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Contenido

PRÓLOGO

3

CAPÍTULO UNO: Se levanta el telón

5

CAPÍTULO DOS: El atardecer y la noche de la Iglesia

17

CAPÍTULO TRES: La iglesia entre sombras y luces

57

CAPÍTULO CUATRO: El trono celestial

83

CAPÍTULO CINCO: El rollo y el Cordero

93

CAPÍTULO SEIS: Los sellos

101

CAPÍTULO SIETE: La identificación del pueblo de Dios

121

CAPÍTULOS OCHO y NUEVE: El séptimo sellos y los juicios

de Dios

131

CAPÍTULO DIEZ: El ángel con el librito

137

CAPÍTULO ONCE: Cuando el profeta se convierte en ingeniero

 

149

CAPÍTULO DOCE: La iglesia y el dragón

165

CAPÍTULO TRECE: Las dos caras de la rebeldía

179

CAPÍTULO CATORCE: Un pueblo con una misión profética195

CAPÍTULO QUINCE: El canto de los victoriosos

215

CAPÍTULO DIECISÉIS: Las plagas

221

CAPÍTULO DIECISIETE: La bestia y la ramera

235

CAPÍTULO DIECIOCHO: La última oportunidad

249

CAPÍTULO DIECINUEVE: Rey de reyes y Señor de señores 255

CAPÍTULO VEINTE: Los mil años

265

CAPÍTULO VEINTIUNO: Del cataclismo al paraíso

275

CAPÍTULO VEINTIDÓS: Ciertamente, vengo en breve

285

REFERENCIAS

292

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PRÓLOGO

Dr. Fernando Chaij

Desde hace tiempo veníamos sintiendo la apremiante necesidad de tener en español una obra completa y moderna que expusiera en forma sistemática, ordena-da y documentada las grandes profecías del libro del Apocalipsis.

Por eso, cuando tuve en mis manos este manuscrito, preparado por el Dr. Loron T. Wade, me aboqué a su lectura con verdadero interés, concentración y espíritu crítico, por descubrir si reunía las cualidades requeridas en un libro de esta envergadura.

La presentación que ha hecho el Dr. Wade, como experimentado profesor de teología en varios colegios superiores hispanos, y concienzudo erudito e investigador bíblico, no sólo está a la altura de un libro de esta clase, sino que llena varias funciones muy importantes.

Por una parte, es un excelente libro de texto para alumnos superiores de teología, una obra que ha requerido un amplio trabajo de investigación en las mejores fuentes, y ha sido preparada con todos los recaudos de un trabajo científico y bien realizado. Es, por lo tanto, un excelente tratado de consulta para ministros.

Pero es mucho más que esto, está redactado con tal sencillez, gracia literaria e interés humano que cualquier persona puede leerlo y entenderlo cómodamente, hallando su lectura verdaderamente apasionante.

Aun las personas que no tengan particular inclinación a los temas religiosos hallarán que este libro del profesor Wade les resultará cautivante más que una novela bien realizada. El autor se ocupa de personajes y eventos reales, que se desarrollan en un escenario

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verdadero, y que pronto nos llevarán al desenlace glorioso del drama mundial. Y en esos eventos nosotros mismos somos actores.

En el libro del Apocalipsis se hallan presentados con amplia claridad los grandes acontecimientos del pasado, del presente y del futuro, y también los graves peligros que como seres humanos y como cristianos nos reservan los últimos días. Más que esto, se nos revela la forma de hacer frente a esos tremendos peligros y se nos insta a p permanecer alertas y preparados para los remedios indicados.

Cuando uno lee la obra del Dr. Wade, abarca como en un vistazo Panorámico todo el escenario profético, y observa la perfecta armonía, a coherencia y la sincronización de los grandes sucesos del conflicto de los siglos. Ve entonces cómo la mano divina va rigiendo la marcha de la historia hasta la victoria final de la verdad, de Cristo y de su pueblo, y se llena de gloriosa confianza en el poder, en el amor y en la sabiduría de Dios.

Quiera el Señor bendecir este trabajo bien hecho del Dr. Wade, y prosperar a to-dos los que colaboran en la tarea de publicarlo y difundirlo. Y ojalá que cada lector estudioso, sea estudiante o persona interesada en conocer los tremendos sucesos finales, halle verdadero placer y provecho espiritual, y resulte particularmente inspirado y entusiasmado como resultado del análisis de esta obra.

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CAPÍTULO UNO: Se levanta el telón

La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder presto; y la declaró, enviándola por su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto (vers. 1, 2).

Las primeras palabras nos dan el título del libro: “La revelación de Jesucristo”. El griego aquí dice, “el apocalipsis de Jesucristo”, ya que la palabra apocalipsis significa precisamente “revelación”.

Hay quienes afirman que el Apocalipsis es un libro de misterio, que no puede ser entendido. Pero en el mismo título y en las primeras palabras de la obra esta idea queda desmentida. Aquí el velo ha sido quitado para siempre y el cielo se ha acercado a la tierra con misericordia y amor para revelarnos grandes y gloriosas verdades acerca de las cosas que pertenecen a la salvación y a la vida eterna.

El propósito del lenguaje simbólico

Precisamente aquí puede surgir un interrogante. Encontramos en este libro símbolos extraños; hay bestias y dragones, abismos, humo y cadenas. Y uno se pregunta: Si Dios dice que aquí quiere quitar el velo, ¿por qué no nos habla directamente en lenguaje claro e inconfundible? ¿Por qué tantos símbolos?

En cierta ocasión los discípulos de nuestro Señor le preguntaron:

“¿Por qué les hablas [a la gente] por parábolas?” En otras palabras, ellos tuvieron la misma pregunta que nosotros. Querían saber por qué Jesús siempre empleaba lenguaje simbó-lico en sus discursos. “¿Por qué no dices claramente lo que tienes que decir?” Es interesante su respuesta: “Porque a vosotros os es dado saber los

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misterios del reino de los cielos; mas a ellos no [

no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mat. 13:10-13).

Jesús estaba comparando la actitud de los discípulos con la de algunas personas que rechazaban las verdades que él enseñaba. En otra ocasión, dijo: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mat. 7:6). No debemos insistir en predicar a los que no quieren escuchar, ni tratar de obligar a las personas a entender el evangelio, pues éste no entra por la fuerza. Hay personas que están dispuestas a despreciar las verdades más evidentes y a burlarse de ellas. No las quieren entender y tampoco quieren que otros las entiendan. A éstas se refiere Cristo cuando dice que “viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”.

Las palabras de Jesús señalan un doble propósito para el lenguaje simbólico: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado”. Por eso los candeleros, las trompetas, los truenos y demás figuras… “porque a vosotros os es dado saber…, más a ellos no”. Es decir, el símbolo es para aclarar y para confundir; sirve para revelar la verdad y para ocultarla. A unos, el símbolo les parece incomprensible y absurdo, mientras que la misma figura arroja luz y claridad sobre el camino de otros. Aquellos que investigan con fe sencilla y con el anhelo de atesorar las grandes verdades que pertenecen a la vida eterna encontrarán en los símbolos del Apocalipsis una luz para su camino.

El Revelador, revelado

Así que ésta es una “revelación de Jesucristo”. Pero debemos preguntar si se trata de una revelación que procede de Jesucristo o es más bien una revelación acerca de él. ¿Es Jesucristo el que revela o el que está siendo revelado aquí?

porque viendo

]

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Es ambas cosas: el Apocalipsis es una revelación que procede de Jesús; es una comunicación dada por Jesús y a través de él. Las palabras mismas del versículo dicen: “La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para manifestar a sus siervos”. Pero, al mismo tiempo, es innegable que el Apocalipsis desde el principio y hasta el fin revela al Señor Jesús. Se presenta como el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra, el que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, el Alfa y la Omega. Estos términos aparecen en sólo dos versículos del capítulo uno (vers. 5, 8). Son un ejemplo de la forma en que Jesucristo es revelado a través de todo el libro hasta el último capítulo, donde es “la raíz y la descendencia de David, el lucero resplandeciente de la mañana” (Apoc. 22:16).

Así que Cristo nos da la revelación y es una revelación de él mismo. El mensa-je del Apocalipsis proviene de la más alta fuente posible, y su tema es el tema supremo. Aquí se revelan los caminos de Dios “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efe. 2:7).

Aquellos que Dios ha bendecido

Bienaventurado el que lee, los que oyen las palabras de esta profecía y guardan las cosas en ella escritas (vers. 3).

Tenemos aquí la primera de las siete bienaventuranzas que aparecen en el Apocalipsis.1 Es evidente que Dios quiere, desde el mismo principio de la obra, impresionarnos profundamente con las bendiciones que nos aguardan al estudiar este libro.

Si bien es cierto que el Apocalipsis trajo un mensaje de ánimo para la iglesia que luchaba en condiciones de incertidumbre y angustia en días de Juan, y asimismo ha hablado a la iglesia acosada por el dragón a través de los siglos; veremos, sin embargo, que en forma

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particular su mensaje es para nosotros “a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Cor. 10:11).

Al estudiar las profecías de este libro, comprenderemos que hemos llegado hasta el último eslabón en la larga cadena de eventos predichos, y que los detalles finales se están cumpliendo rápidamente ante nuestros ojos. Veremos, además, que más de la mitad de las grandes profecías del libro anuncian eventos directamente relacionados con nuestros días.

El propósito de la profecía

Esta revelación es llamada una “profecía”. Para muchas personas “profecía” es cualquier predicción o información acerca de eventos futuros. Pero al estudiar el trabajo de los profetas y sus mensajes en toda la Biblia, encontramos que el concepto bíblico de la profecía es mucho más amplio. En las Escrituras, un profeta es un portavoz, un “vocero” de Dios.2 De ahí que la palabra profecía es traducida acertadamente en la Versión Popular así: “un mensaje de parte de Dios”. Puede incluir un elemento de predicción, porque para Dios el pasado, el presente y el futuro son igualmente conocidos; pero el propósito divino al revelar el futuro no es, en ningún caso, simplemente satisfacer nuestra curiosidad.

Los bienaventurados son aquellos que, después de leer o escuchar “las palabras de esta profecía”, las ponen por obra, los que “guardan las cosas en ella escritas”.

En muchas partes de la Biblia se destaca este propósito moral de la profecía. Se nos dice que la profecía

1. Es para confirmar la fe de los creyentes a medida que vean el cumplimiento de los eventos predichos (Juan 14:29).

1. Apocalipsis 1:3; 14:13; 16:15; 19:9; 20:6; 22:7; 22:14.

2. Dios le dijo a Moisés que estaba enviando a su hermano Aarón para ayudarlo,

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2. Es para que el pueblo de Dios no duerma sino permanezca alerta,

velando en todo momento (Luc. 21:34-36).

3. Es para que los hijos de Dios no se amedrenten ante las catástrofes de los últimos días, sino que se yergan y levanten la cabeza sabiendo que su redención está cerca (Lev. 21:25-28).

4. Es para que los creyentes no sean arrastrados por los poderosos

engaños de los últimos días (Mat. 24:24-27; 2 Tes. 2:1-3).

5. La profecía es para la edificación, exhortación y consolación de

los seres humanos en general y de la iglesia en particular (1 Cor.

14:3, 22).

Un saludo de parte de Dios

Juan, a las siete iglesias que están en Asia (vers. 4).

El autor o instrumento humano que transmitió esta revelación fue un hombre llamado Juan.

En el siglo III, un tal Dionisio de Alejandría (200-265 d. C.), discípulo del hereje Orígenes, notó que el vocabulario y estilo del Apocalipsis no se parecen a los que usa Juan el apóstol amado en su evangelio. “Por lo tanto —dijo Dionisio, no puede ser el mismo autor”. La discusión sobre este tema continúa hasta el día de hoy.

Tenemos, sin embargo, bases sólidas para afirmar que el autor fue, en realidad, el discípulo amado. Sobre todo, observamos que los dirigentes de la iglesia primitiva no mostraron dudas al respecto. Era un tiempo cuando abundaban los escritos espurios, y los dirigentes de la iglesia se mantenían siempre en guardia para no aceptar algo falso. Sin embargo, éstos, los que estuvieron más cerca de los hechos, unánimemente atribuyeron la autoría del libro a Juan el amado discípulo de Jesús.3

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Pero, mucho más importante que cualquier discusión de la identidad del autor, es la seguridad que tenemos acerca de su origen divino. Entre las poderosas evidencias de su inspiración contamos: (1) la asombrosa profundidad y el alcance de sus temas, (2) la estrecha coordinación y armonía de su mensaje con el del resto de la Biblia, (3) la “arquitectura” perfecta de su estructura literaria y temática, (4) el cumplimiento de sus pronósticos históricos.

Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso (vers. 4-8).

El saludo que trae el libro es extraordinario. Se mencionan al Padre celestial, “el que es y que era y que ha de venir”; al Espíritu Santo, simbolizado por los siete espíritus o lámparas del santuario (ver Apoc. 4:5; 5:6); y a nuestro Señor

Jesucristo, “el que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Así están representados cada uno de los personajes de la Santísima Trinidad. Se unen los tres para compartir este mensaje. Es un indicio de la importancia que el Cielo atribuye al mensaje del Apocalipsis, y es una promesa de la presencia divina que acompaña al que investiga con el sincero deseo de comprender sus verdades.

La iglesia atribulada

Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla

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llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo (vers. 9).

Tertuliano

y Clemente de Alejandría (150-211

Es cierto que hay diferencias entre el Apoca-lipsis y los otros escritos

juánicos en cuanto al estilo y vocabulario. El griego del evangelio y las epístolas

es sencillo y pulido. En cambio, se nota que el autor del Apocalipsis escribe el griego como segundo idioma. Hay muchos hebraísmos y algunos errores. Para explicar las diferencias, algunos estudiosos piensan que, al escribir el evangelio y las epístolas, Juan contaba con la ayuda de un amanuense, mientras que el Apocalipsis lo hizo con su propio puño y letra. Otra explicación, la que yo considero más probable, es que Juan escribió el Apocalipsis en hebreo, y lo que tenemos es una traducción preparada por otra persona.

3 Entre ellos Justino Mártir (100-165 d.C

(155-220 d.C

d.C

).

),

Hipólito (170-235 d.C

)

),

Ireneo (120-200 d.C

),

En verdad había que afrontar tribulación, pues el futuro parecía sumamente inseguro mientras arreciaba la persecución a la iglesia bajo el emperador Domiciano.

No es que Domiciano fuera el primer emperador en perseguir a los cristianos. También Calígula (37-41), que probablemente era un demente, 60 años antes había insistido en que todos lo adoraran como dios. Muchas personas, principalmente judíos y algunos de los pocos cristianos de ese entonces, habían caído en sus garras. Después, el depravado Nerón (54-68) persiguió a los cristianos, deseando distraer de sí mismo el oprobio del populacho.

Pero ahora viene Domiciano. Igual que los anteriores, es una especie de endemoniado, pero con una diferencia: es un endemoniado cuerdo, y ésta es la clase más peligrosa. Toma sus medidas con un cálculo frío y desalmado. No que fuera intolerante con las distintas religiones en el imperio; la gente puede seguir adorando a cuantos dioses quiera, toda vez que esté dispuesta a adorarle como a un dios también a él. De modo que a los gobernadores y demás oficiales les ordena rotular todo escrito así:

“Domiciano, nuestro Señor y Dios, decreta: …” Su imagen aparece en todos los mercados y plazas públicas y hay ciertas

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fechas señaladas cuando es imprescindible quemar incienso ante ella. El que se niega a hacerlo arriesga su vida.

No era fácil ser cristiano bajo semejantes condiciones, y ser conocido como dirigente de la iglesia, sería doblemente peligroso. Nadie dudaba del significado de sus palabras cuando el anciano apóstol escribió que había tribulación.

Patmos queda a unos 54 kilómetros de la costa de Asia Menor, donde estaban las siete iglesias mencionadas en el libro. Es una islita rocosa y de escasa vegetación, aunque cuenta con un buen puerto y una agricultura primitiva. Era uno de los muchos lugares donde los romanos solían enviar a sus prisioneros. Una tradición muy antigua afirma que Juan fue enviado a Patmos en el año 95 durante el reinado de Domiciano, y que fue puesto en libertad 18 meses después cuando el cetro del imperio cayó en manos de Nerva.

Nuestro Hermano mayor

Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro (vers. 10-13).

De la misma manera como la obertura de un oratorio da la nota tónica y quizás un trozo de las principales piezas que han de seguir, vemos que este primer capítulo empieza dándonos un anticipo de todo el Apocalipsis.

El anciano apóstol se encuentra meditando y en profunda comunión con Dios cuando de repente es sorprendido en su

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contemplación al oír detrás de él una gran voz como de trompeta. Vuelve para ver al que habla y ve a uno que es “semejante al Hijo de hombre”. Este hermoso nombre tiene un profundo significado para el cristiano.

Lo encontramos en el libro de Daniel donde el profeta dice que fueron pues-tos tronos y el Anciano de días (el Padre celestial) se sentó frente a los libros abiertos para realizar el juicio. En ese momento crucial, dice el profeta: “Miraba yo en la visión de la noche y he aquí con las nubes del cielo venía uno como el Hijo del Hombre que vino hasta el Anciano de días y le hicieron acercarse delante de él” (Dan. 7:13).

No es en su carácter de Rey de reyes y Sustentador del universo que nuestro Salvador viene para representarnos ante el trono Celestial, sino como “hijo de hombre”, o sea, como un ser humano. Es precisamente su carácter humano el que le da el derecho de realizar esta obra. “También [el Padre] le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre” (Juan 5:27).

Con justa razón este nombre fue el que más le gustaba a Cristo

aplicarse durante su ministerio terrenal. Fue en su carácter humano como el Salvador venció al enemigo en su propio terreno y ganó la victoria en la cruz. “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto

Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino

que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los

pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb.

es, al diablo. [

]

2:14-18).

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Ahora, ante el anciano profeta, Cristo se presenta como uno que conoce nuestra aflicción, siendo que él mismo ha probado el dolor y sufrimiento humanos (Heb. 4:14-16).

Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.

Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades (vers. 14-18).

Juan dice que vio a un ser humano, pero ¡cuán glorioso es nuestro Hermano mayor! Es resplandeciente y hermoso, más refulgente que el sol (vers. 14). Con razón el anciano apóstol se postra para adorar.

Al comparar esta descripción del Hijo del Hombre con visiones de Dios registradas en otras partes de la Biblia (véase Dan. 7:9; Eze. 1:26, 27; Apoc. 4:2, 3), descubrimos que es la misma apariencia, y así confirmamos que mientras el Salvador re-tiene su humanidad, no ha perdido su carácter divino. Y el Padre ha contestado la oración de Jesús registrada en Juan 17:5: “Ahora, pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”.

Así es como él nos representa. Lleva nuestra carne humana ante la corte del universo. Es nuestro hermano y, como tal, es nuestro representante; pero exaltado con los atributos de la divinidad (véase Fil. 2:5-10).

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¡Cristo es vencedor!

¿Por qué se presenta de esta manera nuestro Salvador al principio de la revelación? ¿Qué trata de decirnos? Al entenderlo, podemos captar el mensaje esencial de este capítulo y del libro entero.

Observemos algunas de las expresiones principales: “Jesucristo,

el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la

el Alfa y la Omega, el primero y el último, el que es y

que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (vers. 5, 8). Después viene la visión gloriosa del Señor y éste le dice al profeta: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (vers. 17, 18).

tierra, [

] [

]

Hace énfasis en su victoria sobre la muerte, en su divinidad e inmortalidad y en su segunda venida: “He aquí viene con las nubes y todo ojo le verá” (vers. 7).

¿Cuál es el mensaje que todo esto trae para el pueblo de Dios? Es un mensaje de aliento y fortaleza en medio de las pruebas: ¡Valor y ánimo, manada pequeña! Sufriréis, sí. Algunos morirán por mí. Pero no temáis. “He aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del sepulcro” (vers. 17,

18).

Si tratáramos de resumir en sólo tres palabras el mensaje esencial de este capítulo y de todo el Apocalipsis, diríamos: “CRISTO ES VENCEDOR”.

¡Qué hermoso mensaje de amor de parte del Cristo resucitado para su pueblo! Repítase de boca en boca, de país en país. Que resuene donde el mal predomina, donde el campo parece rechazar el arado, y los placeres del mundo llamen con voz de sirena a los corazones duros e indiferentes. Óiganlo en las tierras donde la persecución y la opresión prueban el valor de los más resueltos. Escúchenlo

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todos: ¡Cristo es vencedor! “He aquí viene en las nubes y todo ojo le verá, y los que le traspasaron” (vers. 7).

“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (vers. 5,6).

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CAPÍTULO DOS: El atardecer y la noche de la Iglesia

“Las siete iglesias que están en Asia” (vers. 1).

Anatolia es el nombre dado por los geógrafos a la península ocupada hoy por Turquía. El corazón de esta península es un altiplano que, por el lado oeste, acaba en una zona montañosa que cruza la península de norte a sur. Atravesando esa zona, el viajero del este empieza a descender a lo largo de uno de los muchos valles para encontrarse con una costa próspera y fértil. Toda la región, desde las montañas hasta el Egeo, constituía antiguamente la provincia romana llamada Asia.

En los primeros tiempos de la era cristiana, el mensaje de la cruz empezó a echar raíces en Asia y pronto empezó a dar abundantes frutos. Al principio de su segundo viaje misionero el apóstol Pablo quiso dirigirse a Asia, pero nos sorprendemos al notar que el Espíritu Santo no se lo permitió (Hech. 16:6). Sin embargo, vemos que aun antes de terminar ese mismo viaje, Pablo había logrado su anhelo de visitar la provincia, pues cuando venía de regreso en camino hacia Jerusalén, pasó por Éfeso, una de las principales ciudades. En esa ocasión, su estancia fue corta. Se reunió con los judíos en la sinagoga y les dejó la promesa de volver (Hech. 18:19-

21).

Finalmente, al iniciar su tercer viaje, el apóstol apresuró sus pasos para llegar a Asia, y esta vez no había ninguna voz que se lo impidiera. Durante tres años (Hech. 20:32) más tiempo que el que permaneciera en cualquier otro lugar durante su ministerioPablo hizo de Éfeso el centro de sus labores para evangelizar toda la provincia.

La extraña prohibición del Espíritu Santo que impidió su visita a Asia en la primera ocasión constituye, tal vez, un testimonio

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indirecto de lo muy fructífero que sería este campo. Si hubiese ido primero a Asia, es posible que la predicación del evangelio en Europa se hubiera demorado mucho más, pues Asia iba a absorber el tiempo completo de muchos misioneros durante los siguientes años.

Cuando al fin Pablo salió de Asia para no volver, el joven Timoteo quedó a cargo de la creciente obra. Aquila y Priscila también fueron activos en el ministerio como fervientes laicos. Apolos, y más tarde el mismo Juan, trabajarían en Éfeso.

Éfeso: símbolo de la iglesia apostólica

La ciudad de Éfeso

Si bien Pérgamo era la capital de Asia, sin lugar a dudas, fue Éfeso el centro de la provincia y su ciudad más importante. “Lumen Asia”, la llamaban los contemporáneos, “la luz del Asia”. Con más de 250,000 habitantes, fue, después de Roma, la segunda ciudad del imperio en lo que al tamaño se refiere.

Observamos en primer lugar que era un puerto, y como tal, un lugar de muchísimo tránsito y movimiento. La larga carretera que cruzaba el continente desde el Éufrates y el valle de Mesopotamia terminaba en Éfeso, y era aquí donde los viajeros y mercancías destinados a Roma generalmente se embarcaban.

Por ser puerto, Éfeso llegó a ser también un gran centro comercial. Aquí se compraban y vendían algodones de Egipto, especias del oriente, telas finas, maderas, aceite, cobre y otros metales refinados en distintas partes del mundo.

Éfeso tenía, además, el orgullo de ser una “ciudad libre”. Esto, en el mundo romano, tenía mucho significado. Los emperadores acostumbraban conceder la categoría de “libre” a ciertas ciudades que se habían destacado por su lealtad a Roma. Esta designación significaba que dentro de ciertos límites Éfeso gozaba de

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autonomía en su gobierno interno. Además, Roma no mantenía tropas permanentes en las ciudades libres.

Pero, la mayor fama de Éfeso radicaba, sin duda, en su carácter religioso. El enorme templo de Artemisa1 fue una de las siete maravillas del mundo antiguo. Medía 115 metros por 55. Ciento veintidós columnas de mármol sostenían su techo. Éstas medían casi 20 metros de altura.

La imagen de Artemisa que aparecía en el templo estaba cubierta de pechos, símbolos de la fertilidad. Basta con leer Hechos capítulo 19 para saber cuán apreciada era Artemisa y su templo por los efesios.

Éfeso era también centro de artes mágicas. A través del mundo antiguo era altamente estimada cierta clase de amuletos conocidos como “Letras Efesias”. Éstos eran empleados como garantía de buena suerte. Tenían fama de ser eficaces para atraer a un amante, asegurar un buen parto o una buena cosecha, para proteger a los viajeros, o hacer prosperar un negocio, etc.; y la gente venía desde lejos para comprarlas en Éfeso.

Podría parecer una paradoja que la fe cristiana hallara un suelo tan fértil en Éfeso, pero así sucedió. En verdad, “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20). Fue tanto el éxito del evangelio que al principio de la predicación muchos de los nuevos conversos “que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos y hecha la cuenta de su precio halla- ron que era cincuenta mil piezas de plata. Y así crecía y prevalecía poderosamente la Palabra del Señor” (Hech. 19:19,20).

Fue a esta iglesia, ferviente y celosa de buenas obras, a la que se dirigió el primero de los siete mensajes para las iglesias.

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El mensaje a Éfeso

Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: (vers. 1)

1 Artemisa, llamada en algunas versiones “Diana”, no era la diosa romana de los cazadores que llevaba ese nombre. Estaba relacionada con Ishtar de Babilonia, y con Astarté de Palestina, la que era consorte de Baal y diosa de la fertilidad.

El versículo anterior explica que los siete candeleros de oro son las siete iglesias y que las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias (1:20). La palabra ángel significa “mensajero”. Este término podría indicar que cada iglesia tenía su ángel guardián, pero es más probable que aquí se refiera a los pastores de las iglesias, los encargados de transmitirles las buenas nuevas de salvación.

Al comparar este mensaje con los otros seis, encontramos que están organizados todos de una misma manera: (1) Cristo se identifica, (2) después sigue un encomio, o sea una palabra de elogio, (3) una reprensión, (4) una advertencia, y (5) una promesa.

Ante Éfeso, Cristo se identifica como “el que tiene las siete estrellas en su diestra”. La palabra traducida “tiene” es enfática; significa tener algo firmemente asido. Nadie se las puede arrebatar. Sostener algo en la mano significa (1) protección y (2) dominio. Cristo protege a la iglesia, y también la dirige. Todo está en sus manos.

También dice que él anda en medio de los siete candeleros. Esto también señala su constante preocupación por la iglesia de Dios a través de los siglos.

Una iglesia ferviente

Conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia (vers. 2).

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La palabra traducida “trabajo” denota un esfuerzo arduo, hasta el agotamiento. La “paciencia”, en este caso, no es una virtud pasiva de resignación y tolerancia. Significa fortaleza y firmeza bajo circunstancias difíciles, valentía y constancia in-quebrantable. Es una paciencia gloriosa.

Has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos (vers. 2).

“Guardaos de los falsos profetas”, dijo Cristo varias veces durante

su ministerio terrenal (Mat. 7:15; 24:24, etc.). Y la joven iglesia no

tuvo que esperar mucho para percatarse de la razón de su advertencia.

En los días de Juan, el gnosticismo, filosofía hijastra del platonismo, ya estaba atacando la fe de los creyentes. Algunos pretendían introducirla en la iglesia levemente disfrazada como doctrina cristiana. El mismo apóstol Juan denunció la enseñanza gnóstica, llamándola “el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan

4:3).

Pablo dijo que el “misterio de iniquidad” ya obraba en sus días, pero agregó que había quien lo detenía de modo que aún no se había desarrollado como lo haría en el futuro (2 Tes. 2:7). No sabemos con seguridad quién era el que detenía el espíritu de

apostasía en los tiempos de Pablo, pero es posible que se refiriese

a ese espíritu señalado por el Cristo resucitado: el celo por

conservar la pureza doctrinal, el espíritu de probar a los falsos apóstoles y el valor de denunciar sus mentiras.

Se nota que los ancianos de Éfeso habían prestado atención a las solemnes pa-labras que Pablo pronunció en su último discurso entre ellos: “Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán al rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para

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arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hech. 20:29-31).

“Has dejado tu primer amor”

Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor (vers. 4).

El primer amor: ¡Preciosa experiencia! Se observa en la vida social de los jóvenes. Puede suceder también en la vida espiritual cuando el alma, como ave peregrina y triste, llega a encontrar en Cristo su centro y su eterno hogar.

Pero ¡qué doloroso cuando el primer amor se enfría!, a menos que sea reemplazado por el amor más profundo y constante de la madurez, el amor que fluye del corazón de Dios.

Un cristiano puede perder el primer amor. Y algo parecido puede suceder también en la vida de toda una congregación o de un movimiento religioso.

Recordemos la ardiente fe y las hazañas de los hijos de Israel recién entrados en la tierra prometida. Pero el cronista registra tristemente: “El pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de

Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él

había hecho por Israel. Pero murió Josué, [

generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Después, los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales” (Juec. 2:7-

y toda aquella

]

11).

Sin duda, un caso sin paralelo de primer amor es el que está registrado en el libro de los Hechos. Con el fervor y entusiasmo de ese amor y el poder del Espíritu Santo, la iglesia salió y proclamó el evangelio por todas partes.

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Por ello se considera que este mensaje, aunque está dirigido a la iglesia de Éfeso literal, se aplica también a todo el período de la iglesia apostólica, el que abarca desde el año 31, cuando el Espíritu Santo fue derramado, hasta el 100, cuando murió el último de los apóstoles.

Pero también en la iglesia apostólica el primer amor se enfrió. Tal vez no sea casualidad la yuxtaposición del elogio y de la reprensión en este caso. Mientras la iglesia celosamente combatía

a los falsos maestros, no se dio cuenta que el enemigo le es-taba

ganando la batalla por otro lado. En su celo por desarraigar el último vestigio de herejía, no supo en qué momento el primer amor fue suplantado por una fría ortodoxia, y por una religión de credos

y discusiones sobre detalles.

Nunca hubo un momento específico en que la iglesia tomó conscientemente la decisión de abandonar el primer amor, sino que ello ocurrió como relata la parábola que un hijo de los profetas dramatizó ante el rey Acab: “Y mientras tu siervo estaba ocupado en una y en otra cosa, el [primer amor] desapareció (1 Rey. 20:40).

La advertencia es válida para todos los siglos. Hoy, también, la iglesia necesita ponerse en guardia y examinar su propio corazón tan celosamente como investiga a los que se apartan de la fe. Bien puede el cristiano individual recordar el ejemplo de la iglesia de Éfeso y aplicarse la receta del médico divino que estudiaremos a continuación.

Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras (vers. 5).

He aquí la receta divina para todo apóstata y para todo aquel que estando en la iglesia se da cuenta que su amor en algún grado se ha enfriado. La receta consta de tres partes:

1. Recuerda. Lo primero que hizo el hijo pródigo cuando volvió en sí fue recordar. La memoria le presentó las escenas de su infancia,

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el cariño del hogar paterno y el amor que ardía en su corazón de niño mientras gozaba de todo el bien que le podía proporcionar un padre sabio y bondadoso. Y, volviendo en sí, dijo: “En casa de mi padre hay abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre” (Luc.

15:17).

2. Arrepiéntete. El Espíritu Santo puede llenar el alma de dulce

añoranza por la “primera condición”; puede señalarle al pecador las puertas abiertas del cielo, pero hay algo que él nunca quitará de

nuestras manos: la decisión personal de abrir el corazón para que el verdadero arrepentimiento, la contrición divina pueda entrar.

“Varones hermanos, ¿qué haremos?”, exclamaron los pecadores compungidos después del Pentecostés.

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros”, fue la respuesta (Hech. 2:37,38). Y la respuesta del pródigo al ser llamado por el mismo Espíritu fue un cambió de actitud y una decisión. Dijo: “Me levantaré e iré a mi Padre”.

3. Haz las primeras obras. Millones de personas reconocen que las

cosas no andan bien en sus vidas y anhelan la paz y el consuelo de la salvación. Algunos hasta llegan a manifestar cierta clase de arrepentimiento, como el joven rico que vino corriendo un día y se postró delante de Jesús en el camino (Mar. 10:17-22). Públi- camente confesó su necesidad y deseo de mejorar su vida. A la vista de la gente, éste sin duda parecía estar mucho más cerca de la salvación que el hijo pródigo. Pero el pródigo alcanzó la salvación, mientras que aquél se fue triste, alejándose de la vida eterna. Sin el tercer paso los primeros dos carecen de valor. El hijo

pródigo hizo algo más que recordar, algo más que arrepentirse. Se levantó y vino a su padre. Volvió e hizo las primeras obras.

Rechazo al libertinaje

Mas tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco (vers. 6).

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Fuera de este versículo y el de Apocalipsis 2:15, la Biblia no menciona a los nicolaítas. Pero otros escritores de la antigüedad sí nos informan acerca de ellos. Dicen que tomaron la libertad cristiana por libertinaje y así rebajaron las normas de la conducta moral. Clemente de Alejandría escribió que los nicolaítas se entregaban a toda clase de complacencia e inmoralidad.

Y la referencia en el versículo 15 parece confirmar esto, puesto que ahí se los relaciona con la “doctrina de Balaam”, y dice que dicha doctrina es la de enseñar al pueblo de Dios a quebrantar los mandamientos, especialmente aquellos que prohíben la fornicación y la idolatría.

En tiempos del Antiguo Testamento, Dios había ordenado a su pueblo cumplir con algunos ritos y ceremonias que tenían por objeto enseñarles cuál sería la misión y el propósito del Mesías venidero. Por ejemplo, ellos debían sacrificar animales, para así señalar su fe en la misión del Mesías como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

En los días del apóstol Pablo algunas personas pensaban que la iglesia cristiana debía igualarse al judaísmo. Insistían en que todos los nuevos cristianos debían convertirse primero en judíos; esto implicaba que debían ser circuncidados, sacrificar animales y guardar todos los demás ritos y ceremonias del pueblo judío.

El apóstol Pablo luchó contra estos errores. Comparó los ritos con una sombra proyectada hacia adelante por una persona que está por llegar. La sombra anuncia que la persona pronto llegará, pero cuando llega “el cuerpo”, dice Pablo, la sombra ya no interesa. Aclara el significado de esta analogía diciendo que “el cuerpo es Cristo” (Col. 2:15-17). De esta manera quería convencer a los judíos que los ritos y ceremonias que servían para anunciar la llegada del Mesías, ya carecían de valor. Les decía, además, que no hay ninguna ley ni obediencia que sirve para darnos salvación.

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Ésta se obtiene por pura gracia, por la misericordia de Dios (Efe.

2:8-10).

Uso legítimo de la ley

Pero, como sucede casi siempre, algunas personas, al oír estas explicaciones llevaron las cosas al otro extremo. “El apóstol ha dicho que no hay ley exclamaron, torciendo sus palabras. Así que vivamos la vida. Ya no hay restricciones de ninguna clase”. Acto seguido, empezaron a practicar el libertinaje.

En realidad, no había justificación en absoluto para semejante equivocación, pues al mismo tiempo que escribió contra el abuso de la ley, San Pablo aclaró: “La ley es buena, si uno la usa legítimamente” (1 Tim. 1:7). Y en otra ocasión, después de reafirmar que la salvación se obtiene por medio de la fe, preguntó:

“¿Luego por la fe invalidamos la ley?” Y él mismo respondió enfáticamente: “En ninguna manera, sino que confirmamos la fe” (Rom. 3:31). En otros lugares, San Pablo cita algunos de los mandamientos y sostiene su autoridad (ver, por ejemplo, Efe. 6:2,

3).

Más tarde, el apóstol Santiago envió a la iglesia una epístola en la cual habló de este problema. Después de citar algunos ejemplos tomados de los diez mandamientos, el apóstol agregó: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene

Pero alguno dirá: Tú tienes fe y

yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi

obras? ¿Podrá la fe salvarle? [

]

fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen y tiemblan. ¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Sant. 2:14-20).

Estos esfuerzos de los apóstoles tuvieron el efecto deseado, y por un tiempo la falsa enseñanza contra la ley de Dios fue contrarrestada. Por esto el Cristo resucitado elogia a los creyentes

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de Éfeso diciendo: “Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco”.

Y en nuestros propios días ha vuelto a brotar esta misma enseñanza falsa. Algunos se han levantado diciendo: “La gracia de Dios nos salva del pecado, así que no hay ley”. Con esto insinúan que Dios va a salvar a todos sin importarle que ellos hayan sido obedientes o que hayan persistido toda la vida en una desobediencia obstinada y voluntariosa. Hasta citan a San Pablo nuevamente, torciendo sus palabras para confirmar sus ideas.

En verdad, son tristes los resultados de esta enseñanza. Los que la fomentan han sembrado el viento y están cosechando el torbellino (ver Ose. 8:7). La violencia y el desorden que caracterizan a la sociedad actual se deben, en gran parte, a esta peligrosa enseñanza.

Esmirna: la iglesia perseguida

La ciudad de Esmirna

Si Éfeso era la ciudad más importante de Asia, Esmirna fue, sin lugar a dudas, la más bella y en muchos aspectos, la rival de Éfeso. La verdad es que humanamente, Esmirna tenía mucho de que jactarse. La llamaban “el adorno de Asia”, “la flor del Asia”. La belleza de Esmirna se debía en parte a su situación geográfica. Además, era una ciudad planificada. Lisímaco, quien la construyó alrededor del año 200 a. C., le dio avenidas amplias y pavimentadas con grandes trozos de piedra pulida. Un círculo de hermosos templos coronaba una colina detrás de la ciudad, formando su acrópolis.

Como Éfeso, Esmirna era una ciudad portuaria. Pero en Éfeso el puerto se mantenía abierto sólo por medio de un constante trabajo con dragas porque los sedimentos del río Cayster lo llenaban incesantemente. Las antiguas ruinas de Éfeso se encuentran hoy a unos 10 kilómetros del mar, porque las aguas del río han seguido rellenando el área. Esmirna, en cambio, era un puerto natural, el

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mejor en toda la zona. Y Esmirna, bajo el nombre moderno de Izmir, es hoy una ciudad próspera de Turquía. Aún se destaca por su belleza y sigue siendo un puerto activo.

Esmirna se enorgullecía de ser también una ciudad culta. Tenía un estadio para espectáculos y eventos deportivos, un “odeón” o conservatorio de música, y el teatro más grande de toda Asia con capacidad para 20,000 personas. Como amante de la poesía, era una de las siete ciudades del mundo antiguo que aseveraba ser la cuna de Homero.

Igual que Éfeso, Esmirna era una ciudad “libre”. Entre las ciudades de la región, se destacaba por su lealtad fanática a Roma. En 195 a. C. fue la primera ciudad de Asia en construir un templo para honrar a Roma como diosa. Y fue una de las primeras en edificar un templo para honrar al césar como dios. Esto ocurrió en el año 26, cuando Tiberio les concedió permiso especial para hacerle este honor.

Debido a estas circunstancias, no es difícil comprender que la iglesia cristiana de Esmirna estuviera en una posición precaria. Recordemos que la persecución más severa ocurría cuando los cristianos rehusaban honrar a otro dios que no fuera el Dios del cielo. No sería fácil ser cristiano en una ciudad tan fanática y orgullosa de ser leal a Roma y al emperador.

El mensaje a Esmirna

Escribe al ángel de la Iglesia en Esmirna: El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto: (vers. 8).

Con razón el Salvador hace énfasis en su propia muerte y resurrección. Muchos cristianos de Esmirna ya habían muerto, y otros más iban a correr la misma suerte. La muerte de Cristo les advierte que no cuentan con una garantía o seguridad de siempre salir ilesos en el conflicto. Su resurrección le señala el resultado final.

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Pobreza y riqueza

Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico) (vers. 29).

La “tribulación” mencionada en este versículo denota un sufrimiento atroz, aplastante.

La palabra “pobreza” proviene del griego ptocheia. Hay otro término que des-cribe la pobreza de un labrador que gana poco, pero que con ese poco puede sustentarse. La pobreza de Esmirna es total.

La blasfemia de los que se dicen ser judíos y no lo son, sino sinagoga de Satanás (vers. 9). A principios de la era cristiana, los más severos perseguidores de los cristia nos eran siempre judíos (véase Hech. 9:23; 13:50; 14:2,19; 17:5; 18:12; 20:2; 23:12). Pero Pablo declara acerca de ellos: “No es judío el que lo es exterior-

mente, [

]

sino que es judío el que lo es en lo interior” (Rom.

2:28,29).

Pero probablemente este pasaje se refiere a falsos cristianos, personas que aceptan el nombre y la feligresía de la iglesia en tiempos de paz, pero que al surgir alguna persecución, se convierten en traidores. Cristo también advirtió contra esta clase de falsos hermanos (ver Mat. 10:21; 24:10).

“No temas lo que vas a padecer”

No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. El que tiene oído oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte (vers. 10, 11).

Hemos visto cómo el mensaje a la iglesia de Éfeso es apropiado como una descripción de la era apostólica (los años 31-100 d. C.).

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En igual sentido, este mensaje, presenta las condiciones que realmente existieron en la ciudad de Esmirna, y a la vez, es una descripción profética de la segunda etapa en la historia de la iglesia, o sea del tiempo de la persecución de la iglesia por parte de Roma durante los años 100313 d. C.

Antes del año 100, la persecución que sufrió la iglesia fue esporádica, casi diríamos caprichosa. Todavía no eran muy numerosos los creyentes, y pocas veces los enemigos organizaban una persecución dirigida contra cristianos por serlo, sino que sufrían por una persecución contra los judíos muchos romanos los veían como una secta judía, o cuando rehusaban quemar incienso ante los altares de Roma.

Pero, alrededor del año 100, el emperador Trajano estableció una nueva política para con los cristianos que sería seguida en forma más o menos constante durante los próximos 200 años. Decía Trajano que los cristianos no debían ser buscados para perseguirlos, pero que si alguien levantaba una acusación contra ellos, debían ser interrogados y obligados a renunciar a su fe o morir.

Como resultado de esta política no muy lógica, durante la mayor parte de esta etapa, la persecución de los cristianos no fue sistemática ni universal, sino más bien caprichosa y esporádica, aunque muchas veces muy cruel.

“Tendréis tribulación por diez días”, dijo Cristo. Estas palabras denotan un sufrimiento que no iba a durar demasiado tiempo. Podría ser agudo, pero no resulta-ría en el exterminio de la iglesia. Y, en efecto, así sucedió: durante esa época hubo temporadas cuando el sufrimiento de la iglesia fue severo. Y algunas de ellas, en efecto, duraron alrededor de diez años, tiempo que correspondería a los “diez días” que menciona la profecía.

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Por ejemplo, durante el tiempo de Antonino Pío (128-161), los cristianos fueron acusados de ser responsables de una serie de terremotos ocurridos en Asia Menor. Miles murieron, entre ellos el famoso Policarpo, obispo de Esmirna.

Bajo Marco Aurelio (161-180), unos filósofos griegos acusaron a los cristianos de graves crímenes, y se desató un período de persecución por demás terrible.

Trajano Decio (249-251) vio que la fe cristiana se había propagado tanto que amenazaba la existencia misma de la religión pagana y ordenó el exterminio del cristianismo. La severidad de esta disposición fue moderada sin duda por su muerte sucedida en el 251, pero su idea fue seguida, en cierto grado, por Galo (251-253) y Valeriano (253-260).

La última y más severa de las grandes persecuciones fue la que con terrible saña lanzó Diocleciano en el año 303. El Señor Jesús había dicho que por amor a los escogidos el tiempo de sufrimiento sería acortado, pues de lo contrario ninguna carne sería salva (Mat. 24:22). Podemos ver el cumplimiento de esta palabra en el hecho de que Diocleciano falleció sólo dos años después de lanzar la persecución, y los sucesores se encontraron tan ocupados luchando para mantener su corona que no podían dedicar mucho tiempo a la tarea de perseguir a los cristianos.

Finalmente, ascendió Constantino, quien puso fin a la sangrienta historia de la época en el año 313 con el Decreto de Milán, concediendo a la religión cristiana completa tolerancia.

Ninguna reprensión mancha la página de esta iglesia en la historia bíblica.

¡Qué tierno mensaje le toca recibir!: “No temas lo que vas a padecer… Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de vida… el que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte”.

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La persecución, por supuesto, trae sufrimiento y grandes pérdidas, pero también sirve para zarandear y purificar a la iglesia. En tiempos de paz y bonanza ingresan a sus filas algunos que vienen por los panes y los peces del Evangelio. Permanecen tibios sin llegar realmente al punto de rendir sus vidas por completo al Señor. Pero cuando llega una prueba o persecución muchos de éstos cambian de actitud y buscan a Dios de corazón. Ante el inminente peligro, dejan a un lado las pequeñas diferencias, y sus oraciones cobra nuevo sentido y poder. Otros más, ante la persecución, se alejan y así ya no están presentes para debilitar la fe de los demás con sus quejas y dudas.

Pérgamo: la iglesia que perdió el rumbo

La ciudad de Pérgamo

A unos cien kilómetros al norte de Esmirna, en el valle del río

Caico, encontramos a Pérgamo, capital de la provincia de Asia. En los días de Juan, Pérgamo ya no era la misma ciudad que Plinio había descrito como la “más famosa de Asia”. Había empezado a decaer, y más tarde perdería por completo en la competencia con Éfeso. Sin embargo, cuando la iglesia primitiva se estableció allí, Pérgamo era todavía una ciudad importante y orgullosa.

La historia de Pérgamo revela una nota curiosa, especialmente

cuando uno la considera a la luz del mensaje que recibió la iglesia

de

ese lugar, y a la luz de lo que ocurrió al pueblo de Dios durante

la

época histórica representada por Pérgamo.

Lisímaco fue el que empezó a fortificar a Pérgamo y a convertirla en una ciudad de importancia. Posiblemente pensaba establecer allí su capital. No lo sabemos, debido a que pronto se vio envuelto en una lucha a muerte con sus rivales, y por tal motivo no tuvo mucho tiempo para pensar en los detalles de cómo iba a ordenar su gobierno.

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Pero el hecho es que Lisímaco depositó en Pérgamo su tesoro personal de nueve mil talentos a cargo de un tal Filetero. A la muerte de aquél, Filetero se adueñó de la fortuna y la usó para fundar su propia dinastía (283-263 a.C.).

Fue glorioso el principio de este pequeño reino, pues en poco tiempo Filetero tuvo que defender su corona contra los ejércitos del general Antíoco, y ocurrió lo inesperado. Este reino, recién establecido y con pocos recursos humanos, hizo lo que Lisímaco no había podido lograr: derrotar al gran Antíoco en el campo de batalla y establecer definitivamente su independencia.

Atalo I (241-197 a.C.), primo y sucesor de Filetero, prosiguió los mismos planes y aumentó en tres veces más el territorio del reino valiéndose de las armas. Cuando murió, había subyugado prácticamente todo el occidente de Asia Menor. Después de consolidar sus conquistas, Atalo se dedicó a fomentar el comercio y las ciencias durante su reinado, que duró más de 40 años.

Una cosa más hizo Atalo que llama la atención: estableció una alianza con Roma y aprovechó el apoyo de ésta para confirmar su posición y sus conquistas.

Bajo Eumenes II (197-159 a. C.), hijo de Atalo, Pérgamo llegó a su apogeo. Eu-menes levantó suntuosos templos, teatros y otros edificios públicos que rivalizaban en esplendor con los de Atenas.

Como amante de las letras, Eumenes patrocinó una biblioteca que llegó a tener 200,000 volúmenes, constituyéndose en la segunda del mundo. Por cierto, de allí ha salido la palabra “pergamino”, pues el rey Tolomeo Epífanes de Egipto, sintiendo celos por el prestigio de la biblioteca de Alejandría, prohibió la exportación de papiro. Privados de la única fuente de papel en el mundo antiguo, los bibliotecarios de Pérgamo aprendieron a preparar un material hecho de cuero fino que terminó por desplazar al papiro en todas

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partes del mundo antiguo. Estos cueros fueron llamados “pergaminos” por su lugar de origen.

También Eumenes continuó la alianza con Roma, la cual cada vez más dejó de ser una alianza para convertirse en una dependencia.

Atalo III (138-133 a. C.), apoyado por tropas romanas, gobernó como tirano, oprimió al pueblo con severas exigencias durante cinco años, y al morir legó todo su reino al Imperio Romano.

Impresiona notar que lo que los padres habían logrado con sacrificio y esfuerzo, los hijos, sin ninguna lucha, lo entregaron a Roma, a fin de obtener una ventaja personal para ellos mismos.

Y escribe al ángel de la Iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: (vers. 12).

En el mensaje a Esmirna, el Cristo resucitado enfatiza su propia muerte y resurrección. Más tarde (en el capítulo cinco) se presentará como Cordero inmolado. Pero es muy distinta la figura de Jesús ante Pérgamo. Aquí lo vemos con una espada desenvainada.

La espada de doble filo

La espada de doble filo fue un arma formidable. Tenía la obvia ventaja de cortar por ambos lados. Además, servía como instrumento punzante, a manera de lanza. De ahí la metáfora de Hebreos 4:12: “La Palabra de Dios es más penetrante que toda espada de dos filos”.

Pero el soldado tenía que manejarla con cuidado, porque en la furia del combate era posible que, retrayendo su espada para atacar con más violencia al enemigo, pudiera herirse a sí mismo o a un compañero, pues era capaz de cortar tanto hacia atrás como hacia adelante. La espada de Cristo también corta hacia adentro y hacia afuera. Él es quien defiende a la iglesia, y el que la reprende.

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Así que, se presenta ahora ante la iglesia de Pérgamo con su espada de dos filos y, en efecto, esta iglesia tenía mucha necesidad de escuchar una advertencia tal.

Testificando bajo circunstancias difíciles

Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás (vers. 13).

El trono es símbolo de autoridad, pues es el sillón donde se sienta un rey para ejercer sus funciones reales. Simboliza el poder del gobierno.

Pérgamo había sido capital ya durante 300 años en los días de Juan. Y como tal, era el centro de autoridad política en toda la provincia y era, además, la sede del culto al emperador.

La iglesia de Pérgamo representa la tercera etapa de la historia eclesiástica, la que comenzó en el año 313, cuando Constantino emitió el decreto de Milán para poner fin a la persecución de la iglesia por parte de Roma, y se extendió hasta el año 538, año en que se estableció efectivamente la autoridad política de la iglesia.

Aplicando esta expresión, “donde está el trono de Satanás”, a la época histórica, podemos ver que, mediante disfraces bien tramados, Satanás estaba estableciendo su autoridad en la iglesia. Esto lo hacía introduciendo elementos del paganismo leve-mente disfrazados como doctrina cristiana. (En seguida observaremos algunos ejemplos específicos de estas innovaciones.)

Ya para este tiempo la iglesia contaba con el apoyo del gobierno civil, y los que estaban impulsando los cambios no vacilaron en valerse de dicho apoyo para proceder contra aquellos que se oponían a sus propósitos.

Pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas, mi testigo fiel, fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás (vers. 13).

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No tenemos información acerca de la identidad del Antipas que vivió en Pérgamo en los días de Juan. La palabra traducida “testigo” significa también “mártir”, y al leer este versículo, entendemos que, en efecto, el testimonio de Antipas fue su muerte. De esta manera llegó a simbolizar a todos aquellos fieles cristianos que durante la época de Pérgamo no aceptaron rebajar las normas de la fe. Por su fidelidad a la Palabra de Dios, estos testigos fueron acusados de ser sediciosos y perturbadores de la paz que recientemente se había establecido entre la iglesia y el estado. A algunos de ellos les tocó pagar el precio supremo por su fidelidad cuando por primera vez la espada del estado se desenvainó para matar a cristianos en el nombre de Cristo.

Una alianza fatal

Pero tengo unas pocas cosas contra ti: Que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación. Y también a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco (vers. 14, 15).

“¡Unas pocas cosas!” Conociendo algunos de los problemas de Pérgamo, tal vez nos sorprende el tono suave de la reprensión, pero tenemos que recordar que este mensaje, igual que todos los demás, no está dirigido a los que promovían los cambios. A la iglesia organizada, con sus dirigentes, sus edificios y demás aspectos

visibles, se la llama en la Biblia el “redil”. Este término se refiere

al aprisco, o sea, el refugio de las ovejas. Pero Cristo dijo que tenía

otras ovejas que no estaban en el redil (Juan. 10:2-16). A todas sus ovejas, los verdaderos seguidores, tanto a los que están dentro como a los que están fuera de la iglesia visible, se dirigen las cartas a las siete iglesias.

A Balaam, el que se menciona en este pasaje, le correspondió el

alto honor de ser llamado como profeta o vocero de Dios en el tiempo cuando Israel estaba saliendo de Egipto. Balac, en ese

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entonces rey de Moab, se llenó de pavor al ver cómo avanzaba Israel como una fuerza irresistible. Así que ofreció al profeta honores y riquezas para que viniera a pronunciar maldiciones contra Israel. Parecía un buen plan, y Balaam estuvo de acuerdo, pero al principio no tuvo éxito, porque mientras el pueblo de Dios permanecía fiel, ni los esfuerzos de un profeta corrupto podían prevalecer contra ellos.

Cuando Balaam comprendió que no podía maldecir a quienes Dios había bendecido, le propuso a Balac otra idea: Vamos a ofrecerles amistad, confraternidad dijo, para ver si de esta manera podemos conseguir que se aparten de su Dios, pues únicamente así caerán.

En Números 25:1-3, se describe la manera cómo Balac logró su propósito: “Mientras Israel habitaba en Sitim, el pueblo comenzó a fornicar con las hijas de Moab. Y éstas invitaron al pueblo a los sacrificios que hacían a sus dioses, y el pueblo comió y se postró ante sus dioses. Así Israel se unió a Baal-Peor, y se encendió la ira del Señor contra Israel”.

El caso de Balaam es una representación admirable de lo que ocurrió en la iglesia cristiana entre el año 313, cuando Constantino decretó tolerancia para el cristianismo, y el 538 cuando se consumó la unión entre el poder civil y el poder de la iglesia.

Viendo que Cristo había escapado de su ira y vuelto al cielo, el “dragón” (así se llama a Satanás en el capítulo doce del Apocalipsis) descargó toda su furia sobre la iglesia. Al principio, el avance de la iglesia parecía tan incontenible como había sido el de Israel. La profecía lo representa bajo el símbolo de un jinete montado en un caballo blanco, que sale “venciendo y para vencer” (Apoc. 6:2).

El enemigo primero intentó detener el avance de la iglesia desatando sobre ella una fuerte persecución. Pero esta táctica no le

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dio resultado, porque la sangre de los mártires era como simiente que, cayendo en suelo fértil, hacía abundar más y más la fe de la iglesia y el número de creyentes. Al aceptar, por fin, que era imposible lograr su propósito por la violencia, el dragón tendió a la iglesia una rama de olivo: “¿Por qué vamos a seguir peleando? Hagamos las paces”, dijo, susurrando suavemente. Él sabe hablar así cuando le conviene. Fue esa misma voz la que habló con Eva en el Edén.

Entonces, lo que había ocurrido con Israel en el tiempo de Balaam y lo que pasó en la historia literal de la ciudad de Pérgamo, sucedió también en la iglesia cristiana. Un pueblo victorioso, independiente y hecho libre por la gracia de Dios, formó una alianza fatal, una unión mediante la cual se entregó sin resistencia lo que el enemigo no había podido arrebatarle en el campo de batalla.

La fornicación es un tipo de unión ilícita. A través de las Escrituras se llama “fornicación” al pecado de abandonar a Dios para formar otras alianzas (véase, por ejemplo, Isa. 23:1; Eze. 16:15-17; Ose. 1-3; 9:1; 2 Cor. 6:14-16; Apoc.17:1, 2).

Específicamente, significa:

- Alianza entre el pueblo de Dios y el mundo

- Alianza entre la verdad y el error

- Alianza entre la iglesia y el poder civil

Cristo dijo acerca de su pueblo que si bien estaba en el mundo, no debía ser del mundo (Juan 17:15,16; 15:19). La iglesia primitiva comprendió que existe un antagonismo fundamental entre los principios de la verdad y los del error (2 Cor. 6:14-16), y que era únicamente por medio de una lucha constante como ella podía mantener su pureza en un mundo corrompido. En este campo transigir significa la muerte.

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A la tendencia de aceptar y recibir elementos ajenos a su propia

naturaleza, de entremezclar la verdad con principios recogidos de

una y otra filosofía, se le llama “sincretismo”. Es una práctica que

da buenos resultados en ciertos campos como en las ciencias o en

las filosofías seculares, pero para la iglesia el sincretismo siempre

es fatal.

Cuando el filósofo se metió en la iglesia

La época representada por la iglesia de Pérgamo (313-538), fue el

tiempo cuando supuestamente todo el mundo se convirtió a la iglesia, pero en muchos sentidos era realmente lo contrario lo que sucedía: la iglesia se estaba convirtiendo al mundo. Para explicar esto, damos a continuación algunos datos históricos de esa época. De los muchísimos ejemplos, sólo podremos citar unos pocos que servirán para ilustrar la forma en que entraron cambios que afectaron el corazón mismo del evangelio. El conocimiento de estos eventos nos ayudará a entender no solamente la profecía acerca de Pérgamo, sino varias de las otras profecías que veremos

a través del libro de Apocalipsis.

En el primer siglo de la era cristiana, había una filosofía llamada gnosticismo. Ya la habíamos encontrado en la época de Esmirna,

y allí observamos cómo la mayoría de sus ideas se habían derivado

de las enseñanzas de Platón. A algunas personas les parecía que el

gnosticismo tenía mucho en común con el cristianismo, pues sus adeptos hablaban de luz, de amor, de paz y de cosas similares. Muy pronto vino el esfuerzo por incorporar el gnosticismo al cristianismo: el primer intento importante por lograr un sincretismo entre la fe cristiana y la filosofía pagana.

En varios de sus concilios, la iglesia tomó acuerdos para rechazar

el gnosticismo porque éste había llegado al extremo de decir que

Cristo era una luz o un vapor espiritual y que no había tomado realmente un cuerpo humano. Sin embargo, aun cuando fue

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rechazado, el gnosticismo logró dejar en el seno de la iglesia algunas huellas.

Un nuevo concepto del ser humano

Un ejemplo de éstas fue un nuevo concepto que se introdujo acerca de la naturaleza de la humanidad. Platón había dicho que el cuerpo humano, igual que todo lo material, es algo sucio y despreciable. Pero que apresada dentro del cuerpo se encuentra una entidad mística llamada el “psijé”. Según él, este “psijé” es puro espíritu, sin principio y sin fin, sin forma ni dimensiones. Es algo aparte del cuerpo, al grado que en ocasiones puede salirse para ir caminando a través del mundo.

Esta idea, por supuesto, es completamente contraria a la enseñanza bíblica acerca de la naturaleza del hombre que es un ser íntegro, indivisible. En la Escritura la palabra “alma” se refiere a la persona en sí (Gén. 46:18; Mat. 2:20; Hech. 3:23; 7:14), o bien al hombre interior con sus facultades racionales (Luc. 1:46; 12:18; 1 Ped. 2:11).2 Mas los sincretistas tomaron la palabra y la aplicaron a ese “puro espíritu” de Platón, con el resultado de que en el pensamiento de la iglesia se asimiló un concepto griego del alma como algo antagónico dentro del cuerpo, rechazado por el cuerpo y viceversa. Y veían al alma como algo que se puede desprender del cuerpo para ir caminando por el mundo como una entidad consciente y desmaterializada.

En otras palabras, el término “alma” llegó a significar para los cristianos lo que había significado el “psijé” para los griegos paganos. Y a esto añadieron la idea de que a la muerte de los fieles el vapor o “plasma eléctrico” de ellos se desincorpora y va para recibir la paga por sus obras, de alguna manera separada del cuerpo.

Esta idea se propagó a pesar de que la Biblia enseña claramente que nadie, ni justos ni pecadores, va a recibir su galardón antes de

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la resurrección del cuerpo, la que ocurrirá en ocasión de la segunda venida de Cristo (Juan 5:28,29). A esto se refería Jesús cuando dijo a Juan: “He aquí vengo pronto, y mi galardón conmigo, para dar a cada uno conforme a sus obras” (Apoc. 22:12).

Será en el día final cuando los resucitados serán llamados ante el gran trono blanco para escuchar la sentencia pronunciada sobre ellos en el juicio. Esto lo afirma la Biblia (2 Tim. 4:1; Apoc. 20:11,12) y también el credo. Y es obvio que ningún ser humano podrá recibir su castigo o su premio hasta que no sea juzgado.

2 Colin Brown, Dictionary of New Testament Theology, s.v. Soul (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1986), 3:676-687.

Por esto Cristo, hablando de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, dijo que, si no fuera por la resurrección, estos fieles hombres de Dios no tendrían más parte con Dios (Mat. 22:31,32). Y el mismo apóstol San Pedro dijo que ni aun el rey David ascendió al cielo al morir (Hech. 2:29,34). De la misma manera, el apóstol Pablo dice que ni los vivos irán al cielo antes que los muertos, ni que los muertos antes que los vivos, sino que todos juntos iremos en ocasión de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tes. 4:15-17). Son seres completos, resucitados, los que van a ir al cielo; no un “plasma eléctrico” desincorporado.

Una idea equivocada acerca del sexo

Hubo un segundo concepto equivocado que se desprendió del paganismo a través de la filosofía griega para corromper la fe de la iglesia.

Como ya hemos visto, Platón enseñaba que el cuerpo, por cuanto es materia, es algo vil y despreciable. De ahí que él veía todo lo relacionado con el cuerpo como malo y degradante. Este concepto afectó grandemente la idea de la iglesia acerca de la vida práctica del cristianismo. Empezó a enseñarse que era menester castigar el cuerpo con ayunos, desvelos, flagelaciones, latigazos y otras

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formas de maltrato al organismo físico, porque todo lo que lo perjudica es bueno para el alma, y viceversa.

Las relaciones naturales entre marido y mujer fueron establecidas por Dios mismo en el Edén, antes de que el pecado entrara en el mundo (Gén. 1:27, 28). Fue-ron creadas para bendición de la raza humana. Las Escrituras advierten contra la perversión del sexo, pero siempre presentan la expresión correcta y lícita de la relación sexual en una luz positiva, como algo sublime, agradable a Dios. Pero después de que el concepto platónico de la materia empezó a entrar en la iglesia, surgió la enseñanza de que lo sexual, como algo que corresponde al cuerpo, es sucio y vergonzoso. Inclusive, decían que el fruto que comió Eva en el Edén no fue un fruto en realidad, sino que su pecado fue la participación con su esposo en el acto sexual. Decían también, que el sumo bien consiste en no dar expresión nunca a estos instintos naturales creados y bendecidos por Dios.

San Pedro era un hombre casado (ver Mat. 8:14) y a veces viajaba acompañado de su esposa en la obra de predicar el evangelio (1 Cor. 9:5). San Pablo, por su parte, dejó instrucciones acerca de la esposa y los hijos de los obispos (1 Tim. 3:2-4). Pero cuando el concepto platónico entró, la iglesia comenzó a imponer rigurosamente el celibato al clero. A miles de dirigentes religiosos les ordenó abandonar a sus esposas e hijos para no participar más en esta clase de “contaminación”.

Un concepto pervertido de Dios

Podemos citar también otros conceptos de origen pagano que lograron infiltrarse en la iglesia cristiana a raíz de esta enseñanza gnóstica y platónica de la naturaleza del hombre. Uno de éstos fue un concepto pervertido acerca de la naturaleza de Dios.

Los paganos consideraban que sus dioses eran parecidos a ellos mismos, sólo que un poco más grandes. Por lo tanto, no les parecía

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correcta la idea de que había un solo Dios, pues no podían imaginar que uno bastaba para atender to-dos los asuntos de miles de seres humanos en la tierra. Por esto, inventaron muchos dioses para cuidar de los múltiples intereses de la humanidad. El mundo grecorromano tenía un dios asignado para cada causa: había uno que cuidaba a los marineros, mientras otros velaban por los agricultores, los comerciantes, las mujeres en el parto y los artesanos de cada gremio y profesión. Asimismo, se asignó también un dios patrono de cada pueblo y cada día del año.

La religión cristiana se mantuvo firme en su creencia del monoteísmo (que hay un solo Dios); sin embargo, llegó a asimilar un concepto de él parecido a la idea de los paganos. Se llegó a creer que era un viejecito de barba blanca, simplemente una versión un poco más grande de un humano. Se había perdido de vista el concepto bíblico de un Dios infinito en poder, en conocimiento y amor. Este nuevo concepto limitado y bajo se reflejaba en que no lo consideraban muy atento a los asuntos de esta tierra; creían que era necesario recordarle constantemente. Lo veían, además, un poco indispuesto para con sus hijos aquí en la tierra, no siempre con buena voluntad para ayudarlos. Consideraban, por lo tanto, que era necesaria la intervención de una enorme cantidad de intercesores, tanto en la tierra como en el cielo.

¡Qué triste concepto de nuestro Padre Celestial! Ciertamente es un concepto implantado por el enemigo de nuestras almas.

Es extraño que pudiera propagarse semejante idea en el seno de la iglesia, siendo que tenemos en la Biblia las palabras del mismo Señor al respecto. Él enseñó a sus discípulos que debían llamar a Dios “Padre nuestro”. Él fue quien dijo a través del profeta: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida” (Isa 49:15,16). Y el Señor Jesucristo dijo: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Y, sin embargo, ni uno de ellos está

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olvidado ante Dios. Es más, aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Luc. 12:6, 7).

Además, Cristo dijo claramente a sus seguidores: “No os digo que rogaré por vosotros, pues el Padre mismo os ama” (Juan 16:26,27). El Padre nos ama tanto que ni el mismo Hijo tiene que rogar por nosotros. ¿Cómo, pues, será posible creer que hay necesidad de miles de intercesores para convencerlo a que atienda nuestros asuntos? Es muy claro que esa idea se originó directamente en el concepto pagano de un dios limitado que no puede atender a sus hijos y que no se interesa mucho por ellos.

El resultado de todo esto fue que cuando una ciudad pagana optaba por declararse convertida al cristianismo, simplemente le quitaban el nombre del dios patrono y le ponían el nombre de un cristiano difunto. Lo mismo sucedía con los gremios de artesanos, con los días del año, etc. Ya el platonismo había puesto a los muertos a vivir sin cuerpo alrededor del trono del Padre celestial; así que, era asunto fácil ponerlos como intercesores, encargados de los asuntos que antes habían atendido los distintos dioses. Y así fue como el sincretismo logró otra victoria al corromper la pureza de la fe cristiana.

Éstos son apenas unos pocos ejemplos de los muchos que podríamos citar para ilustrar los resultados de la “fornicación”, o sea, del sincretismo que tuvo lugar en el tiempo de Pérgamo.

La “espada” de Cristo

Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca (vers. 16).

No dice Cristo, “Pelearé contra ti”, sino, “contra ellos”. Esta expresión confirma nuevamente el hecho de que estos mensajes se dirigen a los fieles que siempre han constituido la “iglesia

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invisible”. La palabra “ellos” se refiere a las personas que estando en la iglesia visible, participan de la doctrina de Balaam.

El arma con la que Cristo va a pelear contra ellos se llama la espada de su boca porque es la Palabra de Dios. Dice el apóstol Pablo:

la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Efe.

6:17; Heb. 4:12). No se refiere al papel y tinta de la Biblia impresa; tampoco se refiere a los sustantivos, verbos y demás vocablos con los cuales se expresa el mensaje celestial, y ni siquiera se refiere al mensaje en sí. “La Palabra de Dios” es la energía vivificante” que

se manifiesta cuando el mensaje es aceptado por fe.

Por esa misma energía divina, por esa misma “Palabra”, fueron hechos los cielos y la tierra (Sal. 33:6; Heb. 11:3), y por ella es engendrada vida nueva cuando el alma que estaba muerta en delitos y pecados es hecha una nueva creación en Cristo Jesús (2 Cor. 5:17; Efe. 4:24), Asimismo, nuestro Señor es llamado la “Palabra [el Verbo] de Dios” (Juan 1:1-3,14; Apoc. 19:13), porque es una expresión en carne humana de ese poder celestial, de esa energía vivificante de Dios.3

“Tomad [

]

Pero esa “espada” que es la Palabra, ese poder divino que creó al mundo y que engendra vida nueva en los hijos de Dios, algún día será desenvainada para destruir. El apóstol, refiriéndose a los burladores de los últimos días, dice: “Estos ignoran voluntariamente, que en el tiempo antiguo fueron hechos por la

palabra de Dios los cielos, y también la tierra, [

pero los cielos

y la tierra que existen ahora están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los

hombres impíos” (2 Ped. 3:3-7; compárese con 2 Tes. 2:8).

A esto se refiere el Cristo resucitado cuando dice: “pelearé contra ellos con la es-pada de mi boca”.

Pan del cielo

]

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El maná fue el alimento enviado milagrosamente a los israelitas en el desierto. Moisés lo llamó, “pan del cielo” (Éxo. 16:4; ver también Salmo 78:25; 105:40).

El maná escondido, premio y sustento del cristiano, es Cristo mismo. Él dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si

alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le

daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. [

es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres

comieron maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente” (Juan 6:51,58).

Pero para muchos este precioso Pan permanece escondido “porque la palabra de la Cruz es necedad para los que se pierden” (1 Cor. 1:18-21). Como dijo el Señor Jesucristo, “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños” (Mat. 11:25; véase también Rom. 1:28).

] Este

3 No pretendo con este breve análisis agotar toda la riqueza de lo que significa este término.

El veredicto: vida eterna

Le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe (vers. 17b).

Los romanos fueron los que empezaron el sistema de jurados. Bajo este plan, se le entregaban a cada miembro del jurado dos piedrecitas. Una era negra, la otra blanca. Después de escuchar todas las evidencias del caso, los miembros del jurado señalaban su fallo depositando una de las dos piedrecitas en una urna. Depositar la piedrecita negra significaba pedir la muerte del acusado, mientras que la piedrecita blanca significaba vida, absolución, liberación.

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Son muchos los ejemplos bíblicos y extrabíblicos de individuos que cambiaron su nombre en tiempos antiguos (Gén. 17:5; 32:28; Isa. 62:2). El nuevo nombre significaba siempre un cambio radical en la condición de la persona. Es lo que sucede cuando uno recibe de la mano de Dios el don inefable de la vida eterna y, por la gracia infinita de Dios, comienza a disfrutar una vida de orden y propósito (Rom. 8:1). Cuando uno pasa de muerte a vida, el cambio es tan radical y total que los escritores bíblicos no hallaron otra forma de ex-presarlo, sino llamarlo una nueva existencia: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es [una nueva creación]; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17). Por esto recibe un nuevo nombre.

Tiatira: la iglesia tolerante

La ciudad de Tiatira

Viajando desde Pérgamo hacia el sureste, llegamos a la próspera ciudad de Tiatira.

Si acaso había algo que la diferenciaba, era que no poseía ninguna de las características que distinguían a las otras. No era puerto ni capital; no era ciudad libre y no se destacaba como centro cultural.

En los anales de su historia no figuran relatos de noble heroísmo de parte de sus fundadores y pioneros.

Sin embargo, su posición geográfica era ventajosa desde un punto de vista económico. Estaba situada cómodamente sobre una planicie en el centro de un valle amplio y fértil, y la prosperidad de sus industrias proporcionaba a los habitantes una vida cómoda y tranquila.

En el Nuevo Testamento encontramos a Lidia, nativa de Tiatira, que estaba viviendo en Filipos. Era dueña de un negocio que le daba recursos suficientes como para mantener a su familia y

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hospedar en su hogar al apóstol Pablo con su comitiva de ayudantes (ver Hech. 16:14,15).

Tal vez a esta prosperidad se debía otra característica en la que Tiatira no se destacaba: no era un centro de fervor religioso. Había allí un templo dedicado al culto de Sambete. Algunos intérpretes han preguntado si ésta sería el personaje literal que en el mensaje es llamado “Jezabel”. Esto no se sabe con seguridad, pero el hecho es que los prósperos ciudadanos de Tiatira prestaban mucha más atención a los gremios que habían organizado para impulsar las varias industrias que a cualquier asunto de religión.

Hasta cierto punto, pareciera que bajo tales circunstancias la iglesia cristiana gozaría de sosiego. Obviamente, los cristianos de Tiatira no tendrían que temer la muerte por algún estallido repentino de persecución. No era característica de la gente de esa ciudad juntarse para atacar a los creyentes ni arrojarlos a los leones si se negaban a quema incienso en algún altar.

Pero tal como lo revela el mensaje que estudiaremos continuación, la prosperidad material y la falta de persecución no siempre favorecen la prosperidad espiritual. Y en Tiatira sucedió algo que suele repetirse en nuestros días cuando también hay mucho materialismo y poca fe en la religión organizada: los cristianos de Tiatira llegaron a compartir el mismo espíritu de apatía que la población que los rodeaba.

El mensaje a Tiatira

Y escribe al ángel de la iglesia en Tiatira: El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego, y pies semejantes al bronce bruñido, esto: Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y tus obras postreras son más que las primeras (vers. 18, 19).

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Ojos de fuego

Ante cada una de las siete iglesias, el Cristo resucitado se presenta con una postura que corresponde al mensaje que tiene que dar. A Éfeso, Cristo es el que tiene a las iglesias en la mano. Ante la atribulada Esmirna, es el que murió y ha vuelto a vivir; ante Pérgamo”, con su fascinación por los bienes materiales, el Cristo resucitado sostiene una espada desenvainada.

¿Qué significa, entonces, su postura ante Tiatira como “el que tiene ojos como llama de fuego”? Es que se requiere algo más que visión normal para ver el mal de Tiatira. Sobre la superficie todo parece próspero y tranquilo, pero el Cristo resucitado ve con ojos de fuego: él sabe que la ausencia de conflictos y de problemas no siempre significa que todo está bien.

Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos. Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación. He aquí, yo la arrojo en cama, y en gran tribulación a

los que con ella adulteran, si no se arrepienten de las obras de ella.

A

sus hijos heriré de muerte, y todas las iglesias sabrán que yo soy

el

que escudriña la mente y el corazón (vers. 20-23).

¡Sólo “unas pocas cosas”! Es una reprensión suave, como la que recibió Pérgamo. No se le acusa a Tiatira de simpatizar con Jezabel, ni mucho menos de convivir con ella. Su pecado es el de contemplar sencillamente a la impostora sin alzar la voz de protesta: “Toleras [a] esa mujer Jezabel”.

Para entender el significado de esta acusación, conviene recordar algunas cosas de la historia de esta época, y compararlas con lo que sucedió en las dos épocas anteriores:

En los años 132-136 d.C., tuvo lugar la Segunda Revuelta Judía en

la cual el emperador Adriano aplastó otro intentó más de los judíos

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por lograr su independencia. A raíz de ese suceso, surgió en todas partes del imperio un aborrecimiento hacia los judíos. Dicha actitud se tradujo enseguida en un rechazo de todo lo que estuviera relacionado con la religión de ellos.

Tal como suele suceder hoy, la gran mayoría del populacho formaba su concepto de las cosas en base a informaciones fragmentarias y tergiversadas por prejuicios e ignorancia. Según el concepto popular, los judíos eran unos holgazanes, porque en el día séptimo de cada semana, el que ellos llaman “sábado”, no hacían trabajos de ninguna clase.

Aparte de esto, se rumoraba que los judíos eran caníbales y que una vez al año se reunían para beber sangre humana. Esta calumnia macabra y absurda nació a raíz de la costumbre judía de beber vino en conexión con el “Séder”, o cena pascual que celebraban para conmemorar la noche cuando Dios libró a su pueblo de Egipto. El vino era símbolo de la seguridad y bonanza que disfrutaba Israel en la tierra prometida, cuando podía sentarse cada uno “debajo de su parra y debajo de su higuera” (1 Rey. 4:25). Pero, de alguna manera, se formó la convicción de que no bebían vino sino sangre.

La reacción de los cristianos

Esta situación en que el pueblo judío estaba sufriendo persecución, produjo una crisis también para la iglesia cristiana, pues la mente popular calificaba a los cristianos como una secta judía. Hay que admitir que sería un poco difícil evitar tal asociación, porque en varias cosas se parecían: los cristianos bebían vino cuando celebraban la eucaristía o Ce-na del Señor, y si algún pagano quisiera hacerlo podía acercarse y oír las palabras: “Esto es mi sangre […] que por muchos es derramada”.

Debido a esto, los dirigentes cristianos hicieron lo posible por distanciarse de los judíos. Una de las medidas que adoptaron para

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lograr esto fue la producción de una cantidad de escritos en los cuales condenaban enérgicamente a los judíos.

Un cambio radical

Otra medida fue un repudio del reposo sabático que cobró fuerza primero en las ciudades de Roma y Alejandría y, de ahí, fue extendiéndose a otros lugares.

Pero el cambio en el día de reposo no se efectuó sin oposición, pues había algunos en aquellos días que decían: ¿Cómo vamos a dejar de guardar el sábado, si Cristo mismo y los santos apóstoles siempre lo guardaron? Ante la insinuación de que el sábado era un reposo exclusivamente para los judíos, contestaron que la orden de guardar el sábado se encuentra entre los diez mandamientos, los cuales deben ser guardados por todos. Se acordaron, además, de las palabras de Cristo cuan-do dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mat. 5:17).

Debido a esta resistencia, los dirigentes tuvieron que recurrir a varias medidas para conseguir la aceptación de la nueva disposición. Una de ellas fue la de ordenar que el sábado se tratara como un día de ayuno. Querían que la gente lo viera como un día triste y pesaroso; y, para quitar la costumbre de utilizar el sábado para adoración, prohibieron arrodillarse en las horas del sábado. Querían asegurar el rechazo del día en la mente popular.

Pero, a pesar de estas medidas, no fue fácil imponer la nueva disposición. A través de la época representada por Esmirna, cuando esta apostasía empezó a difundirse, y aun en el tiempo de Pérgamo, cuando se generalizó, había muchos que se opusieron. En el cuarto siglo el emperador Constantino tuvo que publicar un decreto en el cual ordenaba a la gente que dejara de “sabatizar”:

una evidencia clara de que todavía lo estaban haciendo.

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Y tampoco bastó el decreto imperial para lograr el propósito,

porque cuarenta años más tarde el Concilio de Laodicea (364 d.C.)

se vio obligado a tratar nuevamente el tema. En su Canon 29, dijo:

“Los cristianos no deben judaizar, reposando en el día sábado, sino que en ese día deben trabajar; honrando, en cambio, el Día del

Señor; y, si pueden hacerlo, reposar entonces como cristianos. Pero si alguno se encuentra judaizando, sea anatema [maldito] de parte

de Cristo”.

Esto ocurrió antes del tiempo de Tiatira. Precisamente en esto

estriba la diferencia entre la actitud de las iglesias anteriores y la

de Tiatira. Durante toda la época de Esmirna y la de Pérgamo los

fieles cristianos que siempre han constituido la iglesia verdadera,

manifestaron su oposición a las falsas doctrinas.

Contra este trasfondo de protesta y oposición al error ocurridas en el tiempo de Esmirna y Pérgamo, podemos entender mejor en qué consistió el pecado de Tiatira: era el pecado de la tolerancia.

Esta cualidad (la tolerancia), por supuesto, es una virtud muy importante para el cristiano, pero puede convertirse en pecado cuando es motivada por la indiferencia y la pasividad ante el pecado.

No es que no existieran cristianos fieles en los tiempos de Tiatira; sí, los había. Y, como observamos anteriormente, el Cristo resucitado no los acusa de fornicar con Jezabel. Ni siquiera dice que simpatizan con ella. Su pecado no es el de participar de sus errores, sino el de guardar silencio cuando debían hablar, de no hacer nada cuando debían actuar. Dice: “Toleras [a] esa mujer” (vers. 20).

Los tiempos de Jezabel

El nombre “Jezabel”, dado por Cristo a la apostasía de Tiatira, es significativo. Se refiere a un personaje histórico, una hija de Et-

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baal, rey de Sidón, que se casó con Acab, el séptimo rey de Israel después de Salomón (1 Rey. 16:31).

Jezabel, como reina, resultó ser una mujer de carácter enérgico que fácilmente dominó al débil Acab. Ella no sólo detestaba la religión judía, sino que aprovechó el poder del estado para imponer el culto a Baal.

Llegó el momento cuando el profeta Elías, presa del desaliento, exclamó: “Sólo yo he quedado” (1 Rey. 19:10). Lo que Elías no sabía era que el Señor tenía todavía un ejército de fieles que no habían doblado la rodilla ante Baal (vers. 18; Rom. 11:3,4).

Y, ¿por qué no sabía Elías de estos fieles? No sabía porque estaban escondidos. Adoraban a Dios en secreto. Ante el peligro inminente, habían elegido el camino fácil, tal vez diríamos el más prudente, de guardar silencio. Algunos, como la familia de Eliseo, permanecieron en sus hogares, protegidos por la distancia que los separaba de la capital de donde emanaba la apostasía. Otros, como por ejemplo, cien hijos de los profetas, encontraron refugio en cuevas de las montañas y en escondites simila-res (1 Rey. 18:13).

Lo mismo sucedió en el tiempo de Tiatira, la iglesia cristiana de la Edad Media, o sea de los años 538 hasta el 1517.

Allá en Etiopía, el sábado fue honrado como día de reposo hasta en tiempos modernos. También en otros lugares protegidos por la distancia y por barreras geográficas, hombres y mujeres fieles y, en algunos casos, poblaciones enterascontinua-ron guardando los mandamientos de Dios. Muy apropiada es la figura empleada en el capítulo doce del Apocalipsis para referirse a lo que sucedió durante esta época. Di-ce que “la tierra ayudó a la mujer [la iglesia]” (vers.16) cuando ésta era objeto de persecución por parte de Satanás. Fue precisamente la “tierra” la que proveyó escondites para evitar que la luz de la verdad se extinguiera por completo en esa hora de gran oscuridad.

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Un rechazo de los principios apostólicos

Nótese que el error de Jezabel fue el de enseñar e inducir a los siervos de Dios a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos (vers. 20). Ésta es la misma enseñanza de Balaam que afloró durante la época anterior (vers. 14). Entendemos, pues, que las herejías de esta época no son nuevas, sino que son una continuación y ampliación de las que se diseminaban en el tiempo de Pérgamo (313-538).

La fornicación y el comer cosas sacrificadas a los ídolos fueron específicamente prohibidos por el concilio apostólico celebrado en Jerusalén (Hech. 15:28,29), así que este pecado consistía en desconocer y desafiar abiertamente el ejemplo y las enseñanzas de los apóstoles. El establecimiento de un nuevo día de reposo que nunca fue autorizado ni mucho menos practicado por nuestro Señor ni por sus apóstoles es tan sólo un ejemplo entre muchos que se podrían citar de la manera como algunos dirigentes de aquellos años llegaron a torcer la verdad de Dios para establecer enseñanzas erróneas.

Empieza la protesta

Como hemos visto, los fieles de Tiatira guardaron silencio cuando debieron hablar; pero dice Cristo: “Tus obras postreras son mejores que las primeras” (vers. 19). Al acercarse el final de la época, empezaron a escucharse por primera vez unas voces que se alzaban en protesta, rompiendo así el silencio de siglos. En In- glaterra estaba Wiclef y en Bohemia, Juan Huss. En las cuevas y en remotos valles y escondrijos de los Alpes, hallaron refugio unos sencillos cristianos llamados valdenses. Éstos eran hombres y mujeres que estimaban la verdad de la Biblia más que sus propias vidas. Consideraban que guardar para sí las preciosas palabras de vida eterna sería la peor clase de egoísmo. Así que, saliendo de la relativa seguridad de sus refugios montañeses, los jóvenes valdenses visitaron los pueblos y aun las grandes ciudades de

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Italia, de Francia y de otras regiones para compartir la paz y la felicidad que ellos habían conocido al estudiar la Biblia. Los impulsaba el amor de Cristo, y el lema que ardía en sus corazones era: “Vosotros seréis misioneros, o no seréis nada”.

No fue algo teórico o imaginario el riesgo que corrían los jóvenes valdenses. Muchos fueron capturados por las autoridades y acusados de ser criminales de los más viles. Con pocas excepciones, fueron torturados y luego quemados en la hoguera.

A éstos y a otros que en los últimos años de Tiatira alzaron la voz

de protesta, se refiere el Cristo resucitado cuando dice a Tiatira:

“Tus obras postreras son mejores que las primeras” (vers. 19).

Lo que recibirán los vencedores

Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga; pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga.

Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (vers. 24-29).

Muy suave es la amonestación y la reprensión que recibe la iglesia perseguida por Jezabel en los días de Tiatira. Su pecado fue el de

la pasividad y el silencio cuando debía hablar; pero a los otros, los

que no habían participado de este pecado, sino que fueron víctimas de las condiciones que los rodeaban, les dice el Cristo resucitado:

“No os impondré otra carga” (vers. 24).

La figura de la vara que quiebra las naciones como vaso de alfarero

es tomada de la profecía mesiánica del Salmo 2. Los siglos de la

apostasía terminarán cuando el Mesías tome el cetro de autoridad

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real para emprender la obra del juicio. En Daniel 7:27, como también aquí (vers. 27), se aclara que esta autoridad mesiánica, que es el derecho de juzgar a las naciones, será compartida por el Mesías con su pueblo (compárese con Apoc. 3:21 y 20:24). En el análisis del capítulo 20, estudiaremos más acerca de esta idea.

Los fieles de Tiatira recibirán como premio “la Estrella de la mañana” que es Cristo mismo (Apoc. 22:16; compárese con Núm. 24:7). Así como las estrellas resplandecen serenamente muy por encima de las tormentas de este mundo, asimismo fulgura la presencia de Cristo en el corazón de todo verdadero hijo de Dios. Es algo que el mundo no puede disminuir ni opacar. Cristo es el premio del cristiano, y su presencia en nosotros es evidencia y anticipo de nuestra salvación (Col. 1:27).

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CAPÍTULO TRES: La iglesia entre sombras y luces

En este capítulo, el Cristo resucitado dirige la palabra a tres iglesias más, las que representan los eventos y condiciones en el cristianismo desde el tiempo de la Reforma hasta el fin de la obra de Dios en la tierra.

Sardis: una iglesia de brillantes perspectivas

La ciudad de Sardis

Ninguna de las siete ciudades del Asia había tenido un pasado más glorioso que el de Sardis,1 y ninguna estaba más lejos de vivir a la altura de su antigua gloria.

La fama de esta ciudad se debía a las inmensas riquezas y al poderío militar que ella había alcanzado en los siglos pasados cuando era capital del imperio de Lidia.

Las primeras viviendas de Sardis se habían establecido sobre una estribación o extensión pedregosa del Monte Tmolo, y aun cuando la población aumentó y ya no cabía en el monte, las edificaciones en la cima sirvieron de acrópolis, o sea de fortaleza militar, y casas de gobierno para la ciudad que se iba extendiendo alrededor de la base de la montaña. Las fortificaciones sobre la espuela eran casi inexpugnables, pues resultaba muy difícil para un ejército enemigo escalar los lados casi verticales del monte para atacar la fortaleza.

Además, el caudaloso río Pactolo circundaba la estribación por tres lados, formando una especie de foso o canal estratégico para la acrópolis. Esta situación ventajosa fue uno de los factores que a Sardis le dio su fama como fortaleza militar.

1 Según el Diccionario de la RAE, es “Sardes”, pero casi todas las versiones de la Biblia en español tienen “Sardis”.

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Por otra parte, las arenas del río contenían oro y a esto se debía en parte la inmensa riqueza de la ciudad. Llegó a ser tanta la prosperidad de Sardis en el tiempo del gran rey Creso que la expresión “tan rico como Creso” es un dicho que ha durado hasta nuestros días.

Solón (c. 638-558 a.C.), el que tenía fama de ser el más sabio entre los griegos, llegó a visitar Sardis y se maravilló del esplendor y lujo de que disfrutaba Creso.

El “arma secreta” de Ciro

Estaba Sardis en el apogeo de su fama cuando sufrió una derrota ignominiosa. Creso había extendido y fortalecido tanto su reino que Lidia llegó a ser rival de Babilonia y de Egipto. Pero en el año 549 a.C., Ciro el Grande salió del oriente y se dirigió hacia Sardis.

Tranquilamente Creso se preparó para el enfrentamiento. Contaba con una infantería bien adiestrada y una magnífica caballería. Pero sus tropas nunca tuvieron la oportunidad de demostrar su capacidad, debido a un “arma secreta” que portaba Ciro: un escuadrón de camellos. Cuando los caballos de Creso vieron a los camellos, y más cuando sintieron su olor, se llenaron de pánico. No hubo manera de detenerlos y huyeron despavoridos. En pocos instantes el campo de batalla se convirtió en un caos y el resultado para Creso fue una batalla perdida sin haberla peleado.

Pero, aun así, Creso estaba lejos de haber perdido su reino. Simplemente se retiró a la acrópolis y se encerró sintiéndose por demás seguro.

Durante sólo catorce días Ciro mantuvo el sitio, y luego ofreció un premio al soldado que encontrara la manera de escalar el monte y abrir las puertas de la ciudad. Parecía imposible, pero un soldado llamado Hiréades se dispuso a observar la fortaleza en la parte donde el precipicio estaba más empinado.

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De repente, vio que un soldado de Creso perdió el casco el cual iba dando tumbos hasta caer al pie del precipicio. Esto llamó la atención de Hiréades, pero fue aún mayor su sorpresa cuando el soldado apareció unos momentos más tarde al pie del precipicio, recogió su casco en persona y volvió a desaparecer en medio de la roca resquebrajadiza. “¡Aja! —exclamó Hiréades. Sí es posible escalar la roca aquí”. Y al día siguiente, con unos compañeros valientes, se dedicó a escalar el precipicio.

Muy confiado y creyendo, aparentemente, que nadie podía subir por ese punto, Creso no había dejado guardia. De esta manera, los persas pudieron entrar sin impedimento en la acrópolis y abrir las puertas desde adentro, y en poco tiempo el imperio de Lidia ya había pasado a la historia.2

De modo que en Sardis tenemos una ciudad con una reputación gloriosa pero que no vivió a la altura de su fama. Teniendo inmensas riquezas, llegó a la pobreza; teniendo un poderoso ejército, fue derrotada en batalla sin pelear. Su fortaleza, apa- rentemente inexpugnable, fue tomada y el pueblo reducido a una condición de esclavitud y sufrimiento, porque confió en los muchos dones que el cielo le había concedido y no comprendió la necesidad de ser vigilante.

Sardis nunca volvió a recuperar la gloria que había perdido; y en el primer siglo, cuando se escribió el Apocalipsis, era una ciudad que seguía en proceso de decadencia.

El mensaje a Sardis

Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto (vers. 1).

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He aquí una iglesia de brillantes perspectivas.Había pasado el atardecer de Pérgamo y la larga noche de Tiatira. Sardis parece traer consigo el despuntar de un nuevo día, pues tiene nombre de que vive. Pérgamo sufrió por la presencia de algunos que enseñaban la doctrina de Balaam; Tiatira toleraba a Jezabel. Pero Sardis tiene la apariencia, el “nombre”, de haber rechazado estas causas de muerte espiritual.

Y, en verdad, había mucho en la vida religiosa del Siglo XVI que inspiraba optimismo, pues se veía el florecimiento de importantes cambios que habían empezado en el siglo anterior. Recordamos que acerca de Tiatira se había dicho: “Tus obras postreras son mejores que las primeras”. Estas “mejores” obras fueron las voces aisladas que durante los últimos años de Tiatira empezaron a levantarse en protesta por la oscuridad y la opresión de aquellos días.

Ahora, con la llegada de Sardis, una corriente cálida de nueva vida corre por las venas del cristianismo, y se rompe definitivamente el silencio de siglos. Comenzando con el año 1517, las aisladas voces de Tiatira se unen y aumentan en volumen hasta formar un gran coro.

Pero, ¿de quiénes son estas voces que se oyen, las que le dan el nombre de estar viva? Son voces de fieles religiosos y sacerdotes que protestan por los abusos que se cometen en el nombre de la religión; son voces de eruditos y teólogos que ya no quieren ver adulterada la verdad bíblica con la filosofía pagana; son voces de príncipes y nobles que rechazan la injerencia de Roma en la política. Hay voces también de entre el pueblo común, voces de personas preocupadas por la falta de espiritualidad en la Iglesia. Creen que el puesto de párroco o de obispo ya no debe ser comprado y vendido por dinero. Insisten en que se deben nombrar para estos cargos únicamente a personas capacitadas y que, en

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realidad, desempeñarán la responsabilidad para la cual reciben los beneficios. Son las voces de miles de hombres y mujeres sencillos que anhelan tener libertad de conciencia y el privilegio de conocer la Biblia y leerla en su propio idioma.

Un regalo para la humanidad

Vivimos hoy en un tiempo de oportunidad sin paralelo para la difusión de la Biblia; por dondequiera se vende libremente. Hoy todos los países civilizados reconocen el derecho de cada ser humano de buscar a Dios y de adorarle conforme a lo que le indique su propia conciencia. Resulta difícil para nosotros concebir la situación que imperaba en la Europa del Siglo XVI, precisamente antes del amanecer de la Reforma protestante.

Cada ser humano que vive hoy, sea hombre, mujer o niño, católico, evangélico, pagano o ateo, tiene una deuda muy grande con los reformadores, pues los principios de libertad de culto y la responsabilidad personal que tiene el creyente de buscar a Dios y de investigar y conocer la verdad por sí mismo, fueron obtenidos a costa de luchas heroicas y del sacrificio de muchas vidas.

Fueron muy importantes los avances logrados por los reformadores en estas áreas, pero hay que citar otro punto de avanzada que fue mucho más importante que todos ellos: Después de catorce siglos de olvido, los reformadores presentaron nuevamente ante la atención del mundo una enseñanza bíblica que ellos llamaron “Justificación por la fe”.

Una verdad rescatada

La justificación es simplemente perdón, absolución; es, pues, la gracia que nos hace amigos de Dios.

Al decir que la justificación es por fe, los reformadores querían decir que el creyente la recibe cuando acepta simplemente el

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perdón ofrecido, que la recibe al depositar fe en el sacrificio de Cristo.

La salvación es para “todo aquel que en él cree” (Juan 3:16). No es necesario ni es posible pagar su precio, ni con dinero, ni con ayunos, ni maltratando nuestro cuerpo, ni con actos de caridad, ni con ninguna otra clase de actos buenos.

Algunas personas inconscientemente habían insinuado que el sacrificio de Cristo fue insuficiente para salvarnos. Esto lo hacían al enseñar que ellos tenían que sumar algo de sus propias obras al sacrificio del Hijo unigénito de Dios para obtener la salvación.

Los reformadores comprendieron que la obediencia y la fidelidad del creyente no son más que una respuesta de amor mediante la cual el cristiano expresa a Dios su gratitud por el don de la salvación que ya ha recibido, y que las buenas obras de ninguna manera constituyen un pago por algo que el cristiano espera recibir algún día en el futuro.

Así que, muy por encima de la liberación política y eclesiástica que trajo la Reforma a los creyentes, estaba la liberación producida por la doctrina de “la justificación por la fe”.

Lo que nadie puede quitar

Posiblemente no sea totalmente clara la manera en que esta doctrina puede efectuar una liberación tan grande. Para entender esto, hay que recordar que la esclavitud existe cuando un hombre puede ejercer dominio absoluto sobre otro. La doctrina de la justificación por las obras produjo precisamente esta clase de dominio.

¿Por qué? Porque los dirigentes religiosos se reservaron el derecho de pronunciarse sobre el valor de las distintas obras. En consecuencia, ellos tenían el derecho tanto de otorgar la salvación como de retenerla. Esto colocó un poder tremendo en sus manos,

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pues ellos podían aparentemente cerrar las puertas del cielo ante un individuo o bien ante toda una comarca.

Pero cuando entendemos que la salvación es otorgada en atención a la fe del creyente, la situación cambia totalmente, porque la fe no puede ser otorgada por una persona con respecto a otra, y no puede ser jamás retenida ni quitada. Cuando el creyente confía en el sacrificio de Jesucristo como su única esperanza de salvación, cuando se presenta directamente ante Dios en virtud de los méritos de esa muerte expiatoria, entonces obtiene acceso directo al trono del Infinito (Heb. 4:14-16). Es así como la justificación por la fe libera al creyente.

Hay otra manera más en que esta hermosa verdad bíblica trae libertad y avivamiento espiritual. La justificación nos libera de una clase de opresión, que es sin duda la peor y la más pesada que puede sufrir un ser humano en esta vida, a saber, la opresión producida por la conciencia cuando ésta ha sido despertada por las enseñanzas de la ley de Dios y avivada por el Espíritu Santo.

El que está tratando de ganarse la salvación por sus méritos y sus buenas obras está intentando una imposibilidad. Para los que no han comprendido el camino de la fe, el Monte Sinaí,3 no brinda más que truenos, relámpagos y grande oscuridad (véase Éxo. 20:18,19; Gál. 4:21-25).

Tales individuos procuran siempre ver en su conducta algo que es suficientemente bueno como para creer que son dignos de salvación. Pero cuanto más se acercan a Dios, con más terrible claridad ven lo grande e infinita que es la perfección y la santidad de Dios y más inmundo se sienten, hasta que exclaman:

“¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24; compárese con Isa. 6:5; Luc. 5:8).

3 Lugar donde Dios entregó a Moisés los Diez Mandamientos.

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De la opresión de una conciencia que no tiene ni sosiego ni consuelo, nos libra el mensaje de la justificación, pues justificación es la palabra de perdón pronunciada por los labios de Dios.

La ley nos trae arrastrados ante el tribunal del universo, y la conciencia con voz estridente dice: “Este fue sorprendido en el acto mismo del pecado”. Pero la justificación le dice al pecador arrepentido: “Ni yo te condeno; vete y no peques más” (Juan 8:11). “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1).

Sombras donde se esperaba luz

De modo que el mensaje de la justificación que oyó Sardis fue, en verdad, un mensaje de vida para vida. Traía la semilla de un avivamiento espiritual que hubiera sido capaz de continuar de gloria en gloria y de poder en poder hasta transformar todo el cristianismo.

Pero, tristemente, Sardis nunca alcanzó a vivir a la altura de la preciosa verdad que había recibido. Cuando parecía ser la hora del amanecer de un nuevo día, la luz de Sardis se tornó en oscuridad, como lo había denunciado el Cristo resucitado: “Tienes nombre de que vives, y estás muerto”. En vez de seguir creciendo, en vez de avanzar hasta alcanzar la plenitud del día, muchas de las congregaciones reformadas se quedaron cada una con la porción de luz que había descubierto y rehusaron avanzar más. Y no sólo esto; al cabo de pocos años, algunas comenzaron a agredirse mutuamente, amontonando denuncias y anatemas unas contra otras; inclusive, hubo en algunos casos hasta persecución y martirio producidos por el odio entre los reformadores.

El mismo Lutero en sus años posteriores comentó tristemente:

“Nos pareció que hallaríamos el aprecio de nuestros hermanos por haberles anunciado el evangelio de paz, vida y eterna salvación. Hemos encontrado, en lugar de aprecio, el más amargo odio. Hubo

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muchos que gustaron de nuestra doctrina al principio y la abrazaron con entusiasmo. Creíamos que ellos serían nuestros hermanos y amigos, que se unirían con nosotros en común acuerdo para plantar y pro-pagar esta doctrina entre los demás. Mas ahora estamos descubriendo que son falsos hermanos y nuestros más amargos enemigos”.4

Fue así como la gran luz de Sardis se tornó en oscuridad. Tenía el nombre, la fama de estar viva, pero en realidad estaba muerta.

“Las cosas que están para morir”

Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendrá sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendrá sobre ti (vers. 2, 3).

“Afirma las otras cosas que están para morir dice el Cristo

resucitado—. Acuérdate de lo que has recibido, [

Aun cuando Sardis no alcanzó a cumplir con el glorioso cometido

que había recibido, el Señor no la desechó. No dejó de bendecirla

y usarla como canal de bendición y luz para el mundo.

La ética del trabajo, la responsabilidad personal del creyente ante Dios, y el compromiso del cristiano para proclamar el mensaje de salvación ante el mundo perdido… son algunos de los conceptos que revivieron en la época de Sardis.

Y aun la falta de espiritualidad y los tristes desacuerdos entre una

y otra ala de la reforma no lograron extinguir la gloriosa verdad que Sardis había recibido de la justificación por la fe.

] y guárdalo”.

4 (Trad. de Luthers Works [Weimar: Kirtische Cesamtausgabe, 1883], XL:590).

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A

esta verdad la iglesia debe volver una y otra vez, no sea que entre

la

multitud de sus ocupaciones y actividades la pierda de vista, o

deje de ser la verdad fundamental de su fe. “Acuérdate”, dice el

Salvador, “de lo que has recibido, [

Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas (vers. 4).

¡Unas pocas personas! La Biblia dice: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20). Por un tiempo, parecía que en Sardis sucedía lo contrario, que donde abundaba la gracia, sobreabundaba el pecado. Su nombre era glorioso, su fama era la de estar viva después de siglos de muerte y oscuridad, pero en Sardis el Señor pudo encontrar tan sólo “unas pocas personas” que no han manchado sus vestiduras.

Y, ¿quiénes serían estas “pocas personas”? ¿Las reconoce la historia? Sin duda, la mayoría de ellas serán conocidas sólo en aquel día cuando los libros de Dios sean abiertos a la vista de los mortales. Pero las páginas de la historia conservan el registro de algunos individuos que en ese tiempo no mancharon sus vestiduras. Al estudiar la siguiente iglesia, consideraremos la historia de algunos de estos fieles cristianos de Sardis y el desarrollo posterior del movimiento establecido por ellos.

Ropas blancas para los vencedores

] y guárdalo”.

A

ellos, los que no llegaron a participar de la muerte espiritual de

la

época, se dirige una hermosa promesa:

El

que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré

su

nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de

mi

Padre y delante de sus ángeles. El que tiene oído, oiga lo que

el Espíritu dice a las iglesias (vers. 5, 6).

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Las vestiduras blancas, premio del vencedor en Sardis, simbolizan la justicia que Cristo otorga a los suyos. Esta justicia comprende la justificación, o sea, el perdón que recibe el creyente al aceptar a Cristo (Apoc. 6:11), como también la santificación, es a saber, la transformación de la vida por medio de la cual llega a ser posible para el cristiano realizar acciones justas (Apoc. 19:8).

El cumplimiento de esta promesa trasciende hasta el juicio, ocasión en la cual Cristo reconocerá a los fieles, confesando su nombre delante del Padre y delante de sus ángeles” (vers. 5; compárese con Luc. 12:8).

Filadelfia: la iglesia del amor fraternal

La ciudad de Filadelfia

La ciudad receptora del sexto mensaje del Cristo resucitado se llama Filadelfia. De la historia de esta ciudad, como también del nombre mismo, se desprende una interesante historia de amor.

Filadelfia fue establecida antes del año 138 a.C., y recibió su nombre en honor al rey Atalo II “Filadelfo” de Siria. Filadelfia significa “amor fraternal”, y el monarca había recibido dicho sobrenombre por la destacada lealtad que había mostrado hacia su hermano quien ocupó el trono antes que él.

Otro detalle interesante en la historia de Filadelfia es que, en un sentido secular, era una ciudad “misionera” desde su establecimiento. Se encuentra en la antigua Misia, pero cercano a un punto donde se unen las fronteras de esta provincia con las de Lidia y Frigia. Sus fundadores quisieron establecerla precisamente en ese sitio estratégico para propagar la cultura griega en Lidia y Frigia.

Cuando el mensaje cristiano llegó a Filadelfia su recepción fue inmediata y calurosa. Es interesante notar que tres siglos más tarde, cuando Anatolia fue inundada por la marea del mahometismo,

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Filadelfia fue la única de las siete ciudades que permaneció firme en la fe cristiana.

Filadelfia nunca alcanzó fama por su riqueza ni por su poderío militar. Nunca llegó a ser una ciudad grande. Pero fue una ciudad singular por su fe, su amor y su propósito misionero.

El mensaje a Filadelfia

Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, cierra y ninguno abre (vers. 7).

Una llave implica autoridad para abrir y cerrar.

Aquí el Cristo resucitado aclara que la llave que sostiene en la mano es “la llave de David”. Mediante un pacto solemne, el Señor había prometido al rey David que su autoridad como rey sería afirmada “eternamente” (2 Sam. 7:1216). El pueblo de Israel correctamente se apropió de las promesas del pacto davídico. Consideró que dichas promesas eran agregadas a las que la nación había recibido en el pacto de Dios con Abrahán (ver Isa. 22:20-

23).

Lo que los judíos no tomaron en cuenta fue que todas las promesas de Dios son condicionales, aunque a la vez incondicionales. Son condicionales, en el sentido de que quienes las reciben deben ser obedientes a las condiciones dadas en el pacto si quieren ver personalmente el cumplimiento de las promesas. Son incondicionales, en el sentido de que siempre los propósitos de Dios se van a realizar, ya sea con las personas originales que recibieron la promesa o sin ellas.

Cuando Israel rechazó a su Salvador, despreciando así la más grande de todas las promesas del pacto, esta actitud no afectó el propósito de Dios de cumplir sus promesas. Pero en lo sucesivo, éstas habían de ser cumplidas en la persona de Cristo y a través de

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él. En otras palabras, Cristo pasó a ocupar el lugar de Israel como el “Escogido de Dios” (Mat. 12:17,18; 1 Ped. 2:6). Cristo es, entonces, el amado del Padre, el Hijo obediente que Israel nunca fue; y como tal, es el beneficiario y también el ratificador del pacto.

Todo aquel que llega a unirse en solidaridad corporal con Cristo mediante el bautismo, se convierte de esta manera en coheredero con él del eterno propósito de paz y salvación señalado en el pacto (Rom. 8:17; Gál. 3:27-29).

Así que, el mensaje de que Cristo sostiene en su mano la llave de David es motivo de seguridad y de profunda alegría para el creyente.

Reconocerán que te he amado

Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre. He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado (vers. 8,

9).

Aquí el Salvador aclara que, teniendo en su mano la evidencia indiscutible de autoridad, la autoridad para abrir y cerrar, ha ejercido este derecho colocando ante Filadelfia una puerta abierta. Una puerta cerrada es una barrera; una puerta abierta es una entrada, una oportunidad, una invitación (ver 1 Cor. 16:9; Juan 10:7; Apoc. 3:8).

Esta puerta se mantuvo abierta ante la Filadelfia literal en donde el mensaje cristiano permaneció firme a pesar de la oposición que le rodeaba, y aún más se cumplió en la iglesia cristiana durante la sexta época de su historia, la cual comenzó en el siglo XVIII.

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En dicha época, la iglesia experimentó un avivamiento de la piedad primitiva sin paralelos desde el tiempo de los primeros apóstoles. Este movimiento fue conocido en algunos lugares como el “avivamiento evangélico” y en otros como el “Gran Despertar”. En él se realizaron, en gran medida, las esperanzas despertadas por la Reforma dos siglos antes.

Conviene recordar algo de las condiciones en las cuales surgió el avivamiento. En el siglo XVII, la idea de separación entre la iglesia y el estado empezaba a mencionarse, pero en la práctica, cada nación tenía su iglesia “establecida”. Se suponía que todo el que naciera en un lugar determinado pertenecía automáticamente a la iglesia de ese lugar. Para ser un “cristiano”, no era necesario haber tomado nunca una decisión personal al respecto. Y para seguir como miembro de la iglesia, no era necesario rechazar el pecado.

Bajo semejantes circunstancias, se había cambiado el carácter esencial de la iglesia. La palabra “iglesia” proviene de ekklesia, que significa “llamado a salir fuera”. Pero bajo aquellas circunstancias, la iglesia ya no era una congregación de los que habían salido del mundo sino que, en gran medida, se había sumido en la tibieza y una convivencia con el mal.

La idea esencial del avivamiento que ocurrió en el siglo XVI fue que la religión es un asunto personal. Los que participaron en el movimiento rechazaban terminantemente el concepto de que si nací en Holanda, tengo que ser un calvinista, o si nací en Dinamarca, soy automáticamente un luterano, y si nací en Austria, de hecho, soy un católico.

Los “pietistas’’ —así los llamaban en algunos lugaresrescataron del olvido el concepto del nuevo nacimiento (Juan 3:3- 5). Insistían en que sólo es cristiano el que ha tenido una experiencia propia, personal y consciente de conversión, el que ha tomado a Cristo como amigo y confidente y que procura activamente imitar-lo y apartarse del pecado.

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Los pietistas insistían mucho en la oración y el estudio personal de la Biblia. Se unían para dar testimonios y expresiones personales de fe. En algunos casos, acostumbraban reunirse en pequeños grupos para practicar una introspección y escudriñamiento personal del corazón (ver Sant. 5:16).

Si buscáramos las raíces del movimiento, tendríamos que remontarnos a algunos eventos que tuvieron lugar en los días de Sardis. Destacado entre los que impulsaron estos eventos, se halla Augusto Francke, quien con varios amigos reaccionó contra el formalismo y la frialdad de la Iglesia Luterana en Alemania. Ellos fundaron un colegio en Halle, Alemania, el que llegó a ser un centro de influencia pietista.

En el año 1727 ocurrió una convergencia de dos corrientes que iba

a producir un gran auge en el movimiento de reavivamiento y

reforma. Una de estas corrientes la formaron los perseguidos “hermanos moravos”. Éstos habían huido de la persecución religiosa en el este de Europa y hallaron refugio en las tierras de un noble alemán, el conde Nicolás von Zínzendorf, el que iba a

constituir la otra corriente.

Zínzendorf se había criado con su abuelita, una mujer piadosa que le enseñó desde los primeros años el temor de Dios. Siendo

adolescente, estudió en Halle, en el colegio fundado por Francke,

y

allí tuvo una profunda experiencia de conversión.

A

la muerte de su padre, Nicolás, heredero de una inmensa fortuna

y

título de nobleza, se consagró sin reservas y con todo cuanto

poseía a la causa de Cristo. En 1727 acompañó a los moravos en sus ejercicios religiosos. A raíz de eso, se unió con ellos y pronto llegó a ocupar el puesto de dirigente. Fue una unión feliz.

Aunque nunca fueron muy numerosos, los “hermanos” moravos llegaron a tener una enorme influencia que alcanzó prácticamente a todas las agrupaciones cristianas.

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Como ejemplo de esta influencia, relatamos a continuación la historia de un contacto entre Juan Wesley, fundador de la Iglesia Metodista, y un grupo de estos “hermanos”.

Era octubre de 1735, y Wesley, en ese entonces un joven pastor de la Iglesia Anglicana, se encontraba de viaje hacia Norteamérica, dónde se desempeñaría como capellán en la colonia de Georgia.

Durante toda su vida, Wesley siempre había tenido de un gran temor al mar, y su preocupación no se alivió durante este viaje cuando la pequeña embarcación que lo conducía fue alcanzada por tres fuertes tormentas que la azotaron una tras otra. La tercera de éstas fue la más severa. La nave temblaba bajo el impacto de las olas que la embistieron hora tras hora. En la misma embarcación viajaba un grupo de “hermanos” moravos. Wesley había observado con admiración la sencillez y el espíritu servicial que ellos mostraban durante el viaje, y su paciencia al ser objetos de burlas y maltrato de parte de algunos ingleses. Después de soportar durante algunas horas la bravura del mar mientras parecía que de un momento a otro el barco se iría al fondo, Wesley se acordó de los moravos, y los fue a buscar. A continuación, transcribimos el relato de la experiencia escrito por el propio Juan Wesley:

“A eso de las siete de la noche fui a donde estaban los alemanes. Había observado la conducta seria de ellos y se me presentaba una oportunidad de conocer si ellos estaban libres no sólo del espíritu de orgullo, de ira y de venganza, sino también del espíritu de temor. Mientras ellos entonaban un salmo para empezar su servicio religioso, una enorme ola cayó encima del barco, la cual, en el acto hizo trizas la vela principal, inundó la cubierta, y mandó una enorme cantidad de agua abajo a las cabinas. Parecía como si ya nos hubiese tragado el gran abismo. Una terrible gritería se desató entre los ingleses. Los alemanes alzaron la vista por un instante y sin interrupción, tranquilamente siguieron cantando. Le pregunté a uno de ellos después: “¿No sentían ustedes ningún temor?” Él contestó: “Doy gracias a Dios que no”. Pregunté: “Pero, ¿sus

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mujeres y sus niños no sintieron miedo?” A lo cual él respondió mansamente: “No, nuestras mujeres y niños no tienen temor a la muerte”. Me fui de ellos hasta donde estaban los ingleses, y todos estaban gritando y temblando”.

Profundamente impresionado por esta evidencia de una experiencia cristiana muy diferente de la que él mismo poseía, Wesley trabó amistad con los moravos. Durante los meses de su estadía en el Nuevo Mundo, los visitaba frecuentemente, y a través de largas conversaciones aprendió mucho acerca de su fe. Comprendió que para estos fervientes cristianos, la justificación por la fe era mucho más que una teoría periférica, mucho más que una idea entre otras; era, en efecto, el eje central de su religión. Merced a esta doctrina, los moravos podían mantener la calma ante el peligro de muerte. Wesley se dio cuenta, además, de que lejos de apagar el impulso por las buenas obras, una comprensión correcta de la justificación sirve para fortalecer, más que cualquier otro factor, la vida de santidad y servicio.

Pocas semanas después de volver a Inglaterra, Juan Wesley alcanzó en su propia vida una experiencia de paz y seguridad en el

Señor, y se inició así en la trayectoria que resultaría no sólo en el establecimiento de la Iglesia Metodista, sino también en una gran reforma que tocó cada fibra de la sociedad inglesa en el siglo

XVIII.

De esta misma manera, el movimiento de reforma y reavivamiento se iba esparciendo. Sus efectos se sintieron en Alemania, Suiza, los Países Bajos, las Islas Británicas y notablemente en América del Norte. Jorge Whitefield, íntimo amigo de Juan Wesley y de su hermano Carlos, visitó el continente norteamericano en seis ocasiones. En Filadelfia, Benjamín Franklin estimó que 25,000 personas se habían reunido para oír la ferviente oratoria de Whitefield, y eso en un día cuando no existían los micrófonos. La predicación de Whitefield, sumada a la de eminentes predicadores

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norteamericanos,

continente.

Cambios en la sociedad

El impacto del avivamiento evangélico se extendió mucho más allá de los límites de una sola denominación religiosa, su característica esencial, como ya notamos, era su insistencia en la “conversión” como condición para ingresar a la iglesia, y en la piedad como condición para permanecer en ella. De ahí que inculcaba en sus adeptos la necesidad de una moralidad estricta y una vida de devoción personal.

La sociedad en que vivimos hoy disfruta aún de los beneficios que produjo el avivamiento en el tiempo de Filadelfia. El historiador Williston Walker ha citado algunos cambios notables en la sociedad que fueron el fruto directo del movimiento: Los evangélicos llenos de fervor trabajaron incansablemente a favor de un trato más humanitario de los presos. La abolición de la esclavitud se debió mayormente a los esfuerzos de un prominente evangélico llamado William Wilberforce. La educación cristiana empezó a considerarse una responsabilidad de la iglesia por primera vez en 1780, cuando Roberto Raikes reunió a los niños pobres de Gloucester, Inglaterra, para darles clases los domingos por la mañana. Se fundaron también varias sociedades para la difusión de literatura cristiana, siendo la más notable de ellas la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. Organizada en 1804, ésta es la madre de casi todas las demás sociedades bíblicas alrededor del mundo. Los evangélicos también trabajaron arduamente a favor de la libertad de conciencia, del derecho de los hombres y mujeres a adorar a Dios y a compartir su fe libremente sin la interferencia del estado.

Otra consecuencia notable del avivamiento evangélico fue un nuevo énfasis en las misiones. Mediante este movimiento, se despertó como nunca antes en la con-ciencia cristiana el sentido de

ese

proveyó

la

chispa

del

avivamiento

en

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responsabilidad para dar a conocer las buenas nuevas de luz y salvación en Cristo entre los pueblos de África, Asia y las islas del mar.

Con el renovado énfasis en el estudio de las Escrituras, se despertó un nuevo interés en conocer y entender las profecías de Daniel y el Apocalipsis. En el análisis del capítulo seis estudiaremos la manera en que dio fruto este aspecto del avivamiento.

Tal como dijo el Cristo resucitado, los de Filadelfia tuvieron “poca fuerza” porque nunca fueron muchos, pero, teniendo en su auxilio el poder del Cielo, trabajaron con tanta energía y efectividad que aun los que pertenecían a “la sinagoga de Satanás” tuvieron que reconocer que Dios estaba con ellos.

Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra. He aquí yo vengo pronto: retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona (vers. 10, 11).

Tal como veremos en el análisis del capítulo seis, estas palabras tienen un significado especial en relación con el movimiento de estudio e interpretación profética que tuvo lugar en el tiempo de Filadelfia.

Grandes proezas

Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí. (vers. 12).

En tiempos antiguos, la presencia de Dios entre su pueblo se manifestó a través de “una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche una columna de fuego para alumbrarles” (Éxo. 13:21). Esa columna significaba para ellos cobijo y protección. En el Nuevo Testamento la “columna” simboliza seguridad y estabilidad (Gál 2:9; 1 Tim. 3:15). Como “columnas” los

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vencedores contribuyen a la solidaridad del templo que representa

la iglesia. Esta promesa es similar a la de Cristo de convertir a Simón Pedro en “petros”, o sea en una piedra, material sólido que

él puede usar en la edificación de su iglesia (Mat. 16:18). En esto

se ve el principio democrático del evangelio: no necesitamos ser

débiles, dejando que algún caudillo dicta-mine nuestra fe; sino que cada uno puede aprender directamente de Dios, siendo dirigido por

el

Espíritu Santo.5

Y

escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad

de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (vers. 12, 13).

Estas palabras constituyen otra evidencia de la seguridad prometida a los creyentes de Filadelfia. Aun cuando no les tocó pasar por el tiempo de angustia, resucitarán para ver la venida de Cristo. Dios mismo reconoce su fervor y su fidelidad y los identifica ante el universo colocando en ellos la marca de su propiedad, el triple sello inscrito con el nombre de Dios, el nombre de su eterno hogar y el nombre nuevo de Jesús.

Laodicea: la iglesia autoengañada

La ciudad de Laodicea

Antíoco II, “Teos”, fundó la ciudad de Laodicea en el año 250 a.C., dándole el nombre de su esposa Laódice.

Estaba situada sobre dos importantes vías de tránsito. La carretera que comunicaba a Éfeso con Siria y Mesopotamia pasaba por Laodicea, como también otra que iba hacia Pérgamo y Panfilia, en

el norte.

Una de las ciudades más prósperas de la zona, Laodicea era también un importante centro de la banca. Cicerón relata que en

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5 El apóstol Pablo reprendió a los corintios por ser “niños” en su vida espiritual, necesitados de leche en vez de vianda (1 Cor. 3:2; ver también, 1 Cor. 14:20).

Laodicea presentó cartas de crédito y recibió fondos para continuar sus viajes. Tácito, en sus Anales del año 61 d.C., escribió: “Una de las ciudades más famosas de Asia, es a saber Laodicea, en el mismo año fue derribada por un terremoto, y sin ninguna ayuda de nuestra parte, se reconstruyó mediante sus propios esfuerzos”.6 No tenemos necesidad de ayuda, fue la actitud de los laodicenses.

Laodicea tenía fama, además, como centro de tejidos. Se hizo famosa por una tela de lana negra y por alfombras que se tejían allí.

Por otra parte, la ciudad era conocida como centro de las ciencias médicas, sede de varias escuelas de medicina, y había conseguido fama mundial por la producción de dos ungüentos: uno para los oídos y otro para los ojos. El de los ojos se vendía en pequeñas tabletas de material solidificado llamadas koluron, palabra que significa “panecillo”, pues tenían esa forma. De ahí viene nuestra palabra “colirio”.

El mensaje a Laodicea

Escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto (vers. 14).

El testigo que dice la verdad

La palabra amén significa “así sea”, o “así es”. Es una afirmación de la verdad de lo dicho. Leemos, por ejemplo, en Isaías 65:16: “El que se bendijere en la tierra, en el Dios de verdad se bendecirá; y el que jurare en la tierra, por el Dios de verdad jurará”. El hebreo aquí tiene, “el Dios de amén”.

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El Señor Jesús aquí se aplica a sí mismo este término: se llama “el amén”, el que es la verdad, el que también afirma la verdad y la confirma. Además, es “el Testigo fiel y verdadero”. La palabra traducida aquí “verdadero” significa “el que habla la verdad”.

6 Tácito, Anales, 14:27.

El Cristo resucitado dice la verdad a la iglesia autoengañada. Le dice cuál es su condición, ya que ella no la reconoce.

Cristo es también “el principio de la creación de Dios”. Es decir, es el “iniciador”, el autor de la creación. El poder creativo está en sus manos (Juan 1:1-3; Heb. 1:1 úp). Gracias a Dios por esta hermosa seguridad: el que reprende, el que señala el mal, tiene poder para corregirlo: es el Creador. Al alma muerta en delitos y pecados (Efe. 2:1-3) se acerca para consolar y sanarla. El que castiga, también cura, y junto con el diagnóstico, ofrece el remedio (ver Job 5:17,18).

“¡Ojalá fueses frío o caliente!”

Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frio o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (vers. 15, 16).

Situada a nueve kilómetros de distancia río arriba de Laodicea, estaba la ciudad de Hierápolis, famosa por sus baños termales y fuentes de donde el agua todavía hoy sale hirviendo de la tierra. Pero al recorrer la distancia desde la fuente original hasta Laodicea, el agua se enfría, de modo que al pasar por Laodicea ya está tibia. La tibieza es un símbolo apropiado para representar la condición espiritual de la iglesia en la séptima época.

Es interesante notar que no se le acusa a Laodicea de ninguno de los grandes males de las otras iglesias: no está tolerando a Jezabel; no tiene en su medio a los nicolaítas; no está muerta ni fría, sino que está tibia. Pero ¿en qué consiste precisamente su tibieza?

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Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio para que veas (vers.

18).

El problema de Laodicea consiste precisamente en que cree estar bien, y por lo tanto, no procura remedio. No reconoce la realidad de su condición.

La figura de las vestiduras blancas nos hace recordar la parábola de la fiesta de bodas. Según esta ilustración, un rey preparó un gran banquete para celebrar las bodas de su hijo. Cuando todo estaba preparado, el rey entró para saludar a los convida-dos, y “vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció” (Mat.

22:1-14).

Claro está; tenía que callarse, pues no había excusa. Según la costumbre antigua, el rey había provisto el vestido de bodas gratuitamente para todos los invitados. Sólo tenían que aceptar el don ofrecido.

En Apocalipsis 19:8 se nos dice que las vestiduras de “lino fino, limpio y resplandeciente” representan la justicia con que uno se presenta a la cena de bodas cuando Cristo vuelva por los suyos. El hombre de la parábola, así como los cristianos de Laodicea, pensaba presentarse con los méritos de sus propias acciones justas. “Estoy bien así —decía—. De ninguna cosa tengo necesidad”.

Pero el Testigo fiel, el que dice la verdad, les dice a los ciegos de Laodicea que necesitan riqueza celestial; no la propia que se corroe y se echa a perder, sino la que Cristo les puede ofrecer (Mat.

6:19,20).

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El remedio para Laodicea

El oro representa la fe que obra por el amor, y cuanto más sea probada en el fuego de la aflicción, más pura y más refinada sale.

El ungüento para los ojos representa el aceite del Espíritu Santo (Zac. 4:15). Éste fue llamado por Cristo, el Espíritu de verdad, y es el único que puede ayudarnos a ver la realidad acerca de nuestra condición delante de Dios (Juan 16:7-11).

Como Sardis, la iglesia de Laodicea no recibe ningún encomio. Y sin embargo, el Testigo fiel le asegura a esta iglesia su amor y compasión. Dice: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete” (ver Prov. 3:12).

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo (vers. 20).

Ante Filadelfia, Cristo abre una puerta de oportunidad, pero Laodicea mantiene cerrada su puerta. Deja al Señor afuera, llamando.

Pero, aunque lo estamos despreciando, no se aleja. Dice: “Estoy a la puerta y llamo”. Se mantiene cerca, y llama con un gran deseo de entrar (Hech. 17:27 úp). Ante nuestra tibieza e indiferencia, el Señor procura activamente llamar nuestra atención; razona, apela, trata de persuadir. Pero hay una cosa que él no hace. No abre la puerta; no fuerza la entrada. Entra en el corazón y se convierte en huésped sólo cuando es bienvenido.

Dice: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo”. Es un cuadro de íntimo compañerismo. La cena es generalmente una hora tranquila; es el momento cuando ya han pasado los afanes del día, y hay tiempo disponible para entablar una animada y dulce conversación con el Huésped celestial.

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La autoridad del creyente

Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono (vers. 21).

En varios pasajes, las Escrituras repiten la promesa de que los fieles compartirán los privilegios y prerrogativas del mismo Señor Jesucristo. San Pedro le preguntó al Maestro: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué, pues, tendremos?”

A lo cual el Señor le aseguró que recibirían muchas bendiciones

en esta vida y “en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mat. 19:27-29). Asimismo, en el Apocalipsis, el profeta vio a los redimidos después de la segunda venida de Jesús, y escribió: “Vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar” (Apoc. 20:4; ver también 1 Cor. 6:1-3). Acerca del cumplimiento futuro de esta promesa se tratará más ampliamente en el análisis del capítulo veinte.

Sentarnos con Cristo ahora

Estas promesas se refieren, sin duda, a la vida futura, pero tienen, además, un cumplimiento en esta vida. Aquí mismo, en este mundo con toda su carga de dolor y pecado, el cristiano empieza a gustar de las experiencias de la vida celestial. El apóstol alaba a Dios diciendo: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efe. 2:6). ¡Sentarnos con Cristo ahora! El mundo no puede comprender el significado de estas palabras. Le parecen locura (ver 1 Cor. 1:25-31). Pero el cristiano

sí las entiende. Se refieren: (1) al compañerismo, la confianza y

seguridad que disfruta el cristiano en su relación con el Maestro (Juan 15:15); (2) a la autoridad otorgada al cristiano mientras actúe

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bajo la dirección del Espíritu Santo (Juan 20:22,23; 1 Cor. 6:2,3); y (3) a la victoria que Cristo concede a los suyos. “Al que venciere —dicele daré que se siente conmigo”.

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CAPÍTULO CUATRO: El trono celestial

Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo:

Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de éstas (vers. 1).

Una puerta en el cielo

Con estas palabras, Juan empieza a relatar una segunda visión, y

nos cuenta que vio “una puerta abierta en el cielo”. De manera similar, el profeta Ezequiel escribió: “Los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios” (Ezequiel 1:1). El mártir Esteban exclamó que veía los cielos abiertos y a Cristo a la “diestra de Dios” (Hech. 7:56). La expresión en este caso significa que lo que el profeta va

a contemplar no pertenece a lo terrenal sino a lo celestial. El

escenario de la primera visión (caps. 1-3) es este mundo, y la perspectiva es horizontal. En esta segunda visión, la perspectiva es vertical. Aun cuando se contemplan algunas cosas que suceden en

la tierra, se ven desde la perspectiva celestial, y se destaca la intervención del Cielo en los asuntos humanos.

Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a una piedra de jaspe y de cornalina: Y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda (vers. 2, 3).

No sería fácil para el profeta encontrar las palabras adecuadas para

describir esta escena. ¿Cómo se puede pintar el cielo con un pincel de la tierra? Y si para el profeta la tarea era todo un reto, más lo es para nosotros que “vemos” las escenas a través de su pluma y con una separación de tiempo y distancia. Por lo tanto, emprenderemos

el estudio con un espíritu de humildad, y sin demasiada seguridad

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acerca de algunos detalles. Y no pretenderemos elaborar un concepto dogmático acerca de cada detalle de la profecía.

A pesar de ello, las líneas generales de la profecía son lo bastante claras como para ofrecernos una comprensión de las importantes enseñanzas que contiene.

Comparando esta visión con la de Ezequiel

Mucho antes del tiempo de Juan, el profeta Ezequiel (en el cap. 1) había contemplado en visión la escena de la corte celestial, y aunque cada profeta usó palabras distintas para describir lo que había visto, las dos descripciones son suficientemente parecidas como para convencernos de que ambos, en realidad, vieron la misma escena. Será provechoso estudiar juntas las dos narrativas, pues cada una arroja luz sobre la otra.

columnas

paralelas:

A

continuación,

transcribimos

los

dos

pasajes

en

narrativas, pues cada una arroja luz sobre la otra. columnas paralelas: A continuación, transcribimos los dos

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El trono

Lo primero que mencionan ambos profetas es el trono. A través de las Escrituras el trono es un símbolo de autoridad y de juicio (ver 1 Rey. 22:19; Isa. 6:1,2 y Dan. 7:9,10), y en el Apocalipsis es un elemento muy importante: aparece en 14 de los 22 capítulos del libro. En el capítulo 1 vimos que el mensaje esencial, el objetivo primordial del Apocalipsis es el de inspirar confianza y seguridad en el corazón de la iglesia. En toda la trama y urdimbre de la vida, aun en medio de eventos aparentemente inexplicables e ilógicos, Dios está todavía sobre el trono; no ha perdido el mando del universo. ¡Cristo triunfará! Éste es el mensaje que debemos captar también al ver a Dios sobre su trono: Dios manda y va a juzgar:

“Traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea “mala” (Ecl. 12:14).

Es un mensaje reconfortante y a la vez muy solemne.

“Y en el trono Uno sentado”

Tanto Ezequiel como Juan afirman haber visto sobre el trono a un ser glorioso, pero ninguno de los dos menciona algo específico acerca de sus facciones. Antes bien, dice Ezequiel que lo que él vio fue “una semejanza que parecía de hombre”. Y Juan nos informa que vio a un ser que resplandecía con luces y colores. Aparentemente lo que vieron ambos fue más bien algo como una refulgencia, un resplandor que emanaba de la presencia sobre el trono. El apóstol Pablo dice que Dios “habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver” (1 Tim. 6:16; véase también Juan 1:18), y cuando Moisés le dijo al Señor que quería ver su rostro, la respuesta fue: “Nadie puede verme, y vivir” (Éxo. 33:20; véase también Lev. 16:2).1

El Señor Jesucristo “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). La “carne”, el cuerpo humano del Salvador, fue el velo que

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permitió a los hombres estar en la presencia divina. Después de la segunda venida, los seres humanos, redimidos y transformados por

1 Véase también, Primeros escritos, 54.

gracia (1 Cor. 15:50-53), verán el rostro del Padre (Apoc. 22:4), pero mientras retienen la condición de pecadores, tal visión significaría para ellos la destrucción (2 Tes. 2:8).

Juan dice que “el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina”. El jaspe mencionado aquí no es la misma piedra conocida por este nombre hoy. El antiguo naturalista Plinio lo menciona y dice que es una piedra clara, translúcida.2 La cornalina, llamada algunas veces el “sardio”, es de color rojizo. Ezequiel no compara lo que vio con piedras preciosas, sino que dice que había una “apariencia de fuego dentro de ella y en derredor”. Aparentemente, lo que vieron ambos profetas se parecía a la forma en que relucen y resplandecen las piedras preciosas cuando son atravesadas por una luz brillante.

La cornalina y el jaspe eran, respectivamente, la primera y la última piedra en el pectoral que llevaba el sumo sacerdote del antiguo santuario. La lista empezaba y terminaba con estas dos. El sumo sacerdote las llevaba siempre sobre su pecho, para representar el tierno cuidado de Dios por su pueblo (Éxo. 28: 17- 21). El pectoral era llamado el “pectoral del juicio”, y la instrucción divina fue: “Y llevará Aarón el juicio de los hijos de Israel sobre su corazón delante de Jehová” (Éxo. 28: 29,30).

El arco iris

Alrededor del trono resplandece un arco iris. El significado de este símbolo se nos aclara en el libro de Génesis. Cuando el diluvio había terminado, Noé salió del arca con su familia. Entonces el Señor hizo resplandecer en las nubes un arco multicolor.

2 Plinio, Historia natural, 37.

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“Y dijo Dios: Ésta es la señal del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y todo ser viviente que está con vosotros por siglos perpetuos: Mi arco he puesto en las nubes, el cual será señal del pacto entre mí y la tierra” (Gén. 9: 12,13).

El arco iris es producido por la combinación de luz solar y lluvia. La lluvia, cayendo desde las densas nubes, fue el instrumento de justicia en las manos de Dios para destrucción de los que habían llenado la tierra de violencia. Durante cuarenta días y cuarenta noches llovió, y el sol no se dejó ver (Gén. 6:11; 7:4). Pero ahora el Señor ofrece nuevamente a su pueblo un pacto de misericordia. En el futuro volverá a llover, sí, pero cuando los hombres vean en las nubes el arco iris, pueden saber que detrás de la lluvia, brilla el sol; y que la justicia de Dios es atemperada por su misericordia.

Los ancianos

Alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados sobre tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con oro en sus cabezas (vers. 4).

El número veinticuatro no se repite en otra parte del Apocalipsis, pero sí encontramos la combinación de doce más doce. Esto ocurre en el capítulo 21, donde aparecen los doce patriarcas, fundadores de las tribus de Israel, y los doce apóstoles de la era cristiana (vers. 12, 14).

Hay varias evidencias que favorecen la identificación de los veinticuatro ancianos con estos personajes. Un poco más tarde los ancianos cantan: “Con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apoc. 5:9). De esta manera, sabemos que son seres redimidos por el sacrificio de Jesús. Y Cristo dijo a sus discípulos: “En la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mat. 19:28). Al comparar este

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versículo con otros, como 1 Corintios 6:2, 3 y Apocalipsis 3:21, concluimos que esta promesa de Cristo no se da a los apóstoles en forma exclusiva, sino se dirige a ellos como representantes de todos los “que me habéis seguido”. La conclusión a que llegamos es que los veinticuatro ancianos simbolizan a los redimidos de todos los siglos y que en esta escena tenemos a la vista el papel que los redimidos han de desempeñar en el juicio.

Las lámparas

Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios (vers. 5).

Relámpagos y truenos aparecen muchas veces en la Biblia cuando hay una manifestación de la presencia de Dios (Éxo. 19:16; 1 Sam. 7:10; Eze. 1:13; Apoc. 11:19, etc.), y siempre el propósito es el de impartir un concepto de su poder y majestad (véase Éxo. 20:18-

20).

El candelabro, con sus siete lámparas, es uno de varios elementos que sirven para confirmar que el escenario en que se desarrolla el drama del Apocalipsis es el del tabernáculo celestial.3

Por supuesto, al leer la expresión “los siete espíritus de Dios”, no debemos suponer que son literalmente siete los Espíritus de Dios. En el antiguo santuario había siete lámparas, pero todas se alimentaban de aceite a través de tubos que se extendían desde un tallo central; y las siete, al arder, formaban una sola luz. Asimismo, el Espíritu Santo se manifiesta de muchas maneras, “pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu” (1 Cor. 12:11), y todos conducen a un mismo fin: la exaltación y glorificación de Cristo (Juan 16:13,14).

El Señor terminó la creación del mundo en seis días y en el séptimo reposó. Entonces, vio “todo lo que había hecho, y he aquí que era

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en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación” (Gén.

1:31-2:3).

3 El Señor le dio instrucciones a Moisés acerca de la construcción de un santuario o tabernáculo en donde el pueblo podía adorar. En este edificio estaba el arca, símbolo del trono de Dios; un altar donde se quemaba in-cienso, símbolo de las oraciones de los hijos de Dios; una mesa en la que se colocaban semanalmente doce panes y un candelabro con siete lámparas de fuego (Éxo. 37:1-29; Heb. 9:2-5). Este santuario era una “figura o sombra de las cosas celestiales”, ya que en el cielo está “aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:1-5). Desde tiempos muy antiguos, los rabinos enseñaban esta misma idea ( Jacob Milgrom, The Anchor Bible: Leviticus 1-16 [New York:

Doubleday, 1991], 1016, 1017; véase también, Tal-mud, “Yoma”, 7:2).

Desde ese momento en adelante, el número siete simboliza lo perfecto, lo completo de la provisión hecha por Dios para su pueblo. Y el hecho de que sean siete las lámparas significa que, en el don del Espíritu, el Señor ha hecho una provisión perfecta para todas las necesidades de la iglesia en todos los lugares y en todos los siglos.

El mar de vidrio

Y delante del trono había un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás (vers. 6).

Al entrar en el santuario antiguo, el adorador encontraba primero el altar de holocaustos. Allí aceptaba la muerte de un animal en expiación por sus pecados. Así que el altar simboliza la cruz y la justificación. A continuación, estaba una pila de bronce (Éxo. 30:18-21). Ésta era llamada a veces el “mar” de bronce (1 Crón. 18:8), porque era un recipiente para agua. En ella los sacerdotes lavaban las manos y los pies antes de ministrar los ritos. La pila simbolizaba la santificación. La presencia del “mar” en esta profecía nos recuerda, una vez más, que aquí estamos viendo una re-presentación del santuario celestial.

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Los seres vivientes

Los cuatro seres vivientes que el profeta ha visto están “junto al trono y alrededor del trono”. Es muy estrecha la relación entre ellos

y el trono; es aún más íntima que la que sostiene con los veinticuatro ancianos.

Dice el texto que los seres vivientes están “llenos de ojos delante y detrás.” En hebreo, la palabra “ojo” [ayín] muchas veces significa “resplandor” o “colores”. En Ezequiel 1, el capítulo paralelo con éste, ayín es empleada cinco veces en el sentido de “color” (Eze. 1:4, 5, 16, 22, 27).4

4 Por varias razones, se considera que el Apocalipsis probablemente fue escrito en hebreo y que el texto griego que tenemos hoy es una traducción.

Así que la expresión, “lleno de ojos,” significa que las cuatro criaturas también resplandecen, reflejando así la gloria de Dios.

El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos (vers. 7, 8).

La Biblia no nos ofrece una interpretación explícita de lo que pueden significar las cuatro caras que han visto tanto Juan como Ezequiel en estos seres vivientes, pero al verlos en acción en el siguiente capítulo, obtendremos un indicio del posible significado del símbolo.

El pasaje de Ezequiel 10:1-4 indica que los cuatro seres vivientes

son ángeles. Por supuesto, no debemos pensar que las diversas caras representan la apariencia literal de los ángeles celestiales. En

el capítulo uno, vimos a Cristo con una espada que sale de su boca,

pero a nadie se le ocurre pensar que en realidad ésa es la apariencia que conserva nuestro Señor en el cielo. De la misma manera, debemos entender que las diferentes caras de los cuatro seres

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vivientes, constituyen una representación simbólica, y no literal de los ángeles.

Y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloría y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas (vers. 8-11).

En Apocalipsis 7 también aparecen cuatro ángeles. Ahí representan a toda la hueste angelical en su actividad de proteger a los seres humanos. Aquí en el capítulo 4 vemos que su actividad es la de conducir a los seres humanos (los ancianos) a inclinarse a los pies de Dios en alabanza y adoración. Dice el texto que cada vez que los seres vivientes alaban a Dios, los ancianos también se postran y echan sus coronas.

La adoración por parte de los seres vivientes [ángeles] destaca la santidad de Dios, su omnipotencia, y su eternidad. Los ancianos [humanos], en cambio, lo alaban como Creador y sustentador de todas las cosas.

El escenario del juicio

Arrobado, el profeta ha contemplado la escena, y acto seguido, se da a la difícil tarea de transcribir para nosotros lo que ha visto. Claro está que las palabras humanas quedan muy cortas ante la tarea. Pero lo que nos ha dicho es suficiente para aclarar que aquí estamos en el santuario celestial, y que está a punto de empezar el juicio en el cual participan Dios, los ángeles y los seres humanos.

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CAPÍTULO CINCO: El rollo y el Cordero

Los libros celestiales

Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera (vers. 1).

El profeta ve un libro que es poco común, porque está escrito por dentro y por fuera. No era costumbre en tiempos antiguos escribir en ambos lados del papel. El papel que se usaba comúnmente en aquel entonces se confeccionaba de la corteza del papiro, una caña que crece en las riberas del río Nilo. Cortaban esta corteza en tiras finas, las ponían juntas y paralelas sobre una superficie plana, las remojaban, las aplanaban y las dejaban que se secaran. El resultado de este proceso era un papel llamado generalmente “papiro”, por el nombre de su componente principal. A fin de evitar que las tiras se separaran con el tiempo, acostumbraban unir dos capas, una en sentido horizontal y la otra en sentido vertical. Por eso no solían escribir en ambos lados del papel, pues resultaba incómodo escribir por el lado que tenía las tiras verticales. Pero el libro que Juan vio en la mano del Padre estaba escrito por dentro y por fuera. Esto indica que el contenido del libro era excesivo.

Al analizar en la Biblia todas las veces que se mencionan libros, descubrimos que entre los hebreos los libros pertenecían casi siempre a una de dos categorías: (1) actas legales, tales como testamentos, contratos, escrituras, etc.,1 y (2) crónicas, que eran registros o historiales de eventos. La Biblia menciona, además, que en el cielo también hay libros, y podemos descubrir que consisten en las mismas dos categorías: libros de actas y de crónicas.

1 El libro de la vida se menciona en Éxodo 32:32,33; Salmo 69:28; Daniel 12:1 y Filipenses 4:3, y siete veces en el Apocalipsis (13:8; 17:8; 20:12; 20:15; 21:27 y 22:18,19)

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El libro de actas en el cielo. El que corresponde a un libro de actas en el cielo es el “Libro de la Vida”. En él se apunta el nombre de los que han aceptado las provisiones del Nuevo Pacto, confirmando así su elección para la vida eterna.

El libro de crónicas del cielo. En Malaquías 3:16 se menciona un “Libro de Memoria”: “Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, para los que piensan en su nombre”. Aparentemente el salmista esta-ba pensando en este mismo libro cuando escribió: “Mis huidas tú has contado; pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están todas ellas en tu libro?” (Sal. 56:8).

El pasaje de Apocalipsis 20:12 menciona estas dos clases de libros y aclara su significado: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, que estaban ante Dios; y los libros fueron abiertos. Y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida: Y fue-ron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras”.2 Es el momento de iniciar el juicio. “Los libros” que se mencionan son crónicas, porque en ellos “estaban escritas […] sus obras”. Como cosa aparte se menciona “otro libro, el cual es el libro de la vida”. El libro de la vida es el registro de nuestra justificación; el libro de memorias es el registro de nuestra santificación, y ambos se consideran en el juicio.

Una crisis en el cielo

Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo (vers. 2,3).

Ahora bien, la crisis que se describe aquí en Apocalipsis 5

2 Compárese con Daniel 7:10: “El tribunal se sentó, y se abrieron los libros” (LBLA).

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tiene relación con la apertura de un libro, y es evidente que el contenido del libro es excesivo. Cuando lleguemos al momento de abrir el libro (en el capítulo 6), veremos que se trata de un historial de eventos humanos.

Hay un notable paralelo entre esta escena y las descripciones del juicio que aparecen en Daniel 7 y Apocalipsis 20: (1) En las tres profecías, aparece Dios sentado sobre un trono. El acto de un rey de sentarse en su trono está estrechamente relacionado en la Biblia con su función de juez (véase, por ejemplo, Sal. 9:4; 97:2; Prov. 20:8; Mat. 19:28; 25:31). (2) Además, en cada profecía aparece un libro o libros con un registro de eventos humanos; y con la apertura de éstos, comienza el juicio (Dan. 7:10; Apoc. 20:12).

Concluimos, pues, que la escena descrita en Apocalipsis capítulo 5, también representa el juicio. Este concepto queda confirmado al analizar el contenido del libro que veremos en el capítulo seis.

La primera visión del Apocalipsis muestra la historia de la iglesia en siete etapas, y ésta empieza mostrándonos el libro del juicio sellado con siete sellos, los cuales se van a abrir uno por uno. Cada uno revela la sentencia del juez sobre una de las etapas anteriores.

Con la apertura de estos libros comienza el juicio.

Recordemos que uno de los objetivos principales del juicio es la vindicación de la justicia de Dios. Para efectuar esta vindicación, él hace pasar ante los ojos de los espectadores el historial de su trato para con los seres humanos y la forma como ellos han respondido.

Pero aquí en el capítulo cinco se produce una crisis que se resume en la pregunta: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” Se emprende la búsqueda, pero entre los seres humanos ninguno puede hacerlo, porque todos son pecadores y partícipes de la rebelión contra Dios. Tampoco lo pueden hacer los ángeles. Ellos son “espíritus ministradores, enviados para el servicio a favor

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de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14), pero ninguno de ellos se halla digno. La búsqueda es exhaustiva, pero “ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra” se encuentra a alguien que sea digno de abrir el libro o de desatar sus sellos.

Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno

de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo (vers. 4).

El juicio es el último eslabón necesario para completar el plan de salvación. Sirve para desmentir las acusaciones y calumnias que el enemigo ha lanzado contra Dios y contra sus hijos. Satanás señala nuestros pecados (ver Zac. 3 y Apoc. 12:10) y dice a Dios: “No puedes salvar a éstos porque sus pecados son muchos y graves. Y si los vas a salvar, es porque eres injusto”. Mientras no se contesta esta acusación, no se puede escribir el último capítulo en la historia del pecado, porque quedaría activo el virus de disconformidad y duda. Es esta acusación la que el juicio va a resolver.

Por esto Juan lloró mucho. Y razón tenía de hacerlo, porque estaba en juego la salvación de la raza humana y el honor del nombre divino. Pero no se hallaba ninguno capaz de contestar ante el universo tales palabras de acusación, ninguno que pudiera mostrar irrefutablemente la justicia de Dios.

El León que es un Cordero

Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí el León de la

tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos (vers. 5).

Juan, al escuchar estas palabras, levanta la vista, esperando ver la figura imponente de un león. ¡Qué gran sorpresa le aguarda!

Y

miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes,

y

en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como

inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los

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He aquí la gran paradoja de la victoria de Dios: el León victorioso es un Cordero. Y no sólo eso… es un cordero degollado; ha vencido muriendo. Es Jesucristo, “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto en su paciencia, pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:25, 26). Precisamente por esto el Cordero es digno:

porque derramó su propia sangre puede contestar definitivamente las acusa-ciones del enemigo. Por esto el Padre “todo el juicio dio al Hijo” (Juan 5:22). “Y le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del hombre” (vers. 27).

Los siete espíritus

Cada una de las tres personas de la divina Trinidad está representada en esta escena. El Padre es el que está sentado sobre el trono. El Hijo está presente como un Cordero inmolado. Y el Espíritu Santo aparece en la figura de los siete ojos que son los “siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra”.

De esta manera, se pone de manifiesto la trascendental importancia, el intenso interés que la Divinidad atribuye a este asunto del juicio, pues cada uno de los personajes divinos está presente y participando en forma activa.

El profeta Zacarías vio al Espíritu Santo representado por la figura de un candelabro con siete lámparas (Zac. 4:1-6) y se le dijo:

“Estos siete, son los ojos de Jehová que recorren toda la tierra” (vers. 10; compárese con Apoc. 1:14). El Espíritu está en lugar de Cristo como representante de Dios en la tierra. Al no tener las limitaciones de la carne humana, él puede estar siempre con los creyentes “en toda la tierra” (Juan 14:16; 15:7). Como los “ojos” de Dios, el Espíritu escudriña la mente y discierne hasta los pensamientos y las intenciones del corazón (Heb. 4:12; Apoc. 2:18,23); como “lámpara” de Dios, el Espíritu ilumina, revela,

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instruye, redarguye y reprende (Juan 16:8-14). La “espada del Espíritu”, la agencia que usa con poder para realizar estas obras es la Biblia, la Palabra de Dios (Efe. 6:17; Sal. 119:105; Heb. 4:12; 2 Tim. 3:16).

Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado

en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero (vers. 7, 8).

Según la descripción del capítulo cuatro, en el templo celestial no cesan día y noche la adoración y acción de gracias al Señor Dios Todopoderoso. Pero en este momento, cuando el Cordero recibe de la mano del Padre el Libro de Memorias para iniciar el juicio, se hace oír una nota aún más exaltada y más gloriosa de alabanza celestial. A esta gloriosa canción unen sus voces los cuatro seres vivientes, líderes angelicales del culto celestial y los 24 ancianos, representantes de los seres redimidos de esta tierra.

Todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos (vers. 8).

El incienso representa “las oraciones de los santos”. Tendremos más que decir acerca de esta idea cuando el incienso vuelve a aparecer en el capítulo 8.

Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el

libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y

pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra (vers. 9, 10).

Primero, este grupo hace sonar la nota tónica de la alabanza, y después todo el coro celestial alza su voz.

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El Cordero es digno

Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra y la alabanza (vers. 11, 12).

Al leer estas palabras, pensamos nuevamente en la descripción del juicio dada en el capítulo 7 de Daniel. Ya hemos notado que en aquella escena, igual que en ésta, aparece el trono con el Padre celestial sentado en su carácter de juez. Aparece también el libro de registros en donde están anotadas todas las obras de los seres humanos. Aquí en el Apocalipsis notamos la presencia de millones de ángeles alrededor del trono. De una manera similar, Daniel menciona que “millares de millares le servían y millones de millones asistían delante de él” (Dan. 7:10).

Aquí los ángeles cantan: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra,

la gloria y la alabanza”. Y asimismo Daniel dice que al Hijo de

Hombre “le fue dado dominio, gloría y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno que nunca pasará y su reino uno que no será destruido” (Dan. 7:13,14). En ambas profecías, los ángeles contemplan y celebran el magno evento del juicio, y lo presentan como una toma de poder por parte de Cristo.

Este pasaje presenta el verdadero significado del juicio como una celebración de la victoria de Cristo en la cruz.

Y a todo lo creado que está en el cielo y en la tierra y debajo de la

tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al

que está sentado en el trono, y al Cordero sea la alabanza, la honra,

la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.

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Esta escena es el cumplimiento de la profecía de San Pablo cuando dijo que Jesucristo se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual, Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:8-11).

El apóstol también aclara que es en el momento del juicio cuando “se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios” (Rom. 14:10, 11).

Aquí “todo lo creado”, toda criatura y también toda la naturaleza unen sus voces en el coro masivo de adoración y alabanza.

Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos (vers. 13,14).

Este glorioso oratorio empezó con los ancianos (representantes de los seres humanos) y los seres vivientes (representantes de los ángeles) y termina también con ellos. La rebelión contra Dios empezó entre los ángeles celestiales (Apoc. 12:3, 4, 7-10), y aun los que no cayeron con Satanás, sufrieron algunas de las consecuencias. Tanto para ellos como para la humanidad es el plan de salvación (Col. 1: 19, 20). Todos unánimemente expresan su alabanza y gratitud a Dios.

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CAPÍTULO SEIS: Los sellos

El León ha vencido. Como Cordero inmolado ha ganado la victoria

definitiva, y ahora emprende la apertura de los siete sellos. Como ya hemos visto, se trata de un repaso judicial en el cual el Cielo revela su veredicto sobre la iglesia en cada una de sus épocas.

A este hecho se debe la similitud y también la diferencia entre los

siete sellos y las siete iglesias. Los dos grupos de siete son similares por cuanto la época representada por cada sello es la misma de cada iglesia. El carácter general de la primera iglesia se refleja en el primer sello, y así sucesivamente.

Una diferencia notable entre los dos grupos de siete estriba en la ausencia de enfoque pastoral en la profecía de los sellos. A las iglesias, Cristo se dirige con palabras de amor y consejo. Las reprende y amonesta, procurando su arrepentimiento y transformación. Esto no se ve en los sellos. Como representación del juicio, ya no corresponde una invitación al arrepentimiento, sino solamente una aclaración de lo ocurrido. Los sellos

constituyen, pues, un repaso e interpretación de la forma en que la iglesia en cada época ha respondido a los beneficios que el Cielo

le prodigara.

Los primeros sellos

1. Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, oí a uno de los

cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira.

Y miré, y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba tenía un

arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer (vers. 1, 2).

A la primera iglesia se le dijo, “Conozco tus obras y tu arduo

trabajo y paciencia. [

trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has

Has sufrido, y has tenido paciencia y has

]

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desmayado”. Ahora, al abrir el primer sello, vemos que no fue en vano el arduo trabajo de Éfeso, y que fue victorioso en su confrontación con el mundo. Se representa en la figura de un guerrero que sale venciendo y para vencer.

El jinete monta un caballo blanco como los que usaban los reyes

cuando hacían su entrada triunfal (ver otro ejemplo en Apoc. 19:14). Además, se le otorga una “corona”. El término griego aquí1

no se refiere a una corona real, sino a una guirnalda, una corona de

hojas de laurel (2 Tim. 4:8; Apoc. 3:11) como las que recibían los

campeones en los juegos olímpicos o los héroes en tiempo de guerra.

Cada uno de los cuatro seres vivientes se encarga de presentar uno

de los primeros cuatro sellos. En esto empezamos a vislumbrar el

posible significado simbólico de las caras de los cuatros seres vivientes. Parece haber una relación entre la cara del ser viviente y el carácter de los eventos descritos bajo cada sello. El que ha mostrado el primer sello al apóstol Juan es semejante a un león. El león es símbolo de poder y dominio (véase, Amós 3:8).

2. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: Ven y mira (vers. 3).

El segundo de los seres vivientes “era semejante a un becerro” (Apoc. 4:7). En las Escrituras el becerro es un animal para el

sacrificio (Deut. 9:2), símbolo apropiado de la segunda época en

la historia eclesiástica, cuando miles de cristianos sufrieron el

martirio por su fe.

Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado

poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y

se

le dio una gran espada (vers. 4).

El

bermejo es un rojo intenso, el color de la sangre. Mirando la

1 Stéfanos.

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zozobra que le sobrevendría a la iglesia de Esmirna de parte de los emperadores, el Cristo resucitado le dijo: “No temas […] lo que vas a padecer” (Apoc. 2:10). A este padecimiento se refiere el simbolismo del segundo sello que simboliza sangre, sufrimiento y mortandad. La “gran espada” es la de un verdugo.

3. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente que decía:

Ven y mira (vers. 5).

El tercero de los seres vivientes tenía cara de hombre. No es un símbolo halagador; para los profetas el hombre representa la inconstancia, algo en lo cual era muy peligroso confiar (Jer. 17:5). Recordemos que la tercera época, simbolizada por la iglesia de Pérgamo, fue el tiempo cuando los hijos, queriendo obtener ventajas personales para sí, entregaron sin resistencia los valores que sus padres habían conservado al precio de sus propias vidas.

Y miré, y he aquí un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino (vers. 5, 6).

Todos los símbolos que se presentan aquí son del mundo del comercio. Ésta fue la época cuando la iglesia se dio cuenta de que había crecido el número de sus feligreses, cuando vio que los emperadores, en vez de despreciarla, tenían que consultar su opinión. Entonces fue cuando la iglesia empezó a “comerciar”, cuando su relación con el mundo fue la de emplear su situación para ver qué ventajas podía obtener para sí misma.

El denario era la moneda romana que se pagaba por un día de trabajo a un labrador. Los precios mencionados aquí —”Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario”— eran aproximadamente diez veces mayores que los precios usuales de aquel entonces. Efectivamente, la iglesia pagó muy caro las

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ventajas que obtuvo durante esta época, pues lo que ella ganó en poder material y político lo perdió en poder espiritual.

4. Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente, que decía: Ven y mira (vers. 7).

El cuarto ser viviente “era semejante a un águila volando” (Apoc. 4:7). El águila fue utilizada por nuestro Señor como símbolo de mortandad (Mat. 24:28), y todos los demás símbolos que aparecen en el tiempo del cuarto sello tienen el mismo significado. En la cuarta época, representada por la iglesia de Tiatira, apareció “Jezabel”, la que con ira e inquina perseguía a los fieles (1 Rey. 18:4; 21:25).

Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades [el sepulcro] le seguía; le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra (vers. 7,

8).

Un estudio del griego aclara que el color de este caballo no es un amarillo vivo, sino más bien un color pálido, cadavérico. El nombre del jinete es Muerte, y tras él viene el sepulcro.

Algunas personas creyeron que en el tiempo del cuarto sello la iglesia había conquistado al mundo. Mas lo que había sucedido fue realmente lo contrario: el mundo había logrado penetrar en el corazón de la iglesia. Elementos de filosofía pagana estaban entretejidos con sus doctrinas. Muchos entre los dirigentes adoptaron no sólo los errores y falsas doctrinas del mundo sino también su espíritu de intolerancia, de modo que en la cuarta época se desató una nueva era de persecución cuando los que habían abrazado el error procuraron imponer a toda costa sus criterios equivocados.

Los símbolos de mortandad en el cuarto sello se refieren a la muerte espiritual de la época y también a la persecución.

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El clamor de los mártires

Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la Palabra de Dios y por el Testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, Santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? (vers. 9, 10).

Aquí se menciona nuevamente el altar, y esto nos hace recordar el hecho de que el escenario en el cual se lleva a cabo todo este drama es el del santuario celestial.

En el antiguo santuario de Israel la sangre de los sacrificados se derramaba al pie del altar. El apóstol Pablo compara la muerte de los mártires con estos sacrificios (Rom. 8:1, 36). Después de la muerte de Abel, el primer mártir, el Señor le dijo a su hermano Caín: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gén. 4:10). La sangre de Abel, elocuente testimonio del crimen cometido, reclamaba que se le hiciera justicia. De la misma manera, la sangre de los mártires2 clama en esta visión (compárese con Mat. 23:34-38).

2 “Porque la vida de toda carne es su sangre; por tanto, he dicho a los hijos de Israel: No comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre” (Lev. 17:14; ver también vers. 11 y Gén. 9:4). El término “alma” se refiere a la esencia de la vida, así que “las almas” que Juan vio bajo el altar, son la “vida” o sea la “sangre” de los mártires.

La época del cuarto sello había sido de terrible mortandad. Fueron muchos los mártires de “Jezabel” (Apoc. 2:20; 17:6) que murieron vilipendiados y calumniados, acusados de ser enemigos de Dios y de la verdad. Ahora parecían ser propicias las circunstancias para su vindicación. Era el siglo XVI, el tiempo de la Reforma. La Biblia estaba siendo desencadenada y verdades fundamentales

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redescubiertas. Parecía el momento para la vindicación de los mártires.

Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos (vers. 11).

Los mártires han presentado su reclamo preguntando si no ha llegado el tiempo de realizar el juicio y vengar su sangre, pero sus esperanzas no se cumplen. No sólo tendrán que esperar para su vindicación, sino que habrá todavía más mártires.

Aquí se observa nuevamente el notable paralelo entre los sellos y las iglesias. Se trata de la época de Sardis, a la cual se le dijo:

“Conozco tus obras, que tienes nombre de que vives y estás muerto”. La iglesia de esta época recibió como precioso tesoro el mensaje de justificación por la fe, pero tristemente nunca alcanzó las alturas que se esperaba de ella. Habiendo descubierto ciertas verdades fundamentales de la Biblia, los reformadores descansaron satisfechos, sin avanzar hasta alcanzar la plenitud de

la verdad.

En vez de seguir hasta desechar todo vestigio de doctrina y filosofía pagana, siguió enseñando y defendiendo vigorosamente algunas de ellas. En vez de romper su alianza con el estado, la continuaron.

Es más, durante esa época se levantó un grupo de hombres fervientes, estudiosos de la Biblia que sí alcanzaron un conocimiento de verdades más avanzadas. Reconocieron y

denunciaron muchos de los errores del paganismo que estaban siendo enseñados en las iglesias reformadas. Pero en vez de recibir

el

apoyo de los primeros reformadores, fueron objeto de oprobios,

y

en muchos casos, fueron perseguidos por los mismos que

debieron ayudarlos. Así ocurrió lo que había sido profetizado: los

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mártires no fueron vindicados, sino que aumentó todavía más el número de ellos.

Señales asombrosas

Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto, y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento. Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas entre las peñas de los montes; y de-cían a los montes y a las peñas:

Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; y ¿quién podrá sostenerse en pie? (vers. 12-

17).

Una serie de fenómenos naturales señala el comienzo del sexto período. Si la repetición de una profecía a través de la Biblia es evidencia del grado de importancia que el cielo atribuye a los eventos predichos, entonces estos fenómenos son muy importantes, porque se mencionan en muchas partes de la Biblia (Isa. 24:17-23; Joel 2:10-31; 3:15; Mat. 24:29; Mar. 13:24; Luc. 21:25,26; Hech. 21:1,20).

El mismo Señor Jesús habló de ellos, y señaló el tiempo cuando debían ocurrir. Dijo: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas” (Mat. 24:29). “La tribulación de aquellos días”, se refiere a la misma que fue lanzada por “Jezabel” en el cuarto período (Apoc. 2:20, 21), y que según la profecía del cuarto sello, se caracterizó por una gran mortandad (Apoc. 6:7, 8). La misma continuó durante el quinto período y terminó recién en 1798.

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Conmoción en la sociedad

Para entender el significado de estas señales en los cielos (la caída de las estrellas, etc.), debemos observar la cuarta trompeta de Apocalipsis 8 donde aparece un simbolismo muy parecido: “Y fue herida la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de las estrellas, para que se oscureciese la tercera parte de ellos y no hubiese luz en la tercera parte del día, y asimismo de la noche”. En este caso, el oscurecimiento de los cuerpos celestes se refiere a la manera en que se apagaba la luz de la verdad con la entrada de filosofías paganas en la iglesia en los años 476 538. Observemos, además, la profecía de Isaías 30:18- 26 donde el resplandor del sol y la luna simbolizan prosperidad y seguridad para Israel bajo la protección de Dios.

Aquí, bajo el sexto sello hay confusión, consternación y pavor, ya que aún el sol, la luna y las estrellas objetos normalmente muy invariables e inconmoviblesson apagados o removidos de su lugar. La oscuridad producida por su desaparición causa terror entre la gente y la hace pensar que el día del juicio ha llegado (vers. 15-17; compárese con Apoc. 16:10).

El Señor muchas veces ha empleado un despliegue de fuerzas naturales para recordar al hombre lo muy pequeño que es y para motivarle a buscar a Dios. Precisamente eso sucedió en el monte Sinaí: “Todo el pueblo observó el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo temblaron y se pusieron de lejos”. Y Moisés les dijo: “No temáis, porque para proba-ros vino Dios. Y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis” (Éxo. 20:18, 20).

Algo parecido sucedió en el tiempo del sexto sello con el sacudimiento tanto de los cuerpos celestes literales como de los fundamentos de la sociedad, y el resultado fue un gran reavivamiento en el mundo religioso. Y este movimiento llegó a

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enfocarse precisamente, como indica la profecía, en la expectación por la segunda venida de Cristo.

El historiador Latourette ha observado que en los años 1750 a 1815

se produjo un doble fenómeno cuyas ramificaciones fueron aparentemente contradictorias. Se vio, por una parte, extrema decadencia espiritual y por otra, un gran reavivamiento… fenómenos aparentemente contradictorios, aunque en realidad, había una estrecha relación entre ambos. La profecía indica que el sacudimiento de los elementos más estables de la naturaleza causó gran terror entre la gente y la indujo a clamar a Dios. En el tiempo del sexto sello, este efecto se produjo con la culminación del así llamado “iluminismo”, la exaltación de la razón humana en una forma que desafiaba descaradamente a Dios. El mundo quedó horrorizado al ver la expresión de esta filosofía en el “reinado del terror” durante la revolución francesa; esta reacción fue uno de los factores que produjeron un reavivamiento sin paralelo que tuvo lugar especialmente en Alemania, los Países Bajos, Gran Bretaña y Norteamérica.

Este retorno a la piedad antigua, comentado con más detalle en la sección acerca de la sexta iglesia, tuvo entre sus grandes héroes al conde Nicolás von Zínzendorf con los pietistas moravos en Alemania; a los hermanos Carlos y Juan Wesley, fundadores de la iglesia Metodista en Inglaterra, y a muchos otros.

En Norteamérica, el movimiento fue conocido como “El gran despertar”. La ferviente predicación de Jonatán Edwards y otros

de la época dio el primer impulso al movimiento. Jorge Whitefield,

también ayudó cuando visitó las colonias inglesas en Norteamérica

y atrajo enormes multitudes con su predicación en las seis oportunidades en que vino.

En muchos lugares el reavivamiento del siglo XVIII estuvo acompañado de un interés en el estudio de las profecías. En varios países se levantaron hombres fieles quienes, estudiando

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independientemente, llegaron a la conclusión de que la segunda venida de Cristo estaba a punto de ocurrir. Manuel de Jesús Lacunza, monje y sacerdote jesuita de Chile, fue uno de ellos. Después de varios años de estudio dedicados especialmente a las profecías de Daniel y el Apocalipsis, Lacunza publicó su libro titulado La segunda venida del Mesías en poder y majestad. Escrito original-mente en español, el libro atrajo mucho la atención y fue traducido al poco tiempo a la mayoría de los idiomas europeos.

Miles de personas fueron impulsadas por la lectura de este libro a escudriñar las Escrituras por sí mismas. Entre estas personas estaba José Wolff, un judío convertido y viajero incansable, quien llegó a predicar la segunda venida de Cristo en casi todos los países de Europa y el Medio Oriente. En Inglaterra, Enrique Drummond, prominente banquero, filántropo, y miembro del parlamento, se unió con varios amigos pudientes para establecer una “sociedad adventista”. Llamaron así a la sociedad por-que todo su empeño era estudiar las profecías relacionadas con el segundo advenimiento de Cristo. Entre otras actividades, esta sociedad se encargó de patrocinar una serie de reuniones de consulta para estudiar la profecía y publicar libros y tratados sobre el tema de su interés.

La profecía del sexto sello había pronosticado gran temor entre la gente, motivado especialmente por la expectativa de la venida de Cristo. “Y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero: porque el gran día de su ira ha llegado; y ¿quién podrá sostenerse en pie?” (vers. 16, 17). Esta expectativa no debía quedar limitada a unas pocas personas, sino la sentirían aun “los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre” (vers. 15).

Fue en Norteamérica donde se vio el cumplimiento más notable de esta profecía, y el tema de la segunda venida de Cristo fue escuchado por el mayor número de personas.

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Guillermo Miller, un estudioso de la Biblia que vivía en el estado de Nueva York, se dedicó durante varios años a la investigación de las profecías. Como resultado de su estudio, Miller llegó a conclusiones muy similares a las de Lacunza. Quedó convencido de que Cristo volvería a la tierra dentro de poco tiempo. La manera en que llegó a tener esta convicción fue la siguiente:

Miller observó que la profecía de Daniel 8:14 predice una purificación del santuario que tendría lugar al cabo de 2,300 años. Según la clave dada en el capítulo 9 del mismo libro, este período de tiempo empezaría en el año 457 a.C. En base a esto, Miller calculó que la purificación tendría lugar “alrededor del año 1843 d.C.”.

Pero ¿en qué consistiría esta “purificación del santuario”? Miller razonó que el “santuario”, obviamente, no podía ser el antiguo tabernáculo en el que adoraban los hijos de Israel, puesto que éste ya no existía. Alguien le sugirió que debía referirse al santuario celestial mencionado en el libro de Hebreos (ver 8:1,2). “No puede ser contestó Miller, porque en el cielo no hay nada contaminado que podría necesitar purificación”. Después de estudiar todas las citas en que aparece la palabra “santuario” en la Biblia, Miller llegó a la conclusión de que el “santuario” mencionado en Daniel 8:14 debía ser la iglesia cristiana, y que al hablar de su purificación, la profecía se refería a la manera en que la iglesia será purificada cuando Cristo vuelva.

Fue así como llegó a la conclusión de que la segunda venida de Cristo podría ocurrir alrededor del año 1843.3

Durante 13 años después de llegar a esta conclusión, Miller guardó silencio. Estaba consciente de lo que significaría anunciar una idea tan radical, y por otra parte, le preocupaba el pensamiento de que podía estar equivocado.

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“A mí me parece tan claro esto — decía , y yo no puedo comprender por qué razón nadie más lo ha descubierto y nadie más lo está anunciando”. Miller no sabía, por supuesto, que en Sudamérica como también en varios países de Europa, diferentes investigadores, estudiando independientemente, habían llegado a conclusiones muy similares a las suyas.

Por fin, en el año 1831, impulsado por un sentimiento de responsabilidad, Miller empezó a hablar del asunto con algunos amigos, y a explicarles sus conceptos sobre las profecías.

3 Más tarde, algunos otros que se asociaron con Miller, anunciaron que la fecha precisa sería el 22 de Octubre de 1844.

Como resultado de esto, empezaron a llegarle invitaciones a que predicara sobre temas proféticos. Pero el tiempo iba pasando y el mensaje parecía atraer muy poca atención. Hasta que sucedió algo que cambió por completo la situación.

Mervyn Maxwell cuenta la historia así en su libro Moving Out:4

“Cierta noche de 1839, Miller se encontraba predicando en la pequeña aldea de Exeter, Nueva Hampshire. Después de la reunión se le acercó un hombre dinámico y entusiasta que le dijo: ‘Yo soy Josué V. Himes. Soy pastor de una iglesia en la calle Chardon, en Boston. Había oído hablar de sus ideas sobre profecía, y por eso