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Los obrajes de la época colonial


Jorge Núñez Sánchez - Historiador y Escritor - 24 de agosto de 2017 - 00:00

En Hispanoamérica, el desarrollo de la manufactura se sitúa en la segunda etapa


colonial, es decir, en los siglos XVI y XVII. El incremento de la población local y la
necesidad de abastecerla de bienes de consumo (ropas, muebles y enseres de uso
cotidiano o religioso) impulsaron la instalación de talleres manufactureros, que, en
algunos distritos coloniales, como la Audiencia de Quito, alcanzaron notable
significación económica y social.

Para entonces, agotado el saqueo de los tesoros indígenas de la primera etapa, el ansia
de oro y plata de los colonizadores se enrumbó hacia la explotación de las vetas de
metales preciosos. Se constituyeron, así, grandes economías regionales, que giraban
alrededor de la producción minera de una zona y tenían como elementos
complementarios a la producción agropecuaria y manufacturera de las zonas aledañas.

En el caso de Sudamérica, la economía regional giraba alrededor de la producción


argentífera del ‘cerro rico’ de Potosí, ampliada más tarde con la de otros centros
mineros del Alto y el Bajo Perú. Esto tenía su complemento en la producción
agropecuaria y artesanal de Perú, Chile, Quito, Paraguay, Córdoba, Tucumán, Cuyo, la
Pampa y San Juan.

En ese ampliado espacio económico regional y motivadas por la demanda de la región


minera, las regiones satélites de ese eje se especializaron en diferentes rubros
productivos. Así, el país quiteño pasó a funcionar, desde fines del siglo XVI, como un
territorio anexo y una economía complementaria del gran centro minero altoperuano, al
que proveía de textiles y otras mercancías de uso general. El régimen colonial
aprovechó para ello la rica experiencia indígena en el campo del cultivo y tejido del
algodón, así como en la elaboración y tinturado de tejidos usando colores vegetales y
minerales.

Paralelamente, mediante la crianza intensiva de ovejas, los colonizadores introdujeron


también en la industria textil el uso de la lana, en la que los europeos tenían mucha
experiencia, para la producción de frazadas, ponchos, paños y bayetas. El resultado fue
una impresionante manufactura textil de algodón y lana, que multiplicó su oferta de
productos con la elaboración de calzas, calcetas y otras mercancías, con lo cual se
convirtió en una notable fuente de enriquecimiento para los propietarios de obrajes. Al
calor de ese auge, el territorio interandino quiteño se pobló de obrajes, obrajuelos,
batanes, galpones y chorrillos, que producían grandes cantidades de paños y bayetas de
lana, lienzos y jergas de algodón y otros productos textiles, tanto para exportación como
para consumo interno.
Solo en el distrito de Latacunga existían a mediados del siglo XVIII veintiocho obrajes
grandes, además de otros centros productivos menores, cuya producción textil se
destinaba en su mayor parte a la exportación al mercado peruano, por vía de Guayaquil.

A su vez, en el distrito de Riobamba existían doce obrajes grandes y muchos obrajuelos


y chorrillos, que producían variados productos textiles (entre ellos, 55.000 varas anuales
de paños) destinados igualmente al mercado peruano.

De este modo, pese a los prejuicios existentes con relación al comercio y la industria,
que en esa época eran considerados ‘oficios viles’, la aristocracia quiteña montó y
desarrolló una avanzada industria textil manufacturera. (O)