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Intervención sobre la cond

ucta en niñoscon síndrome


de down
EMILIO RUIZ RODRÍGUEZ
PRIMERA PARTE
Introducción
Fomento de las conductas deseables
Consecuencias naturales
PRIMERA PARTE
Introducción
El comportamiento de la mayoría de los niños con síndrome de Down es semejante al propio
de otros niños de nivel similar de desarrollo y, en general, no presentan especiales dificultades
en este terreno (Buckley y col., 2005). Suelen tener una buena comprensión social y les resulta
sencillo aprender por imitación, por lo que su conducta en situaciones interpersonales puede
ser adecuada a la edad, a pesar de sus retrasos en otros campos, como el lingüístico o el
cognitivo. No obstante, se estima que la prevalencia de trastornos de conducta disruptiva es
algo mayor que la que se aprecia en la población general (Capone, 2007).
La integración escolar y la inclusión social parten de un requisito previo ineludible: la presencia
de unas competencias sociales básicas y el dominio de las habilidades apropiadas para cada
situación. Uno de los factores que más dificultan la integración de los niños con síndrome de
Down en centros escolares ordinarios y que preocupa especialmente a padres y profesionales,
es la presencia de conductas disruptivas o inadecuadas. Con ellas rompen la dinámica de las
clases, retrasan el aprendizaje y producen tensión en profesores y compañeros.
Es esencial fomentar un comportamiento adecuado a la edad para que tengan éxito en sus
interacciones sociales, en la familia, en el entorno cercano y en el colegio. Muchas dificultades
potenciales pueden evitarse estableciendo unos hábitos claros y unas directrices firmes en la
familia desde pequeños (Díaz-Caneja y Flórez, 2006). En otras ocasiones es la carencia de
unas habilidades sociales básicas el origen de las complicaciones. Se ha de comprobar también
si su actuación indebida o molesta es una forma de comunicación que indica la existencia de
una problemática añadida o de algo que preocupa o angustia al niño. Las dificultades de
expresión oral, la presencia de un nuevo hermano, el nivel excesivo de exigencia en casa o en
el colegio, la ausencia de adaptaciones y apoyos que le permitan seguir los contenidos
escolares o su incapacidad para comprender las demandas del entorno, son otras tantas causas
que pueden explicar la presencia de conductas inapropiadas.
Los compañeros del colegio o los hermanos pueden también animar o provocar al niño con
síndrome de Down para que actúe de determinada manera y constituyen otro de los elementos
que se han de valorar y controlar. No obstante, la motivación fundamental suele ser llamar la
atención del adulto y los comportamientos problemáticos se mantienen por la recompensa que
obtiene el niño, por lo que la intervención debe implicar un cambio en la actuación de quienes
le rodean. Si el adulto modifica su reacción, el niño variará su conducta.
Fomento de las conductas deseables
La intervención sobre las conductas inapropiadas se comienza en el momento en que se utilizan
programas para que esas conductas no aparezcan. Se ha de tener en cuenta que siempre es
más difícil corregir un comportamiento inadecuado ya consolidado que instaurar una nueva
conducta; de ahí que, teniendo en cuenta este enfoque preventivo, lo más fructífero es
desarrollar conductas deseables en el niño. Establecer las que son incompatibles con el
comportamiento inadecuado es la primera estrategia válida para anular sus efectos, ya que
conforman una barrera inicial para su aparición. De forma simultánea, se han de fijar normas y
límites desde edades tempranas, así como aplicar de manera sistemática y continuada
programas de entrenamiento en habilidades sociales para evitar que surjan las conductas
disruptivas (Verdugo, 1989; Caballo, 1993; Monjas, 1999; Izuzquiza, 2007; Ruiz, 2007). Una
medida muy útil es implantar unos hábitos diarios, estables y predecibles desde la infancia; por
ejemplo, en lo relativo al sueño y las comidas.
Para fomentar las conductas deseables, comenzaremos por definir unas normas claras y unos
límites fijos desde los primeros años. Un principio de funcionamiento válido es el que se basa
en las 3 “R”: Reglas, Rutinas y Responsabilidades.
Se han de fijar unas reglas precisas, unas pocas normas que serán explicadas al niño con
claridad, así como las consecuencias de saltárselas. Se cumplirá siempre y sin excepciones la
consecuencia prevista si no cumple la regla, por ejemplo, retirándole concesiones o privilegios;
y esa consecuencia será proporcionada de la forma más inmediata posible. Es difícil que
produzca efectos beneficiosos sobre el comportamiento una medida como “por el berrinche de
hoy te dejo sin cine el sábado”, o el consabido “ya verás cuando venga papá a la noche”. De
hecho, puede ocurrir que se le “castigue” por algo que ocurrió mucho tiempo antes, en un
momento en que el niño está actuando bien, lo que evidentemente le producirá confusión, ya
que puede relacionar el castigo con lo que acaba de hacer. Por supuesto, cada familia
establecerá las normas que considere oportunas, diferentes de unas a otras, pero lo esencial
es que esas normas existan.
Las reglas aplicadas con constancia se consolidan como rutinas, que el niño incorpora a su día
a día con naturalidad. La sucesión de actos repetidos hace la vida más previsible y, por tanto,
más segura para el niño. Los niños con síndrome de Down manifiestan con frecuencia cierta
perseverancia en su conducta, comportamientos rituales, que algún padre califica de “manías”
y que les hacen parecer tercos y obstinados. Es posible que ese exceso de orden en su
habitación o esa tendencia casi obsesiva a seguir unas rutinas diarias, constituyan para ellos
una forma de lograr una mayor sensación de control en su vida, que les tranquiliza y ayuda a
sentirse mejor. Constituiría una especie de paraíso de tranquilidad que hace predecible un
mundo que en general les desborda y les desconcierta.
Por último, las rutinas repetidas se convierten en responsabilidades, entendidas como tareas
desempeñadas por el niño de forma cotidiana, que asume con normalidad y que descarga a
otras personas del peso de pensar en ellas. Una labor realizada tras una orden o un recordatorio,
no es una responsabilidad. La responsabilidad no es tal hasta que se asume como propia, y en
el caso de los niños con síndrome de Down, esto se logra con relativa facilidad a través de la
repetición frecuente de las rutinas.
Asimismo se puede utilizar el modelo del semáforo como estrategia práctica.

 El semáforo verde indica las conductas que son admitidas siempre, en casa o en el colegio.
Sonreír, mirar a la cara, jugar, hablar con compañeros, recoger sus juguetes o ayudar en
determinadas tareas en casa, han de ser verdes en todas las ocasiones.
 El semáforo rojo delimita las acciones que están prohibidas y que en ningún caso y bajo
ningún concepto serán admitidas. No se grita, ni se empuja a otros niños, ni se consienten
berrinches, ni se pueden tocar los enchufes de la electricidad, en ningún caso. En estas
situaciones, se ha de decir ¡NO! con firmeza cuando sea necesario.
 Por último, marcaremos en color naranja las normas que a veces se aplican y a veces no,
según la situación. Jugar en la cama de los padres, poner en marcha el reproductor de
DVD, utilizar el ordenador de papá o tocar los alimentos con las manos, son
comportamientos que podrían o no admitirse, según el momento. Dadas las dificultades
que presentan los niños con síndrome de Down para adaptarse a situaciones ambiguas y
responder a imprevistos, las conductas definidas como naranjas deberían de ser las menos
posibles, pues lo más probable es que les desorienten y no sepan cuándo pueden y cuándo
no pueden realizarlas.

Es evidente que todas las personas que rodean al niño han de respetar y hacer respetar del
mismo modo las normas. Las reglas que se establezcan han de ser acatadas y obedecidas por
todos los integrantes de la familia o por todos los niños de la clase. No puede consentirse al
hermano mayor o a uno de los padres que se salte una norma que estamos exigiendo al niño
que cumpla; ese modelo le producirá desconcierto. Asimismo, la falta de consenso entre el
padre y la madre o con otros familiares dificulta la consolidación de las conductas. Es el caso
frecuente de los abuelos, que consienten al niño conductas que los padres están intentando
erradicar y que hacen que el trabajo desarrollado durante toda la semana pueda terminar tirado
por la borda en apenas unos minutos.
Se deben fijar unas rutinas cotidianas, unos hábitos, estables y predecibles. Suele resultar muy
útil la elaboración de un horario diario por escrito, o con dibujos o ideogramas, que se ha de
colocar en un lugar visible, por ejemplo, en su habitación o en la cocina (Targ Bril, 2005). En él
se reflejarán las actividades que el niño tiene cada día y la hora correspondiente a cada una.
Se pueden incluir los hábitos de autonomía básica entre sus responsabilidades. 8:00. Despertar.
8:05. Vestirse. 8:30. Desayunar. 9:00. Ir al colegio. 9:30. Matemáticas. 10:30. Recreo... De este
modo, el niño sabe en todo momento lo que se espera de él y en el caso de los niños con
síndrome de Down está comprobado que eso les proporciona tranquilidad y seguridad.
Se ha de reconocer al niño sus comportamientos adecuados, estando pendientes de ellos. Lo
habitual es que padres y profesores estén más atentos a la conducta inapropiada, con el objetivo
de suprimirla, que a la correcta, que se da por supuesta. Pero esa tendencia lleva a que el poder
de la atención del adulto como reforzador se enfoque precisamente hacia lo que no interesa. En
general, hay que procurar que al niño le sea rentable hacer lo que debe y eso se consigue
prestándole atención cuando actúa correctamente. Los incentivos y reconocimientos se aplican
inmediatamente después de que ocurran las conductas deseables, no esperando al final del día
para hacerle saber que “hoy te has portado muy bien”.
El mayor reforzador es siempre la atención del adulto, las muestras de cariño y el refuerzo
verbal, por ejemplo en forma de elogios (Leitenberg, 1983). Se le han de reconocer sus
progresos, mejoras y esfuerzos privada y públicamente, en todos aquellos aspectos
relacionados con la conducta en que se haya mostrado algún tipo de mejoría. El reconocimiento
privado refuerza al niño en su intento de mejorar y fortalece el lazo afectivo con él. El
reconocimiento público le ayuda a mejorar su autoestima y le compromete en su mejora delante
de otras personas.
Teniendo en cuenta que el aprendizaje por observación o vicario es una de las principales
herramientas de aprendizaje para los niños con síndrome de Down, indudablemente los adultos
han de ser un buen ejemplo a imitar en las conductas que deseen fomentar. Pretender que un
niño esté tranquilo en un ambiente en que los gritos son habituales, es poco realista.
Y como pauta general válida para todos los momentos y situaciones, se le ha de decir con
frecuencia que se le estima, que se le quiere, dándole muestras de cariño y expresándole lo
orgulloso que se está de él o de ella. No basta con hacérselo sentir o darlo por supuesto, sino
que hay que decírselo y manifestárselo expresamente.
Consecuencias naturales
Cuando un padre premia o castiga a su hijo, está negándole la oportunidad de tomar decisiones
y de responsabilizarse de su vida. En cambio, las consecuencias naturales y lógicas hacen que
el niño se responsabilice de su comportamiento y evitan que se haga sumiso. Permiten aprender
del orden natural y del orden social, siguiendo una lógica semejante a la que rige el
funcionamiento del mundo, natural y social. En el mundo natural, si llueve, puedo utilizar el
paraguas o no utilizarlo; si lo uso me protegerá de la lluvia, pero si decido no usarlo, me mojaré.
En el mundo social, los niños que tardan en levantarse de la cama llegan con retraso al colegio
y tendrán que recuperar las clases perdidas, además de sufrir una amonestación por parte del
profesor o un posible castigo. En ambas situaciones el niño puede decidir lo que va a hacer,
pero deberá asumir las consecuencias de sus actos. No se le castiga por lo que hace, sino que
tras elegir, recibe las consecuencias que conlleva su decisión.
He aquí las diferencias esenciales entre el castigo y las consecuencias naturales:

Para instaurar conductas adecuadas, se pueden utilizar las consecuencias naturales,


organizando el día a día del niño de forma que a cada comportamiento le sigan las
consecuencias que le corresponden. Por supuesto, producen mejores resultados si la conducta
más agradable, la que interesa al niño, se presenta al final. Si se definen con claridad las normas
y los resultados de las conductas, que ha de conocer el niño con anterioridad, los padres dejan
de ser quienes castigan y pasan a ser supervisores de una normativa en la que se aplican las
consecuencias naturales de los actos de sus hijos. Para que sean efectivas, es preciso hacer
ver al niño la lógica de la secuencia.
Por ejemplo:

 Lavarse las manos – comer. Si no te lavas las manos, no comes


 Ir al baño – dormir. Si no haces pis antes de acostarte, no puedes ir a dormir
 Vestirse – ir al colegio. Si no te vistes, no puedes ir al colegio
 1er plato – 2º plato – postre. Si no comes el 1er plato, no hay postre
 Poner la mesa – comer. Si no pones la mesa, no come nadie.
 Recoger los juguetes – jugar. Hasta que recojas este juguete, no podrás jugar con el otro.
 Hacer las tareas – ver la televisión. Si no acabas los deberes, no puedes ver la TV

Si observamos nuestro quehacer cotidiano, comprobaremos que el sistema de consecuencias


naturales es el que rige en muchas de nuestras actuaciones y, de hecho, lo aplicamos de forma
inconsciente con frecuencia. Evidentemente, no puede establecerse un sistema de
consecuencias naturales para todas las conductas, pues muchas de ellas tienen sentido en sí
mismas, sin relación con nada de lo que ocurre posteriormente. No obstante, se han de intentar
incorporar a la rutina diaria siempre que se pueda y son un apoyo ideal para el establecimiento
de una normativa básica en el domicilio.
NORMAS DE APLICACIÓN DE LAS CONSECUENCIAS NATURALES

 Deje clara al niño la norma y la consecuencia natural que se le aplica


 Presente alternativas y deje que el niño escoja
 Sea firme y amable. La firmeza se refiere a la constancia en el comportamiento. La
amabilidad a la forma de presentar las alternativas.
 Hable menos y actúe más.
 Evite las peleas y las broncas: muestran falta de respeto hacia la otra persona
 No ceda: esto indica falta de respeto hacia uno mismo
 Si el niño no realiza la conducta adecuada, aplique la consecuencia natural siempre y sin
excepciones
 Déjele probar un tiempo después. Si vuelve a hacerlo mal, alargue el tiempo antes de que
pueda volver a probar.
 Sea paciente: las consecuencias naturales y lógicas tardan en ser efectivas.
 En el caso de los niños con síndrome de Down, si se aplican con constancia, se acaban
incorporando a sus rutinas diarias.
Entiendo que la situación que ahora estás viviendo no se ha producido de la noche a la
mañana, sino que tu hija lleva tiempo con comportamientos semejantes, negándose a ir a
clases, llamando tu atención de manera permanente y exigiendo que la vistas como si fuera
pequeña. Quiero decir con esto que cuanto más se tarde en abordar un comportamiento
inadecuado, más difícil resulta después corregirlo.
Podemos entender que la conducta de tu hija es una forma de manifestar un malestar que
tiene en su interior. Como no sabe comunicarlo de otra manera, lo hace con patadas, gritos,
manotazos y agresividad. Por eso, lo primero sería intentar conseguir que te diga qué le pasa
y porqué no quiere ir al colegio. Dices que es inteligente y tiene buen lenguaje, por lo que
supongo que podrá contarte qué es lo que piensa y qué es lo que siente.
Por otro lado, como dije antes, seguro que estas situaciones llevan tiempo produciéndose.
¿Cuándo comenzó a negarse a ir al colegio? ¿Por qué? ¿Qué cambio se produjo en su vida
que le llevara a tener esta actitud? Por ejemplo, algunos jóvenes adultos con síndrome de
Down comienzan a darse cuenta de que sus hermanos se van de casa, consiguen un trabajo y
una pareja, y ellos no pueden. Entonces se hacen más conscientes de su discapacidad y en
ocasiones lo llevan mal. En otros casos, notan que en el colegio les siguen tratando como a
niños, que no les ven como adultos, y eso tampoco les gusta. Te estoy poniendo algunos
posibles ejemplos que podrían explicar el malestar de tu hija.
Estoy de acuerdo contigo en que el psiquiatra no es suficiente. Cuando alguien siente
malestar emocional parece que la mejor solución (o la más fácil) es proporcionar una pastilla
para ayudarle a sentirse mejor. Pero si las circunstancias no cambian, no conseguimos
cambiar nada.
Mi sugerencia es que dediques un tiempo a estar con tu hija haciendo cosas que os gusten,
pero con el objetivo fundamental de escucharla. Intenta averiguar por qué se siente mal y por
qué no quiere ir a clases. Pero eso sí, no puede ser que siempre quiera estar contigo, tanto
por ti porque te ocupa la vida, como por ella, que necesita relacionarse con otras personas.
Por eso, además de dedicarle tiempo en exclusiva, tienes que intentar buscar que haga otras
actividades diferentes, cambiando lo que hacía hasta ahora. Se trata de crear una rutina diaria
que le mantenga ocupada desde que se levanta hasta que se acuesta.
Cada día debería de cumplir algunas responsabilidades en casa, ayudando con la comida, la
limpieza o los recados, por ejemplo. Debería dedicar algún tiempo también a hacer ejercicio
físico, acudiendo a un gimnasio o sencillamente caminando una hora diaria (un paseo os
puede venir bien a las dos). Otro periodo de tiempo sería para relacionarse con personas,
acudiendo a alguna actividad social que le guste. Y, por último, otro tiempo estaría dedicado a
cosas que le agraden, incluyendo la televisión o la computadora, si es que le gustan.
Quiero decir con todo esto, que no hay una solución fácil que consiga cambiar a tu hija de la
noche a la mañana, sencillamente con unas palabras mágicas. Lleváis bastante tiempo con
conflictos y discusiones porque no quiere ir al colegio, y eso solo se cambia modificando sus
rutinas diarias, buscando comenzar con otros hábitos de vida. Se trata de buscar nuevas
actividades que le gusten, de forma que vuelva a sentir la ilusión de vivir y tenga una
motivación para levantarse cada mañana.
Un cordial saludo
Emilio Ruiz
Experto de Down España
Emilio Ruiz · 09.06.2017 a las 8:21

Buenas Noches!
Mi hijo tiene catorce años,, la hemos tenido dificil, primero que nada el duelo de la muerte de
mi papà que fue en realidad su figura paterna, porque su padre biològico no quiso convivir,
con su hijo.El pobre ya se entera màs de esta situaciòn; èsto nada màs pues empeora las
cosas por su adolescencia y se volvio muy agresivo con las mujeres que somos sus
cuidadoras ( abuela y mamà) se logrò estabilizar con medicamento que ademàs le agregaron
un anticonvulsivo y si mejorò su conductaa..Ademàs que lo saquè de su clase de karate por
recomendaciòn del Paidòlogo,( solo nataciòn)
La cuestiòn ahora es que lo cambiè de escuela pues me sugirieron que ya lo ponga con
jòvenes de su edad y tambièn para que pueda aprender un oficio pues debido al TDH e
hiperactividad ha sido poco su desarrollo cognitivo y lenguaje.
Estoy muy triste pues rechaza la oportunidad de otra etapa escolar y se vuelve a comportar
muy agresivo le pegò a un compañero y a su maestra, estoy citada con el psicològo de la
escuela ( Centro de Atenciòn Mùltiple) es Pùblica y mi temor es que lo den de baja.
En la otra escuela le dan un buen ambiente no le exigen y lleva 5 años en pre escolar, estoy
angustiada, me interesa mucho su consejo.
Le envìo un saludo ¡enorme!
Rocina Robles
Rocina Robles Sanchez · 09.10.2017 a las 9:14

Estimada Rocina:
El tratamiento de la conducta agresiva en un niño, en los casos que sea persistente esa
conducta, debe estar dirigido por un profesional especializado. El tipo de tratamiento que se
utilizará dependerá del resultado de la evaluación que se haga. Lo primero que tenemos que
hacer es identificar, a través de observaciones, charlas y entrevistas, los antecedentes
(causas y reacciones a la frustración) y los consecuentes (qué es lo que gana con la agresión)
del comportamiento agresivo de tu hijo.
Teniendo en cuenta de que la conducta agresiva es un comportamiento aprendido y como tal
se puede modificar, la intervención de los padres como de los profesores es muy importante.
Algunas pautas generales podrían ser:
1 – Identificar el tipo de conducta, es decir, qué es lo que nuestro hijo está haciendo
exactamente. Hay que ser objetivos y específicos en la respuesta. Si el niño pega , empuja,
grita, o de que forma expresa su agresividad.
2- Apuntar diariamente en una tabla, y durante una semana, cuantas veces el niño aplica la
conducta de agresividad. Anotar qué es lo que provocó el comportamiento. Con lo cuál será
necesario registrar los porque y las respuestas. Apuntar también en qué momentos los
ataques agresivos son mas frecuentes.
3- Elegir dos objetivos para modificar la conducta: debilitar la conducta agresiva y reforzar
respuestas alternativas deseables existentes en el repertorio de conductas del niño o en la
enseñanza de habilidades sociales.
4- Cuando esté determinado el procedimiento que utilizararemos, todos debemos poner en
práctica el programa de modificación de conducta.. Deberemos continuar registrando la
frecuencia con que su hijo emite la conducta agresiva para así comprobar si el procedimiento
utilizado está siendo o no efectivo.Es necesario informar del programa de modificación de
conducta a todos los adultos que formen parte del entorno social del niño.

Agresividad en niños con síndrome de Down


junio 20th, 2012 Colocado en General, Lenguaje

78 Commentarios »
En algunas ocasiones, cuando personas que hacía tiempo no veía se enteran de que Benjamín nació con
síndrome de Down, la primera reacción (aparte de la expresión de asombro) es decir “son niños muy dulces y
dóciles”, a lo que he contestado “pues Benjamín tiene carácter fuerte y dominante”, inmediatamente el
siguiente comentario ” bueno, es que también hay algunos que son agresivos, talvez tu niño es de esos”.

Qué???!!!, quiere decir que un niño con SD no puede ser como cualquier otra persona? con sus ratos buenos
y malos? o es dulce o es agresivo?. No!, un niño con síndrome de Down es como cualquier otro, pueden ser
tan bien o mal portados en función de lo que se les enseñe o deje de enseñárseles, debemos imponer límites
como a cualquier otro de nuestros hijos, los necesitan para crecer, para aprender que la sociedad tiene reglas
que hay que cumplir, pero su carácter (que finalmente heredan de los padres y terminan de formar con su
educación) no tiene que estar ligado al cromosoma extra con el cual nacieron.

Por otro lado, en el caso específico de nuestros niños con dificultades de lenguaje (al igual que con niños sin
SD que aún no aprenden a hablar), en ocasiones la falta de lenguaje puede traer consigo frustración y
conductas inadecuadas (esto no implica necesariamente agresividad) que podemos ir corrigiendo con
educación en coordinación casa-escuela y por supuesto ayudando a incrementar el lenguaje en nuestros
pequeños para disminuir poco a poco la causa de la conducta indeseada. Les comparto un fragmento de un
texto de interés (down21.org):

1.3. Conductas disociales

Se entiende por conducta disocial la actitud de oposición, la conducta desafiante, las manifestaciones
agresivas y la conducta disruptiva. La no aceptación de normas, las actitudes de provocación y la actitud de
oposición hacen muy difícil la relación con el sujeto.

Capone utiliza el término conducta disruptiva para referirse a un patrón de descontrol de la conducta,
observable, capaz de desorganizar las actividades interpersonales y las de grupo. Como este mismo autor
señala, es importante distinguir entre “niños activos con una conducta apropiada a la edad de su desarrollo
(inferior a la cronológica) de los que muestran un patrón persistente de descontrol conductual que provoca
alteraciones sociales y académicas”.

Los trastornos de conducta son relativamente frecuentes en el síndrome de Down. Para realizar un buen
psicodiagnóstico, hay que descartar, en primer lugar, problemas médicos como el hipertiroidismo, la celiaquía,
las apneas y el dolor crónico, entre otros, que pueden producir dichos trastornos. En la población general, los
trastornos de conducta suelen aparecer entre los 5 y los 7 años. Sin embargo, los niños pequeños con
síndrome de Down pueden mostrar conductas desafiantes, hiperactividad motora y dificultades de atención
antes de los tres años.
Las manifestaciones agresivas constituyen un motivo de preocupación importante. Suelen tener un carácter
impulsivo o, incluso, pueden tener como objetivo el llamar la atención. El niño agresivo se siente muy
rechazado y ese rechazo, a la vez, le hace ser más agresivo. Se trata de una manifestación, un síntoma de
conflicto, que puede tener causas muy diversas. Curiosamente, bastantes consultas por agresividad no
provienen de un carácter violento, sino de circunstancias puntuales que tienen que ver, generalmente, con
frustraciones internas de diversa índole. Y ahí está la clave, porque sólo identificándolas podremos conseguir
la solución de los problemas.

Las consultas por actitudes de provocación y de oposición son frecuentes también en niños con síndrome de
Down. Los padres definen a los niños como tozudos o tercos, que sólo quieren hacer su voluntad y provocan
continuamente para que se esté pendiente de ellos. Realmente, es muy difícil manejarse con las
provocaciones y no responder a ellas. Tras estas actitudes suele existir un tipo de vínculo muy estrecho y
ambivalente y una dificultad importante para poner límites que permiten que persista esta conducta.

En la población con síndrome de Down la prevalencia de los trastornos de conducta es mayor que la que se
observa en la población general. Los factores que pueden predisponer a que los niños con síndrome de Down
muestren una conducta desorganizadora, siguiendo el estudio publicado por Capone, pueden ser los
siguientes:

Exigencias poco realistas basadas en las expectativas del desarrollo (habla, lenguaje, cognición, autoayuda);
Ansiedad recurrente, frustración;
Órdenes inmediatas que exigen interrumpir una actividad preferida o abandonar un ambiente;
Desajuste temperamental entre los padres y el niño:
Descontrol de los impulsos
Un estilo cognitivo rígido e inflexible;
Una conducta aprendida para llamar la atención social o para escaparse

Existen alteraciones médicas que pueden predisponer a la aparición de trastornos de conducta y que hay que
tener en cuenta a la hora de realizar un diagnóstico: el dolor físico no detectado, el hipertiroidismo, los
trastornos del sueño o los efectos secundarios de algún tipo de medicación.

Puede verse una ampliación de toda esta problemática en el síndrome de Down en


http://www.downcantabria.com/revistapdf/94/100-105.pdf

El abordaje terapéutico en estos casos se realiza a nivel familiar o, en todo caso, con los padres. Exige un
análisis muy cuidadoso de situación, incluso asistir a alguna sesión en donde surja la provocación para
analizar bien cuál es el comportamiento de cada una de las partes: el niño y los padres. Es necesario
dedicarle tiempo, incluso elaborar programas de actuación. Salvo casos muy excepcionales, la medicación es
inútil aunque más de uno recurra a ella pensando que se trata de un problema psicóti

El comportamiento en niños con síndrome de Down


PREGUNTA
No sé cómo controlar los berrinches de mi hijo, ya no sé si lo estoy educando o malcriando.
Siento impotencia al no saber cómo afrontar su comportamiento, mi hijo no me hace caso y se
porta muy mal especialmente cuando estamos en un lugar público. ¿Como debo actuar ante
este comportamiento? Me gustaría saber si los berrinches suceden con más frecuencia en
niños con síndrome de Down.

RESPUESTA
¡Hola! Soy Emilio Ruiz y colaboro como psicólogo y asesor psicopedagógico en la Fundación
Síndrome de Down de Cantabria (España). Soy también coordinador del Área de Educación-
Psicología del Canal Down21, en Internet (www.down21.org) y me encargo de responder a las
consultas que presentan en el Foro de ese Canal relacionadas con estos temas.
En principio no hay razón para pensar que los berrinches se den con mayor frecuencia en los
niños con síndrome de Down que en los demás niños. Se ha de entender que los berrinches son
sencillamente una manifestación de conducta inadecuada y que por tanto, con las
intervenciones oportunas, se pueden controlar.
Ante todo y en relación con los temas de conducta la idea más
importante es que “el mayor incendio del mundo se puede apagar siempre con un vaso de
agua… al principio”. Si en el momento que se presenta la conducta inadecuada las primeras
veces se actúa de forma correcta, esa conducta se puede hacer desaparecer con relativa
facilidad. Ahora bien, si se espera mucho tiempo y se deja que la conducta se estabilice,
cada vez será más difícil corregirla.

En segundo lugar, para corregir una conducta es necesario definir objetivamente en qué
consiste, estableciendo la frecuencia, intensidad y duración de la misma, los lugares y los
momentos en que aparece y las personas que estaban presentes y lo que hizo cada una de ellas.
No basta con decir “no me hace caso”, “se porta mal”, “es mala”, pues estas descripciones son
tan vagas y generales que es imposible marcar pautas de intervención concretas.

Saber el número de veces que aparece, cuánto dura, cómo de intenso es el berrinche, dónde
ocurrió, cuándo, quién estaba allí y qué hizo esa persona, nos permitirá hacer un análisis
funcional de la conducta, que pretende definir para qué lo hace el niño, en función de lo que
consigue. La mayor parte de las actuaciones de los niños van dirigidas a conseguir la atención
de los adultos, en especial de su madre, y son capaces de hacer lo que sea, incluyendo
conductas muy inadecuadas para conseguir esa atención.

Supongamos que el caso es que tu hijo arma un berrinche porque quiere conseguir algo. Lo
primero se le deberá aclarar que si quiere algo tendrá que pedirlo, bien con señas, bien con
palabras y que con berrinches nunca conseguirá nada. Las normas han de ser claras, bien
establecidas, acatadas por todo el mundo y conocidas por el niño. Si se presenta el berrinche en
casa, sencillamente se la dejará solo en la sala o habitación donde ocurra. Pueden ser 5, 10 o 30
minutos, lo que haga falta, pero no se le hará ningún caso hasta que el berrinche pase. Es lo que
se denomina tiempo fuera o retirada de atención. Cuando cese el berrinche, se la hablará con
tranquilidad, se la abrazará y se le explicará, sin gritos ni enfados, que el berrinche no sirve de
nada. ¡Nunca, en ningún caso, deberá alcanzar lo que ella quiere por medio de un berrinche!

En casa es más fácil de atajar esa conducta, porque la situación tiene menos factores y se
controla mejor. En un supermercado es más complicado, porque hay mucha gente, demasiados
estímulos y, probablemente, haya conseguido sus deseos otras veces sirviéndose del berrinche.
En este caso, es mejor que vaya más de una persona al supermercado con el niño o que se vaya
sin interés especial de comprar nada, sencillamente para trabajar la conducta. El control de la
situación siempre ha de estar en nuestras manos y nunca en manos del niño.

Se le explicará de nuevo, claramente, cuál es la norma: “nunca conseguirás nada si haces un


berrinche, y si lo haces, nos iremos inmediatamente”. Por el contrario, se le puede ofrecer algo
que le guste y que tengamos previsto comprar, si se comporta correctamente. Si intenta
comenzar un berrinche, se la agarrará de la mano y se la llevará o bien al baño, o bien al coche,
donde se le dejará que llore y grite cuanto quiera. Por eso es recomendable que haya una
segunda persona. De nuevo, como en casa, nadie le hablará, ni le gritará, ni se enfadará
mientras ocurra el berrinche, sencillamente se la dejará sola hasta que se le pase. Nada de lo
que se intente razonar en esos momentos tendrá ninguna utilidad. Es preciso un gran
autocontrol, evidentemente.

Cuando termine, otra vez se le explicará que no se consigue nada con los berrinches y se
volverá al supermercado. Ese día, que será un día de entrenamiento, se hará eso tantas veces
como haga falta pero, insisto, ¡jamás puede conseguir lo que quiere con el berrinche!

Lo normal es que con una sola sesión se supere, aunque depende del tiempo que lleve
instaurada la conducta puede costar más conseguir eliminarla. En todo caso, el mensaje es
claro: la atención del adulto es el máximo reforzador para un niño. Utilicemos su poder para
controlar su conducta y que no sea al revés, que el niño con su conducta nos controle a
nosotros.
¿CÓMO ENFRENTAR LOS PROBLEMAS DE
CONDUCTA EN NIÑOS CON SÍNDROME DE
DOWN?
27 de enero, 2017 Tratamiento y Recuperación 0

Es importante determinar si hay problemas de salud que puedan estar provocándolas.

Las personas con síndrome de Down muestran las mismas escalas de temperamento y
conducta que las de la población general, si se tiene en cuenta la edad mental. Sin embargo,
no es raro que aparezcan problemas de conducta, como desobediencia, oposicionismo,
agresividad, terquedad, entre otras, y se debe intervenir cuando éstas tienen impacto sobre el
desarrollo social y educativo de ellos.

Guadalupe Palma, educadora diferencial del Centro de Apoyo Pacientes Síndrome de


Down de Clínica Las Condes, indica que hay que intervenir cuando las malas conductas
pueden alterar el orden en la casa o el colegio, afectando el proceso de aprendizaje.

“Es importante siempre determinar si existen problemas de salud que puedan estar
provocando estas conductas, ya sea de visión, audición, hipo o hipertiroidismo, reflujo, entre
otros, ya que su comportamiento puede ser una manera de comunicación, tomando en cuenta
las dificultades que presentan en el lenguaje expresivo”, explica.

¿Cómo enfrentar los problemas de conducta?

Es importante determinar la frecuencia de estas conductas, su duración e intensidad, indica la


especialista, para así tener pistas sobre lo que pudo provocarla. “Una vez hecha esta
evaluación, se desarrolla un plan de intervención que sirva para la casa, el colegio o lugar de
trabajo, según cada caso”, dice.

Para hacerlo, en general, se toma en cuenta la función que cumple la conducta, los
antecedentes y consecuencias de ésta, su frecuencia y duración, entre otras.

Es necesario establecer normas de conducta que sean claras, sencillas, justas, comprensibles
y estables en todos los contextos en los que se desenvuelven las personas con síndrome de
Down, para que pueda ser generalizada. Y “siempre es útil presentarle alternativas al niño
para que tenga la posibilidad de escoger y no sienta que se le está imponiendo algo”,
recomienda.

La cita con la pedagoga: no vi lo obvio.

Nunca me había tocado hablar con una profesional en psicología sobre mi experiencia personal a la
hora de enfrentar el diagnóstico de mi hijo al nacer. Con la ayuda de Dios, mi esposo y de muchas
madres que escriben sobre el síndrome de Down, me fui llenando de fe, alegría y fuerzas para luchar
por el bienestar de mi precioso hijo. Pero los prejuicios y etiquetas aún estaban ahí escondidas en
mi mar de emociones y pensamientos. ¿Qué estaba haciendo mal con mi hijo? La pedagoga
ingeniosamente y con la sutileza de años de experiencia, me fue llevando poco a poco al fondo de
la cuestión. La culpa era completamente mía, no de mi hijo. Su síndrome de Down no tenía
absolutamente nada que ver con su comportamiento, aunque si lo influye. La buena noticia es que
es modificable como todo en la condición humana. Mi problema era muy sencillo, pero cargaba una
historia detrás: tengo un niño con casi 2 años de edad que aún gatea. Mi hija mayor gateaba a los 9
meses, así que lo trataba como tal, como un bebé de 9 meses. Mi mente me estaba jugando una
treta. Y este es un error que muchos cometemos con nuestros hijos en general: los tratamos como
bebés todo el tiempo o, por otra parte, esperamos que se comporten como adultos con apenas 3
años.

La psicopedagoga me dijo: “Debes empezar a tratar a Felipe como el niño de 2 años que es. El tiene
obligaciones y responsabilidades de niño de 2 años y debes exigirle más para que él siempre tenga
una siguiente meta que alcanzar.” Sus palabras retumbaban en mi recién removida mente.

La puesta en marcha

Sinceramente, no me sentía capaz de hacerlo. “¿Cómo iba a regañar a mi pollito precioso? Yo no


puedo ser brava con él, sus ojitos y sonrisa siempre me vencen.”, le respondí. Gracias a Dios por las
personas profesionales que nos ayudan sino estaría perdida. Ella y yo discutimos varias pautas:

1. Buscarle un lugar en la casa para su “tiempo fuera”

Hay que buscar un lugar alejado de distracciones donde ponerlo cada vez que hacía algo indebido.
Ponerle un tiempo razonable que puede ir desde 30 segundos hasta un minuto por año de edad.
Para nosotros es muy poco tiempo pero para un niño inquieto es una eternidad.

2. Mamá o papá siempre deben de ganar.

A diferencia de mi experiencia con mi hija mayor, cuando sentaba a Felipe (porque de pie nunca se
iba a quedar) en su sillita en la esquina de tiempo fuera, debía sentarme frente a él y sujetarlo de los
hombros y no dejarlo ponerse de pie hasta que terminara de contar 25. Si lo soltaba y trababa de
levantarse, le volvía a decir: “No jalar el pelo a tu hermana, y por levantarte, contaremos de nuevo.”
Así se me fueron muchísimos minutos, pero al final, varias semanas o meses después según el caso,
mamá ganó.
3. Usar un tono de voz firme y calmada…y sobretodo no reír.

Aunque nos desespere la cantidad de veces que debemos corregir debemos usar el mismo tono de
voz y retomar la medida de corrección hasta que el niño entienda lo que se le está pidiendo corregir.
Felipe es un gran manipulador y sabe que sus sonrisas y payasadas me derriten, así que uso doble
dosis de autoridad pues el resultado lo vale. La verdad que en esto, su papá es muchísimo mejor
que yo.

4. Evitemos tornar la disciplina en una lucha sin fin contra el niño.

Sucede en muchas oportunidades: se castigan a los niños solo por ser niños. Eso destruye su
espíritu, su amor y valor propio. Los niños juegan, crean, pintan, usan su imaginación y, sobretodo,
necesitan movimiento pues solo los adultos podemos pasar horas viendo televisión, compartiendo
en una mesa con amigos o haciendo nada. Debemos seleccionar los comportamientos ha modificar
y ser consistentes. No podemos regañar al niño un día por hacer una cosa y al otro día dejarlo pasar.
La consistencia es clave para modificar el comportamiento de un niño con síndrome de Down, o de
cualquier otro.
5. La actividad física como un estímulo sensorial y modulador.

Hay personas que consideran un niño “educado” aquel que puede pasar horas viendo televisión o
jugando vídeo juegos sin molestar a nadie. Eso está creando niños con Déficit atencional y
disfunciones sensoriales innecesarias. La actividad física es indispensable en los niños pequeños.
Una salida al parque, a caminar, hasta clases de natación o una sesión de juego activo con el niño,
contribuye a una mejor recepción a las instrucciones y mejora su comportamiento.

6. Si queremos niños respetuosos debemos ser respetuosos hacia ellos.

Si esperamos el mejor comportamiento en nuestros hijos, debemos respetar sus tiempos. Aunque
necesiten nuestro apoyo y auxilio constante, ellos se asumen personitas individuales sin importar
que tengan síndrome de Down. No son ángeles, no son el baluarte a la paciencia y tolerancia
absoluta, son personas con necesidades, gustos y momentos propios. No son una extensión nuestra.
Por lo tanto, debemos respetar sus horas para dormir, sus alimentos favoritos, sus juegos favoritos,
hasta su necesidad de atención y cariño de nuestra parte incluyendo el tiempo de jugar. Todo esto
genera seguridad y respeto de tu hijo hacia ti.

7. Debemos buscar formas en que el niño pueda comunicar sus necesidades.

Un reto importante en un niño con síndrome de Down es la comunicación. Debemos facilitarles


formas para comunicar sus necesidades o situaciones. Desde el uso de señas hasta el uso de
imágenes, lo ayudará a mantenerse más tranquilo y menos frustrado. Pero nunca creamos que por
no hablar claramente, no entiende bien nuestras palabras e instrucciones. Usemos lenguaje
adecuado para un niño: frases cortas, sencillas y claras, sin muchas explicaciones amplias como lo
haríamos con un adulto.

8. Lo que se hace en casa, se replica afuera y viceversa.

Muchas de estas mismas pautas es importante acordarlas con las maestras de kínder o escuela
también. El hecho de tener síndrome de Down no justifica que el niño salga del aula cuantas veces
quiera, se ponga de pie, no siga instrucciones, tire juguetes, golpee a sus compañeros, etc. Las
maestras deben aplicar la autoridad con amor y paciencia, así como haciendo los ajustes necesarios
para buscar una forma de mantener al niño interesado y aumentando su capacidad de atención. Se
da con cierta frecuencia, que los mismos educadores permiten esos comportamientos porque es “un
niño especial con síndrome de Down y eso es normal”. Debemos trabajar muy unidos con las
personas encargadas de la formación de nuestros pequeños también, ellos deben contar con nuestro
apoyo.

Tanto padres como personas avocadas a generar conciencia sobre el síndrome de Down no
lograremos calar profundamente en la mentalidad de la gente en la forma como lo hará una persona
con trisomía 21 cuando, por sus propios méritos, logre un lugar de valor y reconocimiento en la
sociedad. Si pedimos la oportunidad para ellos, estamos en la obligación de formarlos para sacar el
máximo provecho de ésta. Solo así los mitos serán cosa del pasado y el síndrome de Down un color
más en el arcoíris de la diversidad humana.