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BAUTISMO Y CONFIRMACIÓN

3. PRAXIS Y TEOLOGÍA DE LA ÉPOCA PATRÍSTICA

3.1. INTRODUCCIÓN
La iniciación bautismal implica una serie de elementos que se irán desarrollado, enriqueciendo y
explicitando progresivamente:
• Proclamación de Jesucristo resucitado y anuncio de su evangelio de salvación por el don del
Espíritu y el perdón de los pecados.
• Respuesta de fe, adhesión a Jesucristo, conversión, compromiso de vida nueva.
• Administración del bautismo de agua - signación o imposición de manos.
• Incorporación a la comunidad de fe, que incluye catequesis, fracción del pan eucarístico y
comunión fraterna (compartir los bienes).
• Maduración personal en la fe y testimonio misionero.
En los cuatro primeros siglos, el proceso de iniciación cristiana se estructura en torno a:
• Catecumenado: preparación catequético - moral y ritual a la plena incorporación al misterio de
Cristo y su vivencia comunitaria.
• Ritos bautismales y post-bautismales (unción, baño de agua, imposición de manos, crismación
o signación, participación en la eucaristía).
• Catequesis mistagógica, sobre el sentido de los misterios celebrados e incorporación plena y
gozosa a la comunidad.
Hasta el siglo V, el obispo es el principal catequista y el único ministro de la iniciación cristiana, cuya
celebración sacramental preside solemnemente en la vigilia pascual4. El rito incluía el gesto bíblico
de imposición de las manos sobre la cabeza del neófito. Los ritos post-bautismales eran la unción
con óleo perfumado, bendecido por el obispo («crismación», signo de alegría y fortaleza) y la señal
de la cruz («signación» en la frente).
La tradición oriental, hoy vigente en la Iglesia ortodoxa, ha mantenido siempre esta praxis: el ministro
que bautiza (no necesariamente el obispo) administra inmediatamente la confirmación al neófito,
ungiéndolo con el myrion u óleo consagrado.
En occidente el bautismo de agua se separa desde el siglo V de los ritos post-bautismales de la
unción e imposición de manos y se reservan al obispo. Con lo que se separa y distingue el bautismo
de los antiguos ritos post-bautismales, que sólo el obispo efectuaba en sus visitas pastorales. Este
desmembramiento origina históricamente el concepto de confirmatio (confirmación), nuevo don
espiritual, signo de la comunión eclesial (centrada en el obispo) y del fortalecimiento en el Espíritu
necesario para perseverar en la vida cristiana. Ya en el 465, el obispo Fausto de Riez (en las Galias,
hoy Francia), compara al cristiano con un soldado bien armado para la lucha, justificando la necesidad
de la confirmación como un nuevo don que complementa al del bautismo.
Hay una ineludible relación entre bautismo y confirmación, que explica el progresivo desarrollo que,
en función de la praxis litúrgica, experimentara la catequesis y la reflexión teológica sobre ambos
sacramentos de iniciación.1

3.2. LOS PRIMEROS SIGLOS (S. I-II)


3.2.1. LA DIDACHÉ (HACIA EL AÑO 100)

1
Dice Tertuliano: «se lava la carne para que se purifique el alma: se unge la carne para que se consagre el alma;
se marca la carne para que también sea protegida el alma; se somete la carne a la imposición de la mano para
que también el alma sea iluminada por el Espíritu; se alimenta la carne con el cuerpo y la sangre de Cristo, para
que también el alma se sacie de Dios» (Sobre la resurrección de los muertos, VIII, 3).
Su primera parte (capítulos 1-10) contiene una serie de normas litúrgicas, y en ella encontramos el
más antiguo testimonio no bíblico sobre el bautismo.
Precede al bautismo una preparación centrada en el ayuno y la catequesis o instrucción «sobre las
cosas dichas con anterioridad». El rito bautismal ordinario es el baño de inmersión en agua viva o
corriente (ríos o manantiales), y en caso de necesidad, bautismo por infusión. La triple inmersión y la
fórmula tomada de Mt 28,19 explicitan el sentido trinitario del bautismo. La teología bautismal de la
Didaché insiste en el sentido trinitario, eclesial y moral («los dos caminos») del primer sacramento
de la iniciación cristiana.

3.2.2. EL PASTOR DE HERMAS (HACIA LOS AÑOS 100-150)


Puede descubrirse, en este Apocalipsis apócrifo de la primera mitad del siglo II, una liturgia bautismal:
descenso al agua, ramos o coronas verdes, vestidura blanca, sello. En los primitivos ritos bautismales
el neófito era coronado en la cabeza -costumbre judía de los Tabernáculos- como símbolo de su
unión con Cristo; recibía la vestidura blanca (pureza y presencia del Espíritu Santo); sellado en la
frente como propiedad del Señor.
La teología bautismal del Pastor del Hermas subraya el valor soteriológico del bautismo: «sello del
hijo de Dios» recibido en el agua, necesario para entrar en el Reino y formar parte de la edificación
de la torre. Sello que perdona los pecados anteriores, pasar de la muerte a la vida, asegura la
comunión con Dios y exige mantenerla mediante una vida santa.

3.2.3. SAN JUSTINO (+165)


Antiguo filósofo pagano, de Palestina, se convirtió al cristianismo. El más importante apologista
griego del siglo II. El bautizado participa de la liturgia eucarística y se esforzará en «conocer la verdad,
proceder con buenas obras, observar los mandamientos» (Apología I, 65-66).
La liturgia bautismal implica un baño o inmersión en agua corriente con una fórmula trinitaria y exige
antes un período preparatorio (enseñanza, oración y ayuno) que facilite la conversión. Su teología
bautismal se refleja en los nombres dados al sacramento: renovación o regeneración, baño de agua
en el nombre del Padre, Hijo, y Espíritu Santo, iluminación (fotismós). Efectos: perdón de los pecados,
iluminación del espíritu, nuevo nacimiento, incorporación a la comunidad y compromiso a una vida
nueva. Noé y la circuncisión judía son para Justino tipos del bautismo (Diálogo con Trifón, 19 y 138).
Habla del bautismo de niños al referirse a aquellos que han permanecido puros desde su infancia
como discípulos de Cristo (Apología I, 15,6). Destaca el bautismo como nuevo nacimiento o
regeneración y su exigencia de conversión.

3.2.4. SAN IRENEO DE LYON (+202)


Teólogo y defensor de la fe contra las herejías gnósticas. Habla del bautismo y sello en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, del bautismo de niños al afirmar que Jesucristo «vino en
persona a salvar a todos -es decir a todos los que por Él nacen nuevamente para Dios-, recién
nacidos, niños, muchachos, jóvenes y adultos» (Adversus Haereses 2, 22,4).
Su teología bautismal sigue a Juan y Pablo: un nuevo nacimiento y sello de la nueva alianza, que
perdona los pecados. Nos diviniza y nos hace hijos de Dios en Cristo, el nuevo Adán, por la fuerza
del Espíritu Santo que resucita a Jesús y mora en el bautizado para que viva santamente. «Donde
está la Iglesia está el Espíritu de Dios y donde está el Espíritu de Dios allí está la Iglesia y toda gracia
(...). Por el bautismo los hombres entran en posesión del Espíritu» (AH 3, 24.1).

3.2.5. HIPÓLITO DE ROMA (160-235)


Presbítero de la Iglesia romana, es el primer anti-papa, se proclama obispo de Roma oponiéndose
al papa Calixto. Reconciliado con la Iglesia, muere mártir.
Una obra importante es la Tradición apostólica, escrita hacia el 215, tiene tres partes: la primera con
cánones referidos a la elección y consagración de obispos, sacerdotes y diáconos, bendiciones y
normas sobre viudas, confesores y vírgenes; la segunda se centra en la iniciación cristiana
(conversión, catecumenado, sacramentos); la tercera reglamenta costumbres cristianas (oración,
ayuno, eucaristía dominical, catequesis, entierros). Describe la celebración de los sacramentos de
iniciación, donde se aprecia una preparación catecumenal y una liturgia bautismal romana ya
desarrollada: bautismo administrado en el baptisterio, fuente o «piscina» bautismal, a la que hay que
«bajar» (también los niños). Hay una triple inmersión, acompañada de la profesión de fe. Aparece ya
la unción post-bautismal, rito distinto y reservado al obispo: unción, signación, imposición de manos.
Después, los neófitos participan en la liturgia eucarística y reciben la comunión: pan consagrado, y
tres cálices con agua, leche y miel, y el vino consagrado, respectivamente.
La teología bautismal de Hipólito destaca la importancia de la invocación trinitaria y los efectos del
bautismo (perdón de los pecados y recepción de la gracia, exigencia de conversión, incorporación a
la comunidad, don del Espíritu Santo). El bautismo es «baño de regeneración del Espíritu Santo»,
seguido de la consignatio en la frente y la eucaristía.

3.2.6. TERTULIANO (155-220)


Polemista cristiano, creador del latín cristiano, primero en escribir un tratado sobre los sacramentos
de iniciación cristiana: De baptismo (antes del 200). Intenta defender la ortodoxia frente a la secta
gnóstica «los cainitas», que rechazaban el agua del bautismo y afirman que únicamente la fe salva.
Al bautismo lo llama baptismus, baptisma, lavacrum, tingere (lavarse o sumergirse), santísimo baño
del nuevo nacimiento, agua bautismal. Su obra tiene tres partes: elementos del rito bautismal,
cuestiones teológicas sobre la naturaleza del bautismo y normas disciplinarias para su
administración.
El bautismo cristiano es un rito sencillo y simple, cuyo elemento fundamental es el AGUA, fuente de
la vida, consagrada por el Espíritu, donde el agua no es agua «vacía» e inoperante, habitada «por el
ángel impuro del maligno» como la de los cultos paganos de Isis y Minerva (c. 5). Es como el agua
de la piscina de Betsaida, curación y vida eterna. Pero no da propiamente el Espíritu Santo, sino que
prepara para recibirlo: «purificados en el agua, somos dispuestos por un ángel para recibir el Espíritu
Santo» (c. 6). «Tras el baño de agua, la unción, que en nombre de Cristo da la liberación espiritual
del pecado» (c.7). Luego tiene lugar «la imposición de manos, invocando e invitando al Espíritu Santo
mediante la plegaria de bendición» (c. 8); su efecto es la venida del Espíritu, íntimamente ligada a los
efectos del baño y la unción.
Analiza la tipología bautismal del agua en el AT y el NT, testimonios y figuras que anuncian «en todo
tiempo el sacramento y admirable virtud del agua»: paso del mar Rojo, agua de la roca en Horeb,
bautismo de Cristo en el Jordán, agua de Caná convertida en vino, agua del pozo de Jacob, agua
salida del costado del Señor. «Como si el agua acompañara siempre a Jesucristo» (c. 9).
En la segunda parte del tratado propone algunas cuestiones teológicas: el bautismo de Juan
prefigura la iniciación cristiana, aunque era un simple rito penitencial. Sólo el bautismo cristiano es
sacramento de la gracia divina, «pues una fe verdadera y firme se lava con agua para la salvación;
pero si es engañosa y débil, se lava con fuego para el juicio» (c. 10). Si el Señor no bautizó ni los
Apóstoles lo hicieron en su nombre sino hasta Pentecostés, es porque «el Señor no había llegado
aún al más alto grado de su gloria y aún no había fundamentado la eficacia del bautismo en su
pasión y en su resurrección» (c. 11). Tampoco los Apóstoles se bautizaron, excepto Pablo, pero «es
temerario querer erigirse en juez de los Apóstoles, como si la gracia de su vocación y el privilegio de
haber sido los amigos inseparables de Jesús no pudiera haberles servido de bautismo» (c. 12).
Abrahám se salvó sólo por la fe, pero después de Cristo es necesario también el bautismo. «Desde
que la fe se incrementó en su extensión por la confesión de su nacimiento (de Jesús), de su pasión y
de su resurrección. (...) Se ha dado la ley de bautizarse y se ha prescrito la forma en que ha de
hacerse» (c. 13). Absoluta necesidad del bautismo para la salvación (c. 14). Sólo «hay un Dios, y un
bautismo, y una Iglesia en el cielo»: el bautismo no se puede repetir ni se puede aceptar como válido
el bautismo de los herejes (c. 15). La única excepción es el martirio, lavacrum sanguinis que suple o
representa al bautismo si no se ha recibido, o lo devuelve si se perdió por el pecado (c. 16).
En el fondo la pregunta teológica ¿cómo nos salvamos?
Las normas disciplinarias de la tercera parte hablan del ministro, que es ante todo el obispo, y puede
delegar en los presbíteros y diáconos. Los laicos pueden bautizar excepcionalmente «porque lo que
reciben todos en el mismo grado, pueden darlo de la misma manera (...) la urgencia del peligro de
la persona justifica el atrevimiento de aquél, porque será culpable de la pérdida de un hombre quien
rehusara el socorro que está en su mano» (c. 17). Prefiere que no bauticen las mujeres y es contrario
al bautismo de niños.
Puede bautizarse cualquier día, pero Pascua y Pentecostés son más solemnes y apropiados (c. 19)
luego de prepararse seriamente (catequesis, ayuno y oración) para formar parte del pueblo escogido
y participar en la eucaristía junto a la madre común (la Iglesia) y los demás hermanos (c.20). Describe
el mismo rito que recoge Hipólito. Da mucha importancia al simbolismo del agua y su consagración
con la imposición de manos que comunica el don del Espíritu.
Su teología bautismal destaca la dimensión cristológica. Es sacramento de la fe, no rito mágico; el
agua es la materia, pero causa un efecto espiritual en virtud de la pasión y resurrección del Señor.
Admite excepciones al principio general de la necesidad del bautismo para la salvación. Un tema
oscuro es el pneumatológico, ya que el bautismo no comunica el Espíritu, sino que sólo prepara o
dispone para su recepción por la imposición de manos. Puede ser una expresión exagerada para
desarrollar o completar lo que otros Padres insinúan: que el bautismo de agua y la imposición de
manos son momentos complementarios de la plena comunicación del Espíritu.
Tertuliano es el más antiguo testigo de lo que será el rito de la confirmación en el único proceso de
iniciación cristiana. Una única acción en dos momentos, que opera el perdón de los pecados, la
unción de Cristo sacerdote, la venida del Espíritu, la gracia de la salvación y la vida eterna.

3.2.7. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA (+215)


Sucesor de Panteno en la escuela catequética de Alejandría, maestro de Orígenes, presenta el
bautismo en su obra Pedagogo, catequesis mistagógica contra el gnosticismo. No hay superioridad
(sobre los simples cristianos) de los pneumaticos, o cristianos perfectos por una especial iluminación
del Espíritu. No se exige ningún don superior al bautismo.
No describe la liturgia bautismal, pero ofrece una catequesis sobre el proceso de iniciación cristiana.
Plantea una serie de expresiones concatenadas: bautizado-iluminado-hijo-perfecto- inmortal;
carisma-iluminación-perfección-baño. Aporta el término «carisma» o don de la gracia. La persona
pone de su parte la fe y la conversión, el Espíritu opera en ella la regeneración bautismal. La filiación
divina, la liberación del pecado y el conocimiento-iluminación de Dios son efectos del bautismo, al
que llama también sello (sphragis).

3.2.8. ORÍGENES (185-253)


Discípulo y sucesor de Clemente, director de la Escuela de Alejandría a los 18 años, uno de los más
grandes genios del cristianismo y de la humanidad. Testigo privilegiado del proceso catecumenal y
la praxis bautismal de su época, elabora una rica teología bautismal, a base de la interpretación
alegórica de los textos bíblicos característica de la escuela alejandrina.
Se refiere a «fórmulas, gestos, ritos, preguntas y respuestas» que forman parte del bautismo (Hom.
V sobre el libro de los Núm). Insiste en la previa necesidad de conversión moral y conocimiento de
las verdades fundamentales de la fe, «renunciando a todo los demás dioses y señores, confesando
al único Padre, Hijo y Espíritu Santo» (Sobre el Éxodo, homilía 8,4). Defiende la necesidad del
bautismo de los niños para liberarlos del pecado de origen.
Son conocidos los tipos bíblicos del bautismo utilizados por Orígenes: el paso por el mar Rojo, «un
bautismo efectuado por Moisés en la nube y en el mar», el retorno al paraíso, el diluvio, el baño de
Naamán, la travesía del Jordán por Josué, las alianzas matrimoniales de los patriarcas junto a las
fuentes de agua, la circuncisión. Todos son signos del «bautismo espiritual invisible» (Comentario
sobre Jn, fragm 8), el bautismo de agua es símbolo de un nuevo nacimiento: «para que también tú
invalides el anterior nacimiento y pases a un segundo mediante la regeneración» (sobre Lc, hom 28),
valor que se expresa perfectamente en la celebración del triduo sacro pascual. El bautismo es un
resucitar con Cristo, participando en su pascua por obra del Espíritu, que es la «prenda de la
resurrección perfecta» (sobre Ez, hom 2,6). «El Espíritu (...) convierte este baño en baño de
regeneración» (sobre Jn, com 6,33), renovación que será plena sólo en la resurrección escatológica.
Su teología bautismal es fundamentalmente paulina: cristocéntrica y pneumatológica. Desarrolla
especialmente el sentido histórico-escatológico del bautismo y su concepción simbólico-
sacramental. El rito sirve para transmitir el misterio que se realiza en el alma.

3.2.9. SAN CIPRIANO (+258)


Obispo mártir de Cartago, controversias por la validez o invalidez del bautismo administrado por
herejes. Cipriano negaba la validez de este bautismo y exigía un nuevo bautismo a quienes deseaban
incorporarse después a la Iglesia Católica. En Roma y Alejandría se consideraba válido el primer
bautismo exigiéndoles sólo un rito de reconciliación que no incluía la repetición del bautismo, sino
penitencia e imposición de manos. Sólo el martirio casi simultáneo de los dos principales
contendientes (Cipriano y el papa Esteban I) evitó un posible cisma, pero la controversia sirvió para
aclarar y enriquecer la teología bautismal, especialmente en su dimensión eclesiológica.
Los argumentos de Cipriano no justifican la repetición de un bautismo válido, prueban que éste no
puede darse fuera de la verdadera Iglesia. La postura romana defendió que la validez del bautismo
no depende de la condición subjetiva o santidad de quien bautiza, sino de la gracia de Dios y la
invocación de la Trinidad Santa. El Concilio de Arlés (314) ratificó la tradición romana y la impuso a
la Iglesia africana. Pero el sentido eclesial y pneumatológico del bautismo se enriqueció gracias a
Cipriano: «no puede existir el bautismo sin el Espíritu» (Carta 74,5). Y contra su admirado Tertuliano
insiste en la necesidad de bautizar lo antes posible a los niños. El efecto salvador actúa también en
el caso de los catecúmenos martirizados (bautismo con sangre).
También él distingue claramente entre el bautismo propiamente dicho y la imposición de manos que
completa la donación del Espíritu recibido en el bautismo.

3.3. LA EDAD DE ORO PATRÍSTICA


3.3.1. SAN CIRILO DE JERUSALÉN (315-386)
Veinticuatro catequesis: 19 suyas y 5 redactadas por sus oyentes o un sucesor. Resumen de la praxis
y de la teología bautismal de la Iglesia de Jerusalén ya en pleno siglo IV. El obispo Cirilo, primer
responsable de la formación de los candidatos al bautismo (fotizomenoi) predicó en la Cuaresma del
348 o 350 la catequesis introductoria (Procatequesis) y las 18 siguientes. Las cinco últimas explican
el sentido de los tres sacramentos de iniciación (en la semana de Pascua).
Parcial: Tomar un tema, presentar, manejo de todo el material. Agarrar un padre, y presentar
más detalladamente, algún texto, homilía…
La Procatequesis acoge con alegría y entusiasmo a los candidatos, les exhorta a considerar la
seriedad del compromiso bautismal e insiste en la disciplina arcanis (no revelar lo que aprendan a
los aún no bautizados). Se destacan la primera catequesis bautismal -referida al temple necesario
para acceder al bautismo, necesidad de renunciar a lo mundano, perdonar a los enemigos y
alimentarse de la palabra de Dios- y la tercera -sobre el bautismo y la salvación, significación y efectos
del rito bautismal. Las dos primeras mistagógicas también son referidas al bautismo, la tercera a la
confirmación, las otras dos al misterio eucarístico.
Datos de la praxis bautismal: tras cuarenta días de reparación de los pecados (catequesis, exorcismos
y purificación de los pecados), los candidatos acceden al rito bautismal. Renuncia a Satanás, mirando
hacia el este (paraíso). Confesión de fe -«Creo en el Padre, y en el Hijo y en el Espíritu Santo, y un
bautismo de penitencia»- y se desnudan, siendo ungidos con óleo de la cabeza a los pies. Luego,
hombres y mujeres por separado, eran conducidos a la fuente o piscina bautismal.
Desnudarse es despojarse del hombre viejo para asemejarse a Cristo, «quien fue despojado en la
cruz, y mediante su despojo ha despojado los señoríos y potestades, triunfando sobre ellos
abiertamente en la cruz» (Catequesis mistagógica 2,2). El óleo es signo de la misma fuerza de Cristo,
también presente y actuante en el agua por la invocación de la Trinidad. El agua bautismal es «agua
que lleva a Cristo» desde que el Señor «comunicó a las aguas los efluvios olorosos de su divinidad
al ser bautizado en el Jordán» (Procatequesis 15). Finalmente, la unción con el crisma concluye todo
el proceso por la recepción del Espíritu Santo y la plena identificación con Cristo. Cirilo alude a la
imposición de manos para la comunicación del Espíritu (Catequesis 16,26), pero es la unción con el
crisma el rito que para él sella, confirma, culmina todo el proceso, cuyo significado teológico es la
participación del misterio pascual de Cristo; una significación simbólica pero real.
El efecto principal del bautismo es la identificación con Cristo, que nos salva por su muerte y
resurrección. El bautismo es imagen, semejanza, anti-tipo, del misterio pascual: por él participamos
de los frutos de la pasión del Señor. Por eso -excepto en el martirio- es necesario para la salvación.
La dimensión cristológica de su teología bautismal es completada desde la perspectiva paulina por
su sentido eclesiológico: nos incorporamos a su Cuerpo, que es la Iglesia. El bautizado participa del
amor entre Cristo y su Esposa, continúa su obra salvadora engendrando nuevos hijos para Dios
(catequesis 1,1; 3,5).

3.3.2. LOS PADRES CAPADOCIOS


Capadocia, zona central de Asia Menor. Basilio Magno, Gregorio Nacianzeno, Gregorio de Nisa. Su
principal preocupación se centra en el terreno cristológico (la divinidad de Jesucristo frente a la
herejía arriana), y también un testimonio de la tradición teológica en:
• Relación entre los efectos del bautismo, la fe del bautizado y la santidad del que bautiza.
• Sentido cristológico del bautismo (Rm 6).
• La fuerza del Espíritu actuante en el agua bautismal.
Basilio:
Importancia de la fe del catecúmeno: «si la fe halla su consumación por el bautismo, a su vez el
bautismo se fundamenta en la fe. (...) La profesión de fe que conduce a la salvación viene,
primeramente, y el bautismo que sella nuestra adhesión la sigue de cerca» (Tratado del Espíritu Santo
12,28). «El bautismo es el sello de la fe y la fe una adhesión a la divinidad. Primeramente, hay que
creer, y después ser marcado por el bautismo» (Contra Eunomio 3,5).
Habla de una marca o sello (sphragis), una signación o imposición del signo de la cruz en la frente
del bautizado, que Basilio considera de origen apostólico, indeleble incluso en los malos cristianos.
Señala también los efectos del bautismo recibido con fe: fortalecimiento de la misma fe,
configuración con Cristo en su muerte y participación plena en su misterio pascual.
Gregorio Nacianzeno:
Los significados y efectos del bautismo son «don de la gracia (charisma), baño, unción, iluminación,
vestido de inmortalidad, aguas de la regeneración, sello de Dios» (Sermón sobre bautismo 4). Insiste
en el valor del bautismo como sello divino (sphragis) e iluminación (photismos).
La circuncisión es figura del sello bautismal (Sermón 40,26); es siempre válido, no importa quién
bautice -aunque es preferible que sea un creyente-, de la misma forma que un sello marca siempre
cualquiera que sea su material. Es un sello que protege y significa la soberana propiedad de Dios
(Sermón sobre el bautismo 4), pues «difícilmente se roba un rebaño marcado; en cambio el que no
lleva ninguna señal, es presa fácil para los ladrones» (12). Sin tal sello no es posible entrar en el Reino,
por eso es partidario del bautismo de los niños, antes de los tres años.
Iluminación: el día del bautismo es «la fiesta de las luces». El bautismo es la gran iluminación que
transforma al neófito y le encamina hacia Dios, comunica la fe en la revelación, la luz de Dios
manifestada en la historia de la salvación hasta la plenitud de Cristo. No es sólo una iluminación
doctrinal o intelectual, sino que transforma y compromete toda la vida. «El bautismo no solamente
lava vuestro cuerpo, sino la imagen (de Dios) que lleváis». Por la invocación del Espíritu y la gracia
de Cristo: «en el bautismo, Cristo sale de las aguas, levanta con él el universo y ve abrirse los cielos
que Adán había cerrado para él y para su estirpe» (Sermón 39,15-16).
Gregorio de Nisa:
Homilías sobre el bautismo, especialmente en Pascua y Epifanía. Tipología bíblica. Desnudez
bautismal y túnica blanca (despojo del pecado y retorno a la inocencia del paraíso). Éxodo «predice
el misterio del bautismo. Aún hoy el pueblo que huye de Egipto, del pecado, halla en el agua del
nuevo nacimiento la libertad y la salvación» (Homilía para el día de las luces).
Otro «tipo» es el agua del Jordán, en cuyas aguas y a causa del bautismo de Cristo fueron bendecidas
y consagradas «todas las aguas de la tierra». Cualquier agua sirve para bautizar: «sólo con encontrar
la fe de parte del sujeto receptor y la bendición del sacerdote (...) el agua, aunque en sí no es otra
cosa que simplemente agua, renueva al hombre para un renacer espiritual después de que la gracia
venida de arriba la ha bendecido» (Idem).
El sentido del baño bautismal proviene de la muerte y resurrección del Señor: «las representamos
mediante la imitación al sumergirnos tres veces en el agua y volver a emerger de ella (...) para llegar
con Cristo a la salvación» (Gran discurso catequético 45, 89). Agua bautismal es imagen de la muerte
y sepultura del Señor; que los catecúmenos no retrasen el bautismo, no sea que mueran sin el sello
de la regeneración.

3.3.3. SAN JUAN CRISÓSTOMO (344-407)


Patriarca de Constantinopla, orador y escritor, largo ministerio pastoral (presbítero y obispo).
Distingue tres clases de bautismo: de los judíos «que quitaba las manchas corporales, no las de la
conciencia» (rito de purificación); de Juan Bautista, superior al de los judíos, porque exhortaba al
arrepentimiento (rito de conversión); de Cristo, «que nos libra del pecado y purifica el alma y concede
la alegría del Espíritu Santo» (sacramento cristiano), superior al bautismo de Juan y perfecto por el
don de la gracia. Cristo quiso recibir el bautismo de Juan para manifestarse al pueblo y para
proclamar la reconciliación del hombre con Dios «donde hay reconciliación con Dios, se representa
por una paloma (como en tiempos de Noé)» (Hom sobre el bautismo II, 1-5).
En la noche de Pascua expone el significado, efectos y exigencias del sacramento bautismal. La fiesta
de pascua es para todos los bautizados, sin distinción. Los recién bautizados salen del agua llenos
de vida, como al principio de la creación. «Como el paralítico curado en la piscina por Jesús (...).
Extraordinaria manera de limpieza, que no es limpieza corporal, ya que en éste cuantos más cuerpos
lave el agua, más suciedad recibe; pero en la espiritual, cuantos más sean aquellos a quienes lave,
tanto más pura queda el agua» (Hom Resurrección, 6.9).
Exhorta a perseverar y se refiere a la unción post-bautismal: la fuerza recibida en el bautismo se
alimenta de la catequesis y la eucaristía. Fuerza que recibieron los Apóstoles en Pentecostés, ahora
no se manifiesta milagrosamente, sino en el perdón de los pecados y en los dones espirituales. El
sentido profundo de la signación o crismación es la protección contra el diablo y sus insidias.
La dimensión pascual del bautismo es la idea central de toda su teología sobre este sacramento. El
bautismo borra el pecado de origen, razón por la cual también se administra a los niños. Sobre todo,
es participación en el misterio pascual de Cristo y compromiso de vida nueva: «El que después del
bautismo sigamos muertos al pecado debe ser obra de nuestros deseos, aunque siempre con la
ayuda de Dios. (...) El bautismo borra los pecados anteriores y fortalece contra los venideros. (...) si
has muerto en el bautismo, sigue muerto. El que ha muerto no puede ya pecar. Si pecas, inutilizas el
don de Dios (...) Así como no se muere por segunda vez, no hay tampoco un segundo bautismo;
guárdate muy bien de volver a pecar» (Hom XI sobre Rm 1-2).
El bautismo da la fe, el perdón de los pecados y el Espíritu Santo, y se manifiesta en los bautizados
en dos actitudes: perseverancia y unión fraterna. Entonces como ahora, «se sucedían primero las
señales, luego la enseñanza y finalmente los milagros (rito bautismal, catequesis y vida nueva)» (Hom
VII, Hch 1-2). Dejar el bautismo para la hora de la muerte es un comportamiento «frío», «miserable»
y «desidioso» (Homs XIX, Hch 1; XXIII, Hch 4-5).
Teodoro de Mopsuestia, amigo y condiscípulo de san Juan Crisóstomo en Antioquía, presenta el
bautismo como memorial y tipo simbólico del misterio pascual. Atestigua sobre todo la signatio
(confirmación): «Llega el pontífice, te signa sobre la frente y dice: N., queda signado en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Homilía 14,27).
3.3.4. SAN AMBROSIO (339-399)
Elegido obispo de Milán cuando aún era catecúmeno. Instruyó y bautizó al catecúmeno Aurelio
Agustín (el futuro obispo de Hipona) y legó dos importantes series de catequesis mistagógicas: Sobre
los sacramentos (De sacramentis) y sobre los misterios (De mysteris). Siempre siguiendo el
dinamismo que lleva de lo visible a lo invisible, del rito externo al don interior de la gracia. Describe
el rito bautismal en sus diversos momentos:
• Apertura o rito del éfeta: El sábado, víspera del bautismo, el sacerdote pronuncia la palabra de
Mc 7, 34 y toca oídos y nariz del candidato (no la boca, por delicadeza en el caso de las mujeres)
para abrirlos a la palabra y el buen olor de Cristo.
• Unción pre-bautismal, signo de fortaleza para la lucha cristiana, ya en el baptisterio, el mismo
domingo.
• Renuncia a Satanás: Vuelto a Oriente, el candidato es interrogado y renuncia a Satanás, a sus
obras, al mundo y sus placeres.
• Bendición del agua: El agua sana porque tiene la gracia de Cristo, porque desciende sobre ella
el Espíritu Santo, como cuando el bautismo de Cristo en el Jordán.
• Profesión de fe y bautismo por triple inmersión. La triple confesión de fe sugiere a Ambrosio el
texto de Jn 21,15, fórmula trinitaria (igualdad de las tres divinas personas).
• Unción post-bautismal: «Recibes el crisma (myron) sobre la cabeza, porque la cabeza es la sede
de los sentidos del sabio».
• Lavatorio de los pies: característico de Milán. Ambrosio le atribuye un valor santificador y es
realizado personalmente por el obispo.
• Imposición de la vestidura blanca.
• Signación (signaculum, consignari) señal de la cruz en la frente hecha por el obispo: «después
de la fuente falta todavía que se haga la perfección, cuando por la invocación del pontífice es
infundido el Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría y entendimiento, Espíritu de consejo y fortaleza,
Espíritu de conocimiento y de piedad, Espíritu del santo temor».
Ya el neófito puede acercarse al altar para participar en la eucaristía.
El obispo de Milán desentraña el simbolismo sacramental con diversos tipos o figuras bíblicas de la
iniciación cristiana. El agua, elemento simbólico primordial, no es nada sin la cruz de Cristo y la fuerza
del Espíritu (Sobre los misterios 4, 20). Agua creacional, agua del diluvio, agua del mar Rojo, agua
del Jordán (Naamán y bautismo de Jesús), agua amarga de Mará, agua curativa de la piscina de
Betsaida... (cf. Sobre los sacramentos 1, 12-2, 13; Sobre los misterios 3, 9-5, 26).
Cuatro temas se destacan en la teología bautismal ambrosiana:
a) Estructura simbólica del rito sacramental: acción visible y gracia invisible, acción del ministro
y poder del Espíritu, elemento material (agua) y formal («palabras celestiales»), lo que se ve
corporalmente y lo que ve la fe, etc.
b) Sentido trinitario, del que va a ser bautizado (profesión de fe trinitaria), en el rito bautismal
(triple inmersión y fórmula) y su eficacia (obra de las tres divinas personas).
c) Expresión del designio salvífico de Dios, del misterio pascual de Cristo que actúa en la
regeneración bautismal: «El que es bautizado, en la muerte de Jesús es bautizado» (Rm 6, 3).
d) Distinción en la acción litúrgica de la signatio, consignatio, o confirmatio. Como en los Padres
griegos, designa a veces el efecto de todo el proceso bautismal, pero se refiere también a un rito
especifico ligado al don del Espíritu Santo.

3.3.5. SAN AGUSTÍN (354-430)


Su aporte sobre la iniciación cristiana es decisiva para la Teología. Recopiló y profundizó la tradición
iluminando los puntos oscuros o controvertidos de la misma. En polémica con los donatistas,
resolverá definitivamente la cuestión sobre la validez del bautismo de los herejes. Esta controversia
le brindará la ocasión de defender la necesidad del bautismo y el bautismo de niños.
Compara la disciplina catecumenal con la construcción de un templo. Escribió su «Catequesis de los
principiantes» (De cathechisandis rudibus) para ayudar a la preparación remota de quienes pedían el
bautismo; se refiere a los elementos del rito bautismal en varias ocasiones, pero sin describirlos con
detalle. Habla del bautismo como: «sacramento grande, divino, santo, inefable», «de la regeneración
de todos los pecados», «matriz materna» de los hijos de Dios, «baño del agua y la palabra: quita el
agua, y no hay bautismo; quita la palabra, y no hay bautismo tampoco».
Señala el perdón de los pecados y la nueva vida en el Señor Resucitado como los frutos propios del
bautismo. Perdona los pecados y salva, pero no mágicamente: «una cosa es el sacramento del
bautismo y otra la conversión del corazón, la salvación del hombre queda completada en uno y otra».
De nada sirve el bautismo sin fe y conversión; en cambio, no depende en absoluto de la fe o santidad
del ministro: los sacramentos son válidos con tal de que exista la fe y se respete la forma instituida
por Cristo, pero sólo son eficaces en la unidad de la Iglesia, obra del Espíritu Santo.
Distingue entre sacramento y efecto o fruto del sacramento: «pueden los hombres ser bautizados
en las comuniones separadas de la Iglesia, en las cuales se da y se recibe en la misma celebración
sacramental el bautismo de Cristo; pero éste sólo es provechoso para la remisión de los pecados
cuando la persona, reconciliada con la unidad, se despoja del sacrilegio de la disensión (...). El que se
acercó con la hipocresía, no vuelve a recibir después el bautismo, sino que queda purificado por su
sincera corrección y confesión verdadera; lo cual no podría realizarse sin el bautismo, de tal suerte
que lo que fue dado antes comienza a ser provechoso para la salvación al desaparecer aquella
hipocresía por la confesión sincera. Del mismo modo, quien, siendo enemigo de Cristo en alguna
herejía o cisma, recibió su bautismo -que no perdieron los que se separaron, cuyo sacrílego crimen
era la causa de que no se le perdonaran los pecados- ese tal, si se corrige y viene a la comunión de
la Iglesia, no debe ser bautizado de nuevo. Esa misma reconciliación y paz le hace posible que
comience a serle provechoso, en la unidad, para la remisión de los pecados el sacramento que antes
no podía aprovecharle por haberlo recibido en el cisma» (Sobre el bautismo 1,12,18). No es
rebautizar a los herejes, sino reconciliarlos con la Iglesia -por la imposición de las manos-
admitiéndoles a su unidad a la caridad.
La razón fundamental es cristológica: el bautismo es de Cristo, Él bautiza: «aunque fueran muchos
los ministros santos o pecadores que bautizaran, la santidad del bautismo no sería atribuida sino a
Aquel sobre el que la paloma descendió y de quien se dijo: este es el que bautiza en el Espíritu Santo.
Ya sea que bautice Pedro, Pablo o Judas, siempre es Él el que bautiza» (Sobre el ev de Jn, Trat. 6, 7).
El bautizado es de Cristo por el sello bautismal, que permanece aún en los herejes y pecadores, así
se da origen a la noción de carácter bautismal indeleble. Signum o character: marca que permitía
reconocer a los soldados del Emperador o a las ovejas de un rebaño. Las ovejas que Él encomienda
a Pedro, son «ovejas del Señor, tienen su sello, lavadas en el bautismo, señaladas con su nombre,
redimidas por su sangre» (Serm. 295, 5).
Conclusiones:
a) Permanencia del carácter bautismal: la señal no se repite si regresan al rebaño o al ejército;
b) Función relativa-secundaria del ministro del bautismo: lo importante es llevar la marca, sea
hecha por el amo o por un siervo, por el emperador o un desertor.
Otro aporte es la aclaración de la necesidad del bautismo, el pecado original y la validez del bautismo
de niños. Los pelagianos no negaban la praxis del bautismo de niños, pero sí su necesidad para la
salvación: los niños no necesitan ser bautizados para tener la vida eterna, sino para entrar en el Reino
de los cielos. Agustín rechaza esta distinción, afirma la universalidad del pecado original y urge la
necesidad de bautizar a los niños para que se salven: «todo nacido nace condenado; nadie es
liberado si no es regenerado» (Serm. 294,15-16).
Sin embargo, reconoce que es difícil aceptar que un niño muerto sin bautizar se condene: «Yo
advierto cuán profunda es esta cuestión y reconozco que mis fuerzas no son suficientes para
escudriñarla con toda su profundidad. Un niño no bautizado camina a la condenación. No encuentro
un motivo lo suficientemente razonable» (Serm. 294, 7). Pero, por otra parte, no se ve cómo los niños
muertos sin bautismo puedan salvarse «sin contar con Cristo: quien promete a alguien la salvación
fuera de Cristo, ignoro si él mismo podrá obtenerla en Cristo» (ib. 4). La Iglesia bautiza a los niños,
convencida de que necesitan ser liberados del pecado de origen, en virtud de la muerte de Cristo,
por el bautismo (Sobre la consecuencia y la remisión de los pecados 1,33,62).
En una postura que la teología actual consideraría exageradamente sacramentalista, apenas deja
lugar al bautismo de deseo, que -basándose en el caso del buen ladrón y del centurión Cornelio- lo
acepta en el caso de catecúmenos y en el martirio o bautismo de sangre (Sobre el bautismo 4, 21,
28-4, 23, 30). Para los niños bautizados no ve dificultad en aceptar que la confesión de fe sea suplida
por la fe de sus padres (Sobre el libre albedrío 3, 23, 67; Serm. 294, 17), por la fuerza del Espíritu que
actúa en la Iglesia (Carta 98), o incluso por los «llantos y vagidos» que profieren cuando se les bautiza
(Sobre el bautismo 4, 23, 30).
Es importante la relación Iglesia-bautismo: la Iglesia es el Cristo-total, a la que se incorporan los
bautizados: «el único Cristo nacido de María es un único Cristo; unida la cabeza a su cuerpo, forma
un único Cristo» (Serm. 294, 10). La Iglesia es la Madre que engendra a sus hijos en el bautismo
(Sobre el bautismo 10, 13-14): «así como nacimos carnalmente de nuestros padres, así
espiritualmente nacemos de Dios, como padre, y de la Iglesia como madre». Hay un apremio
personal y una intensa actividad, recordando que «si no hubiese buenos ministros dispuestos a
asistirla, cuando ella da a luz, no hubiésemos encontrado medio de nacer» (Carta 48, 2).
Al respecto de los ritos post-bautismales (unción e imposición de manos con la signación):
• La iniciación cristiana, que culmina en la Eucaristía, implica ser bautizado, santificado, ungido y
recibir la imposición de manos (Serm. 324).
• La unción es símbolo del Espíritu Santo: «Si no es molido el trigo y amasado con agua, nunca
podrá convertirse en esto que llamamos pan. Lo mismo os ha pasado a vosotros: mediante la
humillación del ayuno y el rito del exorcismo habéis sido molidos. Llego el bautismo, y habéis
sido como amasados con el agua para convertiros en pan. Pero todavía falta el fuego, sin el cual
no hay pan ¿Qué significa el fuego, es decir, la unción con aceite? Puesto que el aceite alimenta
el fuego, es el símbolo del Espíritu Santo» (Ser. 227).
• La imposición de manos es símbolo del don del Espíritu, que no se manifiesta ya con signos
milagrosos, sino por el amor fraterno y la unidad eclesial: «pregunte a su corazón; si ama al
hermano, en él mora el Espíritu de Dios. Vea, pruébese a sí mismo en la presencia de Dios. Vea
si tiene el amor de la paz y de la unidad, el amor de la Iglesia, difundida por toda la tierra (...)
Luego, si quieres saber si recibiste el Espíritu Santo, pregunta a tu corazón, no sea que tengas el
sacramento y te falte la virtud del sacramento (...) Si tienes amor fraterno, puedes estar seguro»
(ib. 6, 10).
• La unción nos une a Cristo en su Cuerpo: «todos somos cuerpo de Cristo, porque todos somos
ungidos, y todos estamos en Él: somos Cristo y de Cristo, porque de alguna forma el Cristo total
es cabeza y cuerpo» (Comentario al salmo 26, 2.2).
• El signo de la cruz termina, culmina, perfecciona (perficit) todo gesto sacramental; es la señal de
Cristo: «sin el uso de esa señal, ya en la frente de los fieles, ya en el agua que los regenera, ya
en el crisma con que son ungidos, ya en el sacrificio con que son alimentados, ninguna de estas
cosas queda totalmente terminada (...) Es la señal de todo el bien que de Él nos viene (Sobre el
Ev. de San Jn, trat. 118, 5).

3.4. EL FINAL DE LA ÉPOCA PATRÍSTICA


En la edad de oro de la patrística se alcanza la madurez teológica, la vertebración de la praxis litúrgica
y la reflexión doctrinal. La estructura fundamental de la administración del bautismo y los puntos
básicos de su sentido teológico-espiritual coinciden en los aspectos más importantes en las Iglesias
de Oriente y Occidente.
San Agustín muere cuando los Vándalos llegan a las puertas de Hipona (430). En adelante, la invasión
de los pueblos del norte del Imperio romano, conocidos como «bárbaros», producirá una crisis
política y cultural que afectará también a la Iglesia. A partir del siglo VI, la creatividad y profundidad
de los escritores eclesiásticos decae, aunque recogen, sintetizan y transmiten el pensamiento de los
grandes Padres de los siglos anteriores. Así también con la teología bautismal.
El Pseudo-Dionisio Aeropagita (ca. 450-520), testigo de la herencia siriaca, describe la liturgia
bautismal detallando elementos ya conocidos: presentación al obispo, desnudez, renuncia a Satanás,
confesión de fe y triple inmersión con fórmula trinitaria, unción, signación con el crisma, participación
en la eucaristía. Cada rito encierra un sentido mistagógico. El bautizado muere con Cristo al pecado
por el bautismo. La desnudez significa el despojo de la vida de pecado, la triple inmersión la muerte
de Jesús, la unción es «la santa perfección del nacimiento de Dios en los indicados los une al Espíritu
divino».
San Juan Damasceno (f 749), el último padre de la Iglesia oriental. «Por el bautismo recibimos como
primicias el don del Espíritu Santo, y el renacer se nos convierte en inicio de otra vida, en sello
(sphragis), en escudo de protección e iluminación» (Sobre la fe ortodoxa, c. 82). Al bautismo añade
«el óleo, porque nuestra unción nos hace ungidos y por el Espíritu Santo nos anuncia la misericordia
de Dios» para no volver a «someternos a la esclavitud del pecado» (ib.).
San Isidoro de Sevilla (f 636) cierra la tradición patrística occidental. «La Iglesia posee el bautismo
para la salvación» como «fuente para la purificación de los pecados» (Sentencias 1, 22). Sentido
pascual y cristológico: «somos renacidos por Él para ser vivificados y purificados (...). A imagen de Él
somos sumergidos a través del misterio de la santa fuente, para que, muriendo a este mundo, seamos
consepultados con Cristo, y salimos de la misma agua a imagen de la resurrección» (Sobre los oficios
eclesiásticos 2, 25). Es necesario para limpiar a los niños de pecado original, aunque otros sean los
que pronuncian en su nombre la profesión de fe. Trata sobre el crisma y la imposición de manos,
atestiguando su autonomía creciente en relación al rito bautismal.