Sei sulla pagina 1di 16

PAOLA S. DE DELBOSCO

LA IDENTIDAD DE LA MUJER:

CONTRAPUNTOS

La autora presenta las formas de relación entre el va- rón y la mujer consideradas por distintos autores en diferentes períodos históricos y diversas tradiciones. Hace referencia a contextos cruciales: el refuerzo de la estructura familiar que generó el cristianismo y, posteriormente, los antecedentes y la difusión de los movimientos feministas. En ellos distingue sucesivas etapas: el reclamo de derechos civiles, la paridad total entre los sexos, el protagonismo y la autonomía femenina, y la idea de género como la construcción sociocultural de la identidad sexual independiente- mente del dato corpóreo. El trabajo concluye seña- lando dos aspectos: la esencia de lo femenino y la riqueza de la apertura al otro sexo.

L a historia de las relaciones entre el hombre y la mujer dista mucho de ser un reco- rrido lineal que vaya desde

el sometimiento total hacia un protago- nismo femenino cada vez mayor al va- rón. La realidad ha sido y es más com- pleja que esta simplificación ideológica, pero para comprobarlo habrá que des- echar el filtro deformante con que se ob- serva el pasado, y ¿por qué no?, tam- bién el presente. Una mirada serena nos mostrará, por un lado, la compleja rea- lidad de las relaciones humanas y, por otra, la clara presencia femenina en la historia de la vida cotidiana.

Hacer posible la vida en todas sus dimensiones no es una tarea menor: la dilatada importancia de la historia po- lítico-militar, que ha ocupado larga-

mente el horizonte de los estudios his- toriográficos, cede desde hace un tiem- po el lugar a la historia de la vida pri- vada. Es en esta realidad cotidiana en donde es trascendente la presencia y la actividad femenina, tanto que es justo decir que sin las mujeres la vida hu- biera sido imposible, no sólo en la pro- creación de las vidas nuevas sino en el mantenimiento de la vida de todos. La preparación y conservación de alimen- tos, el conocimiento y uso de hierbas medicinales, la educación de niños y jóvenes en el cuidado del cuerpo, en los pequeños quehaceres y habilidades domésticas, la narración de cuentos e historias que han pasado lentamente de una generación a la otra, así como la iniciación en la vida de piedad y la enseñanza de oraciones nuevas o fru-

ARTÍCULOS

44

to de la tradición: todo esto y mucho

cuyos efectos, justamente en la rela-

más es la contribución de las mujeres a

ción de la mujer y el varón, describe el

la

continuidad viva de la cultura. Pero

versículo de Gén.3,16: “hacia él irán tus

no sería justo no recordar también el aporte femenino a las artes, muchas

apetencias y él te dominará” 1 . Se trata sin duda de la descripción de un des-

desde la poesía, sobre todo religiosa, y

orden en las relaciones entre el varón

la

literatura, algunas desde la pintura

y

la mujer, un desorden que, introdu-

y

escultura, pero muchas más en ese

arte “menor” del bordado de tapices, manteles y vestimenta, que nos han permitido conocer detalles de la vida de todos los días en otras épocas. Lo que sigue es un recorrido histó- rico-cultural de los contrapuntos de estos encuentros y desencuentros, a la luz del llamado divino –común al

hombre y a la mujer– de llenar de vida

cido por la ruptura de la armonía ini- cial, nos obliga a reconquistar trabajo-

samente el sentido esponsal de la dife- rencia entre el varón y la mujer. Pero será interesante recorrer rápi- damente la historia para interpretar con más equilibrio los reclamos y las conquistas de nuestro tiempo. Aún fuera de la tradición judeo-cris- tiana, nos encontramos con expresiones

la tierra y de dominarla.

Las relaciones entre los sexos y sus variaciones

Desde siempre algo pasa entre el va- rón y la mujer. Y no se trata sólo de amor.

Unas cuantas afirmaciones serias de autores clásicos junto con su contracara cómica nos permiten, con buena aproxi- mación, confirmar que los contrastes en- tre el mundo femenino y el masculino no son una novedad de la modernidad ni mucho menos. Así lo vemos en los textos de los pensadores tanto como en

el contenido de comedias y epigramas.

Tampoco el ansia de la mujer por su emancipación y su participación plena en el mundo público, tradicionalmente dominado por los varones, es algo in- édito, como tampoco lo es la habitual desconfianza del varón hacia el mundo imprevisible de la mujer. Es claro, en- tonces, que la armonización de sus recí- procas diferencias en una convivencia pacífica y enriquecedora es más bien una conquista, no un punto de partida. A esta situación de contraste no es ajena la condición humana general de natura laps (naturaleza caída), uno de

que manifiestan con igual fuerza el con- traste y la tensión entre los sexos, como

la que se atribuye a Pitágoras, filósofo y

matemático del siglo VI a.C.: “Existe un dios bueno que hizo la luz, el cosmos y

el varón, y existe un dios malo que hizo

las tinieblas, el caos y la mujer”. En rea- lidad Pitágoras no dejó nada escrito, pe- ro su fama de misógino y las costum- bres casi monásticas de su comunidad hacen verosímil la atribución de esos conceptos a su persona. Se entiende en- tonces por qué esta frase le sirvió a Si- mone de Beauvoir para encabezar su larga obra: Le deuxième sexe 2 , texto que constituyó por muchos años la “biblia” del feminismo del siglo XX. Las pala- bras atribuidas a Pitágoras describen hi- perbólicamente el mundo masculino y su aspiración al dominio de todos los ámbitos reconocidos de una cultura: la luz de la racionalidad, el cosmos de las artes y la objetividad de la justicia, para dejar a la mujer la oscuridad de las en- trañas y de lo afectivo, junto con el caos de los sentimientos y de las pasiones. También algunas comedias de Aris- tófanes, siglo IV a.C., tocan el tema de

1 Ver JUAN PABLO II, Mulieris Dignitatem, cap. 10.

2 BEAUVOIR, Simone de, Le deuxième Sexe, Pa- rís: Gallimard,1949.

ARTÍCULOS

los contrastes entre varones y mujeres, proponiendo situaciones en las que, frente al evidente fracaso de la gestión masculina de las cosas públicas, son las mujeres las que buscan alternati- vas tanto ante el problema de la gue- rra –como vemos en Lisístrata 3 como en el de la organización de la socie- dad, que se resuelve con la participa- ción política de las mujeres –en Las mujeres al Parlamento 4 . Es claro que la propuesta de Aristófanes no quiere ser realista, pero el efecto cómico está ga- rantizado por lo absurdo de la solu- ción que sus comedias presentan; lo más interesante del caso es que en am- bas las mujeres no carecen de poder, pero se ven obligadas a ejercerlo de forma oblicua, a través del engaño o de las redes del amor y de la seduc- ción. Y esto se debe a que la organiza- ción del espacio público en el mundo occidental ha estado, por lo general, en manos masculinas. En Lisístrata, literalmente “la que disuelve los ejércitos”, la trama narra cómo las mujeres griegas deciden es- tablecer una alianza entre ellas, dejan- do de lado las tradicionales enemista- des que dividían las ciudades, para convencer a sus respectivos hombres de dejar de trenzarse en guerras san- grientas que, además de obligarlas a una prolongada soledad, cosechan in- útilmente las jóvenes vidas que a ellas tanto les cuesta criar y educar. Es cla- ra la función materna, y de ella sale la fuerza femenina que es capaz de opo- nerse al poderío del varón. El elemen- to cómico reside en el recurso femeni- no a la huelga conyugal, para la cual es requerido un férreo juramento que obligará a las mujeres a no acceder a los requerimientos pasionales de los maridos, así como de los demás hom-

3 ARISTÓFANES, Lisístrata, Madrid, Cátedra,

1997.

4 ARISTÓFANES, Las mujeres al parlamento, Ma- drid, Cátedra, 1996.

bres, hasta tanto no se firme un defi- nitivo tratado de paz. En Las mujeres al parlamento la salvación política de la ciudad es intentada por las mujeres frente a la evidente ineptitud de los hombres para el gobierno; pero final- mente las leyes que más interesarán a las legisladoras femeninas serán las que les aseguren la atención amorosa de los hombres cuando ya no tengan los encantos de la juventud. Se nota aquí la mirada masculina sobre la mu- jer, caracterizada por la reducción del mundo de ellas a lo sentimental, en donde se encuentra el fundamento de su poder sobre los hombres, pero tam- bién se percibe algo de las relaciones entre los sexos, con espacios propios delimitados, de donde el efecto cómi- co garantizado por la salida de las mu- jeres del encierro doméstico hacia el mundo público. En La condición humana 5 Hannah Arendt analiza esta situación en deta- lle, mostrando cómo, en la sociedad griega y en la romana, a las mujeres y

a los esclavos se les destinaba un tipo

de actividad “invisible”, por estar li- gada a la supervivencia biológica de las personas o a la producción de ins- trumentos. En cambio, el campo de la

“acción”, es decir, de la actividad libre

y racional, estaba reservado al varón

como algo más acorde a su capacidad. Esta distinción al mismo tiempo nos explica ciertos insistentes lugares co- munes sobre las relaciones entre el mundo femenino y el masculino y nos permite descubrir también los funda- mentos culturales de una civilización “androcéntrica”, de la que los occiden- tales somos herederos. Pero hubo otras civilizaciones, co- mo la mesopotámica desde el tercer milenio a.C. o la fenicia, que atribuye- ron a la mujer un espacio importante en la actividad comercial y en la po-

45

5 ARENDT, Hannah, La condición Humana, Bar- celona, Paidós, 1975 (1ª ed. 1958).

ARTÍCULOS

46

sesión de tierras, como resulta de al- gunos contratos que nos han quedado en las famosas tablitas de Elba y otros documentos.

También en el corazón de la penín- sula itálica en el siglo IX a.C. los etrus- cos constituían una sociedad en la cual la mujer se encontraba integrada per- fectamente con el varón, teniendo una fuerte estructura familiar, como se aprecia de la estructura de las necró- polis y por la gran cantidad de objetos de uso femenino de exquisita hechura, como espejos, peines, joyas –imitadas hoy por muchos orfebres y artesanos–. Refuerza esta imagen de una mujer aceptada al lado del varón no sólo la presencia de numerosos sarcófagos que representan tiernamente a

cónyuges unidos más allá de la muerte, sino tam- bién las palabras irónicas de algún historiador roma- no del siglo III a.C. que acusaba a los etruscos de “ban- quetar con sus

mujeres”. Sin em- bargo, aun entre los romanos, que li- mitaban la presencia de la mujer a lo doméstico, nos encontramos con figu- ras femeninas fuertes, como la de Cor- nelia, la madre de los Gracos, que ha- ce residir en su maternidad la verda- dera gloria y no en adornos materia- les; también en la época imperial mu- chas mujeres se trenzan en la trama del poder, haciendo uso de ese poder obli- cuo, que es sumamente eficaz justa- mente por ser menos visible. La irrupción del Cristianismo signi- ficó una sustancial modificación en la consideración de la mujer en el ámbi- to del Mediterráneo, reforzando tam- bién la estructura de la familia. La es- tabilidad del vínculo matrimonial, que

es ahora símbolo de la unión fiel de Cristo con la Iglesia, marca la funda- mental dignidad tanto del hombre co- mo de la mujer, como ya San Pablo lo había afirmado en Gál. 3,28. Inclusive el modo de vestir revela cuándo una mujer se ha hecho cristiana: además de ser “univira”, es decir: casada con

un solo hombre, viste con recato, y no con los lujos y la ostentación de las pa- tricias paganas. En cuanto a la situa- ción de los esclavos, que muchas veces son los que inician en la fe a sus amos, estos últimos, admirados por la recti- tud y honestidad de su conducta, al convertirse, los respetan como perso- nas y les otorgan la libertad. Muy lejos de querer hacer un pano- rama exhaustivo

de la condición fe- menina en la his- toria, estas refe- rencias sólo sirven para mostrar que ha existido diver- sidad en las rela- ciones entre varo- nes y mujeres y di- ferentes ubicacio- nes del rol de la

mujer en la socie- dad. Esto nos permite sobre todo res- tarle crédito a la teoría de un supues- to complot universal masculino contra la mujer, complot que le habría impe- dido sistemáticamente el acceso a los lugares clave de la sociedad, lo cual justificaría sin duda una actitud beli- gerante contra el varón para restable- cer el equilibrio. Lo que acabamos de afirmar constituye la base teórica de muchos “feminismos” de nuestro tiempo. El análisis de las distintas mo- dalidades de los feminismos nos per- mitirá comprender contra qué se com- bate y cuáles son los costos y los bene- ficios de cada postura. Después nos se- rá posible focalizar la atención en las necesidades permanentes de los seres

“La irrupción del Cristianismo significó una sustancial modificación en la consideración de la mujer en el ámbito del Mediterráneo, reforzando también la estructura de la familia”

ARTÍCULOS

humanos y reconocer, frente a los in- negables cambios culturales y técni- cos de los tiempos, el camino viable para la convivencia armoniosa de los dos sexos, en la cual la diferencia es fuente inagotable de crecimiento.

Privilegio y servicio:

la división funcional de las tareas

Antes de proceder a analizar los cambios culturales y técnicos que alte- ran los roles recíprocos de varones y mujeres en las distintas culturas, to- memos en consideración la función respectiva de varones y mujeres sobre la base de sus diferentes capacidades. Reconstruyendo las normas y cos- tumbres que regulan el trato entre va- rones y mujeres y su ubicación en ca- da sociedad, podría deducirse que la jerarquía y los privilegios del varón están siempre ligados –por lo menos en su origen– a circunstancias históri- cas o geográficas en las cuales su su- perioridad física en cuanto a fuerza y tamaño son valoradas y consideradas indispensables para la supervivencia del grupo humano al que pertenece. De manera simétrica, en lugares o cir- cunstancias en donde la superviven- cia no depende de la lucha contra el medio o donde las nuevas vidas son particularmente necesarias, será la mujer la que goce de un trato prefe- rencial por su capacidad de engen- drar. Esta capacidad femenina podrá ser simbolizada tanto positivamente en el culto a la madre tierra, diosa fér- til y favorable, como negativamente, cuando las capacidades femeninas se asocien a las de una diosa terrible y cruel, cuyos poderes ocultos pueden tanto dar vida como matar. La diosa Kali, sedienta de sangre, puede ser un ejemplo. A esto hay que añadir que en cada sociedad se atribuye distinta im-

portancia a tareas similares según la situación concreta en que se vive, y es- ta diferencia repercute en las personas encargadas de realizarlas. Si por ejem- plo tomamos en consideración la acti- vidad de prender el fuego o de reco- ger agua para cocinar, no tendrá la misma relevancia en una sociedad ur- bana industrializada, donde esas ne- cesidades están aseguradas en la mis- ma infraestructura con las redes de acueducto y de gas, que en poblacio- nes nómades en las que tiene en cam- bio dramática relevancia, absorbien- do en su solución una parte impor- tante de las actividades de sus miem- bros. Esto sugiere que las tareas que tienen que ver con el agua y el fuego, para decirlo simbólicamente, tendrán distintas valencias en las dos formas de sociedad; así también se asignará un valor distinto a los miembros del grupo que se dediquen a esas activi- dades. Este tema ha sido bien analiza- do por Hannah Arendt en La condición humana, y tiene una confirmación an- tropológica en los estudios de Marga- ret Mead y otros. Así y todo, podemos decir que los privilegios que rodean una función son el signo del reconocimiento de la utilidad de tal función en el grupo so- cial; por eso cada sociedad, según sus necesidades más indispensables, pro- digará mayores cuidados a los indivi- duos o a los grupos cuyos servicios más valore. Todo esto se da por lo me- nos en la fase fundacional de la socie- dad. Es sin embargo probable que los cambios de circunstancias no repercu- tan inmediatamente en la estructura social. Ésta, trabajosamente lograda a lo largo de muchas generaciones, y por lo tanto muy profundamente arraigada en las costumbres de las personas, tiende a modificarse con mayor lentitud.

47

ARTÍCULOS

48 Los movimientos feministas

Los derechos cívicos, económicos y culturales de las mujeres

Sin duda la revolución industrial marca el comienzo de grandes trans- formaciones en la sociedad occidental de tal manera que, describiendo sola- mente las realidades nuevas que van apareciendo a lo largo de casi dos siglos de cambios incesantes, no haríamos otra cosa que mostrar el proceso de ge- neración de nuestra sociedad actual. La gran revolución que afectó el mo- do de producir y de consumir modifi- có también a quienes producían y con- sumían, cambiando sus roles recípro- cos en la sociedad. Efectivamente, la tradicional división de tareas basada en las modalidades específicas del va- rón y de la mujer se ve rápidamente remplazada por la intercambiabilidad prácticamente total entre los dos, tanto que en el campo laboral se empieza a hablar genéricamente de “mano de obra”, porque en las nuevas técnicas de producción industrial es insignificante que esas manos sean femeninas o mas- culinas. Esta realidad no podía tardar en alterar también las relaciones entre los dos sexos en el seno de la familia, aunque el proceso fue más lento. Sobre todo en los períodos de pos- guerra el problema de la asignación de los roles respectivos solía agudi- zarse, y el reclamo femenino por un trato más equitativo con el varón se apoyaba en la evidencia de su capaci- dad de trabajo similar a la del varón, por haber soportado ellas el peso de las tareas habitualmente desarrolla- das por los varones durante la forza- da ausencia de éstos. Estos reclamos pronto se organizaron en movimien- tos con fundamentación teórica y pla- taforma de acción. Los primeros objetivos claros han si- do los derechos cívicos y económicos de la mujer, objetivos presentes ya en

los Cahières de Doléances des Femmes, es- critos por Mlle. L.F. de. Kéralio duran- te la Revolución Francesa. En ellos se reclamaba frente a la incompleta for- mulación de los derechos humanos del año 1789. Este texto inspiró a Olympe de Gouges, literata y revolucionaria, su Déclaracion de Droits de la Femme et la Citoyenne (1791); su autora, por otra parte, fue víctima de sus propios re- clamos de trato igual, porque Robes- pierre no se apiadó de su condición fe- menina y la envió a la guillotina en 1793. Luego, tanto el período del Di- rectorio como el gobierno de Napole- ón borraron por un tiempo prolonga- do toda la cuestión. El movimiento por los derechos femeninos prosiguió en- tonces en Inglaterra, liderado por Mary Wallstonecraft, quien había pu- blicado ya en 1792 A Vindication of Rights of Women y luego por Emmelyn Pankhurst, centrado sobre todo en los derechos educativos, cívicos y econó- micos de las mujeres. Pero la comprensión teórica del pro- blema de la incompleta presencia fe- menina en el mundo público fue en- frentada por un pensador liberal, John Stuart Mill, quien en 1869 publicó The subjection of Women, que reconoce tres tipos de reclamos: los de carácter eco- nómico, como la paridad de retribucio- nes para ambos sexos y la admisión a todo tipo de profesión sin discrimina- ciones; los de carácter jurídico, como la plena igualdad de derechos civiles, y los de carácter político, como la admi- sión al electorado y a la elegibilidad. Algo empezó a modificarse cuando en los EE.UU., a partir de la segunda mitad del siglo XIX, las mujeres fueron admitidas a los estudios terciarios pro- fesionales y a principios del siglo XX en las universidades. Simultáneamente en Francia algunas mujeres literatas reclaman para sí la misma libertad de la que gozaban los artistas varones; el caso de la poetisa y escritora Aurore

ARTÍCULOS

Dupin es paradigmático. Bajo el pseu- dónimo masculino de George Sand y vestida como varón, frecuenta todos los ambientes bohemios en claro des- afío a las restricciones vigentes para las mujeres en la vida pública, así co- mo en su diario íntimo se jacta de su intensa vida sentimental, que la unió a artistas famosos como Musset y Cho- pin, desafiando aquí las restricciones de orden sexual. El desarrollo de las actividades rei- vindicatorias tomó matices diferentes según las tradiciones sociales y cultu- rales de cada lugar. En Inglaterra, por ejemplo, se acentuó sobre todo la lucha a favor del sufragio universal, y el mo- vimiento se llamó por esa razón de las “sufragistas”. Los primeros resultados positivos se vieron con la concesión del voto a las mujeres en Nueva Ze- landa en el 1893, en Finlandia en 1906, en Noruega en 1907, en Suecia y Dina- marca en 1915. Mientras tanto en In- glaterra las activistas encarceladas, ba- jo el liderazgo de Emmelyn Pankhurst, emprenden una huelga de hambre, y en las calles las manifestaciones de simpatizantes proceden a sentadas y hasta actos de violencia. En América, el primer país que reconoce el derecho al voto a las mujeres es México en la nueva constitución de 1917; en ese mismo año también la Rusia de la re- volución bolchevique admitirá el voto femenino. Lo mismo sucederá des- pués de la Gran Guerra de 1914-18 en unos cuantos países europeos: Austria, Inglaterra, Hungría, Holanda, entre otros, y EE.UU.; para Italia, Francia, Argentina y otros habrá que esperar la Segunda Guerra Mundial de 1939-45. En este clima general de inaugura- ción de nuevas posibilidades de parti- cipación femenina en el mundo “de los hombres”, no sorprende que se enfati- ce lo que las mujeres tienen de igual a ellos y se tienda a dejar de lado toda di- ferencia. Esta tendencia va tomando

cada vez más fuerza hasta convertirse en una verdadera teoría feminista.

49

El feminismo de la igualdad

La realidad del feminismo propia- mente dicho no debe buscarse, sin em- bargo, en estos episodios que culminan con las distintas conquistas femeninas de los derechos civiles y políticos has- ta la primera mitad del siglo XX, sino más bien a partir de los años ’60. Efectivamente, este nuevo período de luchas feministas ya no consiste en el reclamo de derechos sino en la elimina- ción de toda forma de discriminación y hasta de distinción entre los sexos. Tex- tos inspirados en el ya clásico Le deuxiè- me sexe de S. de Beauvoir demuestran cómo la historia escrita por varones y una sociedad construida por varones hacen que la mujer sea siempre “el otro sexo”. A esto –señala la escritora– hay que añadir el hecho de que en la mujer la naturaleza pesa mucho más que en el individuo varón debido a la biología de la procreación, fenómeno en el cual el individuo-mujer es devorado por la es- pecie desde sus mismas entrañas. La solución propuesta para que la mujer pueda disponer de sí y proyec- tar su libertad es la rebelión y el recha- zo de la naturaleza, porque en la mu- jer, mucho más que en el varón, la li- beración se llama antiphysis 6 , es decir, lucha contra la naturaleza. Esta lucha reconoce inmediatamente los dos pri- meros eslabones de la cadena que ata a la mujer: el matrimonio y la materni- dad. Serán estas dos realidades, enton- ces, las que deben ser destruidas en primer término. El texto de S. de Be- auvoir orientó en este sentido a más de una generación de mujeres en su lucha por una total equiparación con el va- rón. También otros estudios de carác- ter antropológico como los de M. Me-

6 Ver en BEAUVOIR, Simone de, ob. cit., I Intro- duction.

ARTÍCULOS

50

ad de los años ‘40 y ‘50, Sexo y tempe- ramento y Male and Female, sirvieron para respaldar la teoría de la construc- ción cultural del ser masculino y fe- menino y su relación. El feminismo inspirado en estas ide- as suele llamarse “feminismo de la igualdad” puesto que su finalidad es hacer desaparecer toda forma de dis-

tinción entre el ser mujer y el ser varón

en todos los ámbitos posibles. Coheren-

temente con este cometido, se llega a manifestaciones simbólicas un tanto te- atrales como la quema ritual de corpi- ños en EE.UU., o el rechazo a la distin- ción entre “señora” y “señorita” –en in- glés Mrs. y Miss– reemplazada por la

genérica denominación Ms. equivalen-

te

al masculino Mr.: el uso de Ms. defi-

ne

una postura social, cultural y políti-

ca. Así se hacen llamar las integrantes del movimiento “Women’s Liberation”. La leader feminista norteamericana Betty Friedan, autora de The Feminine Mystique (1963), pone en evidencia el estado de frustración de la mujer común, ama de casa, madre abnegada y esposa fiel; estas afirmaciones harán que la liberación femenina empiece a

considerar la necesidad de una verda- dera revolución sexual. Según esta tendencia, la doble moral sexual táci- tamente aceptada por la sociedad occi- dental, que le otorga al varón una casi ilimitada libertad de ejercicio, debe y puede superarse eliminando las con- secuencias femeninas del sexo. La píl- dora Pinkus se convierte en cierto mo- do en un símbolo de la liberación fe- menina del yugo de la reproducción.

A través de la utilización de la anti-

concepción y del aborto voluntario, afirmados como un derecho de la mu- jer a disponer de su propio cuerpo, empieza un revolucionario cambio de significación social de la sexualidad fe- menina. Además del efecto desestabi- lizante sobre la estructura familiar, cu- yo impacto irá en aumento en las ge-

neraciones sucesivas, la contrapartida de estas actitudes extremas y belige- rantes en favor de una paridad total entre los sexos tiene como efecto in- mediato, por lo menos en EE.UU., la casi total ausencia de leyes adecuadas para la protección de la maternidad en el ámbito laboral, por considerarlas discriminatorias. Como expresión de esta corriente de pensamiento, con ma- tices más o menos politizados, surgen grupos y publicaciones caracterizados por nombres pintorescos e irritantes co- mo el WITCH (Women’s International Plot Coming from Hell) o el SCUM (So- ciety for Cutting Up Men) o todavía el italiano PUSSI (Prostitute Unite per I’In- tegrazione Sessuale e Sociale). En los años ‘70 se pone el acento so- bre el tema de la autogestión del cuer- po de la mujer, con la creación de cen- tros clandestinos para practicar abor- tos con técnicas cada vez más rápidas y siniestras, manifestando así el recha- zo hacia cualquier forma de control del estado “patriarcal”. El clamor sus- citado por casos penosísimos –como el de los chicos malformados por la Thalidomida– lleva a muchos países a legislar en favor del aborto, y logran presentarlo como un servicio para la mujer. Simultáneamente, en el marco del período de mayor expansión ideo- lógica del marxismo, algunos de estos movimientos feministas se politizan y dan a sus reivindicaciones matices so- ciales y económicos: el sexo femenino es sujeto de explotación sistemática en la sociedad burguesa y patriarcal, por eso la lucha antiburguesa es también lucha antipatriarcal de liberación de la mujer.

El feminismo de la diferencia

En la década del 70 se produce un viraje en la propuesta feminista: ir más allá de la anterior lucha por la igual- dad entre los sexos, recuperando el de- recho a ser diferentes en cuanto muje-

ARTÍCULOS

res. Estos años se caracterizan por la exaltación de los poderes del ser mu- jer, entendiendo hasta la maternidad como un derecho individual, lo cual llevaba la implícita afirmación de una virtual autosuficiencia de la mujer. La reflexión sobre el ser femenino induce a la convicción de que debe em- pezar una nueva era del triunfo de la intuición, de la sensibilidad y de la afectividad por sobre la racionalidad y el afán de dominio que de ella se deri- va. La mujer ha finalmente descubier- to que su pretendida inferioridad es tal sólo en el mundo construido por el va- rón; por eso ella debe ahora superarlo, creando parámetros alternativos. A través de su peculiar visión de la reali- dad, se recupera el gusto por las rela- ciones personales, el estudio de la vida privada en la historia y en las ciencias sociales, en una palabra: se feminiza la cultura y el ámbito público. Este esfuerzo, tendiente a hacer cada vez más visible a la mujer con su forma peculiar de ser y de actuar, es lo que se llama feminismo de la diferencia. Algunos autores y autoras –usemos aquí el len- guaje inclusivo– han querido reconocer en esta forma de feminismo una espe- cie de discriminación positiva que de- bía reparar la postergación de la mujer presente de manera muy arraigada en la cultura. En 1979 una convención de la ONU, conocida en adelante como CEDAW 7 , procura fomentar esta acti- tud como necesaria para modificar las leyes de los países firmatarios 8 , propi- ciando cambios legales y estructurales en el sentido de la discriminación po- sitiva. Vemos aquí una postura muy diferente a la de las primeras feminis- tas, preocupadas más bien de obtener que el hecho de haber nacido mujer fuera del todo indiferente en cualquier

7 Convention on the Elimination of all forms of Discrimination against Women.

8 Alrededor de 150 en la actualidad.

ámbito. A partir de la formación de la CEDAW, en cambio, esto significará al- gún tipo de preferencia. 9 Existe también una derivación en cla- ve New Age de esta postura, que cree re- conocer los síntomas de un radical cam- bio de era justamente en la expansión de una sensibilidad de tipo femenino. El predominio de la afectividad, expresión del modo femenino de conocer, por so- bre la fría racionalidad del varón, será elemento fundamental de una nueva vi- sión integral del mundo que inaugura- rá el nuevo milenio. De esta manera, después de haberse agotado el proyecto del varón de dominio despótico de la naturaleza por medio de la técnica –que deshumanizó tanto el trabajo como so- bre todo las relaciones interpersonales fomentando estériles luchas para el po- der–, triunfará una visión nueva de la vida, más integradora, más contenedo- ra y menos agresiva. La preocupación por la ecología tam- bién sería consecuencia directa de este cambio de paradigma, pasando de una actitud explotadora a otra actitud cui- dadosa del mundo y de la vida. En es- te contexto la maternidad se valora nuevamente como el poder vital de la mujer, en perfecta sintonía con una na- turaleza vista ahora como “madre” nu- tricia. Se proclama el derecho a la ma- ternidad, aun prescindiendo de la pre- sencia del varón, y se proyecta la posi- bilidad de la reproducción humana asistida, para la total autonomía de la mujer en su estado más específicamen- te femenino. Es la época en que se magnifica el fenómeno del lesbianis- mo, signo de esa autonomía y preludio de un mundo en donde el varón resul- ta superfluo. En EE.UU. –en algunos

51

9 Ver en este sentido la llamada “ley de cupo” vigente en la Argentina, que garantiza la presencia de un 30% de candidatas femeninas en cada lista electoral, nombradas en forma alternada con los candidatos varones para garantizar fehaciente- mente su efectiva elección.

ARTÍCULOS

52

estados– se propone permitir la adop- ción a mujeres solas, mientras desapa- rece el estigma social contra la madre soltera. Estos dos fenómenos no tienen una misma connotación, pero tienen en común manifestar la valoración positi- va sin más atribuida a la maternidad. Hoy día tenemos algunos ejemplos en el mundo de espectáculos que ilustran cla- ramente este cambio de mentalidad. Si bien es de alabar el aprecio del don de la maternidad, es de temer la instrumentalización del hijo como me- dio de demostración del poder feme- nino o como objeto de derecho. En es- te planteo la familia sufre un descrédi- to ulterior por ser resabio de la menta- lidad patriarcal con todos sus corola- rios de sometimiento y postergación de la mujer. Y porque la maternidad es manifestación del deseo de la mujer y gesto elocuente de su libertad, curio- samente es en este período en que tam- bién se habla cada vez con más fuerza de “derecho al aborto”: cuando el hijo es un derecho y no un don, su existen- cia está sometida al ejercicio de la li- bertad de la madre. Aparece aquí cla- ramente la connotación de este poder femenino: la naturaleza se manifiesta en la mujer sólo como expansión de su libertad, y no en una verdadera actitud maternal, que se caracteriza por la aceptación y la entrega. El feminismo de la diferencia no tiene fuerza como movimiento inde- pendiente, pero muchos de sus plan- teos quedan vigentes en la mentali- dad actual.

La perspectiva de género

El término “género”, utilizado des- de hace bastante en las ciencias socia- les, vuelve a sonar en los años ‘90 co- mo la bandera de una lucha más radi- cal aún que las anteriores, constitu- yéndose en su superación. Se reconoce en este término un dinamismo expre- sivo que programáticamente no se

quiere limitar a través de una defini- ción categórica, porque en su indefini- ción deja un margen mayor para la transformación de la mentalidad do- minante. Es verdad también que géne- ro a veces reemplaza simplemente la palabra “sexo”, y en ese caso carece de importancia su uso; a lo sumo de- muestra una cierta sensibilidad a mo- das expresivas y nada más. Un uso más específico de la expre- sión es el que con la palabra “género” indica los roles masculinos y femeni- nos socio-culturalmente construidos y asignados a cada varón y a cada mujer respectivamente, entendiendo con eso que cada cultura construye alrededor del individuo nacido con un cuerpo dotado de útero o de testículos una es- fera de deberes, deseos, performances y conductas que lo determinarán en su existencia. Esta acepción del término también tiene grados de aplicación que van desde un análisis agudo pero res- petuoso de cada cultura a la postura crítica, hija de las filosofías de la sos- pecha, que ve en cada orden, natural o cultural, un atentado contra la liber- tad. Cuando la intención es realmente permitir el crecimiento óptimo de cada persona y de remover, por lo tanto, los eventuales obstáculos que lo impiden, puede ser que se reconozca en la cons- trucción cultural del género algunos elementos que, surgidos por distintas razones, constituyen actualmente una barrera para el desarrollo pleno de las mujeres, y quizás también de los varo- nes. En este sentido el Papa Juan Pablo II en su Carta a las mujeres habla de “se- dimentaciones culturales que a lo largo de los siglos han plasmado mentalida- des e instituciones” 10 y reconoce que ha habido marginación y postergación de la mujer sobre la base de determi- nados supuestos culturales, que deben cambiarse. Si bien no es usado el tér-

10 JUAN PABLO II, Carta a las mujeres, 1995, n.3.

ARTÍCULOS

mino “género” en el texto, es claro que se acepta la idea de que las culturas pueden y deben ser corregidas para fa- vorecer una vida más humana; pero el parámetro de la corrección no es una idea arbitraria de libertad, sino el or- den natural inscripto en cada persona. El uso radical del concepto, en cam- bio, rechaza la idea misma de orden dado, y se propone ir más allá de las anteriores luchas feministas. Éstas ten- drán ahora una nueva impostación: re- chazar la noción misma de identidad sexual. La razón de este rechazo es atribuir la discriminación sistemática contra las mujeres a la existencia mis- ma de una identidad sexual de la mu- jer y del varón. La interpretación radical del término junto con el apuntalamiento teórico pa- ra su uso aparece en Gender Trouble 11 de Judith Butler, docente de la Universi- dad de California en Berkeley, quien afirma que es necesario des-esenciali- zar al varón y a la mujer, dado que ellos existen como tales sólo en virtud de una determinada lectura de la rea- lidad. Esta acepción radical de la pala- bra género niega la existencia de una naturaleza dada, y afirma que la reali- dad es leída siempre por intermedio del lenguaje. De esta manera, el len- guaje filtra lo real en sus redes y hace ver al mundo de una determinada ma- nera, no más ni menos real que otras posibles en dependencia de otras lec- turas alternativas. No se trata de una novedad absolu- ta, puesto que en los años ‘50 el estruc- turalismo de Claude Lévy-Strauss 12 ha- bía ya afirmado que el individuo era constituido por la cultura y el lengua- je de su grupo social, siendo llevado a interpretarse a sí mismo y al mundo circundante según la estructura cultu-

11 BUTLER, Judith. Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity, Routledge, 1990.

12 Ver en LÉVY-STRAUSS, Claude, Antropología Estructural, Buenos Aires, Eudeba, 1972, cap. III.

ral a la que pertenecía. En pocas pala- bras, el estructuralismo disuelve la esencia en el lenguaje, y aunque no le haya gustado nunca ser considerado estructuralista, Michel Foucault, al que explícitamente se remite J. Butler, pro- picia una antimetafísica de tipo estruc- turalista. Según esta interpretación, la actual –y, por lo visto, universal– pers- pectiva de género deriva de una lectu- ra binaria de la realidad, que sólo ex- plica al varón por contraste con su con- traparte, la mujer; hasta lo biológico terminaría acomodándose a esta lectu- ra en el modo de simbolizar las inne- gables diferencias anatómicas. Una lucha feminista sobre esta ba- se no puede resultar porque persisti- rá siempre la sombra de la discrimi- nación mientras se mantenga la no- ción misma de identidad; por lo tan- to debe empezarse por subvertir este concepto 13 . Por eso la perspectiva de género penetra con mucha fuerza en el campo educativo, tratando de des- truir los llamados “estereotipos de género” 14 antes de que éstos produz- can la “ilusión” de la esencia natural femenina o masculina, ordenando así toda una serie de deseos y conductas. Lo ventajoso de esta perspectiva es que, tratándose de una construcción cultural, puede ser deconstruida y re- construida según otros parámetros más adecuados a nuevas exigencias que la sociedad plantea, como son la mejora de la situación de la mujer, la eliminación de la fobia a la homose- xualidad y el control de la fertilidad. En efecto, una nueva lectura de los individuos humanos no ya en clave binaria de dos sexos contrapuestos, sino en la de infinitos intersexos con-

53

13 There is no gender identity behind the expressions of gender; (…) identity is performati- vely constituted by the very ‘expressions’ that are said to be its results”, en Gender trouble, pág. 25.

14 Ver los estudios de las argentinas Marta Lamas y Gloria Bonder.

ARTÍCULOS

54

tiguos, haría de la sexualidad exclusi- vamente una cuestión privada, de pre- ferencias y gustos individuales no cuestionables. De aquí surgiría la po- sibilidad de los más variados grupos humanos en remplazo de la familia heterosexual, con la consiguiente eli- minación de prejuicios y además una notable contención de la fertilidad hu- mana. Sin embargo, la experiencia nos in- dica que, si realmente los intersexos constituyeran un continuum entre los dos extremos llamados varón y mujer, sus variaciones determinarían una campana de Gauss, en neto contraste

con la experiencia. Este gráfico impli- caría que los hermafroditas, es decir los valores intermedios de las variaciones, serían los individuos más frecuentes; pero su existencia es, además de dudo- sa, seguramente excepcional (de hecho,

la historia de la medicina menciona a

unos 28 casos en total, señalados pero no comprobados); varón y mujer serí- an en cambio los escasísimos especí- menes de los extremos. La realidad nos muestra otro panorama, aun admitien-

do variaciones en el grado de virilidad

o femineidad de los distintos indivi-

duos 15 . A lo sumo lo que obtendríamos serían dos campanas de Gauss, cuya área central correspondería a lo que en- tendemos como varón y mujer, de acuerdo a la experiencia real. Esto desecharía la hipótesis de los

múltiples intersexos, puesto que los in- dividuos más frecuentes son justamen-

te los de los extremos de la curva, es de-

cir: el varón y la mujer. Entonces, es evi-

dente que para mantener la interpreta- ción del continuum de intersexos, o para extremar aún más la desesencialización

15 quí sería interesante remitirnos a la II parte de Male and Female de M. Mead, quien finamente ob- serva que la virilidad y la femineidad deben confron- tarse en una misma sociedad, y que, siendo nuestras sociedades multiculturales y multirraciales, no puede haber resultados confiables en esas “mediciones”.

del concepto de varón y de mujer, debe negarse la existencia del orden natural, eterno obstáculo para una libertad hu- mana extralimitada. Judith Butler afir- ma con claridad que su planteo es eco de la filosofía foucaultiana y de la psi- cología lacaniana, por la cual no sola- mente desaparece la noción de identi- dad sexual sino también la de sujeto: la sexualidad se caracteriza así como una exploración continua de posibilidades, sin orden y sin finalidad.

El orden natural

Sin embargo, este planteo contrasta con la experiencia cotidiana, y además con la evidencia del orden natural en otros ámbitos de la realidad, como por ejemplo la ecología. Esta época nuestra reconoce que hay un orden natural, cuya alteración pro- duce efectos muy dañinos para todos. Es más: ha surgido una ética de la eco- logía que nos recuerda los deberes para con las futuras generaciones, instándo- nos a un mayor cuidado de la naturale- za e inclusive invitándonos a la austeri- dad como forma responsable de dispo- ner de los recursos. Entonces hay orden natural. Entonces existe una naturaleza de las cosas. Evidentemente, la dificul- tad parecería ser admitir tal orden dado también para la naturaleza humana, por ser dotada de libertad. Pero es un hecho que el crecimiento real y perfectivo de todo ser viviente es siempre desarrollo de lo que es ya potencialmente; enton- ces también para el ser humano no po- drá haber desarrollo si no es desde su propia naturaleza, aceptada y reconoci- da como cauce positivo de su libertad.

Más allá del feminismo Naturaleza y cultura

En primer lugar es necesario, para ubicarnos en este tema, distinguir con claridad el concepto de Individuo del

ARTÍCULOS

concepto de Persona porque, en los cambios que nos propone todo este de- bate acerca de la mujer y del varón, se tiende a olvidar el carácter de persona que tienen los individuos de la especie humana.

Etimológica-

mente la palabra “individuo” quiere decir “no dividido en sí mismo”, “no divisible”. Consi- derando cualquier

especie viviente, vegetal o animal, incluyendo a la especie humana, pode- mos operar una división en porciones

más pequeñas hasta llegar al límite en que una ulterior subdivisión significa la muerte de lo que estamos dividiendo:

ese elemento último de la especie no más divisible es

justamente el indi- viduo, en el cual la especie se mani- fiesta como tal. En la naturaleza tene- mos entonces al in- dividuo como mo- do de aparecer de la especie, y podrí- amos afirmar que –en cierto sentido– su existencia está al servicio de la es- pecie, al punto de

que existen meca- nismos instintivos que privilegian los intereses de la especie por encima de los del individuo. Aclarado este concepto, resulta aho- ra más fácil determinar las característi- cas del ser personal, que puede definirse como un individuo dotado de valor en sí mismo; es decir, un individuo que no solamente es manifestación de una de- terminada especie, sino que además tie- ne la posibilidad de realizar de una ma-

nera voluntaria y original –es decir, li- bre– el proyecto de la especie. Después de todas estas aclaracio- nes, haciendo un recuento de las espe- cies vivientes en la Tierra, se llega con absoluta claridad a

la conclusión de que el único caso en que se puede hablar de ser per- sonal es el del ser humano. Éste, si bien por un lado está atado a su es-

pecie, por su confi- guración psicofísica, también está en condiciones de poder realizar esa hu- manidad de una manera especial debido

a su libertad. Una libertad que se inscri- be, sin embargo, en un ser natural exis- tente, encontrando allí su especificación pero también su li-

mitación. Cada ser huma- no es un proyecto original. Frente a la cuna de un bebé re- cién nacido, se tren- zan los sueños de innumerables posi- bilidades de reali- zación de esa hu- manidad. Es nece- sario distinguir en- tonces entre dos conceptos: el de na- turaleza y el de cul-

tura o, para decirlo en su forma latina, en que la asonancia resalta la diferencia:

natura y cultura.

Natura tiene su origen en el verbo nascor, nacer, y significa aquello con lo cual nacemos, lo dado, lo que no de- pende de nuestra voluntad. De hecho, el haber nacido mujer o varón significa para cada uno una especificación de lo que debería ser, es decir, una determi- nación en las posibilidades de realiza-

“Esta época nuestra reconoce que hay un orden natural, cuya alteración produce efectos muy dañinos para todos”

“Es un hecho que el crecimiento real y perfectivo de todo ser viviente es siempre desarrollo de lo que es ya potencialmente; entonces también para el ser humano no podrá haber desarrollo si no es desde su propia naturaleza, aceptada y reconocida como cauce positivo de su libertad”

55

ARTÍCULOS

56

ción. No digo solamente límite, sino ámbito de realización que, en la medida en que es aceptado, resulta exaltante.

Cultura deriva del verbo colere, cul- tivar, cuyo primer significado se refie- re a la actividad del agricultor, aquel que obtiene frutos más abundantes de la tierra, conociendo y respetando la modalidad propia de ésta y perfeccio- nándola con su trabajo. En el caso en que se descuidara el modo de ser pro- pio de aquello que

se cultive, no ha- bría perfecciona- miento, y por lo tanto tampoco fru-

tos. Esto debería ser para nosotros un concepto-guía para entender qué es lo verdaderamente cultural y qué cosa, en cambio, no es más que artificio o pseudo-cultura. En este sentido, sólo las actividades humanas tendientes a perfeccionar la naturaleza tanto física como espiritualmente son verdaderas actividades culturales; otras, en cam- bio, responden sólo a un deseo de do- minio o de ruptura con lo dado, como prepotente afirmación de autonomía del hombre. Es claro, entonces, que naturaleza y cultura están estrechamente ligadas, porque no se podría hablar de la se- gunda sin admitir la primera. El ser humano, por estar dotado de libertad, es de por sí un ser cultural; si no lo fuera viviría de manera pura- mente instintiva, su existencia no sería una existencia plenamente personal, y podríamos afirmar que su actuar esta- ría dictaminado por la especie y no por un proyecto suyo original. Muchas propuestas de “liberación” de la con- ducta humana presentes en nuestro entorno son, más bien, una exaltación de lo puramente instintivo, sobre todo en el ámbito de lo sexual: una hiperes- timulación visual-auditiva del impul-

so sexual a través de los mass-media no libera a nadie, sino más bien induce a una conducta compulsiva, en la cual la voluntad tiene muy poca cabida. Y así, por ejemplo, nuestros adolescentes ter- minan sintiéndose anormales si quie- ren vivir el amor según un ideal de pureza y respeto mutuo. En el ser hu- mano la vida instintiva debe ser asumi- da a través de la dimensión de la vo- luntad libre para poder ser verdadera- mente humana.

En conclusión, naturaleza y cultu- ra, que implican lo dado y lo propio

en el ser humano, se encuentran en- trelazadas en la realización plena de lo humano.

“El ser humano, por estar dotado de libertad, es de por sí un ser cultural”

Varón y mujer

Consideremos ahora qué especifica- ción le añade al ser humano el hecho de haber nacido varón o mujer. Ya desde lo genético, es decir desde que existe una nueva persona, existe también esta especificación, y el des- arrollo embrional seguirá en base a eso un esquema diferenciado para cada sexo. El crecimiento posterior marcará además conductas características, re- forzadas a través de la imitación, amén de variaciones individuales. El resulta- do será un modo peculiar del varón y de la mujer de situarse frente al mun- do y frente al otro, tanto en el aspecto psico-afectivo como en el intelectual y espiritual. Esto confirma que la innegable deter- minación biológica implica también conductas acordes a lo específico de ca- da sexo: el par XX o XY no significan só- lo rasgos físicos y producción de deter- minadas hormonas, sino también ten- dencias y capacidades. Lo cual no nie- ga, sin embargo, la posibilidad tanto de un refuerzo como de una modificación

ARTÍCULOS

de las mismas desde la cultura, como los estudios antropológicos ponen en evidencia. De hecho el ser humano tie- ne una tal plasticidad en su desarrollo que la educación o un tipo determinado de entorno social pueden exaltar o su- primir en él ciertas manifestaciones de su modo de ser. Pero esto no llega al punto de construir lo que no está dado en su naturaleza; si lo intentara –y la- mentablemente la historia humana no se ha privado de nada–, impediría el verdadero desarrollo de la persona. No constituye un determinismo bioló- gico el afirmar que la especificación sexual implica un modo peculiar de ex- perimentar el mundo circundante, de sentir y de actuar; más bien pone en evi- dencia la profunda unidad que existe en cada ser humano entre su dimensión bio- lógica, psíquica y espiritual. ¿Cómo podemos entonces definir sin- téticamente la esencia de lo femenino? Sin duda la función maternal deter- mina en ella una especial inclinación a

ponerse al servicio de la vida; inclusive, en su modo de captar el mundo que la rodea hay en ella una mayor orientación

a buscar lo concreto, lo global, lo vi-

viente. Esto implica una menor tenden- cia o menor preferencia –no menor ca- pacidad– para el pensamiento abstrac- to, inclinándose más bien a resaltar lo referente a la persona y a la vida. Una gran pensadora de nuestro siglo, Edith Stein 16 , muerta en Auschwitz en 1942, quiso definir la esencia de lo fe- menino y de lo masculino partiendo del segundo relato de la creación que apa- rece en el Génesis. Dice el texto que, al crear al varón, Dios no quiso que estu- viera solo y le dio una ayuda semejante, que en hebreo se expresa con el término

eser kenegdo, que quiere decir “lo que es-

tá en frente”, de tal modo que la ayuda

16

STEIN, Edith, “Vocación del hombre y de la mujer según el orden de la naturaleza y de la gracia”, en: La mujer, Buenos Aires, Monte Carmelo, 1999.

del hombre a la mujer y la de la mujer al hombre no son ayudas idénticas, sino distintas y propias de la modalidad es- pecífica de cada uno. Inclusive la propia identidad le deriva tanto al hombre co- mo a la mujer de su distinción con el otro, en un juego de similitud y diferen- cia. Refiriéndose después al mandato bíblico de la propagación de la vida hu- mana y del sometimiento de la tierra, Edith Stein subraya cómo cada tarea se le encomienda al hombre y a la mujer en un esfuerzo conjunto, pero con priori- dades diferentes. De esta manera, sien- do la mujer designada más de cerca pa- ra la procreación y el hombre para la transformación del mundo, la coopera- ción activa desde la especificidad de ca- da uno obtiene como resultado un mun- do plenamente humano. Es llamativo también que, anticipándose a los tiem- pos, Edith Stein afirmara ya en los años ’30 que no hay profesión que la mujer no pueda desarrollar, pero al mismo tiempo recomendaba que, en cualquier actividad, la mujer debe llevar su femi- nidad, para dar al lugar de trabajo un poco del calor del hogar. Si en cambio, como sucede a menudo, hacer un traba- jo tradicionalmente asignado a los varo- nes tiene el efecto de virilizar a la mujer, la pérdida no es sólo para la mujer, que deja de ser lo que es, sino para el mun- do que es privado de un aspecto rele- vante para su desarrollo.

La apertura al otro

En el mismo sentido del reconoci- miento de las especificidades de cada uno de los sexos entendidas como ri- quezas de la humanidad, resultan inte- resantes las conclusiones de estudios que provienen de otra ciencia y desde una metodología experimental. Se trata de la antropóloga Margaret Mead, quien desde una óptica muy distinta a la planteada en el presente trabajo llega

57

ARTÍCULOS

58

a una conclusión sustancialmente idén- tica, cuando en el epílogo de Male and Female reconoce que en la polaridad de los dos sexos y en los dones respectivos se encuentra el potencial del desarrollo de una humanidad más completa 17 . Pues se puede afirmar que cuando el ser humano toma con-

ciencia de sí, tam- bién toma concien- cia de lo que no es él: crecer es incor- porar lo distinto a sí, entendido como tal, para poder abrirse a una reali- dad más rica. Entre las dife-

rencias que el ser humano percibe está también la del otro como ser de otro sexo, igual pero distinto, humano pero con otra modalidad. Lograr integrarse en este mundo de diferencias, recono- ciendo mutuamente la dignidad de los unos y de los otros, es signo de verda- dera apertura, sin la cual las manos del hombre no sólo no aprenden a dar, sino tampoco pueden recibir.

El feminismo y el machismo no son más que contracaras de una misma im-

posibilidad, la de admitir al otro como ser valioso y digno de respeto: los dos representan una forma rígida de tratar de resolver los problemas de la convi- vencia humana, los dos se arrogan para sí una superioridad que los enfrenta con

el otro sexo y los esteriliza. En el fondo, ser varón tiene sus

méritos así como ser mujer tiene los suyos. La acepta- ción de las superio- ridades propias de cada sexo respecto del otro no es excu- sa para una estruc- tura de privilegios,

sino estímulo para poner a disposición del otro lo que somos y lo que sabemos hacer, así como apertura y sencillez pa- ra recibir lo que nos hace falta. El resul- tado es un mundo más rico y más inte- resante, un mundo capaz de dar vida, apto para la comunidad humana.

Y en este esfuerzo positivo por tras- cender la propia particularidad y pe- queñez tanto hacia las riquezas como hacia las necesidades del otro, se ma- nifiesta el proyecto originario del lla- mado al varón y a la mujer a ser ima- gen de Dios.

“Cuando el ser humano toma conciencia de sí, también toma conciencia de lo que no es él: crecer es incorporar lo distinto a sí, entendido como tal, para poder abrirse a una realidad más rica”

17 MEAD, Margaret, Male and Female, Morrow, La Flèche, Denoël-Gonthier, 1988 (1ª ed. 1948).