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Hispania en el siglo iii*

Christian Witschel
Universität Heidelberg

Resumen
Este artículo trata algunos aspectos relevantes de la historia de la península Ibérica durante el siglo iii d.C.,
desde los Severos hasta Constantino I. Específicamente, son abordadas las transformaciones en el llamado
epigraphic habit, las invasiones y disturbios internos en territorio hispano, la evolución de la administración
provincial, así como la situación de las ciudades hispanas en el siglo iii. Finalmente, nos interrogamos sobre
la conveniencia o no de explicar las indiscutibles transformaciones evidenciadas durante el siglo iii d.C.
en la Península a través del modelo de una profunda «crisis» que habría afectado todos los ámbitos de la
vida.

Palabras clave
Hispania, siglo iii d.C., crisis, Epigrafía, administración, ciudades.

Zussamenfassung
Dieser Aufsatz behandelt einige wichtige Aspekte der Geschichte der iberischen Halbinsel während des
3. Jhs. n. Chr., das hier als eine Epoche aufgefaßt wird, die von den Severern bis Constantinus I. reichte.
Eingegangen wird auf die Veränderungen im epigraphic habit, auf die Invasionen und inneren Unruhen in
Hispanien, auf die Entwicklung der Provinzialverwaltung sowie auf die Situation des hispanischen Städte-
wesens im 3. Jh. Zum Schluß soll gefragt werden, inwieweit die unbestreitbaren Transformationen, die
sich auf der iberischen Halbinsel im Laufe des 3. Jhs. beobachten lassen, mit dem Modell einer tiefgreifen-
den ‚Krise‘ aller Lebensbereiche adäquat erfaßt werden können.

Schlagwörter
Hispanien, 3. Jh. n. Chr., Krise, Epigraphik, Verwaltung, Städte.

* Agradezco a Javier Andreu Pintado el invitarme a participar en este volumen con una contribución. Mi reco-
nocimiento, asimismo, para Sebastian Schmidt-Hofner por su exhaustiva lectura del manuscrito, así como para Judit
Végh, por su ayuda en la recopilación del material epigráfico. Muchas gracias doy también a Marta García Morcillo y
Alexander Puk por la traducción y corrección de mi manuscrito alemán.
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

El siglo iii d.C. representó una de las fases más im- ños irreversibles, de los que la vida en las provincias
portantes del Imperio romano. En esta época, durante hispánicas nunca se habría recuperado. La gran crisis
la que el Imperio, sin duda, sufrió considerables difi- del siglo iii, habría provocado una decadencia cons-
cultades militares y políticas, se detectan numerosos tante durante los siglos siguientes, afectando especial-
procesos de transformación que, finalmente, a finales mente a las ciudades hispanas: éstas habrían perdido
del siglo iii, conducirían hacia el inicio de una nueva progresivamente su pasada influencia, al retirarse las
época, la Antigüedad Tardía. Para explicar los prin- elites a sus lujosas y cada vez más autónomas propieda-
cipales fenómenos de este periodo, la Historiografía des rurales, mientras que el resto de la población –cada
ha recurrido tradicionalmente a un modelo de «cri- vez más marginada por la expansión del latifundio–
sis» (Gerhardt 2006; Liebeschuetz 2007), desarrollado se preocupaba por sobrevivir. Asimismo, la economía
progresivamente hasta convertirse en una devastadora de exportación hispana se habría colapsado a conse-
«crisis mundial» (Alföldi 1969) o en una «crisis del sis- cuencia de estos procesos, de forma que la península
tema» global, que habría afectado a todos los ámbitos Ibérica, desde finales del siglo iii habría presentado la
de la vida (Alföldy 1989). En los últimos años, se ha imagen de una región empobrecida, cuya característica
cuestionado cada vez más este modelo (Strobel 1993, principal habría sido la «ruralización» de la mayoría de
2001; así como Witschel 1999, 2004). En este senti- sectores de la vida.
do, se ha insistido especialmente en la dificultad de Desde entonces, esta visión unilateral ha sido
ajustar la imagen de una «crisis» uniforme, aplicada a sustancialmente modificada o, incluso, totalmente
los diferentes ritmos de las transformaciones detecta- reconsiderada en una serie de recientes trabajos. En
das durante el siglo iii, y a las divergentes evoluciones consecuencia, la tesis del inicio de la «decadencia» de
y experiencias regionales en un territorio de enormes Hispania hacia mitad del siglo ii, iniciada con una
dimensiones como fue el Imperio romano. El concep- «pre-crisis» en época antonino-severa, ya no es sosteni-
to «crisis» solía, además, llevar implícito una perspec- ble, si bien es cierto que hacia finales del siglo ii, son
tiva negativa, que no parece uniformemente aplicable atestiguados relevantes procesos de transformación
a todos los ámbitos. Estas ideas han creado un intenso (Alföldy 1998a). Más específicamente, el modelo de
debate aún latente, reflejado en varias obras colectivas una asoladora «crisis estructural» que habría afectado
de reciente publicación (Swain/Edwards 2004; Johne/ por igual a todos los ámbitos de la vida de las pro-
Gerhardt/Hartmann 2006; Hekster/De Kleijn/Sloot- vincias hispanas hacia mediados del siglo iii, ha sido
jes 2007; que pude confrontarse con Hekster 2008, reexaminada varias veces (ver la cuestión resumida en:
82-86). Junto a ellas, han emergido una serie de vi- Cepas 1997; Pérez 1999; Kulikowski 2004, 66-71).
siones globales sobre el siglo iii, que ubican la historia A pesar de que aún hoy no exista un consenso defi-
de acontecimientos de este periodo en terreno seguro nitivo al respecto (ver, por ejemplo, la discusión en:
(Christol 1997a; Carrié/Roussel 1999; Potter 2004; Arce 1998; Bravo 1998; Panzram 2002, 121-127), es
Bowman/Garnsey/Cameron 2005; y, recientemente, posible constatar que una perspectiva unilateralmente
Johne 2008). Finalmente, cabe considerar las fuentes negativa o incluso determinista en relación a la evo-
sobre este periodo disponibles, incluidas en diversas lución de la península Ibérica en el siglo iii, apenas
obras de gran utilidad (como, por ejemplo: Loriot/ puede sostenerse en nuestros días. A ello hay que aña-
Nony 1997; Badel/Bérenger 1998). dir una revalorización de la situación de Hispania en
En el marco del debate sobre la situación del Impe- la Antigüedad Tardía (del siglo iv al vi): frente a los
rio romano en el siglo iii, los estudios regionales han modelos predominantes del pasado, que pregonaban
ido ganando cada vez más espacio, al considerar sobre una decadencia irreversible de la vida romana en la pe-
todo las grandes diferencias detectadas en la evolución nínsula Ibérica, se señala y acentúa hoy, de forma cada
de áreas particulares. No es por ello sorprendente que vez más enérgica, la continuidad de importantes es-
el debate sobre la «crisis del siglo iii», en los últimos tructuras, que habrían mantenido a Hispania, a pesar
años, se haya extendido también a la Hispania romana de las innegables transformaciones evidenciadas entre
(ver el enfoque global de la investigación propuesto el siglo ii y el iv, como una región próspera y unida a la
por: Cepas 1997, 13-27). Hasta los años ochenta del estructura del Imperio romano también en la Antigüe-
siglo xx, era dominante en relación a la península Ibé- dad Tardía (Arce 1993a; Teja/Pérez 1997; Teja 2002;
rica un paradigma científico que puede resumirse de Kulikowski 2004).
forma siguiente: tras la época de esplendor del siglo i y El presente trabajo tiene como objeto, consideran-
de principios del siglo ii, Hispania habría experimen- do los nuevos enfoques de la investigación, ofrecer una
tado una forma de «pre-crisis» a partir de la dinastía visión global de la evolución de Hispania durante el
Antonina. Posteriormente, impulsos negativos desde siglo iii. Con el fin de incluir en ella transformacio-
el exterior, como las medidas penalizadoras de Septi- nes estructurales de largo alcance, se ha optado por
mio Severo y, particularmente, la supuesta asoladora escoger un marco cronológico más amplio, que abarca
invasión franca en torno al 260, habrían causado da- desde la época severa hasta la Tetrarquía y, en ocasio-

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nes, también el reinado de Constantino I –un «extenso inscripciones: las transformaciones en el epigraphic ha-
siglo iii», por lo tanto (Rodà 1997; Alföldy 1998a)–. bit (apartado 1), la historia militar y de los principales
No todos los fenómenos relacionados con el tema pue- acontecimientos (apartado 2), la administración de
den ser aquí tratados por igual. Mi interés se centra, las provincias hispanas en el siglo iii (apartado 3), así
sobre todo, en una categoría de fuentes que, a pesar como el destino de las ciudades (apartado 4). Otros as-
de los problemas asociados a ella (ver, al respecto, la pectos relevantes como la evolución de los asentamien-
sección: «La evolución del epigraphic habit…», de esta tos rurales o la historia económica son solo tratados de
contribución), resulta válida para iluminar, al menos forma marginal (ver síntesis de la cuestión en: Wits-
de forma más precisa, ciertos aspectos de los complejos chel 1999, 175-178, 264-271; sobre la evolución de la
procesos de transformación documentados durante el agricultura hispana y del comercio de productos hispa-
siglo iii: las inscripciones. Antes de abordar este argu- nos puede verse: Sillières 1993a; Étienne/Makaroun/
mento, es preciso una aclaración: las fuentes literarias, Mayet 1994; Carreté/Keay/Millett 1995; Berni 1998;
que hasta hoy han influido la visión global proyectada Remesal 1998; Gorges/Rodríguez 1999; Étienne/
por la historiografía moderna sobre el siglo iii, no solo Mayet 2000, 2002).
son mayormente fuentes poco fiables (como es el caso
de nuestra mayor fuente, la Historia Augusta), sino que
además han sido generalmente interpretadas de forma 1. La evolución del epigraphic habit en
muy discutible. Esto es válido, sobre todo, para el caso Hispania durante el siglo iii
de los pasajes encendidamente retóricos de los Padres
de la Iglesia y de los panegiristas, en los que se quiso Precisamente por el hecho de que este trabajo se
reconocer una específica «conciencia de crisis» entre asienta, principalmente, en la interpretación de las
los contemporáneos (Alföldy 1975), algo que difícil- fuentes epigráficas, debemos ante todo considerar las
mente puede asumirse (Strobel 1993). Al caso de His- innegables transformaciones de la cultura epigráfica de
pania, se añade la dificultad de la limitada cantidad de las provincias hispanas durante el siglo iii. La costum-
fuentes literarias referidas directamente a esta región bre de erigir inscripciones y comunicar o conmemorar
en el siglo iii (en particular, para mediados y finales de a través de ellas importantes mensajes sociales, no se
siglo), que además se ocupan de hechos puntuales –es extendió de la misma forma y medida en todas las épo-
precisamente de estos testimonios limitados de don- cas de la Antigüedad. El epigraphic habit estuvo más
de la investigación tradicional ha pretendido extraer bien sometido a considerables fluctuaciones. Al lanzar
demasiado–. Como creciente contrapunto a este pa- una mirada sobre el conjunto del Imperio romano, se
norama, nos encontramos con las evidencias arqueo- comprueba que el número de inscripciones disminuyó
lógicas, aunque también aquí son reconocibles ciertos fuertemente a partir de mediados del siglo iii (Mrozek
problemas: hasta no hace mucho tiempo, la última 1973, 1998; Witschel 1999, 60-84, y 2006a). En ello
fase de la Hispania romana ha sido tratada con cierta hay que tener en cuenta, sin embargo, diferencias re-
negligencia, y los testimonios arqueológicos existentes gionales: en áreas particulares, como África o Siria, se
han sido interpretados, en su mayoría, bajo la premisa observa, hacia finales del siglo iii, una recuperación en
de una supuesta «decadencia» visible globalmente (ver, el número de inscripciones documentadas (Lepelley
por ejemplo, la mayoría de las contribuciones recogi- 1979, 72-120; Tate 1996). Diferente es la situación
das en: Nünnerich-Asmus 1993). Este panorama ha que presenta Hispania, donde, al menos en la zona este
cambiado en los últimos tiempos y la investigación ar- y sur de la Península y desde finales de la República,
queológica de la Antigüedad Tardía hispana ha hecho había existido una rica y diversa cultura epigráfica (Al-
progresos evidentes. Solo en un pequeño porcentaje, földy 1995a, 1998b), y donde se vislumbra, ya desde
es cierto, pero el cual, sin embargo, ha sido aplicado principios del siglo iii, un claro e irreversible cambio
a iluminar los procesos de transformación durante el en el epigraphic habit (Arce 1988; Borg/Witschel 2001,
siglo iii –que, por lo general, sigue siendo representa- 56-60; Kulikowski 2004, 28-38). Éste implicaba sobre
do arqueológicamente hoy en día como una especie de todo a las llamadas civic inscriptions, es decir, a aquellas
gran laguna (Cepas 1997, 224-225, sobre las ciuda- inscripciones honoríficas y monumentales erigidas en
des; confróntese, en este sentido, con Arce 1998, 361), los espacios públicos de las ciudades, dedicadas, prin-
donde son testimoniadas escasas actividades y sobre las cipalmente, a la conmemoración de méritos públicos,
que además resulta difícil profundizar, especialmente así como a la autorrepresentación de las elites locales.
si se pretende evitar acudir automáticamente al mo- Dentro de ellas, no todos los tipos de inscripciones
delo simple de una «crisis» global–. Actualmente, por fueron afectados de la misma forma. Muy extendido
esta razón, las inscripciones representan la mejor for- es el retroceso del número de inscripciones que men-
ma de aproximación a la historia de Hispania en el cionaban a miembros de las elites locales. Así, inscrip-
siglo iii. En consecuencia, el presente trabajo aborda ciones posteriores al 180 referentes al cursus honorum
ciertos fenómenos particularmente iluminados por las de funcionarios municipales son solo atestiguadas oca-

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sionalmente y, a partir de época severa, el hallazgo de comparados con épocas anteriores, incluso parecen au-
equivalentes inscripciones honoríficas, generalmente mentar (por lo menos en la Hispania Citerior); siendo
sobre bases de estatuas, resulta cada vez más esporá- esto aplicable no solo a principios del siglo iii, sino
dico (Alföldy 1979; Curchin 1990, 116; Kruse 1995, también para la fase entre 249 y 284, por lo demás,
471). A partir del año 230, este tipo de inscripciones escasamente documentada a nivel de fuentes (ver la
prácticamente deja de producirse. A lo largo del siglo visión global ofrecida por: Cepas 1997, 109-118). En
iii, también se reduce progresivamente el número de las ciudades hispanas, son incluso documentadas esta-
inscripciones honoríficas dedicadas a miembros de la tuas erigidas a emperadores de breve reinado, como el
aristocracia imperial y de la administración provincial. caso de Floriano en Italica (CILA, 2, 370), cuyo go-
Del periodo entre mediados del siglo iii y principios bierno en el año 276 duró menos de tres meses (Sauer
del iv, son conocidas muy pocas inscripciones de este 1998). Se observan, además, formas no convenciona-
tipo, casi todas atestiguadas en las capitales provincia- les de dedicatorias imperiales, como la designación de
les (por ejemplo: RIT, 129, 132, 136, 146, 151, 155, Aureliano como deus tanto en Saguntum (CIL, II²/14,
en Tarraco; CIL, II²/7, 270 y 271; así como AE, 2003, 317), como en Valentia (CIL, II²/14, 19). Igualmente
931 = HEp13, 276, en Corduba; CIL, II²/5, 1167, en significativo es el hecho de que tales inscripciones im-
Astigi; HEp10, 55b, en Augusta Emerita; para el siglo periales fueran realizadas no solo en las metrópolis his-
iv: Stylow 2000). Finalmente, desde finales de época panas, sino también en numerosas pequeñas ciudades,
severa, inscripciones monumentales son realizadas en que representaban la cara de Hispania desde principios
las ciudades hispanas solo de forma esporádica, la ma- del Principado (ver, en este mismo texto el apartado:
yoría por iniciativa del emperador o del gobernador «Las ciudades de Hispania en el siglo iii»).
de turno (RIT, 91, de Tarraco; CIL, II²/14, 789, de Aproximadamente desde mediados del siglo iii, las
Dertosa; HEp4, 516, de Complutum; CIL, II²/7, 321, bases utilizadas como soportes para inscripciones im-
de Corduba; CILA, 2, 438 = AE, 2002, 712, de Italica; periales son, a menudo, no nuevas, sino reutilizadas,
IRCP, 149 = AE, 1991, 944, de Mirobriga; CIL, II, lo que puede fácilmente falsear la estadística, ya que
191 = ILS, 5699, de Olisipo; CIIAE, 62/63, de Au- inscripciones imperiales más antiguas suelen ser de esta
gusta Emerita). Tras la rápida fase de expansión de las forma suprimidas (Mayer 1992; Alföldy 2000, 53-54).
ciudades hispanas en el siglo i e inicios del siglo ii, es Ésta es, de hecho, una práctica que puede observar-
evidente que en esta época no parecían existir más ne- se a lo largo de todo el Imperio, y no necesariamente
cesidades en ese sentido (ver apartado 4). En este pun- debe valorarse como un indicio de desfallecimiento de
to, cabe señalar un claro contraste con África, donde la economía o de decadencia cultural. Durante el siglo
sí aparecen documentadas inscripciones municipales, iii, se detecta una clara evolución entre los benefactores
incluso a mediados del siglo iii, con clara progresión que realizaban inscripciones imperiales (Saquete/Már-
en época tetrárquica (Waldherr 1989; Dupuis 1992; quez 1997, 49-50; Stylow 2001, 144-148). Ya desde
Witschel 2006b). finales del siglo i, resultaba poco común –y tan solo
Por contra, en la Hispania del siglo iii siguen rea- en determinadas regiones– que individuos privados
lizándose un número aún relativamente numeroso de erigieran estatuas del emperador. A principios del siglo
inscripciones dedicadas al emperador –por lo general, iii, los responsables casi exclusivos de la realización de
vinculadas a monumentos con estatuas (ver el catálogo monumentos en honor a la casa imperial eran comu-
de Cepas 1997, 119-133; que puede complementarse nidades cívicas o sus instituciones, principalmente el
con los siguientes testimonios: AE, 1980, 555, pro- ordo decurionum. Las más modernas estatuas imperia-
cedente de las inmediaciones de Mirobriga, dedicado les erigidas por autoridades públicas ciudadanas son de
a Maximinus Thrax; CIL, II, 4688 = HEp8, 357, de época de la primera y segunda Tetrarquía (IRC, IV, 27,
Malaca para Decius[?]; CIIAE, 56 = AE, 2003, 873, para Maximiano[?] del ordo Barc(inonensium); IRC, I,
de Augusta Emerita para Herennius Etruscus; Sáez et 18 = HEp12, 72, así como para Maximiano del ordo
al. 2005, de Astigi para Volusianus, y otra inscripción Segarrensis; CILA, 1, 13, para Constancio I. Caesar
dedicada a un emperador desconocido; HEp11, 251, de la res p(ublica) Hispal(ensis), o CIL, II, 5293, para
de Corduba para Salonina; CIIAE, 57, de Augusta Constancio I. Augustus de la [ciu]itas Aeminiens(ium)).
Emerita para Gallienus; HEp10, 374, de Malaca para Junto a ellas, encontramos documentada, por lo menos
Carinus; así como un grupo de inscripciones dedica- en la Bética, a la prouincia entera como benefactora de
das a emperadores indeterminados de finales del siglo estatuas imperiales (por ejemplo: CIL, II²/7, 255, de
iii o principios del iv: AE, 2003, 980, procedente de Corduba, para Filipo el Árabe, erigida por la prou(incia)
Segobriga; CIL, II²/5, 779, de Singili Barba; CILA, Baet(ica); véase Stylow 1989, 399-405; y además CIL,
2, 373, de Italica; y CIIAE, 59 = AE, 2003, 874, de II²/7, 258/59, para Salonina y para un emperador des-
Augusta Emerita). Estas evidencias permiten observar conocido de finales del siglo iii, igualmente de Cordu-
que, desde un punto de vista puramente cuantitativo, ba; así como dos nuevas inscripciones de Astigi, erigi-
los monumentos erigidos al emperador en el siglo iii, das por la prouincia (Baetica) immunis en 252/53: Sáez

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et al. 2005). Muy esporádicamente son atestiguadas que era posible, cada príncipe que llegaba al poder era
unidades militares, posteriores a la época severa, docu- inmediatamente conmemorado con un monumen-
mentadas como donantes de una estatua imperial (este to. De este modo, se comprende el hecho de que la
es el caso de: AE, 1976, 288, de Petauonium, para Tre- mayoría de emperadores del siglo iii, incluso de bre-
boniano Galo[?]). A partir de mediados del siglo iii, la ve reinado, estén representados epigráficamente. Así,
construcción de monumentos en honor al emperador por ejemplo, Tácito (testimoniado en toda una serie
llega a limitarse más y más a la iniciativa de represen- de miliarios sobre todo en Lusitania, ver: IRCP, 665-
tantes de la administración provincial, principalmente 666a; y también MINOH 370, 548) y Floriano (ver
del gobernador (tempranos ejemplos son: CIIAE, 57, más arriba), quienes, entre finales de 275 y octubre
para Gallieno; o RIT, 87, para Ulpia Severina, la mujer de 276, respectivamente, se mantuvieron en el poder
de Aureliano). Desde principios del siglo iv solo tales durante pocos meses. Existen pocos emperadores del
funcionarios son documentados como benefactores de siglo iii que no hayan sido registrados epigráficamente
estatuas imperiales y, desde el último periodo constan- en Hispania. Este es, por ejemplo, el caso de Emiliano.
tiniano, se detecta una clara disminución del núme- Con ello se muestra que la península Ibérica, durante
ro de inscripciones imperiales y una limitación de los esta época políticamente turbulenta, no se mantuvo
lugares en los que se erigían estos monumentos a los aislada en absoluto, sino que permaneció firmemente
grandes centros administrativos hispanos (Arce 1977- integrada en la estructura del Imperio. Desconocemos,
1978; Hidalgo/Méndez 2005, 552-554). sin embargo, quién tomaba la iniciativa en la realiza-
Durante el siglo iii, también se erigieron en His- ción de miliarios, ya que los responsables no suelen ser
pania un gran numero de miliarios, distribuidos por mencionados en la mayoría de formularios hispanos.
las tres provincias (para la Hispania Citeror ver: MPT, El impulso para la construcción de tales monumentos
95-167; MINOH, 779-792, 807-814; para la Bética: –sobre todo cuando se trataba de series enteras– pro-
Sillières 1990, 63-170; ver, además: Cepas 1997, 61- venía, con frecuencia, supuestamente de la adminis-
107; Solana/Hernández 2002). Desde el Alto Imperio, tración provincial o del mismo gobernador. Éste es el
sin embargo, el carácter de estas inscripciones había caso de los mencionados miliarios hispanos de Maxi-
cambiado considerablemente (Witschel 2002): a par- mino el Tracio, que a menudo contenían referencias
tir de ahora, solo ocasionalmente, el nombre del em- adicionales poco habituales en Hispania, como curante
perador es mencionado en nominativo y asociado a un Q(uinto) Decio Valeri(a)no leg(ato) Augg(ustorum) pr(o)
verbo referido a la construcción de una vía. Así, por pr(aetore) c(larissimo) u(iro) (ver el apartado 2 de esta
ejemplo, en época de Maximino el Tracio, fueron eri- contribución: «Invasiones, agitación interna…»). Las
gidos un amplio número de miliarios en diferentes vías comunidades cívicas podían igualmente ser partícipes
de la Hispania Citerior, cuyas inscripciones informan en la concepción y realización de miliarios, como ocu-
de que el emperador y su hijo uias et pontes tempore rría por ejemplo en la Galia en el siglo iii, donde las
uetustatis conlapsos restituerunt (MPT, 105-115; MI- ciuitates solían aparecer a menudo como dedicantes.
NOH, 782-784). A pesar de la aparente claridad del Mucho más difíciles de juzgar que los menciona-
mensaje, nos queda sin embargo la duda de si el repeti- dos grupos epigráficos, es la evolución cronológica de
do texto de los numerosos miliarios, con sus expresio- las numerosas inscripciones votivas y funerarias, que,
nes estereotípicas, habría conmemorado efectivamente sobre todo en el norte y oeste de la península Ibérica,
medidas de restauración en cada tramo de la vía refe- reflejaban la imagen de las culturas epigráficas locales.
rido. Mucho más habituales llegaron a ser los miliarios Las dificultades residen, sobre todo, en las deficitarias
en los que el nombre del emperador aparece en dativo, posibilidades de datación exacta de las inscripciones.
y en los que se omite el verbo. Así, los miliarios pa- Según los convencionales criterios de datación, el nú-
recen concebirse, cada vez más, como una especie de mero de inscripciones funerarias se habría reducido de
monumentos honoríficos que, a lo largo de las vías de forma significativa durante los finales del siglo iii, sien-
larga distancia, celebraban a la figura del emperador do casi inexistente a principios del siglo iv, antes de
reinante, sin que ello estuviera asociado a grandes me- que, con la formación de una nueva cultura epigráfica
didas infraestructurales –los numerosos miliarios del funeraria influida por el Cristianismo, éste experimen-
siglo iii representan, más que testimonios de la ayu- tara, al menos en determinadas regiones hispanas, un
da imperial a la red viaria (aunque ésta fuera sin duda considerable crecimiento a finales del siglo iv, en el v
mantenida a lo largo del siglo iii), una nueva evidencia y, sobre todo, en el siglo vi (Handley 2003). La apa-
del esfuerzo por expresar lo más extensamente posible rente impresión de que entre mediados del siglo iii y
la lealtad de los súbditos hacia el emperador–. Junto mediados del iv, hubiera existido un gran vacío en la
a las mencionadas inscripciones honoríficas imperia- realización de inscripciones funerarias resulta cuestio-
les, los miliarios muestran que los numerosos cambios nable. Las inscripciones votivas paganas conservan, a
de emperador durante el siglo iii eran registrados en mediados del siglo iii, su significado (como, por ejem-
Hispania de forma detallada, de modo que, siempre plo, los altares-taurobolium de los años 233, 234 y 238,

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hallados en Corduba: CIL, II²/7, 233-235) y son docu- nazas externas y conflictos internos. Sin embargo,
mentadas aún a finales del siglo iii y principios del iv desde el punto de vista metodológico –a tenor de la
(CIIAE, 58, en Augusta Emerita, e IRPLe4, en Asturica tendencia de la historiografía tradicional a asignar a
Augusta, dedicadas respectivamente a Júpiter por un los procesos documentados consecuencias de gran al-
gobernador). Respecto a la gran cantidad de inscripcio- cance– es necesario considerar tan solo aquellas in-
nes votivas de la zona oeste de la península Ibérica y su cidencias que afectaron con seguridad a la península
datación, surge el problema de que hasta el momento Ibérica, además de asegurar que la reconstrucción de
muy pocos santuarios en esta región han sido realmente tales acontecimientos no conlleve una amplificación
investigados, de modo que la cronología de muchos al- de sus efectos más allá de la segura mesura establecida
tares de simple realización, generalmente no puede ser por las fuentes.
determinada. Recientes estudios arqueológicos, como, Ya en los años setenta del siglo ii, el sur de Hispa-
por ejemplo, los llevados a cabo en el Monte do Facho, nia fue sacudido en dos ocasiones por invasiones (Le
en Galicia, han aportado, sin embargo, interesantes Roux 1982, 374-377; Alföldy 1985; Gutsfeld 1989,
evidencias (Schattner/Suárez/Koch 2005): del santua- 114-118; Arce 1998, 355-356). Sus responsables eran
rio de deus Lar Berobreus, localizado en este lugar, son grupos de Mauri de las poblaciones indígenas del nor-
conocidos hasta la fecha unos cien altares votivos, la te de África, llegados por barco a través del estrecho
mayoría de los cuales presentan una breve inscripción. de Gibraltar, y que atacaron lugares específicos de la
Gracias a los hallazgos arqueológicos, el uso de este san- provincia Bética. El gobierno central de Roma se vio
tuario puede datarse con seguridad en los siglos iii y entonces obligado a aplicar amplias contramedidas
iv, por lo que al menos una parte de las inscripciones (así: SHA. Marc. 21, 1: «cum Mauri Hispanias pro-
votivas son igualmente datables en este periodo. pe omnes uastarent, res per legatos bene gestae sunt»).
Como resumen, puede concluirse que, durante el Durante la primera invasión, en el año 171-172, la Bé-
siglo iii, se produjeron cambios evidentes en la cul- tica estuvo durante un corto periodo de tiempo bajo la
tura epigráfica de las provincias hispanas. Esto debe soberanía directa del emperador, siendo administrada
ser considerado en las siguientes observaciones, ya que conjuntamente con la provincia Hispania Citerior por
el retroceso de determinados grupos de inscripciones el gobernador C. Aufidius Victorinus (CIL, VI, 41140:
tiene como consecuencia que instituciones específicas leg[atus] Au[gusti] pr[o] pr[aetore] prouinciarum His-
ya no sean tan bien documentadas como antes en las pania]e citer[ior]is et Baeticae [simul]), mientras que el
inscripciones conservadas –esto no significa, sin em- anterior proconsul Baeticae, P. Cornelius Anullinus (CIL,
bargo, que éstas desaparecieran automáticamente de II²/5, 623 = ILS, 1139; Alföldy 1969, 122-123), como
la vida real o perdieran su importancia–. Hay que ser nuevo comandante de la legio vii Gemina, conduciría la
igualmente cautelosos a la hora de interpretar unilate- lucha contra los mauros, apoyado por uexillationes pro-
ralmente la transformación del epigraphic habit como venientes de otras partes del Imperio (CIL, VI, 41271
un indicio de una supuesta decadencia de la vida social = ILS, 1327, sobre un pra[ep(ositus)] uexillationis ... in
y cultural en la península Ibérica a partir de principios Hispanias aduersus ... Mauros rebelles). Durante la se-
del siglo iii. La comunicación social o la necesidad de gunda invasión maura, sobre 177-178, fue llevada a
representación de las elites, podían reflejarse también cabo una segunda medida: en esta ocasión, el gober-
a través de otras formas de expresión, siendo diferen- nador de la vecina provincia Mauretania Tingitana, C.
tes de inscripciones o estatuas, como por ejemplo el Vallius Maximianus, fue destacado con sus tropas a la
mundo visual de los mosaicos (Guardia 1992; Morand Bética, donde se distinguió como defensor de la pro-
1994; Muth 2001), o diversas formas de escenificación vincia (CILA, 2, 378 = ILS, 1354 de Italica, erigida
performativa que, en efecto, parecen haber jugado un para el fortissimus dux Maximianus ob merita et quot(!)
papel más importante en el mundo tardoantiguo que prouinciam Baetic(am) caesis hostibus paci pristinae res-
en épocas anteriores (Borg/Witschel 2001). De este tituerit), y donde liberó la ciudad de Singili Barba de
modo, es posible aclarar las transformaciones en el epi- un largo asedio (así CIL, II²/5, 783 = ILS, 1354a: «ob
graphic habit, no tanto a través de factores económicos municipium diutina obsidione et bello Maurorum
y políticos, como a través de una profunda –eso sí– liberatum»). A pesar de estos testimonios referidos a
transformación de las mentalidades (Alföldy 1998b, episodios de lucha de cierta significación en el sur de la
298; Panzram 2002: 126-127). península Ibérica (ver también CIL, II²/14, 131; sobre
un primus pilus, que in bello Maurico periit), que pro-
vocarían las necesarias reacciones por parte del lado ro-
2. Invasiones, agitación interna y estructuras mano, no deben sobrevalorarse los efectos a largo plazo
militares en la Hispania del siglo iii de las invasiones mauras de finales del siglo ii. Así, por
ejemplo, la afirmación contenida en la Historia Augus-
En la fase entre finales del siglo ii y principios del ta de que estas penetraciones habrían devastado casi
siglo iv, Hispania no se libró enteramente de ame- toda Hispania (ver más arriba), sin duda, es muy exa-

478
Hispania en el siglo iii

gerada. Al contrario, el hecho de que los mauros ni te control o influencia estatal (Padilla 1989, 31-39;
siquiera fueran capaces de conquistar una ciudad rela- De Salvo 1992, 183-224). Los efectos a largo plazo de
tivamente pequeña como Singili Barba, indica que su estas medidas no deberían, sin embargo, ser sobreva-
fuerza militar no debería exagerarse. Más bien parece luados, ya que, en parte, no tuvieron una gran conti-
que, a través de su movilidad, los Mauri habrían exten- nuidad (sobre las confiscaciones ver: Alföldy 1998a,
dido en realidad más miedo y terror en la Bética (que, 31-32; sobre las medidas económicas: Witschel 1999,
como prouincia inermis, no disponía de tropas propias) 264-266).
que causado grandes destrucciones –no es posible por El primer tercio del siglo iii transcurrió en Hispa-
ejemplo asegurar que el retroceso de la producción nia relativamente tranquilo. No fue hasta principios
minera de Río Tinto fuera provocado por la invasión del año 238, en el que Hispania se vio nuevamente
maura (así lo ve, sin embargo, Jones 1980)–. Al contra- amenazada por una guerra civil, cuando el veloz y ex-
rio, es posible asumir que la Bética habría recuperado tendido alzamiento contra el emperador Maximino
de forma rápida la estabilidad de la situación. el Tracio en diversos puntos del Imperio condujo a
Resulta, además, poco probable que el levanta- diversas operaciones militares. El gobernador de His-
miento de Materno en el año 185-186, aparentemente pania Citerior, Q. Decius Valeri(a)nus, se mantuvo fiel
limitado a Germania Superior (el llamado bellum de- a Maximino durante bastante tiempo. En la primavera
sertorum: Hdn. 1, 10, 1-7; SHA. Const. 16, 2; CIL, del año 238, aún erigiría una serie de miliarios en su
XI, 6053; Alföldy 1971), tuviera incidencia alguna en provincia, los cuales conmemoraban los (supuestos)
Hispania. El siguiente acontecimiento de consecuen- esfuerzos del emperador por restaurar calzadas y puen-
cias relativamente graves para la península Ibérica fue tes (Solana/Hernández 2002, 141-160; ver el aparta-
la guerra civil del año 197 entre Septimio Severo y do anterior de esta misma contribución). Además de
Clodio Albino. Este último había atraído a su lado a la ello, para proteger la costa oriental de Hispania, ha-
provincia Hispania Citerior, gobernada por L. Nouius bría instalado divisiones militares en puntos estraté-
Rufus. Tras la derrota de Clodio Albino cerca de León gicos de particular importancia, con el fin de impedir
en 197, Septimio Severo impuso un nuevo gobernador el desembarco de fuerzas enemigas, que apoyaban a
en Hispania Citerior, Tib. Claudius Candidus, que se los adversarios de Maximino en Italia. A ello parece
enfrentó con Rufus y venció a partidarios de Albino referirse una inscripción hallada en la entrada de una
en Hispania en una gran campaña terrestre y marítima cueva en la montaña de Montgó junto a Dianium, que
(SHA. Seu. 12, 5: «multi sane post Albinum fidem ei fue encomendada por el comandante de una uexilla-
seruantes bello a Seuero superati sunt»). Más adelante, tio de la legio vii Gem(ina) P(ia) F(elix) [[M[a]xim[i]
sería conmemorado en una inscripción (RIT, 130 = n(iana)]], la cual fue enviada por el gobernador De-
ILS, 1140) como dux terra marique aduersus rebelles cius Valerianus a esos puestos con misión de vigilancia
hh(ostes) pp(ublicos). Candidus pudo, sobre todo, apo- (AE, 1978, 440; ver la interpretación de Alföldy 1978;
yarse en la legio vii Gemina, que había permanecido distinta de la de Le Roux 1982, 381-382). Debido al
leal a Septimio Severo, siéndole otorgada por ello con hecho de que, poco después, Maximino el Tracio fue
posterioridad el atributo Pia. La legión era comanda- asesinado por sus propios soldados durante el asedio
da en aquel momento por Q. Mamilius Capitolinus, de Aquileia, no se produjeron los temidos enfrenta-
quien, en tanto legatus iuridicus per Asturiam et Gallae- mientos en Hispania.
ciam, era asimismo llamado dux de la tropa (IRPLe, 1 El sur de la península Ibérica pudo haber sufrido
= ILS, 2299). En épocas siguientes, se daría el caso en justo antes de mediados de siglo una nueva amenaza
repetidas ocasiones de una misma persona al mando de piratas mauritanos. Esto explicaría por qué el go-
tanto del poder jurídico como del comando de la le- bierno central decidió cambiar hacia 245 el estatus de
gión (Alföldy 1970, 2000, 25, con nota 36; diferente la provincia Bética, para asignarle a partir de entonces
es la opinión de: Le Roux 1982, 366-368). un gobernador directamente nombrado por el empe-
La represión de los seguidores de Albino fue segui- rador (ver el siguiente apartado: «La administración
da por un juicio: Rufus fue ejecutado (SHA. Seu. 13, de las provincias…», en esta misma contribución). No
7), y el mismo destino siguieron otros miembros de la disponemos, sin embargo, de otros testimonios sobre
aristocracia hispana, cuyos bienes fueron confiscados esta cuestión (Panzram 2002, 206-207). En este pun-
(SHA. Seu. 12, 1: interfectis innumeris Albini partium to, debe evitarse exagerar el peligro provocado por los
uiris, inter quos multi principes ciuitatis, multae femi- supuestamente siempre agresivos Mauri, procedentes
nae inlustres fuerunt, omnium bona publicata sunt ae- de África y particularmente de la Mauretania Tingi-
rariumque auxerunt, cum et Hispanorum et Gallorum tana (Arce 1998, 356). En África hubo, durante el si-
proceres multi occisi sunt; ver, también: Hdn. 3, 8, 2; glo iii, varios disturbios entre la población autóctona,
Remesal 1996; Arce 1998, 357). Al mismo tiempo, se ciertamente, pero fueron breves y de carácter regional
produjo una reforma administrativa de la exportación –se produjeron en gran medida en la mitad este de
de aceite de oliva de la Bética, sometiéndola a un fuer- la provincia Mauretania Caesariensis, así como en el

479
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

oeste de Numidia, en regiones, por lo tanto, bastante puede verificarse a través de ninguna otra fuente, y
alejadas de la península Ibérica (Witschel 2006b, 146- posiblemente es falsa (ver, no obstante: Kulikowski
149, 164-172)–. En la Mauretania Tingitana, por 2004, 68).
contra, la situación se mantuvo más o menos estable Los problemas a la hora de valorar estos aconteci-
hasta finales del siglo iii, y el retroceso de las tropas mientos empiezan con su cronología, ya que ninguna
romanas de la parte sur de la provincia hacia 285/90 de las mencionadas fuentes facilita una fecha exacta de
no parece haber sido la consecuencia de una gran ca- la invasión de los germanos (solamente Hier. Chron.
tástrofe militar, sino que se trató claramente de una 2280 menciona el año 264, pero esta información no
medida romana acorde con una determinada planifi- es realmente fiable). Los intentos de la historiografía
cación, que solo sería acompañada de forma ocasional moderna de extraer datos más exactos de la datación de
por disturbios (IAM, 55; Gutsfeld 1989, 145-146; los tesoros monetarios o de los estratos de destrucción
López 1991; Witschel 2006b, 176-177). de edificios, han de ser observados con gran escepticis-
Algo más factible de resumir, aunque no de for- mo (ver más abajo). Las fuentes indican tan solo que
ma detallada, son los acontecimientos que afectaron la incursión de los francos en Hispania formaba par-
a partir del 260 al noreste de Hispania Citerior. Ellos te del contexto de los dramáticos episodios que con-
forman parte de los fenómenos estudiados con ma- mocionaron el Imperio romano en el año 260, y cuyo
yor profundidad en la historia de la Hispania del si- punto culminante representó la captura del emperador
glo iii. Precisamente por ello es sin embargo impor- Valeriano por los persas, que desencadenaría numero-
tante interpretar con cautela las pocas fuentes exis- sas usurpaciones y asaltos (Christol 1997a, 137-151).
tentes y salvaguardarse de explicaciones exageradas En consecuencia, los francos habrían penetrado hacia
(Arce 1978; Le Roux 1982, 377-382; Pérez 1998). 260-262 (o quizás algo más tarde) en el nordeste de
Las informaciones que refieren esta invasión provie- Hispania. La duración de la invasión no puede estable-
nen todas de fuentes escritas de finales del siglo iv y cerse de forma segura, aunque seguramente no habría
principio del v, que además dependen entre sí. La sobrepasado unos pocos años. Nada se conoce de las
más completa descripción de los acontecimientos se contramedidas emprendidas por los romanos, dando la
encuentra en Aurelio Víctor (Aur. Vict. Caes. 33, 3). impresión de que los invasores habrían sido un peque-
De él conocemos que, bajo el emperador Galieno ño grupo de aventureros ansiosos de botín, cuyas accio-
–retratado de forma particularmente negativa por nes habrían sido referidas en las fuentes precisamente
las fuentes–, se produjeron en el Imperio romano a causa de su temeraria penetración hasta Hispania,
graves asaltos provocados por los bárbaros. Entre donde incluso habrían atacado la capital de la provin-
ellos se encontraban los Franci, que tras un saqueo cia, Tarraco. Este episodio muestra hasta qué punto las
en Galia, se dirigieron a Hispania y allí asolaron y fronteras romanas eran permeables hacia la mitad del
casi desvalijaron por completo la ciudad de Tarraco. siglo iii, siendo fácilmente traspasadas hasta el interior
Parte de ellos habrían llegado hasta África en bar- del Imperio por grupos de atacantes aislados. No debe-
cos apresados ([...] Francorum gentes direpta Gallia mos, sin embargo, sobrevalorar la importancia de estos
Hispaniam possiderent uastato ac paene direpto Tarra- hechos puntuales para la vida de la península Ibérica.
conensium oppido, nactisque in tempore nauigiis pars Particular cautela metodológica requiere el intento
in usque Africam permearet). Una descripción muy de reconstruir la ruta de los invasores y reconocer los
similar se encuentra en Eutropio (Eutr. 9, 8, 2; el destrozos por ellos provocados. En este punto, investi-
autor habla de Germani), mientras que Orosio, que gaciones anteriores han caído en ocasiones en la ligere-
provenía de Hispania y escribió bajo el influjo de za de señalar cada estrato con evidencias de incendios
de las grandes invasiones bárbaras de 409, ilustraba y fases de destrucción con una cronología aproximada
los acontecimientos de forma drástica (Oros. 7, 22, del siglo iii como la consecuencia de la invasión ger-
7-8): las consecuencias del ataque de los Germani mana, que habría sido igualmente responsable de los
en Hispania habrían seguido siendo evidentes en su numerosos tesoros monetarios de mitad del siglo iii
propia época, especialmente en Tarraco, donde las hallados en lugares dispersos de Hispania. Hoy en día,
ruinas de la ciudad y las miserables viviendas ha- resulta evidente que la mayoría de indicios de destruc-
brían recordado la terrible desgracia (exstant adhuc ción y sus consiguientes medidas de reconstrucción,
per diuersas prouincias in magnarum urbium ruinis documentados, por ejemplo, en numerosas villas de
paruae et pauperes sedes, signa miseriarum et nomi- la actual Cataluña, deben aclararse o datarse propo-
num indicia seruantes, ex quibus nos quoque in His- niendo otra explicación (Witschel 1999, 267, con
pania Tarraconem nostram ad consolationem miseriae nota 26). Especial cuidado requiere la interpretación
recentis ostendimus). Al respecto, encontramos en de tesoros monetarios, ya que estos, en ningún caso,
Orosio (Oros. 7, 41, 2) tan solo la referencia de que fueron enterrados –y nunca más recuperados–, a cau-
los germanos se habrían quedado en Hispania bajo sa exclusivamente de invasiones enemigas. Más parece
Galieno durante casi doce años –esta afirmación no que, al contrario, hacia finales del siglo iii, la especu-

480
Hispania en el siglo iii

lación habría jugado un rol importante, acrecentada Galieno (CIIAE, 57; Ramírez/Velázquez/Gijón 1993;
por las turbulencias monetarias de la época (Witschel así como Panzram 2002, 290; la datación de esta ins-
1999, 94-99, y 2004, 258-259; Haupt 2001). Gran cripción no es completamente segura, ya que también
parte de tales tesoros se encuentran en el oeste de His- podría pertenecer al periodo entre 257 y 260: Johne
pania (Pereira/Bost/Hiernard 1974, 231-233, nota 25 2008, 1132), cuyo nombre fue, sin embargo, borra-
y mapa 6). Es, sin embargo, muy poco probable que do poco después, lo que podría indicar que personajes
esta zona se hubiera visto afectada por los saqueos ger- con poder de decisión en Lusitania también se decan-
manos y, asimismo, resulta poco plausible la tesis de taran poco después por Póstumo. Todo se quedaría, no
que ataques piratas provenientes del Atlántico hubie- obstante, en un breve episodio (incierta sigue siendo
ran sido los responsables de esta situación. Es posible la lectura de un miliario erigido supuestamente para
afirmar, por lo tanto, que una amplia parte de Hispa- Victorino: MPT, 130), pues, ya en 269, todas las pro-
nia, aparentemente, no sufrió los efectos de la inva- vincias hispanas, tal como indican varias inscripciones
sión germana bajo Galieno. Esta conclusión puede, de dedicadas al nuevo emperador Claudio II (así: IRC,
todas maneras, aplicarse al oeste y sur de la península IV, 24, de Barcino; CIL, II²/14, 18, de Valentia; CIL,
Ibérica (sobre el noroeste, ver: Tranoy 1981, 400; y, II², 14, 315/16 = HEp12, 470, de Saguntum; IRST,
sobre la Bética: Padilla 1989, 25-31). Incluso en Ta- 3, de Saetabis; CIL, II²/5, 79, de Tucci; ver también:
rraco, único lugar hispano explícitamente mencionado MINOH, 787; la información contenida en SHA.
en las fuentes como víctima de la invasión germana, Claud. 7, 5, es, por el contrario, falsa), pertenecerían
las destrucciones –al contrario de lo que afirma Oro- de nuevo al gobierno central. La Hispania Citerior, y
sio– no parecen haber tenido ninguna consecuencia a quizá también Lusitania, habrían entonces decidido,
largo plazo, habida cuenta de que la vida de la ciudad tras la muerte de Póstumo, al principio del verano del
pareció restablecerse de forma relativamente rápida 269, renunciar a la lealtad al escindido «Imperio Galo»
(Keay 1981, 476-480; Ruiz de Arbulo 1993; Panzram (König 1981, 140; Drinkwater 1987, 36-37). No está
2002, 95-107), e incluso solo muy pocas villas de los claro, sin embargo, si este proceso estuvo acompaña-
alrededores parecen haber sido afectadas por grandes do de conflictos militares, ya que no disponemos de
saqueos de efectos tales que no volverían a habitarse referencias a este episodio en las fuentes antiguas. No
(Kulikowski 2001, 148-149; Ariño/Díaz 2002, 69- parece, en cualquier caso, que Claudio II estuviera ac-
70). Algo parecido puede decirse en el caso de otras tivo en Hispania.
ciudades de la región, como Barcino (Bonneville 1982, Para el periodo tras 270 hasta finales del siglo iii,
379-385). Los cambios en la imagen urbana de Tarra- solo existen vagos indicios sobre incidencias en la vida
co, que pueden observarse de forma general, deben ser de las provincias en relación a la península Ibérica. So-
más bien interpretados como una transformación pau- bre la pretendida suposición de que en 275-276 se ha-
latina de las estructuras urbanas, ya iniciada a lo largo bría producido en Hispania una segunda gran invasión
del siglo ii, y que se prolongaría hasta la Antigüedad germana, que incluso habría afectado las provincias
Tardía (ver apartado 4 de este capítulo, consagrado de Bética y Lusitania, no existen evidencias seguras.
a «Las ciudades de Hispania en el siglo iii»). En este Igualmente incierta es la cuestión de si el rápidamente
sentido, la devastación causada por los francos habría derrotado alzamiento de Próculo y Bonoso contra el
jugado tan solo un papel secundario. emperador Probo, en torno al 280 (vagamente reco-
Partes de Hispania se verían, no obstante, afecta- gido en las fuentes), habría propagado desde el Rhin
das por otra subversión sobre todo política, ya que, hasta Hispania (así: SHA. Prob. 18, 5: deinde cum Pro-
supuestamente en relación con la invasión franca, la culus et Bonosus apud Agrippinam in Gallia imperium
provincia Hispania Citerior se habría incorporado arripuissent omnesque sibi iam Brittannias, Hispanias et
consecutivamente al llamado «Imperio Galo», creado bracatae Galliae prouincias uindicarent, barbaris semet
por Póstumo en el verano de 260, tras su usurpación iuuantibus uicit), hubiera realmente tenido mayores
contra el emperador Galieno en Colonia (König 1981; efectos en la Península.
Drinkwater 1987; Cepas 1997, 16-17). Siguiendo el A partir de finales del siglo iii, nuevas e imponentes
testimonio de tres miliarios (MPT, 127-129; ver, ade- murallas fueron construidas en diferentes ciudades del
más, la inscripción funeraria: CIL, II, 5738), que men- norte de Hispania, y fortificaciones ya existentes fue-
cionan a Póstumo –uno de ellos hallado en Acci, al ron ampliadas (Kulikowski 2004, 101-109; Morillo/
sur de la provincia–, la anexión de la Hispania Citerior Aurrecoechea 2006, 359-381). Este fenómeno ha sido
a Póstumo habría acontecido a más tardar en el año interpretado como una reacción directa causada por el
262 (Drinkwater 1987, 27-28, 116). Posiblemente, miedo a los ataques enemigos, concretamente vincula-
también la provincia Lusitania habría cambiado bre- da a las invasiones del siglo iii. Una interpretación de
vemente de bando: aún en 261-262, el gobernador este tipo es, por razones diversas, problemática. Así, no
P. Clodius Laetus Macrinus erigiría en la capital de la puede asegurarse que todas las murallas con datación
provincia, Augusta Emerita, una inscripción dedicada a aproximada en esta época fueran erigidas en el marco

481
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

de un «programa de defensa» dirigido por el gobierno 1982, 59). Las escasas y poco esclarecedoras fuentes
provincial, aunque esta hipótesis haya sido a menudo (P. Argent. 480, 1; Pan. Lat. 8 [5], 18, 5; al respecto:
propuesta (por ejemplo: Hauschild 1993; Fernández- Arce 1982, 19-22 y 1998, 360; Haley 1994, 212-213;
Ochoa/Morillo 2006, 202-209; ver, también: Campo- sobre un supuesto monumento dedicado a la Victoria
manes 1998, 1073). Con frecuencia, la construcción de en Augusta Emerita ver: Panzram 2002, 291-292) no
las murallas solo puede ser datada de forma poco aproxi- permiten, sin embargo, asegurar esta suposición.
mada (García/Mordillo/Campomanes 1997). Algu- Finalmente, a favor de un siglo iii relativamente
nas de ellas parecen, efectivamente, haber sido inicia- tranquilo, habla la evolución de la estructura militar
das a finales del siglo iii (así en Lucus Augusti, después en la península Ibérica entre finales del siglo ii y el
de 270: González/Carreño 1998, 1179, con nota 40), siglo iv que, al menos, podemos reconstruir en parte
aunque la construcción de otras pudo haberse pro- (Le Roux 1982, 363-385; Kulikowski 2004, 76-82).
longado durante un largo periodo, como en el caso La disposición básica del ejército hispano, establecido
de Barcino, hasta el siglo v (Járrega 1991; Fernández- desde época flavia con una legión y solamente cinco
Ochoa/Morillo 2006, 190-202). Estas evidencias de- unidades auxiliares, todas estacionadas en el noroeste
jan, en mi opinión, la hipótesis de un «programa» uni- de la Península (Le Roux 1982, 144-153), apenas sufrió
forme como algo cuanto menos cuestionable. Las mu- cambios aparentes durante el siglo iii. Hasta mediados
rallas fueron, en su mayoría, programadas y realizadas del siglo iii, podemos, a través de testimonios epigrá-
con esmero y, a pesar del habitual empleo de material ficos y de sellos en tegulae, atestiguar la presencia de la
reutilizado, éstas no fueron construidas bajo la presión legio vii Gemina (ver: RIT, 128; así como la inscripción
del pánico. Un motivo esencial para su construcción –de incierta reconstrucción sin embargo– AE, 1976,
fue claramente –como en la vecina Galia– el incre- 277, que posiblemente hace referencia a la legión con
mento del prestigio urbano, asociado a estos podero- el sobrenombre De[ciana]), así como de algunas tro-
sos e impresionantes monumentos. En contraste, no pas auxiliares (así, en: AE, 1976, 288 de Petauonium
disponemos de evidencias de una grave sensación de se menciona el ala ii Fl[auia] H[ispanorum] c[iuium]
amenaza entre la población, por mucho que el aspec- R[omanorum] Galliana Volu[sia]na). Posteriormente,
to de una mejor defensa contra invasores habría sido debido a los cambios en el epigraphic habit, la eviden-
seguramente tenido en cuenta en la concepción de las cia epigráfica se interrumpe casi por completo. Para
murallas. la reconstrucción de las estructuras militares de finales
Podemos, por lo tanto, afirmar que Hispania en el del siglo iii y principios del iv, hemos de remitirnos a
siglo iii continuó siendo una región tranquila, mante- un testimonio considerablemente más tardío, la Notitia
niéndose, en lo esencial, a salvo de los grandes acon- Dignitatum, elaborada entre los años 400-420. En ella
tecimientos bélicos que sacudieron el Imperio romano continuan siendo citadas para las provincias de Gallae-
en esta época. Ciertos disturbios puntuales, como la in- cia y Tarraconensis la legio vii Gemina, con sede en Le-
vasión franca de principios de los años 60, no habrían gio, y cinco cohortes, de las cuales todas parecen haber
tenido efectos dramáticos, siendo además limitados surgido de unidades imperiales (Not. Dign. 42, 25-32;
en su extensión geográfica. En contra de la suposición al respecto: Arce 1980; Le Roux 1982, 370-373). En-
de que Hispania durante el siglo iii estuvo sometida a tre principios del siglo iii y principios del siglo v, pa-
grandes amenazas externas, habla el hecho de que nin- recen haberse sucedido ciertos cambios en las denomi-
guno de los emperadores, desde Septimio Severo a Ca- naciones de las tropas (así, por ejemplo, el ala ii Flauia
rino, visitara personalmente la península Ibérica (ver Hispanorum se había convertido en una cohors secunda
el análisis general en: Halfmann 1986, 216-242; Bow- Flauia Pacatiana, que continuó sin embargo estando
man/Garnsey/Cameron 2005, 714-723) –otras regio- asentada en Petauonium), así como en los tipos de es-
nes del Imperio fueron focos mucho más importantes tacionamientos (como en el caso de la cohors Celtibera,
de los conflictos militares de la época–. No es antes de de la que se dice: «Brigantiae, nunc Iuliobriga»). Hasta
la Tetrarquía que encontramos nuevamente la presen- el momento no ha sido posible, no obstante, calcular el
cia de un emperador en Hispania, Maximiano, quien, momento exacto en que tuvieron lugar estas transfor-
en invierno de 296-297 es documentado en el sur de maciones. Los hallazgos arqueológicos de castella en el
Hispania, posiblemente en Corduba (ver apartado úl- norte de España son poco esclarecedores para la época
timo de esta contribución; y Haley 1994). También a partir de finales del siglo ii (Morillo/Aurrecoechea
en este caso, se trataba solamente de un viaje de paso 2006, 290-358; así como, sobre Petauonium: Romero/
hacia Mauretania, donde se habían desatado impor- Carretero 1998, 1101-1103). A partir de principios
tantes disturbios que requerían la presencia del empe- del siglo iv, las ciudades habilitadas en esa época con
rador (Witschel 2006b, 169). A menudo se asume que nuevas murallas parecen haber jugado un papel cada
Maximiano se habría visto obligado con anterioridad a vez más importante para el estacionamiento de unida-
afrontar significativas operaciones militares contra los des militares en el norte de España (ver más arriba), tal
piratas francos en Hispania (Seston 1946, 117; Barnes como puede apreciarse en la Notitia Dignitatum para el

482
Hispania en el siglo iii

caso de Brigantium, Lucus Augusti y Veleia (Fernández- nombre por un legatus Augusti pro praetore, senador de
Ochoa/Morillo 2006). Desde una perspectiva general, rango pretorio; la administración financiera estaba en
sin embargo, el testimonio de la Notitia Dignitatum manos de un procurator Augusti prouinciae Lusitaniae,
refleja una relativamente alta estabilidad de las estruc- de rango ecuestre. La mayor provincia de la península
turas militares hispanas durante el siglo iii. Ibérica (y de todo el Imperio romano), la Hispania Ci-
A partir de estas observaciones, se transmite global- terior, donde se concentraban las tropas en Hispania,
mente la imagen de una considerable continuidad en era asimismo una provincia imperial, aunque, como
relación a las unidades militares romanas en Hispania consecuencia de su importancia, era administrada por
entre los siglos ii y iv. El número de soldados estacio- un senador legatus Augusti pro praetore de rango con-
nados en Hispania parece haber descendido a lo largo sular. En su cargo era ayudado por un (quizá también
del siglo iii, ya que la región no se encontraba entre dos) subordinado igualmente senador legatus Augusti
las zonas del Imperio fuertemente amenazadas. Algo iuridicus. Éste se encargaba de apoyar al gobernador
parecido puede observarse, para el mismo periodo, en en el campo de la jurisprudencia en todo el territorio
Britannia (Witschel 1999, 183-190) y África (Wit- de la provincia y, a partir de época tardoadrianea, es-
schel 2006b, 149-153, 173-188; esto concierne parti- pecialmente en las zonas bastante alejadas del noroeste
cularmente a la Mauretania Tingitana: López 1991). A de la Península, es decir en la región de Asturia et Ga-
partir de aquí, puede concluirse que, a lo largo del siglo llaecia, que correspondía a los tres distritos jurídicos
iii, el gobierno central habría trasladado parcialmente (conuentus) de Asturica Augusta (Astorga), Lucus Au-
tropas desde regiones consideradas poco amenazadas gusti (Lugo) y Bracara Augusta (Braga). La única legión
hacia los focos de conflictos militares. de Hispania, la legio vii Gemina, estacionada en Legio
Invasiones externas y tensiones internas habrían te- (León), era comandada por un legatus legionis senato-
nido, al parecer, durante el siglo iii, una influencia en rio. La administración financiera de la provincia corría
la vida de las provincias hispanas más limitada de lo a cargo, como era habitual, de funcionarios ecues-
que se ha sostenido tradicionalmente. Muchas regio- tres, dos en este caso: un ducenario procurator Augusti
nes de Hispania ni siquiera se vieron afectadas direc- prouinciae Hispaniae Citerioris/Tarraconensis, así como
tamente por ellas. Los innegables cambios que pueden (muy tarde, desde finales del siglo i) un igualmente
observarse a lo largo del siglo iii, y que procederé a ducenario procurator Augusti Asturiae et Gallaeciae,
describir a continuación, no pueden por lo tanto ser quien era particularmente responsable de las regiones
esclarecidos a través de factores exógenos o de acon- del noroeste, con sus importantes distritos mineros, y
tecimientos concretos y puntuales, sino que deben que tuvo supuestamente su sede en Asturica Augusta.
entenderse prevalentemente como procesos de trans- A lo largo del siglo iii, se produjeron no pocas
formación endógenos, desarrollados durante un largo transformaciones en la estructura de la administración
espacio de tiempo. provincial hispana, muchas de las cuales han sido des-
cubiertas recientemente gracias a nuevas evidencias y,
en particular, a nuevas interpretaciones de testimonios
3. La administración de las provincias epigráficos (Cepas 1997, 29-59). La primera reforma
hispanas en el siglo iii importante tuvo lugar en época severa, afectando a la
extensa provincia Hispania Citerior (básico, al respecto:
Hasta principios del siglo iii, el sistema de admi- Alföldy 2000 y 2007, 328-329; trabajos que superan
nistración provincial establecido a mediados de época todos los estudios anteriores sobre esta cuestión). Ya
augustea permaneció inalterado (Alföldy 1969, 2007; desde el siglo ii, existía en esta provincia una intensa
Ojeda 1993; Navarro 1999). La península Ibérica es- atención particular a la región de Asturia et Gallaecia,
taba dividida tan solo en tres provincias: (Hispania que se manifestó en la introducción de magistraturas
Vlterior) Baetica, Lusitania e Hispania Citerior. Estas especialmente creadas para este contexto. Bajo el em-
provincias fueron a su vez –como solía suceder en todo perador Caracala (quizás en el año 214) tales esfuerzos
el Imperio– atendidas por un relativamente pequeño se sistematizaron en la escisión de Gallaecia (es decir,
aparato administrativo. En cada provincia existían los los conuentus Lucensis y Bracaraugustanus) de la His-
siguientes altos cargos administrativos: la Bética, que pania Citerior y su constitución como provincia in-
desde época de Augusto fue encomendada a la sobe- dependiente. Tal como se ha conocido recientemente
ranía del pueblo romano, estaba regida por un gober- gracias al hallazgo de una inscripción proveniente de
nador senatorial con el título de proconsul, al que se le Lauinium (AE, 1998, 282), esta provincia llevaba el
asignaba un quaestor encargado de la administración nombre de Hispania Superior (posiblemente con el
financiera, así como un procurator Augusti de rango epíteto Gallaecia; Alföldy 2000, 28-34). Habida cuen-
ecuestre (responsable, sobre todo, de las propiedades ta de las pequeñas dimensiones de su territorio, la pro-
imperiales en la provincia). Lusitania dependía di- vincia no fue asignada a un gobernador senatorio, sino
rectamente del emperador y era administrada en su a un procurador ecuestre de rango ducenario. Hasta

483
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

el momento, conocemos el nombre tan solo de uno A]ug(usti) pr(o) pr(aetore) ad [cen]sus accepta[n]d[os]
de estos magistrados, C. Seruilius Diodorus, quien, se- prou(inciae) Lugdunens[is et p]rou(inciae) [H]isp(aniae)
gún la mencionada inscripción de Lauinium, datada [B]a[e]ticae. El cargo del censitor –vinculado al gobier-
en el año 227, es mencionado como u(ir) e(gregius) no de la provincia– era desempeñado por norma solo
proc(urator) CC prouinciae Hispaniae Superioris. Lucus en las provincias imperiales, a las que habría entonces
Augusti parece haber sido elegida como residencia del pertenecido la Bética en aquella época. Evidentemen-
gobernador de la nueva provincia, tal como refieren te, no se trataba solamente de una medida temporal,
varios testimonios epigráficos de principios del siglo iii ya que para este mismo periodo son testimoniados
(Le Roux 1977; Alföldy 2000, 49-51, y 2001). Asimis- otros gobernadores en la Bética, quienes, como praesi-
mo, la ahora reducida provincia Hispania Citerior, que des, habrían dependido directamente del emperador
todavía albergaba el conuentus Asturum y a la legio vii (Alföldy 1995b, 38-41): hacia 230/240, Q. Pomponius
Gemina, fue reconstituida, portando el nuevo nombre Munatianus Clodianus (AE, 1974, 129); así como A.
de Hispania noua Citerior Antoniniana, tal como co- Caecina Tacitus (IAM, 306), en torno a mediados del
nocemos a través de dos inscripciones votivas erigidas siglo iii. Por el contrario, hacia finales del siglo iii, los
en Legio por el gobernador de la provincia, C. Iulius proconsules dejan de ser atestiguados, por lo que cabe
Cerealis, post diuission(em)(!) [o diuisam] prouinc(iae) suponer que la Bética ya nunca más volvería a estar
primus ab eo [sc. Caracala] m[issus] por el bienestar del bajo la protección del Senado.
emperador y de su madre (IRPLe, 21/22; al respecto: Hacia el 250, la Bética se vería afectada, de nuevo,
Alföldy 2000, 19-27). La residencia del gobernador por una importante transformación, conocida recien-
se mantuvo en Tarraco, aunque a su disposición tenía temente gracias al hallazgo de dos inscripciones de As-
ahora solamente un legatus iuridicus y un procurator tigi (Sáez et al. 2005). Éstas refieren la conversión de
prouinciae Hispaniae Citerioris (éste seguiría ejercien- la Bética en una prouincia immunis bajo el emperador
do, supuestamente, en Asturica Augusta; Alföldy 2000, Treboniano Galo (quizás incluso con poca anteriori-
40-49, 63-67). Esta importante reforma, en la que se dad, aunque ciertamente después del 245), lo que im-
tendía claramente hacia una administración mucho plica de forma patente que la provincia habría estado
más directa de la económicamente relevante –aunque exenta del pago de los impuestos territoriales gracias al
bastante alejada del centro del Imperio– región no- privilegio imperial. Aunque desconocemos el proceso
roeste de Hispania (Alföldy 2000, 35-38), no habría que llevaría a esta reforma, éste pudo haber estado de
tenido sin embargo una larga duración, producién- algún modo relacionado con la decisión algo anterior
dose hacia 235 una reunificación de Gallaecia con la de que la administración Bética pasara a depender di-
Hispania Citerior. Ésta parece indicada por el hecho rectamente del emperador y con la realización de un
de que el gobernador Q. Decius Valeri(a)nus (ver más census provincial que le seguía. Es posible quizá, que
arriba), entre 235 y 238, estuvo nuevamente activo la exención de impuestos habría hecho posible una
en ambas regiones. Su sucesor directo, Rutilius Pu- mayor libertad de la economía oleícola bética, que se
dens Crispus, llevó el significativo título de leg(atus) hallaba en aquellos momentos en una difícil fase de re-
Aug(usti) pr(o) pr(aetore) prou(inciae) [Hispaniae] Cite- estructuración, relacionada con la caída de la produc-
rioris et Callacia[e] (CIL, VI, 41229), a través del cual ción y la regresión de la exportación (en este sentido,
se expresaba claramente que la escisión ordenada por convincentemente: Sáez et al. 2005, 310-311). Todo
Caracala había sido abolida poco antes. Esta situación parece indicar, sin embargo, que ésta hubiera sido una
se mantendría aparentemente hasta finales del siglo iii; medida provisional, habida cuenta de que, pocos años
poco convincentes resultan ciertas vagas referencias a más tarde, en una inscripción nuevamente dedicada
una posible nueva división de la provincia durante el por la provincia a la emperatriz Salonina, no se vuelve
siglo iii (Alföldy 2000, 52-59). a mencionar la immunitas (CIL, II²/7, 258).
Poco antes de mediados del siglo iii, se produci- Muy pronto, poco después de mediados del siglo
rían importantes transformaciones en el estatus de la iii, Hispania notaría también los efectos de la llama-
provincia Bética (Padilla 1989, 22-25; Alföldy 1995b; da «reforma de Galieno» (Aur. Vict. Caes. 33, 34; 37,
Navarro 2004, 384; y Johne 2008, 1128-1129). Al pa- 6; Cosme 2007; Hekster 2008, 41-43), que llevaría a
recer, el gobierno central se habría decidido a confiar cabo, desde principios de los años sesenta, la progresiva
la provincia a un legado imperial en lugar de un pro- sustitución de gobernadores senatoriales por ecuestres
cónsul elegido por el Senado, posiblemente a causa de en las provincias senatorias, particularmente, en aque-
una nueva amenaza provocada por los piratas mauros llas de importancia militar (Pflaum 1976; Christol
(ver, más arriba, apartado 2), o por la continuada re- 1999). Tal como han señalado recientes estudios, no
levancia económica de la provincia. Sobre este cambio se trató sin embargo de una novedad introducida de
de estatus nos informa una inscripción de Roma (CIL, forma contemporánea en todas las provincias, sino de
VI, 41229), que, hacia el año 245, indica al mencio- un proceso gradual que alcanzó regiones particulares
nado senador Rutilius Pudens Crispus como [leg(atus) en momentos diversos. Las provincias hispanas, que

484
Hispania en el siglo iii

desde mediados del siglo iii dependían todas directa- [---]us, testimoniado en una inscripción imperial de
mente del emperador, representan un buen ejemplo Augusta Emerita, posiblemente dedicada a Maximiano
de este proceso. La primera provincia cuyo gobierno y con datación del año 294 (CIIAE, 60). Finalmente,
fue traspasado a un eques fue la Bética (Stylow 2000, en la misma época (entre 286 y 293), P. Datianus pudo
434), inicialmente siguiendo una medida ad hoc –tal haber actuado como praeses, si asumimos que este per-
como era habitual a mediados del siglo iii (Christol sonaje, mencionado en las fuentes hagiográficas y en
1997b)– a través de la sustitución temporal del praeses una inscripción supuestamente falsa (CIL, II, 17*, de
senatorio por un funcionario ecuestre, recurriéndose Ebora) fue efectivamente una figura histórica (Arce
por lo general al procurator prouinciae Baeticae. Así, 1982, 39, Anm. 18; Garrido 1987, 68-70, 75-76).
supuestamente entre 253 y 260, M. Aurelius Alexan- Hispania Citerior, reunificada hacia el 235 y que for-
der es atestiguado como p[roc(urator) A]ugg(ustorum) mó parte desde aproximadamente 260/262 hasta 269
nn(ostrorum) u(ir) e(gregius) agens uice praesidis (CIL, del área dominada por Póstumo, fue gobernada por
II²/7, 259); y algo más tarde [Ma]gnius Donatus ha- un senador durante mucho más tiempo que las otras
bría ejercido como [procurat]or Aug(usti) n(ostri) [agens dos provincias. Las informaciones específicas para el
uice] praesidis [in prouincia B]aetica (CIL, II²/5, 1167). periodo de tiempo entre 244 y 280 son, sin embargo,
Desde aproximadamente 270-275, como muy tarde, casi inexistentes, aunque sabemos que en el año 283
la Bética parece haber sido administrada regularmen- M. Aurelius Valentinianus desempeñó el cargo de u(ir)
te por praesides ecuestres, ya que en el año 276 en- c(larissimus) praeses prou(inciae) Hisp(aniae) cit(erioris)
contramos en dos inscripciones de Italica a un u(ir) leg(gatus) Augg(ustorum) pr(o) pr(aetore) (RIT, 89/90).
p(erfectissimus) a(gens) u(ice) p(raesidis) llamado Aure- Para los años 280 y 282 son, además, testimoniados
lius Iulius (CILA, 2, 370 y 371). De la época de la dos legati iuridici senatorios (CIL, II²/14, 20; IRPLe,
primera Tetrarquía no se conoce ningún gobernador, 69; CIL, II²/14, 789). Poco después, el gobierno de
aunque poco después del año 305 son documenta- Hispania Citerior se traspasaría al ordo ecuestre, tal
dos varios praesides prouinciae Baeticae ecuestres (CIL, como revela para el año 288/289 la presencia de Pos-
II²/7, 261 y 264) tumius Lupercus como u(ir) p(erfectissimus) praes(es)
En Lusitania, que eventualmente habría formado prou(inciae) Hisp(aniae) Cit(erioris) (RIT, 92); y entre
parte del «Imperio Galo» hasta el 269 (ver el aparta- 286 y 293, de Iulius Valens con el mismo título (RIT,
do anterior de esta contribución), la reforma parece 91). Asimismo, el senatorio legatus legionis vii Gemi-
haberse aplicado por el contrario algo más tarde. En nae tuvo que haber sido sustituido a más tardar sobre
261/262 la provincia es administrada aún por un u(ir) esa época, quizás algunos años antes, por un praefectus
c(larissimus) leg(atus) ... pr(o) pr(aetore) (CIIAE, 57; legionis de rango ecuestre. Sobre este cargo dispone-
Ramírez/Velázquez/Gijón 1993). Los años posteriores mos, sin embargo, de muy pocas evidencias (ver, al
apenas aparecen reflejados en las fuentes, por lo que menos: CIL, V, 5835 sobre un u(ir) [p(erfectissimus)]
aún no es posible aclarar la cuestión del momento praef(ectus) leg(ionis) vii Gem(inae) Spaniae).
exacto desde que Lusitania llegó a ser administrada por La siguiente transformación de importancia de la
equites. Hasta ahora, no disponemos de evidencias de estructura administrativa en Hispania tuvo lugar en
agentes uices praesidis en Lusitania. Los siguientes go- el marco de los esfuerzos reformadores del emperador
bernadores documentados son, en cualquier caso, uiri Diocleciano a finales del siglo iii (básicamente, sobre
perfectissimi de rango ecuestre con el título de praeses. A los aspectos tratados a continuación, puede verse: Arce
esta categoría perteneció Aurelius Vrsinus, testimoniado 1982, 31-62, 1999; Garrido 1987, 58-91; Chastagnol
en una inscripción de Ossonoba (IRCP, 5) como u(ir) 1994; Lomas 2002; Kulikowski 2004, 71-76, 313-
p(erfectissimus) pr(aeses) prouinc(iae) Lusitani(ae). La 315). Como consecuencia de ellos, muchas provincias
reconstrucción de las primeras líneas de la inscripción, fueron parceladas con el fin de crear pequeñas unida-
referidas a los emperadores de la Tetrarquía, no es del des administrativas, lo que debía aportar a la adminis-
todo segura, por lo que Vrsinus podría haber ya ejercido tración provincial un mejor control sobre las regiones
como gobernador sobre el 280, hipótesis asumible si el de ella dependientes. En Hispania solo se vio afectada
personaje documentado en el año 276 como curator la enorme provincia Hispania Citerior, mientras que la
rei p(ublicae) Italicensium (CILA, 2, 370) se tratara de Bética y Lusitania permanecieron territorialmente in-
la misma persona (Saquete 2001; escéptico al respecto, alteradas. De la Hispania Citerior se crearon tres nue-
sin embargo: HEp11, 471 y AE, 2001, 1130). Aemilius vas provincias: (Hispania) Tarraconensis, Carthaginien-
Aemilianus, quien en una inscripción votiva de Augusta sis y Gallaecia. Las existentes unidades administrativas
Emerita consagrada a Júpiter (CIIAE, 58) es documen- dentro de la provincia y, particularmente, los distritos
tado como u(ir) p(erfectissimus) p(raeses) p(rouinciae) jurídicos (conuentus) creados por Augusto no parecen
u(lterioris?) L(usitaniae?), pertenece con toda probabi- haber sido muy considerados en esta reforma, pues,
lidad ya al gobierno de Diocleciano (Saquete/Mosque- según las informaciones disponibles –en gran parte
ra/Márquez 1991-92); así como también G. Sulpicius de época muy posterior– la nueva reestructuración de

485
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

la provincia seccionaba reiteradamente los antiguos y los procuratores algunos años antes (Alföldy 2000,
límites conventuales (Albertini 1923, 117-126). Así, 33-34). La evidencia más antigua para la existencia de
parece que la parte sur del conuentus Tarraconensis, la nueva provincia Gallaecia tampoco despeja lamen-
cerca de Valentia, habría sido adjuntada a la provin- tablemente todas las dudas: en una de las dos versiones
cia Carthaginiensis, que también abarcaba el completo de la passio de Marcelo (acta Marcelli, recensio N; ver
conuentus Carthaginiensis tal como las partes sur de Musurillo 1972, xxxvii-xxxix, 255-259) se informa de
los conuentus Caesaraugustanus y Cluniensis. La nueva que el martirio de Marcelo, en el año 298, se produjo
provincia Gallaecia, que en cierta forma continuaba el apud Legionem (respectivamente apud legionem septi-
proyecto, llevado a cabo ya a principios del siglo iii, mam geminam) prouinciae Gallaeciae sub Manilio For-
de una separación administrativa de las regiones nor- tunato praeside. En la otra versión, más fiable (recensio
occidentales de Hispania, era bastante mayor que la M), Fortunatus (referido aquí con el nomen Astasius)
provincia Hispania Superior, creada por los Severos ejerce, por el contrario, como praeses en la Tingi mau-
(ver más arriba), pues a ella se le asignaron igualmente ritana. No está del todo claro entonces, si deberíamos
el antiguo conuentus Asturum y, supuestamente, par- utilizar esta fuente como indicio de la existencia de la
tes del conuentus Cluniensis (Tranoy 1981, 402-403, provincia independiente de Gallaecia en el año 298 y
según Oros. 5, 7, 2; 6, 21, 2; así como Hyd. Chron. con ello de la división de la Hispania Citerior antes de
2; ver también, sin embargo: Arce 1999, 78-79, nota este momento (Balmes 1982, 182; Garrido 1987, 61-
55). En la provincia Tarraconensis permanecieron tan 63). En cualquier caso, los dos siguientes gobernadores
solo gran parte del conuentus Tarraconensis, las regiones de Gallaecia están documentados con seguridad, por
del norte del conuentus Caesaraugustanus, así como una primera vez, en época constantiniana (Tranoy 1981,
parte del conuentus Cluniensis. 404-405; Chastagnol 1994, 29-30), mientras que ape-
Es necesario analizar el momento exacto en que es- nas disponemos de informaciones sobre la provincia
tas medidas fueron llevadas a cabo. Debido a que el Carthaginiensis o sobre sus administradores. En con-
modelo de una «reforma global» por parte de Diocle- secuencia, no es posible averiguar la fecha exacta de la
ciano, frecuentemente recurrida por la historiografía aplicación de esta parte de las reformas diocleciáneas
moderna, y supuestamente ocurrida en los años 293 o en Hispania. Resulta sin embargo probable, que la di-
297 (Barnes 1982, 224-225), es, por razones diversas, visión de la Hispania Citerior en tres nuevas provincias
problemático (en este sentido, ya Anderson 1932, 30- habría tenido lugar hacia mitad de los años 90 del siglo
31; pero también: Bowman/Garnsey/Cameron 2005, iii. Si este proceso tiene relación con la visita, aunque
705-713), la pregunta debe ser tratada de forma sepa- siendo a corto plazo, del emperador Maximiano (ver,
rada para cada región del Imperio romano. En general, más arriba, el apartado anterior) a la península Ibérica
puede decirse que el catálogo provincial del laterculus en invierno de 296/297, es un hecho que queda en
Veronensis, datado sobre el 314 (con respecto a la parte duda (Seston 1946, 325-326).
occidental del Imperio), representa un seguro terminus La segunda importante medida de época de la Te-
ante quem, al incluir las nuevas provincias hispanas. trarquía afectó a la creación de una instancia superior
Un terminus post quem para la división de la Hispania a las provincias en Hispania: la diócesis. Ésta también
Citerior es aportado por dos inscripciones que mencio- se documenta por primera vez en el laterculus Veronen-
nan a Flaminius Priscus (IRPLe, 69; CIL, II²/14, 789), sis (Lat. Ver. 11), gracias al cual conocemos, además,
quien ejerció en el año 282, tanto en Asturica Augusta que a la diocesis Hispaniarum fueron asignadas no solo
(es decir en la región de la futura provincia Gallaecia), las ahora cinco provincias hispanas, sino también la
como en Dertosa el cargo de leg(atus) iur(idicus) totius provincia Mauretania Tingitana –ubicada en Áfri-
prouinciae Tarraconensis. No puede asegurarse que el ca pero vecina directa del sur de Hispania y de gran
cambio de gobierno senatorio a ecuestre en la Hispania importancia para la seguridad de la península Ibérica
Citerior, ocurrido entre 283 y 288 (ver más arriba), fue- (Kulikowski 2004, 72-76; Witschel 2006, 191)–. Al
ra acompañado de la creación de las nuevas provincias, cargo de la diócesis estaba un funcionario que en los
tal como ha sido diversamente postulado (Chastagnol documentos más antiguos conservados es designado
1994, 13-14; en contra: Arce 1982, 38-41). El hecho con el título de agens uices praefectorum praetorio y,
de que el nombre tradicional de la provincia (Hispania más tarde –sobre todo en las fuentes jurídicas y litera-
Citerior) continuara utilizándose en la titulatura del rias–, como uicarius (Hidalgo/Méndez 2005, 56-58).
gobernador, al menos, hasta principios de los años 90 Las más antiguas evidencias referidas a la actuación de
del siglo iii y fuera sustituido algo después por el de este cargo administrativo en las regiones hispanas son,
prouincia Tarraconensis (documentado por primera vez nuevamente, las dudosas acta Marcelli (recensio M 2;
en el año 312: RIT, 94) parece, en cualquier caso, un este documento es aceptado por Barnes 1982, 181 y
argumento en contra de una temprana división de la 224; Kulikowski 2004, 72). En ellas se informa de que
provincia; sin embargo, el nombre de provincia Tarra- Marcelo fue trasladado por el gobernador Fortunatus
conensis aparece ya en la titulatura de los legati iuridici (ver más arriba) ad dominum meum Aurelium Agri-

486
Hispania en el siglo iii

colanum agentem uice praefectorum praetorio en Tingi hallazgos epigráficos es posible igualmente determinar
(en la recensio N 2 se refiere por contra: ad auditorium el lugar donde se encontraba la sede del uicarius His-
domini Aurelii Agricolani praefecti praetorii). Con ello paniarum tras la estabilización del sistema de diócesis a
tendríamos una evidencia favorable de la presencia ya principios del siglo iv (HEp10, 55b; y, especialmente:
en el año 298 de un alto funcionario en el ámbito de Hidalgo/Méndez 2005). Si éste, tal como hemos visto,
la diocesis Hispaniarum, que sería más adelante esboza- parece haber ejercido en lugares diversos, su residencia
da por el laterculus Veronensis. A su vez, la anexión de principal se hallaba, como muy tarde desde mediados
la Mauritania Tingitana a las diócesis hispanas podría de época constantiniana, sin duda en Augusta Emerita
datarse igualmente a mediados de los años noventa del y no en Hispalis, como sostenía parte de la historiogra-
siglo iii. Los siguientes uicarii hispánicos son docu- fía anterior, que se basaba sobre todo en el testimonio
mentados por primera vez en época constantiniana. de Ausonio (Auson. Ordo nob. Urb. 81-85). Ausonio
Así, Q. Aeclanius Hermias, u(ir) p(erfectissimus) a(gens) proporciona una lista de los centros administrativos
u(ices) praef(ectorum) praet(orio), erigiría una estatua de más importantes de Hispania en el siglo iv (son men-
Constantino I en Corduba entre 312/315 y 324 (CIL, cionadas Corduba, Tarraco y Bracara), destacando en-
II²/7, 263), mientras que Septimius Acindynus, u(ir) tre ellos, particularmente, una ciudad submittit cui tota
c(larissimus) agens per Hispanias V c(um) p(rouincia) suos Hispania fasces. El nombre de esta ciudad aparece
T(ingitana) uice sacra cognoscens (sobre la correcta re- referido en los manuscritos transmitidos del autor por
constitución de las abreviaturas: Alföldy 2007, 329), una parte como Hispalis (Green 1991, 172, 577-587,
haría instalar en Tarraco igualmente una estatua para se inclina aún por esta lectura, aunque su explicación
un miembro de la casa imperial de Constantino (RIT, resulta poco convincente) y, por la otra, como Augusta
97; supuestamente entre 324 y 326), siendo él mis- Emerita. A la luz de los testimonios epigráficos y ar-
mo honrado con una inscripción en Augusta Emerita queológicos, ésta última es seguramente correcta (en
(HEp10, 55b; Saquete 2000). La designación del car- este sentido: Étienne 1982).
go de Acindynus indica, junto al testimonio propor- Al dirigir finalmente la mirada hacia las estructuras
cionado por el laterculus Veronensis, que a más tardar a organizativas interprovinciales, en primer lugar hacia el
principios del reinado de Constantino I, el ámbito de concilium prouinciae, cuya cúpula estaba ocupada por
actuación del a(gens) u(ices) praef(ectorum) praet(orio) un sacerdote superior provincial (flamen prouinciae),
en Hispania era una unidad territorial claramente defi- responsable de la organización del culto imperial (Dei-
nida. Todo habla a favor (en contra: Noethlichs 1982) ninger 1965, 121-131), así como hacia los distritos
de que esta situación ya habría existido bajo Dioclecia- jurídicos (conuentus), que disponían en general igual-
no. Tal como demuestran los testimonios menciona- mente de sus propias instituciones (Ozcáriz 2006),
dos y otros documentos, el uicarius habría ejercido a podemos divisar un alto grado de continuidad al me-
principios del siglo iv en diversos lugares de la diócesis nos hasta mediados del siglo iii. Especialmente bien
hispana, como por ejemplo en Tingi, Tarraco, Cordu- documentada es la persistencia del funcionamiento de
ba (CIL, II²/7, 270), Hispalis (Cod. Theod. 3, 5, 6 [a. la organización provincial en la Bética: en el año 245,
332?]) y Augusta Emerita. la prou(incia) Baet(ica) erigió en Corduba una estatua
Una importante consecuencia de las reformas dio- del emperador Filipo el Árabe ex decret(o) concili (CIL,
clecianas fue el establecimiento o ampliación de centros II²/7, 255; sobre esto véase: Stylow 1989, 403-405);
administrativos. Así, ciudades como Carthago Noua y otros honores a miembros de la familia imperial, igual-
–también supuestamente– Bracara Augusta (EE, VIII, mente realizados por la provincia en su conjunto (aun-
2, 117; Tranoy 1981, 404; según Haensch 1997, 173- que sin la referencia explícita al concilium), se lleva-
174, es más probable, sin embargo, que se tratara de ron a cabo en Corduba y Astigi entre 250 y 260 (CIL,
Asturica Augusta; ver IRPLe, 4), se convertirían, dentro II²/7, 258 y 259; Sáez et al. 2005, 304-305; ver más
de las recién creadas provincias Carthaginiensis y Ga- arriba el apartado 1 de esta contribución). De la His-
llaecia, en residencias del gobernador. Junto a ellas se pania Citerior, no se conocen inscripciones imperia-
mantuvieron las antiguas capitales de provincia exis- les comparables, aunque allí el concilium p(rouinciae)
tentes en época altoimperial: Tarraco para la Tarraco- H(ispaniae) C(iterioris) alabó a mediados del siglo
nensis, Augusta Emerita para Lusitania y seguramen- iii a un senador, que supuestamente habría acudido
te también Corduba para la Bética; habida cuenta de a Tarraco en ejercicio de su cargo (RIT, 146). Sobre
que no existen indicios convincentes de que, según se la misma época, el eques M. Bombius Rusticus, que
suponía tradicionalmente (ver, por ejemplo: Alberti- desempeñaba el cargo de aduoc(atus) fisci sacrar(um)
ni 1923, 123-125), la sede del gobernador se hubiera cogn(itionum) Hisp(aniarum) trium, fue nombrado
trasladado a Hispalis a lo largo del siglo iv. Las eviden- patronus prouinciae en la Hispania Citerior (RIT, 156;
cias epigráficas parecen señalar claramente lo contra- Alföldy 2000, 53-54). No conservamos testimonios de
rio (CIL, II²/7, 261-265; así como: HEp8, 180 = AE, finales del siglo iii y principios del iv; sin embargo, casi
2000, 735; al respecto: Stylow 2000). Gracias a nuevos con toda seguridad, los concilios provinciales fueron

487
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

mantenidos también en época tardoantigua. Así, una más arriba), los antiguos límites de los conuentus ya no
inscripción honorífica de Malaca, informa sobre una parecen ser considerados. Menciones posteriores aisla-
estatua ecuestre que fue erigida por el ordo de la ciu- das de conuentus, como en Hidacio (Hyd. Chron. 172,
dad sobre 357 para el gobernador de la Bética [co]n- sobre el conuentus Bracarensis, o 189, sobre el conuen-
sensu totius prouinciae (CIL, II, 1972; Stylow 2000, tus Lucensis; Kulikowski 2004, 62-63) o en algunos
432-433, 436). Algo más tarde, en el año 364, Flauius documentos eclesiásticos (Lomas 2002, 29) resultan
Sallustius, uicarius Hispaniarum sería honrado por el más bien anacrónicas.
conjunto de las provincias hispanas con una estatua en Al ensayar un breve resumen de las referidas evo-
Roma (CIL, VI, 1729 = ILS, 1254: missis legat(is) ... luciones, en general, no es posible afirmar que las re-
Hispaniae dicauerunt). formas administrativas durante el siglo iii en Hispania
Durante el siglo i y ii, los flamines prouinciae eran –como en todo el Imperio– se hubieran llevado a cabo
frecuentemente honrados con monumentos estatua- siguiendo un ritmo uniforme y un «plan maestro» que
rios. En este sector, los cambios en el epigraphic ha- habría afectado a todas las provincias. Más bien, hay
bit en la península Ibérica son especialmente visibles que asumir que el gobierno central reaccionaba en si-
(consúltese el apartado 1 de esta contribución). Así, tuaciones y casos específicos, lo que podría explicar
ninguna de las numerosas estatuas dedicadas a un fla- una forma de proceder diferenciada para cada región.
men en la Hispania Citerior parecen ser erigidas pos- En este sentido, medidas individuales, como la crea-
teriormente al año 200 (Deininger 1965, 127-128; ción de una provincia independiente como Hispania
Alföldy 1973, 14-17). De igual modo, todas las ins- Superior a principios del siglo iii, podían ser revoca-
cripciones de este tipo provenientes de Lusitania son das por necesidad. Desde una perspectiva global, la
datadas en los siglos i y ii (Lefebvre 2001). Solamente impresión es la de una evolución paulatina de largo
en la Bética, a principios del siglo iii, algunos flamines alcance desde principios del siglo iii hasta principios
son aún honrados con una estatua en Corduba (CIL, del siglo iv. Las intervenciones del gobierno central
II²/7, 292 y 297; y particularmente: CIL, II²/7, 295 en la estructura de las provincias hispanas (como en
del año 216; Panzram 2003). Esta costumbre igual- el noroeste de la Hispania Citerior bajo los Severos o
mente parece haber desaparecido poco después; sin en el caso de la Bética a mediados del siglo iii) refie-
embargo, los sacerdotes superiores provinciales siguie- ren el continuado interés del Estado en estas regiones,
ron siendo elegidos, tal como puede observarse en la relevantes desde el punto de vista económico, aun al
Bética, donde éstos aparecen aún en dos inscripciones considerar el hecho de que tanto la actividad mine-
imperiales de mediados del siglo iii como sistema de ra en Asturia et Gallaecia (Domergue 1990, 215-223,
datación (CIL, II²/7, 255 y 259; ambos con la expre- 309-314; Witschel 1999, 176-177; esto no significa-
sión flamonio...). Se trata de los testimonios epigráficos ría, sin embargo, el final definitivo de las minas de la
más tardíos de flamines provinciales en Hispania. Es Hispania nordoccidental: Edmondson 1989; Alföldy
no obstante probable que esta institución –como en 2000, 37, 40, 48-49), como el abastecimiento de la
otras provincias del Imperio– siguiera existiendo a fi- annona estatal con aceite de oliva proveniente del sur
nales del siglo iii y durante el siglo iv (Stylow 2001, de Hispania, retrocedieron aparentamente a lo largo
148). Así, una prescripción del concilio de Iliberris de del siglo iii (Arce 1998, 358-359), a consecuencia de
principios del siglo iv (ver capítulo siguiente), en la lo cual Hispania, en general, no siguió siendo tan im-
cual son referidos sacerdotes qui…coronas portant (conc. portante como al principio del Alto Imperio. En vista
Iliberr. can. 55), remite supuestamente a los sacerdotes de las medidas tetrárquicas, es posible afirmar que no
superiores provinciales. se aplicó ningún «modelo global» válido para todo el
Menos continuidad hubo en el ámbito del conuen- Imperio, ya que la división de la Hispania Citerior en
tus. Éstos son documentados como unidades en fun- varias provincias se habría producido claramente en
cionamiento por última vez a final de época severa: el un momento anterior a otras reformas provinciales si-
13 de abril de 222, un antiguo legado de la legio vii milares en África (a mediados de los años 90 del siglo
Gemina fue nombrado patronus de la institución por iii en Hispania, supuestamente en el año 303 en Áfri-
el concilium conuentus Clunien[s(is)] (CIL, VI, 1454 = ca: Di Vita-Evrard 1985; y Witschel 2006b, 190-191).
ILS, 6109; al respecto: Ozcáriz 2006, 67-68), y en- Finalmente, es importante destacar que las reformas
tre 222 y 235 el conuentus Karthag(inensis) erigió en diocleciáneas llevaron a cabo y continuaron medidas
Carthago Noua una estatua a Iulia Mammaea (DECar, anteriores, aunque, en parte, de forma diversa: así, se
44). En los siguientes años, los conuentus, que en esta concluyó la instauración de la provincia autónoma de
época ya no aparecen referidos en las inscripciones, pa- Gallaecia, que ya se había intentado a principios del
recen haber perdido importancia en la administración siglo iii, ampliándose sustancialmente el territorio de
provincial. En cualquier caso, hacia finales del siglo iii la provincia en comparación con el precedente. Pero
y como consecuencia de las reformas diocleciáneas, también la anexión de la Mauretania Tingitana a la
que llevarían a la división de la Hispania Citerior (ver diócesis hispana no haría sino culminar un largo pro-

488
Hispania en el siglo iii

ceso de necesaria y cada vez más estrecha colaboración para el emperador Valeriano, erigida por parte de la res
entre ambas regiones, ya iniciado con las invasiones p[ublica] Osson[obensis] ex decreto ord[inis] ... d[ecreto]
mauras bajo Marco Aurelio, anteriormente tratadas d[ecurionum]; CILA, 3, 86, igualmente para el em-
(ver apartado 2 de esta contribución). perador Valeriano, realizada por la res publica Ca[st]-
ul[onensium] ... ex d[ecreto] d[ecurionum]; o IRC, IV,
24, para el emperador Claudio II por parte del ordo
4. Las ciudades de Hispania en el siglo iii Barc[inonensium]). Este tipo de evidencias no solo se
encuentran en grandes centros urbanos, sino también
Las comunidades cívicas auto-administrativas en pequeñas ciudades, como Sigarra (IRC, I, 18 =
(ciuitates) conformaron una de las piedras angulares en HEp12, 72), Saetabis (IRST, 3), Ebusus (CIL, II, 3660
que se sostuvo el Imperio romano. En Hispania exis- = HEp2, 52), Baria (CIL, II, 5947), Tutugi (CILA, 4,
tían excepcionalmente muchas de estas corporaciones 157), Tucci (CIL, II²/5, 79-80), Singili Barba (CIL,
territoriales autónomas, particularmente fuertes en el II²/5, 577-579) o Callet (CILA, 4, 1219). Junto a la
urbanizado oriente y sur de la península Ibérica. Su continuidad de estructuras municipales, estos testimo-
número no es exactamente conocido, aunque pudo nios constatan asimismo la voluntad de las comunida-
sobrepasar las 400. La mayoría de ellas disponían del des de aparecer, a través de la concesión de honores al
estatus de colonia o de municipium, por lo menos des- emperador de turno –a pesar de los numerosos cam-
de la época flavia, cuando el emperador Vespasiano bios de gobierno–, como parte del Imperio (Kulikows-
concedió a toda Hispania el ius Latii. Para evaluar de ki 2004, 32). En la denominación de las comunidades
forma adecuada la evolución de la Hispania romana cívicas, es posible observar desde principios del siglo
en los siglos iii y iv, es esencial apreciar la situación de iii una cierta nivelación, ya que en muchos lugares, el
las comunidades cívicas en esta época. Durante mu- término colonia o municipium (incluyendo los respec-
cho tiempo, los paradigmas de «crisis» y «decadencia» tivos títulos) fue sustituido por una combinación en-
generales afectaron especialmente esos ámbitos: es opi- tre la denominación res publica (Dardaine 1993) y los
nión de muchos investigadores que las ciudades his- antiguos toponímicos, mayormente pre-romanos. Así,
panas se habrían visto inmersas, desde principios del la colonia Patricia se convirtió en la res publica Cordu-
siglo iii, en un imparable proceso de decadencia, que bensis (CIL, II²/7, 257); la colonia Augusta Gemella, en
finalmente habría provocado que apenas sobrevivie- la res publica Tuccitanorum (CIL, II²/5, 74; el antiguo
ran como unidades funcionales en la Antigüedad Tar- nombre de la ciudad Augusta Gemella Tuccitana es, sin
día –solo unos pocos habitantes habrían vivido entre embargo, aún testimoniado en el siglo vi: CIL, II²/5,
sus ruinas, mientras que las elites se habrían retirado 156), mientras que la colonia Claritas Iulia se convirtió
a sus suntuosas villas rurales–. Recientes investiga- en res publica Vcubitanorum (CIL, II²/5, 442, así como
ciones han modificado sustancialmente esta imagen, 446, sobre un decurio Vcubitanorum). A diferencia de
de modo que las ciudades hispanas en la Antigüedad África, donde la lucha por los respectivos títulos jurídi-
Tardía aparecen ahora bajo una luz más positiva (Arce cos municipales continuó asumiendo una gran impor-
1993b, 2002; Fuentes 1997; García Moreno/Rascón tancia durante todo el siglo iii (Kotula 1974; Witschel
1999; Kulikowski 2004, 2006). En consecuencia, la 2006b, 192-211), en Hispania, ya municipalizada casi
evolución de las comunidades cívicas durante el siglo por completo hacia finales del siglo i, ésta ya no parece
iii debe ser interpretada desde una perspectiva dife- haber tenido más un valor creciente –lo cual no quiere
rente (Cepas 1997, 135-248; Pérez 1999, 421-433; decir, sin embargo, que por ello el orgullo ciudadano
Witschel 1999, 273-284). hubiera sufrido retrocesos relevantes.
Así, es posible señalar, ante todo, algunos elemen- A partir de mediados del siglo iii, a causa de la
tos de continuidad entre el siglo ii y el siglo iv, que ha- transformación de la cultura epigráfica en Hispania
brían evitado el colapso del orden habitual en la mayo- (ya analizada en un apartado anterior de este capítulo),
ría de ciudades hispanas durante el siglo iii. Las nume- otras instituciones centrales y elementos de la vida ciu-
rosas inscripciones imperiales de mediados del siglo iii dadana dejan de ser bien documentados. En este pun-
(asunto tratado anteriormente, en el apartado 1 de esta to, sin embargo, es necesaria una gran cautela y evitar
contribución), muestran la continuidad en muchos lu- llegar a la conclusión de que la ausencia de evidencia
gares de órganos ciudadanos como el consejo ciudada- epigráfica debe automáticamente interpretarse como
no (ordo decurionum). La mayoría de estas inscripcio- la desaparición de un fenómeno tan arraigado. Tales
nes y de las estatuas a ellas asociadas fueron erigidas en argumentos e silentio son de todos modos peligrosos,
nombre de la ciudad por decreto del consejo o de los si bien en el caso de las ciudades hispanas existen po-
decuriones (así, por ejemplo, la base CIL, II²/5, 620, sitivos indicios de una continuidad institucional (ver
para Tranquillina, la mujer del emperador Gordiano síntesis en: Kulikowski 2004, 39-49), que demues-
III, la cual ordo m[unicipii] Flor[entini] Iliberritani ... tran en qué medida resulta a menudo problemático
sumptu publico posuit d[ecreto] d[ecurionum]; IRCP, 3, basarse en exceso en un único tipo de fuente. Así, en

489
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

las inscripciones hispanas, magistrados municipales, juegos o alimentos para la población urbana. No pue-
sacerdotes y otros titulares de cargos, como IIuiri, fla- de dudarse del hecho de que el número de inscripcio-
mines, principales e, incluso, curatores rei publicae solo nes que halagan tales actos de munificencia disminuyó
aparecen esporádicamente a partir de época severa (así: claramente desde finales del siglo ii. Las inscripciones
CIRG, I, 87, sobre principales; o RIT, 155, sobre un monumentales urbanas (ver más arriba) son, a media-
cur(ator) r(ei) p(ublicae) Tarraconensis; Curchin 1990, dos del siglo iii, prácticamente desconocidas, mientras
115-122; Arce 2002, 45-47). A pesar de estas eviden- que los pocos tituli conservados de finales del siglo iii y
cias, no podemos asumir, de todos modos, que en la principios del siglo iv, atestiguan una implicación cada
Hispania tardorromana las instituciones municipales vez más intensa del emperador o de la administración
fueran considerablemente marginalizadas o desapare- provincial en el ámbito de la construcción. Así, entre
cieran por completo. En contra de esta postura, otras 286 y 293, los emperadores Diocleciano y Maximiano
fuentes mencionan la continuidad de estas estructuras. erigieron (fieri iusserunt) en Tarraco la porticus Iouiae
Un testimonio destacable al respecto son los canones [basilicae?], cuya supervisión era responsabilidad del
del concilio de Iliberris, que tuvo lugar a principios del gobernador de la Hispania Citerior (curauit et de[dica]
siglo iv y que, por primera vez, reunió a un gran nú- uit; ver RIT, 91). En la misma ciudad, es celebrado
mero de representantes de las comunidades cristianas otro gobernador de principios del siglo iv como res-
hispanas, especialmente de la Bética (Panzram 2002, titutor thermarum Montanarum (RIT, 155), y en
212-216; Kulikowski 2004, 39-43). Entre otras cosas, Olisipo, en el año 336, fueron reconstruidas comple-
se abordaron los problemas derivados de la conversión, tamente las thermae Cassiorum, siguiendo las instruc-
cada vez mayor, de familiares de las elites ciudadanas ciones (iuxta iussionem) del gobernador de la Lusitania
al Cristianismo y, particularmente, el tratamiento que (CIL, II, 191 = ILS, 5699; Andreu 2001). Esta fuerte
debían recibir los magistrados locales convertidos. Esta influencia de la administración provincial y, particu-
problemática afectaba ante todo a los sacerdotes del larmente, del gobernador en la construcción de obras
culto imperial (flamines), que seguían participando en municipales era habitual desde finales del siglo iii y
sacrificios (conc. Ilib. can. 2) o, por lo menos, celebra- puede constatarse asimismo en otras provincias. Esto
ban juegos (munera) según la antigua tradición (ibíd. no significaba, sin embargo, que con ello las institu-
can. 3). Asimismo, se acordó que un magistrado local ciones ciudadanas hubieran perdido su influencia en
en el año en que ejercía como IIuir no tuviera con- las actividades constructivas –ahora en gran parte cen-
tactos con la Iglesia (ibíd. can. 56). Todo ello permite tradas en trabajos de restauración–. Éstas encargaban a
afirmar que la vida urbana –por lo menos en el ámbito menudo a un supervisor local y asumían, por norma,
político-administrativo– a principios del siglo iv, en también los costes de los trabajos. Sin embargo, para
muchos lugares de la Bética, habría seguido transcu- ello ya no se recurría generalmente a fundaciones, sino
rriendo por las vías tradicionales. Otras fuentes del si- a fondos público acumulados en el tesoro de la ciudad
glo iv pueden confirmar esta impresión. Éstas afectan (ver síntesis en: Lepelley 1999). Menciones epigráficas
sobre todo a los ordines o a las curiae, que –tal como de tales medidas se habrían realizado al parecer, tan
hemos visto anteriormente– son aún bien testimonia- solo, en muy contados casos. En este punto, es además
dos epigráficamente a finales del siglo iii y que, desde necesario indicar que la dependencia por parte de las
principios del siglo iv desaparecerían de las cada vez comunidades cívicas de la munificencia de sus acauda-
más escasas inscripciones de carácter público. Así, uno lados ciudadanos ha sido tradicionalmente sobrevalo-
de los pocos textos jurídicos tardoantiguos referidos a rada por la Historiografía (Eck 1997): tales donacio-
Hispania (Cod. Theod. 12, 1, 4, del año 317), con- nes contribuyeron en gran medida a la ampliación de
firma que los consejos ciudadanos (concilia) siguieron centros urbanos, pero tras el retroceso del boom de la
celebrándose de forma regular en la península Ibérica construcción –en Hispania, desde principios del siglo
y que aún existía un regulado cursus de magistratu- ii– se dio preferencia esencialmente al mantenimiento
ras municipales. Finalmente, un discurso de Símaco de los edificios, que fue financiado fundamentalmente
(Simm. Or. 8) muestra que el Emeritensis ordo siguió por medios ciudadanos.
siendo, a finales del siglo iv, una institución influyen- También las celebraciones lúdicas, que habían sido
te, que intentó en la medida de lo posible no perder a financiadas por ricos evergetas (ver CIL, II²/7, 221, de
sus miembros. Corduba: un IIuir y flamen de época severa erigió es-
La inversión financiera de las elites locales en las tatuas edito ob honorem flaminatus munere gladiatorio
ciudades tuvo una importante función durante el Alto et duabus lusionib(us) y las dedicó factis circiens(ibus)),
Imperio. El llamado evergetismo (en latín munificen- dejan prácticamente de atestiguarse en la epigrafía his-
tia o liberalitas) contribuyó principalmente a elevar el pana desde principios del siglo iii. Análisis arqueoló-
prestigio social del benefactor que, a menudo, apare- gicos indican, en este sentido, que a partir de finales
cía referido en las inscripciones. Objeto de donaciones del siglo ii, edificios lúdicos como teatros y anfitea-
eran sobre todo edificios públicos, aunque también tros decayeron progresivamente, o fueron totalmente

490
Hispania en el siglo iii

abandonados, en no pocos lugares (ver más abajo). Es asentamientos regionales, hasta el siglo v o vi. Así,
necesario, sin embargo, optar por la cautela, ante la aparentemente, el número de comunidades cívicas au-
tendencia a interpretar esta evidencia como el agota- tónomas en el siglo iv no habría sufrido una reducción
miento definitivo de la actividad lúdica de las ciudades. decisiva respecto a la situación en el Alto Imperio (Ku-
Hemos podido ya observar que, aún a principios del likowski 2004, 47-48, 83, con nota 95).
siglo iv, los munera organizados por los flamines eran, Esta (relativa) estabilidad de la red urbana queda
para los obispos reunidos en Iliberris, suficientemente reflejada en el caso concreto del conuentus Tarraconen-
importantes como para mencionarlos explícitamen- sis (Pérez 1999, 20-63). Actualmente se conocen, para
te; y otra ordenación del concilio abordó la cuestión la época altoimperial, 19 o 20 ciudades autónomas.
del ingreso de aurigae y pantomimi en la comunidad Las evidencias permiten constatar una continuidad de
cristiana (conc. Ilib. can. 62). En Augusta Emerita, es la vida urbana durante los siglos iii y iv, no solo en
conocida, además, la inscripción funeraria de un auri- grandes centros como Tarraco (ver más arriba), Bar-
ga cristiano (CICMe, 51; ver, sin embargo, las obser- cino (IRC, IV, 24-27; Gurt/Godoy 2000), Saguntum
vaciones críticas de Arce 2001, 273-277). Además, el (CIL, II²/14, 314-318; Aranegui 1992) o Valentia
motivo de los juegos aparece representado en algunos (CIL, II²/14, 16-20; Ribera i Lacomba et al. 1989),
mosaicos tardoantiguos hispanos. Finalmente, éste es sino también en pequeñas ciudades como Iesso (IRC,
referido en una carta de principios del siglo v dirigi- II, 73; Pera/Uscatescu 2007), Baetulo (IRC, I, 135-
da a los obispos hispanos por parte de Inocencio I, 137; Padrós 1985), Iluro (Cela/Revilla 2004) o Empo-
quien se queja de los clérigos y obispos, quienes, con riae (Nolla 1993; Aquilué et al. 1999a, 106-115), en
anterioridad, habían ofrecido al pueblo uoluptates et las que testimonios epigráficos, la mención a la sede
editiones ejerciendo como curiales o flamines (epist. 3, episcopal o evidencias arqueológicas, indican la conti-
4-5 [Pan. Lat. 20, 491-492]; sobre ello: Lepelley 1997, nuidad de ciertas actividades ciudadanas. No obstante,
347). Todo ello indica que la celebración de juegos, los estudios arqueológicos en estos lugares muestran
a través de los cuales se obtenía, también en la Anti- también considerables cambios en la imagen externa
güedad Tardía, un prestigio social considerable, no se de los asentamientos, que, a través de procesos a largo
detuvo por completo en Hispania durante los siglos iii plazo de transformación desde los siglos ii y iii has-
y iv. Lo que sí cambió fue la conmemoración de ta- ta v y vi, habían perdido el monumental urbanismo
les prácticas para la comunidad: mientras que ésta era que caracterizaba el dibujo de las ciudades en época
durante el Alto Imperio a menudo perpetuada en las altoimperial (ver más arriba).
inscripciones, se tendía ahora hacia formas temporales Similares resultados ha aportado el análisis de la
de agradecimiento, como aclamaciones en los edificios vida urbana romana en el meseta sur (la parte sur de la
lúdicos. Esta costumbre no está directamente atesti- provincia Hispania Citerior): en este contexto, muchos
guada en Hispania, aunque sí es conocida en otras municipios continuaron existiendo como unidades
regiones del Imperio romano en época tardoantigua administrativas hasta época visigoda, durante la que
(Borg/Witschel 2001, 93-104). No se puede, en todo las sedes obispales seguirían desempeñando una im-
caso, afirmar un declive absoluto de las elites munici- portante función. Solamente unas pocas comunidades
pales en la Hispania tardorromana (Le Roux 2001). cívicas parecen haber perdido su autonomía en época
Al lanzar una mirada al conjunto de la red de ciu- tardoantigua, siendo anexionadas a centros más gran-
dades de las provincias hispanas, es posible asimismo des (Alföldy 1987b, 118-119). Algunas inscripciones
observar un alto grado de continuidad más allá del si- de mediados y finales del siglo iii testimonian de nuevo
glo iii. Esto no es solo válido para los grandes centros, una continuidad de las instituciones municipales (AE,
sino también para muchas pequeñas ciudades, que im- 1987, 662 = HEp2, 367, de Ercauica; AE, 1982, 607 =
primían la imagen de Hispania. Diferentes indicios, HEp2, 391, de Valeria; AE, 2003, 980 = HEp10, 295,
como las mencionadas inscripciones imperiales de me- de Segobriga; CIL, II, 3073, de Toletum). Entre finales
diados y finales del siglo iii, nuevos datos arqueológi- del siglo ii y el siglo iv, esta región también se vería
cos, que confirman en muchos lugares la continuidad afectada por un importante proceso de transformación
de asentamientos hasta época visigoda, o documentos urbanística. El elemento más llamativo es el abandono
cristianos, como las actas del concilio de Iliberris, en o reestructuración de la mayoría de edificios o espa-
el cual participaron también obispos y sacerdotes de cios públicos, como por ejemplo el foro de Valeria. En
pequeñas comunidades de la Bética como Iliturgi, Iga- algunos casos, como en Ercauica, el asentamiento se
brum, Carbula, Singili Barba o Epora (aunque el nú- trasladaría por completo. Especialmente bien excava-
mero de sedes episcopales en época tardoantigua era do es el centro urbano de Segobriga: allí se abandona-
en Hispania claramente inferior al de África: Lepelley ron, a principios del siglo iv, importantes estructuras
1993, 22-23), indican que la mayoría de comunidades lúdicas como el teatro y el anfiteatro, siendo más tarde
sobrevivirían por lo menos como unidades político- reformadas como edificios de viviendas; sin embargo,
administrativas, a menudo también como centros de la presencia de una gran iglesia y una relevante necró-

491
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

polis en la Antigüedad Tardía indican que el número elites hispanas invirtieron considerables medios en la
de habitantes de la ciudad siguió siendo significativo construcción de (en gran parte ya existentes) enormes y
(Almagro/Abascal 1999; Abascal/Almagro/Cebrián ostentosas villas rurales, localizadas en casi todas las re-
2005). Otra importante evolución de esta época fue giones de las actuales España y Portugal, en parte en las
que solo algunos lugares se distinguían por su relevan- inmediaciones de los centros urbanos, como en Cent-
cia y consiguieron superar a otras ciudades. Este fenó- celles, cerca de Tarraco (Hauschild/Arbeiter 1993), en
meno puede comprobarse en el caso de Complutum, parte bastante alejadas de éstos, como en la región de la
donde a finales del siglo iii y en el siglo iv, tuvieron meseta norte (ver, en síntesis: Ariño/Díaz 2002 ). Estas
lugar numerosas actividades constructivas, tanto en el uillae contenían unas partes urbanae ricamente equi-
sector público (la restauración del foro, por ejemplo: padas, que evocaban, a través de sus mosaicos la lujo-
HEp4, 516), como en el de viviendas privadas (Rascón sa vida y el elevado nivel cultural de sus propietarios,
1999). Peor documentado arqueológicamente, pero re- creando con ello un ambiente «urbano» en el campo.
lativamente bien conocido en las fuentes históricas, es Las villas desempeñaban asimismo la función de repre-
la ascensión de Toletum (Carrobles 1999). En síntesis, sentar socialmente a sus propietarios. No pocas veces,
puede afirmarse que en el sur de la meseta la mayoría éstas contenían, además, estructuras religiosas como
de ciudades romanas continuaron siendo importantes templos y, más tarde, iglesias. Todos estos elementos
centros de asentamiento hasta, por lo menos, el siglo indican un cierto traslado del significado de la relación
vi-vii (Fuentes 1993, 187). entre ciudad y campo. No es posible, sin embargo, afir-
Finalmente, cabe indicar una cierta continuidad mar a partir de esta evidencia, que esta transformación
funcional incluso para aquellas ciudades que a finales hubiera desprendido la cultura de la uilla del dominio
del siglo ii sufrirían una clara transformación, como de las ciudades, creando una autonomía de las regio-
fue el caso de Italica (Bética). A principios del siglo nes agrícolas. Ante todo, hay que señalar que los cen-
ii, la construcción de la urbs noua de Italica se con- tros urbanos siguieron siendo los focos principales de
virtió rápidamente en un proyecto demasiado grande, la vida política y religiosa, ya que en ellos residían los
que provocó que una parte de los edificios se desmo- magistrados de la administración provincial, los magis-
ronaran poco después (León 1992). Toda una serie trados de la ciudad, así como los obispos. En el sector
de inscripciones de finales del siglo iii indica que las económico puede igualmente observarse que las villas,
instituciones municipales se mantuvieron sin embargo con frecuencia, no eran autárquicas, sino que siguie-
intactas (CILA, 2, 370-375). Otro fragmento (CILA, ron estando orientadas hacia los mercados urbanos y
2, 438 = AE, 2002, 712; Cimarosti 2002) puede inter- dependieron de ellos (este es el caso, por ejemplo, de
pretarse como el resto de una inscripción monumental la gran uilla de São Cucufate: Alarcão/Étienne/Mayet
que parece evidenciar que los miembros de la casa im- 1990, 235-255, 298f.; ver, en general: Witschel 1999,
perial de Constantino habrían donado un edificio en 270-271, con nota 35 y 38; Ariño/Díaz 2002, 71-76).
Italica. La ciudad habría así seguido siendo un centro La función central de las ciudades se mantuvo, pues, en
vital a principios del siglo iv. Si bien otras ciudades sus sectores más importantes. Algo parecido puede ob-
siguen adoleciendo de la falta de testimonios explícitos servarse en la vecina Aquitania: también allí muchas es-
de continuidad de la vida ciudadana a finales del siglo tructuras rurales fueron convertidas en lujosas residen-
iii y en el siglo iv, este problema es no pocas veces una cias de la elite (Balmelle 2001; Witschel 2004-2005,
consecuencia de la transmisión de las evidencias y del 256-258). Los miembros de la elite aquitana del siglo
estado de la investigación. Existen, por el contrario, iv no vivían, no obstante, exclusivamente en sus villas
relativamente pocos casos en los cuales se puede afir- rurales. Más típico parece el comportamiento descri-
mar que una comunidad cívica hispana se encontrara to por el senador y poeta Ausonio: «transeo et alternis
completamente en el ocaso ya durante el siglo iii (ver rure uel urbe fruor» (Auson. Hered. 29-32; al respecto:
más arriba). En general, puede asumirse una relativa- Sivan 1993, 66-73). Así, dependiendo de la necesidad,
mente alta estabilidad de la red urbana en la Hispania las elites se aferraban en parte al campo, en parte a la
tardorromana. ciudad (donde era necesario, consecuentemente, po-
Otro paradigma, establecido durante mucho tiem- seer una domus representativa) –tal como había ocu-
po por la historiografía de la Hispania tardorromana, rrido siempre entre los nobles romanos–. Las elites de
ha sido también considerablemente modificado. Se la Hispania tardorromana parecen, a partir de lo que
trata de la supuesta ruralización, extendida en amplias conocemos, haberse comportado de la misma forma
zonas de la península Ibérica a partir del siglo iii, y (Kulikowski 2001; 2004, 130-150). Las ostentosas re-
que habría provocado, supuestamente, la pérdida de sidencias urbanas de la Antigüedad Tardía no son tan
importancia de los centros urbanos de los alrededores, bien conocidas en España como las villas rurales; las
que se habrían convertido, a la postre, en estrechos pai- evidencias de Barcino (Gurt/Godoy 2000, 430-434),
sajes ruinosos escasamente habitados. Resulta hoy en Complutum (Rascón 1995, 173-182 y 1997) y Augusta
día indiscutible que, a partir de finales del siglo iii, las Emerita (Panzram 2002, 293-297; Dupré 2004, 67-

492
Hispania en el siglo iii

83), demuestran, con todo, que la existencia de tales la provincia Bética (Arce 1997; fuera de lugar me pa-
domus no era tan limitada. rece, por el contrario, la propuesta de un palacio epis-
Además de las líneas de continuidad de la vida urba- copal: Marfil 2000, 120-123). En Tarraco (ver síntesis
na en la península Ibérica más allá del siglo iii, no hay en: Keay 1991, 1996; Aquilué et al. 1999b; Panzram
que infravalorar la transformación de la red urbana de 2002, 82-107), ya a principios del siglo iii, el anfiteatro
la Hispania romana, sobre todo visible en la estructura fue completamente restaurado a iniciativa del empera-
interna de los centros urbanos a partir de finales del si- dor Eliogábalo (AE, 1990, 654; Alföldy 1997, 59-92).
glo ii. Ante todo, hay que constatar que, a lo largo del Hacia finales del siglo iii, los emperadores Diocleciano
tiempo, se produjo una progresiva jerarquización del y Maximiano donarían una porticus (RIT, 91), que su-
paisaje de las ciudades, a través de la cual los centros puestamente se habría erigido cerca del foro municipal
políticamente más importantes y grandes se despega- de Tarraco. En el propio foro, entre finales del siglo iii
rían cada vez más del resto de la comunidad. La refor- y principios del iv, se instalaron frecuentemente esta-
ma provincial emprendida por Diocleciano (ya anali- tuas imperiales (RIT, 85-88 y 93). Lo mismo puede
zada en el apartado anterior) reforzaría esta tendencia, decirse de la gran plaza situada en la parte superior de
a través de la cual unas pocas ciudades, actuando ahora la ciudad (RIT, 89-90, 92, 94-97; TED’A 1989, 446-
como antiguos o nuevos centros administrativos, se- 448). En la primera mitad del siglo iii, fue construida
rían particularmente privilegiadas. En estos lugares, se una nueva instalación termal (Macias 2004), mientras
documenta una considerable actividad constructiva a que a principios del siglo iv, las thermae Montanarum
finales del siglo iii y principios del iv, que no encon- fueron sometidas a una restauración (RIT, 155). En
tramos en la mayoría de asentamientos más pequeños. Bracara Augusta puede igualmente observarse, que en
Un buen ejemplo lo constituye Augusta Emerita, que, los años en torno al 300, se llevó a cabo un importante
sobre el año 300, se convertiría en la capital de la re- programa de restauración de la ciudad (Martins et al.
cién creada diócesis hispana (ver, en síntesis: Mateos 1998; algo parecido puede afirmarse de Lucus Augusti:
1995, 2000 y 2001; Panzram 2002, 287-305; Dupré González/Carreño 1998). Una cierta excepción dentro
2004). A principios del siglo iv, como consecuencia de las capitales de provincia hispanas en la Antigüedad
de una iniciativa estatal, fueron restaurados tanto el Tardía es la constituida por Carthago Noua, ya que no
teatro como el circo, tal como evidencian algunas ins- se conocen en este lugar inscripciones de finales del si-
cripciones monumentales (CIIAE, 62-65; al respecto: glo iii o del siglo iv (DECar, 26-39, 51-52; Kulikows-
Chastagnol 1976; Mateos 2001, 198-202; Arce 2001, ki 2004, 35). La propia ciudad había sido, a partir de
280-282; Dupré 2004, 55-65). Los diferentes espacios finales del siglo ii, sometida a considerables transfor-
públicos de la ciudad parecen haber sido intensamente maciones urbanísticas (ver más abajo). Pero también
utilizados a finales del siglo iii y principios del iv, tal aquí es posible detectar en el siglo iv un renacer o una
como evidencian algunos hallazgos de bases de esta- continuidad de sectores específicos (Ruiz Valderas et
tuas en esta época. Particularmente, el llamado Foro al. 1993, 59-60).
de la Colonia constituía un relevante lugar para la En las principales sedes de los conuentus son cons-
instalación de tales monumentos (CIIAE, 56-59; Sa- tatadas, por el contrario, claras transformaciones, lo
quete/Márquez 1997, 50-51; Hidalgo/Méndez 2005, cual podría estar relacionado con el hecho de que, des-
553-554). También en Corduba, la capital de la Bética, de finales del siglo iii, habían perdido su función en la
a finales del siglo iii, se llevó a cabo un importante administración provincial (ver más arriba, el apartado
proyecto arquitectónico: la impactante estructura pa- anterior). Algunas de estas ciudades perderían así, de
laciega de Cercadilla (Hidalgo 1996), construida en forma progresiva, su pasada importancia como centros
la zona suburbana al noroeste de la ciudad, quizás en administrativos regionales. Este proceso puede obser-
las cercanías de un circo ya existente (Hidalgo 1999). varse, por ejemplo, en Clunia, el centro del conuentus
La finalidad de esta impresionante representación ar- Cluniensis. Los testimonios epigráficos hallados en este
quitectónica es un tema controvertido. Como conse- lugar alcanzan solo hasta principios del siglo iii. No
cuencia del hallazgo de un fragmento epigráfico con disponemos de inscripciones más tardías, particular-
la mención de los Caesares Constancio I y Galerio, así mente aquellas de carácter oficial (ver ERClu). A ello
como unas letras en bronce doradas (CIL, II²/7, 260a y hay que añadir que la ciudad nunca fue elevada a sede
596a), se ha propuesto que el edificio pudo haber sido episcopal. Los estudios arqueológicos en Clunia han
erigido en ocasión de la visita del emperador Maximia- demostrado, además, que algunos de los grandes edifi-
no (ver más arriba), quien pasó el invierno de 296/297 cios destruidos del centro del asentamiento, causados
en el sur de España (Hidalgo/Ventura 1994; Haley probablemente por los incendios de finales del siglo iii,
1994). Contra las interpretaciones del palacio como nunca más fueron reparados. Por otro lado, los hallaz-
residencia imperial habla, sin embargo, el hecho que el gos indican que Clunia tuvo, hasta, al menos, el siglo
edificio fue utilizado durante largo tiempo, pudiendo v, un considerablemente alto número de habitantes,
haber servido como sede administrativa del praeses de entre los cuales debieron de contarse ricos ciudadanos,

493
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

tal como muestran las correspondientes residencias ran todo interés en el mantenimiento de sus ciudades,
privadas, ampliadas a principios del siglo iv. La relativa ya que otras estructuras arquitectónicas sí fueron con-
importancia de Clunia como centro económico tam- servadas. Hay que asumir, más bien, que desde finales
bién parece haber continuado, de modo que no puede del siglo ii, se estableció un proceso de selección, a tra-
hablarse de una decadencia completa de la ciudad en vés del cual las instituciones urbanas –aún en funcio-
la Antigüedad Tardía (Palol 1994). En otros conuen- namiento (ver más arriba)– tuvieron que decidir qué
tus, los antiguos centros regionales fueron, a lo largo edificios o lugares todavía eran necesarios y cuáles no.
del siglo iii, perceptiblemente sustituidos por otras Lamentablemente, no disponemos de fuentes que do-
ciudades en su significado político-administrativo, lo cumenten tales deliberaciones, aunque éstas tuvieron
que puede comprobarse relativamente bien a través de que haber existido necesariamente, tal como eviden-
la distribución de inscripciones oficiales (civic inscrip- cian los hallazgos arqueológicos.
tions; tratadas en el apartado consagrado al epigraphic La consecuente transformación urbanística es evi-
habit, en este mismo capítulo), aunque hay que tener dente incluso en los grandes centros hispanos. Así, en
en cuenta aquí el componente de casualidad en los ha- Tarraco, el teatro fue abandonado a finales del siglo
llazgos. Resulta así llamativo que en Gades, capital del ii, y cubierto por pequeños edificios, probablemente
conuentus Gaditanus, no se haya encontrado ninguna utilizados como viviendas (Mar 1992, 163-172; Wit-
civic inscription datada con seguridad en el siglo iii o schel 1999, 277-278; Panzram 2002, 91-92). También
iv (el titulus más tardío de este tipo es IRPCádiz, 121, en Corduba se produjeron transformaciones del centro
una inscripción dedicada al Diuus Commodus erigida urbano ya en una época temprana, que comportaron el
por la res p(ublica) Gaditan(a) d(ecreto) d(ecurionum)). descuido de ciertas estructuras arquitectónicas (Ventu-
Varias inscripciones de este tipo son, por el contrario, ra 1996, 147-148; Marfil 2000). Particularmente sig-
conocidas en Malaca (CIL, II, 1969; CIL, II, 4688 = nificativo es el proceso de transformación sufrido por
HEp8, 357; HEp10, 374; CIL, II, 1972), lo que podría Carthago Noua, donde ya a finales del siglo ii, barrios
indicar que este lugar habría desempeñado la función enteros fueron abandonados, lo que provocó una clara
de centro regional en el sur de la Bética a partir del reducción del espacio habitado durante la Antigüe-
siglo iii. Algo parecido parece haber acontecido en Lu- dad Tardía. También aquí el teatro fue recubierto de
sitania en los conuentus Pacensis y Scallabitanus, don- pequeños edificios que servían como viviendas (Ruiz
de al parecer Pax Iulia pudo haber sido sustituida por Valderas et al. 1993; Ramallo/Ruiz/Berrocal, 1996;
Ossonoba (IRCP, 3-5), y Scallabis por Olisipo (CIL, II, Ramallo 2000).
259; CIL, II, 188; CIL, II, 191 = ILS, 5699; Andreu Mucho más fuerte fue la transformación del aspec-
2001, 248). to externo detectada en muchas pequeñas ciudades,
Tal como se ha comentado más arriba, los centros existentes en gran número tanto en el este como en el
urbanos hispanos sufrieron, desde finales del siglo ii sur de Hispania. También aquí, en la fase de expansión
(en parte, incluso, con anterioridad), una transforma- del urbanismo hispano de la segunda mitad del siglo
ción considerable de su imagen urbana. Este proceso i, se construyeron complejos públicos que, en parte,
se reforzaría en muchos lugares a lo largo del siglo iii, dominaban completamente los centros urbanos, pero
alargándose durante toda la tardoantigüedad, viviendo que a menudo, tras dos o tres generaciones, resultaban
a menudo una nueva fase de aceleración en el siglo v. demasiado grandes y costosos de mantener, en espe-
Si bien este proceso no transcurrió de forma uniforme cial, cuando se producían catástrofes naturales, como
o al mismo ritmo en cada lugar, una visión de conjunto terremotos. Con frecuencia, además, no resultaban
permite constatar, sin embargo, que casi en todos los absolutamente necesarios para la vida de las pequeñas
sitios se produjo un retroceso de la monumentalidad comunidades. En consecuencia, estos edificios fueron
urbana. Los generosos planes urbanos de principios relativamente pronto abandonados o reestructurados.
de época imperial, realizados entre época augustea y Las nuevas imágenes urbanas surgidas a partir de fi-
principios del siglo ii, tenían como principal finalidad nales del siglo ii ya no estaban, por lo tanto, caracte-
la urbanización y la monumentalización del espacio rizadas por la impresionante monumentalidad visual,
público (Trillmich/Zanker 1990). Como resultado de sino que aparecían más bien –en contraste con lo que
ello, la mayoría de ciudades hispanas disponían de un había sido estándar en el Alto Imperio– como ciudades
gran número de edificios públicos, construcciones lú- «desordenadas», habida cuenta de que, a menudo, los
dicas y plazas. Tras el desinfle de la fase de expansión residuos se abandonaban directamente en la ciudad,
económica y social en Hispania, estas estructuras se re- que algunos edificios se dejaron en ruinas y que, en
velaron como algo claramente sobredimensionado, de ocasiones, incluso los muertos eran enterrados en áreas
modo que en muchas ocasiones se optó por renunciar adyacentes (Sillières 1993b). A ello hay que añadir que
a parte de estas instalaciones, otorgándoles una nueva tras la ola de inscripciones documentadas entre fina-
función o abandonándolas definitivamente. Esto no les del siglo i y el siglo ii en muchos de estos lugares,
quiere decir, sin embargo, que las elites locales perdie- entre el iii y el iv no se conocen civic inscriptions. Las

494
Hispania en el siglo iii

evidencias arqueológicas, y en ocasiones también las En no pocos lugares, sobre los cuales no disponemos
fuentes literarias, indican sin embargo, que muchas de hasta la fecha de informaciones sobre la vida urbana en
estas pequeñas ciudades habrían sobrevivido tras estas época tardoantigua, ésta podría quizás aclararse a tra-
transformaciones hasta, al menos, el siglo v-vi. En ellas vés de las lagunas de la investigación (particularmente
seguían viviendo muchas personas y los asentamientos arqueológica). Otras pequeñas ciudades en la misma
podían ser relevantes como centros artesanales y co- región sobrevivirían en cualquier caso, con toda seguri-
merciales, pero también como sedes de instituciones dad, hasta el siglo v/vi. Este es el caso del asentamiento
políticas y eclesiásticas. sobre el monte Cillas, en Coscojuela de Fantova, que
Un ejemplo significativo de las evoluciones des- supuestamente habría que identificar con la antigua
critas lo representan tres pequeñas ciudades, arqueo- Barb(otum?) (Navarro/Magallón/Sillières 2000).
lógicamente bien estudiadas: Baelo, Munigua y Celti, Como resumen, puede concluirse que la relativa
en la Bética. Las tres vivieron en época altoimperial estabilidad de la red urbana en Hispania durante el
un importante desarrollo urbanístico, reflejado en las siglo iii fue acompañada por una considerable trans-
inscripciones que atestiguan la responsabilidad de las formación de la estructura interna de los centros urba-
elites municipales en este fenómeno. Estos testimo- nos, que se manifestó, sobre todo, en un cambio más
nios no superan, sin embargo, el siglo ii (Bonneville/ o menos drástico de la imagen de la ciudad en muchos
Dardaine/Le Roux 1988, para Baelo; CILA, 4, 1052- lugares. Hay que destacar, sin embargo, que a menudo
1115, para Munigua; Keay/Creighton/Remesal 2000, se trató de un proceso relativamente largo, ya iniciado
141-175, para Celti), detectándose por la misma época a finales del siglo ii y prolongado en muchos casos has-
importantes procesos de transformación en la estruc- ta principios del siglo iv. No nos encontramos, por lo
tura urbana. Así, en Baelo, el macellum, construido tanto, ante una «crisis» desatada de repente en el siglo
sobre el año 100 d.C. sobre un complejo de viviendas iii, sino ante una reestructuración paulatina, a través
anterior, fue de nuevo abandonado a finales del siglo de la cual las estructuras urbanas se adaptaron a nuevas
ii –tras una fase de uso de pocas generaciones, aunque necesidades, lo que implicaría, además, la renuncia de
este proceso se prolongó durante un largo periodo–. A aquellos edificios que no eran absolutamente impres-
mediados del siglo iv, el área fue de nuevo reutilizada cindibles o que habían sido sobredimensionados con
con viviendas. La construcción de un edificio repre- anterioridad (ver, al respecto, las buenas observaciones
sentativo constituyó, por lo tanto, una fase efímera en de: Ramallo 2004).
la vida de la ciudad, si bien ésta se mantuvo hasta el si-
glo v-vi como un vital centro económico (Didierjean/
Ney/Paillet 1986; Sillières 1995, 51-63, 120-125). En Conclusiones
Munigua, a lo largo del siglo iii, fueron abandonadas
paulatinamente una serie de construcciones (sobre Al ensayar un breve resumen, es necesario consta-
todo suntuosas viviendas, así como edificios públicos); tar, en primer lugar, que la imagen de Hispania a prin-
en este caso hay que asumir que las destrucciones cau- cipios del siglo iv no fue la misma que la ostentada por
sadas por un terremoto en la segunda mitad del siglo la región a mediados del ii (Arce 1993a, 388-398). Al
iii habrían tenido cierta incidencia. No obstante, la principio de la Antigüedad Tardía, la península Ibérica
vida del asentamiento tras una fase de reconstrucción, parece ya alejada del rol predominante detentado en la
hacia finales del siglo iii, continuó existiendo, aunque a administración central romana de época flavia y anto-
un nivel urbanístico moderado, durante la Antigüedad nina –Hispania se había convertido entretanto en una
Tardía (Eger/Panzram, 2006). En Celti, a principios especie backwater de la estructura global del Imperio–.
del siglo iii, un complejo público (supuestamente el Esto se debió, en fin, a que –tras el retroceso de las
foro de la ciudad) fue reestructurado como viviendas, explotaciones mineras y de la producción de aceite del
aunque la vida urbana continuó más o menos intac- sur de la Península– Hispania ya no se encontraba en-
ta hasta al menos el siglo v (Keay/Creighton/Remesal tre las principales regiones exportadoras del Imperio.
2000, 193-211). Las ciudades hispanas igualmente vivieron múltiples y
Las evidencias existentes indican solamente pocas considerables transformaciones, mientras que la cifra
veces, al contrario, que una pequeña comunidad cívi- de inscripciones muestra una rápida disminución. En
ca durante el siglo iii tuviera que afrontar dificultades consecuencia, desde la perspectiva exterior, la penínsu-
tan graves que provocaron la disolución total de sus la Ibérica podía aparecer en el siglo iv, vista por algún
estructuras municipales, despoblando más o menos contemporáneo que observara la región desde la dis-
completamente el centro urbano. También se dieron tancia, incluso como «empobrecida». De esta manera
casos como el de la pequeña ciudad de Labitolosa en es presentada Hispania en la Expositio totius mundi,
el Prepirineo, al parecer ampliamente abandonada ha- donde, tras un elogio basado en la recopilación de to-
cia mediados del siglo iii (Sillières/Magallón/Navarro poi, se afirma lo siguiente: «apud multos autem debilis
1995), aunque éstos fueron más bien una excepción. esse uidetur» (Expos. 59; una observación similar se

495
HISPANIæ. LAS PROVINCIAS HISPANAS EN EL MUNDO ROMANO

encuentra también en Hier. C. Lucif. 15 [Pan. Lat. 23, plazo, y que en muchos aspectos se había ya iniciado a
177]). Hay que destacar, sin embargo, que a pesar de mediados o finales del siglo ii (Alföldy 1998a), prolon-
las evidentes transformaciones habidas en Hispania a gándose hasta la Antigüedad Tardía. Este proceso se
lo largo del siglo iii, de ningún modo debe hablarse de vio afectado tan solo de forma parcial por influencias
una inevitable decadencia de la región. Cierto es que externas, ya que Hispania siguió siendo, durante todo
a mediados del siglo iii, un periodo particularmente el siglo iii, en gran parte, una región tranquila, agitada
difícil afectó a todo el Imperio, incluida Hispania, que solo en escasas ocasiones por las turbulencias político-
vivió, al menos desde el punto de vista económico, militares de la época. En ningún caso, las invasiones de
una fase de estancamiento o incluso de depresión en los mauros o francos, cuyo impacto ha sido exagerado
ciertos sectores, habiéndose invertido aparentemente por la historiografía tradicional, deben ser vistas como
poco en la ampliación de estructuras agrarias o en el los detonantes únicos o determinantes de las transfor-
mantenimiento de las ciudades. Importantes ramas de maciones estructurales en las provincias hispanas; más
la economía hispana muestran en esta época una fuerte bien sus importes deben de haber sido de una dimen-
recesión o incluso, durante algunos años, suspendida sión limitada. Como elementos determinantes de los
la producción. Esto puede observarse, por ejemplo, cambios, deben entonces ser considerados procesos
en la producción de cerámica hispana o de productos de adaptación mental, cultural y económica que –con
piscícolas en Lusitania (Juan 1997, 548-550; Étienne/ ritmos locales diferenciados– se fueron desarrollando
Makaroun/Mayet 1994, 36, 82-83, 109, 113, 165). en Hispania durante generaciones (Witschel 1999,
Pero incluso en esta época, fueron exportados pro- 177-178; 2006b, 162-163). Un proceso de este tipo
ductos hispanos, tal como muestra el pecio Cabrera no puede comprenderse adecuadamente a través del
III, descubierto cerca de Mallorca. Este barco, que modelo –al que se prefiere recurrir aún hoy– de una
debió de hundirse poco después del año 257 y que, «crisis global» en el siglo iii.
aparentemente, se dirigía a Roma, transportaba junto
a ánforas africanas otras procedentes de la Bética y Lu-
sitania (Bost et al. 1992). No es posible, por lo tanto, Bibliografía*
hablar de una crisis general de la economía hispana.
Además, el interés del gobierno central en Hispania se Abascal, J. M.; Almagro Gorbea, M.; Cebrián, R.
mantuvo inalterado, tal como demuestran las diversas 2005: Segobriga. Guía del Parque Arqueológico, Ma-
reestructuraciones de las provincias entre época severa drid.
y la Tetrarquía, antes estudiadas. A ello hay que aña- Alarção, J.; Étienne, R.; Mayet, F. 1990: Les villas
dir que la mayoría de sectores económicos volverían a romaines de São Cucufate, Portugal, París.
recuperarse, a más tardar, hacia finales del siglo iii, de Albertini, E. 1923: Les divisions administratives de
modo que Hispania permanecería en el siglo iv como l’Espagne romaine, París.
una región próspera, tal como revelan las numerosas Alföldi, A. 1969: Studien zur Geschichte der Weltkrise
villas suntuosas de la época (Witschel 1999, 262-284). des 3. Jhs. n. Chr, Darmstadt.
También en otras áreas han de ser señalados aspectos Alföldy, G. 2007: «Fasti und Verwaltung der hispa-
de estabilidad y continuidad, que vincularían el siglo nischen Provinzen: zum heutigen Stand der For-
ii con el iv, lo que comportaría que durante el siglo iii schung», en: Haensch, R.; Heinrichs, J. (eds.):
Hispania no sufriera el colapso total de las estructuras Herrschen und Verwaltung. Der Alltag der römischen
establecidas durante el altoimperio. Así, la mayoría de Administration in der römischen Kaiserzeit, Colonia-
comunidades cívicas mantuvieron un papel central en Weimar-Viena, 325-356.
la estructura administrativa de las provincias hispanas, – 2001: «Eine clarissa femina in Lucus Augusti», ZPE,
a pesar de las, en parte, considerables transformaciones 136, 233-238.
que afectarían a la apariencia externa de sus centros – 2000: Provincia Hispania Superior, Heidelberg.
urbanos (ver el apartado anterior, donde la cuestión se – 1998a: «Hispania bajo los Flavios y Antoninos: consi-
ha tratado en detalle). deraciones históricas sobre una época», en: Mayer,
Los numerosos procesos de transformación ocu- M.; Nolla, J. M.; Pardo, J. (eds.): De les estructu-
rridos durante el siglo iii cambiaron de forma consi- res indígenes a l’organització provincial romana de la
derable la imagen de la Hispania romana, aunque no Hispània Citerior. Homenatge a J. Estrada i Garriga,
consiguieron eliminar elementos estructurales funda- Barcelona, 11-32.
mentales. Es necesario destacar, sobre todo, que esta – 1998b: «La cultura epigráfica de la Hispania romana:
transformación se produjo paulatinamente y a largo inscripciones, autorrepresentación y orden social»,

* Los corpora epigráficos españoles y portugueses son citados según el registro de abreviaturas de la Hispania Epigraphica. Con respecto a
los demás córpora refiérase a la lista en Bérard, F. et al. 2000: Guide de l’épigraphiste. Bibliographie choisie des épigraphies antiques et médiévales,
París, 17-18. En general, se cita solamente la publicación más reciente o estándar de una inscripción.

496
Hispania en el siglo iii

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