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El Desafío de la Educación desde la Familia

Hay quienes dicen que no es muy positivo comenzar un discurso o un escrito haciendo
cualquier tipo de advertencia, ya que dicha práctica puede representar inseguridad por
parte de quien expone. Sólo que, en ocasiones, es prudente y más vale hacer uso de la
frase popular que dice «sobre advertencia no hay engaño». El presente artículo no
pretende ser un tratado exhaustivo de psicología social y menos, asumirse como un
discurso poseedor de la verdad, lejos de mí tal pretensión. Antes bien, este escrito desea
mover a la reflexión, a una toma de conciencia de la realidad, por si acaso en algún
momento de nuestra historia personal, nos sentimos agobiados por la manera en que
vivimos la vida.

Sobre todo por el tema que tuve a bien elegir, un tema complejo dadas las
circunstancias que cada familia experimenta. Así pues, que quede muy claro, sólo se
quiere presentar, desde un personal punto de vista, el desafío de la educación desde la
familia. Comencemos…

Estamos experimentando una época en la que convivimos, quizá con una intensidad
inusitada, cuatro grandes bloques generacionales, lo que implica diferentes creencias,
convicciones, ideologías, comportamientos, costumbres y hábitos en continuo diálogo y
no menos conflicto; a saber: la generación de los baby boomers (aquellos nacidos a partir
del final de la Segunda Guerra Mundial), los denominados generación X, (quienes
nacieron en la década de los ochenta), los de la generación Y (nacidos en los noventa,
después de la caída del Muro de Berlín) y, los de la generación del nuevo milenio (nacidos
en este siglo XXI).

Cada generación está marcada por ciertas características, y ello viene a determinar
las oportunidades y los obstáculos en la comunicación y educación. Los baby boomers
recibieron una formación autoritaria, con reglas y normas cimentadas en la búsqueda de
educar la disciplina entendida como obediencia; asimismo muy organizada, orientada a
producir individuos industrializados, programados, robotizados. Habrá sido la época de
la rebeldía, del movimiento hippie y el existencialismo, pero la formación se caracterizaba
por estos rasgos descritos.
Cuando esos baby boomers se convirtieron en padres de familia, la mayoría repitió
los patrones de educación y así formaron a los de la generación X (yo soy uno de ellos)
y generación Y, sólo que con los Y se comenzó a ver el permisivismo, quizá por el
cansancio con que llegaron los baby boomers a esta etapa de la historia.

Como una de las ventajas de esa formación recibida por los X, se puede mencionar
que aprendimos ciertos valores que los individuos de hoy han pasado a segundo término.
Por ejemplo: el respeto, la responsabilidad, la puntualidad, ellos nos han permitido
generar confianza y abrirnos paso en el mundo laboral. Sólo que, como en todo, hay
obstáculos, miedos, demonios que nos bloquean.

Y es que los individuos de la generación X, arrastrados por el temor de la educación


autoritaria recibida, al transformarse en padres se convencieron de que no querían repetir
los patrones de crianza de sus antepasados, lo que derivó en una polarización, nos
fuimos al otro extremo representado por la permisividad. Los de la generación Y habían
vivido un poco ese permisivismo, así que como padres de familia también desembocaron
impetuosamente sobre sus hijos dicho estilo de crianza.

Mas no sabíamos lo que hacíamos y en lo que se convertiría todo este liberalismo.


Lo que está sucediendo es un fenómeno interesante: las generaciones “X” y “Y” como
dijimos, fueron formados mediante maneras tiranas, dirán algunos, y aprendimos a
obedecer «a pie juntillas». Hoy, como padres de la generación del nuevo milenio
seguimos obedeciendo, sólo que ahora el tirano es diferente: son los hijos.

El tirano aprende a ser cruel, calculador, incluso vengativo, ejerce su poder


conscientemente y a su conveniencia; eso es lo que, al parecer, estamos heredando a la
sociedad, pequeños tiranos que, a diferencia del “tirano adulto”, no mide consecuencias
ni ve a futuro puesto que todo lo quiere en el momento, en el presente.

Una sociedad globalizada, polarizada, desigual, inestable, insegura como la


nuestra, está siendo testigo del surgimiento de pequeños tiranos que, según parece, no
saben de esperanza, disciplina (entendida como “la capacidad de actuar ordenada y
perseverantemente para conseguir un bien”), con poca tolerancia a la frustración y el
fracaso. ¿Cómo harán para solucionar un problema? Seguramente, y espero
equivocarme, a través de la violencia, de la imposición.

Aquí vale preguntarnos: ¿son estos niños y jóvenes el futuro del mundo? Sí, sólo
que a los adultos nos ha faltado seguridad, fortaleza, esperanza, valor para educar. Nos
hemos envuelto en tantos asuntos tratando de huir de nuestros miedos y demonios, que
nos hemos olvidado de las nuevas generaciones. Ese “no tengo tiempo”, “el trabajo me
absorbe”, “trabajo todo el día”, “llego cansado del trabajo”, “necesito distraerme y voy a
fiestas”, son sólo excusas que tranquilizan nuestra conciencia, que acallan por un
momento esos miedos.

Sabemos de disciplina puesto que la recibimos de nuestros antepasados, pero la


“rebeldía temerosa”, esa actitud que preferimos asumir y nos llevó a un estilo de crianza
sui generis con los hijos, nos ha rebasado y la generación del nuevo milenio parece que
se nos está yendo de las manos. Una tiranía se fue, pero llegó otra tan peligrosa, o más,
que la anterior.

Por supuesto que no todo es negativo. Los valores que atesora ahora esta
generación del siglo XXI son la ecología, la tolerancia, la libertad (con sus múltiples
significados) y la comunicación (véase el auge de las redes sociales). Con todo esto, sin
embargo, es necesario trabajar en esos valores, ayudarles a fortalecer vínculos
interpersonales, desarrollar junto con ellos la inteligencia emocional, porque la
comunicación no sólo habrá de darse mediada por la tecnología, sino en el contacto
empático y asertivo cara a cara con el otro.

La invitación es para todas las generaciones: requerimos estar claros y seguir


convencidos del objetivo de la educación, asumir el valor de educar, volver del exilio al
que los propios padres se enviaron como afirma el Papa Francisco, aceptar nuestras
debilidades y trabajar en ellas, y desarrollar nuestras fortalezas. Sólo conociéndonos a
nosotros mismos podemos encontrar la respuesta equilibrada a esta inestabilidad
generalizada.

Jesús García Toscano