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9. Los Santos y nosotros.

Las imágenes
Apreciados hermanos, nos encontramos ya muy cerca de la Navidad, donde contemplamos a Dios que
quiso hacerse hombre, toma un cuerpo, figura humana, para poder salvarnos de la miseria y esclavitud
a la cual nos somete el pecado. Durante estos días hemos estado meditando diversos temas que nos
ayudan a comprender, valorar y vivir nuestra fe. Hoy hablaremos sobre los santos, nuestros hermanos
en la fe que han podido llegar a la meta de todo bautizado, lo que quiere la Iglesia al presentárnoslo
como modelos y las representaciones a través de las imágenes.
1. La Iglesia «al CANONIZAR a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han
practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, reconoce el poder
del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos
como modelos e intercesores. “Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación
en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia”» (CEC 828). Todos los Santos han vivido
todo el Evangelio, pero cada uno de ellos, por su historia personal y por los carismas recibidos de Dios,
ha acentuado y dado testimonio especial de una página del mismo... Así, por ejemplo, San Pablo, “el
Apóstol”, vivió intensamente aquellas palabras de Jesús: “Vayan por el mundo entero y prediquen mi
Evangelio a todos los hombres...”(Mt 28,19); San Juan de la Cruz, aquellas otras: “Si alguno quiere
venir en pos de Mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame...”(Mt 16, 24); Santa Teresita
del Niño Jesús, aquellas: “Si no se hicieren como niños, no entrarán en el Reino de los cielos...” (Mt
18, 3)... La Beata Sor Isabel de la Trinidad asimiló con gran profundidad y vivió con heroica fidelidad
aquella promesa salida de los labios de Jesús: “Si alguno me ama, mi Padre le amará y vendremos a Él
y haremos nuestra morada en Él...” (Jn 14, 23); por esto se ha dicho que fue “la Santa de la intimidad
con Dios”, “allá adentro”..., y también “la Santa del silencio y del recogimiento”, “MAESTRA DE
VIDA INTERIOR”: “El silencio y la contemplación son necesarios para encontrar, en medio de la
dispersión de cada día, una profunda y continua unión con Dios” (Benedicto XVI, 6.X.2006).
2. Los santos son nuestros MODELOS en la respuesta de fe y fidelidad a Dios y nuestros
INTERCESORES ante el Señor. “Todos nosotros los cristianos, también hemos sido llamados a ser
testigos de Jesús, a predicar su evangelio, y en este mundo que nos toca vivir, tal vez llamados de una
forma más apremiante”, los Santos nos estimulan con su ejemplo de vida a dar una respuesta también
generosa al Señor, como que nos dicen junto al Papa Juan Pablo II: “no tengan miedo a ser
considerados diferentes y de ser criticados por lo que puede parecer perdedor o pasado de moda… Sus
coetáneos tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud
de humanidad manifestada por Jesucristo…” Ellos también, como Iglesia triunfante, en el Cielo,
interceden ante Dios por nosotros, de allí que acudimos a ellos a través de la oración para suplicar la
gracia del Señor… Es lo que llamamos milagros o favores obtenidos por medios de estos hombres y
mujeres que al alcanzado la santidad.
3. Para facilitar esta comunión con nuestros hermanos mayores en la fe (los santos), nos valemos de las
IMÁGENES que quieren ser un punto de apoyo para esta relación. De aquí puede surgir una pregunta:
¿No prohíbe la Biblia el uso de las imágenes, concretamente en Ex 20,2-4? «En el AT, el mandato “no
te harás escultura alguna” prohibía representar a Dos, absolutamente trascendente. A partir de la
encarnación del Verbo, el culto cristiano a las sagradas imágenes está justificado (Nicea. Año 787),
porque se fundamenta en el Misterio del Hijo de Dios hecho hombre, en el cual, el Dios trascendente se
hace visible. No se trata de una adoración de la imagen, sino de una veneración de quien en ella se
representa: Cristo, la Virgen, los ángeles y los santos» (Compendio 446). Con el mandamiento «No
tendrás otro Dios fuera de mí» se prohíbe:
El politeísmo y la idolatría, que diviniza a una criatura, el poder, el dinero, incluso al demonio.
La Superstición, que es una desviación del culto debido al Dios verdadero, y que se expresa también
bajo las formas de adivinación, magia, brujería y espiritismo.
La irreligión. Que se manifiesta en tentar a Dios con palabras o hechos; en el sacrilegio, que profana a
las personas y las cosas sagradas, sobre todo la Eucaristía; en la simonía, que intenta comprar o vender
realidades espirituales;
El ateísmo, que rechaza la existencia de Dios, apoyándose frecuentemente en una falsa concepción de
la autonomía humana.
El agnosticismo, según el cual, nada se puede saber sobre Dios, y que abarca el indiferentismo y el
ateísmo práctico.