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HISTORIA DE

SAN PASCUAL
BAILÓN
SAMUEL EIJÁN
HISTORIA DE S. PASCUAL BAILÓN
DE LA ORDEN DE (-'RAILES MKSORES
SAN PASCUAL BAILON
H IS T O R IA
DR

SAN PASCUAL BAILON


DE LA ORDEN DE F R A IL E S MENORES

PATRONO DE L A S -A SO C IA C IO N E S EÜCARÍSTICAS

OBRA C O M P U E S T A E N V I S T A DE D O C U M E N ­

T O S O R I G 1N A I . E S P O R E L R. P. F K . IG N A C IO

B E A U F A Y S , O. F. M ., T H O N R A D A CX)N U N A

'" ¿ A R T A D EL S E C R E TAR IO D E E S T A D O r>E S U

■ » * * * • SANTCDAD LEÓN XIII * * * *

TRADUCIDA DE LA SEGUNDA EDICiÓX FRANCRSA


POR

F r . S amuel E iján , o. f . m.
Debemos icrtcr para con Dios cora­
zón ile hijo; para con el prójim o, de
madre, y para con nosoLros mismos,
di* juc-z.—45‘iN Pasiva!.), ‘

CON L A S U C E N C IA S NBCC&A.RIAS

nA U C K LO K A
T ii'O G k a fIa C a t ó l i c a , c a lle d e l P in o , n ú m . 5

190&
LICENCIA DE LA ORDEN

Admittitur.
F r . C c e l e s t in l s F ra g a ,
Aiiss* Áp&st. t’f Discretas Terra; Saiu'tiv
Censor dcputattis.

Hierosolytnis, die 30 Maji, 1906.

Nihil obstat, ex parte nostra, quominus imprí-


matur.
F r. R o iie r t u s R a z z o u ,
Cusios Terrat Sa/ictee.
l i c e n c i a d e l o r d in a r io

VICARIATO GENERAL DE LA DIÓCESIS DE BARCELONA


Por lo que á Nos toca, concedemos nuestro per­
miso para publicarse la olna titulada; H istoria de
San Pasa tai Bailón, de la Orden de F r a ile s Meno­
res, por el K. F. Fr. Ignacio Reaufays, O. I7. M ., y
traducida de la segunda edición francesa por el
P. Fr. Samuel F ijan , de la misma Orden; mediante
que de nuestra orden ha sido examinada, y no con­
tiene, según la censura, cosa alguna contraria al
dogma católico y á la sana moral. Imprímase esta
licencia al principio ó final de la obra, y entregúen­
se dos ejemplares de la misma, rubricados por el
Censor, en la Curia de nuestro Vicariato.
Barcelona, 17 de Septiembre de 1906.

L'l Vicario General ,


RI CARDO, Obispo de Eiidoxia.

P o r mandado de Su Señoría,
Lrc. Manuel F ernández,

Secr. Sust.
DF, SL ' ICMA. EI, C A R D liN A L RAM PO LLA, S r-X liK T A -

uto ni*/ e s t a d o de su santidad león xiti, a l

AU TO Li.

R everendo P a d r e :

G presentado al Soberano Pontífice el libro que


acabáis de publicar acerca de San Pascual
Bailón. .Mucho se ha complacido eL Santo Padre en
ver la historia de este varón santísimo, ornamento á
un tiempo mismo de la Orden Franciscana y de la
nación española, congratulándose con vos de que
hayáis logrado presentarlo en vuestro trabajo con
perfección tan acabada, que parece contemplárselo
como viviendo aún y conversando entre los hom­
bres. En tanto Su Santidad ruega al Señor de todas
veras produzca frutos abundantísimos de piedad en­
tre el pueblo cristiano la memoria del insig-ne. Fraile
Menor cuyo culto intentáis propagar, os concede
de todo corazón la Bendición Apostólica.
Al propio tiempo que me complazco en manifes­
taros estas cosas, os agradezco, por 1o que á mí toca,
el ejemplar del mismo libro que habéis tenido á bien
dedicarme, ofreciéndome vuestro
Afectísimo,

M. C a r d . R am po lla .

Roma, 24 de Junio, 1903.


D IR IG ID A A l, A U T O R POR M G li. T O M Á S -L U IS U K .Y -
r,E N , O BISPO D E N AM U R V PR E SID IA N T E PEK PF/T l'O
DK LO S C O N G R E SO S E U C A R ÍS T IC O S .

R everen d o Pa d r e :

ii sabido que vais á publicar por segunda vez


H vuestra hermosa vida de San Pascual Hailón,
Indecible es la satisfacción que siente el Presiden­
te de los Congresos Eucarísticos al veros describir
en ella con una mayor exactitud las virtudes heroi­
cas y la influencia bienhechora de este glorioso Pa­
trono de las Obras Eucarísticas.
E l mundo católico, dócil a la voz del Soberano
Pontífice, parece dirigirse en la actualidad, con amor
más ardiente que nunca, hacia la divina Hostia, y
pone empeño en tributarle homenajes de veneración
cada vez más solemnes. A sí, pues, Xos abrigarnos
la dulce confianza de que las páginas que habéis
consagrado á la memoria del Santo de la Eucaristía
Kan de contribuir poderosamente á hacer que este
augusto Sacramento sea cada vez más amado y fre­
cuentado por los fieles.
Esto será sin «luda para vos, Reverendo Padre, un
precioso honor; ésta será la mejor recompensa que
podéis recibir por un trabajo que me considero di­
choso en bendecir, y al cual auguro un éxito siem­
pre creciente.
Dignaos acoger, Reverendo Padre, los sentimien­
tos de afecto que en el Señor os profesa
y Tomás-Luis, Obispo de Nam ur.

Nnrriur, 22 de Marzo de r903.


PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
---------- --------------

L a devoción hacia el augusto Sacramento de nues­


tros altares a ! cttal e í Pobrccillo de Umbría había
elegido, a i fr a s e de une de sus contemporáneos, pa­
ra alma de su Orden,» es, á no du-darto. uno de los
timbres más gloriosos que, p o r modo especial/simo,
distinguen y ennoblecen. A fa Religión Franciscana,
justificando así, con respecto á esta últim a, el califi­
cativo de Seráfica que ha inmortalizado su nombre
en la historia. De aquel foco de lux sobrenatural que
se oculta en el sagrado Tabernáculo se desprendie­
ron los rayos de caridad ardentísim a qne transfor­
maron á Francisco de A sís en Serafín humanado: en
aquel manantial de agua viva bebieran el llamado
p o r antonomasia Doctor Seráfico y e l dulcísimo San
Antonio de Padrea las b rilla »les inspiraciones de su
abrasado corazón: aquel f né et tesoro escondido que
prestó elementos a l B . finan Duns hscoto para ele­
va r en tas aulas, con soberbia maguí[ficemía, set pro­
fundo sistema científico qne ostenta p o r divisa la
soberanía del am or..., sistema que realza, á los ojos
del mundo, la personalidad divina d e l ! crho cucar-
nndo, que engrandece las prerro gativas de la V ir­
gen $r't¿ m ancilla, que. constituye la nobleza de la vo­
luntad sobre la nobleza de la inteligencia...
A leed miada así la Orden de los Menores con las
enseñanzas de su glorioso Fu n d ad or y de sus g ra n ­
des Maestros, acudió siem pre, como á imán de sus
amores, a l p ie del sagrado Tabernáculo, no soto paya
saciar en la fuente de eterna vida la sed ardiente
de su caridad y p a ra fortalecerse con el Pan de los
fuertes cu. el convite cucar isheo, sino también para
hacerse apta p o r este medio a l desempeño de la m i­
sión nobilísima que está llamada d ejercer en e l mun­
do. « E l amor, dice San Antonio de Padua, es e l al­
tar de oro d el corazón de Cristo. A Ut arde e l in ­
cienso que sube hasta el cielo; a llí se encuentran los
suavísimos perfu m es que embalsaman la tierra» ( i J .
H e aquí p o r que los hijos de San Francisco han con­
siderado este augusto Sacramento como medio cim as
eficaz de elevarse hacia Dios y de hacerse a! prop io
tiempo útiles a l género humano. He aquí p o r que
¿ste fn c para ellos la mina inagotable que enrique­
ció tas mentes de sus sabios; éste el volcán divino que
inflamó los corazones de sus m ártires; éste el rocío
celestial que hizo g erm in a r las flores de las virtudes
en las almas de sus Santos; éste la fragua encendida
en donde se templaron tas almas de stts héroes; éste
et soplo vivificador que im pelió á sus apóstoles á p e­
n etrar en e l centro de los pueblos hasta entonces ig­
norados; y éste, en- suma, la fu e rz a creadora que
dando á su misión variedad en su unidad y unidad

(i) CU. p o r el P . C h e ra n d en «San Antonio de Padua,» Bar-


ecftma, ¡8()¡i, p<íg. r ¡ 5 .
cu su variedad ia hizo digna de tomar p a rle en tas
más grandes empresas, que re ñ ir po r la causa de
Dios las más temibles batallas y de consignar en. las
páginas de la historia los más espléndidos triun­
fos ( i ) .
D e aquí e l que toda la grandeza de la Orden F r a n ­
ciscana pueda m uy bien reducirse á esta sola pala­
bra: ¡ e l amor/ amor que ésta ha ido á buscar en el
mismo Corazón deífico y que, a l igual de los rayas
luminosos concentrados en un espejo nstorio, ilum i­
na, in flama y pu rifica iodo cuanto cae bajo e l radio
de su bienhechora influencia. Sus Santos y sus sabios
se hicieron dignos de la eterna gra titu d del mundo,
p o r haber regulado sus acciones en orden á la socie­
dad segim las prescripciones del amor, d el amor por
esencia, d el am or aprisionado en e l bendito Taber­
náculo. San Francisco de A s ís f u é visto, a l decir
de G regorio I X , habitando en e l Sagrado Corazón
de Je sú s ( J ) . ■■ Yo, exclamaba San i ’neiiaveutiira, mo­
ra ré siem pre en la Haga del costado de Cristo.» L a
Venerable Ju a n a M aría de la Cruz nos dice que e l
Salvador introdujo en su corazón e l alma de San
Antonio de Padua, y que la ofreció luego a l Eterno
P a d re quien la expuso á ¿a admiración de los Ange­
les y Santos ( 3 j . E l N iño Jesú s, observa el Obispo de
Tulle, tocó con su. dedo los labios armoniosos del in­
m ortal doctor franciscano Duns Escoto, haciéndole
así digno apologista de las grandezas del amor d ivi-

( 1) V. la obra del P . Basiíides: «I.es T rad itions franeiseaines


par rappori 4 l'Eucharistie,» L ile; Desclée, 1899.
(2) «Analecia franciscana,» Q uarateJii. t. /, pág. i 5 i.
(35 V. P . E n riqu e <te C reces: «Le Sacrií-Cwur de Jesús,» Pa­
rís, 1890, pd g. 6 q.
■no ( i j . . . Y ¡o mismo, en una ú otra form a, pu d iéra ­
mos decir de oíros innum erables hijos de la Religión
Seráfica, célebres cu los anales de la Iglesia, cuya
devoción hacia e l Sacramento Eucaristía) fue, digá­
moslo as/, el m óvil de sus empresas e/t orden a l bien
y á la regeneración de la sociedad...
Nada, pues, tiene de extraño qne S u Santidad
León X IT I. de fe liz memoria, deseoso de proponer d
la imitación de los devotos de la Eucaristía un mo­
delo digno de la sublim idad de sus aspiraciones, haya
puesto preferentem ente sns ojos en e l Ja r d ín Será­
fico, engalanado con las flores de todas las virtudes,
para escoger y sublim ar á los honores de Patrono
délos Congresos y de la $ Asociaciones encarís ticas
•■al que f u é pastor sencillo, hum ilde Religioso, em i­
nente Santo y adorador enInsiasta del augusto Sa ­
cramento. .,» ( >).
«Nada juzgam os más eficaz, dice, según ya en
o/ras ocasiones hemos declarado, para estim ular tos
ánimos de los católicos, y a á la confesión valerosa de
la f e , ya á-la práctica de las virtu des dignas d el
cristiano, eotno e l fow.vn.tar é ilu s tra r la devoción
d el pueblo en orden á aquella inefable prenda de
am or qne es vinculo de paz y de unidad. Siendo,
pues, digno este im portantísim o asunto de nuestras
-mayores atenciones... hemos determ inado asignar A
aquéllos f á ¿os Congresos encarísticos) un Patrono
celestial de entre los bienaventurados qne con más

(r) C il. p o r et abate Bounelye. en «Saini Ant. de Padoue.» B ñ -


v e, 18 76, p d g . 233.
(*} Pastoral d el t'xcm o. iH m n. Dr. Rocam ora, obispo d e Tor-
tosíi f* 5 d í F.ncrn de iftQtíi
vehemente aféelo se abrasaron en e l amor /mr/a el
augustísimo Cuerpo de Cristo. A ¡toro bien; entre
aquellos cuyo piadoso afecto hacia tan excelso miste­
rio de f e se m anifestó más encendido, ocupa un lu ­
g a r preem inente San P a s c u a l U.aii,ó.\... Es, pues,
manifiesto que no puede asignarse otro Hairona me­
j o r que ¿I á ¡os Congresos católicos de que hablamos.
P o r lo cual... como cosa excelente y fau sta y que re­
dunda. en bien de la cristiandad, ett v irtu d de las
presentes, con Nuestra suprema autoridad, declara­
mos y constituimos á San. Pascual Bailón, peculiar
Patrono celestial de tos Congresos cucarístiros asi
como también, de todas las A so cia d mies eucarísticas
existentes ó que en lo sucesivo se instituyan. Y es­
peramos confiadamente como fr u t o de los ejemplos
y del patrocinio del mismo Santo que muchos cris­
tianos consagren cada día su- espíritu, sus resolucio­
nes y su am or d Cristo Salvador, prin cipio sumo y
augustísimo de toda salud» ( i ) .
Can esta decisión pontificia llegó San Pascual
Bailón, hijo ilu stre de la Orden Seráfica, ó verse
sublimado á la más espléndida gloria que puede t r i­
butársele sobre la tierra ; cual lo es la de ser Mode­
lo y Patrono de fus instituciones más benéficas que,
desafiando la apastas/a de los modernos tiempos, lu ­
chan, con las arm as de la oración y del ejemplo, por
itupian tar de nuevo en e l mundo e l reinado social de
Jesucristo.
Hay, con todo, entre todas tas instituciones en­
ea ris ticas una de sin gu lar trascendencia; la de la
Adoración Nocturna, que p o r los fin es que persigne

(l) «Provideniissimus» tdai it¡ de ¡\'oi‘ienibre de tSff/J


y po r ios medios qitc pone en práctica, parece encar­
nar eu s í de un modo más sublime que ninguna otra
el. espíritu ardiente de San- Pascual Bailón. en sus
relaciones con la R ucar istia. Para hacer nos cargo
de toda su importancia bastardaos consignar aquí
unos hermosísimos p á rra fo s de nuestro R everendí­
simo P . F r . Sera fín L in a res, en los que se com­
pendia á m aravilla la misión providencial de esta
M eritísiiua asociación.
“ F lo r bendita que brotaste cu estos últimos tiem­
pos del Corazón divino, .-quién podrá calificar te dig­
namente)
a P o r el objeto á quien adoros eres d iv in a ; p o r el
fin que te propones, regeneradora; p o r los medios
que adoptas eres sublim e y heroica, i i r es penitencia,
pues lloras; eres seráfica, pites amas; eres sacrificio,
pues te i Hiriólas. E re s ¡a bandera de los nueves ern-
sados; eres la escolta R eal del Corazón divino; eres
la vanguardia de la Iglesia. Tus batallas son tas ba­
tallas d el S eñ or; tus armas, e l am or y e l sacrificio;
tu campo de acción, la hum anidad entera; tus victo­
ria s, la conquista de tos corazones.
i. P ero.,, no; tu nombre es todavía más augusto;
tu origen, más divino; tu misión, más soberana. E re s
e l g rito salvador de la Esposa Inmaculada d el Cor­
dero; eres la p leg a ria que esta M adre siem pre soli­
cita d irig e a l cielo eu demanda de perdón>pues has
oído de labios de M aría en la Stt/ette y eu Lourdes
que la hora de exterm inio p a ra la hum anidad se
acerca; eres la súplica que p id e m isericordia; eres
el quejido angustioso de millones de corazones que
unidos con Je sú s interceden ante e l E tern o , como en
otro tiempo Abrahán, pa ra que no caiga sobre las
nuevas Penlápolis el fuego de la indignación di-
<•/Adoración Nocturna/ tuya es la victoria s i p e r­
manecen impávida en la brecha, porque el amor lodo
lo vence, y tú enarbotas p o r bandera et Cora son deí­
fico, y en esc Corazón- hay inscrito un lema que dice;
He aquí el amor de los amores.
«JÁro podría servirte de nombre esc mismo nom­
bre t» ( t )•
A sí, pues, nada más oportuno para que los in d ivi­
duos de la Adoración Nocturna, como también h¡s
de todas las oirás instilaciones eucarísticas cuyo fin
7 ’r'ene á ser esencialmente idéntico, llegueuá hacerse
dignos miembros de la Asociación á que pertenecen,
que e l que procuren tener ante sus ojos, á fin de mo­
delar p o r ella su conducta, la vida y virtudes de su
celestial Patrono, cuyo amor hacia el Santísim o ,SVj-
cramento, no sólo le sirvió p a ra santificarse á s í p ro ­
pio, sino además para trabajar p o r conducir a l -mís­
tico rebaño d el P astor de las almas, á los que, sedu­
cidos p o r e l falso espejismo de im aginarios placeres,
habíau corrido en pos de una felicidad, que no es fa
felicid a d , sin mezcla de sinsabores, pa ra que ha sido
creado el corazón del hombre.
Anim ados nosotros p o r el incremento que de al­
gunos arlos á esta p a rte ha tornado cutre tos asocia­
dos errear/st icos la devoción hacia e l gloriosísimo San
Pascual, y en la persuasión de que, como lo deseaba
León X I I I , ios ejemplos de este aenamorado de la
E u caristía» no dejarán de in flu ir favorablemente
en e l método de vida de cuantos tienen á gala ser
adoradores fieles del Sacramento del amor, hemos

( i) V. «El Eco Franciscano.» de Santiago de G alicia, t, X/V.


pág. 4¿ 0 -
creído no estar/a fue}’a de propósito ofre c e r á sus
miradas, cu reducido compendio, e l cuadro va ria d í­
sima de la vida de sti celeste Patrono, en donde, éti­
mo en zñstoso ja r d ín , se adm iran las flo res de todas
las virtudes y se aspira el suave p e rfu m e de sus ma­
ravillosos ejemplos y de sus adm irables enseñanzas.
A es fe objeto nada hemos juzgado más ú til que
trasladar á nuestra hermosa lengua la presente His­
toria de San Pascual Bailón, debida á la bien cortada
plum a del ilu stre Religioso belga Rdo. P . Ignacio
Beanfáys. A la elegancia del lenguaje, que sin du­
da h a b r á perdido mucha de su naturalidad y encan­
tos a l ser traducida a l español, une el tintor en esta
obra un método tal de describir los hechos de la vida
del Santo, que, a l decir del Cardenal Rampollo, «lo­
g ra presentarlo con perfección ¡an acabada, qne p a ­
rece contemplárselo como vivienda aún y conversando
cutre los hombres.v P o r otra p a r fe, la presente His­
toria de San Pascual, se recomienda p o r la sorpren­
dente concisión de sus descripciones, serie de bellí­
simas m iniaturas, cronológicamente enlazadas, en
las que los sucesos, no p o r hallarse brevemente des­
critos, llegan á p e rd e r los atractivos de su m aravi­
llosa eficacia. E s, en sunca, este libro, una joya p r e ­
ciosa en la que entran p o r ig u a l la u tilid ad y lo be­
lleza, que hermana e l interés del fondo con las
galanuras de la fo rm a , y que a l p a r que instru­
ye deleitando, deleita instruyendo, eu conform idad
con la ley tan conocida d el célebre preceptista Ho­
racio.
A p esa r de todo, tal vez hubiéramos p re fe rid o ha­
cer e l libro p o r nosotros mismos, á trasladarlo de
ajeno idioma, s i entre las cualidades ya enumeradas
no hubiera cautivado preferentem ente nuestra aten­
ción, la de haber sido éste compuesto en vista de. doerí­
menlos originales, dignos de entero crédito. E l autor,
a l objeto de d a r d su historia, todas ¿as garantías de
autenticidad que puede e x ig ir la más severa crítica,
ha estudiado con paciente laboriosidad los inmensos
infolios de los Procesos de canonización del S ierro
de Dios, y en etlos, como cit mina riquísim a, se ha
provistadn de los elementos necesarios para compo­
n er su relato. E ste relato es, p o r lo mismo, intere­
sante en alto grado: uiás bien, que el autor hablan
en é l los testigos oculares de los sucesos de que se ha­
ca m érito: los compañeros de su vida p a sto ril, los
hermanos de hábito que vivieron á su lado, y tas p e r ­
sonas favorecidas con su amistad ó agraciadas coir
sus favores.
He aquí e l m érito prin cipalísim o de la obra en
cuestión, mérito que la coloca á envidiable altura y
que nos ha movido d darla d conocer entre los aso­
ciados cucarislicos de España, á fin de contribuir
a sí con nuestras débiles fuerzas á la. obra de propa­
ganda, en fa vo r d el culto de. la Eucaristía, que rea­
lizan nuestros hermanos de hábito ( i j , y para satis­
facer a l mismo tiempo nuestra prop ia devoción: pues
hijos de un país cu cuyo escudo regional ocupa pnes-

( I ) Aprovechanioí gustosos esl<7 acasión p ir a recomendar ¡i los


Huíanles de la Ene/ir istia la teehtra d e los libros siguientes; «La E u ­
caristía teológica y filosóficamente considerada.»- p o r el iJ . G abriel
Ctisanova: «El Catecism o Eucarístico.»-p n r el P. Francisco jW.11 Fe­
rrando; W «Tesoro Escon d id o,»p o r S.L eo n a rd o de Porla-M auricio;
la «Historia del culto eucarístico en la Diócesis de Com posieJa,»
p o r el P . Plácido A n g el R e y Lemos: «El Paraíso Eucaristico.» p o r
e l P . Jo sé ColI, y «La Enciclopedia de la Eucaristía.» {seis tomos}
p o r el P, Am ado de Cristo Bu rgucra.
lo de honor ei Santísim o Sacramento, ims conside­
ramos dichosos eu venerar y en hacer que sea p o r lo­
dos venerado este m isterio inefable, pren da de nues­
tra salvación y compendio de todas las grandezas del
Cristianism o.
f j R . (S a m u e l ¡ S i j á n ,
O. F. iV/.

Jern sa lén , i j de Mayo, 1906.


INTRODUCCIÓN
D ebem os ic n e r p ara con D ios
corazó n de h ijo ; para con el p ró ­
jim o , de m adre; y para con n o s­
o tro s m ism o s, d-C jm :z.
S ax P ascuai .,

AY personas que se dedican á los negocios: «Se


trata de enriquecerse:» las hay quev aprisiona­
das por el engranaje de una ruda Labor, llegan á ma­
terializarse como las obras que traen entre manos:
«Es preciso vivir.»
L a vida de algunos se encamina al disfrute del
placer; «H ay que gozar.»
La de varios otros se malgasta en busca de un
sistema de religión vago en demasía para producir
cosa de provecho, y tan ideal, que no llega á satisfa­
cer las aspiraciones de la humanidad.
En ciertas provincias legislase con lógica extre­
mada y enemiga de los términos medios, llegando
hasta decretarse la muerte de una religión calificada
de perjudicial á las leyes del progreso,-, y á los ins­
tintos del placer.
Sus «obras,» se dice, vienen á ser una especula­
ción ruinosa para la sociedad.
Sus «predicaciones» eonviértense en fomento de
la superstición popular.
Su «enseñanza» implica una competencia desleal
A la enseñanza del Estado preceptor.
Su «contemplación» es el desgaste de toda ener­
gía, la paralización de toda actividad.
¿Llegará á librarse de sus diatribas esa «caridad»
qne ejerce su benéfica influencia al lado de los po­
bres enfermos, desamparados por el mundo?... T al
vez, pero á condición de hacerse laica y de tratar á
los individuos como seres privados de razón.
Lo misino el hombre que la mujer son considera­
dos como un capital perdido, no bien se consagran
á la vida religiosa; ni faltan tampoco legisladores
que se propongan evitar esta pérdida.
Como consecuencia de ello, las vírgenes deben
continuar en medio de su familia y los levitas alis­
tarse en el ejército.
A una tal teoría, que se empeñan en llamar pro­
gresista, nosotros responderemos con los hechos,
mostrándoles á un hombre consagrado á Dios y
transformado por ende en bienhechor de la huma­
nidad, es ñ saber, á un verdadero «progresista» que
se esforzó para perfeccionaría.
Su vida viene á resumirse en estas tres frases:
E l tuvo, para Dios: un corazón de hijo.
[jara consigo mismo: un corazón de juez,
para la humanidad: un corazón de madre.
Pascual poseía ese sentimiento que proclama el
Racionalismo como ideal supremo: «Considerar al
Todopoderoso como padre.»
Pascual practicaba ese desprecio de sí propio que
sacrifica sin miramiento al egoísmo, fuente de todos
los males sociales.
Pascual hallábase animado de ese amor que con-
duce al lado de la humanidad doliente, que la con­
suela, que la alivia, que no permanece insensible
ante la menor de sus desgracias.
Dios al tomar dominio de su corazón, no lo con­
fisca sin que de él redunden beneficios para el linaje
humano.
Regenerado de nuevo, ábrese á toda bondad y á
toda grandeza é inclinase ante todos los infor­
tunios.
Y , á la verdad; ¿hubiérase convertido Pascual en
héroe digno de nuestra admiración, consagrado sin
reserva á Dios, despreciador de sus comodidades y
solícito por el bien de sus prójimos, sí hubiera pa­
sado la existencia y vivido con idénticas aspiracio­
nes que los pastores de Aragón?
¿Hubiera llegado á ser el bienhechor de los po­
bres y el consolador de los afligidos con la perfec­
ción. con que lo ha sido, en caso de haberse dejado
seducir por la perspectiva del brillante matrimonio
que le hacían entrever sus amos?
Sin embargo, objetará alguno, en resumidas cuen­
tas Dios es el Ser á quien Pascual ama al amar á la
humanidad. Su misticismo es el que informa su pun­
to de vista: no es lo mismo que amar al hombre,
amar á Dios en el hombre.
He aquí la objeción que se opone en contra de
los místicosv alabando, tal vez, su beneficencia, pero
rechazando, á fuer de anti-humanitario, el principio
que la informa.
Nosotros replicaremos, á nuestra ve?.:
¿Reputaréis, acaso, por agravio el que, cerrando
los ojos á vuestros defectos, para no ver sino vues­
tras cualidades, hagamos que estas fructifiquen y
1
lleguen finalmente á ocupar el puesto de ciertas
ruindades que os envilecen'
¿Es por ventura reprobable que se dé uno cuenta
de vuestra miseria para socorrerla, ó de vuestro in­
fortunio para remediarlo?
Pues bien, eso es precisamente lo que hago yo
cuando amo á Dios en vosotros, es á saber, cuando
amo lodo lo que es. bueno, todo lo que es digno de
amor, al propio tiempo que m e esfuerzo por hacer
desaparecer todo lo que os deforma y que es causa
de vuestra desventura.
Si para ello no bastan mis palabras, recurriré á
mis obras, y en caso de que respondáis á éstas, for­
tificándoos lo mejor posible en un baluarte al pare­
cer invulnerable, yo añadiré á ambas la eficacia de
mis oraciones.
Nadie podrá defenderos de esta arma cuyas vic­
torias solo Dios puede enumerar.
A sí, pues, ¿deberá considerarse como inútil para
el humano linaje todo el que trabaja por medio de
sus palabras, de sus acciones y de sus plegarias en
o r d e n á mejorar vuestra condición, la de los que os
rodean y la de la sociedad en general?
¿listáis persuadidos que observaría éste igual con­
ducta en caso de que, imitando vuestros ejemplos,
cifrase su ambición en engrosar sus caudales, en
asegurarse el cotidiano alimento y en gozar de los
placeres de la vida ó bien en escalar puestos hono­
ríficos?
Pero ¡qué! ine diréis vosotros, ¿por ventura es el
ascetismo católico ln único que puede redundar en
bien de la sociedad?
¿Pretendéis arrebatar del mundo y encerrar en el
claustro á todos aquellos cuyo corazón se ha de
consagrar á hacer el bien?
¿Fulminaréis nn inflexible anatema sobre cuantos
«no se apresuren Á abandonar á su padre y á su
madre?»
Conclusión extremada es ésta que equivale á de­
cir: el gobernador es útil á la sociedad; hagámonos,
pues, todos gobernadores.
¿Quiénes serán entonces Jos subordinados?
Y o os digo tan sólo; Dejad vivir al gobernador.
¿De parte de quién está la lógica?
¿Quién de ambos es el razonable?
Nosotros somos los primeros en aplaudir todo
progreso material é intelectual; ya que reconoce­
mos que todo don perfecto viene de Dios.
Nosotros honramos el trabajo preferentemente á
los demás hombres; ¿no ha trabajado acaso nuestro
Dios?
Nosotros recomendamos el regocijo honesto, has­
ta el punto de lle g a r á deciros que estáis destinados
al disfrute de la alegría y de la paz, sin mezcla de
tristeza.
Nosotros creemos que la felicidad de una honra­
da familia es el primero de los «mandatos» impues­
tos por Dios al género humano; además ¿no elevó
Cristo el matrimonio á la dignidad de sacramento?
Lo que queremos decir es que no pongáis estor­
bos á los que desean entregarse á Dios, para hacerse
así más aptos á labrar la felicidad de la sociedad
en lo que ésta tiene de más elevado y más dura­
dero.
En caso diverso perjudicaréis la causa misma que
intentáis sostener: no son ellos, sino vosotros, los
enemigos de la felicidad y del progreso del hombre.
¡Fntregarse á Dios!
He aquí una cosa que, por la misma frecuencia
con que sucede entre nosotros, se considera ya co­
mo una vulgaridad; ¿qué es ello entonces?
Es como un medio de hacer resaltar, en orden á
la religión de Cristo y á sus más sublimes manifes­
taciones, ciertos defectos salientes de los pueblos
que la profesan ó bien de los individuos que hacen
gala de representarla.
A quí, se ha retenido la parte legal del códice: los
ritos exteriores se reservan la libertad de servir á
Dios según les agrada; la religión se convierte en
objeto de arte, en pábulo de superstición, en acica­
te de lucro.
A llá, habituados á considerar al infiel como ene­
migo de la patria, hase conseguido hacer valer la
religión como de ideal político y de instrumento de
dominación.
En unos sitios, los espíritus amigos de la inde­
pendencia no conservan apenas de la religión cris­
tiana Otra cosa que un vago símbolo, un dogma
fluctuantc, un principio de unidad que va amen­
guándose de día en día.
En otros, se le ha fabricado una capilla; y una
vez quemado el incienso, enciérrasela en ella, para
lanzarse luego sin trabas el logro de La propia con­
veniencia, sm otra pauta de moralidad que la que
impone el capricho.
Ni han faltado, por último, quienes, reduciéndolo
todo al nivel de lo que claramente se concibe, se
han declarado por ende, después de un examen su­
perficial y confundiendo los abusos con cosas dignas
de respeto, en favor de una religión universal y pu­
ramente racionalista, encaminada á satisfacer las as­
piraciones de la humanidad que llegó ya al apogeo
del progreso.
Pero preguntemos una vez más: ¿debe achacarse
la culpa de todo á la religión cristiana, ó más bien
á los hombres que no la han comprendido tal como
ella es en sí misma?
Considerando la religión cristiana en toda su in­
tegridad y refiriéndose sobre todo á su augusto Sa­
cramento, á la Eucaristía, que es su «centro y su
foco,» muéstranos Pascual por medio de los hechos
lo que es realmente esta religión bien comprendida
y fielmente practicada.
E l adorable misterio no es para nuestro Santo un
rito realizado maquinalmente, ni un medio de d ile­
tantismo ó de utilidad vulgar; no halla en él impul­
sión á una intransigencia inquisitorial ó á un guar­
da-freno poderoso: sino que acepta el misterio y sus
consecuencias sin rebelarse contra una dogmática
que está sobre él, contra una autoridad humana que
pretende hablarle en nombre de Dios y que prueba
tener poder para hacerlo así: él ha sabido que su fe
debía inspirar toda su vida, regular todas sus accio­
nes, informar todas sus energías; él, en suma, ha
conocido la debilidad humana, para ver á Dios á
pesar de todo y no ver en todo sino á Dios, y para
emprender una ascensión sublime hacia la perfec­
ción, elevando la naturaleza sobre sí misma, y no
rebajando nunca lo sobrenatural hasta el nivel de la
razón.
La Eucaristía, Jesucristo Dios y hombre, presente
en medio de nosotros para enseñarnos, para condu­
cirnos, para aliviarnos; tal es el manantial de toda
su actividad, tal el principio en que se inspiran to­
das las acciones de su vida.
E l ha vivido de su Dios, presente y oculto en este
adorable Sacramento.
E l h;i vivido para su Dios, presente y oculto en
la Hastia sacrosanta, convirtiéndose, á su vez, en
hostia para sus hermanos por cuya felicidad traba­
jó y de cuyo reconocimiento se ha hecho digno.
A l objeto de esclarecer estos hechos, nos hemos
propuesto consultar la vida del Santo. Y a en otra
ocasión tuvimos la suerte de escribir su historia, en
conformidad con lo que de él nOs diccn sus más au­
torizados biógrafos. Dicha historia es la misma que
hoy día ofrecemos á nuestros lectores, si bien re­
fundida sobre documentos originales, cuales son las
actas del proceso de canonización, ó, por hablar con
más propiedad, las actas de los procesos, series de
testimonios contemporáneos, con frecuencia conmo­
vedores, siempre verídicos y garantidos además por
el juramento de las personas que testifican,
De acuerdo en todo con las susodichas declaracio­
nes, hemos bosquejado á grandes rasgos la fisono­
mía del Santo, poniendo grande empeño en presen­
tarlo á nuestros lectores tal como nos lo muestran
estos testigos que Jo han conocido y admirado.
Las actas del proceso forman ocho volúmenes in ­
fo lio , manuscritos todos ellos y de unas mil páginas
cada uno.
1 Las declaraciones'están escritas casi todas en len­
gua española, con un extracto de las mismas en la­
tín. En latín se hallan asimismo la discusión de los
milagros y las fórmulas de juramento. También se
ven en italiano algunas de las partes del proceso
apostólico.
En suma, y haciendo caso omiso de los milagros
postumos,, que son en gran número, nO hemos deja­
do de tomar de ellas todos los hechos salientes ó que,
en una ú otra forma, pueden contribuir á dar á co­
nocer más y más á nuestro Santo.
De Los testimonios parecido* e n tr e , sí, liemos pre­
ferido siempre el más característico.
Todos aquellos, pues, que deseen comprobar la
exactitud de nuestras aserciones deberán, al efecto,
buscar en las actas el nombre ó ln calidad del testi­
go, ó bien la población indicada en el relato y con­
signada, por igual modo, en las actas del proceso.
Para dar con ellos con mayor facilidad, sígase el
orden de materias indicado por el relator del pri­
mer proceso. Dicho orden es cronológico en su con­
junto; y abraza la infancia, la juventud y la vida re­
ligiosa, completada por el método de las virtudes
teologales y morales, Los milagros suelen referirse
de ordinario en capítulos aparte.
Nosotros nos hemos esmerado en seguir también
con la mayor escrupulosidad posible el orden cro­
nológico tal como se deduce de los testimonios mis­
mos, de la naturaleza de los hechos y de las indica­
ciones que nos suministran los dos más antiguos
biógrafos del Santo.
Guárdanse las arias d el proceso en los archivos, de
la Procuración de los Franciscanos españoles, Con­
vento de S a iili Quaranla, Roma (Transtevere).
Los dos más antiguos biógrafos son:
i,° Ju a n Xim snes, amigo y superior del Santo,
de cuya vocación nos ocuparemos en el capítulo X
de nuestra historia. Su obra dedícase en parte á
consignar sus recuerdos personales, en parte á refe­
rir Las actas del proceso, y, por último, á transcribir
el testimonio de los Religiosos amigos del Bien­
aventurado.
E l autor es fiel bajo el punto de vista liistónco,
si bien no deja de rendir tributo al gusto literario
de su época, abusando con frecuencia de la retórica
y del estilo. Su relato en vez de mostrarnos al San­
to, nos muestra á veces á su panegirista.
La obrita, escrita en rSgS, seis años después de la
muerte de San Pascual, está dedicada á Felipe III,
rey de España, y fué impresa en Valencia el año 1600.
Form a parte de la Crónica de Ximénez, y está re­
dactada en lengua española.
Los Bolandistas nos dan la traducción latina de la
misma en el tomo IV del Acta san'torúm m a ji; los
continuadores de Wadingo en Armales vtinornm,
tomos X I X y X X , y los autores de las Croniche d i
S . Francesco, en esta su obra comenzada por Mar­
cos de Lisboa.
E l mérito principal del libro de Ximénez es el de
habernos conservado los mejores fragmentos de los
escritos del Sanio.
Dichos escritos no vienen á ser otra cosa que dos
modestos librítos, con sentencias recogidas en di­
versas fuentes, y sazonadas con reflexiones y plega­
rias personales. Conservábanse éstos, como precio­
sas reliquias, en el archivo del convento de Elche,
pero no pudieron sobrevivir á la tormenta revolu­
cionaria de 1835, que destruyó ¿d isp ersó asimismo
tantos otros preciosos manuscritos.
A pesar de lo dicho, lo que de ellos ha llegado
hasta nosotros basta y sobra para reconstruir, en lo
que ésta tiene de original, la doctrina espiritual del
Santo. Nosotros hemos emprendido este trabajo, sin
tomar en cuenta lo que es copiado y disponiendo
Ordenadamente la materia, en el capítulo X V III de
nuestra historia.
2 * Cristóbal de A rta , Religioso español, escri­
bió una nueva vida, más completa que la anterior,
singularmente por lo que respecta á los milagros.
Sus fuentes de información fueron las acras del pro­
ceso. Tiene un estilo más sencillo que la de Xim é­
nez. Compilador escrupuloso, incluye todos los su­
cesos y los refiere con exactitud, aunque sin poner
empeño en hacer revivir á su héroe: más bien que
historiador, parece un hombre que se dedica á
apuntar sucesos.
La lectura de su obra es provechosa para facili­
tar la orientación en la consulta de lasdCí'flí d el p ro ­
ceso. Los Bolán distas atribuyen además á este autor
un Swppleinentum biográfico y la relación de nume­
rosos milagros que figuran seguidamente á la tra­
ducción de la vida de Ximénez.
La obrita de A rta fué vertida al italiano é impre­
sa en Venecia por los años de 1673 y 1691 respec­
tivamente, con el título: Vita, v ir ih c m iracoli d i
S . Pasqua/c Hay Ion. También se han hecho más
tarde, aun en Roma, otras ediciones de la misma.
E l Geesleliekem Palm-IÍr>r»u, de Frémant, reim­
preso en el Seraphicusche Palmboom, sigue las vi­
das escritas por Ximénez y Arta.
La A n réole scrapkique hace un hermoso resu­
men de estas mismas vidas, como también Antonio
del L y s en su trabajo reciente: Vre de S a in t P a s­
cal, editada en Vanves en 1898 y en 1900; el P.Juan-
Capistrano Schoofv en el no menos reciente: Gcs-
chiedcnis van den H . Pasclialis Baylon, T u rn -
hout, 1899; y la traducción alemana de Antonio del
L y s : Leben des H . Paschalis Baylon, 1902.
Por último, el P. Luis-Anlonio de Porrentruyha
publicado en París, Plon, el año 1899, con el título:
S a in t Pascal Baylon, patrón des ceuvres cucharisti­
ques, una historia escrita según los originales del
proceso y enriquecida con muchos artísticos gra­
bados.
Los documentos diplomáticos, tales como la bula
de canonización y los diversos decretas que la pre­
cedieron, de todos los cuales nos hemos servido nos­
otros más de una vez en el curso de este trabajo,
son muy Titiles bajo el punía de vista de la interpre­
tación que se debe dar á ciertos detalles de la vida
del Santo,
La presente obrita es, según ya dijimos, una re­
composición de l;i que hace años liemos editado, y
de la que tío se encuentran ya ejemplares. La recom­
posición nos ha parecido indispensable, toda vez
que, estudiados los originales, es decir, las actas del
proceso, hemos podido apreciar con mayor exacti­
tud en ellos, que en sus antiguos biógrafos (únicas
fuentes de nuestra primera edición), la vida y he­
chos de nuestro Santo.

y de Marzo de tyo^.
SAN PASCUAL BAILÓN
D E L A O RD EN D E F R A íL E S M EN O R ES

-------------------------------K 3 & Í -------------------------------

CAPÍTULO PRIMERO
Sus primeros anos

£)i<!5 pulas, puer isie erii?


(Luc. i, 661.
piensas sobre lo que lle­
gará .¡ ser este niño?

ka ¡\ mediados del siglo X V I. España acababa


E de poner término á sil larga cruzada contra los
musulmanes; y enriquecida con un nuevo mundo,
tocaba al apogeo de su grandeza. «Cuando ella se
mueve, solía decirse, la Europa tiembla.»
Sus monarcas, dueños de Estados sobre los cua­
les «no se ponía el sol,» tendían A introducir en ella
el centralismo.
A l regionalismo que entonces dominaba y que
venía á ser como la resultante de un suelo dividido
por zonas y de la lucha local contra el Poder absor­
bente, deseaban sustituyese á toda costa el Gobierno
de Madrid.
Para ello precisábase concluir con los fueros, que
eran lo que un. legado de las costumbres de sus an­
tepasados, sagradas é inviolables. Provincias que
antes habían sido reinos, deseosas de conservar su
autonomía, lucharon repetidas veces y no siempre
sin éxito á este objeto.
Con todo, en ninguna parte fué tan viva la lucha
como en el Norte: en Vizcaya, en Navarra, en A ra­
gón. Los aragoneses llegaron á insultar á los comi­
sarios é inquisidores madrileños hasta al pie de los
muros de la ciudadela de Zaragoza, que fué residen­
cia de éstos y les sirvió más de una vez de lugar de
refugio.
Ellos recordaban á este objeto la fórmula dirigida
al nuevo jefe por los nobles de antaño: cfCada uno
de nosotros vale tanto como vos, y reunidos todos
valemos más que vos.»
E l género de vida que entre ellos se observaba
contribuía no poco á vigorizar este amor á la inde­
pendencia y esta constancia en defenderla.
Los niños, destinados á conducir los rebaños des­
de su tierna infancia, erraban á la ventura, sin dis­
frutar apenas de las dulzuras del hogar paterno. Más
tarde, emprendían largas peregrinaciones, y reco­
rrían con sus merinos, á semejanza de los árabes,
las llanuras de Castilla y de Extremadura: pasaban
los años del desarrollo en sus estepas inmensas de
desairados horizontes, como perdidos en medio de
una naturaleza austera y silvestre, y llegaban así á
adquirir un carácter firme como el suelo que pisa­
ban, y áspero como la brisa que sopla en las mon­
tañas.
Aun en la actualidad los campesinos aragoneses,
sobrios y enérgicos, prefieren la caza á la agricultu­
ra, y la existencia nómada á la vida sedentaria. In­
sensibles á la fatiga y contentos con lo necesario,
inclinados «i la violencia y fogosos por temperamen­
to, nadie como ellos para llevar á cabo la realiza­
ción de grandes proyectos y para desempeñarlos
con constancia rayana en heroísmo.
T al es el pueblo en medio del cual tuvo la cuna
nuestro Santo. Torre-Hermosa, su patria, es una
pequeña población reclinada al pie de los montes
Ilirianos, que dependía, á la sazón, en lo temporal
de A ragón, y en lo espiritual de la diócesis de S i-
güenza, aneja á Castilla. «Diríase, observa el anti­
guo Cronista, que el Señor quería que nuestro Bien­
aventurado llegase á ser un sujeto con el que
pudieran, á un propio tiempo, vanagloriarse dos
reinos.»
Sus padres, que eran unos modestos inquilinos
del monasterio cisterciense de Puerto-Regio, enor­
gullecíanse, no obstante, de la nobleza de su sangre,
toda vez que no figuraban en la lista de sus antepa­
sados «ni moros, ni judíos, ni herejes.»
Martín Bailón, creyente de buena cepa é íntegro
hasta el rigor, habíase unido en segundas nupcias
con una dulce y piadosa criatura, llamada Isabel Ju-
bera. E l sentimiento cristiano que informaba su al­
ma, impelíale á profesar una veneración sin límites
hacia el augusto Sacramento de nuestros altares.
De aquí el que, antes de emprender el viaje de la
eternidad, haya querido recibir de rodillas el santo
Viático.
Isabel, por su parte, amaba á los pobres. Ni faltó
quien más de una vez dijera á Martín, refiriéndose á
ella:
— Concluirá por arruinaros con sus limosnas'-pen­
sad, por lo tanto, en el porvenir de vuestros hijos.
— ¡No importa! replicaba el magnánimo esposo,
la medida de trigo que ella dé por amor de Dios,
nos será por Dios devuelta más colmada aún y llena
hasta los bordes.
Y dejaba á su mujer en el ejercicio de su obra ca­
ritativa.
Por manera que Bailón y Jubera, 110 por no ser
ricos, llegaron nunca á conocer la indigencia. Dios
bendijo sus trabajos é hizo fructificar su unión. G ra­
cias á su hijo, su nombre está destinado á perpetuar­
se en la posteridad.
Este hijo, que es el timbre de su gloria, vió la
luz del mundo el 16 de Mayo de 1540 (1).
La Iglesia celebraba en dicho día la fiesta de Pen-

( 1) M. Uen.sens a iirm a en sus EUmanls d e PaléngrapU it que la


fiesta de Pascua se celebró el año 154 0 en el día 1-8 de Marzo. Así,
pues, La Iglesia celebraba el 16 de Mayo la fiesta de Pentecostés.
Ahora bien; el P. C ristóbal de A rla coloca el nacim iento de Pas­
cual ¿//rimo Pcn recosía lis Paschalit díe,¡> y consiguientem ente el
1 ó de Mayo. Por otra p an e, Pascual m urió el 17 de Mayo de 1 5 pa,
que coincidía asim ism o con la fiesta de Pentecostés. lista doble
coincidencia pone en claro e! motivo que lia obligado á muchos
de los biógrafos del Santo d lijar su «acim iento, no el 16 , sino el
diecisiete de Mayo de 1S40. listos, al querer explicare! p o rq u é del
nom bre de Pascual, lian seguido ciegamente esta hipótesis del
P. Xim énez: * r'u i creitilur Pase fialis nomine idcirco indinen esse,
quod Paschali die in íucern im ieril,» deduciendo de estas pala­
bras que vino al m undo el día de Pascua, sin recordar siquiera 1
este propósito que en España se distinguen también con un tal
nom bre los días de Natividad y de Pentecostés. Al hacer esia ob­
servación nos atenemos á los testim onios contenidos en el Proce­
so de Beatificación.
tecostés, ó bien la «Pascua floridas» ó «Pascua de
Pentecostés,» como se la llama en España.
Todo niño nacido en Pascua debía llamarse Pas-
cuaL tal era la costumbre de entonces. Pascual tuvo
por madrina á su propia hermana Juana, primer fru­
to del primer matrimonio de Martín Bailón.
Pocas son las noticias que han llegado hasta nos­
otros en orden á los primeros años de la vida ríe
nuestro Santo.
E l niño creció al lado de sus hermanitas Ana y
Lucía y de su pequeño hermano Juan, vástagos del
segundo matrimonio.
Pascual prefiere ya desde un principio, á toda di­
versión infantil, la compañía de su madre. Puesto
sobre las rodillas de esta, ó bien sentado junto á ella,
se complace en escuchar de sus labios las conmove­
doras historias de Jesús, de María, de los Santos
Mártires y de los Espíritus Angélicos, Este mundo
de la fe tiene para él un especial atractivo y se ofre­
ce á su imaginación de niño con los más brillantes
colores. Sus entretenimientos infantiles los consti­
tuyen piadosas imágenes, más bien que los juegos
bulliciosos de su tierna edad. «Poned atención, so­
lía decir Isabel, en lo bien que hace mi pequcñuelo
la señal de la cruz y en la devoción con que recita
sus oraciones.»
Una vez lLevado nuestro niño al templo, toda su
atención se reconcentra en seguir con ojo atento
el curso de las sagradas ceremonias délo s ministros
del Señor. ¿Cuáles fueron entonces sus relaciones
para con el Dios de la Eucaristía? He aquí una cosa
imposible de averiguar. L a parte más hermosa de la
vida de los Santos permanece para nosotros oculta
en el misterio. Cierto que la historia registra lasac-
ciones externas, y que la razón iluminada por la fe
puede aventurarse á explicadas; éstas, no obstante,
son en sí mismas un secreto que solo Dios conoce.
En el cielo podremos apreciarlas, L o que sí resulta
indudable es que, á partir de aquella época, Pas­
cual se siente atraído irresistiblemente hacia la igle­
sia. ¡Cuántas veces, en que le dejaban solo en su
casa, huía Pascual, y, volando más bien que corrien­
do, se encaminaba al pie deL sagrado Tabernáculo,
permaneciendo allí como abismado en oración fer­
viente!... Su madre, inquieta por la fuga del niño,
lo buscaba por todas partes, lo descubría al fin jun­
to al altar, y le obligaba á regresar á casa, trémula
todavía por el temor que la había asaltado de los pe­
ligros que á Pascual hubieran podido sobrevenir.
Y en vano Isabel, al igual del padre, se esforzaba
por retenerle dentro de casa, echando mano, al efec­
to, ya de las caricias, ya de las amenazas; pues no
había medio alguno de conseguirlo. Siem pre que se
presentaba una nueva ocasión, lamentaban éstos una
nueva huida.
Hubo, no obstante, un día en que Pascual puso
término á estas escenas..., el día en que llegado que
hubo á la edad de la razón* se dió cuenta de la obli­
gación que tenía de obedecer á sus padres. «Pro­
fundamente respetuoso para con ellos, se dice, ja ­
más resistió sus órdenes, ni dejó de prestarles obe­
diencia.»
A hora bien, ¿tiene algo de extraño el que un niño
como Pascual pueda sentir deseos de abrazar la vida
religiosa?
Estos deseos se patentizan claramente á sus siete
años de edad. Un testigo ocular refiere, á este pro­
pósito, entre otros sucesos relativos á su infancia:
«Mis padres, que eran muy devotos de San Francis­
co de Asís, me habían consagrado á él. Siendo yo
como de ocho años de edad, ostentaba ya sobre in¡
cuerpo el hábito, la capilla y el cordón franciscano.
Era un fraile en miniatura.
«En ocasión en que me hallaba postrado por la
enfermedad en el lecho del dolor, vino á visitarme
mi pequeño priüio Pascual.
«Xo bien éste penetró en la habitación vió sobre
una silla la religiosa librea, corrió á cocerla y se la
puso en un abrir y cerrar de ojos. Una vez vestido,
nuestro improvisado fraile principió á contemplarse
á sí propio con admiración y á parodiar todas las
acciones y actitudes de los reverendos Padres...
Llegó, luego, el momento de despojarse de su
nueva vestimenta, Entonces asaltóle una inmensa
tristeza, prorrumpió en lágrimas y gemidos, y opuso
un;i resistencia desesperada... Fué preciso que Isa­
bel interviniese en el litigio. E l niño se sometió á.
la voz de su madre, y llorando como un sinventura
y sollozando amargamente fué dejando una á una
todas las piezas de su uniforme, 110 sin dirigirles
antes una mirada llena de lágrimas y de una santa
envidia.
— No importa, exclamó al fin Pascual, cuando yo
sea grande me haré Religioso. Quiero vestir el há­
bito de Francisco.
Estas palabras las repetía desde entonces con mu­
cha frecuencia; así que su hermana Juana le designó,
á partir de aquel día, con el caliiicativo de f r a i la d ­
lo; cosa que hacía sonreír al Santo.
Más tarde, cuando ésta lo vió convertido en Re­
ligioso franciscano : «Pascual, mi ahijado, excla­
mó con muestras de regocijo, se ha portado como
4
hombre de palabra. ¡Ali! ¡cuán orgullosa estoy de
ello!»
Y no le faLtaba, en vrerdad, razón para enorgulle­
cerse, toda vez que estaba persuadida, quizás no sin
motivo, de haber contribuido en parte á formar su
vocación.
CAPÍTU LO II
El Pastorcillo

Jm ik'ti m itii. quem rfiligU anim a


u bi pasca j.3
Eg red er? n( a ti i posl vestigia gre-
gttm.
(C aitlic. i, 6 - 7 ).
Dime, oh m uy amado de mi
alm a, ¿dónde le encontraré?
Sale de oisa y sigue los pasos
de los rebaños.

LOS siete años comienza la enseñanza de la


A vida.
«Hijo mío, dice á Pascual su padre Martín Bailón,
es preciso que de hoy en adelante te dediques al
trabajo, según lo hacen también tus hermanos y
compañeros. T ú quedas encargado de guardar los
rebaños.»
Y con aquella voz firme, que hacía temblar al ni­
ño, el hombre íntegro le inculca el cuidado con que
debe procurar que sus rebaños no causen destrozos
en las heredades ajenas. «Pon grande atención en
que. tus bestias no causen daño en los campos veci­
nos. A ti toca vigilar sobre este punto con suma di­
ligencia.»
]¿! muchacho escucha estas palabras y se aleja.
. Días después vuelve deshecho en lágrimas al lado
de su madre y exclama: «Os pido por favor que no
me obliguéis á guardar juntamente las cabras y las
ovejas; pues aquellas son tan tercas, que todos mis
esfuerzos resultan inútiles al objeto de evitar que
vayan á pastar en los campos de los vecinos.»
Isabel entonces le quita las cabras, y el niño que­
da únicamente pastoreando las ovejas.
Estas eran mucho rnásdóciles. «¡San Pedro y San
Juan nos asistan!» decía Pascual en ademán de cas­
tigarlas.
Esto sólo bastaba para mantenerlas á raya. Los
desperfectos por ellas causados resultaban rarísimos,
y el pastor podía así vivir más tranquilo.
Con todo, en la vida del pastor no hay mucho de
apacible.
¡Tenía el Snmo unos compañeros tan poco cau­
tos en sus discursos, tan propensos á jurar y perju­
rar y tan dados á diversiones de mal gusto!...
Pascual vivía contrariado en medio de ellos. «Yo
no quiero ir al infierno,» gemía tristemente, aban­
donando su compañía.
En vano se burlan éstos de sus escrúpulos y le
tratan de excéntrico y aun quieren obligarle á to­
mar parte en sus poco laudables diversiones. A des­
pecho de todas sus exigencias el niño permanece
inflexible.
Su obstinación queda al lin victoriosa y los com­
pañeros le abandonan.
Desde entonces Pascual encamínase todos los días
VISTA GENERAL J]£ LA CIUDAD DOüpE DESCANSAN LOS RESTOS MORTALES CE SAN PASCU AL
hacia una pequeña iglesia, ídolo de veneración para
toda la comarca, que estaba dedicada ;i la Virgen
de la montana, á Muestra Sriiora de la S ie rra . Una
vez á la sombra del amado Santuario, su turbación
se desvanece como el humo. «Mis rebaños, piensa,
están mucho mejor viviendo yo aislado.» Con fre­
cuencia se le veía en el campo dobladas las rodillas,
juntas las manos y con los ojos fijos en la augusta
capilla, ocupado en la oración ó bien encantar unos
gozos, hermosos cantos populares, en honor de Je ­
sús y de María.
Lleg-a, no obstante, un momento en que hasta
sus mismas ovejas se rebelan contra sus buenos de­
seos. La hierba escasea en aquel sitio, y es preciso
alejarse e i r á otras partes en busca de pasto. XueS-
tro pastorcillo no por eso abandona del todo las
cercanías, y prosigue, frente á la capilla, en el ejer­
cicio de sus piadosas prácticas.
A pesar de ello el rebano no se muestra satisfe­
cho, y le es necesario alejarse más y más, ya bor­
deando con él los ilancos de las montañas en donde
entre las rocas crece la retama, ya descendiendo por
los verdeantes declives en cuyo fondo serpean los
arroyos ó los torrentes espumosos que se precipi­
tan con fracaso en la época del deshielo y de las
lluvias.
;Q uc hacer entonces, una vez perdido de vista el
modesto Santuario?...
Pascual diseña sobre su cayado una cruz, y cuel­
ga bajo la cruz una imagen de la Virgen María, que
es en adelante para él un objeto sagrado, digno de
respeto y de amor. Postrado de rodillas ante él,
prosigue nuevamente sus devotos ejercicios. Para
señalar el tiempo fabrícase un diminuto cuadrante
solar, y logra así regular para su servicio las horas
del día.
Cruza, en esta época, por su mente la idea de ins­
truirse. «Si yo supiera leer, dice, podría rezar el
Oficio de la Santísima Virgen y entregarme á la
lectura de bellas historias.»
Pero ¿de qué medio valerse á este fin?
Cierto que estaba próximo el convento en donde
los monjes enseñaban á leer; con todo no había que
pensar en semejante cosa. Su padre había hablado;
no tenía, pues, otro remedio que ganarse la vida y
guardar el rebaño.
E l niño no por eso renuncia á su proyecto: con­
sigue hacerse con un devocionario, y valiéndose ya
del auxilio de un compañero menos ignorante, ya
del de alguna otra persona de buena voluntad, pro­
cura le sean explicadas algunas líneas, las graba en
su memoria y las rumia á sus solas.
Este sistema era el que observaban los niños ju ­
díos del tiempo de Jesús. Enseñábansele las pala­
bras, conocidas por el rezo ordinario; y por la pro­
nunciación familiar iban uniendo utios á otros los
caracteres. L a costumbre y la adivinación más ó
menos perspicaz de cada uno completaban la ense­
ñanza de la lectura.
Después de la lectura, la escritura.
Nuestro escolar logró reunir algunos trozos de pa­
pel y formarse con ellos un cuaderno. Hace las ve­
ces de pluma una caña y se provista además de un
tintero rudimentario; reuniendo así una escribanía
que ofrece muchos puntos de contacto con la de los
escritores árabes.
Ayudado así de estos conocimientos y más aún
de las luces de la divina gracia, emplea Pascual una
buena parte del tiempo en leer libros piadosos, so­
bre todo vidas de Santos, y en escribir para su uso
los pasajes que más le agradan.
Para descansar de sus lecturas y desús plegarias,
entretiénese en hacer rosarios. Abundaban, en Los
terrenos arenosos y en los bordes de los estanques
los juncos de tallos deteriorados y flexibles. Las
ovejas no los comían, y de ellos se servía el Santo
para hacer los A ve, formando pequeños nudos; con
Otros nudos más gruesos formaba los P a ícr, luego
los sujetaba en forma de corona, y así se provistaba
po r este medio de rosarios destinados á sus com­
pañeros.
Siempre que encontraba á alguno de éstos más
piadoso y modesto que los demás, ofrecíale uno
de dichos rosarios, y lo exhortaba á rezarlo diaria­
mente, diciéndole con la convicción más profunda:
«Esto atraerá sobre ti la felicidad.»
Y no dejaba de haber muchos que se dejasen per­
suadir de ello. Uno de éstos refiere que «todos se
creían seguros cuando estaban cerca del Beato.»
«Cierto día, añade, que nos hallábamos en los a l­
rededores de Alconchel, sentados junto a dos árbo­
les, sobrevino de improviso una ráfaga de viento
huracanado que, pasando como una tromba, arrancó
de cuajo ambos árboles. Estos cayeron al suelo,
pero á un lado y á otro de la dirección en que nos­
otros, asustados* emprendíamos la huida. Casi por
milagro conseguimos en tal ocasión librarnos de
una muerte inminente.»
No faltan tampoco en la vida pastoril daños y pri­
vaciones. Débese, para evitar los primeros, estar
alerta á despecho délos fríos vendavales que azotan
el rostro, y de los rayos de un sol de fuego que mar­
chitan la hierba y que abrasan como una hoguera.
Estas incomodidades no tenían eficacia alguna
contra la firmeza de voluntad de nuestro pastorcillo,
quien ardía en deseos de imitar á los Santos y de
testimoniar, por medio del sufrimiento, el amor que
profesaba á Jesucristo.
A sí que, no contento aún con esto, se despoja de
su calzado y camina con los pies desnudos por ca­
minos pedregosos, para martirizarse á s í propio con
las heridas que le producen las piedras y Las espi­
nas, Y cuando alguno le pregunta la causa de tales
rigores, «yo quiero, responde, ganar el cielo y sa­
tisfacer por mis pecados.» «Su corazón, observa el
antiguo biógrafo del Santo, estaba ya entonces es­
clavizado por el amor ;i Jesús paciente.»
Buscaba al amado de su alma, siguiendo las hue­
llas de los rebaños.
Aun durante la noche, cuando el frío reunía álo s
pastores en torno á una grande hoguera, Pascual
corría á ocultarse y á orar á la entrada de una ca­
verna, malamente cerrada con algunas ramas. La dé­
bil llama de un fuego, pobremente alimentado por
sarmientos recogidos al azar, servíale con sus rojos
destellos, no para calentar sus ateridos miembros,
sino para leer en su libro de Oficio. ; Acaso el amor
divino no es un fuego que se alimenta con el ser
mismo de aquel á quien inflama?
CAPÍTULO III
Entre jóvenes

Cmuque essei jitnior ómnibus,


n ih i! turnen ytinrife gfssitin npere.
(Ollc. de San Pascua!, Kes-
pons. del 2 / noct.).
A pesar de ser el más joven de
io d o i.n o fue su conducta pareci­
da á la de un niño.

ASC.UAL, o cu p ado en pastorear las ovejas de sus


padres, ha vivido hasta ahora en una cierta in­
dependencia, y de ella se ha aprovechado para dar
libre curso á sus aspiraciones de retiro y de oración.
Ahora, ILegado que ha á la adolescencia, cambia
para él la situación; y en ve/, de guardar sus propios
rebaños, vese bajo ajeua tutela y encargado de guar­
dar Los rebaños ajen os.'A partir de esta circunstan­
cia, entra de lleno en la corporación de los pastores,
y debe, por lo mismo, de adaptarse á sus leyes.
A l mayoral, su jefe, toca reglamentar el empleo
{leí tiempo y asociarle á las tareas de uno ó más
compañeros,
Pascual se somete, sin lamentarse, pero no sin
hacer interiormente un doloroso sacrificio. La ley
de Dios es la única que señala límites á su sumisión.
Cierto día el m ayoral quiere obligarle á robar
uvas.
— No me es lícito robar los bienes ajenos, respon­
de el Bienaventurado.
El jefe, no obstante, insiste en su pretensión, y el
niño le dice de nuevo:
— Prefiero verme hecho trizas.
E l patrón amenaza, pero Pascual no por eso vuel­
ve atrás en su resolución.
Viendo aquél, finalmente, que el Santo no da su
brazo á torcer, penetra él mismo en la viña y coge
del codiciado fruto; luego ofrece parte al Santo, y
quiere obligarle á que lo coma en su compañía.
— ¡Jamás! repuso Pascual; el bien mal adquirido
no puede ser de provecho.
Otras veces presenciaba á inás no poder los alter­
cados que entre sí ó con su patrón sostenían los pas­
tores.
L a dureza nativa de éstos, reforzada por un sen­
timiento de honor mal comprendido, era causa de
que los tales se mostrasen implacables en la ven­
ganza, al propio tiempo que su desconfiada suscep­
tibilidad servía de germen funesto para multiplicar
las ocasiones. Apenas pasaba día en que no se re­
gistrasen entre ellos graves reyertas, las que por su
crueldad llegaban con frecuencia á los límites del
salvajismo.
Tales espectáculos helaban de terror al tímido
muchacho, quien no se sentía dispuesto por su par­
te á manejar el estoque ó á habérselas ;i puñetazos
con sus rivales.
— O ye, henua/w, decía á Juan Aparicio, compa­
ñero suyo de mayor edad á quien amaba por sus
cualidades como á hermano; este oficio de pastor
no tiene nada de bueno, pues es propenso á origi­
nar continuas reyertas. Yo 110 quiero pasar la vida
de este modo, y pienso hacerme Religioso.
— Hazte, pues, en el monasterio de Huerto, res­
pondió Aparicio, que está consagrado á La Santísi­
ma Virgen, posee recursos abundantes y tiene ade­
más la ventaja de estar en tu país.
— No, repuso Pascual, ese monasterio no me agra­
da; yo quiero otra cosa...
Y en conversaciones como la anterior solía entre­
tenerse muchas veces el Santo con su amigo, des­
cubriéndole sus proyectos y haciéndole partícipe de
sus vacilaciones.
Otras veces buscaba su distracción en eL canto,
acompañándolo á los acordes de su rd W , y repitien­
do con graciosa entonación sus^>rí>¿' predilectos.
Con todo, su principal desvelo consistía en reti­
rarse á sus solas Lo más posible y rogar á Dios con
gran fervor le hiciera conocer cuál fuese su volun­
tad soberana.
Un día refirió á su amigo, por quien sabemos nos­
otros todos estos detalles, que se le habían apareci­
do un Religioso y una Religiosa á los cuales no co­
nocía, y cuya vestimenta no guardaba paridad con
la de los monjes de Huerto. Tenían ambos una apa­
riencia bondadosísima, y le habían dicho mirándole
fijamente y con gran ternura:
— Pascual, la vida religiosa es muy agradable;!
Dios.
Esta aparición le había consolado en extremo,
pero sumergídole al propio tiempo en un mar de
confusiones. ¿Cómo dar con dichos Religiosos, de
los que parecía valerse el cielo para indicarle el di­
vino beneplácito?
Poco después sobrevínole una nueva visita. Tam­
bién esta vez se presentaba ante él un monje, vesti­
do con tosco sayal y ceñido por una cuerda, casi
igual al anterior, y que como el anterior le asegu­
raba que la vida religiosa era muy agradable á Dios.
Indeciso Pascual resolvió, por último, tomar como
modelos á los Santos cuyas vidas leía, y cubrir su
cuerpo con un hábito sem eja n te al que había visto
en las dos apariciones.
Desde entonces vésele siempre vestido con túnica
cenicienta, ajustada á la cintura por gruesa cuerda,
y oculta por la capa que lleva de ordinario, y por un
sombrero de anchas alas, uniforme clásico de los
pastores españoles.
Sus maceraciones eran muy frecuentes, 'deseoso,
decía, de expiar así los pecados que cometía á cada
paso.
Cierto día fue sorprendido con las disciplinas en
la mano por uno de sus compañeros.
— ¿Para qué son esas nudosas cuerdas?
— Estas, repuso el Santo, para rezar mi rosario;
aquéllas para castigarme por mis pecados.
— ¿Pecados, tú? ¿Cuáles pueden ser? Díraelo, te
ruego.
— [Vaya una pregunta! exclama Pascual fuera de
sí; ¿acaso no hay miradas indiscretas, imaginaciones
peligrosas y movimientos de impaciencia?...
— ¿Es que tú, repuso su interlocutor, sientes tam­
bién el atractivo de las pasiones?
Pascual quedó pensativo un momento, y dijo lue­
go con tristeza*
— ¡Oh! ciertamente; sólo que en tales casos me
arrojo sobre ramas espinosas* y allí permanezco
hasta tanto que el sentimiento del dolor no vence al
del placer.
Temeroso Pascual de que la fiebre del vicio lle­
gase á arraigar en su corazón, rogaba á Dios y en­
treveía* en medio de sus oraciones, un lugar de re­
fugio, tanto más próximo á Jesucristo, cuanto más
lejano de los peligros del mundo.
«Hay un hecho admirable, declara Aparicio, que
señala el término de nuestras relaciones, no inte­
rrumpidas en el curso de casi tres años. No lo he
mencionado hasta el presente* porque no sabía si
podría ó no ser de utilidad. Constreñido en virtud
del juramento á manifestar á los jueces eclesiásticos
todo cuanto recuerdo en orden á nuestras relacio­
nes, muy lejanas ya á esta fecha (hízose esta decla­
ración en 1610, dieciocho años después de la muer­
te del Siervo de Dios), voy ahora á referirlo tal
como ha pasado.»
Y el buen viejo dió así principio á sn relato:
«E ra en ocasión en que pastaban nuestros reba­
ños entre Cabra-Fuentes y Cobadilla.
«Rendido por el cansancio y devorado por la sed,
deseaba beber agua.
«Había una fu e n t e en las cercanías, pero estaba á
la sazón tan cenagosa, que su soto aspecto causaba
náuseas.
«—.Busquemos agua en otra parte, d ije á Pascual,
y hartémonos de beber, pues yo no puedo resistir
más tiempo.
«Pascual me miró con compasión y me dijo:
«Aguarda aquí, hermano (siempre me llamaba de
«este modo), que no te faltará agua fresca.»
« Y sin esperar mi respuesta, se aparta del cami­
no, deja á un lado su cayado y su saco de cuero, y
puesto de rodillas prin cipia á escarbar en la tierra
con ambas manos. L u e g o go lp ea el suelo con su
bastón, y veo manar en el fondo de la cavidad un
hilo de agua limpidísima.
«Y o miré á Pascual con asombro y tem blando de
pies á cabeza.
«Pascual me invita á beber, y y o obedezco lleno
de respeto y adm iración. «Cuando tengas necesidad
«de agua, me dijo luego el San to, go lp ea la tierra
«con el cayado y la hallarás.»
«Nunca me he atrevido á poner en práctica este
consejo, pero volviendo mucho después por el mis­
mo sitio, dejé colocada allí una cruz en memoria del
prodigio.
« E l manantial se secó después de nuestra marcha,
pero la cruz que allí planté hace dieciséis años, está
en pie todavía,»
E l excelente testigo concluye afirmando que Pas­
cual era un santo, ty que debe darse crédito á las
palabras en que Pascual afirmaba haber sido favo ­
recido con apariciones.
«Y o, por mi parte, a g re g a , no dudó nunca que
haya visto á santos R eligio so s que le visitab an .>3
A s í, pues, Pascual no abriga ya otro pensam iento
que el de llegar á ser como ellos,
Y aléjase, al fin, cediendo en favor de sus dos
hermanas y de un hermano la parte que le corres­
ponde de la modesta herencia paterna.
«A diós, hermano, me dijo, yo parto para servir á
Dios.»
Pascual frisaba, á la sazón, en los dieciocho años
de edad.
CAPÍTULO IV
i Edificante!

Sa/icíi tur, Dciiiií/il'. jlcrebunt


sieni til¡W iJl Cí sicul 0.1m' baisami
írtiuV nnle U\
(Ofic. pase, de mártir. Anu
de Laúd»),
Tus Santos, Señor, itndrán la
pureza de los lirios y seríln ante
Ti como el aroma del bálsamo.

ASCUAL dirig-e sus pas.os hacia la risueña M ur­


cia, el país de los jard in es, de las fértiles ¡tuer­
tas atravesadas p a r canales y cubiertas de «na ve­
getación sorprendente.
V a á visitar á su hermana Juana, que mora en
Peñas de San Pedro. ;K o es ella su madrina para él,
corno él es para ella desde hace ya tiempo s n / r fít-
¡CCitOr
Una tarde, pues, al decir de Ju an a y de su com­
pañera, criada de la casa, ven éstas llegar ¿.Pascual.
Pascua] está extenuado por el cansancio, á causa
del la rg o trayecto recorrido. Ju an a pone todo em -
peño en ob ligarle á reparar sus fuerzas, yr ordena á
A n a que prepare para él el m ejor lecho en la mejor
habitación.
¡Juzgábase tan feliz con la llegad a de su 'f peque no
Pascual,» muy desarrollado ahora, pero siem pre tan
modesto y tan bondadoso! ¡A h ! ¡q u e d e cosas iba á
decirle! ¡A l fin y al cabo estaba firmemente resuelto
á hacerse R eligio so ! ¡A ca b a b a de abandonar el país
de T orre-H erm osa, para ir en busca de un m isterio­
so d escon ocido!...
ju a n a , sin pararse en cumplimientos, habla sobre
todo lo dicho con amable fam iliaridad.
Una prim era sorp resa viene á a g u ar su satisfac­
ción. Pascual, pasando por encima de las instancias
de su hermana, se niega á gustar todo otro alimento
que no sea pan y agua. L a pobre muchacha, hon­
damente em ocionada, atrib u ye la negativa al extre­
mado cansancio de P ascu al...
L u ego lo conduce á su habitación. Con sumo gfus-
to hubiera pasado toda la noche departiendo con él
en sabrosas pláticas, pero Pascual corta por lo sano,
dLciéndole que y a hablarán la rg o y tendido en la
mañana del siguiente día.
Una vez solo, cierra la habitación y echa mano
de las disciplinas.
Ju ana, confusa é inquieta como está, no quiere re*
tirarse á descansar con el corazón oprim ido por la
incertidumbre.
Focos momentos después acercóse de nuevo á. la
habitación... La luz está aún encendida. G uiada la
jo v en p o r su curiosidad, m ira hacia dentro á través
de las rendijas de la puerta, y ve que Pascual, ar­
mado con una nudosa cuerda, se azota cruelm ente...
— ¡A h ! gim e Ju an a estallando en sollozos y lágri-
VlLLA RRF.AL A VJ3TA DE PÁJARO
mas, nú hermanito es un santo; y se retira al ins­
tante sin fuerzas y a para presenciar por inás tLempo
este desgarrador espectáculo.
A la mañana siguiente, sorpréndela otra nueva
decepción: Pascual se empeña en no probar a li­
mento.
Por otra parte, 110 hay medio de reducirle á que
acepte provisiones para el viaje. «No, Ju an ita, dice
el Santo, basta con que metas en mi calabaza algu ­
na agua fresca; si siento ham bre en el camino, na­
die me im pide demandar por limosna un pedazo de
pan.»
Ju an a le ve m archar, al fin, con el rostro ilumi­
nado por inefable sonrisa. L a jo v e n , hondam ente
conm ovida, retorna sollozando á su casa. A llí la es­
peraba una nueva sorpresa: el lecho preparado para
Pascual estaba aún en la misma forma en que lo ha­
bían dejado el día anterior.
« ¡E s un santo! ¡E s un santo!» exclam a la jo v en ;
y como ella piensan todos los de la casa.
«Mas ¡ay! ¡los santos pasan tan de p risa !.,.»
Pascual, por su parte, procura ponerse, en calidad
de pastor, bajo las órdenes de un propietario del
reino de Valencia. A lb aterra, O rihuela y Monforte
viéron le, durante muchos años, recorrer sus campi­
ñas al frente de los rebaños de su señor.
E l jo ven extranjero captóse y a desde un prin ci­
pio la pública estima y el común aprecio. No había
lina nota discordante en el himno encom iástico que
por doquiera s-e le tributaba. Con todo, lo que más
adm iraba á las gentes, era su extrem a probidad,
Pascual ponía todo cuidado en mantener á raya á
sus ovejas, á fin de que no causasen desperfectos en
las propiedades particulares.
Cuando éstas se desmandaban alguna vez que
otra: « L a culpa es mía,» exclam aba el Santo; y sin
detenerse un m o m e n t o escribía el nombre del p ro ­
pietario; evaluaba Los destrozos causados á costa de
la paga que recibía, y ponía en manos del damnifi­
cado la cantidad que, en su ju icio , Le era debida de
justicia á título de compensación.
Y en v a n ó s e le decía: «Pascual, tú te arruinas de
ese modo, ¿No ves que, en resumen de cuentas, lle­
garás á soltar más dinero del que vale todo el re­
baño?»
Pues el San to replicaba; «Muchos robos peque­
ños forman uno grande, y llegan al lin á sumar una
cantidad respetable que hace á uno m erecedor del
infierno.»
E n una de dichas ocasiones hallábase el jo v en sin
tener á mano su recado de escritura. ¿Cómo salir
del apuro? I-a cosa no era difícil: coge un cordero,
le hiere ligeram ente en una oreja, y m oja en la gota
de san gre que asom a por la herida una pajica, con
La que escribe luego lo mejor que le es dado sobre
su libro de cuentas el nombre del propietario.
Otra vez, en la estación de prim avera, invaden
sus o vejas un plantío de trigo, Pascual las arroja de
allí al instante, pero 110 se cree en condiciones para
poder ap reciar por sí mismo el daño ocasionado.
En su consecuencia, recurre ;i los arbitradores,
que eran como Los consejeros de la corporación, y
se somete á su fallo.
E sto s fueron de parecer que debía esperarse, para
fallar, el tiempo de La mies.
L le g ó el tiempo de Ja mies, y en ninguna parte de
la heredad eran tan hermosas y tan llenas las esp i­
gas como en el sitio en donde habían pastado las
ovejas del santo pastor.
T a l £5 el testimonio de los testigos oculares. A
pesar de todo Pascual no estaba tranquilo. De aquí
el que, aprovechando las horas de que podía dis­
poner librem ente, acostumbrara, p o r aquel entonces
acudir al lado de los segadores y ayud arles gratu i­
tamente en sus faenas, para satisfacer así por él daño
que pretendía haber causado. Durante este tiem po,
alim entábase por su cuenta, negándose á comer de
lo que se traía para los trabajadores. «No tengo,
decía, derecho alguno para ello.» T am bién era en
extrem o escrupuloso en orden al em pleo de los ví­
veres que le enviaban sus amos, hasta el punto de
no atreverse á distribuirlos á los pobres, á los cua­
les favorecía, por su parte, pero siem pre á cuenta
de su peculio.
¿Será preciso ag regar á todo lo dicho que tanta
probidad fué caliticada por muchos de exagerada?
Pascual obraba llanamente siem pre que se trataba
de bienes ajenos, y no concebía siquiera estas cosas
como escrúpulos.
E l Santo fué criticado con frecuencia por su con­
ducta, pero no hacía caso alguno de tales críticas.
«Más vale pagar aquí que en el infierno,» replicaba
invariablem ente á sus censo res.
Y éstos, al fin, enmudecieron. L o s propietarios,
por su parte, ningún temor abrigaban de ser dam­
nificados, aun cuando viesen los rebaños de Pascual
cerca de sus heredades.
Pero no v a y a á creerse por lo dicho hasta aquí
que nuestro Santo llegara, á pesar de todo, á ob­
servar para con los demás el rigo r con que se tra­
taba á sí inismo. Cuando alguna que otra vez ha­
blaba á otros de sus deberes, hacíalo con tal acento
de bondad y de dulzura, que nadie podría darse ju s ­
tamente por ofendido.
«H ablábam e con frecuencia, dice L óp ez, su mti-
yoral, sobre los intereses de mi alma, y me excitaba
instantemente á arreglar mi conciencia.» «Debemos
estar preparados, exclam aba, porque la muerte pue­
de sorprendernos cuando menos lo pensemos.»
Su candoroso acento tenía una persuasiva tan efi­
caz y una unción en tal modo penetrante, que uno
se sentía em ocionado al escucharle. «V erdadera­
mente, pensaba yo , Pascual podría llegar á ser un
buen predicador.»
«Sólo en una cosa, añade otro de sus compañe­
ros, se m ostraba intratable: en lo relativo á las cos­
tumbres.»
S i alguno pronunciaba en su presencia palabras
menos honestas, lo m iraba con vista tan amenazado­
ra, con b rillo tan feroz en los ojos, con tal contrac­
ción en los labios, con los puños tan nerviosam en­
te alterados y , en suma, con actitud tan terrible,
que nadie hubiera Osado p ro segu ir con un tal len­
guaje.
Cierto día, un pastor de A lb aterra tuvo la des­
vergüenza de presentar al San to una ramera. Pas­
cual retrocedió espantado al verla, y rugjó con ener­
gía: «¡A trás! ¡si te acercas á mí, os rompo á los dos
la crisma ¿ p ed rad as!...»
Y sabido era que cuando Pascual decía una cosa,
no se retractaba nunca. «Cuantío digo sí, sí; y cuan­
do d igo no, no. Sábete desde ahora para siempre
que y o ni chanceo, ni m iento.» T a l era su divisa,
que no fué necesario dijera más veces para que to­
dos la conociesen.
E l seductor no vo lvió á insistir.
Y en ello obró cuerdam ente, pues teníase en gran­
de aprecio la virtud del Santo, y hasta sus propios
com pañeros admiraban en et fondo del alma su va­
ronil entereza.
Por otra parte, nuestro jo ven poseía sobre los
otros cierto predominio, y más de «na vez se hizo
caso de sus palabras en ocasión en que, consultando
su pequeño calendario, les anunciaba la proxim idad
de una fiesta de precepto ó de un día de v igilia obli­
gatoria.
Ocasiones hubo, particularm ente cuando hablaba
de las verdades eternas, en que las lágrim as llega­
ban á bañar su rostro bronceado por el sol.
Reconocíase al oír sus acentos, que éstos eran co­
mo el reflejo de una convicción profunda; y que no
consideraba como una personalidad v ag a para él la
figura de aquel dulce Jesú s, cuyos encantos y cu ya
doctrina se esforzaba en describir á los otros con
los más v ivo s colores.
¡A h ! Pascual estaba, á no dudarlo, en relaciones
con algún ser m isterioso al cual trataba con intimi­
dad y confianza.
Y esto hacía im presión en sus com pañeros, tanto
más cuanto que, severo para consigo mismo y ene­
migo de las bebidas y de las diversiones, no por eso
dejaba de am oldarse en lo demás á sus costumbres.
«Siem pre que llegaba algún día de fiesta, nos felici­
taba alegrem ente y nos estim ulaba á entretenernos
durante las horas libres en recreaciones anim adas...
pero honestas; ;n o os parece? añadía mirándonos
con seriedad y al propio tiempo con benevolencia.»
A parte de lo dicho, ver á uno afligido y correr
presuroso á su lado, era todo para Pascual obra de
un momento. L o s consuelos con que procuraba com­
batir la aflicción salían de lo íntimo de su alm a.
«P obre hermano mío, exclam aba, vam os, anímate,
ten v alo r y paciencia; vence sin desm ayos esta prue­
ba, que la V irgen Santísim a no dejfeirá de venir en
nuestra a y u d a .»
¿Qué extraño es, después de lo dicho, que todos
le considerasen como á un ángel de Dios?
CAPÍTULO V
A la vista de la tierra de Prom isión

CoJUNí/Httfl nú/rúa m ea m a ir ia
Domini.
(Psahn, r.xxxm. j),
Mi alma suspira por habitaren
casa de] Seaior,

A corriente de la época en que vivió P a s c u a l


tendía á la conquista de un ideal sublime de
perfección cristiana. E n ella se admira todo el ardor
del proselitism o semítico, iodo el entusiasmo de la
sangre española, toda la caballeresca ambición de
lo s Jiri'o s hidalgas.
Entonces fue cuando Ignacio de L o y o la lanzó á
sus soldados á las aventuras y á las conquistas de
todo cuanto podía redundar en la m ayor gloria de
Dios,
Entonces fue cuando T eresa de A v ila, ebria de
divino am or, ju zgab a tener aL mundo subyugado
á sus pies, y corría entre sus éxtasis á fundar con­
ventos del Carm elo, en donde prestar asilo á las tier­
nas doncellas ofrecidas en holocausto al Señ o r como
víctim as expiatorias.
Entonces fué, por no hablar de otros más, cuando
Pedro de A lcántara, extenuado por las m aceracio-
nes y consagradas á la contem plación todas sus ener­
gías, em prendió la fundación de sus conventos, fu~
tu ros planteles de m ártires y de santos.
L os discípulos de este último fueron recibidos con
adm iración en el país por donde vagaba Pascual al
frente de su rebaño. Iban con los pies descalzos y
con el cuerpo vestido de humildísimo sayal' se sus­
tentaban con el pan que recogían m endigando de
puerta en puerta, y pasaban largas horas prosterna­
dos ante el altar sacrosanto,
C erca de Monforte alzábase un modesto santuario
dedicado á Muestra Señ o ra ¿le L oreto, donde la R e i­
na del cielo se com placía en prodigar sus favores.
E l pueblo suplica á los recién llegad os que esta­
blezcan allí su residencia, á fin de sostener el culto.
Q uería disfrutar de la com pañía de unos hombres
reputados por santos.
Ju a n a de Portugal, m arquesa de E lch e, los desea­
ba asimismo en sus dominios, y p ro yectab a fundar
un convento para aquellos varon es apostólicos al
lado de unas adm irables palmeras provenientes, á lo
que se c re e v de la palm era dam ascena plantada mu­
cho antes por A bd-el-R ahm an en su palacio fa­
vorito.
De este modo llegaría á realizarse el ideal de ver
florecer las costum bres de los santos de O riente en
un paisaje oriental; toda vez que «no hay dos E l­
ches en Esp aña.»
Pedro de A lcán tara, que p o r aquel entonces ha­
bitaba en el Pedroso, tiene noticias de estos piado-
- 6y -

sos proyectos, y envía allá á varios de sus discípu­


los, tales como Jo sé de Cardcneto, modelo de pa­
ciencia y de austeridad, cu yo último suspiro había
de ser un cántico de alegría; Bartolom é de Santa-
A n a, delante del cual no tenía reparo Santa T eresa
de Je sú s en quitarse el velo y m ostrar el rostro al
descubierto, á causa de ser por ella reputado por
«un ángel;» Alfonso de L iren a, hombre intrépido no
menos que prudente, el cual en las fundaciones de
conventos parecía «realizar lo im posible,» y A n to­
nio de S egu ra, famoso por su espíritu de oración
del que gozaba en alto g ra d o ...
Una vez llegados éstos á su destino, fabricaron
con la ayuda del pueblo el convento de L oreto, cu­
yo s planes habían sido trazados por el mismo Pedro
de A lcán tara en persona. Para entrar en las peque­
ñas celdas era preciso bajarse; el pavim ento de las
mismas estaba formado por la desnuda tierra.
E sta fundación fué para Pascual un descubri­
miento.
Pascual comenzó á frecuentar la iglesia y á darse
á conocer á los R eligiosos ya por medio de sus li­
mosnas, y a por medio del confesonario.
Cada día se veía el pastor más irresistiblem ente
atraído hacia el santuario. En él com ulgaba con fre­
cuencia, sintiéndose entonces más feliz que nunca.
Cuando allí se entregaba á la oración, parecíale que
su alma gozaba, mejor que en parte alguna, de una
íntima unión con Jesucristo.
G arcía, su patrón, nos dice: «Yo le sorprendía
diariam ente am es del am anecer, puesto de rodillas
en la pradera, con el rostro vuelto hacia la capilla
de L oreto.»
«E n esta actitud, añade otro testigo, solía perm a­
necer inmóvil é insensible lo mismo al viento q u e á
la lluvia. Muchas veces era preciso que lo sacudié­
ramos con violencia para hacerlo v o lver á las reali­
dades de la vida.
«Dios mismo parecía velar especialm ente sobre
su rebaño, porque nunca los lobos, que nos o b li­
gaban á nosotros á estar alerta toda la noche, Le
arrebataron á él o veja algun a.
«E stas, á su vez, pastando en los mismos parajes
que Las nuestras, engrosaban á m aravilla y crecían
sensiblem ente.»
«P or lo que á mí toe», concluye N avarro, su ma­
yoral, perm itíale á veces asistir á Misa durante la
semana. No podía proporcionarle cosa alguna que
fuese tanto de su agrado. Pascual se m ultiplicaba á
fin de no faltar por ello á ning-una de sus ocupacio­
nes, y una vez obtenida La licencia deseada, parecía
quedar transfigurado en otro hombre.
«H ay una montaña pró xim a á Elch e, desde La
cual se divisa toda la población: á esta montaña so­
lía conducir el Santo su rebaño siem pre que no po­
día proporcionarle pasto en los alrededores de la
capilla de Loreto.
«En dicha montaña veíasele perm anecer como en
éxtasis durante largas horas, mirando alternativa­
mente y a á E lch e , ya á L oreto.
«A lejábase con tristeza del tem plo1, y siem pre que
desde el campo sentía la señal de la campana, anun­
ciando el momento en que el San to Sacrificio Llega­
ba al acto de la consagración, reconcentrábase den­
tro de sí mismo para no pensar sino en Dios.
«H allábase el Santo cierto día á alguna distancia
de nosotros: la naturaleza comenzaba á anim arse y
el sol cubría con su manto de luz la pradera, hume­
decida aún por el rocío.
«Pascual oraba puesto de rodillas y con las manos
juntas, O yese en este momento el sonido de la cam­
pana, y el jo ven exhala un grito : «¡M irad! ¡A llá,
«allíl!» dice, indicando con el dedo el cielo,
«Sus ojos descubren una estrella en eL firmamen­
to ... luego la nube se rasga; y Pascual contempla,
como si estuviera delante del altar, una hostia pues­
ta sobre un cáliz, y circuida por un coro de A ngeles
que la adoran.
«A unque lleno el jo ven de temor en un principio,
no tarda mucho en dejarse llevar d e sú s transportes
de alegría: «¡Jesú s, Je sú s se encuentra allí!» ex c la ­
ma hondamente conm ovido.
«Nuestros ojos buscan entonces la dirección que
él indica, pero no descubren otra cosa que la azul
inmensidad de los cielos.
«Y sin em bargo r-l Beato tenía razón; para él todo
era visib le, porque era puro y san to ..,, en tanto que
nuestra vista, cegada por los pecados, no alcanzaba
á ver cosa alguna.
«¡A h ! termina N avarro, me portaría como cristia­
no pérfido, si no diera fe al testimonio de Pascual.
E sto y segurísim o que veía el Santísim o Sacram en­
to. Pero ¿qué tiene esto de extraño? ¡L o amaba
tanto!»
O igam os ahora la propuesta que Martín G arcía,
su patrono, hizo al santo pastor: «Hijo mío, dijo
cierto día, ya ves que D ios no me ha dado hijos;
pero y o te q uiero mucho y mi esposa te «ama con no
menor ternu ra... Pascual, ¡consiente en ser tenido
por hijo nuestro] Desde hoy v ivirás á nuestro lado,
y nosotros te buscarem os una com pañera digna de
tu virtud.
«R ico y sin trabajo, v ivirás bajo nuestro techo y
podrás dedicarte á la oración en la medida de tus
deseos y frecuentar cuanto gustes la iglesia.» M ar­
tín acariciaba este proyecta de mucho tiem po atrás;
pero el Padre San Francisco, dice la antigua C róni­
ca, se había anticipado á ¿1 en adoptarle por hijo.
«Mi amo, replicó Pascual todo confuso, ¡cuán
bueno sois! Ciertam ente que yo no so y digno de un
tal favo r... A p arte de esto, me es im posible aceptar­
lo, p orque estoy resuelto á hacerme R elig io so .
«Si yo tuviera riquezas, las abandonaría; ¡tan lejos
estoy de buscarlas! ¡Oh, sí! D esde ahora prometo
entrar en el convento.»
Y una vez terminadas estas palabras, apresuróse
el jo ven á llam ar a las puertas del convento de L o ­
reto.
CAPÍTULO VI

¿Qué es lo que deseaba San F ran cisca de Asís?

J e s u c r i s l o , h erm an os m ío s,
q u ie r e q u e yo venza al mund o
por la ab negació n y Ja pobreza,
Á ün dé q u e pueda así c onquistar
para 1¿1 las alm as .
(S. Francisco de Así$),

L 2 de F eb rero de 1^64, fiesta de la Purificación


i de M aría, recibía nuestro Santo el hábito reli­
gioso, y con él el nombre de F r a y Pascual.
L o s superiores, que conocían de mucho tiempo
atrás al piadoso pastor, y apreciaban en alto grado
sus virtudes, no hubieran tenido inconveniente en
dedicarlo á la carrera eclesiástica,
Pero la hum ildad de Pascual, á ejem plo de la de
San Francisco de A sís, alárm ase á la sola idea de
llegar á la dignidad del sacerdocio, y se resiste á dar
este paso. S u única ambición es ser «.la escoba de la
casa de D ios.»
L o s superiores no se atreven á insistir en su sp re -
tensiones; y el Santo entra en la humilde condición
de hermano lego , condición que no cam biará ya
hasta La muerte.
L ib re, entre tanto, del cuidado de las cosas tem­
porales, pone todo su empeño en consagrarse ente­
ramente á las de Dios.
S u solicitud por adquirir un pleno conocimiento
de las obligaciones de su estado, y su adm irable
puntualidad en la observancia de todas las reglas,
conviértenle y a desde un principio en un R elig io so
modelo.
Nada para él más agrad ab le que las rígid as leyes
impuestas por San Pedro de A lcán tara á sus discí­
pulos.
Por lo demás, ¿no eran para él menos severas la
m ayor parte de estas leyes que las que él á sí pro­
pio se había impuesto y en arm onía con las cuales
había vivid o durante muchos años? ¿Qué tenía de
extraordinario para nuestro San to andar descalzo,
dormir sobre el duro suelo y ayun ar y disciplinarse
con frecuencia?
A dem ás, ¿cómo no sentirse dichoso con la pose­
sión de esa estricta pobreza, que no adm ite más que
lo necesario, y con esa dependencia inmediata de
los bienhechores y del síndico, ó por decirlo con
m is claridad, de la persona secular, encargada de
disponer de las lim osnas hed ías á los R eligiosos?
¡A h ! ¡E sta era, sin duda alguna, la vida religiosa
con que Pascual había soñado!
Cuantos tuvieron la dicha de conocer á nuestro
Santo están acordes en testim oniar la asiduidad con
que éste estudiaba, m editaba y se esforzaba por des­
cubrir el alto significado de la pobreza, fijándose en
todas las exp licaciones que de ella le hacían, y dis-
V I L L A R R E A L . ---- C A L L E MAYOR
tinguiéndola con su predilección durante toda la
vida,
¡Parecíale tan bella esta pobreza cjue San F ran ­
cisco de A s ís había aprendido del H ijo de D ios y
dado p o r consigna á su Orden!
Pascual descubría en esta virtud el elem ento ins­
pirad or que informa la m ayor parte d é lo s preceptos
de la R e g la (i).

( i ) L a Ordert de Fraile} Atenores, d iv ers a de la de los Capuchi­


nos que observab an la misma R eg la, con otras c o n stitu cio n es y de
la de los Conventuales,-qu e o b tu vieran de los R o m a n o s Pontífices
la. dispe n sa de m u c h os precepto s, c o m p r e n d ía , bajo la o b ediencia
de un m is m o General (anterio rm ente i la bula de L eó n X I II Feli­
cítale tfMfrrfquj, del 4 de O ctubre de 1 8 9 7 ) , las r a m a s sig u ientes: los
Observantes, qu e c on stitu ía n , según L e ó n X , el (ro nco de la O r ­
den y tenían el der ec ho de elegir, de ac u erd o con Las otras ram as,
al s u c e s o r de San Fran cis co ; los .4lean i 1 rí/ióí 6 Descaíaos, estable­
c id os p rinc ip alm e nte en E s p a ñ a c Italia; los Reformados, r e c o n o ­
c id os en 1 5 3 1 p o r C l e m e n t e V i l , v los Recokclns, qu e fo rm ab an , d
pa rtir de i 5go. una c u s to d iá especial y q u e florecieron sob re todo
en nu estras regiones, Estas refo rm as « q u er ían , al decir de C le m en ­
te V i l (¡a suprema), o b ser v ar la R e g la con m ás rig o r a ú n , » pero
s in p r e t e n d e r e n manera, algu n a separarse del cuerpo d é l a O bse r­
v a n c ia ; en la cua l la Orden entera g u a r d a la prác tica de la R e g la ,
q u e en ella se o b s e r v a b a fielm ente, según testim onio d e I n o c e n ­
c io X I (Solliciludo pasíoralis}. S u gén e ro de vid a e ra, g e n e ra lm e n ­
te h a b land o, m ás r ig u r o s o y c o n te m p lativ o q u e el de los prim eros.
M uy al c on trario s ucedió w n respecto ¿ los O b servantes, q u i e ­
nes en el siglo X V habían « viv ificado en todo el m u n d o el c u e r p o
d e la O rd en la ngu id ecie n te y casi m u erto » ( L e ó n X , lie et vos), á
cau sa de las m u c h a s m itigacion es, solic ita das po r g r an parte de
los R e lig io so s é in t ro d u c id a s insensible m ente en el o rg a n ism o de
la O rd en.
Actu alm en te L e ó n X I II , s u p rim ie n d o estas ram as q u e no tenían
ya razón d e s e r , lia unifica do en m a y o r grad o la Orden de los F ra i­
les Menores, qu e cuenta casi siete s ig lo s de ex iste ncia, y q u e no ha
G uiado el povereilo del amor á esta virtud, impo­
nía el despego de los bienes tei-renos, obligaba á los
novicios á repartir su fortuna entre los pobres, pro­
hibía á la Orden inmiscuirse en el reparto de la mis­
ma, prescribía el uso de hábitos viles y remendados,
vedaba el uso de las cosas superfluas, del dinero y
del calzado, é inculcaba el trabajo, como medio de
subsistencia, y en caso de necesidad el «recurso á la
mesa del Señ o r,» por medio de una humilde men­
dicidad.
L as exhortaciones y consejos que da el Santo P a­
triarca, no sólo en la R e g la , sino también en su tes­
tamento, el cual viene á ser como un elocuente co­
mentario de la anterior, se representaban á los ojos
de Pascual como otras tantas consecuencias lógicas
del gén ero de vid a impuesto.
D espreciarse á sí mismo y no ju zg ar mal de los
Otros «vestidos con hábitos lujosos;» considerarse
en la condición de los «peregrinos y advenedizos en
este mundo;» tratar á todos con cortesía, mansedum­
bre y caridad; no irritarse en vista d é la s m iserias y
pecados ajenos; huir de todo orgullo y de toda os­
tentación; ser paciente en los infortunios y en las
enfermedades; no beberse los vientos en busca de
p riv ile g io s y exen cio n es... todo esto se desprendía
con claridad abrum adora de los principios antes e x ­
puestos.
Pascual no tarda en apercibirse de ello, merced al

dejad o de d a r í la lyle sia in u liiiu d de Sa n to s y de v aro n es « m í­


nenos.
E sto s h echo s se hallan m u y bien expuestos en la obra de M. de
K e r v a l , titu lada Saint I 'r a n ( Q ¡s tft l'Ordre scraphique, P a r í s , 1 898.
buen sentido práctico y á la perspicacia profunda
que lo caracterizaban.
E ste plan de perfección resplandece á sus ojos en
toda su m aravillosa unidad; y su m aestro de novi­
cios no puede menos de describir con adm iración el
modo como nuestro Santo m anifiesta, y a desde un
principio, en sus acciones, una asom brosa constan­
cia y una norm alidad de carácter que no sufrían ja ­
más eclipses.
E l fervor constituye su estado habitual: los ejer­
cicios más penosos parécenle los más propios para él.
Y es que Pascual, á ejem plo de San Pedro de A l­
cántara y de sus ém ulos, está firmemente resuelto á
im itar á S an Francisco.
Y como San Francisco, quiere tener principalm en­
te «el espíritu del S eñ o r y su santa actividad, orar
siem pre con corazón puro.» A este ideal, es decir,
á am ar á Jesucristo, debía subordinarse todo lo de­
más. Y puesto que Jesu cristo habita entre nosotros
en la E u caristía, amar la E u caristía viene á ser para
Pascual el centro de la perfección.
¡O qué! ¿A caso San Francisco no solía pasar lar­
g a s horas en meditación ante este misterio de amor
y recibirlo en su pecho con la piedad de un ángel?
E l se había reservado para sí la predicación en
Fran cia, por razón de que en Fran cia «se veneraban
los Santos M isterios.»
En una carta dirigida al clero de todo el mundo,
había recomendado se hiciese con suma reverencia
la celebración y adm inistración de la Eucaristía.
Tendido sobre su lecho de m uerte había protes­
tado que veneraba á los sacerdotes, aun á los que
eran malos, «porque ellos consagran el C uerpo del
Señor.»
Escribiendo una circular seráfica, estim ulaba á
sus R eligio so s á profesar un amor tierm'simo á este
augusto Sacram ento.
A Santa C lara y á sus hijas las excitaba á que
confeccionasen manteles para los altares; y pedía li­
mosnas á los ricos para adornar las iglesias pobres.
H acía por sí mismo las hostias y preparaba con
sus manos el pan del Sacrificio.
Ib a, con una escoba al hombro, á barrer las igle­
sias, supliendo así la n egligencia de los que tenían
el deber de hacerlo.
A sus exhortaciones se debe, como más conve­
niente, la introducción del uso de los tabernáculos,
que sustituyeron á las palom as suspendidas en las
que se conservaba antes el Santísim o.
P o r último, su postrera voluntad había sido que
sus R eligiosos venerasen la E u caristía y la custodia­
sen en «sitios preciosos.» ¡T a l fué el deseo supremo
del enamorado de la pobreza!
San Francisco, en una palabra, había elegido al
Santísim o Sacram ento, según frase de uno de sus
contem poráneos, «por alma de su Orden c inspira­
dor de la heroica pobreza He los M enores (i).»
Pascual, reflexionando sobre las palabras y los
hechos del santo Fundador, llegó á adquirir el ple­
no conocim iento de esta verdad ya en los albores de
su vida monástica.
S u m ayor glo ria consiste principalm ente en h a -

( l ) V-tíanse: P. ESasílides M aría : Les Tradilions franciscaines


p<ir rapport á i’Eucharistie, L ille , Dcscl¿e, 18 9 9 ; y P . B u e n a v e n ­
tu ra: VEucfiarUtie et ie M yslire du CJirisi, Pa rís, P o u ss ic l^ u t,
■ 896.
— So —

berla com prendido y en haberla observado práctica­


mente.
Desde este momento él encontrará en la E u c a ris­
tía una incitación irresistible á la práctica de las más
adm irables virtudes, olvidándose com pletamente de
sí propio en obsequio de su Am ado,
Y , como merecida com pensación, él hallará en la
Eucaristía el prem io de sus incesantes sacrificios y
la suprem a felicidad de su vida.
He aquí cómo nos describe esta última en una pá­
gin a entusiasta su novicio, amig-o y superior X i -
ménez:
cfNunca pensaba en satisfacer el m enor capricho.
Siem pre ponía estudio en m ortificarse á sí propio.
«Y o he visto b rillaren él la humildad, la obedien­
cia, La m ortificación, la castidad, la piedad, la dul­
zura, la modestia y, en suma, todas las virtudes; y no
puedo decir á ciencia cierta en cual de ellas llevaba
la ventaja á las demás.
«Si me pongo á considerar su pobreza, la encuen­
tro perfecta; si su caridad, la veo brillar como el sol:
su humildad parecía no tener lím ites, su m ortifica­
ción sobrepujaba ¿cu a n to puede humanamente so­
p o rtarse,,,»
¿Cómo exp licar un tal género de vida?
Xim énez nos da lu ego la razón de ello:
« E l, nos dice, pasaba todo el tiem po posible en
adoración ante el Santísim o Sacram ento,
« A l pie del tabernáculo se le hallaba desde des­
pués de maitines hasta la hora de las Misas, ¡estaba
armándose para la jornada! A l pie del tabernáculo
se le sorprendía al anochecer, ¡estaba descansando
de sus fa tig a s!...»
CAPÍTULO VII

L a vida religiosa

La vida no viene 4 s e r otra c oia


q u e una noche q u e se pasa en. un
pobre alb erg u e... \ o deseemos v i­
vir á n u c s .r o gu sio .
(Santa Teresa de Avila).

N año después de la toma de hábito hace Pas­


cual la profesión, y se une A Jesu cristo por vín­
culos sagrados ¿ indisolubles.
L o s estatutos de los A lcantarinos exigían que
nuestro Santo pasara mi form ación ocho años, bajo
la dependencia de un maestro de novicios, á ser po­
sible en el mismo convento y ocupado en los oficios
privados de la Comunidad. E ste lapso de tiempo es
el que se designaba con el nombre de años de Mal­
dición.
L a s diversas reseñas que poseem os relativas á la
vida religio sa del Santo, nos permiten fijar su cro­
nología aproxim ativam ente exacta.
Nosotros lo hallamos viviendo casi constanteincn-
te en L oreto hasta 15 7 3; hacia la fin de estos ocho
años en E lch e, y accidentalm ente en VilLena. L a
custodia de San Ju an Bautista se com ponía, por es­
ta época, de solos cuatro conventos.
Por los años de 1573 los superiores enviaron al
Santo ;'i Valencia, en ocasión en que llevaban allí á
cabo la fundación de un convento-
L o s cinco años siguientes los pasa yendo de un
convento á otro: V illena, E lch e, Ju m illa, A y o r a , V a­
lencia y Já tiv a se disputan el honor de contarle en­
tre sus R eligio so s.
Ultimamente es destinado á V illarreal, en donde
ve transcurrir los años postreros de su vid a (de i 58 c>
á 1592).
Su s ocupaciones fueron casi idénticas en todas
partes: unas veces tenía á su carg-o el refectorio y la
portería: otras echaba mano de su alforja y se iba á
pedir lim osna por los pueblos com arcanos. P o r lo
demás, jam ás se negaba á ayud ar á diestra y sinies­
tra á todos cuantos solicitaban el concurso de sus
buenos oficios.
A s í, pues, la urdim bre de su existen cia se des­
arro lla bajo un plan monótono, que no se v e ani­
mado de ordinario con peripecias dramáticas.
E sta tiene, no obstante, su historia: la de la toma
de posesión de su alma por el amor divino; toma de
posesión cada día más perfecta, hasta que, p o r úl­
timo, com pletada la conquista, es adm itida aquélla
á gozar en el paraíso d élo s lauros de la victoria.
E l Santo va elevándose más y más hacia D ios; y
al p ar que hacia á D ios se eleva, así va sensibilizán­
dose progresivam ente su acción bienhechora en to­
do cuanto le rodea.
A medida que la naturaleza se debilita, la gracia
se transparenta, atrayendo nuevamente á los hom­
bres hacia el D ios de la Eucaristía.
Sigam o s el vuelo de esta ascensión espiritual, al
menos en cuanto nos sea posible vislum brarla desde
este valle de lágrim as.
S u s acciones parecen con Frecuencia insignifican­
tes, no lo dudamos; de aquí el que el mundo las
desprecie. P e ro v no, nada hay vulgar en las vidas
de los Santos. E l am or divino todo lo ennoblece y
dignifica.
A l penetrar en el oratorio los prim eros albores
de la mañana sorprenden á nuestro bienaventurado
puesto de rodillas ante el altar: allí está el divino
M aestro hablando al corazón de su h ijo ... E ste, á
ejem plo de la M agdalena, escucha dócil y absorto
sus enseñanzas,,. L u e g o , dejando en suspenso tan
dulces entretenim ientos, v a á despertar á sus her­
manos, llama de puerta en puerta, y repite con voz
pausada y devota:
« ¡A la b a d o sea el dulcísim o nombre del buen
Jesú s!
« ¡A Prim a, herm anos míos, á Prima! ¡A cantar
alabanzas á D ios y á su Madre Santísim a!»
L le g a la hora de celebrar el Santo Sacrificio.
Pascual ayud a á cuantas Misas le permiten sus
ocupaciones,
¡Con qué placer no consagraría toda su existen­
cia á servir en el altar á los ministros del Santuario!
L o s ardores que inflaman su rostro dan á conocer
bien á las claras las ocultas llam as del amor que le
devoran el pecho.
E ste am or sube de punto y llega como á transfi­
gu rarle en el momento de la sagrada Comunión (que
tiene lu gar ordinariam ente en la prim era Misa). Sus
ojos despiden fuego, de su pecho brotan suspiros
que en vano intenta reprim ir, sus manos unidas se
.alzan á la altura del rostro, y todo anhelante y co­
mo sumido en éxtasis recibe á Dios en su corazón...
D espués, cual hombre que no pertenece y a á la:
tierra, pierde el sentim iento de cuanto le rodea y
prosigue maquinalmente sus funciones, sin darse
apenas cuenta de n ad a...
E ste espectáculo se repite varias veces por sema­
na, es decir, siem pre que el Santo se acerca á la sa­
grada Comunión.
Bien pronto sus transportes m isteriosos llaman la
atención del público, y la gente prin cipia á agol­
parse en torno al altar para presenciarlos.
« ¡E s un san to!» dice la adm irada m ultitud; y
sus hermanos agregab an : « A ese paso , no tardará
en hacer m ilagros.»
Y m ilagros hacía y a el S a n to .., m ilagros de pa­
ciencia y de resignación,
¡Pob re portero! Subiendo y bajando sin cesares-
caleras, yendo de la calle á las celdas y de las celdas
á la calle, de la iglesia al huerto y del huerto á la
iglesia, así pasa todo el día sin que, á pesar de ello,
se dibuje jam ás en su rostro el m enor sign o de im­
paciencia.
Cuando se encuentra con algun o al paso, le mira
con dulce sonrisa y le dirige por lo bajo una buena
palabra, que es de ordinario una jacu lato ria, una
chispa desprendida del volcán de su corazón:
«¡C uán bueno es D ios!»
«¡T o d o lo que de E l proviene es bueno!»
«¡A m em os mucho á Jesú s!»
«¡Q ué herm oso debe ser el cielo!»
. ..Y sigue luego su camino, dejando ¿ su interlo­
cutor profundam ente conm ovido y edificado.
Veam os ahora cuál es su com portam iento para
con los huéspedes.
A veces eran éstos numerosos, llegaban á horas
desusadas y se mostraban exigentes, merced á los
contratiem pos sufridos durante el viaje.
E r a p reciso recibirlos, atenderlos, agasajarlos, y
más que todo hacerles com pañía, escuchando el re­
lato de sus fatigas ó la descripción atropellada y
enfática de sus peripecias poco interesantes.
Pascual, se avenía á ello por adm irable manera y
como si todo fuera para él la cosa más natural del
mundo.
¿Y cuando se trataba de au xiliar á los pobres? ¡A hí
los p o b re s... hubieran sido más que lo suficiente, si
otras cosas no tuviera á que atender, para ocuparlo
todo el santo día.
Pero ¡ay! era preciso dejarlos para preparar el re­
fectorio.
No bien entraba en esta oficina, postrábase ante
una pequeña imagen de M aría, oraba por breves
instantes, y luego disponía todo lo necesario para
cada uno de los R eligiosos.
Como recuerdo de su pasada vida pastoril, obser­
vaba la costum bre de amenizar sus quehaceres con
el canto, M odulaba á media voz gasas populares en
honor de Jesú s, de M aría y de los Santos. Con es­
tas canciones adquiría nuevo ánimo para no rendir­
se á las fatigas de su oficio.
;A ca so no ha pasado y a á ser adagio., que un v er­
dadero m onje no tiene dominio sobre otra cosa que
sobre su cítara?
Pues bien, éste era el único entretenimiento que
se perm itía Pascual.
D espués de haber comido malamente y servido á
los pobres, encaminábase á trabajar al huerto, sin
reparar en el calor asfixiante que cotí frecuencia
reinaba á aquella hora,
Cuando el silencio dominaba en la cam piña, ilu­
minada por los plateados destellos de la lu na, se in­
ternaba el S ie rv o de Dios por los cam pos ó bien
cruzaba las avenidas, regulando los movimientos al
com pás de sus canciones:
«¡Rendecíd á Dios fuegos y calores!»
Porque, en efecto, no había llamas más vivas que
las que abrasaban su alma.
A veces su naturaleza desfallecía á impulsos del
am or divino.
Pascual había obtenido perm iso de los superiores
para pasar en la iglesia el tiempo de la recreación.
C ierto día, de gran frío, el Padre G uardián dis­
puso se hiciera la recreación en la cocina.
Pascual es llam ado para asistir á ella.
V iene al instante y se sienta ju n to al fu ego ... L o s
gem idos conmueven su pecho: sus miradas se espa­
cian errantes sin fijarse en cosa algun a. Un pensa­
miento em barga por com pleto su espíritu. L u e g o
álzase bruscamente, y cediendo al im pulso de fuerza
irresistible, parte como una flecha hacia la iglesia y
póstrase ante el divino Prisionero del tabernáculo.
L o s R eligio so s se empeñan en hacerlo v o lver á la
fuerza. ¡Tiem po perdido! No bien dejan de sujetar­
le, escapa más qu e de prisa.
E l Guardián entonces se vu elve hacia él y pro­
nuncia estas sencillas palabras: «¡Bien, F r . Pascual!
¡Haz lo que quieras!»
A l o ír esto el San to, obedece y cae por tierra sin
sen tido...
L o s R eligio so s llévanle á la celda; y una vez allí,
Pascual abre los ojos, como si despertara de un sue­
ño profundo,..
Cierto R eligio so que y a otras veces le había sor­
prendido en fla gra n te delila de arrobam iento, pre­
gúntale la causa.
«Os pido por favor, replica el Santo todo con­
fuso, que no os dejéis seducir p o r las apariencias en
cuanto habéis vi.sto. Dios se porta conm igo á seme­
janza de un padre con un mal hijo: me prodiga ca­
ricias y dulzuras para obligarm e así á m ejorar de
vid a ...»
CAPÍTULO VIII
Pidiendo lim osna

tn paupertale eí JimniíiUtte Do­


mino Jantutanlcs, i'a.fant pro elee-
mosyita confidente!-.
(San /''rancisco de Asis, en su
Regla J.
S e r v id o r e s de Dios en la po ­
b r e /a y en la ab n egac ió n, vayan
con confianza á ped ir limosna.

p e s a r de ello los superiores no le calificaron


A de mal súbdito.
S u s virtudes, ocultas hasta ahora, entre los muros
del claustro, debían esparcir también por fuera su
fragancia, y al igual que lo hicieran antes San F ran ­
cisco y su com pañero, m archa Pascual, siguiendo
la voz de los Prelados, á predicar con la elocuencia
de sus ejem plos, más bien que con la de lab pala­
bras.
E l Santo se aleja cantando, con la alforja de li­
mosnero al hombro.
V a de un lu gar á otro, rendido bajo el peso de
las limosnas y con los pies doloridos, y camina sin
treguas, indiferente á los ardores del sol, como á las
heladas ráfagas del viento. A sp e, A y O rte , E ld a,
N ovelda y A lican te viéronle repetidas veces atrave­
sar sus calles.
S u prim er cuidado al llegar á una parro qu ia era
dirigirse á la iglesia, acercarse lo posible al taber­
náculo y orar por largo tiem po.
L u ego entraba en el presbiterio, caía de hinojos
ante el párroco ó su coadjutor, y , después de be­
sarles la mano, les pedía humildemente licencia para
m endigar por la parroquia,
L o s sacerdotes solían entretenerle á su lado para
conversar con él, pero el Santo hablaba poco: y aun
en lo que hablaba, su conversación iba siem pre di­
rigida á D ios 6 al Santísim o Sacram ento.
Rarísim a vez aceptaba la invitación de sentarse á
la mesa de algún bienhechor. «Prefiero com er en el
cam po,» respondía alegrem ente. Y siem pre que
querían obligarle adorm ir dentro de una casa: « E vi-
taos esa molestia, replicaba; y o he sido antes un
pobre pastor, y tengo gusto en dorm ir al descu­
bierto.*
Y durante la noche su m irada se perdía á través
de la bóveda estrellada, y contem plaba con los ojos
de la fe la belleza de la patria celeste, en donde,
peregrino de este mundo, era esperado p o r su
Padre.
L o s paisanos no tardaron en reconocer en él uno
de los grandes servid ores del Altísim o.
S u s austeridades fueron m uy pronto conocidas:
— ¿de qué se alimenta? de cortezas de pan, mojadas
en agu a, y de frutas inservibles,
¡A h ! y ¡cóm o desafía el cansancio!
Y 1 U . A H K E A L . ---- A B R A U A L D E S A N P A S C U A L
¡Qué manera de afrontar con paciencia los tra­
bajos!
S u s más sencillas palabras despiden un arom a de
piedad que reconforta el espirita.
A ¿1 se acude en busca de consolación y de con­
sejo, E sp erase su llegada con im paciencia; y nadie
se ocupa de otra cosa que del sanio Hermano, so ­
b ra todo en los corrillos que se forman al anoche­
cer, aun mucho tiempo después de su salida de la
población.
Su s oraciones, se dice, atraen sobre nosotros las
bendiciones del A ltísim o; sus consejos son causa de
nuestra dicha.
Y los niños agregan , por su parte: también cuen­
ta m uy hermosas historias.
Escenas hay en su vida de lim osnero que evocan
á la mente los episodios de las F io re tli, de esas
«florecíllas silvestres que despliegan sus corolas
b ajo el ciclo de la Um bría, al pie de los olivares de
S an Damián ó entre los abetos de la M arca de A n ­
cón a.»
«A labem os á D ios, decía un día San Fran cisco á
F r . M aseo, por el gran tesoro que poseem os, y que
no es otro que Dios mismo de quien hemos de
gozar.»
Y am bos á dos 'arrojaban Sobre una piedra al­
gu nos m endrugos de pan recogidos de lim osna, y
bebían, en la palma de la mano, del ag u a del to­
rrente.
Uno de los com pañeros de nuestro San to en eL
Oficio de lim osnero, refiere á este propósito lo s i­
guiente: «Nos dirigíam os de u n o á otro pueblo. Du­
rante el trayecto Pascual consagrábase á hablar de
Dios con inexplicable ternura, á recitar piadosa­
mente el Oficio de la Virgen ó bien i meditar en los
misterios de la vida de Jesu cristo.
«A l hacer alto en cualquier Lugar, su prim er cui­
dado era rezar la estación al Santísim o Sacram ento.
«Comíam os ;i la sombra de un árbol; y Pascual,
previsor como él solo, buscaba en la alforja lo más
apetitoso que llevaba y lo ponía en nuestras manos.
«— E sto es para vos, añadía con graciosa sonrisa,
comedlo, que bien m erecido lo tenéis.»
En lo que nunca pensaba era en su propia con­
veniencia.
Ingeniábase á m aravilla en aliviar á su com pañe­
ro lo más posible de las molestias del viaje, rodeán­
dolo de toda clase de precauciones y tomando so­
bre sí la más pesada labor y el peor trabajo.
Habíase recogido en cierta ocasión una cuesta­
ción de aceite, m ayor que de ordinario, y el Santo
volvía al convento abrum ado con el peso de dos
enormes recipientes.
Com padecidos de él dos generosos paisanos, le
dijeron: «Pero, F r. Pascual, ¿por que no te vales de
un jum ento para llevar el aceite?»
L o s ojos del Santo brillaron entonces con p ica­
resca m alicia, y en sus labios se dibujó una sonrisa
significativa: «;Un jumento? respondió; está bien,
¿pero seréis capaces de encontrar uno mejor que yo?»
S u deseo de favorecer á los pobres le o b ligab a á
ir recogiendo p o r el camino lossarm ientos desecha­
dos, y cuando tenía bastantes para hacer un has
con todos ellos, lo entregaba gustoso al indigente
que le salía al paso.
Otras veces dejaba la leña recogida en casa del
que le daba hospitalidad, diciendo alegrem ente:
«E sta es mi moneda.»
Tam bién solía cortar de los árboles las ramas s e ­
cas que encontraba casualm ente, para ofrecerlas
lu ego á personas necesitadas que conocía.
Cuando algu n o le dispensaba cualquier beneficio,
su reconocí miento parecía no tener límites.
«Ten confianza, T ajarin o, dice á un buen hom­
bre que le acom pañaba para las cuestaciones y que
sufría de asm a; ten confianza, que Dios te ayudará.»
Y pone lu ego la mano sobre el pecho del paciente,
exclam ando: « E a, vayam os más ap risa.» Con solo
esto el enfermo se siente aliviad o y en disposición
de segu ir adelante.
A l regresar luego T ajarin o á su casa, ve con dolor
que uno de sus hijos está á punto de exhalar el úl­
timo suspiro.
A n te peligro tan inminente ap resúrase á llamar
al Bienaventurado. L a aflicción de los padres del
m oribundo conm ueve profundam ente al Santo,
quien vertiendo tristes lágrim as, gim e con voz que­
jum brosa: «¡Señ o r Je sú s, él me ha ayudado, por
am or vuestro, á hacer la cuestación: no le neguéis
vos ahora vuestra ayud a en tan doloroso momento!»
No había aún terminado Pascual esta p legaria y
y a la crisis estaba vencida. L o s padres, dos veces
felices, apresurante á estrechar contra su corazón
al hijo enferm o, y se complacen luego en p u b lic a rá
com petencia el poder m aravilloso del santo H er­
mano.
Con todo, no era tan m aravilloso este poder so­
bre los cuerpos cuanto sobre los corazones de los
hombres.
No había lu gar por donde pasase en el que no ex­
citara al pueblo á acercarse con devoción y frecuen­
cia á los Santos Sacram entos, á evitar las ocasiones
tic pecado, y sobre todo á reconciliarse con los ene­
m igos.
Para estas cosas estaba el Santo adornado, según
testimonio de cuantos le conocieron, de un don que
puede m uy bien calificarse de prodigioso.
Su s palabras conmovían profundamente y triun­
faban de los más obstinados pecadores.
H e aqu í un ejem plo curioso del que nos da cuen­
ta un rico señor de Monforte.
«E ra y o niño por aquel entonces. Una tarde tra­
jero n á nuestra casa el cadáver de mi padre que ha­
bía sido asesinado á puñaladas.
«T od os sabían quiénes eran los culpables, pero la
carencia de pruebas no perm itía obrar libremente á
la ju sticia.
«En tales circunstancias, mi madre, mi hermano
m ayor y yo juram os vengar el crimen. Y o conside­
raba como un d eb er sagrado dar muerte a l asesino,
así que pasaba un día y otro día tramando p ro yec­
tos de venganza.
«Cuanto m ayor era el tiempo en que me veía obli­
gado á com prim ir el fuego que me devoraba, tanto
éste era más ardiente. ¡A h ! ¡qué terrible iba á ser
mi venganza!
« Y ésta prom etía ser mucho más terrible aún á
contar del instante en que mi madre y mi hermano,
cediendo á las instancias de su confesor y de nues­
tros am igos, se decidieran á retractar su juram en­
to ... ¡Y o , yo era el único que perseveraba fiel á la
memoria de mi padre!
«Un tal pensam iento redoblaba mis fuerzas; así
que á la edad de diecisiete años era yo el terror de
mis enem igos. Y o sabía esto y lo sabían también
cuantos me rodeaban, temiendo siem pre llegara el
momento, pero y o no rae daba prisa, porque estaba,
resuelto á llevar á cabo una venganza com pleta,
atroz, in e x o rab le ... L o s R eligio so s de L o reto , las
personas influyentes de Monforte y otras m ást se
habían tomado á pechos mi conversión; sin em bar­
go , sus reflexiones no hacían otra cosa qu e e xasp e­
rarme más y más. H asta llegué al extrem o de ame­
nazarles también á ellos.
«R epresentábase al vivo una tarde— era un V ier­
nes Santo— la escena del Descendimiento de ¿a Cruz,
según acostum braba á hacerse, E l pueblo en masa
asistía á la cerem onia, y yo* por no ser menos que
los demás, formé parte en la procesión.
«Mis am igos, los monjes y otras personas fueron
rodeándome disim uladamente, pero en tal modo, que
en el momento del sermón me vi como aprisionado
en m ediode un círculo infranqueable. No tuve, pues,
más remedio que prestar oídos i la elocuencia del
predicador, quien puso término á su discurso con
una vibrante peroración en la que me excitab a á
perdonar á mi enem igo en recuerdo de la Pasión de
C risto.
«En un principio lo escuché im pasible, mas al fin
su retórica me puso furioso.
«— ¡C allad de una vez! grité. ¡Y o estoy en la re­
solución de antes! ¡E s inútil cuanto digáis! ¡N o p er­
donaré nunca!
«En aquel preciso instante siento que una mano
me coge p o r un brazo: ¿cómo salí de aquel sitio? No
lo s é ... Pascual estaba delante de mí.
<;<— H ijo m ío, exclam ó con un acento que no pue­
do olvidar, al propio tiem po que me m iraba con
ojos afables y tristísim os, hijo mío, ¡se ve que no has
presenciado la Pasión de Jesú s!
« Y continuó, después de hacer una pausar
«— ¡Perdona, hijo mío, por el am or de Jesú s cru­
cificad o!...
«Estas palabras, pronunciadas con acento lasti­
mero, aquellos ojos tan Humildes como exp resivos
clavados en mí, aquella fisonomía luminosa, transfi­
gurada por un reflejo celeste... me cautivaron. S u b ­
yu gad o, enternecido, sollozante, dije entonces con
labios trém ulos por la emoción;
«— S í, Padre mío, yo perdono por el amor de
Dios.
<c... L a multitud estaba atenta, muda, ansiosa, sin
atreverse apenas á respirar.
«— Herm anos ¡perdona! exclam ó Pascual.
«L a gente respiró satisfecha al oír estas palabras:
luego prorrum pió en un clam or frenético; clam or en
que se veían confundidas alabanzas, bendiciones, so ­
llo zo s... Y o lloraba también. Lágrim as de fuego
brotaban de mis ojos, yen do á caer sobre la mano
del Santo que continuaba estrechándom e entre sus
brazos... En tanto el odio se derretía en mi pecho,
como se derrite el hielo al ser herido por los dardos
del sol,
«A l fin, me daba por ven cid o .►. y no lie vuelto
ya á sentirm e víctim a de deseos de venganza.»
T a l era la obra de Pascual en sus salidas del con­
vento; hacer bien á los demás, con d u cirá Jesucristo
las alm as extraviad as, y suspirar, como el ave por
su nido, por volver cuanto antes al convento á fin
de que no llegaran así hasta él los aplausos del
mundo.
Su prim er cuidado al lle g a r de afuera, era ir i
postrarse á los pies del superior para recibir de ro­
dillas su bendición paternal y con ella el perm iso de
irse á la iglesia.
ir na vez allí, entregábase por largas lloras al ejer­
cicio de la oración; y las delicias que en orar e xp e­
rimentaba, le daban á conocer bien ;i las claras cuán
bueno y agradable es habitar ju n to á los taber­
náculos del Señor.
En estas ocasiones venía á inquietarle un pensa­
miento muy natural en él: «¡Q ué dichoso sería yo ,
si pudiera no apartarm e nunca de aquí, ó si me fue­
ra dado, cuando menos, v iv ir lejos del mundo y de
los tráfagos del siglo , consagrado enteramente al
A m ado de mi alma y en E l pensando de conti­
n u o !,.,»
H abía cerca de L oreto una gruta, en la que solían
pasar algu n os R elig io so s una sem ana de retiro, sin
dejar por eso de asistir al Oficio divino en el coro y
á la M isa conventual.
E sta gru ta acababa á la sazón de ser abandonada
por un R eligioso que se dedicaba á la predicación,
en consecuencia á una dura prueba que había sufri­
do, Parecíale, en efecto, que los infernales espíritus
trataban de destruir su m orada y de dejarle á él se­
pultado entre Los escom bros; así qu e, en tan apura­
do trance, ni aun se había acordado de recoger sus
libros.
E l Guardián llamó al momento á Pascual para
que fuera á buscarlos,
«Fu i contentísim o, decía el Santo hablando de
esto con un novicio, pues así podría d isfru ta rá mi
gusto de las delicias de la vida erem ítica.
«A n te todo me dediqué por algún tiempo á la o ra ­
ción; luego me entregué ¿il descanso con propósito
de levantarm e á media noche para disciplinarm e y
v o lv e r de nuevo á la oración. Dormíme, acariciando
en la mente tan hermosos proyectos, y d esp erté...
cuando el sol inundaba ya la gru ta con sus ful­
gores.
«T odo confuso rae levanté más que de prisa, y
vo lví á hacer los oficios que me tenía encomendados
la obediencia, toda vez que lo sucedido vino á de­
mostrarme que mis deseos eran una ilusión y nada
m ás.»
CAPÍTULO IX
Tribu laciones

in h u m ilit t ili! trtfl p a t ie n li a i n l i a í e ,


q i r n n ia m in i g n e p r o b a i u r a u r u m e l
a rg en C u m .
rF.ócíes., ii, 4-5).
S£ paciente en la trib ulació n,
p o r q u e en el fu ego se prueba el oro
y se f iu n íic a lu plata.

E R 1A un error creer que Los San tas llegaron sin


dificultades á conseguir la perfección.
EUos crucificaron, es cien o , su propia carne; pero
á este sacrificio espontáneo añadía Dios otras prue­
bas independientes de la voluntad de aquéllos.
No falta quien ditja que las privaciones que uno
se im pone voluntariam ente, despiden parn el que
las hace, como buscadas por el mismo, un aroma
que deleita.
No puede, sin em bargo, decirse lo propio en or­
den á las que provienen de otras causas y que uno
no'pretende.
A si, pues, la resignación en soportar estas últi­
mas, es la que nos da la norma para apreciar su san­
tidad.
Pascual, no menos que los otros Santos, debía
pasar por ésta, que sus contem poráneos San Juan
de la Cruz y San ta T eresa de A v ila, designan con el
nombre de noche obscura.
E l cielo le parecía de plomo y la tierra de metal.
L a duda se esforzaba por adquirir el dominio de su
corazón. S u en ergía parecía derram arse, no de otro
modo que se derram a el líquido al rom perse el vaso
que lo contiene.
T o d a su vida era por él ju zgada como una serie
de incoherencias: el pasado lo desanim aba, y su co­
razón parecía como despedazarse de remordimiento
á la vista de crím enes hasta entonces ignorados; el
porvenir figurábasele más tenebroso todavía, por­
que el S eñ o r lo dejara abandonado á sus fuerzas:
creía, digám oslo así, escuchar esa sonrisa sarcástica
de que nos habla la Escritura al m ostrarnos la acti­
tud con que Dios presencia los momentos agónicos
de la vida del pecador.
E l presente era también para él un enigm a indes­
cifrable. Su corazón veíase com batido por dos sen­
timientos opuestos. L a fiebre de la lujuria, del odio
y del orgu llo estrem ecía su carne desgastada por los
ayunos. Por otra parte, sentíase atraído por irresis­
tible impulso hacia ese D ios en el que pensaba en­
contrar el reposo. En suma, mientras el espíritu co­
rría, como ciervo sediento, á em briagarse con la pu­
reza de los A n geles, el cuerpo parecía revolcarse en
un cenagal de torpezas y de engaños.
¿Cómo, entonces, librarse de aquel cuerpo de
muerte? Porque, en realidad de verdad, Pascual p re­
feriría á una tal situación, la destrucción y aun el
aniquilam iento de su ser.
C ierto dí;i, rendido ó debilitado por la lucha, cae
cual caen los vencidos de la vida, arrojando sobre
una p laya inhospitalaria como los últimos restos de
un gran n au fragio ... L a copa de la tribulación re­
basaba los bordes.
Pedro de Sena, su provincial, entra entonces en
la celda del S an to .
— ¡Oh Padre! gim e éste, ¡todo es inútil! Y o no
puedo más. ¡S i me fuera dado dejar de e x istir!... ¡H e
sufrido y a ta n to !...
Y su cabeza cae pesadam ente sobre su pecho,
cual la de un hom bre en el momento de exp irar.
Pedro se inclina sobre esta alma atribulada y le
habla.
Y el pobre desesperado le refiere pausadam ente,
con palabras entrecortadas p o r los sollozos y frías
como el m ármol, su lam entable historia, no menos
prolongada que lastim era.
G racias á ello la pa?. renace en su alma, el dolor
que atenaceara su corazón se m itiga casi insensible­
mente, y rosáceos fulgores tienden en torno á él un
velo diáfano sobre las som bras densas de antes.
Nuestro Santo cree entonces descubrir allá arriba,
en el cielo que principiaba á esclarecerse, una son­
risa m uy parecida á la que vierte la aurora tras de
las nocturnas tinieblas. L a juventud renacía en él, y
con la juventud los bríos de otros tiempos. D iñase
que era un convaleciente que aspira en pleno M ayo
el perfum e de las lilas, ó bien un hombre que des­
pierta de un pesado sueño, que toca con inquie­
tud cuanto le rodea, y que ve por fin desvanecerse
sus terrores ante el testim onio elocuente de la rea­
lidad.
Una vez terminada la confesión, serénase la tem­
pestad de su alma, y el Santo renace á nueva vida,
dispuesto á sostener nuevos combates.
En otra ocasión el común enem igo obtiene p er­
miso para m altratar al Santo.
¡Qué enferm edades! murmuran los médicos e xa­
minándolo; no hay duda que confunden nuestras
previsiones, se resisten :í nuestros cálculos y burlan
nuestros rem edios... C ualquiera diría que ello es
cosa del diablo.
Tam bién se oyen á veces en su celda ruidos ex ­
traños, Ó bien goLpes y lam entos.
Suen a de repente un grito agudísim o durante la
noche. L o s R eligio so s corren solícitos á la habita­
ción de Pascual. E l Santo confuso responde; « E sta ­
ría soñando,» ó bien; «Me he sentido víctim a de
extraños d o lo re s.»
Y los despide como si nada hubiera pasado; pero
á la mañana siguiente, segú n testimonio de los tes­
tigos, vésele en el coro COn el cuerpo m agullado y
m altrecho.
L o único que de sus labios pudo saberse con res­
pecto á tal gén ero de tribulaciones, acerca de las
cuales observaba Pascual un riguroso sigilo , es lo
siguiente: «Nunca son tan terribles los asaltos...
como cuando medito en la Pasión y en el amor de
Jesu cristo Sacram entado.»
Y pronunciadas apenas estas palabras enm udece,
como tem eroso de haber dicho y a dem asiado.
En cuanto hasta aquí llevam os dicho, servía de
consuelo á Pascual la solicitud y afecto d é lo s supe­
riores, quienes en las luchas con el demonio le ha­
bían ayudado con sus consejos y sostenido con sus
exhortaciones.
Con todo lle g a un momento en que hasta esto va
á faltarle: véase en qué ocasión.
En 1 573 fundaron los superiores un convento de
estadios en Valencia.
Precisábase enviar á él Hermanos legos, y ponía­
se empeño en que éstos fuesen escogidos entre los
más edificantes.
En tales condiciones, pusieron los ojos en Pas­
cual.
E stab a allí de Guardián un austero anciano, R eli­
gioso español de los del tipo clásico, de rostro hora­
dado por el sufrimiento y ele dura mirada en la que
parecía bullir todo el fuego de la san gre berberisca.
Y a sea por inadvertencia* ó bien por prevención,
¿quién lo sabe? es lo cierto que dicho superior no
tarda en tomar al nueve subordinado por blanco de
su inflexible rigidez.
Un día le manda sin más ni más en pleno refecto­
rio que salga á decir la culpa.
Puesto ya el San to de rodillas en medio de los
adm irados R elig io so s, el Guardián comienza á des­
cargar sobre ¿1 todo un torrente de injurias, redu­
ciéndose su atrabiliario repertorio á decirle:
« ¡S o is un hipócrita y 1111 presuntuoso! ¡A h í ¡vos
creéis estar en posesión de un tesoro! ¡A b rid las
manos y contem pladlas llenas de cieno! ¡E stad
aten to !...»
T erm inada la filípica y en medio de un gen eral
silen cio> Pascual se arrastra ágatas hasta el sitio del
superior, estrecha los pies de éste entre sus manos
con muestras de respeto y de indecible ternura, y
los besa, lu ego, una y otra vez...
Poco después siente tocar la campana de la por­
tería y corre á abrir la puerta, en donde permanece
bastante tiempo ocupado en atender á los que lla­
maban.
« ¡A h ! piensa entre tanto un R elig io so , el pobre
fraile está á lo que parece muy confuso por lo su ­
cedido y no tiene valor para volver al refectorio.
Sin duda se está haciendo tiempo para desim presio­
narse antes de entrar de nuevo.»
Y guiado por esta idea se apresura á buscar al
Santo.
— Tened paciencia, F r. Pascual, le dice con dul­
zura.
— ¡Paciencia! ¿por qué causa? responde el Bien ­
aventurado.
— Pues por la injusta reprimenda que recibis­
teis.
— Estad seguro, Herm ano, replica el humilde
R e li g io s o , que el Esp íritu Santo es quien ha habla­
do por su boca.
lirt otra ocasión en que tuvo lu g ar una escena
parecida, respondió á los que intentaban consolar­
le; «No me han entristecido poco ni mucho las p a ­
labras del Padre Guardián. M uy al contrario, me
ju zgo tan feliz de este modo, que quisiera recib ir ca­
da día un tal consuelo. ¡O jalá Dios le inspire el que
así lo h a g a ! y
¿Sería cierto que D ios hablaba por boca del su­
perior? No parece probable en tales casos. S ea, em­
p ero , de ello lo que se quiera, es lo cierto qu e di­
chas escenas se repetían con harta frecuencia.
H o y servíale de pretexto un vaso roto, mañana
un poco de aceite vertido, y un día después otra fal­
ta tan fútil como las anteriores, m ortificándolo por
ello casi siem pre con reprensiones irrazonables.
Y á medida de las reprensiones corrían parejas
las culpas públicas, las penitencias de todo gén ero,
las flagelaciones crueles, las hum illaciones sangrien­
tas, los reproches Insultantes y todas las vejaciones
posibles que llovían sin cesar sobre nuestro Santo.
«E l G uardián, dicen los testimonios, se ensañaba en
él con verdadera ferocidad.»
Ni faltaron tam poco R elig io so s que, alentados á
ello por la conducta del superior, tuvieran i gala
proporcionar á Pascual desprecios y sinsabores sin
cuento. Para ello nunca les faltaban pretextos, co­
mo nunca dejaba tam poco de andar de por medio
de estas cosas una cierta mal velada envidia.
Con todo, Pascual nunca se daba por agraviado, y
correspondía siem pre á todos los desprecios con
inequívocas muestras de cariño.
A este efecto, alega uno de los testigos, tenía
presentes las virtudes que adornaban á sus perse­
guidores, y con ellas tejía un manto con que ocul­
tar todos sus defectos.
«Por lo que á mí toca, decía el Santo, conozco
que no tengo de R eligio so más que el hábito. He
delinquido y me he hecho digno, por lo tanto, de
los últimos castigos: venguen en mí las criaturas los
ultrajes que y o hice al C riador, que con esto me da­
rán una prueba más de que me aprecian.»
A la m anera que las m edallas, añade una antigua
crónica, tanto m ayorm ente brillan cuanto más se
frotan, así lo g ra Pascual adquirir un nuevo lustre
por medio de la tribulación y del sufrimiento.
E l Provincial, Pedro de Sen a, llega al fin á tener
noticias de todo lo que pasa, y en su consecuencia
Pascual es obligado i acudir á la presencia del su­
perior.
E ste desea saber las cosas de los propios labios
del Santo; pero el Santo no le da de ninguno la me­
nor queja.
— En vista de lo que sucede, exclam a el P ro vin ­
cial, ju zgo que tío es conveniente para vos regresar
á ese convento. V uestra vida eS allá dem asiado in­
cómoda. ¿Queréis que os envíe ú otro convento?
— ¡A h , Padre mío! responde el Santo com o aver­
gonzado, no hay necesidad de que sepáis para ello
mi voluntad; yo estoy para todo en manos de la
obediencia, ¡H ag a vuestra caridad lo que m ejor le
parezca! Para mí es igual continuar allí ó ir á otra
parte.
— Pero ;y vuestro Guardián? dice, interrum pién­
dole, el Provincial.
— No, responde con convicción el Bienaventura­
do; yo sé por exp erien cia que nada se g a n a con
cambiar de superiores. A un G uardián difícil de so­
brellevar sucede otro más llevadero, en tanto que
si uno busca cambiar de puesto, suele ir con fre­
cuencia de mal en peor.
Y Pascual sigu e en Valencia p o r espacio de tres
años, ocupado, como antes, en los oficios de la por­
tería y del refectorio.
Su gén ero de vida continúa siendo el misino de
antes, con la única diferencia de que, á partir de
este suceso, acostum bra pasar más largas horas en
oración ante el Santísim o Sacram ento.
CAPÍTULO X

Historia de una vocación

A p p reh e u Ja m le el ducitm te in
dom um niatris mace.
i'Camic. v n i , í ) ,
Yo te llevaré conmigo y te con­
d u c i r é á c a s a de mí m a d r e .

E Ra por los años de 1 5 75 . E l P. Francisco X i -


ménez hallábase por aquel entonces en su cali­
dad de Provincial al frente de los conventos alcan -
tarinos del reino de V alen cia.
A sun tos de familia habíanle llamado á Jerez de La
Fron tera, su patria.
Un herm ano de Xim énez, residente en el Perú,
no escrib ía de algún tiempo atrás, y su cuñada vivía
rodeada de numerosa pro le y víctim a de dificulta­
des de todo género.
A raíz de la partida de Xim énez sobrevinieron en
la provin cia muchos asuntos de im portancia: y el
superior que ocupaba accidentalm ente su puesto ca­
recía de atribuciones para resolverlas, debiendo por
lo mismo atenerse en todo á las órdenes del P ro ­
vincial,
En tal estado de cosas, este último com isiona al
S iervo de Dios para poner á Xim énez al corriente
de todo.
Pascual obedece sin oponer dificultades, y hace el
viaje según lo tenía de costum bre, á pie, descalzo,
m endigando de puerta en puerta el alim ento y pa­
sando la noche á cielo abierto.
A su regreso trae en su com pañía al pequeño so­
brino de su superior, llamado Juan X im énez, que
fué después R elig io so de la misma Orden y b ió g ra­
fo del Santo.
U no y otro hicieron ju ntos un viaje de cien le­
guas, viaje del que tenemos la noticia siguiente de­
bida al mismo Ju an , acom pañante de Pascual.
«T enía yo , á la sazón, nos dice, como unos cator­
ce años, y solía frecuentar el convento de Jerez. L os
R eligiosos me trataban con tanta am abilidad, que
hasta llegaban á permitirme asistir al coro y cantar
con ellos.
«Cierto día en que me hallaba en el Oficio de T e r ­
cia, v i entrar en la iglesia en el momento en que iba
á darse principio á la Misa, á un hom bre, vestido
con remendada túnica, pero tan estrecha, que m is
bien que túnica parecía un saco: no llevaba ni san­
dalias, ni manto.
«D espués de signarse devotamente, vino á arrodi­
llarse á un rincón del coro, besó la tierra, unió las
manos y se abism ó en oración.
(-Un R eligioso le invita á ocupar una de las sillas,
y él accede y se porta durante toda la ceremonia
con tal piedad y recogim iento, que yo , á despecho
de mi edad poco dispuesta á adm irar tales espectá­
culos, me sentí profundamente em ocionado.
VJJLLJtRREAi,.------------------------------------------------ IGLESIA bONDE SE VfcNtHAft LOS JtE^TOS LK
« E ra este tal el S iervo de Dios á quien y o veía
entonces por vez prim era; la impresión que me pro­
dujo no puede nunca borrarse en mi memoria.
«Una vez terminada la Misa, entra en el con­
vento, habla con mi tío, y sale luec^o á visitar á al­
gu nos bienhechores que deseaban hablarle y que
le habían sido indicados por el superior. En tre
otros fue también i visitarnos á nosotros, en cuya
casa se habían ya engrandecido y celebrado más
de una ve/, sus virtudes, puesto que mi tío lo tenía
en mucho aprecio y solía hacer de él grandes elo­
gios.
«Y de hecho, él hablaba con tanta modestia y cir­
cunspección, y parecía tan bueno y tan am able, que
yo , fascinado, no podía apartar de él mis ojos.
«De súbito el varón de Dios clava en mí una mi­
rada escrutadora, y dice, volviéndose á mi madre:
«Entregadm e este muchacho por el am or de Jesú s
* y de .San Francisco.»
«Estas palabras fueron derechas á lacerar el co­
razón de mi pobre madre. ¡A h ! y o era su prim ogé­
nito; ella tenía puestas en mí sus esperanzas para el
porvenir; la familia se opondría á ello; yo no estaba
en disposición de hacer los estudios; era aún muy jo ­
ven para pensar en tal cosa, y además ¡d eb ía mar­
char tan lejosL .. No, mi madre no podía consentirlo
en manera alguna.
«Con todo, el Bienaventurado orilla con tanta ha­
bilidad todas estas diliculcades, que al fin mi madre
exclam a con voz entrecortada por los sollozos: « L le ­
g a d l o , puesto que tal es la voluntad de Dios, pero
«que no sepa nada la fam ilia, porque lo im pediría á
«tcxlo trance...»
«Pascual, á su vez, promete velar siem pre p o r
mí; «Yo le atenderé, dice, con la solicitud de una
«madre.» Y esta prom esa no fué en sus labios una
promesa vacía de sentido. T en d id o en su lecho de
muerte y entre los estertores de la agonía, quiere
que los presentes me atestigüen lo bien que él ha­
bía satisfecho esta deuda. Por otra parte, todos los
episodios desarrollados durante nuestro viaje bas­
tan para dem ostrarlo bien á las claras.»
Ju an Xim énez, á su vez, no se m ostraba disgus­
tado por la partida; la perspectiva de un largo viaje
tenía para él sus atractivos, el guía era de su a g ra ­
do, y dada su edad, no se p reo cu p áb alo más míni­
mo por lo que de sí pudiera dar el porvenir.
M ontaba Xim énez una pequeña muía andaluza,
muy robusta y briosa, la que, á despecho de los es­
fuerzos del gin etc, trotaba de continuo, formando
con los cascabeles que la adornaban un sonido muy
agradable para el muchacho. A sí que Pascual, á
trueque de no perder de vista á su protegido, no
tema más rem edio que seguir la marcha del bruto:
y esto muchas veces por caminos sem brados de pie-
drecitas y en forina de pendiente, bajo el peso del
cansancio y de los ardores del so l... E n resumen; el
viaje era para nuestro Santo un sacrificio continuo.
Ju a n , adivinando la fatiga del R eligio so , se em­
peña en hacerle subir á la cabalgadura: «Herm ano,
le dice, vayam os á caballo, tú un poco y yo otro
poco.»
— No, no, pequenuelo mío, responde el San io,
déjate estar, que yO v o y í pie mucho m ejor.
«Todas cuantas instancias le hice, escribe X im é -
nez, fueron inútiles; lo único que conseguí de él,
contra mis deseos, fué que el Bienaventurado se
quitara el manto, que le habían dado en Jerez, y se
sirviera de el para hacerme un asien to,,. ¡que me
era, por lo mismo, más m olesto!»
L a madre de Xim énez había proporcionado á su
hijo dinero y provisiones para el viaje, pero Pas­
cual no consintió en que el ni fio le pagara cosa a l­
guna. M endigaba su pan y se resistía á gu star las
provisiones de su acom pañarte. H ubo, sin em bar­
go , una excepción: Ju an arrojó al camino, como in­
servible, parte de su vianda, la que, gastad a por el
calor, exhalaba y a un hedor nauseabundo. E l Bien ­
aventurado se apresuró á recogerla, y con ella rega­
ló su paladar durante algunos días.
«Cam inábam os de ordinario á un mismo paso, pe­
ro algún tanto separados. Pascual ocupaba el tiem­
po en rezar ó en cantar gozos al Santísim o S acra­
mento. Su s cantos y su voz me causaban agrado, y
y o le hacía repetir los que me parecían inás herm o­
sos, sin que nunca el Santo se negara á mis sú­
plicas.
«D e vez en cuando se aproxim aba á mí, é inspec­
cionaba los aparejos:
«— ¿Vas bien así, mi querido Juan? ¿Sientes can­
sancio? me decía. V am os, ten ánimo, que descan­
sarás dentro de poco. ¿No ves? Estam os ya cerca
de una posada.
« ¡L a s posadas! ¡Qué famosos albergues! Rodéan-
los un huerto en el cual crecen confundidos al pie
de los árboles los dorados melones y las rojas san­
días, En el centro álzase la noria, recuerdod el tiem­
po de los moros, con su vieja rueda de sacar agua,
puesta en movimiento por un mulo.
«E l albergue es al estilo de los de M arruecos: un
cobertizo sostenido por pilares de piedra: á lo largo
d é la s paredes toda una h ilera de caballos, jum en ­
tos y mulos; junto á la puerta carretas y fardos.
«En el fondo, en una sala obscura* llam ea el fuego
de la hospitalidad. A la luz de este fuego se cocina,
se come, se fuma, se canta, se discute, se g rita y , á
ser posible, se duerme.
«Cada uno acomódase por la noche lo m ejor que
puede; éste se encaram a sobre un carro, el otro
tiende su capa y se acuesta encima de ella, y el de
tnás allá se arro lla en una manta y se tira en un rin­
cón á la buena de D ios. S ería ped ir gollerías el pre­
tender m ayores com odidades en una posada.
«Pascual escoge un rincón para mí é im provisa
una camilla, lo menos dura posible, poniendo en
ello todos los recursos de su habilidad. L u e g o me
cubre con su manto y queda de gu ard a á mi lado
hasta que se persuade que estoy dorm ido; al oírme
roncar, se aleja.
«Y o tuve curiosidad por saber qué es lo que iba
;» hacer á aquellas horas, y, restregándom e los ojos,
vile separarse á corta distancia, arrodillarse como
en el coro de Jerez y o rar... ¡D ios mío, por cuanto
tiem po!...
«Y lo que hacía entonces, lo hacía siempre, lo mis­
mo en las posadas que en las gran jas; orar por es­
pacio de muchas horas y dormir lo menos posible.
« A veces el exceso del calor nos o b ligab a á cami­
nar de noche: entonces Pascual no se separaba de
mí un momento, me hablaba de muchas cosas buenas
y desvanecía mis aprensiones.
«Cuando tropieza en el camino con algún viajero,
esfuérzase por colm arlo de favores. C ierto día h a lla ­
mos á un hidalgo quien nos refiere toda una histo­
ria de bandidos, que me es muy interesante y que
aquél relata con gran prolijidad de detalles.
«E l Santo tomó pie en el percance para recomen-
darle la devoción á ía Santísim a V irgen y la. nece­
sidad de vivir santamente. Y habló con tal convic­
ción, que y o me sentí cam biado en otro hombre, y
formé propósitos de hacer una confesión gen eral de
toda mi vida,
«Otro día tocó la suerte á un pobre jo ven quien,
con los vestidos hechos girones, el rostro cubierto
de lágrim as y el cuerpo lleno de m ordeduras de pe­
rros, se acercó á pedirnos limosna. Su porte daba ¡i
conocer bien á las claras que no había nacido en la
m iseria, y después he llegado á saber que p erten e­
cía á una de las principales familias.
«Dicho jo ven había abandonado, en un momento
de obcecación, el hogar paterno, á fin de poder así
entregarse más librem ente á los placeres.
«T-uego refiriónos sus am arguras, su m iseria, su
cruel in f o r t u n io ,¡t o d a una historia tan larg a y tan
triste!...
«Pascual lo consoló y le habló con inefable bon­
dad, animándolo á que volviera al lado de su padre,
á que le pidiera perdón por su pasada conducta, y
á que se portara en adelante como buen hijo y buen
cristiano.
« A medida que hablaba el San to , el pobre joven
sentía renacer en su ánimo la esperanza.
«Un compañero de v iaje, que era Herm ano coad­
ju to r de la Com pañía de Jesú s, unióse entonces á
n o so tro sy prin cipió, á su vez, i hablar al hijo p r ó -
digo.
«E ste, al fin, se dejó convencer, y prometió re g re­
sar á la casa paterna; ¡había sufrido ya tan to!...
«Más tarde tuve noticia de que el jo ven había se­
guido las exhortaciones de am bos, y que su situa­
ción era y a muy diversa. E l mismo vino en persona
á Valencia, para dar las gracias á sus caritativos
consejeros. Pascual no habitaba ya a llí: así que el
joven sólo pudo hablar con el Herm ano jesuíta, el
cual se apresuró á com unicar al San to las buenas
noticias de la conversión de su protegido.
«A sí atravesam os toda la A ndalucía, que es una
verdadera A frica española, en U cual van alternan­
do con las rientes colinas, ligeram ente ondulantes y
cubiertas de olivares, las polvorientas llanuras y las
sedientas torrenteras.
«G ranada aparece á nuestros ojos: en el horizonte
se columbran los picos dorados de S ie rra Nevada:
sobre un fondo que se asem eja á un mar de verdura,
surge una masa com pacta de torres y cúpulas des­
lumbrantes á la luz del sol, en medio de blancos
muros, perforados por ventanas ojivales. «Cuando
«Dios quiere bien á algun o, dícese por allá, lo lleva
«á vivir á G ranada.»
« A la entrada de la larga avenida de los álamos,
vese una capilla edificada por Fernando el Católico,
que trae á la memoria el 3 de Septiem bre de 1492.
En dicho día, en efecto, el C ardenal Pedro de Men­
doza, colocado al frente de los asaltantes, clavaba á
las tres de la tarde el signo de la Cruz en lam as alta
de las torres de la A lham bra. Con esto dábase por
conquistado el último refugio de los moros, y por
asegurado en E sp añ a el principio de la unidad ca­
tólica. A un hoy día suele acudirse á la susodicha
capilla para rezar ciertas plegarias indulgenciadas y
para decir por la mañana, cual lo hace todo cristia­
no, la oi'txc¿ó¡i de la crtesada.
«Nosotros pudim os hacer nuestras devociones an­
te el sepulcro de los m ártires franciscanos Ju an de
Cetina y Pedro de D ueñas, martirizados tiempo hace
por M ahom ed-a-B em baluaf y visitar la. antigua for­
taleza de los sarracenos, transform ada en convento
de los Frailes Menores. Pascual, en esta ocasión,
me dijo que procurara hacerme con un libro escrito
por L u is de G ranada, que se llama: La Gura Ac Pe­
cadores.
«— Lóelo, pequenuelo mío, a g reg ó , pues es muy
hermoso y te será de provecho,
«No bien salim os del convento* nos hallam os con
un afgitaci?, especie de gendarm e á caballo, quien
interceptándonos el paso y tomando al Santo por un
vagabundo, lo colma de insultos y hace ademán de
arrestarlo.
«— Pero, si es un R e lig io so ... ¡un R eligio so tan
bueno! grité y o entonces; exam ina, al menos, sus
papeles,
« E l desconfiado oficial lee detenidam ente la o b e­
diencia de los superiores de la Orden, que era el
pasaporte del San to, se la d evuelve sin decir p ala­
bra y se aleja al momento,
« A todo esto Pascual continuaba sonriendo con
dulzura, sin que dejara salir de sus labios una sola
queja ó injuria. E sta actitud me im presionó v iv a ­
mente.
«L u ego que salim os de H uesca, sintióse el Santo
tan violentam ente indispuesto, que se creyó á punto
de irse al otro mundo; pero im placable siem pre con­
sigo mismo, prosigu ió á pesar de ello caminando y
haciendo esfuerzos por disim ular sus dolores.
«¡D e cuán diverso modo obraba cuando era y o el
que sufría!
«H allábam onos distantes de C alaspabra como
unas cuatro leguas: hacía un calor tórrido: las hojas
se desprendían m architas de las ramas: los pájaros
volaban á flor de tierra y se ag-azapaban, con la ca­
beza bajo el ala, en los huecos de los árboles y de
las rocas, y el terrible solano nos hería de lado, le­
vantando, al pasar, torbellinos de polvo. A l rede­
dor de nosotros dilatábase la llanura desierta y gris
barrida con furia por el huracán. Y o creía que me
asfixiaba: mi garganta parecía de fuego,
«Entonces exclam é:
«— ¡A g u a ! ¡A g u a ! ¡Me m uero!...
« E l buen Herm ano, sin cuidarse para nada de su
propio cansancio, corre á derecha é izquierda, en
busca de un poco de a g u a ... ¡T o d o inútil!
«— Anim o, muchacho, me dice, qu e yo daré con
ella. T en paciencia, que pronto será tu sed satisfe­
cha...
« A l fin lo g ra d e s c u b r ir algunos juncos.
«— M astícalos, exclam a; de este modo desapare­
cerá tu sed.
«Y o obedecí: ayudado y sostenido por él, pude
llegar ju n to á un arroyuelo.
«— Com e antes un bocado de pan, y después be­
berás, porque sino puede hacerte daño.
«Poco después llegábam os á la p o b l a c i ó n .
« A l día siguiente por la mañana nos dirigim os
hacia Ju m illa.
«Desgraciadam ente nos desorientam os en la mar-
cha, y nos encontram os de manos á boca frente á un
foso m uy largo y lleno de agua enlodada.
«Pascual tuvo que pasar el foso por encima de un
tronco medio podrido. Kn el momento en que llega­
ba al medio, el tronco y él se cayeron al foso, dan­
do volteretas. Tan cómica fué esta escena, que yo
solté una estrepitosa carcajad a... ¡con todo el San ­
to, sin acordarse de reíiinne, se limpia y enjuga lo
mejor que le es dado, y celebra en tarto con chistes
su poca suerte.
«A lgú n tiempo más tarde subíam os á pie por la
cuesta que conduce al convento.
«E sta cuesta era tan pendiente que p arería estar
cortada á pico, y yo no tenía ya fuerzas para prose­
gu ir adelante.
«— Vamos, pequeño mío, y o te llevaré sobre irás
espaldas, exclam ó Pascual de im proviso.
«Pero yo tuve vergüenza de mí mismo, y res­
pondí;
«— No, no, iré por mis pies.
«Y cogido al brazo del Santo llegué á la cumbre.
«A sí, pues, Pascual se portó conm igo como una
verdadera madre, pensando á todo, rodeándome de
cuantas facilidades pueden im aginarse, y favorecién­
dome con sil cariñoso trato.
«Com préndese, desde lu ego , que no es posible
lleguen nunca á borrarse de mi memoria tan dulces
recuerdos.
« A él debo yo la gracia de haber llegado á ser
R eligioso.»
CAPÍTULO XI

A t r a v é s de la F r a n c i a

it a r ty r e m non da l ffladius, sed


¡pscini prompta rolan las.
(Ofic. d e S a n P a s c u a ! ; J l i m n .
de V ísp,).

E l a r d o r de su a l m a , y » q u e n o
la e s p a d a , le c o n v i r t i ó caí m á r t i r .

E r. Capítulo de la Orden celebrado en Rom a en


i-Syi había elegido para el cargo de Ministro
G eneral al P, Cristóbal de Chcffontaines.
E l estado de revuelta que afligía por aquel en­
tonces á Fran cia o b ligara al G eneral á ir á París.
Verificábase su llegad a á dicha ciudad por los
años de 1576.
E l Provincial de V alencia, por su parte, tenía á la
sazón necesidad de hacer lle g a r á manos d e lP . C ris­
tóbal cartas de im portancia; pero ¿deque medio va­
lerse con tal objeto?
E l país, particularm ente en el centro y en el nor­
te, era víctim a de las gu erras de religión : los se-
9
pulcros habían sido violados, destruidas las iglesias,
entregadas al viento las reliquias, hechas objeto de
profanación las H ostias, y m uertos á m anos de ase­
sinos muchos sacerdotes y seglares. Más de doscien­
tos Franciscanos habían perecido ya en lo s supli­
cio s... A s í, pues, un R elig io so qu.e atravesara el
territorio francés, exponíase seguram ente á una
muerte inevitable.
Con todo, el envío de las cartas no podía retar­
darse.
A n te un tal estado de cosas, Ju an de Aloya, g u a r­
dián del convento de A lm ansa, llam a á su presencia
al Bienaventurado.
— F ra y Pascual, le dice, es necesario que estas
cartas lleguen á manos de nuestro Padre G en eral,
el cual se encuentra en París; pero para llevárselas
debe cruzarse un país infestado por los hugonotes.
Muchos de nuestros Herm anos han sucum bido ya
víctim as de su furo r... ¿Os encontráis con fuerzas
para abordar esta em presa?...
E l Santo o ye con profundo recogim iento la voz
del su p erio r... L u e g o levanta la cabeza, sus ojos
aparecen animados por un relám pago de alegría, y
de sus labios se desprenden estas sencillas palabras:
— Iré, con el m érito de la santa obediencia.
¡A h! es que Pascual acaba de en trever allá, en
lontananza, la corona del m artirio, y sale, como an­
teriorm ente había salido para Jerez, sin otro equi­
paje, al decir de los antiguos relatos, que «su abne­
gación y su pobreza.»
L a rg a es la ruta que recorre hasta lleg ar á los Pi­
rineos, mas no importa: Pascual camina aún por
país ainigo.
L a rica y fértil Cataluña no regatea al pobre de
V IL L A ÍP E J IL .— EL V E N E R AD O Cl'ERT'O D Tt, S í S T O
D ios un pedazo de pan con que alim entarse diaria­
mente.
P ero á medida que se aparta de la tierra de E sp a ­
ña, el aspecto del país va siendo diverso, la natura­
leza se torna inculta y grandiosa. L u ego se suceden
las grandes montañas, de cúspides coronadas de nu­
bes y de laderas abruptas. D iríase que se Llalla uno
delante de inmensas ruinas que recortan el claro
horizonte, no de otro modo que las almenas de un
castillo recortan el azul de los ciclos.
E n sus pliegues los alcornoques y los abetos: ma­
tices verdes que resaltan sobre fondo som brío, cual
el de la hiedra sobre el de un viejo muro. A sus píes
las negras gargan tas y el sordo murmullo de los to­
rrentes: sobre su cabeza rum ores de tem pestad ó
prolongados aullidos del viento al estrellarse contra
las copas de los árboles.
E l Santo debió pasar por el puerto ó gargan ta
del Oo que faldea el Monte M aldito: lu ego dirígese
por el S u r de Jiagnéres de Luchon y lleg a bien
pronto á las puertas de T olosa.
Pálido, extenuado por la fatiga y el cansancio,
llama á la puerta del gran convento de T o lo sa y so­
licita se le conceda hospitalidad. E n dicho convento
moran los Franciscanos.
Recíbesele allí como á un hermano.
£1 Santo declara cual sea el objeto de su viaje.
¡Adm iración gen eral en los R eligio so s! «Pero
¡qué! le dicen, ¿conoce vuestro superior los peligros
del viaje?
«A q u í mismo, dentro de la ciudad, los calvinis­
tas lian saqueado muchas casas. M illares de hom­
bres han sucumbido com batiendo con los herejes.
Partidas arm adas recorren el país, llevándolo todo
á sangre y fuego. Predicadores y sínodos legalizan
estas violencias, y la autoridad real concede amnis­
tía á los culpables. T odo el territorio, desde aquí
hasta París, arde en el fuego de la hostilidad y de
la persecución.»
L o s R eligio so s de T o lo sa deliberan por largo
tiempo sobre si les será lícito consentir que el S a n ­
to prosiga su viaje. L o s p a r e c e r e s son contrarios y
nada se resuelve. A l fin, hállase una solución: P a s-
cual irá á París, puesto que a s ilo quiere á toda c o s­
ta, pero á condición de ir disfrazado.
E l Santo rechaza una tal propuesta, y prosigue su
viaje en la misma forma en que lo hn principiado:
piensa conseguir la palina del m artirio, y cree que
así llegará á ver realizado más fácilmente su ideal.
Cruza las pequeñas poblaciones y atrae sobre sí
las miradas curiosas de los habitantes; los mucha­
chos le hacen escolta, ni faltan tampoco quienes le
reputen por un pobre demente al ver su porte afa­
ble y resignado, su vestido humilde y sus pies des­
nudos.
E n otras partes es recibido á gritos y saludado
con salvas de pedradas.
E n algunas más se vocifera contra el Papista, el
cunl lo gra evadirse, no sin dilicultad, á las iras del
populacho.
A sí sucumbió en otro tiempo el jo ven m ártir Tar-
cisio, asaltado por los paganos y muerto á conse­
cuencia de los golpes recibidos en ocasión en que
llevaba oculto sobre su pecho el alimento eucarísti-
co destinado á los confesores de la fe que gemían
en prisiones.
Pascual* lu ego de lleg ar á O rleans, vese rodeado
por una turba de hugonotes:
— ¿Crees tú, le gritan, que C risto se halla real­
mente cu la H ostia de los sacerdotes papistas?
“ S í, lo creo con toda mi alma.
— ¡Insensato! responden entonces.
Y arrojan sobre él toda La granizada de objecio­
nes sofisticas que estaban, á la sazón, m uy en bo­
ga, en contra de la presencia real de Jesú s en el S a ­
cramento. E l Santo, ilum inado por el A ltísim o y
valiéndose del poco francés que había aprendido
durante el viaje, responde á sus sarcasm os con una
vigo rosa profesión de fe,
¿No había dicho, por ventura, el S alv ad o r á sus
discípulos; «Cuando os halléis en presencia de vues­
tros verdu gos, el E sp íritu San to hablará por vues­
tra boca y Y o os daré una sabiduría á la cuaL nadie
podrá contradecir?»
L o s reform ados se creyeron confundidos con el
discurso del pobre fraile.
D ecididos á ir adelante en sus propósitos, arró-
jan se sobre Pascual.
— ¡A h , canalla de español, que quieres darnos
lecciones, ahora vas á morir á pedradas como un
perro!
Y , en medio de brutales blasfem ias, lanzan sobre
él una llu via de p ied ras... una verdadera granizada
de pro yectiles.
E l San to, acometido por todas partes, se desplo­
ma en tierra bañado en su propia san gre.
S u caída es celebrada con un hut-ra estruendoso,
animado con carcajadas de odio.
— ¡H e ahí uno que enmudece para siem pre!
Y , dándole por muerto, los asesinos se alejan.
Foco después vuelve en sí el Santo: el dolor ate­
nacea y tortura todos los miembros de su cuerpo.
Su s espaldas, sobre todo, están destrozadas, y la he­
rida que se ve en ellas no dejará ya de proporcio­
narle dolores durante el resto de su vida, « lis una
fineza que recibí en O rleans,» solía decir después
alegrem ente.
En estado tan lastim ero, el pobre fraile se arras­
tra como puede hasta una próxim a vivienda. T ré ­
mulo aún p o r los dolores, llama á la puerta y ve
com parecer ante sí á una buena mujer.
« ¡A h , mi R everend o, cómo os han puesto!» g i­
mió ésta, apresurándose á atenderle con esm ero y
á m itigar sus dolores.
« ¡O h ! y ¡q u é buenos católicos hay en ruiuel
país! ¡Qué corazones tan generosos!» exclam aba
el Santo al describir, de regreso á la patria, su
viaje por Francia.
Por lo demás era Pascual extrem adam ente reser­
vado, y ni aun hoy gozaríam os de los pocos datos
que sabem os en orden á este viaje, si el Santo no
se hubiera visto obligado á manifestarlos, cediendo
á las reiteradas instancias de Juan de M oya. ¡Tan
sobrio era nuestro Pascual en hablar de todo cuanto
á él hacía referencia!
Otro día, ob ligad o el S iervo de D ios por el ham­
bre, resuélvese á llamar á las puertas de un vecino
palacio, risueña morada, coronada por torrecillas y
enclavada en el centro de un esplendido parque.
L o s dom ésticos le permiten la entrada y avisan á
su señor.
Dicho señor, que era calvinista y enemigo ju rado
de los católicos, hallábase entonces comiendo con
los suyos.
L u e g o que vió á Pascual, pálido, maltrecho y
tem bloroso, y puso los ojos en su miserable sayal:
«¡V ive D ios, ru gió ; bien se ve que eres un espía
español; así que pagarás cara tu audacia!
«¡V erás qué limosna vam os á darte!
«¡T en un poco de pacieuciaf... A n te todo debo
atender á mi salud; luego, añadió con acento de
brutal regocijo, atenderé á la tuya.
«Después de comer serás ahorcado.
Pascual se reconcentra dentro de sí mismo, pone
su suerte en manos de D ios y se dispone á m orir...
E l calvinista, por su parte, no concluye nunca la
comida, deseoso de p ro lo n g ar la agon ía del pobre
.fraile, el cual sigu e, mudo é inm óvil, en presencia
del malvado.
E n tanto la señora de la casa, de corazón com pa­
sivo, no puede presenciar por más tiem po este ju e g o
bárbaro.
A provechándose, pues, del estado de em briaguez
de su marido, se ingenia para poner á Pascual fuera
del alcance de sus iras: y los criados, obedeciendo
sus órdenes, lo conducen afuera, privánd ole así, una
vez más, de la corona del m artirio.
E n otra ocasión fué rodeado por el revuelto po­
pulacho. T rataba éste de ju g a rle una mala partida,
cuando aparece de im proviso un hom bre y lo libra
de manos de sus agresores.
E l libertador lo encierra en una cuadra de cerdos,
coreado por los aplausos de la multitud.
Abandonado así en prisión tan infecta, Pascual
espera la muerte de un momento á o tro ... L le g a con
esto el alba y al propio tiempo su extrañ o lib erta­
dor, quien le entrega un pedazo de pan y le dice
con tono áspero: «H uid cuanto antes y no volváis á
aparecer por estas tierras.»
Una m ujer de calidad se esfuerza por sed ucirle:
para ello echa mano am e iodo de los fa v o re s..,; lue-
g-o desciende á las lisonjas y dice al Santo: «Creed­
m e , no hay mejor cosa que el que os hagáis refor­
mado como yo me he hecho.»
Oír esto el Siervo de D ios y estallar en indigna­
ción fue todo obra de un momento. «¡Reform ado
yo! pero ;no veis que so y R eligio so de San F ran ­
cisco de A sís?...»
Y dichas estas palabras dase á la fuga.
A ñadam os á los y a relatados un último episodio
que me fue referido, a g re g a X.iménez, por el mismo
Santo.
Cam inaba Pascual co r su acostum brada modestia
y absorto en la contem plación, cuando cierto caba­
llero se detiene delante de él, con la lanza colocada
en actitud de acometerle.
«¡M onje! le dice, ¿Dios está en el cielo?»
E l fraile responde sin vacilaciones: «Sí, está en
el cielo.»
E l caballero, al oír esta respuesta, vuelve grupas
y parte al galope.
Pascual desconcertado queda hecho un dédalo de
confusiones... L u e g o se siente iluminado por una
idea: « ¡A y ! gim e, ¡ahora com prendo! yo debiera de
haber añadido: « y en el Santísim o Sacram ento del
altar;» ¡entonces me atravesaría con su lanza y yo
sería mártir, por haber muerto en defensa del S a ­
cramento del am o r!...
«¡Infeliz de mí, que no me he hecho digno de una
tal gracia!»
Y se desata en un torrente de lágrim as...
Pascual, á su salida para París, tenía los cabellos
negros, y cuando regresa al convento los tiene ya
blancos como la nieve. ¡H a envejecido en pocos
meses!
C A P Í T U L O XII

Prolongado martirio

U b i seip sirm a liq u is qu a rrit. i b i a i ’


a m o re c a d il.

f/ m ií. C h r is t i, I. II I , c, V I.

Cuando u n o se b u s c a á sí m i s ­
m o, se a p a ñ a , p o r esto solo , la
senda del am o r divino.

ODA vez que los hombres no han prop o rcion a­


do á Pascual el m artirio, él mismo se ingeniará
en dárselo á sí propio.
C onvirtiendo su corazón en ju ez, ensañaráse en
m ortificar su cuerpo, y a subyu gad o, c d i crueldad
im placable.
Podrá hacerle sufrir la observancia de la vida co­
mún, pero él som eterá á un m isterioso engranaje
todas sus acciones, á fin de no quebrantarla. Le cau­
sará mil molestias, y, á pesar de todo, le atraerá á
sus actos, forzándole á som eterse á ella, á despecho
de todas las razones que parezcan dispensarle de su
asistencia.
Veíase Pascual obligado á cada instante á salir de
la medicación para acudir A la portería á donde le
llamaba su oficio. Eti atención á esto el Guardián
llama á nuestro San to, y le dice:
— Hermano, os dispenso de hacer la meditación
en el coro; de hoy en adelante oraréis en la porte­
ría: esto basta.
Pascual, como herido de un rayo, cae á los pies
del superior, y dice:
—-¡Tenga vuestra caridad com pasión de mí! m ien­
tras perm anezco en la portería no estoy en com u­
nidad. Os ru ego que no me privéis por un tal me­
dio de orar con los demás frailes.
E l Guardián no insiste, y nuestro S an to, siem pre
que llaman á la puerta, sale del coro sobre las pun­
tas de los pies y entra luego del mismo modo, á fin
de no turbar el recogim iento de los otros. No bien
se arrodilla suena otra vez la cam panilla con ecos
fuertes é im periosos. Pascual vuelve á bajar de nue­
v o , interrum piendo así sus dulces coloquios con el
Señor.
L a enfermedad arruinaba sil organism o, la fiebre
lo consumía, dolores vivísim os atenaceaban su
cuerpo.
A pesar de ello, el San to ib a á los actos de com u­
nidad, vacilante, apoyándose en las paredes, d ete­
niéndose á cada paso para tomar aliento y aun y en ­
do á gaias, cuando de otro modo no le era posible.
Y si algunos, com padeciéndose de él, intentaban
prestarle ayuda:
— ¡A h , no, herm anos míos! decía, perm itidm e por
gracia que sufra algo por mi Dios.
Pero ¡era realmente tan lastim ero el espectáculo
que ofrecía el S ie rv o del Señ o r al arrastrarse hacia
V IL L A R R E A L ,— R IQ U IS IM A S A N D A S CCW L A IM AC E N DEL S A M O D E L SAC R AM E N TO
el coro, am argando así su vid a con todas las hieles
clel sufrim iento]..,
S e le conduce, por fin, á la enferm ería; y enfermo
y todo como está, observa en lo que le es dado el
horario de la vida común, y aun desde su lecho asis­
te en espíritu á todos los ejercicios de comunidad.
A pesar de todo no estaba su celo satisfecho con
hacer, y hacer como se debe, cuanto practicaban los
otros, y prosegu ir en estas prácticas con constancia
heroica.
Nuestro Santo deseaba más todavía.
S u celda era la peor de todas. Durante mucho
tiempo no tuvo otra que una cavidad del cam pana­
rio de A lm ansa, cavidad estrecha en la que no ha­
bía ni puerta ni ventana.
T en ía una tabla por lecho, por coberturas un d es­
preciable pingajo, y por mueblaje un crucifijo, una
pequeña imagen de la Santísim a V irg en , un tintero,
una pluma y algún trozo de papel. T ales eran los
objetos que adornaban su habitación.
« L a superfluidad de cosas en la celda, solía decir,
sirve de impedimento al espíritu para d irigirse ha­
cia D ios,»
S u s a y a le r a un saco estrecho, cubierto de remien­
dos diferentes, cosidos al efecto con pedazos de
hilo recogido por la calle.
S i se le hacía alguna observación sobre el corte
poco gracioso de esta indum entaria de arlequín:
«¿Qué vam os á hacerle? replicaba so n rien d o ;
¡tengo tan poco garbo sa configuración!»
«Sigam os la moda de la pobreza, respondió cier­
to día á su G uardián, el cual se em peñaba en darle
un nuevo hábito; esto y m uy contento con el viejo .»
Su s vestidos interiores habían cam biado entera­
mente de aspecto, gracias á sus muchos remiendos,
los que les comunicaran variedad y consistencia: vi­
niendo á hacer de ellos una verdadera arm adura.
Lavábalos semanalmente mu.y de mañana y los re­
cogía al punto, á fin de no exponerse á perder el
m érito de su m ortificación, dejando que se secasen
en lu g ar público.
H allándose can una herida en uno de los pies, i*u¿
obligado por el superior á llevar sandalias. E l San ­
to se lim itó á ponerse la del pie que tenía enfermo.
— Pero ¿y el otro?
— E l otro goza de buena salud, y no conviene me­
dir por un mismo nivel á los sanos y á l o s enfermos.
T a l era su extrem a pobreza, en la que sólo admi­
tía una excepción , y ésta cuando se preparaba la
iglesia para la exposición solem ne del Santísim o.
— H ay que herm osearla lo m ejor posible, repetía
Pascual.
— ¡Ah! contesta el Guardián, no tenemos velas, y
el Herm ano cuestador califica de exagerad a toda
providencia á este objeto, porque, á su ju ic io , está
en oposición con la pobreza.
— Pues dejadme obrar á mí, insiste el Santo; yo
iré á pedir lim osna y diré: «Dadme alguna cosa: es
para honrar á Jesú s Sacram entado.» Veréis como
nadie me niega su óbolo.
¡Cuán diversa es su conducta cuando se trata de
m endigar para sí propio!
Estando de viaje se contenta con poquísim o. Den­
tro del convento ju zg a cosa exqu isita lo que los
otros se hubieran desdeñado de probar. E l pan duro,
las frutas averiadas, los restos sobrantes de la v ís­
pera, ó bien los que dejaban de comer los pobres,
eran los que formaban de ordinario su alimento.
Sírvese de una servilleta usada, á la que acom pa­
ña un cubierto roto y un vasíto inservible.
L'n día el G uardián obsequia á este incansable
ayunador con un plato de pez fresco.
L o s R eligio so s que están en el refectorio avísansc
sonriendo unos á otros; y hacia el San to se vuelven
lu ego todas las miradas.
L le g a , en tanto, co r el obsequio el servid or, y le
dice ceremoniosamente:
— F r a y Pascual, de parte del Padre G uardián.
E l San to se pone á com erlo con m uestras de re­
gocijo.
— Pero ;y vuestro ayuno? objeta el servidor.
— Mi devoción privada, responde Pascual, no
pone lím ites á la obediencia; y p ro sigu e comiendo
el pez.
L o s R eligio so s quedaron edificados de su res­
puesta.
Por lo demás el San to se valía de mil ingenios!-
dades para hacer pasar desapercibidas sus mortifi­
caciones.
Cuando estaba á la mesa dejaba que las legum ­
bres se enfriasen antes d egu sta rlas. S i por orden de
los superiores se veía constreñido A coger la vianda,
em pleaba el tiempo en partirla con toda pausa; y>
poniendo aparte los huesos, hacía creer á lo s que le
observaban que se había comido lo demás. E n rea­
lidad la parte m ejor y más considerable iba siem pre
á manos de los pobres.
L o s trabajos más rudos y las más fuertes molestias
del viaje, no parecieron nunca á sus ojos m otivo su­
ficiente para dispensarse del ayuno. Y si alguien
osaba hacerle alusiones sobre el particular, el Santo
contentábase con responderle: «O bservad la R e g la ,
ella os salvará.»
Oculto bajo la túnica y disim ulándolo Lo más po­
sible, llevaba siem pre á raíz de la carne algún ins­
trumento de penitencia, que solía consistir ya en una
gruesa cadena ajustada á la cintura, ya en un áspero
cilicio, y a en lina especie de camisa de tela gro sera,
erizada de puntas de agujas y de clavos,, ó bien en
dos placas de hierro unidas cutre sí por juncos e sp i­
nosos, en forma de escapulario.
T am poco dejaba de usar, en ocasiones dadas, bra­
zaletes m ortificantes y cadenitas y disciplinas de mo­
delos m uy d iversos.
Después de la m uerte del San to, descubrióse en
su celda todo un arsenal de estos objetos, los que
podrían servir á m aravilla para com probar la exac­
titud de estas palabras de la Nula de Inocencio X II ,
Ralwiii amgrufi: «H a marchado durante todo el
tiempo de su vida por el áspero y penoso camino de
la penitencia, y se ha esforzado en arrebatar con
santa violencia el reino de los cíelos.»
Su cuerpo, pues, estaba reducido á servidum bre,
Ni era ciertamente la faUa de vitalidad lo que lo
ponía en este extrem o, sino más bien la violencia
del am or divino que aum entaba en su corazón á me­
dida que iban m ultiplicándose los días de su e x is­
tencia.
Y es que mal puede vivirse con vida de am or, sin
vivir al propio tiempo con vida de dolor.
CAPITULO XIII

E l c o r a z ó n de un S a n t o

E l p r ó j i m o es «I m e d i o q u e D i o ¿
n o s lia d a d o pa ra p o d e r a p r e c i a r t i
am or que i D io s t e n e m o s .

{Sania Catalina de Sena}.

ADIE puede amar tanto á los hombres como los


Santos, porque nadie hay que ame á Dios en
la medida en que ellos Lo aman. Y no deja de ser
realmente m aravilloso el que los Santos, no obstan
te tratarse con tanto rigfor á sí propios, acoten, á pe­
sar de ello, los recursos de su acendrada caridad
siem pre que se trata de servir á los prójimos.
San Pascual, que am aba á D ios como á padre suyo,
no podía tener para con sus semejantes otro corazón
que el de una madre. «Siem pre que lo veíamos tris­
te, alega Xim énez, nos decíam os á nosotros mismos:
no hay duda que Pascual acaba de oír de labios de
cualquier infeliz la relación de las desdichas de que
es víctim a.»
Mas ¡ay! ¡son tantos los infortunios que nos afli­
gen en este valle de lágrim as! ¡H a y en él tantas pe­
nas que com batir, tantas heridas que restañar, tan­
tos obstáculos que remover! «¡ Pobres hermanos
míos! gem ía Pascual al verse ante algunos R elig io ­
sos enfermizos; el régim en conventual es demasiado
penoso para ellos.» Y disponiéndose á alejarse: «V e­
nid, les decía al oído acompañando sus palabras con
una dulce sonrisa, venid al refectorio,y y les indica­
ba luego hora á propósito.
A un en tiempo de ayuno riguroso llevab a su afec­
to por los frailes enfermizos hasta el extrem o de pre­
pararles discretam ente en algún rincón de la oficina
una ligera colación. L u eg o , pretextando no sé qué
ocupaciones urgentes, dejábalos solos sin entrete­
nerse á cerrar la puerta del refectorio... Porque ¿qué
ganaba con hacerles salir los colores al rostro ofre­
ciéndosela claramente y publicando así su debilidad
corpórea, como si ésta no les hiciera y a sufrir bas­
tante por sí misma?
«Predicaba y o la Cuaresma, nos dice Xim énez, en
tiempo en que Pascual era refitolero. Cierto día en
que me vió pasar cerca del refectorio llegó se á mí y
me detuvo cariñosamente. «¡C uánto os fatigáis! e x ­
clamó; es preciso atenderos; seguidm e, que tengo
reservado algo para vos:» y me ofrece un panecillo
blanco, diciéndom c insistentemente y casi, casi con
voz suplicante: «Tom adlo, que bien m erecido lo te­
néis por vuestros trabajos.»
Si veía á cualquier R eligioso atareado con alguna
penosa ocupación, «perm itidm e que os ayu d e,» le
decía sonriendo; y quitándole la azada d é la s manos
poníase á trabajar con ahinco en tanto sus deberes
no le llamaban á otra parte.
Estando en medio de los pobres parecía hallarse
como en su elem ento. «E llo s, aseguraba, me recuer­
dan la vida de otro tiempo » D iríase que no podía
v ivir sin su compañía.
H ablaba el Santo en cierta ocasión con un amigo
su yo, al cual exp on ía la pena que sintiera á causa de
haber sido cam biado de convento: «H aceos cargo,
agregó,. que estando a q u í nosotros m uy separados
del camino ordinario, apenas si nos> es dado recibir
visitas de pobres. ¡Vienen aquí tan pocas veces]»
J ’ero no tardó felizmente el Santo en hallarse otra
vez en medio de estos sus amigos.
Desde muy de mañana 110 parecía preocuparse más
que por ellos; era preciso alim entarlos á todos, y su
numero, por otra parte, iba aumentando de día en
día, A visábaselos en los caminos, así que nunca le
faltaban clientes.
«¡V araos, F r. Ju an , apresurém onos á preparar la
sopa, y que Dios nos ayude! Y a lo veis, nada ha
sobrado hoy de la comida, ¡ah! tal vez aun no bas­
tara ¿i. los R eligio so s lo que se les pasó, porque la
cuestación de a y e r era muy escasa... pongamos pron­
to la marmita al fuego.»
Y á medida que hierve el agua, va el Santo arro­
jando dentro de la marmita migas de pan, un puña­
do de sal, un tantico de aceite... «¿Para qué sirve tan
poca cosa?» le dice confuso el cocinero.
«¿No hemos hecho cuanto estaba de nuestra parte?
replica Pascual; ahora toca á Dios hacer el resto.»
Y la sopa, al decir de un testigo, resultó aquel día
sumamente apetitosa.
T a l era Pascual cuando estaban de por medio los
pobres, aun siendo tan riguroso para consigo mis­
mo. A ellos iba siem pre á dar cuanto caía en sus
manos.
D irigióse un día el San to al lim osnero, y le dijo:
«Tened la bondad de ir al pueblo á m endigar pan
con destino á los R eligiosos* pues no hay bastante
para el mediodía.»
Causaron extrañeza al interlocutor estas palabras,
toda vez que et día anterior había traído provisión
abundante; así que respondió: «T al vez sea cierto
que liabcis distribuido cuanto teníais; con todo, bue­
no será que vayam os á m irar antes.j¡>
Y arrastrando en pos de sí al Santo, registra por
todas partes y da al fin con un canasto lleno de pa­
nes y puesto á parte para los pobres. L len o enton­
ces de indignación carga con el cesto, lleva á rem ol­
que al S iervo de D ios, y se dirige á la presencia del
Superior. «Ved, le dijo fuera de sí, ved lo que está
haciendo Pascual. Cuanto nosotros mendigamos con
tanto trabajo, lo distribuye luego ¿1 sin m iramiento
alguno. ;R stá esto bien hecho? ;E s ju sto que él des­
empeñe, á cuenta de nuestros sudores, el papel de
caritativo? ; Y qué opinión formarán los bienhecho­
res si tienen noticia de tan locas prodigalidades?»
E l Guardián escucha con calma y casi sonriente.
Pascual, por su parte, guarda la actitud de un cul­
pable cogido en flagrante delito; sus labios perm a­
necen mudos.
L u ego que el acusador pone fin á su discurso, el
Guardián aconséjale que modere su im paciencia, y
añade luego con acento irónico: « Y bien, ¿qué que­
réis que liaga? F r a y Pascual es un santo, y con tales
sujetos no siem pre puede uno o b ra rá medida de sus
deseos.»
A terrad o con una tal respuesta, el S iervo de Dios
echa mano del cesto y huye apresuradam ente.
«Y o le seguí confuso, agitado, lleno de ansiedad,
V IL L A R R E A L .— S A N T A JG LE5M A R C I P R E S T E , EN LA QUE A N U A L M E N T E F.L

ILUSTHÍ51.11Ó A J U S T A M IE N T O DE LA C1UDA.D CELEB RA SOLBM8IES FIE S ­

T A S Á SA\" PA S C U A L.
dice el testigo, y vi que Pascual ponía á cada R e li­
gioso su porción, después de lo cual aun tuvo pan
en abundancia para sus pobres.»
Otro fraile quiso reprenderlo por las buenas. «Os
pido por gracia, I r . Pascual, le dijo, que m oderéis
vuestras generosidades, pues con no poco trabajo
podemos hallar lo bastante para nosotros mismos.
(E ra en tiempo de carestía),— Confía en Dios, respon­
dió el Santo, que yo te aseguro que cada pedazo de
pan que sale de aquí, nos franqueará á la vez dos
puertas por las cuales entrarán las lim osnas en esta
casa.»
Y de hecho, nunca perm itió el Señ o r que se su­
friera hambre en los conventos en que habitaba
Pascual.
A más de esto, nuestro Santo era un p ro viso r tan
solícito, como sumamente delicado. E l atendía á to­
do, lo mismo al altna que al cuerpo, y aun puede
decirse que no se descuidaba de satisfacer hasta las
mismas susceptibilidades del am or propio.
Su prim er cuidado d irigíase á hacer orar á los po­
bres. Rezaba él mismo de rodillas y en voz alta en
medio de ellos algunas oraciones, á las que los po­
bres solían responder en coro.
L u e g o les servía la comida, llenando sus escudi­
llas, llamando por su propio nombre á cada uno de
lo s que iban de ordinario, y d irigiénd oles siem pre
algun a palabra cariñosa relativa á los modestos ne­
go cios en que se ocupaban. No se daba nunca por
m olestado con sus gro serías ni con sus caprichos, y
ni aun sus propios vicios le servían de óbice que
am inorase su caridad para con ellos.
«H erm ano, 1c dijo una vez el Su p erio r, veo que
se abusa de vuestra bondad. A lg u n o s hay entre
vuestros pobres que no trabajan y que se ap rove­
chan de vuestros favores para poder entregarse á la
ociosidad; ni faltan tampoco varios que m ejor harían
en irse al hospital que en arrastrarse de continuo
por las calles-, estos abusos son culpa vuestra, así
que os aconsejo que antes de dar miréis á quien
dais.
— Padre mío, respondió el Santo, las limosnas
que hago las h ago por D ios. ¡S i y o rehusara dar á
alguno lo que pide, me expondría á tratar de este
modo á Je su cristo !...»
¿Cómo replicar á tales razonamientos:
A pesar de todo, Pascual tenía también sus pre­
dilectos. A este número pertenecían los estudiantes
pobres que cursaban en Los colegios y en las uni­
versidades. «Debem os interesarnos tanto más por
sus estudios* alegaba el Santo* cuanto que la mayor
parte de ellos cursar la carrera eclesiástica. Desean
ser sacerdotes de Jesucristo y e s preciso ayudarlos.»
D espués de los estudiantes, prefería á los pobres-
vergonzantes, á quienes trataba con todo género
de atenciones. «Para ellos, decía, es la pobreza mu­
cho más dolorosa que para ningún otro.«
De aquí el que Pascual se desvelara en ayudar á
un anciano que había decaído de su brillante p o si­
ción. Para él reservaba parte de la comida que le
pasaban en el refectorio, le hablaba con respeto y
le obedecía como pudiera hacerlo un criado. E l an­
ciano noble, en medio de su infortunio, formábase,
siquiera fuese por un instante, la ilusión de ser
todavía un gran señor, y Pascual sentía com placen­
cia en ver que su protegido llegab a por este medio
á experim entar algún consuelo...
A los vergonzantes sucedían los lisiados* los de­
formes y los cojos de todas clases. ¿Por ventura no
eran éstos los miembros pacientes de Jesucristo? ; Y
no eran tanto más dignos de com pasión cuanto que
unían á los otros males el de la indigencia?
Y así por este estilo solía nuestro San to hallar
siempre una razón que justificara sus preferencias,
y sus atenciones que eran por los demás calificadas
de «faltas im perdonables.® Dios Xuestro Señ o r, re­
pitám oslo una vez más, se com placía, á su vez, en
mostrar con hechos prodigiosos cuán agrad ab le le
era esta inagotable caridad de su liel siervo.
C ultivaba Pascual un plantío de hierbas m edicina­
les con destino á Los enfermos, plantío que venía á
ser como el suplemento de otro de Legumbres reser­
vado para la manutención de sus pobres.
H abía distribuido cierto día muchas hojas de ble­
do: al anochecer, volviendo el síndico al convento,
tropezó con una caterva de muchachos que solicita­
ban se les diese también á ellos de aquellas hojas.
E l buen San to, todo inquieto, no sabía qué resolu­
ción adoptar: «Verem os,» concluyó por último.
M archa luego al jard ín , en com pañía del síndico,
y logra recoger algunas hojas que por casualidad
había allí todavía: hace con ellas un ram illete y co ­
r re á entregarlo á los pequeños solicitantes. E l huer­
to quedaba com pletamente despojado.
« A la mañana siguiente, ag rega el síndico, halló­
me á la puerta del convento, en el momento de en­
trar en él, con otro nuevo grup o. «E s inútil, dije,
«que pidáis más hojas, porque se han concluido.
« A y e r recogió las últimas estando y o presente.»
«Entre tanto llega Pascual á ab rir la puerta, pres­
ta oídos á la súplica y se encamina al huerto. Y o si­
g o tras él.
«¡C osa extraña! E l huerto había cambiado de as­
pecto. L o s tallos de los bledos estaban de nuevo flo­
recientes, deleitando la vista con su frondosa v eg e­
tación. «¡V ed cuán bueno es nuestro Dios! me dice
«Pascual sonriendo; E l h:t hecho nacer más durante
«la noche, movido sin duda á compasión haqia los
«pobres enferm os.»
E l síndico apenas daba crédito al testimonio de
sus ojos: « ¡A h , hermano! exclam a; yo creo que vos
habéis pasado en oración toda la noche, á fin de o b ­
tener un tal pro d igio.»
E l humilde Santo no responde á esta pregunta,
pretextando que tiene prisa por llevar las hojas.
Había, sin em bargo, ocasiones en que no le era
dado satisfacer las dem andas que se le dirigían.
,;Cómo salir entonces del paso?1 Pu es... yendo ni ja r ­
dín y reuniendo algunas llores, con las que formaba
un ramillete que entregaba luego con am abilidad al
solicitante.
L o propio hacía San ta Catalina de Sena, á la cual
el Santo profesaba gran devoción, al enviar flores á
algunas personas en señal de afecto.
¡Tan cierto es que cuando reina en un alma el
amor de Dios, purifica y ennoblece por esto solo el
ainor del hombre, hasta llegar á perm itirle dar prue­
bas del mismo por medio de signos tan expresivos!
Con todo, este amor hacia los pobres no estaba
exento de m olestias. Habiéndose sabido en el pue­
blo que había dentro del convento un pozo de agua
muy fresca, no faltaron muchas personas que prin ­
cipiaron á solicitar se les diera de aquella agua.
A partir de este momento inicióse una procesión
continua de m ujeres y niños que acudían con cánta­
ros y jarro s á las puertas del convento.
V entonces principió también para Pascual el tra­
bajo de recibirlos y de hacer el oficio de aguador,
oficio al que se dedicaba con su acostum brada be­
nevolencia.
E sto e x ig ía un continuo ir y venir, y depósitos
de agua preparados de antemano, al objeto de satis­
facer todas las demandas. «A je sú s es á quien hago
esta caridad, pensaba Pascual, y Jesú s lia prometido
recom pensarla.» A sí que en esta obra ponía todo su
empeño.
E l S iervo de D ios am aba también á los niños, co­
mo Jesú s los había amado.
« L o recuerdo como si hubiera sucedido hace un
momento, ale g a á este propósito uno de los testi­
gos. T ales y tantas cosas se decían de F r . Pascual,
que me entraron ganas de conocerle. T enía yo , por
aquel entonces, como unos siete anos; nuestra casa
estaba á respetable distancia del convento. Un día
convine en ir á verle juntam ente con otros tres
com pañeros de mi edad, y nos pusim os por fin en
camino.
«¡lístú muy bien! exclam ó F r. Pascual, quien pa­
recía esperar nuestra llegada. Y nos hizo lu ego ca­
ricias tan afectuosas y nos contó tan herm osas histo­
rias, que nos alejam os adm irados, no sin llevarnos
para el camino una modesta m erienda.— ¿V olvere­
mos de nuevo ¿no os parece? Y en efecto, desde
aquel día acudimos con frecuencia á visitarlo.»
E l San to gomaba grande reputación en el mundo
infantil; así que jam ás escaseaban las visitas de los
niños. Pascual tenía para todos y cada uno de ellos
una sonrisa, una caricia, una fruta, una flor ó cual­
quier otra fruslería. Tam poco faltaba nunca el cír­
culo de eabecitas morenas y negras que le escucha­
ban, con ojos relucientes y boca entreabierta, una
encantadora historia que 110 olvidarían nunca, y cu­
y a conclusión iba. encaminada á inculcarles la nece­
sidad de ser buenos cristianos para ser felices. lista
moral quedaba impresa del modo más asurad a ble
al par que indeleble en los tiernos corazones de sus
oyentes.
« ;P o rq u é os entretenéis tanto tiempo con los pe­
queños?» preguntó á Pascual el R eligioso de cuyo
testimonio nos valernos en este caso. «Nada más sen­
cillo, respondió el Santo; porque veo en los pe­
queños al Niño Jesú s, y en las pequeñas :i la niña
María.»
CAPÍTULO XIV

De un c o n v e n t o á otro

lim ite s, ritanI ct fic h a n ! in ilte n -


tes sem ina s iu .
(Pritfiu. c>:\v, 8),
S i e m p r e qu e iban de c am ino llo­
raban . a r r o j a n d o s e m i l l a s f e c u n ­
das.

ASCUAL veía á Dios por todas partes y en todas


P partes lo tenía presente.
Bien pudiera llamarse á sí propio, como antigua­
mente Ignacio de A n tioq uía, T cv fw ó , ó lo q u e es lo
mismo, p o rta-D io s.
D ulce cautivo de Jesucristo, caminaba por doquie­
ra excitando á los hombres á amar á su soberano
Dueño y atrayendo sobre ellos las divinas bendi­
ciones.
lTué su vida un verdadero apostolado.
U n o tras otro recorrió todos los conventos de la
provincia¡ antes de l l e g a r á convertirse en apóstol y
bienhechor de V illarreal, térm ino de su p eregrin a­
ción por el mundo.
Alm ansa, convento de noviciado, lo pide para
maestro de novicios, después de adm irarle por largo
tiempo como modelo de todas las virtudes.
V ¿quién, m ejor que él, para in iciará los novicios
en los secretos de la perfección seráfica?
Pascual vese competido por la obediencia á acep­
tar el cargo.
Confundido entre «sus discípulos,» cualquiera hu­
biera podido tomarle por uno de ellos. Con éstos se
ve en el trabajo como en la oración, en el tiempo de
la prueba como en el de la alegría.
Enem igo resuelto de la tristeza, busca la raíz de
donde ésta proviene para ahogarlo en germ en.
«Son los escrúpulos, decía, lo que pudiera lla­
marse los gusanos de la conciencia; pues turban,
enervan, apartan de Dios y originan toda clase de
desórdenes.^
A un novicio que para m ayor seguridad solía re­
petir á sus solas las horas del Oficio canónico:
«Guardaos de continuar haciéndolo, le d ijo severa­
mente, porque con tal procedim iento, lejos de hon­
rar á D ios, o* lanzáis entre las redes del demo­
nio. >
A otro que se figuraba que conseguiría la perfec­
ción practicando penitencias inm oderadas: «Cesad
en vuestras penitencias, ordenó, pues arruinarán
vuestra salud sin provecho para vuestra alma. Día
llegará en que seréis, por culpa vuestra, una car­
ga para la comunidad: entonces tendréis necesidad
de dispensas, las que buscaréis, no tanto por nece­
sidad como por costumbre.»
«¿lis esto portarse como pobre?» dijo á un novi-
cío que había vertido en el suelo el aceite por falta
de cuidado.
«¡H e ahí un verdadero hijo tic San Francisco!» e x ­
clamó señalando A otro que se ocupaba en remendar
cuidadosamente su m iserable hábito,
L a confianza que Pascual inspiraba era ilimitada,
y todos le hablaban sin rodeos. Nadie para él tenía
secretos.
E l San to, por su parte, se valía de ella para dar
■acada cual los consejos que más le convenían, con­
forme á su estado de ánimo.
«V osotros debéis ser las m adres de vuestros P a­
dres, decía á los Hermanos legos. D ebéis servirlos
con am or y respeto, pues son sacerdotes del S e ­
ñor.»
«V osotros, clérigos* estáis obligados á estudiar
vuestra R e g la con toda d iligen cia y á conocer la le­
gislación que nos rige, la jurisprudencia que nos
gu ía y el espíritu que nos informa.»
No contento con esto, él mismo había escrito de
su propio puño la R e g la y los comentarios de la
misma, que gozaban de una m ayor autoridad, tales
como los de San Ruenaventura y de San Rernardino
de S en a, así como también las bulas pontificias de
N icolás III y de Clem ente V .
«Haced vosotros lo mismo, so lía repetirles, y es­
tudiad las tradiciones de nuestra Orden.»
Comenzaban por aquel entonces á extenderse
por España los Capuchinos, rama vigo rosa del ár­
bol de la Orden Seráfica, atrayendo á su seno una
multitud de almas sedientas de perfección.
«V osotros, discípulos míos, exclam aba á este pro­
pósito el San to, observad vuestra R e g la , pero no
de cualquier modo, sino en toda su Integridad, tal
11
como tila es en sí; que haciéndolo de este modo p o ­
déis estar tranquilos, pues tendréis un lu gar encum­
brado en el paraíso.»
«¡Q ue rueguc por vo so tro s!.., Pues hien, sí, r o ­
snem os diciendo de rodillas: S e ñ o r, concededles la
gracia de observar bien sil R e g la .»
Tal era la plegaria que solía hacer asimismo por
todos los R elig io so s que se encomendaban á sus
oraciones.
«Cuando pedís á D ios alguna cosa, no sois vo s­
otros, sino que es D ios quien os m ueve á hacerlo: sin
su gracia vosotros no podríais pedirla. Y cuando
D ios os inspira que se la pidáis, señal es que quiere
oíros. Siem pre que oréis, pues, apartad los ojos de
vuestra miseria y tened solo presente la bondad.de
Dios. A cudid á los pies de Jesú s Sacram entado.con
la confianza con que acude un hijo á su padre, y
pedidle todo, sí, todo, en la seguridad, de que todo
os será concedido.»
T ale s son sus doctrinas en el noviciado. De los
novicios que el forma se ha dicho después: «T odas
las provincias de la Orden tienen puestos en ellos
sus ojos y los consideran como m odelos.»
Del convento de Alm ansa fue destinado Pascual
al de Villeria.
« E s m uy ju sto que me hagan salir de aquí, excla­
mó Pascual al abandonar Alm ansa, porque dem a­
siado lanra ha sido ya esta perm anencia para un mi­
serable como y o .*
«¡Q ué tesoro tenemos! decía en V illen» F r. Pas­
tor. Y o llegué hondamente afligido al convento des­
pués de haber visitado á mi familia. E l San to vino
á mi presencia: leyó conio' en un libro los secretos
de ini corazón, y antes de que yo d espegara los la -
V IL L iV ftR E A L .— VISITA DÉL BÉV* bC- ESPAÑA AL S é P IÍ l C r O DE S.\N Pa SCVa L
bios me descubrió la causa de mi tristeza, T o d o lo
sabía, hasta en sus detalles mas insignificantes. D es­
pués de haber sondeado la dolencia, esparció sobre
mis heridas un bálsam o refrigerante. Y o salí de su
presencia inundado en piélago de dulces consola­
ciones.»
L o s Superiores habían agotado la eficacia de sus
recursos sobre Fr. O larto; pero sin poder en modo
alguno disipar su m elancolía. L le g ó entonces Pas­
cual, y la m elancolía del R elig io so se deshizo, á la
manera que se deshacen las neblinas tendidas so­
bre el campo al ponerse en contacto con la luz del
sol.
A l abrir un día la puerta encontróse Pascual de
manos á boca con una pobre mujer, m uy d evota de
la Orden, que era víctima de agudas dolencias. 151
San io puso las manos sobre su cabeza, diciendo:
«Id á pedir á Nuestro Señ o r que os conceda la sa­
lud.»
La mujer entra en el templo, y apenas se postra
para adorar al Santísim o Sacram ento siéntese líbre
de la enfermedad que la aquejaba.
E sta solicitud y esta generosidad eran, digám oslo
así, las notas características del médico del conven­
to, como se llam aba á San Pascual. L o s elogios de
que se le hacia objeto, crecían á medida de los favo­
res que dispensaba. Pero el Santo respondía á los
R eligio so s que le alababan por el beneficio otorgado
á su bienhechora: «D ios la recom pensará y le dará
un hijo, que llegará á ser un santo R eligio so de n u e s­
tra Orden.»
Y tal como lo dijo, así sucedió en efecto,
Había en aquella comunidad un Padre que no po­
día predicar sin hacer grandes esfuerzos. Tanto em­
peño ponía en preparar sus sermones, que apenas si
le quedaba tiempo para asistir á los divinos Oficios.
A pesar de ello el éxito no correspondía á sus sudo­
res, contra todo lo que él deseaba. Faltábale el en­
tusiasmo oratorio.
Descorazonado por sus fracasos, resolvióse al fin
á dar de mano el ejercicio del pulpito, «No vuelvo
á predicar,» exclam ó.
«No digáis eso, replica el Santo; lo que sí debéis
hacer es anteponer la oración al estudio. No tengáis
por fin de vuestras predicaciones el de luciros, sino
el de convertir las almas, y veréis como las cosas
cambian de aspecto.»
E l predicador siguió el consejo al pie de la letra,
y llegó á ser bien pronto reputado por apóstol.
Del convento de V illena fué Pascual al de Elche.
¡Qué satisfacción la de sus antiguos com pañeros
al volver á verle!
Antonio Fuentes, que era uno de ellos, nos hafsla
así de sus relaciones con el San to, al cual confiaba
todos sus secretos:
<E stab a yo ligado por antigua amistad con un
com pañero, el cual no tardó, al fin, en romper con­
m igo: el pobre hombre no podía ver á los R e lig io ­
sos, y temiendo hallarlos en mi compañía no quería
volver á poner los pies en mi casa.
«—T ranqu ilizaos, Antonio, me respondió el San ­
to, que no os faltará la amistad de vuestro antiguo
com pañero, el cual no tardará, á su vez, en ser tam­
bién am igo nuestro.»
Hocos días después los hechos vinieron á confir­
mar la profecía de Pascual.
Pero lo que sobre todo agradaba á Antonio era
entretenerse con el Santo hablando de asuntos de
piedad. A dar crédito á sus palabras, sus coloquios
coa Pascual causaban grnti provecho á su alma, y las
horas que pasaba á su lado transcurrían para él co­
mo si fueran momentos.
Cuando se predicaba en la iglesia, Antonio, des­
pués de asistir al sermón, iba en busca de Pascual,
y hacía que le hablase sobre el mismo tema d esarro­
llado por el predicador.
Y el Santo le hablaba de lo misino, pero mucho
más admirablemente aún que el propio predicador
en persona...
Desgraciadam ente la dicha de Antonio fué de cor­
ta duración, Pascual cayó enfermo, y fue, en su
consecuencia, enviado al convento d e ju m illa .
A su llegada á Ju m illa, los R eligio so s se veían
sumidos en lamentable penuria,
«Hermano, dijo el Guardián al San to, á vos toca
escribir al Provincial, poniéndole al corriente de
nuestra apurada situación, E s preciso que él tome
cartas en el asunto.»
E l Santo se retira á su celda, llevando un pliego
de p ap el.,, pero el tiempo pasa y él no concluye
nunca de escribir.
E l Guardián se decide, al fin, á ir en su busca; y
lo encuentra de rodillas en su celda, con el crucifijo
en las manos y el papel delante. E stab a pidiendo
a Dios le inspírase lo que debía hacer.
Y m uy bien debió de inspirarle entonces el Señor,
á ju z g a r por los efectos, pues el Guardián no se vió
ya obligado por segu nda vez á recom endarle los in­
tereses tem porales de la Com unidad.
E l convento, edificado sobre una altura, estaba
rodeado de un bosque, que confinaba con otros de
los alrededores: era éste un sitio delicioso, un ver­
dadero paraíso.
Pascual se encaminaba. :i este bosque con frecuen­
cia, á fin de vigo rizar con unos paseos bajo la en -
ramada sus lánguidas fuerzas, que iban lentamente
am enguándose.
Cuando le parecía hallarse solo, daba libre curso
á los ardores de su alm a, cada día más abrasada por
las llamas del am or divino.
S u s brazos se agitaban dulcemente como inten­
tando sustraerle á alguna dulce violencia: su rostro
despedía claridades ultraterrenas, y los que medio
ocultos le observaban, percibían claram ente pala­
bras de suavidad inefable.
«¡C uán bueno eres para mí, mi am or crucificado!
¡A li! ¡y o te am o! ¡te am o!...»
L o s R eligio so s, adm irados de su vida, pensaron
con ju sticia que hombre tan unido con Dios como
Pascual, no podría menos de ser, en caso de verse
elegido para ello, u.n superior excelente; y tanto tra­
bajaron á este objeto, que al lin consiguieron fuese
nombrado para ocupar dicho puesto.
Pascual, tan extrem adam ente riguroso para con­
sigo mismo, fué todo amor para con sus súbditos,
lira el prim ero en acudir á todos los ejercicios y el
último en descansar de ellos. A d vertía, sí, los defec­
tos que notaba en los otros, pero con tacto y d eli­
cadeza tan exquisitos, que los obligaba am igable­
mente á enmendarse.
«Padre mío, dijo en cierta ocasión al M aestro de
Estudiantes, no es en los demás en quienes debe­
mos ejercer las prácticas de un santo rigo r. Sed más
humano y más paternal para con esos hijos. No les
hagáis odiosa la vida del claustro con vuestras in­
tem pestivas reprensiones y con vuestros rigores
ex a g e ra d o s.»
No tardaron las molestias de su oficio y su celo
sin límites en quebrantar lastimosamente su salud:
así que, pasados algunos meses, fué enviado á A y o -
ra con el fin de restablecerse.
Con todo, su perm anencia en A y o ra fué momen­
tánea, pues poco después lo hallamos y a en V a­
lencia.
CAPÍTULO XV

Una serie de exámenes

C n n jild o r tió i, l ’a ie r. (jitin ab s—

iieniibus eí
co n d is ti ha?c (3 sa piu ntfbu s v( p r t i-
?'eMÍas¿¡ ea parptrfis.
¡Olio,deS.Pascual, iRcsp.
d<?l i ,*>' \oct, i,
C íracias os d o y . oh Pudre, que
ocultasteis e st o s m isterios á los
s ub io s v p r u d e n t e s y los revelas­
teis á los h u m i l d e s ,

E
S t a HA escrito q u e V a l e n c i a <lebía ser [jara P a s ­
c u a l un l u g a r de p ru e b a .
L a prim era vez había hallado allí un superior in­
tratable: ahora se encuentra con un antiguo conoci-
d o:'co n Ju an Xim énez.
Pero qnaiitnm m u l a t a s No era ya Juan el mu­
chacho que catorce años antes había traído de A n ­
dalucía, y á quien tenía entonces que atender con
la solicitud de una madre.
No; ahora es y a un sacerdote jo ven , lleno de v ig o r
y energía, de corazón generoso y de aliña de fuego,
sobre el que se abrigan esperanzas de un risueño
porvenir.
Se ha afiliado á la milicia seráfica después de al­
gunos años de preparación, ha sido luego uno de
los novicios formados en Almansa por nuestro San­
to, y desempeña hoy día el cargo de brillante pro­
fesor.
Juan ha estudiado en las obras de los grandes
maestros de teología, se ha asimilado sus Simias, y
es actualmente á su vez un maestro de éxito.
Sus jóvenes hermanos en Religión se inspiran en
sus doctas enseñanzas, y su colega, el P. Rodríguez,
rivaliza con él en celo por los estudios.
Nuestro buen Pascual se encuentra, pues, en me­
dio de un círculo de vida intelectual.
Bien pronto el mismo Santo llega á apercibirse
de ello.
Todos, es cierto, y Ximénez el primero, le aman
con delirio: pero eL amor hace exigentes á los
amantes.
Sabíase, por las alabanzas que se le prodigaban,
que Pascual gozaba del don de oración y de la inti­
midad con Dios, y que estaba adornado con luz de
conocimientos sobrenaturales.
E l P. Adán, antiguo profesor de la Provincia, y
un definidor, ó lo que es lo mismo, un consejero del
Provincial, habíanle propuesto cuestiones dificilísi­
mas concernientes á ciertos misterios y á textos obs­
curos de la Biblia; y á todas ellas había respondido
el Santo con maravillosa lucidez de espíritu. De
aquí el que se le tuviese como adornado con el don
de ciencia infusa.
Y lo que hasta entonces era una sospecha, no tar­
dó en verse confirmado por la realidad.
Pascual había vuelto á desempeñar los oficios de
portero y refitolero.
Ximénez iba á buscarlo á la oficina y se ponían
conversar con él sobre asuntos propios de la cá­
tedra.
El Santo respondía á las cuestiones y manifestaba
su opinión con el mayor aplomo. Ignoraba, es cier­
to, las fórmulas y sutilezas escolásticas, pero daba
para todo con alguna expresión adecuada y acorde
siempre con el buen sentido.
Su interlocutor quiso dar un paso más y le pro­
puso objeciones.
«Yo, nos dice, le argüí con sofismas de doble sen­
tido, vestidos con apariencias de silogismos sólidos
y que procuraba, además, vigorizar por medio de
explicaciones saturadas de erudición.
«Con todo. Pascual descubrió tan acertadamente
el artificio, y desvaneció con respuestas tan certeras
la futileza de mis razones, que me dejó asombrado...
Mis discípulos me Llamaban maestro, y sin embargo
yo hubiera podido ser discípulo del Santo, en la se­
guridad de que con esto ganaría mucho en cien­
cias.*
También el P. Manuel Rodríguez se propuso, á
su vez, sondear los tesoros de saber que adornaban
á Pascual.
Hallándose ambos cierto día en presencia del
Guardián, hizo girar insensiblemente la conversa­
ción sobre Dios y sus perfecciones* sobre la Santí­
sima Trinidad y sobre la Encarnación del Verbo,
tocando de paso con suma habilidad los puntos más
obscuros del dogma cristiano, sobre que versan los
problemas más arduos planteados por la teología.
Pascual sigue sin esfuerzo el hilo de la argumen­
tación y responde, en pocas palabras, á sus pre­
guntas.
El P, Rodríguez, como asombrado de sus répli­
cas, dice inclinándose hacia el Guardián: «Este hom­
bre tiene la ciencia infusa; sabe mucho más y mejor
que nosotros... No tendría necesidad de. hacer nue­
vos estudios para que pudiera ser ordenado de sa­
cerdote y encargado de la predicación. Estoy segu­
ro que haría prodigios.»
Otras veces versaba el examen sobre La teología
mística y sobre la naturaleza de las comunicaciones
íntimas entre Dios y las almas. En un tal asunto era
la palabra del Santo de grande autoridad, toda vez
que, hablando por propia experiencia, dejaba muy
atrás todo cnanto puede decirse en los libros.
También, en ocasiones dadas, se le propusieron
dudas en orden á algunos textos obscuros del A n­
ticuo y cid Nuevo Testamento.
En tales casos y siempre que la ocasión era pro­
picia, aducía nuestro Santo, como si conociese sus
obras de muy antiguo, á los Padres de la Iglesia y
á los grandes doctores católicos, concluyendo siem­
pre pOr dar una explicación digna de todo aplauso.
¿Por qué la Escritura, le preguntan, llama insen­
satos á los herejes, no obstante que se cuentan en­
tre estos muchos sabios?
Y el Santo responde: «Porque su falta de fe ar­
guye en ellos una profunda Ignorancia: ellos creen
que la razón puede enseñar lo contrario á la reve­
lación, y que Dios puede decir que sí por medio de
la fe, y que nó por medio de la naturaleza. Y los
que de tal modo piensan no merecen oiro nombre
que el de insensatos.»
La respuesta, como se ve, no está fuera de pro­
pósito.
V I L . L A R R E A L . - — LOS PUENTZá S ÓBRE EL M IJA R ES
A parte de esto, sus escritos, ó sean los apuntes
que ha ¡do haciendo durante el curso de su vida re­
ligiosa, atestiguan más de una vez que, á una admi­
rable sencillez de expresión unía Pascual una gran
profundidad de conceptos.
Y es que nuestro Rienaventurado pertenecía al
número de esos hombres que ven á Dios porque
tienen pura la conciencia.
La unción del Espíritu Santo le había puesto en
íntimo contacto con la verdad.
De aquí el que realizase con tal éxito sus pruebas
académicas, que dejaba confundidos á sus propios
examinadores,
«No puede, en efecto, desconocerse, dice Inocen­
cio X III, resumiendo el examen de los teólogos
consultores de la causa y las declaraciones de los
numerosos testigos, que eL Altísimo ha revelado al
Bienaventurado los tesoros del conocimiento y sa­
biduría divinas, en una tal abundancia, que obligan
á uno á reconocerle como adornado con el don de la
ciencia infusa.'»
Lo que los profesores hacían con respecto :i la
sabiduría del siervo de Dios, lo hacían, á su vez,
los estudiantes en orden á sus acciones, aun las más
insignificantes, convirtiéndole casi en blanco de un
continuo espionaje.
Si Pascual se dedicaba á repartir la comida á los
pobres, allí estaban los estudiantes, ocultos, para
no ser vistos, detrás de las persianas, á fin de ob­
servarle y de edificarse ante el espectáculo de su
caridad inagotable.
Si estaba ocupado en el refectorio, inventaban
pretextos para entrar y saber qué es lo que hacía,
yendo luego á sazonar las acciones del Santo con
sus comentarios.
En una ocasión vieron Le, á través ríe las rendijas
de la puerta, mientras ejecutaba ante la imagen de
la Santísima Virgen la danza c!e los gitanos.
Tal era el medio que le sugería su candorosa sim­
plicidad para recrear las miradas de su Reina S o ­
berana.
De este inodo imitaba á Santa Teresa, la cual se
entretenía los días de fiesta en tocar la ílauta y el
tamboril, y á San L-rancisco de Asís, que echaba
mano, á guisa de violín, de dos trozos de madera
para armonizar así por un tal medio el concierto
ideal de su imaginación exuberante.
¡Tan cierto es que la gracia no anula en los San­
tos los impulsos de la naturaleza, sino tan sólo lo
que les sirve de obstáculo para perfeccionarla!
¿Y quién sabe lo mucho que hubieran podido aún
descubrirlos Religiosos de Valencia en orden á la
vida del Bienaventurado, si éste no hubiera recibido
por aquel entonces la orden de marchar á Játiva?
Pascual se encaminó al punto á dicha ciudad, pe­
ro no pudo habituarse al clima. Casi en todo el tiem­
po que allí pasó sentíase aquejado por fiebres in­
termitentes que debilitaban en extremo su comple­
xión robusta.
Hallándose ya el Santo muy desmejorado en su
salud, acertó á pasar por allí el P. Xíménez en di­
rección á Villarreal.
E l joven profesor aprovechaba el tiempo de va­
caciones, para ir á predicar en dicha villa la esta­
ción de Cuaresma.
¡Qué satisfacción la de los dos amigos al volver
á encontrarse de nuevo! ¡Qué amargura la de X i-
ménez al darse cuenta de las dolencias de Pascual!
Ximénez se p r e s e n t a poco después al Provincial
y le suplica que obligue á cambiar de convento ;'l
su amado enfermo. Accede el Provincial á sus rue­
gos: el Guardián, en cambio, se resiste á despren­
derse de su tesoro.
EL profesor vese obligado en vista de ello á poner
en juego toda su dialéctica y á agotar los recursos
de su elocuencia para obligarlo, y le dice entre otras
cosas: «Bien conocido os es el amor que inflama á
Pascual por la Virgen Inmaculada; estando, pues,
el convento de Villarreal dedicado A María, es in­
dudable que Pascual tendrá sumo gusto en vivir en
él. No hay remedio: es preciso que venga con­
migo.»
Y es que Dios quería que Pascual se encaminase
á Villarreal, al monasterio dedicado á Nuestra S e ­
ñora del Rosario, i fin de que, cual la había comen­
zado, pusiera también término á su carrera gloriosa
en una casa consagrada á la Madre de Jesucristo.
Ximénez concluyó, al fin, por ganar la causa, y
tuvo la satisfacción de llevarse en su compañía á su
santo amigo.
liste, á despecho de todas las súplicas, no con­
sintió en hacer el camino á caballo, no obstante de
que, enfermo como estaba y siendo malísima la
ruta que conducía á Villarreal, no pudiera escudar
su repulsa ni con los preceptos de la R egla, ni con
el ejemplo de San Francisco,.. El Guardián, por
su parte, no se sentía con valor para imponer su
T o lu n ta d al Santo, y éste, insensible á las instancias
de sus hermanos, Se dispone á hacer á pie el ca­
mino.
«Luego que nos pusimos en marcha, agrega X i­
ménez, y en ocasión en que subíamos por la colina
de Enovas, vimos á un Religioso de otra Ordeny
el cual Iba delante de nosotros con una alforja al
hombro.
«Pascual, no bien lo divisó echóse á correr, y qui­
tándole la alforja cargó con ella sobre sus espaldas.
Pero yo intervine y le quité la carga. Entonces el
Santo se dirigió al Religioso para <]ue se la devol­
viese, y tantas fueron sus súplicas, que obtuvo al fin
su consentimiento para aliviarle, por lo nienos, del
peso de su manta de viaje.»
Nada era para él tan agradable como servir al
prójimo. Saliendo de Alela vieron los dos caminan­
tes á un borrico que estaba atollado en un pantano.
B1 muchacho que lo guiaba hacía supremos esfuer­
zos por quitarlo de allí, y lloraba á más no poder
ante la inutilidad de su intervención.
Inútil es advertir que el Santo consideró como de
su incumbencia el prestar consuelos al niño colmán­
dole de caricias, Luego acercóse al enfangado ani­
mal, lo alivió de su carga y de sus arreos, y tirando
luego por la brida é imponiéndose á fuerza de gri­
tos, no tardó en sacarlo del lodazal. Seguidamente
vuelve á ponerle los aparejos y la carga, y sigue ca­
mino adelante lleno de júbilo por la buena obra que
acababa de hacer.
Poco después descubrían ya el panorama de V i­
llarreal, verdadera villa regia, con su palacio mag­
nífico, con sus reductos y con sus baluartes, con sus
grandes calles y deliciosas avenidas, y con las ondas
azuladas del Mediterráneo que ofrecían á sus pies
una graciosa alfombra.
El convento franciscano de Nuestra Señora deL
Rosario surgía en el lado de la población que mira
hacia Barcelona.
La vista del convento hizo saltar de gozo el co­
razón de Pascual. ¡A li, es que se consideraba dicho­
so, como antiguamente en Lorcto, con sola la ¡dea
de habitaren un convento dedicado á María!
En este convento pondrá fin d Siervo de Dios al
curso de su peregrinación por este valle de lá­
grimas.
CAPÍTULO XVI

A póstol y bienhechor de Villarreal

Accepit scientiam saiutis,


Jicatinuvm ptcbis ns .

, (Oílc. de San Pase un i. aiu.


de Benedictas;,

Pascual recibió del S eñ o r el


don de p r o cu r a r la f e l i c i d a d d e su
pueblo.

’VT’ A llegamos al convento de Nuestra Señora del


X RosarioJ decía Pascual a su compañero.
«¿Sabéis qué cosa es el Rosario?
«Los Ave son rosas blancas ofrecidas ;'l María In­
maculada; los / V ler son rosas purpuradas con la
sangre de Jesús.
«Sí, el Rosario es una corona de rosas; es el sal­
terio de María; son cincuenta cánticos en su honor,
un memorial de los misterios de Jesús y de la Vir­
gen, y un medio de ganar muchas indulgencias en
sufragio de las almas del purgatorio.
«Cuando no podáis disponer de tiempo suficiente
para rezar el Rosario, deciden vez délos Ave: ¡Ben­
dito seáis, amabilísimo y dulcísimo Jesús! y en vez
de los Patcr, la salutación angélica. Creedme, nada
agrada tanto á Dios y á su Santísima Madre como
el ejercicio de esta hermosa práctica.»
Y decía estas palabras como fuera de sí; porque
el Santo amaba á Jesucristo y no hallaba felicidad
sino al pie del Tabernáculo, y amaba, además, con
amor ferviente á María y á las almas del purgatorio.
Pascual recurría á la Santísima Virgen á fm de
obtener por su mediación la gracia de prepararse
dignamente para recibir la sagrada Comunión: tenía
compuesta en honor de este misterio una plegaria
con propósito de rezarla en su lecho de muerte, y
no pasaba nunca por delante de su imagen, sin Ha­
cerle una profunda reverencia.
Sus fiestas, sobre todo, eran para él objeto de
extraordinaria alegría, la que aumentaba por mane­
ra admirable en el día en que la Orden, fiel ¿su s
tradiciones, solemnizaba el misterio de la Inmacula­
da Concepción de María.
«Venid, decía á los que encontraba en los claus­
tros: ¿no es cierto que creéis en Dios: Repetid, pues,
conmigo: «¡Bendita, alabada y glorificada sea la In-
«maculada Concepción de esta amabilísima é infan­
t i l María?»
Cuando pronunciaba el nombre de la Virgen sen­
tíase anegado en torrentes de dulzura inefable.
Nadie por mucho tiempo pudo echar en olvido su
sermón de Natividad, predicado en presencia de los
Religiosos y de algunas personas de confianza, lira
éste como un cuadro de escenas vivientes delinea­
das en un transporte de éxtasis. Diríase que el mun­
do sobrenatural, descorriendo á sus ojos el velo del
misterio, se mostraba á sus ojos animado y tangible
en toda su inefable realidad.
Por Lo que hace á las almas del purgatorio, el
Santo avisó en más de una ocasión á las familias de
algunas de ellas para que las auxiliasen con sus
oraciones; ni faltaron tampoco casos en que se apre­
surara á consolar á los que lloraban La muerte de
una persona querida, con la noticia cierta de La feli­
cidad de que gozaba ya ésta en el eterno reposo de
Los justos.
E l alma de Pascual iba apartándose progresiva­
mente de la tierra á medida que adelantaban los
años.
ÜL consideraba á Cristo como su vida, y á la muer­
te como ganancia.
Enseriaba en cierta ocasión el Guardián de Villa-
rrcal á sus Religiosos un método de hacer oración,
dicicndoles:
«Considerad, por ejemplo, en el primer Pafer
las heridas causadas por la corona de espinas; pasad
luego al segundo, representándoos otra llaga del
Salvador, y recorred así todos los demás.
— ¡Imposible] interrumpe Pascual fuera de sí, ¡no
puede salirse de una llaga de Jesús después de ha­
ber entrado una vez en ella!...»
Yo moraré para siempre en la Llaga del Sagrado
Corazón, había dicho San Buenaventura.
San Francisco de Asís, según refiere Gregorio IX
en uno de sus sermones, fué visto como habitando
también en tan dulce retiro (i).
A sí, pues, el Bienaventurado, al pronunciar las

0 ) Anatecla franciscana, (¿uaracchi, c. I. pág. * 5 i.


palabras antedichas, estaba de lleno en el espíritu
de la tradición seráfica, cayo glorioso Kundador ha­
bía de ser dado como guía celestial á la Reata Mar­
garita Alaría de Alacoque por el mismo Jesucris­
to (i), el 4 de Octubre de 16SS.
Unido así Pascual á Jesucristo, participa al pro­
pio tiempo de su acción bienhechora; y hace, como
E l, m ihgros, ya sanando los cuerpos, ya convir­
tiendo las almas.
Los últimos años de su vida vienen á resumirse
en esta sola frase: Pascual es el bienhechor y após­
tol de Villarrcal.
Los necesitados acuden siempre á él; cuando ellos
no vienen, el Santo va en su busca. Asedian los po­
bres el convento demandando pan, y el Siervo de
Dios se lo reparte con largueza,
«Esto va siendo demasiado, Hermano, le había
dicho el Guardián. Los bienhechores no se privan
del alimento por satisfacer vuestras prodigalidades.
Dad á la hora de comer y basta.»
El Bienaventurado rompe á llorar:
«¡Oh, Padre mío! exclama, no me mandéis eso:
mi corazón se parte de angustia cuando tengo que
despedirlos con las manos vacías: yo mismo iré, si
lo consentís, á pedir de puerta en puerta p arad lo s:
ellos, Padre mío, á cambio de la limosna que les da­
mos, nos traen el cielo en recompensa.
— Bien, Hermano, concluye el Guardián conmo­
vido, ¡dadlo todo! ¡dad siempre que queráis!»

(i > Vie He la Bienhcitreuse, escrita po r s u s con tem po rán eo s,


l. I. páfí. 253.—Véase u m b i í i n : E n r i q u e de Grczes, en Le Sacré-
Cicur de Jcsus, E l u d e s fr an ciscain es. Pa rís, Del ho m m e ct B rigu ct,
1890.
Hubo, no obstante, algunos, lo mismo entre los
que frecuentaban la capilla que entre los bienhecho­
res, que estuvieron á punto de retirar á los Religio­
sos sus limosnas,
Isabel Xe:i, muy devota y muy generosa, sentía
especial predilección por su «predicador,» el P. Pe­
dro, á causa de la elocuencia que lo distinguía y del
gran fruto que producía en las almas.
El P. Pedro se puso enfermo, y todos los cuidados
que se le dispensaron no fueron bastantemente po­
derosos para evitar que su enfermedad se fuera
agravando por manera alarmante.
Sucedíanse novenas á novenas y Misas á Misas, á
fin de obligar al cielo á que le devolviese la salud.
La pobre Isabel no se daba, á este objeto, un punto
de reposo.
«A pesar de todo, le dijo Pascual, el P. Pedro no
volverá á subir al pulpito.
— jA y ! ¿qué desgracia pronosticáis? pero no, vos
habláis por hablar, y nada más.»
Pascual noinsisticS; con todo, ya antes de esto ha­
bía advertido al predicador que dentro de cuatro
meses moriría en Valencia.
«Ahora, le dijera, es tiempo de que os preparéis
lo mejor posible para subir derecho al paraíso.»
Pero no siempre viene sola lina desgracia. Isabel
que había lamentado la pérdida de «su predicador,»
tuvo que lamentar al propio tiempo otra muy sensi­
ble también para ella; la del resultado del capítulo.
Cada capítulo que se celebra trae en pos de sí
cambios inesperados.
«Está una acostumbrada, decía nuestra Isabel, aL
modo de ser de las cosas, cuantío llega el capítulo
y lo pone todo en danza; confesores, predicadores,
superiores... ¡todo desaparece! En cambio se nos
mandan otros nuevos personajes, algunos de los
cuales no tienen nada de simpáticos, como por
ejemplo este nuevo Padre Guardián.»
Y cediendo a.1 peso de estas impresiones, habíase
resuelto la buena mujer á llevar á vías de hecho una
gran resolución; «La de 110 volver á pisar la capilla
de Nuestra Señora del Rosario, ni dar limosna al­
guna al cuestador. Así aprenderán, pensaba, á no
estar siempre jugando con los bienhechores.»
Iba Isabel revolviendo en su magín estos bellos -
proyectos, que á nadie aun había confiado, cuando
se encuentra casualmente con Pascual.
«Sin duda, mi buena hermana, le dice el Santo,
observaréis para el porvenir la misma conducta que
hasta ahora, ;no es verdad?»
Formulada así sin preámbulos la pregunta, no
obtiene Pascual respuesta alguna; Isabel pasa ade­
lante, llena de confusión al ver descubierto su se­
creto.
Apaciguase luego la tormenta, y con la tormenta
desaparece igualmente, la resolución de la piadosa
bienhechora.
«Estos frailes nos arruinan con tantas cuestacio­
nes, decía Otra mujer apellidada Pallares: yo nunca
les doy nada, porque su sola presencia me enfure­
ce. Pascual, sobre todo, me es sumamente antipá­
tico.»
Sin embargo de ello Pascual llamaba repetidas
veces á la puerta de su casa. ¿Qué le importaba i él
oír denuestos, con tal de recoger limosnas para sus
pobres? De este modo, al propio tiempo que limos­
nas para ellos, lograba acaudalar méritos para su
alma.
Cierto día que por allí pasaba, notó que la casa
de Pallares estaba puesta en movimiento.
¡A y ! el niño de Isabel Pallares, aprovechándose
de Ja ausencia de su madre, habíase puesto á andar
con objeto de ir :i divertirse afuera con otros mu­
chachos; pero lo hiciera con tan poca suerte que,
cayendo por la escalera, se había hendido el cráneo,
y gemía agonizante sobre su blanca cuna manchad»
de sanare.
«Hermano, exclamó la mujer al ver á Pascual,
haz que sane y que viva al menos por un año, por­
que sino mi marido se pondrá furioso y me castiga­
rá con la muerte como á mujer abandonada é im­
prudente...»
El .Santo cae de rodillas al pie del enfermo, en
cuyo rostro se nota ya la palidez cadavérica, y abís­
mase en la oración...
Apenas el Siervo de Dios principia su plegaria, el
niño abre los ojos, sonríe á su madre y se levanta
sano y salvo.
E l niño murió un año después, pero Isabel con­
tábase ya en el número de los bienhechores de los
pobres en favor de los cuales mendigaba Pascual.
Pascual, á su vez, le estaba agradecido, y más de
una vez libró á los miembros de su familia de agu­
das dolencias.
E l corazón del Hienavenlurado daba también aco­
gida favorable á los ecos de angustia de los enfer­
mos.
«¡Cuántas veces no le he sorprendido llorando á
la cabecera de su lecho de dolor! nos dice su com­
pañero Fr. Camacho. Y es que la vista de los sufri­
mientos ajenos hacía saltarlas lágrimas de sus ojos.»
Unas veces excitaba á los enfermos á que orasen
con él, diciéndolcs; «Tengamos confianza y regue­
mos: Dios es nuestro Padre.» listas palabras, según
todos sabían ya, eran como el anuncio de la cu­
ración.
Otras los exhortaba á la paciencia, á la conformi­
dad con el divino beneplácito y á pensar en el cielo
y en la eternidad,
«No hay remedio, decíase en tales casos, hemos
perdido el último resquicio de esperanza.» Y se los
preparaba á bien morir.
«¿Qué es, pues, lo que tiene vuestra pobre nina'»
interrogaba el Santo á una excelente paisana de las
afueras de la población.
La madre, por toda respuesta, corre junto á la
enfermita, tendida de manera lastimosa en un án­
gulo de la habitación, le quita los vendajes que le
rodeaban el cuello y muestra al Santo sus horribles
úlceras.
«— Y en el mismo estado que su cuello, agrega,
tiene desde hace anos todo el cuerpo.»
Pascual, hondamente emocionado, toca con sus
manos el cuello de la niña, diciendo; «Verdadera­
mente, es preciso pedir al buen Dios que le devuel­
va la salud.»
La inocente mártir siéntese entonces aliviada de
improviso: tres días después ni aun las señales le
quedaban ya de un mal calificado por todos como
incurable.
En Otra ocasión hizo desaparecer la gangrena
por medio de la señal de la cruz y de la invocación
de los nombres de Jesús y de María.
«No morirá vuestro hijo,» responde á unos afli­
gidos padres que, deshechos en lágrimas, le descri­
ben la enfermedad de su pequefiuelo, desahuciado
por la ciencia.
N U E S T R A S E S O K A DK G R A C I A , l’ A T R O X A IJF. V I U . A R K I i A L
Pocos días más tarde, restablecimiento completo.
tf Hermano, pedid por mi desgraciado 'hijo: mi­
radlo, está á pumo de exhalar el postrer suspiro,»
suplica una madre desolada.
— Confianza, hermana mía, yo rogaré por vos.»
Y la madre no tarda en ver satisfechos sus deseos.
«Ayudadme, pues podéis hacerlo, le dice una
madre al tiempo de presentarle una hija suya; va
perdiendo la vista y no hay medio (le impedirlo.?
El buen Santo atrae hacia sí á la enfermita: «Ha­
ced, exclama, la señal de la cruz sobre vuestros ojos,
pronunciando los nombres de Jesús y de Marta.»
La niña obedece y se encuentra sana al punto,
sin necesidad de médico.
Uno de los Religiosos le suplica que le haga so­
bre su boca enferma el signo de nuestra Reden­
ción.
«Hacedlo vOs mismo, pero con fe,» responde con­
fuso el Santo.
Y el dolor de muelas desaparece al instan le.
También había.ocasiones en que Pascual daba á
conocer á algunos la proximidad de su muerte.
Un día aconseja á uno de sus amigos, que.se creía
en período de franca convalecencia, que reciba sin
dilación los últimos Sacramentos...
El enfermo no quiere darle crédito: la mujer de
éste y la cuñada recriminan vivamente al Santo por
ser «un profeta de mal augurio y un villano igno­
rante educado en medio de las cabras.»
Luego desátansc en un torrente de injurias.
Pascual so retira humildemente; pero las dos mu­
jeres, no satisfechas aún con sus denuestos, acuden
á acusarlo ante el Guardián del convento.
Este, después de prestar oído á sus lamentos, les
aconseja <jue no echen en saco roto la amonestación
del Siervo de Dios.
¡A y! apenas vuelven á casa, ven que el enfermo
solicita por sí misino Le sea administrada la Extrem a­
unción.
Entonces y sólo entonces se resolvieron estas á
acudir en busca de un sacerdote. E l pobre enfermo
murió aquella misma tarde.
Pascual había aseg-urado á su alma las dichas del
eterno reposo.
Y esto era, á no dudarlo, lo" que ante todo y so­
bre todo procuraba Pascual: la salvación de las
almas.
Trabajaban cerca del convento unos obreros fran­
ceses, y Pascual tomó á pechos su instrucción reli­
giosa con inalterable paciencia y con celo sin lí­
mites.
E l hacía cordones para los Terciarios, y estimu­
laba á todos los buenos cristianos á alistarse en la
milicia de la Tercera Orden de San Francisco: «Es­
te es, solía decir, un medio seguro tic alcanzar la
salvación (t).»
Cuando llegaba á sus oídos el sonido de la cam-

(i) L a Tercera Orden {'ranchearía, fu n dad a, al dec ir de T o m á s


d c C ú la n O , de San B u e n av e n tu ra, de Ju l iá n de S p ir a y de otros de
la épo c a, p o r San Fr a n c is c o de A sís, es u n j vasta a so ciac ió n, d i v i ­
dida en co n g r eg acio n e s ó frat ernid ad es locales, c u y o s m iem bros
se com prom e ten 4 v iv ir c ristianam ente y á trabajar po r q u e reine
do q u ie ra el espíritu cristian o en las institu cio nes y en las c ostu m ­
bres. Los H erm ano s de la T e r c e r a O rd en llevan, c om o disti ntiv os
de su afiliac ión i la O rd en Scrdlica. el c o r d ó n y el esca pu lario.
León X I II la lia reco m en d ad o en ocasiones di versas, com o d i c a ­
císimo- remedia social. V í a s e su historia en Ut o b ra i ’. Franfois
rf'.-l¡sise ct i'Ordre Seraphiqwe. páfjs. 3 3 0 y si^., po r .\í. de Kcrval.
pana que convocaba á los fíelas al sermón, sen­
tíase inundado de gozo y se ponía á orar á fin de
que Dios iluminase con la luz de la gracia al predi­
cador y á los fieles.
A veces se aventuraba hasta á sugerir felices
Ideas al sacerdote que iba á predicar.
Más aún, él mismo venía á ser un predicador asi­
duo, para el cual no pasaba sin éxito ninguna oca­
sión que se le presentase de excitar á los otros á
obrar el bien.
«Dejaos del jueg-o,’ decía á unos, porque perde­
réis lastimosamente vuestra fortuna y vuestra alma.»
«Perdonad á vuestros enemigos cuantos ardéis
en deseos de venganza, y reconciliaos con ellos por
ainor á Jesucristo.»
«Jóvenes, dedicaos á la oración: huid de los com­
pañeros perversos y de las ocasiones peligrosas, y
seréis castos,»
«Y vosotros, los que estáis y a con un pie en la
sepultura, tened paciencia en vuestras enfermeda­
des y sed para con los demás otros tantos modelos
de virtud.»
Éstas cortas exhortaciones pronunciadas como
de paso por nuestro Santo» con aquella dulce son­
risa que animaba siempre su rostro, iban de ordi­
nario derechas al corazón y producían siempre efec­
to, aun á despecho de la voluntad de los oyentes.
j\'o hubo uno siquiera que se resistiese al influjo de
su maravillosa eficacia.
Luego iba á pasar el Santo largas horas cu ora­
ción ante la Hostia sacrosanta; [estaba completando
la obra comenzada por medio de sus consejos y de
sus prodigios!
Veíasele allí, puesto de rodillas, enlazadas las
manos, fijos los ojos en su Dios, inflamado el rostro
con destellos de fuego del que se desprendían res­
plandores celestes, y apartado de la tierra por la
contemplación y por el éxtasis...
«¿Cuándo te dignarás, oh Ainado de mi alni;t, in­
troducirme en la casa de mi Padre celestial?»
CAPÍTULO XVI I

Acercándose al cielo

¿ H tr úi rit in CónipCCtU Dci


ni upís mitissima yascatv e¡us.
(u íie. de S a n P a sc u al, ant. tr.f
Lj uries't.
Como una Jócil orejuela en su
c ubiJ. .1 sí en tra Pascu al, lo do g o ­
z o so . *jn la p r e s e n c ia J c l S e ñ o r .

H
AULA d e s a p a re c id o el invierno : la p rim a v e ra de­
r r a m a b a fecu n d id a d y a n im a ció n p o r todas
p a rte s .
La «pequeña Ve necia,» según solía llamarse á
Villarreal, embriágase con el perfume de las (lores
de los naranjos que pueblan los frondosos huertos
de Bubriana, y en cambio las frescas auras marinas
atenuaban, con su soplo benéfico, los ardores de un
sol de fuego que se balanceaba sobre el horizonte.
Los Angeles, en tanto, tejen en el cielo una coro­
na: faltan aún algunas (lores para completarla, pero
no tardarán éstas en desplegar sus corolas en el
jardín del alma del bienaventurado Pascual. Una
vez terminada ia enrona, apresurarásc Jesú s á lla­
mar á su fiel Siervo; «Ven, le dirá, que pasó y a el in­
vierno y suena la hora clel triunfo: ven, y serás co­
ronado.»
La Iglesia, vestida con las galas de las grandes
solemnidades, celebraba por aquellos días el tiem­
po pascual y cautalsa á su celeste Esposo el rego­
cijador Atchiyii, cuyas últimas notas debía este año
acompañar desde el cielo nuestro Santo.
Dios, según se cree, habíale revelado la proxim i­
dad de su última hora.
E l " de Mayo, día de la Ascensión, estando Pas­
cual ayudando á Misa, ilumínasele el rostro de im­
proviso y siente en sus oídos palabras misteriosas
que le encantan... dejándole abismado en mar de
consolaciones y como víctima de una embriaguez
sobrenatural...
Por la tarde del misino día fuese el Santo al en­
fermero, y le dijo: «Fr. Alfonso, ¿quieres lavarme
los pies?»
E l enfermero no pudo menos de sorprenderse
ante una tal demanda, á causa de que jamás Pascual
había aceptado hasta entonces semejantes servicios.
«Yo puedo enfermar, hermano, exclamó Pascual;
si enfermo tendrán que administrarme los Santos
Oleos; así que es conveniente que mis pies estén
muy limpios.»
Llegaron el viernes, el sábado, el domingo: el
regocijo de las fiestas iba siempre en aumento. En
el último de dichos días visitó el Santo á todos los
bienhechores del convento. Nunca su mirada fué
tan angélica, ni tan celeste su sonrisa como en aque­
lla ocasión.
A l despedirse de una enferma: «Adiós, hermana
mía, exclamó, disponeos convenientemente, porque
muy pronto debemos emprender ambos á dos un
gran viaje.»
La mujer falleció aquella, misma semana.
E l domingo por la tarde siéntese victima el Santo
de una fuerte calentura, agravada por los dolores
de un punto pleurético. Con todo, Pascual disimula
por tal modo, que no se llega ni aun á sospechar que
esté indispuesto.
Llega la mañana del día siguiente; tocan á la pri­
mera. Misa y Pascual 110 aparece por parte alguna.
Un Religioso corre á la habitación del Santo, «Va­
mos pronto; ya es hora de abrir la iglesia.
— Ahí están las llaves, responde el Siervo de
Dios, llevadlas y abrid: yo no puedo moverme; es­
toy muy enfermo.»
Avisóse al momento al Guardián y corrióse á bus­
car al médico. La primera disposición de éste fue
ordenar que el Santo se despojase de su grosera tú­
nica y se vistiera en cambio con ropa de fino lienzo,
hecho lo cual se le obligó á acostarse en una buena
cama.
Pascual siente en el alma esta disposición; pero
no le queda otro remedio que someterse á ella,
«Os pido por favor, gimió entonces el Santo, que
coloquéis d hábito á los pies del lecho, á fin de que
no to pierdan de vista mis ojos.»
Concédesele este piadoso consuelo, y el hábito
queda á su lado.
A todo esto la enfermedad iba en aumento, no
menos que la paciencia del Santo en soportarla.
Los dolores eran agudísimos, por manera que
apenas si le permitían articular palabra, llegando
hasta dificultarle la respiración.
Sin embargo de ello Pascual no exhala un gemi­
do, ni deja traslucir al rostro señal alguna de mal­
contento. Los Religiosos, por su parte, se desviven
por rodearle, ya para sorprender nuevas virtudes
que admirar, ya para servirle solícitos.
Hasta el propio médico, hondamente emocionado
en vista de la resignación del enfermo, no puede
resistir al deseo que traer allí á su propio hijo, á
quien presenta al Santo, diciéndole: «Hermano, ben­
decid á mi muchacho.»
Pascual pone sobre la cabeza del niño su mano
lánguida, y exclama: «¡Que el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo te bendigan, creatura de Dios, y
hagan de ti un amigo de los pobres!»
A sí, pues, los pobres eran los que ocupaban sus
últimos pensamientos.
No era ya posible abrigar duda alguna sobre el
desenlace de la enfermedad. Este desenlace debía
ser funesto. E l médico toma á pechos la misión de
notificárselo amigablemente: «Vuestra enfermedad,
hermano, podrá tal vez abriros las puertas del pa­
raíso.
— ¡Oh, gracias! murmura Pascual. ¡Qué nueva
tan feliz me anunciáis! Mucho tiempo hace ya que
suspiro por el paraíso... ;Y cuándo llegara el mo­
mento?
— Viviréis probablemente hasta el viernes.
— No, querido amigo, responde sonriendo el en­
fermo, no estáis en lo cierto... no será antes del sá­
bado... ó más tarde aún.,, cuando á Dios le plazca.»
No bien se divulga por la población la triste no­
ticia, multitud de personas solicitan licencia para
poder hacerle una última visita.
Aquello fué una procesión no interrumpida.
Las gentes entraban y caían de rodillas junto al
lecho. En t;in humilde actitud y embargadas por
pro fu ncU emoción, contemplaban aquel pecho que
se movía con respiración sibilante, aquellos labios
consumidos por la liebre, aquellas facciones, siem­
pre tranquilas, aunque alteradas por el sufrimiento.
«Hermano, le decían, ¿no tenéis algún consejo
para mí? ¿no me haréis la promesa de que os acor­
daréis de ini ante el Señor?»
El Santo abría entonces los ojos, sonreía con tra­
bajo y replicaba con voz desfallecida: «Servid á Dios
de todo corazón... Amad mucho á los queridos po­
bres,,. Tened una gran devoción al Santísimo S a­
cramento... Xo os olvidéis de la Santísima Virgen...
Sed fieles á la observancia de vuestra Regla, y no
dudéis que, haciéndolo así, tendréis por premio el
paraíso.»
Para todos tenía el Santo una palabra de aliento
y un consejo apropiado á su estado respectivo.
«Más quisiera deciros todavía, agregaba, pero no
me es posible proseguir hablando...
Cuando percibía junto á sí los lamentos de algu­
no, le trazaba con dilicuhad el signo de la cruz so­
bre la frente, diciendo; «¡Que Jesús os bendiga!»
Hecho este supremo esfuerzo volvía á cerrar los
ojos.
E l 1?. Diego Castellio, á quien Pascual había prc-
dicho un año antes su elección para definidor del
nuevo Provincial, P. Juan Ximénez, disponíase por
aquellos días á marchar á Valencia. «So saldréis, le
dijo el Santo, porque no os será posible,;;
Y de hecho el P. Diego se vio precisado á conti­
nuar en Villarreal á causa de una indisposición ines­
perada.
Por lo que líate al P, Ximénez, el cual se hallaba
visitando los conventos de su nueva Provincia, sen­
tía. vivamente Pascual no poder volver á verle antes
de abandonar la tierra.
«Vosotros, hermanos míos, decía á los R eligio­
sos, os encargaréis de recordarle que yo le lie con­
ducido de Jerez al convento, ¿no es verdad?»
El enfermero, deseando saber en qué día dejaría
de existir, exclamó:
«Fr. Pascual, avisadme á tiempo cuando llegue
la hora de vestiros el santo hábito, pues conviene
que muráis con él.
—A sí lo haré, respondió el Siervo de Dios: aho­
ra id á avisar al Padre Guardián, pues deseo ha­
blarle.»
Luego que llegó éste, presentóle Pascual algunas
cuentas indulgenciadas que conservaba en unacajita
de madera: «Bien pronto, exclamó, me será imposi­
ble advertir á vuestra caridad cuáles sean las indul­
gencias aplicadas á cada una.» Seguidamente le
explica las indulgencias con que estaban enriqueci­
das, y concluye, por fin, solicitando le sean adminis­
trados los últimos Sacramentos.
Con una humildad que hizo saltar las lágrimas de
los ojos de todos los presentes, pidióles entonces
perdón ¡por la poco edificante conducta que había
observado en la Orden y por los escándalos que les
había dado!...
Después... se reconcentró dentro de sí mismo y
se dispuso para recibir á Dios en su corazón.
En el momento de recibir el sagrado Viático, le­
vántase en su lecho de dolor y recibe por vez pos­
trera la Hostia sacrosanta... Luego vuelve á dejarse
caer, embargada el aliña por dulce éxtasis. Su ros-
VILJ.A K H E A L.— LA FkMITA DE LA IM TK OKA L>£ LA Cl L' ÜAU K t'ESlK A SEÑORA l)E O X A C lA
tro estaba como transfigurado y radiante de feli­
cidad...
Los Religiosos déjanle disfrutar del piélago de
consolaciones en que se v e í a anegado, hasta que
Pascual, como despertando de un sueño maravillo­
so, gime anhelante; «La Extremaunción.»
Luego vuelve ;'i suplicar: «¡Concededme mi hábi­
to... y la gracia de ser sepultado entre m is h e r m a ­
nos!... Dejadme ahora á solas con Jesucristo, por­
que debo prepararme para comparecer en su pre­
sencia.»
Y así pasó Pascual la noche del sábado, sin inte­
rrumpir su silencio para otra cosa que par» pedir,
con las palabras «¡Tengo sed!», le diesen un poco
de agua.
Quisieron repetidas veces los Religiosos atenuar
en lo posible los ardores que lo consumían, dándo­
le algunos refrescos; el Santo, empero, les contestó
sonriendo dulcemente y con voz cada vez más dé­
bil: «No os toméis esa molestia... No hay necesidad
de ello.»
Sus ojos apenas si se apartaron un momento del
crucifijo y de la imagen de María: sus labios movían­
se en silencio.
Llegó la mañana del domingo: Pascual señaló con
el dedo su hábito y murmuró: «¡A yudadm e!... por
caridad, ayudadme.»
Pero los Religiosos, creyéndole á punto de expi­
rar y temiendo no se les quedara muerto entre las
manos, hacían como que no le entendían.
Con todo, Pascual insistía de continuo y les mira­
ba con ojos tan suplicantes, que los Religiosos huye­
ron, turbados por la emoción, ante este espectáculo
que les partía el alma.
Pascual gira en torno suyo los ojos vidriosos,,, y
se ve solo: reúne cu un supremo esfuerzo las pocas
fuerzas que le quedaban y logra co.^er su pobre tú­
nica... sólo que al querer pasarla por la cabeza para
vestirla, nota que no tiene energías bastantes pn-
ra ello.
Llega entonces presuroso el enfermero y le ayuda
con todo lujo de precauciones á cubrirse con su tan
amado sayal...
No bien volvieron de nuevo los Religiosos, gimió
el Santo, con voz apenas perceptible: «Jesús murió
sobre la cruz... San Francisco sobre la desnuda tie­
rra... ¡tendedme también á mí por tierra!,., ¡oh, ha­
cedlo, por p ied ad !...>
Niégasele este consuelo.
«¡Jesús! ¡Jesús! grita luego de improviso, esfor­
zándose por hacer la señal de la cruz..., allí, allí...»
y señala con la mano y con la vista, primero el pie
de la cama, luego toda la habitación... sus ojos
desmesuradamente abiertos parecían contemplar
una visión terrorífica... su cuerpo temblaba como
hoja sacudida por el huracán: « ¡F la g u a bendita!
¡Rociad con agua bendita... la habitación! ¡Rociadlo
todo!»
Fue éste un momento de angustia aterrador: los
presentes estaban como anonadados bajo una fría
impresión de terror, porque conocían que se tra­
taba de dar á Pascual un formidable asalto...
Fué, sí, un momento, pero un momento que les
pareció cu siglo.
Luego renació de nuevo la serenidad y la calma.
«¿Han tocado á la Misa conventual?» interrogó el
Santo con apagados acentos.
«No todavía,» le respondieron.
Y repitió unos instantes después;
Y ahora?»
«Si , acaban de tocar,» dijo el enfermero.
A l oír estas palabras, cruza por su rostro de mo­
ribundo una ráfaga de celestial regocijo, y estrecha
convulsivamente contra su corazón el crucifijo y el
rosario.
E l movimiento de sus labios da á conocer que es­
tá orando...
La campana de la iglesia anuncia, por fin, el mo­
mento de la elevación. Pascual deja entonces esca­
par de sus labios, con su sonrisa postrera, las pala­
bras; «Jesús, Jesús,» y su cabeza se inclina exánime
sobre el pecho...
Acababa de ser recogida la última flor; los A n g e­
les, terminada su corona, la ponen en manos de J e ­
sucristo, quien ciñe con ella las sienes de su fidelí­
simo Siervo.
Sucedió la muerte de nuestro Santo el domingo
de Pentecostés, r7 de Mayo de 1592, á eso de las
diez y media de la mañana. Pascual contaba á la sa­
zón cincuenta y dos años de edad, veintiocho de los
cuales constituyen el círculo de su vida religiosa.
E ra de mediana estatura, de buena presencia y de
rostro gracioso y amable, aunque no expansivo.
Tenía en su frente algunas arrugas y un principio
de calvicie. Sus ojos azules, pequeños, brillantes,
estaban protegidos por pestañas y cejas negras. La
nariz y la boca eran regulares. Veíase bajo sus la­
bios y ile derecha á izquierda, una cicatriz que le
daba las apariencias de estar siempre sonriendo.
Completaban su fisonomía su color moreno, su bar­
ba rala y sus carrillos salientes.
De temperamento irascible y bilioso, unido á una
gran fuerza de voluntad, disfrutó de ordinario de
buena salud, á excepción de los cinco últimos años
de su existencia, que fueron para él un prolongado
y cruel martirio.
L a muerte no alteró sus facciones, ni perdieron
con ella la flexibilidad sus miembros.
Dos personas que no le conocieron nunca y que
moraban, por aquel entonces, en lugares diverso*,
atestiguaron después que el día y hora de su muer­
te habían visto al Santo elevarse á los cielos sobre
una carroza de fuego.
CAPÍTULO XVIII

Vida íntim a

Di Críalo ¡>iiM>nor,i/o
M o rsiw i J a l t o L-rt^íiCf,
Sempra l 'Jin ~n cor portato,
r>t foco amor ini mise.
(San Fran cisco, Cánt. <tel
Am orj.

E n a m o r a d o dtí C r i s i o
A s u le v mi a liñ a r i n d i ó s e ,
S i e m p r e lo lleve e n m i pecho
Y en h o r n o «Je a m o r e c h ó m e .

asií dicho,y con razón, (juelas palabras dan á


H conocer los corazones: «Habla, y te veo.»
Nada, en efecto, nos muestra mejor al Santo en su
vida íntima, nada nos descubre tan perfectamente el
misterio de su vida ni nos permite conocerlo con
mayor exactitud, como los propios escritos que de
él conservamos.
Estas breves frases que se han escapado de las
garras del olvido y que flotan aún sobre la incuria
de los tiempos, dicen más á tal objeto que los más
difusos comentarios de que pudiéramos hacer "ala.
Pasando, pues, por alto las repeticiones, que son
frecuentes, y las ampliaciones que de éstas se deri­
van, vamos á provistarnos en esta mina de los ele­
mentos necesarios para diseñar con la mayor preci­
sión posible la verdadera fisonomía moral del Sier­
vo de Dios.
De este modo no nos será difícil formarnos idea
de como consideraba el Santo la vida espiritual, y
del puesto que en ésta hacía ocupar á la divina E u ­
caristía.
Pascual se asemeja por su modo de pensar á los
grandes místicos de su tiempo, tales como Santa
Teresa, San Juan de la Cruz y San Pedro de Alcán­
tara.
Para nuestro Santo el íln del hombre es, lo mis­
mo que para éstos, la posesión de Dios, manantial
de todas las dichas: posesión á cuyo logro consagró
él todos sus esfuerzos durante el curso de su vida.
A l objeto de alcanzarla, debe el alma recorrer un
«camino áspero,» al que llama la «cuesta del Car­
melo,» ó bien la «noche obscura.» Sus etapas vie­
nen á ser, «lugares en los que se reposa un instan­
te para reparar las fuerzas y proseguir la marcha.»
Santa Teresa había designado dichos lugares con el
nombre de «castillos.»
E l punto de partida de este camino consiste en
«despojarse de toda cosa terrena y reducir á servi­
dumbre el propio cuerpo. Los ayunos y las vigilias
son necesarios. Todo el que se echa á dormir ó se
carga de provisiones no se halla eti disposición de
hacer el viaje, lis también indispensable, al efecto,
la medida de la mortificación. No puede llevarse uno
sino lo absolutamente imprescindible, corno 110 pue-
de tampoco detenerse más tiempo que el preciso pa­
ra tomar aliento. La penitencia no tiene otros lími­
tes que los que le S e ñ a l a l;i l e y d e Dios.»
Una vez puesta en camino, debe el alma conside­
rar dos cosas: su propia condición y la de Nuestro
Señor Jesucristo,
Pero para ver ambas claramente, precísase «una
operación laboriosa del espíritu en busca de una ver­
dad oculta,» no menos que la «consideración atenta
de las Santas Escrituras.»
E l alma conoce, merced á estas consideraciones,
«su pequenez, su miseria, su nada. Arranca de raíz
el amor propio y concibe de sí misma un horror
grandísimo.»
Como consecuencia de ello «siente sed <le despre­
cios, de aflicciones y de desaires, desea ser pisotea­
da y tenida en ningún aprecio.» Esto evoca á la
muerte el «sufrir y ser despreciado por Ti» de San
Juan de la Cruz.
«Sabe el alma que es merecedora por sus pecados
de estos ultrajes y aflicciones; de aquí el que al re­
cibirlos sienta en ello regocijo á causa de que así se
le hace justicia.» Buscar este regocijo y embriagar­
se de oprobios y de dolores, parecía á nuestro San­
io la cosa más natural del mundo. Santa Teresa de­
cía á su vez: «O padecer ó morir.»
A l recorrer las Escrituras «á la luz de lo que han
dicho los Padres y los escritores (ó como diríamos
nosotros, con ayuda de la erudición sagrada y pro­
fana), representándose como si entonces pasaran an­
te sus ojos los misterios del nacimiento, de la vida,
pasión y muerte de |esucrísto, el alma se enamora
de E l y quiere hacérsele en todo semejante. He
aquí en lo que consiste el ejercicio de tocias las vir­
tudes.
Este camino no puede recorrerlo el alma sino en
«largos anos, a Llegando por fin al termino de e$ta
primera etapa: «la unión de la inteligencia y de la
voluntad con Dios Xuestro Señor. Ella se ve y se
estima en lo que Dios la ve y la estima: ella quiere
para sí misma Lo que Dios juzga que más le convie­
ne; ile aquí la paz de que goza.»
A partir de este instante, el alma «ve á Dios en
las criaturas.» Las personas y Los sucesos aparecen
á sus ojos corno otros tantos «emisarios de Dios
que ella acepta en la misma forma en que Dios los
manda.»
Guiada por esta verdad vuelve el alma á continuar
su camino.
Desde este punto «ilumínala una dulce claridad.»
La marcha, con todo, continúa siendo «difícil y la­
boriosa:» para proseguirla hay precisión «de tiem­
po y de vigorosos esfuerzos. Si bien este camino
tío la conduce al término del viaje, ta aproxim a sin
embargo á cL y La coloca en una nueva etapa que
será la última.»
El alma, entonces, «interrogando á su propia e x ­
periencia y á la autoridad de las Escrituras, pone su
consideración en los beneficios de Dios.»
En vísta de estos beneficios «deplora los pasados
extravíos, demanda perdón por ellos y da gracias al
Señor.»
Entre tanto reconoce que El es el «soberano due­
ño de cuanto existe, el autor de todo bien,» mientras
que ella «se hace apta, merced á estos beneficios,
para servirle y agradarle, a
Piensa también en isu creación.» Por Dios «filé
sacada de la nadrt.» ¿Con qué tin? «Con el de que Le
ame por toda una eternidad: ¡ella, pues, estaba eter­
namente presente á Til como ser predilecto!...»
«Padre mío, exclama el alma por su parte, tú es­
tabas enamorado de mí: ¡de ti proviene mi gloria y
mi esperanza! ¡Con tjué amor tan fiel y tan profun­
do no debo yo am arte!...»
Jal alma se engolfa en la consideración de «los do­
nes con que la adorna su Soberano: una inteligen­
cia para conocerle, una memoria para acordarse ele
El y un cuerpo para servirle.» De aquí deduce que
«ella se debe toda á El.»
E l alma conoce e1 modo como Dios «la ha colma­
do de gracias.» «En vista de los méritos de Jesucris­
to, El le ha dado al Espíritu Santo, privilegio de
amor, signo de adopción, anillo de esponsales. lis­
te Espíritu le comunica sus dones y sus frutos. Obra
de este dador divino son las santas inspiraciones de
la gracia y la eficacia inefable de los Sacramentos.
¡Demos gracias á Dios por este su don inenarrable!»
Su experiencia, á la vez, le hace ver «la perseve­
rancia con que, sin desalientos, la ha buscado Dios,
como la ha perseguido cual á oveja errante, devol­
viéndola luego y colocándola en su redil. ¡C.racias,
Pastor amabilísimo, por las advertencias que me has
hecho, ya en el fondo de mi corazón, ya por boca
de las criaturas!»
E l alma se siente «justificada.» Una dulce confian­
za, fundada en la bondad de «Dios, que es autor de
los pensamientos y de las acciones,» le dice que «su
voluntad lia cambiado. Ella ama ahora aquello mis­
mo de que antes huía; y exclama con San Francisco:
¡La amargura se ha convertido en dulcedumbre]»
E l alma prueba diariamente que «Dios la gobier­
na.» «Ella por sí misma es pobre y desnuda de to­
do bien: gracias al Señor vese rica, se alimenta á sa­
ciedad y se fortifica y se alegra.»
El alma presiente los fulgores de la aurora de la
«glorificación.» «Sus delicias sobrepujan á cuanto
puede humanamente concebirse; ella va muy pron­
to á descubrir.con sus ojos la hermosura suprema
de su Redentor, á verlo rodeado de toda su gloria
en los cielos.»
Una tal perspectiva la enardece, así que llega á
exclamar fuera de sí: «¡Oh bondad suprema! ¡Olí
eternidad profunda! ¡Oh majestad impenetrable! ¡Oh
amor todo fuego! ¡Oh huésped suave! ¡Oh dulzura
exquisita! ¡Oh rey de la gloria! Tú bastas para ha­
cerme feliz, tú redimes sobreabundantemente, tú en­
señas con sabiduría, tú guardas con solicitud, ¿cómo
podré yo corresponder á tus favores?..-.»
«Y el alma lo recibe todo de la casa de Dios co­
mo un presente por el cual da gracias; y entra en
el goce de esta dulce quietud, que es como el fun­
damento de su vida, posee esta sabiduría oculta que
juzga á lo divino de todas las cosas y gusta las deli­
cias que se sienten en el servicio de Dios.»
He aquí lo que constituye como un lugar de des­
canso en el que se toman fuerzas para recorrer !a
última etapa.
Hasta este punto ha sido conducida el alma por
la oración, «fuente de toda justicia, alma de toda
virtud, alimento de su hambre y sostén de su vida.
L a oración fue para ella lo que son para una ciu­
dad los muros almenados y las torres; lo que para
el cuerpo humano los nervios de los que recibe con­
sistencia y movimiento. Prudencia, fortaleza, bon­
dad, paciencia, igualdad de carácter, todo, en una
palabra, lo debe á esta santa oración.»
«Conversando con Dios, el alma, antes pecadora,
ha alcanzado la sabiduría.»
V 1L L A R R E A L . — LL EG ADA DE UNA ROM ERÍA A LA ERM ITA DE G RA CIA
Fáltale v;i tan sólo recorrer La, ultima etapa, es de­
cir: « e n t r a r en la intimidad con Dios.»
«Para ello no hay necesidad de tiempo: basta un
instante: desaparece el trabajo, porque lo suple 3a
ciencia infusa: todo se reduce al ejercicio de aspira­
ción. E s este estado un fuego que consume, alimen­
tado de continuo par fervientes deseos de atnor; fue­
go divino encendido en el alma amante por la bon­
dad divina y acrecentado por medio de una apaci­
ble contemplación: su término es el ciclo.»
E l alma, que antes era «esclava» y '<discípula,»
es ahora «la esposa que se deleita en admirar las
perfecciones de aquel Dios con el cual está unida.»
«¡Su Esposo es para ella el principio, el medio y
el fin de todas las cosas!»
E l es la belleza que se refleja en la belleza de los
objetos creados, lo mismo en los cuerpos que en
los espíritus: la belleza que transporta de jubilo á
los Angeles.
E l la majestad que adoran temblando las celestia­
les milicias, siempre sumisas á sus órdenes.
E l, en suma, es el amor, Y este amor es el manan­
tial de todo bien; es por su naturaleza fuego que
quema, que inflama, que ilumina. Siendo Dios amor,
crea, enriquece, ilustra, excita el amor y concédala
calma de una libertad inexpugnable. EL es la acti­
vidad fecunda en la calma inmutable.
E l alma lo ama y con esto está satisfecha; lo po­
see y posee en E l todas las cosas.
La posesión de este tesoro la enajena en santos
transportes de gozo: «¡Am or, tú eres mío! ¡Qué di­
cha para mí el poseerte! ¡Vida, tú eres mi vida! ¡Fin
venturoso, yo te entreveo! ¡Oh Dios, mi felicidad y
mi contento!>1
Ante ella se desarrollan los beneficios de Dios, el
amor de Jesucristo y la suprema perfección del E s­
poso; y entona eL cántico de acción de gracias.
Sus ojos descularen esta sabiduría divina que la
ha buscado y que la conduce al término, y no cesa
de prodigarle alabanzas.
Contempla la majestad incomparable de su Señor,
y lo adora con la frente en el polvo.
Siéntese aprisionada con lazos de amor y rodea­
da de un círculo de fuego celeste, y dice á su Dios:
«Tú solo me bastas; que nada ven «ja ya á distraer­
me; el mundo no existe para mí; tú eres mi padre,
mi esposo, mi familia. [Tú mi anhelo, tú mi amor,
tú mi fe!...»
Ruega aún, es cierto; pero á fin de satisfacer los
deseos que tiene Dios de otorgar sus gracias: pide
con amor y por amor: pide á Dios, á Dios única­
mente... Y Dios, á su v c í , tiene puestos sobre ella
sus ojos y escucha, para colmarlos, los deseos de su
corazón. La oración es para ella como una prenda
de amor que se le exige al objeto de mantener la
unión. [Y pues Dios así lo quiere, Dios sabe cuán útil
sea al alma su presencia y cuánto le perjudicaría su
ausencia, aunque tan sólo durara un momento!...
Su oración es una verdadera «contemplación,»
Muerta el alma para las cosas de este mundo, dis­
fruta de los beneiieios de la paz y de la dulzura ín­
timas, beneficios á los que nada logra igualar y que
sólo en el cielo pueden gozarse mis plenamente.
El alma espera tranquila.
Cuando Jesús le diga: Venid; el alma tenderá sus
alas y emprenderá el vuelo.
E l camino lo lia recorrido ya.
Hállase en el puerto; sus ojos descubren la patria.
Las consideraciones y las plegarias del Santo nos
muestran á maravilla el puesto que ocupa la Euca­
ristía en este viaje del alma hacia el reino eterno.
La Eucaristía es un «Sacramento de amor.»
* A su caridad infinita y al amor ardiente que nos
profesa, debemos el que Jesús, Hijo de Dios vivo,
haya dado á los hombres su Cuerpo y su Sangre en
comida y bebida divinas» durante la tarde misma que
precedió al día de su muerte.»
Pascual juzgaba necesaria la confesión al objeto
de comulgar dignamente, así que la hacía preceder
á todas y cada una de sus comuniones.
Los días que comulga nótase en él un mayor re­
cogimiento y un más profundo silencio, «porque no
está bien divulgar el secreto del R ey.»
E n presencia de Jesús que va á visitarlo, considé­
rase á sí propio como «Absalón rebelde á su padre,»
como el «enfermo delante de su medico,» como «Za­
queo el publicano frente á su huésped,?- como «el
Centurión hacia el que se dirige Cristo.» Su concien­
cia le dice que el es lo que una «casa que necesita
limpieza,» lo que un «hombre acometido por todas
partes y privado de defensa,» lo <jue un pecador
«abrumado de crímenes y que necesita le sean és­
tos perdonados.»
La consideración de su propia miseria le anonada.
«¿Quién soy yo ¡oh Dios grande y poderoso! pa­
ra que tú te acerques á visitarme?»
«¿Quién es el hombre ¡oh Padre de misericordias!
para que tú le hagas descansar en tu propio cora­
zón? No bien es sacado de la nada, lo haces rey y lo
colocas en un paraíso delicioso; una ve/, redimido le
preparas un festín, y en este festín ¡te ofreces á Ti
mismo! ¡Oh Dios? ¡Cuánta condescendencia! ¡Cuán­
ta liberalidad, en permitir que encierre en mi cora­
zón ¿ T i, que eres infinito!...»
Y lleno de reconocimiento exclama:
«¡Oh buen Jesús! yo te ofrezco mi pobre alma, mi
tibio corazón... ¡yo que he pecado! te suplico ablan­
des mí pecho endurecido y hagas brotar mis lágri­
mas, ¡que éstas laven las manchas de mi alma!
«Mi vida tío es otra cosa que una larga cadena de
faltas, pero tú puedes perdonarme porque eres bue­
no y misericordioso. Perdón ¡oh amable Señor! pues
estoy pesaroso de haberte ofendido y estoy resuel­
to á servirte para en adelante con fidelidad inviola­
ble. ..»
La Eucaristía es el confidente de Pascual durante
la primera etapa del viaje.
«Yo soy lo que el pequeño Benjamín sentado á la
mesa de su poderoso hermano José.
«Os pido pOr favor que me tratéis como á uno de
vuestros amigos. Yo estoy enfermo ¡curadme! E s­
toy pobre ¡enriquecedme!
«Aumentad en mí la fe, el amor y las fuerzas, pa­
ra que os sirva, para que pase mi vida alabándoos,
¡para que llegue á poseeros en la gloria!»
La Escritura y su propia experiencia demuéstran-
le asimismo la grandeza de la Eucaristía. Las sagra­
das páginas le dan á conocer su historia, y la expe­
riencia le suministra las fórmulas de sus plegarias.
En la segunda etapa represéntasele la Eucaristía
como la obra de D¡os por excelencia.
Para recibirla dignamente, invoca en su ayuda á
la Santísima Trinidad.
«Jesús, por quien suspira mi corazón, yo te estoy
preparando la ciudad de Dios, obra grande entre
todas. ¡Padre celestial, ayudadme!
■iYo te estoy construyendo ua templo consagrado
á tu gloria. ¡ Hijo de Dios, sabiduría eterna, inspí­
rame!
«Yo voy á recibir á la santidad por esencia. ¡E s­
píritu Santo, amor del Padre y del Hijo, sed para
mi corazón una llama que ilumina, un fuego que
purifica, un soplo que alienta!»
La Eucaristía era para nuestro Santo el manan­
tial de todos los bienes. E l, al recibirla, se conside­
ra á los ojos de Dios con derecho al «perdón y á la
vida.»
En ella hallarán, su fe una «-armadura,» su expe­
riencia una «garantía,» su voluntad una «boca.*
La Eucaristía le hará perseverar «firme en el bien,»
«despreciado!- de las vanidades,» «indemne en los
asaltos de la concupiscencia,» y será para él un «fre­
no» y una «reforma completa.»
«Sed para mí, exclama, un aumento de caridad,
¡que el fuego sea más ardiente!; de humildad, ¡que
mi pequenez sea más profunda!; de paz, ¡que mi re­
poso sea más completo!; y de toda virtud, ¡que yo
crezca sin cesar y que persevere en el bien hasta el
fin!»
La Eucaristía es, asimismo, para él, duraute la
última etapa, causa de toda dulzura y de toda ale­
gría.
«Tus mismos labios ¡oh Jesús! lo han dicho: Y o
soy el Pan de vida que descendió del cielo; quien
me conie vivirá siempre,
«¡Olí Pan, que eres la santidad misma! ¡da á mi
paladar la gracia de gustar de ti únicamente! ¡Con­
cédeme que todo, fuera de ti, me sea insípido!...
«¡Olí Pan, que eres la misma dulzura! en ti están
encerradas todas las delicias y todos los sabores; Tú
eres un aroma siempre embriagador; ¡recibirle á ti
es deleitarse en la abundancia!
«¡Oh Pan, que eres el ciclo mismo trasladado á
mi corazón! ¡haz que mi alma, rica con poseerte, se
embriague con los placeres de los elegidos!...
«Yo te poseo como dentro de un velo, ¡cuánto tar­
da en rasgarse á mis ojos ese velo, para que pueda
yO contemplarte al descubierto, á ti, resplandor vi­
vífico y eterno !... ¿Llegará pronto á lucir el día cla­
ro de tu luminosa presencia?...»
Pero sucede con frecuencia que la etapa, no obs­
tante ser la última, no por eso deja de ser etapa: el
camino no es el término; la patria está ante sus ojos,
pero él no está todavía en ella. A sí, pues, gime con­
movido:
«¡ Oh santa Hostia! ratifica entre uno y otro una
unión indisoluble, ¡sé como un nudo que me sujete
á ti para siempre!
«Y o estoy unido á ti. Haz que el pecado no pro­
yecte nunca sobre mi felicidad su sombra siniestra;
que me haga insensible al inundo y á sus seduccio­
nes, que mi carne sea santa y sumisa, ¡ que, en una
palabra, mi triunfo sea com pleto!...»
Y seguro luego de que lia sido favorablemente
acogida su plegaria, prorrumpe conmovido en ac­
ciones de gracias:
«Gracias te sean dadas ¡oh eterno Padre! que nie
lias dado en la Hostia á tu Hijo, mi consuelo y mi
libertad.
«Gracias le sean dadas ¡oh Redentor mío! que me
haces rico con tu propia riqueza, la de tu Cuerpo y
de tu Sangre.
«Gracias te sean dadas ¡oh Espíritu Santo, que
eres todo amor! Merced al divino Huésped la cari­
dad se desborda en ini corazón. ¡Que Jos Angeles
d¿j,l cielo, que las criaturas todas del universo He
unan á mí para cantar ins alabanzas!»
Tal es la plenitud de la gloria <¡ue comienza.

De lo dicho se desprende que La Eucaristía era el


centro y la hoguera de la vida interior de Pascual.
E l amarla tan ardientemente es lo que, al decir de
iodos los testigos, le obligaba :i pasar todo el tiem­
po de que podía disponer al pie de Los altares. En
ella hallaba lu/.t fuerza y consuelo.
<fSus meditaciones sobre el festín cucarístico, ob­
serva León X III, le hicieron capaz hasta de escribir
libros piadosos, de defender valerosamente la fe y
de salir victorioso de grandes tribulaciones. El afec­
tuoso ardor de su piedad misma se proLongó más
allá del término de su vida mortal ( i) ’»
;Dónde entonces hallar un mejor Patrono para
las Obras eucarfsticas?

(i i P ro rid e n íis s im a s .
CAPÍTULO XIX

Milagros después de la muerte

Á iliH ííU liH t ir u n ! a ’li ju s t i li a n i


ejus ct yrdcrunt úiinu'S pnpuli £rír>-
riam ejus.
'¡'tal. c x x x n i , ió-,
L ojs c ie l o j lian r e v e l a d * s» inn -
lidad y los pueblo s fueron t es Ii -
jjos de s u gloria.

L a gloria de los elegidos de Dios, ya sea en la


tierra ya en el cielo, no principia sino después
de la muerte. ^Dir/ase, exclama un autor, que el
Altísimo se propone, con solicitud paternal, escu­
dar la humildad de sos Siervos con las sombras del
olvido ó de l.i.s contradicciones de este mundo en
tanto no son sus despojos mortales los tínicos que
pueden convertirse en objeto de peligrosos home­
najes (i)-»

ii1 M on talo m b cri: Histoirt ¡le .S'<ii/ilv lUiiabelh de ¡fongrie,


chap . X X X .
No bien Pascual entra en el gozo de su Señor, su
cuerpo principia á ser objeto de veneración para
cuantos anteriormente le habían conocido.
Las gentes se disputan la suerte de apropiarse
alguno de los objetos que pertenecieran al Santo,
l^nos penetran en su pobre habitación, en donde se
hallaban solamente una imagen de papel, algunas
sandalias que arreglara para uso de la Comunidad
y varios trapos viejos. Otros acuden á rodear su ca­
dáver para venerarlo y para tocar al mismo sus ro­
sarios y otros objetos de piedad.
Preciso fué, según se dice, dejar expuesto en la
iglesia el cuerpo del Santo para que no quedasen
defraudados los deseos de la mucha gente que afluía
á visitarlo.
Durante dichos días Dios Nuestro Señor se digna
honrar la memoria de su Siervo con admirables pro­
digios.
Del rostro de Pascual mana un sudor maravilloso
que 110 cesa de fluir á pesar de ser repetidas veces
enjugado con un lienzo. Un tal prodigio, que conti­
núa todo el día de Pentecostés y los dos siguientes,
fué comprobado por multitud de testigos y recono­
cido por la Sagrada Congregación de Ritos. Fué
éste como un símbolo expresivo de la suave bondad
del Siervo de Dios «cuyo nombre es semejante al
óleo esparcido en una unción bienhechora.v>
Muchas fueron las milagrosas curaciones obteni­
das mediante el uso de este licor sutil y oloroso.
La noticia de un tal prodigio atrae á la iglesia
multitud inmensa de personas. Todos quieren apre­
ciarlo por sí mismos y pugnan por acercarse al san­
to cuerpo. Tintre los concurrentes hállase uno lla­
mado líautista Cebollín, natural de Castellón de la
Plana, lisiado de ambas piernas. Apoyado este en
sus muletas, consigue, con no poco trabajo, abrirse
paso hasta cerca del cadáver, é inclínase respetuo­
samente para besar la mano del Santo..., cuando de
improviso siente un ligero estremecimiento en todo
su cuerpo, y viendo que podía estar en pie sin apo­
yo alguno, grita con voz entrecortada por indescrip­
tible emoción: «¡Milagro! ¡Milagro! ¡Estoy curado!»
E l grito causa impresión profunda en l.i concu­
rrencia, la cual, aterrada por el contacto de lo so­
brenatural, permanece por un instante muda de
estupor, pero que luego, á semejanza de un mar
agitado, se precipita con formidabLe empuje en la
dirección de donde ha salido el grito.
A llí está aún Cebollín, puesto en pie y sin el me­
nor vestigio de su pasada enfermedad, tenida por
incurable (i). Profundamente agradecido éste á la
clemencia de su bienhechor, sálese al fin de la igle­
sia proclamando el milagro y recorre sin la menor
fatiga la población, invitando á los necesitados y á
los enfermos á que no desperdicien la coyuntura
de ir á buscar junto al santo cuerpo remedio para
sus males.
Poco después se agolpan á ías puertas del templo
multitud de desgraciados que acuden á los pies del
cadáver del .Santo al objeto de impetrar la salud y
una completa curación.
Las plegarias de muchos de éstos tueron favora­
blemente acogidas (2); la concurrencia confundía

(1) E s w m ila g ro fue reco no cid o e r el proccso de bcaiilicación


y citado p o r I no cen cio X II cti su B ula Jtalions, ^ [Cx iis
(2) L i Sa g ra d a C o n g r e g a c ió n de R ito s ruLonoció co aio au icn -
licas cincQ c u r a c io n e s o b ra d as por el contacto del cuerpo del San-
con las suyas sus súplicas y sus lágrimas; y á cada
curación obtenida, mezclaba sus clamores de alaban­
za á los de los que habían sido socorridos, y tribu­
taba al Santo humildes acciones de gracias.
Los Religiosos, profundamente conmovidos á la
vista de un tal espectáculo, 110 pensaron en darle
sepultura; cosa que, á decir verdad, era casi impo­
sible dado el concurso del pueblo que acudía á ve­
nerarlo,
Al anochecer consiguieron, por fin, cerrar las
puertas del templo y acercarse al santo cuerpo, á fin
de dar allí libre curso á sus sentimientos de piedad
y de admiración.
Llegó con esto la mañana del día segundo de Pen­
tecostés, y pronto la iglesia volvió á verse invadida
por multitud fervorosa y recogida.
Cantóse, en dicho día, á eso de las diez la Misa
de R¿qnierti. Durante la celebración del Santo Sa­
crificio aproximóse al catafalco una familia de Cas­
tellón de la Plana, alentada por ía curación mila­
grosa de su vecino Bautista. El padre y la madre
conducían á los pies del Samo á su hija Catalina
Simonís, que padecía, de muchos años atrás, tumo­
res malignos en la frente, en los brazos y en los
pies. Todos los esfuerzos de los cirujanos no habían
obtenido otro resultado positivo que el de aumen­
tar los sufrimientos de la niña, cuyo cuerpo estaba
ya lleno de incurables úlceras.

l o , e n lo.s t r e s d í a x c u cxpuLwlO e n i a i g l e s i a , p e r o
q u e trslu v o c a te
no e m itió SU ju ic io sobre d car-fotcr de o tros sucesos r e f e r i d o s
p o r los an tigu o s historiad ores . A sí, pues , no sotr os nos lim ita rem os
¿i ap u n ta r a q u í a lg u n o s t i c los m á s stklicelics q u c f u e r o n ¿ a p r o b a d o s
e n Roma.
E l padre de la criatura niega al Santo en alta voz
y coa admirable confianza que se compadezca de la
suerte de kll hija. La madre, en tanto, limpia las Ha­
gas de la paciente con un lienzo empapado en eL
sudor que mana del rostro ríe Pascual.
Al llegar al momento de la consagración y de la
elevación de la sagrada Hostia, el padre de la niña,
exclama levantándose de repente y con el rostro
demudado por la emoción: «¡Animo) ¡Milagro! [Mi­
lagro! ¡F ray Pascual abre los ojos!»
Los circunstantes, con estupor fácil de compren­
der, vuelven entonces la vista hacia el cadáver.
Cuando la elevación del cáliz, ven que el Santo
abre de nuevo los ojos, los fija en el altar y vuelve
á cerrarlos no bien el sacerdote coloca sobre el al­
tar el vaso sagrado que contenía la Sangre preciosa
de Jesucristo.
En este mismo instante obtiene su curación la pe­
queña Catalina, sin que quede en su cuerpo señal
alguna de sus horribles llagas (r).
¡Así manifestaba el humilde Pascual, veinticua­
tro horas después de su muerte, la devoción que ha­
bía profesado al augusto Sacramento por medio de
un prodigio, al cual Dios ponía el sello de una cu­
ración milagrosa!
Otros sucesos de esta índole y no menos cstu-

(i) l i s i e m i l a g r o . aLe.stiguado p o r n u m e r o s í s i m a s p e r s o n a s , fue


reconocido en el p r o c e s o d e beatificación. Múllase m en cio nado
en la l l u l a dú I n o c e n c i o X I I : L eó n X I I I . á su. v e * . ha ce a l u s i ó n
al m i s m o po r e s u is p a l a b r a s : « J a c c n s in f é r e t r o , ad -duplicein s a -
c r a r u m s p c c i e m m . u l c v a i i o n e m , b is o c u l o s d i c i l u r r es cr ít s sc .» ; /*ro-
videnrrssiuuis, del uS d e N o y . d e 1 8 9 7 ) . — E l P . C r i s t ó b a l de A rt a
lo r efi ere c o n to d o lu jo d e d e t a l l e s en s u lif-íi. 1. 11. c a p . 11,
pendos sucedieron en este mismo día, atestiguando
una vez más la santidad eminente del Siervo de
Dios (i).
Merced á estos prodigios el entusiasmo del pue­
blo llega á su colmo; las gentes acuden de todas
partes, y gran número de Religiosos de otros con­
ventos se apresuran á tomar parte en los honores
tributados al Bienaventurado.
La alegría que reílejan todos los semblantes bas­
ta para comprobar brillantemente cuán dulce érala
esperanza que todos abrigaban de que( con la muer­
te de Pascual, contaban ellos con un protector más
en los cielos.
En el tercer día de Pentecostés pensóse en dar
sepultura á los despojos mortales del Siervo fie
Dios.
Con todo, la multitud que llenaba la iglesia no
permitía llevar á vías de hecho este deber postrero.
En vista de ello, el Padre Guardián vióse en la pre­
cisión de recurrir al brazo secular, invocando en su
favor la ayuda del comandante de la plaza. Llegado
que hubo el comandante con los soldados de la
guarnición, fue evacuada á viva fuerza la iglesia y
cerróse luego la puerta.
Acercáronse los Religiosos al santo cuerpo, al
cual la piedad indiscreta de los fieles había qui­
tado muchos pedazos del hábito. Estos, con el ob­
jeto de acelerar la consunción del cuerpo, colocá­
ronlo en un ataúd de madera y lo recubrieron de
cal viva. Cerraron luego el ataúd y lo depositaron

ti) V, los Jioland islas, w m . IV ScrncJ., M a¡í, 1). Paschalis,


cap. XII.
en nn nicho abierto en el muro, debajo de una ima­
gen d e María, ante la cual solía orar el Santo con
mucha frecuencia. Una vez terminado el sepelio
abrióse de nuevo al público la puerta del templo.
La multitud lo llenó de bote en bote en un abrir
y cerrar de ojos, y al ver que se !a había privado del

Q R I T O - ' I O - S K O M E { A L I C A N T E ). — VÍSTA DE I.A a t ' T A BOríDE S a N P a SCU a L


o k a isa S í e s ]»o p a v t o *

cuerpo del Santo, determinóse á destruir su sepul­


cro, cosa que sin duda hubiera llevado á efecto á no
habérselo impedido los soldados.
Sin embargo, una nueva curación realizada ante
el sepulcro cambió la excitación de los espíritus ( r).

(i) Nos referim os á la c uració n de una pobré m u je r llamada


Catali na S o i i . q u e estaba lisiada á conse cuencia de una grav e caí­
da. 'C ro n ., cap. l).

i 5
¡Ah! ¡es que con esta cur;ición hacíales conocer el
Santo que no dejaba en el abandono á s u pueblo!
Y de hecho el Siervo de Dios no por eso dejó de
continuar testimoniando la eficacia de su protección
para con los habitantes de Villarreal y para con to­
dos aquellos que confiadamente le invocaban. Mul­
titud de prodigios, reconocidos casi todos en los
procesos de beatificación y canonización, y entre los
cuales figuran muchas resurrecciones de muertos,
vinieron después á confirmar á los ojos del inundo
la santidad de Pascual y á manifestar al propio tiem­
po la gloria de que gozaba el Santo en el reino de
Dios (i).
Ocho meses después de la muerte del Bienaven­
turado llegaba á Villarreal el provincial P. Juan X i-
ménez, quien ordenó se abriera en su presencia el
sepulcro de¡ Siervo de Dios. Abrióse el sepulcro
del que salió un suave perfume y vióse el cuerpo
del Santo completamente intacto. Tuvo esto lugar
durante la noche, en presencia del Guardián y dedos
Religiosos del convento. Una vez practicado dicho
reconocimiento, el Provincial dispuso que se dejara
el ataúd en el lugar que antes ocupaba y que se ce­
rrase de nuevo el sepulcro (2).
El cadáver fué exhumado una vez más en 1594 en

( 1) L o s Bolandista s h a c e n la relac ió n de es tos m i la g r o s en la


vida de San Pascual y en el su p lem e n to , qu e pertenece á Cristóbal
d e Arta. Demasiado c o n o c id a es de lo do s la sev e r a critica de « ¡ i o s
ju ic i o s o s escrito res, para q u e no sotros nos tom em os aho ra la m o ­
lestia de in s is t ir en el cará ct er <3c aute nticid ad de los pro d igio s
q u e ellos refieren. IJc estas Cuentes lia tomado- el GíWSU’lkken f’alm-
fínom los p r o digios q u e en ella se r e l a t a n .
(2) P . X i m . , Cron., c a p . 1.x v ,
presencia del P. Diego, provincial, y á petición de
los Religiosos de Villarreal, que deseaban verlo por
vez postrera. Los vestidos estaban, á la sazón, re­
ducidos á polvo, pero el cuerpo no presentaba aún
señal alguna de descomposición (r).
Poco tiempo después llevóse :i cabo «na nueva
inspección del cadáver, el cual continuaba intacto,
si bien se notó que, debido á una piedad indiscreta,
había sido forzada la cerradura del féretro por la
parte á que daban los pies, al objeto de robar al
cuerpo algunas reliquias. Esto nos da á conocer la
causa de que hayan podido llegar a diversos luga­
res muchas reliquias del Santo.
Por último, el comisario apostólico, (iesenio Ca-
sanova, obispo de Segorbe, abrió el 23 de Julio de
161 r el féretro en presencia del P. Ximéncz, pro­
curador de la causa, del Párroco de Villarreal, de
las Autoridades civiles y de varios módicos y per­
sonas de distinción, lil Obispo promulga la pe­
na de excomunión reservada al Soberano Pontífice
contra los que se atrevan á apoderarse de cual­
quier reliquia, y Uacc traducir esta prohibición en
lengua castellana. E l santo cuerpo aparece bien
conservado y sin señal alguna de descomposición, y
de él se desprende un suave olor que fue percibido
por todos los presentes.
La memoria de este justo e r a un perfume suavev
símbolo del buen olor de sus virtudes. Los cuatro
médicos y cirujanos presentes escribieron, bajo la
fe del juramento, el acta auténtica de este reconoci­
miento. Atestiguaron que no podía atribuirse ácau-

(i ’l P. C r is i, de A r ia, 1'iJa. I. II. cap. vi.


sa alguna natural tan admirable conservación, y re­
dactaron en tal sentido una declaración,, tjue iirtua-
ron después, y que fue además confirmada por el
Obispo y lo* demás testigos, y se halla inserta en
los legajos de la causa (i).
A todo esto los milagros iban en aumento, veri­
ficándose innumerables curaciones, ya junto al se­
pulcro misino, ya por medio de las reliquias del
Santo.
Hondamente impresionados los hijos de San Fran­
cisco y las Autoridades eclesiásticas á la vista de
estas manifestaciones sobrenaturales, se resolvieron
desde luego á trabajar por la canonización del Sier­
vo de Dios, en tamo que otros milagros de nuevo
género principiaban á llamar la atención y á dar
impulso á la marcha de la causa.

11) l.os p o rm en o res a q u í relatado*, están tom ados del acia de


refer en cia, que icn c no s á la vista.
CAPÍTULO XX
Los «golpes» de San P ascu al

C u sio s ¡>c<Ui cttryaris


kiiUU/' il r 'l il pulsibtts
Lenis sonara i» pr<ts]*er¡$
liebus tonare iii Irislibus.
lÜlic. de San Pascual, hi i r . .
de ¿tfflrftff.'.
E n el ¡ire.-t q u e gu arda sus r e s ­
t o s — se oyen golpes que a n u n ­
c ia n d o l-m.íi),— c u a n d o s uaves,
s u c e s o s í c l i c c s . — c u a n d o fue-ríes,
d e s e m e ja s sin par.

Olí los años de i6oy habitaba en el convenio de


Villarreal un sobrino de nuestro Santo, Maulli­
do Fr. Diego Bailón.
El joven Religioso, á quien distinguían una gran
inocencia de costumbres y una virtud ejemplarisi-
ma, estaba encargado del oficio de limosnero. Tenia
éste por costumbre, luego de volver de sus excur­
siones y de pedir la bendición dd Padre Guardián,
ir á orar ante el sepulcro de su glorioso tío. l'na
vez allí dábale cuenta, con candorosa confianza, de
los incidentes de su viaje, 1c recomendaba á los bien­
hechores y 1c exponía sus sufrimientos.
No bien terminaba la relación de sus aflicciones
sentía en la caja sepulcral un cierto ruido, cual si el
Santo acabara de moverse en el féretro; otras veces
llegaban á sus oídos suaves golpes, y entonces sen­
tía sil corazón inundado de consuelo.
Los superiores, noticiosos de estos sucesos, com­
probaron por sí mismos la veracidad de cuanto se
les había referido (i).
A partir de aquella época repitióse el prodigio
con frecuencia, hasta tal punro que el P. Cristóbal
de Arta, procurador de la causa, ha podido reunir
más de cincuenta ejemplos, sucedidos por aquel
entonces y todos ellos plenamente comprobados (’ ).
Transcribiremos aquí algunos de ellos.
Permítasenos, sin embargo, antes de pasar adelan­
te, aducir aquí una juiciosa observación de M, Jo ly:
«Los hechos extraordinarios principian siempre por
excitar la inquietad y el recelo dentro del círculo de
acción en que por manera especial se forman ó bien
se veneran los Santos (3).»
En tanto tenía lugar el asedio de Pontarchi, oyé­
ronse, salidos del féretro, ligeros golpes que anun­
ciaron la brillante victoria obtenida sobre las tro­
pas francesas por las tropas españolas (4).

(1) P. C rist. de Arta , Vita, I. II. cap. xv,


(¿0 Dich os sucesos, ad m itido s por los B oland is ta s en su gran
c olecc ió n h;igiogr;tíie.i, fu eron más tardo discuti dos y c it ado s por
m u c h os ¡luLorts. qu ien es se vieron en l;i precisión de r eco n o c erlo s
co m o indudable s.
( 3 ) F’swhntoph' des S<iii\ís. 2.1 e d i c . , pdg. 82.
(4> Acia S a n c t., ftlaji; Vita S. Pasc/ialis, S u p p l . , cap. v.
En la nochc que precedió á la toma de Tortosa
por los franceses y á l;t derrota de los españoles,
resonaron asimismo por varias veces golpes violen­
tos que sembraron la alarma en la población de Vi-
1 larrea!.
En 16411 oyéronse por espacio de quince días gol­
pes formidables, con los que anunciaba el Santo la
rebelión de Portugal contra España.
Queriendo un Religioso, contra la voluntad del
Padre Guardián, quitar uno de los cirios colocados
en los candelcros del altar, vióse impedido de ha­
cerlo por un gran golpe que en el momento de que­
rer ejecutarlo salió de la tumba del Santo.
Otro Religioso que pasaba por delante del San­
tísimo Sacramento sin hacer la genuflexión, fu¿ ad­
vertido de su descuido por otro golpe violento, que
llevando la turbación á su ánimo, le obligó á repa­
rar la falta.
Un sacerdote que celebraba el Santo Sacrificio
sin haberse preparado antes convenientemente para
ello, víóse por igual procedimiento asaltado de in­
quietudes, lasque le determinaron á observar para
en adelante cjemplarísima conducta.
Deseaba el lJ . Miguel de Villarasa, predicador del
convento de Villarrcal, oír un golpe salido del se­
pulcro del Santo, y habló fie ello á l'r. Diego Bai­
lón. «Mi tío, replicó éste, no satisfará hoy vuestra
curiosidad, porque la fiesta de Pentecostés atrae al
templo multitud de (teles, y el Santo no quiere tur­
bar su recogimiento.»
Tres días después, estando el P. Miguel en su cel­
da, percibió un gran ruido y oyó luego la voz del.
sobrino del Siervo de Dios, que le decía: «lJadre,
mi tío lia golpeado.»
l'na hora después repítese igual fenómeno, y fray
Diego tornó de nuevo á comunicarlo al predicador.
«Si queréis, objetó el predicador, cjue yO crea estas
cosas, decid :i vuestro tío que golpee de tal suerte
que no pueda ya caberme duda acerca del lugar de
donde procedo el ruido.»
Ahora bien, aquel mismo día, en tanto el Padre
decía la Miseá, á la que le estaba sirviendo Fr, Die­
go, resonó de nuevo un golpe que le produjo in­
mensa alegría. La evidencia de un tal prodigio di­
sipó por completo sus dudas.
Diego Can.dc!, carmelita descalzo, era muy devo­
to del Santo, pero no se atrevía á hablar desde el
pulpito sobre «los golpes de San Pascual,» como ya
entonces se les llamaba. Habiendo acudido cierto
día á la iglesia de \ri1larreal, púsose á suplicar al
Santo tuviera á bien disipar sus dudas, y sintió lue­
go resonar tres golpes. Iil Religioso, no obstante,
prolongó su oración, y el Santo correspondió O tra
v e z con t r e s nuevos golpes, los que, seguidos por
último de otros tres, concluyeron por desvanecer
para siempre sus vacilaciones.
151 eco de semejantes prodigios Obligó á dos Pa­
dres jesuítas á ir á estudiar la cuestión sobre e1 te­
rreno: friéronse á visitar la capilla en donde des­
cansaba el santo cuerpo, y una ve/, allí pusiéronse á
discutir acaloradamente y á escogitar razones que
demostrasen la imposibilidad del prodigio, l'n a pia­
dosa mujer que estaba escuchando su discurso, di­
rigió interiormente al Santo esta plegaria: «Mi que­
rido Santo, es preciso que deis un golpe formidable
con que tapar la boca á estos Padres.» No había
aún terminado la buena mujer su oración, cuando
las santas reliquias hicieron resonar un golp<- ''io-
lentísimo, La mujer entonces, acercándose á los Re­
ligiosos hízoles presente la plegaria que acababa de
hacer, y estos, confusos, cayeron de rodillas ante el
glorioso sepulcro, y deshechos en lágrimas dieron
gracias ni Santo por haberse dignado realizar en su
presencia tan admirable prodigio.
-Muchas otras fueron aún las circunstancias en que
se repitieron estos golpas. Un día sirvieron para
restablecer el silencio en la iglesia y permitir así
que el Padre Guardián pudiera proseguir en la ce­
lebración de los divinos Oficios: otro día para suplir
la ausencia del que ayudaba á Misa dando un gran
golpe en el acto de la consagración; ya para hacer
saber á sus devotos que había acogido sus ruegos
favorablemente, ya, finalmente, para proporcionar­
les consuelo en medio de sus aflicciones.
Muchas fueron, ademáSj las personas de conside­
ración que tuvieron la suerte de presenciar pareci­
dos prodigios, bastando, al efecto, citar aquí al ar­
zobispo de Palermo, Pedro de Aragón, y del virrey
de Sicilia.
Semejantes maravillas repitiéronse, por igual mo­
do, en las imágenes y reliquias del Santo que reci­
bían culto de diversos lugares.
Numerosas personas que, en medio de sus allie-
ciones, recurrían á implorar su protección, fueron
favorecidas con estos golpes, en prueba de haber
sido atendidas favorablemente sus plegarias.
He aquí un caso, bien digno por cierto de parti­
cular mención (i).

í i ]i Puede v e r s e r e l a t a d o en lo s Holandas. Actñ S(.. G l o r i a


p o s th u m a. -cap. vii.
Don Antonio Suavera tenía á su servicio un pe­
queño mulato de seis á siete años de edad, á quien
había consagrado á San Pascual. No habían trans­
currido aún para el mulato cinco meses de servicio,
cuando lie aquí que el niño pide el bautismo y asom­
bra á cuantos le oyen por la perfección con que co­
noce la doctrina cristiana.
Púsosele en el bautismo el nombre de Antonio-
Pascual, y fué luego conducido á la capilla del San­
to. El amo suspendió al cuello del niño una cajita
dentro de la cual había una imagen y una reliquia
del Siervo de Dios, y suplicó al Santo que conti­
nuara favoreciendo al mulato con su protección.
líos meses después sintió el niño que dentro de
su cajita resonaban golpes, en el instante preciso en
que murmuraban sus labios: «¡Alabado sea el San­
tísimo Sacramento!» Este fenómeno renovóse des­
de entonces con tanta frecuencia, que los Religiosos
del convento de Valencia, testigos del prodigio, lle­
garon á temer que Pascual perjudicase con ello su
reputación, prestándose, por un tal medio, á servir
de juguete á una diversión pueril.
De este mismo prodigio fueron testigos, en i66y,
muchos Obispos reunidos en presencia del virrey,
en ocasión en que se trataba de la canonización del
Santo. Quince golpes nada menos produjeron una
imagen y una reliquia del Santo, mientras decía un
niño: «¡Alabados sean el Santísimo Sacramento del
Altar y la Inmaculada Concepción de María!» El
Arzobispo de Valencia y los otros Prelados enviaron
á la Sagrada Congregación de Ritos una relación
circunstanciada dt los mencionados sucesos.
«Un tal prodigio, agrega Cristóbal de Arta, esen
la actualidad tan frecuente en el reino de Valencia,
que llega ya á reputarse Ja cosa más natural. del
mundo ( i ).»
Los golpes eran ruidosos siempre que el Santo
se valia de ellos para anunciar públicas desgracias,
hacer una severa advertencia ó persuadir á alguno
de la realidad del prodigio.

O R t T O O l O N K O K T i : 4 * I . 1C * N T I : 1 . — «V J .S T A 1>I.‘ L E IM 1I T ü R J O K liJ* ¡II »0 I*A HA 1‘ ElC-

P F .T I A R L A M i: « O K U l)H L A A P .V fttC IO S U F L A I IO S T f A C O V S A G H A tV A ES

I.L AJRF, Á S.VN f'ASCtvAI.( SIF.NÜO PASTOR.

En cambio, eí anuncio de un acontecí miento feliz,


ó de una gracia otorgada, eran indicados con suaves
golpecitos, que resonaban armónicamente y produ­
cían en las almas la confianza y la paz. Este prodi­
gio tuvo muchas veces por objeto reavivar la devo-

(i t I*. C r i s t . de A r t a , l'í/n. L II, Cíip. s v


ción hacia el Santísimo Sacramento <lel Altar, obte­
niéndose par in d io de alabanzas á la Eucaristía.
Así, pues, Pascual velaba,. aun después de su
muerte, per el culto de Jesús Sacramentado,, por el
consuelo de los afligidos y por el bien de las almas.
Era, según expresión de un Religioso de Valen­
cia, «la vara que velaba sobre Israel.»
CAPÍTULO XXI

Glorificación postuma

tj'oWd *f lio’ion’ coroiwsti vum.


f'Stitm. vi i i , <3),

L o iias coro nad o de glo ria y do


honor.

OS m a g i s t r a d o s y los h a b i t a n t e s de V i l l a r r e a l ,
conmovidos ante la multitud de prodigios que
se obtenííin por intercesión del Bienaventurado Pas­
cual, enviaron el mes de Noviembre de i 3<>3, al
Obispo de Tortosa una diputación que tenia por
objeto suplicarle abriese una información jurídica
en orden á las virtudes y milagros del Siervo de
Dios, El Prelado accedió gustoso á sus demandas, y
deputó á su oficial Jerónimo Gaseo y al P. Bartolomé
Comes, prior de los Dominicos de Santo Tomás de
Castellón, para que diesen comienzo á las informa­
ciones.
Estos debían interrogar á los testigos y notar cui­
dadosamente sus declaraciones, después de exigir
de los mismos el juramento de que dirían en todo la
verdad. Un notario público estaba encargado, al
propio tiempo, de consignar por escrito estas de­
claraciones, las que debían luego ser remitidas se­
cretamente al Obispo.
Los comisarios diocesanos, fieles á la voluntad
del Prelado, convocaron á todas las personas que
habían conocido al Santo ó que habían sido objeto
de sus favores.
Después de haber jurado éstas decir en todo la
verdad, declararon cuanto sabían en orden al Siervo
de Dios. Muchos de los testigos eran pastores y al­
deanos que conocieran á Pascual en su juventud, y
no pocos Religiosos que le habían tenido por com­
pañero en el convento. En esta ocasión fué cuando
hicieron sus declaraciones* á parte de varios otros,
Juan Aparicio y (jarcia, de los cuales liemos habla­
do en el curso de esta historia.
Este proceso preparatorio no terminó hasta el
mes de Agosto de i5y4, El P. Xitnénezse ha valido
de estas informaciones, al par que de sus recuerdos
personales, para comprobar los sucesos de que nos­
otros hemos hecho mérito anteriormente.
Noticiosa de estos documentos la Sagrada Con-
grcgación de Ritos, delegó en 16 11 á Gesenio Ca-
sanova, obispo de Segorbe, para instruir un nuevo
proceso relativo á las virtudes y milagros del Bien­
aventurado, en nombre de la Iglesia romana y como
delegado de la Sede Apostólica. Agregáronselc co­
misarios á este objeto, y al igual de la ve?, primera
fueron de nuevo admitidos á declarar los testigos,
E11 esta ocasión hicieron sus segundas declaracio­
nes Aparicio y varios otros que vivían aún, y que
habían conocido personalmente al S;into. El l3, Cris­
tóbal de Arta, postulador de la causa, registró mu­
chas de estas informaciones y ciento setenta y cinco
milagros obrados por mediación de San Pascual.
Entre todos estos milagros hay uno que merece
ser consignado particularmente.
Un hombre de Valencia acababa de asistir ni ser­
món en la iglesia de los Franciscanos ele la Ribera.
Luego que regresó á su casa refirió á su familia
cuanto acababa d e c ir sobre las virtudes y milagros
del Santo, y la estimuló á que eligiese á ¿sic por pa­
trono. Durante la noche sintióse victima de una in­
disposición repentina, que en pocos momentos le
arrebató al cariño de los suyos.
Su mujer, loca de dolor en vista de semejan le
desgracia, cayó de rodillas y dijo al Santo: «Mi
buen Santo, haced que mi marido vuelva a la vida,
á fin de que pueda recibir los últimos Sacramentos,
y tener así una muerte digna de un buen cristiano,
Ahora precisamente escáse trabajando por vuestra
canonización, y es preciso que hagáis este milagro,
si queréis que seos tribute el honor délos altares.»
Entre tanto los médicos llamados á toda ¡irisa ha­
bían certificado su muerte, la que atribuían á una
apoplejía fulminante. La mujer no por eso pierde
las esperanzas, y coloca sobre el rostro del cadáver
un pequeño trozo de lana que había pertenecido á
la túnica del Bienaventurado.
En aquel preciso momento abre los ojos el difun­
to exclamando; «Jesús! ¡Jesús! ¡Yo estaba muerto!...
¿cómo es que he vuelto á la vida?...» Pocos momen­
tos después la casa estaba llena de público, siendo
los médicos los primeros en proclamar d milagro.
Con todo, el buen hombre se resiste á levantarse, y
pide una y otra vez le sean administrados los últi­
mos Sacramentos. Accédeseá sus deseos, v e n la no­
che siguiente entrega de nuevo el espíritu al Señor,
en medio de las lágrimas de su mujer, la cual decía:
«Si hubiera pedido la vida para in i marido, yo no
dudo <[ue el buen Santo me la hubiera alcanzado ( i ).»
¡He aquí como Pascual, aun después de su muer­
te, procuraba para sus devotos la gracia de morir
reconciliados con Dios y fortificados con el Pan de
los fuertes, el santo Viático!
La relación de este y de otros milagros, sucedidos
por aquel entonces, fué enviada á Roma, acompa­
ñada de las súplicas de Felipe III, rey de España y
miembro de la Tercera Orden de San Francisco. El
alto Clero de España y la Orden de Frailes Meno­
res unieron sus súplic-is á las del rey á fin de ob­
tener la beatificación del Siervo de Dios.
Paulo V acogió su demanda y la sometió á la
Congregación de Ritos. En su consecuencia los Car­
denales examinaron los documentos é instruyóse un
nuevo proceso, que fué coronado felizmente en tftiiS
con la beatificación del humilde Pascual.
El 29 de Octubre, en efecto, el Papa suscribió el
decreto, en virtud del cual se permitía distinguir á
Pascual con el título de nicjtavciUii-i'fldo, y rezar el
Oficio y celebrar la Misa en su honor (2).
Esta facultad, restringida en un principio, al rei­
no de Valencia, fué ampliada en favor de todos los
Religiosos de la Orden y del Clero de Villarreal y
de Torre Hermosa respectivamente, en virtud de un
decreto del 10 de Febrero de 1620 (3).

(it K,l P. Cristóbal de Arta . I. III, cap. 1, relata adem ás g i r a s


doce resu r re c c io n e s, casi jo das de niñgs.
¡2) Paulo V; ;« sede principis.
(3) Id,: AHns pro parte.
Un año más tarde murió Paulo V, y su sucesor
Gregorio X V ordenó á la Congregación de Ricos,
que revisase el proceso y pronunciase luego su dic­
tamen acerca de la heroicidad de las virtudes y de
la autenticidad de los milagros atribuidos á Pascual
Bailón,
Y puesto que la ocasión se presta p arad lo, admi­
remos aquí de paso la prudente lentitud de la Igle­
sia, la cual no propone á la veneración de sus hijos,
sinoá aquellos cuya santidad se halla, humanamen­
te hablando, garantida por un examen délos hechos
extremadamente severos.
«No se comprende, en efecto, alega Benedic­
to X IV (¡), el examen de los milagros, sin que lle­
guen antes á comprobarse las virtudes heroicas ó
bien el martirio del Siervo de Dios. Las virtudes
son las que suministran el primero y más decisivo
testimonio de la santidad; las visiones, profecías y
milagros ocupan aquí un lugar secundario, y ni aun
llegan estos últimos á tomarse en cuenta en tanto
no se halle comprobada plenamente la prueba de
las virtudes heroicas.
Por lo que atañe á los milagros, vense, á su vez,
sometidos á una discusión no menos seria, hasta tal
punto que, ordinariamente hablando, suelen des­
cartarse la mayor parte de los que se presentan,
como desprovistos de pruebas bastantemente satis­
factorias. Y con esto dicho se está cuán grande sea
la fe que merecen los milagros que obtienen acogi­
da favorable.
Los Cardenales, después de h a b e r celebrado tres

ín De beaitlieaiione serv o ru in Dei « beatorum canoniz.iticiiie,


16
sesiones, declararon poder procederse á la canoni­
zación del Bienaventurado Pascual, cuya fiesta ha­
bía sido señalada por Paulo V para el i 7 de Mayo,
día aniversario de su muerte (1).
Con todo, la causa permanece en suspenso hasta
1645, ario en el que Inocencio X comisiona á los
Obispos de Segorbe y de Mallorca para la forma­
ción del primer proceso que se requiere para la ca­
nonización.
Consignáronse en esta ocasión nuevos milagros,
cuya relación no tardó en ser enviada á Roma,
De 1661 á 1670 formóse un Segundo proceso que
dió por resultado un decreto de la Sagrada Con­
gregación de Ritos, en el cual se declaraba poder
presentarse al Soberano Pontífice la causa de la ca­
nonización.
Por último, el 37 de Septiembre de 1673 apare­
ció el decreto final, y se resolvió proceder á la ca­
nonización del Bienaventurado, según el tenor de
los decretos de Urbano VIII.
Alejandro III, previa la orden de hacer oraciones
públicas, aprueba el 16 de Octubre de 16911, el de­
creto de la Congregación de Ritos y procede á la
canonización solemne, declarando que «el Bien­
aventurado Pascual era Santo, y que la Iglesia cele­
braría su fiesta, según el rito de Confesores, el 17
de Mayo, día en que descansó en el Señor.»
Luego entona el Te Dcwu, canta solemnemente
la oración propia del Santo, y se ofrece en su honor
el augusto Sacrificio en la Confesión de San Pe­
dro (2).

1,1) Dec rctu m 5 M ari. 1 *>22.


( z l E n esia ocasión fui! ta mbién c an o n izad o el F r a i le M enor
San J u a n de Oapistrano. V í a s e su vida ex-críia po r de Kerval.
VtLLARREAL.— SANTÍSIMO CRISTO DEL HOSPITAL
Y ESTERADA IM A Ü C X Q U E E l- H E Y D. JA IM E E L CO KQ L'ISTADO R L L E V A R A TRCUN FAN TE
EM LA BK CO JÍQ U iSTA , Y Q L E A L F U » D A R V JL L A K R E A L , LO D EJÓ A y t i COMO RA TRÓ Ji
D £ L J’ UEIVI.O.
Cumtos han tenido la suerte de presenciar el
acto de la canonización de algún Santo, están uná­
nimes en reconocer que nada hay que produzca tan
viva impresión en el ánimo y que dé una idea más
sublime de la santidad, que el ver á toda la Iglesia
postrada á los pies de uno de sus hijos y solicitar
su mediación ame el trono del Altísimo.
Inocencio X I I dió en ifxji (1) la bula de canoni­
zación, con la que se puso el último selLo á la glo­
ria del Siervo de Dios.
Así, pues, un siglo después ele su muerte veíase
ya Pascual elevado á la más sublime grandeza que
puede alcanzarse sobre la tierra, la de ser procla­
mado por la Iglesia como «Santo que reina con
Dios en la inmortalidad,»
Este es el pensamiento que informa la primera
antífona de Laudes del Oficio del Santo, de que usan
los Frailes Menores.

Ecce jarn regua-i irt cmln, decorem in.dnt.us,


Qiictu tu térra lacera vestís contexit.

Antífona que puede traducirse en esta forma:

Ved que ya reina en ios cielos, radiante de hermosura,


E l que v i v i ó en la fierra, cubierta con pobres i>eslidos.

La Santa Sede puso el colmo á estos honores,


concediendo indulgencia plenaria á todos los fieles
que en el día de la fiesta del Santo visiten una
Iglesia franciscana.

(i) Halioni congruH. De esta bula nos hem os v a lid o nosotr os


más de una vez en el c urso de nuestro relato.
E l culto de San Pascual propagóse rápidamente.
Este se hallaba ya en el siglo X V I I establecido
en Bélgica, Francia, Italia, Alemania y aun en las
Indias. Los numerosos favores obtenidos mediante
su intercesión contribuyeron á aumentar In con­
fianza que en él tenían los pueblos.
Muchos antiguos documentos nos dan á conocer

MON FORTE {ALI í I A S T E I . — VISTA DEL C O W KVl O DE VUESTRA SF.?OJtA UK


OR t r o , ÍIONDE SAN PASCUAL l f l £ 0 SI, t'R U r E S lÓ f f RELIGIOSA \ IIAHITÓ
POR ESPACIO DE DIEZ AÑOS,

que San Pascual era invocado con éxito en nuestras


regiones como eficaz protector contra las enferme­
dades peligrosas.
Descansa aún hoy día su cuerpo en la iglesia del
convento tle Villarreal, en donde se repiten muy á
menudo los prodigios obrados por su valimiento.
Su Santidad León X III añadió un nuevo florón á
la corona gloriosa de .San Pascual al nombrarlo el
afi tle Noviembre de 1 8^7, «Patrono particular de
los Congresos eucarísticos y de todas las Asociacio­
nes que tienen por objeto la divina Eucaristía, que
hayan sido instituidas hasta el presente ó que en
adelántese instituyan» (1),
Una tal elección hállase justificada por la devo­
ción acendrada que hacia el augusto Sacramento
profesó el Santo durante su vida mortal, según se
comprueba por numerosos hechos; devoción que,
después de su muerte, se ha visto además confirma­
da por el Señor con estupendos prodigios.
Muy pocas son, por otra parte, las obras eucarís-
ticas existentes que, de uno ó de otro modo, no le
sean deudoras, no ya ciertamente de su institución,
pero sí de las eficacias de sus ejemplos (2).
Este afecto hacia Jesús Sacramentado inspiró sus
acciones, le confortó en medio de los infortunios y
fué para él como una prenda segura de su eternal
bienandanza.
¡Quiera el Señor que nosotros sepamos, á nuestra
vez, hallar en él tan consoladores efectos!

1) f ’roi'idaii Ihsiiniti.
(2) Véase, d este propósito , nu estro artíc ulo p u b li c a d o en Le
MessQger de $ . /VviJifo/s, n ú m .
d e Sc pt. de: 1S9M.
APÉNDICES

D ocum ento Pontificio nombrando á San P ascu al


Bailón Patrono de los Con gresos E u carístico s

LE O PP. X III LKÓN FAl*A XIIT


A l t P E H P l i T L ' A . M R E I .M E tt O K I A .M p a r a -m i í .m o i c i a

Providcntissimus Dcus I.a suma providencia


fortitcr suavLtcrque dis- de Dios, i[iic dispone to­
ponens omnia, singulari das las cosas dé un modo
quadam cura Ecclesiíe á la vez fuerte y suave,
su:e ita prospexit, ut atendió á su Ig-lesia por
quum incl>n:it;r máxime manera tan particular,
res viderentur, ex ipsa que precisamente cuan­
temporum acerbitacc ins- do las circunstancias se
pcrata cidcin solatia sus- muestran inenos favora­
citaret. Id, quiini s.-Kpe bles, la ofrece motivos
alias, tura, potissimum vi- de consuelo suscitados
dere licet his reí christia- de la misma acerbidad
n;t; ac oivi 1¡s temporibus. de los tiempos. listo, que
Quum enim coinmunis en otras edades se lia
tranquillitails osores, ín- v is t o con frecuencia,
solentius se in dics effe- puede apreciarse sobre
rcntes, quondiano ímpe­ todo en las actuales cir­
tu coque validissimo ad- cunstancias de la socie­
nitantur Cliristi fideni dad religiosa y civil, en
omnemque ptr.n-e societa- las que, levantándoselos
tem evertere, placuit di- atentadores de la públi­
vinrc bonitati his rerum ca tranquilidad con cre­
fluctibus preclara sludia ciente insolencia y pro­
piccniis objiccre, Quod curando con ataques co­
quidem plañe declarant tidianos y Tortísimos des­
ec sanctissimi Cordis Je- truir la fe de Cristo y
SU longe líiteíjue propa­ aun toda la sociedad,
ga ta religio, et cxcitatus plugo a la Bondad divi­
ardor ubique terrarum na oponer á estas per-
provehendi cu 1tus Ma- turbaciones los precla­
rialis, et inclyti ejusdem ros trabajos de la piedad
De ipane Sponsi adaucti cristiana. Lo cual cier­
honores, et catholicoruin tamente manifiestan la
c;etus in vario re ruin ge­ devoción al Sagrario Co­
nere ad omnemque fidei razón de Jesús difundida
tleíensionem parati, alia- por todas partes, el celo
que compLura, promo- que en todo el mundo SC
vendo divino honori et despliega en acrecentar
imituiE charitati foven- el culto de la Virgen Ma­
d;p, sive amplificara, sive ría, los honores que se
primum infecía. Qurc concedieron al ínclito
quidem omnia etsi ani- Esposo de la misma Ma­
inum Nostrum suavissime dre de Dios, y las socie­
afficiunt, nihilomimis di- dades católicas de varias
vinorum munerum sum- clases fundadas para la
mam hanc esse putamus, defensa incondicional de
auctam in populis in Eu- la fe y para otras muchas
eharistiíE Sacramentum cosas que promueven la
religionem post hábitos gloria de Dios y Comen-
in eam rem certus per tan la caridad, ya acre­
haic témpora celebérri­ centándolas, ó bien im­
mos. Nihil enim effica- plantándolas donde no
cius vídctur Nobis, quod existen. Mas si bien todo
alias significavimus, ca- esto impresiona dulcísi-
tholicorum animis exci- mamente Muestro ánimo,
tandis tmn ad fidem stre- creemos, sin embargo,
nuc profitendam, tum ad que el compendio de to­
virtutes christiano nomi­ das las bondades del Se­
ne dignas exercendas, ñor está en el aumento
quain ut alantur et acun.il- de la devoción entre los
tur studia populi in ad- líeles hacia el Sacramen­
mirabile illud ainoris pig- to de la Eucaristía, des­
nus, quod pacis vinculum pués de los Congresos
est atque unitatis. Quum celcbérrimoshabidos por
igitur tanta res maximsc esta época sobre este
Nobis curre sit, quemad- asunto. Porque nada juz­
moduni c<ftus eucharis- gamos más elicaz, según
ticos s;cpe laudavimus, ya en otras ocasiones
ita nunc: ubcriorum spe liemos declarado, para
fructuum pernioti, i'acien- estimular los ánimos de
dum ducimus ut iis pa- los católicos, ya á la
trotius caclestis asignetur confesión valerosa de la
ex sanctis cíelitibus qui fe, ya á la práctica de
in augustissimum Corpo- las virtudes dignas del
ris Christi Sacramentum cristiano, como el fo­
vehementiore afectu fla- mentar é iLustrar la de­
grarunt. Inter eos vero, voción del pueblo en
quorum ardor pietatis in orden á aquella inefable
prajcelsum hocfidei mys- prenda de amor que es
terium efferbuisse magis vínculo de paz y de uni­
visus cst, locum obtinet dad, Siendo. puesv dig­
dignissitnum PASCHAL1S no este importantísimo
BAYLOX. Qui animum asunto, de nuestras ma-
sortitus re ruin coeles- yores atenciones, asi co­
tium apprimc studiosum, mo frecuentemente he­
postquam adolescentiam mos alabado Los Congre­
in custodia gregis tran- sos Eucarísticos, así aho­
segit innocentissime, se- ra, estimulados por la
verioris vit¡e institiitum esperanza de más abun­
amplexus in Ordine Mi- dantes frutos, hemos de­
norum strictioris obser- terminado a s i g n a r á
vantire, eam ex contem- aquéllos un Patrono ce­
plaíione divini convivii lestial de entre los Bien­
ineruii haurirc scientiam, aventurados que con
ut rudis ac litterarum ex- más vehemente afecto se
pers potuerit et de rebus abrasaron en el amor ha­
lidei diffícillimis respon­ cia el augustísimo Cuerpo
deré et pios eiiatn libros de Cristo. Ahora bien;
conscribere. Idem Eucha- entre aquellos cuyo pia­
ristisc vcritatein puklice doso afecto hacia tan
palamquc prolessus inter excelso misterio de fe se
heréticos multa el gra- manifestó más encendi­
via perpessus est, ac do, ocupa un lugar pree­
Tharsicii martyris aíinu- minente San 11ascua l ¡lai­
lus, ad necem quoque lán. Quien poseyendo un
crcbro petitus, Buin de- espíritu grandemente in­
nique pietatis affectuin clinado á las cosas celes­
defunctus etiam retiñere tiales, habiéndose ocu­
visus est; quippe jacens pado con vida purísima
¡a féretro ad duplicem durante su adolescencia
sacraruin specierum ele- en el pastoreo de reba­
vationetn, bis oculos di- ños, y abrazado un g é ­
ciiur reserasse. nero de vida más auste­
ro en la Orden de Me­
nores de 1m más estrecha
Observancia, mereció en
la contemplación del S a -
grado banquete recibir
tal ciencia que, siendo
rudo y sin estudio algu­
no, pudo responder á
cuestiones dificilísimas
sobre la fe y aun escri­
bir libros piadosos. Ade­
más, entre los herejes
sufrió muchas y graves
persecuciones, y ¿mulo
del mártir Tarsicio, vióse
expuesto frecuentemente
á dar su vida por confe­
sar pública y manifiesta­
mente la verdad de la
Eucaristía. El amor á
ésta parece haberlo con­
servado aún después de
muerto, toda vez que
tendido en el féretro dí-
cese haber abierto los
ojos por dos veces á la
doble elevación de las
Sagradas especies.
Igitur apparet, ccfitus lis, pues, manifiesto
catholicorum, de qtiibus que 110 puede asignarse
loquiinur, nullius in tu­ otro Patrono mejor que
tela melius esse posse. él á los Congresos cató­
Propterea qua ratione licos de que hablamos.
Tlionue Aquinati cupi- Por lo cual, así cotno he­
dam littcrarum juventu- mos encomendado á San­
tein; Vincentio a Paulo to Tomás de Aquino la
consociationes. charíta- j uventud estudiosa, á San
tis causa initas, Cainillo Vicente de Paúl las Aso-
de Lelis et Joanni de Deo daciones de caridad, á
«■rgrotos et q u o t q u o t San Camilo de Lelis y
aegrotis adjutandis dant á San Juan de Dios, los
operani, opportune coin- enfermos y cuantos se
inerdavimus, ita quod consagran á su auxilio,
bomini laustumque sit et por igual razón, como
rei christiance benever- cosa excelente y fausta
tai, suprema auctoritate y que redunda en bien
N’ostra, prícsentiiim vi, de La cristiandad, en vir­
Sanctum Pnsclialein Bay- tud de las presentes, con
lon peculiarein ctetuüm nuestra suprema autori­
eucharisticorum, itemso- dad, declaramos y cons­
cietatuni omniuin a San- tituimos á San Pascual
ctissima Eucharistia, sive Bailón, peculiar Patrono
qiuc hactenus instituía;, celestial de los Congre­
s¡ve qiue in posterum fu­ sos Eucarísticos, asi co­
tura; sunt, Patronuiti mo también de todas las
mdestem declararíais et Asociaciones eucarísti-
constituidlas. Alque ad cas existentes ó que en
ejusdcm .Sancti exemplis lo sucesivo se instituyan.
patrocinioque hunc fm- Y esperamos confiada­
ctum fklenter petimus ut mente como fruto de los
e populo christiarto quo- ejemplos y del patrocinio
tidie plures animum, con- del mismo Santo, que mu­
silía, amorem ad Jesuni chos cristianos consa­
Christum servato re m re- gren cada día su espíritu,
ferant, omnissalutis sum­ sus resoluciones y su
mum, augustissimumque amor á Cristo Salvador,
principium. Friesentibus principio sumo y augus­
perpetuis futuris tempo- tísimo de toda salud. Val­
ribus valituris. Non obs- gan las presentes á per­
tantibus in contrarium petuidad, nO obstante
facíentibus quibuscum- cualesquiera co s a se n con­
quc. Voliunus auteni in trario. Queremos además
pr.'Eseiuiuin litterarum que á las copias y ejem­
tramsumptis, seu cxcm- plares de las mismas,
plis eti;mi impressis, ma- aun á las impresas, fir­
nu alicuius Notarii pu- madas por algún Nota­
blici subscriptis, ctsig-illo rio público y selladas
person;e in ecclesiastiea con cL de alguna perso­
dignitatc constituía; mu- na constituida en digni­
nitis, eadcin prorsus fides dad eclesiástica, selasrié
adliibeatur, quai adhibe- en absoluto la misma le
retur ipsls pncsentibus, que se prestaría á las
sí forent exhibít:c vel os- presentes, si fueran exhi­
tensu:. bidas 6 manifestadas.
Datum Ronuc apud S. Dado en Roma, en
Petrum, sub annulo Pis- San Pedro, bajo el anillo
catoris, die X X V I I I Xo- del Pescador, el día j S
vembris MDCCCXCVH, de Noviembre de
Pontificatus Nostri armo año vigésimo de Nuestro
ViCesiniO- Pontificado.
A. C a r d . M ac cu i . A. C a r ij. ¡VIacchi .
n

Himnos en honor de S an P ascu al ¡Bailón, tom ados


¡del B reviario R o m an o-Seráfico]

HIMNO D K V Í S P E R A S

Lceta devote celebrct Minorum


Turba Paschalem, recolena frecuenter
Quam pió sanctam venerans Synaxim
Arsit amore.

Duin pucr pascit pecus iste. seque


Pane jam pasci cupit Angclorum,
Hunc in excelsis meruit patente
Cernere erado.

HIMNO DE V Í S P E R A S

Celebre gozosamente á Pascual la Orden de los


Menores, y recuerde con frecuencia el acendrado
ainor que abrasaba su pecho al venerar la Santa
l'.ucarístía.

C.uardando cuando niño su rebaño, sentía ya


deseos de alimentarse con el Pan de los Angeles,
y mereció ver claramente en las alturas la Hostia
Sacrosanta.
Jugiter sacras inliians ad aras,
Dum c.ibum viUc meditatur hirret
Lotus et sancto Liquefactas igrie
Lucet et ardet.

Increpans Liostes lidei lidelis


Pane, ait, Christum recipi sacrato.
Martyrcni non dat gladius, sed ipsuin
l’ rompta voluntas.

Quí quoad vixit coluit supernum


Tani pie patiem: reserat beatos
Morte jam elausos oculos veluirjuu
Vivus adorat.

Siempre deseoso de estar al pie del ara sama,


medita allí en el l’an de vida eterna, y se ve arre­
batado en éxtasis y envuelto en los rayos del amor
que le abrasa.

Increpando á los enemigos de nuestra fe; «A Je­


sús es, dice, á quien se recibe en el Pan consa­
grado.» Y si bien la espada no lo convierte en már­
tir, no por eso le falta la voluntad de serlo.

Iil que durante su vida veneró tan devotamente


el Pan celestial, abre aún después de muerto los
ojos y lo adora como si estuviera vivo todavía.
Christe, PascliAÜs ineritis, ut oinrtes
Corde nos mandos facias, p recaní ur
Ciíílica ut digne mereamur esca
S:cpe cibari.
Amen.

HIMNO D1-: MAITINES

Splendor Paternal gloriuc


Adesto, Jesu, servulis,
Ut queis micarit mor i bus
Paschalis, orbi concinant.

Ilhim dies hr-eq áurea


Terris refulgens attulit,
H.'Et: et decorum laurea
Victrice cuclis rctulit.

¡Oh Cristo! dignaos, en vista de los méritos de


Pascual, hacernos limpios de corazón, á fin de que
seamos así dignos de gustar con frecuencia de este
alimento celestial.
A sí sea.

HIMNO DE MAITINES

[Oh Jesús, esplendor de la gloria del Padre! dad


vuestra gracia á estos humildes siervos, para que
podamos celebrar á la faz del mundo las virtudes
que resplandecieron en Pascual.

Este día venturoso lo ha hecho resplandecer en


su nacimiento: este mismo día lo ha sublimado á
los cielos, adornado con la palma del triunfo.
Adhuc puer virtutibus
líxcultus est nitentibus
Pia, modesta, sobria,
Puraque vita claruit.

Fervens Minorum postmodum


Ingressus arctas semitas
Mil ad sinistram Regulae,
Ad desteramve deviat.

H inc snncta membra sajviter


Flagris cruentis purpurat,
Nullisque firdat sordibus
Casti pudoris lilia.

Christum seqn tildo pauperem,


Mil pr:*ter hunc desiderat;
Sed mundo in hoc. ditescere
Sola cupit penuria.

Ya en la niñez mostróse lleno de virtudes resplan­


decientes, siendo su vida un portento de piedad,
de modestia, de templanza y de pureza.

Ingresando más tarde cu los estrechos senderos de


la vida franciscana, marcha siempre en armonía con
la Regla, sin declinar nunca á diestra ni á siniestra.

En esta senda martiriza con crueles maceraciones


sus miembros ¡nocentes, y guarda limpio de toda
mancha el lirio de su virginidad,

El sigue á Cristo en su indigencia, no deseando


otra cosa que á su Salvador, y se contenta con enri­
quecerse solamente con los tesoros de la pobreza.
'7
Ad usquc mortecn linniter,
Ut vere et ipse obediat,
Vitre subit discrimina,
Ne q u a n d o subdi clesinat.

Jcsu, tibí sit gloria,


Merces perennis pauperum,
Qui mente pura et siniplici
Jussis tuis obtemperant.
Amen.

HIMNO P E L AU DE S

Quam se Deus inirabilern


Paschalc in almo prjcdicet,
Nostcr chorus, miracula
Ejus recensens, coacinat.

Deseoso de vivir hasta La muerte, al igual de


Cristo, como perfecto obediente, soporta los sin­
sabores de la vida á trueque de no faltar á la obe­
diencia.

A Vos ¡oh Jesús! sea la gloria. A Vos que sois el


premio eterno de los pobres que siguen vuestros
mandatos con espíritu puro y sencillo.
Así sea.

HIMNO DE LAUDES
Cantemos á coro lo admirable que se muestra
Dios en San Pascual, refiriendo los milagros obra­
dos mediante su patrocinio.
Adest vocatus ómnibus,
Repente curat lánguidos;
Parata queis sunt fuñera,
A mortis aufert faucibus.

Hunc dura fieles non haesitans


Matris dolcntis invocat,
En surdus audit protinas,
Coecusque cernit filius.

Coesuin secure, sustinet.


Quem. v ix cutis parst indicem
Ipsum saeerdos deprecans
Statiin recepit integrum.

Acudiendo al ser llamado, cura instantáneamente


las enfermedades y arranca de las fauces de la muer­
te á aquellos mismos cuyos funerales están para
celebrarse.

Invocándolo con fe viva consigue una madre de­


solada que su hijo recobre el oído, y que el que
antes era ciego, abra sus ojos á la luz del día.

A un sacerdote que lo invoca, le devuelve á su


primer estado el dedo índice, que había cortado
con un hacha y que apenas si está sostenido por un
trozo de la piel.
Terram colonus aridam.
Semcl ligonc percucit,
Jugisque fontis rivuluin
Armento et agris obtinet.

Liquor ¿aero ex cadavere


Manat suavis triduo,
Qai sanat insanabiles
Morbos, tumores, ulcera.

Gustos beati corporis


Auditur arca pulsibus
Lenis sonare in prosperis
Rebus tonare in tristibus.

A un labrador bastóle herir una vez oOn su azada


el árirlo terreno para obtener para los rebaños y
los campos.un manantial de agua purísima.

Su cadáver despidió por espacio de tres días un


dulce licor, con el cual sanan los insanables, y se
curan las enfermedades, los tumores y las heridas.

lín la caja que guarda el santo cuerpo óyense


sonar suaves golpes que anuncian sucesos felices:
los sucesos tristes Los anuncia un ruido como de
trueno.
Almo precante fílmalo
Cor, Christe, nostrum suscita
N:e quando pulses januain,
Stulto sopo re torpeat.
Amen.

O R I ’ .VIl'S

Deus, qui Bcntmn Pasclialem Confessorem tuum


mirífica erga corporis et sanguinis tui sacra myste-
ria dilectione decoras ti: concede propitius, m quain
ille ex hoc divino convivio spiriius percepii pin-
guediném, eamdem et nos percipere mereaniur. Qui
vivís et regnas Oeus in srceuln s;cculorum. Amen.

1 Iaced ¡oh Cristo! por intercesión de vuestro


tjran Siervo, que nuestro corazón despierte, á fin
de que no se halle embarcado por torpe sueño
cuando Vos llaméis á su puerta.
Así 5<ja.

O ltAC.lÓ N

¡Oh Dios! que habéis favorecido á vuestro Con­


fesor San Pascual con un amor extraordinario ha­
cia los sagrados misterios de vuestro Cuerpo y San­
gre; concedednos en vuestra clemencia que también
nosotros seamos d i g n o s de ser favorecidos con la
misma abundancia de gracias con que fué regalado
su espíritu en este divino convite. Asi lo espera­
mos de Vos que, siendo Dios, vivís y reináis por
los siglos de los siglos. Así sea.
N 37 de Abril de 16S1, en presencia del Virrey
de Valencia, los principales magnates, el Pa­
dre General de La Orden Franciscana y numeroso
público, fué trasladado o . O n <rr,1n solemnidad el C l I C i v
pode San Pascual á su actual sepulcro. Este fué fa­
bricado por Los hijos de Villarreal, á expensas de
valiosas limosnas que á los frailes enviaron personas
piadosas, especialmente el Virrey y el Obispo de
Gaeta, entusiastas del Santo; este Prelado, en unión
de los Duques de Gandía y de Cardona, querían
costear ellos solos el sepulcro, pero á ello se opuso
el pueblo de Villarreal, que por suscripción quiso
elevar ese monumento de arte y de piedad que ad­
mirarán los siglos venideros.
til año ittcjy, con motivo de la peregrinación na­
cional á. San Pascual, presidida por el Rey, y de la
declaración de Patrón de los Congresos Eucnrísticos

^ 0 l>or l°s inicresaniM datos hi stórico s que concicnc este a r ­


ticulo do 1). Ciarlos S a n h o u Carreres, ab o yad o , lo c o p ia m o s del
n ú m e ro de la Revista J'ranciscdH ii de H d-e Alayo dü 190É}.
que el Papa León X III hizo á San Pascual, mosén
Domingo Bayer, tío del actual alcalde, por su cuen­
ta doró el sepulcro con oro lino.
El cuadro que cubre el .sepulcro fue pintado y re­
galado por D. Miguel Hallester, hijo de Vi llar real.
La valiosísima lámpara de plata con relieves de
oro que pende en el centro del camarín, la recaló
D.a María Teresa de Silva y Toledo, duquesa de
Alba. Dicha señora regaló también el vestido de
espolín de oro que C u b r e n los restos del Pastor dé
Torre Hermosa.
La capilla está puesta bajo el patronato real, y
por eso aparece el escudo de España esculpido en
las puertas de la iglesia y junto al altar. El Virrey
de Valencia tornó posesión <le la capilla solemne­
mente en nombre de Su Majestad.
E l cuerpo de San Pascual ha sido visitado por
muchos monarcas.
Felipe III filé el primer rey que visitó el sepul­
cro de San Pascual, acompañado de la reina Mar­
garita de Austria y el archiduque Alberto, la infanta
D .-'1 Isabel y varios grandes de España que venían
en la comitiva regia.
Felipe IV lo visitó acompañado de! príncipe don
Baltasar Carlos,
Carlos 111 vino con su esposa D .a .María de S a ­
jo nía.
E l 24 de Noviembre de 1S02 visitó San Pascual
el rey Carlos IV, acompañado de los príncipes don
Hernando VH y Ü. Carlos,
También vinieron á verle los reyes de Etruria.
En 1861 vino la reina D.J Isabel II, en compañía
del príncipe D. Alfonso X I I , el general O’DonneíI
y real comitiva.
También visitó al Santo el rey Amadeo de S a -
boya.
Finalmente, el de Abril de iyo 5 ha desfilado
por el camarín D. Alfonso X IIJ, acompañado de
los Síes. Villavcrde, Cobián, Marticejjuí y otros.
Sería interminable si viniera á citar todos los vi­
rreyes, duques, ministros, cardenales, obispos, etc.,
que se han (jostrado ante el cuerpo del Santo del
Sacramento.
ÍNDICE

f' ÁGK.

C a n a de su lima, el Car de n ni ü a m p o lla al auto r. n


C a r ia d ir ig id a al a m o r po r el Presid ente perpetuo de los
C o n gre s o s E u c a r í s i k o s .............................................. m
P r ó lo g o del T r a d u c t o r . . . . 13
I ntr oducción. . 23

c a p ít u l o p r im e r o

Sil? PUISIEHOS A Í U S

lispañ.i ¡i mediados del siglo X V I . — C o s tu m b r e s ar agonesas .


— Pa tr ia y padres de nu estro S a n t o . — R elig io sid ad «heredi­
taria.»— En trete nim ie nto s de P a s c u a l.— Imán de sus a m o ­
res.— El «frailccito.o . . . . . . í5

CAPÍTULO II

ni. PAsrom n-lo

Pascual g u ar d an d o los rebaños de su p a d re.— l l u v e de las.


m alas c o m p a ñ ía s .— Su de voción hacia la V i r g e n . — F.L c a ­
y a d o del S a m o . — R l S a n to s í ingen ia para a p r e n d e r á leer
v i e s c r i b ir . — R o sario s d t j u n c o . — Confianza d e los p a s­
tores en Pa scual. — Danos y privac ion es, .^3
C A P Í T U L O III

K S I B K JÓ V EN ES

Pascual g u a r d a n d o rebaño s ajen o s. — l.'na pro pu esta del


«M ayora l.»— El Santo entre s u s c o m p a ñ e ro s ,— Piadosos
entr ete nim ie nto s.— M iste riosas v is ion es.— E l fraile im p r o ­
v is a d o .— ¿ P o r q u ¿ se d h e i p i i n a b a el S a n t o r — M ilagroso
m a n an tial.............................................. 5i

CA PITU LO IV

¡ K l l l l I C j l M ti!

M arch a Pascual á Murcia ;i vis ita r i su h er m an a.— ] I od io s


c o n m o v e d o r e s .— El S a n to se detiene en el rein o de V a ­
len cia.— V u e lv e á pastorear rebaños, — Delicadeza de c on ­
c ien cia,— Caridad fr atern a,— El sedu cto r c o n fu n d id o . —
P r e d o m in io de qu e gozaba Pascual en tre los pa stores.

CA PÍTU LO V

A 1.1 V IS T A IIK L \ T IF .K K A IIF . P R O M IS IÓ N

R e n ac im ien to reli gio so de a q u e lla <ípoca.— R e f o r m a de Sari


Pe d r o ilc A lcá n ta ra .— L o s a lcan tar illa s en el S a n t u a r i o de
L orcco.— Pascual c om ie n za ¡i fr ec ue n ta r su iglesia, — D ev o ­
ció n del Sa nto hacia este Su n tu ario de María.'— 1£1 S a n io en
las m o m a ñ a s d e E lc h e .— V e en los aires la S a g ra d a Hostia.
— Pro pu esta de un b ril la nte p o r v e n ir .— ¡Ad ió s al m utl doí 67

C A P Í T U L O VI

¿Q U É E S LO ( JIJ É l i t S I ' . l í i 1 SAN F R A N C IS C O DK A S Í S ?

Ingreso de Pascual en el c o n v e n to .— líe liu sa ab r a z a r la c a rr e ­


ra del s a c e rd o c io .— Vida de p en iten cia.— E s p í r it u d e po ­
b reza.— Perfe cció n de a m o r . — San F r a n c i s c o y la E u c a ­
ristía. — Pascual im itan do i San Fran cisco en la venera­
ció n hacia J e s ú s S a c r a m e n ta d o .............................. 73
CAPÍTULO vi i

LA V I D * K K L U j IO S a

Hactí P íiscliaI Í£l pro fe sió n .— Hatos c ro n o ló g ic o s .— O c u -


paciones del S a n t o . — Método de v id * o r d in a r io . — Miste­
riosos tr a n s p o n e s al r ecib ir la. sagrada. C o m u n i ó n . — Pas­
cua l y los R e l ig i o s o s . —'Pas cual y los h u é spedes.—"Aficio­
nes del Sa nto po r la m ú s ic a . — D e liq u io s d e am o r . , . 81

CAPÍTULO VI I I

M U i f . n u ú LIM O S N A

El Santo lim o s n e r o .— Su respeto hacia los sace rd otes.— De­


licadeza con que r ehu sab a Pascual las ofe rta s per sonales
d e los b ien h ec h o re s.— Su pres tigio cnire el pu eb lo .— O b­
sequ ios del Sa nto á sus c om pañ ero s de v ia j e .— Otros s u ­
c eso s.— .Milagrosa c u r a c ió n ,— Caso c u r io s ísim o sob re «I
per dón á los e n em igos.— El Sa nto s u s p ir a n d o p o r la so­
le d a d .— Piad osa ilusión. <Sg

c a p ít u l o in :

T N IF llIL A C lO S t'.S

Se q u e d a d de e s p í r i t u . — A n gu stia s internas . —Situ ación c o n ­


m o v e d o ra .— Los infe rn ale s espíritu s m artir izand o al S i e r ­
vo de D ios.— .¡Cu ánd o eran más atro ces estos m a r t ir io s ? —
N u e v o género de trib u lac io n es.— L’ n s u p e r i ó f indom able.
— P a ciencia del S a n i o . — lil P ro vinc ial in t e rv ie n e ,— R e ­
sig nació n del Sie r v o de D ios...............................................................101

CA PÍTU LO X

historia ur t;s* voc .a íión

Mar cha Pascual á J e r e z . — I.diñcan te c o m p o s t u r a .— Sa le de


Je re z llevan do en su co m p añ ía á J u a n X i m é n e ü . ^ E p i s o -
di os del via je.— Pascual s ig u ien d o el trote de la c ab alga­
du ra de X im é n c ü .— R e h ú s a p ro b ar o ír o s alim en to s qu é
los obtenidos p o r med io di; la m e n d i c a c i ó n . — ¿ E n q u é se
ocu paba el £ a n t o po r el camino?1— ¿ C ó m o pasaba la noche?
— San Pascual y el « h id a lg o .» — C o n v er sió n de un «llijo
pródi({0.»— A la ' i s w de G r a n a d a . — F.n un d e s ie r to .—
A tra vesan do un fo so.— Fin del v ia je............................................. 109

C A P Í T U L O XI

Á TflAVÉS IjF. I . \ F* A SC I A

Ida do Pascual á P a r í s . — Estado de F r a n c i a p o r aq uel tie m ­


p o . — L a perspectiva d d m a r t ir io .— [.le gada i T o l o s a . —
C a r ic ia s de los h u g o n o te s .-^ lil S a n to en O flc a n s . — D isp u ­
ta y ped re a.— A m en az as de un hereje .— E x tr añ o liberta ­
d o r .— C o na to s de s e d u c c i ó n . — I. a til ti ma p ru eb a. 121

C A P Í T U L O X Ir

¡■HOLOMGADO H l H T t m O

Fid elid ad á la o b se r v a n c ia r e g u la r . — El S a n i a en la e n fe r ­
m e r ía .— La celda de Pascu al.— L o s vestidos del S i e r v o de
Di os.— Ex trem a pobren a.— C o n t in u a m o r tific a c ió n ,— P r o ­
longada penite ncia.. . . . . ijj

C A P ÍT U LO X IIl

Rl. C 0 L U 2 Ó N CIE US SANTO

C arid ad fr atern a.— Afecto del Sa nto hac ia los e n fe r m o s.—


S u solic itu d p o r los p o b r e s.— F r a u d e d e s c u b ie r to .— MérU
l o d e l a lim o sn a.— Pascual r ep ar tien d o el a lim en to á los

po b res.— Pascu al y los estu dian tes.— Po b res v e r g o n z a n ­


tes.— E s tu p e n d o p r o d i g i o .— Fin e z a s de la c a r i d a d , — El
« agu ado r.» — F.l a m igo d e la ili ñ c z .................................................. 1 59

C A PÍTU LO \IV

1>£ tfr¡ C O N V E N T O Á O THO

A p ost ola do de Sa n P a sc u a l,— E l S a n to en A lm a n sa .— S u


magisterio en t i n o v ic ia d o .— E l Sa nto en V i lle n a .— Su en-
travista con Fr , P a sto r ,— C u r a c ió n m ilag ro s a.— P r e d ic a ­
d o r d e s f l e m a d o . — El S a m o en lilc lie.— l,o que dice A n to ­
nio Fu en tes .— El S a n io Crt J u m il la . — A p u r ad a situación.
— Divin os tr ansp ortes. — P a sc u al es n o m b rad o g u a r ­
d iá n . . . . . . . . 151

C A P Í T U L O XV

USA S F R i r ItF FXÁM FNF S

S a n Pascual c u V a le n c ia .— C ien c ia in fu s a .— X im én e z soine-


tiendo á prueb a la sab id u ría de Pascu al. — O b je cio ne s.—
T e m a n vas del P. R o d r í g u e z . — El Sa nto ha blando de T e o ­
logía m ís tic a .— F.scr¡te>s del S a n to .— L o s estu diam o s ac­
tu an d o de es pías.— Danza de S a n Pascu al arttí la Virgen .
— El Sa nto en J á t i v a . — S u m archa á V i lla r r e a l. — E p is o d io s
del viaje. . . . .............................................1 6 1

C A P ÍT U L O XVI

A P O S T O !. V II1 F .M IK C IIO H l>F. V IL L A R R E A L

San Pascual habland o del R o s a r io . — Su d e v o ció n hacia la


Santísim a V i r g e n . — R e v e la c i o n e s . — S u b li m i d a d del amor
d i v i n o . — El S a n to y los pobrús.— U n a pro fe cía á Isabel
Kea .— C u r ació n m a r a v illo s a .— So lic itu d po r los en ferm o s.
— P r o d ig io s .— San Pascua! y los o b r e r o s . — A p ostola do
fecu nd o.— Deseos s up rem os. .................................... 171

C A P Í T U L O X V II

A C E R C Á N D O S E A L C IK L O

lis revelad a al Sa nto la pro xim idad de s u m u e r te .— S u rue-


5 0 á l'r. A lfo nso .— L i s últim as visitas.— E n fe r m e d a d ines­
p erad a.— A m o r al santo há bito .— F.l m éd ic o an u n c ia ú¡
P a sc u a l su última llora.— P ro cesión no in t e r r u m p i d a ,—
U lt im os de seos.— R ec ib e el Sa nto el sagrado V i á t i c o . — Es­
cena c o n m o v e d o r a . — Asaltos del in fierno .— V o la n d o al
c ic lo ,— F i s o n o m í a Y carácter de San Pa scual. . i 85
C A P Í T U L O X V I II

vin* íntima

Doctrina mística de San Pascua] tomada, de Los escrito s del


S a n t o . — Las tres etapas de la vía e s p i ri tu a l .— Importancia
que da el S a n to en cada lina de ollas i la li u carisria .— ,\
la vista de la patria.. . [<J7

Ca p ít u lo x ix

MILAGROS D E S r L K S l>F. I.A .MLT.RTE

V enera ción q u e se trib uía al c u erp o del S a n to ,— S u d o r m a­


ravillo s o .— C u r a c i o n e s .— G ratitu d de Bau tista C c b o l li n . —
A bre el c ad áv er los o jo s ;¡ la elevació n de las s agradas es­
pecies.— Nuevo p ro d igio.— En tu sia sm o del pu eb lo .— lin*
posibilidad de d a r sep u ltu ra al cadáv er.— In te rv ie n e la
fuerza a r m a d a . — .Motín dentro de la igle sia .— R e c o n o c i ­
m ientos del s e p u lc ro del S i e r v o d e Dios. ai i

C A PÍTU LO XX

LOS «<;OLrE.S» DE s a s p a s c u a l

Fr. Diego Bailón an te la tu m b a del S a n i o . — G o lp es con que


el Sa nto le da á c o n o c e r su v o l u n ta d .— Frec ue nc ia con
qu e se repite este p ro d igio.— A n u n c ia el S a n i o el tr iun fo
de los esp añ o les en P o m a r d i i , su durrota e n T o n o s a y la
rebelión de P o r tu g a l.— O tros a n u n c i o s . — Las dudas del
P. Miguel d es v an e cid as .— Diego C a n d c l c o n so la d o .— L>os
críticos puestos en c o n fu s i ó n .— El pr o d ig io d e los « gol­
pes» se repite en las reliq u ia s del S a n t o . — C ó m o a n u n c i a ­
ba el S a n io los s u c es o s p r ó sp ero s y los ad versos. 221

C A P ÍTU LO XXI

i i L 0 3 t l r l C * C I Ó N POSTUMA

Proceso prepa rato rio para la glo rific ació n de San Pascual.
— Pro ceso a p o s tó lic o .— tl esu frec ció n de un m u e r to .— f'c-
‘ ü p e Ut y el alto C le ro piden á Ito m a la beatificación del
S i e r v o de D io s ,— F e liz r e su lt ado .— Oficio y Misa en su
ho n o r .— Kc vis ió n dei p r o c e s o .— Pro ceso para la c a n o n i ­
zación.— N u evo p r o c e s o . " ¡ P a s c u a l acla m ado S a n to po r
la Iglesia.!— Huía de c ano nizac ión ,— In d u lgen c ia s.— P r o ­
pagación del culto del .Siervo d e 'D io s,— S a n Pascu al, Pa­
trono de los C o n gres o s Eu caristico s. aa y

A P É N D IC E S

Docu men to pontificio n o m b ran d o á S a n Pascu.il B ail ón Pa­


trono de los C o n g r e s o s Kucarístico s. ( T e x to la tino y t r a ­
ducción e s p a ñ o la ) ................................................................................... 2 j g
Mininos en ho-nor de San Pascual B ail ón , lo m ad o s del B re­
viario Ito m ano-Seríf ic o. (En latin y c a s t e l l a n o ) . . . 24G
E l sep ulc ro de San P a sc u al. . . . . s 55
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ciados d e la Pin Unión de Sau Antonio de P adua, recomendado
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ni Palacio tic C aifas y el nuevo jardín de San Pedro,


por el P . Urbano Coppens.— Traducción española.— Un folleto
en 8." de 1 15 págs,: pus. t.

L a Patria de San Ju a n Bautista, con uu apiiwtice sobre


A rima ten, por el I5. Licnubé dé A lsacia.— T raducción española.—
Un tomo en 4,'’ m ayor de 3 1 0 págs., con '¿y fotograbados y una
crom olitografía: 3 'jo ptas.

Un siglo que se muere (Tragedia). — Hissém, ó San


Francisco en Egipto (dram a en un acto y en verso).— Magoas,
poesías g a ih g a s. (Ediciones acotadas).