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José Carlos Chiaramonte: “Todo historiador

es revisionista”
Los usos incorrectos de categorías históricas llevaron a Chiaramonte a volver al siglo XIX,
relevar malentendidos y volcarlos en su libro nuevo. Advierte que faltan profesionales que hagan
divulgación del pasado.

¿Y la palabra caudillo? ¿Cómo sobrevivió en el tiempo?


La palabra caudillo se sigue usando para referirse a cualquier personaje que
encontremos a la vuelta de la esquina. Es una expresión que se le aplica a gente que
tiene un gran poder de atracción sobre otros y que maneja asuntos públicos según
su conveniencia. Esos caudillos existen aquí, en Europa, en todas partes. Pero, con
respecto al siglo XIX, la palabra caudillo se usaba para designar a los gobernadores
que eran hombres de armas y que de acuerdo a una primera construcción mítica
del pasado, manejaban a su antojo la provincia. Lo que yo pretendo mostrar es que
las llamadas provincias argentinas no eran un campo de arbitrariedad, de
ilegalidad, sino que tenían normas de vida política provenientes de algo que en la
época se llamaba la antigua constitución. Nosotros tenemos una constitución en
1853, ¿pero antes qué teníamos? La gente no vivía en un reino de anarquía, se
guiaba por un conjunto de normas que provenían de un conglomerado diverso:
textos escritos, costumbres, fallos judiciales, etcétera. Lo que existía en el Río de la
Plata, en la primera mitad del siglo XIX, fue la vigencia de una antigua constitución
que en su mayor parte provenía de España. Los llamados caudillos tenían un poder
no arbitrario. Suelo preguntar a los alumnos, ¿quién era Alejandro Heredia?,
famoso “caudillo” tucumano, un hombre de armas que asistió al Congreso de
Tucumán. Bueno, pues se olvidan que era doctor en teología y docente. ¿Quién era
Pascual Echagüe? El lugar teniente de Urquiza y de Rosas, era santafecino y fue
gobernador en Entre Ríos; era doctor en teología por la Universidad de Córdoba y
también fue docente. ¿Quién era el general Paz? Un militar, sí, pero estuvo a punto
de graduarse en derecho. Con esto no quiero decir que eran intelectuales sino que
tenían en la cabeza el derecho natural y el canónico, las dos fuentes del derecho
político de la época. Entonces, las facultades extraordinarias que asumían los
caudillos eran una institución legítima, legal. Mientras el tirano es el enemigo del
pueblo, el dictador es un personaje a quien la comunidad política, mediante el
órgano de representación –en este caso en Buenos Aires es la Junta de
Representantes–, decide ungir al gobernador con las facultades extraordinarias por
un período delimitado y por instancia de ejecución delimitada.