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R. E.

BRENNAN

PSICOLOGIA
GENERAL
Prólogo de

FR. M. UBEDA PURKISS, O. P.


P r o fe s o r d e la E sa q ela de P s ic o lo g ía de Ir
Un iv e rsid a d de M adrid
D ireotor det C o le g io M a yor “ ¿ Q U I N A S "
Ciudad U n iversitaria de Madrid

EDICIONES MORATA
P a n d a oián d e J A V IE R M O R A T A , E d itor, bu 19»

MADRID (4 )
TITULO ORIGINAL DE LA OBItA

G E N E R A L PSYCHOLOGY
A Stu dy o f Man b a s e d on St. T hom as A qu in as
© Copjfriffth 1962 (Revised edition) in
the United States o f Amtriea by
TEE MACMILLAN COMPANY.
(Second Printing}
AJ1 rig h ts rea erv ed -n o part o f this b o o k m ay b e re-
p ro d u c e d in any form w ith ou t p e rm issio n in w riting
from th e p u b lish er, e x c e p t b y a re v ie w e r w ho
-wishes tu q u ote b r ie f p a ssa g e s in co n n e ctio n wjtb
a r e v ie w w ritten ‘f o r in olu slon In m agazine o r
n ew sp a p er.
First edition, Copyright 1937 bp
Tit* Macmillan Company.

E S P R O P I E D A D
D erechos R eservad os
de la v e r s ió n e s p a ñ o la
E D IC IO N E S M ORATA
Segunda edición, revisada
R e i m p r e s i ó n 1965
R e g is tr o n ú m ero 960-52
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O Thoma, laus et gloria
Praedicatorum Ordinis,
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J O S E P H C ELESTIN E T A Y L O R , O . P., S. T. L . R ., Ph. D .
B E N J A M IN U R B A N F A Y , O . P ., M . A -, Ph. L.

IMPRIMi potest:
T E R E N C E ST E P H E N M cD E R M O T T , O . P., S . T. Lr. LL. D .
Provincial

MIH1L OBSTAT:
J O H N M . A . F E A R N S , S . T. D .
Gewor L ib ro m m

IM P R IM A T U R :
* F R A N C IS C A R D IN A L S P E L L M A N .
Arxobiipo dr Jfotr Fori

u í í ostial e Im prim atur decla ra n oficia lm en te q u e tía Ubro o fo lle to se


B aila k b r e de e r r o r e s m ora les o d octrin a les. (E llo d o im p lica q u e estén d e
a c u e id o eoa el con ten id o , ias o p in io n e s o las a firm a cion es e xp resa d a s Dor
e l au tor.) F 1
INTRODUCCION A LA VERSION
CASTELLANA
POR

MANUEL UBEDA PURKISS, O, P.


P r o fe s o r de la E scu ela de P a le o lo g ía de la U n iversid a d d e M adrid
D ire c to r d el C oleg io M a y or “ A Q U IN A S ’ V C iud ad U n iversitaria (Aladrití;

El estudio de los procesos psíquicos en sus estructuras, mecanismos y


comportamientos, es objeto hoy de numerosos trabajos de carácter experi­
mental, inductivo y estadístico. Bajo este punto de vista, las abras de psico­
logía, inspiradas en el pensamiento de S a n i o T o m ás , son a menudo fruto de
una inducción no pocas veces insuficiente y una experiencia rudimenta­
ria, forzosamente limitada a la mera observación de datos groseros y con una
documentación a todas luces elemental.
Por otra parte, la ciencia actual, y en primer lugar la Psicología, que ha
llegado a una increíble depuración y especialización técnica, siente cada día
con mayor urgencia la necesidad de retornar a la unidad del hombre, im­
pulsada por una visión más dinámica de su realidad integral.
La psicología escolástica se preocupó de estudiar los fenómenos psíquicos
desde el punto de vista de su causalidad formal. Busca definiciones esencia­
les y procura encajar sus explicaciones dentro de la dinámica de los princi­
pios del ser en general y del ser móvil en particular (tránsito de la potencia
al acto). El substratum fisiológico u orgánico es reconocido, pero acerca de él
no se hace sino afirmaciones vagas.
La psicología experimental en sus distintas ramas ha avanzado> por él
contrario, en la línea de la causas material y eficiente, y, siguiendo el método
hipotético-deductivo, trata de alcanzar la máxima posibilidad de predicción,
de formular hipótesis con viabilidad experimental o técnica y de obtener
datos susceptibles de ser manipulados por la metodología estadística. Esta
orientación, ademást negó licitud científica, o simplemente otorgó un valor
histórico, a los postulados fundamentales propios de la psicología racional,
desarrollados por el pensamiento tradicional escolástico.
La escolástica, que nunca negó legitimidad al estudio experimental de
la mayoría de los problemas que trata la psicología, rara vez les prestó
la debida atención, y a menudo se preocupó más de la refutación de las
“ metafísicas" implicadas en las formulaciones teoréticas de los experimen-
talistas, que de intentar una verdadera integración de sus halla,zgos con
los principios de verdadera vigencia psicológica.
Esta tarea de integración es la que se propuso el P . B r e n n a n en la presen­
te obra, dedicada a estudiantes que por primera vez toman contacto con las
disciplinas psicológicas. A través de sus capítulos va discurriendo con cla­
ridad de conceptos sobre los problemas fundamentales de la psicología,
armonizando las ideas claves del pensamiento tomista con la interpreta­
ción que, de los fenómenos psíquicos, ofrecen las obras fundamentales de
la psicología experimental. El carácter escolar de la obra de B r e n n a n hace
que la orientación crítica y la investigación más profunda sobre problemas
BREN N AN , 1
2 Introducción

psicológicos fundamentales, que debe abordar todo intento de verdadera


integración, hayan tenido que quedar subordinados a la sencillez y claridad
pedagógicas. Por esto, y dada la escasez de publicaciones de esta índole al
alcance de los estudiantes de habla española, nos ha parecido que, en ser-
vicio a ellos, y teniendo también en cuenta la fecha ya avanzada desde
que se escribió el original de esta obra, la actualización en un breve resu­
men introductorio, de algún problema de los que plantean hoy las obras de
psicología experimental, y su análisis desde el punto de vista de lo que
podríamos llamar pensamiento psicológico tomista al día, podrá servirles
de ejemplo y orientación para ulteriores y más profundos estudios.

La revolución cartesiana escindió totalmente él mundo del espíritu del


de la materia, haciendo que toda psicología quedara reducida alternativa­
mente por unos u otros a metafísica idealista, a biología, o, más exacta­
mente, a fisiología del sistema nervioso o, en sus interpretaciones teoréti­
cas, a meros sistemas o " modelos" mecanicistas.
Esta última orientación fue la que dominó los tratados de psicología
experimental de inspiración behaviorista y, en buena parte también, algu­
nas interpretaciones de la psicología guestaltista. Gran parte de las obras
de psicología experimental hasta hace años, estaban inspiradas en el plan­
teamiento o interpretación que, de los fenómenos psíquicos, hacia el beha-
viorismo. En la actualidad el pensamiento psicológico se va abriendo cami­
no hacia interpretaciones más amplias, en las cuales el objeto de la
psicología trata de abarcar la integridad del hombre en su doble realidad
psíquica y somática.
La psicología significaba antiguamente, afirman los autores contem­
poráneos, tratado de la mente (no dirán del alma), pero hoy, continúan
diciendo, con visión estrictamente científica, constituye la ciencia de la
conducta, o, si se quiere, el estudio de la actividad observable de los suje­
tos. Es decir, que si la definición original de psicología se explícita en todo
su contenido, alcanzará no sólo al estudio de la mente en sí misma consi­
derada, sino en todas sus actividades que, tomadas conjuntamente, reciben
hoy la denominación de conducta.
En una primera y general mirada, nada habría que oponer a esta afir­
mación, salvo aclarar que la psicología “ antigua”, a menos que se desconoz­
ca su verdadero sentido, hecho harto frecuente en los autores modernos, si
bien tenia por objeto primordial el estudio del alma, incluía también el de
sus facultades o funciones, tanto superiores o intelectuales como senso­
riales, y en su doble vertiente cognoscitívo-tendencial, responsables en
último análisis, de los fenómenos de conducta. Pero, además, cuando se
analiza el valor que en el contexto de los autores modernos tiene el término
" mental” o "mente”, fácilmente se comprueba que ha sido reducido a mera
actividad del sistema nervioso, despojado de todo contenido psíquico.
El término "behavíoristícs” (denominación más actuat y menos radical
que la ya clásica de "behavíorism,')i se escribe hoy, se refiere al conoci­
miento de estos dos aspectos mente-conducta, objeto de la psicología; por­
que para alcanzar un conocimiento de la actividad de los sujetos (conduc­
ta) se requiere un conocimiento de lo que pasa por su mente, o más propia­
mente dicho, de las actividades correspondientes del sistema nervioso. Es
U. Ubeda Purkiss 3

decir, que según esta interpretación, común hoy entre los psicólogos, ¡os
llamados procesos mentales son identificados con la actividad más com­
pleja del sistema nervioso, con lo cual en la ecuación psiquissoma (cuerpo-
alma) la actividad psíquica queda reducida a los términos de un proceso
meramente nervioso. Hasta aquí condujo el dualismo cartesiano al pensa­
miento psicológico contemporáneo.
Consecuentes con esta interpretación, los grandes capítulos de la psi­
cología han sido despojados de su verdadero valor psíquico y reducidos a
mera reacción neuro-hormonal provocada por un estimulo simple o por una
situación estimulante compleja, sin que contenido subjetivo alguno, es de­
cir, de valor psíquico, intervenga en la respuesta.
El avance conseguido en estos últimos años por la psicología fisioló­
gica, obligó al behaviorismo a rectificar sus postulados más radicales y
admitir que entre el estimulo (S), recibido por los órganos sensoriales, y la
respuesta (R), ejecutada por los sistemas motor o visceral, existe un proce­
so llamado "central", “ autónomo”, "intrínseco” o, más recientemente, "in­
termediario”, del cual son responsables las estructuras más complejas del
sistema nervioso central. En virtud de este proceso, toda respuesta a una
situación-estimulante compleja tiene un carácter opcional, es decir, que
en ella interviene un factor llamado de "plasticidad” del sistema nervioso,
en virtud del cual la respuesta escapa en algún sentido a la determinación
tiránica y rígida que, según la interpretación mecanicista del behaviorismo,
imponía el estímulo.
La psicología conciencista actual ha sentido también la necesidad de
superar sus postulados más radicales, afirmando que el hombre no es pura
conciencia, y que, por tanto, no agota su realidad psíquica en la pura
intencionalidad; su conducta se revela como intencionalidad inserta en un
mundo de objetivaciones.
Así la psicología actual desde estas dos perspectivas, y desde otras a las
que se podría hacer alusión, pone de relieve el equívoco fundamental que se
encubría bajo la aparente simplicidad del dualismo cartesiano, al divorciar
los dos componentes que constituyen esa realidad psicofisiológica que es el
hombre; conciencia y cuerpo, psiquis y soma.
Si se recurre a los datos proporcionados por la experimentación animal,
tan cultivada actualmente, también la interpretación estrictamente meca­
nicista del behaviorismo radical se ha visto superada al comprobarse que
la cortesa cerebral, en la mayor parte de su actividad funcional, no operar
como se pretendía, a manera de una central que recibe "llamadas" de estí­
mulos y automáticamente funciona con respuestas preestablecidas, sino que
la cortesa cerebral en su actividad es "equipotencial”, es decir, que cada
zona puede funcionalmente sustituir a otras, haciéndose responsable de las
actividades de éstas. Es decir, que la corteza cerebral, que representa la
parte más diferenciada, o por así decir, más perfecta del sistema nervioso,
se adapta funcionalmente y en todo momento a las situaciones estimu­
lantes, que solicitan su actividad mediadora de una respuesta, tanto como
a circunstancias subjetivas.
Estas dos cualidades del sistema nervioso—equípot'encialidad y plasti­
cidad—son las que garantizan el carácter opcional, autónomo o indetermi­
4 Introducción

nado del conjunto de respuestas que, debidamente coordinadas, constitu­


yen los fenómenos de expresión de la conducta. —
La psicología actual se orienta, pues, por nuevos cauces; desde una
revisión de la posición concieneista, desde un behaviorismo renovado, y
desde las adquisiciones puramente experimentales de la psicología fisioló­
gica, la psicología se define hoy como ciencia de la conducta, entendida ésta,
no como mera actividad somática fneuro-hormonal principalmente), ni como
puro acto de conciencia, sino como actividad subjetlvada.
Estas nuevas tendencias no evitan que desde el campo de la pura expe­
rimentación, muchos autores sigan planteando, y hasta intentado resolver,
problemas psicológicos que, en su contenido, así como en 2a metodología
que le es adecuada, trascienden por completo los limites, síevipre reducidos,
de la técnica experimental.

Son muchas las obras de psicología experimental en las que el proble­


ma fundamental de la naturaleza de las relaciones del alma con el cuerpo
se plantea en los siguientes o similares términos:

“ El propósito de nuestra obra es cubrir todo el campo de la psi­


cología fisiológica: las reacciones de una célula nerviosa aislada o de
la fibra muscular; el tiempo de reacción de las articulaciones existen­
tes entre las células nerviosas (sinapsís); los niveles del sistema
nervioso; las reacciones plásticas del sistema nervioso en relación con
los fenómenos de aprendizaje; las reacciones de la corteza cerebral;
y, finalmente, las relaciones entre el cerebro y la mente.”
Y a continuación:
"He aquí algunas de las cuestiones fundamentales que nos plan­
teamos: Qué tipo de seres somos nosotros. Si estamos realmente
compuestos de dos “ substancias", espíritu y materia. Procesos que
intervienen en los fenómenos de percepción y volición. Cómo se re­
lacionan los estados de conciencia con las actividades cerebrales.
Cómo se relaciona esa entidad denominada el “yo” con esa cosa que
llamamos "cuerpo” .*
« D e sc a r t e s fracasó en su intento de dar respuesta a estos proble­
mas, porque su ciencia, demasiado primitiva, desacreditó a su sistema
dualísta-interaccionista. Los importantes avances conseguidos con
la técnica electrónica hacen posible que intentemos responder a estas
cuestiones, al menos en alguno de sus aspectos. Para este propósito
el dualismo cartesiano se hace válido como hipótesis de trabajo,
puesto que lo que se intenta obtener es un conocimiento científico
más profundo acerca de la naturaleza del hombre." *.

La lectura detenida de esta extensa cita dará al estudiante una idea de


cómo la ausencia de conocimientos epistemológicos, la ignorancia de lo que
a la elaboración científica aporta la lógica y la falta de ideas claras sobre
lo que es la estructura de la ciencia, lleva a tantos autores a mezclar, sin
discriminación alguna, cuestiones que pertenecen ya a la pura técnica
* Eccles, j. C.: The Neurophysiological Basis of Mind, 1952, Introduc­
ción.
M. Ubeda Purkiss 5

experimental, ya a las especulaciones de la ciencia filosófica y de la psico­


logía racional, campos Que exigen hábitos mentales y métodos científicos
bien diversos.

Al estudiar los mecanismos de la conducta, la primera cuestión que se


plantea la psicología es conocer cómo influyen en ella los procesos sensoria­
les y en qué medida son capaces de dirigirla y controlarla. Se sabe que su
influencia y control lo ejerce por medio del sistema nervioso, que, en esen­
cia constituye una sistema transmisor. El sistema nervioso, en su actividad
más elemental (movimiento reflejo), se comporta como simple “ línea” de
comunicación entre un estimulo (interno o externo) que, actuando sobre
los órganos de los sentidos, da origen a una actividad (neuro-sensorial),
que a través de las estructuras más complejas del cerebro, pone en función
actividades de respuesta a cargo de músculos y glándulas. Esta simple
acción transmisora puede complicarse con un determinado número de fac­
tores, dando lugar a mecanismos de respuesta mucho más complejos. El
análisis de estos procesos sensoriales lleva al psicólogo a plantearse qué
relación existe entre la complejidad de los mecanismos sensoriales y los
diversos niveles de conducta.
Esta inquisición, que a primera vista parecería fácil, encuentra serías
dificultades. Los hallazgos experimentales de las últimas décadas han con­
tribuido poderosamente al esclarecimiento del papel mediador que el sis­
tema nervioso juega en los procesos psíquicos; pero se está aún muy lejos
de poseer un conocimiento satisfactorio de la relación que existe entre
procesos neuro-hormonales y actividades sensoriales. Merced a las técnicas
experimentales, escribe A d r iá n , s e pueden seguir los impulsos nerviosos
desde los órganos receptores sensoriales hasta el cerebro, y desde éste a los
órganos ejecutores. Pero cuando se intenta descubrir los mecanismos últi­
mos de las funciones cerebrales en virtud de las cuales tieTie lugar la “ tra­
ducción” de las actividades propias de un estímulo sensorial a r e s p u e s t a s
s ig n if ic a t iv a s d e u n a c o n d u t a , "comienzan a surgir curiosas e intangibles
dificultades que las técnicas no llegan a alcanzar"'. Sobre estas “ curiosas
e intangibles dificultades” , la opinión de los psicólogos contemporáneos se
encuentra dividida: algunos creen que el desarrollo progresivo de las téc­
nicas electrónicas o similares pondrán con el tiempo en manos del cientí­
fico los instrumentos adecuados para descubrir hasta sus últimas conse­
cuencias los secretos de los fenómenos psico-somáticos; otros, más juiciosos
en el enfoque de estas cuestiones, afirman que el conocimiento último de
estos fenómenos, es decir, el llegar a alcanzar la n a t u r a le z a de ¡o s mismos,
es problema que, trascendiendo los límites del científico experimentalista,
compete a la filosofía de la naturaleza.
Y es que en este problema, como en casi todos los que se plantea la
psicología, subyace la eterna cuestión de la constitución del hombre en su
doble realidad corporal y anímica o psico-somática, como se enuncia hoy,
cuestión que compete a la psicología racional o, si se quiere, a la antropolo­
gía, ramas de la filosofía de la naturaleza que entienden en el estudio de las
r a z o n e s ú lt im a s de los fenómenos psíquicos que definen la conducta del
hombre.
6 Introducción

En él estudio de los d in a m is m o s s e n s o r ia le s en sus formas más comple­


tas, por ejemplo en los p r o c e s o s d e p e r c e p c ió n , la psicología experimental
implica, sin solución de continuidad, p r o c e s o s que pertenecen a niveles psí­
quicos diversos: el sensorial u orgánico y el intelectivo, estrictamente racio­
nal. Cierto que la realidad observable ofrece todos estos procesos confun­
didos y como expresión de la totalidad integral y unitaria que es el hombre.
Función propia de la ciencia es analizar esa realidad en su diversidad
fenomenológica, para mejor comprender cada uno de los componentes que
la integran, pero sin confundir funciones o procesos que pertenecen a nive­
les distintos. Después, y bajo los principios de la psicología racional, debe
reestructurar el resultado de dichos análisis en la totalidad integral con
que se ofrecen en la realidad.
Pero la psicología experimental desestimó el valor científico y hasta
negó licitud a los principios de la psicología racional, sin ayuda de los
cuales se hace difícil esa reestructuración de los fenómenos analizados en
la totalidad integrada del sujeto.
Lo cierto es que cuanto más a fondo se estudian estos principios, tal y
como fueron concebidos y formulados en las obras de S a n to T o m á s , y a la
vista de los estudios e interpretaciones de la psicología experimental actual,
más se llega al convencimiento de que entre ambos, y por estar situados
en un distinto nivel de conocimiento científico, lejos de existir contradic­
ción, se da una armonía que resplandece tanto más cuanto mayor y más
profunda es la comprensión de estos respectivos puntos de vista.
Una de las grandes dificultades que se presentan para realizar una
verdadera i n t e g r a c i ó n entre los principios psicológicos formulados por S anto
T o m á s , y ¡a s interpretaciones de la psicología experimental actual, está en
que precisamente por situarse en niveles distintos de conocimiento cientí­
fico no se pueden, como casi todos los autores intentan, establecer yuxta­
posiciones o paralelismos entre los términos y conceptos psicológicos utili­
zados por ambos puntos de vista. Las categorías psíquicas en ambos extre­
mos no son paralelas y es preciso “inventar” una terminología nueva que,
conservando el sentido verdadero de los conceptos, acerque entre si a los
que son a fin e s , por referirse a una misma realidad psíquica. Este ha de ser
el primer paso para poder alcanzar ulteriores entendimientos.
Un ejemplo: la psicología actual es eminentemente dinámica; al analizar
un fenómeno lo hace en función del p r o c e s o , es decir, del contexto de facto­
res o funciones en que se da dicho fenómeno. Esto es muy claro en cualquier
capitulo de la psicología. Así, se habla de los p r o c e s o s perceptivos, de la
motivación o del aprendizaje. Pues bien: cuanto más a fondo se estudia la
exposición que S an to T om ás hace de las teorías o interpretaciones que en
su sistema doctrinal corresponden a estos p r o c e s o s , s a lv a d a s las diferencias
que acabamos de s e ñ a la r , más se llega al convencimiento de que u n p r i n c i ­
p i o d e d in a m is m o i n t e g r a d o r d e d iv e r s a s f u n c i o n e s preside toda la concep­
ción formulada por S a n t o T om ás sobre estas cuestiones. Esto es a s í porque,
como ya se dijo, la psicología actual estudia los fenómenos psíquicos desde
el punto de vista de su causa material, es decir, analizándolos en sus detalles
morfológicos, estructurales o funcionales, mientras que la psicología d e s a r r o ­
ll a d a por S an to T om ás estudia la realidad psíquica desde el punto de vista
de Za causa formal, e s decir, de las r a z o n e s ú lt im a s , del p o r q u é, de la n a t u ­
M. Ubeda Purkiss 7

raleza, de todos los mecanismos que constituyen la “ materialidad teñóme-


nológica” de la realidad psíquica. Pero es precisamente en el conocimiento
de la formalidad que se encierra en todo fenómeno, donde verdaderamente
encontramos su contenido psíquico. Por esta razón las interpretaciones y
los conceptos de la psicología actual están tantas veces desprovistos de
contenido psicológico verdadero. Se trata, podríamos decir, de una psico­
logía extrínseca, esto es, planteada y vista desde los factores que determinan
la realidad psíquica, pero no desde esa realidad misma.
El tema de las bases orgánicas, y más concretamente nerviosas, de la
conciencia ha sido recientemente abordado en diversas reuniones científi­
cas y ■publicaciones colectivas.
En todas ellas se aprecia que la realidad experimental a la que se refie­
ren los distintos autores es radicalmente diversa y que el concepto de
conciencia tiene para cada uno significados totalmente distintos. Baste con
recoger algunas definiciones:
Conciencia es:

“El estado de excitabilidad general del organismo" (H e s s ).

“La integración misma, la relación de una parte funcionante con


otra” (S . C obb ).

“Es una integración experimentada o vivenciada” ( F ess a b d ).

“La existencia de algo llamado conciencia es una venerable hipó­


tesis; no un dato directamente observable, sino una inferencia de
otros hechos" (H ebb ).

“La conciencia de algo implica y depende de la habilidad de dife­


renciar el mundo del Yo, del mundo del no Yo” ( K übie ).

A partir de esta disparidad de conceptos, los experimentálístas intentan


responsabilizar a una determinada estructura del sistema nervioso central
de ser el substratum mediador de funciones tan diversamente concebidas.
De aquí podemos deducir: primero, que cuando distintos autores emplean
el término de conciencia están refiriéndose a funciones o realidades com­
pletamente diversas. Segundo, si esto es así, ¿cómo se puede afirmar que
funciones o realidades tan dispares puedan tener como substratum orgáni­
co la misma estructura o la misma base funcional en el sistema nervioso?
Se incurre en estas contradicciones por aplicar el término de conciencia en
un sentido univoco, tanto a la conciencia inferior o experiencia sensorial,
como a la superior o experiencia de la propia realidad subjetivo-personai.
A la vista de estas definiciones podemos observar también cómo se
confunden, como si se tratara de una sola y única realidad, la conciencia
sensorial, es decir, la experiencia que el sujeto tiene de “ haber sentido" algo,
con la conciencia de orden superior, en virtud de la cual el sujeto se expe­
rimenta o vivencia como un ser cerrad o sobre sí mismo, capaz de volver
sobre sus actos, y abierto a la realidad circundante; es decir, la experiencia
de ser un “yo” .
La psicología de S an t o T om As estudia con profundidad el concepto aná­
8 Introducción

logo de la conciencia. A la concieticia sensorial llega, mediante un minucioso


análisis de los elementos funcionales (pie integran el proceso de la síntesis
perceptiva.
Acerca del proceso perceptivo, la psicología actual se esfuerza por descu­
brir la naturaleza de la síntesis perceptiva. Reduciendo este problema a
términos neuronales, investiga acerca de la interrelación de los complicados
circuitos cerebrales, y en el conocimiento de estos procesos intenta encon­
trar respuesta satisfactoria a este problema. Hoy por hoy, todo lo que sabe­
mos es que la actividad de los órganos de los sentidos se proyecta sobre unas
determinadas zonas de la corteza cerebral y que allí, en una red de compli­
cados circuitos neuronales, con funciones integradoras más complejas todar-
vía, tiene lugar el proceso que denominamos intermediario, de carácter
psicofisiològico, en virtud del cual el sujeto percibe la unidad del objeto,
que en su realidad física está constituido por una serie de cualidades sensi­
bles (forma, color, peso, olor, etc.).
S an to T om ás estudia el proceso perceptivo, pero naturalmente no desde el
punto de vista de las estructuras y funciones nerviosas que intervienen en él,
sino desde su formalidad y realidad psíquica sensorial, en la cual intervie­
nen determinados órganos (causa material).
Esta primera y rudimentaria experiencia del orden subjetivo, que es la
síntesis perceptiva, corresponde al llamado “ sensus communis” , que es
concebido como proceso de integración objetivo-subjetivo-sensorial prima­
rio. Por definición competen a este proceso dos funciones:

Primera. Función de integración objetiva, en virtud de la cual las


diversas cualidades se7 isib les, r e c ib id a s independientemente por ios
distintos sentidos externos, son experimentadas y distinguidas por el
sujeto como diferentes unas de otras, y son, además, reconocidas por
él en una primera síntesis perceptivo-objetíva, como pertenecientes a
una única realidad física: el objetivo-estímulo.

Segunda. Función de integración subjetiva primaria. La síntesis


comparativa-abstractiva de las diversas cualidades sensibles es posible
porque la actividad de los diversos sentidos es resumida o integrada
por una función superior—la del sensus communis—en virtud de la
cual la actividad de los distintos sentidos es referida a la unidad del
sujeto sentiente: las diversas inmutaciones sensoriales que me llegan
a través de mis diversos órganos de los sentidos me afectan y las
percibo incorporadas o integradas en la unidad viviente, o vital, de mi
propio ser sentiente.

Por la síntesis sensorial o integración primaria que realiza el sensus com­


munis, la actividad sensorial original se perfecciona, se inmaterializa (con­
cepto característico de la psicología de S an to T o m á s ), al hacerse consciente
y revelar, por una parte, la dualidad implícita en la unidad acto-objeto, y,
por otra, evidencia también la unidad del sujeto que percibe y reconoce la
pluralidad de cualidades sensibles en la síntesis perceptiva del objeto total.
Es decir, que, en último análisis, la unidad del objeto (diverso en cuanto
a sus cualidades sensibles como cosa o realidad física) es reconocido en vir­
M. Ubeda Purkiss 9

tud de la función integradora perceptiva que supone la experiencia subje­


tiva de la unidad vital de un sujeto sentiente. Y es en esta síntesis, encuen­
tro o asimilación subjetivo-objetiva en donde está, para la psicología de
S a n t o T ocias , la razón última del proceso perceptivo-sensorial.
Claro £stá que siendo la actividad sensorial común al hombre y a los ani­
males, cabe preguntarse si la experiencia sensorial, tal y como la hemos
descrito, es aplicable también al animal. La cuestión es importante, porque
una de las objeciones más serias que puede y debe hacerse a la psicología
experimental, sobre todo a la de antecedentes behavioristas, es la de aplicar,
sin solución de continuidad, las conclusiones experimentales obtenidas en
animales, al ser humano.
La filosofía natural (y aquí del valor orientador de sus principios para
la ciencia experimental pura) afirma, que la naturalesa animal es de diversa
especie que la naturaleza humana, y que todas las funciones, por inferiores
que sean, se realizan participando de la naturalesa a la cual pertenecen. Es
decir, que la sensación que experimenta un animal no puede identificarse
con la sensación, fenómeno humano. Esta última participa de la superior
dignidad ontològica, racional, de la naturaleza humana. Y es precisamente
en la capacidad rudimentaria reflexiva o de “ subjetivación" de las cualida­
des sensibles donde se distinguen radicalmente la sensación humana y la
del animal. Aquélla, en virtud de la dignidad superior de la naturaleza racio­
nal, refleja o participa¡ bien que rudimentariamente, de la posibilidad que
tienen las facultades intelectuales de volver sobre sus propios actos, es decir,
de ser reflexivas.

El estudio de las funciones y actividades dei sistema nervioso central rea­


lizado en estos últimos años ha proporcionado datos de indudable valor,
relativos al conocimiento de lo que la psicologia escolástica denomina la
causa material de los procesos sensoriales.
Estos hallazgos revelan que la inmutación provocada por el estímulo
sigue a lo largo del sistema nervioso un doble recorrido. Uno ràpido, y en
virtud del cual el estímulo sensorial, " traducido” en forma de corriente de
impulsos nerviosos, llega hasta la corteza del cerebro y alli " proyecta” una
imagen que representa una réplica del objeto estimulante. Es decir, que la
forma de un objeto que, por ejemplo, se toca, es reproducida en la corteza
que denominamos táctil o somestésica, con dimensiones proporcionadas con
las de la realidad física de dicho objeto.
Igualmente la “figura que vemos’' tiene su correspondiente réplica en la
corteza visual: bien que en este caso, como en el de la audición, la corres­
pondencia proporcional entre el estímulo y su representación en la corteza
sensorial, visual y auditiva, se establezca según el factor temporal, esto es,
en términos de una determinada frecuencia.
Además de esta proyección estrictamente objetiva, se da otra, más lenta
que la anterior, es decir, que la primera le precede en unas décimas de mili-
segundo que, siguiendo vías nerviosas diferentes, alcanza estructuras del
sistema nervioso central que están en la vecindad de los centros vegetativos
o neuro-hormonales que regulan el ritmo vital del sujeto. Y, naturalmente,
ambas estructuras se relacionan funcionalmente de tal manera que la acti-
10 Introducción

vidad provocada por el estimulo sensorial, a través de estas vías, se integra


en la actividad que regula el ritmo vital del sujeto.
Finalmente, ambas actividades, la objetivante y la vital, se integran y
relacionan entre si en los dinamismos de integración última proye d ivo-
representativa y vegetativo-vital que se dan en la corteza cerebral como
estructura superior del sistema nervioso que actúa como substratum media­
dor en el proceso psico-fisiológico de síntesis subjetivo-objetiva.

Los análisis que acabamos de hacer no suponen más que un simple inten­
to de acercamiento entre los puntos de vista de la psicología de S an to T omás
y él estado actual de los conocimientos experimentales acerca del proceso
sensorial. Como se ve, este acercamiento no sólo es posible, sino fructífero,
pues con él ambos puntas de vista se enriquecen y completan mutuamente.
Ello exige un conocimiento crítico, y no de tal o cual dato o conclusión
experimental, más o menos provisional e insuficientemente verificada, sino
de la marcha general de la ciencia experimental en sus conclusiones adecua­
damente valoradas en su contexto experimental y en su interpretación
hipotético-deductiva. También exige una indagación de los principios de la
psicología de S an to T om á s , no limitándose al análisis textual de fórmulas
repetidas una y otra vez por sus comentaristas, o a consideraciones exegéti­
cas de valor puramente histórico de los textos de S an to T omás
En materia psicológica, y sobre todo en lo que se refiere a la psicología
de funciones orgánicas o sensoriales, la interpretación última de la doctrina
de S a n t o T om ás exige, si quiere ser científicamente fecunda, un conocimien­
to de primera mano de la ciencia experimental de nuestros días.

M. ü. P., o. p.
CONTENIDO

Págs.

Introducción a la versión española............................................................ 9


Prefacio a la edición revisada................................................................... 21
Prólogo a ¡a primera edición, por El Dr. Rudolf Alleus ................... 25
Gratitud ........................................................................................................ 35
1. Primera edición, 35.—2. Segunda edición, 36.

I n troducción ............................................................. .................................. 37

Capitulo 1.—LA PSICOLOGIA DE TOMAS DE AQUINO....................... 37


1. Los Caminos de la Sabiduría, 37.—2. Puntos de partida, 38.—
3. La Psicología de Santo Tomás, 40.—I. Método, 40.—n . Intros­
pección, 42.—HI. Contenido, 44.—4. Aquino y Aristóteles, 46.—
5. Aquino y la Psicología moderna, 48.
Bibliografía al Capítulo I ..................................................................... 50

•Capitulo 2.—CONCEPTO DE PSICOLOGIA GENERAL............ 51


1. Discusión terminológica, 51.—2. El Estudio del Hombre en cuan­
to hombre, 51.—3. El significado tomista de Ciencia, 52.—4. El
significado moderno de Ciencia, 54.—5. Psicología científica y
Psicología filosófica, 57.— 6. Noción de Psicología general, 59.—
7. El valor de la Psicología filosófica, 60.—8. El valor de la Psico­
logía científica, 81.
Bibliografia al Capítulo I I .................................................................. 63

Libro primero: VIDA VEGETATIVA

Sección I .— L a c i e n c i a d e l o r g a n is m o

Capítulo 3.—EL CONCEPTO DE VIDA ORGANICA................................ 67


1. Biología del organismo, 67.—2. Estructura de la célula, 68.—
I. Citoplasma, 68.—II, Núcleo, 69.—III, Composición química de
la célula, 70.—IV. El Cuerpo Humano, 71.—3. Funciones de la cé­
lula, 72.—I. Metabolismo, 72,—II. Crecimiento y Desarrollo, 72.
12 Contenido

Págs.

III. R e p r o d u c c i ó n , 72. — IV. M o v im ie n t o s d e a d a p ta c ió n , 73.—


V. C o m p o r t a m i e n t o v e g e t a t i v o del h o m b r e , 75.
Bibliografía al Capitulo 111 ................................................................. 76

Sección II.—F il o s o f ía de l a v id a o r g á n ic a

Capítulo 4 .—TEORIA DE LA MATERIA Y DE LA FORMA ........ ........ 77


1 Naturaleza de los cuerpos físicos, 77.—2. Noción de cambio acci­
dental y cambio sustancial, 77.—3. Implicaciones filosóficas del
cambio sustancial, 78.—4. Términos de la teoría de la materia y la
forma, 79.-^5. Valor de la teoría de la materia y la forma, 81.
Bibliografía al Capitulo IV ............................ .................................. 82

Capítulo 5.—NATURALEZA DE LA VIDA ORGANICA ........................ 85


1. Concepto filosófico de vida, 83.—2. Teorías mecanicistas de la
vida, 84.—I. Mecanicismo absoluto. 84.—II. Evolución emergen­
te, 85.—III. Mecanicismo teísta, 86.—3. Valoración de las teorías
mecanicistas, 86. — I. Mecanicismo absoluto, 86. — n . Evolución
emergente, 86.—III. Mecanicismo teísta, 88.—4. Teorías vitalicias
de la Vida, 88.—I. Teorías de la emergencia vital, 88.—II. Teoría
de la entelequia o del agente formativo de Dreesch, 89.—m . Teo­
ría aristotélica del principio vital, 90.—5. Valoración de las teorías
vítalistas, 91.—I. Teorías de la energía vital, 91.—II. Teoría de la
entelequia o del agente formativo de Driesch, 91.—III. Teoría
aristotélica del principio vital, 92.—A. Unidad biológica, 92.—
B. Finalidad intrínseca de las funciones vitales, 93.—C. Flexibilidad
de las propiedades vitales, 93.—D. Ley de la conservación, 94.—
6. Naturaleza del principio vital, 95.—I. Acto primero, 95.—II. Or­
ganismo natural y organizado, 95.—III. Organismo potencialmen­
te vivo, 96,
Bibliografía al Capítulo V ................................................................... 98

Capítulo 6.—ORIGEN Y DESTINO DE LA VIDA ORGANICA............. 99


1. Origen de la vida en la tierra, 99.—2. Teorías de la emergencia
absoluta, 100.—I. Formas de emergencia absoluta, 100.—II. Va­
loración, 101.—3. Teoría de la creación, 103,—I. Dios como origen
directo de la vida, 103.—II. Valoración, 103.—4. Teoría de la emer­
gencia restringida, 105.—I. Dios como origen indirecto de la
vida, 104.—II. Valoración, 104.—5. El origen de la vida orgánica
en el momento actual, 106.—6. La Causa final de la vida orgáni­
ca, 107.
Bibliografía al Capítulo VI ...................................... 108

Libro segundo: V ID A S E N S IT IV A

Sección I.—L a c ie n c ia de l a vida s e n s it iv a

Capítulo 7.—EL PROBLEMA DE LA CONCIENCIA ................................. 111


1. Significado de la conciencia, 111.—2. Escuelas Psicológicas, 113.
3. Estructuralísmo, 114.—4. Funcionalismo, 115,—5. Psicología Hór-
mica, 116.—6. Befiaviorismo o conductismo, 117.—7. Psicología
Contenido 13

Pág s.

agestáltica», o de la forma, 118.—8. Escuela psicoanalittca, 119.—


9. Comentario sobre las escuelas, 120.—10. Psicología tradicio­
nal, 121.
Bibliografía al Capítulo V I I ................................................................ 123

Capitulo 8.—LA BASE ORGANICA DE LA CONCIENCIA...................... 125


Parte I.— E structura del s is t e m a n e r v io so ... ... ...................................... 125
1. La Neurona, 125.—2. El Sistema nervioso cerebroespinal, 126.
3. El sistema nervioso autónomo, 128.
Parte II.—F u n cio n e s del s is t e m a n e r v i o s o ............. ........................ 129
1. Concepto de reflejo, 129.—2. Características del reflejo, 130.—
3. Reflejos simples, 130.—4. El reflejo condicionado, 131.
Bibliografía al Capítulo V l l l ................................................................ 133

Capítulo 9.—LA SENSACION...................................................................... 135


1. Concepto de sensación, 135.—2. Análisis de la sensación, 137.—
3. Cualidad de la sensación, 138.—4. Intensidad de la sensación,
139.—5. Duración de la sensación, 140.—6. El objeto en la con­
ciencia, 140.
Bibliografía al Capítulo I X ................................................................. 141

Capitulo 10.—SOMESTESIA ............. ........................ ............................. 14S


1. La Piel, 143.—2. Sensaciones táctiles o de presión, 144.—3. Sen­
saciones ¿olorosas, 145.—4. Sensaciones térmicas, 146.—5. Sensa­
ciones de movimiento, 147.—A, Músculos, 147.—B. Tendones, 147.
C. Articulaciones, 148.—6. Sensaciones de equilibrio, 148.—A. Equi­
librio estático, 148.—B. Equilibrio dinámico, 149.—7. Sensaciones
orgánicas, 150.—I. Necesidades corporales, 150.—II. Satisfacciones
corporales, 151.—III. Fatiga corporal, 172.—IV. Sensaciones que
acompañan a la enfermedad, 152.—V. Bienestar corporal, 153.
Bibliografía al Capítulo X .................................................................. 154

Capítulo 11.—LOS SENTIDOS QUIMICOS .............................................. 155


Parte primera.— E l O l f a t o ................................................................... 155
1. Organismos receptores, 155.—2. Estimulación, 156.—3. Cualidad,
156.—4. Umbral, 157.—5. Adaptación, 157.
Parte II.— E l G u s t o ............................................................................... 158
1. Organos receptores, 158.—2. Estimulación, 159.—3. Cualidad, 159.
4. Umbral, 160.—-5. Adaptación, 160.—6. Comparación entre el gus­
to y el olfato, 161.
Bibliografía al Capítulo X I ................................................................. 162

Capítulo 12.—LA AUDICION........................... . ... .................................. 163


1. Estimulo, 163.—2. Estructura del oido, 164.—I. Oído externo,
164.—n . Oido medio, 164.—III. Oído interno, 165.—3. Estimula­
ción, 166.—4. Sensaciones auditivas, 168.—I. Sonidos musicales,
168.—5. Teorías sobre la audición, 170.—I. Teoría de la resonancia,
170.—II. Teoría telefónica, 171.—III. Teoría de la descarga, 171.—
IV. Teoría de la configuración tonal, 172.
Bibliografía al Capítulo X I I ...................................... ....................... 172

Capítulo 13.—LA VISION............................................................................ 173


1. Estímulo, 173.—2. Estructura del ojo, 173.—3. Estimulación, 175.
14 Contenido

Págs.

4 Las maravillas de la visión del ojo, 176.—5. ScnsciciOiics visuales


cromáticas 176.—I. Matiz, 176.—n . Saturación, 177.—III. Bri­
llo 177 _0 Sensaciones acromáticas, 178.—7. Peculiaridades de
la 'respuesta visual. 179.—I. Adaptación a la luz y a la oscuridad,
179 _2i imagen consecutiva, 179.—III. Contraste cromático,
18q'__rv Ceguera cromática, 180.—8. Teoría de la duplicidad, 181.
9 Teoría de la visión cromàtica, 182.—I. Teoria de Y o u n g - H el -
m holtz , 182.—II. Teoria de H e r in g , 183.—HI. Teoria de Ladd-Fhan-
ot.tw, 183.—10. Resumen, 184.

Bibliografìa al Capitulo X I I I ............................................................... 185

Capítulo 14—SENTIDO COMUN Y PERCEPCION ................................. 187


1. Los sentidos internos, 187—2. Concento de sentido común, 188.
3. Los Objetos del sentido común, 188.—4. Naturaleza psicosomátí-
tica del sentido común, 189.—I. Elemento psíquico, 189.—II. El
elemento somático, 190.—5. Características espaciales de la Per­
cepción, 191.—I. Extensión en superficie, 191.—II. Forma, 192.—
n i. Solidez, 192.—IV. Distancia, 193.—V. Tamaño, 194.—VI. Mo­
vimiento, 194.—fi. Características temporales de la percepción, 195.
I. Duración, 196.—II. Ritmo, 197.—7. El sentido común y la teoría
<gestálticav, 198.—8. Particularidades de la percepción, 199.—I. Am­
bigüedades, 199.—n . Ilusiones, 201.—9. Fuentes de la ilusión, 202.—
10. Ilusión e Ilación, 204.—11. El papel de la percepción en el co­
nocimiento, 205.
Bibliografía al Capítulo X I V ............................................................... 206

Capitulo 15.—IMAGINACION .................................................................... 207


1. Concepto, 207.—2. Naturaleza psicosomàtica de la imaginación,
207.—I. Elemento psíquico, 207.—II. Elemento somático, 208.—
3. Diferenciación entre imagen y percepción, 209.—4. El efecto
motor de la imágenes, 210.—5. Tipos de imágenes, 210.—I. Imáge­
nes sensoriales, 210.—II. Imágenes eidéticas, 211.—III. Imágenes
alucinatorias, 212.—IV. Imágenes hípnagóglcas, 212.—6. Los sue­
ños, 212.—I. Estimulo, 213.—II. Interpretación, 213.—7. Imagina­
ción reproductora y creadora, 214.—8. Fapel de la imaginación en
la vida mental, 215.
Bibliografía al Capítulo XV ................................................ ............. 216

Capítulo XVL^-MEMORIA.......................................................................... 217


I, Concepto de memoria, 217.—2. Naturaleza psicosomática de la
memoria, 217.—I. Elemento psíquico, 217.—II. Elemento somáti­
co, 218.—3. Memoria y Reminiscencia, 219.— 4. Leyes de la asocia­
ción, 219.—5. El Aprendizaje, 220.—I. Curvas del aprendizaje, 220.
II. Materia del aprendizaje, 221.—III. Sujeto del aprendizaje, 222.
IV. Proceso del aprendizaje, 224.—6. Retención, 226.—I. Curva de
retención, 226.—II. Inhibición retroactiva, 227.—III. Cambios de
ambiente, 228.—7. <Testsv de asociación, 229.—8. Papel de la me­
moria en la vida mental, 230.—9. Reglas para cultivar la memo­
ria, 230.
Bibliografía al Capítulo X V I ............................................................... 231

Capitulo 17.—SENTIDO ESTIMATIVO E INSTINTO............................. 233


1, El Sentido estimativo, 233.—I. El sentido estimativo en el ani­
mal, 233.—n . El sentido estimativo en el hombre, 234.-2. Concep-
Contenido 15

Págs.

to del instinto, 234.—3. Naturaleza psicosomàtica del instinto, 235.


I. Elemento psíquico, 235.—II. Elemento somático, 236.—4. Carácter
finalista de los instintos, 23G.—5. Clasificación de los instintos, 237.
6. Desarrollo y modificación de los instintos, 238.—I. Desarrollo,
238.—II. Modificación, 239.—7. Teorías sobre el instinto, 240.—8. Va­
loración, 241.—I. Teoria del control reflejo, 241,—II. Teoría del
control intelectual, 241.—III, Teoria del control sensitivo, 242,—
9. Papel del instinto en el hombre, 243.—10. El sentido cogitativo
y la vida mental, 243.
Bibliografía al Capítulo X V I I .............................................................. .. 244

Capítulo 18,—VIDA EMOCIONAL Y CONDUCTA EXTERNA ............. ..245


Parte Primera.—Los A p e t it o s s e n s ib l e s ......................................... 245
1. Concepto de apetito, 245,—2. Tipos de apetito sensible, 245.—
3. Los actos del apetito sensible, 246.—I. Sentimiento, 247.—
H. Emoción, 248.—A, Causa eficiente, 248.—B. Causa formal, 249.—
C, Causa material, 249.—D. Causa final, 249.—4. Clasificación de
las emociones según Santo Tomás, 249,—5. Estudios experimen­
tales, 250.—I. Estímulos favorables y desfavorables, 250.—II. Pre­
sencia y ausencia de estímulo, 252.—in . La dificultad del estí­
mulo, 252.—IV. Inclinación y aversión, 253.—V, Factores de
tranquilidad y emergencia, 253.—6. Teorías sobre la emoción,
254.—I. Teoría de D a r w t n , 254.—II. Teoría de J a m e s - L a n g e , 254,—
III. Teoría talámica, 254.—IV, Otras teorías, 255.—V. Comentario
final sobre las teorías, 256.— 7. Control de las emociones, 257.
Parte II.—E l m o v im ie n t o local ....................... . ............................. 258
1. Significado de conducta externa, 258.—2. La conducta animal,
258.—3. La conducta humana, 259,
Bibliografía al Capitulo XVIII ......................................................... 260

Sección II.— F i l o s o f í a de l a vida s e n s i t i v a

Capítulo 19.—NATURALEZA DE LA VIDA SENSITIVA ........................ 261


1, Distinción entre la planta y el animal, 261,—2. El principio de
la vida sensitiva, 262.—I. Conocimiento, 252.—II. Orexis, 262.—
III. Comportamiento externo, 263.—3. El animal, compuesto de
alma y cuerpo, 264.—4. Unidad psicosomàtica del animal, 264.
Bibliografia al Capitulo X IX ............................................................. 265

Capítulo 20.—ORIGEN Y DESTINO DE LA VIDA ANIMAL................... 267


Parte primera.— C o n sid e ra c io n e s p r e l im in a r e s ............................ 267
' 1. Limites de la teorización científica, 267.—2. Dos principios filo­
sóficos, 267.—I. El principio de continuidad, 267.—n . El principio
de la proporción causal, 268.-3. Evolución y especie, 268-—I. La
especie en la ciencia, 269.—n . La especie en la filosofía, 269.
Parte II.—La evolución de l a s e s p e c i e s ............................................. 270
I. El hecho probable de la evolución. 270.—I. Paleontologia, 270.—
II. Genética, 270.—III. Factores activos de la naturaleza, 272.—
IV. Estudios comparativos, 272.—V. Conclusión, 274.—2. Teorías
de la evolución, 274.—I, Teoria de Darwin, 274.—II Teoría de La-
marck, 275,—III. Teoría de Buffon-Hilaire, 276.—IV. Teoría vita­
lista, 276.—3. La evolución del cuerpo humano, 277.—I. Anatomía,
277.—n . Embriología y fisiología, 278.—m . Organos rudimenta-
16 Contenido

Págs.

ríos 278—IV Paleontología, 279— a) Hombre de Kanam, 279.—


bj Hombre de Foxhall, 2 7 9 c> Pithecanthropus erectus (hom­
bre-mono erecto), 279.^-d) Sinanthropus Pekinensis (Chino de
Pekín) 279.—e) Hombre auroral de Piltdown, 280.—/; Hombre de
Rhodesia 280 —g) Hombre de Heidelberg, 280.—h) Hombres nean-
derthaloldes, 280.— Hombre de Cro-Magnon, 280—V. Conclu­
sión, 281.
Parte III.—E l o r ig e n de la vida a n im a l ........................................ 281
1 En sus comienzos, 281—I. Teoría de la emergencia absoluta,
281 __ii. Teoría de la creación, 282.—III. Teoría de la emergencia
restringida, 282.-2. En el presente, 283.
Parte IV.—E l d e s t in o de la v id a a n im a l ........................................ 2&4
Bibliografía al Capítulo X X .............................................................. 285

Libro tercero: VIDA INTELECTUAL

Sección I.— La c ie n c ia de l a v id a i n t e l e c t u a l

Capítulo 21.—LA MENTE HUMANA ........................................................ 28fl


1. Gama de las facultades humanas, 289.—2. Métodos de estudio,
289.—3. Concepto de inteligencia, 290.—4. Principios de la inte­
ligencia, 291.
Bibliografía al Capítulo X X I ............................................................. 293

Capitulo 22.—EL PROCESO CONCEPTUAL............................................. 295


1. Significado del término «concepto», 295.—2. El proceso concep­
tual, 297.—3. papel del fantasma en el conocimiento intelectual,
299.—4. Estudios experimentales, 300.
Bibliografía al Capítulo X X I I ............................................................. 302

Capitulo 23.—EL PROCESO DEL JUICIO ................................................ 303


1. Carácter discursivo del intelecto, 303.—2. Concepto de juicio,
303.—3. Proceso del juicio, 304.—Distinción entre conocimiento
sensitivo y conocimiento intelectual, 306.—5. Estudios experimen­
tales, 307.
Bibliografía al Capítulo XXIII ........................................................ 308

Capítulo 24.—EL PROCESO INFERENCIAL............................................. 309


1. Concepto de inferencia, 309.—2. El proceso inferencíal, 309.—
3. El proceso inferencial en la ciencia y la filosofía, 310.—4. Es­
tudios experimentales, 311.—5. La memoria como función del in­
telecto, 311.
Bibliografía al Capítulo XXIV ......................................................... 312

Capitulo 25.—MOTIVACION....................................................................... 313


1. Orexis intelectual, 313.—2. El motivo intelectual, 313.—3. Con­
diciones de la motivación, 314.—4. Estudios experimentales, 315.
Bibliografía al Capítulo XXV .......................................................... 310
Contenido 17

Págs.

•Capítulo 26.—VOLICION............. ............................................................. 317


I. Concepto de volición, 317,—2. Formas de volición, 317.—3. Ca­
racterísticas generales de la volición, 349.—4. Rasgos particulares
de ¡a elección, 319.—5. Tendencias determinantes de la voluntad,
320.—6. Estudios experimentales, 322.—I. El acto voluntario, 322,—
II. Medición de la fuerza de voluntad, 323.
Bibliografia al Capitulo XXVI ......................................................... 324

Capitulo 27.—LA ATENCION .................................................................... 325


1, Concepto de atención, 325.—2. Abstracción, 325.—3. Clases de
atención, 326.—4, Cualidades de la atención, 327.—I. Amplitud,
327.—II. Intensidad, 328.—III. Fluctuación, 328.—5. Fenómenos
relacionados con el proceso de la atención, 329.—I. Fenómenos de
precedencia, 330.—II, Fenómenos concomitantes, 331,—III, Fenó­
menos consecutivos, 331.—6. Teoría sobre la atención, 331.
Bibliografía al Capitulo XXVII ......................................................... 333

Capítulo 28.—ASOCIACION Y PENSAMIENTO CREADOR.................. 335


1. La asociación y el acto volimtario, 335.—2. Actividad libre de
las imágenes e ideas, 335.—3. Actividad controlada de las imáge­
nes, 336,—4, El pensamiento creador, 377.
Bibliografía al Capítulo X X V I II .......................................................... 339

Capítulo 29,—LA ACCION EN EL HOMBRE ........................................ 341


I. Concepto de conducta humana, 341.—2. Amplitud de la con­
ducta humana, 341.—3. Derivación de la conducta de la volición,
342.—4, Papel de la imaginación en la conducta controlada, 344.—
5. Conductas especiales, 347.—I. Reacciones de defensa, 344.—
II. Reacciones sustitutivas, 345,—III. Solución de conflictos, 345.
Bibliografía al Capitulo X X IX ......................................................... 346

Capitulo 30.—HABITO ................................................................................ 347


1. Concepto de hábito, 347.—I. Permanencia, 347.—II. Desarrollo
por la inteligencia y la voluntad, 348.—III. Rapidez, facilidad y
placer en la acción, 349.—2. Bases del hábito, 349.—3. Tipos de
hábito, 350.—4. Evolución del hábito, 350.—5. Refuerzo y debili­
tamiento del hábito, 352,—6. Teorías sobre el hábito, 353.—I. In­
terpretación behaviorista, 353.—II. Interpretación pslcoanalítica,
354.—III. Interpretación hórmica, 354.—7. Control de los hábitos,
354.—I. Cultivo de hábitos deseables, 354.—II. Eliminación de
hábitos indeseables, 355.—8. Función del hábito en la vida men­
tal, 356,
Bibliografía al Capítulo X X X ............................................................. 357

Capitulo 31.—EL YO ................................................................................... 359


1. Concepto del yo, 359.—2. Distiriciones del Ego, 359.—I, Yo psi­
cológico, 359.—II. Yo moral, 360.—III. Yo ontològico, 360.—3. Ex­
periencia del yo, 361.—I. Observación simple, 361.—II. Observación
científica, 362.—4. Naturaleza sustancial del Ego absoluto, 363.—
5. Introspección del yo, 363.—I. Sección transversal, 363,—II. Sec­
ción longitudinal, 364.—6. Cambios fenoménicos del Ego, 365,—
I. Cambios parciales, 365.—II, Cambios totales, 365.
Bibliografía al Capitulo X X X I ......................................................... 366
B rennan, 2
18 Contenido

Púgs.

367
1, Concepto de carácter, 367.-2, Elementos del carácter, 367.—
I Ambiente 367.—n . Herencia, 368.—III. Acción, 368.—IV. Reco­
nocimiento de valares, 369,—V. Hábitos, 369.—VI. Resumen, 370.—
3 Desarrollo genético del carácter, 371—I. La voluntad del poder,
371.__n . El sentimiento de inferioridad, 372.—III. Educación, 372.
IV, La Voluntad de comunidad, 372.—4. Maduración del carácter
y formación de la virtud, 373.—5. Tipos de carácter, 374.—
I. Juwg, 374.— II. K r e t s c h m e r , 374.—III, J a e n s c h , 375.—IV. H e x -
m an s, 376.— V . S p r a n g e r , 377.— 6. Carácter e ideales, 377.
Bibliografía al Capitulo X XX II ........................................................ 373

capitulo 33.—LAS FACULTADES ................................................... ........ 379


1. Acceso al problema, 379.—2. Análisis del objeto, 379.—3. Aná­
lisis del acto, 380.—4. Análisis de la facultad, 381.—I. Nivel ve­
getativo, 382,—II. Nivel sensitiva, 382.—III, Nivel intelectual, 383.
5. La Teoría de Aquino y la investigación moderna, 383.— I. Facul­
tades vegetativas, 383.—II. Facultades sensitivas, 384.—A) Facul­
tades cognoscitivas, 384.—B) Facultades apetitivas, 385.—C) Fa­
cultades motoras, 386.—III. Facultades intelectuales, 386.^6. La
psicología factorial y las facultades, 387.—7. Tests y medicio­
nes, 388.—8. Diferencias individuales, 389.
Biliografia al Capítulo X XXIII ......................................................... 390

Sección II.—F il o s o f ía de la vid a in t e l e c t u a l

Capítulo 34.—NATURALEZA DEL CONOCIMIENTO INTELECTUAL ... 391


1. Diversas escuelas, 391.—I. Sensualismo, 391.—II, Intelectualls-
mo, 392,—III. Realismo, 393.—2, Discusión entre las formas hu­
mana y animal de conocimiento, 395.—I. Lenguaje, 395.—II. Cul­
tura, 395.—HI. Moral, 396.—IV. Arte y estética, 396.—V. Reli­
gión, 397.—3. El principio de inmanencia, 398.
Bibliografía al Capitulo X X X I V ................................ ....................... 399

Capítulo 35.—NATURALEZA DE LA VOLICION .................................. 401


1. Diversas escuelas, 401.—2. Teorías del determinismo extremado,
401.—I. Determinismo físico, 401.—II. Determinismo biológico, 402.
m . Determinismo psicológico, 404.—3. Teorías del indeterminismo
extremado, 405.—4. Teoría del indeterminismo moderado, 405.—
I. Naturaleza de nuestro concepto del bien, 406.—II. Naturaleza
de nuestro método discursivo, 407.—III. Creencias y costumbres del
hombre, 408.—5, Libertad y estudios inductivos, 409.
Bibliografía al Capitulo XXXV ......................................................... 409

Capítulo 36.—NATURALEZA, ORIGEN Y DESTINO DEL ALMA HU­


MANA ................................................................................................. 411
I. Atributos del alma humana. 411.—I. Inmaterialidad, 411,—
II. Sustancialidad, 412.—m . Simplicidad, 413.—2. Naturaleza del
alma humana, 414.—3, Relaciones entre el cuerpo y él alma, 414.—
I. Monismo, 415.—II. Dualismo extremado, 415.—III. Dualismo
moderado, 416.—4. Pruebas de la unión sustancial, 416—I. Forma
sustancial, 416.—II. Sensaciones y Emociones, 417.—III. Interac­
ción de facultades, 417.—IV. Unidad del yo, 418.—V. Repugnancia
al sufrimiento y a la muerte, 418.—5. Origen del alma humana,
418.—I. Evolución emergente, 419.—IL Teorías de origen paterno
Contenido 19

Págs.

del alma, 419-—III. Emanación, 4X9.—IV. Creación, 420.—6. Tiem­


po de origen, 420.—I. Preexistencia, 420.—II. Transmigración, 421,
III. Teoria de las formas sucesivas, 421.—IV. Teoría de la forma
única, 422.—7. Destino del alma humana, 423.—I. Extinción, 423.—
II. Supervivencia impersonal, 423.—Ut. Supervivencia personal,
423.—Prueba ontològica, 424.—Prueba psicológica, 424.—Prueba
moral, 425.—8. Destino del cuerpo humano, 425.
Bibliografia al Capítulo X X X V I ........................................................ 426
Fuentes de la Psicología de Santo Tomás ............................................. 427
I n d ic e a l f a b é t ic o ....................................................................... ............................................. 435
PREFACIO A LA EDICION REVISADA

Actualm ente todo el m undo tiene conciencia del vasto desarrollo


que ha alcanzado la ciencia, y de los problemas que esto ha creado.
Su extensión y su com plejidad se han h ech o abrumadoras. En el des­
pertar de dicho desarrollo surge, además, la trascendental tarea de
relacionar e integrar su extenso caudal de datos y teorías.
Esto, que es cierto en general, refiriéndose a la ciencia, lo es tam ­
bién para la Psicología. Las investigaciones e Interpretaciones psico­
lógicas, prescindiendo de su m ayor o m enor valor, se han disem inado
tan am pliam ente, que es fá cil encontrarlas en cualquier sitio. Por
consiguiente, tanto al estudiante que solicite una breve preparación
psicológica com o al que desee profundizar en este cam po, o sim ple­
mente al lector de periódicos y revistas, le es difícil escapar a su
influencia. Pero, aunque la psicología cien tífica pretenda ayudar a
una persona a entenderse a sí m ism a y a entender a los demás, sin
embargo, sus efectos suelen ser a veces, m ás contraproducentes que
esclarecedores. El estudiante de psicología individual suele tener que
enfrentarse con una muy grande cantidad de inform ación sobre m a­
terias altam ente especializadas y com plicados cam pos de investiga­
ción, al m ismo tiem po que ignora el m odo de sintetizar estos co n o ci­
mientos y de llegar a un con cepto com prensible y fu ncional de la
totalidad del hom bre. Necesita, por esto, no sólo la inform ación, sino
tam bién integración, de m odo que le sea posible referir los hechos y
las teorías a un esquema coordinado y adecuado de la persona humana.
Y necesita, adem ás, con ocer cóm o se relaciona la ciencia de la psico­
logía con otras ciencias, con la realidad totalf y con el últim o sentido
y finalidad de la existencia humana, tanto en el tiem po com o en la
eternidad. Sólo así se halla en condiciones para valorizar el con ju n to
de datos psicológicos (vulgares) y cien tíficos con los que se encuentra,
no sólo en las aulas, sino en todas partes.
Esta integración y orientación, tan indispensables para la P sicolo­
gía m oderna y, sin em bargo, ausentes con tanta frecuencia de los
textos de Psicología general, h a sido el m óvil esencial de la obra del
padre B rennan, S u libro es una continuación de los resultados de
gran parte de las investigaciones m odernas con un punto de vista
finalista del ser hum ano, cosa que raram ente encontram os en los
estudios psicológicos. No es sorprendente, pues, que su texto haya
resultado tan efectivo a través del tiem po y que haya sido reeditado
tantas veces. Después de quince años de ser utilizado en num erosos
colegios superiores y universidades, este texto ha sido nuevam ente
22 Prefacio

revisado. El padre B rennan presenta esta revisión desde la riqueza de


perspectiva, dada por largos años en la enseñanza y por las sugeren­
cias de los profesores que han hecho uso de él durante años, y, com o
podrá observar el lector si com para el texto revisado con el original,
logrando una penetración m ayor aún en los fundam entos radicales
de la naturaleza hum ana. Esta obra revisada tendrá seguramente
m ayor difusión aún que la anterior.
Con el fin de provéerse de los m edios necesarios para la integra­
ción y orientación últim a del vasto desarrollo de la psicología m o­
derna, el padre B r e n n a n acude a los escritos de S a n t o T o m á s d e A q u i -
ito. No lo hace, sin em bargo, con intención meramente histórica, sino
com o ló haría un psicólogo m oderno am pliam ente fam iliarizado con
los puntos de vista actuales que encontrase aún en el pensamiento
vivo del D octor Angélico el m edio más com pleto y adecuado para la
integración y orientación de la ciencia, aun la de más alcance y
actualidad. Las ideas de S a n t o T o m á s son im portantes para el psicó­
logo y para todo pensador m oderno, no porque haya vivido y escrito
en el pasado, sino porque sus ideas, penetrando en las relaciones
últim as e inm ediatas de la realidad, continúan siendo consideradas
com o el retrato más com pleto y extenso del hom bre mismo y de su
sentido final. Así com o la m uñeca, sin haber visto los dedos parece
inútil, así tam bién a prim era vista, los principios filosóficos y los
conceptos teológicos n o parecen tener gran significación de tipo prác­
tico para las ciencias em píricas y en particular para la Psicología;
pero así com o los dedos mismos con sus miles de term inaciones ner­
viosas y sus com plejas relaciones anatóm icas serían prácticam ente
inútiles para el hom bre sin la coordin ación aportada por la m uñeca
y el antebrazo, igualm ente el com plejo desarrollo de las distintas
ramas de la psicología ganan en firm eza e integridad cuando es refe­
rido a la filosofía y a los principios teológicos tomistas.
La Psicología m oderna está volviendo a una visión personalista,
dando creciente énfasis a los aspectos psicosom áticos de la naturaleza
hum ana. Esta es tam bién la esencia de la psicología tomista. Por esta
razón, este punto de vista filosófico, básico de S a n t o T o m á s , provee
de un sólido cam po de acción y un m arco de referencia para la inter­
pretación de los resultados de los análisis de laboratorio y de los des­
cubrim ientos de la psicología clínica. Así. el carácter esencialmente
dinám ico del punto de vista tom ista nos proporciona los principios
que luego serán ilustrados y aclarados a través de los resultados de la
investigación científica.
Pero puesto que la psicología considerada com o un estudio del
hom bre en sí m ismo se orienta, naturalm ente, hacia la ética o fin a ­
lidad de los actos hum anos, y hacia la teología definidora de la m eta
y causa fin al del hom bre, el psicólogo cristiano no puede prescindir
com pletam ente de Dios com o ser sobrenatural; por esto dice S a n t o
T om ás:
«Todas las consideraciones de la razón hum ana dirigidas a orde­
nar las verdades de la ciencia tienen com o fin el conocim iento de la
ciencia divina (que e s la teología).» (Exposición del Libro de B o e c io
Ch. A. Curran 23

sobre ia Trinidad: lección 6, artículo I, respuesta a la tercera parte.)


He aquí el principio básico integrador del tomismo. S a n t o T o m á s ,
habría estado de acuerdo en que el hom bre es el tem a que debería
estudiar la hum anidad, pero habría aclarado posteriorm ente que el
fin último de este estudio debería ser Dios.
«La filosofía— dice Santo Tomás (y es seguro que incluye a la p si­
cología, considerada com o filosofía de la naturaleza hum ana)— sólo
es sabiduría en cuanto esté supeditada a la sabiduría divina... Sepa­
rada de Dios se convierte en una simpleza.» (Com entario a los Corin­
tios, I, capítulo 15, lección 5.)
A la luz de estas citas podem os afirm ar que si S anto T omás viviese
hoy, aún seguiría pensando a la vista de toda la ciencia m oderna que
una ciencia de la naturaleza del hom bre que no estuviese subordinada
a la verdadera filosofía, sería una simpleza.
La integración final sólo es posible si la ciencia del hombre se
dirige hacia una filosofía verdadera de la naturaleza hum ana que
esté orientada asimismo hacia el verdadero conocim iento de Dios.
El padre B r e n n a n ha expresado el credo del tom ism o m oderno así:
«Si somos verdaderos tomistas, debem os pensar y hablar en fu nción
de los problem as de nuestra época y vibrar con ellos.» (Essays in
Thomism, editado p or R o b e r t E. B r e n n a n , O. P „ Nueva Y ork: Sheed &
Ward 1942, p. 20; ed. española, Morata, Madrid, 1963) (*).
Este texto revisado de Psicología G eneral es una dem ostración de
la obra de un tom ista que vibra con su época y, al mism o tiempo,
ofrece al estudiante una visión del hom bre, com o criatura, cuyo últi­
m o destino es alcanzar a Dios.
C harles A . C u r r a n .

Seminario de St. Charles.


Columbia, Ohio.

(*) Ediciones Morata, Madrid - 4, tiene publicadas, además, las siguien­


tes obras del R. P. B r e n n a n , O. P.: Psicología General, Historia de la Psico­
logía, Psicología tomista, El maravilloso ser del hombre y Ensayos sobre el
tomismo.
PROLOGO A LA PRIMERA EDICION
POR EL DOCTOR

RUDOLF ALLERS, Viena

No es tarea fácil hacer la introducción de un tex to de este tipo*


especialm ente en un publico con el que me encu en tro poco fam iliari­
zado. Sin em bargo, estoy deseoso de asumir este riesgo, en la certeza
de que algunos valiosos rasgos del libro del d octor B r e n n a n deben ser
señalados de antem ano, y, además, porque el espíritu que anima al
tex to en tero es el que yo desearía encontrar en toda la psicología. Hay
dos cosas de las que estoy con ven cid o: La prim era es que la psicología
sólo puede esperar un progreso esencial si se arraiga en estratos filo­
sóficos; la segunda, quet en tre todas las corrientes filosóficas, la que
ha elegido el d octor B r e n n a n , com o fundam ento de sus teorías, es,
con mucho, la más adecuada para una auténtica ciencia de la n atu­
raleza humana. Ambas aseveraciones pueden dar lugar a exten sa dis­
cusión, pero lo realm en te im portante es que sean captadas por el estu ­
diante antes de que com ien ce a trabajar en este libro.

La Psicología fu e la últim a de las ciencias naturales que se separó


de la Filosofía. D e hech o, hasta la prim era mitad del siglo X IX , prác­
ticam ente toda contribución al cam po de la Psicología fu e de carácter
filosófico, y aún hoy se conservan huellas de esta antigua unión.
G u s t a v T h e o d o r F e c h n e r y W i l h e m W u k d t , considerados com o los
fundadores de la Psicología m oderna, fu eron ambos com peten tes filó­
sofos, y W i l l i a m J a m e s era, por lo m enos, tan buen filósofo com o
psicólogo. Sin em bargo, desde que la Psicología se instituyó com o una
ciencia apartet hace aproxim adam ente un siglo, la tendencia general
se ha inclinado hacia la separación de las dos disciplinas. La verdad
es que la filosofía misma, especialm ente las ideas de H e g e l y de
S c h e l l i n g , en Alemania, fu eron causantes del descrédito hacia la es­
peculación que surgió en tre los cien tíficos, para quienes sólo los
hechos contaban. A ctualm ente, oím os hablar bastante más de filoso­
fía que hace treinta años, y n uevam ente parece ganar terren o la idea
de que la especulación filosófica no es del todo inútil, aun para la
ciencia empírica.
La Psicología es un tipo de ciencia m uy característico. Su peculia­
ridad no ha sido quizá su ficien tem en te reconocida. Es d iferente de
cualquier otra ciencia que trate de hech os reales, d iferente de la
26 Prólogo

biología y de la física, de la sociología y de la historia. .Esta d iferen­


cia, sin em bargo, n o es la que debería desprenderse del tem a tratado.
La Física, por ejem p lo, se diferencia de la historia en que cada una
trata de u n aspecto distinto de la realidad. Pero todas las ciencias,
a excep ción de la Psicología, tien en que ver únicam ente con los hechos
que estudian, siéndoles posible perm anecer dentro de sus propios
límites. El físico aplica sus m étodos de estudio a los objetos físicos, y
allí term ina su labor. Si desease desarrollar una filosofía de la física,
cesaría autom áticam ente de ser un físico y se convertiría en un filó­
sofo. Esto mismo puede aplicarse al historiador, al biólogo y al soció­
logo; pero, repetim os, el caso de la Psicología es diferente. La Psico­
logía es la ciencia de la experiencia interior y así seguirá siendo, a
pesar de que los behavioristas o los psicólogos objetivistas no estén
de acuerdo con esto , ¿No le es posible al conductista hablar de con ­
ducta, sólo porque con oce de antem ano, por la introspección, el sig­
nificado de este térm in o? Y, cierta m en te, el psicólogo objetivista no
podría darle sentido a su ciencia si no hubiese una psicología su bje­
tiva para oponerla a suya. Pero la experiencia interior es siem pre
experien cia de algo que con mucha frecu en cia no es fen óm en o m ental
en absoluto, sino un o b jeto, una res ad extra, com o decían los pensa­
dores m edievales. Las relaciones de estos objetos en tre sí y las leyes
que los gobiernan, determ inan el tipo y la sucesión de la experiencia
m ental a que nos vem os som etidos. El h ech o de que el color naranja
ocupe un lugar interm edio en tre el rojo y el amarillot no se debe a
ningún principio psicológico, sino a la estructura especial del mundo
de los colores. La evidencia y la necesidad asociadas a cualquier silogis­
m o al modus Darii— todos los hom bres son m ortales; Cayo es un hom ­
bre, luego Cayo es mortal—, no es el resultado de ninguna posible pecu­
liaridad de la m en te humana, sino de las leyes que rigen el mundo de la
lógica. La convicción general de que perseguir objtivos buenos es p re­
ferib le a perseguirlos malos— prescindiendo del modo com o definimos
e l bien y el mal— n o es un m ero h echo de la vida m ental, sino la con se­
cu en cia de que el bien esté dotado de un valor superior al mal. Por lo
m enos, un psicólogo cien tífico no puede objeta r que esto sea sólo apa­
riencia, y que, en realidad, eso que denom inam os color no existe, o que
la lógica es sim plem ente un producto de los procesos m entales, o que
ios valores sean sólo experiencias puram ente subjetivas. No le es posible
objetar esto, puesto que el color es experim entado com o algo distinto
e independíente de la m ente, y porque las leyes de la lógica son
experim entadas com o p erten ecien tes a un mundo objetivo de verda­
des, y porque los valores se experim entan com o un aspecto peculiar
de la realidad.
Además de lo que la Filosofía pueda opinar, la Psicología, com o
ciencia, tien e que considerar que el h echo de nuestra experiencia está
con certeza determ inado por leyes no m entales. Pero la experiencia
del color naranja com o una transición en tre el rojo y el amarillo,
■es, sin embargo, un fen óm en o m ental, y lo mismo ocurre con la su ce­

i
Rudolf Allers 27

sión de premisas que form an el silogismo, y también con el con oci­


m iento del bien preferido al del mal, que es igual que decir que la
psicología cien tífica, al estudiar su o b jeto particular, que son los
datos de la experiencia, no puede escapar a la necesidad de tom ar en
cu en ta tam bién a los datos objetivos y no psicológicos. De hecho, el
p
‘ sicólogo que se limita deliberadam ente a estudiar sólo los estados
m entales, cesa de serlo.
A otras ciencias les es necesario hacer abstracción de sus relacio­
nes en tre el o b jeto propio de su ciencia y otros aspectos del mundo.
El físico, por ejem plo, no está interesado en saber si los hechos que él
observa y analiza son reales o aparentes. Para él, la corriente alterna
será igualm ente corrien te alterna, tan to si es producida por un dis­
positivo eléctrico, com o por una contracción muscular. Es posible, de
todos modos, que haya dificultad para decidir si ciertos tem as, com o
la geom etría abstracta o la multiplicidad, p erten ecen al cam po de
la física o de la filosofía ; en tre estas dos form as del saber existe, no
obstante, una marcada diferencia. Pero m ientras el hecho físico sería,
por así decir, unilateral, el m ental, en cam bio, tendría un carácter
bilateral. Originado dentro del terren o de la m ente, p erten ece ta m ­
bién de algún modo a los dominios de la realidad extram ental.
Esta postura única de la Psicología, dentro de los sistem as cien ­
tíficos, puede ser descrita de otro modo, puesto que los problem as de
que trata y la m en te que los trata p erten ecen al mismo tipo de entes,
o para explicarlo de modo distinto, el carácter objetivo que poseen
otras ciencias carece de base, hasta cierto punto, en Psicología. Pues,
aun bajo las condiciones experim entales más adecuadas, cuando el
observador y el su jeto observado son dos personas distintas, los resul­
tados de la observación sólo se hacen significativos cuando los referi­
mos a la propia experiencia del investigador. Además, la Psicología
m anifiesta una diversidad de relaciones con otras ciencias que la
hace única. N ecesita la ayuda de la Fisiología para ampliar sus co n o '
cim ientos sobre los órganos de los sentidos. Una parte de la Psico­
logía posee un carácter esen cialm en te fisiológico, lo que no quiere
decir, en m odo alguno, que la Psicología se haya convertido en una
rama de la Fisiología. Cuando su estudio se dirige hacia fenóm enos
com o el amor, las inclinaciones, el juicio moral, la escala de valores,
las convicciones, etc., la ciencia de la psicología necesita recurrir a
la ética o a la lógica. Y, sin em bargo, los problemas de la ética y de
la lógica se consideran generalm ente com o p erten ecien tes a la filo ­
sofía. La psicología cien tífica se encuentra, pues, en una postura límite
rozando los campos de la biología y la filosofía. Pero este h ech o no es
una prueba absoluta de que la Psicología no pueda existir sin el re ­
curso de la filosofía. Podem os argüir que los puntos en los que el
psicólogo n ecesita apelar al filósofo, si bien de gran im portancia, son
sólo unos pocos. La postura de la Psicología en tre la filosofía y la
biología es sim plem ente la consecuencia de la posición asignada al
o b jeto que debe estudiar el psicólogo. El hom bre es, a la vez, un orga-
28 Prólogo

nism o viviente y un ser dotado de un sentido moral, de una conciencia


y de sentim ientos de responsabilidad. AitTiQ'iie se o.ji7vic lo contvciTio,
la m en te hum ana se sabe distinta al cuerpo al que está ligada. El
problem a psicofísico es un tem a fundam ental que no puede ser igno­
rado. Sin em bargo, ni la Biologíat ni la Psicología, entendida sim ple­
m en te com o ciencia de los fen óm en os m entales, lo han resuelto.
Aun para acercarse a él se requiere un punto de vista más allá de la
Biología y de la Psicología, que n o se encuentra más que en el cam po
de la Filosofía. Esto se repite en el caso del problem a del Ubre albe­
drío. Los determ inistas sostien en que la libertad del hom bre es una
ilusión, y que su actividad se halla restringida por los mismos prin­
cipios causales que operan en el nivel de la m ateria inerte.
No es mi propósito discutir en este m om ento si el con cepto de la
causalidad física ha perdido su significación debido a la imposibilidad
Ae calcular la sum a total de fa cto res que obran en el microcosmos.
Este argum ento cuasi filosófico, planteado por algunos físicos de m en ­
talidad m etafísica, m e da la im presión de ser carente de base. Si el
libre albedrío es una ilusión, el origen de esta ilusión debe ser expli­
cado, y ningún filósofo de la escuela determ inista nos ha dado aún
la respuestat ni tam poco las teorías de la física moderna, por ejem p lo,
el principio de Hetsembeeg, han contribuido ni un ápice al estableci­
m iento del Ubre albedrío. Nuestra incapacidad para hacer medidas
exactas no es una prueba de la invalides de las leyes de la causalidad.
Y aun si fu ese posible descubrir los principios de la libertad en el
nivel de las dim ensiones infraatóm icas, no solam ente no se ganaría
nada con dicha teoría, sino que surgiría en ton ces un problem a aún
más sutil qu$ com plicaría el asunto. Pues dicha explicación postularía
la existencia de la libertad en ese nivel, pero la negaría en el caso
de los acontecim ientos físicos corrientes, gobernados por leyes esta­
dísticas. Tendría, además, que explicarnos esta teoría por qué desapa­
rece la libertad en el mundo material de dim ensiones macroscópicas
y se hace otra vez m anifiesta en el hom bre.
Se ha dicho con exactitud que el su jeto y el ob jeto de la inves­
tigación filosófica sonr en cierto m odo, una misma cosa. El hom bre
form a parte de esa misma realidad que trata de com prender, y cuya
estructura desea averiguar. No se n ecesita más que revisar los proble­
mas de la epistem ología para darse cuenta de la certeza de esta a fir­
mación. ¿Y no es éste tam bién el caso de la Psicología, a la que no
le es posible com prender su o b jeto y su tarea, o com prenderse a sí
misma, si ignora la base esencialm ente filosófica sobre la que esté
asentada?
A ctualm ente creo que vam os dando un m ayor relieve a la intim i­
dad existen te en tre la Filosofía y la Psicología científica, pero estam os
aún lejos de admitir su verdadera im portancia. Nada puede hacer co n ­
tribuir más a la exten sión de este con cep to fundam ental, de cuya
aceptación depende en gran parte el destino de la Psicología, que una
obra com o la presente, prueba palpable de cóm o la ciencia de la Psico-
cología puede beneficiarse de norm as filosóficas firm es.
Rudolf Allers 29

n
El postulado de que la Psicología debe estar basada en la Filosofía
está ganando terren o en tre los intelectuales de m ayor reputación. El
p rofesor G e m e l l i 1 presta especial aten ción al hecho de que algunos
de los psicólogos de más vigencia mundial están em pezando a recon o­
cer cada vez con más frecu en cia la necesidad de poner en correla­
ción los resultados de sus investigaciones con algunos principios
filosóficos, y de construir sus teorías sobre fundam entos filosóficos.
El profesor K a r l B ü h l e r , de la Universidad de Viena, es tam bién par­
tidario de esta actitud. Pero aunque esta necesidad fu ese am pliam ente
reconocida por la m ayoría de los investigadores, queda el problem a
de elegir la filosofía adecuada. Existen varios sistem as filosóficos,
cada uno profesando sus propios puntos de vista y hablando su p ro­
pio lenguaje y siendo, además, la m ayoría de las veces, opuestos unos
a otros. La confusión de lenguas en la torre de Babel difícilm ente
sobrepasaría a la ex isten te en la filosofía moderna. Los adeptos a
K a n t , H e g e l , T o m á s d e A q u i n o o W h it e h e a d , pueden estar realm ente
em pleando idénticos térm inos, pero sus ideas son absolutam ente dis-
tintas. No es de extrañar en ton ces que el psicólogo experim en te asom ­
bro cuando se le diga que su ciencia tien e necesidad de una filosofía
y que debe hacer una selección en tre los num erosos sistemas de a c­
tualidad.
¿Existe algún criterio que lo pueda guiar en su elección ? Creo que
sí, lo mismo que creo que aplicándolo no necesita apoyarse en con ­
ceptos ajenos a su especialidad. El m étodo es simple. Consiste en p re­
guntarse: ¿qué sistem a filosófico m e garantiza el m áximo de ayuda;
cuál, en tre todos, m e o frece las m ejores y más sim ples explicaciones
psicológicas? Vemos p erfecta m en te, por ejem plot que el m aterialism o
no es adecuado. Afirm ar que los fen óm en os m entales no son más que
m anifestaciones de intrincados procesos cerebrales no nos sirve de
gran cosa. Porque pron to nos cercioram os de que la pretensión del
m aterialista de no alejarse de la realidad es el resultado del engaño
a que se som ete a sí mismo. Lo mismo sucede con la filosofía del
idealismo trascendental. ¿Puede la discusión de las categorías m eta fí­
sicas, o del juicio a priori, o del nuom eno y el fen óm en o ser de algún
provecho para el psicólogo? Personalm ente, lo dudo. Después de dis­
cernir este asunto, vem os que muy pocos sistemas filosóficos se han
introducido lo su ficien te en la realidad para que sean de utilidad a
la ciencia. Y en tre estos pocos hay uno precisam ente que sobresale
con claridad definida, porque está más cercano que ningún otro a la
vida y a l a realidad diarias. Es la filosofía desarrollada por el genio de
S a n t o T o m á s d e A q u i n o , partiendo de una larga tradición griega y
cristiana. A continuación explicaré las razones que ten go para sos­
ten er que éste es el único sistem a al cual es posible adherirse de un
modo seguro. Pero antes de ir sobre ese punto me gustaría contestar

1 Comunicación leída en Roma, en el Congreso Internacional de Filo­


sofía Tomista, 1936.
30 Prólogo

a la objeción que probablem ente se me fiará en contra de mi reco­


m endación. La escolástica, se me dirá, tien e solam ente interés com o
algo antiguo. T o m á s d e A q u in o era indudablem ente un genio, pero p er­
ten eció a una época totalm en te ignorante de la ciencia moderna.
Sus conocim ientos sobre física, astronom ía y biología eran suma­
m en te ingenuos. D esconocía prácticam ente la ley de la gravedad, la
división celular o los procesos químicos. Estaba m ucho m enos in for­
mado que cualquier estudiante corriente de hoy. ¿Cóm o es posible,
pues, que nos p reste ayuda en nuestra tarea tan alejado com o está
de nuestra época? R esponderé, antes que nada, que el intelectual del
m edieval poseía un conocim iento m ucho más profundo de las cien ­
cias naturales de lo que generalm ente se cree. Nú tenem os más que
echar una mirada sobre la exten sa obra de A l b e r t o M a g n o para darnos
cuenta de ello. En segundo lugar, T o m á s d e A q u i n o era, de profesión ,
filósofo, no cien tífico, y es su filosofía y no su ciencia lo que vamos
a considerar. Com o filósofo, se dedicó a descubrir las leyes que orde­
nan las entidades visibles e invisibles del mundo, y a determ inar el
lugar relativo que ocupan los diversos niveles del ser en la «echelle
d ’étre» total. Para precisar la posición de la m ateria in erte en dicho
esquem a de la realidad no es absolutam ente necesario conocer las
leyes de la gravedad o las relaciones en tre la luz y la electricidad.
Si este con ocim ien to tuviese que ser necesario, enton ces no podría
existir la filosofía. La labor de la ciencia se continúa indefinidam ente
y la cantidad de inform ación de que disponem os en la actualidad no
es más que un pequeño fragm en to de la que se acumulará dentro
de unos siglos. La física m oderna está, eso sí, m ucho más cercana a
su m eta que en los tiem pos de N e w t o n , o aun de M a x w e l l , pero no
deja el físico de recon ocer, sin em bargo, que está lejos de poseer un
com pleto con trol de sil materia. La ciencia es, verdaderam ente, tal
com o K a n t la definió, una tarea infinita. Y, sin em bargo, para con o­
cer la naturaleza esencial del mundo de los objetos con que trata el
físico, sólo es necesario con ocer un breve y simple núm ero de hechos,
com o la transform ación del agua en vapor por ebullición, la caida
de los objetos más pesados que el airer la producción de ondas ondu­
latorias cuando se arroja una piedra al agua, etc. Además, el hecho
de que las plantas sean estructuras vivas diferenciadas de los ani­
males nos perm ite asignarles una posición dentro del orden de los
seres. No es necesario ningún com plicado experim en to para reconocer
que la vida sensitiva posee un desarrollo superior al de la simple
vida vegetativa. Aunque existiesen las form as de vida interm edias,
posibilidad con la que A r i s t ó t e l e s estuvo familiarizado, no por eso
dejaría de ser cierto que la planta más altam en te diferenciada p er­
ten ecería a un orden inferior, en la escala de los seres, que el animal
m enos diferenciado. La fam osa frase de L inneo: «Natura non fa cit
saltus», fu e pronunciada por un hom bre de ciencia, no por un filósofo.
La idea de aplicar el principio de continuidad, no solam ente al m o­
vim iento y a los procesos, sino tam bién a las estructuras, no se le
ocurrió al pensador medieval. Su cerebro refinado se vio en la im po­
sibilidad de percibir alguna relación esencial en tre el hom bre y el
Rudolf Allers 31

animal. Y aunque existiera alguna igualdad de tipo anatóm ico en tre


el cuerpo humano y el cuerpo de los demás seres, nunca tuvo la
duda de que el hom bre se hallaba colocado en un lugar m ucho más
alto, dentro de la escala de los seres vivientes, que el animal más
diferenciado. El que se niegue a aceptar esta jerarquía de la natura­
leza, escribió A n s e l m d e C a n t e r b u r y , no m erece que se le considere
com o un ser humano. La teoría evolucionistaI que supone una tran­
sición de tipo continuo en tre el animal y el hom bre, ignora una serie
com pleta de hechos históricos. Debería negar que el hom bre tien e
historia, pu esto que el animal carece de ella.
La tradición y la cultura humanas deben asimismo ser descontadas.
No puede ningún observador con scien te cuya m en te no haya sido
ofuscada por esas enseñanzas, s e r ciego al hecho de que los fen ó ­
menos m entales p erten ecen a un nivel de la realidad m uy distinto a
cualquier otro. Ahora b ien : la ciencia de la Psicología sólo puede en ­
contrar la ayuda que n ecesita en una filosofía que reconozca la d ife­
rencia esencial que existe en tre los distintos niveles del ser viviente
y , más particularm ente, la diferencia en tre los fenóm enos m entales
y otros tipos de realidad; y hasta donde conozco, no hay otra filosofía
fuera de la escolástica que tenga conciencia de los hechos ya m en­
cionados, y el sistem a de S a n t o T o m á s e s el más con sisten te de todos.
Otro problem a de tipo psicológico relacionado con la filosofía es
el de la relación que hay en tre la m en te y la m ateria. La solución
m onista es imposible, com o he dicho, dado que se basa en la suposi­
ción im posible de que los fen óm en os m entales y corporales son idén­
ticos. El dualismo platónico es igualm ente inaceptable, ya que no nos
proporciona ninguna hipótesis para h acer com prensible la interacción
de cuerpo y alma. La única teoría plausible que con ozco e s la creada
por A r i s t ó t e l e s y adoptada por S a n t o T o m á s . Me llevaría demasiado
lejos in ten ta r explicar cóm o la m ente, considerada com o la form a
sustancial del cuerpo, dando al hom bre su real unidad psicofisica,
perm ite la in terpretación más satisfactoria de los hechos experim en ­
tales. Esta idea es sim plem ente una aplicación particular de la más
amplia teoría de la m ateria y la form a, que tiene tan alto significado
para la psicología científica.
Tóm ese, por ejem plo, el com plicado problem a del instinto y su
relación con la voluntad. Aunque d iferentes una de otrat estas dos
tendencias están indudablem ente conectadas de algún modo.
El psicoanálisis enseña que los fen óm en os volitivos son reacciones
instintivas transform adas. Otra escuela de ciencia m ental sostiene
que el poder de la voluntad es sim plem ente un impulso de tipo ani­
mal inhibido. Pero ninguna de estas explicaciones es adecuada, por
la razón de que n o en cajan en nuestra propia experiencia de las cosas.
Si, sin em bargo, consideram os que los planos superiores de la vida
m ental utilizan las fuerzas que surgen de los planos más inferiores,
y que los niveles inferiores sirven a los propósitos de los superiores,
del mismo modo que la m ateria prima está determ inada por su form a
sustancial, la relación que se obtiene en tre el impulso y la voluntad
humanas se haría más inteligible.
32 Prólogo

P ero el núcleo de la filosofía tom ista es su principio dualista de


a cto y potencia.
¿Cuántos psicólogos se han dado cuen ta que el con cepto de dis­
p o sició n de capacidad, de posibilidades latentes que se m anifiestan
bajo ciertas condiciones, proviene de la antigua idea de «potentia» ?
Todos los intrincados problem as relacionados con la influencia de
la constitución y el medio am biente en la form ación del carácter se
harían m ucho más claros si se les aplicara la enseñanza básica de
acto y potencia. La poten cia llega a ser acto si se le añade un nuevo
fa cto r que la transform a. H e explicado en otra ocasión que, en mi
opinión, la reducción de todo rasgo caracterológico a influencias h ere ­
ditarias es n o m enos parcial y , por lo tanto, no m enos equivocada
que el h ech o de considerar a los factores am bientales com o om nipo­
ten tes ‘¿ .
Me gustaría term inar la enum eración de los principios filosóficos
fundam entales con una breve discusión sobre lo que S a n t o T o m á s
llama el principio de analogía. Hablando de un m odo general, analogía
significa un tipo de igualdad que coexiste con la desigualdad. T o m á s
d e A q u in o utiliza esta idea repetidas veces al analizar la naturaleza
de los atributos de Dios. Así la sem ejanza existen te en tre el Creador
y Su creación nunca puede llegar a ser tan grande que sobrepase a
su diferencia. Las relaciones de analogía, sin em bargo, no sólo se
utilizan en teología, sino que existen tam bién en los demás estratos
de las criaturas vivientes. La idea de la causalidad nos proporciona
un ex celen te ejem plo de su amplia aplicación. Las relaciones causales
en tre los cuerpos inanimados no son seguram ente las mismas que
regulan los m ovim ientos coordinados de un organismo viviente. Otra
vez encontram os que las leyes que determ inan las funciones orgá­
nicas son distintas de las que controlan los m otivos y las operaciones
de la m en te humana. El con cep to de analogía nos ofrece distintos
tipos de causalidad, parecidos en tre sí, pero fundam entalm ente dis­
tintos. El problem a de las enferm edades m entales, uno de los más
difíciles de definir, se puede facilitar considerándolo desde el punto
de vista de su analogía con la enferm edad corporal, y lo mismo p o­
dem os decir en relación con los problemas de las enferm edades de
tipo moral o social.
En Alem ania, al m enos, la Psicología ha sido muy influidat creo,
p o r el lem a de “ ¡V uelta a la realidad!” , de E d m u n d H u s s e r l , y ¿dónde
puede encontrar el estudiante un “ sistem a tan im pregnado de sen ti­
do com ún” , para citar al profesor M a r t í n S . G i i -l e t , O , P . , com o en la
filosofía de T o m á s d e A q u i n o ? La ciencia insiste en que los fenóm enos
deben ser considerados en sí mismos, sin prejuicios sobre su im portan­
cia o su inutilidad. Si hay por cierto algún sistem a que dé a las cosas
su propio valor y que con tin ú e la prim ada dada a la experiencia
inm ediata a la realidad, es la filosofía de S a n t o T o m á s d e A q u i n o , y
esto y firm em en te convencido que la m ayor familiaridad con sus en -

1 The Psychology of Character, de Rudolf Allers. Trad, por Strau ss.


Shsed & Ward, 1934, pp. 34-40.
Rudolf Allers 33

señ a m o s contribuirá a restaurar puntos de vista más sanos no sólo


e n la ciencia, sino tam bién en el mundo de la vida práctica. Una gran
parte de la infelicidad que aqueja a la humanidad moderna se debe al
hech o de que los filósofos han perdido con ta cto con la realidad. Una
filosofía que tenga sentido com ún es el único rem edio para esta situa­
ción. La influencia ejercid a por el psicólogo en particular) hace que
sea de una gran im portancia el que su pensam iento sea recto y ade­
cuado. Sus ideas—para bien o para mal— se infiltran diariam ente en
los campos de las ciencias aplicadas, de la pedagogía, la psicoterapia
y la sociología. Es por esto que creo que la obra del doctor Brennan no
es sólo una im portante contribución a la ciencia, sino tam bién un
paso más hacia la rehabilitación de la m ente y de la humanidad.
Lo mismo al estudiante que al lector en generalt pues¡ recom iendo
este libro, igual que el antiguo autor romano recom ienda el suyo con
un entusiasta "jL eg e feliciter!".
R udolf A llers, M. D.

Universidad de Viena, 1936.


Universidad de Georgetown, 1952.

N ota .— Esta es una versión ligeramente modificada del prólogo original,


hecha con el permiso del Dr. A l l e e s .— El Autor.
BRENNAN, 3
GRATITUD

1. P r im e r a e d ic ió n .

Por la escritura del m anuscrito y la ayuda prestada en su plan­


team iento final, deseo expresar mi gratitud a ios profesores R u d o l f
A l l e r s , de la Universidad de V iena; P . E . B a r b a d o , O. P., de la A ca­
demia pon tificia de Ciencia, R om a; C h a r l e s J. C a l l a n , O. P., y J o h n
M c H u g h , O. P.t editores de “ The H om iletic and Pastoral Reviem” ; E d -
w a r d Or. F i t z e r a l d , O. P .; J o h n E , R a ü t h , O. S- B , y F u l t o n J . S h e e n . de
la Universidad Católica de A m érica; J o h a n st e s L i n d w o r s k y , S. J., de
la Universidad Alem ana de Praga; D a n i e l J. O ’ N e i l , del Colegio de la
Providencia; G e r a l d B . P h e l a n , P residente del St, M ichael’ s Institute
o f M edieval Studies, T oron to; R . P . P h i l l i p s , ex m iem bro del Seminario
de St, John, W onersh, In glaterra; W a l t e b B . P i l l s b u r y , de la Univer­
sidad de M ichigan; E d w a r d S . R o b i n s o n , de la Universidad de Yole, y
A l f r e d B . S a y l o h , ex m iem bro del Dominican Studium, W ashing­
ton, D. C.
D eseo agradecer la cooperación que m e prestaron en la revisión*
de algunos trozos del m anuscrito los profesores W a l t e r B . C a n n o n ,
de la Universidad de H arvard; A l e x i s C a r r e l , del In stitu to R oek e-
feller; H ü m b e r t K a n e , O. P., del Dominican Studium, Chicago; G r e -
g o r y J. S c h r a m m , O. B. S., e x m iem bro de la Universidad Católica de
Peking, y P a u l I . Y a k o v l e v , del State Hospital for Epileptics, Palmer
Mass.
Por la reproducción de las ilustraciones y algunos grabados origí­
nales estoy en deuda con el profesor F r a n k A . B i b e r s t e i n , de la Uni­
versidad Católica de A m érica, y por la cubierta y la mayor pa rte de
los dibujos del texto, con el profesor J a m e s E . M c D o n a l d , del Providen-
ce College.
Finalm ente doy mis más sinceras gracias a los m iem bros del T h o-
m istic In stitu te o f Providence College que m e ayudaron en la lectura
de las pruebas y en la elaboración del índice.
1937. EL AUTOR.
36 Gratitud

2. S egunda e d ic ió n .

Desde que fu e escrito lo anterior, más de quince años atrás, algu­


nos de mis lectores académ icos o críticos fian fallecido; otros se han
trasladado a nuevas esferas de actividad. Para todos ellos, mi mas
cálidos sentim ientos de gratitud.
D urante los tres lustros de existencia que ha tenido la Psicología
General la he enseñado a cien tos de estudiantes. He aprendido de
ellos, a cambio, la frescura y juven tu d de sus ideas, y sus dudas y
confusiones han sido para mi un estím ulo. Sólo el m aestro sabe cuán­
ta riqueza y originalidad yace dormida en la m ente juvenil. Los juicios
críticos del libro han sido tam bién fu en te de inform aciónt ayudando
al autor a “ salirse de su propia perspectiva” , com o diría W u n d t , y ver
su obra con frialdad objetiva. C onfío haber obtenido provecho de sus
am istosos juicios.
Deseo, sin em bargo, agradecer principalm ente la ayuda recibida
de los profesores que han leído o utilizado este libro desde su apari­
ción en 1937, Me es im posible citar todos sus nom brest pero quisiera
m encionar ios siguientes a causa de su prolongado interés por mi obra,
sus instructivos con sejos y por su indulgencia hacia mis errores: M o r -
t i m e r A d l e r , de la Universidad de C hicago; C h a r l e s A . C u r r a n , del
St. Charles College Sem inary, Columbia, Ohio; C h a r l e s D e k o n i n c k ,
de la Universidad de Laval; W a l t e r F a r r e l , O. P., ex m iem bro del Do­
m inican Studium, C hicago; B e n j a m í n U . F a y , O. P., del Dominican
Studium Som erset, Ohio; C h a r l e s A . H a r t , de la Universidad Católica
de A m érica; N o e l M a i l l o u x , O. P., m i com pañero en la Universidad
de M ontreal; J a c q u e s M a r i t a i n , de la Universidad de P rin cen ton ; A n ­
t ó n C . P e g i s , P residente del St. M ichael’s Institute o f Mediaeval Stu-
dies, Toronto, y J o s e p h C . T a y l o r , O. P., del Dom inican Studium, So­
m erset, Ohio.
A las hermanas del.St. Mary o f th e Springs Academ y and College,
Columbus, Ohio, que cedieron tan gen erosam ente su tiem po para leer
las pruebas de la segunda edición, mi más sincero agradecim iento.
Agradezco, por último, a la D. Van Nostrand Com panyt Inc., a la
MacMillan Com pany y John W iley and Sons, Inc., por su perm iso para
utilizar el m aterial ilustrativo de algunas de sus publicaciones.

1952. EL AUTOR.
I N T R O D U C C I O N

CAPITULO I

LA PSICOLOGIA DE TOMAS DE AQU1NO

1. LOS CAMINOS DE LA SABIDURIA.— Existen dos m odos de


acercarse a la Filosofía. Uno es estudiar un sistema i ya existente,
profundizar en él lo más posible y verificar continuam ente los hechos
de m odo que se pueda probar la veracidad del sistema. El otro es estu­
diar prim ero los hechos, analizarlos en sus com ponentes, ajustarlos
a otros hechos e ir luego en busca de algún principio por m edio del
cual puedan ser interpretados.
El prim er m étodo es el más fácil y el más cóm odo de los dos. Pero
su inconveniente reside precisam ente en su facilidad. Los hechos de
la experiencia se asom an tím idam ente por los rincones de nuestra
conciencia, pero nos damos escasa cuenta de su presencia. De todos
modos existe el peligro de descuidar su verdadero significado o de dar
por sentado que conocem os todo lo referente a ellos. Con dicha m en­
talidad casi no queda lugar para la duda o la incertidum bre. El pensar
no nos causa penas ni trabajos; y si nos surge alguna idea con tradic­
toria, ésta nace en una insensible media luz. Es tarea del sistema
que ésta no nos produzca dolor alguno. Si seguimos este cam ino,
podrem os llegar a ser unos buenos estudiantes de Filosofía, pero no
es posible garantizar que lleguemos a ser buenos filósofos.
El segundo cam ino ha sido seguido sólo por unos pocos. De los que
se aventuran por él, algunos desesperan y eventualm ente abandonan
su tarea, Pero algunos al pasar esta prueba logran una madurez que
los capacita para tener sus propios puntos de vista; y éstos, sean
sus ideas falsas o verdaderas, son por lo menos pensadores y filósofos

1 Se llama sistema en Filosofía a un conjunto metódico de ideas o prin­


cipios. No tiene por qué ser necesariamente cierto, pero posee una coheren­
cia y una disposición lógica que le hace aparecer como un todo integral.
Como haré ver más adelante, el sistema filosófico de S a n t o T om ás es real­
mente un totum organicum y su psicología es una parte de su sistema que
comparte también la verdad y la armoniosa belleza del conjunto. Podemos
comparar, con toda propiedad, esta filosofía a un organismo, es decir, a
un conjunto de partes, unificado por un principio vital que le permite
asimilar nuevas ideas, crecer y adaptarse a las variaciones de tiempo y
de lugar. En resumen, vivo y vitalmente consciente de los nuevos descu­
brimientos y hechos que poseen un sentido para su desarrollo. Con el fin de
obtener una información sobre la posición del sistema filosófico tomista
entre los pensadores cristianos, véase S. R a m ír e z , O . P., «The Authority of
St. Thomas», The Tomist. Ene. 1951, pp. 1-109.
38 Psicología de Santo Tomás

de verdad. Sus dudas son propias, y su sabiduría es la reacción vital


de su mente a los problem as del m undo que los rodea.
S a n t o T o m á s d e A q u i n o pertenece a este últim o grupo 2. Parte de
la realidad, en lo que se iguala al m ejor de nuestros hombres de cien ­
cia modernos. Su asidero a la realidad es poderoso y firme. El gigan­
tesco puño que quebró la mesa del rey Luis es un símbolo exacto de
nna inteligencia que libró siempre una lucha sin tregua contra el
error. T o m á s d e A q u i n o com ete a veces equivocaciones; pero, cuando lo
hace, su debilidad no está precisam ente en su poder de extraer in fe ­
rencias verdaderas, sino en las lim itaciones que ejercía la ciencia de
su época sobre la observación de la naturaleza.
Los instrum entos eran escasos, y el hom bre debía depender exclu­
sivamente de la agudeza de sus sentidos. La cantidad de hechos de
la que se podría extraer conocim ientos científicos era relativamente
pequeña, y tengo entendido que S a n t o T o m á s se dio perfecta cuenta
de esto. Al com entar algunas de las opiniones de los astrónom os de
su tiempo, dice así:
«Sus teorías aparentem ente explican los hechos. De esto no se d e­
duce, sin em bargo, que las explicaciones sean necesariamente verda­
deras, puesto que es posible que otra razón aún desconocida para el
hom bre pueda darse de los m ovim ientos de los cuerpos celestes» 3.
La actitud del científico no ha variado después de setecientos años,
y sigue siendo la m ism a que sostenía S a n t o T o m á s . Asi lo prueban
estas palabras de E d d i n g t o n : «La prueba es el ídolo ante el que se
tortura el m atem ático puro. E n física nos contentam os con sacrificar­
nos ante el altar m enor de lo plausible... En la ciencia abrigamos a
veces convicciones sobre la solución de un problema que no podemos,
sin em bargo, justificar» 4. No era otra la actitud de A r i s t ó t e l e s , el
maestro de los pensadores de la antigüedad, acerca de este punto.
Después de com entar algunos de los raros hábitos de las abejas, resu­
me sus descubrim ientos con esta cautelosa advertencia: «Estos h e­
chos, no obstante, no han sido aún lo suficientem ente observados. Si
llegan a serlo, debem os dar crédito a la observación con predom inio
sobre la teoría, si deseamos un verdadero adelanto del conocim iento.
Sólo podem os considerar com o verdadera la teoría cuando coincida
con la observación de los hechos» 5.

2. PUNTOS DE PARTIDA.— A lo que quiero dar im portancia aquí

2 S a n t o T o m á s de A quino nació a fines de 1224 o a comienzos de 1225.


Ingresó en la Orden dominicana en 1244, tuvo de maestro a A lberto el
M agno en Paris y en Colonia y comenzó su profesorado en la Universidad
de Paris en 1252, donde continuó sus lecciones hasta 1259, La mayor parte
de la década siguiente la pasó en Italia. Su segunda estancia en Paris,
desde 1269 hasta 1272, marca el periodo de su más alta producción literaria.
Murió a los cuarenta y nueve años, en 1274.
1 In Aristotelis. De Cáelo. Libro II. Lección 17. Véase también E. B. T., q. 6.
a. 1.
1 E d d in g to n , A. S.: The Nature of tfie Physical World. N. Y. MacMillan,
1928, p. 337.
•' On the Generation of Animáis, L. III, c, 10.
Punios de partida 39

no es precisam ente a los errores que tuvo T o m á s d e A q ü i n o , ya que la


ciencia de su época buscaba aún a tientas los secretos de la natura­
leza, M e gustaría en cam bio llam ar la atención sobre algo más sig­
nificativo que el mero hecho de haber com etido algún error. M e refiero
a su reverencia incondicional por el hecho. A r i s t ó t e l e s la tenía en un
alto grado, y sabemos que su m entalidad y su interés por la expe­
riencia hicieron fuerte im presión en S a n t o T o m á s . Pero el hom bre que
tuvo más influencia en los m om entos de su aprendizaje fue A l b e r t o
M a g n o fi. Este hom bre es ahora un hito en la historia de la ciencia
moderna. Fue un verdadero iniciador; un maestro del m étodo in d u c­
tivo, un genio del detalle y, sin embargo, el m ejor intelectual de su
tiempo. Fue A l b e r t o quien d ijo : «La aspiración de la ciencia natural
no es simplemente aceptar las afirm aciones de los demás, sino estu­
diar las leyes que actúan en la naturaleza» ", y hablando de sus inves­
tigaciones en Botánica, una de sus materias preferidas: «El experi­
m ento es la única guía posible en tales estudios» s,
T o m á s de A q u in o fue el discípulo más sobresaliente de A l b e r t o
M a g n o . No es que hiciese ninguna contribución especial a la ciencia,
ya que desde ese punto de vista su genio fue sobrepasado am pliam en­
te por el de su maestro. Pero aprendió de él el valor de los hechos, y
se mantuvo en la convicción de que el dato más pequeño y trivial con ­
duce m uchas veces a la más elevada verdad.
El proceso desarrollado por su m ente fue más bien lógico que b io­
lógico, basado en su interés por la Filosofía, más que en la ciencia. Sin
embargo, esto no es óbice para que el Aquinatense creyese que las cosas
debían empezarse desde el principio 9. Así, fue sobre esta perspectiva
de com pleto con tacto con la realidad creado para él por una de las
em inencias de la ciencia de su época, que S a n t o T o m á s empezó a cons­
truir la estructura de su filosofía. No podem os ofrecer ejem plo m ejor
de la influencia de la ciencia de un hom bre en la filosofía de otro que
en el m étodo seguido por S a n t o T o m á s en la argum entación,
r - Era un detalle característico en su actitud de filósofo el estar siem ­
pre deseoso de aceptar el punto de vista del adversario si con esto se
beneficiaba el argum ento. Tal vez el nom bre más adecuado para esto
fuese el de duda m etódica, una actitud análoga a la del científico
_cuando supone que sus teorías son solamente probables.
A r i s t ó t e l e s había h ech o hincapié en que nuestra entrada en la
sabiduría debería hacerse a través de la puerta de la duda m etódica,

6 A l b e r t o M a g n o nació en 1206 y entró en la Orden dominicana en


1223. Enseñó en Paris y en Colonia entre los años 1245 y 1254; llegó a obispo
de Ratisbona en 1260; renunció a esta dignidad dos años más tarde y
reemprendió su magisterio, en el que continuó hasta que tuvo que retirarse
por su avanzada edad. Murió en 1280. Lo mismo que S a n t o T om á s, fue un
gran escritor, S a n A l b e r t o es venerado como el patrón de los hombres de
ciencia, asi como Santo T om á s es considerado como el patrón de los filósofos
y los teólogos.
7 Mineralia, L, II, t. 2, c. 1.
* Parva Naturalia, De Vegetabilibus. L. VI, t. 1, c. 1,
" C h e ste rton , G K .: St. Thomas Aquinas. N. Y. Sheed & Ward, 1933,
P. 99.
1
40 Psicología de Santo Tomás

com o un juez justo que no se atreve a juzgar antes de haber conocido


todos los aspectos de un p ro b le m a 10. Al explicar este pasaje, Aouino
dice así: una persona se encuentra, atada^y desea verse libre, lo
prim era que h ace _e.s estudiar cuídadosam ente-sus. ligaduras para de­
term inar qué clase de nudo la m antiene sujeta. Del mism o m o ji o ^ i
deseamos llegar" a las raíces de un problem a, debem os pesar^primeto
todas las dificultades qlie le rodean y tratar de.eneontrar sus causas --.
Intentar acercarse a una“ verdad sin haber exam inado los pros y
los contras es com o el caso de un hom bre que sale de viaje sin saber
a dónde va... Si consigue alcanzar su m eta es sólo por casualidad o por
buena suerte... Así puede uno ir en busca de la verdad y no saber
cuándo la ha logrado...
Si realm ente deseamos llegar a la solución del problem a investigar
cuidadosam ente toda evidencia presentada por el contrarío» n .

3. LA PSICOLOGIA DE SANTO TOMAS.— No escribió el Aquinaten-


se ningún texto de Psicología. El hecho es que su interés por la natura­
leza hum ana era sólo parte de un desenvolvim iento histórico de mayor
m agnitud, debido principalm ente a su interés por Dios. Pero su in te­
rés por la creación y por las misteriosas leyes de la existencia era tan
intenso que el estudio del hom bre se le hizo indispensable. Esto no
quiere decir que no se hubiese preocupado de la Psicología si no llega
a estar relacionada con la Teología. Al contrario, hubiese adm itido al
m om ento que el estudio propio de la hum anidad es el hom bre, aña­
diendo a continuación que su estudio adecuado es Dios. Así, «todas
las consideraciones de la razón hum ana en sus esfuerzos para ordenar
las vérdades de la ciencia tienen com o fin últim o el conocim iento
de la ciencia divina (es decir, la teología)» 12. En la práctica se atuvo
al principio de que un m ejor conocim iento de nosotros mismos nos
lleva siempre a un m ejor conocim iento de Dios, y que ambas form as
de sabiduría se ordenan en últim a instancia a la visión de la Esencia
Divina.
Por consiguiente, de una gran cantidad de escritos sobre la natu­
raleza del hom bre vamos a intentar presentar las enseñanzas de A qutno
de m odo que tengam os una visión total de sus ideas sobre Psicología.
Podemos aún dar el nom bre de sistema a estas enseñanzas, un térm i­
no muy em pleado por los m odernos, siempre que no olvidemos que
entendem os el sistema de S a n t o T o m á s com o algo siempre vivo y
abierto a toda clase de ideas; que es capaz de asimilar lo que es útil
a su organism o, que está estructurado com o un todo viviente y que
com o algo que ha resistido el paso de los siglos tiene aún m ucho que
ofrecer al psicólogo m oderno en busca de un m arco adecuado para
el fruto de sus investigaciones.
I. M é t o d o .— La prim era preocupación que debe tener un estudian­
te de Psicología, aquí com o en cualquier otro caso, es conocer el m é­

lfl Metaphysica, L. III, c. 1.


11 In .¿risioíeiis Metaphysica, 1. m , L. 1.
11 E. B. T.: q. 6, a. 1, respuesta a la tercera parte.

Il
Método 41

todo de la m ateria particular que va a estudiar 13. Ahora bien, una


ley básica de la m etodología es ir desde el hecho, lo que captam os
por medio de la experiencia inm ediata, al principio que yace tras él.
Partimos de lo conocido y avanzamos gradualmente hacia lo menos
conocido. Este es el único m étodo razonable de estudio. Como a con ­
seja S a n t o T o m á s al estudiante Juan: « S i te lanzas de improviso al
mar, estás perdido. Pero si entras prim ero en un arroyo que desem ­
boca en un río y vas luego por el río hasta llegar al mar, no hay
ninguna razón para creer que no puedas m antenerte a flote» O,
para emplear otra im agen, com enzam os un viaje partiendo desde el
primer escalón, que es el hecho, y lo continuam os subiendo paso a
paso la escalera que nos lleva a los conocim ientos generales. T ene­
mos por meta la síntesis y nuestra llegada se anuncia con la apari­
ción de una ley o principio últim o que explica los hechos de los
que partim os, al m ismo tiem po que nos proporciona la clave del sig­
nificado de otros hechos todavía desconocidos para nosotros. nna_
ven qnp ijnmlnemosJiLÍ£y_jLprincipiQ1-podem os utilizarla.rom o punto

acabo de decir se puede aplicar igualmente a la ciencia y a la filo­


sofía, Pero lo ilustraré en relación con esta última. La división del ser
en acto y potencia surgió com o consecuencia de los estudios que hizo
A r i s t ó t e l e s sobre los cam bios del m undo físico. Una vez que captó
con claridad la idea, le fue posible utilizarla en materias ajenas a los
cambios físicos. R epetim os entonces que el m étodo analítico repre­
senta un ascenso gradual en la escala de los conocim ientos generali­
zados, m ientras que el m étodo sintético actúa en dirección contraria
una vez que la ley o principio ha sido proclam ado verdadero. La cien ­
cia se apoya con firmeza en el prim er m étodo. La Filosofía, por su
naturaleza, encuentra más útil el segundo.
De todos modos, visto que ambos son útiles el uno al otro, hay un
constante intercam bio entre los dos.
Partiendo de los hechos que son de com ún conocim iento, A q u in o
construye su ciencia de la naturaleza humana. Su sistema psicológico
es filosófico en su m ayor parte, ya que su genio se inclina más hacia
la síntesis que hacia el análisis. Podríam os decir que posee dos aspec­
tos: uno, «m aterial», que trata principalm ente de los hechos que
llegarían más adelante a pertenecer al cam po del investigador cien ­
tífico; el otro, «form al», ocupado fundam entalm ente del sentido final
que atribuimos a estos hechos y, por lo tanto, que concierne más
al filósofo. Y a causa de que el m ism o A q u in o dio una gran im portan­
cia al sentido últim o, podem os decir con propiedad que la esencia de
su Psicología es filosófica. Otro m odo de describirla sería decir que
la Psicología de S a n t o T o m á s es un feliz equilibrio entre el con oci­

13 «Se debe conocer el método de una ciencia dada antes de estudiarla.»


(E. B. T,, q. 6, a. 1, ob. a la segunda parte, r. 3.)
1J Epístola ad Joannem de Modo Studendi. Ver también A r is t ó t e l e s ,.
Physics. L. I, c. 1.
15 G ar r ig o u - L a g k a n g e , R., O. P .: De Methodo Sancti Thomae. Roma-
Schola Typographica. Pío X, 1938, pp. 19 ss.
4'¿ Psicología de Santo Tomás

m iento de lo contingente y el conocim iento de lo necesario en la


naturaleza hum ana, esto es, entre los lados observados por la expe­
riencia y las conclusiones finales que se siguen a ellos.
n . I n t r o s p e c c i ó n ,-—Lo que hem os dicho hasta aquí se refiere al
m étodo en general. Es el m odo de trabajar que tiene nuestra mente
sobre cualquier ram a del saber: empezamos por lo obvio e inmediato,
com o lo que vemos, oím os o sentimos, y continuam os con las reali­
dades más ocultas y hondas, no por eso m enos verdaderas, como
la existencia de una psych e o alma que dé cuenta de nuestra experien­
cia vital. Pero para el Aquinatense y la mayoría de los psicólogos m o­
dernos, hay otro m étodo que puede utilizarse solam ente en Psicología.
Carece de valor para el físico que estudia la estructura de la materia
y para el astrónom o cuyo interés se centra en los m ovim ientos de
los astros. Pero es sum am ente útil para el que se dedique al estudio
de la naturaleza hum ana. Lo llam am os introspección u observación
de nuestro propio interior, Y la razón de su particularidad reside en
que es el único caso en que sujeto y objeto de estudio coinciden.
Podemos, por asi decir, sin m overnos de casa, aprender lo esencial
de la naturaleza hum ana, observándonos en el espejo del ser, para
saber qué tipo de persona somos. En con ju n to no deberíam os, pues,
tener grandes dificultades en esta rama del conocim iento, va que
siempre podem os apelar a nuestra experiencia' 'péTsoñalT o~ a lo que
sugedlTen nuestro Tfitefló r cuarrdó~aueremos cerciorarnos de lo aue
experim entan los demás. . .
S anto T omás fue, por supuesto, un introspeccionísta. Cuando se
refiere al uso de este m étodo de exploración del yo, dice: «Los objetos
que pertenecen por esencia al alma son conocidos por m edio de un
cierto tipo de conocim iento que es la experiencia interior; del mismo
m odo que un hom bre por sus actos es consciente del origen de ellos.
Así, nos dam os cuenta que tenem os deseos por el acto de desear,
de que estam os vivos porque somos conscientes de las m anifestacio­
nes vitales» 16. Para el Aquinatense, la introspección es el m edio más
seguro de acceso a los datos de la Psicología. No emplearla hubiese sido
com o arrojar el m artillo y la sierra cuando nos disponíam os a construir
un edificio; o rehusar encender una luz cuando no vemos lo suficiente
para realizar nuestro trabajo.
En lo que respecta a nuestro T o m á s d e A q g i n o , pues, la introspección
es la herram ienta básica para extraer los datos de la experiencia,
en la creencia de que sobre estos hechos se funda nuestro con oci­
m iento de la naturaleza hum ana. Si buscase fuera datos adicionales,
sería principalm ente con el fin de com pararlos con los que le p ro­
porcionó la introspección. Y hay que decir que la m ayoría de sus
errores proceden precisam ente del estudio de materias que no se pue­
den verificar por m edio de la introspección. Vale la pena llamar la
atención sobre este punto desde el m om ento en que gran parte de las
controversias en la Psicología m oderna se centran en la discusión
del valor del m étodo introspectivo. ¿Es éste un m étodo lícito de
obtener inform ación ? La respuesta depende, claro está, del uso que
10 S. T., p. I-II, q. 112, a. 5, r. a obj. 1.
Introspección 43

le demos, o del cuidado y la precisión con que lo apliquemos. Cuando


es utilizado com o cualquier otro instrum ento fidedigno, puede con ­
vertirse en la más rica fuente de conocim iento. Esta es la opinión de
O s w a l d K ü l p e , que dice: «El experim ento no puede desplazar a la
introspección en Psicología, del m ismo m odo que no puede desplazar a
la observación en Física. Sólo debe ser un suplemento del m étodo
introspectivo que llene los huecos que quedan cuando se utiliza la
introspección, y que sirva para verificar sus hallazgos y hacerla, en
general, más digna de confianza» *7. Podemos añadir que ha sido
K ü l p e el prim ero de los psicólogos m odernos que se ha acreditado
por hacer un estudio científico del m étodo en Psicología.
En unas manos hábiles, la introspección es un m étodo que permite
al observador ir en busca de los detalles de su propia experiencia
com o provisto de una lupa. Toda la reacción consciente es cuidado­
samente percibida y deshecha, si es necesario, en períodos fraccion a­
dos. Las mismas tareas se hacen una y otra vez con el fin de corregir
y am pliar el inform e. Algunas veces se le pide al sujeto que fije su
atención en algo particular, pero más a menudo se le deja actuar
libremente, sin prevenirle sobre lo que debería observar.
¿Qué tenemos nosotros que decir de la introspección de S a n t o
T o m á s ? Si nos basam os en los inform es que ha dejado, debió de h a ­
berla em pleado m etódicam ente. Sin duda alguna; hubo ocasiones en
que quedó perplejo. Pero a un hom bre de su constancia e inventiva
el trabajo que le producía explorar los misterios de la conciencia
no era más que un estím ulo para su curiosidad.
No es difícil imaginarse su método. Primero iba produciendo la
percepción, la im agen, el sentim iento, el ju icio o el proceso m ental
requerido. Luego revisaba inm ediatam ente los detalles de su expe­
riencia para poder describir exactam ente cóm o la había hecho. Es
la tarea que todos los grandes introspeccíonistas se han impuesto,
desde A r i s t ó t e l e s hasta K ü l p e , y los psicólogos modernos. Cuando las
circunstancias de tiem po y de lugar varían, nunca se puede asegurar
lo que se va a observar, o de si está examinando el mismo tipo de
datos repetidam ente. Además, siempre existe el peligro de refinar las
propias experiencias hasta el punto de que se hagan irreales. Esto
es lo que sucede si abusamos de la llam ada actitud de laboratorio,
donde la experiencia com ún o ingenua se descarta a favor de la expe­
riencia corregida. Para ser un buen introspeccionista se debe ser con s­
ciente; luego consciente de ser consciente; luego lo suficientemente
hábil para describir todo lo que sucede estando consciente.
Lo que hizo probablem ente S a n t o T o m á s , lo mismo que el intros­
peccionista m oderno, fue ejecutar varias veces una misma tarea.
Algunos rasgos com unes de todas estas experiencias sucesivas irían
apareciendo gradualm ente con m ayor relieve, pudiendo entonces ais­
larse y repetirse con más exactitud. Todavía continúa siendo cierto
para el experto actual en introspección, tal com o lo descubrió S a n t o

17 K ü lp e , O .: Outlines of Psychology. T r a d , p o r E. B . T it c h e n e r . n . Y .
M a c m i lla n , 1895, p . 10,
44 Psicología de Santo Tomás

T omás, que el contenido total de una experiencia dada difícilm ente


podía ser captado en toda su riqueza de detalles. La ley de la lim ita­
ción de la energía m ental se opone a esto.
Como F r a n c i s A v e l i n g d ic e : «Sólo tenemos conciencia de un m odo
absoluto de una parte infinitesimal de lo que captan nuestros sentidos
externos en un m om ento dado. La extensión de nuestra conciencia
está igualmente lim itada cualquiera que sea el tipo de experiencia.
Se necesita un gran núm ero de observaciones, por consiguiente, para
desentrañar los fenóm enos que ocurren en el más simple proceso
m ental» 1S. Sin embargo, com o quiera que investigase la validez esen­
cial del m étodo de A q u i n o se muestra una y otra vez p or el gran
acuerdo existente entre el relato de sus datos introspectivos y los
inform es dados por los psicólogos modernos.
III. C o n t e n i d o .— El sistema ideal en Psicología sería el que pudie­
se representar todo lo que sabemos acerca del hom bre en un todo
consistente y unificado. D icho sistema abarcaría todos los datos de
la experiencia humana, asi com o las leyes o principios que hacen
com prensibles esos datos. Podem os afirmar, de paso, que no puede
existir ni existirá un sistema psicológico perfecto mientras la natu­
raleza hum ana siga teniendo secretos para nosotros. Como cualquier
otra aventura del conocim iento hum ano, la Psicología debe tener su
correspondiente parte de errores, com plicaciones y de m alentendidosf
aun entre hom bres bien intencionados.
Probablem ente sea ésta la m ejor razón para dejar en claro desde
un principio lo que considero com o el núcleo de la psicología tomista.
Para llegar a él es necesario sobrepasar los límites de nuestro con o­
cim iento del hom bre y entrar en el terreno más am plio de nuestro
conocim iento del ser, puesto que lo que es cierto sobre el ser en
general debe tam bién serlo para el hum ano en particular.
Ahora bien, a la más ligera ojeada que demos a las páginas de la
filosofía de S a n t o T o m á s percibim os que el principio fundam ental que
une entre sí a todos los conocim ientos es la doctrina del acto y la
potencia. Brevemente, viene a ser esto: que una cosa que se halla en
estado de potencia debe continuar en ese estado hasta ser m ovida por
otra en estado de acto. Es posible, pues, que el agua fría se torne
caliente. Pero el agua fría no puede de ningún m odo calentarse a no
ser que actúe sobre ella algo ya caliente. Lo mismo podem os decir en
cuanto al m ovim iento. La doctrina n o descansa, sin embargo, en la
noción de cóm o actúa una cosa. Tam bién nos dice qué es una cosa:
basándose en el principio que la operación de una cosa sigue el p ro­
pio curso de su ser y es un cam ino o una pista para averiguar la
naturaleza de su ser. Por consiguiente, se desprende que todo ser se
divide en potencia y acto. Así, todo lo que pertenezca al m undo de
la realidad puede considerarse com o potencia, com o acto o com o una
com binación de ambos. Aqui hem os tocado suelo firme en la filosofía

1S A v e l in g , F .: Emotion, Conation and Will. Feelings and Emotions. E d .


por c. Murchison. Worcester Clark University Press. 1928, p. 52. Ver también
S p e a r m a n , C.: The Abilities of Man. N. Y. Macmillan, 1927, pp. 98 ss.
Contenido 45

d e A q u i n o : el principio d e la existencia real, ya sea en form a de acto


o de potencia. Veamos cóm o adapta esto a sus enseñanzas psico­
lógicas.
Hallamos prim ero su doctrina de la unidad del com puesto hu m a­
no. El alma del hom bre es el acto o form a sustancial de su cuerpo
y su form a única. El cuerpo del hom bre, por otra parte, en su aspecto
básico de materia prima, es pura y simple potencia. La unión de su
alm a con la m ateria prim a convierte de inm ediato esta materia »en
un cuerpo, un cuerpo viviente y un cuerpo humano. A esto nos referi­
mos cuando decim os que el hombre está com puesto de cuerpo y alma.
Nuevamente, las potencias de la mente y la voluntad son distintas
a las del alma misma. Desde el m om ento en que son perfecciones del
alma, su relación con ésta es la misma que la que existe entre el acto
y la potencia, Pero las potencias mismas son perfeccionadas por la
acción. Luego el pensam iento es a la mente, y la elección a la voluntad,
lo que el acto a la potencia. Y lo m ism o sucede con el resto de nuestras
potencias.
Finalm ente, las potencias entran en acción por m edio de los o b je ­
tos. Vemos cuando la luz nos hiere la vísta. Oímos cuando el sonido
llega al oído. Y conocem os el m undo de la realidad porque de algún
m odo este m undo queda impreso en la mente. De todo esto se deduce
no solamente que las potencias por m edio de las cuales conocem os
son distintas de los objetos, sino tam bién que son esencialm ente pasi­
vas en relación con ellos. El conocim iento, en resumen, debe venir
del exterior, y la m ente perm anece en estado de potencia hasta el
m om ento en que se ve im pulsada a actuar por su objeto, es decir,
por algo lanzado hacia ella desde fuera. ¡Qué falso es, pues, decir que
ella crea a su objeto, cuando la verdad es que es el objeto el que
hace posible la existencia de los pensam ientos!
La misma nota de potencia es detectable en la voluntad que, au n ­
que capaz de determ inarse en el m om ento de la elección, es, sin em ­
bargo, naturalm ente pasiva respecto a su motivo. Además, com o el
resto de las criaturas, está sujeto a la influencia de Dios, que la
crea y actúa sobre ella de acuerdo con su naturaleza: llevándola hacia
la meta que El desea, sin interferir en lo más m ínim o su lib erta d 19.

13 Uno de los problemas que ofrece más dificultades en la psicología


tomista es la relación que existe entre la voluntad humana y la divina.
Esto es, en realidad, un problema teológico. Sin embargo, ya que siempre
lo tenemos presente al estudiar el acto voluntario, me dirijo al texto clásico
(S. T ., pp. I-II, q. lo, a, 4) para ver lo que nos dice S an t o T o m á s : «Como
dice D io n y s h is (en su Tratado Sobre los nombres divinos, TV), no entra en
el plan de la divina Providencia destruir la naturaleza de las cosas, sino
más bien conservarlas intactas. Es por esto que El actúa sobre las cosas
siempre de acuerdo con las condiciones de cada ser. Hace esto tan sabia­
mente que, bajo la influencia de su acción divina, los efectos fluyen nece­
sariamente de causas necesarias; mientras que los efectos de los agentes
libres se producen libremente. Ahora bien, puesto que la voluntad humana
es un agente activo y no está, determinado por una cosa, sino que se rela­
ciona de un modo indiferente con muchas, Dios debe actuar sobre ella de tal
manera que no la determina necesariamente. Asi, pues, el acto voluntario.
46 Psicología de Santo Tomás

Otras conclusiones que no fueran las m encionadas harían peligrar la


totalidad del sistema de S a n t o T o m á s . Todas ellas tienen, pues, su
origen en la doctrina de la potencia y el acto.

4. AQUINO Y ARISTOTELES.— La estructura total de la filosofía


tom ista se basa en A r i s t ó t e l e s , A qu isto ha sido el prim ero en recono­
cer su deuda con el sabio de Estagíra. Si A l b e r t o lo educó en el m étodo
analítico, A r i s t ó t e l e s le enseñó el poder de la síntesis y abrió su mente
a las im presionantes alturas de la m etafísica, le dio una visión que
abarcaba desde las profundidades del cosmos hasta el trono de Dios,
que es la vida misma, la razón misma y el mismo ser, excelente y
eterno 20. Es digno de m ención el h echo de que, lo mismo para el más
grande de los peripatéticos com o para el m ayor de los escolásticos,
la necesidad de la síntesis fue originada por el contacto con m enta­
lidades con inclinación científica. Lo mismo que S t o T o m á s , A r i s t ó ­
t e l e s creció en un am biente favorable al espíritu de la observación
exacta.
La Historia nos cuenta cóm o la M edicina era una tradición en
su fam ilia. Una atm ósfera así puede provocar, ciertam ente, una
reacción positiva en un filósofo que se esté form ando. Prim ero aguza
su interés por el descubrim iento de hechos, luego le estimula a esta­
blecer un cierto tipo de orden en sus descubrim ientos y, por último,
le suministra el incentivo necesario para form ar un sistema por medio
del cual los numerosos datos aislados puedan reunirse en un con­
ju n to arm onioso y se les pueda dar su sentido final. Este contacto
constante con la realidad, característica de toda la filosofía de A r i s ­
t ó t e l e s , está descrito m ejor que nadie por él mismo. Sus palabras
nos parecen un pasaje autobiográfico: «Los que vivan en prolongada
com unión con la Naturaleza y sus fenóm enos tendrán cada vez más
capacidad para construir principios que se presten a un desarrollo
amplio y coherente y que sean la base de sus teorías. Los que, en
cam bio, se entreguen a la abstracción y abandonen la observación
de los hechos, sólo estarán deseosos de asentar dogmas a propósito
de sus escasas observaciones» 21.

lejos de ser forzado, permanece libre, siendo la única excepción cuando es


movido por su propia naturaleza.»
Debemos explicar que «la voluntad es movida por su propia naturaleza»
cuando se inclina hacia el bien. En presencia de dicho objeto que agotó
nuestra concepción de la bondad, no le es posible a la voluntad sino desear­
la. Refiriéndose a los puntos anteriores, al responder a la objeción primera
de este articulo, S an to T om ás dice que la voluntad de Dios comprende no
sólo el acto, sino también el modo como se hace una cosa, abarcando de
una vez tanto la sustancia como el modo de acción de cada criatura. Sola­
mente así es respetada su propia Naturaleza infinita, al respetar la natu­
raleza finita de todas las cosas que El ha creado. Por eso lo más loable para
El es el hecho de no actuar sobre los hombres libres, y el de no permitirse
intervenir en sus propias decisiones, puesto que la libertad es una cualidad
que les pertenece en cuanto seres racionales. Ver también: D. P. D., q. 3,
a. 7, y obj. 12 y 13.
50 Metavhysica, L. XII, c. 7.
31 De generatione et corrupfíone, L. I, c. 2.
Aquino y Aristóteles 47

Pero A q u i n o aprendió con A r i s t ó t e l e s algo más que un m étodo.


El contenido de su filosofía misma (y esto es particularm ente cierto
para su doctrina de la naturaleza humana) es tam bién aristotélico
en el fohdo. Hay, por cierto, quien dice que no hizo casi nada más
que m anejar el pensam iento de A r i s t ó t e l e s , pero quien haya dicho
esto es que desconoce la m agnitud de la m ente de A q u in o tanto com o
la hondura y originalidad de sus escritos.
Con el suficiente discernim iento, se verá que la verdadera razón
que tuvo para aceptar el punto de vista aristotélico no fue ni la
autoridad ni la tradición que representaba, sino el hecho intrínseco
de su veracidad.
Uno se podría tam bién preguntar si la tradición y la autoridad
de A r i s t ó t e l e s era reconocida tan am pliam ente en los tiem pos de
A q u i n o , y la evidencia nos responde que no fue así, por lo que, vista la
gran extensión que tom ó la vuelta a A r i s t ó t e l e s después de la síntesis
tomista, no podem os m enos que reconocer todo lo que A r i s t ó t e l e s le
debe a S a n t o T o m á s 22.
Pero lo que se discute es algo más vital. El panadero, por ejem plo,
nos suministra el pan. Lo ingerim os, lo asimilamos y pasa a form ar
parte de nuestro organismo. Del m ismo modo, A r i s t ó t e l e s alim entó
la mente de A q u i n o , Ahora bien: el pan, y n o el panadero, es lo que
interesa al cuerpo. Del mismo m odo, la verdad, y no A r i s t ó t e l e s ,
era lo que le interesaba a A q u i n o . Y así, cuando las doctrinas del Esta-
girita le parecían correctas, las aprobaba únicam ente porque corres­
pondían a la realidad. Es el mismo m otivo que tiene para estudiar
filosofía, «No para aprender lo que otros han pensado, sino para
llegar a la verdad de las cosas» 23. Aceptar la verdad que le ofrecía
A r i s t ó t e l e s , no por ser A r i s t ó t e l e s , sino por ser verdad, fue el más
alto m otivo de su rendición intelectual.
Sin em bargo, durante el proceso de la nutrición algunos productos
son rechazados y considerados de desecho. Así, al digerir el pensa­
miento aristotélico en con tró S a n t o T o m á s algunos hechos no asim i­
lables. Sólo la verdad es alim ento adecuado para la mente. Nada más

12 Sería una grave falta creer que a S an to T om ás le hubiese bastado con


«bautizar a A r is t ó t e l e s », como se dice. La verdad es que le dio nueva vida
y organización a todo el sistema aristotélico: Re valorizó de principio a fin
la antigua filosofía pagana y la unificó bajo un solo principio. A r is t ó t e l e s
llegó a la cumbre de su estudio de la realidad en su visión de Dios como el
Acto Primero, infinitamente puro, radiante, vivo, bondadoso y eterno; y
puesto que este Acto es carente de limitaciones, debe incluir la perfección
de una existencia infinita. A r is t ó t e l e s es, pues, el más grande de los exis-
tencialistas paganos.
La concepción del ser de S an to T o m á s , y especialmente del ser infinito
del Acto Primero, es la misma en esencia que la aristotélica; es, sin embar­
go, una aclaración de las doctrinas de este último, y nos presenta un análi­
sis más satisfactorio de los atributos divinos y desarrolla de un modo posi­
tivo la noción de una providencia infinita que se ejerce sobre cada una de
las criaturas a las que Dios ha dado el ser. Esto es un existencíalismo de
los mejores y posiblemente S anto T om ás sea el mayor de los ezistencialistas.
Ver M a r it a in , J .: Existence and the Existent. Trad. por L. G a l a n t ie r e y
G, B. P h e l an , N. Y. Pantheon., 1948, c. 5.
33 In Aristotelis De Cáelo, L. I, lee, 22.
48 Psicología de Santo Tomás

le jo s de la intención de A q u in o que considerar su sumisión a A r i s t ó t e -


uss com o un refugio contra el error. Una de las pocas veces en que se
muestra im paciente con sus críticos es en su ensayo Sobre la Unidad
del In telecto. Un com entarista de A r i s t ó t e l e s , S i g e r i o d e B r a b a n t e ,
había hecho la observación de que quizá el significado atribuido por
A q u in o a un texto de A r i s t ó t e l e s era equivocado, a lo que éste le repli­
có, sin ambages, que lo que se discutía no era lo que A r i s t ó t e l e s había
pensado o enseñado, sino lo verdadero. ¡Si sus opositores podían p ro ­
bar que la interpretación que ellos hacían de A r i s t ó t e l e s era la ver­
dadera, tanto peor para A r i s t ó t e l e s ! 24,
El h ech o es que S a n t o T o m á s extrajo los materiales para su ñlosofía
de todas las fuentes posibles— griegas, árabes, paganas o cristianas— ,
y así logró un todo orgánico, en el que conocim ientos de diverso tipo
m antenían su unidad al ser recogidos por un principio único.
Este principio, es claro, había sido creado por el propio A q u in o a
través de largas m editaciones, siendo consciente totalm ente de sus
im plicaciones. No le im portaba que lo considerasen terco si era en
honor a la verdad. De cualquier m odo, no hay posibilidad de duda
acerca de su originalidad. Com o parte de su gran sistema filosófico,
su psicología es una réplica fiel de sus opiniones y experiencias, y se
puede dem ostrar, sin lugar a dudas, que se esforzó constantem ente
en referir siempre a la realidad sus observaciones sobre la naturaleza
del hom bre 25.

5. AQUINO Y LA PSICOLOGIA MODERNA— ¿Tiene la doctrina de


S anto T om ás algún valor para los psicólogos m odernos? Podemos afir­
m ar que sí, sin lugar a dudas. Existe, sin em bargo, el inconveniente
de que muy pocos de los psicólogos de hoy conocen la psicología
tom ista y n o han saboreado aún los frutos de su estudio. Pero el
interés por ella es creciente, y la corriente de investigación, que se
dirige hacia una visión total y personalista de la naturaleza del hom ­
bre, observada con bastante frecuencia en la actualidad, es posible que
signifique que el psicólogo m oderno se está, por fin, sintiendo atraído
por la integridad de esta tendencia. Ahora bien: la psicología de
A q u in o se caracteriza precisam ente por poseer una visión de conjunto
y personalista del ser humano. Cuando el hom bre de ciencia se dé

14 D. U. I., c. 7.
Esta explosión tan poco corriente a ia que me refiero aparece al final
de su tratado. Es digno de citarse por el profundo deseo de verdad que
muestra en ella. «Si alguno, engreído de falsa sabiduría, desea discutir lo
que he escrito, que no hable por las calles a las gentes ni a los niños sin
experiencia, que no distinguen lo verdadero de lo falso. Que se atreva, en
cambio, a escribir contra lo que yo he escrito. Encontrará, entonces dispues­
tos a oponerse contra sus falsas doctrinas y a aconsejar su ignorancia, no
sólo a mí, sino a todos los amantes de la sabiduría.»
25 M a r it a in , J.: The Degrees oj Knowledge. Trad. por B. W al l y M. R.
A h a m so n . N. Y. Scribners, 1938, pp. XIV-XV.
B arbado , E., O. P,: Introduzione alla Psichologia Sperimentale. Roma.
Facoltà Filosofica dell’sAngelicum». 1930, c. 9,
L atte y , C., s. J. Editor. St. Thomas Aquinas. Cambridge. Eng. Heffer,
1925, cc. 3 y 4.
Aquino y la Psicología moderna 49

cuenta de esto, cosa que tarde o tem prano tendrá que suceder, debería
reconocer entonces totalm ente lo que W undt sólo adivinó: que la
doctrina de A ristóteles y A quino es el único sistema capaz de encua­
drar todo el producto de su labor se.
Pero A quino tenía sus propias ideas sobre la naturaleza humana,
de gran valor para un investigador responsable. Al establecer el signi­
ficado de mente, voluntad, sentido, instinto, conducta externa y demás
problemas de la Psicología, su m odo de explicar los actos y las p oten ­
cias del hom bre debe ser tom ado en cuenta conjuntam ente con las
demás afirm aciones teóricas de la Psicología 27. No podem os prom eter
que tendrá respuesta para todos los problemas, puesto que hay temas
que ni siquiera discutió. Al mismo tiem po debemos recordar que era
un hom bre de su época. Mas lo que escribió tiene un contenido que
no puede descuidarse. El hacerlo sería tomar lo medieval por lo m o­
derno. Por eso atacar su lenguaje, o ignorar el fondo que tras él se
oculta, o darle una interpretación distinta a la que les corresponde,
sería tam bién ser injusto con la intención de S anto T omás 2m.
Uno de los sucesos agradables de ver en la Psicología m oderna es
la reaparición de cuando en cuando de ideas y puntos de vista que
pertenecen definitivam ente a la tradición aristotélica y tomista. Para
variar la conocida im agen, esto es lo mismo que poner el vino viejo en
nuevos odres. La vuelta al pasado, en ese caso, no amengua el valor
de los que han redescubierto la verdad y la han puesto al servicio
del hom bre m oderno.
Por el contrario, esta postura tiene varias ventajas. Por un lado,
puede ser interpretada com o signo de nuevo interés por un cuerpo de
doctrina que vale la pena volver a considerar, debido a su valor com o
guía en la investigación. Por otro, nos suministra un m edio para dis­
tinguir lo verdadero de lo falso en las teorías modernas. Además, hace
volver al filósofo a sus textos con el fin de cotejar sus descubrim ientos
en el laboratorio y en la clínica con la doctrina aristotélica y tom ista y
ver si la com pletan, arrojan más luz sobre ella o la ilustran. Finalm en­

26 Wundt, W.: Grundzüge der physiologischen Psychologie. Leipzig. En-


gelmann, 4.a edición, 1893, L, II, c. 23,
Digo que W undt sólo adivinó esto porque su posición respecto al hombre
y especialmente a la relación cuerpo y alma dista mucho de la de A r ist ó t e l e s
y S an t o T o m á s . E s así como estuvo en lo cierto al afirmar que los resultados
de sus experimentos solamente podían comprenderse dentro de la tradi­
ción aristotélica, pero lo que no supo fue interpretar correctamente esta
tradición.
17 S p e a r m a n , C .: The Nature of Intelligence and the Principies of Cognt-
tion, London. Macmillan, 2.a edición, 1927, p. 22.
16 G il s o n , E.: The Philosophy of St. Thomas Aquinas. Trad. por E. Bui.-
lough . St. Louis, Herder, 1937, p. 260.
La advertencia hecha por G il s o n de que S an to T om ás perteneció al si­
glo x m es correcta. Sin embargo, podemos cometer la equivocación de con­
siderar al Doctor Angélico sólo como un producto de su época, olvidando el
hecho de que las verdades que expuso trascienden a los períodos históricos
como tales. Su filosofía se ha llamado por eso perenne. Su valor excede el
momento histórico en que fue concebida. No es una pieza de museo, sino
un pensamiento lleno de vitalidad capaz de influir en el de los hombres
de todas las épocas.
BRENNAÍÍ, 4
50 Psicoloffia de Santo Tomás

te, nos da esperanzas de que algún día lo m ejor del pensamiento anti­
guo, medieval y m oderno se sintetice logrando darnos una idea más
total del hom bre en sus actos, en sus potencias y en su com pleja na­
turaleza corpóreo-espiritual.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO I

Brennan, R. E., O. P.: Thomistic Psychology. New York, Macmillan, 1941, ca­
pitulo 1. Ed. esp., Morata, Madrid, 1960.
C h este rto n , G. K . : St. Thomas Aquinas. New York. Sheed & Ward, 1933.
D ’ A rc ?, M. C., S. J.: Thomas Aquinas. London, Benn, 1930.
G i l s o n , E .: The philosophy of St. Thomas Aquinas. Trad, por E. B ullough .
St. Louis, Herder, 1937.
G rab Ma n n , M.: Thomas Aquinas. Trad, por V. Michel. O. S. B. New York,
Longmans, Green, 1928.
M a r it a i n , J. : St Thomas Aquinas, Angel of the Schools, Trad, por J. A. S c a n -
l a n . New York, Sheed & Ward, 1938.
Mure, G. R. G. : Aristotle. New York, Oxford University Press, 1932.
CAPITULO II

CONCEPTO DE PSICOLOGIA GENERAL

1. DISCUSION TERMINOLOGICA.— La Psicología, en su sig n ifi­


cado original, es el estudio del alma, pero en la realidad es algo más
que esto, puesto que tam bién estudia a la cosa que tiene alma.
Ahora bien, cuando pensam os en las cosas que tienen alma inm e­
diatam ente nos im aginam os tres clases de criaturas: las plantas, los
anim ales y los hom bres. Puede que existan otras en otro lugar del
universo, pero n o sabemos nada acerca de ellas. De cualquier m odo,
ya que la Psicología trata de los seres que poseen un alma, abarca
todas las m anifestaciones vitales del m undo, tanto las más com o las
menos diferenciadas. Concretam ente, sin embargo, la Psicología es el
estudio del hombre. ¿Quiere decir esto que abandonam os las form as
de vida de las plantas y los anim ales cuando centram os nuestro in te­
rés en el hom bre? No, puesto que el hom bre es la suma de todas las
potencias y las perfecciones de estas form as inferiores, además de
poseer otras potencias y otras perfecciones que son sólo propias de él.
Como el resto de las cosas del universo, el hom bre m anifiesta sus
potencias y sus perfecciones al actuar. Nos sería difícil con ocer su
interior si no estudiásemos su conducta. Esto estaba claro para S a n t o
T o m á s , que d ijo que debem os com enzar a estudiar los actos del hom bre
y continuar con sus potencias antes de que lleguemos, por fin, a com ­
prender su naturaleza. El suponía, con m ucha razón, que las p oten ­
cias de una cosa son una parcela de su naturaleza, puesto que son
propiedades que provienen de ella i, A r i s t ó t e l e s era tam bién de la
misma opin ión ; que la naturaleza humana, com o cualquier otra, es
el principio tanto de sus propiedades com o de sus operaciones 2.

2- EL ESTUDIO DEL HOMBRE EN CUANTO HOMBRE. — S a n t o


T om ás estaría de acuerdo, probablem ente, en que el sujeto adecuado
de la Psicología es el hom bre, e insistiría, además, en que era ésta la
idea fundam ental de la Psicología de A r i s t ó t e l e s . Pero mientras A r i s ­
t ó t e l e s tom aba con tacto con la m ateria de estudio, haciendo r e fe -

1 S. T., p. I, a. 77, a. 3, sed contra, Ver también C. D. A., L. H, 1, 6. Aquí


siguiendo a A r is t ó t e l e s , dice que los actos se conocen estudian­
S a n to T o m á s ,
do los objetos; las potencias, estudiando sus actos y el alma o el cuerpo
poseedor de un alma, estudiando sus potencias. No es necesario añadir que
cualquiera que siga este método debe producir una psicología objetiva en el
mejor sentido de la palabra.
2 De anima, L. II, c. 4. Metaphysica, L. V, e. 4.
52 Concepìo de Psicologia generai

rencia explícita al alma, S a n t o T o m á s desvía su punto de vista al h om ­


bre mismo. A la larga viene a ser la misma cosa, puesto que el alma
del hom bre es la razón misma de su ser. Pero considero que el cam bio
de perspectiva efectuado por A q u i n o , su énfasis en el hom bre en cu an ­
to hom bre es de m ayor alcance y proporciona una base filosófica
m ejor y una guia más segura para las corrientes psicológicas de hoy.
Explicándolo en térm inos históricos, lo que hicieron los pensadores
medievales fue hacer la filosofía antigua más com prensible y, por lo
tanto, más útil para el hom bre moderno.
Además, si S a n t o T o m á s hubiese elegido un nombre para estudio
del hombre, creo que hubiese preferido el térm ino de Antropología
al de Psicología, En realidad, ninguna de estas palabras aparece en
sus escritos, ni nos interesa m ucho esto tam poco, siempre que no
olvidem os que el tema principal de la Psicología tom ista es el hombre
en cuanto hom bre, que el alm a es sim plem ente una parte del hom ­
bre, esencial para su naturaleza, pero, sin embargo, sólo una parte de
é l; que el cuerpo es la otra parte esencial y que el hom bre se m ani­
fiesta a través de las potencias o propiedades que le perm iten actuar.
Ahora bien: existen dos m odos de considerar al hom bre, psicoló­
gicam ente hablando. El prim ero es el cientifico, utilizado por la m ayo­
ría de los psicólogos modernos. El segundo, el filosófico, que es el pre­
ferido por S a n t o T o m á s , Esta separación neta de las dos form as de
conocim iento es una de las adquisiciones del pensam iento moderno.
D igo m oderno porque no hubiese sido posible su existencia de no exis­
tir los m étodos e instrum entos m odernos de la investigación. Pero
existía, sin em bargo, en em brión en la mente de hombres com o R o g e r
B a c o n y A l b e r t o M a g n o , personas las más adecuadas para haber pre­
visto este desarrollo. Por su im portancia en las divisiones de nues­
tro texto, examinarem os esto con más detalle,

3. EL SIGNIFICADO TOMISTA DE CIENCIA.— Según S a n t o T o ­


m ás, algunos conocim ientos se buscan simplemente por el afán de
saber; a éstos los llam amos especulativos. Otros se adquieren con el
fin de actuar, y éstos son los prácticos. Los que nos interesan aquí son
los conocim ientos de tipo especulativo. Podem os dividirlos con un
criterio d o b le : si representan diferentes perfecciones de la mente o si
describen áreas distintas de la realidad explorables por la mente.
En e l prim er caso es en la excelencia de la mente y su m ayor
conocim iento de las causas en lo que se hace hincapié; en el segundo,
la excelencia del objeto, la m ayor abstracción de materias, es lo p rin ­
cipal.
Desde el punto de vista de su propia perfección, hay tres con oci­
m ientos especulativos que perfeccionan la mente hum ana: la com ­
prensión o hábito de tener prim eros principios de pensam iento; la
ciencia, que es un conocim iento cierto, que posee la certeza de la
prueba y que extrae sus conclusiones de principios, ya sean m ediata
o inm ediatam ente evidentes y que lleva sus investigaciones a las
causas últimas de las cosas en un determ inado orden de entes, y la
«sabiduría», que tam bién se basa en la prueba y que no encuentra
Significado tomista 53

reposo hasta alcanzar las razones últimas de las cosas en todos los
órdenes del ser. Vemos, en consecuencia, com o dice S a n t o T o m á s , que
la ciencia es decisiva en un género u otro de objetos cognoscibles,
m ientras la sabiduría es decisiva desde todos los ángulos, puesto que
solam ente ella es esencial en todo género de conocim ientos 3.
Desde la perspectiva de la excelencia del objeto o de su grado de
abstracción de la materia, hay tam bién tres form as de conocim iento
que puede utilizar la m ente: la física, que considera las cosas que
dependen de la m ateria y que no pueden ser pensadas com o carentes
de materia, por ejem plo, el hom bre m ismo, cuyo cuerpo es parte de
su esencia y cuya defin ición debe incluir la noción de m ateria; las
m atem áticas, que consideran las cosas que dependen de la materia
para su existencia, pero que pueden ser pensadas com o inm ateriales;
por ejem plo, una curva, que es posible definir sin referirse al objeto
material que es cu rvo; la m etafísica, que centra su interés en objetos
no dependientes de la materia, ya sea porque nunca los encontram os
materialm ente, com o, por ejem plo, Dios, o porque pueden concebirse
inm aterialm ente, com o, por ejem plo, el acto y la potencia de los seres 4.
La física, pues, para S a n t o T o m á s es una form a de conocim iento filo ­
sófico. Es la filosofía de la naturaleza. Por naturaleza en este caso se
entiende el m undo del ser que se mueve a través del tiem po y del
espacio y está dotado de propiedades y accidentes que pueden ser
percibidos por los sentidos. Abarca el cosmos de un m odo general, y al
hom bre en particular, por ser el rey de las criaturas del universo.
Asi tenemos los térm inos m odernos de Cosmología y Psicología
para definir lo que A q u in o llam aba física. Y puesto que este tipo de
conocim iento se basa en la dem ostración y no abandona su búsqueda
hasta encontrar las causas finales de las criaturas del universo en el
orden especial en que se encuentran— su esencia, su origen, su desti­
no— , se la puede llam ar verdaderam ente ciencia.
Las m atem áticas también, en el sistema de S a n t o T o m á s , son una
form a de filosofía. Es el más exacto de nuestros conocim ientos filo ­
sóficos. Tiene que ver con la cantidad y con las cosas que se relacio­
nan con la cantidad. Además, a causa de su exactitud y de la firmeza
con que prueba sus conclusiones, puede llamársele ciencia con el
máximo derecho.
La M etafísica es la más alta y noble form a de conocim iento filo ­
sófico, tratando com o trata del ser en su dom inio más abstracto y en
el grado más apartado de la materia. Aquí de nuevo se introducen
nuevos términos para indicar los diferentes accesos de la m ente a la
realidad. Así, el estudio del ser com o tal ser es llam ado Ontología,

3 S. T .t p p . I - n , q. 57, a. 2,
1 La disertación clásica de los grados de abstracción se encuentra en
la «Exposición del libro de B oecio sobre la Trinidad», de S an t o T o m á s , E. B. T.,
q q . 5 y 6. A quino estudia aquí en detalle el origen de la división de la filosofía
que he dado en el texto, asi como los métodos de investigación propios de
cada división. He hecho uso constante de estos dos aspectos al formular las
relaciones que existen entre la ciencia moderna y la filosofía del Doctor
Angélico.
54 Concepto de Psicología general

que trata del ser en su aspecto más general. De un m odo más especial
tam bién ineluye el ser de la verdad, que es la Epistemología, y el ser
de Dios, que es la Teología, Resulta, pues, obvio que la M etafísica, que
es la búsqueda de las causas más altas en todo género de objetos
cognoscibles, es la verdadera sabiduría; el tipo de conocim iento que
S a n t o T o m á s llama la ciencia de las ciencias. En consecuencia, se
deduce que las ciencias son muchas, ya que exploran distintos tipos
de realidad. La sabiduría es una sola, sin embargo, ya que lo considera
todo desde el punto de vista total del ser: descendiendo hasta la
m ateria inerte del cosmos, ascendiendo a través de las criaturas
vivientes hasta llegar al ser de los seres, la causa prim era y el rey del
universo; extendiendo su poder desde un extremo a otro y ordenán­
dolo todo.

i. EL SIGNIFICADO MODERNO DE CIENCIA.— ¿No es posible,


acaso, tener otra form a de conocim iento que confirm e la verdad de
sus leyes por m edio de pruebas y que, sin em bargo, no llegue hasta la
naturaleza o la esencia de las cosas? Los hom bres que trabajan en el
laboratorio dicen que sí, y señalan la Física (en su acepción moderna),
la Química, la B iología y aun la Psicología com o ejem plos de lo que
entienden por cien cia; cuando lo que se investiga no es la naturaleza
de las cosas en sí, sino las funciones y las estructuras que nos revelan
esta naturaleza, así com o las leyes constantes que la gobiernan. ¿Lo
estudió S a n t o T o m á s esto mismo en su cam ino hacia el conocim iento
filosófico de la naturaleza? La respuesta es sí y no. S a n t o T o m á s se
interesaba en el com portam iento y la estructura de la m ateria y del
hombre, principalm ente, porque este conocim iento le proporcionaba
la clave para llegar a con ocer su esencia y su naturaleza. Como filó­
sofo estaba obligado a ir más allá de las apariencias de las cosas. Pero
su in form ación sobre estas apariencias o fenóm enos no fue recogida
con los m étodos de la ciencia m oderna.
Además, cuando term inó de dedicarse a estas materias le interesó
más conocerlas y definirlas en su naturaleza o en su relación con la
naturaleza que considerarlas sólo en cuanto fenóm enos.
De cualquier m odo, los conocim ientos que adquirió A q u in o sobre
los actos y las propiedades de las cosas no fueron ni controlados ni de
tipo experimental, sino meras experiencias, y, com o recalcarem os en
seguida, no fueron estos conocim ientos afinados con el instrumental
de gran perfección inventado más adelante, sino que fueron el resul­
tado de lo que pudo observar puramente con sus sentidos. S a n t o
Tomás dependió, pues, solam ente de la integridad de sus sentidos y de
los datos de la experiencia corriente, puesto que es eso lo que necesita
la filosofía para establecer sus más altas verdades. Si fuera de otro
modo, no hubiera podido existir un verdadero conocim iento filosófico
del hom bre y su universo hasta que no hubiesen sido inventados los
instrum entos y los m étodos experim entales, lo que es evidentemente
falso, puesto que lo que A r i s t ó t e l e s y A q u i n o conocieron sobre la
naturaleza de los objetos del universo ha sido confirm ado, una y otra
vez, tanto por las observaciones de los filósofos posteriores com o por
Significado de Ciencia 55

las observaciones de los hom bres de ciencia. Para establecer con más
claridad las diferencias llam arem os a la ciencia del conocim iento
filosófico simplemente Filosofía} y al conocim iento de tipo experim en­
tal, Ciencia.
El contraste aquí aparece entre la filosofía de la naturaleza de
A q u in o y la ciencia de la naturaleza de los m odernos 5.
La prim era diferencia que observamos es en sus fines. Asi, la
ciencia se interesa por lo periférico. Rodea a su objeto, por asi decir,
observando cuidadosam ente sus actos y considerándolo desde el punto
de vista de su conducta y estructuración. Esto conduce a un con oci­
m iento de sus accidentes y de las leyes estables que controlan sus
operaciones. La Filosofía tiene un fin de tipo central. Se interesa pol­
la esencia o sustancia de su objeto, o, m ejor por las causas subyacen­
tes a esa esencia. En resumen, tanto la ciencia com o la Filosofía de la
naturaleza tienen el mismo objeto material, es decir, a las dos les
atañe lo mismo, que es precisam ente un ser capaz de moverse a través
del espacio y del tiem po y de hacer im presión en los sentidos. Pero
mientras la ciencia se queda, diríamos, en la superficie de su objeto, la
Filosofía se sumerge en el interior de éste para apoderarse de su
corazón mismo. Podem os expresar esto de otro m odo: diciendo que el
interés prim ordial de la ciencia está en la causa que precede in m e­
diatam ente a cualquier efecto dado, y que es la razón próxim a de su
existencia, m ientras la Filosofía está dispuesta a descubrir la última
en una serie de causas naturales o la razón final de cualquier efecto
dado. Resumiendo, aunque filosofía y ciencia tengan el m ism o objeto
material, se distinguen en cuanto a su objeto fo r m a l6.
La segunda diferencia está en el m étodo, que, com o hace notar
S a n t o T o m á s , debería estar en correspondencia con la materia inves­
tigada y el fin que se pretende Ahora bien: lo que persigue la ciencia
es un conocim iento preciso y detallado de los fenóm enos, ya que sus
leyes se funden en gran parte en dicho conocim iento. La ciencia debe

s Maritain: The Degrees of Knowledge. Trad. por W all y Adamson. N. Y.


Scribners, 1938, c. 1. Al establecer un contraste entre la ciencia y la filosofía,
no debemos olvidar que la filosofía es también una ciencia. La filosofía es,
sin embargo, un tipo de sabiduría más perfecta que la llamada ciencia
moderna. La razón es muy simple: la ciencia, en su sentido filosófico, es
un conocimiento cierto, adquirido por medio de la demostración de princi­
pios, ya sean mediata o inmediatamente evidentes, y en su sentido positivo
o científico es sólo un conocimiento probable derivado de principios sólo
plausiblemente ciertos, tal como Eddington recalcó en el primer capítulo de
nuestro libro.
* Vemos este ejemplo de la diferencia que existe entre los objetos forma­
les y materiales del conocimiento: Supongamos varias personas interesadas
en un mismo terreno. Una ve en él la posibilidad de instalar una granja,
otra un jardín, la tercera piensa en una mina. Esto se debe a que la primera
la ve como agricultor, la segunda como horticultor y la tercera como mine­
ralogista. Así sucede también con el científico y el filósofo, que hacen del
hombre el objeto de su investigación. Los dos tratan con la misma cosa,
materialmente hablando, pero cada uno tiene su propio punto de vista y
su propia finalidad. Formalmente son, pues, distintos sus respectivos tipos de
conocimiento.
7 B. B. T. Lee. 2, entre qq. 4 j 5.
56 Concepto de Psicología general

descubrir lo más posible el m odo com o el objeto se constituye, parte


por parte y el m odo com o actúa. Para procurarse dicha inform ación
ha ideado el m étodo experim ental o de laboratorio, es decir, ha insta­
lado el escenario para sus investigaciones. Al hacerlo puede así uti­
lizar los instrumentos que ha creado para añadir facultades a sus
sentidos. Más aún: puede preparar las condiciones exactas bajo las
cuales desarrolla sus observaciones, de tal m odo que le sea posible
repetirlas las veces que considere necesarias y com probar el resultado
de sus predicciones. La Filosofía, por el contrario, no hace nada de
esto, puesto que le basta con los datos que le proporciona la simple
observación para construir una ciencia de la causas finales.
Puede confiar en la inform ación de sus sentidos, ya que éstos son
las fuentes básicas de inform ación en la econom ía del conocim iento
hum ano 8.
La tercera diferencia es una consecuencia de la segunda. La cien ­
cia, con el adelanto de sus instrum entos, tiene un determ inado alcance
de la realidad que no le es dispensado a la Filosofía. Existe la misma
diferencia que entre mirar un objeto determ inado a simple vista que
cantarlo en todos sus detalles por m edio de la lente de un m icroscopio.
En am bos casos se com ienza con la experiencia que resulta de la
relación entre los órganos de los sentidos con los objetos capaces de
ser percibidos. Pero lo que tiene de com ún la experiencia del filósofo,
puesto que es la misma que la del resto de los hombres, se hace espe­
cializada en el cien tífico cuando aplica los instrum entos de labora­
torio a la m ateria de su estudio. Veamos ahora estas mismas d ife ­
rencias en el terreno de la Psicología 9.

5 Como punto de partida para la especulación filosófica, basta con la


simple observación; pero con ello no queremos decir que el método filosófi­
co se limite a esto. No hay nada que prohíba al filósofo comenzar su búsque­
da partiendo de los datos proporcionados por el científico. Además, el méto­
do filosófico debe ser capaz de conducir la mente desde la observación Inicial
hasta un conocimiento de la naturaleza o principio que esté más allá del
hecho observable. La complejidad del método filosófico aparece ya en la
Física de A r is t ó t e l e s , donde éste indica el camino que debe seguir la in­
vestigación.
9 La distinción formal entre ciencia y filosofía es mantenida por J acques
M a r it a in (Degrees of Knowledge, pp. 58-63) y M o r t im e r A dler (What Man
Has MacLe of Man. N. Y. Longmans, Green, 1937, pp. 131-39). Según este
punto de vista, los dos tipos de conocimiento se consideran operativos en
el mismo plano de pensamiento, que es el primer grado de abstracción. En
este plano, el objeto es considerado sin sus notas individuales, es decir, sin
las características que lo identifican como una cosa singular, en resumen,
considerado simplemente como sujeto a los cambios físicos. Por otra parte,
hay tomistas como R e g in a l d G ar r ig o u - L a g r a n g e , O. P., y S a n t ia g o R a m í ­
r e z , O . P., que insisten en que no hay distinción formal entre la ciencia y la
filosofía. Según ellos, es el mismo tipo de conocimiento el que capta la sus­
tancia y las accidentes de una cosa. La sustancia, de hecho, se nos mani­
fiesta sólo a través de los accidentes. Luego para tratar de captar más fina­
mente la noción de sustancia debemos utilizar todos los medios posibles que
nos hagan comprender sus propiedades y su modo de actuar, es decir, el
razonamiento inductivo y el deductivo, la observación directa y la efectuada
por medio de instrumentos refinados, etc., manteniéndonos todo el tiempo
en el primer grado de abstracción, y así, dentro de la misma categoría de
Psicología científica 57

.5: PSICOLOGIA CIENTIFICA Y PSICOLOGIA FILOSOFICA.—La,


Psicología, considerada com o una form a de conocim iento filosófico,
es tan antigua com o A r i s t ó t e l e s . Como una rama de la ciencia, es tan
m oderna com o W u n d t . Ambas form as de conocim iento tienen el mismo
objeto material, que es el hombre. Ambas lo estudian com o una cria­
tura estructurada m aterialm ente y sujeta por las mismas leyes de
tiem po, espacio y m ovim iento que actúan sobre el resto de las cosas
materiales. Se diferencian, sin embargo, en sus m étodos y en sus fines.
Así, el fin de la ciencia del hom bre es com prender a éste en sus
propiedades y accidentes, y el de la Filosofía del hom bre captar el
sentido del ser hum ano en su esencia o en sus causas de origen. El
m étodo de la prim era es la experim entación, en la que utilizamos
instrum entos para aum entar la esfera de las experiencias proporcio­
nadas por los sen tidos; el de la segunda es la simple observación, con
la que se obtiene el conocim iento sin la ayuda de instrum entos y sin
las ventajas de ninguna experiencia especial más allá de lo que nos
revelan corrientem ente los sentidos. Ya hem os dicho esto con ante­
rioridad, pero creem os necesario repetirlo aquí, ya que conduce a una
serie de observaciones que han de ser tenidas en cuenta al aproxi­
m arnos al estudio de la Psicología.
En el principio de nuestro libro dijim os que el m étodo científico
es fundam entalm ente analítico, y el de la Filosofía, sintético. Corrien­
temente nos referim os hoy a ellos em pleando los térm inos de m étodo
inductivo para la ciencia y deductivo para la Filosofía. No hay discu­
sión a propósito de esta distinción, puesto que es verdadera, en tér­
m inos generales. Al m ismo tiem po debe ser recordado que el científico
utiliza el m étodo deductivo al idear sus leyes generales e igualmente
el filósofo emplea la inducción cuando parte de los hechos observa­
bles. Este últim o puede aún utilizar los descubrimientos de la ciencia
com o m aterial del que extraer sus deducciones filosóficas. Por otra
parte, el científico no está lim itado a los datos experimentales al
construir su ciencia. El tam bién puede—y lo hace a menudo—utilizar
la observación común. Esto cuenta especialmente para la Psicología,
donde es necesario beneficiarse de la introspección con el fin de co m ­
pletar nuestro conocim iento del hombre. S a n t o T o m á s , com o veremos
en los próxim os capítulos, hace a menudo observaciones que coinciden
exactam ente con las de los científicos modernos.
Tenem os luego el problem a de las relaciones de la Psicología cien ­
tífica con la Psicología filosófica, según la excelencia de los p rin ci­
pios de cada una. Veamos lo que dice S a n t o T o m á s . Según sus ense­
ñanzas, un cuerpo ideológico está subordinado a otro cuando este
último es capar de darnos la razón última de las cosas de las que
trata el prim ero 10, De acuerdo con esto, la Psicología cien tífica estaría

conocimientos. Desde este punto de vista, la Psicología sería la unión de la


especulación filosófica y la investigación científica en una sola doctrina,
que sería el estudio del hombre. Para un informe claro de la postura uni-
íicadora de ciencia y filosofía, ver A. F e r n á n d e z A l o n s o , O. P., Scientiae et
Philosophia secundum S. Albertum Magnum. Angelicum. 1936, pp. 24-59.
10 E. B. T., q, 5, a. 1, r. a. obj. 5.
5i Concepto de Psicología general

regida por la Psicología filosófica, puesto que es la Filosofía del hom ­


bre, en últim a instancia, la que nos proporciona las razones de por qué
el hom bre es lo que es y actúa com o actúa.
Además, puesto que la ciencia persigue una meta distinta a la de la
Filosofía, no pertenece al mismo tipo de conocim iento que la anterior.
¿Cuál es la causa de esto? Porque, aunque coincida el tema de su
estudio, tienen diferentes objetos form ales. Así tenemos que el objeto
form al de la Psicología cien tífica es el hombre en sus accidentes, pro­
piedades y leyes que regulan su conducta, mientras que el de Psicología
filosófica es el hom bre en su naturaleza y en las leyes que ordenan
su ser. Si se dijese que la Filosofía tam bién estudia las propiedades y
los accidentes, la respuesta ya ha sido dada: en la Psicología cien tífi­
ca, el conocim iento de los accidentes y propiedades del hombre es la
meta hacia la que tiende; en la Psicología filosófica, este tipo de
conocim iento es sim plem ente un m edio para alcanzar su meta, que
es el conocim iento de la naturaleza humana. De todos modos, está
claro que ciencia y filosofía están relacionadas, puesto que el hombre
es el objeto material de ambas form as de conocim iento. También
queda claro que la una está subordinada a la otra, ya que un con oci­
m iento de las razones próximas está ordenado a una conocim iento
de las razones finales cuando ambos tratan de la misma materia, que
aquí es el hom bre 11.
A causa de esta subordinación se deducen ciertas ideas de capital
im portancia para una recta com prensión del cam po de la psicología.
Asi tenem os que no es de la incum bencia del psicólogo científico, en
cuanto científico, el estudio de las causas finales de la naturaleza
del hombre. Y, puesto que el alma es realmente la razón básica del

11 El siguiente esquema es un resumen de los principales puntos que


hemos subrayado en nuestro libro referentes al conocimiento en Psicología:

CIENCIA FILOSOFÍA
Objeto material
Hombre oh f.uauto sor sensible —> H om b re

Objeto formal ........ Accidente o propiedades Sustancia o naturaleza o


o aspectos fenomenoló- aspectos ontológicos.
gicos.
Leyes operativas o causas Leyes del ser o causas fi­
próximas. nales.

Método .................... Experimental y clínico. Experiencia.

Como indica nuestro esquema, ambas, ciencia y filosofía del hombre,


tienen el mismo objeto material, que es el hombre en cuanto ser sensible.
Podemos explicar esto de otro modo, diciendo que tienen idéntico asunto,
ya que es sobre el mismo y determinado ser, el hombre, sobre el que inves­
tiga tanto el científico como el filósofo.
Para obtener una idea más completa sobre el objeto material como sujeto
o materia de estudio, ver M a r it a in , J . : Existence and the Existent. Trad. por
G al a n d ie r e & G . B. P h elan . N. Y. Pantheon, 1948, p. 14
Psico£o£?¿a general 53

ser del hombre, no le corresponde al científico, com o tal, el estudio


del alma. De hecho, le es posible escribir todo un tratado de Psicología
sin m encionar el alma. P or otra parte, no está dentro de sus derechos
contradecir las adquisiciones de la psicología filosófica cuando éstas
ya han sido establecidas com o verdades por medio de una dem ostra­
ción. No debe nunca olvidarse que la ciencia del hombre está bajo el
control de una form a superior de conocim iento, que es la filosofía
del hombre.
Luego el psicólogo científico debía de interesarse por que ninguna
de sus deducciones a propósito de la conducta, las propiedades o los
accidentes del hom bre estén en contradicción con las inferencias ya
establecidas por la psicología filo s ó fic a 12. Si, por ejem plo, hay una
prueba filosófica del alma hum ana, no puede deducir de sus investi­
gaciones científicas que el hom bre carece de alma, o si la psicología
filosófica puede dem ostrar la libertad hum ana y la naturaleza espi­
ritual del alma, él n o puede deducir de sus descubrim ientos que el
hom bre es meram ente un anim al muy diferenciado y un esclavo de
sus instintos. En resumen, su ciencia está subordinada a la filosofía
y debe ser conducida por los principios de ésta, de tal m odo que am ­
bas. ciencia y filosofía del hombre, puedan com plem entarse y unirse
para darnos una visión total de é s te 13.

6. NOCION DE PSICOLOGIA GENERAL.—R ecordando lo que h e­


mos dicho sobre las dos vías de conocim iento del hom bre, podem os
ahora definir la Psicología, de un m odo general, com o tel estudio del
hom bre en sus actos, propiedades y esencia». Hay tres puntos de
especial interés en esta definición de tipo descriptivo.
En prim er lugar, la Psicología es un estudio del hombre. Hemos
dicho ya que, etim ológicam ente, la Psicología es la ciencia del alm a;

13 Quisiera señalar aquí que lo que la ciencia moderna llama propiedad


puede o no ser esencial a la cosa de la que es inhe rente. Le corresponde al
filósofo, precisamente como filósofo, decidir si determinado atributo o ca­
rácter es simplemente un accidente y, por lo tanto, no esencial, o una
propiedad en el sentido estricto del término, y, por lo tanto, esencial. Más
adelante, cuando el filósofo llega al conocimiento de la naturaleza de una
cosa, ha alcanzado la realidad ontològica, que es la fuente y la razón básica
de las propiedades. Así, la naturaleza del hombre, al ser intelectual, es la
causa de que éste posea la potencia o propiedad del intelecto.
18 Todo lo que he dicho sobre la Psicología como ciencia es verdadero
de un modo técnico. Pero si puede o no ser estrictamente científico en la
práctica, eso es discutible. Es cierto que la conducta del hombre, como cria­
tura dotada de libertad, no puede someterse a una predicción rigida. La
parte material de su naturaleza es el único elemento de su estructura que
se puede medir cuantitativamente. Aun en este caso, por ser un cuerpo
dotado de alma, no se rinde tan fácilmente a las condiciones experimen­
tales como la materia inanimada.
Más aún, a causa de que sus propiedades espirituales (mente y voluntad)
no son materiales por naturaleza, no son tan dóciles a las técnicas de labo­
ratorio como las potencias de tipo mixto (sentidos), que dependen del cuerpo
y del alma para sus operaciones. Luego, por una especie de paradoja, ten­
dríamos que cuanto más se acercase la Psicología a la ciencia, tanto menos
auténtica se haria, y estaría entonces regida por conceptos de tipo fisico
y fisiológico.
€O Concepto de Psicología general

pero, desde los tiem pos de S a n t o T o m á s , el centro del interés se ha tras­


ladado desde el alma del hom bre al hom bre com o ser poseedor de alma.
Este cam bio fue posible porque el hom bre es fundam entalm ente h om ­
bre por poseer un alm a humana. O, para explicarlo a la inversa, no
puede ser un hombre o un ser hum ano a n o ser que posea un alma h u ­
mana. Podem os dar por sentado, ya que posee un alma, puesto que
ambas, ciencia y filosofía psicológicas, suponen la existencia de su
materia de estudio, que es el hombre, o un ser com puesto de un cuerpo
y un alma humanas.
En segundo lugar, nuestra definición abarca el terreno de la llam a-
mada Psicología general.
Por ésta entendem os la Psicología estudiada desde ambos puntos
de vista, científico y filosófiico. Los aspectos científicos de nuestra
m ateria aparecen en el estudio del hom bre en sus actos y propieda­
des, puesto que éstos, al mismo tiem po que las leyes que surgen com o
consecuencia de ellos, son la meta hacia la que tiende el saber cien ­
tífico. Su aspecto filosófico es expuesto en el estudio del hom bre en su
esencia, ya que un conocim iento de su esencia es el fin que persigue
la filosofía del hombre. Se sobreentiende, además, que este saber
incluye causas que trascienden la esencia humana, pero que están, sin
em bargo, intim am ente conectadas con ellas. Estas son: la causa que
explica el origen del hom bre y la causa que da razón de su fin o des­
tino.
En tercer lugar, al volver sobre las huellas del sentido de los actos
y las propiedades del hombre, la Psicología general no se mantiene ni
en el nivel de las experiencias corrientes ni en el de las especializa­
das, sino que busca determ inar la naturaleza o la esencia del hom ­
bre en función de la cual los datos de am bos tipos de observación
deben encontrar su sentido final. Es necesario recordar, una vez más,
pues, que tanto la filosofía com o la ciencia del hom bre tienen su
punto de partida en la experiencia. Sin ese contacto con la realidad,
la prim era podría ser justam ente acusada de ser un conocim iento
ilusorio, lo que es francam ente falso, especialmente en el caso de la
. filosofía tomista 14,

7. EL VALOR DE LA PSICOLOGIA FILOSOFICA.— Como una fo r ­


ma de conocim iento filosófico, la Psicología ocupa un puesto ventajoso,
que S a n t o T o m á s no tardó en reconocer.
En prim er lugar, com o una parte de la filosofía de la naturaleza,
estudia la más im portante de las criaturas del universo: el hombre.
Pues el hom bre es, tal com o diría A q u i n o , un m icrocosm os, todo un

11 La exposición de la Psicología general que he dado se puede resumir


así: el estudio del hombre (genus) posee dos tipos de conocimiento: el pri­
mero, de los actos y las propiedades del hombre (primera species: la ciencia
del hombre): el segundo, de la esencia del hombre (segunda species: la
filosofía del hombre). El género aquí es el mismo, puesto que el objeto mate­
rial o la materia con la que trata la Psicología es el hombre. El género es
compartido por dos especies de conocimiento que resultan de dos clases de
diferencias últimas: el objeto formal de la ciencia, originando una; el de la
Filosofía, la otra.
Psicología científica 61

universo en miniatura. Conociéndole se llega a conocer m ejor tanto


la naturaleza de los anim ales com o la de las plantas, ya que está
dotado de las mismas propiedades que dan a estas form as in ferio­
res de vida su perfección en cuanto organismos vivientes. Su cuerpo,
tam bién com o cuerpo, tiene masa y peso, color y extensión, y todas
las demás prpiedades m ateriales; asi, pues, al discernir lo que hay
de corpóreo en su naturaleza, podem os aprender m ucho acerca de la
naturaleza de la materia.
Luego la Psicología tiene valor com o una introducción a la M eta­
física, que es la ciencia de las causas finales en todos los órdenes del
ser. ¿Por qué es esto? Porque la Psicología estudia el nacim iento de
la idea, y nos dice exactam ente cóm o, partiendo de los niveles más
Inferiores de la conciencia, podem os rem ontam os, paso a paso, hasta
un conocim iento de las más altas razones de las cosas. En otras pala­
bras: para com prender absolutamente el concepto de causa debemos
captar la obra de la m ente tal com o va progresando desde las per­
cepciones de los sentidos, a través de las imágenes, hasta los con cep ­
tos; ensanchando sus horizontes m entales hasta llegar a la Razón de
las razones, que es tam bién la Causa de las causas.
Además, la Psicología establece la base sobre la que se construye
toda la estructura de la m oral natural del hombre. Con el fin de
probar esta aserción basta apuntar a la doctrina del libre albedrío,
unida inseparablem ente al problem a de la responsabilidad del h om ­
bre. Así, pues, es inútil hablar de norm as de conducta o de la justicia
del prem io y del castigo, a no ser que el hom bre sea libre. Pero S a n t o
T o m á s ve la relación existente entre la Psicología y la Etica de un
modo más concreto. Se dirige hacia la discusión de las potencias del
hombre, particularm ente al estudio de la perfección de esas p oten ­
cias, llam adas hábitos. Ahora bien: la virtud, que es la esencia de la
vida moral del hom bre, no es casi otra cosa que un hábito, esto es, un
m odo adquirido de con du cta que contribuye a su bienestar total y lo
mantiene en la ruta hacia la felicidad final
Por últim o, aunque no lo m enciona, S a n t o T o m á s seguramente
estaría de acuerdo en cuanto al valor que la Psicología tiene para el
arte, la otra form a de saber práctico que siempre se coloca en con ­
traste con la Etica. Pues el arte tam bién es un hábito, en cuya form a­
ción están com prom etidos los sentidos y el intelecto, y para cuyo ejer­
cicio se requiere el conocim iento de las pasiones y la influencia
reguladora de la voluntad. Todas éstas, sin necesidad de decirlo, son
materias que debe estudiar en detalle el filósofo de la naturaleza
humana.

8. EL VALOR DE LA PSICOLOGIA CIENTIFICA.— Hablando en


general, la ciencia del hom bre tiene el mismo valor para las otras
ram as de la ciencia que la filosofía del hom bre para el resto del saber
filosófico.
Así, pues, la Psicología científica es el cim iento de todas las demás

15 C. D. A. L. I, lee. 1.
62 Concepto de Psicología general

ciencias, hasta el punto que estudia las leyes en las que se basan todos
nuestros procesos mentales, y enjuicia los m ejores m étodos de estudio.
Nuevamente sus espléndidas experiencias en la form ación de hábi­
tos, sus investigaciones sobre la fisiología de las pasiones, sus análisis
sobre las facultades hum anas y sobre los rasgos de carácter, tienen
seguramente significación para la Etica; del mismo m odo que el
conocim iento cien tífico de las facultades y la conducta exterior del
hombre, si las entendem os correctam ente, son capaces de darnos nue­
vas perspectivas sobre determ inadas áreas de la ciencia ética, en la
que el hom bre es estudiado com o ser político y social, necesitado de
un program a adecuado de educación que- desarrolle al máximo sus
posibilidades y le haga alcanzar la felicidad que le corresponde.
Además, sus descubrim ientos en el cam po de la percepción y de la
form ación de im ágen es^ don d e tonos y colores, figura y fondo, y los
elem entos de la experiencia estética son estudiados con minucioso
cuidado— puede ser de gran servicio a las bellas artes; del mismo
m odo que el interés cien tífico en los impulsos naturales del hom bre:
el juego, la curiosidad, la capacidad de im itación, su abertura a las
sugerencias— lo m ism o que su enfoque en los factores de la persona­
lidad hum ana— , se puede aplicar a las artes prácticas y aun a la
industria y a los negocios.
Finalm ente, la cieiícia de la Psicología revela una gran riqueza de
nuevos e interesantes datos útiles al filósofo en su búsqueda de las
tesis fundam entales sobre la naturaleza humana. Y aun en estos casos,
donde los datos no son nuevos, suministran a m enudo ejem plos q u e .
ilustran las verdades filosóficas. Por últim o, los descubrimientos de
laboratorio proveen al filósofo de puntos de vista de mayor hondura
en relación con m uchos hechos y principios que hasta el m om ento
sólo había conocido de m odo su p e rficia l1G.

14 No estaría de más, antes de cerrar este capítulo, decir unas palabras


sotare la división de la Psicología en racional y empírica. Esta es una de las
mayores confusiones que se le infligen al estudiante, que generalmente cree
que esta división es equivalente a la de la psicología en científica y filo­
sófica. Esto es un error. Por empírico entendemos una forma de conoci­
miento que proviene de los sentidos con la ayuda o no de instrumentos.
Por racional entendemos, por otra parte, lo que es conocido por medio de la
razón, un dato empírico, por lo tanto, es el producto de los sentidos, mien­
tras un dato racional es el resultado de una reflexión. Desde este punto de
vista, resulta claro que la Psicología científica es racional tanto como empí­
rica. ya que reflexiona sobre sus datos, y que la Psicología fiosófica es
empírica tanto como racional, ya que parte de la experiencia de los sentidos.
La división en Psicología empírica y racional nos viene de C h r is t ia n v o n
W o lff . Entre otros desórdenes causados por este filósofo, estaba su costum­
bre de considerar a la Psicología como parte de la Metafísica, contra todas
las tradiciones aristotélicas y tomistas.
S a n t o T o m ás considera a la psicología como una parte de la filosofia de
la naturaleza. Es cierto que admitía que el alma, como una sustancia sepa­
rada, es objeto de la metafísica, lo mismo que el conocimiento de Dios,
los ángeles y todos los seres inmateriales es también metafísica. Pero no
es así como lo estudiamos en Psicología. Por el contrario, como un objeto del
conocimiento psicológico, como un objeto del conocimiento psicológico, el
alma se considera siempre como una forma unida a la materia, en resumen,
como la forma del hombre. La única ventaja que le veo a esta división
Bibliografía 63

BIBLIOG-RAFIA AL CAPITULO II
A dler , M. J.: What Man Has Made of Man. New York, Longmans, Green.
1937, pp. 124-203.
B an d a s , R. G .: Contemporary Philosophy and Thomistic Principles. Mil­
waukee, Bruce, 1932, Cap. 2.
M a r it a in , J.: The Degrees of Knowledge. Trad, por B. W al l y M. R. A d a m s o n .
New York, Scribners, 1938, Caps 1. y 3.
M e r c ie r , D.: The Origins of Contemporary Psychology. Trad, por W. H. Mit­
chell . London, Wash bourne, 1918, Cap. 3.
Woodworth, R. S., y Marquis, D. G.: Psychology. New York. Holt 5.* ed., 1949,
Cap. 1.

de la Psicología en racional y empírica es una consecuencia de su mismo


error. Del mismo modo que una herejía ayuda a esclarecer las verdades de
la íe, este falso modo de considerar el estudio del hombre hace que sea
necesario darle importancia, primero, al modo de analizar el alma en Psico­
logía, como una forma de la materia (aunque en el caso del hombre, capaz
de existir sin la materia); segundo, al lugar que tiene la Psicología dentro
del conocimiento filosófico, que está dentro de la Física de A r is t ó t e l e s , es
decir, de la Filosofía de la Naturaleza. Ver Adler, m. J.: What Man Has Made
of Man. N. Y. Longmans, Green, 1937, pp. 196-99, B r e n n a n , R., O. P.: The
Mansions of Thomistic Philosophy. The Thomist. Abril 1939, pp. 62-79.
LIBRO PRIMERO

VI DA V E G E T A T I V A
SECCION I .-L A CIENCIA DEL ORGANISMO

CAPITULO IU

E l CONCEPTO DE LA VIDA ORGANICA

1. BIOLOGIA DEL ORGANISMO.— Comenzaremos con la vida en


su nivel inferior, el tipo de existencia que el hom bre com parte con la
planta. El h ech o de que sea ésta una vida m enos diferenciada no
indica, en absoluto, que sea simple o carente de interés. P or el con ­
trario, si el hom bre no hubiese poseído en su naturaleza las cualidades
de la vida vegetativa, no le hubiese sido posible vivir. Cuando hacem os
uso, pues, de la palabra vida, de un m odo indiscrim inado nos referi­
mos a la m anifestación de estas propiedades básicas, sin las cuales no
existirían en la tierra criaturas vivientes. A esto se refería A r i s t ó t e l e s
al decir; «Para el ser viviente, vivir es s e n J.
Para una persona corriente, vida significa m ovim iento, especial­
mente el tipo de m ovim iento cuya causa perm anece oculta. Esta
prueba es, por supuesto, dem asiado tosca y simple, pero, sin embargo,
no es del todo equivocada. Sabemos que el relám pago que va de una
nube a otra o el viento que mueve las ramas de un árbol no tienen
vida, porque estam os m ejor inform ados que nuestros antepasados
sobre la naturaleza de estas cosas. Pero ¿quién de nosotros no ha
palpado un insecto para com probar si se mueve y está realmente vivo?
Aun las cosas que sabemos que no tienen vida, a veces se las describe
com o vivientes de un m odo sim bólico, porque, com o dice S a n t o T o m á s ,
parecen moverse por sí mismas. Por ejem plo, hablam os de aguas con
vida cuando fluyen y n o cuando están estancadas, o de la m ovilidad
del azogue, que parece que se mueve por sí m ism o 2.
El científico tiene una visión más concreta de este asunto. Para él,
la vida es un modo de organización, y puesto que hablam os aquí de
vida orgánica y vegetativa, es éste el tipo particular de organización
que encontram os en todo protoplasm a, m anifestándose a través de
ciertas propiedades vitales, que son; el crecim iento, la reproducción
y la capacidad de efectuar m ovim ientos con el fin de adaptarse. Para
considerar a un ob jeto com o vivo en el sentido biológico, pues, debe
exhibir estas características en un grado de m ayor o m enor organ i­
zación.
De hecho, la organización es la clave del concepto de vida del bió­
logo. Tal com o él lo ve, la vida de un organism o está en estrecha rela­
ción con la disposición particular de las estructuras y funciones que

1 De anima. L. II, c. 4.
a C. G. L. I, c. 97.
68 Vida orgánica

le capacitan para absorber el alim ento, desarrollarse, alcanzar la m a­


durez y luego dar origen a otro ejem plar análogo, todo esto dentro
de una m aravillosa adaptación al am biente que le rodea. Para lograr
estos objetivos se supone que existen en su proptoplasm a estas dos
cosas: primero, una disposición adecuada de sus partes u órganos;
segundo, el acoplam iento de estas partes en una función simple y uni­
taria. C on el fin de darnos una idea más exacta de lo que es esta vida
orgánica, vamos a seleccionar una célula tipica y ver cóm o está hecha
y su m odo de acción.

2. ESTRUCTURA DE LA CELULA.— El cuerpo hum ano está hecho


de billones de com partim ientos, llam ados células. Una ameba, en
cam bio, consta de una sola célula. Sin embargo, la ameba tiene todo
lo indispensable para su existencia, y vive en su propio plano de
un m odo tan perfecto com o el hombre. Respira, aunque carece de
pulm ón. Digiere su alim ento sin poseer un estóm ago. Responde a los
estímulos, aunque no tiene un sistema nervioso. Carece de una dispo­
sición elaborada de m úsculos y tejidos, aunque posee partes especia­
lizadas que son verdaderos órganos capaces de llevar a cabo ciertos
actos y de asegurar su reproducción.
Lo que deseo poner en relieve es que podem os concretarnos a la
investigación de una sola célula y hallar, sin embargo, en ella las
características esenciales de la vida vegetativa del hombre.
La base física de la vida es el protoplasm a. Es una masa gelatino­
sa parecida a la clara de huevo. Es la sustancia celular, y está rodea­
da, ya por una pared o por una membrana. Consta de dos partes
principales: citoplasm a y núcleo.

I. C i t o p l a s m a .—Lo prim ero que se observa en la sustancia c ito -


plasm ática de la célula es una red o retículo que le da el aspecto de
una esponja, por lo que a veces se le llam a espongioplasma. Dentro
de ella existen varios huecos con ocidos por el nombre de vacuolas y
pueden ser de varios tipos: vacuolas aéreas que suministran el oxige­
no a la célula; vacuolas flúidas; vacuolas nutritivas, que captan los
elem entos nutritivos que la célula es capaz de absorber; vacuolas
excretoras, que pueden contraerse repentinam ente y expulsar su
contenido. Tam bién existen, esparcidos por el retículo, unos peque­
ños cuerpos llam ados plastídios. Se cree que actúan de centros que
irradian energía necesaria para el trabajo celular. Cuando contienen
sustancias colorantes, le dan a la célula una tonalidad especial.
Los condriosom as son estructuras filamentosas que aparecen con
bastante constancia en varios tipos de células. Los cuerpos de G o lg i
son un sistema de bastoncillos que rodean al núcleo. Estos, igual que
los condriosom as, tienen com o fu n ción el crecim iento y el desarrollo
de la célula. Otro órgano im portante cercano al núcleo es la cen tros­
fera o centro de atracción, en cuyo interior existe un pequeño cuerpo
llam ado centrosom a. Ambos están relacionados con las funciones
reproductivas, y donde faltan, com o en las células nerviosas de los
adultos, no tiene lugar la división celular. El térm ino plasmosom a está.
Estructura eie la célula 69

E sp o n g io f

Condrios
Vacuola

Nucleolo*

Plastidic

Hinchazoi
producici
plasmosoD

Fio. 1. — Una célula tipica.

reservado para ciertas sustancias invisibles para el científico, pero


cuya existencia se presume debido a los abultam ientos que los de­
sechos de su m etabolism o producen en el cuerpo celular. Finalm ente,
las sustancias paraplasmáticas, que no form an parte de la célula,
pero que se hallan en la cercanía de sus límites, tales com o partícu ­
las de calcio, glóbulos grasos, m aterial que no ha podido ser digerido
y subproductos de la nutrición de los que no ha podido liberarse la
célula.
EL Núcleo.— En el interior de la célula hay otro cuerpo con aspec­
to de célula, m ucho más pequeño, llam ado núcleo, que tiene tam bién
envoltura y un retículo. Después que una célula ha sido tratada quí­
m icam ente, vemos que una parte de este retículo se tiñe y la otra no.
A la prim era la llam am os crom atina, y a la segunda, linina. El con te­
nido total del núcleo es llam ado nucleoplasma. Un célula puede care­
cer de un núcleo de form a diferenciada, en cuyo caso encontram os a
la sustancia nuclear esparcida en form a de gránulos por todo el cuer­
po de la célula.
Con frecuencia encontram os en el interior del núcleo una estruc­
tura más pequeña llam ada nucléolo. No se sabe exactam ente cuál es
su com etido, pero, com o desaparece al dividirse la célula, se supone
que sirve para alm acenar reservas m etabólicas para el proceso repro­
ductivo, Cuando la célula está en reposo, es decir, cuando no se está
realizando la reproducción, la crom atina aparece en form a de g rá­
nulos dispersos en form a de cordones a través del retículo de linina.
Pero a m edida que se va efectuando la división celular, estos gránu-
70 Vida orgánica

los se colocan form ando un filamento denom inado espirema, que


tiene el aspecto de un trozo de collar con sus correspondientes cuen­
tas. Las partículas que com ponen el filam ento se llam an cromosomas.
Existe un núm ero definido para cada especie viviente, por ejem plo,
cuarenta y och o en el caso del hombre.
Cada crom osom a es realm ente un paquete de genes, partículas
tan dim inutas que no son visibles ni aun con el m icroscopio *. Estas
últimas son, probablem ente, los elem entos más im portantes de todo
el protoplasm a, a causa de su papel en la transmisión de los carac-
res hereditarios.
En algunos lugares del núcleo, donde se entrecruzan los filamentos
de crom atina, Se form an a veces nudos llam ados cariosomas, que no
deben ser confundidos con los nucléolos. Finalm ente, observamos la
presencia de pequeñas perforaciones en la m embrana nuclear que
establecen una relación directa entre el núcleo y el citoplasm a, de
m odo que la sustancia celular pueda ser considerada com o un todo
físico co n tin u o 3.

m . C o m p o s i c i ó n q u í m ic a d e l a c é l u l a .— Es imposible distinguir la
m ateria viva de la que no lo es basándose sólo en sus com ponentes
químicos, ya que un análisis del protoplasm a nos revela elementos tan
com unes com o el carbono, oxigeno, hidrógeno, azufre, nitrógeno, fós­
foro, etc., cuyo peso total es el mismo antes que después de haber
cesado la vida. Hay, sin em bargo, una clara diferencia en la form a
com o están com binados estos elementos. De hecho la com plejidad de
la materia viviente es tanta que nos vem os en la imposibilidad de
crear una fórm ula que exprese adecuadam ente su estructura química.
Las m oléculas que la com ponen son enorm em ente grandes y com plica­
das si se com paran con las de la m ateria no viviente.
Descom poner quím icam ente una célula im plica destruirla. Los re­
sultados obtenidos por dichos análisis, pues, sólo se aceptan de un
m odo restringido, puesto que el paso de la vida a la muerte causa una
serie de cam bios estructurales en form a de descom posiciones y recom ­
binaciones. De donde se deduce que los com ponentes encontrados en
la m ateria inanim ada nos ofrecen, a lo más, sólo una idea parcial de
la com posición de la materia viviente. Indirectam ente llegamos a la
conclusión que los cuerpos vivientes tienden a m antener m arcada­
mente su integridad. Sólo son permeables a las sustancias exteriores
de un m odo selectivo, es decir, adm iten el alim ento, el agua y el aire
sólo en cuanto son necesarios para las necesidades vitales de su orga­
nismo.
Los com ponentes del cuerpo viviente son tanto orgánicos com o ln -

* Hoy se sabe que los genes son macromoléculas de ácido desoxlrribonu-


deinico, cuyas diferencias de estructura tendrían análogo papel que las per­
foraciones (en número y disposición diversa) que se hacen en las tarjetas
de las grandes máquinas calculadoras y electrónicas: dichas tarjetas, como
los genes, contienen así en forma potencial órdenes de trabajo para series
muy prolongadas de actos. (N. del T.)
3 C arre l , A.: Man The Unknown. London. Hamilton, 1935, c. 3. Eulen-
burg-Wiener Fearfully and Wonderfully Made. N, Y. Macmillan, 1939, c. I.
Estructura de la célula 71

orgánicos. Entre las sustancias inorgánicas, el agua es la más abun­


dante y representa cerca de un 80 por 100 del contenido total. Las
sales están tam bién presentes en variadas form as. El oxigeno y el
anhídrido carbónico se encuentran en solución. Las sustancias orgá­
nicas de la célula están representadas por tres clases de com puestos
quím icos: azúcares y grasas, que sum inistran energía m ediante la
oxidación y sirven tam bién de m aterial constructivo; y las proteínas,
que son los más com plejos de todos los tipos de materiales nutritivos
utilizados por el organismo.
Si estudiam os la célula desde el punto de vista químico, hallam os
un com puesto esencialm ente inestable que sólo se m antiene mediante
recom binaciones que suponen un gasto continuo de energía. Esta ener­
gía es recibida de un m odo potencial con las materias alim enticias
que asimila y que libera en form a de energía m ecánica, calor, fe n ó ­
menos m agnéticos, etc. La labilidad del organism o viviente se dem ues­
tra por la facilidad con que los más ligeros cam bios producidos en
su medio lo destruyen y reducen su contenido material a una mezcla
irreversible y desorganizada de su stan cias4.
IV. E l c u e r p o h u m a n o ,— El cuerpo hum ano es un con ju n to de in ­
numerables células que han crecido y se han desarrollado a partir
de un solo huevo fecundado. Consta de tejidos y órganos, bañados en
líquidos apropiados, protegidos por m em branas y sostenidos por los
huesos. Estos últim os proporcionan puntos de inserción a los m úscu­
los y arm azón y resguardo a los órganos vitales. El cerebro, con su
valiosa corteza, es la parte más delicada del cuerpo hum ano, y está
resguardado por el cráneo. La médula espinal, protegida por las vér­
tebras, y los nervios, que recorren el cuerpo, están envueltos en
cubiertas. El corazón y los pulm ones están colocados dentro de una
fuerte Jaula ósea, las visceras se alojan en una gran cavidad debajo
de los pum ones y com prenden: el estóm ago, el intestino, el hígado,
los riñones, el bazo, el páncreas y las glándulas sexuales.
Toda esta disposición de tejidos y órganos entretejidos en arm o­
niosos sistemas, están contenidos potencialm ente, com o la flor en la
semilla, en la célula única con que com ienza el hom bre su existencia
en la tierra. Así, al llegar al nacim iento, posee una serie de aparatos
fisiológicos de increíble com plicación. Para llevar a cabo sus a ctivi­
dades nutritivas y ayudarle a alcanzar la madurez, posee los sistemas
digestivo, circulatorio, respiratorio y excretorio. Para protegerle, so­
portarle y hacerle posible el m ovim iento, posee el sistema locom otor.
Para asegurar las correlaciones en el tiem po y en el espacio n ece­
sarias a un cuerpo tan delicadam ente equilibrado y tan lábil, posee
el sistema nervioso. Y para term inar de asombrarnos, todos estos
órganos y sistemas tan finam ente acondicionados han sido llevados
a una perfección relativa y entrelazados en una unidad biológica aun
antes de su nacim iento.

4 H o p k in s , F . Q . : Some Chemical Aspects of Life. Science. Sept. 1933, pá­


ginas 219-31.
72 Vida orgánica

3. FUNCIONES DE LA CELULA.— La célula no es solamente la


unidad anatóm ica del protoplasm a, sino también una fuente de acti­
vidad vital. Puede captar energía del exterior y m ediante el ejercicio
de una capacidad inherente a ella es capaz de utilizar esta energía
de un m odo peculiar.
Se nutre, crece, se reproduce y se adapta a las circunstancias ca m ­
biantes de la vida.
I. M e t a b o l i s m o .— La célula posee la capacidad de incorporar la
m ateria y la energía de su alrededor y utilizarla para sus actividades
vitales. Este proceso es conocido con el nombre de metabolismo.
Consta de dos ciclos. El prim ero es el anabólico, durante el cual las
partículas energéticas son ingeridas, elaboradas y finalmente conver­
tidas en sustancia celular. El segundo es el catabòlico, en el que parte
de la m ateria del protoplasm a celular es consum ido al irse desinte­
grando las com plejas m oléculas orgánicas en com puestos de m enor
energía. La liberación de la energía potencial del alim ento se lleva a
cabo m ediante la oxidación o aplicación de oxígeno al protoplasm a
vivo, de un m odo parecido a com o se liberan las energías alm acenadas
en un pedazo de carbón al ser quemado. La totalidad de este proceso
m etabòlico es posible debido a la extrema labilidad de la com posición
' quím ica de la célula.

II. C r e c i m i e n t o y d e s a r r o l l o .—Por crecim iento se entiende el au­


m ento de tam año, y es la consecuencia directa de la fase constructiva
del m etabolism o. Es un fenóm eno vital debido a que, tal com o la
función anabólica, es esencialm ente intususceptivo.
Esto significa que las nuevas partículas de materia que se depositan
en la sustancia viva de la célula se transform an en protoplasm a y no
son, pues, adiciones m eram ente m ecánicas. Cuando el organism o es
joven, la fase anabólica es m ayor que la catabolica, y hay, en c o n -'
secuencia, un aum ento de masa. En el organism o maduro se establece
un equilibrio relativo entre las dos fases y se estabiliza la masa.
En la vejez, el catabolism o va sobrepasando al anabolismo, de
m odo que hay un consum o gradual de masa física y una dism inución
de la actividad quím ica del organismo. La muerte natural, en su
aspecto fisiológico, no es realm ente m ás que el descenso de los p ro­
cesos m etabólicos más allá del punto en que los productos de desecho
pueden eliminarse y el intercam bio necesario de energía con el m undo
físico puede ser efectuado.
El desarrollo está estrecham ente relacionado con el crecim iento.
Involucra no solam ente cam bios de tipo cuantitativo o aum ento de
tamaño, sino tam bién los procesos concernientes a la obtención de una
estructura orgánica definida. Podem os imaginárnoslo, brevemente,
com o crecim iento más especialización. Lo que esto significa lo enten­
derem os m ejor al hablar de la reproducción del ser humano.
m . R e p r o d u c c ió n .— La reproducción incluye toda la secuencia de
hechos por m edio de los cuales surgen nuevos seres vivientes y es
asegurada la continuidad de la especie. El organismo, en cuanto in -
Funciones de la célula 73

dividuo, está sujeto a la vejez y a la muerte, y si la especie tiene que


ser abastecida, nuevos individuos deben ser producidos de la materia
suministrada por el organism o paterno. Se dice muy a m enudo que
las funciones más im portantes del protoplasm a se centran en las
actividades nutritivas y reproductivas.
De esto no se deduce que dichas funciones sean rigurosam ente cir­
cunscritas, sino que indica sim plem ente la dirección de las fuerzas
vitales hacia estos dos fines particulares: la preservación del in d i­
viduo y la continuidad de la especie. Los procesos reproductivos p u e­
den ser agám icos o gámicos.
r~ La reproducción agámica se presenta en cuatro form as fundam en-
* tales. La gem ación, en la que las células se m ultiplican en ciertas
i partes del organism o produciendo brotes o yemas que dan origen a
I nuevos individuos; la esporulación, que es la form ación de pequeñas
| masas nucleadas de protoplasm a llamadas esporas; la amitosis. en
| la que una célula se divide en dos por la simple fragm entación de su
[ citoplasm a y su núcleo, y la mitosis, que es el m étodo em pleado por
í la naturaleza para form ar el cuerpo hum ano a partir de la célula
única que resulta de la concepción. A la mitosis se la llam a tam bién
división celular indirecta, porque se necesita una preparación previa
de la sustancia crom ática y una actividad especial en el área de la
centrosfera de la célula madre antes de que la célula se divida en dos.
En el preciso m om ento de la división, el espirema o cordón de cuen-
[i tas crom áticas se parte a lo largo, dando lugar a dos grupos bien
definidos de m itades de crom osom as. Al mismo tiem po, se apodera
de toda la célula un m ovim iento convulsivo que lanza su contenido en
' todas direcciones y se separa en dos partes. Lo que tenem os ahora,
en realidad, son dos nuevas células, existiendo gracias a la Inm olación
que hace de sí misma la célula original. Este drama se repite cientos
de veces hasta tener, por fin, un cuerpo hum ano com pleto y bien
conform ado, preparado para nacer y vivir su propia vida indepen­
d i e n t e del seno m aterno.
Los modos gám icos de reproducción presuponen el desarrollo de
unidades vitales especiales llam adas gam etos o células germinales,
tales com o el esperm atozoide y el óvulo, en el hom bre y en los an i­
males, y el polen y el óvulo, en las plantas en flor 5. Aunque la p a r-
tenogénesis o nacim iento virginal es un fenóm eno conocido en la
naturaleza, los gametos, por regla general, se unen en parejas para
dar origen a un organism o unicelular llam ado cigoto, que a su vez
se divide m ediante el proceso de la mitosis que acabam os de descri­
bir. Las células se unen unas con otras y continúan creciendo y divi­
diéndose hasta especializarse gradualm ente en órganos y sistemas j
dar lugar a un cuerpo com pleto, capaz de existir por si mismo.
IV . M —La adaptación es el ajuste estruc-
o v im ie n t o de a d a p t a c ió n .

5 Aun en la partenogénesis o nacimiento virginal, en el aue se producen


hembras de huevos no fecundados, a veces se pueden engendrar machos, j
entonces la reproducción bisexual es recapitulada. La partenogénesis, por lo
tanto, es simplemente una modificación del método común de generación
mediante la unión del espermio y el óvulo.
74 Vida orgánica

tural y fu n cion al del protoplasm a al m edio que lo rodea. Tanto si se


posee o no un sistema nervioso, hay una tendencia natural en todo
organism o a reaccionar vitalm ente frente a los estímulos exteriores.
Estas reacciones son conocidas com o tropism os, y su presencia es
ana prueba del poder selectivo que posee la m ateria viviente de equi­
parse lo m ejor posible para la existencia en las condiciones am bien­
tales. Hay algo de instintivo en el m odo que tiene una semilla al ger­
m inar de hundir sus raíces en el suelo y enviar su tallo hacia lo
alto, no im porta en qué posición se la plante. Esta misma clase de
inteligencia se observa en las plantas que dirigen sus hojas hacia la
luz, o sus raíces en la dirección del agua. Estos m ovim ientos son
todos tropismos, y su propósito es hacer al organism o vivir lo m ejor
posible.
El protoplasm a se adapta a su m edio de varios modos. Es irritable.
Se excita aun por los más ligeros estímulos. A veces la intensidad
de la respuesta es desproporcionada a la del estímulo aplicado. M e­
diante cam bios en su form a o en el m ovim iento es capaz de respon­
der de un m odo efectivo a lo que la situación externa o interna le
demande.
Además, el protoplasm a posee un notable poder de conservar su
integridad. Com o cualquier otro cuerpo material, está sujeto al des­
gaste y a las lesiones. Para poder vivir necesita consum ir continua­
m ente sus energías vitales y estar siempre dispuesto a reparar cual­
quier daño accidental que surja. Esta m ejoría se efectúa por medio
de un fenóm eno llam ado reparación.
De este m odo, las heridas se curan al cabo de cierto tiem po y las
células gastadas son reemplazadas por otras nuevas.
Pero aún más asombrosa, desde el punto de vista biológico, ea la
regeneración, en la que trozos enteros que se habían destruido son
reemplazados del todo, y un órgano se reconstruye a partir de un fra g ­
m ento de tejido, o en la que un cuerpo viviente total es com pletado
partiendo de lo que fue solam ente una parte de él, con la única co n ­
dición de que la parte que luego dará origen a un organism o com ­
pleto contenga algo de m ateria nuclear. La regeneración se ha obser­
vado en plantas y anim ales inferiores, pero su poder es lim itado en
los organism os más diferenciados. Esto es debido a la mayor espe-
cialización de órganos y estructuras que existe en los animales supe­
riores, así com o a la am plitud de la división del trabajo fisiológico,
especialm ente el del metabolismo.
Como un rasgo final de la adaptación tenem os la inestabilidad de
la estructura química del protoplasm a, que perm ite una fácil sepa­
ración de sus partes con la consiguiente liberación de energía. Esto
a su vez, prepara el cam ino para nuevas actividades anabólicas, al
tiem po que el nuevo m aterial es introducido en el cuerpo o que se
form en recom binaciones a partir de los subproductos de la oxidación.
Es interesante el contraste que ofrecen a veces estas reacciones quí­
micas. Así vemos que la planta en su nutrición absorbe anhídrido
Funciones de la célula 7S

carbónico y libera oxigeno, m ientras en el anim al se Invierte este


proceso.
V. C o m p o r t a m i e n t o v e g e t a t i v o d e l h o m b r e .— Hay tres clases de m a­
teriales que abastecen al hom bre en sus necesidades de tipo vegeta­
tivo : el alim ento que ingiere, el aire que respira y los fluidos secreta­
dos por sus glándulas internas. El aire le sum inistra el oxigeno n ece­
sario para la com bustión de los tejidos y para liberar la energía n ece­
saria en el esfuerzo físico. El alim ento, sobre el que actúan los jugos
digestivos al pasar a lo largo del tracto digestivo, que se absorbe a
través de las paredes intestinales y es transportado p or todo el orga­
nismo por la corriente sanguínea, en la cual vierten tam bién las g lá n ­
dulas de secreción interna su contenido. Estas secreciones no sólo
tienen valor nutritivo, sino que poseen también una influencia esti­
mulante sobre las funciones vitales. Pero la corriente sanguínea sólo
ha h ech o parte de su trabajo al llevar el alim ento y el oxígeno hasta
los tejidos necesitados. Debe tam bién contribuir a la elim inación
del m aterial de desecho que queda del m etabolismo, llevar el anhí­
drido carbónico a los pulm ones y otras sustancias de desecho al
riñón. La m ayoría de las sustancias fecales que elim inam os no son
en realidad subproductos del m etaolism o, pues no han estado fo r ­
mando parte del cuerpo anteriorm ente.
El crecim iento del hom bre depende de su actividad nutritiva. En
el estadio unicelular por el que pasa m om entáneam ente n o hay n in ­
gún signo que nos haga adivinar su desarrollo ulterior. Sin embargo,
y com o dijim os anteriorm ente, este desarrollo existe en él de un
modo latente. Después del nacim iento, y mientras es joven, las fu er­
zas constructivas de su organism o son más manifiestas que las des­
tructivas, y com o consecuencia, aum enta de tam año y de peso. En
la edad m edia de la vida, estas dos fases m etabólicas están equili­
bradas relativam ente, pero en la vejez empiezan a m anifestarse los
signos de la decadencia, el catabolism o supera al anabolism o y el
hombre muere finalm ente cuando ya no puede oponerse a las leyes
de la disolución a las que esté sujeto su organismo. M ucho antes de
su muerte, sin em bargo, ya en el m om ento de la plenitud de su vida,
puede reproducirse y así contribuir a la conservación de su especie.
De un m odo explícito, la reproducción del ser hum ano significa ia
unión del esperm atozoide y el óvulo y la fusión de sus núcleos para
form ar una sola célula. Esto im plica que tanto el padre com o la
madre se reproducen en su descendencia y ésta com parte dos líneas
hereditarias distintas. En su aspecto esencial, pues, la generación
es un acto puram ente vegetativo. Pero se convierte en un asunto
de gran interés debido a la suma de sensación y sentim iento, de p en ­
samiento y de am or idealizado con la que es capaz de rodearse. Tal
es así, que puede dar un nuevo giro a toda una vida, dar origen a
nuevas norm as de perfección y sacrificio y aun intervenir en su sal­
vación final 6.

* B h e n n a n , R. E„ O. P.: Thomistic Psychologv. N. Y. MacmUlan, 1&41. pá­


ginas 85-99. Ed. esp., Morata, Madrid, 1960.
76 Vida orgànica

BIBLIOGRAFIA AL CAPITOLO III

C a r r e l , A.: Man the Unknown. London, Hamilton, 1935, Cap. 3.


K ahn , F.: Man in Structure Function, Trad, por G. R o s e n . New York,Knopf,
1943, Vol. I, Caps. 1 y 2.
M avor , J. W.: General Biology. New York, Macmillan, 3.n ed., 1947, caps, 2 y 4.
V u i E s , C. A.: Biology: The Human Approach. Philadelphia, Saunders, 1950,
Caps. 3 y 4.
SECCION II.— FILOSOFIA DE LA VIDA ORGANICA

CAPITULO IV

TEORIA DE LA MATERIA Y DE LA FORMA

1. NATURALEZA DE LOS CUERPOS FISICOS.—Para S a n t o To­


m ás, la explicación de la naturaleza de los cuerpos fisicos se basa en
la doctrina de la m ateria y la ferina de A r i s t ó t e l e s . No supone m a­
y or diferencia el que estos cuerpos sean o no vivos, pues am bos se
incluyen dentro de los am plios lím ites de su filosofía.
Según A r i s t ó t e l e s , todas las sustancias materiales, desde el m ine­
ral hasta el hombre, constan de dos principios origin ales: uno, m ate­
rial y pasivo; otro, form al y activo. Estos dos principios se com ple­
m entan, ya que son incom pletos. Uno es necesario al otro, y solam ente
cuando ambos se hallan íntim am ente unidos se realiza la perfección
del ser corpóreo, ya sea viviente o inanim ado. Veamos cóm o esta
concepción de la m ateria y la form a que explica la esencia de todas
las criaturas del universo tom ó form a en la mente de A r i s t ó t e l e s 1 .

2. NOCION DE CAMBIO ACCIDENTAL Y CAMBIO SUSTANCIAL.


Las cosas cam bian continuam ente de aspecto. Estos cam bios, sin em ­
bargo, son m eram ente accidentales, ya que aunque producen diferen­
cias en el objeto, n o afectan a su naturaleza o esencia. Podríam os
decir que son, en general, cam bios superficiales. La m ayoría de ellos
afectan sólo a los sentidos.
A r i s t ó t e l e s distingue tres tipos de cam bio accidental. El prim ero es
el m ovim iento local, que se percibe claram ente cuando los cuerpos se
desplazan de un punto a otro. El segundo es el cambio cualitativo,
por ejem plo, la variación de colores en la naturaleza. El tercero es

1 Sería interesante recordar aquí ciertos conceptos íntimamente conec­


tados con la teoría aristotélica de la materia y la forma. Resumámoslos:
sustancia, lo que puede existir por sí mismo; accidente, lo que necesita un
sujeto para manifestarse; naturaleza, el principio sobre el que actúa una
sustancia; propiedad, el principio o fuerza inmediata por medio de la cual
actúa la naturaleza; esencia, lo que corresponde a la estricta definición de
una cosa. La esencia de las criaturas materiales está compuesta por la
materia y la forma, es decir, la materia prima y la forma sustancial. Nótese,
además, que la sustancia de una cosa es su ser mismo, mientras sus acciden­
tes son solamente seres del ser. Más aún, todas las potencias o propiedades
de una sustancia son accidentes, aunque no todos los accidentes son poten­
cias o propiedades. Finalmente, la forma se identifica a veces con la esencia,
en cuyo caso significa la forma total o la esencia total y no la forma parcial,
que es sólo una parte de la esencia (la otra parte seria la materia). Ver On
Being and Essence, c. 1 y 2.
TS Materia y forma

el crecim iento o la reducción m aterial de las cosas, o cambio cuanti­


tativo. Todos estos distintos tipos de cam bio tienen un factor común,
que es su incapacidad para cam biar la naturaleza interna de la cosa.
Una naranja, por ejem plo, puede ser transportada localm ente, puede
pasar de verde a amarilla, de am arga a dulce; puede aumentar su
tam año a m edida que madura. Sin em bargo, sigue siendo la misma
al pasar por todos estos cam bios que se suceden en el tiem po y que
no m odifican la naturaleza de la fruta, que sigue siendo una naranja.
El cam bio sustancial es, sin em bargo, muy diferente. Tratamos
aqui con un acontecim iento que penetra en el núcleo mismo de la
cosa y la transform a en algo enteram ente nuevo. En este caso pode­
m os decir que la cosa ya no es lo que era, sino algo distinto. Se
ha m odificado su naturaleza. Así, si la naranja que sostenemos en
las m anos se transform ase repentinam ente en un organism o viviente,
consideraríam os este cam bio com o algo drástico. Sin embargo, es esto
precisam ente lo que sucede, de hecho, cada vez que es ingerida y
transform ada en protoplasm a. He aquí un ejem plo de lo que es el
cam bio su stan cial2, el cual nos impulsa a exam inarlo con mayor
detención.

3. IMPLICACIONES FILOSOFICAS DEL CAMBIO SUSTANCIAL.


Cuando la n aranja se convierte en tejid o vivo, algo debe conser­
varse a través del cam bio, pues el fin de los procesos digestivos es
nutrir y proporcionar energía al cuerpo. Este substrato perm anente
se llam a m ateria prima en la filosofía aristotélica. Pero tam bién es
cierto que hay algo que se pierde en el cam bio, puesto que la naranja
com o tal desaparece, y lo que queda de ella, su substrato material,
adquiere inm ediatam ente algo nuevo. Lo que ha perdido la naranja,
según A r i s t ó t e l e s , es su form a sustancial, y lo que adquiere su subs­
trato m aterial es la form a sustancial del organismo. Es posible, pues,
m ediante una simple inferencia, indicar las partes fundam entales de
que consta una naranja. Estas son : la materia prima, que es un
principio indeterm inado, pero determ inable, que suministra la base
que hace posible la transform ación de la naranja en protoplasm a; y
la form a sustancial, el principio determ inante responsable de que la
naranja sea ella misma y no otra cosa.
Cada uno de estos constituyentes básicos, sin embargo, es sustan­
cial en su naturaleza, aunque ninguno sea por sí mismo una sus­
tancia com pleta. Para alcanzar la plenitud, la m ateria prim a debe
hallarse unida a la form a sustancial. Cada uno de estos principios
es aún así real, aunque su realidad sea alcanzada por un proceso
deductivo. Sim plem ente, el h echo de que la n aranja es capaz de ali­
m entar al organism o debería ser una prueba evidente de la realidad
de la m ateria prim a, es decir, de un substrato perm anente que hace
posible la transform ación de la sustancia. Por otro lado, es igualmente

* E n e l le n g u a j e d e A qüino , e l c a m b i o l o c a l se lla m a latió o l o c o m o c i ó n ;


el c u a li t a t iv o , alteratio o a l t e r a c i ó n ; el c u a n t i t a t i v o , augmentatio y diminu-
tio, c r e c i m i e n t o y d is m in u c ió n , y e l c a m b i o s u s t a n c ia l, generatio y corruptio,
o g e n e r a c ió n y c o r r u p c ió n .
Términos de la teorìa 79

«ìerto que este substrato m aterial pierde algo real al desaparecer la


naranja, así com o gana algo real en la transform ación m etabòlica.
Además, cuando, durante la transform ación, la form a material de
la n aranja desaparece, su substrato tom a inm ediatam ente una nueva
form a, la de protoplasm a. Así en ningún m om ento el substrato m ate­
rial se halla carente de form a o la m ateria prim a carece de principio
determinante.
Pero se halla unido a una sola form a a un tiem po. Esta unión con
la form a es necesaria, porque es solam ente parte de la sustancia
de cualquier criatura corpórea. Está claro que no existe media sus­
tancia, ni m edio ser, n i tam poco algo así com o una c osi naranja 3.

4. TERMINOS DE LA TEORIA DE LA MATERIA Y LA FORMA —


Partiendo de observaciones sobre el cam bio sustancial del tipo de las
que acabam os de hacer, nos es posible com prender cóm o pudo A r i s ­
t ó t e l e s bosquejar su vasta teoría de la materia y la form a que expli­
case la naturaleza o la esencia de todos los cuerpos físicos. Vamos a
revisar otra vez los puntos principales de su doctrin a: todas las
criaturas del universo que poseen un cuerpo están com puestas de
materia y form a. Por m ateria entendem os la materia prim a o el
substrato m aterial subyacente a todas las cosas. P or form a enten­
dem os la form a sustancial o el principio que hace de una cosa lo
que realm ente es. Cada uno de estos factores últimos es no sólo
sustancial, sino real. Cada uno es opuesto al otro por naturaleza. A
causa de esta oposición es posible separarlos en el pensam iento, aun­
que n o en la realidad. No existe la materia, sino la form a, y con la
sola excepción del alm a hum ana después de la muerte, tal com o luego
veremos, no existe tam poco la form a carente de materia.
La m ateria prim a en sí misma no tiene carácter. Carece de fisono­
mía, es indefinida, carente de calidad y de cantidad. Lo que la define,
le da carácter y la hace una cosa particular es la form a sustancial.
Por consiguiente, excepto su predisposición a unirse con una u otra
clase de form a, n o existen diferencias dentro de la m ateria prima.
Es básicam ente la m ism a dondequiera que se la encuentre; en los
elementos, en las plantas, en los anim ales o en el hom bre. Todas
estas cosas, pues, difieren unas de otras en esencia, sólo porque su
materia prim a está unida a una form a sustancial de esencia dis­
tinta 4.
3 Aunque es verdad que una cosa o es o no es, es también cierto que una
cosa puede estar convirtiéndose en otra. El agua, por ejemplo, puede gra­
dualmente transformarse en vino. El movimiento supone una serie de gene­
raciones y corrupciones. Pero, en cualquier momento, no existe la materia
carente de forma, es decir, cuando una cosa no es nada. Porque en el pre­
ciso instante en que la materia pierde una forma, adquiere otra. De hecho,
la aparición de una forma nueva es la razón de la desaparición de la forma
anterior, según el dicho aristotélico: la generación de una eosa supone la
corrupción de otra. Nótese, sin embargo, que es la cosa total (no la materia
o la forma en particular) la meta de la generación y la corrupción,
4 La materia hace posible que el mismo tipo de forma sustancial se mul­
tiplique en muchos individuos; por ejemplo, que haya muchos hombres con
e l mismo tipo de alma racional. Para S a n t o T om ás , las causas del proceso de
SO Materia y forma

Podem os llegar a la conclusión, por lo que hem os dicho, que el


concepto aristotélico de m ateria prim a no es el mismo que lo que
entendem os vulgarm ente por materia. Cuando en el lenguaje corrien­
te decim os que una determ inada m ateria difiere de otra, nos refe
r imos a lo que A r i s t ó t e l e s llam a m ateria segunda, es decir, el objeto
que percibim os con nuestros sentidos hecho de m ateria prima y form a
sustancial, con todas sus propiedades naturales, dotado de cualida­
des sensibles, cuantitativo y considerado com o un individuo separado
de los otros. Decimos, por ejem plo, que una molécula de oxigeno, un
roble, un pájaro o un hom bre es una clase de m ateria segunda, ya
que cada uno de estos casos es una com binación proporcionada de
m ateria prim a y form a sustancial con las consiguientes propiedades
que derivan de su naturaleza, de m odo que le es posible exhibirse
a los sentidos en toda su concreta realidad.
Vemos, además, que, así com o la m ateria prim a se distingue de
la m ateria segunda, así la form a sustancial se diferencia de la form a
accidental. En la teoría aristotélica, la form a sustancial es parte de
la esencia de un ente corpóreo. Hace existir a ese ser. La form a a cci­
dental, por otra parte, le es dada a un ser ya existente. O si aún
deseam os llam arlo un ser, sería el ser de un ser. Según sus funciones
respectivas, la form a sustancial constituye, m ientras que la form a
accidental solam ente m odifica lo que se haya constituido, dándole,
p or ejem plo, su color, form a y peso particulares. La materia prim a
puede ser cualquier cosa, según la form a que se le imprima. Tendría
todas las posibilidades, pero no sería nada concreto.
Solam ente se hace algo al adquirir form a. Precisam ente por esta
razón, A h i s t ó t e l e s llam a a la form a sustancial de un objeto su per­
fección primera, ya que explica el hecho de que una cosa sea, y de
que sea algo particular, que se puede distinguir por su naturaleza
de otras especies de cosas. Esto nos lleva a la más im portante de las
antítesis aristotélicas, la existente entre potencia y acto, ya que la
m ateria prima considerada m etafísicam ente cae dentro del concepto
general de potencia, m ientras que la form a sustancial se reduce a
acto. Para repetir esto en otras palabras, la m ateria es todo en cuanto
potencia y nada en cuanto acto. Lo que la actualiza creando una
determ inada form a es la llam ada form a prim era o su stan cial5.

Individualización son materia quantitate sign ata, la materia señalada por


la cantidad.
5 Se desprende de lo que hemos dicho en el texto que el punto de vista de
A r i s t ó t e l e s sobre los cuerpos físicos era de naturaleza filosófica. Comprende
la noción de sustancia (materia prima y forma primera unidas dando ori­
gen a algo que puede existir por sí mismo) y accidentes (formas segundas,
que necesitan siempre un sujeto en el que manifestarse). Se interesa por un
conocimiento de la naturaleza interna de los objetos materiales. El punto
de vista científico de los cuerpos físicos, por otra parte, como todo lo incluido
en los fines de la ciencia moderna, no va más allá de un conocimiento de las
propiedades, estructura y conducta de la materia. Por esto, el científico
habla de la materia como si estuviese compuesta de un sistema de partículas
diminutas tprotones, electrones, etc.) combinadas en diversas formas y en­
riquecidas por una enorme reserva de energías que utiliza del modo que su
Valor de la teoría 81

Estos son, en bosquejo, los rasgos esenciales de la teoría de la


m ateria y la form a, a la que S a n t o T o m á s tuvo tal aprecio que la
recogió sin reserva alguna y aplicó, especialmente en su aspecto
m etafísico de acto y potencia, a todos sus escritos. Su im portancia
para la psicología se hará más evidente cuando veamos cóm o la
utilizó A q u i n o para resolver algunas discusiones sobre la naturaleza
del hombre.

5. VALOR DE LA TEORIA DE LA MATERIA Y LA FORMA.— Desde


la época de A r i s t ó t e l e s hasta la nuestra, la teoría de la materia y la
form a h a reclam ado su puesto en los circuios filosóficos y ha llegado
a ser am pliam ente considerada, por las razones que veremos a con ­
tinuación.
Prim eram ente, está basada en la experiencia, empezando por el
dato de que una sustancia se transform a en otra. Explica, además,
por qué todos los cuerpos físicos tienen algo de com ún, al mismo
tiem po que poseen sus propiedades particulares. Debemos señalar,
sin embargo, que ni la m ateria prim a ni la form a sustancial son
perceptibles por los sentidos. Representan contrastes que exceden los
límites de nuestra capacidad sensorial. Debemos con fiar en criterios
de tipo intelectual si queremos estimar el valor de la doctrina aris­
totélica. No es una explicación científica, sino filosófica de la natu­
raleza de los objetos materiales, una interpretación de los datos de
observación basada en los principios originales subyacentes a estos
datos. Está además basada en conceptos que llegan al fondo mismo
de la naturaleza física, ya que proclam a los principios filosóficos
últim os del acto y la potencia.
A lo largo de toda la psicología vemos la necesidad que ésta tiene
de un ificación y no puede ser perjudicial el probar esta espléndida
concepción de la naturaleza, aplicándola com o instrum ento para la
valoración de los descubrim ientos científicos. Aunque de gran exten­
sión, no pone límites al ob jeto con el que trata. Explica igualm ente la
constitución de todos los grados de los seres del cosmos, desde el m i­
neral hasta el hom bre, y es precisam ente en la unidad biológica
hum ana en la que estas proposiciones tienen más fuerza. Pero, a
cualesquiera que las apliquemos, lo más im portante es hacer hincapié
en los dos principios esenciales de que está compuesta la materia, ya
sea anim ada o inanim ada: la m ateria prima, que es lo prim ero que
está sujeto a cam bio, y la form a sustancial, el acto prim ero o la
prim era perfección de la m ateria 6.

sistema se lo permite. Pero no se aventura a opinar sobre la esencia de la


materia, excepto para decir que la desconoce.
8 Para la teoría aristotélica de la materia y la forma, ver: Physics, L. I-
VIII; On the Heavens, L. Ü I-IV; De Generatione et Corruptione, L. I-II;
Meta-physics, L. V-X. Para las teorías tomistas, ver: Commentary on Aris­
totle’s Physics, L. I-II. Trad, por R. A. K ocotjrek. St, Paul. Minn, North Cen­
tral publishing Co.. edición revisada, 1951.
On Being and Essence. Trad, por A. M auher , C. S. B. Toronto. Pontifical
Institute of Mediaeval Studies, 1949. C. 1, 2, 5, 6.
On the Principles of Nature. Trad, por R. A. Kocodree, St. Paul, Minn.
brennan, 6
82 Materia y forma

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO IV

Aquino, S. Tomás: Against the Gentiles. Lib. II, Cap. 30.


__Sum of Theology. Parte I, Cuestión 66.
A r is t ó t e l e s : Physics. Lib. II, Caps. 1-4.
M e r c i e r , D.: A Manual of Modern Scholastic Philosophy, Trad, por T. L. y
S. A.’ P a r k e r . St. Louis, Herder, 2.n ed., 1919, Vol. I, pp. 73-82.
P h il l ip s , R. P .: Modern Thomistie Philosophy, London, Bums Oates & Wash-
bourne, 1934, Vol. I, Cap. 3, Ed. esp., Morata, Madrid, 1964.

North Central Publishing C., edición revisada, 1951. Este libro y el anterior.
Commentary on Aristotle’s Physics, se han publicado juntos balo el título de
An Introduction to the Philosophy of Nature
D. S. C„ a. 1.
CAPITULO V

NATURALEZA DE LA VIDA ORGANICA

1. CONCEPTO FILOSOFICO BE VIDA .—Preguntad al filósofo qué


entiende por vida orgánica y os extrañaréis de su respuesta hasta da­
ros cuenta de que lo que dice no sólo es aplicable a la vida vegetativa,
sino a toda clase de vida. Tom em os a S a n t o T o m á s com o un ejem plo
de esta últim a actitud. Debe hacerse notar, para empezar, que su
punto de vista com pleto se desarrolla a partir de sus observaciones
personales sobre los hechos de la vida orgánica. Tales hechos, com o
él señala, están en relación con el organism o precisam ente com o
organ ism o: su nacim iento, producido por la potencia generadora; su
existencia, asegurada por la nutrición, y su desarrollo, por el creci­
miento.
Pero, m ientras las fuerzas del crecim iento y la nutrición tienen
relación con el organism o mismo, la facultad de reproducirse ha sido
dada por la naturaleza con el fin de crear otro organism o, y por esto
es la más noble y perfecta de nuestras propiedades vegetativas y 1¿l
más cercana a las propiedades de la vida anim al *. Esta últim a obser­
vación nos indica cóm o A q u i n o ve el sentido final de las cosas, ya
que ilustra un principio que utiliza constantem ente en sus escritos
psicológicos. «Lo más alto de una naturaleza in ferior se acerca a lo
más b ajo de una naturaleza superior» 2.
Elevándose desde los datos observables hasta una con cepción filo­
sófica de la vida, A q u in o señala la im portancia de tres rasgos de los
actos vitales: nutrición, crecim iento y reproducción. Prim ero hay
form as de m ovim iento, es decir, de cam bio desde la condición de
potencia en la que el organism o sólo posee la capacidad de actuar,
a la condición de acto, por m edio de la cual lleva a cabo las tareas
que la vida le impone. Segundo, todos los actos vitales provienen del
organismo mismo. Esto es perfectam ente claro si nos hacem os cargo
de que el cuerpo viviente posee una capacidad innata para alim entar­
se, crecer y reproducirse. Estas propiedades son signos de la espon­
taneidad de la vida. Por últim o, todos los actos vitales tienen la
propiedad de perfeccion ar el agente del que proceden. De cualquier
modo, es éste su prim er efecto, porque es sólo después que el orga­
nismo se ha asegurado y hecho uso, por asi decir, de los objetos que
le son necesarios, que puede traspasar su energía a otros cuerpos.
Es principalm ente a través de esta últim a cualidad, que él llam a

1 S. T., p. I, p. 78, a. 2, C. D. A., L. II, lee. 7-9.


J C. G„ L. II, c. 91.
84 Vida orgànica

inm anencia, com o distingue A qdino a las form as de m ovim iento


anim adas o inanimadas. «La vida es, pues, cualquier clase de m ovi­
m iento que sea espontáneo e inm anente» 3.
Aunque adoptem os cualquier actitud filosófica para explicar la
naturaleza del organism o, hay ciertos hechos aceptados por la gene­
ralidad, que debe tener en cuenta el filósofo. Estos datos constituyen
los llam ados datos prim arios de la vida orgánica y son: la unidad
biológica del organism o; la finalidad intrínseca de sus procesos; la
flexibilidad de sus propiedades, y la coordinación de su energía vi­
viente en el sistema cerrado de la m ecánica del universo.
Las interpretaciones que se han hecho de la vida se suelen agru­
par en dos, según le den un sentido m ecanicista o vitalista al com ­
portam iento del organismo.

2. TEORIAS MECANICISTAS DE LA VIDA.*—Aunque se diferen­


cien en su form a o en su exposición, las teorías m ecanicistas tienen
varios puntos en com ún 4. Todas están de acuerdo en que los fe n ó ­
m enos vitales son solam ente energía de tipo m aterial, ya sea física,
quím ica, electrom agnética, etc. Además concuerdan en que el postu­
lado o principio vital que explica la organización de la vida es injus­
tificable por ser innecesario. Sin em bargo, existen entre ellas algunas
diferencias que hacen que debam os estudiar estas teorías por sepa­
rado. Hay tres tipos im portantes de m ecanicismo.
I. M e c a n i c i s m o a b s o l u t o .—El m ecanicism o absoluto ve la tota­
lidad del m undo físico, tanto el anim ado com o el inanim ado, com o
el resultado de la mutua in teracción de las fuerzas de la materia.
Viene a decirnos que todos los procesos de la naturaleza, sin excep­
ción, están determ inados m ecánicam ente y que pueden explicarse
m ediante leyes físicas o químicas. Según esto, la vida orgánica es
sim plem ente el resultado de una energía perteneciente a la materia,
es decir, de una tendencia que surge de las raíces mismas de su ser
y que le pertenece por si misma.
F é l ix le D ante c, C harles D a r w in , T hom as H u x l e y , E r n s t H aeckel
y la m ayoría de los biólogos evolucionistas de finales del siglo X IX

5 C. G., L. IV, c. 11.


S. T „ p . I, q. 18, a. 2 ; q. 78, a. 1 y 2.
D. V., q. 4, a. 8.
1 Debido a que el protoplasma es un sistema organizado, se le considera
comúnmente como si fuese una máquina. El ojo, el oido y la totalidad del
cuerpo humano son descritos corrientemente como mecanismos más o
menos delicados. No hay disputa sobre este punto siempre que compren­
damos lo que se pretende con dichas comparaciones. La máquina es un
sistema organizado. Sus partes están tan coordinadas que su conjunto como
causa se adapta a la consecución de fines determinados, sus efectos. Esta
concepción puede aplicarse tanto al universo como a una ameba, pero con
una diferencia, por cierto. El universo físico es un sistema puramente me­
cánico, que opera según las leyes de una finalidad externa. La ameba, en
cambio, representa una organización especial de la materia controlada en
sus funciones por las leyes de la finalidad interna. Esto mismo rige para
el cuerpo humano, que es mucho más complejo que el de una ameba. Ver
Carrel, a.: Man the Unknow. London Hamilton, 1935, p. 106.
Teorías mecanicistas 85

pertenecen a esta actitud extremista. Entre los exponentes actuales


de este m aterialism o m onista total, J o h n B. S. H a l d a n e es quizá el
más notorio 5.
n . E v o l u c ió n e m e r g e n t e .— Esta es una form a más m oderada de
m ecanicism o, que se aferra a la idea de que la vida es una actividad
vital típica y que requiere para ser descrita térm inos que trascienden
los ingenuos conceptos del m ecanicism o absoluto. Esta actitud está
representada por C . L l o y d M o r g a n , el prim ero en asociarse a esta
teoría de la evolución em ergente.
M o r g a n establece una diferencia entre los acontecim ientos que él
llama resultantes, que pueden ser totalm ente conocidos al conocer
sus com ponentes, y los em ergen tes, que son imposibles de predecir
aun cuando conozcam os los factores de que están compuestos. Estos
factores pueden hallarse en la m ateria inanimada, pero son carac­
terísticos de la vida, que es una em ergencia de com puestos químicos
com plejos. La m ente hum ana queda tam bién incluida en este proceso,
ya que apareció cuando algunos de estos m odos impredecibles de re­
lación se organizaron altam ente, perm itiendo al hom bre el pensa­
miento '■>.
La teoría de la evolución em ergente ha tenido m uchos seguidores
y m arca un nuevo pu n to de partida para otras interesantes teorías,
todas ellas m uy parecidas. A s í tenem os el élan vital de H e n r i B e r g s o n .
la matriz espacio-tiem po de S a m u e l A l e x a n d e r , el principio de acción
total de J a n S m u t s , la con cepción de A l f r e d W h it e h e a d del universo
com o un totum organicum , del cual es un ejem plar el organism o
viviente, y m uchas otras maneras veladas de expresar la misma idea
em ergentista7. Además, si exam inamos detalladam ente cada teoría,
veremos que los lím ites entre la materia en cuanto vida y la materia
fuera de la vida han desaparecido prácticam ente. No existe una dife­
rencia real entre la em ergencia en el reino físico y la em ergencia de
los reinos biológico y mental. Y aunque los teóricos niegan la ade­
cuación de leyes puram ente físicas o químicas para explicar los fe n ó ­
menos vitales, se oponen, sin embargo, a cualquier form a de vitalismo
que rehúse aceptar la teoría de la em ergencia de la vida a partir de
las fuerzas de la m a te ria 8.

5 Le Dantec, F .: The Nature and Origin of Life. Trad, por S. Dewey, Lon­
don. Hodder and Stoughton, 1907.—Darwin, C.: The Origin of Species, The
Descend of Man. N. Y. Cerl and Klopfer. The Modern Library Series.—
Hüxley, T. H.: Darwiniana. London. Macmillan, 1907.—Haeckel, E,: The
Riddle af the Universe. Trad, por J. McCabe. London. Watts, 1889.—Halda­
ne, j. B. S.: The Causes of Evolution. London. Longmans, Green, 2.“ edi­
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“ M o r g a n , C. Lloyd: Life, Mind and Spirit. London. Williams and Nor-
gate, 1926.
T B e r g s o n , H.: Creative Evolution. Trad, por A. M itc h e l l . N. Y. Holt,
1911.—A l e x a n d e r , s.: Space, Time and Deity. London. Macmillan, 1920, dos
volúmenes,—S m u t s , J, C.: Holism and Evolution. N. Y. Macmillan, 1926,—
W hitehead , A. N.: Process and Reality. N, Y. Macmillan, 192&.
a M c D oug all , W . : Modem Materialism and Emergent Evolution. N . Y .
Van Nostrand, 1929.
86 Vida orgánica

H I. M e c a n i c i s m o r e te T A .— El m ecanicism o teísta sostiene que la


m ateria ha recibido su poder para producir efectos vitales de una
fuente externa, es decir, de un Creador. Este poder se ha transm itido
luego de un organism o a otro. Si fuese así, la materia viviente no
necesitaría ningún principio o fuerza propia que fuese la responsable
de sus propiedades particulares, ya que ha recibido de la Causa P ri­
m era la capacidad que le perm ite vivir. U lrich A, Hauber ha defendido
recientem ente teorías parecidas a ésta 9-

3. VALORACION DE LAS TEORIAS MECANICISTAS. I. M eca­


— Uno de los principales obstáculos que existen para
n ic is m o a b so l u t o .
la aceptación de cualquier teoría del tipo m ecanicista es el de la
fin alidad intrínseca de todas las funciones biológicas. Aunque estu­
viésem os de acuerdo con la opinión de que la vida orgánica podía
ser expresada m ediante leyes generales de la materia, hay, sin em­
bargo, una diferencia entre la m ateria anim ada y la inanim ada que
n o está explicada. No es a causa de la naturaleza especial de su energía
física, ni de la com plejidad de su estructura quím ica por lo que la
m ateria viva sobresale de un m odo tan notorio sobre el resto del
universo material, sino más bien porque emplea toda su energía para
realizar su fin intrínseco, que es la preservación total de su organis­
mo. Aun el más simple análisis de la vida celular nos revela que no
existe ninguna fu n ción que sea independiente del sistema total del
organism o. Es el m odo inm anente com o estas funciones son referi­
das a su punto de partida o su orientación hacia el organism o mismo
lo que constituye la verdadera diferencia entre la materia viva y la
materia fuera de la vida. Decir que la materia al estar viva posee una
capacidad innata de adaptación significa, en efeeto, que es capaz de
nutrirse a sí misma, crecer, desarrollarse y reproducirse, y también
que todos estos fines particulares persiguen otro más amplio perte­
neciente al organism o com o totalidad. En cambio, en la materia fuera
de la vida no existe evidencia de una finalidad interna de este tipo.
II. Evolución emergente.—O tra debilidad del m ecanicism o, espe­
cialm ente en su form a m oderada, la llam ada evolución emergente, es
su incom patibilidad con la n oción filosófica de causalidad. Cada efecto
debe tener una causa que lo provoque, y n o debe ser desproporcionado
a ella. No puede, p or ejem plo, sobrepasar a su causa, así com o una
piedra no puede ser mayor que la roca de la cual proviene. Vamos a
suponer ahora que fuese verdad lo dicho por D esiré M ercier : «L os
cam bios químicos del organism o viviente son de la m isma naturaleza
que los que acontecen en el laboratorio, y las propiedades físicas de
los cuerpos vivos son idénticas a las desplegadas por los cuerpos
Inorgánicos» De todos m odos persiste el h ech o de la inm anencia
• I I a u b e r , ü . A.; The Mechanistic Conception of Life. New S c h o la t ic is m .
Julio, 1933, pp. 187“200.
10 M ercber , D. A.: Manual of MocLern Scholastic Philosovhy, Trad. por
T. L. y S. A. P arker . St. Louis Herder. 1919. Vol. I, p. 169. S an t o T omás
(S. T., p. I, p. 78, a. 2, r. to obj. 1) viene a decir algo parecido cuando señala
que las potencias vitales son llamadas naturales, porque producen efectos
Valoración 87

o finalidad intrínseca, que no se explica lo suficiente por m edio de


transform aciones físicas o químicas. Decir que la vida es una em er­
gencia proveniente de la m ateria Inorgánica, o que la colocación
especial de la m ateria inanim ada hace necesaria la aparición de la
vida, im plican que un tipo de organización estructural y funcion al
superior es capaz de surgir de otro inferior a él. Puesto que se niega
la existencia de un principio vital, sólo podem os explicar dicha em er­
gencia m ediante la energía inherente a la materia.
Las fuerzas de la materia, sin em bargo, tienden constantem ente
hacia el exterior, ya que su disposición natural es producir efectos
fuera de la m ateria de la que proceden. Cuando el sodio, por ej,, se
une con el cloro para form ar sal, el foco energético obra fuera y en
dirección al nuevo com puesto que surge com o producto de su unión.
Las funciones de tipo vital, por el contrario, se dirigen de un modo
uniform e hacia el interior. S a n t o T o m á s expresa esto muy escueta­
mente al d e cir: «La acción puede ser de dos tip o s: una dirigida hacia
algo exterior, com o el acto de cortar o de calentar; la otra, que
perm anece en su agente, com o com prender, sentir y querer. Se d ife ­
rencian en que la prim era no es una perfección del agente que a c­
túa, sino de la cosa sobre la que actúa, m ientras la segunda es una
perfección del agente mismo» n . Así, en el ejem plo anterior, los
movimientos del sodio y del cloro sólo son transeúntes, com o diría
A q u in o , puesto que tienden hacia algo que está más allá de cada
elem ento en particular, mientras que el acto por m edio del cual un
organismo vivo asimila su alim ento es inmanente.
Ahora bien : la teoría de la em ergencia es incapaz de establecer
esta diferencia entre el m ovim iento transeúnte y el inm anente.
Atribuyendo a la materia el poder de pasar por sí misma de una
finalidad extrínseca a una intrínseca, viola la ley de la causalidad,
ya que supone un efecto que excede los poderes conocidos de la
materia. Tam bién porque predice, sin garantía, la em ergencia de un
tipo de existencia más diferenciado, com o es la vida, de otro menos
diferenciado, com o es la materia. Si hubiese razones para predecir
esto, seria diferente. Pero la evolución emergente no estipula ningún
agente dador de vida, ya sea dentro o fuera del organism o, que expli­
que el h echo de que esté vivo. Al mismo tiem po que invoca las leyes
de la naturaleza para explicar la em ergencia de la vida a través de
las posibilidades innatas de la materia, desecha com pletam ente las
otras leyes naturales que gobiernan la constancia de la relación entre
la causa y el efecto *2.

parecidos a los de la materia inerte. Asi, las potencias vitales emplean


realmente las energías físicas y químicas de la naturaleza como instrumen­
tos para la adquisición de sus respuestas vitales,
11 S. T„ p. I, q. 18, a. 3, r. a obj. 1.
12 Algunos científicos, por ejemplo, J. N eedham (The Sceptical Bíologist.
N, Y. Norton, 1930) y E. B. W il s o n (The Cell in Heredity and Environment.
N. Y. Macmillan, 3.a edición, 1934), proponen el mecanicismo simplemente
como una ficción, procediendo en sus estudios como si la teoría fuese cierta.
Se supone que esto se aviene mejor con el espíritu de la Investigación cien­
tífica moderna. Pero ¿no es también abandonar el problema real de la vida?
SS Vida orgánica

III. M e c a n i c i s m o t e í s t a .— En cuanto posible explicación de la vida


orgánica no tenemos querella contra la teoría del m ecanicismo teista.
Negar que pueda ser así sería lim itar el poder que posee Dios de p ro­
ducir resultados que están dentro del m argen de Su acción e influen­
cia, Pero contem plando el problem a desde otro ángulo, ¿es verdade­
ramente una actitud cien tífica referir la explicación de la vida de
un agente exterior cuando podría encontrarse una causa más inm e­
diata de ésta en el organism o mismo? Tenem os que, según la teoría
teísta, la m ateria viviente se diferencia de la no viviente únicam ente
por el h ech o de que Dios m ism o actúa en lugar del principio vital y
produce los efectos típicos de la m ateria viviente.
En otras palabras, si la interpretación m ecanicista está fuera de
lugar, no existe otra alternativa para el m ecanicism o teísta excepto
el asumir una participación interna de la Causa Primera en el ejer­
cicio de las funciones biológicas. No admite, recordém oslo, la pre­
sencia de un principio vital del organism o mismo. Antes de aceptar
dicha opinión debem os estudiar detenidam ente las teorías vitalistas.

i. TEORIAS VITALISTAS DE LA VIDA.— Las teorías vitalistas


han tenido siempre m uchos seguidores. Aunque varían grandem ente
entre sí en el m odo de interpretar las causas de la vida, todas están
de acuerdo en estos puntos: primero, que una explicación puramente
m ecánica de los fenóm enos vitales es inadecuada; segundo, que debe
de haber algún principio de acción o fuerza biòtica distinta de las
energías fisicoquím icas del organism o que explique la unidad fu n cio­
nal y estructural de la m ateria viva.
La necesidad de adm itir este nuevo elem ento surge del hecho de
que las propiedades de la vida no pueden ser com prendidas dentro
del m arco de un sistema puram ente m ecánico. En sus esfuerzos por
encontrar este factor, los vitalistas han adoptado distintos puntos de
vista 13.
I. T e o r ía s de la e n e r g ía — Todas las teorías de la energía
v it a l .

Además, si el investigador se dedica solamente a los aspectos Químicos y físi­


cos de la vida, ¿no perdería con ello la visión de la unidad del organismo?
Por otra parte, los que manifiestan desagrado por esta ficción no dan
necesariamente una explicación vitalista de la vida. J. B. S. H ald a n e , por
ejemplo (op. cit., c. 5), incluye las propiedades del protoplasma dentro de
los limites de un sistema físico-quimico, describiendo dichas propiedades
como materiales en vez de mecánicas. Asi, aunque rechaza la ficción meto­
dológica, es Igualmente vehemente al negar la postura vitalista. (La con­
troversia entre H a l d a n e y A b n o l d L u n n sobre los méritos del mecanicismo
frente al vitalismo se encuentra en la obra de este último: Science and the
Supernatural. N. Y. Sheed and Ward, 1935). M a r it a in alude a una perspec­
tiva más moderna cuando dice: «Los biólogos están empezando a darse
cuenta de que aun cuando se le conceda mayor espacio al análisis fisico-
químico y energético de los fenómenos vitales, la biología sólo puede pro­
gresar de verdad rompiendo expresamente con la teoría mecanicista.» Ver
M a r it a in , J.: The Degrees of Knowledge, Trad. por B. W all y A d a m so n . N. Y.
Scribners, 1938, p. 240.
13 W h e e l e r , L. R.: Vitalism. Its History and Validíty. London, Witherby,
1939.
Teorías vitalistas 89

vital, com o su nombre lo indica, m antienen la idea de que una deter­


m inada energía viva o fuerza biótica actúe en el organismo. Todas
ellas, tam bién se oponen a la con cepción m ecanicista de la vida.
Uno de los principales representantes de esta postura es E u g e n io
R i g n a n o . La materia viva, según R i g n a n o , es capaz de alm acenar
cantidades de un determ inado tipo de energía que recibe del m edio
ambiente.
Esta energía vital es separada en form as cualitativam ente d ife­
rentes, según las necesidades del organismo. En el estado em brionario
de la vida, las células del germen constituyen un centro de dina­
mismo desde donde determ inadas cantidades de energía biótica son
irradiadas sobre otras células, y así sucesivamente, siguiendo el curso
del desarrollo. Además, lo m ismo si tratamos con un organism o unice­
lular que con uno pluricelular, hay un constante intercam bio de
energías entre éste y su ambiente.
Este m ism o con cepto fu n cion al de vida lo hallam os en la horm é,
de C o n s t a n t i n v o n M o n a k o w , una fuerza vital del protoplasm a dotada
del poder de representarse el futuro al mismo tiem po que de resum ir
el pasado; tam bién en la actividad hórmica, de C h a r l e s M c D o u g a l l ,
que explica la vida com o una m anifestación de tipo energético con
un fin determ inado; en la libido, de C a r l J u n g , que es la suma de los
impulsos vitales; en la energía biótica, de B e n j a m í n M o o r e ; en el bion
químico, de H e n r y O s b o r n , y en la teoría bergsoniana del élan vital.
El concepto de B e r g s o n , sin embargo, com o apuntam os anteriorm en­
te, se puede interpretar más adecuadam ente com o una form a de evo­
lución emergente, ya que, vitalista por su nombre, aplica, sin embargo,
el concepto central de un «impulso a vivir» a toda la materia I4.
n . T e o r ía de l a e n t e l e q d ia o del a g e n te f o r m a t iv o de D r i e s c h .—
Una de las teorías más conocidas entre los biólogos es la de H a n s
D r i e s c h , que considera que la vida es debida a un agente form ativo
del organismo. Para describir este agente utiliza el térm ino de e n te -
lequia, que es el usado por A r i s t ó t e l e s para designar la form a sus­
tancial: la perfección básica de las criaturas materiales que les da
el ser, y con la cual la m ateria prim a tiende a unirse.
Después de estudiar detenidam ente ciertas form as de vida, por
ejemplo, el am phioxus y el erizo de m art D r i e s c h se percató de que
al dividir al em brión en varios fragm entos cada uno de ellos daba
lugar a un organism o com pleto. Vem os así que a partir de células que
debían constituir sólo una parte del animal, se originaban animales

“ R ig n a n o , E,: The Nature of Life. Trad, por N. M a l l in s o n . N. Y, Har-


court. Brace, 1930. M o n a k o w , C. v o n , y M ourgue , R .: Introduction Biologique
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96 Vida orgánica

com pletos. Utilizó entonces esto com o prueba de la existencia de un


poder flexible del organism o capaz de dirigir sus procesos vitales por
un cam ino u otro, y de adaptar las energías de tipo físico o químico
a sus propios fines. La entelequia sería, pues, una especie de vigilante
de todos los procesos vitales del organism o, cuya finalidad es dirigirlos
hacia la perfecta realización del cuerpo. Para indicar las líneas direc­
trices que siguen el crecim iento y desarrollo, emplea otro térm ino
aristotélico, el psicoide, que en griego quiere decir algo sem eja n te a
un alm a. Puesto que existen varias líneas directrices, debe haber varios
psicoides en el organism o. Fundam entalm ente, sin em bargo, es la idea
de entelequia com o agente encargado de las energías vitales del orga­
nismo lo más im portante en la teoría sostenida p or D r i e s c h 15.
III. T e o r ía a r i s t o t é l i c a d e l p r i n c i p i o v i t a l .— La más antigua de
las teorías vitalistas es la de A r i s t ó t e l e s , que, com o ya hem os dicho,
es el creador del térm ino entelequia. Hemos explicado ya su teoría
de la m ateria y la forma. La entelequia form a parte de este concepto,
ya que se identifica con la noción aristotélica de form a sustancial:
lo que hace a una cosa ser lo que es, y en el cuerpo viviente, lo que
origina la unidad biológica entrelazando sus com ponentes físicos y
arm onizando sus funciones para alcanzar un todo unificado. El orga­
nismo, pues, tiene dos com ponentes: la m ateria prim a o substrato
material y la form a sustancial o entelequia. Como es un cuerpo vivien­
te, llam am os a esta entelequia principio vital para indicar de dónde
proviene la vida. Así, pues, si bien es cierto que todo principio vital es
«n a entelequia, no lo es que toda entelequia sea un principio vital.
El principio vital es antes que nada entitativo, es decir, algo que le
da al organism o su capacidad de ser. Es una parte de la esencia de la
«osa viviente, siendo la otra la m ateria prima. Sin embargo, se d ife­
rencia de la m ateria del m ismo m odo que la form a sustancial se d ife ­
rencia a su vez del substrato sobre el que se asienta. Pero el principio
vital es tam bién un principio operativo, que se cum ple por m edio de
la posesión de determ inadas fuerzas que en el nivel vegetativo se
utilizan para la nutrición, desarrollo y reproducción del org an ism o16
Las ideas aristotélicas sobre la naturaleza y la función del principio
vital contenido en la vida orgánica fueron recogidas por S a n t o T o m á s
e incorporadas a su interpretación de la conducta del organismo. Asi,
en contra de lo sostenido por los mecanicistas, nos dice: «Ser un
principio vital o una cosa viva no depende de la materia en sí, porque

,s D rie s c h , H.: The Science and Phllosophy of the Organism. London.


Black, 2.» edición, 1929,
14 De Anima, L. II, c. 1-4.
Puesto que la palabra entelequia contiene la noción de telos o fin, puede
definirse como aquello hacia el cual la materia tiende como meta. De hecho,
la sed que tiene la materia de forma es inagotable, puesto que nunca se la
encuentra sí no es unida a la forma. Poseer una forma viviente, sin embar­
go, es una meta mucho más perfecta que el hallarse unido a una forma
no viviente. A r is t ó t e l e s dice que el alma no e s solamente la causa formal
del cuerpo vivo, sino también su causa final. Puede aún llamársela causa
eficiente, puesto que permite al organismo actuar en virtud de sus propie­
dades vitales.
Teorías vttalistas 91

en ese caso toda la m ateria estaría viva.» Com batiendo a los que
hablan de energía vital, pero que no obstante no quieren adm itir un
principio vital o alma, nos dice : «Aunque un órgano sea un principio
de vida, com o el corazón es el principio del m ovim iento vital en el
anim al, sin em bargo, nada m aterial, ni los órganos ni la energía des­
plegada por ellos puede ser el principio vital.» Y finalm ente, coin ci­
diendo con A r i s t ó t e l e s : «Por l o tanto, el alma, que es el principio
prim ero de la vida, no es un cuerpo, sino el acto (es decir, el acto
primero o form a sustancial) de un cuerpo» 11.

5. VALORACION DE LAS TEORIAS VITALISTAS.— I . T e o r í a s d e


l a e n e r g í a v i t a l . — Existen
ciertas dificultades relacionadas con todas
las teorías sustentadoras del principio de la energía vital o de la
fuerza biòtica. Prim eram ente, si las reacciones vitales son considera­
das com o efectos y no com o causas de la vida, entonces se puede ar­
güir que las diversas form as de energía que aparecen en el organism o
no son autónom as, sino que dependen para su recepción y liberación
de otro principio que n o es precisam ente la energía, pero que con tro­
la la cantidad y la disposición de la energía física y la química en
relación con el organismo.
Además, el crecim iento y el desarrollo del organism o hasta alcan­
zar la m adurez nos hace suponer sin lugar a dudas que existe en los
■cuerpos vivos algún tipo de fuerzas que no son puram ente m ecánicas.
Pero aún tendríam os que explicar por qué están estas fuerzas
unificadas y dirigidas hacia la form ación de un organism o com pleto
com o único fin. Finalm ente, debe existir alguna razón que explique
por qué las fuerzas m ateriales del universo se han convertido en
fuerzas vitales. D ecir que un organism o está vivo porque funciona de
un m odo vital es eludir el problem a y no ser capaz de dar una razón
última de la cualidad vital de estos actos.
II. T e o r ía de la e n t e l e q u ia o del a g e n t e f o r m a t iv o de D reessch—
La teoría de D r i e s c h , com o el clásico trabajo de H a n s S p e m a n n sobre
em brion es18, se funda en una evidencia que es concluyente contra
las pretensiones m ecanicistas. Pero dudo m ucho de que tuviese una
noción filosófica exacta de la entelequia aristotélica. No hay nada
de mal en decir que existe en el organism o algo que «actúa de un
m odo teleológico y total» 19, y llam ar entelequia a este agente form a­
tivo o directivo. Ese no es, sin em bargo, el sentido esencial de esta
término para A r i s t ó t e l e s . Para repetir lo que hem os dicho : A r i s t ó t e ­
l e s entiende por entelequia una causa o principio prim ordialm ente
entitativo y secundariam ente operativo. En resumen, el organism o
debe existir antes de actuar y la entelequia es la razón básica de su
«xistencia.

” S. T., p. I, q. 75, a, 1.
18 S p e m a n n , H .: Embryological Development and Induction. New Haven,
Yale University Press, 1938.
19 D riesch , T.: The Breakdown of Materialism. The Great Design. Edi­
tado por Mason. N. Y. Macmillan, 1934, p. 288.
92 Vida orgánica

Además, referirse a los psicoides com o agentes vitales es un claro


malentendido. Esta afirm ación está en franco desacuerdo con la m a­
ravillosa unidad biológica desplegada por el organismo. Para poner
de acuerdo a varios agentes vitales—cada uno siguiendo su propia
línea energética— con la conducta coordinada del organismo debemos
pensar con A r i s t ó t e l e s que dichos agentes son solam ente fuentes in­
mediatas de vida; que son, en resumen, meras potencias del cuerpo
vivo que le perm iten utilizar sus energías físicas y químicas en distinto
sentido, según sus necesidades, pero siempre sin perder de vista la
perfección total de su ser com o organismo. Visto así, el psicoide no es
más que una propiedad de la entelequia. Esta idea concuerda con lo
dicho por S a n t o T o m á s , de q u e : «no todo principio vital es un alma» 20
sino únicam ente aquel principio que sea la form a sustancial del o r­
ganismo.
Así tenem os que, si el agente form ativo de D riesch fuese también
considerado com o un principio inform ador, podría ser com patible con
el concepto aristotélico de entelequia, siempre que lo entendiésemos
com o el acto prim ero o la form a sustancial del organismo.
m . T e o r ía a r i s t o t é l i c a d e l p r i n c i p i o v i t a l ,:—La explicación más
satisfactoria que se ha dado hasta hoy de la vida orgánica está co n ­
tenida en la teoría de la m ateria y la form a de A r i s t ó t e l e s . Com en­
zando por el h ech o de la organización biológica, ella explica la unidad
del cuerpo vivo, lo mismo que la arm onía de sus actos, por m edio de
la presencia de un alm a o principio vital diferente del cuerpo y al
m ismo tiem po unido a él por una unión sustancial y dotado de
potencias que perm iten al organism o nutrirse, crecer y reproducirse.
La teoría aristotélica se basa en los siguientes puntos:
A. Unidad biológica.—A pesar de las diferencias que hay entre sus
partes u órganos, el cuerpo vivo se conduce de un m odo tan arm o­
nioso com o ningún otro cuerpo de la naturaleza. Se mueve, responde
a los estímulos, respira, se alim enta, ejecuta com plicadas reacciones
químicas, aum enta de tam año y se reproduce. El fin de todas estas
actividades es, prim ero, el organism o mismo, no algo fuera de él, y
segundo, la totalidad del organism o, y no alguna de sus partes. Una
unidad de propósito com o ésta no puede ser el resultado de una mera
agregación de partículas materiales com o las moléculas, los átomos,
los protones, los electrones, etc. Más bien nos demuestra palp able­

go S. T„ p. I, q. 75, a. 1.
Aun una función tan simple como la respiración muestra la gran coordi­
nación que logra el cuerpo vivo. Así vemos que en el easo del hombre no
se trata solamente de Inhalar oxigeno y exhalar anhídrido carbónico, sino
también de armonizar todos los procesos entre si y con otras actividades
fisiológicas. Tal como nos dice un gran científico que ha dedicado largos
años de labor a la Investigación de esta función: una descripción mera­
mente física y quimica de la actividad respiratoria del organismo no puede
darnos idea del equilibrio, armonía y el desarrollo de extensas áreas de
coordinación que supone el acto de respirar. Ver I I ald a n e , J. S.: Respiration.
New Haven. Yale üniversity Press, prefacio a la 2.a edición, 1935 (no con­
fundir J. S. H a l b a n e con J. B. S. H ald a n e , al que nos hemos referido ante­
riormente).
Teorías vitalistas 93

m ente la existencia de un cierto tipo de unidad, de carácter biológico,


creada y m antenida frente a un enorme núm ero de fuerzas que actúan
sobre el protoplasm a. Una constancia de organización tal com o ésta
debe tener indudablem ente alguna causa que la produzca 21.
B. Finalidad intrínseca de las funciones vitales.— Cuando d eci­
m os que la nutrición y el crecim iento son actos vitales, n o pretendem os
que todos los procesos físicos y quím icos que intervienen en el m eta­
bolism o sean funciones vitales. Es obvio que las transform aciones por
las que pasa el alim ento hasta la incorporación de sus partículas
materiales al protoplasm a representan form as transitorias de ener­
gía. Son meras etapas que preparan el cam ino para la asimilación.
Así vemos que es la transform ación del alim ento en tejido vivo y
la form ación interior de nuevas células y tejidos lo que hace que
el crecim iento y la nutrición sean unas form as únicas de actividad.
La com paración con el crecim iento de un cristal nos servirà para
aclarar esto. Cuando un cristal aum enta de tam año lo hace sim ple­
mente por m edio de la aposición de capas de cristal partiendo de un
núcleo y extendiéndose gradualmente hacia afuera. La intususcepción
de alim ento, en cam bio, es la transform ación de la materia carente de
vida en otra totalm ente diferente que está viva. Además, el cristal, al
formarse, libera energía, m ientras que el organism o alm acena energía
a m edida que crece. Por últim o, es imposible concebir que el cristal
tenga otro tipo de unidad estructural que no sea accidental, m ientras
el organism o nos proporciona suficientes pruebas de que la suya es
sustancial. Ya sea que lo observemos directam ente o por m edio del
microscopio, los elem entos del cuerpo viviente nunca aparecen in co­
nexos, ni nos dan nunca la im presión de haber sido unidos acciden­
talm ente 22.
C. Flexibilidad de las propiedades vitales.— Uno de los rasgos más
sorprendentes del organism o es su capacidad para restaurar sus p a r­
tes dañadas.
Si un área protoplasm atica es herida, todo el organism o reacciona
ante esto. El curso norm al del m etabolism o se m odifica, ya que las
energías vitales se unen en un esfuerzo com ún por curar la parte
lesionada. Otros fenóm enos regenerativos, basados en la evidencia
experimental, nos revelan la flexibilidad de la vida orgánica en con ­
traste con la rigidez de la máquina y el carácter único de las reac­

21 Después de un cuidadoso examen de las más importantes investiga­


ciones del campo de la fisiología, McDoügall deduce que ninguna función
orgánica puede ser explicada basándose solamente en principios físico-
químicos; que en cada proceso vital se manifiesta un «poder de selección,
de regulación, de restitución o de síntesis» que impide que se le explique de
un modo puramente mecánico. M arjtatn lleva sus observaciones hasta las
raices del problema cuando señala que aun cuando el organismo trabaja
mediante energías físico-quim icas, también da pruebas de poseer un prin­
cipio de inmanencia que utiliza estas fuerzas mecánicas de un modo muy
superior a la dinámica de los cuerpos inanimados. Ver McDoügall, W.:
Body and. Mind. N. Y. Macmillan, 1611, p. 235,
M a r it a t n . J.: The Degrees of Knowledge, pp. 236-37.
E2 D riesch , H .: The Science and Philosophy of the Organism, p p . 8 5 -1 0 9 .
94 Vida orgánica

ciones químicas y físicas que siempre se verifican en un m ism o


sentido. De sus estudios sobre la regeneración, D r ie s c h dedujo la exis­
tencia de un arm onioso sistem a equipotencial del organismo. Así, en
los estadios em brionarios más tem pranos del erizo de mar cada célula
posee la capacidad de llevar a cabo cualquier función, ya que la que
está efectuando depende simplem ente de la posición que ocupa
dentro del sistema del organism o.
Pero nos preguntam os, ¿qué es lo que hace que estas potencialida­
des se lleguen a efectuar? O, com o diría S a n t o T o m á s , ¿qué es lo que
reduce la potencia a acto? No puede ser nada que venga del exterior,
puesto que fuerzas externas com o la luz, la gravedad y otras no tienen
efecto sobre la ontogénesis. Ni puede deberse a procesos químicos
provenientes del organism o, puesto que, com o D r i e s c h s e ñ a ló 23, sólo el
equilibrio o una nueva disposición geom étrica surge de la desintegra­
ción química. Algún fa ctor no m ecánico, presente en el organismo,
debe ser la causa, prim eram ente, del orden existente en sus poten­
cialidades y tam bién de la dirección que tom en éstas al actualizarse.
Los com entarios de A r i s t ó t e l e s sobre el crecim iento y la adquisición
de un tam año adecuado pueden aplicarse en este caso a los procesos
regenera ti vos. Así, en el caso de los cuerpos vivos o «totalidades
organizadas naturalm ente, hay un poder lim itador que determ ina
su tam año y crecim iento. Más aún, dicha fuerza controladora es una
m anifestación del alm a (del organismo) y pertenece más a la form a
que a la m ateria» 24,
D. L ey de la con servación .—La ley de la conservación presenta
una dificultad que todos los vitalistas deben arrostrar. Expresa la
Idea de que la energía total de un sistema material dado, aunque
capaz de ser transform ado, no aum enta ni disminuye por la acción
de ninguna de las partes del sistema. Pero si el principio vital es la
fuente de form as especiales de energía, ¿cóm o puede dicha energía
ajustarse a esta ley? La respuesta no es difícil de encontrar si h acien ­
do justicia a A r i s t ó t e l e s intentam os captar su concepto de principio
vital.
Prim eram ente observam os que el quantum de trabajo efectuado
por el organism o es precisam ente igual a la cantidad de energía
material proveniente del exterior. Esta misma idea puede expresarse
diciendo que toda la energía que se incorpora al organism o en form a

25 De anima, L. II, c. 4. Ver también C. D. A., L. II, lee. 8.


M c D ougall señala el vasto cuerpo de información recogido por los fisió­
logos modernos sobre la estructura de la célula y los complejos procesos que
se suceden en el huevo feendado a medida que crece, se divide y se desarro­
lla. «Pero sobre las fuerzas que están obrando y sobre la potencia que guia
a estas fuerzas en la construcción del organismo lo ignoramos todo.» Ver
M c D o dgall , W.: The World of Life. N. Y. M o f f a t , Yard, 1911, pp. 318-19.
El problema de la vida, debemos señalar, no es enteramente algo cien­
tífico ni podemos tampoco esperar que el hombre de ciencia nos dé la res­
puesta a problemas de Índole más bien filosófica. Por cierto, la concepción
aristotélica del alma como factor último del desarrollo del organismo no
solamente es esclarecedora, sino que también complementa en un nivel filo­
sófico todos los conocimientos que han sido adquiridos por el científico.
** De Anima, L II, d. 1, Ver también C. D. A., L. I, lee. 1.
Principio vital 9»

de alim ento, agua, aire, etc., eventualm ente es devuelta al m undo de


la m ateria inerte.
A continuación, vem os que el papel asignado al principio vital es
simplemente el de regular el intercam bio de energías desde lo no
viviente, es decir, desde una condición de existencia de finalidad ex­
trínseca a una condición de existencia de finalidad intrínseca. De este
modo, el principio vital es capaz al m ism o tiem po de dar origen al
m ovim iento y m antenerlo dentro de una finalidad interna, cuando,
por ejem plo, impele al organism o a la busca de alim ento y distribuye
la energía según las necesidades del organism o viviente. Pero su p ro­
pósito es siempre el de dirigir y no el de crear las fuerzas físicas y
químicas que utiliza.
Por último, debem os recordar que de cualquier m odo que explique­
mos su acción sobre las energías del organism o, el principio vital no
es un agente extraño al cuerpo o algo unido a éste de un m odo
accidental. (Esto fue lo sostenido por P l a t ó n .) Ni es m ucho menos
algo que esté fuera o por encim a del orden natural. Por el contrario,
es tan propio del organism o que sin él no sería posible la existencia
de la planta, del anim al o del hombre.

6. NATURALEZA DEL PRINCIPIO VITAL.— A r i s t ó t e l e s define el


principio vital co m o : «el acto prim ero de un organism o natural, org a ­
nizado y potencialm ente vivo» 25. En esta definición aparecen tres
conceptos, todos ellos necesarios para la com prensión de sus ense­
ñanzas.
L A c t o p r i m e r o .— El acto prim ero de un cuerpo físico es su form a
sustancial. Que el principio vital es la form a sustancial del organism o
puede inferirse desde varios ángulos: primero, porque es la fuente
de todas las propiedades y funciones características del organism o
vivo, que lo separan claram ente de los cuerpos inanim ados; segundo,
porque al desaparecer, varía totalm ente la naturaleza del organismo,
cesa su actividad vital y su contenido es devuelto al m undo de la
materia inerte 20; tercero, porque el principio vital es aquel por medio
del cual el organism o está vivo— el acto prim ero o perfección primera
por medio de la cual vive y ejecuta todas sus operaciones vitales— . De
hecho, esta perfección prim era es tan extensa que por ella, o por su
unión con la m ateria prim a 27, el organism o es a la vez una sustancia,
un cuerpo y un organism o vivo, todo en uno. Para distinguirlo de las
form as sustanciales de los cuerpos inanim ados, a la form a sustancial
del cuerpo se la llam a psique o alma.
II. O r g a n i s m o n a t u r a l y o r g a n iz j l d o .— El cuerpo sobre el que se
manifiesta el principio vital es a la vez natural y organizado. Es na­
tural porque, aunque com puesto de varios elementos, no es una colec­
ción puram ente artificial de partículas materiales, sino algo unido

as S. T„ p. I, q. 76, a. 1.
a* S. T., p. I, q. 76, a. 4, r. a obj. 1.
" Joad, C. E. M.: Guide to Modem Thought. N. Y. Stokes, 1933, pp. 114-15.
36 Vida orgánica

intim am ente y que aparece com o un todo consistente. Resumiendo,


es algo verdaderam ente natural y no el producto de un arte o de
un acto m ecánico.
Además—en cierto sentido, pues el organism o es un todo— , está
organizado o com puesto de partes que, aunque diferentes en cuanto
a estructura y función, se unen arm ónicam ente y bajo un único pro­
pósito, que es el bien del organism o total. Como ha dicho C y r i l J o a d ,
es algo más que la simple suma de sus partes, que sería la unidad de
m áquina. Debe ser más bien considerado com o superior a sus partes,
«surgido de la unión de ellas, pero no redueible a ellas* 2S.
n i . O r g a n i s m o ' p o t e n c i a l m e n t e v i v o .— En la definición aristotélica,
el cuerpo es considerado com o potencialm ente vivo, ya que, hasta que
sea inform ado por un principio vital, está solam ente vivo en poten­
cia. Vemos, pues, que el alma, com o una form a sustancial, se une a
la materia prim a para originar un cu erpo; pero, com o es una form a
sustancial viviente o un agente vital, tam bién da lugar a un cuerpo
viviente. Cuando A r i s t ó t e l e s nos dice entonces que es el acto de un
cuerpo que está potencialm ente vivo, se refiere al acto de la m ate­
ria dispuesto para la vida por su organización especial. La materia de
una piedra, por ejem plo, carece de esta disposición. No está organizada
de tal m odo que dé lugar a actos propios de la vida. Carece de la
disposición natural, por parte de su sistema material, a nutrirse, cre­
cer y reproducirse, por lo que no está viva en potencia 29. Solamente
un organism o que posea dicha disposición, debido a su estructura, es
capaz de convertirse en un cuerpo vivo m ediante la unión con el
principio vital.
Hemos llegado ya a la diferencia fundam ental que existe entre los
cuerpos anim ados y los inanim ados. Utilizando com o clave el axioma
de A r i s t ó t e l e s de que el acto de una cosa es una consecuencia de su
naturaleza, podem os establecer una com paración entre la materia
viviente y la materia no viviente.
En prim er lugar, en las transform aciones químicas de los cuerpos
inanim ados, por ejem plo, en la conversión del hidrógeno y el oxige­
n o en agua, la m ateria prim a es constante y lo que varía es la form a
sustancial, puesto que el hidrógeno y el oxígeno com o tales desapa-
cen, surgiendo en su lugar la form a del agua. En las transform acio­
nes vitales, en cam bio, por ejem plo, en la conversión del alimento
en tejido vivo, la m ateria prim a es lo que varía, ya que está cons­
tantem ente entrando y saliendo del organism o, y el alma o form a
sustancial es lo que perm anece co n sta n te 30.
Además, tanto los órganos com o sus actos tienen en el cuerpo vivo
una unidad de propósito ausente en un sistema puramente m ecánico.
Podem os desarmar totalm ente un m ecanism o y estudiar en detalle

28 G re d t , J ., O. S . B.: Elementa Phtlosophiae. Freiburg. Herder, 1932.


Vol. I, pp. 331-32.
29 O ’T oole g . B. ; The Case Against Evolution. N, Y. Macmillan, 1925,
p. 175.
J o a d : Op. cit., pp. 113-14.

■f mi
Principio vital 97

todas sus piezas, ver cóm o engranan unas con otras y luego volver a
ponerlas en su lugar. El organism o no se presta a esto. No es im po­
sible im aginar cóm o un reloj, desajustado, pudiera él mismo reaju s­
tarse. o, roto, repararse. M ucho menos nos podem os im aginar que
una de sus partes produjese otro nuevo reloj. Y, sin embargo, la m a­
teria viviente es capaz de hacer todo esto por sí misma.
Por último, la diferencia más im portante entre las funciones v ita ­
les y las no vitales se basa en el estudio de su respectiva finalidad.
En el prim er caso es intrínseca, puesto que la energía de la materia
viviente se dirige hacia el interior, hacia el autocontrol y la p erfec­
ción propia. En el caso de la segunda es totalm ente extrínseca. L le­
gamos aquí a las raíces mismas de la diferencia entre las form as de
la energía anim adas e inanim adas, diferencia que, com o dice G. B a r r y
O’T o o le : «No consiste en poseer o no una entelequia, ni tam poco en
la naturaleza particular de las energías desplegadas en la ejecución
de las funciones vitales, sino solam ente en la orientación de estas
fuerzas hacia una finalidad interior» 31.
A esto se refiere A quino cuando nos dice que mientras los cuerpos
carentes de vida son capaces, por m edio de su energía natural, de
preservarse, aum entar de tam año y, por m edio de com binaciones
químicas dar origen a otros cuerpos no vivos, el cuerpo viviente e je ­
cuta esto m ismo «de un m odo más acabado», es decir, p or m edio de
actos inm anentes que tienen su propia perfección com o finalidad in ­
mediata. Así, se conserva vivo m ediante la nutrición, aum enta de
tam año m ediante el crecim iento y produce otros cuerpos vivos com o
él por m edio de la generación
Resum iendo todos los puntos de que hem os hablado sobre la d ife­
rencia que existe entre los cuerpos vivos y los inanim ados, veamos
nuevamente lo que nos dice S a n t o T o m á s :
«La acción de un principio vital es superior a la de una naturaleza
inanimada p or partida doble: prim ero, en su m odo de actuar, y se­
gundo, en los efectos que produce.
«Sobre su m odo de actuar... cada operación de un principio vital
debe surgir de una causa intrínseca, puesto que este tipo de acción
es viviente, y una cosa viviente es la que se mueve por sí misma.
«En cuanto a sus defectos, fijém onos prim ero en que no toda ope­
ración de un principio vital es superior al de una naturaleza carente
de vida. Así, vem os que la existencia y todas las cosas que le son
necesarias debem os suponerlas tam bién com o existentes, tanto en los

Sl O ’T oole , p. 176. Ver también S. T ., p. I, q, 78, a. 1. Aquí S an t o T om ás


dice que, aunque las operaciones vegetativas son las más inferiores en la
escala vital {debido a su íntima dependencia de la materia y los órganos
materiales), sin embargo son superiores a las operaciones de naturaleza
material, porque estas últimas «son causadas por un principio extrínseco,
mientras que las operaciones vegetativas proceden de un principio intrín­
seco ».
Así, desearía observar, Interpretando lo dicho por O ’T oole , que las cosas
pueden tener una finalidad operativa Intrínseca sólo cuando poseen un
principio operativo intrínseco.
42 S. T„ p. X, q. 73, a. 2. r. a. obj. 1.
b r e n n m í, 7
98 Vida orgánica

cuerpos vivos com o en los carentes de vida. La existencia, sin em bar­


go, en los cuerpos inanim ados es conferida por un agente extrínseco.
En los cuerpos vivos, por el contrario, lo es por agente intrínseco. A ho­
ra bien: los actos hacia los que se dirigen las potencias del alma vege­
tativa pertenecen a esta segunda clase. Así, tenemos que la potencia
reproductiva tiene com o fin crear el organism o; la potencia de cre­
cim iento, desarrollarlo; la nutritiva, m antenerlo vivo. En los cuer­
pos carentes de vida, en cam bio, estos efectos son originados por un
agente enteram ente extrín seco” 33.
En este pasaje de A quino vem os todos los elementos de su concepto
filosófico de vida, recogidos de sus estudios sobre ésta en su nivel
m ás inferior. Para concluir, la conducta de un organism o es una fo r ­
ma de actividad, que surge de un principio capaz de suscitar en sí
la acción, y que procede de una dirección determinada, m ovida por
una finalidad intrínseca. Así, la vida, fundam entalm ente, puede defi­
nirse com o una form a de actividad espontánea e inmanente.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO V
A quino , S. Tomás: Against the Gentiles. Libro IV, cap. 11.
= Sum of Theology. Parte I, cuestión 78, artículo 2.
B a n d a s , R. G ,: Contemporary philosophy and Thomistic principles. Milwau­
kee, Bruce, 1932, cap. 5.
D rie s c h , H .: «The Breakdown of Materialism», The Great Design. Editado
por F. Mason, New York, Macmillan, 1934, pp. 281-303.
J oad , C, E. M.: Guide to Modem Thought. New York, Stokes, 1933, caps, 5-6.
M a r it a in , J.: The Degrees of Knowledge. Trad, por B. W a l l y M. R. A d a m so n .
New York, Scribners, 1938, pp. 235-44.
M c D ou g all , W.: Modem Materialism and Emergent Evolution. New York,
Van Nostrand, 1929, cap. 1 y Apéndice, nota 1.
W in d l e , B. C. A.: The Church and Science. St. Louis, Herder, 3."- edición,
1924, caps. 25-29.

53 D. A., a. 13 (las letras en bastardilla son mías).


CAPITULO VI

ORIGEN Y DESTINO DE LA VIDA ORGANICA

1. ORIGEN DE LA VIDA EN LA TIERRA.— Todas las corrientes


de la investigación m oderna se inclinan hacia la opinión de que la
vida sobre la tierra proviene de otra sustancia ya viviente. La ley de
la biogenésis ha tenido una historia interesante. En su form a más
general dice que «toda cosa viviente proviene de otra cosa viviente».
F h a n c e s c o R e d i la expresó asi hace ya trescientos años. Un siglo des­
pués se reafirm ó esto nuevam ente basándose en la evidencia presen­
tada por L á z a r o S p a l l a n z a n i . P or últim o, Louis P a s t e u r solucionó el
problem a, de una vez por todas, m ediante una serie de experim entos
efectuados entre los años 1860 y 1876. No existe duda alguna, hasta el
mom ento, acerca de que la vida proviene siempre de algo ya vivo. La
ley de la biogénesis, sin em bargo, no excluye la posibilidad de que la
vida provenga de la m ateria inerte. Dice simplem ente que ningún
caso de dicha posibilidad ha caído aún dentro de la esfera de la
ciencia.
Mientras el concepto de biogénesis se iba convirtiendo en ley, la
idea de la célula, considerada com o la unidad estructural del p roto-
plasma, era proclam ada por M a t t h i a s S c h l e id e n y T h e o d o r S c h w a n n .
La fórm ula original de R e d i se concretó posteriorm ente con R u d o l f
V i r c h o w en «toda célula proviene de otra célu la »; conclusión que pro­
puso en el año 1855, y con W a l t e r F l e m m i n g en «todo núcleo proviene
de otro n úcleo», dicha en el año 1882.
Después de estudiar más detenidam ente el núcleo se siguió espe­
cificando, y así, T e o d o r o B o v e r i llegó a decir que «todo crom osom a
proviene de otro crom osom a». Esto sucedía en el año 1903. Final­
mente se llegó al estudio del gen y parece ser que la frase propuesta
por R ic h a r d A l t m a n n «todo granulo proviene de otro granulo» está
empezando, al cabo de cincuenta años, a encontrarse apoyada por los
hechos
Por otra parte, los hom bres de ciencia están de acuerdo en que
hubo un período en la historia de la tierra en que la vida no era p o ­
sible, pues faltaba el ambiente adecuado. Y todas las teorías que
explican el orden de nuestro planeta son concluyentes en el punto
de que dicho am biente no existía en las primeras etapas de su fo r ­
m ación. Está tam bién claro que la prim era form a de vida que apa­
reció sobre la tierra fue la vegetativa, ¿Cómo empezó, pues? Aunque

1 Genetics in the 20th Century. Editado por L. C. Dunn, N. Y. Macmillan,


1951.
160 Vida orgánica

se han propuesto un gran núm ero de soluciones al problem a, es p o­


sible agruparlas dentro de tres tipos principales: teorías de la emer­
gencia absoluta, de la creación y de la em ergencia restringida.
Toda esta discusión es sólo filosófica, ya que carecem os de pruebas
directas sobre las prim eras form as de vida que fueron probablem ente,
com o hem os dicho, simples organism os vegetativos. Sin embargo, no
debem os olvidar algunas evidencias que poseen una conexión in di­
recta con el problema. Así, pues, n o hay aparentem ente ningún ca ­
m ino fuera de la ley biogenética, hasta donde puede juzgarse por las
observaciones modernas, aunque esto no im plica que la materia viva
no haya podido derivarse en su com ienzo de materiales inorgánicos.
Con todo, su aplicación universal a los orígenes de la vida en tiempos
presentes nos haría precavidos contra cualquier teoría que no estu­
viese de acuerdo con el contenido general de la le y 2.

2. TEORIAS DE LA EMERGENCIA ABSOLUTA.— Por estas teorías


entendem os las explicaciones que hacen derivar la vida de la materia
por m edio de fuerzas que pertenecen a la materia misma. Este es el
punto de vista de los que sostienen, por ejem plo, que los primeros
organism os surgieron com o un efecto de la evolución activa del uni­
verso; que la m ateria em ergió a la vida por m edio de potencias total­
m ente insólitas en la esfera de actividad del sistema m aterial del
universo, y que las leyes naturales de la física y la qtfímica son su­
ficien tes para explicar el origen de la vida 3.
I. F orm as — Algunos científicos, tales com o
o s e m e r g e n c ia a b s o l u t a ,
H erbert S pencer y sus continuadores, sostienen que las condiciones
am bientales de los prim eros periodos de la tierra fueron más fa v o­
rables a la vida. Otros, com o E r n s t H a e c k e l , niegan que sea p osib le
refutar la conversión de la m ateria en vida, ya que entonces no que­
daría otra alternativa que asumir, excepto la de la Causa Primera, que
n o están dispuestos a aceptar.
Otro grupo, en el que se incluyen T h o m a s H ü x l e y , E u w i n S. G o o ­
d r i c h y J o h n B . S . H a l d a n e , aceptan la abiogénesis, o aparición de la
vida proveniente de la m ateria inanim ada, com o la única explicación
plausible para los que rechazan la idea de un agente que actúe fuera
de la materia.
Otros, basándose en la teoría de la evolución em ergente de C. L l o í d
M o r g a n , explican el origen de la vida com o el resultado de cierta
configuración quím ica surgida de un accidente afortunado de la na­
turaleza. Esta es la posición m antenida recientem ente por A l e k s a n d h
I . O parest . Por últim o, existen otras teorías, com o las de A u g u s t W e i s -

3 P h il l ip s , R . P .: Modern Thomistíc Philosophy. London, Bums Oates


& Wastiboume, 1934, vol. I, pp. 322-27. Ed. esp. Morata, Madrid, 1964.
1 El problema del origen de la vida orgánica está íntimamente rela­
cionado con el de su naturaleza. Es por esto que los que sostienen que
proviene de la materia, lógicamente tienen un concepto materialista de su
naturaleza, del mismo modo que los que lo explican por medio de leyes
físicas o químicas tienen obligadamente un punto de vista mecanicista de
la emergencia de la vida.
Teorías de la emerge7icía 101

y Benjamín M oore, que hacen derivar los prim eros organismos


jia n n
de unidades que se hallan fuera del cam po de observación a causa
de su pequeñísim o tam año y cuyo nacim iento a partir de la materia
no viviente estaría fuera de la esfera de actividad del cien tífico4.
II. V a l o r a c i ó n . — La prim era critica que podem os hacer a cual­
quier teoria de em ergencia absoluta, se funda en nuestro con oci­
m iento de las propiedades naturales de la materia. Los hom bres de
ciencia adm iten una constancia en las leyes que controlan los fe n ó ­
menos materiales. El quím ico, por ejem plo, nos inform a de que una
molécula de sal com ún está com puesta por un átom o de sodio y otro
de cloro. Esta com binación es constante respecto a la sal. Lo mism o
puede decirse de todas las síntesis de tipo químico. Las afinidades
esenciales de los elem entos no varían. Esto es más simple aún cuando
consideram os a la m ateria com o tal, y no a ningún tipo determ inado
de ella. Los electrones son todos sem ejantes, los protones tam bién lo
son entre si. Todas las cosas materiales, com o señala R o b e r t A i t k e n ,
«de la tierra, del sol, de los astros en nuestro propio sistema solar y
en el m illón de sistemas independientes, está hecho de las mismas
unidades fundam entales» e.
Si esto es cierto, entonces el científico que desee penetrar en la
rem ota historia de la tierra cuando surgió la vida por prim era vez,
no tiene más que proyectar al pasado los m étodos actuales de la na­
turaleza. Porque, o las leyes de la naturaleza son inmutables, o no lo
son. Si no lo son, entonces no hay posibilidad alguna de averiguar el
origen de la vida. Si son inm utables, entonces nuestra explicación de
los com ienzos de la vida debe corresponder a nuestros conocim ientos
actuales sobre la naturaleza. Pero la materia, tal com o la conocem os
hoy, no origina vida de un m odo activo. ¿Justifica esto el que presu­
mamos que nunca lo ha hecho?
Por otra parte, si la finalidad interna es algo característico de to­
das las funciones vitales, ¿cóm o llegó la materia a adquirir esta per­
fección ? Es cierto que actualm ente n o la posee. D ecir que surgió por

* S p e n c e r , H .: Principies of Biology. N. Y. Appleton. Edición revisada y


aumentada, 1900. 2 volúmenes. H aeckel , E.: The History of Creation. Tra­
ducida por E. R. L a n k a s t e r , N. Y. Appleton, 187S, vol. I, pp. 348-49.
H u x le y , T.: Damtniana. N. Y. Appleton, 1896, pp. 108-09.
G o o d r ic h , E. S .: Living Organisms. An Account of Thein. Origin and
Evolution. Oxford. Clarendon Press, 1924, p. 27.
Haldane, J. B. S.: The Causes of Evolution. London. Longmans Green,
2.a edición, 1935.
Morgan, C, Lloyd: Life Mind and Spirit. London. Williams and Norgate,
1926.
O p a r i n , A. I.: The Origin of Life. Trad, por S. M o r g u iis . N. Y, Macmillan,
1938.
Weismann, A.: Essays Upon Heredity and Kindred Biological Problems.
Trad, por P olton Schonland y Shipley Oxford. Clarendon Press. 2* edición,
1801, vol. I, p. 34.
Moore, B . : The Origin and Nature of Life. N. Y. Holt Home University
Library Series, p. 189.
* Aitken, R. G.: «Behold the Starts!». The Great Design. Editado por
F. Mason. N. Y. Macmillan, 1934, p. 33.
102 Vida orgánica

casualidad no es una explicación científica. Igualm ente (alsa es la


afirm ación de que debió suceder, puesto que no existía nada fuera
de la materia, porque puede probarse que la Causa Primera ha exis­
tido siempre. Además, el suponer condiciones ambientales sobre algo
que desconocem os es, sim plem ente, evadirse del problema.
Dichas condiciones, en todo caso, difícilm ente podrían haber sido
algo m ás que los aspectos físico-quím icos de la superficie terrestre.
Cualquiera, pues, que sostenga que la m ateria fue el principio activo
de la vida vegetativa debe reconocer que un efecto puede ser superior
a su causa. Es inútil apoyarse en el ejem plo de la n utrición: que la
em ergencia de las sustancias inorgánicas en tejido vivo es algo que
sucede todos los días. Este proceso es enteram ente pasivo por lo que
se refiere a las partículas alim enticias. Depende enteram ente del h e­
ch o de que el organism o está ya vivo. Y nuestro problem a se refiere
al origen de la vida.
T am poco soluciona el problem a el referim os a las unidades in vi­
sibles de las que proviene la vida de la célula, ya que esto solamente
nos hace retroceder hasta el punto en que la discusión se hace es­
téril, La célula es considerada aún com o la unidad más simple de
la vida orgánica independiente. Aun cuando es posible que ciertos
elem entos más allá de la esfera de la visión m icroscópica, com o el
gen, sean capaces de perpetuarse, su reproducción siempre se lleva
a cabo dentro del cuerpo de la célula. No se ha descubierto aún nin­
gún organism o que no contenga por lo menos estos dos com ponentes
esenciales de gran com plejidad: la sustancia crom ática y el cito ­
plasma.
Más aún, todo organism o, aun el más inferior, es capaz de nu­
trirse y propagarse.
La com plejidad de los órganos y de las funciones hace casi im ­
posible la tarea de establecer un paralelo entre la materia viviente y
la inanim ada. Vemos así que el estudio de las mezclas físicas y los
com puestos quím icos nos muestra una tendencia constante en la m a­
teria fuera de la vida h acia un equilibrio de todas sus fuerzas, lo
mismo que una disposición hom ogénea de todas sus partes. La m a­
teria viva, por el contrario, está siempre construyendo y destruyendo
sus com ponentes. Su unidad biológica es notable precisam ente por la
extensión de sus partes y fu n cio n es0. Aunque concediésem os que las
energías m ateriales del universo pudiesen realm ente originar sustan­
cias altam ente com plejas, com o las que se encuentran en el cuerpo
vivo, se necesita de todos m odos un agente directivo capaz de trans­
form ar estos com puestos en patrones organizados que pudieran ser

* C a n n o n señala que la palabra equilibrio se usa de un modo más ade­


cuado ai referirnos a los sistemas más simples y cerrados de fuerzas pura­
mente físicas y químicas en las que Intervienen energías conocidas. Los pro­
cesos fisiológicos, en cambio, aunque equilibrados, son muy complejos, y el
equilibrio que alcanzan es típico de los cuerpos vivientes. Es por esto que
sugiere el término de homeostasis para definir dicho equilibrio. Ver C a n -
n o n , W. B.: The Wisdom of the Body. N. Y. Norton, 1932, p. 24.
Teoría de la creación 103

utilizados com o instrum entos para la nutricióni crecim iento y repro­


ducción 7.

3. TEORIA DE LA CREACION. I, Dios c o m o o r i g e n d i r e c t o n*


i a vida .— Lacreación es definida por S a n t o T o m á s com o la producción
del ser total de una cosa a partir de la nada s. si aplicam os esto a
las primeras form as de vida sobre la tierra, se referiría al origen de
la sustancia total del organism o, es decir, su sustento material, que
es la m ateria prim a, y su form a sustancial, que es el alma o prin­
cipio vital. La creación, pues, difiere de la producción en el sentido
corriente de este últim o térm ino. O tal vez sería más adecuado decir
que la creación es una form a única de producción. Del químico, por
ejemplo, se dice que produce sal com binando cloro y sodio. Es obvio
que este proceso presupone la existencia de una materia prim a que
pasa de un estado a otro. Lo que en realidad hace el quím ico es que
la m ateria pierda una form a y adquiera otra. Esto significa que él
no crea en realidad la nueva form a, sino que contribuye a extraerla
del seno de la m ateria prim a donde ya existía en estado potencial.
La creación, en cam bio, no da nada por supuesto, absolutam ente nada,
excepto el agente creador. Los que sostienen este punto de vista crea-
cional deben m antener que el origen de la vida estuvo en la produc­
ción, tanto de la m ateria com o de la form a, o, lo que es igual, del
cuerpo y del alma. ¿Qué direm os de dicha teoría?
II. V a l o r a c i ó n .— No hay lugar a dudas de que algo así pudo haber
sucedido. Surge la objeción, sin em bargo, de que la creación de orga­
nismos prim itivos supondría, sin razón, la m ultiplicación de causas
materiales y así violaría la ley del mínimo. Esta ley dice que algo que
puede ser explicado por un pequeño núm ero de causas n o es presu­
mible que haya sido producido por muchas. O, dicho con las palabras
de A q u i n o : «Si el poder de la naturaleza es suficiente para la produ c­
ción de sus propios efectos, no existe razón alguna para invocar a la
Potencia Divina com o productora de estos mismos efectos» 9. Es asi

7 Wasmann, E. S. J . : Modem Bíology and the Theory of Evolutíon. Tra­


ducida por A. M. Buchanan. st. Louis. Herder, 2.a edición, 1923, c. 7. El proble­
ma total del origen de la vida se halla en un estado poco satisfactorio en lo
referente a la ciencia. Quizá L. J. Henderson esté en lo cierto al afirmar
(The Finess of Environment. N. Y. MacMillan, 1913, p. 310, al pie) que la ma­
yoría de los biólogos modernos siguen la idea de S p e n c e r al sostener la evolu­
ción gradual de la vida proveniente de la materia inerte. Y esto a pesar
de que los investigadores actuales se ven más que nunca imposibilitados de
comprobar dicha emergencia. Aparentemente, sin abordar el problema de un
modo concluyente, prefieren hacer suposiciones poco científicas antes que
dejar que continúe siendo un misterio. Pero continuará, al menos en rela­
ción con la ciencia, porque este problema es en realidad de índole filosófica.
8 S. T„ p. I, q. 45, a. 1.
9 C. L. III, c. 70. La única dificultad que veo en la teoría de la crea­
ción reside en la iey del menor esfuerzo. Es perfectamente posible el que esta
ley no se aplicase a la causalidad divina en el momento en que la vida
apareció sobre la tierra; en resumen, que Dios realmente hubiese creado
las primeras especies vivas. Me parece, sin embargo, que la ley del menor
esfuerzo está en desacuerdo con la teoría creacional, y por esto en la sec­
104 Vida orgánica

que ningún constructor se tom aría la molestia y el gasto de traer


un nuevo aporte de materiales si ya tenía a m ano todo lo necesario
para construir su edificio. Si juzgam os con este mismo criterio, segu­
ram ente hum ano y lim itado, nos es difícil com prender por qué una
Inteligencia Suprema tenía que crear un substrato material para la
vida, puesto que la m ateria ya existía.
Según las teorías aristotélicas que hem os seguido al explicar la
naturaleza de la vida, un cuerpo vivo difiere de uno carente de vida
no a causa de que su m ateria sea diferente, sino porque posee una
form a especial capaz de ciertos efectos imposibles para las form as
no vivientes. En resumen, bastaría con organizar adecuadam ente la
m ateria para convertirla en cuerpo de un organismo. La creación, en ­
tonces, seria muy im probable en el caso de los prim eros seres v iv o s 10.

4.TEORIA DE LA EMERGENCIA RESTRINGIDA. I. Dios c o m o


i n d i r e c t o d e l a v i d a .— Si la m ateria no viviente no ha podido
o r ig e n
por sí misma transform arse en m ateria viva, y si existen dudas ra­
zonables acerca de la creación pdebem os entonces buscar otra solución
para el problem a del origen de la vida. Podem os encontrar la respues­
ta, creo yo, en el postulado de una causa eficiente superior al universo
material y fuera de él capaz de hacer surgir la vida de las potencias
ocultas de la m ateria n o viviente. Cierta form a de em ergencia res­
tringida fue seguram ente la base de la aparición real de los primeros
organismos. S a n t o T o m á s no resolvió el problem a de este m odo, pero
creyó en la teoría de la generación espontánea. Según el D octor An­
gélico, tanto las plantas com o los animales, por su puesto inferior en
el orden vital, provenían de la m ateria inerte m ediante la acción de
los rayos solares y la influencia de otros cuerpos celestes. Sostuvo
además (y ésta es la parte crítica de su doctrina) que el poder de
producir vida de este m odo espontáneo le era dado a la materia por
el Creador 11. Se hallaba en un error, por supuesto, com o ahora sa­
bemos, al hacer provenir los cuerpos vivos de la sustancia orgánica
en descom posición. Sin em bargo, com o m uchas de sus equivocadas ex-
plicac’ ones, su opinión nos ayuda a solucionar el problem a al señalar
estos dos h ech os: prim ero, que la materia está de algún m odo rela­
cionada con la aparición de la vida en la tierra, y segundo, que la
Causa Prim era debe ser el agente responsable en última instancia, de
que la vida provenga de la materia.
n . V a l o r a c i ó n .— Es necesario hacer ver que nuestro problema a c­
tual no reside en el origen de la m ateria, aunque supone un cierto
ción siguiente he propuesto la teoría de la emergencia restringida como una
explicación más probable del origen de la vida orgánica. En realidad es
más perfecto crear que producir, tal como dice S an to T om ás (S. T., p. I, q. 45
a 1. r. a. obj, 2). pero el problema persiste: ¿por qué habría Dios de crear,
si podía hacer uso de leyes ya existentes en la naturaleza para que apare­
ciesen las primeras formas de vida vegetativa?
10 D. p. D., q. 3, a. 11, r. a obj. 12.
5. T„ p. I, q, 45, a. 8, r. a obj. 3; q. 71, a. 1, r. a obj. 1; q. 72, a 1. r. a obj. 5;
q. 105 a 1. r. a obj. 1.
11 S. T., p. I. q. 2. a 1.
Emergencia restringida 105

orden dentro de las leyes de la naturaleza. Así, la materia, que de


otro m odo hubiese sido incapaz de cum plir esta tarea, habría podido
ser gradualm ente preparada para recibir la vida, haciendo posible de
tal m odo la entrada del alm a o form a viva en ella. Detrás y dirigiendo
todo el proceso, pero sin form ar parte de la materia misma, debe
haber habido un agente responsable de esto, com o su Causa Primera.
No es nuestro propósito el dar aqui las razones de por qué este agente
ha existido siempre, por haberlo hecho ya S a n t o T o m á s por m edio de
solidísimas pruebas de tipo filosófico. Basta con decir que, em pezando
por las observaciones sobre el m ovim iento físico y los efectos de las
leyes naturales y continuando con la idea de la contingencia y fina­
lidad en el m undo de los hechos que nos rodean, llega por fin a la
noción de un suprem o ser inm utable, el único necesario, la sola in te­
ligencia capaz de planear y regir el universo; en una palabra, Dios 12.
Dada por sentada una causa de este tipo, la única dificultad que nos
queda es determ inar si la aparición de la vida orgánica es com patible
con el Poder Divino, por un lado, y con las posibilidades naturales
de la materia, por otro.
Primeram ente, en lo que se refiere al Poder Divino, cualquier efecto
dado cuyoa términos n o se excluyan mutuamente— com o el cuadrado
excluye el círculo—■, cae dentro de la esfera de Su actividad creadora.
Ahora bien; es obvio que m ateria y vida no se contradicen por na­
turaleza, puesto que la m ateria puede estar viva.
En segundo lugar, no existe ninguna dificultad inherente a la idea
de crear el alm a de una planta de las potencialidades de la m ateria,
porque un alma de este tipo es realm ente de naturaleza material.
Está totalm ente circunscrita por la m ateria en todas sus funciones, y
sin la materia no tendría existencia, puesto que su razón de existir es
ser la form a de un cuerpo. La em ergencia de un alma relativam ente
simple com o ésta de la m ateria no viviente no significa de ningún
modo una violación de la naturaleza.
Pero lo que interesa recalcar aquí es la necesidad de seguir las
huellas de esta em ergencia hasta la Causa Primera, puesto que la
materia com o tal n o posee la perfección de la vida. Así, Dios, en
nuestra teoría, hizo actuar a la naturaleza y produjo la vida usando
com o causas segundas a las que ya entraban en acción. Ciertamente
que El puede «producir efectos naturales sin el concurso de la na­
turaleza», com o dice Sjlnto Tomás, «pero prefiere actuar a través de
la naturaleza para conservar la arm onía de las cosas». Se cree que
Agustín tenía presente esta idea em ergentista cuando propuso su te o ­
ría de las razones sem in ales: que la materia inerte fue dotada de un
com ienzo por Dios de principios vitales latentes, llam ados de un m odo
figurado semillas, que dieron origen, al desarrollarse, a los organis­
mos vivientes, siguiendo un orden determ inado de acontecim ientos
naturales1:*.

14 D. P. D., q. 3, a 7, r, a obj. 16.


13 Esta giosa del De Generi ad Litteram, de A g u s t ín , es, por lo menos,
probable. Ver:
M c K eozg h , H. J.: The Meaning oí the Rationes Seminales m St. Agustín.
106 Vida orgánica

5. EL ORIGEN DE LA VIDA ORGANICA EN EL MOMENTO AC­


TUAL.— Hemos señalado varias veces el hecho de que cada organismo
es una unidad biológica, ¿cóm o, pues, se divide y reproduce? Para res­
ponder a esto recordem os ciertos puntos de la doctrina aristotélica.
Prim ero es el organism o total, com puesto de m ateria y form a, lo que
se reproduce. Cuando sostenemos que la materia prima y la form a
sustancial se unen para form ar un organism o com pleto, no existe
im plicación alguna de que la unidad así establecida sea indivisible.
Lo que está indiviso es, pues, capaz de división.
Ahora bien: en los m odos de reproducción típicos de la vida vege­
tativa, tales com o la m itosis y la gem ación, y aun en la generación
de ciertas especies de anim ales inferiores, tales com o los sapos, los
erizos de m ar y las lom brices de tierra, si partim os un ejem plar de
ellos en trozos, vemos que no existe nada que prevenga al organismo
de esta división, con tal que cada una de estas partes posea lo n e­
cesario para su continuidad vital. NI tam poco descubrimos nada en
la naturaleza del alm a que im pida el que pueda soportar esta división.
De hecho, el principio vital de los organismos inferiores es con­
siderado como potencialmente múltiple por A ristóteles, aunque, como
existe unido a un cuerpo, sea actualmente uno *4.
A lgo sim ilar a esto sucede en el caso de los cuerpos inanimados,
en los que su organización es uniform em ente igual, tanto para el
todo com o para cada una de sus partes. Una hogaza de pan, por
ejem plo, puede ser cortada en varios trozos. Cada trozo es tan pan
com o toda la hogaza. Ahora bien: en el organism o no sucede exacta­
mente lo mismo, ya que posee una sola form a, m ientras que la hogaza
W a s h in g t o n , D. G. C a t h o l i c ü n l v e r s i t y P r e s s , 1926. S a n t o T om á s c o m e n t a la
t e o r í a a g u s t ln l a n a e n s u t r a t a d o s o b r e la l a b o r d e lo s s e is d ía s d e l a c r e a ­
c i ó n (S . T ., p. I, q. 69, a. 2 ): « E n r e la c ió n c o n la p r o d u c c i ó n d e la s p la n t a s , la
e x p l i c a c i ó n q u e n o s d a A g u s t í n d if ie r e d e la d e o t r o s . A si, algunos c o m e n t a ­
r is t a s , b a s á n d o s e e n u n a le c t u r a s u p e r fic ia l d e l t e x t o ( d e l G é n e s is ), s o s t ie ­
n e n q u e lo s o r g a n is m o s v e g e t a t iv o s f u e r o n p r o d u c id o s en acto e l t e r c e r d ía
d e l a c r e a c i ó n .. ., e n t a n t o q u e A g u s t ín p ie n s a q u e e n a q u e l m o m e n t o f u e r o n
c r e a d o s en causa. L o q u e é l q u ie r e d e c i r e s q u e l a t i e r r a r e c ib ió e n t o n c e s e l
p o d e r p a r a p r o d u c ir lo s , y b a s a s u o p i n i ó n e n l a S a g r a d a E s c r it u r a .. . ; p o r lo
t a n t o , la s f o r m a s v e g e t a t iv a s d e l a v id a f u e r o n p r im e r a m e n t e c o n c e b id a s
e n e l s e n o d e la t i e r r a e n s u s c a u s a s g e r m in a le s a n t e s d e q u e s u r g ie s e n y
c u b r ie s e n l a s u p e r fic ie d e la t ie r r a . L a r a z ó n c o n fir m a e s t a i n t e r p r e t a c ió n .
A si, e n e s t o s p r im e r o s d ía s . D io s c r e ó t o d a s la s c o s a s e n su o r ig e n o c a u s a ,
y lu e g o d e s c a n s ó . P e r o trabajó hasta hoy, e s d e c ir , s u t r a b a j o c o n t in ú a , p o r
m e d io d e l g o b i e r n o q u e e je r c e s o b r e lo s p r o c e s o s r e p r o d u c t iv o s . A h o r a b ie n :
e l n a c i m i e n t o d e u n a p l a n t a e s u n t r a b a j o d e r e p r o d u c c i ó n , lu e g o n o fu e
p r o d u c i d o e n a c t o e l t e r c e r d ía , s in o e n s u s c a u s a s .» P a r a d e m o s t r a r q u e la
p o s t u r a d e A g u s t í n e s s o la m e n t e p r o b a b le , S a n t o T om á s a ñ a d e : « S e g ú n o t r o s
a u t o r e s , s in e m b a r g o , la c r e a c i ó n d e l a s e s p e c ie s p e r t e n e c e a l t r a b a j o d e lo s
s e is d ía s , m i e n t r a s q u e su r e p r o d u c c i ó n c a e d e n t r o d e l g o b ie r n o d e l u n i­
v e r s o .»
Parece ser que S an to T omás se inclinaba por la opinión de que las primeras
plantas fueron creadas por Dios en sus respetivas especies, Pero la inteli­
gencia del Doctor Angélico, que no vio contradicción alguna ni en la teoría
agustiniana de las causas seminales, ni, en la de la generación espontánea
de la vida a partir de la materia inerte, no hallaría tampoco contradicción
alguna en una teoría de emergencia restringida.
14 De Anima, L. n , c. 2. Ver también:
Causa final Í07

tiene tantas form as com o unidades físicas de pan. Pero el ejem plo
nos sirve para com prender por qué un organism o simple puede ser
dividido y transform ado en dos o más organismos. Es así que A q u : n o
dice: «Sus partes son sem ejantes y, por tanto, sem ejantes al orga­
nismo com o un todo. Además, su alma es im perfecta dentro de la
escala de almas y por esto no necesita de una gran diversidad de
órganos. Luego (después de haber ocurrido la división), el alm a puede
existir en cada una de sus partes» 15.
S a n t o T o m á s es más explícito que A r i s t ó t e l e s en este caso concreto
del problema de los orígenes de la vida, y sostiene que «toda alma
vegetativa es extraída de las potencialidades de la materia, lo mismo
que otras form as m ateriales» *6. En otro pasaje, sus Ideas sobre el
contraste existente entre las funciones de las plantas y de los an i­
males aparecen de un m odo más extenso. Así: «El cuerpo (de todo
organismo) tiene que estar internam ente proporcionado y tener dis­
tintos órganos para la ejeciición de sus variadas potencias, en tanto
que el alma es el acto de un cuerpo organizado de un m odo natural,
y puesto que ninguna parte del anim al (superior) posee esta d ife ­
renciación de órganos, ninguna parte puede ser identificada con la
totalidad del animal. En cam bio, el alma de los organism os menos
nobles por la naturaleza y que poseen menos potencias se halla m ate­
rializada en todo, el cuerpo y en cada una de sus partes de un m odo
uniform e. Por consiguiente, con la división del cuerpo en partes, un
alma separada se crea de cada una de estas partes, tal com o lo vemos
al partir lom brices y plantas. Antes de dividirse, sin embargo, no
podemos referirnos a una parte del organism o com o si fuese el todo,
excepto de un m odo potencial» n . De cualquier m odo, sin que inten­
temos establecer, finalmente, cóm o surgen las plantas y los animales
inferiores, podem os decir que, m ientras que antes que el acto repro­
ductivo haya sido llevado a cabo hay un solo organismo, después de
la reproducción tenem os dos o más organism os; y tam bién que, en
tanto que el alma es una cuando el organism o es uno, después de la
división hay tantas almas com o nuevos organismos.

6. LA CAUSA FINAL DE LA VIDA ORGANICA.— Para S a n t o T o ­


m ás,el cosm os es un lugar ordenado y la expresión de un plan muy
acabado de la m ente del Creador, Pero el orden im plica el que algu­
nas cosas sean más perfectas que otras y tam bién que la perfección
m enor exista para bien de la mayor. Si esto no fuera así, no podría
haber una escala del ser que se elevase desde la tierra al cíelo y fuese
creciendo en perfección a m edida que se aproximase a la de la Causa
Primera.
Ahora bien: en esta visión del universo descrita por A q u in o se su­
pone que la m ateria sirve a la vida, y la vida en sus form as menos
diferenciadas contribuye al bienestar de las más perfectas. Así, pues,

1S C. D. A., L. II, L, 4.
]í D. P. D., q. 3, a. 11.
11 In Pétri Lombard! Quatuor Libres Sententiarum, b. I, d. 8, q. 5, a. 3,
r. a obj. 2.
IOS Vida orgánica

la finalidad inm ediata del reino vegetal es suministrar el alim ento


para la nutrición del hom bre y del a n im a l1S. Aquí, el D octor Angélico
cita un texto de la Sagrada E scritura: «He aquí que te he dado todas
las yerbas..., y todos los árboles... para que sean tu alim ento» i».
Además de esta finalidad de tipo físico, la planta es también una
fuente de placer estético para el hombre. La riqueza y la variedad
de sus colores, forja d a por el paso de las estaciones, el milagro de su
nacim iento y de su crecim iento, el peso de sus frutos maduros que
coronan su labor reproductiva, todo esto ha sido hecho con la inten­
ción de producir reposo y alegría al corazón hum ano y de aum entar
su sentido de la belleza. ¡Cuánto perderían nuestras vidas si no exis­
tiese el verdor y las flores, con su perfum e, haciéndolas placenteras!
P ero esto no es todo. En los designios de la Providencia, las criaturas
del reino vegetal pueden considerarse com o un m edio de progreso en
la vida moral. Así com o el alim ento, su uso m oderado es tam bién un
o b jeto de la virtud de la templanza. La razón últim a de su existencia,
sin em bargo (que com parten con todas las demás criaturas), es la
gloria de su Hacedor. Y , a su m odo, m ostrar la bondad de Dios m e­
diante la m agia de su belleza y su capacidad de vivir, crecer y repro­
ducirse.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO VI

Aquí«o, S. Tomás: Sum of Theology. Parte I, cuestión 2, art. 3; cuestión 45,


art. 1.
D od so n , E. O.: A Textbook of Evolution. Philadelphia, Saunders, 1952, Cap. 7.
G oodrich , E. S.: Living Organism. An Account of their Origin and Evolution.
Oxford, Eng., Oxford University Press, 1924.
O 'T oole , G. B.: The Case Against Evolution. New York, Macmillan, 1925, Par­
te H, Cap, 1.
P h il l ip s , R. P .: Modern Thomistic Philosophy. London, Burns Oates & Wash-
bourne, Vol. I, 1934, Cap. 17. Ed. esp, Morata, Madrid, 1&64.
W a s m a n n , E., S. J.: Modern Biology and the Theory of Evolution. Traducción
por A. M. B tjchanan. St. Louis, Herder, 2.a ed., 1923, Cap, 7.
W n ro u e , B. C. A.: The Church and Modern Science. St, Louis, Herder, 3.' ed..
1923, Cap. 30,

,s C. G., L. HI. c. 81.


Génesis, c. 1, vv, 29-30.
LIBRO SEGUNDO

VIDA SENSITIVA
SECCION I .- L A CIENCIA DE LA VIDA SENSITIVA

CAPITULO VII

EL PROBLEM A DE LA CONCIENCIA

1. SIGNIFICADO DE LA CONCIENCIA.—La conciencia es el rasgo


más evidente que separa la vida sensitiva de la vegetativa. Nos da a
entender, en efecto, que dondequiera que la encontrem os, estam os
delante de algún organism o animal. La planta, en cam bio, no da se-
fiales de darse cuenta de sus actos.
La noción de conciencia es dificil de expresar. Sabemos lo que es
por nuestra propia experiencia, pero dar una definición satisfactoria
de ella es m ucho más difícil. Viene del vocablo latino com cire, qué a
su vez es abreviatura de cum alio scire, y según S a n t o T o m á s significa
«aplicación del conocim iento a algo». Continúa diciendo que cuando
se la considera sim plem ente com o un acto, es decir, solam ente en su
aspecto psicológico, es lo que llam am os ser consciente (consciousness).
Mas cuando se m ira desde el punto de vista moral, com o algo bueno
o malo, se la conoce por conciencia ( con scien ce) * l .
Además, puesto que la conciencia es un acto, es siempre atribuible
a una potencia en particular o a un grupo de potencias. Así, cuando
contem plo a un amigo, es m i potencia visual la que está actuando. Si
estoy estrechando su m ano, escuchando lo que me dice y reflexionando
sobre su consejo, entonces el oído, el tacto y la razón están también

(*) Este «ser consciente» (ser, verbo, y no sustantivo) se corresponde


con las ideas modernas sobre la «vivencia* y su aparición en los seres vivien­
tes. Entendemos la vivencia como un iluminarse la vida desde dentro para
que el resplandor, o vislumbre así producido, o sea de algún modo -captado
por el mismo ser en el que tal proceso se desarrolla; es como el percatarse
(aun de la forma más elemental y oscura) de algo que en aquel momento
afecta. En tal sentido, esto no sucede—no lo precisan—en las plantas, qüe
viven ligadas al suelo, del cual, o reciben lo que necesitan para vivir, o
mueren. Pero la «vivencia» surge, con la posibilidad de trasladarse de sitio,
en el animal. Dasde el más elemental (el gusano, que repta hacia el alimen­
to o la humedad que le conviene) hasta el hombre, con todas sus compli­
caciones. (Sobre este sentido, en mi opinión el más exacto y claro de la
«vivencia», véase L e r s c h : La estructura de la personalidad. Barcelona, 1959.)
En los párrafos que siguen observaremos lo asombrosamente modernas de
estas ideas (como otras muchas) en S a n t o T om á s. (N. del T.)
' D. V., q. 17 a. 1. Ver también S. T., p. I, q. 76, a. 13.
En lengua inglesa existen dos términos para designar lo que en latín
llamamos conscientia; éstos son consciousness, o ser consciente, y conscien­
ce, o conciencia. Mientras el ser consciente en su aspecto sensitivo es común
al animal tanto como al hombre, la conciencia es propia del hombre, ya que
es necesaria la razón para el juicio moral. Además. S anto T om ás considera la
conciencia tanto un acto como un hábito.
112 Problemas de la conciencia

en actividad. En resumen, no es posible la conciencia de un modo


abstracto. Es siempre la m anifestación de un cierto tipo de con oci­
m iento que proviene de un determ inado poder cognoscitivo.
Lo que interesa retener es que la conciencia im plica siempre un
sujeto que conoce, adem ás de un objeto conocido. Pero tam bién nos
da la idea de una form a determ inada de conocim iento, ya que siem­
pre se es consciente de algo. Además, este conocim iento del que h a ­
blam os está unido al del ser (o lo que está en lugar su y o )2, ya que
es de nuestros sentim ientos, percepciones, imágenes, pensamientos,
etcétera, de lo que nos percatam os. Para repetir: cuando estoy cons­
ciente es siempre de algo especial que me está sucediendo a mí, y no
puedo ser consciente de lo que le sucede a otro.
Sin em bargo, no som os conscientes de todo con el mismo grado
de claridad. Puedo estar escuchando una bella música y oír sólo vaga­
m ente sonar el reloj, o bien puedo estar siguiendo el curso del pen­
sam iento con tanta atención que sólo me doy cuenta vagam ente de
un dolor en m i cuerpo. Asi, decim os que la conciencia puede ser clara
o confusa, com pleta o atenuada. Tam bién decim os de ella que tiene
un fo co y una parte periférica, un presente y un pasado. P aradójica­
mente, llam amos a uno de sus niveles subconsciente o inconsciente.
Pero en ningún caso hacem os de este térm ino un uso que no suponga
estas dos cosas: prim era, una cierta form a de conocim iento; segunda,
la aplicación de este conocim iento a un objeto particular o a una
situación particular de nuestra vida. Este es, por lo menos, el punto
de vista de S a n t o T o m á s .
Ciertos rasgos que debem os recalcar aquí tienen relación con la
idea de conciencia com o un acontecim iento cognoscitivo. Así, se puede
considerar a la conciencia, ya com o un acto, ya com o un contenido.
La sensación, por ejem plo, puede ser el proceso sensorial o el resul­
tado del acto, y así tam bién el pensam iento puede ser el acto de pen­
sar o el fru to de dicha reflexión. Estos dos ejem plos aluden a otro
hecho sobre el que S a n t o T o m á s seguramente hubiese llam ado la aten­
ción : el de que hay una form a de conciencia puramente sensitiva y
com ún al hom bre y a los animales, y otra, intelectual y propia sólo
del hombre. Por esto, y para la claridad del texto, reservaré la palabra
«m ental» para los procesos Intelectuales humanos. En esto sigo a
S a n t o T o m á s , que dice que sólo las criaturas pensantes tienen «mente»
en el sentido estricto del térm ino, ya que por emente» él entiende un
alm a intelectual o una potencia in telectu a l3. M ientras que la vida

1 Digo «el ser (o lo que está en lugar suyo)», p o r q u e el animal, que no


es un ser o una persona, es también consciente de lo que acontece a su alre­
dedor. Me parece que posee cierto tipo de conocimiento de si mismo como
individuo, una cierta forma de conciencia moral de la relación concreta que
existe entre él y su ambiente. Esto sería un conocimiento de sí mismo sólo en
actu exercito, es decir, en el hecho mismo de ser afectado por los estímulo3
externos, y no in actu signato, que es genulnamente reflexivo y típico sólo
del hombre,
8 S. T ., p. I, q. 75, a. 2; q. 79, a. 1. r. a obj. 3, a. 10, S a n t o T omás (D. V.,
a. 10, a. 1, r, a obj. 2), deduce la palabra mente de medida (mens a mensura).
Esto interesa a nuestras reflexiones, puesto que sólo una mente puede ser
Escuelas psicológicas 113

consciente del animal no es más que sensitiva, la del hom bre es a


la vez sensitiva e intelectual.
Además, la conciencia es algo vital. Para utilizar un térm ino del
lenguaje nutritivo, es com o un proceso m etabòlico en el que las cosas
son colocadas dentro de la esfera de la actividad de las potencias
cognoscitivas y transform adas en objetos del conocim iento, dándoles
así, tal com o nos enseña S a n t o T o m á s , una nueva form a de existencia
que no poseen por derecho propio. La conciencia recibe lo que le da
el mundo, y luego r e a c c io n a 4. Aunque A r i s t ó t e l e s use el ejem plo del
sello y la cera para ilustrar esto», está lejos de ser toda la verdad,
porque las im presiones hechas en la cera son cosas sin vida, m ientras
que las im presiones hechas en la conciencia están vivas y vibrantes
de energía. En este últim o caso no se reduce a ser testigo pasivo de
lo que ocurre en relación con el agente consciente, sino una realiza­
ción activa de las potencias y los fines de ese agente ».
Finalm ente, aunque se nos m uestre en un gran núm ero de fu n cio­
nes según las potencias que la ejercen, la conciencia es la experiencia
de una persona solam ente, y tiende a asumir la unidad del sujeto al
cual pertenece. Este h echo n o debe ser olvidado, aunque con el fin de
estudiarla la descom pongam os en sus partes. Siempre existe el peligro
de deform ar una experiencia viva al intentar analizarla. Sólo estamos
dispuestos a considerarla viva y real cuando la vemos en su unidad y
totalidad 7.
2. ESCUELAS PSICOLOGICAS.— A causa de lo decisivo que es en
la vida del hom bre y del anim al, el problem a de la con ciencia nos
proporciona un punto de partida para discutir el punto de vista de
los psicólogos modernos. Y a acepten o rechacen éstos el h ech o de la
conciencia, tienen ante él una actitud definida; así, partiendo de esta
idea tenemos una escala para m edir los sistemas psicológicos. Lo que
ofrecem os, sin em bargo, es más el desenvolvim iento de la idea de
conciencia que una revisión com pleta de las escuelas psicológicas m o­
dernas.
Cuando, hará escasam ente unos setenta y cinco años, la psicología
la medida de la verdad y Za realidad. Así. mientras que la mente divina es
ciertamente esa medida, nuestras mentes son medidas a su vez por la ver­
dad y la realidad. En su acepción moderna, mente es una palabra engañosa
que se aplica tanto al hombre como al animal y, por lo tanto, tan vaga que
ya casi no significa nada real. Y, sin embargo, es una palabra lo suficiente­
mente buena para no perderla de nuestro vocabulario. Ver B h e n n a n , R. E.,
O. P.: Thomistic Psychology, N. Y. Macmillan, 1941, pp. 83-84. Ed. esp. Mo­
rata, I960.
4 D. V., q. 2, a. 2.
s De anima. L. II, c. 12.
6 El ejemplo dado en el texto señala la cualidad viviente del proceso cog­
noscitivo; el ejemplo de A r is t ó t e l e s , por el contrario, recalca la no supre­
sión de la forma que es recibida. La nutrición, en cuanto a acontecimiento
vital, es incomparablemente inferior al conocimiento. La primera destruye
la forma de lo que recibe; el segundo, la deja intacta. O, diciéndolo de otro
modo: la nutrición suprime su objeto, mientras que el proceso cognoscitivo
le permite permanecer en su alteridad. Como S a n t o T om ás diría: la función
nutritiva recibe las cosas subjetivamente; la cognoscitiva, objetivamente.
7 M ich e l , V. O S B.: Psychological Data. The Neto Scholasticism. Abril,
1929, pp. 185-88.
BRENNAN, 8
114 Problemas de la conciencia

se proclam ó com o una ciencia natural, la conciencia fue para el psicó­


logo de entonces lo más digno de estudio: sus fenóm enos, sus leyes,
sus condiciones, etc. Este punto de vista se abandonó en algunos
círculos. Había opiniones muy diversas sobre el tema, entrando inclu­
so en el debate elementos ajenos a la ciencia. Ahora, ya tranquilizados
los ánimos, la mayoría de los psicólogos persisten en la idea de que
la conciencia es un objeto de estudio científico. Debemos decir que
cada escuela ha contribuido a su estudio con su aportación particu­
lar sobre el tema, y tam bién que m uchos de los psicólogos actuales
prefieren escoger, según su criterio, lo m ejor de cada escuela antes
que ajustarse a una sola. Este es un punto de vista sintético, y es
un buen signo, ya que quiere decir que se acercan a una visión más
am plia del hom bre s, dentro de la que es más fácil que surja una
reconciliación y ayuda mutua entre la ciencia y la filosofía del hombre.
Para los que han seguido en detalle la dirección divergente que han
tom ado las escuelas psicológicas, la separación entre ellas no es tan
grave com o podría parecer en el prim er m om ento. Es así que un
hom bre puede no ser tan fan ático de un sistema que rehusé acep­
tar algo de otro. Los títulos de las secciones de este capítulo son más
bien, de tendencias en la interpretación de los datos psicológicos. Si
pensamoss que la ecuelas no modos distintos de interpretar los datos
psicológicos 9 creadas por los científicos, entonces los encabezamientos
siguientes pueden utilizarse para correlacionar estos m odos según la
relación existente entre unos y otros.

3. ESTRVCTURAL1SMO.— Para el químico, la materia está co m ­


puesta de m oléculas y átom os. Para el físico está hecha de protones y
electrones. Del mismo m odo, los defensores de la psicología estru ctu ­
ral se refieren a la conciencia en fu n ción de sus elementos. Estos son
las sensaciones, las im ágenes y los sentimientos, pero, particular­
m ente, las sensaciones. Según E d w a r d T i t c h e n e r , discípulo de W i l h e l m
W u n d t , la sensación es el resultado inm ediato de la acción de un
estím ulo sobre un órgano sensorial. Es, además, el único tipo de expe­
riencia de cuya sim plicidad podem os estar seguros. Pero T i t c h e n e r
a L a v is ió n d e l h o m b r e c o m o u n t o d o e s u n a h e r e n c ia q u e p r o v ie n e d i r e c ­
t a m e n t e d e A r is t ó t e l e s y S an to T om á s , e s d e c ir , d e lo q u e m e r e f e r ir é a lo
la r g o d e l t e x t o c o m o p s ic o l o g ía tradicional. D ir e m o s a lg o s o b r e e l o r ig e n d s
e s t a t r a d ic ió n . L a o b r a m a e s t r a d e A r is t ó t e l e s , on the Soul (Sobre el Alma),
f u e l a p r im e r a s is t e m a t iz a c i ó n d e l h o m b r e h e c h a p o r lo s a n t ig u o s . O tr o s
a n t e s q u e él, e s p e c ia lm e n t e D em ó crit o y P l a t ó n , se h a b í a n o c u p a d o d e a lg u ­
n o s p u n t o s d e v is t a v e r d a d e r o s p a r a p o d e r d a r le s c a b id a e n su s .s te m a .
T r a z ó su p la n d e l h o m b r e c o n m a n o fir m e , y c u a n d o lo h iz o e f e c t iv o , fu e
f u n d á n d o s e e n s u p r o p i a e x p e r ie n c i a . L a d is p o s i c ió n d e su p s ’ c o lo g í a , en
s u t o t a lid a d , n o h a v a r ia d o su f o r m a . S an to T om ás r e c o n o c i ó su v a lo r y d - d l -
c ó u n a g r a n e x t e n s ió n d e s u s e s c r it o s a la e x p a n s ió n d e la s id e a s d e A r - s t ó -
t e l e s . E n l a a c t u a lid a d , h u e lla s d e l a s d o c t r i n a s d e l E s t a g ir it a la s e n c o n ­
t r a m o s p r á c t i c a m e n t e e n c a s i t o d a s la s e s c u e la s p s ic o l ó g i c a s m o d e r n a s . V e r
B r e n n a n , R. E-, O . P . : Troubador of Truth. Essays in Thomism. E d i t a d o p o r
R. B r e n n a n , O. P., N. Y. Sheed a n d W a r d , 1942, p p . 18-19. Ed. e s p . M o r a -
t a , 1963.
5 L ev in e , A. J . : Current Psychologies. Cambridge, Mass. Art, Publishers,
1940, p . 11.
Funcionalismo 115

parece haberse quedado detenido en este punto.10. Hablar de la sensa­


ción com o el últim o átom o de la conciencia que corresponde a la más
simple unidad de estim ación fisiológica y afirmar que todas las demás
experiencias de nuestra conciencia provienen de esos átomos, puede
ser verdadero hasta sólo cierto punto. S a n t o T o m á s , por ejem plo, sos­
tiene que todo conocim iento empieza con la sensación, y que todo
deseo se basa en el conocim iento. Pero, com o él habría señalado, la
explicación atom ista de T i t c h e n e r puede ser difícilm ente una expli­
cación com pleta de lo que sucede cuando percibim os una cosa con
nuestros sentidos, y m ucho m enos cuando pensamos en ella con
nuestro intelecto. Es com o pulverizar la conciencia y no poder volver
a rehacerla más.
Recientem ente, la psicología estructural de T i t c h e n e r ha en con ­
trado un m edio de expresión en las obras de H a r r y P. W e l d y A l b e r t
C . R e í d 11. Es una rama de la psicología del contenido, de W u n d t 12, y
desciende en línea directa de las teorías asociacionistas de D a v i d H u m e ,
J a m es M i l l y A l e x a n d e r B a in .

4. FUNCIONALISMO.— Todos los psicólogos actuales se preocupan


de un m odo u otro de la función, ya que la naturaleza de su ciencia
les exige que observen los actos y las propiedades de una cosa con el
fin de descubrir las leyes que la rigen.
En este sentido, todos pueden ser llamados funcionalistas. Pero la
psicología funcional es el nom bre que dam os en particular al punto
de vista que considera a la conciencia com o una serie de actos o p ro ­
cesos más que com o una serie de contenidos. Esta ideología fue in i­
ciada en Alemania por C a r l S t ü m p f 13 y surgió de su interés p or la
música. Fue continuada en Am érica por hom bres com o J o h n D e w e y 14,
J a m e s R, A n g e l l , H a r v e y A. C a r r y G-l e n n D. H i g g i n s o n . Aquí se recalca
la utilidad de los fenóm enos conscientes para la adaptación del h om ­
bre y el anim al a su am biente, insistiendo tam bién en la fu n ción
de dichos fenóm enos cuando el organism o se enfrente con una situa­
ción problem ática. La psicología dinámica de R o b e r t S. W o o d w o r t h 15
puede ser considerada tam bién com o una rama del extenso árbol
del funcionalism o. Estudia los fenóm enos de la conciencia com o la
acción reversible de causas y efectos, centrando su interés en los
motivos subyacentes a dichas m anifestaciones.
La psicología del acto es una form a más reciente de este m odo
dinám ico de m anejar los hechos de la conciencia. Le fue dado un

10 T it c h n e r , E. B .: An Outline of Psychology. N. Y, Macmillan, 1923.


11 W eld , H. P.: Psychology as a Science. N . Y. Holt, 1928. R e id , A . C .:
Elements of Psychology. N. Y. Prentice Hall, 1938.
12 W un dt , W .: Outlines of Psychology. Trad, por C. H. J udd , N. Y. Ste­
eliert. 1897.
13 S t u m p f , C .: Tonspsycholcgie. Leipzig. Hirzel, vol. I, 1883; vol. II, 1890.
14 D 's w e y , J.: The Reflex Arc Concept in Psychology. Psychological Re­
view, 189G, 3, pp. 357-70. A n g e l l , J, R.: An Introduction to Psychology. N. Y.
H o lt, 1918. C a r r , H . A .: Psychology. N , Y. Longmans, Green, 1925. H i g g i n -
s o n , G, D.: Psychology. N. Y. Macmillan. 1936.

15 W o o d w o r t h , R, S.: Dynamic Psychology. N. Y. Holt, ed. rev,, 1929.


116 Problemas de la conciencia

puesto entre las escuelas m odernas debido a F r a n z B r e n t a n o , que


enseñó que todo h ech o consciente posee un aspecto Intencional, es
decir, una relación fundam ental con los objetos que lo ponen en
m ov im ien to1(:. Esta unión entre el sujeto cognoscente y el objeto
conocido es natural y fue señalada hace ya siglos atrás por A r i s t ó t e ­
l e s . es posible que B r e n t a n o tomase la idea de este autor, ya que fue
instruido en la tradición del Estagirita. La psicología factorial es otra
escuela relacionada con la fu n ción , pero centrando su interés en los
descubrim ientos de tipo estadístico que surgieron de una larga labor
experim ental. Su fundador y figura principal es C h a r l e s S p e a r m a n .
Tiene com o fin hallar las condiciones subyacentes a nuestros actos
conscientes. Los resultados nos revelan la existencia de facultades
tanto generales com o especiales. Un problem a posterior es descubrir
el núm ero, la relación y la organización de estas fa cu lta d es1’ . Lo
m ismo que B r e n t a n o , S p e a r m a n tam bién parece haber extraído sus
ideas de A r i s t ó t e l e s y S a n t o T o m á s , especialmente en lo que se refiere
a la idea tradicional de las facultades.
Hay una nota com ún, al menos, en las escuelas que hem os n om ­
b ra d o: todas se interesan en particular por el aspecto operativo de
la conciencia. Al intentar describir sus actos, cada sistema procura
contribuir a la com prensión de los misterios de la conciencia. Al
m ism o tiem po, todos los psicólogos intentan im poner su propio sen­
tido y orden en los hechos que atraen su atención, pero tam bién suce­
de que es difícil hallar interpretaciones con las que todos estén de
acuerdo. Sin em bargo, la psicología funcional, en conjunto, ha apor­
tado estas dos ideas fundam entales: prim eram ente, nos ha propor­
cionado un conocim iento más p erfecto de las leyes en las que se
basa la adaptación en general, y del aprendizaje en particular, y en
segundo lugar nos h a señalado la intencionalidad fundam ental de
nuestra vida consciente.

5. PSICOLOGIA HORMICA.—-La simple m ención de la palabra


propósito, en relación con los datos de la conciencia, nos recuerda de
inm ediato la psicología hórm ica de W i l l i a m M c D o u g a l l . Esta idea de
intencionalidad n o es nueva, sino que aparece ya en A r i s t ó t e l e s y
S a n t o T o m á s . M c D o u g a l l h a h ech o girar a toda su escuela en torno
a esta idea. El psicólogo fu n cion al se refiere también a la intención,
pero para él es sum inistrada por la situación misma en la que el
organism o opera. M c D o u g a l l , en cam bio, sostiene que la conciencia
misma es su meta y en ello reside la diferencia. La cualidad o pro­
piedad hórm ica (del grigeo impulso a la acción) no es algo que adqui­
rim os a lo largo de la vida, sino que es innato y se manifiesta en un
gran núm ero de tendencias, siendo la principal el ser dom inante y
hacer valer sus derechos en un caso, o ser tím ido y sumiso en el
otro. A causa de estas dos direcciones en nuestra estructura, ten -

18 B r e n t a n o , F.: Psychologic vom empirischen Standpiunkte. Leipzig.


Meiner, vol. I, 1924; vol. II, 1925.
17 S p e a r m a n , C .: The Nature of “ Intelligence” and the Principles of Cog­
nition. London. Macmillan, 2‘ . ed., 1927.
Behaviorlsmo o conductismo 117

demos a exhibir rasgos ya de am o o de esclavo, según las situaciones.


Pero en los niveles más elevados de la conciencia som os libres, y la
función de la voluntad es llevar a cabo nuestras ideas y convertirlas
en ideales vivos. Así, aunque las disposiciones instintivas del hom bre
y el anim al tienen ambas un definido valor hórm ico, la voluntad y
la lucha del hom bre están cargadas de sentido. Además de hacerse
eco de m uchas ideas básicas de la psicología tradicional, debem os dar
gracias a M c D o u g a l l por m antener la idea de instinto’ en la m ente
de los psicólogos m odernos, en una época en que estaba en peligro de
ser desechada is.

6. BEHAVIORISMO O CONDUCTISMO.— Alejándose de la con ­


ciencia y renunciando, al m enos en apariencia, a todas sus adquisi­
ciones, la psicología behaviorista crea una nueva m odalidad dentro de
las escuelas modernas. Fue creada gracias a los esfuerzos que hizo
J o h n B . W a t s o n por estudiar al hom bre y a los anim ales desde un
punto de vista puram ente objetivo. Sólo los hechos observables deben
ser registrados p or el observador. Los niños se prestan muy fá cil­
mente a una labor de este tipo, y por esto W a t s o n se dedicó m ucho
tiem po á observar sus reacciones. La form a más simple de conducta
es el reflejo. A partir de él se puede construir todo lo demás. Si se le
condiciona, se resuelven todos los problem as que plantea la conducta
humana, aun los com plicados procesos del pensam iento y la volun­
tad 1B. La objeción principal al sistema de W a t s o n , por supuesto es
que ha descendido a un nivel fisiológico desde donde intenta dar
razones para todo lo que ocurre en los niveles superiores. Alguien ha
dicho que, al rechazar la conciencia, W atson «tanto lo quiso asar, que
lo quemó». Más cierto seria tal vez decir que lo que W a t s o n a rrojó
por la puerta principal está entrando ahora tím idam ente por la
puerta de servicio. Hombres com o W a lte r S. H toteh y K a el S. Lashlet,
también em pedernidos behavloristas, se han adelantado al fundador
de la escuela. Es así que estén dispuestos a hablar sobre los hechos
de la conciencia, aunque les dan otro otro nom bre 2<>. Después de un
periodo de calm a y otro de crítica, la idea behaviorista ha vuelto a
surgir con un nuevo grupo de investigadores, tales com o E d w a r d C.
Tolman, Clark L. H u ll y Burrhus F. Skotner 21,
La psicología de la respuesta tam bién está interesada en la co n ­
ducta. Igual que la escuela de Watson, se ja cta de una actitud o b ­
18 McDougall, W.: An Outline of Psychology. London. Methuen, 3.a edi­
ción, 1926.
10 Watson, 3. B.: Behaviorim. N. Y. Norton, ed. rev., 1930.
20 H u n te r , W, S.: Human Behavior. Chicago. University of Chicago Press,
1928. Lashley, K. S.: Brain Mechanisms and Intelligence. University of Chica­
go Press, 1929.
21 Tolman, E. C.: Purposive Behavior in Animáis and Men. N. Y. Centu-
ry, 1932. H u ll , C. L . : Principias of Behavior. N. Y. Appleton Century, 1943.
Bkinner, b. F .: The Behavior of Organisms. N. Y. Appleton Century, 1938.
22 Dunlap, K .: Elements of Psychology. St. Louis. Mosby, 1936. Lang-
feld, H. A.: A resvonse Interpretación of Consciousness. Psychological Re-
view, 1931 38, pp. 87-108. Thorndike, E. L.: Human Leaming. N. Y. Centu­
ry, 1931.
US Problemas de la conciencia

jetiva hacia las cosas. Aquí vemos los aspectos m otores de la conducta
muy subrayados. La conciencia es admitida de un m odo indirecto,
dependiendo su existencia y su im portancia de la obtención real de
las reacciones externas. Esto significa que le concede im portancia
sólo hasta el punto en que se exterioriza en form as de conducta. Los
principales seguidores de teorías de este tipo son: K n ig h t D u n l a p 22,
H e r b e r t S. L a n g f e l d y E d w a r d L. T h o r n d i k e ,
R econocem os a los behavioristas el m érito de haber impulsado el
conocim iento de los estados corporales que acom pañan a la co n ­
ciencia. Sin sus afanosas investigaciones, estaríamos aún sin saber
nada sobre m uchas cosas que ocurren en el interior de nuestra es­
tructura som ática cuando un estimulo se aplica al cuerpo. Han puesto
en claro tam bién que no se puede empezar la educación, tanto moral
com o física de un niño a una edad dem asiado temprana. Puede ser
que los adultos del futuro agradezcan más a los behavioristas sus
teorías que lo que hacen los del presente. Al mismo tiempo, no debe­
mos olvidar el h ech o de que toda la escuela behaviorista está en deu­
da con los originales descubrim ientos de V l a d i m i r M . B e k h t e r e v e
I v á n P. P a v l o v en el cam po de la reflexología 23.

7. PSICOLOGIA GESTALTICA, O DE LA FORMA.—Descontento


con la visión parcial de la experiencia de la que tanto W u n d t com o
sus discípulos estaban tan satisfechos, M a x W e r t h e im e r intentó dar
una idea más com pleta y viva de los hechos de la conciencia al con ­
siderarlos com o con ju n tos preceptivos. Esta idea de tener distintas
sensaciones unidas form an do un todo, se le había ocurrido ya a
A r i s t ó t e l e s . Pero W e r t h e im e r llegó a ella de una manera más con ­
trolada y científica, com o resultado de experimentos que estaba efec­
tuando sobre la Percepción del M ovim iento 24. Sus decubrim ientos fu e ­
ron recogidos por W o l g a n g K o h l e r , K u r t K o f f k a y K u r t L e w i n , con
los que se elaboró un nuevo sistema conocido com o la psicología de
la gestalt. Sus partidarios creen que se debe retornar en busca de d a­
tos a la experiencia pura, donde encontram os no meras agrupaciones
de partes, sino todos unificados 2ñ, no meras sensaciones, sino árboles,
nubes, puestas de sol y sinfonías. Es así que la experiencia consciente
se nos presenta com o algo organizado. Si le falta algún elemento,
tiende a añadirlo; si está incom pleta, tiende a completarse. M irando
un grupo de líneas, una m ancha de colores o una serie de objetos
parcialm ente relacionados entre sí, nos Inclinam os a verlos com o un
todo unificado. Esta es la experiencia que la psicología debe explicar,

33 B echterev , V. M.: General Principies of Human Reflexology. Trad, por


E. y W. MimpHY. N. Y. Intematicr.í’i Publishers, 1932. P avlov , L. P.: Condi-
ttoned Reflexes. Trad. por G . V. A n r e p . London. Oxford University Press,
1927.
21 W erth e im er , M .: Experimentelle Studien über das Sehen von Bewegung.
Zeítschrift für Psychologle, 1912, 61, pp. 161-265.
2S K B h le r , W.: Gestalt Psychology. N . Y. Liverigh. ed. rev., 1947. K o f f -
ka , K .: Principies of Gestalt Psychology. N, Y. Harcourt, Brace, 1935.
L e w i n , K. A.: Dynamie Theory of Personality. Trad. D. K. A d a n s y K. E. K e -
n e r . N. Y. McGraw-Hill, 1&35.
Escuela psicoanalitica 119

y el psicólogo gestaltxsta intenta hacerlo con su teoría de la c o n fi­


guración. Su escuela se opone a la idea de que las reacciones del
hombre y del anim al pueden ser explicadas en su totalidad por la
relación estím ulo-respuesta, y en este punto está en desacuerdo con
el behaviorista. Está tam bién dispuesto a defender la causa in tros-
peccionista, aun cuando sea simple y no se preocupe de las leyes.
Como todos los demás sistemas, la psicología de la gestalt ha sido
también criticada, y con justicia en m uchos casos, especialm ente
cuando generaliza sin garantía, desde el cam po de la física y de la
fisiología al de la experiencia consciente, y más allá, hasta el de
la personalidad hum ana y la sociedad, haciendo valer la m isma idea
en todos los casos. Sólo por lógica debería ser rechazado tal proced i­
miento, cuanto más vitalm ente. Sin embargo, las doctrinas de esta
escuela han h ech o im pacto en la psicología, haciendo que se revisen
algunas restricciones que se habrían hecho indebidam ente poderosas
en la ciencia del hombre. Además, su extenso program a de investi­
gación nos ha llevado a una visión más abierta y directa de la ex­
periencia.

8. ESCUELA PSICOANALITICA—Otro modo dinám ico de consi­


derar los hechos de la conciencia se basa en la psicología psicoanalí-
tica de Sigmünu F r e u d 26, El eam po total de la conciencia aparece
com o teniendo dos niveles o planos. El prim ero es el inconsciente,
constituido por fuerzas instintivas y recuerdos ancestrales, que se nos
presentan en form a muy difusa, com o si fuesen sombras. El segundo
es el plano con scien te, que posee elem entos tanto de la razón com o
de la voluntad. Si reunim os los instintos y todos sus oscuros im pul­
sos, tenem os el ello de F r e u d . Si hacem os lo mismo con los actos de
la razón, tendrem os una idea adecuada de lo que F r e u d llam a el ego
o yo, y si colocam os sobre esto la voluntad, tendrem os el súper ego
freudiano. Vemos que es difícil acoplar el lenguaje psicoanalítico a
los térm inos de la escuela tradicional. A s í , el instinto, o ello y su es­
fera de influencia es más extensa en F r e u d que en A r i s t ó t e l e s o en
A q u i n o . La razón o el ego, en cam bio, tiene un radio de acción m ucho
menor. La voluntad, o súper ego, no tiene prácticam ente equivalente
en la psicología tradicional. Su única función parece ser la de m an­
tener las tradicionales mores, o costumbres, dentro de las que hem os
nacido. Además, en la doctrina freudiana, tanto el ego com o el súper
ego, se originan en el ello. Esto hace que el inconsciente tenga un
papel im portantísim o, para bien o para mal, en la con form ación de
nuestra vida consciente. Prácticam ente, todos nuestros actos tienen
alguna relación con el inconsciente. Esto rige especialmente para las
represiones, esto es, experiencias que han sido repudiadas por la co n ­
ciencia y obligadas a perm anecer en las profundidades del subcons­
ciente, donde se atrincheran y se oponen vigorosam ente a todos los
esfuerzos que hacem os para hacerlas regresar a la experiencia actual.

28 F reud , S.: New Introductory Lectures on Psychoanalysis. N. Y. Nor­


ton, 1933.
IZO Problemas de la conciencia

Con el fin de hacerlas volver otra vez a la conciencia, F k e u d creó su


elaborado m étodo del psicoanálisis. Ha sido muy útil en el trata­
m iento de ciertos desórdenes nerviosos y mentales, y esto ya es su­
ficiente, descartando los errores e im perfecciones en su interpretación
del hom bre, para que reconozcam os su mérito. Entre los psicólogos
modernos, sin em bargo, hay m uchos que no quieren aceptar la psi­
cología fretidiana, sosteniendo que n o es una ciencia en sentido es­
tricto. D icen que puede ser em pírica, pero no es experimental. La
escuela de F r e u d les responde que la ciencia no term ina sólo en la téc­
nica experim ental, sino que tam bién el m étodo clínico o el del diván
son tam bién científicos.
A partir del m étodo psicoanalitico de F r e u d se h a form ado otra
serie de sistemas. Uno de ellos es la psicología de los tipos, de Carl
Juno 27, que agrupa a los individuos en introvertidos y extrovertidos.
Otra es la psicología individual, de A l f r e d A d i ,e r , construida sobre la
idea de que el sentim iento de inferioridad, físico o mental, es la fuerza
directiva más im portante en el desarrollo de la personalidad. Es n e­
cesario aclarar que este sentim iento de inferioridad, o inadecuación,
en el sistema adleriano, no es precisam ente un com plejo de inferio­
ridad, aunque puede transform arse en él si no se le trata correcta­
m e n te 28. Un tercer sistema h a surgido de la escuela de F r e u d , la
psicología de la voluntad, de O t t o R a n k . En ella la conciencia es con ­
siderada com o voluntad, en vez de ego y súper ego. De ella proviene
la energía psíquica necesaria para form ar el carácter del individuo y
perm itirle dirigir su curso entre la tracción de las fuerzas am bienta­
les, por un lado, y el ciego impulso de los instintos, por el o t r o 20.

9. COMENTARIO SOBRE LAS ESCUELAS.— Al empezar este capí­


tulo, llam am os la atención sobre el eclecticism o, que parece estar sur­
giendo entre los psicólogos m odernos. Probablem ente la señal más
clara de esta tendencia la encontrem os en que casi nunca oímos a
alguien que se llame a sí mismo estructuralista, behavíorista o ges-
taltista, aunque se continúe hablando bastante aún de los ismos, re­
presentados por esos nombres. Puede ser que los hombres de ciencia
se hayan cansado o sentido avergonzados de tener que etiquetar su
labor con un título estrecho, siendo asi que el estudio del hom bre
dem anda una perspectiva de más amplios h orizon tes30. A r i s t ó t e l e s

21 J u n g , G . : Psychological Types. T r a d . p o r H . G . B a s h e s . N , Y . H a r c o u t t ,
B r a c e , 1923.
38 A d ler , A .: The Practise and Theory of Individual Psychology. N. Y .
Harcourt, Brace, 2.“ edición, 1927.
13 B a n k , O .: Will Therapy. N. Y . K n o p f , 1936.
■*° L a o r i e n t a c i ó n g r a d u a l d e l a p s i c o l o g í a m o d e r n a h a c i a e l e s t u d io d e l
hombre como tal p u e d e v e r s e m u y b ie n e n l a t e n d e n c i a p e r s o n a lis t a d e v a ­
r ia s e s c u e la s , e s p e c ia lm e n t e lo s p s i c ó l o g o s d e la hormé, lo s a c t u a le s g e s t a l -
ti s t a s y l o s p s ic o a n a lis t a s . E s p e c i a lm e n t e d ig n a d e m e n c i ó n e s l a la b o r d e
M c D oug all , c u y a i n s i s t e n c i a e n l a i n t e n c i o n a l i d a d s u b y a c e n t e a la c o n ­
d u c t a h u m a n a h a s id o l a r e s p o n s a b le , s e g ú n m i o p in ió n , d e la s id e a s
p e r s o n a lis t a s q u e a p a r e c e n a h o r a e n lo s lib r o s . P e r o a d e m á s d e l a i n f l u e n -
o ia d e l a p s i c o l o g í a d e l a hormé, u n p u n t o d e v is t a m á s n u e v o e in t e g r a l
d e b í a d e p r o d u c ir s e , d e b i d o a l c r e c i m i e n t o a v a s a lla d o r d e l o s h e c h o s e x p e -
Psicologia tradicional 121

dijo que el alma hum ana es pos p a n ta 31: casi infinita en sus posibi­
lidades. Ahora bien : la naturaleza hum ana es el fruto de la unión
del alma y cuerpo y, p or tanto, ella es también inconm ensurable en
su altura y profundidad. Le conviene al estudiante, pues, al com en­
zar su estudio de la conciencia, conocer los distintos modos que exis­
ten de ver al hom bre. Las escuelas tienen todas sus defectos. Tal vez
diremos, con E d w i n B o r i n g 32, que, com o escuelas en sí, carecen de
importancia. Sin em bargo, han am pliado nuestra perspectiva del h om ­
bre, y lo que hay de bueno en ellas ha pasado a form ar parte de la
psicología, com o ciencia unificada. La ciencia verdadera, com o la filo­
sofía verdadera, sobrepasa a las escuelas, ¿por qué? Porque la verdad
es una e indivisible, y su descubrim iento y exposición no puede lim i­
tarse a la visión de una sola escuela. Esto nos conduciría a la parcia­
lidad; y ello es siempre peligroso en cualquier clase de conocim iento
humano 33.

10. PSICOLOGIA TRADICIONAL.— Un sistema filosófico, com o un


sistema científico, abarca todo el cam po de hechos y principios sobre
rimentales, tanto del laboratorio como de la clínica. Se requería un marco
de referencia mayor, y precisamente el personalismo lo porporcionaba. La
conexión del personalismo con el intencionalisrao es muy interesante, ya
Que implica que todas nuestras actividades psicológicas se dirigen hacia la
formación, desarrollo y complexión de la personalidad, que, a su vez, como
añadiría S a n t o T o m á s, se dirige al cumplimiento del destino del hombre en
cuanto persona. Lo que comprende ese destino es más bien materia del
filósofo ético; pero no puede ser otra cosa que la felicidad o unión última
del hombre con lo divino. Como ejemplo de la tendencia personalista en la
psicología actual, mencionaremos: A l l p o r t , G. W .: Personality: A Psycholo-
gical Intervretation. London. Constable. 1947. B o r i n g , E. G.; L a n g f e l d , H. A.,
y W e l d , H. P . , cuyos tres textos, Psychology, A Factual Textbook, Introduc-
tion to Psychology and Foundations of Psychology, editados en 1935, y a
los que nos hemos referido constantemente en nuestra General Psychology.
interesa darle el punto de vista personalista.
L e w i n , K, A.: Dynamic Theory of Personality, anotado anteriormente
en. las obras de los gestaltistas. S t e r n , W . : General Psychology from the
Fersonalistic Standpoint. Trad. por H. D. S foer l . N. Y. Macmlllan, 1938.
Para ver cómo las teorías behavioristas de autores como J. B, W a t s o n ,
C. L. H ull y E. C . T olm aw son adecuadas o no a las demandas del persona­
lismo, ver: Smith, F, V.: The Explanation of Human Behavior. London.
Constable, 1951.
31 De anima, L, m , c. 4.
32 B o r i n g , E. G . : The N ature of Psychology. Foundations of Psychology .
Editado por Boring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1948, p. 11.
3:1 Si una auténtica ciencia del hombre sobrepasara a una escuela o vi­
sión parcial cualquiera, con más razón aún una auténtica filosofía del hom­
bre debe estar empeñada en una concepción total del hombre. La inten­
ción de la filosofía es conocer las cosas en sus causas finales, y las mentes
de A rist ó t el e s y S a n t o T o m á s , según mi opinión, han sido las que se han
acercado más a esta visión unitaria de la realidad. Su finalidad, como filó­
sofos, era la sabiduría, y como psicólogos, la sabiduría o verdad última del
hombre. De jure, por lo tanto, la psicología tradicional busca el conoci­
miento de la verdad total del hombre, y en este sentido simplemente
sobrepasa a todas las escuelas o perspectivas parciales. De fado, por su­
puesto, hay muchas cosas que aún la psicología tradicional ignora, puesto
que la naturaleza humana es algo tan complejo que sólo la sabiduría de
Dios es capaz de conocerla en su totalidad.
122 Problemas de la conciencia

los que se funda. Da por sentado que este m aterial, entendido recta­
mente, debe servir de prueba a las leyes que lo convierten en un
sistema. Ahora bien : la psicología tradicional, por su declarado in ­
terés en las causas Anales, es finalista en su meta. Pero es norm a­
tiva, tanto com o filosófica, en el sentido de que proporciona los ins­
trum entos necesarios para la valoración del trabajo hecho por el psi­
cólogo científico. Com o un m odo de interpretar la naturaleza humana,
parte de A r i s t ó t e l e s , y a causa de que los puntos principales de su
doctrina no han sido nunca com batidos de un m odo serio, se la ha
llam ado con propiedad psicología perenne.
Admite, por supuesto, a la conciencia com o un hecho prim ario de
la vida. Pero no se lim ita su acción a los datos de los sentidos o a los
fenóm enos afectivos, y m ucho m enos a la órbita de la conducta ex­
terna. El pensam iento y la voluntad tam bién se incluyen en su pers­
pectiva, puesto que ellos son el alim ento que sustenta la vida mental.
Y com o son m anifestaciones que fluyen precisam ente de la natura­
leza hum ana, ellos sum inistran la base para todo lo que puede de­
cirse sobre los hábitos del hom bre y sobre su persona, su origen y su
fin. Además, el alma hum ana se considera com o esencialmente dis­
tinta a su cuerpo, aunque los dos se com binen para form ar un solo
ser. Debe quedar, pues, en claro que el dualism o que sostiene la es­
cuela tradicional no es el de P l a t ó n o D e s c a r t e s , sino el de A r i s t ó ­
t e l e s . Esta es la postura que huye de la idea de que el hom bre es
pura materia o pura mente, o una unión accidental entre estas dos.
Repitamos, para A r i s t ó t e l e s y luego para S a n t o T o m á s , la única
unión que nos perm iten los hechos de la experiencia es la sustancial,
en la que alm a y cuerpo, o m ateria y mente, se unen para form ar
esta criatura que es el hom bre. A causa de que es un m odo de apro­
xim ación a la naturaleza hum ana a través de sus causas fundam en­
tales, la psicología tradicional tiene una posición ventajosa, desde
donde inspecciona los frutos de la experim entación y de la investi­
gación ; una posición que le perm ite observar y dirigir la ósmosis
fin al de los descubrim ientos de la ciencia en el cuerpo de la filosofía.
Com o ya dijim os anteriorm ente, posee los instrum entos críticos para
exam inar los datos del laboratorio y de la clínica, y así puede dar a
estos datos una m ayor coherencia y un sentido más hondo que los
que le proporciona la ciencia. Al m ismo tiempo, debe ajustarse a los
descubrim ientos de la ciencia para tener seguridad, en relación con
los actos y las propiedades del hom bre. A propósito de esto, A r i s t ó ­
t e l e s y S a n t o T o m á s serían los prim eros en reconocer que su psicología
no tendría valor, a no ser que hiciese precisam ente eso, por la simple
razón de que no puede ser verdadera si no logra conform arse a los
conocim ientos dem ostrados por los investigadores34.

31 Psicologia tradicional: B r e n n a n , R. E., O. P.: Thomistic Psychology.


N. Y. Macmillan, 1941, Ed. esp, Morata. Madrid, 1960.
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Bibliografia 123

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CAPITULO VIH

LA BASE ORGANICA DE LA CONCIENCIA

Parte primera.— Estructura del sistema nervioso

1. LA NEURONA.— El sistema nervioso del hom bre es la parte


más delicada del cuerpo. Su tarea es doble: regular su vida vegeta­
tiva inconsciente, y sum inistrar la base orgánica de los actos cons­
cientes. La unidad del sistema nervioso es la neurona. Los antiguos
consideraban al hom bre com o un m icrocosm os, puesto que resume en
su naturaleza todas las propiedades más im portantes de la creación.
Del mismo m odo, la neurona puede considerarse com o un sistema
nervioso en m iniatura. Posee unas prolongaciones de entrada d en o­
minadas dendritas, a causa de su parecido con las ramas de un á r b o l;
luego un cuerpo celular, con su núcleo y demás contenidos vivientes,
y finalmente una larga prolongación de salida llam ada axón. La unión
entre dos neuronas es la sinopsis. Permite a la corriente nerviosa
pasar desde el axón de una célula a las dentritas de otra i.
A causa de los billones de neuronas que hay en el sistema n ervio­
so, se podría pensar que éstas son de pequeño tamaño. Es verdad sólo
en lo referente a su diám etro; pero sus axones pueden ser de varios
pies de longitud; por ejem plo, desde el cerebro hasta el fin de la
medula espinal, o desde ésta hasta los pies. Lo que llam amos corrien ­
temente nervios son en realidad m anojos de axones unidos entre si
por tejido conjuntivo, com o los cordones de un cable. Se ha calcu ­
lado que se pueden encontrar unos cuatro m illones de axones en la
estructura de un solo nervio.
La neurona tiene propiedades m uy interesantes. Primeramente, es
en extremo excitable; de hecho, el protoplasm a más excitable que exis­
te. Así, un estím ulo m uy pequeño puede hacerle moverse. Cuando la in ­
tensidad del estím ulo es capaz de poner en actividad la energía celu -

1 Se discute si la sinapsis es una unión realmente física entre las neuro­


nas o es sólo de tipo funcional. De cualquier modo, los hechos nos mues­
tran: primero, que el paso de una corriente nerviosa a través de una sinap­
sis lleva más tiempo que su conducción por una neurona, lo que indica que
actúa de amortiguador; segundo, que la sinapsis está más expuesta a las
sustancias venenosas que la neurona; en tercer lugar, que corrientemente
un impulso nervioso pasa por .la sinapsis solamente en una dirección:
hacia dentro, por el axón, y hacia afuera, por las dendritas, haciendo asi
la función sináptica comparable a la de las válvulas cardíacas; en cuarto
lugar, se previene que se extienda la degeneración de una neurona a las
que están vecinas a ella mediante la resistencia de la sinapsis.
126 Base orgánica de la conciencia

lar, la consideram os com o un umbral. Al aumentarla observamos una


m ayor respuesta por parte de la célula. Pero se llega finalmente a
un grado de intensidad, más allá del cual no se aprecia ninguna di­
feren cia en el m odo de reaccionar. En este caso hem os llegado a lo
que se conoce técnicam ente com o el punto de saturación. Además,
la neurona es capaz de conducir impulsos a través de todo el siste­
m a : desde las dendritas al cuerpo celular y de allí al axón. Como la
corriente va siempre en esa dirección, no hay m ovim iento de reflujo
en su actividad. Además, una vez que la corriente se ha puesto en
m archa m ediante la aplicación de un estímulo, excita a la célula ner­
viosa todo a lo largo de ella. P or últim o, la neurona puede conducir
impulsos a otra neurona. La transm isión se efectúa en la sinapsis.
Cada neurona, por lo tanto, es una unidad de conducción, y las vias
nerviosas están hechas de varias de estas unidades. Por m edio de esta
disposición los im pulsos siguen sus propias huellas. La verdadera na­
turaleza de la corriente nerviosa es, sin embargo, desconocida. Des­
pliega ciertas cualidades de tipo m agnético, pero su velocidad, de unos
cien m etros por segundo en el hom bre, no se puede com parar de nin­
gún m odo con la de la corriente eléctrica. Se cree que el impulso ner­
vioso se transm ite de m odo ondulante más que de continuo, para que
en los intervalos la célula pueda reparar lo que ha gastado en la
liberación de energía 2.
Existen dos grandes divisiones en el sistema nervioso del hombre,
en relación con sus necesidades com o anim al y com o planta: pri­
mero, el sistema nervioso cerebrospinal, que controla sus actos sen­
sibles, y el sistema nervioso autónom o o vegetativo, que regula sus
funciones vegetativas.

2. EL SISTEMA NERVIOSO CEREBROSPINAL.— El sistema ner­


vioso cerebrospinal posee un área central y otra periférica. La pri­
m era abarca el encéfalo, la medula oblonga y la medula espinal. La
segunda conecta este eje central con las áreas periféricas del cuerpo,
p or m edio de doce pares de nervios craneales y treinta y un pares
de nervios espinales, o raquídeos.
El cerebro, por supuesto, es la parte más im portante del sistema
nervioso para la vida consciente. Consta del cerebrum , o cerebro m a­
yor, y cerebellum , o cerebro m enor. La capa externa de materia gris
que se encuentra en ambas estructuras es el cortex, o corteza. Hasta
donde sabemos, solam ente el co rtex del cerebrum está asociado a
nuestros actos conscientes. No mide más de un octavo de pulgada de
grosor, pero está com puesto de billones de células dispuestas en un
m odelo muy bien delineado y unidas por fibras de asociación. Un
m apa del cerebro hum ano, que mostrase estas innumerables lineas
de com unicación, estaría más entrecruzado que un diagrama de to-

2 C a rm ich a e l, L.: The Response Mechanism. Psychology. A Factual Text­


book, Editado por Boring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1935. c. 2. Lickley,
J, D.: The nervous System. London. Longmans. Green. 2.a ed.. 1931. c 3.
M o r g a n . C. T . : The Response Mechanism. Foundations of Psychology. E ^ -
tado por Boring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1&48, c. 2.
S. N. cerebrospinal 127

dos los servicios telefónicos de Norteamérica. Esta es la materia, tan


finam ente trabajada y equilibrada, que actúa com o base orgánica de
la mente. Sin ella, no tendríam os ni sensaciones ni imágenes, y puesto
que éstas, según S a n t o T o m á s , son las precursoras del pensam iento,
sin ella n o podríam os adquirir hábitos de ciencia y de sabiduría.

Fig. 3.—Sección del sistema


Fia. 2.—Neurona tiplea. nervioso ceretnospinal

Es fá cil ver, pues, por qué los científicos han dedicado tanto tiem ­
po al estudio del cerebro. Hace unos cien años, o más, F i e r r e F l o u -
r e n s publicó algunos descubrim ientos suyos sobre esto y extrajo de
ellos dos conclusiones: la primera, que la corteza cerebral es capaz
de trabajar com o un todo para el bien del organismo, y la segunda,
que, dentro de esta esfera total de actividad, ciertas áreas de la co r­
teza se separan para ejecutar funciones distintas. Otros descubri­
mientos más recientes, com o los de Henhy H e a d y K a r l L a s h l e y ,
confirman lo sostenido por F l o u r e n s 3.
El resultado más interesante de todo este trabajo es, seguramente,
la asociación de nuestros actos conscientes con regiones específicas
de la corteza. El asignar una localización para uno u otro tipo de
experiencia, sin embargo, no es una labor de adivinanza. Por el co n ­
trario, es el fruto de una gran pericia en el trabajo; seccionar el
cerebro después de haber sido atacado por la enferm edad, extirpar
partes de la corteza de anim ales vivos, estimular áreas que h an que-

a F l o u r en s , M., J. P.: Recherches experimentales sur les propriétés et les


fonctions du système nerveux dans les animaux vertébrés. Paris. Acadcmie
dî Sei?ne3s, 1824.
T îeid , h , a n d H o lm e s , G., a r t í c u lo s en Brain, espacialmente 1911-12.
L\ sh i -e y . K. S.: Brain Mechanisms and Intelligence. Chicago. University
of Chicago Press, 1929.
128 Base orgánica de la conciencia

dado al descubierto por accidente, seguir la via de los nervios, hacer


estudios com parativos sobre el tam año cerebral en los distintos ani­
males. De todas estas fuentes la evidencia nos muestra ampliamente
que parte de los lóbulos occipitales sirven de base a la vista; que los
lóbulos tem porales están relacionados con la audición; que una parte
del lóbulo frontal, llam ada centro de B r o c a , es el área m otora del
len gu a je; que otra parte del m ism o lóbulo, llam ada centro de W e r ­
n i c k e , es el área auditiva del lenguaje, y que, finalmente, el lóbulo
parietal, por delante de la fisura de R o l a n d o , se relaciona con el
m ovim iento co rp o ra l4.

3. EL SISTEMA NERVIOSO AUTONOMO.— El sistema nervioso


autónom o tiene una regulación propia, com o su nombre indica. Sin
em bargo, se halla colocado a lo largo del eje central del sistema ce­
rebrospinal, con el que está estrecham ente conectado. Es una pre­
visión de las dem andas del cuerpo que nos hacen perder materia cons­
tantem ente. Debemos com er para poder vivir, por lo que tenem os que
ingerir alim ento, digerirlo y hacerlo pasar por las células de las que
se com ponen los tejidos y los órganos del cuerpo. Mientras se está
ejecutando esto, los pulm ones deben ser llenados de aire, el corazón
debe continuar latiendo, los productos de desecho deben eliminarse,
de m odo que podam os continuar viviendo, crecer, y luego en la ma­
durez, reproducirnos. La mayoría de las personas se olvidarían de
atender a sus necesidades físicas o, m ientras se ocupaban de una
cosa, abandonarían la otra. La madre naturaleza muy sabiamente,
pues, nos ha librado de esta ocupación y la ha puesto a cargo del sis­
tem a nervioso autóm ono: una disposición especial de ganglios o cen­
tros nerviosos con fibras que van a todas partes del cuerpo. El secreto
del sistema autónom o es su poder para regular la actividad natural
de los músculos y glándulas. El eorazón, por ejem plo, tiene una form a
de latir, pero tiene que variar la velocidad de los latidos en algunas
circunstancias. Esto mismo sucede con los demás órganos. Algunas
veces hay que apresurar su funcionam iento debido a las demandas
del m om ento, otras hay que hacerlo más lento. El sistema autónom o
hace siempre lo que es necesario en. cada situación—y está siempre
pendiente, diríamos, del bien de la totalidad del organism o— . Ade­
más ejecuta sus funciones sin que la conciencia se percate de ello,
siendo esto, aunque parezca extraño, más una ventaja que un in con ­
veniente. De todo esto debem os estar, pues, agradecidos: primero, por­
que nunca podríam os m anejar nuestras vidas vegetativas tan bien
com o el sistema nervioso autónom o, y segundo, porque sin esa carga

* Existe abundante literatura sobre la anatomía y la fisiología del cerebro.


Como obras recientes, citamos las siguientes: L a s l e t t , P. (editor): The Phy­
sical Basis of Mind. N. Y. Macmillan, 1950.
L in d w o r s e y , J. S. J .: Experimental Psychology. Trad, por H . R . de S il v a .
N, Y. Macmillan, 1931, pp. 210-15.
Morgan, C. T„ y Stellar, E.: Physiological Psychology. N. Y. McGraw-Hill,
3.» edición, 1950, c. 3.
P e n f ie l d , W. y R a s m u s s e n , T.: The Cerebral Cortex of Man. N. Y. M a c ­
m illa n , 1951.
Concepto de reflejo 129

en nuestra mente, podem os dedicar nuestras energías con más p ro ­


vecho a cultivar nuestras facultades superiores.
El sistema nervioso autónom o está situado a ambos lados del eje
central del cuerpo. Se extiende desde la base del cerebro hasta el
final de la colum na vertebral. Los nervios que salen de su parte su­
perior y de su parte inferior se llam an craneales y sacros, respectiva­
mente, y form an el sistem a parasim pático. Los que provienen de la
parte central son los toracolum bares y form an el sistem a sim pático.
Los órganos de m usculatura lisa y glándulas poseen nervios de am ­
bos sistemas, y puesto que la acción del sim pático es antagónica a la
del parasim pático, esto perm ite lograr efectos opuestos en la misma
glándula u órgano. Así, la corriente proveniente de un nervio acelera
la acción, y la del otro, la retrasa. Los efectos del sim pático son ge­
nerales y difusos. Com o C a n n o n señala, son com o la acción del pedal
sobre el piano, que libera todo el teclado y nos perm ite oír todas las
notas. La del parasim pático, en cam bio, es com parable al sonido de
las claves separadas, cuando no em pleam os el pedal®.

Parte II.— Funciones de! sistema nervioso

1. CONCEPTO DE REFLEJO.— Desde un punto de vista teórico,


la unidad de acción del sistema nervioso estaría form ada por dos
células nerviosas solam ente: una neurona aferente, que conduce el
impulso desde el estímulo, y otra neurona eferente, que lo lleva al
área m otora. En la práctica, sin embargo, las cosas n o son tan sim ­
ples, por lo m enos en el hom bre o en los animales superiores. Cada
célula aferente está unida con varias células eferentes, y a menudo,
con cierto núm ero de células de conexión que se hallan en la médula.
Es posible, sin em bargo, que una corriente nerviosa que com ienza
en el exterior, digam os en la superficie de la piel, siga su curso sin
llegar a la corteza cerebral. Esto sucede en el anim al espinal cuya
médula espinal se ha desconectado del cerebro. Así, cuando se le es­
timula m ediante una gota de ácido aplicada a un costado del cuerpo,
responde con un claro m ovim iento de rascarse. Esto es un reflejo
simple, y nos muestra cóm o m ovim ientos que corrientem ente son
conscientes pueden a veces se ejecutados sin el concurso de nuestra
conciencia.
W a l t e r H ü n t e r define el reflejo com o «un m odo de respuesta here­
dado, controlado por el sistema nervioso* fi. Esto im plica tres cosas:
primero, un estím ulo que es aplicado fuera del sistema nervioso cen ­
tral; segundo, un m ecanism o nervioso en el que se in cluye: a) un
receptor, cuya tarea es recoger el efecto producido por el estím ulo;
b) un m ediador perteneciente al sistema nervioso central y com puesto
por una célula aferente, célula de conexión y una célula eferente, y
c) un efector que incluye una fibra nerviosa y el músculo o glándula
s C n n o n , W . B.: The Wisdom. of the Body. N. Y . Norton, 1932, pp. 230-48.
6 H ü n te r , W . S . : Human Behavior. C h ic a g o . U n iv e r s it y o f C h ic a g o P r e s s ,
•edición r e v is a d a , 1928, p. 175.
BRENNAN, 9
130 Base orgánica de la conciencia

a la que se halla u n id a ; tercero, una respuesta que es la contestación


del sistema nervioso al estimulo. Todo este proceso, de principio a
fin, es innato e involuntario 7.

2 . CARACTERISTICAS DEL REFLEJO.— C h a r l e s S h e r r i n g t o n hizo


unos trabajos clásicos sobre el reflejo em pleando com o sujeto al ani­
mal espinal. Entre las cosas que descubrió, estaba el periodo refracta­
rio, durante el cual el reflejo no puede ser despertado a causa de que
la corriente nerviosa está bloqueada en las sinapsis y sólo puede
atravesarlas en intervalos rítm icos y regulares. Esto nos beneficia, ya
que los estímulos pequeños que constantem ente actúan sobre la su­
perficie del cuerpo son así detenidos y no pueden provocar respuestas
reflejas. Pero a veces sucede que dos o más estímulos débiles unen sus
fuerzas y dan origen al flujo nervioso. Este fenóm eno se conoce con
el nom bre de adición o sumación.
S h e r r i n g t o n descubrió tam bién el período de latericia, que trans­
curre entre la aplicación del estímulo y la aparición de la respuesta.
Sabemos lo rápida que es la corriente nerviosa. Conocemos también
la longitud del arco en que se mueve. Sin em bargo, el cálculo basado
en estos datos es siempre m enor que el tiem po que tarda en realidad
en aparecer la respuesta. ¿Cóm o podem os explicar esta diferencia?
Añadiendo el efecto am ortiguador de la sinapsis. Además, si vamos
aum entando gradualm ente la intensidad de un estímulo, los impulsos
ocupan nuevas vias motoras. Esta característica se conoce con el nom ­
bre de irradiación.
Por últim o, S h e r r i n g t o n se dio cuenta que los reflejos unas veces se
facilitan y otras se oponen los unos a los otros. En el caso del bloqueo,
sin em bargo, el efecto no siempre proviene de otros reflejos, porque la
corteza cerebral es tam bién capaz de frenar a los centros nerviosos
inferiores, Pero un buen ejem plo de inhibición que no tiene nada que
ver con el cerebro o con el control consciente, es el reflejo de privile­
gio de paso. Está en relación con la seguridad, por lo que los reflejos
protectores están por encim a de todos los demás. Así, volviendo al ani­
mal espinal de S h e r r i n g t o n , el reflejo postural siempre tiene prioridad
sobre el reflejo de rascam iento, si em pujam os al perro al mismo tiem ­
po que le hacem os cosquillas 8.

3. REFLEJOS SIMPLES.— La m anera más fácil de conocer las


funciones del sistema nervioso es estudiarlas en el plano vegetativo.
Veamos asi varios sistemas del organismo. Entre los más primitivos
reflejos del ser hum ano están los relacionados con el sistema circu­
latorio. Aunque el corazón se mueve por si mismo, su acción debe ser
arm onizada con las necesidades m ontáneas del cuerpo. Si estamos en
reposo, debe tener un cierto ritm o; si está b a jo los efectos de una

7C armichael, L.: The Response Mechanism. Introduction to Psychology.


Edit, por Boring, Langfeld, Weld, N. Y. Wiley, 1939, pp. 223-29.
8 Sherrington, C. S.: The Integrative Action of the Nervous System.
New Haven. Yale University Press, 1906, pp. 45-65, 120-28; ver también
Hunter, W. S.: Op, cit., pp. 175-82.
Reflejo condicionado 131

o tiene un gasto m ayor de energía el organism o, entonces


e m o c ió n
el corazón debe acelerar sus m ovim ientos. Esto se lleva a cabo m e­
diante una serie de reflejos cardíacos. Del mism o m odo, el sistema
nervioso está a cargo de la regulación de la presión sanguínea con tra ­
yendo o relajando los vasos.
De gran im portancia son, también, los reflejos del sistem a respi­
ratorio. Aquí puede ser llevado a actuar todo el sistema, com o en el
caso de la respiración norm al, con sus fases de inspiración y de espi­
ración de aire; o solamente partes de él, com o en el caso del estor­
nudo, la risa, el llanto, la tos o el bostezo. Entre estas form as de
conducta, y los reflejos del sistem a digestivo, están el de olfatear
el alim ento y otras cosas olorosas, y el de chupar, que se produce al
poner en con tacto los labios o la lengua con un objeto firme.
En el sistem a digestivo hay un gran núm ero de actividades refle­
jas, tales com o la deglución y el vóm ito, la secreción de saliva, la
contracción rítm ica de las paredes del estóm ago y la abertura y
cierre de los esfínteres al paso del alim ento, la secreción de jugos
gástricos y el m ovim iento ondulante del intestino delgado, llam ado
peristalsis, que im pide que los alim entos se detengan. Esta misma
clase de m ovim iento aparece tam bién en el intestino grueso y ter­
mina con la defecación. Entre los principales reflejos del sistem a
excretorio están los m ovim ientos de la vejiga y del uréter en el a cto
de orinar. Por últim o, debem os señalar los reflejos del sistem a repro­
ductor, que com prenden una serie de actos que producen la tum es­
cencia de los órganos de la generación, así com o m ovim ientos rítm i­
cos de los vasos deferentes, de la vagina y otras partes del sistema,
con sus consiguientes descargas; añadiremos tam bién los m ovim ien­
tos naturales del parto, que hasta cierto punto son de naturaleza
refleja. Los actos que he m encionado n o agotan en m odo alguno la
lista de reflejos. Quizá para que tuviésemos una idea más aproxim ada
del trabajo que se ejecuta en el plano vegetativo tendríam os que aña­
dir que todos los m úsculos del cuerpo que no están b a jo el control
de la voluntad, además de todas nuestras glándulas, tales com o las
de la sudoración, el tiroides, las suprarrenales y demás, se hallan b a jo
el control de m ovim ientos re fle jo s9.

4. EL REFLEJO CONDICIONADO.—Los reflejos simples, com o los


que hem os estudiado, son un regalo de la naturaleza. No necesitam os
aprenderlos, ya que empiezan a actuar aun antes del nacim iento,
Pero los psicólogos m odernos, especialm ente los behavioristas, han
hablado m ucho acerca de otro tipo de reflejo que no es innato, sino
que necesita para su cum plim iento de una serie de condiciones- V eá -
moslo m ediante un ejem plo.
Supongam os que la piel es estim ulada con un trozo de hielo al
mismo tiem po que el olor del alim ento hace afluir la saliva a la
boca. Después que estas dos condiciones se presentan unidas rep etl-

9 Tholand, L. T.: The Principies of Psychophysiólogy. N, Y. Van Nostraud,


1932, vol. n i, pp. 322-42.
132 Base orgánica de la conciencia

das veces, vemos que el con tacto con el trozo de hielo produce sali­
vación, aun cuando el alim ento se halle ausente. Tenemos aquí dos
reflejos simples, uno que produce la contracción de los músculos, y otro
la secreción de una glándula, no existiendo entre ellos ninguna co­
nexión original. Pero al estim ular a am bos sim ultáneamente un núm e­
ro considerable de veces, se logra producir entre ellos una form a de
respuesta unitaria. P avlov fue el prim ero que hizo un cuidadoso
estudio de este fenóm eno y lo llam ó reflejo condicionado. Podemos
definirlo, de un m odo académ ico, com o «una respuesta adquirida pro-
producida originalm ente por un estímulo A, pero que ahora es pro­
ducida por otro estim ulo B, que se ha presentado varias veces en el
organism o con el estím ulo A ». Según P avlov, el condicionam iento supo­
ne la participación de la corteza cerebral, puesto que es solamente
en este nivel superior donde pueden form arse nuevas uniones sináp-
ticas entre los arcos de los reflejos simples. Es asi que al hacer este
experim ento con anim ales descerebrados no se produjo el con d icio­
nam iento 10.
El condicionam iento, sin em bargo, es tan antiguo com o el ser h u ­
m ano. Pavlov n o lo descubrió, sino que lo hizo objeto de investigación
con las técnicas precisas de laboratorio. Los niños están todos sujetos
a él, especialm ente en la form ación de hábitos de tipo fisiológico.
Pero tam bién penetra profundam ente hasta el origen de nuestra
conducta em ocional, El prim er relám pago que vim os o el primer
trueno que oím os cuando niños seguramente nos sobresaltó; y nadie
intentó luego m odificar nuestra im presión de que con ello corría peli­
gro nuestra vida. P or esta razón, hasta el dia de hoy, tenem os miedo
cuando sentim os que se aproxim a una tormenta.
Por otra parte, n o es difícil educar a un niño en el tipo correcto
de respuestas, siempre que nos ocupem os lo suficiente de los objetos
que lo afectan em oclonalm ente. En esta prim era etapa de la vida,
el niño es flexible y abierto a toda clase de entrenam iento, lo mismo
bueno qúe malo. El que sea capaz de adquirir malos hábitos y que
éstos puedan ser elim inados si los cogem os a tiem po, nos conduce a
un asunto de gran im portancia, que es el desacondicionam iento y su
valor para el bienestar del niño, que es tan grande com o el del con ­
dicionam iento. Este es un problem a de desaprender lo que no debi­
m os haber aprendido. Podem os aclarar esto con un ejem plo. Un niño
h a sido condicionado para que tem a a un pez que está dentro de
una pecera. Las palabras «que m uerde», «no lo toques» y demás, así
com o gestos de apartarse con la mano, han sido utilizados para
producir la respuesta em ocional. Para que desaparezca el miedo, co lo ­
cam os ahora la pecera, con su pez dentro, en la mesa donde com e
el niño, pero lo suficientem ente lejos com o para que éste se sienta
seguro. Luego, dia por dia, vam os dism inuyendo la distancia hasta
que, finalmente, la pecera puede estar muy próxim a al niño, sin

10 P avlov, I. P.: Lectures on Conditioned Reflexes. Trad. por W. H.


G antt. N. Y. International Publishers. Vol. I, 1928; vol. II, 1941.
G arret, H. E,: Great Experiments in Psychology. N. Y, Appleton Century,
edición revisada, 1941, c. 11.
Bibliografia 133

que ésta le produzca temor. Esto sucede porque ha sufrido un des­


acondicionam iento

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO V ili

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1949, pp. 524-33.

11 L e v in e , A, J.: Current Psychologies. Cambridge, Mass, Sci-Art, 1940,


pp. 31-33.
CAPITULO IX

LA SENSACION

1. CONCEPTO DE LA SENSACION.—Para poder ver un objeto, las


ondas luminosas deben chocar con la retina ocular. El estímulo libera
una corriente nerviosa que llega hasta un área central cortical pasan­
do a través de la vía óptica. El resultado ñnal del proceso es despertar
la actividad de la conciencia. Som os conscientes de la présencia, del
objeto, es decir, experim entam os una sensación visual.
Supongamos que contem plam os una luz verde. La prim era etapa
de la sensación es la acción del estím ulo sobre los conos de la retina.
Esta es la fase física del proceso. Es seguida por una especie de reac­
ción química de la sustancia visual del ojo. Esta es la fase fisiológica.
Por últim o, por m edio de una alquim ia viviente sobre la que no sabe­
mos prácticam ente nada, las corrientes nerviosas del cerebro originan
un estado que nos hace conscientes de la luz. Esta es la fase psicoló­
gica de la sensación; y m ientras que las otras fases eran sólo los
peldaños que nos llevaban a su producción, el hecho de darse cuenta
de la existencia de la luz es el hecho que tiene verdadera Importancia
para nosotros.
A causa de que en la sensación encontram os el principio de toda
la actividad m ental superior, S a n t o T o m á s le dedica especial interés.
Sus descubrim ientos por m edio de la introspección no han sido aún
mejorados, aun cuando la ciencia ha aportado una gran cantidad de
inform ación sobre el estím ulo y los procesos fisiológicos. Es así que yo
no veo m ejor que antes porque sepa que la luz es una energía de tipo
m agnético que viaja a una velocidad de miles de millas por segundo.
Ni toda la erudición fisiológica dei m undo nos aclara cóm o una c o ­
rriente nerviosa no consciente es transform ada en un hecho con s­
ciente. Resum iendo, pues, la sensación es esencialm ente un dato
psicológico, y hasta donde sea posible, debe ser descrita en térm inos
psicológicos.
Partiendo de esto, S a n t o T o m á s hace una distinción entre los ca m ­
bios puram ente físicos y los psicológicos. En el prim er caso, el objeto
que produce el cam bio es recibido, según su m odo natural de existen­
cia, en la cosa que cam bia: tal com o el calor del fuego penetra en el
agua y la calienta. En el segundo caso, el objeto que produce el
cam bio es recibido, según una form a nueva y psicofísica (a fa lta de
otro térm ino m ejor) de existir, en la cosa que se transform a. Ahora
bien: esto es lo que sucede cuando un estímulo actúa sobre uno de
los órganos de los sentidos. De hecho, si el cam bio no fuese de este
136 La sensación

tipo, no habría n i n g u n a razón para decir que las cosas sin vida no ex­
perim entan tam bién sensaciones. Además, el im pacto del estímulo
produce con ocim ien to; y aunque la conciencia de algo sea tan simple
y elem ental que no hallem os una definición adecuada para ella, el c o ­
n ocim iento subsiguiente a la estim ulación nos hace conscientes de
algún objeto. Por último^ puesto que la naturaleza nos ha proporcio­
nado diferentes tipos de órganos sensoriales con el propósito claro de
que recojam os im presiones de diferentes clases de estímulos, la sen­
sación es siempre una form a determ inada de experiencia, que surge
de un determ inado tipo de estímulo. Podem os resumir todo el pen ­
sam iento del D octor Angélico definiendo la sensación com o una op e­
ración vital, que sigue a la estim ulación de un órgano sensorial por
un o b jeto adecuado, y que term ina en conocim iento x.
Examinemos esta definición más detenidam ente. Primero, vemos
que la sensación es conocim iento. Este es el punto más im portante
de todos, porque el conocim iento es un suceso claram ente distinto
entre los m uchos que hem os estudiado sobre las cosas vivientes. Para
expresarlo de un m odo corriente, la sensación es nuestro m odo natural
de ob ten er inform ación, y lo que es más cierto aún, según Santo Tomás,
el órgano sensorial está de algún m odo im pregnado de la form a del
objeto que actúa sobre él. Es precisam ente esta form a la que al ser
recibida en los sentidos y producir un equivalente vivo de sí misma,
nos perm ite conocerla. Así, percibim os el color que vemos, el perfume
que olem os o el sonido que oím os, porque es una reproducción de
estas cualidades m ateriales en el interior de nuestra conciencia. Ade­
más, vemos que la sensación es una operación viviente. No es, pues,
la m era respuesta pasiva de un órgano a un estimulo, com o sucede­
ría en el ejem plo de A ristóteles de la cera que recibe la im presión
de un sello. Por supuesto que es difícil ilustrar un m ovim iento vivo
más que con otro m ovim iento vivo. Podríam os decir que lo mismo que
una ameba rodea una partícula de alim ento y la convierte en parte
de su propio sistema, así la potencia sensorial es despertada de su
estado natural de reposo por el estimulo, se une activam ente a él y
extrae de él una form a por m edio de la cual es capaz de conocer. Este
es el verdadero sentido del ejem plo puesto por Arisóteles, que nos
muestra cóm o una cosa puede imprimirse en otra, y al hacerlo, dejar
en ella su form a. Ahora bien; la sensación es el resultado de la res­
puesta vital de un órgano sensorial a la acción de un estímulo. No
es otra cosa que una actividad vital.
Pero la naturaleza del cam bio producido en el órgano sensorial pol­
la im presión de un estím ulo es aún muy oscura, y S anto T omás mismo
se siente perplejo ante ella. No es enteram ente física, puesto que no
pertenece al cuerpo solam ente, ni es tam poco enteram ente psíquica,
ya que no pertenece al alm a solamente. Es más bien la form a de
cam bio propia de un órgano m aterial cuya fuente de vida sea también
el origen de la conciencia. Por esto me refiero al cam bio com o a algo

1 S. T„ p. I, q. 78, a. 3.
D. V., q. 26, a. 3, r. a. obj. 4.
Análisis de la sensación 137

de tipo psicoíísico, ya que, com o A quino dice, no es ni totalm ente m ate­


rial, ni totalm ente inmaterial, igu al que el hombre mismo, com parte
la naturaleza tanto del cuerpo com o del alma.
Por últim o, vemos que el objeto que provoca la sensación es siem ­
pre el objeto propio del sentido excitado. Así, en el hom bre y los
animales superiores todos los sentidos no hacen el mismo tipo de
trabajo. Están especializados para sus respectivas tareas y uno no
puede llevar a cabo la labor del otro. El ojo, por ejem plo, está con s­
truido naturalm ente para la recepción de la luz, no para la del sonido.
Del mismo m odo, el resto de los sentidos poseen su propio cam po d e
acción, desde donde envian sus inform es al cuartel general. Un
objeto adecuado es, pues, el que p or su naturaleza propia despierta
una form a determ inada de sensación. Pero, tal com o dijim os hace
un m om ento, el órgano sensorial está h ech o de tal m anera que n or­
malmente no responde a la acción de un estímulo que no sea el que
le corresponde en propiedad.

2. ANALISIS DE LA SENSACION.—En la experiencia corriente, lo


que acontece en la conciencia es siempre un proceso unificado. Un
hecho se relaciona con otro del mismo m odo que una piedra se rela­
ciona con la piedra próxim a a ella en un edificio terminado. No hay
nada que quede sobrando o sin relación con la estructura total. Ni
hallamos tam poco brechas ni paredes desnudas. T odo es de una pieza,
por así decir, un proceso dando lugar a otro sin ninguna interrup­
ción ostensible. Esto supone que nuestras sensaciones no tienen exis­
tencia si se las separa del contenido total de la conciencia. O, para
decirlo más concretam ente, no existen cosas tales com o sensaciones
simples y sin relacionar. ¿Por qué? Porque com o sensaciones aisladas
carecerían de im portancia, ya que su razón de ser es preparar el ca ­
mino para las percepciones dentro de las que adquieren sentido y
tienen valor para la m ente. Como S a n t o T o m á s dice una y otra vez:
el conocim iento empieza en los sentidos; pero su perfección está m ás
allá de la mera sensación 2.
Aunque aceptando la im portancia de la sensación, debemos, sin
embargo, precavernos de dos tipos extremos de opinión: el prim ero,
de que la sensación es una form a perfecta de conocim iento, y aun la
única form a de conocim iento que el hom bre y el anim al son capaces
de adquirir, y el segundo, de que la sensación es sólo el preludio del
conocim iento, y un asunto puram ente fisiológico sin relación alguna
con la conciencia. Ambos puntos de vista están reñidos con la d o c­
trina de A quíno, com o puede deducirse de sus precisas afirm aciones
al respecto: prim ero, que ningún sentido está capacitado para la
com prensión de relaciones abstractas y el hom bre posee ciertam ente
esta form a de con ocim ien to; en segundo lugar, que los sentidos ex­
ternos no son sólo base de con tacto con el m undo exterior, sino tam ­
bién fuentes de experiencia, y con toda seguridad el anim al posee
esta form a de conocim iento 3,
a S. T„ p. I, q. 84, a. 6 .
s S anto T om ás a ñ r m a (S . T ,, p . I, q. 78, a, 3 ): « S e r c o n s c i e n t e d e l a n a -
138 La sensación

Más aún, com o nos revela la introspección, la sensación es la


form a más simple de conocim iento de que somos capaces; y desde
este punto de vista T it c h e n e h estaba en lo cierto al decir que es el
elem ento de la conciencia. No es posible reducirla a nada mediante
el análisis. P or debajo de ella en la escala de los seres vivos se halla
el plano vegetativo. Los tropism os de las plantas son a veces tan par­
ticulares que hasta podría parecem os que existia en ellas cierta fo r­
m a de conciencia. Pero, puesto que las plantas carecen de sistema
nervioso y, por lo tanto, de base para el conocim iento, no hay ninguna
razón para decir que son conscientes o capaces de tener sensaciones.
Ahora bien : además de la característica de ser conscientes, que es
un dato prim ario, ¿qué otras propiedades generales poseen las sen­
saciones? Se suele hablar de tres: calidad, intensidad y duración ■*,

3. CUALIDAD DE L a SENSACION.—La cualidad es el atributo


que define a la sensación, diferenciándola de las demás, com o, por
ejem plo, la experiencia de un color rojo, de un tono musical, de un
perfum e, de una superficie suave, etc. Este aspecto cualitativo es
debido, en parte, a la naturaleza del estímulo, y, en parte, a la estruc­
tura del órgano sensorial estimulado. Es así que distinguimos un color
de un sonido, prim eram ente, porque las ondas luminosas son física­
m ente diferentes de las ondas sonoras, y, en segundo lugar, porque
la estructura del o jo es distinta a la del oído, y además, cada uno
posee en el cerebro un centro nervioso distinto, en el cual termina.
Pero ¿no es cierto que la corriente nerviosa es siempre idéntica,
no im porta de dónde provenga, y qué vía siga? Y si esto es así, ¿por
qué la sensación de color es distinta a la de sonido o el olor es di­
ferente al tacto? Según la teoría de la energía nerviosa específica de
J o h a n n e s M ü l l e r , la causa principal es que la corriente nerviosa tiene
distintas estaciones term inales en el cerebro. Prácticam ente viene a
ser com o si considerásem os com o una unidad, diferente a otras, el
con ju n to de órganos sensoriales, vías, y centro nervioso, y adm itié­
semos que era capaz de producir sus propios efectos. Para explicar
esto con más claridad, veam os un ejem plo de la física, en el que
una misma corriente eléctrica puede hacer sonar un timbre, iluminar

turaleza de las cualidades sensibles no es tarea de los sentidos, sino del


intelecto.» El acento aquí está puesto en la palabra naturaleza. Luego, mien­
tras los sentidos son capaces de conocer las cualidades de los objetos sen­
soriales, no lo son así para captar la esencia de dichas cualidades. Reco­
nocen un color rojo, por ejemplo, pero no aprecian el significado del rojo
como tal. Aqeino continúa: «el sentido es una potencia pasiva que se mo­
difica naturalmente por la acción de un objeto externo sensible. Por lo
tanto, es la causa exterior de este cambio lo que es captado de inmediato
por el sentido». Esto quiere decir que nuestros sentidos se dan cuenta de
un modo directo del impacto de un estímulo exterior sobre ellos, de lo que
se deduce que en la sensación hay conciencia y, por lo tanto, conocimiento
en las potencias sensoriales externas.
* B oring, E. G.: Sensatíon. Introduction to Psychology. Editado por Be­
ring, Langfeld, Weld, N. Y. Wiley, 1939. c. 16.
Smith Stevkns, S.: Sensation and Psychólogical Measurement. Foundation
of Psychology. Editado por la anterior, 1948, c. 11.
Intensidad, de la sensación 139

una lám para o dar calor por m edio de una estufa, dependiendo cada
caso del aparato a través del cual se hace pasar. Pero el estím ulo
también debe ser reconocido com o un factor especiñcador de la sen­
s a c i ó n , M ü l l e r cree que la clave del misterio se halla en los centros
corticales e insiste en que, si pudiésemos liberar las vías óptica y
auditiva de su presente relación anatóm ica con el cerebro, e inter­
cambiar sus centros respectivos, entonces veríamos el trueno y oiría­
mos el relámpago. De un m odo u otro, lo cierto es que el color tiene
un efecto sobre la con cien cia que n o es igual al del son ido; y lo m is­
mo sucede con el resto de las diferencias cualitativas de nuestras
sensaciones 5.

4. INTENSIDAD DE LA SENSACION.—La intensidad es el atri­


buto que sitúa a una determ inada experiencia sensorial en una e s­
cala que va de m ayor a m enor, o viceversa. Por m edio de ella somos
capaces de decir si una sensación es más fuerte o más débil, más
viva o más apagada que otra. Las diferencias, una vez más, se expli­
can, ya sea por la fuerza que ejerce el estímulo, o por las variaciones
en la cantidad de energía que se producen en las vías nerviosas. Es­
tos cam bios pueden ser debidos, a su vez, a la irradiación de los
impulsos por m uchas fibras nerviosas o a’ m uchos impulsos en la
misma fibra, o a am bas razones. Pero cualesquiera que sean las razo­
nes que demos, lo m ism o físicas que fisiológicas, la conciencia regis­
tra el hecho de la diferente intensidad de las sensaciones. La llam ada
ley de W e b e r - F e c h n e r es un intento de explicar la relación entre un
estímulo y los cam bios cuantitavos que le siguen en la sensación.
Afirma que «un aum ento relativam ente igual de estímulo produce un
aumento absolutam ente igual en la intensidad de la sensación». Por
ejem plo, si se introduce una bujía en una habitación oscura, nos d a­
mos cuenta de la intensidad de la sensación. Si introducim os una
segunda bujía, hay el doble de luz. Ahora bien; un aum ento rela­
tivamente igual al estím ulo significaría que cada vez que la estim u­
lación se intensificase habría doble cantidad de luz de la que había:
1, 2, 4, 8 , 16 bujías, y así sucesivamente. Pero m ientras el estím ulo
aumenta en progresión geom étrica, la intensidad de la sensación lo
hace en progresión aritm ética: 1, 2, 3, 4, 5 grados, y así sucesiva­
mente. La investigación reciente nos muestra que la ley de Webeh-
F echster es cierta de un m odo aproxim ado— excepto para los estím u­
los muy débiles o muy intensos— , en todos los cam pos sensoriales,
menos para el gusto y el olfato. Su significación psicológica vendría
a ser que nos es más fá cil percibir las diferencias de intensidad entre
una sensación y otra cuando el estím ulo es suave y que esta d ife ­
rencia de m atices desaparece si el estímulo se hace muy intenso.
Volviendo al ejem plo anterior: el aum ento percibido por la con cien ­

s Para una discusión sumarla de la teoría de la energía nerviosa espe­


cifica de J ohannes Müller, ver: De la V aissif.ee, J., S. J.: Elements of Ex­
perimental Psychology. Trad, por S. A. R aemers. St. Louis, Herder, 2.* edi­
ción, 1927, pp. 60-62. También: G arret, H. E.: Great Experiments in Psycho­
logy. N. Y. Appleton Century, edición revisada, 1941, c. 15.
140 La sensación

cia al aparecer la segunda bujía es muy notorio, pero la introducción,


de la bujía núm ero 17, cuando ya hay 16 dando luz, producirá un
efecto apenas perceptible para nosotros.

5. DURACION DE LA SENSACION.— La duración es el atributo


que da a la sensación su carácter temporal. Es la expresión del tiempo
que dura la sensación. No nos referim os aquí a la unión de una serie
de estímulos]'en un todo perceptivo, com o una serie de sonidos, p or
ejem plo, form an un con ju n to m elódico o can ción; ese tipo de expe­
riencia pertenece a una potencia más perfecta que los órganos sen­
soriales, com o verem os en las lecciones siguientes, A lo que nos refe­
rimos aquí, más bien, es solam ente a la continuidad de la sensación
que se debe al h ech o de que el estím ulo sigue haciendo im pacto so­
bre el órgano sensorial, sin interrupción. Podríam os considerar en
l a duraciónj com o hizo T i t c h e n e r , los térm inos de ascenso, equilibrio1
y descenso de los procesos nerviosos. Sin la acción persistente de d i­
chos procesos, la sensación desaparecería de la conciencia casi inm e­
diatam ente. TJn problem a de interés es el relacionado con los es­
tímulos sucesivos. Un estím ulo puede aparecer a intervalos, pero
cuando éstos se hacen muy pequeños, ya no pueden ser registrados
en la conciencia. Por ejem plo, la experim entación nos prueba que si
las ondas luminosas ch ocan contra la retina con una frecuencia m a­
yor de cin co por segundo, ya no pueden ser vistas separadamente,,
sino que producen una sensación visual ininterrumpida.

6. EL OBJETO EN LA CONCIENCIA.— Como ya hem os observado,


la serie de acontecim ientos que tienen lugar entre la aplicación de
estím ulo y la respuesta de la conciencia, es algo que ignoramos, Pero
probablem ente se nos haría más fá cil captar estos factores si los
im agináram os com o una serie de etapas que van desde el estímulo
a la con cien cia: prim ero, la acción del am biente o la actividad del
estímulo hasta ponerse en con tacto con el órgano sensorial, luego la
serie de cam bios que ocurren en el sistema nervioso cuando los im ­
pulsos producidos van desde su origen hasta el área cerebral corres­
pondiente, a continuación, la configuración de estos impulsos en la
corteza antes de aparecer en la conciencia, y finalmente, la sensa­
ción. Esto, sin em bargo, no nos hace penetrar el misterio que separa
al ^estímulo de la sensación, pero es todo lo que podem os decir 6.
Lo que tenem os que recordar, com o observa Santo T omás, es que
la sensación es una form a de conocim iento. Es debida al poder de
separar las form as de los objetos de su materia, o sea, de dejar
atrás a la materia, por así decir, y dar a la form a un nuevo ser p sico-
físico. El acento puesto en la form a y su separación de la materia,,
es muy im portante, ya que para Aquino es el secreto de todo el pro­
ceso cognoscitivo. Esto nos sugiere de inm ediato otro punto. El Doctor
Angélico nunca utiliza el térm ino estímulo al referirse al problema
de la sensación. Para él, es siempre un objeto. Y y o diría que la d i-

* A d r ia n , E. D. : The Basis of Sensation. N. Y. Norton, 1928, pp. 118-20.


Bibliografía 14.1

ferencia que hay entre estos dos térm inos es la misma que existe
entre el punto de vista m edieval y m oderno del conocim iento. Un
estímulo es, pues, un acicate para la acción fisiológica com o una es­
puela lo es para un caballo. Un ob jeto es un reto, un insulto que se
lanza a la cara de un hom bre. Un estímulo termina de actuar cuando
origina la corriente nerviosa. Un objeto no ha hecho su labor com o
objeto si no logra penetrar el interior de nuestra conciencia. El es­
tím ulo es el asistente del objeto, por m edio del cual le es posible
entrar en la vía que la naturaleza ha establecido com o entrada al
recinto del conocim iento. La página impresa que en foco en este m o ­
mento es el objeto de m i visión, pero llega hasta mis ojos y hasta mi
con cien cia sólo a través de la luz que es el estímulo de m i vista.
A q u in o agrupa nuestras sensaciones bajo cinco epígrafes en los
que cada uno trata de algún aspecto especial del universo en que v i­
vimos, Un grupo, que abarca una gran extensión de experiencias, las
referentes a nuestras sensaciones corporales, es el de la som estesia,
o tacto. Los otros están relacionados con los objetos que ingresan en
la conciencia por las rutas del olfato, el gusto, el oído y la vista. Nos
ocuparem os de cada grupo en el orden m encionado.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO IX

A d r ia n , E, D.: The Basis of Sensation. New York, Norton, 1928, Caps, 5-6.
A quino , S. T o m á s : Suma Teologica. P a r t e I, c u e s t ió n 78, a r t. 2.
A ristóteles: De anima. Libro II, Caps. 5-12.
B r e n n a n , R. E., O. P.: Thomistic Psychology. New York, Macmillan, 1941.
pp. 111-112, ed, esp., Morata, Madrid, 1960.
G arrett, H. E.: Great Experiments of Psychology. New York, Appleton-
Century, ed. rev., 1941, Cap, 15.
M äher , M., S. J. : Psychology. London, Longmans, Green, 9.* ed., 1926, Lib, I,
Cap. 4.
S t e v e n s , A . S .: Sensation and Psychological Measurement. Foundations of
Psychology. Editado por Boring, Langfeld y Weld, New York, Holt, 1948,
Cap. 11.
W arren, H. C., y Carmichael, L,: Elements of Human Psychology. Boston,
Hougthon Mifflin, ed. rev., 1930, pp. 145-48.
CAPITULO X

S O M E S T E S I A

1. LA PIEL.—Las sensaciones provenientes de nuestro cuerpo pue-


ser explicadas en térm inos de presión, dolor, y sensaciones térmicas,
consideradas aisladam ente o en conjunto. Las cualidades sensibles
de las que som os conscientes son las que S anto T omás incluía en el
término de tacto 1, un nom bre genérico del sentido por medio del cual
somos conscientes de la propiedad de nuestro cuerpo y otras cualida­
des del mismo.
La piel nos pone en con tacto inm ediato con las fuerzas m ateriales
de los objetos que nos rodean. Su cara externa está expuesta a la
acción de la luz, del viento, de la hum edad y sequedad, del calor
y del frío y a los variados efectos que un cuerpo ejerce sobre otro.
Su cara interna está en con tacto con los líquidos que bañan y pro­
tegen los órganos del cuerpo. La piel es húm eda, flexible y capaz de
resistir al uso. Su durabilidad es debida al m odo com o está cons­
truida, capa sobre ca pa: prim ero, la epidermis, que es resistente y
córnea; luego la derm is, o piel propiam ente dicha, que es suave, espon­
josa y flexible. Las células que com ponen estas dos capas están siem ­
pre m ultiplicándose.
En las ventanas nasales, la boca, el ano, la uretra y la vagina, la
piel se modifica para form ar las mucosas o m embranas que cubren
las superficies interiores del cuerpo. Por m edio de esta disposición
tenemos espacios en el interior del cuerpo que realmente pertenecen
al exterior de éste, del m ismo que lo que está contenido en estos espa­
cios, el alim ento, en el caso del estóm ago; el aire, en los pulm ones; la
orina, en la vejiga, y el feto, en el seno m aterno, están también,
estrictamente hablando, fuera del cuerpo. La piel es imperm eable a
los gases y al agua, y las mucosas de los pulm ones y del intestino
permiten el paso de éstas y otras sustancias nutritivas libremente.
Las áreas cubiertas por membranas interiores son enormes, por
ejemplo, si la m em brana que tapiza los alvéolos pulm onares fuese
desplegada, m ediría más de cuatrocientos m etros cuadrados. Las su­
perficies digestivas son igualm ente extensas. Por consiguiente, el cuer­
po hum ano presenta el aspecto de un universo cerrado, lim itado de
una parte por la piel y de otra por las mucosas. Por todo el organis­
mo, pero especialm ente en sus superficies externas, encontram os una
gran cantidad de pequeños receptores sensoriales que según su estruc-

1 S. T., p. I, q. 78, a. 3, r. a. obj. 3.


144 Somestesía

tura particular registran los cam bios de presión, dolor y temperatura


& los que está sujeto el cuerpo 2.

2. SENSACIONES TACTILES O DE PRESION.— Si pasamos len­


tam ente sobre la piel un pelo de grosor y longitud adecuados, obser­
vamos la existencia de una serie de puntos donde se percibe la sensa­
ción de con tacto o de presión ligeros. El estimulo necesario para este
tipo de experiencia es cualquier fuerza relativam ente pequeña que
sea capaz de deform ar la piel. Corrientem ente, basta con una pequeña
presión, pero una tracción actúa lo mismo. P or ejem plo, si damos un
ligero tirón a un cabello, se produce la m isma respuesta consciente
que si hubiésem os ejercido presión sobre la piel. Los órganos recepto­
res de estas sensaciones en las regiones pilosas del cuerpo son los
folículos pilosos. En otras regiones se cree que los corpúsculos de

F ig . 4.—Receptores táctiles: A. Folículo piloso.


B. Corpúsculo de Meissner.

M eissner actúan com o receptores, aunque puede haber tam bién otros.
La cualidad de las experiencias táctiles es difícil de describir. Si un
cabello se toca suavemente, o si rozamos con una pluma de ave una
superficie lisa, una débil sensación de cosquilleo aparece, difícil de
localizar. Si se actúa con una fuerza más intensa, hallam os entonces
puntos precisos donde se produce una cualidad de presión sólida.
Cualquier estím ulo interm edio entre estos dos, produce una sensación
de simple contacto, que es al m ism o tiem po distinta, pero débil.
La discrim inación táctil se mide por la distancia m ínim a que
puede haber entre dos puntos de presión en los que se produzcan
sensaciones distintas al ser estim ulados al mismo tiempo. Com pro­
badas de este m odo, E r n e s t W e b e r halló que las áreas más sensibles
del exterior del cuerpo son aquellas que usamos más frecuentem en­
te: las puntas de los dedos, la palm a de la mano, el borde de los labios
y el extremo de la lengua. En algunos tumores craneales y otras

2 C ar re l , A .: Man the Unlcnown. L o n d o n , H a m llt o n , 1935, p p . 64-6 9 .


Sensaciones dolorosos 145

alteraciones del sistema nervioso se pierde en gran parte o desapa­


rece del todo la discrim inación táctil 3.
A ristóteles pensaba que la delicadeza del tacto era un indicio de
in teligen cia4. Com entando esto, S anto T omás nos da dos razones de
esta conexión. Una es que el tacto es nuestro sentido más extenso, de
modo que el que lo tenga m uy refinado tam bién será proporcional-
mente m uy refinado él mismo, y la otra ranzón es que una buena
s e n s i b i l i d a d indica un cuerpo fisiológicam ente sano y bien constitui­
do, y esto estaría de acuerdo con nuestra afirm ación anterior de que
la pérdida de tacto es un síntom a de alteración del sistema n er­
vioso 5.

3. SENSACIONES DOLOROSAS. — Utilicemos ahora una punta


aguda, com o la de una aguja o un alfiler, y presionem os con ella
moderadamente la piel. En ciertas zonas se siente un dolor agudo, que
se diferencia de la sensación táctil en que tiende a provocar algún
tipo de respuesta m otora, especialm ente cuando estamos despreveni­
dos. El estímulo puede ser cualquier objeto capaz de penetrar a través
de la p ie l: una gota de ácido, el borde de un instrum ento afilado, etc.
El experimento nos revela que en el estímulo m ecánico la presión
precede generalm ente al dolor y se fusiona con él. Esto es debido a
la estructura de la piel, cuya capa externa debe ser deform ada antes
de que pueda ser perforada. Los receptores del dolor cutáneo son
term inaciones nerviosas libres situadas en la piel. Se encuentran en
número suficiente para corresponder a los puntos dolorosos que se
han descubierto en la superficie del cuerpo. Nadie ha sido todavía
capaz de dar el núm ero exacto de estos puntos, pero se cree que son
aproximadamente de tres a cuatro millones.
Este núm ero es significativo si lo com param os con el de los puntos
que corresponden a la presión, que es alrededor del m edio millón.
Nos demuestra, entre otras cosas, que la sensación dolorosa tiene un
valor biológico m ucho m ayor que la sensación táctil. La delicadeza
de la respuesta al estímulo doloroso es máxima en la córnea y en el
conducto auditivo externo. Esto se debe a que estos tejidos están
prácticam ente llenos de term inaciones nerviosas de este tipo. En ge­
neral, las sensaciones dolorosas son especialmente finas en las zonas
en que los grandes nervios y vasos sanguíneos m archan cerca de la
superficie de la piel. Nuestro lenguaje es particularm ente rico en la
descripción de la cualidad de las sensaciones dolorosas. La sensación
más leve de este tipo seria el picor, e iría aum entando en el pinchazo
hasta llegar a una clara sensación dolorosa. El paso de un tipo de
dolor a otro sería debido, en parte, a la intensidad de estímulo, y en
parte al lugar de su aplicación. Desde el punto de vista de la actitud
consciente, observamos que la sensación dolorosa puede ser tanto

3 W eb er , E. H .: üeber das Tastsinn, Archiv für Anatomie und Physiolo­


gie, 1835, pp. 152-59-. Ver también G eldard , F. A.: Somesthesis. Foundations
of Psychology. Editado por Boring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1948, p. 365.
* De anima, L II, c. 9.
’ C, D. A., I. II, lect. 19.
B R E N N A N , 10
146 Somestesía

agradable com o desagradable. Así vemos que la picazón de una herida


que está cicatrizando, el con tacto de una especia sobre la lengua, o el
dolor que aparece de pronto al m over un diente flojo, pueden ser
agradables para algunas personas. En cam bio, el dolor agudo produ­
cido por el aguijón de una abeja, o una quemadura en la piel son
muy difícilm ente considerados com o sensaciones placentera,s,

4. SENSACIONES TERMICAS.— Si se pasa sobre la superficie del


cuerpo una punta rom a de m etal cuya tem peratura sea unos pocos
grados inferior a la de la piel, ciertas zonas reaccionan con una sen­
sación de frío ; si las m arcam os cuidadosam ente, se repite en ellas la
misma sensación cada vez que son estimuladas. Si aum entam os la
tem peratura del instrum ento, aparecen otros puntos en los que se
produce una sensación de calor. Estas reacciones, sin embargo, no
dependen de ninguna tem peratura absoluta del estímulo, sino más
bien de la relación que hay entre la tem peratura del estímulo y la de
la piel. Así, si un ob jeto causa ia desaparición del calor, es sentido
com o frío, o por el contrarío, si aum enta la tem peratura de la piel, lo
sentim os com o si fuese caliente. Nuestros sentidos térmicos, com o los
táctiles y dolorosos, actúan corrientem ente bajo excitaciones de pe­
queña escala.
El estim ulo para esta clase de sensaciones es un cam bio en la
tem peratura de la piel. Con el fin de hallar un modo uniform e de
registrar la tem peratura, consideram os prim ero a la piel en su estado
de indiferencia a la tem peratura. En esta situación las cosas no se
sienten ni com o calientes ni com o frías. Este sería el cero fisiológico,
y varía de una parte a otra del cuerpo, y aun en la misma zona según
el m om ento. Supongam os que estam os en una habitación que está
a 22° centígrados. El cero fisiológico está próxim o a 37° centígrados
b a jo la lengua, a 35° centígrados en las partes cubiertas del cuerpo,
a 33° centígrados en las m anos y cara y a 26° centígrados en los lóbulos
de las orejas. Estas son cifras aproximadas, pero nos dan una idea de
cóm o varia el cero. Nos perm iten tam bién considerar la relatividad
de los estím ulos: los objetos p or encim a del cero fisiológico producen
sensaciones de calor, y los que están debajo, sensación de frío. Esto
es lo corriente, pero en algunos casos un estímulo con una tem pera­
tura superior al cero nos produce frío. Así, si tenemos nuestra espalda
vuelta hacia el fuego en un día de invierno, podem os sentir un esca­
lofrío a lo largo de la colum na vertebral, porque el calor nos ha
estim ulado de algún m odo los receptores del frío.
Los órganos receptores de la tem peratura nos son aún descono­
cidos, pero se deduce que deben ser term inaciones nerviosas libres de
la piel, a causa de su gran abundancia. Hay pocas variaciones, o nin­
guna, en la cualidad de nuestras sensaciones térm icas; unas y otras
guardan un gran parecido entre sí. Poseen, además, un elem ento dolo­
roso sobreañadido. Los puntos en los cuales se producen sensaciones
térm icas son m uy numerosos y están distribuidos por toda la super­
Sensaciones motoras 147

ficie del cuerpo; para el calor son aproximadamente unos 125,000, y


para el frío, unos 16.000e- 7.

5. SENSACIONES DE MOVIMIENTO.—Las partes del cuerpo rela­


cionadas con la conducta m otora han sido estudiadas muy detenida­
mente por los fisiólogos. Com prenden los músculos, los tendones y las
articulaciones, los cuales proporcionan todos los elem entos necesarios
para el m ovim iento de cualquier clase Que éste sea, desde el gesto de
levantar un dedo, a la más com plicada acrobacia. Los músculos y los
tendones proporcionan la energía necesaria, m ientras que las articu­
laciones actúan de palancas. T oda esta disposición, trabajando en una
gran arm onía, produce una serie de experiencias que llam amos cin es-
tésicas. Este térm ino es griego y significa sensibilidad al m ovim iento,
así com o somestesia es sensibilidad corporal.

A. Músculos.—-Cualquier fuerza capaz de producir la contracción


o la extensión de los músculos puede servir de estímulo para las sen­
saciones musculares, lo m ismo si juntam os los dedos al cerrar la
mano, que si los extendem os al abrirla. Los receptores de este tipo de
sensación que se hallan en todos los músculos voluntarios del cuerpo
son las term inaciones nerviosas libres, le« corpúsculos de F a c i n i y los
husos neurom usculares, que están alojados en el tejido conectivo. Las
respuestas son muy variadas, dependiendo del grado de intensidad de
la estim ulación. Con estímulos débiles, la sensación es de presión
sorda en los m ovim ientos pasivos, y viva si son activos. Con estímulos
de m ayor intensidad se siente un dolor sordo, que se convierte en
agudo si el estím ulo se intensifica o se prolonga.

B. Tendones.—Los tendones dan origen tam bién a sensaciones


cinestésicas, aunque es difícil producirlos independientem ente debido
a la irradiación. Esta sensación se describe más bien com o un esfuer­
zo que al aum entar la intensidad del estímulo da lugar a un dolor
sordo, prim ero, y luego, a un dolor agudo, siendo esta respuesta muy
parecida a la que se producía en el músculo. Cualquier cosa que ofrezca
resistencia a un tendón o que le produzca un m ovim iento de torsión,
actúa de estím ulo para este tipo de sensación. Pero se necesita más
fuerza y menos cam bio de form a que en el caso del músculo. Excepto
donde se unen a los músculos, los tendones están provistos de un

8 H ow ell, W. H. A.: Text-book of Physiology. Phila. Saunders, 12.a edi­


ción, 1933, p. 291.
7 Referencias a las sensaciones cutáneas: Dallenbach, K. M.: Somesthe-
sis. Psychology. A. Factual Text-book. Editado por Boring, Langfeld Weld.
N. Y. Wiley, 1935, pp. 154-73.
G eldard , F. A.: Op. cit., pp. 360-70.
N a fe , J. P.: The Pressure, Pain and Temperature Senses. A. Handbook of
General Experimental Psychology. Edited by C. Murchison. Worcester. Clark
University Press, 1934, pp. 1037-72.
T r o l a n d , L, T .: The Principles of Psychophysiology. N. Y. Van Nostrand,
1930; volumen II, pp. 296-328.
148 Somestesía

pequeño número de receptores, que son las term inaciones nerviosas


libres, los corpúsculos de Paceni y los husos tendinosos.

C. Articulaciones. — Las articulaciones constan de huesos, liga­


m entos, cartílagos y m embranas, unidos íntim am ente, de modo que,
en la práctica, es im posible estim ular estas zonas sin que se exciten
los músculos y los tendones. El estím ulo para las sensaciones articu­
lares es una fuerza que ejerza presión sobre las superficies articulares.
La cualidad de la sensación producida puede ser de presión suave
cuando usamos una articulación que no solem os m over con frecuen­
cia ; por ejem plo, la prim era articulación de los dedos de la mano, o
cualquiera de las de los pies, y puede ser tam bién dolorosa. Los recep­
tores son term inaciones nerviosas libres, o corpúsculos de P a c i n i . Antes
de term inar con el tem a de la cinestesia, debem os señalar que las
sensaciones de m olestia y dolor, tanto de los músculos com o de los
tendones y las articulaciones, pueden ser producidas por estímulos que
proceden del interior del organism o, tales com o toxinas u otro tipo,
de sustancias quím icas que se acum ulan en estas zonas 8.

6. SENSACIONES DE EQUILIBRIO.—Las sensaciones de equilibrio


tienen que ver con la totalidad del cuerpo.
En el reposo, experim entamos una sensación que podríam os llamar
estática, y cuando nos m ovem os, otra distinta a ésta, que llamaremos
dinám ica. En am bos casos som os capaces de resistir a la fuerza de
gravedad, que am enaza con hacerlos perder el equilibrio.
A. Equilibrio está tico.— La estructura que nos permite mantener
este equilibrio reside en el oído interno. Este consta de dos partes: la
sección coclear, que está relacionada con la audición, y la porción
vestibular, que interviene en el equilibrio. Los receptores para el
equilibrio estático se hallan en el epitelio que tapiza el sáculo y el
utrículo, llam ado la màcula. La m ácula está form ada por células en
form a de colum na que poseen unas vellosidades.
Esparcidas entre las vellosidades, se encuentran unas pequeñas
concreciones de carbonato càlcico, parecidas a granos de arena. Como
la fu n ción de la m ácula es perm itim os conocer cuándo se halla el
cuerpo en su posición vertical, que es la más frecuente, es im por­
tante que sea estim ulada adecuadam ente. El estímulo es proporcio­
nado de un m odo indirecto por la fuerza de la gravedad, que actúa
constantem ente, pero de una m anera directa, por el choque de las
partículas de carbonato càlcico sobre las vellosidades. El peso de estas
pledrecillas afecta a las vellosidades, de un m odo, cuando la cabeza
está recta, y de otro, cuando se halla inclinada fuera de la vertical.
Las term inaciones nerviosas que se hallan en la base de las vellosi­
dades, son estimuladas de un m odo diferente según la posición de la

* Rereferencias a las sensaciones de movimiento: D ailenbach, K. M,:


Op, cit., pp. 173-76.
Geldard, P, A. : Op. clt., pp. 370-72.
N afe , J. P. : Op. cit., pp. 1072-73.
T roland, l . T.: Op. cit., pp. 336-47.
Sensaciones de equilibrio 149

cabeza. Las corrientes nerviosas que se originan van a través de la


sección vestibular por m edio del nervio auditivo Hasta su centro en
el cerebro, y m ediante las sensaciones que se producen, somos capaces
de reconocer la posición que tiene nuestro cuerpo en reposo: erguida,
tumbada, reclinada, etc.

F i g . 5.—Laberintomembranoso del oído


interno. La sección vestibular compren­
de el utrículo, el sáculo y los canales
semicirculares.

B. Equilibrio dinám ico.—Para tener una idea clara del equilibrio


cuando el cuerpo está en m ovim iento continuarem os estudiando el
oído in tern o; partiendo del utrículo vem os tres canales sem icirculares
dispuestos de m odo que están situados entre si en ángulo recto. Cada
canal tiene en su extrem o una parte ensanchada llam ada ampolla por
su vaga sem ejanza a un jarro o frasco. En el interior de cada am polla
hay un revestim iento sem ejante al que existía en la mácula, pero que
en este caso denom inam os cresta. La corriente nerviosa es puesta en
acción por medio de la endolinfa, que es un líquido acuoso que circula
libremente a través de los pasajes m em branosos del oído interno, y
cuyo flu jo sigue los m ovim ientos de la cabeza. Como poseemos dos
oídos y dos grupos de canales sem icirculares, si aum enta la presión
en una am polla disminuye en la am polla que corresponde al otro
oído.
Para el equilibrio, cuando el cuerpo está en reposo, basta con la
fuerza de la gravedad ejerciendo su acción sobre las partículas ca l­
cáreas de la m ácula. Cuando el cuerpo está en m ovim iento, sin em bar­
go, es necesario que el flu jo de la endolinfa actúe sobre las term ina­
ciones nerviosas, colocadas en la base de las vellosidades de la cresta.
Se producen corrientes lo mismo que en la viácula, que van p or fibras
nerviosas que conectan con la sección vestibular del nervio auditivo.
Cuando llegan a los centros situados en el cerebro, entonces somos
conscientes del equilibrio, o de la falta de él, de nuestro cuerpo. Una
vez que hem os aprendido a cam inar o a correr, nuestras sensaciones
150 Somestesia

de equilibrio son algo tan corriente que ya no nos percatam os de ellas


siquiera. Pero si sacudim os fuertem ente la cabeza o hacem os girar
nuestro cuerpo p or un rato, percibim os de inm ediato la pérdida del
equilibrio. Este tipo de sensación puede persistir horas después que los
m ovim ientos corporales han cesado. Tratarem os de explicar esto m e­
diante un pequeño experim ento. Si colocam os unos trozos de corcho
sobre la superficie de un recipiente lleno de agua y lo hacem os girar,
las partículas de corch o continuarán girando después que hemos
dejado de m over el recipiente. Del mismo m odo, si movemos enérgi­
cam ente la cabeza de un lado a otro, de adelante atrás o de arriba
abajo, y si continuam os este m ovim iento por un rato, hay siempre un
m ovim iento de líquido en el canal sem icircular correspondiente, que
continúa aún después de que cese el m ovim iento de la cabeza. Por
tanto, m ientras continúa el m ovim iento de la endolinía, las term ina­
ciones nerviosas de la base de Las vellosidades siguen estimulándose.
Además de las sensaciones provenientes de la mácula y la cresta,
otros sentidos tam bién contribuyen a que nos demás cuenta de la
posición del cuerpo. La in form ación que nos viene de la vista, el tacto
y los músculos se añade a la originada en el oído interno. Los bailari­
nes de ballet, los equilibristas y los marineros, no podrían m antener el
equilibrio si dependiesen solam ente de las sensaciones producidas
por el m ovim iento de la endolinfa. En estos casos, la estim ulación de
las vellosidades de la cresta debe ser en algunas ocasiones muy vio­
lenta en com paración con los que experim entan las demás personas.
Esto nos prueba la gran capacidad que posee el hom bre de adaptarse
a nuevas condiciones®.

7. SENSACIONES ORGANICAS.— Nuestras experiencias orgánicas


provienen de la estim ulación de sentidos colocados en los órganos
internos del cuerpo. Los podem os agrupar b a jo estos cin co títulos:
necesidades, satisfacciones, fatiga, malestar y bienestar corporales.
Los tratarem os en el mismo orden que sigue Luigi Lüciani 10.
I. N e c e s i d a d e s c o r p o r a l e s .— Las necesidades corporales dan origen
a un cierto núm ero de sensaciones cuya característica principal es el
elem ento de urgencia que todas ellan poseen, s o n necesidades que
exigen una satisfacción más o m enos inmediata. Hay algunos casos
de m ayor urgencia que otros, pero, en general, actúan sobre la con ­
ciencia de un m odo muy intenso y persistente.

* Referencias a las sensaciones de equilibrio : Dallenbach, K. M. : Op. c it ,


pp. 176-84.
D usser de B erentte , J. G.: The Labyrinthine and, Postural Mechanism.
A. Handbook of General Experimental Psychology. Edited by C. Murchison.
Worcester. Clark University Press, 1934, p., 204-46.
G eldahd, F. A.: Op. cit., pp. 374-78.
Howell, W, H.: Op. cit., c. 21.
N afe , J. P.: Op. cit., pp. 1073-74.
T roland, L. T. : Op, cit., pp. 329-36.
1,1 Luciani, L. : Human Phisiology. Trad, por F. A. Wei.by. London Mac­
millan, 1917; vol. rV, pp. 57-125.
Sensaciones orgánicas 151

El ham bre es el impulso que tiene más fuerza, puesto que por m edio
de él se logra la supervivencia individual. Se experim enta com o una
sensación producida por la con tracción de las paredes del estóm ago,
y es sentida com o una corrosión, acom pañada de dolor sordo. Esto
es debido a la presencia de ciertas condiciones físicas y químicas, ya
que la actividad gástrica continúa aún durante la digestión del a li­
mento, El apetito es una necesidad de alim ento independiente de la
sensación dolorosa del hambre. Depende, principalm ente, de sensacio­
nes placenteras que hayam os tenido con anterioridad. Así, si el pan,
la carne y las legumbres son los principales objetos del hambre, el
postre sería el del apetito. Com o veremos más adelante, el térm ino
apetito posee otro significado para la psicología tradicional, más im ­
portante que la m era actitud hacia el alimento.
La sed se debe principalm ente a sensaciones de sequedad y calor
en la boca y en la garganta. Es el resultado directo de la dism inución
de la hum edad de los tejidos del organism o, especialm ente de los de
la faringe. Esta dism inución, del contenido de agua puede ser produ­
cida por varias causas, com o el ejercicio, el clim a caluroso, o la inges­
tión de ciertos alim entos, com o las especias, la sal, las habas y otros
que tienden a extraer agua del organismo. La sed, ya sea más o menos
intensa, es siempre percibida com o una tonalidad de displacer.
La experien cia erótica, considerada meram ente en cuanto sensa­
ción, es producida por la tum escencia gradual de los órganos sexuales
y por las descargas de glándulas provocadas por la excitación de la
zona genital. Cualitativam ente com prende una serie de sensaciones
idénticas a las que se originan al tocar, presionar o pellizcar la piel.
La dificultad de su análisis surge del hecho de que las sensaciones
eróticas se presentan unidas a las em ociones eróticas. Esto lo veremos
con más claridad en el capítulo siguiente, pero señalamos, sin em bar­
go, que la sensación es m ateria del conocim iento, mientras que la
em oción pertenece al cam po del deseo, u orexis.
La necesidad de orinar se relaciona con sensaciones producidas por
la presión existente en la vejiga, así com o la necesidad de d efecar está
asociada con la presión del intestino grueso. En las madres, la n ece­
sidad de am am antar es producida por la presión de la leche en el
interior de la glándula mamaria. La necesidad de aire produce disnea
especialm ente angustiosa para la conciencia. Son debidas más bien,
com o sabemos, a los trastornos funcionales del m ecanism o respira­
torio, que u la falta de oxígeno o exceso de anhídrido carbónico de
la sangre circulante. Por últim o, la necesidad de cam bio es otro c o n ­
ju n to de sensaciones difíciles de analizar que reciben el nom bre de
nervosismo. A veces se experim enta com o falta de algo, com o en el
caso de las necesidades orgánicas que aparecen en un m om ento en
que no pueden ser satisfechas. Pero en otros casos puede ser una
condición más o m enos perm anente debida al ocio forzado, o a una
serie de factores centrales del sistema nervioso.
n . Satisfacciones corporales.-—De todo lo que hem os dicho se
desprende que las necesidades orgánicas son estados corporales reía-
152 Soviestesia

d on a d os con la conservación de la salud, de la vida y de la capacidad


de adaptación al ambiente. Si las separamos en sus elementos cons­
titutivos, aparecen com o sensaciones de tacto, presión, temperatura,
dolor, etc. Al liberarse el organism o de las tensiones producidas por
dichas sensaciones, se produce otro tipo de experiencias.
El dolor de ham bre desaparece corrientem ente con la ingestión de
alim entos, y es reem plazado por una sensación de plenitud gástrica.
La sed se satisface por el con tacto del liquido con las mucosas secas
de la boca y la garganta y se acom paña de sensaciones de frescura
y humedad. El orgasm o sexual, considerado solam ente com o una sen­
sación orgánica, se debe a las contracciones musculares que se produ­
cen en los genitales, tanto m asculinos com o femeninos. Al producirse
aquél se experim enta una sensación de reposo y de liberación de la
tensión.
La satisfacción de deseo de vaciar la vejiga o de expulsar las heces
es percibida com o una sensación de liberación de la presión. Lo mismo
sucede cuando la madre vacía sus mamas. El aire fresco o la norm a­
lización de la respiración hace desaparecer la sensación de ahogo. Por
últim o, la satisfacción de los deseos corporales puede hacer desapare­
cer el nervosismo. En otros casos, sin embargo, es necesario tom ar
otras medidas, com o el reposo absoluto, cam bio de ocupación o de
ambiente, liberación de responsabilidades, un alejam iento del am bien­
te social, etc.
Antes de term inar quisiera m encionar algunas necesidades y satis­
facciones que no son naturales, sino provocadas. Por ejem plo, la
necesidad im periosa del alcoh ol que tiene el bebedor, o de nicotina
el fum ador. El deseo, en estos casos, puede llegar a hacerse tan
profundo que actúe com o una segunda naturaleza, y llegue a actuar
sobre la conciencia de un m odo tan insistente com o el ham bre o el
deseo sexual.
III. F a t i g a c o r p o r a l .—La fatiga surge después de haber efectuado
un trabajo determ inado y se experim enta de un m odo general en todo
el cuerpo, o bien localizada en una parte precisa. La fatiga muscular
suele estar localizada a un miembro. Cuando es intensa es percibida
com o un dolor. En su form a localizada puede ser debida a la destruc­
ción de tejid o a causa del esfuerzo, o a la acum ulación de sustancias
m etabólicas de desgaste en algunas zonas del cuerpo. Pero si la fatiga
es general, se debe a toxinas presentes en la sangre circulante. Estas
sustancias tóxicas actúan sobre las células corticales del cerebro pro­
duciendo una sensación de som nolencia. L u c i a n i incluye en el grupo
de la fatiga corporal a la sensación de la saciedad que se produce
después de realizado el acto sexual, o después de una com ida copiosa.
En relación con esto, es interesante señalar que la mente, al trabajar,
se conduce de un m odo muy distinto. Así, se ha visto mediante la ex­
perim entación que la actividad m ental no fatiga el intelecto y que
tam poco influye de un m odo notorio sobre el metabolismo.
IV. S ensaciones que acompañan a la enfermedad.—La mayoría de
las sensaciones que acom pañan a la enferm edad son dolorosas. Apa-
Sensaciones orgánicas 15$

recen cuando los tejidos y los órganos han sido dañados, heridos o
destruidos. En otros casos, el cuerpo o uno de sus miembros no fu n cio­
na norm alm ente, y es entonces cuando el dolor aparece com o la única
sensación de enferm edad. Nuestros órganos internos sufren este tipo
de sensaciones sólo con el estimulo adecuado. Asi, el intestino puede
ser cortado o quemado en una operación quirúrgica sin que se p ro­
duzca dolor; pero un trozo de carne sin digerir, o un fragm ento de
patata poco cocida, pueden producir un agudo cólico.
Otros ejem plos nos inform arán del dolor de los órganos internos.
El dolor muscular, por ejem plo, puede ser producido por la excesiva
torsión o flexión de los tejidos, por la concentración de sustancias
tóxicas, lesión de las células por exceso de trabajo, etc. El dolor de
muelas es debido a las caries dentales o a alguna anom alía de tipo
químíco o térm ico de los dientes, pero puede ser producido por el calor
o el frío extremos, o por cam bios poco frecuentes en la química del
diente. El dolor de cabeza se debe a la presión entre el encéfalo y el
cráneo. La sensación varía con la presión arterial y puede llegar a
producirnos la im presión de una banda de m etal que nos ciñe la
cabeza fuertem ente. El dolor de tipo cólico es producido por la disten­
sión del intestino que actúa sobre el peritoneo.
El dolor referido, o heterotópico, es aquel que localizam os en una
parte del cuerpo cuando el estímulo actúa en realidad sobre otra.
Generalmente se origina en un órgano interno y se siente en cualquier
lugar de la superficie del cuerpo; por ejem plo, un dolor debido al
corazón que es percibido en el hom bro. Existe otro tipo de m olestias
orgánicas que se suelen considerar com o dolores, pero que se acom ­
pañan, sin em bargo, de sensaciones sumamente desagradables, com o
la náusea, que puede ser debida a la presencia en el estóm ago de
alimentos de difícil digestión, o a lo m ovim ientos reflejos que se pro­
ducen para expulsar dichas sustancias. Basta algunas veces con que
nos im aginem os los alim entos que nos han puesto enferm os con an te­
rioridad, o con que recordem os hechos relacionados con la sensación
nauseosa, para que se produzca el vóm ito. Respecto al valor del ele­
mento im aginativo que entra en el m areo es difícil conocerlo con
exactitud, ya que en los barcos siempre hay un cierto balanceo, aun
en los días más tranquilos.
V. B ienestar corporal.— Etim ológicam ente, la palabra cenestesia
significa una percepción general de las sensaciones, lo m ism o agrada­
bles que desagradables, pero se utiliza corrientem ente en psicología al
hablar del con ju n to de experiencias orgánicas que nos inform an de
la salud del cuerpo. Com o la salud es sólo un medio, y puesto que no
pensamos en ella cuando la tenemos, las sensaciones de bienestar
están norm alm ente en el m argen de la conciencia y sólo se convierten
en el centro del interés si les prestam os atención. Su función es pro­
veernos de un fon d o sobre el que proyectar las sensaciones. Sólo en
algunos casos, por ejem plo, después de un partido de tenis seguido de
una ducha, la conciencia del bienestar físico alcanza un alto grado
de intensidad. Llamamos euforia a una sensación de m arcado bien es-
154 Somestesia

tar y energía, pero también se em plea este térm ino para describir un
estado anorm al de bienestar que carece de base fisiológica, en el que
lo natural sería sentirse e n fe r m o ]1.

BrBLIOGRAF'IA AL CAPITULO X
G eldard , F. A.: «Somesthesis», Foundations of Psychology. Edit. Boring,
Langfeld & Weld. New York, Wiley, 1948, Cap. 16.
K ahn, F.: Man in Structure & Function. Trad, por G. R osen, New York.
Knopf, 1943, Vol. II, Caps. 42 y 45.
M orgaw, C. T., y Stellar, E.: Physiological Psychology. New York, McGraw-
Hill, 2.a ed., 1950, Caps. 11-12.
T r o l a n d , L, T,: The Principles of Psychophysiology. New York, Van Nostrand,
1930. Vol. II, Caps. 17-18 y nota G.

!1 Referencias a las sensaciones orgánicas; Dallenbach, K. M.: Op. cit.,


pp. 184-86.
G eldard , F. A : Op. cit., pp. 372-74.
T rolan d , L. T . : Op. cit., pp. 365-60.
CAPITULO XI

LOS SENTIDOS QUIM ICOS

Parte primera.—El olfato


1. ORGANOS RECEPTORES.—Nuestras sensaciones olfativas son
producidas por m edio de las células olfativas, que se hallan coloca ­
das en la parte más alta de las fosas nasales. La zona ocupada por
ellas, de un color am arillo-pardusco, se distingue claram ente del resto
del epitelio que tapiza las fosas nasales. Cada célula posee un proceso
dentrítico que term ina en seis u otro filamentos finos y un largo axón,
que form a una de las fibras del nervio olfatorio. Las term inaciones
libre de las células están colocadas en dirección al estímulo y sus
filam entos flotan en la delgada capa acuosa que se encuentra en el
interior de la nariz. Las partes basales envían sus fibras prim ero al
bulbo olfatorio, donde se hallan todas reunidas, y de alli al centro del
olfa to en la corteza cerebral. P or esta breve descripción nos damos
«u en ta que los filam entos sensitivos de las células están en contacto
Inm ediato con el aire de los com partim ientos nasales o con las par­

F ig . 6.—Células olfativas. F ig . 7.—Prisma olfatorio


de Henning .

tículas olorosas que se alojan alli. Este es el único caso, entre los ó r ­
ganos de los sentidos en el que una vía nerviosa no interrum pida va
directam ente desde el estím ulo exterior al centro c o r tic a l1.

1 H o w e l l , W. H. A.: Text-book of Physiology. Fhila. Saunders. 12.1 e d i ­


ción, 1933, pp. 310-12.
156 Los sentidos Químicos

2. ESTIMULACION.— Las partículas olorosas que flotan en el am­


biente penetran en las fosas nasales y se ponen en contacto con las
células olfativas.
Estas partículas están en form a gaseosa o vaporizada, es decir,
existen com o m oléculas individuales esparcidas entre las moléculas
del aire. No sabemos con exactitud lo que les sucede, pero segura­
mente se disuelven en el líquido que baña a la m em brana mucosa, y
luego se establece alguna reacción de tipo quím ico en los filamentos
de las term inaciones n erviosa s2. Los líquidos no pueden actuar com o
estímulos adecuados a no ser que sean volátiles, y esto se prueba por
el hecho de que una sustancia tan olorosa com o el agua de rosas puede
llenar los com partim ientos nasales sin ser percibida.
Un cierto grado de hum edad en los extremidades de los filamentos
es necesario para que haya respuesta al estímulo, y si la parte alta del
epitelio nasal se seca, las sensaciones olfativas disminuyen m arcada­
mente. Durante la respiración norm al, el aire entra y sale por la parte
inferior de las fosas nasales, y n o som os conscientes de los olores. Si
deseamos oler, husmeamos, y, al hacerlo, hacem os penetrar el aire
a lo alto de las fosas nasales. Puesto que los filamentos de las células
sensoriales se hallan en relación con los vapores que se extienden,
suponem os que son estim ulados por las partículas olorosas.

3. CUALIDAD.— Aunque al referirnos a otras sensaciones hable­


m os de su tem peratura, color, si son dulces o amargas, etc., no existe
un lenguaje tan definido para hablar de las sensaciones olfativas.
Decimos, en cambio, que algo huele a canela, a incienso, o a pana­
dería, o a droguería, por ejem plo, según la calidad del objeto o del
grupo de objetos a que nos referim os.
El holandés H endrick Z waardemaker 3 dedicó casi toda su vida
al estudio de los olores; y su clasificación de éstos se encuentra en
la m ayoría de los libros de texto. La damos a continuación, con un
ejem plo que ilustre cada caso: etéreo, m anzana; arom ático, alcan for;
fragante, la hierba recién cortada; ambrosíaco, alm izcle; aliáceo, ce­
b olla; quemado, el hum o del tabaco y el café tostado; caprino, su-
doración ; repulsivo, beleño; nauseabundo, carne en putrefacción.
La otra gran autoridad en este tem a es H ans H enntng 4. En su
prisma olfatorio tenem os un m odo más simple de agrupar los olores.
Sugiere la idea de que existe una continuidad cualitativa en nuestras
sensaciones olfativas, Los seis vértices del prism a llevan los nombres
de: floral, frutal, especiado, resinoso, pútrido y quemado. Para al­
gunas personas, el olor del cedro es una com binación de olores de
flor, de fruto, de especias y de resina, y el olor a cebollas puede des­

2 Para un comentario de los posibles modos de la estimulación ver: T r o -


L. T.: The Principies of psychophysiology. N. Y. Van Nostrand, 1930;
la n d ,
vol. II, pp. 275-78.
3 Z w a a rd e m a k e r, H.: Die Physiologie des Geruchs. Leipzig. E n g e lm a n n .
1895.
— L’Odorat. Paris. Doin, 1925
* H e n n in g , H .: Der Geruch. L e i p z i g . Barth, 2.a e d i c i ó n , 1924.
Umbral olfativo 157

com ponerse en pútrido y quemado, con calidades florales y de especias


añadidas.
Es muy difícil que llegue a conseguirse una escala objetiva de
olores. Antiguam ente se decía que en materia de gusto no había ar­
gumentos de valor, y ahora que sabemos que el sabor depende tanto
del olfato com o del gusto, tam poco podem os pronunciarnos respecto
a este tema. Las m últiples relaciones del olfato se hallan com plica­
das por la presencia de sensaciones táctiles presentes en algunos
casos; el m entol, por ejem plo, tiene un olor fresco, el am oníaco un
<>lor picante, y la pim ienta uno ardiente, ya que estas sustancias son
capaces de excitar la sensibilidad cutánea que existe en la base de las
fosas nasales. Según algunos, de los 60.000 objetos que poseen olor,
sólo unos 50 provocan sensaciones olfativas puras.

4. UMBRAL.—La agudeza del olfato no es la misma para todos


los olores. Se ha m edido el umbral tom ando en cuenta la cantidad
-de sustancia olorosa existente en el aire inhalado. Uno de los m a­
teriales favoritos em pleados en esta clase de experimentos es el m er-
captano, ya que tiene un olor especialmente desagradable y el olfato
es muy sensible a él. Se ha hallado que una parte del m ercaptano
puede ser detectada en cincuenta billones de partes de aire. Este
ejem plo se hace más significativo al com probar que el espectroscopio
— el instrum ento más delicado que existe para el análisis en el labo­
ratorio— , es trescientas veces m enos sensible en el caso del sodio,
por ejem plo, que nuestro olfato. El hecho de que una sustancia olorosa
posea un umbral bajo nos puede hacer pensar que si la utilizamos
en grandes cantidades puede producir sensaciones muy intensas, pero
no siempre sucede asi. El té, las violetas y la vainilla, por ejem plo,
pueden olerse en cantidades muy pequeñas, pero la intensidad de la
sensación aum enta muy poco si aum entam os la cantidad.

5. ADAPTACION.— Después que hem os estimulado nuestro órga­


no olfatorio durante un cierto tiem po, va siendo cada vez más in ­
sensible a los estímulos que lo provocan. Por ejem plo, si colocam os
un fraseo de agua de colonia delante de la nariz, el olor se va gra­
dualm ente debilitando hasta que desaparece. La adaptación varía
según los cuerpos olorosos: para el agua de colonia, el tiem po es de
siete a doce m inutos; para el alcanfor, entre cin co y siete; para la
tintura de yodo, alrededor de cuatro minutos, y para el bálsamo, de
tres a cuatro minutos. La fatiga del órgano receptor desaparece al
variar la intensidad del olor o si lo retiram os durante un rato.
La capacidad de adaptación, en lo referente al olfato, es un factor
im portante en nuestra vida corriente. Algunas personas, por ejem plo,
tienen que trabajar en una atm ósfera desagradable para el olfato,
pero logran hacerlo gracias a esta capacidd de adaptación, una vez
que los prim eros m om entos desagradables pasan. M uchas veces, la
naturaleza desagradable de algunos olores es una señal biológica que
nos previene contra la sustancias que podrían ser dañinas para n os­
otros. En cam bio, los olores agradables se hallan asociados a objetos
158 Los sentidos químicos

que son beneficiosos para nosotros de un m odo u otro. Es así que el


uso más com ún que hacem os de nuestro olfato es indudablemente en
el m om ento de com er, donde el sabor contribuye a aum entar el ape­
tito y favorecer la secreción de jugos digestivos y con ello hacer la
digestión más saludablemente 6.

Paite II.—El g u sto

1. ORGANOS RECEPTORES.— Si nos m iramos la lengua con un


espejo, podem os observar que su parte superior está cubierta por un
gran núm ero de pequeñas protuberancias que tienen el aspecto de
granos pequeños. Por esta razón se les ha llam ado papilas. En ellas
se hallan los órganos receptores del gusto.
No se encuentran solam ente en la lengua, sin embargo, sino tam ­
bién en el epitelio m ucoso de la epiglotis, de la laringe y en parte
de la garganta.
El cloroform o n o tendría ese olor dulzón si algunas de las par­
tículas inhaladas no cayesen sobre el paladar blando y estimulasen
sensaciones gustativas.
Los órganos sensoriales que pro­
ducen experiencias gustativas son
las células gustativas. Se encuen-
1x * **) i--*

mí -( í:' Á
íú r m
'mfodo

o

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!

F i g . 8—Un bulbo gustatorio. F ig . 8.—Pirámide gustatorla


(Esquema.) de H e n jíin g .

s P f a f f m a n , C . : Taste and Smell. Foundations of Psychology. E d lt a d o por


Boring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1948, pp. 356-59.
Zigler, M. J.: Taste and Smell. Psychology A. Factual Tex-book. Edit, por
Boring, Langfeld, Weld. N, Y. Wiley, 1935, pp. 146-53.
Células gustatorias 159

íran en las papilas form an do grupos que tienen el aspecto de un


bulbo. En sus extremos libres tienen unos pequeños filamentos que
salen a la superficie de la lengua, a través del poro del bulbo, y se
ponen en con tacto con la saliva. En el extremo interno, cada célula
está rodeada por ramas terminales del nervio glosofaringeo, que con ­
duce los impulsos hasta el cerebro. La lengua posee tam bién fibras
del nervio lingual que está relacionado con la corteza, m ediante
el cual percibim os las cualidades de temperatura, presión y dolor de
los objetos que se encuentran en la boca e.

2. ESTIMULACION.— Antes de que el alim ento pueda actuar so­


bre las vellosidades de las células gustatorias, debe ser solubilizado.
Esto se consigue m ediante la m asticación y la salivación. Lo mism o
que en el caso del olfato, tam poco aquí somos capaces de explicar
cóm o se produce la estim ulación, pero se supone que es debida a una
determ inada reacción quím ica que se produce en las vellosidades de
las células sensorias al ser éstas bañadas por la saliva. Si secam os la
punta de la lengua con un trozo de papel secante y luego colocam os
en ella unos granos de azúcar, no sentimos el gusto dulce hasta que
los poros se vuelven a hum edecer otra vez. La dispersión molecular
que se produce al m ezclar el alim ento con la saliva produce un cam bio
en la estructura quím ica de los filamentos, que puede ser suficiente
para producir corrientes nerviosas que al llegar a su centro cerebral
correspondiente originen sensaciones gu stativas7.

3. CUALIDAD.— Corrientem ente se distinguen cuatro cualidades


primarias gustativas: ácido, salado, amargo y dulce. Se desconoce la
relación existente entre la experiencia de estas cualidades y La natu ­
raleza quím ica del estím ulo que las produce. Como ejem plos de las
sustancias que provocan estas sensaciones podem os m encionar: para
lo ácido, el ácido clorh ídrico; para lo salado, la sal de m esa; para el
sabor am argo, la quinina, y para el dulce, el azúcar de caña. Aunque
existen excepciones, podem os afirmar que, en general, las sensaciones
ácidas son provocadas por los ácidos, las saladas por las sales inorgá­
nicas, especialm ente el cloro, el brom o y el sodio; el sabor am argo
es producido por los alcaloides, y el dulce, por los hidratos de car­
bono. Henning 8 utilizó su pirám ide para ilustrar los cuatro gustos
primarios, colocando lo dulce, lo ácido y lo am argo en la base, y lo
salado en el vértice. Lo mismo que en el prism a olfatorio, sugiere
la idea de que hay m ezclas de estos gustos primarios.
Pero las diversas m aneras com o se com binan los gustos fu n d a­
mentales no nos proporcionan tantas experiencias distintas com o p o­
dría creerse. Lo que com em os se nos hace agradable no sólo p or su
sabor, sino tam bién por su aroma, su apariencia, su tacto y su grado
de temperatura. Con la nariz tapada, aun el m ejor vino sabe a vi­

* Howell, V. H.: Op. cit., pp. 305-07.


' T roland, L. T .: Op. cit., pp. 292-95.
* H e n n in g , H.: Die Qualltütenreihe des Oeschmacks, Zeitscrtft für Psi-
ehologie, 1£>16| 74, pfp. 203-19.
160 Los sentidos químicos

nagre, y el caldo de carne n o sabe m ejor que una solución salina débil.
Un vaso de lim onada helada en un día de verano resulta delicioso por
varias razones: com bina el sabor ácido, dulce y amargo muy agra­
dablem ente, tiene un grato aroma frutal y es suave y refrescante para
la lengua y la garganta.
Tenem os algunas pruebas de que existen cuatro órganos receptores
distintos correspondientes a los cuatro gustos primarios. Ignoram os si
todas las células de un bulbo gusta torio son iguales entre sí o no,
pero es posible que lo sean. Es tam bién probable que todos los bulbos
de una misma papila sean iguales. El h echo de que el gusto se halla
localizado nos llevaría a la misma conclusión. Así, gustamos lo dulce
m ás fácilm ente en la punta de la lengua, por lo que debe haber alli
m ás cantidad de bulbos gusta torios específicos para ese tipo de sen­
sación. Igualm ente, los bordes de la lengua son más sensibles a los
sabores de la lengua salados y ácidos, m ientras que la región posterior
percibe m ejor los am argos 9.

4. UMBRAL.— Los valores umbrales del gusto no son tan bajos


com o los del olfato. Esto se debe probablem ente a que es más fácil
para la naturaleza proteger contra un posible daño por medio del
o lfa to que por m edio del gusto, ya que es más cóm odo y rápido olfa ­
tear que gustar. Por esto la nariz es más sensible que la lengua.
M edimos los valores umbrales en gram os por 100 centím etros cú­
bicos de agua. Vemos así que las m ínimas cantidades capaces de pro­
vocar sensaciones precisas son: para el azúcar de caña, 0,5 gr.; para
la sal de mesa, 0,25 gr,; para el ácido clorhídrico, 0,007 gr., y para la
quinina, 0,00005 gr. Las sustancias amargas, que generalmente son
alcaloides, no son m uy necesarias al organism o y, de hecho, hasta
pueden ser perjudiciales. En cam bio, las sustancias dulces son ne­
cesarias para sum inistrar energía. La naturaleza muy sabiamente
hace que sea m ayor la sensibilidad a la sustancia que podría ser peli­
grosa

5. ADAPTACION.—La adaptación de la lengua a cualquier gusto


acostum bra ser bastante rápida. Suele tardar de uno a tres minutos,
pero se recupera tam bién con bastante facilidad. Además, la adap­
tación de una zona de la lengua a un determ inado gusto no im plica
la pérdida de la sensibilidad para otro sabor. No nos damos cuenta
de esto porque el sabor de nuestros alim entos suele variar en el curso
de la com ida y porque, fuera de los casos en que se com e demasiado
aprisa, generalm ente dejam os un lapso de tiem po entre cada bocado.
U na de las cosas más interesantes que hemos experim entado es el
•contraste de los sabores. Así, vemos que, con la misma cantidad de
azúcar, una taza de café antes de tom ar el postre tiene un sabor
m ucho más dulce que al finalizar la com ida completa. Y si una ciruela

0 Burton-Opitz, A.: A Text-book of Phisiology. Phila, Saunders, 1921, pá­


ginas 751-52.
10 T rolant >, L . T . : O p . c it ., p p . 284.
Gusto y olfato 161

nos sabe ácida sí la tom am os después de un pastel, nos sabe dulce, en


cam bio, si la com em os después de una toronja n .

6. COMPARACION ENTRE EL GUSTO Y EL OLFATO—Hemos


hablado ya de un m odo más o m enos casual de la relación entre el
gusto y el olfato, vam os ahora a com pararlos de un m odo ordenado.
Desde el punto de vista del estím ulo, la m ayoría de las sustancias
de cualidad puram ente gustativa no tienen aroma. Ejem plos de esto
son la sal, el azúcar y la quinina. Algunas sustancias tienen un gusto
parecido y las distinguim os solam ente por otras propiedades, com o
su olor, su tacto, su tem peratura, etc. La m anzana y la cebolla son
un buen m aterial para hacer una prueba. Dejem os la cebolla en re­
m ojo hasta que pierda totalm ente su olor y luego, si colocam os sobre
la lengua de una persona trozos de esta cebolla mezclados con otros
de manzana, con las narices tapadas, es imposible distinguir una de
otra, puesto que ambas tienen un sabor dulce. Otra diferencia se halla
en que las sustancias fáciles de gustar son solubles en agua, mientras
que las que se huelen se disuelven fácilm ente en aceite. De hecho, las
esencias de m enta, rosa y trem entina y otras sustancias típicam ente
arom áticas, son aceites.
Desde el punto de vista del umbral, gustamos sólo soluciones más
concentradas de una sustancia, pero podem os oler otras más diluidas.
Esto, sin em bargo, es relativo. Para establecer una com paración exac­
ta tendríam os que utilizar una sustancia que pudiese ser a la vez
olida y gustada. El alcohol corriente, llam ado espíritu de vino, satis­
face estas dos condiciones. Comprobamos el hecho sorprendente de
que necesitam os unas 24.000 veces más alcohol en solución para gus­
tarlo que para olerlo. Sin duda alguna, el olfato es superior al gusto.
Sin embargo, en el hom bre es un órgano muy tosco com parado con
el de los animales. El hom bre posee, en cam bio, su inteligencia para
protegerse, por lo que no debem os preocuparnos por su falta de des­
arrollo en este sentido.
Visto desde el ángulo de la reacción con scien te, los olores están
m ucho más íntim am ente ligados a la m em oria y a las em ociones que
los sabores. Esto es cierto, tanto para los recuerdos agradables com o
para los desagradables. Solemos asociar los estímulos del gusto con
la boca, puesto que los alim entos son para comerlos, pero en el caso
del olfato, aunque el estím ulo vaya a la nariz, no lo pensam os en
relación con ésta, sino, más bien, con el objeto del cual provienen
las partículas olorosas. A m ucha gente le horripilaría imaginarse que
todas las cosas desagradables que huele están directam ente en con ­
tacto con sus órganos olfatorios, siendo que esto es así precisamente.
Por últim o, desde el punto de vista de la supervivencia, el olfato
se pierde prim ero que el gusto con los años. Es por esto que la mayoría
de las personas ancianas se suelen quejar de que la com ida ya no
les sabe com o antes, pero esto sólo prueba lo que ya dijim os anterior-

u p f a f f m a n n , C.: Op. c i t „ pp. 353-56.


Zigler, M. J.: Op. c it., pp. 140-46.
B R E N N A N , 11
162 Los sentidos Químicos

m ente: que los llam ados placeres del gusto son en realidad placeres
del olfato, com o lo sabe el que padece un catarro nasal. En algunos
casos, el olfato puede desaparecer totalm ente 12.

BIBUOGRAFIA AL CAPITULO XI

K ahn, F.: Man in Structure & Function. Trad, por G. R o s e n . New York,
Knopf, 1943, Vol. n , Caps, 43-44.
M organ , C. T-, y S tellar , E.: Physiological Psychology. New York, McGraw-
Hill, 2,“ ed., 1950, Cap. 6.
P f a f f m a h , C .: «Taste and S m e ll» , Foundations of Psichology. Edit, por Bo­
ring, Langfeld and Weld, New York, Wiley, 1943, Cap. 15.

12 B la e e s le e , A, F.: A Dinner Demostratton of Threshold Differences in


Taste and Smell. Science. Mayo, 24, 1935, pp. 504-07.
P arker, G. H.: Smell and Taste. Encyclopaedia Brittanica, 14 ed., 1929,
vol. XX, p. 820.
CAPITULO XII

LA AUDICION

1. ESTIMULO.—La m ateria im presiona nuestros sentidos de muy


distintos m odos y aunque n o poseem os receptores para recoger todos
sus mensajes, somos, sin em bargo, capaces de reunir sobre ella un
con ju n to de inform aciones. Los receptores somestésicos registran sus
presiones y tracciones, además de sus cualidades térm icas y d oloro-
sas. La nariz y la lengua nos inform an de sus cualidades químicas. El
oído se ha construido para registrar sus m ovim ientos vibratorios y,
com o veremos en el capítulo siguien­
te, el ojo revela, al menos, algunos

T i \
de los secretos de su enería electro­
m agnética.
Para com prender cóm o el sentido
} \ de la audición es estimulado, tom e­
\ m os un ejem plo de la ílsiea. Cuando
se golpea un diapasón, el aire alre­
dedor suyo es puesto en movim iento.
/ La alteración producida por las osci­
laciones del diapasón se conoce por
sonido objetivo. El aire es m edio elás­
tico y, por esto, cualquier m ovim iento
\ de sus partículas se transmite a las
demás, y esto sucede hasta que el
diapasón se detiene. No olm os sus
í m ovim ientos finales porque no son
perceptibles por el oido. En el aire
A
r-
a*“v
seco, la velocidad del sonido es de
340 m etros p or segundo, que viene a
Fig. 10.—La oscilación pendular. ser algo más de 12 millas por m inu­
to. Un hom bre en un avión a propul­
sión puede ir más rápido, asi que si un trueno se produjera detrás
de su aparato, no lo oiria. Veam os otro ejem plo de la física para
aclarar algunos detalles.
Cuando ponem os en m ovim iento un péndulo, vem os que su disco
se balancea siguiendo un trayecto determinado. Supongam os que par­
te de un punto fijo A en nuestra figura. Se mueve desde A hasta B
y luego regresa otra vez a A. El arco así descrito es una vibración
com pleta. Si contam os el núm ero de movim ientos de vaivén efectu a­
dos durante un segundo, obtenem os la frecuencia de vibración, y si
164 Audición

m edim os la distancia que hay desde B (el punto de m ayor despla­


zam iento) hasta A (el punto de partida), obtenem os la am plitud de
vibración. Por supuesto, el péndulo oscila demasiado lentam ente para
ser oído, pero todos los hechos que hem os observado en él se pueden
aplicar ál diapasón. Vemos que el tono producido depende de la fre ­
cuencia de las vibraciones del diapasón, mientras que la intensidad
depende de la am plitud de las mismas. El tono perm anece igual, pero
la intensidad decrece gradualm ente a medida que la energía com u­
nicada por el golpe se va consum iendo i.

2. ESTRUCTURA DEL OIDO.—El oído consta de tres partes: el


oído extern o, que está en relación con el sonido que viene del exterior;
el oí cío medio, llam ado tam bién tím pano o tambor, y el oído interno,
que además de su fu n ción auditiva está relacionado tam bién con el
equilibrio, com o vim os en el capítulo anterior.
I. O íd o e x t e r n o .— El oído externo consta a su vez de dos partes:
el pabellón de la oreja y el con du cto auditivo externo. La oreja puede
ser grande o pequeña, redonda o picuda en su parte superior, saliente
o paralela a la región lateral de la cabeza. Su función no es muy
im portante, puesto que podem os pasam os sin ella con facilidad. El
con du cto auditivo extem o term ina en el tím pano. Varía su diámetro
al curvarse hacia el interior y contiene una secreción parecida a la
cera, que protege al oído de la entrada de cuerpos dañinos. Su aspecto
es parecido al de una trom peta o, más bien, al de un embudo. Aunque
es bastante firme, puede ser estirado o traccionado. Las orejas de los
perros son más útiles que las del hom bre, ya que pueden alzarse y
dirigirse hacia el lugar de donde proviene el sonido; en cambio, el
hom bre tiene que girar la cabeza.
II. O íd o m e d io .— El oído medio, o caja del tímpano, está separado
del oído externo por una m em brana de estructura delicada que se
pone fácilm ente en m ovim iento con las ondas sonoras y se detiene
con rapidez cuando cesa el m ovim iento de las ondas. Es ligeram ente
curva, y sus fibras están dispuestas de tal m odo que no están tensas
en ninguna dirección. De este m odo no vibra por sí misma, no cau ­
sando asi alteración alguna al sonido que pasa a través de ella. Los
m ovim ientos de la m em brana tim pánica se transm iten por m edio de
una cadena de hueseemos llamados martillo, yunque y estribo, por su
parecido con estos objetos. Si miram os a la figura correspondiente,
vemos que la base del estribo se apoya en otra m embrana que cubre
la ventana oval. Esta es la entrada al oído interno.
Puesto que hay m em branas en ambos extremos del oído medio,
com prendem os ahora por qué se le llam a a éste tambor. El oído medio
está h ech o de tal m odo que las ondas sonoras, al ir de un extremo
a otro a través de la cadena de huesecillos, se am plifican unas n o­
venta veces. El oído m edio posee tam bién un conducto llam ado trom -

' W eb er. E. G .: Audition. Introduction to Psychology. Edit, por Boring,


Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1939, pp. 561-65.
Estructura auditiva 165

pa de Eustaquio, que com unica con las fosas nasales. Suele estar
cerrado, pero se abre en el m om ento de la deglución. De este m odo,
el aire que hay en el interior del oído m edio es renovado y se m an­
tiene el equilibrio entre la presión del aire, por fuera y por dentro
de la m em brana tim pánica. Cuando se viaja a grandes alturas, se
rompe este equilibrio y aparece una sensación de presión en el tím ­
pano y, además, disminuye la audición.
m . Oído i n t e r n o .— El oído interno es el más im portante de los
tres, ya que en él se aloja el órgano receptor de la audición. Está
colocado en el hueso tem poral y com prende un sistema de canales

PQfTtO *estibufor

Óseos dentro de los que hallam os un sistema de membranas. El ves­


tíbulo y los canales sem icirculares del oído interno han sido ya es­
tudiados al hablar del equilibrio. Veamos ahora la cóclea o caracol,
que está relacionada con las sensaciones auditivas. Se la llama así
porque externam ente tiene el aspecto de la concha de un caracol.
Aunque consta de una serle de partes, el tam año total del caracol no
es m ayor que el de una habichuela.
Desde la base al vértice mide unos 5 m ilímetros, pero, a pesar de
su tam año, tiene una fu n ción m uy im portante, ya que aloja el órgano
milagroso que transform a las ondas sonoras en sensaciones sonoras y
musicales de gran com plejidad.
Las paredes del caracol se hallan enroscadas dando dos vueltas
y m edia alrededor de un eje central llam ado modiolus. Un dim inuto
entrepaño óseo, la lámina, espiral, da vueltas alrededor del eje, si­
guiendo un curso superior hacia el vértice del caracol, com o las es­
piras de un tornillo. Esta lám ina se proyecta lateralm ente dentro del
tubo coclear, pero sin alcanzar su pared interna, por lo que es com ­
166 Audición

pletada por la m em brana basilar. El interior de la cóclea queda así


dividido en dos cámaras, una superior y otra inferior. Al m irar el
dibu jo del texto, observamos que existe una segunda m em brana di­
visoria que ee dirige oblicuam ente desde la lám ina espiral hasta las
paredes cocleares, form ando así, con la m embrana basilar, un com ­
partim iento triangular, la cám ara media, que está llena de un líquido
claro llam ado endolinfa, que es idéntico al que encontram os en el
vestíbulo y los canales sem icirculares. Esta segunda m embrana divi­
soria es la m em brana de R e i s s n e h . Así com o en los canales semi­
circulares el papel de la endolinfa era el de excitar las term inaciones
nerviosas del sentido del equilibrio, en este caso su función es la de
excitar las term inaciones relacionadas con la sensación auditiva. Las
cám aras superior e inferior contienen tam bién un líquido, que se
llama aquí perilinfa, que es igual al líquido endolinfático, y que sólo
se diferencia de éiste por encontrarse en distinto lugar del tubo co­
clear. La com unicación entre la cám ara superior y la inferior y sus
líquidos correspondientes se efectúa m ediante una pequeña hendidura,
el helicotrem a, en el vértice del caracol. Hemos visto anteriormente
cóm o la ventana oval se cierra m ediante una membrana ajustada a
la base del estribo. Esta ventana se abre a la cám ara coclear superior.
D ebajo de ella está la ventana redonda, cubierta tam bién con una
m em brana floja y que es la vía de acceso a la cám ara inferior. En
el interior de la cám ara m edia, form ada por la m embrana basilar, la
m em brana de R e is s n e r y la pared interna de la cóclea, se halla el
órgano de Cohti, la parte más im portante del oído. Descansa sobre
la m em brana basilar, com o vemos en. el dibujo, y consta de un grupo
de células, con pequeños filamentos nerviosos. Son los receptores de
los estímulos auditivos. Estos filamentos se hallan recubiertos por
la m em brana tectorial y contienen las dendritas de las fibras nervio­
sas que van por un túnel en la lám ina espiral, avanzan luego a través
del eje del caracol y, finalm ente, se unen para form ar la rama coclear
del nervio a u ditivo2.

3. ESTIMULACION.—-Las ondas sonoras, penetrando a través del


con du cto auditivo externo ch ocan con la m em brana tim pánica y se
transm iten por m edio de la cadena de huesecillos del oído medio.
Cada vibración em puja la porción plana del estribo hacia dentro,
aum entando así la presión del líquido dentro de la cóclea. Una vez
que el flúldo de la cám ara superior se desplaza, sus m ovimientos son
transm itidos al fluido de la cám ara inferior, ya sea a través del h eli­
cotrem a o por presión hacia aba jo sobre el líquido de la cámara
interm edia, ya que tanto la m em brana basilar com o la de R e is n n e r
son fácilm ente presionables. La com unicación a través del helico­
trema sólo se produce cuando las vibraciones del cuerpo sonoro son
muy lentas. Para los sonidos corrientes de frecuencia relativamente
alta, los m ovim ientos de la perilinfa de la cám ara superior se trans-

1 G ra y, H.: Anatomy of the Human Body. Phila, Lea and Febiger, 22 edi­
ción, revisada por W. H. L e w is , 1930, pp. 1022-52.
Estimulación auditiva 167

miten a la cám ara iníerior a través del líquido de la cám ara media,
para com pletar los datos anteriores diremos que al hundirse hacia
dentro la m em brana de la ventana oval, se produce un abultam iento
hacia fuera de la m em brana de la ventana redonda. Esto es sim ple­
mente debido a una ley de la presión: si hundim os la superficie de
un balón de goma en un punto, se producirá un abultam iento en otra
zona de él.
Lo más im portante en toda esta explicación es la oscilación hacia
delante y hacia atrás de la m em brana basilar al ponerse en m ovi­
m iento el líquido de la cám ara intermedia, puesto que el órgano de
C o r t i es estim ulado de este m odo precisamente. Para llegar al área
de la estim ulación vemos que el cam ino no es tan directo com o en

Fig . 12.—Corte transversal del caracol.

el caso del olfato. Las vibraciones de la membrana basilar producidas


por la presión alternante de la endolinfa estimulan el órgano de
C o r t i . Las células receptoras son em pujadas prim ero en una direc­
ción, luego en otra, por la m em brana tectorial que las cubre. De este
modo, la corriente nerviosa se descarga en las fibras que conectan
las células receptoras con la ram a coclear del nervio auditivo. Y a en
esta via, los impulsos nerviosos llegan hasta la corteza cerebral, d on ­
de son transform ados en sensaciones 3.

3 M obgan, C. T., y Stellar, e ,: Physiological Psychology. N. Y. McGraw


HUI, 2.“ edición, 1950, pp. 200-08.
168 Audición

4. SENSACIONES AUDITIVAS— Las sensaciones auditivas pue­


den agruparse en dos tipos: sonidos musicales (sonidos propiam ente
dichos) y ruidos (sonidos no musicales).

I. S o n id o s m u s i c a l e s . — En prim er lugar, cada sonido posee un


tono, que depende de la frecuencia en que son emitidas las vibracio­
nes por el cuerpo sonoro. Las frecuencias audibles por el oído humano
abarcan desde 20 hasta 20.000 vibraciones por segundo. La mayoría
de la m úsica que escucham os, sin embargo, suele hallarse entre los
tonos com prendidos en las cuerdas del p ia n o: 32 vibraciones por se­
gundo para la nota más baja y 4.096 para la más alta. Aun para estos
estrechos límites, hay personas que no aprecian los tonos extremos.
En segundo lugar, vem os otra característica del sonido, la inten­
sidad, que depende de la am plitud de la onda emitida por el cuerpo
sonoro. Los cam bios de intensidad son fáciles de apreciar. Cuando la
cuerda de un violín se mueve con fuerza, vemos que la linea de defle­
xión es m ucho m ayor que cuando la tocam os con suavidad. El efecto
sobre nuestros oídos es un im pacto más poderoso de las ondas sono­
ras y la percepción de un m ayor volumen. Pero, sin embargo, si la
energía con que golpeam os las cuerdas de un piano se mantiene cons­
tante, los tonos no suenan igualm ente altos.
En tercer lugar, vemos que cada sonido tiene un tim bre propio.
Por eso es posible distinguir los sonidos que tienen el mismo tono. Por
ejem plo, el piano, el violín, la flauta, la trom peta y la voz humana,
pueden estar dando la m ism a nota, pero cada uno suena de un modo
distinto cualitativam ente. Para explicar este fenóm eno, volvam os a
la figura del texto. El Do más b a jo del piano vibra 32 veces por segun­
do. Si utilizam os ciertos m étodos de laboratorio, podemos variar los
m ovim ientos de la cuerda, dividiéndola en dos partes, de m odo que
cada una vibre el doble, en cuyo caso cada m itad sonará a 64 fre­
cuencias por segundo, o doblará el núm ero de la nota original. Esto
mismo puede hacerse con terceras, cuartas o quintas partes de
cuerda, hasta donde deseemos llegar, pero baste con decir que todos
los cuerpos que vibran efectúan estas divisiones por sí mismos, por
la ley natural de la armonía.
Volviendo ahora al ejem plo anterior, cuando se hace sonar el Do,
éste produce no una nota, sino varias, form adas d e : a) sonido fu n ­
dam ental de 32 vibraciones por segundo, que corresponde a las
vibraciones de la cuerda en total, y b) sonidos arm ónicos, que son la
respuesta a la vibración de la cuerda por partes. El timbre se debe
principalm ente a ellas. Toda clase de variantes en los sonidos arm ó­
nicos pueden ser producidos por el tipo de material, la edad y la es­
tructura del cuerpo que produce el sonido, el modo de usarlo, etc.
Otro punto de interés que puede extraerse de la figura, es la explica­
ción de las octavas. ¿Por qué producen la misma impresión sonora en
nuestra conciencia? Sim plem ente debido al hech o de que los sonidos
arm ónicos son idénticos.
Cuando dos tonos musicales se oyen juntos, pueden producirnos
la sensación de una experiencia única y agradable, o bien la de una
Sensaciones auditivas 169

mezcla de sensaciones, áspera y desigual. El prim er efecto es de


consonancia y el segundo de disonancia. La m ayor autoridad de los
tiempos m odernos en m ateria de audición lúe H e r m a n n Ludwig vo n
H e l m h o l t z 4. A él le debem os casi todo lo que se sabe sobre los sonidos
arm ónicos. Lo mismo que en el caso de las octavas, en el problem a

n atu ra!
F i g , 1 3 . —Producción
de los tonos par­
ciales y su correspondencia con las
octavas superiores,

de los sonidos arm oniosos y discordantes, el secreto de sus cualidades


peculiares yace en los sonidos arm ónicos, o, com o H e l m h o t z los llama,
supertonos parciales.
Vemos que cuando hay identificación de estos supertonos obtene­
mos una sensación de consonancia. En cam bio, cuando no se unen,
se produce la disonancia. Este fenóm eno sugirió a H e l m h o l t z la expli­
cación de la experiencia del latido. Esta es una sensación de pulsa­
ción de los sonidos que escucham os. Se percibe más fácilm ente cuan­
do un organista toca dos notas juntas entre las que sólo existe una
leve diferencia. Si sus sonidos arm ónicos se fusionan, hay un aum en­
t o ‘del volum en del sonido; pero si las notas van unas contra otras,
la fuerza total del estím ulo se apaga. Cuando las pulsaciones son muy
frecuentes producen el m ism o efecto desagradable sobre la con cien ­
cia que cualquier estím ulo discontinuo e irregular.
Nuestras sensaciones disonantes, sin embargo, n o dependen sola­
mente del desacuerdo de los sonidos, A veces no estamos seguros si

1 H elm h oltz , H . L, von: On the Sensations of Tone. Trad, por A. J. E l l i s .


N. Y. Longmans, Green, 4.Jl edición, 1912. cc. 1 y 10-13.
Como el traductor señala, el término de H elmohltz, Obertóne, es una
concentración de Oberpartialtone, que en inglés se traduce más correcta­
mente por sonidos armónicos parciales, que por sobretonos. Ver también:
W eber , E. G.: Op. cit., pp. 577-88.
170 Audición

una pieza m usical es consonante o disonante. Desde el punto de vista


psicológico, el estudio está muy relacionado con la apreciación de
tonos y sus com binaciones. Lo que al oír por prim era vez nos lia
parecido desagradable, puede, con el tiempo, llegar a sernos agrada­
bles. Si fuésem os a juzgar por lo sucedido en el pasado, muchas de
las cosas que actualm ente consideram os com o disonancias se esti­
m arán com o bellas probablem ente en el futuro. Con esto vemos que
el problem a es, al menos en parte, producto de una ecuación per­
sonal b.

5. TEORIAS SOBRE LA AUDICION.— Aunque la ciencia lleva in­


vestigando cerca de un siglo los problem as de la audición, no nos
h a logrado dar aún una explicación com pleta del m odo com o anali­
zam os los sonidos. Lo sorprendente es la gran cantidad y variedad de
tonos que podem os oír, por ejem plo, en una sinfonía. Aquí el oído no
sólo distingue un sonido de otros, y m uchos de ellos al mismo tiempo,
sino que es tam bién capaz de distinguir los sonidos arm ónicos y
reconocer con exactitud el instrum ento que produce cada sonido de­
term inado. ¿Cómo se efectúa esto? La respuesta sigue siendo un enig­
ma aun para un genio com o el de H e l m h o l t z . Sin embargo, su explica­
ción tal vez sea la m ejor que se haya dado hasta el m om ento actual.
I. T e o r í a d e la , r e s o n a n c i a .— Según H e l m h o l t z , el poder analítico
del oído se basa en el principio de la vibración sim pática. Asi, si se
canta el Do natural en un piano abierto, la cuerda que tiene la misma
frecuencia A se pone en m ovim iento, y además las cuerdas que c o ­
rresponden a los sonidos arm ónicos más prom inentes tam bién vibra­
rán. H e l m h o l t z propuso la idea de que el oído interno actúa del mismo
m odo cuando las ondas sonoras pasan a través del caracol. Buscando
un resonador que produjese estos efectos, naturalm ente, se fijó en la
m em brana basilar, puesto que sobre ella se halla el órgano de C o r t i .
Consta éste de unas 24.000 fibras y su estructura es parecida a las
cuerdas de un piano. Para que el parecido sea aún mayor, encontra­
m os tam bién diferencias en la longitud, la tensión y la masa de las
fibras, lo m ismo que en las cuerdas de un piano. Observando cuidado­
samente, apreciam os:
1.° Que unas fibras son tres veces más largas que otras.
2.<’ Que los cam bios en la tensión son suministrados por el liga­
m ento espiral que une la m embrana basilar a la pared interna del
ca racol; y
3.° Que el aum ento de la masa está relacionado con el aumento
en la carga que las fibras deben soportar a m edida que el nivel de
la vibración se aleja de la ventana oval, su punto de entrada en el
c a r a c o ls.
Se le ha objetado a esta teoría que n o existen fibras que tengan
menos de una quinta parte de la pulgada de largo, y que la proxim i­

15 M oore, H. T .: The Genetic Aspect of Consonance and Disonance. Psy­


chological Monographs. 1914, 17, 68 p.
‘ H e lm h o ltz . H . L. v o n : Op. c it., c. 6.
Teorías sobre la audición 171

dad que existe entre unas y otras va en contra de la suposición de


que actúen com o resonadores individuales. Estas dificultades son más
imaginarias que reales. Es difícil para nosotros im aginarnos un p ia­
no del tam año de la uña del pulgar o más pequeño aún, com o debe ser
la membrana basilar. Pero ¿por qué no? No se trata de dimensiones,
sino de proporciones, y si está bien construido, un resonador pequeño
puede ser tan perfecto com o uno grande. Además, ciertos hechos,
com o la fatiga tonal y la sordera tonal, se explican m ejor con la teo­
ría de H e l m h o l t z , Así, la desaparición de la capacidad de responder a
un sonido dado se podría explicar por la fatiga o la pérdida de ener­
gía de las fibras que responden al sonido de un m odo sim pático. La
incapacidad para oír ciertos tonos podría explicarse por la ausencia
de sus fibras correspondientes, o por la presencia de las llam adas islas
tonales de la m em brana basilar. En fin, la razón por la que separamos
unos sonidos de otros se debe a que tenem os un receptor especial para
registrar cada uno de ellos por separado. Este receptor, en su form a
más simple, es una fibra de la m embrana basilar con su con ju n to de
vellosidades que sobresalen del órgano de C o r t i . Este receptor es
puesto en m ovim iento sim páticam ente por una onda de la endolinfa
que corresponde a su frecuencia natural de vibración. Hay una dis­
posición graduada de estos receptores en el interior del caracol.
II. T e o r ía t e l e f ó n i c a .— Otra explicación de nuestro poder de dis­
crim inación auditiva es la teoría telefónica de W i l l i a m R u t h e r f o r d .
Sugiere éste la idea de que la m em brana basilar vibra com o un todo,
más que por partes. En este caso el caracol se considera simplemente
com o un instrum ento que transm ite mensajes al cerebro. No separa
los sonidos que oím os en la orquesta en sus diferentes tonos, sino que
los transm ite de un m odo integro hasta llegar a la corteza cerebral,
en donde se efectúa el análisis de los com ponentes del m ensaje auditi­
vo. En este caso las corrientes nerviosas originadas en el órgano de
C o r t i son fielm ente reproducidas en la conciencia, en donde son an a­
lizadas. Para la frecuencia e intensidad de las ondas sonoras hay un
equivalente exacto en la frecuencia e intensidad de las corrientes
nerviosas en los centros auditivos cerebrales. Esta teoría no carece
de interés 7„ pero se ha abandonado al saberse que la velocidad de los
impulsores nerviosos no es lo suficientemente rápida para explicar las
altas frecuencias de sonido que oímos.
III. T e o r ía d e l a d e s c a r g a .— Para intentar explicar la última difi­
cultad m encionada, h a surgido la teoría de la descarga, de E r n e s t
W e b e r y C h a r l e s B r a y . Fueron ideados unos experimentos muy in ge­
niosos para probar que las fibras nerviosas del órgano de C o r t i pue­
den ser excitadas de un m odo alterno. P or medio de la acción com ún
de varias fibras, una descarga de corrientes puede surgir y dirigirse
al cerebro. Igual que un tam bor que utiliza dos palos es capaz de
tocar un redoble con velocidad dos veces mayor que la que obten ­

7 R u th e r fo r d , W.: Tone Sensation. British Medical Journal, 1898, 2, pá­


ginas 353-58.
172 Audición

dría con uno solo de los palos. Pero esta teoría tam bién acepta la
idea de una distribución de las frecuencias a lo largo de la membrana,
basilar, y así conserva lo que considera m ejor, tanto la teoría de
H e l m h o l t z com o de la de R u t h e r f o r d

IV. T e o r ía d e l a c o n f i g u r a c ió n - t o n a l .—Las teorías anteriores han


intentado explicar el fenóm eno de la audición, pero no de probar sus-
aflrmaciones. Antes de term inar este capítulo, hablaremos de los
descubrim ientos de J u l i u s E w a l d , que trabajó con un m odelo de
caucho de la m em brana basilar. D edujo de sus experimentos que el
estím ulo sonoro produce ondas estacionarias idénticam ente espacia­
das entre sí en la m embrana basilar y que el núm ero de dichas ondas
varía con los diferentes sonidos. En fotografías tomadas del modelo
en m ovim iento se veían las ondas com o oscuros trazos transversales
de tam año m icroscópico con intervalos ñjos entre cada sonido. Esto
llevó a E w a l d a creer que la m em brana basilar vibra en conjunto ante
cualquier sonido, pero con distinta configuración para cada nota o
serie de notas. E l principal problem a de esta teoría reside en quer
para ser cierta, el m odelo y la m em brana basilar deberían tener fibras
de, proporcionalm ente, la misma longitud, tensión y masa, y que
deberían trabajar de m odo idéntico, cosa de la que el mismo E w a l d
no estaba totalm ente seguro. La teoría de la configuración del sonido
es com pletam ente opuesta a la idea de H e u h h o l t z de que la audición
se basa principalm ente en la resonancia de los elementos del oído
interno 9.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITOLO XII

K ah n , F .: Man in Structure & Function. Trad, por G. R o s e n . New York,.


Knopf, 1943, Vol. II, Cap. 45.
N e w m a n n , E. B.: «Hearing», Foundations of Psychology, Edit, por Boring,
Langfeld & Weld, New York, Wiley, 1948, Cap. 14.
T rolan d , L. T . : The principles of Psychophysiology, New York, Van Nostrand,.
1930, Vol. II, Cap, 15.
W oodworth, R. S. y Marquis, D. G.: Psychology. New York, Holt, 5.1 cd..
1949, pâgs. 476-95.

5 W eber , E. G., y B r a t , C. W .: Present Posibüities for Auditory Theory-


Phichological Review. 1930-37, pp. 365-80.
9 E w a l d , J. R.: Zur Physiologie des Labyrinths VI Pflug. Arch, für die
gesamte Physiologie. 1899, 76, pp. 147-88.
CAPITULO XIII

LA VISION

1. ESTIMULO.— La luz es una form a de energía electrom agnética,


proviene de los astros y otros cuerpos luminosos, y su velocidad de
propagación es de 187.000 millas (300.000 kilómetros) por segundo. La
velocidad de todas las form as de energia electrom agnética: calor, luz,
electricidad, rayos X , rayos ultravioleta y rayos cósm icos, es la m is­
ma prácticam ente. Se diferencian unas de otras por su longitud de
onda. Ciertas longitudes de onda son capaces de atravesar la opaci­
dad natural de la retina y de producir corrientes nerviosas. Cuando
esto sucede, vemos. Para darnos una idea de la longitud de las ondas
luminosas, si la distancia entre los extrem os de la onda es de 760
milimicras, vemos el color rojo. Si es alrededor de 390 milimicras,
tenemos la sensación del violeta. Entre estos dos limites están todos
los demás colores perceptibles por el o jo hum ano. Cuando los vemos
juntos en el arco iris, nos produce una im presión de belleza de las
mayores que existen en la naturaleza. Volviendo a nuestras medidas,
observamos que las ondas rojas poseen aproxim adam ente el doble de
longitud que las violetas. Esto nos sugiere una com paración de los
colores del espectro con la octava, que se caracteriza tam bién por
el efecto de doblar. Esta com paración es beneficiosa, siempre que
recordemos que en un caso nos referim os a longitudes de ondas lum i­
nosas, y en el otro a ondas sonoras. En realidad es difícil imaginarse
algo tan pequeño com o una onda luminosa, pero quizás nos podam os
dar una ligera idea de su pequenez cuando sepamos que la longitud
del rojo más largo no es más que un m ilésim o del diám etro del punto
de esta letra i 1.

2. ESTRUCTURA DEL OJO— El o jo hum ano es un globo que tiene


un diám etro de una pulgada (2,5 cm.), con una proyección en la región
anterior que tiene el aspecto de un segm ento de globo más pequeño
colocado dentro del mayor. P or el dibu jo del testo, vem os que el o jo
tiene tres cubiertas o túnicas: la cubierta externa es la esclerótica,
que en su región anterior se m odifica para form ar la capa córnea,
que es transparente. La cubierta interm edia es la coroides, que se
caracteriza por su riqueza en vasos sanguíneos, y cuya función p rin ­

1 F cller, R. W.; B rownlee, R. B., y B aker, D. L.: Elementa of Physics.


N. Y. Allyn and Baeon, 1946, c. 24.
P urdtí, D. M .: Vision. Introduction to Psychology. Edit. por Boring, Lang-
íeld, Weld. N. Y. Wiley, 1939, pp. 531-33.
174 Visión

cipal se relaciona con el m etabolism o del globo ocular. Se adhiere a la


túnica externa en toda su extensión, excepto en la región anterior. Aquí
se refleja para form ar el iris, que tiene en el centro una abertura
llam ada pupila. Iris, recordém oslo, era la diosa del arco iris, y su
nom bre lo utilizam os para designar la parte coloreada del ojo. Posee

o +

unas pequeñas Abras musculares que regulan el tam año en la pupila,


los procesos ciliares. La cubierta interna es la retina. Consta de diez
capas, y la segunda de ellas, contando en la dirección en que penetra
la luz, posee un con ju n to de órganos llam ados bastones y conos, que
son los verdaderos receptores de los estímulos luminosos.
En la región central de la retina el tejido se adelgaza de manera
que hay una exposición más directa de los órganos visuales a la acción
de la luz. Esta zona se conoce con el nom bre de m ancha amarilla. Su
parte contrapuesta es el -punto ciego, donde las fibras del nervio ópti­
co se reúnen para abandonar la retina. Los conos y bastoncillos for­
m an un delicado m osaico en el que estos receptores se hallan orde­
nados con gran regularidad. Los conos, sin em bargo, están más
desarrollados y tienen un aspecto más robusto que los bastones, ya
que sus propiedades son superiores. En la m ancha amarilla no se
encuentran bastones, pero al irse alejando de ella com ienzan a su­
perarse en núm ero a los conos, hasta que estos últim os desaparecen.
Detrás de la pupila hay un cuerpo denso y elástico llam ado crista­
lino, que actúa com o una lente. Esta no es, sin embargo, la única que
existe en el sistema óptico. En realidad, tiene m enos que ver con la
Estímulos ópticos 175

refracción de la luz que la córnea, pero tiene el poder de ajustarse


o acom odarse más que ésta. Es convexa por ambas caras y separa
el interior del o jo en dos cám aras, la anterior, que lim ita con la
córnea y que contiene el hum or acuoso, y la posterior, que se extien­
de hasta la retina y contiene el hum or vitreo. Lo mismo que el agua y
el vidrio, de los que vienen sus nombres, ambos humores son m edios
de refracción. El efecto de la luz pasando a través de la córnea, el
cristalino y am bos humores, es llevar la imagen del objeto a la p an ­
talla retiniana. Esta im agen queda, por supuesto, invertida, pero com o
estamos acostum brados a esto desde siempre, la corteza cerebral se
encarga de interpretarla en su posición norm al 2.

3. ESTIMULACION.— El trabajo del o jo puede considerarse com o


una serie de m ovim ientos de adaptación hechos para responder al
im pacto de las ondas luminosas. Prim eram ente, vem os que el globo
ocular se aloja en su cavidad, la órbita, de tal m odo que puede ser
girado en diversas direcciones, aun sin m over para nada la cabeza.
Esto se lleva a cabo por m edio de seis fuertes músculos unidos a su
circunferencia.
En segundo lugar, el iris puede contraerse o relajarse haciendo asi
que varíe la cantidad de luz que entra en el o jo al variar el tam año
de la pupila. En algunos casos, el tam año de la pupila disminuye para
proteger al o jo del exceso de luz, o porque miramos un objeto cercano
que no necesita dem asiada luz. En caso contrario, la pupila aumenta
otra vez a su diám etro.
En tercer lugar, el cristalino posee la propiedad de variar su grosor,
de acuerdo con la distancia del objeto. Esto es la acom odación. Asi,
si m iram os algún objeto muy cercano, a unos seis m etros de distan­
cia, por ejem plo, el cristalino engrosa su parte anterior, pero si diri­
gimos nuestra vista a un objeto más lejano, el cristalino relaja su
tensión.
En cuarto lugar, y esto es lo más im portante de todo, la retina pue­
de adaptarse a la clase y cantidad de luz que cae sobre ella, y esta
adaptación persiste durante un lapso de tiempo. La naturaleza actúa
de un m odo protector, puesto que las fluctuaciones luminosas pueden
dañar la vista si la retina no se prepara adecuadam ente para ellas. La
luz sobre la retina es el estím ulo que produce la visión. Los conos y
los bastones son células nerviosas, y cuando las longitudes de ondas
luminosas los afectan generan corrientes que se dirigen, por m edio
de una serie de células interm ediarias, a las neuronas del nervio óp ti-
tico. Las fibras que provienen de estos conos y bastones se reúnen en
el punto ciego, donde form an el com ienzo de la via óptica. Una vez
que un estímulo ingresa en esta vía, nada le im pide llegar al centro
visual en el cerebro 3.

2 G r a y , H .: Anatomy of the Human Body. Lea and Feblger, Philadelphia,


22 edición, revisada, 1930, pp. 994-1013.
3 B urton O p i t z , A.: A Text-book of Physiology. Phila. Saunders, 1921,
c. 68-72.
176 Visión

4. LAS MARAVILLAS DE LA VISION.— Cuando intentam os esta­


blecer una jerarquía de im portancia en nuestras sensaciones, las
visuales generalm ente son las que ocupan el prim er lugar. Esto es
cierto no sólo a causa de su gran número, sino tam bién porque tienen
un signiñcado especial para la vida m ental superior. Consideramos
que la ceguera es una pérdida m ucho mayor que la sordera. Existe
un elem ento psicológico especial en relación con nuestras sensacio­
nes de luz y color. Es casi com o si fuesen capaces de com partir nues­
tro pensam iento. Cuando com prendem os algo solem os decir ya veo,
y la visión interior es un m odo de describir nuestra capacidad intui­
tiva. Además de esto, tenem os por costum bre transferir cualidades
visuales a nuestros sentim ientos; por ejem plo, cuando decimos que
son azules, o cuando hablam os de sentim ientos oscuros, o a otras
sensaciones (dolor claro u oscuro, color tonal, etc.).
El poder visual es, pues, distinto de los otros, y su riqueza de infor­
m ación para el intelecto supera grandem ente a la de los demás senti­
dos. Las sensaciones producidas por la luz, en sus múltiples formas,
son lo que podría llamarse un grado últim o del conocim iento senso­
rial. En esto quiero decir que no es posible describir este dato más
que por sí mismo. Podem os utilizar las categorías de la experiencia
visual para describir otras sensaciones, tal com o he señalado ante­
riorm ente, pero ¿qué térm inos utilizaríamos para expresar nuestras
reacciones conscientes al color? Esto es una simple indicación, ya que
a m edida que ascendem os en la conciencia, surgen problem as cada
vez más difíciles de solucionar. Volviendo a nuestro tema, las sensa­
ciones luminosas son de dos clases: las crom áticas, relacionadas con
el color, y las acrom áticas, cuyas ondas luminosas no son verdaderos
colores, aunque corrientem ente se las considere com o tales.

5. SENSACIONES VISUALES CROMATICAS.— Nuestras sensacio­


nes de color aparecen en la con ciencia com o una serie cualitativa,
que empieza en el rojo, pasa por el naranja y el amarillo hasta llegar
al verde y continúa en el azul y el violeta. Esta experiencia cromática
tiene características propias. En el caso de los sonidos, hablábamos
de tono, volum en y tim bre; al hablar de colores nos referim os a su
tinte o matiz, a su saturación y a su brillo o luminosidad A.
I. M atiz .— El tinte o matiz de un color está determ inado por su
longitud de onda. Si n o se halla m ezclado con otras ondas luminosas
en el m om ento en que cae sobre el ojo, tenemos una sensación de
color puro, ya sea éste rojo, verde, violeta, etc. Pero si dos o más lon­
gitudes de onda se hallan com binadas, la sensación que se produce
depende de la proporción en que se halle cada una. He aquí la dife-

* D im m ick, F, L.: Color, Foundations of Psychology. Edit, por Boring,


Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1948, c. 12,
T ro la n d , L. T.: The Principles of Psychophysiology. N. Y. Van Nostrand,
1930, vol. II, pp. 351-56.
W oodw oeth , R. S., y M arqtjis , D . G.: Psychology. N. Y. Holt, 5.a edici6n,
1949, pp. 444-51.
SeTisaciones cromáticas 177

reacia entre la vista y el oído. Así, cuando el Do y el Mi se tocan en el


piano al mismo tiem po, el oído no las oye com o un tono interm edio
entre ambas, sino separadam ente. Pero cuando el rojo y el am arillo
estimulan al o jo al m ismo tiempo, éste n o los ve com o rojo y amarillo
separadamente, sino com o naranja, que es un color interm edio. Así, si
consideramos al oído com o un órgano de análisis, debemos considerar
al o jo com o a un órgano de síntesis. Uno separa los estímulos que se
presentan unidos, y el otro los com bina para form ar algo nuevo.
Las leyes de las com binaciones de colores establecen lo que sucede
cuando varias clases de luz estimulan la vista. Así, para cada longitud
de onda hay otra que, m ezclada con ella, produce una sensación
incolora. Esta es la prim era ley, y el fenóm eno recibe el nombre de
com plem entación. Cuando las proporciones no se neutralizan entre
sí entonces se produce una sensación de matiz interm edio. Esta es
la segunda ley. La tercera y última, establece que cuando los colores
que se parecen se m ezclan, se obtienen resultados parecidos. Por
ejemplo, si el am arillo y el azul al mezclarse dan blanco, y lo mismo
el rojo y el verde, entonces al m ezclar los cuatro colores tam bién se
producirá una sensación de blanco.
II. S a t u r a c i ó n .— Quizá el m ejor m odo de explicar lo que se en ­
tiende por saturación es decir que un color es tanto más saturado
cuanto m enos cantidad de luz blanca esté mezclada con él. Es el color
puro, libre de toda clase de luz que pueda cam biar su aspecto. Como
generalmente vemos los colores b a jo una u otra clase de ilum inación,
nos es difícil darnos cuenta de su grado de saturación. U nicamente
podemos estar seguros de esto si los miramos uno por uno al espec­
troscopio. Entonces podem os ver el color que sea: rojo, verde, am arillo,
en su propia luz.
m . B r i l l o .— El brillo o lum inosidad del color es su proxim idad
natural con el blanco. Desde este punto de vista, el am arillo es más
brillante que el azul. Está relacionado con la longitud de onda ob jeti­
vamente y con la sensibilidad de la retina subjetivam ente. Como
algunas personas tienen una retina más sensible que otras, el matiz
exacto de am arillo que parezca más brillante puede variar. Lo que
llamamos «ecuación personal» en nuestra conducta, se origina a partir
de las diferencias de respuesta que se producen en el cam po visual
con el m ismo estímulo. Es tam bién interesante observar las diferen ­
cias del m ayor brillo, entre el amarillo y el verde, al dism inuir la luz.
Si estoy en mi biblioteca al llegar el crepúsculo, los libros con cubier­
tas de color am arillo se volverán grises antes que los de cubiertas
verdes. Esto sugiere la idea de que si el brillo se puede m edir en un
sentido p or su proxim idad con el blanco, tam bién se lo puede reco­
nocer en sentido opuesto según su alejam iento del gris o del negro.
El brillo se debe, por supuesto, a la energía de las ondas luminosas
que actúan sobre el ojo. Pero esto no es todo, ya que vimos que la
misma cantidad de energía producía diferentes grados de lum inosidad
según las distintas personas, ya que la ecuación personal tam bién
juega su papel.
BRENNAM, 12
178 Visión

6. SENSACIONES ACROMATICAS. —- Cuando nuestra experiencia


lum inosa está desprovista de matiz, la llam am os acrom ática. Las sen­
saciones de esta clase, com o las de color, se pueden colocar en una serie
continua que empieza en el blanco, pasa a través de varios matices
de gris y term ina en negro. En un extremo tenemos la ausencia de
color (puesto que la luz blanca es una com binación de todos los
colores, por lo que no se la puede designar por ninguno), y en el otro,
la ausencia de luz. El gris pertenece a la zona intermedia. Puede
considerarse desde dos puntos de vista, ya com o una m ezcla de blanco

blanco

negro
Fie. 15.—El cono de color. (Cortesía de D. Van
Nostrand, Company Inc.)

y negro, o más bien com o la aproxim ación del blanco al negro. El


único rasgo que caracteriza a estas sensaciones acrom áticas es el del
brillo. Depende objetivam ente de la cantidad de energía luminosa que
cae sobre la retina, pero, com o es un aspecto de la conciencia, puede
variar subjetivam ente,, com o hem os dicho ya. La visión acrom ática
es una anom alía de la retina que hace que los colores sean incoloros,
es decir, en tonos de gris. Puede ser heredada o adquirida.
La figura del texto nos muestra los atributos que hem os dado a
nuestras sensaciones visuales. Consta de dos conos que poseen una
base com ún. Un vértice es blanco y el otro negro. Los colores colocados
en el perím etro son los cuatro colores fundam entales. Una línea que
fuese desde cualquier punto del perím etro hacia el vértice del blanco
representaría el brillo de la serie crom ática. La línea que va de vértice
Respuesta visual 179

a vértice a través del centro de la figura representa el brillo de la


serie acrom ática. Finalm ente, la línea que va del centro de la base
hacia el perím etro indica la saturación del color. Llega al perím etro
sólo cuando el color es absolutam ente puro.

7. PECULIARIDADES DE LA RESPUESTA VISUAL.— Existen al­


gunos hechos de la experiencia visual que deben ser considerados
antes de discutir las teorías sobre la visión.

I. A d a p t a c i ó n a l a l u z y a l a o s c u r id a d .— Si pasamos de la luz del


dia a una habitación poco ilum inada experimentamos una descon­
certante sensación de ceguera. Después de unos minutos, sin em bargo,
la retina se acom oda a la luz, lo que significa que se hace progresi­
vamente sensible a los estímulos lum inosos débiles. La acom odación
com pleta tarda m edia hora en efectuarse. Podem os ahora ir, desde los
objetos más débilm ente ilum inados, aum entando la intensidad de la
luz hasta llegar a la brillante luz del mediodía. Pero si en vez de irlo
haciendo gradualmente, pasam os de un m odo brusco de la oscuridad
a la luz, notarem os el mism o efecto cegador que en el proceso inverso.
En éste, sin embargo, el tiem po de acom odación es más breve, basta
con unos momentos.
Otro hecho que nos es fam iliar es la incapacidad de la retina
adaptada a la oscuridad para percibir el color. A la luz de la luna las
cosas son más claras o más oscuras, pero nunca rojas, verdes o de
algún otro color. En relación con esto podem os tam bién m encionar
el hecho de que la parte central de la retina pierde gran parte de su
sensibilidad durante la noche, de m odo, que si el objeto que m iram os
es p oco lum inoso, com o una estrella lejana, lo vem os m ejor con el
rabillo del ojo.
II. L a i m a g e n c o n s e c u t i v a .— Lo que estoy viendo ahora puede h a ­
llarse condicionado por lo que haya m irado un m om ento antes. Este
es el significado de la im agen consecutiva, que es la sensación que
sigue com o un efecto residual de la sensación previa. Si la experiencia
actual invierte las cualidades de la precedente, la Imagen consecutiva
es negativa, tal com o el negro es blanco y el blanco es negro en la
placa del film . En cam bio, si las cualidades son las mismas, la im agen
es positiva 5.
El tiem po durante el cual esta im agen sigue actuando no depende
tanto de la duración del estím ulo com o de su intensidad. Así, podem os
mirar fijam en te y por largo tiem po la llama de una vela sin que se
produzca ningún efecto posterior de im portancia, pero una sim ple
mirada que dem os al sol puede producirnos efectos que nos dúren
horas. En este últim o caso la im agen no sólo persiste, sino que puede
aparecer en la con cien cia com o una sucesión de colores: em pezando

5 En el texto he mencionado solamente un modo de distinguir las imá­


genes positivas de las negativas. Para conocer otros, ver: Warhen, H. C.„
editor: Dictionary of Psychology. Boston, Houghton-Mifflin, 1934, después-
de donde dice: la «ante-imagen».
180 Visión

por el verde azulado brillante hasta hacerse azul del todo, volviendo
luego al n aran ja y al am arillo verdoso, y así sucesivamente.
Es extraordinario pensar cuántas cosas de las que estamos muy
acostum brados pueden explicarse com o imágenes consecutivas. La
cola de una cerilla que se hace girar en la oscuridad, o la línea lumi­
nosa que vem os en el cielo al pasar un meteoro, por ejem plo. El caso
m ás claro de todos es quizás la im agen en m ovim iento que aparece
en el cine cuando obtenem os la im presión de una sensación ininte­
rrum pida no porque veam os la partícula com o si estuviese en m ovi­
m iento, sino porque la sensación de una fotografía no ha desaparecido
aún cuando surge la siguiente.
III. C o n t r a s t e c r o m á t i c o .—Otro efecto bastante conocido de la
estim ulación de la retina es el contraste crom ático. Aparece cuando
dos colores son vistos ju n tos o en sucesión muy rápida. En el primer
caso, los dos colores que tienen que compararse se hallan colocados
en el m ism o plano. Los bordes tom an entonces un color intermedio, o
si son opuestos, tienden a com plem entarse. Un ejem plo es el cambio
de matiz que se produce en los polvos cuando éstos se extienden sobre
la piel. En el segundo caso, la im agen consecutiva de un color es
superpuesta en parte al fon do del otro. Así, si una persona perm anece
en una habitación roja brillante el tiem po suficiente para acomodarse
a la luz y luego pasa a otra am arilla brillante, ve las paredes no de
este color, sino color naranja. De hecho, el efecto es el mismo que si el
ro jo y el am arillo se hiciesen girar juntos en una rueda hasta que se
viese el color n a r a n ja 6.
IV. C e g u e r a c r o m á t i c a .— SI les asignamos la tarea de colocar ju n ­
tos, trocitos de telas de diferentes colores, hallam os que ciertos indi­
viduos colocan los grises al lado de los verdes, por lo que se supone
que no tienen noción del verde com o tal. Si continuam os la prueba, se
pueden revelar toda clase de alteraciones. Es corriente distinguir tres
clases de anom alías oculares en las que hallam os dificultad en la
iden tificación de colores. La prim era, que se encuentra en un cuatro
por ciento de los varones, es la ceguera al rojo y al verde. El que
padece este defecto n o percibe ni el color ro jo ni el verde, aunque si
es capaz de distinguir los am arillos, los azules y los tonos grises. El
segundo defecto es muy p oco corriente. Es la ceguera al amarillo y al
azul y para el que lo padezca sólo son apreciables los rojos, los verdes
y los grises. Finalm ente, en la ceguera crom ática total no existe n in ­
guna sensación de color, sólo blancos, grises y negros, tal com o en una
fotog rafía corriente
El h ech o de que una persona padezca ceguera crom ática no le
im pide saber dar los nom bres adecuados a los colores. De esta for­
m a puede aprender a asociar un tipo particular de sensación visual
con el color que no puede ver. Por ejem plo, puede asociar el tamaño,

* L i n d w o r s k y , J., S. J.: Experimental Psychology. Trad, por H. R. de


Silva. N. Y. Macmillan, 1931, pp. 36-39.
1 L in d w o h s k t , J .: Op. cit., pp. 43-44. D im j u c k , F . L . : Op. c it ., pp. 288-90.
Teoría de la duplicidad 1S1

la form a o la posición del ob jeto con su color. Por m edio de procedi­


mientos de este tipo, quizás es posible que alguien que padezca ceguera
al rojo y al verde consiga conducir un autom óvil sin que se descubra
su defecto. De cualquier m odo, la existencia de la ceguera crom ática
parece haber pasado inadvertida para el hom bre hasta hace p oco
tiempo. El quím ico inglés John D a lton 8 fue el prim ero que dio un
inform e cien tífico sobre este hecho, y esto fue a fines del siglo X VH I.

8. TEORIA DE LA DUPLICIDAD.— La teoría de la duplicidad esta­


blece que la experiencia visual se debe a dos clases de órganos que se
encuentran en la retina: los conos para la visión de día y las sensa­
ciones de color, y los bastones para la visión crepuscular y las sensa­
ciones de blanco, gris y negro. Aquí encontram os la base para esta­
blecer la diferencia entre las sensaciones crom áticas y las acrom á­
ticas. Esta teoría fu e propuesta por vez prim era por Johannes vow
Kriks en 1894, y ahora existen tal cantidad de datos que la apoyan,
que más bien puede considerársela com o una ley que com o una teoría.
Vemos que si las luces rojas y verdes inciden en la retina, hay
zonas centrales donde se ven correctam ente, y otras, más alejadas,
donde se pierde el color. Esto m ismo se repite al utilizar luces am ari­
llas y azules. En la periferia de la retina n o hay reacción alguna al
color. T odo esto está en relación con lo que dijim os anteriorm ente
de la distribución de los conos en el centro de la retina, los bastones
en los bordes y una m ezcla de am bos en la zona intermedia. M ientras
el am arillo es el color más brillante con la ilum inación diurna, el
verde lo es a la luz crepuscular. Esta curiosa experiencia que hem os
observado con anterioridad fue estudiada unos cien años atrás por el
checo J o h a n n e s P d r k i n j e y ha recibido su nombre. Es un efecto debido
a la púrpura retiniana, una sustancia química que es muy sensible
a la luz verde, pero no a la amarilla. La púrpura retiniana se encuen­
tro sólo en los bastones. El fenóm eno de P u h k i n j e , pues, es interpre­
tado com o un signo de la transición de nuestras sensaciones desde la
visión producida por conos a la originada por bastones, puesto que
ocurre en aquellas partes de la retina que poseen ambas clases de
receptores.
Además, investigando en la retina de los animales nocturnos, com o
los búhos y los m urciélagos, observamos que tienen muy pocos conos
en su vista, m ientras que otros animales que están activos sólo duran­
te el día, com o las serpientes y los lagartos, casi n o tienen bastones.
Los búhos y los m urciélagos, aunque n o posean conos, no por eso ven
peor de noche. Por el contrario, cuando el cielo está claro, pueden ver
también com o veríam os nosotros en un día nublado, aunque no p erci­
ben el color com o lo hacem os nosotros. Ser tan ciego com o un m ur­
ciélago se puede decir, pues, de alguien que no vea de día, pero no de
alguien que está ciego totalm ente.

* D a l t o n , J.: Extraordinary Facts Relating to the Vision of Coulov.ru.


Memoirs of the literary and Philosophical Society of Manchester. 1798, 5.
parte I, pp. 31-35.
1S2 Visión

Como últim a evidencia en favor de esta teoría nos referiremos a


la m arcada dism inución de La sensibilidad del área central de la
retina durante la noche. Una estrella brillante puede ser observada
si m iram os con esta área exactam ente, porque la estrella posee la
suficiente luz para form ar una im agen en la fóvea llena de conos.
Pero si al m irar una estrella más apagada no logram os verla, esto es
debido a que no posee luz suficiente para estimular los conos de la
fóvea. Tenem os entonces que torcer la cabeza y dejar que la imagen
caiga en el borde de la retina, donde hay bastones en abundancia.
Parece, pues, ser cierto lo dich o por V on K ries , que los conos son órga­
nos para la visión diurna, m ientras que los bastones se utilizan
cuando la ilum inación es m enos intensa, y puesto que sólo percibimos
los colores cuando el estím ulo lum inoso es intenso, com o sucede
durante el día, se supone con propiedad que los conos sean los órganos
de las sensaciones crom áticas y los bastones los de las acromáticas

9. TEORIA DE LA VISION CROMATICA.— El siguiente problema


es el de las diferencias que hacem os entre un color y otro. Esta es una
tarea difícil, y com o la de distinguir los sonidos por separado, está
llena de opiniones opuestas. Describirem os únicam ente las más im ­
portantes.
I. T e o r ía de Y o u n g - H e l m h o l t z .— Cuando H e l m h o l t z dio a conocer
su teoría de la visión en 1852, la atribuyó a T h o m a s Y o u n g , que había
trabajado en este mismo problem a unos cincuenta años antes. Sin
em bargo, posiblem ente no hubiese sido adm itida tan fácilm ente en
ios círculos cien tíficos si no hubiese sido por los brillantes descubri­
m ientos hechos por H e l m h o l t z en el cam po de la óptica.
La teoría de Y o u n g - H e l m h o l t t : es un punto de vista fisiológico del
problem a de la visión del color. Se fundó en la suposición de que
existen tres clases de elem entos nerviosos en la retina, cuya excitación
produce sensaciones de rojo, verde y violeta, respectivamnte. Todos
los otros colores surgen de la com binación de estos elementos. Así, si los
correspondientes al r o jo y al verde se estim ulan simultáneamente,
percibim os un color n aranja o amarillo. Si el verde y el violeta se
estim ulan al mismo tiempo, percibim os el azul o índigo. Si todos los
elem entos nerviosos se estim ulan a la vez, entonces la sensación que
obtenem os es blanca.
Además, aunque se excite un solo elem ento, hay siempre alguna
respuesta a los otros dos. Por esta razón los colores nunca son total­
mente puros y siempre tienen algo de brillo. El negro se explica sim­
plem ente por m edio de la ausencia de órganos que lo estimulan. Los
tres elem entos nerviosos de H e l m h o l t z y Y o u n g no han sido descu­
biertos, pero la teoría es igualm ente válida suponiendo que sean tres
clases de sustancias fotoquím icas que se encuentran en la retina las
que expliquen estos mismos fenóm enos I0.

* P urdy , D. M.: Op. cit., pp. 542-44.


D im m ic k , F. L.: Op. cit., pp. 294-95.
10 H e lm h o ltz , H. L . von: Treatise on Physiological Optics. Trad, por
Visión cromática 183

II. T e o r í a d e H e r i n g . — La teoría de E w a l d H e r i n g e s una expli­


cación psicológica de la visión crom ática. Su punto de partida es
n u e s t r a tendencia consciente a considerar una experiencia visual
com o opuesta a otra. Así, colocam os el rojo com o contrario del verde,
el azul opuesto al am arillo y el blanco al negro. Estos tres grupos de
sensaciones son debidos a tres sustancias fotoquím icas de la retina
que tienen una actividad opuesta al ponerse en contacto con la luz:
una catabòlica y la otra anabólica. Así vemos que las ondas rojas,
amarillas y blancas desintegran las sustancias, m ientras que las ver­
des, las azules y negras las construyen. Por ejem plo, una luz roja hace
im pacto sobre la sustancia quím ica del rojo y el verde. Esto produce
un proceso de desasim ilación y una sensación de color rojo. En el
momento siguiente la sustancia quím ica empieza su actividad asi­
milativa, lo que explica la aparición de la sensación del verde después
del rojo. Además, la longitud de onda no actúa solam ente sobre su
propia sustancia retiniana, sino tam bién sobre la del blanco y el negro.
Cuando todos los colores actúan sobre todas las sustancias visuales,
se anulan unos a otros, pero com o tam bién afectan a la sustancia del
blanco y del negro, se produce una sensación de gris.
Las zonas de color de la retina están determ inadas por la presen­
cia o la ausencia de elem entos fotoquím icos. Así, la zona más interna,
que es el centro de la retina, posee las tres; la zona media posee la
del am arillo-azul y la del blan co-n egro, y la más externa posee sola­
mente la del blanco-negro. La ceguera crom ática se explica por la
ausencia de los elem entos visuales m en cion ados11.
n i . T e o r ía d e L a d d - F r a n k l i n .—La teoría de L a d d - F r a n k u n parte
de un punto de vísta genético. Supone que nuestra actual sensibilidad
al color h a surgido de un prim itivo estado de visión acrom ática. Cuan­
do esta teoría fue propuesta, las ideas de D a r w i n estaban en pleno
auge. Siguiendo estas ideas evolucionistas, C r i s t i n e L a d d - F r a n k l i n
sugirió que la retina hum ana ha tenido una historia sem ejante a la
de la génesis total del cuerpo. Así, en los comienzos, la sustancia
visual era idéntica en conos y bastones. Sigue siendo la misma en
los bastones, órganos característicos de la zona externa de la retina,
donde produce sensaciones de gris. Pero en algunos conos se ha
diferenciado en dos partes, una de las cuales es afectada por las
ondas más largas del espectro, dándonos la sensación del amarillo,
mientras que la otra es estim ulada por ondas más cortas, produciendo
la sensación del azul. Estos son los órganos que hallam os en la zona
interm edia de la retina. Por últim o, están los conos en la zona más

j. p. c. Southall. Ithaca. N. Y. The Optical Soclety of America, 1924-25, tres


volúmenes.
Este tratado, además de Las Sensaciones Sonoras, mencionado en el ca­
pítulo anterior, representa una cantidad de investigación considerable para
un solo hombre. H elm h o ltz se dedicó al estudio de la audición y la visión,
efectuó Investigaciones de tipo experimental sobre ellas, Ideó nuevos méto­
dos de estudio y contribuyó con sus importantes teorías. Se dice que tenía
sus facultades auditivas y visuales altamente desarrolladas.
11 Hering, E.: Gnmdziige der Lehre vom Lichtsinn. Berlín. Sprlnger, 1920.
184 Visión

interna, donde la parte de la reacción al am arillo se ha vuelto a dife­


renciar, dando lugar a las sensaciones del rojo y el verde.
Cuando la sustancia visual se ha desintegrado com pletam ente por
la acción de la luz, nuestra experiencia es siempre de gris de o blanco.
Esto les puede suceder a los órganos sensoriales de cualquiera de las
zonas de la retina. Así, si ondas azules y am arillan estimulan los conos
de la zona interm edia sim ultáneam ente, obtenem os una sensación
desprovista de color, puesto que la sustancia retiniana se h a desinte­
grado totalm ente. Pero si ondas verdes y rojas caen sobre los conos
de la zona interior, el efecto es una sensación de amarillo, posible­
m ente porque la sustancia visual se descom pone sólo en la parte del
ro jo y del verde. Luego, para experim entar una sensación de blanco
o de gris en esta porción central, deben añadirse ondas azules a las
rojas y v erd es12.

10. RESUMEN,—Direm os algunas palabras sobre las teorías ex­


puestas antes de term inar el capítulo. Todas ellas tienen un rasgo
en com ú n : explican nuestra experiencia del color com o la función
de sustancias fotoquím icas de la retina. La acción de la luz, de diver­
sas longitudes de onda, tiene el efecto de liberar energía en esta 3
sustancias. Cuando una actividad de este tipo ocurre en los conos y es
de tal naturaleza que no produce com plem entación, entonces se pro­
duce una sensación crom ática. Aquí nos hallam os en terreno seguro.
Pero cuando pretendem os ir más allá y averiguar cóm o separamos uh
color de otro, el problem a se com plica grandem ente. H e l m h o l t z es qui­
zá el que h a propuesto las soluciones más adecuadas. El m érito de su
teoría es que empieza con hechos físicos— las leyes de las mezclas
del color—■; pero al abordar los problem as de la conciencia, su fuerza
se debilita en parte. Existe siempre una im agen de experiencia, que
no se explica con el conocim iento del estimulo y su m odo de actuar.
H e r i n g , en cam bio, empieza en los hechos de la conciencia y encuen­
tra las dificultades en el terreno de las leyes físicas. Su interés para
el psicólogo se centra en su natural acepción de la experiencia del
m undo del color. L a d d - F r a h k l i n no añade gran cosa a nuestra com ­
prensión del problem a del color, después de lo dicho por H e l m h o l t z
y H e r i n g . S u teoría no se beneficia m ayorm ente con la perspectiva
evolucionista, ya que no term ina de aclarar nuestra capacidad actual
para distinguir unos colores de otros. Las sustancias visuales, con sus
correspondientes divisiones y subdivisiones, pudieron haberse hallado
en el o jo hum ano desde sus com ienzos, y aunque se hubiesen desarro­
llado posteriorm ente, no por eso se diferencia esta teoría de las
sostenidas por H e l m h o l t z y H e r i n g , ya que ellos tam bién afirm an que
existen elem entos diferenciados en la retina que explican las diferen­
cias de nuestras sensaciones cromáticas.
Uno de los problem as que ofrece mayores dificultades es nuestra
percepción del negro, que puede ser considerado com o la oveja negra

12 L a d d -F r a n k lin C.: Color and Color Theories. N. Y. Harcourt, Bra­


ce, 1929.
Bibliografía 185

de los teóricos. Para H e l m h o l t z se debe a la ausencia absoluta d e


estímulo luminoso. ¿Significa esto que es un producto de la con cien ­
cia? Para H e r i n g es una consecuencia de la adaptación de la retina,
¿ebida a ciertos procesos que ocurren en el ojo. Para L a d d - F r a n k l i n
es simplemente la respuesta a un objeto que no refleja luz. El proble­
ma reside en que nuestra conciencia del negro es la consecuencia de
una experiencia positiva. Así, al mirar las palabras que estoy escri­
biendo en este m om ento, los signos negros contrastan con el papel
blanco. Del mismo m odo, cuando apago la lám para de mi habitación,
percibo perfectam ente la oscuridad en que ésta queda. Vem os que en
los dos casos soy tan consciente del color negro com o del blanco, y
que ambos poseen la característica de ser positivos, es decir, de tener
«cuerpo». Y si esto es así, la teoría de H e r i n g es probablem ente la que
esté más cerca de los hechos re a le s13.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO XIII

D im m ic k , F. L. : «Color». Foundations of Psychology. Edit, por Boring, Langf-


feld & Weld. New York, Wiley, 1948, Cap. 12.
Garret, H. E.:. Great Experiments in Psychology. New York, Appleton-
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G r b e n d e h , H., S. J.: Experimental Psychology, Milwaukee, Bruce, 1932, ca­
pítulos 3 y 4.
K ahn , F.: Man in Structure & Function. Trad, por G. R o s e n , New York,
Knopf, 1943, Vol. II, Cap. 46.
T r o l a n d , L. T.: The principles of psychophysiology. New York, Van Nos­
trand, 1930, Vol. II, Cap. 14.
W oodworth , R . S., y M arq u is , D . G .: Psychology. N ew Y o r k , H o lt. 5.1 ed.*
1940, Cap. 14,

13 G ruender H . S. J.: Experimental Psychology. Milwaukee. Bruce, 1932n


pp . 4 2 -4 3 ; 7 7 -8 1 .
CAPITULO XIV

SENTIDO COMUN Y PERCEPCION

1. LOS SENTIDOS INTERNOS,— No hace falta ser psicólogo para


reconocer que el conocim iento no se limita solamente a las sensacio­
nes. Lo que el o jo ve y el oído oye no es más que una fase del con oci­
miento por asi decir. Sí nos analizam os algo, podemos darnos cuenta
de que poseem os la capacidad de unificar nuestras sensaciones y con ­
vertirlas en tonos perceptivos, com o tam bién de form ar imágenes de
objetos ausentes que ya no im presionan nuestros sentidos, de recordar
hechos pasados, de con ocer sin experiencia previa y al m om ento lo
que es bueno y lo que es m alo para el organismo
Para explicar estas form as de conocim iento adicionales que a ca ­
bamos de describir, S a n t o T o m á s postula la existencia de cuatro sen­
tidos internos: el sentido com ún, la im aginación, la m em oria y la
capacidad de estim ación. Esto es una m era continuación de las d o c­
trinas de A r i s t ó t e l e s , aparte de algunas aclaraciones no encontradas
en este último. El que pudiese S a n t o T o m á s dar una explicación más
equilibrada y sistem ática de estos niveles superiores de la experiencia
sensorial fue debido, en no pequeña medida, a la labor de los com en­
taristas hebreos y árabes de A r i s t ó t e l e s . Este es particularm ente el
•caso de la capacidad de estim ación o potencia cogitativa.
Podemos preguntar por qué hem os escogido la cifra de cuatro para
los sentidos internos. La respuesta se debe en parte a la experiencia
y en parte a una consideración de los variados aspectos de los objetos
apreciados por los sentidos. Así, cuando observamos una actitud con s­
ciente hacia algo, es decir, cuando nos aproximamos a ello de un
modo diferente al que lo hacem os con otros objetos, cuando, además,
esta actitud consciente se relaciona con algún rasgo especial o «fo r­
malidad» del objeto, com o A q u in o afirm a, entonces nos hallamos
írente a una facultad especial. Volviendo a los descubrim ientos del
análisis personal, tenem os una im presión determ inada de las cosas al
ser éstas presen tes, otra cuando están ausentes, otra aún cuando son
pasadas y otra cuando son útiles, o cuando son dañinas. Ninguno de
estos aspectos es sim ilar a los demás, y puesto que podem os ser

1 En este capitulo, y a lo largo del texto, sólo utilizaré el término percep­


ción para el conocimiento de tipo sensorial. Se suele emplear, sin embargo,
en el sentido más amplio de comprensión, como, por ejemplo, en el pasaje
de la Biblia que dice: «percibo que eres un profeta». Existen varios términos
en nuestro idioma que describen los procesos del intelecto, mientras que
percepción es el único que corresponde con exactitud a los actos de los sen­
tidos internos, y especialmente al sentido común.
188 Sentido común y percepción

conscientes de todos ellos, debemos poseer los cuatro sentidos inter­


nos. Esta es la conclusión a la que llega S a n t o T o m á s , cuyo pensam ien­
to seguiremos en sus principales puntos a través de este texto 2.

2. CONCEPTO DE SENTIDO COMUN. — Debemos señalar, para


empezar, que el sentido al que nos referim os aquí no está relacionado
con el razonam iento o la form ación de juicios de tipo práctico, como
los im plicados, por ejem plo, en la expresión: «Es un hombre que tiene
un buen sentido com ún.» Por el contrario, el sentido com ún es exacta­
m ente lo que su nom bre denota: un sentido que tiene algo en com ún
con los demás sentidos. Concretam ente, recibe las impresiones de
todos los sentidos externos y es la raíz vital de donde proviene su
energía consciente. Podem os im aginárnoslo com o un receptáculo en
el cual se fuesen colocando los frutos de la sensación de m odo que
pudieran ser elaborados, refinados y convertidos en unidades de per­
cepción.
Para ver cóm o actúa, supongam os que frente a nosotros hay un
objeto. Su color estimula nuestra vista, su olor nos produce un efecto
agradable al llegar a nuestras fosas nasales; lo tocam os con la mano
y hallam os que algunas partes son suaves y lisas y otras son ásperas,
rugosas y punzantes. Tal vez se rom pa un fragm ento del objeto y nos
lo llevemos a la boca. Su sabor es am argo e insípido, Y de este modo
prosigue nuestro examen al ser estimulados uno tras otro nuestros
sentidos externos y se com unica a la mente algunas de las propie­
dades del objeto en cuestión. Por últim o, reunim os con naturalidad
toda esta inform ación y decim os sim plem ente que el objeto que exa­
minam os es una rosa. Un con ju n to de datos sensoriales se ha un ifi­
cado en una determ inada configuración, haciéndonos posible referir
varias cualidades distintas a un solo objeto. El instrum ento psicoló­
gico con el que llevamos a cabo esta experiencia es el llam ado sentido
com ún, que podem os definir com o la capacidad de percibir, de un
modo sensible, o b jetos que están estimulando en el m om ento presen te
al organ ism o3.

3. LOS OBJETOS DEL SENTIDO COMUN. — En el ejem plo que


acabam os de dar solam ente m encionam os las cualidades que actuaban
sobre los sentidos externos. Pero los objetos tienen tam bién otros

a S. T., p. I, q. 78, a. 4.
a D. P. A., c. 4. Aquí la teoria de A chino se halla resumida del siguiente
modo: «El sentido común es la potencia de la que se derivan todos los de­
más sentidos, a la cual dirigen éstos sus impresiones, y en la que son inte­
grados.» «Esto concuerda de un modo sustancial con lo que afirma A r i s ­
tó tele s fSobre el dormir y el despertar, c. 2). Todo sentido (externo) posee
algo propio y algo común; propio, como la visión es propia de la vista, la
audición del oído, etc., y común, ya que todos los sentidos externos se rela­
cionan con el sentido común por medio del cual la persona percibe que oye
o que ve, ya que no por medio de la vista en última instancia vemos ni
por medio del tacto o de la vista nos damos cuenta de que lo dulce es dis­
tinto que lo blanco. Esto se lleva a cabo por medio de una facultad que
posee un nexo común con todos los órganos sensoriales.»
Ver también: S. T., p. I, q. 78, a. 4, r. a. obj. 2.
Naturaleza psicosomàtica 189

atributos, com o su tam año, su form a, su solidez, la distancia existente


«ntre éstos y la vista, y el m ovim iento local, etc.; y estos aspectos
adicionales son objetos del sentido com ún. Los colores, los sonidos, los
olores, los sabores, y las cualidades táctiles son llam ados sensibles
propios. Están perfectam ente delim itados, ya Que, por ejem plo, el co ­
lor sólo estimula un receptor sensorial, la vista. Por esta razón, A r i s ­
t ó t e l e s y S a n t o T o m á s las llam an sensibles propios, ya que cada uno
posee un órgano, cuya sola tarea es la de registrar ese objeto en par­
ticular y ningún otro. El sentido común, en cam bio, no está tan deli­
mitado. Puede abarcar toda la in form ación de los sentidos externos
añadiendo su propio conocim iento de los rasgos espaciales y tem po­
rales de un ob jeto que no pueden ser captados por ningún sentido
externo. Como estas últimas cualidades son com unes a todo ob jeto
que exista en el espacio y en el tiempo, se conocen en la psicología
tradicional com o sensibles com u n es4.

é. NATURALEZA PSICOSOMATICA DEL SENTIDO COMUN.-—Uti­


lizamos aquí el térm ino psicosom ático en su sentido literal; esto quiere
decir que posee tanto elem entos del cuerpo com o del alma. Desde
esta perspectiva todo sentido es una potencia mixta o psicosom ática,
o, com o dice S a n t o T o m á s , todo sentido es una facultad del com pues­
to alm a-cuerpo. Veamos lo que esto significa para el proceso per­
ceptivo.
I. E l e m e n t o p s í q u i c o .—‘P rim eram ente vemos que la percepción im ­
plica un conocim iento de la sensación. Podem os expresar esto de otro
modo diciendo que, por m edio del sentido com ún, nos damos cuenta
de todo lo que sucede en los sentidos externos; por ejem plo, vemos
que vemos. Esto, com o nos dice S a n t o T o m á s , no podia ser efectuado
por un órgano sensorial «cuyo rango de conocim iento no va más allá
de la aprehensión de la form a sensible por la que es m odificado». Si
careciésem os de sentido com ún, los sentidos externos no tendrían
ningún valor para la mente. De ella reciben el supremo don de la
conciencia y el poder de percibir sus propios objetos. Además, si el
ojo percibe el color y el oído percibe el sonido, es debido solam ente
al hecho de que estos sentidos externos están en relación con un
sentido central que los capacita para percibir, ya que la percepción
pertenece realm ente a un sentido interno.
En segundo lugar, el sentido com ún nos permite distinguir unas
sensaciones de otras, ya que sería una gran desventaja si no fuese así.
Por esta razón( el sentido com ún pertenece a un nivel superior a los
sentidos externos, y puede así, por ejem plo, darse cuenta de que una
experiencia visual n o es igual a una auditiva o a otra proveniente
de cualquier otro sentido. Por m edio del sentido com ún tenem os con ­
ciencia de que la blancura es distinta a la dulzura o a la fragancia, y
así sucesivam ente. Está claro, pues, que la capacidad de discrim inar

1 A r is t ó t e l e s : De anima, L. III, ce. 1 y 2. C. D. A., L. III, lecciones 1 y 3.


Brennan. R. K, O. P.: Thomistic Psychology, N. Y. Macmillan, 1941, pá­
ginas 122-123; 1940-141. Edición española, Morata, Madrid, I960.
190 Sentido común y percepción

entre varias clases de sensaciones debe pertenecer a un nivel m ental


más elevado.
En tercer lugar, el sentido com ún es capaz de realizar una síntesis
de sensaciones. Nos hallam os aquí frente a un proceso unitario y di­
ferente de la sensación separada. Cuando la luz alcanza la retina,
som os capaces de v er; cuando el sonido llega al oído, oím os; pero la ex­
citación separada de varios órganos term inales no puede explicar cóm o
y por qué diferentes sensaciones son adscritas a un mismo objeto. Es
especialm ente en esta habilidad para realizar algo nuevo y sintético
donde halla A q d i k o la superioridad del sentido com ún sobre los de­
más sentidos. Al m ism o tiem po que reconoce las diferencias de color,
olor y sabor, y propiedades táctiles, es capaz de estructurarlas y darles
una form a u n ita ria 5. Finalm ente, una vez que la percepción se ha
llevado a cabo n o es necesario en futuros procesos perceptivos en los
que se trata del m ism o ob jeto repetir cada una de las sensaciones
individuales que entraron en el con junto de la experiencia individual.
A s í , si m iro h acia el Jardín, veo los prim eros narcisos de la temporada
alegrando la hierba con sus m anchas de vivo color. Estrictamente ha­
blando, las percibo sólo con la vista, pero com o he percibido anterior­
m ente sus otras cualidades, puedo com pletar mi conocim iento por
m edio de imágenes. Esto n o seria posible, por supuesto, si no hubiese
estado en anterioridad en relación con las cualidades mencionadas
por m edio de los órganos sensoriales.
n . E l e l e m e n t o s o m á t i c o .— Como una facu ltad perteneciente al
cuerpo además de al alma, el sentido com ún requiere el funciona­
m iento adecuado del sistema nervioso. P or ser un sentido de tipo
central requiere adem ás la integridad de los centros cerebrales en los
cuales los impulsos nerviosos provenientes de los sentidos externos
se transform an en procesos conscientes. Su base cortical fue clara­
m ente reconocida por S a n t o T o m á s . La capacidad del sentido común
para producir unidades de experiencia superiores, partiendo del ma­
terial sum inistrado por las sensaciones, requiere la integración corres­
pondiente de las funciones por parte del sistema nervioso. El sentido
com ún está lim itado solam ente por las restricciones propias de la
actividad c o r tic a l0.

s D. A., a. 13. En el pasaje al que nos referimos aquí, S an to T om á s señala


claramente las tres características del sentido común que hemos descrito
en el texto. En primer lugar, permite a su poseedor formar «algún juicio
sobre las cualidades sensibles» que recibe de los sentidos externos; en se­
gundo lugar, «distingue sus cualidades unas de otras», y en tercer lugar,
ejecuta su tarea por medio de su capacidad de síntesis, capacidad por me­
dio de la cual «todas las cualidades sensibles {provenientes de los sentidos
externos) se relacionan».
6 D . P. A., c. 4. La postura de S an t o T om ás es la siguiente: «La corteza
cerebral, donde se originan los nervios de los sentidos externos, es el ór­
gano del sentido común. De este modo, la respuesta de los sentidos depende
del sentido común. Sin embargo, el sentido común aprehende los objetos
solamente cuando éstos actúan sobre los órganos sensoriales, y si estos ór­
ganos no le proporcionasen la información necesaria no le sería posible el
conocimiento.»
características de la percepción 191

Si intentamos im aginarnos lo que sucede en el cerebro antes de


que la percepción se lleve a cabo, vemos que por lo m enos son ne­
cesarias tres condiciones para que ésta tenga lugar. Primera, debe
haber integridad de los centros corticales im plicados en las sensa­
ciones específicas. Segunda, tales centros deben estar separados es­
pacialmente. La teoría de la energía nerviosa específica, de la que se
habló en el capítulo referente a la sensación, supone que determ ina­
das áreas corticales tienen relación con sensaciones determinadas, y
la localización de estas áreas ha sido tarea del científico por más de
un siglo. Tercera, las áreas corticales diferenciales deben estar co ­
nectadas. Esto se realiza probablem ente por m edio de las vías de
asociación. Las condiciones que hem os establecido para el fu n cion a­
miento del sentido com ún tam bién son ciertas para los otros sentidos
internos com o la im aginación, la m em oria, etc., ya que ellos utilizan
la síntesis realizada por el sentido com ún com o la base para nuevas
actividades más elevadas de la conciencia.

5. CARACTERISTICAS ESPACIALES DE LA PERCEPCION.— La


Psicología m oderna ha dado una explicación m ucho más m inuciosa
de las cualidades sensibles com unes que la que podían darnos A r i s ­
t ó t e l e s o S a n t o T o m á s con sus conocim ientos científicos m ucho menos
desarrollados. Examinarem os prim ero aquellos aspectos de la percep­
ción relacionados con la con cien cia que tenemos de los cuerpos com o
localizados en el espacio tridimensional.
I. E x t e n s i ó n e n s ü í e r f i c i e .— ¡Nuestro conocim iento de la extensión
en superficie de los cuerpos está en relación principalm ente con el
tacto y la vista. La m anera más fá cil de estudiar cóm o se form a este
tipo de percepción es observar al niño y ver cóm o va m anifestando
un interés creciente por los objetos que le rodean.
Así, desde el punto de vista de la som estesia, la prim era experien­
cia de la extensión superficial parece empezar con una sensación de
tacto o de presión localizada en cualquier parte del cuerpo. Pero la
discrim inación de un área respecto, a otra im plica la tactación de dos
o más puntos sobre la piel. Supongam os que dejam os descansar la
mano derecha sobre la izquierda. En este caso notam os una doble
sensación táctil que puede ser descrita simplemente com o la im pre­
sión de una superficie en con tacto con la otra. Movemos entonces la
palma de la m ano a lo largo del brazo, un gesto muy corriente entre
los bebés. La superficie del brazo es explorada punto por punto. Cada
sensación táctil se presenta a la conciencia com o separada y coex-
tensiva, correspondiendo a la separación y extensión de la materia
fuera de los receptores cutáneos. La im presión de extensión en super­
ficie así provocada es reforzada y precisada por la conciencia del m o­
vimiento muscular con form e va la m ano de una zona a otra del cuerpo.
Desde el punto de vista de la visión, se ha supuesto que la per­
cepción de superficies extensas es un dato prim itivo de la experiencia
del nifi.0 recién nacido. Si se presentan al niño que abre por primera
vez los ojos dos bandas de color, éste las percibe inm ediatam ente
192 Sentido común y percepción

com o extensas. De otro m odo no podría haber conciencia de dónde


term ina un color y em pieza otro. Además, las personas ciegas de na­
cim iento que adquirieron posteriorm ente la vista nos iníorinan de
que su prim era reacción a los objetos visibles com prendía una ex­
periencia de superficies extensas o de colores planos, en dos dim en­
siones solamente, ya que la percepción de la profundidad constituye
un perfeccionam iento u lte rio r7.

II. F o r m a .— La percepción de las form as es tam bién un producto


de las sensaciones táctiles y visuales. En el caso del tacto, significa
que el objeto es tom ado en la m ano, palpado con los dedos o presio­
nado contra la piel. Se pueden añadir m ovim ientos a lo largo de la
superficie o alrededor de los bordes para com pletar la exploración.
En el caso de la visión la form a del objeto se precisa haciendo re­
correr la vista por los bordes de éste. Para obtener una visión
perfecta, podem os retroceder de m odo que podam os abarcar el objeto
en conjunto. La im presión de un objeto extenso, parte por parte, pro­
viene de sensaciones musculares del ojo, al hacer que éstas converjan
en un punto, y luego pasen a otro. De este m odo los límites super­
ficiales del ob jeto revelan su form a. Esta puede ser regular, com o una
figura geom étrica, o irregular, com o la m ayoría de los objetos que
hallam os en la naturaleza 8.
III.— S o u d e z .— Después de captar las dimensiones planas de un
objeto, el paso siguiente es la apreciación de su profundidad. Com­
prendem os fácilm ente cóm o el ta cto nos puede proporcionar este co­
nocim iento, puesto que el simple con tacto con un objeto nos revela
que éste es sólido. El caso de la visión es más com plicado y requiere
una exposición prelim inar de las diferencias entre los efectos mo­
noculares y binoculares en el uso de los ojos. Para tener clara visión1
de un objeto, su im agen debe caer sobre el centro de la retina. Esto
no significa que la im agen sea exactam ente la misma para ambos
ojos. De hecho, siempre vem os un poco más del lado derecho del
objeto con el o jo derecho y un poco más del izquierdo con el ojo
izquierdo, especialm ente cuando miram os un objeto cercano. Es esta
visualización del ob jeto con am bos ojos lo que le da el aspecto de
solidez. Lo que sucede en realidad es que los ejes visuales convergen
y se encuentran en un punto por detrás del objeto, de modo que
cuando las dos im ágenes procedentes de la retina se fusionan en la
conciencia, se obtiene una im presión de profundidad. Esto puede ve­
rificarse estudiando dos im ágenes idénticas en el estereoscopio (figu­
ra 16).

7 B r o w n , W .: «The perception of Spacial Relations». Psychology. A Fac­


tual Text-book. Edit, por Boring, Langfeld, Weld, N. Y. Wiley, 1935, pá­
ginas 207-210. _
C ar r H. A.: Introduction to Space Perception. N. Y. Longmans Green,
1935, pp. 9-18. M aher , M ., S. J.: Psychology. N. Y. Longmans Green. 9.« edi­
ción, 1926, pp. 131-39.
8 B r o w n , W,: Op. cit, pp, 210-13; C a r r , H. A.: Op. cit., c. 11.
Características de la percepción 193

Con él podem os ver cóm o las Imágenes que se producen son p ro ­


yectadas hacia atrás en la línea visual y la convergencia de los ejes
se produce más allá de la visión ordinaria. Nuestra sensación de pro-

pxa. 16.—Estereoscopio. Dos espejos están


dispuestos en ángulo recto. Se montan
fotografías duplicadas, R. y L, de tal
manera que el ojo derecho solamente vea
la reflexión de R, mientras que el ojo
izquierdo ve tan sólo la reflexión de L.
Las imágenes retlnianas son mentalmen­
te proyectadas hacia atrás hasta el pun­
to F, donde se cruzan los ejes visuales.

fundidad es más m arcada y sorprendente cuando nos damos cuenta


que los cuadros son superficies planas s.
IV. D i s t a n c i a .— Las sensaciones musculares y táctiles nos dan por
lo menos un fundam ento para nuestras percepciones de distancia. El
brazo del niño se esfuerza por alcanzar los objetos, y si no lo logra,
puede moverse en su dirección. Pero m uy pronto abandona los m éto­
dos que dependen enteram ente de la visión para la estim ación de la
distancia. Si tenem os en cuenta lo que acabam os de exponer acerca
de la percepción tridim ensional, com prendem os con más facilidad el
modo general de calcular las distancias. Asi, cuando contem plam os
algo cercano, el esfuerzo m uscular com prendido en la convergencia
de los ejes visuales es m ucho m ayor que el efectuado al m irar un
objeto distante. Además de estas sensaciones cinestéticas, experim en­
tamos sim ultáneam ente una sensación m uscular que proviene de los
movimientos de acom odación del cristalino y las pupilas. Estas sen­
saciones son particularm ente intensas cuando el objeto está cerca. A
partir del contenido total de las reacciones musculares, aprendemos
gradualmente a apreciar la distancia.
Otro fa cto r que nos ayuda considerablem ente es la posición de los
objetos inm óviles en nuestra línea de visión. Cuando este fa ctor se
halla ausente, por ejem plo, cuando m iramos a través de una gran
masa de agua o hacia el firm am ento, es fácil com eter equivocaciones
en la apreciación de las distancias. Los ciegos congénitos que recupe­
ran más tarde la vista nos inform an de que al principio todos los
objetos les parecen próxim os a los ojos. Esto mismo le debe de su­
ceder al niño que alarga el brazo para alcanzar la luna o cualquier
otro objeto que despierte su in te ré s10.
Las sensaciones auditivas son tam bién una ayuda para la p erfec­

9 B r o w n , W .: Op. cit., pp. 222-28; C ar r , H. A.: Op. cit., c. 6 ; D im m ic k , F. L.:


Visual Space Perception. Foundations of Psychology. Edit. Boring, Lang-
leld, Weld. N. Y. Wiley, 1948, pp. 298-304.
10 B r o w n : Op. cit., p. 216; C a r r : Op. cit., cc. 7-9.
BRENNAN, 13
194 Sentido común y percepción

ción de la distancia de los objetos sonoros. En prim er lugar, la in ­


tensidad del sonido nos ayuda a distinguir su proxim idad o lejanía.
La com plejidad tonal puede tam bién utilizarse, ya que cuanto más
cerca nos hallem os del lugar donde proviene el sonido, podem os cap­
tar m ejor sus sonidos arm ónicos. Un silbido nos parece débil en la
distancia porque oím os solam ente su tono fundam ental. En tercer
lugar, la fase es tam bién un ayuda, pero depende de la audición con
ambos oídos. Es de especial utilidad para localizar la dirección del
sonido. Así, si las ondas que oím os llegan a ambos oídos al mismo
tiem po y con la m ism a intensidad, sabemos que el cuerpo sonoro
está enfrente de nosotros. Pero si éste se encuentra a nuestra dere­
cha o a nuestra izquierda, entonces no sólo varía la intensidad y la
com plejidad tonal, sino tam bién la fase. Este últim o factor, sin em­
bargo, no es tan im portante com o los dos prim eros en la localización
de la fuente del so n id o 11.

V. T a m a ñ o .—La percepción del tam año de las cosas depende, en


cierta medida, de nuestro conocim iento de las distancias. Por esto lo
hem os colocado al final de la lista de los atributos espaciales. La per­
cepción del tam año se verifica corrientem ente por m edio del tacto.
Pero tal proceder nos restringe a un con tacto inm ediato con el ob­
jeto. La visión, en cam bio, nos evita esto. Su estim ación del tamaño
se basa a su vez en la am plitud del ángulo visual que es proyectado
por el objeto sobre la retina. Pero com o objetos de tamaños diferentes
pueden estar com prendidos en el mism o ángulo, es necesario tener
algún conocim iento prelim inar de su distancia antes de poder hacer
una apreciación correcta de sus dimensiones. El niño considera a la
luna m ayor que las estrellas porque la primera produce una imagen
m ayor sobre la retina. D esconoce todavía la relación entre el tamaño
y la distancia.
La convergencia de los ejes visuales y la sensación de esfuerzo
muscular subsiguiente desem peñan tam bién un papel en la elabora­
ción de las percepciones de tam año. Así, cuando miramos cuerpos que
tienen el m ism o ángulo visual juzgam os que ha de ser mayor aquel
que requiere m enor convergencia. Por ejem plo, un lápiz sostenido a la
distancia del brazo extendido, puede tener la misma longitud en la
retina que un árbol distante. Pero si fijam os la vista en cada uno de
ellos separadam ente, percibim os notables diferencias en el grado de
tensión muscular. Aquí, com o en la distancia, la intervención de varios
objetos y el m odo en que se hallan colocados tienen tam bién efecto
sobre la percepción del tam año. Cuando el sol y la luna están sobre
el horizonte nos parecen m ayores que cuando los vemos en lo a lto 12.

VI. M o v i m i e n t o .— El m ovim iento com o un rasgo espacial de los


cuerpos, significa el cam bio de lugar o de posición. Desde este punto

11 B r o w n : Op. cit,, pp. 236-38; C a r r ; O p . cit., cc. 4-5.


12 B r o w n : O p. cit, pp. 210-11, 213-15; C a r r : Op. cit,, c. 11; D im m ick, F . L .:
Op. c it, pp. 304-07.
Características temporales 195

de vista puede ser el ob jeto de varios sentidos: el ta cto, la cines tesia


y la visión. En la percepción del cam bio, cuando nuestros propios
cuerpos están en m ovim iento, utilizam os la inform ación de estos tres
sentidos. Pero si se trata de objetos que n o se relacionan directam ente
con nuestro cuerpo, la conciencia del m ovim iento es en gran parte
fu n ción de la vista. El factor que explica este tipo de conocim iento
es la unidad del cam po perceptivo. Está lleno de objetos y es un todo
continuo para todos los tam años que podam os ver, y no un m osaico
con huecos. El m ovim iento es sim plem ente un cam bio en este cuadro.
El fondo perm anece igual, pero algo varía de posición con respecto a
él. Observamos que hay más fon d o a la derecha del objeto que a la
izquierda. Después que h a sido m ovido, vemos más fon d o a la izquier­
da y m enos a la derecha. Y esto es cierto para m ovim ientos en cual­
quier dirección.
Hay, sin em bargo, un grado m ínim o de velocidad, por debajo del
cual el m ovim iento n o es percibido. Podem os com probar esto nosotros
mismos tratando de registrar los cam bios de la m anecilla de un reloj
pequeño. Lo que observamos en realidad no es el m ovim iento, sino
la posición de la m anecilla en diferentes puntos en los distintos m o­
mentos. Un h ech o bastante curioso es que el paso de objetos por las
superficies cutáneas del cuerpo, o a través de la retina, nO conduce
necesariam ente a la percepción de m ovim iento. Asi, puedo deslizar
mi m ano sobre la superficie de la mesa o dejar que mi vista explore
el paisaje sin que se produzca la im presión de que la mesa o el paisaje
se mueven. En cam bio, si el globo ocular es m ovido por una serie de
rápidos y leves toques, las cosas parecen moverse, aunque sabemos que
no lo hacen i3.

6. CARACTERISTICAS TEMPORALES DE LA PERCEPCION.— T o­


das las cosas materiales se hallan sujetas a las leyes del tiem po y del
espacio. Además, nuestro conocim iento de esas leyes com o generali­
zaciones de la experiencia es un producto intelectual, aunque esté
basado en datos provenientes de los sentidos. En lo que se reñere a
las percepciones del sentido com ún, somos conscientes sólo de la
duración de los hechos y de ciertos efectos rítm icos cuando dichos
acontecim ientos se agrupan de un m odo ordenado. Habría que seña­
lar que el m ovim iento posee tam bién aspectos tem porales por natu ­
raleza. Nuestra con cien cia del tiem po puede ser considerada com o
una serie de m ovim ientos en los que el instante presente cruza com o
un relám pago por el escenario de la conciencia y se dirige hacia el
pasado, m ientras el instante siguiente va a ocupar su lugar. El co n o ­
cim iento que tengo de este tipo de acción, sin em bargo, no es el m is­
mo que la percepción del m ovim iento por m edio del cual me d irijo
desde el estudio a la sala de clase. Este últim o es el llam ado m ovi­
m iento local. En resumen, el tiem po no va de un lugar a otro del

13 B e n t l e y , M, : The Field of Psychology. N, Y. Appleton, 1924, pp. 231-34;


Carr: Op. cit., c. 10; De Silva, H, R .: Perception of Movement. Psychology.
A Factual Text-book. Edit, por Boring, Langfeld, Weld, N. Y. Wiley, 1935,
pp. 260-73; Dimmick: Op. cit., pp. 307-11.
196 Sentido común y percepción

espacio. Es más bien la medida de los m ovim ientos de los cuerpos que
efectú an dichos cam bios lo c a le s 14.

I. D u r a c i ó n .—Existe una cualidad de duración en todas nuestras


sensaciones, es decir, tenem os con ciencia del aspecto tem poral de
ellas. Uno de los problem as de más interés para el psicólogo es el modo
com o varía el tiem po de una persona a otra o en la misma persona
según su edad y las circunstancias por las que pasa. Como S h a k e s p e a r e
dice, «el tiem po viaja por diversos lugares con diversas personas. Te
diré con quién el tiem po va al paso, con quién trota, con quién galopa
y con quién perm anece quieto» 15. Va al paso con el hombre rico que
no padece gota y vive alegrem ente porque no tiene dolores. Trota
con la doncella que espera el día de su m atrim onio; galopa con el
bandido que va a galeras, y perm anece quieto con los abogados en
vacaciones, que duerm en entre las sesiones del tribunal.
Entre los psicólogos modernos, W i l l i a m J a m e s nos ha proporcio­
nado una explicación bastante adecuada de las variaciones de nues­
tra actitud respecto al tiempo. Por ejem plo, si el día* está lleno de
una variedad de experiencias interesantes, parece ser de corta dura­
ción. Tam bién si nos hallam os muy concentrados en algo, no nos
dam os cuenta de que pasa el tiempo. En cam bio, si estamos esperando
co n im paciencia que algo suceda, o aguardamos un acontecim iento
de m ucho interés para nosotros, o si nos sucede algo desagradable,
por ejem plo, tenemos algún dolor, alguna molestia, o alguna restric­
ción de nuestra libertad, entonces la duración del tiem po parece pro­
longarse. Finalm ente, con el aum ento de los años disminuye nuestra
con cien cia de la duración. En nuestra infancia, las vacaciones de ve­
rano se nos hacían tan largas que nos alegrábamos casi de volver otra
vez al c o le g io 1G.
A l e x i s C a r r e l com para el tiem po con el fluir de un río por un
valle. En la aurora de la vida, cuando está exuberante de energía, el
hom bre corre alegrem ente a lo largo de la ribera y va más rápido que
la corriente, antojándosele ésta lenta. Hacia el m ediodía, su paso
pierde algo de brío y cam ina con la misma rapidez que la corriente.
Al llegar la noche, el hombre está triste y cansado. La corriente parece
aum entar en velocidad y ya no puede seguirla, y se va quedando atrás.
Entonces se detiene y descansa para siempre. El tiem po ya no existe
para é l 17.

i d El tiempo, según la doctrina de S an t o T om ás (S . t ., p. I, q, 10, a. 1), es


la clase de duración propia de las cosas mudables. Es la medida de los mo­
vimientos de las criaturas corpóreas, es decir, de las cosas que tienen pa­
sado, presente y futuro. P l a tó n consideraba el tiempo como la imagen en
movimiento de la eternidad. S a n A g u s t ín , como la expansión del alma por
su contacto con la materia. A r is t ó t e l e s y A quitío , como el número o medida
del movimiento secundum prius et posterius, es decir, según las partes pri­
meras y últimas de este movimiento.
15 S h a k e sp e a re : A s Y ou Like It. Acto III, escena 2.a
10 J a m e s , W.: Psychology. N. Y. Holt,1892, pp. 283-85.
17 C a r r e l , A.: Man the Vnknown. London. Hamilton, 1935, p. 185. Otros
textos que tratan con más amplitud los aspectos temporales de la percep-
Características temporales 197

IX. R itmo..—Cuando la duración aparece com o una sucesión regu­


lar de acontecim ientos, la llam am os ritmo. La naturaleza perceptiva
de nuestra apreciación del ritm o es atribuida al h ech o de que los
acontecim ientos que entran en su estructura son reunidos en la co n ­
ciencia. Así, un grupo de sensaciones despierta nuestro interés preci­
samente por el h ech o de hallarse reunido temporalm ente. El agru-
pam iento puede referirse a cosas vistas, com o los m ovim ientos de
una danza, o a cosas sentidas, com o las pulsaciones del corazón, o a
cosas oídas, com o el tictac de un reloj. Cada grupo de estímulos tiende
a ser percibido com o un conjunto, que se enlaza y com para con otros
conjuntos. El hecho fundam ental com ún a todas las form as de ritm o
es el encadenam iento de las im presiones mentales, y el sentido com ún
nos suministra el hilo con el cual los datos de los sentidos externos
son reunidos para form ar unidades de experiencia.
Los materiales más ricos de la percepción del ritm o nos vienen in ­
dudablemente del oido. Así, la rápida y fácil com prensión del lenguaje,
com o la fluencia en su uso, dependen principialm ente de la capacidad
de reconocer el orden de los sonidos sucesivos, de com binar las síla­
bas para la form ación de palabras y de distinguir unas partes del
lenguaje de otras. La unión de sílabas, por supuesto, se encuentra
solamente en idiom as que utilizan varios sonidos para expresar una
sola palabra. En el inglés, por ejem plo, utilizamos el acento para
ayudarnos a dar el valor adecuado a cada sílaba. En el francés se pone
el m ismo énfasis más o m enos en todas las sílabas. En el chino no
es necesaria la acentuación, puesto que cada sonido es una palabra
distinta y los cam bios se efectúan por m edio de la m odulación de la voz.
La apreciación de la melodía im plica una capacidad para elabo­
rar con ju n tos a base de tonos individuales, pero tam bién está rela­
cionada con la capacidad de apreciar la periodicidad de lo que escu­
chamos, o de captar la recurrencia regular de los sonidos después de
los intervalos y de calcular la longitud y la intensidad de las notas o
de extraer temas de un conjunto.

Finalm ente, el goce de la poesía es en gran parte un efecto de la


discrim inación auditiva donde la cadencia, la división rítmica, la pau­
sa y el efecto de la igualdad de las term inaciones, desem peñan un
papel im portante. Con un estudio más detenido podría com probarse
que los rasgos perceptivos del verso no se diferencian demasiado de
los de la melodía. Podríam os llegar a afirmar que la poesía es una
form a musical del lenguaje, tal com o la prosa es más bien una form a
no m u sica l1®.

ci6n son: N e w m a n n , E. B.: perception. Foundations of Psychology. Edit, por


Boring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1948, pp. 242-45; T in k e r , M, A.: Tem­
poral Perception. Psychology. A Factual Text-book. Edit, por Boring. N. Y,,
1935, pp. 246-56.
18 Miner, J. B.: «Motor, Visual and Applied Rhythms». Psychological
Review Monograph Studies, 1903, 5, niim. 21; Newmann: Op. cit., pp. 245-49;
Tinzee, M, A.: Op. cit., pp. 256-59.
198 Sentido común y percepción

7. EL SENTIDO COMUN Y LA TEORIA GESTALTICA.— Está claro,


aun para un observador casual, que la m oderna teoría de la gestalt
está relacionada con la teoría tradicional del sentido común. Asi, por
muy lejos que vayan sus premisas originales, la prim era y básica pro­
posición de los gestaltistas es que experim entam os el cosmos—sus co­
lores, sus sonidos, sus olores, form a, tam año, movim iento, etc.— como
conjuntos perceptivos. Con seguridad, esto es otro m odo de decir lo
que ya habían afirmado A r i s t ó t e l e s y S a n t o T o m á s siglos atrás: que
la tarea del sentido com ún es precisam ente la de unir las impresiones
de los sentidos externos y darles un sentido sintético que no son capa­
ces de obtener por sí mismas. Siempre existe algo de la em oción del
pionero en descubrir, por nuevos e inexplorados cam inos, lo que ya se
conocía en el pasado. Los gestaltistas han analizado el proceso per­
ceptivo de un m odo m ucho más sistem ático que el que les fue posible
a los hom bres antiguos y del m edievo. Veamos ahora cóm o la ciencia
aclara e ilustra un punto de vista de la psicología filosófica.
La experiencia nos hace conscientes de que los objetos se hallan
separados de su fondo, de que las cosas se distinguen por su forma,
aspecto y otras cualidades tangibles. Las melodías son algo más que
una serie de sonidos, y así, sucesivamente. Las características funda­
m entales de la gestalt s o n : primera, que el todo es mayor que la suma
de sus partes; segunda, que las partes del todo son intercambiables.
En su explicación de dichos fenóm enos los gestaltistas señalan que
en la naturaleza misma encontram os conjuntos análogos a los que
hallam os en la conciencia. Por ejem plo, si un lazo de seda es colocado
sobre una capa de agua jabonosa de m odo que ésta n o se rompa, y
si el área que abarca el lazo se cierra con un alfiler, la form a resul­
tante será siempre circular, prescindiendo de la form a original del
lazo. No tenem os que rem ontarnos tanto para hallar configuraciones
en la naturaleza. Un copo de nieve o la form a esférica de la gota de
agua nos sirven com o ejem plos de configuración natural. En todos
estos casos una unidad m aterial organizada ha sido originada por
fuerzas de tipo físico. Según los gestaltistas, los impulsos nerviosos
poseen esta m ism a tendencia a la configuración que las energías de
la naturaleza, y de esta estim ulación obtenem os configuraciones en
la conciencia. Existen varias razones para rechazar esta apreciación
puram ente m ecánica, pero todas ellas pueden resumirse en la simple
afirm ación de que todas las fuerzas físicas y fisiológicas del universo
no pueden explicar suficientem ente la percepción o cualquier otro
dato de tipo psicológico. Si pudiesen hacerlo, no tendríam os por qué
tener facultades para el registro de las propiedades del universo y el
sentido com ún n o tendría razón de ser si la conciencia dependiese
de la física o si los todos perceptivos pudiesen ser explicados en tér­
minos puram ente fisiológicos19.
Veamos nuevam ente lo que ha dicho A quino sobre nuestra capaci-

in LmbwoRSKY, J.: Experimental Psychology. Trad, por H. R . de S ilva.


N. Y. Macmillan, 1931, 6." sección, c. 1; M oore, T. V-, O. S. B.: Gestalt Psy­
chology and Scholastic Phisolophy. The New Scholasticism. Enero 1934, pá­
ginas 46-80.
Particularidades de la percepción 199

dad para conocer las cosas com o conjuntos o configuraciones. Cual­


quiera que sea la naturaleza del estímulo o de la corriente nerviosa,
el hecho es que somos capaces de forja r patrones partiendo de los
datos de la experiencia. Debemos, pues, de tener una facultad para
realizar una tarea de este tipo, y ésta es el sentido común. Este es
a la vez selectivo y uniñcador. C itam os: «Todo sentido externo conoce
sus propios objetos distinguiendo unos de otros. El ojo, por ejem plo,
puede distinguir entre el blanco, el negro y el verde, pero ni el o jo ni
la lengua pueden distinguir entre lo blanco y lo dulce, porque si no
cada sentido tendría que con ocer ambas cualidades para darse cuenta
por qué son distintas. Luego la discrim inación de los diferentes tipos
de sensaciones que experim entam os debe ser labor del sentido com ún
para el que todo conocim iento proveniente de los sentidos externos
debe ser referido a una meta c o m ú n » zo.
Es obvio que las más elem entales G estalten se caracterizan por
estar organizadas. Una m ancha de color sobre un fondo blanco, un
círculo dentro de un cuadrado, un sonido en su con ju n to musical, son
captados cada uno por si mismos y al mismo tiem po en relación con
lo que los rodea. Cada grupo de estímulos representa una form a orga­
nizada de experiencia. Esto m ismo rige para más altas síntesis sen­
soriales. Cuando m iram os un cuadro o estudiamos la m elodía de una
nueva canción, cada parte del objeto en cuestión es percibida antes
de que se una con las demás para form ar un conjunto com pleto.
En resumen, los mismos hechos que han conducido al estudio de
la gestalt com o fenóm enos sintéticos, refuerzan la opinión de Aquino
de que la percepción es algo más que una fu nción de los sentidos
externos. El único m odo de explicarla es postulando una facultad
superior capaz de construir conjuntos mentales partiendo de las sen­
saciones.

8. PARTICULARIDADES DE LA PERCEPCION.— La percepción


presenta m uchos problem as que son de la experiencia diaria, y que
han originado una serie de controversias.
I. Ambigüedades.— Utilizando los mismos estímulos, es posible ob­
tener dos tipos diferentes de reacción mental. En las figuras adju n ­
tas, por ejem plo, notam os un m arcado cam bio en la percepción, si
miramos las figuras durante un cierto tiempo. Veamos prim ero la
figura de la escalera. A prim era vista tenemos la im presión de verla
desde arriba, pero si continuam os m irándola, p oco a poco, va varian­
do la percepción y entonces tenem os la impresión de verla desde
abajo. Después, nuestra percepción puede variar en un sentido o en
el otro indistintam ente. El vaso griego nos muestra cóm o pueden in ­
vertirse figura y fondo. En la prim era ojeada vemos la figura de un
vaso. Luego, si continuam os m irando al dibujo, la prim era impresión
desaparece y vemos dos perfiles, uno frente a otro. Del mismo modo,
en lugar de la estrella que se encuentra en el interior del hexágono,
vemos la figura de varios cubos. Esta figura asteroide tiene también

20 S. T„ p. I, q. 78, a. 4, r. a. obj. 2.
200 Sentido común y percepción

interés porque demuestra lo natural que es para nosotros ver objetos


tridim ensionales en todas las configuraciones que adm iten una visión,
de este tipo.

F i g , 17.— L a e s c a le r a a m b ig u a . F i g . 18,— E l v a s o g rie g o .

La figura de S a n t o r d nos demuestra una nueva característica, cuyo


valor perceptivo depende, en parte, de la ecuación personal. Observa­
m os de inm ediato que en el dibujo no aparece una serie continua de
líneas o de elem entos, sino que hay varias configuraciones potenciales,

F i g . 19.— L a e s t r e l la v a r ia b le . F i g . 20.— F ig u r a d e S anford

y aunque son m uchas las posibilidades, hay una m arcada tendencia


a agrupar los círculos de tal m odo que den lugar a configuraciones
con el m ismo núm ero de elementos.
R o b e r t W o o d w o r t h ha h ech o un estudio especial sobre los cambios
perceptivos y ha obtenido una lista de los factores que nos hacen
inclinarnos por un tipo determ inado de asociación más que por otros.
El prim er fa ctor es la proxim idad de ciertos elem entos entre sí. Tene­
mos una tendencia natural a agrupar los árboles que vemos en un
paisaje y form ar archipiélagos con las islas que se hallan esparcidas
por el océano. El segundo fa ctor es la similitud: si en una figura
Constancia de tamaño

No existe dificultad para apreciar que tanto los arcos de la derecha, que
se alejan en la perspectiva, com o los del fondo, son del m ismo tam año.
Mídase sobre el grabado la altura reproducida del orco más próximo y
podré observarse que aparece cuatro veces m ayor que el más alejado
{tamaños de perspectiva).

Figuras y fondos reversibles

Vaso griego y trébol

T
Adviértase que la parte vista com o figura
tiende a parecer com o ligeramente en re­
lieve respecto al fondo, aun cuando se
sepa que está impresa sobre la superfi­
cie de la página.
Particularidades de la percepción 20T

damos a algunos de los elem entos la misma form a o color, esto nos,
hace tender a agruparlos por su sem ejanza. El tercero es la continui­
dad, que puede ser hallada dentro de un conju nto inform e de ele­
mentos y que nos proporciona un criterio para su ordenación. Muchos
rompecabezas han sido construidos de este modo. Un cuarto factor
es la inclusividad, que proporciona una ventaja a unos elementos
sobre los otros, de m odo que los que no encajan dentro del esquema
preform ado, son sim plemente rechazados. El quinto factor es la fami­
liaridad, según el cual las cosas más conocidas tienen preferencia
sobre las menos frecuentes. Esto sucede, por ejem plo, cuando vemos
un perfil hum ano en una confusión de lineas o en una masa inform e
de nubes. El sexto fa cto r es la expectativa , que nos predispone de
antem ano a ver ciertos objetos en los estímulos presentados. Si se
nos dice, por ejem plo, que en el dibujo del rom pecabezas aparece la
figura de una bruja, nos es m ucho más fácil verla que si se nos ordena
simplemente observar lo que vemos. Un séptimo factor que W ood-
w orth no m enciona, pero que nos surgieren las leyes de la asociación
de A ristó te les, es el contraste, en el que el nexo de unión de los
elementos es precisam ente la diferencia que hallam os entre ellos. De
este m odo, una asociación frecuente es la del blanco y negro, o del
rojo y verde, o azul y am arillo, no porque se parezcan, sino precisa­
mente por ser distintos. El últim o fa ctor que m enciona W oodworth
es nuestra tendencia a la percepción de las cosas como un conjunto.
Este factor resume a los demás en cierto m odo, pero se le ha consi­
derado aisladam ente a causa de que proporciona una ventaja espe­
cial a las partes que se perciben com o elementos de un con ju n to
integrado 21. Para term inar, hem os de decir que esta lista de factores
no es exhaustiva en m odo alguno, ya que las posibilidades de asocia­
ción son extrem adam ente ricas. T am poco pretende explicar todas las
particularidades de la percepción, ya que cada hom bre percibe las
cosas de un cierto m odo y por unas razones personales, de m odo que
serla necesario establecer una ley para cada caso particular.
n. I lu sio it e s . .— La am bigüedad en la percepción significa que
existen dos m odos de ver una misma cosa y que am bos pueden ser
ciertos. La figura del vaso griego, por ejem plo, puede tam bién ser
interpretada com o dos caras vistas de perfil. La ilusión, en cam bio,
es un m odo único de interpretar los datos de los sentidos, pero de una
form a falsa. Podem os definirla com o un m odo equivocado de enjuiciar
ciertos elem entos sensoriales en determ inado terreno perceptivo. La
mayoría de los errores de este tipo provienen de sensaciones visuales.
Tenemos un ejem plo en el caso del som brero de copa. Juzgando
solamente por la apariencia, diríam os que la altura de su copa es
m ucho m ayor que el ancho de su ala. Esto se debe a que la parte
vertical del som brero se halla colocada en ángulo recto en el m edio
de la horizontal. Verem os esto claram ente si dibujam os dos trazos de

21 W ood w orth , R, S.: Psychology. N, Y. Holt, Edición revisada, 1929, pá­


ginas 331-92; C a rr, H. A.: Op. cit., pp, 277-83.
202 Sentido común y percepció?i

la misma longitud, uno horizontal y el otro en ángulo recto dividiendo


a este últim o en dos partes iguales.

altura, luortesia üe
D. Van Nostrand Co.,
Inc.) F tg. 23,—Ilusión de contraste.

La figura de los círculos demuestra cóm o la extensión interrum­


pida crea la ilusión de un área m enor que la extensión no interrum­
pida.
Aunque no lo parezca, la distancia entre los bordes exteriores de
los círculos de la derecha es la misma que la existente entre los
bordes internos de los círculos de la izquierda.
La figura siguiente es una ilusión de contraste. Las dos líneas
verticales son de igual longitud, pero su apariencia de igualdad des­
aparece si añadim os líneas trazadas desde el punto medio.
La escena de los pilares nos muestra cóm o líneas paralelas pueden
producir la ilusión de perspectiva. Los elem entos son los mismos que
ios de la figura anterior, pero ahora son utilizados para crear una
sensación de profundidad. En el m undo que nos rodea, aunque parezca
extraño, no solem os darnos cuenta de lo relacionado con la perspecti­
va, aunque ésta juegue tam bién su papel en la percepción. Así, si
vemos venir a un persona desde lejos en dirección nuestra, no nota­
mos que vaya aum entando de tam año a medida que se aproxima a
nosotros 22.

9. FUENTES DE LA ILUSION.— Puesto que las ilusiones son pro­


ducidas por un ju icio erróneo, tienen im plicaciones de más trascen­
dencia para la vida m ental que la simple ambigüedad. ¿Cóm o se expli­
ca n ? Hay tres fuentes de las que pueden originarse las ilusiones.
La primera y la más im portante es el estímulo. Los objetos mismos
pueden presentarse frente a los sentidos de un modo diferente a com o
son en realidad. El porqué aparecen así, por ejem plo, torcidos cuando
son derechos, o cortos cuando son largos, etc., constituye un tem a de

22 B r o w n , W .: Op. cít., pp. 230-34; Dimmick: Op. cit„ pp. 305-06; Luc-
khesch, M.: Visual Illusions. N. Y. Van Nostrand, 1922, c. 4-8; W oodw orth .
R. S. and M arquis. D, G. Psychology. N. Y. Holt. 5.a edición, 1949, pp. 429-35.
Particularidades de la percepción 203

discusión para los psicólogos desde hace tiempo. El hecho es que los
estímulos nos proporcionan datos falsos y nada podem os hacer en
contra de esto más que probar su error por m edio de las mediciones.
La segunda posible fuente de error proviene de los órganos de los
sentidos. La causa puede ser un trastorno de tipo funcional o un
defecto físico. Es fá cil com probar cóm o la sordera, los defectos de la
refracción ocular, el daltonism o o simplemente la fatiga o el nervo­
sismo, pueden ser causa de una percepción defectuosa. En estos casos

la mente n o es responsable de la interpretación de los datos falsos


que recibe.
El tercer fa ctor que influye en la producción de las ilusiones es el
estado m ental del su jeto que percibe. A veces no dejam os el tiem po
suficiente para que el estím ulo actúe sobre los sentidos adecuada­
mente, com o en el caso de la persona que com e con tanta prisa que
no tiene tiem po para saborear los alimentos. O bien podem os prestar
tanta atención a un determ inado objeto del cam po perceptivo que se
pierda su proporción con el resto de los demás. Puede tam bién existir
una m ezcla de imágenes inadecuadas con la im presión de los sentidos.
Es imposible, pues, predecir el in flu jo de la ecuación personal, cóm o
un determ inado estim ulo puede m odificarse según el ambiente, el
tem peram ento y las ideas del que lo recibe. Casi todo el m undo tiene
una actitud prefbrm ada a través de la que juzgan lo que le rodea.
Supongamos, por ejem plo, que antes de que un estím ulo actúe sobre
mí, tengo la im presión de que me hará actuar de un m odo determ i­
204 Sentido común y percepción

nado o me producirá un efecto determ inado, en cuyo caso cualquier


estím ulo que tenga la más ligera sem ejanza con lo que espero, será
capaz de producirm e ese efecto 2ft.

10. ILUSION E ILACION.— Para S anto T omás, el punto de mayor


interés en las ilusiones fu e el cóm o un error de los sentidos era capaz
de producir un error del intelecto. Sólo la m ente es capaz de juzgar
la validez o la falsedad de determ inados estímulos, pero Santo T omás
había observado que el sentido com ún es tam bién capaz de ejercer
una cierta clase de ju icio, puesto que discrim ina y sintetiza. La rela­
ción existente entre el sentido com ún y la m ente, sin embargo, no se
basa tan sólo en una m era sem ejanza de acción. El material con el
cual elaboram os todas nuestras ideas proviene de la percepción, por
lo que si ésta yerra es posible que nuestro pensam iento también
resulte erróneo a fin de cuentas. Examinemos esta posibilidad más
detalladam ente.
Vemos, primero, que es cierto que los sentidos externos nos pro­
porcionan a veces datos equivocados. Si, por ejem plo, veo algún objeto
gris cuando en realidad es verde, o siento un sabor dulce cuando es
am argo, ha habido un fallo en mis órganos receptores. Si veo movi­
m iento donde no lo hay o veo los objetos grandes cuando en realidad
son pequeños, el sentido com ún n o ha llevado a cabo su función
adecuadam ente. En este segundo caso Aquino afirm a que el error
puede ser debido a varias causas: ya sea a una debilidad de los senti­
dos externos de los que depende el sentido com ún para sus percep­
ciones, o a la fantasía que confunde lo irreal con lo real, o bien el
estím ulo que puede presentarse a los sentidos de un m odo poco co­
rriente. Como observa Santo T omás, no depende del sentido común
el que la luna se vea tan grande com o el sol, a lo que podem os añadir
que tam poco es un defecto de nuestra vista si un palo sumergido
parcialm ente en el agua parece que estuviese quebrado, o de nuestro
oído si un silbido suena más intensam ente al oírlo de cerca, ni del
tacto si al palpar un guisante con los dedos cruzados tenemos la
im presión de que son dos. Estos errores, com o podem os ver, no depen­
den en sí del sentido común.
Seguidam ente podem os hacernos esta pregunta: si los sentidos
pueden equivocarse, ¿cóm o podem os asegurar que la mente no se
equivoque tam poco? Santo T omás nos responde: en general, podemos
considerar a los sentidos com o testigos fiables de lo que sucede alre­
dedor nuestro, y aunque existe siempre alguno que otro error, éstos
se pueden considerar más bien com o la excepción que confirm a la
regla. La m ente puede adem ás hacerse cargo de estos errores. Negar
as Brennan, R. E.p O. P.: A Theory o} Abnormal Cognitive Processes ae-
cording to the principies of «S. T.» Tomas Aquinas. Wash. D. C. Catholic
University of America, 1925, pp. 35-37.
Como la ilusión es un dato de la percepción, se incluye, por consiguiente,
de un modo directo dentro de las propiedades sensibles comunes. Indirecta­
mente, sin embargo, puede considerarse como una cualidad sensible propia
cuando existe algún defecto del órgano receptor que registra a dicho sen­
sible.
Papel de la percepción 205

la validez esencial de los sentidos es negar toda la experiencia de la


humanidad. Más aún, es negar la posibilidad tanto de la ciencia com o
de la filosofía, ya que sus adquisiciones de orden superior están basa­
das en últim a instancia en los datos que nos proporcionan los senti­
dos. El realismo práctico de A quino considera a la sensación com o
una respuesta a los estímulos que actúan sobre el organism o y que
son conocidos tal com o afectan la conciencia. El valor de dicho con o­
cim iento es sólo relativo, y sólo se hace absoluto en el m om ento en que
la mente lo co n sid e ra 24.

11. EL PAPEL DE LA PERCEPCION EN EL CONOCIMIENTO.—


Resumiendo nuestras conclusiones sobre el sentido común, podem os
afirmar que la percepción es un proceso mediante el cual los datos
del conocim iento que han llegado a la m ente en form a de sensaciones
son reunidos y conform ados en experiencias completas. La percepción
amplía enorm em ente el cam po de nuestra conciencia. Por lo general,
los órganos sensoriales registran solam ente un aspecto del mundo
que nos rodea, a veces un simple detalle. La percepción es un proceso
mediante el cual unas partes son enlazadas con otras para form ar
un todo coordinado. Y lo interesante es que ese todo representa m ucho
más que la suma de sus partes. La percepción es la que proporciona
el factor adicional dando unidad, perspectiva y sentido a los datos
sensoriales.
Más aún, la percepción nos proporciona los datos necesarios para
pensar. Los sentidos y el intelecto trabajan uno al lado del otro para
el provecho m utuo del conocim iento hum ano. La naturaleza hum ana
está hecha de tal m odo que cuando se pone en contacto con algo
comprensible n o puede evitar el form ar una idea. ¿De dónde proviene
este impulso por conocer, o cóm o tiene conciencia del im pacto de la
realidad? A través del sentido com ún y sus productos de integración.
La percepción está hecha a la m edida para las funciones mentales,
por asi decir, y su presencia constituye com o un reto e incentivo para
nuestra capacidad de com prensión. De este m odo, añadiendo pene­
tración a los datos sensoriales, esto es, captando la naturaleza de lo
que nos presenta la percepción, nos es posible ampliar nuestro con o­
cim iento m u ch o más allá de lo m eram ente sensorial.
Por últim o, vem os que la percepción nos prepara para la acción.
Hemos nacido para vivir en sociedad y nuestros pensam ientos e ideas
serían estériles si no se convirtiesen en m otivos de conducta. La

84 S. T„ p. I, q. 16, a. 2; q. 17, a. 1-3; q. 85, a. 6.


El intelecto, cuya tarea es tratar lo universal, y cuyas funciones están
esencialmente libres de las contingencias del aquí y el ahora, está siempre
en una posición estratégica para supervisar los datos de los sentidos y para
corregir los errores de información que a veces surgen de los órganos sen­
soriales. Esto lo efectúa apelando a una experiencia mucho más amplia que
con la que están ocupados los sentidos, estableciendo comparaciones con
conocimientos previos que ayudan a interpretar la información actual de
los sentidos, haciéndose cargo de los defectos conocidos de los órganos re­
ceptores, y así sucesivamente. Ver también: M a r it a i n : The Degrees of Know-
iedye. Trad. por B, W all y M. R. Adamson, N. Y. Bcribners, 1938, pp. 142-44.
206 Sentido común y percepción

percepción se halla localizada entre la mente, por un lado, y el mundo


exterior, por otro, y su fu n ción es la de revelarnos el universo, ayu­
darnos a desarrollar nuestras facultades y disponernos a la acción.

BIBLIOGRAFIA. AL CAPITOLO XIV

A quino, St. T. : Suma Teologica. Parte I, q. 78, art. 4.


—. De Anima, art. 13.
A b i s t 6tet .e s : De anima. Libro II, Cap. 5 ; libro III, Caps. 1-2 .
C are , H. A.: An Introduction to Space Perception. New York, Longmans
Green, 1935.
L uckiesh, M .: Visual Illusions. New York, Van Nostrand, 1922, Caps. 4-6.
N e w m a n , E. B.: «Perception». Foundations of Psychology. Edit, por Boring,
Langfeld & Weld. New York, Wiley, 1948, Cap. 10.
P xllsbifry, W. B.: The Fundamentals of Psychology. New York, Macmillan
3.a ed„ 1934, Caps, 14-15.
Woodworth, R. S., y Marquis, D. G.: Psychology. New York, Holt, 5.1 cd„
1949, Cap. 13.
CAPITULO XY

IMAGINACION

1. CONCEPTO.—La experiencia nos inform a de que somos capa­


ces de revivir conscientem ente lo que nos ha sucedido con anteriori­
dad. Asi, aunque el ob jeto no se halle presente en la actualidad, puedo,
sin embargo, im aginárm elo en la pantalla de mi conciencia. Todos
sabemos cóm o son los colores de una puesta del sol, o el sonido de
un violín, o la fragancia de una madreselva. Hemos aprendido por el
uso habitual cuál es la sensación del agua, qué efectos nos producen
la m archa o la carrera, cuál es el placer de una buena com ida. Aunque
estas cosas se encuentran en el m om ento presente lejos del alcance
de nuestros sentidos, som os capaces, sin embargo, de traerlas nueva­
mente al cam po de la con cien cia por el simple acto de imaginarlas.
El único requisito previo para la realización de este hecho m ental es
que es necesario haber percibido con anterioridad los objetos evocados.
La im aginación puede ser definida com o el poder para rep resen ­
tarse de un m odo con creto ob jetos que ya han sido percibidos con
anterioridad por los sentidos, pero que no se hallan actualm ente p r e­
sentes. Como observa S a n t o T o m á s , las m ejores cosas de la vida no
significarían tanto para nosotros si tuviesen que ser siempre expe­
rimentadas en el m om ento. Para liberarnos de esta necesidad y p er­
mitirnos com pletar nuestro conocim iento, la naturaleza nos ha pro­
porcionado el poder de evocar las cosas cuando éstas se hallan ausen­
tes. Esta es precisam ente la tarea de la im aginación. Pero no debemos
pensar que sóZo actúa cuando los objetos se hallan ausentes. El hecho
es que los m ism os estímulos que actúan dando origen a percepciones,
también dan origen a imágenes. Lo que puede ser evocado espontá­
neamente debe haber sido poseído con anterioridad, de m odo que
podemos considerar a la im aginación com o un alm acén de las form as
que hem os recibido de los sentidos

2. NATURALEZA PSICO-SOMATICA DE LA IMAGINACION.— Lo


mismo que el sentido com ún, la im aginación es una facultad tanto del
cuerpo com o del alma, y Santo Tomás confirm a esta opinión.
I. E l e m e n t o p s íq u ic o .— Es necesario que haya existido una im pre­
sión original sobre los órganos receptores y que ésta haya sido reco-

1 S. T., p. I, q. 78, a. 4; D. Á., a. 4, obj. 1 y a. 13; D, P. A., c. 4. B r e n n a w :


The Thomistic Concept of Imagination. New Scholasticism, Abril 1941, pá­
ginas 149-61.
208 Imaginación

gida por el
sentido com ún, antes de que pueda iniciarse el proceso
im aginativo. Luego debe existir la reten ción de los efectos de la sen­
sación y la percepción, en un nivel inconsciente, a esto se refiere
Aquino cuando com para la im aginación con un alm acén de impre­
siones provenientes de los sentidos externos.

P or últim o, debe haber una evocación con scien te de lo que se ha


experim entado previamente. Por regla general, sin embargo, no todos
los detalles de la im presión original son reproducidos, puesto que la
im agen tiende a ser m enos vivida que la percepción. En cambio, el
cuadro puede ser com pletado con otros rasgos que no provengan de
la experiencia original. Por esta razón, las imágenes son siempre
m enos definidas que las percepciones, ya que por m edio de un proceso
selectivo se han ido borrando ciertos rasgos acusados que poseían
originalm ente 2.

II. Elemento somático.— Desde el punto de vista orgánico, nuestro


con ocim ien to de lo que sucede en el sistema nervioso durante el proce­
so im aginativo no ha avanzado más allá de los principios generales
de A quino, en los que se afirm a que la im aginación es función de la
corteza cerebral 3. Se da por sentado en la actualidad que todos los
impulsos nerviosos relacionados con el proceso de la percepción que­
dan registrados en el cerebro. Siguiendo las líneas de la investigación
m oderna, distinguim os tres tipos de registros: trazados sensoriales,
que son cambios perm anentes de la sustancia cerebral producidos por
los impulsos que vienen de los órganos de los sentidos y de los cuales
extraen su form a; trazas m otoras, que nos proporcionan un sistema
excitador persistente capaz de reproducir la configuración original
de las descargas m otoras, y trazas sensom otoras, que unen los ele­
m entos de los dos anteriores registros. Se supone que estas tres clases
de requisito, separada o conjuntam ente, están relacionados con la
evocación de imágenes. Es difícil explicar fisiológicam ente estos pro­
cesos, pero parece ser que el impulso nervioso original se hace reapa­
recer otra vez en la corteza. Cada registro retiene aparentem ente su
propia integridad nerviosa a pesar de que las mismas vías nerviosas
y las mismas áreas corticales están im plicadas en el registro de varias
impresiones. Es, sin em bargo, muy poco probable que las corrientes
nerviosas que provocan una percepción sean repetidas en su forma
original cuando se evoca la im agen del objeto percibido 4.

* C. D. A., L. in , Lee. 5 y 6.
3 S an t o T om ás sólo conocía la anatomía del cerebro grosso modo como
un órgano terminal de los impulsos nerviosos. Desconocía la localización
de los centros corticales, tal como se conoce en la actualidad. El localiza,
por ejemplo, el centro de la imaginación en un área cortical «posterior al
órgano del sentido común, donde la sustancia nerviosa es menos húmeda».
Según esta teoría, el grado menor de humedad explica el poder retentivo de
esta zona. Ver: D. P. A., c. 4.
* T roland , l . T . : The Principies of Psychophysiology. N . Y. Van N o s tr a n d ,
1932, Vol. III, pp. 15-50.
hnagen y percepción 209

3. DIFERENCIACION ENTRE IMAGEN Y PERCEPCION.— Existen


-varios m odos de diferenciar la im agen de la percepción. En primer
lugar, son el producto de facultades diferentes, de lo que se deduce
que deben poseer rasgos tam bién diferentes. En segundo lugar, el
hecho de que una de ellas se relacione con objetos presentes y otra
con objetos ausentes, debería dar a cada una de ellas un matiz psi­
cológico distinto. Pero la actitud de la persona que las experimenta
juega tam bién un papel en su diferenciación, y sucede que, bajo
ciertas condiciones experim entales (descritas en páginas siguientes),
la imagen y la percepción pueden perder los rasgos que las identifican.
Corrientemente, sin em bargo, no es demasiado difícil el identificarlas.
La prim era diferencia es la de su intensidad. La imagen nunca
.alcanza en la conciencia el mismo grado de intensidad que la p er­
cepción, sino que es m ucho más pálida y débil. Esto es natural, puesto
que las im presiones que recibim os directam ente del estímulo exterior
son m ucho más intensas y vividas que las imágenes, las cuales sólo
se hallan condicionadas por el estím ulo de un m odo indirecto. Ade­
más, la viveza de la im agen depende en gran parte de la intensidad
de la atención que hayam os prestado a la im presión original y del
número de veces que la im presión se repite. La viveza de la percep­
ción, en cam bio, no está tan determ inada por estos factores.
La segunda diferencia se refiere a la estabilidad. Mientras m ira­
mos las lineas de la palm a de la m ano las percibim os claram ente; pero
si cerramos los ojos e intentam os representarnos las líneas en nuestra
im aginación, vemos que van apareciendo varias im ágenes distintas
de la palm a de la m ano, que cada vez se van acercando m enos en su
parecido a las originales. Por último, aparecen en la conciencia im á­
genes de otro tipo, y las de la palm a de la mano sólo reaparecen a
intervalos. Vem os que este caso es muy distinto al del sentido com ún,
en el que el im pacto continuado del estímulo sirve para que el c o n ­
ju n to perceptivo sea más sólido y durable.
La tercera diferencia se refiere a la integridad. Este es uno de los
rasgos más característicos de la percepción, del mismo m odo que su
ausencia es un atributo frecuente de la imagen. Los contenidos de
la percepción son claros y m inuciosos; los de la im agen, al contrario,
son difusos e irreales. Sin embargo, debe observarse que las descrip­
ciones de la im agen com o débil, inestable e incom pleta, no son abso­
lutas, sino sólo en relación con las cualidades de la percepción. Para
hacer una distinción más im parcial entre ellas seria necesario pesar
los aspectos objetivos y subjetivos de cada una. Para Abistóteles la
diferencia reside en que podem os im aginarnos las cosas siempre que
lo deseemos, m ientras que la percepción requiere necesariam ente la
presencia del ob jeto 5.

* A r i s t ó t e l e s : De anima, Libro III, c. 3; C. jD. A., L. III, lección 4-6;


C. G., L. II, c. 73.
D e la V aissier e , J„ S. J.: Elements of Experimental Psychology, trad. por
S, A. R aemers . St. Louls, Herder, 2.a edición, 1927, pp. 90-95.
L in d w o r s k y , J., S. J.: Experimental Psychology. Trad. por H. R. de S il v a .
N. Y. Macmillan, 1931, pp. 132-35
BRENJÍAN, 14
210 Imaginación

4. EL EFECTO MOTOR DE LAS IMAGENES.— Si la vista del ali­


m ento nos hace la boca agua, la im agen es capaz tam bién de produ­
cir el m ism o efecto. Igualm ente los estímulos sexuales capaces de
provocar em ociones y m ovim ientos corporales pueden ser iniciados
por la simple representación de una situación erótica. Estos casos se
refieren a impulsos naturales del ser hum ano, y los efectos motores
provocados por dichas im ágenes son debidos a la puesta en marcha
de reflejos que siguen su curso, por más esfuerzos que hagam os para
controlarlos. Pero aun con los músculos sujetos a
control voluntario,
la influencia de las im ágenes en m ovim iento es muy característica!
Si nos im aginam os, por ejem plo, que vam os cam inando por el borde
de un edificio muy alto, al instante nuestro cuerpo se pone tenso y
tem bloroso de excitación, y una pesadilla produce efectos aún más
fuertes sobre nosotros.
Probablem ente el ejem plo más claro de cóm o nuestros cuerpos
se hallan configurados conscientem ente para el m ovim iento, por m e­
dio de imágenes, es bajar las escaleras en la oscuridad. Asi, vemos
que hay unos ciertos m ovim ientos para el descenso, y otros distintos
para andar a nivel; luego nos im aginam os que hem os llegado al suelo,
y nuestros músculos se relajan. ¡Qué sobresalto se siente entonces al
confirm ar que todavía nos falta un escalón para llegar al fin de la
escalera!
U no de los usos corrientes que hacem os de las imágenes motoras
es en el aprendizaje de ciertas habilidades. No hay nada más natural
que im aginarnos cóm o se hace una cosa antes de hacerla. Es muy
probable que la m ayoría de las form as de la conducta exterior em ­
pleen imágenes de este tipo para com pletar el hueco que existe entre
la teoría y la práctica. Además, vemos que en la form ación del há­
bito. por ejem plo, al aprender a ju gar tenis o golf, la tarea de las
imágenes m otoras n o queda reducida al com ienzo del proceso, sino
que continúan dando el em puje inicial cada vez que nos ejercitamos,
aun cuando ya no seamos conscientes de los m ovim ientos corporales
producidos 6.

5. TIPOS DE IMAGENES: I. I m á g e n e s s e n s o r ia l e s -— Cualquier


experiencia producida en los receptores sensoriales puede repetirse
en form a de imágenes. Desgraciadam ente, nuestro vocabulario es po­
bre en la descripción de los productos de la im aginación, ya que sólo-
tenem os términos tales com o im aginar y figurar, com o si sólo la vista
interviniese en este proceso. El h echo es que las imágenes pueden ser
producidas por cualquiera de los procesos perceptivos, ya sean del
tacto, del gusto, del oído o del olfato, adem ás de la vista. Sin embargo,
algunos de estos cam pos se hallan representados más adecuadamente
que otros, pero todos tienen valor para la mente. La investigación
ha confirm ado lo que ya sabíamos por la introspección, esto es, que
las im ágenes del tacto, del olfa to y de los m ovim ientos viscerales son

8 G ruendeh, H., S. J.: Eorperim-ental Psychology. Milwaukee, Bruce, 1932,


pp. 177-82.
Tipo de imágenes 211

escasas, mientras que las de la vista, el oído y los m ovim ientos v o ­


luntarios son numerosas. Más interesantes son las diferencias que
se producen a causa de la ecuación personal. Es así que algunas per­
sonas se im aginan con más facilidad las cosas vistas que las oídas.
Son buenos observadores y pueden recordar un rostro con más fa ci­
lidad que un nombre. Otros, en cam bio, recuerdan m ejor las cosas
oídas. Otros, especialm ente los que han sido privados de la vista y
el oído, tienen una sorprendente capacidad para utilizar las im áge­
nes cinestésicas i. De todos los cam pos sensoriales, el de la visión
es el que nos ofrece el m ejor m aterial para el estudio. La prueba
de las m anchas de tinta, por ejem plo, ha sido muy utilizada. Se p ro ­
yectan figuras de varias form as y tam años sobre una pantalla y se
pregunta al sujeto qué objetos o escenas le sugieren a la im agina­
ción. Han sido valoradas estadísticam ente las respuestas procedentes
de un am plio grupo de sujetos, y se utilizan ahora com o base para
el diagnóstico de las inclinaciones o los rasgos earacterológicos. Así,
por ejem plo, los que dan más respuestas de tipo crom àtico son tipos
em ocionales, los que dan respuestas de m ovim iento son im aginativos
y los que prefieren las respuestas de ordenación geom étrica o form al
son intelectuales. Este test ha probado tam bién su utilidad en el diag­
nóstico de tendencias psicológicas a n orm a les8 (*).
n. Imágenes eidéticas-— Cuando un producto de la im aginación
es tan claro y tan real que tom a el aspecto de una percepción, lo
llamamos im agen eidètica. En todos estos casos, sin embargo, el su­
jeto se da cuenta perfectam ente de que es una im agen y no una
percepción. Erich Jaeksch 9 fue el prim ero en hacer un estudio sis­
tem ático de estas imágenes. Se presentan más frecuentem ente en los
niños, cuyas im ágenes son tan vividas que parecen verdaderas per­
cepciones. Pero algunas veces las hallamos tam bién en los adultos,
en el tipo de hom bre que tiene ensueños, el que construye castillos
en el aire, la persona que prefiere la fantasía a la dura realidad.
En los niños, la im aginación eidètica representa una fase norm al
de su desarrollo y aunque es más acentuado en algunos de ellos, no
se la puede considerar com o algo anormal. Esto tiene m ucha im por­
tancia para los padres, que en algunos casos juzgan equivocadam ente
la conducta de sus hijos. El eidètico tiene la capacidad de im aginarse
las cosas con una sorprendente claridad y detalle. Puede precisar el
núm ero de botones de la chaqueta de un guardia, o de m anzanas
que hay en un árbol, o de bigotes que tiene un gato. Generalm ente

7 G a l t o n , F .: Inquiries into Human Faculty and its Development, Lon­


don. Macmillan, 1883, pp. 83-144.
8 B e c k , S. J.: The Rorschach Test Applied to a Feebleminded Group. Ar­
chives of Psychology, num. 136. N. Y. Columbia University, 1932.
(*) Se refiere aqui el autor al conocido test de R orschach. Pero preci­
samente la téGnica que indica, colectiva y proyectándose las láminas, ideada
por H arrower -E rikson , es de mucho menos valor psicológico que la indivi­
dual clásica de R orschach. (N. del T.)
9 Jaensch, E. R .: Eidetic Imagery and Typological Methods of Investiga­
tion. N. Y. Harcourt. Brace, 1&30.
212 Imaginación

estos porm enores no se encuentran relacionados con ningún núcleo


de hechos, y la facilidad con que el niño nos da la inform ación puede
hacer que le tom em os por un em bustero o un exagerado k>,
III. I m á g e n e s a l u c i n a t o r i a s . — El eidètico sabe que sus imágenes
n o son verdaderas percepciones, en cam bio la persona que padece
una alucinación no es capaz de hacer esta distinción. Sus imágenes
son tan vividas y reales, que el sujeto está convencido de su objetivi­
dad. P or eso se las suele considerar com o seudopercepciones, pero no
siempre son anormales. Nuestros sueños se hallan poblados de ellas.
Pueden tam bién ser inducidas por drogas o por el uso excesivo del
alcohol. Se consideran com o síntomas de anorm alidad m ental sólo
cuando se presentan en el estado de vigilia y en ausencia de estimu­
lantes patológicos. La alucinación, por supuesto, es distinta a la ilu­
sión. Esta últim a se debe a un ju icio erróneo de objetos actualmente
presentes para nuestros sentidos. La alucinación, en cambio, carece
de está base perceptiva. Por el contrario, supone la existencia real
de objetos que no se hallan presentes. Se puede ver u oír o sentir
cosas que no tienen existencia más real que el gato de Alicia en el
país de las maravillas. Los psicólogos se han interesado por saber si
una percepción puede alguna vez ser confundida con una imagen. En
las condiciones norm ales, esto no sucede, pero mediante m étodos ex­
perim entales especiales se observó que una persona podía confundir
la im agen de un objeto proyectada sobre una pantalla con el objeto
m ism o, ya que al efectuar el reemplazo ésta no se percató de ello n .
IV. I mágenes hipnagógicas.— La im agen hipnagógica se llama así
porque aparece en un estado interm edio entre el sueño y la vigilia.
Se la considera com o una transición desde el m undo real al soñado.
Puede aparecer bien en el com ienzo o al ñnal del sueño, pero para
la m ayoría de las personas, el prim ero es el periodo más rico en imá­
genes. Rostros, escenas y acontecim ientos que parecen reales desfilan
por la m ente algunas veces sin esfuerzo de la voluntad y otras a pesar
de ella. Con frecuencia son tan vividas que tienen todas las carac­
terísticas de una a lu cin a ció n I2.

6. LOS SUEÑOS.—‘L os hom bres siempre han concedido una sig­


nificación especial a los sueños y ha llegado a ser enorm e la cantidad
de explicaciones que se han acum ulado desde A ristóteles hasta nues­
tros días. Los sueños pueden ser estudiados desde dos ángulos: el
prim ero, su causa; el segundo, su significado.

10 A llport , G. W.: Eidetic Imagery. British Jotirnal oí Psychology, 1924,


15, pp. 99-120.
11 B ra.2, C. W. : Imagery, Psychology. A Factual Text-book. Editado por
Borine. N. Y.. 1935, p. 356; B ren n a n , R. E., O. P .: A Theory of Abnormal
Cognitive Processes, According to the Principies of St. Thomas Aquinas.
Wash. D. C. Catholic University of America, 192&, pp. 34-40; M oore, T. V.,
O. S. B . : Cognitive Psychology. Phila. Lippincott, 1939. pp. 277-312; P eres,
C. W. : «An Experimental Study of Imagination.» American Journal oí Psy­
chology, 1910, 21, pp. 422-52.
12 B bay , C. W.: Op. cit., p. 368.
Sueños 213

I. E s t í m u l o .— Una persona dorm ida se halla sujeta a gran varie­


dad de estímulos, entre ellos luces, sonidos, olores, presiones, etc. Se ha
visto que si tocam os la frente de una persona, por ejem plo, esto puede
ser causa de que la persona sueñe que la pica un insecto, que le duele
la cabeza o que le dan una bofetada. Si descubrimos el cuerpo y lo ex­
ponem os al frío, puede provocar en el sujeto sueños de hallarse esca­
lando una m ontaña, vadeando un río, o de estar desnudo. Una luz
repentina o el caer de un libro pueden provocar sueños de torm enta.
Además de estos estímulos externos, los sueños pueden ser producidos
por algunos estados orgánicos, com o calam bres musculares, mala di­
gestión o cólicos que suelen producir pesadillas. Lo reciente de un
estímulo está íntim am ente relacionado con el tipo de sueños que te­
nemos. Si nos fija m os bastante, observaremos que la m ayoría de
nuestros sueños proceden de sucesos que han ocurrido no m ucho
tiempo antes de dormirnos. Si, por ejem plo, hem os estado m irando
grabados en un libro, la im aginación se suele inspirar en ellos duran­
te nuestro sueño. Tam bién suele ser frecuente que cierta línea de
pensam iento pase del estado de vigilia al del sueño. Esto n o significa,
sin em bargo, que nuestros sueños no se relacionen con acontecim ien­
tos pasados, ya que algunas veces tratan de cosas tan lejanas que
aparentem ente las hem os olvidado del todo.
II. I n t e r p r e t a c i ó n .— M ientras la m ayoría de los hechos que acaba­
mos de m encionar son reconocidos por todos los psicólogos, no sucede
lo mismo al tratar de la interpretación de los sueños. En este terreno
sobresale en la actualidad S i g m u n d F r e u d , con su teoría de la realiza­
ción de los deseos. En sus aspectos generales, debe adm itirse que esta
teoría se apoya en la experiencia real de los hechos. Por ejem plo, un
niño a quien se le dio sólo un dulce, se levanta por la m añana co n ­
tando que soñó que se com ía una fuente entera de ellos. Algo parecido
nos sucede cuando en una fría m añana de invierno en que no desea­
mos salir de la cam a volvem os a adorm ecem os y soñam os que ya nos
hemos levantado y que estam os ya ocupados con nuestro trabajo.
Pero la explicación de F r e u d es m ucho más com plicada y llena de
matices. Com o señala, algunas de las características más corrientes de
los sueños son su aspecto grotesco y su distorsión, lo que representa
una m anera de velar deseos que en nuestra vida consciente nos pare­
cerían desagradables o vergonzosos. Rechazar el pensam iento de las
cosas prohibidas no elimina nuestro deseo de ellas. Por el contrario,
ellas continúan influyendo sobre nosotros de un m odo inconsciente y
form an el contenido latente de nuestros sueños, del mismo m odo que
su aspecto extravagante form a el contenido manifiesto. Durante el
sueño, las represiones dism inuyen y se consigue una satisfacción vica-
riante. Además, según F r e u d , toda represión representa un deseo
sexual y así la deform ación del sueño es un símbolo que representa
un deseo sexual reprimido.
A pesar del hecho de que el térm ino sexo es empleado por F r e u d en
el am plio sentido de im pulso anim al— deseo de alim ento, por ejem plo,
tanto com o deseo relacionado con la reproducción— , su teoría ha sido
214 Imaginación

severamente criticada sobre este punto particular. La mayoría de lo*


psicólogos sostienen la opinión de que cualquier deseo desagradable
puede ser reprimido. En resumen, el núcleo de la teoría freudiana ha
sido rechazado. Sin em bargo, hay acuerdo general en que los deseos
insatisfechos pueden ser, y generalm ente son, la causa de nuestros
sueños y, adem ás, que la naturaleza velada y deform ada de las imá­
genes de nuestros sueños puede ser debida a la intensidad de nues­
tras represiones 13.

7. IMAGINACION REPRODUCTORA Y CREADORA.— La distin­


ción que hacem os aquí entre las simples funciones reproductoras de
la im aginación y aquellas de carácter creador, proviene de A r i s t ó t e ­
les 14-
La im aginación reproductora se refiere a la representación de ob­
jetos y acontecim ientos de una form a no elaborada. Su tarea es
la de darnos una copia fiel de la experiencia sensorial. Si se nos invita
a evocar la apariencia de un huevo, un triángulo, una violeta, un
perro pastor, la sola m ención de los nom bres basta para que aparezcan
estas im ágenes en nuestra conciencia. No se necesita ningún esfuerzo
especial de construcción ni de control de la voluntad, ni de búsque­
da de nuevas disposiciones. La reproducción está presente en la im a­
ginación sim plem ente, igual que lo encontram os en la realidad. Supo­
nemos que este tipo de fenóm enos existe tanto en el hom bre com o en
los animales.
La im aginación creadora, por el contrario, es algo propio del hom ­
bre. No es una propiedad nueva, sino sim plem ente un nuevo uso dado
a la capacidad que el hom bre com parte con el animal. Pero en este
caso su ejercicio im plica una relación con la voluntad y la razón, ya
que requiere evidentem ente propósito y selección. Así, cuando ima­
ginam os un acontecim iento del futuro o algo que aún no existe o
algún lugar sobre el que hem os oído hablar o leído, pero que no
conocem os, hay im plicado algo más que la simple experiencia per­
ceptiva. Un fenóm eno de este tipo significa la existencia de una capa­
cidad de modificar, transform ar' y re com binar las imágenes de las
im presiones sensoriales previas. En fin, algo ha sido añadido a la
simple transcripción im aginativa de los hechos de la experiencia. Los
resultados pueden ser meros caprichos de la fantasía, com o las qui­

13 P reod , S.: The Interpretation of Dreams. Trad, por A. B r il l . N . Y.


Macmillan, edición revisada, 1923, c. 3.
D e S a n c t is S . and N eyhoz , V.: Experimental Investigations Concerning
the Depth of Sleep. Trad, por H. C. W a r r e n . Psychological Review, 1902,
9, pp. 254-82.
M oore , T . V ., O . S . B .: The Driving Forces of Human Nature and their
Adjustement, N. Y. Grune and Stratton, 1948, c. 5. Entre los breves tra­
tados de física que aparecen en: The Basic Works of Aristotele (editado
por R. McKeon. N. Y. Random House, 1941), el estudiante hallará una ver­
sión completa del tratado On Dreams (Sobre los sueños). El análisis que
hace A r is t ó t e l e s es muy interesante y está hecho con un admirable espíritu
científico.
1,1 De anima, L. in , final del c. 10 y comienzo del c. 11. Ver también
C. D A., L. m , lee. 16.
Imaginación y vida mental 215

meras o los grifos de los antiguos, o pueden representar conquistas


útiles para la cie n cia 15.

8. PAPEL DE LA IMAGINACION EN LA VIDA MENTAL.— Lo m is­


m o que la percepción, la im agen tiene para la mente un sentido do
síntesis y de conjunto. Esto es lógico, puesto que una es la represen ­
tación de la otra. Se diferencian solamente porque el objeto de la
percepción se halla siempre presente, mientras que el de la im agina­
ción esté ausente, y se reconoce precisam ente com o ausente. Vemos
que la facultad de realizar análisis y síntesis que existe en el sentido
com ún tam bién se observa en la im aginación. Pero en esta última, la
influencia de la razón es m ucho más notable, m anifestándose com o
una actividad de tipo creador. En sus escritos, S a n t o T o m á s prefiere
emplear la palabra griega phantasm a en vez del término latino imago
para describir el producto de la representación de la percepción. T o ­
das estas facultades— im aginación, mem oria y capacidad de estim a­
ción— están más próxim as a la m ente que el sentido com ún o cual­
quiera de los sentidos externos, y el D octor Angélico se refiere a sus
phantasm as com o ideas en potencia. Esta es la clave de su im por­
tancia para la econom ía del conocim iento, ya que ellas nos capacitan
para form ar conceptos abstractos. Sobre esto trataremos más ade­
lante.
La im aginación es un instrum ento muy útil para nosotros para
la solución de nuestros problemas. Veam os un ejem plo. Un cubo de
tres pulgadas, pintado en todas sus caras es dividido en cubos más
pequeños de una pulgada cada uno. ¿Cuántos cubos podríam os dibu­
ja r sobre tres caras? Y cuando encontrem os la solución, nos plantea­
remos la pregunta siguiente: ¿Cóm o solucionaríam os estos problemas
si no utilizásemos la im aginación para representarnos el material
presentado y todos los aspectos sensibles de las cosas?
Además, puesto que la im aginación es capaz de crear, desempeña
su papel en todos los casos en que la mente se halle ante situaciones
nuevas y difíciles. Por ejem plo, considerem os el papel que desempeña
en el trabajo del inventor. Prim eram ente éste traza un esquema de la
m eta que desea alcanzar. Luego desfilan por su mente toda clase de
imágenes, pero concentra su atención sobre aquellas que posiblem en­
te le sirvan para alcanzar su objetivo. Después de una fase de ensayos
y errores en busca de nuevas com binaciones, se llega finalm ente a
elegir una estructura particular que sea la que represente m ejor lo
que el inventor buscaba. Esta actividad im aginativa se halla presente
en todos los tipos de creación, ya sean de un artista, los de un escri­
tor, los de un científico o aun los de un filósofo que, com o S a n t o To­

15 La razón tiene la misma influencia sobre la memoria que sobre la ima­


ginación, como veremos en el capitulo siguiente. Ambas facultades en el
hombre tienen funciones noéticas tanto como sensitivas. De este modo, la
función creadora de la imaginación se combina con la función de remi­
niscencia de la memoria.
216 Imaginación

más nos dice, debe referirse siempre, aun. en los momentos de máxima,
abstracción, a las humildes funciones de la im a g in a ción 1B.

b ib l io g r a f i a a l CAPITOLO XV

A quino , St. T . : Stima teològica. Parte I, q. 78, art. 4.


— De anima, art. 13.
A r is t ó t e i .es : De anima. Libro III, Cap. 3.
B ra y , C. W.: Imagery. Psychology. A Factual Textbook. Editado por Boring,
Langfeld & Weld. New York, Wiley, 1935, pp. 344-73.
G ruender , H. S. J.: Experimental Psychology. Milwaukee, Brace, 1932, Cap. 9.
M aher , M„ S. J.: Psychology. New York, Longmans, Green, 9.a edición
1926, Cap. 8.
FxLLSBURY, W. B.: The Fundamentals of Psychology. New York, Macmillan
3." ed., 1934, Cap. 18.

11 S. T.( p. I, q, 84, a. 7 ; D. P. D., q. 3, a. 9, r. a. obj. 22. Aquí S a n t o


T omás observa que cuando se lesiona la corteza cerebral se suprime la com­
prensión. La razón es obvia. El intelecto necesita imágenes para poder pen­
sar, y la formación de imágenes se relaciona con las actividades corticales.
La conversión de la mente a los phantasmas se verifica en todas las formas
de conocimiento por medio del uso constante de ejemplos concretos, que
van ilustrando los puntos que se discuten. Ver también: B ray , C. W.: Op. cit.r
páginas 349-53.
CAPITULO XVI

MEMORIA

1. CONCEPTO DE MEMORIA.—Aunque la im aginación sea capaz


de evocar hechos del pasado, no los reconoce com o tales. Es distinto^
por ejem plo, im aginarse una n aranja que recordar la últim a naranja
que hemos com ido. En el prim er caso no interviene la historicidad
en nuestra imagen. En el segundo, lo que imaginam os está relaciona­
do esencialm ente con el pasado. Para S a n t o T o m á s , esta capacidad de
localizar las cosas en el tiem po es suficiente para que la considerem os
como una facultad distinta de las dem ás; de este m odo incluim os
a la m em oria en la lista de los sentidos internos. La definimos según
las doctrinas de A q u i n o , com o la facultad de evocar hechos del pasado
e identificarlos com o tales. Com partim os esta facultad con los anim a­
les. El h ech o de que reconozcam os las imágenes de la m emoria com o
localizadas en el pasado es una prueba, según S a n t o T o m á s , de que la
memoria es una poten cia relacionada con lo material y con los aspec­
tos tém por o-espaciales de las cosas, lo mismo que el resto de nues­
tros sentidos. En cam bio, la m ente no posee lim itaciones de este tipo,
ya que es capaz-de elevarse por encim a de las dimensiones del tiem po
y el espacio, i,

2. NATURALEZA PSICO-SOMATICA DE LA MEMORIA.— La m e­


moria, en el sentido estricto del térm ino, es decir, la facultad de
evocar el pasado com o tal, sólo puede pertenecer a una creatura co m ­
puesta por un com plejo-psico-som ático. Como veremos más adelante,
la mente tam bién posee la capacidad de evocar, pero esto no im plica
la existencia en el nivel intelectual de una facultad especializada para
el recuerdo. Com o la m em oria es una potencia mixta, tiene caracte­
rísticas tanto psíquicas com o somáticas.
I. E l e m e n t o p s í q u i c o .—Desde el punto de vista del conocim iento,
la memoria nos supone el m ismo esfuerzo que la im aginación. P rim e­
ramente es necesaria una im presión original en la que se requiere un
cierto esfuerzo para la fijación de la experiencia en la conciencia.
En lenguaje experim ental se le llam a la fase del aprendizaje. A c o n ­
tinuación viene la reten ción , en form a de imágenes, de lo ya perci­
bido. Estas im ágenes se alm acenan para un futuro uso. La tercera
lase es la de la restauración de los hechos pasados en el terreno

1 S T., p. I, q. 78, a. 4. D. V., q. 10, a. 2.


218 Memoria

actual de la conciencia. Hasta aqui todos los hechos concuerdan coa


los de la actividad im aginativa. La diferencia surge en la cuarta fase,
que es la de la capacidad de identificar lo que aparece en nuestra
con cien cia actual con alguna experiencia ocurrida con anterioridad,
o, lo que es lo mismo, localizar la im agen históricam ente 2.
En la actualidad se hace distinción entre el reconocim iento o iden­
tificación y el recuerdo. En el prim er caso tenem os la ayuda de un
estímulo, y en el segundo, no. Por ejem plo, nos puede resultar bas­
tante fácil identificar a T h o m a s J e f f e r s o p t en una serie de retratos
presidenciales y, sin em bargo, no poder recordar su aspecto sin la
ayuda de los retratos. Se han dado varias razones para explicar esta
diferencia. Es posible que el hecho que intentam os recordar sea muy
com plicado y lleno de detalles, o que haya sucedido hace largo tiem ­
po, o que no h a sido recordado con frecuencia, o que en el momento
de su fijación no hayam os puesto m ucho interés, o que se haya con­
fundido con otras impresiones. Todos estos factores dificultan el
recuerdo, pero no tienen la misma influencia negativa sobre la iden­
tificación s.
II. E l e m e n t o s o m á t i c o .— Se ha probado científicam ente que la me­
m oria depende de la actividad cerebral. Así, sin la ayuda de los des­
cubrim ientos acuales, S a n t o T o m á s supo reconocer esta relación. Hace
eiete siglos hizo notar ya que las lesiones de la corteza o estados de
estupor producidos por drogas podían ejercer efectos decisivos sobre
la im aginación y la mem oria y llegar a im posibilitar el recuerdo de
conocim ientos anteriores 4.
Aunque carecem os de in form ación directa sobre lo que sucede en
el cerebro durante las primeras etapas del aprendizaje, sabemos que
se produce el m ismo tipo de trazas que en el caso de la imaginación,
com o ya hemos visto en el capitulo anterior. Estas trazas no repre­
sentan sucesos externos, sino que son registros de la actividad de
ciertas zonas de la corteza. En realidad, tenem os tantos tipo? de m e­
m oria com o m aneras distintas de percibir las cosas, y cada tipo debe
estar asociado con una estructura particular de las células nerviosas
en el cerebro. La asignación de cada tipo de m em oria a un área
determ inada del cerebro se basa tam bién en estudios efectuados sobre
lesiones parciales o totales de estas zonas. Sin em bargo, en el caso de
hallarse lesionadas estas zonas, las funciones de la m emoria pueden
desarrollarse en otra parte de la corteza sin gran dificultad.
Lo que debemos señalar principalm ente es que la m em oria no es
una fu n ción puram ente biológica, com o sostuvieron los científicos
materialistas del siglo X IX , No basta con el conocim iento de las co­
rrientes nerviosas o de los potenciales cerebrales, por ejem plo, para
explicar el fenóm eno de l a evocación consciente. S h e r r i n g t o n , al refe­
rirse al paso de los estímulos nerviosos al nivel del conocim iento reco­

1 S. T„ p. I, q. 79, a. 6; D. A., a. 13.



’ Moohe, T. V., O. S. B.: Cognitive Psychology. Phlla. Lippincott, 1930,
página VI, c. 5.
4 S. T„ p. I, q. 94, a. 7; D. P. A., c, 4.
Leyes de asociación 2í9

noce que se produce un cam bio «totalm ente distinto a lo que se había
visto hasta ese m om ento, y totalm ente inexplicable para nosotros».
Lo que sucede— continúa— es que estamos demasiado acostum brados a
los m ilagros de la con cien cia para que nos sorprendan sus elementos
no biológicos. En vez de sentirnos m aravillados por la labor de los
sentidos, sólo nos sorprendemos ligeram en te5 Esto lo dice uno de
los más grandes filósofos de nuestro tiempo.
Por otra parte, n o debem os olvidar que ia m em oria depende bási­
camente del cerebro, prim ero desde un punto de vista estructural, a
través de la presencia de huellas o configuraciones corticales que
determ inan la naturaleza del registro de la memoria, y en segundo
lugar, funcionalm ente, a través de la repetición de la actividad
neuronal que acom paña a la impresión de dichos registros. Ambas
condiciones son absolutam ente necesarias para que sea posible la
restauración de cualquier hecho del pasado <\

3.MEMORIA Y REMINISCENCIA.— Siguiendo a A r i s t ó t e l e s , S a n ­


to distingue dos tipos de m em oria en el hombre. E l prim ero es
T om ás
la «evocación o simple recuerdo» que posee tanto el anim al com o el
hombre. La segunda es una adquisición estrictam ente humana, debi­
da al h ech o de ser guiada por la razón. Esta es la misma diferencia
que hallam os en el caso de los procesos imaginativos. Cuando la acti­
vidad de la m em oria es dirigida por la energía superior de la mente
y la voluntad, se la llam a rem iniscencia. A q u in o la com para con la
inferencia, transición lógica en la que se pasa de lo conocido a lo
desconocido. Por un proceso de este tipo, es posible llegar a aconte­
cim ientos olvidados, utilizando com o puntos de partida los contenidos
conscientes de la mente. H e r m a n w E b b i n g h a u s , autor de una obra clá ­
sica sobre la m emoria, ha seguido las enseñanzas de A r i s t ó t e l e s ,
haciendo una distinción entre las experiencias que son llam adas de
nuevo a la con cien cia espontánea y las que son evocadas deliberada­
mente por medio de procesos voluntarios y racionales ?.

4. LEYES DE LA ASOCIACION.— La m emoria no trabaja al azar,


com o veremos al estudiarla más detenidam ente. Aun en las form as
más espontáneas de evocación, existe alguna conexión entre las im á­
genes que regresan a la conciencia. Según S a n t o T o m á s , la razón
fundam ental de esta relación se basa en una tendencia natural de la
mente a reproducir las im ágenes sensoriales en el mismo orden en
que fueran registradas. Solem os percibir varios objetos en una expe­
riencia determ inada y cada objeto es registrado por su propio sen ­
tido. Nuestra reacción a la experiencia total se manifiesta en una serie

* S h e r r i n g t o n , C.: Introductory. The Physical Basis of Mind. Edit por


Laslett. N. Y. Macmillan, 1950, p. 3.
* M aher , M ., s. J.: Psychology. N. Y. Longmans. Green, 9.' ed., 1926, c. 9.
7 A r is t ó t e l e s : De Memoria et Reminiscentia, cc. 1 y 2 ; D. M . R., lec­
ción 8; S, .T., p. I, q. 78, a. 4.
E b b i n g h a u s , H.: Memory. Trad, por H. A. R t j g s r j C. E. B t t s s e n i u s . N. Y.
Columbia. University, 1913, pp. 1-2.
220 Memoria

de imágenes asociadas naturalm ente, de m odo que el retorno de una


imagen a ia conciencia arrastra consigo otras imágenes o aún todas
las demás.
Utilizando com o guía las norm as aristotélicas, A q u i n o observa que
el proceso del recuerdo avanza a lo largo de una serie temporal de
acontecim ientos, com enzando con aquellos más recientes y retroce­
diendo gradualm ente hasta los más remotos. Señala a continuación
las tres clases de relaciones que utiliza la conciencia para hacer revivir
las imágenes. Estas son las conocidas leyes de la asociación, de A r i s ­
t ó t e l e s . La prim era es la ley de la sem ejanza, que expresa el hecho
de qlie recordam os las cosas por el parecido que hallam os entre
ellas; así, S ó c r a t e s nos hace recordar a P l a t ó n , ya que am bos son
filósofos griegos. La ley siguiente es la ley del con traste, que establece
que hay una asociación que se produce precisam ente entre las cosas
opuestas. Por ejem plo, el nom bre de H éctor nos hace recordar el de
Aquiles, puesto que fueron grandes adversarios. La tercera es la ley
de la proximidad, según la cual la asociación se establece entre los
objetos que se hallan cerca unos de otros, ya sea temporal o espacial­
mente. Así, por ejem plo, un cum pleaños puede recordarnos la estación
de las lilas, la im agen de una cuidad puede sugerirnos la del río que
la atraviesa, o el recuerdo de un h ijo puede traernos a la memoria
la im agen de su padre. Podríam os quizás resumir estas tres leyes di­
tiendo que cuando se recuerda parte de una experiencia anterior, é&ta,
tiende a evocar las partes restantes 8.
La investigación m oderna ha confirm ado las observaciones de
A r i s t ó t e l e s y A q u i n o , y ha llam ado la atención además acerca de
uno o dos puntos que se hallaban sin desarrollar en sus escritos. Por
ejem plo, se ha com probado experim entaim ente que ciertos recuerdos
aparecen en la conciencia sin ninguna razón aparente que los jus­
tifique, Las ha llam ado asociaciones libres, pero com o son muy poco
frecuentes, sólo las podemos considerar com o las excepciones que
«onflrm an las reglas enunciadas por A r i s t ó t e l e s , Otro fenóm eno de
interés revelado m ediante experiencias de laboratorio es la tendencia
a la perseveración de la m emoria. Este hecho fue m encionado por
prim era vez por G e o r g M ü l l e r hace unos cincuenta años y puede
ser definido diciendo que una im agen que ha aparecido una vez en
la conciencia tiende a volver a ella nuevam ente con facilid ad 9. La
im portancia fundam ental de la perseveración se basa en su a p lica -
tión para el estudio y el aprendizaje, com o veremos más adelante.

5- EL APRENDIZAJE.—La m em oria nos ofrece un am plio campo'


de acción para la investigación. La m ayoría de los estudios se han
centrado sobre los temas del aprendizaje, la retención y la asociación.
I. C urvas del — Desde el punto de vista de la m e -
a p r e n d iz a j e .

* D. M. R., lect. 5,
9 M ö l l e r . G. E., y P il z e c k e r , A.: Experimentelle Beiträge zur Lehre von-
Gedächtniss. Zeitschrift für Psychologie, 1900, E r g b d . 1.
Aprendizaje 22í

m o r ía í0, en el aprendizaje lo que hacem os fundam entalm ente es ir


alm acenando impresiones en form a de imágenes. El investigador in ­
tenta averiguar cóm o progresam os en un cierto período de tiempo,
qué proporciones de m ateria son aprendidas en diferentes periodos
de tiem po y qué condiciones afectan la form a de la curva que re­
presenta el proceso íntegro. La curva del aprendizaje, com o vemos
en la figura correspondiente, puede seguir cualquiera de estas tres
direcciones. Primero, puede seguir
una aceleración negativa, en cuyo
caso el sujeto adquiere más m ate­
rial de conocim iento en la primera
parte del periodo de aprendizaje
que en el segundo. La aceleración
puede invertir su velocidad, ini­
ciándose de un m odo lento y au­
F i g . 25.—Curvas del aprendizaje,
m entando progresivam ente. Este es
(Cortesía de John Wiley and el caso de la aceleración positiva.
Sons, Inc.) Por último, la curva puede ser una
com binación de las anteriores, em ­
pezando con un im pulso positivo que va aum entando de velocidad a
medida que avanza, para luego empezar a declinar después de haber
alcanzado el punto de m áxim a eficiencia. Esta constituye quizá el
tipo de curva que se encuentra con más fre cu e n cia 11.
n . M a t e r i a d e l a p r e n d i z a j e .— Se ha observado que las materias
significativas, com o un pasaje de prosa o de poesía, son retenidas
por la m em oria más fácilm ente que las materias carentes de sentido,
com o las sílabas de E b b i n g h a ü s . La ventaja de las primeras sobre las
segundas reside en su valor asociativo, lo que significa que ya se
conocen parcialm ente antes de que com ience el periodo de aprendi­
zaje, pero estas últimas nos ofrecen la oportunidad de dem ostrar
m ejor la capacidad de nuestra m emoria. E l estudiante puede com ­
parar esto por sí mismo observando e l tiem po que tarde en aprender
los siguientes versos, e l prim ero de L o p e d e V e g a , en La D orotea, y el
segundo una muestra fie rim a carente de sentido construida por
■Ma r i a n o B r u l l ,

A mis soledades voy,


de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

10 Digo aquí: «Desde el punto de vista de la memoria», porque en el


aprendizaje entran muchos otros factores además de la memoria. Desgra­
ciadamente en casi toda la literatura de la psicología moderna la palabra
•aprendizaje se limita al nivel de los sentidos, siendo que este tipo de cono­
cimiento es sólo el comienzo de la educación. Para S an t o T om ás el proceso
esencial del aprendizaje del hombre es la formación de hábitos mentales y
de voluntad, siendo la memoria un factor secundario en la perspectiva total
de la educación del ser humano.
J1 M c G eoch , J. A.: Learning. Psychology. A Factual Text-hook. Edlt. por
Soring, Langfeld, Weld. N. Y. Wiley, 1935, pp. 306-09.
222 Memoria

Olivia oleo oloriíe


alalai cánfora sandra
milingítara girólora
zumbra ulalinüre calandra *.
n i . S u j e t o d e l a p r e n d i z a j e .— Todo buen m aestro conoce las di­
ferencias individuales que existen en la capacidad para el apren­
dizaje 12. Asi com o las estrellas son distintas unas de otras, lo mismo
les sucede a los individuos en lo que se refiere a las dotes naturales
y al m odo que tienen de utilizarlas.
Vemos, pues, que el prim er problem a reside en las diferencias
individuales. Este es un h ech o que n o es posible modificar y que es
preciso reconocer para evitarnos más de un dolor de cabeza. Dicho
en pocas palabras, significa que existen variaciones no sólo entre los
diferentes individuos, sino también en el mism o individuo en lo re­
ferente a distintas facultades, o en las distintas etapas del desarro-
eo. Así, por ejem plo, la capacidad para memorizar m ecánicamente
varía de un individuo a otro entre los m iem bros de un mismo curso.
Puede tam bién haber buena m em oria acom pañada de baja inteligen­
cia. Por últim o, la mem oria puede ser muy buena en la juventud y
perezosa con los años por la falta de ejercicio.
A continuación vem os que la edad es otro factor muy importante
de la m em oria. Las investigaciones no coinciden en absoluto con la
opinión popular de que la m em oria se va perdiendo de un m odo muy

' » - 1_____ i _ _ l ____J— J- — i-


0 ¡O 20 30 40 SO SO >0 80

Fig . 26.—Capacidad de aprendi­


zaje en relación con la edad.
acentuado con los años. Es posible que esta pérdida aparente se
explique en parte, com o acabam os de m encionar, por la falta de
ejercicio, pero las razones son más bien otras. En prim er lugar, los
adultos utilizan m ucho m enos la m em oria m ecánica que los niños,
por lo que se pierden las ventajas de su uso diario. Además, los adul­
tos tienen m ucho m enos interés que la gente joven en memorizar.
* He sustituido por esta poesía de L ope de V eg a la que el autor transcribe,
de S hakespeare («Maldición de la bruja», en M acieth), casi imposible de
traducir rimada. Y también los renglones poéticos sin sentido de P h ilip
B a l lar d , del original inglés, por otros análogos de una «jitanjáfora* (asi
llamadas por A l f o n s o R e s e s ), de M a r ia n o B rijll . (Véase en A l f o n s o R e y e s :
La experiencia literaria. Buenos Aires. Ed. Losada, 1942, p. 201.) (N. del T.)
13 B a l l a r d , P. B . : «Obllviscence and Reminiscence». British-Journal of
Psychology, 1 9 1 3 , 1, núm. 2 , p, 9. (Para B a l l a r d la palabra reminiscencia
significaría un incremento del aprendizaje no debido a la práctica. Para
A r i s t ó t e l e s , en cambio, supone una búsqueda activa de imágenes guiada
por la razón. Los dos significados no se oponen, sin embargo, ya que el
Incremento no debido a la práctica puede ser debido a una conexión de la
memoria con las facultades superiores.)
M c G eoch , J. A.: «Experimental Studies of Memory». Readings in General
Psychology. Edit. por Robinson, Chicago. University of Chicago Press, 2.* edi­
ción, 1929, p. 378-32.
Aprendizaje 223

Quizá también, una falta de confianza en la propia capacidad para


aprender tenga un efecto inhibidor sobre el esfuerzo útil. Todos estos
factores han sido exam inados cuidadosam ente por E d w a r d T h o r n d ik e
y sus colaboradores, y los resultados de sus tests, efectuados en p er­
sonas desde los cin co a los cuarenta y cinco años, aparecen en la
figura 26 *3.
El sexo ha sido tam bién m otivo de estudio en relación con la
capacidad para aprender. Aunque no se haya enunciado ninguna ley
general para expresar los resultados de la investigación, se han ob­
tenido las suficientes pruebas de que las diferencias entre el sexo
masculino y el fem enino eran pequeñas, si las había, y debidas más
bien a los distintos intereses de cada sexo. Un m uchacho, por ejem plo,
puede tener una m em oria m ejor para las ciencias, pero una niña le
puede aventajar en las artes. En cam bio, en el caso de que el m a­
terial em pleado no perm ita la intervención de las inclinaciones del
entretenim iento previo, com o, por ejem plo, em pleando las sílabas sin
sentido, no se observan diferencias dignas de m ención entre los dos
sexos, o cuando existen, aunque son ligeras y sin im portancia, son a
favor del sexo fe m e n in o 14.
Vemos además que a m edida que las personas maduran, suelen
dar 'preferencia a un tipo de sensaciones sobre las demás. A veces
esto se puede explicar com o un resultado de las diferentes dotes de
cada individuo. H e l m h o l t z , por ejem plo, era una persona con una
extraordinaria agudeza sensorial para el oído y la vista, y se interesó
desde muy tem prano por los terrenos donde sus facultades naturales
tuviesen aplicación. Por otra parte, la preferencia puede deberse al
ambiente o al entrenam iento. Los chinos son proverbialm ente con o­
cidos por su capacidad para memorizar, no porque tengan m ejor m e­
moria que los demás, sino porque han desarrollado el hábito de leer
en alta voz lo que están intentando aprender. R elacionado con esto,
aunque dependiente de otro sentido, es la costumbre de m over los
labios m ientras se estudia. Finalm ente, vemos que algunas personas
además de leer suelen escribir las materias que desean aprender. Pero,
prescindiendo de las dotes particulares, es evidente que la manera
de obtener m ayor fruto de nuestro estudio es utilizando tanto la vista,
como el oído o el sentido muscular.
Otro de los descubrim ientos de la investigación experim ental ha
sido el reconocim iento de hecho de que la m em oria no tien e relación
intrínseca con la inteligencia, es decir, que no podem os deducir el
nivel intelectual de una persona de su capacidad para memorizar.
Los investigadores están de acuerdo en su m ayoría en que una d e­
ducción de este tipo es imposible, ya que estamos tratando con dos
tipos diferentes de facultades. Indiscutiblem ente, señala C h a r l e s
S p e a r m a ít , es m ucho más fá cil mem orizar que captar el sentido de
las cosas. Y continúa diciendo que la m em oria es la responsable de

19 T horndike , E. L .; B r e g m a n , E. O . ; T il t o n , J. W ., y W oodyard , E .: Adult


Learning. N. Y . Macmillan, 1&28.
14 G aret , H . E .: Great Experiments in Psychology. N. Y. Appleton-Cen-
tury. Sdicf6n revisada, 1941, pp. 80-35.
224 Memoria

m uchos de nuestros errores, confundiendo las épocas de determ ina­


dos sucesos, los lugares, e t c .1S. En relación con esto, yo desearía
añadir que la m em oria no puede ni fue creada para resolver nues­
tros problemas. Su papel, com o insiste S a n t o T o m á s , es el de enrique­
cer nuestra experiencia por m edio de las imágenes, de suministrarnos
m aterial para el pensam iento y de ofrecernos ejem plos concretos de
lo que intentam os com prender de un m odo abstracto. Pero pedirle a
la memoria ideas es com o pretender que nuestro perro nos resuelva
los problem as de m atem áticas. Además es tener a la mente muy poco
en cuenta el hecho de recurrir a la m em oria cada vez que se nos
presenta un problem a de tipo racional, y, sin embargo, ¡cuántos de
nosotros recurrim os a la memoria cuando lo que se nos exige es una
cavilación honda y sincera sobre el problem a! Tal com o afirmamos
al com ienzo de este libro, cualquiera que se ejercite en el uso de la
memoria puede llegar a convertirse en un estudiante de Filosofía
o de Psicología de prim era categoría, pero solamente aquellos que
luchen con sus ideas y que lleguen a obtener conclusiones de tipo
personal sobre el hom bre y el universo, m erecerán ser llamados en
propiedad filósofos o psicólogos.
Finalm ente, la in ten ción de aprender puede jugar un importante
papel en la tarea del aprendizaje. Este factor se encuentra sólo en
el hombre, cuyos sentidos se hallan sujetos a un control superior. En
este caso interviene la voluntad instigando a la m emoria y refor­
zándola cuando vacila y prestándole impulso. La em oción a su vez
puede ser una ayuda para la m em oria, siempre que sean emociones
favorables a ella, tal com o las promesas de prem io o de castigo. Sin
em bargo, a veces nuestros sentim ientos son irracionales o dificultan
la actividad de la memoria, en cuyo caso son una desventaja para
el proceso del aprendizaje. La ansiedad, la excitación em ocional, el
miedo al castigo o a disgustar a la persona que se quiere o respeta
son causas que inhiben la libre actividad de la memoria i®.
IV . P r o c e s o d e l a p r e n d i z a j e .— Se han analizado experimental­
mente los m étodos y condiciones más adecuados para el estudio y se
han obtenido resultados muy interesantes.
En prim er lugar, se ha establecido que la práctica espaciada es
m ucho más eficaz que la distribución hecha al azar del tiem po des­
tinado al estudio. El tiem po óptim o de descanso es aproximadamente
proporcional al tiem po que se tarda en aprender una tarea. Han sido
propuestas varias explicaciones para este fenóm eno, pero quizás la
más plausible sea la de las tendencias perseverativas de la memoria,
que hem os m encionado anteriorm ente. Esto significa que la memoria
continúa funcionando m ucho después de haber cesado la tarea de
aprender. Por el contrario, la form ación de imágenes y sus retoques
definitivos se lleva a cabo, en gran parte, en un nivel inconsciente.

,iS S p e a r m a n ,C .: The Abilities of Man. N. Y , M a c m illa n , 1927, c . 16.


^ M c G e o o c h , J. a . : Reading in General Psychology , p p . 3 8 2 -8 9 ; Neu­
m a n n , E.: The Psychology of Learning. Trad, p o r J. W. B a ir d . N. Y. A p p le to n ,
1913. p p . 281 y s s .; M o o r e , T . V., O . S B .: Op. cit., p . VI c 8.
Aprendizaje 225

Esto explica el hecho de que m uchos de nuestros problem as los re­


solvamos después de haber dorm ido. Uno de los m ejores m om entos
para aprender es precisam ente el anterior al sueño. Así, el ensayar
una lección o un discurso la noche antes de la aparición en público
nos proporciona el doble de ventajas que si lo hiciésemos el mism o
día del acto.
En segundo lugar, vem os que el problem a de el todo fren te a la
parte ha sido tam bién ob je to de estudio por parte de los investiga­
dores, pero en este caso la evidencia no ha sido tan clara. Por ejem ­
plo, al aprender un poem a de m emoria, algunos estudiantes prefieren
ir línea por línea y obtienen m ejores resultados con este sistema.
Para otros es más fácil repetirlo en su totalidad. Si se trata de un
trozo breve, por ejem plo, de unas líneas, no im porta m ayorm ente
qué recurso utilicemos. La edad tam bién puede influir, ya que a
medida que nos hacem os adultos aumenta nuestra capacidad para
visualizar las cosas con más perspectiva. Existen algunas personas
con una capacidad de retención tan intensa que con una o dos lectu ­
ras son capaces de grabar en la m em oria un material muy extenso.
S a n t o T o m á s parece haber poseído esa dote, ya que con fesó en una
ocasión, hacia el final de su vida, que nunca olvidaba lo que había
estudiado. Pero era una persona que ejercitaba m ucho su memoria,
y ése es otro punto que tenem os que considerar al hablar del apren­
dizaje. En resumen, puesto que los gustos y las aptitudes son tan
diversos, no podem os afirmar en definitiva cuál es lo m ejor en lo
referente al problem a del todo fren te a las partes.
A continuación, vem os que se h a h ech o un estudio tam bién sobre
el problem a del recitado fren te al no recitado, y se ha observado que
el prim er m étodo aventaja al segundo. La razón es evidente. Así. si
un estudiante recita la lección para si mismo antes de darla en clase,
obtiene con ello tres ventajas. En prim er lugar, descubre de ante­
m ano las dificultades que presente su trabajo. En segundo lugar,
proporciona claridad y enfoque a sus ideas, y por último, le da a su
material la form a que deberá tener en su reproducción final. En la
experiencia así adquirida y m ediante una apreciación adecuada de
sus puntos fuertes y sus debilidades puede equilibrar sus esfuerzos
para lograr la maestría. Este es el secreto de un buen recitado, ave­
riguado por la investigación, pero conocido de siempre de m odo em ­
pírico, com o en el caso del refrán que dice que el m ejor m odo de saber
si un pastel es bueno es com erlo.
Finalm ente, tenem os el problem a del ritm o, o cadencia del len­
guaje hablado. Puede adoptarlo un m aterial de cualquier tipo, desde
los cuentos infantiles hasta los poem as épicos, com o la Eneida, la
Odisea o el Poem a del Cid. Aun las reglas más áridas de la lógica
han sido som etidas a este tratam iento con felices resultados para el
lógico novel. En todos los casos el ritmo proporciona una ventaja c o n ­
siderable cuando nos hallam os en la necesidad de memorizar, y su su­
presión puede ser desafortunada para la gente Joven. Tanto el ritm o
com o la rima se utilizan en la música, y uno de los m odos más fáciles
de averiguar su valor para la m em oria es tratar de recordar la letra
BRENNAN, 15
226 Memoria

de una canción sin su melodía correspondiente. Vemos, pues, que la


recurrencia seriada de intervalos, producida p or palabras o frases que
se pronuncian unidas, se graba fuertem ente en la memoria, de modo
que sin el contexto rítm ico en que la letra de la can ción fue aprendida,
resulta sumam ente difícil hacerlas regresar a la conciencia.
Del examen de los factores precedentes puede deducirse con se­
guridad que la adquisición de conocim ientos puede mejorarse m u­
cho perfeccionando nuestros hábitos de estudio, aunque la mayoría
de los psicólogos sostienen, com o J a m e s , que la memoria, com o cua­
lidad innata, no se modifica después de cierta edad. Pero empleando
un m étodo adecuado y una práctica constantes, un estudiante menos
dotado puede llegar a emplear m ejor su mem oria que otro más ca­
pacitado, pero que hace peor uso de ella. Incluso las realizaciones
sorprendentes de los denom inados expertos en memoria pueden ser
explicadas en gran parte por la preparación. Los resultados expe­
rimentales llevan a la conclusión de que la memoria puede conse­
guir progresos evidentes m ediante el em pleo de una técnica relativa­
m ente se n cilla 17.

6. RETENCION.— En lenguaje experim ental llam amos retención


a cualquier grado mensurable de persistencia de los materiales con­
fiados a la m emoria. Por contraste, aplicam os el térm ino de olvido
a cualquier fallo en la reaparición de estos materiales en condiciones
experimentales. El h ech o de que no podam os recordar todo lo que
hem os aprendido no siempre es desventajoso, puesto que es una dis­
posición de nuestra naturaleza. Por ejem plo, nos es muy útil el poder
olvidar los sucesos desagradables o trágicos de nuestra existencia.
El olvido es en realidad una expresión de la actividad selectiva
de la conciencia. Es una señal de que la mem oria, por la razón que
sea, no desea evocar un h ech o determ inado. Podem os explicarlo de
un m odo fisiológico diciendo que es una consecuencia del abandono
o la desaparición de determ inadas impresiones corticales, o en el
caso de que sea un fenóm eno tem poral, de la interferencia de los
procesos nerviosos concom itantes al acto de evocar. Pero esto es m e­
ramente dar una explicación en términos neurológicos, ya que en
realidad ignoram os casi por com pleto lo que sucede en las regiones
corticales cuando olvidamos. Me estoy refiriendo, es claro, a fallos
de la m em oria en circunstancias normales, y no a los efectos pro­
ducidos por lesiones, fatiga o uso de drogas. Examinaremos, pues, el
problem a desde el punto de vista psicológico y estableceremos los
factores m entales que intervienen en é l 1S.
I. C o r v a de r e t e n c i ó n .— La curva de retención representa un in ­
tento para expresar gráficamente lo que sucede cuando memoriza-

17 J a m e s , W . : Psychology. N . Y . Holt, 1892, p p . 296 y s i g s . ; M c G eoch : Rea­


dings in General Psychology, p p . 289-96.
18 M c G eo ch , J . A . : Psychology. A Factual Text-book, p . 301; P il l s b u -
r y , W . B .: The Essentials of Psychology. N . Y . M a c m i l l a n , e d i c i ó n r e v is a d a ,
1925, p p . 217-18.
Retención 227

mos, desde el m om ento en que ha term inado la fase de aprendizaje.


La form a clásica de esta curva la debem os a E b b i n c h a u s , y su validez
ha sido confirm ada por investigaciones ulteriores. Esta desciende rá­
pidamente durante las primeras veinticuatro horas que siguen al

Dias
F i g . 27.— C u r v a d e r e t e n c M n
d e EE3INGBAUS.

térm ino del período de aprendizaje, continúa descendiendo con más


lentitud en las segundas veinticuatro horas, para luego continuar
declinando de un m odo casi im perceptible. Según esta curva, la m a­
yor parte de lo que vam os a olvidar se olvida casi a continuación de
haberlo aprendido.
Una excepción parcial de la form a corriente de la curva se pre­
senta en la rem iniscencia, en cuyo caso la m em oria parece m ejorar
sin necesidad de ejercitarla. Pero la rem iniscencia, en la acepción
m oderna de la palabra, sólo es posible cuando aprende parcialm ente,
pues la maestría com pleta no dejaría lugar para que se produjese
m ejoría alguna. Hasta el m om ento actual desconocem os la causa de
la rem iniscencia 19.
n . I n h i b i c i ó n r e t r o a c t i v a .— El aprendizaje, com o una fase de la
m emoria, ocurre cuando las im ágenes se agrupan de un m odo ade­
cuado. Se ha com probado por m edio de la investigación que una aso­
ciación form ada en un período más tardío tiende a desintegrar las
asociaciones establecidas con anterioridad. Este efecto inhibidor de
un grupo de im ágenes sobre otro se ha llam ado inhibición retroactiva.
Conocem os tres razones por lo m enos que explican este fenóm eno.
En prim er lugar, si el m aterial es muy parecido puede producirse
una confusión. En el cuadro siguiente utilizamos com o ejem plo el
latín y el francés, ya que están ambas lenguas intim am ente relacio­
nadas. En cam bio, el latín y la lógica n o poseen ningún rasgo com ún
en particular.

18 B a l l a r d : Op. cit.; E b b in g h a t js : Op. cit.


228 Memoria

9,00 9,30 10,00


Estudio Estudio Recitado
Latín Francés Latín (a)
Latín Lógica Latín (b)
La diferencia entre (a) y ib) indica la Inhibición retroactiva pro­
ducida por la semejanza de las materias de estudio.

En segundo lugar, puede ser debida a la falta de espaciam iento


durante el periodo de aprendizaje. En los dos cuadros siguientes se
indica cóm o se logra la separación m ediante un período de descanso,
o, en el caso de no ser esto posible, colocando un material diferente
entre dos sem ejantes.

9,00 9,30 10,00


Estudio de latín Descanso Recitado de latín (a)
Estudio de latín Estudio de francés Recitado de latín (b)
La diferencia entre (a) y (b) indica cuánta inhibición retroactiva
se ha producido debido a la falta de espaciamiento.

9,00 9,30 10,00 10,30


Estudio Estudio Estudio Recitado
Latín Francés Lógica Latin (a)
Latin Lógica Francés Latín (b)
L,a diferencia entre (a) y (b) indica cómo el espacimiento produ­
cido mediante la interposición de materias distintas entre las seme­
jantes ha reducido la inhibición retroactiva.

En tercer lugar, la práctica inadecuada o un bajo nivel de apren­


dizaje es quizás la razón fundam ental para que se produzca la inhi­
bición retroactiva. Esto significa que cuando los datos que intenta­
m os retener han sido captados sólo superficialmente nos es mucho
m ás difícil retenerlos. Por consiguiente, la posibilidad de desaloja­
m iento es m ucho mayor. Es un h echo sabido que las lecciones mal
aprendidas se confunden unas con otras y que partes de una lec­
ción pueden bloquear el recuerdo de otras. Cuando pensamos en la
cantidad de im ágenes que necesitam os para aprender el hecho más
simple, debem os m aravillarnos no de nuestra tendencia a olvidar,
sino de que podam os recordar alguna cosa. Nos hallam os en lo cierto
al procu ram os todos los puntos de vista que la ciencia nos revela
para m ejorar nuestros hábitos de estu d io2«.
III. C a m b i o s d e a m b i e n t e .— El proceso de la memoria tiene dos
tipos de ambiente. El prim ero es exterior y abarca los lugares en que

20 M c G eo c h : Reading in General Psychology, pp. 339-403.


Tesis de asociación 229

estudiamos, por ejem plo, los libros que utilizamos, la atm ósfera crea­
da por el profesor por m edio de su mirada, su tono de voz, sus gestos,
su manera de explicar, etc. El segundo es interno e incluye cierto
estado de salud, de descanso y fatiga, la postura, el apetito, las sen­
saciones de extrañeza o fam iliaridad con el ambiente, etc.
Es así que durante todo el proceso del aprendizaje el estudiante
va form ando inconscientem ente poderosas asociaciones entre las im á­
genes que intenta retener y los elem entos de fon d o que acabam os
de m encionar. Tan cierto es esto que, si m odificam os algunos de estos
rasgos concom itantes, a veces puede llegar a hacerse im posible la
evocación. Un alum no, por ejem plo, puede experimentar una verda­
dera dificultad en recordar, si sus exámenes se efectúan fuera de su
clase. Y aun al profesor le sucede que recuerda con más facilidad
las cosas cuando trabaja en su ambiente habitual, en su estudio, por
ejem plo, y ante su escritorio y los libros que han llegado a form ar
parte de su personalidad. La influencia del am biente puede llegar a
ser tan fuerte que cam biarla o hacerla desaparecer puede interferir
en todos su sistema de conocim ientos. R ecuerdo el caso de un am e­
ricano que vivió varios años en China y llegó a aprender correcta­
mente el idioma. Al regresar a su patria su habilidad fue dism inu­
yendo con gran rapidez hasta que le fue imposible recordar los ca ­
racteres más simples, pero al volver nuevamente a China y al ponerse
en con tacto otra vez con el am biente en el que había aprendido la
lengua, recuperó su m aestría de m andarín en poquísim o tiempo. Tal
vez m uchos de nosotros podam os recordar hechos p a recid os21.

7. TESTS DE ASOCIACION.— Es posible determ inar los intere­


ses generales de un individuo y aun los rasgos de su carácter por
el m odo com o asocia sus imágenes. La investigación en este terreno
fue com enzada por F r a n g í s G a l t o n y desarrollada por W e l h e m W u n d t
haciendo hincapié en el aspecto cognoscitivo del problem a. Más ta r­
de, C a r l Jung efectuó una larga serie de estudios sobre la relación
de las em ociones y los sentim ientos en el proceso asociativo, siendo
el resultado de todas estas investigaciones standardizado en tests
que han pasado a form ar parte del equipo de todos los psicólogos
modernos. Veam os un ejem p lo: se le da a un sujeto una lista de pa­
labras pidiéndole que conteste a ellas lo más rápidam ente posible
con la prim era palabra que le venga a la mente. Se observa una gran
variedad de respuestas, que, sin embargo, es posible separar en su
mayoría en tres grupos: respuestas objetivas, que son consideradas
com o signos de una visión intelectual de la realidad; respuestas ver­
bales, que señalan una visión im aginativa, y respuestas de tipo em o ­
cional.
La respuesta puede ser retardada com o si el sujeto intentase evitar
una asociación desagradable u ocultar el curso natural de su im a­
ginación. En algunos casos, puede no responder en absoluto, h a ­
ciéndose necesario repetir la palabra estímulo varias veces. Además,

21 Carb, H. A.: Psychology. N. Y. Longmans Green, 1927, pp. 251-52.


230 Memoria

vemos que el sujeto puede dar respuestas distintas a la misma pala­


bra si la repetim os en otro t e s t 22. El valor de una técnica de este
tipo depende en gran parte de la precisión con que se lleve a cabo,
adem ás de la capacidad del investigador para interpretar las res­
puestas del sujeto. Aunque no es un m étodo infalible, el test basado
en la asociación es útil para averiguar las tendencias subconscientes

8. PAPEL DE LA MEMORIA EN LA VIDA MENTAL.— En la psi­


cología de S a n t o T o m á s , las im ágenes provenientes de la memoria
tienen el m ismo valor que las de la im aginación. Cada una repre­
senta el germ en de una idea, cada una es la representación de un
dato concreto de la experiencia basándose en el cual la mente pro­
duce sus abstracciones. Si careciésem os de estas imágenes, la com ­
prensión no seria posible, ya que se relacionan con la razón del mis­
m o m odo que los objetos sensibles se relacionan con los sentidos. De
Igual form a que no podríam os ver si n o hubiese luz, no existiría acti­
vidad verbal sin im ágenes que estimulasen el pensam iento. A q u in o da
una im portancia especial a e s t o 23.
Sin em bargo, el trabajo de la m em oria es m ucho más significativo
para la m ente que el de la Im aginación. En prim er lugar, es un tra­
b a jo m enos caprichoso y además está más en contacto con la rea­
lidad. Su tarea es recordar los sucesos pasados, no de un m odo ca­
prichoso, com o la im aginación, sino tal com o sucedieron en realidad.
Además, com o Aristóteles señaló hace ya veintitrés siglos, «la ex­
periencia se basa en el recuerdo» 2<(, y puesto que la ciencia, el arte
y el resto del conocim iento hum ano se basa en la mem oria, el papel
de ésta es realm ente único. Por esto A quiko se interesó en particular
en ejercitarla, no por lo que es en sí misma, ya que es un mero sen­
tido que participa de todas las cualidades materiales de éstos, sino
por su contribución a la vida mental.

9. REGLAS PARA CULTIVAR LA MEMORIA.— Las reglas de S a n t o


T om áspara el cultivo de la m em oria son extrem adam ente simples.
Son, sin embargo, el fru to de la sabiduría de un gran pensador, que
poseía además una extraordinaria capacidad de retentiva. Con el fin
de darles una orientación m oderna me he perm itido invertir ligera­
mente su orden.
En prim er lugar, debem os introducirnos en nuestro trabajo con
verdadera voluntad de aprender, o, com o dice, A q u i n o , «debemos es­
tar ansiosos y preocupados p or aprender». Cuanto más profunda­
mente nos im presione un objeto, más difícil es que lo olvidemos. El

22 Jüng, C. G-.: Studies in Word Association, trad, por M. D. Edek. N. Y.


Moffat, Yard, 1919. Es interesante comparar los agrupamíentos que se in­
dican aqui con los que se produjeron en el test de la marca de tinta (des­
crito en el capítulo anterior). La disposición geométrica indica una perso­
nalidad de tipo intelectual; el movimiento, un tipo imaginativo, y el color,
un tipo emocional.
33 C. D. A., L. m , lee. 12; S. T., p. I, q. 84, a. 7; O. S., a. 15.
21 Posterior Analytics, L .in , c. 19. Ver también Santo Tomás: In Aristo-
telis Posteriora Analytica, L. III, lee. 20.
Bibliografía 231

Doctor Angélico c i t a a C i c e r ó n , que dice; «la ansiedad por aprender


da firmeza a nuestras im ágenes».
En segundo lugar, debem os exam inar cuidadosam ente y luego dar
un cierto orden a lo que deseam os m emorizar. De este m odo, la razón,
que es la facultad ordenadora, interviene en el proceso, creando re­
laciones que estén más allá del poder de los simples sentidos.
A continuación, debem os buscar ejem plos claros de lo que d esea­
mos reten er. Las cosas m enos frecuentes son más útiles que las más
frecuentes com o ejem plos, ya que nos producen una im presión más
profunda. Esta es la causa, según S a n t o T o m á s , de que recordem os
con tanta exactitud sucesos de nuestra infancia, ya que entonces
todo era nuevo y extraño para nosotros.
Finalm ente, debem os repetir con frecu en cia lo que intentam os
retener, ya que la repetición es la base del aprendizaje. De todas las
reglas m encionadas, esta es la fundam ental, ya que el m étodo más
corto y seguro de aprender algo es traerlo las más veces posibles al
cam po de la c o n cie n cia 25.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITOLO XVI

A quxno , St. T.: Suma teologica. Parte I, q. 78, art. 4; Parte II-III, q. 49,
articulo 1.
A r is t ó t e l e s : De Memoria et reminiscentia (2 Caps.).
B ar tlett , F. C.: Remembering. London, Cambridge University Presa, 1932.
C a r e , H. A.; Psychology. New York, Longmans, Green, 1925, Caps. 10-11.
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Century, ed. rev., 1941, Caps. 9-10.
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H ovland , C. I.; «Learning». Foundations of Psychology. Ed, por Boring, Lang,
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Langfeld & Weld. New York, Wiley, 1935, pàgs. 300-43.
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Parte IV.
P il l s b ü r x , W. B.: The Fundamentals of Psychology. New York, Macmillan,
3.1 ed., 1934, Cap. 16.
W oodw orth , R. S., y M a r q u is , D. G.: Psychology. New York, Holt, 5.* ed.,
1949, Cap. 17.

” S. T., p. II-II, q. 49, a. 1, r. a, obj. 2.


CAPITULO XVII

SENTIDO E STIM A TIV O E IN STIN TO

1. EL SENTIDO ESTIMATIVO.—Además de todos los sentidos que


hemos m encionado poseem os otro sentido, necesario para la conser­
vación del individuo, cuyo ob jeto es reconocer lo que es útil y lo que
es nocivo para el organism o. Pero puesto que la razón en el hom bre
es capaz de cum plir esta finalidad, este sentido tiene m ucho más
interés para el animal.
I. El sentido estimativo en el animal.— El gran A ristóteles se
sorprendía tanto del im portante papel que desempeña este poder en
el animal, que lo denom inaba sim plem ente naturaleza; térm ino bas­
tante adecuado, ya que esta facultad es innata *. Para Santo T omás,
también en la posesión de esta facultad radica la diferencia entre
lo vivo y lo inerte. ¿Cóm o podríam os explicarla? Realm ente no hay
explicación para ella, salvo considerarla com o hace el D octor An­
gélico, com o un instrum ento psicológico necesario para su vida, su ­
ministrado por el Creador. De este m odo, la abeja construye su panal
y el pájaro su nido, con la maestría de un ingeniero, y el ciervo huye
del león y la oveja del lobo con el m ismo pánico con el que huim os n os­
otros de un loco, ya que basta una ojeada, un ruido o un olor, para
percibir la cercanía del peligro. Podem os preguntam os cóm o han a d ­
quirido los anim ales esta facultad, puesto que no les viene del apren­
dizaje, ni de la práctica, ni de la experiencia, ni tam poco lo aprenden
de sus progenitores. Sólo podem os responder a esto afirmando que-
es una facultad innata, que sólo necesita para m anifestarse el des­
arrollo corporal del animal. Es esto que Santo T omás considera com o
la facultad de estim ación del anim al y podem os definirla com o la
facultad, de percibir, sin ejercicio o experiencia previa, tanto las cosas
útiles com o las nocivas para el organ ism o2. Para dar una explicación
más com pleta de la doctrina de A qtjino debemos señalar, prim ero, que
el poder estimativo es un poder form ador de imágenes o. m ejor aún,
un poder capaz de hacer volver a la con cien cia imágenes que son in n a­
tas. El hecho de ser innatas hace que las separemos tanto de los p ro­
ductos de la m em oria com o de los de la im aginación. Pero existe tam ­
bién otro rasgo que distingue a estas im ágenes; así, según S anto
T omás, el sentido estim ativo se refiere a las cualidades insensibles de
los objetos, es decir, a sus aspectos utilitarios. Insensible no significa

1 Physica, L. II, c. 8.
s S. T„ p. I, q. 78, a. 4; D. A., a. 13; D. P. A., c. 4.
234 Sentido estimativo e instinto

en este caso que dicha cualidad no pueda ser percibida, sino que no
puede serlo por ningún sentido más que por el estimativo. El o jo del
eiervo, por ejem plo, puede ver al león, su oído puede percibir el rugido,
su nariz puede captar su olor, pero no existe nada de estas percep­
ciones provenientes de los sentidos externos que le señale el peligro.
Este es el papel de otro sentido, superior a los anteriores: el estim a­
tivo. Vemos que ni la im aginación ni la m em oria tienen que ver con
este proceso, aunque esta últim a puede conservar la experiencia de
situaciones anteriores de peligro. Cuando un gato ha sido cazado por
un perro, parece no olvidarlo, y cuando a un perro le castiga su amo
tam poco lo olvida con facilidad. Basándose en el hecho de que el
sentido estim ativo reconoce elem entos de la experiencia que ningún
otro sentido es capaz de captar, S a n t o T o m á s lo eleva a una categoría
superior. Más aún, dado su alto valor biológico, lo considera el sen­
tido más elevado del animal.
II. E l s e n t i d o e s t i m a t i v o e n e l h o m b r e .— En el hom bre, el sentido
estim ativo está relacionado tan íntim am ente con la m ente, que toma
de ella la com prensión y la facultad de em itir juicios. Por eso S a n t o
T o m á s lo denom ina sentido cogitativo. Esto no im plica necesariam en­
te que sea capaz de pensar o de penetrar en la naturaleza de su objeto,
ya que en ese caso la igualaríam os a la razón, y ningún sentido, por
muy p erfecto que sea, puede aspirar a esto. Sin embargo, trabaja de
un m odo parecido al de la com prensión. De hecho, aun en los mis­
m os anim ales la prudencia natural con la que efectúan sus actos ins­
tintivos es tan sorprendente que podem os llegar a confundirla con la
inteligencia. Con más razón, pues, hallam os en el poder estimativo
del hom bre ciertos rasgos de inteligencia. Llevando la com paración
establecida por A q u in o un poco más lejos: el animal reconoce lo útil
o lo nocivo por m edio de sus instinto natural. El hombre, en cambio,
conoce esto m ismo de un m odo más perfecto, haciendo que su inte­
ligencia asuma la situación biológica y perm itiendo que el sentido
estim ativo actúe com o si fuera una facultad inteligente. La tarea de
la m ente, por supuesto, es la de captar las relaciones abstractas que
existen entre los objetos, Al sentido estim ativo no le es dado hacer
esto, pero es capaz de captar las relaciones concretas de un modo
casi racional 3.

2. CONCEPTO DEL INSTINTO.— El concepto m oderno de instinto


eom prende los siguientes factores: prim ero, el conocim iento de lo
útil o-n o civ o de un o b je to ; segundo, la experiencia de una emoción
com o resultado de este conocim iento, y tercero, una conducta de tipo
m otor que varía según la naturaleza del conocim iento y de las emo­
cion es que la originan. El proceso se ha efectuado eslabón por esla­
bón, de un m odo concatenado, de m odo que si suprimimos el primer
eslabón, que es el conocim iento, el proceso se suspende. Esto significa
que, a n o ser que adm itam os la base estim ativa del instinto, no Iogra-

3 C. G., L. c. 66; S. T„ p. I, q. 83, a. 1; p. II-II, q. 95, a. 7; In Aristotelis


Physica, L. n , lee. 13.
Naturaleza del instinto 235

remos com prender su m odo de acción. Luego cuando S a n t o T o m á s


afirma que «el instinto es la causa de la conducta anim al» *, rem on­
ta la acción de éste hasta una cierta form a de conciencia del valor
biológico del estímulo. Su opinión en este punto concuerda en gene­
ral con la de M c D o u g a l l , que, más que ninguno de los psicólogos m o ­
dernos, lu chó por m antener el concepto de instinto dentro del cam po
de la psicología científica. Partiendo del sentido estim ativo y siguien­
do las ideas de M c D o u g a l l , podem os definir el instinto com o un con ­
junto innato de facultades de tipo animal que perm ite a su poseedor
recon ocer de inm ediato la utilidad o el peligro de ciertos objetos,
experim entar em ociones com o consecuencia de este conocim iento y
actuar o sentir la necesidad de actuar de un modo determ inado según
el valor biológico de los ob jetos percibidos s.
Lo más característico del instinto es que se relaciona siempre con
temas de gran valor para la supervivencia del animal. Como S a n t o
T o m á s señala: «Si el anim al actuase de acuerdo con lo que es agra­
dable o desagradable para sus sentidos, n o tendríam os p or qué atri­
buirle otra facu ltad que la de la percepción de estos sentidos externos.
Sin embargo, busca o evita ciertas cosas no precisam ente por su
tonalidad placentera o displacentera, sino por su utilidad o peligro­
sidad para el organism o. Así, por ejem plo, la oveja no huye del lobo
por su aspecto, sino porque éste es su enem igo natural, y el pájaro
no recoge pajas para su nido porque la parezcan bellas, sino porque son
útiles para construirlo» e. Vemos, pues, la posición estratégica que ocu ­
pa el sentido estim ativo dentro de la estructura total del instinto.

3. NATURALEZA PSICOSOMATICA DEL INSTINTO.— El instinto


es com ún al hom bre y a los animales. Como un con ju n to de potencias
abarca toda la vida sensitiva, dem ostrando cóm o el conocim iento, la
em oción y la conducta externa pueden servir de un m odo arm ónico a
los intereses del organism o. Cada elemento pertenece al com plejo
alm a-cuerpo, por lo que el instinto, com o un todo, es también de natu­
raleza psicosom ática.
I. Elemento psíquico.—Lo que el anim al sabe de antem ano, gra­
cias a su sentido estim ativo, el hom bre tiene que aprenderlo por
m edio del estudio y la investigación. El castor, por ejem plo, constru­
ye su presa com o si conociese los principios hidráulicos; una cierta
especie de avispa paraliza al insecto del que se alim enta, con tal des­
treza, que pensaríam os que posee un conocim iento a fon d o de la
anatomía de aquél. Otra especie de avispa se alim enta de una presa
que la sobrepasa varias veces en peso y tam año, arrastrándola des­
pués de muerta por el agua corriente, para evitar su peso. La araña
teje su red sobre el m odelo de una espiral logarítm ica. Estos no son
sino unos pocos entre los m iles de posibles ejem plos de la sabiduría del

* S. T„ p. II-II, q. 95, a. 7.
s M c D o u g a l l , W .: An Introduction to Social Psychology. Boston, Luce.
Edición revisada, 1926, p. 30.
* S. T., p. I, «. 78, a. 4.
236 Sentido estimativo e instinto

instinto del anim al, una form a de conocim iento independiente de la.
experiencia, pero que se halla presente en el anim al en las circuns­
tancias en que sea necesario.
El elem en to em ocional del instinto es una especie de garantía,
natural de que los propósitos del instinto serán realizados. No le ser­
viría de nada al cordero si su con ciencia del peligro, despertada por
la proxim idad del lobo, no le procurase una intensa em oción de te­
mor. Esto m ismo sucede en el caso del hambre, del deseo sexual o de
la necesidad de am paro y protección. Podríam os decir, con razón, que
toda actividad instintiva es im pulsada por una emoción. Al pájaro
puede no agradarle el lodo de donde extrae las pajas para su nido,,
pero el interés por construirlo y tener un lugar donde acom odar a
sus crías pesa más sobre él.
La conducta m otora com pleta la estructura de las tendencias ins­
tintivas. Por m edio de ella, el anim al es capaz de cum plir el pro­
pósito básico de su naturaleza, utilizando m odos distintos según la
con form ación de su aparato m otor: ya sea corriendo, arrastrándose,,
nadando, volando o m ediante cualquier otro tipo de movimientos.
De este m odo, el anim al da expresión externa a su conocim iento y a
la fuerza de sus em ociones, adaptando a cada instante su actuación
a las necesidades reales, ya sean m om entáneas o de previsión para el-,
fu tu r o 7.
II. E l k m e n t o s o m á t i c o .— En su aspecto orgánico, el instinto está
relacionado íntim am ente con el conocim iento y la m aduración del
sistema nervioso. Tanto el sentido estimativo, que es la fuente del
conocim iento, com o el apetito sensible que da lugar a la emoción,
com o la respuesta m otora, dependen del sistema nervioso de un modo
u otro. Desde el punto de vista fisiológico, pues, el instinto es incon­
cebible sin una base de tipo cortical, de igual m odo que desde el
punto de vista psicológico no es posible el pensam iento separado de
la conciencia. De hecho, si suprimimos estos dos factores— corteza
cerebral y con cien cia— es imposible establecer una distinción entre
instinto y reflejo. Como M c D o u g a l l sostiene, éste es uno de los fallos
de la escuela behaviorista, cuyos seguidores excluyen la conciencia
de su explicación del in stin to 8.

4. CARACTER FINALISTA DE LOS INSTINTOS— El problem a de


la teleología del instinto constituye uno de los más delicados temas-
de la ciencia m oderna. La m ayor parte de las dificultades que se pre­
sentan para la aceptación de esta idea son debidas a prejuicios o
falta de com prensión, a pesar de que el concepto de teleología es
claro y se presenta con frecuencia en el mundo que nos rodea. En su

7 M cD ougall , W.: p. cit., c. 2; O ’T oole , G . B.: The Case Against Evolu­


tion. N. Y. Macmillan, 1925, pp. 247-48; W a s m a n k , E. (S. J.); Comparative
Studies in the Psychology of Ants and of the Higher Animals. Trad, por
G um m ersbach . St. Louis Herder, 1905.
8 M c D o ugall , W., y W a t s o n , J. B.: The Battle of Behaviorism. N. Y. Nor­
ton, 1929.
Clasificación de los instintos 237

más simple expresión, significa que la naturaleza actúa siempre de


-un m odo inteligente. La conducta animal, por ejem plo, demuestra de
un m odo evidente una intencionalidad oculta tras ella. Esta es una de
las pruebas más claras de la existencia de un plan y de un Creador.
Con esto no afirmamos que el anim al conozca el fin de sus actos, sino
que sin él, el instinto resultaría ininteligible. Así, pues, com o sostiene
S a n t o T o m á s , la explicación final sólo se logra considerando al ins­
tinto com o un don del Creador,
A q u in o n o trata del instinto en detalle; no obstante, coincide con
la m ayoría de los investigadores cuando insiste en que la cualidad
más sorprendente de la conducta instintiva es la ignorancia del p ro­
pósito con que se realiza. Así, afirma que «los animales de una misma
especie siempre actúan del mismo m odo, impulsados por la natura­
leza, y no por el arte, en la ejecución de sus tareas. Así, vemos que
todas las golondrinas construyen su nido, y todas las arañas su tela,
siguiendo el m ismo m odelo» &. El anim al no piensa en lo que hace,
sino que sigue constantem ente una línea de conducta. Si se lanza
una flecha a un blanco, la flecha nos indica la existencia de un arque­
ro, y la dirección que ésta sigue, la existencia de una m ano que la
h a guiado. Pero ni la flecha ni el anim al conocen la razón de sus
actos, ni tam poco tiene m ayor interés que la conozcan, puesto que
la dirección de sus actos es única y ya van encam inados hacia ella. La
conducta del hom bre, en cam bio, es bastante diferente, ya que no
sólo es capaz de com prender la finalidad de sus actos, sino que tam ­
bién puede elegir el m odo de alcanzar esta finalidad.
Sigue siendo cierto, sin embargo, com o señala S a n t o T o m á s , que el
anim al actúa con «prudencia natural» en su búsqueda de lo útil, y
su huida de lo peligroso y esta sagacidad tan manifiesta es un claro
testim onio de la intencionalidad subjetiva de sus instintos y de la
presencia objetiva de una Inteligencia 10.

5. CLASIFICACION DE LOS INSTINTOS.— has clasiñcaciones de


los instintos suelen ser más o m enos arbitrarias y a los autores les es
muy difícil ponerse de acuerdo sobre este punto. Posiblemente el
criterio más lógico para la agrupación sea el de la finalidad a la que
sirve cada uno. Como M c D otjgall señala, cuanto más descendam os en
la escala de la conducta instintiva, m ayor es la tendencia de la m an i­
festación em ocional a hacerse de carácter inespecífico. Esto no signi­
fica que posean m enos fuerza; por el contrario, los instintos relacio­
nados con nuestras necesidades puramente vegetativas poseen un
carácter de urgencia muy extrem ado y una tonalidad afectiva muy
intensa. Pero su inespecificidad no nos permite darle otro nom bre que
el de la necesidad que tienden a satisfacer.
Los instintos más prim arios son el ham bre y la sexualidad. Están
relacionados con el organism o de un m odo muy directo y su finalidad
es perentoria, ya que, sin su existencia, peligrarían seriamente tanto

* C. G., 1, n i, C. 82.
!0 S. T., pp. I-II, 13, a. 2, r. a obj. 3; también q. 11, a. 2.
238 Sentido estimativo e instinto

el individuo com o la especie. Este h ech o hace que los situemos en


el núcleo, por así decir, de nuestra existencia física, y, quizás por tal
razón, sean tan com plejos desde un punto de vista emotivo. Podría­
m os afirmar que tienen igual significado afectivo para nosotros que
nuestra vida misma. En un nivel superior de la escala instintiva
aparecen otras necesidades relacionadas con la supervivencia y que
continúan siendo poco diferenciadas em ocionalm ente. Estas son, por
ejem plo, los impulsos relacionados con la selección y la preparación
del alim ento, la construcción de viviendas, la cría de la prole, la
invención de m edios adecuados de protección, la adaptación del orga­
nism o a los cam bios am bientales y la adaptación del individuo a la
vida en com unidad. Podríam os sim plificar la clasificación diciendo
que este segundo grupo de tendencias instintivas no es más que la
m anifestación de las necesidades básicas del ham bre y la sexualidad
en un plano más elaborado.
Si continuam os ascendiendo en la escala instintiva llegamos hasta
los instintos diferenciados em ocionalm ente. El problem a de que tra­
tan no es el de la supervivencia, sino el de la preparación del orga­
nismo para su defensa en las situaciones especiales de la vida. La
lista de ellos sería interm inable, por lo que seguiremos el criterio
de M cD ougall, m encionando sólo los más importantes. Estos son:
la fuga y la em oción de temor, la agresividad y la em oción de
ira, la repulsión y la em oción de disgusto, la curiosidad y la emoción
de adm iración, la auto-hum illación y la em oción de opresión, la auto-
afirm ación y la em oción de exaltación, el instinto paternal y la emo­
ción de ternura. Finalm ente hallam os en el plano más diferenciado
ciertas tendencias que tienen más relación con la vida m ental del
individuo que las demás, ya que pueden ser satisfechas de un modo
muy van ado y con m ultiplicidad de objetos. Así, por ejem plo, posee­
m os una tendencia innata al Juego y al recreo, a la im itación, a la
sugestión y a la simpatía. El niño suele im itar la m ím ica del adulto
y tam bién su m odo de hablar, del mismo m odo que se entretiene con
todo lo que le ponem os a m ano. La sugestión y la simpatía juegan
un papel muy im portante en el desarrollo de su mente y de su volun­
tad. Sin em bargo, los adultos tam poco nos hallam os completamente
libres de estas tendencias instintivas y su persistencia a lo largo de
nuestra vida es una prueba de lo que d ijo el poeta: que los hombres
no son más que niños un p oco cre cid o s11.

6. DESARROLLO Y MODIFICACION DE LOS INSTINTOS


I. D e s a r r o l l o .— M ientras algunos de nuestros instintos se presentan
desde el instante del nacim iento, otros, sin embargo, deben esperar
el desarrollo del organism o para m anifestarse; incluso los instintos
más precoces en su aparición requieren ser ensayados repetidas veces
antes de alcanzar su desarrollo com pleto. Uno de los estudios expe­

11 McDougall, W.: An Introduction to Social Psychology, c. 3 y


sup. c. 4,
— An Outline of Psychology. London, Methuen, 3.* ed., 1926, c. 5.
Modificación de los instintos 239

rimentales más interesantes que se han efectuado sobre este tema es


el instinto del picoteo en el pollo joven. Antes de salir del cascarón,
el polluelo realiza una serie de m ovim ientos con la cabeza parecidos
a los del picoteo. Durante uno de estos m ovim ientos, que com prende
la totalidad del cuerpo, la cáscara se rompe y el polluelo sale fuera
de ella. Dedica sus prim eros esfuerzos al aprendizaje de su alim enta­
ción. Al com ienzo no acierta a dar el picotazo sobre la partícula ali­
m enticia elegida, o bien puede lograrlo, pero luego no consigue rete­
nerla en el pico. Unicam ente al cabo de varios días picotea adecúa-
mente y se alim enta com o un ave adulta. Si a algunos de estos polluelos
se les alim enta artificialmente, sin perm itirles picotear durante un
cierto tiem po, aprenderán a picotear con la misma habilidad que los
polluelos alim entados norm alm ente y que habían iniciado con ante­
rioridad el aprendizaje. Por m edio de observaciones de este tipo se
hace evidente que tanto la m aduración com o la práctica desempeñan
un papel im portante en la perfección del funcionam iento de los ins­
tintos 12.
II. M odificación.— En su aspecto cognoscitivo podem os hablar de
una m odificación del instinto. Así, la percepción de un objeto que ori­
ginariam ente provocó m iedo instintivo puede ser m odificada de m odo
que llega a desaparecer todo el im pulso a huir. Este caso está dem os­
trado en la dom esticación de anim ales salvajes. Por otra parte, pode­
mos invertir el proceso, de m odo que una percepción o una im agen
que no provocó ninguna em oción de prim era instancia puede llegar
a hacerlo eventualm ente. Por ejem plo, las aves de una isla desierta
por lo general no m uestran tem or ante el hom bre, pero después que
su aparición ha sido asociada repetidas veces a atentados contra su
vida, la vista del hom bre es suficiente para provocar la huida. En el
hombre es posible tam bién la conducta instintiva por m edio de las
ideas. Esto es cierto, en particular, en el caso del ham bre o del deseo
sexual. Igualm ente el sentim iento instintivo del peligro o de la m uer­
te, que suele ser muy fuerte, puede modificarse considerablem ente bajo
el influjo de la fe religiosa.
En su aspecto afectivo, el instinto es poco modiflcable. Es cierto
que al alterar la idea de una cosa se m odifica tam bién la em oción que
la acom paña. En el caso del hom bre, su vida afectiva es un problem a
no sólo psicológico, sino tam bién de orden moral. De esto hablaremos
en un capítulo próxim o. Podem os adelantar, sin em bargo, que si es
muy difícil m odificar nuestras em ociones, podemos, en cam bio, diri­
girlas hacia una meta distinta de la que tendían naturalmente.
Por últim o, en su aspecto m otor es donde hallam os la m ayor capa­
cidad para una m odificación de los instintos, y podem os citar ejem ­
plos muy diversos. Vamos a lim itarnos a dos. En el prim er caso se
trata de un anim al que está aprendiendo a adaptarse a una nueva
situación. Una rata, por ejem plo, es colocada en un laberinto donde
se la deja actuar. P or curiosidad natural, tiende a introducirse por

la Hunter, W. S.: Human Behavior. Chicago. University of Chicago


Press, 1928, pp. 183-69.
.240 Sentido estimativo e instinto

todos los pasajes, pero castigándola cuando utiliza unos y prem ián­
d ola cuando utiliza otros, podem os modificar su conducta m oto­
ra de tal m odo que las respuestas al impulso de explorar se convierten
en respuestas al impulso del hambre. En el segundo caso, podemos
utilizar nuestros propios im pulsos afectivos. En nuestra infancia, te­
nem os escaso control de nuestros sentim ientos de temor, de ira o de
insociabilidad, pero a m edida que crecem os aprendem os las razones
<jue tenem os para m odificar nuestra conducta y el modo de hacerlo,
de tal form a que llegam os a poder burlarnos de lo que nos atemoriza
o a sonreír cuando estam os de mal hum or, o a producir la impresión
•de que nos encontram os muy bien cuando en realidad estamos suma­
m ente deprim idos 13.

7. TEORIAS SOBRE EL INSTINTO— Las explicaciones que se han


■dado sobre el instinto pueden ser agrupadas bajo tres enunciados.
En prim er lugar, tenem os la explicación que reduce los instintos a
actividades reflejas. Esta teoría parte de las ideas de R e n é D e s c a r t e s .
que consideraba a los anim ales com o meros autómatas. M odernamen­
te se halla representada p or investigadores com o I v á n P a v l o v , J a c q u e s
L o e b , J o h n W a t s o n y la m ayoría de los conductistas, que consideran
las respuestas instintivas com o m anifestaciones de reflejos encade­
nados, form ando estructuras y condicionados por las necesidades am­
bientales del a n im a l14. Según este punto de vista, el control de la
con du cta instintiva se encuentra en un nivel vegetativo.
En segundo lugar, veem os las teorías que hallan en el instinto una
expresión de la actividad intelectual. La conciencia de las situaciones
puede no ser tan clara com o la del ser hum ano, pero el m odo que
tiene de reaccionar el animal sería un índice de cierto tipo de activi­
dad mental. Esta es la opinión de los psicólogos com parativos15 y en
su form a más extrem a afirman que el principio de la conducta ins­
tintiva se encuentra en el nivel racional.
En tercer lugar, vem os la teoría que considera al instinto com o la
labor com binada de las facultades sensoriales y el conocim iento sumi­
nistrado por el sentido estim ativo, actuando am bos de estímulo de los
efectos em ocionales y m otores del instinto. Este es el punto de vista
sostenido por S a n t o T o m á s . Entre los exponentes m odernos de esta teo­
ría podem os m encionar a E r i c W a s m a n n , H e n r i F a b r e y D e s i r é M e r -
■c i e r . Ocupa una posición interm edia entre las demás anteriores, soste­

13 H u n t e r , W. S.: “The Standpoint of Social Psychology” . Psychological


Review, 1920, 27, pp. 248-50.
11 D e sc a r t e s , R.: Philosophical Works (Principles of Philosophy). Tra­
ducida por E. S. H aldane y G. R. T. Roos. N. P. Macmillan, 1912, 2 vols.
Pavlov I. New Researches on Conditioned Reflexes. Science. Nov. 1923, pá­
ginas 359-61; L oeb , J.; Comparative Physiology of the Brain and Compa­
rative Psychology. N. Y. Putnams, 1900, c. 13; W a t s o n , J. B.: Behaviorism.
N. Y, Norton, edición revisada, 1930, c. 5 y 6.
15 K ohler , W.: Intelligence in Apes. Psychologies of 1925. Edit, por
Murchison. Worcester: Clark University Press, 1925, c. 7; W ash burn , M. F.:
The Animal Mind. N. Y . MacMillan, 4.* edición, 1936; Y er b e s , R. M,:
Almost Human. N . Y . Century, 1925.
Control intelectual 241

niendo que el principio de la conducta instintiva se halla en el nivel


sensitivo 16.

8. VALORACION. T e o r ía d e l c o n t r o l r e f l e j o . —El hecho que nos


induce con más fuerza a ir en contra de las teorías del control reflejo
es la presencia de una cierta conciencia en los actos instintivos del
animal. Por ejem plo, un gusano dejará de repasar el capullo de seda
que teje si se da cuenta que se lo estamos rompiendo. La abeja tam ­
bién adaptará su instinto constructivo si su panal necesita reparación,
tal com o lo demuestra H e n r i F a b r e 17. Un caso similar es el que cita
H a i í s D r i e s c h , en el que un gusano de seda no tejió su tela cuando
se le colocó en una ca ja de tul, construida con el fin de suprimir, por
razones económ icas, la prim era etapa de la labor de é s te 1S. Los refle­
jos se hallan presentes ciertam ente en las respuestas instintivas, pero
no pueden pasar nunca de ser más que un factor parcial. Como
observa H e r b e r t J e n n i n g s , el estado del organism o considerado com o
una totalidad, debe ser tom ado en cuenta, y señala el ejem plo de la
lombriz de tierra, que puede volverse hacia la derecha a causa de que
su giro anterior ha sido hacia la izquierda, pero que es capaz tam bién
de efectuar varios m ovim ientos hacia un lado antes de variar de
dirección 19. Vemos que si la conciencia del estímulo se halla presente
en organism os muy poco diferenciados, con cuánta más razón lo
podem os hallar en los anim ales superiores. El león, por ejem plo,
cuando está al acech o de su presa se adapta continuam ente a los
cambios am bientales, pero después de haber capturado y devorado a
su víctim a, su actitud hacia el alim ento es enteram ente distinta de
la que presentaba cuando estaba ham briento. El mismo tipo de co n ­
ciencia del estímulo y adaptación a los com plejos elem entos am bien­
tales se observa en el apaream iento de los animales.
II. T e o r ía d e l c o n t r o l i n t e l e c t u a l .— Creemos que es igualm ente
insatisfactorio adscribir a la inteligencia el control del com portam ien­
to instintivo. Para S a n t o T o m á s , la com prensión es la capacidad de
captar y penetrar la realidad, m ientras que la inteligencia es la capa­
cidad para obtener conocim ientos generalizados, o de hacer abstrac­
ciones. Basándose en este criterio, no es posible afirm ar que el animal
resuelva sus problem as por m edio de la com prensión o la inteligencia.
Sólo el hom bre es capaz de utilizar la abstracción. Sin em bargo, tanto
en la fantasía popular com o en algunos círculos científicos, persiste

“ W a s m a n n , E. (S. J.): Instinct and. Intelligence in the Animal King­


dom. Trad, por’ G u m m ersbach . St. Louis, Herder, 1903; F ab r e , H.: Bramble-
Bees and Others. Trad, por A. T. de M a t t o s . N. Y. Dodd, Mead, 1915;
M e r c ie s , D. A.: Manual of Scholastic Philosophy. Trad, por T. L. y S. A.
P arker . St. Louis, 1919, vol. I, pp. 214-17. Ver también: M u c k e r m a n n , H.
(S. J.): The Humanising of the Brute. St. Louis, Herder, 1906.
17 F ab r e , H.: Op. cit., c. 7.
18 D rie s ch , H .: The Science and Philosophy of the Organisms. London-
Black, 1908, vol. II, p. 47.
15 J e n n i n g s , H. S.: Behavior of the Lower Organisms. N. Y. Columbia
University Press, 1931, p. 251 ss.
BRENNAN, 16
242 Sentido estimativo e instinto

la idea de que el animal posee una inteligencia rudimentaria. Citaré


tres ejemplos.
El prim ero e a el del m ono, de W o l f g a n g K ó h l e h , que fue capaz de
unir varios palos para apoderarse de un plátano que se hallaba lejos
de su alcance. Según mi opinión, este ejem plo no prueba más que
la conciencia de una relación concreta entre un palo y otro y de la
longitud total de los palos en relación con la distancia que hay desde
la fruta a la jaula. Supongam os ahora que reemplazamos los palos por
una cuerda, que el animal utiliza directam ente para acercar el pláta­
no. Entonces podríam os pensar que había habido una verdadera abs­
tracción y que el anim al se había hecho este razonam iento: «Lo que
yo deseo es algo que me perm ita llegar más lejos, y la cuerda cumple
esta condición tan bien com o los palos.» Luego, el prim er experimento
no nos prueba que el m ono haya utilizado nunca los instrumentos de
un m odo racional, o que haya solucionado su problem a basándose
en la com p ren sión 20.
El segundo ejem plo es el del perro, de D e s i r é M e r c i e r . Su amo lo
había acostum brado a que le trajese, a una señal suya, una esponja
con la que extraía el agua de su bote. Pero sucedió que uno de los
días el perro no logró hallar la esponja y regresó sin ella. Si el perro
hubiese traído en su lugar un trapo en vez de la esponja, pensaríamos
que había razonado de este m odo: «Lo que mi am o necesita es algo
que empape para recoger el agua, y un trapo sirve tam bién para esto.»
Su am o hubiese razonado así en su c a s o 21.
El tercer caso es del sabueso, de S a n t o T o m á s , que citaré con sus
propias palabras: «Un sabueso está persiguiendo a un venado por el
olfato, cuando llega a un cruce de caminos. Después de Internarse por
el prim ero y el segundo y com probar p or su olfato que el venado no
había huido en ninguna de esas dos direcciones, toma el tercero, sin
detenerse a olfatear, com o si hubiese razonado de este m odo: «El
venado no ha huido ni por el prim ero ni por el segundo cam ino, luego
tiene que haber elegido el tercero.» Según S a n t o T o m á s , basta con la
simple aprehensión de los sentidos para explicarse este hecho. Sigue
siendo cierto, sin em bargo, que lo que el anim al conoce por instinto,
el hom bre sólo puede aprenderlo de un m odo ra cion a l22.
III. T e o r ía d e l c o n t r o l s e n s i t i v o .—Según S a n t o T o m á s , el con o­
cim iento proveniente de los sentidos y las em ociones que surgen al
percibir el valor biológico de los objetos, son suficientes para expli­
carnos la conducta instintiva del animal. Se empieza, por ejemplo,
con la percepción de un color, un sonido o un olor que viene del
exterior, o bien del ham bre, la sed o un deseo sexual, proveniente de
nuestro organism o. Esta percepción va siempre acom pañada del cono­
cim iento de la utilidad o perjuicio de dichos objetos. Al instante se
producen las imágenes que nos describen los actos necesarios para

20 K o h le r , W .: The Mentality of Apes. Trad, por E. W in t e r . N. Y.


Harcourt, Brace, 1925.
31 M e r c ie r : Op. cit., loc. cit.
13 S. T., p. I-II, q. 13, a. 2, obj, 3, y respuesta.
Sentido cogitativo 243

la aproxim ación o la huida, y la aparición de estas imágenes va acom ­


pañada de una necesidad im periosa de actuar. El resto del proceso
se reduce a com pletar el ciclo que empezó con el conocim iento y que
bajo la presión em otiva se ha llevado a cabo. Es poco probable que
el animal conozca las razones de sus actos. S anto T omás asegura esto,
y afirm a además que m ucho menos piensa o delibera sobre los m edios
para asegurar el fin de los mismos.
Continúa sim plem ente en el surco trazado por la naturaleza, y me
atrevo a sostener que, si pudiésemos descubrir la dinám ica de su con ­
ciencia y observar directam ente cóm o trabaja el instinto, vertamos
que se trata fundam entalm ente de im aginar los actos que deben ser
ejecutados al instante con el fin de sobrevivir. Este contenido im a­
ginativo, más el sentido estim ativo com o base, tiene una doble tarea:
en prim er lugar, la de provocar una fuerte em oción que mueva al
animal a responder a las dem andas de la situación, y en segundo
lugar, servir de guia en la ejecu ción de los actos instintivos.

9. PAPEL DEL INSTINTO EN EL HOMBRE.— El rasgo más im ­


portante del instinto en el ser hum ano es su plasticidad. Su conducta
Instintiva puede adoptar diversas form as, y la form a definitiva de­
pende, en parte, del ob jeto que las provoca y en parte de la Influencia
que la inteligencia y la voluntad ejercen sobre su desarrollo y m adu­
ración. Es obvio, por ejem plo, que el ser hum ano puede seleccionar el
alim ento que desea ingerir o la pareja con la que se va a unir, o el
hogar donde piensa vivir. Y después de hacer la elección puede, ade­
más, idear el m odo cóm o piensa regular sus m anifestaciones instinti­
vas. La razón aparece en el hom bre a una edad bastante temprana
y con ella surge la conciencia del sentido m oral de sus impulsos. Desde
ese m om ento, sus instintos empiezan a sufrir una m odificación, de
m odo que nunca vuelven a ser simples e irreflexivos com o en la in ­
fancia. Pueden ser bien o mal utilizados, según lo decida cada cual,
pero el hecho de que son relativam ente m anejables por la voluntad y
la razón, es una prueba de la superioridad del hom bre sobre el resto
de los animales.

10. EL SENTIDO COGITATIVO Y LA VIDA MENTAL.— Antes de


term inar este capitulo debem os m encionar el sentido cogitativo y su
especial significación en la vida mental. En la psicología de Santo
Tomás está relacionado íntim am ente con el problem a de lo que es útil
y lo que es perjudicial para el organism o, de m odo que viene a ser
un equivalente del sentido estim ativo del animal. En el hom bre, sin
embargo, se halla en un lugar más próxim o a la mente y recibe la
Influencia de ésta de un m odo directo. Su tarea es la de cotejar, es
decir, reunir y establecer com paraciones entre los datos de la expe­
riencia y que llegan a la conciencia provenientes de los sentidos exter­
nos. Su actividad es tan sem ejante a la que utiliza la razón, com pa­
rando unas prem isas con otras, antes de em itir un juicio, que Aqtjino
!o describe com o una actividad discursiva. Todos los sentidos con tri­
buyen a su labor, ya que utiliza imágenes provenientes de todos ellos.
244 Sentido estimativo e instinto

Y puesto que estas imágenes representan una síntesis de experiencias


asociadas a nuestras necesidades biológicas más profundas, Santo
T omás las considera com o el con ju n to de datos más altamente orga­
nizado con que trabaja la m ente. Si los productos de la im aginación
y la m em oria se consideran com o gérmenes de ideas, los del sentido
cogitativo vendrían a ser los frutos que utiliza el intelecto en sus
funciones de abstracción 23.

BIBLIOGRAFIA AL CAPITULO XVII

Aqdiso, St. T.: Suma teologica. Parte I, q. 78, art. 4, y q. 83, art. 1.
— Contra Gentiles. Libro II, Cap. 66.
A r is t ó t e l e s : Physica. Libro n , Cap. 8.
B r e n n a n , R. E„ O . P.: Thomisiic Psychology. New York, Macmillan, 1941,
pp. 131-35; 142-46. Ed. esp. Morata, Madrid, 1960.
G buender , H„ S. J.: Experimental Psychology. Milwaukee. Bruce, 1932, Ca­
pítulos 12-13.
M c D o u g a l l , W.: An Introduction to Sodai Psychology. Boston, Luce, ed.
rev., 1926, Caps. 2-4, y Supl., Cap. 4.
W a s m a n n , E., S. J.: Instinct and Intelligence in the Animal Kingdom. Tra­
ducida por J. G b m m e r s b a c h . st. Louis, Herder, 1903, Caps. 2-5.
Whm, E. C.: The Theories of Instinct. New Haven, Yale University Press,
1925, Cap. 5.

23 In Aristotelis Analytica Posteriora, 1. II. lee. 20; In Aristotelis Me-


taphysica, 1. I, lect. I; B r e n n a n , R. E. (O. P.): Thomistic Psychology.
N. Y. Macmillan, 1941, pp. 144-46; ed. esp. Morata, Madrid, 1960; F ae ro , C.:
KTiowleage and. Perception in Artstotelic-Thomistic Psychology. New
Scholasticism. Oct. 1938, pp. 337-65.
CAPITULO XVIII

V ID A EMOCIONAL Y CONDUCTA EXTE RN A

Parte primera. — Los apetitos sensibles

1 . CONCEPTO DEL APETITO—Hasta el m om ento nuestros estu­


dios han hecho resaltar únicam ente los aspectos cognoscitivos de
nuestra naturaleza. Los productos de nuestros sentidos, tanto in ter­
nos com o externos, representan procesos de conocim iento por medio
de los cuales la m ente entra en posesión de un cierto tipo de hechos.
Sin embargo, existe otro grupo de funciones, tam bién de naturaleza
sensible, que se hallan colocadas en el polo opuesto al intelecto. Este
nuevo tipo de datos psicológicos son los apetitos, conocidos en el len ­
guaje m oderno por el nom bre de orexis. Ambos términos tienen el
mismo significado original, que es el de tender hacia algo, impulsados
por un deseo. Asi, vem os que si la finalidad del conocim iento es la
posesión del objeto por m edio de la conciencia, la del apetito es la
posesión del ob jeto en sí mismo. Como afirm a S a n t o T o m á s , «la labor
de la fu n ción cognoscitiva se com pleta cuando el objeto conocido se
une al sujeto que conoce. La de la función apetitiva, en cam bio, sólo
term ina cuando el sujeto que apetece es impulsado hacia el objeto
apetecido» *.
Además, puesto que el deseo se origina en el conocim iento, debe­
ríamos hallar un tipo de apetito relacionado con el conocim iento
sensorial. Este es el apetito sensible, que procede de las facultades
que poseem os en com ún con el resto de los animales. Debemos dis­
tinguirlo, por su naturaleza puram ente animal, del apetito volitivo,
que es totalm ente espiritual, com o veremos más adelante. El hecho
de ser sensible im plica su procedencia, tanto física com o p síq u ica 2,
es decir, de fuerzas que son en parte psíquicas y en parte somáticas.

2. TIPOS DE APETITO SENSIBLE.— Como observa Santo T o m á s ,


aun en las criaturas carentes de conocim iento hallam os una doble
tendencia básica en su naturaleza: la prim era hacia la búsqueda de
lo necesario para subsistir, la segunda hacia la lucha contra las
fuerzas de desintegración. T anto en nosotros com o en los animales
hallam os, en prim er lugar, la tendencia a la posesión de los objetos
necesarios para nuestra vida animal, y en segundo lugar, el impulso

1 S. T., p. I, q. 81, a. 1. Ver también: D. V., q. 22, a. 3, r. a. obj. 4.


1 S. T„ p. I, q. 80, a.a. 1 y 2.
246 Vida emocional

a Juchar p or conseguir nuestras necesidades. He aquí, pues, los dos


tipos de apetito que com partim os con los anim ales: el primero, el
ap etito concupiscible, llam ado así porque se refiere a los bienes que
son objeto del placer sensible, y el apetito irascible, cuya función es
la de im pulsam os a la lucha por los bienes difíciles de conseguir.
Y puesto que la vida es una lucha constante, especialmente en el
plano sensible, se deduce que «el anim al debe prim ero asegurarse su
victoria a través de la actividad del apetito irascible antes de poder
disfrutar de los bienes del apetito concupiscible*. Estos últim os son,
prim ordialm ente, el sexo y el alim ento, y son los objetos por los cuales
se lucha con más frecuencia 3. No debemos pensar, sin em bargo, que
nuestras facultades apetitivas se refieren sólo a bienes. En general,
éste suele ser su objeto, pero al mismo tiem po que existen cosas
atractivas, otras originan repulsión. Por tanto, los bienes y los males
tienen un sentido para nuestros apetitos sensibles, com o veremos más
adelante,

3. LOS ACTOS DEL APETITO SENSIBLE.— En la psicología da


S anto T om ás, el acto de un apetito sensible es denom inado pasión.
Este es un térm ino muy adecuado, aunque haya sido abandonado
por los psicólogos modernos. Tiene su origen en una palabra latina,
que im plica un sufrim iento, de una u otra clase, y en verdad tenemos
que adm itir que la pasión nos suele producir alteraciones. Esto es
natural, puesto que la pasión siempre se acom paña de m odificaciones
en el organism o y sólo es factible en la medida en que estamos com ­
puestos de m ateria. Además, aunque se diferencie del resto de los
procesos cognoscitivos, depende, sin embargo, en gran medida del
conocim iento. Al m enos ésta es la opinión de S a n t o T o m á s , y podemos
resumir los principales elem entos de su doctrina definiendo la pasión
com o «la actividad del apetito sensible que resulta del conocim iento, y
que se caracteriza p or las alteraciones corporales que produce» <.
Los psicólogos m odernos, sin embargo, com o acabam os de señalar,
utilizan escasamente el térm ino pasión, salvo quizás para describir
estados de cólera o de amor, que corresponden precisam ente al apeti­
to irascible y concupiscible, respectivamente, aunque con éstos no se
agoten de ningún m odo todas las posibles respuestas del apetito sen­
sible.
El psicólogo actual, en cam bio, utiliza los térm inos de sentim iento
y em oción para describir los actos apetitivos. Esta term inología és
perfectam ente lícita, siempre que no olvidem os que ambas palabras
se hallan incluidas en la idea general de pasión, tal com o la describe
S a n t o T o m á s . Las ventajas de separar el sentim iento de la em oción
son obvias si por sentim iento entendem os actos del apetito sensible
que producen escasas alteraciones corporales y por em oción las que
producen, en cam bio, m odificaciones m ás intensas. Probablemente
A q u i n o habría aceptado tam bién esta clasificación.

3 D, V., q. 25, a. 2; también q. 26, aa. 2-5.


* S. T„ pp. I -n , q. 22.
Apetitos sensibles 247

I. S e n t i m i e n t o .— Todos nos hallam os fam iliarizados con los esta­


dos sentimentales, y, sin em bargo, nos resulta difícil su descripción.
Esto es perfectam ente com prensible, puesto que el sentim iento no es
materia del intelecto. Sucede, además, que si intentam os analizarlo
de un m odo consciente, este m ismo hecho hace que em piece a extin­
guirse hasta desaparecer com pletam ente. En realidad el intelecto y la
sensibilidad se hallan relacionados, pero uno no puede ser explicado
en térm inos del otro, del mismo m odo que la em oción que nos produce
una sinfonía no puede explicarse por m edio de una lectura de las
notas que la com ponen. El sentim iento, tal com o señala S a n t o T o m á s ,
se halla presente en todos nuestros actos conscientes. Cuando éstos
son perfectos y com pletos, nuestro sentim iento es de carácter p la­
centero; cuando son inacabados o im perfectos, nuestros sentim ientos
son de desagrado y de depresión. Esto es igualmente válido tanto para
los actos intelectuales com o para los sensoriales, puesto que se rigen
por la misma regla de que «todo acto es placentero siempre que se
lleve a cabo perfectam ente» 5. Y al afirm ar esto, A q u i n o se adelantó
a las teorías de los m odernos.
Mas repetimos otra vez, con él, que el sentim iento no es lo mismo
que el conocim iento, ni siquiera una variante de él. Biológicam ente
se le considera com o un dato irreducible, que se clasifica con Inde­
pendencia del resto de los demás.
La dificultad surge al com pararlo con la sensación y más espe­
cialm ente con las sensaciones llam adas orgánicas. Es posible que en
este caso el problem a resida en el lenguaje, puesto que solemos em ­
plear los térm inos sen tir y percibir de un m odo indiscrim inado. Sin
embargo, está perfectam ente claro que son hechos psicológicos d ife ­
rentes, uno apetitivo y otro cognoscitivo. En el lenguaje popular y
también en el cien tífico decim os, sin embargo, que sentim os hambre,
sed, deseo sexual, etc. Lo que queremos decir con esto es que somos
conscientes de ciertos estados fisiológicos del organism o y que este
conocim iento es acom pañado de una experiencia oréctica que puede
ser agradable o desagradable. Ahora bien: la percepción está en rela­
ción con los sentidos, m ientras que el sentim iento es el producto de
un apetito. Aunque vayan unidos, no por esta razón debemos identi­
ficarlos. F r o b e s efectuó un estudio experimental detallado sobre las
tres posibles teorías que existen en relación con este problem a: que el
sentim iento es un atributo de la sensación y que el sentim iento es
un dato psicológico prim ario que no puede reducirse a ninguna otra
categoría, llegando a la conclusión de que la últim a postura, sostenida
tam bién por Santo T o m á s , es la que posee una base más firm e s.
La im portancia del sentim iento, lo mismo para el cuerpo com o
para la m ente, es muy grande. El prim er objeto de experiencia que
posee el recién nacido es su propio cuerpo y sus funciones orgánicas.
Los sentim ientos placenteros señalan las condiciones que son bioló-

5 In Aristatelis Ethica ad Nichomachum, L. X, lec. 6. Ver también.


C. G„ L. I, c, 90.
n F r o b e s , J ., S. J .: Psychologia Speculativa. Freiburg. Herder, 1927.
Tomo I, pp. 209-13.
248 Vida emociotial

gieam ente favorables, y los sentim ientos desagradables, en cambio,


actúan de señales de las condiciones desfavorables. Tan básica es la
significación de estos procesos orée ticos, que difícilm ente podríamos
vivir sin ellos, y algunos psicólogos han llegado a considerarlos como
los datos más prim itivos de la m ente, aun anteriores a las Sensa­
ciones. Esta es una opinión exagerada, puesto que el sentimiento es
la consecuencia del conocim iento y éste no podría existir sin la
sensación. Sin em bargo, es cierto que nuestros sentim ientos poseen
un valor vital considerable y desde este punto de vista son más im por­
tantes que nuestras sensaciones primarias. S a n t o T o m á s , compartiría
esta opinión hasta el punto de considerar que el ejercicio norm al y
saludable de toda potencia en desarrollo produce sentimientos pla­
centeros y de satisfacción, m ientras que una actividad o una restric­
ción exageradas van acom pañadas de sentim ientos de displacer. Esto
es válido aun para el desarrollo de las funciones intelectuales, de
m anera que desde el com ienzo hasta el fin de nuestra existencia la
naturaleza nos proporciona los sentim ientos adecuados para garan­
tizar la correcta realización de las funciones vitales para el orga­
nismo 7.
II. E m o c i ó n — La diferencia existente entre sentim iento y em oción
es sólo de grado y no cualitativa. Se basa en la intensidad de los
cam bios fisiológicos que los acom pañan. En los sentimientos, los
cam bios son muy poco notorios, aunque siempre se hallan form ando
parte del proceso. En nuestras em ociones, en cam bio, los distinguimos
con facilidad y pueden ser tan violentos a veces que nos hacen perder
el control com pletam ente. Repetimos, sin embargo, que fuera de la
diferencia cuantitativa de las m odificaciones corporales, la emoción
y el sentim iento poseen los mismos elementos causales.
A. Causa efic ie n te .—La em oción se origina siempre en el cono­
cim iento, tal com o se afirm a en la regla sostenida por A r i s t ó t e l e s
y S a n t o T o m á s , según la cual todo apetito actúa movido por un m oti­
vo, que es siempre una cierta form a de conocim iento. Aunque todos
los sentidos pueden sum inistrar el m otivo, es el sentido estimativo
en particular el que actúa sobre los apetitos, puesto que es la facultad
que distingue la bondad o m aldad de un objeto, y las dificultades que
pueden surgir al intentar captarlo o al huir de él. A q u in o añrm a: «el
apetito sensible no se estimula por la simple percepción del objeto,
sino que es necesario que su objeto sea aprehendido en función de su
bondad o de su utilidad o de sus cualidades negativas. La facultad
apetitiva del anim al es im pulsada a la acción por la estim ación na­
tural» 8. Esto significa, por supuesto, que en el hom bre el motivo

T S. T., p. I-II, q. 32, a. 1, r. a obj., 3.


5 C. D. A., L. IÚ, lect. 4. El hecho de que el conocimiento proveniente
de otros sentidos puede también estimular al apetito sensible se deduce
d e otro pasaje de S an to T om ás tS . T ., p. I, q. 81, a. 3, r. a obj. 2), donde
dice: "El apetito sensible es naturalmente estimulado no sólo por el sen­
tido estimativo en el animal y el cogitativo en el hombre, sino también
por la imaginación y otras facultades de los sentidos.” De este texto ob­
tenemos la conclusión, sin embargo, que A q u in o se refiere a la percepción
Clasificación de las emociones 249

inm ediato de su com portam iento em ocional viene dado por el con o­
cim iento de tipo intelectual de los objetos que despiertan sus apetitos,
pero son las imágenes del sentido cogitativo los factores que influyen
de un m odo directo sobre la génesis de la emoción.
B. Causa form al.— Una vez que hem os percibido las cualidades
positivas o negativas de un objeto, el apetito entra en acción. La
dirección del apetito depende de nuestra valoración previa del objeto.
Sí lo percibim os com o útil, el im pulso del apetito es posesivo, y hay
un m ovim iento de aproxim ación; si, por el contrario, vemos que el
objeto es perjudicial para nosotros, la tendencia del apetito es a
protegerse por m edio de un m ovim iento de huida. Estos actos, tanto
en la em oción com o en el sentim iento, van acom pañados de una sen­
sación de agrado o desagrado, que aumenta la intensidad de la
urgencia que posee el apetito.
C. Causa m aterial.—'Para S a n t o T o m á s , los cam bios corporales
también pertenecen a la esencia de la emoción. Estos com prenden
tanto la descarga de la energía nerviosa com o m odificaciones de orden
fisiológico en los diversos sistemas 9. La investigación h a demostrado
que estos cam bios orgánicos son muy profundos y que producen, por
ejem plo, la aceleración del ritm o circulatorio, del respiratorio, el
alim ento de la secreción glandular, la parálisis de los músculos v o ­
luntarios, la dism inución del peristaltismo, así com o excitación n er­
viosa, sudor ación, indigestiones, ete., según la naturaleza de las em o­
ciones. Estas m odificaciones pueden presentarse con independencia
del factor em otivo, pero lo que no debemos olvidar es que la em oción
va siempre acom pañada de este correlato fisiológico.
D. Causa fin al.—Lo que hem os afirm ado sobre el valor b iológico
de los sentim ientos es válido tam bién para las emociones. Como p o ­
tencias pertenecientes tanto al cuerpo com o al alma, nos ponen en
eom unicación con nuestro ambiente circundante y su finalidad es el
desarrollo y la conservación de nuestro bienestar físico. Por ser ade­
más fuentes de nuestros actos externos y ser guiadas por la razón,
pueden utili 2arse en la form ación del carácter.

4. CLASIFICACION DE LAS EMOCIONES SEGUN SANTO TOMAS.


A pesar de los repetidos esfuerzos que se han hecho en este sentido,
no se logrado m ejorar la clasificación hecha por Santo Tomás Está
basada en dos principios sencillos: primeramente, según la naturale­
za del estímulo que origina el apetito, y en segundo lugar, según el
m odo con que reacciona el apetito frente al estímulo. Se ha com pro­
bado, sin embargo, su validez por m edio de la experiencia y de la o b ­
servación em pírica y las pruebas que nos suministra la investigación
actual no han h echo más que confirm arla en sus rasgos generales.
Como ya hem os señalado anteriorm ente, los apetitos se dividen
en dos tipos fundam entales el prim ero es el concupiscible, que produ­

o imaginación de objetos agradables o desagradables, cuya apreciación


final, precisamente en relación con el matiz placentero, pertenece al sen­
tido estimativo o al cogitativo.
* S. T„ pp. I-II, q. 22, a. 3; D. V.. q. 26, aa. 2, 3 y 10.
250 Vida emocional

ce un tipo de reacciones llam adas tranquilas por los psicólogos m oder­


nos. Es m otivado por la estim ación del objeto según su utilidad o
peligrosidad y puede producir respuestas de am or u odio, deseo, aver­
sión, alegría o tristeza.
El segundo es irascible, que origina un tipo de em ociones llamadas
actualm ente de em ergencia. En este caso el m otivo im plica una cierta
dificultad en la consecución del objeto, y produce em ociones de espe­
ranza o desesperación, si el estím ulo es favorable, y de valor, miedo
o ira, si el estimulo es d esfa vora b le10. En el cuadro adjunto aparecen
resumidos los principales rasgos de esta cla sifica ció n 11.

5. ESTUDIOS EXPERIMENTALES.— G r e g o r y S c h r a m m h a a i s l a d o
v a r io s f a c t o r e s d e la c la s if ic a c ió n q u e a c a b a m o s d e m e n c io n a r y h a
d e m o s t r a d o c ó m o h a n s id o c o n fir m a d o s p o r m e d io d e la in v e s t ig a c ió n
c i e n t í f i c a 12.

I. E s t í m u l o s f a v o r a b l e s y d e s f a v o r a b l e s .— El biólogo H e r b e r t J e n -
efectu ó un estudio especial sobre las reacciones de la Euglena
n in g s

virtáis en relación con la ilum inación. Este organism o dim inuto se


halla en el agua que contiene m ateria orgánica en. descomposición,
tiene la form a de una pera y carece de vista, pero posee una región
que es más sensible a la luz que el resto del cuerpo. J e n n i n g s observó
que, cuando se ilum inaba a la Euglena con una cierta intensidad, ésta
respondía con m ovim ientos de huida. Estos m ovim ientos continuaban
al seguir exponiendo a la luz diferentes partes del cuerpo hasta alcan­
zar la intensidad favorable al a n im a lJ3. C h a r l o t t e B ü h l e r ha efec­
tuado experiencias similares en niños pequeños, observando que cier­
tas condiciones favorables en su cuidado, tales com o la tibieza, la
ausencia de humedad, la alim entación regulada y los movimientos

10 C. G., 1, I, c. 89. In Petri Lombardi Quatur Libros Sententiarum,


1. III, d. 26, q. 1, a. 2; D. P. AI., c. 5.
11 S. T. pp. I-II, qq. 23-25. Solamente la cólera en la enumeración de
l a s emociones, según S a n t o T o m á s , no tiene una emoción antagónica. Pues­
to que se origina en la posesión afectiva de un mal arduo, su contrario
debería ser la posesión afectiva de un bien arduo. Además, puesto que la
cólera se refiere a un mal difícil de evitar, la emoción opuesta deberla
relacionarse con un bien difícil de retener. W . M . M a r s t o n , en La emoción
en las personas normales, menciona varios casos donde aparece este tipo
de emoción; por ejemplo, durante un noviazgo, en una partida de caza y
otras actividades. S a n t o T o m á s consideró la posibilidad de dicho estado
emotivo, pero lo abandonó, basándose en el razonamiento de que estando
ya en posesión del bien, carece de valor s u característica de ser de difícil
obtención. Las emociones descritas por M a r s t o n pueden explicarse con las
categorías que hemos mencionado, por ejemplo, la posesión de un bien, ya
sea de fácil o difícil obtención, proporciona una alegría. Frente al peligro
de perderlo sentimos el miedo. Si lo perdemos, estamos apenados. En estos
dos últimos casos, la aparición de un factor desfavorable causa la emoción,
puesto que la privación de un bien es ya un mal. (Ver S. T ., pp. I-II, q. 23,
a . 3; q. 35, a. 1, r. a obj. 3; q. 36, a, 1.)
12 S c h r a m m , G. J., O. S . B.: The Mediaeval System of ETnotions. P e k i n g .
Natural ñistory Bullelin, 7, p. IV, pp. 275-81.
18 J e n n i n g s , H. S.: Behavior of the Lower Organisms. N. Y. Colum-
to ia Unívesity Press, 1931, p. 17. ss.
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252 Vida emocional

suaves originaban respuestas positivas, mientras que condiciones des­


favorables, com o el frió, la humedad, el hambre, la o sed estímulos
sensoriales m uy intensos de cualquier tipo provocaban conductas ne­
gativas en g en era l14.
II. P r e s e n c i a y a u s e n c i a de e s t í m u l o .— W a l t e r H u n t e r ha estudia­
do la reacción retardada de los animales frente a estímulos discon­
tinuos, m idiendo el tiem po que tardaban éstos en orientarse adecua­
dam ente hacia el alim ento después de haber encendido una luz.
Observó que el retardo es muy variable: diez segundos en las ratas
blancas, veinticinco segundos para los coatíes y cinco minutos en
los p e rro s15. H i l d e g a r d H e t z e r efectuó una serie de experimentos
análogos en nifios, con el fin de determ inar la expectación frente a
un estímulo que va a aparecer. Colocó a un niño delante de una
pantalla con un agujero en ella, en el que se hizo sonar una campana
durante diez segundos, y luego hubo un silencio de otros diez segun­
dos. Se repitió esta operación seis veces, observándose que, si durante
el curso de la dem ostración la cam pana no sonaba después de los
consabidos diez segundos, el niño m ostraba inquietud por m edio de
m ovim ientos oculares y de cabeza que intentaban localizar la cam ­
pana, y, com o no la encontrase, mostraba su im paciencia por medio
del lenguaje i0.
III. La dificu lta d del estímulo.— El factor que representa la difi­
cultad ha sido confirm ado por m edio de dos experiencias de labora­
torio. La prim era fue un estudio efectuado en ratas por Fred Moss.
Fueron colocados obstáculos de varias clases en el cam ino, dificu l­
tando así su llegada hasta el alim ento, que actúa com o estimulo.
Utilizando una rejilla electrificada, M oss halló que las faltas en
alcanzar la meta estaban en proporción directa con la m agnitud de
los obstáculos. Llegó a la conclusión de que la conducta del animal
es la resultante, por un lado, de la urgencia afectiva a actuar, y por
otro, de la resistencia real de los obstáculos, por lo que la fuerza de
sus impulsos puede ser m edida en términos de las dificultades contra
las que tiene que lu c h a r 17 El problem a correlacionado con lo expues­
to del esfuerzo m ínim o en la conducta anim al fue investigado por
Loh S e n g Ts'ai. El experim ento consistió en aislar y estudiar el factor
facilidad y se logró situando a las ratas delante de un número de
puertas detrás de las cuales se había colocado el alim ento. A cada
puerta se le colocó un peso diferente, para que actuase de resistencia
a su apertura. Se observó que después de un cierto número de pruebas

'■* B uhler , C. B .: The First Year of Life. Trad, por P. G r e e n ber g y


R. Rn>m. N. Y. Day, 1930, pp. 21-73.
, i H u n t e r , W . S .: Delayed Reaction in Animals and Children. Behavior
Monographs, 1912, 2, num. 6.
14 H e tze r, R . h., y W is lit z k y , S.: Kindheit und Jugend. Leipzig. Hirzel,
1931, p. r(9 ss.
17 Moss, F. A.: “Study of Animal Drives” . Journal of Experimental
Psychology, 1924, 7, pp. 165-85.
Estudios experimentales 253

las ratas utilizaban regularm ente las puertas que requerían un m íni­
mo esfuerzo para abrirse ,H.

IV. I n c l i n a c i ó n y a v e r s i ó n .—R eferim os a continuación otros dos


experimentos. Utilizando un m ecanism o de obstrucción, F r a n c é s R o l ­
d e n estudió las reacciones de cruce, contacto y salto de ratas, frente
a una rejilla electrificada. Se registró un cruce cuando los animales
atravesaban efectivam ente la rejilla, se aproximaban y se apoderaban
del alim ento depositado com o cebo. Se registró un contacto cuando
las ratas sólo tocaban la rejilla y retrocedían después de recibir un
choque inicial, o cuando cruzaban parcialm ente la rejilla en la d i­
rección del estímulo, pero se retiraban luego a causa de la corriente
eléctrica. Un salto se inició cuando el anim al intentaba escapar a la
situación estim ulante en su totalidad. La reacción de cruce se co n ­
sidera positiva; la de con tacto también, pero seguida de respuesta
negativa, y la de salto, enteram ente n ega tiva19. L e s u e M a r s t o n halló
resultados parecidos en un estudio de las reacciones de los niños du­
rante el juego. Observó que si se aproximaba un adulto desconocido
m ientras éstos jugaban, algunos niños se acercaban a él espontánea­
mente, otros esperaban que éste sonriese, otros necesitaban una in ­
vitación expresa y otros necesitaban que se los incitase a ello, o fre ­
ciéndoles un caram elo o un juguete y se les asegurase que no se les
causaría daño alguno, y Analmente otros rehusaban acercarse de n in ­
gún m odo 20.

V. F a c t o r e s d e t r a n q u i l i d a d y d e e m e r g e n c i a .—Las situaciones
calculadas para producir em ociones tranquilas fueron estudiadas por
C h a r l e s K i m m i n s en su análisis de los ensueños infantiles Com probó
que dichas fantasías se nutrían de deseos que abarcaban varios tipos
de intereses, tales com o los alim entos, el hogar, las amistades, in te­
reses para el futuro, etc. Intim am ente unidos a fantasías de este tipo
están las form as de juego con representación en las que el niño
actúa, por ejem plo, de soldado con sus juguetes o de dueña de casa
con sus m uñecas 21.
J o h n W a t s o n efectuó varias experiencias en situaciones de em er­
gencia cuando los m ovim ientos del niño fueron obstaculizados seria­
mente. Las respuestas fueron perfectam ente claras; por ejem plo, si
se im pedía la libre actividad del cuerpo presionando am bos lados con
masas de algodón, se provocaba una m arcada tensión o rigidez del
cuerpo, sacudidas de brazos y piernas y gritos vehementes. Las res­
puestas continuaron m anifestándose hasta que el factor que las p ro ­
ducía fue retira d o 22.
18 T s’a i, L. S .: China National Research Monogravhs. Peiping, 1932, 1.
15 H o l d e n , F.: A Study of the Effect of Starvation upon Behavior by
Means of the Obstruction Method. Columbla University, 1926.
20 M a r s t o n , L. R . : University of Iowa Studies in Child Welfare. lowa
City, 1925, 3. núm. 3, pp. 50-57.
K i m m i n s , C. W.: Chüdren's Dreams. London. Longmans Green, 1920.
** W a t so n , J. B . : Psychology from the Standpoint of a Behaviorist, P h lla .
Lippincott, 2.“ edición, 1924, pp. 220-21.
254 Vida emocional

6. TEORIAS SOBRE LA EMOCION.— Quizá no exista en la psico­


logía otro tem a que haya suscitado tantas teorías com o el de la em o­
ción, p or su gran interés hum ano; sin embargo, a pesar de toda la
investigación de que ha sido objeto, continuam os desconociéndolo en
gran parte. Veam os las explicaciones dadas hasta el momento.
I. T e o r ía d e D a r w i n .—La teoría evolucionista de C h a r l e s D a r w i n
representa uno de los prim eros esfuerzos científicos para llegar a una
explicación correcta del fenóm eno. De acuerdo con el resto de su
doctrina, tiende a subrayar el valor de la conducta em ocional en la
lucha por la existencia y la supervivencia del animal. Aunque no han
sido com probadas experim entalm ente en el sentido técnico moderno,
las observaciones de D a r w i n representan un agudo análisis de las
reacciones tanto del hom bre com o del anim al en situaciones de inc­
iensa excitación emotiva. Según este investigador, las em ociones son
hábitos útiles, especialm ente en las situaciones dé lucha, de defensa
y agresión. Un ejem plo de este tipo de respuestas lo hallamos en el
acto de apretar los puños cuando se presenta la cólera, o en el de
enseñar los dientes bajo un impulso de furor. La conducta emocional
ae manifiesta tam bién en actitudes agresivas com o las que presentan
los gatos cuando se ven en peligro. Finalm ente, las em ociones repre­
sentan una expansión de las tensiones nerviosas, com o en el alivio
que se experim enta en el llanto, el tem blor, la sudo ración, la micción
Involuntaria, e t c .23.
II. T e o r í a d e J a m t ;s - L a n g e .— La teoría de W i l l i a m J a m e s y C a r l
L ange se basa en la introspección y el análisis fisiológico de la em o­
ción. Para describirla m ejor, utilizaremos el ejem plo de una expe­
riencia afectiva. Como nos dice J a m e s , vemos, por ejem plo, un perro
peligroso y oím os su gruñido. Desde el punto de vista del con oci­
miento, el perro provoca una serle de percepciones de tipo visual
y auditivo. Pero el proceso no termina aqui, sino que, com o con ­
secuencia de nuestras aprehensiones, una serie de impulsos motores
se tranm iten a los músculos, glándulas y visceras, poniéndolas en
actividad. Estas m odificaciones son a su vez transm itidas a la corteza
donde el objeto aprehendido es transform ado en objeto em ocional­
mente sentido. Y es la percepción de los cam bios corporales lo que
constituye el núcleo de la experiencia em ocional. El curso del proceso
es, pues, A, percepción del o b je to ; B, m odificación fisiológica; C, per­
cepción del trastorno fisiológico 2*.
III. T e o r ía t a l Ám i c a .'—Antes de discutir la teoría de W a l t e r C a n -
non, debem os decir unas palabras sobre la localización del tálamo.
Inm ediatam ente debajo de las capas de la corteza cerebral hallamos
una sustancia blanca y pulposa, que contiene, sin em bargo, ciertas
zonas de sustancia gris, dos de las cuales, colocadas a ambos lados de

33 D a r w i n , C.: Expressions of the Emotions of Man and Animals. N . Y.


Appleton, 1872.
21 L a n g e , C. G ., y J a m e s , W .: The Emotions. Edit, por Dunlap. Psycho­
logy Classics», Vol. I. Maltlinore, Williams and Wilkins, 1922.
Teorías aobre la evioción 255

la linea media, constituyen los tálamos. Experimentando en anim ales


inferiores, C a n n o n observó que, s i elim inamos la materia gris colo­
c a d a antes del tálam o, se seguían m anifestando los signos de furor,
mientras que si elim inábam os el área talám lca, estas respuestas des­
aparecían. De esto dedujo que el tálamo es el centro coordinador de
la conducta em ocional, habiéndose observado que la presencia de un
tumor que afecte al lado del tálamo, produce muecas de un solo lado
de la cara.
En contraste con la ordenación del proceso en la teoría de J a m e s -
L a n g e , el curso de éste, según la explicación de C a n n o n , es el si­
guiente: A, percepción ; B, experiencia activa; C, m odificación fisio­
lógica, con la reserva de que los cam bios fisiológicos y los signos
externos de em oción pueden presentarse sin que exista una experien­
cia afectiva genuina. Debe señalarse, además^ puesto que los resonan­
cias de tem or halladas por C a n n o n son idénticas a las de furor, que
es imposible distinguir estas em ociones por sus caracteres orgánicos.
De hecho, casi ninguna em oción puede ser especificada por el tras­
torno fisiológico que provoca.
L a teoría de C a n n o n se basa en las em ociones de tipo em ergente
en las que se m ovilizan rápidam ente las energías del organism o con
el fin de hacerse cargo de la gravedad de ciertas situaciones. Las
modificaciones más im portantes desde el punto de vista biológico son
la aceleración del ritm o cardíaco, la desviación de la sangre circu­
lante desde los órganos abdom inales a los músculos activos, la en ­
trada de adrenalina en la corriente sanguínea y la liberación de
azúcar por el hígado. Estas son las m odificaciones típicas que se p ro ­
ducen en los estados de cólera y tem or, y cóm o todos los mecanism os
de defensa del cuerpo, se producen por m edio del sistema nervioso
vegetativo 25.
IV. O t r a s t e o r í a s .— Han sido propuestas otras teorías para ex­
plicar las em ociones, pero ninguna ha alcanzado la im portancia a cor­
dada a las de J a m e s - L a jt g e y a C a n n o n . M c D o u g a l l explica la em o­
ción com o un elem ento del instinto 20, lo cual es efectivam ente cierto
y digno de m ención. Significa, pues, que toda em oción es una m an i­
festación de la conducta instintiva. Esto confirma las teorías de S a n t o
T o m á s de que los actos de los apetitos sensibles se hallan siempre m o­
tivados por el