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Bruno Voituriez

Guy Jacques

Foro de los océanos |

Ediciones UNESCO

El Niño: realidad y ficción

El Niño

Realidad y ficción

BRUNO

VOITURIEZ

GUY

JACQUES

Colección COI, Foro de los océanos | Ediciones UNESCO

Agradecimientos Quisiéramos expresar nuestro agradecimiento

a los científicos del Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD, ex ORSTOM) que nos ayudaron en las diferentes etapas de este trabajo:

Philippe Cury, Philippe Hisard, Luc Ortlieb, Yves du Penhoat y Joël Picaut. Esta obra debe mucho

a su pragmatismo fecundo que, gracias

a sus cabales conocimientos de terreno, sabe

confrontar de manera crítica los enfoques teóricos

a la realidad de las observaciones.

Las ideas y las opiniones expresadas en esta obra son las de los autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de la UNESCO. Los términos empleados en esta publicación y la presentación de los datos que en ella aparecen no implican, de parte de la UNESCO, toma alguna de posición en cuanto al estatuto jurídico de los países, territorios, ciudades o regiones, ni respecto de sus autoridades, sus fronteres o límites.

Traducido del francés por Rodrigo Figueroa Saintard Supervisión científica de John Celecia

Publicado en 2000 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura 7, place de Fontenoy, 75352 París 07 SP, Francia

Composición Nicole Valentin, 19 av. de Clichy 75017 Paris Impreso por Jouve, 18, rue Saint-Denis, 75027 París Cedex 01

ISBN 92-3-303649-9

© UNESCO 2000

Prefacio

El Niño de los años 1997-1998 llegó a ser, sin lugar a dudas, un aconteci- miento periodístico de primera categoría e incluso se convirtió en una apelación familiar. Las noticias sobre inundaciones, incendios forestales, sequías, colapso de la actividad pesquera, con sus secuelas de daños mate- riales y pérdidas humanas, ocuparon la primera plana de diarios y revistas en todo el mundo. Muchos pensaron que se trataba de un fenómeno nuevo, de una amenaza hasta entonces inédita relacionada con los cambios del clima. Sabemos, sin embargo, que no es así. El Niño es un antiguo y recurrente fenómeno climático de nuestro planeta. Pero, a diferencia de las estaciones, que ocurren a intervalos regulares, El Niño es irregular y multia- nual, lo cual explica la dificultad para comprender sus caprichos. El hecho de que la sociedad continúe interrogándose y buscando respuestas capaces de explicar las diversas catástrofes asociadas con este fenómeno es motivo de profunda reflexión. Esta indagación prosigue, aun después de varias décadas de progresos científicos sobre la compresión del Niño, avance realizado principalmente mediante la cooperación interna- cional en los ámbitos de la oceanografía y la investigación climatológica. La difusión de los resultados de la investigación es importante, no sólo para mejorar la comprensión de la ciencia por parte del público, sino también para mejorar la formulación de políticas públicas. Los vínculos entre la manera de producir y aplicar el conocimiento científico consti-

tuyen un fenómeno sociológico interesante. En este sentido, la cuestión crítica es la siguiente: ¿qué fracción del conocimiento disponible utiliza actualmente la clase política para tomar decisiones? La UNESCO, a través de la Comisión Oceanográfica Interguber- namental, ha participado activamente en el desarrollo de los conocimientos

y en las observaciones indispensables para explicar éste y otros fenómenos

naturales, y poder asesorar así a los Estados Miembros sobre la posibilidad de mitigar su impacto. Lo logrado hasta ahora es sólo una mínima parte de lo que se debe conocer si deseamos contribuir cabalmente a un uso genui- namente sostenible del océano. Para asegurar el éxito de este empeño, debemos prestar todo el apoyo

posible a las instituciones responsables de generar el conocimiento cientí- fico y aconsejar a las autoridades. Al mismo tiempo, necesitamos responder

a la demanda pública de información. Esta publicación es un esfuerzo

orientado a satisfacer esas necesidades en lo que al Niño se refiere.

Índice

Prólogo

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Mensaje de los copatrocinadores:

 

Comprender y prever los océanos Ralph Rayner, Fugro Global Environmental and Ocean Sciences, Ltd. 13 El océano y la predicción climática Antonio Divino Moura, IRI 15 La Comisión Permanente del Pacífico Sur (CPPS) y esta publicación Fabián Valdivieso Eguiguren 17

 

Introducción

 

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CAPÍTULO 1¿Porqué varía el clima?   27

¿Porqué varía el clima?

 

27

Los climas pasados revisitados

27

La máquina climática

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Las variaciones del sistema climático

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CAPÍTULO 2Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera   35

Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

 

35

El Niño: ¿ángel o demonio?

35

La oscilación austral y el monzón índico

40

El Año Geofísico Internacional en 1957-1958

42

CAPÍTULO 3 3

La pareja océano-atmósfera

 

47

La rotación de la Tierra y la fuerza de Coriolis

47

El ecuador meteorológico y la circulación meridiana:

las células de Hadley

49

Un toque de complejidad: la circulación de Walker

53

La termoclina oceánica

La circulación oceánica: corrientes y contracorrientes Alisios, afloramientos costeros y divergencia ecuatorial

Las ondas en el océano

55

60

57

58

CAPÍTULO 4¿Cómo funciona ENSO?   63

¿Cómo funciona ENSO?

 

63

La pareja océano-atmósfera y el esquema de Bjerknes

63

Índices y anomalías

65

 

El Niño, la fase cálida de ENSO

66

67

 

La Niña, la fase fría de ENSO

¿Existe un modelo “tipo” de ENSO?

69

El oscilador atrasado

71

 

CAPÍTULO 5A escala del planeta   75

A escala del planeta

 

75

El planeta en una sola mirada

75

76

 

Del lado del Atlántico tropical

El parentesco del Niño con el monzón índico

 

79

Teleconexiones planetarias: el Pacífico norte y

 
 

el resto del mundo

92

 

CAPÍTULO 6¿Se puede prever ENSO?   97

¿Se puede prever ENSO?

 

97

Éxitos y fracasos de la previsión

97

 

Un optimismo moderado

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103

Las irregularidades del Niño

El pasado y la previsión a largo plazo

105

CAPÍTULO 7El Niño al banco de acusados…   111

El Niño al banco de acusados…

 

111

La dificultad del enfoque socioeconómico

111

El Niño, el Pacífico y sus cercanías

112

El Niño, estrella de los medios de comunicación

114

Consecuencias económicas y humanas

116

CAPÍTULO 8Perspectivas 127

Perspectivas

127

Para saber más

 

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Glosario

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Prólogo

Por lo menos dos veces por década se precipitan en el altiplano andino importantes lluvias, inhabituales por su violencia, que inundan los valles, aumentando los riesgos de avalanchas de barro. Se trata de los tan temidos “huaicos” (probablemente “wykos” en lengua quechua), que traen como consecuencia un cortejo de desastres y de pérdidas humanas. Mucho antes de que se llegara a bautizar “El Niño”, la civilización inca, enclavada en los Andes, se había adaptado a este recurrente fenómeno natural. En una zona extremamente árida del norte del Perú, los incas habían construido una extensa red de acueductos con un asombroso sistema de asamblaje de piedras. En algunas partes de la red, las piedras se remplazaban por estructuras de cañas entrelazadas. Cuando éstas cedían al paso de las aguas de las inundaciones provocadas por El Niño, otros canales alternativos reorientaban el exceso del flujo hacia las laderas de la montaña, evitando así la destrucción de la obra. A pesar de los esfuerzos del gobierno peruano para sacar provecho de esta antigua expe- riencia, creando durante El Niño ocurrido en los años 1997-1998 dos lagos artificiales capaces de captar el excedente de agua, la mayoría de las sociedades modernas aún no han logrado adaptarse a este antiguo fenó- meno climático. Actualmente sabemos que El Niño es una manifestación de un fenómeno climático mundial. Al fenómeno oceánico corresponde un

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Prólogo

desplazamiento de los principales sistemas meteorológicos. Así, zonas habitualmente lluviosas conocen la sequía y los desiertos las inundaciones, con toda una gama de consecuencias para la agricultura, la pesca y la salud de la población. Sin embargo, incluso si el fenómeno es mundial, sus efectos se hacen sentir localmente, sin que todos ellos sean necesariamente negativos o catastróficos. Bruno Voituriez y Guy Jacques nos ofrecen una apasionante descrip- ción del Niño: su historia, su dinámica y sus consecuencias prácticas. Sin perder rigor en su análisis científico, logran transmitir al lector la comple- jidad y las limitaciones que la ciencia afronta ante la comprensión del sistema climático. Evocando las limitaciones propias a la previsión de un fenómeno climático no-lineal como es El Niño, los autores nos conducen hacia la puerta de la teoría del caos, una de las más recientes de las mate- máticas modernas. El océano juega un papel fundamental en tanto que detonador, influenciando este tipo de anomalías climáticas. Para comprender el clima y los caprichos del tiempo en diferentes escalas espaciales y de tiempo, es necesario estudiar y comprender el océano. El trabajo de investigación realizado sobre El Niño ha abierto la vía de la integración de la oceanografía y de la meteorología, culminando con el desarrollo de un Sistema Mundial de Observación de los Océanos (Global Ocean Observing System, GOOS) y de un Sistema Mundial de Observación del Clima (Global Climate Observing System, GCOS), que trabajan con un alto grado de interacción y coordinación. Ambos sistemas fueron creados sobre la base de otros tres anteriores: el Sistema Mundial Integrado de Servicios Oceánicos (Integrated Global Ocean Services System, IGOSS), el Programa de Buques de Oportunidad (Ships-of-Opportunity Programme, SOP) y el Panel de Cooperación sobre Boyas de Acopio de Datos (Data Buoy Co-operation Panel, DBCP). Su objetivo es seguir la evolución del nivel del mar y los cambios que se operan –en tiempo real– en los principales parámetros del océano. Estos sistemas de observación se desarrollaron gracias a los resultados obtenidos por el Programa Mundial de Investigación sobre el Clima (el World Climate Research Programme, WCRP), conducido bajo el auspicio conjunto de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), del Consejo Internacional de la Ciencia (ICSU) y de la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI) de la UNESCO.

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La capacidad de previsión del último episodio El Niño contó en su favor con la instalación de un sistema de observación del océano Pacífico ecuatorial. Setenta plataformas flotantes equipadas con instrumentos de medición meteorológica y oceanográfica, tal verdaderas islas artificiales en miniatura, se anclaron en el fondo oceánico y se mantienen en su lugar gracias a una boya flotante. Algunos de estos instrumentos tomaron muestras del océano hasta unos 2.000 metros de profundidad, y lograron captar por primera vez y de manera inequívoca la señal del nacimiento del último episodio del Niño (1997-1998). Este sistema, llamado Tropical Atmosphere-Ocean (TAO), forma parte actualmente del Sistema Mundial de Observación de los Océanos, el Global Ocean Observing System (GOOS). Tras 30 años de un fructífero trabajo conjunto, estamos en condi- ciones de extender nuestra capacidad de previsión a los fenómenos oceá- nicos de diferentes escalas temporales y espaciales. Haciendo una simple analogía entre el océano y el dial de un aparato de radio, se podría decir que el estudio de los eventos El Niño, que surgen con una periodicidad de 3 a 5 años, se parece a una sintonización de una o dos estaciones, sin escuchar nada en el resto del dial. El GOOS desarrolla actualmente una capacidad de observación que debería permitir sintonizar todas la “estaciones de radio” con las que cuenta el dial oceánico. En este sentido, la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (IOC) está cumpliendo su misión, o sea contribuyendo al desarrollo del conocimiento de base y a la realización de las observaciones que se requieren para una utilización inteligente del océano. Quisiera expresar nuestro aprecio y satisfacción por el apoyo prestado por Fugro GEOS (Global Environmental and Ocean Sciences Ltd.), uno de nuestros copatrocinadores, en los esfuerzos de la Comisión. A través de la colección COI - Foro de los océanos, la bibliografía sobre la problemá- tica del océano destinada a la comunidad internacional se enriquece. Tales gestos en favor del público resultan preciosos y contribuyen al logro de nuestra misión educativa. Para las versiones en inglés y en español de este libro, la UNESCO ha contado además con el copatrocinio del Instituto Internacional de Investigaciones para la Predicción Climática (IRI), con sede en el Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia (Estados Unidos). Hago propicia esta ocasión para expresar también mi

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Prólogo

apreciación al IRI por su oportuno apoyo al desarrollo del Sistema Mundial de Observación de los Océanos (GOOS) COI/OMM/PNUMA. Para hacer posible la presente versión castellana me complace agradecer también el apoyo prestado por la Comisión Permanente del Pacífico Sur (CPPS), con la cual la COI ha colaborado durante muchos años.

Patricio A. Bernal Secretario Ejecutivo Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO

Comprender y prever los océanos

Las descripciones hechas por los medios de comunicación sobre el impacto del último evento El Niño han aumentado el grado de conciencia del público sobre el hecho de que las variaciones del clima, a escala local y global, dependen de interacciones indisociables entre el océano y la atmós- fera. Esto ha conducido a una creciente toma de conciencia sobre la impor- tancia de una comprensión cabal del medio ambiente marino y de la previsión de su evolución. Conocer el comportamiento de los océanos y de los mares del mundo ha sido siempre primordial en la aventura humana a lo largo de toda la historia. Sin información marina, habría sido imposible desarrollar el comercio, conducir batallas navales, protejerse contra las inundaciones costeras o explotar los recursos del mar. Actualmente, se reconoce que la actividad humana es frecuentemente un factor de degradación del medio marino y de sus recursos que, como sabemos, son limitados. Por ello, una mejor gestión y protección de esos recursos se hace imperiosa, pero este objetivo no podrá lograrse mientras no se disponga de informaciones indispensables sobre el océano. En el presente milenio que acaba de comenzar, las demandas sobre el medio oceánico tenderán a aumentar rápidamente. El uso y la explotación sostenible de los recursos marinos y la protección de los entornos locales

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Comprender y prever los océanos

dependerán en gran medida de la capacidad de prever el comportamiento de los océanos y de la atmósfera. Liderando a nivel mundial la “oferta” de observaciones meteorológicas y oceanográficas, así como algunos servicios aferentes, el Global Environ- mental and Ocean Sciences (GEOS) saca provecho de la comprensión cien- tífica de estos fenómenos para resolver problemas prácticos de protección del medio marino. Buena parte de nuestro trabajo tiene que ver con la transfe- rencia de los conocimientos oceanográficos y meteorológicos hacia especia- listas de otros campos. Estamos por ende muy complacidos de asociarnos a esta obra, que busca mejorar la comprensión de los no-especialistas sobre El Niño como fenómeno oceanográfico y meteorológico, ofreciéndoles de esta manera una mejor percepción del interés de reforzar la investigación sobre el funcionamiento del océano y la previsión de su comportamiento.

Ralph Rayner, Director Fugro Global Environmental and Ocean Sciences Ltd

Principales oficinas de GEOS:

Fugro GEOS Limited Gemini house Hargreaves Road, Swindon (Wiltshire) SN2 5 AZ Reino Unido Tel: (+ 44) 1793 72 57 66 Fax: (+ 44) 1793 70 66 04 E-mail: geosuk@geos.com

Fugro GEOS Limited Southampton Oceanography Centre Empress Dock Southampton SO14 3ZH, Reino Unido Tel: (+ 44) 1703 59 60 09 Fax: (+ 44) 1703 59 65 09 E-mail: seadata@geos.com

Fugro GEOS Incorporated P.O. Box 740010 6100 Hillcroft (77081) Houston, Texas 77274, Estados Unidos Tel: (+ 1) 713 773 56 99 Fax: (+ 1) 713 773 59 09 E-mail: geosusa@geos.com

Fugro GEOS Private Limited Box 5187 Loyang Crescent Singapur 508988 Tel: (+ 65) 543 44 04 Fax: (+ 65) 543 44 54 E-mail:

geossingapore@geos.com

El océano y la predicción climática

Hacia fines de la década de los 80, los científicos de mundo entero comen- zaron a reconocer el enorme impacto del fenómeno denominado “El Niño y la Oscilación Austral” (ENSO). Sus efectos son particularmente críticos en los países en desarrollo. Los avances logrados en los sistemas de observación del océano y de la atmósfera, la interpretación teórica del fenómeno ENSO y la elaboración de modelos del sistema acoplado océano-atmósfera condujeron a la crea- ción del Instituto Internacional de Investigaciones para la Predicción Climática (IRI). Esta iniciativa surgió de la toma de conciencia por parte de la comunidad científica de su responsabilidad, no sólo en cuanto a su contribución al progreso de la predicción climática, sino también sobre la necesidad de poner los conocimientos adquiridos a la disposición de las autoridades en los países afectados. Esta idea surgió de discusiones soste- nidas en el curso de la implementación del estudio sobre el Océano Tropical y la Atmósfera Mundial (TOGA), llevado a cabo de 1985 a 1994. A principios de los años 90, los trabajos piloto del IRI en el campo de la predicción y en la formación ya estaban encaminados. El éxito de los mismos condujo a una evolución del IRI en dicho decenio, con el lanzamiento de un instituto destinado a fomentar el mejoramiento, la producción y el uso de predicciones de variabilidad climática estacional a interanual de alcance mundial para beneficio explícito de la humanidad.

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El océano y la predicción climática

Con un sistema operacional de predicción ya establecido, el Instituto ha franqueado el milenio haciendo hincapié en las aplicaciones concretas de la información relativa a la predicción climática. Se han comenzado proyectos y programas en sectores del mundo donde la predicción de la variabilidad climática afecta a la sociedad humana en forma significativa, particularmente en ciertos países en desarrollo, más vulnerables. Desde sus comienzos el IRI participa en el Sistema Mundial Integrado de Servicios Oceánicos (IGOSS), programa conjunto de la COI-OMM, manteniendo un sistema abierto de utilización de archivos de datos (véase http://iri.Ideo.columbia.edu). Ademas, debido al papel que desempeña el océano mundial y, en particular, el Atlántico tropical, y para establecer un sistema de predicción climática de gran alcance, los científicos del IRI han participado en el diseño e implementación científica de PIRATA (Pilot Moored Research Array in the Tropical Atlantic), programa afiliado al Sistema Mundial de Observación de los Océanos (COI-OMM-PNUE). En base a lo antedicho, el IRI apoya con satisfacción a la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO en la publicación del presente libro.

Antonio Divino Moura Director del International Research Institute for Climate Prediction Lamont-Doherty Earth Observatory Columbia University 61 Rt. 9W, Palisades, N.Y. 10964-8000, Estados Unidos de América

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La Comisión Permanente del Pacífico Sur (CPPS) y esta publicación

La CPPS es el organismo intergubernamental constituido por Colombia, Chile, Ecuador y Perú para coordinar regionalmente la política marítima, proteger y aprovechar los recursos marinos de la zona, resguardar y conservar el medio marino, promover la investigación científica, velar por la transferencia de tecnología marina e incentivar la cooperación internacional.

La CPPS nació en 1952 y en la actualidad se ha convertido en el baluarte del Pacífico del sudeste para el estudio del mar y sus variabilidades, el desarrollo pesquero en la región y la difusión del nuevo derecho marí- timo. En 1976, la CPPS inició el Programa de Estudio Regional del Fenómeno El Niño en el Pacífico del Sudeste (ERFEN) con la finalidad de evaluar permanentemente el clima marino en la región, con especial énfasis en sus variabilidades climáticas extremas como los eventos ENSO, El Niño

y La Niña. En más de dos décadas de actividades, y a través de las investigaciones

de más de un centenar de científicos directamente vinculados con el tema

y pertenecientes a veinte instituciones técnicas de los países miembros, el

ERFEN ha logrado importantes avances en el conocimiento del origen, desarrollo y disipación del fenómeno El Niño y de sus impactos socioeco- nómicos.

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La Comisión Permanente del Pacífico Sur (CPPS) y esta publicación

Los gobiernos de Colombia, Chile, Ecuador y Perú han utilizado los resultados de dicho trabajo para mejorar las medidas de previsión condu- centes a reducir los daños y a aprovechar los beneficios del fenómeno El Niño en las diferentes actividades humanas económicas y sociales de

producción de bienes y servicios y, entre ellas, principalmente las agrope- cuarias, pesqueras, de vialidad, transporte, salud, etc. En el marco del Programa ERFEN se han realizado las siguientes importantes actividades orientadas a mejorar la capacidad regional de observación y monitoreo del Pacífico del sudeste:

– La publicación mensual del Boletín de Alerta Climática (BAC) que, desde

1990, se difunde permanentemente por vía electrónica y por correo tradi-

cional, y que contiene información en forma de texto, tablas y gráficos

sobre el clima marino y sus alteraciones, como los fenómenos El Niño y La Niña, anticipando su evolución en los meses subsiguientes.

– La realización de cruceros regionales oceanográficos en el Pacífico del

sudeste con científicos y buques de Colombia, Chile, Ecuador y Perú. Dichos cruceros, inéditos en la región por su carácter simultáneo, la amplia cobertura geográfica y el intercambio de científicos de un país en el buque del otro, permiten obtener la imagen sinóptica del Pacífico del sudeste para diversas aplicaciones. El primer crucero se llevó a cabo en mayo de 1998 con motivo del Año Internacional de los Océanos y permitió conocer las condiciones marinas en pleno desarrollo del Niño de 1997-1998. El

segundo crucero se efectuó en mayo de 1999, esta vez en las condiciones inversas, es decir durante el episodio frío La Niña. El tercer crucero se reali- zará en mayo del 2000 (en el momento de enviar esta publicación a la imprenta), época en que se espera que las condiciones climáticas sean normales. Así se completará el valor referencial de dicha exploración en tres condiciones definidas y distintas:

– Reuniones periódicas del Grupo Mixto COI-OMM-CPPS sobre inves-

tigaciones del fenómeno El Niño. El Grupo Mixto es la plataforma regional ampliada para dichas investigaciones, entre la CPPS como organismo

regional del Pacífico del sudeste y las agencias especializadas del Sistema de las Naciones Unidas: la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

– Trabajo conjunto entre la CPPS, la COI y la OMM en la preparación de

un proyecto para instalar una red de boyas en el Pacífico del sudeste y orientar su financiación hacia organismos especiales como el GEF, con la

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finalidad de mejorar la capacidad de observación y monitoreo climático de la región, que conducen al pronóstico anticipado del fenómeno El Niño y La Niña, y para hacer más viable el diseño de medidas de mitigación que permitan la reducción de los daños y el aprovechamiento de los beneficios. En lo que se refiere al presente libro, El Niño – Realidad y Ficción, la CPPS expresa su satisfacción por la iniciativa de la COI de ofrecer al público general una obra sobre este complejo y difícil tema, tratado de una manera conceptual, directa y clara. Leyéndola, millones de personas podrán comprender el fenómeno El Niño con propiedad e integrarse así a un movimiento, no para enfrentarse a él en una postura a veces paralizante, sino para convivir con el problema de manera inteligente y aprovechar todas las energías y capacidades posibles para reducir sus efectos perjudi- ciales y potenciar sus efectos benéficos. Estamos seguros de que esta publicación, técnica y divulgadora a la vez, tratada desde una perspectiva global pero sin perder la precisión conceptual, será un texto valioso y de referencia obligada, especialmente en el ámbito de la educación ambiental, tratando de conciliar ciencia con sociedad y haciendo girar dicha temática en torno al ser humano, centro de gravedad de todos nuestros esfuerzos y espectativas.

¡Enhorabuena! Embajador F abián Valdivieso Eguiguren Secretario General, Comisión Permanente del Pacífico Sur (CPPS), Avenida Coruña, 31-83 y Whymper, Quito, Ecuador

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Viene corriendo El Niño desde la isla de Pascua, tibio y malsano, el infante de la muerte por agua, azotado contra las costas del Perú, sofocando en su abrazo caliente las anchoas y las algas, secuestrando la frescura vital de los nitratos y fosfatos ecuatoriales, rompiendo la vasta cadena trófica y la procreación de los grandes peces del océano: pesado y sudoroso nada El Niño, arrojando peces muertos contra las paredes del continente, adormeciendo y pudriéndolo todo, el agua hundiendo el agua, el océano asfixiado en su propia marea muerta, el océano frío ahogado por el océano caliente, los vientos enloquecidos y desplazados: El Niño destructor, El Niño criminal arrasa las costas de California, seca las planicies de Australia, inunda de lodo los declives del Ecuador.

C a r l o s F u e n t e s , Cristóbal Nonato

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Introducción

Inmediatamente antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1998, amenazados por fuertes precipitaciones de nieve, el director del Comité de Organización, M. Kobayashi, declaraba: “una vez el problema del descenso resuelto, sólo El Niño me impedirá dormir”. Felizmente, los Juegos se efectuaron sin incidentes; pero ¿quién es este “Niño” malévolo, acusado así de querer sabotear los Juegos? En los años 1997-1998, El Niño apareció regularmente en la primera plana de la prensa. Fue considerado responsable de las inundaciones acae- cidas en los países andinos y en California, así como de la sequía en Indonesia, acompañada de gigantescos incendios desde las Filipinas hasta Malasia que se extendían en una espectacular chimenea de humo muy bien mostrada por las imagenes vía satélite. También le fueron atribuidos la sequía en Brasil, en África del Sur y en Zimbabwe, las inundaciones en Kenya, los ciclones en Polinesia, y otras catástrofes. Ninguna calamidad parecía poder escapar a la todapoderosa fuerza del Niño o de su hermana La Niña, más recientemente conocida y antitética del primero, pero tan peligrosa como él. Se le atribuyeron también, en 1998, el reforzamiento de la actividad ciclónica en el Caribe (Mitch, durante el verano) y las inundaciones en China. Hay algo de irracional en la manera en que los medios de comunica- ción, a veces con la complicidad de los científicos, explotan esta personifi-

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Introducción

cación de un fenómeno natural. Si sus consecuencias son a menudo nefastas, a veces también son benéficas, ya que se trata en realidad de una perturbación climática entre otras y que se desarrolla en una escala de

tiempo (de la estación a algunos años) a la cual los seres humanos son parti- cularmente sensibles. En un coloquio realizado en la UNESCO en 1999, un premio Nobel de física declaraba que la ciencia, lejos de aportar certezas, destruye los mitos pero crea misterios. Podría haber agregado que los misterios engendran mitos y que la ciencia contribuye, contra su voluntad, a crear nuevos. Podemos preguntarnos si acaso el frenesí de los medios de comunica- ción por la pareja El Niño-La Niña no es el resultado del pensamiento mítico, traduciendo el hecho de que, para la mayoría de nuestros contem- poráneos, los cambios climáticos guardan todo su misterio, a pesar de los esfuerzos de previsión y de explicación de meteórologos y climatólogos. Tal como comunicado por la prensa, El Niño podría ser una encarnación o un substituto de Tlaloc, dios azteca que, según su deseo, producía la lluvia o

el buen tiempo. ¿Capricho del cielo? ¡Capricho de los dioses! Esta es la idea

que el ser humano se ha hecho, desde siempre, de la variaciones del tiempo

y del clima. La ilustración más universal es incontestablemente la del

Diluvio, medio radical utilizado por el Creador para deshacerse de una cria- tura que no parecía agradarle. Existe sin lugar a dudas todavía, y de manera reprimida, algo de esta percepción en la idea que se tiene de los caprichos del tiempo a los cuales estamos sometidos y en nuestro escepticismo persis- tente sobre las previsiones meteorológicas. No obstante, nuestro conocimiento del sistema climático y nuestra capacidad de previsión han progresado mucho en estos últimos decenios, gracias a los programas internacionales de investigación que se realizan desde los años 70. Pero, toda previsión comporta un riesgo de error que aumenta cuanto más temprana es en el tiempo. Después que los científicos fueran acusados de un cientismo estrecho y totalitario, y al abandonar el anuncio de certezas, se les critica nuevamente por falta de esa certitud que se les reprochaba entonces. Debemos aprender a vivir con la incerti- dumbre que el progreso de la investigación no cesa de reducir, al tiempo que aleja los horizontes de las previsiones, sin lograrlo acabadamente. La “reputación mediática” del Niño resulta de progresos científicos que evidencian la existencia de relaciones físicas entre las perturbaciones climáticas de regiones tan alejadas como Kenya y el noroeste de América,

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o entre el monzón índico y las precipitaciones en el Perú. El Niño no es, evidentemente, el diabolus ex-machina de las variaciones climáticas, pero cristaliza este descubrimiento esencial sobre las relaciones que conectan las perturbaciones climáticas de las diversas regiones tropicales entre ellas, por un lado, y al resto del mundo, por otro. Este es un avance importante que permite mejorar los modelos de previsión del clima y probar sus aciertos, puesto que la previsión se puede verificar sólo algunos meses después. Un conocimiento acabado de la pareja El Niño-La Niña, manifestación en un lapso de algunos años de las variaciones de un sistema climático que evolu- ciona a todas las escalas de tiempo, deja esperar progresos en la previsión de las fluctuaciones del clima y de su evolución a largo plazo frente a la amenaza de otra perturbación: el aumento de los gases con efecto de inver- nadero en la atmósfera. La historia y los resultados de esta aventura científica es lo que se propone al lector en esta obra.

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¿Porqué varía el clima?

LOS CLIMAS PASADOS REVISITADOS

Es difícil destronar el mito del paraíso terrestre destruido por la acción maligna del ser humano, mito que se evoca al hablar de una hipotética edad de oro o de un equilibrio natural muy apreciado por ciertos ecologistas, para quienes todo iría mejor en el mejor de los mundos si no fuera por la presencia humana. Pero, el equilibrio natural no existe. El clima, los ecosis- temas evolucionan permanentemente, con o sin intervención humana. Desde hace más de un millón de años, la Tierra oscila entre episodios calientes, como es el caso actualmente, y períodos glaciales, durante los cuales la temperatura media es 3 a 4 grados inferior. El último período glacial remonta a 20.000 años atrás. Glaciares análogos al de la Antártida actual recubrían entonces la Escandinavia, el norte de Alemania, el Canadá y el norte de los Estados Unidos. Los habi- tantes de Europa occidental, geniales decoradores de cavernas, conocían en esa época un clima y un entorno parecidos al de la Escandinavia de hoy. Nada impide pensar que en los próximos milenios la Tierra conocerá otros episodios glaciales. Los “óptimos climáticos”, que son los períodos más cálidos como el que vivimos actualmente, son breves. Los optimistas piensan que el aumento de los gases a efecto de invernadero acarrearía un recalentamiento global, lo cual convendría justamente para evitar a la humanidad tener que confrontarse con una nueva glaciación. ¿Quién sabe?

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¿Porqué varía el clima?

Estas oscilaciones entre períodos glaciales y fases interglaciales son recientes en la historia de la Tierra (2 a 3 millones de años) y típicas del cuaternario. Si nos remontamos más lejos, a la época del cretáceo (entre 135 y 65 millones de años), vemos que en la Tierra no existe ninguna zona glacial. La temperatura del aire es más o menos 5 grados superior a la actual, y la de las profundidades del océano, allí donde ahora es próxima a cero, no desciende por debajo de los 10°C. Hace 57 millones de años, en pleno paleoceno, la temperatura de las costas de la Antártida avecinaba, en verano, los 20°C. El casco glaciar de este continente comenzó a formarse hace solamente 10 o 15 millones de años. Entre los siglos XVI y XIX Europa conoce, por su parte, un período rela- tivamente frío, conocido como “la pequeña era glacial”, cuando la tempe- ratura era más de un grado inferior a la actual. El 26 de junio de 1675, la marquesa de Sévigné escribe a su hija, que pasa una estadía en el sur de Francia, y le dice: “Hace un frío horrible. Nosotros nos calentamos y voso- tros también”, y agrega el 24 de julio: “Tenemos un frío extraño. El proceso del sol y de las estaciones está todo cambiado.” Sobre el Támesis, entre 1607 y 1813, se solían organizar ferias sobre su capa helada de hasta 20 cm de profundidad. Éste, y la retirada de Rusia en 1812-1813, durante la cual Napoleón perdió 450.000 hombres, son otros tantos ejemplos de este período. A la inversa, en los siglos X y XI, las condiciones climáticas más clementes permitieron a los vikingos establecer colonias en Groenlandia (Greenland = tierra verde) y en América del Norte (Vineland = tierra de viña). Esta colonización duró hasta que el clima se enfrió, dificultando la navegación entre Islandia y Groenlandia. Más atrás en el tiempo, al final del último episodio glacial hace 8 a 10 mil años, el Sáhara conoció un período lluvioso y la selva amazónica, emblema de la ecología actual e incluso calificada erróneamente como el pulmón del planeta, se limitaba a algunos islotes en medio de una vasta savana.

LA MÁQUINA CLIMÁTICA

El sistema climático es una máquina que convierte y distribuye la energía que la Tierra absorbe del Sol, es decir, más o menos 240 watts por metro cuadrado. Para el planeta, este aporte representa diez mil veces la produc- ción mundial de calor y de electricidad. Una parte (30%), reflejada por la atmósfera, es devuelta al espacio y el sistema climático la pierde. Otra

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parte (20%) es absorbida por la atmósfera, la que es calentada por ella. La tercera parte de esta energía (50%) llega a la superficie de la Tierra y a su biosfera y es absorbida por los continentes (18%) y por los océanos (32%). Esta última juega un papel esencial en la regulación del clima, ya que el suelo, y sobre todo los océanos, devuelven a la atmósfera una parte de la energía recibida de tres maneras:

por irradiación, ya que todo cuerpo emite una irradiación característica relacionada con su temperatura. La irradiación que la Tierra recibe del Sol es característica de un cuerpo a 6.000°C. La superficie de la Tierra , cuya temperatura media es de 15°C, irradia en el infrarrojo. Esta irradiación es absorbida por la atmósfera y constituye el efecto de invernadero natural;

por conducción, o sea por transferencia directa de calor por contacto del cuerpo mas caliente hacia el más frío;

por evaporación, que es la modalidad más importante. La evaporación confiere al océano un papel preponderante, pues por evaporación éste se enfría y la atmósfera recupera esa energía cuando el vapor de agua se condensa. La atmósfera es, así, esencialmente “calentada por debajo”. En las regiones tropicales los océanos y los continentes reciben el máximo de energía solar

y el océano es más generoso con la atmósfera. El océano tropical es la

“caldera” del sistema climático. Así alimentada, la atmósfera se pone en movimiento y transfiere la

energía recibida hacia las regiones mas frías de las latitudes altas. En razón de la rotación terrestre, este transporte de energía se efectúa en forma de movimientos en torbellino a escalas variadas: anticiclones, depresiones, ciclones y otros fenómenos. Las corrientes marinas nacen también de esta repartición térmica desigual y se organizan a partir de movimientos en torbellino, transportando hacia los polos la misma cantidad de calor que

la atmósfera. Sus desplazamientos son acelerados por los vientos, lo cual es

para la atmósfera una manera de restituir, mecánicamente, una parte de la energía térmica extraída del océano por evaporación. La corriente del Golfo, rama occidental de un vasto torbellino oceánico, es una manifesta- ción de este transporte de calor efectuado por el océano. Existe, entonces, un estrecho acoplamiento entre el océano y la atmós- fera para repartir la energía solar sobre el planeta y asegurar el funciona- miento del sistema climático. Los continentes y su vegetación juegan también su papel a través de sus intercambios energéticos con la atmósfera,

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¿Porqué varía el clima?

aunque de manera más limitada y estática, y, en efecto, insignificantes en la escala de tiempo que nos preocupa. La criosfera (cascos glaciales, bancos de hielo, glaciares), tienen también un rol importante en la dinámica del clima. Dotada de un fuerte poder reflejante, devuelve a la atmósfera la mayor parte de la energía recibida. Cuanto más importante es la superficie helada, menor es el calor que la Tierra absorbe. La criosfera constituye una inmensa reserva de agua dulce. En un período glacial, el nivel del mar es aproximadamente 120 metros más bajo que el nivel actual.

LAS VARIACIONES DEL SISTEMA CLIMÁTICO

La “máquina climática” es un sistema complejo con múltiples actores: el Sol, la órbita de la Tierra alrededor del Sol, los continentes, el océano, la atmósfera, la criosfera, la biosfera. Todos estos elementos evolucionan permanentemente a velocidades que les son propias y muy diferentes. Toda variación o perturbación en uno de ellos repercute sobre los demás, y cada uno a su vez reacciona a su propio ritmo. El sistema climático tiende a un equilibrio que no logrará jamás. Tomemos un ejemplo: la Tierra gira en torno al Sol recorriendo un elipse cuya forma y posición varían en el tiempo. Por otro lado, la energía recibida del Sol y su repartición en la Tierra fluctúa en escalas de tiempo de 10 a 100.000 años, lo cual explica la sucesión de períodos glaciales e interglaciales. Otro ejemplo a una escala de tiempo más larga aún sería la tectónica de placas 1 , que no es ajena al clima particularmente caliente del cretáceo y a su evolución ulterior. En efecto, la repartición de los continentes en el globo modifica considerablemente el transporte de calor que efectúan las corrientes marinas y los intercambios con la atmósfera. A una escala de tiempo más próxima a las preocupaciones humanas, podemos tomar el ciclo de las estaciones, con el cual estamos bien fami- liarizados. Nos inquietamos por sus variaciones y nos gustaría poder preverlas. Al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el impacto del aumento de los gases con efecto de invernadero sobre el clima del presente siglo. En realidad, entre la duración de una estación hasta los millones de

1. La tectónica de placas es la teoría científica actualmente aceptada sobre el origen de los continentes y del fondo del mar, que explica al mismo tiempo el movimiento permanente de los continentes, la creación de las nuevas cuencas oceánicas y el origen de los terremotos.

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años se entremezclan toda una serie de causas de variabilidad de diferentes medidas de tiempo, haciendo imposible todo equilibrio. De allí que la previsión climática sea un arte sumamente delicado. A la escala de tiempo que nos interesa, la “pareja” océano-atmósfera es la que aparece como el regulador principal de las variaciones climáticas, y merece por lo tanto la pena detenernos en este tema.

LA

ATMÓSFERA

Puede parecer inútil preocuparse por el clima de los próximos meses o años, cuando la experiencia repetida demuestra la capacidad limitada de la previ- sión meteorológica. Actualmente, los servicios meteorológicos sólo anun- cian previsiones a siete días; una previsión más allá de quince días parece imposible. La previsión se basa, en efecto, sobre modelos construidos a partir de las leyes físicas que gobiernan la dinámica de la atmósfera. A partir del estado de la atmósfera en un momento dado, y según las mediciones de las estaciones meteorológicas a través del mundo y de los satélites de observación de la Tierra, el modelo calcula el estado de la atmósfera y, por lo tanto, el tiempo que hará uno, tres o siete días más tarde. La previsión combina así observaciones y modelos, pero es casi seguro que el estado de la atmósfera en un momento dado es independiente de lo que era 15 días antes. Por otra parte, sea cual fuere la calidad de las observaciones y de los modelos, conocer la situación actual no nos informa nada sobre cómo será en 15 días. Toda previsión de este tipo es imposible. La imagen del meteorólogo Edward Lorenz, que se conoce como el “efecto mariposa”, es muy ilustrativa: un movimiento de alas de una mari- posa en China puede ser responsable, algunos días después, de un ciclón en las Antillas. Dicho de otra manera, una previsión más allá de 15 días necesita conocer, en un momento dado, el estado de la atmósfera en todos sus puntos con una precisión equivalente a lo que representa un aleteo de mariposa, lo cual es estrictamente imposible. En otras palabras, la atmós- fera no tiene ninguna memoria; la información de hoy habrá totalmente desaparecido dentro de 15 días.

EL

OCÉANO

El océano, que tiene un tiempo de evolución más lento y por lo tanto una mejor memoria, cumple un doble papel: entrega una fracción de su energía a la atmósfera y distribuye la otra a todo el globo directamente a través de

32

¿Porqué varía el clima?

las corrientes. En un punto dado, la cantidad de energía intercambiada con la atmósfera depende de la temperatura de la superficie del océano y, por lo tanto, de la cantidad de calor que éste ha transportado hasta ese punto. La parcela de océano a considerar en los procesos climáticos depende de la escala de tiempo elegida. Si se desean previsiones meteorológicas sólo hasta 2 semanas, los modelos necesitan solamente conocer la temperatura de la superficie del océano para determinar los intercambios de energía entre éste y la atmósfera. En ese lapso, la evolución de las temperaturas de la super- ficie del mar es demasiado pequeña como para tener un impacto signifi- cativo en estos intercambios, y sería inútil complicar los modelos haciendo intervenir la dinámica oceánica. Por el contrario, a nivel de las escalas climáticas es necesario considerar la siguiente dinámica: el océano es el componente más lento e impone su propio ritmo a la variabilidad climática. Si se desea conocer la evolución de un mes a otro, de un año a otro (El Niño, por ejemplo) los primeros cientos de metros del océano ecuatorial son preponderantes. Más allá de esta escala de tiempo, debe considerarse la totalidad de la circulación oceá- nica, de la superficie hasta el fondo; y este ciclo se demora varios siglos en completarse. En efecto, el océano guarda en memoria durante cientos de años la “huella digital” de los sucesos climáticos anteriores. Hasta cierto punto, el clima actual depende del enfriamiento de la Tierra durante la pequeña era glacial evocada anteriormente. Si bien el océano amortigua las variaciones climáticas, restituye también los efectos decenas de años después o incluso siglos más tarde.

EL

NIÑO

Los océanos tropicales son los principales proveedores de energía a la atmósfera. El más grande de ellos, el Pacífico, que en su parte ecuatorial cubre casi la mitad de la circunferencia terrestre, tiene un papel prepon- derante en la regulación del clima. Toda perturbación de su intercambio con la atmósfera tiene repercusiones sobre el clima del conjunto del planeta. El Niño es la manifestación tangible de la variabilidad interanual del clima (de la estación a algunos años), característica de la pareja atmósfera- océano en el Pacífico tropical. Y es a esta escala que los seres humanos son particularmente sensibles. El hecho de que podamos a priori ligar eventos meteorológicos tan

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diferentes como las inundaciones en el Perú y en África oriental, la sequía en Australia, en la India y en Brasil o la disminución del número de ciclones en el Caribe a un mismo fenómeno que se comienza a comprender y predecir, constituye un descubrimiento esencial que dejaría esperar que una previsión climática fuera posible. Esto explica el “éxito” del Niño en los medios de comunicación, presentado como un mago maléfico, cuando en realidad se trata solamente de un componente natural de la variabilidad del clima. Para los investigadores, es un estudio de caso ideal para probar la posibilidad de predecir el clima y de verificar la validez de los modelos, en la medida en que el efecto, es decir la verificación experimental, sigue de cerca la previsión. No obstante, antes de llegar allí, se ha recorrido un largo camino que el lector merece conocer.

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2
2

Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

EL NIÑO: ¿ÁNGEL O DEMONIO?

Desde hace algunos decenios, el fenómeno del Niño hace irrupción en los medios de comunicación, que le otorgan un lugar cada vez más desta- cado. Tal importancia parecería indicar una agravación del fenómeno, lo cual repercute necesariamente en otra de las “estrellas” climáticas de los medios de comunicación: el aumento del efecto de invernadero. Uno de los primeros efectos de este último podría ser, justamente, el reforza- miento del Niño. De ese punto de vista, los años 1997-1998 han sido particularmente interesantes, en la medida en que hubo una conjunción de los dos fenómenos. Micrófonos y cámaras se orientaron hacia Kyoto, donde se desarrollaba la conferencia internacional sobre los cambios climáticos, cuyo objetivo era reducir las emisiones de gases con efecto invernadero. En ese mismo momento, El Niño, presentado como El Niño del siglo, llegaba a su apogeo con su cortejo de catástrofes: sequía e incendios en Indonesia, inundaciones en América del Sur y en el cuerno de África.

LOS

O

EL

PESCADORES

DE

PAITA

NIÑO

DEL

PRIMER

TIPO

El Niño es el nombre afectuosamente dado en castellano al niño Jesús (el niño Dios). Extrañamente, parecería una blasfema que los cristianos

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Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

asocien el nombre del Salvador a una avalancha de catástrofes. ¿Cómo se llegó a tal asociación “contra natura”? El Niño hace su entrada en el ámbito científico en 1891 gracias a la joven Sociedad Geográfica de Lima. Muchos de sus miembros habían quedado muy impresionados por la amplitud de la época de lluvias, que ese año se extendió desde febrero a abril. Lluvias diluvianas cayeron en la región costera desértica del norte del Perú, produciendo estragos en Piura y en el puerto de Paita. El puente sobre el río Piura, construido en 1870, sucumbe a la creciente excepcional, tras haber resistido a cuatro grandes crecidas desde su creación. Estos geógrafos son los primeros en asociar las precipitaciones excepcionales con la presencia simultánea, a lo largo de la costa, de aguas anormamente calientes. Traídas por una corriente marina de norte a sur, estas aguas son fácilmente identificables por los restos que acarrean desde el golfo de Guayaquil: hojas de palmera, plátanos, troncos de árboles, cadáveres de caimanes, etc. El capitán Camilo Carrillo, un experto marino, vincula estas observaciones a una corriente costera cono- cida por los pescadores de Paita como “la corriente del Niño”, simplemente porque esa corriente aparece casi anualmente en la época de Navidad. Ella coincide con la época de las lluvias y es bienvenida en la región árida, espe- cialmente para la ganadería y el cultivo del algodón. Los pescadores, que practican una pesca artesanal, aprovechan esta corriente caliente pues les da acceso a especies tropicales muy apreciadas: dorados, albacoras y bonitos, pulpos, langostinos y otros peces. Para ellos, El Niño es una bendición, o paganamente hablando, el Papá Noel… A veces, sin embargo, su genero- sidad es tan desbordante que provoca estragos, como en 1891. Los incon- venientes no conciernen los recursos propiamente dichos (pesca, agricultura, ganadería), sino las infraestructuras. Es el desarrollo de las actividades económicas e industriales de la población y su inserción en el circuito comercial que van progresivamente a “diabolizar” el niño Dios, ya que la disminución de la biomasa de anchovetas no tuvo ningún efecto negativo mientras su explotación permaneció muy inferior a su potencial.

ALFONSO

PEZET

O

EL

NIÑO

DEL

SEGUNDO

TIPO

En nombre de la Sociedad Geográfica de Lima, Alfonso Pezet vuelve a tomar los datos de sus colegas para presentar en Londres en 1895 una ponencia: “The Countercurrent El Niño on the Coast of Northern Peru”. Es una fecha histórica. Primero, porque marca el reconocimiento científico

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de la corriente El Niño y segundo porque pone de manifiesto su variabi- lidad con la aparición de crecidas excepcionales como la de 1891. Pezet escribe: “A pesar de que aquí o allá se encuentran cada año evidencias de una corriente que viene del norte a lo largo de la costa, este año, ésta fue particularmente visible y sus efectos particularmente sensibles, sobre todo en las temperaturas de esta región del Perú, en razón de la corriente caliente que bañaba la costa”. Por último, Pezet vincula El Niño con el clima y escribe: “Que esta corriente caliente sea la causa de abundantes precipita- ciones en una región árida del Perú, aparece como un hecho”. Los estudios posteriores indican que no existe una relación directa entre las lluvias y la corriente caliente, pero sí que ambos resultan de un mismo fenómeno a escala del Pacífico ecuatorial. Sin embargo, el artículo de Pezet planteaba ya la cuestión de las relaciones entre el océano y la atmósfera en el sistema climático. La respuesta será dada 70 años más tarde por Jacob Bjerknes. Consciente del carácter excepcional del Niño en 1891, Víctor Eguiguren investiga en los archivos de las misiones españolas para encon- trar la traza de episodios lluviosos análogos. Sus investigaciones lo conducen hasta 1578, año particularmente devastador. Establecer un censo sobre diez años de lluvias extremadamente copiosas en los cien años que preceden a 1891: 1790, 1804, 1814, 1828, 1845, 1864, 1871, 1877, 1878, y 1884. Para Víctor Eguiguren, estos años lluviosos se deben al avance inhabitual de las aguas calientes de la corriente El Niño, como en 1891, ¡y tiene razón! A tal punto, que la apelación El Niño quedará reser- vada solamente para los eventos excepcionales, desposeyendo de esa manera a los pescadores de Paita de su relación particular con un dios más bien bondadoso. De esta manera, se puede decir que le debemos a los honora- bles miembros de la Sociedad Geográfica de Lima, y gracias a lo ocurrido en 1891, la aparición de un segundo tipo de El Niño, visto esta vez como un fenómeno oceánico excepcional y amenazador.

EL

NIÑO

DE

LA

ABUNDANCIA

Si bien es cierto que desde esa época los investigadores han buscado en el pasado, lo hacen para tratar de predecir los futuros El Niño. El biólogo norteamericano Robert Murphy fue testigo de la “cosecha 1925”, que considera como la más productiva desde 1891 y que describe como “El Niño de la abundancia”. Cita además otros escritos de testigos del evento de 1891, que lo describen como un paraíso totalmente opuesto a la presen-

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Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

tación apocalíptica que de él se hace actualmente: “ El mar está lleno de maravillas y la tierra más aún. El suelo está cargado de agua por las fuertes lluvias y en algunas semanas toda la región está cubierta de abundantes praderas. El crecimiento natural de los rebaños es de casi el doble y el algodón puede plantarse donde en años pasados la vegetación parecía imposible.” Es la explotación del guano y luego de ciertos recursos marinos que ensombrecerá esta reputación, haciendo del Niño una catástrofe econó- mica, a veces con razón, otras no, especialmente en lo que concierne a la pesca, donde sirve de chivo expiatorio para ocultar los efectos de la sobre- explotación del recurso.

LA

EXPLOTACIÓN

DEL

GUANO

El guano es un abono producido por los excrementos de miles de aves marinas que se concentran en las islas frente a la costa del Perú. Esta proli- feración de aves se explica por la abundancia de sus presas, las anchovetas que, por su parte, se alimentan de plancton, abundante en esas aguas fértiles. En efecto, igual que en la tierra, ciertas regiones del océano constituyen verdaderos desiertos, mientras que otras se benefician de aportes masivos de nutrientes, ofreciendo buenas condiciones para la floración planctónica. Estas regiones constituyen verdaderas “praderas” marinas, donde los peces encuentran una alimentación abundante. Las zonas oceánicas fértiles son aquéllas en las que las aguas profundas, frías y ricas en elementos minerales, suben a la superficie. Esto es lo que se produce en el Pacífico frente a las costas del Perú y California y, en el Atlántico, frente a la costa occidental de África : Mauritania y Senegal al norte, Namibia y África del Sur al sur. A lo largo de estas costas, los vientos alisios llevan las aguas de superficie hacia alta mar, creando un “vacío” de agua en el mar costero, que se llena por el ascenso de aguas profundas. Este fenómeno es conocido con el nombre de “upwelling”, que en inglés significa “afloramiento” o “surgencia” de aguas (ver el capítulo 3, figura 3.6). En el Perú, las anchovetas representan un verdadero festín para los millones de pájaros marinos que anidan y viven en las islas, donde producen el precioso guano. Su exportación ha constituido una fuente importante de divisas para el Perú. La explotación del guano se intensificó hacia finales del siglo XIX y, en 1909, el gobierno peruano creó una empresa nacional encargada del control de esta actividad. El guano llegó a ser un recurso de primera impor-

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tancia y, consecuentemente, quienes lo explotaban constituyeron un grupo de presión para quien El Niño llegó a ser un enemigo. Primero porque las lluvias abundantes lavaban los excrementos de las aves marinas, disminu- yendo así el recurso. Luego, porque la invasión de aguas calientes obligaba a las anchovetas a emigrar hacia el sur o hacia aguas más profundas para encontrar un biotopo favorable. Las aves marinas se veían de esta manera condenadas, en el mejor de los casos, a un régimen alimenticio más bien severo y, en el peor, a una hambruna mortal. Son las grandes víctimas del Niño… El episodio de 1957-1958 provocó una disminución de la mitad de la población de aves y 15 millones desaparecieron. Por otra parte, esta situación inspiró a algunos recién llegados a escena: los pescadores indus- triales.

LA

PESCA

INDUSTRIAL

Y

LA

HARINA

DE

PESCADO

Después de la segunda guerra mundial, dos factores pusieron término a la presión del grupo del guano, que bloqueaba el desarrollo de la pesca indus- trial suceptible, por su lado, de reducir la alimentación de las aves marinas productoras de guano. El primer factor fue la competencia con el salitre de Chile: la producción de guano disminuye y con ella el ingreso de divisas; naturalmente, la fuerza del grupo de presión decrece. Por otra parte, aparece el consumo de la harina de pescado. En efecto, la cría de pollos y la ganadería norteamericanas llegaron a transformarse –forzadas por la ambición y la rentabilidad– en aficionados obligados de la harina de pescado. La producción de sardinas de California se había desplomado durante la guerra, cuando las cuotas de pesca dejaron de ser respetadas. En su novela Sweet Thursday, John Steinbeck escribe con humor: “Las conser- veras participan en la guerra al no respetar la reglamentación y capturando todos los peces. Lo hacían por patriotismo, pero eso no resucitó los peces. Como las ostras de Alicia en el país de las maravillas : ‘nos habíamos comido todo’.” Las miradas se dirigen entonces hacia el Perú . El gobierno peruano levanta las medidas de protección impuestas por el grupo de presión del guano y la pesca industrial toma auge: las capturas pasan de menos de 100.000 toneladas a principios de los años 50 a más de 10 millones en 1970-1971. Para evitar una competencia “desleal”, algunos proponen incluso, en los años 60, exterminar las aves marinas a fin de mantener su población al nivel más bajo posible –compatible con la conservación de la biodiversidad– y aumentar así la producción de harina de pescado. En

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Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

1970, ésta representaba más de un tercio de la producción mundial. Fue entonces cuando surgió El Niño y, en 1973, la captura descendió a un millón y medio de toneladas, para regocijo esta vez de los productores de soja, que tomaron el relevo de la harina de pescado en el mercado. No se buscaba saber a quién beneficiaba el crimen, sino solamente designar el culpable: El Niño, chivo expiatorio que ocultaba la responsabilidad de la pesca industrial que, de 1962 a 1971, capturó en promedio 9 millones de toneladas por año en una biomasa evaluada en 20 millones de toneladas. El impacto del Niño es doble. La masa de agua caliente que trae cubre

las aguas frías y fértiles, hábitat natural de la anchoveta, que se ve obligada

a emigrar, escapando así a las redes pesqueras. La captura disminuyó de

manera importante (en 1982-1983 fue inferior a 100 mil toneladas), lo que permite proteger el stock. No obstante y en contrapartida, las condiciones

necesarias para la reproducción del stock son menos favorables: las larvas

y los juveniles encuentran dificultad para sobrevivir a causa de la dismi-

nución de la producción primaria resultante de la invasión de aguas

calientes poco fértiles. Sin embargo, después del Niño histórico de 1982-

1983 y del más moderado de 1986-1987, el stock logró reconstituirse y la

captura volvió a aumentar, superando los 6 millones de toneladas entre

1992 y 1996 y alcanzando los 10 millones en 1994 (e ignorando sobera-

namente el evento del Niño, versión 1992-1994). Esto indica que la pesca no está únicamente regulada por El Niño, sino también por otro tipo de variable climática que actúa a escala del decenio, y, evidentemente, por la actividad pesquera. Las consecuencias del suceso 1997-1998 son particu- larmente interesantes (ver el capítulo 7).

LA OSCILACIÓN AUSTRAL Y EL MONZÓN ÍNDICO

Paralelamente al descubrimiento del Niño, percibido como un fenómeno marino local, existe otro fenómeno atmosférico: la “oscilación austral”. Los avances del conocimiento deben mucho a la curiosidad de algunos súbditos de Su Majestad Británica, que desarrollaron en todo el mundo una serie de observatorios, especialmente meteorológicos, particularmente inte- resantes. La historia comienza en 1877, año en que la fragilidad del monzón provoca una terrible sequía en la India, causando una hambruna que provoca la muerte de varias decenas de miles de personas. Ese mismo

año, un período de “seca” se abate sobre el noreste brasileño, resultado en

la muerte de 500.000 personas, de las cuales 100.000 en Fortaleza. Al año

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siguiente, la sequía que afecta la Nueva Caledonia se considera como una de las causas de la gran revuelta canaca. En ese entonces, la meteorología era todavía una ciencia balbuceante. Henry Blanford, “el primer periodista meteorológico del mundo”, nombrado en la India, llama la atención entonces sobre el hecho de que este suceso corresponde a una elevación anormal de la presión atmosférica. Aunque el suspenso de la historia se rompa, hemos de notar que 1877 es uno de los años particularmente lluviosos en el Perú, repertoriado como año del Niño por Eguiguren. Utilizando las observaciones de la zona indo- pacífica (isla Mauricio, Australia , Nueva Zelandia), Blanford demuestra que la anomalía de la presión constatada en la India se extiende a toda la región y que la sequía castiga también a Australia. El propio Blanford y sus sucesores tratan de relacionar este descubrimiento con otros eventos precur- sores del monzón. Intentan, sin mucho éxito, establecer una relación con la manchas solares y con las precipitaciones de nieve en el Himalaya en los meses precedentes al monzón. Gilbert Walker, director de los observatorios de la India de 1904 a 1924, logra dar el paso decisivo, gracias a sus conocimientos en matemá- ticas. Aunque sin disponer del menor computador, Walker se beneficia de una mano de obra pletórica que transforma en “calculadores” humanos y busca sistemáticamente las correlaciones entre el monzón y las observa- ciones meteorológicas en todo el mundo. Establece así en 1909 la primera fórmula de predicción del monzón:

precipitaciones del monzón índico = – 0.20 (precipitaciones en el Himalaya) – 0.29 (presión en la isla Mauricio) + 0.28 (presión media en América del Sur) – 0.12 (precipitaciones en Zanzíbar). Walker procede de la misma manera para prever las crecidas del Nilo, así como las precipitaciones en Australia. Sintetizando estas relaciones esta- dísticas, pone en evidencia tres oscilaciones coherentes de parámetros de la atmósfera entre las grandes regiones de la superficie de la Tierra. Define la oscilación austral como un movimiento de báscula entre presiones y preci- pitaciones de la zona indo-pacífico (desde Egipto hasta Australia) y la presión en la región del Pacífico. A un aumento de la presión y a una dismi- nución de las precipitaciones en el océano Índico corresponde una dismi- nución de la presión en el Pacífico y recíprocamente. Para América del Sur, Walker dispone de datos de Chile, Argentina, Brasil y Paraguay. Si hubiera tenido información sobre el Perú, habría probablemente relacionado la

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Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

oscilación austral con El Niño. Define también el mismo tipo de oscila- ciones en el Atlántico norte, entre las Azores e Islandia (North Atlantic osci- llation), y en el Pacífico norte, entre Hawaii y Alaska (North Pacific oscillation). Sobre la base de relaciones estadísticas establece además un Índice de Oscilación Austral (South Oscillation Index), definiendo el juego de báscula de la atmósfera entre el Índico y el Pacífico, lo cual ofrece una herramienta de previsión del monzón. Actualmente se utiliza un índice simplificado: la diferencia de presión atmosférica entre Tahití y Darwin (ver Índice de Oscilación Austral, capítulo 4, figura 4.1). Walker, que echa de esta manera las bases de una previsión meteorológica a largo plazo, no logra sin embargo convencer a sus conciudadanos. La capacidad predictiva de sus relaciones era modesta y las propias relaciones algo heteróclitas. Además, eran puramente estadísticas, sin que ningún mecanismo físico o hipótesis le dieran un sentido. La pérdida de interés por la oscilación austral dura hasta 1957-1958, Año Geofísico Internacional (IGY). No obstante, la polémica hubiera podido surgir nuevamente en 1933, si los trabajos de John Leighly hubieran tenido mejor eco. Leighly asocia las diferencias de presión entre las dos riberas del Pacífico ecuatorial con las condiciones oceánicas y mete- orológicas del Pacífico tropical, y observa que, mientras más fuerte es el gradiente de presión atmosférica entre el este y el oeste en el Pacífico central, los alisios soplan con más fuerza, las temperaturas del mar son más bajas, las precipitaciones son menos abundantes y viceversa. En realidad, Leighly está describiendo ENSO. Walker se interesa por el monzón del océano Índico, Leighly por el clima de las islas Marquesas, y ambos hablan del mismo mecanismo, la oscilación austral. Pero en aquella fecha nadie había hecho todavía la conexión.

EL AÑO GEOFÍSICO INTERNACIONAL EN 1957-1958

La intuición de Leighly resulta aún más sorprendente si se considera que dispone de pocos datos sobre la temperatura de la superficie océanica. Porque el problema está ahí; el océano que los navegantes conocen tan bien, es para los investigadores una verdadera terra incognita, si cabe utilizar esta expresión. La exploración de la atmósfera se ha ido haciendo natural- mente: vivimos inmersos en ella y medimos directamente sus caprichos cuando sufrimos sus efectos en las actividades agrícolas, económicas o de esparcimiento.

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La meteorología llegó a ser considerada como una ciencia en el siglo XVII, con el desarrollo de los instrumentos para medir la temperatura, la presión, la humedad, la velocidad y la dirección del viento y con la crea- ción de los observatorios meteorológicos. A Ferdinando II de Médicis se le debe la primera red meteorológica. A partir de 1653, financia la construc- ción de termómetros, barómetros e higrómetros para beneficio de sabios reputados de 11 ciudades de Europa. Esta red funciona hasta que el Vaticano, desconfiado y celoso de las iniciativas del Gran Duque, lo obliga a disolver en 1667 La Academia del Cimento, fundada diez años antes para estudiar los fenómenos naturales. Su red de observaciones meteorológicas no pudo sobrevivir este golpe. Durante largo tiempo, la meteorología se mantuvo como una rama menor de la física. El Observatorio Real de París, creado en 1670, se preo- cupó más por la nobleza del movimiento de los astros que por las peripe- cias caprichosas de este mundo sublunar. Sin razón aparente, las observaciones meteorológicas se interrumpieron entre 1754 y 1785. Utilizando la terminología actual, se podría decir que para los físicos, la meteorología era una “ciencia blanda”, comparada con la astronomía que, gracias a Isaac Newton y a Simon Laplace, era tratada matemáticamente, permitiendo calcular con precisión la trayectoria de los planetas. La física traía orden en el universo, mientras que la meteorología ofrecía, a priori, una imagen de desorden, a tal punto que Auguste Comte la excluyó de su clasificación de las ciencias, por indisciplinada, podría decirse… Cien años más tarde, sin embargo, la ciencia de los sistemas dinámicos no lineares o “sistemas caóticos” popularizados por Lorenz y su célebre efecto mariposa nace de la meteorología. No es extraño entonces que sea un naturalista, Jean-Baptiste de Monet, Señor de Lamarck, y no un físico quien publique un Annuaire météorologique a partir de 1799 y que proponga en 1807, sin éxito, la creación de una Oficina Central Meteorológica. El detonador aparece en 1850 con la creación de sociedades eruditas de meteorología, con la utilización del telégrafo eléctrico de Morse para la transmisión de observaciones y “gracias” a la destrucción de la flota aliada que asediaba Sebastopol durante la guerra de Crimea, provocada por una tempestad el 14 de noviembre de 1854. Según Urbain Le Verrier, director del Observatorio de París, esta derrota podría haber sido evitada si se hubiese dispuesto de una red internacional de observaciones meteoroló-

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Historia de un encuentro entre el océano y la atmósfera

gicas. A partir de 1858, el Observatorio de París publica cotidianamente un Bulletin météorologique international, y cada país crea sus propios servicios meteorológicos. La cooperación internacional se organiza (congresos inter- nacionales en Leipzig en 1872, en Viena en 1873 y en Roma en 1879) para llegar, en 1879, a la creación del Comité Internacional de Meteorología, antecesor de la actual Organización Meteorológica Mundial (OMM). Así, en 1877, cuando comienza la historia de la oscilación austral, ya existe una ciencia meteorológica y un conjunto de redes de observación. En lo que respecta el océano, nada equivalente existía en ese entonces. El océano no constituye un objeto de investigación. La circular enviada el 17 de agosto de 1852 por los fundadores de la Sociedad Meteorológica de Francia a los eruditos de la época resulta significativa. “De las tres grandes ramas del campo de la física terrestre, sólo la geografía y la geología han logrado hasta el presente crear en Francia un centro donde converjan todas las informaciones resultantes del estudio de estas ciencias, para luego irra- diarlas al exterior gracias a una gran publicidad. Situada entre ellas, y sirviéndoles de enlace natural, la meteorología carece aún de ese poderoso medio de acción y de progreso.” El océano, por su parte, que cubre 70 % del planeta, no tiene derecho a pertenecer a la física terrestre… En el siglo XIX, el océano es exclusivamente una base desde donde se ejerce el poder para la conquista y el comercio. Las primeras campañas oceanográficas, como la de la embarcación británica Challenger, que recorre los océanos de 1873 a 1876, responden más a una vocación marítima y colonial que a una preocupación científica, incluso si al final la cosecha científica fuera fructuosa. Alemania y Holanda organizan también campañas similares, contribuyendo así a la explora- ción de sus respectivas colonias. Hasta la segunda guerra mundial, la inves- tigación oceanográfica es de tipo nacional: la competencia es más importante que la cooperación internacional. Solamente en 1960 se crea en el seno de la UNESCO la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI): 80 años después del primer Comité Internacional de Meteorología… Ochenta años que dan una idea de la distancia existente hasta esa fecha entre el conocimiento de la atmósfera y el desconocimiento del océano. Durante el Año Geofísico Internacional de 1957-1958 se reconoce la oceanografía física como una rama de la física terrestre. Esta exploración del planeta se organiza en un momento de actividad solar máxima, actividad que es la fuente de diversos fenómenos magnéticos

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contrastados. Sesenta y siete países, cubriendo todas las disciplinas de las ciencias de la tierra, se reunieron entonces y, por la primera vez, los océanos son objeto de observaciones sistemáticas, simultáneas y coordinadas. La zona ecuatorial del Pacífico, las islas Galápagos hasta Nueva Guinea reciben una atención especial. El Niño, magnánime, se manifiesta con una viru- lencia inusitada y desconocida desde 1941. La comunidad científica descubre así que la invasión de aguas calientes cubre el conjunto de la región ecuatorial hasta el meridiano 180°. El Niño ha cambiado de escala… Los investigadores descubren también que los alisios son reducidos y que las precipitaciones son abundantes en el Pacífico ecuatorial central, confirmando así el resultado olvidado de Leighly. Ya no se puede eludir más la cuestión: ¿existe una relación de causa a efecto entre el océano, con sus anomalías cálidas (El Niño) y la atmósfera, con sus perturbaciones a escala del Pacífico (la oscilación austral)? Recapitulemos. La oscilación austral pone en evidencia un juego de báscula de la atmósfera en la región indo-pacífico, que se puede resumir de la siguiente manera: mientras más elevada es la presión en el Pacífico, más disminuye en el océano Índico y recíprocamente. El monzón índico es afec- tado por esta oscilación puesto que a presiones elevadas en el océano Índico corresponde un decaimiento del monzón, que puede tener consecuencias extremadamente importantes. Las mediciones efectuadas durante el Año Geofísico Internacional 1957-1958 muestran que este programa, identifi- cado como IGY, se desarrolló en el curso de una fase de baja presión en el Pacífico, por lo tanto de alta presión en el Índico. Este valor bajo del índice de oscilación austral corresponde a un episodio del Niño que no se confi- naba únicamente a las costas de América del Sur. Partiendo de los resul- tados confirmados por El Niño de 1965-1966, Bjerknes propone un esquema simple de interacción entre el océano y la atmósfera asociando los dos fenómenos, El Niño y de la oscilación austral. Para comprender bien esta interacción es necesario conocer las grandes líneas de la circulación atmosférica y oceánica en la región tropical.

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3
3

La pareja océano-atmósfera

LA ROTACIÓN DE LA TIERRA Y LA FUERZA DE CORIOLIS

El océano y la atmósfera, los dos principales actores de la aventura climá- tica, son dos fluidos cuya dinámica está regida por las mismas fuerzas: la fuerza de gravedad y la presión. Si la Tierra no girara sobre ella misma, los vientos soplarían directamente desde las altas presiones polares hacia las bajas presiones ecuatoriales (y lo mismo ocurriría con las corrientes marinas), mientras que el aire caliente se elevaría por encima del Ecuador, volviendo hacia los polos por la parte alta de la troposfera, evacuando de esa manera una parte del exceso de calor. Nuestros sentidos no nos ofrecen ningún indicio de esta rotación que nos lleva, sin embargo, a 1.700 kilómetros por hora. Resulta más natural imaginar que son los astros los que se desplazan alrededor de una Tierra inmóvil. El astrónomo polaco Nicolas Copérnico publicó en 1542 su concepción de un sistema en el que la Tierra no es el centro del mundo, sino un simple satélite que gira en torno al Sol como un trompo. Trescientos años serán necesarios para que la rotación de la Tierra sobre su eje quede demostrada experimentalmente. En 1851, el físico francés León Foucault suspende de la cúpula del Panteón, en París, un péndulo de 28 kilos de un hilo de 67 metros de largo. Una daga marca su trayectoria en la arena. El observador constata que el plano de oscilación del péndulo efectúa una vuelta completa en el sentido de las agujas del reloj en 32 horas.

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La pareja océano-atmósfera

Esta experiencia, realizada con un péndulo de menor importancia, se puede observar actualmente en el Conservatorio Nacional de Artes y Oficios de París. Quedó así demostrada la rotación de la Tierra, y su efecto en el movi- miento de los cuerpos: aquí, el plano de oscilación del péndulo pareciera rotar en relación a la Tierra, mientras que en realidad es la Tierra la que gira en torno al plano del péndulo. En mecánica, un movimiento se asocia generalmente con la fuerza que lo genera. Así, una manzana que cae de un árbol se asocia con la fuerza de gravedad, y lo mismo para los satélites que giran en torno a la Tierra. Por analogía, se “inventó” una fuerza para traducir la influencia que la rotación terrestre ejerce sobre los movimientos de los cuerpos: la fuerza de Coriolis, llamada así por el matemático francés Gaspard Coriolis que, en 1836, le da su explicación matemática. Esta fuerza, que se aplica a todo cuerpo en movimiento sobre un sólido en rota- ción, desvía el cuerpo en movimiento hacia la derecha en el hemisferio norte y hacia la izquierda en el hemisferio sur. Máxima en los polos y nula en el ecuador, esta fuerza es casi insignificante en la superficie de la Tierra, comparada con otras fuerzas. Si bien en la autopista estamos sometidos a ella, sin darnos cuenta, no es responsable en caso de accidente, como tampoco si se falla al tiro al blanco disparando con una carabina… Sin embargo, la fuerza de Coriolis es importante en trayectorias largas y en movimientos lentos y continuos como son las corrientes atmosféricas y marinas. Tres ejemplos nos permitirán ilustrar mejor el efecto Coriolis. A principios de les siglo XX, el noruego Fridtjof Nansen observó, durante su periplo por el océano Ártico, que los bancos de hielo no derivan siguiendo la línea de la dirección del viento, sino hacia la derecha del mismo. Por su parte, el sueco Walfrid Ekman propuso las bases teóricas de esta observación mostrando que una corriente de superficie se desplaza a la derecha de la dirección del viento en el hemisferio norte y a la izquierda en el hemisferio sur. Imaginemos ahora un objeto lanzado desde lo alto de la torre Eiffel. Éste no toca el suelo a la vertical del punto de partida, sino que aterriza una decena de centímetros más al este. ¿Por qué? Simplemente porque el extremo superior de la torre describe en 24 horas un círculo más grande que el descrito por su base; el extremo superior se desplaza, por lo tanto, más rápidamente. El objeto así lanzado “sin velocidad inicial” aparente tiene, en realidad, una velocidad en relación al suelo dirigida hacia el este.

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Durante los 8 segundos de su caída, el objeto continúa desplazándose hacia el este en relación al suelo. El lanzamiento de un cohete desde el ecuador en dirección al polo norte nos ofrece un último ejemplo. Cuando el proyectil deja su base, a su velocidad de tiro hacia el norte se superpone un desplazamiento hacia el

este. A pesar de que la velocidad hacia el este de la superficie de la Tierra sea máxima en el ecuador, el cohete parece ir en línea recta puesto que allí

va a la misma velocidad. Desplazándose hacia el norte conserva esa velo-

cidad de origen mientras que, a sus pies, la Tierra gira a una velocidad

decreciente. En relación a la Tierra, el cohete se desplaza no solamente hacia

el norte, sino también hacia el este a una velocidad cada vez mayor.

Las grandes líneas de circulación atmosférica y oceánica resultan del equilibrio entre las fuerzas de presión y la fuerza de Coriolis. Este equili- brio, llamado “geostrófico”, implica que estas dos fuerzas tienen en un momento dado intensidad igual y dirección opuestas. La fuerza de presión

siempre está orientada desde las altas hacia las bajas presiones, mientras que

la fuerza de Coriolis es perpendicular a la velocidad. En un punto de equi-

librio, la velocidad es necesariamente perpendicular al gradiente de presión (tangente a las isobaras) y no en el sentido de las variaciones de presión, como sería si la Tierra no girara (ver figura 3.1). De esta manera, en el hemisferio norte, el viento gira en el sentido de las agujas del reloj alrededor de los anticiclones –centros de alta presión atmosférica– y en el sentido inverso alrededor de las depresiones. En el hemisferio sur se produce lo contrario. Y lo mismo ocurre con las corrientes oceánicas.

EL ECUADOR METEOROLÓGICO Y LA CIRCULACIÓN MERIDIANA: LAS CÉLULAS DE HADLEY

A ambos lados del ecuador existen anticiclones o zonas de alta presión

atmosférica permanentes. Su posición e intensidad varían con las esta- ciones: se refuerzan y suben en latitud durante el verano del hemisferio donde se encuentran. En el Atlántico, se trata del anticlón de las Azores, que origina el buen tiempo de verano en Europa occidental, y en el hemis- ferio sur del anticlón de Santa Helena. Otras estructuras equivalentes existen en el Pacífico produciendo las altas presiones de California, al norte, y las de la isla de Pascua, al sur. Los vientos giran alrededor de estos anticiclones. La vertiente ecuato- rial constituye los alisios del sector, cuya constancia fuera muy apreciada

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D 960 hPa Fuerza de presión Fricción 9 85 Pa del viento Fuerza de Coriolis
D
960 hPa
Fuerza
de presión
Fricción
9
85
Pa
del viento
Fuerza de Coriolis

Figura 3.1 Campo de presión, fuerza de Coriolis y vientos en el hemisferio norte Sin la rotación terrestre, los vientos soplarían desde las altas hacia las bajas presiones (D). Pero, la fuerza de Coriolis debida a la rotación de la Tierra desvía los vientos hacia la derecha en el hemisferio norte y hacia la izquierda en el hemisferio sur. A causa del equilibrio geostrófico, la fuerza de presión iguala la fuerza de Coriolis y el viento es tangente a los isobaras. En el hemisferio norte, los vientos giran en el sentido de la agujas del reloj alrededor de las altas presiones y en sentido inverso alrededor de las bajas presiones. En el hemisferio sur sucede lo contrario.

por los navegantes durante en sus viajes por el mundo. Los ingleses, prag- máticos y buenos marinos, bautizaron estos vientos como “trade winds” o vientos del comercio. Los alisios del norte y del sur convergen en una línea denominada zona de convergencia intertropical (ZCIT) o “ecuador meteorológico” (ver figura 3.2). Se trata del famoso “pot au noir”, angustia no sólo de los navegantes, pues podían quedarse detenidos e inmóviles en aquella zona durante varias semanas, sino también de los pioneros de la aviación transoceánica que encontraban fuertes turbulencias, particular- mente peligrosas para sus frágiles aparatos. A lo largo de esta ZCIT, el encuentro de los alisios, cargados de humedad océanica, produce movi- mientos ascendentes de masas de aire que generan turbulencias y precipi- taciones intensas cuando el vapor de agua se condensa, a medida que el aire ascendente pierde presión a mayor altitud. Los alisios transforman su

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60°N 150°E 150°O Trópico de Cáncer ZCIT verano boreal ecuador ZCIT invierno boreal Trópico de
60°N
150°E
150°O
Trópico de Cáncer
ZCIT verano boreal
ecuador
ZCIT invierno boreal
Trópico de Capricornio
90°O
30°O
30°E
90°E
60°S

Figura 3.2 Posición de la zona de convergencia intertropical (ZCIT) o “ecuador meteorológico” durante las dos estaciones Los alisios del noreste en el hemisferio norte, y del sureste en el hemisferio sur, desviados por la fuerza de Coriolis, soplan hacia el oeste. Ambos confluyen hacia una zona de calmas ecuatoriales, “ecuador meteorológico”, llamado “pot au noiren la época de la navegación a vela, debido al tiempo cubierto y a la ausencia de viento experimentada por los marinos.

energía cinética horizontal en energía cinética vertical, de modo que en la superficie oceánica –y en detrimento de los navegantes– los vientos en estas regiones donde el aire asciende son reducidos. En altitud, este flujo ascendente diverge hacia el norte y hacia el sur. Una vez enfriado y seco, el aire vuelve a descender (subsidencia) a las regiones subtropicales, a la altura de los 30° de latitud, provocando situa- ciones anticiclónicas (zonas de altas presiones atmosféricas). Este anillo de circulación meridiana que se establece entre el ecuador meteorológico (zona de baja presión) y el corazón de los anticiclones, tanto al norte como al sur, recibe en el nombre de “célula de Hadley” (ver figura 3.3). Aunque perturbado por los monzones, este esquema de circulación se produce también sobre los continentes en todo el globo. Las zonas de subsidencia corresponden a climas secos, que originan los grandes cinturones desérticos de ambos hemisferios, tales como el Sáhara y el Mojave, al norte, y el Kalahari y el Atacama, al sur.

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La pareja océano-atmósfera

Célula de Hadley Célula de Walker ZCIT
Célula de Hadley
Célula de Walker
ZCIT

Figura 3.3 Circulación atmosférica intertropical de Hadley y de Walker En la región subtropical, la circulación atmosférica a gran escala puede ser descompuesta en una circulación meridiana (norte-sur o sur-norte), con dos “células de Hadley” (una al norte y la otra al sur del ecuador) y una circulación longitudinal (este-oeste o oeste-este) con, por encima de los océanos, las células de Walker. Esta es una manera simple de presentar la misma circulación tridimensional de Hadley-Walker, que se caracteriza por zonas de ascenso, por lo tanto de lluvias, cerca del ecuador y al oeste de los océanos (Indonesia, Amazona) y zonas de descenso de aire seco en la región tropical al este de los océanos y sobre los continentes vecinos. Estas zonas están marcadas por la cintura de los grandes desiertos: en el hemisferio norte, los desiertos de México-Texas-Arizona, del Sáhara, Mojave y de Gobi (de origen más complejo debido a su proximidad al Himalaya) y, en el hemisferio sur, los desiertos del altiplano andino, el de Kalahari y el desierto australiano.

Los navegantes supieron siempre sacar buen partido de esta configu- ración de vientos. A la cabeza de una flotilla portuguesa, Vasco de Gama busca la ruta de las Indias entre 1497 y 1499 y demuestra contar ya entonces con un excelente conocimiento del régimen de los vientos del Atlántico. En lugar de seguir una ruta directa y permanecer inmóvil por falta de viento frente a las costas de África en el “pot au noir”, navega en dirección a Brasil a partir de las islas del Cabo Verde empujado por los alisios de noreste. Luego, desciende hacia el sur por las costas de América del Sur, desviando su ruta hacia el Cabo de Nueva Esperanza después de cruzar la latitud 30°S para beneficiarse de los vientos del oeste. Los espa-

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ñoles harán lo mismo en el Pacífico algunas décadas más tarde. Partiendo de México en 1527, Alvaro de Saavedra se deja empujar por los alisios del noreste hasta las Filipinas, abriendo así la ruta de Acapulco a Manila para los galeones españoles. Si bien el viaje de ida se efectuaba entre los 5° y 10°N, la ruta de regreso, reconocida por Andrés de Urdaneta en 1565, se situaba 30 grados más al norte para captar los vientos dominantes del oeste en la frontera norte del anticiclón. La navegación en bajas latitudes estaba condicionada por dos imperativos: evitar el “pot au noir” y aprove- char los vientos portantes, ya sea los del oeste entre 30° y 40°N, o los alisios en la zona tropical. En nuestros días, la elección de la mejor ruta meteo- rológica para que los veleros remonten mejor el viento en las grandes regatas transoceánicas es siempre el tema clave, lo que se demuestra por el apoyo logístico que ofrecen los meteorólogos “ruteros”. La posición del ecuador meteorológico no coincide con el ecuador geográfico, sino que varía con las estaciones, siempre “atraída” hacia el hemisferio de verano. Aún así, casi siempre se sitúa al norte del ecuador, incluso durante el verano austral, en razón de la asimetría en la repartición de los océanos y de los continentes entre en los dos hemisferios.

UN TOQUE DE COMPLEJIDAD: LA CIRCULACIÓN DE WALKER

La circulación atmosférica es en realidad más compleja. Los alisios que soplan del sector este al oeste arrastran las aguas cálidas de la superficie en la misma dirección. Este desplazamiento en superficie es compensado al este por el ascenso de aguas más frías, o afloramiento. Aparecen así dife- rencias de temperatura entre las dos riberas de los océanos tropicales y, evidentemente, entre los continentes y los océanos. Esto es particular- mente así en el Pacífico occidental, donde se constituye una vasta reserva de agua del mar con una temperatura que sobrepasa los 28-29°C. Esta es la región del mundo donde el océano transfiere la máxima cantidad de energía a la atmósfera; la convección es allí muy intensa. El aire se eleva, recalentado y cargado de humedad por el contacto con el océano. En el curso de esta ascención, el vapor de agua se condensa, dando lugar a la formación de sólidas nubes cumulo-nimbus, que llevan la lluvia que caerá generosamente en Indonesia. Esta convección es la rama ascendente (baja presión atmosférica) de una célula de circulación de la atmósfera a lo largo del ecuador (ver figura 3.3). La rama descendente de esta célula, ligada a la rama ascendente por un viento de altitud que corre de oeste a este, se

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La pareja océano-atmósfera

Virtudes pedagógicas de los ciclones

El ciclón es un fenómeno meteorológico

espectacular, tanto en sí mismo como por

sus consecuencias cuando golpea las costas. Se habla de ellos sobre todo cuando la pareja El Niño-La Niña hace su aparición, pero toda ocasión es propicia para comprenderlos

e introducir ciertas nociones sobre los intercambios océano/atmósfera y sobre

el transporte de calor, esenciales para la cabal comprensión de ENSO. Un ciclón es una perturbación meteorológica en las zonas tropicales, conocida desde antaño y bautizada con diferentes apelaciones según la región donde se sufren sus estragos. En el Pacífico oriental, en México, California y en el Atlántico occidental se le conoce como huracán (hurricane en inglés), según el dios maya del viento, Hurraken. En el océano Índico se habla de ciclón, del griego kuklos “que se enrolla como una serpiente”, término generalmente utilizado también en francés. Cerca de las costas septentrionales de Australia es llamado willy willy y, por último, en el Pacífico noroccidental se utiliza el término tifón, de etimología discutida entre posiblemente el portugués tufao, el árabe tufán, que significa “torbellino”, o el chino tai-fung, “gran viento”. Verdadera válvula de seguridad, tal una bomba de energía, el ciclón permite al océano evacuar hacia la atmósfera y hacia las regiones templadas el exceso de calor acumulado en los trópicos. Las estadísticas de la trayectoria de los ciclones en el Atlántico norte muestran que se originan aproximadamente a los 10°N de latitud para desvanecerse entre los 30° y 40°N, algunos terminando su recorrido en forma de tempestad en las costas occidentales de Europa. Un ciclón no puede nacer si la tempera- tura de los 50 metros superiores del océano no supera los 27°C. Tal temperatura permite una evaporación intensa y la transferencia de humedad del océano hacia la atmósfera. Varias centenas de ciclones se forman por año en el océano tropical y la actividad ciclónica es máxima cuando la temperatura del agua de la superficie alcanza los 28 a 29°C. Aunque necesarias, estas condiciones no son suficientes para la formación de tempestades tropicales y de ciclones. La existencia de vientos fuertes en altitud, por ejemplo, impide

la formación de ciclones. Esto explica la

ausencia de actividad ciclónica en el Atlántico cuando el Pacífico está en período El Niño. Por otra parte, los ciclones no pueden nacer sino

a una cierta distancia del ecuador, en latitudes donde la fuerza de Coriolis es lo suficiente- mente fuerte como para causar torbellinos en espiral de las masas de aire. Aproximadamente 10% de las torbellinos atmosféricos así creados se transforman en ciclones. Esta transformación de energía térmica en energía cinética representa un caso extremo de intercambio entre entre el océano y la atmósfera y pone en evidencia un hecho fundamental: la absorción de la energía solar.

O sea, en la atmósfera donde vivimos, la

troposfera, de unos 15 kilómetros de espesor y

transparente a las irradiaciones solares, son las masas de tierra y el océano los que absorben

la mayor parte de los 240 watts por metro

cuadrado de energía solar recibida. Ellos cons-

tituyen el “radiador” de la atmósfera que, de esta manera, se calienta por debajo. Un ciclón

ilustra, y clarísimamente, el carácter dinámico de la atmósfera. El aire confluye de todas partes hacia el centro de baja presión; este flujo contínuo hacia el ojo del ciclón puede solamente escaparse hacia arriba, formando inmensas nubes del tipo cumulo-nimbus. Esa liberación de calor latente del ciclón aumenta la inestabilidad y los movimientos ascendentes violentos. El ciclón renueva

su alimentación de energía en la medida en

que sigue en contacto con masas de agua caliente, puesto que el calor y la humedad son vitales para su supervivencia. Cuando la masa de agua caliente del Pacífico se desplaza hacia el este, los ciclones siguen el mismo camino y no se producen en el oeste del océano. Su frecuencia es máxima en el Pacífico

central, en la región de la Polinesia, Hawaii, las Islas Cook, y algunos nacen al este, tocando

la América Central, generalmente afectada

más bien por los ciclones de origen atlántico.

El huracán Paulina, que afectó duramente

en México a Acapulco y a Oaxaca en el otoño de 1997, fue el más violento en los últimos 35 años, y nació en el Pacífico. Cuando el ciclón llega a las costas frías o a zonas oceá- nicas insuficientemente calientes, la energía producida por el calor latente llega a ser infe- rior a la energía cinética disipada y el ciclón se desvanece; la temperatura de superficie del océano constituye en efecto un parámetro crítico de la alimentación de calor del ciclón.

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sitúa en el este, a nivel de las aguas oceánicas más frías y se corresponde con presiones atmosféricas elevadas y a un aporte de aire seco. Las precipita- ciones son en efecto muy poco frecuentes en las costas del Perú y en el norte de Chile. Los alisios, que soplan de este a oeste en la superficie del océano, cierran esta célula de circulación que Bjerknes llamó de Walker, en honor al descubridor de la oscilación austral. Existe, en efecto, una relación directa entre esta circulación y la oscilación austral. La intensidad de los alisios es proporcional a la diferencia de presión atmosférica entre el este y el oeste del Pacífico. Tanto es así, que el índice que especifica esta diferencia constituye también la medida de intensidad de la circulación de Walker. A un índice elevado corresponden alisios intensos y recíprocamente. Una célula análoga, aunque de menor dimensión, se observa sobre el Atlántico. La situación es más compleja en el océano Índico, el cual se puede calificar de medio-océano en la medida en que, por la presencia de la imponente masa continental asiática, su extensión hacia el norte se limita a 25°N. De esta manera se establece, a lo largo de la cintura ecua- torial, una serie de células donde alternan zonas de convección (bajas presiones atmosféricas, transferencias de calor importantes hacia la atmós- fera, precipitaciones abundantes), como en el Pacífico occidental, en África ecuatorial y en el Amazonas, y zonas de subsidencia o de altas presiones mucho más secas. En realidad, estas dos células no son independientes. El aire es afec- tado simultáneamente por las circulaciones de Hadley y de Walker, las que representan la descomposición meridional y zonal de los movimientos de aire, tal como ocurre en física con el paralelogramo de las fuerzas. De esta manera, durante un episodio El Niño, que corresponde a un debilita- miento de la circulación de Walker, la repartición de las aguas cálidas hacia el Pacífico central y oriental aumenta los intercambios térmicos con la atmósfera e intensifica la célula de Hadley y, por lo tanto, la transferencia de calor hacia latitudes altas. Así se inicia la cadena que explica porqué las consecuencias del Niño no se limitan a las regiones tropicales, incluso si es allí donde son más fácilmente identificables.

LA TERMOCLINA OCEÁNICA

Como el océano recibe su energía “por arriba”, la temperatura decrece de la superficie hacia el fondo con gradientes verticales muy diferentes según la región. En las regiones polares, las temperaturas superficiales bajas,

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La pareja océano-atmósfera

incluso en verano, no permiten la existencia de un gradiente térmico marcado. En bajas latitudes sucede todo lo contrario. En la región tropical, la temperatura, muy elevada en la superficie (25 a 30°C), disminuye muy bruscamente con la profundidad. Esta capa de cambio rápido de la tempe- ratura se denomina termoclina (ver figura 3.4). Por debajo, la variación es nuevamente muy lenta, con una temperatura inferior a los 5°C en las capas intermediarias y profundas. En la zona templada se forma una termo- clina en período estival. La termoclina separa, entonces, una “esfera caliente” superficial de una “esfera fría” más profunda. A escala del océano, esta esfera caliente repre- senta un volúmen muy reducido comparado con la esfera fría. En general,

Indonesia Perú 0 28°C 26°C 24°C 22°C Corriente ecuatorial sud 100 m Corriente de Cromwell
Indonesia
Perú
0
28°C
26°C
24°C
22°C
Corriente ecuatorial sud
100
m
Corriente de Cromwell
Afloramiento
termoclina
del Perú
14°C
12°C
300
m
10°C
500
m
8°C
160°E
180°
160°
O
140°
OOO
120°
100°

Figura 3.4 Corte de temperatura en el Pacífico ecuatorial y termoclina En régimen de vientos alisios, la distribución de la temperatura muestra una profunda disimetría, con una acumulación de aguas cálidas hacia Indonesia, donde sobrepasa los 28°C de temperatura y, por compensación, un afloramiento de agua “fría” o upwelling al este en la costa del Perú, donde es inferior a 22°C. La termoclina, que separa la capa cálida superficial de la capa fría profunda, se localiza por lo tanto a una mayor profundidad al oeste de la cuenca. En la capa cálida de la superficie, la corriente ecuatorial sur corre hacia el oeste. En el centro de la termoclina, la corriente de Cromwell se dirige hacia el este. Se observa de esta manera en el océano una célula de circulación simétrica a la de Walker en la atmósfera.

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el océano es frío y su temperatura media es del orden de los 2°C. La termo-

clina, sin embargo, es también un gradiente vertical de masa voluminosa, que modera los movimientos verticales de agua y la difusión. Al hablar del

fenómeno del Niño se hace frecuentemente referencia a la termoclina porque marca la base de la capa de aguas cálidas y porque sus variaciones de inmersión constituyen un índice de la evolución del fenómeno.

LA CIRCULACIÓN OCEÁNICA:

CORRIENTES Y CONTRACORRIENTES

Como podemos constatar, el océano no es un medio homogéneo. A una profundidad dada existen, como en la atmósfera, diferencias de presión que inducen la creación de corrientes para reducir las diferencias. La topografía de la superficie del mar es una medida de la presión oceánica: mientras más elevado es el nivel del mar, más fuerte es la presión y viceversa. El viento en la atmósfera se puede deducir con un buen grado de aproxima- ción a partir de la observación de los campos de presión. En el océano, como en la atmósfera, también se pueden estimar las corrientes a partir de

la topografía de la superficie marina, aplicando la hipótesis del equilibrio

geostrófico. Pero las diferencias del nivel del mar son muy reducidas y por lo tanto difíciles de medir. Por ejemplo, la corriente del Golfo, que es una de las corrientes más intensas, tiene un desnivel de aproximadamente 1 metro por cada 100 kilómetros. Solamente con la observación desde el espacio se ha podido superar esta dificultad. Las primeras medidas del nivel del mar por satélite se hicieron a principios de los años 70. Desde

entonces, no han cesado de progresar y, actualmente, el satélite franco- americano Topex/Poseidon, lanzado en 1992 y que sobrevuela la casi tota- lidad de los océanos, es capaz de detectar diferencias de nivel del órden del centímetro, lo que expresado en presión representa un hectopascal. Al generar las corrientes de superficie, el viento produce diferencias en la presión y en el nivel de la superficie del oceáno. En el Pacífico (la situación es parecida en el Atlántico), los alisios generan de un lado y del otro del ecuador meteorológico dos poderosas corrientes de superficie, que se desplazan a una velocidad media de 60 kiló- metros por día. Se trata de la corriente ecuatorial norte (de 10°N a 25°N)

y de la corriente ecuatorial sur (de 2°N a 20°S) (ver figura 3.5). Ambas

fluyen hacia el oeste, acumulando aguas cálidas en la parte occidental de los océanos y creando una neta elevación del nivel del mar en la zona

58

La pareja océano-atmósfera

de aguas cálidas del Pacífico, donde la elevación es aproximadamente de 1 metro superior a la de la ribera opuesta. De ahí parten una serie de corrientes para restablecer el equilibrio de presión. Primero están las potentes corrientes dichas del “borde occidental ”: la corriente del Golfo en el Atlántico norte y el Kuroshio en el Pacífico norte, que constituyen las ramas occidentales del gran círculo oceánico, réplica de la circulación anti- ciclónica de la atmósfera. Este círculo se completa con las corrientes ecua- toriales norte y sur entre las cuales se insinúa, a lo largo del ecuador meteorológico, la contracorriente ecuatorial que fluye hacia el este y que marca el ecuador oceánico. Este gradiente de presión este-oeste es el inverso del gradiente atmosférico; esta pendiente de la superficie oceánica induce igualmente a lo largo del ecuador geográfico una corriente de compensa- ción importante, que corre por debajo de la corriente ecuatorial sur en la termoclina, pero en sentido inverso, a profundidades que van de 250 metros en el oeste a menos de 100 metros en el este, en donde alimenta el afloramiento ecuatorial. Esta es la corriente de Cromwell, que lleva el nombre del oceanógrafo norteamericano que la descubrió en 1954. En el plano ecuatorial, por lo tanto, el océano presenta una circulación análoga a la circulación de Walker en la atmósfera, con variaciones simétricas de los campos de presión, verdadera “huella digital” del acoplamiento de ambos fluidos.

ALISIOS, AFLORAMIENTOS COSTEROS Y DIVERGENCIA ECUATORIAL

Un mapa de las temperaturas de la superficie del Pacífico ecuatorial (ver figura D en p. 82) muestra, primero de todo, temperaturas relativamente frescas en el Perú: de 16 a 17°C a la latitud 8°S. En el curso de su viaje a las “regiones equinoxiales del nuevo continente” de 1799 a 1804, Alexandre von Humboldt fue el primero en constatar el contraste entre las aguas costeras anormalmente frías en una zona donde la temperatura del aire es elevada, y las de mar adentro, que sobrepasan los 23°C. Humboldt atribuyó esta anomalía al transporte de agua de origen ártico por la corriente que desde entonces lleva su nombre: la corriente de Humboldt. En realidad, esta corriente que va hacia el norte por las costas de América del Sur tiene, en razón de la fuerza de Coriolis, un componente hacia su izquierda que arrastra las aguas de superficie hacia mar adentro. Estas aguas son remplazadas en la costa por aguas “profundas” (que se originan

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30° N

10° N

ecuador

10° S

30° S

Corriente ecuatorial norte

° N ecuador 10 ° S 30 ° S Corriente ecuatorial norte Contracorriente ecuatorial Corriente ecuatorial

Contracorriente ecuatorial

Corriente ecuatorial sur
Corriente ecuatorial sur
norte Contracorriente ecuatorial Corriente ecuatorial sur Convergencia Divergencia Vientos del oeste Alisios del
norte Contracorriente ecuatorial Corriente ecuatorial sur Convergencia Divergencia Vientos del oeste Alisios del

Convergencia

Divergencia

Vientos del oeste

Alisios del noreste Ecuador meteorológico (ZCIT) Alisios del sudeste
Alisios del noreste
Ecuador meteorológico (ZCIT)
Alisios del sudeste

Figura 3.5 Circulación en la capa superficial del océano tropical Este esquema muestra las relaciones entre vientos, corrientes de superficie y transporte de agua (flechas negras) en la capa de arrastre del viento. Los flujos de agua se dirigen hacia la derecha del viento y de la corriente de superficie en el hemisferio norte y hacia la izquierda en el hemisferio sur, debido a la rotación terrestre. Esto provoca divergencias y convergencias en la superficie del océano.

a unos 200 a 300 metros), frías y ricas en nutrientes (ver figura 3.6). Se trata del afloramiento (upwelling) costero. El mismo fenómeno se produce en las costas de California y en África (en la costa de Marruecos y de Mauritania en el norte y de Namibia en el sur). Todas estas regiones, fertilizadas así por los afloramientos costeros, se encuentran entre las mejores zonas pesqueras del mundo. Los alisios arrastran la corriente ecuatorial sur hacia el oeste, “a caballo” sobre el ecuador. La situación que se presenta aquí respecto de la fuerza de Coriolis es original, ya que las aguas de superficie son arrastradas hacia la

60

La pareja océano-atmósfera

Tensión del viento Flujo medio del agua Norte (a)
Tensión del viento
Flujo medio
del agua
Norte
(a)
Pendiente de la superficie Perú Mar adentro Termoclina Afloramiento
Pendiente de la superficie
Perú
Mar adentro
Termoclina
Afloramiento

(b)

Figura 3.6

Afloramientos de aguas costeras o upwellings

(a) En el hemisferio sur, un viento soplando paralelamente

a la costa crea, por fricción, un transporte medio a su

izquierda, en ángulo derecho a la dirección hacia la cual sopla. De esta manera, al llegar a la zona de los alisios frente a las costas del Ecuador y del Perú, la corriente de Humboldt, que se dirige hacia el norte, es desviada hacia el este.

(b) En estas condiciones, las aguas de superficie son

empujadas hacia mar adentro, de allí que se produzca una pendiente del mar positiva a partir de las costa. Para compensar este déficit, las aguas subyacentes, más frías y ricas en nutrientes, suben hacia la superficie.

derecha (hacia el norte) al norte del ecuador y hacia la izquierda (hacia el sur) al sur del ecuador. Así, en el ecuador aparece por lo tanto una diver- gencia de las aguas de superficie y una atracción de las aguas profundas, como en las costas del Perú. En el seno de esta lengua de agua fría ecuato- rial, la temperatura pasa de 19°C a 20°C cerca de las Galápagos a más de 26°C a 180° de longitud. El enfriamiento superficial debido a la subida eventual de aguas profundas se hace más difícil al oeste de los océanos debido a que la capa superficial cálida arrastrada por la corriente ecuato- rial sur se espesa al oeste. Esto dificulta la surgencia de capas de aguas frías desde la base de la termoclina.

LAS ONDAS EN EL OCÉANO

El término “onda” está estrechamente asociado con el océano: significa agua en un francés poético, ola (wave) en inglés y ola en español. Aún en nuestra

61

era de televisión, de fibras ópticas y de radio, las ondas más fáciles de observar son siempre las que se forman sobre la superficie del agua al arrojar una piedra y las que hacen “danzar” el flotador del pescador. Como la mayoría de los sistemas físicos, el océano y la atmósfera propagan sus perturbaciones por intermedio de ondas. Cuando la Luna y el Sol atraen las masas de agua, una onda de marea nace, se propaga por el océano y se amplifica, subiendo por la plataforma continental para penetrar en los mares litorales. Toda onda se acompaña de movimiento de las partículas del fluido en el que se transmite. En el caso de una ola de mar, el movimiento es circular en el plano vertical, sin desplazamiento de masa. En el caso de ondas con una longitud de onda amplia, los movimientos horizontales efectúan un cierto desplazamiento de masa, de modo que se comportan como verdaderas corrientes. Debido a la reducida desviación de las trayectorias en bajas altitudes, al cambio de sentido de la fuerza de Coriolis en el ecuador y a la presencia de la termoclina en algunas decenas de metros bajo la superficie, el océano ecuatorial constituye un excelente “guía de ondas”, facilitando la propaga- ción de una perturbación o de una vibración. Este es el caso de ondas de una longitud de onda de varios cientos de kilómetros. Una tensión provo- cada en la superficie, por ejemplo debida a una variación del viento alre- dedor del ecuador, genera dos tipos de ondas:

Las ondas ecuatoriales de Kelvin (así llamadas según el físico Sir William Thomson, Lord Kelvin), que son ondas planetarias, cuya longitud de onda es muy amplia en relación con la profundidad del mar. Se propagan únicamente hacia el este a velocidades del orden de los 200 kilómetros por día y quedan atrapadas en el ecuador por la fuerza de Coriolis, que resiste a toda tendencia de desvío que puedan tener. Tomemos el ejemplo de un reforzamiento de los alisios. Esto intensifica la divergencia de las aguas y provoca el ascenso de la termoclina. Esta perturbación desencadena una onda de Kelvin de afloramiento, que sigue el curso dado por la onda ecuatorial y el ascenso de la termoclina se propaga hacia el este. Una onda de Kelvin generada en el centro del Pacífico llega a la costa de América del Sur en dos meses. Inversamente, un debilitamiento de los alisios o un golpe de viento del oeste generan una onda de Kelvin de bajada o de downwelling y el hundimiento de la termoclina se propaga hacia el este, provocando la acumulación de agua cálidas.

Las ondas de Rossby, descritas en 1939 por el meteorólogo Carl-Gustav

62

La pareja océano-atmósfera

Rossby, son ondas planetarias de gran longitud de onda que existen en todas las latitudes y se propagan únicamente hacia el oeste. Su velocidad de desplazamiento depende de numerosos factores, entre los cuales se encuentran la longitud de onda, la estratificación del océano, la velocidad de las corrientes sobre las cuales las ondas de Rossby se superponen y, sobre todo, la latitud. Tales ondas se desplazan rápidamente en la región ecuatorial, aunque dos a tres veces más lentamente que las ondas de Kelvin. Atraviesan el Pacífico en más o menos un año. Así como las perturbaciones atmosféricas generan las ondas de Kelvin, éstas producen también, simultáneamente, ondas de Rossby en sentido contrario, o sea hacia el oeste. A una onda de Kelvin de upwelling corresponde una onda de Rossby de downwelling y viceversa. Cuando estas ondas llegan a la orilla de una cuenca oceánica, se reflejan sobre las costas cambiando de naturaleza puesto que cambian de sentido de propagación. En el este, la ondas de Kelvin reflejadas vuelven a partir hacia el oeste en forma de ondas de Rossby y, recíprocamente, en el oeste de las cuencas, las ondas de Rossby vuelven a partir hacia el este como ondas de Kelvin (ver figura A en p. 81). El desplazamiento vertical de la termoclina, que se produce al paso de estas ondas tiene una amplitud de unas decenas de metros, lo que se traduce en una variación del nivel del mar de una decena de centímetros, perfectamente detectable por los satélites (ver figura B en p. 81). En resumen, la atmósfera transmite al océano perturbaciones que se propagan hacia el este y hacia el oeste en forma de ondas de dowwelling y de afloramiento, que se reflejan luego en las riberas de las cuencas oceá- nicas. A diferencia de las perturbaciones atmosféricas, que se desvanecen al cabo de algunos días, la respuesta oceánica, gracias a este juego de ondas, dura varios meses. Es el océano el que, al fin de cuentas, pilotea la pertur- bación. De esta manera se pueden proponer diversos “guiones” para esce- nificar las diferentes fases del Niño siguiendo el recorrido complejo de estas ondas (ver capítulo 4, figura 4.3).

63

4
4

¿Cómo funciona ENSO?

LA PAREJA OCÉANO-ATMÓSFERA Y EL ESQUEMA DE BJERKNES

Todo lo que gravita en torno al Niño ilustra a la perfección la noción de sistema acoplado que forman el océano y la atmósfera, cada uno con su dinámica propia. La fluctuación de uno de ellos perturba al otro que, a modo de respuesta, acentúa o por el contrario estabiliza las fluctuaciones del primero. Bjerkness, al describir los intercambios entre océano y atmós- fera en el Pacífico indica:

A un aumento del gradiente de presión en la base de la célula de Walker corres-

ponde un reforzamiento de los vientos ecuatoriales del este y, en consecuencia, un

aumento del afloramiento y una agudización del contraste de las temperaturas de superficie entre el este y el oeste del Pacífico ecuatorial. Esta reacción en cadena muestra que la intensificación de la célula de Walker genera un aumento del contraste térmico oceánico que, a su vez, activa aún más la circulación atmosfé- rica. Lo inverso se produce si se toma como punto de partida la disminución de

la circulación de Walker.

Aquí nos encontramos en el corazón de un sistema de retroacción positiva que gira en círculos hasta que una perturbación lo haga cambiar, sin que se sepa si es el océano o la atmósfera el que origina esta perturba- ción. Como lo describe Bjerknes, este es un “pas-de deux” entre la célula de Walker y su contraparte oceánica que liga la oscilación austral al gradiente

64

¿Cómo funciona ENSO?

térmico este-oeste del Pacífico ecuatorial, y que se denomina ENSO: El Niño-Southern Oscillation. Se consagra así el matrimonio entre la atmós- fera y el océano. Todo índice que caracteriza a uno de los dos sistemas, caracteriza también al otro. El índice de la oscilación austral, o SOI (diferencia de presión atmosférica entre Tahití –17.5°S, 149,6°O– y Darwin, en Australia

Índice de la oscilación austral (SOI) 3 2 1 0 – 1 – 2 –
Índice de la oscilación austral (SOI)
3
2
1
0
– 1
– 2
– 3
1970 1975
1980
1985
1990
1995
Índice El Niño: desviación térmica de la superficie del océano hacia el este del Pacífico
Índice El Niño: desviación térmica de la superficie del océano hacia el este del Pacífico (°C)
3
2
1
0
– 1
– 2
– 3
1970 1975
1980
1985
1990
1995

Figura 4.1 Evolución de ENSO puesta de manifiesto por el índice de la oscilación austral y el índice El Niño de 1968 a 1998 La evolución de estos dos índices muestra que el “ciclo ENSO” tiene un período de 2 a 7 años, con una media de 4. Los años 1980 y 1990 presentan una actividad intensa, con 5 episodios El Niño (1982-1983, 1986-1987, 1991-1993, 1994-1995 y 1997-1998) y tres episodios La Niña (1984-1985, 1988-1989 y 1995-1996). Durante esos 15 años se produjeron los dos El Niño más importantes del siglo (1982-1983 y 1997-1998), así como un episodio El Niño casi continuo de 1991 a 1995. El índice de la oscilación austral es la diferencia de presión atmosférica a nivel del mar entre Tahití y Darwin. El índice El Niño es la diferencia en grados de la temperatura media de la superficie al este del Pacífico.

65

–12,4°S, 130,9°E–) es el que tiene mayor “ancianidad” y por lo tanto se usa para describir el estado del sistema. Su evolución es, en términos generales, la réplica perfecta de la anomalía de temperatura de superficie al este del Pacífico: a las máximas positivas de la oscilación corresponden las tempe- raturas más frías de las aguas de superficie, y recíprocamente (ver figura 4.1). Se toma también como índice oceánico la anomalía de la temperatura de superficie del Pacífico este entre 5°N y 5°S y 170°O y 120°O. Ahora que el satélite Topex/ Poseidon permite medir con apenas algunos centímetros de error el nivel del mar, la diferencia de nivel entre las dos riberas del Pacífico podrá también utilizarse como índice de ENSO.

ÍNDICES Y ANOMALÍAS

Como ocurre a menudo en meteorología, se llama anomalía al desvío del promedio (medido normalmente sobre los últimos 30 años), que además sirve de referencia. Se trata entonces de un promedio “móvil”, que evolu- ciona en función de las fluctaciones climáticas a estas mismas escalas de tiempo. Cuando un periodista presenta en la televisión el boletín meteo- rológico, generalmente indica si las temperaturas son conformes, supe- riores o inferiores a las medias “normales” estacionales y en que orden de magnitud. Al proceder así, el periodista está dando una indicación de anomalía. Los valores se sitúan en general por encima o por debajo de la normal; lo cual reposa en el hecho de que el clima, definido sobre la base de un promedio en 30 años, representa un promedio de diferentes tipos de tiempo y no corresponde obligatoriamente con el tiempo real. Es mejor hablar de valor promedio en lugar de norma. Sin embargo, anomalía no debe ser confundida con anormalidad. Anormal es aquello que es aberrante, contrario a las leyes y a las teorías reconocidas. La anomalía por el contrario, puede ser excepcional, pero “conforme a la ley”. Con el transcurso del tiempo, la ciencia transforma en simple anomalía, e incluso en normalidad, lo que antes era considerado como anormal. Lo anormal no existe para el científico, que conoce solamente los límites del saber hoy, límites que empuja sin cesar, hasta que se encuentra frente a nuevos fenómenos aleatorios que las leyes estadísticas le permiten norma- lizar. A ese respecto, El Niño, sea cual fuere la anomalía que le corres- ponda, no es anormal; es un componente natural del sistema climático. La evolución de la oscilación austral de 1968 a 1998, o más exactamente de su anomalía, presenta una sucesión de máximas positivas y negativas

66

¿Cómo funciona ENSO?

que justifican muy bien la expresión de “oscilación”, elegida por Walker para designar este juego de balanceo entre el océano y la atmósfera. Estas oscilaciones se encuentran en las temperaturas de la superficie del mar y pueden servir como índice climático con tres situaciones tipo calificadas El Niño, La Niña y “normal”, esta última correspondiente a un valor de la anomalía del índice de la oscilación austral cercano a cero (ver figura D en p. 82).

EL NIÑO, LA FASE CÁLIDA DE ENSO

Para describir El Niño partiremos del índice de la oscilación austral, sin que esto signifique que tenga un papel de desencadenante atmosférico. Cuando el valor del índice de oscilación austral disminuye, el conjunto constituido por la célula de Walker y su equivalente oceánico se debilita:

la intensidad de los alisios, la corriente ecuatorial, los afloramientos costeros y la divergencia ecuatorial disminuyen (ver figura C en p. 82). La situación puede incluso invertirse: vientos del oeste y una corriente oceánica hacia

Precipitación en la isla de Cantón (metros por año) Presión atmosférica en Darwin (hPa) 1,011
Precipitación en la isla
de Cantón (metros por año)
Presión atmosférica en Darwin
(hPa)
1,011
0.4
1,010
0.2
1,009
0
1905
1910
1915
1920
1925

Figura 4.2 Evolución comparada de las lluvias en la isla de Cantón (2°S, 175°E) en el archipiélago de Kiribati y la presión atmosférica en Darwin En un año del Niño, la “piscina de agua cálida”, y por lo tanto la convección atmosférica asociada, se desplazan hacia el este. Las precipitaciones son importantes cuando la presión atmosférica es alta al norte de Australia, signo del Niño.

67

el este que aparecen en el ecuador hacen desvanecer los afloramientos costeros. Si nada retiene las aguas cálidas acumuladas en la región indoné- sica, éstas fluyen hacia el este, arrastrando con ellas la zona de convección atmosférica y, por lo tanto, las lluvias (ver figura 4.2). La pendiente de la superficie del mar también disminuye. El nivel sube en el este y baja en el oeste (ver figura B en p. 81). Este es El Niño, cuyas manifestaciones descritas en el Perú y en Ecuador por Pezet o Murphy constituyen solamente su identidad local. Como habrían podido decir los marxistas, se trata de un “salto cualitativo brusco” que hace pasar de un sistema al otro. El contraste con la situación habitual se ilustra bien en el mapa de temperaturas de superficie del mar (ver figura D en p. 82): no hay ya un mínimo térmico a lo largo del ecuador y, en el Pacífico este, las tempera- turas suben de 4 a 5 grados. Los intercambios entre los dos fluidos se encuentran trastornados. La circulación de Walker queda así dislocada y la noria oceánica debilitada: la corriente de Cromwell puede desaparecer, parando así la divergencia ecuatorial. Esta situación ocurrió en los años 1972, 1977, 1983, 1986, 1992 y 1998, para limitarnos solamente al pasado reciente. Todos estos años corresponden a anomalías positivas de temperatura oceánica y negativas de la oscilación austral. La extensión de las aguas cálidas a lo largo del ecuador aumenta la evaporación y la trans- ferencia de energía hacia la atmósfera: la célula de Hadley se refuerza y, consecuentemente, la transferencia de calor hacia latitudes más altas, espe- cialmente en el hemisferio norte, también. La ZCIT, que está asociada a la zona de máximo térmico oceánico, sigue el movimiento y se desplaza hacia el ecuador.

LA NIÑA, LA FASE FRÍA DE ENSO

Incluso si los apogeos positivos del diagrama de evolución del índice de la oscilación austral son tan netos como los negativos y corresponden a anomalías negativas de temperatura en el Pacífico central y en el Pacífico oriental, tanto los científicos como la prensa se interesan mucho menos por la fase fría. Es verdad que durante los últimos 20 años han sido menos frecuentes que las fases cálidas. El término La Niña, introducido por Georges Philander en 1986, se popularizó solamente en 1997-1998 cuando se comenzaron a utilizar expresiones tales como: “siniestra hermana del Niño”, “la pareja infernal El Niño-La Niña” o “los niños terribles”.

68

¿Cómo funciona ENSO?

Algunos han propuesto otros términos tales como “El Viejo”, no muy estético o el “Anti-Niño”, poco elegante y además irreligioso, si se piensa en el origen mismo de la apelación El Niño. Este interés reducido es, en definitiva, muy lógico, puesto que, cuali- tativamente, la situación climática de La Niña no es diferente de la situa- ción calificada de normal, como lo demuestran los mapas de temperaturas de superficie: en ambos casos el afloramiento ecuatorial es manifiesto, con su mínimo térmico a lo largo del ecuador. La única diferencia es que las temperaturas de superficie son significativamente más frías en la fase La Niña, lo cual acentúa la tendencia habitual, con una intensificación del funcionamiento de la célula de Walker: reforzamiento de los alisios, acumu- lación de aguas cálidas al oeste del Pacífico, afloramiento de aguas costeras frente al Perú, divergencia ecuatorial. La Niña provoca por lo tanto un aumento de las lluvias en el Pacífico occidental y en el “continente marino” entre el Pacífico y el océano Índico. El gradiente térmico entre las dos riberas del Pacífico se acentúa y aparecen temperaturas significativamente más bajas a la altura del ecuador, de donde surge el calificativo de “episodio frío”. La Niña es una fase de activación máxima de ENSO, que acentúa los rasgos climáticos dominantes, mientras que El Niño puede ser considerado como un “desperfecto” de ENSO, en la medida en que se produce un colapso de la célula de Walker del Pacífico y del gradiente oceánico acoplado. En otros términos, no se puede dar razón a ninguno de los dos fenómenos, puesto que El Niño destruye o invierte los rasgos climáticos dominantes y La Niña empuja el sistema a sus límites. Los modelos que explican la cronología de ENSO evidencian una sucesión de episodios cálidos y de episodios fríos, con defasajes más o menos importantes. Tampoco sería más justo decir que La Niña de 1996 precedió al Niño de 1997-1998 ni que siguió al Niño de 1995. La transición entre El Niño y La Niña es a menudo muy rápida. Ese fue el caso en 1998-1999, con una baja de la temperatura de superficie del Pacífico ecuatorial en mayo-junio de 1998. La evolución fue similar y simultánea en el océano Índico, lo que produjo una disminución de las lluvias en la mitad sur de esta región y un aumento en la mitad norte. En sólo algunos meses Indonesia pasó de sequía e incendios forestales a fuertes lluvias que acarrearon inundaciones y avalanchas de barro.

69

¿EXISTE UN MODELO “TIPO” DE ENSO?

Para que un fenómeno sea previsible es necesario que sea recurrente y que se reproduzca de manera idéntica para que las reglas que lo rigen puedan determinarse. En laboratorio se puede repetir experiencias, establecer leyes y verificar su validez, haciendo variar, de manera controlada, los paráme- tros del fenómeno. ENSO no puede, evidentemente, reproducirse en un laboratorio, a pesar de que los tests de los modelos alimentados por un número creciente de datos de terreno y realizados con ordenadores cons- tituyen también una aproximación experimental del fenómeno. La meteorología ha progresado gracias a una red de observaciones organizada en los últimos 150 años. Tal como hemos visto en capítulos ante- riores, no existe para el océano un sistema internacional análogo a la Organización Meteorológica Mundial (OMM), capaz de garantizar una indispensable continuidad de las mediciones. Las que existen provienen de programas internacionales de investigación de corta duración y de redes meteorológicas que reúnen principalmente datos de la temperatura de superficie. Hace solamente unos 10 años que se han llevado a cabo ciertas iniciativas para instalar una verdadera red de observación de los océanos a largo plazo. La Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI) de la UNESCO se esfuerza en convencer a sus Estados Miembros sobre la nece- sidad de contar con una observación continua del océano, tanto para la previsión climática a escalas estacionales y plurianuales, que conciernen a ENSO, como para la evolución climática a largo plazo, especialmente la que se refiere al aumento del efecto de invernadero. Pero no es tarea simple. En primer lugar, por el costo inherente a tales observaciones, porque los países más ricos se estiman menos vulnerables a la suerte del clima. Luego, porque las decisiones políticas dependen más directamente de los plazos electorales que de la evolución del clima. Por último, porque no estando demostrado el realismo de una previsión climática, los políticos no manifiestan un senti- miento de urgencia. Se debe admitir, sin embargo, que es difícil hacer la demostración sin un sistema de observación sistemática del conjunto climá- tico. La red de observaciones meteorológico-oceánicas del programa de investigación TOGA es el comienzo de una tal red y es actualmente la fuente principal de los progresos de nuestro conocimiento de ENSO. El análisis comparado de la evolución de seis episodios cálidos ocurridos entre 1949 y 1980 (1951, 1953, 1957, 1965, 1969, 1972) ha permitido elaborar la versión “canónica” del Niño, en un intento de norma-

70

¿Cómo funciona ENSO?

lizar el fenómeno, basando su desarrollo en una evolución anual “normal”,

y poder así mejorar la previsión. Es como una obra de teatro en cinco actos,

repartidos a lo largo de dos años, de junio del año que precede el evento a

junio del año que le sigue:

Acto 1. Preliminares. Los vientos alisios se refuerzan en el ecuador, al oeste de la línea de cambio de fecha, acentuando la pendiente del océano

y la acumulación de aguas cálidas en el Pacífico occidental. Esto era – antes

que recibiera este nombre – una situación tipo La Niña. Esta situación extrema, necesariamente inestable, era considerada como particularmente sensible a las perturbaciones atmosféricas. Acto 2. Punto de partida. En octubre-noviembre del año que precede el acontecimiento, aparecen vientos del oeste en la parte occidental de la cuenca, provocando anomalías de temperatura de la superficie del mar a proximidad del meridiano 180. Paralelamente, una anomalía positiva de temperatura de superficie se observa cerca de las costas de América del Sur. Acto 3. Apogeo. Las anomalías de temperatura aumentan a lo largo de las costas del Perú y de Ecuador, culminando entre abril y junio. De allí en adelante, éstas se propagan hacia el oeste a lo largo del ecuador para alcanzar su nivel máximo en el Pacífico central entre agosto y diciembre. Al mismo tiempo, y en relación con el reforzamiento de la circulación de Hadley, la ZCIT se desplaza hacia el sur. Actos 4 y 5. Transición y fenecimiento. Comenzando en el mes de septiembre siguiente, el sistema alcanza su madurez en el primer trimestre del año siguiente. Las temperaturas de superficie retornan a sus valores habituales al oeste, aunque se mantienen elevadas en el Pacífico central y oriental. Es en este período que los intercambios con las regiones extra- tropicales del hemisferio norte alcanzan su intensidad máxima. La anomalía luego decrece y el sistema vuelve a la normal en el segundo trimestre. Esta escenificación presenta una cronología de los eventos establecida

a partir de las observaciones oceánicas y atmosféricas disponibles. Permite

por lo tanto una previsión desde el momento en que se detectan los signos precursores, pero no prejuzga ni sobre los mecanismos, ni sobre la amplitud del fenómeno. Se puede decir, por lo tanto, que este modelo no es expli- cativo y que su capacidad de predicción depende de su estabilidad y de su respeto por la pareja océano-atmósfera. Esta cronología de los eventos, publicada en 1982, fue ampliamente aceptada como una descripción fiable capaz de explicar la emergencia de un episodio cálido. Pero la naturaleza es

71

multifacética y a veces tiene un humor cruel. Al mismo tiempo que se publicaba esta cronología nacía el episodio que, por su amplitud y sus consecuencias, sería “El Niño del siglo” (nadie imaginaba entonces que el episodio de 1997-1998 le quitaría el título de ganador). Algunos signos podrían haber alertado los eruditos, pero ninguno lo previó dado su carácter atípico. Por lo menos tres razones deben citarse para explicar su carácter extraordinario: primero, el fenómeno no fue precedido por un reforza- miento de los alisios ni por la acentuación correlativa de la pendiente oceá- nica; segundo, no se desarrolló acorde con el ciclo estacional y, por último, el calentamiento del océano no se propagó de este a oeste a partir de las costas de América del Sur, sino de oeste a este a partir del Pacífico central. ¿Cuál fue entonces la singularidad del suceso de 1982-1983? Sin remontar demasiado atrás en el tiempo, vemos que el episodio cálido de 1940-1941 fue similar al de 1982-1983. Los episodios siguientes (1986- 1987, 1992-1995, 1997-1998) fueron evidentemente estudiados minu- ciosamente, gracias a los nuevos sistemas de observación instalados en la región intertropical bajo el programa internacional TOGA. El análisis confirma que la construcción de un modelo tipo es un espejismo… La única constante es la manifestación local, que justamente originó el nombre, y el calentamiento del mar frente al Perú y a Ecuador, tal como se manifiesta siempre en la misma época. Esta constatación origina un nuevo interrogante: ¿qué relación existe entre el ciclo estacional y El Niño? La versión canónica constituyó la realidad entre 1950 y 1975. ¿Por qué no siguió siéndolo después? Y esto conduce a su vez a una última pregunta suplementaria: ¿cuáles son las rela- ciones entre ENSO y las variables climáticas a largo plazo? En efecto, no se puede considerar a ENSO como un fenómeno autónomo, con una dinámica independiente del resto del sistema climático al cual impondría su ley. Para responder a estos interrogantes, es necesario conocer los procesos que gobiernan el fenómeno ENSO, que ni el esquema de Bjerknes ni la versión canónica, en tanto que simple cronología estandarizada, permiten.

EL OSCILADOR ATRASADO

Bjerknes elaboró un marco coherente para las interacciones entre el océano y la atmósfera a gran escala. Este marco constituye la base de todos los esquemas de previsión del Niño. No obstante, en sí mismo, no indica

72

¿Cómo funciona ENSO?

La previsión del Niño - El programa TOGA

(ver figura E en p. 83)

Lanzado en 1985 por un período de 10 años, el programa TOGA

(Tropical Ocean Global Atmosphere) se propone asumir uno de los desafíos mayores de nuestros tiempos: la previsión climática. TOGA se ha fijado tres objetivos:

describir la evolución del sistema océ- ano-atmósfera en la zona tropical

y comprender los mecanismos que

originan las fluctuaciones de un año

a otro;

elaborar modelos de previsión de los cambios en una escala de varios meses

a varios años;

concebir un sistema de observación y de transmisión de datos para establecer una previsión climática eficaz. TOGA realiza diversas campañas

oceanográficas internacionales y se apoya en diversas redes, a saber:

de boyas derivantes emisoras, capaces de medir la temperatura del océano en los 20 primeros metros y describir

las corrientes superficiales.

de 70 boyas ancladas en el Pacífico tropical entre 8°N y 8°S, que repertorían permanentemente y transmiten por satélite las condiciones meteorológicas de la superficie (viento, presión, temperatura del aire, irradiación) y las condiciones oceánicas hasta los 500 metros (temperatura y, a veces, salinidad y corrientes);

marégrafos para el seguimiento del nivel del mar;

barcos mercantes que miden la salinidad de la superficie y la temperatura hasta 500 metros de profundidad mediante sondas introducidas en el agua regularmente. El programa TOGA utiliza además observaciones por satélite de la temperatura de la superficie marina, la velocidad y dirección de los vientos y la topografía de los océanos.

cómo se desencadena, ni cómo cesa de existir o evoluciona hacia la situa- ción inversa que es La Niña. Además, se trata de un sistema sincrónico en el cual todos los elementos del sistema varían correlativamente: el debili- tamiento de los alisios en las costas de América del Sur y en todo el Pacífico, así como el calentamiento oceánico en la costa y a lo largo de la línea del ecuador. Es como si, para ENSO, la superficie del océano fuese un sistema rígido, análogo a un balancín hecho de una tabla de madera en el que cada extremo sube y baja, o como el astil de una balanza. Una descripción más realista es que la transmisión de las perturbaciones atmosféricas al océano por medio de las ondas de Kelvin y de Rossby, que recorren el ecuador, se reflejan y se interfieren, una pudiendo cancelar los efectos de la otra. Este es el modelo del oscilador atrasado (ver figura 4.3). La gran extensión del Pacífico tropical permite en efecto el desarrollo completo de este modelo, que depende de la velocidad de estas ondas. Así considerado, ENSO

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deviene prácticamente un modo de oscilación propia del Pacífico ecuato- rial y, en este sentido, es previsible. Esto sería así, sin duda, si acaso se pudiese considerarlo aislado del resto del sistema climático. Pero este no es el caso (ver capítulos 5 y 6), lo cual explica porqué no existe un modelo “tipo” o una versión “estandarizada” de ENSO.

74

¿Cómo funciona ENSO?

límites de la piscina de agua cálida alisios termoclina
límites de la piscina
de agua cálida
alisios
termoclina

agua cálida

Oeste Este desplazamiento hacia el este de las aguas cálidas
Oeste
Este
desplazamiento hacia
el este de las aguas cálidas
onda de Rossby onda de Kelvin
onda de Rossby
onda de Kelvin
alisios
alisios

vientos del oeste

segunda onda de Kelvin onda de Rossby
segunda onda de Kelvin
onda de Rossby
vientos del oeste segunda onda de Kelvin onda de Rossby Los alisios acumulan habitualmente las aguas

Los alisios acumulan habitualmente las aguas

cálidas al oeste, donde la evaporación es intensa, lo cual desencadena convección atmosférica

y lluvias. La termoclina está más próxima

a la superficie al este que al oeste.

Los alisios se debilitan a veces en el Pacífico central y las aguas cálidas se desplazan hacia el este.

Esta perturbación engendra una onda de Kelvin que se desplaza hacia el este, que en dos meses llega frente a las costas de América del Sur.

Dicha onda induce al mismo tiempo una onda de Rossby que se aleja hacia el oeste tres veces más lentamente que la precedente, llegando

a la ribera oeste del Pacífico seis meses después.

A su paso, la onda de Kelvin hace subir

el nivel del mar y bajar la termoclina, mientras que la onda de Rossby produce el efecto inverso. Esto conduce a la situación El Niño, donde la superficie del mar y la termoclina están horizontales. La zona de evaporación se encuentra hacia el centro del Pacífico.

La onda de Rossby se refleja en el ribera oceánica indonesia, lo cual genera una segunda onda de Kelvin.

Al desplazarse, esta onda hace subir la termoclina hacia el este y pone fin al episodio La Niña. Si es lo suficientemente intensa, por el contrario, lo inicia.

Figura 4.3 El ciclo ENSO explicado por la teoría del oscilador atrasado Un esquema simétrico, a partir de un reforzamiento de los alisios, daría cuenta del nacimiento, vida y desaparición de La Niña.

75

5
5

A escala del planeta

EL PLANETA DE UNA SOLA MIRADA

Si pudiésemos abarcar de una sola mirada la banda comprendida entre los trópicos de Cáncer y de Capricornio, observaríamos, por un lado, tres zonas de ascendencia de aire en la ribera occidental de los océanos tropi- cales, verdaderas calderas que desencadenan el ascenso del aire húmedo con su cortejo de cúmulo-nimbus y, por otro, tres zonas de descenso de aire seco, correspondientes a los grandes desiertos. Cada rama ascendente o descendente se vincula, así, con dos células de circulación adyacentes como verdaderos engranajes del sistema. Toda modificación de una de ellas reper- cute en las otras. Existe, por lo tanto, un lazo entre los tres océanos, aunque cada uno posea sus propias características. El calentamiento de la atmós- fera que producen los continente es insignificante en el Pacífico pero más importante en el Atlántico. El océano Índico, sometido por su parte a la alternancia de los monzones, se cierra hacia la latitud 25°N, donde expe- rimenta los efectos de la cadena del Himalaya. Para establecer el impacto que las fluctuaciones de la circulación atmosférica y oceánica del Pacífico a escala de algunos años, del tipo de ENSO, tienen sobre el planeta, es necesario tomar en consideración las variaciones a otras escalas de tiempo (ver capítulo 6). Las células de circu- lación atmosféricas siguen primero un desplazamiento estacional que corresponde al máximo de insolación, lo que explica la alternancia de una

76

A escala del planeta

estación húmeda y de una seca en los trópicos. Se han observado también otras variaciones a más largo plazo. Por ejemplo, en los años 20, mientras la presión promedio del anticiclón de las Azores registraba un aumento de 7 hectopascales, en el Pacífico sur bajaba de 2. Acompañando esta última modificación, se registró un desplazamiento de los centros de altas presiones de los 115°O en 1915 a los 105°O en 1945, para estabilizarse actualmente alrededor de los 95°O. Esto produjo una disminución en la frecuencia de los huracanes en el mar Caribe, y un reforzamiento simul- táneo de los alisios a lo largo de las costas de Venezuela y de Colombia. La menor frecuencia de los ciclones, por su lado, trae consigo una reducción de los vientos dominantes del sur y del oeste que llevan a América Central la humedad del Pacífico. Así, las precipitaciones en Costa Rica se redujeron en un 70%… Cuando se tiene una cierta perspectiva es efectivamente posible analizar los cambios climáticos planetarios que acompañan el movimiento de balanceo de la oscilación austral y que caracterizan sus episodios cálidos (El Niño) o fríos (La Niña). Los que están relacionados con El Niño son más fáciles de demostrar en la medida en que este evento se manifiesta a menudo por un cambio radical del clima, mientras que durante La Niña se asiste más bien a un reforzamiento de los rasgos habituales.

DEL LADO DEL ATLÁNTICO TROPICAL

Las regiones tropicales del Pacífico y del Atlántico presentan ciertas carac- terísticas comunes, a saber:

presencia de una zona de convergencia intertropical, en la cual los alisios del norte y del sur confluyen;

una circulación atmosférica vía las células de Hadley y de Walker;

la misma repartición de las temperaturas del océano con afloramiento en la costa, en su flanco oriental y en el ecuador;

una circulación oceánica similar. La totalmente diferente morfología de las cuencas de ambos océanos los diferencia en cuanto a sus relaciones con la atmósfera, así como en su variabilidad climática. El océano Pacífico es enorme. Con un ancho de 17.000 kilómetros a la altura del ecuador, está separado del Ártico por el estrecho de Bering y las islas Aleutianas. Mucho más esbelto, y con sólo 6.000 kilómetros de ancho en el ecuador, el Atlántico está no solamente abierto totalmente sobre el Ártico, sino también sobre la Antártida. Esta

77

vasta extensión norte-sur del Atlántico le confiere un papel preponderante en las variaciones climáticas a largo plazo (a escala del decenio al milenio), que no analizaremos aquí. A pesar de estas analogías, no existe en el Atlántico el equivalente exacto del sistema ENSO del Pacífico, por dos razones: la estrechez de la cuenca y el impacto, en su flanco oriental, del continente africano que provoca un régimen de monzón en el golfo de Guinea. Entre las zonas de convección sobre la selva amazónica y la selva ecuatorial africana, la célula de Walker no tiene casi espacio para desplegarse. La rama ascendente se sitúa sobre la Amazonia y la rama descendente sobre toda la porción del Atlántico que se extiende del noreste brasileño hasta sudoeste de África, y las variaciones climáticas de ambos lados están en correlación. La situación del Pacífico es inversa, ya que en sus dos riberas las variaciones climáticas están en fases opuestas. Puesto que las distancias entre uno y otro lado del Atlántico son más bien cortas, no puede desarrollarse un mecanismo análogo al del “oscilador atrasado” para generar oscilaciones análogas a las de ENSO en el Pacífico. En efecto, la variabilidad de las temperaturas de superficie es dos veces más reducida en el Atlántico ecuatorial que en el Pacífico. En consecuencia, las variaciones interanuales del calentamiento del Atlántico no provienen principalmente de un desplazamiento hacia el este de la masa de aguas cálidas a lo largo del ecuador, como en el Pacífico, sino de una respuesta del océano a un forcejeo atmosférico: el cambio de posi- ción de la ZCIT. Las variaciones de la temperatura de la superficie del océano, ligadas a un desplazamiento del ecuador meteorológico, son por lo menos tan importantes como las que se producen a lo largo del ecuador geográfico. Se observa una buena correlación entre las anomalías de tempe- ratura al norte y al sur del ecuador (señas de las anomalías de posición de la ZCIT) y las fluctuaciones pluviométricas en el noreste brasileño. Es el descenso hacia el sur de la ZCIT durante el invierno boreal, lo que aporta generalmente la lluvia en el noreste brasileño, región conocida por su aridez con sequías extremas denominadas “secas”. ¿Quiere esto decir que el régimen hídrico del noreste brasilero es independiente del Niño? Ciertamente que no. Recordemos al respecto que en 1877, año del Niño, se produjo una total ausencia de lluvias. En efecto, si bien no existen verdaderos El Niño atlánticos, los episodios conocidos como El Niño-La Niña del Pacífico desencadenan eventos similares en el Atlántico pero en

78

A escala del planeta

las fases opuestas. Cabe señalar, a título de ejemplo, la secuencia de los sucesos en el Atlántico en 1983-1984, ligados con El Niño de 1982-1983, seguido por un episodio frío en el Pacífico en 1984. Al contrario de lo

ocurrido en el Pacífico, 1983 fue un año particularmente frío en el Atlántico; el afloramiento ecuatorial fue allí muy activo, mientras que en 1984, año cálido en el Atlántico, éste prácticamente se desvaneció. En período El Niño (1983), la zona de convección del Pacífico se desplazó hacia el este, con los vientos del este y del oeste convergiendo en ella. Al este de esta zona, los vientos del este se reforzaron y, por consi- guente, los alisios del Atlántico fueron atraídos por la proximidad inhabi- tual de esta zona de convergencia. Este reforzamiento activó la pequeña célula de Walker atlántica y su rama descendente sobre el océano Atlántico

y el noreste brasileño, que sufrió, consecuentemente, un período de seca.

La situación se invirtió en 1984. La Niña dominaba en el Pacífico y, en su extremo oriental, la zona de subsidencia de la célula de Walker se trans- formó, más bien, en una zona de divergencia de los vientos, lo que produjo un efecto repulsivo de los alisios del Atlántico. Éstos se debilitaron; el Atlántico pasó a una fase cálida favorable al descenso hacia el sur de la

ZCIT, lo que favoreció las precipitaciones en el noreste brasileño, como así también en las regiones desérticas de la costa africana, debido a la estrechez de la cuenca. En resumen, ENSO hace sentir su influencia en el Atlántico, espe- cialmente en el noreste brasileño. En esta región, la mayoría de los episo- dios del Niño coinciden con años secos; no obstante, han habido años secos

e incluso muy secos, fuera de los episodios del Niño. Un análisis estadís-

tico muestra que El Niño del Pacífico explica solamente el 10% de la variancia de las precipitaciones en el noreste. Esto es poco, pero suficiente como para hacer pasar la situación de una sequía ordinaria a una aridez excepcional. La correlación entre el índice ENSO y las precipitaciones en

el noreste brasileño es mucho más baja que la que existe entre la pluvio- sidad y la posición de la ZCIT. Por comodidad se habla del Niño y de La Niña atlánticos, pero en realidad estos episodios no corresponden a una oscilación propia del Atlántico, sino que están gobernados por ENSO. A una marcada situación El Niño en el Pacífico corresponde una situación tipo La Niña en el Atlántico; y en el Atlántico se produce un episodio cálido cuando el Pacífico entra en fase fría. Esta relación no tiene nada de sistemático,

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porque solamente se han registrado tres episodios del tipo del Niño en el Atlántico en este último cuarto de siglo: en 1963, 1968 y 1984. Este contraste de fases entre los dos océanos se materializa también de manera espectacular en la frecuencia de los ciclones. Durante un período cálido en el Pacífico, la actividad ciclónica es reducida o casi nula en el Atlántico. Esto se debe a la modificación del trayecto de las corrientes de altitud, las “corrientes-jet” (jet stream), que soplan hacia el este a una altitud de 10 kilómetros y que son responsables de la hora de atraso de los aviones que atraviesan el Atlántico de esta a oeste. Una cizalladura se produce entonces entre esta corriente-jet y los alisios que soplan hacia al oeste, lo que impide la extensión vertical de la convección, condición indispensable para la maduración del ciclón. En período La Niña, por el contrario, la acti- vidad ciclónica aumenta en el Atlántico. Caso excepcional, el 24 de septiembre de 1998 se produjeron tres ciclones simultáneamente.

EL PARENTESCO DEL NIÑO CON EL MONZÓN ÍNDICO

La señal climática dominante en el océano Índico es estacional. Se trata del régimen alternado del monzón, piloteado por las variaciones estacionales de presión sobre el continente asiático. El término monzón viene del árabe mausim, que significa “estación” pero también “viento de las especias y de la fecundidad”. Si no hubieran aprovechado los monzones, los romanos no podrían haber jamás mantenido desde el comienzo de la era cristiana rela- ciones comerciales permanentes con la India y con China. Las especias (pimienta, nuez moscada, clavo de olor, jengibre, canela), traídas de Insulandia, eran productos familiares para los Romanos. De China, de Ceilán y de la India venían las mercancías en navíos indios o persas que utilizaban el monzón hasta la entrada del Mar Rojo. Transportadas por vía terrestre hasta Antioquía o Alejandría, atravesaban luego el Mediterráneo hasta Ostia. Necesitaban un año entero para realizar este periplo, mucho menos que los viajes de los portugueses que, tomando la vía marítima por el Cabo de Buena Esperanza, multiplicaban el trayecto por tres. Esta lentitud relativa era compensada por la importancia de la flota, compuesta por más de un centenar de naves. Los romanos habían incluso abierto un enclave comercial en Virampatnam, cerca de Pondichery, al sur de la India. Esta ruta marítima suplantará más tarde la ruta terrestre de caravanas controlada por los partos. Después de la caída del Imperio Romano y el auge del islam, la ruta de la India cayó, en el siglo VII, en manos de los

80

A escala del planeta

árabes, quienes fundaron enclaves comerciales en la India y hasta en China. En el siglo XV, el cierre de la ruta terrestre de la seda por la dinastía Ming ofrece a los moros el monopolio del comercio entre el extremo oriente y Europa. Sin el monzón, estos navegantes no habrían podido atravesar el mar de Omán a bordo de rápidos veleros que les permitían, en verano, cruzar hacia la India para buscar las especias en la costa de Malabar, y luego volver en invierno. Cabe señalar que hubo que esperar hasta 1786 para que, por la primera vez, Antoine d’Entrecasteaux logre, contra el monzón, realizar el viaje marítimo entre Ceilán y la China. En 1686, el astrónomo inglés Edmond Halley indicó, con razón, que esta inversión de dirección es debida a las diferencias de variación de temperatura entre el océano, donde la amplitud térmica es reducida, y el continente, donde es muy amplia (ver figura 5.1). Para ser más exactos hemos de decir que la verdadera causa son las diferencias de presión indu- cidas por las variaciones de temperatura. Mientras que la presión atmos- férica varía poco en el océano, las variaciones entre el verano y el invierno son considerables en el continente. Durante el verano del hemisferio norte, las tierras de Asia se calientan considerablemente, creando un centro de muy baja presión relativa, hacia el cual afluye el aire oceánico cargado de humedad , dispensando generosas lluvias. La llegada de este monzón del sudoeste es muy celebrada, ya que marca el fin de un período de fuerte calor y de sequía. El relieve del Himalaya constituye una barrera que permite hacer beneficiar de abundantes lluvias a las regiones del norte de la India. La región de Cherrapunji recibe más de 11metros por año. Estas lluvias persisten hasta la llegada del invierno en el hemisferio norte. El enfriamiento invernal crea, por su parte, un vasto anticiclón en el centro de Asia, que es extremadamente potente y que genera una especie de gigantesca y muy seca “brisa de tierra” desde el continente hacia el océano. Aquí, el aire se carga de humedad y de ella se beneficia el norte de Australia. En capítulos anteriores partimos del mortal “fracaso” del monzón de 1877 y de la preocupación de Blanford y de Walker por establecer ciertas relaciones capaces de preverlo. La oscilación austral nos trajo más tarde hacia el Pacífico, principal motor de ENSO, relegando de esta manera las variaciones del monzón índico a la frontera de un fenómeno centrado en el Pacífico, considerado entonces como el verdadero director de orquesta de la variabilidad estacional interanual. Entre el índice de oscilación austral

81

81 Figura A Propagación de una onda de Kelvin a lo largo del ecuador, observada por

Figura A

Propagación de una onda de Kelvin a lo largo del ecuador, observada por el satélite Topex/Poseidon, encargado de medir la altura del nivel del mar Aquí se muestran las anomalías de la altura de la superficie oceánica, expresadas en centímetros y representadas según la escala situada a la derecha. Una anomalía positiva de unos 16 centímetros (en rojo) se desplaza de oeste a este a lo largo del ecuador. Próxima a las costas indonesias el 22 de marzo de 1997, esta anomalía llegó al centro de la cuenca pacífica el 11 de abril y a la costa americana el 30 de ese mismo mes.

11 de abril y a la costa americana el 30 de ese mismo mes. Figura B

Figura B

Anomalías del nivel del mar en el Pacífico, observadas por el satélite Topex/Poseidon Las anomalías positivas (sobre-elevación) aparecen en rojo

y las negativas en azul violeta, según la escala a la derecha.

El contraste entre las dos situaciones

resulta notorio en la zona ecuatorial, donde las anomalías positivas y

negativas se invierten, con diferencias del nivel del mar superiores

a los 30 centímetros, tanto al este como al oeste.

Cortesía del Laboratorio de Estudios Geofísicos y Oceanográficos Espaciales (Unidad Conjunta de la CNES, el CNRS y la Université Paul Sabatier de Toulouse).

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82 Figura C Evolución de la pareja océano-atmósfera en el Pacífico ecuatorial Habitualmente, los alisios inducen
82 Figura C Evolución de la pareja océano-atmósfera en el Pacífico ecuatorial Habitualmente, los alisios inducen

Figura C

Evolución de la pareja océano-atmósfera en el Pacífico ecuatorial Habitualmente, los alisios inducen un afloramiento de aguas frías frente al Perú y una acumulación de aguas cálidas al oeste de la cuenca, haciendo

subir el nivel del mar de 50 centímetros

a

1 metro. En consecuencia,

la

termoclina aflora a la superficie

en la región del afloramiento y se sitúa

a más o menos 200 metros frente

a Indonesia. La circulación atmosférica

se caracteriza por una fuerte ascendencia sobre Indonesia, donde se producen entonces fuertes precipitaciones, mientras que el descenso del aire acarrea condiciones áridas entre la Isla de Pascua y el continente sudamericano en la región entre el ecuador y el norte de Chile. En años El Niño, la reducción de los alisios acarrea un desplazamiento de la masa de aguas cálidas y de la circulación atmosférica asociada hacia el centro del Pacífico. La termoclina sube al oeste y desciende a las profundidades al este.

Cortesía de la NOAA/PMEL/TAO Project Office. Michael J. McPhaden, Director.

NOAA/PMEL/TAO Project Office. Michael J. McPhaden, Director. Figura D Mapas de las temperaturas de superficie del

Figura D

Mapas de las temperaturas de superficie del océano Pacífico ecuatorial La escala coloreada

de temperaturas se indica

a la derecha de cada mapa.

Cualitativamente, existe

una similitud entre La Niña

y las condiciones normales, con un mínimo térmico

a lo largo del ecuador que prolonga el afloramiento

costero. Nada similar ocurre durante un episodio El Niño, donde se observa una banda de aguas cálidas

a lo largo del ecuador,

de una ribera a la otra del Pacífico.

Cortesía de la NOAA/PMEL/TAO Project Office, Michael J. McPhaden, Director.

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83 Figura E Sistema de observación in situ de los océanos tropicales durante el programa TOGA

Figura E

Sistema de observación in situ de los océanos tropicales durante el programa TOGA (Tropical Ocean and Global Atmosphere) Rombos rojos = boyas ancladas Puntos amarillos = instalaciones para medición del nivel del mar en islas y continentes Flechas rojas = boyas derivantes en superficie Líneas azules = rutas de navegación de navíos mercantes que efectúan mediciones sistemáticas de temperatura y salinidad

Los datos son transmitidos por satélite, los que además constituyen un poderoso medio para medir los principales parámetros meteorológicos y oceánicos, así como el nivel del mar. Las observaciones son particularmente intensas en el Pacífico, con ENSO como el “jugador líder” de la variabilidad climática plurianual.

Cortesía de la NOAA/PMEL/TAO Project Office, Dr. Michael J. McPhaden, Director.

Figura F

Machu Picchu:

terrazas para el cultivo construidas por los incas para retener el agua

de lluvia Las antiguas civilizaciones supieron adaptarse de diferentes maneras

a los caprichos del clima y

a las dificultades del medio. Los vestigios arqueológicos ilustran aquí las técnicas de hidráulica agrícola

desarrolladas por los incas para acomodarse

e incluso sacar provecho

de las lluvias diluvianas

que a menudo acompañan al Niño.

Foto : UNESCO/Roque Laurenza.

e incluso sacar provecho de las lluvias diluvianas que a menudo acompañan al Niño. Foto :

84

84 Figura G El huracán Mitch observado por el satélite GOES 8 el 27 de octubre

Figura G

El huracán Mitch observado por el satélite GOES 8 el 27 de octubre de 1998 Después del Niño de 1997-1998, caracterizado por una reducida actividad ciclónica en el Atlántico durante el verano de 1997, el sistema evolucionó muy rápidamente hacia una situación La Niña en el verano de 1998, con un repunte espectacular de los ciclones. La imagen muestra el ciclón Mitch, uno de los más violentos del siglo, llegando a América Central. Los vientos superaron los 300 km/h.

Cortesía de la NOAA, Satellites Services Division.

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85 Figura H La pesca de la anchoveta frente al Perú Durante los episodios El Niño,

Figura H

La pesca de la anchoveta frente al Perú Durante los episodios El Niño, la pesca industrial se ve muy afectada por la creciente escasez del recurso.

Fotos: cortesía de Jürgen Alheit.

El Niño, la pesca industrial se ve muy afectada por la creciente escasez del recurso. Fotos:
El Niño, la pesca industrial se ve muy afectada por la creciente escasez del recurso. Fotos:

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86 Figura I Efectos climáticos del Niño a escala planetaria La temperatura y la pluviosidad del

Figura I

Efectos climáticos del Niño a escala planetaria La temperatura y la

pluviosidad del planeta entero sufren numerosas modificaciones, simultáneas

o

no, durante un episodio

El

Niño. Entre los efectos más

constantes, especialmente

notorios en el invierno boreal, se pueden citar:

sequía y ondas de calor

al

oeste del Pacífico

(“continente marino”, Australia), en América Central, en el noreste brasileño y

al sur de África;

• calor y fuertes

precipitaciones en las zonas

costeras de América del Sur y en el sudeste del Brasil;

• desplazamiento

de la actividad ciclónica de la región indonesia hacia

el triángulo Hawaii-Polinesia-

Cook y reducción de la actividad ciclónica

en el Atlántico tropical;

• reducción del monzón índico.

Cortesía de la NOAA/PMEL/TAO Project Office, Michael J. McPhaden, Director.

Figura J

Sistema de observación in situ de los océanos tropicales durante el programa TOGA (Tropical Ocean and Global Atmosphere) Una de las boyas ancladas en Pacífico ecuatorial para medir permanentemente los parámetros meteorológicos (instrumentos sobre la boya) y oceanográficos, hasta 500 metros de profundidad (instrumentos colocados a lo largo de un cable suspendido a la boya).

Cortesía de la NOAA/PMEL/TAO Project Office, Michael J. McPhaden, Director.

a lo largo de un cable suspendido a la boya). Cortesía de la NOAA/PMEL/TAO Project Office,

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87 (a) Arriba: Una vivienda desplazada. (b) Abajo: Autobuses atascados en una ruta inundada por las

(a) Arriba: Una vivienda

desplazada.

(b) Abajo: Autobuses

atascados en una ruta inundada

por las lluvias.

Figura K

Resultado del paso del ciclón Fifi en 1974 en Honduras (período La Niña). Una de las consecuencias del cambio climático podría ser una mayor frecuencia

y un aumento de la intensidad de tales fenómenos

extremos. Para comprender mejor los procesos climáticos

y oceanográficos, los climatólogos no cejan en su esfuerzo por dilucidar la complejidad de las relaciones entre el océano y la atmósfera.

Foto : UNESCO/Michel Guiniès.

esfuerzo por dilucidar la complejidad de las relaciones entre el océano y la atmósfera. Foto :

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88 (a) Vista aérea del lago que se formó temporalmente en el desierto de Sechura, departamento
88 (a) Vista aérea del lago que se formó temporalmente en el desierto de Sechura, departamento

(a) Vista aérea del lago que se formó temporalmente en el desierto de Sechura, departamento de Piura (norte del Perú), tomada el 28 de febrero de 1998 (episodio El Niño).

Figura L

En período El Niño la crecida de los ríos inunda grandes superficies, creando por un tiempo nuevos lagos o ampliando considerablemente los existentes.

Fotos: cortesía de Miguel Carrillo/El Comercio (Perú).

(b) Visita del Presidente del Perú Alberto Fujimori a dicho lago ese mismo día.

89

y las anomalías de las precipitaciones en la India durante el monzón de

verano existe una correlación estadística significativa. Se asocian El Niño (índice bajo) con monzones deficitarios y La Niña (índice elevado) con

monzones excedentarios. De esto resulta una oscilación de las cosechas de arroz de más o menos un 20%. Curiosamente, la abundancia de las lluvias del monzón está más fuertemente correlacionada con la temperatura de superficie del Pacífico ecuatorial central que con el índice de oscilación austral. Entre los dos fenómenos existe, por lo tanto, una relación muy clara. Es precisamente en este sentido que se organizó, bajo el auspicio de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), de la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI) y del Consejo Internacional de

la Ciencia (ICSU) el programa internacional TOGA (ver recuadro, p. 72),

cuyo objetivo es establecer las bases para una previsión climática interanual. Este programa se dedicó prioritariamente al estudio del Pacífico tropical y

era lógico, considerando la necesidad de disponer, para un período sufi- cientemente largo en relación con las fluctuaciones de ENSO, las medidas necesarias para comprender sus mecanismos. Desde este punto de vista “centrado en el Pacífico”, los resultados

han sido fructuosos. ¿Puede decirse lo mismo respecto del objetivo inicial,

la previsión climática plurianual a escala del planeta y no solamente de las

riberas del Pacífico? En otras palabras, formulando la pregunta de otra manera, ¿qué aporta un mejor conocimiento del funcionamiento de ENSO en el Pacífico a la previsión del monzón? El trabajo de TOGA no mejoró las correlaciones estadísticamente significativas entre ENSO y la variabi- lidad del monzón, aunque tampoco son lo suficientemente elevadas como para que sirvan como una herramienta de previsión. Durante el período 1870-1991 se han registrado 22 años de monzón deficiente, de los cuales solamente 11 corresponden a un episodio El Niño. A la inversa, en los 18 años que fueron netamente excedentarios, sólo 7 son años de La Niña. Este fracaso relativo recuerda el de las complicadas fórmulas de previsión de Walker, a pesar de los progresos de la modelización y de que actualmente se dispone de un conocimiento mucho más elaborado de la física de los fenómenos. Es menester reconocer la evidencia: ENSO se encuentra en la incapacidad de explicar la totalidad de la variancia del monzón a escalas interanuales. No es suficiente prever ENSO para predecir la variabilidad del clima en general y del monzón en particular.

90

A escala del planeta

90 A escala del planeta Enero ZCIT o ecuador meteorológico monzón del noroeste ecuador geográfico Julio
Enero ZCIT o ecuador meteorológico monzón del noroeste ecuador geográfico Julio monzón del noroeste monzón
Enero
ZCIT
o ecuador
meteorológico
monzón
del noroeste
ecuador geográfico
Julio
monzón del noroeste
monzón
del sudoeste
monzón
de África
occidental
monzón
del sudeste
Figura 5.1

El fenómeno del monzón La inversión estacional de los vientos caracteriza al monzón, sobre todo alrededor del océano Índico. Los alisios, arrastrados por la migración de la zona de convergencia intertropical, cambian de dirección atravesando el ecuador, donde la fuerza de Coriolis se invierte. Durante el verano boreal, el ecuador meteorológico y los vientos asociados emigran al norte del ecuador geográfico, siguiendo el Sol. Cargándose de humedad y de calor sobre el océano Índico, producen precipitaciones importantes, especialmente en la India y en Indonesia. El fenómeno del monzón evoca la alternancia cotidiana brisa de tierra-brisa de mar, porque está acentuado por la diferencia térmica entre continente y océano, particularmente marcada en el Índico por la presencia al norte de la cadena del Himalaya.

91

En lo que respecta a la variabilidad interanual del clima para el Atlántico y para el Pacífico, por nuestra parte nos hemos interesado casi exclusivamente en el océano y en la atmósfera. Es imposible razonar de esta manera en lo que respecta al océano Índico, que es un semi-océano, cerrado

a partir de los 25°N por la impresionante masa asiática que se impone

como un actor de peso en el juego climático y que impone sus propias

reglas y escalas características de variabilidad al sistema. Así, se pasa de dos

a tres jugadores, lo que hace la partida diferente y más compleja. Para

comprenderla cabalmente es necesario saber de qué manera la atmósfera,

el océano y los continentes comunican entre sí. Lo hacen intercambiando

calor, humedad y cantidad de movimiento. Los principales puntos de

comunicación son las interfaces entre el océano y la atmósfera, por una parte, y entre los continentes y la atmósfera, por otra. La atmósfera sirve de agente de contacto, de mensajero, entre el océano tropical y el conti- nente: sus movimientos y sus propiedades (el mensaje que transporta, es decir el monzón) dependen de esos dos polos (es decir, sus informantes) y de su variabilidad respectiva. Se puede decir que la atmósfera es un buen mensajero, en la medida en que su tiempo de respuesta, que es breve, reac- ciona rápidamente a las fluctuaciones de sus “informantes”. Como para el Atlántico, las variaciones interanuales de la temperatura de la superficie del Índico tropical son mucho más reducidas que las del Pacífico ecuatorial. Pero, a diferencia del Atlántico, varían en el mismo sentido en todos los aspectos considerados, siguiendo de muy cerca la variación del índice ENSO. A escala plurianual, el océano Índico es solamente un anexo del Pacífico, que sigue el ritmo de las variaciones de la reserva de aguas cálidas del Pacífico occidental. Las variaciones de intensidad de las lluvias del monzón, por otra parte, se correlacionan mucho mejor con las variaciones de temperatura de la superficie del Pacífico ecuatorial que con las del océano Índico. Estas correlaciones son, sin embargo, insuficientes para una previsión eficaz, a causa del tercer jugador: el continente asiático, sometido a las influencias climáticas extra-tropicales que obligan a salir de

la visión regional del monzón que prevalecía y a tomar en cuenta, para su

previsión, el sistema climático en su conjunto y en sus diversas escalas de variabilidad. El monzón y ENSO tienen en común la reserva de aguas cálidas de la zona indo-pacífico, la cual alimenta por convección a la vez la célula de Walker del Pacífico y los flujos del monzón. Este es el rasgo común que explica las correlaciones significativas entre los índices ENSO

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A escala del planeta

y el monzón. Tal correlación subraya la existencia de una relación, pero no expresa necesariamente una relación de causa a efecto. Se vuelve a caer en el problema del huevo y de la gallina, pues debemos admitir que, si bien las fluctuaciones de ENSO se encuentran en las del monzón, también las variaciones de éste tienen una influencia sobre ENSO. Compartimentar el sistema climático, ENSO por un lado, monzón por otro, es útil para analizar la física de los fenómenos, pero, aunque etapa necesaria para la elaboración científica, es un enfoque reduccionista e insuficiente para resolver la variabilidad del sistema climático que depende, también, e incluso tal vez más aún, de la interactividad entre los dos sistemas y de la influencia de las regiones extra-tropicales. Normand escribía en 1953:

Resulta notable que las precipitaciones del monzón índico estén mejor relacionadas con los eventos que le siguen que con los que le preceden. Desgraciadamente para la India, la oscilación austral entre junio y agosto, en el punto máximo del monzón, tiene numerosas correlaciones significativas con los eventos ulteriores y relativamente pocas con los eventos anteriores. El monzón índico aparece entonces como un elemento activo y no simplemente pasivo del clima mundial, más eficaz como herramienta de previsión que como evento a prever. En su conjunto, el trabajo de Walker ha abierto más perspectivas de previsión en otras regiones que en la propia India…

Dicho de otra manera, una vuelta al punto de partida, o más o menos, tras un rodeo por ENSO y el programa TOGA.

TELECONEXIONES PLANETARIAS:

EL PACÍFICO NORTE Y EL RESTO DEL MUNDO

La “teleconexión” refleja los vínculos existentes entre anomalías climáticas que se producen a gran distancia entre sí. ENSO es, en su base, una tele- conexión que vincula las anomalías de presión atmosférica entre Tahití y Darwin vía la célula de Walker. Poco a poco, como hemos visto prece- dentemente, se puede también hablar de teleconexión entre ENSO, por una parte, y el monzón índico o la pluviosidad en el noreste brasileño, por otra. Las teleconexiones se traducen necesariamente por correlaciones estadísticamente significativas entre las anomalías en cuestión. La exis- tencia de tales correlaciones entre dos fenómenos no es suficiente, sin embargo, para hablar de teleconexión. Hace falta, además, un mecanismo explicativo.

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El término “teleconexión”, introducido por Anders Angström en 1935, cayó más tarde en desuso debido a una utilización abusiva. Siempre se pueden buscar correlaciones entre todo y cualquier cosa, y resulta

tentador deducir automáticamente que ellas corresponden a un vínculo físico, incluso si no se lo conoce, siendo que la correlación puede haber sido puramente fortuita. La correlación simple corría el riesgo de remplazar el razonamiento, por eso, todo aquel que utilizaba esta palabra era sospechoso de pereza intelectual. Aunque sin utilizar la expresión, en las páginas prece- dentes hemos analizado las teleconexiones entre ENSO y las regiones tropicales de los océanos Índico y Atlántico, sobre todo las que están trans- mitidas por las células de Walker. Esta apelación se ha reservado en general para las interacciones con las regiones extra-tropicales. La correa de transmisión de las perturba- ciones es la célula de Hadley, que funciona en un plano meridiano (norte- sur). Un episodio El Niño que provoca una repartición de la reserva de aguas cálidas a lo ancho del Pacífico ecuatorial provoca también un descenso de la ZCIT hacia el ecuador, un aumento de la convección atmosférica y, por lo tanto, una activación de la célula de Hadley que poco

a poco transfiere más energía hacia las altas latitudes. La temperatura del aire en la troposfera aumenta y también el gradiente térmico del ecuador hacia las altas latitudes.

EN

EL

PACÍFICO

NORTE

La transferencia de energía de la célula de Hadley hacia las altas latitudes se efectúa también en forma ondulatoria, lo cual, periódicamente, aumenta

o disminuye las presiones atmosféricas hacia el norte. Durante un El Niño,

esto resulta, por ejemplo, en un refuerzo de la zona de baja presión del Pacífico norte (Aleutianas) y una más fácil entrada de aire marino al noro- este de los Estados Unidos y de Canadá, que viven entonces inviernos moderados y húmedos. El aporte de energía suplementaria en la célula de Hadley se evacúa también en parte en la alta troposfera por el reforza- miento y la extensión hacia el este de la corriente-jet subtropical que se esta- blece en la zona de gradiente térmico (también reforzado), limitando la célula de Hadley por su flanco norte. Esta corriente-jet se acompañada de granizo y borrascas en California y México en invierno. Y su extensión hacia el este es también la que limita la génesis de ciclones en el Atlántico. Durante La Niña, la corriente-jet subtropical se debilita, provocando sequía

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A escala del planeta

en México y en el golfo de México, y el aumento de la frecuencia de los ciclones atlánticos. El ejemplo del sur de los Estados Unidos muestra, sin embargo, que hace falta mucha precaución antes de vincular una modificación en zona templada con la oscilación austral. El rudo invierno que conoció el sudeste de los Estados Unidos en 1976-1977 fue de esta manera atribuido al Niño. En Florida colgaban naranjas cubiertas de hielo de las ramas de los naranjos. Durante el episodio de 1982-1983, por el contrario, el invierno fue el más clemente de los últimos 25 años: el consumo de energía dismi- nuyó y las cosechas de cereales fueron pletóricas. Esto muestra la necesidad de fundar las teleconexiones sobre bases físicas. La transferencia de energía hacia las altas latitudes se efectúa igual- mente por la vía oceánica, mucho más lenta y por ende menos conocida. Efectivamente, en 1993 se detectó un recalentamiento del Pacífico a la altura de los 40°N y numerosos oceanógrafos estuvieron de acuerdo que se estaba en presencia de uno de los efectos del Niño de 1982-1983. En la sección “El Niño, fase cálida de ENSO” (ver capítulo 4) solamente nos refi- rimos a la banda intertropical, pero el tema no se detiene allí. Así, cuando el recalentamiento llega a las costas de América del Sur, como en 1982- 1983, la onda cálida de Kelvin recorre la costa de América Central y luego la de América del Norte, para llegar, tres meses más tarde, al paralelo 40°N. La elevación del nivel del mar desencadena entonces una onda de Rossby que se desplaza hacia el oeste en profundidad, muy lentamente, ya que su velocidad es inversamente proporcional al cuadrado de la latitud. En 1991-1992, esta onda llegó a la región del Kuroshio y fue empu- jada hacia el norte, lo que trajo como consecuencia un recalentamiento de más de un grado y que perduró hasta 1992-1993. Esta perturbación se repercutió en la atmósfera y, por lo tanto, en las condiciones meteoroló- gicas. Aquí aparece un nuevo componente del complejo edificio climático:

¿habrá habido una relación entre las crecidas del Mississipi de 1993 y El Niño de 1982-1983?

EN

EL

RESTO

DEL

MUNDO

En realidad, y para ir más lejos, es difícil emplear el término “teleconexión” en el sentido físico que le hemos dado. Los conocimientos actuales no permiten, en efecto, vincular eventos climáticos que se desarrollan en Europa y en Medio Oriente con la oscilación austral. No se puede conta-

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bilizar como efectos del Niño, como ocurrió durante el episodio de 1997- 1998 (inundaciones en Europa occidental con 25 muertos y 200 millones de dólares de daños, o la ola de frío en Medio Oriente, con 65 muertos y 50 millones de dólares de pérdidas), cuando nada ha demostrado hasta el día de hoy una vinculación con El Niño. Si bien es cierto que pueden haber efectivamente correlaciones más o menos significativas y fortuitas con el resto del mundo, hay que evitar interpretarlas como consecuencias de ENSO. Cualquier anomalía climática que se produzca en el mundo en un período El Niño no debe sistemáticamente imputarse al Niño que, a pesar de su nombre, no tiene por qué jugar el papel del chivo expiatorio.

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6
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¿Se puede prever ENSO?

ÉXITOS Y FRACASOS DE LA PREVISIÓN

Para ser eficaz en términos socioeconómicos, la previsión del Niño o de La Niña debe hacerse con varios meses de anticipación. Los científicos siempre han tenido la tentación de prever El Niño, pero, inevitablemente, con una probabilidad de error, que esta anticipación no hace sino acrecentar. Un folleto australiano aparecido en 1991 indicaba: “Podemos anunciar la probabilidad de que en un mes determinado las precipitaciones excedan un determinado límite. Pero el 66% de probabilidad de que las precipitaciones sobrepasen, digamos, los 100 mm significa que en un año de cada tres habremos errado la previsión.” La historia de las tentativas de previsión del Niño ilustra la dificultad que tal ejercicio implica frente a los caprichos de un fenómeno climático caótico. Se trata de una historia reciente, que comienza en 1982 con la versión canónica, inmediatamente contradicha por el evento de 1982- 1983, que la hizo “saltar”. Este es sólo un ejemplo entre otros. Un cate- drático de una universidad norteamericana, basándose en una correlación estrecha entre El Niño y las cosechas de trigo en el estado de Illinois, predijo una cosecha abundante para 1983, anuncio que tuvo incluso eco en la prensa. Desafortunadamente, la cosecha sólo alcanzó la mitad de lo normal, lo cual evidentemente no hizo mejorar la reputación de los inves- tigadores.

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¿Se puede prever ENSO?

Unos pocos años más tarde, Stephen Zebiak y Mark Cane de la Universidad de Columbia obtuvieron gran éxito –restituyendo la imagen de los científicos– cuando anunciaron El Niño de 1986-1987 con varios meses de anticipación, basándose para ello en un modelo océano-atmós- fera simple. Algunas autoridades, como las de Etiopía, tomaron ciertas medidas en consecuencia. Convencido por los meteórologos, el gobierno etiopiano adaptó la producción agrícola a un año El Niño caracterizado por un reforzamiento de la época de lluvias corta (mediados de febrero a mediados de mayo) y una escasa pluviosidad durante la época de lluvias larga (junio a septiembre). El gobierno estimuló así al campesinado a sembrar y a fertilizar al máximo durante la primera, para compensar las pérdidas que resultarían de la sequía del verano. Para ésta última, aconse- jaba limitar las superficies sembradas y sembrar plantas de crecimiento rápido. Este mismo modelo predijo también el comienzo del evento de 1991. Por su parte, el gobernador del estado de Ceara, en el noreste del Brasil, tomó en cuenta la previsión y decidió aplicar ciertas medidas para limitar los efectos de la sequía. Se transmitió una consigna a los campe- sinos, incitándoles a sembrar plantas de crecimiento rápido en entorno seco y, desde la capital, Fortaleza, se tomaron medidas para economizar agua. A pesar de que las lluvias se redujeron en un tercio, la producción de cereales superó el 80% de la normal en un año lluvioso. Confortados por estos éxitos, los autores sugirieron en 1991, y no sin razón, que el mecanismo del Niño sería simple: “El grado de precisión obtenido por la previsión, y a pesar del carácter rústico del modelo, es significativo. Este sugiere que el mecanismo responsable del Niño y, por extensión, de ENSO, es robusto y simple. Si fuera complejo, delicado o dependiente de detalles a pequeña escala, este modelo no funcionaría.” La Naturaleza quizás se haya sentido ofendida por esta simplificación y se vengó en la primera ocasión posible. La fenecencia del Niño, esperada por los científicos para fines de 1992, no se produjo. El evento cálido duró prácticamente cuatro años, lo cual es todo salvo canónico y, al mismo tiempo, poco compatible con la hipótesis del oscilador atrasado. A pesar de que las regiones frente al Perú y Ecuador experimentaron tres El Niño suaves a principios de 1992, de 1993 y a fines de 1994, la temperatura oceánica de alta mar entre los 150 y 160°O se mantuvo constantemente por debajo del promedio. En realidad se puede decir que este episodio El Niño fue continuo desde 1990 hasta 1995. El Servicio Nacional del Clima

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de los Estados Unidos, cuya previsión a largo plazo privilegia los cambios de temperatura del Pacífico, reconoció la dificultad de su misión: “El fenó- meno El Niño que se desarrolla actualmente vino como una verdadera

Es el tercero en cuatro años y las previsiones no lo vieron llegar

hasta entrado el verano de 1994.” Este modelo se equivocó igualmente en 1997 y la esperanza que había inspirado impidió que se prestara suficiente atención a ciertas señales detectables 6 meses antes y a los resultados de otros modelos que tomaban mejor en cuenta la complejidad de las rela- ciones entre el océano y la atmósfera. Definitivamente, a la Naturaleza no le agrada la simplificación y, a la inversa de la citación precedente, ella es compleja, delicada y sensible a los

sorpresa

pequeños detalles. Sin embargo, el evento de 1997-1998 fue una verda- dera suerte para los científicos, en la medida en que es el primero de esta intensidad que se ha beneficiado de una red tan completa y densa de observaciones que permitieron seguir su evolución día a día. A falta de una correcta previsión en la fase original, ¿qué se puede aprender de esta experiencia?

UN OPTIMISMO MODERADO

Los resultados de los modelos que acoplan el conjunto de la circulación atmosférica y la dinámica oceánica muestran que el Pacífico tropical es “previsible” un año antes si los modelos se ajustan periódicamente usando las mediciones producidas por las diferentes redes de observación. La comparación realizada entre la evolución de las temperaturas de superficie del Pacífico ecuatorial y las que predecían los modelos muestra, retros- pectivamente, que el calentamiento que comienza a principios de 1997, para culminar a fines del mismo año, había sido previsto ya en noviembre de 1996. El respeto escrupuloso del método experimental es lo que ha inhibido a los científicos: esperaron hasta que los resultados del modelo simple, que había funcionado bien anteriormente, fueran completamente descalifi- cados por las observaciones. A partir de abril de 1997, las previsiones de temperaturas de superficie para los meses siguientes fueron satisfactorias. ¿Se trataba en este caso de un progreso decisivo o, por el contrario, de un nuevo giro del fenómeno que demuestra, cada vez que aparece, que es imprevisible? A pregunta embarazosa, respuesta prudente. Los modelos han indiscutiblemente progresado, pueden tomar en cuenta toda la comple-

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¿Se puede prever ENSO?

jidad del sistema océano-atmósfera y los medios ahora disponibles no tienen punto de comparación con los que existían antes de TOGA. Estos modelos han ofrecido efectivamente un panorama satisfactorio de lo que ocurriría en 1997, incluso si subestimaron la amplitud del fenó- meno. Paralelamente, las observaciones de la red mostraron que al oeste del Pacífico la transferencia de calor de oeste a este a lo largo del ecuador se había ya iniciado a 150 metros de profundidad en septiembre de 1996, sin trazas aparentes en la superficie. En otras palabras, el fenómeno había sin duda ya comenzado desde hacía algunos meses cuando los modelizadores entregaron sus primeras previsiones en noviembre de 1996. Las anomalías de temperatura de la superficie del océano, firma típica de El Niño, apare- cieron solamente en marzo de 1997. ¿Habría sido posible predecirlas un año antes con estos mismos modelos? Por el momento, la respuesta es nega- tiva y no es imposible que lo siga siendo en la medida en que una simple modificación de las condiciones iniciales puede cambiar la evolución del sistema. Ahora bien, todo modelo no hace más que extrapolar, con técnicas numéricas sofisticadas, la dinámica del sistema. Si éste casi no evoluciona, se habla entonces de una situación de “bloqueo” y el previsionista queda paralizado. ¿Cómo se podría prever que una situación calificada de normal y aparentemente estable en el Pacífico ecuatorial evolucionara hacia un episodio El Niño antes de haber detectado las premisas? O bien, y más deli- cado aún, ¿cómo prever, en pleno auge hacia El Niño, que el sistema evolucionará algunos meses más tarde hacia La Niña, e incluso a la inversa? Esto nos conduce al problema no resuelto de los mecanismos que desen- cadenan El Niño y de los diversos índices que los ponen en evidencia. Cada evento tiene su propio carácter que lo distingue de los demás. ¿Cabría talvez deducir que se trata de mecanismos desencadenantes diferentes? Talvez, pero por lo menos deberíamos admitir que su éxito depende ampliamente de las condiciones climáticas en el momento de su aparición: variaciones estacionales, variaciones decenales, ruido de fondo atmosférico, influencia de las regiones extratropicales que hacen que El Niño esté inextricable- mente ligado al conjunto del sistema climático, de donde la dificultad de su previsión. De esta manera, aunque el esquema del oscilador atrasado describa la manera en la que el océano propaga en forma de ondas la energía mecánica que recibe de la atmósfera, el esquema es en sí a su vez descalificado por

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exceso de simplificación. Es como una suerte de figura que se impone a la Naturaleza que, como los patinadores, se complace mucho más cuando ejecuta figuras personales y libres. La versión canónica de 1982 era una cronología única y que seguía el calendario. La del oscilador corresponde –y ya es un progreso– a un proceso único indiferente al calendario pero que refleja un modo propio de oscilación de la cuenca oceánica con un período de alrededor de los 18 meses. Los tres eventos sucesivos de 1991 a 1995 no entran manifiestamente en este esquema. Las observaciones de 1997-1998 validaron el proceso de base, la propagación de las ondas de Kelvin, pero éste no correspondía con la secuencia ideal del oscilador atrasado. En efecto, en el oeste de la cuenca, la atmósfera fue la sede de oscilaciones con un período de 40 a 50 días, induciendo golpes de viento del oeste. Cada ventarrón se acompañaba de una onda de Kelvin de “bajada” (down-

welling), cuya progresión se pudo seguir gracias al satélite Topex/Poseidon

y a la red instalada bajo el programa TOGA. Tales eventos se produjeron

en diciembre de 1996, febrero, mayo, agosto, octubre y noviembre de 1997. Esta sucesión de ondas Kelvin no permitieron que el esquema del oscilador atrasado funcionara, en la medida en que cada dos a tres meses el “partido” volvía a empezar con un nuevo ventarrón del oeste. Cuando,

a partir de mayo de 1998, la situación se invirtió hacia una La Niña mode-

rada, nadie pudo decir si esto correspondía al esquema del oscilador atra- sado después de un último golpe de viento del oeste. Con el riesgo de que el próximo episodio lo desmienta, El Niño, o al menos la aparición de anomalías de temperatura de superficie que lo carac- terizan, y su evolución, puede preverse con varios meses de anticipación gracias a los modelos numéricos que acoplan océano y atmósfera y a las observaciones in situ que permiten recalibrar regularmente los modelos respecto del océano real. No obstante, esto no responde a la expectativa de una previsión sobre la amplitud de las perturbaciones climáticas que afec- tarán tal o cual parte del mundo. Las relaciones estadísticas entre los índices de ENSO y el tiempo que hará en las regiones tropicales no son suficien- temente poderosas como para hacer de ellas instrumentos de previsión operacionales. Los ejemplos del noreste brasileño y del monzón índico nos han dado una buena lección al respecto. De esta manera, en lo que se rela- ciona con los índices de la oscilación austral y de la temperatura de la super- ficie del océano, los eventos de 1982-1983 y de 1997-1998 son de una importancia comparable, aunque no tuvieron las mismas consecuencias.

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¿Se puede prever ENSO?

En 1997-1998 Australia experimentó efectivamente un déficit pluviomé- trico, pero nada comparable con la severa sequía de 1982-1983. El monzón en la India, por su parte, fue prácticamente normal durante el verano de

1997. Inversamente, en Kenya y en el sur de Somalia se produjeron de octubre de 1997 a enero de 1998 las más abundantes lluvias desde por lo menos 1961. La perspectiva de una previsión de las variaciones climáticas regio- nales ligadas a ENSO, hecha a partir de índices simples como la presión atmosférica o la temperatura de la superficie del océano, corresponde a una idealización del fenómeno que “dicta” la variabilidad climática sin que ningún elemento del resto del sistema climático lo perturbe. Esta idea debe abandonarse. El Niño y La Niña deben acomodarse a la irremediable complejidad del sistema climático, que no puede reducirse a algunas pocas recetas simples ni ser descrito a partir de algunos índices, por muy inte- gradores que sean. Para predecir los impactos climáticos no hay otra solu- ción que la de recurrir a los modelos que acoplan el océano y la atmósfera

y que han permitido, retroactivamente, prever el evento de 1997-1998

con algunos meses de anticipación, y que, además, están siendo probados actualmente para la previsión de la variabilidad del clima en cualquiera región del mundo. Estos modelos minimizan la importancia de ENSO, cuya única singularidad reside en que la amplitud de la variabilidad es particularmente acentuada y que puede, por lo tanto, preverse más fácil- mente en las regiones tropicales que en el resto del mundo. Resulta entonces impropio hablar de las “consecuencias “ del Niño, en la medida que él mismo es el resultado de esta variabilidad, que, como el monzón, no determina. Todos estos eventos son interactivos y el índice de oscila- ción austral es un indicador de la variabilidad del conjunto del sistema climático. Frente a esta complejidad, hablar de los mecanismos que generan El Niño es una comodidad que nos permite, en una cronología de eventos, detectar los índices anunciadores. Esto no prohibe sin embargo la previsión, ya que los modelos son ellos mismos construc- ciones dinámicas que simulan la evolución de la pareja océano-atmósfera

a partir de una situación inicial a la cual aplican las leyes de la dinámica

de fluidos para determinar los estados siguientes. Para funcionar, no tienen necesidad de cadenas causales explícitas. En conclusión, la previsión de ENSO con algunos meses de anticipa- ción es realista, pero, en razón de las múltiples interacciones y de su carácter

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altamente caótico, esta predictibilidad no puede ir más allá de un ciclo. La previsión de las variaciones climáticas sigue siendo embrionaria y depende del mejoramiento de los modelos. Pero estos modelos son inútiles si no están alimentados por datos de observación del mundo real. Si bien existen sistemas operacionales de observación de la atmósfera para la previsión meteorológica, nada comparable existe para el océano, pieza maestra en la escala de tiempo de las variaciones climáticas. Las redes experimentales de observación (TOGA) han demostrado su eficacia y los satélites de obser- vación como Topex/Poseidon han dado pruebas de sus cualidades. Es nece- sario ahora darles una continuidad operacional, sin la cual no podremos jamás pretender contar con una previsión climática. Es verdad que llevar a cabo observaciones oceánicas permanentes in situ no es tarea simple. En el caso de la atmósfera es más fácil, porque los principales parámetros necesarios a las previsiones (temperatura, presión, humedad, viento) son medidos en plataformas estables como los continentes y las islas. Para penetrar el océano y realizar las medidas necesarias (temperatura, sali- nidad, corrientes) se requieren plataformas muy variadas: barcos, boyas con instrumentos, dispositivos automáticos, flotadores derivantes en la super- ficie y en las capas más profundas, capaces de transmitir las informaciones por satélite, etc. Dado el costo de estas instalaciones y de su reemplazo y mantenimiento en un medio hostil como es el océano, pasar a la fase operacional implica disponer de medios a otra escala. Es precisamente eso lo que pretende la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI), que se esfuerzan en convencer a los Estados Miembros sobre la necesidad de crear un Sistema Mundial de Observación de los Océanos (GOOS).

LAS IRREGULARIDADES DEL NIÑO

Existen dos causas principales de irregularidad que hacen de ENSO un fenómeno oscilatorio rebelde a toda tentativa de normalización: el ciclo de las variaciones estacionales y el ruido de fondo atmosférico. La versión canónica de ENSO traza el desarrollo de un evento El Niño en el ciclo esta- cional. El oscilador atrasado produce un modo de oscilación propio al Pacífico ecuatorial en dónde, una vez desencadenado, su desarrollo es inde- pendiente del ciclo estacional. Las observaciones del programa TOGA demuestran, sin embargo que, ni la sumisión al ciclo estacional, ni la inde- pendencia total respecto a él corresponden con la realidad.

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¿Se puede prever ENSO?

Es verdad que el desarrollo de ENSO depende de las variaciones estacionales, lo que explica en parte su comportamiento caótico y limita su predictibilidad. En el análisis precedente de ENSO, fenómeno pluria- nual de gran amplitud, hemos descuidado las variaciones estacionales por ser demasiado leves en la banda ecuatorial. La diferencia de temperatura de superficie entre un evento cálido y uno frío sobrepasa a veces en el Pacífico los 6°C, mientras que esta diferencia es, en circunstancias habi- tuales, inferior a 2°C en un ciclo anual “normal”. Incluso cuando están ocultas en períodos extremos (El Niño, La Niña), estas variaciones se mantienen. En el invierno y en la primavera del hemisferio norte, los alisios dismi- nuyen a lo largo del ecuador, la intensidad del afloramiento ecuatorial disminuye también y la temperatura de superficie, agente del acoplamiento entre el océano y la atmósfera, y motor de ENSO, aumenta. Lo contrario se produce en la estación opuesta. De esta manera, el ciclo estacional modula a ENSO y puede incluso destabilizarlo y hacer su evolución caótica. El diferente tiempo de reacción de los dos componentes del sistema climático también juega un rol. A escalas meteorológicas, la atmósfera es casi indiferente al océano. Lo contrario no es cierto, sin embargo, y el océano, que maneja variaciones a escalas climáticas, no es indiferente a las fluctuaciones de la atmósfera a escalas meteorológicas más cortas. Estas son las fluctuaciones calificadas de “ruido”, como el ruido de fondo que en una asamblea un poco agitada el orador debe dominar. En un período sufi- cientemente largo, el ruido atmosférico parece aleatorio. Puede, sin embargo, devenir suficientemente fuerte para poder transmitir al océano una señal que se propaga en forma de ondas y desencadenar un evento El Niño, o perturbar su evolución. Así sucede con aquellos ventarrones del oeste que aparecen a veces al oeste del Pacífico ecuatorial y que se han propuesto como iniciadores del Niño y que, habiéndose repetido en 1996- 1997, contribuyeron a la originalidad del fenómeno. El propio efecto del ruido atmosférico varía con las estaciones, y los ventarrones de oeste tienen por su parte más posibilidades de desenca- denar un ENSO en un momento del ciclo estacional que en otro. Estas dos fuentes de irregularidad están por lo tanto ligadas, lo cual refuerza la no-linearidad del sistema y el riesgo de una evolución caótica menos predecible.

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EL PASADO Y LA PREVISIÓN A LARGO PLAZO

Las temperaturas de superficie del Pacífico ecuatorial fueron particular- mente elevadas en el decenio 1980-1990. Correlativamente, los valores negativos del índice de oscilación austral dominaron durante el mismo período. Calculadas durante el período 1950-1988, las anomalías del índice de oscilación austral fueron negativas durante 36% del tiempo entre 1950 y 1975 y un 62% del tiempo de ahí en adelante. La magnitud de los eventos de 1982-1983 y de 1997-1998, así como la duración anormal del evento de 1991-1995, constituyen signos incontestables de un cambio de régimen, ya notado con el paso de la versión canónica característica del período 1945-1975 a la variabilidad de las situaciones ulteriores. ¿Es éste el signo de una variabilidad decenal normal o bien debemos ver en él la marca del aumento del efecto de invernadero y del calentamiento global que se observa desde hace un centenar de años, con una elevación de temperatura del orden de los 0.6°C? Este calentamiento tuvo una pausa entre 1940 y 1975, para retomar su curso y de manera continua poste- riormente (0.3°C desde 1975). ¿Se trata de una pura coincidencia? Algunos afirman que la elevación de la temperatura del aire sería inducida por el calentamiento del océano, provocado por el cambio de régimen. Otros, a la inversa, ven este cambio de régimen como una consecuencia del cambio global. La cuestión no está resuelta y no puede resolverse si no se conoce la variabilidad de ENSO a escala decenal. Solo el análisis de la historia de ENSO en el curso de los siglos pasados puede aclararnos. Ahora bien, esta reconstitución es ardua y difícil, incluso contando actualmente con tres tipos de información:

las medidas directas de los parámetros característicos (presión atmosférica, temperatura de la superficie, precipitaciones) o “medidas instrumentales”;

una evaluación indirecta de estos parámetros a partir de las propiedades del entorno, cuya evolución o crecimiento dependen de las propiedades climáticas locales: corales, árboles, glaciares que registran esta variabilidad climática;

las informaciones documentales dejadas por quienes fueron testigos, víctimas o a veces beneficiarios de estos fenómenos. William Quinn elaboró la primera cronología completa, utilizando infor- maciones acumuladas desde la llegada de los españoles a América del Sur. Con sus colaboradores, Quinn publicó en 1992 una cronología de los eventos El Niño desde 1497, clasificados según su intensidad: moderada,

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¿Se puede prever ENSO?

fuerte, muy fuerte. Lograron así registrar 124 eventos hasta 1987, es decir, aproximadamente un evento cada cuatro años. Posteriormente se ampliaron estas observaciones con información pasada que llegaba al tiempo de la conquista árabe en 622, usando análisis de las crecidas anuales del Nilo, registradas en El Cairo y presuponiendo que estas crecidas estaban ampliamente determinadas por el Nilo Azul y el río Atbara que venían de los montes de Etiopía, ambos dependientes de los flujos del monzón y, por lo tanto, de la oscilación austral. Gracias a esta reconstrucción, El Niño se mezcla ya en las peripecias más o menos anecdóticas de las conquistas españolas. Por ejemplo, bajar desde Panamá hasta Lima no era un asunto fácil, a causa del viento y de las corrientes contrarias. Se necesitaban varios meses, incluso más de un año. En todo caso, la duración del trayecto había de alguna manera dejado una fuerte impresión, como testimonia el informe de un capitán de navío que se embarca en 1748 en Paita con su jóven esposa con destino al Callao, donde llega padre de un niño nacido durante el viaje y que, además, ya sabía leer… Es posible que la extensión del viaje se explique más por razones comerciales que meteorológicas, ya que a veces era muy rápido. El padre Ruiz Portillo puso apenas 26 días para ir de Panamá a Lima en 1568, aprovechando los vientos que, de manera inhabitual, soplaban hacia el sur. William Quinn clasifica precisamente ese año como un período fuerte del Niño. Encontramos también huellas de ENSO en las peripecias de los galeones españoles que, tras un encuentro con naves procedentes de California y Perú, desplegaban velas de Acapulco a Manila empujadas por los alisios. El viaje de regreso se efectuaba por latitudes templadas, donde dominan vientos y corrientes del oeste. Los archivos del puerto de San Francisco revelan, sin embargo, que ciertos viajes terminaban en catástrofe:

un galeón que venía de Lima podía de pronto toparse con un tiempo nublado y una corriente cálida del norte (El Niño) y así faltar a su cita. Otros navegantes, en lugar de beneficiarse de los alisios, debían afrontar vientos del oeste, contrarios. Los víveres escaseaban y las tripulaciones eran diezmadas por el escorbuto. Alexandre von Humboldt cuenta la malaven- tura de un capitán de galeón, Don Josef Arosbide que, preocupado por evitar las emboscadas de los corsarios británicos, intenta navegar por la ruta directa de Manila al Callao. La suerte lo acompañó de tal modo que no tuvo que luchar contra los alisios, que habían sido remplazados por vientos

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más suaves pero favorables; el viaje lo realizó en noventa días gracias al Niño, el de 1791, que fuera calificado como fuerte por Quinn. Desafortunadamente, el mismo Arosbide quiso renovar la hazaña en el viaje

siguiente, pero, después de luchar en vano contra los alisios, se vió obligado

a subir hacia el norte para retomar la ruta normal. Sin víveres, abandona

en el puerto de San Blas, donde muere de fatiga y de pena. Para la historia, la pregunta siguiente es más importante: ¿tuvo Francisco Pizarro al Niño como aliado? Es lo que piensa Quinn a la lectura del informe de Francisco Xeres, Secretario de Pizarro durante la expedición de 1531-1532, que lo conduciría a la conquista del imperio inca, y a la muerte de su jefe, Atahualpa. Primeramente, Quinn nota que, habiendo

partido de Panamá en enero de 1531, Pizarro llega a San Mateo, cerca del ecuador, en trece días, mientras que el viaje precedente había durado dos años… Habiendo partido de San Miguel de Piura, al norte del Perú en septiembre de 1532, llega a Cajamarca, donde preparó la emboscada a Atahualpa en noviembre de 1532, luego de haber atravesado sin dificultad una región de ríos crecidos, fenómeno inhabitual en esa estación. Esta versión romanesca ha sido refutada a partir del análisis crítico de los textos originales y de una reconstitución más exacta de las referencias geográficas. Luc Ortlieb concluye en 1999: no, no hubo El Niño en 1531-1532. Si hemos insistido en este ejemplo, es porque ilustra la dificultad de recons- truir una cronología fiable de eventos climáticos a partir de documentos salpicados de la subjetividad del autor y del propio lector. Ortlieb pone así en duda la cronología de Quinn, de la cual excluye 25 eventos e introduce otros 7. Es difícil en estas condiciones llevar a cabo un estudio fiable de la variabilidad del Niño a través de la historia. ¿Puede esperarse algo mejor de métodos científicos más rigurosos que permiten una evaluación indirecta de los parámetros climáticos? Cada anillo de crecimiento de los árboles representa un año, la evaluación de su edad es evidente y permite remontar el tiempo de la periferia hacia el centro. Ciertas coníferas del oeste de los Estados Unidos permiten así remontar 300 a 400 años; se puede incluso remontar hasta 1.000 años con los árboles muertos, gracias a la arqueología. El crecimiento anual es repre- sentativo de las condiciones climáticas locales; éste aumenta con la tempe- ratura y la humedad. Se puede por lo tanto analizar el grosor de los anillos

y obtener informaciones sobre las variaciones climáticas anuales durante la

vida del árbol. Esta dendrocronología es aún más sensible cuando las varia-

108

¿Se puede prever ENSO?

ciones climáticas son más contrastadas, como es el caso en las zonas semi- áridas. Estos estudios han sido realizados sobre todo en el suroeste de los Estados Unidos y en el norte de México, zonas ligadas a ENSO por tele- conexión. Los corales permiten también un estudio comparable, puesto que su esqueleto calcáreo comporta estrías de crecimiento que permiten remontar el tiempo en centenares de años, e incluso a veces con una resolución esta- cional. La presencia de ciertos elementos químicos del esqueleto o su composición isotópica dependen de la temperatura del mar, de las preci- pitaciones y de la productividad. Los análisis químicos e isotópicos de los corales permiten así una reconstitución del medio que los acoje. Las islas y los atolones del Pacífico, de las Galápagos a Indonesia, permiten jalonar el Pacífico ecuatorial, dominio de ENSO. Se ha podido confirmar que las variaciones de temperatura de superficie al este no eran más que parcial- mente representativas de ENSO. En otras palabras, El Niño original, tal como se manifiesta en las costas sudamericanas, no es completamente representativo de ENSO. Las anomalías significativas de temperatura de superficie al oeste y del índice de oscilación austral no siempre guardan rela- ción con datos térmicos en las costas americanas del Pacífico. Los glaciares, por su parte, constituyen un tercer archivo. Las preci- pitaciones crean en ellos un nuevo estrato cada año, cuyas propiedades (grosor, contenido de partículas, composición isotópica del oxígeno) son igualmente características de las condiciones climáticas presentes en el momento de la formación de cada capa. Muestras cilíndricas de casi 200 metros extraídas de los glaciares de los Andes, sometidos a la influencia conjunta del Pacífico y del Atlántico, cuentan la historia del clima desde hace 1.500 años. El conjunto de estas informaciones, más la historia de la crecidas del Nilo, ofrecen una cantidad preciosa de archivos climáticos, aunque es difícil interpretarlos si se desea utilizarlos cuantitativamente para evaluar la variabilidad de un fenómeno climático como El Niño. Las dificultades son múltiples y comunes a estos diferentes tipos de registros. Primero, se ha de pasar de los archivos a los parámetros climáticos (temperatura, precipita- ciones), lo cual implica establecer una relación sólida entre los primeros y los segundos. Ahora bien, esta relación, que traduce los procesos físicos, químicos y biológicos, no es ni simple ni inequívoca: diversos estados climáticos diferentes pueden dejar la misma huella en los archivos. Además,

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es necesario realizar marcas comparando los datos de los archivos con las medidas instrumentales de los parámetros climáticos que les sean contem- poráneos. Este marcado se puede llevar a cabo solamente para períodos recientes (después de 1850), para lo cuales existen tales medidas. Por otra parte, cada archivo tiene una significación esencialmente local y se ha de estar seguro que todavía representa cabalmente el clima regional respecto del presente. Por último, y suponiendo que los problemas evocados se puedan resolver, un archivo determinado cuenta su propia versión de la variabilidad local del clima y revela una faceta particular, aunque incom- pleta de ENSO. Las marcas, por su parte, plantean implicitamente la hipó- tesis de que las relaciones entre ENSO y los climas locales son constantes. Sabemos que este no es el caso y que ese es precisamente uno de los aspectos de la variabilidad de ENSO que deseamos conocer. Existe por lo tanto una cierta contradicción entre la hipótesis de base que implica una cierta constancia de los fenómenos y el objetivo, o sea, determinar su varia- bilidad. Es por eso que las conclusiones de estos estudios son general- mente prudentes. Así, de un análisis comparativo de informaciones de documentos históricos, de los resultados de la dendrocronología en México y Nuevo México y de los análisis de una muestra cilíndrica extraída del glaciar de Quelcaya en los Andes peruanos, Joël Michaelsen y Lonnie Thompson se contentaron de concluir que, desde 1600, es posible que la variabilidad de ENSO no haya casi cambiado y que existe una cierta evidencia de períodos de fuerte actividad de ENSO, a principios de los siglos XVIII y XX, y de menor actividad a principios del siglo XIX. Para progresar hemos de encontrar cómo sintetizar los diferentes registros afin de restituir en su totalidad la complejidad de ENSO. No hemos avanzado lo suficiente como para explicar la variabilidad de ENSO y deducir si la tendencia actual, es decir la acentuación de los episodios El Niño, resulta de un calentaminto global. Menos aún, estamos en condiciones de jugar a los profetas extrapolando su evolución.

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7
7

El Niño al banco de acusados…

LA DIFICULTAD DEL ENFOQUE SOCIOECONÓMICO

Trataremos aquí sobre las consecuencias socioeconómicas de las perturba- ciones climáticas que están incontestablemente asociadas con la variabi- lidad interanual del Pacífico. Para determinar objetivamente estas consecuencias, y su costo, habría que establecer un balance global de costos y beneficios que corresponde a esta anomalía climática y definir la “anomalía económica” en relación a una norma, tal como se ha hecho para los parámetros climáticos. En efecto, la excesiva atención que la prensa otorga al Niño conduce a atribuirle las consecuencias nefastas de un buen número de anomalías climáticas. Sin embargo, existen también “anomalías económicas positivas” derivadas del Niño, como por ejemplo la clemencia del clima y las lluvias que caen en las costas de América del Sur, favore- ciendo la vegetación (crecen flores en el desierto de Atacama…), la dismi- nución de la actividad ciclónica en Nueva Guinea, en las Filipinas, en Japón, así como en la zona del golfo de México, la clemencia del clima invernal en América del Norte, etc. Pero esta visión objetiva es utópica por diversas razones. Nadie puede o tiene interés de contabilizar los efectos benéficos de las variaciones climáticas. Recordemos el conocido principio de la prensa, según el cual las buenas noticias no siempre son “útiles”. Además, las poblaciones que sufren los daños no se benefician al mismo tiempo de los efectos positivos. Por último, las compañías de seguros,

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El Niño al banco de acusados…

fuentes de información interesantes, sólo contabilizan las catástrofes. El examen de las consecuencias de la variabilidad climática a través del único prisma de las catástrofes, más allá del interés periodístico que representa, corresponde en sí a una realidad económica. Pero se ha de tener cuidado de no confundir los costos engendrados por estas catástrofes con las reper- cusiones económicas reales globales de la variabilidad del clima. Una dificultad adicional del enfoque económico es que, en efecto, los balances consideran solamente los costos de reemplazo de lo destruido o perdido. Estos costos son por lo tanto incomparablemente más elevados en los países industrializados que en los países en desarrollo, y no reflejan, consecuentemente, la totalidad de los perjuicios. Para poder aprovechar la información fiable de la que se dispone actualmente, nosotros también hemos debido en parte practicar este enfoque de “catástrofes naturales”. En este aspecto, el riesgo y su costo dependen de dos factores: el fenómeno en sí, más o menos intenso (el riesgo), y la vulnerabilidad, es decir el grado de fragilidad de las infraes- tructuras y de las organizaciones económicas y sociales existentes donde se produce la catástrofe. Así, se puede constatar que un terremoto de la misma intensidad produce pocas víctimas en California pero miles en El Cairo o en Armenia. Cuando la catástrofe ocurre, su costo es automáticamente imputado al riesgo, y se olvida la vulnerabilidad. Entre los numerosos ejemplos se pueden citar las construcciones en zona inundable arrasadas a la primera crecida, o las prácticas forestales y agrícolas en Indonesia que favorecen los incendios cuando la sequía debida al Niño los atiza. Hay por lo tanto que cuidarse de concluir que el aumento del costo de las catástrofes naturales corresponde a un incremento de su frecuencia y de su intensidad.

EL NIÑO, EL PACÍFICO Y SUS CERCANÍAS

Ciertos eventos climáticos planetarios son sistemáticamente asociados con el Niño (ver figura G en p. 84) porque están directamente ligados a modi- ficaciones de la circulación atmosférica del Pacífico, a saber:

sequía y ola de calor al oeste del Pacífico intertropical, cuando a menudo esta región recibe fuertes precipitaciones. Se trata del “continente marino” (Indonesia, Malasia, Nueva-Guinea) y de Australia oriental (el norte del estado de Victoria y las ciudades de Melbourne y Sydney, el estado de Queensland, el estado de Nueva Gales del Sur, región de producción agrícola importante, y una parte de los Territorios del Norte);

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calor y copiosas precipitaciones que producen inundaciones en las zonas costeras de América del Sur, generalmente secas, incluso áridas (sobre todo en el Perú y en Ecuador, y también en la parte amazónica de Bolivia, en la costa pacífica de Colombia y en el norte de Chile);

actividad ciclónica que se desplaza del oeste de la cuenca pacífica hacia el triángulo Hawaii-Polinesia-Islas Cook, que está a menudo al abrigo de ellos, así como una mayor frecuencia de ciclones originarios del Pacífico que afectan a América Central, especialmente a México. El continente marino, zona generalmente de ascendencia del aire y de las precipitaciones que a ello se asocian, sufre sequía durante El Niño. En febrero de 1983, El Niño reforzó un período de sequía en el sudeste austra- liano, produciendo incendios de matorral. Una enorme nube de polvo cubrió la ciudad de Melbourne. “Llegó silenciosamente y, de pronto,una oscuridad invadió la ciudad; algunos creían que era el fin del mundo. La atmósfera inmediata estaba perfectamente calma y la terrible nube de polvo, de 1.000 metros de altura y de medio millón de toneladas de polvo, duró más de media hora: Melbourne no respiraba más.” En 1997-1998, nada equivalente sucedió en esta parte de Australia. Esta misma sequía afecta también a Indonesia, facilitando el avance de incendios e incidiendo en la agricultura. En 1983, esta sequía llegó justamente en el momento en que este país lograba la autosuficiencia alimentaria y comenzaba incluso a exportar arroz. El ejemplo indonesio ilustra muy bien la idea citada más arriba de que una catástrofe nace de la conjunción de riesgos naturales y de las inconsecuencias humanas. La sequía extrema que conoció Indonesia en el otoño de 1997 y en la primavera de 1998 explica la amplitud de los incendios de bosques y turba que envenenaron el aire de una parte del sudeste Asiático, de Malasia, de Filipinas, pasando por Singapur e Indonesia misma. Pero nunca se hubiesen quemado 2 millones de hectá- reas de bosques si no fuera por la anarquía que reinaba en la explotación forestal. Las grandes compañías forestales abren con bulldozers verdaderas “avenidas” para las llamas e incendian parcelas para plantar copra, que produce un aceite muy apreciado. Sobre la otra ribera del Pacífico, la posición particularmente baja de la ZCIT durante El Niño acentuó las precipitaciones en Ecuador, Perú y en los países vecinos. Lluvias incesantes llegaban a veces a niveles de 15 centímetros por día, provocando inundaciones y avalanchas de barro en el Perú. El 15 de febrero de 1998, el río Piura, ya destacado en 1891(ver

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El Niño al banco de acusados…

capítulo 2.1), se desbordó, saturando la tierra circundante. “De repente, nos vimos rodeados por todas partes. Entonces, mi casa se derrumbó completamente”, declaraba Ipanaqué Silva, campesino del pueblo de Chato Chico. Las aguas de la inundación pasaron al desierto costero de Sechura, formando un lago de 160 kilómetros por 40 y con una profun- didad de 3 metros, el segundo en importancia en el Perú… (ver figura L en p. 88) Estos episodios húmedos afectaron también a una parte de América del Sur en Uruguay, Paraguay y Argentina. A la inversa, toda la América Central sufrió de un período de sequía. Bolivia y Colombia, que se encuentran en una posición intermediaria entre estas áreas climáticas experimentan efectos mixtos. En Bolivia, las tierras altas y sus valles son afectados por la sequía durante la primera cosecha de cereales, mientras que intensas precipitaciones se abaten en las áreas amazónicas. En Colombia, calor y sequía persistentes afectan el noro- este de los Andes, lo cual acarrea incendios forestales y un racionamiento de energía hidroeléctrica. Al mismo tiempo, algunas regiones de la costa del Pacífico y, en el interior, las provincias de Caqueta y Putumayo sufren intensas lluvias e inundaciones.

EL NIÑO, ESTRELLA DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

La erupción del volcán mexicano El Chichón en 1982, el episodio El Niño de 1982-1983, la catástrofe nuclear de Tchernobyl en 1986 han demostrado, en pocos años, que los fenómenos naturales o los causados por intervención humana no conocen fronteras. La nube radioactiva de Tchernobyl tuvo consecuencias en Europa, las cenizas de la erupción del Chichón, como las del Agung indonesio en 1963 o del Pinatubo filipino en 1991, provocaron un descenso de un cuarto de grado de la temperatura media del planeta porque redujeron el flujo solar sobre los océanos y los continentes. Recientemente, la atención periodística se ha focalizado en la pareja El Niño-La Niña, sobre todo cuando, en algunos casos, la política también entra en el debate. En el Perú por ejemplo, los opositores del presidente Alberto Fujimori le reprochan utilizar este cataclismo para ganar puntos de popularidad (ver figura L en p. 88). El año 1997 fue en California el mejor año en términos de calidad del aire. Este hecho es interpretado de diferentes maneras. Para el San Francisco Chronicle, se debe a que El Niño permitió un verano fresco y ventoso, evitando la formación de neblina. La visión del

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Mercury News difiere; sin negar el efecto benéfico del Niño, este diario del Silicon Valley pone el acento en los esfuerzos desplegados por el gobierno del estado para reducir la contaminación, especialmente el uso de un nuevo combustible. Los títulos de la prensa que se citan a continuación muestran que estos eventos se asocian con la idea de catástrofe, y que a menudo los efectos benéficos son omitidos:

• Los climatólogos comprenden mejor el ‘enfant terrible’ del Pacífico (Le Monde)

• Lluvias locas en los trópicos (Le Nouvel Observateur)

• ¿Hasta dónde irá El Niño? (VSD)

• El calamitoso retorno de “El Niño Jesús” (Le Figaro)

• El Niño ha provocado una de las más grandes catástrofes naturales del siglo (Le Monde)

• El Niño atiza el fuego de Asia (Libération)

• El Niño incendia el Pacífico (Le Point)

• Después del Niño, La Niña. Los gemelos temibles del clima (Sciences & Avenir)

• Enfermedades transmisibles podrían desarrollarse en el Pacífico (Le Quotidien du Médecin)

• El Niño, la corriente díscola que desarregla el clima (Science & Vie)

• El Niño, La Niña: el ciclo vicioso de la Naturaleza (National Geographic)

Internet permitió seguir día a día la aventura de 1997-1998. El apogeo del índice de oscilación austral, alcanzado en febrero de 1998, corresponde a un máximo de 120 artículos en Internet en un mes. La evolución del episodio cálido también se subraya en los títulos, que muestran, asímismo, un anuncio demasiado precoz del fin del Niño:

• El Niño incuba en el Pacífico tropical (ENN, 18 de junio)

• Prepárese para el infierno del Niño (ABC News, 14 de octubre)

• ¿Se desvanece El Niño? (CNN, 9 de diciembre)

• El Niño no irá más lejos (MSNBC, 14 de enero)

• El Niño culminará en las próximas semanas (The Irish Times, 4 de febrero)

• Continúa su progreso (ABC News, 1° de marzo)

• El Niño perdura como una fiebre ligera (San José Mercury News, 3 de mayo)

• Adiós El Niño, hola La Niña (Los Angeles Times, 27 de junio)

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El Niño al banco de acusados…

CONSECUENCIAS ECONÓMICAS Y HUMANAS

En su obra consagrada a los impactos del Niño sobre el clima y la sociedad, Michel Glantz entrevista a algunos científicos, entre los cuales se encuentra César Caviedes, oriundo de Valparaíso. Su primer recuerdo del Niño es el estado de salud catastrófico de miles de aves marinas privadas de alimento durante el episodio de 1957. Sólamente un puñado de iniciados relacio- naban entonces esta situación con una anomalía oceánica frente a las costas del Perú. Para Caviedes, quién más tarde será oceanógrafo, El Niño signi- fica: variaciones de la temperatura de superficie, anomalías de la pluvio- sidad, reducción o aumento de los campos de presión, índice de la oscilación austral, teleconexión, etc., sin olvidar los impactos humanos del fenómeno, que afecta a los más defavorecidos: pescadores y acuacultores del Perú, poblaciones rurales de los sertaos o zonas semi-áridas del noreste brasileño, ganaderos de llamas del Altiplano, agricultores y ribereños del Paraná, pastores del África subsahariana o de la lejana Australia.

LÁGRIMAS

POR

LAS

ANCHOVETAS

DEL

PERÚ

La pesca de anchovetas y El Niño En términos de impacto climático, los episodios El Niño se suceden pero no se parecen. Lo mismo sucede con la pesca de la anchoveta (ver figura 7.1), cuya baja espectacular después del evento de 1972-1973 originó la “diabolización” del fenómeno. Efectivamente, la captura se desplomó desde más de 10 millones de toneladas en 1973 (casi el cuarto de la pesca mundial) a un millón y medio en 1973. El Niño fue designado culpable, no sin argumentos, por cierto, ya que atenúa o detiene el afloramiento costero, fuente de alimentación de las anchovetas. No obstante, no todo es tan simple y cabe detenerse en los detalles de la cadena trófica para comprender mejor. Cuando el ser humano pasa de la caza y la recolección a la agricultura y a la ganadería, se interesa solamente en los vegetales o en los animales herbívoros. Todo eslabón suplementario de la cadena trófica representa, en efecto, una pérdida del 90 % de la materia orgánica: una tonelada de forraje produce 100 kilos de carne, etc. La pesca se practica esencialmente en busca de proteinas marinas, y la acuacultura es todavía marginal. Una buena parte de las especies que se capturan se sitúa en el tercero o en el cuarto nivel trófico. Por ejemplo, el atún se alimenta de pequeños peces que

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han consumido zooplancton, este último a su vez alimentado de plancton vegetal. En las regiones de afloramiento, los peces pelágicos, planctófagos, dominan. A diferencia de las sardinas, que consumen exclusivamente el zooplancton, las anchovetas se alimentan, al menos en su fase juvenil, directamente del fitoplancton, de allí el elevado rendimiento de la red trófica peruana. En el afloramiento del Perú se producen en un año cerca de 27 tone- ladas de anchovetas por kilómetro cuadrado. Esta eficiencia presenta un incoveniente mayor: una sensibilidad extrema de la cadena trófica a las fluc- tuaciones del entorno. Cuando el aporte de nitratos y de fosfatos se detiene, la producción primaria y luego la de los peces que se alimentan parcial- mente de fitoplancton, como la anchoveta, cae considerablemente. Otras especies, como la sardina, toman su lugar, de allí la disminución del rendi- miento. El ecosistema de las costas peruanas produce en este caso apenas una tonelada de pescado por kilómetro cuadrado. De aproximadamente 4 millones de toneladas entre 1974 y 1976, la captura bajó a un millón y medio hasta 1985. Después de esta fecha, volvió el crecimiento y se alcan- zaron cifras comparables al período anterior a 1972 (cerca de 10 millones de toneladas en 1994), a pesar de los episodios cálidos de 1986-1987 y de 1992-1995. Incluso El Niño del siglo (1982-1983), que en 1984 indujo una reducción de la captura a su mínimo (23.000 toneladas solamente), no pudo impedir, dos años más tarde, el aumento de la pesca a 3,5 millones de toneladas.

La pesca y las fluctuaciones a largo plazo ¿Y si acaso El Niño no fuera más que un epifenómeno que se injerta a una variabilidad a más largo plazo reforzando o limitando sus efectos? Volvemos a la misma interrogación que nos hacíamos antes a propósito de las inte- racciones entre las diferentes escalas de variabilidad y, particularmente, la influencia de las variaciones decenales sobre la extraña variabilidad del Niño. Este fenómeno, relativamente constante en los años 1945 hasta mediados de los años 70 (la versión canónica), se transforma después en algo mucho más caótico. Es tentador relacionar el estancamiento del volumen de las capturas de anchovetas de mediados de los años 70 a prin- cipios de los años 90 a este cambio de régimen de ENSO que, durante el mismo período, conoció una predominancia de anomalías negativas del índice de oscilación austral (ver capítulo 6). Es esto lo que hacen Eleuterio

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El Niño al banco de acusados…

Capturas anuales (millones de toneladas) 14 Perú 12 10 8 6 4 2 0
Capturas anuales
(millones de toneladas)
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Perú
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1950 1956 1962 1968 1974 1980 1986 1992

Capturas anuales (millones de toneladas) 14 Norte de Chile 12 10 8 6 4 2
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Índice El Niño Anchovetas Sardinas

Índice El Niño

Anchovetas

Sardinas

Figura 7.1

Efectos del Niño sobre la pesca de la anchoveta y de la sardina en las costas de América del Sur La muerte de bandadas de aves marinas que se alimentan de anchovetas constituye la imagen mítica del Niño. La baja espectacular de las capturas después del evento de 1972-1973 ha confirmado esta idea, científicamente fundada, porque durante un episodio cálido el afloramiento fertilizante disminuye, y hasta se detiene, lo cual afecta efectivamente la cadena trófica. La evolución comparada del índice El Niño y de las capturas de anchovetas (Engraulis ringens) y de sardinas (Sardinops sagax) de 1950 a 1992 muestra, sin embargo, que este cuadro necesita ser matizado. En efecto, la pesca depende también de las variaciones a largo plazo del ecosistema, de la intensidad de la actividad pesquera y de los progresos espectaculares de las técnicas de captura. La anchoveta, cuya población juvenil consume directamente el fitoplancton, abunda con una activación del afloramiento. La captura de la sardina, por el contrario, consumidora exclusiva de zooplancton, es óptima cuando las aguas son menos frías. Si bien El Niño penaliza la pesca, supone por otro lado un aumento de la biodiversidad con la aparición de nuevas especies tropicales. Se observa igualmente un interés creciente por la captura de la sardina en el Perú, pero sobre todo en Chile, donde hacia 1985 alcanzó un volumen de 8 millones de toneladas/año.

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Yañes y sus colaboradores que observan, durante el mismo período, un leve calentamiento de la temperatura en las costas del Perú y del norte de Chile y un aumento importante de las capturas de sardinas. De menos de 100 mil toneladas anuales hasta 1975, las capturas de sardinas en el Perú pasan a más de un millón de toneladas a partir de 1978, para sobrepasar los 3 millones entre 1988 y 1991. Resulta notable que en 1984, luego del Niño de 1982-1983, en un momento en que las capturas de anchovetas alcan- zaban su mínimo (25.000 mil toneladas), las de las sardinas se duplicaban para llegar a casi 3 millones de toneladas. Es perfectamente lógico hablar de una competencia entre la ancho- veta, favorecida por una activación de los afloramientos de aguas frías, y de especies, principalmente la sardina, cuya presencia es óptima cuando las aguas son más cálidas y el afloramiento menos intenso. Para la pesca indus- trial, sin embargo, el resultado, evidentemente, no es idéntico, puesto que los períodos “fríos” con predominio de anchovetas son económicamente mucho más rentables que los de la sardina y de otras especies más elevadas en el rango trófico. De esta manera, el afloramiento costero de Perú-Chile depende ampliamente de las fluctuaciones climáticas a escalas decenales, y es necesario tomar esto en cuenta para comprender el impacto real del Niño sobre la pesca. Durante un período “frío” el ecosistema es más rentable puesto que la cadena trófica es corta. El reverso de la medalla es que estos períodos son mucho más frágiles porque prácticamente monoespecíficos. Cuando El Niño aparece, las anchovetas se ven obligadas a encontrar un biotopo más favorable, huyendo de la invasión de aguas cálidas o bien sumergiéndose hacia aguas más frías. En todo los casos, escapan a las redes pesqueras y las capturas se desploman. Por otra parte, el agotamiento del afloramiento crea condiciones delicadas para el desarrollo de larvas y de juveniles; el volúmen de pesca disminuye y, por un tiempo, también las reservas. Las conse- cuencias económicas no son desdeñables, pero la situación se restablece bastante rápidamente. Miguel Carranza, por su parte, ha notado que desde 1998, en el período post-El Niño, se ha constatado una población notable de jóvenes anchovetas, prueba de la velocidad a la cual el sistema biológico reacciona. Durante un período “cálido”, la pesca es menos rentable pero existe una mayor diversidad de especies pelágicas y demersales. Puesto que no son fitoplanctívoras, estas especies dependen menos directamente de las fluc-

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El Niño al banco de acusados…

tuaciones de la producción primaria y del afloramiento, y pueden por lo tanto amortiguar más fácilmente las perturbaciones que El Niño aporta al ecosistema. Esto quedó demostrado por la poca sensibilidad de las capturas de sardinas en el Perú frente a un evento tan marcado como El Niño de

1982-1983.

Sin embargo, la Naturaleza no gana en todos los terrenos. A un sistema productivo y rentable corresponde un riesgo elevado; un sistema más diversificado y menos rentable equivale a un riesgo mucho menor. Incluso si esto no satisface los criterios actuales de rentabilidad, se puede afirmar que El Niño compensa la pérdida temporaria de productividad, gracias a un aumento de la diversidad biológica. Es esta diversidad reno- vada la que permitió descubrir y pescar nuevas especies tropicales, y que los pescadores de Paita celebraron bautizando el fenómeno con su nombre, El Niño, hoy famoso. De todas maneras, El Niño, que no puede considerarse responsable de la baja persistente de las capturas después de 1973, es talvez indispensable para asegurar la buena salud del ecosistema. Este último, demás está decirlo, tendría mucha dificultad de mantenerse, en un contexto de pesca intensiva, en la casi mono-especificidad característica de períodos fríos si, de vez en cuando, una cierta diversidad no le fuera aportada por El Niño.

ENSO

Y

EL

CICLO

DEL

AGUA

La oscilación austral acarrea, ante todo, modificaciones importantes del ciclo del agua. Y el agua, tanto cuando escasea como cuando sobreabunda, provocando inundaciones, es la calamidad mayor, por sí misma o por las enfermedades que con ella se asocian. El IRI (International Research Institute for Climate Prediction) ha llevado a cabo, usando datos que cubren 100 años (1890-1989), un análisis de las anomalías de la precipitación durante los 20 años más cálidos (El Niño) y los 20 más fríos (La Niña), comparándolos con 20 años “normales”. Se tomaron registros en una decena de sitios en el mundo, algunos de los cuales no están ligados,