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Adolf Hitler

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La Segunda Guerra Mundial


La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue uno de los acontecimientos
fundamentales de la historia contemporánea tanto por sus consecuencias
como por su alcance universal. Las «potencias del Eje» (los regímenes
fascistas de Alemania e Italia, a los que se unió el militarista Imperio
japonés) se enfrentaron en un principio a los países democráticos
«aliados» (Francia e Inglaterra), a los que se sumaron tras la neutralidad
inicial los Estados Unidos y, pese a las divergencias ideológicas, la Unión
Soviética; sin embargo, esta lista de los principales contendientes omite
multitud de países que acabarían incorporándose a uno u otra bando.
La ciudad alemana de Dresde tras los bombardeos aliados (febrero de 1945)

La Segunda Guerra Mundial, en efecto, fue una nueva «guerra total»


(como lo había sido la «Gran Guerra» o Primera Guerra Mundial, 1914-
1918), desarrollada en vastos ámbitos de la geografía del planeta (toda
Europa, el norte de África, Asia Oriental, el océano Pacífico) y en la que
gobiernos y estados mayores movilizaron todos los recursos disponibles,
pudiendo apenas ser eludida por la población civil, víctima directa de los
más masivos bombardeos vistos hasta entonces.

En el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial suelen distinguirse tres


fases: la «guerra relámpago» (desde 1939 hasta mayo de 1941), la
«guerra total» (1941-1943) y la derrota del Eje (desde julio de 1943 hasta
1945). En el transcurso de la «guerra relámpago», así llamada por la
nueva y eficaz estrategia ofensiva empleada por las tropas alemanas, la
Alemania de Hitler se hizo con el control de toda Europa, incluida Francia;
sólo Inglaterra resistió el embate germánico.

En la siguiente etapa, la «guerra total» (1941-1943), el conflicto se


globalizó: la invasión alemana de Rusia y el ataque japonés a Pearl
Harbour provocaron la incorporación de la URSS y los Estados Unidos al
bando aliado. Con estos nuevos apoyos y el fracaso de los alemanes en la
batalla de Stalingrado, el curso de la guerra se invirtió, hasta culminar en
la derrota del Eje (1944-1945). Italia fue la primera en sucumbir a la
contraofensiva aliada; Alemania presentó una tenaz resistencia, y Japón
sólo capituló después de que sendas bombas atómicas cayeran sobre las
ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

El miedo a la expansión del comunismo soviético había hecho que Hitler


fuese visto por las democracias occidentales como un mal menor,
suposición que sólo desmentiría el desarrollo de la contienda. La Segunda
Guerra Mundial costó la vida a sesenta millones de personas, devastó una
vez más el continente europeo y dio paso a una nueva era, la de la
«Guerra Fría». Las dos nuevas superpotencias surgidas del desenlace de
la guerra, los Estados Unidos y la URSS, lideraron dos grandes bloques
militares e ideológicos, el capitalista y el comunista, que se enfrentarían
soterradamente durante casi medio siglo, hasta que la disolución de la
Unión Soviética en 1991 inició el presente orden mundial.

Dividida en dos áreas de influencia, la Occidental pro americana y el Este


comunista, Europa, como el resto del mundo, quedó reducida a tablero de
las superpotencias, y aunque la Europa occidental recuperó rápidamente
su prosperidad, perdió definitivamente la hegemonía mundial que había
ostentado en los últimos cinco siglos; en el exterior, tal declive se
visualizaría en el proceso descolonizador de las siguientes décadas, por el
que casi todas las antiguas colonias y protectorados europeos en África y
Asia alcanzaron la independencia.

Causas de la Segunda Guerra Mundial

A pesar de las controversias, los historiadores coinciden en señalar


diversos factores de especial relieve: la pervivencia de los conflictos no
resueltos por la Primera Guerra Mundial, las graves dificultades
económicas en la inmediata posguerra y tras el «crack» de 1929 y la crisis
y debilitamiento del sistema liberal; todo ello contribuyó al desarrollo de
nuevas corrientes totalitarias y a la instauración de regímenes fascistas
en Italia y Alemania, cuya agresiva política expansionista sería el
detonante de la guerra. Ya en su mera enunciación se advierte que tales
causas se encuentran fuertemente imbricadas: unos sucesos llevan a
otros, hasta el punto de que la enumeración de causas acaba
convirtiéndose en un relato que viene a presentar la Segunda Guerra
Mundial como una reedición de la «Gran Guerra».
Soldados americanos en el desembarco de Normandía (junio de 1944)

Ciertamente, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) no apaciguó las


aspiraciones nacionalistas ni los antagonismos económicos y coloniales
que la habían ocasionado. Todo lo contrario: la forma en que fue fraguada
la paz, con condiciones abusivas impuestas unilateralmente por los
vencedores a los vencidos en el Tratado de Versalles (1919), no hizo sino
incrementar las tensiones. Alemania, que había sido declarada culpable
de la guerra, perdió sus posesiones coloniales y parte de su territorio
continental, siendo además obligada a desmilitarizarse y a abonar
desorbitadas reparaciones a los vencedores. Italia, pese a formar parte
de la alianza vencedora, no vio compensados sus sacrificios y su esfuerzo
bélico con la satisfacción de sus demandas territoriales.

El desenlace de la guerra había llevado a la desmembración de los


imperios derrotados (el alemán y el austrohúngaro) y a la implantación
en los viejos y nuevos países resultantes de repúblicas democráticas. No
era fácil consolidar en estas sociedades sometidas a autocracias seculares
y carentes de tradición democrática un sistema liberal, máxime cuando
los valores en que éste se sustentaba (confianza en la razón humana, fe
en el progreso) habían sido minados por los horrores de la guerra. Pero
además, las democracias liberales mostraron pronto su incapacidad para
hacer frente a una situación extremadamente delicada. El conflicto había
dejado un paisaje de devastación económica y empobrecimiento
generalizado de la población que los nuevos gobiernos no supieron
abordar.

Todo ello fue capitalizado por grupúsculos y formaciones políticas


extremistas, de entre las cuales cobraron progresivo protagonismo las
organizaciones de la ultraderecha nacionalista, con el fascismo italiano y
su variante alemana (el nazismo) a la cabeza. Junto a las aspiraciones
nacionalistas anteriores a la Primera Guerra Mundial (por ejemplo, el ideal
pangermanista de unir a los pueblos de lengua alemana), estos grupos
asumieron como componentes ideológicos el revanchismo suscitado por
el Tratado de Versalles y el militarismo expansionista implícito en
doctrinas como la del «espacio vital», que preconizaba la necesidad
ineludible de obtener un ámbito territorial dotado de la extensión y los
recursos necesarios para asegurar el desarrollo económico y la
prosperidad de la nación.

Mussolini y Hitler

Presentándose además como los verdaderos patriotas frente a una clase


política de traidores que había ratificado las imposiciones de Versalles, los
fascistas ridiculizaron abiertamente el parlamentarismo y la democracia e
incluso algunos de sus principios fundamentales, como el igualitarismo,
contribuyendo al descrédito del sistema liberal desde una perspectiva
opuesta pero complementaria a la de los comunistas, que veían en los
gobiernos democráticos meros instrumentos opresores al servicio de la
burguesía capitalista.
Sin embargo, para los fascistas, las formaciones comunistas y los
sindicatos obreros eran poco menos que agentes de Moscú, es decir, una
conjura organizada por enemigos exteriores para debilitar a la nación.
Este inequívoco y furibundo anticomunismo acabaría resultando clave en
su acceso el poder. Su mensaje no sólo caló paulatinamente entre las
legiones de descontentos que había dejado tras de sí la guerra, sino que,
en los momentos decisivos, el fascismo recibió el apoyo de las clases
dominantes, temerosas de una revolución social como la que había
liquidado la Rusia de los zares en 1917.

En fecha tan temprana como 1922, la «Marcha sobre Roma» de los


fascistas italianos llevó al nombramiento como primer ministro de
Mussolini, quien, tras ilegalizar las restantes fuerzas políticas en 1925,
instauró su régimen fascista en Italia. Hitler, en política activa desde 1920,
hubo de esperar al «crack» de 1929 y a su nueva espiral de bancarrota y
desempleo; en 1932, el partido nazi fue la fuerza más votada en las
elecciones; en 1933 fue nombrado canciller, y a mediados de 1934,
habiendo suprimido las instituciones democráticas y toda oposición
política, detentaba un poder absoluto como «Führer» o caudillo al frente
del régimen nazi.

En aplicación de su ideario, Adolf Hitler desdeñó todas las disposiciones de


Versalles y preparó a Alemania para satisfacer por la fuerza las
reivindicaciones territoriales que no fuesen atendidas: implantó el servicio
militar obligatorio y ordenó un rearme masivo que, a base de fuertes
inversiones, dotó a Alemania de un formidable ejército, reactivó la
industria nacional y fortaleció sensiblemente la economía del país y su
propio liderazgo. Sin el respaldo de la opinión pública para embarcarse en
una nueva guerra, la posición de los gobiernos de Francia e Inglaterra era,
por contraste, claramente débil.
Londres tras un ataque de la aviación nazi (7 de junio de 1940)

En 1938, Hitler anexionó Austria a Alemania y reclamó la región checa de


los Sudetes, con numerosa población alemana. Ese mismo año, en la
Conferencia de Múnich (30 de septiembre de 1938), Hitler fingió limitar
sus ambiciones ante el primer ministro británico Neville Chamberlain y el
presidente francés Édouard Daladier. Pero en seguida se vio que la «política
de apaciguamiento» de Inglaterra y Francia, consistente en ceder a sus
demandas a cambio de la promesa de renunciar a nuevas reivindicaciones,
era completamente inútil. Vulnerando los acuerdos de Múnich, Hitler
ocupó no únicamente los Sudetes, sino toda Checoslovaquia (marzo de
1939), invadió la región de Memel (Lituania) y puso sus ojos en Polonia,
a la que reclamaba el corredor y la ciudad libre de Danzig, territorios que
el Tratado de Versalles había arrebatado a Alemania para proporcionar a
Polonia una salida el mar.
Al mismo tiempo, y en previsión de la inminencia de la guerra, Hitler
atendió hábilmente al flanco diplomático. Desde años atrás había
colaborado estrechamente con el régimen hermano de Italia,
entendimiento que reforzó subscribiendo con Mussolini el Pacto de Acero
(mayo de 1939). Tres meses después, el 23 de agosto de 1939, selló el
tratado Ribbentrop-Molotov, así llamado por sus firmantes, el ministros
de Exteriores alemán Joachim von Ribbentrop y el ruso Vyacheslav Molotov.
Fundamentalmente, el tratado era un pacto de no agresión entre Alemania
y la Unión Soviética que incluía entre sus cláusulas secretas el reparto de
Polonia, a la que Francia y Gran Bretaña habían prometido ayuda en caso
de guerra.

El pacto con la URSS garantizaba a Alemania que no habría de luchar en


un doble frente; sintiéndose seguro, Hitler ordenó la invasión de Polonia.
El 1 de septiembre de 1939 se iniciaron las operaciones militares; dos días
después, Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania.
Comenzaba así la Segunda Guerra Mundial, que por el exiguo número de
beligerantes no parecía que hubiese de merecer ese calificativo; dos años
y medio más tarde, sin embargo, el conflicto se había extendido por todo
el planeta.

Desarrollo de la Segunda Guerra Mundial


Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la potencia bélica de los
bandos contendientes era prácticamente equivalente, a pesar de que
Francia e Inglaterra habían comenzado más tarde su rearme. Cada uno
de los aliados había desarrollado de forma distinta sus medios bélicos.
Francia mejoró y desarrolló su sistema de trincheras (la famosa Línea
Maginot, impulsada por el ministro de Guerra André Maginot), previendo una
guerra de posiciones como en la Primera Guerra Mundial. La poderosa
marina británica no invirtió en la construcción de unidades que se
convertirían en vitales (como el portaaviones), pero el país desarrolló
ampliamente su fuerza aérea.

De las potencias que pronto intervendrían en el conflicto, la URSS contaba


con sus ingentes recursos humanos, y el otro gigante mundial, los Estados
Unidos de América, poseía mayor potencial industrial que capacidad
militar efectiva; sólo tras decidir su participación en la guerra enfocó
rápidamente su industria a la fabricación de armas, y especialmente a la
construcción de aviones (cazas y bombarderos) y potentes buques de
guerra (portaaviones y acorazados).
Bombarderos estadounidenses sobre Ploiesti (Rumanía)

Los términos del Tratado de Versalles habían impuesto a Alemania la


desmilitarización y la limitación de sus arsenales; tal humillante obligación
tuvo sin embargo la virtud de eliminar armamentos que hubieran
resultado obsoletos en la Segunda Guerra Mundial y de favorecer, llegado
el momento, la creación desde cero de un eficiente ejército dotado de
armas de última generación. De este modo, cuando Hitler ordenó la
remilitarización y el rearme del país, orientó la industria hacia la
producción de aviones y unidades terrestres motorizadas, especialmente
tanques y carros de combate, y aunque desechó la fabricación de
portaaviones y otros barcos de superficie, construyó una potente flota de
submarinos. No hay que olvidar que Alemania contaba con un importante
potencial técnico, tanto en la metalurgia como en la industria química y
eléctrica, de gran aplicación en la industria de guerra.

La «guerra relámpago» (1939 - mayo 1941)

La invasión de Polonia, que había desencadenado la Segunda Guerra


Mundial, se completó en poco más de un mes; en virtud de una cláusula
secreta del tratado de no agresión germano-soviético, los rusos facilitaron
la victoria ocupando la zona oriental de Polonia, que había pertenecido a
la Rusia zarista. Después de esta primera ofensiva, curiosamente, se entró
en una fase que los periodistas bautizaron como la «guerra de broma»:
Francia, Inglaterra y Alemania se habían declarado la guerra, pero, entre
octubre de 1939 y marzo de 1940, en ninguno de estos países se
registraron combates. Ambos bandos movilizaron y prepararon sus
efectivos y defensas, pero dejaron pasar el invierno sin tomar ninguna
iniciativa.

Antes de comenzar la guerra, y pensando en los efectos que podría tener


un bloqueo similar al llevado a cabo durante la Primera Guerra Mundial,
Hitler había promovido la autarquía económica, intentando llevar el país a
un nivel de autosuficiencia o de mínima dependencia del exterior. Pero
aunque lo había logrado en muchos ámbitos, Alemania carecía de algunas
materias primas imprescindibles para su industria de guerra, como el
hierro: seguía dependiendo del hierro escandinavo. Por esta razón, el
primer paso de Hitler fue la ocupación de Dinamarca y Noruega (abril de
1940); la escasa resistencia fue vencida en pocos días, y los gobiernos de
los países ocupados hubieron de trasladarse a Londres.

En mayo de 1940, Hitler lanzó una tercera ofensiva, esta vez contra
Francia, que resultaría en una victoria tan aplastante como las de Polonia
y Escandinavia: bastó poco más de un mes para que toda Francia quedase
bajo el control efectivo de Alemania. Convencidos de que, al igual que en
la Primera Guerra Mundial, el conflicto iba a dirimirse en las trincheras,
los generales franceses habían reforzado las fronteras (Línea Maginot),
pero descuidaron la región de las Ardenas, considerando que sus bosques
y montañas eran intransitables para las unidades blindadas del Reich.

Siguiendo el plan del general Erich von Manstein, el Estado Mayor escogió
precisamente las Ardenas como punto de paso hacia Francia. El 10 de
mayo de 1940, las fuerzas alemanas iniciaron los ataques sobre Holanda
y Bélgica, y cuatro días más tarde, el grueso del ejército alemán caía sobre
Francia desde las Ardenas, haciendo inútil la Línea Maginot. Con uso
masivo de divisiones de tanques (Panzer) y de unidades especializadas
como las de paracaidistas y la aviación (Luftwaffe), que destruían puntos
claves, las tropas alemanas se lanzaron sin impedimentos sobre el Canal
de la Mancha, dejando embolsadas las tropas británicas y francesas en la
zona de Dunkerque. Inexplicablemente, los alemanes detuvieron durante
su avance dos días, dando tiempo a que franceses e ingleses pudiesen
completar, el 4 de junio de 1940, el reembarco de sus efectivos (más de
trescientos mil soldados) hacia Gran Bretaña.
Hitler en París, pocos días después de la ocupación (23 de junio de 1940)

Al día siguiente, los alemanes emprendieron el avance hacia el sur; el 14


de junio entraron en París. El mariscal Philippe Pétain, que había asumido la
presidencia, pactó con Hitler un armisticio. Francia quedó dividida en dos:
el norte ocupado, que daba a Hitler el control de toda la fachada atlántica
y de la capital, y una zona sur de jurisdicción francesa administrada por
un gobierno colaboracionista (presidido por Pétain) que tenía su sede en
Vichy. Mientras tanto, el general Charles de Gaulle, que rechazó este
acuerdo, organizó desde Londres la resistencia interior, lanzando a través
de la radio consignas que por el momento tendrían escasa repercusión;
para muchos franceses, Pétain había salvado al país de males mayores.
Las campañas citadas, y muy especialmente la ofensiva sobre Francia,
son ejemplos eminentes del éxito de las nuevas tácticas militares
conocidas como «guerra relámpago» (Blitzkrieg). Apoyándose en la
rapidez, movilidad y perfecta coordinación de sus unidades motorizadas
(aviación, tanques, carros de combate, artillería autopropulsada), los
alemanes concentraban sus energías en puntos débiles o estratégicos
hasta forzar sorpresivas rupturas en el frente por las que penetraban las
fuerzas terrestres, que avanzaban rápidamente por la desguarnecida
retaguardia hacia sus objetivos finales, sembrando el caos y el
desconcierto entre las líneas enemigas.
La «guerra relámpago» (hasta mayo de 1941) dio a Hitler el control de Europa

La guerra se convirtió así en una orgía de la velocidad: de las tropas


motorizadas, de las comunicaciones, de las órdenes, de la definición sobre
la marcha de ofensivas y objetivos. El ajedrez reposado de la Primera
Guerra Mundial dio paso a una partida rápida que los grandes estrategas
franceses perdieron por tiempo. El mismo concepto de frente quedó
finiquitado; había frente donde atacaban los alemanes, lo cual, dada su
rapidez y movilidad, era como decir que no lo había. Que la Línea Maginot
se mantuviera intacta tras la caída de París era el negro chiste que
señalaba la abismal diferencia entre la guerra antigua y la moderna, entre
acumular tropas para defenderse de nadie y exprimirlas al máximo
dotándolas de un duende de dinamismo que parecía ubicuidad. Hay que
notar que este novedoso enfoque respondía también a una necesidad
estratégica profunda: Inglaterra seguía ejerciendo el dominio de los
mares, y, al igual que en la Primera Guerra Mundial, Alemania podría
quedar desabastecida de petróleo y otros productos básicos si era
sometida a un prolongado bloqueo marítimo por los británicos. De ahí la
prioridad de llevar rápidamente el conflicto hacia su desenlace.

En solamente nueve meses, Hitler se había apoderado de Europa: los


países que no habían caído bajo su dominio eran aliados suyos o
neutrales. Con la claudicación de Francia, en efecto, tan sólo quedaba
Gran Bretaña, a cuyo frente se había colocado el gobierno de coalición
presidido por Winston Churchill, un político de dilatada trayectoria destinado
a convertirse en el más admirado estadista de la Segunda Guerra Mundial.
Reconociendo en su toma de posesión (10 de mayo de 1940) que no podía
ofrecer más que «sangre, sudor y lágrimas» a sus conciudadanos, el
nuevo primer ministro insufló un espíritu de lucha en el pueblo británico
y, con su determinación de resistir a toda costa, contrarió los planes de
Hitler, que había supuesto que el aislamiento empujaría a Inglaterra a
negociar.

Decidido a finalizar cuanto antes la guerra, Hitler ordenó diseñar un plan


de desembarco en las islas, pero sus generales le convencieron de que,
dada la superioridad de la armada británica, tal empresa era imposible sin
conseguir previamente, al menos, el control del espacio aéreo. De este
modo, la batalla de Inglaterra (de julio a septiembre de 1940) se libró
exclusivamente en el aire: cazas y bombarderos de la Luftwaffe alemana
y la Royal Air Force británica se enzarzaron en cruentos combates y
soltaron miles de bombas primero sobre objetivos militares y luego sobre
Londres y Berlín, causando terribles estragos en la población civil. Gracias
a la proximidad de los aviones ingleses a sus bases y a las vitales
informaciones sobre la aviación enemiga que aportaba el uso del radar, el
resultado fue favorable a los británicos. Hitler se vio obligado a posponer
indefinidamente la invasión de Inglaterra; la guerra comenzaba a
alargarse más de lo deseado.
Calle londinense tras un bombardeo nocturno

Entretanto, deslumbrado por las grandes victorias obtenidas por el


Reich, Mussolinidecidió finalmente que Italia entrara en la guerra en apoyo
de Alemania. El Duce esperaba con ello satisfacer sus ambiciones
territoriales en los Balcanes y el norte de África. En septiembre de 1940,
Italia atacó Grecia desde Albania, pero griegos y británicos lograron
rechazarles. Hitler, que ya pensaba en la invasión de la URSS, tuvo que
desviar parte de sus tropas y medios en ayuda de su desastroso aliado.
Con la colaboración de Rumanía, Hungría y Bulgaria, que se aliaron con el
Reich, los alemanes emprendieron en abril de 1941 una nueva «guerra
relámpago»: en apenas dos semanas ocuparon Yugoslavia y la Grecia
continental, forzando la rendición de los ejércitos de estos países y la
retirada de los británicos. En mayo de 1941, la arrolladora campaña
finalizó con la ocupación de Creta.
La «guerra total» (junio 1941 - junio 1943)

En 1941, la invasión alemana de Rusia y el ataque japonés a Pearl Harbour


precipitaron la globalización del conflicto. Alemania y la URSS habían
firmado un pacto de no agresión en cuyas cláusulas secretas se reconocía
a Finlandia, los países bálticos y Besarabia como áreas de influencia
soviética. Inmediatamente después de la ocupación de Polonia, Stalin se
había tomado la libertad de invadir por su cuenta las repúblicas bálticas
(Estonia, Letonia y Lituania) y de ocupar el sur de Finlandia, de modo que
la URSS había recuperado ya los territorios perdidos en la Primera Guerra
Mundial.
Estas apresuradas anexiones molestaron a Hitler. Pese a su visceral
anticomunismo, el Führer había buscado el pacto con la Unión Soviética
con la pragmática finalidad de no tener que luchar en dos frentes; pero
ahora las ambiciones de los rusos chocaban con el irrenunciable objetivo
de adjudicar a Alemania un «espacio vital», expandiéndose hacia el este.
Por esta razón, Hitler preparó concienzudamente la «Operación
Barbarroja» para conquistar la URSS y, más tarde, abatir el poderío
británico en Oriente Medio.

Soldados rusos en la batalla de Stalingrado (diciembre de 1942)

La campaña de Rusia comenzó el 22 de junio de 1941. El Estado Mayor


alemán organizó los ejércitos en tres cuerpos que fueron enviados hacia
el norte (Leningrado), hacia el centro (Moscú) y hacia el sur (Ucrania).
Los rusos firmaron un acuerdo con los británicos y al mismo tiempo
trasladaron su industria hacia el interior para que no cayera en manos del
Reich. Los generales alemanes habían proyectado una ofensiva en diez
semanas, pero, tras un impetuoso arranque que mejoraba incluso su
previsiones, el deficiente estado de las infraestructuras (en modo alguno
comparables a las de la Europa occidental) y el rechazo de la población
retrasaron el avance de sus divisiones, que no estuvieron en disposición
de atacar sus objetivos hasta finales de septiembre.

Con las primeras lluvias de octubre, las carreteras rusas, no


pavimentadas, se convirtieron en barrizales impracticables. En noviembre,
las temperaturas alcanzaron los 32 grados bajo cero, reduciendo el
material bélico a chatarra congelada y matando miles de soldados. A
principios de diciembre, el avance sobre Moscú quedó definitivamente
paralizado. Una vez más, la estepa rusa y el «general Invierno» parecían
haber derrotado al temerario occidental que osaba aventurarse por sus
inmensidades; lo mismo le había ocurrido, más de cien años antes,
a Napoleón Bonaparte. Sin embargo, pese a las múltiples penalidades y a la
imposibilidad de cavar trincheras en el suelo congelado, las tropas
alemanas resistieron los contraataques rusos y mantuvieron sus
posiciones.
Con la llegada de la primavera se reiniciaron las hostilidades. En el frente
sur, los alemanes se adentraron hasta el río Don, y en septiembre de 1942
se encontraban a las puertas de Stalingrado. Entre finales de 1942 y
principios de 1943, en el interior y los alrededores de esta ciudad tendría
lugar la más dura y decisiva de las batallas de la Segunda Guerra Mundial.
Bajo el mando de Konstantín Rokossovski, las fuerzas soviéticas rodearon el
ejército del mariscal alemán Friedrich von Paulus, mientras el general
ruso Gueorgui Zhúkov dirigía la defensa de la ciudad. El 2 de febrero de
1943, von Paulus se vio obligado a capitular; los rusos capturaron
trescientos mil prisioneros. La batalla de Stalingrado invirtió el curso de la
guerra: a partir de ese momento, la contraofensiva soviética obligaría a
los alemanes a retroceder.
El acorazado West Virginia envuelto en llamas tras el ataque japonés a Pearl Harbour (7 de
diciembre de 1941)

El segundo acontecimiento clave de la etapa 1941-1943 fue la entrada de


los Estados Unidos en la guerra a raíz del ataque japonés a Pearl Harbour
(7 de diciembre de 1941). Aunque ciertamente en un primer momento
quisieron mantenerse estrictamente neutrales, los americanos, en
realidad, habían ya comenzado a servir a los intereses de los aliados. El
apoyo norteamericano se hizo patente cuando, en marzo de 1941, el
presidente Franklin D. Roosevelt obtuvo del Congreso la aprobación de la ley
de Préstamo y Arriendo, que permitió a los aliados surtirse de todo tipo
de materiales y armas sin tener que pagar en el momento de la compra:
se estaba ayudando con todos los medios económicos a la lucha contra
Alemania.

Como aliado de Alemania e Italia, países con los que había sellado el Pacto
Tripartito de 1940, Japón había comenzado a ocupar algunas colonias
británicas, francesas y holandesas del Asia Oriental con la ayuda, en
muchos casos, de los nacionalistas nativos. El expansionismo del
militarista Imperio japonés chocaba con los intereses de los
norteamericanos, que bloquearon las exportaciones de petróleo y acero y
congelaron los activos japoneses en el país, entre otras sanciones
económicas.
La intervención de Estados Unidos parecía inminente, pero Japón se
anticipó con un ataque por sorpresa cuyo objetivo era obtener una
inmediata superioridad naval: sin previa declaración de guerra, la aviación
nipona bombardeó y hundió la mayor parte de la flota norteamericana
fondeada en la base de Pearl Harbour, en las islas Hawai (7 de diciembre
de 1941). Estados Unidos declaró la guerra a Japón y, poco después, a
Italia y Alemania; la Segunda Guerra Mundial ingresaba así
definitivamente en su fase de universalización.

Durante los primeros meses de 1942, los japoneses, que anteriormente


habían suscrito un pacto de no agresión con Rusia, campearon sin
demasiadas dificultades por el sudeste asiático, ocupando Singapur,
Indonesia, las islas Salomón, Birmania y Filipinas. Pero el 4 de junio de
1942, sus progresos quedaron bruscamente frenados en el más decisivo
de los combates navales de la Segunda Guerra Mundial: la batalla de
Midway, un archipiélago situado 1.800 kilómetros al oeste de las islas
Hawai en torno al que se enfrentaron las armadas enemigas. Japón vio
hundirse sus cuatro portaaviones, unidades que se habían revelado
esenciales para la supremacía en la moderna guerra marítima, y ya nunca
podría resarcirse de su pérdida; los astilleros estadounidenses botaron
nuevos buques de guerra a toda máquina, y en adelante los
norteamericanos sólo tendrían que imponer su superioridad naval y aérea,
a la que los nipones opusieron una fanática resistencia.

El portaaviones norteamericano Yorktown en la batalla de Midway (4 de junio de 1942)

El norte de África también fue escenario de combates. Desde Gibraltar


hasta Alejandría, la armada británica dominaba el Mediterráneo, pero
existía un punto de gran importancia estratégica que podía inclinar la
balanza del lado alemán: el canal de Suez. Controlado por los ingleses,
este paso permitía la comunicación entre las colonias africanas y asiáticas
del Imperio británico y la metrópoli; su pérdida pondría en graves aprietos
a Inglaterra. En septiembre de 1940, Mussolini había fracasado en su
intento de atacar Egipto desde la vecina Libia, entonces colonia italiana.
En febrero de 1941, Hitler envió en su apoyo el Afrika Korps del
general Erwin Rommel, cuya pericia táctica le valdría el sobrenombre de «el
zorro del desierto». En su avance hacia el este, Rommel obtuvo sucesivas
victorias, pero llegó desgastado a la ciudad egipcia de El Alamein (julio de
1942), donde, falto de tanques y combustible, acabaría siendo derrotado
por el VIII Ejército del general británico Bernard Montgomery. Cortado
definitivamente el acceso al canal de Suez, el frente africano perdió
relevancia para los alemanes.
La derrota del Eje (julio 1943-1945)

La universalización de la Segunda Guerra Mundial decantó el conflicto; con


la incorporación al bando aliado del poderío militar e industrial de la Unión
Soviética y Estados Unidos, las potencias del Eje perdieron todas sus
opciones. De hecho, ya en la etapa anterior se habían registrado combates
decisivos que señalaban la inversión en el equilibrio de fuerzas: desde las
batallas de Midway (junio de 1942) y Stalingrado (febrero de 1943),
japoneses y alemanes se veían obligados a retroceder ante la
contraofensiva de los americanos y los rusos. A estos avances se añadió,
en la fase final de la guerra, la apertura de dos nuevos frentes: el de Italia
(iniciado con el desembarco aliado en Sicilia) y el de Francia (tras el
desembarco de Normandía), cuyo resultado sería, tras padecer un acoso
en todas direcciones, la caída del Reich.

El desembarco aliado en Sicilia, iniciado el 10 de julio de 1943, tenía como


objetivo apoderarse de la isla y utilizarla como base para la invasión de
Italia. Aun antes de haber sido completada, la ofensiva sobre Sicilia tuvo
un impacto psicológico inesperado en la clase política: el 25 de julio, el
Gran Consejo Fascista destituyó a Mussolini, que fue encarcelado; el
monarca italiano Víctor Manuel III encargó la formación de un nuevo
gobierno al general Pietro Badoglio, que firmó un armisticio con los aliados
el 3 de septiembre, fecha en que las tropas aliadas desembarcaron sin
oposición en la península Itálica.

Los alemanes supieron reaccionar rápidamente: invadieron el norte de


Italia, liberaron a Mussolini en una arriesgada operación (12 de
septiembre de 1943) y lo pusieron al frente de un gobierno fascista, la
República de Salò, así llamada por el nombre de la ciudad italiana en que
tenía su sede. Pese al apoyo del gobierno y la población, los aliados no
pudieron avanzar por esa Italia partida en dos; el frente se estabilizó a
unos cien kilómetros al sur de Roma. Una importante ofensiva permitiría
tomar la capital en junio de 1944, pero desde entonces las prioridades
fueron liberar Francia y caer rápidamente sobre Berlín. Ya en 1945, ante
el ataque final de los aliados, Mussolini intentó huir a Suiza, pero fue
descubierto y fusilado por miembros de la resistencia.
El desembarco de Normandía (6 de junio de 1944)

El desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) es sin duda la acción


más recordada de la Segunda Guerra Mundial. La apertura de un frente
occidental tenía un alto valor estratégico por cuanto obligaba a Alemania
a dividir sus fuerzas para combatir entre dos frentes. Protegidas por un
intenso bombardeo aéreo y naval, las divisiones aliadas desembarcaron
en las playas de esta región del noroeste de Francia. Tras duros combates,
se logró afianzar la cabeza de puente; el 1 de agosto, fecha en que finaliza
el célebre Diario de Ana Frank, el frente alemán se hundió; el 25 de agosto,
París era liberada. Simultáneamente, el ejército soviético emprendió en
junio de 1944 una gran ofensiva que liberó Polonia, Rumanía y Bulgaria.

Todo estaba perdido, pero Hitler, depositando todavía sus esperanzas en


las potentes armas secretas que desarrollaban los ingenieros del Reich,
arrastró a Alemania a una desesperada resistencia. A principios de 1945,
un último contraataque alemán en las Ardenas fue abortado; a partir de
ese momento, la guerra se convirtió en una carrera en que los generales
rusos y occidentales se disputaron el honor de llegar los primeros a Berlín,
trofeo que se llevaron los soviéticos (2 de mayo de 1945). Dos días antes,
el Führer se había suicidado en su búnker.
Hiroshima arrasada por la bomba atómica; abajo, la explosión sobre
Nagasaki fotografiada desde Koyagi-jima, a quince kilómetros de distancia
En el Pacífico, desde la derrota de Midway, Japón apenas si había logrado
más que ralentizar su retirada resistiendo tenazmente las acometidas de
los estadounidenses, que diezmaron la armada nipona y reocuparon
numerosos territorios. En verano de 1945, pese a la capitulación de
Alemania, el Imperio japonés seguía decidido a resistir a toda costa.
Debido a las inmensas distancias y a la singular geografía del escenario
bélico, que obligaba a luchar de isla en isla, la Guerra del Pacífico se
preveía sumamente costosa en recursos humanos y materiales. Ante esta
perspectiva, Harry S. Truman, nuevo presidente norteamericano tras la
súbita muerte de Roosevelt, optó por emplear una nueva arma: la bomba
atómica. El 6 y 9 de agosto de 1945, las ciudades japonesas de Hiroshima
y Nagasaki fueron arrasadas por sendas explosiones nucleares. El 2 de
septiembre de 1945, Japón firmaba la rendición incondicional. La Segunda
Guerra Mundial había terminado.
Consecuencias de la Segunda Guerra Mundial

Las principales consecuencias históricas de la Segunda Guerra Mundial


fueron el establecimiento de un orden bipolar liderado por las dos
superpotencias ideológicamente antagónicas que salieron reforzadas del
conflicto (la Norteamérica capitalista y la URSS comunista) y la pérdida
definitiva de la hegemonía mundial que Europa había ostentado desde
finales de la Edad Media, reflejada en el proceso de descolonización que
desmanteló los antiguos imperios coloniales europeos.

La aparente sintonía mostrada por el dirigente soviético Iósif Stalin, el


presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y el primer ministro
británico Winston Churchill en la Conferencia de Yalta (febrero de 1945),
cuando la Segunda Guerra Mundial no había llegado aún a su previsible
desenlace, dio paso a las primeras fricciones en la Conferencia de Potsdam
(julio-agosto de 1945). Pese a ello, y reconociendo la importancia de la
contribución soviética al esfuerzo bélico, Estados Unidos e Inglaterra
acordaron con Stalin la división de Alemania y validaron la anexión de las
repúblicas bálticas y parte de Polonia al territorio ruso.
Soldados soviéticos izan la bandera rusa en el Reichstag (Berlín, 2 de mayo de 1945)

Desde 1941, sin embargo, todo el mundo sabía que la incorporación de la


Unión Soviética al bando aliado, forzada por la fallida invasión de Hitler,
era una alianza contra natura que el final de la guerra se encargaría de
deshacer. Con su poderoso ejército desplegado en la Europa oriental,
Stalin subscribió en Yalta la propuesta de celebrar elecciones libres en los
países ocupados, y, acabada la guerra, quebrantó el acuerdo favoreciendo
la implantación de regímenes comunistas dependientes de Moscú. De este
modo, casi todos los países del este de Europa (incluida la Alemania
oriental, en la que se estableció la República Democrática Alemana)
quedaron bajo la órbita soviética.

Se iniciaba con ello la «Guerra Fría», nueva fase geopolítica en que el


antagonismo entre las superpotencias surgidas de la Segunda Guerra
Mundial, los Estados Unidos y la URSS, no desembocó en guerra abierta
por milagro o por temor al cataclismo nuclear que podían desencadenar
los arsenales atómicos de los contendientes. Ambas potencias se erigieron
en líderes de dos bloques ideológicos (el Occidente capitalista y el Este
comunista) cuya fuerza y cohesión incrementaron mediante pactos
militares (la OTAN y el Pacto de Varsovia), planes de ayuda (el Plan
Marshall) y alianzas económicas (la Comunidad Europea y el COMECON),
mientras se enzarzaban en conflictos locales soterrados para promover o
impedir la incorporación de tal o cual región a uno u otro bloque,
reduciendo la mayor parte del mundo, y también Europa, a un tablero de
ajedrez.
Las inmensas deudas que Inglaterra había contraído con Estados Unidos
y el triste papel de Francia en la guerra habían dejado sin voz a la
devastada Europa. La desafiante actitud de Stalin y el inicio de la «Guerra
Fría» empujaron decididamente a Estados Unidos a situar bajo su órbita
la Europa occidental (incluida Grecia y los vencidos: Italia y la nueva
República Federal Alemana) y sustraerla a la influencia de los partidos
comunistas europeos y de la Unión Soviética. En 1947, el presidente
Truman aprobó el Plan Marshall, así llamado por su promotor, el secretario
de Estado George Marshall. En el fondo, el plan diseñaba una reconstrucción
favorable a los intereses de los Estados Unidos, pues preservaría la
demanda europea de productos americanos; pero aquella sabiamente
administrada lluvia de millones, invertida fundamentalmente en
infraestructuras, dio un gran impulso a la economía europea, que en sólo
doce años rebasó los índices de producción de 1939. Perdido el liderazgo
político, la Europa occidental lograría, al menos, recuperar el
protagonismo económico.

Churchill, Roosevelt y Stalin en la Conferencia de Yalta (1945)

La debilidad de las metrópolis europeas reactivó los movimientos


independentistas en las colonias y condujo, en las décadas siguientes, al
progresivo desmantelamiento de los imperios coloniales, proceso al que
se ha dado el nombre de «descolonización». La flagrante contradicción de
enarbolar con una mano la bandera de la libertad y la democracia y de
sostener con la otra la de un imperialismo que sometía pueblos enteros
se hizo patente no sólo a los ojos de las minorías ilustradas de la colonias,
sino también a la población en general, principal víctima de la miseria a
que los condenaba el estatus colonial. A través de revueltas violentas que
Europa no estaba en condiciones de sofocar, o bien mediante
negociaciones o una combinación de ambos medios, casi todas las
colonias alcanzaron su independencia entre 1945 y 1975. La
descolonización contó con el impulso y beneplácito de las nuevas
superpotencias, pues conllevaba el afianzamiento de su hegemonía, la
apertura de nuevos mercados y la oportunidad de incorporar nuevas
naciones a su ámbito de influencia.

En tanto que proceso en que se percibe una justicia intrínseca y


reparadora de los males del imperialismo, podría creerse la
descolonización fue una consecuencia positiva de la Segunda Guerra
Mundial. Sin embargo, en su realización práctica, la descolonización no
condujo sino a una nueva forma de dependencia, el «neocolonialismo»,
que acabaría empeorando las condiciones de vida. Los nuevas naciones
heredaron una economía sometida a los intereses coloniales que se
basaba en la exportación de un reducido número de materias primas o
productos agrícolas a las metrópolis; las beneficios obtenidos, sin
embargo, no alcanzaban para la importación de los productos
manufacturados necesarios. Tal déficit comercial sólo podía paliarse con
los créditos que los nuevos países solicitaban a las antiguas metrópolis o
a las superpotencias, creando un círculo vicioso de dependencia
económica y, por ende, política. Carentes de la capacidad decisoria y
financiera que precisaban para acometer la imprescindible diversificación
de sus economías, las antiguas colonias asistieron impotentes a la
cronificación o acentuación de los desequilibrios, y pasaron a integrar la
amplia franja de subdesarrollo que hoy conocemos como Tercer Mundo.