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El profesor de Gabriel García Márquez

Existe un pedacito de tierra dentro del Huila donde al día de hoy muchas casas no reciben
señal de televisión o tan si quiera luz eléctrica, donde los arboles de naranjas jugosas se
encuentran a donde sea que se camine, donde aún es común andar a caballo y con machete
en la cintura. El Naranjal es un pequeño corregimiento al sur del Huila, campo lindo que,
en una humilde casa ubicada a orillas del camino, el 16 de marzo de 1907 vería nacer y
crecer a Carlos Julio Calderón Hermida.

De padres campesinos y trabajadores, nacidos y criados toda su vida en el Huila, llamados


Maximino Calderón y Julia Hermida, era el mayor de 14 hermanos. Soñó de joven con
estudiar medicina, pero debido a la temprana muerte de su padre, y para sacar adelante a
sus hermanos y a su madre, tuvo que abandonar su pasión y dedicarse a ser profesor de
literatura en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, lugar donde se ganó el aprecio
de todos sus alumnos.

Entre esos estudiantes a los que enseñaba en Zipaquirá, se encontraba un joven delgado
oriundo de Aracataca, Magdalena. Gabriel García Márquez había llegado (gracias a una
beca) para cursar sus estudios de bachillerato durante cuatro años, en los cuales Carlos
Julio sería su profesor en tercero de bachillerato en 1943, de literatura universal en 1944,
de literatura española en 1945, y de literatura colombiana en 1946, año en el que Gabo se
graduó de bachiller. Cuando ingresó, a Gabo le apasionaban las caricaturas y el dibujo,
pero fue el profesor Calderón quien vio el gran potencial que el cataquero tenía para la
escritura, y empezó a enseñarle reglas y técnicas para la prosa y los poemas, con énfasis
en retorica y poética; en estética, métrica y géneros literarios. La relación de Gabo y
Carlos Julio iba más allá del tiempo de clase, pues en los descansos el profesor le seguía
enseñando a un Gabo cada vez más interesado. Carlos siempre recordó a Gabriel como
un alumno atento, con una gran capacidad de pensamiento constructivo y un gran deseo
por preguntar y aprender todo.

De aspecto sencillo, orejas grandes, nariz puntuda, traje elegante y corbatín, Carlos Julio
era de carácter fuerte pero amable y humano, no le gustaban los problemas y siempre que
se topaba con uno lo evitaba al máximo. Se casó con una mujer llamada Carmen Lozada,
con la cual tuvo cuatro hijos, dos de ellos llamados Cecilia y Héctor. Con sus estudiantes
siempre fue muy exigente, de trabajos que requerían el desarrollo del pensamiento crítico
y la imaginación, y ‘castigos’ que consistían en el desarrollo de temas literarios en prosa,
que para Gabo más que un castigo eran un estímulo.

Al pasar los años Gabo se graduó, y Carlos Julio siguió siendo profesor en Zipaquirá por
algunos años más, pero después se convirtió en secretario de educación de Cundinamarca.
Vivió en Bogotá durante muchos años, y en pocas ocasiones volvió a verse con Gabriel.
Años después llegaría al despacho del profesor Calderón un libro titulado “La Hojarasca”,
la primera novela escrita por Gabo. Al abrir el libro se encontraba una dedicatoria que
decía “A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió en la cabeza esa
vaina de que yo escribiera”. Carlos Julio siempre llevó a Gabo en su corazón, por eso
decía que además de sus cuatro hijos biológicos, tuvo un hijo intelectual ganador del
Nobel.

Mantener una conversación con él era algo que requería de exigencia y nivel, el viejo
Carlos manejaba a la perfección una gran variedad de temas y materias, conocimiento
que había adquirido a lo largo de los años por su ávido amor a la lectura. Era capaz de
hablar durante horas sobre cualquier tema, y en su alma de pedagogo enseñarle al otro
hechos que desconocía. La cosa era tal, que tres de sus cuatro hijos estudiaron medicina,
y los libros que ellos a lo largo de su carrera llevaban a la casa eran leídos en breve por
Carlos. Le apasionaban todo tipo de cosas, además de la literatura y la medicina era un
fanático de la naturaleza. Haber nacido en el campo le confirió un amor inmenso por el
verde, los árboles y los animales. Solía viajar mucho al campo, donde descansaba y
dispersaba su mente.

Durante los años en los que fue profesor desarrollo un gusto especial por ciertos autores
a los que leía con encanto, como son Miguel de Cervantes, Mark Twain o Jorge Isaacs.
Entre los poemas que más le gustaban se encuentran algunos de Rubén Darío y Guillermo
Valencia. A lo largo de su vida nunca perdió el habito de la lectura, y más bien parecía
que su amor por los libros era cada vez más fuerte, dando cuenta de esto la enorme
biblioteca que tenía en su casa en Bogotá, que mantenía actualizando y agrandando cada
vez más con todo tipo de ejemplares.

Los últimos años de su vida de pensionado en Bogotá los pasó junto a su esposa Carmen.
No importó después no haber podido cumplir su sueño de ser médico, en su corazón
quedó la satisfacción de haber educado al premio Nobel más meritorio de este país (con
el otro aún tengo mis dudas) y mucho más importante, haber hecho lo que para él fue el
acto de heroísmo más grande que se puede hacer en un país como Colombia, educar a su
niñez. Siempre fue alguien tranquilo y sin vicios en su juventud, por lo que los años y la
vejez llegaron de la mejor forma para él. Murió de eso mismo, de viejo, allá en Bogotá
un octubre de 1981 a la edad de 84 años. Su esposa Carmen moriría mucho después, en
el 2006 a la edad de 99 años.

Nadie sabe qué habría sido de Gabriel García Márquez si el profesor Calderón no lo
hubiera guiado por el maravilloso camino de la literatura. Hoy, considerándome seguidor
de ese realismo mágico desde que leí por primera vez “Crónica de una muerte anunciada”
(muchísimo antes de conocer esta historia) y esperando que desde dónde sea que se
encuentre me lea, sólo me queda hacer lo mismo que hizo Gabo alguna vez. Agradecerle
por habérsele metido en la cabeza esa idea de que Gabriel García Márquez escribiera.