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MÁS ALLÁ DEL TRAUMA DE LA TRAICIÓN: RECONSIDERANDO LA


INFIDELIDAD EN LA TERAPIA DE PAREJA.
Michele Scheinkman
Fam Proc 44:227, 244 2005

Introducción

Cuando se me presentó la oportunidad de escribir un ensayo sobre


infidelidad, estuve feliz -aunque cauta- de tener un foro para discutir las ideas
que me han estado dando vuelta en mi mente por más de veinticinco años.
Habiendo nacido en Latinoamérica, y habiéndome criado allí también,
usualmente he sentido una especie de disonancia cultural con respecto a mis
colegas en los Estados Unidos sobre este tema. Desde la década de los
setenta, cuando comencé a practicar y luego a enseñar terapia familiar en
Chicago, me preocupó la forma en que son típicamente tratadas las
“aventuras” tanto conceptual como clínicamente. Últimamente, mientras una
nueva ola de fundamentalismo se arrastra dentro de la cultura americana, he
sentido que es aún más crítica la necesidad de reflexionar sobre estas
premisas. Estoy pensando en la cacería de brujas que siguió al proceso judicial
del presidente Clinton, también en la reciente elección presidencial que ganó
sobre una plataforma de valores familiares “absolutos”. En este clima, aprecio
la oportunidad para ponerme mis lentes biculturales y examinar las formas en
que esta moral imperante del poder, o sea el de la cultura puritana, puede
estar penetrando nuestro trabajo clínico. Más aún, agradezco la oportunidad de
traer a Laura Kipnis y Stephen Mitchell dentro de la discusión. Estos dos
autores, ya que ellos piensan fuera de nuestro marco, nos alientan a
cuestionarnos sobre nuestras asunciones y a reenfocar también nuestras
conversaciones profesionales sobre la infidelidad desde casi el ángulo único de
su impacto en la estructura más amplia que empieza con las fuerzas
emocionales que llevan a los individuos a tener aventuras en un primer lugar.
Kipnis y Mitchell, que no son terapeutas familiares, de-construyen ideas
prevalecientes sobre la institución del matrimonio y, al hacerlo, subrayan la
preeminencia del deseo y el amor romántico en nuestras vidas. Tal como a su
vez reconocen las contradicciones inherentes a nuestras experiencias amorosas
y nos incitan a investigar sobre la dimensión más irracional del amor,
invitándonos a aceptar mejor la complejidad y la ambigüedad. El objetivo
principal de este artículo es usar las ideas de Kipnis y Mitchell para que nos
animemos a reconsiderar nuestros supuestos, y con ello traer la posibilidad de
entender y tratar la infidelidad desde una perspectiva multicultural. Las
premisas a discutir nos permiten mayor flexibilidad para referirnos a múltiples
valores y significados, tomando en cuenta una variedad de situaciones
especificas que le permiten a un individuo optar por involucrarse en un affaire
y la autodeterminación en materia de confidencialidad y truth-telling.
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Los principales libros profesionales

Mucho de lo que se ha escrito por terapeutas familiares sobre infidelidad


se concentra sobre el impacto del affair y el trauma de la traición. Lo que una
vez fue para Madame Bovary la búsqueda del amor romántico está hoy en día,
al menos en la literatura especializada, encapsulado en el marco de la traición.
Lo que tiene que ver menos con amor y deseo y más con un síntoma en
necesidad de cura. Lo que no quiere decir que el trabajo sobre los efectos
traumáticos de la traición no sea importante; es de hecho una gran ayuda y
una parte esencial a considerar por el terapeuta. Sin embargo, el problema con
organizar nuestro entendimiento sobre los affairs principalmente desde “el
trauma de la traición” está en que al hacerlo limitamos la exploración dejando
fuera preguntas esenciales relacionadas con la dialéctica entre nuestra
construcción social sobre el matrimonio y la infidelidad (Kipnis, 2003; Mitchell,
2002; Reibstein & Martin, 1993) y el valor relativo puesto en la monogamia
por parte de distintos individuos y grupos. Al abrazar este marco predominante
del trauma (Herman, 1992) también dejamos fuera nuestros dilemas humanos
relacionados con la dificultad de conciliar apego y deseo en la misma persona
(Perel, 2003). Además, al considerar que el amor y los caprichos del deseo se
alimentan de un infinito número de fuerzas emocionales, se ha transformado
en nuestro trabajo el entender y tomar en nuestras manos el significado de
estas corrientes ocultas y no inculcar ideas morales a la experiencia amorosa.
Al insistir prioritariamente sobre el affaire, nos alejamos de entender los
motivos, las fuerzas contextuales y las ideas culturales que pueden llevar al
individuo a tener una aventura. También, al quedarnos atados a los rígidos
estándares que presentan los valores norteamericanos de transparencia y
truth-telling, manteniéndolos como ideas centrales tanto en la
conceptualización de la intimidad como en la forma en que conducimos la
terapia familiar, estamos restringiendo los límites de nuestro trabajo clínico, y
en algunos casos hasta promoviendo el mismo trauma que intentamos sanar.
El cuadro clínico actual que guía la terapia familiar ha evolucionado
sobre el tema de la infidelidad durante estos últimos quince años, en los cuales
una serie de terapeutas de orientación sistémica1 escribieron libros
terapéuticos o de auto ayuda, comercializados para un mercado heterosexual
de parejas monógamas por acuerdo. Tal como los títulos de estas
publicaciones lo expresan, el objetivo principal de los libros mencionados es el
de ayudar a las parejas a tratar con el impacto traumático del affair y como
reconstruir el matrimonio tras su revelación. Y aunque algunos aspectos de
esta literatura pueden ser aplicables a parejas homosexuales, estos mismos no
son aplicables en el sector de la comunidad gay que elige un estilo de vida
sexual no monógamo. David Greenan y Gil Tunnell (2003) señalan que dentro
de una comunidad homosexual no es atípico encontrar parejas que comparten
una vida sexual no monógama, en donde el compromiso de la pareja principal
se encuentra concentrado en la fidelidad emocional, el apego, y en la
dependencia más que en la exclusividad sexual. La literatura en terapia

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Orientados por la Teoria de Sistemas.
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familiar sobre la infidelidad presume la norma cultural de las relaciones a largo


plazo como un ideal, el que se considera saludable. Una premisa que no toma
en cuenta a individuos, culturas o sub-culturas, que consideran relativo el valor
de la monogamia.
Durante los últimos quince años se ha producido una evolución lineal en
la literatura sobre el affaire, que se ha trasladado desde una perspectiva
moral, con víctimas y villanos, (Pittman, 1989) hacia otra más balanceada y
tolerante sobre el entendimiento de dos compañeros y sus interconectados, y
distanciados, dilemas (Abrams Spring, 1996, 1999; Lusterman, 1998).
Mientras que el trabajo pionero de Pittman sobre el affair está basado sobre
una estricta oposición en contra de la infidelidad, la mayoría de los otros
autores se han centrado en el impacto de éste, integrando selectivamente
ideas dentro del campo del trauma. El trabajo reciente de Shirley Glass (2003)
presenta una aplicación directa del marco construido sobre el trauma de la
traición, combinando una posición moral similar a la de Pittman. Un paper
empírico, también reciente, escrito por Gordon, Baucom y Snyder (2004) a su
vez conceptualiza trabajando la infidelidad en términos de la traición y su
trauma.
Además de haber incorporado la teoría del trauma, la mayoría de los
terapeutas familiares que escriben sobre infidelidad asumen el affair como un
síntoma de problemas en el matrimonio. Estos escritores tienden a considerar
el valor de la institución del matrimonio, y por tanto la monogamia, tal como
se les ha enseñado a ellos, considerando el affair como un problema dentro de
un acuerdo doméstico el que, de no tenerlo, funcionaría ideológica y
estructuralmente bien. La única excepción frente a estas miradas elementales
es el trabajo de Reibstein y Richards (1993). Trabajando en Inglaterra ellos
han comenzado desde premisas distintas y apuntan sobre temas sobre los que
no se discute en la literatura Norteamericana. Su punto de partida es el de
pensar en la monogamia como un dilema humano, para luego investigar las
formas en que se toma la decisión de tener un affair, y el significado del affair,
que pueden relacionarse implícita o explícitamente con las construcciones
socioculturales de un individuo sobre el matrimonio.
El trabajo de Pittman (1998), Brown (1991, 1999), Lusterman (1998) y
Abrams Spring (1996) representan conjeturas establecidas en el campo de la
terapia familiar que son básicas en el entrenamiento de terapeutas. En Private
lies: Infidelity and the Betrayal of Intimacy, Pittman observa el matrimonio y la
monogamia como sacrosantos y la infidelidad como una violación a este ideal.
Lo que Pittman intenta mostrar es que la fidelidad se incluye como un asunto
perteneciente a valores morales y que el affair es siempre una equivocación
destructiva. Es explícito en cuanto al tema, afirmando que cuando existe una
infidelidad existe a su vez una víctima y un villano, el affair es caracterizado
como una “grieta en la confianza”, “una traición a la relación”, “la ruptura de
un acuerdo” (p.20). El affair es no sólo inmoral si no que además es un
“comportamiento anormal” y señal inequívoca de que la persona infiel “tiene
un problema” (p.51). Sin dejar espacio alguno para las contradicciones
humanas, dejando fuera la posibilidad de que el traicionado deba asumir algún
tipo de responsabilidad. Bajo la mirada de Pittman, la honestidad es el valor
más central y absoluto de todos, descartando otras consideraciones (e.g. el
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contexto cultural de la pareja, otra escala de valores, o los matices de la


situación específica). Asímismo mantiene una visión monolítica de la intimidad
como transparencia. Se trate de una infidelidad en el presente o en un pasado
distante. Decir la verdad es el único camino hacia la “verdadera” conexión y
hacia la recuperación tras el affair. Pittman no critica directamente otras
creencias culturales, aunque en resumidas cuentas, afirma que existe un solo
camino correcto para tratar el tema: el camino moral norteamericano de clase-
media. En donde ningún otro camino podría aspirar a una legitimidad
equivalente.
En Patterns of infidelity and Their Treatment (1991) y Affairs: a Guide to
Working Through the Repercussions of Infidelity (1999) Emily Brown se
distancia de una perspectiva explícitamente moral. Ofrece una aproximación
mediante el diagnóstico, proponiendo distintas categorías de affair: evasión a
la intimidad, evasión al conflicto, adicción sexual o affairs de salida. Cada uno
como el reflejo de un mensaje sobre lo que esta mal en el matrimonio. De
acuerdo a Brown, el affair tiene poco que ver con sexo, si no que se trata
principalmente de miedos, desilusiones, enojo y vacío. También sobre el amor
y la aceptación, mostrando con esto alguna empatía sobre la lucha de ambos
compañeros. Sin embargo, como Pittman, considera la transparencia sobre la
infidelidad como una necesidad incuestionable en una relación íntima y el
truth-telling2como un paso esencial en el proceso terapéutico. Aconseja ser
cauto con la verdad, pero solo para luego advertirle a sus lectores “Solo con
honestidad podrás reconstruir tu matrimonio sobre terreno más sólido. No
puedes construir intimidad en base a la traición y la falsedad. La intimidad
requiere que pongamos todo sobre la mesa” (1999, p. 34).
Brown también nos ofrece guías específicas sobre del rol del terapeuta
de parejas. Ella considera que una vez que el affair es revelado durante una
sesión individual, nada más puede hacerse terapéuticamente hasta que se
ponga la infidelidad al descubierto. Si el individuo que ha confesado la
infidelidad no desea revelarla, le recomienda al terapeuta descontinuar el
tratamiento y referir a ambos individualmente. No solo el affair debe ser
revelado si no que además concluido. La negativa en reconocer o terminar con
un affair son razones suficientes para descontinuar el tratamiento. Esta política
dogmática de los no-secretos, a consecuencia de la valoración absoluta de la
honestidad, es la forma en que la mayor parte de los terapeutas son
entrenados para tratar parejas en los Estados Unidos. Es interesante ver el
cómo terapeutas que practican en otras culturas (ej. Francia, Holanda, Brasil y
otros países latinoamericanos) poseen un entendimiento más matizado sobre
honestidad, en consecuencia una mayor flexibilidad para manejar secretos,
puesto que el valor asociado a la honestidad es visto en términos relativos.
Como trataré más adelante, cuando el terapeuta respeta la autodeterminación
del paciente en la exposición del affair, debe reconsiderar tanto su política de
confidencialidad como la estructura de la terapia, adoptando una combinación
flexible de sesiones individuales y conjuntas.
Janis Abrams Spring (After the Affair, 1996) y Don-David Lusterman
(Infidelity: A Survival Guide, 1998) centran sus libros sobre las consecuencias

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Decir la verdad.
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tras el descubrimiento, o la revelación, de la infidelidad. Ambos se esfuerzan


en presentar una visión balanceada sobre las respectivas luchas de ambas
partes en la relación. También empujan la conversación lejos del modelo
víctima-victimario, postulando el que la infidelidad es siempre sintomática de
problemas más profundos en el matrimonio. Y aunque pese a que Abrams
Spring no ocupa el lenguaje de la teoría del trauma, aún así nos muestra la
mejor y más detallada lista de los efectos traumáticos y los síntomas que
típicamente sobrevienen tras la revelación del affair. Describe los cambios
psicológicos, espirituales y los pertinentes a la relación que ocurren con el
individuo traicionado, pero a su vez, haciéndole justicia al “culpable” de la
infidelidad, busca generar empatía mediante una revisión de sus propias
luchas; sean la culpa, pena, parálisis o las decisiones difíciles.
Debido a que el enfoque de Abrams Spring se sitúa en lo ocurrido tras la
exposición del affair o la revelación de la infidelidad, su definición de affair está
intrínsicamente asociada a sus consecuencias. Pese a sus esfuerzos por no
emitir un juicio sobre la infidelidad en su marco teórico, esta sigue definida
primordialmente como una violación a la confianza. De aquí surgen preguntas
sobre los componentes del programa y la narrativa. Pese a que todos nosotros
probablemente acordemos en que un affair a menudo involucra traición y
decepción, vale la pena considerar el que la infidelidad no se trata
necesariamente de traición, decepción o el daño provocado como
consecuencia. A medida que escucho historias de vida que involucran affairs,
me parece claro el que las emociones y los significados que impulsan a alguien
hacia la infidelidad se encuentran principalmente relacionados con anhelos.
Puede tratarse de un anhelo sobre una clase particular de conexión emocional,
confianza, auto-descubrimiento, novedad o libertad; pueden también
involucrar el deseo de recapturar partes perdidas del yo, o un intento de
generar vitalidad tras experimentar una pérdida o tragedia. El affair también
puede ser parte de un proceso de individualización (Walter-Enderlin, 1993) o
una forma de contrarrestar la decepción, el vacío o un constreñimiento. Un
affair puede tratarse a su vez de fantasía o ilusiones, o hasta de sentimientos
relacionados con ira y venganza. Engañar y lastimar al compañero trae, de
hecho, consecuencias serias, el elevado precio que se paga por la decisión de
tener un affair, pero decepción y traición raramente aparecen como sus
motivos principales.
En un corto y muy interesante epílogo, Abrams Spring discute lo que yo
creo es un asunto muy relevante para los terapeutas de familia que deben
tratar con infidelidades hoy. Meditando sobre el valor puesto hoy en la
honestidad, ella sabiamente reconoce que lo que es bueno para una pareja
puede ser malo para otra. Considera el que para algunas parejas decir la
verdad puede no ser ni curativo o productivo. “Incluso si estas comprometido a
reconstruir la relación, no existe un camino despejado por donde proceder.
Para algunas parejas la verdad puede tener consecuencias adversas, o hasta
destructivas. Para otras, es parte esencial en la restauración de una relación
dañada… así que para dar con la mejor estrategia, puede que ayude el
preguntase, ¿Mejor para quién?” (p. 257). Y continúa para decir que restaurar
la intimidad requiere más que solo la confesión de infidelidad. “Muchos
compañeros infieles deciden mantener el secreto y centrarse en lo que les está
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molestando en su relación. Esta es una solución que vale la pena considerar;


es perfectamente posible confrontar a una pareja mediante sus deseos
insatisfechos sin por ello revelar la infidelidad, obligando al compañero
engañado a recorrer la ardua y delicada tarea de volver a confiar y perdonar”
(p. 258). Tras la publicación de este libro, ya había escuchado la proposición
de Abrams Spring sobre “abrir la política del secreto”, mediante la cual el
terapeuta proveería un modelo de confidencialidad en el cual podría guardar
secretos individuales siempre y cuando existiese un acuerdo previo con la
pareja. Algo similar a la práctica que ocupa Lusterman (1998) al situar la
confidencialidad dentro de sesiones individuales de pareja. Estas políticas
representan un importante paso al frente hacia una nueva forma de trabajo en
donde el terapeuta podría continuar trabajando con una pareja aún si el affair
se mantiene oculto.
Lusterman también considera la honestidad y transparencia como el
principal ingrediente de una relación intima. Sin embargo, siendo un maestro
de la excepción, aprecia la complejidad del tema. Tal como Abrams Spring,
reconoce que existen situaciones en las que es mejor no decir nada. Afirmando
que algunas veces la honestidad juega en contra, que algunas veces cierta
información sobrecarga a algunos matrimonios, que algunas veces existe en la
pareja el acuerdo encubierto de no comentar sus infidelidades por lo que se
decide, en vez de ello, concentrarse sólo en mejorar el matrimonio. Hablando
directamente con parejas en repetidas ocasiones subraya “lo importante es
concentrarse en mejorar el matrimonio en sí, lejos de la infidelidad” (p. 88).
Sostiene que concentrarse en la tercera persona impediría la claridad de
pensamiento necesaria para mejorar el matrimonio. Pese a ello, ni Abrams
Spring o Lusterman proponen de forma explícita o recomendaciones sobre el
como debería tratar el terapeuta una situación que involucre un affair no
revelado.
Como muchos expertos en infidelidad, Lusterman (1998) considera que,
aunque la infidelidad frecuentemente tiene sus raíces en problemas dentro del
matrimonio, no se trata tampoco de su causa exclusiva. Reconoce el que las
personas son infieles por una variedad de razones. En algunos casos la razón
esta enterrada profundamente en el pasado o en su familia de origen, en otros
con sus creencias sobre el género opuesto y algunas veces se lo relaciona a
sentimientos de vulnerabilidad durante ciertos momentos del ciclo vital, como
lo son el tener un hijo o la pérdida de un pariente cercano. Otros affairs están
relacionados con distintas formas de poder, como el del privilegio masculino:
“Yo soy un hombre, por lo tanto ese es mi derecho”. También pueden surgir
debido a una confusión sobre la orientación sexual, adicciones sexuales o hasta
como un acto de represalia. Lusterman también habla del affair “trípode”,
como el que ayuda mantener un matrimonio de otra manera insatisfactorio.
Además reconoce el que no existe una sola manera de estar casado y que las
personas escogen (o presumen) distintas clases de arreglos sobre él. Incorpora
la teoría del trauma para comprender el impacto de un affair, pero se cuida en
aclarar que existen muchas formas mediante las que se puede reaccionar a la
infidelidad: “No todas las personas que descubren una infidelidad dentro de su
matrimonio resultan igualmente heridas, ni tampoco quien es sorprendido en el
engaño resulta afectado de la misma manera” (p. 13).
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Como ya he dicho, una excepción dentro de la literatura profesional


sobre marco teórico del trauma de la traición, es lo escrito por Raibstein y
Richards. En Sexual Arrangments: Marriage and the Temptation of Infidelity
(1993) los autores intentan comprender como podrían las parejas reconciliar el
conflicto inherente a la monogamia: la actividad sexual tiende a declinar con el
tiempo en las relaciones a largo plazo, y el sexo es frecuentemente más
excitante y atractivo con nuevos amantes. Al observar la relación de nuestras
nociones socioculturales sobre matrimonio e infidelidad, ellos consideran
formas mediante las que nuestros propios ideales sobre el matrimonio podían
estar incitando al affair. Anticipando el trabajo de Mitchell (2002) y Kipnis
(2003) quienes sostienen el cómo hoy en día, mediante el ideal de matrimonio
como un pacto de compañerismo, esperamos que la pareja se ocupe de
prácticamente todas nuestras necesidades; que sean los mejores amantes, los
mejores padres, los mejores amigos, nuestros pares intelectual y compañeros
emocionales. A su vez esperamos una gran afinidad de caracteres, sintiendo
mucha decepción si esta no aparece. Dado este ideal de “el matrimonio es para
toda la vida” un affair es percibido como una señal de que algo esta fallando en
la relación principal (p. 142). De cualquier manera, lo que señalan es el que,
cuando una pareja asume el modelo de un “matrimonio abierto” -en donde el
sexo no se asume como algo sagrado o exclusivo-, el sexo fuera del
matrimonio podría hasta percibirse como un fortalecimiento de la relación.
Reibstein y Richards también identifican lo que han definido como un modelo
de matrimonio segmentado, común en algunas culturas de Europa y
Latinoamérica. En él la pareja comienza la relación asumiendo que su
matrimonio podrá satisfacer algunas de sus necesidades, pero no todas.
Otorgando gran valor a la autonomía, considerando que el matrimonio y el
affair pertenecen a mundos independientes, dejando al affair como parte de la
vida privada.
Reibstein y Richards (1993) consideran el impacto del affair en términos
amplios. No sólo observan el impacto de un affair descubierto si no que
también el de los que se mantienen en secreto. Tomando en cuenta que el
impacto de un affair variará de acuerdo a si se encuentra oculto, se ha
reconocido, o si fue descubierto inintencionadamente. También afirman que “el
impacto de un affair puede ser positivo, neutral o desastroso” (p. 136).
Expandiendo la posibilidad del impacto positivo, individualmente y para la
pareja, al explicar como “El affair puede generar en las personas una mayor
autoestima, mayor confianza sexual, una mirada más profunda sobre como
uno se relaciona con el sexo opuesto, sabiduría en cuanto a relaciones y un
gran sensación de autonomía. En algunas ocasiones las personas sienten que
han crecido mientras su matrimonio sufría. En cambio otras afirman que su
crecimiento tuvo lugar lejos del matrimonio, sin ningún un impacto directo en
él” (p. 145). “En ocasiones el affair provee un contexto mediante el cual se
reafirma algo que ya se sabía y estaba perdido” (p. 144). “El affair puede
también producir una reconsideración sobre el propósito del matrimonio;
mediante los affairs puede evolucionar una redefinición del matrimonio; como
a su vez se podría reevaluar lo que consideramos posible y deseable” (p. 147).
En lo escrito sobre affairs homosexuales, Betsy Kassof (2003) refuerza este
punto diciendo que “un affair puede terminar en un corazón partido o en
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sabiduría y renovación. Ciertamente, muchas personas en relaciones a largo


plazo han logrado utilizar la experiencia de un affair para recordarse a sí
mismas tanto la fragilidad de su lazo, como su capacidad de renovación” (p.
13). Reinbtein y Richards plantean otro punto interesante sobre el impacto del
affair: En un affair secreto, aparece la necesidad de transformar a algún amigo
en confidente, lo que ajeno a él puede tener un profundo efecto positivo en esa
amistad. La complicidad involucrada tiende a estrechar estos lazos.

Pensando fuera de la caja

Partiendo desde premisas similares a las de Reibstein y Richards (1993),


Laura Kipnis (2003) y Stephen Mitchell (2002) centran sus libros en las
complejidades de la monogamia y el amor duradero. Situándolas a ambas más
allá de lo bueno y lo malo, sin relacionarlas en absoluto al trauma de la
traición. En vez de ello, consideran el cómo nuestra lucha con el amor y el
deseo son parte fundamental de nuestra condición humana. Diseccionan el
cómo se construye hoy en día una relación comprometida y en qué forma
nuestra propia construcción sobre el amor como compañerismo se encuentra
relacionada a la disminución del deseo en las relaciones a largo plazo. Kipnis,
profesora marxista en estudios sobre medios de comunicación, observa cómo
la institución del matrimonio se entrelaza en el contexto mayor de la sociedad
de consumo. Mitchell, un psicoanalista astuto, considera en detalle la sutileza
involucrada en nuestra experiencia emocional.

Laura Kipnis

En Against Love: A Polemic (2003), Laura Kipnis toma una posición


extrema, dándole un giro a nuestras convicciones culturales y crucificando el
ideal establecido sobre el matrimonio americano -lo que los historiadores de la
vida privada han llamado “pareja de compañeros”. Luego ella considera la
infidelidad como una saludable forma mediante la cual levantarse en contra de
la uniformidad y el confinamiento en los arreglos de pareja. En su
reconstrucción del “amor moderno” Kipnis usa el humor, el sarcasmo y la
exageración como sus principales métodos analíticos. Al cuestionar lo que
aceptamos como el significado de amor y matrimonio, está exponiendo la
manera monolítica en la que pensamos sobre los acuerdos sexuales en la
cultura americana. También nos recuerda que el deseo sexual es una fuerza
poderosa nada fácil de contener.
Kipnis describe a la pareja de compañeros como “una asociación
voluntaria basada (en principio al menos) en la intimidad, mutualidad e
igualdad; en donde enamorarse es el único prerrequisito para un compromiso
de por vida traducido en compartir lo doméstico y una mutua expectativa de
satisfacción sexual… y de tener sexo solo con esta persona por el resto de tu
vida” (p. 25). Su mayor argumento consiste en que la sociedad americana,
como lo refleja su cultura popular, el sistema legal, religioso, político e
instituciones terapéuticas, han favorecido a tal punto esta única manera de
formar pareja que éste se ha santificado como un ideal post-feminista.
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Sin embargo, ella también señala que existe una persistente insatisfacción en
cuanto al matrimonio hoy en día. Tomando en cuenta las estadísticas que
señalan el como la mitad de lo matrimonios terminan en divorcio y la manera
en que continúa aumentando la infidelidad, quizás deberíamos considerar el
que la institución del matrimonio no corresponde a sus propias expectativas.
Deberíamos ser capaces de ver que nuestro ideal de matrimonio se encuentra
aún en transición y que una forma única no funciona para todos. En cambio,
vivimos en una sociedad en la que se nos presiona, así como presionamos a
otros, a amar la uniformidad de “ocupadas abejas obreras y dóciles cuidadoras
del nido” (p. 25).
Kipnis (2003) plantea que la terapia de pareja se ha convertido en parte
de un régimen represivo puesto en marcha para mantener el status quo. Cada
vez que el modelo existente sobre relaciones no se adapta a un individuo o a
una pareja, en vez de que los implicados cuestionen la institución y consideren
otras alternativas más acordes, la sociedad americana insiste en “incluir a toda
la ciudadanía dentro de él” (p. 27) en este arreglo uniforme. La pareja que no
cumple con amar de la manera preestablecida es diagnosticada con la
enfermedad moderna del miedo a la intimidad y es subsecuentemente
derivada a terapia para trabajar sobre sí mismos. Bajo la mirada de Kipnis, la
terapia de pareja es una industria de servicios que le debe su “costosa
existencia” (p. 31) a la idea de que nuestra inherente ambivalencia sobre el
amor es una condición curable y que si “trabajamos en ella” es posible curarla.
La premisa fundamental del trabajo clínico está en considerar el deseo como
una forma infantil de amar y la terapia como una forma de transformar estos
tan primitivos impulsos en un “amor maduro” (p. 34).
Kipnis sostiene que esta particular forma madura de amar -amar a largo
plazo- es la mejor manera en la que el amor se ajusta dentro de la ideología
de consumo imperante en la sociedad americana. “Esta creencia moderna de
que el amor dura nos perfila como seres particularmente atemorizados, en
búsqueda permanente de prescripciones, intervenciones, ayudas. ¡A la pasión
no se la debe dejar morir!... Al menos esto tiene un buen reverso económico:
ha aparecido todo un nuevo sector de la economía… desde el Viagra hasta la
pornografía de parejas: la tardía Lourdes de los matrimonios agonizantes” (p.
66). “Consejería para la pareja es un negocio explosivo en estos días: entre
prensa, la radio y la terapia familiar… Sólo observa el pasillo de auto-ayuda
en tu cadena de librerías local, hay consejos desde el suelo hasta el techo” (p.
68).
Kipnis se pregunta, ¿Qué es lo que provoca el que las parejas de
compañeros fracasen? ¿Qué es lo que crea toda esta necesidad de ayuda? Su
respuesta dice que el problema principal que afecta a las parejas es la
expectativa moderna que tienen los compañeros de solventar todas sus
necesidades únicamente entre ellos. “Así que aquí estamos, remitidos a
perseguir una ilusoria perfección obviamente imposible de realizar, inundados
de anhelos frustrados y con nuestros desafortunados camaradas designados
-como un hecho- para ser nuestros chivos expiatorios para imposibilidades que
no tienen realmente que ver directamente con ellos (¡Gracias mamá y papá!)”
(p. 77). Tras estas expectativas irrealistas aparece una irritación e ira
inexplicables hacia el compañero que falla en actuar de forma suficientemente
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reaseguradora al ser demasiado independiente, egoísta y sin tomar en cuenta


nuestros sentimientos. Ella dice, “¡Qué fastidio!, pero raspa sobre el fastidio y
encontrarás… ansiedad” (p. 78). Kipnis llega a decir que no existe nada que
nos produzca más ansiedad que la independencia y libertad de nuestra pareja,
y que la gran oferta que ofrece una relación a largo plazo deriva directamente
desde nuestro deseo de cegarnos frente a esa ansiedad. En nuestras modernas
formas de amar, nuestra autonomía individual y libertad se han transformado
en secundarias en relación a la seguridad y la calma de nuestra pareja.
Consecuentemente, la fibra de la modernidad doméstica, rutina, viajes y
restricciones de movimiento, son comandos para prevenir el que nuestras
parejas se comporten de una manera que nos cause irritación o disgusto.
Entonces, modificar el comportamiento del compañero es la única gran oferta
que ofrece este tipo de parejas, si no que “es la llave para acceder a su
universo” (p. 81). Esta es la estructura profunda del compañerismo moderno.
En otras palabras, de acuerdo a Kipnis, el problema del compañerismo es la
ansiedad que experimentamos sobre la distancia del compañero y su
inhabilidad de cumplir con nuestras necesidades y todos los esfuerzos
subsecuentes que experimentamos para crear seguridad. La autora nos ofrece
una muy larga lista de ejemplos sobre lo desesperadamente que anhelamos
esta seguridad. “No puedes irte de la casa sin decir a donde vas” (p. 84). “Te
dije que odio cuando haces…” o “¿No puedes ni recordar que..?” (p. 79), Y
sobre el como estas exigencias “mutuamente impuestas, altamente triviales,
se encuentran presentes tanto en asuntos domésticos, como en la vida social,
las finanzas, el discurso, la higiene, las ideologías permitidas, etc.” (p. 84) se
han transformado en lo que rige el intercambio doméstico. Ciertamente que la
vida doméstica ofrece muchas recompensas, eso lo sabemos. Pero sin
embargo, Kipnis pregunta, “¿Como es posible que el amor moderno se haya
desarrollado de forma tan sumisa y restrictiva con tan poca discusión sobre el
tema?” (p. 94). Las expectativas que tenemos entre nosotros para cumplir con
las expectativas del otro eventualmente transforman la vida doméstica en una
camisa de fuerza. Esto dentro de un contexto que la espontaneidad se pierde y
el deseo se extingue.
Kipnis (2003) argumenta que el amor moderno viene con la imposición
social de trabajar en él. Pero toda esta presión por trabajar en el amor acaba
en una especie de intimidad forzosa, mediante la cual la relación termina más
como una complicidad obligada que una libre expresión del deseo. Ella repite
“Cuando la monogamia se transforma en trabajo, cuando el deseo es
organizado contractualmente, con su registro, y en donde la fidelidad se exige
como quien lo exige a un empleado y en donde el matrimonio puede verse
como disciplinada industria en cuanto a su régimen de compras… es realmente
a eso a lo que nos referimos cuando hablamos de una ‘buena relación’?” (p.
19). Puede que una buena relación tome trabajo, pero eróticamente hablando
-ella dice- “el trabajo no funciona… lo que funciona es el juego” (p. 18). En sus
palabras, infidelidad es una “huelga de brazos cruzados contra la ética de que
el amor cuesta trabajo” (p.31).
El eslabón más débil del modelo de la pareja de compañeros es la fuerza
del deseo. El deseo, ella dice, lucha por la libertad y “simplemente no dirá que
no” (p. 44). El deseo es también por donde accedemos a un mundo
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ambivalente con respecto al amor: “en una mano está el deseo de intimidad,
en la otra el anhelo de independencia; en una mano el alivio de la comodidad y
la rutina y en la otra lo anestésico de lo predecible. Por un lado el placer de ser
conocido (y el de conocer profundamente a alguien) y por el otro la chaqueta
de fuerza que significa el juego de roles dentro de la familiaridad. El problema
de la pareja lo presentan la tediosa repetición de argumentos, el aburrimiento
y la rigidez tozuda sobre temas de ninguna manera transcendentes… Darle un
porcentaje del cincuenta por-ciento a ese tipo de relación parece justo
(asumiendo, claro, que el éxito significa longevidad)” (p. 35).
Kipnis (2003) reconoce que la infidelidad tiene sus propios problemas y
contradicciones. Trae consigo celos, decepción, auto-destrucción, pero a si vez
es también una experiencia desestabilizadora en donde nuestro sentimientos
despiertan de una “muerte emocional”, generalmente seguida de ansiedad y
culpa. Sin embargo, considera que la disminución del deseo en un matrimonio
a largo plazo es una pérdida seria. Bajo su óptica, la energía erótica resulta
esencial para sentirnos vitales y, sin embargo, deseo y compromiso no parecen
coexistir bien. Es radical al concluir que dada la coerción que involucra una
relación a largo plazo, un matrimonio feliz y de largo aliento que mantenga a la
vez su sexualidad viva es una imposibilidad. Es escéptica en cuento al amor
duradero, pero lo que hace bien es invitarnos a observar nuestro propio
comportamiento y considerar cuantos de nuestros intentos desesperados por
conseguir seguridad terminan transformados en problemas. En nuestro deseo
de contener las amenazas de la separación, de la libertad, independencia y el
cambio, paradójicamente hacemos una jaula de nuestras relaciones, de las que
luego anhelamos escapar.

Steven Mitchell

En Can Love last? The Fate of Romance Over Time (2002), Steven
Mitchell, de una forma muy distinta a la de Kipnis, trata con problemas
similares sobre lo que él considera son las contradicciones inherentes entre
deseo y compromiso. Escribe, “El romance auténtico es difícil de encontrar y
aún mas difícil de mantener, fácilmente se degrada en algo más. Mucho menos
cautivante, mucho menos estimulante, algo como un respeto sobrio o pura
diversión sexual, relaciones predecibles, odio, culpa o autocompasión… El
romance se alimenta de novedad, misterio y peligro: la familiaridad lo
dispersa. Por ello el amor imperecedero es en sí una contradicción” (p. 27).
Mitchell señala que históricamente, en la mayoría de las culturas, ha
existido una separación clara entre lo doméstico y lo erótico. La gente se casa
con el acuerdo de procrear y mantener una vida familiar; de esta forma se
adquieren ciertos “derechos” maritales. El Eros es, o bien reprimido, o puesto
en algún otro lado. Hoy en día, con las grandes expectativas existentes sobre
sexualidad y el modelo de compañeros, estamos intentando combinar lo
doméstico y lo erótico en una sola persona. Mitchell considera que la
reconciliación entre estos dos polos no es imposible, aunque sí difícil y frágil.
Mitchell explica el que los seres humanos persiguen tanto seguridad
como aventura, tanto lo familiar como lo novedoso. En algunas ocasiones de
forma alterna, en otras mediante un delicado balance entre las dos. Pero
12

debido a que ambas nos empujan hacia direcciones opuestas, el balance entre
seguridad y aventura solo puede tratarse de un equilibrio transitorio, una
pausa temporal en nuestra lucha por reconciliar estos anhelos opuestos. “Antes
del matrimonio, las parejas suelen considerarse a sí mismas como libres,
infantiles, aventureras y espontáneas. En el matrimonio, buscan permanencia
y estabilidad” (p. 50). “Seguridad total, predecible, estabilidad, permanencia,
todo se vuelve conflictivo… Debido a lo ilusorio y artificial que resulta la
seguridad permanente, esta asfixia de la vitalidad es lo que genera
exuberantes expresiones de desafío” (p. 51). La sexualidad esta perfectamente
diseñada para la rebelión dentro de estos contratos, precisamente debido a
que el impulso sexual no puede ni auto generarse o controlarse. La excitación
no está regulada y es impredecible; involucra vulnerabilidad y riesgo; revela la
mentira sobre la ilusión de seguridad y control” (p. 51). En su articulo Queer
Affairs, Betsy Kassof (2003) razona con este dilema propuesto por Mitchell:
“Podemos imaginar que para un homosexual es crucial en una relación a
largo plazo el sentirse aceptado y a salvo, dado el historial de inseguridades y
vulnerabilidad que rodea su identidad. Y, sin embargo, es a la vez crítico al
experimentar su yo erótico; su deseo” (p. 13).
Mientras Mitchell se refiere a la dialéctica entre compromiso y la
desreglada naturaleza de la sexualidad, señala una promisoria área de
exploración clínica con parejas. Él dice que permanentemente nos esforzamos
por establecer seguridad dentro de nuestros matrimonios, la permanencia, o la
estabilidad que tuvimos (o deseamos tener) en nuestra infancia. Pero es esta
misma carrera por un matrimonio seguro -como si éste pudiera ser
absolutamente seguro- lo que nos lleva a perder la espontaneidad y
eventualmente el deseo. Si podemos aceptar que la experiencia humana es por
naturaleza inestable, tal vez seamos capaces de ver como el concepto inmóvil
de hogar y seguridad son generados por nuestra imaginación. El cambio
constante es, desde luego, desestabilizador, pero es nuestra intolerancia y
ansiedad, a la fluidez (y la fluidez de nuestros compañeros) lo que nos obliga
rápidamente a convertir el deseo en obligación y nuestras casas en prisiones.
Mitchell señala que algunas formas de conocerse llegan a convertirse
fácilmente en coerción mutua y éstas tienen un gran atractivo, pero
desgraciadamente tienden a matar el amor romántico. Entonces, cuando las
parejas se vuelven predecibles, saturadas de negociaciones, obligaciones,
responsabilidades, ideas contractuales y demandas, nuestra necesidad de
libertad y espontaneidad se agudizan. Esto podría explicar el porqué la parejas
son más vulnerables a la infidelidad durante el nacimiento de un hijo o hija, en
donde los matrimonios, sin todavía grandes lazos de familia, se verían
sobrecargados. Mitchell apunta a que mientras más restrictiva sea nuestra
concepción del matrimonio, más urgente será el encontrar la libertad fuera de
él. Mitchell no se refiere directamente al affair; se remite a tratar la
contradicción entre lo predecible y novedoso. Está implícito el punto de que al
manejar de mala manera estas contradicciones (restringiendo el deseo)
paradójicamente creamos el escenario ideal para las transgresiones sexuales.
13

El contexto: Genero, poder y puritanismo

Género y poder

Una de las piezas faltantes dentro de los análisis de Kipnis (2003) y


Mitchell (2002) es el contexto histórico del matrimonio (y las relaciones a largo
plazo) en términos del patriarcado y la inequidad en el poder que ha existido a
lo largo del mundo y durante siglos. Después de todo, hasta hace muy poco la
infidelidad era una prerrogativa exclusiva del hombre. Tanto Mitchell como
Kipnis miran el problema de las parejas de compañeros asumiendo una
equidad de poder entre ambos, pero pese a todos los cambios recientes sobre
el rol de la mujer y su posición en el mundo, debido principalmente a los
métodos anticonceptivos e independencia económica, aún sufrimos un legado
de desigualdad aplicada a la vida emocional de la parejas en la sociedad
americana y, ciertamente, en muchas otras culturas también.
Ha sido solo durante estos últimos 35 años en donde algunas mujeres
han declarado abiertamente su libertad sexual. Así que cuando Mitchell y
Kipnis hablan sobre los polos opuestos de la existencia, es normal asumir el
que tanto la experiencia de hombres y mujeres se encuentran delineadas por
la de sus padres y abuelos. Yo pienso que, mientras hoy en día el hombre
sigue mejor preparado para la libertad, la aventura y el descubrimiento, las
mujeres, con su legado milenario de impotencia y aún a cargo de casi todo el
peso de la familia, necesitan de mayor manera lo predecible y la seguridad. Es
posible que el programa de televisión Sex and the City le deba su popularidad
precisamente al hecho de que evidenciaba los cambios recientes sobre la
conducta sexual de la mujer hacia una mayor libertad, descubrimiento y
aventura.
El único punto que ha sido común en básicamente todas las culturas a
través del tiempo es su doble estándar con respecto al sexo extramarital. Las
mujeres han sido tradicionalmente consideradas propiedad de los hombres y,
como resultado, han tenido distintos privilegios sociales y derechos legales, se
han atenido a una distinta moral, sobre todo en cuanto a sexualidad. Aún hoy,
en las culturas patriarcales, el hombre nace con derecho a la libertad en el
placer; mientras las mujeres han de someterse aún a costo del suyo. Un
famoso tango argentino “Amablemente” muestra este doble estándar de
manera trágica. “Cuando la vi en los brazos de otro hombre, seguro y tranquilo
le dije a él: ‘tu puedes irte’. El hombre nunca es el culpable en estos casos… Y
luego dándole pequeños besos, muy tranquilo, amablemente, la apuñalé
treinta y cuatro veces con mi cuchillo”.
La antropóloga Suzanne Frayser (1985), que ha estudiado la sexualidad
en sesenta y dos culturas, presentes y pasadas, concluye que en 26 de ellas al
marido se le permite libremente tener sexo extramarital. En la mitad de ellas,
el marido tenía también el derecho legal de matar a su mujer si la sorprendía
engañándolo. En contraste dentro de las culturas que permitían el adulterio,
ninguna lo hacia a favor de las mujeres. Algunas culturas definen el adulterio
de distinta manera cuando se trata de un hombre o una mujer. En la ley judía,
por ejemplo, la mujer es culpable de adulterio si engaña a su marido con
cualquier hombre mientras que el hombre es solo culpable si lo hace con la
14

mujer de alguien más. Bajo la ley musulmana, se le permite irrestrictamente al


hombre tener sexo fuera del matrimonio, mientras que si sorprende a su mujer
haciendo lo mismo se le autoriza a matarla o a divorciarse de ella. En Arabia
Saudita y otros países árabes, las mujeres adulteras aún son lapidadas
públicamente por adulterio. Este es el caso para algunos sectores de África
también. En Marruecos hoy en día, las mujeres divorciadas por sus maridos
son rechazadas en su familia, transformadas en parias y mendigas. Hasta
finales de los setenta en Brasil, quienes mataran a sus mujeres infieles no
tenían responsabilidad legal; puesto que a esos “crímenes de pasión” se los
consideraba justificados. Esto sucedió hasta 1979 cuando el famoso caso de
Ángela Diniz, asesinada por su marido debido a una infidelidad, acaparó
suficiente atención de los medios de comunicación como para lanzar una
campaña social (bajo el slogan de “el que ama no mata”) y finalmente revertir
esta práctica en Brasil.
También hemos visto cómo en la literatura se caracterizan a las mujeres
adúlteras de una manera mucho más negativa que a los hombres y cómo son
castigadas más duramente. Ana Karenina de Tolstoi, Madame Bovary de
Flaubert y Hester Prynne de Hawthorne son símbolos del castigo y la
humillación asociada al adulterio femenino. A pesar de los cambios recientes
en la estructura del matrimonio en la cultura occidental, aun quedan muchos
rastros sobre las diferencias de poder en los matrimonios americanos. Un
ejemplo es el encontrado por Laumann y sus colegas (1994) quien señala que
en Estados Unidos los hombres tienden a divorciarse mucho mas que las
mujeres por casos de infidelidad. El también señala que sobre decir la verdad,
a las mujeres aún se las castiga más duramente si se las descubre; los
hombres perdonan menos y tienden con más facilidad a caer en violentos actos
de venganza.
La motivación principal para tener un affair puede variar también de
acuerdo al género. El principal motivo que lleva a los hombres a tener un affair
es todavía una sensación asociada al poder, como lo ilustra el caso de un
hombre exitoso de edad media que, sintiéndose próspero, deja a su mujer
envejecida por una mas joven (“una mujer trofeo”), o el del mujeriego que
mide su autoestima de acuerdo al número de sus conquistas. Para las mujeres,
por su lado, el tener un affair puede estar más relacionado con un ideal
romántico, la decepción sobre el matrimonio o bien rebeldía debido a las
restricciones impuestas por la vida doméstica.

El elemento puritano

Además del doble estándar presente en el mundo entero, la cultura


americana tiene también un historial de tradiciones puritanas. Pese a que el
adulterio aún puede tener peores consecuencias para una mujer, dentro de la
tradición puritana, el ideal es la monogamia y la infidelidad es considerada
como una corrupción moral en ambos casos. Lo confuso de nuestra cultura
americana es que, pese a estar hiper-sexuada, cuando se trata de adulterio
aún prevalecen sus antiguos enclaves puritanos. Tal como lo hemos
15

presenciado tras el caso Clinton, la infidelidad se muestra como parte de una


moral corrupta y es inmediatamente condenada.
Mediante un estudio empírico sobre actitudes sexuales tanto en Francia
como en Estados Unidos, Abigail Saguy (1997) señaló que los franceses son
significativamente más tolerantes a la infidelidad que los americanos.
Mostrando, por ejemplo, las grandes diferencias en la reacción pública tras
conocidos los casos de los ex-presidentes Francois Mitterand y Bill Clinton.
Antes de que Miterrand muriera en 1996, él hizo cuidadosos planes para su
funeral. Entre sus deseos últimos estuvo el que sus dos familias asistieran a la
ceremonia: Su mujer legal, con sus dos hijos, y su amante con su hija. La
prensa francesa se refirió al tema de manera neutral o ya de plano
indulgentemente. Danielle Miterrand defendió la relación de su marido. En una
entrevista dijo: “Si, me casé con un seductor, es parte de la vida ¿Qué mujer
podría decir “a mi nunca me han sido infiel, o yo nunca le he sido infiel a nadie
en toda mi vida’?”. En contraste, cuando Bill Clinton fue acusado de tener un
affair con Jennifer Flowers, él y Hillary trataron de anticipar la controversia
mostrándose como una pareja en problemas que, sin embargo, trabajaba junta
para salir adelante. Su estrategia fue la de buscar el perdón por un
comportamiento ampliamente condenado.
Es importante señalar que la actitud en Francia (como en otros países
latinos o europeos) no significa respaldo o aprobación frente a la infidelidad,
pero sí muestra distintas premisas culturales. Como lo he discutido ya, en la
cultura americana el affair es considerado corrupción moral. En otras culturas,
aunque se reconoce que un affair puede ser dañino y traer consigo mentiras y
traición, se los mira como producto de otras causas. Puede que se ame a más
de una persona, o que se esté complementando el matrimonio con romance,
pasión, sexualidad o autonomía. Fuera de Estados Unidos -en Europa,
Latinoamérica o incluso India- los triángulos amorosos son aceptados como
dolorosos, aunque también como parte del dilema que rodea al amor y la
sexualidad. Nunca se trata solamente de un problema moral, materia de
enfermedad o trauma. En la película India Monsson Wedding, el affair de la
novia enfurece a su pareja, pero a su vez enciende su deseo, pues el novio se
da cuenta que se está casando con una mujer que puede ser tremendamente
apasionada. Siempre me ha parecido interesante la gran tolerancia que tienen
los americanos sobre el divorcio -lo que es una ruptura total de la lealtad y
tiene efectos muy dolorosos en la familia- comparada a la poca tolerancia que
existe sobre infidelidad sexual.

El corazón del problema: Las nuevas premisas

Lo que Steven Mitchell (2002) y Laura Kipnis (2003) me ofrecieron como


terapeutas familiares fue un nuevo juego de premisas e ideas sobre el cómo
abordar a la pareja bajo un nuevo enfoque y nuevos parámetros en una
situación clínica.
Como he revisado, tanto Kipnis como Mitchell sostienen que el amor
romántico es una contradicción; deseamos tanto seguridad y permanencia
como novedad, aventura y libertad. Es precisamente en el centro de este
16

problema, en reconciliar estos polos opuestos, donde se manifiesta más


comúnmente la infidelidad. Mientras suscribamos valores morales a cualquiera
de estos polos, esa información añadida nos informará solamente que tan bien,
o mal, manejamos el amor. A través de la historia, el deseo ha sido
representado por la iglesia católica como una fuente de peligro a reprimir y
contener. En contraste, desde los años sesenta, las culturas occidentales han
llegado a supervalorar el deseo como reflejo de vitalidad. Hoy en día el deseo
es un concepto dominante en la cultura popular y el mensaje adscrito en ella
es que debemos abrazarlo.
Un punto fuerte de lo dicho por Kipnis y Mitchell es el que ello no se
aplica a una cultura especifica; sino que se articulan con el universo amplio de
la condición humana, por lo que podría tratarse de una base para el trabajo
clínico en parejas en muchas culturas. Kipnis y Mitchell nos ayudan a separar
los dilemas humanos de los particulares valores morales asociados a ellos y, al
hacerlo, nos ayudan a reconocer que estos significados adscritos varían de
acuerdo a su tiempo histórico, religión, cultura, sub-cultura, género y,
finalmente, de individuo a individuo. Mientras que el marco del trauma de la
traición a menudo nos sugiere una evaluación moral implícita -existe alguien
que acciona de trauma y otro que es su víctima- el modelo presentado aquí
hace más fácil para el terapeuta traspasar el debate moral y centrar su
entendimiento en la culpa compartida de la pareja sobre la forma en que
integran su autonomía y el compromiso en sus vidas.
Kipnis y Mitchell también identifican la ansiedad básica que sentimos
sobre la separación. Es mediante esta ansiedad que ponemos en práctica
sutiles formas (a veces no tanto) de coerción sobre nuestras parejas, y estas
presiones -la línea de culpa que comparte la pareja- se relacionan con la
disminución del deseo. Nos piden considerar el cómo nuestro énfasis post-
feminista de poner todo el esfuerzo en la forma de relacionarse como pareja,
puede estar provocándonos expectativas desmedidas de seguridad con
respecto a nuestro compañero. Al esperar tanto, de la misma forma podríamos
estar involuntariamente sofocando nuestra igualmente legítima necesidad de
autonomía y privacidad. Un punto similar es el planteado por Enderlin (1993)
quien habla sobre cómo las parejas americanas a través de su “reclamo por
apertura total y un permanente enriquecimiento emocional mutuo, están
perdiendo su pasión” (p. 50). Kipnis y Mitchell nos recuerdan que el deseo,
como el hambre o el sueño, no pueden forzarse, o simplemente negociarse;
deben surgir en un contexto de óptimas condiciones. Aunque Kipnis es
escéptica sobre el destino de las relaciones a largo plazo al pensar en que la
coerción que acarrea el compromiso siempre terminará por destruir la
separación necesaria para la pasión, Mitchell de alguna manera es más
optimista. Advirtiéndonos, sin embargo, que el amor a largo plazo, es algo
frágil y muy difícil de sostener durante el tiempo.
Yo considero que lo que necesita ser el centro en la terapia de parejas es
esta fragilidad que experimenta el amor y la dificultad de mantener el deseo en
relaciones a largo plazo, especialmente en donde el affair es el protagonista en
el drama de la pareja. Como Mitchell, yo también creo que es posible
reconciliar el apego con el deseo en relaciones de largo plazo, pero solo en un
contexto en donde se le permita al deseo desarrollarse, aunque sea
17

intermitentemente. Este contexto debe incluir el delicado balance entre unión y


separación, responsabilidad y libertad, transparencia y misterio. Como
terapeuta, mi trabajo es el de ayudar a las parejas a desarrollar un balance
que funcione para ellos. Separación, privacidad y misterio no necesitan ser
palabras sucias en la relación de pareja, estos son, de hecho, los ingredientes
que hacen falta para mantener viva la pasión.
Al tratar con el deseo, Mitchell y Kipnis recuerdan un viejo postulado
freudiano: a mayor represión, mayor descontrol. Mientras más presión y
restricciones se le ponga a la pareja, más querrán sus integrantes rebelarse de
ella y escapar. No es ninguna sorpresa ver como los estados más
conservadores (los de ir a la iglesia), que votaron por valores tradicionales en
las últimas elecciones presidenciales, son los que tienen mayor número de
divorcios, mayores ratings de sintonía para el sexualmente transgresor
programa de televisión Desperate Housewives, y florecientes clubs de swingers
en sus suburbios. La revista Newsweek (Julio 2004), reportó que pese al gran
movimiento conservador que apoya un matrimonio tradicional en la sociedad
americana, la infidelidad, especialmente la de la mujer, continúa en aumento.

Honestidad, transparencia y la conducción de la terapia de pareja

Transparencia e intimidad

La mayor parte de la literatura americana especializada sobre infidelidad


sostiene una visión monolítica y culturalmente limitada sobre intimidad:
honestidad, transparencia y hablar sobre los sentimientos. Este significado
particular, bien puede ser la idea predominante entre la clase media moderna
en la cultura americana; para muchas parejas, mujeres en particular, la
transparencia y seguridad son consideradas como esenciales para una
satisfactoria conexión sexual. Sin embargo, esta idea no representa
necesariamente a todas las culturas o parejas. Si definimos intimidad como lo
hace el diccionario Webster “Lo más personal y privado” o “Lo muy cercano y
familiar” entonces intimidad significaría algo distinto para cada persona.
Diferentes culturas o distintas personas tendrán variadas versiones de lo que
consideran “Sus sentimientos más privados y personales”. Lyman Wynne
(1986) definió intimidad como una forma subjetiva de relacionarse, manifiesta
en formas verbales y no-verbales, presente en distintas arenas. Mientras que
para una pareja el sentirse conectados podría significar el compartir trabajo
intelectual, para otra la intimidad podría relacionarse con la sexualidad o la
experiencia de criar hijos. En una familia de inmigrantes, su sentido de
intimidad bien podría estar conectado a la forma en que se ajustan a sus
expectativas de adaptarse y empezar una nueva vida en otro país. Otra
intimidad podría tratarse principalmente sobre cuan generoso se puede ser
entre compañeros. En Brasil, intimidad usualmente se asocia al proceso no-
verbal de dar afecto, hacerse favores, cariño físico, juego y complacerse de
maneras sexuales y no sexuales también. La intimidad varía también con las
etapas del ciclo vital. Para las parejas jóvenes, el terreno erótico es base
fundamental de la intimidad y éste puede ser muy distinto al terreno verbal. En
18

su artículo “Erotic Intelligence” (2003) Esther Perel dice “Los terapeutas


normalmente estimulan a sus pacientes a “realmente conocerse’, pero yo
usualmente lo que les digo es “el saber no lo es todo”. Al erotismo se lo puede
potenciar desde la fascinación por lo escondido, lo misterioso, lo sugestivo” (p.
27). Pese a que la transparencia y la honestidad gozan de gran valor entre los
terapeutas entrenados en Estados Unidos, en otras culturas la honestidad es
un asunto relativo, un valor más entre otros. Uno puede aspirar a ser honesto,
pero frente a otras beligerantes fuerzas emocionales, se puede escoger el no
serlo para evitar lastimar o humillar a otra persona. En muchas culturas, como
en África, Latinoamérica, y Europa, existe comúnmente la idea de que la
verdad puede doler y en algunos casos de formas que son irreversibles. A la
hora de decidir si hablar con la verdad o no, uno debería pensar sobre cuál es
el propósito de esa confesión y cuales serán sus posibles repercusiones. Esta
valoración de la honestidad es algo particular de la cultura americana. En
otras, evadir la confrontación, mantener cierta información en privado, o hasta
mentir en algunas ocasiones tienen el propósito de protegerse a uno mismo, al
compañero o a la relación, y también funcionan como una forma de controlar
el daño. Tomen, por ejemplo, a Sebastián, 57 años, un músico que recién
durante los últimos diez años ha visto los frutos de una vida de trabajo. Su
esposa Martha ha desarrollado Parkinson, deteriorándose rápido. Se la ha
pasado entrando y saliendo de hospitales y se encuentra ahora postrada en
una cama. Durante la enfermedad de su mujer, Sebastián se enamoró de
Luiza, con quien mantuvo una relación durante cinco años. Sebastián ama a su
mujer y, con la ayuda de una enfermera, él es quien principalmente se encarga
de ella. En ningún momento ha pensado en dejarla, sería inhumano.
Comentarle sobre su aventura está fuera de cualquier consideración. Así que
Luiza y Sebastián mantienen su relación escondida, de acuerdo en que esa es
la solución más razonable y generosa en ese momento.

Transparencia como una dimensión de la terapia en pareja

Relacionada a esta idea de que la honestidad es esencial para la terapia


de pareja está el dictamen sobre el que mantener en secreto una infidelidad es
un paso no negociable para una pareja que consulta y que pretenda salvar el
matrimonio. Los expertos sobre infidelidad puede que tengan distintas ideas
sobre lo cuanto debe decirse, pero la mayoría considera necesario recorrer los
detalles (Brown, 1991, 1999; Glass, 2003; Pittman, 1989). Esta regla general
no toma en consideración las investigaciones que muestran cómo, sobre todo
para la mujer, la verdad sobre un affair puede tener consecuencias
irreversibles, incluido el divorcio u otros serios actos de venganza como la
violencia o hasta el asesinato (Laumann et al., 1994).
Otra consecuencia sobre esta regla es el asumir como contra-
terapéutico, o hasta anti-ético, de parte de un terapeuta el mantener secretos.
Como he descrito arriba, la forma convencional con la que se trabaja una
infidelidad es incitar en sesiones privadas la confesión de ella para tratar luego
sus repercusiones (i.e., trabajar sobre el trauma terapéuticamente inducido).
La intimidad, se cree, debería emerger de este descubrimiento y del trabajo
sobre el trauma. Si alguno rehúsa a seguir este camino, el terapeuta debe
19

retraerse del tratamiento y derivar a sus pacientes de forma individual. Me


parece claro que este sistema presenta fallas. En primer lugar no respeta la
auto-determinación. Además, si alguno de los individuos rechaza el
tratamiento, la pareja es dejada en el vacío sin nada más que una referencia
cuando precisamente más necesita tratamiento. Esta regla tiene raíces en la
historia de la terapia familiar, en donde la triangulación ha sido vista como un
gran peligro, supuestamente anulando la influencia del terapeuta. Sin
embargo, he llegado a creer que mantener una regla tan rígida en cuanto a
confidencialidad puede presentar un peligro mucho mayor al de la
triangulación. Una política de cero-secretos mantiene al terapeuta como rehén,
sin la posibilidad de ayudar dentro de los momentos más críticos en una
relación de pareja.
Otra regla relacionada es la noción de que la terapia debería ser
suspendida si uno de los integrantes de la pareja se niega a terminar con su
affair inmediatamente. Bajo mi punto de vista esta regla resulta a su vez
potencialmente negativa, puesto que obliga al terapeuta o a ejercer presión o
a abandonar a la pareja. Es como advertirle a una persona bulímica el que no
sería posible tratarle a menos que terminara con su desorden alimenticio.

El significado del affair en la terapia de pareja

Si estoy convencida de las premisas discutidas en este articulo y soy


capaz de sentarme junto a las ambigüedades que involucran los secretos sin
tener que declarar: “Siempre decir la verdad” o “Nunca lo hagas” (Imber-
Black, 1998) debo ser cuidadosa sobre el cómo pienso llevar el proceso
terapéutico. Primero, debo tener la flexibilidad suficiente como para combinar
sesiones individuales y conjuntas. Segundo, debo ofrecer una política clara de
confidencialidad que respete la privacidad de los individuos y les permita
compartir sus problemas sin presiones. Bajo esta modalidad de trabajo, la
terapia se transforma en un lugar en donde el individuo que esta teniendo un
affair cuenta con la posibilidad de examinar su opción de confesarlo, no
confesarlo o como confesarlo. Estas consideraciones solo pueden existir si el
cliente siente que se respeta su posición en cuanto al secreto (Imber-Black,
1998).

Trabajando con una affair al descubierto

El impacto de un affair al descubierto típicamente rompe corazones. Por


lo tanto, el dolor y los sentimientos del compañero que acaba de enterarse de
la infidelidad se transforman inevitablemente en el centro de atención del
proceso terapéutico, por lo menos durante un tiempo. Cuando se revela un
affair, éste entra a pertenecer al dominio de ambos y usualmente desata una
crisis. Esta puede ser productiva, se lleva a la pareja a reconocer que tienen
problemas y a concentrarse en ellos, o lleva a un mejor entendimiento sobre
temas que no habían sido discutidos hasta ese entonces. También puede
tratarse de algo positivo si el que está teniendo el affair se decide a terminarlo
y a focalizarse en repapar el daño, reconstruir la confianza y mirar hacia dentro
20

de su matrimonio. Sin embargo, es también importante mantener en mente


que, algunas veces, el revelar un affair es destructivo pues puede llevar a
una desesperación inconsolable, una ruptura definitiva, violencia y, en casos
extremos, la muerte por suicidio u homicidio.

Trabajando con el affair oculto

Cuando uno de los integrantes en la relación revela un affair dentro de


una sesión individual, y no desea revelarlo ante su pareja, el proceso
terapéutico debe cambiar para incluir un período de sesiones individuales. En
algunas ocasiones, conviene ver a ambos compañeros individualmente durante
un tiempo; en otras resulta mejor trabajar primordialmente con quien está
teniendo el dilema. Este proceso individual tendrá ciertamente que incluir una
revisión de los pro y los contra asociados a revelar la infidelidad, cuándo, cómo
y dónde debería hacerlo, o bien la manera de seguir adelante sin hacerlo.
También se debe incluir una exploración de los posibles significados del affair y
de lo que puede o no puede decirnos sobre la pareja. Usualmente yo intento
ayudar al individuo a traducir lo revelado por el affair dentro de su relación
primaria, animando a que se traten estos temas en las sesiones conjuntas. En
último caso, las sesiones individuales son un lugar para que el individuo decida
qué hacer con respecto a su infidelidad y de qué forma proceder en su relación
primaria. Cuando también estoy teniendo sesiones con el otro compañero, el
centro de atención esta puesto en las necesidades insatisfechas dentro del
matrimonio, quejas mutuas, o estrategias para con la pareja sobre como
fortalecer sus vínculos. Lo que incluye cualquier clase de conexión emocional o
sexual. A muchos expertos sobre infidelidad les gusta decir que el affair no se
trata de sexo. Tal vez no sean solo sobre sexo, pero definitivamente si tienen
relación con el deseo. Como terapeutas, yo siento que deberíamos intentar
comprender qué es lo que alimenta el deseo de ambos en la pareja y las
formas en que ello se podría incluir dentro de la relación. Un affair no revelado,
aún cuando tiene repercusiones en la relación de pareja, puede permanecer
como un asunto privado y puede no poner en riesgo la vida marital.
Existe un precio que paga el individuo al mantener en secreto un affair,
y un precio si decide revelarlo. Viendo el lado negativo, mantener secretos crea
distancia y conlleva la carga y tensión de no compartir. Quien tiene el affair
debe tratar con sentimientos divididos y culpa al tener que engañar. En el lado
positivo, manteniendo el affair oculto se podría controlar el daño, protegiendo
al compañero de sentimientos de rechazo y traición. Las sesiones conjuntas
pueden centrarse en la relación de pareja sin distraerse por ello con los
detalles de la infidelidad. Un resultado posible, es que una vez que se ha
trabajado sobre la relación y ésta se haya fortalecido, el affair pierda
relevancia y pueda ser abordado con más facilidad. Existen casos en los que
también, por mucha evidencia que exista, la pareja no desea ver, no quiere
hablar de ello explícitamente ni saber ninguno de los detalles. Esta opción se
encuentra muy bien ilustrada en la película The Secret Life of a Dentist, en
donde el personaje principal opta por no hablar sobre el affair que su esposa
esta teniendo con la esperanza de que, dándole espacio y tiempo, ella lo
terminará por cuenta propia.
21

Conclusiones

Trabajar con affairs clínicamente requiere del terapeuta una mente


abierta y flexible. El trabajo combinado de Brown (1991, 1999), Lusterman
(1998), Abrams Spring (1996), Reibstein y Richard (1993) y las premisas
básicas que sugieren Kipnis (2003) y Mitchell (2002) ofrecen al terapeuta una
visión amplia y muy general sobre cómo ha de explorarse el significado del
affair y sobre cómo este se asocia a las relaciones de pareja. El terapeuta debe
también ser capaz de trabajar con mucha ambigüedad. Su posición es de
hecho muy delicada, pues cada compañero puede tener perspectivas muy
distintas y ambas deben ser tomadas en consideración. Es un desafío para el
terapeuta el legitimar ambas posiciones, particularmente tomando en cuenta el
dolor y daño que puede causar un affair. Al tratarlo, la supervivencia de la
relación esta usualmente en cuestión. Es esencial que el terapeuta muestre
esperanza a la pareja para que logren llegar hasta el otro lado (Scheinkman &
Fishbane, 2004) y de crear un proceso de reflexión constructivo y seguro para
tomar decisiones. También es su responsabilidad el exponer un terreno en
donde el amor y el deseo logren re-emerger. Esto puede incluir el promover
negociaciones y re-acomodaciones mutuas, pero más que nada, involucra la
estimulación de un clima de aceptación mutua en la pareja, tanto sobre su
separación como su fluidez, tanto su generosidad como el placer compartido.

REFERENCIAS

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