en Génesis 24.
Por lo general cuando leemos dicho relato, nos enfocamos en su
desenlace, el romántico momento cuando Isaac se encuentra por primera
vez con Rebeca. Sin embargo, el personaje central de este episodio es un
sirviente que cumple brillantemente con un encargo, y que Dios utiliza para
lograr sus fines. Ese siervo fue el mayordomo de Abraham, Eliezer el
damasceno. Él es en realidad el protagonista. Son sorprendentes las
lecciones de entrega y de servicio desinteresado que encierra dicha
historia.
Era el deseo de Abraham que su hijo Isaac se casara con la persona
apropiada. Después de todo, la mujer con quien se uniera se convertiría en
la madre de Israel y del Mesías prometido. Así que Abraham encargó a
Eliezer la búsqueda de esposa para su heredero, y que la trajera a su casa
para que se uniera a Isaac, colocando de esa forma una seria
responsabilidad sobre su siervo.
Eliezer tuvo que comprometerse bajo juramento de que traería una
posible esposa para Isaac seleccionándola únicamente entre la parentela de
Abraham. El hecho de que Abraham juramentara a Eliezer pone de
manifiesto lo delicada que era aquella misión. Abraham, no obstante,
también le ofrece a su siervo una garantía. Le dice que el Todopoderoso
enviará a su ángel delante de él para encontrar la esposa de Isaac.
Podríamos pues, hablando en forma figurada, decir que Eliezer pasó por
debajo del arco del servicio al jurar que haría lo que Abraham le había
pedido.
Es evidente que Abraham confiaba en Eliezer, pues su mayordomo había
demostrado su completa entrega como servidor suyo. De igual forma, el
primero de los cinco compromisos que Dios nos pide que realicemos,
implica aceptar a Cristo como nuestro dueño y señor, que nos ha confiado
una delicada misión. ¿Estamos comprometidos a servir a nuestro divino
Maestro de la misma forma en que Eliezer sirvió a su amo?
A lo segundo que el Señor pide que nos comprometamos es a confiar en
que él nos guiará y nos protegerá. Abraham en aquel momento de su vida
abrigaba una inquebrantable fe en la providencia divina lo mismo que
Eliezer. También observamos que Abraham deposita toda su confianza en
Eliezer. ¿Podrá Dios en la actualidad confiar en nosotros de la misma
manera?
Este maravilloso relato de compromiso y servicio se materializa en lo
que Eliezer emprende. Toma diez camellos y con algunos sirvientes, se
dirige a la región de Mesopotamia donde residía Nacor.
Imaginémonos que hemos de partir hacia un lejano país, ¡con el encargo
de encontrar allí una esposa para el hijo de nuestro jefe! Seguro que
prepararíamos el viaje lo mejor posible.

Eliezer ora
Después de un largo y aventurado viaje, Eliezer finalmente llega a su
destino. ¿Qué hace entonces? ¿Indaga en qué lugar vive Nacor? ¿Intenta
arreglar por su cuenta el desenlace final de su misión? No. El versículo 12
nos dice que oró con fervor pidiendo la dirección divina al escoger una
esposa para Isaac.
El tercer compromiso nos estimula a orar a diario. Eliezer confió que su
oración lo conectaría con Dios.
«Acordándose de las palabras de Abraham referentes a que Dios enviaría su
ángel con él, rogó a Dios con fervor para pedirle que lo dirigiera en forma
positiva».2

Eliezer le ruega a Dios que lo guíe para encontrar a la joven que el Señor había
seleccionado para Isaac. Sugiere como señal que, al pedir un trago de agua a una
joven, ella le ofrezca también a sacar agua para sus camellos.

Génesis 24: 15 afirma que antes de que Eliezer terminara de orar, Rebeca
ya había salido de la aldea. Cuando Eliezer la ve, se dirige a su encuentro y
le pide agua. Ella no solo le obsequia un trago, sino que se ofrece para
sacar agua del pozo para los camellos.
Cuando servimos al Señor es muy probable que nos encontremos en
situaciones respecto de las cuales conocemos muy poco. ¿Estaremos
dispuestos a seguir adelante resolviendo los pormenores sobre la marcha
como lo hizo Eliezer, o acaso nos detendremos hasta que todo esté resuelto
antes de comprometernos de lleno en algún proyecto? ¿En qué medida
estamos dispuestos a confiar en la dirección divina?
Eliezer le entregó valiosos regalos a Rebeca como muestra de su aprecio,
y según la costumbre del Oriente para que sus buenas intenciones quedaran
patentes. Luego le preguntó quién era y si su familia tenía espacio para
acomodarlo a él y a sus acompañantes. Eliezer había confiado por entero en
Dios en aquella misión especial y Dios le había respondido, así que
finalmente hizo algunas preguntas cruciales.
Rebeca contestó que era hija de Betuel y nieta de Nacor. De ahí que
Abraham fuera su tío abuelo y ella venía a ser prima segunda de Isaac.3
Podemos imaginarnos lo entusiasmado que se debió sentir Eliezer al ver la
forma en que Dios había premiado su fe. Dios recompensará a aquellos que
en la actualidad le sirven, realizando asimismo increíbles milagros.
¡Eliezer se quedó estupefacto! En Génesis 24: 26 leemos que él responde
de la única forma posible en un caso así, «adorando a Dios».
El cuarto compromiso nos exige reconocer con gratitud lo que Dios obra
en nuestras vidas. Cristo nos ha concedido la salvación y una nueva vida:
¿por qué no habremos de sentirnos agradecidos?
Sorprendida por todo aquello, Rebeca corrió de vuelta a casa y le contó a
su familia lo sucedido. Luego Labán, su hermano, se dirigió al pozo para
invitar a Eliezer a que fuera su invitado. De inmediato prepararon una
comida para Eliezer y sus acompañantes. Sin embargo, Eliezer se sentía tan
comprometido con su misión que rehusó comer sin antes haber dado razón
de su presencia en aquel lugar.
Aquí observamos la seriedad del compromiso de Eliezer al llevar a cabo
la misión que Abraham le había encomendado. Eso representa para
nosotros el quinto principio: El de comprometernos con la misión y el
mensaje que Dios le ha encomendado a la Iglesia Adventista del Séptimo
Día. Por la gracia de Dios, debemos tener una fe implícita en la misión
peculiar de nuestra iglesia. Dios nos ha llamado a proclamar el mensaje de
los tres ángeles que señalan al mundo la justicia de Cristo e invita a todo el
mundo a rendir una verdadera adoración a Dios. Brindemos a nuestra
misión la misma prioridad que Eliezer le concedió a la suya.
La familia de Rebeca se sintió muy sorprendida al enterarse de a qué
había venido Eliezer y se dio cabal cuenta de que todo lo sucedido había
sido obra de Dios. El padre y el hermano de Rebeca le dijeron a Eliezer
que estaban de acuerdo respecto a que ella se convirtiera en la esposa de
Isaac. Eliezer adoró a Dios de nuevo ante aquella confirmación adicional
de la dirección divina y luego entregó otros regalos a Rebeca, así como al
hermano y a la madre de ella.
La familia, al reconocer que probablemente ya nunca más volverían a ver
a Rebeca, le solicitó a Eliezer un plazo de diez días antes de que él se la
llevara. Sin embargo, la misión de Eliezer no concluiría hasta que él
entregara a Rebeca a Abraham y a Isaac; por lo que estaba ansioso de
ponerse en camino de nuevo (Gén. 24: 56).
¿Cómo consideramos el tiempo que dedicamos a servir a Dios? ¿Estamos
deseosos de completar la misión que él nos ha encomendado, o acaso nos
demoramos en el camino?

El asentimiento de Rebeca
A continuación la familia hizo algo inusual en aquellos tiempos. Le
pidieron a Rebeca su opinión respecto a lo que ella deseaba hacer. Todo
indica que Rebeca se convenció de que Eliezer era la mano ejecutora de un
plan iniciado por Dios, por lo que contestó que no deseaba suscitar demora
alguna y estuvo dispuesta a partir de inmediato. «Ella creyó que Dios la
había elegido como la esposa de Isaac, y dijo: “Sí, iré”».4
La familia bendijo a Rebeca deseándole que fuera madre de multitudes y
la ayudó a empacar sus pertenencias. Luego la caravana, que había dejado
de ser una misión de búsqueda para convertirse en un cortejo nupcial, se
encaminó de vuelta a casa. El relato concluye con la romántica escena de
«amor a primera vista», en el momento en que Isaac se encuentra con
Rebeca.
La Biblia no menciona más a Eliezer. Sin embargo, estoy seguro que
durante el resto de su vida él mantuvo su fe en el Dios que había
recompensado su fiel servicio. Sin dudas aquella encomienda ayudó a
establecer de manera más firme a los hijos Israel como un pueblo adorador
de Dios. Creo que todo aquello ayudó a preparar el camino para el
cumplimiento de la misión de Cristo: su venida a esta tierra para vivir,
morir y resucitar para darnos la vida eterna, que a través de su gracia, y de
nuestra aceptación de la misma, podemos disfrutar.
¿Qué habría sucedido si Eliezer no hubiera estado dispuesto a llevar a
cabo la difícil misión que tanto su amo terrenal como su Señor celestial le
habían encomendado? ¿Qué habría acontecido si Eliezer no hubiera
confiado plenamente que Dios lo protegería y guiaría?
Pero lo hizo. Eliezer pudo dar un paso tras otro, todos los necesarios,
para cumplir su misión, gracias a que confió por completo en el Señor.
Asimismo nosotros debemos confiar en Dios sin reservas. En cada acto que
realicemos a su servicio hemos de confiar totalmente en él. Él no nos
fallará. Mediante el Espíritu Santo, él nos cuidará, nos guiará y nos
protegerá. Dios mantiene su mirada fija en quienes pasan por el pórtico que
conduce al servicio. El Señor ha prometido estar con nosotros hasta el fin
del tiempo.
Me gusta salir a caminar. Un día, al acercarme a casa luego de haber
realizado una caminata, observé a una pequeña ave posada en la orilla del
estrecho camino rural por el que transitaba. Era una hermosa avecilla de
color azul y de pecho color anaranjado.
Esperaba que aquel pájaro alzara el vuelo una vez que yo me aproximara;
pero para mi sorpresa permaneció en el mismo lugar, sin intención de
moverse. Luego vi a otra ave que yacía en tierra y que estaba muerta. Es
muy probable que los dos pajarillos hubieran estado volando juntos y que
uno de ellos había impactado contra un vehículo, lo cual le causó muerte.
Con la punta de mi zapato empujé al ave muerta fuera del pavimento con el
fin de que no fuera aplastada por otro vehículo. El pajarillo vivo
permaneció en su lugar, observándome.
Cuando llegué a casa le conté a mi esposa lo que había visto. Ella trabaja
como terapeuta y uno de sus pacientes es un experto ornitólogo. Cuando mi
esposa le contó a aquel caballero lo sucedido, él le dijo que ese tipo de
aves son monógamas y que si una de ellas muere o es lastimada la otra
permanecerá a su lado, sin comer ni beber hasta también morir.
Jesús les dijo a sus discípulos: « ¿No se venden dos pajarillos por un
cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de vuestro
Padre. Pues bien, aun vuestros cabellos están todos contados. Así que no
temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Mat. 10: 29-31).
«Si por fe deposita todas sus preocupaciones sobre Aquel que sabe cuándo cae un
gorrión, no habrá confiado en vano. Si confía en sus seguras promesas, y
conserva su integridad, los ángeles de Dios lo rodearán».5

De la misma forma que aquel pajarillo se mantuvo al lado de su


compañero, Dios estará a nuestro lado mientras estemos a su servicio. Pero
a diferencia de aquella ave, Dios jamás morirá. Él es el sempiterno
Creador: él nunca nos abandonará mientras estemos empeñados en misión
de servicio a favor de su causa. Él nos acompañará hasta el final como lo
hizo con Eliezer.
Nos hallamos a las mismas puertas del hogar. Dios nos llama a una vida
de servicio; una vida dedicada a ayudar a los demás para que también se
preparen con el fin de ir al hogar celestial. Podemos responder
comprometiéndonos a servirle como nuestro Maestro, confiar en su
dirección y protección. Hemos de conectarnos con el cielo a diario
mediante la oración y el estudio de la Biblia. Tenemos que expresar nuestra
gratitud a Dios. Al hacerlo cumpliremos con la misión encomendada al
movimiento adventista, llevando el mensaje de Cristo y de su justicia a un
mundo que necesita la salvación.
__________________

1. Palabras de vida del gran Maestro, p. 262.


2. Patriarcas y profetas, cap. 15, p. 151.
3. Aquí vemos una indicación del motivo que Abraham tenía al pedir que Eliezer encontrara una
esposa para Isaac entre sus parientes. Rebeca dijo que su padre era Betuel. La partícula «el»
en ese nombre es el término hebreo para Dios. Abraham deseaba que la esposa de Isaac fuera
una adoradora de Dios. Él estaba preocupado por la influencia que ella tendría en las
generaciones futuras.
4. Patriarcas y profetas, loc. cit.
5. Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 66.
CAPÍTULO 8

Salud para nosotros


y para el mundo
É xodo 15: 26 es una de las declaraciones más impactantes en relación
con la salud que podemos encontrar en toda la Biblia. Es una promesa
que el Señor hizo a su pueblo cuando salió de Egipto:
«Si escuchas atentamente la voz de Jehová, tu Dios, y haces lo recto delante de
sus ojos, das oído a sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, ninguna
enfermedad de las que envié sobre los egipcios traeré sobre ti, porque yo soy
Jehová, tu sanador».

¡Qué gran promesa! ¡Qué bendición! ¿No sería maravilloso tener esa
misma salud? ¿No les gustaría a todos tus familiares, a tus vecinos y a tus
compañeros de trabajo saber cómo has conseguido mantenerte tan saludable
y quizá oír acerca del Dios que se preocupa tanto por nosotros que hace esa
clase de promesas?
Los adventistas del séptimo día sabemos cómo evitar muchas de las
enfermedades que afectan e incluso incapacitan a la gente que nos rodea.
¿Qué responsabilidades impone eso sobre nosotros individualmente y como
iglesia? ¿Cómo estamos ayudando al resto del mundo?
Para obtener una perspectiva de las enseñanzas que el pasado puede
brindarnos, demos un vistazo a la experiencia de los israelitas. Al
reflexionar en cuanto a nuestro papel en este mundo, veamos lo que
podemos aprender del relato de aquel peregrinaje hacia la tierra prometida.
Los capítulos 14 y 15 del libro de Éxodo registran los portentosos
acontecimientos relacionados con la liberación de los israelitas del faraón
y del ejército egipcio. El pueblo estaba eufórico. También sabía a quién
darle el crédito.
«Al ver Israel aquel gran hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios, el pueblo
temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés, su siervo» (Éxo. 14: 31).

Analicemos este versículo. Israel pudo contemplar con sus propios ojos
toda la serie de prodigios que habían sido realizados en su favor. Eran
conscientes de que había sido Dios quien había realizado todo aquello. Los
israelitas respetaban a Dios; en realidad creían en él, algo absolutamente
fundamental y que nosotros los miembros de la actual iglesia de Dios
también debemos hacer. Los israelitas creían asimismo en Moisés el siervo
de Dios. Confiaban en el profeta de Dios, algo fundamental para nosotros,
la iglesia de Dios de la actualidad.
Las dos terceras partes del capítulo 15 de Éxodo están dedicadas a los
cantos triunfales que Moisés y los hijos de Israel entonaron para alabar a
Dios. Uno de ellos se refiere al poder de la mano de Dios proclamando:
«Tu diestra, Jehová, ha magnificado su poder. Tu diestra, Jehová, ha
aplastado al enemigo» (vers. 6).
Es interesante que Elena G. de White hablando de la misión de la iglesia
comparó la obra médica misionera con el brazo y la mano.
«La obra médica misionera es como la mano y el brazo derechos del mensaje del
tercer ángel, que se debe proclamar a un mundo caído; y los médicos,
administradores y obreros de cualquier rama, al efectuar su parte con fidelidad,
cumplen la obra del mensaje. Por su intermedio, el sonido de la verdad irá a toda
nación, tribu, lengua y pueblo. Los ángeles celestiales tienen una parte en esta
labor».1

Otras enseñanzas del libro de Éxodo


Volvamos a Éxodo 15. Los israelitas se sintieron eufóricos por unos
pocos días, hasta que se dieron cuenta que se les había presentado otro
grave problema: Se encontraban en un desierto y la única fuente que habían
podido encontrar era de aguas amargas.
Según el versículo 24 el pueblo comenzó a murmurar en contra de Moisés
diciendo: «¿Qué vamos a beber?».
Tres días antes, todos los israelitas se habían sentido inmensamente
felices por haber sido liberados de la esclavitud de Egipto; y esa actitud
prevaleció hasta que no encontraron agua para saciar su sed. El increíble
poder de Dios se había manifestado con la apertura de una senda a través
del Mar Rojo. En aquel momento creyeron en Dios y en su profeta y
entonaron cánticos de alabanza al Dios que los había liberado. Pero en tan
solo tres días pasaron del triunfo a la desesperación. Alguien podría pensar
que, puesto que el impresionante milagro del Mar Rojo estaba aún tan
fresco en la mentes de todos, podrían haber dicho: «Vamos a ver qué es lo
que hará Dios». Pero no fue así, comenzaron a murmurar y dejaron de creer
en Dios y en su profeta.
El versículo 25 dice: «Entonces Moisés clamó a Jehová, y Jehová le
mostró un árbol; lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron» (Éxo. 15:
25).
No se nos dice qué tipo de árbol era aquel, tampoco sabemos si tenía
propiedades químicas que podían hacer potable el agua; o si fue que el
Señor mismo transformó el agua. No importa lo que fuese, lo relevante para
nosotros los adventistas del séptimo día del siglo XXI, es saber que si
enfrentamos problemas mientras llevamos a cabo la misión que Dios nos ha
asignado, al clamar al Señor «él nos mostrará un árbol» poniendo de
manifiesto su poder.
Algunas veces nosotros, los adventistas del séptimo día, parece que
imitamos a aquel pueblo quejicoso. Israel tuvo repetidamente altos y bajos:
altos, en los momentos triunfales, y bajos, con quejas y murmuración.
¿Acaso no estamos tentados a caer en ese mismo ciclo?
El capítulo 16 de Éxodo es una crónica del siguiente fracaso de Israel: Su
murmuración debido a la falta de la comida a la que estaban
acostumbrados. No nos ocuparemos de esto, excepto para observar que
primero se habían quejado respecto a la falta de agua y luego por la falta de
comida. Éxodo 15: 25 afirma que cuando lo hicieron: «Moisés clamó al
Señor». Moisés hizo lo correcto, y es lo que hemos de hacer nosotros hoy.
Únicamente a través de Dios podemos recibir poder y auténtica sanidad.
Y esto es lo que quiere destacar el versículo que cité al principio, Éxodo
15: 26. Y lo voy a repetir:
«Si escuchas atentamente la voz de Jehová, tu Dios, y haces lo recto delante de
sus ojos, das oído a sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, ninguna
enfermedad de las que envié sobre los egipcios traeré sobre ti, porque yo soy
Jehová, tu sanador».

En la actualidad el mundo se encuentra en una situación parecida.


Alrededor de nosotros todo parece derrumbarse. Enfrentamos dificultades
económicas nunca vistas desde la Gran Depresión. Hay inestabilidad
política por doquier. De continuo surgen extrañas enfermedades, como el
virus de la gripe porcina que tanto pánico provocó en muchos países.
Además de la decadencia social y moral que se observa en todas partes, se
están dando pasos tendente a la creación de un sistema religioso unificado
que no permitirá el libre ejercicio de la libertad para adorar a Dios el
séptimo día de la semana, el sábado.
Todo eso provoca gran incertidumbre, y en vista de ello la gente necesita
una esperanza.
Dios ha llamado a su iglesia remanente a que proclame el último mensaje
de advertencia al mundo. El Espíritu Santo obrará a través de la iglesia
para presentar el gran plan de salvación divino a un mundo que se halla en
situación desesperada; que necesita esperanza en el sentido más amplio y
profundo de la palabra; esperanza para disfrutar de paz personal… ¡la
esperanza de que Cristo vuelve pronto!
La gente también necesita aclarar sus ideas. Nos necesita a nosotros. Por
eso es imprescindible que tengamos las ideas claras mientras trabajamos
para ayudar a la sociedad mediante nuestro peculiar enfoque de combinar el
cuidado de la salud con la presentación de un estilo de vida saludable.
Elena G. de White nos ha dejado algunos consejos poderosos:
«Necesitáis mentes claras y enérgicas para apreciar el carácter excelso de la
verdad, para valorar la expiación y estimar debidamente las cosas eternas. Si
seguís una conducta equivocada y erróneos hábitos de comer, y por ello debilitáis
las facultades intelectuales, no estimáis la salvación y la vida eterna como para
que os inspiren a conformar vuestras vidas con la de Cristo; ni haréis los
esfuerzos fervorosos y abnegados para conformaros con la voluntad de Dios que
su Palabra requiere, y que necesitáis para que os den la idoneidad moral que
merecerá el toque final de la inmortalidad».2

En busca de orientación
En la actualidad la gente pregunta qué puede comer y qué debería beber y
cómo debe vivir. En estos cruciales momentos de la historia de la
humanidad, mientras el mundo sale de una crisis para caer en otra, podemos
dar un paso al frente y decir con el apóstol Pablo:
«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en
vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros?, pues habéis sido
comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro
espíritu, los cuales son de Dios» (1 Cor. 6: 19, 20). «Si, pues, coméis o bebéis o
hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor. 10: 31).

Si juntamente con esos versículos recordamos el deseo del apóstol Juan


para sus hijos espirituales: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en
todas las cosas y que tengas salud, así como prospera tu alma» (3 Juan 1:
2), tendremos la receta para el inicio de un poderoso reavivamiento y una
reforma. Será un movimiento que ayudará de forma nunca vista a encontrar
la salud física, mental, social y espiritual. Elena G. de White recomendó
ese método para hacer evangelismo:
«Es el plan divino que trabajemos como trabajaron los discípulos. La curación
física va enlazada con la misión de predicar el evangelio. En la obra del evangelio,
jamás deben ir separadas la enseñanza y la curación».3
Tú y yo podemos proclamar los mensajes de los tres ángeles de
Apocalipsis 14: 6-12 gracias al poder del Espíritu Santo. Ese mensaje del
primer ángel de Apocalipsis 14 afirma que el Dios que convirtió el agua
amarga en dulce, y que proveyó el maná a los hambrientos, le dice hoy al
mundo que un componente del evangelio eterno es el mensaje en favor de la
salud y que él nos insta a los adventistas del séptimo día a que lo
compartamos con el mundo. El mensaje de salud y la obra de salud de los
adventistas del séptimo día constituyen una parte integral de los mensajes
de los tres ángeles.
Mediante el poder del Espíritu Santo llevemos nuestro testimonio a un
próximo nivel. Clamemos al Señor, pidiéndole que nos utilice en estos
últimos días de la historia del planeta. Seamos parte de un nuevo
reavivamiento y reforma que proyecta un estilo de vida saludable a través
de la reforma prosalud y de la obra médica misionera.
Meditemos en el consejo ofrecido por Elena G. de White:
«A medida que nos aproximemos al final del tiempo debemos mejorar cada vez
más nuestro concepto acerca de las reformas en la salud y la temperancia
cristiana, y presentarlas en forma más positiva y con mayor decisión. Tenemos
que procurar continuamente educar a la gente, no solo mediante nuestras palabras
sino también por medio de nuestras prácticas. Las normas y la práctica
combinadas producen una influencia eficaz».4

Así que, vivamos de acuerdo a lo que creemos. Pongamos en práctica las


normas que se basan en la Biblia y en el Espíritu de Profecía, respecto a la
alimentación, el ejercicio físico y el estilo de vida.
No deseo incomodar a nadie, pero en un sentido práctico eso significa
que «vamos a proclamar y a observar un estilo de vida basado en el
vegetarianismo».
No podemos detenernos en estériles especulaciones en cuanto a si los
adventistas o los no adventistas deberían beber vino tinto. El alcohol es
nocivo para los seres humanos, y lo mismo podemos decir de la cafeína.
Pongamos en práctica y promovamos un servicio comunitario para
jóvenes en situaciones de riesgo y otras más. Dios desea que compartamos
con el mundo un elevado estilo de vida, saludable y libre de adicciones.
Mediante el poder del Espíritu Santo, prediquémoslo, enseñémoslo y
vivámoslo.
El movimiento adventista, que surgió tras el chasco que provocó la
incorrecta interpretación de Daniel 8: 14, y luego en su reinterpretación,
tiene hoy más de siglo y medio. ¿Cuánto más tendrá que esperar el mundo
hasta que Dios complete su obra a favor de sus habitantes, realizada
mediante su pueblo? ¿Está destinado este movimiento a convertirse en una
denominación religiosa más? La respuesta es un rotundo ¡no!
Esta labor a favor de nuestros prójimos puede que tenga que incluir el
delicado toque de un optometrista, la oración de un cirujano antes de una
operación, el consejo de un terapeuta físico, el amoroso cuidado de una
enfermera, la labor de un empleado de salud pública durante una epidemia
o el apoyo de un especialista en técnicas de respiración. O quizás tengan
que contar con el apoyo de la labor que lleva a cabo un promotor de salud
comunitaria, y con las explicaciones de un pastor respecto a la relación
entre la salud física y espiritual, o bien con las animadoras palabras de un
dentista previas a una intervención delicada. Y por supuesto es fundamental
la labor de los colportores que distribuyen libros y revistas de salud. Qué
bueno es el apoyo de dietistas consagrados a mejorar la salud de la
población. Puede que resulte imprescindible la colaboración de un
cardiólogo para hablar en una feria de salud, o la ayuda de un psicólogo
brindada a un joven para que abandone sus adicciones. El testimonio de
alguien que ha sido rejuvenecido, contándoles a un familiar acerca de los
beneficios de los ocho remedios naturales y de una vida sencilla, es de
valor incalculable; o simplemente el obsequio de un pan integral a un
vecino por parte de un miembro de iglesia, o el acto de brindarle un vaso
de agua a un sediento.
La obra médica misionera consiste en suplir las necesidades de la gente
de forma práctica, que les muestre el amor de Jesús.

La obra médica misionera


Hace ya bastantes años Elena G. de White escribió que «la reforma
prosalud, manejada sabiamente, resultará una cuña de entrada tras la cual
puede penetrar la verdad con señalado éxito».5 «La obra médica misionera
trae a la humanidad el evangelio de la liberación del sufrimiento. Es la
obra pionera del evangelio».6
Los miembros de iglesia activos, que son a su vez profesionales en el
campo de la salud y que revelan a Cristo en su trabajo, pueden convertir sus
congregaciones en centros de vida y salud. Uno de los menos costosos y
más efectivos métodos preventivos consiste en hacer de cada iglesia un
centro de salud comunitario. El Señor espera de nosotros que ayudemos a la
gente a hacer cambios que apunten a un estilo de vida saludable.
Dios desea restaurar por completo a la gente en todos los aspecto: en el
físico, en el mental, en el social y en el espiritual. Como iglesia trabajamos
para desarrollar la dimensión espiritual de la vida, pero quizá dudemos
respecto a proclamar el claro vínculo entre la verdad bíblica y nuestro
bienestar físico.
¿Creemos realmente que Dios nos ha concedido una luz especial a los
adventistas del séptimo día relacionada con la vida saludable, y que
asimismo ha encargado a la iglesia para que utilice dicha luz para ayudar al
mundo? Elena G. de White nos aconseja:
«La obra de la reforma prosalud es el medio que Dios tiene para disminuir el
sufrimiento que existe en nuestro mundo y purificar su iglesia. Hemos de
enseñarles a todos que pueden ser obreros de Dios al colaborar con el obrero
Maestro en la restauración de la salud física y espiritual. Esta obra lleva la firma
del Cielo y abrirá las puertas de entrada a otras importantes verdades. Hay lugar
para que trabajen todos los que se dediquen a realizar esta obra con inteligencia».7

Con el propósito de abrir puertas que permitan proclamar el evangelio en


las grandes ciudades del mundo necesitamos utilizar la obra médica
misionera. Llevar a cabo esta obra especial en forma exitosa implica tanto
equilibrio como tacto.
«La reforma prosalud, tratada con sabiduría, resultará ser una cuña de entrada
para que la verdad pueda seguir con notable éxito. Pero la presentación de la
reforma prosalud en forma no sabia, haciendo de ese tema la carga gravosa del
mensaje, ha servido para crear prejuicios en los no creyentes y para cerrar el
camino de la verdad, dejando la impresión de que somos extremistas. El Señor
quiere ahora que seamos sabios y comprensivos con respecto a su voluntad. No
debemos dar ocasión para que seamos considerados fanáticos».8

¿Por qué debemos ampliar los esfuerzos de esta poderosa unión entre los
ministerios que atienden a las necesidades físicas con los que atienden las
necesidades espirituales, mientras que el mundo se convulsiona cada vez
más en medio del caos y nos acercamos al pronto regreso de Jesús? «Deseo
deciros que pronto no habrá obra en la línea ministerial sino obra médico-
misionera».9
La obra médica misionera es el antídoto para el movimiento de la Nueva
Era, para el misticismo y para las filosofías paganas que son parte de los
engaños de los últimos días empleados por el diablo. Estamos en un terreno
donde Cristo y Satanás libran la batalla final de la gran controversia entre
el bien y el mal.

¿Qué haremos?
¿Qué vas a hacer tú, mi hermano, en favor de la obra médica misionera?
¿Le pedirás al Espíritu Santo que haga llegar un reavivamiento y una
reforma a tu vida, a tu trabajo, a tu hogar y a tu iglesia? ¿Le permitirás al
Espíritu Santo que obre a través de ti para comenzar un reavivamiento y una
reforma? No esperes por otros miembros de iglesia, empleados de la
misma, o por los dirigentes de ella. Dios y el mundo desean que tú tomes la
iniciativa y que des un paso al frente, aplicando el plan de Dios para los
últimos días.
Los profesionales de la salud pueden trabajar unidos con los pastores
para presentar charlas de salud para beneficio del público, auspiciadas por
la congregación local. Pueden asimismo colaborar en reuniones de
evangelización pública a las que se pueden incorporar temas de salud. Los
pastores y otros dirigentes de la iglesia pueden reconocer y promover el
concepto de un ministerio integrado, colaborando bajo la dirección del
Espíritu Santo con el fin de alimentar un reavivamiento y una reforma y para
hacer de cada templo un centro comunitario de salud.
Creo que Dios llamándonos una vez más a los adventistas del séptimo día
y a sus amigos y colaboradores para que estimulen un nuevo reavivamiento
y una reforma que afecte tanto los aspectos físicos como los espirituales de
nuestra naturaleza. No solamente debemos vivir de acuerdo con nuestra rica
herencia de un ministerio adventista dirigido a la salud, sino que también
debemos renovar nuestro compromiso en la aplicación de los nuevos
conocimientos relacionados con la reforma prosalud, al mejoramiento de la
salud, a los modelos de atención primaria de salud, a la obra médica
misionera que será absolutamente necesaria en la última proclamación de
este movimiento adventista. Según nos dice Elena G. de White:
«El mundo necesita hoy lo que necesitaba mil novecientos años atrás, esto es, una
revelación de Cristo. Se requiere una gran obra de reforma y solo mediante la
gracia de Cristo podrá realizarse esa obra de restauración física, mental y
espiritual».10
Cristo regresa muy pronto. Se nos insta a un reavivamiento y una reforma
de índole espiritual. Hemos sido llamados a humillarnos ante Dios mientras
aceptamos el mensaje de juicio y esperanza que se encuentra en el libro de
Apocalipsis. Se nos exhorta a exaltar ante el mundo entero los mensajes
especiales que Dios nos ha confiado relacionados con la reforma prosalud
y con un cambio en el estilo de vida. Se nos llama asimismo a que
respondamos a las elevadas normas de las ciencias médicas de la
actualidad. Y así es como debemos señalar para beneficio de todo el mundo
al gran Médico, que nos dice: «Ninguna enfermedad de las que envié sobre
los egipcios traeré sobre ti, porque yo soy Jehová, tu sanador».
Y finalmente, él promete una total restauración.
Se nos estimula a propiciar un reavivamiento y una reforma de manera
que podamos realizar la obra médica misionera de modo práctico, y en el
verdadero sentido de la expresión. Se nos llama a señalar al verdadero
Médico misionero: a Jesucristo, el gran Sanador, el Salvador, a nuestro Rey
y Señor que pronto regresa, a Aquel que nos dice: «Yo he venido para que
tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10: 10).
¿Qué piensas tú? ¿Estás comprometido, estás comprometida, con un
reavivamiento, una reforma y una renovación institucional? ¿ Estás
comprometido, estás comprometida, con la obra médica misionera; con el
desarrollo y con el mantenimiento de ministerios de salud que intentan
ayudar a la gente física, mental, social y espiritualmente? ¿Estás
comprometido o comprometida con señalar a la gente al gran Médico que
nos ofrece una vida completa y abundante?
__________________

1. El ministerio médico, p. 247.


2. Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 61.
3. El ministerio de curación, cap. 9, p. 84.
4. Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 117.
5. Reflejemos a Jesús, p. 146.
6. El ministerio médico, p. 316.
7. Consejos sobre la salud, cap. 9, p. 335.
8. Mensajes selectos, t. 3, p. 326.
9. Eventos de los últimos días, cap. 6, p. 71.
10. El ministerio de curación, cap. 9, p. 86.
CAPÍTULO 9

La obra
en las ciudades
J esús estaba por hacer su entrada triunfal en la que había sido la capital de
Israel. Él y una multitud que lo seguía se encontraban en las afueras de la
ciudad. Al llegar a lo alto de una colina desde donde se veía la ciudad,
Jesús se detuvo. Desde allí aparecía Jerusalén en todo su esplendor
reflejando la luz del sol poniente. El níveo mármol de los muros del templo
con sus columnas doradas ofrecían una imagen realmente impresionante.
Lucas 19: 41, 42 registra la forma en que Jesús reaccionó al contemplar la
ciudad:
«Cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró por ella, diciendo: “¡Si también tú
conocieras, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Pero ahora está
encubierto a tus ojos”».

Jesús lloró por la ciudad y por sus habitantes. Él sabía que la inmensa
mayoría de ellos iba a rechazar su misión y que incluso pediría que lo
crucificaran. A pesar de ello no sintió enojo ni resentimiento. Lo que hizo
fue llorar. Lloró por la gente de la ciudad. Lloró en medio de una tristeza
indescriptible porque estaban rechazando su inmenso amor. Lloró por lo
que les iba a suceder, porque lo iban a repudiar como Mesías y se
apartarían de la verdad de su Palabra.
¿Cuántos de nosotros estamos llorando con Jesús por las ciudades de este
mundo? ¿Cuántos de nosotros estamos, al igual que Jesús, contemplando
compasivamente y con profundo amor a sus habitantes?
Si hubo algún momento en que debíamos llorar con Jesús por las
ciudades de este mundo, ¡es ahora!
Hasta hace bien poco la población mundial era mayoritariamente rural y
obtenía su sustento de la agricultura y la ganadería. Todo eso ha cambiado.
En la actualidad la mayoría de la población vive en ciudades. Se calcula
que para el año 2050 el 70% de los 10,000 millones de habitantes, que se
estima que habrá en el mundo, vivirá en centros urbanos.
¿No has comenzado aún a llorar por las ciudades? ¿Qué estás dispuesto,
o dispuesta tú, a hacer por la salvación de los habitantes de las ciudades?
Cristo se preocupó en gran manera por el bienestar espiritual de los
habitantes de las ciudades. Y esa debería ser asimismo nuestra
preocupación.
Mateo 9: 35-38 nos habla del ministerio de Cristo a favor de los centros
urbanos:
«Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos,
predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en
el pueblo. Al ver las multitudes tuvo compasión de ellas, porque estaban
desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus
discípulos: «A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al
Señor de la mies, que envíe obreros a su mies».

Dios nos llama a que vayamos a las ciudades del mundo donde la mies es
abundante y hay escasez de cosechadores. Dios nos llama para que sintamos
genuina compasión por las multitudes, por las cuales él lloró, por la gente
por la que él murió, y por la cual está ahora intercediendo en el Lugar
Santísimo del Santuario celestial. Es la gente por la que él volverá en un
futuro próximo.
Dios nos llama a predicar los mensajes de los tres ángeles de
Apocalipsis 14. Él nos llama a proclamar su amor, su justicia, y su mensaje
de advertencia a un mundo que perece, anunciando su pronto regreso.
¿Te preocupas por la gente de las grandes ciudades? ¿Estás dispuesto, o
dispuesta, tú, a trabajar a favor de su redención?
Dios espera que nosotros cumplamos con la misión que se nos ha
encomendado: Proclamar al mundo las características espirituales
resaltadas en Apocalipsis 12: 17, que implican guardar los mandamientos
de Dios y tener el testimonio de Jesucristo.
Durante más de cien años Dios ha estado instando a su pueblo a que
trabaje en las ciudades utilizando los métodos que nos ha revelado. Los
escritos del Espíritu de Profecía abundan en instrucciones respecto a la
forma en que debe realizarse la obra a favor de las ciudades. Evangelizar
las ciudades se ha de hacer de forma amplia, de modo bien pensado, usando
todos los recursos ministeriales disponibles en un esfuerzo por alcanzar las
multitudes que viven en los centros urbanos. Aquellos que con corazones
humildes obedezcan la voluntad divina al realizar dicha tarea, recibirán la
bendición de Dios siempre que hayan hecho todo lo que esté a su alcance.
Una necesaria revitalización
Con el fin de impulsar los esfuerzos de la iglesia a favor de quienes
viven en las grandes metrópolis, Elena G. de White escribió lo siguiente:
«No hay cambio en los mensajes que Dios ha enviado en el pasado. La obra en
las ciudades es la obra esencial para este tiempo. Cuando se trabajen las ciudades
como Dios desea, el resultado será la puesta en operación de un poderoso
movimiento cual nunca se ha visto. Dios llama a hombres abnegados y
convertidos a la verdad para que dejen brillar su verdad en rayos claros y
definidos. Como pueblo, no estamos siquiera medio despiertos al sentido de
nuestras necesidades y a los tiempos en los cuales vivimos. Despertad a los
atalayas. Nuestra primera obra debiera ser escudriñar nuestro corazón y
convertirnos de nuevo. No tenemos tiempo que perder en asuntos sin
importancia».1

Ese es el mensaje de Dios para nosotros en la actualidad. Nos dice cómo


deberíamos responder a los llamados para un reavivamiento y una reforma.
Necesitamos experimentar una nueva conversión y enfocarnos en los
asuntos de vital importancia que Dios desea que su iglesia enfrente.
Debemos estar cabalmente comprometidos en nuestra misión de presentarle
al mundo las buenas nuevas de salvación, entregándonos por completo al
Espíritu Santo con humildad y devoción mientras nos sometemos a la
voluntad de Dios. De esa forma el Señor podrá prepararnos personal y
corporativamente para hacer lo que él nos ha encomendado.
Nuestro mundo se está desintegrando tanto en lo político, como en lo
económico, lo social y lo físico. Creo que el Señor va a regresar muy
pronto. No caigamos, sin embargo, en la diabólica trampa de querer
determinar cuándo sucederá eso. Ahora bien, bajo ningún concepto hemos
de unirnos en absoluto con aquellos a quienes Pedro tenía en mente cuando
escribió:
«Sabed ante todo que en los últimos días vendrán burladores, andando según sus
propias pasiones y diciendo: ​¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque
desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como
desde el principio de la creación​. Estos ignoran voluntariamente que en el tiempo
antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos y también la tierra, que
proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció
anegado en agua. Pero los cielos y la tierra que existen ahora están reservados
por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición
de los hombres impíos. Pero, amados, no ignoréis que, para el Señor, un día es
como mil años y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según
algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no
queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2
Pedro 3: 3-9).

¡Lo cierto es que Jesús vuelve pronto! Él mismo se lo aseguró


repetidamente al apóstol Juan (Apoc. 22: 7, 12, 20). Estamos viviendo en el
tiempo del fin. Las señales a nuestro alrededor son impresionantes.
Por tanto, Dios nos llama a que nos revitalicemos y reformemos mediante
su Espíritu; nos llama a que vivamos en completa sumisión a la Palabra de
Dios y al Espíritu de Profecía. Dios desea que oremos con fervor y de
manera continua por el derramamiento del Espíritu Santo para que
intensifiquemos nuestra obra en las ciudades.
Recordemos que Dios ha prometido que cuando hagamos eso
experimentaremos «un poderoso movimiento como nunca se ha visto».
Vamos decididamente adelante en nuestra obra utilizando el método de
Cristo, que según indicó Elena G. de White es el único que «dará éxito para
llegar a la gente»,2 y que ella lo describió afirmando que el Salvador:
1º «Trataba con los hombres,
2º como quien deseaba hacerles bien.
3º Les mostraba simpatía,
4º atendía a sus necesidades,
5º y se ganaba su confianza.
6º Entonces les decía, “Seguidme”».3

Sigamos el ejemplo de Jesús con el fin de llevar a otros a él.

El Señor vuelve
El reavivamiento y la reforma son tan necesarios que todo lo que
hagamos hasta que el Señor regrese debe ser edificado sobre lo que
implican esas dos exigencias. Necesitamos el poder divino, no el nuestro.
Según dice Zacarías 4: 6: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi
espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos». El poder del Espíritu Santo es
fundamental para alcanzar a las ciudades, que constituyen desafiantes
bastiones del poder del enemigo. Quienes hayan experimentado un
reavivamiento y una reforma de carácter personal e institucional, mediante
el poder del Espíritu Santo, serán atraídos a la testificación y al
evangelismo.
Hace poco leí el borrador de un artículo escrito por alguien que se sentía
agradecido por el llamado que hacemos a la reforma y al reavivamiento,
pero que aún abrigaba dudas acerca de la testificación. El deseo de
reavivamiento y reforma está influyendo en todo lo que la Iglesia está
realizando, incluyendo nuestro énfasis en el evangelismo. No deberían
existir dudas respecto a que como resultado de un reavivamiento y una
reforma estamos convocando el mayor esfuerzo evangelizador dirigido a
los centros metropolitanos que jamás se haya visto en nuestro tiempo.
Gran parte de esa obra ya ha sido realizada por las iglesias y las
Asociaciones mediante esfuerzos para alcanzar a las ciudades que se
encuentran en sus territorios con el mensaje de los tres ángeles; algo que
Dios ha bendecido.
Las instituciones adventistas del séptimo día en todo el mundo han
prestado atención al desafío que representan los grandes centros urbanos.
Sin embargo, la obra en las ciudades no es tarea fácil. Por eso, a menudo le
hemos prestado una atención esporádica y carente de planificación a la
enorme tarea que se le ha confiado a nuestra iglesia de trabajar en las
ciudades tal como el Señor nos ha indicado.
Por eso, según se acerca el tiempo del regreso de Cristo, es preciso que
sigamos la dirección divina al implementar una campaña de evangelización
enfocada en todas las metrópolis. Con ese fin debemos hacer todos los
esfuerzos posibles, según se nos indica en la Biblia y en el Espíritu de
Profecía.
Dios nos ha llamado para que testifiquemos en las ciudades. El Espíritu
de Profecía —los consejos divinos prácticos para el pueblo remanente—
nos indica que, bajo la dirección del Espíritu Santo, tenemos todos los
medios a nuestro alcance. La evangelización de los grandes centros urbanos
incluirá centros de influencia, congregaciones locales, miembros de iglesia,
grupos de jóvenes; todos comprometidos en diversas iniciativas. Asimismo
usará el colportaje; el testimonio de los grupos pequeños; la obra médica
misionera y las charlas sobre salud; la testificación de puerta en puerta; los
servicios a la comunidad y las obras sociales que imitan los métodos de
Cristo, como las Sociedades de Dorcas. Por supuesto que hemos de
aprovechar todos los medios publicitarios y de comunicación social a
nuestro alcance. Además, para evangelizar las ciudades, conviene hacerlo
también por medio de centros de consejería. Las agencias de publicaciones
y librerías son fundamentales. Y por supuesto hemos de dar estudios
bíblicos, tanto los laicos como los pastores y todos los obreros. Nos
serviremos del evangelismo infantil, del testimonio personal y la
testificación individual, tanto como del evangelismo público. Y el Espíritu
Santo incluso nos podrá indicar otros métodos nuevos o antiguos.
Es imprescindible que los pastores y los laicos trabajemos unidos. Según
lo indica el Espíritu de Profecía, los evangelsitas y los profesionales de la
salud deben unir sus ministerios para la ganancia de almas; al igual que
todas las demás instituciones y los ministerios de apoyo. Todos hemos de
distribuir literatura cristiana como El conflicto de los siglos. De esa forma
se llamará la atención a millones de personas respecto a los tiempos en que
vivimos. Precisamente El conflicto de los siglos es el libro, que de entre
todos los suyos la propia Elena G. de White dijo que anhelaba que tuviera
la más amplia distribución.
Es preciso que todos nos comprometamos en una labor evangelizadora
permanente, semejante a la que se llevó a cabo en la ciudad de San
Francisco en la última parte del siglo XIX y en la primera del siglo XX. En
la Review and Herald del 5 de julio del 1906, Elena G. de White escribió:
«Durante los últimos pocos años, la “colmena” de San Francisco ciertamente ha
sido muy activa. Muchas diferentes clases de actividad misionera han sido
realizadas por nuestros hermanos y hermanas allí. Entre ellas se incluye las visitas
a los enfermos y desvalidos, ofrecer hogares para los huérfanos y trabajo para los
desocupados, prestar atención médica a los enfermos y enseñar la verdad de casa
en casa, distribuyendo publicaciones y dando clases sobre la correcta manera de
vivir y el cuidado de los enfermos. Ha funcionado una escuela para niños en el
subsuelo del local de la calle Laguna. Durante un tiempo funcionó un hogar para
obreros y un dispensario. En la calle Market, cerca de la municipalidad, había
salas de tratamientos, que funcionaban como una sucursal del sanatorio de Santa
Helena. Había un almacén de alimentos saludables en la misma localización.
Yendo más al centro de la ciudad, no lejos del edificio Call, funcionaba un
restaurante vegetariano, que estaba abierto seis días a la semana y cerraba el
sábado. A lo largo de la ribera, se hacía obra misionera para la gente de mar. En
diferentes oportunidades, nuestros ministros realizaron reuniones en grandes
locales de la ciudad. De esa manera, el mensaje de amonestación fue proclamado
por muchos».

Necesitamos realizar una planificación estratégica bajo la dirección del


Espíritu Santo con el fin de evangelizar a todas las ciudades de cada país y
de cada División; haciendo planes para que se produzca un «enjambre» de
actividades.
Por la gracia de Dios, debemos revivir lo que ha sido denominado «una
cultura participativa». Dediquemos nuestras vidas, energías, talentos,
recursos y tiempo a terminar la obra de Dios de forma que ¡podamos llegar
ya al hogar! Elena G. de White dice:
«Vi que los hijos de Dios aguardaban a que sucediese algún cambio, y se
apoderase de ellos algún poder compelente. Pero sufrirán una desilusión, porque
están equivocados. Deben actuar; deben echar mano del trabajo y clamar
fervorosamente a Dios para obtener un conocimiento verdadero de sí mismos».4

Oremos para que haya «un verdadero conocimiento de la obra y de


nosotros mismos» y que seamos guiados para dar inicio al mayor esfuerzo
destinado a alcanzar a todas las ciudades del mundo con el mensaje de los
tres ángeles de Apocalipsis 14.
La misión de evangelizar las ciudades se ha de basar en los principios
bíblicos, y en los consejos del Espíritu de Profecía, que nos presentan un
amplio e inspirado plan esbozado por Elena G. de White, que incluye un
enfoque denominado «adentro y afuera» para alcanzar los centros urbanos.

Dentro de las ciudades debemos contar con «centros de influencia».


Los mismos pueden ser iglesias, clínicas y centros médicos, salas de
lectura, restaurantes vegetarianos, centros comunitarios y otros.
En las cercanías de las ciudades debemos tener «puestos de
avanzada», que pueden ser centros para el adiestramiento de obreros
evangelizadores, centros de vida saludable y lugares donde los
obreros que trabajan en las urbes puedan vivir o alojarse
temporalmente para recuperar energías en un medio campestre, en
contacto con el segundo libro de Dios: la naturaleza.

¿Estamos dispuestos a dar los pasos necesarios para aplicar los planes de
Dios para los centros urbanos del mundo de modo que surja un «poderoso
movimiento»? ¿O le daremos la espalda y saldremos huyendo como Jonás?
¿Te sientes en algunas ocasiones como aquel profeta mientras estaba en el
vientre del pez, después de haber rechazado la divina comisión de
amonestar a una gran ciudad?

Un relato verídico
El libro de Jonás nos presenta un relato real acerca de un personaje real,
de un pez real, y de una misión real, la de ir a Nínive a anunciar su
destrucción.
No podemos eludir este relato y otros de la Biblia, suponiendo que son
simbólicos o alegóricos. Los relatos bíblicos de milagros son verdaderos y
demuestran la autoridad divina. No podemos dudar de la autenticidad de la
Santa Palabra de Dios y del Espíritu de Profecía.
La Biblia nos enseña que Dios lo controla todo en última instancia, y por
eso nos pide que sigamos sus instrucciones. La señora White aconsejó:
«Dediquemos más tiempo al estudio de la Biblia. No entendemos la Palabra como
deberíamos. […] Cuando como pueblo comprendamos lo que significa este libro
para nosotros, se verá entre nosotros un gran reavivamiento».5

La Palabra de Dios es el fundamento de todo lo que creemos, aceptamos


o consideramos verdadero. Es absolutamente indispensable para un
auténtico reavivamiento y una verdadera reforma.
Lamentablemente, Jonás no aceptó por completo la orden divina ya que
sintió temor de condenar el pecado en la capital de un imperio enemigo.
Tuvo, si embargo, que aprender rápidamente a clamar al Señor desde el
vientre del pez; donde, según leemos en Jonás 2: 2, Dios escuchó la voz del
profeta:
«En mi angustia clamé a ti, Señor, y tú me respondiste. Desde las profundidades
de la muerte clamé a ti, y tú me oíste» (DHH).

Dios también nos escuchará cuando clamemos a él pidiendo ayuda para


nuestra misión de predicar a las nínives de nuestra época. Al hacerlo,
podremos testificar como Jonás.
«Tú sacaste mi vida de la sepultura, Jehová, Dios mío. Cuando mi alma desfallecía
en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo»
(Jonás 2: 6, 7).

Las Escrituras nos dicen que Dios escuchó la oración de Jonás:


«Entonces Jehová dio orden al pez, el cual vomitó a Jonás en tierra» (Jonás
2: 10). Luego el Señor reiteró la misión que le había encomendado a Jonás:
«“Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que
yo te diré”. Jonás se levantó y fue a Nínive, conforme a la palabra de Jehová.
Nínive era una ciudad tan grande, tanto que eran necesarios tres días para
recorrerla» (Jonás 3: 2, 3).

Cuando nos sentimos al igual que Jonás, temerosos y prestos a salir


huyendo de nuestra tarea, necesitamos acudir al Señor y hablar con él en
oración para que nos abra las puertas que a nosotros nos parecen
completamente inaccesibles. Él nos encaminará hacia los centros urbanos
del mundo como lo hizo con Jonás.
Los resultados de la prédica de Jonás, una vez bendecidos por el Espíritu
Santo, fueron maravillosos: la ciudad se arrepintió
Sin embargo, Jonás siguió sin ser capaz de percibir todo lo que implica
sentir compasión por las almas que perecen. Se mostró herido en su amor
propio porque la ciudad no fue destruida según él había predicho, e incluso
se sintió extremadamente incómodo por la muerte de una enredadera, en
lugar de haberse entristecido por el posible deceso de todos los ninivitas.
Dios desafió a Jonás preguntándole: «¿Y no tendré yo piedad de Nínive,
aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no
saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos
animales?» (Jonás 4: 11).
¿Qué diremos con relación a nosotros mismos? Dios nos pregunta
respecto al mensaje que llevaremos a los millones de personas que viven en
las ciudades de este mundo. ¿Sentimos genuina compasión por aquellos que
enfrentan una muerte eterna? ¿O nos preocupamos más de nuestra
comodidad y nuestro bienestar?
Lo que las ciudades necesitan es que se les presente a Jesucristo: a su
inefable amor redentor:
Necesitan conocer el plan de salvación que Dios ha provisto para que
tengamos acceso a la vida eterna.
Las ciudades tienen que saber que Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el
Espíritu Santo han existido desde la eternidad y que vivirán por los siglos
sin fin.
Es preciso que sus habitantes conozcan la justicia que Cristo nos ofrece
para cubrir nuestra pecaminosidad y que llegan a sus oídos los mensajes de
los tres ángeles de Apocalipsis 14 para que todos sepan que Jesús regresa a
la tierra muy pronto. Además, los moradores de todas las ciudades
necesitan que se les hable de la verdadera adoración de Dios y de guardar
sus mandamientos, incluyendo el precioso sábado del cuarto mandamiento,
que es la gran muestra externa de lealtad a él, así como un recordativo de su
poder creador mediante el cual formó la tierra en seis días literales.
La gente que vive en las ciudades necesita el descanso y la santificación
que el sábado proporciona. El mensaje adventista señala nuestra mortalidad
y hace una advertencia en contra de las creencias místicas y espiritistas.
Nuestro mensaje aportará nueva vida mediante el énfasis en la reforma
prosalud. Los urbanitas necesitan saber de la verdad del Santuario que
señala al Cordero del Gólgota y al Sumo Sacerdote que ahora intercede por
nosotros, poniendo todo el énfasis en el juicio investigador que se está
celebrando en el Lugar Santísimo del Santuario celestial, todo lo cual
prepara el camino para el regreso del Señor.
El mensaje que poseemos presenta el exclusivo llamamiento de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día para entrar a formar parte del pueblo remanente
de Dios que proclama con amor un mensaje de advertencia profética
mientras desinteresadamente sirve a los demás. Ese mensaje y actitud nos
protegerán del ecumenismo, concediéndonos el poder para proclamar los
distintivos mensajes históricos y proféticos de Daniel y de Apocalipsis. El
mensaje bíblico que hemos de llevar a las ciudades nos aglutinará como el
pueblo de Dios poseedor de un carácter global, e impedirá que nos
aislemos de la sociedad y de nuestros hermanos y hermanas. Nuestro
mensaje a los ciudadanos del mundo es que existe otra ciudad que se
encuentra en camino: la nueva Jerusalén, una ciudad segura y llena de
esperanzas, un refugio donde mora Dios.
Y es que precisamente la respuesta a los males y las dificultades de las
ciudades de este mundo ¡se encuentra en la segunda venida del señor Jesús!

El llamado de Dios para hoy


Dios nos llama a trabajar en las ciudades sin demora. Observemos las siguientes
palabras de consejo del espíritu de profecía, que incluyen un gran llamado para la
realización de un amplio esfuerzo de evangelismo urbano, así como la
implementación de la actividades misioneras en nuestra labor a favor de las
ciudades:

«Es en las ciudades de las naciones donde el obrero evangélico encuentra la


mayor impenitencia y la mayor necesidad […] Y lo que los siervos de Dios
realicen para amonestar y preparar a esa gente para el día del juicio deben
hacerlo prestamente. Las condiciones a que hacen frente los obreros cristianos en
las grandes ciudades, constituyen una solemne exhortación a un esfuerzo
incansable en favor de los millones que viven a la sombra de la condenación
inminente».6

«Como pueblo, necesitamos acelerar la obra en las ciudades, que ha sido


obstaculizada por la falta de obreros, medios y espíritu de consagración. En este
tiempo, el pueblo de Dios necesita volver el corazón plenamente a él, pues el fin
de todas las cosas está cerca. Necesitan humillar sus mentes, y estar atentos a la
voluntad del Señor, trabajando con fervoroso deseo, en aquello que Dios ha
mostrado que debe ser hecho, a fin de amonestar a las ciudades con respecto a su
ruina inminente».7

«Repetidas veces se me ha indicado que presente a nuestras iglesias la obra que


debería realizarse en las ciudades populosas. […] Con frecuencia se nos ha dicho
que nuestras ciudades deben escuchar el mensaje, pero somos sumamente lentos
en obedecer esa instrucción. Vi a Uno que estaba en pie con los brazos
extendidos en una plataforma elevada. Se volvió y señaló en todas direcciones
diciendo: “Hay un mundo que perece en la ignorancia de la santa ley de Dios, y
los adventistas del séptimo día están durmiendo”».8

«Repetidas veces se me ha indicado que presente a nuestras iglesias la obra que


debería realizarse en las ciudades populosas […].La carga de las necesidades de
nuestras ciudades ha descansado tan pesadamente sobre mí que en ciertas
oportunidades me he sentido morir. Quiera el Señor conceder sabiduría a nuestros
hermanos para que sepan llevar a cabo la obra en armonía con la voluntad del
Señor […]Debe trabajarse en las ciudades. Los millones que viven en estos
centros congestionados han de oír el mensaje del tercer ángel».9

«Tomad a los jóvenes y las señoritas de las iglesias para que trabajen. Combinad
la obra médica misionera con la proclamación del mensaje del tercer ángel. […].
Enviad a las iglesias a obreros que vivan los principios de la reforma pro salud».10

«En la noche del 27 de febrero de 1910, recibí una visión, donde me fueron
vívidamente presentadas las ciudades en las que no hemos trabajado. Se me
instruyó en forma directa que debería haber un cambio tangible en los métodos de
trabajo del pasado […]. Hablé de lo urgente que es que se organicen grupos y que
sean adiestrados cabalmente para trabajar en las ciudades de mayor tamaño. Esos
obreros deberían trabajar de dos en dos, y de vez en cuando todos deberían
reunirse para compartir sus experiencias, para orar y para hacer nuevos planes
con el fin de alcanzar la gente rápidamente».11

«De aquí en adelante la obra médica misionera debe ser realizada con una
consagración nunca antes vista. Esta obra es la puerta a través de la cual la
verdad puede entrar a las grandes ciudades».12

«¿Cómo revelaremos a Cristo? No conozco una forma mejor […] que hacer uso
de la obra médica misionera unida al ministerio pastoral […]. El evangelio y la
obra médica misionera deben avanzar juntos. El evangelio debe ser vinculado a los
principios de una verdadera reforma prosalud».13

«No se debe establecer ninguna separación entre la genuina obra médica


misionera y el ministerio pastoral. Los dos conceptos deben integrarse. Deben ser
vinculados en una forma inseparable, del mismo modo que la mano está unida al
cuerpo».14

Lo que aprendimos en Nueva York


Mientras hacemos planes para trabajar en las ciudades bajo la dirección
del Espíritu Santo, debemos tener en mente que Elena G. de White habló de
muchas ciudades, pero que hay una en particular que posee una importancia
simbólica: Nueva York. Esta enorme metrópoli de algún modo representa al
mundo entero, ya que diversas nacionalidades e idiomas están
representados en ella. Es además un gran centro financiero, comercial,
artístico, de la moda, de la publicidad y de los medios de comunicación, así
como un importante nudo de comunicaciones. Elena G. de White dijo
respecto de ella:
«Los que llevan la responsabilidad de la obra en el Gran Nueva York deberían
contar con la ayuda de los mejores obreros que puedan obtenerse. Establézcase
aquí un centro para la obra de Dios, y todo lo que se haga sea un símbolo de la
obra que el Señor desea que se lleve a cabo en el mundo».15

Se ha trabajado bastante en Nueva York pero aún no hemos visto a esa


ciudad convertirse en «un símbolo de la obra que Dios desea que se realice
en el mundo».
Son muchas las gentes que Nueva York les encanta, pero otros muchos la
detestan. En cierta ocasión vi que alguien había escrito en un muro
neoyorquino: «Esto es la jungla de aslfato. Aquí la vida nunca es fácil». Es
todo un desafío vivir y trabajar en las grandes ciudades del mundo. Hay
muchas cosas buenas y muchas malas en Nueva York, como en cualquier
metrópoli. El asunto es que millones de personas viven allí y que necesitan
a Jesús y la esperanza que representa el mensaje del advenimiento.
Dios bendecirá nuestros planes de evangelización dirigidos a las
ciudades si permitimos que el Espíritu Santo nos guíe cuando los
realicemos siguiendo los consejos bíblicos y del Espíritu de Profecía. La
adopción de esos planes es un incentivo para el reavivamiento y la reforma,
y motivo para orar de manera ferviente y para permanecer en humildad
delante del Señor. No prestemos oídos sordos al reclamo divino respecto a
la obra a favor de las ciudades.
Los diálogos, a principio de los años 1900, entre el pastor A. G.
Daniells, presidente de la Asociación General y Elena G. de White resultan
aleccionadores. Tuvieron que ver con el llamado de ella para que la iglesia
asumiera con mayor seriedad la evangelización de las grandes ciudades. De
acuerdo con la biografía escrita por Arthur L. White, la señora White en los
últimos años de su vida aún sentía una carga por los incrédulos residentes
en Nueva York y en otras ciudades del mundo. Ella rogó con mucho fervor
que se realizara un compromiso sin precedentes para evangelizar las
ciudades y en forma repetida le envió mensajes al pastor Daniells, pidiendo
que la Iglesia hiciera un mayor esfuerzo a favor de las ciudades.16 Como
respuesta la Asociación General destinó algunos recursos para la
evangelización de las ciudades, teniendo en mente en primer lugar a la
ciudad de Nueva York. Sin embargo, el pastor Daniells se quejó de lo
difícil que resultaba conseguir obreros calificados para trabajar en las
ciudades, y por tanto no se dedicó de lleno a aquella tarea.
Aquella falta de entusiasmo hizo que la hermana White se sintiera
frustrada, y reclamó a los dirigentes que no se estaban preocupando por las
ciudades, y por eso no habían sido evangelizadas como correspondía, y que
algo debía hacerse al respecto.
Más tarde el pastor Daniells presentó algunos sencillos planes para
realizar labores de evangelización en las ciudades. Debido a que Daniells
estaba de paso en California, acudió a la residencia de Elena G. de White
para informarle respecto al esfuerzo que se estaba por implementar. Al
hacerlo pensaba que ella apreciaría su labor. Sin embargo, de acuerdo con
lo que escribió Arthur White, ¡la señora de White se negó a recibirlo! ¡La
mensajera del Señor no quiso hablar con el presidente de la Asociación
General!
Debido a aquel rechazo, Daniells finalmente reconoció que los esfuerzos
de la Iglesia no habían estado a la altura de lo que Dios deseaba que se
hiciera en las ciudades, por lo que le dirigió una humilde carta a la señora
White expresando su arrepentimiento. La respuesta a aquella misiva indica
que ella creía que Daniells y los demás dirigentes de la Iglesia aún tenían
mucho por hacer:
«Me ha sido encomendado un mensaje para ustedes dos [para el pastor Daniells y
el pastor W. W. Prescott] respecto a que ustedes deben humillar sus corazones
delante de Dios. Ni el pastor Prescott ni el pastor Daniells están preparados para
dirigir la obra de la Asociación General ya que en algunas aspectos ambos han
deshonrado al Dios de Israel. Se requiere una elevada y entera consagración de
los hombres que han sido colocados en puestos como los de ustedes. Debo
decirles que ninguno de ustedes está preparado para discernir con una clara visión
lo que se necesita en este momento […]. La obra en las ciudades no ha sido
realizada en la forma que se requiere. Si el presidente de la Asociación General
hubiera estado lo suficiente alerta se habría dado cuenta de la situación. Pero él
no ha entendido el mensaje que Dios ha dado».18

Los mensajes de parte de Dios impactaron a Daniells. La Asociación


General finalmente nombró una comisión especial de diecisiete personas a
la cual le correspondió la tarea de elaborar planes para la evangelización
de las ciudades. A Daniells se le concedió una licencia de un año de su
puesto de presidente con el fin de que pudiera dirigir el esfuerzo
evangelizador enfocado en las ciudades. Daniells se dirigió a Nueva York y
finalmente cumplió con lo que Dios esperaba que él hiciera, ayudando a
implementar nuevas iniciativas relacionadas con el evangelismo urbano.
Ojalá que los corazones de todos los adventistas clamen a Dios como lo
hace el mío, pidiendo por los millones que residen en las ciudades de las
diferentes Divisiones, de su Unión, de su Asociación, de su Misión, y en
cualquier otro lugar. Recordemos que: «Cuando se trabajen las ciudades
como Dios desea, el resultado será la puesta en operación de un poderoso
movimiento cual nunca se ha visto».
Tengo plena confianza en que el Señor cumplirá su promesa si le
sometemos con humildad nuestros planes y seguimos las instrucciones
consignadas en la Biblia y en el Espíritu de Profecía. Clamemos al Espíritu
Santo pidiendo el poder para realizar la tarea que nos ha sido confiada.
¡Qué gran día será cuando Jesús regrese y nos unamos a todos los salvos
provenientes tanto de las grandes ciudades como de las zonas rurales, para
ascender todos con el Señor a los hogares que serán nuestros por la
eternidad!
Dediquémonos pues a cumplir fielmente y con responsabilidad los planes
de Dios para alcanzar a todos los que residen en las grandes urbes.

Citas destacables de El evangelismo


relacionadas con la evangelización de las
ciudades
«Debemos trabajar en armonía con el método de Dios. La obra que se hace para Dios en
nuestras grandes ciudades no debe efectuarse según prescripciones humanas».
«Su obra en Nueva York ha comenzado en forma correcta. Usted debe convertir a esta ciudad
en un centro de la obra misionera, desde el cual el trabajo misionero pueda extenderse con todo
éxito. El Señor desea que este centro sea una escuela para los obreros y no debe permitirse que
nada interrumpa la obra».
«Necesitamos un sanatorio y una escuela en la vecindad de Nueva York, y cuanto más se
demore en establecerlos, tanto más difícil se hará».
«Convendría conseguir un lugar fuera de la ciudad donde nuestros obreros misioneros
establezcan su hogar».
«La mejor obra que podéis hacer es iniciar obra misionera médica en Nueva York».
«En Nueva York hay muchos que están maduros para la cosecha».
«Deberíais sentir una responsabilidad definida por la obra en Nueva York».
«Dios quiere que la obra progrese en Nueva York. En ese lugar debería haber miles de
observadores del sábado, y los habría si la obra se llevara a cabo en la forma debida».

Estas preciosas citas han sido tomadas


de las páginas 283-285 del capítulo 11
de El evangelismo.
__________________

1. El ministerio médico, p. 403.


2. El ministerio de curación, cap. 9, p. 86.
3. Ibíd. El énfasis es nuestro.
4. Servicio cristiano, p. 55.
5. Testimonios a los ministros, p. 113.
6. El evangelismo, p. 23.
7. Ibíd., p. 26.
8. Ibíd., p. 28.
9. Ibíd., p. 30.
10. El ministerio médico, p. 425.
11. A Call to Medical Evangelism and ealth Education, (Nashville: Southern Publishing Association, 1933), pp.
13, 14.
12. Ibíd., p. 17
13. Ibíd., p. 41, 42.
14. Ibíd., p. 44.
15. p. 282.
16. Ver el capítulo 18, de la obra de Arthur L. White, Ellen G. White: The Later Elmshaven Years, 1905-1915.
17. Ibíd.
18. lbíd., p. 225. El pastor W. W. Prescott era en esa fecha el editor de la revista Review and Herald (hoy
Adventist Review).
CAPÍTULO 10

Que no se te olvide
nunca tu nombre
E lmismo
nombre siempre es importante. Las Escrituras revelan que desde el
momento de la creación Dios ha estado interesado en los
nombres. ¿Te has dado cuenta de que la Biblia registra varios casos en los
que Dios le puso nombre a aquello que acababa de crear? Por ejemplo, la
Biblia dice que después de crear la luz «llamó a la luz “día”, y a las
tinieblas llamó “noche”. Y fue la tarde y la mañana del primer día» (Gén. 1:
5). Luego hizo lo mismo con el firmamento: «Al firmamento llamó Dios
“cielos”» (v. 8); y «al conjunto de las aguas lo llamó “mares”» (v. 10). Y al
final de la semana de la creación el Señor bendijo y santificó al séptimo día
y lo llamó «sábado» (sabbath), es decir, «reposo».
Fijémonos en la relevancia de que, después que Dios hubo creado a
Adán, le encargó la tarea de poner nombre al resto de las criaturas (Gén. 2).
Aquella fue una gran responsabilidad. Eso nos indica que Dios estaba
dispuesto a confiar en los seres humanos para que ejecutaran sus planes.
La historia sagrada también registra el interés de Dios en los nombres de
personajes que él llamó a su servicio. En algunos casos el Señor especificó
los nombres que se les habrían de poner aun antes de que nacieran, y a
otros les cambió el nombre en algún momento de sus vidas. Por ejemplo:

Abraham, el padre de los fieles, y su esposa Sara, fueron previamente


conocidos como Abram y Sarai, hasta que Dios les cambió el nombre.
Jacob pasó toda una noche luchando física y espiritualmente con un
ángel. Al final, el Señor le cambió su nombre por el de Israel,
apelativo vinculado al propio nombre de Dios.
Daniel conservó su nombre que en hebreo significaba «Dios es mi
juez» —a pesar de que le fue impuesto el de Belsasar al principio de
su cautiverio—, lo cual resultaba un constante reproche y advertencia
a los paganos gobernantes de Babilonia y de Medo Persia.
Cuando Saulo, el enemigo del Señor, se convirtió en el camino a
Damasco, su nombre fue cambiado a Pablo, un mensajero de Cristo.
También tenemos el caso de Juan el Bautista. Mientras que el
sacerdote Zacarías se encontraba quemando incienso en el templo se le
apareció un ángel, por lo que se sobresaltó. El ángel trató de calmar a
aquel pobre hombre, diciéndole: «Zacarías, no temas, porque tu
oración ha sido oída y tu mujer Elisabet dará a luz un hijo, y le
pondrás por nombre Juan» (Luc. 1: 13).

Luego el ángel añadió:


«Tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán por su nacimiento, porque será
grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo
aun desde el vientre de su madre. Hará que muchos de los hijos de Israel se
conviertan al Señor, su Dios. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías,
para hacer volver los corazones de los padres a los hijos y de los rebeldes a la
prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Luc. 1:
14-17).

Más adelante se nos dice que la gente se sorprendió cuando Zacarías y


Elisabet le pusieron Juan a su hijo, aunque en la familia no había
precedentes de alguien con dicho nombre (Luc. 1: 59-66).
Juan significa «Jehová es misericordioso». Dios escogió aquel nombre
especial en razón de la obra especial que le iba a confiar a Juan: ser el
precursor de Cristo. Su nombre era un permanente testimonio de la inefable
gracia de Dios, algo que se demostró en la entrega que hizo de su único
Hijo con el fin de que pudiéramos ser salvos. ¡Qué maravilloso Dios de
amor! En 1 Juan 4:16 leemos:
«Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros.
Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios en él».

Ese es el motivo por el cual formamos parte de este gran movimiento


adventista, y que nos impulsa a hablar a los demás acerca del Señor.
El amor de Dios por nosotros sobrepasa todo lo imaginable. Las
Escrituras dicen que Dios nos ama con un amor eterno (Jer. 31: 3).
Patriarcas y profetas, el primer libro de la serie de El Conflicto, comienza
con las palabras «Dios es amor». El conflicto de los siglos, el último de
esa maravillosa serie, concluye con las mismas tres palabras: «Dios es
amor».
Nuestro nombre y nuestra misión
La misión encomendada a los adventistas del séptimo día es la misma que
fue asignada a Juan el Bautista. Al igual que Juan hemos sido llamados a
preparar a un pueblo para la venida del Señor. Se nos ha encomendado la
singular tarea de proclamar los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis
14, exaltando a Cristo y a su justicia así como a la verdadera adoración de
Dios. Debemos comunicar al mundo el gran amor de Dios que nos ofrece
esperanza de salvación a través de la muerte de Cristo en la cruz. Y esta
proclamación incluye asimismo dar a conocer su ministerio de intercesión y
juicio en el Santuario celestial.
Como adventistas del séptimo día también se nos ha encomendado que
actuemos como reformadores que han de preparar el camino del Señor.
Según señala Malaquías 4: 5, debemos ser los Elías modernos,
propiciando la reconciliación en las familias y comunidades, haciendo
volver los corazones de los padres a los hijos y viceversa.
Dios nos llama a dedicar nuestras vidas a un servicio cristiano y
desinteresado a favor de los demás.
Debemos practicar lo que Elena G. de White llamó «el método de
Cristo», describiéndolo en una forma interesante.
«El Salvador trataba con los hombres como quien deseaba hacerles bien. Les
mostraba simpatía, atendía a sus necesidades y se ganaba su confianza. Entonces
les decía: “Seguidme”».1

Al igual que en el caso de Cristo y de Juan su precursor, nuestros hechos


tienen mayor poder que nuestras palabras. Al oír el nombre de adventistas
del séptimo día la gente debería de inmediato pensar en personas que
intentan mejorar la salud física, social, mental y espiritual de sus
semejantes. Deseamos que todo el mundo piense en nosotros como gente
que ayuda a quienes están en necesidad y de una manera práctica: con
alimentos, techo y apoyo, y mediante visitas a los hogares, escuelas y
prisiones, así como en cualquier lugar donde haya necesitados. Nuestro
humilde estilo de vida y servicio a los demás, basado en diferentes actos de
bondad dice mucho del amor de Dios.
Al igual que Juan, debemos dar un buen ejemplo de nuestro nombre al
vivir las vidas rectas, sencillas y pías que se esperan de quienes se
encuentran a la espera del regreso de Cristo.
Mediante la influencia vivificadora y santificadora del Espíritu Santo,
hemos de ser capacitados para vivir vidas sanas y equilibradas; vidas que
se caractericen por una saludable alimentación vegetariana, que excluye el
alcohol y otras sustancias nocivas como el tabaco y la cafeína; vistiendo en
forma apropiada y modesta, manifestando una limpia ética laboral,
administrando en forma apropiada nuestro tiempo y exhibiendo una
atractiva jovialidad que atraiga a la gente hacia el Señor. Deberíamos
escoger cuidadosamente lo que miramos, leemos u oímos; siguiendo el
consejo de Pablo de alimentar nuestros intelectos únicamente con aquello
que es «verdadero, noble, justo, puro, amable, de buen nombre, virtuoso y
digno de alabanza» (Fil. 4: 8).
Nosotros, al igual que Juan en el pasado, debemos permitir que nos una el
Espíritu mientras anunciamos el pronto regreso de Cristo. Debemos clamar
al Señor pidiendo un legítimo reavivamiento y una reforma que únicamente
pueden producirse después del derramamiento del Espíritu Santo en la
lluvia tardía. Creo que si nos humillamos delante del Señor veremos el
cumplimiento de Joel 2: 28, que registra la promesa del derramamiento del
Espíritu Santo sobre toda carne. Mediante el poder del Espíritu debemos
ser mensajeros de Dios, instruyendo la gente respecto a la verdadera
adoración de Dios y señalando a Cristo y a su justicia. Ambos conceptos
estarán registrados en los libros del cielo (justificación) y demostrados en
la vida de sus seguidores en la tierra (santificación).
¡Hay poder en el nombre del Señor!

Que no se te olvide nunca tu nombre


Adventista del séptimo día, ¡Que no se te olvide nunca tu nombre!
Nuestro nombre surgió de un profundo estudio de la Biblia. Los creyentes
que fundaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día estudiaron la Biblia,
oraron fervorosamente en busca de la verdad y se dejaron guiar por el
Espíritu Santo, y haciéndolo descubrieron las verdades bíblicas que hoy
atesoramos.
Aquellos esforzados pioneros, ejerciendo una fe sencilla, aceptaron lo
que la Biblia decía, aun cuando pudiera alejarlos de algunas enseñanzas
comúnmente aceptadas en las iglesias de la época. Nosotros hemos de tener
la misma determinación para aceptar únicamente las claras enseñanzas de
la Palabra de Dios. Elena G. de White comenta: «Así como en los primeros
siglos, las verdades especiales para este tiempo se hallan, no en posesión
de las autoridades eclesiásticas, sino de los hombres y las mujeres que no
son demasiado sabios o demasiado instruidos para creer en la palabra de
Dios».2 A esas preciosas verdades bíblicas las llamamos «Creencias
Fundamentales». Y eso es precisamente lo que son, ¡fundamentales! Nuestro
nombre las evoca y nos estimula a que las mantengamos en alto.
Adventista del séptimo día, ¡Que no se te olvide nunca tu nombre! La
segunda parte del nombre, del séptimo día, nos recuerda precisamente a
quién adoramos. Dios creó esta tierra en seis días literales y consecutivos;
días de veinticuatro horas; y luego declaró al último día de la primera
semana, el séptimo, como día sagrado para el descanso. Ese día santo nos
recuerda que somos una creación directa de Dios, y no un producto
anómalo, accidental o impersonal, o el fruto de un proceso evolutivo.
Cuando mencionamos nuestro nombre nos identificamos como creyentes en
esta verdad que la Escritura enseña ¡de forma clara y concisa!
Como adventistas del séptimo día que vivimos a las puertas de la
eternidad, no debemos minimizar nuestro peculiar vínculo con el séptimo
día de la semana. Todo lo contrario, debemos reafirmarlo, haciendo sonar
la trompeta de advertencia de forma inequívoca. Observemos lo que Elena
G. de White escribió acerca de los intentos para colocar un reducido
énfasis en nuestras creencias distintivas.
«Se me dijo que los hombres utilizarán toda clase de subterfugios para tornar
menos prominente la diferencia que existe entre la fe de los adventistas del
séptimo día y la de quienes observan el primer día de la semana. Todo el mundo
participará en esta controversia; y hay que tener en cuenta que el tiempo es corto.
No es este el momento de arriar nuestros colores».3

«El Señor ha permitido que el enemigo de la verdad haga un esfuerzo decidido


contra el sábado del cuarto mandamiento. Por este medio se propone despertar un
interés definido en ese asunto que constituye una prueba para los días finales.
Esto abrirá el camino para que el mensaje del tercer ángel sea proclamado con
poder».4

El tercer ángel de Apocalipsis 14 nos muestra que el sábado es el sello o


la señal especial de Dios y que en el tiempo del fin servirá para identificar
a sus hijos fieles. También nos indica que cualquiera que intente sustituir al
sábado por cualquier otro día de la semana, recibirá la marca de la bestia.
Ahí tenemos una clara evidencia de lo importante que es el sábado para
Dios; y por tanto, lo importante que debería ser para nosotros. Al reconocer
esto no podemos pues aliarnos con ninguna organización o movimiento
ecuménico. Deberíamos, desde luego, ser amigables y tratar a todos con
respeto. Aunque al mismo tiempo se nos advierte que:
«No debe haber ninguna clase de contemporización con los que invalidan la ley de
Dios. No es seguro confiar en ellos como consejeros. Nuestro testimonio no debe
ser menos decidido que antes; no debemos velar nuestra posición real a fin de
agradar a los grandes hombres del mundo. Pueden desear que nos unamos a ellos
y que aceptemos sus planes, y pueden realizar propuestas concernientes a nuestra
conducta que podrían proporcionar al enemigo una ventaja sobre nosotros. “No
llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración; ni
temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo” (Isaías 8:12). Si bien es cierto que no
deberíamos buscar la polémica, y no deberíamos ofender innecesariamente,
debemos presentar la verdad con claridad y decisión, y permanecer firmes en lo
que Dios nos ha enseñado en su Palabra. No tenéis que mirar hacia el mundo a
fin de saber lo que debéis escribir y publicar o lo que debéis hablar».5

La Biblia nos dice que si creemos en el Señor nuestro Dios, estaremos


seguros y que si creemos a sus profetas seremos prosperados (2 Crón. 20:
20).
Adventista del séptimo día, ¡Que no se te olvide nunca tu nombre! Del
mismo modo que lo de «séptimo día» nos recuerda nuestro origen, la
palabra «adventista» nos indica nuestro destino. Estamos esperando y
anhelando el regreso de nuestro Señor Jesucristo, algo que pondrá fin al
sufrimiento que todos en esta vida tendremos que enfrentar más tarde o más
temprano. El segundo advenimiento de Cristo es la «bienaventurada
esperanza» de cada verdadero adventista del séptimo día.
En una carta que el apóstol Pablo dirigió a los nuevos conversos
tesalonicenses, él aportó detalles adicionales respecto a dicha esperanza.
«El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego
nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados
juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos
siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras»
(1 Tes. 4: 16-18).

La promesa del regreso de Jesús es una parte tan sustancial de nuestra


identidad que constituye la mitad de nuestro nombre. De ahí que quienes
adoren en nuestros templos deberían escuchar frecuentes referencias a esa
convicción de que Jesús vuelve pronto, ¡que prácticamente estamos a las
puertas del hogar! Deberíamos ser conocidos como un pueblo que espera
anhelante el regreso de nuestro Creador y Redentor. Deberíamos proclamar
a voz en grito que estamos a la espera del regreso literal del Rey de reyes,
quien nos llevará a nuestro hogar celestial.
El impactante nombre que Dios nos ha asignado, adventistas del séptimo
día, es un triple sermón de esperanza.

Señala a Dios como el Autor y Consumador de nuestra fe.


Exalta a Cristo en toda su hermosura y fidelidad.
Nos asegura que Aquel a quien adoramos dará una eterna conclusión al
gran conflicto que ha ocasionado tanto sufrimiento a todos los seres
humanos.

Adventista del séptimo día, ¡que no se te olvide nunca tu nombre!


Quienes seleccionaron un nombre para nuestra iglesia consideraron muchas
opciones. Cuando alguien sugirió adventista del séptimo día, todos
percibieron que Dios había dado su aprobación. Consideraron que ese era
el mejor nombre de todos. Elena G. de White confirmó el origen de dicho
nombre, al referirse a las dudas que algunos manifestaban respecto a
utilizar nuestro peculiar apelativo.
«Somos adventistas del séptimo día. ¿Nos avergonzamos de nuestro nombre?
Contestamos: “¡No, no! No estamos avergonzados de él. Es el nombre que el
Señor nos ha dado. Nos señala la verdad que ha de probar a las iglesias”».6

Cada vez que mencionamos nuestro nombre, estamos predicando un


sermón. Por lo tanto, deberíamos evitar abreviar dicho nombre utilizando
únicamente el elemento adventista o las siglas ASD. Cada vez que
decimos: «Soy adventista del séptimo día», predicamos un sermón; o para
ser más exacto, varios sermones.
Así que no hemos de ocultar nuestra identidad al poner nombre a nuestras
iglesias, instituciones y organizaciones; ideando algún nombre genérico y
poco distintivo para utilizarlo en lugar de adventista del séptimo día. Más
bien, deberíamos proclamar con satisfacción quiénes somos y mediante
nuestro nombre predicar la verdad bíblica a todo el que lo oiga o lea.
Hace algunos años, me dirigía a Venezuela con el fin de celebrar el
centenario de la presencia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en
aquel país. De allí viajaría a Puerto Rico para asistir a un congreso de la
Unión. Tenía planes de emplear el tiempo en el avión para ponerme al día
con mis mensajes de correo electrónico; pero Dios tenía otros planes. Él
envió a una familia de cuatro personas para que se sentara a mi alrededor.
El padre que estaba sentado a mi lado me dijo que era musulmán
ismaelita, y me hablo de esa rama del islamismo. También me mencionó las
obras de caridad que realiza la Fundación Aga Khan, añadiendo que era
voluntario de dicha institución. Luego me preguntó acerca de mi ocupación.
Le dije a aquel caballero que yo era pastor de la Iglesia Adventista del
Séptimo Día. Me di cuenta de que él conocía muy poco acerca del
cristianismo y nada respecto a los adventistas del séptimo día. Por ese
motivo utilicé nuestro nombre como un peldaño para hablarle del sábado y
de nuestro salvador Jesús, así como de su pronto regreso. El asunto es que
la breve mención de nuestro nombre abrió las puertas a un diálogo, y
gracias al mismo tuve la oportunidad de compartir muchas de nuestras
hermosas creencias. ¡No olvides tu nombre!

Un decepcionante Congreso de la Asociación


General
Había dos puntos en la agenda de Dios para el Congreso de la
Asociación General de 1901. Uno de ellos era la reorganización de la
Iglesia; y el otro, el derramamiento del Espíritu Santo que capacitaría a la
Iglesia para cumplir la misión que Dios ha encomendado a su pueblo. Los
dirigentes de la Iglesia pudieron renovar la estructura administrativa de la
misma, estableciendo lo que en líneas generales es el organigrama con que
nos administramos en la actualidad con sus diferentes niveles de iglesias,
Asociaciones y Uniones. Es una estructura administrativa que promete
seguir sirviéndonos en forma adecuada.
La Iglesia, sin embargo, no pudo alcanzar el segundo objetivo divino que
aparecía en la agenda: el derramamiento del Espíritu Santo. Elena G. de
White vio en una visión dos años más tarde que «el Espíritu Santo no fue
impartido».7
¿Por qué?
La sierva del Señor mencionó tres motivos:

1. Los dirigentes que poseían una mayor luz, no anduvieron según la luz
recibida: algunos empleados de la Asociación General y de la
editorial Review and Herald, se deslizaban hacia la apostasía.
2. Los dirigentes de la Iglesia no se habían apartado de sus errores
pasados, ocupándose únicamente de hablar respecto a lo que Dios
quería.
3. Los dirigentes se habían vuelto orgullosos y estaban tomándole el
gusto al poder. «No se humillaron ante el Señor como debieran».8

En aquella visión, Elena G. de White observó lo que Dios deseaba que


hubiera sucedido en el Congreso de la Asociación General de 1901. Vio
que los delegados lloraban al hablarles el Espíritu a sus conciencias, y
como se producía un profundo arrepentimiento: uno de los dirigentes se
levantó para confesar los amargos resentimientos que abrigaba en contra de
algunos asistentes al congreso. Asimismo vio como él iba de uno a otro
pidiendo perdón y luego cómo otros participantes se le acercaban para
asimismo pedir que él los perdonara. Luego vio cómo el reavivamiento se
expandía a todos los presentes.
«Fue un tiempo pentecostal», escribió ella. «Se alabó a Dios por medio
del canto y la obra continuó hasta altas horas de la noche, casi hasta el
amanecer».9
Pero luego, redactó las siguientes dolorosas líneas:
«Me fueron dirigidas las siguientes palabras: “Esto es lo que pudo haber sido.
Todo esto lo habría hecho el Señor por su pueblo. El cielo entero esperaba
manifestar su clemencia”. Medité sobre cuánto habríamos avanzado si se hubiera
llevado a cabo una obra cabal en el último congreso de la Asociación General, y
me embargó una agonía de desengaño al darme cuenta de que lo que había
presenciado no era una realidad».10

El Señor sigue anhelando que ese derramamiento del Espíritu Santo sea
una realidad. ¿Cuándo sucederá? Hasta cierto punto depende de nosotros.
Pero no podemos generar un reavivamiento y una reforma por nosotros
mismos, ya que esa es la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, creo que lo
que el Señor le dijo a Salomón también es un consejo para nosotros en la
actualidad:
«Si se humilla mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi
rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos,
perdonaré sus pecados y sanaré su tierra» (2 Crón. 7: 14).

El profeta Oseas nos exhorta al decir:


«Venid y volvamos a Jehová, pues él nos destrozó, mas nos curará; nos hirió, mas
nos vendará. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará,
viviremos delante de él. Esforcémonos por conocer a Jehová: cierta como el alba
es su salida. Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana
viene a la tierra» (Ose. 6: 1-3).

Necesitamos la lluvia tardía del Espíritu Santo con el fin de proclamar


los mensajes de los tres ángeles con poder, de forma que Jesús pueda
regresar. Necesitamos el reavivamiento y la reforma que el Espíritu Santo
puede darnos. Necesitamos un cambio en nuestras vidas.
Nosotros, que nos identificamos mediante el nombre que Dios nos dio,
podemos humillarnos, orar y buscar su rostro. Podemos llevar a otros al pie
de la cruz, rogar que Dios prepare nuestros corazones y que envíe la lluvia
tardía del Espíritu Santo.
¿Nos concederá Dios el Espíritu Santo hoy como quiso él hacerlo a partir
del 1901, e incluso desde antes de esa fecha? Se nos ha dicho:
«El descenso del Espíritu Santo sobre la iglesia es esperado como si se tratara de
un asunto del futuro; pero es el privilegio de la iglesia tenerlo ahora mismo.
Buscadlo, orad por él, creed en él. Debemos tenerlo y el cielo está esperando
concederlo».11

Recordemos que esa bendición está sometida a ciertas condiciones.


«Mediante la confesión, la humillación, el arrepentimiento y la oración ferviente
nos corresponde cumplir con las condiciones en virtud de las cuales ha prometido
Dios concedernos su bendición».12

«Levántese la iglesia y arrepiéntase de sus apostasías delante de Dios.


Despiértense los atalayas y den un sonido cierto a la trompeta».13

«Debe levantarse la iglesia para la acción. El Espíritu de Dios nunca podrá venir
hasta que ella le prepare el camino. Debe haber un ferviente escudriñamiento de
corazón. Debe haber oración unida y perseverante y, mediante la fe, una demanda
de las promesas de Dios. No debemos vestirnos con cilicios como en la
antig•edad, sino debe haber una profunda humillación del alma. No tenemos el
menor motivo para felicitarnos a nosotros mismos ni exaltarnos. Debiéramos
humillarnos bajo la poderosa mano de Dios».14

Creo que es el momento apropiado para que permitamos que nuestro


hermoso nombre de adventistas del séptimo día, represente nuestra
verdadera identidad como el pueblo remanente de Dios. Este es el momento
para ser los portavoces a través de los cuales Dios llame a la gente a salir
de la Babilonia espiritual.
En una cultura saturada de divisiones, relativismo, humanismo y
hedonismo; Dios ha llamado a los adventistas del séptimo día a ser un
movimiento de la contracultura del tiempo del fin; un movimiento en el que
cada miembro, con humilde confianza cristiana, esté dispuesto a
permanecer firme del lado de la verdad aunque los cielos se desplomen.
Ese poderoso movimiento únicamente se concretará mediante el poder
del Espíritu Santo. Nosotros, como adventistas del séptimo día debemos
rendir nuestro orgullo y morir al yo mientras exaltamos a Jesús como la
única esperanza de humanidad.
¿Estamos listos para clamar en oración, pidiendo un reavivamiento y una
reforma que únicamente el Espíritu Santo puede suscitar?
¿Estaremos en realidad dispuestos a permitir que Dios haga lo que por
décadas él viene anhelado hacer a favor de su pueblo remanente: derramar
el Espíritu Santo y completar la obra en esta generación?

Siempre presente
Exhorto a los lectores que se sienten frustrados, desanimados o
distanciados de la iglesia del Señor: ¡Que no se te olvide nunca tu
nombre!
Hago un llamado a los lectores que no se han sometido a la dirección
del Espíritu Santo divino que se encuentra en la Biblia y en el Espíritu
de Profecía, para seguir sus propias inclinaciones; o que quizá han
optado por tomar decisiones «políticamente correctas» en lugar de
ponerse valerosamente del lado de lo que saben es lo justo: ¡Que no
se te olvide nunca tu nombre!
Hago una apelación a los lectores que han descuidado el estudio
regular de la Biblia y la oración, permitiendo que la televisión, la
música popular, las aficiones, Internet, los juegos de video, las
competiciones y los espectáculos deportivos, y multitud de cosas —
algunas, por cierto, incluso buenas— acaparen el tiempo que debe ser
dedicado al Señor. ¡Que no se te olvide nunca tu nombre!
Apelo a los lectores que han olvidado que el servicio cristiano
práctico es la inevitable consecuencia de su relación con Dios: ¡Que
no se te olvide nunca tu nombre!
Me dirijo a los lectores que se están alejando del eje teológico
provisto por la Palabra y las Creencias Fundamentales de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día: ¡Que no se te olvide nunca tu nombre!
Hago un llamado a los lectores que están viviendo una agitada vida
prestando poca atención a la Iglesia: ¡Que no se te olvide nunca tu
nombre!
Me dirijo a los lectores que han perdido su lozanía y se han fosilizado
en su experiencia cristiana: ¡Que no se te olvide nunca tu nombre!
Hago un llamamiento a los lectores que se han ido alejando para
recalar en grupos independientes que critican a la Iglesia y que se han
llevado con ellos tanto a los miembros como a sus diezmos: ¡Que no
se te olvide nunca tu nombre!
Le hablo a los lectores que se sienten amargados o incómodos porque
algún hermano los ha ofendido o no ha mostrado su desacuerdo con
ellos: ¡Que no se te olvide nunca tu nombre!

¡No podemos olvidarnos de nuestro nombre bajo ningún concepto,


circunstancia u ocasión!
Joel nos comunica un mensaje de parte del Señor:
«Convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón,
con ayuno, llanto y lamento.
Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos,
y convertíos a Jehová, vuestro Dios […].
¡Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno,
convocad asamblea, reunid al pueblo,
santificad la reunión, juntad a los ancianos […].
Entre la entrada y el altar
lloren los sacerdotes ministros de Jehová,
y digan: “Perdona, Jehová, a tu pueblo […]”.
Vosotros también, hijos de Sión,
alegraos y gozaos en Jehová, vuestro Dios;
porque os ha dado la primera lluvia a su tiempo,
y hará descender sobre vosotros
lluvia temprana y tardía, como al principio. […]
Después de esto derramaré
mi espíritu sobre todo ser humano,
y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
vuestros ancianos soñarán sueños,
y vuestros jóvenes verán visiones.
También sobre los siervos y las siervas
derramaré mi espíritu en aquellos días.
Haré prodigios en el cielo y en la tierra,
sangre, fuego y columnas de humo.
El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre,
antes que venga el día, grande y espantoso, de Jehová.
Y todo aquel que invoque el nombre de Jehová, será salvo;
porque en el monte Sion y en Jerusalén
habrá salvación, como ha dicho Jehová,
y entre el resto al cual él habrá llamado» (Joel 2: 12-32).

Estamos viviendo en los últimos días descritos por el profeta Joel. En un


momento cuando el Señor desea derramar la lluvia tardía del Espíritu
Santo. Necesitamos implorar al Señor pidiendo un reavivamiento y una
reforma que nos prepare para recibir la lluvia tardía del Espíritu Santo. De
esa forma podremos terminar la obra que Dios nos ha encomendado,
mediante su poder.
¡Nos encontramos a las puertas del hogar celestial!
Tengamos siempre presente nuestro nombre: ¡Adventistas del séptimo
día!
__________________

1. El ministerio de curación, cap. 9, p. 102. «Simpatía» se refiere aquí, en buen español, a


«compasión».
2. Palabras de vida del gran Maestro, cap. 5, p. 57.
3. Mensajes selectos, t. 2, p. 443.
4. Ibíd., t. 2, p. 424.
5. Ibíd., t. 2, p. 425.
6. Ibíd., t. 2, p. 442.
7. Testimonios para la iglesia, t. 8, p.111. El relato de la visión lleva como título «Lo que pudo
haber sido» y aparece en las páginas 111-113.
8. Ibíd.
9. Ibíd., p. 112.
10. Ibíd., pp. 112, 113. El énfasis es nuestro.
11. El evangelismo, p. 508.
12. Mensajes selectos, t. 1, p. 141.
13. Ibíd., t. 1, p. 146.
14. Ibíd.
CAPÍTULO 11

Una nueva reforma


Hace algún tiempo tuve la oportunidad de visitar por Europa una serie de
lugares históricos relacionados con la Reforma Protestante. Lo que
descubrí durante aquel recorrido confirmó mi convicción de que el Señor
utiliza a personas humildes, sencillas y consagradas para presentar ante el
mundo las verdades bíblicas vitales. Fueron gentes que permitieron que se
produjera una reforma en sus propias vidas, algo que luego compartieron
con el mundo. Eran hombres y mujeres tan consagrados que llegaron a
considerar la verdad como algo más importante que su propia integridad
física.
El Señor hoy espera que tanto nosotros como nuestra iglesia
experimentemos una verdadera reforma. Por otro lado, nosotros deberíamos
al igual que los reformadores del pasado, comprometernos a exaltar a
Cristo y a deponer el yo. Hemos de posesionarnos del don espiritual de la
humildad.
El egoísmo y el orgullo representan los mayores escollos que debemos
superar tanto en nuestra andadura individual con Dios como en nuestra vida
congregacional. Hemos de luchar contra esos males sin cesar. El egoísmo y
el orgullo nos alejan de Dios y de nuestros semejantes; nos llevan a
ambicionar el poder, e incluso a hacer descarrilar los planes que Dios tiene
para nosotros y para su pueblo. Generan confusión y distorsiones; nos aleja
de Dios y de nuestra divina misión de proclamar los mensajes de los tres
ángeles de Apocalipsis 14.
La Biblia es clara respecto a la forma en que Dios considera este asunto.
El libro de Proverbios presenta varias declaraciones acerca del orgullo y
de la soberbia. Salomón nos advierte:
«El orgullo solo provoca peleas; la sabiduría está con los humildes». «Tras el
orgullo viene el fracaso; tras la altanería, la caída» (Prov. 13: 10; 16:18; DHH).

Únicamente mediante el poder del Espíritu Santo podremos nacer de


nuevo en Cristo y experimentar un cambio en nuestros corazones egoístas.
El Espíritu Santo nos conecta con Cristo y con el cielo permitiéndonos
obtener una nueva vida. Él abate nuestro orgullo dando nuevo sentido a
nuestras vidas, exaltando la verdad así como los valores eternos. Elena G.
de White advirtió:
«Vivir para sí es perecer. La codicia, el deseo de beneficiarse a sí mismo, separa
al alma de la vida».1

Debemos aceptar el carácter de Cristo a fin de quebrantar el control que


tiene el yo sobre nuestra forma de pensar y de vivir. Permitamos pues que
Cristo asuma por completo el control de nuestras vidas y que nos reforme
para que actuemos y pensemos como él.
Nuestro Señor Jesucristo nos ha dejado el mejor de los ejemplos respecto
a esa sumisión y humildad. Nadie ha presentado mejor que Pablo la forma
en que Jesús adoptó las anteriores actitudes. En Filipenses 2 él presenta un
hermoso cuadro al respecto.

La humildad de Cristo
Pablo comienza diciendo: «Nada hagáis por rivalidad o por vanidad;
antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores
a él mismo» (Fil. 2: 3). ¡Qué elevado ideal! De hecho, es tan elevado que
nos preguntamos cómo podremos alguna vez alcanzarlo.
El apóstol nos aconseja en el versículo 5: «Haya, pues, en vosotros este
sentir que hubo también en Cristo Jesús». Debemos permitir que el Señor
nos controle plenamente, al punto de que adoptemos sus valores y actitudes,
en lugar de abrigar nuestras ambiciones egoístas.
El versículo 6 nos dice que Jesús descendió del más sublime y elevado
de los sitiales, pues él es Dios y es uno con el Padre. El versículo 7,
muestra al Jesús divino dando tres pasos en nuestra dirección:

Primero, «se despojó a sí mismo». Él era Dios, pero no permitió que


su divinidad le impidiera encarnarse en este mundo de pecado.
Segundo, «tomó la forma de siervo».
Tercero, asumió real y completamente «la condición de hombre».

En el versículo 8 del mismo capítulo de Filipenses se nos presenta a


Jesús «hallándose en la condición de hombre», y descendiendo otros tres
humillantes pasos hacia nosotros con el fin de salvarnos.
Primero, «se humilló a sí mismo».
Segundo, «haciéndose obediente hasta la muerte».
Tercero, padeciendo una «muerte de cruz».

El Hijo de Dios, el Rey del universo aceptó voluntariamente sufrir una


humillante y dolorosa muerte en la cruz por ti y por mí.
Se suele presentar la cruz como algo espiritual e incluso hermoso. La
gente recuerda el madero del Calvario mediante hermosas cruces de oro
adornadas con joyas. En realidad la cruz, bien al contrario, era un
instrumento cruel, de tortura y que la crucifixión provocaba una muerte
pavorosa y terrible. Los crucificados agonizaban muy lenta y
dolorosamente. Además, la humillación a la que se veían sometidos llegaba
a ser tan difícil de soportar como la propia tortura física. Quienes eran
sometidos a aquella cruel ejecución colgaban desnudos de la cruz. Aquellas
cruces además, no eran mucho más altas que el público, con el fin de que
sus enemigos pudieran escupirles en la cara. La verg•enza, la impotencia y
la ira multiplicaban el insoportable dolor físico. Era una forma
tremendamente espantosa de morir. Por eso los romanos la reservaban para
los peores criminales.
¡Qué humildad y amor mostró nuestro Salvador por nosotros cuando
voluntariamente sufrió el castigo que nosotros merecíamos! Todo con el fin
de que podamos gozar de la vida eterna. No es de extrañar que Pablo
exclame:
«Por eso Dios también lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es
sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los
que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese
que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2: 9-11).

Contemplar la entrega voluntaria que hizo Cristo con el fin de


proporcionarnos la salvación debería hacernos sentir profundamente
humildes y revivirnos espiritualmente. Al mismo tiempo debería motivarnos
a realizar una reforma en nuestras vidas, para que nos asemejemos más al
modelo que él nos dejó.
Jesús es nuestro modelo. Él se sometió a la voluntad del Padre en todo
aquello que el Padre permitió que le sucediera a fin de que nosotros
pudiéramos ser salvos. Por tanto, deberíamos humillarnos y someternos a él
voluntariamente ¡a fin de que se cumpla su voluntad para en nosotros! Elena
G. de White nos aconseja:
«Debemos acercarnos mucho más a Dios. Nuestra vida diaria debe tener menos
del yo y más de Jesucristo y su gracia».2

Hemos de estar preparados para morir al yo y permitir que el carácter de


Cristo se manifieste en nosotros, anticipando la lluvia tardía prometida en
Joel 2: 23, un anticipo de la cual fue el derramamiento del Espíritu de Dios
descrito en Hechos 2: 17-21. Esa es la reforma personal que se necesita con
el fin de que la obra de Dios progrese aquí y ahora, y alrededor del mundo.
Y esa reforma debe comenzar con nosotros, con cada uno de nosotros.
Tenemos que reflejar a Cristo en su pureza, tanto en nuestra forma de
pensar como en nuestro estilo de vida. La actitud de Jesús —sus
pensamientos valores y normas— deben estar presentes en todo lo que
somos y hacemos. Hemos aprender a tener una fe a prueba de dudas en su
Espíritu Santo. Asimismo, es necesario que aceptemos su vida como un
modelo para la nuestra, de forma que nos vayamos asemejando a él cada
vez más.
Lo anterior es extremadamente importante debido a que nos encontramos
en la mayor encrucijada de la historia de este mundo. Jesús regresará muy
pronto. Las profecías de Mateo, Daniel y del Apocalipsis se están
cumpliendo ante nuestros ojos. Las señales a nuestro alrededor nos dicen
que Jesús regresará muy pronto.

El ejemplo de un gran reformador


En aquel viaje en el que visitamos los lugares históricos de la Reforma,
estuvimos en Alemania el país natal de Lutero, aquel gran hombre usado
por Dios que inició uno de los mayores cambios de paradigma de la
historia universal. Lutero fue un hombre de firmes convicciones; un hombre
que creía que la Biblia y únicamente la Biblia había de ser la norma de
autoridad suprema. Por otro lado, Lutero consideraba que la filosofía, las
invenciones humanas, las tradiciones y las alambicadas explicaciones de
las Escrituras no podían ser la norma de fe y conducta. Él creía en la
Biblia, y por encima de todo en lo que había descubierto en ella de que los
seres humanos son salvos por gracia. Él creía en la justificación por la fe.
Creía que Dios guiaba nuestras vidas en forma directa.
Lutero dijo:
«No debo consultar la prudencia humana, sino el consejo de Dios. Si la obra es de
Dios, ¿quién la contendrá? Si no lo es, ¿quién la adelantará? ¡Ni mi voluntad ni la
de ellos, ni la nuestra sino la tuya, oh Padre nuestro que estás en el cielo!».3
Lutero aceptaba que cuando el ánimo humano desfallece, podría encontrar
paz al confiar por fe en un Dios todopoderoso. Él sabía que los seres
humanos no son los intérpretes autorizados de la Biblia; sino que es
Espíritu Santo.
«No se puede llegar a comprender las Escrituras, ni con el estudio, ni con la
inteligencia; vuestro primer deber es pues empezar por la oración. Pedid al Señor
que se digne, por su gran misericordia, concederos el verdadero conocimiento de
su Palabra. No hay otro intérprete de la Palabra de Dios, que el mismo Autor de
esta Palabra, según lo que ha dicho: “Todos serán enseñados por Dios”. Nada
esperéis de vuestros estudios ni de vuestra inteligencia; confiad únicamente en
Dios y en la influencia de su Espíritu. Creed a un hombre que lo ha
experimentado».4

Aquel gran reformador, que dependía de las verdades bíblicas y no de la


interpretación humana, se puso del lado de Dios y se enfrentó a la
poderosísima y corrupta iglesia y al propio emperador Carlos V en
Wittenberg, Ausburgo y Worms. Sabía que la lucha que había iniciado
continuaría durante muchos años.
«Al quemar mis libros —dijo Lutero—, mis enemigos han podido causar mengua a
la verdad en el ánimo de la plebe y destruir sus almas; por esto yo también he
destruido sus libros. Ha principiado una lucha reñida».5
Cuando su vida estuvo en un gran peligro, afirmó:
«Los papistas [...] no deseaban que yo fuese a Worms, pero sí, mi condenación y
mi muerte. ¡No importa! Rogad, no por mí, sino por la Palabra de Dios [...]. Cristo
me dará su Espíritu para vencer a estos ministros del error. Yo los desprecio
durante mi vida, y triunfaré de ellos con mi muerte».6

El Señor, sin embargo, protegió a Lutero concediéndole el tiempo


necesario para que tradujera la Biblia al alemán, el idioma del pueblo
común. Eso permitió que la gente pudiera leer la Palabra de Dios por sí
misma, privilegio que pronto se propagó por todo el mundo occidental. Fue
en Worms donde Lutero realizó su histórica defensa, afirmando que nuestra
concepción de Dios y el asunto de la salvación deben estar basados en la
Biblia y solo en la Biblia, en lugar de apoyarse en la tradición o en
interpretaciones humanas.
Lutero presentó poderosamente sus argumentos en alemán. Luego las
autoridades allí presentes lo conminaron a que repitiera su defensa en latín
con la esperanza de atraparlo en alguna contradicción. Pero aquel pedido en
realidad obró a su favor ya que al escucharlo por segunda vez los príncipes
alemanes y otros asistentes al juicio pudieron entenderlo mejor.
«Tan pronto como hubo dejado de hablar, el que tenía que contestar en nombre de
la dieta le dijo con indignación: “No habéis respondido a la pregunta que se os ha
hecho [...]. Se exige de vos una respuesta clara y precisa. ¿Queréis retractaros, sí
o no?”».7

Como respuesta, en una brillante expresión que ha quedado para la


historia, el gran reformador declaró:
«Ya que su serenísima majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla,
clara y precisa, voy a darla, y es esta: Yo no puedo someter mi fe ni al papa ni a
los concilios, porque es tan claro como la luz del día que han caído muchas veces
en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo cual, si no
se me convence con testimonios bíblicos, o con razones evidentes, y si no se me
persuade con los mismos textos que yo he citado, y si no sujetan mi conciencia a
la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero retractarme de nada, por no ser digno de
un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de
otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!».8

Según registra la historia, Lutero y los reformadores del siglo XVI


establecieron las bases de nuestra gran y noble herencia protestante: la
Biblia como única fuente de nuestra fe. Este principio nos lleva a
contemplar la interpretación divina de la Palabra, encontrada en la Biblia
misma, en vez de atender a interpretaciones ideadas por mentes humanas
falibles.

Una reforma inconclusa


Elena G. de White nos dice:
«La Reforma no terminó, como muchos lo creen, al concluir la vida de Lutero.
Tiene aún que seguir hasta el fin del mundo. Lutero tuvo una gran obra que hacer,
la de dar a conocer a otros la luz que Dios hiciera brillar en su corazón; pero él no
recibió toda la luz que iba a ser dada al mundo. Desde aquel tiempo hasta hoy y
sin interrupción, nuevas luces han brillado sobre las Escrituras y nuevas verdades
han sido dadas a conocer».9

Creo que Dios está llamando a su iglesia remanente, la Iglesia Adventista


del Séptimo Día, a que continúe con el proceso de la Reforma,
proclamando las verdades de la Biblia sin adulterarlas. Debemos presentar
la verdad evangélica de la justicia de Cristo y el mensaje de los tres
ángeles. A los adventistas del séptimo día nos ha sido otorgado un gran
caudal de luz respecto a la proclamación final de este precioso mensaje
profético del advenimiento. Debemos proclamar una verdad bíblica pura y
sencilla, y no ideas humanas o posibles interpretaciones de lo que la Biblia
dice.
Creo que esta nueva reforma que Dios pide no es algo impuesto por la
iglesia, sino un mandato que surge del poder del Espíritu Santo. Dios nos
llama a una piedad primitiva a un sencillo: «Así dice el Señor».
Deberíamos clamar por el Espíritu Santo rogando por el reavivamiento y la
reforma, juntamente con la lluvia tardía. Jesús regresará muy pronto tal
como lo prometió tres veces en Apocalipsis 22. Debemos estar dispuestos
a ponernos del lado de Dios en estos últimos días de la historia del planeta.
Lutero manifestó claramente su lealtad cuando declaró: «Heme aquí; no
me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude!».
Debemos estar dispuestos a continuar la obra de la Reforma y a ponernos
del lado de la verdad bíblica. Tenemos que colocarnos del lado de lo que el
Señor ha pedido que proclamemos los adventistas del séptimo día: los
mensajes de los tres ángeles. Tenemos que estar dispuestos a permanecer
del lado de los profetas de la Biblia y a testificar por Cristo aunque se
desplomen los cielos.
A nosotros nos corresponde estar dispuestos a ser ungidos con el poder
del Espíritu Santo; del mismo modo que nos corresponde estar en
disposición de permitir que el yo y el orgullo mueran, aceptando el plan que
Dios tiene para nuestras vidas.
Cuando Elena G. de White estuvo viviendo en Basilea, Suiza, pronunció
en 1885 las palabras encontradas en la página 146 del tomo 9 de
Testimonios para la iglesia. Esas palabras, aunque dirigidas originalmente
a algunos pastores, al igual que el desafío presentado, resultan oportunas en
nuestro caso. Son una invitación, tanto a nosotros como a todos los que las
lean, a permanecer firmes a favor de la verdad en el bando del Señor. Mis
hermanos en el ministerio, ¿se aferrarán ustedes de las ricas promesas de
Dios?
«¿Ocultaréis al yo para dejar aparecer a Jesús? El yo debe morir antes que Dios
pueda obrar por nuestro medio. Siento alarma cuando veo asomar el yo aquí y
allá, en uno y en otro. En el nombre de Jesús de Nazaret, os declaro que vuestra
voluntad debe morir; debe identificarse con la voluntad de Dios. Él desea fundiros
y purificaros de toda mácula. Una gran obra debe ser hecha por vosotros antes
que podáis ser henchidos del poder de Dios. Os suplico que os acerquéis a él a fin
de poder recibir sus ricas bendiciones antes de terminar estas reuniones».

¿Estamos dispuestos a permitir que Dios nos «funda» y nos despoje de


todo motivo de dudas y preocupaciones? ¿Estamos dispuestos a seguir el
ejemplo de Martín Lutero, el gran reformador y defensor de la Biblia?
¿Dispuestos a entregarnos a la causa de la verdad diciendo al igual que él:
«Heme aquí. No me es dable hacerlo de otro modo»?
Hemos de orar fervientemente pidiendo sabiduría para aceptar la parte
que nos corresponde en la proclamación de los mensajes de los tres ángeles
en estos últimos días de la historia del planeta; orar precisamente antes del
regreso de Cristo pidiendo el poder para hacerlos llegar hasta el último
rincón del planeta.
Es necesario que oremos por el derramamiento del Espíritu Santo y para
que Dios nos use con el fin de continuar con el movimiento de la Reforma.
Oremos pues solicitando poder para señalarle a la gente a Cristo, a su
justicia, a su verdad y a su venida que pronto ha de ocurrir.
__________________

1. Palabras de vida del gran Maestro, cap. 20, p. 203.


2. Mensajes selectos, t. 2, cap. 48, p. 432.
3. El conflicto de los siglos, cap. 7, p. 124.
4. Ibíd., p. 125.
5. Ibíd., p. 132.
6. Ibíd., cap. 8, p. 140.
7. Ibíd., p. 148.
8. Ibíd.
9. Ibíd., p. 138.
CAPÍTULO 12

Una fe ardiente
A lCristo,
ver que cada día que pasa son más claras las señales del regreso de
se impone que haya una mayor unidad entre el pueblo remanente
de Dios, en el ministerio y en las instituciones. Hoy más que nunca debemos
tomar muy en serio las instrucciones que se nos dan en Hebreos 10: 24, 25:
«Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, no
dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino
exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca».

Si nos desviamos en lo más mínimo de nuestra fidelidad a Dios y a su


Palabra, en nuestro caminar con Cristo, eso podría tener consecuencias
desastrosas.

Cuando Eva se apartó ligeramente de lo dicho por Dios ella se expuso


por entero a los engaños de la serpiente.
La mujer de Lot perdió la vida cuando volteó su rostro para echarle
una mirada prohibida a su antiguo hogar.
Cuando los corazones de los hijos de Israel se apartaron de la tierra
prometida para pensar en Egipto, perdieron tanto su nueva patria como
la tierra de su exilio para morir en el desierto.

Todos ellos fueron fieles a Dios en algún momento, aunque luego


perdieron de vista al Señor abandonando su confianza en su Palabra. Como
resultado, la llama de su fe se extinguió.
Pablo presenta ejemplos de una fe genuina para motivarnos a que
desarrollemos una fe tan sólida como la demostrada por los héroes de la fe
del capítulo 11 de Hebreos. Además, ofrece valiosos consejos como el que
aparece en Hebreos 6: 12:
«No queremos que se vuelvan perezosos. Más bien, sin dudar ni un instante sigan
el ejemplo de los que confían en Dios, porque así recibirán lo que Dios les ha
prometido» (TLA).

Ese es también el consejo de Dios para nosotros hoy.


No podemos caer en la pereza. Más bien, a través del poder de Dios en
nuestras vidas debemos vivir de acuerdo a la exhortación encontrada en
Judas 3, para «que defiendan la fe que Dios ha confiado una vez y para
siempre a su pueblo santo» (NTV), de forma que la fe ¡arda como un gran
fuego en nuestro interior!
Debemos defender la fe en nuestras actividades recreacionales. Vivimos
en una época de innovaciones tecnológicas nunca antes soñadas.
Disfrutamos de un acceso prácticamente ilimitado a todo un universo de
comunicaciones y medios de publicidad. Aunque esto representa grandes
oportunidades para evangelizar, a menudo resulta nocivo para nuestra vida
cristiana. Hemos pues de proteger cuidadosamente las avenidas de nuestra
alma. En Filipenses 4: 8 se nos exhorta a hacerlo:
«Hermanos, piensen en todo lo que es verdadero, en todo lo que merece respeto,
en todo lo que es justo y bueno; piensen en todo lo que se reconoce como una
virtud, y en todo lo que es agradable y merece ser alabado» (TLA).

Y el consejo del apóstol es tan necesario, o más, hoy como lo fue en el


tiempo en que Pablo lo escribió. Debemos permitir que esos principios
bíblicos, y los consejos inspirados nos guíen al escoger nuestros
entretenimientos.
Debemos defender la fe en nuestras relaciones personales. Aunque
hemos de actuar siempre con cortesía y amistosamente con todo el mundo,
es preciso ser muy cuidadoso en lo tocante a quiénes aceptamos como
amigos íntimos. Las relaciones con los demás deben ser edificadas sobre el
sólido cimiento de una fe común en Dios, así como en las verdades de su
Palabra. Además de su recomendación de «no juntarse en yugo con los
infieles», Pablo nos pregunta enfáticamente: «¿Qué compañerismo tiene la
justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión, la luz con las tinieblas?» (2
Cor. 6: 14).
Resulta, pues, imprescindible que elijamos amistades piadosas que sean
un estímulo a caminar con Cristo. Por lo tanto, con la ayuda de Dios es
preciso que pongamos fin a toda relación personal que nos motive a realizar
actos que no sean del agrado del Señor.
Debemos defender la fe en nuestro comportamiento. Nuestra sociedad
fomenta comportamientos que el Señor aborrece. La promiscuidad, la
homosexualidad, la violencia, la vulgaridad, los excesos, la codicia y el
orgullo han llegado a ser algo normal; mientras que los estilos de vida
caracterizados por la pureza y la temperancia son ridiculizados. No
debemos permitir que todo eso nos impacte. Juan registró el estímulo que
Jesús les ofrece a quienes deben vivir vidas santas en un mundo malvado.
«Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si
fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes
yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia» (Juan 15: 18, 19).

Qué gran bendición es saber que el Señor jamás nos pide transitar por
una senda por la cual él no haya caminado. Qué gran consuelo obtenemos al
leer que:
«No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin
pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4: 15, 16).

El mismo Jesús, que estuvo donde hoy nosotros estamos y que enfrentó lo
que nosotros enfrentamos hoy, ha prometido darnos las fuerzas para que
caminemos con él victoriosamente.
Debemos defender nuestra fe mediante una actitud diligente. La Biblia
repetidamente nos indica que nuestro Dios favorece la excelencia. Así que
hemos de procurarla en todo lo que hagamos, para gloria de su nombre y
como representantes suyos, como criaturas suyas originalmente creadas a su
imagen y restauradas a esa misma imagen.
La Biblia afirma que los gobernadores y sátrapas de Babilonia «buscaron
ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado con el reino; pero no podían
hallar motivo alguno o falta, porque él era fiel, y ningún error ni falta
hallaron en él» (Dan. 6: 4). Su integridad y diligencia testificaron acerca de
la gloria de Dios y le ayudaron a ganar la confianza del rey. La
complacencia, la apatía y la mediocridad jamás deberían ser observadas en
la vida de un cristiano.
Debemos defender la fe en nuestra búsqueda del conocimiento
científico. Muchos están interesados en la relación que existe entre la
ciencia y las Escrituras. El Señor desea que nosotros consideremos todos
los aspectos de su creación: todo aquello que la biología, la geología, la
psicología y la sociología puedan decirnos acerca del mundo que él formó y
las criaturas que colocó en el mismo.
Siempre debemos tener en mente, no obstante, que debido a que Satanás
desea impedir que los seres humanos entiendan la voluntad y las obras de
Dios, el enemigo presentará falsedades acerca de toda verdad que Dios
haya revelado. Mediante la inspiración divina, Elena G. de White nos ha
advertido en cuanto a las limitaciones de la ciencia:
«Para muchos, las investigaciones científicas se han vuelto maldición. Al permitir
todo género de descubrimientos en las ciencias y en las artes, Dios ha derramado
sobre el mundo raudales de luz; pero aun los espíritus más poderosos, si no están
guiados en sus investigaciones por la Palabra de Dios, se extravían en sus
esfuerzos por encontrar las relaciones existentes entre la ciencia y la revelación.
Dios es el fundamento de todas las cosas. Toda verdadera ciencia está en
armonía con sus obras; toda verdadera educación nos induce a obedecer a su
gobierno. La ciencia abre nuevas maravillas ante nuestra vista, se remonta alto, y
explora nuevas profundidades; pero de su búsqueda no trae nada que esté en
conflicto con la divina revelación».1

Todos los que participen en investigaciones científicas que intentan


explorar las maravillas de la creación de Dios —ya sea como alumnos,
educadores, investigadores o profesionales—, deberían prestar atención a
dichas limitaciones.
Debemos defender la fe mediante nuestra apariencia personal. Muchos,
incluso aquellos que intentan seguir el ejemplo de Jesús, en esto se van a
los extremos. Algunos se han adaptado totalmente a las costumbres de este
mundo, mientras que otros parecen intentar distanciarse premeditadamente
del mundo en una manera poco atractiva. Los cristianos hemos de
mantenernos alejados de ambos extremos. Atengámonos al equilibrado
consejo que se nos da en Mensajes selectos:
«No desanimamos el gusto y la limpieza en el vestido. El gusto correcto en el
vestir no ha de ser despreciado o condenado».2

Sin olvidar esto:


«La negación de sí mismo en el vestido es parte de nuestro deber cristiano. El
vestir en forma sencilla, absteniéndose de la ostentación de las joyas y ornamentos
de toda clase, está en consonancia con nuestra fe».3

Aplicando los principios bíblicos, siguiendo los consejos del Espíritu de


Profecía y tomando el ejemplo de Jesús, podemos seleccionar una
vestimenta que presente un testimonio equilibrado acerca del Creador a
quien servimos.
Debemos defender la fe mediante nuestra mayordomía. Dios ha
colocado diversos recursos en nuestras manos. Debemos administrarlos con
sabiduría con el fin de satisfacer nuestras necesidades y apoyar al mismo
tiempo la misión que él nos ha encomendado.

Hemos de ser buenos administradores del dinero que Dios nos ha


confiado, devolviendo fielmente el diezmo del Señor y entregando
nuestras ofrendas voluntarias.
Como buenos mayordomos de nuestros cuerpos, cuidaremos nuestro
cuerpo siguiendo los ocho principios básicos de la salud: 1)
alimentación vegetariana equilibrada, 2) ejercicio físico regular, 3)
ingestión de suficiente agua, 4) prudente exposición al sol, 5)
abstinencia de sustancias nocivas (alcohol, tabaco, narcóticos), 6)
respirar aire puro, 7) suficiente descanso, 8) confianza en el poder
divino.
Seremos fieles mayordomos de nuestro tiempo, reservando a diario
tiempo para la oración y el estudio de la Palabra de Dios, y conforme
al cuarto mandamiento, respetando la santidad del sábado.

Tengamos siempre bien en cuenta que el mandamiento nos concede seis


días para trabajar y hacer toda nuestra obra. El sábado es el día del Señor,
el día que pertenece enteramente al Creador. Demasiados adventistas del
séptimo saben que el sábado es el día santo, pero olvidan guardarlo como
tal.
El sábado es el sello de la autoridad divina, un memorial de su creación y
su poder redentor, así como la oportunidad semanal para acercarnos más al
Señor. Debemos resistir la tentación de utilizarlo como un tiempo libre en
el cual podemos hacer lo que nos venga en gana. Más bien deberíamos,
gracias al poder de Dios, respetar la santidad del sábado preparándonos de
antemano para el mismo, interrumpiendo nuestras actividades cotidianas en
el día santo, adorando al Señor y confraternizando con nuestros hermanos
en la iglesia, atendiendo las necesidades espirituales de los demás, y
disfrutando la maravillosa naturaleza creada por la mano de Dios.
Si mediante las misericordias del Señor, seguimos esas sencillas
prácticas de mayordomía, encontraremos suficiente tiempo, suficiente
dinero y suficientes fuerzas para satisfacer nuestras necesidades, así como
para satisfacer las necesidades de la causa de Dios.
Debemos defender la fe mediante un reavivamiento espiritual. En el
número de la Review and Herald correspondiente al 22 de marzo de 1887,
apareció un artículo firmado por Elena G. de White, que llevaba por título
«La mayor necesidad de la iglesia». En el mismo ella aseveraba:
«La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un
reavivamiento de la genuina piedad en nuestro medio. Luchar por conseguirlo
debiera ser nuestra primordial tarea».

Alabo al Señor porque muchos adventistas del séptimo día están


procurando de manera ferviente la bendición de Dios, orando por un
legítimo reavivamiento y una reforma en sus vidas, tanto individual como
corporativamente.
Es imprescindible que permanezcamos muy alerta; ya que, como venimos
recordando, el diablo tiene siempre preparada una falsificación para cada
verdad bíblica. Se nos advierte, tanto en la Biblia como en el Espíritu de
Profecía, que en los últimos días Satanás suscitará falsos reavivamientos
intentando engañar, de ser posible, aun a los escogidos.
Elena G. de White escribió acertadamente con respecto a todo lo que está
aconteciendo entre nosotros:
«Corremos continuamente el peligro de sobrepasar la sencillez del evangelio.
Muchos tienen un intenso deseo de asombrar al mundo con algo original que eleve
al pueblo a un estado de éxtasis espiritual, y de cambiar su actual experiencia
religiosa. Ciertamente existe una gran necesidad de un cambio en la situación
actual, porque no se comprende como debiera la santidad de la verdad presente;
pero el cambio que necesitamos es aquella transformación del corazón que puede
obtenerse únicamente buscando a Dios individualmente para recibir sus
bendiciones, rogando para obtener su poder, e implorando fervientemente su
gracia para que nuestro carácter sea transformado. Tal es el cambio que
necesitamos hoy; y para alcanzar esa experiencia deberíamos ejercitar
perseverantemente nuestra energía y manifestar un sincero fervor».4
Debemos defender la fe mediante nuestra confianza en el Espíritu de
Profecía. Algunos de los nuestros tienden a rebajar el valor, o a rechazar
los consejos de la pluma inspirada. Hemos oído decir que, aunque los
escritos de Elena G. de White pueden tener valor devocional, no
deberíamos permitir en el siglo XXI «que su limitada perspectiva
decimonónica» modele nuestro entendimiento de la Biblia. Yo, sin embargo,
creo lo mismo que proclama de manera firme y decidida la Iglesia
Adventista del Séptimo Día: que el Espíritu de Profecía es uno de los
grandes dones que Dios le ha concedido al pueblo del remanente para el
tiempo del fin.
Debemos confiar en la Palabra del Señor y seguir el consejo de su
humilde mensajera, Elena G. de White, que en todo momento ha señalado a
la Biblia como la Palabra autorizada de Dios.
No podemos permitir que nadie —pastor, maestro, administrador, líder
de la iglesia local, o cualquier otro— socave nuestra confianza en el
Espíritu de Profecía.
Pablo aconsejó a los tesalonicenses: «No apaguéis al Espíritu. No
menospreciéis las profecías» (1 Tes. 5: 19, 20). Elena G. de White advirtió
que concretamente cuanto más nos acerquemos al tiempo del fin, más
veremos esto:
«Se encenderá un odio satánico contra los testimonios. La obra de Satanás será
perturbar la fe de las iglesias en ellos por esta razón: Satanás no puede disponer
de una senda tan clara para introducir sus engaños y atar a las almas con sus
errores si se obedecen las amonestaciones y reproches del Espíritu de Dios».5

En estos últimos días quizá incluso apostaten algunos a quienes hemos


respetado como líderes espirituales.
Por la seguridad de nuestras propias almas, debemos mantenernos firmes.
No debemos permitir ni la menor duda, ni aceptar que nuestros amigos y
familiares, ni nadie menosprecie nuestras creencias, con el fin de
apartarnos de la valiosa orientación que el Señor nos ofrece a través de
Elena G. de White, su mensajera escogida.

Nuestra mayor necesidad: el Espíritu Santo


Permanecer fieles sería bastante difícil si todo lo que tuviéramos que
enfrentar fueron tentaciones externas esporádicas. Sin embargo, por nuestra
naturaleza pecaminosa, no podremos obedecer la ley de Dios si no es por el
poder del Espíritu Santo.
El esfuerzo humano no nos permitirá alcanzar el nivel de vitalidad
espiritual que Dios espera de nosotros. ¡Pero el Dios que servimos es
poderoso! Cristo es tanto el Autor como el Consumador de nuestra fe. Por
lo tanto, mediante su fortaleza, defendamos nuestra fe hasta que alcancemos
lo que Efesios 4: 13 llama «la medida de la estatura de la plenitud de
Cristo».
El Señor nos ama tanto que desea obrar no solamente por nosotros, sino
también en y a través de nosotros. Al obrar a nuestro favor él nos acredita
la justicia de Cristo. Al obrar en nosotros él nos concede la fortaleza
espiritual que necesitamos con el fin de que podamos permanecer fieles.
Por otra parte, su obra a través o mediante nosotros, combinada con lo
que él hace a través de otros fieles creyentes, logra su misión de llevar la
salvación a todos aquellos que estén dispuestos a aceptarla.
Dios ha señalado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día como su pueblo
remanente, un pueblo al que ha encomendado la proclamación de los
mensajes de los tres ángeles a toda nación tribu, lengua y pueblo. No
podremos alcanzar ese objetivo si realizamos esfuerzos esporádicos.
Alcanzar ese blanco implica una cuidadosa planificación y la esforzada
labor tanto de los obreros de la iglesia como de todos los laicos. Elena G.
de White lo dice bien claro:
«La obra de Dios en esta tierra no podrá nunca terminarse antes que los hombres
y mujeres abarcados por el total de miembros de nuestra iglesia se unan a la obra,
y aúnen sus esfuerzos con los de los pastores y dirigentes de las iglesias».6

Esta combinación de esfuerzos no es algo nuevo. La Biblia revela que


Dios quiso que tanto el antiguo Israel como la iglesia cristiana primitiva
actuaran así.
El apóstol Pedro, haciéndose eco de las instrucciones divinas
encontradas en el Antiguo Testamento, nos lo indica claramente:
«Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por
Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable» (1 Ped. 2: 9).
Pedro no se estaba dirigiendo únicamente a los dirigentes de la iglesia
cristiana de su época; está hablando a todo el cuerpo de Cristo, a cada
miembro, ya sea joven o anciano. Cada miembro de la iglesia tiene la
sagrada responsabilidad de anunciar «las virtudes de aquel que» nos está
llamando «de las tinieblas a su luz admirable».
Desde luego, yo deseo estar en paz con Cristo cuando él regrese. Pero mi
mayor aspiración, además de la anterior, es ver el regreso del Señor antes
de que me llegue la muerte. ¡Y creo que es posible!
Todas las profecías bíblicas de tiempo se han cumplido.
Estamos viendo palpablemente que la inestabilidad mundial predicha por
Cristo, tanto en el ámbito natural como en el político, así como en el mundo
moral, se está cumpliendo.
Lo que Pablo escribió en Romanos 13: 11 resulta hoy más pertinente que
nunca.
«En todo esto tengan en cuenta el tiempo en que vivimos, y sepan que ya es hora
de despertarnos del sueño. Porque nuestra salvación está más cerca ahora que al
principio, cuando creímos en el mensaje» (DHH).

Aferrados al poder del Espíritu Santo debemos actuar unidos para cerrar
la brecha existente entre nuestros grandes ideales y nuestras esperanzas, y
los esfuerzos prácticos que deben realizarse si deseamos completar la obra
durante la presente generación.
El primer paso para «terminar la obra», es precisamente ponernos manos
a la obra.
«Todos debemos ser obreros juntamente con Dios. Ningún ocioso es reconocido
como siervo suyo. Los miembros de la iglesia deben sentir individualmente que la
vida y la prosperidad de la iglesia resultan afectadas por su conducta».7

Si deseas que tu fe sea ardiente, ¡arremángate y dedícate a trabajar por


Cristo mediante el poder del Espíritu Santo!

Revitaliza tu Escuela Sabática siendo tú puntual y con buena


disposición a comentar y dar tu opinión sobre lo que hayas aprendido
al estudiar la lección durante la semana.
No faltes a la reunión de oración semanal con el fin de recibir estímulo
al ver a los hermanos interceder por otros ante el trono de la gracia de
Dios.
Ayuda a los miembros de más edad de tu iglesia cuando lo necesiten e
infórmate de las necesidades de tus vecinos para buscar formas de
suplirlas mediante tu colaboración voluntaria en el centro de Servicios
Comunitarios de tu congregación.
Lleva siempre contigo publicaciones a cualquier lugar que vayas, para
entregarlas a las personas con las que entres en contacto.
Ejerce una influencia positiva en tu iglesia al asistir a las reuniones
administrativas y al aceptar puestos de responsabilidad, sin tomar en
cuenta su relevancia, cuando te lo pida la Junta de Nombramientos.
Además, ¡muestra tu disposición a servir en dicha Junta de
Nombramientos!

Por sí mismo el liderazgo de la Iglesia Adventista del Séptimo Día no


puede dar cumplimiento al llamado del Señor para que la iglesia sea el
remanente para este tiempo del fin; tampoco puede hacerlo ningún grupo,
sin importar cuál sea su edad u origen. Tú y yo, en forma individual,
debemos alistarnos para actuar en favor de Cristo. Fijémonos en lo que se
nos dice en ese maravilloso libro que es Servicio cristiano.
«En todas partes se nota una tendencia a reemplazar el esfuerzo individual por la
obra de las organizaciones. La sabiduría humana tiende a consolidar, a centralizar,
a formar grandes iglesias e instituciones. Muchos dejan a las instituciones y
organizaciones la tarea de practicar la beneficencia; se eximen del contacto con el
mundo, y sus corazones se enfrían. Se absorben en sí mismos incapacitándose
para recibir impresiones. El amor a Dios y a los hombres desaparece de su alma.

Cristo encomienda a sus discípulos una obra individual, una obra que no se puede
delegar a un poderhabiente. El servir a los enfermos y a los pobres, el predicar el
Evangelio a los perdidos, no debe ser dejado al cuidado de juntas y organizaciones
de caridad. Es la responsabilidad individual, el esfuerzo personal, el sacrificio
propio, lo que exige el Evangelio».8

Nuestro objetivo: glorificar a Dios


En nuestro caminar con Cristo, debemos enfocarnos ante todo en el
objetivo de glorificar a Dios.

Debemos dedicar a diario un tiempo definido para estudiar la Biblia y


orar, pidiéndole al Señor el cumplimiento de la promesa para
derramar el Espíritu Santo.
Debemos pedir a Dios con humildad que haya un reavivamiento del
fervor espiritual y una reforma de todo aquello que en nuestras vidas
pueda estar en conflicto con los mandatos de la Escritura y los
consejos del Espíritu de Profecía.
Además de una renovación personal, hemos de asumir un papel activo
en el reavivamiento y la reforma de la iglesia remanente.
Tenemos que comprometernos a realizar un esfuerzo personal y
participar activamente con toda la familia de la congregación local en
la terminación de la tarea que Dios nos ha encomendado.
Debemos convertirnos en parte integral del esfuerzo evangelizador de
este movimiento adventista, al apoyar y alimentar las iniciativas
evangelizadoras de nuestra congregación y Asociación que estén
cimentadas en la Biblia y en el Espíritu de Profecía.

Cuando permitamos al Espíritu Santo que nos cambie a la semejanza de


Jesús, automáticamente comenzaremos a cumplir con la tarea que Jesús nos
ha encomendado. De esa forma su carácter se hará patente en lo que
hagamos, no tan solo en lo que no hacemos. La Sra. de White describe el
resultado de un reavivamiento de ese tipo en el libro Palabras de vida del
gran Maestro:
«Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo,
entonces vendrá él para reclamarlos como suyos. Todo cristiano tiene la
oportunidad no solo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor
Jesucristo. Si todos los que profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su
gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la semilla del Evangelio.
Rápidamente maduraría la gran cosecha final y Cristo vendría para recoger el
precioso grano».9

Por tanto, debemos permitir que el Señor haga que nuestra fe se inflame.
Debemos unirnos a la generación que le permitirá al Espíritu Santo que
desarrolle plenamente en ella el carácter de Jesús. Debemos dar la espalda
al yo y confiar enteramente en Cristo, diciendo: «Señor, nada tengo en mi
mano de valor, sencillamente a tu cruz me aferro con amor».
Cuando nos coloquemos por entero en las manos del Señor, él hará
maravillas para nosotros, en nosotros, y a través de nosotros.
Estamos viviendo en los mismos extremos de los dedos de los pies de la
estatua que vio Nabucodonosor. Ahora mismo se están produciendo algunos
de los últimos acontecimientos predichos en el libro de Apocalipsis.
La lluvia tardía pronto descenderá para capacitar y fortalecer al pueblo
de Dios. ¡Estamos realmente a las puertas del hogar!
¿Estás dispuesto a entregarte por entero a servir a Cristo y a exaltar su
Santa Palabra así como al Espíritu de Profecía?
¿Te hallas en disposición de utilizar tus talentos para llevar el mensaje de
salvación al mundo que te rodea?
¿Deseas que tu fe se prenda en fuego mediante el poder del Espíritu
Santo, transformándote a la imagen de Cristo y haciendo de ti un embajador
de Cristo ante un mundo que pronto lo verá cara a cara?
__________________

1. La fe por la cual vivo, p. 323.


2. Mensajes selectos, t. 3, p. 280.
3. Ibíd.
4. Mensajes selectos, t. 2, p. 25.
5. Ibíd., t. 1, p. 55.
6. Obreros evangélicos, p. 87.
7. Servicio cristiano, p. 15.
8. Ibíd., p. 14.
9. Palabras de vida del gran Maestro, p. 47. El énfasis es nuestro.
CAPÍTULO 13

¡En marcha!
Lasen señales del regreso de Cristo no cesan de incrementarse en número y
intensidad. Desastres naturales, creciente confusión política,
comprometedores avances en el ecumenismo, marcado aumento e influencia
del espiritismo, deterioro de la economía mundial, desintegración social,
vertiginosa caída de los valores de la familia, rechazo de la autoridad
absoluta de la Santa Palabra de Dios y en especial de los Diez
Mandamientos, violencia y criminalidad, deterioro moral, guerras y
rumores de guerra...
Todo apunta de forma inequívoca a la conclusión de la historia de este
mundo y a la venida del Señor que nos llevará al cielo en un viaje final.
¡Qué gran bendición significa conocer que en medio de la inseguridad del
mundo que nos rodea podemos descansar confiados en la inconmovible
Palabra del Señor!
A lo largo de la historia el Todopoderoso ha protegido su Santa Palabra
de los incesantes ataques del enemigo, conservando un fidedigno registro de
nuestros orígenes y de su plan de salvación, con una gloriosa visión de
nuestra venidera liberación.
Mediante el poder de su verdad Dios ha esculpido a la Iglesia Adventista
del Séptimo Día del bloque de granito que representa este mundo caótico
que la rodea. Somos un pueblo diferente, el pueblo remanente de Dios; un
pueblo que es depositario de las verdades de Cristo y de su justicia y
portavoz de los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14 y de las
buenas nuevas del pronto regreso de Cristo.
Como cristianos bíblicos que estamos viviendo en los últimos días de la
historia, debemos ser lo que Pedro llamó:
«Una familia escogida, un sacerdocio al servicio del Rey, una nación santa, un
pueblo adquirido por Dios. Y esto es así para que anuncien las obras maravillosas
de Dios, el cual los llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa»
(1 Ped. 2: 9, DHH).

Como pueblo remanente de Dios somos identificados en Apocalipsis 12:


17 como «los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio
de Jesucristo». Tenemos un mensaje único de esperanza que debemos
proclamar a todo el mundo respecto a la gracia de Dios. Según lo expresa
Elena G. de White:
«Los adventistas del séptimo día han sido elegidos por Dios como pueblo especial,
separado del mundo. […] . Ha hecho de ellos representantes suyos, y los ha
llamado a ser sus embajadores durante esta última fase de la obra de salvación».1

Nuestros rasgos distintivos


El sábado. Las Escrituras afirman que el pueblo de Dios de los últimos
días aceptará y creerá en todos los mandamientos de Dios, incluyendo el
cuarto que nos pide santificar el sábado del Señor.
Al guardar el sábado demostramos creer que Dios creó el universo en un
principio, y en este tiempo del fin nos distingue como un pueblo entregado a
Dios, y nos diferencia de los que llevarán la marca de la bestia en un
intento de santificar un día que Dios no designó como santo.
Los mensajes de cada uno de los ángeles de Apocalipsis 14 están
relacionados con el sábado.

El primer ángel proclama «el evangelio eterno» (la justicia de


Cristo), diciendo:

«¡Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado. Adorad a


aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas!» (Apoc. 14: 6,
7).

Dios es el Creador y debe ser adorado en su sábado como una señal de


nuestra lealtad a él y a su Palabra y como un reconocimiento de su poder
creador.

El segundo ángel proclama:

«Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las
naciones del vino del furor de su fornicación» (Apoc. 14: 8).
La Babilonia mística ha corrompido los mandamientos de Dios habiendo
instituido un día de adoración que no es el séptimo, el cual es un
recordativo del poder creador de Dios manifestado en las Escrituras.
•El tercer ángel advierte que todos los que adoran a la bestia y a su imagen
recibirán su marca en la frente o en su mano y «serán destruidos mediante
fuego y azufre» (Apoc. 14: 9-12).
La Biblia indica que la adoración en domingo está íntimamente
relacionada con la adoración de la bestia y de su imagen. Dios ha
establecido el sábado como la piedra de toque que servirá para probar la
filiación de quienes dicen adorarlo.
La salvación. El tercer ángel concluye su proclamación al identificar al
pueblo de Dios como «los que guardan los mandamientos de Dios y tienen
la fe de Jesús» (Apoc. 14: 12).
Los verdaderos hijos de Dios confían plenamente en Cristo y en su
relación con él para su salvación. No buscan la salvación por obras, sino
por la gracia de Cristo. Esta gracia es la promesa del perdón divino y la
provisión de su poder: la justificación y la santificación.
Lo que Cristo hace por los creyentes —justificarlos a diario para que
puedan estar en la presencia de Dios como si nunca hubieran pecado—, no
puede separarse de lo que él hace en ellos —santificarlos a diario mientras
se entregan a él y permiten que el poder de su Espíritu Santo los transforme
a la semejanza del Salvador—. Este es precisamente el «evangelio eterno»
del mensaje del primer ángel. Es la justificación por medio de la fe.
Tomando en cuenta que creemos que Dios nos ha comisionado como
adventistas del séptimo día para que proclamemos los mensajes de los tres
ángeles de Apocalipsis 14, ¡tendremos más motivos para exaltar la gracia
de Dios que cualquier otro grupo!
El peculiar concepto adventista del gran conflicto se refiere a la gracia de
Dios que salva a los pecadores y a su poder que los transforma en sus hijos
e hijas. Los adventistas del séptimo día hemos de ser sus fieles testigos que
proclaman los mensajes de los tres ángeles con el celo del Espíritu Santo,
sosteniendo una conexión viva con Jesús, el autor y consumador de nuestra
fe.
La sangre expiatoria que Jesús derramó en la cruz, y el ministerio de
reconciliación que él está desempeñando en el Santuario celestial, tienen un
único propósito, que todo pecador arrepentido sea salvo.
Debido al sacrificio de Cristo y a su ministerio sacerdotal podemos
acercarnos «confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia
y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4: 16). Es esa maravillosa,
poderosa y redentora gracia la que se nos ha pedido que proclamemos a un
mundo enfermo de pecado.
Además, únicamente un genuino convencimiento de la profundidad de la
gracia de Dios podrá ayudarnos a no caer en uno de dos posibles extremos:
la inacción o la presunción. Este inspirador libro, que es El camino a
Cristo, lo expresa de la siguiente manera:
«Así que no hay en nosotros mismos cosa alguna de que jactarnos. No tenemos
motivo para ensalzarnos. El único fundamento de nuestra esperanza es la justicia
de Cristo que nos es imputada y la que produce su Espíritu obrando en nosotros y
por nosotros».2

El Espíritu de Profecía. Apocalipsis 12: 17 revela otra característica


distintiva propia del pueblo remanente de Dios: «el testimonio de
Jesucristo», que Apocalipsis 19: 10 define como «el espíritu de profecía».
El mismo Espíritu que impulsó a los santos hombres del pasado a escribir
los libros de la Biblia ha llamado en estos últimos días a una mensajera de
Dios.
En los escritos del Espíritu de Profecía el Señor nos ha confiado uno de
los más preciosos dones del Espíritu. Mediante su humilde sierva, Elena G.
de White, Dios nos ha brindado inspiradoras vislumbres de la Escritura, de
las profecías, de salud, de educación, de las relaciones interpersonales, de
las misiones, de la familia y mucho más.
El paso del tiempo no ha hecho de la Biblia algo obsoleto o irrelevante;
lo mismo puede decirse del testimonio de la mensajera de Dios para el
tiempo del fin.
Para recibir los beneficios de este don debemos leer los libros que el
Espíritu ha inspirado, seguir los consejos que encontramos en ellos y
compartirlos con los demás. Hay tantos libros maravillosos que podemos
compartir, incluyendo aquel que Elena G. de White deseaba que nosotros
distribuyéramos abundantemente, El conflicto de los siglos.
El Espíritu de Profecía es uno de los rasgos que identifican al pueblo
remanente de Dios del tiempo del fin. Sus consejos e indicaciones son tan
válidos hoy como antaño, puesto que nos han sido entregados por el propio
Dios.
El fiel remanente del Señor jamás debe menospreciar la preciosa luz que
ha sido dada mediante los escritos de Elena G. de White.

La salida de Egipto
En los tiempos del Antiguo Testamento Dios llamó a una familia y le
asignó un mensaje y un destino, que iniciaran un peregrinaje de fe y que
proclamaran misericordia divina al mundo.
Los israelitas tuvieron que vivir unos cuatrocientos años en Egipto donde
fueron esclavizados. Finalmente el Señor liberó en forma milagrosa a su
pueblo, obrando a través de Moisés, de Aarón y de María, con el propósito
de que se dirigieran a la tierra que él les había prometido. Allí tenían una
misión que cumplir.
Una vez que las diez plagas hubieron devastado a Egipto, sus moradores
estuvieron dispuestos a permitir que los israelitas se marcharan. Los
hebreos se dirigieron hacia el sur. Éxodo 13: 21 afirma:
«Jehová iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el
camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que
anduvieran de día y de noche».

¡Qué Dios maravilloso que guía a su pueblo de día y de noche!


El Señor condujo a los israelitas a lo largo de la ribera occidental del
Mar Rojo, al borde del desierto egipcio. Éxodo 14: 2 dice que el Señor les
ordenó: «Acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar, enfrente de
Baal-zefón».
Mi padre vivió unos quince años en Egipto. Él estudió la descripción
encontrada en Patriarcas y profetas del lugar donde acamparon los
israelitas, y exploró la zona. Identificó un lugar que vio que se ajustaba a
los detalles mencionados por Elena G. de White. Allí los israelitas tenían el
desierto al oeste, una montaña al frente, el Mar Rojo al este, y Egipto a sus
espaldas. Cruzar el mar en aquel paraje era muy difícil. Así se pudo
demostrar que Dios era más poderoso que los egipcios.
Éxodo 14: 5-7 registra que el faraón se lamentó de haber dejado marchar
a los israelitas y que los persiguió. «Tomó seiscientos carros escogidos y
todos los carros de Egipto». En el versículo 10 observamos que cuando los
israelitas se dieron cuenta de que se acercaba el ejército del faraón, se
llenaron de pánico y le reclamaron a Moisés diciendo: «¿No había
sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto?
¿Por qué nos has hecho esto? ¿Por qué nos has sacado de Egipto?» (vers.
11).
¿Cómo es posible que se sintieran tan acobardados, cuando habían tenido
tantas y tan claras evidencias de que Dios los estaba dirigiendo? Además,
contaban con una milagrosa columna de nube durante el día y con una
columna de fuego durante la noche.
¿Por qué no confiaron en el poder que se ocultaba en aquella columna?
¿Por qué será que en ocasiones perdemos nuestra fe?
¿Cómo podremos identificar la dirección y la misericordia de Dios
reconociendo que él está a nuestro lado y luego, si algo nos sale mal,
recriminarlo?
Tenemos aquí algunas enseñanzas que es preciso que aprendamos.
Al ver el temor del pueblo, Moisés les dijo: «No temáis; estad firmes y
ved la salvación que Jehová os dará hoy» (Éxo. 14: 13).
A menudo nos sentimos tentados a actuar siguiendo nuestros impulsos, y
no permitimos que el Señor guíe nuestros pasos; sin embargo, él nos pedirá
que no nos apartemos de su lado.
Para infundirles mayor confianza a los hijos de Israel, Moisés menciona
una poderosa promesa que todos deberíamos reclamar conforme nos
vayamos acercando a la culminación de la gran controversia entre Cristo y
Satanás:
«Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Éxo. 14: 14).

El Señor peleará por nosotros. Él abrirá el camino. Él obtendrá la


victoria para su iglesia. Debemos pues confiar en él. Debemos humillarnos
ante él. Tenemos que obedecerlo y seguir en pos de él.
Luego, por boca de Moisés, el Señor le dio una orden al pueblo de Israel:
la misma que en la actualidad le da a su iglesia del fin del tiempo.
« Entonces Jehová dijo a Moisés: “¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel
que marchen”» (Éxo. 14: 15).

Cuando Dios nos dice que nos pongamos en marcha, hemos de comenzar
a andar de inmediato.
Al parecer, los israelitas no eran capaces de ver el panorama completo.
Habían olvidado que Dios era quien los guiaba.
No podemos olvidar la forma en que Dios ha dirigido este movimiento
adventista en el pasado; ni tampoco que lo llevará a la victoria en el futuro,
para gloria de su nombre y para la vindicación de su plan redentor ante todo
el universo.
Estamos viviendo prácticamente en los momentos finales del gran
conflicto. Estamos a las puertas del hogar, y Dios nos dice: «¡En marcha!
¡Adelante! ¡Entren!».
Los hebreos tenían el desierto a su derecha, una montaña al frente y el
Mar Rojo a su izquierda. Sabían que el ejército egipcio se acercaba, por lo
que se sentían atrapados. Habían perdido de vista el poder de Dios. Todo lo
que podían ver eran las espadas y los escudos, así como los carros del
ejército egipcio que se aproximaba; además contemplaban las barreras que
impedían su huida hacia otro lugar.
¿A dónde podían ir? ¿Qué podrían hacer?
Nosotros también enfrentamos barreras como individuos y como iglesia.

Para algunos, a un lado se encuentra la montaña de la duda respecto a


la Biblia, en el otro el desierto de la interpretación liberal, además de
los ejércitos de la confusión espiritual que se aproximan desde atrás.
Pero Dios dice que somos una nación santa, un pueblo peculiar y él
ordena: «¡En marcha!»
Otros quizá estén atrapados por una montaña de dificultades
financieras, por el desierto de la familia y los conflictos personales
por otro lado, y las fuerzas de una sociedad confundida y pecaminosa
que los acosa por detrás. A ellos el Señor les dice: «Ustedes son mi
pueblo escogido, marchen».
Otros más se sienten atrapados por una montaña de incomunicación
por un lado, el desierto de los conflictos y la confusión en casa, en el
trabajo, en la iglesia y en la sociedad; así como las presiones de los
conflictos emocionales y desconfianzas que se aproximan a sus
espaldas.

El Todopoderoso, sin embargo, da la orden: «¡En marcha! ¡Adelante! ¡No


se dejen atemorizar por las circunstancias!».

Para fortalecer nuestra confianza en él


La pluma inspirada explica:
«En su providencia Dios mandó a los hebreos que se detuvieran frente a la
montaña junto al mar, a fin de manifestar su poder al liberarlos y humillar el orgullo
de sus opresores. Hubiera podido salvarlos de cualquier otra forma, pero escogió
este procedimiento para acrisolar la fe del pueblo y fortalecer su confianza en
él».3

En aquel momento Dios obró uno de sus más espectaculares milagros. La


nube que el Señor utilizaba para guiar a Israel se situó detrás del pueblo
para protegerlo del ejército egipcio. Luego Moisés extendió su mano y Dios
creó «la gran autopista del Mar Rojo». Entonces, mientras la nube frenaba a
los egipcios, los israelitas marcharon hacia el Mar Rojo.
¿Puedes imaginar el entusiasmo de más de un millón de personas
caminando a través del mar por un camino seco? Trata de imaginar a los
niños sonriendo mientras contemplaban a los peces que nadaban ¡como si
estuvieran en un acuario!
La inspiración señala mediante un vigoroso lenguaje lo que podemos
aprender de este relato:
«En esto se enseña una gran lección para todos los tiempos. A menudo la vida
cristiana está acosada de peligros, y se hace difícil cumplir el deber. La
imaginación concibe la ruina inminente delante, y la esclavitud o la muerte detrás.
No obstante, la voz de Dios dice claramente: “Avanza”. Debemos obedecer este
mandato aunque nuestros ojos no puedan penetrar las tinieblas, y aunque sintamos
las olas frías a nuestros pies. Los obstáculos que impiden nuestro progreso no
desaparecerán jamás ante un espíritu que se detiene y duda».4

Así que debemos mirar hacia el Todopoderoso que puede librarnos de


cualquier dificultad que enfrentemos ahora o en el futuro. Jamás debemos
dejar de confiar en él. Siempre debemos obedecer la orden que nos dice:
«¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedan jamás!».
Dios abrirá el camino sin importar los obstáculos que tengamos que
enfrentar como individuos o como iglesia. El Señor tenía un plan para
Moisés y para todo Israel. Él también tiene un plan para ti y para su iglesia.
Jamás pongas en duda el destino final de este poderoso movimiento
adventista que está en las manos de Dios. Él nos ha proporcionado
orientación profética que revela quién triunfará en el gran conflicto. Y, por
supuesto, ¡será Dios!
Cuando los israelitas llegaron al otro lado del Mar Rojo, Dios permitió
que los egipcios los persiguieran. Éxodo 14: 23-30 describe lo que sucedió
a continuación: Los carros perdieron sus ruedas y el mar se tragó a todo el
ejército egipcio para su total derrota. Ese es un cuadro de lo que sucede
cuando permanecemos firmes para ver «la salvación del Señor» (Éxo. 14:
13).
En Éxodo 14: 31 se nos dice que «al ver Israel aquel gran hecho que
Jehová ejecutó contra los egipcios, el pueblo temió a Jehová, y creyeron a
Jehová y a Moisés, su siervo». Luego en Éxodo 15 se registra el gran canto
de victoria entonado por Moisés y los hijos de Israel que comienza así:
«Cantaré yo a Jehová,
porque se ha cubierto de gloria;
ha echado en el mar al caballo y al jinete.
Jehová es mi fortaleza y mi cántico.
Ha sido mi salvación.
Este es mi Dios, a quien yo alabaré;
el Dios de mi padre, a quien yo enalteceré»
(Éxo. 15: 1, 2).

Hermanos y hermanas del movimiento adventista, estamos empeñados en


una gran travesía. Debemos acudir únicamente a Dios en busca de
salvación. La mensajera del Señor declara:
«El sendero por el cual Dios dirige nuestros pasos puede pasar por el desierto o
por el mar, pero es un sendero seguro».5

Ciertamente hemos de esperar que Satanás se interponga en cualquier


senda que Dios nos pida marchar, tentándonos para que vayamos en sentido
opuesto. Siempre que el Señor nos diga: «¡En marcha!», el diablo dirá:
«¡Den un paso atrás!».
Por lo tanto, ahora que nos encontramos a las puertas de nuestro hogar
eterno, el mismo Dios que conminó a los israelitas a que marcharan hacia la
tierra prometida, y no de vuelta a Egipto, nos ordena que avancemos y que
no retrocedamos (Éxo. 14: 15).

El llamado de Dios para este tiempo


Dios nos dice hoy: «¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedan
jamás!».
El Señor nos pide que nos pongamos de parte de la verdad aunque se
desplomen los cielos. Por lo tanto, debemos alejarnos de teologías que
carecen de fundamento y que están llenas de fanatismo; tendencias que lo
único que hacen es minar los fundamentos de la verdad bíblica sobre las
que nuestra iglesia ha sido edificada. Las creencias bíblicas de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día no serán conmovidas; permanecerán incólumes
hasta el fin del tiempo. No podemos olvidar lo que el Espíritu de Profecía
nos ha dicho:
«¿Qué influencia es la que induciría a los hombres en esta etapa de nuestra
historia para proceder en una forma solapada y poderosa para derribar el
fundamento de nuestra fe: el fundamento que fue colocado en el principio de
nuestra obra mediante estudio de la Palabra acompañado de oración y mediante
revelación? […] Somos el pueblo que guarda los mandamientos de Dios. Durante
los últimos cincuenta años toda suerte de herejías han sido presentadas para
dominarnos, para nublar nuestras mentes acerca de la enseñanza de la Palabra:
especialmente acerca de la ministración de Cristo en el Santuario celestial y el
mensaje del cielo para estos últimos días, como es dado por los ángeles del
capítulo 14 del Apocalipsis. Mensajes de toda especie han sido presentados a los
adventistas del séptimo día para ocupar el lugar de la verdad que, punto por punto,
ha sido descubierta mediante estudio con oración, y testificada mediante el poder
del Señor que obra milagros. Pero los hitos que nos han hecho lo que somos, han
de ser preservados y serán preservados, como Dios lo ha manifestado mediante
su Palabra y el testimonio de su Espíritu. Él nos insta a aferrarnos firmemente,
con el vigor de la fe, a los principios fundamentales que están basados sobre una
autoridad incuestionable».6

¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedamos jamás!


Permitamos que las Escrituras se interpreten a sí mismas.
Nuestra iglesia se ha apoyado en el método histórico-gramatical, para
entender las Escrituras, permitiendo que ellas se interpreten a sí mismas
versículo tras versículo y precepto tras precepto.
Uno de los más arteros ataques en contra de la Biblia surge de aquellos
que utilizan el método histórico-crítico para interpretarla, cuyo enfoque
pone la autoridad humana por encima de la Biblia, afirmando que son los
hombres quienes pueden definir lo que es verdad. Manténganse alejados de
esa metodología, que induce a desconfiar de Dios y de su Palabra, y que
socava nuestra teología y disipa nuestra misión.
Elena G. de White habló en forma directa respecto a este tema:
«Cuando los hombres, con su juicio limitado, encuentran que es necesario
examinar versículos para definir lo que es inspirado y lo que no es, se han
adelantado a Jesús para mostrarle un camino mejor que aquel en que nos ha
conducido. […] Hermanos, no se ocupe ninguna mente ni mano en criticar la
Biblia. […] Aferraos a vuestra Biblia, a lo que dice, y terminad con vuestra crítica
en cuanto a su validez, y obedeced la Palabra, y ninguno de vosotros se perderá».7

¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedamos jamás!


Aceptemos el Espíritu de Profecía como uno de los grandes dones que
han sido dados a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, tanto para nosotros
como para los creyentes del pasado, y que será aún más determinante en el
futuro.
Aunque creemos que la Biblia es la suprema autoridad, el Espíritu de
Profecía nos proporciona consejos claros e inspirados que nos ayudan a
aplicar las verdades bíblicas correctamente.
El Espíritu de Profecía es una guía que Dios nos ha dado para instruirnos
respecto a la forma en que debemos cumplir hoy la Gran Comisión que él
nos ha asignado.
El Espíritu de Profecía es un confiable expositor de la teología bíblica y
debe ser leído, creído, aplicado y promovido. No debe usarse como un
látigo para fustigar a la gente; sino que debe ser considerado y empleado
como una bendición maravillosa, que guiará a la iglesia de Dios en estos
últimos días de la historia del mundo.
Permítanme repetir una convicción personal: «No hay nada anticuado o
arcaico en el Espíritu de Profecía». Dios quiso que fuera una ayuda en el
presente y hasta que Cristo regrese.
¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedamos jamás!
Nuestra adoración debe estar centrada en Cristo y en la Biblia. Aunque es
cierto que las culturas varían, la música y otros elementos de nuestra
adoración no deberían derivar hacia el paganismo, centrándose en las
emociones y en lo puramente sensorial, al punto de que se pierda de vista la
Palabra de Dios.
Nuestra adoración, ya sea sencilla o compleja, jamás debe convertirse en
una exhibición artística; sino que debe hacer que la atención se aparte del
yo y de lo humano para únicamente exaltar a Cristo.
Es imposible establecer con precisión, y en todos los aspectos de la
adoración, una línea definida entre lo que resulta o no apropiado. Ahora
bien, el Espíritu Santo nos ayudará a tomar decisiones prudentes respecto a
la música que utilicemos en nuestra adoración.
¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedamos jamás!
Dios nos advierte en contra de sucumbir ante el error de aceptar en la
iglesia métodos de adoración y de predicación simplemente porque son
novedosos y están a la moda.
Debemos estar siempre alerta, y ponerlo todo a prueba de acuerdo con la
suprema autoridad de la Palabra de Dios y la orientación con la cual hemos
sido favorecidos a través de los escritos de Elena G. de White.
No debemos extender nuestras manos para unirnos a movimientos no
adventistas o a megaiglesias que prometen el éxito espiritual, aun cuando se
basan en una teología fallida.
Debemos evitar las disciplinas espirituales no bíblicas y los métodos de
formación espiritual que tienen sus raíces en el misticismo, como, por
ejemplo, la oración contemplativa, así como el movimiento de «la iglesia
emergente» donde dichos métodos son promovidos.
Más bien, deberíamos procurar la ayuda de los humildes pastores
adventistas del séptimo día, de los directores de departamentos que pueden
proveer métodos y programas de evangelización que se apoyan en sólidos
principios bíblicos y en el tema del gran conflicto.
¡En marcha! ¡Siempre adelante! ¡No retrocedamos jamás!
Permanezcamos firmes al leer e interpretar apropiadamente la Palabra de
Dios. Debemos siempre reconocer con humildad que somos criaturas
finitas, caídas; observando al mismo tiempo las obras de un Dios infinito y
omnipotente. En el gran libro de Dios de la naturaleza y en la Biblia hay
algunas cosas que no entendemos por completo. Aquello que Dios en su
misericordia nos ha revelado en un lenguaje claro, no debería ser rodeado
de escepticismo; sino ser aceptado sencillamente como un hecho, tomando
en cuenta que fue el Señor quien lo ha dicho. Elena G. de White escribió:
«Debemos ser cuidadosos, no sea que interpretemos mal las Escrituras. Las
claras enseñanzas de la Palabra de Dios no han de ser tan espiritualizadas que se
pierda de vista la realidad. No se fuerce el sentido de las declaraciones de la
Biblia en un esfuerzo por presentar algo raro a fin de agradar la fantasía.
Entended las Escrituras tales como son».8

Por ello no podemos tergiversar los primeros once capítulos del Génesis
ni parte alguna de las Escrituras considerando que son alegorías o
expresiones simbólicas.
La Iglesia Adventista del Séptimo Día enseña y cree en el registro bíblico
que afirma que Dios creó el mundo en seis días literales, consecutivos, de
veinticuatro horas. La Iglesia Adventista jamás cambiará su posición o
creencia respecto a esta doctrina fundamental.
Entender mal, o interpretar incorrectamente la doctrina de la creación
equivale a negar la Palabra del Señor así como la propia existencia del
movimiento adventista como la iglesia remanente de Dios, un pueblo
llamado a proclamar los mensajes de los tres ángeles con el poder del
Espíritu Santo.
No podemos movernos a la deriva acercándonos a las creencias de una
evolución atea o deísta. Debemos asimismo continuar apoyando la
interpretación profética que en última instancia constituye la característica
distintiva del pueblo de Dios: la observancia del sábado.
Como miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, sometámonos
a las más elevadas normas y creencias basadas en una interpretación
correcta de las Escrituras.
Elena G. de White presentó su último sermón ante un Congreso de la
Asociación General en 1909. Al abandonar la plataforma se dio vuelta,
tomó una Biblia de regular tamaño y con manos temblorosas la levantó ante
la congregación diciendo: «Hermanos y hermanas les recomiendo este
libro».9
Debemos permanecer firmes en el seguimiento que representan las
Escrituras. Como el pueblo de Dios y «el pueblo del libro», leamos la
Biblia, vivamos la Biblia, enseñemos la Biblia y prediquemos la Biblia con
el poder de lo alto.

¡Adelante!
Mis queridos hermanos de de la iglesia remanente de Dios, al acercarnos
al fin del tiempo Dios nos dice: «¡Adelante!».

Avancemos exaltando a Cristo y a su justicia, proclamando la gracia


de Dios.
Avancemos presentando los mensajes de los tres ángeles y rogando
que ocurra un reavivamiento y una reforma.
Avancemos observando lo que se lee en la Biblia.
Avancemos aceptando la orientación del Espíritu de Profecía y
proclamando al mundo las buenas nuevas de salvación y el inminente
regreso de Jesucristo.

La gracia de Dios está haciendo que hijos e hijas de Dios en todas las
partes del mundo sigan siempre hacia adelante.
Debemos mantener en alto el estandarte del evangelismo público en todo
momento.
La proclamación de la gracia de Dios y los mensajes de los tres ángeles
están transformando a la gente en todas partes del planeta.
El Espíritu Santo está obrando en los corazones de aquellos que escuchan
el maravilloso mensaje del advenimiento a través de nuestra predicación y
de nuestro testimonio, a través de la proclamación de la gracia divina.
Somos una iglesia maravillosa, con una gran diversidad cultural, unida en
Cristo y en el mensaje bíblico que Dios nos ha confiado. Somos una familia
internacional con miembros en todos los rincones del planeta: una familia
que proclama el amor de Dios mientras avanza unida gracias al Espíritu
Santo y a nuestras creencias bíblicas.
¡Qué precioso mensaje se nos ha pedido que llevemos al mundo!
¡Qué gran Creador!
¡Qué gran Redentor!
¡Que gran Sumo Sacerdote!
¡Qué gran Abogado!
¡Qué gran Amigo!
¡Qué gran Dios!
Muy pronto veremos una pequeña nube negra del tamaño de la mitad de la
palma mano. Según se vaya acercando a la tierra se irá viendo cada vez
más grande y más brillante. Sentado en su trono de gloria rodeado los miles
de millones de ángeles que conforman aquella nube estará Aquel a quien
hemos estado esperando: el Rey de reyes y Señor de señores, ¡Jesucristo,
nuestro Redentor!
Entonces elevaremos nuestras miradas a lo alto y diremos: «Este es
nuestro Dios, lo hemos esperado».
Cristo a su vez mirará hacia abajo y dirá: «¡Bien hecho siervos buenos y
fieles! Entren en el gozo de su Señor».
Luego ascenderemos para encontrarnos con el Señor en el aire e iremos a
casa con él para morar por siempre.
¡Ese será grandioso el final de la epopeya adventista!
Estamos a las puerta del hogar. No es el momento de rendirnos. No es el
momento de priorizar aquello que la tierra nos ofrece. Es el momento de
buscar al Señor y de entregarnos de lleno a su servicio.
¡Dios nos bendecirá al hacerlo!
__________________

1. Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 135.


2. El camino a Cristo, cap. 7, p. 95. Para conocer más acerca de la justificación por la fe, lee la
maravillosa descripción presentada en las páginas anteriores, así como los pensamientos que
aparecen a continuación de la presente cita.
3. Patriarcas y profetas, cap. 25, p. 260.
4. Ibíd.
5. Ibíd.
6. Mensajes selectos, t. 1, cap. 25, pp. 242, 243.
7. Ibíd., t. 1, cap. 1, pp. 19, 20.
8. Ibíd., t. 1, cap. 21, p. 200.
9. Arthur L. White, Ellen G. White, t. 6, p. 197.