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Adoración completa

por Juan Angel Vázquez Seudón


“Por favor Pastor. No deje que don Silvestre presida el culto del Domingo por la noche. ¡Es un 'espantagente'!". Así
me dijo cierta vez uno de los líderes de nuestra iglesia. Y, en realidad hasta cierto punto ¡tenía razón! En mi mente
podía ver las caras de la congregación, sufriendo para que llegara la hora del sermón.

En ciertas iglesias, la adoración convoca más gente que la predicación


misma, o que la ayuda social que allí pueda encontrarse. Y es que hay
mucha gente que valora en sobremanera el poder asistir a un culto donde
pueda adorar a su Señor. Al fin de cuentas, es nuestra primera función para
con Dios. Somos sus criaturas y debemos (¡y queremos!) adorarlo.

A veces solemos asistir a cultos que, ya por lo mecánico, ya por lo


desganado, la pereza o por un egocentrismo muy marcado de quien está al
frente dirigiendo, la congregación no puede adorar. Allí sucede cualquier cosa menos la
"ofrenda de adoración", el "sacrificio de alabanza" esperado por Dios.

La reunión de los santos cumple, en forma básica, con un objetivo final: que el pueblo y su Dios
se comuniquen, se ministren. Dios es el centro y su pueblo asiste, unido, a rendirle culto, a
ofrecerle ofrenda fragante y agradable, a la vez que espera recibir la bendición de Dios en la
Palabra, su Presencia, en su ministración espiritual y en koinonía, la comunión de los santos.

Cuando recuerdo o medito en Juan 4.23 suelo tener la imagen de nuestro Señor recorriendo
toda la tierra con sus ojos, buscando adoradores genuinos. Y allí me imagino a tantos miles
que dicen adorar a Dios, tratando de hacerse notar ante esos ojos. Pero también imagino que
El, en su búsqueda, va separando a los adoradores en espíritu y en verdad, de aquellos que
sólo lo hacen de la boca para afuera, o de pura forma, o con pecados conscientes no
confesados, o los que lo hacen por el "qué dirán" los demás, o aquellos que adoran porque "los
hace sentirse bien". En su perfecta y permanente observación, Dios busca verdaderos
adoradores, separando la paja del trigo.

Como encargado de dirigir la adoración en nuestra iglesia he estado trabajando con los
hermanos que tienen alguna gracia para presidir, a fin de aunar criterios en el ministerio de la
adoración comunitaria.

He participado con ellos ciertos temas, de los cuales algunos transcribo a continuación. Por
supuesto, he omitido aquellas cosas que hacen a nuestra iglesia en particular, pero creo que,
en lo general, servirán para que el lector reaccione y los debata en su propia iglesia, como
forma de estimular la consideración seria del tema. Así lo hacemos en la nuestra con los
encargados del área. Hemos leído a varias veces el apunte; cada uno ha estudiado la Palabra
en cuanto a la adoración y luego hemos debatido nuestras opiniones al respecto.

Sugiero que lo usen de la misma forma en su iglesia, aun cuando las conclusiones sean
diferentes. El objeto no es este artículo en sí, sino que cada congregación defina cómo adorará
y por qué lo hará así.

• Nuestros cultos son ofrendas que presentamos a Dios. Somos sus criaturas y le debemos
adoración, reverencia y culto. Nuestro tiempo de adoración conjunta no es un relleno, no es
una introducción al sermón o una mera motivación que nos prepara "para recibir la Palabra",
aun cuando sirva muy bien a estos fines. Recordemos: son ofrendas de alabanza.

• Adoramos a Dios porque es digno de la adoración de toda criatura. Es nuestro Dios y


nosotros adoramos la Deidad.

• Adoramos a Dios por lo que es, por lo que hizo y hace. Nos gozamos y esperamos en lo que
hará, ¡y también por eso lo alabamos!
• Dios espera que adoremos en espíritu y en verdad (ver cuadro). "...porque tales adoradores
Dios busca que te adoren". Todos los domingos el inmenso pueblo de Dios, en todas las
naciones, se dispone a adorar a Dios. Nosotros formamos parte de ese pueblo, y en esa
inconmensurable cantidad de cristianos Dios busca, cada domingo, adoradores en espíritu y en
verdad.

• Lo que ofrecemos a Dios (así como todo lo que pretendemos hacer en su Nombre) debe ser
excelente. El Señor no mira lo que mira el hombre, porque el hombre mira lo que está delante
de sus ojos (u oídos, tacto, olfato, etc.), en cambio Dios mira el corazón. Por eso. Dios espera
que el corazón de quien le adora sea excelente y elabore cosas lo más excelentemente
posible.

Si alguien no tiene buen oído y entonación musical, o si no ora con palabras adornadas,
etcétera, Dios mira ese corazón y no lo juzga por su capacidad musical o por el léxico. El busca
adoradores en espíritu y en verdad. Nada más.

Asimismo, Dios pretende lo mejor de nosotros; no nuestra pereza, no nuestra dejadez, no


nuestra comodidad. Toda ofrenda conlleva un sacrificio, un esfuerzo.

No tengas vergüenza si en determinado momento debes suspender un canto y recomenzarlo.


Si está fuera de tono o de ritmo, puede ser más dañino continuar que rectificar el rumbo.

En este mismo sentido, si alguien de la iglesia tendrá a su cargo algún "numero especial", no
debe bastar sólo la buena actitud de su corazón. Si va a cantar, tocar un instrumento, recitar
leer o dramatizar algo deberá hacerlo bien, porque es una adoración a Dios en público lo que
intentará motivar a los demás hacia la adoración. Es precisamente eso: "algo especial", un
"testimonio de adoración", y para eso debe ser digno, tal como Dios esperaba que lo fueran las
ofrendas públicas en el Antiguo Testamento.

• Si pides que alguien tenga una lectura bíblica, asegúrate de que lee bien, que practique la
lectura antes y que tenga una Biblia en versión entendible al resto de la congregación.

• La función de quien preside es la de coordinar la adoración grupal y comunitaria en las


reuniones. Recuerda que "el líder va adelante, conduciendo". Eso significa que, para dirigir en
la adoración al pueblo de Dios, uno debe ser un buen adorador; un buen practicante de lo que
quiere que los demás hagan. Por eso, prepárate para ministrar en santidad agradable al Señor.
Cuida tu vida espiritual y aliméntala.

• Pide al Señor que te auxilie en la preparación y él cuidado de tu ministerio. Busca su guía y


dedícale tiempo para desarrollarlo.

• Evita la ignorancia innecesaria. Pregunta a quien predicará cuál tema tendrá, qué pasajes
bíblicos usará y cuál será el propósito de su sermón. Esto te ayudará en la preparación del
orden, en especial para el tiempo de inspiración previo al sermón. Pregunta a quien
corresponda sobre los anuncios que se deben comunicar a la congregación en esa reunión, a
fin de separar el tiempo correspondiente y no encontrarte con imprevistos en medio del culto.

• En cuanto te sea posible, evita la improvisación. A menos que el Espíritu esté guiando a algo
especial, el resto de las improvisaciones son sugeridas por nuestros sentimientos, los cuales no
son ninguna garantía.

"Cuídate de ti mismo", le decía Pablo a Timoteo, por tanto no le endilgues al Espíritu lo que sale
de tu propio corazón o mente.

• Quiera el Señor ayudarnos a que nunca perdamos el santo temor y temblor cuando
ministramos en sus cosas. Sus asuntos son demasiado excelsos para que los ejecutemos sin
temor. No "manejamos las cosas" en la adoración, sino que guiamos en orden la comunión del
pueblo hacia su Dios.

• No te enseñorees del pulpito ni de la congregación. Sé temeroso y lento para la exhortación.

• Por otra parte, si te has preparado en forma responsable, no te sientas mal ni temas al "que
dirán" referente a que estés adelante, ministrando. No debemos fomentar el profesionalismo
mal entendido, pero sí el ministerio asumido con autoridad. Ni más..., ni menos.

• El horario del tiempo de adoración es de... a... hs. Debes estar, al menos, 15 minutos antes (si
es que otra persona se ocupa de los arreglos físicos del lugar), comenzar en punto y concluir
de igual manera. Eso permite desarrollar todo el programa de la reunión en una forma
equilibrada. Si otra parte del programa se retrasa o si otro participante llega tarde, eso no te da
permiso para variar tu horario. Debes comenzar y terminar "en tiempo", aun cuando el "músico"
se demore.

• Si por alguna razón se ha demorado quien te debe suceder, no "rellenes" el tiempo con nada.
Recuerda: las cosas del Señor y de su Iglesia no son "relleno" de ninguna circunstancia. Para
eso debes estar preparado también.

Sugiero que tengas un "as en la manga", un bosquejo guardado en tu Biblia que te ayude a
seguir ministrando y no a "salir del paso" solamente. Posiblemente pasen muchos domingos sin
que uses ese bosquejo, pero allí tienes una ayuda para cuando ocurra.

A lo mejor suceda que, cuando ese imprevisto sobrevenga, el bosquejo que tienes no puedas
aplicarlo totalmente y deba variarlo según el Señor te guíe. De cualquier manera, sé sabio y no
dejes para mañana lo que puede hacer hoy.

• El tiempo de oración a Dios (y en esto prima el estilo y las formas que cada congregación
tiene como propia) es algo imprescindible en el culto.

Deja que la congregación ore. Puedes pensar en distintos momentos y formas en que los
hermanos pueden abrir su corazón ante Dios. Puede haber momentos silenciosos, momentos
en que varios se suceden en la dirección de la oración, puede ser espontáneo o preestablecido.
Repito: deja que la congregación ore.

Nuestra cultura occidental no tolera el silencio; solemos creer que "queda mal" un "blanco" en
la reunión. No te impacientes por "llenar" un espacio en que nadie está orando en voz alta. Es
muy probable que muchos lo estén haciendo en silencio. Pero ten buen tino; no "abandones" a
la congregación si ya nadie está orando. En ese caso, puede ser que ellos estén orando para
que le des cuenta de que hay que continuar.

• El auditorio es multipersonal; eso significa que cada persona está viviendo su propia
situación. "Cada corazón es un mundo". Si bien es responsabilidad de todos el concentrarse en
lo que la congregación en su conjunto ha acordado hacer en ese momento y el preparar su
corazón, debemos respetar la diversidad de ánimos y actitudes. Trata de no retar al auditorio
porque cante lento, desganado o en volumen bajo. Si te parece que están apagados,
entiéndelos (Pr. 25.20).

• Cuando el tema de la canción, oración, lectura bíblica, etc. es de adoración o alabanza, el


espectador es Dios mismo. Sólo El es el público.

• Cuando el tema es profetice (enseñanza, testimonio, exhortación, etc.) es que nos estamos
hablando, cantando o leyendo para nosotros, para el grupo. En ese caso, nosotros somos el
público.
• Si la canción, comentario o testimonio es una invitación, el público se remite a aquellas
personas del público que se encuentran en la situación planteada (Por ejemplo: si es una
invitación a la adoración, todos son invitados, pero si es una invitación a recibir a Cristo, el
público son los inconversos).

• Quien preside no predica. Trata de evitar los comentarios extensos en el tiempo de adoración.
En esto debemos ser muy cuidadosos, ya que nuestros sentimientos pueden traicionarnos. Sé
libre, pero recuerda que, al presidir, en tu libertad obligas a todos.

• Si en la reunión hay un tiempo para compartir testimonios, bendiciones y motivos de oración,


es bueno que quien preside rescate en una lima (10 palabras, no más que eso) la idea principal
de quien habló para afirmar lo importante. Recordemos que no debemos predicar al final de
cada testimonio. ¡¡¡Sólo diez palabras!!! ¡¡¡Practica!!!

• Somos seres emocionales por lo que es lícito y precioso que nuestra alma se goce en la
alabanza; respeta eso en los asistentes. Asimismo, las emociones son secundarias. Por lo
tanto, aunque a veces "no lo sintamos", si estamos haciendo las cosas bien, estamos adorando
lo mismo. La buena adoración no depende de "sí lo sintamos", depende de "sí lo hacemos en
espíritu correcto y en verdad". No apeles a las emociones; no las evites tampoco.

• Asegúrate de que habrá, al menos, un músico que ejecutará un instrumento para acompañar
las canciones. Procura darle tiempo en la semana previa para que practique las canciones,
especialmente aquellas que no conoce. Pásale los cantos unos días antes.

• Aunque haya un muy buen músico, tú eres quien dirige, no él. Tú comienzas la canción y
marcas el ritmo. En todo caso, deberás arreglar antes con el instrumentista si quieres variar
algún ritmo y canción. Debes enseñarle cuándo comenzarás cada canción.

• Aunque le hayas pasado los cantos con anticipación, prepara un "Orden del culto" adicional
para el músico, para entregárselo minutos antes de la reunión. Esto le ayudará a saber que
sigue después de cada parte.

• Si es posible, lleva de alguna forma la cuenta de qué cantos se cantan más y cuáles se están
dejando de lado en tu congregación.

• Recuerda que "en los íntegros es hermosa la alabanza" (Sal. 33.1). Por eso, cuando Dios
recorra con sus ojos la tierra el próximo domingo, ¿qué encontrará en tu congregación.

Apuntes Pastorales
Volumen VIII – número 1

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