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VIDA ÍNTIMA DE

MANUEL DE FALLA Y MATHEU


BIBLIOTECA CÁDIZ - MANUEL DE FALLA I

Autor: Juan J. Viniegra y Lasso de la Vega

1ª edición: 1966
2ª edición: 2001
ISBN: 84-95388-38-3
Depósito legal: CA-696/01

© Juan J. Viniegra y Lasso de la Vega


© Coordinador de la edición José Ramón Ripoll

Edita: Diputación de Cádiz, Servicio de Publicaciones

Maqueta y diseño: O.D.M.


Preimpresión: Cadigrafía
Impresión: Santa Teresa
VIDA ÍNTIMA DE
MANUEL DE FALLA Y MATHEU

POR

JUAN J. VINIEGRA Y LASSO DE LA VEGA

COLABORACIÓN DE

CARMEN Y CARLOS MARTEL VINIEGRA


LA RECUPERACIÓN DE UN TESTIMONIO
La Biblioteca Cádiz-Manuel de Falla es un proyecto de la Diputación Provincial de
Cádiz destinado a difundir la obra y la figura del más internacional de los compo-
sitores españoles. Nacido en Cádiz, en 1876, la personalidad de Manuel de Falla
ha tamizado todo el panorama musical de nuestro siglo XX, sabiendo resolver con
soltura el eterno dilema entre tradición y modernidad. Ligado a las vanguardias
europeas de la época -Debussy, Ravel, Stravinsky- y utilizando elementos propios de
la nueva música, no dejó de beber en las fuentes tradicionales, ya fuera de la anti-
gua polifonía renacentista, del teclado del siglo XVIII o de la esencia popular y, par-
ticularmente, del cante jondo. Sin embargo, pese a que el maestro deba sus prime-
ras iniciativas musicales a los años que pasara en su tierra natal, no ha existido en
Cádiz ningún centro que se haya ocupado de cuidar su presencia, sobre todo de
estudiar y recopilar los datos suficientes que iluminen el importante período de su
infancia y primera juventud..

Manuel de Falla, desde muy pequeñito, en su casa gaditana de la Plaza de Mina,


había escuchado con naturalidad las melodías flamencas y aflamencadas, canti-
ñeadas por su niñera, La morilla, oriunda de la sierra gaditana -lugar donde se
siguen conservando determinados cantes antiguos casi en desuso-, y pronto empe-
zó a sentir suyos estos cantes que sonaban de distinta manera a todo lo demás.
Esta relación con La morilla fue la primera piedra del edificio memorístico de nues-
tro autor. El cante, cumpliendo con su costumbre e historia, se le ofrecía por trans-
misión oral e intransferible.

Cádiz se consideraba piedra angular de la tríada del flamenco, junto con Jerez y
Sevilla. Mas no era corriente, sobre todo en un muchacho perteneciente a una fami-
lia de clase media alta y no precisamente con raigambre local, mantener concomi-
tancias e insinuaciones con esta música, considerada poco propicia para la educa-
ción de un niño de buenas costumbres. Sin embargo, atraído por la rareza de aque-
llos sistemas tonales, por sus requiebros y, principalmente, por la mixtura de escalas
mantenidas en la guitarra, el niño Falla que a pocos metros de su casa tenía lugar,
puedo intuir levemente, uno de los más altos y profundos sucesos de la expresión

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musical. En las casas del Barrio de Santa María nacieron y vivieron famosos y pun-
teros cantaores, bailaores y guitarristas de todos los tiempos, y no es difícil suponer
algún fortuito encuentro entre el joven músico y alguno de aquellos artistas popula-
res. Siempre he pensado, en el Cádiz de mi imaginación, en aquel Falla deseoso de
conocer, escuchando al célebre Enrique el Mellizo, patriarca del cante grande, cuan-
do éste le lanzaba siguiriyas al mar en las noches de viento y locura; o cuando calle-
juela abajo, salía de la Iglesia del Nazareno entonando la melopea que acababa
de oírle al oficiante y de donde posiblemente surgió su popular malagueña. Son fan-
tasías posibles pero improbables, aunque de Cádiz se lleva el poso donde han de
caer familiarmente las posteriores enseñanzas y descubrimientos.

Por otra parte, no es difícil encontrar en la algarabía instrumental de El Retablo una


similitud con el escándalo callejero del antiguo carnaval de Cádiz; ni escuchar el
batir mecánico de las olas en el insistente acorde arpegiado del segundo movimiento
del Concerto. ¿No existen, en estas dos obras, un enlace tímbrico, un hueco sonoro
de maderas que nos trae a la memoria la combinación instrumental de fagot, oboe
y corno inglés que, rememorando los modos griegos, rompía el silencio de la
madrugada del Viernes Santo gaditano? Se dice que Falla escuchó esta fanfarria en
el Corpus de Sevilla, acompañado de Lorca; pero mucho antes, ese enigmático mim-
breado pudo haber encontrado sitio en su recuerdo al paso de la procesión por
delante de sus balcones de la infancia.

Sin ánimos provincianos ni chovinistas, esta Biblioteca se propone contribuir a que


los gaditanos tengan la posibilidad de conocer más de cerca un personaje y una
obra que los engrandece y los hace ser más universales.

Una de las facetas más importante de la Biblioteca Cádiz-Manuel de Falla es la


publicación de una serie de libros y monografías que aporten datos nuevos sobre
nuestro compositor, su obra, así como de los ambientes musicales, generaciones y
grupos que se nutrieron de su influencia. Desde el Servicio de Publicaciones de la
Diputación Provincial, comenzamos esta tarea con la reedición de una biografía que
tiene su interés en el hecho de haber sido escrita por un amigo personal de Don
Manuel: Manolo, mi amigo Manolo, apostilla el autor en todo momento, cuando se
refiere a las anécdotas, cartas e historias del músico. El también gaditano Juan
Viniegra y Lasso de la Vega, era hijo de Don Salvador Viniegra, posiblemente el
alma mater de la música de nuestra ciudad. Violoncellista aficionado, este último
convirtió su casa en el salón musical más importante de la época. Por allí pasaron
artistas como Camille Saint-Saëns o Paganini, se estrenaron obras de cámara y fue
el escenario donde el niño Falla haría sus primeros pinitos en público. El autor de
este libro vivió de cerca todas estas experiencias que nos las cuenta con cierta gra-

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cia y amenidad. No se trata pues, de una biografía exhaustiva ni rigurosa. Es más
bien un testimonio directo y un homenaje amistoso que nos ofrece una serie de datos
sobre los años gaditanos del compositor y el contacto que continuó manteniendo con
su ciudad natal, con sus amigos, conocidos y familiares, trazándonos un buen retra-
to de su carácter austero y socarrón y una interesante crónica, a través de los perió-
dicos del momento, de su regreso a Cádiz, en 1926 para ser nombrado hijo predi-
lecto, y posteriormente en 1930.

Manuel de Falla: su vida íntima o Vida íntima de Manuel de Falla y Matheu -títulos
ambos que figuraban en la primera edición en portada y portadilla respectivamen-
te- se publicó en Cádiz, en 1966, con la colaboración de Carmen y Carlos Martel
Viniegra, sobrinos del autor, cuando éste último se encontraba en su lecho de muer-
te. Tuvo la suerte de poder ver, al menos, las primeras pruebas de lo que fue un libro
escrito, más con el cariño de un amigo que con voluntad de estilo y aportación musi-
cológica. En el epílogo a aquella edición se decía: "Ayudado de una linterna y una
lupa, pudo verlas, pudo leer aquella primera página donde estaba estampado su
nombre. Su rostro, marcado ya con las huellas de la muerte, se iluminó y pareció
revivir". Reeditar pues, ahora, este agotadísimo testimonio es volver a dar la opor-
tunidad a los lectores y a los estudiosos de la obra de Falla de consultar los rinco-
nes curiosos y revivir ciertas historias de la vida privada del compositor.

Seguramente, Juan Viniegra no escribió esta biografía de principio a fin. Eso se


nota en la la falta de fluido entre los diferentes capítulos que la componen.
Colaborador del Diario de Cádiz, pienso que fue aprovechando material periodísti-
co que, a lo largo de los años, fue reuniendo sobre nuestro músico, aunque -como
me apuntó Enrique Franco, una de las personas más informada sobre Falla y la vida
musical gaditana de su tiempo- existen muchos más artículos del autor que aguardan
una paciente labor de hemeroteca, que haría falta recopilarlos para una nueva
monografía, quizás literariamente más rica que la que tenemos en las manos.
También, a veces, me da la impresión de que muchos de los párrafos aquí recogi-
dos, fueron dictados o escritos a vuelapluma, sin las pertinentes correcciones estilís-
ticas a las que todo trabajo de este tipo se debe someter. La primera edición está
repleta de errores, nombres mal transcritos en repetidas ocasiones que me cuesta
imaginar que pudieran deberse a las faltas ortográficas de un hombre culto como
Viniegra, Por ejemplo, Ravel, siempre figura con b, como si se refiriese al instrumento
en vez de al compositor francés. O Saint Saenz en vez de Saint-Saëns. Con respec-
to a la armadura sintáctica y a la utilización de signos ortográficos todo dejaba bas-
tante que desear y, seguramente es achacable a la natural premura de la impresión
y al deseo, por parte de sus colaboradores y familia, de que el autor difrutase en
vida el resultado de su largo e ilusionado trabajo. Ya hemos comprobado cómo y en

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qué estado revisó las galeradas. Respetando el espíritu de la letra y el eco de la voz
del autor, me he tomado personalmente la licencia de eliminar comas innecesarias
e insertarlas en el lugar requerido, y de alterar someramente la estructura gramati-
cal de algunos párrafos, con el objeto de facilitar la lectura y la mejor comprensión
del texto.

Es conveniente situar al autor en la sociedad de su época, en su ambiente, en una


España aún dividida y resentida por la guerra civil. Se utilizan expresiones un tanto
inoportunas e inapropiadas para una edición actual, pero como quiera que estamos
lejos de atribuirnos el papel de censores -cosa que en aquellos tiempos hubiera sido
impensable en casos contrarios- hemos respetado totalmente sus vocablos y trasno-
chadas opiniones con respecto a temas políticos e ideológicos. A veces se nos ofre-
ce una figura de Falla que, creo, no corresponde del todo a la realidad.
Efectivamente, Falla era una persona profundamente religiosa, católica, conserva-
dora, pero no era un reaccionario, no tomó partido en cuestiones políticas; sin
embargo, sus amigos granadinos -entre los que se encontraba García Lorca- se sig-
nificaban por su talante abierto y liberal, a los que el maestro infundía un absoluto
respeto. Sí, es verdad que a veces hemos imaginado a Falla en un exilio argentino
provocado por los acontecimientos políticos, y esto es cierto sólo a medias. El músi-
co se marchó de España en plena guerra, no sólo espantado por la quema de igle-
sias y conventos -como apunta nuestro biógrafo-, sino aterrado por una situación
insostenible para un hombre de paz, tremendamente herido por el dolor causado
por la pérdida de amigos inocentes, encarcelados y fusilados. Aprovechando la
propuesta de una gira de conciertos por el territorio argentino, se fue con su queri-
da hermana y no volvió a pisar su patria en vida. Una vez acabada la contienda,
le ofrecieron cargos oficiales que no llegó a ejercer, posiblemente, debido a su men-
guada salud, a su plena dedicación musical y, también, al pavor del naufragio, tras
la conmoción sufrida por la noticia de la muerte de Enrique Granados, al ser torpe-
deado por los alemanes el barco en el que regresaba a España durante la guerra
mundial. Cuesta imaginarse al compositor desempeñando cualquier cargo que le
distrajese de la lenta y dilatada elaboración de Atlántida, esa especie de manto de
Penélope interminable. Sea como fuere, Falla no volvió a su ciudad natal hasta que
sus restos fueron trasladados de Alta Gracia a Cádiz, en cuya catedral reposan
desde 1947.

Por otra parte, se insiste aquí en una imagen de Falla un tanto ñoña que, creo, res-
ponde más al tratamiento del biógrafo que a la personalidad del bografiado.
Viniegra conocía al músico desde niño y fue alimentando ese recuerdo entre las
bambalinas de la memoria, avivandolo con una cariñosa correspondencia epistolar
y algún que otro encuentro. La evolución artística e intelectual del compositor fueron

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configurando un personaje que distaba del mediano burguesito de una ciudad de
provincias anclada en la ornamentación y prosapia de su pasado.

A pesar de todos estas pequeñas contradiciones, este libro que tenemos en las
manos reúne entre sus páginas un interesante material que nos permite reconstruir la
infancia de Falla, el Cádiz de su época, su primer viaje a Madrid y el doloroso
abandono de su tierra natal, sus aventuras y vicisitudes en París, su retorno a
España, su residencia en Granada, su estancia en la isla de Mallorca y sus últimos
días en Argentina. Todo ello salpicado de pequeñas anécdotas y confidencias per-
sonales que nos facilitan el acceso a la vida íntima de un artista caracterizado por
su severa conducta y sus parcas costumbres. Estas páginas ayudan a imaginarnos a
un Falla cargado de bondad, gracia e ironía que, a través de sus gestos cotidianos
e insólitos hábitos, nos hace reflexionar sobre su extraordinaria humanidad creado-
ra y sonreír con sus excentricidades, un poco a la manera de Don Quijote, modelo
y obsesión del artista.

La presente edición, que publicamos al cumplirse el 125º aniversario del naci-


miento de Manuel de Falla, va precedida de una pequeña introducción que José
María Pemán escribió con motivo de la primera salida del libro, en 1966. En esta
ocasión hemos suprimido el conocido artículo de Azorín sobre Manuel de Falla y la
carta del maestro gaditano agradeciéndole sus palabras, por considerar que dicha
semblanza pertenece a otro contexto diferente. El libro que el lector tiene en las
manos debe leerse con la perspectiva de los años y del momento en los que fue escri-
to. Por ello hemos respetado fechas y comentarios sobre lugares, personas o cir-
cunstancias que el tiempo se ha encargado de corregir.

Cádiz, 23 de Noviembre de 2001

José Ramón Ripoll

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PRÓLOGO
JOSÉ MARÍA PEMÁN
Me bastaría para prologar este libro, lo que dije en el informe que me pidió la
Diputación Provincial, cuando se propuso editarlo.

Falla fue hombre que ni en su mayor apogeo de universalidad y fama, se des-


prendió de su condición peculiarísima de gaditano, hombre de afectos, de amista-
des, de mucha vida privada y de intesísima intimidad religiosa. Creo que el libro de
don Juan Viniegra contribuirá mucho a dibujar su auténtica figura y creo que, por
sus condiciones excepcionales de superviviente entre los amigos íntimos del maestro
y de extraordinaria memoria, la documentación que aporte es única e insustituible.
Se añade a esto que, por ser el autor persona muy experta en material musical, ha
podido también tratar este aspecto con notoria dignidad y buena información.

Este es de esos libros que son "únicos" en el sentido de que se desprenden, como
fruto maduro, de una persona que ha acumulado por circunstancias vitales tal cono-
cimiento, densidad y amor, hacia un determinado tema, que a su momento, no tiene
mas remedio que verterlo hacia los demás. Así la autora de Lo que el viento se llevó,
tenía que objetivar y echar fuera de sí, tarde o temprano, sus recuerdos de infancia.
Así Manuel Halcón tenía su Vida de Fernando Villalón escrita dentro de sí mismo
antes que lo escribiera para el público.

Ha sido suerte que el volumen de recuerdos, internidades e información, que se dan


en este libro, estuvieran atesorados en un longevo de buena memoria; y en un gadi-
tano de castizo arraigo; y en un enamorado de la Música como es don Juan
Viniegra. Y aún se añade todavía la suerte de que dicho don Juan sea además hom-
bre de pluma de toda la vida: y aún que la familia Viniegra sea toda ella un grupo
humano transido por la vocación literaria. Así la asociación de don Juan con sus
sobrinos Carmen y Carlos, han producido este libro que a ellos les fue "necesario" y
al lector le parecerá fresco, sano y atrayente, como todo lo que es puro y auténtico.

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Manuel de Falla fotografiado por The New York Times
(ca. 1928).
I
COMO CREO YO QUE ERA MANUEL DE FALLA
Al intentar penetrar en la intimidad de un alma, debe de hacerse con andar silen-
cioso y reverente, como el que entra en un templo, y, sin embargo, cuando se trata
de la personalidad de un artista, son muchos los que lo hacen llenos de osadía, y lo
que es peor, se atreven a hacer la disección de sus sentimientos e ideas, con mano
profana y desconocedora de tan delicada tarea, para luego, volcar en las cuartillas
o en el papel, lo que creyeron ver y es sólo fruto de su imaginación.

Aunque me unió una gran amistad con Manolo, no querría yo ser un osado más;
sin embargo, creo que debo intentar presentarle, tal como era, para evitar que todos
aquellos que se interesan por el que llegó a ser una celebridad musical, se dejen lle-
var por los bulos y se formen una idea errónea de su persona.

Creo que el primer calificativo que se le puede aplicar es el de bueno, bueno en


toda la acepción de la palabra. Fue un hombre que, desde joven, procuró siempre
cumplir con su deber, considerando de gran importancia el hacer fructificar los talen-
tos que el Divino Hacedor le había dado en abundancia.

Era un ungido por el arte, y a él dedicó toda su vida en completa entrega. Tengo
infinidad de cartas fechadas en París, Granada, Palma de Mallorca, y en todas dice
siempre al empezar, y como disculpa por su largo silencio, frases como éstas:

«Estoy tan sumamente ocupado, desde que llegué a Francia ... » «No sabes como
pasan los días, con todo lo que tengo que hacer ... » «Faltándome tiempo para escri-
birte detenidamente ... » «No puedes suponer como ando de trabajo. ¡Esto no es
vivir! ... » y así, una y otra vez.

Manolo, trabajaba de firme. Unas veces, fuera de su hogar, en sus múltiples via-
jes, dentro y fuera de nuestras fronteras, llamado por los que querían escucharle y

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escuchar sus obras; otras en el hogar, en la paz y silencio que tanto amaba, y dónde
se sentía invadido por la inspiración que plasmaba en el pentagrama.

Mas aquel laborar de Manolo, no estaba movido por la ambición; la gloria huma-
na, el dinero, que son la doble meta de muchos artistas, le dejaban indiferente.

Era una persona sumamente modesta. Nunca exigió que su arte fuera pagado con
esplendidez. Todo lo contrario; siempre le parecía mucho lo que le daban. Sin
embargo, a medida que se acrecentaba su fama y era mayor el número de sus
obras, aumentaban sus ingresos; pero eso no le hizo cambiar su plan de vida.

Tanto él, como su hermana María del Carmen, tenían gustos sencillos casi me atre-
vo a decir austeros; y esa era la razón de que gran parte de lo que ganaba lo diera
a los pobres, no reservándose más que lo estrictamente necesario.

Don Valentín Ruiz Aznar, en un precioso artículo publicado en Falla y Granada,


editado por el Centro Artístico y Ayuntamiento en homenaje del famoso músico, que
habitó en aquella ciudad durante muchos años, hablando de su humildad y caridad,
decía así:

«Sobre mi mesa de trabajo tengo un precioso libro que es para mí una auténtica
reliquia. Su título: Catéchisme du Saint Concile de Trente. Este librito, pequeño en su
volumen, grande por su contenido, fue muchas veces manejado por Manuel de Falla.
Lo atestiguan las señales marginales y llamadas de atención con que solía iluminar
las últimas páginas libres de texto, sobre ideas que habían llamado su atención. Este
librito -mejor, esta edición Desclés, 1936- tuvo que ser muy leída y meditada, preci-
samente en aquellos años cruciales de nuestra patria... y del mundo entero.

Me induce a pensar así el hecho de que entonces su producción artística era poca,
y es de creer que su espíritu halló pasto abundante en aquellas maravillosas páginas.

En las notas finales del libro, escritas por Don Manuel, se leen dos impresionantes
llamadas, con grafía mayor que la normal, que dicen: "Humildad, Caridad"

De como se comportara Don Manuel con estas dos virtudes básicas de la vida cris-
tiana, los que le conocimos, todos sin excepción, podríamos atestiguar su preocu-
pación constante por su prójimo necesitado.

Testigos de mayor excepción, los habitantes entonces en los barrancos de la Zorra


y otros a quienes suministraba vituallas y medicinas, nos hablaron de cómo sé inte-

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resaba sobremanera, mediante su párroco, que era el suyo propio, tanto por su esta-
do moral como por el material.

Frecuentes eran sus consejos a gente joven, y uno de los más certeros era que eli-
gieran libremente experimentado y sabio confesor, Frecuentes eran también sus rega-
los, ofrecidos y dedicados con delicadeza exquisita a jóvenes distraídos o fríos en
materia religiosa.

Su humildad corría pareja con su acendrada caridad. La casita de Don Manuel


está rodeada de otras muy pobres, cuyos habitantes mucho saben de su sencillez,
por cuanto, a la vuelta de su misa dominical o del paseo alhambreño, solía pararse
a hablar con ellos, para interesarse por sus cosas.

A qué seguir....

Pueden citarse algunas anécdotas que muestran hasta qué punto Manolo no tran-
sigía cuando se tocaba algo relacionado con esas creencias que tan arraigadas lle-
vaba en el alma.

El famoso escritor D'Anunzio le suplicó en una ocasión que pusiera música a su


obra San Sebastián. Aquello hubiera gustado, y hasta halagado, a cualquier otro,
mas Manolo, renunció. Conocía aquel San Sebastián y no le encontraba conforme
con sus ideas, y así lo dijo a una persona de su familia:

-"He contestado que no podía comprometerme, porque yo no hacía música de ese


estilo; mas la verdad es que no escribo compases con mi mano contra mis ideas reli-
giosas. ¡Eso no es música!"

Su mismo padre, ya en sus comienzos, cuando él encontraba tantas dificultades


para estrenar, le preguntó en broma:

-¿Por qué no escribes música ligera para esas obras que se dan en Apolo? ¡Eso
da pesetas, añadió, en hombre práctico!

Mas Manolo, no pensaba ni por un momento salirse del camino que se había tra-
zado y malgastar su arte en producciones que no fueran dignas de él.

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Cuando era aún un niño, alguien dijo delante de él, que quería a los judíos; para
Manolo, entonces, no existían otros que aquellos que crucificaron al Divino Maestro,
y, lleno de indignación, exclamó:

-¡Si existiera ahora la Inquisición!...

-No te enfades tanto -le contestaron- porque, después de todo, el Señor y la Virgen,
también eran judíos.

Manolo enmudeció, y es seguro que si ya hombre recordó su actitud en aquella


ocasión, se hubiera arrepentido de ella, pues en su alma grande, llena de caridad,
cabían todos: cristianos y judíos.

Jamás sus labios pronunciaron una frase mal sonante, y le molestaba que alguien
las dijera en su presencia, y sé que había quienes reemplazaban los tacos por cier-
tas palabras de su repertorio: Carabelas... Cartagineses...

Eso es lo único que se atrevían a decir cuando la indignación les impulsaba a usar
alguna palabra mal sonante, pues no osaban emplear tacos por no herir su delica-
deza.

Algunas veces ponía en verdaderos aprietos a los empresarios que le llamaban


para dar conciertos, especialmente cuando se hallaba en países extranjeros.

Jamás tocaba en público sin asistir antes al Santo Sacrificio de la Misa; en vano
intentaban, a veces, hacerle desistir de esa práctica piadosa para no entorpecer sus
planes. Siempre se encontraban con su actitud firme, imposible de vencer.

-Tiene que ser a esa hora- le dijo en una ocasión un empresario.-Ya se ha fijado,
no puede cambiarse. Es preciso que se atenga a ella.

Más Manolo, sin inmutarse, pero decidido a hacer triunfar su voluntad, contestó:

-Lo siento mucho. ¡No puedo! Lo que cabe hacer es retrasar el concierto.

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Manolo se hallaba en Granada cuando se derrumbó la monarquía como un cas-
tillo de naipes. No era un hombre político, sino un hombre de derechas y, por enci-
ma de todo, un buen católico.

Aquellas llamas, encendidas por un odio ateo, que quemaron templos e imágenes,
le impresionaron profundamente. No sólo devoraban tesoros religiosos, sino también
artísticos. ¡Cuántas maravillas se perdieron durante aquellos días infaustos!

No sé dónde surgió la idea de hacer por aquellos tiempos un homenaje a Manolo,


en Sevilla. Una comisión fue a proponerle el proyecto. Se esperaba que aceptara.
No le gustaba, ciertamente, que se ocuparan de él; pero era demasiado bueno para
desairar a alguien. Sin embargo, en aquella ocasión, tropezaron con una negativa.

-En estos momentos en que se quitan de las escuelas los crucifijos y se queman las
iglesias, ofendiendo al Señor, yo, que sólo soy un indigno servidor de Él, no puedo
aceptar ningún homenaje.

Y no se contentó con eso. Hizo más. Se atrevió a exponer su terminante oposición


a un ministro, con quien había mantenido, de antiguo, amistosas relaciones. Mas no
se vea por ello en Manolo una especie de «sacristán de monjas»; era un hombre,
que como hemos visto, no transigía con lo que consideraba contrario a sus ideas,
aunque siempre fue tolerante cuando llegaba la ocasión de serlo. Su caridad llegó
a ser tan grande, que se extendió a todos.

Precisamente, en aquellos tiempos nefastos, en que nuestra patria andaba dividi-


da, y en el solar hispano luchaban los hombres de buena voluntad por salvar la liber-
tad y la religión amenazadas, se presentó ante él una antigua sirviente, con los ojos
arrasados en lágrimas. Su hermana, que era una gitana, había sido detenida por
hechos que, una vez juzgados, le valieron una condena de muerte.

Manolo no podía estar conforme con las ideas de aquella infeliz criatura que se
dejó envenenar, como tantas otras, por falsas doctrinas. Ni por un momento puso en
duda que la sentencia no fuera justa; pero él sabía más de misericordia que de jus-
ticia y, compadecido ante el dolor de su sirvienta, se mostró presto a ayudarla.

Pidió a su secretario que le acompañara, presentándose ante quien ostentaba


entonces la autoridad suprema en Granada, donde vivía y, dejándose llevar de su
extraordinaria bondad, se postró de rodillas, suplicando con voz en que se traslucía
su inmensa compasión:

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-Como bautizado, como cristiano -dijo- pido clemencia para esa desgraciada.

Y, humillándose hasta el límite, insistió una y otra vez.

Seguramente, él era el primero en comprender que pedía un imposible; más ante


el dolor ajeno sólo sabía una cosa: intentar aliviarlo, y eso hizo.

Manolo fue durante toda su vida un hombre bueno y un buen cristiano. Las losas
de la iglesia de San Cecilio, su parroquia granadina, saben cómo torturaron sus
rodillas cuando, sólo y en cruz, rezaba sus oraciones, aún en las heladas mañanas
de invierno.

Su alma fue ardiente, piadosa y caritativa, mas no debe creerse a los que han pre-
sentado a un Manolo empequeñecido y como un ser extraño.

No le gustaba, ciertamente, la vida social, y no gozaba en fiestas, ni espectácu-


los; pero le gustaban aquellas tertulias que tuvo en su casa y en las que se reunían
sus buenos amigos.

En la intimidad resultaba francamente simpático y en sus ojos bailaba con fre-


cuencia cierta sonrisilla burlona de pura y fina esencia gaditana. Su rostro no refle-
jaba, por tanto, siempre seriedad, pues sabía reír, y cuando llegaba la ocasión,
como el que más.

El que lea, no por curiosidad, sino ahondando en las anécdotas que he insertado
en estas memorias, podrá conocer a fondo su carácter. Tampoco se trataba de una
persona enfermiza, aunque su salud se resintiera algunas veces; pero sus enferme-
dades parecían mayores de lo que eran en realidad, pues era muy aprensivo y se
trazaba unas reglas de higiene excesivas.

Se ha hablado mucho -tal vez por eso- de que Manolo era muy escrupuloso, y efec-
tivamente, así era. A los que le conocíamos íntimamente nos parecía exagerado que
se ocupara tanto de su salud; mas un día dio la explicación:

-El cuerpo es templo del Espíritu Santo, y hay que cuidarlo -dijo-. Y él, que se sen-
tía lleno de responsabilidades, tuvo durante toda su vida, como una cruz pesada, el
preocuparse de su salud, que nunca fue demasiado buena,

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Una vez, tuvo una seria afección a la vista, que debió significar para él una buena
prueba. Me di cuenta de ella en una carta del 27 de Diciembre de 1929 fechada
en Granada:

«Además, desde poco después de regresar de París, sufrí una enfer-


medad en la vista, que me impidió la lectura por espacio de unos tres
meses, aunque, gracias a Dios (no sé como dárselas dignamente), la
enfermedad pasó por completo».

Y más tarde, en el 31, me hablaba de un nuevo ataque de iritis, que le había impe-
dido trabajar durante el verano; pero, en ninguna de sus dos epístolas, hay una frase
de queja, de preocupación. Se comprendía que estaba por completo en manos de
Dios y todo lo recibía, como venido de lo Alto, con resignación completa.

Al hacer este esbozo del carácter de Manolo, no puedo silenciar el culto que siem-
pre rindiera a la amistad. Me consta que fue un verdadero amigo para muchos; pero
yo, para hablar con más conocimiento de causa, he de referirme a la que a todo lo
largo de su vida nos mostró tanto a mí como a los míos.

Aunque se fue joven de su ciudad natal, en las muchas ocasiones que volvió a ella,
nos vimos con frecuencia y siempre mantuvo correspondencia con mi padre y con-
migo. En una carta del 19 de Mayo de 1926, me decía:

«Deseando estoy oírte mi melodía para cello (la pobre bien viejeci-
lla). ¡Cuántas veces se la oí a tu buen padre acompañado por mí.
¡También tocaremos la Sonata de Grieg, que era una de sus obras pre-
dilectas».

Y en otra del 2 de Diciembre, del mismo año:

«Ante todo mi efusiva felicitación por vuestras Bodas de Plata. Alegría


aumentada con la presencia de tu madre, a la que envío también mi
cariñoso saludo. ¡Qué suerte la tuya que has podido conservarla!».

Y sus cartas no nos faltaban en los momentos tristes y alegres, tomando parte en
ellos. Además, nunca olvidó a todos sus amigos gaditanos: la familia Quirell,
Francisco Viesca, Escobar, Pemán y tantos otros.

Sus epístolas dejaron de llegar cuando, entristecido por los trágicos acontecimien-
tos, y deseoso de encontrar la paz que ya no hallaba en Granada, marchó a la

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Argentina. ¿Se olvidó de nosotros? ¿Se perdieron sus cartas? No lo sé. Pero no creo
que aquel destierro voluntario que se había forjado le hiciera olvidadizo. Manolo
jamás olvidaba a sus amigos.

Aunque no estaba dirigida a mí, sino a unos buenos amigos de Manolo, ha lle-
gado a mi poder la copia de una carta suya que no resisto a la tentación de trans-
cribir, en parte porque revela lo que era él. Decía así:

«A mi convicción religiosa (católica, claro está), debo, sobre todo, la


visión ínfínita de la vida que en nada humano podemos hallar. Pues no
basta con sentir, pensar y expresar la belleza de la vida y de la muer-
te, sino que necesitamos vivir eternamente en belleza. Sin este ardiente
anhelo y sin la cristiana esperanza que lo sostiene, ¿cómo sobreponer-
nos a tanta falsedad y a tanta miseria con que frecuentemente trope-
zamos?

Hay que dejarse de fantasías; sólo en Dios y por su Evangelio, podre-


mos vencer el egoísmo, el dolor y la muerte, y quienes así no lo vean,
no saben lo que pierden. Ahora bien, después de la Verdad de Dios,
lo primero es el Arte; pero iluminado y sostenido por esa eterna y escon-
dida fuente do tiene su manida, aunque es noche».

Sus palabras son bien claras. Dios y el Arte eran la meta de su vida.

He hablado del hombre, pero no me siento capacitado para juzgar al músico ni


a su Obra que pongo en mayúscula, pues bien lo merece. Los críticos de arte son
los que lo están haciendo -no siempre del todo acertadamente- y yo, lo único que
puedo decir es que le admiraba profundamente y me deleitaba lo que salía de su
mente creadora.

Mas hay algo que he oído comentar, tal vez con malévola intención, referente a
sus obras musicales. Sus detractores hallaban extraño en Manolo aquella música
suya andaluza que creían tenía cierto sensualismo y en la que pintaba gitanas y
había danzas en torno al fuego...

22
Es verdad que con esas composiciones quedó ya definitivamente consagrado inter-
nacionalmente; pero, a medida que pasaron los años, fue mayor su deseo de hacer
una obra grande, de carácter religioso.

Aquellos sus primeros frutos de inspiración ya no le gustaban y no encajaban con


la ascensión espiritual a la que se entregaba, y cuando alguien, creyendo que le
agradaban los elogios, le celebraba algunas de sus obras, y especialmente El amor
brujo, solía decir sonriendo:

-¡La consabida Danza del Fuego!...

Pero, no me atrevo a continuar sobre ese tema, y prefiero citar, nuevamente, las
palabras autorizadas de Ruiz Aznar:

«Se ha hablado mucho de por qué Falla, espíritu tan elevadamente místico, no dio
a Dios el honor y la gloria de su música.»

Y después de citar unas frases del gran Pio XII a los artistas que participaron en la
VI Exposición Cuadrienal Romana y que no cito por no extenderme demasiado, ter-
minó diciendo:

«No es posible leer estas autorizadas palabras, sin que a cada paso venga a la
memoria la persona y obra toda del entrañable amigo D. Manuel de Falla. Falla
escribe música profana, ciertamente, pero no se puede negar que Falla sea intér-
prete de Dios, en el más verdadero sentido de la palabra. Y si ésto es así, Falla dio
a Dios el honor y la gloria de su música. Su lema de por vida fue aquel «solo a Dios
el honor y la gloria». Por ello, a su muerte, el vicario de Dios en la tierra, lo decla-
ra hijo predilecto de su Iglesia.

23
II
MI PRIMER CONTACTO CON LA FAMILIA FALLA
Al primer miembro de la familia de Manolo que conocí fue a su abuelo. Su figura
está unida a recuerdos de mi primera niñez.

Lo conocí en la Plaza de Mina, como se llamaba entonces. Era un lugar muy fre-
cuentado por personas mayores y chiquillería y en sus bancos se sentaban, y se
siguen sentando, ancianos que tomaban un rato el sol mientras fumaban un cigarri-
llo, madres jóvenes y niñeras que charlaban animadamente. Las más activas se entre-
tenían manejando la aguja de coser, de crochet o de hacer punto y todas, desde
luego, estaban pendientes de los pequeños a su cargo.

Carreras, gritos, un bullir de chiquillos de todas las edades y como contrapeso las
personas tranquilas que también gozaban de esa plaza tan bien colocada en el cen-
tro de la ciudad de Cádiz.

Allí solía ir diariamente el abuelo de Manolo. Era como el jardín de su casa pues
vivía en la misma plaza; mas, cuando le conocí, no iba por sus pies. Solían llevarle
en una silla de ruedas.

Me parece que lo estoy viendo. Era un viejo grueso, con una larga barba blanca
y tenía una gran predilección por los niños. Su criado lo paseaba en una silla, mien-
tras él seguía las evoluciones de los pequeños.

Nosotros estábamos acostumbrados a verle, pero no sentíamos las mismas simpa-


tías que él hacia nosotros. Solía llamarnos:

-¡Venid, niños! ¿No os gustan los caramelos?

¡Los caramelos! Esa era la palabra mágica para que superáramos el vago temor
que nos imponía su presencia. No verle andar como los demás ya era algo que le

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colocaba en un lugar aparte en nuestras mentes infantiles; pero además, un no sé
que de él, nos inspiraba cierto terror. Ma insistía:

-¡Venid, niños! -y para animarnos, nos enseñaba unos caramelos.

Nos mirábamos unos a otros y, por fin, el más osado se atrevía a aproximarse y
los demás le seguíamos. El anciano -no sé la edad que tendría, pero a nosotros nos
parecía muy viejo- nos sonreía mientras nos daba un puñado de esos caramelos que
habían tenido el poder de hacernos superar nuestro miedo. Esa escena se repetía
muchos días sin llegar a acostumbrarnos a aquel inválido; seguíamos sintiendo por
él, respeto y temor...

Manolo era años más pequeño que yo y aún no jugaba conmigo; pero su abuelo
sentía ya grandes simpatía por mí y fue el precursor de la gran amistad que duran-
te toda mi vida me unió, y unió a todos los míos, con su nieto.

26
Manuel de Falla en Puerto Real (ca.1890). Junto a él su padre y su tía Virginia Matheu y
sentadas, su hermana Mª del Carmen, su madre y su tía Ana Delgado Matheu.
III
AQUÍ NACIÓ FALLA
La Plaza de Mina de Cádiz es de estilo colonial y está adornada con estatuillas
de mármol blanco, que destacan entre los bien cuidados jardines. El Levante -viento
frecuente en esta población- azota a veces sus rincones y,si no marchita las flores,
molesta a los que la frecuentan.

En este ambiente nació mi amigo Manolo, que habría de asombrar al mundo con
su arte. En una sencilla lápida, colocada en el número 3 de esta Plaza, se conme-
mora este hecho con la siguiente inscripción:

«En esta casa nació, el 23 de Noviembre de 1876, el eminente com-


positor Manuel de Falla. El Ayuntamiento de 1926».

La fecha exacta del nacimiento de Manolo fue la del 20 de Noviembre de 1876,


y sus padres fueron Don José María de Falla y Doña Jesusa Matheu.

La familia Matheu era de origen francés, de Perpiñán; pero allá por el año 1720,
durante el reinado de Felipe V, se trasladó a España, residiendo al principio en
Mataró y viniendo a instalarse más tarde en nuestra ciudad.

En Cádiz creció Jesusa Matheu -Jesusita, como la llamaban familiarmente-, y cuan-


do vino a ser una jovencita se vio rodeada de admiradores, ya que era encantado-
ra y gozaba, además, fama merecida de ser una rica heredera.

No tardó Jesusita en inclinarse hacia un estupendo partido, lo cual produjo una


gran alegría a sus padres; pero el amor hace a veces algunas jugadas y entonces
apareció en escena José de Falla, un joven muy distinguido y muy buena persona,
educado en los Jesuitas, mas, por causas que se ignoraban, no llegó nunca a tener
una carrera.

29
¿Qué sucedió? Jesusita se enamoró de él, y, si bien sus progenitores hubieran pre-
ferido para yerno al primero de los pretendientes, concluyeron por ceder, ya que en
realidad no tenían ningún motivo para oponerse.

Probablemente recordaban a sus antecesores a aquel Mariscal Zabala que fue el


único que hubo en Centroamérica, y le dijeron: «Has bajado dos escalones en la
escala social.»

Mas Jesusita se casó, y aún le dieron como dote 400.000 pesetas, que allá, por
aquellos años, era una fortuna. Más tarde, cuando sus padres murieron, le dejaron
otros dos millones; así que Manolo vio la luz en un ambiente donde se vivía con ver-
dadero lujo.

Su padre se había dedicado a negocios de bolsa y esa fue su perdición, pues se


arruinaron; mas no adelantemos los acontecimientos.

Dios bendijo esta unión con cinco hijos: José María, María del Carmen, Servando
y Germán -nombres, estos últimos, de los patronos de la ciudad- y, claro está,
Manolo, mi biografiado, que era el mayor. Servando y José, murieron prematura-
mente y más tarde Germán. María del Carmen fue la compañera de Manolo duran-
te toda su vida. Con ellos vivió siempre Virginia Matheu, hermana de Jesusa.

Pero, sigamos con Manolo que es quién nos interesa.

Hay un detalle curioso, y es que sus padres, por motivos que ignoro, no le man-
daron al colegio y desde muy pequeño tuvo profesores en su casa. Entonces nadie
podía sospechar que aquel chiquillo que, como uno de tantos, aprendía las prime-
ras letras, llegaría a ser un verdadero prodigio en el arte musical. Ni siquiera se le
conocían otras aficiones que la de la literatura. Si en aquel tiempo se le preguntaba
al niño qué era lo que quería ser cuando fuera mayor, no vacilaba en contestar:

-¡Quiero ser literato!

Probablemente, ni él mismo sabía lo que eso significaba. Criado en el ambiente


paternal y acostumbrado a ver a su padre encerrado en su escritorio manejando
papeles, él cifró todo su ideal en escribir.

No he podido lograr nada redactado por aquella mente infantil, lo cual hubiese
sido muy interesante; pero sí sé que un día desapareció Manolito y no se le encon-
traba por ninguna parte. Su madre se alarmó, pues aquello era extraño en aquel chi-

30
quillo bueno y dócil y que nunca le daba un disgusto. Se le buscó por toda la casa
sin encontrarle y, cuando ya desesperaban, alguien dijo que le había visto entrar en
el escritorio de su progenitor. No era hora de oficina y no se había pensado, ni por
un momento, que pudiera estar allí; nada tenía que hacer el niño en aquel lugar. Y,
sin embargo, allí se lo encontraron, sentado en un alto taburete, ante un pupitre y
manejando la pluma.

-¿Qué haces, criatura?- Le preguntó su madre, que no sabia si reírse o regañarle.

Manolito, tranquilo, como el que tiene la conciencia limpia, se apresuró a contestar:

-Estoy escribiendo una cosa para enviarla a los periódicos, porque quiero ser literato.

Mas no iba a tardar mucho en que se revelara su verdadera vocación y la Providencia


se valió de un hecho insignificante, al parecer, pero que decidió su destino.

La casa que ocupaba la familia Falla llegó a ser insuficiente para sus necesidades
y se pensó en una mudanza que, en aquellos tiempos, resultaba mucho más com-
plicada y lenta por carecer de los modernos medios de transporte. La casa donde
hubieron de instalarse estaba situada en la calle del Veedor (Ramón de la Santa
Cruz), en el número 14.

Manolito, con esa impaciencia propia de los niños, estaba deseando verse en la
casa nueva; pero, como he dicho, la cosa no era tan sencilla y tenía que contentar-
se con el entretenimiento de ver las evoluciones de los gallegos, que dejaban la tie-
rriña, porque en Cádiz lo ganaban mejor, pues estaban especializados en esos
menesteres.

Andaba el niño en torno a su tía, que en aquellos momentos se estaba ocupando


en el salón de dar órdenes a los cargadores, y ésta, al ver entrar a uno de aquellos,
que con aire fatigado se limpiaba el sudor, dijo a su sobrino:

-Hijo, tócales a estos hombres una gallegada, que quizás, con el recuerdo de su
tierra, se espabilen y aligeren más.

Dócil, Manolito obedeció y, con la misma calma que tuvo siempre en su vida, se diri-
gió al piano y abriéndolo comenzó a interpretar con sus deditos una de aquellas galle-
gadas que, por entonces, eran muy populares en la población. Virginia, que no cono-
cía las habilidades de su sobrino, llamó muy sorprendida, y a gritos, a su hermana.

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-¡Jesusa!... ¡Jesusa!... ¡Ven enseguida! Tu hijo Manolo es un pianista de cuerpo
entero.

Llegó la madre apresuradamente y al ver que, con la mayor naturalidad, interpre-


taba la gallegada, dijo:

-Desde mañana, Manolo, te voy a dar lecciones de piano. No dudo que tienes
unas disposiciones fenomenales.

Jesusa dominaba ese instrumento, y apenas terminó el traslado de su domicilio


cumplió su palabra, advirtiendo pronto que no se había equivocado al juzgar las
extraordinarias facultades de su hijo, pues sus progresos fueron tan rápidos, que
creyó necesario confiar su enseñanza a una joven de la buena sociedad gaditana,
la señorita Eloísa Galluzo, que daba clases de piano para sostener a su anciana
madre con la que vivía por haber venido a menos.

Pero como Eloísa quedara huérfana al poco tiempo, creyó llegada la ocasión de
realizar un deseo que hacía años acariciaba, e ingresó en el Noviciado de las Hijas
de la Caridad dónde, por cierto, llegó a ser compositora de música religiosa, domi-
nando el difícil instrumento del órgano. Manolo no olvidó a su primera profesora, ni
aún cuando vino a alcanzar fama mundial.

Vivía en Cádiz por aquellos días el profesor Don Alejandro Odero, director de la
Real Academia Filarmónica de Santa Cecilia. Era músico muy competente y de gran
valía, que advertía inmediatamente cualquier defecto en sus alumnos. Por ello, sus
observaciones y dichos venían a ser muy conocidos en la ciudad. En cierta ocasión,
oyendo tocar a una señorita que deseaba perfeccionar sus conocimientos del piano,
alguien que estaba allí presente, comentó:

-Me parece que toca muy bien; pero lo que no sabe es poner el pie en el pedal.

Y el profesor, sin inmutarse, replicó, en el acto:

-¡Quiá! ¡Lo que no sabe es quitarlo!

Con esta aguda observación, Odero daba una lección de virtuosismo, ya que es
muy frecuente, entre muchas personas que creen saber tocar bien el piano, no levan-
tar el pie del pedal a tiempo para evitar funestas resonancias.

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Esta sencilla anécdota revela el carácter y agudeza del profesor que iba a hacerse
cargo de los estudios de piano de Manolo cuando la señorita de Galluzo interrumpió
sus clases al ingresar en el convento. Ahora, bajo otra dirección, seguiría Manolo el
camino emprendido que ya nunca habría de abandonar. Mas, precisamente enton-
ces, circunstancias que hemos de referir, influyeron de tal modo en su carácter y
manera de ser, que modelaron, incluso, definitivamente, su vida profesional.

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IV
FIESTA INFANTIL
En general, nos presentan a los genios, a los artistas y a los santos como seres
excepcionales desde los albores de su vida; pero yo, ateniéndome a la verdad, no
puedo afirmar que Manolito destacara entre los demás niños de su edad.

Durante la primera época de su vida, fue un chiquillo corriente que jugaba, que
se divertía como los demás y que acudía con entusiasmo a las fiestas infantiles a que
le invitaban.

Por eso, no es extraño que allá, en el año 1886, asistiera a un baile de disfraces
que fue un verdadero acontecimiento en Cádiz, tanto por la alta categoría de los
anfitriones, como por la de los pequeños invitados que pertenecían a las mejores
familias gaditanas.

Entonces, Manolito tenía sólo nueve años y podemos figurarnos con la ilusión con
que se pondría aquel lindo traje que habría de lucir en la fiesta y que, a juzgar por
lo que nos dice un periodista, debió de resultar maravillosa.

Pero leamos el reportaje que apareció en el Diario de Cádiz el domingo 7 de


Marzo del año citado, con el título La fiesta de anoche:

«El baile infantil verificado anoche en casa de nuestro distinguido


amigo, D. Ricardo González Abreu, ha sido una de las fiestas más
bellas y pintorescas de las que se puede tener idea.

Desearíamos poder consagrarle ancho espacio en nuestro periódico,


pero nos lo veda la hora en que escribimos estas líneas, en los momen-
tos en que el baile acaba, y los graciosísimos bailarines se retiran a
descansar a sus domicilios.

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La elegante finca donde moran los señores de González Abreu, esta-
ba exornada con gusto exquisito.

En el patio, había multitud de plantas y flores en bellas jardineras,


colocadas en artística disposición; las escaleras cubiertas de rica
alfombra, lo propio que el salón de fumar, tocador, ambigú y sala de
baile. Esta, alhajada con riqueza, ostentándose en ella soberbios espe-
jos, arañas y aparatos de gas y objetos de arte, presentaba un aspec-
to deslumbrador.

El baile dio comienzo a las ocho y media.

Quisiéramos citar todos los niños que concurrieron, pero no nos ha


sido posible hacer una lista completa, y hemos de limitarnos a anotar
aquellos que a nuestra memoria hemos confiado,

Niños de Laxar, con traje de guardia civil; de Gómez (D. S.), de


Regalado; de Abreu, rica dama del siglo XV; de Gómez (D. J.), de
Giobanni y Vasco de Gama; de Alonso, paje de Francisco 1; Postillón,
de Luis XV, Felipe Vi y Hada; de Alzola, Dama del Imperio y Niño
Jockey; de Gastón (D. A.), Paje de un Ballo In Maschera.

De Viesca (D. A.), Cazador inglés; de Viesca (D. J.), Dama de la


Corte de Enrique VII; de Salas, Florentina de la Época del
Renacimiento; de Lucio Villegas, niña Arlequín; de Fernández de
Castro, Rey de Lahore, traje rico y de gran valor.

De Santa Cruz, Caballero de Luis XIV y Duquesa de la misma época;


de Andrias (Eloísa) de Flores, bella mora; de Picardo (D. A.),
Incroyable; de Siloniz, Noche y Felipe IV; de Shaw, Conde de Nevers
y Paje de Regalado; de Gómez (D. J.), Diosa Ceres, Arlequina y Paje
de un Bailo In Maschera.

De Tagle (D. A.), Griega; Picardo (D. J.), Chaperon Rouge; De


Bocanegra (D. F.), Felipe 11 y Etiqueta; de Lucio, Pierrot; de Castro (D.
A.), Príncipe de Condé; de Flores (D. R.), Príncipe Carlos; de Blázquez,
Carlos 1; de la Rosa, María Antonieta; de Mendaro, Paganini y
Trovador; de Barca (D. S.), Griego, Suavo, Locura y Encantadora; de
Arana, Caballero de Felipe IV; Rubio (D. L.), Increíble del directorio; de

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Vallarino, Doctora y Arlequina; de Dorronzoro, Etiqueta, Jockey,
Torrentina, Angevina; de Ramírez de Cartagena, Florista y Fausto.

De Díaz (D. M.), traje del directorio y Pierrot; de Selaya, Florentina


del Renacimiento.

De Falla.... Conde Raúl de Hugonotes y su prima de Locura; de


Picardo (D. J.) vecino de Jerez, aldeana Circasiana; De Sodes, mari-
posa blanca y Neptuno; de Montero, Griego; de Mato, Murillo.

A nuestro pesar, la hora en que esto se escribe, nos hace cerrar la lista.

Los trajes todos que lucían los niños eran muy elegantes y muy lindos,
y el conjunto que formaban sus caprichosos grupos en el salón, era real-
mente bellísimo.

Entre las señoras y señoritas, que concurrieron a tan agradable reu-


nión, citaremos a las señoras de La Riva (D. P.); de Alzola, de Arana,
viuda de Dorronzoro, Bocanegra, Dueñas, La Rosa, viuda de Aragón y
otras. Señoritas de Lina, Larden, de Picardo (Catalina y Dolores)
Viniegra, (eran mis hermanas), de Aragón, (mis primas) y otras muchas,
que sentimos no recordar.

Se hallaban presentes los padres de muchos de los niños citados, los


cuales pedían a las niñas el favor de que bailaran con sus hijos. La
orquesta, dirigida por D. Antonio Maqueda, se hallaba situada en el
corredor del último piso, y tocó las siguientes piezas; Rigodones,
Polkas, Mazurcas, Lanceros, obras todas de Strauss, Metra,
Waytaufield y otros autores.

El Buffet, estuvo servido con esplendidez, abundando en él, las pas-


tas, dulces, emparedados, vinos, amontillados, champagne, ponche y
licores. El señor Lainer tuvo a su cargo dicho servicio.

A las doce y media de la noche, terminó la fiesta, de la que conser-


varán grata memoria todas las personas que a ella concurrieron, tanto
por la atención de que fueron objeto por el señor Abreu y su bella y dis-
tinguida esposa, como por lo agradable que hizo la estancia en su ele-
gante morada.»

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No he podido resistir a la tentación de trasladar en su totalidad un artículo redac-
tado en la forma ampulosa que se usaba en aquellos tiempos lejanos, y por el que
sabemos que el futuro artista, universalmente conocido, lució un día, el disfraz de
Raúl de Hugonotes, y bailó con otras niñas, que eran en aquella ocasión, Damas de
Corte, Hadas o Diosas...

No hace mucho, en una visita hecha a Jerez de la Frontera (donde actualmente


reside su hermana María del Carmen), recordaba ésta ese episodio de la infancia
de Manolito, aunque ella no asistió a la fiesta por ser más pequeña. Habló del traje
que llevó al baile su hermano.

-Era de paje -explicaba, haciendo caso omiso de la personalidad que representó-


y tenía una capita y una gorra, con una hermosa pluma. La conservamos durante
muchos años, hasta que un día se la regalamos a un niño que iba a asistir también
a un baile de disfraces. Por cierto, que no le estaba bien y yo misma se lo arreglé.

¡Pequeños detalles íntimos de la vida de un gran hombre que conservó siempre,


un poco de candidez de niño! Quién le iba a decir aquella noche feliz, que algún
día compondría él también otras danzas muy distintas a aquellas a cuyos sones bailó
y que se interpretarían en los escenarios del mundo por gitanas de tez morena y
aquella Pastora Imperio que estrenó su obra inmortal, El amor brujo.

38
Manuel de Falla disfrazado de conde Raúl de Los Hugonotes para el baile celebrado el 6
de marzo de 1886 en casa de Ricardo González Abreu.
V
SUS PRIMERAS ACTUACIONES
Desde muy pequeño, Manolito se unió a nuestra familia por vínculos musicales y,
al correr del tiempo, vino aquella entrañable amistad que se conservó durante toda
su vida. Ciertamente, en nuestro hogar se respiraba un ambiente muy adecuado a
sus precoces aficiones, pues en él se cultivaba el arte. Mi padre, Don Salvador
Viniegra y Valdés, fue siempre un mecenas para todos los que sentían vocaciones
musicales.

Vivíamos entonces en la Plaza de la Candelaria número 4, y su hermoso salón se


convertía en sala de conciertos. Aún lo recuerdo, a pesar de que han transcurrido
muchos años; pero esas primeras impresiones de la vida no se olvidan fácilmente.
Al fondo había un gran piano de cola; en el centro, una magnífica arpa Erard, y a
la izquierda, un armónium; estaba perfectamente decorado, y de sus paredes pen-
dían algunos cuadros procedentes de la Casa de los Marqueses de Ureña, antece-
sores de nuestra familia. El sofá, las butacas y las sillas eran de madera negra y
forrados de rojo.

Allí, en aquel salón, tocó Manolo por vez primera el piano ante un selecto públi-
co, que era el que acudía a los conciertos que se celebraban en nuestra casa.
Aquellas primeras actuaciones suyas no las olvidó él nunca.

En una carta que me dirigía desde La Zubia, el 19 de Junio de 1939,


decía así: «Os recuerdo a todos cariñosamente, evocando desde los
tiempos de la Plaza de Candelaria, cuando yo empezaba el piano... »

No era rara la presencia de Manolito en nuestro hogar. Ya, en aquella época, comen-
zaba a dar fruto la labor que mi padre se impuso, dejándose llevar de su gran afición
a la música y a la enseñanza de ésta, y que le había valido ser nombrado director de
la Real Academia de Santa Cecilia, de la que había sido uno de sus fundadores.

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Llevaba a cabo estas actividades sin que le reportasen beneficio alguno material,
ya que no era profesional de la música, sino simplemente un entusiasta aficionado
a ella. Cuando veía chicos listos y aptos, de los que cabía hacer buenos músicos,
los llevaba a casa, donde no sólo les daba clases extraordinarias, sino que, ade-
más, les obsequiaba con algunas perrillas para tenerlos contentos y que no dejasen
de asistir a aquellas lecciones.

Creo que sería interesante hablar de tres alumnos que llegaron a ser verdaderas
eminencias del arte; dos que fueron virtuosos del violín y otro, del violoncello: Ramón
Gil, Jerónimo Jiménez y José Castro. Cuando se hallaron en las debidas condiciones
para ello, consiguió mi padre enviarlos pensionados al extranjero, merced a su
influencia en el Ayuntamiento y Diputación. Así pudieron Gil y Jiménez recibir en
París lecciones de Alard, uno de los mejores violinistas de aquel Conservatorio.

Creyó oportuno luego enviar a Jiménez a Roma, para que adquiriera conoci-
mientos de composición, al ver en él grandes disposiciones que se hicieron patentes
más adelante, al escribir obras tan inspiradas como La boda de Luis Alonso y otras
de igual mérito.

Castro, pensionado primero en Dresde y luego en Londres, recibió lecciones de los


dos mejores violoncellistas de aquella época: Frederich Gruzmager, alemán y Fiatti,
italiano, establecidos en aquellas capitales.

Puede decirse que estos destacados alumnos, en aquellas temporadas de vaca-


ciones que pasaban en Cádiz, vivían prácticamente en nuestra casa, ya que los tres
querían a mi padre como si fuera suyo, y por eso éste veía con gran satisfacción
cómo avanzaban en el difícil arte y le gustaba dedicar casi todas las veladas a la
música.

Pues bien, una vez presentados estos tres predilectos de mi padre, en aquellos
tiempos en que Manolito estaba en los albores de su vida, daré cuenta de la labor
que se llevaba a cabo en mi casa.

Mis dos hermanas, María y Rosa, tocaban muy bien el piano y tenían la facultad
de leer a primera vista y tocar en conjunto sin necesidad de batuta, como lo atesti-
gua la siguiente anécdota:

Mi padre recibía con frecuencia partituras de Alemania; y recuerdo que mi her-


mana Paz y yo, que éramos los más pequeños de todos los hermanos, acostumbrá-
bamos a aguardar la correspondencia. Llegaba el tren a la caída de la tarde y

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hallándose frente a casa la Casa de Correos, apenas anochecía, nos asomábamos
a unos de los cierros de la Plaza de la Candelaria en espera de que se encendieran
las luces de su «sala de batalla», lo cual sucedía al llegar el coche con las sacas que
provenían de la estación del ferrocarril.

Esas luces nos demostraban que los carteros habían empezado la labor de la dis-
tribución de la correspondencia y Cantelmi, el cartero mayor, encargado de ésta y
que conocía y quería a mi padre, apenas veía un paquete procedente de Alemania,
lo enviaba a casa.

La extraordinaria afición a la música de todos los miembros de la familia se había


contagiado a los benjamines y anunciábamos con gritos de entusiasmo la llegada
de la correspondencia. Al oírnos, mi padre cogía su violoncello, preparaban sus dis-
cípulos sus instrumentos y mis hermanas se sentaban al piano para que, tan pronto
llegara el anhelado envío, se colocaran los papeles en los atriles y, con gran curio-
sidad, ensayar lo que aquella noche se había de interpretar.

Eran, en general, arreglos de obras musicales para piano a cuatro manos, violines
y violoncellos que resultaban muy bien. Mas no siempre se recibía el esperado
paquete, y mi hermana Paz y yo aguardábamos en vano, con impaciencia. Entonces
se dedicaban a tocar tríos, cuartetos de Beethoven, Mozart, Haydn y otros célebres
compositores.

A medida que se iba sabiendo en Cádiz que en mi casa había buena música casi
a diario, comenzaron los ruegos de muchos aficionados para asistir a dichas reu-
niones. Mi padre y los que con él tocaban nunca pensaron en hacerse oír, pues sólo
trataban de pasar un rato de solaz y disfrutar de aquellos felices momentos, ya que
todos sentían verdadera pasión por la música.

Interpretaban para ellos solos, mas cuando algunas familias amigas les rogaron ser
admitidas a aquellas sesiones, accedieron de buen grado y aquello dio origen a que se
celebraran conciertos en toda regla en nuestra casa un día a la semana. A éstos asistió
todo el Cádiz conocido, así como el elemento extranjero y cónsules residentes allí.

Tanta importancia llegaron a tener esas reuniones que una noche se cantó el
Concertante de La Sonámbula, llevando la parte de tiple Pilar Murillo, cantando
admirablemente y, luciendo la voz de tenor, Mr. Wilson, joven empleado de la
Earsten (Cable Inglés). Otra noche se interpretó un Concierto por cuatro arpas: la
profesora María Lerate, mi hermana Rosa (que la tocaba perfectamente), Lola
Vidiella y Lola Lora, jóvenes de distinguidas familias y mujeres muy guapas.

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Aunque yo era muy pequeño, cuando comenzaron aquellos conciertos, no me
pasaba desapercibido que el elemento joven fijaba la vista en los pedales de las
arpas, intentando ver la punta de las botas (entonces no se usaban los zapatos) que
era lo único que podía verse entonces... porque otra cosa ¡ni hablar!

También iban a casa artistas que pasaban por Cádiz en dirección a otros lugares.
Allí cantó la Paccini, tiple ligera, que con la Nevada, eran las dos estrellas de mayor
brillo, por aquel entonces, en el mundo; y en nuestro salón, tocó Betessini, concer-
tista... de ¡contrabajo! Es difícil imaginarse que ese instrumento pareciera a veces
violín, mas aquel fenómeno consiguió ese efecto y, más tarde, al ser concertista de
fagot, también logró sonoridades insospechadas en ese otro instrumento.

Manolito empezó a asistir a los conciertos allá por el año 1885 ó 86; nadie repa-
raba en él. Ni siquiera merecía el entrar en la sala, permaneciendo con los otros
niños en un cuarto contiguo, ya que en aquellos tiempos, los chiquillos no se entro-
metían en todas partes como ahora y, dóciles, se sometían a los mayores. Por cier-
to, que en aquella habitación había un antiguo piano vertical transformado en arma-
rio, donde mi padre guardaba una estupenda colección de violines fabricado por
luthiers italianos, cuyos nombres no he olvidado: Bergonzi, Alcalá Galiano,
Alejandro y Nicolás, Gaspar D'Asald, Granadinos, etc., etc.; un violoncello
Guadgnini, y varias violas.

Aquel ambiente era el más adecuado para la formación del gran artista ya en ger-
men, de aquel Manolito que escuchaba entusiasmado aquellos conciertos.

Seguro que mi padre, con aquella intuición admirable que le serviría para sacar
de la oscuridad a tantos talentos musicales, adivinó que aquel chiquillo tenía made-
ra de artista y, como acostumbraba, fijó su atención en él. Un día, creyendo que
podría ya hacer un buen papel, se atrevió a insinuarle:

-Manolito ¿por qué no preparas algo para el próximo concierto?

Como él era sumamente modesto, se asombró ante aquella proposición. No actua-


ban allí más que personas mayores, y no se creía digno de alternar con ellas.

Pero mi padre insistió:

-¡Nada! ¡Dicho! El primer día que tengamos concierto, tienes que tocar algo.

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Y tocó, y tuvo el primer éxito de su vida; mas no creo que nadie pudiera suponer
que aquel chiquillo de calzón corto, cuyos pies apenas podían alcanzar los peda-
les, había de tener un día renombre universal.

Mi padre, según costumbre, ayudó en esta ocasión a Manolito que, si no necesi-


taba, como otros, ayuda material, si necesitó, al principio, sus consejos y aliento
para proseguir la difícil carrera musical.

Años más tarde me decía en una carta de la que ya he citado parte:

«Recuerdo aquellos primeros ensayos míos de composición, en que


tanto me alentaba tu buen padre, a quien debo, además, el haber
conocido a Pedrell, que tan útil me fue para encauzar mis estudios por
camino seguro... »

Manolo era agradecido y nunca llegó a olvidar la parte que mi padre tuvo en su
carrera musical; siempre, mientras vivió, en cuantos viajes realizara a la ciudad que le
vio nacer, era uno de sus mayores placeres tocar en mi casa, como en sus comienzos.

Ya no vivíamos en la Plaza de la Candelaria, sino en la calle de Antonio López


24, donde aún continuaban los conciertos. Fuimos allí porque su dueña, la
Marquesa viuda de Ureña, tía de mi padre, nos la dejó en su testamento.

Yo, entonces, no era el chiquillo de aquellos tiempos, sino un hombre casado y mi


mujer compartía la afición familiar por la música. Recuerdo que el gran pianista
Malats, que había de dar un concierto en el Teatro Principal (donde hoy está el Cine
Municipal) vino a mi casa y dijo que tocaría con gusto algo de conjunto con nosotros.

Durante unas noches estuvimos ensayando, mi padre, mi querida esposa y yo


varios tríos, cuya parte de piano ejecutó Malats.

Aún conservo una foto que nos hicimos durante uno de los ensayos, y para que
saliera mi madre, la pusimos como volviendo la hoja de la parte de piano, que com-
partía con el gran artista catalán, mi esposa, que fue una pianista y una cantante
«cien por cien». ¡Qué tiempos aquellos!

Hay una anécdota, que aunque no está relacionada con Manolo, creo interesan-
te citar por tratarse del célebre violinista español, Sarasate.

45
Allá por el 80, vino a Cádiz este gran violinista para dar un concierto, y ni decir
tiene que a mi padre le faltó tiempo para visitarle e invitarle a venir a casa y viera
la colección de violines antiguos que poseía.

Sarasate aceptó muy complacido, y al día siguiente se presentó en casa, mostrándo-


le mi buen padre aquella valiosa colección de violines que constituía su legítimo orgullo.

Sarasate quedó entusiasmado, especialmente con el violín Carlos Bergonzi, que


sin duda alguna, era el mejor de todos. Lo hizo sonar durante un rato y luego dijo:

-¡Qué lástima que no me haya traído al pianista que me acompaña, pues con gusto
tocaría un rato en este violín!

-Mi hija María podría acompañarle -se atrevió a decir mi padre.

Se volvió Sarasate para ver de quién se trataba, pues ya le había sido presenta-
da, y se asombró del ofrecimiento; mi hermana era muy joven, pues sólo tenía vein-
te años y al fijarse en ella, mitad en serio y mitad en broma, hubo de preguntarle:

-¿Se atrevería Vd. a acompañarme?

-¿Por qué no? -dijo mi hermana María con gran sencillez.

-Entonces, escoja la obra que desee acompañarme.

Mas mi hermana, un tanto orgullosilla de su suficiencia, le contestó indiferente:

-¡Me es igual! Escoja usted de la biblioteca de papá lo que quiera!

-¡Valiente! -replicó Sarasate, sonriendo y de asombro en asombro.

Escogió una sonata de Beethoven -no recuerdo cual-, aunque me figuro que sería
la novena, tan del agrado de los concertistas de violín por las variaciones tan her-
mosas que contiene.

Y comenzó aquel improvisado concierto. Mi hermana, sin intimidarse por acompañar


a un artista de tal renombre, tocaba su parte con seguridad y gusto, sin rozar una nota,
y al terminar la sonata, Sarasate se volvió hacia ella y le dijo estas palabras textuales:

-¡Qué lástima que sea usted una señorita, pues si fuera un hombre, en este momen-
to la contrataba para continuar mi tournée!

46
Mi buen padre no cabía en sí de gozo al merecer su hija María tal elogio del insig-
ne Sarasate. Yo entonces sólo era un niño, pues no tenía mas que ocho años, mas
recuerdo también aquella escena que llenó de satisfacción a toda la familia.

No fue ese el único encuentro que tuve con Sarasate, mas en la segunda ocasión
no le encontré tan atento. Recuerdo que mi padre estaba entonces en el extranjero
y hube de reemplazarle yo, que era ya un hombre.

Hacía mas de diez años de su primera visita, pero no había olvidado su estancia en
nuestra ciudad. Me preguntó, apenas comenzamos a charlar, por mi hermana María.

-¿Qué tal mi acompañante?

-Ya se ha casado -le contesté- y no vive aquí.

-Lo siento, pues me hubiera gustado volver a verla.

Nuestra conversación quedó interrumpida porque el director de la Real Academia


de Santa Cecilia le presentó a un carpintero que había logrado, a fuerza de pacien-
cia, construir un violín de unos quince centímetros.

A todos nos gustaba mucho y pensamos que Sarasate celebraría aquella obra que
nos parecía una pequeña maravilla, pero nos quedamos decepcionados. El violinis-
ta sacó del bolsillo de su chaleco un violín con un estuche, que no llegaría a diez
centímetros, y le dijo:

-Vea usted un violín bien hecho, y ese que usted me ha enseñado es una pequeña
porquería.

El pobre carpintero se quedó corrido, mientras Sarasate continuaba:

-Este, que llevo yo, lo ha construido el luthier del Museo de Génova, y si hubiera
dedos tan diminutos que pudieran tocarlo, sonaría perfectamente, pues está cons-
truido con arreglo a las reglas que se siguen para hacer un violín en tamaño natural.

Ese era Sarasate. Sabía decir un elogio y una grosería.

¡Era un hombre todo sinceridad!

47
VI
FORMACIÓN ESPIRITUAL DE MANOLO
Por aquel entonces, residía en Cádiz un virtuoso sacerdote que se llamaba Don
Francisco Fedriani y que disfrutaba de una posición desahogada; como no tenía nin-
gún cargo de gran responsabilidad y contaba con tiempo libre para dedicarse a su
ministerio, pensó que sería conveniente fundar un centro de recreo para la juventud.
Y agrupó una veintena de muchachos con el objeto de atender a su distracción y for-
mación espiritual.

Manolo, como era natural, fue uno de los primeros en inscribirse en el centro.

Creo recordar la mayor parte de los nombres de esos jóvenes, que fueron los
siguientes:

Manuel, Ignacio y Antonio Garreta; Luis Vallejo, José Gallardo, Melquiades


Almagro, Justo Juliá, José Luis García Lahera, Rufino Amusátegui, Antonio Arango,
Luis Mendoza, Manuel Ríos, José Estrada y otros varios.

Todos ellos alcanzaron puestos destacados en su vida, llegando a ser abogados,


ingenieros, médicos, agentes comerciales, fabricantes, y hasta uno incluso fue minis-
tro de justicia, y mas tarde, asesinado por los rojos. Se trataba de Don José Estrada,
que desempeñó una cartera ministerial durante los tiempos que presidió el Gobierno
el general Berenguer.

Como se verá, la dirección del Padre Fedriani dio una espléndida cosecha entre
los jóvenes de fines del siglo pasado; pero entonces, aquel grupo estaba formado
por una colección de chiquillos bulliciosos, a los cuales el Padre Fedriani se propo-
nía formar sólidamente y encauzar por los senderos de la vida.

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Hay en Cádiz un templo, donde está prohibida la entrada a la mujer. por disposi-
ción de su fundador, un sacerdote mejicano de gran fortuna que vino a residir en esta
población; el Padre Santa María, que así se llamaba, era Marqués de Valde Íñigo y
hombre de acrecentada piedad y muy generoso. Ese fue el motivo de que concibie-
ra la idea de construir un templo, en cuyas obras invirtió sus cuantiosos bienes. Es inte-
resante conocer qué razón movió al Padre a decidirse por ese proyecto.

Cuentan las crónicas de la ciudad que, mientras se llevaban a cabo algunas obras
de reparación en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, la coz de un mulo car-
gado de material, al hundir el pavimento, descubrió una bóveda subterránea.
Reconocida ésta detenidamente, se observó que allí pudiera tener cabida un nuevo
templo, donde el silencio y recogimiento fueran mayores.

Y la nueva construcción comenzó enseguida, terminándose felizmente en poco


tiempo, abriéndose así al culto una nueva iglesia original devota que, por esa razón,
quiso su fundador reservar exclusivamente para caballeros. Su nombre, el más indi-
cado, fue el de la Santa Cueva.

El templo es fácil de describir. Se trata de una bóveda subterránea, como ya se ha


dicho, sencilla, estucada; al fondo puede verse su único altar que representa una
escena del Calvario, obra de un famoso escultor italiano. Agrupados bajo la cruz,
las santas mujeres y el discípulo amado, contemplan doloridos y en silencio a Jesús,
en un ambiente extremo de recogimiento y penitencia. Oasis en medio del silencio
del tráfico y ruido de la ciudad.

Quizá nos hayamos detenido en detalles y circunstancias de la construcción de


este templo, pero nos interesaba dar a conocer el ambiente en que se desenvolvie-
ra la vida de Manolo en sus primeros años, y que por tanto influyó en su sólida for-
mación cristiana y genio musical; no olvidemos, que su religiosidad se demostró
grandemente, a lo largo de su existencia, en todas sus obras. Andando el tiempo,
los críticos han de reconocer, si no lo han hecho ya, el extraño contraste que hay
entre el sensualismo de sus composiciones de sus primeros años y el ascetismo de su
Atlántida, donde Manolo sólo busca a Dios.

Pues allí, a ese templo que era como una cartuja en el corazón de Cádiz, llevó el
Padre Fedriani a Manolo y a sus compañeros para su formación religiosa y vida de
piedad: aquel grupo de muchachos, se reunía todos los domingos y oía misa, reci-
biendo la sagrada comunión, y esa piedad, jamás la perdió, a pesar de su vida aza-
rosa de músico y de aquellos tiempos que atravesara.

50
Comprendiendo el Padre Fedriani que no cabía encerrar a los jóvenes en los estre-
chos límites de la oración y el estudio, instaló en la planta baja de su casa, que era
el número 12 de la Plaza de Mina, un recreo o círculo donde ellos pudieran entre-
garse a sus distracciones, juegos, charlas, o comentarios del ambiente que les rode-
aba de sobrados atractivos. Así, los apartó de los peligros propios de su edad, for-
mando su conciencia e inculcando en los chicos sentimientos de orden, piedad,
moralidad y buenas costumbres.

Manolo, que por entonces contaba unos diez y seis años y aún seguía sus estudios
de piano, comprendió que su vocación musical no se limitaba a ser virtuoso de este
instrumento y aprovechando la ocasión que se le brindaba, formó dentro de la agru-
pación una modesta orquesta, escogiendo entre sus compañeros un pianista, un vio-
linista, un violoncelista y otros elementos más para completarla. Así, formado el con-
junto musical, aún reducido a su más mínima expresión, cumplía en parte su come-
tido. Ello fue motivo de júbilo para Manolo, colmando su ilusión de director de
orquesta.

Mas pronto se vio que no era posible sacar algún partido de aquella agrupación
orquestal, a pesar de los esfuerzos del joven director. Un día, su carácter se rebeló
al observar la torpeza de sus huestes y, arrojando la batuta al suelo, con gesto aira-
do y preso de la mayor excitación, hubo de exclamar:

-Ya no os dirigiré más. ¡Habéis colmado mi paciencia!

Y Manolo, cumplió lo prometido; aunque todos le rogaron en diversas ocasiones


que accediera a seguir dirigiendo su pequeña orquesta, jamás volvió a empuñar la
batuta ante aquella deficiente agrupación musical. Manolo fue siempre muy tenaz en
sus decisiones, y a través de las páginas de estas memorias hemos de ver cómo aque-
llas cualidades que mostrara desde su infancia, se iban perfilando sin cesar hasta lle-
gar a rodearlo de un prestigio o aureola mundial en el difícil arte de la música.

Aunque aquellos ensayos que realizara Manolo como director de orquesta de


nada le sirvieran, consiguió, al menos en aquellos días, una más sólida formación
religiosa, gracias a la labor meritoria del Padre Fedriani, sacerdote ejemplar. Esta
religiosidad bien cimentada, fue su defensa ante un mundo lleno de peligros, por
donde anduvo sin desmayos ni vacilaciones y, sobre todo, sin contaminarse en nin-
gún momento, pues su conciencia recta siempre le dictaba el camino a seguir.

51
Padre Fedriani, director espiritual de Falla.
VII
REVESES DE FORTUNA, PROVIDENCIALES
Como la fortuna de Don José María de Falla sufriera grandes reveses y compren-
diendo Manolo, que, desde niño mostrara un carácter varonil y resuelto, lo difícil que
le sería cursar una carrera, ya de por si larga y costosa, consciente de sus dotes de
pianista, y animado por su vocación, decidió al fin, estudiar el instrumento a fondo.
Con ese objeto, fue a Madrid, a ponerse bajo la dirección de Don José Tragó, cate-
drático del Real Conservatorio de música de la capital de España.

Y acertó en su decisión. Pronto se vio que su aptitud para el piano era extraordi-
naria; bajo la dirección de aquel sabio catedrático y ejecutante, hizo Manolo avan-
ce tan prodigioso que desde aquel momento pudo conjeturarse que llegaría a ser un
gran pianista.

Bajo esos felices auspicios cursó Manolo su carrera; sus condiciones excepciona-
les de entusiasmo, laboriosidad e inteligencia, le mostraron siempre como alumno
prodigio y por eso no extrañó que, al terminar sus estudios, en el año 1899, obtu-
viese el Primer Premio del Conservatorio.

Mientras Manolo finalizaba una primera etapa en su carrera y pensaba sólo en


continuar hacia adelante para dar cima a sus sueños, los asuntos familiares en
Cádiz andaban de mal en peor.

Su padre, pese a su buena voluntad, no podía detener la ruína que se acercaba


a pasos agigantados. En su casa se vivía con un lujo que ya no podían sostener y
los negocios no marchaban.

Eran momentos difíciles para un jefe de familia, y llegó el día en que se pensó que
no se podía continuar así. ¿Qué hacer? Jesusa Matheu, se acordó de su hermana
Emilia, casada en Madrid con un señor Ledesma cuyo nombre no recuerdo. Le contó
el estado difícil en que se encontraba, y aquel matrimonio, que estaba en posición

53
desahogada y quería mucho a la familia de su hermana, no dudó en ofrecerle la
ayuda en aquellos tiempos angustiosos.

Un día, recibió de Cádiz un telegrama, en el que decía Jesusa textualmente, estas


palabras:

-«Consumatum est. Llegamos, mañana express».

Ese fue el final de la estancia de la familia Falla en nuestra ciudad, y siguiendo los
pasos de su hijo Manolo, que ya estaba en Madrid y empezaba a abrirse camino,
lleno de tesón y entusiasmo, llevado de su vocación artística, se trasladaron a aque-
lla capital.

Los Ledesma vivían en la calle de Cubas, y allí solían ir a comer diariamente doña
Jesusa y su hija María del Carmen; y en un nuevo ambiente, volvió a reunirse la fami-
lia, en aquel Madrid que empezaba a saber de los triunfos del hijo querido.

Solía Manolo pasar los veranos en Cádiz e iba a hospedarse a la casa del Padre
Fedriani, mas aún en aquella época de vacaciones, no olvidaba su única pasión: la
música. Allí, en aquella población, tenía Manolo, como es natural, muchos y buenos
amigos, Y como dijimos, uno de ellos era mi padre, ya que siempre los Viniegra y
los Falla mantuvieron una estrecha relación de afecto y amistad. Mi padre, además
de ser un devoto de la buena música, sabía tocar el violoncello, y en uno de aque-
llos veranos, precisamente en el del 98, quedó con Manolo en dedicar todos los
domingos un par de horas a la afición favorita de ambos.

En la vida de las grandes figuras, artistas, políticos u hombres de ciencia, todo


aquello que viene a tener una influencia decisiva en sus actividades o marca un hito
en su camino sucede con esa sencillez de lo cotidiano y en un ambiente familiar, sin
ecos ni resonancias. Una tarde de aquellos domingos en que Manolo y mi padre se
dedicaban a la música, llegó aquél muy satisfecho con un rollo de papel en la mano
que entregó diciendo:

-Aquí le traigo, Don Salvador, un ensayo que he hecho y le dedico como primera
composición mía.

En aquel momento nacía el compositor. Se trataba de una melodía para violonce-


llo y piano, muy sencilla pero inspirada, y en la que se perfilaban aquellas dotes

54
extraordinarias que Manolo poseía para el difícil arte de la composición. Y las cir-
cunstancias de la vida o el azar reservaban a mi padre la interpretación de la pri-
mera partitura de quién, andando el tiempo, no sólo sería el mejor músico español,
sino uno de los que más se habrían de cotizar en el mundo.

-Manolo -dijo mi padre una vez ejecutada la partitura-, tú vas a ser un gran
compositor.

Y acertó en sus vaticinios,pero si hubiera visto los triunfos de Manolo más tarde,
su sorpresa no tendría límites... Él, ¡que le había acompañado tantas veces al
piano!...

Por cierto, que ya la prensa, allá por el año 1898, con motivo de una de aquellas
veladas que se celebraban en mi casa, hablaba de su talento musical. El Diario de
Cádiz, en su sección de actualidades, y con fecha 28 de Marzo, decía así:

«Los primeros alientos de un genio musical que está en la aurora de


sus no lejanos triunfos; oímos por vez primera la muestra más palpable
de una inspiración que nace aleccionada por el clasicismo más severo
y serio, en el que su intérprete y su autor han bebido, guiados por un
concertista tan afamado como el Maestro Tragó.

Con una modestia igual solamente a la verdadera importancia de la


obra en cuarteto que daba a conocer, un joven pianista y de hoy más,
compositor que apenas frisa veinte años, gaditano, de familia distin-
guida y que se ha dedicado por completo a la enseñanza del clave en
esta ciudad, puso en los atriles del piano, violín, viola y violoncello, un
andante verdaderamente magistral.

Se reveló un genio en toda la extensión de la palabra, como lo hicie-


ra en su infancia el mismo Mozart cuando interpretaba sus creaciones
en los salones de las Cortes Imperiales.

Cuanto íbamos escuchando era inesperado: ¡Qué frescura la prepa-


ración del tema, qué gusto en su forma, cuánta gallardía en su des-
arrollo; cuánta originalidad en las modulaciones y cuánta pureza de
estilo y ejecución!

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Los intérpretes y el inteligente auditorio, estaban sugestionados. Nada
más podía pedirse al que daba como el que más. Y estas notas pode-
mos escribirlas, gracias a la habilidad y corrección en la ejecución que
el artista supo realizar en la particella de piano, en su propia obra.

Sentimos de todas veras, que no nos sea permitido aclarar el enigma


en el que encerramos esta reseña, siquiera sea el nombre del nuevo
compositor.

Pero no tardará mucho en darse a conocer en Cádiz, tan deseoso de


contar entre sus hijos nuevos artistas que acrecienten su fama.»

No recuerdo por qué el periodista omitió el nombre de Manolo en su reseña. Tal


vez se lo pidiera él mismo, dando ya muestras de su gran modestia; pero lo que era
seguro es que no tardaría mucho en ser del dominio público.

Mucho se ha hablado del Falla de los cármenes de Granada, y quizá se haya unido
excesivamente su nombre a esa hermosa ciudad que consideraba casi como su pro-
pia tierra, pues allí encontraba siempre ambiente propicio su gran corazón de artis-
ta, pero en Cádiz, donde naciera, tuvo también otros vínculos de amistad y afecto.

Cádiz, en cualquier oportunidad u ocasión, reclamaba al que empezaba a ser una


gran figura gaditana, colmándole de agasajos y admiración. A raíz de volver
Manolo a nuestra ciudad, triunfante de unas oposiciones, una dama aristocrática
alemana, Doña Luisa Loevental, viuda de Uthoff, muy aficionada a la música, invitó
a Manolo a dar un recital. Excusado es decir que a estas reuniones, acudía todo lo
más selecto y conocido de Cádiz y muchos amateurs.

El concierto resultó un verdadero triunfo y el escogido público aplaudió con entu-


siasmo al músico que interpretó maravillosamente varias partituras y entre ellas, las
que le valieron para conseguir el primer Premio del Real Conservatorio de Madrid,
destacando la Fantasía y Presto de Mendelsshon, la Castagneta, de Kotén y la
Rapsodia número 12, de Liszt. Tocó magistralmente, asombrando su ejecución y natu-
ralidad, que daban la sensación de no realizar esfuerzo alguno.

Aquel éxito tan merecido, tuvo un resonante eco en la población, y deseando oírle
de nuevo, Don Manuel Quirell, uno de los aficionados más entusiastas de la locali-

56
dad, dueño de un establecimiento de música, puso a disposición de Manolo su salón
para un recital.

Allí acudió lo mejor de la ciudad, así como los amantes de la música, que no esca-
sean en Cádiz. Colaboraron en aquella ocasión con Manolo, Don Salvador Téllez
de Meneses, violinista gaditano, profesor del Real Conservatorio de Madrid y mi
padre que, como hemos dicho anteriormente, tocaba el violoncello. Manolo, como
es natural, despertó el entusiasmo del auditorio que le ovacionó fervorosamente. Tan
grande fue el triunfo, que Quirell, una vez terminado el concierto, anunció en voz
alta que para recordar el feliz acontecimiento, pensaba poner una lápida de már-
mol en aquel lugar con esta inscripción:

«El 18 de Agosto de 1899, celebró en este salón, su primer concier-


to, el ilustre músico y pianista gaditano, Manuel de Falla».

Pero, como Manolo no se conformara con ser oído sólo por la gente pudiente de
Cádiz, dado su profundo sentido social y religioso, organizó una serie de concier-
tos que comenzaron el 10 de Septiembre de 1899 en el Teatro Cómico, con objeto
de que llegase su música a otras clases más humildes, granjeándose con ello el afec-
to y la consideración de toda la ciudad que le prodigó entusiastas ovaciones.

Manolo, que era hombre de sentimientos muy delicados, quedó desde entonces
muy agradecido a sus paisanos y a la prueba de consideración que le diera Quirell,
que fue la base de una profunda y entrañable amistad inalterable entre ellos, a tra-
vés de los años.

Así que, cuando volvió de nuevo a Cádiz, lo primero que hizo fue visitar a Quirell,
que le invitó a tomar unas copas en su casa con las familias más conocidas de la
localidad. Manolo aceptó muy complacido y la tarde transcurrió agradablemente sin
que faltasen aquellas copas, pretexto de la invitación, pero tampoco otras cosas más
sustanciosas. Fue un espléndido lunch, en toda la extensión de la palabra. Por eso,
cuando Manolo se despidió de Quirell, hubo de decirle:

-Amigo Quirell, ésta ha sido una tarde encantadora, entre buenos amigos y rociada
espléndidamente con este rico vino de Jerez que nos ha dado... y... la añadidura...

Tenía don Manuel Quirell un hermano que vivía en Badajoz y, como todos los
Quirell, muy aficionado a la música; tanto, que dedicaba sus ratos de ocio a la com-
posición. Un día, don Manuel recibió de su hermano tres partituras escritas por él,

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tituladas Hojas de un álbum, Marcha Fúnebre, y Canzoneta; no ignoraba que se
hallaba en muy buenas relaciones con Falla y que se las daría a conocer.

Y Manolo, en consideración a Don Manuel, se vio comprometido a estudiar aque-


llas composiciones e, incluso, en beneficio del propio interesado, a introducir en
ellas modificaciones o correcciones.

Su opinión la reflejó en una carta dirigida a don Manuel Quirell, y por ser muy
interesante la copiaremos, pudiendo apreciarse en su redacción cuánta delicadeza
ponía Manolo en sus observaciones y sobre todo, con qué interés estudió su obrita.
Pudiera servir el texto de su carta de modelo de lección de armonía.

Decía así.

«Mi querido amigo; He tenido el gusto de recibir su muy grata carta


con las tres composiciones de su hermano, Don Juan José, y, tengo una
verdadera satisfacción en que se me presente una ocasión de poderle ser
útil, aunque desearía que mi opinión fuese menos modesta de lo que real-
mente es, para que de ella pudiera usted sacar más práctico resultado.

Pero, al menos, sinceridad y buen deseo, no me han de faltar, en


cuanto le diga. He examinado detenidamente las tres composiciones, y,
en general, me han producido buen efecto, encontrando en ellas deta-
lles de armonización verdaderamente interesantes, y se le nota lauda-
bles deseos de producir nuevos efectos, cosa muy poco frecuente por
desgracia entre nosotros.

A veces, la conducción de las voces armónicas, y hasta la misma orto-


grafía musical, no corresponde a la intervención del compositor, pero,
esto tiene fácil remedio con un poco de cuidado y otro de desconfian-
za en el piano (es a veces el causante de estas cosas en los principios
de la composición). Puede evitarse la caída de estas faltas en ciertas
ocasiones que son accidentales.

También pueden ser esenciales (especialmente, en cuanto a la con-


ducción de las voces armónicas) y, por eso, digo antes, que hay que
desconfiar del piano, pues, produciéndose en él los sonidos aislada-
mente, no permite seguir la marcha particular de cada uno de los can-
tos interiores, resultando por ello un descuido que puede tener fatales
consecuencias al aplicarse la música escrita para él, a otros instrumen-

58
tos, que permitan la prolongación de los sonidos. De ahí, la conve-
niencia de corales y de cuartetos de cuerda.

También he notado algún descuido en el sentido rítmico (principal-


mente en Hojas de un álbum) en cuanto a la melodía; aún cuando es
de buen gusto, no está en relación, por su interés, a la que se encuen-
tra en la «Harmonía». Creo, encontrar la causa de esto, la mayor parte
de !as veces, en el abuso de los intervalos conjuntos, y hasta unísonos.

Vamos ahora por partes.

Hojas de un álbum. Para mi gusto esa es la más completa de sus com-


posiciones; la falta de sentido rítmico, de que antes hablé a usted, se
encuentra en los primeros compases de tema, donde indica poco piú y
mosso pues, la tercera parte de cada compás debe marcarse, cosa que
no se hace más que en el segundo de los primeros. Para conseguir esto,
basta con reproducir, en dicha tercera parte, el mismo acorde que se
ha formado al principio de cada compás, y, que parece prolongarse
por toda su duración. En el compás cuarto, por evitar monotonía,
podría hacerse esto.

En el siguiente a éste, hay una equivocación, sin duda alguna. El Do


alto de la clave en Fa, debe ser Mi.

Pero además de estos compases, encuentro una falta ortográfica y de


conducción de voces, pues el Mi y el Re grave de la clave de Fa, debe
resolverse en La y en el Sol, respectivamente, cuyas notas se producen
por la voz armónica superior a las citadas.

59
La misma falta se encuentra en los primeros compases, primero,
segundo y tercero de la página segunda.

En dicho compás tercero, y también en la clave de Fa, hay un Do sin


resolución, cuando forzosamente, tiene que hacerla el Si bemol, o el
Sol. En este último caso, dicho Sol resolvería luego en el Fa, que pare-
ce aislado, al producirse el cuarto compás».

Y así Falla sigue haciendo la disección de estas composiciones, valga la frase, de


manera tan correcta y delicada y con tal maestría de catedrático, que da una lec-
ción de armonía que produce asombro y verdadera satisfacción. No hemos creído
oportuno insertar íntegra la carta de Manolo, a pesar de ser un documento precio-
so, por ser algo extensa. Sin embargo, no nos resistimos a la tentación de transcri-
bir sus últimos párrafos.

Y, para terminar -dice Falla- repetiré a usted lo que creo haber dicho
al principio de esta carta. Encuentro en sus obras, muchas condiciones
de compositor, y en la harmonía especialmente, detalles muy intere-
santes. Veo, que su hermano de usted ha tomado como modelo a
Grieg, y esto demuestra buen gusto.

A medida que siga escribiendo, irá corrigiéndose fácilmente de esas


faltas, que he anotado, ayudándose con el estudiar y analizar obras
clásicas y modernas.

Ahora se hace tanto bueno, y se aquilata tanto la belleza por los bue-
nos autores, que con el serio repaso de sus obras, se aprende más que
con muchos tratados de harmonía y composición. Claro está, que la
buena base se halla en esto, nada más que la base.

Que cuide mucho la melodía, evitando la repetición próxima del giro


melódico, y el abuso de intervalos conjuntos, sin que esto quiera decir,
que, en ciertos casos, sean los mejores textos para la construcción de
una frase; pero, ahora, se da a la melodía mucha más soltura que antes.

Esto es cuanto puedo decir a usted por escrito, claro es que hablan-
do, puede uno extenderse en más detalles, mientras que de este modo,
sólo es posible fijarse en lo más importante.

60
Mucho me alegraré de que puedan ser de alguna utilidad mis obser-
vaciones, que, como dije al principio, aunque modestas, son comple-
tamente sinceras.

Y, sin otro particular, le envía un fuerte abrazo su invariable amigo,


Manuel de Falla.»

61
VIII
PRIMEROS ÉXITOS EN MADRID
Una casa constructora de pianos de Barcelona muy acreditada, la de Ortiz y
Cussó, organizó un Concurso en Madrid, ofreciendo como único Premio un magní-
fico piano de cola y, apenas lo supo, Manolo acudió a inscribirse con objeto de par-
ticipar en el mismo. Se presentaron treinta pianistas.

Habiéndose efectuado el sorteo para establecer el orden en que habían de actuar


los concursantes, correspondió a Manolo, el último. El programa consistía en obras
de Bach, Scarlatti, Chopin, Beethoven y Shumann, terminando la actuación con una
partitura de libre elección que podía ser seleccionada entre dos piezas:
Campanella, de Liszt o Estudio de Vals, de Saint-Saëns.

Comenzó el concurso en la fecha anunciada y se fue desarrollando con el ritmo y


oportunidades de tales actos, sin que ninguno de los participantes sobresaliera sobre
los demás; pero, cuando ya solo faltaban cinco o seis concursantes para que llega-
ra el turno a Manolo, se presentó un gran pianista catalán, Franck Marshall, correc-
to e impecable, vestido de frac, causando una grata impresión entre el auditorio.

Y en medio de esta expectación, sentose el pianista catalán ante el instrumento y,


tras bajar el atril para interpretar las partituras de memoria, empezó con ejecución
irreprochable, suscitando la admiración de los asistentes. Tocó por último una de las
piezas de libre elección, La Campanella, y al terminar, escuchó una prolongada
ovación.

Quedaba Manolo perplejo y sorprendido con el éxito de aquel concursante y se


dio cuenta de que era necesario ganar a un público que acababa de mostrar su entu-
siasmo sin reservas, con la actuación de aquel pianista. Quizá, otro joven de menos
tenacidad y confianza en si mismo -no era jactancia- hubiera dado por perdido el
concurso; mas Manolo no era de esa condición y, como hubiera escogido el Vals de

63
Saint-Saën para finalizar su actuación, y viera el rotundo triunfo de su rival con La
Campanella, se decidió a prepararla para dar la batalla en su propio terreno.

Sin embargo, apenas había tiempo para ello, y además del exceso del trabajo,
tenía sus uñas rotas y empalmadas con colodión. La presencia de aquel serio com-
petidor le había desanimado; pero, sin darse por vencido, no vacilaba en superar-
se para conseguir aquel triunfo que ahora pudiera írsele de las manos, así que pre-
paró Campanella a conciencia.

La víspera de la presentación, como Don José Tragó animase a su discípulo, éste


le preguntó si convendría ir vestido de etiqueta, como Marshall, El creía que si.

Tragó le miró fijamente, y le respondió:

-Hay que presentarse, hombre, con dedos... sólo con dedos...

Y, como todo llega en el mundo, también vino el día en que Manolo se sentara
ante el piano en la sala de conciertos donde se celebraba el concurso, vestido irre-
prochablemente de smoking, con aquella calma que le distinguía y que jamás per-
diera. Así, sin inmutarse, comenzó la interpretación de las partituras, base de la
competición. Consciente Manolo de la importancia de su papel, ya que el éxito en
Madrid significaría mucho para su carrera, puso en la ejecución de las piezas todas
sus facultades, que eran muchas, y su genio extraordinario, tocando magistralmente
y conmoviendo al auditorio.

Se vio a Bretón, que presidía el tribunal, mesarse la barba y con gesto nervioso
mirar al techo y a los lados; a Pilar Fernández de la Mora, aquella gran pianista,
que formaba parte del jurado, enjugarse las lágrimas profundamente emocionada y
a Tragó, que era un hombretón, remover su corpulenta humanidad en el sillón en que
estaba sentado, mientras en su rostro se advertía un creciente entusiasmo. Pero
Manolo continuaba imperturbable su programa, con una maestría que no había
mostrado ningún concursante.

Y el éxito de Manolo fue, una vez más, clamoroso; al fin conseguía ganar la bata-
lla a su único rival. Saludó con su habitual sonrisa y se retiró tranquilo, mas llevan-
do en los bolsillos del smoking los votos del tribunal en pleno y el fallo favorable del
público que llenaba el salón, y le había ovacionado repetidas veces con entusias-
mo. Ni que decir tiene que fue necesario otro bolsillo para guardar en él, el diplo-
ma del premio concedido por unanimidad.

64
En un recorte de periódico de aquella fecha, donde aparece el retrato del músico,
se podía leer lo siguiente:

«Un pianista español. Extraordinario efecto han producido entre los


aficionados al arte musical, los brillantísimos ejercicios realizados por
el joven pianista Don Manuel de Falla, para lograr un premio consis-
tente en un piano de cinco mil pesetas de precio; y el concierto que dio
en el Ateneo el lunes último, en el que demostró una inspiración extraor-
dinaria y absoluto dominio del mecanismo, al ejecutar obras suyas y de
Schumann, Chopin y Liszt».

Esta noticia de prensa, aunque no cabe asegurarlo, parece referirse a los éxitos
alcanzados en el concurso de referencia.

65
IX
LA VERDADERA VOCACIÓN DE MANOLO
A pesar del extraordinario éxito que obtuvo Manolo como pianista, su verdadera
vocación era la de compositor, y por ello, sin olvidar el piano, se entregó de lleno
al estudio de la composición.

En el año 1905 se anunció un concurso lírico en la capital de España, estable-


ciéndose un premio de tres mil pesetas en metálico para la mejor obra que se pre-
sentara al juicio del jurado; esta ópera seria estrenada en el Teatro Real que, por
entonces, era nuestro primer coliseo.

Y allá va Manolo del brazo de Fernández Shaw, ocultos bajo un mismo lema, a
por el premio.

Y se lo llevaron, por supuesto; aquel jurado consideró por unanimidad, que la


obra que aparecía bajo el lema Vida breve era la mejor de las presentadas.

Pero -se preguntaba el público en Madrid, en los mentideros, cafés y calles- ¿quié-
nes son los autores de la obra?

-¡Ah! -se oía en todas partes- el libreto es de Fernández Shaw, mas, ¿y la partitura?

-Parece que es de un joven gaditano -alguien dijo- que empieza ahora.

Casi nadie le conocía. La gente no se acordaba ya de aquel famoso concurso en


que Manolo consiguiera la afirmación de su personalidad como pianista, difícil-
mente lograda. Sólo se sabía de él, que había sido discípulo de Tragó, y que se
dedicaba, entonces, a dar clases de piano y armonía. Eso era todo lo que se dijo
en Madrid del músico gaditano.

67
Pero, una vez conseguido el triunfo, lo que deseaba Manolo era estrenar, con ese
empeño de todo artista novel. Era necesario cumplir las bases que para eso habían
sido estipuladas. Sin embargo, como suele suceder cuando se pasa la oportunidad,
aunque suplicaba, rogaba y exigía, todo era en vano. Siempre surgía una dificultad
o inconveniente, dejándose para más adelante lo que nunca debiera de haber sufri-
do aplazamiento, porque la seriedad del concurso exigía cumplir lo ofrecido con
arreglo a las bases.

Hasta que un día, aburrido Manolo, con la firme y resuelta voluntad que poseía,
se dijo:

-Hasta aquí ¡y no más!

Y con su partitura bajo el brazo se fue a París.

-Allí se estrenará La vida breve -dijo al abandonar la capital de España, con el


gesto y seguridad del que hace una profecía-.

Manolo había esperado en Madrid desde 1905 hasta 1907, y por eso no cabía
tacharle de impaciente. Sigámosle ahora en su emigración a la capital de las artes
del mundo y sepamos algo de su vida allá por las cartas que envió desde París a los
suyos y a mi padre, apenas se instaló convenientemente.

Tengo a la vista una de esas cartas cuyo texto es el siguiente:

«Aquí nos han recibido como no podía soñar. Lástima del tiempo que
he perdido en Madrid. Hice oír mi ópera a Paul Dukas, (el gran com-
positor) del que entre otras obras recordamos el Aprendiz de Brujo, tan
conocida del público español. Jamás había pensado el efecto que
había de hacerle. Lo propio me ocurrió luego con Albéniz, que goza
aquí de gran reputación; con Maurice Ravel (el de La Valse y el Bolero);
con Florent Smith; con Ricardo Viñes, nuestro compatriota; con Nin, con
Calwacressi, y con el autor de Werther, de Massenet, que quiere estre-
nar dicha obra aquí en la temporada próxima.»

Como se ve, Manolo había tenido una excelente acogida en París entre el ele-
mento artístico y sus figuras más representativas; pero no le fue fácil llegar hasta
Debussy. Varias veces fue a buscarle a su casa, mas sin encontrarle.

68
Cansado de ir y venir sin lograr nada, preguntó al portero a qué hora acostum-
braba el maestro comer, y decidió aguardarlo en la puerta de su propio domicilio.
No quería que pudiera disgustarse al saber que mantenía contacto con los músicos
más destacados sin conocerle aún a él.

Así que, un rato antes que Debussy volviera a su casa, ya esperaba Manolo impa-
ciente, paseando ante la puerta del edificio y, como viese que el maestro se dispo-
nía a entrar -pues el portero le dijo que era él-, se plantó delante y, quitándose el
sombrero ceremoniosamente, le ofreció el rollo de papel que llevaba en la mano,
diciéndole:

-Señor, haga el favor de pasar su vista por estas hojas, sólo un momento ¡no más!
Ya las han visto Dukas, Ravel y otras figuras de categoría y les han parecido bien,
pero yo tengo empeño en que usted también las vea.

Debussy, cogió el rollo que Manolo le ofrecía, hojeándolo muy de prisa y diciendo:

-Suba conmigo, y ya en casa los veré con más calma.

Debussy vivía en un precioso palacete, en la Avenue du Bois, con su esposa, que


era una criatura muy linda y bajita y quizá por eso tenía la manía de que los mue-
bles de su salón fuesen pequeños como ella.

Allí había un magnífico piano, y cuando Manolo, todo intimidado, entró en la


estancia, Debussy, señalándole aquel instrumento, sólo le dijo estas palabras:

-Muéstreme lo que sabe hacer.

Manolo se puso al piano. Toda traza de su timidez había desaparecido y tocó


magistralmente, como sabía hacerlo. Debussy, que había creído, tal vez, que aquel
joven era uno de los que acudía a buscar su protección y ayuda, y confiaba poco
en su talento artístico, le escuchaba asombrado.

Emma le oía también embelesada. Aquella mujer tenía tal afición por la música,
que fue la que despertara la gran pasión que sintió por el famoso Debussy.
Comprendía también que se encontraba en presencia de un ungido por el genio. Le
bastaba ver a su marido para confirmarse en su idea. Más tarde confesaría:

-Nunca vi a mi marido tan entusiasmado con alguien como con Falla.

69
Cuando Manolo, después de tocar, terminó con unos brillantes compases su actua-
ción, Debussy, le dirigió la palabra.

-¿Es usted, querido maestro, el que me pide que le diga qué es lo que debe hacer?

Creo que mi amigo se quedaría atónito al oír aquello de «querido maestro» de


labios del célebre Debussy pero, en su gran modestia, preguntó:

-¿Qué puedo hacer?

Y Debussy, mirándole cariñoso, sólo le dijo:

-Buscad y hallaréis.

Y, desde entonces, Debussy fue uno de los mejores amigos que tuvo Manolo en París.

Mas no se limitaba la labor de Manolo a estos intentos de estrenar su ópera: era


necesario vivir mientras tanto, y como los empresarios de París le conocían bastante,
le propusieron una tournée por Francia, Bélgica y Suiza que él aceptó. La tournée
constituyó otro triunfo más del pianista, y así su fama se acrecentaba de día en día.

Sin embargo, a pesar de sus éxitos, recordaba Manolo aquellos tiempos en que
dirigiera las huestes del Padre Fedriani, que tantos quebraderos de cabeza le die-
ron. ¡El deseaba tanto dirigir una orquesta! Y la ocasión llegaba ahora providen-
cialmente pues le ofrecían dirigir la orquesta de Luxemburgo y, claro, aceptó. Ya la
torpeza de aquellos muchachos quedaba esfumada en el recuerdo... Ya eran otra
clase de músicos los que obedecerían a su batuta.

Y Manolo debutó como director de orquesta.

Antes de partir para Luxemburgo escribió a mí padre, con fecha 13 de Diciembre


de 1907, la siguiente carta:

«El lunes 25, debuto en Luxemburgo como director de orquesta.


Veremos como resulto en esta nueva fase de mi labor, pues aunque en
ensayos ya he dirigido, en público será la primera vez».

También le daba cuenta en dicha carta de sus actuaciones como profesor, sabien-
do con todo el interés que mi buenísimo padre seguía todo lo relacionado con él.

70
«Las lecciones de piano y armonía, que es lo que daba en Madrid,
también empiezo aquí a tenerlas y mejor pagadas. ¡Diez francos por
lección!»

Manolo trabajaba y luchaba, pero sin olvidar el fin que le llevó a París y escribía:

«La Ópera (se refería a La vida breve) se está ya traduciendo al francés por Paúl
Milliet, que es el autor del libreto de Werther, de Massenet, y quieren estrenarla
aquí, en París, y aunque para eso habrá que esperar algo, probablemente a la tem-
porada próxima, no tengo que decirle a Vd. lo que representa para mi, sólo la espe-
ranza de que pueda estrenar mi obra, en este país, que en la actualidad es musi-
calmente, el primero de Europa. Me han ofrecido la Sociedad Nacional, por si pien-
so hacer oír algunos trozos de orquesta, pero tanto Dukas, como Albéniz, me reco-
miendan que no haga audiciones parciales, esperando el estreno total de la obra.
Cada vez, me alegro más de haberme decidido al fin a dejar Madrid, pues allí no
habla ningún porvenir para mi».

Y al principio de esa misma carta hablaba a mi padre de otras actividades, empe-


zando por disculparse.

«Perdone Vd. por no haber contestado hasta hoy a su muy grata


carta del mes de septiembre, que a su tiempo me enviaron a casa, pero
estoy tan sumamente ocupado, desde que he venido a Francia, que aún
no ha llegado el día en que pueda realizar el plan de trabajo que me
haya propuesto hacer».

«En el mes de agosto hice una tournée por Francia, Bélgica y Suiza,
con la que quedé muy contento, y además, me sirvió mucho para la
salud, que no andaba muy firme. Gracias a Dios, sigo encontrándome
muy bien, pues el clima de París, a pesar de ser fuerte, por el frío, me
sienta hasta ahora perfectamente».

«La postal que le escribí en ocasión de su santo, era efectivamente de


Gerardmer, un lugar encantador de los Vosgos, en la misma frontera
entre Francia y Alemania».

Mas volviendo a aquella su primera actuación como director de orquesta, pronto


se supo que había triunfado; y su triunfo era rotundo, legítimo.

71
Insistiendo sobre sus éxitos, reproducimos parte de un artículo firmado por José
Betancourt, y por su texto, podremos conocer mejor que por nuestro propio relato,
los legítimos triunfos de Manolo en París. Este original fue publicado en La
Correspondencia de España, diario que fue en aquella época de gran circulación y
uno de los más antiguos de nuestro país. Pero antes, debemos presentar a
Betancourt, ya que la juventud de hoy no sabe de quién se trata.

Era Betancourt un amigo íntimo de don Benito Pérez Galdós y un gran novelista y
periodista del siglo pasado a quien el maestro apreciaba mucho, y por ello le apli-
caba el cariñoso seudónimo de Ángel Guerra, como el famoso personaje de su nove-
la. Y Betancourt, deseando dar una prueba de afecto y respeto a su ilustre amigo,
lo adoptó para la prensa, logrando popularizarse en sus columnas.

Dada una ligera noticia del periodista, transcribamos su original, por ser una prue-
ba de cómo el talento y tesón de nuestro paisano se abría camino, paso a paso, en
aquel ambiente, si bien muy cerrado y casi inaccesible para los de fuera, muy abier-
to, no obstante, para el verdadero mérito y, aún más, para el genio.

Trasladamos algunos párrafos del artículo de Ángel Guerra (Betancourt) fechado


en 1906. Decían así:

«Las Piezas españolas de Falla, en ese Concierto, merecieron un


honor poco acostumbrado. Entre aplausos, el público hizo repetir la
«Andaluza» bajo el arte singular de Viñes, que cobraba un encanto, y
una sugestión extraordinarias. Consigno este hecho de la repetición,
porque tiene especialísima importancia. Generalmente, en los concier-
tos de la Societé Nationale, no se piden repeticiones.

El último concierto de la Societé Nationale, ha sido un gran triunfo


español. Se ha aplaudido fervorosamente a un músico joven de gran
porvenir, Manuel de Falla, y, en ese acto fue también aclamado otro
pianista español, de renombre mundial: Ricardo Viñes. Una noche de
imborrable recuerdo para mi; por que en ella se ha honrado con tanta
largueza el nombre de España.

Es un orgullo de patriotismo, en Francia, que se prefiera a sus autores,


y no a los extranjeros, por muy renombrados que sean. Por esto creo
que el honor dispensado a Falla, es de una alta significación, y de gran
importancia. Yo tengo por este muchacho de tanto talento, tan modesto
y luchador, una intensa admiración: amén de un afecto fraternal.

72
Lo he visto lanzarse con gran intrepidez a la conquista de París, con
ánimo sereno, ante los riesgos de la lucha, avanzando siempre, paso
a paso, seguro de triunfar; convencido de que, perseverante, y fiando
en su talento y arte, lograría a la postre imponerse.

Falla, sin ayuda, luchando solo, perdido en este océano tormentoso


del batallar por la gloria, en París, va logrando abrirse paso, a fuerza
de voluntad, y sobre todo, de talento».

Bien se ve por este trabajo de Betancourt, con quién intimara Manolo en París, que
conocía a fondo al compositor gaditano. Falla era un hombre de gran fe y estamos
seguros de que, si aquel día que refiere el Evangelio, hubiera ido en la barquilla de
Pedro con los demás apóstoles, no sólo no hubiera despertado a Jesús, sino que
habría impedido a los demás hacerlo. Su fe estaba muy por encima de todos los tem-
porales de la vida, porque confiaba en su triunfo, no sólo en su talento, sino sobre
todo en Dios, a Quién se encomendaba con aquella piedad que, allá en su juven-
tud, le inculcara el Padre Fedriani.

Como se ve, Manolo continuaba de triunfo en triunfo. ¡Pianista!...¡Director de


orquesta!... ¿Qué le faltaba aún? Sólo mostrar su talento como compositor: ¡El estre-
no de su Vida breve!

Copio carta de Manolo a mi padre, en la que entre otros asuntos le habla de esa
obra y, aunque trata antes de otros temas, me parece oportuno reproducirla íntegra:

«Querido don Salvador: Como siempre tengo que empezar por pedir-
le mil perdones por no haberle contestado antes a su tan amable y
grata carta del 7 del pasado. Ante todo he de decirle que la tan triste
noticia del fallecimiento de María (q. e. p. d.), me ha impresionado
muy sinceramente. No es esto, ni mucho menos, de las veces en que se
da un pésame por cumplimiento, y le aseguro a Vd., lo mismo que a
Joaquina (mi madre) y a todos, que les he compadecido muy de veras,
tomando parte en su desgracia, pues ya saben Vds. que soy un amigo
que les quiere».

Aunque se trata de algo mío familiar, no he querido omitirlo en estas memorias,


porque en esos renglones trazados por la mano de Manolo, se advierte su exquisi-
ta sensibilidad que le hacía tomar parte en las desgracias de sus amigos,

73
Pero una vez cumplido algo que no era debido al protocolo, sino al cariño que
profesaba a nuestra familia, continua su interesante carta:

«Aún más, le agradezco a Vd. lo que publicó en el Diario, dadas las


tristes circunstancias en que lo hizo, a pesar de las cuales se ocupa Vd.
de este buen amigo. Muchísimas gracias por ello».

«He visto que, sin duda, por confusión de mi letra, ha incluido Vd. el
nombre de Saint-Saëns entre los que aquí conocen mi Ópera. Yo aún
no he visto a dicho señor, ni está en París, actualmente; pero, en cuan-
to tenga ocasión de verle, le saludaré con mucho gusto en su nombre,
como desea».

«Y ahora, voy a explicarle a Vd. por qué no le he escrito antes, en


los días en que recibí su carta me vino encima un trabajo enorme, pues
tuve que preparar en poco más de una semana, cuatro tríos; luego, me
fui a Madrid para ensayarlos con Marevsky y Bordas, y a los pocos
días, salimos para hacer una tournée por el norte de España (cinco con-
ciertos, a uno por día). En todo este tiempo, no he dejado de pensar
en contestarle, pero hasta hoy, no he podido realizarlo; siendo esto de
las primeras cosas que hago a mi regreso a París».

Y por último, Manolo, una vez más, da noticias sobre el asunto que era su princi-
pal preocupación.

«Hoy recibo carta de Fernández Shaw, en la que me dice que la empre-


sa del Real piensa estrenar ahora La vida breve y que se la ha pedido con
empeño; pero ahora, que quieren ellos, no puedo complacerles (a pesar
de haberlo gestionado yo por espacio de dos años) pues, por muchas
razones, el estreno de la ópera en Madrid podría entorpecer la buena
marcha que lleva el asunto aquí, en el extranjero».

«Mande Vd. cuanto guste a su afmo. y buen amigo que sabe le quiere.

Manuel de Falla.

SC. 20 Chalgrin.

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Ahora tenía la seguridad de que estrenaría ¿cuándo? El luchaba incansable y
ponía, como siempre, su confianza en Dios, pidiéndole su ayuda. Y así, removien-
do dificultades y auxiliado por los buenos amigos que ya tenía en París, consiguió
que su obra fuera admitida para montarla en el Teatro de la Ópera Cómica de la
capital, pero a base de aprovechar el vestuario y decorado de Carmen y de El
Barbero de Sevilla, con las adaptaciones necesarias.

Manolo, al saberlo, se negó rotundamente a ello: temía que su ópera se montara


como una «españolada» más, y, eso ¡no!, repetía airado. Tampoco se avenía a que
dirigiese la orquesta otro que no fuese el maestro belga Tullman, que sólo empuña-
ba la batuta en las grandes ocasiones. El firme y tenaz carácter del músico gadita-
no, se mostraba ahora de nuevo... 0 se estrenaba bajo esas condiciones, o, en otro
caso, su Vida breve no vería la luz en el Teatro de la Ópera Cómica.

Milliet, el traductor del libreto, figura de gran relieve en la escena francesa, que
había trasladado al francés Caballería rusticana, lo que le valió hacerse millonario,
llegó incluso a enfadarse con Manolo, pues su tozudez dificultaba el estreno. Y le
decía indignado:

-Pero, ¿es posible, que un extranjero, sin nombre aún, ponga todas esas dificulta-
des, cuando debiera darse con un canto en el pecho por estrenar en un teatro, sub-
vencionado por el Gobierno francés, y que goza de tanto prestigio?

Mas Manolo no cejaba, y el forcejeo entre ambos duró hasta que, al fin del año
1912, seguro Milliet de la imposibilidad de convencer a persona tan singular como
Falla, le sugirió que fueran los dos a Niza, a entrevistarse con el director del Casino
para proponerle que se estrenara allí la ópera en las condiciones que impusiera su
autor.

A Manolo le pareció bien la idea de Milliet, y fueron ambos a Niza, dónde se


celebraron varias entrevistas con el director de su casino que, al fin, aceptó aquella
proposición con las condiciones que fijara la férrea voluntad del maestro gaditano.
Una vez todo ar reglado, se volvieron juntos a París para ocuparse del estreno.

Y ya en esa capital, rogó Manolo a Zuloaga que le dejara elegir en sus estudios
batas auténticas de gitanas, pañolillos de talle, ropas de esquiladores, sombreros de
catite y demás vestuario preciso para montar decorosamente su ópera, a lo que
accedió gustoso el famoso pintor. Las decoraciones fueron pintadas expresamente
para esa obra según los apuntes que diera Germán Falla, hermano del músico, que

75
vivía en París ejerciendo la profesión de arquitecto, quien fue también el que pintó
la portada de la partitura de la ópera y el que le ayudaba en cuanto podía.

Por cierto, que una noche, Germán estaba poniendo en limpio la partitura de la
ópera. Era algo que urgía. Al día siguiente tenía que entregarla Manolo.
Indudablemente se fiaba más del trabajo manual de su hermano que del suyo propio.

Mientras Germán trabajaba, Manolo iba y venía, dando rápidas miradas a lo que
estaba haciendo. Seguramente, tenía cierto nerviosismo, pues se habla comprome-
tido y temía faltar a su promesa.

Y no sé si el nerviosismo de Manolo contagió a su hermano, pues no hay cosa que


más altere los nervios que advertir que alguien tiene prisa por que se termine lo que
se tiene entre manos, o que una equivocación la tiene cualquiera; el resultado es que
Germán cometió un error.

Manolo, vio con ter ror la flamante partitura estropeada, y se llevó las manos a la
cabeza desesperado. Ya no podía hacerse ilusiones de entregarla a su debido tiem-
po. Era tarde, y no era cosa de obligar a su hermano a que volviera a empezar.
Bastante favor había intentado hacerle.

Guardó silencio, mas su aspecto era bastante elocuente, y Germán, compadecido,


se valió de no sé que artes pudiendo enmendar su equivocación, y no hubo mayo-
res dificultades, ni complicaciones.

Al día siguiente, a la hora precisa, Manolo llegaba al lugar indicado con su par-
titura debajo del brazo. ¡Había cumplido su compromiso!...

Dispuesto ya todo a satisfacción del exigente y novel autor, se montó al fin la obra,
que fue estrenada en el Teatro Municipal de Niza, como se había convenido. El coli-
seo presentaba un deslumbrante aspecto, abarrotado de un público muy distingui-
do, y la representación obtuvo un ruidoso éxito, continuando en cartel durante las
sucesivas noches.

Escusado es decir que la noticia llegó a París al día siguiente y la prensa se hizo
eco del éxito, faltando tiempo al empresario de la Ópera Cómica, para escribir a
Manolo y comunicarle que estaba dispuesto a montar la ópera inmediatamente,
aceptando de antemano las condiciones que le señalara antes, ya que La vida breve
había entrado con tanto entusiasmo en el público de Niza, tan competente.

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Dice el refrán español que «nunca es tarde si la dicha es buena» y eso precisa-
mente ocurrió en esta ocasión, pues, al fin, el empresario de la ópera Cómica se
había dado cuenta de lo mucho que valía la obra que puso en sus manos anterior-
mente Manolo, y a la que regatease con mezquindad medios absolutamente nece-
sarios para su triunfo apoteósico y decisivo en Niza. La realidad demostraba que el
éxito de la representación se debía en parte a los elementos que en ella intervinie-
ron, y buena prueba de ello fue que la Granvillier, protagonista de la farsa, arran-
cando al público estruendosos aplausos, contribuyó en gran parte a su triunfo. Pero
no había que olvidar que esa bella joven y eximia artista era muy conocida del
público inglés del Covent Garden, dónde actuaba con bastante frecuencia y reso-
nantes triunfos.

Esa era la razón que movía al empresario de la ópera Cómica a decidirse a mon-
tar la obra por todo lo alto, con la seguridad de que se llenaría la sala del coliseo
durante muchas noches. Fue encargado del decorado, nada menos que Bailly que
antes pintara Tosca y Madame Buterfly. La vista de Granada de uno de los decora-
dos era maravillosa, y estaba a la altura de los de Roma y Nagasaki de aquellas
otras obras.

Cantó La vida breve la Carrés, esposa del director del teatro, quién puso toda su
alma en la particella, e intervinieron en la representación bailarinas y guitarristas
gitanos, traídos de España. Y otro triunfo de Manolo. La orquesta fue dirigida por el
gran Tullman maravillosamente, interpretando el Intermedio del Amanecer de
Granada, como pieza de concierto. Esta feliz iniciativa se tuvo muy en cuenta por
los directores de orquesta, al incorporar a sus conciertos este Intermedio para darlo
a conocer por el mundo.

Este segundo éxito, ruidosísimo, fue obtenido por Manolo en las navidades de
1913. Manolo ya había triunfado en toda la línea, como compositor y hombre de
férrea voluntad. Cuando volvían Milliet y él del escenario, a donde hubieron de salir
para recibir las ovaciones del público, mi amigo, volviéndose al traductor de su
obra, le dijo:

-¿Ha visto usted cómo un extranjero, sin nombre, ha conseguido que le facilitaran
todo lo que necesitaba para montar la obra en París?

-Sí, querido amigo- le respondió Milliet- he visto lo que vale usted, tanto como com-
positor, cuanto como hombre de inflexible voluntad y fe ciega en su propio mérito,
por eso, le aseguraba, llegaría ese momento.

77
X
LOS FAMILIARES DE MANOLO EN PARÍS
Manolo no se encontró solo en París y, aunque su vida transcurría a un ritmo agi-
tado, dividida entre sus lecciones, sus conciertos y sus numerosas gestiones para
lograr el estreno de su «ópera», como él siempre llamaba a La vida breve, tenía tam-
bién sus ratos de expansión familiar.

En la capital de Francia, vivía un tío suyo, Don Pedro Javier Matheu, y un herma-
no más pequeño, Germán, que por motivos que ignoro, no sé si guiado o impulsa-
do por Manolo, dejó también su patria para marchar a aquella capital a cursar los
estudios de arquitecto.

Estaba en la escuela de arquitectos y también tenía que trabajar de firme, por lo


que durante la semana, no había tiempo para verse mucho.

Mas los domingos se reunían en casa del tío Pedro Javier, allí pasaban unos ratos
de solaz. Germán, el hermano de Manolo, era muy alegre. Además, iban otros pri-
mos, gente joven y de buen humor.

Manolo, en general, tenía un carácter serio, y no es raro que se dirigieran a él las


bromas de los otros chicos. En una de aquellas veladas, Germán y sus primos deci-
dieron gastarle una broma.

Este había ya empezado a triunfar, pero aquellos primeros triunfos no eran toma-
dos muy en serio por sus familiares y, mucho menos, por aquellos alegres muchachos.

Eso es algo que sucede con frecuencia: que la familia es la última que aprecia los
éxitos de los suyos, y aquella no era una excepción. No podían vislumbrar que aquel
Manolo, que luchaba incansable por conseguir un estreno, que posiblemente creían
que no llegaría a efectuarse, seria un día una gloria mundial, pero sabían que tenía
grandes aspiraciones y por eso... ¿Qué no idea la juventud para reírse un poco?

79
Una noche decidieron ponerle una corona de laurel como homenaje por sus pri-
meros triunfos, pero Manolo se resistió heroicamente, y aquello bastó para que insis-
tieran más. Indudablemente no era su modestia la que se oponía, ni tampoco el que
le molestasen, pues sabía aguantar una broma inocente. ¿Qué sería?

Y por fin eran varios contra uno solo, y aunque Manolo se defendía con tenaci-
dad, digna de mejor causa, tuvo que declararse vencido.

Uno de los chicos colocó la famosa corona sobre la cabeza de Manolo y... ¡Oh
asombro! Sus pelos se le movieron como por arte de magia.

Hubo un momento de confusión, de sorpresa. ¿Qué significaba aquello? Y al com-


prenderlo, todos los asistentes prorrumpieron en sonoras carcajadas.

Manolo, no obstante siendo aún muy joven, tenía ya una calva y, por una presun-
ción extraña en él, se había comprado un bisoñé en el mayor secreto. Ni su herma-
no, ni su tio, ni sus primos sabían de su prematura calvicie, y por eso, la imposición
de la corona de laurel tuvo una derivación insospechada. ¿Quién podía figurárselo?

Por eso, Manolo se defendía como sí se tratara de furiosos enemigos. Temía por
su bisoñé y tenía razón. Aquella noche dejó de ser, como él pretendía, una especie
de secreto de estado.

Los contertulios se divirtieron con aquella graciosa burla, pero me figuro, que aun-
que Manolo estaba muy bien educado y procuraría disimular, la procesión andaría
por dentro

No sé si desde aquel día, el bisoñé pasó a la historia o lo continuó llevando


Manolo sobre su cabeza, pues tardé muchos años en volver a verle y, cuando lo
encontré de nuevo, en una visita que hizo a nuestra ciudad, mi amigo lucía ya con
tranquilidad ¡una hermosa calva!...

Hablando de aquellas tertulias familiares, allí, en el hogar de los Matheu, empe-


zó un idilio que tuvo por personajes a Germán, el futuro arquitecto, y a una joven-
cita que también asistía y que estaba en París cursando sus estudios en un colegio.

Se trataba de María Luisa López de Montalbo, que también estaba emparentada con
D. Pedro Matheu, y acudía a su casa sus días de salida: los jueves y los domingos.

80
Manuel de Falla en París en la época del estreno de La vida breve en la Ópera
Cómica (diciembre de 1913). A su izquierda, la Ópera Cómica.
La joven era de nacionalidad sudamericana y tenía el hablar dulce de los hijos de
esas repúblicas nacidas de España, la madre patria.

No es raro que Germán, joven y enamorado, se prendara de la colegiala. Se


veían con frecuencia y tuvieron muchas ocasiones de tratarse. Y poco a poco, lo que
empezó por una buena amistad, se trocó en un gran amor, aunque era muy pronto
para pensar en unas relaciones serias.

María Luisa, cuando terminó sus estudios, regresó a América a reunirse con los
suyos; pero allá, en París, había dejado su corazón. No se trataba de una ilusión
pasajera, de un amor de juventud.

Ambos se querían mucho, y Germán, que gustaba, como ya hemos visto, de gas-
tar bromas, tomó con toda seriedad aquellas relaciones con María Luisa Montalbo.

Tuvieron que poner a prueba su amor, pues pasaron muchos años, desde aquellas
veladas familiares en casa del tio Pedro, hasta la fecha de su casamiento.

Germán continuaba aún en París. Terminada su carrera empezó a trabajar allí.


Dotado de un gran talento, no es raro que tuviera éxito en su profesión y se dedi-
cara a ella con entusiasmo. Realizó obras de gran importancia y entre ellas puede
citarse el Hotel Astoria de Nueva York y el Ministerio de Marina de Madrid, en el
que también tuvo intervención profesional.

Mas había llegado el momento de que aquellos amores juveniles que demostraron
la gran constancia de la pareja, culminaran en el matrimonio.

No fue Germán, el que marchó a reunirse con su prometida. Fue Maria Luisa la
que cruzó, una vez más, el Atlántico para celebrar su boda. Y en París tuvo lugar la
ceremonia nupcial que los unió para siempre. Era el año 1924.

El tío Pedro fue la persona que solucionó en varias ocasiones los problemas eco-
nómicos de Falla. Cuando marchó a París, no contaba más que con una beca de
ciento cincuenta francos y, aunque él también procuraba ayudarse con sus lecciones,
los principios tuvieron que ser algo duros, como suele suceder a todos los artistas.

Cuando se encontraba apurado, no dudaba en acudir al tío Pedro para pedirle


una pequeña cantidad que devolvía religiosamente. Me decía un hijo de D. Pedro

82
Javier Matheu, que encontró una libreta donde apuntaba lo que entregaba a
Manolo, y siempre ponía a continuación: Pagado.

No obstante, algunas veces procuraba solucionar su problema por si solo, empe-


ñando una sortija que se había comprado por treinta francos, y por la cual, sólo le
daban !seis francos¡ Hoy día, esa sortija la tiene su sobrina Maribel y creo que la
considerará como un tesoro.

No obstante, a pesar de aquellos apurillos, no se debe pensar en un Falla con apa-


riencia de bohemio. Siempre fue una persona muy pulcra, siempre fue muy señor.
Solía vestir un traje oscuro con camisa blanca, y sin dejar nunca de ponerse una
corbata, de las que llamaban allí, Lavalliére...

Cuando vivía en París, pasaba sus Navidades en casa del tío Pedro Matheu. Era
muy apegado a la familia y aquello le consolaba de estar ausente de la suya más
próxima.

Mas llegó un momento en el que había dejado de ser el principiante, el que iba
de un lado para otro solicitando ayuda para el estreno de su ópera La vida breve .
Caminaba de triunfo en triunfo, y el tío Pedro creyó que era mejor no invitarle para
pasar la Nochebuena, pues creía que tendría muchas personas que le reclamarían
y era mejor dejarle en libertad, pero... ¡mi querido amigo Manolo pasó aquellas
Navidades solo... Lo único que le recordó en su departamento aquella festividad, fue
un arbolito de Noel, regalo de la mujer de don Pedro.

Noches en los Jardines de España fue estrenada en París, en el Teatro de la Ópera,


en unión de las Siete piezas, también de Manolo que, por cierto, fueron cantadas
por María Barrientos, la gran cantante española, y también intervino Joaquín Nin
que tuvo que actuar con cuarenta grados de fiebre.

Manolo obtuvo un triunfo apoteósico una vez más, pero ya empezaba a acostum-
brarse a la gloria que iba acompañando su carrera ascendente.

Por cierto, que con relación a ese estreno hay una anécdota que merece contarse.

Mi amigo era persona metódica y bastante aprensiva y se sujetaba voluntaria-


mente a una serie de ritos de higiene que creo que él mismo se había trazado.

83
Uno de ellos era que no pronunciaba palabra hasta después de la una de la
tarde, y otro, que se daba, durante largos ratos, un masaje en el vientre en com-
pleto silencio.

El día del estreno se presentó a su primo Pierre, en cuya casa vivia cuando iba a
París, el director del concierto Mr. Samaseuil, lleno de gran agitación.

-Quiero ver al maestro -indicó-. La partitura de la obra la tiene el maestro.

Pierre Matheu, que sabía que no se podía molestar a Manolo mientras se entre-
gaba a sus extrañas tareas, tuvo que decir:

-No puede ver al maestro en estos momentos porque está ocupado.

Mr. Samaseuil se mesó los cabellos blancos lleno de desesperación, mientras


exclamaba:

-Necesito la partitura, pues no la tengo y es precisa para el ensayo. Si no me la da


ahora, no se podrá estrenar, y es necesario salvar mi reputación y la del maestro.

Pierre Matheu, comprendiendo que el director tenía razón, se atrevió a entrar en


la habitación de su pariente y se lo encontró como sospechaba: dedicado a guar-
dar silencio mientras se daba un masaje en el abdomen. No tuvo más remedio que
interrumpirle, pues el asunto apremiaba.

-Mr. Samaseuil ha venido porque le urge tener la partitura de Noches en los


Jardines de España para ensayarla.

-¡Hum!... ¡Hum!...-fue todo lo que dijo Manolo.

Pierre, comprendiendo que nada podía obtener de él, se lanzó a la búsqueda de


la partitura, revolviendo entre sus papeles.

-¿Son éstos?- preguntaba a su pariente, cuando encontraba algo que pensaba que
pudiese ser lo que buscaba.

-¡Hum!- repetía Manolo imperturbable- ¡Hum!...

Y por fin, Pierre halló la partitura, y cuando se la mostró a Manolo, éste volvió a
obsequiarle con un ¡Hum!, aunque aquella vez era más alegre, no sé si porque se

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había solucionado el problema o porque podía continuar tranquilo su extraña tarea
que, para él, tenía mucho de rito.

Momentos después, Pierre entregaba triunfante la partitura a Mr. Samaseull que


lleno de agradecimiento le dijo:

-¡Me ha salvado la vida!...

Ese Pierre Matheu, al que tengo muchos motivos de gratitud, pues a él debo varios
detalles interesantes de la vida de Manolo, fue para él una especie de secretario
cada vez que tenia que ir a la capital de Francia llevado por sus asuntos musicales.

Mi amigo, no obstante su larga estancia en París, no hablaba del todo bien el fran-
cés y, especialmente, le costaba mucho trabajo el entender y el ser entendido cuan-
do hablaba por teléfono.

Wanda Landovska solía llamarle muchas veces. -¿Está Don Manuel de Falla?- pre-
guntaba. Pierre solía coger el teléfono y le contestaba: -Si, y voy a llamarle.

Pero en general, la Landovska se apresuraba a detenerle:

-No se moleste y puesto que Vd. es su primo puede decirle...-, y prefería dar el
recado a Pierre, convencida de que llegaría más completo al maestro, que tanto
admiraba, que si se lo daba directamente.

También Pierre le servía para escribir su correspondencia y le ayudaba siempre


que podía, pues aunque era mucho más joven que Manolo, sentía por él un gran
afecto.

Cuando se celebraban conciertos, también le servía para detener el primer cho-


que con el público entusiasta.

-Ponte a mi lado- le decía cuando terminaba su actuación.

Y el fiel Pierre permanecía junto a él, procurando detener lo que a veces era una
verdadera avalancha. Le abrazaban, le apretujaban, pues todos querían llegar
hasta él, y en su entusiasmo casi le mataban.

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Aquello llegó al colmo cuando después de un «concierto Pleyel», el Presidente fran-
cés, que era entonces Mr. Herriot, prendió sobre su pecho la Cruz de la Legión de
Honor.

Aquel día Pierre aseguró que vió llorar a Manolo, quien para disculparse le dijo:

-¡Estoy muy emocionado!

Pierre se asombró, pues en general no se inmutaba ante sus triunfos. Madame


Debussy asistió al concierto, pues quería mucho a mi amigo. No olvidaba que la pri-
mera vez que le oyó en su hogar, intuyó que aquel joven tenía por delante un bri-
llante porvenir. No se había equivocado y, entusiasmada, exclamaba una y otra vez.

-¡Ese genio de Falla!... ¡Ese genio de Falla!...

Por cierto, que en aquella primera visita de Manolo al palacete donde vivían los
Debussy, estaba demasiado preocupado con sus propios asuntos para asombrarse
con algo verdaderamente extraño. Aunque era en pleno invierno y hacia un frío gla-
cial, por las ventanas se veían glicinas, que necesitan de un clima cálido. ¿Cómo se
operaba aquél milagro?

Pierre, que también gozaba de las simpatías de Madame Debussy, que tenía sus
extravagancias, conocía el secreto. Se trataba de un capricho costoso que conse-
guía gracias a que su jardinero reemplazaba las flores cada dos días, y sonriendo
decía:

-Mi querido maestro, ignora el valor de las notas - y recalcaba la palabra note,
que en francés también significa factura.

Manolo no se envanecía con sus triunfos y continuaba muy modesto. Siempre


encontraba excesivo lo que le daban por sus actuaciones o por sus obras.

Una importante casa de Londres obtuvo su autorización para grabar varios discos,
y cuando le escribieron diciéndole las condiciones, estaba en París en casa de su tio
Pierre y le contó atónito lo que le ofrecían.

-Me ofrecen cincuenta libras por cada disco. ¡Qué barbaridad!

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-¿Sabes cuanto le han pagado a Ravel? -le preguntó su tío.

-Lo mismo.

Y Don Pedro Matheu, algo indignado, le contestó:

-¿Acaso eres tú menos?

Manolo no habló y permaneció silencioso, mientras en su rostro surgía una sonrisita.

Manolo trató bastante a Mr. Milliet, el traductor de La vida breve, que era presi-
dente de la Sociedad de Autores. Algunas veces, cuando iba a su casa, Madame
Milliet, le pedía que tocara el piano, y él se apresuraba a complacerla aunque aque-
llo le significaba un tormento.

El piano que le ofrecían para exhibir su arte era ciertamente muy hermoso. Se tra-
taba de un Erard de cola, estilo Luis XIV, con muchos dorados y, probablemente,
sería una obra de arte, pero su dueña ponía encima muchos cachivaches y aquel
conjunto molestaba a Manolo.

-¡No puedo tocar en él!- decía después a su primo Pierre, desahogándose.

Y sin embargo, Madame Milliet habrá ignorado siempre que aquellos improvisa-
dos conciertos con que le obsequiaba Manolo tenían mucho más mérito de lo que
ella pudiera suponer.

El tocar era siempre un placer para mi amigo, pero ¡en aquel piano!...

Hay una curiosa anécdota, aunque de tiempos posteriores, referente a un viaje que
hizo Manolo con Rubinstein y que sé, gracias a Pierre Matheu.

Marchaban ambos artistas en el tren y, cuando se dieron cuenta, advirtieron, con


gran disgusto de Manolo, que se había dejado olvidada en su casa la partitura de
la Danza del fuego.

Aquello hubiera sido una terrible complicación, pues no había tiempo de que la
enviaran, pero Rubinstein, que tenía una memoria prodigiosa, solucionó el proble-

87
ma. No había tocado nunca aquella obra, y sólo la había visto escrita una vez, mas
¡aquello le bastaba!

Durante todo el trayecto, se dedicó a estudíarla en el piano sordo que siempre


acostumbraba a llevar el famoso pianista.

Llegó el momento de la actuación y, como es natural, Falla estaba francamente pre-


ocupado pues, a pesar de la seguridad de Rubinstein, tenía el natural temor de que
su Danza del fuego resultara un fracaso o, por lo menos, algo muy distinto del ori-
ginal, pero no contaba con la maravillosa retentiva del pianista.

Con gran asombro suyo, Rubinstein la tocó igual, y sólo cambió algunos compa-
ses que para el público seguramente pasarían desapercibidos, pero ¡no para
Manolo! No obstante, cuando terminó el concierto, dijo sonriendo a Rubinstein:

-Ha cambiado algo pero se lo perdono. ¡Está magistralmente tocado!

Y siempre Rubistein tocó a su estilo la Danza del fuego, que había merecido la
absolución de su autor.

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XI
ALEGRÍA Y DOLOR
Llegó Manolo a su consagración con resonantes triunfos; los plácemes, las felici-
taciones y enhorabuenas se sucedían constantemente. Vino a ser el hombre del día
en París, y de varios países se apresuraron a pedir autorización para representar en
ellos La vida breve. Pero su gloria iba a nublarse pronto con el estallido de la gue-
rra del 14, pues en aquellos momentos dramáticos, ¿cómo era posible entregarse a
sus inspiradas composiciones?

Sin embargo, los periódicos se desataban en elogios de la obra del compositor


español, y en el archivo de mi padre, que hoy tengo en mi poder, se conserva una
interesantísima crítica que, a pesar de su extensión, he de transcribir por la brillan-
tez y exactitud de sus juicios. Se halla firmada por A.D. Bonat, en París, y fue publi-
cada por La Correspondencia de España.

Decía así:

«Con solicitud muy digna de ser alabada, el Teatro de la Ópera


Cómica ha acogido una ópera de compositor español, pudiendo ase-
gurarse que, a estas horas y en este teatro, no estarán arrepentidos de
su bienhechora amabilidad, pues el compositor ha correspondido, pro-
porcionando un caluroso éxito a los artistas y unas horas de compla-
cencia al público».

«No es tarea muy fácil conseguir que en Francia, es decir, en París,


atiendan a los nacidos fuera del país. Hay aquí un exagerado protec-
cionismo que no puede romperse más que imponiéndose por el genio.
Falla es un joven músico que ha triunfado ayer, y del que se puede
esperar aún mucho, que no es aventurado predecir, que quién comien-
za por el camino duro, aunque glorioso, del arte, ha de proporcionar
a éste días esplendorosos. Falla, entrando en el Teatro Francés, por la

89
puerta de la Ópera Cómica, señala una memorable fecha, y afirma lo
que venimos señalando en estos últimos tiempos; que la redención de
España, y su colocación en el rango general de las naciones, ha de
venir, precisamente, por los artistas y sus manifestaciones.

Este joven músico, creo que lo es, pues así lo pregonan unos retratos
suyos que he visto publicados, goza ya de gran estimación en el mundo
musical de París. En España, quizás, es menos conocido que aquí. En
el ambiente de ahí, tan estrecho, que apenas si queda sitio para los que
de continuo se agitan, y mueven en él. Luchando y trabajando, lleva en
París varios años, procurando, en cierto modo, continuar la herencia
artística de aquel músico, castizamente español, que se llamó Albéniz.

Al estrenarse, ahora, La vida breve, en la Ópera Cómica de París, ha


conseguido lo que a muchos cuesta largos años, y quizás, para no
alcanzarlo. Ha sido aplaudido, celebrado, y su nombre suena, desde
hoy como cosa conocida y merifísima. ¿Ha trabajado? ¿Es perezoso?
¿Se dormirá en sus laureles o seguirá produciendo, aspirando cada vez
a más, y a afirmar su personalidad? Lo ignoro. No conozco a Falla. Mi
impresión sobre él, es la de un espectador verídico. La ópera de Falla,
que acabo de ver en la Ópera Cómica, me ha gustado mucho».

Como digo, el éxito de La vida breve fue definitivo, y, el público, mos-


tró su complacencia, y agrado, durante toda la representación, atraído
primero por la sinceridad del ambiente, y dominado después por la
meritísima labor del músico.

A mi juicio, la compenetración de la música con la poesía ha sido


realizada por Falla de una manera tan absoluta y tan completa, que en
cualquier otro autor, que hubiera intentado realizar labor tan distinta,
su fracaso sería evidente.

Falla ha triunfado porque ha escrito la partitura sintiendo lo que se


expresa en la letra y en las diversas situaciones de los papeles: y, visto
el resultado, consiguiéndolo.

Obra de pasión y de fiereza, no vemos en ella, ni por un momento,


el menor desmayo, y sus valientes notas recorren los sentimientos huma-
nos que movilizan la acción.

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Es tan frecuente encontrar, en estos modernos tiempos, compositores
que andan tan despistados en alardes ridículos de fantasías, rebuscados
efectos, completamente hueros, y otras zarandajas que sólo sirven para
encubrir la falta de recursos melódicos. Sin embargo, Falla ha conduci-
do su inspiración por el camino lógico de la verdad y ha escrito since-
ra, honradamente su música, pensando en el amor, los celos, la alegría
y el terror, que deben escribirse como él lo ha hecho, y, ha acertado.

El ambiente poético, que flota en todo el primer acto de La vida breve,


no podía pasar inadvertido para él, y, de este modo, le vemos tierno,
sentido y alegre; amando la vida para conseguir una manifestación
externa, que es la realidad misma, expresada por el sonido.

Viene en el segundo acto la tragedia: surge el conflicto. Los persona-


jes son seres humanos, que, como todos, están sujetos a las pasiones y,
entonces, lo sentimental tiene que trocarse en fiero, en terrorífico, en
doloroso. La musa de Falla explota con sin par energía, y en la orques-
ta rugen los instrumentos, sirviendo así al conflicto que se produce en
el escenario. ¿Lo ven ustedes? Falla no se ha enamorado de ningún
trozo de su música y ha querido imponerla en la obra, aunque no fuese
del todo apropiado. Este es su gran mérito que todos no tienen.
¿Cuántos músicos de los modernos creen que bien pudiera sacrificarse
la unidad de la obra por conseguir un efecto de galería?.

Su técnica es sencilla, pero admirable, produciendo la impresión de


que el joven músico posee el dominio absoluto de su metier. Nada se
le escapa, nada se le oculta, viéndose acudir seguro a los efectos, allí
dónde deben producirse: pero desprendiéndose por innecesarios,
cuando no lo son. ¡Oh! Puccini. Por esta vez, un joven compositor espa-
ñol, se ha escapado de tu influencia.

Como se ha visto, Manolo había llegado ya al cenit de su carrera artística, triun -


faba clamorosamente en París y toda la prensa de Europa y aún de otros continen-
tes, elogiaban con rara unanimidad al gran compositor gaditano: se abrían ante él
insospechados horizontes, pero no se podía ya vivir en París, pues gran parte de
Europa era un campo de batalla dónde sólo tenía cabida el odio, la muerte y la des-
trucción. ¿Cómo encontrar un momento de reposo y quietud para su música?

91
Puede asegurarse que una de las víctimas de la guerra fue mi amigo; de no esta-
llar entonces, hubiera recorrido medio mundo con su obra, de triunfo en triunfo, pero
ya nada tenía que hacer en París, y Manolo hubo de regresar a su patria.

En Madrid se hallaban sus padres, y allí se dirigió, olvidando sus éxitos recientes:
mas esta época de su vida iba a ser sólo un paréntesis de su carrera, pues no muy
lejos le aguardaba Granada y en aquel lugar de ensueño crearía obras que le afir-
marían en su inmortalidad.

Así que, por poco tiempo, se estableció en Madrid; su permanencia fue sólo de
cuatro años, pero resultó muy fecunda para su producción musical.

A aquella época pertenece una versión de concierto, sin voz, estrenada en el año
1916, en la Sociedad Musical de la capital de España, por la Orquesta Sinfónica
dirigida por Fernández Arbós, aquel maestro bajo cuya batuta alcanzara tantos
triunfos, y que fue tan amigo mío.

Y las Noches en los jardines de España también corresponde a ese periodo de su


vida. La inspiración de Manolo sorprendía todos los secretos, todos los matices de
la naturaleza exuberante: la luz, el colorido, el ritmo o la danza, el árbol, la flor.

Al año 1914 pertenece Siete canciones para piano, que vió la luz también en
Madrid y fueron estrenadas por Luisa Vela, que durante muchos años reinó en la
escena española. Y al año siguiente El amor brujo , gitanería en un acto y dos cua-
dros; fantasía coreográfica con voz y pequeña orquesta. La letra era de Martínez
Sierra y fue estrenada en el Teatro de Lara, siendo Pastora Imperio su voz.

E incluso El corregidor y la molinera vió la luz en aquellos años madrileños de


Manolo, con su fuerza y evocación sugeridoras, expresivas y coloristas. Se trataba
de una farsa mímica en dos partes, y su libreto se debía al famoso comediógrafo
Don Gregorio Martínez Sierra, y se ajustaba a la famosa novela de Alarcón. Estaba
compuesta para orquesta de cámara, y se estrenó en el Teatro Eslava de Madrid, el
7 de Abril de 1917, bajo la dirección de otro andaluz, compositor también de gran
valía, Joaquín Turina.

Dos años más tarde, fue ampliada esta obra para gran orquesta, por encargo del
célebre bailarín Sergei Diaghilev, con otro nuevo título, El sombrero de tres picos,
viendo la luz el 22 de Junio de 1919 en el Teatro Alhambra de Londres, con coreo-
grafía de Leonide Massine y decorados y figurines de Pablo Picasso, interpretada

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Pablo Picasso: figurín para «El molinero» de
El sombrero de tres picos, 1919

Pablo Picasso: figurín para un grupo de vecinas


de El sombrero de tres picos, 1919
por la Compañía de Ballets Rusos de aquel famoso bailarín, y bajo la dirección de
Ernest Ansermet.

Muy valiosa fue la producción de Manolo en Madrid, de la que acabamos de


hablar; pero creo que también sería muy interesante referirnos a ciertos aconteci-
mientos de su vida que tuvieron lugar en aquellos tiempos.

Manolo vivía en Madrid, en la calle Lagasca (no recuerdo, si en el 16 o el 17) y


habitaba en la misma casa, en el mismo piso, frente por frente, el pintor Daniel
Vázquez Díaz. Se hicieron amigos. El arte los unió y el pintor sintió el deseo de
hacer un retrato al que ya era un compositor mundialmente conocido. Mi amigo no
gustaba de verse trasladado al lienzo pero, en su inmensa bondad, no se sentía
capaz de dejar defraudado a nadie, y se prestó a ello, y aquel pintor acertó con su
parecido.

En una ocasión que estuvieron juntos en Granada, antes de que Manolo se ins-
talase definitivamente en la ciudad de los cármenes, allá por el año 1919, tomó
varios apuntes de su cabeza para hacerle un retrato que terminó años después y
que realmente fue el mejor de los varios que le hicieron a mi amigo. Y eso que pin-
tores de fama mundial, como un Zuloaga y un Picasso, le hicieron posar. Mas nin-
guno tuvo el acierto de Daniel Vázquez Díaz, y por eso es el cuadro que más se
ha reproducido.

Manolo conoció en París a M. Sergei Diaghilev, del que ya hemos hablado, famo-
so bailarín de los Ballets Rusos y, como era tan amante del arte, se trataron mucho.
Triunfos apoteósicos obtenían por todas partes, pero la guerra, que fue tan nefasta
para la carrera de Manolo, perjudicó también a los Ballets Rusos.

Francia no podía pensar más que en músicas militares. Lo mejor de su juventud


estaba luchando en el campo de batalla, mientras la ville Lumiére oía las pisadas de
las tropas germanas que se acercaban.

El numeroso conjunto de los Ballets Rusos se encontraba en una difícil situación,


necesitaba actuar para poder sostenerse y se decidieron a venir a España como una
posible solución a su problema. Al llegar a Madrid, lo primero que hicieron fue visi-
tar a Manolo. Este no se encontraba en casa cuando fueron, y su hermana María
del Carmen los atendió mientras no llegaba. Por fin apareció Manolo y, con su ama-
bilidad proverbial, se ofreció a ayudarles en todo cuanto pudiera.

94
Sus gestiones dieron el resultado apetecido. Los Ballets Rusos llegaban precedidos
de mucho renombre y se encontraron aquellos «contratos» que tanto necesitaban.

Llegó el día del estreno en el Teatro Real y, agradecidos de la eficaz ayuda de


Manolo, le regalaron un palco para que llevara a quien quisiera, y una persona de
conciencia, menos delicada, no hubiera vacilado en llevar a su hermana, a la que
tan tiernamente amaba. Todo Madrid se preparaba para lo que era un verdadero
acontecimiento artístico y, aunque se hablaba algo de la ligereza de los trajes, que
ahora parecerían, no a mí, sino a la juventud, hasta ñoños, la generalidad opinaba
que, tratándose de arte, no hay que dar mucha importancia a esos asuntos, pero
Manolo...

Es posible que tuviera alguna duda, pensando que su hermana podía disfrutar con
un espectáculo, que realmente era maravilloso, pero si fue así, su conciencia recta
se impuso...

No pudo callar, sin embargo, el obsequio que le habían hecho y, con la franque-
za que le caracterizaba, dijo a María del Carmen:

-Tengo un palco para los Ballets Rusos pero ¡eso no es para ti!

Su hermana era como él, y no se empeñó en ir, como hubieran hecho otras en su
caso. Se conformó tranquilamente con la decisión de Manolo.

Y aquella noche, mientras el público madrileño veía por vez primera los Ballets
Rusos, que volvieron a renovar sus triunfos, María del Carmen permaneció en su
casa. Tal vez bullía ya en su mente el deseo de entrar en religión y aquello ¡no le
costó mucho trabajo!

En la vida de Manolo hay un acontecimiento muy triste: cuando se enfrentó con el


primer gran dolor de su existencia. Era un hijo buenísimo, y quería entrañablemen-
te a los que le dieron el ser.

Estaba en París haciendo una tournée, cuando su padre enfermó de gravedad. Fue
algo rápido y, aunque se apresuraron a avisarle, no pudo regresar enseguida.

Surgieron dificultades que le impidieron emprender pronto su viaje de regreso


como hubiera sido su deseo.

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Mientras, en el hogar de la familia de Manolo, transcurrian unos días muy tristes.
La madre también estaba enferma del hígado y su marido agonizaba en una habi-
tación contigua.

Los cuartos estaban aislados por puertas con cristales y, como no querían que
aquella se enterara del estado de su esposo, pues no estaba en condiciones de
levantarse, ni le convenían los naturales disgustos, pusieron papeles sobre los cris-
tales para que no pudiera ver lo que sucedía al otro lado.

Aquel matrimonio, tan unido en vida, estaba separado ahora, en los últimos
momentos del esposo amante, por las circunstancias. La enfermedad avanzó depri-
sa, implacable, y llegó la muerte.

El moribundo esperaba con ansia la llegada de su hijo mayor, Manolo, pero lo


aguardaba inútilmente. Sus ojos se cerraron para siempre, sin verlo aparecer.

Y mientras, Manolo, con la terrible angustia que le oprimía, no veía el momento


de encontrarse cerca de su padre. Desconozco si se sentía optimista, pero creo que
sí, por lo que supe después de labios de su hermana María del Carmen.

Cuando se abrieron las puertas del hogar familiar, de aquel piso que ocupaban
en Madrid, ya no estaban allí ni los despojos queridos de su padre, ¡Había llegado
tarde!

- No pudo avanzar, me dijo María del Carmen, y se quedó en el recibimiento, des-


plomado, sobre una silla, sin articular ni una palabra y se echó a llorar como un
niño. ¡Nunca le había visto llorar y aquello me impresionó, pues era muy duro para
el llanto!

Fácil es comprender la terrible amargura que sentiría aquel hijo amante cuando
supo de la primera gran pena de su existencia. Triste era ya perder a su padre, pero
lo era doblemente por no haber estado a su lado durante su enfermedad y en sus
últimos momentos.

Se había dormido en la paz del Señor, pues era un buen cristiano y eso era un
consuelo para su hijo, que también lo era; pero aquella pérdida le produjo un des-
garramiento de todo su ser. El sufrimiento empezaba a dejar su huella en la vida de
mi amigo Manolo.

96
Mas aquella pena no tardaría mucho en ser seguida de otra, que tal vez fuera aún
más amarga. La pérdida de su querida madre, aquella Jesusita Matheu, a la que
amaba tan tiernamente.

Fue en el año 1920; Manolo caminaba de triunfo en triunfo. Había sido llamado
a Londres para asistir al estreno de su obra El sombrero de tres picos. Mas, precisa-
mente, el día en que se iba a estrenar, recibió un telegrama, anunciándole la grave
enfermedad de su madre. No dudó un momento qué era lo que debía hacer. ¡Partir!

Todos sus anhelos de artistas pasaron a un segundo término. Su amor filial se


impuso y, rápidamente, hizo los preparativos para marchar.

Y aquella noche, cuando el público, arrebatado de entusiasmo, reclamaba la pre-


sencia del autor, Manolo triste, destrozado, se hallaba en el tren, sin pensar ya en
linsojeros triunfos.

El dolor le había sorprendido cuando esperaba enfrentarse una vez más con el
éxito, que ya no tenía ninguna importancia para él, cuando estaba temiendo perder
a su madre...

97
XII
ENAMORADO DE GRANADA
Manolo era un entusiasta de Granada. La había preferido a Cádiz que le vió
nacer, a Madrid, donde transcurrieron varios años de su existencia, a París que supo
de sus grandes triunfos.

Sentí que no hubiera venido a instalarse en su ciudad natal, en la que tenía bue-
nos y viejos amigos, mas prefirió refugiarse en aquel carmen oculto en la Alhambra
granadina para dedicarse por completo a la composición.

En una ocasión que fui a hacerle una visita, no pude por menos de preguntarle.
Sabía que ningún lazo familiar le unía a Granada.

-¿Por qué no volviste a vivir en Cádiz? Allí te hubiéramos recibido con mucho cariño.

-Demasiado lo sé, pero había algo que me atraía hacia aquí.

Guardó silencio. A su mente llegaban recuerdos ya lejanos. Evocaba tiempos


pasados en París. Allí, por vez primera, sintió despertar en su pecho el amor hacia
aquella ciudad española que oía alabar bajo un cielo extranjero.

Dejemos a Molina Fajardo que nos cuente en un artículo muy interesante, titulado
Llegada de Manuel de Falla a Granada, cómo se adueñó de nuestro paisano el
encanto de la ciudad de los cármenes.

«Existe un antiguo retrato de Manuel de Falla, dedicado a Angel


Barrios, en París, que lleva un grito autógrafo e ilusionante; «¡Viva
Granada!». Corría el año 1907, cuando el Trio Iberia triunfaba en la
exquisita Francia, y Albéniz, el fabuloso Isaac Albéniz recibía en su
admirable mansión a Barrios, Devalque y Bezunaltea, y sobre la parti-

99
tura de Triana que les dedicara, estampaba su emotivo «¡¡¡Viva
Granada!!!» con tres admiraciones.

Albéniz, en aquellas reuniones de finales de 1907, estaba ya gravemente enfer-


mo, y cuando los componentes del Trio lberia granadino fueron a visitarle, el gran
Isaac, enamorado eterno de la ciudad nazari, se echó a llorar, y su hija Laura le con-
soló con enternecidas palabras.

-No llores, que yo te llevaré a Granada.

Fue entonces, en tal época, cuando Manuel de Falla conoció a Angel Barrios, en
cualquiera de las veladas musicales en que éste tocaba admirablemente la guitarra,
en el piso de Albéniz, rememorando líricamente la Alhambra y el Albaicín granadi-
no. Laura Albéniz, tan poderosamente bella, servía unas copas de manzanilla anda-
luza, y su padre confesaba que su inspiración sobre temas granadinos se debía a
haberse asomado largamente al «cielo bajo», a esa maravillosa visión láctea que se
percibía acodado en el largo pretil del Cubo de la Alhambra.

Falla aprendió allí, entre Albéniz y Barrios, a enamorarse de Granada, de la


Granada de los amplios silencios y de las melodías intraducibles. Y así, cuando
regresó de Francia, en plena guerra europea, cuando se asque6 del ambiente musi-
cal madrileño y perdió tan aceleradamente a sus padres, la vieja y grata visión se
hizo en él una obsesión radiante, y quiso probar, en una breve estancia, lo que
podría ser su vida granadina. Para ello, recordó a su antiguo amigo Angel Barrios.

Y Manolo decidió ir a pasar una temporada a Granada. Entre él y Barrios se enta-


bló una correspondencia que trataba de aquel viaje que le atraía. El hombre prác-
tico le preguntó sobre los precios de alojamientos modestos. No podía permitirse el
lujo de grandes hoteles pero, por supuesto, tenía que ser en la Alhambra, y también
se interesaba por una epidemia de tifus, de la que se hablaba y que esperaba que
fuera una falsa alarma.

Y por fin llegó el momento de realizar lo que constituía para Manolo una gran ilu-
sión. En una carta fechada en Madrid el 7 de Septiembre de 1919, dirigida a Angel
Barrios, decía así:

«Mi querido amigo: Decididamente, saldremos de Madrid (mi her-


mana y yo) en el Correo del próximo miércoles, haciendo el viaje por
Moreda, y llegando a Granada, Dios mediante, el jueves a las tres de
la tarde.

100
Vienen con nosotros Vázquez Díaz (pintor muy notable, cuyo nombre
le será conocido), su señora, y un niño, de ambos. Así es que le agrade-
ceré mucho, haga el favor de retener en la Pensión Alhambra, a más de
nuestras dos habitaciones, una más, con dos camas para esos amigos».

Y como postdata, terminaba diciendo: «No necesitaré piano en la pensión».

Y Manolo conoció aquella Granada, de la cual estaba enamorado antes de verla.


No le defraudó. Todo lo contrario. Aquellos días pasados en los bosques de la
Alhambra, le decidieron a instalarse definitivamente allí.

No podía encontrar otro lugar más apropiado para dar suelta a su inspiración y,
cuando se alejó de Granada, se despidió de ella con un «hasta pronto».

Mas aún, tardó algunos meses en poner en práctica aquella idea que llevó a
Madrid prendida en su mente. ¿Qué le detendría? ¿Dudas?... ¿Dificultades?...

Lo ignoro, pero, por fin, llegó el día en que volvió a escribir a su amigo Ángel
Barrios, al que, por lo visto, había escogido para aposentador. Con fecha 30 de
Junio de 1920, le daba instrucciones precisas sobre lo que quería.

«Desearíamos una casa con pequeño jardín y buenas vistas. Sitios:


Alhambra, Generalife, Carrera del Darro, Albaicín, Vistillas. Si buena-
mente encuentra algo, le ruego me lo diga. De todos modos, dentro de
ocho o diez días, saldré, Dios mediante, para Granada, y luego, cuan-
do encuentre casa, vendrán mis hermanos con los muebles, pues mi
objeto es vivir en ésa, la parte del año que no tenga que estar en el
extranjero».

Y Manolo encontró lo que deseaba. Aquella casita de la Antequeruela con sus


rejas floridas, con su patio, en el que cantaba una pequeña fuente, con sus muros
blanqueados de cal...

Nuestra ciudad marinera le vió nacer, pero mi amigo Manolo se buscó una segun-
da patria chica en aquella Granada, la que siempre quedará unida a su nombre.

Por fin se encontraba Manolo en Granada, ya no estaba solo en Madrid. Ahora,


acompañado de su hermana María del Carmen, que providencialmente iba a ser la
compañera de su vida, y quien cerrara sus ojos en Argentina, se dedicaría con todo
su habitual entusiasmo a la composición. ¡Granada! Allí había gitanos, un Albaicín,

101
ríos de nombres árabes, cármenes con flores y una sierra nevada. ¿Cómo no inspi-
rarse en aquellos rincones?

Manolo deseaba trabajar en silencio para no oír más que la voz de su propia ins-
piración, oírse a sí mismo; apetecía de aquellos soberbios panoramas, horizontes;
claros amaneceres, bellos crepúsculos, la blancura de la nieve y el paso tardo de los
borriquillos que van por agua a la Fuente del Avellano. ¡Y las zambras gitanas, y los
rasgueos de la guitarra!...

102
De izquierda a derecha: Francisco García Lorca, Antonio Luna, Mª del Carmen de Falla, Federico
García Lorca, Wanda Landowska, Manuel de Falla y el Doctor José Segura en Granada.
XIII
EN ANTEQUERUELA II
La casita situada en la Alhambra, muy cerca de la famosa finca de los Mártires,
era el sitio ideal para un artista, lejos de los ruidos de la ciudad. La había converti-
do en un templo donde pasaba días y días dando a luz aquellas obras inmortales
que pasearon por medio mundo de triunfo en triunfo, y aún continuarán en los pro-
gramas de concierto con la frescura de entonces.

Manolo mismo, en sus declaraciones publicadas en la revista Excelsior en 1925,


reconocía lo que para él significaba Granada:

-Granada es mi lugar de trabajo,-dijo- pero yo viajo demasiado desgraciadamen-


te, y viajando pierdo el tiempo.

En aquel carmen fue a encerrarse Manolo con su hermana María del Carmen. Ésta
continuaba soltera. Aunque pensó, en alguna ocasión, hacerse religiosa salesa, no
llegó a llevarlo a cabo, y nunca dijo los motivos que la hicieron desistir.

Con su sonrisa, que irradiaba bondad, hablaba de que era «muy mala para ves-
tir un hábito de monja», mas los que la conociámos, sabíamos muy bien que era sólo
un pretexto.

Es muy posible que, a pesar de no haber querido confesárselo ni a ella misma, lo


cierto es que vió que aún le quedaba por cumplir una hermosa misión al lado de su
hermano.

Manolo no se encontró solo en su retiro granadino. Tuvo a su lado a María del


Carmen, su hermana menor, que le quitó todas las complicaciones domésticas y fue
para él una compañera, una ayuda.

105
Manuel de Falla fotografiado por su amigo, el fotógrafo granadino Rogelio Robles Pozos en el car-
men de la Antequeruela en 1924.
La vida de mi amigo era sumamente metódica. No era hombre que gustaba de
muchos cambios, de muchas novedades, de muchas diversiones. Se bastaba él solo.
Le bastaba su música.

No se levantaba tarde, pero echaba mucho tiempo en arreglarse. Seguramente,


su espíritu no estaba a veces en lo que hacía. Aunque él nunca me lo dijo, pienso
que tal vez durante la noche oía las armonías que despues, durante el día, llevaba
al pentagrama.

Por la mañana, daba un paseo bajo las alamedas umbrosas de la Alhambra.


Lentamente, sus pies iban recorriendo aquellos caminos, mientras sus oídos escu-
chaban el ruido cantarillo del agua.

Es difícil encontrar un sitio más a propósito para inspirar a un poeta, a un músico


o a un pintor. Los sultanes árabes escogieron bien el lugar de su residencia. Esa coli-
na granadina se convirtió en una especie de maravilloso Edén.

Manolo se sentía feliz en aquel ambiente tan propicio, y que era como una espe-
cie de continuación del pequeño jardín de su casa. En sus paseos solitarios, prepa-
raría el trabajo del día: pensaba y soñaba...

Algunas veces se encontraba con alguno de sus amigos y, entonces, su mudo


monólogo se convertía en diálogo. Huirían los pájaros de su inspiración para aten-
der amablemente al que llegaba, pues era persona de una educación exquisita.

Regresaba a su casa. Se acercaba la hora de almorzar, como decimos los gadi-


tanos, y Manolo disfrutaba de un buen apetito. Mas no era difícil, ni necesitaba de
un magnífico cocinero.

Le gustaba comer siempre lo mismo. Un plato de sopa, un huevo, y un bistec.


Seguía fiel a las costumbres de su ciudad natal, pues recuerdo que, durante años y
años, eso era lo que se tomaba en todos los hogares. Lo único que faltaba en su
menú era el suculento cocido gaditano, la berza, que ignoro por qué lo suprimía.

Después de comer, durante todo el año, dormía la siesta, y al despertarse empe-


zaba a trabajar sin descansar más que breves intervalos para tomar una merienda,
y luego para cenar.

Antes de escribir se ponía al piano. Sus dedos, ágiles, corrían sobre las teclas y,
entonces, se hacía sonido toda la inspiración que bullía en su mente.

107
Tocaba y volvía a tocar, y después ponía en orden toda aquella melodía. El pen-
tagrama se llenaba de corcheas, semicorcheas, especie de moscas colocadas sobre
sus líneas.

Y mientras Manolo escribía con su gran modestia, ignoraba que estaba compo-
niendo una música que llegaría a ser famosa. Nunca presumió de su arte.

Me contaba su hermana María del Carmen que, cuando le elogiaban, siempre


tenía la misma contestación:

-¡Eso es un don de Dios!

Nadie como él se sintió instrumento del Divino Hacedor, y procuró con mayor
ahínco hacer fructificar los talentos que tan pródigamente le regaló.

Por eso, escribía incansablemente y, no pensaba, en obtener una fortuna.


Ignoraba lo que era el mercantilismo, y sólo era fiel a una vocación que le había
sido trazada desde lo alto.

En aquellos tiempos, su arte estaba muy lejos de representar una verdadera rique-
za. Como tantos otros, hubo de morir para que sus obras se cotizaran más...

No obstante, entonces vivía decorosamente, gracias a su trabajo. No precisaba


muchos recursos pues, tanto él, como su hermana María del Carmen, tenían gustos
sencillos y les bastaba lo que ganaba para cubrir todas sus necesidades.

Y así pasaban los días tranquilos, sin complicaciones. Los domingos solía bajar a
la ciudad a oír misa. Un buen amigo, de los muchos que tenía, le enviaba su coche.
Lo agradecía, pues las misas en Santa María de la Alhambra eran a una hora tem-
prana y, como ya hemos dicho, tardaba tiempo en hacer su toilette.

Los dias festivos los dedicaba al descanso y a recibir a sus amistades. Los hombres
subían al sancta sanctorum de Manolo, que era cuarto de estar, despacho, estudio y
donde, colocado en un sitio de honor, estaba su piano.

Las señoras se quedaban en el piso bajo, de tertulia con María del Carmen, pues
tenía dos la casita, y así, pasaban agradablemente la tarde. Sólo se reunían cuan-
do el que consideraban como maestro se ponía al piano. Para ellos, serían proba-
blemente las primicias de sus obras, y aquel pequeño grupo de hombres y mujeres

108
eran una avanzada del público que después llenaría los grandes coliseos, las salas
de concierto.

Allí resonarían tal vez los primeros compases de su Atlántida, que fue el sueño de
su vida, de El retablo de Maese Pedro y de otras composiciones.

Tocaba para sus amigos y para él en aquellas tardes dominicales, agradable solaz
para el artista y para todos los que tenían la suerte de escucharle.

Una vez que fui a ver a Manolo, recuerdo que no sé cómo, en el curso de la con-
versación se lamentó de la humedad de su casita.

-Tendríamos que poner un zócalo de azulejos, pero eso es algo muy costoso. Sin
embargo, hay que pensar qué hacemos.

-Podrías ponerle un zócalo con esteras -le propuse - como he visto en alguna parte,
pues también son buenas para evitar la humedad y no resultan costosas. ¿Por qué
no probáis?

Sé que siguieron mi consejo y, años más tarde, me contaba María del Carmen que
buscaron en un anticuario unos clavos grandes, cómo los de las puertas de las igle-
sias, y quedó perfectamente. De una manera muy sencilla se había resuelto un pro-
blema, y la habitación quedó muy bonita.

En una ocasión, una hermana mia visitó a Manolo en su carmen granadino, acom-
pañada de su marido y de su hija. Hablaron del concierto que daban aquella noche
en el Palacio de Carlos V y en el cual se iba a estrenar una obra moderna que, creo
recordar, era de Ravel.

Mi hermana le preguntó a Manolo si pensaba asistir.

-No me interesa oírla, pues la conozco ya -le contestó.

-¿Dónde la has oído?- preguntó mi hermana.

-No la he oído -indicó Manolo- pero la he leído, y con eso me basta.

109
Aquellas palabras impresionaron a mi familiares, y se llenaron de asombro cuan-
do aquella noche escucharon la obra, que encontraron oscurísima y dificilísima de
interpretar y entender.

Y sin embargo, para Manolo, el jeroglífico era sencillísimo de descifrar, y le bastó


ver la partitura para escuchar, allá adentro, las armonías, que pienso no le resulta-
rían muy admirables, cuando no sintió la tentación de desplazarse al Palacio de
Carlos V para oírlas, interpretadas por una buena orquesta.

Manolo no dejaba de salir temporalmente de su retiro, reclamado por algún


empresario para dar conciertos. Generalmente, solía ir una vez al año a Madrid
pero, apenas cumplía sus compromisos, volvía a Granada para seguir escribiendo.

En cartas suyas que guardo en mi archivo, me anuncia sus frecuentes salidas para
París, Londres o cualquier otro lugar con el objeto de dar recitales de música.

De uno de ellos se conserva una anécdota. Un famoso violinista le pidió que le


acompañara, y Manolo, siempre presto a complacer a sus amistades, accedió a sus
deseos.

Tuvieron varias actuaciones, y una, en el Palacio Real, donde Manolo tocó como
acostumbraba, maravillosamente. La Reina Cristina disfrutó mucho oyendo a aque-
llos dos admirables artistas, pero hubo algo que le sorprendió y se lo dijo sencilla-
mente a Manolo.

-Lo que más me asombra es como mueve los pedales. ¡Es algo maravilloso!

Y así era en efecto. No fue sólo la Reina Cristina quien elogió la forma de mane-
jar los pedales. Era una de las características que destacaban en Manolo, que toca-
ba de una manera prodigiosa.

La vida transcurría tranquila, mas un día, Manolo, en su carmen, tuvo un accidente


que dejó rastro en su existencia.

Acababa de comer y subió a sus habitaciones para enjuagarse la boca. Era un


acto corriente, y que parecía imposible que tuviera malas consecuencias.

Pero, indudablemente, durante la comida se había desprendido un garfio que


tenía en la dentadura y, sin darse cuenta, al enjuagarse se lo tragó.

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Aquello lo desgarró interiormente y le produjo una hemorragia. Acudió el doctor,
pero el daño estaba hecho. Sus remedios no pudieron curarle por completo.

La salud de Manolo se resintió y, aunque se puso mejor, nunca se encontraba


completamente bien.

-Aquel garfio -decía más tarde María del Carmen- influyó en su muerte, aunque
acaeció muchos años después; pero nunca volvió a estar como antes... ¡Aquel dicho-
so garfio...!

111
XIV
¡MI CHARLA CON MIGUEL CERÓN!
Manolo rindió culto a la amistad y allí, en Granada, donde vivió más de veinte
años, encontró un grupo de amigos verdaderos. Algunos duermen, como él, el sueño
eterno, Aquel Perico Borrajo, Pepe Segura, Luis Aguilera... Otros, en cambio, viven
aún y su recuerdo perdura en ellos, y yo he querido conocer detalles de la boca de
algunos de los que tuvieron con él mayor intimidad: Don Miguel Cerón.

Le vi por vez primera con ocasión de un gran acontecimiento. Vino a Cádiz para
asistir al estreno de Atlántida y, entonces, deseé que nos reuniéramos para charlar
un rato, mas se me escapó como una anguila.

Años más tarde se disculpó por haberse portado conmigo, según sus propias pala-
bras, «como un bellaco».

Aquel día- me dice en una de sus cartas- me puse de pésimo humor, después de
contemplar el mausoleo que machaca los huesos - ya que no el alma- del que se nos
fue para siempre.

Pero Don Miguel Cerón, hombre amable si los hay, se ha dejado por fin atrapar
por mi, aunque al principio se resistió. Tenía sus motivos, y entre ellos, uno que dijo
con toda confianza:

-Mi escaso anecdotario sobre Don Manuel, lo han agotado buenos amigos míos,
tanto mas cuanto que su vida carece de las peripecias y el pintoresquismo que aure-
ola la de otros artistas. Y porque la suya, tan metódica, sencilla e igual, la vivió
hacia dentro, se han escrito tantas majaderías sobre su persona.

Mas, sin embargo, Don Miguel tiene la seguridad de que mis memorias serán res-
petuosas, sobrias y sinceras y por eso, venciendo su natural repugnancia a remover
el pasado del amigo querido, se ha prestado a contestar a mis preguntas.

113
-¿Cómo conoció Vd. a Falla? - le pregunté.

-El Centro Artístico dió a Falla, la primera vez que vino a Granada, una merienda
espiritual y espiritosa en el carmen de Puerta Morayta . ¡Allí le vi y ya está! Poco
tiempo después, cuando se trasladó definitivamente aquí, me lo encontré una tarde
sentado en un poyo del primer paseo de la Alhambra, y acompañado por Ángel
Barrios, a quien llamábamos entonces Pico reondo. Me lo presentó. No le llamé
maestro, ni le hablé de música.
-¿Vas pa arriba? - me dijo Ángel.
-Sí.
-Pues te acompañamos. Y llegamos a la casa de Don Manuel, de donde no salí
hasta después de haber cenado. Vaya usted a saber el porqué de estas amistades.
-¿Cual fue la parte principal que tuvo Falla en el Concurso de Cante Jondo? - inquirí.

-¿Le parece poco el haberlo apoyado con el gran prestigio de su nombre?


Indudablemente, Falla sentía mucho entusiasmo por el cante jondo y eso le llevó a
organizar aquel magno festival que ha quedado en la historia.

Calla. Su modestia le impide decir la parte tan importante que a él le cupo.


Manolo era un genio, pero su timidez asombrosa le inhabilitaba para tocar el
bombo y los platillos. Necesitaba de alguien, y ese fue Don Miguel, y éste, para evi-
tar tal vez más preguntas sobre ese tema, empieza a contarme otros detalles.

-En los dos meses que precedieron a la celebración del Concurso, nos dedicamos
a la búsqueda de cantaores no profesionales. A decir verdad, ese nos es improce-
dente, porque el buscador era Don Manuel Jofré, genial guitarrista amateur y gran
amigo mío. El nos los fue presentando uno a uno, después de sacar de sus ocultas
madrigueras a aquellos seres taciturnos y raros (Ninguno quiso tomar parte en el
Concurso). También era él quien, en las reuniones que a tal fin celebrábamos, acom-
pañaba con su guitarra a éste o aquél cantaor. En sucesivos días fueron desfilando,
un matutero retirado, cuyo nombre olvidé, Paquillo, el del Gaz, gran seguiriyero, y
tío de Frasquito Yerbagüena, inventor de la media granadina y algunos más,

Hace una pausa, y no me atrevo a interrumpirle; luego continúa.

-Una noche, oíamos cantar soleares a un viejo sombrerero de tula y plancha, y algo
sordo, que se llamaba Crespo. Debo subrayar, para que se entienda lo que sigue,
que irradiaba su persona tal halo de bondad, de hombría de bien y nobleza, que

114
toda sospecha de mixtificación no hubiera podido concebirla más que un memo. Tal
vez contribuyera su sordera a la impresión que nos causaba. La expresión de ausen-
cia y lejanía, proverbial de los sordos, punteaba el diálogo con grandes pausas.
Como siempre, estábamos reunidos sólo cuatro o cinco amigos. Entre ellos, uno - que
entonces lo era de todos nosotros y de Falla también, catedrático y ministro luego-
se le ocurrió hacer una ingenua pregunta a Crespo, en el intervalo de uno de aque-
llos silencios: - ¿En qué piensa usted cuando canta? Y fue, la respuesta, digna de
perpetuarse en bronces. «Mujeres... penas... Cuando se me murió mi hijo... que era
lo único... que me quedaba en el mundo... mi compadre Gálvez... y yo... cantamos
por siguiriyas».

Y cuando se extinguió el eco de sus últimas palabras, Falla, que le había escu-
chado, pálido, inmóvil, con semblante de piedra, en el que sólo sus ojos brillaban
como acero, inclinó la cabeza y santiguóse con asombro... Tras un larguísimo silen-
cio nos despedimos unos de otros... y nos separamos pensativos.

-¿Quedó contento Manolo con el Concurso? Era persona muy exigente - comento.

-A decir verdad -contesta Don Miguel - el Concurso en sí no resolvió gran cosa,


desde el punto de vista de sus fines, ni desde el ángulo del arte puro. Poquísimos se
dieron cuenta de ello. Y menos, todavía, los grandes críticos, artistas y escritores
venidos de todas partes a la llamada prestigiosa de Falla. Aquellos ilustres extran-
jeros parecían enajenados y auténticamente llenos de asombro ante tanta belleza y
exotismo. Don Manuel, entre tanto, se limitaba a sonreír... la procesión andaba por
dentro. Al único cantaor puro, el viejo Bermúdez, me lo emborracharon los mala-
sangres de los otros concursantes, antes de comenzar su actuación. Cuando empe-
zó a cantar aquellas maravillosas soleares del Silverio, «Correo de Velez»... «Como
el correo de Velez»... Y otra vez «Como el correo de Velez... » Y así, repitiéndose,
no sé cuantas veces, sin salir del primer tercio. Pero, como nadie entiende de cante
jondo, le aplaudieron a rabiar.

-Me figuro que obtendría un premio el viejo Bermúdez -indiqué.

-Entonces era conocido por El Tenazas y ahora le llaman Dieguito el de Morón.


Con los cuatro cuartos del premio que ganó (en el año 1922, eran dinero) se dedi-
có a vivir a lo príncipe, hospedándose en la Posada de las Tablas. Allí permaneció
unos meses en espera de que la firma Odeón decidiera pagarle por la grabación de
sus discos algunas pesetillas, que Falla y yo le estábamos gestionando. En el entre-
tanto, subía todas las tardes a mi estudio (por aquellos tiempos me dió por la escul-
tura) y mientras yo modelaba, él, de vez en cuando, se arrancaba a cantar. Era El

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Tenazas (que Dios tenga en su gloria) bajito y enjuto de cuerpo, con cara de pocos
amigos y más serio que un ajo. Le quedaba un solo pulmón, porque el otro, allá en
su juventud se lo partieron de una «puñalá». En fin, que en lo tocante a físico y con
ochenta años a cuestas, era la contrafigura de Don Juan. Pues bien, una tarde, mien-
tras contemplaba en silencio, como yo andaba a vueltas con el barro, empezó a
decirme, tímidamente y a media voz: «Me he salío de la Posá... y he alquilao en el
Realejo un cuarto... porque me he juntao con una mujer. Ante mi gesto de estupor
añadió: "No, No, Ná... Es pa que me avíe el puchero". Unos días después conté
esto a Falla, y aún recuerdo como se reía. Con aquella risa suya que apenas hacía
ruido pero, que en el tímpano de mi espíritu resonaba como una catarata. ¡Para que
digan que estaba siempre obsesionado con el morire habemus! ¡Como si la alegría
no fuera un regalo de Dios!

Aquella salida del viejo cantaor me hizo a mi también mucha gracia y tuve que
tardar un rato antes de hacer una nueva pregunta a Don Miguel. Por fin, volví a
interrogarle.

-Me han dicho que un grupo de los amigos de Manolo se dedicaba a hacer repre-
sentaciones teatrales para entretenerse. ¿Dónde las hacían? ¿Quiénes eran los
improvisados actores?

-Le han informado a usted mal sobre eso de represetaciones teatrales. Lo siento. Lo
único fue lo que Federico García Lorca se inventó: Los títeres de Cachiporra, espe-
cie de guiñol primitivo o, hablando con más exactitud, lo que el buen pueblo -y yo
también- llamábamos el Cristobica. Las funciones se daban en la casa dónde vivía
con sus padres, Lorca, en la acera del Casino. El escribía las farsas con el enorme
ingenio que siempre tuvo; imitaba con gracia inimitable las distintas voces: gango-
sas, chillonas o broncas, y le ayudaban a mover los hilos de los fantoches, su her-
mano Paco y su hermana Concha. ¡Quién sabe si entonces concibió Falla la idea de
El Retablo de Maese Pedro

-¿Eran entonces amigos García Lorca y Manolo?

-Sí, aunque Federico era mucho más joven que Falla. Entonces Federico no se
había dado a conocer todavía y su nombre sonaba sólo entre amigos. Falla, aun-
que nunca mostraba gran entusiasmo por nadie, intuyó el genio de Lorca y juntos
trabajaron en el montaje de algunas piececillas de guiñol. Una vez, Federico conci-
bió la idea de alquilar unos murguistas:; músicos callejeros que existían entonces en
Granada y se dedicaban a echar serenatas las vísperas de las onomásticas a los

116
notables de la ciudad. Pues bien, con ellos, una noche, el 31 de diciembre, pensa-
mos darle una serenata a Falla en la madrugada del día de su santo. Dicho y hecho.

Mientras unos se lanzaban a la búsqueda de los murguistas (corneta, bombardi-


no, trompeta y trombón), Federico preparaba las partichelas sobre el papel de car-
tas del café donde estábamos. Nuevamente reunidos y después de un brevísimo
ensayo, nos trasladamos a la Antequeruela... Todos nos acercamos en silencio,
andando de puntillas. De pronto aquellos cobres abollados estallaron en indescrip-
tible explosión de aullidos y berridos infernales que Federico dirigía con un bastón
bajo el frío glacial de las estrellas. Falla nos dijo después que había sido la inter-
pretación más genial e impresionante de La danza del Fuego que había escuchado
en su vida.

-Tenían ustedes buen humor - comento, divertido de aquellas ocurrencias - y tam-


bién lo tenía Manolo, cuando soportaba esas bromas-. Y después de unos momen-
tos de silencio, me atrevo a preguntar de nuevo: -¿No podría contarme una última
anécdota de la vida de mi amigo?

-Llevaba Falla varios días en Sevilla cuando llegué para asistir al estreno de El
Retablo de Maese Pedro. No estuvimos juntos aquella tarde más que un momento.
Cuando por la noche, después de la audición, salí del teatro, -sin intentar verle- me
dediqué a divagar por las solitarias y silenciosas calles de Sevilla, y así, me estuve
hasta el alba. Como había salido de Granada muy temprano y estaba cansado,
decidí meterme en la cama. Pero cuando empezaba a coger el sueño, oí con sobre-
salto un ruido extraño. En el cuarto contiguo, separado por una puerta de tiritaña,
habían encendido la luz. Y entonces percibí claramente el chucu-chucu del vecino,
que se estaba cepillando los dientes, o se los estaba haciendo polvo, según lo que
sonaba. Luego del restregamiento, le tocó el turno a la garganta, glú-glú, y vengan,
uno tras otro, interminables gargarismos. Ya duraba una hora el concierto, cuando
le llegó el turno a la nariz. Sorbetones, resoplidos y estornudos. Todo aquello no me
hubiera impedido dormir, tan cansado estaba, a no ser porque, cada dos o tres
minutos, volvía a despabilarme el estruendo que producía cada buche de agua, al
precipitarse sobre el fondo de una cubeta de latón.

-¿Quién podría ser ese vecino?- le pregunté. Y don Miguel, me contestó sonriente:

-Lo que menos podía imaginarme es que fuera Falla quien hiciera aquellos ruidos
y a aquellas horas. Por entonces no conocía yo su estrafalario repertorio sobre reglas
de higiene.

117
Después de una pausa continuó

-Apenas me quedé dormido, vinieron a despertarme, porque Falla me estaba espe-


rando para desayunar. En lugar de felicitarle por el éxito de la noche anterior,
comencé a despotricar y todas las personas que estaban reunidas con Falla, unáni-
memente, me daban la razón. Lo que dije, no lo recuerdo exactamente, pero sí
haber llamado al de las gárgaras «ese tío imbécil». Cuando terminé la perorata, con
el aplauso de la concurrencia, Falla, que estaba de buenísimo humor, retozándole
la alegría en los ojos, empuñando como una batuta un canuto de tejeringos (que
mandó traer, porque sabia me gustaban mucho) terminó el acto con estas palabras:
«Bueno, querido Miguel, perdóneme usted, porque ese tío imbécil que no le dejó
dormir, soy yo». Y, ante la confusión de los reunidos, introdujo seguidamente el teje-
ringo en el café con leche.

Mis carcajadas ponen un colofón a la graciosa anécdota, en la que aparece toda


la bondad de mi querido Manolo. Don Miguel Cerón me ha hecho un gran favor
haciéndome conocer detalles de su vida, y le doy las gracias efusivamente.

Tuvo la suerte de ser amigo de Manolo y de conocer palmo a palmo su vida duran-
te los años que habitó en Granada; pero también creo que Manolo tuvo una gran
suerte con encontrarle a él, porque quién halla un buen amigo encuentra un tesoro,
y Don Miguel me hace el efecto que es oro de ley.

118
XV
JOSÉ SEGURA Y SUS HIJAS
Manolo solía escribir sus cartas a mano, mas llegó un momento en que su corres-
pondencia y sus asuntos profesionales habían aumentado tanto, que hicieron nece-
sario buscar alguien que le ayudara y desempeñara el cargo de secretario. No le
fue difícil; uno de sus buenos amigos, de los muchos que tenía en Granada, se pres-
tó a ello. Se trataba de Don José Segura, catedrático de la universidad de aquella
ciudad.

A tout seigneur, tout honneur se podría decir. Tal vez, desde entonces, empezaron
a llegarme sus cartas escritas a máquina, aunque ignoro si él sería quien lo hiciera,
mas no lo creo, aunque a mi no me dijo nada.

Sin embargo, sé que a su buen amigo Miguel Cerón, cuando en los últimos años
de su estancia en Granada, le escribía, siempre empezaba la carta con la siguien-
te frase sacramental: «Perdone usted la maquinaria».

Manolo simpatizó, desde el primer momento, con la familia de su secretario, y si


bien no salía mucho de su casa, y menos a comer con otras personas, hacía algu-
nas veces una excepción; en esas ocasiones, mi amigo no iba nunca solo, pues le
acompañaba su hermana María del Carmen. Los dos hermanos pasaban unas horas
agradables en el hogar de Don José Segura cuando se les invitaba.

Era la mujer de su secretario Carmen Morales, una distinguida dama granadina


que sabía hacer bien las cosas; pero también sabía que no podía tirar la casa por
la ventana cuando iban los Falla; les hubiera disgustado profundamente y, por eso,
evitaba poner manjares que fueran costosos y elegía platos sencillos. En lo que
había de poner un gran cuidado era en que todo estuviera reluciente de limpio,por-
que Manolo era muy aprensivo y escrupuloso.

119
Mi amigo tomaba poca parte en la conversación cuando se tocaban esos temas
superficiales, tan frecuentes entre mujeres, mas cuando se trataba de asuntos serios
se desataba su lengua y resultaba francamente ameno. Se encontraba feliz cuando
estaba entre amigos, y la familia Segura era muy querida para él.

En general, era cariñoso con los niños, pero con los hijos de aquel matrimonio, lo
era en extremo y tomaba todo lo que les sucedía como propio. Aceptó ser padrino
de uno de ellos, que recibió el nombre de Manolo, y aquel chiquillo, cuando fue ya
hombre, eligió la «mejor parte» según la frase del Evangelio, entrando en la
Compañía de Jesús y hoy es, Provincial del Paraguay.

Las hijas del secretario de Manolo, Rita y Concha, desde muy pequeñas, pasaban
largos ratos en el carmen y ayudaban a María del Carmen en muchas ocasiones,
pues solía padecer crisis doméstica.

A pesar de la bondad de los habitantes de aquel hogar, rara vez tenían el servi-
cio completo, quizás por el aislamiento en que vivían o por el horarío tardío de sus
comidas, especialmente de noche, en que lo hacían a horas avanzadas. Es verdad
que les visitaban algunos amigos que nunca tenían prisa por irse, y se prolongaban
aquellas veladas. El resultado era que María del Carmen llevaba en muchas oca-
siones el peso de la casa, y agradecía a aquellas chiquillas amables que le descar-
garan un poco de su tarea.

Muchas veces, alguna de ellas era quien llevaba a la habitación de Manolo su


merienda pero, además de esta ayuda que prestaban a María del Carmen, hacían
otros encargos, pues solían ser las distribuidores de aquellas limosnas que tan pró-
digamente repartía Manolo que, como se sabe, sólo se reservaba lo indispensable
para vivir con mucha austeridad.

Rita y Concha llevaban a los pobres y a algunas monjitas de clausura todo cuan-
to les entregaba mi amigo y, por cierto, que las del convento de Santa Catalina
obsequiaban a Manolo con unas riquísimas empanadillas.

José María Pemán, otro famoso gaditano, tomó una tarde en casa de mi amigo
esas empanadillas con una copita de vino dulce, e hizo un comentario.

-Aquí se merienda, como en Cádiz, en 1800.

120
Manuel de Falla con José María Pemán en Granada el 28 de septiembre de 1937.
Manolo era muy hospitalario y procuraba atender a los que llegaban a visitarle.
En una ocasión se le presentó la princesa de Polignac. Tal vez quería hablar con él
de El Retablo de Maese Pedro, que más tarde se estrenó en su palacio de París, ya
que fue escrito, precisamente, por encargo de ella.

Manolo que no tenía noticias de aquella visita, dejándose llevar de su amabilidad,


sin consultar con María del Carmen, la invitó a que se quedara a comer.

Su hermana se apuró; de haberlo sabido con anticipación, hubiera preparado una


comida mejor, pues la que había era bastante sencilla: patatas guisadas y un plato
de carne. Creo, que en su interior, deseó que la Princesa rehusara, mas ésta no dudó
en aceptar la invitación y, seguramente, aquellas «patatas viudas» le supieron mejor
que los delicados manjares que comiera en su residencia de París, por el hecho de
tomarlas en compañía del insigne maestro, al que admiraba tanto.

Pero no siempre llegaban visitantes de categoría al carmen granadino; los pobres


conocían muy bien el camino que a él conducía, y sabían que serían atendidos.

En una ocasión, llegó un hombre quejándose de dolor de cabeza, y el propio


Manolo, dejando sus tareas, bajó a ocuparse de él, y después de hacerle sentar, no
se contentó con darle una limosna; hizo algo más: Le entregó una tableta de aspiri-
na para que se aliviara de su dolor, explicándole cómo le sentaría mejor.

- Conviene no tomarla con el estómago vacío -le aconsejó- y con un poco de limón.

Y así, con unos y con otros, con infinita paciencia. Para todos tenía una buena
palabra, y siempre estaba presto a dar su ayuda a los que acudían a él.

Una vez, a uno, que le admiraba mucho, se le ocurrió decir:

-Quién tuviera veinte duros para no tener necesidad de trabajar, y poder vivir al
lado de usted.

Mas Manolo aprovechó la coyuntura para darle una lección.

-Por mucho que se tenga, siempre es preciso trabajar, si no para uno, para los
demás.

Y allí, en su carmen granadino, vivía en un ambiente austero como si fuera un


monje. Pero, aunque todo era sencillo, había en lo que le rodeaba una gran distin-

122
ción, y es que según frase suya: "Hay que tener mucho cuidado con el mal gusto
que es la fuente de los pecados ocultos"

En las noches veraniegas, solía sentarse en un banco, en aquel jardín, que era
como un balcón abierto sobre la vega. Un farol colocado en la estrecha calleja,
sobre el muro del carmen, le daba de lleno en la cara, y María del Carmen, para
evitarle esa molestia, le hizo una pantalla.

Y sus amigos, cuando algunas noches iban a visitarle, decían al acercarse:

-¡Ya está allí la luz verde!

Un día, Rita y Concha fueron encargadas de una delicada misión por parte de
Manolo. Los chiquillos del colegio de Ave María se dedicaban a ensayar sus instru-
mentos musicales a las once de la mañana. Los agudos sonidos de las trompetas lle-
gaban hasta el carmen, y Manolo no podía trabajar. Al principio procuró tener
paciencia, mas todo tiene un término en este mundo y también su paciencia se
agotó.

-Agradeceré que vayáis a ver al Padre Manjón -dijo a las chicas- y le pidais, de
mi parte, que sus alumnos no toquen la trompeta a esa hora -y subrayó este ruego
con una frase que usaba mucho. -¡Eso es diabólico!

El encargo se cumplió, y mi amigo tuvo la satisfacción de no verse molestado por


aquel improvisado concierto que atacaba sus nervios y le impedía componer.

Otra vez, cuando las chicas ya eran mayores, surgió otro conflicto, La compañía
de electricidad puso un cable que cortaba la vista del maravilloso paisaje que se
contemplaba desde su carmen. Manolo era muy sensible, y cualquier cosa constitu-
ía para él un serio problema. Aquel cable lo fue efectivamente, pues el director, al
que acudieron, no se mostró al principio muy conforme en complacerle; era nece-
sario para el servicio.

Mas, aunque no accediera inmediatamente, los deseos de mi buen amigo Manolo


llegaron un día a verse cumplidos, y su vista no tropezó con aquel antiestético obs-
táculo que afeaba aquel paisaje que tanto gozara al contemplarle.

123
De izquierda a derecha: Antonio Luna, Manuel de Falla,
Federico García Lorca y José Segura durante una excursión por
la provincia de Granada en 1923.
Rita y Concha recuerdan aún que, cuando eran pequeñas y Manolo iba a su casa,
les pedía que le cantaran coplas populares: aquellos aires de nana, aquellos villan-
cicos que les habían enseñado sus tatas, mujeres pueblierinas. Tal vez buscaba en
ellos fuentes de inspiración.

Y Manolo, que tenía en su casa dos magníficos Pleyel, se sentaba ante el piano
que había en el cuarto de los niños, en pésimas condiciones y no desdeñaba acom-
pañarlos en sus cánticos.

Por cierto, que como dato curioso, diremos que la Casa Pleyel había contraído la
obligación de suministrar a mi amigo con un par de sus mejores pianos, y cada dos
años los cambiaba por otros; mas no se crea que todo era desinterés en ese rasgo, ya
que luego aprovechaba la ocasión para venderlos a buen precio, por haber sido toca-
dos por las manos del que ya era considerado en el mundo como un genio musical.

Si bien es cierto que hubo momentos en que Manolo ganaba mucho, siempre
vivió, como ya he indicado, con gran austeridad y su habitación tenía más bien el
aspecto de una celda de monje.

Una vez, estando en su casita granadina, enfermó y se creyó conveniente llamar


a una monjita para que le velara. La religiosa era joven y no tenía suficiente expe-
riencia, y llena de ingenuidad, al ver su cuarto, hizo un comentario.

-Están aquí de paso, ¿verdad?

Y, Manolo, sin inmutarse, le contestó:

-Sí, Hermana, de paso para la eternidad.

Es indudable que el pensamiento de la otra vida presidía su existencia, y por eso


procuró prepararse a lo largo de ella, para estar siempre dispuesto a abandonarla.

Los éxitos mundanos le dejaban indiferentes. De ello podía hablar su secretario


granadino, que le acompañó a alguno de aquellos viajes triunfales que realizaba.

Hizo uno por Italia, en el cual supo de éxitos apoteósicos, y cuando le ovaciona-
ban y felicitaban, decía a su secretario en voz baja, con su fina ironía gaditana:

125
-¡El burro cargado de milagros! ¡Vámonos!... !Vámonos!...

Y procuraba quitarse de enmedio en cuanto podía, pues los aplausos y halagos


no eran de su agrado; ¡Tan grande era su modestia!

Su religiosidad, que siempre fue grande, parecía que crecía con su arte, y daba
una importancia inmensa al cumplimiento del precepto dominical de oír la santa
misa.

La víspera por la tarde, como preparación, no recibía, ni hablaba con nadie; y


para que fuera mayor su devoción, evitaba las iglesias donde los cánticos, no siem-
pre afinados, le distraían.

Mas, cuando algo le molestaba, no se enfadaba, ni protestaba. Tenía una frase


que repetía siempre:

-¡Paciencia!... ¡Adelante!... ¡Adelante!...

Y sonriente, recibía lo bueno y lo malo con humor inalterable, como venido de la


mano de Dios.

José Segura, el que fue su secretario y su amigo, pasó a mejor vida, pero los suyos
y aquellas chiquillas, Rita y Concha, -ya madres de familia- -no olvidan nunca los
tiempos de su infancia y juventud, cuando visitaban y trataban al querido y admira-
do maestro.

126
XVI
CONCURSO DE CANTE JONDO EN GRANADA
Recuerdo que desde muy pequeño sentía Manolo un gran entusiasmo por el cante
jondo: esa manifestación del arte musical, nacida del alma del pueblo. En éste buscó
su fuente de inspiración y lo estudió con cariño. Cuando se reveló su talento como
compositor, intentó llevar al pentagrama aquellas armonías, aquellos sones, que
tanto le gustaban.

En algunas ocasiones, hablaba y discutía sobre el cante jondo.

Decía de él:

-Es un arte que tan sólo los artistas deben investigarlo. Hagámoslo, pues, los músicos.

Temía que, al correr del tiempo, fuera cayendo en olvido, pues sabia que cada vez
era más escaso el número de profesionales que se dedicaban al puro y auténtico
cante jondo.

Creía que era preciso hacer algo para que fuera más conocido, más comprendi-
do y divulgado, pues de seguir así sospechaba que llegaría a perderse lo que con-
sideraba un enigmático tesoro, cuyas raices milenarias se hundían en un remoto
pasado.

Refiriéndose al Cante Jondo, escribía:

"Este tesoro de belleza, el canto puro andaluz, no sólo amenaza


ruina, sino que está a punto de desaparecer. Y aún sucede algo peor,
y es que, exceptuando algún raro cantaor en ejercicio y unos pocos ex
cantaores ya faltos de medios de expresión, el canto grave, hierático,
de ayer, ha degenerado en el ridículo flamenquismo de hoy."

127
Y eso creía y temía, y por eso Manolo pensó que sería muy interesante organizar
un concurso de cante jondo en Granada. ¿Dónde mejor? En sus cuevas del
Sacromonte; los gitanos seguían bailando y cantando, entre la cal blanqueada de
sus muros y cacharros de cobre, danzas influenciadas por otros pueblos que habían
pasado por allí. Granada era un magnífico escenario y, poco a poco, fue entusias-
mándose con la idea de que el concurso llegara a ser una realidad.

Un día, habló de aquella inquietud, que llevaba muy dentro de su ser, con su ínti-
mo amigo, don Miguel Cerón.

¿Qué se dijeron en aquella ocasión? Lo ignoro, pero sí supe posteriormente que


Cerón compartió los puntos de vista de Manolo. Ambos hablaron del proyecto y se
entusiasmaron, No se les ocultaban las dificultades que aquello significaba y los
muchos obstáculos que habrían de vencer.

No sé si Manolo se hubiera lanzado solo a la empresa que tanto le atraía, mas


encontró un estupendo colaborador en su amigo Don Miguel Cerón que se le ofre-
ció incondicionalmente.

Lo interesante era buscar personas dispuestas a ayudarles, y una de las primeras


a la que habló Manolo fue al poeta Federico García Lorca.

-Se van perdiendo muchos valores artísticos -se lamentó- y una buena manera de
descubrir los que aún quedan sería la realización de un concurso de cante jondo.

García Lorca estuvo también por completo conforme con su idea, y como primer
paso, en aquel camino que se proponían recorrer, escribíó el poeta un texto, que titu-
ló El Cante Jondo, Primitivo canto andaluz, que fue leído una noche en el Centro
Artístico.

Aquello, podríamos decir que fue una especie de Pregón del Concurso de Cante
Jondo, pues no quedó sólo dentro de los muros de aquel centro, sino que se espar-
ció a los cuatro vientos. Fue recogido por revistas y diarios.

El primer paso estaba ya dado, y la noticia de aquel concurso, que tendría por
marco la Ciudad de los Cármenes, fue acogido con gran ilusión por todos los entu-
siastas del cante jondo.

128
Mientras, los organizadores trabajaban incansables. Aquel trío que inició las tare-
as vino a convertirse en quinteto, pues otras dos personalidades artísticas se sumaron
a ellos. Andrés Segovia, el mago de la guitarra y el también guitarrista Manuel Jofré.

Mas el anuncio del Concurso, no despertó en todos los ambientes el mismo entu-
siasmo, pues hay personas que sólo al oir pronunciar la palabra cante jondo, tuer-
cen el gesto y aún se atreven a decir con suficiencia, como quién está en posesión
de la verdad:

-¡Eso ya pasó! Ya sólo se conserva como una atracción turística.

Los profanos, en aquello que Manolo y muchos otros consideran un verdadero


arte, confunden lastimosamente el cante jondo con otros cantes flamencos, que la
mayor parte de las veces tienen poco de tales, aunque son indispensables en esas
juergas, en que se baila con trajes de volantes, al son de castañuelas y de guitarras;
mientras el dorado vino hace brillar las copas,

Los detractores del cante jondo están lejos de sentir inquietud por su posible des-
aparición, lo que sucedería cuando no hubiese auténticos cantaores que lo trasmi-
tieran de generación en generación y de garganta a garganta.

Pero mientras el anuncio del Concurso de Cante Jondo era acogido por unos, tal
vez los menos, con entusiasmo, y por otros con completa indiferencia, sus organi-
zadores no se daban tregua, ni reposo.

El Ayuntamiento, convencido de la importancia que tenía para la ciudad aquel


concurso y queriendo ayudar a los grandes gastos que originaba, otorgó una sub-
vención y concedió un Premio de Honor.

El pintor granadino, Don José Rodríguez Acosta que a su fallecimiento donó a


Granada su poético carmen, especie de museo, otorgó en aquella ocasión otro pre-
mio al mejor guitarrista que se presentara en aquel concurso, y así, otras entidades
y particulares fueron concediendo otros premios.

Los organizadores prepararon todo muy cuidadosamente, sin dejar olvidado el


menor detalle. Escogieron para celebrarlo, un sitio ideal: la Plaza de los Algibes de
la Alhambra. Allí, desde su cubo, se disfruta de una vista maravillosa, pues es como
un balcón que se abre sobre un paisaje de ensueño.

129
Les pareció que la época mejor sería aquella que coincidiese con las festividades
del Corpus que atraen a la ciudad miles de forasteros. En las noches del 13 y del
14 de Junio del año 1922, verdaderamente maravillosas, tuvo lugar la celebración
de aquel Concurso de Cante Jondo, con tanto cariño preparado, y gracias a la
ayuda valiosa de hombres entusiastas, y especialmente de mi amigo Manolo, su ini-
ciador y alma, los sueños se convirtieron en realidad.

En el corazón de la Alhambra se congregaron cientos de personas deseosas de


escuchar a los cantaores y guitarristas que iban a presentarse con un bagaje de
«cantes» que habían tenido su cuna en nuestra Andalucía: Jerez, Málaga, Cádiz,
Córdoba, Sevilla y Granada...

Se formó un tribunal, compuesto por Pastora Pavón (La Niña de los Peines), Antonio
Chacón y Manuel Torre (El Niño de Jerez), que debía dictaminar sobre los cantao-
res, que fueron acompañados por Ramón Montoya.

Los guitarristas también tuvieron sus técnicos: Andrés Segovia, Manuel Jofré y
Amalio Cuenca.

La Alhambra, iluminada, recibió a sus visitantes llegados de todas las partes del
mundo. Músicos, poetas, literatos, se sintieron atraídos por aquel concurso que iba
a tener por escenario el Patio de los Algibes.

Todo aquél que haya estado en Granada y conozca ese lugar de ensueño, podrá
comprender por qué Zuloaga, entusiasta colaborador encargado del exorno de
aquel paraje, no tuvo mucho que hacer allí, pues la plazoleta se adornaba a si
misma con su inigualable belleza.

Un tablado sin pretensiones, ni ridículas alegorías, y una hilera de palcos en la


rampa de acceso al Jardín de los Adarves: eso era todo... pero millares de sillas ocu-
paban la plaza. A la izquierda, el luminoso panel del Albaicín y al fondo, la sere-
na geometría de la Alcazaba con su tres Torres del romance:

"Qué silenciosos dormís


Torreones de la Alhambra."

Pocas luces y menos luminotecnia: unos farolillos sobre el tablado, y arriba, en el


cielo de Junio, la luna. En aquella ocasión, el quehacer del pintor Zuloaga consistió
en no hacer nada; que era el mejor quehacer.

130
Muchas damas y jóvenes se presentaron ataviadas con los pomposos miriñaques
del 70, luciendo escotes isabelinos, joyas antiguas y abanicos extraídos de los vie-
jos arcones, y componían una maravillosa estampa de la época.

En fin, aquello resultó algo extraordinario y, en medio de un imponente silencio,


se fueron oyendo las voces de los «cantaores», mientras las guitarras, con sus ras-
gueados, las acompañaban.

El ganador indiscutible, fue Diego Bermúdez El Tenazas, de Morón, que obtuvo el


Premio Zuloaga; pero también fueron premiados los siguientes: El niño de once años
Caracol, de Sevilla, con mil pesetas; la niña Carmen Salinas, de Granada; Francisco
Gálvez Yerbagüena, también de Granada, y José Soler Niño de Linares, con qui-
nientas pesetas; Antonio Muñoz, de Granada, con trescientas pesetas; Conchita
Amaya La Goyita y Conchita Sierra, granadinas, educandas de la anterior, con cien-
to setenta y cinco pesetas.

Los guitarristas ganadores fueron: José Cuellar, de Granada, que obtuvo quinien-
tas pesetas y el Niño de Huelva, doscientas cincuenta.

Aquellas noches estivales han dejado un recuerdo imborrable para los que tuvie-
ron la suerte de ser testigos del Concurso de Cante Jondo. Yo no pude asistir, aun-
que sintiéndolo mucho; obligaciones ineludibles me retenían en Cádiz. Lo seguí con
interés.

Años más tarde, creo que por el año 1938, estuve visitando a mi amigo Manolo.
Entonces no estaba en su carmen de la Alhambra; pasaba una temporada en La
Zubia, en una finca propiedad de la familia Borrajo, con la que le unia una gran
amistad.

Hablamos de diversos temas, pues hacía tiempo que no nos veíamos, y natural-
mente no pudo faltar el del Concurso de Cante Jondo, en el que puso tanto de sus
entusiasmos.

-Esas cosas siempre traen digustos. Hubo discusiones sobre las diversas maneras
de cante jondo. Había discrepancias...

-Pero, ¿quedaste contento de su resultado?

131
-Actuaron los mejores profesionales, mas... llamó la atención un viejecillo que, por
cierto, vino desde Puente Genil andando, y cuyos cantares eran los que más recor-
daban los primitivos.

Calló y no me atreví a insistir pero, como le conocía, creí comprender su pensa-


miento. El Concurso de Cante Jondo no había respondido a las ilusiones que puso
en su organización.

Esperaba recoger lo que aún quedara del auténtico y puro cante jondo, y hallar a
cantaores capaces de continuar trasmitiéndolo en toda su pureza, y temo que quedó
defraudado.

Mas estoy convencido de que su empeño, y el de todos los que colaboraron con
él, no fue vano, y aquel concurso, tarde o temprano dará frutos sazonados...

122
132
Detalle de la caricatura del Concurso de Cante Jondo por Antonio López Sancho,1922.
XVII
ORQUESTA BÉTICA
Ya he hablado de la batuta de Manolo cuando dirigía a la agrupación de jóvenes
del Padre Fedriani y de aquella otra ocasión que debutara en Luxemburgo con rotun-
do éxito. Pues bien, a pesar de sus triunfos como pianista y compositor, deseaba
ante todo ser director de orquesta.

Y llegó el día en que alcanzó lo que fue la ilusión y empeño de su vida: dirigir su
propia orquesta. Se presentaba la ocasión de fundar en Sevilla con la colaboración
del profesor de violoncello, Don Segismundo Romero, un conjunto musical, integra-
do por valiosos elementos de la capital andaluza que fue puesto bajo la dirección
de Ernesto Halffter, discípulo predilecto de Manolo.

Las gestiones para su organización tuvieron éxito, y su inauguración oficial tuvo


lugar el año 1923, en Sevilla. Se le había puesto el nombre de Orquesta Bética, ya
que había sido constituida con profesores de aquella localidad. Esa primera actua-
ción constituyó un clamoroso éxito, pues durante todo el concierto, el público que lle-
naba el teatro, subrayó con muestras de entusiasmo y nutridos aplausos el acierto de
los ejecutantes. Manolo pudo asi, al fin, realizar otra gran ilusión de su existencia:
la de crear una orquesta. ¡Su propia orquesta!

Hagamos historia.

En el año 1923 vino a Cádiz una compañía lírica, al Gran Teatro (todavía no se
llamaba de Falla) y en la orquesta figuraba un violoncellista sevillano, Don
Segismundo Romero. Dada mi gran afición al violoncello, al oír al señor Romero y
advertir que se trataba de un consumado violoncellista, me acerqué a él en el pri-
mer entreacto. Luego de saludarle me presenté como muy aficionado a aquel instru-
mento, y hablando, hablando, me dijo la buena amistad que tenía con Manolo. No
fue preciso más para que nos considerásemos, en el acto, como amigos.

135
Seguí cultivando esta amistad que me fue muy valiosa, ya que años más tarde Don
Segismundo me facilitó toda clase de datos sobre la Orquesta Bética, que debía su
origen a nuestro común amigo Manolo. Se habían conocido el Jueves Santo del año
1921, al terminar la interpretación del Miserere de Eslava, en la Catedral de Sevilla;
el gran Maestro de Capilla, Don Eduardo Torres, le presentó a Manolo que se encon-
traba allí con unos amigos de Granada y entre ellos estaba el que después fue su
secretario, Don José Segura, catedrático de la Universidad de Granada.

Al año siguiente, en el mes de Noviembre, Don Segismundo fue a Granada como


violoncelista a la orquesta que había de interpretar La Dolores de Bretón, y que esta-
ba dirigida por Don Enrique Estela, gran músico y gran artista. En cuanto pudo,
subió a la Antequeruela (Alhambra) para saludar a Manolo y a su hermana María
del Carmen, y estuvieron charlando durante una hora de música. Mi amigo le dijo
que estaba dando los últimos toques a la partitura de El Retablo de Maese Pedro, ¡ya
estamos en el origen de la Orquesta Bética!

-Cuénteme algo sobre ella -ruego a Don Segismundo Romero en la visita que le
hice -¡Es muy interesante!

-Al indicar a Don Manuel -me dice- que teníamos en Sevilla magníficos instrumen-
tistas, en aquel mismo día me hizo el honor de encargarme de la organización de la
orquesta, de los cantantes y del estreno de la versión de concierto de El Retablo de
Maese Pedro. Tengo que confesar, con plena autenticidad histórica, la ayuda tan efi-
caz y desinteresada que en aquella labor, que se me había confiado, me prestó Don
Eduardo Torres y la Sociedad Sevillana de Conciertos, que financió todos los gastos
del estreno dirigido por Don Manuel, el día 23 de Mayo de 1923, en el Teatro San
Fernando de Sevilla. El éxito de la obra fue de apoteosis, y Don Manuel quedó
encantado de la calidad de los instrumentistas que habíamos formado la orquesta y,
entonces, fue cuando él me sugirió la idea de constituir la Orquesta de Cámara, y
reconozco que el empeño me pareció un tantico difícil. Mas Don Manuel me anima-
ba, y por fin, en el mes de septiembre del año siguiente, fui a Granada para traba-
jar con él en la formación de la orquesta y programas para su presentación.

-¿Encontraron muchas dificultades para organizarla? -pregunto.

-Al regresar a Sevilla con el formato de la orquesta, di mis primeros pasos por la
calle de la amargura, pero también tuve colaboradores magníficos, como el fago-
tista Antonio Zaragoza, el clarinete don Manuel Navarro y el violinista, que tantos
años fue secretario de la orquesta, Vicente García Serantes, mi leal colaborador que

136
siempre, con su fina inteligencia, me ayudó a resolver tantísimos problemas necesa-
rios de solventar.

-¿Cuántos profesores componían la Orquesta Bética?

Unos treinta, que puedo enumerarle: cuatro violines primeros, tres violines segun-
dos, dos violas, dos violoncellos, dos contrabajos, dos flautas, dos clarinetes, dos
oboes, dos fagotes, dos trompetas, dos trompas, un timbal, un arpa, un piano-clavi-
cémbalo, un director, un director técnico y un jefe de movimiento.

-¿Tenía un reglamento el conjunto?, -continué indagando, pues deseaba conocer


todos los detalles.

-Naturalmente, y yo lo hice, aunque, con la aprobación de Don Manuel y por


voluntad suya, figuró en segundo lugar en el documento fundacional.

Por él, aparecíamos como únicos fundadores de la Orquesta Bética, Don Eduardo
Torres, Don Manuel de Falla y mi modesta persona. Torres fue el que dirigió todos
los ensayos hasta la llegada de Ernesto Halffter que, según propuesta del mismo Don
Manuel, iba a ser el director de la Bética. Yo no le conocía, mas como mostró gran
interés porque fuera aceptado, quedó nombrado, y en el concierto de presentación
se reveló ciertamente como un gran director.

Entonces sólo contaba diecisiete años, ¡Don Manuel sabía muy bien lo que reco-
mendaba!

-¿Cuándo fue el estreno oficial de la orquesta?

-El 11 de Junio del año 1924 se dió el concierto de presentación de la orquesta


en el Teatro Llorens, y para dicho acto escribió Don Manuel un folleto para dar a
conocer la entidad, que era un escrito genial, como todo lo que él hacía. El éxito fue
rotundo, y siguió siéndolo en sucesivos conciertos. El público aplaudía con entusias-
mo a la Bética, que todo se lo debía a Falla y a sus componentes.

-¿Dirigía algunas veces la orquesta Falla?- le pregunté, pues aunque tenía noticias
de ello, quería cerciorarme.

-Si, en varias ocasiones. En Valencia, Barcelona, Granada, Cádiz y Sevilla, mas


sólo la tercera parte del programa pues su salud no le permitía más. También debo
consignar que, debido a la generosidad de Don Juan Gisbert, fue posible la tournée

137
de la Orquesta Bética de Cámara por las principales capitales de España, estre-
nando, en representación, El Retablo de Maese Pedro que Don Manuel dirigió en
Sevilla, Valencia y Barcelona. En esta última capital se estrenó Psyché, maravillosa
obra de Don Manuel, para voz soprano, arpa, flauta, violín, viola y violoncello.

-¿Podría contarme alguna anécdota relacionada con Falla y la Bética? -interrogué.

-Uno de los conciertos que nos dirigió Don Manuel fue el que se celebró en el
Congreso de Oleicultura, celebrado en Sevilla. Dicho concierto tuvo lugar en el
Teatro San Fernando, y, como ya he dicho, lo dirigió Don Manuel a petición mía.
Me explicaré: desde la fundación de la orquesta, el problema más agudo que tení-
amos era el del instrumental de madera y metal, pues los instrumentos que poseían
mis compañeros eran anticuados y defectuosos. Entonces decidimos pedir el instru-
mental a la casa Cuesnon, de París. Naturalmente, había que garantizar el pago de
su importe (creo eran unas seis mil pesetas) y esta garantía la firmamos Don Eduardo
Torres, director técnico de la orquesta, y yo. Don Eduardo no tenía más solvencia
moral que su sotana, y por lo que a mi respecta, sólo contaba con el violoncello.
Claro está, que en aquella época esa cantidad era fabulosa para nosotros, y para
no vernos envueltos en un proceso por falta de pago, vino el milagro en forma de
aceite o, lo que es lo mismo, aquel concierto para el Congreso de Oleicultura por la
Orquesta Bética.

-¿Se habían salvado, no?- interrogué.

-Sí, mas al tratar conmigo el presidente de dicho congreso, puso dos condiciones;
la interpretación de El amor brujo, de una parte, y la direcci6n de Don Manuel, de
otra... Precio... ¡Seis mil pesetas! Con ello estábamos efectivamente ¡salvados!... si
venía Don Manuel a dirigir. Con las seis mil pesetas del concierto pagaríamos a la
Casa Cuesnon el importe de los instrumentos. Se lo pedí en carta inolvidable, y vino.

Se interpretó un Amor brujo de maravilla y pagamos la factura, y quedó resuelto


el problema económico que es, y será siempre, el eterno problema.

Calla, y yo comprendo que todo lo referente a la etapa de Manolo en la orques-


ta ha terminado. Mas deseo saber algo más y le pregunto.

-¿Continua usted con la Bética?

138
-¡No!- me contesta-. Hace años que me separé definitivamente de la orquesta; cau-
sas personales me movieron a ello y, sobre todo, el desamparo económico en que
la corporación vivió siempre por parte de los organismos oficiales.

-¿Podría decirme algo de su carrera musical?

-Mis estudios los cursé en el Conservatorio de Málaga, y, entonces, dirigía aquel


Centro Don Eduardo Ocón. Los revalidé en el Conservatorio de Córdoba y, en el
mes de Marzo de 1935, hice las oposiciones a la cátedra de violoncello del
Conservatorio de Sevilla. Tuve suerte y fui nombrado titular de dicha cátedra, de la
que tomé posesión el 20 de Abril de aquel mismo año.

-¿Podría decirme de qué clase es su violoncello?

-Se compró en París hace aproximadamente cien años y es una buena imitación
de Bergonzi.

-¿Una última pregunta? -le digo-. ¿No sería indiscreto saber en qué trabaja en la
actualidad?

-Ya no doy lecciones; sigo estudiando y, además, compongo alguna que otra suite
para cuerda. Últimamente he compuesto un Impromptu para piano, tomando como
base la cadencia granadina.

Y no quiero continuar molestando a Don Segismundo Romero, que amablemente


me ha complacido, dándome a conocer algunos detalles muy interesantes por estar
relacionados con esa Orquesta Bética a la que mi amigo Manolo dispensó tanto
cariño y en la que puso su mayor entusiasmo.

Fernando Olivares ha sido uno de los elementos significados de la Orquesta


Bética, y posee un extenso archivo, quizás el más extenso de la agrupación. El cree
que aún no se ha reconocido la significación e importancia que tuvo este conjunto
musical, mas está seguro que con el tiempo se le hará justicia.

Cree que uno de los fines principales de la creación de la Bética fue el de difun-
dir por todo el ámbito nacional las obras de Don Manuel de Falla, y nos habla con
entusiasmo del estreno de El Retablo de Maese Pedro en el Palau de la Música de
Barcelona, al que asistieron Miguel Llovet, Lamote de Griñon, Casta, la viuda del
glorioso compositor Albéniz, y otras personalidades. Este éxito ruidoso de la capital

139
catalana dió lugar a que, merced a gestiones del Marqués de Polignac, se trasla-
dasen algunos elementos de la orquesta a Londres.

Fernando Olivares tuvo amistad con Manolo y conoce detalles de su vida: no igno-
raba que tenía por costumbre apartar de la liquidación de los derechos de autor lo
indispensable para vivir, y el resto lo dedicaba a limosnas a los pobres, Su salud, a
veces, era precaria, por lo que si los ensayos eran demasiado largos, le acometían
ligeros vahidos y era necesario sentarle y traerle una taza de café.

La muletilla o expresión usual de Manolo, cuando tenía algún contratiempo, era


ésta:

-Todo viene mal. ¡No hay tiempo que perder! ¡Adelante!

140
Manuel de Falla dirigiendo la Orquesta Bética de Cámara, a la izquierda de pie, atiende
Ernesto Halffter (Sevilla, 1924).
XVIII
PROFETA EN SU TIERRA
Cuando en el mes de mayo de 1926, la Orquesta Sinfónica vino a Cádiz a dar
un Concierto a la Asociación de Cultura Musical de la que yo era representante, la
dirigía, con su personalidad inolvidable, Don Enrique Rabos, que supo llevar a la
agrupación de triunfo en triunfo por el mundo.

Arbós tenía buenos amigos en Cádiz y, como era lógico, estuvieron pendientes de
él durante su estancia en la capital. En una ocasión, en que se hallaban reunidos sus
íntimos con él, vino a comentarse la actualidad musical, y el maestro reconoció que
Manolo era lo más grande que conocía en música, y que aún el propio Debussy
compartía con él esa opinión, pues prescindiendo de los anacrónicos conceptos de
un arte nacional y el excesivo patriotismo galo, anteponía Falla a sus compatriotas.

Estaba yo presente en esta conversación y escuché estas palabras con la natural


satisfacción, pues estaba seguro de la sinceridad del compositor francés, unido a
Manolo por lazos de amistad y profesionales. Como es natural, esta opinión tan inte-
resante de uno de los más grandes músicos del país vecino, compartida por Arbós,
produjo su natural efecto, acrecentando aún más la figura de Manolo.

Y se puso de nuevo sobre el tapete la valía de nuestro ilustre paisano que ya cono-
cíamos a través de la prensa. No se ignoraba que la mayor parte de las naciones
se lo disputaban, y que había recorrido medio mundo en tournées pianísticas, de
éxito en éxito... Sólo había rehusado ir a los Estados Unidos, a pesar de haber sido
invitado varias veces a aquel país. ¿Por qué? ¿Acaso su rectitud exagerada y su
carácter extraño y reservado habrían influido en tal determinación?...

Ciertamente, en pocos años, gracias a su triunfo resonante de París y a su intensa


labor, había entrado Manolo en la actualidad europea y comenzaba a ser solicita-
do incluso de América del Sur. Todas esas noticias de sus triunfos llegaban a su ciu-
dad natal produciendo verdadero júbilo entre sus amigos y extendiéndose por toda

143
la población orgullosa de su paisano. Pero, a pesar del sentimiento de admiración
profunda y unánime de Cádiz, nada se había hecho por mostrar a Manolo que aquí
seguíamos sus pasos y estábamos ufanos de contar entre nosotros con un músico de
tan excepcionales méritos. Esa fue la razón por la que Don Agustín Blázquez, alcal-
de de la población entonces, creyera llegada la oportunidad de concretar el senti-
miento popular para expresar a Manolo la satisfacción de la ciudad por tenerle entre
sus hijos.

Y en una ya histórica sesión municipal propuso la idea, que fue aceptada clamo-
rosamente por unanimidad, de rendirle un homenaje. En esa propuesta, recomen-
daba el alcalde que estuviera a la altura del nombre y prestigio mundial alcanzados
por Manolo. Este acuerdo del ayuntamiento, que con evidente acierto venía a darle
una satisfacción de su patria chica, fue dado a conocer por el Diario de Cádiz, que
aplaudió con entusiasmo la iniciativa, reservando en sus columnas el espacio más
adecuado para su comentario.

Puesto en marcha el homenaje, con el acuerdo del ayuntamiento y el entusiástico


aplauso de la prensa local, se creyó oportuno constituir una comisión que activase
la tramitación del asunto, ya que se tenían noticias de que Manolo vendría a finales
de año a Cádiz. Formaron parte de esta comisión los más significados elementos cul-
turales de la población, y su tarea fue la de redactar el programa de los actos pro-
homenaje a Falla.

Fue nombrado presidente de la comisión quién lo era, a su vez, del Casino


Gaditano, don José María Salazar, y estaba integrada por dos concejales y los seño-
res de Pemán, Quirell, Soto, Biseca, Picardo y Chilía; así como por otros señores que
sentimos no recordar. El que escribe estas líneas también tuvo el honor de pertene-
cer a la misma. Por cierto, que el presidente de la comisión, don José María Salazar
era un personaje singular: uno de esos tipos gaditanos que tienen gracejo y perso-
nalidad inconfundible. Por ello, aprovechamos esta conyuntura para referir una
anécdota original de este ilustre anciano.

Se dice de él, entre otras muchas ocurrencias, que un antiguo amigo suyo, al que
hacía tiempo que no veía, le dijo al encontrarle:

-Pepe, ¡que bien te conservas! No parece que tengas tantos años...

A lo que contestó Don José María:

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-¡Es verdad! Dios me ha concedido una salud admirable y hago mi vida comple-
tamente normal, sin que los años me obliguen a achicarme... Lo único que me asus-
ta es el peligro amarillo...

-¿El peligro amarillo has dicho? -preguntó sorprendido el amigo.

-Sí hombre, sí - insistió Salazar, con aplomo.

-Pero, ¿qué tienen que ver los habitantes del Celeste Imperio contigo, José María?

Y Don José María Salazar aclaró, con esa sonrisa suya tan característica que en
él se veía cuando hablaba en broma:

-¡Mira! Yo no me he referido a los chinos, sino a esas cáscaras de naranja y plá-


tanos que tiran los chicos por la calle. Ese es el peligro amarillo para mí, y no otros...

Claro, que todos los que escuchaban el diálogo rieron y de muy buena gana.

Dije, para seguir el hilo de mi narración, que este gaditano singular, de simpatía
y gracejo extraordinario, y muy popular en las tertulias del Casino Gaditano e inclu-
so en la población, había sido nombrado presidente de la comisión pro-homenaje a
Falla. Indudablemente esta elección, por las condiciones apuntadas, había sido un
acierto, ya que Salazar, asistido de aquellas personas de relieve que hemos citado,
llevó a cabo con verdadero éxito su difícil gestión, pues Manolo unía a sus relevan-
tes cualidades una modestia franciscana

Era muy de temer que éste, de una manera muy cortés -él era de una educación
exquisita- rechazara el homenaje. Ya Agustín Blázquez, alcalde de la ciudad, le
había anticipado por carta privada la decisión adoptada por la corporación muni-
cipal, anunciándole que recibiría la noticia por conducto oficial, rogándole que lo
aceptase, pues era muy merecido.

Pero dando una vez más, muestras de su gran modestia, Manolo contestó textual-
mente:

-"Si yo no temiera pasar por ingrato a los ojos de ustedes, me permitiría suplicar-
les que desistieran de todo acto que tuviera carácter de homenaje. De ser posible,
que leyeran ustedes en el fondo de mi corazón, verían cuán contrario soy, y, he sido
siempre, a toda manifestación que rebase la simple expresión de un afecto cordial,
que es lo único que creo merecer y seguramente merezco de ustedes".

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Esa actitud suya me la confirmó en carta fechada el 19 de mayo de 1926, en la
que se expresa en los mismos términos y concluye diciendo:

"Esto mismo, querido Juan, digo a ustedes para cuando (D. m.) se
celebren los conciertos en proyecto, aunque creo inútil asegurarte, así
como a Don Francisco Viesca, cuanto de corazón agradezco los deseos
de ustedes que tanta bondad y amistad suponen y tanto me honran."

Sin embargo, la comisión pro-homenaje no atendió a la súplica de Manolo y, así


que se recibió la carta referida, propuso al cabildo que el Gran Teatro de la pobla-
ción llevara el nombre del glorioso compositor y, para testimoniar el acuerdo, se
encargó al escultor Juan Cristóbal un busto del maestro que fue instalado en la gale-
ría de los palcos principales, delante del de la corporación municipal.

Se acordó también, a propuesta de la citada comisión, traer a Cádiz a la


Orquesta Bética para que actuara en el Gran Teatro que llevaba ya su nombre, invi-
tándose a dicho recital a todos los críticos musicales de los diarios madrileños.

Tal decisión fue un rasgo delicado que se tenía con el ilustre paisano, pues de todo
era conocido el entusiasmo que mostraba por una agrupación musical que él mismo
fundara con el maestro don Segismundo Romero, eminente músico sevillano, como
dijimos en el capítulo anterior.

Estaban ya los trabajos de la comisión muy adelantados y, en líneas generales, tra-


zado el plan del recibimiento que se iba a dispensar a Manolo, mas hubo que apla-
zar la fecha de esos actos hasta el mes de diciembre de aquel mismo año, pues él
tenía necesidad de ir a Sevilla a dirigir su El Retablo de Maese Pedro, no en versión
de concierto, como la vez anterior, sino en la suya auténtica, es decir, empleando
marionetas.

Sin embargo, no era tan hacedero y fácil el manejar esos muñecos de guiñol,
como intérpretes de una obra de tal solera literaria e inspiradísima partitura, por lo
que Manolo, que era muy meticuloso en todos los ensayos, estaba muy contrariado
al ver que apenas se adelantaba .

Y llegó, bajo tan desagradables auspicios, el último día del ensayo; mas como
horas antes de la representación, los encargados de los muñecos mostraron su tor-
peza habitual, comenzó Manolo a impacientarse, viendo que a pesar de repetir una

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y otra vez, sus personajes no salían a su gusto. Perdida ya del todo la paciencia, se
levantó, y arrojando la batuta lejos de sí, airado, como en aquella ocasión que ensa-
yaba con los improvisados músicos del Padre Fedriani, se dirigió a los profesores
diciendo:

-Esta noche no hay función. Yo no puedo presentar al público sevillano esto, si no


se consigue mover a los muñecos como es preciso.

Al oír estas palabras, Don Eduardo Torres, maestro de vapilla de la catedral sevi-
llana, personalidad del mayor prestigio musical de la población, se acercó a
Manolo y le dijo:

-No se impaciente Don Manuel, ya le ayudaremos a mover estos muñecos como


usted quiere. Aquí nos tiene a mi hermano, a su paisano Juan Quirell y a mí, en cali-
dad de voluntarios, para hacernos cargo de las marionetas.

Manolo se sonrió, y recibiendo de la mano del primer violín la batuta que reco-
giera del suelo, reanudó el ensayo, que salió como una seda. Los tres voluntarios,
con verdadero sentido musical, comprendieron a su entera satisfacción lo que
Manolo quería, terminando el ensayo felizmente, sin otra incidencia que la referida.

Gracias a esa colaboración en el estreno, su resultado constituye un verdadero


éxito; otro rotundo éxito del genial músico gaditano, que vino a traer a Sevilla toda
la gracia y el embrujo de la paleta musical de Cádiz. Toda la prensa se hizo eco
del triunfo de nuestro paisano.

Y ahora una sencilla anécdota, con salpicaduras de gracia, de un súbdito inglés,


para olvidar aquellos apuros e impaciencia de Manolo ante la torpeza de los que
manejaban sus marionetas, que tuvieron, al fin, que caer en manos, nada menos,
que de un maestro de capilla de la catedral sevillana.

Por aquellos días del estreno de El Retablo de Maese Pedro, se celebraba en la


capital andaluza su célebre Semana Santa, y un gran critico inglés, que había veni-
do a la ciudad para asistir al estreno de la obra, salió de su hotel con Manolo y unos
amigos para visitar los templos donde se hallaban las imágenes que habrían de des-
filar procesionalmente.

Como el paseo se prolongase hasta bien entrada la madrugada, pues nuestro


huésped estaba verdaderamente entusiasmado con el colorido ambiente, belleza y
lujo de las imágenes, hubo un momento en que todos sintieron la necesidad de tomar

147
un bocado para reparar las fuerzas, y entra- entraron en el primer bar que encon-
traron a su paso.

Mas al preguntar qué podían comer, les dijo el camarero que, dada la hora avan-
zada, apenas quedaba nada, sólo unos bocadillos de jamón, carne y mariscos.

Y entonces se escuchó la voz de Falla que advertía:

-Señores, ¡que es Viernes Santo! ¡Tableau!

Al oír esto, se miraron unos a otros, sin decidirse a pedir el tentador bocadillo.

Pero Mister Trenth, que era protestante, replicó:

-Don Manuel, le aplaudo el gesto, pues así somos en nuestro país. La religión hay
que practicarla, y se ve que usted la practica, pero como a mí, la mía no me lo pro-
híbe, voy a pedir ese bocadillo para calmar un poco el hambre que tengo.

Y este sencillo incidente nos muestra una vez más el carácter de Manolo y los per-
files de su gigantesca figura; en él se daba la feliz coincidencia de una profunda
catolicidad y un genio musical extraordinario, insuperable. Ninguna de esas dos
cualidades maravillosas podían vivir separadas en él, pues por ellas, era sencilla-
mente Don Manuel de Falla.

Manolo, ni aún escuchando los ecos de sus últimos compases, que arrancaban
tempestades de aplausos, olvidaba el santo temor de Dios.

148
Falla en la época de El amor brujo (c a. 1915)
XIX
ACADEMIAS MUSICALES GADITANAS
Existía en Cádiz, allá por los años del 69 al 72 (no recuerdo la fecha exacta) la
Academia Filarmónica de Santa Cecilia. Los gaditanos, siempre fueron muy aman-
tes de la música y no es extraño que entre algunos de los más entusiastas, surgiera
la idea de su fundación.

Se instaló en sus comienzos en un local de la calle de Gamonales, hoy Santiago


Terry, y recuerdo que mi buen padre, un enamorado del arte musical, fue uno de los
fundadores, formando parte de su junta directiva.

Dicha asociación, no tardó mucho en ser denominada con el calificativo de


«Real». Aquellos que le dieron vida pusieron en ella tantas esperanzas, que al pose-
sionarse del trono de España, Don Alfonso XII, se le pidió la debida autorización que
fue concedida.

La Real Academia de Santa Cecilia, tuvo como primer director a Don Luis Odero,
que trabajó con mucho celo, y se hizo merecedor a la confianza que habían depo-
sitado en él, mas no pudo estar muchos años al frente de la institución. La muerte,
se lo llevó, cuando aún tenía por delante mucha labor por hacer.

La Junta Directiva, se reunió para proceder a un nuevo nombramiento, y mi padre,


a pesar de su excesiva modestia, se encontró con la sorpresa de ser elegido por
unanimidad.

-No puedo aceptar -contestó agradecido y emocionado. - No soy profesional, bajo


ningún concepto, y mis ingresos no dependen de la música. No puedo, por tanto,
ocupar ese cargo.

Mas, sus compañeros de junta, insistieron, una y otra vez, pues estaban decididos
a lograr su propósito, y por fin, no tuvo otro remedio que aceptar, pero con una con-
dición, pues el desinterés de mi padre, era muy grande.

151
-Haré lo que desean, mas sólo seré director de la Real Academia, con carácter
honorario.

Y así se hizo cargo de la dirección del centro, advirtiéndose pronto que hubo moti-
vos sobrados para su designación; la junta no se había equivocado. Mi padre era
hombre de gran actividad, y lo primero que pensó fue en buscar un local mejor para
la Academia, pues el que ocupaba, resultaba insuficiente.

Quedaban aún en nuestra ciudad, algunos palacios antiguos y, providencialmen-


te, estaba en aquellos momentos vacío, uno muy hermoso situado en la calle de San
Francisco número 5, esquina a la calle del Baluarte, hoy Beato Diego de Cádiz.

Dicho palacio, tenía una gran portada de mármol, análoga a las que aún existen
en la calle de Cristóbal Colón y Plaza de San Martín, y de su amplio patio, enlosa-
do también de mármol, partía una escalera de grandes dimensiones, con balaustra-
da de palo santo, y de una anchura de seis a siete metros. Para llegar al piso prin-
cipal, sólo era preciso subir dos tramos, e inmediatamente se veían dos grandes salo-
nes, en uno de cuyos rincones, se montó un tablado dónde quedaron instalados dos
pianos de gran cola. Uno de ellos, era de Erard.

La Real Academia contaba ya con un buen plantel de alumnos escogidos, mas no


con Manolito Falla. Este recibía lecciones de su madre, que era una verdadera artis-
ta, y fue su primera maestra, pero aquella afición que empezaba a apoderarse del
chiquillo, le llevaba a Santa Cecilia.

Cuando, otros niños, sólo piensan en juegos, y en hacer mil travesuras, Manolito,
con una seriedad impropia de sus años, se pasaba los ratos allí oyendo las leccio-
nes que se daban a otros chiquillos.

El do, re, mi, fa, sol,... las escalas, los principios machacones, y, pesados, habían
sido superados por él, rápidamente, y sus adelantos eran notables. Sin embargo, se
estimulaba viendo como los niños progresaban en el piano, y en otras especialida-
des musicales.

En aquel gran salón de la Real Academia, iba creciendo más y más su gran ilu-
sión; la que llegó a constituir el objeto de su vida.

152
La permanencia de la Real Academia en aquel antiguo palacio, en donde tan
encajado estaba, no fue definitiva. El dueño lo vendió, y sus nuevos poseedores lo
derribaron para construir una casa de pisos. Mas aquello no representaba aún un
problema de difícil solución, como sucede en la actualidad.

Pronto se encontró otro, no tan suntuoso, pero aún mejor. Estaba situado en la calle
de Arbolí, y hasta tenía un escenario, lo cual era muy conveniente para los concier-
tos, que se solían dar con alguna frecuencia, en aquella academia.

Había sido, anteriormente, el Ateneo Gaditano, y estaba en perfectas condiciones


para el nuevo fin a que estaba destinado. Las clases continuaron, mas Manolito dejó
de aparecer por el Conservatorio. El niño prodigio era ya un verdadero pianista y,
con paso seguro, emprendía su camino de compositor. Madrid y París conocieron al
joven artista que, con gran tenacidad, luchaba por lograr el triunfo, sin que le movie-
se a ello la ambición, que era algo que desconocía, sino la fidelidad a su vocación.

La Real Academia de Santa Cecilia, no era el único centro dedicado a la ense-


ñanza musical, pues existía otro titulado Conservatorio Odero; nacido de algunos
elementos, que se separaron de aquél, pero, allá, por el año veintitantos, no recuer-
do exactamente el año, habiendo fallecido su director, se creyó que sería necesario
su clausura, ya que ninguno de los que formaban parte de su profesorado, se le con-
sideraba papable (valga la expresión).

Un buen amigo mío, Paco Viesca como le llamábamos todos, pues era hombre que
se llevaba trás sí el afecto de cuantos hablaban una vez con él, nos reunió a unos
cuantos aficionados a la música para que nos hiciéramos cargo del centro.
Estudiamos con detenimiento lo que se podía hacer con él. La opinión general fue
que continuara. Para ello se pensó en organizar una junta, de la que formé parte,
mas como se necesitaba un director técnico, que no teníamos, hubimos de traer de
Jerez de la Frontera a Don Germán Alvarez Beigbeder, personalidad de gran relie-
ve en las especialidades, y consumado maestro en la composición. Además era un
buen director de orquesta. Sus principios fueron en la Armada, ya que había sido
durante muchos años, músico mayor de Infantería de Marina.

El primer acuerdo que se tomó fue el de variar el nombre del conservatorio, pues
ya teníamos un gaditano, que era reconocido mundialmente, por sus famosas pro-
ducciones musicales.

153
El chiquillo, que un día demostrara, por vez primera, sus grandes aptitudes, tocan-
do una «gallegada» en la mudanza de su casa, era ya un verdadero artista, y su
nombre se conocía y admiraba universalmente.

-Escríbele tú -me dijeron- que al ser reorganizado este centro no se le puede poner
mejor nombre que el suyo: el de Manuel de Falla.

Nadie dudaba de que aceptaría, por su mucho cariño a la ciudad que le vio
nacer, mas su modestia pudo más que el compromiso, y en carta escrita en
Granada, con fecha 19 de Mayo de 1926, me contestaba:

«Otro motivo más de viva gratitud para mí, es el proyecto relativo al Conservatorio
Odero, pero, habiendo sido mi maestro, Don Alejandro, y, guardando yo para su
memoria, tanto afecto y gratitud ¿cómo sería posible sustituir su nombre por el mío?
Seguro estoy, de que si piensan ustedes en ello, estarán de completo acuerdo conmigo».

«Esto mismo, querido Juan -decía más tarde en la carta- digo a ustedes para cuan-
do, Dios mediante, se celebren los conciertos en proyecto, aunque creo inútil ase-
gurarte -así, como a Don Francisco de la Viesca - cuanto de corazón agradezco los
deseos de ustedes, que tanta bondad y amistad suponen, y que tanto me honran».

En estas cortas líneas, trazadas por la misma mano que escribía sobre el penta-
grama, tanta obra maestra, se advierte la sencillez, la modestia de Manolo. No se
le habían «subido», como a tantos otros, los «triunfos a la cabeza», y, continuaba
siendo el mismo, que un día, ya lejano, dejó nuestra ciudad.

Y ni que decir tiene, que no estuvimos de acuerdo con él, en eso de no poner su
nombre al Conservatorio Odero. Era algo, que estaba decidido, y que se llevó a
cabo, pese a sus modestas objeciones, y desde entonces, tuvimos en Cádiz el
Conservatorio Manuel de Falla.

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Manuel de Falla fotografiado por Lipnitzki (París, septiembre de 1929).
XX
HOMENAJES
Manolo llegó a Cádiz en diciembre y fuimos a esperarle un grupo de sus íntimos,
entre los que nos contábamos Angel Picardo, Manuel Quirell, Francisco de la Viesca
y yo. Terminados los saludos y abrazos de rigor, le acompañamos al Hotel Atlántico,
donde se había de hospedar.

Cuando ya en el hotel, fuimos a despedirnos de Manolo, nos dijo:

-¡No! ¡Entrad! Así charlaremos unos momentos mientras me mudo de traje.

Entramos todos y le acompañamos a su habitación, Inmediatamente, comenzó a


cambiarse de vestido, sin dejar de charlar animadamente con nosotros; verdadera-
mente, todo iba como una seda... Pero, al tratar de sujetarse al pantalón los tirantes,
se le escapaban de la mano, quizá distraído con la conversación y no atinaba. Probó
una, y otra vez, y siempre la elasticidad de la prenda y el no prestar demasiada aten-
ción a lo que hacía, daban el mismo resultado: no había quien sujetase los tirantes...
Entonces, Angel Picardo, cansado ya de ver este estira y afloja, exclamó:

-Mira, Manolo, como no te los ponga yo, nos van a dar las nueve de la noche.

Una carcajada de todos acogió la graciosa proposición de Picardo, muy suya;


aún era mediodía y quedaban por tanto bastantes horas hasta entonces.

Manolo, agradeció el auxilio prestado, que le sacó del atolladero en que estaba;
mas cuando intentó hacerse el nudo de la corbata ¡allá fue Troya!... Aquellas manos
únicas para la composición y el piano, no atinaban con el lazo de la corbata.

-Es que me la suele poner María del Carmen - confesó al fin avergonzado - yo soy
muy torpe ¡lo confieso!

157
Y no era torpe ¡qué había de ser torpe! Era sólo muy distraído, y asombraba que
un hombre así, que cuando escribía música ponía su alma entera en el papel, no ati-
nara a ponerse los tirantes, ni a hacerse el nudo de lacorbata.

Mas olvidemos esta deliciosa anécdota de Manolo y demos cuenta de los diversos
actos organizados por la comisión pro-homenaje en su honor y que se celebraron
íntegra y puntualmente.

Figuraba en el programa de la comisión, como primer acto, el descubrimiento de


la lápida, que el ayuntamiento de la población había colocado en la casa donde
naciera. Este sencillo homenaje tuvo el carácter familiar e íntimo que tienen todos los
de su índole.

Pero ya por la noche, le ofreció la corporación municipal un banquete a Manolo,


en el salón de sesiones, al que asistieron el alcalde y todos los concejales, así como
los miembros de la comisión pro-homenaje; vestíamos todos, de rigurosa etiqueta. El
alcalde, una vez terminado el banquete, brindó muy efusivamente por el gaditano
insigne, que tan alto había puesto el nombre de España y el de la ciudad que le vio
nacer, comunicándole que, por ese motivo, había sido nombrado Hijo Predilecto de
Cádiz, y que esta designación le sería comunicada oficialmente. Manolo, que no
era orador, contestó que no tenía palabras para tantos honores, pero sí corazón
para saberlos agradecer.

Dias más tarde, como se había anunciado, tuvo lugar en el Gran Teatro Falla, un
concierto con arreglo al siguiente programa:
PRIMERA PARTE:
Obertura de Las Bodas de Fígaro, de Mozart

El Sombrero de tres picos (El molinero y la molinera, Saludo del corregidor


y Danza de la molinera, Pasos de las uvas y Primer final), de Falla

Se ejecutará sin interrupción, interpretado por la Orquesta Bética bajo la


dirección del maestro Ernesto Halffter.

SEGUNDA PARTE
Siete canciones populares españolas - Falla.

a)- El paño moruno.

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b)- Seguirillas murcianas.
c) - Asturianas.
d) - Jotas.
e) - Nana.
f) - Canción.
g) - Polo.

Por Concepción Badía (Soprano) acompañada al piano por Falla.


Pequeño descanso
Concerto para clave, flauta, óboe, clarinete, violín y violoncello –Falla
(Versión con piano)

Allegro
Lento
Vivace

Por los profesores Pérez, Fajardo, Hiuras, Mata y Romero


Piano: Manuel de Falla
Director del conjunto: Ernesto Halffter

TERCERA PARTE

El Retablo de Maese Pedro (adaptación musical y escénica de un episodio


de Don Quijote) - Falla

Audición completa, sin representación.

Solistas: Trujumán: Concepción Badía (soprano)


Maese Pedro: Fermín Navas (tenor)
Don Quijote: Juan B. Eguiluz (barítono)

Orquesta Bética de Cámara, bajo la Dirección del maestro Falla.

El éxito del concierto fue apoteósico. Manolo escuchó repetidas ovaciones cuan-
tas veces intervino y, una vez terminado, medio teatro se trasladó al escenario para
verle y abrazarle, quedando aturdido con tales demostraciones de entusiasmo. Fue

159
una noche memorable para él, mas también para Cádiz y para todos los gaditanos
que asistieron a tan inolvidable concierto.

Como consecuencia de tan resonante éxito, el Casino Gaditano invitó a Falla a una
fiesta que habria de celebrarse en su honor, y él aceptó muy complacido; cursáronse
también invitaciones a personalidades que se hallaban en la ciudad con motivo del
homenaje, para que acompañaran al ilustre compositor en aquella ocasión.

Se trataba de Frank Marshall, y su esposa; Don Juan Gisbert, fabricante catalán,


admirador de Manolo; Don Adolfo Salazar, crítico musical de El Sol (uno de los
mejores críticos de aquel entonces); Don Juan Mantecón, crítico de La Voz (diario
popular madrileño), y de algunos distinguidos aficionados de Barcelona, así como
de todos los profesores que habían actuado en el concierto. Pero, de todos aquellos
que acompañaron al maestro, el más entusiasta era Don Juan Gisbert, que siempre
le acompañaba en todas las tournées que hacía, cautivado por sus éxitos.

Como se esperaba, se dieron cita en aquel lugar las familias más conocidas de la
población, y la velada fue muy agradable y selecta. Manolo volvió a recibir pláce-
mes y enhorabuenas efusivas de sus paisanos, y para que el éxito de la fiesta fuera
aún mayor, hubo incluso, un rato de buena música.

Y a partir de entonces, se sucedieron los actos en honor del famoso compositor,


evidenciando la consideración y afecto que sentían por él todos los gaditanos, coo-
perando a estos homenajes centros artísticos, casinos, incluso, amigos del ilustre
músico.

El Conservatorio Manuel de Falla que dirigía, por aquel entonces, Don Germán
Alvarez Beigbeder, organizó un concierto, donde sólo se interpretaron obras de
Manolo, que acudió muy complacido, felicitando a su director y a Don Francisco de
la Viesca, su presidente, por el éxito del recital.

Otro concierto tuvo lugar al día siguiente en la Real Academia Filarmónica de


Santa Cecilia, donde, como en el anterior, sólo figuraron obras de Falla en el pro-
grama. Manolo dedicó cariñosos aplausos a los ejecutantes, felicitando con la
mayor cordialidad a su director, el maestro de capilla de la Catedral, Don José
Gálvez y Ruiz, notable compositor, que ha dejado escritas muchas composiciones
religiosas, muy inspiradas.

Aquella misma noche se organizó un «frito gaditano» en honor del nuevo Hijo
Predilecto, Don Manuel de Falla, y, eso, fue tanto como darle el espaldarazo de la

160
caballería gaditana ¿Y qué mejor modo de velar sus armas que el de transcurrir unas
horas consagrado a este sabroso, original rito que, en Cádiz tiene su ejecutoria,
apoteosis y final expresión?

En la grandiosa y milenaria ciudad, cuna de Falla, hay unas freidurías a modo de


templos de la antigua Grecia, donde se fríe el pescado en honor de la «gracia de
Cai», que es la única diosa a quien se rinde culto pagano, amén del viejo Hércules,
fundador, ya algo desacreditado u olvidado, con sus eternas columnas y su gesto de
extraordinario forzudo. La víctima propiciatoria, el pescado, se ofrece en un cucu-
rucho de papel de estraza, entre cañas doradas de manzanilla ¡He ahí el rito!

Estos establecimientos están siempre lleno de público, y no hay forastero o turista


que pase por la población sin probar esas famosas tajadas de pescadilla, bienme-
sabe o cazón; incluso, celebridades del arte u otras personalidades han saboreado
el famoso frito. A propósito de ello, voy a relatar una anécdota.

En cierta ocasión que el célebre músico francés Saint-Saëns vino a esta población
de paso para Canarias (él solía pasar los rigores invernales en estas islas), fue a
hacer un rato de música a casa de mi padre, donde acudían todos los músicos de
renombre que solían pasar algunos días en la ciudad. Mi padre, que conocía la
preferencia por Mozart de Don Camilo Saint-Saëns, quiso darle una agradable sor-
presa e invitó a un profesor, virtuoso del clarinete, para completar el Quinteto del
célebre autor.

Y ciertamente, aquella idea fue muy acertada pues, cuando Don Camilo supo el
programa, alegróse vivamente; pero -¡oh fatalidad!- los pocos momentos se recibía
la noticia de que el clarinete no llegaría por hallarse enfermo ¡Adiós Quinteto!...
¡Adiós Quinteto, no!... El propio Saint-Saëns tocaría la parte del clarinete al piano...
¡No era igual!... Mas aunque se notase mucho la falta del profesor, el maestro se
hallaba satisfecho y bastaba...

Al terminar el Quinteto, alguien se acercó a Saint-Saëns, recordando aquella tona-


dilla de la antigua zarzuela El año pasado por agua con ese gracejo gaditano, tan
fino y ocurrente, le dijo:

- «Este clarinete vale un dineral»...

Y, cuál fue la sorpresa de los reunidos, cuando vieron que Don Camilo comenzó a
tocar la conocida mazurca, cuya letrilla así comenzaba. ¿Cómo era posible que una
legítima gloria francesa, de universal renombre conociera este género de música?

161
Una calurosa ovación premió el gesto simpático del maestro que halagaba nuestra
vanidad nacional, y se supo al fin, que el glorioso maestro, era muy amante del géne-
ro chico español y que, por ello, tenía no pocas zarzuelas en su archivo musical.

Terminado aquel agradable rato de música, mi padre acompañó a Don Camilo a


su hotel; pero al pasar cerca de una freiduría, le propuso:

-¿Le gustaría probar este pescado frito, que es la especialidad de Cádiz?

-Pues si señor, con mucho gusto- respondió el maestro.

Y adquiriendo mi padre unas pesetillas de pescado -dichosos tiempos aquellos-


envuelto en unos cucuruchos de papel de estraza y unos panecillos tiernos, se diri-
gieron ambos a una tienda de «montañés» para deglutir aquel rico manjar, entre
trago de vino de Valdepeñas -clásico en estos festines-. Como es natural, comieron
uno y otro el pescado con los dedos, con arreglo a la costumbre típica gaditana, y,
aún cuentan las malas lenguas, que Don Camilo se los chupó de gusto, saboreando
tan rico bocado gaditano, que fue para él improvisada cena.

Pero, con estas disgresiones, cuyo único objeto es el de ambientarnos en estas típi-
cas costumbres gaditanas, hemos olvidado el «frito» organizado en honor de
Manolo, que, como estaba proyectado, tuvo lugar en el Balneario de la Palma, sitio
muy adecuado para esta clase de fiestas, por su vecindad al mar, y por ser, cierta-
mente, un rincón muy acogedor en la población. Dediquemos unas líneas a este típi-
co homenaje a Manolo, haciendo un reportaje del acto. Cualquier periódico local
pudiera haber dicho lo siguiente:

«Aquella noche memorable se dio cita en el Balneario de la Palma lo


mejor de Cádiz, para testimoniar una vez más, el afecto y considera-
ción que a sus paisanos merecía el maestro Falla, ocupando las mesas
de los adheridos al acto, todo el salón principal del establecimiento,
bastante amplio, por cierto. En el testero principal, Falla ocupaba la
presidencia, y a su derecha se sentaban la señora de Quírell, el maes-
tro Borda, su hermana María del Carmen, Don Miguel Aramburu, la
señorita de Rubio, la de Vallejo y Don Francisco de la Viesca; y a su
izquierda, Eloisa, mi esposa; la señora de García Pretel, señora de
Rubio, de Bembenuti, de Aramburu y la señorita de García Pretel. Los
demás comensales ocuparon las otras mesas instaladas en el local».

162
Nombramiento de Manuel de Falla como Hijo Predilecto de la ciudad de Cádiz 17 de
s e p t i e m b re de 1926
Y, en medio de aquella animación extraordinaria, en ese marco alegre y bonito
que prestaba el lugar y sus vistas incomparables, se sirvió el menú confeccionado
por el propio Balneario, y celebróse mucho el pescado frito, ese sabroso manjar
gaditano que, en esta ocasión, hubo de comerse con el tenedor, olvidando la típica
costumbre de emplear sólo los dedos. La gente charlaba, reía y comentaba satisfe-
cha del ambiente, transcurriendo así la noche feliz, deliciosa. Por si faltara algún
detalle a la velada, se trajeron al Balneario las famosas comparsas gaditanas, que
cantaron graciosos tangos, que Falla escuchaba entusiasmado, recordando sus años
lejanos de la niñez. El último tango, según es costumbre, estaba dedicado al maes-
tro, y decía así:
"Un grupo de gaditanos
con el cariño que merece
a un ilustre gaditano
estas canciones ofrece.
El homenaje, aunque sencillo
es de corazón,
y en nuestras almas sentimos todos
gran emoción.
Estos tanguillos que se cantaron
en Carnaval,
al gran maestro su juventud,
le ha de recordar.
Jesucristo perdonó
a los que le maltrataron,
perdónanos, tu, también,
si con nuestros gritos,
el pescado frito,
te indigestamos.

Apenas terminado el tanguillo, se levantó Manolo emocionado de su asiento y fue


a abrazar al director de la comparsa que estaba al fondo del salón; felicitando a los
comparsistas con efusión.

Así terminó aquella cena que dejó un recuerdo gratísimo en la ciudad, mas antes
de despedirse de los asistentes, Manolo recibió de la comisión pro-homenaje un

164
artístico álbum, de positivo valor, encerrado en una arqueta de primoroso estilo, y
cuya tapa lucía una placa de plata repujada, obra de un hábil artista gaditano.

Manolo dio las gracias por esta atención, y por todos los agasajos que había reci-
bido en aquellos días inolvidables, y confesó que en la arqueta que le acababan de
entregar, había encontrado el verdadero corazón de Cádiz. A continuación se leye-
ron unas cuartillas elocuentísimas del doctor Ventín, que no podía asistir al acto; así
como otras adhesiones de distintas personalidades ausentes.

Y éste fue el final de este ya histórico acto, muy del agrado de Manolo, y dónde
reinara una franca alegría y comunicación. Todo lo que valía en la ciudad, se había
congregado alrededor del ilustre paisano.

Al día siguiente, por la tarde, como tuviera Manolo que abandonar aquel Cádiz,
donde tantos afectos y atenciones encontrara, quiso, antes de ausentarse, hacer
público su sincero agradecimiento visitando el Diario de Cádiz, el periódico más anti-
guo de la ciudad, para escribir allí unos renglones de despedida.

Era el 21 de Diciembre, y en el Diario del 22, o sea, al día siguiente, apareció


esta despedida del maestro:

«Mis más sinceros saludos al Diario de Cádiz y, por su mediación,


a todos mis queridos paisanos».

Manuel de Falla.

Cádiz 22-XII-26.

165
Banquete celebrado a continuación del nombramiento de Falla como Hijo Predilecto de Cádiz.
XXI
SANCTI-PETRI Y ATLÁNTIDA
Otra vez, en el año 1930, volvió Manolo a Cádiz; venía invitado por el alcalde,
conocido en la historia chica de la población como el alcalde grande, pero su nom-
bre era Don Ramón de Carranza, Marqués de Villapesadilla; por su gigantesca
labor al frente del municipio, no dudaron sus paisanos en darle ese «espaldarazo»
de la grandeza municipal.

Se trataba ahora de aliviar la aflictiva situación de muchos necesitados de la ciu-


dad, y no se había encontrado mejor solución para ello que organizar un concierto
en el Gran Teatro Falla, donde Manolo actuase. Aceptó él desde el primer momen-
to, máxime al saber que el recital tendría fines benéficos; ese fue el motivo de su
vuelta a Cádiz en aquella fecha.

Pero era necesario formar un conjunto musical y para ello se hubo de contar con
los elementos musicales más interesantes de la ciudad y de la Bética de Sevilla, ofre-
ciendo la dirección a Don Eduardo Escobar, otro gaditano de indiscutible valía, que
trajo a Cádiz Don Ramón de Carranza para ponerle al frente de la Banda Municipal.

El Programa del Concierto, fue el siguiente:

Primera Parte

Sinfonía de El Barbero de Sevilla - Rossini. (Versión de Manuel de Falla).


El Amor Brujo - Falla. (Versión de concierto).
Dirigidos por el maestro Escobar

Segunda Parte

Noches de los Jardines de España - Falla.

167
(Al piano, Don Camilo Gálvez, director a la sazón del Real Conservatorio de
Música Manuel de Falla)

Director: Don Manuel de Falla.

Con un programa así, estaba asegurado el éxito, las localidades se agotaron pron-
to y el Teatro se vió abarrotado de público. El alcalde, organizador del recital, pudo
considerarse satisfecho, pues el beneficio obtenido fue de consideración, atendién-
dose muchas necesidades. Manolo felicitó al maestro Gálvez, que había interpreta-
do la parte de piano magistralmente, dedicándole un autógrafo que decía:

«A mi querido amigo y compañero Camilo Gálvez, con mi cordial y agradecido


recuerdo, de su preciosa colaboración en el Concierto del 5-XII-1930.-Manuel de
Falla.»

Manolo aún siguió algún tiempo en Cádiz, y antes de partir calebróse un banquete
de despedida en su honor, que presidió el alcalde de la población, y al que asistie-
ron los maestros Escobar y Gálvez, que tuvieron tan lucida actuación en el concier-
to. Quirell y yo fuimos también invitados en compañía de nuestras esposas. Al ter-
minar el acto, levantó su copa Don Ramón de Carranza para brindar por el ilustre
compositor gaditano, al que dio rendidas gracias por su atención de colaborar en
el recital y le deseó nuevos y merecidos triunfos.

Muy emocionado, Manolo, al oir las palabras del alcalde, contestó con frases sen-
tidas de agradecimiento, anunciando que esperaba tener pronto el gusto de volver
para convivir con sus queridos paisanos. Sus breves palabras encontraron un eco de
simpatía y aplausos, siendo felicitado efusivamente por todos los que asistimos al
acto, y como yo veía caldeado el ambiente de entusiasmo, aproveché la ocasión
para proponer a los reunidos que, desde aquel momento, quedara constituida una
Orquesta Sinfónica Gaditana, bajo la batuta de Don Eduardo Escobar, que tan bri-
llantemente dirigiera el Conjunto Musical, que acababa de actuar en el concierto del
Teatro Falla. Director honorario podría ser Don Manuel de Falla, y presidente de la
sociedad, el propio alcalde; ofreciéndome yo, como amateur del violoncello, a per-
tenecer a ella.

Durante aquellos días que permaneció Manolo en Cádiz, quiso dar paseos por la
playa y oir de cerca el rumor de las olas para llevarlo al pentagrama. Ya su queri-
da Atlántida, estaba en embrión. Mas él quería, deseaba un lenguaje más expresi-
vo del mar, y por eso propuso a sus acompañantes, que eran los Pemán, Don Miguel

168
Aramburu y Don Alvaro Picardo, una excursión a Sancti-Petri... Allí, era más per-
ceptible el rumor del oleaje...

Gustosos accedieron los acompañantes de Manolo, y una tarde de diciembre que,


por cierto, estaba la mar alborotada, se dirigió el grupo a Sancti-Petri.

Me gustaría hacer un reportaje inolvidable de aquella tarde ya histórica, mas no


resisto a la tentación de transcribir un artículo de Don José María Pemán, que nos
habla de aquellas horas que Manolo permaneció en la playa de Sancti-Petri, atento
al rumor del oleaje.

-He ahí, unos párrafos del referido artículo:

«En la Isla, rica en hallazgos arqueológicos, no hay más que un Faro,


hoy día. No tiene muelle, y, al llegar a ella, en un bote, se encalla éste
en la arena. Se tocan las palmas y sale entonces del Faro un marinero
que, metiéndose en el agua hasta la rodilla, transporta a los viajeros a
hombros hasta la Isla, como un Cristobalón.

Ibamos con Falla en el bote, y, llevábamos con nosotros la Atlántida


de Verdaguer y de Platón.

Tocamos las palmas, una vez en la playa, y, empezó el marinero a


hacer el transporte de nosotros. Al llegar a Falla, éste, pequeño, asus-
tadizo, mira como un niño al San Cristobalón, y le pregunta:

-¿Podrá usted comigo?- Le miraba el marinero de arriba a abajo.

Le conocía, sin duda, por un retrato que se había publicado aquellos


días en el Diario de Cádiz, y, echando mano a su finura bética y a su
sabiduría marinera andariega de mundo, componía esta respuesta.

-Con Wagner podría.... no sé si podré con usted...»

Nunca olvidó Falla esta respuesta, que me la recordaba siempre que


nos encontrábamos. En ella vio una comprobación de la vejez inmensa
y sabia de aquel rimar del mundo. Toda la tarde, vibrante y locuaz, el
madrigal de aquel turdetano maravilloso, mientras, desde el Faro, con-
templaba el océano, y veía sobre él, la puesta del sol. Desde allí, la vio
también aquel sabio posidáneo, al que le habían dicho, que, en aquel

169
extremo del Mundo, se oía el chirrido del sol incandescente, al meterse
en el agua. Estuvo, durante un mes, acudiendo al templo de Hércules,
aguzando el oído, para escucharlo, pero confesó que no oyó nada.
Falla, aguzó también el oído aquella tarde. Le preguntamos:

-Don Manuel. ¿Ha oído usted el chirrido del sol?

Contestó:

-¡No! Pero he oído otras muchas cosas.

Y apuntaba, apuntaba en el cuadernillo de sus melodías atlántidas».

Terminada con el mismo éxito que la anterior esta visita a Cádiz, Manolo volvió a
Granada, y allí le sorprendió la República, con sus incendios de conventos y todos
aquellos crímenes y atrocidades de los años de oprobio y nefastos.

170
Desembarco en Sancti Petri (Cádiz), diciembre de 1930.
XXII
BUSCANDO EL SILENCIO
Manolo había ido a Granada, atraído por su belleza, pero tal vez más por aquel
silencio que él pensara encontrar en el maravilloso recinto de su Alhambra, pero
aquel silencio se turbó.

Allí, a los pies de su casita de la Antequeruela, durante las fiestas del Corpus, se
habían instalado ruidosos barracones de feria, y su trabajo se vió amenizado por
los potentes altavoces que desgarraban sus oídos.

Se acordó de la isla de la calma y decidió ir a ella. No la conocía más que por


fotografías, y por una riquísima ensaimada que le enviaron en una ocasión unos ami-
gos. Escribíó a uno de éstos, valiéndose como amanuense de su hermana María del
Carmen, y le decía:

«Como será por poco tiempo queremos ir a una pensión en que haya
limpieza, confortable, pero sin lujo, soleada, comodidad discreta, sana
comida... Tiene que ser un sitio tranquilo, sin ruido, ni gramófonos, ni
cosa que se le parezca».

Y por fin, un día, el 1 de Marzo de 1933, el periódico La Almudaina decía lo


siguiente:

«Ayer, a bordo del vapor correo de Barcelona, llegó a nuestra ciu-


dad, como nos lo tenía adelantado nuestro corresponsal de Barcelona,
el ilustre compositor Don Manuel Falla. Viene acompañado de su her-
mana, María del Carmen. El maestro Falla fue recibido en el muelle por
Don Juan María Thomas y su hermano el juez municipal, Don Gerardo.
Don Manuel de Falla se hospeda provisionalmente en el Hotel
Majórica, esperando encontrar un retirado pueblo, en el que pueda
dedicarse a sus tareas profesionales. Deseámosle que su estancia en la

173
Isla le sea grata». Manolo no se encontró a gusto en un hotel, y, des-
pués de probar varios, decidió instalarse en una casita. Don Juan María
Thomas, fue el que, allí en la Isla, actuó de aposentador, como Angel
Barrios en Granada, y ambos acertaron con el gusto de mi amigo.

Él mismo me hablaba del lugar de su residencia. En una carta fechada en Palma,


el 21 de Junio de 1933, me decía lo siguiente:

«Nos decidimos por Mallorca, donde hemos encontrado, en el case-


río de Génova, un piso muy simpático, con espléndidas vistas al mar,
pero lejos de él. El sábado, o lunes, regresaremos, Dios mediante, a la
península, para llegar a Granada, a mediados de la semana próxima,
y con el propósito de volver aquí para el otoño, pues esto me sienta
mejor que aquello, y hemos hallado aquí, excelentes amigos. No me he
movido de Mallorca en más de tres meses, pues por prudentes razones
de salud, he aplazado dos viajes que tenía que hacer a Italia y a París.»

Manolo, se instaló, pues, en aquella casita, hasta donde llegaban los olores de los
pinos, romeros y tomillos de la montaña. Una payesa vivía en los bajos y hacía de
portera, con sus largas trenzas, su blanco rebosillo, y un nombre bonito: la madona.

No se trataba de ningún palacio. Había un comedor alegre y con salida a la


terraza, que hacía también de salón. Enfrente estaban las puertas de los dormitorios
de los dos hermanos, y una cocinita, a la izquierda del pequeño recibimiento, com-
pletaba el piso.

Manolo escogió el cuarto que daba al sur, pues era más soleado y caliente.
Aquello tenía más bien el aspecto de una celda conventual. Pocos muebles. Una
cama, sobre la que pendía un crucifijo. Unos estantes que pronto se llenaron de
libros, partituras y carpetas, un piano, un magnífico Chassaigne, que había puesto
a su disposición un discípulo de Tragó, al que éste recomendó encarecidamente que
le atendiera. Pero faltaba algo que mi amigo consideraba de gran importancia: una
camilla que él mismo compró, para completar su mobiliario.

Y una vez instalado, se entregó por completo al trabajo, pues se había impuesto
una gran disciplina en el horario que se trazó, porque todo cuanto hacía lo consi-
deraba como deber de conciencia. Ahora repasaba el latín y el catalán, pensando
en su Atlántida, y les dedicaba media hora. Después del desayuno, daba un largo
paseo por los alrededores. Según decía él, andaba de prisa porque el movimiento
del cuerpo estimula la inteligencia, Y mientras caminaba, surgían ideas, de las que
tomaba rápidos apuntes.

174
Manuel de Falla con Laura Santelmo el día del estreno de El amor brujo en Barcelona
el 23 de noviembre de 1933.
Había algo de lo cual no podía prescindir: de su siesta. Pero luego, no se daba
punto de reposo y durante toda la tarde se dedicaba al despacho de su correspon-
dencia o a trabajos musicales.

Tres veces a la semana, su amigo Juan María Thomas subía a ayudarle, que no
era tarea fácil, pues Manolo era muy exigente, y pensaba mucho las palabras.
Especialmente, cuando contestaba a editores u organizadores de conciertos, a los
cuales, decía él, había que exponer las ideas claras, y aún así, frecuentemente
entendían cosas muy distintas de las que uno quería decirles.

Interrumpía su trabajo para tomar una taza de café con leche, que María del
Carmen le servía, caliente en invierno y no demasiado frío en verano, pues mi amigo
temía a las bebidas heladas.

Cuando el tiempo era bueno, se asomaban ambos y contemplaban la puesta de


sol y la maravillosa vista que se divisaba desde la terraza; aquel Castillo de Bellver,
aquella bahía, aquel Santuario de la Bonanova, aquel caserío, entre el que desta-
caban las torres de la iglesia, y aquellas primeras casas de veraneo, avanzadas del
turismo, que con el tiempo habría de invadir la isla.

De vez en cuando, Manolo hacía una pausa en su vida laboriosa para realizar
una excursión y conocer todas las bellezas de la isla. Estuvo en Deyá con el pintor
Sebastián Junyer, que tenía allí dos casas, una para el invierno y otra para el vera-
no. Fueron a la de invierno, que estaba situada en un precioso rincón del pueblo.

Desde la inmensa ventana del pequeño comedor, se divisaban miles de árboles de


todas clases: Palmeras, chopos, almendros, limoneros, higueras, pinos, algarrobos,
naranjos... y hasta helechos del torrente, y, por si fuera poco, el sol entraba también
en la habitación inundando todo. No es extraño que mi amigo estuviera entusiasmado.

Después de comer, el pintor mostró al compositor una colección de sus cuadros,


que nunca expuso, porque decía:

Me duele desprenderme de mis hijos.

Y, a propósito de hijos, surgió una animada conversación sobre los cuadros hijos
de los pintores, y las composiciones hijas de los músicos. Sebastián Junyer era un
hombre optimista, y logró contagiar a Manolo, que decía después:

176
-De él se desprende, como un fluido que da ánimos y comunica vitalidad y ener-
gía; quisiera tenerle cerca, cuando me dispongo a trabajar.

Aquella primera excursión fue seguida de varias otras, aunque no muchas. Mas
nunca llegó a bajar a las famosas cuevas mallorquinas. ¿Por qué? Se hicieron pla-
nes que no llegaron a llevarse a cabo. Siempre se desistía o se aplazaba la fecha.
Creo que el motivo fue que los doctores le habían indicado que debía evitar la hume-
dad, y mi amigo era un verdadero esclavo de sus prescripciones.Temía que, por una
imprudencia, tuviese que dejar su trabajo y perder el tiempo que tan bien estaba
aprovechando en aquella Isla.

En cambio, demostró muchos deseos de visitar los jardines más bellos de Mallorca.
No dijo cual era su objeto, pero, seguramente, seria alguno musical, y uno de los bue-
nos amigos que allí tenía, se apresuró a complacerle. Manolo, sin proponérselo,
sabia encontrar personas que demostraran verdadero afecto. ¡Era mucha su simpatía!

Un Miércoles Santo, el del año 1933, Manolo honró con su presencia el concier-
to que se celebraba en el Teatro Principal, y hasta dirigió el Ave María de Vitoria.

¿Cómo sucedió aquello? Días antes, había llegado a la Academia, que era el
lugar donde se tenían los ensayos de la Capella Clásica que dirigía Juan María
Thomas, cuando los cantores estaban leyendo el Ave María, y, discretamente fue a
sentarse al fondo del salón, para oír mejor, y a los pocos momentos... Dejemos que
nos cuente el citado Juan Thomas, lo que sucedió:

«Vi que nuestro genial oyente se levantaba, y con los ojos fijos en el
Coro, iba acercándose lentamente, moviendo la mano y llevando el
compás. Andaba abstraído, como enajenado, cuál si estuviese soñan-
do. Llegó hasta mí. Sin interrumpir el canto, le hice subir al estrado del
cual bajé. Su mano seguía moviéndose, y como los cantores, por la
facilidad material de la obra, podían leerla con la vista en el papel y
en el improvisado director, seguían dócilmente sus movimientos sin pre-
via advertencia alguna. Don Manuel dirigía con la mano, con la mira-
da, con el semblante. Más bien que dirigir, rezaba. Parecía tener entre
sus dedos un invisible rosario de lenguas de fuego. Y con él abrasaba
las lenguas de los cantores que repetían alternativamente, en fortísimo
y pianísimo, Santa Maria, Mater Dei.

177
Terminó la lectura. Después del suavísimo Amen, se produjo un silen-
cio impresionante. Todos los ojos estaban húmedos y todos los corazo-
nes latían fuertemente. Don Manuel, dió las gracias, y dijo:

-No creía encontrarme con un coro capaz de improvisar semejante


lectura, en tales condiciones. Les felicito sinceramente.»

No es raro que, después de aquello, le hicieran una pequeña jugarreta. Quince


minutos antes del concierto, Don Juan M. Thomas y sus cantores hablaron unas pala-
bras, y seguidamente fueron a pedir a Don Manuel que se encontraba en el teatro,
que dirigiese el Ave María, una vez más.

Costó un poco el convencerle, pero accedió, por fin, con la condición de tener una
breve lectura, y, como no podía ser en el escenario, se tuvo en el sótano, entre deco-
rados, maderos y hierros, y, cuando, en la tercera parte del concierto, el público oyó
el Ave Maria, tan maravillosamente dirigida y cantada, premió la interpretación con
la mayor ovación del concierto, tributando a Manolo un homenaje, al que se sumó
también la Capella, con entusiastas aplausos.

Sin embargo, en otra ocasión y durante los Festivales a Chopín, de 1933, no llegó
a dirigir una obra que ofrendaba al gran músico. Hubiera querido para honrar su
memoria, que se tocara su Atlántida terminada, pero como no podía, con un peque-
ño fragmento del poema de Verdaguer y trozos de música del propio Chopín, hábil-
mente adaptada con levísimos toques, compuso lo que entonces llamó Canción
Chopín, y más tarde, al darle forma definitiva, Balada de Mallorca.

Su estreno, en la Cartuja de Valdemosa, constituyó un gran éxito, pero Manolo no


la dirigió. Era una tarde lluviosa de mayo, y mi amigo, temiendo la humedad, que
era el enemigo peor para su sulud, decidió escuchar el concierto, en el que hubo
valiosas colaboraciones, desde una de las celdas.

Mas, no obstante, pensaba salir cuando llegara su turno, pues aunque no se había
dicho nada oficialmente, se sabía que pensaba dirigir la Balada.

Pero el tiempo no mejoró, y lo único que hizo fue salir para recibir la imponente
ovación que le fue tributada por aquel público selecto constituido por músicos, afi-
cionados, críticos musicales españoles y extranjeros.

178
Manolo había triunfado, una vez más, y precisamente en aquella Cartuja, que
supo de las melodías de Chopín, al cual quiso rendir un postrer homenaje con la
Balada de Mallorca.

Mas llegó el verano. Su piso de Génova era sumamente caluroso. No había otra
defensa para el calor que establecer un sistema de corrientes que, como ya hemos
visto, asustaban a Manolo. Un doctor parisino le había avisado del peligro que
corría, pues podía llegar hasta perder la vista, así que no pueden extrañarnos sus
temores.

Su casita, de muros reducidos, resultaba inhabitable si no se abrían sus puertas y


ventanas para entrar la brisa. Manolo se acordó de su carmen granadino. Allí, sin
correr el riesgo de las corrientes, podía trabajar. Tenía una habitación donde no
daba el sol y era un fresco refugio. Además...

Allí le esperaban sus amigos, su Alhambra, su Generalife, pero su vuelta a la ciu-


dad de los cármenes, a la que tanto amaba, era condicionada. Me lo decía en una
carta.

«Veremos si ahora en Granada me dejan trabajar los malditos altavo-


ces que me echaron de allí. Si no, me iré con la «música a otra parte»...

179
XXIII
EL AMOR EN LA VIDA DE FALLA
A pesar de mi gran amistad con Manolo, hubo un tema del que jamás me atreví
a hablarle. Hay personas, que no se reservan nada para ellas, y su vida es una
especie de escaparate, expuesta a todas las miradas indiscretas, Manolo no era
así ciertamente.

Sin embargo no se podía decir de él que fuera hermético y no se confiara a sus


amigos, mas yo, desde luego, nunca merecí que me hiciera sus confidencias sobre
sus amores. Pero los hubo.

No obstante, en un tiempo pensé que en su vida no había más sitio que para su
gran pasión: la música, y que él era como un religioso. Su vida que vivió en el
mundo fue siempre sumamente austera, cual si hubiese hecho voto de pobreza, y la
única mujer que le acompañó durante largos años fue su hermana María del
Carmen.

Cuando era jovencillo, no recuerdo que anduviera, como hacíamos todos los chi-
quillos, detrás de las muchachas. No tuvo novia precozmente, pero... ya en los albo-
res de su vida, tuvo su primer amor.

Nadie lo supo; ni siquiera la «dama de sus sueños». Era varios años mayor que
él, y es posible que no mereciera su atención aquel Manolito, pues ya empezaba a
dárselas de señorita y, en torno de ella, rondaban varios moscones. Un niño, era
muy poca cosa, para la que ya principiaba a ser su musa inspiradora.

Ignoro el tiempo que le duró a Manolito su primera ilusión. Tal vez acabara con
ella la noticia de que la joven se había puesto en relaciones con un apuesto mili-
tar, o, quizás, continuó alimentándola en el fondo de su corazón, sufriendo en silen-
cio su fracaso; pero lo seguro es que a nadie reveló entonces su gran secreto, y
hubiera quedado para siempre encerrado en su pecho, si él mismo, muchos años

181
después, no lo hubiera revelado a un grupo de amigos, como una anécdota de su
adolescencia.

Habían ya quedado muy lejos los años dorados de su infancia y residía en


Granada, en su carmen, oculto entre las frondas de la Alhambra.

Aunque sé que no era amigo de alternar en sociedad, y eso que ésta le hubiera
abierto sus puertas de par en par, siempre rindió culto a la verdadera amistad. Tenía
un grupo de amigos que le visitaban con frecuencia.

Y a ellos hizo confidencias una tarde cuando no pensaba ya en amores. La «dama


de sus sueños» había ido a pasar una temporada a Granada; los ojos que le ena-
moraron perdieron ya su brillo, mas aún conservaba su buena figura; y eso que
había llegado a ser abuela.

Ignoraba, como ya dije antes, la pasión que despertara en aquel Manolito, de cal-
zón corto, y como le conocía, -una antigua amistad unía a su familia con la suya-
fue a visitarle acompañada de su marido. Pasaron Manolo y sus visitantes una tarde
muy agradable, charlando de música, tema preferido de mi amigo, y se despidie-
ron, sin pensar que aquella sería la última vez que vieran al que ya era considera-
do universalmente como un genio.

Días después, el hermético Manolo contó a sus amigos la visita que había recibi-
do, y, por vez primera, les confesó que aquella dama fue su primer amor.

-Era yo un chiquillo y de carácter tan tímido -les dijo- que nunca hice nada para
que pudiera darse cuenta de la gran pasión que me había inspirado. Era mayor que
yo, y creo que de haberlo sabido, se hubiera reído de mí. Sin embargo, fue duran-
te algunos años, mi musa inspiradora, y pensando en ella, compuse una de mis pri-
meras obras.

Aquella conversación podía haber quedado entre los muros del carmen granadi-
no, pero, Manolo no exigió el secreto, y uno de sus amigos, que lo era también de
la que fue dama de sus pensamientos, no pudo resistir a la tentación de contárselo.

El secreto había dejado de serio, pero lo supo un reducido número de amigos, y


yo fui uno de ellos. Mas, aunque vi a Manolo posteriormente, mi prudencia me impi-
dió tocar aquel tema, y él tampoco lo trató.

182
Ya los dos protagonistas de una corta novela sentimental han pasado a mejor vida,
y ¡se habrán encontrado en el cielo. Ambos fueron personas ejemplares.

Años más tarde supe también de boca de un familiar de Manolo, un proyecto de


fracasada boda.

Se trataba de una chica a la que conoció cuando vivía en Madrid. Estaba empa-
rentado con él, y se veían con frecuencia. Empezó por una buena amistad, pero
Manolo no tardó en enamorarse de ella.

¿Un amor sentimental? ¿Lo guardó para sí, como aquel otro, que tuvo en su pri-
mera juventud?- interrogué.

-No. Manolo, ya era un hombre, y podía pensar en fundar un hogar. Ganaba lo


suficiente para sostenerlo, y quiso que aquella jovencita, buena y linda, fuera su
compañera. Se le declaró.

-¿Con éxito? –pregunté y anticipándome a la respuesta, continué, interrogando-

¿Cómo no se casaron?... Manolo, tenía condiciones para despertar un gran amor


y hubiera sido un marido excelente.

-Las muchachas, cuando son jóvenes, no se dejan impresionar por las buenas cua-
lidades, y Manolo no era el tipo de hombre que gusta a las chicas, ni había triun-
fado aún lo suficiente para deslumbrar y despertar la ambición. Fracasó y recibió de
la bella unas rotundas calabazas.

-¿Cómo las tomó?

-Creo que devoró en silencio aquel amargo desengaño, pero, aunque nunca me
lo dijo, estoy convencido de que aquella su primera desilusión destrozó su vida sen-
timental, y le hizo perder toda su confianza en obtener el amor de una mujer. Por lo
menos, durante su vida, jamás volvió a hacer ninguna tentativa de casarse, y eso,
que años más tarde, le hubiera sido sencillísimo.

-¿Por qué?... ¿Acaso hubo alguna?...

183
-El que triunfa plenamente en la vida, no tiene dificultades para triunfar en el amor,
mas Manolo, había trazado ya su plan de vida. En su existencia, no habría jamás
risas de niños, a los cuales podría llamar hijos. Su fecundidad no sería física sino
espiritual. Sólo habría una mujer en su hogar: su hermana María del Carmen, alma
santa, gemela de la suya, que renunciaría a sus sueños de entrar en Religión, por
acompañarle como un ángel tutelar.

Hubo un momento de silencio. Una interrogación bullía en mi mente, mas me pare-


ció atrevida para formularla. Manolo tuvo fama de ser siempre un hombre serio,
pero los hombres más buenos pueden tener un momento de debilidad.

-¿En qué piensas? -me preguntó el familiar de mi amigo, al verme perplejo ¿Es qué
dudas? Te advierto que no te hablo de memoria y que fui testigo de aquel amor, que
él no intentó ocultar. De su misma boca, supe que no había sido aceptado; así, que
puedes creerme.

-Te creo -dije por fin- pero desearía saber algo, y no sé si te parecerá una impru-
dencia, mas ya sabes de la gran amistad que me unió con Manolo, y querría
conocer...

Una nueva pausa, y esta vez la curiosidad ha prendido en mi interlocutor, que me


apremia.

-¡Habla!, que empiezas ya a intrigarme. ¿Qué es lo que deseas saber?

Y, por fin, como el hombre que se lanza al agua, me atreví a preguntar. -¿Hubo
amoríos en la vida de Manolo?

-¡Ave María Purísima!- y un gran asombro se reflejó en el rostro del familiar de


Manolo-. Te dices su amigo y tan poco le conocías. ¿Acaso no sabes que era de una
moralidad intachable?

-Si- contesté disculpándome-, pero, los artistas están en un ambiente lleno de peli-
gros, y tienen que tratar con mujeres, que no suelen ser muy escrupulosas. Por des-
gracia, no es extraño que, a veces... Intentar la conquista de un hombre que ha triun-
fado, es algo muy corriente y que sucede todos los días, mas también es frecuente
que éstos sucumban a la tentación. Los castos Josés, no se encuentran con mucha
facilidad.

184
-Realmente, tienes razón- me contestó- y, sin embargo, puedo asegurarte que
Manolo nunca hizo caso a ninguna de las mujeres que intentaron conquistarlo.

-¿Las hubo, entonces?

-Sí Hubo muchas artistas, de las que conoció durante sus actuaciones artísticas y
la representación de sus obras, que le buscaron, pero nada consiguieron. Manolo
no tenía más que una pasión en su vida. La música...

Calló y no volví a insistir sobre el asunto. Manolo aparecía ante mi, como una figu-
ra admirable. No había sucumbido a las atracciones de las sirenas, como tantos
otros mortales, y en su pecho no hubo sitio para torpes pasiones.

Amó sí, con un amor puro, que le hubiera llevado al altar; pero, una mujer, igno-
rando el tesoro que se le ofrecía, despreció su gran cariño. ¿Permaneció soltera? Y,
curioso, pregunté.

-¿Qué fue de aquella?

-Se casó con un doctor y, años más tarde, Manolo se la encontró, cuando era una
opulenta matrona. Me figuro que si quedaba aún en su pecho algún resto de su gran
amor hacia aquella joven que él había idealizado, se desvanecería al verla.

Y yo pensé que ya entonces la Atlántida era la dueña del entusiasmo de mi amigo


Manolo. Sólo en su obra inmortal pensaba, y su mayor ilusión era conquistar para
el pentagrama y el arte, aquellos sonidos que se agitaban en su mente y eran su
dicha y su tormento.

185
XXIV
RETORNO A LA ISLA DE MALLORCA
Manolo volvió a Mallorca, pero tardó más de lo que pensaba. Había transcurrido
el verano, y estaban ya en pleno invierno, cuando nuevamente desembarcó en ella;
allí le aguardaba su casita de Génova, refugio aislado, en el que soñaba dedicar-
se por completo a la terminación de su Atlántida.

Con fecha 7 de Diciembre de 1933, un periódico local insertaba la noticia:

«En el vapor de Barcelona llegó el insigne compositor Manuel de


Falla, esperándole en el muelle, los señores Mulet, Fachi y Thomas. El
señor de Falla, a quien acompaña su hermana María del Carmen,
como en la pasada primavera, se ha instalado en una casa de nuestro
amigo y colaborador A. Mulet. Se ha mostrado muy complacido en
encontrarse de nuevo en Mallorca ... »

Aquellas navidades las pasó Manolo en la Isla, pero no estuvo solo. Don Juan
María Thomas le invitó, en unión de su hermana María del Carmen, a pasar la tarde
en su casa, y pudo sentirse un poco en familia.

Y aquel día tuvo como magnífico colofón la asistencia en la Real Capilla de la


Almudaina a la fiesta de la Sibila, que databa de tiempos antiguos. Su origen se
remonta al siglo X, y era una costumbre que sólo perduraba en aquella diócesis.

Se trataba de una ingenua tradición navideña. En la bella tribuna gótica, apare-


cían los pequeños ministros de la Sibila con sus blandones, y de una nube de incien-
so, surgía el niño Sibiler con una espada flamígera en alto.

Y más tarde, entre repiques de campanas y sones de órgano, bajaba lentamente


la estrella de Navidad con las simbólicas cocas (tortas) y neules (hostias), que una

187
procesión infantil llevaba hasta el Nacimiento, para depositar en él aquellos pre-
sentes que significaban la ofrenda del pueblo.

Tras la infantil adoración, daba comienzo la Corona de Nadales. La Capella


Clásica tenía en aquella representación una parte importante, y a ella correspondí-
an los distintos cantos, terminando la sencilla y emotiva ceremonia con el Adeste
fideles, Alleluia, cantada a tres coros, y con intervención de todos.

Manolo asistió entusiasmado a la fiesta de la Sibila, que presenció desde el sitio


donde acostumbraba a ponerse en aquel templo: una capillita que tenía un altar de
piedra, y sobre él, un retablo gótico.

Meses más tarde, envió a un periódico, un artículo referente al acto, y en el que


decía, entre otras cosas, lo siguiente:

«La sorpresa ante lo exótico y la admiración que produce la perfec-


ción musical, en el sentido, causan una impresión semejante a la que
uno experimenta cuando vé, por primera vez, el Greco de Toledo. Del
mismo modo que allí, cada obra resalta enmarcada en el cuadro que
ofrece la ciudad con sus edificios y panoramas, así, también, aquí, se
produce un conjunto admirabie; únense el Oriente y Occidente, el góti-
co y el bizantino, el espacio y el sonido, paises y culturas diferentes.»

Manolo, asistió muchas veces en aquella Capilla Real, a los ensayos


de la Capella Clássica. Su director contaba que la primera vez que ésta
se presentó fuera de la Isla, mostró tanto o más interés que él mismo,
en que su actuación tuviera un buen resultado, y sin que le fuera pedi-
do, se mostró dispuesto a ayudarlo.

«Ya hemos visto -escribía Thomas- hasta qué punto era exigente y
meticuloso. Con modestia y buena voluntad, que me admiraban y con-
fundían, brindábase a ayudarme, a descubrir el reo cuando se produ-
cía algún ligero traspiés individual, en la perfecta afinación o en la cro-
nométrica exactitud de algún pasaje difícil. Colocábase entre los can-
tores. paseábase trás ellos, arriba y abajo, y, súbitamente, se paraba
junto al culpable, diciendo, sonriente:

-Ya cacé al conejo.

188
Y, el cantor a quien tocaba aquel día ser «conejo», lejos de molestarse, volvién-
dose respetuosamente a su «cazador», le daba las gracias.

No es extraño, que el gran éxito que obtuvo aquel conjunto musical, en su actua-
ción en la Iglesia de los Dominicos de Valencia, le llenara de gran alegría.

Manolo, durante todo el tiempo que permanecíó en la Isla, prestó su apoyo artís-
tico, a aquella agrupación, pues la consideraba como cosa propia, y, antes de mar-
char definitivamente de allí, la dedicó su versión de uno de los coros de
Lamfiparnazo, Comedia armónica, de Vecchi.

Le hubiera gustado poder disponer de un coro de cámara para sus trabajos y


experiencias, y sabiendo sus aficiones, se explica el entusiasmo que siempre demos-
tró por la Capella Classica y la gran amistad que tuvo con su director.

Cuenta dicho director, algo que es muy curioso y puede interesar, en relación a
como estudiaba Manolo. Un día, al llegar a su casa, se lo encontró sentado al
piano, releyendo con detenimiento Parsifal, y, dirigiéndose a él, le dijo:

-¡Estoy estudiando!

Y le enseñó la partitura, en la que con lápiz de color había marcado cortes, supri-
mido amplificaciones, etc., etc., pudiendo decirse que estaba realizando un verda-
dero trabajo de laboratorio armónico lleno de aciertos y de lógicas acotaciones.

-Recuerde usted -le indicó Manolo- lo que le he dicho. Estoy estudiando, que no es
lo mismo que estar enmendando o corrigiendo. Para mi exclusivo uso y provecho
personal, miro hasta qué punto pueden aquilatarse estas páginas geniales para
reducirlas a su pura sustancia. En verdad, es un trabajo de gran utilidad, si se hace
con humildad y buena fe.

Y es que creía que, para adelantar en el propio trabajo, era conveniente apren-
der de los grandes músicos, y, en su afán de perfección, procuraba ponerse en con-
tacto con sus obras.

Por cierto, que a pesar del deseo de Manolo de estudiar en silencio en su casa de
Génova, hubo ocasiones en que se puso a prueba su paciencia. Se trataba del hijo de la
payesa, su portera, que se dedicaba a tocar el violín bajo su mismo cuarto de trabajo.

189
El chico cursaba el primer año, y es fácil presumir el martirio que significaba para
Manolo, escucharle. Aquello le impedía dedicarse a su laborar y llegó un día que
decidió buscar una solución. Pidió cortésmente que le indicara su horario de estu-
dio, para marchar de paseo en el momento en que cogiera el arco y no regresar
hasta que guardara el violín en su funda.

Pero logró sus deseos de forma más sencilla: el chico se fue a estudiar a casa de
un compañero y Manolo, para resarcirle de lo que podía ser una molestia, le reco-
mendó al mejor violinista de la ciudad, que se ofreció a darle clase.

Don Juan María Thomas, que actuó de tercero, pues mi amigo no hubiera sido
capaz de hacerlo directamente, cuenta el epílogo que tuvo el asunto. La madre del
violinista, en ciernes, la que llamaban la «madona», le dijo un día:

-Dígame usted Don Juan, ¿cree usted que Don Manuel, es tan gran músico, como
dicen?

Y al contestarle éste afirmativamente, la mujer, en el colmo del asombro, comentó:

-Pues entonces ¿cómo es posible que no le guste oír un instrumento tan agradable
como el que toca mi hijo?

-¡Tableau!

Hay otra anécdota que demuestra la sencillez y la bondad del alma de mi amigo.
Una noche, despertó molesto, pero no era persona capaz de privar del sueño a su
hermana María del Carmen y no quiso llamarla para que le hiciera una taza de
manzanilla, que creyó podría aliviarle. Decidido, se dirigió a la cocina para hacer-
la él mismo, mas aunque procuró no hacer ruido, su hermana, que tenía el sueño
muy ligero, se despertó.

Manolo había llegado ya a la cocina, encontrándola invadida por unos animali-


tos que debieron entrar por una ventana que daba al jardín y que estaba abierta.

¿Qué hacer? Le repugnaba dañar, aunque fuera a un pequeño insecto, mas a su


pesar creía que no tenía más remedio que proceder a su exterminio.

190
Sin darse cuenta empezó a hablarles mientras ejecutaba lo que le resultaba una
penosa misión, y María del Carmen, que había llegado de puntilla, para ver quien
estaba en la cocina, le oyó decir:

-Lo siento mucho ¡pobrecitos! Lo siento mucho, ¡pero no hay más remedio! Sin que-
rer, hacéis daño. ¡Lo siento, lo siento mucho!

Y fue pasando el tiempo en la Isla, que se iba llenando cada día de más noveda-
des, muy mal recibidas por el que había llegado a ella buscando, como un don ben-
dito, ¡el silencio!

Los turistas se habían sentido, como él, atraídos por la Isla, pero, de muy distinta
manera. Ellos no querían silencio y traían consigo el ruido.

Llegaban en grandes oleadas de Inglaterra, Nueva York y otras ciudades ameri-


canas; de Alemania, Austria, y, a su conjuro, surgían los dancing y los altavoces lan-
zaban las canciones estridentes de última moda.

-La isla se está desaislando- decía Manolo- cuando se encontraba en el tranvía,


rodeado de extranjeros. -He tenido la ocurrencia de observar detenidamente a los
treinta y tantos viajeros, y ni uno sólo hablaba el castellano o el mallorquín. Y yo me
preguntaba: pero ¿Señor, estamos en España o en Inglaterra?

Para huir de aquella nueva Babel, procuró bajar lo menos posible a Palma, mas,
pronto, la invasión llegaba hasta su tranquilo refugio.

Una tarde, se le presentó en su casa un joven extranjero con el deseo de verle,


para un asunto urgente, y, cuando mi amigo amablemente salió, el desconocido,
mirándole con curiosidad, le preguntó sin previo saludo:

-¿Cuánto cobraría usted, señor maestro, por componer una partitura muy españo-
la, muy dramática, para nuestro film sobre Don Juan? Espero que no sea excesiva-
mente caro. Se trata de un encargo que me ha confiado mi padre, Douglas Fairbanks.

No sé como Manolo no le echó a la calle de mala manera; pero, incapaz de


hacerlo, tuvo la amabilidad de acompañarle hasta la puerta, rogando indicase a su
padre, que no podía complacerle por exceso de trabajo.

191
Mas aquella irrupción no fue la única. Periodistas extranjeros solicitaban entrevis-
tas. Su amada soledad se iba esfumando, y Manolo, un día del mes de junio, deci-
dió dejar definitivamente aquella Mallorca querida para volver a Granada.

No lo hizo sin pena, mas aquella inquietud que sentía, y que le impulsaba a bus-
car el silencio y la tranquilidad, le obligó a partir.

Un grupo de amigos fue a despedirle; aquellos que le visitaban en su casita de


Génova en las tardes invernales, cuando, en torno a la camilla -única calefacción
que se permitía, charlaban de interesantes temas... ¡Aquellos que le querían y le
admiraban!

La Capella Classica dedicole una despedida íntima, en la Real Capilla de la


Almudaina, y le hizo entrega de un valioso rosario mallorquín como recuerdo al que
habían nombrado su director honorario.

Las azules aguas de la bahía le vieron partir, y los ojos de mi amigo se hundieron
por última vez en la vista de la ciudad que no habría jamás de contemplar. Era el
18 de Junio de 1934.

Cuando se dirigía a Granada, su fiel secretario, Don José Segura, fue a esperar-
le a Algeciras, acompañado de sus hijas.

Él mismo llevaba con cuidado, como quien lleva un tesoro, una abultada cartera.

Una de las chicas quiso desembarazarse de aquel peso, mas antes de entregár-
selo hizo una advertencia:

-¡Cuidado! ¡Vas a llevar la Atlántida!

Mas, qué lejos estaba entonces Manolo de que aquella obra, que era ya su prin-
cipal y única ilusión, quedara inacabada, no por falta de tiempo, pues aún le que-
daban años de vida, sino por su afán de lograr esa imposible perfección, por la que
lucharía hasta el momento de su muerte, allá, en Alta Gracia, sin haber conseguido
lo que él soñó.

192
Manuel de Falla en Palma de Mallorca, mayo de 1934. A su izquierda se
encuentran Mme. Chènes, Juan María Thomas y Alfred Cortot.
XXV
PADRINO DE MARIBEL FALLA
Un día, la vida tranquila, metódica, de Manolo se vio turbada por una noticia que
le llenó de alegría: le anunciaban la llegada de su hermano con su mujer María
Luisa y su hija Maribel.

Aquello era un verdadero acontecimiento, y María del Carmen se dispuso a hacer


los preparativos, mientras mi amigo, temo que entre las líneas del pentagrama
donde componía, vio asomarse un rostro infantil.

Hacía ya muchos años que aquellos amores, que principiaron en París, en casa
del tío Pedro Matheu, habían finalizado con boda. Germán de Falla y María Luisa
López de Montalvo se habían casado en París, en la Iglesia de la Asunción, del
barrio de Auteuil, el 28 de Junio de 1929.

Durante los primeros tiempos, residieron en Madrid, pero transcurridos ocho


meses, se trasladaron, en Mayo de 1930, a Centroamérica, donde residieron varios
años.

Aquel hogar de Germán de Falla se alegró con la venida de su primer hijo, ¿Oué
sería?... ¿niño?... ¿niña?...

Por fin, llegó el momento tan deseado por los padres y por Manolo, pues en su
vida llena de espiritualismo y, sobre todo, tan apartada del mundo, iba a entrar un
elemento de dicha humana, y, aunque estaba lejos, se unió a la felicidad de los
suyos.

El fruto de aquella unión fue una niña monísima, alegre, sana, que vio la luz en
Santa Ana (República del Salvador).

195
Como suele suceder en estos casos, se dio una gran importancia al nombre que
iba a llevar la recién nacida. Tenían que cumplir con tres personas de la familia que
habían muerto, y era difícil decidirse ¿Qué nombre debía llevar la hija de Germán?
Alguien, propuso que se echara a suerte, pues de esa manera nadie podía ofen-
derse. Se aceptó la idea y se escribieron tres nombres en un papelito: una mano,
escogió uno de ellos, en que aparecía el bonito nombre de Maribel.

Y así, se llamó la pequeñuela, y, en cuanto al padrino, no hubo que pensarlo


mucho. ¿Quién mejor que Manolo, el hermano mayor al que tanto querían?

Y, Manolo fue el padrino, y como es natural puso todo su cariño en ella; mas no
pudo disfrutar, como hubiera sido su deseo de la presencia de la niña, en sus pri-
meros años. Las obligaciones de su padre, la retenían lejos de él.

Germán de Falla se había situado muy bien. Trabajó en la Universidad de San


Salvador, donde fundó la Escuela de Arquitectura. Intervino en la construcción de la
Casa Presidencial, la urbanización de la parte del Hospital y la unión de la parte
vieja de aquella ciudad con la Ciudad Jardín.

Mas el deseo de regresar a España se iba avivando en el arquitecto. Se encon-


traba bien allí, pero un día decidió volver a su patria.

Su primera visita tenía que ser para su hermano Manolo, que vivía en la casita de
la Antequeruela, y, un día feliz, llegaron a ella el matrimonio con la pequeña
Maribel.

Hacía años que Manolo deseaba conocer y ver a su ahijada. El alejamiento, los
triunfos, no le habían hecho olvidadizo, y a los que quería, daba su afecto para
siempre.

La llegada de su hermano y de su sobrina hizo vibrar las fibras más sensibles de


su corazón bondadoso, y eso que, seguramente, con su venida se turbó aquella paz,
casi conventual, de la que disfrutaba en su carmen granadino.

Seguramente, él que odiaba toda clase de ruidos cuando trabajaba, y no le gus-


taba ser interrumpido, se vería sorprendido algunas veces por la niña, que osaba
penetrar en el sancta santorum para verle.

196
La chiquilla se encariñó enseguida con mi amigo, al que llamaba «tito».
Solamente, así, como si no hubiera más que uno... y, ¡tenía razón en su intuición
infantil!

Manolo quiso trasladar a la niña su afición a los libros y se dedicó a regalarle los
que creía oportunos para ella. El siempre tuvo una gran afición a la literatura, que
fue su primera vocación.

Deseaba que desde pequeña, Maribel, sintiera afición a la lectura y la obligaba


a leer, mas la niña, no siempre tenía ganas y, algunas veces, se negaba a obede-
cer, y entonces...

El «tito» se enfadaba de verdad, y hasta estaba una semana sin dirigirle la pala-
bra. ¡Terrible castigo! La niña sabía hacerse perdonar y el padrino, cuando la tenía
a su lado, olvidaba aquellas armonías que cantaban en el fondo de su alma, y esta-
ba sólo pendiente de otra música: la de las risas y charloteo de su pequeña ahija-
da. Al contacto de la chiquilla, se iba tornando más humano, más tierno y apasio-
nado.

La niña le entretenía y alegraba; y temo que durante aquel periodo de tiempo, no


se sintiese tan dispuesto para componer horas y horas, sin pensar en descansar.

Pasaban muchos ratos de charla y en uno de ellos, se puso sobre el tapete algo
importante. Maribel, tenía ya edad de hacer su Primera Comunión. ¿Por qué no la
hacía en Granada?

Todos estuvieron conformes en ello y empezó a pensarse en el lugar dónde podía


hacerla, decidiéndose que fuera el Colegio del Sagrado Corazón, hermoso edifi-
cio,rodeado de un gran jardin, donde se educan las hijas de las familias más cono-
cidas y adineradas de la ciudad.

Mas, hubo algo que quiso hacer Manolo. Prepararla para la Primera Comunión.
No quiso dejar a nadie esa tarea. Estaba dispuesto a cumplir con la seriedad que
le caracterizaba, su papel de padrino. Quería en verdad ser el Padrino de Maribel
Falla.

Escribió de su puño y letra varios folios, con las cosas fundamentales que consi-
deraba que debía de saber un niño y, durante días y días, con infinita paciencia,
se dedicó a enseñar a su ahijada. Hasta tuvo un especial cuidado de que Maribel

197
hiciera como es debido la señal de la Cruz, que para tantos consiste sólo en un
garabato.

Y llegó el día feliz en que la chiquilla, vestida de blanco, como una novia chiqui-
ta, salió de su casa para dirigirse al Sagrado Corazón.

Las Primeras Comuniones son siempre emocionantes, y la de la pequeña Maribel,


casaría muy hondo a Manolo que era todo sensibilidad.

Allá, ar rodillada en su reclinatorio, estaba Maribel. Había flores, muchas flores.


Velas, muchas velas. Fue un momento solemne cuando la chiquilla se acercó a la
Sagrada Mesa, para recibir, por vez primera, en su pecho inocente, el Pan de los
Ángeles. La ceremonia resultó muy hermosa y devota. Las religiosas y las niñas can-
taron durante ella, y Manolo, que era exigente en todo lo que se refería a la músi-
ca, y mucho más si era religiosa, se mostró tan contento en aquella ocasión, que
hasta felicitó efusivamente a las monjas por lo bien que habían cantado.

Aquel día fue muy feliz para Maribel y para todos los que tanto la querían, y en
el carmen de Antequeruela, gozaron de una dicha completa sus moradores.

La familia de Germán de Falla estuvo con Manolo una larga temporada. Tres
meses de veraneo que pasaron en La Zubia y cinco en la capital, mas se acercaba
el momento de la separación.

Mi amigo preparaba su marcha a la Argentina para fines de septiembre. Se había


comprometido a dar varios conciertos, aunque entonces, no esperaba quedarse por
tierras americanas hasta su muerte.

Pensaba ver de nuevo a su hermano y a la pequeña Maribel, con la que se había


encariñado tanto. No obstante hubo de sufrir al alejarse de ellos, aquel día de fina-
les de septiembre del año 1939.

Mucho más triste hubiera sido la despedida para todos, de saber que iba a ser la
última. Manolo no regresaría con vida a su patria. Serían sólo sus restos los que lle-
garían, de allende los mares, para reposar en la cripta de la catedral gaditana.

198
Manuel de Falla en el patio del carmen de la
Antequeruela con Mª Isabel de Falla y sus padres,
Mª Luisa López Montalvo y Germán de Falla, en
septiembre de 1939, unos días antes de partir
hacia Argentina.
XXVI
VÍSPERAS ARGENTINAS
No volví a ver a Manolo hasta el año 1939, en que hube de hacer un viaje a
Granada; él, entonces, pasaba una temporada en La Zubia, pintoresco pueblecito
de la Vega granadina, a seis kilómetros de la capital.

Uno de los mejores amigos de Granada había puesto a su disposición aquella


finca que ocupaba en La Zubia, y donde podía trabajar a sus anchas por hallarse
en pleno campo y no llegar hasta ella otros ruidos que los de la naturaleza.

Aquel encuentro, que Manolo no esperaba, fue muy de su agrado, y nos abraza-
mos cordialmente; desde el año 1930, no nos habíamos vuelto a ver, o sea, hacía
ya nueve años. Por eso, nuestra emoción fue aún mayor, y el deseo de contarnos
todo lo que nos había sucedido durante ese largo intervalo de tiempo, más acuciante
aún; allí en aquella casa rústica, lejos del bullicio de la ciudad, y rodeados de esa
paz y calma, que tanto anhelara el querido maestro, charlamos cordialmente, sin
interrumpir ni un momento nuestra conversación, en horas de visita. Y fue entonces,
cuando Manolo, a pesar de la reserva y sencillez habituales en él, me dio toda clase
de detalles del discurrir de su vida allá, así como de sus proyectos. María del
Carmen, su hermana, estaba también presente.

Yo oía, sin atreverme a interrumpirle, decir las cosas más maravillosas con tanta
sencillez, cuando de buenas a primeras, me hizo esta confesión inesperada.

-Me voy a la Argentina. Me han propuesto unos contratos muy ventajosos. Mis
ingresos están muy mermados con motivo de la Guerra Mundial, y aprovecho esta
feliz ocasión para enmendar algo mi situación económica actual.

Mi sorpresa y desencanto no tuvieron límites. El viaje a la Argentina de Manolo


era perderle... y acerté desgraciadamente en mi pronóstico pesimista; de allí no vol-
vió más... sólo nos llegaron sus restos...

201
Pienso ahora que no hubiera tenido necesidad Manolo de haberse ausentado de
Granada, si cualquier amigo, de los muchos y buenos que tenía, de posición, gus-
toso, le hubiera ayudado mientras hubiese durado la guerra y no pudiera él obtener
nuevos y saneados ingresos. Mas ¡bueno era Manolo para molestar a nadie, y,
menos por ese concepto! Seguramente me hizo esta confidencia sabiendo que yo no
podría hacerle ofrecimiento alguno sobre ese particular.

Luego de haber pasado aquella inolvidable tarde con Manolo, regresé a


Granada, y al día siguiente salía para Cádiz. Aquella charla mantenida con mi
amigo y su hermana fue muy substanciosa y casi interminable. Quizá presintiera él
que al dejar su patria no volvería a ella más.

Y, como me anunció, al poco tiempo salía para Argentina, donde pensaba dar
aquellos conciertos que rehicieran su economía quebrantada por los años de gue-
rra. A las pocas semanas, recibía una carta suya, en la que me daba el pésame por
la muerte de un sobrino mío, marino, que habían asesinado los rojos en Cartagena;
pero no se limitaba Manolo a esa cariñosa expresión de su sentimiento, sino, con
esa intuición del que cree que no le queda ya apenas vida, me recordaba los tiem-
pos felices de su niñez y su juventud, la ayuda que le había prestado mi padre en
sus primeros ensayos de composición y, sobre todo, el presentarle a Pedrell, que
encauzó sus estudios por caminos seguros, y otros mil detalles que no olvidaba
nunca. A propósito de Pedrell, el gran compositor catalán, me comunicaba que esta-
ba escribiendo una composición pedrelliana como final de una suite .

202
Manuel de Falla en el carmen de la Antequeruela, en septiembre
de 1939, pocos días antes de abandonar Granada.
XXVII
ASÍ GRANADA RECUERDA AL MAESTRO
Los Falla habían pasado veinte años en su casita de Granada, de donde salieron
un día pensando regresara ella y seguramente, Manolo sintió pena al abandonarla,
pues había pasado una buena parte de su existencia.

Mas en vano aguardaron sus muros escuchar los pasos del maestro, los maravi-
llosos sonidos que dejaban escapar sus dedos sobre el teclado...

Él no volvió a contemplar la preciosa vista que se divisaba desde las ventanas de


su carmen. Abajo, la ciudad con sus calles y edificios y el verde de algunos jardi-
nes. Más allá, la vega granadina, que es una especie de vergel, y a su izquierda,
la blancura de la nieve de la sierra.

Sus ojos, que tantas veces se hablan sumergido en tanta belleza, no volvieron a
verla. No contemplaron más, a las altas horas de la madrugada, cuando aún tra-
bajaba incansable, el parpadear de las luces y de las estrellas que se divisaban
desde su retiro de la Alhambra.

Por fortuna, el carmen que Manolo habitó, no cayó después en manos extrañas,
que hubieran quitado todo rastro de su estancia en él. Una ilustre dama, la duque-
sa de Lécera, durante muchos años rindió culto a la memoria de mi amigo. Los mue-
bles no quedaron allí. Unos fueron a parar a un convento para su custodia. Otros
los tenía un amigo íntimo, Don Pedro Borrajo.

La duquesa de Lécera cuidaba aquella casita con cariño y gustaba de enseñarla


a sus amigos del gran mundo, y así se ha conservado tal como estaba cuando él
vivía.

Un alcalde granadino, Don Manuel de Sola, tuvo la feliz idea de convertir el car-
men, que fue el hogar del músico famoso, en un museo, pero eso no ha llegado aún

205
a realizarse, aunque se han dado ya los primeros pasos y por lo menos, no corre
peligro de ser destruido o cambiado como en algunos casos suele suceder.

Hace un par de años el citado Don Manuel Sola tuvo una reunión, para formar un
Patronato -Museo Casa de Falla, que quedó constituido; estando integrados en él, la
sobrina de Manolo, Maribel Falla de García de Paredes, Don Miguel Cerón, Don
Francisco González Méndez, Don Bernabé Berriz, Don Valentín Durán y otros, entre
los cuales, no sé con qué carácter, figurábamos también José María Pemán y yo.

En un álbum se hizo una especie de acta muy sencilla que comenzaba así: «Hoy,
vísperas de San Cecilio, del año 1961, quedó formado el Patronato, etc., etc.»

El primer paso está ya dado. Sus familiares han donado también sus muebles para
que pueda reproducirse todo, como cuando habitaban allí Manolo y su hermana
María del Carmen.

Mas, ¿cuándo llegará a convertirse en realidad? Es de esperar que llegue ese día,
y los turistas que acudan a Granada a visitar sus monumentos árabes, su Catedral,
su Cartuja, podrán hacer también una peregrinación artística al pequeño carmen.

El maestro no está ya allí, pero aún queda la huella de su persona y aquella habi-
tación donde él trabajó y salieron a la luz tantos frutos sazonados de su inspiración,
será una especie de templo para los amantes del arte.

206
XXVIII
MANOLO ESCRIBE...
He intentado a lo largo de esta vida íntima de mi querido amigo Manolo, en la
que he procurado huir de todo tecnicismo al analizar su obra y las circunstancias en
que se desenvolvió, poner mi emoción, mi cariño y admiración hacia él, para dar a
conocer como era el ambiente que le rodeaba y los más importantes incidentes de
su no corta existencia. Pero creo oportuno dedicar un capítulo exclusivamente a sus
producciones (algunas no muy conocidas) fechas y lugares de estrenos, así como
algunas anécdotas referentes a aquellas. Si así no lo hiciera, quedarían las memo-
rias incompletas, mas insisto que no habrá en estas líneas un estudio técnico de sus
obras, pues eso queda reservado para los profesionales, y sí, sólo una noticia escue-
ta sobre su aparición y circunstancias que la rodearon.

Comenzaré a hacer un recuento de sus producciones.

Podríamos señalar que las primeras obras de Manolo fueron escritas desde 1899,
fecha en que obtuvo el Primer Premio del Conservatorio de Música de Madrid, hasta
1905. Estas fueron: Serenata Andaluza, Vals Capricho, Nocturno y Tus ojillos negros.
Por cierto, que sobre esta última obra hay una anécdota muy simpática.

Cristóbal de Castro, conocido periodista y poeta de aquellos tiempos en que


Manolo comenzaba su carrera artística, había escrito en La ilustración artística de
Barcelona una poesía, que tituló Tus ojillos negros, y, tan pronto la leyó mi amigo,
se presentó en casa de aquél, con una carta de recomendación de Pedrell, que era
director de la revista catalana, para rogarle que diera su consentimiento para musi-
car la poesía. Castro, accedió benévolo, y Manolo escribió una partitura que llegó
a figurar en el programa de Hipólito Lázaro.

Contemporáneas de estas piezas de piano y de esta canción, fue un Allegro de


Concierto, con el que concurrió Manolo a un concurso del Conservatorio de Madrid,
alcanzando el honor de ser significado por el tribunal. El premio lo obtuvo el Allegro

207
de concierto, de Enrique Granados. Más tarde, Manolo musicó Los amores de Inés,
un sainete cuya letra era debida a la pluma de Emilio Digi, obra de enredo, muy del
gusto nuestro; la partitura, muy madrileña, fresca y juguetona, como las de Chueca,
llegó al público. La crítica acogió el sainete con agradecimiento; ciertamente, la
música era muy bonita y estaba bien instrumentada. Alguien dijo entonces que
Manolo, en su primera obra teatral, había revelado condiciones excepcionales de
compositor.

Sin embargo, Manolo, más tarde, olvidó estos primeros balbuceos y los repudió
con severidad.

Al comenzar el año 1905, daba Manolo los últimos toques a La vida breve, cuyo
libreto era de Carlos Fernández Shaw. Ya conocemos las incidencias de esta obra
cumbre de mi amigo pero, como el conseguir su estreno fue muy laborioso, entre
tanto escribió sus Cuatro Piezas Españolas: «Andaluza», «Cubana», «Aragonesa» y
«Montañesa». Piezas, en las que se manifiesta la oposición de mi amigo al estilo pla-
teresco de Iberia, así como su deseo, aún tímido, de buscar algo nuevo en la músi-
ca. Estas obras fueron estrenadas por Ricardo Viñes, en la Sociedad Nacional de
Música de París, interpretándose, por vez primera en España, el 30 de Noviembre
de 1912.

Por entonces, compuso también Trois melodies sobre textos franceses de Teófilo
Gautier; «Les Colombes», «Chinoiserie» y «Seguidillas». La primera audición de
estas partituras, tuvo lugar en la Sociedad Nacional de música, de Madrid, el 23 de
Mayo de 1916, y su intérprete fue: Genoveva Viz.

Pero antes de aquella fecha, en 1915, Manolo había dado a luz Siete canciones
populares españolas: «La Seguidilla», «Murciana», «El Paño Moruno», «Asturia»,
«Jota», «Nana», «Canción» y «Polo»; mostrando con ello un conocimiento muy pro-
fundo de tantos cantos populares. Estas canciones son verdaderos lieders, que llevan
a todos los lugares donde se interpretan, el recuerdo de España, y se han universa-
lizado de tal modo, que en los conciertos organizados por la Universidad de Tokio,
figuraban en su programa la Jota de Falla; la cantó la Mikamura, que la hizo triun-
far en su país, como Lucien Bleval en París.

Manolo, hombre de fina sensibilidad, buscaba en los poetas letras inspiradas para
sus composiciones; sobre todo, cuando en ellas habla ternura, sentimientos, poesía,
en fin. Y, si en anterior ocasión había musicado la poesía de Castro, ahora ponía

208
una partitura a la Oración de la madre, que tiene a su hijo en brazos, de Gregorio
Martínez Sierra. Esta composición, fue, quizá, la manifestación de] genio artista
impresionado por los ecos de la Primera Guerra Mundial. Más tarde, en ella, encon-
traría una fuente de inspiración el compositor francés Debussy, al trazar la Navidad
de los niños que no tienen madre.

Por aquellos tiempos, mi amigo, compuso su Amor brujo, sirviéndose del piano
que Rusiñol tenía en su famosa finca de recreo Cau-Ferret, conocido como auténtica
reliquia artística, ya que en ella tocaron, a lo largo de cuarenta años, todos los
grandes pianistas que venían a la Ciudad Condal. La obra, fue estrenada el 15 de
Abril de 1915, en el Teatro Lara, por Pastora Imperio. La letra era de Gregorio
Martínez Sierra. No se llegó a entender esta obra al principio, y Manolo la reins-
trumentó de nuevo, haciendo una ampliación orquestal para versión de concierto;
fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de Madrid, en la Sociedad Nacional de
Música.

Entre las fechas de representación de El Amor brujo, en de Abril de 1913, y la de


El corregidor y la molinera, el 7 de Abril de 1917, escribió Manolo una de sus com-
posiciones mas inspiradas, y que figura en los programas de todos los conciertos.
Fue dada a conocer por el maestro Arbós en el Teatro Real, el 9 de Abril de 1916,
y su título es Noche en los jardines de España. Actuó en el estreno como solista,
Cubiles, el famoso pianista paisano de Manolo y mío. Se cree que el motivo de la
composición fue aquel antecedente de los Jardines de España, de Rusiñol. La obra
tuvo una buena acogida de público y crítica. En París, se escuchó la composición
por vez primera en Enero de 1920, dirigida por Arbós y con Joaquín Nin al piano.

Como dije antes, el 7 de Abril de 1917, estrenó Manolo El corregidor y la moli-


nera, estreno que tuvo lugar en el Teatro Eslava de Madrid; dirigió la orquesta,
Joaquín Turina, y sus intérpretes fueron Luisita Puchols, Ricardo de la Vega y Pedro
Sepúlveda. No fue tampoco bien comprendida esta obra, y reconociendo mi amigo
que la partitura de la «pantomima» merecia otro espectáculo de más categoría, la
adaptó para ballet, bajo el título de El sombrero de tres picos, estrenándola en
Londres el 22 de Julio de 1922; siendo dirigida por Ansermet . En París fue repre-
sentada al año siguiente. Desde entonces aparece frecuentemente en los programas
de los conciertos de las grandes orquestas sinfónicas y de los más geniales pianis-
tas. Juan de Aubry, dijo acerca de esta partitura «Parece que Falla haya puesto al
servicio de El sombrero de tres picos todos los recursos de su segunda juventud».

209
Hacia el año 1923, Manolo estrenaba en Sevilla, por su propio deseo, El retablo
de Maese Pedro; esta interpretación, no representada, corrió a cargo de una orques-
ta formada por profesores músicos de la capital, obteniendo un éxito rotundo. Tanto
agradó a Manolo esta actuación, que le sugirió la idea de fundar la Orquesta
Bética, con aquellos elementos, bajo la dirección de su discípulo predilecto Ernesto
Halffter. Del conjunto, ya hemos hablado en anteriores páginas. De esta obra, una
de las más inspiradas de Manolo, huelga que hablemos, pues ha sido divulgada a
través de los años transcurridos desde su estreno hasta la fecha, siendo del agrado
de todos los públicos y de artistas y empresarios; se trata además, de una feliz adap-
tación de un muy conocido episodio del Quijote, como homenaje a la gloria de
Miguel de Cervantes. Fue dedicada a la Princesa de Polignac Y, como es natural, la
Princesa ofreció su palacio de París para que allí llevara Manolo la «farsa», y el 25
de Junio de 1923, se representó por vez primera en la capital de Francia, en aque-
llos salones de la Polignac. Tuvo este estreno el carácter de verdadero aconteci-
miento. La Princesa, con el deseo de conseguir el mayor éxito de la «pantomima»,
no reparó en gastos. Hizo ir desde Granada a Hermenegildo Lanz (al que Manolo,
encargó más tarde, cuando su estreno en aquella capital andaluza, allá por el año
1927, la construcción del teatro portatil y de los distintos muñecos). En esta ocasión,
el mismo Falla escribió a Lanz, invitándole, en nombre de la princesa, para que
hiciera «las cabezas y manos de los muñecos del guiñol, en la forma que usted sabe
hacerlo, para el Retablo», y añadía las siguientes palabras: «Figúrese usted con
cuanta alegría pienso en esta continuación parisina de nuestros trabajos
Cachiporristicos, de Granada». Se refería a los que realizaban en casa de García
Lorca y de los que ya hemos hablado.

Manolo no había olvidado aquellos intentos escénicos del famoso poeta, a algu-
nos de los cuales puso música y es posible que de allí sacara inspiración para el
montaje de su Retablo.

José Viñez fue quien pintó el decorado, bajo la supervisión de Zuloaga, y


Hernando Viñez, el que redactara el programa en francés, haciendo conocer al
público que se trataba de una adaptación musical y escénica de un famoso episo-
dio de Don Quijote de la Mancha, que había sido compuesto por Manuel de Falla,
como ferviente homenaje, y, a la gloria de Don Miguel Cervantes.

Los muñecos fueron movidos por Susanne Albarrán, Genóvieve Bernard, Matilde
Cuervas, Luis Leopold Eulart, Emilio Pujol, Vareña Cid, Ricardo Viñez (que fue quien
movió a Don Quijote), Manuel Ángeles Ortiz, Elvira Víñez Soto y Hermenegildo Lanz.

210
Las voces estuvieron a cargo de Hector Dufranc (Don Quijote), Thomas Solignac
(Maese Pedro) y Manuel García (Trujuman). Actuó la Orquesta Goischmann, tocan-
do el clavecín Wanda Landowska, y el arpa-laud. Henry Casadesus; la dirección la
llevó el propio Manolo en colaboración con Golschmann.

Fue instalado el tablado al fondo de uno de los magníficos salones de la Polignac,


y el todo París, integrado por artistas, literatos y aristócratas acudió a oír la genial
partitura que constituyó un verdadero triunfo para el paisano y amigo. La Princesa
hizo un espléndido donativo a Manolo en aquella ocasión, que hoy nos parecería
irrisorio, pues se trataba sólo de quince mil Francos, que entonces tenían otro valor.

Como aquello ha sido una de las páginas de más colorido e interés de la vida de
Manolo, no resisto a la tentación de transcribir unos párrafos de la brillante crónica,
que en El Sol escribiera Corpus Bargas, dándonos a conocer a aquella brillante
recepción. Decía así el artículo:

Reflejos de París. El Retablo de Maese Pedro. Gran fiesta en el Palacio


de la Princesa Edmonci de Polignac. Brilla en la noche el charol de los
automóviles mudos, bajo los castaños de la avenida. Junto a la verja,
ronronea el coro de los chauffeurs. Al pie de la escalera, medio desnu-
dan a las damas, los lacayos, con los brazos cargados de abrigos.
Descotes y pecheras, se envían mutuamente sus fuegos, a través de las
salas. Aquí se hallan Paul Valer y, el poeta de hoy, que hace gestos de
náufrago, entre las ondas de los hombros femeninos. En el quicio de
una puerta, Henry de Regnier, el poeta de ayer, se halla todo rígido y
despreciativo, con sus bigotes caclentes, y su monóculo altanero. El
músico Strawinski, es un ratón entre las gatas. y, el pintor Picasso, de
etiqueta, y rodeado por todas partes, parece que está apoyado en una
esquina, y que tiene caída la gorra sobre una oreja. El pintor José
María Sert, parece que nos hace los honores del palacio, Pero, de los
pintores, poetas Y músicos -la corte de la Princesa Edmond de Polignac-
, el héroe de la noche, es el maese Falla. Rebosa el salón del teatro de
la Princesa. Quedan fuera, por las puertas, manojos de colas de frac.
la escena es de guiñol. Los muñecos representan a Don Quijote, a
Sancho, a Maese Pedro, el muchacho que explica el Retablo, y a los
demás personajes de Cervantes, en el Quijote; el Capítulo XXVI. El
Retablo con sus títeres; Don Gayferos, Melisendra y los otros, se abren
ahí, en el Teatro de los Muñecos; es el Guiñol del Guiñol. la música del
Retablo, le sujeta a uno, pero con esos tacones de bailaoras, que dicen
«Sígueme». ¿Quién se resistiría? Su paso por el salón de la Princesa de

211
Polignac echa a volar todos los aplausos. El maestro Falla, se va con su
música a Granada.»

Como habrá podido advertirse, no hay mejor modo de reflejar lo que fue en el
«todo París» el estreno de la obra de Falla, que este brillante reportaje de Corpus
Bargas. A su lectura, cabe medir el rango y la envergadura de aquel gran aconte-
cimiento que representó en la vida parisina el impacto del genio de Manolo.

También se representó El Retablo en la Ópera Cómica de París y, a propósito de


ello cabe relatar un incidente que nos muestra, a las claras, el verdadero carácter
de Manolo, que si bien era sencillo y modesto, quizá en demasía, sabia ponerse en
su sitio, cuando la oportunidad llegaba.

Precisamente, en esa ocasión envió la empresa a mi amigo unas entradas corrien-


tes. Y como él estaba acostumbrado a que le enviasen un palco, rehusó las locali-
dades con la mayor dignidad.

-No las he aceptado- explicó después a su tío Don Pedro Matheu- porque tú eres
Ministro de El Salvador, en París, y debes asistir a la representación en lugar de pre-
ferencia.

En el estreno de El Retablo de Maese Pedro, la crítica francesa se deshizo en elo-


gios a Manolo. Entre otros muchos, Raúl Laperra se expresaba de este modo:

«Tras comparar al autor con otros músicos patrios, saco la conse-


cuencia de que Falla será en el pasado, el porvenir y el presente, el
más grande de los músicos de España».

Más tarde, El Retablo (Octubre del 23) se estrenó en Roems, de Bristol (Inglaterra),
obteniendo el mismo éxito que en Francia. El 28 de Marzo de 1924, fue interpre-
tado por la Orquesta Filarmónica, en Madrid, bajo la dirección del maestro Pérez
Casas,, tocando el clavicémbalo el propio Manolo, y al año siguiente, fue dado a
conocer en Sevilla en su versión escénica por primera vez en España. Ya hablé de
eso en el capítulo correspondiente.

El año 1924, Manolo compuso la Partitura de un poema de Juan Aubry, Psyché,


obra de una maravillosa perfección; como toda la que preside la obra de mi amigo.
Así lo dijo Rodolfo Haifter. «Yo no creo que existe hoy en Europa otro maestro, salvo

212
Mauricio Ravel, que escriba con la perfección de Falla». Era un homenaje de
Manolo hacia el poeta, muy merecido pues, Aubry, desde que empezó a recono-
cerse en Europa el genio de Albéniz, se interesó con el mayor entusiasmo por nues-
tra música.

Como sabemos en Psyché se glosa, o evoca, un concierto íntimo que Isabel de


Parma da a sus damas de la corte, en el camerín de la Alhambra, conocido vulgar-
mente por el «tocador de la Reina». El motivo del concierto, es un tema mitológico,
muy del gusto de aquella época; primera mitad del siglo XVIII.

Tras esta producción, dio a luz Manolo, su Concerto para clave, dedicado a
Wanda Landowska; el principal objeto de esta obra era apartarse de la forma clá-
sica, evitando que un solo instrumento fuera acompañado por otros. En esta ocasión,
quiso mi amigo que cada uno de ellos se considerase como solista.

Se veía que el camino que quería recorrer Manolo, ahora era distinto del de sus
primeros tiempos de «andalucismo»; a partir de El Retablo, trata de incorporar a
nuestra lírica, viejas tonadas castellanas, música de corte, religiosa, romancero,
popular... ¿Se estará preparando para su definitiva e incompleta obra, en la que
cifra todos sus ensueños y aspiraciones de música, Atlántida?

Sin embargo, Manolo, a pesar del Concierto, seguirá siendo el mismo que el de
o El amor brujo, aunque hubiera en las nuevas obras mayor intensidad, y fueran con-
siderablemente sintetizadas.

El Concerto, al que acabo de referirme, fue interpretado en el Aeolian Hall, de


Londres dos veces, la segunda obtuvo un mayor éxito, porque el piano fue reem-
plazado por el clavicémbalo que tocó Manolo. Aún no se había estrenado en
España, pues el Concerto fue conocido aqui, en el Palacio de la Música, el 5 de
Noviembre de 1927, en un homenaje que el Ayuntamiento de Madrid, rindiera a
Manolo, días después de una brillante recepción que hubo en la Casa de la Villa en
su honor. Por cierto, que allí, bajo la dirección del maestro Villa, se interpretaron
varios fragmentos de La vida breve y tres danzas de El sombrero de tres picos, ins -
trumentadas para banda por el propio maestro y director del conjunto de viento.

Compuso también Manolo, unas sencillas melodías, aquellas que dedicara a


Córdoba, y basada en un Soneto de Góngora, el poeta cordobés, que se estrenó en
la Sala Pleyel de París, por la señora Magdalena Cresier, y Monseñor Delacourt, y,
otra, que pudo considerarse como un extracto de una partitura de Federico Chopín,
en Fa mayor para piano, y que adaptó Manolo a los sonoros versos de Mosén

213
Jacinto Verdaguer, para coro mixto. Su título fue Balada de Mallorca, y era muy inte-
resante y encantadora su audición. Como ya se ha dicho, se cantó en el Tercer
Festival de Música, celebrado en la Cartuja del Valle de Mosa (Mallorca) el 21 de
Mayo de 1933, ejecutada por la Capella Classica del Padre Juan M. Thomás.

El año 1934, escribió Manolo, los famosos Homenajes, cuya primera audición,
tuvo lugar en Noviembre de 1939, poco después de la llegada de Manolo a la
Argentina; él la dirigió y su éxito fue completo.

Quiso Manolo componer una obra que extrañase serias dificultades de interpreta-
ción, pues aunque a primera vista pareciera de ejecución sencilla, llegaba a poner
en un verdadero aprieto a los concertistas por su extraordinaria técnica; esa fue la
razón de ser dedicada a Rubinstein, uno de los mejores pianistas de aquella época,
y de una prodigiosa ejecución.

El maestro Rubinstein, era un verdadero entusiasta de nuestro país, y a propósito


de ello, no resisto a contar la siguiente anécdota, en la que yo intervine personal-
mente; pues era muy amigo del célebre pianista.

Un día me dijo:

-Yo no me pierdo la Feria de Sevilla, por lejos que me encuentre de España, y,


siempre oigo con verdadero deleite a "La Camarona."

En otra ocasión, me confesaba:

-Me gusta mucho el vino de Jerez, pero el Carta Blanca que bebí en La Habana,
no lo olvidaré nunca.

Yo, le propuse, entonces:

-¿Quiere usted conocer a Agustín Blázquez, socio de la firma que exporta ese vino?

Y, fui a buscar a Agustín Blázquez, amigo de toda la vida, y le llevé a ver al céle-
bre músico. Al ser presentado, artista y bodeguero, aquél dio un fuerte abrazo a
éste, y le dijo, sin poderse contener:

-¡Ah! ¡Qué vino tiene usted, señor!

A lo que Blázquez, contestó, con ese «dejarse caer», y esa gracia fina gaditana:

214
-Y, usted, ¡qué dedos tiene, maestro!

En estas anécdotas queda retratado aquel español, o mejor andaluz honorario,


que estrenó Fantasía Baetica, a pesar de sus dificultades técnicas constituyendo un
verdadero apoteósico éxito. La obra fue interpretada el 20 de Junio de 1920, en
Nueva York.

Todos estos trabajos de Manolo, que hemos ido enumerando, obedecían a distin-
tos estilos, pues su curiosidad era insaciable y su deseo de acabamiento, sublime;
su deseo de perfección era casi sobrehumano. Por eso pedía a Dios con fé y segu-
ridad de ser escuchado, que la inspiración no le abandonase y que viniera a su
mente... Y la inspiración venía... y escribía... pero...

Comenzó a componer su última obra, la que nunca terminaría, mas, ¡no sería pre-
sunción vana escribir aquella última partitura que iba a ser como el resumen de su
vida, de sus anhelos místicos, de su espiritualidad ¿Cómo iba a escalar esa cima del
arte? Sin embargo, lo humano era ciertamente un verdadero reflejo de la grandeza
de quien hizo la armonía y la luz.

Pondría manos a la obra gigantesca... él la empezaría... y, luego, ÉL la habría de


terminar.

215
XXIX
CON UN PIE EN EL ESTRIBO DE LA MUERTE
El 7 de Octubre de 1939 pisó por última vez Manolo el suelo de su patria. Había
sido invitado por el Instituto Cultural Español de la Argentina, con motivo de celebrar
su 25ª aniversario, y estaba contratado para dar una serie de conciertos de música
española en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Embarcó en el puerto de Barcelona, y sólo algunos fieles amigos fueron a despe-


dirle. Frank Marshall, Gisbert y otros, llegando a Buenos Aires, acompañado, como
siempre, de su hermana María del Carmen, que no le abandonó ya en su vida. La
capital de la República Argentina le dispensó un grandioso recibimiento: fueron
muchas personas las que acudieron al muelle a la atracada del barco que le trajo
desde España. Veíanse entre ellas a personalidades destacadas del arte, social-
mente, o del mundo de los negocios. La república acogía calurosamente al ilustre
músico español.

Los organizadores de los conciertos le instalaron en un lujoso hotel, digno de su


rango artístico; pero mi amigo era demasiado modesto para hallarse contento en
aquel ambiente suntuoso. Creo que se hubiera marchado a otro sitio, más en con-
sonancia con sus gustos, pero eso hubiera podido herir a los que allí le llevaron, y
como era incapaz de molestar a nadie, aunque fuera en cosa tan insignificante, allí
se quedó...

Y, como no quería que la gente pensara que aquello era cosa suya, no podía por
menos de decir a los que iban a visitarle, como explicación de su alojamiento en ese
hotel:

-Me han traído aquí, pero esto es demasiado lujo y demasiado gasto para mí.

Y transcurridos apenas unos días de su llegada, comenzaron los conciertos en el


Teatro Colón, con un lleno rebosante, a pesar de su enorme capacidad. Si cabe, ase-

217
guraríamos que su triunfo fue mayor que otras veces, poniendo las ininterrumpidas
ovaciones un broche de oro a la actuación de mi ilustre amigo.

Dióse el caso, quizá único (no conocemos otro igual), de que al serle presenta-
das las liquidaciones de aquellos conciertos, que superaban con un margen sor-
prendente a lo previsto, se negó a aceptarlas por considerar su importe excesivo.
No sólo era modesto -con la modestia de un niño grande- sino desinteresado de
modo incomprensible.

La última obra que dio a conocer Manolo fue la suite sinfónica titulada Homenajes,
y que se estrenó, precisamente, en dicho teatro el 18 de noviembre de 1939. Consta
de cuatro números: el primero Fanfarre, dedicado al maestro Arbós; el segundo, A
Claude Debussy; el tercero, A Paul Dukas y el cuarto, Pedrelliana.

En aquella obra, enlazó a los artistas contemporáneos que admiraba, y fue como
su postrer recuerdo y demostración de afecto y, también, aunque él entonces, no lo
presintiera, su última presentación al público.

A Buenos Aires le cabe el honor de haberle prodigado los postreros aplausos que
escuchara mi amigo de niñez, aunque luego hayan sido muchos los prodigados en
todas las partes del mundo; pues su figura es universalmente conocida por los aman-
tes del arte musical.

Terminados con gran éxito los recitales y, aunque era su propósito volver a España
cumplidos estos compromisos, como le fueran ofrecidos otros nuevos contratos, deci-
dió permanecer algún tiempo más en la Argentina, y fue entonces cuando pensó bus-
car un refugio para dedicarse a la composición en paz y silencio, como en su car-
men de Granada, o en La Zubia.

Primeramente, se instaló en Córdoba, que se halla a unos 800 kilómetros de


Buenos Aires, en una casa denominada «Villa Carlos Paz», pero Manolo no se
encontraba allí a gusto; aunque era persona de pocas necesidades se sentía muy
incómodo, y no acababa de encajar. Deseaba buscar otra cosa, y alguien le solu-
cionó el asunto.

Vivía por aquellos tiempos en Buenos Aires, el gran estadista y político español,
Don Francisco Cambó. No sé si Manolo lo conocía de antiguo, y más bien, pienso,
que al encontrarse allí, en el extranjero, empezaron a tratarse.

Cambó supo de boca de Manolo su descontento y sus deseos de cambiar de casa.

218
-¿Por qué no te vas a vivir a Alta Gracia? -le preguntó-. Creo que aquello te gustaría.

-¿Y crees que allí encontraría un lugar retirado, donde pudiera trabajar, lejos del
ruido que tanto me molesta?

El estadista guardó silencio durante unos minutos, y permaneció pensativo.

-Conozco mucho aquella región, pues suelo pasar temporadas en la zona serrana
de Alta Gracia.

-Entonces, si sabes de algo que me convenga, dímelo.

-Procuraré hacer alguna gestión; se me ha ocurrido algo. Pero no depende de mí.


Ya veremos...

Días después, se presentó a Don Ricardo Bunge, persona, que por cierto es primo
de una distinguida dama, Catalina Uthof, que estuvo casada con un gaditano, José
María Bensusan, que murió, durante la guerra, víctima de la aviación roja.

Ese señor, poseía una hermosa propiedad, «Los Espinillos», en Alta Gracia, pero
estaba deshabitado, pues en ese entonces, residía permanentemente en Europa.

Cambó le habló de los deseos de Manolo, y procuró convencerle de que se la


dejara.

-Tú no la habitas ahora, y pienso que tu finca sería una residencia ideal para Falla.

El estadista no tuvo que luchar para convencer al dueño de «Los Espinillos», que
aceptó muy gustoso la indicación por tratarse del que ya era una celebridad.

De la conversación sostenida con Don Ricardo Bunge quedó decidida la nueva


mudanza. No se trataba de asunto complicado. Ya no eran los «gallegos» los que
tenían que efectuarla. Aquellos que oyeron la primera composición tocada por sus
dedos infantiles, estaban muy lejos, y además...la casa estaba ya amueblada por su
dueño y lo único que precisaba trasladar era el piano de mi amigo Manolo, que for-
maba casi parte de su propio ser.

219
«Los Espinillos» quedaban en las afueras de Alta Gracia, mas cerca de la ciudad,
que está situada en la zona montañosa, a 650 metros de altura sobre el mar. La
casa, era de piedra y ladrillo, con techo de tejas, y estaba edificada en barranca.
La rodeaba un jardín, que no había sido modernizado, pues su dueño prefirió con-
servar la vegetación espontánea; Espinillos (de donde le vino el nombre a la pro-
piedad) chañares y cocos, en su mayoría.

A la entrada, a cada lado del portón, había un grupo de cipreses que, segura-
mente le recordarían a Manolo aquellos que tantas veces contemplase en sus visitas
al Generalife. Hasta aquel lejano rincón le llegaba con ese árbol la nostalgia de su
querida Granada.

Habia también en el jardín naranjos y limoneros. Muchos de ellos fueron planta-


dos por manos de un poeta argentino, Don Enrique Larreta, que tenía, a poca dis-
tancia de aquella finca, otra, llamada «El Portillo».

La propiedad, estaba rodeada por un cerco de piedra, de poca altura, sin


argamasa (pirca) y una hilera de cactus, mandarinos y naranjos, la bordeaba
interiormente.

Allí fue a instalarse Manolo, en compañía de su hermana María del Carmen, y


empezaba la última etapa de su vida.

La casa era amplia. Tenía cuatro dormitorios y un cuarto de estar, que daban a la
sierra. El paisaje que contemplaban sus ojos era montañoso, y la vegetación, pobre.
El suelo, arenoso y con muchas piedras, no era propicio para mucha lozanía.

Manolo, en su casita argentina, no se encontró por completo aislado. Nunca fue


hombre amante de la sociedad, mas le agradaba tener sus tertulias y un grupo de
amigos.

Le visitaba con frecuencia el doctor Quiroga Losada, con el que hizo amistad. Sus
cuidados, el reposo y la paz que encontró en las alturas de la sierra, le fueron bene-
ficiosas, y su salud quebrantada empezó a mejorar.

220
Casa de Los Espinillos en Alta Gracia (Córdoba) donde Falla vivió durante sus
últimos años desde finales de 1942.

Manuel de Falla y Mª del Carmen en su casa de Los Espinillos, Alta Gracia


(Córdoba, 1945).
Llegó a estar tan débil, que movía difícilmente las piernas, y tuvo que verse preci-
sado a utilizar un bastón que ya no abandonó jamás; aunque dejó de serle nece-
sario más adelante.

Había veces que, al levantarse, lo olvidaba, y echaba andar tan tranquilo, pero
se había acostumbrado a él.

Además de su médico, muchas otras personas le visitaban, Algunas llegaban hasta


Alta Gracia de lejos, sólo para verle; músicos, poetas, diplomáticos, escritores,
periodistas. Compatriotas y extranjeros.

Manolo, se alegraba mucho de que fueran a verle, y ayudado por su hermana


María del Carmen, procuraba atenderles.

En aquellas tertulias, gustaba hablar de sus tiempos pasados, de sus antiguos ami-
gos, de sus estancias en París, en Granada, en la ciudad, que le vio nacer.

No olvidaba a nadie y no regateaba sus elogios a los compositores de su época,


como Ravel, Debussy y Paul Dukas; de este último, confesaba que era uno de los
amigos más verdaderos que había tenido.

Manolo se vio una vez felizmente sorprendido por la llegada de un paisano al que
conocía de antiguo. José María Pemán, que dio por aquellos años unas conferen-
cias en la Universidad de Córdoba (Argentina), sabiendo que Manolo estaba allí fue
a dar un abrazo a su querido amigo. No renunciamos a dar a conocer este intere-
sante encuentro entre el maestro y el escritor gaditano y, para ello ¿qué mejor pluma
que la del propio Pemán?

En un bello artículo que transcribimos dio sus impresiones sobre la entrevista. Allí
vemos de nuevo a Manolo, pero ya en su acentuado declive físico, con un «pié en
el estribo de la muerte», como Cervantes. Física y moralmente lo retrata Pemán, en
aquel ambiente lejano -y tan nuestro-, con ese gracejo, fluidez y clasicismo que le
caracteriza. Decía así su artículo:

«Llegué a la residencia de Falla, casi anochecido. Esto fue una fortuna,


porque la hermana enfermera, la admirable María del Carmen, que
salió a recibirme, me explicaba que el estado de debilidad y nerviosis-
mo del maestro era tal, que la mañana la pasaba en una especie de
marasmo atónico, y, sólo, hacia las tres de la tarde, empezaba a desve-
lar del todo el espíritu, y quedar en condiciones de sostener un diálogo.

222
Cuando llegué, en realidad, no tenía ninguna enfermedad específica,
y se consumía a fuerza de espíritu y de genio. Eso era todo. Era una
torcida de nervios que se quemaba en su propia combustión.

Poco después, tenía delante al maestro. Vestía un poncho de color


ceniciento, que acababa de dar a su figura un aire franciscano. Me
abrazó, con un brazo sólo. El otro, lo movía lentamente, porque había
tenido despegada una clavícula, que ahora estaba soldada. Esto
mismo, le impedía, tocar el piano.

Era cada vez menos cantidad de carne, dentro de un laico sayal. Le


hice, naturalmente, la inevitable pregunta periodística vulgar: ¿Cuánto
tiempo de trabajo le queda a su Atlántida? Y, me contestó con la misma
naturalidad pueril, con que me había contestado hacia doce años a la
misma pregunta: -Seis meses.

La Atlántida estaba virtualmente terminada. Los seis meses que le fal-


taban, eran los seis meses de su escrúpulo insaciable, de su perfección
soñada, Eso, que él llamaba «seis meses», era la eternidad.

Luego, me explicó un poco su fórmula musical para la composición


de la magna obra, sueño de su vida. Hablaba ya, de un modo arre-
batado e inmaterial, como si la poca carne que albergara el poncho
ceniciento pudiera ya sostener más que la levedad de los ritmos, pero,
no la pesadez de los conceptos. Su explicación musical en Granada,
entre las rosas, estaba ya en el límite máximo de mi comprensión. Esta
otra, de la Sierra Americana, se me volaba, se me iba. No le entendía
ya. En algún momento, su mano libre, se posó sobre el teclado, y esbo-
zó unos acordes. Muy pocos... Era la Atlántida, que surgía otra vez del
fondo de los Mares.»

Poco después, nos despedimos con unas breves palabras, mientras


me abrazaba con el único brazo útil.

«¡Hasta España!»

Fue hasta la eternidad. La eternidad, que ya tocaba él con aquel brazo


inmóvil, negado a la vida, que ya no podía abrazar a los hombres».

223
Parece que ese viaje de Pemán a la Argentina fue providencial para que nos tra-
jese la última imagen del glorioso maestro. La última, y debido también a la pluma
gaditana, tan esclarecida, como la del autor de El Divino Impaciente. ¿Acaso no sen-
tía ya impaciencia Manolo por hallar un refugio definitivo, pero más alto aún que su
carmen de Granada y su finca de la Argentina? Si, de joven fue «impaciente» por
estrenar La vida breve, que ya no quería sujetar con su único brazo sano, por que el
otro, el que llevaba la dirección de su vida, yacía inmóvil, unido a su esqueleto
viviente... Él era barco a la deriva en la tempestad de la vida, y fuera de su queri-
da patria. Los vaivenes de la fortuna le sujetaban a esa penitencia en la que se depu-
raba su alma devota... Manolo era como su Atlántida, incompleto... algo había
muerto prematuramente en su vida física y, algo aún, no había nacido en la vida de
su espíritu para ofrecérselo a su obra cumbre... Por que la inspiración siempre le vino
de lo Alto...

Pero, en aquella última temporada de la Argentina, Manolo seguía cosechando


sus mayores éxitos. Entre las muchas cartas que he leído, dirigidas a mi amigo, con
felicitaciones de personas a quienes él ni conocería, figura ésta, escogida al azar,
de una dama bonaerense que, por su sencillez y tono fervoroso, copiamos:

«Ilustre maestro: Cuando yo creí perdidas las esperanzas de oír una


ópera suya, tuve la inmensa alegría de asistir en nuestro primer coliseo
a la Vida Breve. Tanto nos gustó, que volvimos a verla otra vez, y lo
seguiremos haciendo mientras la repitan.

Lo que más nos ha gustado ha sido el cuadro segundo del primer


acto. La música del anochecer en Granada es divina, tan dulce, tan
soñadora, tan fina.

Tuvimos el gusto de verle y oírle cuando dirigió en el Teatro Colón El


Retablo de Maese Pedro, y quiera Dios que nos dé vida para oír ese
poema sinfónico que se titula Atlántida.

Le envío unos programas de sus conciertos para que tenga la bondad


de firmarme, cuando menos, uno, porque pedir que me firme todos, me
parece mucho pedir. Espero me complacerá, ya que además de ser
músico, es español, y, por tanto, caballero. Pero, no quisiera ser un
martillito más en este yunque... de mi vida, demasiado larga ya.»

Creemos que también interesante trasladar a estas páginas un artículo de un perió-


dico de Buenos Aires, Los Diarios, de fecha 7 de Noviembre de 1939, y que refle-

224
ja mejor de lo que nosotros pudiéramos hacer, la fructífera y larga labor de Manolo
en la Argentina.

El artículo decía así:

«Hacía años que en nuestros centros musicales venía divulgándose


cada vez más, el repertorio de obras de Manuel de Falla, llegando a
la popularidad, merced a la laboriosidad y tenacidad de sus divulga-
dores, que hallaron en la música del maestro un nuevo camino de la
música folklórica española, hoy admirada por la mayoría, hasta el
punto de que la sola presencia del insigne autor, en el atril del Teatro
Colón, hubiera sido suficiente para poblar las diferentes localidades del
primer coliseo local.»

«Es que la divulgación de toda obra del espíritu, atrae la atención


general, despierta la curiosidad del estudioso y hace que un autor se
transforme por obra y magia, en familiar de sus admiradores, lectores,
oyentes y discípulos.»

«Tal lo acontecido con la visita del autor de El amor brujo, cuya pre-
sencia en el Colón, llamó la atención de todos aquellos que se hablan
familiarizado con sus obras, y fueron a satisfacer la curiosidad admi-
rando la personalidad de tan ilustre compositor. Prueba de ello, que la
llegada al podio directorial del compositor, provocó un prolongado
aplauso, que sólo se justifica por la obra escrita de Falla, y por la alu-
dida curiosidad de sus muchos admiradores.»

Y, para completar, aún más, nuestra información respecto a aquellos años de Falla,
haremos referencia a un programa del Hogar Andaluz de Buenos Aires, de
Septiempre de 1941. En la invitación, se hablaba de un concierto que había de cele-
brarse el día 27 de ese mes y año, a las 18,20, dedicado al ilustre compositor Don
Manuel de Falla, y en el que prestarían sus concursos el notable escritor, Ernesto
María Barreda, la magnífica soprano ligera, señora Clara Estévez, y los renombra-
dos profesores, señores Roberto Lacatelli y José Palomo. Figuraban en el programa la
«Danza ritual del fuego», de El amor brujo, y cuatro de las Siete canciones populares
españolas: «El paño moruno», «Seguidilla murciana», «Jota» y «Polo». A estas can-
ciones, seguirían la «Danza del Molinero», y La vida breve, en versión de concierto.

225
Artículos, cartas, programas de conciertos, nos iban informando de aquella vida
de mi famoso amigo que caminaba siempre de éxito en éxito, y si fue sólo a la
Argentina por unos meses, vivió allí siete años para volar al cielo.

¿ Cómo?

El día 15 de Noviembre de 1946, llamaba la doncella a la puerta de la habita-


ción de Manolo. Pero éste no contestaba. En vista de ello, su hermana María del
Carmen, abrió la puerta, y le vió algo incorporado en la cama y sonriendo. Se acer-
có a él, ya extrañada de que no volviera hacia ella la cabeza, al oirla, y advirtió,
con dolorosa sorpresa, que estaba muerto.

¡Muerto y sonriente! Bien podemos suponer, a juzgar por esa sonrisa, que es extra-
ña a la hora de la muerte, que se presentaría su alma escogida a Dios, confiando
en su misericordia infinita.

¿Acabó Atlántida al fin, o murió sin terminarla? Pudiéramos decir que sí, pero no
aquí abajo, sino en la Gloria, a la que llegaría sin duda, pues su vida ejemplar nos
hacen presumirlo. Y la «Salve», maravillosa de inspiración, incrustada en la partitu-
ra de Atlántida, la entonarían los ángeles, en inmenso coro, ante la Santísima Virgen,
mientras Manolo, a sus pies, oiría en éxtasis sus propias melodías, compuestas para
la tierra, pero que Dios quiso que se escucharan primero en los cielos...

María del Carmen, afligidísima, consternada y lejos de los suyos, tuvo, no obs-
tante, serenidad y acierto para hacer frente a aquella dramática situación, y con la
autorización correspondiente, que obtuvo en el acto, embalsamó el cadáver, trasla-
dándolo a un gran sanatorio que existe en Córdoba (Argentina), y de tal prestigio,
que muchos de los bonaerenses de familias distinguidas, en él se hospitalizaban.

Y allí permanecieron los restos de mi inolvidable amigo, hasta su traslado al barco


que los trajera a España.

226
Cortejo fúnebre de Manuel de Falla. El coche se detiene frente al Teatro Rivera Indarte, con crespones
negros, donde la orquesta, dirigida por su titular, Fuchs, interpreta música de El amor brujo
(Córdoba, 19 de noviembre de 1946).
XXX
LA CASA DESHABITADA DE RICARDO BUNGE
Años después, deseoso de conocer algunos detalles de la vida de mi amigo,
durante su estancia en aquella finca, me puse en contacto con Don Ricardo Bunge.
Le hice algunas preguntas.

-No puedo contarle muchas cosas -me contestó- No tuve oportunidad de tratar
mucho a Falla, pues casi todos los años de su residencia en Argentina, estuve vivien-
do en Europa y en los Estados Unidos. No obstante, volvía alguna vez por Buenos
Aires, y entonces iba a verle.

-¿Sabe si pensaba regresar a España? -interrogué- ¿Le habló de sus proyectos para
el futuro?

-No creo que tuviera intenciones de regresar a su patria o, por lo menos, nunca
me manifestó intenciones de hacerlo.

-¿Qué vida hacía en Alta Gracia?

-Tenía un reducido número de amigos que le visitaban de vez en cuando, pero


puede decirse que llevaba una vida más bien retirada y veía a poca gente.

-¿Trabajaba mucho? Siempre fue hombre que dedicaba largas horas a componer
sus obras- le indiqué.

-Tal vez se debiera a que su salud no era muy buena -me contestó- -pero le asegu-
ro, que él mismo me manifestó, entonces, que era muy perezoso para componer.

- Pensé- me atreví a decir- que vivía sólo para su Atlántida.

229
-En realidad -me contestó Bunge-, creo que le dedicaba poco tiempo y, por eso,
debió de quedar incompleta a su muerte.

-Sin embargo -le dije- sé por su propia hermana, que tres horas antes de morir,
estaba componiendo.

Calló, en espera de otra pregunta mía, que no tardé en hacerle.

-¿Qué solía hacer por las mañanas? ¿Se dedicaba a pasear?

-Creo, que la mayor parte de ella, la dedicaba a su aseo personal.

-Siempre tardó mucho en arreglarse -le indiqué- pero quizá fuera debido a que se
hallaba distraído con sus armonías, y soñaba más que actuaba.

-Puede ser, pero la realidad es que almorzaba muy tarde; por lo menos para los
horarios argentinos.

-¿Qué tal es el clima en Alta Gracia?

-El invierno, es allí muy crudo y, a veces, muy riguroso, aunque seco, pues no llueve
mucho, pero Falla lo soportaba valientemente. Figúrese: había en el comedor una gran
chimenea que su amigo se jactaba de no encender, ni aún cuando el frío arreciaba.

Aquello no me extrañó. Sabía de la austeridad de Manolo, que parecía más bien


nacido para ocupar la fría celda de un cartujo, pero tampoco me extrañaba que su
actitud despertara asombro.

-¿No puede decirme nada más? Me interesa tanto todo lo referente a él...

-No referente a su vida, mas sí, que después de su fallecimiento, el Gobierno de


Córdoba, me expropió la finca, para hacer de ella el Museo Falla. Sentí mucho tener
que desprenderme forzadamente de «Los Espinillos», a los que me unían muchos
recuerdos sentimentales y por la que sentía un gran cariño.

-¿Han llegado a hacer ese museo? -interrogué- Nada he oído de ello.

-Hasta la fecha, y ya van cinco años de la expropiación, no han hecho nada, y la


casa sigue deshabitada, porque tuve que llevarme todo el mobiliario, ya que sólo
me compraron la finca.

230
Comprendo que Ricardo Bunge sienta haberse desprendido de su propiedad,
pero, el lugar donde vivió los últimos años de su existencia Manolo, bien merece ser
convertido en Museo y espero que llegue un día en que eso se realice.

Mientras tanto, en Alta Gracia, una casa deshabitada guarda aún entre sus muros,
los ecos de las estrofas de Atlántida que no llegó a terminar mi amigo, pues en sus
ansias de perfección, nunca encontró nada que fuera digna de ser su obra ¡Obra
maestra!

Ricardo Bunge dio en vida un hogar en la Argentina al famoso compositor gadi-


tano, y un Museo, en proyecto, de su arte al mundo.

231
XXXI
MANOLO, PROTECTOR DE ARTISTAS
Manolo procuró ayudar a los jóvenes que acudían a él y empezaban su carrera,
cuando prometían, y mucho más si eran gaditanos, como él.

Durante su estancia en París, acogió con cariño a los nacidos en su patria chica
que llegaban a la gran urbe para perfeccionar sus estudios y emprender el camino
de la gloria, meta de todo el que es verdaderamente artista.

Carmencita Pérez, Pepe Cubiles y otros artistas, supieron de sus bondades, y, aun-
que le separaban muchos años de Cubiles, pasados los primeros tiempos, en que se
advierte más esa diferencia, la gran admiración que le inspiraba el que considera-
ba como maestro, vino a convertirse en amistad.

Cubiles vivía ya en Madrid, donde había ganado por oposición una cátedra en el
Real Conservatorio de Música, cuando se le presentó su paisano.

Aquella visita le agradó y, pensando que tal vez tuviera algún objeto, se lo pre-
guntó con franqueza.

-Había pensado que me estrene mi última obra Noches en los jardines de España -
le contestó-. La he escrito pensando en usted y en nuestro Cádiz.

Aquella proposición halagó a Cubiles, y aceptó entusiasmado por el honor que se


le hacía. Algún tiempo después, el 9 de Abril de 1916, se estrenó en el que fue
Teatro Real de Madrid, y unos quince días más tarde, se estrenaba en su ciudad
natal, Cádiz, obteniendo un clamoroso triunfo.

-Es una obra maravillosa -decía Cubiles- con sus tres nocturnos titulados «En el
Generalife», «Danza lejana» y «En los jardines de la Sierra de Córdoba». Es músi-

233
ca que ha recorrido el mundo, y que hoy, al correr de los años, sigue siendo una
obra de calidad.

Mas no sólo hacía objeto de atenciones a sus paisanos, sino también a todos los
que podía hacer un favor. Siempre se mostraba dispuesto a ayudar en cuanto
pudiera.

Recuerdo que, durante su estancia en París, escribió a mi padre para tratar de


que un guitarrista diera un concierto en Cádiz. Con fecha 22 de Agosto de 1909,
decía así:

«Aunque escribí hace pocos días, vuelvo a hacerlo hoy, para pre-
guntarle si podría dar algún concierto el célebre guitarrista español,
Miguel Lloret . Para principios de Febrero, va a tocar a Málaga, y
desea saber, si, antes o después, podría organizar otro concierto de
música clásica y moderna, en Cádiz, Sevilla, etc.»

Y como mi buen padre no le contestara, me figuro que por algún motivo justifica-
do, pues él era incapaz de dar la callada por respuesta, volvió a insistir, con fecha
17 de Enero de 1910.

«Querido Don Salvador: Supongo en su poder mi última, y le escribo


de nuevo para rogarle tenga la bondad de contestarme a la pregunta
que le hacía, sobre si sería posible que Lloret, el célebre guitarrista, dé
en ésa un concierto, para fines de Enero, o principios de Febrero. Me
lo pregunta con urgencia, y por eso le molesto a Vd. de nuevo. Suyo
affmo. Manuel de Falla.»

Hay otro detalle que muestra su excesiva delicadeza, y su deseo de complacer a


sus amigos, aún a trueque de perjudicar a su bolsillo. Tengo una carta que así lo
demuestra. Se trataba de dar un concierto en nuestra ciudad, con carácter benéfico
y, por una mala interpretación, los organizadores tuvieron que hacer frente a unos
gastos inesperados. Dejémosle que él nos lo explique, en carta, fechada en
Granada, el 6 de Diciembre de 1926.

«Respecto a Franck Marshall, y la Sra. Badía, lo ocurrido es lo


siguiente: Don Juan Gisbert, excelentísimo amigo mío, de Barcelona,
guiado por su bondad, y su entusiasmo, ha intervenido directamente

234
con Sevilla en esta cuestión, ofreciendo en nombre de Marshall y la
Sra. Badía, que irían «sin condiciones» (salvo los gastos de viaje) dado
el deseo expresado por dichos admirables artistas de colaborar en esos
conciertos. Allí, lo aceptaron enseguida, y ésto fue hará cerca de un
año. Se entera luego el Sr. Gisbert de los conciertos de Cádiz, y pide,
entonces, a Sevilla que propongan a ustedes la colaboración de dichos
artistas y amigos, pensando que, siendo inmediatos los conciertos, y
hallándose ya aquellos en Sevilla, podrían ustedes aprovechar la favo-
rable oportunidad. Sin embargo, de todo esto, y a pesar de serme muy
grato el deseo de Gisbert, me permití indicarle, que tratándose de con-
ciertos, que se dan con un fin benéfico (los de Cádiz) temía todo cuan-
to fuese a aumentar los gastos (exactamente las justas razones de tu
carta) y que, por lo tanto, sintiéndolo yo mucho, no podía directamen-
te apoyar su idea. A ello, me contestó que no me preocupase por ello,
y que él lo propondría a Sevilla, por si les parecía a ustedes bien acep-
tar el ofrecimiento. Voy, luego a Barcelona, y tanto Marshall, como la
Sra. Badía, me hablan de Sevilla y Cádiz, sin «distingos» de ningún
género, en vista de lo cual, yo di por arreglado el asunto, no pare-
ciéndome delicado pedir explicaciones, por las razones que segura-
mente comprenderás. Si, pensé hablarle al Sr. Gisbert, pero desgra-
ciadamente, con todo el «jaleo» de los ensayos, el concierto, y sus con-
secuencias, se me pasaron los días sin que me acordara de informar-
me por Gisbert, en los momentos propicios para ello, contribuyendo a
esto también mi «falsa» seguridad de que el asunto estaba arreglado.
(Ya te diré el por qué). Y, en este error, he seguido, hasta recibir tu
carta. Es razonabilísimo, cuanto me dices, y, lo que únicamente no me
parece bien, ni mucho menos justo, es que el Comité sea víctima de este
pequeño enredo, aunque, lo haya causado la mejor intención por parte
de todos. Siendo así, yo debo participar, por lo menos, en la mitad de
los gastos que esta invitación origine, y no digo en su totalidad, porque
de proponerlo así, pudieran ustedes (para quienes guardo tan viva gra-
titud) interpretarlo de un modo que lamentaría de todo corazón, Queda
pues entendido (entre nosotros, y sin que nadie tenga que enterarse)
que de esos gastos, me corresponde la mitad de su totalidad. Es la
única manera como mi conciencia, y mi amistad (tan fervorosa para
todos) pueden quedar medio tranquilas. Creo que me conoces, sufi-
cientemente, para creer que te hablo con toda verdad.

Adjunto notas sobre Amor brujo, Sombrero y algo más del Retablo,
para que vaya adelantando la confección del programa. Desde Sevilla,

235
lo mandará completo. Hoy no puedo seguir, pues la cabeza no me obe-
dece... Salgo mañana (hoy, pues es más de media noche) para Sevilla
(Hotel Royal-Plaza Nueva) y a las cinco me debo levantar ...»

No he podido resistir a la tentación de transcribir íntegra una larga carta de mi


amigo, ya que hoy no hago ninguna imprudencia en publicar lo que él quería que que-
dara entre ambos, pues ya nadie puede herir su inmensa modestia, que hacía las cosas
con la mano derecha sin que se enterase la izquierda, según el precepto evangélico.

Por ella, se verá que, guiado por su bondad y deseoso de favorecer a los amigos,
se metió en un lío, comprometiéndonos a pagar los gastos de viaje de dos artistas
por falta de comprensión de otros que intervinieron en el asunto, y cómo quiso ayu-
darnos, pagando de su propio bolsillo para que no nos viéramos perjudicados.

También, durante aquellos años pasados en la Argentina, se mostró presto a ayu-


dar a los que acudían a él. Hubo un catalán, Antonio Díaz Conde, que había ido a
América acompañando al cantaor «Angelillo» como pianista. Mi amigo le conoció
y, con su fina intuición, comprendió que se trataba de un verdadero talento musical.

Aquel joven le había puesto música a los «Romances de la pena negra» de García
Lorca, y Manolo se sorprendió al oírle. Aquello era una verdadera revelación y,
desde entonces, mi amigo se dedicó a protegerle.

Una enfermedad de pleura puso a Diaz Conde en grave peligro de muerte e hizo
sufrir a Manolo que era todo sensibilidad, todo corazón.

Mas la juventud triunfó por fin, y el chico, pensando tal vez que allí le esperaban
tiempos mejores, decidió marcharse a México en cuanto se encontró en franca con-
valecencia.

Pero su bolsillo estaba exhausto, y se confió a Manolo que se había mostrado tan
bueno con él. Hizo bien en acudir a su bondad, pues mi amigo no le decepcionó.

Espléndido, y sin preocuparse del día siguiente, le entregó los últimos trescientos
pesos que poseía.

Así era Manolo, y de él podían contarse otras muchas anécdotas que demuestran
hasta qué punto se mostraba presto a ayudar a todos, especialmente a sus amigos
y artistas, que siempre sabían que en cualquier circunstancia podían contar con su
valiosa ayuda.

236
Conchita Badía con Manuel de Falla y Mª del Carmen de Falla (Buenos Aire s ,
d i c i e m b re de 1942?).
XXXII
EN LA CRIPTA DE CÁDIZ
La conmoción que produjo la muerte de Manolo en España fue extraordinaria;
toda la prensa y medios de difusión se hicieron eco de la desgracia irreparable. El
mundo también se unió en esta ocasión, con absoluta sinceridad, unánime al dolor
de nuestro país.

Cuando en el Palacio de la Música de Madrid se supo la muerte de Falla, Pérez


Casas, que en aquellos momentos se hallaba dirigiendo la Orquesta Sinfónica, con-
tinuó imperturbable su programa, dominando su intensa emoción, y, al terminar, vol-
viéndose al público, dijo con una voz velada por su profundo sentimiento:

-Señoras y señores, hace un rato me acaban de comunicar que ha fallecido en Alta


Gracia el gran español y eminente compositor, Manuel de Falla. Vamos a interpre-
tar en honor a su memoria, la Danza de la Molinera, de El sombrero de tres picos,
y yo ruego a ustedes que no aplaudan, pues debemos oírle con religioso silencio,
pensando, como yo, en la pena que sufre España en estos momentos.

El público, como un autómata, se puso de pie, y de pie escuchó aquellas páginas,


de tan soberbia partitura.

Tan pronto como se supo la triste noticia en Cádiz, se reunió la Academia de Bellas
artes, presidida por Don José María Pemán, y se tomó el acuerdo de rogar al gobier-
no que el cadáver del ilustre maestro se trajera a Cádiz para ser aquí enterrado.

Mas dos ciudades se disputaron el dar sepultura a sus restos; aquella que fue su
cuna, el testigo de su infancia y donde volviera en muchas ocasiones, porque le unía
a ella lazos de cariño y verdaderas amistades, y Granada, donde transcurrieran
muchos años de su vida y vieron la luz parte de sus inspiradas obras, y quedaba
escondida, entre los árboles de su Alhambra, la casita del maestro.

239
Triunfó Cádiz, y sus paisanos quisieron que su ilustre hijo tuviera un lugar de des-
canso digno del nombre que había conquistado al correr de los años.

Se pensó en la catedral, en su cripta, donde yacen los prelados que pastorearon


la diócesis, pues no sólo fue un ilustre gaditano, sino un hombre de gran fe y sólida
piedad. Se habló con el señor obispo, que era entonces el Excmo. y Rvdmo. Dr. Don
Tomás Gutiérrez Díez, pero éste no podía resolverlo, y era preciso acudir más alto,
al mismo vicario de Cristo. Los organizadores de sus exequias no se desilusionaron,
ni desistieron de su proyecto.

Se hicieron las gestiones correspondientes con Pío XII, que era entonces el pontífi-
ce que regía la Iglesia Católica. Como es natural, en el escrito que se dirigió a su
secretario, se exponían las razones, y enviaban como razón suprema su testamento.

Creo oportuno trasladar aquí las disposiciones de su última voluntad que me han
facilitado sus herederos, convencido de que puede interesar, lo que es un claro refle-
jo de su alma. El testamento está escalonado, y dice así:

«En el santo nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, declaro mi


voluntad de que sea mi cadáver conducido a lugar sagrado, y en él
sepultado, todo ello, según el Rito Católico Romano, a cuya Santa
Iglesia, tengo la gloria de pertenecer. Es también mi expresa voluntad,
que la Cruz Redentora, presida mi sepultura.

Igualmente, exijo, del modo más formal y terminante, que en la eje-


cución e interpretación escénica de mis obras, se observe siempre -y sin
ninguna posible excepción- la más limpia moral cristiana, así como que
sean siempre acompañadas por obras de evidente dignidad de espíri-
tu moral y artística.

Granada, Febrero de 1932.

«Y es también mi firme voluntad, que si mis herederos no necesitasen,


como medios indispensables de vida, los productos de los derechos de
autor, que provengan de las representaciones escénicas de mis obras,
dichas representaciones, sean prohibidas. Y esta voluntad mía debe ser
escrupulosamente observada, cuando mis obras teatrales y todas las
demás restantes pasen a ser de dominio público. (Igualmente confirmo
cuanto he consignado anteriormente respecto a la interpretación escé-

240
nica de mis obras y a las que puedan acompañarles en los programas
de espectáculos).

Granada, 9 de Agosto de 1935.

«En el santo nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, doy


comienzo a esta segunda parte de mi testamento.

Es mi expresa voluntad designar como herederos-albaceas, tanto de


los valores nacionales y extranjeros, como de las sumas que pueda
dejar depositadas a mi nombre en Bancos de España o de otros paí-
ses, y de cuantos derechos devenguen mis obras (derechos editoriales,
de audición, de ejecución, de representación, etc.) a mis amados her-
manos doña María del Carmen de Falla y Matheu y Don Germán de
Falla y Matheu, que reservarán para sí mismo las sumas indispensables
para atender a todas sus necesidades, dentro de una cristiana y dis-
creta modestia, destinando el resto, tanto para atender con la mayor
liberalidad posible a ajenas necesidades, como a sufragios por mi
alma y por las de nuestros difuntos, en la forma y el modo luego deter-
minados, así como para contribuir, de ser necesario y en la debida pro-
porción, al sostenimiento del culto en nuestra Santa Iglesia Católica.
También, se seguirá costeando una lámpara, que, en representación de
nuestras almas, arda constantemente ante el Sagrario de la Iglesia
Parroquial.

En lo que concierne a los sufragios, antes indicados, es mi voluntad


que, independiente de los que se celebran dentro del Mes de Animas
de cada año, así, como según la costumbre establecida, se celebren
por mi alma a mi fallecimiento y sigan celebrándose en años sucesivos,
acompañados siempre de eficaces limosnas, se dediquen otros, en la
misma forma, a la santa memoria y al eterno descanso de nuestros
amados padres (y de modo muy especial en las fechas de aniversario
y en las fiestas de San José y del Santo Nombre de Jesús), así, como
en sufragio de nuestros abuelos y de todos nuestros más difuntos, a los
que se añadirán, otros por el alma del Sacerdote de Cristo, Don
Francisco de Paula Fedriani, mi primer confesor y director espiritual y a
quien debo los más santos y eficaces consejos e instrucciones para
afianzar mi religión, y para procurar cumplir las obligaciones que ella
impone, a todo humilde discípulo de Nuestro Señor Jesucristo. (En los
días 2 de Abril y 27 de Noviembre de cada año, se han de celebrar

241
de modo especial dichos sufragios). Añádanse, todavía otros, de modo
general, por las almas de quienes fueron mis demás confesores, mis
maestros, mis bienhechores y mis amigos fieles, con especial mención
de quienes me iniciaron o procuraron perfeccionar en el cumplimiento
de mi oficio, comenzando por Don Clemente Parodi (mi buen maestro
de primera enseñanza), por Sor Eloisa Galluzo, que en unión de mi
muy querida madre, me inició en la música, así como por Don Felipe
Pedrell y Don José Tragó, todos fieles cristianos, y aptos, por consi-
guiente, para que la misericordia de Dios y la intercesión de Nuestra
Señora, hagan eficaces los sufragios ofrecidos por el descanso eterno
de sus almas.

Y aquí termino la segunda y penúltima parte de mis disposiciones tes-


tamentarias, el día 4 de Agosto de 1936.

Estas últimas disposiciones de mi amigo, lograron que obtuviera el honor insigne


de dormir su último sueño en la cripta catedralicia gaditana.

Pío XII accedió a los deseos de sus paisanos, manifestando que podía ser enterra-
do allí, el que había escrito aquel testamento que era como un claro reflejo de su alma.

Mi amigo Manolo, había alcanzado las cimas de la celebridad, y el mundo le


reconocía por gran compositor, pero los que le conocíamos y le tratábamos, cree-
mos que merece otro título, por su vida austera, virtuosa y caritativa: el de santo.

Y esa es una opinión compartida por muchos y hay alguien que se atrevió a escri-
bir unas palabras, que así lo demuestran. Federico García Sanchiz, en una carta
dirigida a la señorita Joaquina Juncá, directora de Ediciones Capella Classica, le
decía así:

«Don Manuel de Falla, no era Don Manuel de Falla. Fue la reencar-


nación de San Juan de la Cruz. Hasta en la levedad corporal y en las
explosiones, se parecían. Uno y otro, siguieron la vía purgativa, la ilu-
minativa, la unitiva. Y, Falla, es santo y doctor de la música, como Fray
Juan, santo y doctor de la Iglesia.»

En la mañana del 9 de Enero de 1947, atracaba el minador marte en los muelles


de Cádiz, subiendo inmediatamente a bordo su hermana política, doña María Luisa

242
López Montalvo, con su hija Maribel, pues Germán de Falla, su marido, se veía
imposibilitado de asistir al recibimiento del cadáver por hallarse enfermo desde
hacía meses. Acompañaban a la familia la comísión organizadora del acto, así
como los íntimos del difunto, Don Melquiades Almagro, Don Francisco Hevia, los
hermanos Borrajo, mi mujer y yo.

Una vez colocado el féretro en la mesa de posa en el muelle, el Excmo. Cabildo


Catedral le rodeó, entonando un responso; al frente del mismo, y como preste, iba
el M. I. Sr. Don Ángel Navarro. Su hermana, familiares y amigos, se aproximaron
a los restos, mientras tuvo lugar la ceremonia, siguiendo luego tras ellos hasta la
catedral, cuando se puso en marcha el cortejo.

El sepelio fue organizado de la siguiente forma:

Iban en primer término, la Cruz Catedralicia y el Excmo. Cabildo Catedral, alum-


nos del Seminario Conciliario de San Bartolomé, y una sección municipal de la
Guardia, presidida por ciarineros y maceros, con las mazas enlutadas y uniformes
negros, así como la corporación municipal en pleno, presidida por su alcalde, Don
Alfonso Moreno Gallardo, llevando en su seno la representación de las de Madrid,
Barcelona, Sevilla y Granada.

A continuación, en el centro de la comitiva, se veía al Excmo. Sr. Don Raimundo


Fernández Cuesta, ministro de Justicia, que ostentaba la representación del caudillo,

Y escoltaba por fin al féretro, depositado en un armón de artillería, una sección


de servidores del municipio a la «Federica», y, con guantes negros, y otra de la guar-
dia municipal urbana, a la cabeza de otras representaciones oficiales de la capital,
y de fuera de ella; entre las cuales figuraba también el consejo provincial de
Falange.

Finalmente cerraba el cortejo la presidencia oficial del duelo, que la ostentaban el


Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo de la Diócesis, Don Tomás Gutiérrez Diez; Excmo. Sr.
Capitán General del Departamento, Don Rafael Estrada Arnaiz; Excmo. Sr.
Gobernador Civil de la Provincia, Don Carlos María Rodríguez de Valcárcel;
Presidente de la Diputación, Don Juan J. Lahera; Presidente de la Real Academia
Española, Don José María Pemán; y Secretario Perpetuo de la misma, Don Ramón
de Cotarelo; así como otras muchas representaciones, que se omiten por no alargar
demasiado el relato.

Sobre el féretro, iban colocadas algunas de las coronas que se habían recibido.

243
Cortejo fúnebre por las calles de Cádiz (9 de enero de 1947).
Al llegar la comitiva fúnebre frente al ayuntamiento, se detuvo un instante, y toma-
ron las cintas que pendían del féretro, Don José María Pemán, Don José Cubiles, y
representaciones de los Ayuntamientos de Sevilla y Granada, interpretando la
Capella Classica de Mallorca el célebre salmo del Oficio de Difuntos de Bach.

Momentos después, reemprendía el cortejo su marcha, con aquel paso tardo, en


que se traslucía el dolor de España entera. Al llegar a la Plaza de la Catedral, el
público, ya muy numeroso durante el trayecto, se agolpó de tal modo, que aquel
lugar se vió abarrotado de gente silenciosa y respetuosa, ante el espectáculo de la
muerte de aquellos que han encarnado la grandeza humana.

Y la comitiva franqueaba al fin, la Puerta de San Pablo de la Catedral, adentrán-


dose en ella para depositar el cadáver ante la capilla mayor, adónde subió la repre-
sentación del Jefe del Estado, ocupando el sitial reservado a éste, al lado de la
Epístola, mientras el prelado de la Diócesis, revestido con los ornamentos pontifica-
les, ocupaba el trono al lado del Evangelio.

Las autoridades y representaciones ocuparon la nave central.

Las laterales quedaron materialmente llenas de fieles, que se sumaban con su pre-
sencia a este último tributo de afecto al gaditano ilustre.

Inmediatamente, comenzó el solemne funeral actuando de preste el M. I.. Sr. Don


Ángel Navarro con los beneficiados, Don Balbino Salado y Don Francisco Arenas,
siendo cantada la Misa de Réquiem, del inmortal Tomás Luis Vitoria, a seis voces mix-
tas, por los Coros de la Capella Classica de Mallorca, causando verdadera sorpre-
sa y admiración entre los que asistían al extraordinario acto, pues la interpretación
de la partitura fue magistral.

Terminada la ceremonia, se procedió a la inhumación del cadáver en la cripta, ya


dispuesta para ello, y en ese momento, se entonó la Antífona In Paradicium, de
Vilialobos, y el Requiescant in pace de Ruiz Aznar, maestro de la Capilla de la
Catedral de Granada, escrito sobre unos compases del «Círculo Mágico», de Falla.

Hubo en la cripta una severa restricción de entradas, pues apenas cabían las
representaciones oficiales, a pesar de su amplitud.

Momentos de honda emoción fueron aquellos en que el prelado depositó en el


ataud, arena de la playa de Sancti-Petri, donde un día el maestro se inspirara para
su Atlántida y aquel otro, en que, quien fuera amigo íntimo suyo, y apoderado, señor

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Borrajo, arrojaba sobre la caja que contenía sus restos, otro puñado de arena del
carmen granadino, donde viviera tantos años, y una rama de laurel.

Cádiz había cumplido su deber trayendo el cadáver del genial músico gaditano a
la cripta de su catedral. Aquel era el sitio indicado para su enterramiento, pues
aquel hombre consagrado a Dios y al arte, en vida, ¿dónde mejor podría aguardar
la resurrección gloriosa de la carne, que en la morada del Señor, y cerca de ese mar
de su Atlántida? Allí, quizá, pudiera terminar su inmortal poema lírico inacabado...

Considero interesante hacer la descripción de este sagrado lugar, habiendo sido


proyectada la tumba por el Arquitecto Don José Menéndez Pidal y costeada por el
Ministerio de Educación Nacional.

En la nave central de la cripta, una puerta de madera de castaño finísimamente


tallada, da acceso a la cámara necrológica. En el dintel figura un escudo de piedra
de Colmenar de Oreja; en él están tallados una lira y una cruz. Las portadas, la esca-
linata y el solado de la antecámara, son de granito de Usio (Sierra de Madrid); en el
lateral a ambos lados de la antecámara están colgadas en las paredes, coronas de
laurel en bronce donadas por la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Cádiz.

La cámara necrológica está separada de la sala anterior por una cancela de hie-
rro forjado. En letras doradas, léese en latín un salmo, cuya traducción es la siguien-
te: «Alabad al Señor en su Santuario, alabadle también, con la palabra y la músi-
ca. Todo lo que fine, alabad al Señor.»

En el centro de la cámara está la tumba, amplia, absolutamente lisa. La tapa es de


piedra de Sierra Elvira (Granada) donación del municipio andaluz que nombrara un
día al ilustre compositor, hijo adoptivo de la ciudad.

A uno y otro lado de la tumba, parten unas breves escalinatas que conducen al
altar que está al fondo. El piso y las escaleras son de mármol rojo y negro, de
Alicante y San Sebastián respectivamente. La barandilla cerrada que contornea la
tumba, es de mármol de Bucarró crema, tallado en oro. Sobre el ara, hay un cruci-
fijo de bronce. Colgada en el techo, encima de la tumba, existe una lámpara de
plata del siglo XVI, estilo renacimiento, donada por Don Angel Picardo, muy amigo
de Falla, ya fallecido.

En las dos paredes laterales figuran unos apliques de alabastro. entregadas por
los hermanos de Falla.

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Sobre la tumba de mi querido Manolo, un corto epitafio; una frase que fue repeti-
da muchas veces por sus labios, y de la que hizo el lema de su vida:«Sólo a Dios el
honor y la gloria.»

Cuando muere un general, las tropas desfilan y disparan sus fusiles al aire; cuando
muere un músico se escuchan melodías de instrumentos y coros. Son homenajes que
el hombre rinde al hombre que muere, alcanzando la gloria militar o la artística...

Aquella noche el Gran Teatro Falla que lleva el nombre del querido amigo que se
nos fue, no vistió de luto... de gloria de resurrección; no de Viernes Santo, sino de
Sábado de Resurrección. Y, con sus blancas galas, ofreció un concierto póstumo a
la memoria del insigne músico.

Intervinieron en esta original fiesta (original por la ocasión en que se daba) la


Orquesta Bética de Cámara que vino desinteresadamente a Cádiz para sumarse al
homenaje, la Capella Classica (dirigida por el Padre Thomas), Lolita Aragón, ¿y
cómo no? Cubiles.

Las actuaciones de la orquesta y de la Capella fueron lucidísimas; de todos era


conocida la maestría de la Bética y la brillantez de la batuta del Padre Thomas.
Aplausos cerrados premiaron la maravillosa ejecución de ambos conjuntos, cautiva-
do el público por aquel derroche de arte.

¿Y qué decir de Lolita Rodríquez de Aragón, que tantos años convivió con los gadi-
tanos? Pues que estuvo insuperable. Las Siete Canciones de Falla, fueron interpreta-
das de manera prodigiosa, y tuvo que repetir tres veces la Jota.

De Cubiles no cabía decir ni más ni menos que otras veces, que siempre. Era el
gran pianista, el virtuoso que nos sorprende con su genio y técnica cada vez que le
escuchamos... Siempre, él, enamorado y entusiasmado como nadie de la patria
chica.

La actuación de ese gran pianista gaditano fue brillantísima y, una vez más, delei-
tó a su auditorio con «Cubana» y «Andalucía», haciendo frente, a continuación, a
la difícil técnica de la Fantasía Bética, que tocó de manera magistral; teniendo nece-
sidad de interpretar, ya fuera de programa, «La Danza de la Vida Breve», que dijo
con verdadero amore. Los aplausos y ovaciones eran interminables... si siempre

247
Cubiles tocó bien ¿cómo no iba a hacerlo ahora, en aquel homenaje póstumo al que-
rido amigo y paisano, con quién compartiera años tras años, grandes triunfos?

Acabó el inolvidable concierto, para cuantos tuvimos la dicha de asistir a él, con
el broche de oro de Noches en los Jardines de España ejecutado por la Orquesta
Bética, al piano, Cubiles, y dirigido por Ernesto Halffter, el discípulo predilecto del
maestro. La intervención fue espléndida, y las ovaciones a Cubiles y a Halffter,
inacabables.

Las tristes emociones de la mañana se paliaron con las muy gratas de aquella
noche triunfal.

¡Manolo, como el Cid, ganaba batallas después de muerto

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Cripta de la catedral de Cádiz donde está enterrado Manuel de Falla.
XXXIII
EL TESTAMENTO LÍRICO INACABADO
La primera noticia que tuve de que Manolo tenía proyectos de escribir Atlántida
me la dio él mismo. Recuerdo que por aquella época se estaba pensando en que
nuestra ciudad tuviera un himno oficial.

Nuestro alcalde, que era padre del que ahora tenemos, y se llamaba, Don Ramón
de Carranza, pensó en que colaboraran en él dos gaditanos. Falla y Pemán (que ya
era considerado como un gran poeta).

Mas aquel deseo,no pudo ser atendido por mi amigo Manolo, y dejémosle que él
mismo nos diga el motivo. En carta escrita desde Granada, el 27 de Febrero de
1929, me decía:

«Don Ramón de Carranza me ha escrito, últimamente, mandándome


el precioso texto que nuestro gran poeta José María Pemán, ha com-
puesto para el Himno de Cádiz, e invitándome a que hiciese la música
como tú, personalmente, hacías, en tu grata última. Esa indicación tuya,
unida ahora a la seguridad de colaborar con Pemán, y, dado la altísi-
ma simpatía que siento por el proyecto, y la bondad con que también,
como tú, nuestro alcalde (Manolo siguió siempre sintiéndose gaditano)
me invita a colaborar en su realización, serían razones poderosísimas
para ponerme enseguida a trabajar, de no impedírmelo otro urgente,
largo y difícil, en que ahora me ocupo con la actividad posible por que-
rer estrenarlo, antes de que se clausuren las próximas Exposiciones. De
este trabajo, tal vez tengas ya noticias, se trata de la Atlántida de
Verdaguer, de cuyo poema me sirvo para hacer una especie de orato-
rio, con «posible» y especial representación escénica, para «solos»,
coro y orquesta. También, con esta obra, pretendo glorificar a Cádiz,

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y a España entera -y esto- como hoy escribo a Don Ramón de
Carranza, me consuela de no poder hacer nuestro Himno...»

Desde esa época, aquella obra fue la obsesión de Manolo, pero creo, que ni él
mismo, en los primeros tiempos, pensó que seria un trabajo largo, y que él, segura-
mente, a fuerza de quererlo muy perfecto, dejaría inacabado, cuando le sorprendió
la muerte, allá en Alta Gracia.

Él, que tanta fecundidad tenía, y que había hecho infinidad de composiciones que
ya tenían fama mundial, veía pasar los años sin lograr poner fin a la Atlántida.

Es verdad que sus actuaciones en el extranjero unas veces, y otras, la falta de


salud, le impedían dedicarse por entero a aquella obra.

En carta de Granada del 7 de Diciembre de 1931 (dos años después de haber-


me comunicado su comienzo) me decía:

«Esta carta mía se ha retrasado un poco por mi deseo de contestarte «personal-


mente», cosa imposible en estos últimos días, pues mi salud exigía que economizara
fuerzas para no suspender el trabajo. Y, gracias a Dios, las cosas van mejor y puedo
darme el alegrón de charlar un rato contigo. Así lo hubiera hecho, de no haber sufri-
do una nueva iritis, que me ha tenido sin poder trabajar, durante todo el verano, que
hemos pasado fuera de España. María del Carmen, fue a París, para reunirse con-
migo. Pasamos unos días en Abbecy (la patria de San Francisco de Sales) y, de allí,
fuimos a Evian, para tomar aquellas aguas, y reponerme de los males pasados, pero
con muy mala suerte, en cuanto al tiempo, con lluvia constante, salvo algún día de
sol, que, al fin encontramos, radiante en Provenza, donde nos detuvimos unos días,
antes de regresar a España. Luego, ya aquí, pude reanudar ¡y con qué alegría -mis
trabajos «Atlánticos», aunque con muchas precauciones, que aún, ahora, debo
observar, para evitar tener que interrumpir una vez más el trabajo.»

Aunque continué teniendo noticias directas de Manolo, no volvió a hablarme de


la famosa Atlántida, pero sabía que no la había abandonado, y hasta en una oca-
sión, al final de una carta del 26 de Febrero de 1932, hacía a costa de ella, un chis-
tecito:«La Atlántida marcha en buena salud. Dios quiera que siga y pueda al fin ter-
minarla.»

Como conocía el talento musical de Manolo, no podía comprender aquella lenti-


tud, y es que ignoraba que para él era la realización de su ideal religioso, una obse-

252
sión que le dominaba, y no encontraba siempre notas en el pentágrama, que refle-
jaran toda aquella inspiración que bullía en su interior.

Una vez, lleno de curiosidad ante aquel silencio sobre Atlántida que me intrigaba,
y creyendo que a lo mejor la tenía ya terminada, le pregunté sobre ella, y me con-
testó con fecha 5 de Enero de 1933.

«La Atlántida no está terminada, como supones, pero, estoy en ello,


con un gran deseo -como nunca he sentido- de que sea pronto. Los
médicos, me dicen que para esto he de abandonar toda otra preocu-
pación, y aislarme en absoluto. Veremos, si puedo conseguirlo... »

Mas la noticia, tan esperada, no llegaba, y el tiempo pasaba. Habían quedado


muy atrás aquellas dos Exposiciones, en que según me indicó, hubiera querido estre-
nar la Atlántida y ya se le estaba pasando otra importante ocasión. Allá, por el mes
de Junio de 1933, me escribía, desde Palma de Mallorca, a donde se había ido bus-
cando tranquilidad:

«En cuanto a la Atlántida, por la que me preguntas, mi estancia aquí,


no ha sido todo lo útil que fuera de desear, pero, tampoco he perdido
el tiempo, Yo tenía el vivo deseo de que se estrenara dentro del Año
Santo, pero, desgraciadamente, me temo, no poder conseguirlo.»

Y así, llegó el año 1934, en que como ya he dicho en otra ocasión, se presentó
en nuestra ciudad, según sus propias palabras «para oír el mar». Deseaba escuchar
los rumores del Atlántico, esa voz que nada nos dice a los profanos y tanto signifi-
caba para Manolo.

Aquí vino a buscarle un empresario catalán con el que estaba en relaciones, creyen-
do ya próximo el estreno de su obra. Pero no deseaba que el escenario fuera un tea-
tro; soñaba otra cosa, más a tono con su poema, que él concebía de un modo religio-
so, y quería que la primera audición tuviera lugar en el ruinoso Monasterio de Poblet.

Durante aquellos días se sostuvieron largas discusiones entre el empresario y mi


amigo. Ya sabemos por el estreno de La Vida Breve, que Manolo no era persona
fácil de conformar, y él, que era tan modesto en su vida particular, tenía sus ambi-
ciones, cuando se trataba de montar sus obras.

Se habló de quien la cantaría, y se pensó en el Orfeo Catalá, acompañado de


una gran orquesta, hasta se hizo un plano del claustro, en donde estaban señaladas

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las distintas colocaciones de los que tomaran parte en la obra. En el centro, habría
un tablado, para que unas danzarinas bailasen, lo que Verdaguer llama la Danza
de las Cyclades. Por cierto que las conversaciones fueron largas, pues no era fácil
poner de acuerdo a Manolo, todo idealismo, y al empresario, todo realidad. Hay
un diálogo que nos dió a conocer José María Pemán, en un artículo que creo inte-
resante transcribir. Dice así:

«Donde fue más gracioso el encuentro entre el sentido concreto y real


del empresario, y la imaginación de Falla, cada vez más religiosa y
sobrehumana, fue explicando aquel fragmento del poema, que se lla-
maba La Torre de los Titanes, y que es como un eco del capítulo bíblico
de Babel. Los titanes quieren hacer una gran torre para escalar el cielo.
Esto, lo tenía concebido Falla, como una gran «fuga». Creo, que a
ocho voces. Lo oía dentro de él y se exaltaba explicando aquella empi-
nada y prometeica escala musical.

Pero luego -decía- cuando los titanes van llegando al cielo, se escu-
cha sobre ellos la voz de Dios, que canta aquella tremenda estrofa de
Verdaguer «Titanes, pereced debéis».

Don Manuel, rápido, escrupuloso, acudía a explicar:

-Esto lo cantarán las «voces blancas» de los niños, porque es la voz


de Dios, y sólo los niños son dignos de representar la voz de Dios.

Se exaltaba y continuaba, ya lejos de la conversación, y en plena cre-


ación interior y arrebatada:

-Entonces, al oírse la voz de Dios, todo el Orfeón se pone de rodillas.

Replicaba el empresario catalán:

-¡No! Mire, Don Manuel, mire, de rodillas, no. No pueden los canto-
res emitir la voz de rodillas. Se desconcertaría todo.

Relampagueaban los ojos del maestro, cerraba los puños, y se los


metía por los ojos al empresario con esa cólera santa, que a veces le
invadía, y que luego, trataba de dulcificar con tanta cortesía y huma-
nidad. Al fin replicaba:

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-Pero, ¿cómo no se van a poner de rodillas, si se oye la voz de Dios?

Su acento era tal, que todos enmudecían. Como un relámpago se


empezaba a ver todo el pedazo de su verdad, y su alma, que estaba
entregada a la Atlántida, y comenzaba a sospecharse que no la termi-
naría nunca, porque, decididamente quería eso: que en ella sonara, de
verdad, la voz de Dios.»

Manolo, se sentía comprometido a estrenar su Atlántida en Cataluña, y, cuando


pensaba que su terminación era algo que estaba próximo, demostró hasta que punto
era fiel en cumplir su palabra.

La noticia de aquella obra, llegó a Norteamérica, y, por medio del pintor Sert reci-
bió una proposición que hubiera tentado a cualquier artista menos desinteresado
que él.

Se le ofrecía que fijara precio sin limitaciones de ninguna clase, lo cual significa-
ba una espléndida oportunidad. Él podría escoger la orquesta, los coros, los solis-
tas, sin preocuparse por la cuantía de la suma que se necesitara. Estaban dispues-
tos a pagar todo; con tal de que el estreno se efectuara allende los mares.

Aquello, era para entusiasmar a cualquiera, y Sert lo estaba en sumo grado. A él,
le correspondía la parte de pintura, y podría disponer de toda clase de medios.

Como es natural, Sert expuso el proyecto a Manolo procurando hacerle ver todas
las ventajas, que aquello representaba, no sólo, mirando la parte económica, que
en poco podía tentarle, sino el mayor triunfo de aquella obra, en la que tenía pues-
ta todas sus esperanzas.

Mas, mi amigo, no se tomó el trabajo de pensarlo, y contestó muy decidido:

-Tengo contraído un compromiso moral con Cataluña, pues le ofrecí el estreno y no


puedo faltar a mi palabra.

255
Pero, la Atlántida no llegó a estrenarse en el Monasterio de Poblet y, durante todo
el resto de su vida, Manolo continuó trabajando en aquella obra, en la que había
puesto tanto de su alma; tanto de su arte.

Mi amigo fue siempre algo terrible para su trabajo, dado el alto concepto moral,
que según su credo, debía ser el apoyo de toda obra artística. Deseaba tanto la per-
fección en todo, que Emilio García Gómez en un libro suyo, decía, que para redac-
tar Manolo un sencillo telegrama, luchaba como un titán, rompiendo, comenzando
una y otra vez, hasta lograr la forma perfecta. Su trabajo era lento, lentísimo, y no
paraba, hasta llegar a la estilización máxima.

Mas, en su querida Atlántida no llegó nunca a alcanzar esa perfección, que él


deseaba, y cuando la muerte, que no sabe de genios, ni de artistas, y que a todos
mide por el mismo rasero, le arrebató la vida, Atlántida estaba aún sin terminar....

A su fallecimiento, su hermano Germán recibió como preciosa herencia aquella


Atlántida, en que puso Manolo tanto entusiasmo. tanto cariño...

Tenía el deber de dar a conocer al mundo aquella obra maestra, y pensó que
Ernesto Halffter, el díscipulo predilecto de su hermano, debía terminarla.

Mas, antes de confiarle ese delicado trabajo, emprendió una ímproba labor. Era
preciso formar el libreto definitivo de Atlántida, y de eso se encargó él.

Con gran paciencia, tomándolo de distintas partes y apuntes de Manolo, hizo la


reducción del poema de Verdaguer que su hermano había preparado, sin llegar a
terminarlo.

También, ordenó, clasificó, todo el material musical, para facilitar el trabajo de


Halffter.

Aquello no fue cosa sencilla. Era una especie de rompecabezas, complicado de


hacer, que costó a Germán, largos meses de trabajo y de esfuerzo. El arquitecto ape-
nas si se dedicó al ejercicio de su profesión, durante sus últimos años de vida.

Como Manolo, se entregó a la Atlántida, lleno de un gran afán, y pudo dar cima
a su labor, que ha pasado desapercibida para muchos y que creo de justicia que
sea destacada.

256
Germán era modesto como su hermano, no publicó a bombo y platillo, todo cuan-
to había hecho, mas la realidad es que tuvo una gran parte en que Atlántida se ter-
minara, y, sin regatear nuestros aplausos a Ernesto Halffter, también creemos que le
corresponden muchos a Germán de Falla, hermano del insigne compositor.

Cuando, por fin, Atlántida se terminó, se quiso cumplir la última voluntad de


Manolo, que siempre pensó estrenarla en Cataluña. Fue Barcelona, la que tuvo las
primicias de su obra inmortal, mas Germán de Falla, no asistió a ella ¡Había ido a
reunirse con su hermano!

Aunque Manolo no dejó nada dicho, tal vez, por haberle sorprendido la muerte,
sobre la persona que podría terminar aquella obra, que tanto amaba, hubiera esta-
do de acuerdo con sus herederos que la entregaron a Ernesto Haiffter, pues nadie
mejor que él, ni con más cariño, podía continuar la tarea de completar aquella par-
titura póstuma.

Halffter tenía, aún, ante sí, una gran labor: Completar, armonizar, componer y
orquestar todo lo que aún faltaba, y era preciso que lo suyo no desmereciera de
aquella maravilla, brotada de la inspiración genial del que había sido su maestro.

Se puso a trabajar, encontrando una gran ayuda en el Ministro de Educación


Nacional, Don Jesús Rubio, que le dio facilidades oficiales para poder dedicarse, en
cuerpo y alma, a Atlántida, ya que, de otra forma, le hubiera sido difícil el realizar
un trabajo tan importante.

Y, mientras Ernesto Halffter trabajaba, los aficionados a la música empezaban a


impacientarse

-¿Cuándo se va a estrenar Atlántida?- se preguntaban con frecuencia.

Y, con la dilación, iba aumentando la curiosidad por ver la obra. Se hacían cába-
las sobre ella. Se discutía, ya sobre el lugar de su estreno, sobre la orquesta, los artis-
tas que intervendría y por fin...

Unos cuatro años de laborar incesante por parte de Ernesto Halffter, que en alguna
ocasión vino a nuestra ciudad invitado por su alcalde, marqués de Villapesadilla, y...

257
Llegó el momento en que Atlántida, la obra póstuma de mi amigo Manolo, se ter-
minase, y pronto el mundo pudo oír sus primicias, mientras su autor dormía su últi-
mo sueño en la cripta de la catedral gaditana.

Cádiz, la ciudad que vio nacer al ya insigne Falla, debía de ser una de las pri-
meras que escuchara su Atlántida, y, después de haberse interpretado en Barcelona,
tuvimos el honor de oírla los gaditanos.

Teniendo en cuenta la amistad, de toda la vida, que me unió a Manolo, fui invita-
do por nuestro alcalde, Don José León Carranza, al homenaje que se le rindió el día
30 de Noviembre de 1961.

En la catedral se celebraron solemnes sufragios por el alma de mi querido amigo,


y sus amplias naves acogieron a las autoridades, personalidades, llegadas de fuera,
representaciones gaditanas y varios centenares de personas.

Ofició el santo sacrificio de la misa el obispo de Cádiz-Ceuta, Excmo. y Rvdmo.


Sr. Don Tomás Gutiérrez Diez, asistiendo el Excmo. y Reverendísimo Dr. Don Antonio
Añoveros Ataún, obispo-coadjutor, siendo acompañado de los miembros del cabil-
do catedralicio, con rojas vestiduras, y al terminar, entonó un responso, que fue can-
tado por la Capilla del Seminario Conciliar.

Después, ambos prelados bajaron a la cripta donde descansan los restos de mi


inolvidable amigo, no pudiendo acompañarles todas las personalidades que asis-
tieron al solemnísimo funeral por falta de espacio.

Ante la tumba se fueron depositando muchas coronas, póstumos obsequios al


insigne gaditano. Nuestro alcalde, puso sobre el túmulo una monumental corona de
laurel, como tributo a su obra, el alcalde de Granada, el director del Conservatorio
de Cádiz, Don Ernesto Haiffter, y su orquesta, colocaron también otras. Una señori-
ta granadina, Sary Bustos, trajo desde su ciudad, unos claveles nacidos en sus jar-
dines, y, por último, el director general de Bellas Artes, D. Gratitiano Nieto, ofrendó
otra corona, en nombre del Ministro de Educación Nacional.

Nuestro obispo pronunció unas sentidas palabras, aceptando el homenaje que se


llevaba a cabo, en memoria del esclarecido compositor que creía, gozaba ya de las
glorias que el cielo reserva a los buenos cristianos y a las almas priviligiadas, entre
la que se encontraba seguramente Manuel de Falla.

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Fue verdaderamente emocionante el momento en que resonaron en las naves del
templo catedralicio, los sones de la «Salve del Mar», interpretada por la Orquesta y
Coros, bajo la dirección del maestro Toldrá. La ingente multitud que llenaba la
Catedral escuchó con un impresionante silencio. Fueron instantes inenarrables que
nunca podremos olvidar.

Y esa emoción, que ganaba a todos, había de ser mucho mayor para María del
Carmen de Falla, la hermana, la compañera de Manolo, que estaba presente y
acompañada por su hermana política, doña María Luisa López de Montalvo, viuda
de Germán Falla, su sobrina Maribel de Falla y su marido, Don José García de
Paredes.

Aquellas primicias de la Atlántida, en aquel marco solemne, cerca de la tumba


donde el autor duerme su último sueño, creo que fue el mejor homenaje que se le
podía ofrecer.

Aquella noche hubo una comida, en el Hotel de Francia, ofrecida por el alcalde a
las primeras autoridades y personalidades llegadas a Cádiz, y, a las once de la
noche, se trasladaron al Gran Teatro Falla.

No obstante lo elevado de los precios, el hermoso coliseo, estaba completamente


lleno. En los palcos y patio de butaca se exigía etiqueta, y las gaditanas habían
sacado sus mejores galas y sus mejores joyas para dar mayor esplendor al acto.

Aquello me recordaba las noches inolvidables del Teatro Real, cuando no se sabía
a dónde acudir con la vista, si al proscenio, o a la sala, que tan brillante aparecía,
con damas muy elegantes, muy distinguidas, muy madrileñas, en una palabra...

Mas, habían concluido las representaciones del Teatro Real, en ruinas, como tam-
bién, había pasado mi feliz juventud, pero, como el corazón nunca envejece, me
sentía lleno de ilusión al pensar que iba a escuchar la obra póstuma del amigo que-
rido, de Manuel de Falla. En aquella ocasión, tuve el honor de ser invitado por el
Sr. alcalde a un palco tornavoz, en el que había también algunas personalidades
granadinas, amigos de Manolo, con quienes departí unos momentos antes de empe-
zar la representación.

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El escenario estaba ocupado por las huestes de Eduardo Toldrá, director de la
Orquesta Municipal de Barcelona, y, cuando salió en unión de Victoria de los
Angeles y Raimundo Torres, fueron recibidos con una prolongada ovación.

El director, empuñó la batuta, y en medio de un religioso silencio empezó la inter-


pretación de varios números de Atlántida.

La crítica, ha hecho un elogio caluroso de la obra, en que aparece un Falla nuevo,


que puso en ella toda su alma de artista, pero, yo no puedo, por menos, de dar tam-
bién mi opinión y calificarla de magistral, pues es un prodigio de inspiración, de téc-
nica y de armonía.

Encontré en ella un gran mérito, pues no sólo despertaba el entusiasmo de los


entendidos en música, sino del gran público. Allí, los aplausos y ovaciones fueron
prodigados, no sólo en el palco de butacas, sino hasta en las alturas del teatro, sien-
do interminables. La gente no se cansaba de aplaudir al autor y a los intérpretes,
que tuvieron que salir muchas veces a saludar. Victoria de los Angeles fue obse-
quiada con dos preciosas cestas de flores.

Recuerdo, que en uno de los entreactos, fui a visitar a Don Eduardo Toldrá, que
conocí en Barcelona hacía tiempo y le había visto dirigir varios conciertos en pri-
mavera, durante tres años consecutivos.

Estaba sentado en su camerino, y su señora le disculpó:

-Perdone, señor Viniegra, que Eduardo no se levante, pero está, materialmente


hecho polvo.

También saludé a Ernesto Halffter, a quién conocí hace muchos años y con quien
intimé algo, por la gran amistad que me unía a Manolo. Le dije:

-Ernesto, no se puede averiguar qué trozos son íntegros de Manolo y cuáles suyos.

-Don Juan, -me contestó- no se puede hacer mejor elogio de mi labor.

Y era verdad. Con cariño, con paciencia, con maestría, había logrado unir todos
los fragmentos dispersos, y hecho posible que asistiéramos al estreno de Atlántida
que estaba inacabada. Durante más de diez minutos, un público entusiasmado, pre-
mió con sus aplausos la labor del gran artista que todos teníamos en el pensamien-
to y, muchos, como yó, ¡en nuestro corazón!

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Atlántida salida de la mente genial de mi amigo, no dormiría para siempre entre
un legajo de papeles. Dos hombres hicieron posible que la ilusión de Manolo llega-
ra a ser una realidad, y a ellos debemos también nuestro agradecimiento. Estos
eran: Germán de Falla y Ernesto Halfffer.

Cuando una mañana triste, vi colocar en la tumba al querido amigo, vino a mi


memoria la figura de un gran santo, del poverello de Asís: San Francisco, y comen-
cé a observar algunas semejanzas entre ambos, a pesar de las diferencias entre la
santidad de uno y de otro...

Recordaba a San Francisco, renunciando un día, solemnemente, ante su prelado,


a los ricos vestidos que cubrían su cuerpo, que debía a la posición opulenta de su
padre, prefiriendo el burdo paño a la claudicación de sus convicciones, eligiendo
otro género de vida por amor a Dios.

Férrea voluntad la de San Francisco, como fue la de Manolo; él, era un santo y un
poeta, y se desposó con su dama: la pobreza. Manolo, vivió para la virtud y la músi-
ca. Esta última fue la dama escogida, aunque también amaba la pobreza.

San Francisco entona un día, un cántico al sol, que aparece en la inmensidad del
cielo. Manolo de Falla se dedica en los últimos años de su vida a componer otro
cántico a la Atlántida que está bajo la inmensidad de las aguas. Ambos se sentían
inspirados por la grandeza de la creación.

Los restos de San Francisco reposan en la cripta de una basílica de Asís. Los de
Falla, en la cripta de la catedral gaditana.

Así, como aquella es lugar de peregrinación, de tantos, y tantos devotos... cómo


cuenta este gran santo, ahora, la catedral de Cádiz vendrá a ser el lugar preferido
de peregrinación de artistas y músicos, y, los devotos de este gran compositor de
fama mundial vendrán a visitarle, a rendirle el tributo más encendido de admiración,
y a rezar un Padre Nuestro por su alma.

261
XXXIV
DON JUAN GISBERT Y FALLA
Después de escrito cuanto antecede, he de agregar este último capítulo, por el cual
doy a mis lectores noticias de una gran amistad que tuvo Falla, y cuyos detalles he
conocido cuando ya tenía escritos los capítulos anteriores, y que ahora sería un trabajo
bastante laborioso el ir anotando en cada uno de esos capítulos los datos que debie-
ran llevarse a ellos, de los que ahora, sin orden ni concierto, anoto a continuación.

Falla tuvo grandes amistades, pues todos apreciaban, además de su genio, su bon-
dad y su lealtad para aquellos que le admirábamos y le seguíamos.

Seguramente el más íntimo de esos amigos fue Don Juan Gisbert, un industrial de
Barcelona, de gran cultura, de amor al arte, y devoto, como digo, de nuestro querido
amigo, a quien admiraba con gran entusiasmo y quería como si fuera de su familia.

Es curioso ver como Don Juan Gisbert, que por su amistad con Manolo, la tenía
también conmigo, llegó a entablar una amistad con Falla que iba a durar ya toda
la vida.

Felipe Pedrell, el gran compositor catalán (que mi buen padre, como ya he dicho
en uno de los capítulos anteriores, fue el que puso a Manolo en comunicación con
él), mantuvo a lo largo de toda su vida con el padre de Don Juan gran amistad e
iba en muchas temporadas a alojarse en verano a su casa en Barcelona; allí escri-
bió La Celestina, y vió nacer a Don Juan, quien, a su vez, hubo de verle morir.

Acudían muchos músicos, algunos de los cuales llegaron a ser célebres, a su casa,
a recibir lecciones suyas, y un día se presentó Manolo a recibir sus sabios consejos.
Pedrell le llegó a tener mucho afecto, manifestando que estimaba mucho a este joven
compositor gaditano, por su talento y sencillez. En su casa se conocieron Gisbert y
Falla, y Pedrell hizo que esa amistad creciera, aconsejando al entonces joven
Gisbert que debiera intimar mucho con persona tan llena de méritos y virtudes. Allí

263
nació una amistad que llegó a ser tan intensa, tanto, que cuando Falla llegó a triun-
far y a dar conciertos en diversos países de Europa, Gisbert dejaba su negocio con-
fiado a buenas manos y se iba a acompañar a Manolo a donde quiera que fuera,
sin mirar distancia, tiempo, ni gastos.

Cuando marchó Falla a la Argentina, que embarcó en el puerto de Barcelona, fue


Gisbert, ya casado y con una hija, quienes fueron a despedirle a bordo, y me recor-
daba Gisbert una frase de Falla, el cual al entregar a su hija una voluminosa carte-
ra que contenía los trabajos que ya tenía hechos de Atlántida, mientras él realizaba
unas formalidades aduaneras, le dijo: «No pierdas eso, Carmen, por Dios, que ahí
va lo que llevo escrito de Atlántida.»

Refiriéndome Gisbert detalles de algunos de los viajes realizados con Falla, me


decía: «Se verificaba en el Alhambra Theatre, de Londres, el estreno de El Sombrero
de Tres Picos por la Compañía de los Ballets Rusos, Ernest Ansermet, Leonidas
Massiné y Thamara Karsavina, que fueron los protagonistas en aquella ocasión.
Manolo se presentaba como un músico revolucionario, en la capital de Inglaterra, y
había verdadera expectación por oír su música. La reacción del público londinense
ante la obra, fue espectacular. Ya se veía en aquella partitura el genio de Falla.»

Cuando estrenó El amor brujo en el Trianón Lyrique de París, también le acompa-


ñaba Gisbert. Se pensó estrenar esta obra en el Teatro de la Exposición de Artes
Decorativas, pero como no estuvo terminada a tiempo, se desistió de llevarla allí.

Es interesante dar a conocer los incidentes de aquella noche.

Había de estrenarse en primer lugar La Carroza del Santo Sacramento, de un com-


positor inglés; después se tocó la Historia del soldado, de Stravinski, y siguiendo des-
pués, la obra de Falla. La primera pasó sin pena ni gloria, pero la de Stravinski, fue
recibida con protestas y aplausos, originándose un escándalo mayúsculo.

En un palco se hallaba Madame Debussy, María del Carmen Falla, Marquina, (el
poeta) y Gisbert. Marquina, preguntó a Gisbert: ¿Que nos esperará ahora a nos-
otros? Se refería, naturalmente, a Falla y a su obra. Gisbert le contestó sin impertur-
barse, pues tenía gran fe en los méritos de El amor brujo, que esperaba tranquilo un
gran éxito. Y acertó, pues el público, al escuchar la partitura, prorrumpió en gran-
des aplausos y ovaciones, desbordándose el entusiasmo unánimemente.

Cuando llegó la Danza del Fuego, y Antonia Mercé, la Argentinita cayó en el esce-
nario, con arreglo a la magistral coreografía, en sus últimos compases, fue tal el

264
entusiasmo, que el Trianón Lyrique estalló en una indescriptible ovación que no tenía
fin. Hubo de bisarse la danza, y de nuevo las manifestaciones apoteósicas, intermi-
nables, se sucedieron. Falla, la Argentinita y Vicente Escudero, el director de la
orquesta, fueron los triunfadores en aquella noche inolvidable.

Con el triunfo de El amor brujo se iniciaba una carrera de ininterrumpidos éxitos


por todos los escenarios del mundo, volviendo a representarse en la Ópera Cómica
de París por la Argentinita, con La vida breve, siendo siempre los éxitos enormes.

Gisbert acompañó a Falla para asistir a la representación privada de El Retablo


de Maese Pedro, que tuvo lugar, como ya hemos dicho anteriormente en el Palacio
de la Princesa de Polignac, en París, a quien (ya lo hemos dicho también antes) esta-
ba dedicada esta composición. Maurice Ravel, que presenció el ensayo, felicitó muy
cordialmente a Falla por su obra, con el mayor entusiasmo.

Falla y Gisbert asistieron en Viena y en Zurich a unos congresos Internacionales


de música. En estas ciudades volvieron a repetirse los éxitos de París, al estrenarse
El amor brujo. Pero allí hubieron de pasar un momento muy difícil con motivo de la
no afortunada obra del compositor vienés, Anton von Webern, que no fue del agra-
do del público. Me refirió este incidente Gisbert, así:

«En una de las sesiones del Congreso Internacional de Música de Viena, recuerdo
que tuvo lugar el 12 de Septiembre de 1928, había de presentar Manolo su famo-
so Concerto para clavicémbalo, que él mismo debería interpretar. Pero, y aquí viene
lo peor, coincidiendo con aquella partitura, el compositor vienés habría de dar a
conocer su Trío para violín, viola y violoncello, antes de que actuara Manolo. Y desde
el comienzo de la interpretación del Trío, empezó el público a dar muestras de des-
agrado, y la tormenta no dejó de amagar en un gran murmullo, hasta que al fin fue
acogida con imprecaciones e insultos entre los partidarios y adversarios del célebre
compositor vienés. Hasta agresiones se pudieron ver en aquella explosión de pasio-
nes desbordadas, entre los espectadores.»

También se alzó en aquella barahúnda la voz de un crítico musical, que a grito pela-
do y en pié, exclamó: «Yo protesto en nombre de Italia, por esta música indecente.»

Fue el caos, así me decía Gisbert, al referirme esta escena. No recordaba en su larga
vida de aficionado, escándalo semejante. Entonces fue cuando abandonó su locali-
dad, corrió a ver a Manolo, a quien correspondía intervenir a continuación de aquel
grave incidente. Lo encontré algo nervioso, pero animado, me agregaba Gisbert.

265
Apenas apagadas las protestas y gritos en la sala, salió Manolo para interpretar la
parte de clavicémbalo del Concerto; y qué vehemencia y entusiasmo no pondría en
su interpretacion, que hasta le sangraban los dedos, y el teclado del instrumento apa-
recía manchado de sangre. El triunfo fue inmenso. Todos los congresistas acudían a
abrazar a Manolo, al gran músico español con el mayor entusiasmo. Y en aquellos
momentos angustiosos se enfrentaba con un público enardecido, furioso y hostil.

Mas Don Juan Gisbert no fue solamente el acompañante de Manolo en todas las
excursiones por Europa, sino que intervino de modo muy eficaz en el glorioso y tras-
cendental hecho de que compusiese Atlántida. De esto, poco o nada se sabe, pues
nada se ha dicho de cómo nació en Falla la idea de componer esta obra, y yo voy
a darlo a conocer ahora al público, rindiendo así un tributo de justicia quien en ver-
dad lo merece.

-Me da usted una ocasión para explicar la génesis de esta magna composición,
hoy ya conocida y aplaudida por muchos públicos. Un día me dijo Manolo que
había escrito El amor brujo y La vida breve para Andalucía; El sombrero de tres
picos para Aragón y El retablo de Maese Pedro» para Castilla, y ahora tenía que
escribir algo para Cataluña a la que quería mucho, por las continuas demostracio-
nes de afecto que había recibido allí, agregando que el maestro Pedrell le había
aconsejado que escribiera una ópera sobre la vida de Raymundo Lulio ; pero no le
gustaba el asunto, ya que la vida del gran filósofo fue algo irregular en sus comien-
zos. Entonces -agregó Gisbert- fue cuando le insinué que podía inspirarse en La
Atlántida, el magno poema de Mosen Jacinto Verdaguer. Me confesó que no le
conocía, y era, además, una dificultad el no conocer el catalán, agregando: «Si
usted me facilita un ejemplar de dicha obra y me auxilía en su traducción, la estu-
diaré, que basta que sea usted quien me lo proponga.» Le ofrecí en el acto regalarle
un ejemplar y auxiliarle en la traducción del poema, regalándole también un dic-
cionario catalán, a fin de que pudiera practicar el vuelo y el ritmo de los versos en
su lengua vernácula.

A nuestro regreso a España, me faltó tiempo para cumplir mis ofrecimientos. Vea pues
-me agregó Gisbert- como fui yo el que indujo a Falla a hacer la versión de Atlántida.

En uno de los diversos viajes que hiciera Gisbert a Granada para pasar unos días
con Manolo, cambiando impresiones sobre su trabajo para la Atlántida, rogó a
Gisbert que le explicara qué significaba en castellano la palabra julia, pues no la
encontraba en el diccionario, palabra que se encuentra en el verso 34 del Canto
segundo de El Huerto de las Hespérides. Gisbert le explicó que esa palabra la emple-
aban los niños al saltar a la comba, cuando querían hacerlo con mayor rapidez.

266
Manuel de Falla con Juan Gisbert.
Entonces Manolo, con gran satisfacción le dijo a Gisbert que casi había adivinado
lo que quería decir, pues al llegar ese pasaje aceleraba más el ritmo de la música.

En otro viaje que realizara Gisbert a Granada, le salió a abrir la puerta de la casa
de Manolo una sirvienta que no le conocía, y lo retuvo en la puerta hasta que anun-
ció la visita. Falla estaba tocando el piano, y lo dejó en el acto al saber quien esta-
ba allí, y al salir a abrazarle le dijo a Gisbert: «¿Sabe usted lo que estaba tocan-
do»? Gisbert le contestó en el acto, diciéndole: «Parecía algo así como relacionado
con juegos de niños». Falla satisfecho de su contestación le dijo: «Efectivamente, de
juegos de niños se trataba. le felicito y me felicito por su acierto, pues los niños de
mi Atlántida estaban jugando con naranjas de oro en «El Huerto de las Hespérides».

En uno de los viajes que Falla hizo a Barcelona, le dijo a Gisbert que tenía inte-
rés en hablar con el célebre maestro Luis Millet. Se lo presenté y charlaron un rato
en el Palacio de la Música, donde se hallaba Millet, cómo no, de música, de la
Atlántida, y le preguntó el maestro como había tratado la parte coral. Manolo le
explicó técnicamente cómo lo había hecho y el maestro Millet exclamó:

María Santísima -llevándose las manos a la cabeza-. Yo necesitaré cuatro meses


para ensayar esos coros.

En ese mismo viaje, reunido con el pintor José María Sert, interpretó al piano, (pre-
cisamente el que fue de la propiedad de Pedrell, que lo posee Gisbert) diversos tro-
zos de lo que ya tenía hecho de la Atlántida, y el efecto que nos produjo fue sor-
prendente. De allí marchó con Sert al Gran Teatro del Liceo, para estudiar el deco-
rado de la obra. Le agradaba mucho tocar en aquel piano que le recordaba al inol-
vidable maestro Pedrell.

Manolo escribió un día a Gisbert rogándole que le enviara un segundo ejemplar


de Atlántida, a ser posible, con la versión en castellano; y si no la había, que le
enviara la escrita en catalán. Este libro, que le envió seguidamente Gisbert sirvió
después a Ernesto Halffter para concluir la obra.

Manolo escribió a Gisbert al recibir el libro, en los términos siguientes:

«No sabe usted, querido amigo, lo muchísimo que le agradezco la


bondad y eficacia que ha tenido cumpliendo mi encargo realizando
con creces mi ideal, mandándome el poema con su traducción caste-
llana, y en tan bella y curiosa edición.»

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Una de las veces que Falla fue a Barcelona Falla, Gisbert fue a Valencia a espe-
rarlo. El expréss se detenía un buen rato en la estación de Gambilla, con objeto de
tomar agua la locomotora. Allí, se encontraba un pobre viejo, que pedía limosnas y
que tocaba una flauta. Oírlo Manolo y sacar el kilométrico y empezar a escribir en
él, todo fue uno. «¿Qué hace usted Don Manuel?», le dijo Gisbert. «Escribir la melo-
día que está tocando ese pobre, que tiene interés.» ¿La llevaría a Atlántida? digo yo.
¡Tendría gracia!

Creo interesante traer a estos renglones la última conversación sostenida por mí


con Don Juan Gisbert, y que, casi literalmente es como sigue:

Me refirió que estuvo en Milán unos días, habiendo tenido el gusto de ver allí al
discípulo de Falla, Ernesto Halffter, que como se sabe, ha sido el que por disposi-
ción de Germán Falla, se encargó de terminar Atlántida. Ha tenido la atención de
tocar al piano toda la Atlántida, terminada ya por él. Se estaba acabando de impri-
mir por la Casa Ricordi, cuando Gisbert estuvo allí.

La obra principia por el Prólogo, con La Atlántida sumergida y el Hymnus hispani-


cus para coro y orquesta. Integran la primera parte, El incendio de los Pirineos, Aria
de Pirene, el Cántico a Barcelona, que es un himno maravilloso, todo coral. Hércules
y Gerión el Tricéfalo y Cántico a la Atlántida. La segunda parte es la más larga: El
jardín de las Hespérides; El juego de las pleyades, Hércules y el dragón, Lamentación
de las pléyades, Los atlantes en el templo de Neptuno, Hércules y los atlantes perse-
guido, La muerte de Gerión y de Anteo, Fretum Herculeum: Calpe, Las voces mensaje-
ras, La voz divina; El hundimiento, El arcángel, La torre de los titanes, La catarata y
Non Plus Ultra. Comprende la tercera parte: El peregrino, Coro profético, Profecía de
Séneca, El sueño de Isabel, Las carabelas La Salve en el mar y La noche suprema, y
final de la obra.

En mi viaje a Milán, agrega Gisbert, estuve en compañía de Halffter durante la


visita al director general de la Casa Ricordi, Guido Vaixarengui, persona de una
inteligencia aguda, y muy amable, que por cierto me encontré con que hablaba el
español perfectamente. Hablamos del estreno de Atlántida, y aunque él tenía mucho
interés por que se efectuara en Italia, por las muchisimas razones que le expuse, se
acordó de que se estrenaría en Barcelona, en el Gran Teatro del Liceo, con el Orfeón
Catalán, Victoria de los Angeles y el barítono, posiblemente, Ausensi. Una vez estre-
nada en Barcelona, se debería dar una audición de las principales partes en la
patria chica de Falla, en Cádiz, y después en la Scala de Milán, con todos los hono-
res dignos del glorioso maestro y del rango de capitalidad musical del mundo, del
que goza ese célebre Teatro.

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Como Gisbert, tan unido a Falla, pudo cerciorarse más de una vez que hacia el
bien, ejerciendo la caridad, distribuyendo entre familias necesitadas lo que a él le
sobraba, dada la vida económica que hacía, y en la Argentina sobre todo, donde
lo ganó muy bien, su caridad era inagotable, pues decía que tenía que correspon-
der para con Dios, de quien confesaba, recibía todos sus dones y, de modo muy
especial, su labor artística.

En Buenos Aires distribuía entre compatriotas necesitados los beneficios que reci-
bía de Radio Mundo, que le pagaba con esplendidez su trabajo, y también entre los
músicos de esa agrupación.

Gisbert seguía palmo a palmo la vida de Manolo en Argentina, merced a sus fre-
cuentes cartas.

Me añadió también que Manolo nunca se lamentaba de su apurada situación eco-


nómica que le sobrevenía con relativa frecuencia, por su generosidad para con los
necesitados; su formación, sencillez y austeridad siempre se impusieron a estos
pequeños problemas casi cotidianos, que él soslayaba con su espíritu cristiano, des-
prendido en absoluto de los bienes materiales.

Conserva Gisbert como su más preciado tesoro todas las partituras de piano de
Manolo, varias de orquesta, dedicadas en su mayoría. Posee también un ejemplar
de piano de Gitanerías, obra en un acto y dos cuadros, cuyo título mas tarde sería
el del El amor brujo. Estos cambios de nombre no eran extraños en Falla. La danza
del fuego la tituló en un principio, Danza del fin del día». Estas variaciones apare-
cen en las partituras, variadas de su puño y letra.

Este buen amigo, Don Juan Gisbert me ha proporcionado, como queda consigna-
do, porción de datos relativos a Falla, que enriquecen en extremo estas memorias que
he redactado con la colaboración de mis sobrinos Carmen y Carlos Martel y
Viniegra. Se puede afirmar que han sido el broche de oro de este trabajo que hemos
llevado a cabo para contribuir con él a que Falla, mi querido amigo de toda la vida,
sea conocido por el mayor número de personas, y que sus méritos artísticos y cristia-
nos lleguen a conocimiento de mis muchos lectores. Espero y deseo, se consigue que
este libro pueda consultarse en todas las anaquelerías de las bibliotecas de España.

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Manuel de Falla por Salvador Dalí, 1924-1925
ÍNDICE
A MODO DE PRÓLOGO: LA RECUPERACIÓN DE UN TESTIMONIO - JOSÉ RAMÓN RIPOLL.
I Como creo yo que era Manuel de Falla 15
II Mi primer contacto con la familia Falla 25
III Aquí nacíó Falla 29
IV Fiesta infantil 35
V Sus primeras actuaciones 41
VI Formación espiritual de Manolo 49
VII Reveses de fortuna providenciales 53
VIII Primeros éxitos en Madrid 63
IX La verdadera vocación de Manolo 67
X Familiares de Manolo en París 79
XI Alegría y dolor 89
XII Enamorado de Granada 99
XIII En Antequeruela 105
XIV Mi charla con Don Miguel Cerón 113
XV José Segura y sus hijas 119
XVI Concurso de Cante Jondo en Granada 127
XVII Orquesta Bética 135
XVIII Profeta en su tierra 143
XIX Academias musicales gaditanas 151
XX Homenajes 157
XXI Sancti-Petri y Atlántida 167
XXII Buscando el silencio 173
XXIII El Amor en la vida de Falla 181
XXIV Retorno a la Isla de Mallorca 187
XXV Padrino de Maribel Falla 195
XXVI Vísperas argentinas 201
XXVII Así Granada recuerda al maestr o 205
XXVIII Manolo escribe 207
XXIX Con un pie en el estribo de la muerte 217
XXX La casa deshabitado de Ricardo Bunge 229
XXXI Manolo protector de artistas 233
XXXII En la cripta de Cádiz 239
XXXIII El testamento lírico inacabado 251
XXXIV Don Juan Gisbert y Falla 263
Este libro se terminó de imprimir
el 23 de noviembre de 2001,
en Cádiz en el 125 aniversario
del nacimiento de Manuel de Falla
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