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Heracles es más conocido por su nombre romano, Hércules.

Era hijo
de Zeus y de la princesa Alcmena. Nació valeroso, increíblemente
fuerte y destinado a tener problemas. Pero las dificultades a las que se
enfrentó no fueron culpa suya; de hecho, los problemas de Hércules
empezaron incluso antes de que naciera.

La mujer de Zeus, Hera, era terriblemente celosa con las otras mujeres
de las que Zeus se enamoraba. La mortal Alcmena fue una de estas
mujeres, y cuando tuvo al hijo de Zeus, Hera se puso furiosa. Alcmena
puso al bebé el nombre de Hércules, que significa “gloria de Hera”.
Ella esperaba que con este gesto satisfacería a Hera, pero no fue así.

Cuando Hércules era un niño pequeño, Hera envió dos serpientes
fieras y mortales para acabar con el niño en su cuna. Pero Hércules
sorprendió a todos con su fuerza increíble y las estranguló a ambas.

Mientras crecía, Hércules llegó a ser famoso por su fuerza y valor. Él
conoció a Mégara y se casó con ella, con quien tuvo una familia. Pero
después de unos años, Hera todavía estaba enfadada y celosa. Para
castigarlo lo volvió loco. Hizo que él creyera que su mujer y sus hijos
eran realmente bestias, así que los mató. Entonces Hera volvió a la
normalidad, con su venganza tomada. Desesperado por lo que había
hecho, Hércules preguntó al Oráculo de Delfos cómo podía arreglar lo
que había cometido y expiar su culpa. El oráculo le dijo que debía
ofrecerse como esclavo a su primo, Euristeo, rey de Micenas.

Hera se mostró jubilosa al ver a Hércules sumido en la desesperación.
—Prométele el perdón y la inmortalidad si completa diez tareas en
diez años —dijo al rey Euristeo— y te ayudaré a encontrar tareas que
ningún mortal pueda acometer.
El león de Nemea

—Primero tienes que matar el terrible león que vive en el valle de


Nemea —ordenó el rey Euristeo a Hércules. Hércules palideció
mientras consideraba la dificultad de la tarea. El enorme león de
Nemea tenía una piel tan dura que ninguna arma mortal podía
atravesarla.
—Y para probar que mataste al león, debes traerme su piel —dijo
Euristeo.
Hércules viajó al valle de Nemea, desde donde vislumbró al león de
lejos. Pensó en la mejor manera de matarlo. ¿Sería su fuerza suficiente
para estrangularlo? Con un grito repentino, Hércules cogió a la bestia
por su cuello y apretó hasta matarlo con sus manos desnudas.
Despellejó al león con sus propias garras, mientras la durísima piel del
león rompía el cuchillo de Hércules. Con una fuerza descomunal,
Hércules se echó la piel sobre su espalda y la llevó de vuelta hacia el
reino de Euristeo.
Cuando el rey Euristeo vio un león sangrante acercándose hacia él,
entró en pánico y saltó adentro de un ánfora para esconderse del
animal.
—Soy yo, Hércules, —gritó a su primo desde la boca de la ánfora— el
león de Nemea está muerto, y mi primer trabajo, completado.
La hidra

—Ahora debes matar a la hidra que vive en la ciénaga de Lerna —


ordenó el rey Euristeo a Hércules.
Este aceptó, y emprendió el largo camino hasta la ciénaga. Mientras
marchaba hacia estos terrenos pantanosos, pensó en la hidra de nueve
cabezas, un monstruo tan venenoso que incluso su aliento era fatal
para cualquiera que lo inhalaba.
Hércules dejó su carruaje en el borde de la ciénaga. Cogió una gran
bocanada de aire, más profunda de lo que cualquier humano pueda
almacenar en sus pulmones, y atacó a la hidra. Utilizó su maza para
golpear a la primera cabeza y luego a otra y a otra. Pero con cada
cabeza que caía al suelo húmedo y maloliente dos nuevas cabezas
crecían en cada uno de los cuellos vacíos.
—Tráeme mi antorcha —Hércules llamó al conductor de su carruaje
mientras forcejeaba con el monstruo.
Cuando el conductor le lanzó la antorcha, Hércules fue capaz de
chamuscar cada uno de los cuellos cortados previamente, y así, no
crecieron más cabezas.
Desde el Monte Olimpo, Hera vio la victoria de Hércules y la ira la
poseyó. En un intento por pararlo, envió a un cangrejo gigante a la
tierra para que le pinchara en los talones. Con una rápida patada,
Hércules lanzó al cangrejo a volar. Después derramó parte de la
sangre de la hidra en el suelo y empapó sus flechas en la sustancia
viscosa, haciéndolas tan venenosas como la mismísima hidra.
Satisfecho, Hércules se giró hacia su conductor.
—Llévame de nuevo ante el rey, y después… vamos a por el siguiente
trabajo.
El jabalí de Eritrea

Hera visitó al rey Euristeo en su palacio. Camino a grandes zancadas


hacia él con enfado.
—¡Mándale a Hércules trabajos más duros! —gritó.
—Son demasiado fáciles para él. Hazlo trabajar con gran sufrimiento.
Y si se encuentra a un monstruo que no puede vencer… —Hera se rió
amargamente— mucho mejor!
El tímido rey Euristeo asintió e hizo caso a las sugerencias de Hera.
Cuando Hércules volvió a palacio, Euristeo le ofreció un reto mucho
más difícil todavía.
—Ahora debes dar caza al jabalí de Erimanto —dijo a Hércules.
Este asintió y viajó hacia las cumbres del Monte Erimanto. Allí vivía
un jabalí salvaje cuyos colmillos eran tan afilados como las mejores
espadas. Aproximarse lo más mínimo a este animal podía significar
una muerte segura.
Hércules examinó la guarida del animal. Cubriendo sus orejas, lanzo
un grito terrible que reverberó a través de la cueva. Aterrorizado, el
jabalí huyó hacia afuera. Hércules lo persiguió hacia las cumbres
nevadas de la montaña, donde lo condujo hasta un banco de nieve.
Atorado en el banco de nieve con sus propios colmillos, la bestia no
podía moverse. Hércules encadenó al jabalí por la panza y lo cargó
hasta las puertas del palacio del rey Euristeo. Los rugidos aterradores
del jabalí asustaron al rey, quien de nuevo se escondió en un ánfora
hasta que estuvo preparado para enviar a Hércules a su próxima
misión.
Las aves maléficas del lago Estímfalos

El lago Estímfalos era el hogar de una bandada de pájaros asesinos.


Aunque pareciesen grullas, las aves estímfalas tenían garras como
cuchillas que los pájaros utilizaban para desgarrar y devorar carne
humana. Sus plumas puntiagudas de cobre eran tan afiladas que si
una sola pluma caía del ave durante su vuelo mataba a cualquiera que
se interpusiese entre esta y el suelo.
—Deshazte de esos pajarracos —pidió el rey Euristeo a Hércules.
Hércules salió de camino hacia el lago Estímfalos, cubriéndose
completamente con la piel del león de Nemea que todavía llevaba
como una capa. Cuando la bandada de pájaros lo vio, empezaron a
mirarlo hambrientas. Como si fueran solo un ave gigante, todas se
precipitaron simultáneamente sobre Hércules. Sus garras resbalaban al
intentar agarrar la piel del león y sus picos que parecían espadas no
lograban atravesar la gruesa piel. Frustradas, las aves gritaban cada
vez más alto e intentaban una y otra vez acabar con el mortal que
sabían que se escondía debajo de aquella protección.
De repente, Hércules lanzó un grito que primero silenció a los pájaros
y luego los sumió en temor. Asustadas por le invasor, los pájaros
huyeron del lago Estímfalos, para nunca volver. Hércules volvió a
Micenas para saber cuál sería su próximo trabajo.
La cierva sagrada

Desde su trono en el Monte Olimpo, Hera observó el éxito de la


misión de Hércules con frustración creciente.
—Más duros, quiero trabajos más duros para él —gimoteaba en
soledad.
Cuando su mirada recayó en Ártemis, la diosa de la caza, tuvo una
idea brillante. Descendió desde el Monte Olimpo para susurrársela al
rey Euristeo al oído.
Cuando Hércules se encontró otra vez con su primo, se dio cuenta de
la mirada maliciosa que tenía y sabía que la siguiente misión podría
ser imposible de acometer.
—Ártemis tiene una manada de ciervos sagrados —empezó el rey.
Hércules asintió con la cabeza. Como todos los mortales, sabía de la
devoción que tenía la diosa por sus animales y los castigos tan terribles
que infligía a aquellos que les hacían daño.
—Tráeme la cierva, —ordenó Euristeo— viva.
Hércules viajó muchas semanas por el bosque de Cerinia donde la
manada de Ártemis pacía. Cuando los encontró, Hércules pasó
muchas semanas simplemente viendo a los ciervos. El rey Euristeo
esperaba que la fuerza bruta de Hércules dañaría a una de estas
criaturas y entonces la ira de Ártemis caería sobre él. Hércules lo
sospechaba, así que esperó pacientemente antes de aproximarse a los
animales.
Entre la manada, sobre todo el resto, resaltaba la cierva de Cerinia.
Hércules la reconoció por su cornamenta dorada y su noble andar.
Lentamente, Hércules se aproximó. Cuando el ciervo se había
acostumbrado a Hércules, tanto este como la cierva salieron corriendo
a través de todo el bosque hasta las puertas del palacio de Euristeo.
Euristeo no esperaba ver a Hércules vivo otra vez. Después de
contemplar la cara de su primo, Hércules condujo al animal de vuelta
al bosque. Después, retornó a Micenas para escuchar cuál sería su
próximo trabajo.
Limpiar los establos del rey Augías

Euristeo quería avergonzar a Hércules obligándole a rendirse ante


unos trabajos tan difíciles, así que se las ingenió para diseñar un
trabajo que le hiciera venirse abajo. El rey Augías, que vivía a la otra
parte de las montañas por su cara este, en las tierras de Elis, tenía un
rebaño de tres mil cabezas de ganado que no había limpiado en
treinta años.
—Tienes que limpiar los establos del rey Augías en un día —dijo
Euristeo a Hércules con una sonrisa.
El rey estaba seguro de que los establos no podían limpiarse ni en un
año.
—Si puedes limpiar estos establos en un día te daré una décima parte
de mis cabezas de ganado.
Hércules miro con asombro a las montañas de estiércol —treinta años
de estiércol— que llenaban los establos. Los dos reyes tenían razón,
ningún mortal podría limpiar aquello solo, ni en un día, ni tal vez en
toda una vida. Así que Hércules necesitaba encontrar alguna otra
manera.

Hércules se acercó al lugar donde el río Alfeo se juntaba con el Peleo.
Utilizando su fuerza sobrehumana, Hércules aguantó la embestida del
agua mientras cambiaba la orientación del río. Empujo una y otra vez
hasta que el curso de los dos ríos corrió directamente a través de los
establos. Hércules dejó ir el agua y vio cómo esta entraba y salía llena
de suciedad, limpiando las montañas de excrementos.
Satisfecho, Hércules se limpió en los ríos y volvió al palacio de su
primo.
Las amazonas

Para el siguiente trabajo, Euristeo decidió enviar a Hércules muy lejos.


Hércules, viaja al este hacia las tierras de las Amazonas. Desde allí,
debes traerme el cinturón dorado de Hipólita, reina de las amazonas.
El cinturón era el símbolo que representaba su condición de reina.
Las amazonas eran una tribu de mujeres que estaban especializadas en
la guerra. Eran las mejores en este arte, más habilidosas que ningún
humano. Eran conocidas porque los hombres les disgustaban. El rey
Euristeo y Hércules sabían que haría falta algo más que fuerza bruta
para sobrevivir a la visita a las amazonas.
Hércules viajó durante muchas semanas hasta alcanzar a la tribu del
este de Frigia. Él esperaba presentarse ante las amazonas como un
huésped y un soldado que buscaba refugio. Pero seguía sin tener un
plan para conseguir el cinto. Para su sorpresa, la gran reina Hipólita
recibió a Hércules cálidamente como un guerrero de su misma
condición. Ella admiraba su fuerza y le ofreció su cinto
encarecidamente. Hipólita incluso estuvo de acuerdo en casarse con
Hércules, pero Hera intervino en esta escena. Disfrazada como
amazona, Hera hizo circular un rumor entre los miembros de la tribu
que afirmaba que Hércules había venido para secuestrar a la reina de
las amazonas. Las amazonas atacaron a Hércules. Debido a sus dotes
de luchador, Hércules fue capaz de escapar con el cinto. Tristemente,
la reina Hipólita había muerto en batalla y Hércules volvió a Micenas
solo para darle el cinturón a su rey.
Las yegüas de Diomedes

El rey Euristeo, quien se estaba cansando cada vez más de la


tenacidad de Hércules, decidió enviarlo más lejos incluso:
—Ve a Tracia, un reino que está muy al norte, allí, el rey Diomedes
guarda a sus yeguas que devoran carne humana. Tráemelas con vida.
Hércules viajó a Tracia, donde encontró a las cuatro yeguas que eran
famosas por alimentarse de carne humana. Estas enseñaron sus
dientes manchados de sangre a Hércules cuando se acercó. Hércules
sabía que solo un hombre terrible podía alimentar a tales bestias
terribles, así que mató a Diomedes y alimentó con sus restos a las
cuatro yegüas. De repente, los animales se amansaron hasta el punto
en que Hércules pudo galopar con ellos hasta Micenas.
Euristeo se sorprendió por la rápida vuelta de Hércules y estaba
asustadísimo de los caballos. Saltó dentro de su ánfora para esconderse
de nuevo. Desde dentro, ordenó a sus sirvientes que sacrificaran los
caballos a Hera. La esposa de Zeus los liberó en el Monte Olimpo,
ahora que eran inofensivos. Perdida su fiereza, fueron devorados por
las bestias salvajes de Apolo. Mientras, Euristeo reflexionaba sobre
tareas más difíciles.
El toro de Creta

Euristeo envió a Hércules rumbo sur para su próximo trabajo.


—Captura al toro de Creta, tráemelo vivo o no vuelvas.
Hércules viajó al reino del rey Minos que estaba en la isla de Creta, al
sur de Micenas. Allí vio al toro gigante. Era una criatura feroz, que
exhalaba fuego. Y a que Poseidón había dado al rey Minos como un
regalo y una maldición.
—Incluso nosotros, los cretanos, habilidosos en el toreo como somos,
no podemos capturar a este toro.
Hércules los ignoró y asió enfadado al toro por sus enormes cuernos.
Lo lanzó por los aires y lo envió muy lejos, todo eso hizo varias veces
hasta que se amansó. Luego lo montó hasta el palacio de Micenas.
Cuando Euristeo vio a su primo montando el toro gigante, el rey
cobarde volvió a guarecerse de nuevo en su ánfora.
—Aleja a ese animal de mi —imploraba.
Hércules dejó ir al toro por las planicies de Maratón, donde le
permitió pasear libremente. Fue conocido a partir de entonces como el
toro de Maratón que sería más tarde asesinado por el guerrero Teseo.
Los bueyes de Gerión

Tráeme los bueyes de Gerión, gritaba el rey Euristeo desde dentro de


su ánfora. Hércules sabía que estos bueyes enormes y rojos vivían en
Gades, una isla en medio de los mares. La isla y el rebaño era vigilados
por un monstruo de tres cabezas llamado Gerión y su perro de dos
cabezas, Euritio. Euristeo estaba seguro de que Hércules no tenía
ninguna posibilidad de alcanzar la isla, sobrevivir y dar con el
monstruo.
Pero Hércules viajó rápidamente hasta el fin del mundo conocido,
donde espió el dorado barco de Helios, el sol, que vagaba por el
océano. Con su arco que lanzaba flechas con veneno, Hércules apuntó
al sol y llamo a Helios.
—Si tú no me dejas tu barco te dispararé desde el cielo.
El Sol accedió. Mientras Hércules se preparaba para zarpar hacia la
isla de Gerión, levantó las montañas Abiya y Calpe para que le
sirvieran de señalas en su retorno. Cuando zarpó a Gades, las olas
amenazaban con volcar el barco, así que Hércules cogió su arco y una
flecha. Las olas asustadas se tranquilizaron y Hércules llegó a la isla.
Empezó a cargar el rebaño en el barco inmediatamente. Cuando
Gerión lo atacó, Hércules envió una flecha envenenada a través de sus
tres cabezas monstruosas.
Hércules, tras alcanzar su tierra natal, vio como Hera atacaba al
rebaño con una nube de tábanos que corría detrás del rebaño por toda
Grecia. Pero Hércules pacientemente los rodeó y los trajo ante
Euristeo.
Exhausto por sus trabajos, Hércules pidió comida, descanso y libertad.
—Puedes comerte a tus sirvientes —dijo Euristeo— y después te
dejaré ir.
Hércules se los comió y esperaba a ser liberado.
Capturando a Cerbero

—Captura a Cerbero en el inframundo y tráemelo vivo.


Estas fueron las órdenes del rey de Micenas. El rey tenía miedo solo de
pensar en el guardián de tres cabezas, pero Hera le había ordenado
asignarle a Hércules un trabajo todavía más difícil.
Hércules buscó por toda la tierra hasta que encontró la entrada al
inframundo, muy al este del mundo conocido, cerca del palacio de
tarde de Helios. Para capturar al perro monstruoso, Hércules entró al
Hades con una cara que atemorizaría a cualquiera. Hades estaba tan
temeroso por la mirada de Hércules que le entregó el perro.
—Trátalo bien —suplicó Hades, mientras Hércules abandonaba el
inframundo. Cerbero permitió que Hércules lo paseara hasta el
mundo exterior hasta llegar al palacio de Euristeo.
Otra vez, escondido en su ánfora, el rey Euristeo gritó a su primo:
—Te libero de mis servicios y te perdono tu locura. Ahora vete por
donde quieras.
Hércules encontró la calma tras sus trabajos, pero todavía temía a los
dioses. Cabiloso con lo que Hades había pedido, Hércules condujo a
Cerbero de vuelta al palacio de Hades. Y así, diez años y doce trabajos
después, Hércules fue libre.
Las manazanas de las Hespérides

—En el jardín de las Hespérides encontrarás el manzano que la diosa


Gea dio a Hera cuando se casó con Zeus. Tráeme tres manzanas aquí.
Hércules emprendió su viaje sin saber dónde buscar, ya que ningún
mortal sabía dónde estaba este jardín. Por fin, Hércules conoció a
Nereo, el viejo del mar, quien sabía su localización. Hércules utilizó su
fuerza para sacarle el secreto:
—El jardín, propiedad del titán Atlas, está al este de la puesta de sol.
En su camino al jardín, Hércules encontró al titán Prometeo que
estaba encadenado en las montañas del Caúcaso. Hércules liberó a
Prometeo, quien le advirtió de que las manzanas podían ser fatales
para cualquier mortal que intentara cogerlas.
Cuando Hércules llegó al jardín, vio a Atlas sujetando los cielos.
—Eso parece muy pesado —señaló Hércules.
Zeus había condenado a Atlas a sujetar los cielos sobre sus hombros
como castigo.
—Me haría muy feliz sujetar la tierra por ti si me trajeses tres
manzanas —dijo Hércules, como teniendo una idea.
—Lo haré —dijo Atlas entusiasmado, ya que la tierra era una carga
muy pesada.
Le entregó toda la tierra a Hércules y este le recogió tres manzanas
doradas del árbol de Hera.
—Alomejor me quedo estas manzanas para mí —dijo Atlas,
alejándose de Hércules.
Hércules se dio cuenta, ahora que Atlas estaba libre, nunca volvería.
—De acuerdo —dijo Hércules mientras ingeniaba algo—, sujeta los
cielos un segundo mientras me hago una especie de almohada con la
piel del león de Nemea para ponérmelo en el hombro. Luego te la
vuelvo a cargar.
Atlas estuvo de acuerdo, por lo que cuando Hércules le pasó la tierra
de nuevo, este recogió las manzanas y escapó hacia Micenas.
Hércules libró las manzanas a su primo, quien se las dio a Atenea.
Esta las devolvió al jardín de las Hespérides, ya que se madurarían y se
pudrirían en la tierra.