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j Divo Barsotti nació en Paloia

I (provincia de Pisa) el 25 de abril


| de 1914. Fue ordenado en 1937,
I después de cursar estudios en el
Seminario Episcopal de San Mi-
! niato.
Apenas recibió la ordenación,
| enseñó en el Seminario. Al termi-
S nar la guerra, residió en Florencia.
1 Ha sido capellán de los intelectua­
les católicos y director de diversas
comunidades religiosas. Fundó una
comunidad religiosa de carácter
contemplativo que se ha extendi­
do a numerosas zonas de Italia.
Da clases en el Seminario Teológi­
co de Florencia.
Es autor de numerosos libros
destinados a la lectura espiritual,
que han sido traducidos a varios
idiomas.
La je en el amor es una medita­
ción en alta voz. Predica el amor
de Dios en términos existenciales;
trata de infundir en el cristiano la
fe en el amor que Dios le tiene.
Desde esta perspectiva, la piedad
no es un deber más, exige la m uer­
te espiritual, la libertad del alma
que busca solo a Dios. La misma
pobreza se pone en esta línea: no
es la pobreza de quien se resigna
con poco porque no tiene deseos
ni exigencias; es la pobreza de
quien no puede poseer nada más
porque está lleno de la riqueza de
Dios.
El lector notará desde las prime­
ras páginas del libro que el autor
pide una colaboración pdrüfonal jr1
un recogimiento interior para se­
guir el ritmo lento de la medita­
ción, que tiende a crear constante­
mente una amorosa e íntima con­
versación con Dios.
Este libro conserva intencional­
mente el estilo oral, no ha sido
escrito sino vivido. Es este un pun­
to fundamental de la personalidad
del autor, que hace posible una
transmisión directa de la belleza
de su fe y una inmediata compren­
sión de las fundamentales exigen­
cias que acompaña el hecho de
sentirse amado por Dios.
La fusión de la fe y de la cari­
dad en la vida cristiana, repetida­
mente anunciada en el Nuevo Tes­
tamento, encuentra en este libro
acentos espirituales inconfundibles
y, al mismo tiempo, se mantiene
fiel a la tradición de los más gran­
des místicos. La vida mística es
puesta así al alcance de quien tiene
deseos de santidad como algo es­
trechamente unido a la vida cris­
tiana, que “consiste en una cierta
presencia de Dios que se multipli­
ca en las criaturas que lo acogen”,
sin dejar de ser Uno. El acto de
fe realiza una relación personal con
Dios Padre, Hijo y Espíritu S anto;
una relación que se anula a medi­
da que uno de los elementos des­
aparece, dado que la criatura es
asimilada haciéndose un solo cuer­
po y un solo espíritu con Cristo.
DIVO BARSOTTI

LA FE EN EL AMOR
Título original:
La fede nelVamore

Depósito legal: M. 19.495 - 1099

M a r ib e l, A r t e s G r X fic a s.— Tomás Bretón. 51. M ad rid -7 .


INDICE

Págs.
P r e s e n t a c ió n ........................................................................................ 11

P r ó l o g o ................................................................................................... 13

D e d ic a t o r ia ........................................................................................... 43

P r e á m b u l o .............................................................................................. 45
P r im e r a m e d it a c ió n : C reer en el A m o r ........................ 47
Segunda meditación: B ie n a v e n t u r a d o t ú q u e h as
c r e í d o ................................................................................................... 55
T e r c e r a m e d it a c ió n : E l que ama ( I ) ................................ 63
C u a r ta m e d it a c ió n : E l que ama ( I I ) ................................ 82
Quinta meditación: E l q u e ama (III) ................... 97
S e x t a m e d it a c ió n : E l que es amado ( I ) ......................... 115
Séptima meditación: E l q u e e s amado ( I I ) ............. 127
Octava meditación: E l q u e e s amado (III) ............. 140
Novena meditación: La o r a c ió n , ca m in o p ara l a
muerte ................................................................................................ 159
D é c im a m e d it a c ió n : ¿ Q ué e s el amor ? ......................... 177
Undécima meditación: La d i f i c u l t a d d e l a c to d e f e . 193
Duodécima meditación: E l a c t o d e f e ......................... 213
Decimotercera meditación: La t r a s c e n d e n c ia de
la f e ..................................................................................................... 233
Decimocuarta meditación: L as te n ta c io n e s c o n tra
LA FE ....................................................................................................... ....249

Decimoquinta meditación: E l Amor, v id a de la f e . 272


Decimosexta meditación: L a tra n s fo rm a c ió n d e l
A m o r ....................................................................................................... ....293

C o n c l u s i ó n ............................................................................................. ... 307


PRESENTACION

Don Divo Barsotti nació en Palaia (provincia


de Pisa) el 25 de abril de 1914. Fue ordenado
sacerdote en 1937, después de realizar estudios en
el Seminario episcopal de S. Miniato.
Apenas ordenado sacerdote, enseñó en él Semi­
nario. Al terminar la guerra, residió en Florencia.
Ha sido capellán de los intelectuales católicos y
director de diversas comunidades religiosas. Fun­
dó una comunidad religiosa de carácter contem­
plativo que actualmente se ha extendido a mu­
chas zonas de Italia. Da clases en el Seminario
Teológico de Florencia.
Obras principales: El cristianismo ruso, 1948
(traducido al francés); El misterio cristiano en
el año litúrgico, 1951 (traducido al francés, espa­
ñol y polaco); El misterio cristiano y la palabra
12 PRBSBNTACIÓN

de Dios, 1954 (traducido al francés, alemán, po­
laco y español); La revelación del amor, 1955
(traducido al francés y español); La fuga inmóvil,
1957 (traducido al alemán, flamenco y francés);
La doctrina del amor en los Padres de la Iglesia,
1963; El Señor es Uno, 1965 (traducido al fran­
cés); Escucha, hijo, 1965; Meditaciones sobre el
Apocalipsis, 1966 (traducido al español); Medita­
ciones sobre el Exodo, 1960-1967 (traducido al
francés y al español); El misterio de la Iglesia en
la liturgia, 1967; Meditaciones sobre el libro de
Sofonías, 1967; La fe en el Amor, 1968; Existen­
cia cristiana, 1967; Su última obra publicada es
Palabra y Silencio.
PROLOGO

Son pocos los autores italianos contemporáneos


de libros de espiritualidad y de teología que ha­
yan obtenido resonancia internacional; uno de és­
tos es Divo Barsotti, cuyas obras han sido 3ra tra­
ducidas al alemán, holandés, francés, polaco,
inglés y castellano. Su presencia en el panorama
cultural y religioso italiano se ha impuesto en es­
tos últimos veinte años, no solamente a través de
sus estudios de espiritualidad litúrgicabíblica2,
1 II Mistero cristiano nell'anno litúrgico, Librería edí-
trice florentina (LEF); Firctwe, 1950. 11 Mistero cris­
tiano e la parola di Dio, LEF; Firenxe, 1954. II Mistero
della CUiesa nella Liturgia, LEF; Firente, 1967, Liturgia
e teología, Corsia dei Serví; Milano, 1956. Introduzwne
al Breviario, Queriniana; Brescia, 1965.
2 Meditazione sulVApocalisse, Queriniana; Brescia,
1966. Meditazione sulVEsodo, Queriniana; Brescia, 196?,
Meditazione sul libro di Sofonia, Queriniana; Brescia,
14 MIGUEL ANGEL PELÁE7

oriental 3 y p atrística\ sino también con obras


de indudable valor literario, como sus Diarios La
fuga immobile 5 y Parola e silenzio6, aunque de
aliento menos universal. Esto no es obstáculo a
la infatigable labor sacerdotal que Divo Barsotti
desarrolla. De esta experiencia nacen los libros
como este que presentamos, fiel transcripción de
sus meditaciones en retiros espirituales, ejerci­
cios, cursos de espiritualidad y misiones7.
Tuve ocasión de escuchar a Barsotti en el oto­
ño de 1957 en Bolonia, durante el Congreso Euca­
ristía} diocesano, y recuerdo el impacto que me
produjo oírle hablar con tanto celo sacerdotal y

1968. Meditazione sul libro di Giona, Queriniana; Bres


cia, 1967. Meditazione sul libro di Tobia, Queriniana;
Brescia, 1969. Le donne delVAlleanza, Gribaudi; Torino,
1967. II Dio di Abraamo, LEF; Firenze, 1952.
3 Cristianesimo russo, LEF; Firenze, 1948. Mistici rus-
si, Borla; Torino, 1959.
4 La dottrina dell'amore nei padri della Chiesa fino
a Ireneo, Vita e Pensiero; Milano, 1963.
5 Edizioni di Comunitá; Milano, 1957. Comprende el
Diario espiritual de 1944-46. De ahora en adelante lo
citaremos con la sigla FI.
» Vallecchi, editore; Firenze, 1968. Comprende el Dia­
rio espiritual de 1955-57. De ahora en adelante lo cita­
remos con la sigla PS.
7 La Fede nell’Amore, Morcelliana; Brescia, 1968. Lo
citaremos con la sigla FA. Son muchos los libros de
Barsotti que recogen meditaciones de retiros y ejercicios
espirituales; recordamos entre otros: Verso la visione,
Morcelliana ed.; II Signore é uno, Morcelliana ed.; Esis-
tenza cristiana, Vita e Pensiero ed.; Loquere Domine,
LEF; La vía del ritorno, LEF; Dalla grazia alia gloria,
LEF; Nella presenza di Dio, LEF; La luce e Vumiltá LEF;
Meditaziom sulla preghiera, LEF; Santitá sacerdotale,
Ancora; Milano, 1965.
PRÓLOGO 15

doctrina teológica del Sacrificio de la Misa. Un


autor de espiritualidad que en un momento de
general desinterés por los libros de piedad tras­
ciende las fronteras, las modas caducas y las ba­
tallas ideológicas que tanta influencia han tenido
y tienen en la cristiandad italiana de estos últimos
cien años. Un hombre que vive su sacerdocio,
principalmente en Toscana, durante años de gran­
des pasiones políticas, culturales y religiosas, con­
servando una visión espiritual genuinamente cris­
tiana, junto a una sensibilidad enorme por los
acontecimientos y las personas, muchas veces
amigas, que los encarnan y dirigen.
Leyendo las páginas de sus Diarios se compren­
de la perfecta fusión de su vida con su ministerio
sacerdotal, cuyo eco auténtico nos llega en estas
meditaciones que presentamos. El 24 de mayo
de 1957 escribe: «La obra del sacerdote es la
obra de toda la Iglesia. El mundo no ama a los
sacerdotes, es comprensible. El sacerdote en sí
es un representante, nunca es él mismo. Hay siem­
pre algo de falso en él —no es falso lo que hace,
lo que dice; es falso él mismo en el papel que
representa. Para no ser falso no debería actuar
como quien recita, sino como El mismo Cristo,
la Iglesia. A causa del mensaje que proclama y
de la Presencia que encarna, el sacerdote nunca
debería olvidarse de la necesidad que tiene de
pedir perdón por su propia presencia y sus pala­
bras —ninguno más que él está obligado a ser
humilde» (PS, pág. 165).
16 MIGUEL ANGEL PELÁEZ
t
Una buena parte de la temática espiritual de
Barsotti se revela en estas pocas líneas: la Pre­
sencia divina que desborda la presencia humana,
la realidad soberana de Dios, la generación de Cris­
to en cada acto humano genuinamente religioso,
la seriedad de la vida cristiana que no puede re­
ducirse a simple experiencia, el contraste con el
mundo en el cual hay que testimoniar a Dios.
Barsotti no pretende comunicar una particular
experiencia religiosa o mística, sino la vida que
antecede cada experiencia 3' la condiciona: «No
importa lo que se siente, sino lo que se es» (PS,
página 190).
La «fuga immobile» de Barsotti no es un aban­
dono del mundo para refugiarse en un individua­
lismo intimista o en una vida totalmente eremíti­
ca, sino la búsqueda ansiosa de Dios y el esfuerzo
de manifestarlo a los hombres de su tiempo: «Se­
ñor, tú estás lejos. Los demás me consideran un
eremita en oración continua, y quizá en ningún
momento como ahora todas las criaturas se agol­
pan en mi interior impidiéndome que me separe
de todo para realizar mi vida contigo. No debo
escribir —no debo convertirme en un escritor, y
menos aún en un fundador. Debo vivir. Y no se
vive más que en relación contigo» (PS, pág. 44).
Barsotti no se avergüenza de hablar de Dios en
primera persona; hablar de Dios en tercera per­
sona es señal cierta de querer defenderse escon­
diéndose en el anonimato. En la introducción a su
último Diario (PS), lo dice expresamente: «Ha-
PRÓLOGO 17

blar de Dios y de su relación con nosotros puede


parecer presunción y orgullo, pero El es antes
que nada, es el deber de cada uno de nosotros...
Una misión que nos expone a hacer el ridículo...
Sucede, sin embargo, que con la excusa de la
humildad nos avergonzamos de Dios.» El riesgo
aumenta cuando se habla de Dios no sólo como
simple ministro del culto litúrgico, sino sobre
todo como depositario, indigno y turbado, del
Amor de Dios.
El libro La Fede nelVAmore es una medita­
ción pronunciada en alta voz e —como se lee en
la presentación del autor —inspirada y sostenida
por los mismos que la escuchaban: era el Señor
que les hablaba a todos. Barsotti predica el Amor
de Dios en términos existenciales; trata de infun­
dir en el cristiano la Fe en el Amor que Dios le
tiene: «et nos cognovimus et credidimus caritati»
(1 Ioh 4, 16). Desde esta perspectiva, la piedad
no es un deber más, exige ia muerte espiritual
—tema dominante en toda la obra de Barsotti—,
la libertad del alma que busca sólo a Dios. La mis­
ma pobreza se pone en esta línea: no es la pobreza
de quien se resigna con poco porque no tiene de­
seos ni exigencias; es la pobreza de quien no
puede poseer nada más porque está lleno de la
riqueza de Dios (cfr. FI, pág. 282).
El lector notará desde las primeras líneas del
libro que el autor pide una colaboración personal
y un recogimiento interior para seguir el ritm o
lento de la meditación que tiende a crear cons*
2
18 MIGUEL ANGEL PELÁBZ

tantemente una amorosa e íntima conversación


con Dios. Todos los temas fundamentales de la
vida espiritual sobre los que se hace hincapié
en retiros espirituales, son tratados por Barsotti
en estas meditaciones nacidas del amor que Dios
infunde en el alma creyente. La breve meditación
segunda, dedicada a la Virgen, contiene toda la
temática deí libro.
Como dice el autor al principio de la meditación
octava, ningún argumento o punto de la vida espi­
ritual se puede separar de los demás; cada uno
constituye el fundamento de todo un comporta­
miento interior v exterior: «si la Fe es el acto a
través del cual el hombre acoge el amor, una vez
que lo ha recibido, el amor transforma al hombre
y le hace semejante a Dios» (pág. 82); «el límite
a nuestra santidad es la medida de nuestra fe»
(FA, pág. 22).
Esta obra de Barsotti conserva intencionalmen­
te el estilo oral, no ha sido escrita, sino vivida.
Es éste un punto fundamental de la personalidad
del autor que, como tantos otros, se puede descu­
brir a través de un examen paralelo de sus dos
Diarios y de los libros de origen esencialmente
espiritual como las meditaciones, primero hechas
y sólo más tarde publicadas. Las meditaciones
nacen de un clima de silencio interior que hay
que conocer para entender el significado de las
palabras, que de otra manera «no dirán nada,
no revelarán nada». El problema está perfecta­
mente centrado en unas líneas de La fuga immo-
PRÓLOGO 19

hile: «Me parece querer vivir y meditar sólo para


poder hablar y escribir. No se vive sino en las
obras que hacemos: el escribir significa quizá
la actuación de mi vida no vivida» (pág. 125). La
vida es otra cosa, «sentirse desnudo delante de
Dios —sin defensas—»; vida es el ser instrumento
a través del cual Dios se recibe y se ama, haciendo
posible así su Presencia en el mundo; por eso,
leemos en PS (págs. 213-215), se prepara y parti­
cipa a la gigantesca Misión de Milán de 1957, sobre
cuya eficacia manifiesta sus dudas, no estudiando
sino rezando: «nolite cogitare. Oh Señor, habla
Tú mismo por mí... Pedía al Señor que me diera
todos aquellos jóvenes». El mismo escepticismo
muestra participando en el Congreso Litúrgico
Internacional de Asís el año 1956: «nada puede
sustituir en la Iglesia la vida» (PS, pág. 97).
Una personalidad extremadamente sensible a la
belleza en todas sus formas (véanse sus juicios
sobre la belleza del santo en FA, pág. 185) cultu­
ralmente dotada, descubre en su «subida al Mon­
te Carmelo» los lazos que le tiende «el sutil egoís­
mo de la cultura» (FI, pág. 48). En sus medita­
ciones, belleza y cultura, se manifiestan casi siem­
pre armonizadas con una intensa vida espiritual,
mientras que en sus Diarios se encuentra la histo­
ria personal de una lucha constante entre las exi­
gencias de ia cultura y la llamada divina a la
santidad, entre la experiencia literaria y la vida
espiritual. «Comprar nuevos libros, leerlos, ali­
menta sólo la ilusión de hacer algo y mientras
20 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

tanto reenvía el paso decidido a la acción. Leer


es un placer vicioso que envenena la vida como
una droga que sume el espíritu en un sueño irreal.
Lees y crees que estás haciendo lo que lees, dis­
pensándote así de hacerlo, viviendo un sueño» (FI,
página 64). «Precisamente esta mañana Jesús me
decía que, para seguirle, para seguirle verdadera­
mente, era necesario abandonar todo. No hay ne­
cesidad de libros. No se trata de aprender, sino
unicamenie de amar» (FI, pág. 145). Se preocupa
por evitar la vida artificial del escritor; por eso
piensa dedicar parte de su jornada a un trabajo
manual no retribuido (cfr. FI, pág. 235), y antes
de ir a Milán a la Misión, dice que se prepara
recogiendo aceitunas y podando el laurel (PS, pá­
gina 213). Lo más importante es vivir: «No es
testigo quien habla de Dios, sino aquel a través
del cual Dios habla. Tú testimonias por lo que
eres» (PS, pág. 48). «Antes que nada es necesario
vivir. ¿De qué le sirven a los hombres mis pala­
bras? Al hambre del hombre no le ha bastado con
la Palabra de Dios. Dios ha tenido que dar su
carne y su sangre» (FI, pág. 284). La vida, para
Barsotti, se cumple en la muerte —«el acto del
hombre es la muerte»— y es entonces cuando to­
dos pueden percibir la libertad de un alma que va
derecha a Dios sin caer en la retórica de la pie­
dad: «si amaras de verdad no escribirías más,
vivirías solamente» (FI, pág. 202).
Sus excursiones en el mundo de la cultura y
del arte —más adelante veremos su posición ante
PRÓLOGO 21

la política— se corrigen por sí mismas: «Son ton­


terías. ¿Cómo se puede hablar de política y de
arte cuando Dios llama? ¿Subsisten otros proble­
mas además del amor? Con frecuencia transfor­
mamos la respuesta que tenemos que dar a Dios
en un problema» (FI, pág. 163). «Filosofía, cien­
cia, técnica moderna, poesía, arte, amor humano,
riqueza. ¡Cuántas idolatrías!» (FA, pág. 158). Y
en La fuga immobile (pág. 171) es patente la deci­
sión de renunciar a una clara carrera literaria
cuando en medio del fervor de una nueva época,
el verano de 1945, la cultura italiana se organiza­
ba en núcleos culturales, sobre todo en Turín v
Milán. Barsotti salva la cultura y la asimila per­
sonalmente, colocándola en una visual teológica
y de Fe: «¡Inmenso valor de una biblioteca teo­
lógica! Es el peso de toda la historia humana...
El teólogo es el intérprete de toda la vida del
mundo; a través de él, toda esa vida se expresa,
toma forma y conciencia de sí. Puede ser el intér­
prete y testimonio de esta vida precisamente por­
que está anclado, fijo en su centro. La fidelidad
a la Revelación, o más bien a Dios, porque la
adhesión de la fe alcanza a Dios mismo, en vez
de ser causa de un pensamiento estéril, de una
experiencia y vida vacías, es la causa primera de
su plenitud y asegura, sólo ella, una continuidad
y validez a la vida del mundo. El hombre tiene
rqenos necesidad de comer pan que de leer libros.
No logro entender cómo se pueda vivir sin sentir
la necesidad de estudiar, de conocer y, verdadera­
22 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

mente, no vivo, porque la vida es continuo cami­


no y progreso, si no he asimilado ya toda la
experiencia humana, si esta teología no la he he­
cho carne mía, sangre mía, y siento que me falta
el tiempo, la fuerza...» (FI, pág. 282). Pero aun
así, la teología no puede sustituir la santidad (PS,
página 44); crear una teología sin santidad es
una contradicción, sobre todo pensando en los
que se quiere convertir (PS, pág. 84).
Don Divo Barsotti no olvida, ni siquiera en las
páginas de sus Diarios, la razón de su vida y el
obieío de su misión: revelar el primado de la
contemplación porque esto es lo que necesitan
las almas (cfr. FI, págs. 41, 125 y 126).
Es difícil, sin embargo, catalogar la espirituali­
dad del autor que intencionalmente se distingue
de la espiritualidad monástica al menos en cuan­
to afirma que un cristiano no puede repudiar el
mundo. Por otra parte, su vida, junto con algunos
discípulos, transcurre desde hace años, en el Mon­
te Senario y entre los olivos y cipreses toscanos
de Settignano. La imagen de la «fuga» que da títu­
lo a uno de sus Diarios no debe entenderse como
huida y desprecio del mundo, que considera im­
posible (cfr. PS, pág. 83): «el mundo no se puede
poner entre paréntesis» (FI, pág. 147). Veamos
qué entiende Barsotti por «fuga»: «Marchemos,
huyamos, vayamos lejos, donde estemos tranqui­
los y solos. Lejos. Toda la vida consiste en esta
huida hacia Ti, que te alejas siempre más cuando
nosotros corremos, huida en un desierto cada
PRÓLOGO 23

vez más solitario y vacío, que no es el abandono


del mundo para elegir la vida eremítica o la paz
de un claustro, pero es como el silbido de una
flecha que corta el aire y vibrante se clava en su
blanco. Así el alma no evita el mundo, lo pasa, lo
atraviesa en un vuelo decidido, derecha a su tiii
que es Dios. El alma no evita el obstáculo, lo
ciñe, lo arrolla con vigor, sin desviar, o lo hiere
en una herida abierta. Dios mío, ¡ quémame:,
¡ hiéreme!, hasta que salga sangre y la herida esté
abierta» (FI, págs. 81-82).
La vida espiritual no quiere decir para Ba\>
sotti tanto huida del mundo cuanto inmersión to­
tal en la realidad presente, donde hay que buscar
a Dios conscientes que ofrece pruebas particular­
mente duras; así, en la meditación XIV de la FA
describe las tentaciones contra la Fe que causa
el mundo de hoy —absurdo, ateo e irreligioso— y
que constituyen una fuente de purificación espi­
ritual para quien ama a Dios sin abandonar el
mundo. El mundo no debe aburrir, ni escandali­
zar, ni cansar al contemplativo, porque el mundo
no está necesariamente separado de Dios: «la
vida es Cristo. No un Dios que habita en el cielo,
sino un Dios que se ha hecho hombre y vive
con nosotros... Es El quien me ha buscado, que
ha venido. Si yo lo busco, me alejo, lo huyo» (PS,
página 28). Niega también la separación entre vida
activa y vida contemplativa; habla de «éxtasis de
la acción» y llega a decir: «¿No es sintomático,
acaso, que la vida eremítica vaya desapareciendo
24 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

paulatinamente? El alma cristiana se rebela frente


a la tentación griega del monofisismo. Hay que
ser hombres de nuestro tiempo para ser hombres
de la eternidad, hombres de Dios» (PS, pág. 28).
Otro aspecto del enraizamiento humano de la
espiritualidad de don Barsotti es su «dependen*
cia» de los demás, su preeminente necesidad de
sentirse útil y el dolor que acompaña a su sen­
timiento de impotencia y de soledad en los años
de m certidumbre y de contradicción: «Señor,
dame la gracia de hacer algo; de lo contrario,
¿cómo te amaré?» (FI, pág. 33; cfr. también PS,
página 88). «Todo hombre tiene necesidad de sa­
ber o de creer que su vida es útil a alguien..., no
le importa este trabajo u otro, sino que se le
pida algo... vivir y no poder amar —vivir sin que
nadie te pida alguna cosa, quiero esto de ti, es
verdaderamente la muerte, el infierno» (FI, pági­
na 116).
Por otra parte, don Barsotti afirma con su ra­
dical incertidumbre: «creo que mi vocación es
una vocación eremítica. Debo poner todos los me­
dios para corresponder. Vivir aquí, no bajar a la
ciudad, no salir de casa, no romper el silencio, no
aceptar más invitaciones para predicar» (PS, pá­
ginas 75 y 124). No se puede olvidar tampoco su
afinidad intelectual y religiosa con santos y mís­
ticos poco seculares, como Carlos de Foucauld,
Serafin Sarov, en los que se inspira incluso cuan­
do presenta la belleza de un ideal cristiano vivido
en el mundo (cfr. FI, pág. 174). Se comprende
PRÓLOGO 25

así la profundidad que tiene el lamento escrito


los días de la misión de Milán: «Cómo siento le­
jana, indiferente e ignota la ciudad» (PS, pági­
na 215).
Todo esto, unido a un patente desinterés por
los acontecimientos históricos, como se verá más
adelante, hace pensar que su doctrina espiritual
tiene presente una idea del mundo poco concreta
y secular por lo que se requiere una traducción o
asimilación en términos laicales para que pueda
ser comprendida y vivida realmente en el mundo
y en la vida ordinaria. La riqueza doctrinal y la
pureza espiritual de su mensaje son de todos mo­
dos elementos suficientes para que cualquier
alma con deseos de Dios encuentre en sus páginas
motivo de elevación espiritual.
Junto al deseo de no ser considerado un fun­
dador, hay en las páginas de Barsotti un cierto
«pionerismo» espiritual teológicamente fundado
en el que confluyen una multiplicidad de experien­
cias culturales, místicas y religiosas que no per­
miten un claro encasillamiento dentro de los es­
quemas tradicionales de espiritualidad. Siente la
necesidad de un nuevo Pentecostés, sueña en un
«movimiento religioso espontáneo, juvenil, llene,
de audacia, animado de un profundo sentimiento
de seguridad y de libertad» (FI, pág. 103) que no
debe ser «de caridad con el único fin de respon-
* der a exigencias de la vida presente... La vida del
Cristianismo, donde se desarrolla toda la dureza
interior de la fe, es un movimiento de encendí-
26 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

miento espiritual que eleva las almas, las arras­


tra lejos de sí mismas, las empuja y abre en un
magnífico arrebato de amor. No basta para esto
un movimiento social-cristiano, ni tampoco es su­
ficiente la aparición de un santo cuya misión sea
la caridad. Se requiere una santidad que no ten­
ga otra razón de ser que sí misma, que se mani­
fieste como Vida de Dios en medio de los hom­
bres, como luz, como libertad. ¿Pero es posible
un movimiento así? El hombre no puede cierta­
mente suscitarlo y nosotros no sabemos cómo
Dios lo querrá suscitar» (El, págs. 77-78).
Hav en la vida v en la obra de Barsotti una
inseguridad espiritual que explica en cierto modo
su escepticismo de ser un fundador y sus difi­
cultades para dar continuidad a su enseñanza.
Algunas veces confiesa claramente que no tiene
una verdad que anunciar, que se abandona al ins­
tinto, que no conoce la meta de su camino (cfr.
PS, pág. 144), pero esto no le impide defenderse
de influencias externas que tratan de imponerle
un modelo de vida que no es el suyo (FS, pági­
na 124). Otras veces debe vigilar su tendencia a
dejarse influir demasiado por los libros —«tu
desgracia» (FI, pág. 235)—, perdiendo así la sana
sencillez y la elemental profundidad de los santos.
Barsotti confía sólo en la santidad para reno­
var la Iglesia y salvar al mundo: ¿Por qué tanto
ateísmo? Ausencia de santos, es la respuesta. ¡ Oh
si los hubiera! La dedicatoria al padre Haberstroh
en el libro que presentamos y numerosas páginas
PRÓLOGO 27

de las meditaciones y de sus Diarios insisten so­


bre el tema de la santidad que revela Dios al
Mundo constituyendo la prueba evidente de su
Encamación: «el santo es devastado por Dios»
(PS, pág. 54); «los santos no hacen nada, ado­
ran» (PS, pág. 88); «la santidad es la divinización
del hombre» (PS, pág. 27).
La santidad rompe el silencio y se hace palabra
encarnada. Sólo el santo tiene derecho a hablar
y debe hablar únicamente de Dios y de su Amor
por los hombres. Por esto quien habla, y aún más
quien escribe, rompiendo su silencio, demuestra
una cierta presunción, pero debe saber correr
este riesgo con sencillez y audacia. Le salvará que
su vida se identifique realmente con la misión de
hablar con Dios en el silencio de la contemplación
verificando después en el diálogo humano que tal
silencio no era engañoso. Solamente hablando de
Dios a los hombres se logra saber si la propia
experiencia religiosa y mística era auténtica y ha­
bía alcanzado la meta de los santos. El silencio
no es para Barsotti un valor absoluto: «tu ideal
no es algo abstracto, es vida viviente, vida de
amor —la meta a que tiendes no es el silencio, la
austeridad, la desnuda pobreza, sino Dios, el Dios
de los vivientes» (FI, pág. 49). Santo es quien
cree e* el Amor gratuito de Dios: tanto se ama
cuanto se cree al Amor que Dios nos tiene, un
amor consolador, pero a veces difícil de soportar
hasta el punto que, como se lee en un magnífico
28 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

paso de la meditación XIV, hace sufrir: «Pati di­


vina! ».
La importancia y el contenido esencialmente re­
ligioso y místico que don Barsotti da a la santi­
dad caracteriza su obra y su figura sacerdotal de
una manera sorprendente si se tiene en cuenta
el clima político y cultural en que vive. Es de
sobra conocida la historia de los últimos cien
años de la cristiandad italiana, fuertemente con­
dicionada por los acontecimientos políticos que
dieron origen a la unidad nacional. Vale la pena,
sin embargo, recordar, para una justa valoración
del autoi y de la obra que presentamos, cómo los
mayores esfuerzos de los católicos italianos se
han concentrado ante todo en la solución de los
contrastes entre la Iglesia y el Estado después de
la ocupación de Roma er; 1870, y más tarde en
la voluntad de participar activamente en la re­
construcción del Estado democrático nacido de
la segunda guerra mundial. Por esta razón, las
actividades y movimientos pastorales y apostóli­
cos han presentado siempre un fuerte sesgo polí­
tico. Resulta difícil hablar de una espiritualidad
italiana contemporánea o de una piedad especí­
fica, tan grande ha sido el peso político y social
que los católicos, sacerdotes y laicos, han sopor­
tado. Llama la atención, en un panorama así, la
presencia de un hombre que manifiesta un claro
desinterés por los acontecimientos políticos y so­
ciales que lo constituyen y determinan. Referen­
cias concretas a hechos y personas no faltan en
PRÓLOGO 29

sus Diarios, pero con la sola intención de situar­


los en una perspectiva claramente mística que
parte de una gran fidelidad a su singular vocación
de sacerdote y de contemplativo. Se podría inclu­
so hablar de un desinterés por el cosmos típico
del místico que se interesa sólo de la pura rela­
ción del alma con Dios.
En La fuga immobile, Diario de los años 1944-46,
no podían faltar algunas alusiones a la guerra
fratricida y a la ola revolucionaria que amenazó
la naciente democracia italiana, pero en ningún
momento resaltan consideraciones de carácter po­
lítico o simplemente humano: «Los acontecimien­
tos externos no tienen continuidad, son sólo oca­
sión de reacciones más o menos vivas en nuestra
vida interior. Los acontecimientos externos, los
hombres, las cosas, apenas si nos tocan y desapa­
recen, nada puede interrumpir, al contrario, la
relación de absoluta dependencia que nos liga a
Dios» (pág. 274). En PS (pág. 136) llega a decir
que los acontecimientos humanos, aun cuando
pueden interesar, no tocan la vida de los hom­
bres porque cada uno tiene su pequeña historia
y no sale de sí mismo: los acontecimientos que
nos incumben personalmente son incomunica­
bles: «Es tremendo pensar cómo podía quedarme
indiferente4y extraño frente al horror de la gue­
rra. Morían millones de hombres... y yo vivía.
¿ Cómo influía en mi vida la tragedia del mundo?
¿Cuando te sumerges en tu soledad, vives en el
corazón del mundo? Sí, pero tú no debes vivir
30 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

en ti. Tú vives la Misa y la Misa es la vida del


universo y es la vida misma de Dios» (pág. 136).
El 16 de febrero de 1945 escribe: «La cuestión
social es ciertamente urgente y terriblemente gra­
ve. La justicia social debe ser la meta a que tien­
de el esfuerzo, la voluntad de cada cristiano, que
espera sinceramente el advenimiento del Reino de
Cristo. Sin embargo, no se puede ni se debe olvi­
dar el peligro que corre el cristiano de juzgar la
gravedad de un problema por la importancia que
adquiere en las particulares circunstancias histó­
ricas que atraviesa una generación. Sería ya una
victoria del mundo sobre el espíritu cristiano si
nos hiciera aceptar, no sus soluciones, sino sim­
plemente su punto de vista a la hora de juzgar la
importancia de un problema» (FI, pág. 97). Las
mismas ideas se encuentran en el Diario de los
años 1955-57, donde escribe que, para un cris­
tiano, desear la justicia y obrar en su favor no
quiere decir hacer la revolución, sino rezar para
que llegue el fin del mundo presente: «El único
modo de participar en esta inmensa tragedia —es­
cribe el 6 de noviembre de 1956 (Hungría, Suez)—
es mi oración... Responder a Dios, a la propia
vocación, es el único camino para insertarse en
la vida del universo, para ser solidarios con
todo... Mis hermanos podrían acusarme si este
abandono fuera fácil y no exigiera una Fe abso­
luta en el Amor» (PS, pág. 112).
Don Barsotti defiende con celo divino el sufri­
miento y la humillación: «Todos los movimientos
PRÓLOGO 31

doctrinales y políticos que rechazan la vida so­


brenatural se rebelan contra el dolor: quieren
borrarlo para borrar a Dios de la tierra» (FI, pá­
gina 263). Sufre viendo que Dios está expuesto
en la iglesia mientras que muchos cristianos no
se preocupan más que de elecciones políticas:
«¿Qué significan, para quien tiene fe, todos los
acontecimientos terrestres? ¿Qué son Rusia, Amé­
rica, la filosofía, la ciencia, el arte?» (FI, pági­
na 265).
Hay una página de su Diario, escrita el 29 de
mayo de 1956, pocos días después de las eleccio­
nes administrativas, en la que don Barsotti ha­
bla de un encuentro en Florencia con dos políti­
cos amigos, uno victorioso (¿La Pira?) y otro de­
rrotado (¿Dossetti?), y comenta: «¿Por qué juz­
gar la vida de un hombre por sus éxitos políticos?
Siguen siendo verdad las palabras del Señor:
Buscad antes que nada el Reine de Dios, y todo
lo demás se os dará por añadidura» (PS, pági­
nas 66-67).
La posición de don Barsotti ante los aconteci­
mientos humanos está sin duda alguna fundada
en una clara visión espiritual, pero aparece tam­
bién condicionado por el ambiente cultural y re­
ligioso italiano, en el sentido que constituye casi
una reacción a formas mundanizadas de vivir el
F.vangeJio: «Quizá a nuestro Cristianismo, dema­
siado preocupado por encontrar las razones de un
empeño temporal, le hará muy bien el contrapeso
necesario de la persecución. Mi Reino no es de
32 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

este mundo, ha dicho Jesús» (FI, pág. 305). Hay,


de todas maneras, en su pensamiento una visión
de la historia en sus relaciones con la vida cris­
tiana que es necesario explicar para mejor com­
prender su idea del Misterio cristiano. En La fuga
immobile ha escrito: «Da la impresión que la
historia no exista... Dios no tiene historia, tam­
poco los ángeles. La historia humana no es otra
cosa que el envoltorio, el signo de su presencia»
(página 305). Y en Parola e Silenzio: «Todo que­
da inmóvil. ¿Existe verdaderamente la historia?»
(página 53). «Todo, todo es como si no existiera.
¿Qué es el comunismo?... La experiencia de Dios
despoja al tiempo de todo su valor y significado»
(página 26). «No hay progreso; en verdad, todo
se ha cumplido... La historia se ha acábado. Si
los cristianos esperan, no es ninguna novedad el
objeto de su esperanza: no hay un proceso de
revelación divina, ni tampoco Dios podría dar a
los hombres más que su Hijo. Los cristianos es­
peran la total manifestación de su gloria, el gozo
perfecto del don» (págs. 59-60), «no deben ponerse
al día, smo afirmar su fe como un desafío» (pági­
na 138). «Por la fe acepto el mundo y la historia...
no debo inserirme en ellos, soy yo quien debe
colocarlos en mi mundo y en la eternidad» (pági­
na 68); «ni siquiera el mundo físico es tan pro­
fano como la historia» (pág. 73). Estas afirmacio­
nes tan rotundas escandalizan en un mundo cul­
tural como el italiano, tan viciado de histori-
cismo.
PRÓLOGO 33

Don Barsotti habla de tres revelaciones de


Dios: la primera cósmica a través de la Creación,
la segunda histórica por medio de los profetas,
y la tercera cristiana cuando se identificó con el
hombre. Con Jesús acaba el profetismo-Dios que
habla a los hombres; empieza la mística: el hom­
bre habla a Dios (cfr. PS, págs. 57, 65, 104, 110,
y también la meditación X de FA). «Sí, la histo­
ria. Indudablemente, como la creación continúa
revelando a Dios, así lo revela también la historia.
Pero el hombre no vive en la historia; la historia,
como la creación, ahora son para el hombre. ¡ Vi­
vir delante de Dios! Nada es tan importante. Si
vives verdaderamente delante de El, la creación
no existe, ni tampoco la historia de los hombres,
la visión de Dios consuma todo» (PS, pág. 105).
En virtud de una antropología cristológica, Bar­
sotti rechaza sea la mística de inspiración griega
(cfr. PS, pág. 131) como de tipo hinduista: «No
creo en la mística del espíritu, como dice Gardet
a propósito de la mística hindú. Realizar* la uni­
dad con lo creado es posible sólo en Cristo, ^n
El realizas la unidad con Dios. De otra manera el
amor al prójimo no sería prueba y manifestación
del amor de Dios» (PS, pág. 149).
Don Barsotti insiste en afirmar que con la En­
carnación todo es signo y misterio: criaturas y
acontecimientos son el signo a través del cual
Dios revela. Vivimos en una economía sacramen­
t é —todas las cosas son sacramento de Dios—,
por lo que Dios se encuentra y nos salva sólo a
3
32 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

este mundo, ha dicho Jesús» (FI, pág. 305). Hay,


de todas maneras, en su pensamiento una visión
de la historia en sus relaciones con la vida cris­
tiana que es necesario explicar para mejor com­
prender su idea del Misterio cristiano. En La fuga
immobile ha escrito: «Da la impresión que la
historia no exista... Dios no tiene historia, tam­
poco los ángeles. La historia humana no es otra
eos5* que el envoltorio, el signo de su presencia»
(página 305). Y en Parola e Silenzio: «Todo que­
da inmóvil. ¿Existe verdaderamente la historia?»
(página 53). «Todo, todo es como si no existiera.
¿Qué es el comunismo?... La experiencia de Dios
despoja al tiempo de todo su valor y significado»
(página 26). «No hay progreso; en verdad, todo
se ha cumplido... La historia se ha acabado. Si
los cristianos esperan, no es ninguna novedad el
objeto de su esperanza: no hay un proceso de
revelación divina, ni tampoco Dios podría dar a
los homures más que su Hijo. Los cristianos es­
peran la total manifestación de su gloria, el gozo
perfecto del don» (págs. 59-60), «no deben ponerse
al día, smo afirmar su fe como un desafío» (pági­
na 138). «Por la fe acepto el mundo y la historia...
no debo inserirme en ellos, soy yo quien debe
colocarlos en mi mundo y en la eternidad» (pági­
na 68); «ni siquiera el mundo físico es tan pro­
fano como la historia» (pág. 73). Estas afirmacio­
nes tan rotundas escandalizan en un mundo cul­
tural como el italiano, tan viciado de histori-
cismo.
PRÓLOGO 33

Don Barsotti habla de tres revelaciones de


Dios: la primera cósmica a través de la Creación,
la segunda histórica por medio de los profetas,
y la tercera cristiana cuando se identificó con el
hombre. Con Jesús acaba el profetismo-Dios que
habla a los hombres; empieza la mística: el hom­
bre habla a Dios (cfr. PS, págs. 57, 65, 104, 110,
y también la meditación X de FA). «Sí, la histo­
ria. Indudablemente, como la creación continúa
revelando a Dios, así lo revela también la historia.
Pero el hombre no vive en la historia; la historia,
como la creación, ahora son para el hombre. ¡ Vi­
vir delante de Dios! Nada es tan importante. Si
vives verdaderamente delante de El, la creación
no existe, ni tampoco la historia de los hombres,
la visión de Dios consuma todo» (PS, pág. 105).
En virtud de una antropología cristológica, Bar­
sotti rechaza sea la mística de inspiración griega
(cfr. PS, pág. 131) como de tipo hinduista: «No
creo en la mística del espíritu, como dice Gardet
a propósito de la mística hindú. Realizar ía uni­
dad con lo creado es posible sólo en Cristo, en
El realizas la unidad con Dios. De otra manera el
amor al prójimo no sería prueba y manifestación
del amor de Dios» (PS, pág. 149).
Don Barsotti insiste en afirmar que con la En­
carnación todo es signo y misterio: criaturas y
acontecimientos son el signo a través del cual
Dios revela. Vivimos en una economía sacramen­
tal —todas las cosas son sacramento de Dios—,
por lo que Dios se encuentra y nos salva sólo a
3
34 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

través de las cosas, injertándose en la historia en


que El vive para trascenderla y superarla. Por
esto, «la vida cristiana no consiste en alcanzar a
Dios, sino en hacerle sitio» (PS, pág. 148), porque
somos el fin último de su amor que, a semejanza
del amor humano, nos arrebata de nuestra condi­
ción natural, histórica, para introducirnos en su
eternidad (cfr. FA, meditación XI).
La vida mística no es todavía para Barsotti algo
excepcional: es la vida sacramental vivida por
personas que han alcanzado una cierta perfección
(cfr. FI, pág. 44). Se trata de vivir el Misterio
cristiano sin convertirlo en un mito, como lo vi­
vieron los primeros cristianos, como nos mues­
tran los Actos de los Apóstoles: vivir la Muerte y
Resurrección de Cristo, la efusión del Espíritu
Santo, haciendo de la propia vida una continua
oración (PS, págs. 129 y ss.). El acto litúrgico hace
presente el Misterio por lo que toda la vida de la
Iglesia y del mundo tiene como fin la Misa, único
acto fecundo y veraz. Vivir este acto, entrar en El,
es vivir el acto de Cristo: «la Encarnación de Dios
se consuma en la Muerte de Cristo» (PS, pági­
na 114). «Qui pridie quam pateretur... La institu­
ción de la Eucaristía precede la Pasión. En cuanto
el sacrificio eucarístico es el sacrificio de Jesús;
pero en cuanto es el sacrificio de la Iglesia, ante-
cede la pasión del mundo, la apostasía general y
el fin» (PS, pág. 87).
La unión entre vida mística y vida sacramental
es una nota dominante en la obra y en la vida
PRÓLOGO 35

de Barsotti. En su último Diario manifiesta su


sufrimiento por no haber obtenido en seguida el
permiso de la Jerarquía eclesiástica para tener el
Sagrario en su retiro de Settignano. Naturalmen­
te, su modo de hablar de la Misa y de la Euca­
ristía no es exclusivamente litúrgico: «Jesús se
ha hecho alimento como sacramento, es tu media­
dor, a quien tú adoras y amas en el sacrificio. El
fruto del sacrificio eucarístico no es la presencia
de Jesús bajo la especie del pan, eres tú, tú mis­
mo, que El asume su cuerpo y se hace Uno con
su cuerpo para que tú vivas delante del Padre...
Si Jesús es todavía "un El" para ti, tú eres todavía
un extraño para Dios» (PS, pág. 80). A esta asun­
ción de nuestra humanidad que lleva a cabo el
Cristo de la Eucaristía, don Barsotti añade el
tema patrístico de la «generación de Cristo» en el
acto del hombre y en la historia del mundo. El
acto cultual que genera Cristo no queda separado
con el riesgo de hacer profana la historia y la
vida. «Si Dios no vive para ti, es como si no exis­
tiera... Le prestas tu cuerpo... le das tu alma para
que El viva por ti... El fruto de tu actividad, de
toda la vida del universo, es Jesús, un solo Cristo.
Sí, tu carne, tu sangre, pero asumidos por Otro,
por Aquel que es esencialmente el Otro, Dios»
(PS, pág. 80). «La unión del hombre con Dios es
eternamente la Encarnación del Verbo» (PS, pá­
gina *67). El tema de la virginidad cristiana y de
la Maternidad divina de María aparecen así en
un contexto cristológico y místico poco conocido.
36 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

Cuando la religión de Israel se hace relación per­


sonal con Dios exige la virginidad esencialmente
ligada a la divina maternidad (cfr. PS, págs. 65,
6 6 , 86 y 87); también en FI, págs. 92, 93, 129
y 130).
El alma que se entrega totalmente genera a Cris­
to: «Hoc est corpus meum. Filius meus est tú».
Ante una expresión tan rotunda pueden surgir
perplejidades que el mismo Barsotti adivina y que
quizá habrá sentido la necesidad de explicar mu­
chas veces, procurando ahora aclararla en las pri­
meras páginas de Parola e Silenzio (pág. 6). En
los Diarios confiesa sus dudas por el lenguaje
paradójico y arriesgado que se siente obligado a
utilizar en algunas ocasiones; habla también de
dificultades al momento de obtener el imprima-
tur de alguna de sus obras. Llega incluso a con­
siderar justas las sospechas y condenas: la Fe
que la Iglesia defiende debe tener el primado
sobre las razones intelectuales (cfr. FI, pág. 151).
El libro puede ser verdadero porque veraz es la
experiencia que transcribe, pero puede resultar
también poco exacto, dada la dificultad objetiva
que existe en traducir racionalmente la vida mís­
tica. Barsotti reconoce la necesidad de un len­
guaje conceptual (cfr. FA, pág. 158), acepta la
distinción entre teología especulativa y experien­
cia interior, no cae en el error de hacer la teolo­
gía de su experiencia personal, pero no compren­
de una teología que no suponga la santidad: «de
Dios no se puede hablar como si fuera un extra-
PRÓLOGO 37

ño. El es, si tú eres» (PS, pág. 84). Renuncia a


considerarse un teólogo, su vocación es la santi­
dad, la teología puede ser una forma de testim o­
niar que no puede sustituir la historia sacra que
sigue realizándose en la vida de cada uno de nos­
otros. La teología, aunque no es necesariamente
la traducción de una experiencia interior, es mu­
cho más rica y fecunda cuando no es sólo el fruto
de una rigurosa especulación, sino también la ex­
presión de una vida interior como, por ejemplo,
en San Agustín (cfr. PS, pág. 69): «Yo vivo de
San Agustín, vivo de Orígenes» (FA, pág. 188).
Aunque, como veremos más adelante, la obra
de Barsotti no puede considerarse teológica en
sentido científico, es justo reconocerle una gran
atención a los problemas de teología dogmática
sobre los cuales construye toda su espiritualidad.
El sentido del Misterio que se revela en la huma­
nidad glorificada del Hijo de Dios es la premisa
constante de sus consideraciones espirituales. A
semejanza de los teólogos de los primeros siglos,
en Barsotti se anulan las distancias entre la teo­
logía dogmática y la espiritualidad, entre la sa­
piencia especulativa y la «sapida scientia» o
«scientia secundum pietatem», hasta el punto
que se comprende su afirmación rotunda de no
creer, en una teología que no vaya acompañada
de santidad. En realidad, no es imposible des­
arrollar una labor teológica sin santidad, él mis­
mo le reconoce el valor de un testimonio, pero
no hay que olvidar el daño que ha causado y cau-
38 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

sa una teología que no surge como consecuencia


de la adoración del Misterio revelado y que, por
tanto, ostenta una cierta superioridad hacia la
vida espiritual. En autores como don Barsotti
existe una soldadura entre la literatura espiritual
y la investigación teológica. Se superan de este
modo todos los perjuicios que producen libros
de espiritualidad sin doctrina teológica, o libros
de teología tan lejos de la vida espiritual de los
cristianos que no indican el modo de encarnar
las verdades que ofrecen.
Examinando críticamente la obra de Barsotti
se advierte inmediatamente que pertenece más
bien a la categoría de los escritores de espiritua­
lidad que no a la de los teólogos de profesión.
Como se puede notar leyendo las meditaciones
del libro La fe en él Amor, su atención no se
dirige directamente a los misterios del Cristianis­
mo y al modo como se celebran en la vida litúr­
gica y sacramental; el tema dominante de sus es­
critos es la historia de una relación personal con
Dios cuya presencia en el alma anula todas las
distancias y diferencias entre la criatura y el Crea­
dor. Nos habla de la unión con Dios y de la muerte
espiritual como condición para vivirla que corrige
en la conciencia una falsa autonomía personal
ante la Presencia divina. Esta temática exige un
lenguaje apropiado, que no puede ser el mismo
que el de los teólogos.
Hemos visto que, incluso cuando se enfrenta
con temas litúrgicos y sacramentales, como, por
PRÓLOGO 39

ejemplo, la Eucaristía, se detiene en describir la


relación interior y personal del alma con Jesús;
su objeto es siempre la experiencia del anonada­
miento y de la generación de Cristo descrita con
la ayuda de imágenes, hipérboles e incluso apa­
rentes contradicciones que suponen la superación
de todos los cánones estéticos y filosóficos. Don
Barsotti pone cuidado incluso para evitar que la
experiencia mística desemboque en una experien­
cia poética que sería causa de grave confusión.
No se trata de ser espectadores de un misterio:
«Tú eres el mismo Misterio» (PS, pág. 203). «En
Jesús se cumple el Misterio» (PS, pág. 20).
El místico es, como Abraham, «el amigo de
Dios», que recibe sus confidencias dándose cuen­
ta de la propia responsabilidad ante sus seme
jantes: se siente amado por Dios y enviado a
anunciar y comunicar esta experiencia esencial
del Amor de Dios. Las fórmulas literarias que
expresan tal experiencia no pueden considerarse
proposiciones teológicas. A esta distinción entre
el conocimiento del Dios de los teólogos y de Jos
místicos se refiere don Barsotti, por ejemplo, en
la tercera meditación de La fe en el Amor. Las
mayores peculiaridades de la obra de Barsotti
aparecen a nivel antropológico. Fiel a la doctrina
mística de la Beata Angela de Foligno, de Santa
Catalina de Siena, de Santa Catalina de Génova,
de San Juan de la Cruz y de la mística flamenca,
«reduce» la naturaleza del hombre al infinito «de­
siderium naturale videndi Deum»: el hombre es
40 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

infinito en el deseo, como Dios es infinito en


acto. El hombre hecho a imagen de Dios, radi­
calmente humilde y vacío de sí mismo, debe de­
jarse asimilar por la divinidad (divinización). La
nada de la criatura, su aniquilamiento ante Dios,
que amándola se ama a Sí mismo, constituyen el
eje en torno al cual se centran todas sus reflexio­
nes espirituales: «Quiero amarte como Tú te
amas» (PS, pág. 113); «El alma no debe tener
ya un nombre entre los hombres. Tú no eres
nada, eres ei Nada de todo» (FI, pág. 235); «Tú
debes ser Dios. Dios, para decir al mundo que no
es nada, como si no existiera la riqueza, el po­
der, ni todos los valores terrenos. Todas las cosas
son nada» (Ibídem, pág. 45); «Dios no es el
Otro... Tú eres El» (Ibídem, pág. 207). O como
dice en La fe en el Amor, la criatura no se con­
trapone a Dios como si fueran dos; no hace nú­
mero con Dios (cfr. pág. 106). Siente que cual­
quier palabra es, en su presencia, como un sacri­
legio (cfr. PS, pág. 79). Ninguna huella de mo­
nismo religioso se encuentra en Barsotti, qué
distingue con atención la mística cristiana de la
hebraica, hindú e islámica, a las que de todos
modos se refiere en varias ocasiones y cuyos re­
presentantes conoce sobradamente: «La mística
verdadera es la victoria de toda clase de panteís­
mo y de monismo» (FI, pág. 21). «Es imposible
una vida mística que no sea participación a la
vida trinitaria» (PS, pág. 92). Su simpatía por
todas las experiencias religiosas auténticas no lo
PRÓLOGO 41

llevan a aceptar en bloque el tópico según el cual


estas experiencias preparan sistemáticamente el
camino al Evangelio (cfr. FI, pág. 122). El Dios
de que habla Barsotti es el Dios Padre que ama
y es amado: «el Amante, el Amado y el Amor no
son más que un único Dios» (FA, pág. 113).
El lector atento de estas meditaciones de Bar­
sotti que ahora aparecen en lengua castellana
descubrirá toda la belleza de su Fe y las funda­
mentales exigencias que acompaña el hecho de
sentirse amado por Dios.
La fusión de la Fe y de Ja Caridad en la vida
cristiana, repetidamente anunciada en el Nuevo
Testamento, encuentra en la predicación de don
Barsotti acentos espirituales inconfundibles y, al
mismo tiempo, fieles a la tradición de los más
grandes místicos. La vida mística es puesta así al
alcance de quien tiene deseos de santidad como
algo estrechamente unido a la vida cristiana que
«consiste en una cierta presencia de Dios que se
multiplica en las criaturas que lo acogen», sin de­
jar de ser Uno. El acto de Fe realiza una relación
personal con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo;
una relación que se anula a medida que uno de
los elementos desaparece, dado que la criatura
es asimilada, haciéndose un solo cuerpo y un solo
espíritu con Cristo.
Don Barsotti sigue la doctrina del padre Stolz,
afirmando que el hombre vive la relación eterna
de las tres personas divinas a través de una unión
hipostática accidental con el Verbo encarnado*
42 MIGUEL ANGEL PELÁEZ

todas las relaciones humanas son prefigurativas


a ésta. De ahí que en la muerte se cumple nues­
tro destino: crecer en el Amor quiere decir acep­
tar el martirio cotidiano, porque nadie puede ver
a Dios y no morir.

Miguel Angel P e lá e z

Milán, mavo de 1969.


DEDICATORIA

A ti, querido padre Leo Haberstroh,


que has creído en el Amor
y me enseñaste
—con más fuerza que cualquier otro hermano—
que sólo la santidad
puede renovar la Iglesia.
PREAMBULO

El estilo oral de estos ejercicios es evidente.


He querido dejar en estas palabras no sólo la
inmediatez del lenguaje hablado, sino también el
reclamo natural del ambiente y de las horas del
día, puesto que las meditaciones fueron inspira­
das por los oyentes y también por la belleza del
paisaje y la pureza de la luz que lo iluminaba
todo, hasta él atento espíritu.
Todavía tengo presente el recuerdo de aquellos
días, y confío en que les suceda lo mismo a quie­
nes, como yo, escucharon al Señor que nos ha­
blaba.
Que estas páginas puedan ser útiles a cuantos
estuvieron con nosotros durante aquellos dias,
cuando Dios nos pareció tan grande y al mismo
tiempo tan cercano.
D ivo B arsotti
4

Las meditaciones tuvieron lugar en la Casa de Ejer­


cicios de Montecastello (Lago de Garda).
PRIMERA MEDITACION

CREER EN EL AMOR

¿Qué os diré esta tarde? Hemos venido aquí


para escuchar la palabra de Dios. ¿Cuál es la
palabra que debemos escuchar y que recompense
el esfuerzo del viaje y responda a las aspiraciones
y deseos más vivos del alma, y sea, al mismo
tiempo, la respuesta a una espera que acaso para
algunos se prolongará toda la vida, y para otros
es la respuesta de una esperanza que desde hace
tiempo les hacía suspirar por este día?
¿Qué nos dice, pues, el Señor esta tarde? Sola­
mente una palabra.
Es una palabra de Dios, de aquel Dios que nos
ha llamado desde que nos creó y que continúa
llamándonos porque nos ama; es la palabra del
amor. ¿Cuál es, pues, esta palabra? Sólo esto:
«No temas, yo estoy contigo, soy para ti.»
Amigos míos, creo que siempre que queramos
48 DIVO BARSOTTI

comenzar un período de mayor recogimiento o


de mayor oración, no podemos jamás escuchar
otra palabra que no sea ésta. Porque es una pala­
bra que nos confirma el amor que Dios nos tiene.
Nos conocemos demasiado bien para saber que
no merecemos nada, que no sólo Dios, sino cual­
quier creatura puede prescindir de nosotros, y
nos sentimos no sólo desilusionados y descora­
zonados, sino como incapaces de voluntad, de
cualquier deseo, de cualquier aspiración a ser di­
ferentes de lo que somos. De antemano, si no
tuviésemos la palabra de Dios, aceptaríamos nues­
tra condena: tan irremediable nos parece nuestra
pobreza, nuestra miseria y mediocridad.
Pero Dios, en cambio, pronuncia una palabra
que todo lo arroja al aire, remueve toda nuestra
vida, y no porque sea una palabra de condena,
sino porque es una palabra de amor. Si Dios nos
condenase, estaríamos de acuerdo; si Dios nos
condenase, no tendríamos nada que objetar a lo
que nos dijese. Acentuemos el sentimiento de que
no merecemos otra cosa que ser olvidados de
Dios, porque no vale la pena que ninguna crea-
tura piense en nosotros, y mucho menos que pien­
se en nosotros un Dios infinito.
Y, sin embargo, la palabra de Dios está hecha
justamente para sacudir hasta lo más profundo
del ser: un Dios nos ama, un Dios espera algo de
nosotros, un Dios tiene confianza en nosotros, y
se revela a sí mismo, lo quiere todo de nosotros.
He aquí la palabra que El nos dice.
LA FE EN EL AMOR 49

Y con esta palabra iniciamos los Ejercicios, que


no podrían comenzarse con ninguna otra. Sólo
la palabra del amor nos puede dar la capacidad
de resurgir, de ponernos en pie, de caminar. Nos
conocemos demasiado bien para saber que nin­
guna otra palabra puede ser capaz de devolvernos
confianza, de infundirnos algo de esperanza, de
abrir una vía en nuestro camino.
El nos ama. Hemos pecado, somos pobres, ma­
yor incluso que cualquier pecado es nuestra pre­
sente mediocridad, esta incapacidad nuestra, no
sólo para ser algo, sino para desearlo. Somos tan
mediocres que ni siquiera somos capaces de te­
ner un poco de esperanza. Queridos míos, Dios
nos ama. No pensemos en lo que somos, pense­
mos en lo que El es: El nos ha llamado, nos ha
querido para sí. Somos el objeto de un amor
infinito. ¿Recordáis las palabras con que Dante
exalta a la Virgen? «Término fijo de eterno
Consejo», le dice. Las palabras que definen la
relación de Dios con la Virgen son las que de­
finen también la relación con cada uno de nos­
otros.
¿Lo creemos? Todo está aquí. ¿Creemos ser
amados?, ¿creemos de veras ser amados por Dios
como si El no tuviese otra cosa que amar que a
nosotros?
¡ Somos el objeto de este amor infinito! Hemos
visto el lago, la hermosura de una creación que
se abre ante nuestra mirada como un libro ma>
* ravilloso: nada es el lago de Garda, y nada es
4
so DIVO BARSOTTI

toda la creación y toda la historia. Como si sola­


mente yo fuese el amor de Dios, El no ve otra
cosa que a mí. ¿Pero quién soy yo para El, para
que El me ame? No nos decidimos a creer en
el amor de Dios. Por eso tampoco nos decidimos
a andar y, a pesar de los Ejercicios que hemos
hecho, seguimos siendo lo que éramos. No cree­
mos en ei Amor. ¡ Oh si creyésemos ser amados!
Y esto es lo único que el Señor nos pide en estos
días: creer en el amor de Dios. ¿Eres pobre?,
¿eres nada? Dios no ve en ti tu nada, tu pobreza.
Te ama como si fueses la riqueza infinita, como
si fueses para El el esplendor de la gloria, como si
al perderte El mismo se perdiese y no pudiera
conocer jamás ni la gloria ni la vida. Así te ama
Dios.
Debemos entrar en los Ejercicios con esta fe.
Si entramos en los Ejercicios con esa fe, os pue­
do asegurar, en nombre de Dios, que no serán
estériles; os garantizo en nombre de Dios que
estos Ejercicios serán para vosotros, no el co­
mienzo de un camino —porque no se camina
cuando se va hacia Dios—, sino realmente el ca­
mino de una maravillosa transformación, en la
que vosotros no sólo caminaréis, sino que vola'
réis por los caminos del Señor y no conoceréis
otra meta que la de una perfecta transformación
en El, la de ser en El, puesto que, amados por
El, pondrá en vosotros todo su bien. El que ama
se da a sí mismo al amado, y si nosotros creyé­
semos en el amor de Dios, no seríamos lo que
LA FE EN EL AMOR 51

somos, seríamos Dios, Dios mismo, porque El ha­


bría querido poner en nosotros la riqueza infi­
nita de su amor, porque habría querido trasva­
sar a nosotros el esplendor infinito de su san­
tidad.
La ofensa más grande que podéis hacer a Dios
es no creer en su amor; esto es lo que le ofende
en lo más profundo, lo que más dolorosamente
le hiere, porque le hiere en aquello que El es: el
Amor. Tal vez nosotros no hayamos cometido
otros pecados, pero hemos cometido éste que ha
entristecido nuestra vida y ha hecho que ésta
no haya sido un camino hacia el Señor, sino un
deambular por la tierra, sin levantarnos de nues­
tra mediocridad.
Y esto nos pide ahora el Señor, esto es lo que
quiere: que creamos que El nos ama. El es quien
te dice: ¿quieres?
«Señor, heme aquí: si tú me quieres amar, tó­
mame. No quiero oponer ninguna resistencia a
tu amor. No he creído en tu amor porque no
creía que tú me pudieses amar. Pero desde el
momento en que tú me pides que quiera creer
de veras en ti, a ti me abandono totalmente
para ser amado. No te prometo nada, Señor;
soy demasiado débil para prometerte que te
amaré, sería demasiado pobre el amor que yo
te podría ofrecer, Señor, y ni siquiera me atre­
vo a *decir que te amo. Pero una cosa quiero
decirte, Señor: quiero creer, por fin, que tú me
amas.»
52 DIVO BARSOTTI

«Quiero creer que Tú me amas, aunque esto


me parezca increíble, aunque me parezca absur­
do, aunque me parezca algo que me hace salir
de mí mismo. ¿Es posible que Tú puedas amar­
me? Sin embargo, Señor, Tú me lo has dicho, y
no quiero dejar de creerlo. Me abandono a Ti:
quémame como quieras, consúmeme como quie­
ras, destrúyeme como quieras. Amame, Señor,
porque me ofrezco a Ti como soy, deleznable pa­
pel para ser quemado, leño seco para ser consu­
mido en el fuego. Así me arrojo a Ti, Señor, para
que Tú, por fin, me abrases y consumas.»
Esto nos pide el Señor, y nada más. No que
le amemos primero, sino que dejemos que El nos
ame, que nos dejemos amar por El. ¿Es posible
que rehusemos el amor de Dios, cuando hemos
ido mendigando el amor de las criaturas? ¿Yo,
que he buscado por todas partes un detalle de
amor, de aprobación, de afecto? ¿Es posible que
si he buscado como una limosna una sola gota
de amor de las criaturas, no quiera ahora el océa­
no inmenso del amor de Dios?
Señor, heme aquí: he venido porque tú me has
llamado; he venido no para traerte cualquier
cosa, no para darte cualquier cosa, sino para abrir
todo el abismo de mi alma a la infinita plenitud
de tu amor. He aquí, Señor, que estoy delante de
ti, y sólo quiero decirte esto: ámame, quiero ser
amado, porque al fin he comprendido que mi
vida solamente puede tener sentido y valor por
LA FE EN EL AMOR 53

el hecho de que tú me ames, de que tú quieras


amarme. No volveré a rehusar tu amor.
Esto, y nada más, debemos creer. ¿Creemos
realmente que Dios nos ama? Dios, no un dios
impersonal como el sol, que todo lo ilumina y
también a mí desde el momento en que existo;
no, sino un Dios personal que me conoce y me
llama por mi nombre, que me invita a su inti­
midad, que me abraza, que me levanta. ¿Creere­
mos que El nos ama de verdad sin ponemos a
cantar, sin salir de nosotros mismos, sin volver­
nos locos? ¡Somos amados por Dios! Nuestros
mismos pecados, si los hemos cometido, son la
ocasión para que ahora comprendamos cuán gran­
de y misterioso es el amor que nos tiene. Si somos
pobres, bendita sea nuestra pobreza. Nos muestra
todavía mayor la inmensa gratuidad del amor di­
vino.
No, no serán jamás nuestras debilidades, nues­
tros pecados, los que puedan impedir que crea­
mos en el amor de Dios. Señor, creemos en tu
amor para con nosotros. No te prometemos amar-
te, pero queremos creer que Tú nos amas, y sa­
bemos que, si creemos que somos amados por ti,
sabremos amarte, porque, en la medida en que
recibamos tu amor, ese amor tuyo nos abrasará,
nos consumirá y nosotros mismos nos converti­
remos en llama de amor. Y ya no se sabrá quién
es el amado y quién el amante, porque todo será
un solo amor, un amor que de ti se comunica a
nosotros y en nosotros vivé.
54 DIVO BARSOTTI

Creo que conviene decirle al Señor esta sencilla


palabra, para entrar en los Ejercicios Espiritua­
les: ¡ Señor, nosotros hemos conocido y creído
en el amor! Et nos cognovimus et credidimus ca­
ri tati.
SEGUNDA MEDITACION

BIENAVENTURADO TU QUE HAS CREIDO

La misa de hoy es de Sancta Maria in sabbato.


Hay una creatura que ha creído en el amor de
Dios: la Virgen. La santidad de María consiste
precisamente en su fe en el amor. De hecho, la
respuesta que un alma puede dar al amor de
Dios es la fe con que recibe ese amor. Es verda­
deramente providencial que, en el comienzo de
estos Ejercicios, la Iglesia nos proponga como
ejemplo la imagen de la Virgen pura.
¿Quieres tú responder a Dios? Aprende a escu­
char su palabra y a acogerla plenamente, apren­
de a creer en la palabra que se te dirige. Unete
a esta palabra con humildad, con amor. Cree.
«Bienaventurada tú que has creído», dice Isabel
a María. Son las palabras que también nosotros
podemos decirle a la Virgen, porque la grandeza
56 DIVO BARSOTTI

de María está sólo en esto: en haber creído en el


amor.
Cada uno de nosotros recibe tanto amor como
cree ser amado. Dios no nos ama a medias; Dios
que es infinito, El que es infinitamente simple,
si nos ama, nos ama con todo su ser, nos ama
infinitamente.
No hay medida en el amor de Dios a cada uno
de nosotros; la medida del amor de Dios no está
en El, sino en nosotros. Tanto amor recibimos
cuanto creemos recibir. La Virgen Santísima cre­
yó hasta el fin, creyó en la medida máxima posi­
ble a una creatura. Y en la medida que le es
posible a una creatura, Ella es santa. «Bienaven­
turada tú que has creído.»
Nuestra santidad no es más que el don que
Dios hace de sí mismo, puesto que la santidad
del hombre no multiplica la santidad de Dios,
sino que hace que Dios viva en el corazón del
hombre, se haga presente en el hombre, more
en él, El que es el solo santo. Si pensáramos que
nuestra santidad multiplica la santidad divina,
entonces nos convertiría prácticamente en otros
«dioses» en relación con Dios, nos opondría a
Dios, nos haría sus rivales. Nuestra santidad sólo
es participación de la santidad de Dios. Dios se
nos comunica, no según una medida suya, sino
según nuestra medida, y nuestra medida es la
fe. Esto es lo que debéis aprender de María: no
es bienaventurada por la pureza, por la humildad,
sino por la fe.
LA FE EN EL AMOR 57

Era una pobre niña, una jovencita de quince


años que vivía en Nazareth. Cualquiera de nos­
otros, en el plano humano, es más im portante
que ella. ¿Quién conocía a María? Nadie, excepto
Dios. En su pequeña celda, en su pobre casa, era
una joven como las demás. En el Evangelio no
encontramos ninguna indicación de que fuese te­
nida en más que las otras jóvenes. Era una pobre
creatura, tal vez ni siquiera conocida por sus pro­
pios familiares. Los mismos que vivían con ella
no sabían lo que ella meditaba en su corazón. No
sólo no la conocían sus paisanos, ni siquiera el
que la amaba más que todos, ni siquiera José,
puesto que José desconoce lo que ha acaecido
en ella. Si el mismo Dios no hubiese manifestado
lo que se ha cumplido en ella por el anuncio del
Angel, José no lo hubiese sabido. Ella vivía en
la oscuridad, conocida sólo por Dios.
Pensad qué valentía tuvo al creer ser amada
por Dios, al creer que Ella era la creatura que
Dios había predestinado desde la eternidad como
Madre suya. Hubiese sido casi una broma para
Ella el pensar que era la salvación de Israel,
como lo fue Judit, o como lo fue Esther; hubiera
sido demasiado para Ella pensar que José entre­
vería un día algo de las maravillas que Dios ha­
bía obrado en su corazón. Pero Ella no sólo cree
en él amor de Dios, sino que cree sin medida,
porque creer que Dios la quiere como Madre es
creer de verdad, sin ningún límite.
¿Cómo creemos nosotros? ¿Podemos creer ser
58 DIVO BARSOTTI

amados por Dios (no el amar a Dios: esto lo


creemos acaso demasiado)? Otra mujer, aunque
con mucha distancia, se parece a la Virgen en
esto: Santa Teresita del Niño Jesús. También ella
vive en el convento, escondida a los ojos de sus
hermanas, y se siente ser el centro del mundo,
y siente que lo puede lograr todo del corazón
de Dios, comprende que le han sido encomenda­
dos todos los pecadores de la tierra y que puede
interceder por todos y salvarlos a todos. No duda
de su salvación, aunque el único del cual conoce
el nombre es un condenado a muerte (Pranzini),
que debe ser guillotinado, que rechaza al sacerdo­
te hasta el último momento, que no quiere saber
nada de Cristo, y que va a la muerte con un
corazón impenitente. Ella no duda, no quiere du­
dar: cree en el amor. Y Dios le da una prueba
de que su fe ha sido premiada. En los últimos
instantes, antes de que la cuchilla de la guillotina
corte su cabeza, Pranzini busca con su mirada la
cruz que el sacerdote le presenta.
Nosotros, en cambio, dudamos del amor de
Dios. Deberíamos más bien dudar de que ame­
mos a Dios, y tal vez no dudamos, y creemos
amarle. Este es nuestro pecado, el verdadero, aca­
so el único pecado. Justamente porque no cree­
mos ser amados, lo que pedimos a Dios es que
nos dé un poco de salud, pedimos que el Señor
nos abra la puerta, que nos dispense el último
lugar en el cielo, como si Dios fuese avaro, como
s! Dios fuese celoso de sus gracias, celoso de aquc-
LA FE EN EL AMOR 59

lio que El mismo quiere darnos y nos suplica re­


cibir: el don de ser santos.
Amigos, ¡cómo deben crecer nuestros deseos,
sin límite alguno! Pidámoselo todo a Dios. Cuan­
to más le pidamos, tanto más alegraremos su co­
razón. Tal vez vosotros estaríais contentos de que
yo os pidiese algo, pero hasta cierto límite. Si
sobrepaso ese límite, comenzáis a sentiros moles­
tos. «Sí, pero éste no se contenta nunca.» A pesar
de ello, me concederíais lo que os pidiese, aún
con mala gana, con cierta pena. Pero Dios no es
así. Si queréis alegrar al Señor, pedidle mucho
pedidle siempre más. Sed insaciables pidiendo,
porque El es insaciable dando. Podéis pedir siem­
pre más. Os digo: «Pedid la santidad», pero vos­
otros no creéis que el Señor os la pueda dar, v
por eso no la pedís. No creéis que el Señor pueda
haceros grandes santos. Y es lo menos que os
puedo pedir en nombre de Dios. Dios se ha em­
peñado a sí mismo por nosotros. Y no es apreciar
bastante la sangre de Cristo derramada por cada
uno de nosotros el pensar que El quiere sólo una
santidad vulgar en nosotros, una vida ejemplar,
un testimonio, aunque sea grande, no digno de
Dios.
Amigos míos, sí, es cierto, puedo repetiros aque­
llas palabras que les decía San Pablo a los Corin­
tios: «Considerad, hermanos, cómo entre vosotros
hay pocos sabios, pocos poderosos de este mun­
do, pero Dios se ha complacido en escoger las
formas más despreciables, más mezquinas.» Dios
60 DIVO BARSOTTI

nos ha escogido, a algunos ya entrados en años,


a otros pobres y sencillos, sin más ni menos que
tantos que encontramos en la calle todos los días:
mujeres de casa, padres de familia, trabajadores,
con sus pequeñas preocupaciones y alegrías. Pen­
sábamos vivir la vida como todos, que es una
pobre vida, y Dios nos ha escogido, nos ha ele­
gido para Sí.
¿Creemos en el amor de Dios? ¿Qué es la ma­
yor misión que podamos haber recibido de los
hombres en comparación con esta llamada a la
intimidad con Dios? Aunque hubiésemos sido los
más grandes entre los hombres, sería igualmente
inconcebible una tal elección por parte de Dios.
Tal vez pudiésemos gobernar una nación, ¿pero
qué es esto en comparación con una vocación
divina que nos llama a ser amigos de Dios?
Y tanto más debemos creer en el amor de Dios
cuanto más inconcebible es este amor; ya que
conocemos bien nuestra limitación, sabemos que
no merecemos nada, que nada somos incluso en
el plano humano.
Sea nuestro ejemplo la Virgen. Para que nues­
tra devoción a Ella sea verdadera, debemos verla
como Ella era, una niña más pobre que nosotros,
más joven, más inexperta. ¿Tendremos fe en una
jovencita de quince años? Y esta jovencita era de
Nazareth —«¿De Nazareth puede salir algo bue­
no?», exclama Natanael—. Y era pobre. Y su vida
era desconocida incluso para José. Pero el Angel
se le aparece y le dice: «Dios te salve, María. Dios
LA FE EN EL AMOR 61

te ha escogido, El te quiere para Madre suya.»


Y María le responde con humilde sencillez, con
perfecta fe: «Hágase en mí según tu palabra.»
Ningún obstáculo pone su fe al mensaje divino.
Si Dios nos eligiese para guiar los destinos de
la nación, ¿cómo le responderíamos? ¿Responde­
ríamos con la misma simplicidad y abandono con
que respondió Juana de Arco? Si Dios nos eligiese
para salvar la Iglesia, ¿responderíamos con la
misma sencillez con que respondió Catalina de
Siena? Si Dios nos ilamase a salvar a Jos pecado­
res, ¿responderíamos con la misma simplicidad
con que lo hizo Teresita del Niño Jesús? Sea
nuestro ejemplo la Virgen: «Bienaventurada tú
que has creído.» Ella nos enseña a creer en el
amor de Dios. El límite de nuestra santidad está
en la medida de nuestra fe. Todo lo podemos en
Dios. Omnia possum in eo qui me confortat. So­
mos pobres creaturas, y sin embargo no tiene
límite nuestro poder, porque Dios lo es todo para
nosotros. El se nos ha dado: su omnipotencia,
su sabiduría, están a nuestra disposición, su ri­
queza es toda nuestra, su santidad es para nos­
otros. El mismo es nuestra heredad. ¿Qué cosa
nos falta que no podamos pedírsela y obtenerla?
¿Por qué no tener en El una confianza absoluta?
De esta falta de fe proceden todos nuestros pe­
cados: el* desánimo, la rebeldía, la amargura in­
terior. Tan poco creemos en el amor de Dios que
muchas veces le hacemos la injuria de pensar
que*nos quiere conceder lo que le pedimos, y son
62 DIVO BARSOTTI

sólo pequeneces en comparación de las grandes


cosas que nos da sin más, cosas que no sólo está
dispuesto a darnos, sino que cada día nos las
pone en las manos sin que nos demos cuenta.
¡ Cuántas veces he oído decir, incluso a almas
piadosas: «He pedido tantas veces al Señor y no
me ha respondido»! Y el alma no cae en la cuen­
ta de lo que recibe: el mismo don de Dios en la
comunión, su perdón, su dulcísima intimidad.
TERCERA MEDITACION

EL QUE AMA

¡ Cuántos puntos de meditación sugiere este


tema! Con seguridad nunca hemos meditado pro­
fundamente todo lo que sugiere esta sencilla ver­
dad. ¿Quién es el que ama?, ¿quién es el que es
amado?, ¿qué es el amor? Y también: ¿cómo nos
ama El?, ¿qué se desprende de ser amado? Estos
son algunos puntos que he resaltado, aunque se­
ría equivocado pensar que son los únicos que nos
ofrece el tema que hemos señalado al principio
de estos Ejercicios.
Quién es el que ama? Indudablemente, una
meditación sobre el tema propuesto supone que
somt>s conscientes de esta pregunta: ¿quién es el
que ama? Porque el amor es diferente según
el que ama. El grado de amor, el carácter, el
fruto, dependen de la naturaleza del que ama.
64 DIVO BARSOTTI

Si nosotros no creemos de hecho en el amor es


porque no creemos en Dios como debemos creer.
No llegamos a creernos amados porque no sabe­
mos quién es el que debería amarnos, quién el
que de hecho nos ama.
Sólo podemos conocer a Dios mediante la divi­
na revelación; la luz de la razón puede hacer
inexcusable al hombre el que rehúse o niegue
un principio trascendente del que se derivan to­
das las cosas; pero eso no es conocimiento de
Dios, es conocimiento de un Ser, principio meta-
físico per se, que se impone a nuestra razón como
justificación del ser creado.
Puesto que las cosas contingentes no tienen en
sí mismas la razón suficiente de su existencia, es
necesario que busquemos una primera causa, un
primer principio del que dependan todas. La crea­
ción, como tal, no tiene en sí misma la razón
suficiente de su propio ser, de su propia subsis­
tencia. Aceptar la creación significa aceptar im­
plícitamente a Dios. Negar a Dios es como un
suicidio para el hombre. El ateo es un suicida
espiritual. El hombre que niega a Dios, niega la
razón de las cosas, niega el porqué último, niega
el fundamento metafísico de todo, niega que exis­
ta una Verdad que justifica, una Voluntad que
juzga, niega al hombre la posibilidad de estable­
cer unos valores.
Dios se impone a todo el que quiera ser hom­
bre. Incluso al ateo. El ateo que niega a Dios, lo
confirma, lo afirma, lo reconoce en toda palabra
LA FE EN EL AMOS 65

que dice, en todo acto humano que realiza. Si


un ateo reconoce que una cosa es buena, y justa,
que es verdadera, ¿qué criterio sigue para juzgar
así si no reconoce la Bondad, la Justicia, cuyos
vestigios manifiestan las cosas?
Pero éste no es el conocimiento de Aquel que
nos ama, es más bien el conocimiento de la nece­
sidad de admitir que existe un principio meta-
físico del que dependen todas las cosas, pero no
implica un amor personal de Dios hacia mí. No
supone un amor personal de Dios, sino la nece­
sidad metafísica de un Valor absoluto.
Si quiero ser racional, yo estoy obligado a reco­
nocer a Dios. El conocimiento de Dios no es inna­
to: la idea de Dios es la primera idea, la idea
que antecede a toda otra que el hombre pueda
formarse, puesto que la misma idea del hombre
incluye ya la idea de Dios. Nosotros no vemos las
cosas en Dios. No afirmo solamente que toda
admisión de conceptos como valor, verdad, bon­
dad, supone un reconocimiento de Dios, sino que
además Dios se impone a toda h u m a n a razón
antes que ninguna otra cosa. Así, la idea de Dios,
aunque no es innata, es lo primero que el hom­
bre se forma, siendo el criterio posterior para
juzgarlo todo.
Un ateísmo lógico y consecuente se destruye
por sí mismo. Aunque hoy existan millones y mi­
llones de ateos, no existe ni uno que sea lógico
hasta el fondo, puesto que un ateo lógico hasta
el fondo se destruye a sí mismo como hombre
5
66 DIVO BARSOTTI

racional. Si el hombre reconoce una verdad, si ad­


mite un valor de bondad, reconoce a Dios que
fundamenta tales valores. Sin Dios no subsiste
ningún valor, carece de todo fundamento. Es cier­
to que el ateo quiere fundamentar una moral,
pero nunca lo consigue. La moral no es creación
del hombre: el hombre no hace más que reco­
nocerla. La verdad no la crea el hombre: el hom­
bre no hace más que admitirla. El hombre, en
el reconocimiento de la verdad y de la bondad, es
un dependiente. Cuanto más inteligente, cuanto
más bueno es el hombre, cuanto más admite es­
tos valores, tanto más humilde es en relación con
una verdad que él acepta pero que no crea, que
reconoce pero no funda.
No es el hombre quien fundamenta los valores
éticos; no es el hombre el que pone las bases
de los valores de la verdad; el hombre los reco­
noce solamente; pero los puede reconocer sólo si
de forma implícita ha reconocido antes la Verdad
y la Bondad. Y Verdad y Bondad no son más
que nombres de Dios. El hombre puede no llamar­
lo así, pero Dios es el principio metafísico que
fundamenta el pensamiento y la voluntad del
hombre. Si vives en el vacío, permaneces en el
vacío. Sin Dios, la acción humana es imposible;
sin Dios, el pensamiento del hombre no sólo es
imposible, sino absurdo. Negar a Dios es negar
al mismo tiempo las cosas. La negación de Dios
tiene como base el abandono al absurdo.
Desde que acepta vivir, el hombre que cree que
LA FE EN EL AMOR 67

la vida, que la creación tiene un sentido, implí*


citamente cree en Dios.
Para refutar a Dios, el hombre debe refutar la
vida. Sólo con su suicidio podría lógicamente ne­
gar a Dios, y fundamentar realmente una indepen­
dencia de El si, muriendo, pudiese creer en la
nada. Así afirma la divinidad del hombre Kirillov
en Dostoievsky.
La negación de Dios no es la muerte de Dios,
sino la muerte del hombre. Según Santo Tomás
de Aquino, se consigue conocer la existencia de
Dios a través de unos razonamientos que tal vez
pocos pueden hacer, inclliso entre aquellos que
están convencidos de la necesidad de admitir esa
existencia. La necesidad de reconocer a Dios pa­
rece más inmediata, se impone al espíritu huma­
no de forma más directa y más fuerte, como quie­
re San Buenaventura. Pero esta conciencia no es
todavía el conocimiento de Aquel que ama. El
conocimiento de Dios en cuanto nos ama es un
conocimiento que El nos comunica al dársenos y
revelársenos. ¿Cómo conocemos que nos ama?
En la medida en que está cerca de nosotros. ¿ Pue­
de alguien saber que te ama si no es en la medi­
da en que eres conocido, en que eres amado?,
¿si no es en la medida en que entra en tu vida
y se ofrece a tu amor?
El ^conocimiento de Dios es precisamente el co­
nocimiento de Uno que se da, que entra en tu
vida, que se comunica a tu espíritu. Se revela en
cuanto se da; se da a conocer porque ama. El
68 DIVO BARSOTTI

hombre tiene un conocimiento real de Dios me­


diante la revelación, que es un acto libre, abso­
lutamente gratuito por parte de Dios, en el que
El sale de su soledad, rompe su silencio infinito
y te habla, entra en comunicación contigo. Si yo
me pregunto quién es el que ama, más o menos
debo hacer referencia a la revelación divina.
¿Quién es Dios para el hombre que vive una
vida religiosa, para el que está decidido a creer
en el amor divino? El hombre no lo conoce a
través de la especulación filosófica, sino a través
de la revelación que El hace de sí mismo. Se
hace conocer por el hombre en el mismo acto
con que lo ama.
La mayor parte de los hombres conocen a Dios
por el hecho de que El no se ha apartado del
hombre, no se ha negado a su deseo, no ha que­
rido mantener, en relación con el hombre, una
total alteridad. El es el Otro Absoluto. El es abso­
lutamente diverso, no hay nada de común entre
El y las criaturas. Pero no todos los hombres le
conocen así. Toda revelación que Dios hace de
sí mismo implica una voluntad libre por parte
de Dios de darse, de entrar en comunicación con
el hombre.
Los hombres conocen a Dios por el hecho de
que Dios se ha revelado. Toda la creación es para
los hombres el signo de su presencia misteriosa,
ciertamente, inefable, pero verdadera y real. El
hombre en relación con toda la creación se en­
cuentra como a la espera de un misterio, como
LA FE EN EL AMOR 69

en el presentimiento de una venida: tiene el sen­


tido de una arcana presencia.
¿Pero quién es el que espera el alma?, ¿quién
es aquel cuyo presentimiento siente en todas las
cosas? En la revelación cósmica Dios no mani­
fiesta todavía su rostro, todavía no habla al hom­
bre, no parece entrar en relación personal con
él. Dios 110 se manifiesta todavía como persona.
De hecho, en las religiones no cristianas, Dios lo
es «todo», pero este Dios que lo es «todo» no es
una persona: es el Ser impersonal, infinito, in­
menso. El Unico, el que absorbe a toda creatura.
La vida religiosa es entonces como un ser absor­
bido en un abismo de paz, de silencio, en una
inmensidad de luz, en una suprema Unidad.
Hay amor, pero es como amor físico. El que
ama es el «todo» del cual el hombre parece for­
mar parte. En la medida en que el hombre es
consciente de sí mismo, en la misma medida sien­
te pertenecer a El. «Tú eres aquello» es la expre­
sión más elevada de una religión cósmica, la ex­
presión de un amor físico que parece admitir la
«unidad del ser».
Ni siquiera es amor formal. Es el sentimiento
de plenitud, de paz inefable que nace de la con­
ciencia de estar El, de ser en alguna manera El
mismo. Toda experiencia religiosa fundada en la
revelación cósmica está siempre tentada (si se
quiere expresar en términos filosóficos) de pan­
teísmo, precisamente porque en el hombre existe
la conciencia de una personalidad distinta de la
70 DIVO BARSOTTI

de Dios y de una conciencia clara de Dios como


persona. La vida religiosa difícilmente escapa al
peligro de una experiencia de tipo panteístico y
monista. Los espíritus religiosos más selectos para
el Cristianismo y para el judaismo son almas
que se han purificado en el monismo del ser, en
una mística que ha destruido el amor, cuando la
vida religiosa es siempre una experiencia de amor.
Han destruido el amor porque han destruido a
los dos que aman. Y allí ya no hay uno que ama
y otro que es amado, ni siquiera subsiste ya el
amor. Así, en estas religiones el conocimiento es
superior al amor. La realización última de la vida
religiosa necesariamente hace inútil el amor.
Fuera del Cristianismo, él más alto valor de la
vida religiosa no es el amor: es el conocimiento.
La Blakti en el hinduismo es solamente un pro­
ceso, un camino para alcanzar la realización de
la vida religiosa, que es sentimiento y reconoci­
miento de unidad, conocimiento de una identifi­
cación con el Absoluto. «Tú eres aquéllo.» Esto
también es válido para el helenismo. El amor
como deseo, como eros, es la fuerza que le lleva
al conocimiento de la unidad de Dios, pero, una
vez realizada la unidad, el mismo amor desapa­
rece. El hombre ha ido más allá del amor, ha
trascendido el amor. El amor parece un camino
pero debe ser superado para que el hombre al­
cance la meta. Y la meta es la gnosis, conoci­
miento de identidad, de unidad: tú eres Dios. No
hay nada más que Uno. El amor no es de uno
LA FE EN EL AMOR 71

que ama, y de otro que es amado; es el proceso


para llegar al conocimiento de unidad, de iden­
tidad, que trasciende de hecho el amor. El más
grande iniciado de los tiempos modernos (cató­
lico, pero convertido después al mahometismo),
Guenon, hace ya treinta años, en una asamblea
pública con los más formados teólogos franceses
de la época, defendió contra Maritain y contra
otros la primacía del conocimiento: el amor es
un hecho emotivo que no debe alterar la vida
religiosa. Según Guenon, es muy diferente y mu­
cho más elevada la vida religiosa que la caridad
cristiana. «Con la caridad, el Cristianismo no ha
hecho otra cosa que empobrecer y corromper la
vida religiosa.» Así pensaba él, y así piensan tam­
bién los que se agarran fuertemente a una expe­
riencia religiosa dependiente de la revelación
cósmica. Porque esta revelación de suyo es ambi­
gua: o abre el camino a la revelación profética
o, de otro modo, corre el peligro de precipitar a
uno en el panteísmo, porque allí donde no hay
un Dios personal que ama, el mismo amor con
que eres amado no es otra cosa que una expe­
riencia de unidad que se deshace o parece des­
hacerse en una conciencia de total identidad.
Nosotros creemos que hemos sido liberados de
este peligro. Si os he hablado de él es porque no
es hipotético y lejano: es el peligro de nuestra
vida religiosa, de todos; y no es el peligro de las
almas sencillas, sino el de las almas que van de­
lante en la vida espiritual. De hecho, Guenon,
72 DIVO BARSOTTI

como todos los agnósticos antiguos y modernos,


dejaba a los principiantes la caritas: el hombre
adulto, el sabio, debería finalmente superar el
amor hasta alcanzar la conciencia de su identidad
con Dios.
El peligro de una religiosidad de tipo hindú,
de tipo gnóstico, no es un peligro imaginario: es
el peligro de toda alma que quiera tender a Dios,
porque Dios, en una determinada etapa de nues­
tra vida interna, no puede ser por más tiempo lo
que imaginábamos de niños. Para los niños, Dios
puede ser como el hada azul, una persona viva
pero de aspecto más bien mágico, mítico, en el
que, avanzando el tiempo, ya no podemos creer.
Este Dics debe transformarse en un Dios carga­
do de racionalidad, cargado de valores más altos.
Y nos parece que el hecho de su distinción res­
pecto a nosotros, el reconocimiento de su perso­
nalidad, da su medida, en cierta manera, y limita
su grandeza, su absolutez, su infinitud. Los filó­
sofos niegan que Dios sea personal. Si fuese per­
sonal, dicen, nosotros limitaríamos a Dios que es
Absoluto. Si reconocemos a Dios como Absoluto,
es necesario que Dios no sea personal. Nosotros,
sin ser filósofos ni razonar como ellos, por lo me­
nos conscientemente, tenemos el mismo modo de
pensar y de sentir.
Es necesario también que despojemos la idea
de Dios de todo carácter mítico. Dios es dema­
siado grande y no logramos ni siquiera imaginar
que pueda amarnos. Pensamos en Dios como en
LA FE EN EL AMOR 73

una infinitud de luz que todo lo ilumina, que


todo lo llena; pero que Dios pueda establecer una
relación personal con nosotros, que nos ame, que
cada uno de nosotros sea el término de todo su
infinito amor, esto nos parece absurdo: casi una
locura, o una blasfemia.
Y nos liberamos de esta idea de un modo in­
consciente, pero no con plena conciencia (de otra
forma renunciaríamos al Cristianismo). Sin em­
bargo, nuestro modo de pensar y de obrar es tal
que, de hecho, refutamos lo que la revelación
cristiana nos enseña, desfigurando el rostro de
Dios: ya no tiene para nosotros una boca que me
habla, ni unos ojos que me miran, ni unos brazos
que me estrechan. Dios es para mí el infinito,
una inmensidad en la que me pierdo, un mar pro­
fundo en el que me sumerjo: nada más.
¿Puedo aceptar esto? El que me ama no es
este Dios. La revelación profética se diferencia
de la cósmica precisamente en esto: en que Dios
se revela como persona. El nombre que Dios se
da en el Exodo nos enseña por lo menos una cosa:
que Dios es un «yo», —Yo, dice Dios. He aquí la
gran revelación.
¿Quién es el que ama? No es el Uno imperso­
nal, el Absoluto de los filósofos, es Alguien, es
la Persona absoluta. Tú conoces bastante de Dios
cuando sabes que es Persona. Se podría decir que
el ser* de Dios es precisamente el ser Persona.
La persona en Dios no es como en el hombre.
En el hombre, según la teología escolástica, la
74 DIVO BARSOTTI

persona es el último complemento de la natu­


raleza. La naturaleza humana se individualiza en
la persona; la humanidad en sí no existe, pero
existe en la persona que la individualiza y la ago­
ta. Por la persona, la naturaleza humana es real­
mente, obra y vive. El ser, sin embargo, precede
a la persona como un supuesto suyo. Mientras
en Dios se daría lo contrario: no hay un ser que
se haga persona: El es la Persona Absoluta.
Y precisamente porque es la Persona Absoluta,
la mejor definición que se puede dar de Dios es
que El es el Amor; porque persona significa pre­
cisamente relación. Lo vemos en Dios. Las Perso­
nas divinas son relación de amor, comunicación
de amor. Relatio ut subsistens: cada una de las
tres personas es comunicación. Dios es persona;
sobre todo, ante todo, es Persona; por esto es
Amor. No es nada en sí, lo es todo en «ser para»,
en el darse, en el comunicarse: el Padre al Hijo,
el Hijo al Padre, y Dios a mí desde el momento
en que El se me revela, desde el momento en que
me ama.
Si tenemos una idea de Dios como la del Hin-
duismo o Helenismo, jamás creeremos que somos
amados. Entramos en el juego de una creación
que se identifica con El, pero El no entra en
relación con nosotros. Estás iluminado por su
luz, penetrado por su gracia, pero El no entra
en relación personal contigo: es un Dios que no
tiene rostro.
¿Quién es Dios para ti? No podemos aceptar
LA FE EN EL AMOR 75

la vida espiritual como la vivíamos de niños; de


niños nos era fácil creer que Dios nos amaba y
que podíamos jugar con El al escondite. Había­
mos hecho un Dios a nuestra medida. Pero ya no
podemos hacerlo por más tiempo. Ciertamente,
Dios es para nosotros el Absoluto, el Infinito. No
podemos renunciar a ello. ¿Cómo podremos con­
ciliar este Infinito, este Absoluto, con una per­
sona que me mira y que me ama?
Se puede vivir una vida espiritual infantil, mís­
tica; se juega con el Niño Jesús al escondite en
las calles del mundo, pero este Dios no es el
que nos ha hecho a su imagen y semejanza: le
hemos reducido a nuestra medida, le hemos dado
nuestro rostro, le hemos hecho semejante a nos­
otros. No nosotros semejantes a El, sino El seme­
jante a nosotros. Por eso era fácil vivir juntos;
pero apenas nos hemos hecho mayores, ya no
podemos seguir jugando juntos. Este Dios ha des­
aparecido; se ha alejado de nosotros infinitamen­
te más que la luna y las estrellas. De niños, se
nos podía convencer de jugar con la luna como
con una pelota. Tendíamos las manos para co­
gerla, pero nunca la alcanzábamos. Sin embargo,
creíamos que la luna estaba a nuestro alcance,
como un juguete hermoso para nuestra ilusión.
Cuanto más hemos ido creciendo, tanto más se
ha alejado Dios de nosotros. ¡Cómo se nos ha
apetecido inescrutable y tremendo el misterio de
Dios!: somos ahora nosotros quienes nos senti­
mos un juguete infinitamente pequeño en el in-
76 DIVO BARSOTTI

menso complejo de las cosas, mientras Dios tras­


ciende infinitamente todo el universo visible.
¿Cómo podremos entrar en comunión con El?
Nos sentimos nada en el mundo, ¿qué podremos
ser para Quien lo ha creado todo? El único modo
de vivir la vida espiritual parece ser el de iden­
tificarse con todo para sentirnos una parte del
universo.
Pero ¿cómo podremos aceptar esta vida? Si
queremos ser cristianos, no podemos anegarnos
en la inmensidad divina ni vivir nuestra vida es­
piritual a la buena de Dios, con un Dios casero,
hecho a la imagen del hombre. Y así se está osci­
lando de una vida espiritual infantil a una vida
más o menos panteísta, en que toda relación se
convierte en una sensación de paz, en una pleni­
tud de vida, en un inefable sentido de identidad
con el Todo. Y nos parece que tienen una gran
vida espiritual aquellos que lo experimentan en
mayor medida, que sienten más esto, y queremos
imitarlos, tratamos de participar en su expe­
riencia.
¿Quién es Dios para nosotros?, ¿quién es el
que ama? Dios, el Infinito, el Inmenso, me ama
a mí sólo. Afirmo: a mí sólo. Y esta expresión
es teológicamente, metafísicamente cierta. Dios
no puede dividir su amor. El me ama como si
fuese sólo para mí. El, que es indivisible, El,
que es infinitamente simple, amándome me ama
con todo «Sí mismo». Yo soy el término de todo
su amor inmenso y eterno, de su amor presente
LA FE EN EL AMOR 77

e infinito, ahora y aquí. No formo parte de un


complejo que El ha amado, que El ha querido:
soy único porque soy persona. Y la persona no
tiene parte de ninguna cosa, es un absoluto. Tam­
bién en el hombre. ¿Qué significa todo esto? Sig­
nifica que Dios ha hecho el Paraíso para mí, para
mí ha creado el cielo, para mí ha querido a la
Virgen. No puedo vivir mi vida espiritual si no
caigo en la cuenta de esto: no existe nada que
no diga relación personal conmigo.
Nada me deja de pertenecer; si El me ama, El
que es Creador del mundo, me da todo el mundo
para que me recree: la Virgen, los santos, los
ángeles, todas las hermosuras del universo, todo
el Paraíso. Todo es para mí; y más todavía que
las bellezas del universo, el mismo Dios. Las be­
llezas del universo, todos los valores creados, es­
tán ordenados a mí, son míos porque El mismo
es mío. Ninguna cosa me puede dejar de perte­
necer, si El me ama. Si Dios no me amase perso­
nalmente, El podría darme algo, pero no todo;
pero si me ama, no sólo se me da El a mí, sino
también todo lo suyo: nada hay que no me per­
tenezca.
El nos lo da todo, y dándosenos, ordenándolo
todo hacia nosotros (propter nos), El, en la unión,
en la intimidad que establece con nosotros, orde­
na hacia nosotros todas las cosas, toda la histo­
ria. Si creo que Dios me ama, debo saber que
este instante es el último de toda una historia
de siglos infinitos que termina en un acto de
78 DIVO BARSOTTI

amor en el que yo lo recibo. En este instante se


cumplen para mí todas las promesas de Dios des­
de el momento en que fue creado Adán hasta hoy.
Porque la Virgen creyó, Ella realizó, cumplió
la plenitud de los tiempos y el Verbo se encarnó
en Ella. Por eso el acto de la encarnación es el
acto que fundamenta todas las cosas y es el tér­
mino final de toda la historia del mundo.
Pero est^ instante no es nada para mí porque
no creo.
No creemos en el amor de Dios; no creemos
que somos amados. Y, aunque creamos que so­
mos amados, no creemos ser amados por un Dios,
no sabemos quién es este Dios, no recibimos su
amor en su plenitud única e inmensa.
En el instante en que María recibe el mensaje
del Angel se cumple para Ella toda la histoiia del
mundo; en aquel acto justamente Ella se ofreció
al amor de Dios. En sí no hay diferencia; si Dios
ama, en el acto con que ama es El; y Dios es
Infinito. Somos nosotros los que no recibimos el
amor; por eso, el acto con que recibimos su men­
saje de amor no es decisivo para nosotros, para
la historia del mundo, no es cumplimiento de las
promesas divinas como lo fue para la Virgen al
abandonarse toda al amor de Dios. Toda la his­
toria recibió su complemento en aquel acto; pero
también este momento es el término de toda la
historia. Si yo recibo el amor, es el instante en
el que gravita sobre mí toda la misión, toda la
responsabilidad. En el momento en que creyó en
LA FE EN EL AMOR 79

el amor, la Virgen fue Madre de Dios, Madre de


todos los hombres, reina del mundo. «En aquel
instante», porque en el mismo Ella creyó en el
amor y lo acogió. Aquel instante la constituye
centro del Universo, de la historia y de la crea­
ción porque dio acogida al amor.
Dios ama. ¿Quién es el que ama? No es un
Absoluto impersonal, no es un Dios hecho a ima­
gen del hombre. ¿Quién es el que ama? Es el
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Hablamos
de la liberación de Israel de Egipto; hablamos de
una historia sagrada en la que Dios se puso en
relación con los hombres, pero toda la historia
sagrada es promesa, es profecía. Y la promesa y
la profecía se cumplen en Cristo. ¿Acaso no tam­
bién en mí? El acto que yo vivo es el cumpli­
miento de toda la historia, si hoy Dios se me da
verdaderamente, si hoy para mí se hace Jesús ver­
daderamente presente. Y hoy para mí debe hacer­
se presente Jesús, el Dios que ama y se da.
La historia sagrada es anuncio y promesa de
esto que yo vivo. La liberación de Israel de Egip­
to, la destrucción de Jerusalén, son para mí ei
anuncio, la promesa de lo que vivo en este mo­
mento; es más importante el instante que yo vivo
que toda la historia, porque la historia es prefi-
gurativa del acto que yo vivo, si en este momento
acojo verdaderamente al Dios que me ama. No
sólo revelación profética, anuncio de algo que
Dios realizará en el tiempo, sino cumplimiento
de toda la historia porque, si yo creo verdadera-
DIVO BARSOTTI

mente en el Dios que me ama, según mi fe El


se me da, se me hace presente por mi vida en
Cristo.
¿Conocemos de veras al que llama a nuestra
puerta? ¿Hemos reconocido a Aquel que nos
ama?
Abramos los ojos para poder verlo. Abramos
nuestra puerta para que El entre en nuestra casa,
para que podamos hospedarlo. Es el mismo Dios
en su infinitud, en aquella infinitud que lo com­
prende y lo llena todo.
Si Dios realmente se nos da, ¿qué es lo que
nos falta, qué cosa no nos pertenece? El acto en
el que se acoge a Dios es ciertamente el acto su­
premo de nuestra vida.
¿Quién es el que nos ama? Queremos cierta­
mente ser amados y, sin embargo, quisiéramos
que no fuese Dios el que nos amase. ¿Cómo en
realidad podemos recibirlo sin morir? Por eso te­
nemos siempre la tentación de reducir a Dios a
nuestra medida, de hacer a Dios a nuestra imagen
y semejanza. No es sólo propio de niños, sino
también de los adultos, pretender cambiar a Dios,
para que sea más fácil vivir con El, para que al
menos no nos sea imposible la vida. Y en cambio
Dios, que nos ama, nos hace imposible la vida.
Y en acogerlo encuentra nuestra vida su comple'
mentó supremo, pero el complemento de nuestra
vida en Dios es la muerte. A veces no podemos
vivir al ser amados por una criatura; así es de
opresivo el amor, ¡así destruye el amor! No nos
I A PE EN EL AMOR 81

deja ya nada, no deja huecos en el corazón, no


nos deja libertad. ¿Cómo es posible que pense­
mos que es fácil vivir con Dios?
¿Quién es el que ama? Debes recibir a Dios;
es el Infinito, es el Uno. Es el Tú absoluto, hacia
el que el alma entera se dirige; es el «YO» que
se impone a tu alma. Si dejas que El te ame, El
te invade, te llena de sí, te anega, es el Unico, el
Inmenso.
«Soy Yo», dice el Señor.

4
CUARTA MEDITACION

FL QUE AMA

II

Si quien ama es Dios, caigamos en la cuenta


de la relación que tiene con el hombre y en lo
que El es; entonces toda la vida llegará a ser
amor. Entonces en todos nuestros actos, en todos
los acontecimientos de nuestra vida no dejare­
mos de recibir amor, no viviremos ya más en
nuestra presente vida que una inefable riqueza,
que una infinita plenitud. Viviremos el amor. Si
fuese una criatura la que amase, su amor sería
pobre, como somos nosotros; su amor no podría
llenar toda nuestra vida y transformarla desde
lo íntimo. La criatura tiene siempre un poder h
mitado sobre otra criatura, no puede penetral
hasta el fondo, no puede colmarla totalmente; y
nosotros no dependemos de ninguna criatura has*
ta el punto de recibir de ella todo lo que somos,
LA FE EN EL AMOR 83

hasta el punto que toda nuestra vida pueda iden­


tificarse con el don de su amor. Pero si el que
ama es el mismo Dios, entonces toda la vida no
es más que un milagro perenne de amor. Nuestra
dependencia de Dios es absoluta y eterna; y esta
dependencia no es más que una dependencia deJ
Amor. Al depender de El, no hacemos más que
recibir. Primero a nosotros mismos, pero sólo nos
recibimos a nosotros mismos como condición
para recibirle a El mismo, al Infinito.
Ciertamente, ya en cuanto El nos crea, de E!
recibimos el ser, lo que somos; y el recibir lo
que somos implica cierto amor por parte de Dios.
De hecho, si El nos ha creado, nos ha querido, y
si nos ha querido, se puede hablar ciertamente
de alguna especie de amor en el plano natural.
También en el plano natural nuestra dependencia
de Dios es una dependencia de amor. No depen­
demos tanto de nuestra madre, como de Dios que
nos crea; no recibimos el ser, la vida, de nin­
guna creatura que nos ame, sino de Dios. Por todo
lo que somos, somos un don de su amor. Y, sin
embargo, en el plano natural sólo impropiamente
podemos hablar de ampr.
Todo lo que recibimos como criaturas (y todo
lo recibimos de El) no es nada si pensamos en
Dios como Aquel que ama. Si realmente habla­
mos de Dios como Aquel que ama, no recibimos
da El sólo a nosotros mismos. El que ama no sólo
da sus cosas, sino a si mismo. Si, pues Dios es el
que ama, El mismo se da y se nos da a cada
DIVO BARSOTTI

uno en cada instante de la vida, en todos los


acontecimientos de la existencia. El alma debe,
pues, abrirse en cada momento y acoger un Bien
infinito» un Bien inmenso.
De hecho El nos ha creado para que pudiése­
mos recibir este inmenso don de su amor. Real­
mente grave es nuestro pecado, si no vivimos ya
1a vida del cielo, puesto que si no vivimos Ja
vida del cielo, en alguna medida rehusamos el
Amor. Nc nos podemos contentar con vivir otra
vida que la vida inmensa, si el don que El nos
hace en cada instante es El mismo infinito. Vivir
menos es siempre pecado en relación con el amor;
vivir menos que este goce puro, inmenso, es siem­
pre culpable en relación con el que ama y se da
a sí mismo.
¿Quién es el que ama? Es Dios. ¿Caemos en
la cuenta de lo que es en sí mismo, de lo que
es en relación con nosotros, Dios? En relación
con nosotros es el Creador; en sí mismo, es el
que todo lo trasciende, el Infinito. Y es en cuanto
Creador y sobre todo en cuanto Infinito, que El
es el que ama. No puedes encerrar entre parén­
tesis tu vida, a ti mismo, para sustraerte a esta
inmensa plenitud de amor. No tienes defensa fren­
te a Dios.
Cuando te ama alguna criatura, siempre deja
un vacío en tu alma, porque una criatura jamás
podría vivir de tal forma que toda su vida fuese
pura y simplemente amor para ti; lo impide el
hecho de que tiene un cuerpo sujeto al dolor, a
LA FE EN EL AMOR 85

la enfermedad, a los cambios del tiempo; se lo


impide su alma, puesto que el hombre no tiene
un poder absoluto sobre su propio espíritu: so­
bre su imaginación y fantasía. Por otra parte, la
naturaleza humana creada por Dios no podría es­
tar ordenada totalmente a una creatura. Ninguna
criatura nos podría amar como nos ama Dios des­
de el momento en que El, en cuanto Creador, es
Aquel del que depende nuestro ser en todo ins­
tante.
Tan grande como es tu dependencia de El, así
es su amor por ti. Si tu dependencia de El es
eterna, eterno también será su amor. En el plano
natural, el amor de Dios permanece incluso en el
que cae en el infierno, porque también el conde­
nado en el infierno es eternamente amado por
El. Así como desde la eternidad El ha creado al
hombre antes de su existencia, así El lo ama mien­
tras subsista. El condenado no recibirá este amor,
pero El lo amará porque lo quiere. Si Dios no
lo quisiera más, el hombre no podría subsistir.
Pero por el hecho de que el condenado subsiste
eternamente, eternamente también subsiste el
amor con que Dios lo ha querido, el amor con
que lo creó de la nada para que pudiese encon­
trar descanso en El.
j Qué misterio es siempre el infierno! Es el
misterio más incomprensible, ya que el infierno
no lo crea Dios, sino el desprecio del hombre que
no t|uiere ser amado. Bastaría que el desprecio
del hombre pudiese ser suspendido un instante,
86 DIVO BARSOTTI

para que el océano infinito del amor de Dios lo


sumergiese en su gozo y no hubiese más que
amor.
Es el que ama. Creación y Amor son una mis
ma cosa. ¿Quién es el que te quiere, si no es el
que te ama? ¿Quién es el que te quiere más que
Aquel que siempre te ha querido, te ha querido
como eres y por eso te ha hecho?
Nuestra madre nos ha querido mucho, pero
¿cuándo nos ha conocido? Hasta que nacimos,
ella no sabía nada de nosotros. ¿Cómo podía
amamos si no sabía cómo habíamos de ser? Nos
ha ido amando a medida que nos ha conocido y
siempre bien poco, porque nunca nos ha cono­
cido hasta lo íntimo. Pero Dios nos ha querido y
conocido desde la eternidad. Y porqué nos ha
conocido, nos ha querido, y nos ha querido así
porque nos conocía como somos, no distintos de
lo que somos.
¡Es maravilloso! Sería curioso que Dios nos
hubiese amado sin habernos conocido, y que aho­
ra que nos conoce como somos, pobres y mise­
rables, no nos amase. Sin embargo, El nos ha
conocido y nos ha amado. Así nos ha querido su
amor. No ciertamente para que continuásemos
siendo lo que somos, sino para que lo que somos
fuese la condición para ser en el futuro lo que
El es. Cada uno de nosotros está llamado de he­
cho a ser Dios mismo, si acoge al amor. Seremos
lo que recibamos de El: y ahora somos, vivimos
sólo para acoger este infinito amor que El es,
LA FE EN EL AMOR 87

para poseer a Dios y transformarnos en El, para


llegar a ser en cierto modo el mismo Dios.
¿Quién es el que ama?, ¿no es acaso el Crea­
dor? No podríamos, aunque quisiéramos, ser in­
dependientes de Dios. Pero pretender una total
independencia de Dios, para una criatura, sería
como caer en la nada. Y puesto que el hombre
no caerá nunca jamás en la nada, no podrá nun­
ca, incluso si es condenado por odiar a Dios, rehu­
sar el Amor.
Nosotros podemos odiar a Dios; la expresión
es terrible y da ciertamente escalofrío, pero es
verdad. Podemos odiaj a Dios. Pero el odio a
Dios, la voluntad de independencia, el orgullo sa­
tánico con que rehusamos el amor, no nos impide
ser amados. Justamente porque no nos impide ser
amados, permanecemos eternamente, incluso en
el infierno. Permanecemos porque nos quiere, nos
quiere, a pesar de todo, a pesar de nosotros mis­
mos, a pesar de nuestro odio, a pesar de nuestro
desprecio. El nos quiere.
El acto de Dios que nos ha querido una vez
permanece sin retractación. No cambia Dios, sino
el hombre. No sólo nos ha querido, y por eso nos
ha creado, sino que nos quiere ahora y nos quiere
por siempre. Bastaría que El por un solo instante
no nos quisiera más, y caeríamos en la nada. Esta
voluntad que es amor, está eternamente en acto:
El me quiere. Ahora y esquí yo soy un don inefable
de amor: lo que soy, lo soy porque El me lo da.
En todo momento, yo soy el don que El me hace
88 DIVO BARSOTTI

de sí mismo. De la misma manera que no habrá


en mí ninguna razón de ser, así tampoco hay en
mí razón para subsistir, si El, a pesar de todo, no
quisiera mi vida, este ser mío tan débil, tan pobre
como es, pero condición indispensable para reci­
birlo todo.
¿Quién es, pues, el que ama? No sólo el Crea­
dor de quien depende mi vida, sino Aquel que me
ha creado, para que pudiese recibir de El el Infi­
nito. Dios 110 es el que ama en cuanto Creador;
es más Creador aquel que, habiéndome creado
por amor, me ama ahora no sólo dándome a mí
mismo, sino dándome a mí, que soy nada, a sí
mismo Infinito.
¿Quién es el que ama? Nadie que ama da algo
distinto de sí mismo. El amor supone el don, no
de las propias cosas, sino el don de sí mismo.
Si esto es verdad entre las criaturas, ¡ cuánto más
lo es en el mismo Dios! Si Aquel que ama es
Dios, ser amados por El significa recibir a Dios.
Dios no nos niega nada. Dios se nos da entera­
mente a Sí mismo. No se nos da sólo como juego,
no se nos da solamente un instante. El quiere ser
poseído por nosotros. Su felicidad es poder darse
y poder ser poseído, y nosotros debemos creer
para recibir este amor infinito.
¿Caemos en la cuenta de lo que significa esto?
El padece —decía Orígenes— una pasión de amor.
Sabemos que el amor es el principio del gozo,
pero también del tormento. También parece ser
así en Dios. Hasta que no es aceptado su amor
LA FE EN EL AMOR 89

infinito, El padece una pasión de amor. \ N o crea­


mos poco en su amor, de modo que recibamos
poco! En la medida que limitemos con la fe el
don que El nos hace, en esa misma medida lim i­
tamos a Dios; lo reduces a la medida de tu fe.
El desprecio del hombre al amor de Dios, antes
de ser tormento del hombre, ha sido tormento de
Dios. Antes que el hombre, por este desprecio
Dios ha sufrido la cruz. Cuando el hombre des­
preció el amor, no fue él el que murió, sino Dios.
Es Dios el que ama. Ser amado significa para
ti abrirte, dilatarte siempre más, sin fin, puesto
que jamás te dilatarás hasta recibirlo todo. Debes
aumentar siempre más tu fe en que eres amado.
Pero puedes creer que eres amado, puesto que El
te ama siempre más de lo que esperas; no sólo
de lo que deseas, sino de cuanto puedas imagi­
narte. El amor de Dios supera toda ciencia, dice
San Pablo en la carta a los Efesios; supera toda
posible comprensión del hombre. Jamás podrás
dilatarte tanto que puedas recibirle todo.
Pero no mañana, no en el cielo. Para Dios no
hay mañana. De la misma manera que no existe
«otro» lugar para El, que es el Inmenso, así no
existe «otro» tiempo para El que la eternidad.
Debes abrirte aquí y en este instante, porque aho­
ra y aquí existe para ti el Paraíso. Este tiempo
y este instante está lleno de Dios, si tú te decides
a recibirlo de veras. Ningún espectáculo tan bo­
chornoso como el que nosotros damos a los án­
geles y a los santos del cielo, cuando nos lamen-
90 DIVO BARSOTTI

tamos de nuestro cansancio, o de la pobreza, o


de la soledad. Es un espectáculo que haría llorar
al cielo y sufrir a Dios, si Dios pudiese sufrir.
¿Dios te ama y no estás contento? Dios se te da
a ti mismo ¿y tú quieres continuar viviendo en
tu desorden, en tu pobreza? ¿Quieres cerrar to­
das las puertas para anegarte en tu angustia, en
tu pequeño egoísmo, en tu mediocridad? Nuestra
'■ida se parece al que se muere de hambre frente
a una mesa bien abastecida. Se muere de hambre,
mientras Dios nos ofrece todo bien.
Os decía, os repito, que no hay otro pecado.
;No tengáis miedo! ¿Qué pecado habéis come­
tido? Lo más grave de todo es esto: no habéis
creído en el amor. Bastaría que el alma se abriese
a esta fe en el amor para que todo su ser se trans­
formase. Es la palabra divina la que nos lo dice.
El amor ha tenido como fundamento una mu­
jer pública Nuestro Señor no alaba a la Virgen,
ni a los ángeles; la única alabanza que el Señor
ha hecho de una criatura la ha dirigido a mujer
de la vida. Una hora antes era una mujer pública,
después se convierte en la que «ha amado mu­
cho», la que es propuesta por El como ejemplo
a todas las almas que quieren amar: ¡ María Mag­
dalena!
Los Apóstoles debieron esperar y sufrir para
alcanzar el Paraíso: el buen ladrón no esperó, se
abrió al amor y fue el primer santo que cruzó las
puertas del cielo.
Por la infinitud del amor de Dios, por su omni-
LA FE EN EL AMOR 91

potencia, todos los pecados de los hombres son


destruidos, son perdonados, todos los abism os de
la humana perversidad son colmados: no existe
más que el amor. ¿Qué son todos los pecados del
mundo frente al amor de Dios, si ese amor es
una realidad?
Pero el hombre cree en sí mismo y en sus pro­
pias virtudes. Por eso se queda solo, con sus vir­
tudes, y no encuentra en sus manos más que ho­
jas secas. No cree en Dios y cree en los hombres,
y los hombres lo traicionan y lo dejan solo; cree
en todo y en todos, y no cree en Dios. Ninguno
puede asegurarle la posibilidad de una salvación
y no hace más que vivir en la amargura de una
vida vacía y solitaria.
¿Quién es el que ama? No es una criatura, sino
Dios. No es una criatura que ama sólo a medias,
parcialmente; no es una criatura que aún podría
colmar todos los deseos de tu alma: sino Dios, el
Infinito. No una criatura que te ama solamente
mañana o que te amó ayer, sino aquel que es
eterno. No podrás huir de su amor. El salmista
quería huir de la mirada de Dios, nosotros trata­
mos de huir del amor de Dios; pero dondequiera
que vayamos, lo encontramos. Allí donde nos lleva
nuestra huida, allí lo encontramos y con rostro
de amor... No tiene ni un reproche para ti: pide
solamente que le hagas un sitio en el corazón.
Basta que le abras la puerta, para que te llene
y se te haga presente El, que es el Amor.
¿Quién es el que ama?, ¿lo has conocido? ¡Oh,
92 DIVO BARSOTTI

si lo hubieses conocido! La palabra que pronun­


ció un día la repite a cada uno: «¡Si conocie­
ses. .. í » Nadie realmente conoce, pero en la me­
dida que conocemos, El es en verdad el que ama.
El, que es el que ama, me ama en la medida en
que yo reconozco su amor y le acepto. Por eso, si
no conocemos el amor de Dios, no conocemos a
Dios; Dios poco a poco se aleja de nuestro hori­
zonte: o se nos convierte en un juez severo que
nos condena, o se nos transforma en Uno del
cual solamente hemos oído hablar. El ya no es
el que ama, para ti ya no existe, por tanto. Si
es Dios, El es el amor.
Así, pues, para conocer a Dios debemos abrir­
nos al Amor. El verdadero conocimiento que po­
demos tener de él incluye la voluntad de aceptar
su amor infinito. Sólo conoce a Dios el que ha
creído. Es justamente en la medida en que crea­
mos, como lo conoceremos. Dios ama, pero al
amor no se le puede conocer sino hasta que se
le acepta; no se le puede conocer hasta que se le
rechaza. En la medida, pues, en que lo aceptes,
que lo acojas, que te decidas a recibirlo, conoces
el amor, y Dios se hace presente en ti. Dios, por
tanto, no es conocido por ti y para ti, no vive
sino en la medida de aquella fe en el amor que
te da.
¡Cómo debemos creer en el amor! ¿Qué que­
remos, qué pedimos al Señor? ¿Ser santos como
Santa Teresa? No, no es bastante; sería ofender
a Dios. Lo que Dios nos quiere dar es a Sí mismo,
LA FE EN EL AMOR 93

y El es infinito. No debe, pues, tener ninguna


medida nuestra fe y nuestra esperanza si ha de
tener proporción con el don divino. Tal vez la
medida de tu fe no sea como la que han tenido
los santos. Pero, entre tanto, no puedes pedir a
Dios que te ame menos de lo que te ama; y El
te ama con todo su ser.
El hecho de que estas palabras nos parezcan
paradójicas demuestra solamente que nosotros
no logramos creer en el amor. A pesar de todo,
no son impedimento nuestros pecados, nuestra
mediocridad. Creemos en nosotros mismos, cree­
mos que el amor de Dios viene determinado por
nuestra pobreza, que El ama por lo que somos
y no por lo que es El. Por eso no conseguimos
imaginar cómo este amor pueda ser independien­
te de nosotros, que sea un amor que no tenga
otra medida que la inmensidad de Dios.
No es fácil creer en el amor. Si fuese fácil, se­
ríamos todos santos como la Virgen. Sólo Ella
creyó plenamente. Por eso es ejemplo universal
de vida perfecta, causa ejemplar de santidad. La
Virgen no puso límites a su fe. La medida de la
santidad de María no es una medida puesta por
la voluntad creada, sino por la naturaleza huma­
na que no puede ser capaz de una santidad infi­
nita. Pero sólo la Virgen puede ser ejemplo; los
demás santos no han creído como Ella hasta el
fin, ^por causa de la voluntad, que es incapaz de
superar ciertas dudas, ciertos temores, ciertas an­
gustias y recuerdos del pasado, ciertas ataduras
94 DIVO BARSOTTI

entre el amor de Dios y lo que éramos o lo que


creíamos ser.
¿Quién es el que sima? Se afirma que el ejer­
cicio fundamental de la vida religiosa es la pre­
sencia de Dios. Mejor debería decirse: el ejerci­
cio fundamental de la vida religiosa es vivir esta
relación esencial para el hombre a quien Dios
se revela como amor: una fe cada vez más pura,
un abandono que cada día debe ser más pleno.
Cada día es nuevo para el alma, no porque Dios
sea nuevo, sino porque a medida que tú recibes
el amor, tu alma se dilata para acogerlo más y
recibe a su vez mayor efusión de amor por parte
de Dios. Cada día que nace es un nuevo prodigio
para ti. No existe ninguna parada en este camino
de amor, en este progreso en la santidad, porque
tu alma se dilata para recibir a un Dios que es
infinito. Jamás lo podrás recibir enteramente,
pero el don que recibes hoy es condición para
creer todavía más en el amor de Dios, para reci­
bir más amor. El permanece como aquel que te
ama, y tú, justamente porque El es amor, vas
creciendo poco a poco, puesto que «eres» en la
medida en que lo recibes.
\ Qué hermoso es aprender a preocuparse de
Dios sólo, a abrirse a este amor que es inmenso
e infinitamente real! ¡ Qué hermoso es haber co­
nocido el amor humano para caer en la cuenta de
Jo concreto y real que es el amor de Aquel que
es el único que ama, el esposo eterno! Probable­
mente, ha sido una suerte que quienes hemos
LA FE EN EL AMOR 95

amado hayamos salido de nuestro horizonte, para


que Dios se nos hiciese más real. A medida que
pasa el tiempo se hace el vacío en nuestra vida,
para que nuestra alma le acoja solamente a El.
Este es el camino del hombre que vive: cuanto
más larga es la vida, tanto más avanza solo hacia
la muerte. ¡ Qué hermoso es que todo se aleje
lentamente para que el hombre sólo pueda ver a
Dios! Es necesario que surja el desierto en nues­
tra vida, que se aleje todo lentamente, para que
el alma no reciba más que la pureza del amor
divino, la infinitud del amor divino.
El desierto en el camino hacia la santidad está
hecho de la misma plenitud de luz que lo des­
truye todo para llenar toda la vida por sí misma.
Pero los santos no sienten el desierto, los santos
no viven la soledad; en este silencio, en el vacío
de todo lo creado, viven la inefable comunión con
un Dios que es la misma vida del cielo, plenitud
de todo bien, bienaventuranza inmensa.
¿Quién es el que ama? Esta pregunta espera de
nosotros una respuesta. ¿Quién es para nosotros?
¡ Oh, si leyésemos la Sagrada Escritura! Sólo
se puede conocer a quien nos ama en el ser ama­
do, en la experiencia del amor. ¿No es ésta pre­
cisamente la revelación que Dios nos ha hecho de
sí a través de la historia de Israel? La Sagrada Es­
critura es la revelación del amor divino, de un
amor celoso, real, omnipotente e infinito. Este
Dios, dice Jeremías, no podría ser representado
con una estatua de madera.
% DIVO BARSOTTI

Es un Dios vivo, real, que entra como fuego


en las entrañas, te llega hasta lo íntimo, no te
deja en paz. Justamente porque no deja en paz,
por eso fue trágico el destino de Israel. ¡ Es mejor
no conocer a Dios! Haberlo conocido fue para
Israel sufrir la experiencia de la deportación, del
exilio, de la pobreza, del desierto. Dios no deja
más en paz hasta que se queda a solas en el que
El ama.
Lo que le aconteció a Israel es también verdad
para cada alma. ¡ Haber conocido a Dios! Dios no
es una estatua, Dios no es un amante que te ama
hasta un cierto punto, no es un bienhechor que te
da una buena limosna y después vive tranquilo
en su palacio: es un amante que vive sólo para ti.
No vive de sí, porque el que ama no vive de sí
sino de aquel a quien ama. Y justamente porque
Dios es el que ama, por eso quiere vivir tu misma
v^da, se hace hombre por ti, adopta tu misma po­
breza, vive tu misma suerte.
No se conforma con entrar en tu vida como
huésped de un día. El ha entrado siempre en tu
casa y contigo ha querido vivir ya siempre. Su
vida es en la tuya; su vida eres tú; pero quiere
El que también tu vida sea El, El sólo: la pureza,
la perfección de la felicidad, la inmensidad de la
paz, la eternidad del amor.
QUINTA MEDITACION

EL QUE AMA

III

La expresión que hemos tratado de comentar


es de por sí ambigua: ¿Quién es el que ama? El
amor supone un amado; nadie ama sin amado,
de ahí que la expresión debía completarse, y no
puede ser completada más que en este sentido:
¿quién es el que ama?
La expresión nos causa estupor. Es una expre­
sión que quita la respiración porque incluye la
presencia misma del hombre en la noción de Dios.
En el plano sobrenatural, de hecho, si El es el
que ama, si El es el que me ama, se justifican las
palabras de un gran místico alemán del si­
glo x v i i i : «El hombre no existe sin Dios, pero
tampoco Dios existe sin el hombre.» ¿No suena a
blasfemia? Y, sin embargo, ¿cómo podría ser pie*
namente el que ama si no existiese alguien para
7
98 DIVO BARSOTTI

ser amado? Lo sé bien: El es en sí mismo el


Amor, El es el amante y el amado en el mismo
seno de la divinidad, porque en el seno de la
divinidad Erque ama y es amado, El es el aman­
te y el amado y es al mismo tiempo el Amor: el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Decíamos: creer en el amor de Dios quiere de­
cir para nosotros los hombres conocer a Dios en
cuanto se revela y se comunica a nosotros. Dios
nc es sólo el amante y el amado, El no es sólo
el amor en el seno de su divinidad trascendente;
El es el que ama también en cuanto se comunica
al mundo, en cuanto entra en diálogo con el hom­
bre. Si verdaderamente es real el don que El hace
de sí mismo al hombre, a cada uno de nosotros,
están justificadas las palabras de Silesio: «El
hombre no existe sin Dios; pero tampoco Dios es
sin el hombre.»
Todo esto, ciertamente, porque El ama en mí
a su Hijo, porque en mí se ama a Sí mismo. De
hecho El, por el misterio de la Encarnación, ha
tomado la naturaleza humana (y en esta natura­
leza, en cierto modo, a cada uno de nosotros) de
forma que verdaderamente en cada uno de nos­
otros el Padre ama a su Hijo unigénito. Por este
misterio El vive fuera de Sí el coloquio infinito
de amor que es toda su vida.
¿Quién es el que me ama? La expresión nos
salva del peligro de ambigüedad. El que ama de
hecho no es todavía un amor personal, se ama
sin amar a nadie. Para que el amor de Dios sea
LA FE EN EL AMOR 99

verdaderamente personal, cuando Dios ama debe


amar a una persona. Si cesa esta relación, si no
existe amado para el Dios que ama —como otro
a quien El se revela y se da—, Dios mismo apa­
rece menos como persona, no es más que una
naturaleza impersonal, no es más que el Uno de
Plotino, o el Brahman del Hinduismo.
Dios no es Aquel que ama, es Aquel que me
ama. Si la revelación divina tiene un término, o
llega a su perfección, si así puede afirmarse, la
revelación profética y la revelación cristiana, es
precisamente porque Dios manifiesta su rostro,
se hace un Dios personal. Pero es un Dios perso­
nal para el hombre, precisamente porque se pone
en comunicación con él, porque le habla y le
ama. Hasta que Dios no llama a Abraham, per­
manece en la penumbra. El era la divinidad, la
inmensidad, el poder, pero no tenía todavía un
rostro para el hombre, no era todavía un Dios
personal. Dios siempre es persona en la intimidad
de su ser: Padre, Hijo y Espíritu Santo: pero
no era todavía persona para el hombre. El hom­
bre podía conocer a Dios, pero sólo como un Ab­
soluto impersonal frente al cual el hombre se en­
cuentra anonadado en su pequeñez, aniquilado y
consumido en su distinción personal de El.
Precisamente por esto la vida espiritual fuera
del Cristianismo parece suponer la aniquilación
del hombre. En el panteísmo no sólo es la perso­
nalidad de Dios la que queda disminuida, sino
también la personalidad del hombre. La vida es-
100 DIVO BARSOTTI

piritual es sólo un estado anímico de paz, de


quietud, pero en el que el hombre no vive más
que su muerte, su aniquilación.
No ocurre así cuando Dios se revela a Abra-
ham: El le habla al hombre y adquiere un rostro,
como decíamos antes, se hace persona. ¿Y qué
significa esto? La expresión es impropia porque
Dios no se hace sino lo que es; en Dios no hay
cambio.
¿Qué significa, pues, que Dios se haga persona
en el proceso de la Historia Sagrada, que es la
revelación de Dios al hombre? Significa que Dios
hace del hombre, de cada uno de nosotros, el
término de toda su vida, de todo su ser.
Debemos meditar esto años y años y sin jamás
llegar al fondo. Dios en todo lo que es se ordena
al hombre, vive para el hombre. Persona significa
relación a otro ser personal. Dios se hace persona
cuando sale de su soledad para el hombre, cuan­
do para él desciende del cielo, nace de la Virgen
y muere en la cruz.
Ciertamente, esta relación de Dios al hombre
es libre, es absolutamente gratuita. Dios pudo no
haberme amado porque tenía en sí mismo todo
lo que anhelaba. El Padre, desde la eternidad,
está ordenando al Hijo, el Hijo también al Padre;
en sí mismo Dios era absolutamente perfecto, no
tenía necesidad del hombre. Pero si Dios decreta
amarme, tener en mí el término de todo su amor,
entonces El ya no puede vivir sin mí, de la mis­
ma manera que yo no puedo estar sin El. Todo
LA FE EN EL AMOR 101

lo que El es, lo es para mí; por toda la vida.


El vivirá para mí. Yo le soy necesario en algún
sentido. No es blasfemia, porque esto supone un
decreto libre de su voluntad. Pero una vez que
El ha elegido amarme, El vive para mí, vive en
mí. El es para mí y yo soy para El, en una cierta
semejanza de cómo el Padre vive únicamente en
el Hijo, y para su Unigénito.
El Padre no existe en sí y para sí. Es siempre
para la eterna, infinita relación de amor al Hijo.
Es siempre Padre, y lo es totalmente para el Hijo,
en el Hijo. Entre los hombres, el padre no es
sólo para el hijo, porque su vida es independien­
te del hecho de engendrar un hijo; pero el Padre
es siempre pura relación de amor.
Así es Dios para mí una vez que ha decidido
amarme. Dios es para mí, está en mí, vive en mí
si es verdaderamente el que me ama. Es Ic que
decimos en el Credo: «por nosotros y por nuestra
salvación bajó del cielo». El hombre tiene como
fin a Dios; pero también podemos decir que Dios
tiene como fin el hombre. En cierto sentido po­
demos impedir que Dios exista, podemos impe­
dirle que viva, si, siendo El el Amor que nos
ama, nosotros no acogemos su amor. Por el con­
trario, permitimos a Dios ser verdaderamente
Dios, si creemos infinitamente en su amor de ma­
nera que le demos acogida.
Si llegásemos a santos, no sería por nuestra
bondad, sino porque Dios es verdaderamente Dios,
plenamente a través de nosotros y en nosotros. El
102 DIVO BARSOTTI

hombre no puede aceptar que Dios para él sea


menos de lo que es.
¡Que se realice en mí la plenitud de su amor!
¡Oh Dios, ámame, dáteme a ti mismo! Sólo si
te poseo a ti, infinito como eres, tu amor quedará
satisfecho. No quiero menos de lo que tú eres;
desde el momento en que tú eres el amor, debo
acogerte enteramente. Que seas en mí como Tú
eres en ti mismo, infinito.
El Hijo vive únicamente para el Padre, como el
Padre vive únicamente para el Hijo. ¿Quién es el
que nos ama? Mi oración sería ciertamente una
blasfemia si Dios no nos quisiera amar; pero
Dios ha elegido amarnos, ha elegido la criatura
que era nada, v. amándola, ha hecho de la misma
el término de su infinito amor.
¿Pero podía hacerlo? Si lo ha hecho, podrá
hacerlo. Yo debo solamente tratar de compren­
derlo.
Ciertamente, El no hubiese podido amarme, si
no me hubiese amado en el Hijo. Así El ama en
mí a su Hijo. Por el misterio de la Encarnación
soy una sola cosa con Cristo. Por eso no se puede
decir que Dios es «el que ama», porque Dios no
es el que ama, sino el que me ama. El se mani­
fiesta como persona sólo si yo estoy en el Hijo
Unigénito. Si la revelación de Dios como persona
no supusiese el misterio de la Encarnación, el
hombre sería necesario para Dios. Pero Dios sólo
es persona, incluso en la divina Revelación, en
cuanto es el Padre y ama a su Hijo Unigénito.
LA FE EN EL AMOR 103

Dios sólo es persona en relación a la persona


divina que va haciendo la naturaleza humana, a
la persona divina que se ha hecho Hijo conmigo,
tomándome en unidad de Persona para llevarme
al cielo, para hacerme vivir la misma vida de
Dios. Es Santo Tomás quien lo dice: «Todos nos­
otros somos una sola persona mística en Cristo.»
¿Quién es, pues, «el que nos ama»? Si yo co­
nozco a Dios como Aquel que me ama, debo ad­
mitir que este conocimiento supone para mí una
inserción en el misterio de la Santísima Trinidad,
implica el ser una sola cosa con el Hijo para dar
acogida en mí al Padre y poder relacionarme con
el Padre en un eterno e infinito acto de amor
que es toda su vida, toda mi vida.
La vida trinitaria no es una vida que nos tras­
cienda absolutamente hasta el extremo de que no
pueda tener relación con nuestra vida; de esa
forma Dios jamás hubiese podido amarme; ni yo
hubiese podido amar jamás a un Dios personal.
La Trinidad nunca será maternidad, ni mucho
menos será nunca una multitud de personas; Dios
es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Si El es persona
y persona como Padre, y si se relaciona conmigo
como persona, El no puede referirse a mí más
que en cuanto vivo en su Hijo amado.
Como si Dios no tuviese que amar a nadie más,
yo soy el término último y primero de su infinito
amor en cuanto soy una sola cosa con el Hijo.
Yo vivo el don de la vida divina y Dios vive su
vida dándoseme a mí. Nada existe fuera de mí,
104 DIVO BARSOTTI

como nada existe fuera de El, porque yo vivo en


el Hijo y el Hijo en el Padre celestial.
¿Quién es «el que nos ama»? Estas palabras
nos cortan el habla, nos hacen incapaces de re­
flexión, nos llenan de estupor. ¡ Contemplar! Con­
templar significa fijarse en una luz que nos ano­
nada, que nos impide todo análisis y vuelve al
alma incapaz de toda reflexión. Se vive solamen­
te, y se vive en un gozo perdurable. Se vive sola­
mente, y se vive en un amor inconmensurable.
¿Quién es el que nos ama? Todo lo que es
Dios lo es para mí si me ama, porque Dios si
me ama no puede amarme sino indivisiblemente,
infinitamente, ya que El es simple. Si Dios me
ama, El ama en mí a su Hijo, porque yo no estoy
separado del Hijo ni el Hijo está separado de mí.
Según Scheeben, toda la humanidad se ha con­
vertido en «un solo Hijo unigénito» por la encar­
nación del Verbo; así el hombre participa de la
misma vida de las tres divinas Personas en la
comunicación eterna que cada una hace de sí
misma a las otras dos. Así como el Padre en la
generación del Verbo no hace otra cosa que co­
municar su divinidad al Hijo, así el hombre en
el Hijo vive la eterna donación que Dios hace de
Sí mismo.
Dios no me da sólo algo, me lo da todo, se me
da a Sí mismo. Decíamos que el hombre no pue­
de contentarse con cualquier santidad, ni siquiera
con la de Santa Teresa, puesto que el hombre no
vive para sí. Ciertamente, el hombre podría con-
LA FE EN EL AMOR 105

tentarse con menos; cualquier mínimo grado de


santidad supera todos sus deseos. Pero él no vive
para sí mismo: si vive para Dios, no puede seña­
larle límites a su santidad, porque su santidad
debe ser la pura alabanza al Padre, la manifesta­
ción de la misma santidad del Padre que le ama
y se da a él.
¿Podría ser el Verbo de Dios para el Padre
una alabanza menos que infinita? El Padre está
todo en el Hijo, sólo en el Hijo; si, pues, el Hijo
no pone la misma santidad del Padre, el Padre
no sería santo, no sería Dios. Si yo vivo en el
Hijo, no puedo poner límites a Dios. Debo ser
perfecto como el Padre, puesto que vivo en el
Hijo. Esta es, de hecho, la ley evangélica: «Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es per­
fecto.»
¡ Que Dios en mí ame, sea, se posea a sí mismo!
Dios no puede amar nada fuera de Sí, ni poseer
otra cosa fuera de Sí. Por eso yo debo ser para
Dios, Dios mismo. Lo dice San Juan de la Cruz:
«El alma cristiana jamás podrá estar satisfecha
hasta que no dé a Dios Dios mismo.» La justicia
humana es la faja de mujer menstruada, según el
profeta Isaías; incluso la justicia del mejor hom­
bre de Dios, en relación con la santidad infinita
del Padre, que debe reflejarse toda en el hombre.
No puedo estar contento hasta que no me con­
vierta en El, ya que Dios sólo puede buscar en
mí, no puede encontrar otra cosa, más que a Sí
mismo. Desde el momento en que se me ha dado
106 DIVO BARSOTTI

a Sí mismo, yo no puedo aherrojarle, reducirlo


a mi pobreza.
De ahí la hermosa expresión de Eckart que,
aunque resulta casi una paradoja, no ha sido con­
denada: «Yo soy la causa de que Dios sea Dios.»
De tal modo se me da, que se pierde en mí, y en
mí quiere volver a encontrarse. Pero lo que Dios
quiere encontrar en mí mismo no es otra cosa
que a Sí mismo, porque de todo lo que puede
encona ar fuera de Sí, no sabe qué hacer: Dios
sólo se puede poseer a Sí mismo. No puede bus­
car otra cosa que a Sí mismo, sólo busca la san­
tidad.
¿Quién es el que me ama? La expresión supone
una inserción del hombre en el misterio trinitario,
implica nuestra koinonia con el Padre y el Hijo,
más: un ser engendrado en el acto con que el
Padre engendra al Hijo. De El lo obtenemos todo
para devolvérselo todo a El.
Pero ¿qué significa todo esto? Si no se logra
comprenderlo, por lo menos se puede adivinar
algo. Significa que en todos mis actos debo aban­
donarme al acto eterno en qué Dios se comunica
al Hijo y el Hijo ama eternamente al Padre.
A través de cada acontecimiento terreno debo en­
trar de alguna manera en el acto infinito de amor
en el que el Padre se da, en el que el Hijo se or­
dena totalmente al Padre; vivir sólo esto es vi­
vir toda ia vida, es vivir la eternidad, es vivir
como Dios.
LA FE EN EL AMOR 107

¿Lo vivimos? Una criatura hay que ha vivido


este misterio: la Virgen. Precisamente por eso,
su Fiat es el acto que es término de toda la his­
toria, el acto que contiene la historia, la compren­
de, la resume toda. Y no sólo la historia del hom­
bre; en aquel acto, Dios y el hombre se hacen
una misma cosa. «El Verbo se hizo carne.» El
Fiat de María es el acto por el que Dios y el
hombre se hacen una misma cosa. Tiempo y eter­
nidad coinciden; la humildad de un acontecimien­
to humano coincide con el acto de la generación
eterna del Padre. En aquel acto la generación
eterna del Verbo se hace encarnación temporal
del Hijo de Dios en el seno de una mujer, y es
concebido como Hijo suyo, Jesús.
Todos nosotros debemos vivir ese mismo acto,
no podemos vivir otro; cierto que no lo viviremos
jamás con la perfección de la Virgen, pero el acto
de la Virgen es para los hombres norma de su
vida cristiana. ¿Quién es el que ama? Si la pala­
bra que define a Dios implica la posesión de*
hombre, es cierto que Dios no puede existir sin
el hombre, de la misma manera que el hombre
no puede existir sin Dios. Así como el Padre no
es nada sin el Hijo, como el Hijo no es nada
sin el Padre, así, después del misterio de la En­
carnación, Dios no existe sin el hombre y el hom ­
bre no existe sin Dios. El misterio de la Encarna­
ción permanece eternamente. Una vez que Dios
§e ha encarnado, el Hijo llevará al seno del Padre
incluso la humanidad que ha asumido en el seno
108 DIVO BARSOTTI

de la Virgen, y a través de esa humanidad, a cada


uno de nosotros. Por eso, los hombres somos «fa­
milia de Dios».
¿Cómo es posible —se preguntaba San Juan
de la Cruz— que tú te entregues a las deleznables
cosas humanas, cuando Dios te ha llamado a tan
maravillosa grandeza, a ser esplendor de santi­
dad tan maravillosa? El éxito y el fracaso, la salud
y la enfermedad, la muerte y la vida, no son más
que cosas despreciables. El hombre vive en Dios
una vida perdurable; debe tener fe, debe conse­
guir que toda su vida sea digno para él de esta
inmutable presencia de un Dios que le ama y se
da a sí mismo. No hay diferencias; todas las co­
sas son signo de un mismo misterio. El alma lo
vive todo en una infinita plenitud de luz, de gra­
cia, de gozo.
¿Lograrás vivir este gozo incluso en la agonía,
como Santa Teresita del Niño Jesús? Ella afirma
que había llegado a tal punto que no sólo se
resignaba a toda prueba, sino que encontraba en
todas las cosas, incluso en el sufrimiento, el gozo,
porque todo le transmitía el mismo don de amor.
Dios es inmutable. Las cosas, los acontecimien­
tos, son ciertamente mutables, pero todo aconte­
cimiento es siempre digno de un mismo don de
amor, y a través de todo, el hombre cree que no
hay más que una vida, ¿qué vida, si no es la vida
de Dios? Una inmensa paz, una infinita plenitud
de gozo, la santidad misma de Dios.
LA FE EN EL AMOR 109

¿Quién es el que ama? Tú eres una sola cosa


con Dios. Todo lo que es El te lo da, te lo comu­
nica, quiere vivir en ti; tú eres su gozo, tú eres
su vida. Es como si Dios quisiera vivir por ti.
Como si tú impidieses a Dios vivir, como si m or­
tificaras su vida infinita, como si le dieras muer­
te al no recibirlo en ti; desde el momento en
que quiere manifestarse a ti, quiere darse, vivir
por ti. Por el misterio de la Encarnación, por el
que Dios ama en mí a su Hijo, yo soy la alabanza
del Padre, su gozo infinito. Sin mí en cuanto
estoy en Cristo, el Padre estaría sin gozo. No exis­
tiría. ¿Puede ser esto cierto? No, puesto que yo
vivo en Cristo, por tanto no está sin mí; ade­
más, si yo no existiese, estaría el Hijo Unigénito.
Sin embargo, para mí, si no vivo en Cristo, es
como si Dios no existiese.
Esta es precisamente la experiencia del cris­
tiano.
En la medida en que Dios no vive a través de
ti, tú no vives más que la muerte, la condenación.
Dios vive y está presente a ti en la medida en
que vive en ti. El hombre no conoce a Dios más
que en la medida en que vive en El, en la medida
en que lo «realiza». El Padre se conoce a Sí m is­
mo en el Hijo; el Hijo se conoce a Sí mismo en
el Padre; así Dios quiere conocerse a Sí mism o
en el hombre; así se conoce el hombre a sí mis­
mo en Dios y en Dios se posee a sí mismo. No
existe para el hombre mayor conocimiento de
Dios que el que realiza en su unidad con El.
uo DIVO BARSOTTI

De ahí la posibilidad de una bienaventuranza


distinta para cada alma en el cielo. Dios es siem­
pre inmutable, Dios es siempre el mismo, pero
para el hombre será lo que él haya realizado aco­
giendo su don de amor, permitiendo que Dios viva
en él según su inmensidad. De ahí, también, el
tormento del alma que siente cómo Dios la tras­
ciende, y por eso se siente impulsada a superar
paso a paso toda limitación, a fin de adecuarse a
la infinitud de ese amor que se le da todo, sin
jamás ser acogido totalmente por el hombre.
¿Quién es el que ama? No existe Dios para ti
más que en relación contigo mismo. No puedes
buscar lo que es Dios en una relación con otra
criatura. Para ti, sólo tú eres el término de su
infinito amor. Para ti es como si no existiese otro
término para el amor de Dios más que tú sólo.
Un Dios que no vive según lo que es su relación
contigo, un Dios que no es «persona» y no se
ordena a ti en todc lo que es, sería para ti una
cosa, un ídolo vano. No existe nada qué no haya
sido hecho para ti, toda la Iglesia es para ti, todo
lo que Dios ha hecho lo hizo para ti.
Yo, para mí, soy el término último de toda la
vida de Dios, si El verdaderamente me ama. Se
lo puede repetir a sí mismo cada uno: Para cada
hombre es cierto que Dios es para él, todo para
El. La Persona es relación de amor. Dios dejaría
de ser el «Tú» absoluto del alma, se convertiría en
un «él« impersonal, si Dios no fuese el amor que
la ama. Así, Dios es el «yo» que se dirige a mí,
LA FE EN EL AMOR 111

y yo soy el «tú» a quien El comunica todos los


dones de su gracia.
Nada existe para mí fuera de mí mismo; así
nada existe fuera del acto que yo vivo en mi
vida.
¿Qué significa esto? No somos parte de un todo,
no podemos vivir como parte de un todo. La
persona humana es un absoluto, y se realiza en
su relación con Dios. Ciertamente, así como el
hombre vive en el tiempo, yo vivo el misterio
de mi unión con Dios en la subordinación a una
sociedad, a una institución: la Iglesia. Pero Dios
no me ve como parte de un todo. El se ordena
a mí, me ama. Fuera de mi acto, para mí no hay
vida; fuera de mí, para mí es como si no exis­
tiese nada.
Para el hombre, realizar su creación es realizar
la verdadera unidad con la creación, es vivir en
su vida toda la vida. Sólo en mi acto es vida cada
creatura para mí; en la medida en que yo realizo
esta presencia, las cosas, los hombres, son como
si no existiesen, me parecen extraños. En mi vida
están presentes los ángeles, los santo, la Virgen
Fuera de ese acto no existe para mí ni el cielo
ni la tierra.
Es verdad que, si me condeno, todo existe
igualmente; pero para mí es como si nada exis­
tiese en realidad, y sólo viviese la eterna soledad,
el vacío infinito. No realizo entonces todo lo que
Dios lia hecho, todo lo que Dios ha creado para
mí, no vivo en aquel acto la plenitud de vida, de
112 DIVO BARSOTTI

comunicación de amor. Nunca debo vivir como


formando parte de un todo, ni en cuanto se refiere
a la historia, ni en cuanto mira a la creación.
Ser el término del amor de Dios, de aquel amor
que ama, significa para ti realizar la unidad con
toda la creación, porque tú eres «todo» para El
y El te ama.
Esta es la ley del amor. Precisamente por esto
no puedes amar a otra cosa que a Dios, y todo
amor que no termine en El es idolatría. Pero
también por esto tú puedes y debes amar y no
puedes querer ser amado, no tienes derecho al
amor porque no puedes ser «todo» para nadie.
El te ama. Es más, no puede amarte nadie sino
El. Y te ama por nada, gratuitamente; te puede
amar y de hecho te ama. Y tú eres «todo»
para El.
Vives en relación con Dios y Dios vive en rela­
ción contigo, tanto cuanto tú eres único para El
en el Hijo. Y no eres único sino en cuanto resu­
mes en ti toda la creación, toda la historia, toda
la humanidad.
Eres hombre para llegar a ser una cosa con
todos, y llegas a ser una cosa con toda la huma­
nidad en el Hijo de Dios. No existes en otros:
mientras «los otros» subsistan, tú no existes ver­
daderamente. «Los otros» son en realidad el in­
fierno, porque si los otros subsisten, tú vives alie­
nado de ti mismo, vives «para». El Otro es sólo
Dios. Ei teólogo sólo admite un yo y un tú: el
Padre al Hijo y el Hijo al Padre en la unidad del
LA I'E EN EL AMOR 113

amor. El hombre entra en ese diálogo porque él


Hijo, al encarnarse, ha asumido toda la creación,
y El es toda la historia, toda la vida. Sólo en
esta unidad de amor eres amado.
¿Quién es el que ama? No puedes dirigirte a
Dios ni Dios puede dirigirse a ti sin que tú hayas
realizado esta unidad con el todo. No en el sen­
tido de que tú formes parte de un todo en el cual
desapareces, sino en el sentido de que tú seas la
hipóstasis, de algún modo, de toda la creación. La
expresión os extraña, pero no tiene fácil sustitu­
ción. Como si todo lo que existe subsistiese en ti
y en ti tuviese la vida. Todo, en alguna medida,
es por ti, eres tú. No existe otra cosa más que tú.
Toda la historia no es más que el acto que vives,
toda la creación eres tú, que contemplas al Padre.
Toda la creación adquiere un rostro en tu rostro,
una palabra en tu palabra, un alma en tu alma,
un amor en tu amor.
¡Vivir esto desde el vértice del ser, así como
vive el Hijo contemplando eternamente el rostro
del Padre! El Padre se comunica eternamente al
Hijo y el Hijo lo recibe todo eternamente del Pa­
dre. Como dos espejos que reflejan la luz, reflejo
eterno de una santidad, de una gloria que des­
ciende del Padre y se comunica al hombre en el
Hijo, y en el Hijo del hombre retorna al Padre.
Esta* es la vida eterna. Por esto el que te ama
es el Padre, y tú vives en su mismo Hijo: es la
misma vida.
8
IÍ4 DIVO BARSOTTI

Al Padre que dice «Tú eres mi Hijo», debes res­


ponderle: «Abba, Padre.» El coloquio eterno que
es toda la vida de Dios se convierte en coloquio
de la creación con Dios, porque la misma crea­
ción, asumida por el Hijo, sólo vive la vida de
Dios.
SEXTA MEDITACION

EL QUE ES AMADO

Hemos dicho que debemos creer en el amor de


Dios, y que en rehusar este amor está el pecado
del hombre; así toda la santidad consiste en esta
fe, necesaria para recibir su amor. Pero creer en
el amor de Dios implica la conciencia de quién
es el que ama y quién es el amado y, finalmente,
de qué cosa es el amor. Era necesario, pues, ver
quién es el que ama, y nosotros hemos tratado de
hacerlo, aunque nuestra labor haya sido pobre.
Decíamos que no es posible conocer al que ama
sólo con las fuerzas de la razón, porque la razón
no nos coloca frente a un Dios personal que aman­
do se nos da, sino que nos pone delante de una
causa primera, fundamento y justificación meta­
física del universo. Nuestra razón no nos lleva
al Dios amor, sino que nos lleva a reconocer la
116 DIVO BARSOTTI

necesidad de un primer principio que justifique


la creación. Es sólo la Revelación la que nos hace
conocer al que ama. El es el amor en sí mismo, y
lo es también en relación al hombre. Y Dios es
el que ama también en cuanto Creador. Es verdad
que al crearnos no nos amaba con un amor per­
sonal y no se nos daba a nosotros; sin embargo,
la creación es en cierto modo un acto de amor,
desde el momento en que es un acto libre, gra­
tuito, por el que Dios quiere, si no darse El mis­
mo, damos una cierta participación de su ser, al
hacer que la creación surja de la nada y pueda
subsistir siendo nada.
El ser de la creatura no es ciertamente unívoco
con el ser de Dios, y no es el mismo el ser creado
que el ser increado, pero el ser creado existe.
Aunque el ser de la creatura sea extremadamente
frágil, en algún sentido evoca y anuncia al ser
infinito de Dios. Por la existencia de las creaturas,
nosotros —en cierto modo— podemos llegar al
conocimiento del Dios infinito. Así la creación,
en cuanto depende totalmente de la libertad de
Dios, puede decirse que es un acto de amor.
El Creador es, pues, el que ama. Si conoces al
que ama como Creador, sin haber pedido tú nada
y habiéndolo recibido todo, no tienes motivo para
dudar de Dios, incluso en el plano natural; no
tienes motivos para temerlo. Lo has recibido todo
sin haber pedido nada. ¿Puede negarte Dios lo
que exige tu naturaleza, ahora que le conoces?
Pero la naturaleza humana no puede exigir
LA FE EN EL AMOR 117

nada, puesto que jamás tendría derechos frente


a Dios. ¿No es más bien el mismo deseo de la
criatura una promesa, en cierto sentido, del Crea­
dor? Si El ha creado una naturaleza que aspira a
ser colmada, ¿no es precisamente para que la
criatura se prepare a recibir ese don? La necesi­
dad no crea una exigencia, pero parece disponer
misteriosamente al alma para la recepción del
don. El deseo era ineficaz, pero parece sugerir que
Dios, en el acto mismo de la creación, ordenaba
misteriosamente la naturaleza creada hacia la
gracia.
No podemos dudar de Dios ni siquiera como
Providencia universal. De hecho, los Padres de la
Iglesia, antes de hablar de Dios como amor sub­
sistente, nos invitan a reconocer en El su provi­
dencia universal. La creación, como tal, demues­
tra la benevolencia infinita de Dios. El amor en
el hombre —dice el Libro del Eclesiástico— se
dirige al hombre; el amor de Dios va hacia toda
carne, hacia toda criatura. Todo ser es un don
de su liberalidad. Dudar de su providencia signi­
ficaría o que Dios no puede ayudarnos o que nos
ha creado para que suframos. ¿Acaso nos ha crea­
do para gozarse en nuestro sufrimiento, para com­
placerse en nuestro tormento? ¿No sería ya blas­
femia el simple hecho de admitir estas preguntas?
Es verdad que el Creador es el que ama sólo en
sftntido impropio, va que hemos dicho que amar
significa no dar algo, sino darse a sí mismo, y
Dios no se da a sí mismo en cuanto Creador.
118 DIVO BARSOTTI

Nosotros recibimos de El no su ser, sino el nues­


tro, nuestras potencias, nuestra vida. De tal ma­
nera dependemos de El que somos un don total
y continuo de su Omnipotencia. Nada tenemos
que no hayamos recibido de Dios y que no reci­
bamos continuamente. Pero sólo en sentido im­
propio podemos hablar de amor.
Dios es ci que ama sobre todo en cuanto nos
ha elevado al orden sobrenatural. Elevándonos a
ese orden, nos ha dado no sólo nuestro ser, sino
que nos ha creado con capacidad para que poda­
mos recibirlo a El mismo.
¿Qué es el hombre? Es como la nada que se
abre para llenarse de Dios. ¿Quién es el que ama?
Es Dios, que no niega nada de Sí mismo; no es
avaro de cuanto posee, porque todo lo que posee
y es nos lo da al amarnos.
Nada nos niega al amarnos. No nos da lo que
posee, porque Dios en realidad nada posee: su
esencia es el Ser. Amándonos, se nos da a Sí
mismo.
No sólo nos da algo, sino todo. Si estamos obli­
gados a creer que El es el que nos ama, también
debemos aceptar que no podemos esperar de El
alguna cosa; le ofendemos si esperamos de El
algo, puesto que todo El se nos quiere dar, y real­
mente se nos da. El don que nos da es infinita­
mente mayor que el que pedimos. El don de Dios
es El mismo. El Amor es todo lo que es; y todo
lo que El es, nos lo da.
El que ama es el mismo Dios; de hecho ningún
LA FE EN EL AMOR 119

otro nombre se le da a Dios en el Nuevo Testa­


mento: Dios es caridad, Dios es amor.
Pero debemos ir un poco más lejos. Hemos di­
cho que no es exacto decir «Dios es el que ama»,
sino que debemos decir: «Dios es el que me ama.»
Si Dios es el que me ama, Dios es para mí en
la medida en que se me da; si El no se diese a
Sí mismo, en alguna medida, para mí no existiría
Dios, no existiría el Amor.
Si Dios no se me diese a Sí mismo, no existiría
el Amor. Por eso no puedo dudar de ser amado.
Dios no puede darme menos que el don de Sí
mismo, porque El, que es el Amor, lo es sólo en
la medida en que se nos da. ¡Y se me da a mí!
En esta relación recíproca que se establece entre
el alma y Dios, El es en la medida en que se da.
Si El es Infinito, debe darse infinitamente. ¡Y
yo soy el término de ese Amor! ¡ El es el que
me ama!
Esto en realidad no puede acaecer sino en la
medida en que estamos asociados al Verbo, en
cuanto somos una sola cosa con Cristo. He aquí
cómo la doctrina de un Dios que nos ama implica
no sólo el reconocimiento de un Dios Creador,
sino también la elevación al orden sobrenatural;
implica la doctrina de la Encarnación del Verbo,
por lo cual el hombre es en algún sentido el tér­
mino del amor infinito de Dios, de aquel amor
personal que pasa eternamente del Padre al Hijo
y del Hijo al Padre, y que asocia el hombre a Dios
y Dios al hombre, de manera que, así como no
120 DIVO BARSOTTI

existe el Padre sin el Hijo unigénito, así no existe


Dios sin el hombre, ni el hombre sin Dios.
Es abrumador llevar a la práctica lo que deja­
mos dicho. Dios es en la medida que vive en mí.
En virtud del plano sobrenatural en el que nos
ha colocado, en virtud del misterio de la Encar­
nación, por el que me ha hecho miembro de su
cuerpo al asumir la naturaleza humana, Dios es
en la medida en que se me da. Cierto que es
totalmente libre y gratuito el acto de Dios, pero
precisamente por esto es acto de amor. Desde el
instante en que me ama, Dios existe para mí en
la medida en que se me da y lo poseo.
¿Qué queremos decir con esto? Si yo creo, Dios
me lo da todo, no sólo la creación. ¿Qué impor­
tancia tiene poseer todo el firmamento? ¿Dios se
me da a Sí mismo? De la misma manera que el
Padre se comunica al Hijo, y el Hijo es porque
todo lo recibe del Padre, y el Padre es porque el
Hijo supone uno relación subsistente al Padre, así
en algún sentido el Padre es porque me ama. Este
modo de hablar, sin embargo, no es exacto, por­
que la relación subsistente entre Padre e Hijo no
se repite, no se multiplica, sino que el hombre,
con inefable amor, entra misteriosamente en la
eterna comunicación de amor que es la misma
vida de Dios.
i Llevar a la práctica todo esto! La santidad no
es nuestra; de otro modo podríamos contentarnos
con el último sitio. Pero el no querer ser santos
como lo es Dios, es querer que El sea menos infi-
LA FE EN EL AMOR 121

nito en ti. Si El quiere vivir en mí, yo debo abrir­


le toda mi alma para acogerlo totalmente.
Es verdad que mi fe jamás igualará el amor
de Dios; yo debo crecer continuamente en esta
fe que jamás igualará el don de su amor. Precisa­
mente por esto toda la vida cristiana es un con­
tinuo crecer en esta fe; y en el amor; ¿ cómo pre­
tendemos, pobres criaturas, amar a Dios? Se
impone por lo menos que creamos que El nos
ama, porque tanto amor recibiremos cuanto crea­
mos ser amados. Y en la medida que creamos
en el amor acogiéndolo en nosotros, nosotros mis­
mos seremos capaces de amarlo.
El amor de Dios es Dios que subsiste en nos­
otros y nos ama. Sólo en la medida que esté en
ti El mismo que ama, tú lo amarás realmente. Si
es Dios mismo el que ama, tu amor no puede al­
canzarle.
Por eso el alma elevada al orden sobrenatural
no puede contentarte con ser amada, pero debe
amar y no debe descansar hasta que dé a Dios.
Las palabras de San Juan de la Cruz son ciertas
incluso para el último de nosotros, incluso
para mí.
Para «creer en el amor de Dios» no sólo se
exige que conozcamos al que ama, sino también
al que es amado. ¿Quién es el que es amado?
Creemos conocer al que ama y, sin embargo, lo
conocemos bien poco; pero tal vez conozcamos
menos al que es amado.
Conocerse a sí mismo es una de las ciendlas
122 DIVO BARSOTTI

más difíciles, puesto que nuestra propia intros­


pección nos engaña; somos parte en una causa
y es verdaderamente difícil conocerse. También
es verdad que conocer a Dios supone una reve­
lación divina, pero también la supone el conoci­
miento del hombre. El hombre sin la revelación
no logra conocerse como creatura, no llega a co­
nocerse como pecado y mucho menos puede co­
nocerse como miembro de Cristo.
El conocimiento del que es amado implica pri-
mei ámente el conocimiento del hombre como
criatura. Pascal decía que el hombre es grande
porque es una caña, pero una caña que piensa.
Diríase más bien lo contrario: la extrema miseria
del hombre consiste en que, siendo nada, tiene
incluso conciencia de ello. El hombre, en la me­
dida que se conoce, no puede conocer otra cosa
que su vacío. La conciencia que el hombre tiene
de sí le manifiesta sus límites, su finitud, su irre­
mediable pobreza. En cuanto creatura, él es una
nada que tiene conciencia y experiencia de su
nada, una nada que tiene necesidad de todo. Tan­
to mayor es su miseria que, sin tener nada, aspira
a serlo todo; no pudiendo nada, desea a Dios.
Hemos sido creados para que tuviésemos concien­
cia del vacío de la criatura en relación con Dios.
No somos nada por nosotros mismos, no tene­
mos nada. De la misma manera que no hay razón
que justifique nuestro ser, así nuestra subsisten­
cia no tiene fundamento sólido. Precisamente en
razón de nuestra grandeza, experimentamos más
LA FE EN EL AMOR 123

y más que somos conscientes de nuestra nada


para que mayor sea también nuestra dependencia
de Dios. Pero no dependemos sólo de Dios, sino
también de todo el universo. Dependemos del ca­
lor y del frío (si hace demasiado calor, sudamos
y nos sentimos mal; si hace demasiado frío, esta­
mos como paralizados y no podemos ni siquiera
pensar), dependemos hasta de organismos invisi­
bles que pueden atentar en todo instante contra
nuestra vida.
¿Qué somos nosotros?, ¿dónde está nuestra
grandeza?, ¿dónde encontrar nuestra independen­
cia? Dependemos de Dios y de las cosas.
En vez de determinar el curso de los aconteci­
mientos, nosotros, que nos creemos artífices de
la historia, estamos sujetos a todo, dependemos
de todos. Probablemente si el día de la batalla
de Waterloo no hubiese llovido, los destinos de
Europa hubiesen sido otros. No sólo la vida del
Universo, sino también la vida del hombre, está
sujeta a imponderables que no dependen de nin
guna manera de nosotros. ¿Quién es el que es
amado? Es verdad que Dios no nos ama por lo
que somos, ya que no somos nada independien­
temente de El. Si quitamos a Dios, el hombre ni
siquiera existe. La creación supone a Dios, no es
independiente de El; el ser creado supone abso­
luta dependencia de un Dios Creador.
Nuestra dependencia, que es absoluta en rela­
ción con Dios, es también casi total en relación
con las cosas. Somos el producto final de innu-
124 DIVO BARSOTTI

merables factores que escapan a nuestro control,


que no podemos escoger y que ejercen un influjo
sobre nosotros.
¿Qué ama, pues, Dios cuando nos ama? ¿Quién
es el que es amado? Es la nada consciente de sí
misma, y por eso mismo consciente no sólo de
no poder nada, sino de no merecer nada, de no
poder exigir nada de nadie. Todo lo que recibimos
es un don gratuito. Hasta el infierno es don de
amor: de hecho, si el hombre subsiste, es porque
continuamente está recibiendo el ser y la vida de
Dios. Todo queda más allá de lo que merece, pues­
to que no merece nada. ¿Cómo podría exigir sub­
sistir para siempre? Dios no podría ser injusto
con su criatura: pero de hecho, ¿cómo podría la
creatura tener un derecho con Aquel del que de­
pende totalmente, absolutamente?
¿Quién es el que es amado? Cuando hayamos
meditado qué es nuestro ser podremos compren­
der lo que es el amor de Dios. La creación —y
mucho más en relación con el hombre— es en el
designio divino sólo una condición para la ele­
vación al orden sobrenatural. El hombre es nada
justamente porque él se abre, en su radical po­
breza, a recibir el don infinito de Dios. Y por
tanto, por lo que somos en dependencia de Dios,
debemos reconocer que somos un don de amor.
Solamente somos lo que El nos ha dado.
No se puede hablar de «quién es el que es ama­
do», porque no existe uno que es amado; existe
el amado. Nada puede al acto de amor que me
LA FE EN EL AMOR 125

llama al ser. Dios no tiene necesidad de darme


nada una vez que existo, porque el mismo hecho
de que exista es ya un don de su amor.
En lo que somos como creaturas, encontramos
ya la huella del amor; por lo que somos, somos
ya su don, somos «el amado». Llevamos en nos­
otros el sello del amor creador. Nuestra palabra
sólo puede repetir, aunque de lejos, la Palabra,
el Hijo de Dios.
¿Quién es el que es amado? Una nada que es
consciente de sí misma para poder acoger al Infi­
nito. De hecho, no podríamos recibir a Dios, si
no fuésemos conscientes. El hombre debe ser
consciente de su nada, para poder recibir el todo
de parte de Dios. Siendo el orden sobrenatural
un orden gratuito, supone no sólo la absoluta
libertad de Dios, sino también el consentimiento
del alma para recibir su don. Si yo no fuese cons­
ciente de mi nada, ni siquiera podría recibir a
Dios.
Y es en la medida en que realizo, en mi viven­
cia interior, la pobreza radical del ser creado,
como puedo acoger el don del Amor.
Por eso es necesaria la humildad en la vida
cristiana; recibes en la medida que eres humilde;
porque precisamente todo lo que posees, todo lo
que tienes, sólo es para ti un don de amor. Si
crees poseer algo, lo que tienes es sólo la muerte:
si confías en algo tuyo, prácticamente no confías
más que en tu condenación. Debes ser consciente
126 DIVO BARSOTTI

de tu nada para tener capacidad para recibir a


Dios. A la nada de la creatura responde el todo
infinito de Dios. En la misma medida que realices
tu nada inicial, te abrirás para recibir el infinito
don del amor.
SEPTIMA MEDITACION

EL QUE ES A M A D O

II

Decíamos que ni conocemos al hombre ni co­


nocemos a Dios. Sólo la revelación nos dice algo.
La revelación ante todo nos dice que el hombre
es una criatura, que no tiene en sí mismo la razón
de su existencia; el hombre no encuentra su fun­
damento en sí mismo, no vive por sí mismo. La
razón de su existencia está fuera de él; el fin al
cual está destinado está fuera de él, como tam­
bién lo está la razón de su existencia. ¿Qué es,
pues, en sí mismo y por sí? Decíamos que era
una nada, pero una nada consciente de su propia
nulidad, una nada consciente de su propia pobre­
za; es irremediable el sentido de su miseria si
él po vive dependiendo de Dios y ordenándose a
Ei. El nombre del hombre es «el amado», puesto
que no es sino lo que recibe. Todo lo que quiere
W W B&KSOm

lo espera de otros. La razón de su ser, de su vida,


la medida de su grandeza, está en Otro: en Dios.
¿Pero si en ti eres nada, qué eres en El?
¿Quién es el que es amado? La grandeza del
hombre será semejante al amor de Dios. La ver­
dadera definición del hombre es precisamente la
que nos da San Juan de la Cruz: «£7 hombre es
Dios por participación.» En sí ^ por sí es nada,
él está en Dios y es para El, pem Dios, si lo ama,
no tiene otra medida al darse al hombre que la
infinita plenitud de su Serr El hombre que en sí
es absoluta nósei|a, en Dtios es, en cierta medida,
Dios mismo: él es Dios por un don gratuito, es
Dios por participación de amor.
El hombre es el amado. A la nada responde el
todo de Dios: la nada del hombre es su capacidad
para el todo de Dios. Así, es necesario que el hom­
bre en sí y por sí sea nada, para poder ser Dios
por participación de amor. Es necesario que en
sí y por sí sea nada, para que, siendo «el amado»,
sea también el espejo de Dios, sea el mismo Dios
que se da a él, subsiste en él, vive en él y por
él quiere ser poseído. Así Dios es el bien mismo
del hombre, todo su bien.
El hombre en sí y por sí no es más que el
demudo deseo de Dios. Deseo, no esperanza, pues-
io que el hombre no tiene en sí ningún derecho
para obtener lo que desea. El es abismo sin fondo
que se abre para acoger al Infinito, si Dios quiere
sumergirse eo éL Desíderium naturale vivendi
Deum: deseo de la naturaleza, naturaleza que es
LA FE EN EL Ayqg 129

el deseo. Así el deseo es toda la vida del hombre,


su mismo ser. Dios ha creado al hombre para
poder satisfacerlo; ha creado el abismo para po­
der colmarlo por Sí, un abismo que en pro-
porcion con la infinita plenitud su ser.
Recordad lo que decía Dios a Santa Catalina
de Siena en «Dialogo de la Providencia»: «Como
Yo soy Infinito en el ser, así he querido que el
hombre fuese infinito en el deseo.» A la nada del
hombre, responde el todo de Dios. Y es tal la
correlación, que cuando Dios quiera verdadera­
mente darse, el hombre se hará Dios. Por eso el
hombre es Dios por participación de amor, por­
que Dios es el que ama y el hombre es el que es
amado; y entre amante y amaHn la nnídad se
establece en el mismo amor que se da realmente
y realmente se recibe. ¡Unidad de entrambos en
el misterio de una Encamación divina por la que
Dios y el hombre son una sola cosa!
Desiderium naturale videndi Deum. El hombre
es el que es amado; Dios no podría ni siquiera
amarnos si en nosotros no existiese capacidad de
amor. Nuestra capacidad para recibir su amor d o
consiste en que somos nada, sino en que somos
una nada consciente. De aquí nace el deseo;
¿cómo podríamos desear a Dios si no fuésemos
conscientes de nuestra miseria y de nuestro va­
cío? Nuestra pobreza, independientemente del
Dios que nos ama, es mayor que la de cualquier
otra criatura, es verdaderamente infinita. La an­
gustia es la condición propia del hombre. Pero
9
\iv DIVO BARSOTTI

precisamente porque soy consciente, puede nacer


en mí un deseo que es tormento, deseo que cuan­
do haya renunciado a ser esperanza, o no podrá
llegar a serlo, se transformará, para el conde­
nado, jn el infierno; pero que para mí, en la
presente vida, debe ser condición para el camino
que me conducirá a la posesión de Dios.
Justamente porque el hombre es como una
ñaua que tiene conciencia de sí, es infinito en
su deseo. Y es infinito porque infinita es su po­
breza. Si a este deseo no respondiese nada, ¿en
qué se transform aría el deseo sino en angustia,
tormento y condenación? La condenación del
hombre consiste en haber rechazado el amor, en
quedarse en un deseo ineficaz que jamás podrá
transformarse en esperanza, y mucho menos po­
sesión de amor. El hombre se sumerge en el vacío
por toda la eternidad. El no vivirá más que la
muerte, sólo vivirá su nada, su soledad: el infier­
no no es más que la soledad del hombre.
El hombre no puede quedarse en sí mismo, es
necesario que salga de sí para alcanzar a Dios.
Hemos sido creados como deseo, pero Dios ha
transformado el deseo en esperanza a fin de que
pueda alcanzar a Dios para que pueda recibir el
Amor que se da.
El hombre ha sido creado por Dios como deseo,
pero, elevado al orden sobrenatural, el deseo que
es propio de la naturaleza se convierte inmedia­
tamente en esperanza. El hombre concreto no es
un deseo al que nada responde; no es sed que
LA FE EN EL AMOR 131

no pueda apagarse. El deseo se convierte en espe­


ranza, certeza de que Dios nos escucha.
A pesar de todo, el camino del alma es de una
terrible tensión. El alma, en su deseo natural de
ver a Dios, debe pasar a través de las cosas, supe­
rarlas poco a poco a fin de que la progresiva
renuncia cree en él una capacidad real e inme­
diata para recibir a Dios. En potencia, estam os
ordenados a recibir a Dios, pero no sabemos
quién es Dios sino a través de la misma expe­
riencia de las cosas, de los bienes creados, de
los símbolos, de lo sensible, de lo inteligible, de lo
espiritual. No podríamos recibir a Dios sin haber­
lo escogido, no se puede escoger sino a través de
la vida presente que nos pone en el dilema de es­
cogerlo o de rechazarlo. De hecho, la presente
vida, aunque no nos pone en relación directa con
Dios, nos pone en relación directa con la crea­
ción, con los bosques, con las montañas, con los
hombres, con el mundo sensible, con el mundo
de los valores espirituales, morales, con todo el
mundo creado. Y este deseo natural de ver a Dios
puede alimentarse y hacerse más vivo a medida
que el alma, al caer en la cuenta de que las cosas
no responden a su expectación, las trasciende,
va más allá de ellas e implora el Bien que los
supera a todos. Pero puede ocurrir lo contrario,
es decir, que el alma se desvíe, que se pare en
las cosas. He ahí el pecado.
T6do el ser humano es deseo natural de ver
a Dios, de poseerle; el hombre no puede encon-
132 DIVO BARSOTTI

trar reposo más que en Dios. Si busca reposo en


otra p a r í s i las creaturas, en vez de ser el cami­
no, se convierten en su fin, encuentra la muerte.
Si las trasciende con una superación sin límites,
vive una experiencia que hace que su alma muera
a todo lo relativo, temporal, finito, y se abra cada
vez más a Dios.
Cuando uno se pregunta quién es el que es ama­
do, debe tener en cuenta la posibilidad concreta
del hombre, no sólo de abrirse y acoger al Infini­
to, sino también de encerrarse en su autosuficien­
cia. Advertir que él se niega a sí mismo y se
suicida al rehusar aquel deseo de Dios que es
esencial a su naturaleza. El pecado ofende a Dios,
pero ante todo nos ofende a nosotros mismos:
en realidad es nuestra muerte. Si el hombre se
identifica de algún modo con ese deseo de Dios,
prácticamente, en la medida en que se encierra
en las cosas y no quiere caminar más adelante,
en esa medida está haciendo de un bien creado,
cualquiera que éste sea, su propio bien, y se sui­
cida renunciando a recibir a Dios. Aunque no pue­
da suicidarse plenamente.
Pero si tú mismo te das la muerte, ya no vivirás
más que esa muerte; aunque no te das completa
cuenta de ello, porque las cosas, mientras se vive
en este mundo, nunca dejan de ser signo de Dios.
Aunque tú te quieras encerrar en las cosas, éstas
siguen siendo un signo, y no te apartan total­
mente de Dios. Así, cuando para ti es hoy ocasión
de muerte, mañana se puede convertir en camino
LA FE EN EL AMOR 133

que te lleve hacia la vida. Esta es la razón de


que algunos teólogos hayan querido enseñar una
pedagogía del pecado. El pecado jam ás es un bien
en sí, pero sin embargo Dios puede transform arlo
en un bien, no en el momento en que se comete,
sino en la experiencia que de él se sigue.
¿Quién es por tanto el amado? Es alguien que
no está ordenado a Dios de tal m anera que siem­
pre esté pronto para acogerle. El am ado es una
capacidad que ha sido querida por Dios para ser
colmada de su amor, pero que tam bién puede
oponerse a ello. El amado puede ser esto; no lo
es necesariamente, pero tampoco es necesaria­
mente una capacidad siempre abierta a Dios. Dios
ha creado al hombre como pura capacidad para
recibirle, pero para poder recibirle ha de ser cons­
ciente de su vacío y abrirse al don libremente;
aun así puede cerrarse a Dios. Esta es la gran
tragedia de la condición humana: el hom bre es
capaz de negarse a recibir el amor. Y, sin em bar­
go, sigue siendo el amado.
¿Quién es^que es amado? El hombre no sólo
es un deseo desnudo de Dios, no sólo es capaci­
dad para recibir el amor; también puede ser pe­
cado, oposición a Dios, repudiación de Dios. Pue­
de ser, y lo es en realidad, voluntad prometeica de
negarse al amor, afirmando una suficiencia que
excluye su dependencia de Dios, de quien todo
lo recibe
El hombre es el amado, pero puede ser el am a­
do que rehúsa el amor. El amor es siempre un
134 DIVO BARSOTTI

acto personal y supone siempre la libertad, tanto


en el que ama como en el amado. De hecho, Dios
nos ama libremente, con una gratuidad absoluta.
Y como el amor por el que somos amados supone
en Dios esa libertad, también la supone en nos­
otros. Porque el hombre también puede ser el que
rehúsa el amor. Y de hecho lo es.
¿Quién es por tanto el amado? Hay una cierta
proporción entre el Abismo de Dios que se da
y el abismo de la creatura que recibe, pero el de
la creatura está encerrado en sí mismo, en el
vacío. ¿Cómo puede seguir siendo el amado aun
rechazando el amor? Después de la muerte, el
hombre ya no puede rehusar más el amor, pero
en la presente condición, aunque lo rechace, sigue
siendo, no obstante, el amado. De tal manera ha
amado Dios al hombre que no se ha limitado,
pnra darse a él, a llenar el abismo que separa al
hombre de su divina piedad, sino que ha querido
El mismo asumir la oposición que el hombre ha­
bía hecho a su amor, ha querido asumir plena­
mente la condición humana, para que la repu­
diación no fuese una barrera absoluta y definitiva
al amor divino.
Todos los misterios divinos son incomprensi­
bles. La razón humana jamás podrá llegar al fon­
do del misterio. Aunque el misterio que hace que
todos los otros se esfumen es el misterio de la
Redención, en el que el amor divino no sólo se
ofrece a un deseo que se abre para recibirlo, sino
que se da y rompe la barrera de una voluntad
LA FE EN EL AMOR 135

obstinada en rechazarle. Según San Pablo, en esto


se manifiesta la perfección del am or de Dios, ya
que siendo nosotros pecadores, Cristo m uere por
nuestros pecados.
Dios nos ha amado, se nos ha ofrecido a Sí
mismo, no obstante nuestra repudiación. Se nos
dio realmente a Sí mismo cuando nosotros nos ne­
gábamos a recibirle. ¿Cómo es posible que me
ame si yo me opongo a ser amado? ¿Cómo es
posible que el hombre sea realm ente amado si
esto significa acoger el amor, y el hombre se
ha negado a él, encerrándose en su pecado?
Dios ha amado al mundo hasta el extremo de
asumir la condición del hombre pecador, y con
ella, la angustia, el dolor, la desolación d¿ una
naturaleza que, creada para recibir a Dios, se
siente sin embargo privada, abandonada por El.
La profundidad de este misterio está expresada
en la oración de Jesús en la Cruz: «Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Quien
habla es el mismo Dios, un Dios que en cierto
sentido se vacía de Sí mismo para hacerse más
solidario con el hombre. La unión de Dios con
el hombre, una vez que el hombre ha pecado, no
significa en primer lugar la unidad del hombre
y de Dios en una inmensa felicidad; significa,
ante todo, más que el vacío, la muerte: la unidad
se consuma en la agonía de Getsemaní, en el aban­
dono de la cruz. Dios ha vencido la resistencia,
la rebeldía del hombre, haciéndose una misma
cosa con él en su castigo; no, desde luego, en
136 DIVO BARSOTTI

su pecado, pero sí en la responsabilidad del pe­


cado.
De esta manera, el amor en el Cristianismo
lleva realmente consigo la muerte, la experiencia
del vacío, la misma experiencia hasta cierto punto
de la condenación. Uno se puede preguntar si el
hombre, no habiendo pecado, habría conocido
igualmente la desolación del espíritu que todos
los santos han experimentado, y que conoció Je­
sús. De hecho, el amor realiza, hoy, la unidad de
Dic: y del hombre hasta en la pena, porque no
es el hombre quien primero se abre para recibir
a Dios, sino que es Dios el que fuerza la rebeldía
del hombre haciéndose solidario con él en la
muerte. Y sólo a través de esta unidad de Dios
con el hombre en la muerte es como el hom bre
se hace más uno con Dios en la gloria, en la
vida.
En nosotros Dios no ama solamente lo que El
ha creado precisamente para ser colmado de
amor: en nosotros, Dios ama a una creatura que
se ha encerrado en sí misma por no querer ser
amada. Después del primer pecado, el hombre se
convierte en una creatura encorvada, dice San
Bernardo, porque ya no ve el cielo: una creatura
encerrada en sí misma para defender su propia
nada. Queriendo afirmar una falsa autonomía
frente a Dios, el hombre se encierra ferozmente
en sí mismo para defender su vacío, su miseria,
contra el Amor.
Nosotros estamos en esta situación. Tal vez no
LA FE EN EL AMOR 137

nos demos perfecta cuenta de ello, pero lo cierto


es que no hacemos más que defendernos frente
al amor. El amado es el que no quiere ser amado.
Todo hombre es el amado, y todo hombre es el
que rechaza el Amor.
Los hombres quieren establecer una proporción
entre el am or divino y su propia bondad, y en
esto está su pecado. No se arriesgan a creer y no
quieren aceptar el ser amados por Dios. No, El
no te ama porque tú seas bueno. Al contrario, tú
eres bueno porque El te ama. Y en la medida en
que tú recibas este am or totalm ente gratuito, ese
amor permanecerá en ti, y serás bueno, serás san­
to. No es la santidad del hombre la que atrae el
amor: es la presencia del am or la que hace san­
tos. Pero nos encerramos en nosotros mismos
como si tuviésemos alguna cosa que defender, que
asegurar contra el mismo Dios, y así continuam os
en nuestra pobreza.
¡Qué bien hace el Señor perm itiendo muchas
veces que nos rompamos la cabeza, que caiga­
mos! Su mayor misericordia está en perm itir es­
tas caídas. Dios se ve «obligado» a veces a dejar­
nos caer, si quiere salvamos. Así puede ser ven­
cido aquel orgullo, no siempre consciente, pero
siempre real, por el que nos encerramos y nos
defendemos frente al amor divino.
Es admirable comprobar cómo el Evangelio
nos muestra que el orden nuevo de la caridad
comienza con una m ujer pecadora perdonada por
el Señor: ella es el prim er ejemplo de santidad.
138 DIVO BARSOTTI

Es verdad que el ejemplo más elevado es la Vir­


gen, pero ella no pecó; puede ser causa ejem plar
de nuestra santidad, pero hasta el fondo, porque
no podemos asemejarnos a Ella. El prim er acto
de nuestra existencia nos pone en una oposición
a Dios que Ella no conoció. El verdadero ejemplo
para nosotros, que hemos pecado, es María Mag­
dalena. Me disgusta que haya quienes no la aman,
porque esto es señal de que todavía creen en su
propia respetabilidad, señal de que defenderán
cualquier cosa frente al amor gratuito e infinito
i N o seamos los amados que no quieren ser
amados! Nuestro pecado es el de no creer en el
amor ni quererlo. Y no creemos en el amor por­
que no queremos ser amados como Dios nos ama,
no nos dejamos amar por nada. Queremos ser
amados, pero a nuestra manera, como si valié­
semos algo. Pero Dios no puede amar mientras
queramos ser amados por algo, ya que no puede
amarse más que a Sí mismo: es necesario que su
amor sea gratuito para ser verdadero. Y es mu­
cho mejor ser de las mujeres públicas que de las
almas pías, que son conscientes de su bondad, es­
tán seguras de su virtud y satisfechas con su jus­
ticia.
¿Quién es el que es amado? Es el que no quiere
ser amado. Por ello Dios ha de vencer la resis­
tencia que opone el alma a su amor, haciéndose
uno con el hombre en su mismo castigo. El hom
bre no se encuentra frente a un Dios que es para
él Padre y benefactor; el hombre se encuentra en
LA FE EN EL AMOR 139

contacto con un Dios que se ha hecho uno con


él en su misma miseria. Y de esta solidaridad de
Dios con el hombre en la humildad, en el castigo,
es de donde nace Ja unidad en el amor.
Nuestro Señor murió en la cruz. La m uerte,
precio del pecado, era también el signo de la vic­
toria de Satanás sobre el hombre, porque con la
muerte creyó tener a Cristo en su poder; pero fue
él quien quedó encadenado, porque Cristo era
Dios, e incluso en la muerte, era el Viviente. La
muerte fue vencida con su muerte. Este es el
pensamiento de los Padres.
Pero Dios no sólo ha encadenado al demonio:
también nos ha prendido a nosotros; nos había­
mos rebelado y, para que pudiésemos ser amados,
El mismo se hizo uno con nuestro castigo. Creía­
mos que amábamos, e incluso que éramos genero­
sos con El, dándole de beber, preparándole el
sepulcro... Pero al mismo tiempo que, viéndole
solidario con nuestro dolor, teníamos piedad de
El, su amor irrum pía en nuestra alma, y Din*
y el hombre se hacían una sola cosa en el amor.
OCTAVA MEDITACION

EL QUE ES AMADO

III

Toda cuestión que se refiera a Dios o a algún


punto esencial de nuestra relación con El, por si
misma, necesariamente, lo cambia todo. No se
puede vratar ninguna materia que se refiera a la
relación del hombre con Dios, sin responder al
mismo tiempo a todos los problemas, porque to­
dos los problemas están involucrados en uno. No
se puede separar ningún punto de nuestra vida
espirituai de los otros, ningún aspecto de los de­
más aspectos.
Pero se puede hablar de una materia, y hacer de
esta materia el tema de unos ejercicios, el terna
de un ensayo teológico, o de especulación sobro
nuestra vida espiritual.
No es una materia cualquiera la que nos he­
mos puesto a meditar. En realidad, lo que hemos
LA FE EN EL AMOR 141

venido diciendo nos atañe del modo más profun­


do. La fe en el am or de Dios no debe traducirse
en nosotros en un cierto optimismo sentim ental
debido a un temperamento feliz. Cuanto llevamos
dicho debe constituir más bien para el alm a el
fundamento seguro de todo un com portam iento
exterior e interior. Sólo si tenemos un cierto co­
nocimiento de Dios y del hom bre podemos empe­
zar a comprender qué significa creer en el am or;
qué significa ser amados. Sólo entonces la fe en
este amor podrá anim ar todas las potencias en
nuestra respuesta.
Creer en el amor: aquí radica todo el Cristia­
nismo. ¿ Qué otra cosa ha pedido Pedro a cuantos
le escucharon el día de Pentecostés? ¿Qué otra
cosa ha pedido Pablo a las comunidades judaicas
y paganas a las que se dirigía? Que creyesen en
el inconcebible mensaje de una salvación realiza
da por un Dios que murió por los hombres.
Todavía es así. El Cristianismo subsiste en la
medida en que la Iglesia pide a los hombres que
crean en el amor de Dios, pero en un aracr con
cieto, real, en un amor que verdaderamente des­
ciende de Dios hasta el hombre y eleva al hombre
hasta Dios.
El Cristianismo radica aquí; y por eso decía
que el único pecado real es el de no creer en el
amor. Todos los pecados, de hecho, derivan de
éste. Luego tanto más grave será nuestro pecado
cuanto más conscientemente rehusemos este am or
divino. Luego el pecado se medirá menos p o r ser
142 DIVO BARSOTTI

un acto humano más o menos en contraste con


la ley moral, que por ser una oposición más o
menos consciente al mensaje del amor.
Podemos colegir de ello en qué consiste el peca­
do y nuestra respuesta al Señor; no consiste pri­
mariamente en un acto opuesto a la ley moral, no
en el ejercicio de las virtudes, puesto que un acto
casi indiferente puede resultar más grave pecado
que una violación de la ley moral, si es un des­
precio consciente al amor de Dios, y, por otra
parte, nada hay más santo que este total aban­
dono a ese amor infinito. Es verdad que en la
desobediencia a los Mandamientos divinos hay
siempre una oposición al mismo Dios, pero no
es siempre tan directa como el negarse a una fe
que Dios pide al hombre antes que nada.
¡Qué sorpresas tendremos un día cuando, con
la muerte, entremos en el mundo de la verdadera
realidad! A los que parecían hombres honorables
les veremos alejados infinitamente de Dios. Re­
chazaron a Dios y Dios les rechazó para siempre.
Toda su honestidad no bastó en modo alguno
para lograr su salvación, para defenderles en el
juicio divino.
En cambio veremos que muchos, que parecían
pobres hombres, son grandes a los ojos del Señor.
¿Qué es, en relación con los Santos Padres, Obis­
pos, Doctores de la Iglesia, una Teresa del Niño
Jesús? Y he aquí que, apenas muere, aparece
como un astro de primera magnitud en el firm a­
mento de la Iglesia. ¿Y en qué consiste su gran­
LA FE EN EL AMOR 143

deza? No realizó grandes cosas. Ella creyó en el


amor. Tal vez su propia debilidad la abrió a una
confianza sin límites. ¿No llega a decir ella mis­
ma que aunque hubiese cometido todos los peca­
dos del mundo, todos los que se han cometido,
todos ios que se cometerán, no habría perdido
ni un grado de su absoluta confianza en el am or
de Dios?
Tanto se ama cuanto creemos en el am or; por­
que el amor humano no es otra cosa que la misma
presencia en el hombre del am or de Dios. El hom­
bre ama a Dios solamente si Dios se ama a través
de él, sólo si el mismo Dios, viviendo en él como
amor, lo hace partícipe de su misma vida. Pero
aunque Dios se da, lo hemos recordado ya, el
hombre sólo recibe el don de Dios en la medida
de su fe.
No debemos aprender las reglas de una buena
educación moral; ¡ debemos aprender a conocer
a Dios que nos ama y a responder a su amor!
La vida cristiana es relación. Si no lo fuese, la
práctica de todas las virtudes no sería más que
egoísmo, un encerrarse en uno mismo, un cerrar­
se a Dios. En cambio, las virtudes en tanto son
necesarias en cuanto son la expresión de esta re­
lación.
Ante todo debemos ver en qué consiste esta
relación, debemos, pues, fijarla para poder vivir­
la; el resto ya vendrá. Toda relación exige que
estén presentes los dos términos (una relación no
se da si no hay dos). Nosotros, que nos llamam os
144 DIVO BARSOTTI

cristianos, ¿creemos realmente en Dios? ¿Dios


está presente, está vivo para nosotros, es real
para nosotros como las personas humanas que
viven a nuestro íado? El es la misma realidad
trente a la cual todas las creaturas son como si
no fuesen.
Lo primero que se impone es que lleguemos a
un conocimiento de Dios no puramente concep­
tual y abstracto, sino a un conocimiento vivo,
como el que se tiene de una persona que vive.
¡ Que El está realmente frente a nosotros, El, que
es el Infinito que ama! Jamás viviremos una rela­
ción real con El, si Dios se esfuma en un bello
concepto mental; por eso se esfuma también nues­
tra vida y se convierte en una búsqueda de la
paz interior; ¿pero dónde está el sentido de re­
lación?
¡ Cuántas veces al orar me ha venido una sen­
sación de vértigo, cuando de improviso me he
dado cuenta de que me dirigía a Dios! ¿Quién
era el Otro que escuchaba mis palabras? Con fre­
cuencia se habla y se habla, y no se habla con
ninguno o más bien nos hablamos a nosotros
mismos, porque nos agradan los salmos o la ora­
ción: los salmos son bellos, pero a veces se leen
como poesía. Por eso preferimos algunos salmos
a otros, no porque recemos mejor con ellos que
con otros. No es la belleza de las palabras la
que establece una verdadera relación; puede ocu­
rrir que la belleza algunas veces nos engañe y
llegue a ser para nosotros motivo de complacen-
LA FE EN EL AMOR 145

cia estética la lectura de un salmo o el rezo del


oficio divino, o incluso el canto de vísperas.
Vivir una relación. Naturalmente, si debemos
creer en el am or es necesario antes que nada que
Dios se haga presente. Lo he dicho anteriorm en­
te: «El que ama no es un Infinito impersonal.»
Un conocimiento de Dios como el que nos da la
revelación no es el conocimiento filosófico de
la existencia de Dios. Nuestra razón, que llega a
reconocer la existencia de un prim er principio
metafísico, de una prim era causa, no logra nunca
establecer perfectamente la existencia de un Dios
personal. Es significativo en este sentido lo que
escribe Santo Tomás de Aquino; cuando intenta
probar con argumentos racionales la existencia
de Dios, escribe: «Ergo necesse est devenire ad
áliquid quod dicimus Deum.» Que este aliquid
sea tu Dios, lo puedes afirm ar sólo tú, que ya
crees. Pero el pasaje es grande; hay en él una
solución de continuidad. Por eso, fuera del Cris­
tianismo, fuera de la religión hebrea, fuera de la
revelación, las almas andan a ciegas y se preci­
pitan fácilmente en el panteísmo. Toda relación
con ese Dios impersonal corre el riesgo de preci­
pitar al hombre en un todo en el que se disuelve
incluso nuestra persona.
Dios es realmente personal para ti si El sale
libremente de su soledad y, tomando la iniciativa
de u n a relación, te habla.
Cr^er así en el amor de Dios, antes que nada,
significa conocerlo, entrar en relación con El, per-
10
146 DIVO BARSOTTI

sona viviente, persona que ama. ¿Vivimos nos­


otros realmente esta relación con un Dios perso­
nal, con el Tú absoluto en relación con el cual
todas las creaturas no son más que sombras?
¿Quién es el que ama? Dios ni siquiera es el
Amor si, El que ama, no ama a alguien. Dios no
es «el que ama», El es «el que me ama». En esta
palabra radica el misterio de la vida religiosa.
E! Nombre de Dios, como se da a conocer al
hombre por la revelación, implica la presencia
misma del hombre.
Cierto que este amor es infinitamente libre,
pero una vez que El ama, El me ama. Así como
Dios es necesario al hombre, en algún sentido el
hombre ha llegado a ser necesario a Dios, decía­
mos, y decíamos que esta expresión está justifi­
cada. De hecho, la fe en el amor de Dios que
nos introduce en el misterio, la vida sobrenatural
que nos imroduce en el seno de este inmenso
amor, es una participación del hombre en la vida
íntima de Dios. El amor es un acto de la natu­
raleza divina, pero quien ama es la Persona del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Si Dios
entra en relación con el hombre, entra en cuanto
el Padre está en relación con el Hijo que ha asu­
mido ia naturaleza humana, aquella naturaleza
humana en la que todo hombre subsiste como
miembro de Cristo. Jesús ha dicho: «El mismo
Padre os ama.» Dios es hombre; Cristo es siem­
pre la única Persona del Verbo encarnado, el Uni­
génito de Dios. El Padre sólo está en relación
LA FE EN EL AAÍOft 147

infinita de am or con el Hijo y nosotros somos,


en el Hijo, el término de este amor infinito.
Y así como Dios nos ama en Cristo, así sólo
le es posible al hombre acercarse a Dios en el
misterio de Cristo. Es verdad que en Cristo hay
dos operaciones, así como que El subsiste uno
en las dos naturalezas, divina y humana, y es ver­
dad que no puede llegar a ser nuestra la opera­
ción divina del Verbo; pero incluso el acto hu­
mano de Cristo sólo tiene a Dios como término.
Si nosotros quisiéramos ir más allá de la media­
ción de Cristo, el mismo Dios se convertiría en
algo irreal para el hombre; el hombre perdería a
Dios y se perdería incluso a sí mismo.
¿Quién es el que ama? ¡Cuánto tendríamos que
decir todavía! Habría que meditar, para explicar
estas sencillas palabras, todo el Antiguo y el Nue­
vo Testamento. Debemos preguntarnos todavía:
¿quién es el que es amado? Porque deben estar
presentes los dos términos de la relación, sin los
cuales la misma relación ni siquiera es posible. Y
de la misma forma que sólo conocemos a Dios
por medio de la revelación, así sólo podemos co­
nocer al hombre por medio de la misma. Es la
revelación la que nos dice que el hombre es una
criatura. Fuera del Judaismo y el Cristianismo, al
no haber una doctrina clara sobre la creación, no
se sabe cuál es el fundamento del hombre. Es el
problema insoluble de la filosofía: ¿Por qué las
cosas son en vez de no ser? ¿Por qué existe el
hombre? Ninguna filosofía ha podido explicarlo
148 DIVO 3ARSOTTI

hasta ahora. No hay en las cosas ningún funda­


mento, ninguna razón suficiente para ser. El úni­
co fundamento está fuera de las mismas cosas, en
Dios que las ha creado.
El prim er conocimiento que tenemos del hom­
bre es el de una nada consciente de sí. En sí y
por sí no es; es sólo en Dios, por Dios para El.
El hombre sólo existe en una relación total, en
una dependencia absoluta en relación con Dios.
El depende en cada instante de Dios. Con ante­
rioridad a toda elevación al orden sobrenatural,
el ser del hombre implica una absoluta dependen­
cia de Dios; dependencia que subsiste incluso en
el infierno. El hombre puede no quererla, incluso
rechazarla; pero no por eso podrá sustraerse a
ella jamás. Dios es su Creador. El hombre sólo
existe en cuanto es creado por Dios. Aunque no
crea en su amor, nunca podrá rechazarlo hasta
el fondo. De hecho él mismo es un don que Dios
le hace en todo instante. Por sí mismo no existe
y se precipita inmediatamente en la nada si rom­
pe el hilo invisible al que está atado.
¿Quién es el que es amado?’ El hombre no es
sólo una nada, sino una nada que es consciente
de sí. Mientras sea una nada consciente de su pro­
pia nada, la angustia del hombre es indecible, tan
inmensa, que le da la sensación de una condena.
Cuando el hombre toma conciencia de su soledad
metafísica, de su nada original, entonces debe
también tomar conciencia de que su nada es que­
rida por Dios como respuesta al absoluto divino:
LA FE EN EL AMOR 149

eres nada para recibir al Todo. Hay una relación


entre ia creatura que es el hombre y Dios. El
hombre, consciente de su nada, puede tam bién
recibir libremente el don, el bien que es lo único
que le llena. Así el hombre sólo supera la angus­
tia de la nada y del absurdo con un acto de amor.
Hay, pues, una cierta proporción entre el hom­
bre y Dios. «El hombre es infinito en deseo como
Dios es infinito en acto», dice Dios a Santa Cata­
lina de Siena. La naturaleza del hombre es deseo
de Dios. ¿Qué otra cosa vive el hombre si no es
la ansiedad, el deseo siempre? El no puede re­
nunciar a colmar su vacío. Y como el deseo es
ardiente e infinito, el hombre no sabe esperar y
apresuradam ente quiere llenar el abismo con lo
prim ero que encuentra. Debe, pues, creer en el
amor de Dios y esperar el amor, debe recibir el
am or infinito que es el único que responde a su
deseo.
El amado es el que rechaza el amor. El hombre
rechaza el amor. No quiere, no sabe aceptar que
su vida pueda depender de la gratuidad, de la
libertad del amor. El quiere llenar el vacío de su
naturaleza con todo lo que encuentra en el cami­
no, con todo lo que se encuentra de inmediato
a su puerta. Al deseo natural del hombre no pue­
de responder de hecho más que Dios, pero res­
ponde con un acto de amor que es don y libertad.
Y el hotnbre debe abrirse para recibir el solo don
proporcionado a su deseo infinito.
El deseo del hombre es el desiderium naturale
150 DIVO BARSOTTI

videndi DeumJ así el hombre sólo puede abrirse


totalmente a Dios. Mientras busca cualquier cosa
y se agarra a cualquier bien creado como a su
fin, se encierra en su propio vacío y es el amado
que rechaza el amor. Mientras que en su deside-
rium naturále videndi Deiim no se abra sólo a
la libertad del amor divino y no espere sólo de
Dios el complemento de su vida, se encierra en
su vacío y vive su propia condenación.
Se comprende que la vida del hombre sea siem­
pre parecida a un camino, un movimiento conti­
nuo de trascendencia, una ascesis, desde el Anti­
guo Testamento a los autores inspirados del
Nuevo, a los místicos más grandes del Cristianis­
mo, desde Gregorio de Nisa al Pseudo Dionisio, de
San Juan Clímaco a Bernardino Corédo, desde
Santa Teresa de Jesús a San Juan de la Cruz. La
Escala del Paraíso, de San Juan Clímaco; la Vida
de Moisés, de San Gregorio de Nisa; los Grados
de la humildad y de la soberbia, de San Bernar­
do; la Subida al Monte Carmelo, de San Juan de
la Cruz; Camino de Perfección, de Santa Teresa
de Jesús; siempre un camino, y el camino supone
no detenerse nunca, es un movimiento que impli­
ca una renuncia,, un continuo avanzar; no es un
rechazar de antemano, sino una continua supera­
ción, un sobrepasar continuamente cada meta.
Esto es lo que se impone al hombre si quiere
creer en el amor de Dios.
No creerás en el amor de Dios si crees en el
amor del hombre, si te basta a tu deseo, o crees
LA FE EN EL AMOR 151

que te basta la gota de agua que te puede dar


una criatura. Tú no crees en el amor, tú rechazas
el am or en la medida en que te agarras a las
cosas, en la medida en que te paras, no en el
amor infinito, esencial, sino en el que te ofrecen
las cosas.
La creación no es para el alma más que el
camino que debe llevarla al más allá. No es una
patria. Ya que estamos en el destierro, debemos
hacer de esta vida presente un camino, debemos
hacer de esta vida presente un sendero para al­
canzar lo otro, para caminar al más allá. Aunque
quisiéramos detenemos aquí, aunque quisiéramos
radicam os aquí, seríamos arrastrados por el tiem­
po, arrastrados por la muerte.
Lo que distingue al hombre es el desiderium
naturale videndi Deum. Pero también lo distingue
su infidelidad. El hombre no quiere esperar del
am or de Dios lo que él ineficazmente ansia. ¿No
fue éste el pecado de Adán? No quiere creer para
abandonarse a Dios y para esperarlo todo de la
libertad del amor. De esa manera se agarra a cual­
quier bien creado y hace de ese bien el ídolo al
que sacrifica su ser. Quiere a Dios, pero inútil­
mente pretende poseerlo si Dios no se da. Y por
otra parte, el alma que quiere permanecer fiel y
abierta al amor, con demasiada frecuencia se de­
tiene y rehúsa proseguir el camino. Así se agarra
a cualquier bien creado, como dudando de que
le esté» reservado un bien mayor más allá de ése
que inmediatamente puede poseer.
152 DIVO BARSOTTI

El pecado del hombre, ¿qué otra cosa es más


que el rehusar «creer» en el amor? Creer en el
amor significa saber esperar y significa estar soli­
citado constantemente a avanzar más; significa
no detenerse, no creer en ningún otro amor más
que en el de Dios. Puede ser ayuda para continuar
la marcha cualquiera criatura, pero ninguna pue­
de ser un descanso para el alma.
El amado, pues, es aquel que permanece en
camino, y abierto para recibir el amor. ¿Pero
quién es este amado que se supone en una m ar­
cha continua para alcanzar la posesión del amor
prometido? Los autores de espiritualidad, cuando
nos hablan del hombre, no hacen disquisiciones
metafísicas, sino que parten de la Sagrada Escri­
tura: así lo hacen San Ireneo, San Atanasio, San
Gregorio de Nisa, San Agustín, San Bernardo y
otros muchos hasta nuestros días. La antropolo­
gía sobrenatural, es decir, la doctrina del hombre
elevado a! orden sobrenatural, del hombre con­
creto, deriva y se apoya en el versículo del Géne­
sis: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y se­
mejanza.» El amado es una creatura, pero una
creatura «a imagen».
Hay una correspondencia entre la creatura ra­
cional y Dios por el hecho de que la creatura
racional es capax Del Si Dios quiere darse, la
creatura es capaz de recibirlo, es una nada capaz
de recibir al Todo. Pero el texto del Génesis dice
algo más y algo menos: dice que está hecho a
semejanza de Dios. La imagen supone correspon-
LA FE EN EL AMOR 153

dencia. ¿Y qué puede significar la semejanza?


Según los teólogos y exegetas, la expresión corre­
giría la prim era. «Imagen», tanto en el pensa­
miento helénico como en el de los autores inspi­
rados, es mucho más que semejanza. De hecho,
de la segunda persona de la Santísima Trinidad
no se dice que es semejante al Padre, sino que
es la imagen sustancial del Padre. La palabra «se­
mejanza» tendería, por tanto, a corregir y lim itar
el significado de la prim era expresión.
¿Pero en qué sentido podemos decir que la
corrija? Los teólogos dicen que la corrige y, en
cierto aspecto, la limita, pero ven en la semejanza
un proceso, mientras que en la imagen ven un
dato inicial, inmutable. La imagen, pues, y espe­
cialmente para algunos teólogos griegos, afirm a­
ría que el hombre es capax Dei, m ientras que la
semejanza sería un proceso de asimilación a Dios.
De esta forma, la imagen sería un dato inicial
que incluiría, incluso, el pecado. En el pecado, e:
hombre permanece creado a imagen, pero pieroe
la semejanza con Dios. La semejanza es menos,
pero también es más: supone un proceso por el
que, de la imagen, el hombre llega a una real
asimilación a Dios. Ninguna semejanza es abso­
luta y estática; la semejanza no es algo estático,
mientras que lo estático lo sería la imagen.
En el concepto de semejanza está implícito todo
el proceso del alma que debe, respondiendo al
amor, transform arse en el mismo amor. No es
tanto el hombre el que camina y va hacia Dios
154 DIVO BARSOTTI

por su propia fuerza, sino que, por la fe al recibir


el amor, es el amor mismo el que lo lleva y lo
eleva.
Dios ha creado al hombre para que sea capaz
de recibir el amor, y el hombre que recibe el amor
de su nada inicial se eleva siempre más a Dios.
La vocación del hombre es precisamente la de ser
Dios. En realidad es el Amor el que lo llama, y
el Amor no permite la distancia, y logra la igual­
dad entre el amante y el amado. El hombre no
esta píeaamente creado hasta que no ha conse­
guido plenamente su semejanza con Dios. Es una
capacidad vacía que aspira. El hombre, pues, lo
«será» plenamente sólo al término de aquella his­
toria sagrada que se inicia con la creación. El
hombre todavía no es: se hace.
•La importancia de «hacerse» en la vida cris­
tiana! ¡ La importancia del hacerse en el mensaje
cristiano! Se ha dicho siempre que el concepto
de historia es fundamental en el Cristianismo. La
creación es condición para un proceso. El hom­
bre no es todavía, lo será sólo al fin, y cuando lo
sea, el hombre será Dios.
El proceso de la historia sagrada termina con
el hombre-Dios, y el proceso de la historia huma­
na terminará precisamente con el Christus totus
en la Jerusalén celestial. Pero incluso la vida de
todo hombre term inará cuando el hombre sea
Dios por la participación del amor, y hasta enton­
ces su camino no puede tener fin. Si no nos hace­
mos Dios, no entraremos nunca en el Paraíso,
LA FE EN EL AMOR 155

porque el Paraíso es Dios, y Dios es único. Si no


quisiera ser Dios, el hombre debería resignarse a
quedarse en la puerta.
Se impone una conclusión extremadamente im­
portante: decíamos que la vida cristiana es una
relación; la relación supone dos términos; sin
embargo, de hecho, parece que uno de los dos
términos, el hombre, viene a menos. Esta es la
paradoja de la vida cristiana. Se puede hablar de
una relación entre Dios y el hombre, y entre el
hombre y Dios, pero Dios es tan incomparable
que, de hecho, nunca se puede hablar de una
«verdadera» relación de Dios con la creatura: el
abismo es infinito. Chaos magnum firtnatum est.
En realidad, el hombre en cuanto creatura de­
pende de Dios, pero Dios no tiene relación con
él; Dios no lo ama en sí mismo, sino en El; Dios
lo conoce sólo en cuanto se conoce a sí mismo.
Para conocerse y amarse no sale de sí. Entre Dios
y la creatura no existe relación, porque toda rela­
ción con la creatura implicaría una imperfección
en Dios: El sólo se conoce y se ama a sí mismo.
Es cierto que al conocerse a sí mismo conoce
todas las cosas; al amarse a sí mismo, ama todas
las cosas. Al final, nosotros, de la misma manera,
o nos hacemos Dios o nos quedamos en la puerta,
«en las tinieblas exteriores». El amor implica cier­
tamente una relación, pero la relación que implica
el am or de Dios es la relación del Padre con el
Hi jo y del Hijo con el Padre, en la unidad de la
naturaleza divina.
154 DIVO BARSOTTI

por su propia fuerza, sino que, por la fe al recibir


el amor, es el am or mismo el que lo lleva y lo
eleva.
Dios ha creado al hombre para que sea capaz
de recibir el amor, y el hombre que recibe el amor
de su nada inicial se eleva siempre más a Dios.
La vocación del hombre es precisamente la de ser
Dios. En realidad es el Amor el que lo llama, y
el Amor no permite la distancia, y logra la igual­
dad entre el amante y el amado. El hombre no
esta plenamente creado hasta que no ha conse­
guido plenamente su semejanza con Dios. Es una
capacidad vacía que aspira. El hombre, pues, lo
«será» plenamente sólo al término de aquella his­
toria sagrada que se inicia con la creación. El
hombre todavía no es: se hace.
¡ La importancia de «hacerse» en la vida cris­
tiana! ¡La importancia del hacerse en el mensaje
cristiano! Se ha dicho siempre que el concepto
de historia es fundamental en el Cristianismo. La
creación es condición para un proceso. El hom­
bre no es todavía, lo será sólo al fin, y cuando lo
sea, el hombre será Dios.
El proceso de la historia sagrada termina con
el hombre-Dios, y el proceso de la historia huma­
na term inará precisamente con el Christus totus
en la Jerusalén celestial. Pero incluso la vida de
todo hombre term inará cuando el hombre sea
Dios por la participación del amor, y hasta enton­
ces su camino no puede tener fin. Si no nos hace­
mos Dios, no entraremos nunca en el Paraíso,
LA FE EN EL AMOR 155

porque el Paraíso es Dios, y Dios es único. Si no


quisiera ser Dios, el hom bre debería resignarse a
quedarse en la puerta.
Se im pone una conclusión extremadamente im­
portante: decíamos que la vida cristiana es una
relación; la relación supone dos términos; sin
embargo, de hecho, parece que uno de los dos
términos, el hombre, viene a menos. Esta es la
paradoja de la vida cristiana. Se puede hablar de
una relación entre Dios y el hombre, y entre el
hombre y Dios, pero Dios es tan incomparable
que, de hecho, nunca se puede hablar de una
«verdadera» relación de Dios con la creatura: el
abismo es infinito. Chaos magnum firmatum est.
En realidad, el hombre en cuanto creatura de­
pende de Dios, pero Dios no tiene relación con
él; Dios no lo ama en sí mismo, sino en El; Dios
lo conoce sólo en cuanto se conoce a sí mismo.
Para conocerse y amarse no sale de sí. Entre Dios
y la creatura no existe relación, porque toda rela­
ción con la creatura implicaría una imperfección
en Dios: El sólo se conoce y se ama a sí mismo.
Es cierto que al conocerse a sí mismo conoce
todas las cosas; al amarse a sí mismo, ama todas
las cosas. Al final, nosotros, de la misma manera,
o nos hacemos Dios o nos quedamos en la puerta,
«en las tinieblas exteriores». El amor implica cier­
tamente una relación, pero la relación que implica
el amor de Dios es la relación del Padre con el
Hi jo y del Hijo con el Padre, en la unidad de la
naturaleza divina.
156 DIVO BARSOTTI

En el Dios que te ama está el Padre que ama


a su Hijo. Y el Padre te ama realmente a ti en
su Hijo, porque tú vives en el Hijo. Así, en el
hombre que ama, está el Hijo que ama al Padre.
Y la unidad del Padre con el Hijo es precisamente
el Amor. De esta forma, el Amante, el Amado y el
Amor no son Dios y hombre en su relación, sino
que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y,
sin embargo, el Hijo es también hombre, puesto
que el Hijo Unigénito ha asumido realmente la
naturaleza humana, y en esta naturaleza —en el
nuevo Adán—, en Cristo, estamos todos nosotros,
y subsistimos en El, en el Unico, como miembros
suyos.
De esta forma la relación subsiste, pero es una
relación eterna que Dios tiene en sí mismo: Pa­
dre, Hijo y Espíritu Santo. Y yo estoy en el Hijo.
La relación nace precisamente del hecho de que
Dios me eleva al orden sobrenatural, me adentra
en el seno de su vida íntima. Elevándonos al or­
den sobrenatural, Dios entra afectivamente en re­
lación cor» el hombre, en cuanto esta elevación
implica el misterio de una encarnación divina. El
Padre ama al Hijo en la Humanidad que El ha
asumido.
Y la relación es eterna. Incluso en la eternidad,
Dios no tendrá relación con la naturaleza en cuan­
to tal, sino con el Hijo, que eternamente subsis­
tirá en la naturaleza humana que El ha asumido
en unidad de persona.
Por el misterio de la Encarnación, el Verbo
LA FE EN EL AMOR 157

divino ha tomado la naturaleza del hombre, y en


esta naturaleza nos ha tomado también a nos­
otros. Así, nosotros vivimos en Cristo. Según
Stolz, se puede hablar en el hombre de una unión
hipostática accidental (accidental en el sentido de
que los hombres, como personas distintas, pueden
aceptar o no que el Verbo los asuma).
¿ Quién es, pues, el Amado? Es el Verbo de Dios.
El Padre sólo ama al Hijo. Sólo de El dice: «Este
es mi Hijo amado en el que he puesto mis com­
placencias.»
El Amado es el Hijo de Dios, y eres tú en
cuanto eres hijo en el Hijo, en cuanto formas con
El un solo Cristo, convertido en Dios por parti­
cipación de amor. Nuestra semejanza con Dios
se realiza de hecho en nuestra unión con Cristo,
por la que somos en El un solo cuerpo y un solo
espíritu. ¡Qué importante es para el hombre, no
sólo la relación con Cristo, sino el ser cada vez
más una sola cosa con El! No hay vida sobrena­
tural que no sea cristiana. Esto es verdad incluso
para los que no conocen a Cristo, pero nosotros,
que le conocemos, podemos vivir esta unión con
El de una manera cada vez más consciente y
plena.
¿Quién es el que es amado? Es el Cristo que
vive en ti, el Cristo que es uno contigo. Y Cristo
es una cosa contigo aunque estés en pecado, pues­
to que se ha hecho solidario contigo en el pecado,
al querer asum ir la responsabilidad y soportar el
castigo. También los pecadores pueden ser ama-
158 DIVO BARSOTTI

dos, es más, son amados por Cristo, están en re­


lación con El, si son una sola cosa con Cristo. Y
el hombre no es «una sola cosa» con Cristo al
final de la vida, cuando sea transíorm ado en El:
es una cosa con El ya en el pecado, desde el mo­
mento en que Cristo, antes de que el hombre se
hiciese una sola cosa con El por la gracia, se ha
hecho una sola cosa con él por su muerte, soli­
dario con él en el pecado.
Así no hay pecado que impida creer en el amor.
Si Cristo se ha hecho uno con el pecador, el Padre
no puede dejar de amar al Cristo que es toda la
humanidad pecadora con la cual El se ha unido.
Si el pecador no cree que él es el am or de Dios,
tampoco cree que Dios haya asumido realmente
su pecado y se haya hecho una sola cosa con él
muriendo en la cruz.
Estas son consideraciones que nos mueven a
una postura precisa y nos imponen algunos actos
interiores. El hombre ya no puede justificar nin­
guna postura en su relación con Dios. Su am or
gratuito e inmenso mueve todo nuestro ser a una
respuesta, y la obligación del hombre no es otra
que abandonarse en el amor. El hombre debe te­
ner conciencia de ser amado y no debe rechazar
el amor, sintiéndose uno con aquel que lo ama,
al hacerse una cosa con él. Cuanto más vigorosa
sea esa fe, tanto más nacerá de ella la vida.
NOVENA MEDITACION

LA ORACION, CAMINO PARA


LA MUERTE

En cuanto la naturaleza del hombre es desej


de Dios, el camino del hombre, desde el principio
hasta el fin, está orientado hacia aquel amor úni­
co que puede colmar su vacío. El ser humano es
sed de Dios, hambre de Dios. Desde su nacimien­
to, el hombre está orientado hacia Dios como
aquel en quien encuentra su ser definitivo, su
perfección. El hombre no puede ser perfecto si
es deseo; sin embargo, el deseo ineficaz de Dios
abre al hombre para que pueda alcanzar su paz.
El hombre, en el don que Dios hace de sí mismo,
se hace rico de Dios. El hombre que es deseo de
Dios podrá ser perfecto sólo cuando lo posea,
cuando él mismo se convierta en Dios por p arti­
cipación de amor.
El alma debe abrirse para recibir el don, pero
DIVO BARSOTTI

este abrirse del alma no es un acto único y sim-


plicísimo que se hace de una vez para siempre;
supone, por el contrario, un camino. Dios, entre
tanto, se da al hombre y transform a así la inefi­
cacia del deseo en la vehemencia y dinamismo de
la esperanza, por la que Dios vive ya en el corazón
del hombre y éste emprende un camino sin fin:
el camino de pasar por todas las cosas. El hombre
110 puede rechazar la creación antes de conocerla;
debe atravesarla, superarla, trascenderla. La re­
nuncia del hombre implica una superación. El
hombre no tiene ningún otro término de relación
que Dios. Toda otra relación que preceda a ésta
la prefigura, la anuncia, pero no llega al ser hu­
mano.
SI no existe otra definitiva relación para el hom­
bre que Dios, toda otra relación es prefigurativa
solamente, profética, sólo tiene el carácter de sig­
no. Por eso el hombre no puede vivir una relación
con las cosas más que en cuanto las supera. El
hombre no puede detenerse en el signo; si lo hace,
el signo ya no significa nada; es necesario que
vaya más allá del signo para alcanzar su signifi­
cado, para vivir lo que el signo quiere signifi­
carle.
De ahí la razón de la ascesis, de una ascesis
que implica el camino de la nada, la superación
y la trascendencia infinita de toda naturaleza
creada. Rechazarlo todo para ir más allá, porque
Dios se encuentra siempre al otro lado, y no hay
experiencia humana, valor humano que pueda de-
LA FE EN EL AMOR 161

tener el alm a si su camino debe alcanzar a Dios,


si la relación debe ser con Dios.
¿ No corre peligro el hombre, si va más allá de
todo lo creado, de precipitarse en la nada? ¿No
es él mismo una creatura? ¿Cómo se mantiene,
cómo subsiste el hombre en la presencia de Dios,
él que es contingente y finito, en relación con
Aquel que es infinito e inmenso? Sigue siendo
verdad que nuestra relación con Dios exige la
separación del signo, pero se realiza en el signo;
en un signo que ya no es prefígurativo y profé-
tico, sino que es verdaderamente sacramento de
gracia.
Si queremos explicarlas de manera concreta y
precisa, estas palabras implican toda una doctri­
na espiritual maravillosa.
En prim er lugar suponen que el hombre no
puede pararse en las cosas, en los hombres. Ne­
cesita ser movido continuamente por una fuerza
divina para poder superarlo todo y alcanzar a
Dios más allá de todo lo creado. ¿Sientes que
tu vida no puede term inar aquí?, ¿sientes la ne­
cesidad de la muerte? Debemos sentir todo esto.,
llegar incluso a desear la muerte, porque la rea­
lización de nuestra vida sólo puede conseguirse
en el más allá.
La m uerte está implícita en la vida cristiana, en
la misma vida del hombre en cuanto éste dice re­
lación a Dios, porque una relación perfecta y de­
finitiva con Dios nunca se realiza en esta vida. Si
esta relación surge, supera a la creación e implica
11
162 DIVO BARSOTTI

el acto por el que el hombre se precipita en el


más allá. Pero sólo hay un acto en la vida del
hombre por el que éste pueda caminar más allá
del tiempo, y ese acto es la muerte. Esto fue ver­
dad incluso para la naturaleza humana de Cristo,
que participó plenamente en las propiedades de
la naturaleza divina y fue glorificada sólo a tra ­
vés de la muerte. Puede asombrarnos esto, pero
es algo sencillo. El mismo Jesucristo pide al Padre
ser glorificado con la gloria que poseía antes de
que el mundo existiese. La petición de Jesús fue
escuchada. La naturaleza humana de Cristo como
tal es glorificada y ahora participa de las mismas
propiedades de Dios; así Cristo vive de manera
plena, perfecta, como hombre, su relación con el
Padre a través de la muerte.
Y esto vale también para nosotros. Comprendo
que siempre pueda existir un cierto tem or frente
a la muerte. Como ser natural, el hombre tiene
miedo a la muerte, porque ésta no significa para
él la superación de su condición terrena, sino, so­
bre todo, la disolución de su ser humano. ¿Cómo
podrá aceptar que su alma se separe del cuerpo?
Podría aceptar la muerte y llegar incluso a que­
rerla, pero jamás podría aceptar ¡esa separación;
es decir, podría aceptar aquella muerte que ei
hombre hubiese conocido si no hubiera pecado:
una transfiguración casi total de su ser para en­
trar en el reino de la realidad última, pero sin
disolución ni separación del cuerpo. Mas ahora
la muerte exige esa separación que el hombre no
LA FE EN EL AMOR 163

puede am ar. Puede resignarse, aceptarla, pero no


puede quererla.
¡ Sin embargo, la m uerte debe ser querida! La
muerte, en cuanto es la superación de una exi­
gencia que es siempre figurativa y profética, debe
ser querida por el hombre. No somos cristianos,
no somos almas selectas si no queremos la muer­
te. Si no queremos la muerte estamos queriendo
que la figura ya no sea más figura, que la perfec­
ción deje de ser perfección, es decir, renunciamos
a Dios. Esta es la postura de muchos: que Dios
viva para la vida presente, olvidando que la vida
presente es la que debe servir a Dios, a la bús­
queda de Dios. Y si la vida está ordenada a la
búsqueda de Dios, es justam ente un camino que
deberá finalizar cuando el hombre alcance la
meta.
Debemos sentir la belleza y grandeza de la
muerte; sentir que la muerte es un misterio que
nos lleva a la realización de un camino que. de
otro modo, no tendría sentido. Si no existiese Ir
muerte, la vida cristiana no tendría orientación.
La m uerte no puede ser aceptada, precisamente
porque para muchos la vida del hombre no es
un camino. Están instalados, se han agarrado a
las cosas, ya no caminan; para ellos, la muerte
es una ruptura. Y el hombre no puede querer
superar una exigencia que, aun siendo figuración,
para él se ha convertido en la única vida. La
muerte, si no es realización, convierte en absurda
la vida, a menos que el hombre no sea simple-
164 DIVO BARSOTTI

mente parte de un todo, manifestación siempre


cambiante de una naturaleza inmutable.
También el matrimonio, que es la relación más
profunda que el hombre podría vivir, aquí, tiene
un carácter figurativo y profético. Es sacramento
en cuanto es signo, signo de otra unión que él
hombre vivirá más allá de esta vida, cuando viva
su unión con Dios.
Es necesario que el hombre se habitúe a con­
tem plar la muerte para aprender a quererla, a
desearla, como la han deseado los santos. ¿Qué
historia es ésta? Decimos que amamos a Dios, y
después no lo queremos. Dios sólo sé nos da ple­
namente más allá de la muerte. Mientras que el
hombre vive aquí, su relación con El permanece
siendo profética. En la unión más alta, el místico
queda más allá de la tierra. La relación no es
inmediata. El hombre, aquí, no posee directamen­
te a Dios ni lo ve. Entonces deja de proclam ar que
amas a Dios, si no quieres poseerlo plenamente.
Somos un poco niños que tienen miedo del mie­
do. No logramos m irar cara a cara a la muerte,
tal como el Cristianismo nos la presenta, tal como
nos la presenta la fe. Y la fe nos asegura que el
cumplimiento de nuestro ser es la relación con
Dios, una relación plena, definitiva, total, y nos
dice que esta relación implica necesariamente la
muerte.
La vida presente, en cuanto es camino hacia
Dios, es siempre una muerte, un ir acercándose
siempre más a la muerte, un entrar siempre más
LA FE EN EL AMOR 165

en la m uerte, hasta que la vivas plenamente.


¿Cómo tendría de otro modo sentido la ascéti­
ca? ¿Cómo quieres mortificarte, sí no quieres la
muerte, que será plena y total cuando Dios quie­
ra? Si la vida presente lo es todo para ti, debes
agarrarte a las cosas, y es mejor que goces de
toda la vida. Pero si verdaderamente Dios es tu
bien, y a Dios no se le alcanza más que a través
de la muerte, es necesario que tú vivas la vida pre­
sente como un progresivo paso, como un progre­
sivo entrar en aquel misterio.
La mortificación no implica siempre dolor. B«
esto lo que nos da miedo. Si nos habituásemos
a m orir desde ahora, cuando la muerte llegase,
nos produciría gozo. En los santos, la últim a mor­
tificación no les produce pena. San Francisco no
sentía dolor al vivir su vida. El sufrimiento se
deriva del contraste con los instintos egoístas de
nuestra naturaleza: se agarran a las cosas y no
quieren consentir la acción de Dios que nos arras­
tra y nos levanta hacia sí.
En la medida que consintamos nosotros a la
acción de Dios, en esa medida viviremos la muer­
te. Pero la muerte no nos produce dolor si no nos
arrebata todo lo que amamos. Cuando el hombre
no se ata ya a nada, cuando su corazón no tiende
más que a Dios, cuando consiente a la acción de
la gracia, en cada mortificación encuentra gozo
y dulzura. El camino de la ascética no es un ca­
mino de sufrimiento cada vez más grande, es un
camino de muerte, pero siempre más dulce y sere-
166 DIVO BARSOTTI

na, hasta que coincide plenamente con la muerte,


el gozo más puro. Hemos conocido en los santos
esta transfiguración de la muerte. Decía San Fran­
c isc o al hermano Elias: «Déjame cantar.» Tenía
tal seguridad en Dios que la misma muerte era
para él el cumplimiento de todo gozo. San Luis
Gonzaga, cuando le anunciaron que iba a morir,
dijo aquello que repetiría cuatro siglos más tarde
Juan XXIII: «Me alegro sobre manera, porque me
vov a la casa del Señor.» San Juan de la Cruz se
prepara para la muerte como para una boda, y
dice a sus hermanos: «Dentro de poco iré a can­
tar maitines al cielo.» Y cuando oye tocar la cam­
pana a maitines, intenta levantarse porque tam ­
bién él quiere estar pronto para cantar maitines
en el cielo.
¿Dónde está el lado tenebroso, la angustia en
la muerte de los santos? La muerte, para un alma
que no conoce a nadie más que a Dios, que a
nadie ama más que a El, ¿ qué otra cosa puede ser
para él más que el acto supremo en el que se
cumple todo su deseo? «Muero porque no muero»,
dice Santa Teresa de Jesús y repite San Juan de
la Cruz. Es necesario habituarse a la muerte y
verla como la condición necesaria para poseer a
Dios. Es inútil hablar del Cristianismo, hablar del
amor de Dios, si después se excluye la muerte. Si
no se quiere la muerte, se pierde el tiempo cuan­
do se habla del apostolado, de la mortificación...
Debemos tomar en serio las exigencias del amor.
Si amas a Dios, debes quererle, y querer a Dios
LA FE EN EL AMOR 167

es cam inar hacia El, alcanzarlo más allá de la


muerte. El hombre, se realiza a sí mismo si vive
plenamente su relación con Dios. ¿Quién toma en
serio estas palabras? Precisamente porque son po­
cos los que las toman en serio, son también pocos
los que sienten la importancia que debe tener la
oración en la vida. ; Son tantos hoy los que no
comprenden la oración! Es algo que da un poco
de miedo, e, incluso, de dolor. Cuando se trata a
personas que se preparan para los votos o para
el sacerdocio, uno se da cuenta de que muchos no
comprenden la oración. Es un acto que no tiene
una eficacia inmediata. El hombre no ve ningún
resultado; hablar a uno que no responde, ¿qué
sentido puede tener? Muchos hoy no logran com­
prender la oración, no la sienten, no la viven. Esto
significa que no se ha tomado en serio el esfuerzo
de una relación con Dios. Si Dios existe, y si tú
puedes tener una relación con El a través de los
signos de la fe, preparándote para la relación de­
finitiva que es la vida eterna en el cielo, la vida
cristiana no puede ser otra cosa que oración. No
sólo la vida eterna es esta relación, sino que ya
ahora es la relación con Dios la que distingue al
cristiano. La relación con El es la misma esencia
de su vida. Incluso como hombre, él es un ad
Deum, ordenado a Dios, de tal forma que, no pu-
diendo vivir*hoy una relación plena en la verdad,
fuera de los signos, debe vivir su vida al menos
en el signo, precisamente como oración.
Es la oración la que nos prepara para la muer-
168 DIVO BARSOTTI

te y anticipa para nosotros la vida futura en rela­


ción con Dios. Así, siendo la jelación y la unión
con Dios la realización de nuestra vocación y la
perfección misma de nuestra naturaleza hum ana
concreta, desde ahora el hombre no vive más que
en cuanto tiende a esta relación pura, y la realiza
en la medida en que puede a través de una conti­
nua oración.
La vida mística, en el fondo, no es más que el
progreso en la oración. Evidentemente, según el
hombre se acerca a Dios, su oración se convier­
te en más pura, asemejándose cada vez más a
aquella relación de amor que será la vida del
cielo. Por eso, el camino de la oración es un cami­
no hacia la muerte, a través del desprendimiento
y de la renuncia de este mundo, para que el alma
pueda unirse a Dios.
¿Pero se puede hablar en realidad de despren­
dimiento? ¿El hombre vive su relación con Dios
como un ser aislado en su finitud, o representa
a toda la creación?
Sólo se vive la relación con Dios en cuanto rea­
lizamos nuestra vocación humana. El hom bre es
rey de la creación. Se vive nuestra relación con
Dios sólo en cuanto cada uno de nosotros es el
único, y sólo es único en cuanto asume en él toda
la creación. Hemos dicho que el amor al prójim o
en el Cristianismo es una exigencia de la natura­
leza del cristiano, precisamente en cuanto no vive
su relación con Dios como persona aislada, sino
en cuanto es en cierto modo la hipóstasis de toda
LA FE EN EL AMOR 169

la creación. El hombre debe, por tanto, estable­


cer prim ero su unidad con todos los hom bres
para poder dirigirse a Dios. Es estando en Cristo
y siendo, en cierto modo, Cristo mismo, como
puede dirigirse al Padre. Es haciéndose una sota
cosa con toda la Iglesia como puede vivir su re­
lación con Dios. No es, pues, la huida del solo
con el Solo, si en este solo que es el hombre no
está comprendida toda la creación.
Luego no es verdad que el hombre deba sola­
mente sobrepasar las cosas; en vez de sobrepa­
sarlas simplemente, debe llevarlas consigo. No
debe perm itir que lo atrapen y lo aten, sino que
debe más bien unirlas al ímpetu que lo eleva más
allá de todo límite para llevarle hasta Dios. Cada
uno de nosotros deberá realizar en su relación con
el Padre lo que ha hecho Jesús (en realidad, vivi­
mos una vida a imitación de la suya, una vida que
es participación de su mismo misterio). El, vivien­
do su relación con el Padre en su naturaleza hu­
mana, con la muerte atrajo hacia sí todas las
cosas: «Cuando sea alzado sobre la tierra, lo
atraeré todo hacia mí.» De igual modo, todo hom­
bre debe atraer hacia sí todas las cosas, no para
atarse a ellas, no para poseerlas, sino para llevar­
lo todo al Padre, como lo llevó todo Jesús a Dios
y lo salvó.
Esto, por tanto, indica que nosotros hemos de
vivir nuestra relación con Dios de manera que
veamos el cumplimiento de nuestra vida en la
muerte. Sin la muerte, nuestra vida queda incom-
170 DIVO BARSOTTI

pleta, fragmentaria, imperfecta. No podemos acep­


tar vivir sin morir. Sólo la muerte es el cumpli­
miento verdadero de nuestro camino.
Pero m ientras vivamos una relación bajo los
signos de la fe deberemos vivir en una experiencia
profética nuestra relación con Dios como conti­
nua oración. Nuestra vida aquí es aspiración con­
tinua de Dios, un dirigirse constantemente hacia
El desde las cosas, desde los acontecimientos.
Cuando perdemos de vista el rostro de Dios, nos
perdemos a nosotros mismos. Si el ser del hom­
bre es relación con Dios, entonces si por un ins­
tante Dios desaparece de tu horizonte, eres tú el
que te precipitas en el absurdo, el que caes en
la nada. Vivir, para nosotros, significa orar; rea­
lizar nuestra vida aquí significa mantener la re­
lación con Uno al cual se ordena totalm ente nues­
tro ser para que pueda tener un sentido la vida.
La economía presente es figurativa: yo no pue­
do detenerme en las cosas. Sólo puedo amarlas
en cuanto son para mí un camino, un medio para
alcanzarle a El; no debo atar mi espíritu, sino
dar al alma el poder de trascenderse a sí misma
en aquel camino infinito hacia el Señor. Esto
supone una cierta libertad interior en relación con
todas las cosas.
Esto es verdad, pero solamente a medias. A mi
hermano el hombre no podría amarlo como debo
si no fuese más que un medio para mí. Y debo
amarlo precisamente haciéndome una misma cosa
con él, porque no viviré mi relación con Dios
1.A FE EN EL AMOR 171

más que en cuanto soy una sola cosa con Cristo,


en cuanto soy una sola cosa con toda la Iglesia.
Mi relación no se da con el otro, sino que el otro
y yo soy «yo», yo y toda la humanidad soy «yo».
«Amarás al prójim o como a ti mismo», dice el
m andam iento divino. Mi «yo», pues, es mi pró­
jimo, es toda la humanidad. Debo realizar de tal
m anera mi unión con todos que llegue a ser una
sola cosa con todos. No se trata de vivir una rela­
ción, sino de realizar la unidad de Cristo, para
poder vivir mi relación con Dios.
El hom bre vive esta relación en la proclama­
ción de la unidad divina, no como en el hinduis-
mo, que identifica al hombre con Dios. La vida
del hom bre es un proceso de amor, y en el hin-
dnismo 110 es un proceso, sino sólo el reconoci­
miento de lo que eres. Y, sin embargo, ni tú eres
verdaderamente, ni lo es El, porque ni tú ni Dios
sois persona; existe Brahma, el todo infinito.
¿ Pero cómo podría el hombre proclamar la
Unidad sm asociarse a Dios? ¿Y cómo Dios
permanecería uno? En el mismo Islam se dice
que Dios, por medio del hombre, debe proclamar­
se Uno
La creatura no hace número con Dios. Aun exis­
tiendo la distinción entre la creatura y Dios, Dios
es único. La creatura no se contrapone a Dios como
si fuesen dos, Dios y la creatura. Sin embargo, el
pecado del hombre, en cierto sentido, se ha opues­
to a Dios, y no puede volver a vivir de verdad
su relación con El sin Cristo. El hombre debe
172 DIVO BARSOTTI

reconocer prácticam ente su dependencia del Crea­


dor, aceptarla y vivirla. En la medida que reco­
noce y acepta su ordenación a El, El le recibe.
No solamente le comunica al hombre su ser de
creatura, sino que se le da a Sí mismo, para
subsistir en el hom bre y vivir en él. En Cristo
que redime al hombre mediante el don de su Es­
píritu, el am or de Dios por el hombre se convierte
en cierto modo en el amor mismo del hombre
hacia Dios. El hom bre puede proclam ar así la
unidad de Dios, porque es Dios mismo quien la
proclama a través del hombre y en el hombre,
porque el hombre se ha hecho Dios por partici­
pación del amor. Es como una capacidad vacía
que ha recibido en sí misma al infinito, es como
un claro espejo que refleja hacia Dios su pro­
pia luz.
¿Quién es, por tanto, el amado? Si no existiese
la revelación divina, no conoceríamos ni a Dios
ni al hombre. La respuesta no es fácil; y nos
percatamos más de la dificultad cuando se quiere
definir quién es el Uno y quién es el otro. Dios
y el hombre no son dos, aun siendo el hombre
distinto de Dios. No se puede concebir al hom­
bre como si tuviese por sí mismo un nombre,
una misión independientemente de Dios. Todo lo
que es el hombre lo es en Dios, por Dios. No
podemos imaginarnos que el hombre pueda ha-
c°r algo independientemente de Dios, ni siquiera
que Dios obre en lugar del hombre; así, Dios
sería no sólo distinto, sino que habría una divi-
LA FE EN EL AMOR 173

sión entre El y el hombre, y la obra de Dios sería


diferente a la del hombre. Dios obra en ti a tra ­
vés de ti.
Si Dios te concede su gracia con absoluta li­
bertad, El sin embargo permanece más íntim a­
mente en ti que tú mismo. Dios obra en aquel
mismo acto por el que tú te abres para recibirlo.
No debes buscar el acto de Dios que se da más
que en tu mismo acto. Dios y el hombre no obran
separadamente, como si cada uno cumpliese por
su cuenta lo que hace; Dios no obra más que en
tu misma acción, no puede apoyarse más que
en el acto divino.
Pero el problema es más complejo: debemos
abrirnos realmente siempre más a un amor que
es infinito. ¿Cómo podrá el hombre entrar en re­
lación con este am or infinito si no se abriese infi­
nitam ente? Dios ama, cuando ama, con todo su
ser. Dios» no ama ni podría amar a ninguna crea-
tura más que como se ama a sí mismo; el acto
por el que ama no se distingue de sí mismo. Pero
el acto de am or por el que se da es, -ógicamente,
sucesivo al acto por el que ha creado las cosas.
Dios se da a las creaturas que ya existen, El lími­
te para recibirle está en la creatura: jamás la
creatura como tal podrá acoger todo el amor de
Dios. Por esto, la creatura entra en relación con
este am or infinito, no porque lo reciba inmedia
tamente, sino porque se abre sin fin para recibir­
lo, en ella no tiene límites el dilatarse el abrirse
a Dios. La santidad de Jesús-Hombre no puede
W4 DIVO BARSOTTI

ser infinita como la santidad de Dios, porque es


una creatura, y no puede acoger totalm ente a Dios
en su santidad y en su amor. Pero para la Huma­
nidad de Jesús el límite a la santidad consiste
exclusivamente en la objetiva y necesaria finitud
de la creatura, m ientras que el límite para recibir
a Dios cualquier otro hombre, incluso la Virgen,
no es solamente objetivo. El hombre se rehúsa,
no se abre. Pero si se abre al amor, el mismo
amor de Dios comunica al ser creado una capaci­
dad siempre más grande para recibir el don. El
hombre, ciertamente, es creatura, pero tiene la
propiedad de no estar encerrado en sí mismo:
más que ser, es un llegar a ser. En la aceptación
de Dios, es Dios mismo quien obra en el hombre;
sin embargo, no depende de Dios el ser rechazado.
¿Cómo podría Dios cooperar a ello? Dios obra
en la medida en que obras tú; ¿cómo podría
obrar en la medida en que tú no obras? Así, el
límite de la acción de Dios en el hombre, además
de venir de la finitud de la creatura como tal,
depende de la voluntad del hombre, que en su
acto no se equipara a la perfección de su natu­
raleza creada, ni actúa plenamente su propia ca­
pacidad.
Dios obra «en la medida» que tú quieres. Y tu
voluntad, en vez de recibir la omnipotencia del
amor, lo ata. El «no» está en la creatura, no en
Dios. En Dios no existe el «no», dice San P|tblo
en su segunda carta a los Corintios (1, 20-21).
LA FE EN EL AMOR 175

No existe una absoluta negación, un rechazo


absoluto; una absoluta negación sería la nada,
y la nada no existe. El hombre es creado de tal
m anera que jam ás podría, incluso en su rechazo
de Dios, negarse a sí mismo y anularse. También
el condenado permanece. El acto del hombre no
puede negar la naturaleza. Dios nos ha hecho de
tal m anera que somos incapaces de rechazarle
absolutamente. Pero en la medida en que no con­
sintamos al acto divino que nos eleve a Dios, en
la misma medida no solamente somos culpables,
sino que nos sustraemos a Dios para no vivir
más que la muerte. No consintiendo el acto divino
que, de la misma forma que nos ha creado, ahora
nos ensalce, permanecemos suspendidos en el
vacío.
Nos preguntábamos quién era el amado, y de­
cíamos que es difícil definirlo, porque es difícil
comprender la relación del hombre con Dios. En
general, solemos atribuir a esta relación los mis­
mos caracteres propios de las relaciones huma­
nas, donde todo es relativo, donde el uno y el
otro están en el mismo plano de relatividad. En
este plano cada uno obra por cuenta propia, y
cada uno tiene una parte. La relación del hombre
con Dios y de Dios con el hombre es única y
puede tener ejemplo. Mientras Dios no hace al
hombre igual a sí mismo uniéndolo a Cristo, no
se puede hablar de verdadera relación. La verda­
dera relación en Dios es la relación entre el Pa­
dre y el Hijo. Una relación entre el hombre y
176 DIVO BARSOTTI

Dios es cierta y real sólo en cuanto el hom bre


vive en Cristo. Tú estás en Dios, y todo lo que
haces es Dios quien lo realiza en ti. Dios te pide
que consientas en lo que El obra en ti a través
de tu libertad.
DECIMA MEDITACION

¿QUE ES EL AMOR?

Creer en el amor de Dios lleva consigo estable­


cer una relación. La relación que Dios establece,
la establece en el don de sí mismo, un don infi­
nito. La relación que el alma puede establecer
con Dios consiste en abrirse y acoger este amor
infinito. La fe es precisamente este abandono, este
abrirse del alma para recibir ei don.
¿Pero qué significa el hecho de que la relación
consista en acoger simplemente este amor? Quie­
re decir algo muy pequeño y muy grande: que
la vida cristiana no consiste más que en una cierta
presencia de Dios que se multiplica en las crea-
turas que lo reciben. No son las creaturas las que
dan algo al Señor, ni podrían jamás darle algo
que El pudiese recibir y poseer.
Pretender que Dios reciba alguna cosa de nos-
12
178 DIVO BARSOTTI

otros equivale a negar a Dios como Infinito, como


Bien Absoluto. Ni Dios podría jam ás aceptar, ni
el hombre podría jam ás dar ninguna cosa a Dios;
el hombre no podría dar nada porque nada posee,
y Dios nada podría aceptar porque nada puede
poseer fuera de Sí mismo. Y ni siquiera se posee
a Sí mismo: El es; el poseer, para Dios, sería
una imperfección.
Dios no recibe nada de ti. La relación es posi­
ble en el sentido de que todo lo que recibe, lo da.
Existe un dar y un recibir en Dios, y un dar y
un recibir en el hombre; mediante la fe en el
amor de Dios, en cada hombre, en cada creatura
se multiplica y subsiste, en cierta medida, el mis­
mo Dios, aun siendo Uno.
Esta es la santidad del alma: acoger a Dios,
para que Dios se haga presente, para que tú seas
«Dios». En la medida en que tú te haces Dios
por participación, incluso tu misma vida no es
otra cosa que la vida divina, es decir, amor, amor
que recibe y amor que da. ¿Qué es lo que queda
en ti? ¡Nada! Porque es precisamente esto lo
que niega a Dios y niega el amor: lo que nos
queda, lo que poseemos sin darlo.
Si pudiésemos recibir a Dios y poseerlo, ya
no le recibiríamos más, siendo El el amor. En
el mismo instante en que le recibimos, nosotros
mismos nos convertimos en el amor que rétorna
a su fuente. Pero no es el hombre el que da algo
a Dios; luego Dios sólo puede recibir algo de ti
cuando tú, transform ándote en El, sólo le das
LA FE EN EL AMOR 179

a Dios el mismo Dios, como repite constantemen­


te San Juan de la Cruz. En esto se cifra la vida
sobrenatural del hombre: que él dé a Dios Dios
mismo. Nada más.
La creatura es una condición para este m ulti­
plicarse de Dios en cada uno de nosotros, para
que en cada uno de nosotros pueda hacerse pre­
sente una plenitud que en realidad no se m ulti­
plica; aunque es poseída por cada uno, Dios siem­
pre es único, y a pesar de ello se da. Amándonos,
Dios se nos comunica, ya que nos ha creado para
que pudiésemos recibirlo.
¿Cuál es, pues, la parte de la creatura en esta
relación con Dios si no es la fe? Creer en el amor.
En San Juan de la Cruz, el camino del alma hacia
Dios es la «Subida al Monte Carmelo», camino
de despojo y camino de fe. Creer en el amor es
creer en Dios. Pero creer quiere decir, para el
hombre, no creer en sí mismo, no creer en las
cosas, no ligarse a nada, permanece: en él vacío,
en la oscuridad, estar sin ninguna propiedad. La
fe perfecta lleva al alma a vivir en su pureza
original.
¿ Cuándo vive el alma esta pureza original?
Cuando permanece totalmente abierta a Dios, sin
encerrarse en sí misma. El alma se cierra en sí
o en las cosas que posee. No hay nada que vaya
tanto contra el amor propio, y contra todo lo que
el alma posee como propiedad, como la fe. La fe
despoja verdaderamente al alma, y cuando el
alma está desnuda de toda propiedad, se hace
180 DIVO BARSOTTI

realmente capaz de acoger a Dios. Puesto que Dios


es el amor, basta que el alma alcance esta pureza
en la fe para recibir el amor infinito y se con­
vierta en Dios, por participación.
Esto lo han enseñado todos los grandes maes­
tros de la espiritualidad cristiana en los primeros
siglos: la pavitas coráis, la pureza se identifica
con el amor. No hay nada que se identifique tanto
con el am or y que tenga una proporción tan estre­
cha con el am or como la que nace en ti cuando
alcanzas esa pureza y te transform as en el amor.
Ni siquiera son dos actos: tu misma disposición
de pureza hace presente en ti a Dios que se da.
Dios no tiene necesidad en entrar en tu alma,
ya que El es más íntimo a cada creatura de lo
que ella lo es para sí misma. Como causa original
del ser, El está en cada uno de nosotros; pero
nadie le posee más que en la medida en que
se despoja de toda otra posesión, se libera de
toda propiedad. Así, libre de toda propiedad, en
esa pureza total, el alma se transform a, se con­
vierte en Dios.
El camino de la fe, por tanto, nos lleva a una
total pureza porque realiza la liberación de toda
propiedad: no solamente de la propiedad exte­
rior —bienes que se añaden a nuestro mismo
ser—, sino también de la propiedad del yo. Esto
explica por qué los santos nos dicen que la trans­
formación en Dios lleva consigo el olvido de unp
mismo, el perderse. Dios no es m ientras seas tú.
La última propiedad de la cual debemos despo-
LA FE EN EL AMOR m

jarnos es precisamente nuestro yo. ¿Recordáis la


maravillosa expresión de Santa Catalina de Géno­
va, cuando dice que está alcanzando esta trans*
formación de am or? «Me es necesario alguna vez
señalarme a mí misma, o mi yo, según el uso del
mundo, que no sabe hablar de otra manera: yo
soy, yo hago, etc., etc. Pero cuando me nombro a
mí misma, me llamo o me siento llamada por
otro, me digo: mi yo es Dios, y no conozco ningún
otro yo fuera de Dios.»
El yo del alma casi es el mismo Dios. Toda
propiedad que el alma tenga como suya, está
como eclipsada por la esencia divina. ¿Cómo po­
dría Dios permanecer juntamente con una pobre
creatura? ¿Hay posibilidad alguna de que lo re­
lativo se una a lo absoluto, de que lo finito se
una al infinito, mientras que lo finito, al menos
sicológicamente, no haga sitio a esta absoluta Pre­
sencia?
¿ Qué es entonces el amor? Después de habernos
preguntado quién es El que ama y quién es el
amado, debemos preguntarnos qué es el amor.
Pero es difícil decirlo, porque ¿cómo podremos
definir el am or si el amor es Dios? El que ama
es Dios. El que es amado es igualmente Dios.
Dios no ama más que a Sí mismo; incluso en
mí, no ama más que Sí mismo. Y si se me da, se
me da en cuanto soy uno con Cristo. El Amor
también es El mismo. El Amante, el Amado y el
Amor no son más que un único Dios.
Todos han hablado de la caridad en el Cristia­
182 DIVO BARSOTTI

nismo; ¿cómo podrían dejar de hacerlo, si el Cris­


tianismo no es más que Amor? Mensaje de amor,
don de amor, presencia de amor. Pero, aunque
todos han hablado ya, seguimos en el punto de
partida, y apenas sabemos nada, porque el tema
es inagotable. Cada uno balbucea algo, pero no
puede más que enunciar los prim eros elementos,
y sus palabras sobre la caridad no son válidas
para definir el amor; es sólo un poner el alma
en camino, no para conseguir un conocimiento
especulativo, sino para experimentarlo, para lle­
gar a amar y entrar así en el mundo de la caridad.
Entre tanto, veamos una cosa: el amor, si es
Dios, exige esta pureza total, que es como la des­
aparición de la creatura, precisamente porque
Dios no podría hacer una «composición» con ella,
sino que se hace presente en la medida en que
el hombre muere a sí mismo para perderse en
Dios.
La vida mística implica como un anonadamien­
to de la creatura y un subsistir en Dios, un per­
derse para encontrarse en Dios. No hay «compo­
sición» entre lo finito y lo infinito, y sin embar­
go Dios nos ha hecho inmortales, y nosotros sub­
sistimos. Aunque sólo subsistimos para vivir esta
vida inmensa y pura que es el amor.
¿Qué es, por tanto, el amor? Para saberlo se­
ría necesario conocer a Dios; y nosotros no le
conocemos hasta el punto de que podamos decir
algo de El. El Dios de la Revelación es El que
subsiste en una eterna e infinita comunicación de
LA FE EN EL AMOR 183

Sí mismo. Esto es Dios. No es el Uno de los filó­


sofos; es El que es Uno subsistiendo en las tres
divinas Personas del Padre, del Hijo y del Espí­
ritu Santo. Y las Personas divinas no son más
que pura relación de una a otra: así Dios existe
como infinita y eterna comunicación de Sí.
Las Personas divinas son un único Dios, por­
que no son anteriores al acto de su procesión
activa y pasiva que las hace subsistir como per­
sonas dentro de la Unidad divina. Pero para nos­
otros esto no es así: la comunicación divina va
precedida, en nosotros, por el hecho de que so­
mos creaturas; antes de recibir a Dios, ya somos
algo. Y esto es precisamente lo que impide a
Dios darse plena, eterna e infinitamente a cada
uno.
¿Qué se concluye de todo esto? Está clarísimo:
que recibiremos a Dios tanto más cuanto nos des­
pojemos de lo que somos, sin llegar —natural­
mente— a una destrucción ontológic?. la Muc
no podríam os llegar aunque lo quisiéramos). Ade­
más, si alcanzásemos la destrucción ontológica,
Dios, al am arse a Sí mismo, ya no nos amaría.
El hecho de que nosotros ya existamos antes de
que Dios se nos comunique impide que seamos
esencialmente Dios. No seremos jamás Dios por
esencia desde el momento en que Dios se nos
comunica, porque somos capaces de acogerlo. Sin
embargo, lo acogemos sólo en la medida en que
vamos perdiendo nuestra propiedad, de forma
que sólo Dios viva en cada uno.
184 DIVO BARSOTTI

Podríamos citar aquí algunas páginas de la mís­


tica cristiana: de Santa Catalina de Génova, de
Cassiano, de San Juan de la Cruz. Ellos no cono­
cen más que a Dios, no ven más que a Dios. Todo
su pensamiento es Dios, todo su afecto es Dios,
todo su sentimiento y voluntad no es más que
Dios; El es el único contenido de su vida, el mis­
mo sujeto que piensa, que ama; El es objeto y
sujeto, y es la cópula que los une; es el amante
y el amado, es el amor.
Por consiguiente, el camino para llegar a creer
en el am or y recibirlo, que en el fondo es lo
mismo, está en el desprendimiento de nosotros
mismos, en la renuncia a todo lo que somos y
poseemos, a toda propiedad. Creo que la intui­
ción de la mística hindú ha sido traducida en
un lenguaje panteístico que el Cristianismo no
puede aceptar, aunque en su origen sea verdadera.
Me refiero a aquella intuición por la que el mís­
tico hindú no quiere hablar de sí: su yo desapa­
rece, y no subsiste más que un «yo» que es el
mismo Dios. Sin embargo, esta intuición no es
exclusiva de la mística hindú: la encontramos en
Santa Catalina de Génova y en la mística hebrai­
ca. Recuerdo ahora una hermosa página de los
cuentos de los Chassidim: Un chassid va de no­
che a casa de su Zaddik, su maestro, y llama a
la puerta. El maestro pregunta: «¿Quién eres?*
Responde el chassid: «Soy yo.» El maestro no
contesta. Pero el chassid insiste, y vuelve a pre­
guntar el maestro: «¿Quién eres?» «Soy yo», vuel-
LA FE EN EL AMOR 185

ve a responder el chassid. Y el Zaddik, enfadado,


abriendo la puerta: «¿Cómo te atreves a hablar
así? —le reprende— . ¿Cómo puedes blasfemar de
este modo? Yo sólo puede decirlo Dios. Sólo El
es la Persona absoluta.»
En realidad, un alma que viva hasta el fondo
la unión transform ante, se siente de tal modo
invadida por Dios que El ya no sólo es el objeto
de su amor, sino también el sujeto que ama; y
el hom bre queda como simple instrumento a tra­
vés del cual Dios vive. El yo del hombre, dice
Santa Catalina de Génova, es Dios mismo; el hom­
bre no conoce otro.
¡ Qué gran pureza exige este am or!, ¡ qué di­
vina presencia! ¡ En verdad, todos somos idóla­
tras! Mezclamos con Dios las cosas e, incluso, a
nosotros mismos. Y Dios no puede entrar en com­
posición con las cosas; y si nos oponemos a esa
actitud de trascendencia que es un movimiento
de transform ación, estamos practicando la idola­
tría y jam ás llegaremos a proclamar la Unidad
divina.
«Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el
Señor es Uno.» Si es Uno, ¿cómo podremos ser
dos? ¿Qué es entonces el amor? Es fuego que
abrasa y consume: nos devora. Pero un fuego
que nunca se apaga, y que no culmina su obra
hasta que no nos hayamos transformado en él y
no seamos ya más que fuego.
Sólo entonces podremos recibir a Dios, cuando,
liberados de toda propiedad, vivamos plenamente
186 DIVO BARSOTTI

con Dios, con un am or que se comunica en pleni­


tud y nada posee. Porque Dios no tiene propie­
dad: si es eterna e infinita comunicación de Sí,
de una Persona a otra, vemos que nada puede
poseer en Sí.
En Sí y por Sí, toda Persona divina no es nada,
porque lo es todo para y en la Otra correlativa.
In Paire lotus Filius et totus in Verbo Pater. El
Padre no es en Sí, porque es todo en el Hijo; el
Hijo no es nada en Sí mismo, porque es todo en
el Padre; Uno a Otro es relación pura y eterna
de amor. Y lo mismo el hombre. Si quieres asirte
a cualquier cosa, y crees poseer a Dios, estás con
las manos vacías, y ni te posees a ti ni a El. Por­
que lo poseerás en la medida en que nada poseas,
te despojes de todo y te des. Y lo que nosotros
buscamos instintivamente es eso: poseer algo,
agarram os a alguna cosa.
Pero Dios nos prende en su anzuelo. Mientras
nuestro amor es amor de esperanza, a Dios se Le
ama como nuestro bien, como un bien qué pone
en peligro nuestra propiedad, y hace más grande
nuestro yo; y cuando llegamos a poseerlo con el
amor puro, ya lo hemos perdido todo, y no somos
más que puro don de amor, lo mismo que Dios
es pura comunicación de Sí. Pero no llegaremos
a conseguir esto m ientras no seamos pura comu­
nicación de Dios y, viviendo la vida trinitaria,
estemos introducidos en esa circulación maravi­
llosa de vida que es la vida misma de Dios.
Cierto que ya tendríamos andado un largo ca-
LA FE EN EL AMOR

mino si am ásem os a Dios con un amor de espe­


ranza y sólo viviésemos el deseo de El, en una
constante voluntad de poseerlo. Porque tan pron­
to como Dios respondiese a nuestra oración y a
nuestro deseo, y se nos entregase, transformaría
nuestra esperanza en amor puro, que es su mis­
ma vida.
Dios no se nos puede dar llenando nuestro va­
cío, respondiendo a nuestra oración de amor im­
perfecto; El se da transform ando el amor imper­
fecto propio de la creatura; no puede entregarse
al am or de la creatura que Le quiere, que lo bus­
ca, que lo desea, sin transform ar ese amor en su
Amor.
Por eso, cuando Dios se da, no eres tú el que
ama, sino Dios quien ama en ti. Es lo que decía­
mos al principio: no podemos pretender dar nada
a Dios, porque de nosotros nada recibe, pero a
través de nosotros se recibirá a Si mismo, Infi­
nito. El am or con que El nos ama es el mismo
am or con el que nosotros amaremos. Por lo que
se explica que el amor nos hace iguales a Dios,
como decía Santa Catalina de Génova y repite
San Juan de la Cruz: iguales, porque nos hace­
mos una sola cosa con El. Somos introducidos
en la circulación de la vida trinitaria para vivir
la misma vida de Dios. El amor con el que ama­
mos es el am or con el que somos amados.
El am or es un gran misterio. Pero, dentro de
poco, lo viviremos. Ahora se camina con su ima­
gen, pero dentro de poco tiempo o vivimos este
188 DIVO BARSOTTI

amor o no vivimos. Es necesario que nos prepa­


remos para ello, como el niño que empieza a cami­
nar, tropezando y cayendo, pero empezando...
Santa Catalina de Génova decía que preferiría
ser condenada al infierno que poseer a Dios para
sí sola. ¡ En esto se nota la exigencia de la pureza
del amor! No puedes pretender poseerlo para ti,
no puede ser propiedad tuya; despojado de ti
mismo, de la posesión de tu yo, no vas a preten­
der poseer a Dios como tuyo: El será tuyo en la
medida en que no lo poseas, es decir, en cuanto
no permanezca cerrado en ti y tú encerrado en
su posesión. ¿ Pero cómo podrías encerrarte en la
posesión de Dios?
La creatura se encierra en un objeto finito, pero
Dios es infinito, y es el amor. En ti vivirá en la
medida en que se te comunique. Siempre es una
comunión infinita de am or divino. Dios, que es
el amor, es don de Sí. ¿Cómo podrás poseer a
Dios que es don, si tú, a tu vez, no lo das, y lo
conservas como una riqueza tuya, como una pro­
piedad en la que mandas? Y Santa Catalina de
Génova prosigue diciéndonos qué es lo que exige
la pureza del amor: «No quiero un am or que sea
para Dios o en Dios. No puedo sufrir la palabra
para o en, porque me parece algo que podría ser
intermediario entre Dios y yo. Y el amor puro
no puede soportar ningún intermediario por la
simple razón de su pureza total; pureza que, de
hecho, es tan grande como Dios, pues es su mis­
mo ser.» Pureza que no soporta propiedad, que
LA FE EN EL AMOR 1*9

es don total. El alma pura nada se reserva, con


nada se queda: pura limpidez de la luz.
El am or de Dios es la presencia de Dios en el
hombre, pura presencia de Dios. No eres tú el
que ama, es El quien ama en ti. A fin de cuentas,
la vida cristiana no es más que este subsistir de
Dios, no es más que este multiplicarse, en cierto
sentido, en todas las crea turas que lo reciben.
M ultiplicación que, por otra parte, no destruye
ni compromete la Unidad. El sigue siendo Uno,
pero Uno en todos, porque a todos se ha dado
verdaderam ente para ser su vida.
Más que un ostensorio, nosotros somos el so­
porte de Dios, Dios por participación de amor;
al final, cada uno de nosotros es El. El hombre,
en su perfección última, como Dios lo ha querido,
es Dios; como Dios, porque efectivamente El nos
ha amado, es Hombre. El hombre verdadero es
Cristo. Nosotros somos hombres, pero no reali­
zamos la naturaleza perfecta de! hombre más que
en El, Dios hecho hombre. Así, el humbre está
en Dios, y el ser del hombre está en el mismo
Dios. Si El ha querido verdaderamente que lo
amásemos, y antes nos ha amado a nosotros y se
nos ha dado, el ser propio del hombre, de hecho,
es Dios. Nos ha creado para que fuésemos El,
Dios por gracia. Nada más que Dios.
Y sigue puesto para nosotros, porque el finito
sigue siendo finito. El misterio de nuestra vida
sobrenatural no digo que repita, pero sí que con­
tinúa en cierta medida el misterio de la Encar­
190 DIVO BARSOTTI

nación del Verbo; aquella Encarnación por la cual


Dios y el hombre subsisten en la unidad de una
Persona; aquel misterio por el cual subsiste nues­
tra finitud de creatura, a pesar de ser partícipes
de la vida divina, consortes de la divina natura­
leza, término del amor del Padre, y ser, porque
se nos da, El mismo. Y si permanece nuestra fini­
tud, implica una coexistencia del tiempo y de la
eternidad, del finito con el Infinito. El alma en
la vida eterna, y también ahora en la unión trans­
formante, realiza todo esto.
El hombre vive la misma inmensidad de Dios.
En todo momento está viviendo su eternidad; no
tiene más eternidad que la del acto que vive. No
debemos concebir la vida eterna como algo que
vendrá después, como un premio a lo que vivimos
ahora: la eternidad es el acto de hoy plenamente
conocido y vivido. El hombre sigue siendo lo que
es, pero descubre el misterio de una vida en la
que la eternidad y la inmensidad divina se nos
ofrece bajo el signo de las cosas finitas, de los
acontecimientos temporales. Y el alma la acoge
con la fe.
Este misterio se revela, y entonces el acto que
ahora vivo estará presente, una vez terminada la
economía sacramental; seguiré viviendo ese acto,
pero líbre ya de los velos que ahora me ocultan
mi unión con la inmensidad divina, con la divina
eternidad. Este acto me pone en comunión con
todas las cosas, con todos los seres del mundo, 4
pero sobre todo con Dios, que es el Inmenso, al
LA FE EN EL AMOR m

que el alma del hombre se abre en todo instante.


No debemos vivir una vida fragmentada. AI vi­
vir la unión con Dios, nuestro acto abarca todos
Jos tiempos y los reasume. Esto se da de manera
verdadera y perfecta en el acto de Cristo: Dios-
Hombre que muere; pero en una medida más o
menos grande, según nuestra participación en el
misterio de la Encarnación, también es cierto
para nosotros.
La eternidad no viene después de esta vida.
Mañana no viviréis ni la eternidad ni esta vida,
porque viviendo ésta plenamente es como se rea­
liza en tu unión con Dios la vida eterna. Se habla
de otra vida, pero la otra vida no es algo que nos
llega desde fuera, distinta de la de hoy; sólo se
distingue en el modo, porque hoy la vivimos en
el misterio.
Hoy él hombre no vive la comunión con Dios
más que a través del signo sacramental de las
Especies, de las cosas y de los hombres. Pero a
través de este signo vive realmenre su comunión
con Dios. Si vivimos nuestro Cristianismo, nos da­
mos cuenta de que no podemos aceptar este acto
nuestro como algo desligado de toda la historia,
de toda la eternidad; en este acto debemos rea­
lizar nuestra unión con Dios, y eso es ya vivir
la eternidad, porque Dios es la eternidad. Por eso
no podemos superar nuestro acto de la inmensi­
dad divina, si en él hemos de vivir nuestra comu­
nión con Dios, que es el Inmenso.
¡ Qué poco vivimos la vida cristiana! Vivimos
192 DIVO BARSOTTI

una vida fragmentada, dividida, que no es más


que la vida del hombre natural, que se pierde en
el tiempo y en los espacios infinitos. ¡Qué justo
es el espanto de Pasca^f rente al espacio sideral!
Y el de San Agustín, ante ese perderse del hom­
bre en ese fluir del tiempo que todo lo arrastra
tras de si... ¡Pero el alma cristiana debe superar
este terror, viviendo en todo momento y en todo
lugar la inmensidad, la eternidad pura de Dios!
¿Qué significa para nosotros recibir el Santí­
simo Sacramento? ¿No es comunión con Dios?
¡Y lo es este mismo instante! ¿Acaso se nos nie­
ga Dios? Si Dios se da, no hay ni un momento
en que no puedas recibirlo, porque su acto de
donación es eterno y abarca todos los tiempos.
En cada instante, tú puedes vivir su eternidad,
que no tiene sucesión. Y precisamente porque no
tiene sucesión, llena todos los tiempos.
UNDECIMA MEDITACION

LA DIFICULTAD DEL ACTO DE FE

La visión de tanta grandeza como nos ha sido


prometida, tal vez nos ha asustado un poco y nos
ha hecho sentir la desproporción existente entre
lo que Dios quiere darnos y lo que nosotros so­
mos. Pero conviene, después de haber visto la
meta, pensar un poco en el camino.
Toda la vida es creer en el amor Je Dk>s. ¿N o
será conveniente meditar un poco en la diPrrultad
que esto lleva consigo? Es necesario damos cuen­
ta de cuáles son los obstáculos que nos impiden
entrar en este camino y alcanzar aquella meta.
Si debemos creer, debemos ante todo eliminar
esos obstáculos, superar esas dificultades, y ver
también cuáles son las dificultades que han de
ser eliminadas de nuestro camino.
Yo creo que son dos las dificultades fundamen-
13
194 DIVO BARSOTTI

tales para la fe del hombre, y dependen esencial­


mente de la condición terrestre de éste. Y son dos
porque dos son los elementos fundamentales que
distinguen al hombre en su presente condición.
La primera dificultad que la fe encuentra es
de orden histórico: el hombre es pecador. La se­
gunda dificultad para la fe en el amor de Dios
está en que el hombre, aunque no fuese pecador
e incluso estuviese purificado de cualquier peca­
do, sigue siendo una creatura de este mundo.
Dijimos que la primera dificultad es el pecado.
El hombre es pecador aunque no lo sepa. Nues­
tra reacción contra Dios que nos llama no implica
siempre un conocimiento explícito, claro, reflejo
de nuestro pecado, pero deriva precisamente de
nuestro pecado la dificultad que sentimos para
escuchar a Dios. La misma Sagrada Escritura así
lo enseña: después del primer pecado, Adán se
esconde; después de haber asesinado a Abel, Caín
huye de la presencia de Dios. El pecado, hacién­
donos culpables, nos hace huir instintivamente de
Aquel que nos ha de juzgar, de Aquel que nos
condena. Esta reacción de huida nace de una ver­
dadera noción de lo que es el pecado y de lo que
debe ser el juicio de Dios frente al hombre.
Dios nos ama, dice el Evangelio. Dios nos ama,
éste es el mensaje que la fe nos trae. Pero este
mensaje sentimos que para nosotros tiene una
segunda vertiente: Dios debe castigarnos, Dios no
puede dejar impune tu pecado, Dios no puede,
aunque lo quiera, permitir que tu pecado qued®
J A FE EN EL AMOR 195

sin castigo. La santidad divina no soporta el peca­


do en el hombre. Quien cree en el amor de Dios
y se abandona en él, sabe que se arroja a un
fuego que debe consumirle, destruirle. El amor de
Dios para el hombre pecador es realmente fuego
que abrasa. No es extraordinario que el hombre
tenga miedo del fuego. Es instintivo el horror
frente al castigo que el alma debe estar dispuesta
a recibir.
¿ Pero cómo es posible que Dios nos ame si nos
castiga? Precisamente porque nos ama, nos cas­
tiga. En la vida presente, el castigo no es más
que una pena medicinal que nos da la posibilidad
de entrar en comunión con Dios. No es una con­
denación eterna, sino una pena que purifica. El
único camino que el alma tiene de acoger a Dios,
de transformarse en El. El que ama quiere esta
pena, porque no puede querer seguir apartado de
Dios. Pero como antes de amar así a Dios, nos­
otros, por ser pecadores, nos amamos a nosotros
mismos, por eso sentimos horror ante el castigo.
Dice Santa Catalina de Génovn: -Si u a santo,
llamado al Paraíso, tuviese una sola imper^cciór,
antes de entrar en el cielo, a pesar de estar éste
abierto para acogerlo, caería en el infierno, si
Dios no tuviese el Purgatorio para purificación.»
Si amamos a Dios, ninguno de nosotros puede
querer contaminar su pureza infinita, su santidad
sin sombra. El alma huiría necesariamente dé
Dios, aunque lo ama, y precisamente por esto,
Para no manchar su santidad. Yo puedo aceptar
1% DIVO BARSOTTI

el entrar en el Paraíso si soy Dios, pero El no


puede dispensarnos de nuestra total purificación.
No podemos creer que Dios cubra con su manto
nuestras culpas y nos deje entrar, aunque sea por
la puerta de servicio, en el reino de su gloria. El
Paraíso es el reino de la luz, y ninguna sombra
puede haber en él.
La dificultad de creer es la oposición instintiva
del pecador que tiene una cierta conciencia de
no poder escapar a la pena: Dios no puede dejar
de eliminar mi pecado, de destruirlo, de eliminar
en mí todo cuanto se opone a su santidad. Dejaría
de ser Dios si me aceptase como soy. Sé bien que
si quiero creer en su amor y recibirlo en mí,
hasta que no me haga santo como El, este mismo
amor es el que me purifica, me destruye, me lim­
pia. Realmente es fuego que abrasa, el amor de
Dios.
No hay diferencia entre el cielo y el infierno.
Tanto en uno como en otro hay fuego. Pero en
el infierno el fuego abrasa sin eliminar jamás las
escorias de nuestra inmundicia, porque de tal for­
ma está unido el pecado al ser del pecador, que
el fuego lo quemo, lo consume eternamente, pero
el pecado permanece. Mientras que en el cielo
hay fuego, pero es el fuego del amor de Dios,
el fuego de su presencia. El hombre se hace fue­
go en el fuego, esplendor en el esplendor, luz en
la luz, Dios en Dios.
Ya que no somos santos, acoger el amor quiere
decir arrojarse al fuego. Creer en el amor signi­
LA FE EN EL AMOR 197

fica confiarse a una llama que abrasa, si todavía


tiene materia para consumir. Pero no debemos
tener miedo.
Un alma todavía imperfecta preferiría arrojarse
al infierno antes que entrar en el Paraíso, para
no m anchar la santidad infinita de Dios, y lo
haría, no porque quiera huir de Dios, sino porque
lo ama y no quiere contaminar con su presencia
la divina santidad. Pero nosotros no nos arroja­
ríamos al infierno, porque no amamos. Tal vez
prefiriésemos no ir ni al cielo ni al infierno y
permanecer en nuestro escondite, entre las hojas
de higuera, como Adán. Preferiríamos no caer en
las manos de Dios, huir de El.
Durante la vida presente creemos que esto es
posible, y nos parece que habrá algún refugio
para escondernos a su mirada. Tratamos de bus­
car un escondite para que Dios no nos alcance,
tratamos de huir lejos de El para que su palabra
no llegue hasta nosotros y podamos /ivir nues­
tra vida.
No sabemos cómo defendernos, y sabemos tam­
bién que arrojarnos en sus brazos es, sí, arrojar­
nos en los brazos del amor, pero de un amor que
ya no nos va a dejar en paz. No porque no nos
am a, nos persigue y nos tortura, sino porque,
amándonos, nos quiere semejantes a Sí, nos quie­
re transform ar en Sí mismo.
La primera dificultad de creer deriva de nues­
tro pecado. Sentimos que el amor de Dios es un
amor que no puede nublar los ojos. Los otros
198 DIVO BARSOTTI

pueden cerrar los ojos con nuestros defectos, si


nos amamos; incluso pueden no ver esos defec­
tos. Pero si una madre cuando ama no puede
tolerar que su hijo sea malo, caprichoso, cuánto
más Dios no podrá tolerar en nosotros nuestro
pecado. Tolerarlo significaría que no nos ama,
que nos deja en nuestra pobreza, en nuestra mi­
seria, en nuestra mediocridad; en nuestro pecado.
Y si nos deja en él es que no nos ama. Amarnos
quiere decir, para Dios, hacernos semejantes a El,
santos, transformarnos en su santidad, darnos su
misma pureza. ¿Cómo podría tolerar nuestro pe­
cado?
Y no es que nosotros amemos nuestro pecado;
incluso podemos decir que no lo amamos en ab­
soluto. Cuántos hay que no quieren su pecado
y sin embargo no se deciden a responder a Dios.
Es verdad que vivir en el pecado es ya un infier­
no, pero en el fondo, al menos durante la vida
presente, el infierno, que consiste en estar atados
a los propios pecados, les parece menos terrible
que arrojarse a las manos de Dios. Se prefiere
seguir siendo mediocres, mezquinos. No estamos
contentos de nosotros, ni nos proporciona satis­
facción el sentimos mediocres, miserables; por
ello necesitamos del coraje de decir al Señor:
«Amame», de decirlo con sinceridad y abrir las
puertas del corazón a ese fuego que abrasa y a
esa luz que nos penetra hasta lo más íntimo, sin
dejar nada oculto. Si no lo hacemos, ¿cómo po­
dremos creer?
LA FE EN EL AMOR 199

Por otra parte, la dificultad de creer no se deri­


va solamente de la conciencia cierta de que Dios
no deja impune nuestro pecado ni puede tolerar
que permanezcamos en nuestra miseria, sino que
deriva también del hecho de que si nos amamos
más a nosotros mismos que a El, ¿cómo vamos
a tener fuerzas para arrojarnos al fuego? Puede
ser el temor del infierno, un comienzo de vida
cristiana. Para un pecador endurecido, el miedo
al fuego eterno puede ayudarle a arrojarse ahora
al fuego de aquí, para verse libre del de mañana.
No es fácil creer en el amor de Dios. El mismo
hecho de nuestro pecado no sólo nos da una cier­
ta conciencia de que Dios no puede tolerarlo y
que debe purificarlo, sino que también nos hace
más difícil creer. Para el pecador, el mensaje del
amor divino se hace inconcebible.
Por eso, aunque el pecador se arriesga a creer
un poco, no lo hace plenamente en el amor per­
sonal de Dios. Cree que Dios cerrará los ojos so­
bre todos, porque es bueno, pero ia bondad de
Dios, en la que él confia, es universal, general,
porque no es personal. No: el amor de Dios es
universal, pero no es del todo genérico. El peca­
dor puede creer también en el amor, pero en un
amor de Dios que no establece ninguna relación
personal con El. Se siente demasiado indigno de
ese amor, e incapaz poi tanto de que Dios lo
ame así.
Podemos y debemos detenernos en esta prime­
ra dificultad, porque subsiste en nuestro camino
200 DIVO BARSOTTI

hacia el Señor en cuanto todos somos pecadores.


Si queremos cerrar los ojos frente a ella y creerla
va superada, es porque ya hemos de hecho recha­
zado el mensaje del amor divino, y no creemos
que sea algo personal e infinito. Así es como los
pecadores creen en el amor de Dios: creen en
ese amor pero lo reducen a su propia pobreza.
No creen en el amor de Dios de la forma en que
El les ama.
Es verdad que también a los pecadores se ma­
nifiesta el amor infinito de Dios. La revelación
suprema del amor es la muerte de la cruz, por­
que es la redención del mundo, y da por supuesto
el pecado del hombre. Un pecado que manifiesta
todavía más el amor de Dios; pero también es
cierto que el pecador, aunque no es absolutamen­
te incapaz de acoger ese amor, encuentra dificul­
tades para creer en él. Aun creyendo, su fe no
es plena y absoluta: cree que Dios ama, pero que
no intima: cree que Dios ama, pero no hasta el
fondo, no con un amor infinito: no cree que lo
ama personalmente, como a Sí mismo, como si
a nadie más amase.
Sin embargo, si El me ama yo soy el tú a quien
El se ordena totalmente. Debemos creer con la
Iglesia que propter nos et propter nostram salu-
tem descend.it de Coelis. En este nos estoy yo,
pero ¿quién de nosotros sabe repetir las palabras
de San Pablo: «Me amó y se entregó a sí mismo
por mí»? Lo hicieron los santos porque eran san­
tos, pero es difícil que el pecador sienta y viva
LA FE EN EL AMOR 201

estas palabras hasta el fondo. Si no, dejaría de


ser pecador.
Dios me ha amado y se ha entregado a Sí mis­
mo por mí. Todo lo que ha hecho, lo ha hecho
por mí: bajó del cielo por mí, se encarnó por
mí, murió por mí, y ahora vive por mí. Es el
Amor. Por todo lo que es, El es el Amor que me
ama. ¿Lo creo realmente? Debo creerlo.
Debemos vencer la dificultad para esta fe, y
sentir que somos el término último, por personal,
del amor infinito de Dios. Cada uno puede decir:
«Me ama como si yo fuese su único amor.» Tal
vez lo digamos, pero no lo creemos, y es nece­
sario que cada uno viva estas palabras; pero nos
negamos a creerlo, nos parece imposible. Somos
tan incapaces de amar a «otro» con todo nuestro
ser, y ¿cómo podemos creer que Dios nos ama
hasta el extremo de dársenos totalmente, sin re­
servarse nada para Sí? Nada se ha reservado. Me
ama: amándome y dándoseme, se me da todo.
¡ Es todo para mí! El mar y los montes, los
árboles y los ríos, el firmamento: todo es para
mí. La historia, la vida de los demás, todo es
para mí: «Cada uno va por su camino», rreemos,
v no nos damos cuenta de que con esto no hace­
mos más que repetir las mismas palabras de Caín.
Sí, también la vida de todos los hombres es para
roí, y la vida de toda la Iglesia. También de la
Iglesia triunfante. La historia de todos los mun­
dos es para mí, todo está en función de mí; si,
realmente soy el término personal y último del
202 DIVO BARSOTTI

amor divino. Pero no realizo, no me atrevo a


realizar todo esto. Y no me arriesgo a ello preci­
samente porque no comprendo cómo otro pueda
amarme con todo Sí mismo; no sólo un otro
cualquiera, sino Dios, el Dios que he ofendido.
Esta es la respuesta de Dios a mi pecado. Ins­
tintivamente la reacción del hombre frente a Dios,
porque se siente pecador, es la huida, la defensa.
El primer acto para disponerse a la oración
es siempre fatigoso, incluso para Santa Teresa de
Jesús, y lo será también para nosotros. Cuando
oremos, ojalá lo hagamos con gusto, pero cuando
nos ponemos a orar buscamos todos los pretextos
para huir de la oración. Es instintiva esta defensa
de Dios, este negarnos al abandono. Siempre debe­
mos superar una cierta dificultad, no para amar­
lo, sino para aceptar su amor. Y esta dificultad
depende de la conciencia del castigo que merece­
mos sufrir. En la medida en que creemos que El
nos ama sentimos necesaria la pena. La primera
dificultad está en creer que nos ama realmente.
Así como no podemos tolerar el pensamiento de
un castigo eterno, queremos creer que El nos ama
con un amor genérico, que nos permitirá entrar
en el cielo aunque sea por la puerta de servicio;
pero que El nos ame de manera personal hasta
el extremo de que nosotros seamos el término
de su amor infinito, esto nos parece casi impo­
sible.
Y de esta actitud nacen nuevas dificultades. Si
creemos que El nos ama verdaderamente, debe-
LA FE EN EL AMOR 203
mos abandonarnos a los celos de este amor que
no nos deja en nuestra mediocridad, que no pue­
de tolerar nuestra miseria, que no puede dejarnos
vivir nuestra pobre vida vacía. Mientras creamos
en un amor genérico, podemos seguir comiendo
y bebiendo y esperar que Dios en el último ins­
tante cierre los ojos y nos deje entrar en el cielo.
Querremos este amor y no nos defenderemos de
él. Pero si nos negamos a creer que El nos ama
realmente, ¿cómo podremos soportarlo? Si no me
puedo soportar a mí mismo, ¿cómo podrá sopor­
tarme Dios?
Mientras no consiga transformarme en Dios, la
única gloria del alma no es otra que su castigo.
Su única gloria está en no ser respetada por el
fuego. Y, si cree realmente en el amor, no puede
desear otra gloria. Su única gloria está en desear
ser purificada, en probar los castigos de su purga­
torio. La pena del purgatorio, según Santa Cata­
lina de Génova, es la mayor gloria que un alma
puede gozar en la tierra. No existe gloria compa­
rable a la que un alma que sufre las penas del
purgatorio; precisamente porque en esas penas,
ella siente estar en las manos de Dios y que El
se le da en posesión.
¡ Dios se hace suyo a través de esta purifica­
ción! Las otras glorias no hacen más que distraer,
apartar del amor, y el alma no puede permitirlas.
Así, San Francisco de Asís encuentra su mayor
gozo en ser apaleado. Y lo mismo le sucede a toda
alma que cree verdaderamente en el amor. La
204 DIVO BARSOTTI

única gloria consiste en que Dios entre plena­


mente en posesión del alma, a través de una puri­
ficación que la transform a en El. ¡ Pobres de nos­
otros si Dios nos abandona a nosotros mismos,
si nos deja sin penas! ¿ No era ésta la pena mayor
de los santos? Cuando ninguna prueba aparece
en su vida, se sentían abandonados de Dios y se
lamentaban con El. El santo que cree en el amor
de Dios siente realmente que Dios le ama cuando
Dios lo somete a todos los sufrimientos.
¡Qué gloria debemos gozar, por tanto, cuan­
do sufrimos! La única gloria verdadera está pre­
cisamente en no ser abandonados por el fuego.
Si no nos abrasa es porque o no somos santos
o porque Dios nos ha abandonado a nosotros mis­
mos. Y lo peor que nos puede suceder, ¿no es él
que Dios nos haya dejado a nosotros mismos, a
nuestra pobreza y a nuestra indigencia? Cierto. El
conoce nuestra pobreza humana, nuestra humana
debilidad y, con todo, nos da algunas consolacio­
nes; pero las consolaciones de Dios no son siem­
pre para prepararnos a recibir mayores tribula­
ciones y penas. Hasta que no consigamos la unión
perfecta, las penas deben crecer, no pueden dis­
minuir. La segur debe llegar hasta la raíz del
árbol.
Al principio, la purificación de Dios llega al
hombre desde fuera, lo purifica en sus relaciones,
a través de las desventuras exteriores; después
lo toca en lo más íntimo: en su salud, en el amor
a los demás; seguidamente lo penetra como una
LA FE EN £L AMOR 205

llama más profundamente; la desolación del


alma, la angustia, la sensación de una condena­
ción, de un perderse el alma, de un precipitarse
en el infierno, sin esperanza ni fe consciente, con
el sentimiento de un caer en el vacío, sin respues­
ta. Así, Dios nos purifica. Hasta que no alcance­
mos la unión no aumenta la gloria, sino el tor­
mento, la pena. Esto no es agradable, pero es
la verdad del amor. El amor de Dios no sería
real si no nos transformase en sí. Y para conse­
guir esa transformación no hay otro camino que
el ser «digeridos» por el fuego.
Debemos convertir nuestras penas en nuestra
verdadera gloria mientras vivamos aquí abajo, si
nos vienen de Dios y son en nosotros signo de su
presencia en nuestra vida. Y lo serán si nos pone­
mos en las manos de El.
No podemos descorazonarnos o sentirnos jamás
abatidos: los motivos de nuestro desaliento son
anteriores a los de nuestra gloria. Lo que para
unos es sufrimiento, para ei alma verdaderamen­
te cristiana es motivo de gozo. San Fi*ncisco de
Asís, que se encontraba lleno de alegría por ser
apaleado, tampoco era insensible al dolor. La ale­
gría del alma es de distinta especie: consiste en
sentirse amados, en saber que Dios, incluso a tra­
vés de las heridas, se nos acerca, entra en nos­
otros y nos posee.
Debemos expresar nuestra fe en el amor no
huyendo de Dios y aceptando el ser purificados
por El. Ya sabemos que creer en el amor significa
206 DIVO BARSOTTI

arrojarse al fuego, ser transformados por él. Por


consiguiente, la única manera de superar las difi­
cultades está en creer en el amor de Dios. Si no
creemos es porque, o creemos que es un amor
solamente genérico, o, si lo admitimos como per­
sonal, le tenemos miedo, porque nos amamos más
a nosotros mismos que a Dios, y preferimos de­
fendernos a abandonarnos al amor divino.
¿Quién es el que cree en el amor? Lo podemos
saber en seguida, porque Dios nunca se hace espe­
rar. Basta con que el hombre crea en el amor
y se abandone para que la acción de Dios sé siga
inmediatamente. Dios entra en posesión de nos­
otros por los caminos menos sospechados, aunque
en todos ellos nos atrapa su amor. Nos va lim­
piando con humillaciones y enfermedades, con in­
comprensiones y dolores, con el peso del trabajo,
con la sensación de soledad humana, con prue­
bas interiores e injusticias exteriores. ¡Todo és
hermoso! Y el único motivo para estar contentos
es el reconocer la acción de Dios en nosotros, una
vez que hemos creído en el amor.
Esta es una doctrina que todos reconocemos
como verdadera, aunque no queramos vivirla. Por
esto huimos de Dios. ¿Por qué Dios, si nos ama,
no actúa de otra forma? Precisamente porque así
no nos amaría. Si nos dejase en nuestra medio­
cridad dejaría de ser Dios. Y, porque nos ama,
debe amarnos de esta manera. *
►Pero hay una nueva dificultad para creer en
el amor de Dios, y es el hecho de que somos crea-
LA FE EN EL AMOR 207

turas, formamos parte de la creación, del cosmos.


El amor de Dios, si es un amor personal y esta­
blece una relación personal entre El y nosotros,
nos saca del contexto de una historia y de una
creación. Somos el término último de su amor:
El nos eleva por encima de todas las cosas, pero,
al hacerlo, en cierto modo nos arranca de nuestra
condición humana y natural.
Si formamos parte de un todo, no somos el
absoluto al que Dios habla. Si somos parte de
un todo, Dios no nos puede amar con un amor
personal que tiene como último término a cada
uno de nosotros. Nos amaría solamente con un
amor genérico, como el amor providencial que
tiene hacia todas las cosas. Pero Dios no ama
«personalmente» a la cigarra que canta, o a las
flores que abren su corola a la luz. Ama a toda
la creación porque así la ha querido. Conoce la
cigarra, y también las flores, pero como parte de
un todo que es la creación.
¿Querría el hombre ser amado de esa forma?
¿Que Dios lo dejase en el contexto de una histo­
ria, de una creación, como parte de un cosmos
ordenado? Esto no es posible si Dios nos ama
de veras. Todo hombre es el «Tú» de Dios, lo
mismo que Dios es el Tú absoluto del alma que
ama. Ya lo hemos dicho: si El nos ama, es como
si fuésemos los únicos para su amor. Amándonos
Dios de manera personal, real, no podemos ser
amados como parte de un todo, ni El puede amar­
nos como una parte de Sí. Somos el término ulti-
208 DIVO BARSOTTI

mo de un amor infinito. Al ser amados por Dios,


cada uno de nosotros surge único en El.
Algo parecido pasa entre los hombres. Cuando
un joven ama a una muchacha, la introduce en
su familia y la joven sólo a él pertenece. Y así
nace entre el hombre y la m ujer una relación
única. £1 amor les hace vivir una vida exclusiva.
Sin embargo, esta vida no es totalmente indepen­
diente de la de los demás. Siguen existiendo otros
hombres. La relación del hombre con la m ujer
no los sustrae de la sociedad humana, y el m atri­
monio es precisamente una institución que forma
parte de la sociedad. Sin embargo, si el amor
humano tiende de suyo a ser exclusivo y se esca­
pa, aunque no plenamente, del contexto que le
rodea, ■con cuánta mayor razón se sale del con­
texto humano, creado, histórico, el amor divino!
Al ser únicos para su amor, entramos en la misma
soledad infinita de Dios, en su eternidad, en su
inmensidad, y nos sentimos perdidos.
El hombre es demasiado pequeño para no pro­
bar los vértigos. No se arriesga a creer. La difi­
cultad para creer no sólo es propia del pecador,
sino también del justo. La experimentó Adán al
pecar,, y tal vez también la probó la Virgen, si
nos atenemos a un simple análisis del texto evan­
gélico. Y no es que esa dificultad signifique en
ella una mínima parte de culpa: descubre sim­
plemente las condiciones propias de la creatura y
la desproporción infinita que siempre hay entre
ella y Dios. Quomodo fiet istud? Parece que estas
LA FE EN EL AMOR 209

palabras expresan el sentido de una dificultad,


no para aceptar lo que el Señor dice, sino p a ra
creer lo que el Señor pueda querer de Ella. La
desproporción sigue siendo infinita. La Señora
sigue siendo una simple criatura. Y la despro­
porción infinita que existe entre toda criatura y
Dios también se da entre la Virgen y Dios.
Es verdad para la Virgen María, y lo es tanto
más para Adán. Pero Adán no tiene sólo dificul­
tad para creer, no cree. Su pecado es de infideli­
dad. Ya antes de probar el fruto, no cree en la
palabra de Dios. Si llega a la desobediencia es
porque antes ha rehusado creer.
¿Por qué existe esta dificultad en el hombre,
creado en la rectitud de su voluntad para creer
en Dios? ¿Por qué el prim er pecado del hom bre
es su falta de fe? El am or divino, además de ser
desproporcionado con la crea tura, la saca de su
contexto. La Virgen al creer es elevada hasta ser
igual a Dios por la gracia, y a ser introducida en
el seno de la Santísima Trinidad en la misma eco­
nomía de la Encarnación. Es elevada por encima
de toda la creación visible e invisible. Pero el
alma resiste a la violencia del amor y experimenta
los vértigos del amoral verse en aquellas alturas
adonde la lleva la palabra de Dios. ¿Cómo no
sentir dificultades para abandonarse a la fe?
Dios no somete al hombre más que a las prue­
bas de ia fe, pero de éstas no puede librarle; por
amarle debe exigir al hombre la fe para que éste
pueda ser amado. Y tener fe en Dios sólo significa
14
2 IC DIVO BARSOTTI

para el hombre abandonarse al poder del fuego


que lo abrasa, del Espíritu que lo arranca de to­
das las cosas para llevarlo más allá de todo lí­
mite.
Independientemente de nuestro pecado, no nos
arriesgamos a creer que El nos ama porque su
amor nos da miedo. Que El nos ame como hom­
bres lo queremos, pero que nos ame como a Sí
mismo, no. Es algo que nos trastorna, que nos
produce vértigo. ¿Es posible creer? Sí, porque
la Santísima Virgen ha creído, y también Santa
Teresita del Niño Jesús. Conocía su pequeñez,
pero esto no limitó su fe. Creyó en que Dios ha­
bía hecho grandes cosas en ella. Murió en la oscu­
ridad de la fe, en la angustia de la tentación, pero
no dejó de creer en que Dios la amaba como se
ama a Sí mismo. Podía obtener todas las cosas
de Dios, lo sabía; habría sido la reina del uni­
verso. Hubiera realizado tantas vocaciones como
deseaba su corazón, y hecho por Dios todo lo
que el hombre ha hecho desde el principio del
mundo. En su corta vida vive toda la historia
del mundo, todo el esfuerzo de los mártires, la
sabiduría de los doctores, el celo de los apóstoles,
la entrega de las vírgenes, el amor de todos; por­
que cree en el amor. Nada le será rehusado. Para
la donación de Dios no hay más límite que la
le del hombre: y Santa Teresita del Niñg Jesús
no pone límites al amor de Dios.
Abandonarse al Amor quiere decir morir. El
no te ama si no te apartas de todo. Pero nosotros
LA FE EN EL AMOR 211

hemos echado raíces en este mundo; como a cria­


turas, como hombres, estamos enraizados en esta
historia, en estos nuestros hermanos. No es que
Dios nos arranque de un modo absoluto y defi­
nitivo; sin embargo, el amor de Dios no puede
aceptar que seamos parte de un todo; es más,
porque nos ama, nos hace un todo con El. Como
hizo con la Santísima Virgen, elevándola sobre
toda la creación al hacerla Madre suya. Deja de
formar parte de la creación y la creación pasa a
formar parte de Ella; no forma parte de la Igle­
sia, en cierta medida es toda la Iglesia. Toda la
historia, toda la creación encuentra su comple­
mento en la m aternidad de María.
Esto mismo es verdad, en la medida de su fe,
también para Santa Teresita. «Mi vocación es el
amor.» Se eleva como un águila hacia el sol, que
es la Santísima Trinidad. Va sola, pero en su
soledad lleva consigo todas las almas, fodo el uni­
verso. Lo confiesa ella misma cuando dice que al
fin ha comprendido la doctrina de la caridad.
Nosotros nos sentimos más protegidos siendo
una pequeña célula de esta creación; nos senti­
mos más seguros en nuestra pequeña tarea, en
nuestra pequeña vida. Nuestra dificultad para
creer está en^temor a vivir en un mundo dema­
siado grande para nosotros y de ser sumergidos
en una plenitud de amor, en la qué nos sentimos
morir. La dificultad para creer es la defensa de
nuestra pequeña vida. No se puede ver a Dios sin
morir antes, ni se puede ser amado por Dios
212 DIVO BARSOTTI

sin antes morir. Por esto, creer significa aceptar


la muerte, morir totalmente, olvidarnos de nos­
otros, acordarnos sólo de Dios.
¿ Es posible para nosotros aceptar, creer en este
amor? Es necesario cerrar los ojos y lanzarse.
Creer en el amor de Dios significa precisamente
esto: cerrar los ojos y arrojarse en el abismo de
Dios.
DUODECIMA MEDITACION

EL ACTO DE FE

Debemos creer en el amor.


Es necesario que nos detengamos a considerar
atentamente el acto de esta fe.
De hecho, si el acto de fe implica y realiza una
relación del alma con Dios, será siempre un mis­
terio; tiene la incomprensibilidad misma del Dios
al que se dirige, aunque es un acto existencial
humano, el acto en el cual el hombre se realiza
no como creatura, sino como creatura que ha
sido hecha hijo de Dios.
Antes que nada, para ver qué es el acto de fe
debemos considerar qué es lo que supone este
acto: una relación real con Dios. ¿Recordáis lo
que hemos dicho? La creatura como tal no puede
jamás vivir una relación verdadera con Dios de
la misma forma que Dios no vive una relación real
214 DIVO BARSOTTI

con la creatura. Ciertamente que la creatura de­


pende de manera esencial de Dios, pero esto no
significa que viva con él una relación personal.
En un plano puramente natural el hombre queda­
ría encerrado en los estrechos límites de la crea­
ción; estrechos, aunque la creación es vasta; es­
trechos, aunque parezca que la creación no tiene
fin, porque si el deseo natural del hombre es la
visión de Dios, el hombre no viviría en el plano
natural más que el sentimiento de su impotencia
absoluta para salir de sí y alcanzar a Dios.
El hombre ciertamente depende de Dios, pero
esta dependencia no la vive como un acto suyo
existencial. Si la viviese como hombre, el conde­
nado no estaría condenado, porque viviría una
relación personal con Dios. Y en cambio no pue­
de; puede saber que depende de Dios, pero con
un conocimiento que no es directo ni experimen­
tal, es un conocimiento abstracto. El sabe con
argumento cierto que no tiene en sí mismo su
propio fundamento, pero en su acto no puede al­
canzar la causa de la cual depende, no alcanza
la raíz, ei fundamento sobre el que encuentra apo­
yo su existencia. Creado, el hombre no tiene en
sí su fundamento, no posee en sí la paz, pero no
puede ni bajar ni subir tanto como para salirse
de sí mismo. Su fundamento es más profundo
que su propia profundidad; su fin es siempre más
alto que él mismo. En su inmanencia, Dios tras­
ciende siempre toda posibilidad humana de ser
alcanzado.
LA FE EN EL AMOR 215

Por el contrario, el acto de fe realiza una rela­


ción viva con Dios. Tratemos de comprender algo
de lo que estas palabras suponen, de lo que im ­
portan.
Si Dios es la causa total del ser humano, por
el acto de fe yo desciendo hasta el fondo de mi
ser para precipitarm e infinitamente más allá de
mí mismo, hasta la raíz de mi propio ser. Por
eso, el acto de fe implica una absoluta interiori­
dad; si alcanza a Dios como causa del ser, el alma
no va solamente hacia su centro, sino hasta el
mismo fondo del cual brota el mismo ser. De
otra forma, no alcanza a Dios, sino a un ídolo.
Pero Dios no es solamente la causa del ser,
sino que también es la causa final. Es necesario
que en el acto de fe yo trascienda todo el ser
creado y vaya más allá, hasta alcanzar a Dios,
porque de otro modo no alcanzo más que a un
ídolo. Si el acto de fe del hombre alcanza a Dios
en su absoluta inmanencia, en su absolute tras­
cendencia, el acto de fe supone una tensión totai
del ser, que supera a toda otra. Así el hombre se
realiza plenamente a sí mismo en un acto que
exige de suyo la realización suprema de todas las
potencias, en una tensión que supera todo límite.
Y la realización suprema de sí mismo no se cum­
ple para el hombre más que por la superación de
su yo, como en la muerte.
El hombre no vive verdaderamente más que en
la muerte. Por sí mismo, ¿ cómo podría el hom bre
^ más allá de su ser, más allá de todo límite crea-
214 DIVO BARSOTTI

con la creatura. Ciertamente que la creatura de­


pende de manera esencial de Dios, pero esto no
significa que viva con él una relación personal.
En un plano puramente natural el hombre queda­
ría encerrado en los estrechos límites de la crea­
ción; estrechos, aunque la creación es vasta; es­
trechos, aunque parezca que la creación no tiene
fin, porque si el deseo natural del hombre es la
visión de Dios, el hombre no viviría en el plano
natural más que el sentimiento de su impotencia
absoluta para salir de sí y alcanzar a Dios.
El hombre ciertamente depende de Dios, pero
esta dependencia no la vive como un acto suyo
existencial. Si la viviese como hombre, el conde­
nado no estaría condenado, porque viviría una
relación personal con Dios. Y en cambio no pue­
de; puede saber que depende de Dios, pero con
un conocimiento que no es directo ni experimen­
tal, es un conocimiento abstracto. El sabe con
argumento cierto que no tiene en sí mismo su
propio fundamento, pero en su acto no puede al­
canzar la causa de la cual depende, no alcanza
la raíz, ei fundamento sobre el que encuentra apo­
yo su existencia. Creado, el hombre no tiene en
sí su fundamento, no posee en sí la paz, pero no
puede ni bajar ni subir tanto como para salirse
de sí mismo. Su fundamento es más profundo
que su propia profundidad; su fin es siempre más
alto que él mismo. En su inmanencia, Dios tras­
ciende siempre toda posibilidad humana de ser
alcanzado.
LA FE EN EL AMOR 215

Por el contrario, el acto de fe realiza una rela­


ción viva con Dios. Tratemos de comprender algo
de lo que estas palabras suponen, de lo que im ­
portan.
Si Dios es la causa total del ser humano, por
el acto de fe yo desciendo hasta el fondo de mi
ser para precipitarm e infinitamente más allá de
mí mismo, hasta la raíz de mi propio ser. Por
eso, el acto de fe implica una absoluta interiori­
dad; si alcanza a Dios como causa del ser, el alma
no va solamente hacia su centro, sino hasta el
mismo fondo del cual brota el mismo ser. De
otra forma, no alcanza a Dios, sino a un ídolo.
Pero Dios no es solamente la causa del ser,
sino que también es la causa final. Es necesario
que en el acto de fe yo trascienda todo el ser
creado y vaya más allá, hasta alcanzar a Dios,
porque de otro modo no alcanzo más que a un
ídolo. Si el acto de fe del hombre alcanza a Dio>
en su absoluta inmanencia, en su absoluta tras­
cendencia, el acto de fe supone una tensión total
del ser, que supera a toda otra. Así el hombre se
realiza plenamente a sí mismo en un acto que
exige de suyo la realización suprema de todas las
potencias, en una tensión que supera todo límite.
Y la realización suprema de sí mismo no se cum­
ple para el hombre más que por la superación de
su yo, como en la muerte.
El hombre no vive verdaderamente más que en
la muerte. Por sí mismo, ¿ cómo podría el hom bre
ir más allá de su ser, más allá de todo límite crea-
216 DIVO BARSOTTI

do? Pero la gracia transporta al hombre más allá


de sí mismo por el acto en que tiende a Dios
con todo su ser, ya que Dios no lo dispensa de
su cooperación. La acción divina que eleva por
encima de sí mismo obra a través de sus mismas
potencias. Si con sus potencias él debe alcanzar
a Dios, está llamado a esforzarse al máximo para
poder alcanzarlo. Solamente quien vive de la fe
vive hasta el fondo. Sólo es posible el acto de
fe como «último acto» de todas las potencias,
como acto en que todas las potencias humanas
actúan hasta el límite de su capacidad.
Dios no nos puede dispensar. Si soy yo quien
debe alcanzar a Dios, la acción de la gracia debe
llevar hasta el máximo la tensión de mis poten­
cias para que pueda alcanzar el punto que más
allá de todo otro, al Dios que está más allá de
todo límite, de toda meta.
El problema no se soluciona fácilmente. Si el
acto de fe exige tal esfuerzo, ¿quién es el que
cree?
Lo que se dice de la caridad se puede decir
de la fe; es más, se debe decir de la fe todavía
más que del amor. Un mínimo grado de gracia
—dice San Juan de la Cruz— nos coloca ya en él
centro del alma donde mora Dios. Y, sin embar­
go, para ser totalmente, para establecerse com­
pletamente en este centro, ¡ hay tanto camino que
recorrer! Un mínimo de gracia no supone cierta­
mente la perfección de la caridad. Y, sin embar­
go, este mínimo grado de gracia es perfección,
LA FE EN EL AMOR 217

porque supone —se dice en Teología— una cari­


dad apreciativamente suma, aunque no lo sea in­
tensivamente; el mínimo de gracia implica que
el alma ama a Dios por encima de todas las cosas,
sin parangón alguno con todos los demás valores,
hasta estar dispuesta a sacrificarlo todo antes que
perder a Dios.
Si un alma no está dispuesta a perderlo todo
antes que perder a Dios, no posee la gracia. Es
cierto que Dios, que conoce nuestra miseria, no
nos pone nunca frente a esta alternativa. Ni si­
quiera pone a los santos; pero pone a los m ár­
tires frente a esa alternativa. Y los m ártires son
simples cristianos. Es decir, no se puede ser ni
siquiera simples cristianos si no se está dispuesto
a perderlo todo antes que a Dios.
El Señor puede pedirnos esto a Todos, y todos
debemos estar dispuestos a ello, aunque de hecho
pocos realmente estén llamados a hacer esta elec­
ción, que podría sobrecoger. El Señor conoce a
sus creaturas; por eso pocas veces las coloca fren­
te a esa disyuntiva. Pero exige que él mantenga
esa disposición, para escoger a Dios y rehusar
toda otra cosa.
La gracia divina, aun exigiendo del hombre esa
absoluta decisión de querer a Dios, no le da fuer­
za para cumplirla, sino en el momento concreto
de la prueba.
No hablo de m artirio. Pero, por ejemplo, ¿qué
haríamos si tuviésemos que padecer la enferme­
dad de la lepra?, ¿cómo lo aceptaríamos? No de-
218 DIVO BARSOTTI

bemos hacernos esas preguntas; es mejor dejarlo


estar. El cristiano debe vivir el momento presen­
te, puesto que la gracia divina es para la situación
concreta en que la Providencia lo sitúa, y Dios
nunca anticipa su gracia.
Ciertamente, si tuviésemos la lepra, deberíamos
recibirla con resignación, si no con alegría. Pero
como de hecho ésta no es la situación en que
nos encontramos, es inútil que nos lo proponga­
mos. Nos pondríamos en situación de ser tenta­
dos de debilidad o de rebeldía. Seríamos atemo­
rizados por lo que Dios podría pedirnos. Si esa
situación llega a darse, no nos faltará la ayuda
divina. Pero la disponibilidad del alma para sa­
crificarlo todo antes que perder a Dios debemos
tenerla siempre, aunque sea de forma confusa. De
hecho la tenemos siempre, y nos permite aceptar
en cada momento lo que Dios pide de nosotros.
El mínimo de gracia supone mucho. Aunque la
santidad de San Luis Gonzaga o de Santa Teresa
implica una perfección de amor bastante mayor
que la que nosotros poseemos, pobres cristianos
como somos, sin embargo, la gracia que poseemos
es algo perfecto en sí mismo; supone, de hecho,
una absoluta elección, la voluntad, aunque sea
confusa, de preferir a Dios antes que todas las
demás cosas.
Y lo mismo podemos decir de la fe.
Es cierto que la fe en su perfección implica una
tal tensión de las potencias que está más allá de
todo, y a nosotros nos parece, en el acto de fe,
LA FE EN EL AMOR 219

que no vivimos otra cosa que la muerte. La vida


real de cada uno de nosotros es más o menos
importante; sin embargo, cada uno está en su
centro, cualquiera que sea la perfección de su
caridad. Cada uno de nosotros alcanza a Dios, y
por eso vive en su acto la tensión máxima de su
ser, aunque esta tensión sea poca cosa en rela­
ción con la de los santos.
Es muy sencillo. Cada uno de nosotros vive el
acto supremo de su vida, cualquiera que sea ésta,
en el acto de fe y de caridad. Si la capacidad de
tu acto de fe fuese menor que la de los otros
actos, no alcanzarías a Dios. La vida religiosa y
teologal es siempre la más elevada para cada uno
de nosotros; todas las actividades humanas se
cumplen siempre en esta actividad religiosa y teo­
logal. Todos nosotros vivimos la vida más verda­
dera, intensa y plena en los actos por los que
alcanzamos a Dios.
Si todos vivimos al máximo la vida en los actos
religiosos, debemos caer en la cuenta de que el
acto de fe y de caridad nos mueve a una tensión
cada vez mayor. No digo que la fe no sea más
fácil, sino que no nos cuesta menos. Puede ser
más fácil la práctica de la fe, pero no se vive
el acto de fe a medida que ésta va siendo más
perfecta, sino en un acto que cuesta cada vez
más, que implica cada vez más todas las poten­
cias humanas. Las mueve totalmente, pero de for­
ma que el esfuerzo no deba ser siempre mayor.
Por eso no debemos pensar que el acto de fe, a
220 DIVO BARSOTTI

medida que vamos avanzando en el camino hacia


Dios, comprometa menos nuestro espíritu. De he­
cho exige siempre una tensión más grande de todo
el ser; porque el hombre debe ser cada día más
consciente de que este acto trasciende todas las
cosas y todos los límites. El alma vive tanto más
la caridad perfecta cuanto más vive la elección de
Dios, no de una manera confusa y global, sino
plena, consciente y libre. El amor crece tanto
más cuanto más consciente es la elección de Dios.
Y esto mismo podemos decir de la fe. Crece la fe
en ti en la medida en que vives la tensión de tu
ser para alcanzar a Dios, que está más allá de
todas las cosas.
Por eso la perfección de la fe supone una puri­
ficación de todas nuestras actividades. La fe per­
fecta es la fe desnuda, la fe sin apoyos, la fe que
no se ata más a los sentimientos del corazón ni
a los símbolos conceptuales, sino que alcanza a
Dios en la oscuridad más profunda, ya que todo
lo que hasta aquí le servía para apoyarse, se con­
vierte como en un ídolo que debe rechazar, algo
que le impide alcanzar a Dios. La perfección de
la fe en Santa Teresa del Niño Jesús es superior
a la de muchos teólogos. Lo que ella creería ten­
taciones contra la fe sólo era exigencia de una fe
más perfecta. Creer significa hacer de la propia
vida un salto sobre el vacío: la vida ya no se
apoya en nada, nada la sostiene. No vives el acto
de fe en cuanto alcanzas a Dios que permanece
en el misterio, sino que vives el acto de fe én
LA FE EN EL AMOR 221

cuanto ni las impresiones, ni los conceptos, ni


los sentimientos, te detienen más, cuando expe­
rimentas como un precipitarte en el vacío.
Todo se convierte en oscuridad, ya que el signo
se viene a menos. No te detengas: el acto con el
que Dios te llama —cada vez más consciente y
libremente— exige del alma una superación para
poder alcanzar a aquel que no se parece a las
cosas, que no se identifica con las ideas del hom­
bre, y es —para usar la expresión del beato
Suso— «la nada de todo», por su infinita tras­
cendencia.
Desde este mínimo acto de fe hasta su per­
fección hay todo un camino.
El acto de fe, si nos hace alcanzar a Dios, exige
siempre del alma un zafarse de todas sus más
íntimas raíces hasta poder proyectarse más allá
de todo sentimiento y pensamiento, de todo afec­
to e impresión, de todo lo que es humano, de
todo lo que es creado, ya que todo lo humano y
creado no es Dios. Todo es camino para alcan­
zarle a El, pero es camino solamente si tú lo
recorres y lo trasciendes. No es camino hac’a
Dios, no ya la belleza de la creación, sino incluso
tu mismo pensamiento, tu misma virtud, si de
hecho no lo superas y trasciendes. Dios está más
allá de todo camino y de toda meta. El camino
es la creación, camino es el mismo hombre en
sus actividades, afectos, pensamientos y voluntad.
No digo cómo se debe vivir la fe. Quisiera decir
solamente esto: si debemos vivir la fe, debemos
222 DIVO BARSOTTI

sentir al menos que no se vivirá más que en una


voluntad decidida, firme, para caminar siempre
más allá con todo el ser, hasta alcanzar a Dios.
Es la voluntad de no detenerse nunca, en ningún
conocimiento que de El tengamos, en ninguna
palabra que de El escuchemos, en ninguna reve­
lación que nos pueda hacer. ¿ No es éste el camino
que San Juan de la Cruz nos describe en la Subida
al Monte Carmelo? Se impone una superación de
las gracias que Dios nos da, de la revelación que
El nos hace, ya que Dios no se parece a nada, y
yo debo ir más allá de lo que El mismo me dice.
Lo que El me dice también es un camino para
poder llegar a El, que es inefable. Ni siquiera me
pueden detener las palabras del Evangelio; inclu­
so las que dicen que Cristo es la puerta y el
camino. Y si debemos superar toda gracia, ¡ cuán­
to más deberemos sobrepasar nuestros pequeños
sentimientos, nuestras pobres ideas!
Este camino continuo de trascendencia compro­
mete realmente todo nuestro ser, lo proyecta
siempre más allá. ¿Pero cómo es posible que el
hombre salga de sí mismo?, ¿cómo es posible que
esta tensión pueda producir el efecto de llevar al
hombre más allá no sólo de sí mismo, sino tam­
bién de la misma creación?
Toda creatura está atada y encerrada en el mun­
do del que forma parte. Ahora, por el acto de fe,
el hombre debe ir más allá del mundo y de la
creación. ¿Es esto posible? ¿No es una contra­
dicción? La creatura pertenece a la creación. El
LA FE EN EL AMOR 223

acto de fe, si supone una relación con Dios, me


hace trascender la creación. ¿Es posible que la
creatura viva más allá de su mundo? ¿Es posible
que pueda superarse a sí misma sin m orir? No,
no es posible. Y debemos saberlo. Hemos de dar­
nos cuenta de que sería un total fracaso nuestra
actividad religiosa si no estuviese estimulada por
la palabra que nos llama.
La fe, de hecho, es siempre una respuesta a
Dios. Mi acto de fe no puede ser más que un acto
de asentimiento a un Dios que me llama y me
hace ir más allá. El hombre no podría vivir hoy
una trascendencia absoluta de la palabra divina,
ya que Dios no nos llama todavía a eso, y sobre
todo, porque nosotros no estamos todavía prepa­
rados. Acaso nuestra vida religiosa deberá pasar
a través del pensamiento del hombre y debamos
darle su importancia a ese pensamiento, ya que
nuestra fe todavía no puede ser un abandono total
sin ningún apoyo.
Puedo realizar el acto de fe solamente porque
el acto por el que vivo mi relación con Dios es
respuesta a una gracia que viene de El. Puedo ir
más allá de la creación solamente por la fuerza
de aquella palabra que me llama. ¿Qué significa
«palabra de Dios que me llama»? Dios es la causa
final del ser humano porque también es su causa
eficiente. El es el creador.
¿Qué es la vida espiritual, qué es la vida del
hombre? Se puede decir: el hombre no es, llega
a ser. Dios nos ha creado de manera que nuestra
224 DIVO feAMNOTTt

creación es condición sólo para la elevación al


orden sobrenatural, a una participación de la vida
divina. El hombre 110 es, niño que llega a «er;
y no llega a ser «hombre», sino Dios. £1 hombre
es realmente cuando llega a ser lo que Dios quie­
re que sea; y Dios ha querido al hombre seme­
jante a sí. hijo suyo. La creación del hombre no
es finita, estamos situados en un cierto orden na­
tural dentro de la creación, pero Dios nos ha crea­
do en este orden para que podamos responder a
su palabra, que nos eleva sobre el orden natural
hasta El.
¿Qué es, pues, el acto de fe del hombre? Nues­
tra creación prosigue: es como un salto del hom-
bre, no de la nada, sino de nuestra naturaleza
hasta el esplendor de la gloria divina.
El paso de la nada al ser solamente lo realiza
Dios. El acto de la creación por el que estamos
situados en nuestra naturaleza, no supone ningu­
na cooperación por nuestra parte. Dios nos crea
de la nada, se dice en Teología. La creatura no
puede cooperar a este acto divino desde el mo­
mento en que no existe. Dios la coloca en el ser
y la coloca El sólo. Pero la elevación del hombre
al orden sobrenatural no se realiza sino a través
de las mismas potencias del hombre. Es Dioa el
único que puede elevarme por encima de mi ser,
pero lo hace solamente a través de mí mismo.
En el acto de fe, el hombre se adhiere a Dios, que
lo eleva a Sí.
¿Qué es, pues, el acto de fe?, ¿qué significa
M V* BN Ul AMOS 225

creer en Dios? Es necesario primero comprender


la que es Dios para comprender luego lo que sig­
nifica «creer». Una cosa es creer a un maestro
y otra muy distinta creer en Dios. Creer en Dios
significa confiar totalmente en aquel de quien de-
pende el ser creado. No se puede creer en Dios
como se cree en una creatura. Creer en Dios no
es creer en un maestro cualquiera, no es confiar­
se hó Io en parte, sino confiar totalmente. ¿ En qué
medida puede entrar otra creatura en vuestro
cuerpo, en vuestra actividad, en vuestra vida inte­
rior? La dependencia de nuestro padre o de núes-
tra madre es bien miserable y siempre periférica
y relativa Pero nuestra dependencia de Dios, que
es el creador, es una dependencia absoluta. El
acto de fe implica un total, vivo, consciente aban­
dono del hombre en las manos de Dios.
He aquí por qué el acto de fe supone amor.
No es sólo la aceptación de una verdad abstracta.
No sería creer en Dios. Ni siquiera es creer sen­
cillamente en Dios, porque Dios no nos engaña;
creer es confiarse en un Dios, para que, de la mis­
ma forma que nos ha creado, pueda elevarnos a
sí y transformamos en El.
Maravillosamente nos lo enseña San Pablo.
«Todos nosotros a cara descubierta contempla­
mos la gloria del Señor como en un espejo, y nos
transformamos en la misma imagen, de gloria ea
«loria, a medida que obra en nosotros el Espíritu
del Señor »(2 Cor 3, 18). De la enseñanza del
Apóitol nace todo el proceso de nuestra vida es»
IB
226 DIVO BARSOTTI

piritual, que es la fe. Esta relación de conocimien­


to con Dios, esta adhesión a un Dios que nos
crea (ya que la fe no es solamente adhesión a
unas verdades externas), esta transformación que
nos cambia, nos va elevando a Aquel que contem­
plamos. La visión de Dios es transformadora,
pero ya que la fe es inicio de la visión, la fe
nos transforma.
La fe es escuchar a Dios, pero también es con­
templarlo, entrar en relación con El. Se puede
pensar esta relación en términos de visión o de
audición, se puede incluso decir que estamos to­
cados por Dios. De cualquier forma, la relación
es recíproca: no lo escuchas sino en cuanto te
habla, no le ves más que en cuanto él mismo se
hace ver, no lo tocas si no eres tocado por él.
Toda la vida religiosa se expresa mediante los
sentidos espirituales, puesto que implica una re­
lación verdadera. Y esta relación con Dios no nos
deja como nos encuentra.
Mediante la fe continúa en cierto sentido la
creación, puesto que el hombre se abandona a
la fuerza de un Dios que lo posee cada vez más
dándose. Me abandono a su fuerza en la medida
en que me dejo poseer, y yo mismo poseo a aquel
que se me da.
Lo que se impone, pues, es que el hombre se
abandone a Dios que se le hace ver y le habla,
que se le da y quiere ser poseído y poseer al hom­
bre. La fe es transformadora. San Juan, en su
primera carta, enseña que nosotros seremos se-
LA FE EN EL AMOR 227

mejantcs a Dios porque lo veremos. Es la visión


la que nos hace semejantes a Dios. Pero el ejerci­
cio mismo de la fe con el que comienza la visión
es transform ador. El hombre es el transformado;
pero es transform ado en la medida en que con­
templa. El acto de fe supone la total entrega de
la creatura en las manos de aquel que la modela,
el cual no es solamente el que la eleva del no ser
al ser, sino el que la levanta hacia sí para hacerla
partícipe de su vida. La transform a en sí mismo
mediante su consentimiento, a través de su entre­
ga libre y plena.
La prim era creación no podría incluir mi coope­
ración; en cambio, esta segunda creación, que es
la continuación de la otra, supone mi coopera­
ción. Pero mi cooperación, ¿qué otra cosa es más
que un dejar a Dios que obre? ¿Qué significa
creador? El que obra de la nada. Dios obrara en
nosotros al elevarnos a El, en la medida en que
lo dejemos obrar, en la medida que no nos reser­
vemos nada para nosotros, y nos dejemos llevar
realmente de su omnipotente amor.
La cooperación del hombre consiste, pues, en
la renuncia a su independencia y autonomía; im­
plica una renuncia del hombre a sí mismo para
pertenecer a Dios. La fe exige necesariamente esta
renuncia. Y la fe será siempre más perfecta cuan­
to más consciente y libre sea la renuncia del horn­
e e a sí mismo.
Esta es la purificación de que hablábamos. Nos
bebemos dar totalmente; no podemos dudar nun-
228 DIVO BARSOTTI

ca de Dios y poner entre paréntesis nuestro con­


sentimiento y nuestra adhesión a lo que El nos
dice. En la medida en que queden en nosotros
inconscientes reservas en ese don total de nos­
otros mismos, en esa medida la fe será imper­
fecta.
Para que la fe alcance en nosotros su perfec­
ción debemos vivir siempre más plenamente la
confianza total en la potencia de Dios que nos
eleva hacia El mediante su palabra, nos transfor­
ma mediante su luz y nos modela mediante la
gracia de sus manos.
¿Qué significa todo esto? Significa vivir de una
manera consciente, plena, la relación entre la crea-
tura y el creador: una dependencia absoluta. Es
necesario vivirla de manera concreta, hasta rea­
lizar en el acto de fe el total y absoluto don de
nosotros mismos a su amor. No crees en Dios si
no te das totalmente, ya que si no te das así,
Dios no es para ti tu creador.
En relación con otra creatura, hay una depen­
dencia, pero es siempre mínima. Sin embargo, én
relación con Dios, la dependencia es total. Vivir
la dependencia con Dios, de ese Dios que después
de haberme creado me eleva por encima de mí
mismo, significa vivir conscientemente el don to­
tal de mí mismo a su amor, de toda mi vida, de
todo mi ser, de todos mis sentimientos, pensa­
mientos, de todo, pronto a la renuncia de toda
mi actividad, de toda mi vida presente y futura.
Debo librarme de mí mismo y abandonarme sola-
LA FE EN EL AMOR 229

mente a El. Se comprende que en este acto va


también incluido el acto de esperanza y de cari­
dad. Una fe, para ser perfecta, tiene que ser una fe
viva, una fe en la cual esté presente el amor. En
el acto de fe, la creatura debe tender a realizar
plenamente, aunque nunca podrá lograrlo, su re­
lación metafísica con el Creador.
Una dependencia absoluta y, por tanto, también
una renuncia absoluta. Nada precede a este acto.
De la misma forma que nada precede al acto crea­
dor de Dios, así ningún acto del hombre no puede
preceder al acto de su entrega a Dios. No puedes
reservarte nada; este acto debe consumarte total­
mente. Por eso la perfección del hombre (m iran­
do, por ejemplo, a Santa Teresa del Niño Jesús),
se comprende un poco, implica la pureza abso­
luta del acto; el alma se arroja en Dios sin apoyo
alguno. No tienes nada que reservarte, nada que
defender; realmente lo das todo, te abandonas en
Dios en la más absoluta oscuridad.
La fe perfecta no es la de aquel que vive en
la luz. La fe que prepara inmediatamente a *.a
visión beatífica es la fe que lleva al hombre a la
oscuridad más profunda, más allá de todo signo.
La muerte solamente es condición para !a vida
divina. Así, Santa Teresa del Niño Jesús se arrojó
en Dios por encima de toda impresión, de todo
sentimiento, de todo pensamiento, y de esa forma
vivió en la pura fe el perfecto abandono de sí mis­
ma al amor infinito. El acto de fe es muy diferen­
te a la aceptación de una verdad especulativa,
230 DIVO BARSOTTI

muy distinto a un cierto deseo de Dios. En este


acto, el ser, elevado por la potencia de Dios crea­
dor, se levanta sobre todo límite. La vida de fe
es de suyo heroica.
Pero nosotros no vivimos de la fe. Cierto, no
renunciamos a la fe, no la negamos, pero no vivi­
mos de la fe. Si viviésemos de la fe estaríamos
continuamente estimulados a ir hacia delante, a
levantarnos sobre nosotros mismos. Es propio de
las virtudes teologales un dinamismo interior que
es terrible para el alma que intente realizarlo has­
ta el fondo.
¡Vivir de la fe! Es la relación con un Dios que
no te crea sólo de la nada, sino que continúa la
creación elevándote por encima de ti mismo. Sin
que te des cuenta, en todo acto de fe te elevas por
encima de todo límite creado. Cuanto más pura y
perfecta es la fe, tanto más conscientemente vives
tú este camino de trascendencia infinita. La vives
a través de tu acto, en la tensión de tus potencias
y de tu espíritu, en la tensión de todo tú mismo,
trascendiendo iodo el universo en el seno de Dios.
Esto es lo que significa creer. Dios es la causa
final del ser humano, y eleva al hombre más allá,
no sólo de lo sensible, sino incluso de lo inteli­
gible, no sólo de lo visible, sino también de lo
espiritual.
Si el acto de fe es relación con Dios, el hombre,
al creer, alcanza a Dios; así el camino de la fe
implica que el hombre sea cada vez más cons­
ciente de una tensión, y haga suyos el dinamismo
LA FE EN EL AMOR 231

de la fe, cooperando con Dios que lo eleva sobre


sí mismo, abandonándose a su fuerza cada vez
más libre y conscientemente, ya que si creer es
alcanzar a Dios, el hombre no puede vivir una
relación real con Dios sin trascender todo aquello
que no es El.
Si el hombre no vive este camino de trascen­
dencia, en balde piensa que alcanza a Dios; su
Dios no es más que un ídolo; no se adhiere a
Dios: se une a las cosas, a sí mismo, a su pensa­
miento, a su afecto, a su sentimiento. El acto de
fe exige que el alma vaya más allá de sí mismo,
más allá de las cosas. Y no puedo ir más que
a través de mis mismas potencias. Si Dios, de
hecho, me crea sin mí, ahora me eleva a través
de mí. La potencia de la gracia no obra sino a
través de las potencias del hombre; y las poten­
cias no cooperan al acto divino más que en cuan­
to viven una progresiva purificación, un progre­
sivo sacrificio, hasta llegar al sacrificio pleno y
total que es la muerte del hombre. Debemos, por
tanto, prepararnos para que el acto de la muerte
sea verdaderamente la superación de todos ios
modos humanos, de todas las experiencias, de to­
dos los apoyos creados. Cuando el hombre muere,
si acepta la muerte, si en ese acto se ofrece ver­
daderamente a Dios, vive la santidad. Siempre he
pensado y creído que esto es cierto: Dios no
niega a nadie la posibilidad de la santidad en la
muerte; así, la muerte podría ser para todos la
posibilidad de un acceso inmediato al cielo.
232 DIVO BARSOTTI

Debemos pedir al Señor que cuando muramos


nos conceda ver la muerte cara a cara, poder
aceptarla, poder vivirla hasta el fondo, en un acto
que trascienda no sólo el plano sicológico, moral
o físico, sino toda humana experiencia; que sea
realmente un arrojarse al más allá, al vacío. Pero
el vacío es Dios, oscuridad para nuestra inteli­
gencia, para nuestro sentimiento, precisamente
porque es Dios
El hombre debe vivir la perfección de la fe al
menos en la hora de la muerte. No es extraño que
el Señor nos llame a esta experiencia incluso du­
rante la vida. Si el acto de la muerte es el acto
supremo de nuestra vida (y no hay ningún otro
para nadie, ni siquiera para la Virgen; éste es él
acto que nos coloca a cada uno en la perfección
definitiva), debemos caer en la cuenta de que
vivir aquí no es más que un prepararsé para la
muerte, alcanzarla día a día. Esta es la vida cris­
tiana. Un vivir siempre más nuestra muerte, hasta
que nuestra vida se realice en el morir. Así, cuan­
do la muerte sea toda la vida, el hombre que se
ha vaciado totalmente de sí mismo quedará lleno
de Dios.
Esta es la vida del cielo: un ser menos nos­
otros eternamente, para dejar sitio a la divina pre­
sencia, a su gloria, a la plenitud de Dios. Real­
mente, el hombre es como si no fuese, sólo es
Dios, por participación, puesto que no vive más
en su muerte que el acto en que no hay sitio más
que para El.
DECIMOTERCERA MEDITACION

LA TRASCENDENCIA DE LA FE

La tensión del ser más allá de todo límite, que


va implícita en el ejercicio de la fe, ¿qué supone?
¿Se hacen presentes en nosotros las cosas? No
podemos hablar del acto de la fe como si nos
llevase más allá de las montañas que nos rodean,
porque las montañas se nos hacen presentes me­
diante Ja idea que de ellas nos formamos, en la
representación —incluso sensible— que podamos
tener de ellas. La visión también es nuestra; per­
tenece a nuestros ojos, a través de los cuales se
hace nuestra la visión de la montaña.
En otras palabras, la trascendencia implícita
en el acto de fe no supone que el hombre tenga
que ir más allá de este mundo y del tiempo, ya
que es precisamente en el tiempo donde el alma
vive. Y, sin embargo, si el acto de fe es algo exis-
234 DIVO BARSOTTI

tencial, el alma vive su trascendencia en la medi­


da en que vive en ese acto la trascendencia dé
toda imagen, de todo sentimiento, de todo pensa­
miento, y por tanto, en este acto se da la tras­
cendencia del mundo y del tiempo. No se vive
la fe si ese acto identifica a Dios con nuestro pen­
samiento, con nuestra imagen y con nuestro senti­
miento.
Esto es realmente importante si queremos vivir
la vida espiritual; pero es también extremada­
mente difícil. De hecho, no se puede negar que
el verdadero pecado de los hombres es el no creer,
pero ¿por qué no se cree? Porque no vivimos esta
trascendencia, porque nos detenemos en las re­
presentaciones interiores, tanto sensibles como es­
pirituales que hacen de muralla, impiden nuestra
actividad, que, de suyo, debería trascender todo
pensamiento y sentimiento. La rompen porque li­
gan al alma con estos conceptos, con estas repre­
sentaciones, y transforman la vida espiritual en
idolatría.
La advertencia continua de Dios a Israel es la
de que no debe, como las otras naciones, creer en
los ídolos, sustituir el Dios vivo y verdadero, que
es un Dios trascendente, por un Dios formado por
el hombre. Un Dios formado por el hombre sólo
es un ídolo. Sería muy fácil librarse de esta ido­
latría. Ninguno de nosotros, o muy pocos (no
diría que esta idolatría no pueda encontrarse en­
tre cristianos), creen en los ídolos de madera o
de bronce; pero muchos de nosotros —incons-
LA FE EN EL AMOR 235

cientemente— no creen en Dios, sino en los ídolos


formados por el hombre. Y no por la mano del
hombre, sino por su inteligencia. Es lo mismo.
Dios no puede ser creado no sólo por las manos,
sino tampoco por la inteligencia. Dios no puede
ser creado por la mano del hombre, pero tampo­
co por su voluntad, sentimientos o afectos.
Ahora es extremadamente difícil (debido a la
fuerza de la inercia que caracteriza a la creatura)
que no nos detengamos en este camino de terrible
tensión. Es fácil que el hombre se entretenga aquí,
que no quiera ir más allá, que no quiera superar
sus propias representaciones interiores, tanto sen­
timientos como pensamientos. Si no se cree en el
Dios vivo y verdadero, no es porque no se crea.
La vida del hombre siempre queda atada a una
fe; pero también se cree en los ídolos. Si no tene­
mos una fe absoluta en el amor divino, no cree­
mos en Dios, creemos en cualquier otra cosa: en
nosotros mismos, en nuestros sentimientos, ambi­
ciones, vanidad, pensamientos, ideales (pero idea­
les creados por nosotros mismos); no en un Dios
que crea al hombre y no es creado por él, sino
en un Dios que es creación del hombre: filosofía,
ciencia, técnica moderna, poesía, arte, amor hu­
mano, riqueza, ¡cuántas idolatrías!
Es cierto para nosotros también el peligro de
atarnos a las cosas; no a las cosas exteriores, sino
a las representaciones que el hombre se hace,
idolatría tanto más sutil cuanto más difícil de
erradicar del hombre, en cuanto que si Dios pue-
230 DIVO BARSOTTI

de ser representado por una figura (la veneración


de las imágenes se impone desde que Dios se hizo
hombre), tanto más tenemos necesidad de repre­
sentarlo mediante nuestros conceptos mentales.
La Iglesia no podría ser ni siquiera una comu­
nidad y tener un magisterio y una liturgia si la
vida religiosa del hombre no pudiese estar ligada
en cierto modo a representaciones sensibles: al­
tar, casulla, crucifijo... y mucho más a concep­
tos. ¿Cómo podría la Iglesia transm itir la revela­
ción (Dios mismo ha unido la revelación a la
p?labra humana) si no fuese a través de un len­
guaje simbólico? Por lo demás, el lenguaje siem­
pre es simbólico, pero lo es más cuando ha de
transmitir una verdad que es esencialmente mis­
terio.
Es verdaderamente importante que el Credo se
llame «el símbolo de los Apóstoles». Es un símbo­
lo. La palabra es símbolo. Ninguna palabra hu­
mana se identifica con la verdad. La verdadera
comunión con Dios se realiza en el silencio total.
No es un silencio que equivalga a la negación de
cuanto pueda significar la palabra, sino un silen­
cio que es presencia real de lo que la palabra
Significa, y que no puede ser alcanzado más que
a través del silencio, en la pura oración, en la
pura presencia del misterio.
Los santos no hablan. La unión con Dios no se
realiza para ellos por medio de la palabra, ya
que la palabra tiene un carácter necesariamente
simbólico. La palabra humana nunca es la ver-
LA FE EN EL AMOR 237

dad; es símbolo, imagen más o menos transpa­


rente. La idea es imagen de la verdad, pero no es
la verdad. No hay ningún lenguaje filosófico, nin­
guna experiencia mística que pueda excluir el sig­
no. Por otra parte, el acto de fe exige que el
hombre no se detenga en el signo. Por eso, inclu­
so el místico debe vivir de la fe. Ninguna expe­
riencia mística puede dispensar al hombre del
acto de fe.
Decíamos que el acto supremo de la vida inclu­
so para los místicos y para los más grandes san­
tos es la muerte, ya que la m uerte exige la supe­
ración de todo signo; es un arrojarse más allá
de la experiencia y de todo concepto humano,
donde tenemos la impresión de la nada.
Y esa impresión de la nada, que sentimos en
la muerte, la experimentamos también en la vida
religiosa, si la vivimos de modo intenso. Porque
la vida religiosa implica siempre la muerte, exige
tal superación del signo que es para el alma como
una continua experiencia de un arrojarse al vacío.
Y el hombre debe arrojarse al vacío. Si tiene
esta impresión, comienza realmente a vivir la vida
religiosa. Pero debe vivirla. No debe solamente
tener miedo, sentir vértigo. Debe arrojarse. El
signo es la base de lanzamiento. ¡Ay si te coges
al signo! Si rehúyes sobrepasarlo, si te coges al
signo, no llegas hasta Dios porque ningún con­
cepto, ningún sentimiento, ninguna experiencia
humanarse puede identificar con Dios. No puedes
despreciar el signo; pero el signo es necesario
DIVO BARSOTTI

sólo en la medida que es medio, es decir, en la


medida que los trasciendes.
Por eso la vida espiritual es un continuo morir,
un precipitarse más allá de toda experiencia hu­
mana, más allá de todo lo que te ofrece la expe­
riencia humana. ¡ Es algo grandioso vivir de la
fe, pero es difícil!
El proceso de la fe exige y realiza una con­
ciencia cada vez mayor de esta muerte, una puri­
ficación progresiva.
Así la trascendencia del acto de fe realiza el
camino del hombre por encima de toda experien­
cia: experiencia de sentimiento, de pensamiento y
de voluntad. No podemos ser demasiado esquemá­
ticos, puesto que la experiencia humana, aunque
compleja, es siempre una. Podemos distinguir los
actos que dependen de las diversas potencias hu­
manas, pero la experiencia es una. No hay pen­
samiento que no suponga amor; no hay amor que
sea totalmente ciego en el hombre. De todas for­
mas, tratemos de distinguir.
El acto de fe implica la trascendencia de toda
humana experiencia: sobre todo de pensamiento;
el acto de fe no nos deja nunca de la parte de
la certeza racional, por eso ninguna certeza racio­
nal podrá tocar nunca el acto de fe. La fe es fir­
meza de una adhesión a la que no podrá llegar
nunca la certeza racional, ni tampoco debilitar.
Contra toda aparente certeza de la razón, el hom­
bre que cree mantiene su adhesión a Dios porque
esta adhesión está más allá de la certeza racional.
LA FE EN EL AMOR 239

Por eso no hay motivo para que la razón hum ana


pueda negar la fe a Dios. Los motivos racionales
que el hombre pueda tener no son nunca suficien­
tes para apartarlo de El, para que deba suspen­
der el acto de fe.
¿Es esto posible alguna vez? Es posible porque
el hombre no es infalible. Aunque al hombre le
parezca cierta una conclusión, puede dudar de la
capacidad de sus facultades para alcanzar la ver­
dad. Siempre puede suspender el acto de su inte­
ligencia que se adhiere a una cierta visión de lo
real. También Kant y Platón y Santo Tomás de­
bían saber que no eran más que pobres hombres.
Nadie puede rechazar la fe para adherirse a una
verdad que sea contraria a la fe. Dios siempre
puede decir a un filósofo: «Espera antes de con­
cluir tu razonamiento, tu argumentación. Duda
de tu juicio, de tus mismas potencias. Tú no eres
más que un pobre hombre falible.» La verdad
racional no puede estar de hecho en oposición a
una verdad de fe.
Pero el hecho no es tan sencillo. Si debo dudar
de mi razón, ¿no podré dudar también de los
motivos de credibilidad que justifican mi acto de
fe? También mi acto de fe debe ser un acto hu­
mano. Si el hombre puede dudar de las conclu­
siones lógicas de su razonamiento no es porque
debe suspender el acto de fe, sino la adhesión a
una verdad racional que le parece, al menos de
momento, contraria a la fe.
Si a pesar de todo la evidencia de una conclu­
240 DIVO BARSOTTI

sión se impone a tu espíritu hasta no poder por


mucho tiempo suspender la adhesión, ya que el
hombre es racional, entonces ¿qué puede hacer
el hombre? Si esta adhesión que excluye la adhe­
sión a la fe es cierto que puede ser personalmen­
te invencible, tampoco se puede excluir que haya
habido al principio una responsabilidad moral.
Es evidente que, si la conclusión es lógica y abso­
lutamente cierta, nace de premisas que son falsas
y débiles. Y el hecho de que estas premisas no
se hayan visto como falsas puede proceder de
esto: que el hombre no haya tenido aquellas dis­
posiciones morales que le hubiesen permitido des­
cubrir la debilidad del fundamento racional.
El filósofo, frente a la evidencia de una conclu­
sión filosófica, ¿cómo podrá suspender el asenti­
miento? Lo que es blanco, ¿cómo podrá no ser
reconocido como tal? Sin embargo, el hombre
puede suspender el asentimiento dudando de su
capacidad visual. Sobre todo puede dudar de su
juicio acerca de la contradicción entre lo que en­
seña su razón y lo que enseña la fe. La relación
entre la fe y la razón no es nunca perfectamente
clara. Con frecuencia el filósofo que niega la fe
lo hace negando ilógicamente un juicio. Antes de
afirmar que una verdad, si es tal verdad, está en
contradicción con la fe, debe estudiar, debe ver
lo que la fe verdaderamente enseña.
¡ Cuántas veces una verdad racional que parecía
estar en contradicción con la fe, puede en cambio
iluminar un aspecto de la verdad revelada que no
LA FE BN EL AMOR 241

había aparecido hasta ahora! De hecho, la inves­


tigación filosófica ha aportado siempre, a través
de los siglos, nueva luz y nueva profundidad al
conocimiento teológico de la fe.
Hoy se habla del misterio de la Asunción de la
Virgen de manera bastante diferente a como ha­
blaba un teólogo hace algunos siglos.
Todo esto es de una importancia prim aria en la
vida espiritual; nos enseña que ninguna dificul­
tad, ninguna duda debe hacer suspender el acto
de fe. La dificultad puede nacer de una contra­
dicción aparente entre religión y fe: en realidad,
si la razón no puede alcanzar el objeto de la fe,
¿cómo podrá la razón impugnarlo? Es inevitable
que el mensaje de la fe se deba traducir en un
lenguaje conceptual que no es propio ni apro­
piado.
Por lo demás, la teología tiene necesidad de
cambiar su terminología a medida que pasa el
tiempo. Si hoy usásemos el lenguaje de los Santos
Padres nos parecería inadecuado, nos parecería
que ese lenguaje traiciona el mensaje. Si hablá­
semos como hablaban los antiguos, la fe en cual­
quier dogma podría llegar a ser no sólo incom­
prensible, sino absurda. Pretender que en la
resurrección el cuerpo glorioso que tendremos sea
el mismo que el que ahora tenemos, ¿cómo es
posible? Negarlo no es ir contra la resurrección
de los muertos, sino contra cierta teología que
debe ser superada.
No hay que confundir la tradición teológica con
16
242 DIVO BARSOTTI

el mismo misterio. Debemos adherirnos al miste­


rio más allá de toda elaboración teológica; la
adhesión a Dios supera toda concepción mía, no
sólo filosófica, sino teológica.
La revelación no envejece, pero la teología pue­
de envejecer. Envejeció la teología patrística y
surgió la teología escolástica. Hoy, en cambio,
está envejecida, por lo menos en algún punto, la
teología escolástica. La teología es una elabora­
ción mental que va unida a la razón y por eso
va ligada más o ménos a la relatividad de un
conocimiento humano.
Sin embargo, el hecho de que la teología pueda
envejecer no me autoriza a suspender el acto de
fe. El misterio no va unido a la solución concep­
tual que me da un teólogo. En el acto de fe el
hombre no se adhiere a un concepto mental, no
se adhiere a una teología; en este caso se encon­
traría en un callejón sin salida. Algunos han per­
dido la fe precisamente porque han confundido
la fe con la teología. Los hombres no se pueden
ligar en absoluto a un sistema teológico sin peli­
gro para su fe, y sin embargo quedan ligados ab­
solutamente a Dios.
El hecho de confundir la concepción teológica
con el mismo misterio impide a muchos creer. El
error nace de esto: de unir la verdad revelada a
una concepción teológica que es falible o por lo
menos relativa. Debemos amar y venerar a Santo
Tomás de Aquino, pero entre el sistema elaborado
por el mayor de los teólogos cristianos y la reve-
LA FE EN EL AMOR 243

lación como tai, hay un abismo infinito. Todo


sistema teológico es siempre un sistema humano,
aunque tenga como fundamento la verdad reve­
lada. Pero el Dios que se revela es la verdad que
supera todo pensamiento humano. Por eso el acto
de fe superará siempre los términos que puede
alcanzar el pensamiento humano, porque el pen­
samiento humano no puede alcanzar a Dios. Dios
es más allá del pensamiento humano. Y por eso
la revelación está también más allá de todo pen­
samiento humano. Si el pensamiento humano
coincidiese con la revelación, la revelación no
existiría. Dios sería la conquista del hombre.
¿Qué significa todo esto para la vida espiri­
tual? ¡ Es algo inmenso! El acto de fe trasciende
todo nuestro pensamiento. No podemos dudar de
Dios, no tenemos ninguna justificación para du­
dar de lo que la fe nos enseña. Todo nuestro pen­
samiento es de aquí; Dios, en cambio, pertenece
al más allá. Dondequiera me lleve mi pensamiento
tendré siempre, para poder alcanzar a Dios, la
necesidad de superar un abismo inmenso. Sólo la
gracia me lleva al más allá.
Si la vida de fe es conciencia cada vez más
llena y existencial de la trascendencia de todo
humano pensamiento, avanzando en la vida espi­
ritual jamás cesa para nosotros la noche de la
le. Más aún, j crece! Un niño puede creer todo
lo que la Iglesia le enseña como cree en las hadas.
Cuando crece, deja de creer en las hadas y corre
el peligro de no creer ni siquiera en lo que ense-
244 DIVO BARSOTTI

ña la Iglesia. Comienza la oscuridad de la fe y


la crisis de la fe. No debe fiarse ya de lo que ve
ni de lo que siente; lo que ve y siente es sólo un
signo de la realidad que pasa: Dios se da al hom­
bre en la medida que se esconde a su inteligencia,
a su voluntad de conquista.
Recuerdo la impresión que tuve una vez. Un
acontecimiento común, pero que para mí fue real­
mente dramático. No era ni siquiera sacerdote;
asisrían los niños a la misa del domingo. Un niño
de unos trece años tal vez cuchicheaba. Era en
la consagración. Recuerdo que le dije: «Pero, Da­
río, piensa en lo que se realiza: el Señor está
presente.» «¡Va, con todas estas historias!» La
respuesta me turbó por lo sincera.
¿Cuántos son los jóvenes que llegados a una
cierta edad tienen todavía la fuerza interior de
ir más allá de la experiencia para creer? Comienza
en ellos la crisis de fe. En la fácil presunción del
joven, ¡cuántas veces hace naufragio la fe! El
acto de fe es un ir más allá de la oscuridad. Des­
pués, a los veinticinco-treinta años, se vuelve a
creer. Antes teníamos una gran confianza en nues­
tra inteligencia. Ahora la fe resulta más fácil,
porque a medida que avanzamos en años com­
prender significa para el hombre aceptar el mis­
terio. Así la zona de oscuridad que nos rodea nos
permite creer. Y sin embargo el peligro perma­
nece.
Analicemos la vida espiritual de un alma fiel.
El hombre está en camino hacia Dios. Es fácil
LA FE EN EL AMOR 245

que se libere de una concepción mitológica y no


una Dios a las imaginaciones. Cuando el hom bre
es sincero en su búsqueda de Dios no puede entre­
tenerse por mucho tiempo en una vida de supers­
ticiones. Poco a poco va dejando a lo largo del
camino toda forma mágica, toda supraestructura
de concepciones indignas o infantiles de la divi­
nidad. Entonces la vida espiritual se convierte
para el alma en una liberación progresiva de las
formas con que se reviste frecuentemente la vida
espiritual de la masa. Ciertamente, no debemos
despreciarla.
Pobre cuanto se quiera, una vida espiritual pue­
de ser auténtica si se expresa la necesidad de
Dios, si es el testimonio de un sentido de depen­
dencia que el hombre tiene ante el misterio. Sólo
Dios puede conocer, en las más pobres y desilu-
sionadoras formas de la vida espiritual, lo que
es pura superstición y magia y lo que es humilde
tentativa y expresión de ingenua fe.
Para muchos, la vida espiritual va siempre uni­
da a las velas. ¡Y no impidas que se enciendan
velas a Santa Rita! Toda alma está llamada a
superar esta forma de vida espiritual ingenua y
primitiva, pero sin embargo, para la mayor parte
de los hombres, la vida religiosa permanece ligada
a ciertas formas. El animismo de los primeros
hombres era una vida espiritual auténtica. }Y
cuántos hay incluso hoy que viven una vida espi­
ritual auténtica, aunque primitiva!
Todo hombre para alcanzar a Dios debe repetir
246 DIVO BARSOTTI

en su vida el camino de toda la humanidad. ¡ Pero


cuántos se quedan en el camino! Aunque sean
cristianos —bautizados—, ¡cuántos viven todavía
la vida religiosa de la humanidad primitiva!
Para el alma crece la noche a medida que, en
su fidelidad, va hacia Dios. El alma no debe ligar­
se a la forma de una religiosidad primitiva, inge­
nua, al animismo, fetichismo, ni siquiera a la
propia experiencia religiosa. A medida que avan­
za, no puede ligarse a sus propios conceptos. La
adhesión a Dios significa para el alma, cada vez
más conscientemente, una renuncia y una supera­
ción de lo inmediato. En este camino el alma
avanza hasta la muerte y hasta la muerte su m ar­
cha significa una superación, una purificación de
todas las formas, sin poder llegar nunca a la pure­
za absoluta, puesto que el signo permanece mien­
tras vivimos aquí abajo. El acto supremo de la
fe, incluso para los santos, es el acto de la muerte,
cuando el hombre no puede apoyarse en nada y
el alma está en el trance del abandono total, pre­
cipitándose al más allá, en el misterio. O el alma
acepta caminar hacia el más allá en un acto de
fe absoluta y se une a Dios, o el alma no lo acepta
y no se une a Dios
¿Y qué vive entonces? Si el hombre no vive
un acto de fe, la muerte es para él como un lan­
zarse en el vacío, en un vacío sin fondo. No en
la nada, sí en el vacío. El vacío no es la nada.
El vacío sin fondo es como un precipitarse en
una soledad infinita, en un fondo sin fondo, sin
LA FE EN EL AMOR 247

apoyo, como en una experiencia de muerte. La


vida del condenado es como la experiencia de
una muerte eterna.
El acto de fe no supone la certeza racional, el
acto de fe nos lleva al más allá. Es racional por­
que tiene su fundamento en la razón. Si la razón
acompañase al acto de fe hasta su término, no
sería ya acto de fe. Tiene un fundamento racional,
pero en Dios. Por eso la duda no atañe al objeto
de la fe, sino a su conocimiento. Las objeciones
no afectan a mi fe. ¿ Cómo consigue mi fe realizar
mi adhesión a Dios? Precipitándolo todo, precipi­
tando toda mi experiencia; a pesar de ello, la fe
no coincide con mi experiencia.
En otras palabras, la vida espiritual, en su más
alta expresión, no es nunca la vida de las poten­
cias: no es la vida de nuestros sentimientos, ni
de nuestra razón, ni la vida de nuestra voluntad.
En cualquier análisis de una vida espiritual autén­
tica existe algo más allá del ejercicio de la razón
y de la voluntad. La vida espiritual es el acto
que consuma toda actividad humana, el acto por
el cual el hombre, como dicen Eckart, Tauler. el
beato Suso, toca a Dios con el vértice de su espí­
ritu. Pero el vértice del espíritu supera la distin­
ción de las potencias interiores, por eso su propio
acto no cae bajo la experiencia del hombre.
Por eso no somos conscientes de la vida de la
gracia. En la vida de la gracia, como en la vida
de fe, el hombre está más allá de la conciencia
refleja.
248 DIVO BARSOTTI

Sólo podemos alcanzar a Dios más allá de nos­


otros mismos. La duda y la objeción no afectan
a la fe. Si la duda y la objeción alcanzan nuestra
fe, es señal que no creemos, que somos idólatras.
Es justo entonces que nuestra fe haga crisis para
que pueda tener un mejor fundamento.
Mi concepto era el signo del misterio. Si quito
el signe, cae la misma fe. Identificando el signo,
la representación —sensible o conceptual— del
misterio con el mismo misterio, si niego la fe
que se apoya sobre este concepto sin darme cuen­
ta de la distinción entre el signo y el misterio,
prácticamente cae toda la vida religiosa: porque
no hay otra posibilidad para el hombre de adhe­
rirse a Dios más que a través del mismo signa
Se pueden distinguir, pero no se pueden separar.
Es el misterio de la encarnación como Dios se
comunica realmente al hombre. Si niego la fe,
por ejemplo, al magisterio de la Iglesia ni siquie­
ra permanece el misterio que el magisterio me
hace presente, aunque sea en representación men­
tal. De la misma forma que no permanece real­
mente el Señor en la eucaristía, si quito las espe­
cies, aunque las especies no sean el Señor.
DECIMOCUARTA MEDITACION

LAS TENTACIONES CONTRA LA FE

En el acto de fe trascendemos todo concepto


mental. La duda, las dificultades que se derivan
de la actividad cognoscitiva del hombre quedan
por debajo del acto de fe, no están sobre él;
per se, nunca ponen en peligro al acto de fe, a
menos que el hombre identifique el objeto de la
fe con las conclusiones de su raciocinio. Sólo en
este caso la dificultad y la duda pueden suspender
el acto del asentimiento. Pero en ese caso, el hom­
bre no demuestra que la fe sea mentira, demues­
tra solamente la imperfección de su fe: una fe
pura no queda en suspenso por la dificultad cog­
noscitiva que pueda surgir.
Sin embargo, debemos decir que si el acto de
fe trasciende todo raciocinio, también se apoya
en la razón. La fe es racional en su raíz: ante
250 DIVO BARSOTTI

todo supone la inteligencia. No podríamos adhe­


rirnos a una verdad aunque no sea conceptual,
sino real, si no tuviésemos inteligencia. Dios no
puede pedir la fe a quien carece de razón. Signifi­
ca por tanto que si el acto de fe no culmina en
un conocimiento racional, por lo menos se apoya
en la razón. De hecho, la fe en su origen tiene
necesidad de este apoyo. Puede acontecer —y real­
mente acontece— que en el ejercicio de la fe,
cuando la fe es pura y perfecta, el alma ni si­
quiera tenga conciencia del apoyo que la fe tiene
en los motivos de credibilidad. De hecho, Dios
pide esto a un alma que esté progresando en el
camino espiritual. En un cierto momento, el alma
se siente como suspendida en el vacío, y a pesar
de ello no retira su asentimiento. Los santos, al­
gunas veces, tenían la impresión del absurdo,
como si la vida no tuviese sentido para ellos, como
si Dios no existiese; los motivos de credibilidad
parecía como si hubiesen desaparecido, el alma
se sentía suspendida en el vacío.
Pero esta adhesión por encima de todo apoyo
consciente en motivos racionales, Dios la puede
pedir cuando el alma ha progresado ya mucho
en el camino de la vida espiritual. Es la purifica­
ción suprema que nos espera, una purificación
que no llega antes de que el alma haya soportado
las más terribles tentaciones contra la fe. Justa­
mente porque la fe es de orden cognoscitivo, su
pureza y perfección exigen que vaya disminuyen­
do todo apoyo racional. El alma vive la sensación
LA FE EN EL AMOR 251

de estar suspendida en el vacío, de estar abocada


al absurdo; no es que lo esté, pero el alma tiene
esa impresión y la cree insuperable. Insuperable
no en el sentido de suspender el acto de fe, sino
en el sentido de que permanece esa impresión a
pesar del acto de fe. Santa Teresa del Niño Jesús,
a pesar de su fe, se sentía penetrar en una pro­
funda oscuridad, como si descendiese en un vacío
horrible, en la nada.
Yo creo que toda alma llamada a la vida con­
templativa no tiene que soportar pruebas purifi-
cadoras superiores a las tentaciones contra la fe.
Santa Teresa de Jesús no las experimentó; y, pro­
bablemente, tampoco San Juan de la Cruz. Han
experimentado otras purificaciones pasivas, pero
no la tentación contra la fe. Pienso que el hom­
bre llamado a la vida contemplativa en el mundo
debe conocer otras pruebas purificadoras, pero
sobre todo la tentación contra la fe, la más dura
de todas.
El hombre es solidario con el mundo. Nuestro
Señor Jesucristo cargó con todos los pecados de
la humanidad. El hombre no se hace santo, ni
es santo sólo para sí. El santo vive una relación
más o menos consciente pero real con el mundo
del que forma parte. Nosotros, hombres de nues­
tro tiempo. Para salvar al mundo de hoy debe­
mos asumir los pecados de nuestros contemporá­
neos. El pecado del hombre de hoy es sobre todo
el ateísmo, la pérdida del sentido de Dios. No
hay prueba tan purificadora como la tentación
252 DIVO BARSOTTI

contra la fe. Debemos prevenirnos, ya que es la


más terrible prueba.
«Entre tú y Beatriz existe este muro», dice Vir­
gilio a Dante cuando éste intenta avanzar en la
purificación suprema hacia el Paraíso terrenal.
El muro que debe superar es la muralla de fuego.
Todos nosotros, para ir hacia Dios, también debe­
remos traspasar esta muralla de fuego, y es nece­
sario estar prevenidos para cuando llegue la oca­
sión. Así podremos estar tranquilos y serenos has­
ta que pase la tormenta.
No dudamos de Dios. El vacío y la más profun­
da oscuridad no nos atemorizan. Nuestra fe está
por encima y nosotros hemos arrojado ya el ancla,
aunque en nuestra experiencia humana todo esté
como perdido y nos parezca ser tragados por el
infierno, como les sucedió a tantos santos. Pero la
experiencia del infierno supone también el senti­
do de Dios, porque un ateo no cree en el infierno.
Peor que la experiencia del infierno y de la conde­
nación es la tentación contra la fe. Cuando nos
parece ser tragados por la oscuridad, por el vacío,
por la nada.
El alma religiosa debe pasar hoy a través de
esta oscuridad. ¿Lo conseguirá? Ciertamente, por­
que es Dios quien vive en ella. El alma no debe
tener miedo del miedo. Es Dios quien la conduce.
Ella no experimenta la acción de Dios, pero per­
manece igualmente en sus manos, si cree. Si cree
(creer significa confiarse) credere aliqui, si se
pone de veras en sus manos, no le puede atemo-
LA FE EN EL AMOR 253

rizar lo que le pasa en el camino. A pesar de la


tempestad, de la oscuridad más profunda, perm a­
nece en paz. No se turba, no pierde la calma. Está
en las manos de Otro, aunque este Otro es como
si no estuviese.
Nuestra fe deberá tal vez superar estas pruebas.
Debemos sentirnos solidarios con el mundo,
porque así nuestra salvación nos viene de nos­
otros mismos. En la medida en que el alma tien­
de a Dios, renueva el misterio de Cristo, no sólo
en su santidad personal, sino también en el mis­
terio de su corredención con nosotros. Si un san­
to viviese hoy, viviría para salvar al mundo de
hoy. La Iglesia tiene necesidad de un represen­
tante visible de Cristo, que puede incluso no ser
santo. De hecho, ha habido Papas que no fueron
santos, que no llevaron sobre sus espaldas el peso
de los pecados del mundo. Pero en la Iglesia hay
siempre una jerarquía interior, carismática, que
no siempre se identifica con la jerarquía visible.
Indudablemente, salvó mucho más al mundo de
entonces un San Ignacio de Loyola que un Pau­
lo III. El santo es el que realiza con su santidad
—que es amor— no sólo su unión con Dios, sino
también la unión con todos los hermanos. Y la
realiza precisamente salvándolos, porque él amor
es eficaz. ¿Qué unión con los hermanos realizaría
el hombre en su santidad si permaneciese en su
pecado? Latinidad que realiza el santo es la mis­
ma salvación de los hombres. Nuestra salvación
254 DIVO BARSOTTI

está toda en Cristo en potencia, y se actualiza en


la unidad de amor propio de los santos.
Si fuésemos santos deberíamos cargar con sus
pecados para salvar a los hombres de hoy: la
incredulidad, el ateísmo, la sensación de vacío, de
absurdo, la angustia del hombre moderno. La an­
gustia es una de las expresiones que más definen
la vida del hombre que ha perdido a Dios.
Esto sera propio del alma cuando alcance la
cima de la santidad. Pero antes de llegar necesita
apoyarse en los motivos de credibilidad. Aunque
en el acto de fe supere estos motivos, se apoya en
ellos para lanzarse al abismo divino. Los atletas,
para dar el salto, necesitan un trampolín. El acto
de fe es realmente un lanzarse al abismo, pero
éste debe superarse hasta alcanzar la otra orilla.
De otra forma, el hombre se precipitaría en el
infierno.
Hay un abismo entre el hombre y Dios. El hom­
bre debe superar ese abismo para alcanzar a Dios.
Pero para que el alma tenga la fuerza necesaria
para alcanzar la otra orilla, necesita apoyarse bien
sobre la roca antes de lanzarse.
Cuando la fe sea pura, el alma no tendrá ni
siquiera conciencia de los motivos de credibilidad
que fundamentan su fe. El alma entonces es lle­
vada por Dios sin darse cuenta. Pero el que toda­
vía no es santo necesita encontrar un apoyo para
la certeza racional, para las razones de conve­
niencia, de manera que pueda arrojarse sobre el
abismo divino. El motivo de credibilidad podría
LA FE BN EL AMOR 255

ser para el hombre incluso el sentido del absurdo


que tienen la vida y el mundo sin Dios.
El acto de fe supera la actividad cognoscitiva,
pero también supera toda experiencia de orden
afectivo y de la voluntad. De la misma manera
que no se identifica con un acto de razón, tam ­
poco se puede identificar con un acto de la vo­
luntad o con el sentimiento. El acto de fe puede
exigir, incluso en este orden, un apoyo. El hom­
bre es creatura de Dios; existe una proporción,
por lo menos negativa, entre Dios y el hombre:
hay una correspondencia. En esta corresponden­
cia, el hombre puede encontrar un apoyo para
arrojarse en Dios: el sentimiento del vacío, la
necesidad que siente de amor. Pero el acto de
fe supera toda experiencia incluso de orden afec­
tivo.
Es importante verlo para que nos demos cuen­
ta de las exigencias de la fe en su pureza, y de que
la vida teologal es una vida sobrenatural, como
decimos comúnmente. La expresión significa que
la vida teologal supone en el hombre una supe­
ración continua de sí mismo y de toda la natu­
raleza creada. Aunque el hombre está llamado a
ser Dios por participación, sin embargo no se rea­
liza definitivamente hasta que no se supera a sí
mismo, no sólo a través de un acto de fe o de
amor, sino también a través del acto supremo que
no tiene retorno: la muerte.
Esta transformación es posible sólo después de
la muerte. Por eso toda esperanza humana tiene
236 DIVO BARSOTTI

siempre razón de signo: vivimos en una economía


sacramental. No vives en tus potencias más que
la exigencia de una continua superación. El signo
podrá reducirse al mínimo, podrá llegar a ser
un velo transparente, como dice San Juan de la
Cruz, pero el velo permanece.
La vida teologal supone que el alma se apoya
en su experiencia solamente para avanzar: si en
el acto de fe debes salirte fuera de ti mismo, el
bien que buscas nunca se confunde con tus sen­
timientos; es necesaria, por tanto, una purifica­
ción de esos sentimientos.
Si no conocemos todavía la aridez, la desola­
ción de espíritu, debemos conocerla. Si Dios nos
ahorrase la desolación, esto significaría que El
se esconde a la fe del hombre. A la vida dé fe
no sigue necesariamente el fervor sensible, pero
mucho menos la acompaña necesariamente los
sentimientos más puros y elevados que de ordi­
nario van unidos a la vida religiosa intensa. Lue­
go, para que el alma viva un progreso en su fe,
es necesario que Dios la purifique totalmente,
para que pueda vivir cada vez más consciente­
mente la trascendencia del acto de fe en el vacío
de las potencias, en la angustia, en la impotencia
absoluta. El alma se convierte en un leño seco,
casi en una piedra.
Dice la beata Angela de Foligno acerca de sí
misma: «Y entonces me acordé de que había lle­
gado a ser el no amor.» ¿No es ésta la situación
del demonio? ¡ No! Porque ella se acordó de ha-
LA FE EN EL AMOR 257

ber llegado a ser no amor, no porque le faltase


fe, o amor, sino porque desapareció en ella toda
la experiencia que ordinariamente acompaña a es­
tas virtudes. De hecho, el amor subsiste desde el
momento en que no se aparta de Dios. En su
abandono, permanece firme e inmutable, pero se
siente como vacía, como muerta-
¡Cuántas almas llegan a experimentar esto! Si
el alma es ciertamente fiel a Dios, deberá El con­
ducirla a través del desierto. La transformación
en Dios parece exigir la experiencia del vacío y
de la muerte. ¡ Qué angustia siente el alma cuan­
do llega casi a unirse con Dios! Si ordinariamente
el cristiano ignora la suprema desolación, el va­
cío, la experiencia de muerte, también él deberá
conocer un día u otro ciertos estados de aridez
interior, de impotencia, que siempre son positi­
vos para el alma. Si cree que dependen del peca­
do, puede ser cierto, pero son el signo habitual de
que el alma se libera de él y avanza en el camino
del Señor.
Ningún castigo es tan duro que no sea purifi­
cación o no suponga un cierto avance. Es verdad
que la aridez depende del hecho de que el hom­
bre no está todavía purificado, pero no siempre
es castigo por pecados personales, puesto que el
hombre debe purificarse de una cierta impureza
radical que no depende ni siquiera de su voluntad.
De todas formas, el hecho de soportar la aridez,
si vivimos en la fe y en el amor, nos purifica y
nos eleva hacia Dios. Lo que nos molesta es que
17
258 DIVO BARSOTTI

la falta de fervor sensible y las pocas ganas de


orar provocan una pérdida de fe y una disminu­
ción de nuestro abandono en Dios, como si El ya
no nos amase; y así dejamos de creer, nos des­
alentamos. ¿Qué significa desalentarse? Nuestra
fe languidece y disminuye; en lugar de quedar
purificada y crecer a través de esta falta de apo­
yo sensible, la fe, que habíamos identificado con
nuestro sentimiento, se viene abajo. Como si ya
no creyéremos.
Las pruebas de un alma que inicia el camino
hacia Dios pueden ser también pruebas exteriores,
i Cuántos hay que ante una desgracia familiar pier­
den la fe! Muere un hijo, y la madre deja ya de
creer. En cambio, son las pruebas exteriores las
que deberían llevarnos a Dios y, sin embargo, se
convierten en ocasión de nuestra infidelidad y
falta de fe. Para otros más seguros en la fe, ésta
puede languidecer como consecuencia de pruebas
interiores. Mientras Dios apoya al alma con un
cierto fervor sensible, ella continúa fiel en la ora­
ción y en el esfuerzo; pero basta que Dios se
aleje un poco y no se deje sentir para que el
alma se canse y se sienta descorazonada. ¡Cuán­
tos no renuncian al Paraíso, pero han renunciado
ya a la santidad a causa de las primeras dificul­
tades, por cualquier humillación! Santa Teresita
del Niño Jesús no renunció a sus inmensos de­
seos, y encontrándose en el más espantoso vacío
se entregó a Dios con absoluta confianza. En esto
consiste el milagro de su santidad, que en la
LA FE EN EL AMOR 259

oscuridad más profunda, en el vacío de toda expe­


riencia interior, mantuvo una fe heroica en que
Dios satisfaría todos sus anhelos. Una joven de
veinticuatro años cree en su vocación justam ente
cuando Dios es para ella como si no fuese. Cuando
siente como si su vida se precipitase en el vacío.
Debemos aprender de Santa Teresa. Hacemos
depender nuestra fe de los vaivenes del sentimien­
to, que ni siquiera son necesarios para la misma
purificación de nuestra fe, ya que nuestra fe está
radicada en zonas más profundas que las del sen­
timiento lábil y mutable. La fe, si alcanza a Dios,
llega a lo absoluto; no pertenece al orden abso­
luto, sino al relativo. Pidamos al Señor, si El nos
cree dignos, que nos permita gustar durante años
y años la aridez que experimentaron los santos,
pero que también nos dé la gracia de permanecer
fieles; que nos haga probar el camino a través
del desierto, pero que nos ayude también a al­
canzar la meta.
Las crisis son necesarias para crecer. ¿Puede
el niño no desear ser joven, el joven ser hombre
por el hecho de que tendrán que pasar a través
de la crisis de la pubertad y de la juventud? Así,
si queremos crecer en Dios y que nuestra vida
espiritual se haga adulta, debemos soportar éstas
crisis, atravesar el desierto. No podemos pedir a
Dios que nos libre de la aridez, de la incompren­
sión de ios Jiombres, del vacío de la vida interior,
de la ausencia de Dios. Algunas veces estas prue­
bas se prolongan durante años.
260 DIVO BARSOTTI

La intensidad no va unida siempre a la dura­


ción ni la duración a la intensidad, pero algunas
veces sí: en estos casos, Dios parece tener una
confianza inmensa en el hombre, y entonces se
puede decir que el alma está llamada a una ele­
vada santidad. Puede acontecer de un momento
a otro que todo se desplome, que todo parezca
un absurdo, y el hombre trata de aferrarse a cual­
quier cosa y rae en la cuenta de que nada lo sos­
tiene, y sin embargo permanece firme en la fe y
no sabe cómo alcanzar la otra orilla porque no
ve nada; sin embargo, está seguro. La fe perma­
nece.
En un instante se sufre enormemente, pero se
siente en seguida la trascendencia de nuestra vida
religiosa que no está ligada al sentimiento.
Nuestro acto de fe no se identifica con el sen­
timiento; la angustia, el temor, la aridez, están
por debajo del acto de fe; jamás llegan a alcan­
zar la fe, al menos objetivamente; subjetivamente
pueden alcanzarla en la medida en que nosotros
identificamos lo que sentimos con lo que creemos.
Debemos advertir siempre con más claridad que
nuestro estado de ánimo no es nuestra fe.
Y es casi universal el hecho de que más o me­
nos esta identificación se realiza. Lo que decía­
mos antes: el pecado de los hombres sigue siendo
la idolatría. La idolatría en la identificación de
nuestros sentimientos con la fe. ¡Cuántas almas
hay que sólo rezan cuando tienen ganas, que no
van todos los domingos a misa porque no las tie­
LA FE EN EL AMOR 261

nen! Cuántas veces dejamos la oración porque


en aquel momento no nos sentimos dispuestos,
como si esto no nos estuviese llamando a vivir
una vida religiosa más pura. No creemos, por
tanto, que mantenernos en el vacío, en un estado
de absoluta impotencia frente a un Dios que se
esconde, en vez de ser tiempo perdido, es confe­
sión y testimonio de la fe y del amor más gran­
des. Cuando no nos sintamos dispuestos, cerre­
mos el libro y descansemos. Puede ser un bien.
Puede suceder que si uno no tiene la capacidad,
la fuerza de llenar un cierto vacío, haga bien en
suspender su rato de oración, pero es una prueba
de su falta de verdadera fe y de su pobreza reli­
giosa. Si te sientes árido o impotente, debes insis­
tir más hasta que el vacío y el silencio te descu­
bran el rostro de Dios. ¿Qué rostro de Dios? Un
Dios que no se te revela ni se te da en la expe­
riencia inmediata; un rostro que no conoces, sino
un rostro nuevo. Precisamente por esto se revela
en una nueva experiencia más pura y más ele­
vada, pero siempre superable.
¿Pero cómo se podrá llegar a un conocimiento
más íntimo y más puro de Dios si no es mediante
una cierta representación de El, y una cierta expe­
riencia que hasta este momento sostenía y era el
alimento de nuestra vida espiritual?
El alma que inicia su camino se siente incli­
nada a identificar un cierto bienestar físico con
una buena oración. Si le duelen las muelas, no
ora. Pero si te sientes bien, identificas el bienes­
262 DIVO BARSOTTI

tar natural (la satisfacción de tu vida en la pri­


mavera, la apertura de tu alma a la belleza del
universo) con un estado religioso. Puede parecer
una realidad que tú seas más receptivo, no voy
a negarlo. Pero Dios no puede dejarte en esta si­
tuación, porque El no se identifica con este bien­
estar, en vez de hacer sol puede llover. Tú no estás
llamado a vivir el contacto con Dios a través de
ese deseo de vivir que te da el sol, la luz; debes
vivir la vida espiritual también en una situación
menos favorable. Debes vivir tu unión con Dios
en tu acto de fe, apoyándote sobre un sentimiento
menos condicionado a lo puramente sensible.
Es necesario vivir nuestra vida religiosa cada
vez más convencidos de que no se identifica con
nuestros conceptos, con nuestras experiencias si­
cológicas y afectivas. Nuestra vida espiritual debe
encontrar, en esas representaciones conceptuales
y en esas experiencias, sólo un mínimo de apoyo.
Si te falta aquel apoyo que te ha sostenido has­
ta ahora, es señal de que ha llegado el momento
de buscarlo en otra parte; tal vez lo encontrarás
en la aridez, en el vacío, en la turbación, en la
angustia; a través de la tentación, a través del
desierto. No has perdido el tiempo en ese rato
de oración delante de un Dios que se calla. Tal
vez fue la oración más elevada que hemos hecho
ese nuestro insistir sin encontrar el consuelo.
Para caminar hay que permanecer firmes en este
acto de pura fe, en esta donación a un Dios que
LA FE EN EL AMOR 263

calla, porque Dios es quien nos sostiene y nos


eleva.
No debemos identificar el objeto de la fe con
la angustia, porque el acto de fe está por encima
de ella, pero tampoco debemos identificarlo con
la paz, con la dulzura, con el sentido de plenitud.
La fe es un acto humano, pero no se identifica
con ningún sentimiento, porque debe superar
todo sentimiento aunque en él encuentra un apo­
yo y de suyo el sentimiento acompañe al acto hu­
mano. Así debe introducirnos la fe en la oscuri­
dad, en el vacío. El camino hacia Dios sigue siendo
el desierto. No se llega al Sinaí sin atravesar el
desierto. Caminar hacia Dios quiere decir cami­
nar a través del desierto, subir por encima de las
nubes. ^
Sin embargo, al mismo tiempo la fe exige la
superación de toda nuestra experiencia, nos debe
asegurar contra toda turbación afectiva, contra
todo tormento y vacío interior. ¿Cómo nos ase­
gura?
A la muerte sigue la resurrección, y no se resu­
cita sin haber vivido antes. Si la resurrección nos
obligase a volver a vivir la vida anterior, no sería
una verdadera resurrección cristiana; sería la re­
surrección de las religiones primitivas, de las reli­
giones de la naturaleza: 8e Osiris, Attis, Cibeles:
el resucitar de la primavera. Pero la resurrección
de Cristo, aunque tiene un símbolo en la prim a­
vera, no es el retorno continuo de una naturaleza
que sigue siendo la misma.
264 DIVO BARSOTTI

El camino del alma es como una espiral: pare­


ce repetir siempre las mismas situaciones, pero
en un plano cada vez más alto. No resucitamos
para vivir la vida anterior. La fe en el acto que
trasciende a toda experiencia asegura al hombre,
porque sigue siendo un acto humano, pero lo lleva
rrás allá de toda tempestad, de todo tormento,
de toda aridez, y le da una nueva paz, una nueva
estabilidad.
Todos los santos hablan de paz, de fidelidad, de
firmeza. Y también lo hace San Pablo cuando se
refiere a aquella paz que no puede estar com­
prometida y es señal de que el alma está ya to­
cando a Dios, que es el Inmutable.
El hombre, con el acto de fe, está tocando a
Dios.
Puedo conocer todos los sufrimientos, todas las
angustias y tentaciones, pero mientras no retire
mi acto de fe y mi alma siga alcanzando a Dios,
estoy viviendo una paz inmutable. Es un conoci­
miento ciertamente indirecto de Dios, pero me da
la seguridad suficiente.
La resurrección no viene después de la muerte.
Como la vida es un constante experimentar la
muerte, un morir constante, también es una pro­
gresiva resurrección. Según vamos muriendo a
nuestro yo natural y a nuestra experiencia huma­
na, va surgiendo en nosotros el hombre nuevo,
cuya creación ya se realiza en el bautismo, pero
va creciendo conforme el alma va avanzando.
San Atanasio cuenta que San Antonio, después
LA FE EN EL AMOR 265

de veinte años de vida solitaria y de silencio,


regresa de nuevo entre los hombres, y comenta:
«Parece un resucitado de entre los muertos.» En
este regreso de la muerte, Antonio ya no es el
hombre de antes. A través de él se manifiesta a
los hombres la visión de Dios, la paz que baja
del cielo, la gloria, la dulzura propia de los san­
tos. Lo mismo le pasó a Serafín de Sarov. Des­
pués de la terrible prueba de veinticinco años
de tentaciones, regresa al mundo como una ima­
gen de la divina presencia. Y la luz que él irradia
hacia los hombres es la paz del cielo que se infun­
de en sus corazones. Los hombres ven a Dios en
él, porque vive más allá de la vida presente, un
anticipo aunque relativo de la vida del cielo.
Sólo se muere viviendo . El mismo acto de tu
muerte es expresión de una vida cada vez más
pura, porque expresa un amor cada vez más gran­
de. La muerte implica inmediatamente una resu­
rrección. Es más, es ya una resurrección, porque
en toda muerte tú vives un acto de fe y de amor
que la supera. Si esta resurrección es menos sen­
sible que la angustia, esto nos sucede porque es­
tamos todavía iniciando el camino.
San Juan de la Cruz, hablando de la contem­
plación infusa en sus primeros grados, dice que
el alma vive ya en la contemplación y no lo sabe.
Siente una aridez que le impide atarse a cualquier
cosa, pero no es consciente de su unión con Dios,
de quien recibe esta impotencia para los afectos
terrenos. Necesita que poco a poco Dios le vaya
¿66 DIVO BARSOTTI

abriendo la puerta del corazón para iluminar su


conciencia y para que el alma advierta esta paz
y la goce. Y esto es ya una resurrección. El alma
ya vive más allá. En la medida en que va murien­
do va viviendo. La noche de la fe se hace luz;
el vacío, plenitud.
Esta es una experiencia espiritual propia de los
santos. Muerte y resurrección no son elementos
sucesivos en la vida cristiana. No se debe morir
para vivir después. Vivimos en la medida en que
estamos muertos. Muerte y vida son dos aspectos,
dos elementos de una única vida. La sucesión es
sólo lógica, porque la muerte está antes de la
resurrección. Sin embargo vivimos en la medida
en que morimos. La vida eterna supone una
muerte total, incluso física. No se puede vivir la
vida del cielo plenamente más que después de
la muerte. Es necesario que la muerte sea total
para que también la vida sea plena.
Por tanto, si debemos vivir ya la vida del cielo,
debemos también experimentar la muerte. Si ¡a
vida de fe lleva consigo la trascendencia de toda
experiencia humana y ¡a unión con Dios, en esta
unión el alma vive la muerte a todas las represen­
taciones que hasta ahora la han sostenido y guia­
do, pero surge de la oscuridad, del vacío, hacia
una nueva vida más pura y más espiritual. Preci­
samente porque es más espiritual y más útil, es
menos perceptible para el alma. El alma necesita
hacerse más espiritual y estar menos atada a lo
sensible para hacerse más consciente. Pero cuan-
LA FE EN EL AMOR 267

do esté realmente purificada, la llenará la paz, la


dulzura infinita de Dios, la gloria pura e inmensa
y total. Incluso antes de la muerte.
¡ Qué hermosa es la vida cristiana! Lo que nos
dicen los santos y lo que nosotros hemos ya expe­
rimentado, aunque sea de lejos, nos prueba que
merece la pena afrontar el desierto, las bestias
feroces. San Juan de la Cruz habla de la necesi­
dad de penetrar en la cueva de los leones. ¡ Entre­
mos! ¡Adelante! Es Dios.
Cierto que la fe no se identifica jamás con una
experiencia sicológica, y menos en esta paz que
el alma goza. Sin embargo, a medida que la fe se
va purificando, el alma siente una paz más pura,
más perfecta, más espiritual, que nos asegura el
progreso en el camino.
¿Cuál es en concreto la vida de los santos? Ser
santo quiere decir pati divina. La expresión está
consagrada por toda la tradición cristiana. Ser
cristiano quiere decir soportar la carga divina,
soportar a Dios. Cuando los autores espirituales
hablan de este pati divina, casi siempre se refie­
ren a una experiencia de dulzura, de paz; ¡pero
Dios pesa! Antes de disfrutar esta paz debemos
ser oprimidos, reducidos a la nada. Ad nihilum
redactus sum et nescivi.
¡ Pati divina! ¡ Soportar el peso de Dios! ¿Cómo
se«puede, sin morir? La experiencia del alma se
puede expresar en el versículo del salmo: Omnes
fluctus tui super me transierunt. Es como un
océano, Dios no nos sumerge con la primera ola.
268 DIVO BARSOTTI

Y cuando ya estamos sumergidos, El manda más


oleadas, hasta que todo el océano cae sobre nos­
otros. Y nosotros debemos vivir en la muerte de
todo lo humano, para que Dios viva cada vez más
en nosotros. Las primeras olas y las que vienen
después nos vencen, nos zarandean, hasta que
todo lo nuestro se haga connatural con Dios, has­
ta que los sentidos, la razón, todo nuestro ser, se
haga capaz de soportar el peso de Dios.
Algunas manifestaciones de los santos nos di­
cen que el peso de Dios es real. Ellos se sentían
verdaderamente al borde de la muerte. El ser
humano no soporta la gracia, no resiste. ¡ Es peli­
grosa, para el equilibrio psíquico del alma, la
gracia divina! Trae consigo un trastorno no sólo
para el espíritu, sino también para el cuerpo.
Sin embargo, a pesar de todas las pruebas —to­
das las olas del mar se amontonan encima de
mí—, el alma está vencida, pero no sumergida.
Sólo la sumerge el pecado, sólo la tragan las olas
si el alma retira su fe. Pero si permanece fiel,
ninguna prueba interior la hunde.
Es un hecho comprobado a lo largo de toda
la historia. Las pruebas que han sufrido los san­
tos, y que hubieran destruido a cualquiera de
nosotros, no los han hundido. El santo vive, en su
vida teologal, por encima de estas pruebas.
¿Cómo pueden sumergirlo, si con la cumbre de
su alma toca el cielo? El océano lo zarandea, lo
lleva hasta el fondo, pero no corre el riesgo de
que su espíritu decaiga, porque está por encima
LA FE EN EL AMOR 269

de toda tempestad en la luz inmutable de Dios.


Permanece por encima y no muere. Para ser
anegados es necesario andar por debajo, no sólo
con las piernas, con las manos, con los brazos,
sino también con la cabeza. Si la cabeza sigue
encima del agua, no se ahoga. Y de la misma for­
ma no se ahoga el alma cuando en ella subsiste
la fe. La única manera que tenemos de salvarnos
es la fe. ¡Permanecer fieles, creer! Scio cui ere-
didi! Abandono total en Dios, más allá de toda
humana experiencia, de toda prueba interior y
extrema. Scio cui credidi!, y nuestra alma sigue
fiel, segura.
Certus sum, prosigue San Pablo: La fe da cer­
teza, estabilidad, una seguridad que ninguna ame­
naza puede comprometer. Podemos ser pertur­
bados interiormente, destruidos físicamente, sico­
lógicamente. Permanece la fe: Tú estás vivo ei¿
esta perturbación, como «digerido» en el vientre
de la ballena, y has adquirido un cuerpo más
bello, un alma más pura. Todas las pruebas no
hacen más que hacer connatural a Dios, no sólo
el alma, sino también el cuerpo, hasta que uno
se convierte en una imagen de El.
¡La belleza del santo!
La verdadera belleza humana es de los santos.
La belleza humana es la belleza de un cuerpo en
ef cual se refleja el espíritu, y el espíritu vive de
Dios. Y todo hombre se hace revelación, signo
que manifiesta la presencia divina mejor que nin­
gún otro.
27G DIVO BARSOTTI

¡ Es hermosa la figura del Cura de Ars delante


del altar! ¡ Hermoso San Francisco de Asís en
el retrato que nos ha dejado Cimabue, en el re­
cuerdo del hermano león! Hermoso es Serafín
de Sarov, y hermoso en su suciedad San José Be­
nito Labre. ¡Qué revelación del cielo! El alma
está como suspensa en el estupor frente a una
belleza que no es de aquí abajo.
Si permaneciendo fiel a Dios pasas a través
de todas las tentaciones y pruebas, tu alma y tu
cuerpo se convertirán en una imagen de Dios.
¡No nos entregamos a Dios de broma! Si nos
damos sinceramente, Dios nos toma para reali­
zar lo que internamente ya hemos querido ser:
una teofanía, una manifestación de Dios.
Es necesario que a través de todas las pruebas,
de todas las tempestades, el alma y el cuerpo
irradien a Dios. Debemos revelar a Dios en nues­
tra pureza, en nuestra humildad, en el amor. Tu
es humilitas!, Tu es charitas et amor!, dice San
Francisco de Asís.
La fe ha llevado al alma, por lo menos en su
cumbre, más allá de toda tempestad, de todo lo
creado, hasta Dios. Si vivimos una vida teologal,
ya estamos en el cielo. Lo enseña el mismo Jesús
en el cuarto Evangelio: la fe nos introduce en el
reino de Dios. Estamos ya en el Paraíso. Debemos
saberlo. Estamos.
La muerte no nos lleva al cielo si no estamos
ya en él. No lo pisamos todavía con los pies, pero
lo tocamos con cima del alma. El Paraíso no es
LA FE EN EL AMOR 271

el mundo del más allá; es el mundo de Dios.


Y de él nos separa el pecado, no la muerte. La
muerte nos introduce en él totalmente. Pero ya he­
mos entrado en el Reino, porque ya estamos
muertos: la vida de fe es tránsito de muerte.
No tocamos a Dios, lo vemos. Por eso la fe se
expresa a través del mismo lenguaje de la expe­
riencia sensible. El alma vive ya otra vida, como
en otro mundo. Tocar a Dios, disfrutarle. Lo escu­
cha, lo ve.
Mediante la fe tenemos con Dios una relación
real. Las tempestades quedan por debajo; no al­
canzan el cielo. En el cielo no hay tempestades.
El hombre vive más allá, con la cumbre del alma,
pero lentamente, a través de todas las pruebas,
con la voluntad, con la inteligencia, con el espí­
ritu, con el cuerpo, hasta llegar a la paz divina,
a la dulzura sobrehumana: la plenitud de Dios.
DECIMOQUINTA MEDITACION

EL AMOR, VIDA DE LA FE

No hemos dicho todavía qué significa «creer».


Hemos visto cómo creemos, qué significa para
nosotros este acto que va contra toda actividad
racional y volitiva: acto que el alma no puede
realizar si no está sostenida y estimulada por la
gracia, ya que lleva al hombre por encima de si
mismo y de toda naturaleza creada. De hecho en
el acto de fe el hombre alcanza verdaderamente
a Dios.
¿Pero qué significa creer, en cuanto el acto de
fe nos une a Dios y nos hace llegar a alcanzarlo?
Hemos dicho que el acto de fe debe trascender
toda actividad racional y volitiva, si quiere alcan­
zar a Dios. ¿Pero quién es este Dios? Lo sabemos
por la revelación cristiana. Dios es Amor. Ahora
bien, ¿qué significa prácticamente para nosotros
LA FE EN EL AMOR 273

no sólo creer en Dios, sino creer en El en cuanto


es am or? Significa que debemos desligarnos nece­
sariamente de todas las pasiones, en cuanto todas
ellas no son más que la manifestación de una
pasión fundamental que es el egoísmo de la cria­
tura. Egoísmo en gran parte culpable, ya que de­
riva del prim er pecado; pero también metafísico
y, por tanto, no pecaminoso ni inherente a la crea-
tura; pero de tal naturaleza, sin embargo, que la
criatura no puede tenerlo si quiere llegar a la
unión y a la transformación en Dios.
La purificación del hombre que quiere llegar
a la unión divina no es sólo una purificación del
pecado, implica también una conversión del ser
y no sólo del obrar. La conversión del obrar es
siempre superficial en el hombre y consiste en
la purificación de sus pecados; pero es necesario
que el mismo ser creado llegue a tener las propie­
dades de Dios.
La criatura es como una fuerza centrípeta que
atrae hacia sí las cosas para aprovecharse de ellas.
Por nosotros mismos no somos más que necesi­
dad, indigencia, miseria; tenemos necesidad de
llenarnos de todo: de pan para nuestro cuerpo y
también de experiencia humana para nuestro es­
píritu. No viviríamos espiritualmente si no hu­
biesen existido todos los que nos han precedido.
Se vive de la experiencia humana universal. Vivi­
mos de San Agustín y de Orígenes.
Vivimos de toda la experiencia de los hombres
que nos han precedido, no vivimos de nosotros
18
274 DIVO SARgüTTt

mismos. De la misma turm a que el hombre no


encuentra una rozón de su ser en sí mismo, así
no encuentra alimento para su propia vida. Tene­
mos necesidad de alimentarnos pero, por otra
parte, este alimento no nos basta. Puesto que la
creatina ha sido creada por Dios, este alimento,
en lugar de colmar nuestra hambre, nos la au­
menta.
De todas turmas, tenemos necesidad de comer.
Dio*, no. £1 nos da comida, se da como comida.
Esta es la diferencia. La criatura es una fuerza
centrípeta, que atrae hacia sí las cosas a fin de
mantenerse; por sí misma, la criatura está domi­
nada por el egoísmo, es egoísta. Ninguna criatura
puede escaparse de esta ley, ni siquiera el ángel.
El egoísmo es inherente al ser creado incluso an­
tes que el obrar; por eso el hombre no puede
despojarse de él.
Si debemos convertirnos en Dios por participa­
ción, si debemos transformarnos en El (y ésta
es nuestra vocación), no se impone sólo la puri­
ficación del obrar, sino una conversión del ser. El
ser humano no será sólo una fuerza centrípeta,
sino una fuerza centrífuga. No debe ser eras, de­
seo; debe llegar a ser ágape, don de sí, amor que
supone la liberación de toda pasión. Dios de he­
cho no es pasión: es acto puro.
Creer en el amor significa unirse a este Dios,
abandonarse a este Dios para que nos transforme
en El. El camino que nos conduce a ello es una
liberación progresiva de nuestras pasiones.
LA VB BM EL AMOR 275

£1 camino de la 1c exige esta conversión, i Bien


distinto a la sola adhesión de nuestra inteligencia
a una verdad abstracta! En el camino de la fe se
encuentra luda la vida cristiana, incluso la santi­
dad más eminente, i odo el camino de la santidad
es un camino de le, en la fe, por la fe. Justitia
enim Dei in eo revelatur ex fide in fidem (Rom
1, 17). Pero no hablo de una fe fría, de una fe que
es sólo acto de la inteligencia, hablo de una fe
que implica el abandono de todo el ser humano
—en cuanto el ser humano es uno— al Dios uno.
Para analizar lo que significa esta fe como aban­
dono en el Dios Amor, para analizar lo que signi­
fica creer, en cuanto despegue de nuestros egoís­
mos para unirnos al amor, debemos ver la vida
de las pasiones en el ser humano.
¿Qué es la vida humana con sus pasiones? Re­
cordemos la doctrina de San Juan de la Cruz. Es
una doctrina elemental. La expone en las prime­
ras páginas de su Subida al Monte Carmelo. Es
de tal riqueza que no ha sido superada ni siquiera
por los mayores sicólogos modernos: ni por Jung
ni por Freud. Lo que éstos escriben son palabras
en comparación con lo que dice el santo que ha
sondeado los abismos del ser humano. El ha co­
nocido la Realidad. Para conocerla ha tenido que
descender hasta el fondo del abismo del ser crea­
do. Ninguna experiencia humana puede compa­
rarse jamás con la experiencia del que ha cono­
cido a Dios. El que ha conocido a Dios ha debido
conocer primeramente la profundidad del abismo
276 I)IVO BARSOTTI

creado. En las páginas de San Juan de la Cruz,


que parecen de una gran pobreza, encontramos
un análisis al que pocos han llegado.
Para San Juan de la Cruz las pasiones son ante
todo cansancio, después tormento; para llevar
finalmente casi hasta la muerte, sin producirla,
sin embaí go, ya que el hombre es inmortal. Lle­
van casi al iímite de la nada. Debemos profun­
dizar más para comprender qué significa «creer»
para el hombre. Si toda la vida espiritual con­
siste en creer en el amor, entregarse a Dios, ¿qué
significa no creer en el amor?
Significa padecer un cansancio tanto más grave
cuanto más el alma se detiene en sí misma, por­
que vivir significa movimiento. La vida es movi­
miento. Pero el movimiento del ser creado, mien­
tras no crea en el amor, es decir, m ientras no
rompa el cerco que lo aprisiona, es sólo un girar
en redondo, sin fin y sin sentido. ¿No habéis vis­
to nunca alguna mosca u hormiga buscar la sali­
da cuando están aprisionadas y dar vueltas con­
tinuamente sin lograr salir? Y podrían haberla
encontrado, puesto que había una salida. En cam­
bio, no hay salida para el hombre hasta que Dios
no rompe el cerco mágico que lo atenaza y que
es la misma creación. ¿Cómo puede el hombre
salir de si mismo y de la creación si forma parte
de ella? El hombre, llamado a vivir la vida divina,
busca una salida y no la encuentra. Gira y da
vueltas, se afana continuamente y cuanto más se
mueve tanto más pierde sentido su vida.
LA FE EN EL AMOR 277

Es así la vida de los hombres. El hombre de


nuestros días ha perdido el sentido de Dios. Por
eso se ha hecho tan activo. La actividad de los
hombres de hoy nace del hecho de que no tienen
a Dios, carecen de un centro que rija, no encuen­
tran salida en su vida. Buscan distraerse, quieren
vivir; y para ellos vivir significa cansarse, y can­
sarse es no encontrar nada; y caminar y moverse
significa haber perdido el sentido de la vida y
el sentido de Dios.
¿Por qué hacen todo lo que hacen? No lo saben.
Ni siquiera aquellos que trabajan todo el día y
toda la noche por dinero lo hacen en realidad
por dinero. En cierta medida también ellos com­
prenden la relatividad de estos bienes y, sin em­
bargo, están como obsesionados, o condenados
como el borriquillo de que habla Santa Teresa.
(Ella habla en relación con la oración; nosotros
podemos hablar en relación con las pasiones.) El
hombre de nuestros días es como un asno que
gira y gira en torno a la noria y no hace más
que girar. ¡Y sin llegar a ninguna meta nunca!
Se va muriendo, la vida se convierte en vacío y
absurdo.
¡Y esta vida a qué estado de cansancio lleva!
El hombre trata de olvidar su propio cansancio
corriendo y moviéndose más. Esta actividad y
frenesí es tanto mayor cuanto más perdido está
su centro, cuanto más cerrado está al amor que
es Dios, ya que el amor humano es siempre con-
278 DIVO BARSOTTI

cupiscencia y deseo y no consigue la ruptura de


ese círculo que lo atenaza.
Cansancio. Es el prim er efecto de una vida en
la que Dios está ausente: un cansancio que se
origina en el movimiento continuo pero sin sen­
tido. El cansancio, pues, no es sólo el efecto de
ese movimiento continuo, sino también de un mo­
vimiento sm sentido. Tanto más cansados cuanto
menor rszcn hay para el movimiento. Nos move­
mos sólo para tratar de distraernos; pero, por
otra parte, la distracción no hace más que aumen­
tar nuestro cansancio. Es necesario olvidar, vivir
fuera de nosotros mismos, pero no podemos. El
camino que andamos nos lleva otra vez a nosotros
mismos, ya que si no llegamos a Dios volvemos
a caer fatalmente en nuestro pequeño yo, en nues­
tra pobre vida. ¡Cansancio del alma que no ha
conocido una posible salida! La vida es realmente
una ruptura, pero a través de la misma, Dios,
océano inmenso de amor divino, irrum pe en ti
y te inunda.
¿Sentimos cansancio? ¿Cansancio físico, moral
o psíquico? Es señal de que no hemos creído en
el amor. Es un hecho bien simple. El que conoce
a Dios, en la medida que lo conoce, no siénte
cansancio. Nos lo dice Isaías en el capítulo 40, 31:
«Los que esperan en el Señor renovarán sus fuer­
zas, cambiarán sus plumas como el águila, corre­
rán sin fatigarse, avanzarán sin cansarse jamás.»
Isaías es el profeta de la fe. El camino del alma
que busca realmente a Dios es un camino que da
LA FB EN EL AMOR 279

al alma, a medida que va respondiendo a la invi­


tación divina, una fortaleza siempre nueva.
Nos cansamos en la medida en que nos detene­
mos; nos cansamos en la medida en que no cree­
mos, en la medida en que no confiamos en El. Si
queremos rejuvenecernos, es necesario creer. El
alma que cree no conoce el cansancio, porque
creer en el amor significa alimentarse con el ver­
dadero alimento del ser humano que es Dios,
como decía San Francisco de Asís: «Este es el
alimento que da una eterna juventud; es la mis­
ma juventud.»
San Juan de la Cruz dice que las pasiones dan
tormento al hombre. San Juan compara siempre
a las almas a un mar agitado. El hombre no tiene
paz porque la paz significa estar satisfecho. El
que está satisfecho tiene paz. En cambio, el ser
humano es egoísmo y tiene necesidad de alimen­
tarse de todo. Pero cuando se alimenta de otro
alimento que no es Dios no hace otra cosa sino
alimentarse de vacío. Y mucho peor, si se alimen­
ta con las pasiones, porque el mal es un deficere
abb esse. ¿Cómo es posible que te sientas satis­
fecho si comes solamente aire? Y esto es lo que
hace el alma cuando se alimenta de otra cosa
que no sea Dios. El alimento del alma es Dios y
tú bebes vanidad, orgullo, ambiciones humanas:
tu sed se acrecienta. De ahí el tormento del alma.
Es como un mar agitado que no encuentra paz.
Pero las pasiones no sólo cansan el alma, sino
que la estragan. De hecho, en la medida en que
¿80 DIVO BARSOTTI

el alma se da a las cosas creadas para aprovechar­


se de ellas, se vuelve más opaca a la luz divina.
Las cosas se convierten para el alma como en
un fin al que se agarra. Esto hace que no sean
transparentes. La realidad creada oculta la Rea­
lidad increada de la que debía ser signo. Adán
abre los ojos después del pecado y no ve a Dios,
sólo se ve a sí mismo desnudo. La creación se
convierte en opaca para la mirada del hombre. El
hombre sólo ve la creación y la creación ya no
le habla de Dios. ¡ Cuántas son las almas para las
que este mundo ha vuelto a ser el Edén! ¿Cuán­
tos hombres, al ver a una m ujer hermosa, como
dice San Juan Clímaco, levantan el corazón a Dios
que es quien ha hecho la creatura humana, digno
iemplo suyo? ¿Cuántos son los que entran en
relación con Dios por medio de la creación7 El
hombre está estragado. La vida no tiene sentido
trascendente, las criaturas no son signo de Dios
para muchos hombres. El hombre no ve ya a Dios,
lo ha perdido. Las criaturas no le hablan de
Dios, y, sin embargo, todas son palabra de Dios.
También nosotros estamos dominados por las
pasiones, porque somos ciegos y nos encontramos
cansados. Tal vez un poco menos que los demás,
pero también cansados. ¿Quién de nosotros posee
la paz de los santos? ¿Quién de nosotros posee la
pureza necesaria para ver a Dios en las cosas? La
beata María de la Providencia escribía poco antes
de morir: «No veo más que a Dios.» Nosotros
vemos a Dios tal vez en algunas cosas; pero mu-
LA FE EN EL AMOR 281

chas cosas y personas más bien nos lo ocultan


que nos lo revelan. ¡Cuánta dificultad encontra­
mos para reconocer a Dios, para verlo, para en­
trar en comunicación con El a través de las cria­
turas!
Si no estuviésemos ciegos, viviríamos siempre
esta comunicación con Dios, porque se nos reve­
la. No se nos da sólo hoy o mañana: Dios es
eterno. Dios no tiene hoy ni mañana, o, mejor,
El es el hoy eterno. ¿Por qué no vivimos en co­
munión continua con El? Tal vez lo hacemos
cuando nos habla un sacerdote y, en cambio, no
cuando lo hace el tendero o cualquier otra per­
sona.
No sólo el santo es signo de Dios, también el
pecador. El beato Basilio de Moscú decía que
las casas de prostitución eran templos de Dios;
no porque el pecado sea signo de la divinidad,
sino el pecador. Ningún pecador debería ocultarte
a Cristo en su pasión, en su humillación y muerte.
Estamos ciegos.
La vida de las pasiones no sólo nos cansa y
atormenta, nos mancha también. No sabemos
cómo purificarnos. De hecho no somos ciegos
porque xas cosas sean opacas, sino porque nues­
tros ojos están enlodados por las pasiones. Nues­
tra alma no puede reflejar a Dios porque está
manchada. „
Y no sólo la inteligencia, que no puede aceptar
la fe; no sólo la luz de nuestro espíritu, que es
ciego para captar la realidad de Dios. La voluntad
282 DIVO BARSOTTI

se vuelve perezosa, dominada por la sensualidad


y por el orgullo. De aquí se deriva una debilidad
cada vez mayor, que es un m orir continuo, un
descender en la fosa, como dice la Sagrada Escri­
tura, un caer en la nada. Se comprende que los
hombres al pensar en la muerte crean que van
hacia la nada. Toda su vida es un continuo des*
censo en los grados del ser. Es como un infierno
de Dante. La vida presente se convierte en un
infierno. Se llega a ser como un irracional. Como
los perros, dice el salmista. En lugar de ser ánge­
les, se convierten los hombres en serpientes, en
guiñapos de hombres.
Y no sólo no nos transformamos en Dios, sino
que nuestro ser se embrutece, se degrada, se ani­
maliza. Llegamos a ser como Lucifer en el centro
del infierno, una piedra sin vida, un bloque de
hielo. Esta es nuestra vida: nos hemos perdido
a nosotros mismos. No llegaremos nunca a la
nada porque Dios nos ha hecho inmortales. Pero
podemos vivir eternamente nuestra muerte —y
en esto consiste el infierno— si nos abandonamos
a nuestras pasiones.
Vivir para el hombre significa creer. Pero el
hombre cree en las pasiones, se abandona a las
pasiones, que lo llevan hacia aquella nada de la
que lo ha sacado la palabra omnipotente de Dios.
El acto del hombre es siempre una elección, y
la elección es un acto de fe, un abandonarse a
alguien, un confiar en alguno. ¿A qué se abandona
el hombre? A dos abismos: o al abismo de la
LA FE EN EL AMOR 283

nada del que ha salido, o al abismo de Dios, que


lo atrae hacia El.
Si el hombre se abandona a sus pasiones, por
la fuerza de la inercia, ya que es una criatura
sacada de la nada, desciende y se precipita cada
vez más. La vida del hombre es como un ahondar
en el lodo de la cisterna, como dice Jeremías.
Pero si cree en el amor, se supera a sí mismo,
entra en un movimiento de creación continuada
que lo lleva hasta Dios. El creador nos ha situado
en la perfección de nuestro ser, pero ha querido
que el ser natural fuese para el hombre la con­
dición de un movimiento que lo llevase hacia El.
Abandonarse a la fuerza de Dios: ¡he aquí lo
que significa creer! En este abandono, que es
amor, el hombre se libra de todo egoísmo. Esta
liberación puede significar sufrimiento, ya que él
hombre vive atado a las cosas.
¡ No os agarréis a las cosas y veréis cómo la
fuerza de Dios, al elevaros, no os hace daño!
Todos tenemos pasiones, vanidad, envidia; pero
no todos tenemos ambiciones secretas, sensuali­
dad, egoísmo. Oh, si supiésemos liberamos, si su­
piésemos creer en el amor. Ya no sentiríamos más
cansancio. ¡Qué fuerza, qué salud tiene el alma
que avanza en el camino del Señor!
No nos damos cuenta ni nos maravillamos:
¿cómo es posible que los santos hiciesen lo que
hicieron?*Prueba y lo harás tú también. ¿Crees
que es algo extraordinario? No lo es; lo extraor­
dinario es que no hiciesen más. No comían, ni
284 DIVO BARSOTTI

bebían. Prueba y verás que tú también lo consi­


gues. Ciertamente, no de improviso, sino poco a
poco; es necesario que tu fuerza vaya creciendo
por medio de tu fe en Dios.
Esto es precisamente lo que exige la dirección
de las almas: que el director espiritual exija jus­
tamente lo que exige Dios y nada más. Mañana
Dios podrá pedirte más, pero te lo exigirá en la
medida en que se dará a ti. En la medida en que
abras al Señor, crecerá día a día tu fuerza; y
creciendo tu fuerza, crecerá también el ímpetu
del amor y el ejercicio de todas las virtudes.
Nos maravillan los santos como si fuesen de
distinta naturaleza a la nuestra. No lo eran. Lo
que ocurre es que nosotros no avanzamos o lo
hacemos dando vueltas: somos como niños que
juegan a dar vueltas, no sabemos ir directamente
hacia El. No sabemos encontrar una salida en
ese laberinto que es nuestra naturaleza creada. Y
la salida es la fe, una fe cada vez más heroica,
una fe que realiza el don total de nuestro ser. Es
creer en el Amor.
¡Qué necio es lo que dicen algunos: los hom­
bres de hace un siglo eran diferentes a los de
hoy! No se puede pedir hoy lo que hacían los
santos, dicen. ¡Porque no somos santos! Si fué­
semos santos haríamos, ni más ni menos, lo que
hacían ellos. San Serafín de Sarov repitió hace
un siglo lo que hizo San Simón Estilita. Treinta
y cinco años de vida eremítica: los primeros vein­
te años, comiendo sólo las hierbas que encontra-
LA FE EN EL AMOR 285

ba en el bosque, conviviendo con los osos y lobos


de la selva. Después, pasando mil días y mil no­
ches de rodillas sobre una piedra con los brazos
extendidos y repitiendo continuamente la «ora­
ción de Jesús». El superior, envidioso de su san­
tidad, lo llama al convento y lo mete en una
habitación, donde, a pesar de que era bajo de
estatura, no podía estar ni de pie ni acostado;
y allí estuvo sin salir durante siete años. La habi­
tación no tenía ni un ventanuco. ¡Nosotros hu­
biésemos muerto! Pero él, no. Poco a poco, la
gracia le dio fortaleza para vivir su martirio.
Y cuando había muerto realmente a sí mismo,
la Madre de Dios le dice: «Ahora vuelve otra vez
al mundo, vete a vivir con los hombres.» Y vol­
vió, pero fue como si hubiese descendido del cie­
lo; estaba transfigurado, todo su ser se encon­
traba en paz. Su presencia era luz que todo lo
ilumina, era gozo para las almas que se le acer­
caban.
Y éste no es un santo de hace mil años, ni si­
quiera de un país meridional. Pensemos un poco
que vivía en el centro de Rusia, con una tempe­
ratura de cuarenta grados bajo cero. ¿ Cómo podía
resistirlo? Nos lo preguntamos porque no cree­
mos en el Amor.
Tal vez Dios no me lleve por ese camino. Pero
podría llevarme. ¡No podemos dar leyes a Dios!
¿Qué sabemos de lo que podría el Señor hacer
con nosotros si creyésemos en el Amor? Lo que
ocurre es que no creemos. Por eso tenemos nece-
286 DIVO BARSOTTI

sidad de comer todos los días. No sabemos lo que


el Señor podría hacer con nosotros.
Pero pasemos por alto las mortificaciones. Pue­
de acontecer que el Señor no me llame por ese
camino; puede que Dios nos llame como llamó
a San Francisco Javier: a recorrer todos los con­
tinentes con los medios de comunicación de en­
tonces y sin un dia de descanso. ¿Es esta vida
menos milagrosa que la de San Serafín de Sarov?
Uno la consume en la mortificación, en la oración
continua; el otro, en un apostolado que agotaría
a diez mil, ¡y en cambio es insuficiente a su celo!
¿Qué no podría hacer Dios en nosotros? La santi­
dad es Dios viviendo en nosotros y, ¿ quién puede
poner límites al poder de Dios?
j Creer en el Amor! En cambio nosotros nos
ponemos en guardia frente a Dios para salvarnos
a nosotros mismos. Son ingeniosas nuestras excu­
sas: «Sí, sí, pero hay que tener prudencia.» Cier­
tamente, la prudencia es una virtud fundamental
para todos, también para San Antonio el Eremita
(que por cierto no conocía la prudencia de que
hablamos hoy; seguro que tendría una idea de
la prudencia bien distinta a como la entienden
muchos hoy).
La prudencia significa que no hay que andar
más aprisa de lo que permiten las piernas. No
debemos atarnos a una columna, ya que no resis­
tiríamos ni siquiera tres horas. Si nos vemos allá
arriba a veinticinco metros, diríamos en seguida:
LA FE EN EL AMOR 287

«No, no; dadme una escalera, quiero bajar en


seguida, me da vértigo.»
Está claro. Ninguno de nosotros puede andar
más de lo que le permiten sus piernas. Pero sólo
Dios sabe adonde nos puede conducir la gracia
de Dios si somos dóciles a ella. Nosotros no pode­
mos dictar leyes a Dios. No podemos decirle: «No
quiero ser santo, o no quiero ser santo como San­
ta Teresa de Jesús.» Así ofendes a Dios. ¿Crees
tener fe en El si piensas que no puede hacer de
ti un santo como Santa Teresa? No sé lo que Dios
pueda querer de mí, pero no puedo ponerle lími­
tes antes de conocer su voluntad; de otra mane­
ra no tengo fe, hago un Dios a mi imagen y seme­
janza, no creo en el Dios vivo y verdadero de la
Sagrada Escritura.
¡ Oh, cómo crecería nuestra fuerza a medida que
nos diésemos a El! Nuestra vida se renovaría
como la del águila. Y caminaríamos sin cansarnos
jamás. En cambio, nuestra experiencia no es así:
tenemos un cansancio que tiene su origen, no en
las pasiones, sino en nuestra poca fe. Queremos
darnos, pero hasta la mitad, porque tenemos mie­
do; nos damos y no nos damos, hacemos el gesto
de lanzarnos y después nos volvemos atrás. Pedi­
mos que El nos tóme, pero tememos que nos lle­
gue a tocar. ¿No es así? ¿Estaríamos dispuestos a
dormir como la beata Teresa María de Soubiran,
sobre los bancos de un jardín público, despojada
de todo, arrojada del convento que ella había fun-
288 DIVO BARSOTTI

dado, podríamos cantar a Dios de puro gozo como


ella porque ya no tenía nada?
¡ Creer en el Amor! Entonces nuestra alma ten­
drá fuerza y paz. Si crees en el Amor, ya no bebe­
rás ese fuego que te da más sed, no comerás aire
para tener más hambre, sino que eliges al Dios
que colma todos tus deseos, que sacia toda ham­
bre. Es asi como el alma encuentra la paz; es en
la medida que el alma recibe a Dios como encuen­
tra la paz. Una paz creciente en la medida que
crece la entrega a Dios. La paz de los santos no
es la que tenemos nosotros, ni la que tenemos
nosotros es la de las almas que salen ahora del
pecado. Es distinta la paz, según el grado de en­
trega a Dios.
Cuanta más ansia tengamos de Dios, tanto más
nos sacia El; por otra parte, es una saciedad que
despierta nueva ansia. Y este alimento no se aca­
ba nunca. ¡Oh, !a paz del alma que vive en comu­
nión con Dios! Nada la turba, nada la inquieta;
todo lo posee en Dios, una plenitud inmensa es
su experiencia verdadera. El amor colma los de­
seos del alma. Dios nos ha creado para que le
recibamos, y es acogiéndolo como nos colma y
nos sentimos llenos y nuestra alma goza de ple­
nitud.
Pero no es sólo la paz; si crees en el amor, de
tus ojos caen las escamas que te impiden ver, el
mundo vuelve a ser transparente, vuelve a ser el
Paraíso de Dios. El mundo no es impenetrable
a Dios, la realidad divina se vuelve en cierto modo
LA FE EN EL AMOR 289

perceptible a tus sentidos. Todo te habla de El,


tú lo ves en todas las cosas y en esa visión tú
vives en una continua comunión con la divinidad.
¿No es esta vida ya como la vida del cielo? El
cielo es visión de Dios. Pero el alma que cree,
ya ve. El Señor le dice a Nicodemo que con el
bautismo de la fe verá el reino de Dios, además
de entrar en él. Por tanto, nosotros, creyendo,
veremos. Entonces todo será bello, m ientras que
al que es ciego le da fastidio incluso la belleza
del mundo. El que sabe ver a Dios, en todas las
cosas descubre la belleza del rostro divino, inclu­
so en la más humilde.
¡Qué importante es que el artista tenga esta
nueva forma de ver las cosas! Porque el artista
no debe limitarse a fotografiar la realidad, debe
darnos una realidad transfigurada, ¿pero qué es
lo que transform a la realidad si no es justam ente
este sentido, por el que las cosas se convierten
en signo de una nueva belleza, de una pureza in­
mensa, signo de Dios?
Por eso el arte es siempre algo sacro. Mani­
fiesta siempre una experiencia religiosa, aunque
no sea cristiana. En cierto sentido, toda literatura
es sagrada, aunque lo sea menos que la Biblia:
en la medida que uno es gran escritor, siempre
revela a Dios. Incluso el que lo niega. Hablan
mejor de Dios hoy Dostoievsky o Kafka que tan­
tos libros de espiritualidad que andan por los
monasterios y seminarios. Leed a los grandes es­
critores y captaréis un sentido de Dios que tal
19
290 DIVO BARSOTTI

vez no os den los libros de piedad, como no sean


la expresión de una gran experiencia religiosa.
Es cierto que Van Gogh, y sobre todo Cézanne
y Morandi, son pintores sacros mucho más gran­
des que los que tuvo el mundo desde doscientos
años e incluso antes. Y eso que no han pintado
nunca temas religiosos; pero lo que han pintado:
un monte, dos personas jugando, un puente, un
campo de trigo, dos botellas, nos revelan la pre­
sencia misteriosa de Otro, nos hacen sensibles al
misterio, nos ponen en relación con lo sagrado o
incluso con Dios.
¡ Oh, cómo deberíamos tener este punto de vista
o intentar alcanzarlo! ¿De qué forma? ¡Creyendo
en el Amor! ¿Pero los artistas creen? Tal vez
no hayan creído en el Dios de los cristianos, pero
han creído en el Amor más que muchos que se
encierran en su egoísmo y se vuelven ciegos al
misterio de Dios alejando a los demás. Cuántas
veces el egoísmo de las almas religiosas, en lu­
gar de poner a estos hombres en relación con
Dios, impide acercarse a El. Muchos artistas, aun­
que no hayan conocido a Dios, y aunque tal vez
lo hayan rechazado, han creído en el Amor sin
saberlo, han vivido una comunión con Dios más
que nosotros.
¡Qué belleza descubrirían estos nuevos ojos si
supiesen descubrir la belleza infinita en cada cosa,
contemplar a Dios en todo! «Sólo veo a Dios»,
decía la beata María de la Providencia. ¿Cuándo
podremos decir lo mismo? ¡No vivimos pendien­
LA FE EN EL AMOR 291

tes sólo del cielo! ¿No es mejor entrar ahora en


el cielo que entrar mañana? El cielo es la visión
de Dios. Tratemos de vivir en esta visión. ¡ Entre­
mos en relación con esta realidad presente!
La voluntad sigue a la inteligencia; a la ceguera
sigue la impureza. Así, a esta nueva manera de
ver las cosas, a esta nueva facultad que alcanza­
mos por medio de la fe, seguirá la pureza. El alma
se siente ligera. La voluntad sigue a la inteligen­
cia a medida que entras en relación con Dios. Si
vemos a Dios, quedaremos transformados. ¿ Pode­
mos vivir a la luz del sol sin quedar iluminados?
Probemos. Metámonos bajo la luz y quedaremos
iluminados. ¿ Cómo podríamos ver a Dios sin que­
dar iluminados, sin convertirnos nosotros mismos
en luz?
Esta comunión con el Eterno nos purifica, nos
hace más ligeros, y precisamente porque nos hace
más ligeros, nos eleva. ¿Cómo es posible que nos
elevemos hacia el cielo si pesamos como ahora?
Sería necesario ser más ligeros para poder ele­
varnos hacia arriba. Esto es lo que hace la visión
de Dios; al hacernos transparentes, nos hace más
ligeros. A medida que nos purificamos, nos ele­
vamos por la gracia divina.
¿No es así como Dante nos describe su subida
de cielo en cielo, transportado por la visión?
¡Creer en el amor! Es el amor que nos crea.
¿Y qué es el Amor sino Dios? ¿Y qué es Dios sino
la Vida? Una vida inmortal, plena. El es la san­
tidad y la juventud. El es la Luz y la Pureza y
292 DIVO BARSOTTI

la paz infinita. ¡Creed en el Amor! Pero creer


en el amor significa liberarnos de nosotros mis­
mos, de nuestro egoísmo. La fe no soporta nin­
guna pasión. Si verdaderamente creemos, cada
vez estaremos más animados a liberarnos de nos­
otros mismos y de las cosas, para subir, limpios
de todo, al seno infinito de Dios.
DECIMOSEXTA MEDITACION

LA T R A N S F O R M A O S DEL AMOR

Es la última meditación. Trataremos de llegar,


en pocas palabras, al fin. Cuando se llega al fin,
aunque haya mucho todavía por decir, se acelera:
motus in fine velocior.
Hemos dicho que el hombre está como suspen­
dido entre dos abismos. Lo atrae el abismo de la
nada y io atrae el abismo de Dios. Su vida con­
siste en elegir. Una doble atracción gravita sobre
él: la nada de la que procede y el Dios que lo
llama. Con demasiada frecuencia, por la fuerza
de la inercia propia de la criatura, el hombre se
deja arrastrar por la nada.
Este poder de atracción se manifiesta precisa­
mente en las pasiones que tiene que soportar;
poder de atracción que lleva al hombre siempre
cada vez más a la pasividad y a la muerte. Debi­
294 DIVO BARSOTTI

lidad, cansancio, tormento: he aquí el camino


del alma que es esclava del mal. A esta atracción
se opone la atracción de Dios; basta que el hom­
bre se decida, para que esa atracción se convierta
infinitamente más fuerte que la de la nada. ¿Aca­
so no es Dios infinito? En realidad, la nada no
existe; en cambio, Dios es el que es. Cuando el
alma elige, cuando el hombre cree verdaderamen­
te en el Amor, la atracción de Dios vence.
El camino de la fe no implica solamente una
purificación de nuestra actividad de criaturas:
implica también una conversión del ser, porque
entre la creatura y Dios hay una diferencia esen­
cial, cualitativa, infinita.
La criatura no existe en sí y por sí; la razón
de su ser es Dios; y al no tener en sí la razón de
su propio ser, tiene que nutrirse dé todo, porque
en sí no tiene más que pobreza e indigencia. Pre­
cisamente por esto el egoísmo de la criatura no
es solamente una consecuencia del pecado, sino
también de su propia naturaleza. El egoísmo me-
tafísico es propio de la criatura como tal. Pero
si creer en el Amor significa ir asimilando poco
a poco el Amor, además de necesitar una purifi­
cación de nuestra actividad nos hace falta una
conversión del ser, una transformación íntima.
Hemos hablado ya de la transformación de las
potencias: en vez de debilidad, fuerza; en vez de
enfermedad, salud; en vez de ceguedad, visión; én
lugar de suciedad, pureza.
Pero no nos habíamos fijado en esa profunda
LA FE EN EL AMOR 295

transformación por la que el hombre pasa del


egoísmo a ser puro amor. Y ahora necesitamos
ver cómo creer en el Amor lleva consigo trans­
formarse en Dios. Y el proceso de esta transfor­
mación está en la medida de la fuerza de nuestra
fe, porque ésta es la que alcanza la omnipotencia
de Dios.
Dios es el Omnipotente, pero no obra más que
en la medida en que tú le dejas obrar, y tú le
dejas obrar sólo en la medida de tu fe, de tu
abandono en El.
Creer por tanto en el Amor es el único camino
para ser transformados en el Amor, ya que no
sólo somos derribados frente al mal por la pasi­
vidad o las bajas pasiones, sino que somos capa­
ces de vivir la «divina pasión del Amor», como
la llama San Máximo. El hombre que se libra de
las pasiones queda más atado a la Pasión de Dios.
Sigue siendo pasivo: en la medida en que deja
de serlo frente al mal comienza a serlo frente
a Dios, que es su Creador, y lo transforma en Sí
mismo, imprimiendo en él el sello de su dominio,
el sello que le da su propia forma.
«La divina pación del Amor» nos transforma
en el Amor. El ejemplo de los místicos es el del
fuego. ¿Puede el fuego actuar sobre una materia
sin transform arla en sí mismo? Echad leña al fue­
go, verde o seca: se inflama, se hace brillante, se
convierte en fuego. Esto mismo le pasa al alma
cuando, arrojándose en Dios, asume sus mismas
propiedades y se transforma en el mismo Dios.
2% DIVO BARSOTTI

Creer en el Amor significa confiarse a Dios,


abandonarse en Dios para ser transformados por
EL No es tu fe la que te transforma, pero ella
permite a Dios poder transform arte, porque Dios
ha querido condicionar este poder al abandono
del hombre en su Amor. La fe no tiene otro sen­
tido ni otra razón de ser. Si creyésemos que ella
nos ayuda a ver la verdad que está lejos de nos­
otros, no haría más que aum entar nuestra pobre­
za, nuestra necesidad: nos descubriría la gran­
deza de Dios y nuestra propia miseria. Uno que no
tiene fe, no conociendo a Dios al menos puede
creer ser algo; porque, para realizar nuestra po­
breza, para conocer nuestra indigencia, necesita­
mos conocer a Dios.
Y es en este conocimiento de Dios donde des­
cubrimos la visión de nuestra miseria. En la pri­
mera revelación que Dios nos hace no se nos des­
cubre a Sí mismo, sino que hace que nos veamos
nosotros mismos, para que conozcamos nuestro
pecado y nuestra nada.
Si la fe fuese únicamente una revelación de
Dios, pero no nos transformase en El, en vez
de ser don sería condenación. Es mejor vivir nues­
tra pobre vida y contemplar lo que somos que
advertir que Dios permanece lejos de nosotros y
descubrir lo distintos que somos de El.
Pero la fe no es sólo la revelación de una ver­
dad que permanece lejana; su razón de ser es
precisamente ésta: mostrarnos a Dios, a ese Dios
que nos llama irresistiblemente e irresistiblemen-
LA FE EN EL AMOR 297

te nos atrae, para transformarnos en El mismo.


La razón de la fe es nuestra propia transforma­
ción. Por esto el camino del alma es un camino
de fe, y la meta del alma está en hacemos Dios
por participación. El camino de esta transform a­
ción es la fe, como en la vida futura lo será la
visión beatífica. Ahora la fe inicia un proceso,
que continuará con la visión. Ahora estamos como
en el crepúsculo matutino, después nacerá el sol
y, finalmente, vendrá el mediodía, el día pleno,
cuando llevados de las sombras de la fe a la vi­
sión inmediata, podamos contemplar a Dios cara
a cara.
Y la contemplación de Dios no podrá darse si
no llegamos a ser Dios. Dios sólo ve a Dios, Dios
sólo posee a Dios. No hay posibilidad de una rela­
ción entre la criatura y el Creador si aquélla no
es asumida por Dios y se hace partícipe de su
vida. Entramos en el Paraíso si nos hemos trans­
formado en El. En El por la gracia, no por la
naturaleza; en El porque El se nos ha dado y
nos ha transformado en Sí.
¿Qué significa «transformarnos en Dios»? Para
nosotros, esto tal vez sólo sea una simple expre­
sión; sabemos lo que quiere decir «ser hombre»,
pero desconocemos lo que significa «ser Dios».
Y seguiremos ignorándolo hasta que no estemos
en*el cielo. De momento sólo podemos intuir un
poco esta transformación, pero siempre de modo
imperfecto.
¿Qué significa «transformarse en Dios»? No
298 DIVO BARSOTTI

digo que es fácil, pero sí que es simple. ¿Qué se


nos ha pedido? Creer en el Amor. Dios es el Amor.
Transformarnos en Dios es transform arnos en el
Amor. ¿En qué Amor? Ya hemos dicho qué es
lo que distingue a la criatura del Creador. La
criatura es de por sí egoísmo, pero también para
ella el amor es ley, aunque sea un amor centrí­
peto, un amor que es deseo, un am or que atrae
para alimentarse de todo. El hombre necesita a
la mujer para apoyarse en ella; la m ujer nece­
sita al hombre para apoyarse en él; necesitamos
del dinero; todo lo que amamos lo queremos
para nosotros. Se ama una cosa y por ello se
desea, se atrae porque se necesita.
Y esto pasa con todos los amores humanos, en
mayor o menor medida. Naturalmente, si somos
cristianos, nuestro amor tiende de suyo a ser cada
vez menos egoísta; sin embargo, jamás nos libe­
raremos totalmente del egoísmo, hasta que haya­
mos realizado nuestra vocación divina. El amor
de una madre es egoísta; el amor de un esposo
es egoísta; en el fondo, la madre, en su amor, no
se ama más que a sí misma, a su prolongación;
y el amor de un esposo o de una esposa también
es egoístico, porque el esposo quiere a la esposa y
la esposa al esposo. ¿Cómo sería amor el de un
esposo que no quisiera a su esposa? La quiere
para sí, para poseerla. El amor humano siempre
lleva consigo un cierto egoísmo. Pero el Amor en
Dios es completamente distinto, es don infinito
de sí, don total.
LA FE EN EL AMOR 2 99

Dios es Amor porque es pura comunicación de


Sí en las tres divinas Personas. Cada persona es
correlativa con las otras. El Padre no es más que
Padre, mientras que el hombre puede ser padre
y cualquier otra cosa: vive su vida independien­
temente de sus hijos, puede tener sentimientos
que ellos no tienen, puede tener pensamientos que
ellos no tienen: tiene su propio mundo. Por eso
nuestro amor jamás es un puro don, don total
de uno a otro.
La Persona divina, por el contrario, es pura
relación de Amor a la otra Persona: del Padre
al Hijo, del Hijo al Padre. Por eso Dios es el
Amor, acto puro, infinito, de Amor. Ninguna Per­
sona divina reposa en Sí misma. Viviendo en una
paz infinita, Dios tiene sin embargo una infinita
actividad.
Transformarnos en Dios significa convertimos
en este Amor: don eterno, total, de nosotros mis­
mos; es realizar cuanto Dios quiere de nosotros,
llamados a ser perfectos como El es perfecto.
¿Cuándo pide Jesús a los hombres que sean per­
fectos como el Padre celestial es perfecto? Lo
hace cuando habla del amor a los enemigos, un
amor que sólo el Cristianismo conoce, que es gra­
tuito, como el amor de Dios, no tiene motivo, no
tiene razón de ser.
Yq no obtengo nada en el amor, me doy y quie­
ro hacerlo como lo hace Dios. Amo sin esperar
compensación. Y es así como el hombre se hace
semejante al Padre. Nos transformamos en Dios
300 DIVO BARSOTTI

en la medida en que nos transformamos en el


Amor, que es don total.
¿Pero qué cosa podemos dar? ¿No hemos dicho
que no somos más que miseria y necesidad?
¿Cómo puede pedirnos Dios que nos transform e­
mos en don si no poseemos nada para dar? ¿No
es deseo el amor del hombre sólo porque es po­
breza y necesidad y únicamente posee lo que le
dan, lo que recibe? «¿Qué tienes tú que no hayas
recibido?», nos recuerda San Pablo. ¿Qué podre­
mos dar si nada es nuestro? ¿Qué podemos dar
si nada poseemos? ¿Cómo podremos transform ar­
nos en ese Amor que es la Omnipotencia, si nada
poseemos?
¡A pesar de todo esto, el hombre se hace Dios!
¡ Este es el misterio de la vida sobrenatural! Nos
transformamos en Dios precisamente para hacer­
nos en El y por El don infinito, poder universal.
Los límites de nuestro poder se extienden hasta
los del poder de Dios, que es ilimitado. La medida
de nuestra riqueza es la misma inmensidad del
Ser divino. La riqueza del hombre se convierte
en la misma riqueza de Dios. ¿Recordáis la «ora-
ción del alma enamorada» de San Juan de la
Cruz? «Míos son los cielos, mía es la tierra, mía
la Madre de Dios, míos los ángeles, los sanios,
los pecadores; todo es mío, porque Jesucristo es
mío y lo es todo para mí. ¡Alégrate, alma m ía!. .»
Este es el fruto de nuestra transformación en
Dios. Lo poseemos todo para poder darlo; lo po­
LA FE EN EL AMOR 301

seemos todo porque nuestra vida tiene la eficacia


misma del amor.
A menudo, cuando pensamos en nuestra divi­
nización, estamos pensando en nuestra futura ri­
queza. El cielo es una propiedad, un premio, una
riqueza infinita: Dios es nuestro.
Pero el hombre no podrá poseer a Dios hasta
que no se transforme en el amor que se da cons­
tantemente.
Dios se transforma en Sí; y tú te haces, en
cierto modo, el Inmenso en cuanto te conviertes
en el Amor. Ninguna propiedad se puede compa­
rar con la vida divina. Dios nada posee: El es, y
no es más que el Amor. Y esto llega a ser la vida
del hombre que se transforma en Dios. Todo lo
es y todo lo tiene. ¡Absoluta plenitud del Cristia­
nismo! Os recordaba hace un instante la oración
del «alma enamorada». Es como Dios. Una vez que
ha realizado su vocación, el cristiano deja de ser
parte de un todo para convertirse en el «todo» y
en el Uno. Nada le es extraño. La experiencia de
la mística hindú es verdadera, auténtica, pero el
lenguaje de sus místicos se presta al equívoco.
En realidad el cristiano es todo como el «todo»;
según el Eclesiástico, es Dios (43, 28).
Esta transformación sigue siendo libre, gratui­
ta, pero es verdadera. El hombre «se hace» verda­
deramente Dios. Y así como Dios es Creador sin
estar dentro de la creación, pero comprendiéndo­
la toda, así .nosotros somos Dios y somos al mis­
mo tiempo todas las cosas; somos toda la hum a­
302 DIVO BARSOTTI

nidad, toda la Iglesia. Antes bien, ¿por qué «nos­


otros»? Es un error decir «nosotros». «Yo»; en
Dios no hay «nosotros». Es el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, un triple «yo» en la unidad de la
divina naturaleza. Por eso el «yo» de todo hom­
bre redimido subsiste en la unidad de toda la na­
turaleza creada. «Ama a tu prójimo como a ti
mismo.» Tú, por tanto, para realizar este prin­
cipio de amor, debes am ar a tu prójimo como a
ti mismo, debes llegar a ser él. Es una identidad
dinámica. Tu «yo» son todos los hombres, toda
la creación.
¿Cómo es posible vivir esto? ¿Cómo podrá el
hombre conseguirlo? Nuestra más profunda expe­
riencia de la vida religiosa implica la superación
de toda ruptura, de toda división. Nada es extra­
ño al corazón cristiano; nada se siente lejano de
sí, dividido. Es todas las cosas, a pesar de ser
distinto de todo. Así como en Dios la distinción
de las Personas no destruye su unidad, así la dis­
tinción de todas las personas creadas no destruye
en nosotros esa unidad total que el alma realiza
cuando lleva a cabo su transformación en Dios.
No podemos hacer parte de la Iglesia: somos la
Iglesia, como lo es la Virgen, aunque de forma
distinta.
Dios se da todo a cada uno; pero cada uno
vivirá este todo de Dios, este todo de todas las
cosas en una medida más o menos intensa, según
la perfección de la caridad en la que se va trans­
formando. Todos los hombres redimidos vivirán
LA FE EN EL AMOR 303

en el Paraíso, y serán la unidad. Pero cada uno


vivirá esa unidad en la medida de su amor.
Y cierto es que ninguna criatura, ningún hombre
realizará la unidad de toda la creación de Dios
como la realiza la humanidad de Cristo, o como
la realiza la Virgen. Ella es una criatura, una
persona humana, que, sin embargo, es Madre de
la Iglesia. Por esto, todo lo que se dice de María
puede decirse de toda la Iglesia; y lo que se dice
de toda la Iglesia puede afirmarse de María.
Y lo mismo puede decirse de cada uno de nosotros,
aunque a enorme distancia de María. Yo soy uno
si soy Dios, la totalidad, la plenitud. Nada me es
extraño, nada me es lejano; de nada estoy se­
parado, dividido; todo mi mundo lo llevo con­
migo, en mí. Absoluta interioridad. De la misma
forma que Dios es inmanente en todas las cosas,
así estoy yo en todo y todo está en mí. ¿No es
ésta la exigencia de toda alma que viva la voca­
ción sobrenatural? ¿Podéis renunciar a vivir la
experiencia de Juan, de Agustín, de Tomás? No,
yo no puedo renunciar.
Todo es mío, «míos son los cielos, mía la tierra,
mía la Madre de Dios y míos los santos». Pero
si son míos, lo son sólo en la medida en que yo me
identifico con ellos. Como Dios, yo no poseo nada
en El, pero soy. •
No sería verdadera nuestra transformación en
Dios si no llegásemos a ser todo. En nuestra mís­
tica cristiana son poco frecuentes algunas expre­
siones, por el peligro de que sean mal interpreta-
304 DIVO BARSOTTI

das. Pero son necesarias. El cristiano, si se hace


Dios por participación de amor, lo puede todo;
y no sólo lo puede todo: lo hace todo. La omni­
potencia divina no es pasividad, es potencia efi­
caz y creadora. Dios no sólo lo puede todo, sino
que lo obra todo. Y el hombre, hecho Dios, hace
todas las cosas con Dios. Para la mística islámica,
el imam es el alma del mundo; toda la vida del
universo depende de Dios, y el imám es como su
lugarteniente en la tierra. Para la mística hebrea,
el justo es la columna que sostiene el universo.
Nuestra transformación en Dios implica nues­
tra unidad con El, en cuanto lo obra todo. De
esta forma toda la vida del mundo depende del
santo. El alma, como decía Santa Teresa del Niño
Jesús, siente ser el corazón del universo. ¿Y no
es el corazón el que da la vida al organismo? La
sangre afluye al corazón, y del corazón se distri­
buye por todos los miembros. De la misma forma,
el hombre, hecho Dios por participación de amor,
se convierte en el corazón del que brota toda vida.
Puede vivir en un desierto o ser desconocido para
el mundo; sin embargo, toda la vida del universo
depende de él, porque se ha transformado en Dios.
Y en la medida en que esta transformación sea
real, todo lo que hace Dios también lo hace el
justo con El. Así lo enseña Eckart, uno de los
más grandes místicos cristianos.
Tal es el poder del alma, el poder del hombre.
¿Hay cosa más maravillosa que ésta?
Es más: lo da todo, es don total, infinito, inago-
LA FE EN EL AMOR 305

table, sólo don. Podemos ver al santo como una


gloria que se difunde sobre todas las cosas, como
una luz que todo lo ilumina, como una paz que
todo lo abarca. Un santo sólo con Dios en Cristo
puede salvar todos los mundos. El poder del mal
sólo es impotencia.
Un santo como Juan XXIII es optimista y no
puede albergar ni un solo pensamiento de descon­
fianza. ¿Recordáis aquel discurso que pronunció
en el primer año de su pontificado? «Todos me
dicen que debemos tener miedo, que se acercan
grandes calamidades. Yo no puedo tener miedo.
Somos como David, que no tenía más que una
honda para luchar contra el gigante; pero bastó
para derribarle.»
¿Recordáis a Jesús? Se acercan para prenderle;
El les sale al encuentro: «¿A quién buscáis?» «A
Jesús Nazareno.» «Si buscáis a Jesús Nazareno,
soy Yo.» Y todos caen en tierra. «Soy Yo.» La
victoria de Dios es su misma presencia: «Soy
Yo», dice la Iglesia; basta con que la Iglesia se
haga verdaderamente presente para que el mal
se disipe como humo. «Soy yo», dice el santo, y
el mal se pulveriza. Es el poder de Dios que se
hace presente en el mundo.
¡ Si fuésemos santos! Y debemos serlo. El mun­
do espera la santidad para ser salvado. No debe­
mos ser santos para nosotros; si somos santos ya
no viviremos ^>ara nosotros ni nada nuestro nos
importará: sólo viviremos la donación de nosotros
mismos, la donación del Amor.
20
CONCLUSION

¡ Con qué maravillosa insistencia nos invita San


Pablo a un total abandono en las manos de Dios!
Nosotros, que de nada somos capaces, nos hace­
mos capaces de todo en Cristo. «El Padre —dice
San Pablo en su carta a los Romanos—, ¿acaso
no nos ha dado a Jesús, su Hijo, y en El todas
las cosas?» Impotentes para llevar a cabo la obra
más sencilla, para tener un solo pensamiento bue­
no, podemos, sin embargo, confiar en la omnipo­
tencia del Amor infinito, y caminar tranquilos
por un sendere que nos lleve a la perfección de
la caridad. Por una parte, no somos capaces de
nada, y, por la otra, Dios nos lo pide todo. ¿ Cómo
se pueden compaginar ambas cosas? Sólo con la
confianza en Cristo Jesús. Si fuésemos abandona­
dos a nosotros mismos, la palabra de Dios no
308 DIVO BARSUTTI

podría menos que condenamos. Pero podemos es­


perarlo todo de Dios, porque El lo es todo para
nosotros. El está a nuestro servicio, y lo estará
más en la medida en que nosotros nos pongamos
al suyo.
¡No temamos! No debemos dejam os turbar
por nuestra pobreza, por nuestra miseria, por
nuestra debilidad, por nuestra impotencia. Pon­
gamos coda nuestra confianza en Dios. Es la en­
señanza de San Pablo. Si con tanta gloria rodea
Dios a Moisés, que pertenecía a una economía
profética, ¡con qué gloria, poder y virtud ilumi­
nará Su rostro en quienes se han hecho hijos
suyos en la donación de Cristo Jesús!
Se abre ante nosotros un camino muy largo,
como dice San Pablo en la carta a los Corintios.
Es el camino del Amor, y en él Dios nos invita,
nos empuja, nos lleva en sus mismos brazos...
La palabra de Jesús nos llama a la perfección
de la caridad. Si hay alguna virtud que supere al
hombre, ¿cuál es más que el amor? Por él parti­
cipamos en la vida de Dios, que quiere qué viva­
mos su misma caridad. ¿ Será esto posible?
¡Qué difícil es conseguir el amor perfecto!
Para con Dios, dándonos totalmente a El, en los
afectos y pensamientos; para con el prójimo, sin­
tiéndonos una misma cosa con él. Todos nosotros,
pobres creaturas, nos sentimos inclinados incons­
cientemente hacia el egoísmo, a la defensa de
nuestro pobre «yo», de lo poco que somos y po­
seemos. Dios nos llama a vivir siempre más, a
LA FE EN EL AMOR 309

imitación suya, el sacrificio de nosotros mismos


hasta la muerte, nuestra propia donación a Dios
y a nuestros hermanos. ¿ Pero es posible vivir esto
sin una virtud divina? Hizo bien San Pablo en
llamarnos a la confianza en Cristo. ¿Cómo hubié­
ramos podido responder a las exigencias del amor
divino, de Cristo, que nos pide una caridad per­
fecta, si antes no nos hubiese garantizado Dios
la asistencia de su gracia?
¡Confianza, por tanto! Antes de amar es ne­
cesario creer en el amor. Cierto que debemos
amar, porque tal es la vida del cristiano y esto
hemos prometido cuando fuimos consagrados al
Señor en el bautismo; y lo primero que hizo el
sacerdote cuando entramos en la Iglesia fue pro­
mulgar el mandamiento del amor. Pero sabemos
que antes de amar necesitamos creer en el amor
de Dios, para poder amar debemos acoger el
amor. Y esto no podemos hacerlo más que con
la fe. Sólo podemos amar como respuesta a su
amor. Y sólo podemos acoger su amor mediante
la fe. ¿Qué debemos hacer? Dejarnos amar, de­
jar que Dios ame en y a través de nosotros.
Debemos acoger a Dios y dejar que viva en
nosotros. En esto consiste precisamente todo el
programa de la vida cristiana. ¿Veis qué sencillo,
qué fácil y qué hermoso es? ¡Dejarnos amar por
Dios! Abrirnos a El y dejar que viva en nuestros
corazones. Por nuestra parte, solos nada podemos
hacer, pero si Dios nos exige ese amor, ¿no está
implícita en esa misma exigencia la promesa del
310 DIVO BARSUTTI

don divino? No tengamos miedo, sino alegría. En


el mismo mandato de que amemos a Dios y a
los hermanos tenemos la promesa de que Dios
quiere darse a nosotros. ¿ Qué es la salud, la fama,
el aprecio de los hombres, la riqueza? ¿Qué es
la belleza? ¿Qué nos puede ofrecer el mundo?
Dios quiere ser nuestra riqueza, nuestro gozo,
nuestra vida toda. ; Abramos nuestro corazón,
creamos en el Amor de Dios!
Termino estos ejercicios de la misma manera
que los he comenzado, porque no sé hacerlo de
otro modo. Si creemos, ya lo tenemos todo hecho.
No porque ya no debamos amar, sino porque ama­
remos en la medida en que hayamos creído, y en
esa misma medida poseeremos a Dios, y es pose­
yendo el Amor como amaremos nosotros.
¡ Creer en el amor de Dios! Es toda la vida.
No es mi palabra: ¡es la palabra últim a de la
revelación divina! En una de las páginas finales
del Nuevo Testamento está escrito esto: «Y nos­
otros hemos conocido y hemos creído en el Amor
que Dios tiene por nosotros.» Con estas palabras,
San Juan sintetizaba toda su vida de apóstol, de
discípulo predilecto de Jesús, toda su santidad.
Y también la nuestra: porque también nosotros
debemos conocer y creer en el Amor.
INDICE

Págs.
P r e s e n t a c ió n ................................................................................... 11

P r ó l o g o ................................................................................................... 13

D ed ic a t o r ia ...................................................................................... 43

P r e á m b u l o ......................................................................................... 45
P r im e r a m e d ita c ió n : Creer en el A m o r ....................... 47
Segunda meditación: B ie n a v e n tu r a d o t ú q u e has
c r e í d o ............................................................................................. 55
T er c er a m e d ita c ió n : E l que ama (I ) .............................. 63
C u arta m e d ita c ió n : E l que ama ( I I ) .............................. 82
Quinta meditación: E l que ama (III) .................... 97
S e x ta m e d ita c ió n : E l que es amado (I ) ....................... 115
Séptima meditación: E l que e s amado ( I I ) ............. 127
O cta v a m e d ita c ió n : E l que e s amado (III) ................. 140
Novena meditación: La o ra ció n , cam ino para l a
m u erte ........................................................................................... 159
D é c im a m e d ita c ió n : ¿ Q ué es el amor? ........................ 177
Undécima meditación: La d if ic u lt a d d e l a c to de fe . 193
D u o d é c im a m e d ita c ió n : E l acto de fe ........................ 213
D e c im o te r c e r a m e d ita c ió n : La trascendencia de
la fe ............................................................................................... 233
Decimocuarta meditación: L as t e n t a c io n e s c o n tr a
LA FE ....................................................................................................... .... 249

Decimoquinta meditación: E l Amor, v id a de la f e . 272


Decimosexta meditación: L a t r a n s fo r m a c ió n d el
A m o r ....................................................................................................... ....293

C o n c l u s i ó n ............................................................................................. ... 307


N i h i l o b sta t : D. H e r m e n e g ild o
L ó p e z . M adrid, 23 de j u l i o de 1969.
I m p r ím a s e : D r. R ica rd o B la n c o ,
V ic a r io G enhkal.

E s t e lib r o , p u b licad o por E d ic io ­


n e s R ia lp , S. A., P recia d o s, 44,
M adrid, s e te r m in ó de im p rim ir
e n G r á fic a s M a r ib e l, Tomás B r e ­
tó n , 51, M adrid, e l d ía 9 de sep­
tiem b re de 1969.