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Alain Badiou sobre la Revolución Rusa

Quiero subrayar un punto que parece olvidado hoy en día, tras el triunfo aparente del capitalismo a escala global: que la Revolución Rusa de 1917 fue un evento sin precedentes en la historia de la especie humana. En esta perspectiva, vale la pena recordar que la historia de la humanidad es bastante corta. Se remonta a alrededor de 200.000 años, lo que no es mucho comparado con los millones de años en que los dinosaurios dominaron el planeta. Podemos sostener que, en este corto tramo, ha habido fundamentalmente una sola “revolución”: la revolución Neolítica. Esta trajo consigo herramientas mucho más eficaces, la agricultura, un sentido de propiedad de la tierra, la alfarería, un excedente de alimentos que hizo posible la existencia de una clase dominante ociosa, la consecuente creación del Estado, la escritura, el dinero, los impuestos, el perfeccionamiento (gracias al bronce) del equipamiento militar, el comercio a través de largas distancias… Todo esto data de hace varios milenios, y estamos en el mismo punto todavía. Incluso si la producción industrial potenciada por la ciencia moderna ha acelerado muchos procesos, el hecho es que el nuestro sigue siendo un mundo de Estados rivales, de guerras, de la dominación por una reducida oligarquía financiera, de la importancia decisiva del comercio internacional, de la depredación militarizada de materias primas, de la existencia de multitudes de varios billones de personas casi completamente desposeídas, y de un perpetuo movimiento masivo de campesinos pobres de todas las regiones hacia las hacinadas metrópoli, donde ocupan lugares subalternos. Fue solo muy recientemente, hace unos siglos a lo más, que la pregunta por las bases económicas del Estado se ubicó al centro de la discusión política. Desde entonces, podemos argumentar, o incluso demostrar, la misma opresiva y discriminatoria organización social se ha acomodado perfectamente a cualquier forma de Estado (poder personal o democracia). Es decir, una organización en que las más importantes decisiones estatales conducen invariablemente al resguardo irrestricto de la propiedad privada, la transmisión de esta propiedad a través de la familia, y finalmente la perpetuación de desigualdades monstruosas, consideradas además como naturales e inevitables. Entonces surgieron iniciativas revolucionarias de un orden completamente distinto a las que solo habían cuestionado la forma del poder político. Todo el siglo XIX estuvo marcado por

los a menudo sangrientosfracasos de los intentos revolucionarios de esa orientación. La Comuna de París, con sus treinta mil muertos sobre el empedrado de la ciudad, sigue siendo el más glorioso de estos desastres. Así que permítanme decir esto: ante el debilitamiento del despótico Estado central ruso, que había ingresado torpemente en la Gran Guerra de 1914 a 1918; ante el despertar de una primera revolución democrática (Febrero de 1917) que derrocó a ese Estado; con una joven clase trabajadora en formación, muy dada a la revuelta y libre de sindicatos conservadores que la debilitaran; bajo el liderazgo de un Partido Bolchevique cuya organización era en un sentido implacable; con un Lenin y un Trotsky que combinaron una cultura marxista fuerte con una larga experiencia militante acechada por las lecciones de la Comuna de París; de todo esto combinado surgió en Octubre de 1917 la primera victoria, en toda la historia humana, de una revolución post-Neolítica. Una revolución cuyo objetivo declarado era el derrocamiento de los fundamentos milenarios de todas las sociedades “modernas”: la dictadura solapada de aquellos que controlaban la producción y el intercambio. Una revolución que hizo posible la fundación de una nueva modernidad. Y el sustantivo común que nombraba esta novedad absoluta fue y, a mi modo de ver, sigue siendo— “comunismo”. Gente de toda clase alrededor del mundo, desde las masas populares obreras y campesinas hasta los intelectuales y artistas, reconocieron a esta revolución bajo el nombre de “comunismo”, saludándola con un entusiasmo equivalente a la venganza que constituía frente a las duras derrotas del siglo anterior. Ahora, Lenin podía declarar, había llegado la era de las revoluciones victoriosas. Más allá de los avatares posteriores de esta aventura sin precedentes, y más allá de la situación actual, donde las castas Neolíticas vuelven a tomar las riendas en todo el mundo, la Revolución Comunista de 1917 sigue siendo nuestro referente para saber que, al nivel temporal del devenir de la humanidad, el capitalismo imperante es, y será para siempre, algo del pasado a pesar de las apariencias pasajeras.