Sei sulla pagina 1di 5

Las grandes revoluciones de la física han tenido inmensas consecuencias culturales,

tLos ecos teológicos de las revoluciones de la física


por David Jou

ecnológicas, económicas y sociales, y han modificado conceptos básicos como el


espacio, el tiempo, la materia, la causalidad y la relación entre pensamiento y
realidad. Por eso no sorprende que hayan interesado tanto a la teología. En efecto, la
física se sitúa entre el mundo más concreto y las construcciones matemáticas más
abstractas, y habla de aspectos clave de la realidad. Para comprender la realidad, no
tiene bastante con la razón: necesita contrastar continuamente sus reflexiones con la
«revelación» del libro de la naturaleza, de tal manera que hay muchas teorías
correctas y elegantes que, a pesar de su consistencia matemática interna, no son
consistentes con los resultados experimentales. Por ello, la posición del físico en el
mundo no es tan radicalmente alejada de la del teólogo como se podría pensar de
antemano: ambos intentan comprender con rigor racional un «texto revelado» –
escrito en la materia o en la historia–. Muy notables son, evidentemente, las
diferencias, ya que el mundo que estudia el físico está constituido por fenómenos
mensurables y repetibles, mientras que el del teólogo consta de acontecimientos
intrínsecamente únicos, irrepetibles, singulares, y la naturaleza de la «revelación» es
también muy diferente para el físico –la naturaleza, accedida a través de
experimentos sofisticados– y para el teólogo –unos textos sagrados y unas
experiencias humanas de plausibilidad siempre discutible.

El teólogo habla de universo, de creación, de fin del mundo, de espacio, de tiempo,


de materia, de responsabilidad, de libertad. No lo hace de ninguna manera en un
sentido superficial, sino que quiere ir al fondo del significado de estas palabras, que
le remiten a Dios. El físico va en el mismo tren, pero baja en la estación anterior a la
del teólogo: su actividad no consiste en hablar de Dios, sino en entender la naturaleza
en lo que tiene de mensurable y demostrable.

El principio de inercia y el nacimiento de la mecánica

Veamos, muy brevemente, algunos de los puntos de contacto –y a veces, de fricción–


entre la física y la teología. Uno de los casos más comentados y discutidos se refiere
a los inicios de la mecánica moderna, con Galileo, Descartes y Newton. En el siglo
XVII, el modelo ptolemaico, geocéntrico, y el copernicano, heliocéntrico, competían
como explicación del Sistema Solar. La física de la época, aristotélica, apoyaba el
modelo ptolemaico. Una cuestión central en contra del modelo copernicano era el
problema del movimiento de la Tierra. Si la Tierra gira con una velocidad elevada,
cuando saltásemos, el suelo debería deslizarse bajo nuestros pies con gran velocidad
e iríamos a parar a un punto muy distante de aquél donde iniciáramos el salto. Como
eso no se observa, se deduce que la Tierra no gira. No hacía falta la teología para
negar el modelo ptolemaico: había suficiente con la física aristotélica y la experiencia
cotidiana. Para superar este problema, Galileo propuso el principio de inercia, según
el cual cuando sobre un objeto no actúa ninguna fuerza, el objeto se continúa
moviendo indefinidamente con velocidad constante. Por ello, cuando saltamos
conservamos el movimiento horizontal que teníamos antes del salto, y nos movemos
paralelamente a la Tierra, con la misma velocidad que ella, y caemos
aproximadamente en el mismo punto donde iniciamos el salto. ¿Tan evidente es el
principio de inercia? La verdad es que no. Puede ser una explicación plausible de la
razón por la que no nos percatamos de que la Tierra gira pero habría podido ser falso.
La discusión sobre este principio fue más física que teológica, pero quien tenía el
poder sobre las universidades era la Iglesia católica, que no se opuso inicialmente a
las ideas de Galileo, siempre que las presentase como una posibilidad razonable y no
como la realidad definitiva, pero que posteriormente endureció y cerró su posición.
La loable pero problemática impaciencia de Galileo, por una parte, y la amenaza
inadmisible de la Inquisición convirtieron un problema científico apasionante en una
pesadilla del pensamiento.

Uno de los casos más comentados y discutidos de los puntos de contacto entre física
y teología se refiere a los inicios de la mecánica moderna, con Galileo, Descartes y
Newton.
El principio de inercia tuvo consecuencias relevantes en teología. En la escolástica de
Santo Tomás de Aquino, de raíz aristotélica, el movimiento de las cosas era la
primera vía de demostración de la existencia de Dios. Efectivamente, si los planetas y
las estrellas se mueven y si, según Aristóteles, es necesario que una fuerza actúe
continuamente para mantener el movimiento, Dios –primer motor– debería actuar
continuamente sobre el mundo para mantenerlo en movimiento. Ahora bien, cuando
la física llega a la conclusión de que el movimiento del universo se conserva, la
imagen de las relaciones entre Dios y el mundo cambia. Ya no hace falta un Dios que
actúe continuamente sobre el mundo. Basta con un Dios que, tal como un relojero,
construya el mecanismo del mundo y lo ponga en marcha. Después, puede retirarse.
El mundo continuará funcionando solo. Pese a ello, su funcionamiento será
determinista, prefijado, sin libertad humana ni divina, a no ser que Dios quiera
romper de vez en cuando las leyes con milagros –libertad y milagros, otros dos
grandes temas de discusión.

La óptica también tuvo algunos contactos con la teología. Para la tradición teológica,
la luz era una metáfora de Dios, ya que suponía intangibilidad, sutileza y
conocimiento. Como metáfora de Dios se suponía que la luz blanca era pura, sin
mezcla. Por ello, la interpretación usual de las coloraciones de la luz al pasar por un
prisma era que la materia –impura– teñía de colores la luz blanca –pura–. Hizo falta
la intuición sagaz de Newton para pensar que la luz blanca era una mezcla de luz de
todos los colores y que el vidrio del prisma no teñía la luz sino tan sólo separaba los
colores. Finalmente, la teoría electromagnética de Maxwell puso de relieve que la luz
es un caso particular de onda electromagnética. Así, la visión, piedra de toque, hasta
entonces, de la certificación sensible de la realidad, pasó a ser una pequeña ventana
sobre la realidad. Y la realidad resultó estar llena de radiaciones invisibles, que
hemos tardado bastante en saber observar y controlar, y cuya utilización –radio,
televisión, telefonía celular– forma parte esencial de la sociedad actual.

Cosmología: el dinamismo del universo

Otra revolución física con poderosas interpelaciones teológicas es la cosmología.


Gracias a sus técnicas de observación y al utillaje conceptual necesario para explorar
las consecuencias, la física del siglo XX ha descubierto que el universo está en
expansión, ha puesto de manifiesto un principio y ha encontrado la manera de medir
la edad. El dinamismo del universo resultó difícil de aceptar a aquellos que, como
Einstein, buscaban en las leyes físicas más profundas la expresión de una
racionalidad absoluta y eterna, casi divina –en un sentido de divinidad tirando a
panteísta, como en la filosofía de Spinoza– que chocaba con la idea de un universo
cambiante. La física ha sabido preguntar a la noche la edad del cielo y la historia de
la materia, y ha constatado la delicada armonía que debe haber entre los valores de
las constantes físicas para que pueda existir vida en algunos lugares del universo,
cuestión que tiene que ser un punto de reflexión y discusión muy vivas, en torno a las
diversas formas del llamado «principio antrópico».

Difícilmente el teólogo podrá menospreciar estos hallazgos; difícilmente podrá


resultar convincente al público de hoy si ignora completamente esta visión del
universo –tan llena de enigmas, aún, como la naturaleza de la materia oscura o de la
energía oscura–. Pero esta racionalidad cósmica, más allá de sus detalles concretos y
especializados, ¡resulta tan atractiva desde el punto de vista teológico! Ahora bien,
cuando la física trata de llegar a la exploración de los orígenes, pone en duda la
causalidad. La incorporación de aspectos de física cuántica en la cosmología puede
hacer pensar que no haya un solo universo, sino muchos universos que vayan
surgiendo como fluctuaciones aleatorias de un vacío cuántico primordial, sin causa ni
finalidad. Aquí, Dios y el azar parecen disputarse el origen del mundo.

Fue Newton quien intuyó que la luz blanca era una mezcla de todos los colores y que
lo que provocaba el vidrio era su descomposición y no la coloración, como se
pensaba.
La materia, la relatividad y la física cuántica

La física ha explorado la materia: ¡qué lejos estamos del materialismo de las


postrimerías del siglo XIX, con su materia hecha de canicas minúsculas concretas
inmutables y eternas y sometidas a leyes estrictamente deterministas! Hoy la materia
no es una puerta que cierra toda metafísica, sino que se ha convertido en una
invitación a la metafísica: en las sutilezas cuánticas de la materia, en su carácter
complementariamente corpuscular y ondulatorio y en los aspectos indeterministas de
las leyes que rigen su comportamiento. La materia está impregnada de historia –
formada gradualmente en las estrellas–, las puertas entre radiación y materia están
abiertas, materia y antimateria pueden aniquilarse en radiación y ser producidas a
partir de radiación pura, la nanotecnología permite que la tecnología dependa cada
vez menos de las cantidades de materia prima y cada vez más de estructuras
diseñadas casi átomo a átomo, y es posible conseguir –por procesos nucleares de
pocos átomos– grandes cantidades de energía; como si la materia se fuera acercando
al espíritu: matematizando, estructuralizando, energetizando, informatizando.

La relatividad ha invitado a rehuir el relativismo: ha subrayado el carácter absoluto


de la velocidad de la luz y del intervalo espaciotemporal, y ha invitado a abandonar el
absoluto de nuestras certezas milenarias sobre el espacio y el tiempo, el sentido
común de la experiencia cotidiana, y aceptar –en acuerdo fructífero con la
experimentación– cosas tan poco intuitivas, tan sorprendentes, como la variación de
la longitud, del tiempo y de la masa con la velocidad del espectador, y a recordar que,
a pesar de eso, el diálogo entre espectadores diferentes continúa siendo posible si
saben transformar adecuadamente las informaciones que tiene cada uno en términos
de la situación en que se encuentra el otro.

La física ha pasado del determinismo newtoniano y laplaciano al indeterminismo


cuántico y a la impredictibilidad de la teoría del caos: en este último, perturbaciones
mínimas de los sistemas quedan rápidamente amplificadas, en lo que se ha
popularizado en la metáfora del «efecto mariposa»: un aleteo de una mariposa en la
selva amazónica puede hacer que aparezca un huracán en las costas de México. Así,
podríamos actuar –nosotros, Dios o el azar– sobre el décimo decimal de la posición
de una partícula, imperceptible a cualquier medida, y sus efectos, al cabo de poco
rato, ya serían manifiestos en las observaciones. Por lo tanto, para hacer un
«milagro» no haría falta un acontecimiento espectacular, sino que bastaría con
manipular sutilmente decimales imperceptibles.

En la física cuántica, la realidad no es objetiva. Si nadie la observa, una partícula no


tiene ni posición ni velocidad: está en una superposición de todas las posiciones y
todas las velocidades, es decir, en una situación mucho más difuminada, sutil,
compleja, que el corpúsculo con posición y velocidades bien definidas que
acostumbraba a pensar la tradición occidental. Sólo en el momento en que es
observada la partícula adquiere una posición o una velocidad concreta. Estas
afirmaciones sorprendentes han sido corroboradas por experimentos sutiles. Este
carácter velado, enigmático, indeterminista, no local, no fragmentable y no objetivo
de la realidad parece próximo a la tradición oriental. No conozco lo suficiente esta
tradición como para aventurarme a conjeturar el interés que estas constataciones
puedan tener para el pensamiento religioso en el mundo oriental.
Por lo que respecta a la teología cristiana, la física cuántica representaría salir del
mundo estrictamente determinista de la física clásica. No resolvería el problema de la
libertad –la compatibilidad de lo que con el determinismo clásico era un problema de
envergadura– ya que el indeterminismo cuántico es irreduciblemente aleatorio, pero
le abriría posibilidades. También abriría la posibilidad de una acción de Dios
escondida tras el indeterminismo del colapso de la función de onda: como sólo
podemos tener un conocimiento estadístico, pero no de cada acontecimiento
concreto, no sabemos si el resultado concreto es puro azar o si ha intervenido algún
proyecto divino, no considerado, evidentemente, por la física, pero sí indagado por la
teología. Por otro lado, la física cuántica ofrece la posibilidad de una realidad que no
es una sola historia, sino una suma de historias, una superposición de todas las
trayectorias posibles, de las que, al final, sólo una es realizada. Por lo tanto, la
historia no estaría hecha de antemano: todas las historias serían posibles,
inicialmente, y la libertad del individuo realizaría una y desestimaría la otra, pero no
como en la visión clásica, en que la decisión sólo tendría consecuencias para los
instantes posteriores, sino de una manera más global, que afectaría a toda la historia,
es decir, a todos los instantes anteriores. Cuanto menos, eso es lo que pasa, según la
cuántica y los experimentos ideados para ponerla a prueba, con un fotón que pueda ir
por dos caminos entre dos puntos. El fotón recorre ambos caminos al mismo tiempo
y, sólo cuando realizamos un experimento para encontrar por qué camino va, todo un
camino es confirmado y todo el otro refutado, no porque el fotón hubiese tomado
inicialmente uno de los dos caminos y no el otro, sino porque, estando en ambos al
mismo tiempo, toda una historia se borra y toda la otra pasa a ser realidad.

A pesar de los alicientes que pueda tener el diálogo entre ellos, el físico y el teólogo
se recordarán el uno al otro que la ciencia es provisional y que la teología no habla de
ciencia, que revoluciones conceptuales del futuro pueden hacer interpretar de manera
muy diferente a la de hoy las cosas que ahora interpretamos de una cierta manera a la
luz de la ciencia actual. Por ello, basar alguna teología en la ciencia es improcedente
y peligroso, porque no nos puede hablar de lo definitivo; pero construir una teología
que ignore la ciencia de su tiempo es hacer una teología menos verosímil, en algunos
aspectos, de lo que podría serlo si compartiese con la cultura de su tiempo el saber y
las inquietudes por el mundo que la ciencia le ofrece.

BIBLIOGRAFÍA
Artigas, M., 2004. Ciencia, razón y fe. EUNSA (Ediciones de la Universidad de
Navarra). Navarra.
Davies, P., 1985. Dios y la nueva física. Labor. Barcelona.
Nicolau, F., 1991. Ciències físiques i filosofia de la naturalesa. Catalunya Cristiana.
Barcelona.
Russell, R. J. et al., 1997. Physics, philosophy and theology. A common quest for
understanding. Vatican Observatory Foundation.

David Jou. Catedrático de Física, Área de la Materia Condensada, Universitat


Autònoma de Barcelona.
© Mètode, Anuario 2008.

http://metode.cat/es/Revistas/Monografics/La-especie-mistica/Els-ressons-teologics-de-les-
revolucions-de-la-fisica