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Jaime Valenzuela Márquez

( E ditor )

AMÉRICA

EN DIÁSPORAS

Esclavitudes y migraciones forzadas en Chile y otras regiones americanas

(siglos xvi -xix )

en Chile y otras regiones americanas (siglos xvi - xix ) Instituto de Historia FACULTAD DE

Instituto de Historia

FACULTAD DE HISTORIA, GEOGRAFÍA Y CIENCIA POLÍTICA
FACULTAD DE HISTORIA, GEOGRAFÍA
Y CIENCIA POLÍTICA
regiones americanas (siglos xvi - xix ) Instituto de Historia FACULTAD DE HISTORIA, GEOGRAFÍA Y CIENCIA

Jaime Valenzuela M árquez

(E ditor)

América en diásporas

Esclavitudes y migraciones forzadas en Chile y otras regiones americanas (siglos XVI- XIX )

S ubtítulo

regiones americanas (siglos XVI - XIX ) S ubtítulo I nstituto de H istoria FACULTAD DE

I nstituto de H istoria

FACULTAD DE HISTORIA, GEOGRAFÍA Y CIENCIA POLÍTICA

(siglos XVI - XIX ) S ubtítulo I nstituto de H istoria FACULTAD DE HISTORIA, GEOGRAFÍA
325 . 283 Valenzuela Márquez, Jaime V América en diásporas. Esclavitudes y migraciones forzadas en
325 . 283 Valenzuela Márquez, Jaime V América en diásporas. Esclavitudes y migraciones forzadas en

325 . 283 . 283

Valenzuela Márquez, Jaime

V América en diásporas. Esclavitudes y migraciones forzadas en Chile y otras regiones americanas (siglos xvi - xix )/ Editor: Jaime Valenzuela Márquez. – – Santiago :

RIL editores - Instituto de Historia, Pontif cia Universidad Católica de Chile, 2017 .

542 p. ; 23 cm. ISBN: 978 - 956 - 01 - 0320 - 8

1 esclavitud. 1. chile-emigración e inmigración-histo- ria-siglos 16-19. 1 américa-emigración e inmigración- historia-siglos 16-19.

- emigración e inmigración - historia - siglos 16 - 19 . A mérica en diásporas
- emigración e inmigración - historia - siglos 16 - 19 . A mérica en diásporas

A mérica en diásporas . E sclavitudes y migraciones forzadas en C hile y otras regiones americanas ( siglos xvi - xix )

Primera edición: diciembre de 2016

© Jaime Valenzuela Márquez, 2017 Registro de Propiedad Intelectual Nº 271 . 082

© RIL® editores, 2017

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Composición e impresión: RIL® editores Diseño de portada: Marcelo Uribe Lamour Imagen de portada: «Codex Azcatitlan», Bibliothèque Nationale de France (Paris), Département des Manuscrits, Mexicain 90, f. 44 [fragmento]. (www.wdl.org/en/item/15280)

Impreso en Chile • Printed in Chile

ISBN 978 - 956 - 01 - 0320 - 8

Derechos reservados.

Í ndice

P

resentación

11

 

Diáspora africana y movilidades afrodescendientes

Curas, amos y esclavos en una parroquia. Apuntes metodológicos para construir un padrón de propiedad de mano de obra de origen africano con partidas de bautismo (Santiago de Chile, 1700-1720) Claudio Ogass Bilbao

17

Discursos y representaciones de los esclavos negros y mulatos domésticos en Santiago colonial Katherine Quinteros Rivera

57

Migración forzada y comercio de esclavos en el Reino de Chile (Santiago-Valparaíso, 1770-1789) María Teresa Contreras Segura

77

La esclavitud en los registros judiciales y en las «leyes de libertad» (Chile, 1810-1823) Carolina González Undurraga

113

E sclavitud y deportaciones indígenas desde la frontera de C hile

De cautivos a esclavos: Algunos problemas metodológicos para el estudio de los indios cautivos en la guerra de Arauco Macarena Sánchez Pérez

133

Indios de tierra adentro en Chile central.

Las modalidades de la migración forzosa y el desarraigo

f nes del siglo XVI y comienzos del XVII) Hugo Contreras Cruces

(

161

Esclavitud indígena y economías familiares en el Chile del siglo XVII Ignacio Chuecas Saldías

197

Indian labor: The evolution of the encomienda and indigenous slavery within Chile’s 17th century frontier society Daniel Stewart

251

A bolición y continuidad de las esclavitudes amerindias

La cruzada antiesclavista y las fronteras del imperio español, 1660-1690 Andrés Reséndez

295

Indias esclavas ante la Real Audiencia de Chile (1650-1680) Los caminos del amparo judicial para mujeres capturadas en la guerra de Arauco Jaime Valenzuela Márquez

319

Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales a Chiloé en los siglos XVI, XVII y XVIII María Ximena Urbina Carrasco

381

Las misiones jesuitas de Chiquitos y el proceso de esclavización en las tierras bajas del Oriente boliviano (1691-1764) Mercedes Avellaneda

413

 

Destierros , desarraigos y nuevas «esclavitudes »

Destierro a la isla de Juan Fernández a f nes del siglo XVIII:

 

Civilización, corrección y exclusión social Macarena Cordero Fernández

439

Los «colonos polinesios» en Sudamérica: La variante chilena en el trá f co de rapanui a Perú, 1861-1864 Milton Godoy Orellana

469

Cholitos, militares y activistas. La «Sociedad Amiga de los Indios»

la campaña de rescate de niños indígenas (Lima, 1867-1868) José Ragas

y

511

L

os

autores

533

C holitos , militares y activistas . L a «S ociedad A miga de los I ndios » y la campaña de rescate de niños indígenas (L ima , 1867 -1868 ) *1

José Ragas

Después, tras contarme las particularidades del desdichado hijo de Julia, me hizo una pregunta tremenda: «Y dígame, si les devolvemos a este, ¿usted cree que nos darán otro?». Como si estuviéramos hablando de animales.

Benjamín Prado, Mala gente que camina

E n algún momento de 1867 , un grupo de soldados entró a una de las numerosas comunidades que existían en el interior del país, algu- nas de estas ubicadas a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Sus habitantes sabían de las intenciones de los uniformados; mientras algunos trataban inútilmente de resistir el ataque, otros intentaban –también inútilmente– de huir. En cuestión de horas el poblado fue saqueado, como castigo por rebelarse contra el gobierno. Los efectivos cumplieron su tarea a cabalidad, encargándose de que el mensaje fuese lo su f cientemente claro como para que los pobladores no se atrevie- sen a desaf ar nuevamente a la capital. Era un código tácito el que los soldados se apropiaran de los bienes de los derrotados, por lo que no tardaron mucho en hacerse de las pocas cosas que los habitantes te- nían en sus viviendas. Pero el botín más apreciado no eran los enseres ni el dinero, sino los niños: en el mejor de los casos, cada uno de ellos

* Quiero agradecer a Martín Monsalve por compartir sus agudas observaciones sobre la «Sociedad Amiga de los Indios» y la sociedad civil del siglo XIX. De igual modo, Patricia Palma me proporcionó bibliografía sobre la historia de la infancia y leyó una versión previa del manuscrito, realizando importantes observaciones a la misma. Deseo agradecer también a Ada Arrieta Álvarez y al Instituto Riva-Agüero, por haberme dado las facilidades y el permiso correspon- diente para incorporar una de las imágenes que acompañan el presente ensayo.

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José R agas

podía ser vendido por una buena cantidad en las ciudades, debido a la necesidad de las familias acomodadas por contar con sirvientes dóciles que ayudaran en las tareas de la casa. La circulación forzada de niños indígenas hacia Lima no solo era conocida sino hasta aceptada como algo natural. Esta articulaba una vasta zona del país, desde la sierra sur y central hasta la capital, y se trataba de una práctica cuyos orígenes se remontaban a los primeros años de la sociedad colonial, pero que había cobrado nueva fuerza desde mediados del siglo XIX. Avisos de sirvientes menores de edad que se encontraban fugitivos aparecían en la prensa como parte de los anun- cios cotidianos, señalando los rasgos físicos de estos, de modo que ello contribuyera a su rápida captura. La sociedad parecía responder con indiferencia a este tráf co humano infantil. Según lo re fere Sebastián Lorente –educador y fundador de un importante colegio en la capital–, transportar niños desde la sierra era una práctica habitual. Su opinión proviene de quien por experiencia personal ejercía este tráfco. De acuer- do a él, llevar «cholitos» para que trabajasen como sirvientes en alguna casa limeña no implicaba ningún riesgo, pues «nadie os perseguirá ni nadie os ha de censurar» 1 . Pero no todos permanecerían impasibles. Las escritoras peruanas denunciaron este hecho, pero a veces con resultados adversos –incluyendo el ataque a sus propiedades– tal como ocurrió con Clorinda Matto de Turner, autora de la aclamada novela Aves sin Nido (1889). Al igual que ella, muchas otras escritoras incluirían el tema del rapto de niños y niñas indígenas en sus obras 2 . La «Sociedad Amiga de los Indios», una corporación formada por militares y civiles en 1867 –y la principal protagonista de nuestro ensa- yo–, compartía la misma indignación y preocupación por el comercio humano de los «cholitos» que Matto de Turner y otras plumas de ese entonces. No obstante, a diferencia de estas últimas que llevaron la de- nuncia al terreno de la narrativa y la fcción, los miembros de la Sociedad decidieron intervenir directamente y encabezar un rescate masivo de niños indígenas que se encontraban en poder de prominentes familias en la capital. El presente ensayo utiliza la información generada por la misma Sociedad para explorar uno de los episodios menos conocidos, pero que tuvo un profundo impacto en la política peruana. La decisión de un grupo de personas de desaf ar al ejército y denunciar los abusos

1 Lorente, 1967 [1855]: 29.

2 Para un análisis a profundidad sobre el tratamiento de este tema por las escri- toras peruanas, véase Denegri, 2004: 126-131.

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Cholitos, militares y activistas

que cometían contra la población andina signif có un giro decisivo en la transición del poder militar al civil a inicios de la década de 1870. Para comprender los alcances de este episodio hemos dividido el ensayo en tres partes. La primera explica el mercado de trabajo de sirvientes domésticos en la Lima de la época del guano (1850-1870, aproximadamente), haciendo referencia al circuito de niños sirvientes indígenas, cuya demanda motivará su apropiación y transporte a las ciudades. El contexto político y económico que facilitó este circuito es explicado en el acápite siguiente, donde también se analiza la aparición de la «Sociedad Amiga de los Indios» que pretendió terminar con este tráf co humano. La campaña de recuperación, así como sus límites, es narrada y estudiada con detalle en la tercera parte.

L a formación del mercado infantil de trabajo en L ima

Hacia mediados del siglo XIX, la sociedad peruana estaba atra- vesando por un intenso proceso de transformación social, política y económica. La Independencia había ocurrido tres décadas atrás, sin

embargo no había provocado el cambio radical que uno podría ima- ginar, tratándose de un proceso que signi f có la transición de colonia

a país autónomo. En cierta forma, el legado colonial aún seguía gra-

vitando sobre la joven república, sin que esta pudiese desembarazarse

del mismo. Pero todo eso estaba por cambiar. Desde mediados de siglo,

el país había comenzado a experimentar una serie de transformaciones

como consecuencia de su rearticulación con el mercado global, el cual introdujo procesos similares a los que se estaban desarrollando en otros países y que tendrían como objetivo la expansión del capitalismo y el liberalismo político en un área que había estado sometida a tres siglos de dominio colonial y a solo treinta años de vida republicana 3 . Uno de estos procesos fue la extraordinaria disponibilidad de mano

de obra que se produjo como resultado de tres elementos conectados entre sí: la abolición de la esclavitud, la abolición del tributo indígena

y

la inmigración de trabajadores asiáticos 4 . Todo ello provocó una

3

4

Para un balance sobre la transición de Colonia a República, véase Contreras,

2012.

Si bien carecemos de trabajos sobre migración interna, existen otros sobre la abolición de la esclavitud y la llegada de coolies asiáticos: Aguirre, 2005; Ro- dríguez Pastor, 1989, entre otros.

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abundante oferta de mano de obra y aceleró un proceso de movilidad geográ f ca y social, teniendo como telón de fondo la explotación del guano como fertilizante y los recursos que esto signi f có para el Estado peruano. A diferencia de otros escenarios, donde la movilidad geográfca favoreció y aceleró el proceso de industrialización, en el caso peruano un grupo considerable de personas que se desplazaron a las zonas ur- banas entraron a trabajar como sirvientes domésticos, ante la ausencia de fábricas o proyectos similares 5 . Así, una sobreoferta de trabajadores y una clase media en expansión, enriquecida por el dinero del guano y necesitada de sirvientes para legitimar su estatus, constituyen el marco en el que se desarrollará nuestra historia. Para los recién llegados, el trabajo doméstico ofrecía una serie de ventajas 6 . Como ya lo mencionamos, existía una demanda creciente para quienes desearan trabajar como parte del cuerpo de sirvientes de una casa. Además, la diversif cación al interior de este cuerpo de trabajadores permitía que el o la aspirante pudiese insertarse depen- diendo de sus habilidades, aunque lo más probable es que comenzara en la escala más baja de dicho «o fcio». Por ello, no había necesidad de tener una preparación tan sof sticada, a diferencia de otras opciones laborales donde no solo se requerían conocimientos previos sino que había que lidiar con una serie de procesos para poder entrar a dichos círculos –como el artesanado, por ejemplo, regido por un mecanismo de maestros y aprendices que venía de la época colonial y que fue abo- lido recién en 1862 7 . Las redes familiares y de paisanaje consiguieron vencer algunas de estas trabas, permitiendo una inserción menos difícil del recién llegado en el mundo de los sirvientes domésticos. Desde el punto de vista de los patrones, este proceso de movilidad geográ f ca permitió reemplazar a la entonces liberada mano de obra afroperuana por sirvientes de origen mayoritariamente andino. Sin embargo, los mecanismos a través de los cuales patrones y migrantes entraban en contacto distaban mucho de ser considerados un mercado. Incluso cuando extendiésemos el signifcado de este concepto, el sistema de contratación y el trato con los sirvientes domésticos estaban regidos por un sistema pre-capitalista, de vínculos personales y paternalismo.

5 Para una interpretación sobre la ausencia –o fracaso, según se quiera ver– de proyectos industrializadores en el siglo XIX, véase Gootenberg, 1998.

6 El servicio doméstico ha sido analizado para el caso peruano por Aguirre, 2008, y Cosamalón, 2012, entre otros. Un trabajo que merece destacarse, dado que analiza el tema para el interior del país, es el de Christiansen, 2005.

7 García-Bryce, 2008: cap. 2.

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Es cierto que existía un sueldo de por medio, pero eso no convertía las relaciones laborales entre patrón y sirviente en un sistema económico donde ambas partes pudiesen entrar y salir del mismo o disolver el vín- culo laboral por voluntad. En realidad, además de estar inserto en un sistema pre-capitalista, el principal rasgo que caracterizaba al servicio doméstico de estos años fue la inestabilidad. Las denuncias sobre sir- vientes que habían huido inundaban la prensa, junto con las peticiones de los patrones –hechas en un tono más bien amenazante– para que aquellos fuesen devueltos a la brevedad posible, como si se tratara de posesiones y no de trabajadores que veían en la fuga la única manera de romper el vínculo con la casa y sus ocupantes. Uno de los grupos más visibles dentro de las casas fueron los «cholitos», nombre que recibían los niños indígenas que entraban al servicio doméstico 8 . Su presencia no era desconocida para ese entonces y –como lo señala Teresa Vergara– ya era posible encontrarlos desde la temprana sociedad colonial, especialmente en Lima, a donde llega- ban traídos por sus propios padres o por encomenderos 9 . Este patrón continuó aún en períodos más tardíos, cuando la clase encomendera se encontraba próxima a desaparecer, momento en que otros agentes –como apoderados o curas– tomaron su lugar, haciendo las veces de nexo entre las áreas rurales y los tempranos centros urbanos. Es difícil precisar el número exacto de cuántos de ellos existían en Lima, pero los primeros censos modernos «casa por casa» –en reemplazo de aquellos basados en criterios f scales– y la información de la prensa dan cuenta de que se trataba de un sector numeroso y que no estaba conf nado al interior del espacio doméstico 10 .

8 Ver el artículo pionero de Alberto Flores Galindo sobre este tema: Flores Galindo, 1994. La historia de la niñez apenas ha comenzado a ser explorada en el país. Para una aproximación bibliográfca en el Perú, véase Vergara, 2012: 95, n. 144. Ya a inicios de la década de 1980, Flores Galindo llamaba la atención sobre la necesidad de contar con una historia de la niñez: Aguirre y Ruiz Zevallos 2011:

205.

9 Vergara, 2012.

10 Cosamalón, 2012.

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José R agas

J osé R agas «Domésticos en el Perú», en Carleton, 1967 [1866]. Si bien muchos testimonios

«Domésticos en el Perú», en Carleton, 1967 [1866].

Si bien muchos testimonios señalan que estos niños fueron traídos para trabajar al interior de las casas de familias de Lima, solo algunos indican la manera en que este circuito fue creándose y tomando forma 11 . Como ya lo indicamos, parte de esta inmigración estaba conformada por aquellos que eran traídos por sus apoderados o que venían de ma- nera voluntaria a trabajar en la ciudad. Por otro lado, dada la enorme demanda por sirvientes domésticos, especialmente de menores de edad, no es difícil imaginar un mercado negro de niños alimentado, de un lado, por las familias de las clases alta y media, necesitadas de estos; y, por otro, un grupo de personas que desarrollaron mecanismos para

11 Un texto clave para entender el sistema forzado de trabajo infantil en América Latina es el de Milanich, 2011. Asimismo, el ensayo de Eugenia Bridikhina

aborda un caso similar de tráfco infantil para La Paz, Bolivia: Bridikhina, 2007:

288.

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Cholitos, militares y activistas

conseguir que los niños les fuesen entregados por sus padres –de modo voluntario o usando la coerción– para luego trasladarlos a la capital, o entregándolos a otras personas que hacían las veces de intermediarios en este comercio humano. La década de 1860 representó un momento particular de esta práctica, amparada en la impunidad y la ausencia de denuncias. La aparición de una organización civil como la «Sociedad Amiga de los Indios», en medio de la difícil coyuntura de 1867-1868, permitiría exponer la red de tra f cantes de niños y tratar de revertir esta experiencia al retornar a los niños secuestrados a sus familiares.

L a pluma y la espada :

Juan Bustamante y la «Sociedad Amiga de los Indios»

La fundación de la «Sociedad Amiga de los Indios» articuló dos fenómenos que se estaban produciendo en el país en la década de 1860. Por un lado, su aparición se inserta dentro de los cambios en las prácticas de sociabilidad que condujeron a la creación de cientos de organizacio- nes y asociaciones en el Perú. Carlos Forment, quien ha estudiado este fenómeno en diversos países de América Latina, considera que entre 1830 y 1879 se crearon no menos de seiscientas asociaciones en el Perú, de las cuales 371 surgieron entre el Combate del 2 de Mayo (1866) y la Guerra del Pací f co (1879) 12 . La Sociedad se ubica precisamente en esta coyuntura, marcada por una mayor participación de cierto sector de la población en las asociaciones, en la prensa y en las elecciones. Sus fundadores incluían sesenta personas que vivían en la capital y que provenían de un grupo heterogéneo de abogados, maestros, militares, políticos, hacendados, comerciantes y dueños de bancos 13 . Algo que ha llamado la atención de los estudiosos de la Sociedad es la participación de militares; y no en puestos menores, sino a la cabeza de la misma, ya sea como su principal entusiasta –el coronel Juan Bustamante– o como su líder –el general José Miguel Medina. Por otro lado, la conformación de la Sociedad fue una respuesta a los con f ictos que se venían produciendo en el interior del país a raíz de la reimplantación del tributo indígena. Abolido en 1854 debido a los ingentes ingresos que el guano producía a las arcas estatales, hacia

12 Forment, 2003.

13 El estudio más completo sobre la Sociedad lo ha realizado Martín Monsalve, 2009. Para otras aproximaciones a esta organización, véase Forment, 2003:

297-298.

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mediados de la década de 1860 se estaba nuevamente estudiando la posibilidad de reimplantarlo ante la eventual amenaza de la extinción

de este recurso. Su ejecución no iba a ser nada sencilla, incluso cuando se buscó cambiar el nombre a «contribución personal». Lo cierto es que la extinción del tributo había dejado a autoridades –como prefectos

y subprefectos– desprovistos de una nada desdeñable fuente de poder

económico y político. De ahí que no sorprenda encontrarlos respaldando los negocios de los hacendados y cubriendo los abusos cometidos hacia la población indígena. La reinstauración del tributo indígena dio lugar

a una serie de tropelías y abusos por parte de los efectivos militares y la

elite terrateniente. Los hacendados, en especial, habían estado esperando una oportunidad para expandir sus propiedades y controlar la mano de obra indígena, en un momento de expansión agrícola y exportación de diversas materias primas al mercado mundial. Las acciones tomadas por el ejército a nombre del gobierno contra las provincias alzadas y

la impunidad con que procedieron incentivaron también a que parti- culares aprovechasen la situación para buscar apropiarse de las tierras comunales por medio de la fuerza. Testigo directo de estos abusos, el coronel mestizo Juan Bustaman- te decidió emprender una cruzada personal contra la violencia que se

estaba produciendo en el interior del país, y que le costaría la vida 14 . Militar –pero imbuido de un sentimiento anti-militarista–, comerciante

y parlamentario, Bustamante había comenzado su cruzada por medio

de la prensa, enviando una serie de cartas al diario El Comercio de Lima en las que denunciaba la explotación de la población andina. Uno de sus pasos más audaces fue el envío de un cuestionario a su red de exprefectos (la máxima autoridad departamental), interrogándolos sobre qué medidas debían adoptarse para sacar a la población andina de la situación de abandono en la que se encontraba. Publicado luego como Los Indios del Perú, el prólogo apareció en El Comercio y sor- prende que un texto tan incendiario, que vaticinaba una «tempestad en los Andes» de no tomar las medidas correctivas necesarias, no haya llamado la atención de las autoridades 15 . En uno de los pasajes, el co- ronel avizoraba un escenario en el que «[…] tiemble la costa del Perú,

14 Para conocer más sobre Bustamante, véase el reciente libro de Jacobsen y Do- mínguez, 2011; y el estudio de Mc Evoy, 1999.

15 El término «tempestad en los Andes» hace referencia a un conocido libro del escritor indigenista y etnólogo Luis Valcárcel, con prólogo de José Carlos Mariátegui:

Valcárcel, 1927. El «Prólogo» a cargo de Bustamante fue publicado en el diario El Comercio (Lima) [en adelante, EC], nº 9393, 12 de julio de 1867: 3.

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y los muros de su capital se estremezcan, los lugares de recreo se bañen de sangre» 16 . Estos mensajes hicieron eco en un grupo de notables que compartía la preocupación del coronel, por lo que decidieron unir esfuerzos y formar una asociación que cumpliera con tales propósitos. Que El Comercio haya sido el principal vocero de la Sociedad fue una decisión muy acertada, pues se trataba del periódico con mayor vigencia y alcance 17 . Fundado en 1839, y con dos ediciones diarias, había logrado mantenerse en circulación mientras sus competidores aparecían y desaparecían por docenas, bajo el cobijo de las efímeras coyunturas electorales y de la naciente esfera pública que se disparó desde mediados de siglo, expandiendo el mercado impreso de periódicos, folletos y libros hacia un público que los leía directamente o de oídas 18 . Dirigido por el chileno Manuel Amunátegui, el diario se encargó de comunicar a sus miembros las reuniones que tendrían lugar en los días siguientes y de hacer saber a los demás interesados sobre las múltiples actividades de sus integrantes. En el tiempo que duró la Sociedad, estas reuniones tuvieron cierta periodicidad, lo cual permitió llevar a cabo la ambiciosa agenda propuesta, apoyada por los nuevos integrantes que se iban sumando. La correspondencia fue otra vía empleada por los miembros, de modo que pudieron establecer comunicación y coordinar las tareas que se habían propuesto. La publicación de sus actas y de sus logros en la prensa contribuyó al entusiasmo de quienes querían unirse a la joven organización, por lo que la Sociedad pronto se vio desbordada por peticiones para crear fliales en regiones. Sus miembros fundadores intentaron poner freno a esta avalancha de pedidos, enfatizando que solo reconocerían aquellas sucursales autorizadas directamente por la central de Lima 19 . Mientras las demás asociaciones civiles se encontraban restringidas al ámbito regional –departamental–, la Sociedad aspiraba a tener representación nacional. Hasta ese entonces, la mayor parte de este tipo de organiza- ciones –como los clubes electorales– habían realizado tímidos esfuerzos por expandirse fuera de Lima, pero sin resultados prometedores, lo que las había llevado a autodisolverse tras cada comicio, incluso si su

16 EC, nº 9393, Ibidem.

17 La Sociedad también publicó artículos en El Nacional, pero El Comercio sería su principal medio de comunicación.

18 Sobre el diario en sí, véase Peralta, 2003. En cuanto a circulación de información y patrones de lecto-escritura: Ragas, 2007.

19 Sobre el alcance nacional de la organización, véase Muecke, 2004: 57.

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candidato había logrado ganar el sillón presidencial 20 . En ese sentido,

si bien rompieron el marco geográf co al que se hallaban inicialmente

restringidas, no pudieron hacer lo mismo en el tiempo: desde que la Sociedad hizo su aparición en público, en septiembre de 1867, hasta que dieron por concluidas sus actividades, transcurrió poco más de un año; aunque aparecerían artículos f rmados con dicho membrete hasta 1871 21 . En los meses que rodearon la aparición de la Sociedad, las rebelio-

nes contra la contribución personal de los indios se habían extendido a todo el país. Conviene detenernos en dos áreas en particular: Ayacucho

y el Valle del Mantaro, puesto que son los lugares principales desde

donde llegaron los niños secuestrados a Lima. Ubicada al sur del país,

la provincia de Parinacochas pertenecía al departamento de Ayacucho,

lugar donde también se había sellado la Independencia en 1824. Lo que no sabemos es si esto se produjo en el mismo trayecto de las tropas

que entraron a los poblados del Valle del Mantaro, una de las regiones más dinámicas y ricas del país. De acuerdo a una lista enviada por los habitantes de Parinacochas –de donde provenía el grueso de los niños– y publicada en el diario vocero, se trataba de nueve niños y niñas, cuyas edades oscilaban entre los dos y los diez años 22 . Un segundo grupo provenía de diversas áreas del Valle del Mantaro, como Jauja, Tarma y Huancayo. Los padres habían tratado de brindar la mayor cantidad de información posible, como la edad, el nombre y los parientes cercanos, con la esperanza de que esto contribuyera a su identi f cación. De acuerdo con su pronunciamiento original, los miembros de la Sociedad se habían planteado dos objetivos concretos: conseguir que quienes hubiesen sido enlistados de manera forzada fuesen puestos en libertad, y recuperar los niños traídos de las zonas anteriormente mencionadas y que se hallaban retenidos contra su voluntad en Lima 23 . Para obtener ambos objetivos conformaron una comisión que debía tomar contacto con el presidente de la República y hacerle llegar esta preocupación. El encargado de proseguir con las diligencias fue el mismo Bustamante, cuya reputación estaba por encima de toda duda

y cuyos contactos en el mundo militar podían facilitar la labor de la

20 Ragas, 2003. Para un panorama más amplio sobre el fenómeno del asociacio- nismo, véase Monsalve, 2005 y 2009; Forment, 2003; Muecke, 2004.

21 Muecke, 2004: 58; Monsalve, 2009: 242.

22 La lista de los niños y niñas secuestrados se encuentra en la sección «Comuni- cados», EC, nº 9456, 3 de septiembre de 1867: 3.

23 Ibidem.

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Sociedad. La auspiciosa actitud inicial del Ejecutivo a las demandas de la Sociedad viró de pronto hacia una pasmosa indiferencia. El primer asunto pareció no caminar muy bien y un comunicado de la organi- zación daba cuenta de que tomaría más tiempo del esperado liberar a todas las personas detenidas, entre las que se encontraban no solo niños y jóvenes sino también autoridades de las localidades intervenidas así como padres de familia 24 . Puede parecer una ironía cruel con lo que ocurriría después, pero en algún momento anterior Bustamante había planteado en uno de sus escritos la necesidad del envío de niños indígenas a las ciudades para ser educados 25 . Como muchas otras propuestas de esa época, Bustamante consideraba que la educación era una de las vías más efectivas para «desindianizar» a la población andina, facilitando su inserción; y por ello en su proyecto había desarrollado una cuidadosa red de circulación de niños, desde las aldeas altiplánicas hasta la capital. Para resumirlo, Bustamante consideraba que los comuneros debían enviar a sus hijos en caravanas a un anexo cercano, donde el gobernador los recibiría para prepararlos en su jornada. Ya apertrechados de comida, llegarían a Arequipa. La travesía aún incluía un tramo hasta el cercano puerto de Islay, donde otro agente conocido suyo los pondría a buen recaudo para que pudiesen llegar hasta el Callao. El cuidadoso proyecto de Bustamante –no es necesario decirlo– jamás llegó a cumplirse, al menos no en el corto plazo 26 . En su lugar, la «Sociedad Amiga de los Indios» tuvo que poner a un lado las discusio- nes y los debates en la esfera pública para organizar una campaña de localización y recuperación de niños indígenas en la capital. ¿Por dónde empezar la búsqueda? Como ya hemos visto, el mercado de sirvientes domésticos se encontraba en uno de sus momentos de expansión; y buscar niños sirvientes no era necesariamente una tarea fácil, en un mercado que se alimentaba indistintamente de hombres, mujeres o menores de edad. La Sociedad concentró gran parte de sus esfuerzos

24 EC, nº 9463, 9 de setiembre de 1867: 4. Una lista de las personas arrestadas se encuentra en la sección «Comunicados», EC, nº 9456, passim.

25 Rénique, 2004: 37.

26 Parece ser que en algún momento, la Sociedad abrazó este plan y lo hizo suyo. Con más recursos y un prestigio ganado, esta organización estaba en condicio- nes de buscar más auspiciadores, como efectivamente ocurrió. Dos años más tarde, el director de la escuela privada «Colegio de la Unión» comunicaba a la Sociedad que su institución educativa estaba dispuesta a sufragar los gastos para que quince niños indígenas –uno por cada provincia de Cusco– pudiesen estudiar gratuitamente: Monsalve, 2009: 227.

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en la ubicación y recuperación de los niños arrebatados a sus padres por efectivos del ejército en el interior del país. Esta operación pondría a prueba la capacidad de los integrantes de la Sociedad y su impacto en la sociedad civil.

L a campaña de recuperación

Los miembros de la «Sociedad Amiga de los Indios» tenían ante sí una tarea que pocos podrían envidiar. No siempre las noticias sobre el paradero de los niños indígenas secuestrados eran exactas y en el sub- mundo de la servidumbre doméstica infantil la reconstrucción de cómo habían llegado los niños a las casas de los patrones no siempre debió haber sido clara. Ello di fcultó hasta cierto punto la labor inicial de los integrantes de la Sociedad, quienes debieron haber recibido abundante información por medio del diario. Los esfuerzos coordinados de esta organización se unieron entonces a los emprendidos por los padres de las criaturas. Algunos de ellos realizaron desesperados esfuerzos por ubicar a sus hijos e hijas una vez que los soldados abandonaron sus pueblos, como sucedió con la madre de Petronila, quien se dio cuenta de que no tenía tiempo que perder y marchó tras la tropa que se había llevado a su hija. Fue así que llegó por primera vez al puerto del Callao, donde, no obstante, perdió el rastro de la niña, confundida entre la multitud que se agolpaba para tomar el tren en dirección a la capital 27 . Cuando los padres hicieron pública la denuncia por el secuestro de sus hijos, tuvieron el cuidado de incluir el nombre de los o fciales responsables de dicho acto. Sabemos que entre los involucrados esta- ban o f ciales de apellido Araníbar, Alcázar y Baldeón, así como un tal comandante Gutiérrez. La información permitió saber que los niños se hallaban retenidos tanto en las casas de sus captores como en estableci- mientos militares. Uno de ellos permanecía en el domicilio del coronel que había sido parte de la expedición punitiva, mientras otro había sido entregado a su esposa 28 . La exposición pública no debió haber sido del agrado de los uniformados, pues a los pocos días de haberse hecho público el tema, Elías Suárez –a cargo de la expedición que entró en Parinacochas– escribió una furibunda carta a El Comercio, donde deslindaba su responsabilidad y la de sus hombres a cargo en las acu- saciones que le imputaban los «anarquistas». Su defensa, en realidad,

27 EC, nº 9457, 4 de septiembre de 1867: 3.

28 EC, nº 9460, 6 de septiembre de 1867: 3.

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Cholitos, militares y activistas

dejaba mucho que desear. Luego de narrar las penurias que tuvieron

que pasar para llegar a la zona rebelde, Suárez trataba de justi f car dos hechos concretos: el reclutamiento de campesinos y la apropiación de sus bienes. Esto último lo hizo señalando que «culpa fue de la falta de fondos» y que no es «vez primera que se procede de este modo». Y en cuanto al reclutamiento forzoso y la captura de personas de las zonas vencidas, consideraba que estaba justif cado por cuanto se trataba de enemigos y espías. Así, toda sombra de acusación o duda sobre el des- empeño de su liderazgo debía ser desestimado y su «humilde nombre» reivindicado públicamente 29 . La tarea de ubicación y recuperación no fue sencilla, por varias ra- zones. Quizás la principal haya sido la información disponible, dado que pocos se atrevían a denunciar a los militares ante posibles represalias. Si bien además de los nombres y la edad, los padres habían incluido

el nombre del o fcial que había secuestrado a sus hijos, los datos eran

insufcientes para su localización exacta. La información era actualizada

a diario para poder tener un per f l más exacto de a quiénes se debía

buscar. A uno de los secuestrados inicialmente se le había adjudicado

una edad mayor a la que tenía, posiblemente para evitar su búsqueda, lo cual fue rápidamente aclarado por la Sociedad 30 . Asimismo, se hizo saber que la hija de una tal Luisa García había sido raptada por los efectivos militares y entregada a una familia. Pero luego esta noticia tuvo que ser desmentida ante el detalle de que tanto la madre como la hija habrían llegado voluntariamente a Lima acompañadas por un soldado 31 . ¿Presiones para cambiar la versión? Los datos no permiten dilucidar esta posibilidad, por más que la versión de un arribo voluntario

a la capital con un soldado sea poco creíble. La Sociedad sirvió de intermediaria entre la Intendencia de Policía y

los padres de las criaturas. Una vez recuperadas, el intendente procedía a entregárselas a la Sociedad y estas a sus padres. Cada caso era asignado

a una persona en particular, la cual se comprometía a hacer un segui-

miento y devolver al niño o niña secuestrada con sus progenitores 32 . No obstante, aun cuando tuviesen la mejor de las voluntades, el esfuerzo

de la Sociedad estaba limitado por la acción de las autoridades. Por los comunicados que hicieron públicos, podemos saber que el «celoso»

29 EC, nº 9467, 12 de septiembre de 1867: 3.

30 EC, nº 9461, 7 de septiembre de 1867: 3.

31 EC, nº 9460, 6 de septiembre de 1867: 3.

32 EC, nº 9530, 5 de noviembre de 1867: 3.

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José R agas

intendente de policía, José Francisco Andraca, estuvo del lado de esta campaña y colaboró como mediador entre la Sociedad y las familias que retenían a los niños 33 . Con el paso de los días, la red de colaboradores se fue ampliando y rebasó la conexión inicial con el intendente. Auto- ridades de menor rango –como los subprefectos– también colaboraron en la campaña, reenviando a aquellos niños que habían sido obtenidos como botín 34 . De igual manera, personas sin mayor jerarquía política que ostentar conformaron parte de esta cadena humana a través de cuyas manos pasaban los niños de retorno a Lima, primero, y luego a sus padres, sea que estos se hallasen aún en la capital o en sus poblados. En el primer caso, cuando los padres se encontraban en Lima esperando noticias de sus hijos, bastaba con publicar un aviso informándoles que podían acercarse a las of cinas del diario para el reencuentro. La Socie- dad cuidó todos los detalles logísticos para asegurarse de que los recién rescatados llegaran a sus lugares de origen. No solo costearon los pasajes por mar y tierra para este propósito, sino que pusieron a una persona como encargada de llevarlos de regreso al interior del país 35 . Además, como una forma de incentivar la localización de los secuestrados, esta asociación comenzó a ofrecer una recompensa de diez pesos por cada niño que les fuese entregado 36 .

33 EC, nº 9460, passim. El cali f cativo de «celoso» en EC, nº 9461, passim.

34 EC, nº 9557, 30 de noviembre de 1867: 3.

35 EC, nº 9548, 21 de noviembre de 1867: 3; EC, nº 9485, 27 de septiembre de 1967 (segunda edición): 2-3; EC, nº 9567, 9 de diciembre de 1867: 4.

36 Parece que el cobro de recompensas por retornar personas extraviadas era una práctica usual desde la década de 1830.

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Cholitos, militares y activistas

C holitos , militares y activistas Colección Dammert. Álbum 1. DAM-A1-0037. Archivo Histórico Riva- Agüero-IRA-PUCP.

Colección Dammert. Álbum 1. DAM-A1-0037. Archivo Histórico Riva- Agüero-IRA-PUCP.

En algún momento, los miembros de la Sociedad tuvieron que darse cuenta que la buena voluntad no iba a ser suf ciente para que quienes tuviesen a los niños los devolviesen de buenas a primeras. Si bien la campaña se basó inicialmente en una petición pública para que dichas personas los entregasen a las autoridades, pronto se dieron cuenta que esto no tendría el efecto buscado. Si las familias retenían a los niños era porque no existía ningún tipo de presión que las obligara a devolverlos. Teniendo en cuenta los vínculos que estas familias debían

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tener con las altas esferas del gobierno, los reclamos de un pequeño

grupo de liberales debieron parecerles, si es que no ridículos, más bien inofensivos 37 . Después de todo, la Sociedad no era un grupo político de presión sino una suerte de colectivo que se estaba enfrentando a los militares y al sector conservador de la sociedad. Para el momento en que esta confrontación ocurría, ambos oponentes se sentían seguros de su alcance: el uno basándose en la emergente esfera pública nacional,

y el otro en la tradición y los recursos del Estado. Esta pugna de fuer-

zas contribuiría a la tensión entre los sectores civiles y militares, cuyo

desenlace se resolvería pocos años después de manera sangrienta con la rebelión de los hermanos Gutiérrez en 1872, considerado como un

desesperado intento para evitar que un civil asumiese la presidencia de la República. Puede que por escrúpulos, o ante la noticia de la toma de acciones por parte del intendente en la búsqueda de los niños secuestrados, al- gunas familias hubiesen decidido devolverlos por voluntad propia. Es

el caso de una señora que tenía a uno de estos niños y que lo entregó a

dicha autoridad «bajo la persuasión de que había sido adquirido de otro modo», pero que las noticias publicadas en El Comercio la habían pues-

to al tanto del verdadero origen de su famante compra 38 . Por supuesto, no todos tuvieron la misma consideración. Cuando Luisa Aguilar llegó

a Lima y averiguó el paradero de su hija, se dirigió apresuradamente

a tocar la puerta de la casa donde esta se encontraba, solo para que

el jefe de familia –un comandante– la emprendiera a puntapiés contra ella y le increpara el costo económico que habría supuesto traer a la pequeña hasta la ciudad 39 . Vicente Contreras, uno de los niños raptados, tuvo la oportunidad de contar cómo había llegado a Lima desde el poblado de Mirmac, en Parinacochas. Según su testimonio, un grupo de soldados entró de ma- nera violenta a su casa y procedió a registrar el interior de esta, luego de enviar a los animales al patio. Al ver que no había nada de valor en la humilde vivienda, decidieron tomar como botín al niño, a quien luego entregarían a una casa necesitada de sirvientes, en la capital 40 . Otro de ellos, Lucas Narrea –de cuatro años–, contó una historia si- milar: dos uniformados entraron a su choza en el poblado de Ccasa y

37 EC, nº 9460, passim.

38 EC, nº 9461, 7 de septiembre de 1867: 3.

39 EC, nº 9457, passim.

40 EC, nº 9461, passim.

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Cholitos, militares y activistas

uno de ellos le dijo al otro de manera brusca: «Gaspar Vargas, toma o agarra a este cholito; y fui arrebatado sin que importasen gritos, lloros, esfuerzos de los padres» 41 . Poco importó, por su parte, que la madre

de Petronila Guillén, de ocho años, le rogase al o f cial para que soltara

a su hija. Este apartó a la desconsolada mujer y se marchó con la niña con rumbo desconocido 42 . Todos ellos compartían una historia más o

menos similar, pues habían sido arranchados directamente de sus padres

o

cuando estos no se encontraban presentes.

E

pílogo

Después de varios meses de intensa búsqueda, hacia fnes de 1867 la campaña a favor de los niños indígenas secuestrados parecía haber llegado a su fn. No sabemos cuántos de estos fueron traídos de ma- nera forzada a Lima ni cuántos lograron ser llevados de vuelta al sur. Hacia septiembre solo se había podido ubicar a tres de los niños y en los meses siguientes hicieron lo propio con otros más. Los infantes se encontraban en distintas condiciones: en tanto unos fueron hallados en una situación lamentable, otros habían sido cuidados y vestidos con ropas nuevas. Mientras se encontraban en custodia en la imprenta del diario, los niños recuperados recibieron alimentos y ropa de otros do- nantes, algunos de ellos niños también 43 . Sin embargo, incluso cuando se habían invertido enormes esfuerzos en la campaña, otros asuntos más urgentes reclamaban la atención de la Sociedad. En efecto, cuando esta organización estaba recogiendo información sobre los niños secuestrados y haciendo las gestiones para que su recu- peración y devolución llegasen a buen puerto, su miembro más visible, Juan Bustamante, había continuado con su cruzada personal. Un mes después de fundar la Sociedad se había dirigido a su Puno natal, desde donde encabezó la defensa del régimen presidido por el debilitado pre- sidente Mariano Ignacio Prado ante un levantamiento que pretendía derrocarlo. Las fuerzas de Bustamante fueron derrotadas a inicios de 1868 y la región fue asolada por completo 44 . Los líderes fueron ence- rrados en chozas y quemados vivos en su interior. Pero Bustamante no fue ejecutado junto con ellos. En vez de eso, el anciano coronel fue

41 EC, nº 9496, 7 de octubre de 1867: 3.

42 EC, nº 9457, 4 de septiembre de 1867: 3.

43 «Indios. Dos niños restituidos», en Ibidem.

44 González, 1987: 15.

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José R agas

obligado a cargar los cuerpos de sus compañeros fallecidos y, luego de

ser torturado, terminó su vida ejecutado y decapitado. En el lugar de su muerte los pobladores levantaron un pequeño monumento que se mantiene en pie hasta el día de hoy. La muerte de Bustamante inició el lento declive de la Sociedad. Aun cuando su existencia fue breve, esta llevó su labor f lantrópica más allá de sus objetivos originales, procediendo a realizar una crítica feroz y abierta contra el sistema militar que venía manejando al país desde la Independencia. De acuerdo a Nils Jacobsen, la labor de la So- ciedad representó un quiebre en la relación entre la sociedad civil y el Estado en el Perú, pues hasta ese momento ninguna organización había podido intervenir de la forma como lo hizo la Sociedad en los asuntos de gobierno y presionar para reorientar la política social 45 . De igual modo, y a pesar que tuvo una vida activa muy breve, su ejemplo fue seguido por otras organizaciones, especialmente por una que pondría

f n al dominio de los militares: la «Sociedad Independencia Electoral»,

también conocida como Partido Civil, que llevaría a la Presidencia al

primer mandatario civil, Manuel Pardo 46 . La notable actuación de los miembros de la «Sociedad Amiga de los

Indios» en la recuperación de los niños indígenas secuestrados, precedió

a las campañas humanitarias que tendrían lugar posteriormente. Niños

secuestrados, militares y activistas volverían a encontrarse un siglo después, aunque en otras partes del continente, cuando se organizaran las campañas de ubicación y recuperación de niños arrebatados por los regímenes dictatoriales del Cono Sur a las prisioneras políticas, muchas de ellas ejecutadas. De manera similar a sus contrapartes contemporá- neas, la acción tomada por la Sociedad expuso la crueldad de este tráfco humano por parte del ejército. En medio de la complicada coyuntura nacional de 1867-1868, la Sociedad marcó un momento importante

en la consolidación de las asociaciones como entes articuladores de la esfera pública y las instancias de poder. En una época controlada por los militares, la «Sociedad Amiga de los Indios» se enfrentó abiertamente

a estos, al poner los derechos de la población indígena por encima de los privilegios de los uniformados y de la elite limeña que buscaba dóciles sirvientes 47 .

45 Jacobsen, 1997: 144.

46 Sobre los lazos entre ambas organizaciones, véase Muecke, 2004: 59; Monsalve, 2009: 242-245.

47 Una versión contemporánea de los «cholitos» del siglo XIX serían los «chicu- chas», niños que llegan del campo a la ciudad en Cusco y entran a trabajar en

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