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Introducción

El servicio personal indígena en Chile Central. Problemas y perspectivas de análisis

Es imposible reconstituir el periodo de la conquista y los primeros cuarenta años de la colonización castellana en Chile sin referirse al sistema de encomienda de servicio personal en él implementado. Tal institución fue mucho más que una for- ma de compulsión laboral o un modo de enterar los tributos que las sociedades originarias debían pagar al rey, y que éste cedía a los encomenderos en premio por sus servicios. Ello porque su puesta en marcha afectó la vida política, económi- ca, social y cultural originaria, y se convirtió en el hecho que marcó de modo definitivo su destino. Esto fue, con mucho, lo que hizo que los antiguos grupos étnicos prehispánicos se transformaran en las comunidades indígenas coloniales. En lo económico, ello se tradujo en la obligación para los hombres adultos de prestar servicio personal, es decir, de pro- porcionar su mano de obra a los encomenderos por el tiempo

y en las tareas que estos últimos estimaran pertinentes; aunque no eran los únicos que lo hacían, pues al menos hasta 1557 los jóvenes de ambos sexos fueron trasladados junto a sus congéneres de mayor edad a trabajar en los lavaderos de oro. Mientras tanto, muchos niños se hicieron pastores y cabreros,

o atendieron los tambos instalados a la vera de los caminos, lo que implicó una profunda mutación de sus tiempos y espacios de laboreo. De otra parte, la presencia europea significó la

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introducción de nuevos cultivos, entre ellos el trigo, así como de animales de tiro y ganado lanar (caballos, vacas, ovejas y cabras); además de la imposición de mecanismos de intercam- bio universal, nuevamente el oro, que desde el momento de la conquista se convirtió no solo en el patrón por el cual se medía lo productivo de un lavadero o se fijaba el precio de un producto, sino en la muestra en sí de la riqueza. En lo social, la imposición del régimen colonial se mate- rializó fundamentalmente en la reorganización de las comuni- dades originarias de acuerdo a las necesidades hispanas, lo que llevó a la fragmentación de grandes linajes para crear nuevas comunidades más pequeñas y débiles, además del traslado de muchas de ellas y sobre todo de las que se situaban en las inmediaciones de Santiago a parajes lejanos a sus tierras de origen. Estos no necesariamente estaban deshabitados, sino poblados con otros segmentos de la misma encomienda. Ello obligó a sus integrantes a reconocer nuevos espacios terri- toriales y hacerlos productivos, junto a rearticular sus redes sociales, lo que implicó la creación de parentesco entre sujetos que procedían, en principio, de lugares muy distantes entre sí. En lo cultural, el impacto del régimen colonial se pudo percibir principalmente en el fuerte impulso a la cristianiza- ción, con el consiguiente ataque y persecución de la religiosi- dad originaria y de las cosmovisiones derivadas de ella; al im- ponerse normas morales y de vida extrañas al antiguo mundo prehispánico, como la monogamia; y al intentar introducir el uso del idioma castellano en reemplazo de las lenguas mater- nas.

Por último, en lo político aquello se sintió al extender la dominación española sobre el conjunto de la población y uni- ficar un territorio que antes era ocupado por una serie de li- najes segmentarios y señoríos en formación, en los cuales no existía el concepto de unidad territorial amplia; al desestructu- rar las jefaturas, crear nuevos lonkos y nuevas comunidades ar-

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bitrariamente y solo considerando las necesidades productivas de los encomenderos; y posteriormente al concebir, bajo las reglas europeas de sucesión, las formas de traspaso del poder indígena expresado en la institución del cacicazgo. En suma, la imposición del dominio castellano sobre las sociedades originarias de Chile Central, como lo había sido en el resto de ellas repartidas por América, se tradujo en un rápido intento aculturizador, en el cual la encomienda en su versión de servicio personal tuvo bastante que decir. Tanto así, que con el curso de los años y a medida que el proceso de consolidación de las instituciones, las formas de vida y las modalidades económicas europeas avanzaba, se podían ir no- tando los efectos que ello tenía sobre los indígenas. Sin em- bargo, no todos los componentes de este proceso avanzaban a la misma velocidad y por un camino libre de obstáculos; su misma complejidad, las estrategias dialógicas que en ocasio- nes era necesario implantar y el enfrentamiento, ciertamente desigual, entre al menos dos sociedades en que sus integrantes eran capaces de tomar decisiones y de implementarlas, im- ponía a su vez que el dominio no se asentara solo en la deci- sión de los miembros de la sociedad mayor, sino que también aquellos que se contaban entre los dominados eran capaces de decidir, pero solo parcialmente, sobre sus propias vidas. Eso produjo una sociedad originaria dominada, pero no necesaria- mente anulada. Por lo anterior, sin desconocer las complejas consecuen- cias de la conquista y el proceso de aculturación derivado de ella, en general, y de la encomienda de servicio personal, en particular, la propia pervivencia de las comunidades y de los indígenas plantea el desafío de reconstituir su historia. En ella los cambios y permanencias estarán presentes a cada paso, en una relación que, más allá de lograr consolidar ciertas síntesis no siempre bien avenidas, tuvo como resultado el paulatino surgimiento de un indio diametralmente distinto al que pudo

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existir antes de la llegada de los europeos. Se trataba de un sujeto redefinido en sus aspectos sociales, económicos y étni- cos, en los cuales estaban incorporados el cristianismo, la ex- plotación agrícola con arados y rejas de hierro, la vestimenta con la llamada ropa de la tierra; el dominio de parajes distantes, el cacicazgo y el habla del mapudüngún, por aislar algunos ele- mentos que formaron esta compleja materia de análisis en que se constituyeron los indígenas coloniales y que fueron precisa- mente los que les permitieron proyectarse más allá de los pri- meros años del asentamiento de los castellanos en Chile y so- brevivir hasta avanzado el siglo XIX. En tal sentido, este libro se centra en describir, reconstituir y analizar el modo en que se implementó y funcionó la encomienda de servicio personal entre las comunidades indígenas de Chile Central. Lo anterior considerando que ello fue un complejo proceso que involucró irremisiblemente a dos sociedades y de las cuales una de ellas, la originaria, comenzó un acelerado proceso de cambios que la llevaron desde la derrota militar al dominio permanente de unos extranjeros venidos desde más allá del mar, con la serie de consecuencias detalladas más arriba. Desde los primeros historiadores nacionales, y de los que más tarde se preocuparon por reconstituir el pasado de este país, la encomienda fue uno de los temas necesarios para en- tender el proceso de conquista y colonización de Chile, así como otros que se dieron posteriormente como el surgimien- to de la hacienda y el inquilinaje, amén del mestizaje que hacía necesaria la sangre indígena para concretarse. Sin embargo, y a pesar de estar presente tanto en los libros de historia como en las guías de estudio y actividades que hasta hoy los niños y jóvenes chilenos estudian, es poco lo que se sabe de ella más allá de su aparato institucional y de la legislación que durante la segunda mitad del siglo XVI normó su desarrollo. Además, en ese conocimiento encontramos no poco de prejuicio. De hecho, desde principios de la década de 1970, el tema

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como tal y con honrosas excepciones fue abandonado por la historiografía, paradojalmente cuando surgían nuevas tenden- cias de estudio sobre lo indígena y sus sociedades. La enco- mienda, que en general había sido considerada una institución fundante de la sociedad americana y que había tenido grandes y muchas veces catastróficas consecuencias para la población originaria (y que por lo mismo era necesario seguir estudian- do), salió de la preocupación de los historiadores nacionales. Ello no sucedió a nivel continental. Por lo anterior su estudio no se benefició de las corrientes de renovación de la disciplina histórica que a partir de dicha década y con mayor fuerza más tarde, dieron a nuestra historiografía un nivel de discusión e inserción dentro de las grandes corrientes de reconstrucción del pasado que hasta allí solo algunos investigadores habían tenido 1 . Dado lo anterior, es necesario adentrarse en la reconsti- tución del proceso de conquista y colonización de las socie- dades originarias de Chile Central, las que vivieron de modo más permanente el asentamiento de los castellanos, quienes organizaron todo un sistema económico que será dominante hasta al menos 1580 2 . Éste se caracterizaba por su tendencia

1 El primer capítulo de este libro está dedicado a la exposición de la historiografía americanista y chilena de la encomienda y el trabajo indígena, por lo que evitamos hacer las referencias específicas en esta introducción.

2 Chile Central se despliega desde el sector del río Petorca-La Ligua hasta los ríos Itata y Biobío (32º 20’ y 37º 34’ sur), sin embargo, por razones jurisdiccionales el énfasis de esta investigación tendrá como límite sur el río Maule. Tal espacio geográfico se caracteriza por contar con áreas extensamente vegetadas desde los fondos de los valles hasta los 2000 metros de altitud; terrenos planos o semipla- nos y ausencia de bosques impenetrables; ríos de cauces relativamente constantes. Tal espacio geográfico se caracteriza por fluctuaciones estacionales fuertes pero breves y con caudales totales de agua con una media de 85.000 l/s y lugares de pastoreo en las zonas de colinas o cordones cordilleranos bajos cercanos a la de- presión intermedia y extensos valles intracordilleranos hasta los 3000 metros de

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a constituirse como un círculo casi cerrado de producción y consumo, generando una economía que tendía a la autarquía en el abastecimiento de comida, ropa y herramientas, al menos durante los primeros años, en que los contactos comerciales con Perú eran extraordinariamente frágiles, y cuyo fin especí- fico era producir oro. Éste a su vez permitiría a los encomen- deros sustentar tanto las obligaciones que les imponían las nuevas conquistas emprendidas hacia el sur del reino y a los territorios vecinos como Tucumán y Cuyo, como sus propios proyectos empresariales. El servicio personal se constituyó en la herramienta perfecta para lograr los objetivos de los feu- datarios, denominación por la cual también eran conocidos los encomenderos, en la medida en que, al menos hasta 1558, los indios eran ocupados según las necesidades económicas, militares o sociales hispanas casi sin cortapisas. De modo tal, el sistema de encomienda sorteará con suerte las primeras décadas de la colonización castellana, pero indu- dablemente varió en la medida que la economía y la sociedad colonial se fueron complejizando. La regularización del co- mercio con Perú y la apertura de un pequeño mercado expor- tador de granos y subproductos animales como cordobanes y sebo, la instalación de más oficiales mecánicos en Santiago así como el agotamiento lento pero progresivo de los yacimien- tos mineros de Chile Central, y su reemplazo por aquellos situados en el Norte Chico y en el distrito de Concepción, junto con la baja demográfica indígena y el surgimiento de artesanos entre los tributarios, fueron algunos de los factores que posibilitaron que a fines del siglo XVI el servicio personal siguiera en pie como forma de pago del tributo, pero también que las funciones de los indios experimentaran una importan- te variación.

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En este contexto, se postula que en las décadas inmedia- tamente posteriores a la entrega de las encomiendas, los be- neficiados con tal concesión generaron una serie de iniciativas económicas que hacían de ellas unidades económicamente diversas y tendientes a la autosustentación y cuyo fin último, considerando las características de la economía de la época, era lograr sacar la mayor cantidad de oro durante los meses que duraba la demora minera. En tal sentido, el trabajo de los indios en la producción de granos, ropa y otros elementos, así como la capacitación de artesanos originarios, estaba dedi- cada a apoyar la labor minera en lo que constituía un círculo complementario de trabajo, producción y consumo. Para las parcialidades indígenas ello significó entrar en un esquema socioeconómico que iba mucho más allá de la producción de ciertos bienes; lo anterior, porque los proyectos de los enco- menderos implicaban el traslado de peones provenientes de las comunidades a los lavaderos, a las estancias o, incluso, a las tierras de otros cacicazgos; la reorganización de sus tiempos productivos y el uso intensivo de su mano de obra, además de la adecuación de sus liderazgos al nuevo esquema de do- minación, donde los caciques no solo oficiaban de dirigentes comunitarios, sino también de capataces de sus indios. Asimismo, se considera que la sociedad originaria de Chile Central era bastante más compleja que lo que parte importan-

te de la historiografía ha planteado. En tal sentido, este libro

amplía la discusión ya comenzada por otros autores respecto a las formas de aprovechamiento económico de los espacios territoriales a los que los indígenas tenían acceso. Se identifica con claridad la existencia de especialistas, sujetos que tenían una dedicación exclusiva o al menos preferente a una activi-

dad económica en particular, entre los que se destacaban los

pescadores de ríos y lagunas, y los cazadores de precordillera

o guanaqueros, quienes con su labor permitían tanto com-

plementar la dieta indígena como pagar el tributo que debían

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enterar a los encomenderos. Tales especialidades venían desde tiempos prehispánicos pero fueron actualizadas en el periodo

colonial, resultando funcionales a los intereses tanto de indios como de feudatarios. Al mismo tiempo, esta complejidad se expresaba en la posesión y uso de tierras distantes de los asen- tamientos principales de las comunidades. Éstas, por su ubi- cación y límites hablan de la presencia de grandes cacicazgos prehispánicos en los valles aledaños a Mapocho y asimismo en éste; pero también de una explotación puntual de dichas tierras con cultivos privilegiados o su uso en caso de sequía, las cuales sobrevivieron bajo dominio indígena al menos hasta fines del siglo XVI, aun cuando algunas comunidades todavía las poseían en la centuria siguiente. Una tercera hipótesis plantea que el verdadero impacto de

la Tasa de Santillán no estuvo solo en la introducción de un

régimen de mayor legalidad en la relación entre los indígenas

y sus encomenderos (además de terminar con una serie de

abusos contra los primeros), sino en asumir como valedera

y legitimar la propuesta española de constituir una economía

que tendía a la autosustentación y apuntaba sus energías a la producción aurífera. Ello se realizó principalmente a través de

la tasación hecha por dicho oidor, en la cual parte importante

de los trabajadores originarios fueron asignados a la minería, mientras que el resto debía ocuparse de tareas complemen- tarias como labrar, tejer y criar animales, como hasta ahí lo habían hecho. En tal sentido, Santillán consideró verdadero

el argumento de los feudatarios que planteaba que los indios

solo podían tributar con su servicio personal, si bien introdu- jo una remuneración colectiva por ello, al menos en la mine- ría, que era el sesmo.

Por último, se considera que a partir de la década de 1570

el cambio de una economía centrada en la minería a otra en

que la producción agropecuaria pasó a ocupar el papel central, produjo asimismo una variación en los modos de apropia-

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ción del trabajo indígena con importantes consecuencias para ellos. Paulatinamente, se pasó del empleo de grandes masas la- borales a pequeños grupos de vaqueros, pastores, curtidores y

artesanos de distintas especialidades, los cuales eran traslada- dos a las estancias, obligándolos a abandonar sus tierras. Ello los desligaba de sus comunidades, a menos que estas últimas también fueran desarraigadas, lo cual a principios del siglo XVII pasó a ser la regla. Sin embargo, con esto la encomien- da no perdió su carácter pluriproductivo y su capacidad de adaptación a las circunstancias económicas, y el trabajo enco- mendado siguió representando la mayoría laboral y producti- va del reino. Esto ahondó el proceso de transformación social indígena, convirtiendo a la encomienda por sobre la derrota militar o la introducción del cristianismo en la institución que más ayudó al cambio de las sociedades originarias durante el siglo XVI. La homogenización de las visiones en torno a los indios y su consiguiente descripción como social, política y económicamente similares; la imposición de tiempos labora- les y tareas productivas a estos mismos hombres y mujeres;

la

instrumentalización de los líderes comunitarios, los lonkos

o

caciques, para que fueran funcionales a los intereses de los

feudatarios; y la propia constitución de una economía mul- tiproductiva, tendiente a la autosustentación y que, incluso, aprovechaba las tierras y la mano de obra originarias, llevó a que durante la segunda mitad del siglo XVI los Aconcaguas, Mapochoes, Maipoches, Picones y Promaucaes u otros deno- minativos étnicos con que éstos se identificaban (o, al menos, eran designados) fueran transformados simplemente en los indios de Chile Central. En términos generales, y a pesar de lo complejo que resul-

ta el etiquetarla, nuestra propuesta se identifica metodológica- mente con la Historia Social como especialidad disciplinaria.

Si bien es cierto los procesos que aquí se reconstituyen dicen

relación con lo étnico, por una parte, y con lo económico por

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otra, se considera que las miradas que aporta la Historia Social permiten aunar estos campos analíticos a partir del proceso de constitución y consolidación de la sociedad colonial, y las interacciones y consecuencias que ello tenía para las agrupa- ciones originarias. Éstas eran consecuencias que se desplega- ban sobre el conjunto de los indígenas y sobrepasaban los marcos estrictos de lo étnico o lo económico, articulándose con otros procesos para constituirse en una materia de análisis compleja, que solo podía resolverse en la medida que fuera tomada como un conjunto. La amplitud de la Historia Social es una condición ya re- conocida por la historiografía. Al decir de Erick Hobsbawm (2002, 88) ésta no puede aislar los aspectos sociales del hom- bre de otras dimensiones de su ser, no pueden separarse las ideas del entorno material o de cómo los hombres obtienen su sustento. Por su parte, Jurgen Kocka (1989, 115) plantea que la Historia Social en sentido estricto se ocupa de la histo- ria de las estructuras, los procesos y las acciones sociales, del desarrollo de clases, estratos y grupos; de sus movimientos, conflictos y cooperaciones. Tales problemas históricos, según este autor, no pueden tratarse si es que la Historia Social no se relaciona con la Historia Económica o con otras especia- lidades disciplinarias, sin embargo, dicho análisis siempre se hará desde la sociedad, considerando su contexto temporal y

la relación con otros campos. En tal sentido, la encomienda de

servicio personal fue una institución que se convirtió en una

realidad totalizadora para las comunidades indígenas al abar- car no solo lo económico, sino también lo social, lo cultural

y lo político. En cierta medida, así lo ha entendido la histo-

riografía, por lo que es necesario que el análisis del servicio personal y la encomienda se realice en diferentes planos. Para ello, la Historia Social constituye, en términos disciplinarios, una aproximación que por acentuar el análisis histórico de las sociedades como un todo, permite realizar una aproximación

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más completa a los indios coloniales. En el sentido anteriormente planteado, la amplitud de esta especialidad disciplinaria tiene ciertos límites. Uno de ellos, precisa Hobsbawm (92-93), es que dicha forma de enfrentar el pasado se preocupa de reconstituir la historia de unidades específicas de personas sociológicamente definibles. Si bien ello es problemático, a decir de este autor, esto tiene que ver con definir cierta homogeneidad interna que permita aislar un conjunto humano del resto de la sociedad, lo que en el caso de los indios de Chile Central parece cumplirse, pues no solo hay diferencias étnicas, lingüísticas y sociales entre ellos y los eu- ropeos, los mestizos y los negros que habitaban el reino, sino que la propia legislación de la corona establecía su separación étnica y espacial. En la medida que la sociedad, como espacio analítico, se concibe como un sistema variable y constituido de necesidades, intereses, dependencias, cooperaciones y con- flictos que se despliegan en un espacio teórico distinto tanto del Estado como del individuo (Kocka: 139); y que en el seno de los grupos indígenas de Chile Central es posible encontrar todos estos elementos, así como homogeneidades internas de larga data, es que resulta pertinente considerar a estos sujetos como una unidad históricamente analizable y, por lo tanto, constitutiva de una sociedad específica dentro de la sociedad mayor que es el mundo colonial. Sin embargo, no por ello aislada del contacto social, cultural y genético con los otros grupos que pueden identificarse en el periodo monárquico. Por otra parte, este libro se plantea el desafío de reconsti- tuir los procesos históricos desde una mirada amplia, que no solo rescate los testimonios de los representantes de la corona o los encomenderos, sino también de los protagonistas y afec- tados por esta historia, es decir, los propios tributarios, sus mujeres y sus caciques. Difícilmente se puede plantear hacer una Historia desde Abajo; sin embargo, nos parece importan- te tomar en consideración esta perspectiva metodológica que

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rescata el testimonio directo y los puntos de vista de la gente “común y corriente”, y se aleja de los testimonios e impre- siones que sobre los otros tenían aquellos que formaban parte de las elites o representaban al Estado, para realizar parte de los análisis a los que sometimos nuestro cuerpo documental (Sharpe: 1993). Lo anterior, porque si bien consideramos una tarea titánica reconstituir desde los propios indios los proce- sos que les tocó vivir durante el primer siglo de dominación colonial, al menos es necesario rescatar los escasos testimo- nios que quedaron registrados en los procesos judiciales o ad- ministrativos de los cuales formaron parte. Largamente se ha discutido la distorsión de dichos testi- monios, o al menos la mediatización de los mismos por tra- ductores y escribanos; sin embargo, conscientes de ese pro- blema, consideramos que ello no los invalida, más todavía cuando la información que nos interesa rescatar ni siquiera se relaciona con los problemas puntuales para los cuales fueron llamados a testificar, sino con el contexto que ellos generaban para validar sus palabras, los que deberían estar menos mani- pulados –asumiendo la posibilidad de ello– por los agentes mediatizadores (escribanos y traductores), al no proporcionar datos directos sobre la disputa en cuestión y sí sobre la vali- dez del testimonio y del testigo. En tal sentido, adscribimos a lo planteado por Ralph Samuel (1984, 57), en cuanto que los documentos tienen categorías testimoniales distintas, incluso si fueron producidos por la misma institución o intervinieron las mismas personas. Por esto considerar que dichos docu- mentos remiten a “huellas” falsas o a representaciones solo de las preocupaciones de los productores y no a los hechos en sí, significaría no reconocer su calidad ni su potencia. Asimismo, interesa estudiar cómo los grupos originarios fueron capaces de aprovechar las falencias, las omisiones y los intersticios de la encomienda y del sistema institucional en general, para seguir usufructuando de tierras distantes de sus

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asentamientos principales, manteniendo los liderazgos comu- nitarios y otras prácticas de origen prehispánico, o bien adap- tarse a las restricciones impuestas por la dominación colonial, a fin de mejorar sus condiciones de vida y subsistencia. En tal sentido, las comunidades indígenas de Chile Central: sus caci- ques, los tributarios, los muchachos y niños, las mujeres y los viejos reservados, además de la multitud de sujetos que fue- ron incorporados a los repartimientos chilenos, nos aparecen como sujetos activos, como constructores de su historia. Es cierto que habían sido vencidos y que a la postre, su prolon- gada derrota los llevó a la desaparición jurídica y demográfica, pero al mismo tiempo, durante el primer siglo de asentamien- to español en Chile, los indios aportaron sus acciones y pun- tos de vista a la construcción de la sociedad colonial, esto a pesar de que la gran mayoría de ellos, incluyendo a sus líderes, ocupaban los escalones más bajos de dicho esquema social.