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Introduccién Investigar la bulimia y la anore- xia significa recorrer un periplo de extraflas singladuras. Se trata de un derrotero con miiltiples entra- das, salidas y desvios cn el que, salvo algin accidente afortunado, por extenso que sea el millaje re- corrido siempre se vuelve al puer- to de Palos. La direccion adecuada dependeré, en gran medida, de la guia tedrica que se utilice; se sabe, segiin el rumbo de la aguja en lo atinente al narcisismo, asi cambia- 14 la repercusién en nuestra préc- tica. Nuestro abordaje sera por el “raptus bulimico”: Io escogimos no solamente en estos pacientes, sino porque lo consideramos el punto de partida de preferencia para el estudio de los fenémenos adictivos. Habida cuenta de que, “Médico psiquiatra. Psicoanalsta, miem= bro titular en funcién didictica de APUeBA. Las Heras 3745 - 10° C, 1425, ‘Buenos Ales, Tel. 801-9275 BULIMIA: UN MODELO ADICTIVO en tanto se trate de organizac nes narcisistas, sea cual fuere nuestro inicio, transitaremos ili- mitadamente por una circularidad finita, En los trastonos de la ingesta, los rasgos adictivos pueden com- render toda la personalidad ocu- pando el primer plano de la clint ca y del proceso, (se trataria de una adiccién cristalizada); 0 bien, pasar casi inadvertidos ocupando distintos sectores de manera alter- nativa y pendular. En este dltimo caso, 1a fugacidad de! fenémeno, ‘Dua Hanson Woman with a Shopping car (1968) Escultura en polester Benito M. Lépez* presente en mayor o menor grado en todos los andlisis de adolescen- tes, junto a su remisin sintomati- ca casi “espontanea”, y por tanto, no del todo teorizada, dan cuenta de una cierta despreocupacion por Ja descripcién de los “observables” ¥ su posible conceptualizacion desde la experiencia analitica. En el primero, por el contrario, el de- sinterés estaria justificado por su ificil accesibilidad al encuadre y al trabajo interpretativo. Por una 1 otra raz6n, lo cierto es que, la adiccién en general y 1a bulimia adictiva en particular han desper- tado una enorme atencién entre los psicoterapeutas y no han rec ido, en apariencia, 1a misma de- dicacién por parte de 1os analistas. Esto se traduce en un crecimiento interesante de demandas de trata- miento que no concuerdan con las correspondientes investigacio- nes psicopatolégicas. Acaso, sea la inevitable consecuencia de la vact lante aceptacién de una nocién VERTEX Rov. Arg. Psiquiat Vol 1, NF 2, 1990, 42-49, tan importante y ambigua como es la de “perversi6n de la transfe- rencla”(17, 2). Conspiran también contra una clara definicién del fe- némeno adictivo, los encasilla- mientos en a clasificacion; a sa- ber: la utilizacton de las propieda- des del objeto adictivo como orga- nizador de ta parcelacién nosolé- gica. Desde la perspectiva psicoa- nalitica, es de sobra conocido que, el objeto externo, si bien tiene una gran importancia para las teo- rias genético-evolutivas, es de es- casa relevancia para su teorizacion metapsicol6gica y “a fortiori” psi copatologica. La presunta activ dad adictogena del objeto que desde el modelo médico (etiolo- gia, patogenia, terapéutica), expli- caria de una manera sencilla la asistencia y la prevencién de la adiccién, no llega a dar cuenta de las exentas de efectos farmacologi- cos que, de acuerdo a ciertas co- rrientes de pensamiento, ni si- quicra estarfan incluidas entre las adicciones. De este tenor, no se definirian como adicciones, ni la bulimia, ni el juego, por citar s6lo dos ejemplos incontrovertibles Desde nuestro punto de vista, por €l contrario, la ausencia de efectos psicotropicos le confieren a las adicciones no toxicas el privilegio de constituirse en un trastorno adictivo sin efectos farmacolégi- os, vale decir, sin intesferencias en la investigacién del fenémeno adictivo. Si con el fin de presentarnos el fenémeno adictivo, casi en estado de pureza, adoptamos a la bulimia adictiva como paradigma, debe- mos, a renglon seguido, ocupar- nos de otro obstéculo que ha co- brado la forma de una postura re- duccionista. Adclantamos, no cre- emos que se trate de pacientes que por alguna raz6n “constitucional” resenten una aumentada cuanti- ficacién pulsional que, frustracion mediante, haria regresar a estos pacientes con extrema facilidad a puntos de fijacion. En ta practica, ésta es una verdad tan general co- ‘mo iniitil. No obstante, a pesar de estas conocidas actitudes (nosolo- gismo y reduccionismo), conta- mos con el conocido modelo de las escisiones del yo, radar que nos brinda diferentes posibilida- des en virtud de las que no nos extraviaremos en esta densa nebll- na, podremos ordenar la ruta co- rrectamente y discriminar sus ata- jos y recurrencias. Asi pues, me- diante esta guia conceptual, detec- taremos en el paciente una parti- cular heterogencidad, a saber: la presencia sucesiva o’simultanea de una parte que incorpora y otra que expulsa, las diferentes calida- des de incorporaciones y expulsio- nes, y en ocasiones el vinculo nar- cisista que las organiza. Definicion Desde nuestro punto de vista conceptualizamos a los fenome- nos adictivos intrinsecos a la per- versién, la que a su vez, la consi- deramos vertebrada, aunque no exclusivamente, por el eje sado- masoquista(7, 11, 17). Esa suscin- ta definicién no nos exime de in- troducir la dificil conjuncién que se da en la pervesion y por ende en la adiccidn, pues, en tanto lle- van el sello de la mondtona repe- ticion, no importa cuales sean sus exGticas retéricas, aparecen esca- samente Imaginativas en sus ex- presiones. Ahora bien, tropezare- ‘mos por otra parte con que a pe- sar de su aparente simplicidad, ofrecen serias dificultades para su teorizacién psicopatolégica. Valga un simple ejemplo: la bulimia es una forma encubierta de anorexia, asi como esta titima incluye nece- sariamente a la primera y més allé de supuestas formulaciones verba- les se impone una articulacion conceptual que suponga nociones instrumentales. Por ello, ademas de contar con definiciones preci- sas y con un campo operacional claramente delimitado en el en- cuadre analitico, es menester, si intentamos adentrarnos en esta abigarrada patologia, (simple en su expresion sintomatica y de difi- cil acceso metapsicolégico) cons- truir herramientas conceptuales y, sobre todo, ordenarlas conforme a prioridades no excluyentes. Segtin nuestro criterio, antes de intere- sarnos en el objeto(8), (fetiche) y la alteracién yoica(8, 10), (esci- sién, desmentida) creemos de va- lor heuristico iniciar nuestra inda- gacién interrogindonos acerca de Ja naturaleza del supery. Guiados por estas reflexiones, no nos apar- taremos demasiado del itinerario VERTEX 43 privilegiado que supone la investi- gacion de la adiccién en la misma experiencia analitica, esto es, acer- carnos a la indagacion de la crisis bulimica en al marco de lo vivido en [a relacion transferencia-con- tratransferencia, Supery6 y perversion El aparato psiquico, al que pre- ferimos conceptualizar como una internalizacién del discurso com- prende, desde sus origenes, una complejidad que abarca a todos Jos integrantes de la conversacién: os sujetos-personajes, sus discur- 0s interiores, el texto que los vin- cula y/o la atmésfera-escenario-es- cenografia-vestuario. El desarrollo del supery6, que segiin Freud, puede culminar en la “impersonalidad”, contlene en ¢s- te resultado de “texto” una doble faz; por un lado, uno de los ros- tros de Jano nos presenta en el su- ppery6 no personificado la mas ela- Dorada expresin del desarrollo psiquico; el otro, se sabe, nos en- sefla que la abstraccion de lo vivi- do puede rozar peligrosamente la enfermedad mental. Cuando la fractura entre el texto y el perso- naje se profundiza lo suficiente debemos encarar los problemas inherentes a la psicosis 0 a la prepsicosis; en otras palabras, un texto sin sujeto, puede devenir un extrafio personaje al que encon- traremos tanto en la “normali- dad” del supery6, cuanto en sus mas notorias perturbaciones. No intentaremos ahondar esas ideas que han sido tan fructiferas para la teorizacin del delirio y las alu- cinaciones, apenas queremos su- brayar que esa fractura, es una de las caracterfsticas del supery6 en las perversiones y adicciones, a sa- ber: “un superyé prealucinatorio”, semejante al que Freud descubrie- ra para las complejas transaccio- nes en el area del narcisismo, Cu- riosamente, a pesar de sus groseras alteraciones, en tanto los efectos queden confinados a los limites del yo, sea mental 0 corporal, con- serva en apariencia sus funciones. ues bien, la naturaleza de este su- pery6, la encontrarenmos expues- ta Inequivocamente en la conoci- da actividad y pasividad provoca- tiva, que da lugar a maltrato “de todo orden” que suelen ocupar prolongados periodos del analisis en los pacientes con tendencia adictivas. En cuanto despejemos la atmésfera transferencial, nos en- contraremos con un mandato im- personal que exige consumir: su- puesto goce autodestructivo. Para facilitar su intuicion necesitaremos situarlo como una antesala del es- quizofrénico consumo de ideas, que (ya en el campo alucinatorio), provocaria un aparato de influen- Gia con su consiguiente “lavado de cerebro”. En cualquiera de estos modelos, es evidente que el adicto deja de ser, como pretende serlo, un agente activo del consumo pa- ra transformarse en un mero re- ceptor pasivo. Tal como Io seftala- ra Freud(4) para la melancolfa, pa- sa de sujeto a objeto Mandato adictivo Prosiguiendo esta linea de pen- samiento nos limitaremos al ciclo bulimico presentandolo como un modelo de lo esencial de la acti- tud adictiva. Seftalaremos, en par- ticular, algunas de las razones que dan cuenta de la insaciabilidad, a saber: el estado de dependencia y tolerancia que junto al de absti- nencia constituyen las caracteristi- cas definitorias con que el pensa- miento psiquidtrico encuadra a la adiccion. ‘Como todas las adicciones, la bulimia adictiva Nega a capturar casi por entero a la personalidad, lo que resta, es casi un pretexto 0 una disculpa. Asi, la mente de es- tos pacientes gita en exclusiva al- rededor de la ingesta y las excre- tas. Conviene agregar que ademas de los trastornos de la ingesta, to- das y cada una de las expresiones de vida pueden tornarse adictivas , en su defecto, 1a manifestacion de una defensa contra la adiccién Practicamente, ningin aspecto de la existencia queda librado de esa esclavitud: los tratamientos, in- cluido el analitico, no podrian ser una excepcién. Acuden al auxilio terapéutico desesperanzados, des- pués de haber claudicado en su lu- cha obsesiva contra la adiccion 0 en un estado de complacencia casi suicida con la misma. Suelen ha- cerlo acompanados por algin fa- miliar, mantienen escasa concien- cia de enfermedad y una_minima esperanza de curacién. Casi siem= pre, se acercan con el propésito de continuar con un “consumo com- patible”; es obvio, para lograr esta transaccién exigen que el analista modifique su técnica o su panora- ma teorico. La aproximactén psicoanalitica efectuada en tales condiciones, to- da vez que ha sido posible su per- versién, (entendiéndose aqui por perversién el burdo o sutil tras- trueque en sus fundamentos det método analitico), de inmediato se vislumbra la caracteristica de insaciabilidad que la distingue: un modo “sul generis” de iniciacion del tratamiento, a una resistencia por parte del analista a detectar Impasses, la proclividad a mante- ner analisis interminables y la ten- dencia a las interrupciones tan pronto como se alcance el umbral de la posicion depresiva, La nece- sidad de incrementar la dosis, sea de Io que fuere, (lo que se ha de- nominado desde la perspectiva psiquiatrica estado de dependen- cia-tolerancia) puede, sin menos- cabo, ser entendida desde la teoria icoanalitica como un particular ingreso en cl circuito sadomaso- quista. La insaciabilidad, la impo- sibilidad de controlarse y detener- Se, que por cierto, no es patrimo- nio de la builimia, se expresa en el anilisis por una interminable de- manda del analista en detrimento de sus interpretaciones; constitu- yendo esta, la manera més habi- tual de instalar la escena perversa en la transferencia, La magnitud de ese fenémeno, su manifesta- cién en la transferencia y en la contratransferencia, nos permite detectar los efectos de un superyé muy particular, en el que no deja de ser Hamativo su similaridad con lo que Bion(1), habia deno- minado objetos bizarros. Es bien conocido que nuestro autor deno- mina con ese término a un confu- so conglomerado de objetos del mundo externo, partes del self y del supery6 (incluyendo sus res- pectivas funciones). Si bien ta na- turaleza confusionante del funcio- namiento de esa seudointegracion compromete todos los niveles, en el caso de la bulimia adictiva, afecta en especial las transaccio- nes que se llevan a cabo entre el cuerpo y el mundo externo; para decirlo de un modo mas apropia- VERTEX 44 do y preciso, entre el hambre y cl alimento. De esta manera, se lieva a cabo una vuelta contra si mismo que da lugar a una verdadera in- versin puistonal: el objeto (el ali- mento) se transforma en la fuente (cl hambre). El cuerpo deviene ob- eto de la pulsién y el que incre- menta su demanda sin cesar. Co- mo podemos apreciar, estamos en plena relacién sadomasoquista de Ja que podemos entrever sus efec- tos en la transferencia, Careciendo de la sensacién subjetiva de ham- bre, cuanto mas come, més "ganas de comer tiene”, pues contraria- mente a lo que sucede objetiva- mente, lo que Incorpora, no es otra cosa que hambre proyectada. iversos autores han descripto ge- néricamente estos hechos, perte- necientes, como es sabido a las perturbaciones en la reintroyec- ion. Adin asi, esta teorizacién so- bre la inversién pulsional, (vucita contra si mismo y transformacion en lo contrario), si bien describe aspectos fundamentals, no inclu- ye la total complejidad del fend- meno adictivo; de ahi, que para una buena préctica, sea imprescin- dible distinguir entre transferencia perversa (en tanto la desviaci6n del fin y objeto es comin a todas las transferencias) y “perversién de la transferencia”. Esta iitima es propia de la organizacion perversa y siempre comporta un sutil 0 burdo Acting Out que, indefecti- blemente, conlleva efectos contra- transferenciales con las consi- guientes actuaciones del analista Fragmentacién del Aparato Psiquico La bulimia, incluyendo el “rap- tus adictivo”, es un segmento par- ticularmente propicio para la in- vestigacion de los fendmenos adictivos en el marco de la trans- ferencia-contratransferencia. Des- de ahf, se nos hace evidente que, contrariamente a su apariencia de producto egosint6nico, esta con- formado pot un conjunto hetero- géneo de ingredientes de extrema conflictividad, baste un ejemplo: siempre coexisten el mandato de consumir anudado con acusacio- nes superydicas por haber consu- mido. Esta heterogeneidad, Inclu- yendo a un supery6, con quien el yo ha establecido una relacién masoquista, sitiia a estos pacientes en la compulsividad, da cuenta de sus transiciones desde y hacia ta obsesionalidad, y aleja definitiva- mente esta categoria con sti parti- cular manejo de ta culpa, de la mera impulsividad; explicando, a su vez, el facil deslizamiento des- de la obsesionalidad hacia el ver- tedero sadomasoquista de la ciclo- timia. EI mandato adictivo, es una or- den superyoica que al exigir un consumo insaciable, da lugar a fe- némenos de dependencia y absti- nencla, Dependencia, en tanto la relacién sadomasoquista, por defi nici6n, esta inclufda en la circula- ridad, recordemos el criminal por sentimiento de culpa(3). Absti- nencia, porque si el yo rehusa su castigo las demandas del Superyo se tornan incoercibles: reaccién terapéutica negativa(6). En el caso de la bulimia, este particular su- pery6 es un extrafio producto, re- sultado de que el registro de las funciones del yo corporal: ham- bre, sed, suefio, etc. han sido frag- mentadas y atomizadas junto a sus objetos internos. Como fo ha seflalado Bion, una vez expulsa- dos, penetran y se confunden con su objeto “natural”; de esa mane- ra, dejan de ser “apetecibles”, para transformarse en “mensajeros” de un imperativo: jTengo hambre de ti! Esta expresin ominosa, en que Jo concreto se animiza, no es otra cosa que el cortocircuito perverso adictivo. Naturalmente, la ingesta deviene altamente conflictiva y Confusionante. El paciente es obli- gado a consumir y acusado por e! consumo. Este “pattern”, al que consideramos comiin a perversio- nes y a las adicciones, requiere su Pronto teconocimiento para un adecuado manejo terapéutico y reventivo. En un tono menor, y a contra. Juz, se suma esta fragmentacion, a organizaci6n narcisista(17, 20), con sus tiranicas amenazas de muerte social y corporal. Los efec- tos confusionales de esta fabrica de discursos hiperbolicos, se sabe, ‘conducen a fa auto y heterodesca- lificaci6n, difamacion y despresti- gio, © a su converso de exaltada ‘admiracién. Lo que para algunos ‘autores es el representante interno del instinto. de muerte (parte del self destructivo fusionada e indis- tinguible de un objeto persecuto- tio), si bien no ejerce el protago- nismo del “raptus” adictivo, con- trola, a regién seguido a la perso- nalidad con la consiguiente pro- duceién de acusaciones y autoacu- saciones. De este modo, puede lle- gat a prevalecer con el fin de man- tener el “statu quo” en el eje sado- masoquista de la organizacion perversa. Dicho de otra manera y resumiendo: la fragmentacion provoca el cortocircuito perverso, la organizacion narcisista, el “stax tu quo” del mismo. La primera, es la responsable del “raptus adicti- vo", la segunda del descontrol de la ingesta que “previene” la sensa- cién de hambre. Perversi6n de la transferencia EI proceso analitico pervertido se caracteriza por una adiccién al anilisis, més bien, por un particu- lar ligamen con el analista como persona, La ausencia de emocio- nalidad en 1a atmésfera analitica, produce una suerte de calma nit- vanica, alterada por diversos nive- les de agresividad y/o erotizacién. La neurosis de transferencia brilla por su ausencia (19) y es sustitui- da por un intenso compromiso del analista. Como es bien conoci- do, constituye una formidable re- sistencia a la iniclacion genuina del tratamiento, acaso sea el mas claro exponente de lo que Freud denominé resistencia de transfe- rencia, ‘Toda vez que la situaci6n edipt- «a, y el objeto combinado femeni- no-masculino, ha sido escindido y dogradado, la posesividad adquie- re grandes proporciones. Se instala asi, una relacién sadomasoquista en la que el objeto materno, des- pojado de sus caracteristicas mas- Culinas es utilizado como un mero depésito de las identificaciones proyectivas; en cambio, la figura paterna, separada de su “locus” en el objeto combinado, deviene un falo cruel que fustiga con sus in- terpretaciones(17, 12). Como re- sultado, tenemos un fluctuante esterilizante sistema sadomaso- quista: por un lado, un objeto per- misivo, que tolera casi todo, por otro, una madre falica cruel que castiga lo que aquel permite. De esta suerte, se anudan, aqui en la VERTEX 45 Situaci6n transferencial 1a des- mentida(10) y el fetiche(8). La pri- mera es la madre félica, la segun- da el objeto complaciente. La dro- ga, representa alternativamente ambas situaciones. Este complejo fendmeno clinico, situado en el horizonte de cualquier estructura sintomatica, se aviene especial- mente con la obsesionalidad, y asimismo, da cuenta de sus proxi- midades, hacia e! triunfo manfaco 0 el reproche metancélico. La idea de excepcionalidad y objeto tinico, epicentro narcisista de la perversién de la transferen- cia, remite invariablemente a la de paciente tinico. La intensidad de la exclusividad con su consabida secuela, el par de opciones impres- cindible/descartable, provoca el consiguiente desgaste en la creati- vidad del objeto combinado pues no se admite otra cosa que no sea la fuerte presencia del analista en su cualidad no psicoanalitica. La tenacidad con que el paclente se adhiere a la figura det analista en detrimento de su relacion con el método, conduce a la situacion analitica hacia el desperiadero per- verso en el que 1a norma es 1a.os- Gilacién entre La calma apacigua- dora cuando la actuacion es acep- tada y la provocacion que puede llegar al velado chantaje criminal ‘cuando se la esclarece. Denuncias, calumnias y, en ditima instancia, a apelacion al suicidio, afloran junto a la intensa erotizacién, an- te el atisbo de la puesta en marcha del andlisis genuino como proce- so, Naturalmente que, si el tiempo transcurriera vale decir, st hipoté- ticamente se encontrara fuera del tiempo oscilante del sistema sado- masoquista, desde su comienzo tanto analista como analizado, tendrian que aceptar las ansieda- des inherentes a 2 natural posibi- lidad de su terminacién. Dependencia ¢ insaciabilidad Si el proceso analitico contingéa y la organizacion perversa es seve- ra, la conmocién que origina la fragmentacion del aparato psiqui- co, produce una multiplicidad de objetos y partes del self mental y corporal aglomerados. Por esta ra- 26n, la transferencia fluctia entre la tenacidad y la fragilidad. El “ac- ting-out”, desbordando la situa- ién analitica es la nota predomi- nante; el analista, a menudo, es acosado (del mismo modo que el paciente por su supery6) por Ila- mados exigentes de diferentes per- sonas que cuestionan, ponen en dud y acusan al analista por todo Jo que hace y, sobre todo, por lo que no hace. En la bulimia, tam- poco es infrecuente que se Jo acuse de ser extremadamente voraz y se pongan en tela de juicio sus hono- rarlos, el némero de sesiones, et tiempo de analisis, 1o poco que ha- ce 0 interpreta, etc, A menos que se cuente con un oportuno apoyo paraterapéutico, la intervencién de la parentela, amigos, policia, tribu- nales, tornan casi imposible la pro- secucién det proceso. Por otra parte, no podemos pa- sar por alto un hecho trascenden- te. Estos burdos “acting-out”, que ocurren necesariamente en todos los anélisis de adictos, son impor- tantes como indicadores de cam- bio, pues, demuestran que el pa- ciente ha pasado del mundo inani- mado antinatural, para ingresar en un mundo animado y temporal Caracterizada por la escalada de la dosis, la turbulencia en el pro- ceso terapéutico no es facil de so- brellevar. Cuanto mas se lo apaci- gua, més recrudece en intensidad, EI sesgo adictivo de la perversién, el raptus bulimico, ha pasado al primer plano de la transferencia, EI analista, deviene el receptaculo pasivo de fragmentos de la expe- riencia analitica representada por una plétora de “personajes”, car- gados de persecucién culposa. El protagonismo del proceso ha sido asumido por lo medular de la si- tuacién adictiva: los objetos biza- tos, ahora animados como “per- sonajes” invaden la situacion ana- litica, transformandola en una ex- periencia particularmente fragil. La posibilidad de contener el cata- clismo sin actuaciones grotescas es decisiva para el futuro del pacien- te. Obsérvese que, si se conserva la estrictez del método, tanto el sin- drome de dependencia como el de tolerancia, encuentran una expli- cacién y una posible continencia dentro de las clasicas coordenadas del psicoanilisis. Abstinencia ¢ insatisfaccion Cuando parte de la fragmenta- ci6n ha pasado @ una real integra- Gi6n y las mejorias han sido noto- rias, es posible que surja el sindro- Si bien el conglomerado de confusion continaa, merced a la decantacién contratransferencial y a los sucesivos esclarecimientos sobre la funcion del analista, el ‘método y las interpretaciones; en suma, en virtud de las limitacio- nes que lo definen, se han articu- lado integraciones significativas. ‘Sin embargo, la ingratitud y el su- petyé envidioso (ahora menos fragmentado), prosigue amena- zando con respuestas paradojales y reacciones terapéuticas negati- vas: verdaderos sindromes de abs- tinencia. El aislamiento del pa- ciente en su "bunker sacrifical”, mundo marginal en el que habita, se ve seriamente cuestionado. Hay “figuras” generosas que con inten- siva ambivalencia son rechazadas de diversas maneras. La imposibi- lidad de aceptar las limitaciones del método y de la persona, con- dicionan un verdadero desidera- tum entre “seguir muriendo” o se- guir viviendo, clamando por mo- mentos con desesperacin por el mesianismo del “gurd” 0 de la droga “salvadora”. Es en estos momentos cuando, fa organizacion narcisista tirdnica perpetua el “impasse” repeliendo toda ayuda del mundo externo y del interno, en tanto afloren aje- nos a su propia voluntad, vale de- ir, excéntricos a su obsesionall- dad, Son despreciados por igual sus objetos externos auténtica- mente protectores, como las pro- ducciones ms elevadas de su mente, El paciente produce duelos pero no es facil analizarlos. Venera su imprudencia, dice ser un hom- bre de suerte 0 un “jetta”, y dis- fruta de la adiccion cercana a la muerte como si fuera un acto de arrojo. Observamos, otra vez, la confusion superyéica aplicada al dominio de los valores éticos y es- téticos, encontrindose inmersos en el rea de la ingratitud envidio- sa con su consabida secuela de da- flos mentales y corporales, La es- Glavitud tiranica, tiene aqui su verdadera aplicacién. Para concluir, repetiremos lo que hemos sefialado mas arriba: la investigacion de cualquier organi- VERTEX 46 zacion nareisista, en su sesgo sa- do-masoquista, especialmente la circularidad adictiva, puede efec- tuarse desde distintos vértices, con a condici6n de que no se conside- re cl ingreso a esta circularidad co- mo el “primum movens”. Es ino- perante afirmar prioridades, cada punto de partida del ciclo sado- masoquista es, a su tumno, un ex- plicandum, ‘Trataremos a continuacién de incluirnos en otra perspectiva vin- culando los trastornos del esque- ma corporal, con’ un particular modelo discursivo, para ello nada ‘mejor que una ilustraci6n clinica Fragmento clinico — Prélogo La Sefiora A, una esbelta y atractiva mujer, en la cuarentena, pidié anélisis aparentemente mo- tivada por su impotencia frente a la rebeldia de tun hijo adolescente. Descubri a poco de comenzar, que sostenia una [deologia vegetaria- na, entre hinduista y teosdfica. Las sesiones transcurrian sin parti- culares sobresaltos, pues durante tun largo periodo habia concurrido, y cumplido con todas las “reglas” del contrato analitico que trancu- ria en un marco de rigida obse- sionalidad. Cada interpretacion que se le brindaba, no era discuti- da “acaloradamente” en la sesién, todo lo contrario, la pensaba cui- dadosamente para descartarla al por menor. Sus sesiones comenza- ban con: “Ud. me dijo ayer...”, “Estuve pensando este fin de se- mana en la altima sesién,... en tuna interpretacion suya equivoca- da”, frases que enhebraban el pro- ceso analitico como las cuentas de un rosario. Hasta aqui, diria es- quematicamente, que me enfren- taba con una neurosis de transfe- rencia de una paciente obsesiva: las cavilaciones de Ia Sra. A. se in- ternalizaban en la transferencia, cuestionando una por una, las in- terpretaciones que formulaba. Las dudas, sus discusiones intrapsiqui- cas, se habian convertido en una detallada discusi6n de cada inter- pretacion. Podrian sin duda ser mejores, mejor pensadas, mejor formuladas, etc. Yo. no le contra- decia, pues la Sra. A. tenia razén en todo lo que aducia, simple- mente para completat la obsesivi- dad, era algo porfiado: “insistia en interpretarle”. Lentamenta, fue acercandose a la sesin misma, una actitud de intensa provoca- cin, en la ya no solo las interpre- taciones, sino todo el anilisis era puesto cn cuestion (recuérdese su hijo adotescente).. Silenctos y argumentaciones in- tentaban convertir la experiencia analitica en una tarea altamente mortificante. Era cast imposible entenderla y sobre todo conseguir que la Sra. A. entendiera, que st continuaba discutiéndolo todo, su preocupacién apremiante (su ver- dadero deseo), de que el anilists no terminara se veria indefectible- mente cumplido. Pocas cosas hay tan torturantes en la interlocucién como la de no ser escuchado, cuando se tiene al- g0 que decir. Del mismo modo, mottifica sobremanera que se le exija a un oyente pronunciarse acerca de lo que no puede decir. @odria saber yo cuando termina- ria el anilisis? Apenas podria con- Jeturar que no podia comenzarlo, pues eso significaria que alguna vex. habria de terminar. Por otra parte, convenia no mencionar se- mejante hipétesis so pena de en- trar en una discusién inacabable. Es cierto que previamente la obse- sionalidad empantanada en un maremagnum de encrucijadas, rompecabezas, imposibilidades, habia dejado entrever mas de una vez una muda acusacion: éramos incompatibles. Ella queria un analista distinto (mejor) y pensa- a que yo deseaba otra paciente (mejor). Esta acusacién mutua, ‘cobr6 un amplitud exponencial, y Meg6 a su “climax” con una ac- tuaci6n en Ia transferencia que re- mitia hist6ricamente al nacimicn- to de una hermana cinco afios menor. Locorruptible ‘Como antecedente senialaré que Ia Sra. A., mantenfa separados sus alimentos de acuerdo a ciertos ri- tuales en los que se destacaban un envoltario de papel celofén; ade- més los alimentos tenian asigna- dos en la heladera lugares para ca- da uno v. gr. los lécteos en la par- te superior del habitéculo, las car- nes en la inferior. No podian cam- biarse de lugar, sin que se conta- minaran. He aqui, entonces, la que considero una secuencia sig- niificativa de sesiones. Primera Sesi6n. (Llega inusual- mente treinta minutos tarde). Destaca que salié de su oficina (que regentea con mano firme) con poco tiempo, que es probable que haya pasado un semsforo ém- bar 0 rojo, que la detuvo un pa- trullero; le exigié de varias mane- ras que lo sobornara, a lo que la Sra. A. después de algunos titube- (05 accedi6 “para no llegar tarde a la sesién”. La impresién contra- transferenclal que tuve (bastante intensa) fué de que nos acusaba- mos mutuamente de corrompi- dos. No le interpreté. Segunda Sesién; la Sra. A. aporta lun suefio: “Estaba en un lugar en el que habia una camilla inclinada como un tobogén, sobre la camilla habia una jovencita sin pelo en el pubis que me recuerda, a mi amiga 5. (hija de un analista), en otro Iu VERTEX 47 Lindner - Grabado gar yo estaba sentada junto a una persona grande y gorda como un Dios, tal vez Buda, sacaba una mo- neda no sé si era de metal 0 de chocolate y se la introducia por una ranura que tenia en el vientre, cl Dios era algo parecido a una al- cancia”. La paciente pricticamente no asoci6 y cualquier referencia a esta dificultad despertaba violen- a, por lo que decidi escuchar pa- sivamente su relato que aludia (con pormenores) a ta corrupcién en la Argentina. El patrullero la irritaba (a mi también). ‘Tercera Sesion y Cuarta Sesion. (Contintia enojada con el policia), practicamente no me deja interve- nir salvo para ganarme para su causa: la indignacién por la co- rrupci6n. Segunda Semana: En la primera sesion, a partir de dos o tres refe- renclas al suefio que lamaré “lo corruptible”, se sucedieron en las tres sesiones siguientes una serie de Hamadas telefonicas por parte del marido, parientes, el hijo “re- belde”, alertindome sobre la gra- vedad de una situacién que no al- canzaba a percibir y que culminé uno 0 dos meses més tarde cuan- do la Sra. A., me comunicd su pe- sadumbre por haberse largado a comer sin limites, habia ingerido came y pescado en abundancia y también habia consumido bebidas alcohélicas. Después de tantos afios habia aumentado diez kilos de peso, algo desconsolador para ella. Mi perspectiva era de un ané- lisis mucho més interesante que el anterior aunque tampoco era cuestién de discutitlo con la Sra. A. Nos detendremos aqui. En sesiones anteriores a la cri- sis, la Sra. A. se referia a dos de mis pacientes, motejandolos de “obesos”, le recordaban los “tap- tus bulimicos nocturnos”, de su adolescencia y el andlisis, entién- dase bien, el analisis tenia la cul- pa: los engordaba. Se sentia fea, deforme en realidad a consecuen- cia de los laxantes que comenz6 a ingerir, no era dificil conjeturar que se sentia una bolsa de mierda, ni organizar este material, vincu- 1andolo con su periodo de anore- xia a las interpretaciones y al pell- ‘gro de escucharme. Lo cierto era, que sea lo que fuera lo que dijese, la Sra. A. lo sentia inequivoca- mente como una acusacidn. Estos reproches més implicitos, que ma- nifiestos se constituian en un cir- cuito infernal, excepto, claro esté, que existiesen severas restriccio- nes tanto en ta comunicacion co- mo en las ingestas. Nétese, que el problema ademas de existir en su relacién con el mundo extemo, se torna crucial en el momento de la ingesta, esto es cuando se atravie- sa un ésfinter sea esta la boca en la ingesta o la oreja en el escuchar. Pienso, que lo “no dicho”, preva- lece con una fuerte presencia en la comunicacién humana, condicio- nando la postbilidad de una inter- locucién; ocurre tanto en Ia situa- cin analitica, como en la ordina- ria, el privilegio de la primera resi- de en la posibilidad de su explici- tacion. Estas reflexiones apuntan al mismo universo de hechos que describleran y conceptualizaran Freud y Abraham durante la se- gunda década del siglo y que con- tinuaran, entre otros autores, Klein y seguidores. No quiero ahondar en detalles que nos sacarian del tema, pero era indudable que me encontraba frente a un delirio somatico, una paciente esbelta y atractiva, se sentia como un cuerpo obeso y deforme. Cualquier evidencia ex- terna de adiposidad por minima que fuera, era vivida como mate- ria fecal, acompafiada de la sensa- cién de desprender mal olor, el que era compensado con un uso excesivo de perfume (exquisito). El ciclo comienza a establecerse con la adiccion o repulsa a cierto tipo de alimentos y sobre todo con su equivalente: la decidida preferencia, la idealizacion de las 6rdenes acusatorias. Una verdade- ra adicci6n, una trampa coprofégi- ca (se transforman en excremento al atravesar el esfinter, como lo demuestra el paso del seméforo) de la que le era muy dificil esca- par. Lo corruptible y las acusacio- nes pertinentes, (a diferencia del melancélico que instala una para- nola intrapsiquica) se dirigen, en un primer plano, desde la mente como “objetora” hacia la interiori- dad del cuerpo. A contraluz, y si el despliegue transferencial lo permi- te se vislumbra una relacion para- noica con el discurso interno de los otros, tal como lo demuestran os dos meses de andlisis. En ese caso, otra vez, estamos atrapados en pleno circuito adictivo. Epilogo y Conclusiones Podemios preguntarnos; {Bs esta paciente una adicta? {Qué rela- clén tiene este material clinico con la adiccion? Intentaré despejar el primer in- terrogante. La Sra. A. durante su pubertad y adolescencia padeci6, durante tres afios, de un trastorno bulimico, semejante al que se re- pitio durante tres semanas en su anilisis, que como es facil inferir, vacil6 entre la continuacién y la interrupcin. Tengo que confesar incapacidad para describir el lima que ante mi sorpresa se esta- ba desarrollando en este anilisis. La Sra. A., por supuesto, a mis ojos era una paciente bastante mas atractiva, inclusive fisicamente. VERTEX 48 No me he de ocupar de sus ansie- dades edipicas y su posesividad, porque configurarian un capitulo apatte y porque a mi entender, si bien tienen importancia en el de- sencadenamiento de la adiccion, no son lo esenciat de esta comuni- caci6n. Creo de especial interés, destacar en este periodo adictivo a imposibilidad de detenerse, el sdibito incremento de peso, la at- mésfera de las sesiones, la inocu- Jacion de culpa; por otra parte, la relacién perseguido-perseguidor comienza a ser externalizada, ex- presada “mentalmente” y mudada de ese lugar particularmente iner- cial: la cronicidad del cuerpo. En efecto, ya no era su cuerpo el que debia ser cuidadosamente “vigila- do” por ese patrullero sobornable al acecho de infractores que justi- ficaran su “coima’. La experfencla se actualizaba entre los dos y, tal como lo evidencia el suefio era yo el acusado de ineficaz y corrupto. Este clima, se reiteré, alcanzando cierta verosimilitud, cuando la Sra. A., me pag6 los honorarios; me entregé un sobre lo suficiente- mente abultado para que le pre- guntase:;Qué es esto? La Sra, A. respondié que correspondia a los honorarios. Comprobé que suma- ban casi el doble de lo reajustado. Cuando le restitui el dinero, 1a Sra. A,, me di6 a entender que lo habia hecho para “arreglar” mi conciencia fingiendo un presunto error en su escucha, Sin duda, mi paciente consumia vorazmente comida como reproches, en tanto, yo le reprochaba por ser reprocha- do y asi hasta nunca acabar. El su- peryoico patrullero, animado co- mo un petsonaje, entra en escena con su capacidad de cebarse en la culpabilidad de sus victimas me- diante ta exaccién, perpetuando la insaciabilidad con sus paraddjicas demandas. En suma, era preciso infringir las leyes para que la poli- ciacomiera, Mi impresion es que el consu- mo excesivo, 1a dependencia, la tolerancia, estan estrechamente vinculadas a este tipo de interlo- cucién apenas alusiva, que, si no se interpreta, pocas veces se mani- fiesta explicitamente, El problema de la Sra. A,, era diferente cuando organizaba su mundo, su helade- ra, 0 mi mente, (lo que no decia), que cuando tenia que vigilar y culpabilizar 1o que ocurria en su esquema corporal, En el primer caso una rigida obsesionalidad, una suerte de control omnipoten- te frente a la paranoia, En cl se- gundo, la amplitud de la escisién era tan escasa, que no solo eran Ideas stcias las que habitaban en la mente de los demas, lo peligro- so, era lo que se encontraba aloja- do en su cuerpo una vez que hu- biese traspasado el limite: la boca, la oreja, ete., adentro todo se pu- dre: Buda, remitia a Buda-pest y a 10s polos de Mazzorin. De todo esto entresacamos al gunas Inferencias. En la bulimia, se ingiere, se incorpora, a conse- ‘cuencia de una reproyeccion com- pleja y forzada que redunda en una “extrafia” internalizacién, mediante la que, se sitéa al vigi- lante corruptor en la mente y al feo corrupto en el cuerpo; corola- rio: cuanto mas se vigila, mas de- lincuentes hay. Esta extrafta rever- sién convierte, indefectiblemente, a las exigencias de este particular supery6 en adictivas. No es atrevido aventurar la im- tima vinculacién que mantienen estos hechos con el reproche me- lancélico, me animo a decir que es un grave error considerar a la bulimia como una defensa frente a la persecusion intrapsiquica, pues lo mismo podria sefalarse a Ia Inversa, ya que en lo esencial, Confusion y persecusién son esen- iales a la bulimia. Por otra parte, insisto una vez més, no es un sim- ple maniaco consumo coprofégi- Co, se torna excrementicio una vez que en Ia femtoria del pacien- teha sido internalizado, en la fan- tasia del paciente. Esto ocurre tan- to en el analista como en anali- zante, de modo que, este tipo de fenémenos son compatibles con anorexias y bulimia transferencia- les y, a fortiori, con una obesidad yuna delgadez extremas. Es posible que lo que conjetura- ‘mos en fa bulimia se repita en el alcoholismo y en otras adicciones, En las adieciones, el control obse- sivo de la relacion paranoide con la subjetividad del otro, en vez de transformarse en la incorporacion en una melancolia (paranoia in- terpsiquica) deviene una relacion Paranoica entre mente y cuerpo, con las ya consabidas consecuen- Gias. En tren de continuar con las hipétesis alrededor de este con- junto de hechos, propio del fun- Gionamiento de 1a parte psicética de la personalidad, podriamos arriesgarnos a subrayar sus articu- laciones y vaivenes. De este mo- do, la melancolia seria una rela- cién sadomasoquista desplegada en el escenario de la mente, perse- guidor-perseguido se instalan en la subjetividad, en la autoconcien- cia; la perversién funcionaria con 1 perseguidor-perseguido entre la mente ocupada por el supery6 co- rrupto enfrentado con la superfi- ie del cuerpo incluidos los esfin- teres; la adiccion se instituitia en- tre la mente y la interioridad del Cuerpo, (0 la superficie interior del cuerpo). Este vinculo perseguidor- perseguido comin a varias estruc- turas psicopatolégicas, que s6lo se diferencian por la predominancia de excitacién 0 ansiedad y por el espacio que ocupan, acaso exp! quen la gran facilidad con que la relacion paranoide toda vez que es mitigada por la tarea interpretati- ‘va, Se trasiada y cambia de lugar ml Bibliogaia 1. 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