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Un corazón inteligente

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Alain Finkielkraut

Un corazón inteligente

Traducido del francés por Elena M. Cano e Iñigo Sánchez-Paños

Alianza Editorial

Título original: Un caeur intelligent

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegidopor la Ley, que establecepenas deprisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizacionespor dañosy perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artísticafijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

© Éditions Stock, 2009 © déla traducción: Elena M. Cano e fñigo Sánchez-Paños, 2010 © Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2010

CalleJuan Ignacio Lúea de Tena, 15; 28027Madrid; teléf. 913938888 www.alianzaeditorial.es

T ISBN: 978-84-206-5155-2 Depósito legal: M. 31.369-2010 Composición: Grupo Anaya Impreso en Efca, S. A. Printed in Spain

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In dice

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Prólogo

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Sólo tem blando se abandona el cuerdo a la risa Lectura de La broma, de M ilán Kundera

35

Los huérfanos del tiempo Lectura de Todofluye, de Vassili Grossman

65

El encam aradam iento de los hombres Lectura de Historia de un alemán, de Sebastian Haffner

81

«A qu í están los míos, mis maestros, mi lin a je

Lectura de

E lprim er hombre, de Albert Cam us

107

La broma Lectura de La mancha humana, de Philip Roth

135

La tragedia de la inexactitud Lectura de LordJim , de Joseph Conrad

157

El infiemo del amor propio Lectura de Apuntes del subsuelo, de Fedor Dostoyevski

177

La zafiedad de lo verdadero Lectura de Washington Square, de Henry Jam es

191

El escándalo del arte Lectura de Elfestín de Babette, de Karen Blixen

205

La lucha contra el ángel

A Béatrice Berlowitz

y a M ichel T opalojf,

cuyas presencias me han salvado.

Prólogo

E

l rey S alom ón le su plica ba a l Eterno que le concediera

un corazón inteligente.

A la salida ya de un siglo devastado por las actuaciones de­ sastrosas de los burócratas, es decir, de una inteligencia mera­ mente funcional, y de los posesos, es decir, de una sentimenta- lidad somera, binaria, abstracta, soberanamente indiferente a la singularidad y a la precariedad de los destinos individuales, esa oración para ser dotado de perspicacia afectiva sigue te­ niendo, como ya sostenía Hannah Arendt, todo su valor.

Sin embargo, Dios se calla. Quizá nos mira, pero no respon­ de, guarda las distancias, no interviene en nuestros asuntos. Por mucho que tengamos, por mucho que imaginemos para lle­ nar Su horario y para convencemos de Su activismo, nos deja

de Su mano. N i directamente a Él

ni a la Historia, ese avatar

moderno de la teodicea, podemos dirigir nuestra súplica con alguna posibilidad de éxito, sino a la literatur^Hal mediación no supone ninguna garantía: sin ella, empero, la gracia de un corazón inteligente seguiría siéndonos por siempre jamás inac- cesiblé>Y conoceríamos quizá las leyes de la vida, pero no su jurisprudencia.

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Tal es al menos la apuesta de los nueve estudios que vienen a continuación. Me he fiado de mis emociones para elegir La broma, de Milan Kundera; Todo fluye, de Vassili Grossman;

Historia de un alemán, de Sebastian Haffner; El primer hombre,

de Albert Camus; La mancha humana, de Philip Roth; Lord

Jim, de Joseph Conrad; Apuntes del subsuelo, de Fedor Dostoyevski; Washington Square, de Henry James, y El festín de Babette, de Karen Blixen. Y me he esforzado por poner en mis lecturas

toda la seriedad, toda la atención que requiere descifrar los enigmas del mundo.

P. D.: Este libro, cuya idea acariciaba yo desde hacía años, ha­ bría permanecido en el limbo si Nicolas Guerpillon no me hu­ biera hecho un día la irresistible propuesta de elaborar midii- blioteca ideal, y si Shlomo Malka no hubiera dado cobijo a nuestras conversaciones en RCJ, la cadena de radio que dirige.

Mi deuda es también grande con Bérénice Levet, que mecano­

grafió el manuscrito con paciencia infinita y me dio muy valio­

sos consejos. A los tres, gracias.

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Sólo tem blando se abandona el cuerdo a la risa

Lectura de L a broma, de Milan Kundera

cuerdo a la risa Lectura de L a broma, de Milan Kundera a obra de a

a obra de a r te, decía en esen cia Alain, no figura en la

categoría de lo útil. Si pretendemos juzgar su valor, debe­ mos preguntamos, por lo tanto, no para qué puede servirnos sino de qué automatismo de pensamiento nos libera. La novela de Kundera, La broma, arruinó en mí la idea triunfal de que la vida — tanto individual como colectiva— es una novela y que la filosofía consiste en ampliar a dimensiones de historia universal la intriga del Conde de Montecristo. Praga, 1948. Los comunistas acaban de hacerse con el po­ der. La revolución está en pleno apogeo. U na alegría, fer­ viente y grave, reina en todas partes, y especialmente en las universidades. Ludvik Jahn, que desempeña un puesto impor­ tante en la Unión de Estudiantes, le hace asiduamente la cor­ te a la guapa y militante Marketa. Esta, entregada en cuerpo y alma a la Historia en marcha, es sin embargo tan cándida, tan inocentemente refractaria a las prácticas que se despren­ den de la máxima «el fin justifica los medios», que sus cama- radas deciden enviarla quince días, durante las vacaciones, a un castillo del centro de Bohemia para que participe en un encuentro de formación del Partido y perfeccione así sus co­

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nocimientos en la estrategia y la táctica del movimiento re- volucionario. La decisión perturba los planes de Ludvik y lo contraría, so­ bre todo porque Marketa la acepta con una docilidad e incluso un entusiasmo imperturbablemente sonrientes. En lugar de ol­ vidarse de él, la muchacha le envía, una vez allí, una carta «que rebosa de un consentimiento sincero hacia lo que estaba viviendo». Ludvik, molesto, frustrado, celoso, compra una pos­ tal y escribe al dorso: «¡El optimismo es el opio del género hu­ mano! Las mentes sanas apestan a imbecilidad. ¡Viva Trotski! Ludvik».

La ocurrencia no tiene nada de profesión de fe disidente. Ludvik no declina de su identidad ideológica, emite una pro­ testa burlona contra el dominio de la ideología sobre el con­ junto de la existencia. N o es, en este caso, ni ortodoxo ni he­ rético, no transmite ningún mensaje, no hace públicas por efecto de la cólera sus convicciones secretas; juega — en priva­ do— a ser alguien que no es, se desprende de sí mismo, se re­ viste, para ser chocante y para seducir, de un traje prestado. Movido por la esperanza de cambiarle la sonrisa a la excesiva­ mente plácida y beatífica Marketa, se complace por espacio de una insolencia en no creer en lo que cree. No es que mienta:

Ludvik se expresa en un registro — la broma— en el que la disyuntiva de la verdad y de la mentira queda temporalmente suspendida. Pero semejante osadía ni se permite ni siquiera es audible en el país de los camaradas. Con la emancipación del hombre no se juega, ni siquiera en broma puede hacerse que se tambalee el sentido de la Historia; se obedece a sus conmina­ ciones, se estremece uno ante sus veredictos. No hay espacio para el equívoco o para el cum grano salís en la visión revolu­ cionaria del mundo. Cuando dos campos se enfrentan, todo es

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solemne, todo es literal, nunca se sale de la ideología: abrir la boca equivale sin asomo de duda a tomar postura. Sí o no — ésa es la única pregunta y ésas son las dos únicas respuestas pos i- bles— . Tampoco hay espacio para el egoísmo enamorado. La revolución está demasiado preocupada por la felicidad univer­ sal como para permitir que cada uno se entregue a sus asuntos o a sus aventuras. Ostenta el derecho a conocer en qué em­ plean el tiempo sus combatientes y el deber de sancionarlos si desertan del campo de batalla. La moral del hombre nuevo y la psicología de Marivaux no son compatibles. La postal de Ludvik es una ligereza cargada de consecuen­ cias fatales. Las vacaciones se acaban, Marketa no vuelve a dar señales de vida, y en septiembre, cuando regresan a clase, Lud­ vik, que no tiene otra preocupación sino aquel silencio, es con­ vocado por el secretariado del Partido. Allí, tres estudiantes imbuidos de su propia importancia dan lectura a la misiva y le piden que la comente. Por mucho que repite que no ha leído nada de Trotski, que no conoce absolutamente a ningún trots- kista y que sólo fue por gastar una broma, la maquinaria se pone en movimiento, el asunto sigue su curso inexorable. Después de aquel primer interrogatorio, Ludvik comparece ante la Fa­ cultad en sesión plenaria y nadie sale en su ayuda: los profeso­ res y los condiscípulos presentes votan no sólo su exclusión de la Facultad sino también la prohibición de que continúe estu­ diando. Pierde asimismo el beneficio de prórroga para hacer el servicio militar y termina en un cuartel de un lúgubre barrio del extrarradio de la ciudad minera de Ostrava. El Partido, om­ nipresente y todopoderoso, indiscreto y despiadado, lo ha arro­ jado sin miramientos fuera del sendero de su vida. Cuando se publicó la novela de Kundera en París, en 1968, nosotros, contestatarios, le dedicamos una acogida entusiasta.

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Y como, en el preciso momento en que la leíamos, nos veíamos

confrontados a las imágenes sobrecogedoras del aplastamiento de la Primavera de Praga, alineamos con toda naturalidad La broma bajo el estandarte de la gran revolución mundial contra

la Represión. Al desafiar, en nombre del derecho al placer, las

convenciones sociales, las instituciones políticas y el principio de rentabilidad, nos identificamos con las desdichas de Ludvik

y lo celebramos como si fuera uno de los nuestros. Con todo

nuestro agradecimiento, ocultamos el hecho, sin embargo fla­ grante, de que era una víctima no del Estado o del sistema, sino del ardor insurrecto. La violencia que se había abatido sobre él era socialista, y aquel socialismo venía del calor. El galanteador travieso no fue excomulgado por un monstruo frío, fue tachado de anatema por una muchedumbre en fusión. La llama revolu­ cionaria brillaba en los ojos de sus jueces e inspiraba los discur­ sos. El tribunal ante el que comparecía Ludvik no era una ema­ nación de Big Brother, no estaba compuesto por burócratas

mecánicos, por apparatchiks impasibles, por sujetos de gabanes imponentes, por momificados representantes del viejo mundo, sino por estudiantes tan exaltados, tan hermanados, tan inten­ samente vivos y tan radiantes de cólera como nosotros mismos podíamos serlo. A l igual que nosotros, aquellos rebeldes sin arrugas afirmaban que todo es posible y declaraban caduca la oposición entre lo público y lo privado. Cierto era que prefe­ ríamos extender la revolución al terreno sexual antes que su­ bordinar la sexualidad a la revolución, pero también se trataba para nosotros, apóstoles del placer inmediato, de terminar con los rodeos del estilo indirecto y las arcaicas complicaciones del galanteo. Diez años después de que se publicara en Francia La broma, Kundera quiso remachar el clavo con el prefacio que escribió

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para la novela de su viejo amigo Josef Skvorecky, Mirákl (El mi- lagro): «Mayo del 68 fue una revuelta de jóvenes. La iniciativa de la Primavera de Praga estuvo en manos de adultos, que ha- saban su acción en su experiencia y su decepción históricas.

] [

El Mayo francés fue una explosión del lirismo revolucio­

nario. La Primavera de Praga fue la explosión de un escepticis­

El Mayo francés fue radical. Lo que

durante muchos años estuvo preparando la explosión de la Pri­ mavera de Praga era una revolución popular de los modera­ dos». Revuelta y moderación: dos palabras que, para los del 68 y para quienes cada diez años festejan y festejarán hasta el fin de los tiempos el aniversario de aquella gran efervescencia inau­ gural, casan mal. Dos palabras enemigas. Dos palabras que in­ cluso se entregan a una guerra inexpiable. La revuelta es la transgresión, el exceso, la aventura, el riesgo, la ruptura con las costumbres, el desarreglo de todos los sentidos, la voladura de las viejas estructuras, el levantamiento de la vida contra ese gobierno de muertos al que se llama tradición, el impulso pro- meteico del hombre moderno liberado del yugo celestial, re­ fractario a lo que existe tanto como a la nostalgia por las nieves de antaño y que sólo abre la boca para decir, con André Bretón:

mo posrevolucionario. [

]

«Habrá una vez»-.- La moderación, por el contrario, evoca el puchero, las zapatillas junto a la chimenea, el conformismo ti­ morato, el aburguesamiento, el abotagam iento, el allanamien­ to de la vida, la elección sin gloria del justo medio, el lamenta­ ble regreso del hijo pródigo, ya adulto, a las sendas allanadas de la cordura rutinaria y hogareña. Existe también, no obstante, otro modo de levantar acta de la situación creada por el hecho de abandonar Dios el sitio des­ de el que había dirigido el mundo, y decir con Montaigne:

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«Quemar vivo a un hombre es poner un precio muy alto a nues­ tras conjeturas». La revuelta de los moderados de la que habla Kundera se inscribe en la tradición nacida del traumatismo de las guerras civiles religiosas. Mientras que a la revuelta prome- teica le encanta franquear fronteras y proclama que la imagina­ ción no tiene por qué humillarse ante la prosa de los días, la re­ vuelta de los moderados reivindica la finitud. Mientras que la revuelta prometeica combate lo que considera la seria pusilani­ midad de la circunspección y de la medida, la revuelta de los moderados le abre un sitio a la imperfección, a lo inacabado, a la incertidumbre, a la falibilidad, en resumen: a lo poco serio e irremediable de todas las convicciones, de todas las conjeturas humanas. La primera, enfática, pretende apresurar el adveni­ miento del reino humano, es decir, la transferencia al Hombre de los atributos divinos de la omnisciencia y de la omnipoten­ cia. La segunda, irónica, pretende reventar los pellejos denun­ ciando los estragos causados por la pretensión humana de ocu­ par el lugar que Dios ha dejado vacante. En 1965, en Praga, cuando se publica La broma, está teniendo lugar la revuelta de los moderados. En 1968, Prometeo levanta barricadas en París y, casi medio siglo más tarde, seguimos admirándonos ante la extrema modernidad de sus máximas: «La emancipación del hombre será total o no será»; «N o estamos en contra de los vie­ jos sino en contra de lo que los hace viejos»; «Seamos realistas, pidamos lo imposible»; o esta otra, de un laconismo fulgurante:

«¡Sobre todo, nada de remordimientos!». Volvamos a Ludvik, veinte años antes de que estallaran aquellas dos revueltas contradictorias. Aún no ha terminado con el frenesí juvenil. El comandante del batallón disciplina­ rio en el que ha caído es un hombre muy joven — «un crío», dice la novela— que disimula todo lo que hay en él de duda y

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de inacabado tras una máscara de revolucionario inflexible. Como es apenas adulto, carga las tintas, exagera muchísimo, busca desesperadamente darse consistencia a sí mismo y, como está desempeñando el papel de hombre realizado, actúa con pe­ culiar inhumanidad. «¿Acto o gesto? Ésa es la pregunta», decía Sartre para subrayar la parte que ocupa la obsesión de la mirada de los demás en la existencia de cada uno. Y el filósofo contaba con la participación en la violencia de la Historia para salir del círculo de la comedia. Comprometerse, pensaba, era dejar de hacer trampas. A esa promesa de autenticidad, Kundera le opo­ ne una constatación irónica y afligida: los actos más terribles son también posturas teatrales; una pantomima interviene en los grandes paroxismos; nunca hay historia sino en el escenario de la Historia. En una palabra, la ferocidad no llega a abolir la mascarada: mientras corre la sangre, la representación conti­ núa y Saint-Juste monta su show. Pero los compañeros de infortunio de Ludvik, los que, como él, llevan el emblema negro de los prisioneros políticos, terminan por hacer frente común contra aquel joven coman­ dante hipócrita y cruel. Descubren en la desgracia la euforia de la solidaridad, la exaltación o el consuelo de estar unidos. Así, cuando los suboficiales deciden organizar para los soldados una carrera de relevos y participar con ellos, aceptan sin dudarlo la sugerencia de Ludvik de sabotear el ejercicio corriendo despa­ cio. Incluso rivalizan en inventos: uno corre cojeando, otro se cae ocho veces, un tercero levanta cómicamente las rodillas hasta la barbilla, todo el mundo se aplica en no aplicarse, todo el mundo menos Alexej, otro crío. Hijo de una personalidad comunista encarcelada, sigue depositando con obstinación fe­ roz todas sus esperanzas en el Partido y aceptando estoicamen­ te el castigo que éste le inflige: «A mi padre lo detuvieron por

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espía. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? ¿Cómo puede el Partido fiarse de mí? El Partido tiene el deber de no fiarse de mí». De manera que se entrega a fondo. Pero es enclenque y poca cosa. N o tarda en notar una punzada en el costado, y ter­ mina la carrera con más dificultades que quienes simulan ago­ tamiento y lentitud. Y es quien carga con quince días de cala­ bozo por intento de motín. Alexej, considerado por los demás blasones negros un traidor y acosado con ahínco por el coman­ dante porque le ha interceptado una carta en la que denuncia­ ba a las instancias del Partido sus métodos crueles, termina sui­ cidándose ingiriendo dos tubos de barbitúricos. Ludvik se percata entonces de que aquel adolescente enfermizo y fanáti­ co de nombre ruso era la oveja negra de los blasones negros. Se culpa por no haberlo ayudado. Y la euforia de la solidaridad cede el sitio a un irreprensible malestar. El grupo de compañe­ ros no estaba cimentado únicamente sobre un destino común y una común resistencia; necesitó, además del enemigo, un chivo expiatorio; los blasones negros fueron capaces de acorra­ lar a un hombre, como la colectividad que había expulsado a Ludvik de la universidad, y quizá como toda colectividad hu­ mana. Dicho de otro modo, no hay unión sin unión sagrada, ni unión sagrada sin víctima propiciatoria. La fraternidad, priva­ da del alimento del odio, iría desapareciendo: para existir, ne­ cesita carne fresca. A sí es que Ludvik se ve postergado, por la muerte de Alexej, a la soledad y a la amargura, de las que había creído salir duran­ te uno de los permisos que le concedieron, cuando conoció a Lucie, una obrera de Ostrava. Aquella joven inocente y tímida le había recordado a Ludvik la existencia de un territorio dife­ rente del de la Historia: «La pradera olvidada de lo cotidiano». Era su «acomodadora gris» e invitaba a dar un paso suplemen­

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tario, el más decisivo, por el camino de la modestia: no ya sim­ plemente la prudencia de la incertidumbre sino, simple y lla­ namente, el abandono de la escena; no ya la protesta contra las mentiras y los perjuicios del idilio para todos, sino la felicidad ordinaria del idilio sin historia. La acomodadora gris, sin em­ bargo, lo rechaza inexplicablemente. Se le resiste con un empe­ ño que saca a Ludvik de sus casillas. La golpea o, más exacta­ mente, golpea en ella el instrumento de la fuerza que, desde la desdichada broma de la postal, no deja de cortarle el paso y de quitarle todo. Lucie se escapa, desaparece. Ludvik se ve reduci­ do a rumiar sin tregua su injusta suerte y su malograda vida. N o posee el poder de borrar el pasado. Lo hecho hecho está. N o puede uno liberarse de semejante tautología agobiante. Pero no siempre se está obligado a dar vueltas en redondo. Quince años después del acontecimiento que le había devasta­ do la vida, a Ludvik se le presenta la inesperada ocasión de ajustar cuentas. En el instituto científico en el que trabaja, re­ cibe la visita de una periodista de la radio que resulta ser la mu­ jer del autor del informe incendiario con el que se pedía y se había obtenido su expulsión del Partido. La puerta de su pri­ sión mental se entreabre: se encuentra de pronto ante la ocasión de salir del círculo del resentimiento. Se le ofrece mi­ lagrosamente la posibilidad de volver a hacerse con el control de la historia desencadenada por una broma inofensiva y, como un nuevo Edmundo Dantés, adjudicarse por medio de una mis­ tificación vengadora la última palabra. De modo que decide se­ ducir a la periodista y todo ocurre según lo previsto. Incluso mejor: la mujer se enamora perdidamente de él. A sí pues, la es­ tratagema funciona de maravilla. El plan fomentado con la có­ lera fría de un insondable rencor se hace realidad. Y el mismo éxito es lo que firma su propia perdición. Como en una trage­

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dia, todo cuanto ha hecho para salir de lo peor ha empeorado las cosas. ¿Por qué? Por culpa de la no concordancia de los tiem- pos. Ludvik se ha quedado anclado en el acontecimiento de su condena y en sus consecuencias. Para los demás, por el contra' rio, el tiempo ha pasado. N o han seguido dándole vueltas a lo mismo, han evolucionado, se han visto arrastrados por la ola de las modas y de las nuevas preocupaciones. El ofensor Zema' nek, mientras su ser se sumergía con delectación en las aguas del devenir, dejó sus fantasmas en manos de Ludvik el ofendí' do. Profesor muy popular entre la juventud antiestalinista, bus­ ca el modo de divorciarse y poder así mostrarse sin reparo algu­ no con su amante, una estudiante guapísima. ¡De modo que Ludvik llega en el momento más oportuno! El castigo que cree estar infligiendo encanta a su adversario. La venganza del hom­ bre anclado es una prebenda para el hombre apresurado: «Ze- manek siempre se mostraba jovial y satisfecho, invulnerable, agraciado con el favor de los ángeles y de una joven cuya belle­ za me había recordado de inmediato la perfección de aquel cuerpo con el que pasé una tarde». ¿úÓocteau cuenta en alguna parte la historia del joven jardi­ nero persa que le dice un día a su príncipe: «Me he encontrado con la muerte esta mañana. Me ha hecho un gesto amenaza­ dor. Sálvame. Me gustaría, por algún milagro, estar esta noche en Ispahán». El buen príncipe le presta sus caballos. Aquella tarde, el príncipe a su vez se encuentra con la muerte. «¿Por qué — le pregunta— le has hecho un gesto de amenaza esta mañana a nuestro jardinero?» «N o le he hecho ningún gesto de amenaza — le responde la muerte— , sino de sorpresa. Por­ que estaba viéndolo lejos de Ispahán esta mañana y lo esperaba en Ispahán por la noche.» Ludvik, de igual modo, precipitóla catástrofe al intentar huir de ella. Creyó que estaba apelando

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contra la condena de la que fue objeto y agravó su pena. Corrió sin descanso para recuperar el tiempo perdido y, una vez alcan­ zado el objetivo, constató que había servido con celo involun­ tario los designios del Enemigo. El vengador enmascarado se convirtió en un bienhechor a su pesar. Creía que estaba desem­ peñando el papel del diablo. ¡Error! Desempeñó el de los ánge­ les custodios. Se aplaudía por haber sabido aprovechar un re­ galo del cielo para obtener reparación de la injusticia que había padecido, y he aquí que el cielo o la ausencia de cielo le juega una muy mala pasada. De sujeto soberano volvía a caer al esta­ tuto de objeto, de mártir. Y ya no era de un escándalo sino de una farsa de lo que el bromista inveterado, por su propia ac­ ción, volvía a ser víctima. A l sufrimiento del perjuicio se aña­ día ahora el del ridículo. Ya era demasiado. Ludvik, confronta­ do a la insoportable gratitud del marido engañado, rompe sin más explicaciones con la mujer. La pobre Helena, loca de estu­ por y de dolor, se toma entonces unos comprimidos que creía que eran somníferos. Pero son laxantes guardados en una caja más elegante por su joven asistente, loco de amor por ella. Aquel crío — ¡otro más!— quiere ser un hombre digno de ad­ miración, y un hombre digno de admiración sufre de insomnio, no de desarreglos intestinales. Risible desenlace. A la tragedia se le retira su derecho a lo trágico. Bascula hacia el vodevil y termina prosaicamente ¡en el asiento de madera de un retrete! Las tripas desmandadas concluyen el gesto del amor loco. De la broma de Ludvik a las chanzas del destino y a sus equívocos en cascada: tal es la trayectoria implacable de esta desgarradora novela cómica. Para entender su significado, hay que volver a la juventud comprometida de Ludvik. Que, como ya hemos dicho, no era ni un opositor ni un disidente. A pesar de su insubordinación, defendía la Causa con convicción, era

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un militante sincero del Partido. Igual que Marketa, igual que Pavel Zemanek, vivía alborozado e incluso extasiado: «Estába­ mos hechizados por la Historia; estábamos ebrios por haber montado el caballo de la Historia, ebrios por haber sentido su cuerpo bajo nuestras posaderas». El crío que entonces era se emborrachaba con inaugurar «una época en la que el hombre (cada uno de los hombres) no estaría ya fuera de la Historia ni sometido al talón de la Historia, sino que la conduciría y la mo­ delaría». Lo que constituye el atractivo de la idea de revolución no es tan sólo la moralidad que reivindica ni la solución del pro­ blema humano que pretende ser: es el carácter seductor, exal­ tante y gratificante de la intriga que propone. Ludvik se había visto cautivado por la espléndida epopeya de la clase que, se­ gún la inolvidable descripción de Marx, «posee un carácter universal por causa de sus sufrimientos universales, y no reivin­ dica ningún derecho particular porque se le ha hecho padecer no un daño particular sino un daño absoluto [—] y no puede, por lo tanto, conquistarse de nuevo a sí misma sin la reconquista to­ tal del hombre». El encanto se ha disipado. La promesa del Reino no ha sido cumplida. La noble esperanza de repararlo todo se ha convertido en pesadilla, y la Historia sobre la que Ludvik creía cabalgar lo ha derribado bruscamente al suelo. La caída lo ha curado de su gran ilusión de jinete. ¿Qué hizo, no obstante, cuando pareció que se le presentaba la posibilidad de recuperar el dominio de la situación y de volver a dar con la di­ rección de los acontecimientos? Quiso enderezar el daño abso­ luto del que había sido víctima y se lanzó a la reconquista. Ree­ ditó a su propia escala reducida el esquema que lo había transportado antes de hacerle morder el polvo. Por decirlo de otro modo, se subió al corcel de la venganza. La fiebre ecuestre

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se apoderó del peatón desengañado y, por segunda vez, se cayó de la montura. Porque la vida siente un placer perverso en ti­ mar a los que se enorgullecen de cambiarle el sentido. Descon­ cierta, engaña la espera, deja plantado. El autor que llevamos dentro y el héroe vuelven a ser Juan lanas, como antes. Tanto el autor como el héroe creían a machamartillo «en la perennidad de la memoria (de los hombres, de las cosas, de los actos, de las naciones) y en la posibilidad de reparar (actos, errores, pecados, daños)». Pero descubren la insoportable levedad del ser. «Todo pasa, todo fluye y nada permanece», decía Heráclito. Y Kunde- ra, veinticinco siglos después: «Todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación (por la venganza y por el perdón) será representado por el olvido. Nadie reparará los da­ ños causados, pero todos los daños serán olvidados». N o ocurriría tal debacle si la historia humana fuera historia de la realización o de la redención del hombre. Pero, como re­ pite incansablemente Hannah Arendt, la Historia nunca es la obra de uno sólo, nadie es su conductor o su artesano, nadie la moldea, porque no es el hombre en singular quien vive en la tierra, ni el hombre y su enemigo, son los hombres con toda su desbordante multiplicidad. Hay en ello una distinción capital cuyo alcance existencial completo explora Kundera al con­ frontar, en el plano privado tanto como en el político, la vo­ luntad novelesca de reconfigurar el mundo y de domesticar el tiempo con el obstáculo ontològico de la pluralidad humana. Ludvik encamó ese obstáculo muy a su pesar. El pueblo, puesto en pie como un solo hombre, terminó por excluirlo: ésa fue su primera desventura. Después, en el radio de acción más li­ mitado de su recorrido personal, creyó que podía gobernar la pluralidad y convertirse en el organizador del destino. Ese fue su segundo sinsabor.

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A menudo, se considera que la novela es el lugar de coli- sión de los sueños o las mentiras de la imaginación con la du­ reza del mundo tal como es: la ilusión se estrella contra el prin­ cipio de realidad, las quimeras sentimentales y las grandes esperanzas quedan aniquiladas por la verdad efectiva. La broma nos obliga a profundizar en esa definición. Otro conflicto nace del choque de la realidad y del sueño, un conflicto que opone la consideración por parte de la imaginación de lo que Philip Roth llama, en Operación Shylock, «la incontrolabilidad de las cosas reales» y la tentativa multiforme de someter el conjunto de los fenómenos a la hegemonía del fantasma. Porque el ima­ ginario es doble: la imaginación confiere al hombre el poder de salir de sí mismo y de habitar otras consciencias; el fantasma lo instala en el centro del mundo y le sojuzga los seres, las cosas, los acontecimientos; la imaginación explora lo indomeñable, el fantasma constituye su negación; la imaginación da cons­ tancia de la pluralidad, el fantasma la conjura; la imaginación enseña moderación, el fantasma alimenta la desmesura; la ima­ ginación depende de la atención, el fantasma es producto del deseo. Imaginar, para el yo, es abandonarse a sí mismo; fanta­ sear es escucharse, indemnizarse, alimentarse de guiones com­ pensatorios. Y el Kundera novelista ubica esta segunda moda­ lidad del imaginario bajo la mirada crítica de la primera. Porque es cierto que no se limita a contar una historia: desmonta con paciencia la historia o las historias que el héroe de su novela se cuenta, descentra a Ludvik, lo devuelve a su sitio, desalienta, por medio de la diversificación de puntos de vista, su propen­ sión a la soberanía narrativa. Cuatro voces van alternándose y tejiendo la trama del re­ lato. La de Ludvik, la de Helena, su presa, y también la de Ja- roslav, amigo de infancia de Ludvik, y la de Kostka, el cristiano

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al que conoció en las aulas de la universidad durante los días de la gran efervescencia. Lucie es la única que no tiene voz. Pasa por la novela como una presencia suave, enigmática e inalcanzable. Por Jaroslav, que consagró su vida a la resurrección de la música folclórica morava («Arrancamos las canciones antiguas del sueño de la muerte»), sabemos que Ludvik, en 1948, el año revolucionario, era un militante sincero y al pro­ pio tiempo arrogante. La presunción prometeica estaba como impresa en su rostro. Como buen comunista, enarbolaba aires de informado confidente de la Providencia, «como si hubiera sellado con el porvenir algún pacto secreto que le otorgara po­ deres para actuar en su nombre». Con la fuerza de tales pode­ res, supo conferirle al viejo mundo la unción del nuevo y, con sus palabras grandilocuentes, consiguió volver a insertar la nostalgia de los folcloristas por un tiempo ya pasado en el mis­ mo sentido que la Historia. Ese tiempo, que era el de la vida comunitaria, había caducado, cierto es, por intervención del espíritu del capitalismo. Pero había llegado la hora de la nega­ ción de la negación: era ya momento de resucitar los cantos y los bailes de otros tiempos para acompañar la edificación del

comunismo. Por Kostka, que le presta a Ludvik la casa que necesita para ejercer su venganza, descubrimos el secreto de Lucie. La cono­ ció en una granja comunitaria en la que había decidido tra­ bajar después de haber abandonado deliberadamente, para responder a la llamada de Dios, el camino ya trazado de inves­ tigador científico. Kostka escuchó a Lucie, la amó, y ella le contó la violación colectiva que había sufrido cuando era ado­ lescente. Pero esas voces no sólo sirven para parchear las brechas que hay en el relato de Ludvik. Con ellas también el fantasma

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pretende alcanzar la hegemonía y conoce la debacle. Helena, desde luego, no comprende lo que le ocurre: el contraste entre la historia de la que cree ser la heroína y el destino que padece es patéticamente abismal. Jaroslav quiso interpretar su vida si­ guiendo la partitura inmemorial de la música popular. En Vlas- ta, que vivía en un pueblo cercano, vio encamarse el arquetipo de la Pobre Sirvienta. Se casó con ella, pero la imagen era úni­ camente un espejismo, y cuando se celebra el ritual de la C a­ balgata de Reyes, el mismo día de la venganza de Ludvik, cree que su hijo desempeña el papel principal, cuando en realidad se ha escapado a Bmo para asistir a una carrera de motos, con la complicidad de su madre. Kostka, por su parte, se acercó a Lu­ d e con el fervor de un amor en el que cabía tanta caridad como deseo. Y una vez cumplida su tarea de salvador, una vez que la liberó del horror de las cosas de la carne, el deber le dictó que rompiera, y cuando el director de la granja donde trabajaba fue acusado de dar cobijo a un clericalista, comprendió que Dios le estaba mandando un mensaje: «Aléjate de Lucie antes de que sea demasiado tarde. Ya has cumplido tu misión. Los frutos no te pertenecen. Tu camino pasa por otro sitio». Obedeciendo a la directriz divina, abandonó la granja y se hizo, nueva meta­ morfosis, albañil. Poco después, Lucie se casó. Cuando Kostka se entera de que aquella boda es un doloroso fiasco, lo asalta una duda: ¿la interpretación de los caminos del Señor depende de la humildad de la fe o de la voluntad fantasmal de atribuirse el papel más lucido con el menor esfuerzo posible? ¿Había oído la llamada del Altísimo o, más prosaicamente, había escucha­ do, él, que tenía en Praga mujer e hijos, la voz de la cobardía y del miedo? Después del gran relato filosófico, lo que sí aparece implacablemente cuestionado es la lectura teológica del mun­ do. Ambas cosas son novelas. Y La broma se sitúa precisamente

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en el cruce entre el esfuerzo múltiple de los hombres por darle una forma narrativamente satisfactoria a su existencia y las vi­ cisitudes existenciales que resultan de tal aspiración.

E n su ensayo El arte de la novela, Kundera cita el proverbio

yidish:

imaginar, inspirado por esa sentencia, que François Rabelais oyó un día la risa de Dios y que así fue como nació la idea de la primera gran novela europea. Me gusta pensar que el arte de la novela vino al mundo como eco de la risa de D ios». Tal es el error de Kostka: Dios no habla, Dios no manda cartas, no envía mensajes. N o riega la prosa de la existencia con sus conminaciones y sus llamadas — Dios ríe en silencio— . Y Kundera escribe La broma en un país entregado a quienes, después de Rabelais y de Laurence Sterne, llama agelastas. El agelasta es el que no ríe o, más exactamente, aquel a quien ninguna risa mella. Y nada lo separa de Dios o de su avatar laico, la Historia. No existe para el agelasta separación que valga. Habita la verdad, y esa verdad no une solamente a los hombres entre sí, une en ellos el alma y el cuerpo, la inten­ ción y la acción, el ser y el parecer, lo real y lo racional. N in ­ guna distancia está en juego. Ningún detalle trivial, intem­ pestivo, a ras del suelo o frívolo tiene lugar en ese paisaje de fusión. En el reino de los agelastas, la indivisión reina, Dios co­ incide con el mundo. Pero basta con encender la radio o mirar la pantalla de la televisión para darse cuenta: hemos dejado de vivir bajo el ré­ gimen de los rostros cerrados. Las bocas contemporáneas están muy abiertas, porque la irrisión es lo que prevalece ahora, no la deferencia. A l tiempo de los agelastas patibularios lo ha su­ cedido el momento de los bufones irreverentes. El ánimo de la

«El hombre piensa, Dios ríe». Y comenta: «M e gusta

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seriedad ha quedado pulverizado por la payasada. El público que todos nosotros constituimos es invitado desde por la ma­ ñana hasta por la noche a partirse de risa. La risa se ha conver­ tido en la banda sonora del mundo. Precisamente cuando es­ taba enfrascado en una nueva lectura de La broma, di por casualidad con un programa en el que, gracias a un animador resueltamente moderno, es decir, informal, se proponía a los invitados — gente guapa del cine, de la televisión, de la can­ ción, de los medios— que eligieran, entre las muertes recien­ tes, la que menos los había afectado. Había entre los cadáveres del año un joven cantante ligero fallecido como consecuencia de una enfermedad neurodegenerativa, actores, un tenor y un cardenal. Después de algunos gritos o, más exactamente, algu­ nos cloqueos de espanto con el anuncio de la lista macabra («¡Esta vez te estás pasando, Thierry!»), todos los participan­ tes se plegaron con docilidad al cuestionario, todos entraron en el juego como buenos soldaditos de la impertinencia, y vo­ taron todos a una por el cardenal (o más bien en contra del cardenal). A l cabo de unos días, el animador se justificó rei­ vindicando orgulloso el derecho a blasfemar. ¿Sería Salman Rushdie o Ludvik Jahn? ¿Y serían quienes fustigaron aquel momento de franca alegría unos ayatolás siniestros o unos censores temibles, como Pavel Zemanek? ¿Acaso el respeto a los muertos exhalaba como un aroma a dictadura? Veámoslo desde más cerda. Ludvik se vio descabalgado y condenado por haber lanzado su broma a la cara de la sonriente fraternidad. El cardenal resultó linchado a título postumo por la fraternidad de la risa chabacana. Una vez de vuelta de la ilusión revolu­ cionaria aunque ferozmente igualitaria, la risa contemporánea proclama alto y claro el ideal de la desidealización. Que el hom­ bre vaya infinitamente más allá del hombre, que pueda tener

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una vocación espiritual, que no se quede reducido a sus funcio­ nes orgánicas, todo ello es una posibilidad que la risa tiene la in­ tención de hacer desaparecer del mundo. La risa se encarniza con la trascendencia, no tolera ningún tipo de eminencia, persi­ gue la grandeza bajo cualquier forma en que ésta pueda manifes­ tarse, venga a la mediocridad de la afrenta que la superioridad le inflige, hace del alma una antigualla, una inconveniencia, un objeto de alboroto, y trabaja incansablemente por que cada uno sea de una sola pieza: sobre todo, nada de distinciones; sobre todo, nada de disonancias; sobre todo, nada de conflicto interior; sobre todo, nada de remordimientos. Los graciosos, por decirlo en otros términos, no son los enemigos de los agelastas sino sus sucesores. Los bufones que otrora se las hacían pagar caro a los reyes son hoy los reyes adulados y temidos de la democracia radi­ cal. Y propagan, sobre los escombros de la promesa comunista, el calor revanchista de la bajeza común. Ya puede enterarse el car­ denal: todos nosotros somos cuerpos que folian, que beben, que comen, que eructan, que se tiran pedos y que se parten de risa. Kundera define el humor como «el relámpago divino que descubre el mundo en su ambigüedad moral». U n descubri­ miento admirable, que hace que el sentido se estremezca, aun­ que él mismo también se estremece, es precario, inseguro, y está a merced de los graciosos y de los agelastas. Mientras éstos andan en persecución del humor, aquéllos lo sepultan bajo la carretada de su perpetua hilaridad. La risa del humor desajusta las uniones sagradas; la risa de los graciosos designa víctimas sacrificiales. La primera desafía a la jauría; la segunda la desata. La primera es una modalidad de la duda, mientras que los ve­ redictos de la segunda caen en cascada. La risa del humor hace que se tambaleen, por la fantasía, las certezas sentenciosas de la ideología; la risa de los graciosos corta las cabezas que sobre­

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salen y castiga, a golpes de caricatura, a todos los retrasados, todos los tardones, todos los reaccionarios, todos los que con­ travienen con su anacronismo las evidencias socarronas del es­ píritu del tiempo. «El hombre piensa, Dios ríe», dice el humor, y, al establecerse en ese intervalo, rompe la autosuficiencia del mundo; los graciosos, por el contrario, navegan en la inmanen­ cia, y su jovialidad triunfante le aporta al hombre democrático la buena nueva doble de la explanación del ser y de la muerte de la risa de Dios.

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libro III, capítulo XI, edi-

sillo, 2005.)

33

Los huérfanos d el tiem po

Lectura de Todofluye, de Vassili Grossman

I van G rigo riévitch , el protagonista de

Todo fluye, igual

que Edmundo Dantés, el flamante conde de Montecristo,

que el coronel Chabert, que Ludvik Jahn, es un reaparecido. Después de treinta años de deportación, vuelve a Moscú. Sta- lin ha muerto. Estamos en 1953. Durante los primeros años de la revolución, el mundo son­ reía y se le ofrecía a Ivan Grigoriévitch: mientras a los hijos de los nobles, de los oficiales en activo, de los sacerdotes, de los empresarios y de los comerciantes se les prohibía cursar estu­ dios superiores por el mero hecho de sus orígenes sociales, él sí pudo entrar en la universidad porque venía de una familia de intelectuales que ejercían una profesión. La lucha contra la re­ producción de los privilegios lo convertía en un privilegiado. Se beneficiaba, por decirlo de alguna manera, de la discrimina- ción positiva puesta en marcha por la revolución para vencer la desigualdad. Pero en lugar de aprovecharse de su suerte y de enardecerse, con los enamorados de los puños en alto, por un movimiento que se complacía con el anhelo de justicia a la vez que satisfacía su propio interés, no tardó en enfrentarse a los profesores del materialismo dialéctico y defendió en pleno an­

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fiteatro la libertad como un bien equiparable a la vida. De re­ sultas, lo expulsaron de la universidad y fue deportado tres años a la región de Semipalatinsk. A sí empezó su largo destino car­ celario: transcurrieron treinta años, de los cuales sólo pasó uno en libertad. Sus amigos y la mujer a la que amaba conservaron ' largo tiempo su recuerdo. Echaban de menos a Ivan Grigorié- vitch. Después, llegó el desgaste. Las lágrimas se secaron. La tristeza se embotó. La rutina fue royendo el sufrimiento, las fa­ tigas diarias llenaron la ausencia y le ganaron el pulso a los des­ velos de la fidelidad. El tiempo, subrepticia e imperceptible­ mente, cumplía con su «tarea de enterrador». Todo pasa: todo cede y nada aguanta; todo fluye y nada permanece, ni siquiera en estado de fantasma. Ivan, tachado inicialmente de los regis­ tros de la vida, había salido de la consciencia de los seres a los que había conocido y se disponía ya a abandonar la «oscura bo­ dega» del subconsciente de cada uno de ellos para instalarse en la nada y el olvido eterno, cuando llegó el deshielo. En el mo­ mento en que fue devuelto al mundo, digámoslo así, no era ya ni siquiera un espectro, su ausencia no atormentaba práctica­ mente a nadie. A diferencia de Edmundo Dantés o de Ludvik Jahn, sin embargo, no pretendió vengarse. No es que se hubie­ ra negado a dejarse arrastrar a la charca del ajuste de cuentas; no es que hubiera sido declarado muerto, como el coronel Cha- bert en la batalla de Eylau, y que hubiera venido a reclamar a su mujer, sus bienes, sus posiciones perdidas, y resultara final­ mente demasiado noble para la venganza. Si algo había en ex­ ceso, en lo que a él se refería, era el exceso de años en prisión, el exceso de hombres en su mismo caso, la distancia final­ mente que lo separaba a él, el reaparecido, la persona desplaza­ da, de los vivos tan atareados con los que se cruzaba por el ca­ mino. La cólera, como el perdón, había quedado aniquilada en

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él por el sentimiento de lo irreparable y de lo infranqueable. Formaba parte de aquellos a quienes Vassili Gro^sman llama, en Vida y destino, huérfanos y malqueridos del tiempo: «El tiempo sólo ama a quienes ha parido, a sus hij os, sus héroes, sus trabajadores. Nunca, nunca amará a los hijos del tiempo pasa­ do, y las mujeres no aman a los héroes del tiempo pasado, y las madres no aman a los hijos de los demás. Así es el tiempo; todo pasa y él permanece». Ivan Grigoriévitch llevaba la marca de la época que lo ha­ bía visto nacer y la huella del campo de trabajo. N o había, por el contrario, trazas del pasado en el rostro de sus contemporá­ neos que vivían en libertad. «Pensaban, vivían — escribe Grossman— de conformidad con el presente. Su vocabulario, sus ideas, sus pasiones, incluso su sinceridad cambiaban con docilidad y flexibilidad según el curso de los acontecimientos y la voluntad de los dirigentes.» El regreso no podía, por lo tan­ to, poner fin al exilio, sino únicamente chocar contra el mime­ tismo apasionado de los hombres libres y el anacronismo mo­ nolítico de los antiguos deportados. Los primeros reflejaban el ánimo cambiante del tiempo; los segundos, vestigios de un tiempo inmóvil, eran unos inadaptados profundos. Y además, ¿contra quién ejercer la cólera? Ivan Grigoriévitch ignoraba el nombre de quien lo había denunciado. Cuando coincide por casualidad con él — un antiguo condiscípulo de sus años uni­ versitarios— , lo saluda como si tal cosa. Y cuando su interlocu­ tor, Vital Antonóvitch Pineguin, al darse cuenta de que no sabe nada, le propone, conmovido, enternecido por el alivio que le invade el corazón, prestarle dinero «como la cosa más natural, entre trabajadores», Ivan Grigoriévitch lo mira simplemente a

los ojos con una «curiosidad mezclada de

nada más. N o hay lugar para el conde de Montecristo en el es­

tristeza». N o ocurrirá

3 7

cenario de esta historia. Y mientras Pineguin va a ahogar su malestar en el leteo culinario de un restaurante de Intourist, Ivan Grigoriévitch continúa su camino. Después de haber ha­ blado en el parque municipal «con un tuberculoso encorvado como el patín de un trineo puesto en vertical», termina por en­ contrar un trabajo de cerrajero en una comuna de inválidos y se instala en una pequeña habitación que le alquila a la viuda de un sargento muerto en el frente. Su periplo se detiene. Deja la maleta. Está de regreso, pero no hay Itaca alguna para el hombre de los campos de trabajo. Todo fluye, ningún sitio, ninguna estancia, ningún hogar contraviene la ley del tiempo. Podría pensarse en este momento del relato que Vassili Grossman le ofrece a su personaje emblemático la reparación que éste no tiene ni los medios ni la fuerza de exigir. La Néme- sis de la novela supliría así las represalias en la novela. El papel que el siglo xix y sus consecuencias todavía le asignaban a unos héroes o a unas fuerzas sociales sería desempeñado, en la se­ gunda mitad del siglo de los extremos, por escritores. El com­ promiso le cedería el sitio al testimonio, y Edmundo Dantés pasaría a llamarse Chalamov, Solzhenitsyn, Vassili Grossman, Robert Antelme, Jean Améry o Primo Levi. Porque para ven­ gar a los muertos y castigar la perversidad a escala millonaria sólo dispondría de la literatura. Lo único es que Vassili Grossman se resiste a señalar con dedo acusador a los culpables. Da testimonio, pero no ante el tribunal. En lugar de ofrecer como pasto para la indignación de sus lectores al lamentable personaje que adormece sús escrúpu­ los y sus remordimientos entre los vapores de una comida abundante, interrumpe el relato con una meditación literaria­ mente desarmante sobre los delatores. Pasa con una libertad so­ berana de lo particular a lo general, pero es para colocar al ins­

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tante lo general bajo la vigilancia de lo particular y detener el mecanismo automático de nuestra pequeña guillotina interior. Para nosotros, el traidor es el más abyecto, el más despreciable, el más repugnante de los hombres. Tenemos razón al pensar así, es la common decency, la moral elemental lo que dicta nues­ tro juicio, pero lo que tiene de problemático ese instinto de justicia es que reduce a los individuos a muestras. La existencia de cada soplón es sólo la traducción de su esencia soplona. Entre lo que es y quién es, nuestro asco borra la diferencia. Grossman, que no se siente menos asqueado, protesta sin em­ bargo contra esa obliteración. Exhuma incansablemente la di­ ferencia sepultada por la repugnancia. Le hurta con obstina­ ción la existencia al concepto, le sustrae lo particular al dominio absoluto de lo general. De modo que no hace las ve­ ces de Edmundo Dantés; decepciona, por el contrario, e inclu­ so turba nuestro deseo de venganza. En vez de simplificamos novelescamente la vida, convierte en rompecabezas las situa­ ciones aparentemente más límpidas: «Condenar a un hombre es una cosa temible incluso cuando se trata del más temible de los hombres». Y se mete entonces en una asombrosa tipología de los Judas. A cada uno le asigna una biografía precisa, atribu­ tos concretos, consistencia propia. De cada ejemplo hace un ser irreductible; de cada ilustración de la regla, una excepción

a la regla. Como el hombre que sale de un campo de trabajo,

agotado, miserable, desprovisto de todo: «Le tiemblan las ma­

nos, tiene los ojos hundidos de un mártir [

muran que en su día se portó mal durante los interrogatorios». Era un hombre corriente, que tomaba té, que iba al teatro, al que le gustaba hablar de sus lecturas con los amigos, que «daba

a veces prueba de bondad». Pero lo injuriaron, le pegaron, le

impidieron dormir, lo aterrorizaron amenazándolo con la pena

],

los amigos mur­

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capital. Así es que no lo soportó: calumnió a un inocente. Un inocente que, cierto es, no fue detenido, mientras su Judas es­ tuvo doce años en presidio. La historia encierra tantas circuns­ tancias atenuantes que a Grossman no le cuesta ningún traba­

jo retener nuestra guillotina. Pero las cosas serias empiezan con

Judas II. Este no pasó un solo día en prisión. No lo dejaron sin beber, no lo amenazaron, no lo alimentaron de arenques ahu­ mados. Era un chivato entregado que contribuyó con sus infor­ mes a eliminar a mucha gente. Y mientras destruía meticulosa­ mente la vida de los demás, iba adquiriendo «reputación de gastrónomo y de experto en vinos georgianos». ¿Y? Pues que también él tiene una historia y, en esa historia, el ángel de la cólera se parte la boca: «Su padre, que vivía de las rentas, había

muerto de tifus en 1919, en un campo de concentración; su tía había emigrado a París con su marido, que era general; su her­ mano mayor combatía como voluntario en el ejército blanco

]. [

Todos los días, a todas horas, se daban cuenta él y su fami­

lia de que el hecho de pertenecer a una clase social era una li­ mitación, una tara». El hombre vivía en el terror al Nuevo

M undo

cillo no pió, las alitas no le temblaron cuando el Nuevo Mun­ do tuvo necesidad de su ánimo y de su encanto. Todo lo pre­ sentó ante el altar de la patria.» Y Grossman continúa su zambullida en los abismos. Nos presenta a un huevo camarada, Judas III, un hombre que, en 1937, escribió de un tirón más de doscientas denuncias. Aque­ llos a los que denunciaba no eran contrarrevolucionarios, sino miembros del Partido, combatientes de la guerra civil, activis­ tas. ¿Por qué semejante elección? Para dejar sitio libre. Para medrar en el Partido. Para satisfacer su ambición desembara­ zándose de quienes eran superiores a él por la educación recibi­

«Y entonces el Nuevo Mundo lo inició. El gorrion-

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da y por un pasado heroico. En resumen, ¡una auténtica mons­ truosidad! Y sin embargo, también aquí frustra Grossman el apetito de juzgar del lector — le hurta la presa que acababa de ofrecerle— . El hombre no actuaba tan mal por maldad, era por deber, por obediencia. Y no por una obediencia cualquiera, la obediencia al Partido de la Insubordinación. Hacía, como miem­ bro entregado de las Juventudes Comunistas Rurales, lo que le habían pedido sus antiguos mentores: al perseguir el espíritu impuro, entraba a formar parte de la instauración del Bien. Descargado así del fardo de la libertad por el imperativo que se asignaba como mandato la liberación de todos los hombres, «creía que su mentira servía a una verdad superior, percibía hasta en la delación una verdad suprema». Y Grossman reserva lo mejor, es decir, lo peor, para el final:

Judas IV. N o tiene ningún sentido del deber. Ninguna falsifica­ ción del Bien. Ninguna ceguera ideológica. Ninguna confu­ sión de valores. Ningún desvío del ideal. Ningún deseo de expiar un origen aristocrático o burgués. Ninguna inclinación a la obediencia. Judas IV está interesado. Es incluso un fanático del egoísmo: «Es el inventor de un imperativo categórico que resulta ser la antítesis del de Kant: el hombre, la humanidad, siempre es para él un medio de satisfacer su gusto por los obje­ tos». Y empujado por la avidez con exclusión de cualquier otro móvil, denuncia sin pudor a aquellos cuyas riquezas ansia. Este Judas no tiene nada bueno. Grossman no obstante retiene el puño del lector ya en alto para golpear y ejercer la justicia de Edmundo Dantés: «Su pasión por los objetos nació de la mise­ ria». Y esa miseria que colorea implacablemente el ensueño, el deseo, la esperanza, la imaginación, todas las formas humanas de exploración de lo posible, Grossman no se contenta con evocarla, la encama, la describe, la detalla, enumera meticulo-

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sámente los elementos que la constituyen: «La habitación de ocho metros cuadrados donde duermen once personas, ronca un paralítico, gimen dos trémulos recién casados, donde una

vieja runrunea oraciones, donde un niño llora porque tiene el

pañal mojado [

cho con harina y hojas machacadas, tres veces al día en Moscú

la sopa de patatas heladas compradas en rebajas [

],

el pan de pueblo de un pardo verduzco, he­

],

los tene­

dores a los que sólo les quedan dos dientes, los vasos toscos y

el impermeable sucio, que cubre en diciembre una

chaqueta de guata y rota, la espera del autobús en invierno, por

la mañana temprano, la inmisericorde prensa del tranvía que

Nada de

eso puede servir de excusa. Grossman no es un suministrador de indulgencias. La zona gris que le desvela al lector natural­ mente maniqueo no es el lugar donde se difumina hasta des­ aparecer por completo la distinción entre el Bien y el Mal. Pero su facultad para afrontar la realidad desde todos los ángu­ los desbarata nuestras visiones justicieras. El conde de Monte- cristo está despedido: nuestras novelas fantasmáticas quedan hechas añicos por la imaginación de la novela. Es cierto que Vassili Grossman, escritor soviético, conoce el tema desde dentro. A sí lo escribe Levinas: «Seguramente se imaginaba estar en octubre de 1917, inmerso en la era de los acontecimientos escatológicos». Durante mucho tiempo dio su obra sincero testimonio de semejante esperanza. En 1937, puso su nombre al pie de una petición que condenaba la conspira­ ción bakunino-trotskista y reclamaba la pena capital para sus miembros. En 1953, cuando estaba en pleno apogeo la campa­ ña contra los médicos judíos acusados de ser unos envenenado­ res, se decidió a firmar con otros intelectuales una carta dirigi­ da a Stalin denunciando aquellas actuaciones despreciables,

turbios [

],

sucede a la espantosa promiscuidad de la noche

».

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pero recordaba que había entre los judíos muchos patriotas so- viéticos y honrados trabajadores. Según Semion Lipkin, que narra el asunto, Grossman había pensado sin duda que, al prc-

ció de la inevitable muerte de algunos de ellos, podía salvarse

a aquel pueblo tan desdichado. Pero a pesar de que la carta

nunca fuera en definitiva enviada a Stalin, Grossman se arre­ pintió hasta el final de sus días de haber cometido semejante

acto. Y esa quemazón íntima le inspiró sin duda la extraordina­ ria escena de Vida y destino, en la que Victor Pavlovich Strum,

el importante físico, de nuevo en gracia después de varios años

en la cuerda floja, se ve obligado por algunos colegas a firmar una carta denunciando la campaña «vil» emprendida en el ex­

tranjero contra la Rusia soviética. En el texto se hacía referen­ cia al «escritor enemigo del pueblo, Babel; al escritor enemigo del pueblo, Pilniak; al académico enemigo del pueblo, Vavi- lov; al artista enemigo del pueblo, Meyerhold»; y se afirmaba que los médicos Pletnev y Levin, «esos degenerados, esa per­ versión del género humano», habían asesinado efectivamente

a Máximo Gorki. Aquel lenguaje y aquellas acusaciones as­

queaban a Strum. Pero sus colegas lo miraban con afecto, con dulzura. N o lo amenazaban, lo adulaban. Y, poco a poco, «la tristeza, el asco, el presentimiento de su propia docilidad se apoderaron de él. Sintió el soplo suave del gran Estado y no te­ nía fuerzas para lanzarse a las tinieblas heladas. Ya no tenía fuerzas en absoluto. N o era el miedo lo que lo paralizaba, era otra cosa, un sentimiento aterrador de sumisión». Ese senti­ miento aterrador, esa inclinación irresistible, los encontramos en Todo fluye cuando Nikolai Andréievich, el primo de Ivan Grigoriévitch, reclama con ocasión de un mitin una severidad ejemplar contra los médicos judíos, cuando no cree un solo

instante en su culpabilidad.

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Grossman también tiene, pues, su sitio en la gran tipología de los Judas. Nosotros, que somos sus lectores occidentales na­ cidos después de la batalla, no. O quizá sí, al fin y al cabo, aho­ ra que las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades extraordi­ narias al deseo de invadir y de denunciar, difundiéndola, la vida de los otros con la maravillosa coartada, además, de no es­ tar sirviendo al poder político sino apuntando también a quie­ nes lo ostentan. En cualquier caso, si no haber hecho nada es una ventaja, tampoco hay que abusar de ello con juicios peren­ torios, con veredictos mordaces. Además, seamos sinceros, ¿quién de nosotros, como hijos mimados de la Historia que so­ mos, no ha sentido el soplo suave del conformismo ideológico

y no ha preferido firmar una llamada ciudadana contra la ex­

clusión, la discriminación, la homofobia, la misoginia, la into­ lerancia y el racismo, antes que unirse al burgués medio y al

m ojigato en el infierno incluso meramente simbólico de la

reacción? Conque id a rechazar «el alma omnipotente que os acaricia y os da palmaditas en el hombro» Grossman, a fin de cuentas, no escribe para confesarse, es­ cribe para comprender. Y si alguna lección se desprende de su esbozo de una fenomenología de la delación, no es que los Ju­ das son culpables ni que son inocentes, es que los recursos de la tiranía son infinitos y que la libertad del hombre es frágil. El hombre, contrariamente a lo que anuncia la demasiado cono­ cida máxima de Gorki, citado en Todo fluye, no es algo que produzca orgullo. Grossman se prohíbe a sí mismo los redobles de tambor. Su propio siglo le ha enseñado, como a Levinas, que se puede crear un alma de esclavo y que, lejos de las metafísicas orgullo- sas, le incumbe a la libertad ser modesta, es decir, prever el pe­ ligro de su caída y armarse contra ella. «Hacer leyes, crear ins­

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tituciones razonables que le eviten las pruebas de la abdicación, tal es la suerte única del hombre»: es la lección que saca Levi- ñas del horror nazi. Es también el sentido que se desprende de la tipología de los Judas soviéticos en Todo fluye. Por otra parte, en los días en que escribe este libro testa­ mentario, Grossman dejó de calcular o de tergiversar. Sus últi­ mas ilusiones se desvanecieron, y quemó las naves. Ya no es un escritor soviético. Ha dejado de intentar amansar al régimen. Y el régimen se lo devuelve perfectamente: le confiscan el ma­ nuscrito de Vida y destino. En la Rusia postestalinista de los años sesenta, Grossman se convierte en una no persona. Se encuentra por lo tanto más cerca del anacrónico Ivan que de Victor, su primo camaleón, cuando redacta, en la cama del hos­ pital donde murió roído por el cáncer, el capítulo «Los Judas». Pero no ha dejado en el olvido ni sus vuelos mesiánicos ni sus compromisos: quiere demostrar que hay menos mala gente pro­ bada, menos cabrones integrales, menos psicópatas, menos per­ versos y menos predadores que mal sobre la faz de la tierra. Tie­ ne también el sentimiento de que, al concederle mucha mayor relevancia a la acusación, reconduciría la visión del mundo que en otros tiempos lo elevó del suelo y cuyas recaídas devastado­ ras ahora comprueba. ¿Qué es la pasión revolucionaria más que la voluntad exaltada de alcanzar una sociedad perfecta, extir­ pándole el principio maligno que la obstaculiza? Esa pasión es lo que dio nacimiento al Estado que luego la mató. El Mal, di­ cho de otro modo, no procede de una corrupción del impulso original. El Mal está en el propio impulso, en el hecho de loca­ lizar el Mal, de descubrirle una dirección y de consagrarse con ardor redentor a su aniquilamiento. La propietaria de la vivienda que alquila Grigoriévitch, Anna Sergueievna, cuenta la deskulakización y la hambruna

4 5

en Ucrania. Era a la sazón una niña, una cría, diría Kundera, una cría comprometida, una activista. Le hablaban de los ku­ laks en las reuniones. El cine, la radio, los escritores y hasta el propio Stalin repetían que los kulaks eran unos chupasangres, unos parásitos, que explotaban el trabajo de los pobres. Y ella cedió a la hechizante lógica de aquella explicación: «Todos los males provienen de los kulaks. En cuanto los hayamos exter­ minado, empezará una era afortunada para los campesinos». Para defender a los más pobres, expulsaron a los que tenían tres vacas o más, pero la primera primavera de los koljós no cum­ plió ninguna de las promesas hechas: las cosechas fueron un desastre y el Estado, que tenía todas sus esperanzas puestas en el granero ucraniano, montó en cólera contra Ucrania. Se ta­ chó de kulaks camuflados a quienes no cumplían con el plan, y apareció entonces la idea de matar de hambre a los campesi­ nos. Los activistas que organizaron la masacre no eran al prin­ cipio ni unos canallas ni unos criminales. Eran unos idealistas desenfrenados hasta en el materialismo radical y la impecable eficacia que demostraban. Vivían en un mundo alegórico, un universo exclusivamente poblado de formas: el kulak, el obre­ ro, el burgués, el aristócrata, el campesino pobre. N o se con­ tentaban con someter lo particular a lo general, sólo veían lo general. Los arquetipos eran para ellos más reales que los indi­ viduos; los nombres, más tangibles que los seres; los enuncia­ dos doctrinales, más vivos que la vida; la división del mundo en dos entidades antagónicas, más verdad que la variedad de las situaciones y la diversidad humana.-Ningún rostro los des­ concertaba nunca, nada los cogía desprevenidos porque esta­ ban completamente inmersos en el drama de la Razón. En él, el concepto reinaba sin fisuras, los cuerpos sólo eran soportes, se reabsorbía trágicamente la diferencia ontològica entre la refu­

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tación de las ideas y la eliminación de las personas. Aquellos campesinos combatientes, enemigos declarados del pensa- miento puro, no vivían menos, según la muy profunda expre­ sión de Levinas, a la hora de la filosofía. U na filosofía que, al ha­ berse apropiado de la historia, era a su vez víctima de la apropiación de la novela y tenía el doble poder de calentar y de helar los corazones. «Queremos — decía ya Robespierre— que en nuestro país la moral sustituya al egoísmo, la probidad al ho­ nor, los principios a los usos, los deberes al decoro, el imperio de la razón a la tiranía de la moda, el desprecio por el vicio al desprecio por la desdicha.» Y, apoyado en tal resolución, aña­ día en el mismo discurso: «Castigar a los opresores de la huma­ nidad es clemencia; perdonarlos, barbarie. El rigor de los tira­ nos tiene como único principio el rigor: el del gobierno republicano parte de la beneficencia». Anna Sergueievna par­ ticipó, cuando era adolescente, en la farándula sangrante de las abstracciones sentimentales. Sucumbió al sortilegio: la transfi­ guración narrativa del crimen, el cambio, por medio de la pa­ labra ideológica, de la ferocidad en su contrario. Desbordante de entusiasmo revolucionario, sobrepuso al espectáculo horri­ ble de la violencia ilimitada el cuadro encantador de la Igual­ dad derrotando al Crimen. «Ya sólo hay dos especies humanas cuyo único nexo es el odio: la que aplasta y la que no consien­ te en ser aplastada», habría podido entonces profesar con Paul Nizan, otro soñador intratable y juvenil. Y después, poco a poco, fue despertándose, salió de la hipnosis, se desgajó de lo que Pastemak, en Doctor Zhivago, llama la dominación inhuma' nade lo imaginario, vio la carnicería que veía y tomó concien­ cia de los perjuicios del odio en nombre del amor a la humanidad aplastada: «¡Cóm o ha sufrido esta gente, cómo la han tratado! Pero yo decía: no son seres humanos, son kulaks. Y cuanto más

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lo pienso, más me pregunto quién inventó esa palabra: kulak.

Para

matarlos, había que declarar: los kulaks no son seres humanos.

Igual que los alemanes decían: los judíos no son seres huma­ nos». Ese igual que, ese parentesco insostenible entre quienes odiaban a los kulaks en nombre del amor a la humanidad y quienes odiaban a la humanidad en los judíos, fue abriéndose con gran trabajo un camino en el ánimo y el corazón de Anna Sergueievna. Y sigue siendo muy delicado de concebir, aún hoy, incluso para quienes utilizan en gran medida una catego­ ría de la que Vassili Grossman no disponía: el totalitarismo. Así, en un libro paradójicamente titulado La complicación, el

¿Es posible que fuera Lenin? ¡En qué condena incurre

!

filósofo Claude Lefort afirma que los intelectuales franceses de posguerra no se sentían atraídos por la llama mesiánica del

la fuerza: «N o sólo la fuerza

que le proporcionaba al Partido el sostén de una fracción de la clase obrera, sino la fuerza que denotaba la capacidad de sus miembros para emplear o aceptar la utilización de la violencia sin inmutarse, para sentir una inflexible convicción y para des­ preciar a los dubitativos y los tibios, aunque fueran sus alia­ dos». Dicho de otro modo, si creemos a Lefort, el compromiso, peculiarmente sartriano, tenía que ver no con el amor hacia los oprimidos sino, a un tiempo, con el placer de oprimir y con la servidumbre voluntaria. En resumen, Sartre era de alma baja, el Mal procedía del Mal, es decir, de la devoción por la omnipotencia. Eso lleva al autor de La complicación a retirarles al comunismo tanto como al fascismo la calidad de fenómenos revolucionarios. Tales monstruos son a sus ojos los avatares ge­ melos de la contrarrevolución. Uno y otro, dice, tienden a dar­ le forma a lo que la revolución democrática considera fracaso:

marxismo, sino sencillamente por

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un poder separado del conjunto social, una ley que rige un or­ den inmutable, una autoridad espiritual que ostenta el conoci­ miento de los fines últimos de la conducta humana y de la so­ ciedad. De modo que se impone siempre la vigilancia, pero una vigilancia serena: el sentido de la Historia queda preservado, el movimiento queda a salvo, los valores y los ideales de la huma­ nidad democrática quedan intactos, la moral no resulta com­ prometida con el desencadenamiento de la inmoralidad. El Mal no podría en ningún caso salir del Bien o serle de algún modo imputable. En el origen de la infamia está la infamia; los cabrones siempre son ya unos cabrones; el odio o el miedo a la dem ocracia habita en los comunistas y sus compañeros de viaje ya desde la salida. El gran enigma del mundo con­ temporáneo se disuelve así, bajo el nombre de complicación, en la tautología maniquea. N ada es fácil, cierto, pero todo es simple. Vassili Grossman nos cuenta una historia muy diferente. Su igual que es mucho más preocupante que el de Claude Le- fort. Por eso tardó en reconocerlo más tiempo aún que Anna Sergueievna. Fue preciso el golpe que supuso la prohibición por parte de Stalin de publicar El libro negro sobre la vil extermi' nación de los judíos por los invasores fascistas alemanes, del que era, con Ehrenburg, responsable, para que la inteligencia de las cosas terminara venciendo en él las últimas resistencias de la ideología y de la esperanza. Antes de esa censura y de su mani­ fiesta complacencia por la obsesión más siniestramente carac­ terística del enemigo vencido, la idea de una analogía entre ambos sistemas ni siquiera se le pasa a Grossman por la cabeza. La guerra que acaba de tener lugar le parece, por el contrario, que ilustra su inexpiable antagonismo. En Por una causa justa, primer volumen de su inmenso fresco sobre la batalla de Sta-

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lingrado, pone en escena una confrontación edificante y gran­ diosa: por una parte, el sentimiento simple de la unidad sovié­ tica, la voluntad de que «los trabajadores sean libres, felices, ricos, que la sociedad esté organizada sobre bases de libertad y de justicia»; por otra, el deseo fascista de mineralizar al hom­ bre, de convertirlo en un esclavo privado de libertad y de feli­ cidad, cuya crueldad dócil «se aproxima a la de un ladrillo que se abate desde un tejado sobre la cabeza de un niño». De modo que Grossman, a pesar de todos los desengaños, se mantiene bajo el encanto de la novela filosófica de la Historia. Y con­ vierte a Heráclito en el precursor de Hegel: «Nunca en la his­ toria milenaria de Rusia los acontecimientos se habían desarrollado a un ritmo tan rápido, tan intenso, nunca la sedi­ mentación de la materia de la existencia había sido tan rica como durante este último cuarto de siglo. Es verdad que tam­ bién, antes de la Revolución, todo fluía, todo cambiaba, y que el hombre no podía más de lo que puede hoy bañarse dos veces en el mismo río. Pero el río corría tan despacio que los contem­ poráneos veían siempre las mismas orillas y la revelación de Heráclito les parecía extraña y oscura. Por el contrario, ¿qué soviético se sorprendería con la verdad que había iluminado al griego? Esa verdad abandonaba hoy el ámbito de la filosofía para ubicarse en el de la percepción común, la misma para un académico que para un obrero, un koljosiano y un escolar [ En un breve espacio de tiempo, la vida material había dado un brinco hacia adelante. La nueva Rusia soviética había salta­ do un siglo, se precipitaba hacia adelante, corría con todo el peso de sus tierras y de sus bosques; lo que parecía inmutable desde la noche de los tiempos había cambiado: su agricultura, sus caminos, los lechos de sus ríos. Miles de tascas, de bares, de cabarés habían cerrado; y habían desaparecido los institutos

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para señoritas nobles, las escuelas parroquiales, las posesiones de los monasterios, las propiedades de los ricos herederos, los hoteles particulares, las bolsas. Los vastos estratos sociales compuestos por clases explotadoras y sus servidores, toda esa gente cuya posición parecía intocable y a la que el pueblo ha­ bía fustigado con sus cantos llenos de cólera, todos esos hom­ bres cuyo carácter habían descrito los grandes escritores: terra­ tenientes, mercaderes, industriales, intermediarios en bolsa, oficiales de la Guardia, usureros, policías, gendarmes, habían desaparecido, dispersados y aniquilados por la Revolución. Y habían desaparecido también los senadores, los actuales conse­ jeros de Estado y los consejeros privados, los asesores de cole­

gio, toda la inmensa y pesada maquinaria de funcionarios rusos con sus diecisiete abigarradas clases; habían desaparecido tam­ bién los músicos de organillo, las cantantes de cabaré, los laca­

yos y los mayordomos

ñor”, “querido señor”, “vuestra Gracia” y tantas otras habían dejado de utilizarse. El obrero y el campesino se habían con­ vertido en los amos de la vida». Entre ese himno a la licuefacción de todas las cosas en el gran río del devenir y sus dos últimas novelas, una revolución metafísica tuvo lugar en el ánimo de Grossman: a la luz del re­ lámpago del último avatar del terror estalinista, rechazó el sen­ tido triunfalmente hegeliano que había creído poder atribuir a la gran máxima de Heráclito — todo fluye, nada permanece— y eso le devolvió su melancolía nativa, y una nueva lectura de los acontecimientos que había vivido se le impuso. Siendo niño, Ivan Grigoriévitch vivía en la costa del mar Negro, en una zona que los rusos habían conquistado cuando la guerra del Cáucaso. Después de la conquista, los cherqueses se habían marchado. Pero las huellas de su presencia no habían

Palabras como “pane”, “barin”, “se­

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quedado borradas del todo. Los vestigios de hogares en ruina y los cementerios daban testimonio de su desaparecida existen­ cia, y esos vestigios llenaban el alma del niño de un dolor oscu­ ro. El pasado no había pasado para él, lo oía lamentarse en voz queda. Y cuando Ivan, con las palabras de que disponía, inten­ taba explicar la extraña tristeza que lo acongojaba, su padre le

oponía ya las rutas, los jardines, los hospitales, las escuelas, las vides, es decir, la marcha de la Historia: «El progreso exige víc­ timas, no hay razón para llorar por lo que es inevitable, ¿en­ tiendes lo que quiero decir?». Y a su hijo, empeñado en obje­ tarle que había jardines desde mucho antes que ellos y que esos jardines estaban ahora en estado salvaje, el padre le asestaba la siguiente respuesta definitiva: «Claro, claro, amigo mío. Cuan­ do se tala el bosque, vuelan virutas». Ivan Grigoriévitch oyó aquel mismo refrán por segunda vez años más tarde, en plena dictadura revolucionaria. Era un compañero de cautiverio, funcionario del Partido, quien se lo decía, aunque, esa vez, para justificar su propio infortunio: «Cuando se tala el bosque, vue­ lan virutas, pero la verdad del Partido sigue siendo la verdad,

está por encima de mi desgracia [

tas». La verdad del Partido sigue siendo la verdad porque ese Partido no es precisamente una parte del Todo, es la encarna­ ción del Todo. Y ese Todo es la realización del Bien. El Partido colma el hiato entre el derecho y el hecho, y realiza la igualdad en lugar de disimular, como ocurre con los partidos burgueses, la perpetuación de la injusticia bajo proclamas igualitarias. Una intención tan inmensamente generosa no puede ejecutar­ se sin daños colaterales. Cuando se ama a la humanidad y se

dedica uno a su emancipación, resulta imposible ocuparse, como sería menester, de todos los pequeños detalles: eso es lo que dice en esencia el viejo militante. Se vio a sí mismo como

].

Yo soy una de esas viru­

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una rebaba sin importancia, se elevaba por encima del destino, funesto pero anecdótico, para admirar la amplitud y el esplen­ dor de la promesa universal. Ivan ha madurado, no obstante, desde la conversación con su padre: no se deja intimidar; ni si­

quiera con esa versión estoica le cierra el pico la marcha de la Historia. Responde al instante: «Es que la desgracia está preci­ samente en talar el bosque. ¿Por qué talar el bosque?». La soberana inocencia de la pregunta nos hace entender el manido refrán, mil voces oído ya, como si fuera la primera vez.

A l apuntar a la premisa del razonamiento, Ivan Grigoriévitch

disipa de un solo manotazo su halo de evidencia. Despierta de un sobresalto la lengua y, al mismo tiempo, a quien la lengua duerme: el funcionario-viruta se turba porque lo que le dice Ivan es que el gran Todo en el que bebe consuelo no tiene nada de admirable; los bosques tan gallardamente abatidos por el Partido del Hombre son las multitudes humanas. ¿No es poner la retórica al servicio del terror borrar así, con una metáfora, y sin dar la impresión de estarlo tocando, el corte que separa

la destrucción de las cosas del crimen en masa? ¿No produce la imagen de la viruta, como el concepto de kulak, el efecto de su­ mergir en el olvido del crimen a quienes la utilizan? Pero hay una objeción aún más radical en el cuestiona- miento de Ivan Grigoriévitch. Toma al pie de la letra la figura elegida para repatriar el mal que el hombre le hace al hombre

a la normalidad del trabajo de roturación o de fabricación. No

sólo pone en cuestión la metáfora vegetal en nombre de la es­ pecificidad del humano: denuncia implícitamente la inhuma­ nidad de la deforestación total. El espacio de la sociedad gana terreno a costa de los bosques; pero ¿es el mundo del Hombre sólo el Hombre? ¿Todo en ese mundo es función, medio, ins­ trumento o momento de la realización de la Razón? ¿Todo debe

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ser requerido y engullido por el proceso histórico? ¿Por qué hay que talar los bosques y, sin recurso posible, condenar a la hu­ manidad a la tautología de sus ciudades, sus carreteras, sus tre­ nes, sus programas, sus artefactos? Y aún hay más: la lectura de Vida y destino nos invita a con­ tinuar con la reflexión. En efecto, de árboles tratan los cuader­ nos de Ikónnikov, un débil mental que era al propio tiempo, según escribe Levinas en una de sus lecturas talmúdicas, una «mente inspirada», y que, cuando lo internaron en un campo de concentración nazi, prefirió la muerte antes que participar en los trabajos de excavación para la construcción de las cáma­ ras de gas: «Hace mucho tiempo, cuando vivía en los bosques del norte, imaginé que el Bien no estaba en el hombre, que no estaba en el mundo de los animales y de los insectos, sino que estaba en el reino silencioso de los árboles. ¡Pues no! He asis­ tido a la vida del bosque, a la lucha cruel que mantienen los árboles contra las hierbas y el monte bajo por la conquista de la tierra. Millones de millones de semillas ahogan la hierba al crecer, cercenan el monte bajo solidario. Millones de millones de brotes autosembrados entran en lucha unos contra otros. Y sólo los que salen victoriosos de la competición forman una frondosidad en la que dominan las esencias de la luz. Y sólo los árboles forman el monte alto, una alianza entre iguales. Los abetos y las hayas vegetan en un baño crepuscular, a la sombra de la cúpula de verdor que forman las esencias de luz. Pero les llega el tiempo de la senescencia y les toca entonces a los abe­ tos subir hacia la luz, dando muerte a los abedules. A sí vive el bosque, en una lucha perpetua de todos contra todos. Sólo los ciegos pueden creer que el bosque es el reino del Bien». La gran calma silvestre es, por lo tanto, una añagaza según Ikónnikov. Los poetas mienten o se mienten: una guerra per­

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petua azota los bosques; una vida violenta, una espontaneidad asesina se desencadena en ellos sin interrupción. Para quien sabe oír y ver, el reino silencioso de los árboles ofrece el espec­ táculo espantoso de fuerzas egoístas que rivalizan en ferocidad por existir y por imponer su hegemonía. N o hay escapatoria ro­ mántica para la violencia de los hombres. Tampoco hay solución histórica: «A llí donde alumbra el alba del Bien — sigue escribiendo Ikónnikov— , los niños y los

viejos perecen, la sangre corre [

fuerza implacable de la idea de bien social que ha nacido en nuestra tierra». N o se trata de la fuerza bruta, sino de la fuerza

implacable del Bien; es el odio en nombre del amor lo que se ha abatido sobre los campesinos de Ucrania¿ JPero si el Bien no está ni en la naturaleza ni en la historia, ¿qué queda? ¿En qué se puede caer para no hundirse en la desesperación nihilista? Queda — dice Ikónnikov— la «bondad pequeña», la bondad del día a día, la bondad sin discursos, sin doctrina, sin sistema, la bondad de los hombres fuera del Bien religioso o social, el desinterés tácito, el gesto simple de un ser hacia otro ser, más acá o más allá de las generalidades y de las abstracciones*-Levi- nas copia con suma devoción los ejemplos que da Ikónnikov de esa bondad ordinaria, es decir, de ese brote extraordinario de la misericordia en el corazón de lo inhumano: «Es la bondad de una anciana que, en la orilla de la carretera, le da un trozo de pan a un presidiario que pasa junto a ella, es la bondad de un soldado que le tiende la cantimplora a un enemigo herido, la bondad de la juventud que siente piedad por la vejez, la bon­ dad de un campesino que esconde en su granero a un anciano judío. Es la bondad de los guardias de prisión que, con riesgo de su propia libertad, transmiten cartas de los detenidos dirigidas a sus mujeres y a sus madres». Pero Levinas detiene la enume­

he podido ver en acción la

],

5 5

ración antes que Ikónnikov. Ikónnikov vy, con él, Vassili Grossman no se quedan en el humanismo del otro hombre. Franquean la barrera de las especies, colman el abismo. Y en el silencio de la tierra oyen también la llamada de lo vivo. La bondad exenta de ideología «se extiende a todo lo que vive, incluso al ratón, incluso a la rama quebrada que el caminante, deteniéndose un segundo, vuelve a colocar en la buena posi­ ción para que pueda cicatrizar y revivir». De nuevo tenemos, por lo tanto, el árbol, y de nuevo la vida, pero la vida como vulnerabilidad, fragilidad, mortalidad, la vida como vejez y no como ebriedad o fuerza vital. Para decirlo con palabras de Elisabeth de Fontenay, el retraso de Ikónnikov confluye aquí con la madurez de Ivan Grigoriévitch, «en la exorbitante pro­ puesta por la que el “ser para la muerte” o el “ser rechazado” es el lote no sólo de los hombres sino de todo lo viviente». Todo lo que vive pasa, y ese paso, esa fugacidad constituye la digni­ dad de todo lo que vive. En La paz esté con vosotros, apuntes de un viaje a Armenia que componen el penúltimo libro de Vassili Grossman, pode­ mos leer estas líneas escabrosas y desgarradoras: «El cordero tiene los ojos claros, un poco como las uvas, vidriosos. El cor­ dero tiene perfil humano, judío, armenio, secreto, indiferente, bobo. Durante milenios, los pastores han observado a los cor­ deros. Los corderos han observado a los pastores. Se han hecho semejantes. Los ojos de un cordero miran al hombre de un modo muy peculiar — están alienados, vidriosos— ; un caballo, un perro, un gato no tiene esos ojos para mirar al hombre. Pro­ bablemente, con esos ojos igualmente asqueados y alienados habrían observado los habitantes del gueto a sus carceleros de la Gestapo si el gueto hubiera existido durante cinco mil años y todos los días de esos milenios los de la Gestapo hubieran ve­

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nido a buscar a mujeres mayores y a niños para aniquilarlos en las cámaras de gas. ¡Dios mío, cuánto tiempo tendrá el hombre que implorarle al cordero que lo perdone, que no lo observe con esos ojos! ¡Qué suave y orgulloso desprecio en esa mirada vidriosa, qué divina superioridad la del herbívoro inocente so­ bre los criminales autores de libros y creadores de ordenado­ res! ». De manera que el autor de Por una causa justa entrega las armas a la pasividad. Se inclina ante la debilidad. N o recusa la imagen cruel de los judíos que se dejaron conducir como cor­

deros al matadero, va más allá: la traslada al crédito de las víc­ timas — tanto animales como humanas— . Erige la inocencia,

es decir, el hecho de no perjudicar, en valor supremo. Clasifica

a los seres no según su poder sino según su mansedumbre.

Abandona finalmente el partido de los récords y de las hazañas para optar por el de los desarmados, y responde, a guisa de des­ pedida, al padrino de las letras soviéticas: el cordero suena a or'

gulloso.

¿Qué piensa Vassili Grossman sobre el fin último que jalona el tiempo? ¿Dónde está la gran promesa que justificaba todos los sacrificios: convertir al obrero y al campesino en amos de la vida? La promesa no es emancipadora, es fatal, porque asocia la libertad a la dominación. La libertad, no obstante, no es el rei­ no humano hecho realidad, no es la coincidencia final de lo real y de lo racional, es el reto lanzado por la pluralidad huma­ na contra la ambición totalizadora. Pretendiendo reducir hasta hacerla desaparecer la parte de lo indomable y de lo incalcula­ ble, se construye una sociedad de esclavos. Lo que ya era Rusia antes de Lenin. Cuando Occidente era fecundado por un cre­ cimiento de libertad, el desarrollo de Rusia, escribe Grossman en las últimas páginas, meditativas y sacrilegas, de su último li­

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bro, el desarrollo de Rusia se confundió con el desarrollo de la servidumbre. Rechaza, por lo tanto, al final de su vida y de su obra, las dos grandes pretensiones de la Revolución, de la que fue celador: la pretensión de la universalidad y la pretensión de la ruptura. Lenin quiso romper con el pasado ruso, creyó cortar con bisturí el nexo entre el progreso y la esclavitud; perp^por su propia radicalidad, consolidó tal nexo, y esa paradoja trágica encontró su apoteosis en la omnipotencia metódica del Estado estalinista. Todo pasa — los regímenes, las dinastías, las revolu- ciones— , permanece la servidumbre. Pero hasta la maquinaria más perfeccionada se gripa: «De pronto, el 5 de marzo de 1953, Stalin murió. La muerte de Sta- lin irrumpió literalmente en el sistema gigantesco del entusias­ mo mecanizado, de la cólera popular y del amor popular decre­ tados por el comité de distrito del Partido. Stalin murió sin que ningún plan lo hubiera previsto, sin instrucciones de los órga­ nos directivos. Stalin murió sin orden personal del camarada Stalin. Esa libertad, esa fantasía caprichosa de la muerte con­ tenía una especie de dinamita que contradecía la esencia más secreta del Estado». Incluso en ausencia de toda resistencia efectiva, la realidad, en un momento u otro, se aparta del pro­ grama. Cuando la vida se despide del señor de la vida, ¿qué queda de su señorío? El deceso inopinado del Gran Planifica­ dor hace que se tambalee subrepticiamente todo el edificio de la planificación. La comprobación muestra fallos, poner al paso al mundo por medio de la Voluntad no puede tener un éxito total. Siempre hay algún acontecimiento, hay disonancias, hay cosas irreductibles, hay la «incontrolabilidad de las cosas rea­ les», y ese hay constituye para Grossman, definitivamente de vuelta de la novela de la filosofía, la materia misma de la nove­ la. Ya en Vida y destino opone la voz de Chejov a la vía de Le-

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nin. Chejov — le hace decir a uno de sus personajes— «se intro­

dujo en la conciencia colectiva [

abogados, maestros, profesores, terratenientes, industriales, tenderos, gobernantes, lacayos, estudiantes, funcionarios de todo tipo, tratantes de ganado, madamas, sacristanes, obispos, campesinos, zapateros, modelos, hortelanos, zoólogos, posade­ ros, guardas forestales, prostitutas, pescadores, oficiales, subofi­ ciales, pintores, cocineras, escritores, porteros, religiosas, sol­ dados, comadronas, presidiarios de Sajalin». La interminable enumeración recuerda la de Por una causa justa y coincide con ella. Salvo que el ambiente ya no es el mismo. Chejov le gana la partida a Hegel. Encama la desaprobación del proceso, el re­ chazo a separar el grano bueno del porvenir de la cizaña retró­

grada. A l reparto de la diversidad humana entre vivos de pleno derecho y supervivientes de un mundo ya pasado opone una curiosidad y una empatia literalmente insaciables. Detiene así el mecanismo de la selección, descabala el tribunal de la His­ toria y llega incluso a apartar los nombres propios de la picota de los nombres comunes. Sus personajes, añade Grossman, son hombres antes de ser rusos, tártaros, ucranianos, tenderos, obreros, kulaks o sacerdotes. Hombres, es decir, no muestras, sino individuos; no especímenes, sino casos particulares; no ejemplares intercambiables de una especie, sino seres todos ellos iguales y todos diferentes. En El arte de la novela, Kundera escribe: «En otro tiempo yo también consideré el porvenir como único juez competente de mis obras y de mis actos. Fue más tarde cuando comprendí que los coqueteos con el porvenir constituían el peor de los confor­ mismos, la adulación cobarde del más fuerte. Porque el porve­ nir siempre es más fuerte que el presente. El es, en efecto, quien va a juzgarnos. Y seguramente sin ninguna competencia. Pero

]

de los médicos, ingenieros,

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si el porvenir no representa para mí ningún valor, ¿a quién me

siento unido? ¿A Dios? ¿A la patria? ¿Al pueblo? ¿Al individuo?

Mi respuesta es tan ridicula como sincera: no me siento unido

a nada salvo a la herencia desprestigiada de Cervantes». De

igual modo, Grossman, cuando escribe Todo fluye, ya no rei­ vindica más causa justa frente a las generalidades mortíferas de la ideología que la herencia frágil y amenazada de Chejov. Pauta reí, todo se mueve, todo evoluciona, todo cede y nada permanece — dice también— , pero en lugar de celebrar

con esos términos el tren de la Historia lanzado a toda veloci­ dad, mira el convoy que se dirige a Krasnoiarsk, toma nota del progreso que supone para la vigilancia la instalación de pro­

yectores en los tejados y rastrillos de acero en la caja de los va­ gones de cola y, sobre todo, escruta el interior del tren. Ve, por ejemplo, a Macha. Ha sido detenida por no haber denunciado

a su marido, que había sido condenado, a su vez, a diez años,

con el añadido de la privación del derecho a escribir, por no haber denunciado a un traidor y contrarrevolucionario. Un trayecto de nueve mil kilómetros la conduce al sepulcro sibe­

riano. La ve bajar del convoy con los dedos helados en las man­

gas de una chaqueta de guata llena de manchas de grasa. La ve

en el campo, con los riñones rotos por los sacos de cal, las pa­

las, los tablones, los baldes de agua sucia, las tinas llenas de ex­

crementos, los montones de ropa mojada que la obligan a transportar. La ve trabajar hasta la caída de la noche «como una yegua, como una camella, como una burra». Pero todavía

no ha remachado su miseria. La labor extenuante no es el úni­ co compartimento de su vida. La preocupación que le inspira

la suerte de su marido y de su hija subsiste. La esperanza no ha

muerto. El propio tormento que sufre la eleva por encima de la condición que padece.

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U n día, después del interminable invierno siberiano, mandan a M acha y a otras dos mujeres a despejar «el camino que llevaba a la ciudad socialista donde los jefes y el personal asalariado vivían en cabañas de troncos de árbol». En el ca­ mino de vuelta, al pasar por delante del almacén del aserra­ dero, oyen la radio de Magadan: «La música no era triste sino alegre, era una música de baile, y M acha lloraba al oírla como nunca en su vida había llorado. Sus dos compañeras, una an­ tigua kulak y una vieja de Leningrado que llevaba unas gafas con los cristales rajados, lloraban a su lado. Y daba la impre­ sión de que los cristales de las gafas se habían rajado por las lágrimas». El hombre que las escolta se queda estupefacto; el lector, también: ¿por qué esas mujeres curtidas por el frío, la privación, el trabajo agotador y la brutalidad cotidiana esta­ llan en sollozos al oír una música de baile? ¿Por qué Macha había «notado bruscamente la camisa sucia pegada al cuerpo, los zapatos pesados como planchas, el gabán de olor agrio? ¿Por qué, de pronto, aquella pregunta como un cuchillo en el corazón: qué había hecho ella, Macha, para conocer seme­ jante suerte, aquel frío glacial, aquella depravación, aquella resignación progresiva ante un destino de campo de concen­ tración?». Macha llora de nostalgia, pero la nostalgia que la embarga no es la delectación de la ternura por el pasado, es la extin­

intervalo entre los

tiempos, es el descubrimiento crucificante de lo irremediable. N o es el placer agridulce de hojear un álbum, es el repentino desnudamiento de un abismo. N o es la evocación lánguida de un tiempo pasado o de un lugar lejano, es un duelo fulgurante y fatal. La interrupción del silencio helado por unas notas que invitan a bailar devasta a Macha. La alegría de la melodía di­

ción de la espera. N o es la superación del

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sipa todos los espej ismos con que aún se arrullaba la soledad. La música festiva que oye es la música trágica del nunca más:

nunca más la frivolidad, nunca más la coquetería, la seduc­ ción, la indolencia. El brote de ligereza en el corazón del exi­ lio siberiano le hace saber con violencia que no habrá término para su miseria, que para ella y para los que con ella están de­ tenidos se ha terminado la banalidad de los días felices, los días felices de la banalidad. Bajo los efectos de la magdalena de Magadan, la memoria involuntaria se pone en marcha, pero los instantes pasados que afloran tienen un sabor atroz a ceniza. La desolación está consumada, el tiempo perdido no volverá a encontrarse: «La esperanza, ese fardo vivo que le oprimía el corazón, huyó, murió. A l oír aquella alegre música de baile, M acha perdió para siempre la esperanza de volver a ver a Yulka, su Yulka extraviada por los centros de acogida, de redistribución, las colonias, las casas de niños, en la inmensi­ dad de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En los hogares y en los clubes, los niños bailan al son de músicas como aquélla. Y Macha comprendió que su marido no estaba en ninguna parte, que lo habían fusilado y que no volvería a verlo nunca más». Hay otros libros sobre el gulag, sobre el totalitarismo, sobre el antisemitismo estalinista, sobre la desgracia rusa y sobre la tragedia soviética, pero no hay ningún otro libro sobre la radio de Magadan y sobre las lágrimas de Macha. Grossman siguió la vía trazada por Chejov: ancló, encamó, singularizó el sentido en lugar de dejar que se uniera a la totalidad, liberándose de los rostros. Lo que se desprende de todo ello, si no es la venganza, es al menos la respuesta de la filosofía de la novela al hechizan­ te reencuentro de lo teórico y lo imaginario que constituye la novela de la filosofía, y a la peligrosa borrachera de amar o de

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execrar a los seres abstractos, sin nombre ni apellido. N o nece­ sitamos tal respuesta para saber lo que hay que saber, pero sin la respuesta, sin las lágrimas de Macha, ¿sabríamos de verdad lo que sabemos?

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E l encam aradam iento de los hombres

Lectura de H istoria de un alem án,

de Sebastian Haffner

E xtra ñ o destin o el de Historia de un alemán. Sebastian Haffner, cuyo verdadero nombre era Raimund Pretzel, em­

pieza a redactarla durante los primeros meses de 1939, en Cam ­ bridge, donde se había exiliado el año anterior. El trabajo va progresando a buen ritmo — lleva tres cuartas partes escritas— , pero lo interrumpe bruscamente el 1 de septiembre cuando In­ glaterra y Francia terminan por declararle la guerra a Alem a­ nia. Según confirmará él mismo mucho más tarde, el momento le parece demasiado grave para recuerdos personales, por muy reveladores, por muy sintomáticos que sean, y decide escribir un libro de combate que se publica al año siguiente, en Lon­ dres, con el título Germany, Jekyll and Hyde. Pretzel elige en­ tonces como seudónimo Sebastian Haffner para que su familia, que se había quedado en Alemania, no corriera riesgos. Su en­ sayo político tuvo cierto eco en Inglaterra, e inicia en aquel país una brillante carrera de periodista que continuó en su pa­ tria después de la guerra. Pero el libro de recuerdos se queda en un cajón. Y fue su hijo Oliver Pretzel quien, después de la muerte del autor, en 1999, a los noventa y dos años, abre el ca­ jón y da con el manuscrito inacabado. Igual que El primer fiorn-

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bre, de Albert Camus, Historia de un alemán es una extraordi­ naria sorpresa postuma. El relato comienza a tumba abierta: «Voy a contar la histo­ ria de un duelo. Es un duelo entre dos adversarios muy desigua­ les: un Estado extraordinariamente poderoso, fuerte, despiada­ do, y un pequeño individuo anónimo y desconocido». Para relatar lo que le ha ocurrido, Sebastian Haffner tiene que po­ der pensarlo, es decir, inscribirlo en un esquema narrativo pre­ vio. Con toda naturalidad, opta por la categoría del duelo. Pero se equivoca: no es la adecuada. El relato desvela una situación sin precedentes, que lo obliga a traicionar su promesa inicial. Historia de un alemán escapa al paradigma en el que el propio alemán había creído que podría encuadrar su historia. N o se trata en absoluto de una justa. Haffner no se encuentra ante el Estado nazi como David frente a Goliat — precisamente, por­ que nunca se da el cara a cara— . El Estado en cuestión es un englobante, no un adversario. Y el individuo, a quien los mé­ todos repugnan, no tiene con quién hablar: no puede convertir en reto el asco que lo invade. Haffner anuncia un relato a lo Balzac. Y escribe a su pesar una crónica kafkiana. En 1933, fecha en que Hitler llega al poder, tiene veintiséis años, acaba de terminar los estudios de Derecho, que había cursado a petición de su padre, y llega a referendario; eso quie­ re decir que realiza como personal en formación en el Tribunal Supremo de Prusia — el Kammergericht— el trabajo de un ma­ gistrado o de un funcionario gubernamental. El 31 de marzo, se dirige como todos los días al Palacio. Hitler es canciller desde hace dos meses, pero eso es business as usual. N ada indica que la ciudad se dispone a vivir momentos de excepción. Las calles están animadas, los tranvías circulan, los peatones van y vie­ nen, hay gente en las tiendas y el Kammergericht está como

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siempre: «Gris, frío y apacible, parapetado detrás de la calle, detrás de una distinguida defensa de árboles y césped». Aboga­ dos en toga de seda negra cruzan ensimismados los largos pasi­ llos y las amplias avenidas del solitario edificio. En la bibliote­ ca reina un silencio estudioso. N o hay novedades, todo está normal; pero de pronto, todo se tambalea: «¿Cuál fue el primer ruido claramente perceptible? ¿Un portazo? ¿Un grito ronco e inarticulado, una orden?». Los presentes, sacados por aquella agitación aún lejana del trabajo que estaban haciendo, prestan atención. Y el silencio en la biblioteca cambia de naturaleza al instante: la paz del estudio se transforma en la inmovilidad del miedo. Después, se oyen otros portazos, el estruendo se hace ma­ yor, alguien dice, sin elevar el tono de la voz: «Están echando a los judíos», y dos o tres personas se carcajean. U n ujier con­ firma sentenciosamente la noticia, los mismos de antes vuel­ ven a reírse y Haffner se da cuenta estupefacto de que son refe­ rendarios, como él. Unos cuantos uniformes pardos irrumpen en la biblioteca y, casando la pedantería con la grosería, pro­ claman: «Los que no sean arios tienen que marcharse inmedia­ tamente de aquí». Los judíos, ya sean jueces o abogados, reco­ gen sus cosas y, sin decir palabra, se van. Ciento cincuenta años atrás — recuerda Haffner— , los miembros de este mismo Tribunal Supremo habían preferido dejarse encerrar por Federico el Grande antes que cambiar por orden suya un juicio que ellos estimaban justo. Y todos los es­ colares prusianos sabían que si aún subsistía un molino de vien­ to junto al palacio de Sans-Souci, que el mismo Federico había construido, era porque el molinero había rechazado la oferta de compra del soberano, y porque, ante la amenaza de expropia­ ción, había replicado sin dejarse intimidar: «¡Sí, majestad! ¡Pero queda la Kammergericht de Berlín!». El 31 de marzo de

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1933, un puñado de SA conquistó en un santiamén aquella for­ taleza secular. El edificio estaba intacto, pero la violencia y las risitas repetidas lo habían convertido en un cascarón vacío. La fuerza volvía entonces a la fuerza y no a la ley. No había ya para molinero alguno Kammergericht de ninguna clase. Había ter­

m inado la época en que un sujeto podía doblegar a su monarca.

El poder se desplegaba sin contención; voraz y a risotadas, abría todas las puertas, derribaba todos los muros, arrasaba todos los parapetos: «Se retirara uno por donde se retirara, se encontra­ ba frente a lo mismo de lo que había querido escabullirse». Por la introducción progresiva del terror fue como los nazis alcanzaron sus fines. Haffher cita en varias ocasiones el si­ guiente caso ejemplar: una noche en Köpenick, un barrio de los alrededores de Berlín, una patrulla de S A irrumpe en casa de un responsable sindical; éste, en estado de legítima defensa, coge el fusil y abate a dos de los asaltantes. U na segunda patru­

lla, aquella misma noche, lo domina y lo cuelga junto a sus dos hijos en el cobertizo de su propia vivienda. Pero represalias así no son suficientemente impactantes. A l día siguiente, unos SA de servicio vuelven a Köpenick y matan uno tras otro a to­ dos los habitantes conocidos por ser socialdemócratas. Aquella actuación produce más efecto aún porque no se exhibe ert la prensa sino que circula de boca en boca, como rumor. Ya la bruma del Nacht und Nebel recubre la actualidad y redobla el espanto. Pero a pesar del impacto de sus ejecuciones nocturnas

y de la intensidad de su propaganda, los nazis no obtienen ma­

yoría absoluta en las elecciones de marzo de 1933. El N SD AP consigue el 44 por 100 de los sufragios. N o es cierto, dicho de

otro modo, que la democracia llevara a Hitler al poder. Tuvo lugar otro acontecimiento, más enigmático que la adhesión plena y total antepuesta por nuestra memoria imprecisa: los je­

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fes de los partidos de oposición abandonaron el combate todos juntos y de golpe. El 5 de marzo, los nazis eran minoría; el 6 , triunfaban. El Tercer Reich — dice Haffher— ha nacido de la traición de sus adversarios: una traición «total, general y sin excepción alguna, desde la izquierda hasta la derecha». Incluso los comunistas, cuyos peligros alimentaban los nazis para justi­ ficar sus propios daños, abandonaron en masa: «N o había nada detrás de sus puños en alto». Centenares de miles de personas, privadas de sus jefes, desamparadas, hicieron como todo el mundo y se unieron a Hitler: «La cruz gamada no fue grabada en la masa alemana como en una materia recalcitrante además de dura y compacta. Lo fue como en una sustancia amorfa, elástica y pastosa». U na vez más, la memoria termina pillada a contrapié. Asociaba espontáneamente germanidad y rigidez. Y se ve confrontada a la plasticidad de Alemania. Según Haffner, el nazismo pone mucho menos de manifiesto la inflexible dure­ za de una sociedad autoritaria que la inconsistencia y la m a­ leabilidad de una nación sin carácter. En lugar de incriminar, como todo el mundo hoy, los excesos y los perjuicios de la disciplina, descubre con horror una especie de gelatina. Llega incluso a escribir, en 1939, que lo que caracteriza a los alema­ nes «es la ausencia total de lo que se llama tanto en un pue­ blo como en un individuo la “raza”: a saber, un núcleo duro, que las presiones y los forcejeos externos no consiguen estre­ mecer, una forma de noble firmeza, una reserva de orgullo, de fuerza de alma, de seguridad, de dignidad oculta en lo más ín­ timo del ser y que precisamente no puede movilizarse salvo a la hora de la verdad». Con la primera lectura de este trozo se sobresalta uno, se frota uno los ojos: acusar a un pueblo presa del delirio racista

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de que le falta raza, ¡qué cosa más inconsecuente! Si, como subraya el propio HafFner con una presciencia admirable, la re­ volución hitleriana no fue dirigida «contra un régimen, fuera el que fuera, sino contra las bases mismas de la cohabitación de los hombres en la tierra», ¿no es precisamente porque sus insti­ gadores erigieron la raza como norma suprema tanto de su po­ lítica interior como de su política exterior? Además, a poco que nos paremos a reflexionar, las tuercas del presente se aflo­ jan y la palabra raza vuelve a sus antiguos acordes. Desde el apocalipsis hitleriano, sólo existe la raza para los racistas, y, por otra parte, también ellos evitan recurrir al vocablo maldito. En los años treinta, el racismo es aún demasiado joven, demasiado nuevo para pretender monopolizar una noción tan antigua y venerable. Cuando Haffher habla de raza, no necesita precisar que no es en la acepción cientificista del término, sino en el sentido legado a la civilización moderna por la moral aristocrá­ tica. La raza se atestigua en el hombre que no cede a los arre­ batos versátiles del instinto gregario, que no se deja dictar una conducta basada únicamente en el cálculo de intereses y que se mantiene erguido porque el origen actúa sobre él no como un poder o como un privilegio, sino como una obligación. Noble­ za obliga. «Entregaré mi sangre tan pura como la recibí»: Péguy, con toda naturalidad, cita a Corneille para justificar y reivin­ dicar, frente al naciente racismo, la perseverancia del dreyfu- sismo. Y, en 1945, monsieur Germain, el maestro de Camus que había vuelto a alistarse «no por la guerra sino contra Hit­ ler», le dice a su antiguo alumno: «Tú también has combatido, hijo. ¡Ya sabía yo que eras de la raza buena!». Sí que hay, por lo tanto, dos acepciones distintas para la pa­ labra «raza». Diferentes e incluso contradictorias: lo que atraía a las masas en el racismo hitleriano era la perspectiva de verse

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descargado del fardo de la raza en el sentido de Haffner, de Pé- guy o de monsieur Germain. La raza según Hitler no es ya una exigencia, es un atributo. Tampoco es ya una obligación, es una firma en blanco. En ella, lo ideal se confunde con lo real:

cualquier distancia se reabsorbe y cualquier vergüenza se traga. Surge un nuevo Dasein, compacto, monolítico, indivisible, ajeno a las angustias de la rectitud. La raza tapona los agujeros por los que la culpabilidad, el escrúpulo o simplemente los bue­ nos modos pudieran colarse. En diciembre de 1939, tres meses después de la invasión de Polonia, el doctor Fritz Cuhorst, al­ calde de la ciudad de Lublin, escribía: «C on ocasión de una reunión de servicio, el sábado pasado, decidimos comportamos de ahora en adelante exactamente al revés de como lo hace­ mos en Alemania los funcionarios, es decir, que nos comporta­ remos como cerdos. Se acabó saludar a un solo polaco. Está claro que pasaré yo primero por una puerta, aunque haya allí una mujer polaca». Paul Ricceur se basa en la diferencia de significado de las palabras latinas que designan «el mismo» — idem e ipse— para distinguir dos grandes modalidades de la identidad, personal o colectiva: la permanencia del temperamento (idem) y el mantenimiento del sí mismo (ipse). La raza haffneriana, «nú­ cleo duro», «reserva de orgullo», «noble firmeza», resolución de estar a la altura, fidelidad sin compromiso a unos princi­ pios de los que no se es el inventor sino el depositario, es una forma de ipseidad: no puede contar uno sólo con sus disposi­ ciones físicas o psicológicas para seguir siendo el mismo y re­ sistir en el momento de la verdad. Cuando los nazis, por el contrario, invocan a los antepasados, no es para exigir a su ser que se mantenga, es para permitirle que se acomode, que se sienta a gusto. Su pertenencia a la raza de los Señores los dis­

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pensa de toda nobleza e incluso de toda conciencia moral. La identidad les viene dada, no tienen que hacer nada para me­ recerla y no se diferencia de su fuerza vital. Ipse se abate sobre ídem, el sí mismo no es ya nada sino la expansión del mismo. La identidad así concebida, al definirse no por lo que se debe

a sí propia sino por aquello a lo que se opone, implica una

guerra doble contra todo lo que no es ario, por una parte, y, por otra, contra todo lo que no es joven, es decir, natural, ar­

diente, desenfrenado, elemental. Guerra de razas, dicen los instigadores. Pero la denominación es cuestionable. Y está tan poco clara para Gottfried Benn, una vez de vuelta de su compromiso inicial a favor del Estado nuevo, como para Se­ bastian Haffner. Esto es lo que el poeta desengañado dice de los más altos dignatarios del Tercer Reich, en un texto de 1943: «Nadie se siente obligado por ninguna tradición, por ningún linaje familiar o intelectual, ninguna nobleza de acti­ tud hereditaria, ningún patrimonio; pero a todo eso lo llaman raza».

En la genealogía de ese abandono y de ese desarraigo, Haffner le atribuye una importancia crucial al año 1923. A le­ mania está entonces sumida en una crisis sin precedente y sin equivalente. El marco se devaluaba y arrastraba en su caída vertiginosa las reglas, los encuadres y las jerarquías de la civi­ lización. Era el mundo al revés: «Los viejos y los soñadores eran los peor parados. Muchos se vieron reducidos a la men­ dicidad, muchos fueron empujados al suicidio. A los jóvenes y a los listillos les iba bien. De la noche a la mañana, se veían libres, ricos, independientes. La coyuntura llevaba al hambre

y castigaba con la muerte a los espíritus lentos y a quienes

confiaban en su experiencia, y recompensaba con una fortu­ na súbita la rapidez y la impulsividad. Los protagonistas del

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momento eran banqueros de veintiún años y estudiantes de secundaria que seguían los consejos financieros de compañe­ ros un poco mayores que ellos». ¡Corre, adolescente, que el viejo mundo viene pisándote los talones! «Toda una generación aprendió — o creyó apren­ der— que puede vivirse sin lastres.» Tan embriagadora lección no se olvidó. Lo que tuvo lugar primero como «saturnales ex­ travagantes» se reprodujo diez años después en forma de revo­ lución. Fueron hombres jóvenes, formados en la escuela del ni­ hilismo, ávidos de lo ilimitado, refractarios al orden burgués al que sólo aplicaban ya el nombre de «sistema» quienes no deja­ ron pasar la oportunidad y se hicieron con el poder en Alem a­ nia. En 1933, Heydrich tenía veintiocho años; Speer, veinti­ siete; Eichmann, veintiséis; Mengele, veintiuno; Goering, uno de los más viejos, acababa de cumplir cuarenta años. «Para la mayoría de los jóvenes alemanes — escribe el historiador Gótz Aly— , el nacionalsocialismo no era sinónimo de dictadura, de opresión o de prohibición de expresión, sino de libertad y de aventura. Veían en ello la prolongación de un movimiento de juventud y un programa de antienvejecimiento para el cuerpo

Se consideraban la vanguardia de un

“pueblo joven”. Entendían que sus mayores, a quienes la expe­

riencia había hecho escépticos, eran “aptos para el cemente­ rio”, y trataban a la vieja guardia de los funcionarios, apegados

a determinados principios, como “señores de pantalones sucios por la incontinencia”.» Entre esos funcionarios avezados y concienzudos estaba el padre de Sebastian Haffner. Cuando la gran bancarrota de 1923, aquel producto puro del puritanismo prusiano oponía,

a quienes lo incitaban a hacer lo mismo que todo el mundo y

especular, una desestimación noble y banal de la demanda:

y para el espíritu [

].

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«Lo que no hay que hacer — decía— , no se hace». Y no se quedaba en ese truismo inquebrantable. Como le gustaba con pasión la literatura y mantenía largas conversaciones silen­ ciosas con Dickens y Thackeray, Balzac y Victor Hugo, Tur- gueniev y Tolstoi, en sus escritos administrativos sabía atem­ perar con decoro y prudencia — en una palabra, con sabiduría práctica— el rigor que la razón práctica kantiana le había en­ señado. En 1933, el padre de Haffner estaba jubilado. U n día, re­ cibió una carta oficial que contenía un cuestionario circuns­ tanciado: debía precisar a qué organizaciones, partidos, asocia­ ciones o sindicatos había pertenecido y certificar, finalmente, que se adhería «sin restricciones» al gran movimiento de des­ pertar nacional. Si no rellenaba el cuestionario, perdía el de­ recho a toda pensión del Estado al que había servido con ab­ negación durante cuarenta y cinco años de su existencia. Después de largos días de postración silenciosa, hizo lo que le pedían. Pero él no estaba hecho de un solo bloque, no era ario, ese ser sin fisuras cuyas loas cantan los nazis. Era un hombre, es decir, dos en uno. Y su mismo cuerpo fue el teatro de aquella división. En aquel ser que había querido ejercer un control severo sobre sus emociones, un órgano, como magní­ ficamente escribe Haffner, cargó con el fardo de su alma. A pe­ nas había vuelto a instalarse en su mesa de trabajo cuando se levantó bruscamente, víctima de vómitos espasmódicos. Es­ tuvo dos o tres días sin poder ni tragar ni guardarse dentro nada de nada. Su cuerpo empezaba una huelga de hambre a consecuencia de la cual murió dos años después, una muerte terrible y lamentable.

El vocablo «ario» no tenía para Raimund Pretzel más sen­ tido que para su padre. Es cierto que, cuando entraron los uni­

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formes pardos en la Kammergericht, le hicieron la pregunta:

«¿Es usted ario?». Y, pillado de improviso, respondió: «Sí». Pero como no le concedía el más mínimo crédito a aquella apelación, se le enrojecieron las mejillas; sintió vergüenza. ¿Qué podía hacer, no obstante, cuando unos se identificaban

con el movimiento joven, viril y dinámico que estaba derrum­ bando el viejo mundo, y cuando para otros seguía siendo busi- ness as usual? Nosotros nunca hemos sido arios, pero somos

modernos, y entre los modernos — observa Haffner—

como entre los griegos, el hombre público quien toma el rele­ vo del hombre privado cuando sale de su casa; es, entregado atado de pies y manos a su profesión y a su horario, el trabaja­ dor. En él, la asiduidad sustituye a la raza y se superpone a la brutalidad, en lugar de combatirla. Frente a esa extraña coha­ bitación del desenfreno de la vida elemental y de la prosecu­ ción mecánica de la vida corriente, el alemán que no es nazi se encuentra solo, impotente, desarmado. El duelo no puede tener lugar. Conque se traga la repugnancia que siente. Se ca­ lla y, cuando habla, miente, interpreta lo más lacónicamente posible un papel. Hasta el día en que, sin previo aviso, la ab­ yección se le mete dentro y contamina contra su voluntad al asqueado. Matriculado ya en la asesoría, examen que culmina en A le­ mania los estudios jurídicos y que da acceso a la magistratura y a las carreras en la función pública, descubre al abrir el perió­ dico la iniciativa del nuevo régimen: los referendarios, una vez terminados sus trabajos personales, y antes de la prueba final, pasarán varios meses en un campamento donde una vida sana en comunidad, la práctica de deportes de lucha y una educa­ ción ideológica les darán la formación humana que necesitan para la tarea ideológica que los espera. Hitler vela, sin duda al­

no es,

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guna, por cada uno de sus hechos y de sus gestos. El Estado se insinúa por todas partes. La inmunda revolución no afloja nun­ ca la tenaza. Pretzel, que hasta ese momento siempre había puesto buena cara, se ve presa de un ataque de rabia con el im­ pacto de aquella noticia. Y como no puede manifestárselo al Enemigo, la emprende a puñetazos con las paredes, solloza, gri­ ta, maldice a Dios, al mundo entero, a su padre, al Reich, y se

maldice a sí mismo

ciudad donde se encuentra la guarnición del sur de la Marca de Brandeburgo. Tiene que efectuar marchas interminables, vestido con el uniforme de la cruz gamada. Aquello le causa horror, pero su primera sorpresa es que la propaganda no parece estar en el orden del día. U na tarde, el jefe los reúne para una conferen­ cia. Pretzel se prepara para lo peor y duda si confiarle a al­ guien su preocupación: todos los referendarios se observan con recelo, porque ninguno sabe lo que piensan los demás. Pero lo peor no ocurre. El conferenciante no celebra el cans­ ina de Hitler y tampoco estigmatiza a los judíos, el sistema o el vergonzoso tratado de Versalles. N o vocifera eslóganes, no lanza improperios, le cuenta a un auditorio subyugado la ba­ talla del M ame. Por el hecho mismo de la precisión de que hace gala, de la sobriedad, de la ausencia de todo énfasis, el relato reaviva, el sentimiento de que a Alem ania le faltó muy poco para alcanzar una victoria rápida y gloriosa. Y el resulta­ do es que los referendarios que, una hora antes, desconfiaban en silencio los unos de los otros se lanzan a una discusión apasionada sobre las perspectivas de una próxima guerra y so­ bre los modos de actuar para hacerlo mejor. La sospecha sepa­ radora se ve sustituida por la unión sagrada de la frustración y el entusiasmo.

Pero, llegado el día, acude a Jüterborg,

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Es verdad que esa generación, en su infancia, como escribe al principio del libro el autor de Historia de un alemán, quedó cautivada por la guerra, y que conoció por ello emociones más fuertes que los leves escalofríos de los divertimentos ordina­ rios. Fervor inolvidable de los comienzos: «N o fue la experien­ cia de las trincheras lo que alimentó el belicismo del Tercer Reich, fue la guerra tal como la vivieron los escolares alema­ nes». Y en Jüteborg, el propio antinazi Pretzel vuelve a ser, sin darse cuenta siquiera, uno de aquellos escolares impacientes por entrar en combate. Es también un camarada o, para ser más exacto, conoce la extraña y hechizante felicidad de una aniquilación de su perso­ na en la promiscuidad de la vida militar. Existe una felicidad, en efecto, cuando se ve uno liberado, por la regla del «uno para todos y todos para uno», de la despiadada ley del «cada uno para sí». Existe una felicidad en el hecho de fundirse en la masa, «de dejarse llevar por un ancho y tranquilo río de con­ fianza y de ruda familiaridad», de no tener ya que decidir sobre el bien o el mal, o sobre el mal y el mal menor, o sobre el bien esencial y el bien secundario, de no volver a responder de sus actos ante un juez interior y de hacer lo que hacen los camara­ das porque el juez, a partir de ahora, son ellos mismos. Existe una felicidad en ser despojado no del derecho de expresión sino de la penosa tarea de pensar a través de «los esquemas colecti­ vos de la más trivial de las especies». Existe una felicidad, final­ mente, en desembarazarse de la cortapisa de las convenciones y de los modales diciendo «¡Joder!» para expresar desaproba­ ción y «¡Qué tal, cabrones!» a modo de apostrofe amistoso. La camaradería es un bálsamo para los tormentos propios. A con­ tracorriente de la opresión o de la dominación totalitaria, se ofrece a los hombres como una irresistible dispensa de humani­

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dad. N o aplasta, aligera. No ordena, libera. Y contra quienes pueden caer en la tentación de traicionar al grupo y de cultivar en secreto, aparte, la imagen del ser amado, por ejemplo, posee un arma fatal: la risa. Todas las noches, en los dormitorios, se

celebra el sacrificio ritual de las bromas obscenas y se mata así, en el mismo revuelto, toda la veleidad de existir de otro modo que no sea la puesta en común del mínimo denominador. En Jüteborg, Raimund Pretzel no chocó contra el Estado; como se temía, se hundió en un magma. Su perdición no fue

el uniforme, fue lo informe; no fue el reglamento, fue el re­

creo; no fueron las limitaciones, fue el alboroto; no fue el or­ den disciplinario, fue la mofa de los dormitorios. Unos pocos

meses antes, en un cabaré de Berlín, se había sentido emocio­ nado hasta saltársele las lágrimas con un humorista que no era «un actor revolucionario, ni un burlón hiriente, ni un David armado con la honda», sino que había encam ado de­

lante de él la delicadeza del humor y de su ligereza danzante.

Y después de haber recibido con una cólera y una aversión

mudas las risitas que habían acompañado la expulsión de los judíos de la Kammergericht, después de haber visto horroriza­ do cómo la radicalidad hitleriana transformaba a algunos de sus amigos más próximos en defensores sonrientes de la ma­ tanza de Köpenick, él mismo perdió pie y se zambulló con de­ leite en el baiyizal de la fraternidad risueña.

Pero el sustantivo no le basta a Sebastian Haffner para desig­ nar aquella acción insidiosa que toca en ambos registros — el de

la liberación y el del mimetismo— y que, en cierto sentido, es peor

que la servidumbre: necesita un. verbo. Fuimos, dice, encamara' dados. Nos dejaron libres para que nos envileciéramos, nos reba­

járamos, nos desatáramos de todos los preceptos de la civiliza­ ción, como dice el doctor Cuhorst, y, al propio tiempo, fuimos

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sometidos sin escapatoria posible a la implacable autoridad de aquella autorización. La camaradería es totalitaria a partir del mo­ mento en que ocupa todas las instancias, todos los bastiones del aparato psíquico: las pulsiones se encamaradan, el ego se encama- rada, el superego se encamarada. Ya no se tiene vergüenza de nada salvo de la vergüenza que podría sentirse por no dejarse uno ir como todo el mundo y seguir, cuando se ha recibido la orden de ser bárbaro, el camino recto. Se está a la vez suelto y bajo pre­ sión, intemperante y obediente, liberado del yugo de la morali­ dad y encadenado a una nueva norma social. En resumen, el ins­ tinto gregario se desata al mismo tiempo que la fuerza vital, y es, más aún que el reclutamiento doctrinal, la amalgama preocupan­ te de esos dos estados lo que embaucó a la gran mayoría de la ju­ ventud alemana en el apocalipsis hitleriano. Tribalidad del mal. Para Raimund Pretzel, el encanto de la desindividualización quedó disipado cuando se marchó de Jüteborg. Pudo entonces dejar atrás la tierra encamaradada y concretar su reencuentro con la cultura eligiendo el nombre del músico alemán más grande y el apellido de la persona a quien Mozart dedica una sonata. El nazismo ha muerto y no volverá ya nunca más, a pesar de los esfuerzos de quienes han tenido la suerte de un naci­ miento tardío y sueñan con enfrentarse al monstruo para de­ mostrar el temple del acero del que están hechos. Pero el libro de Sebastian Haffner es mucho más que un testimonio de pri­ mera magnitud de un pasado que no ha dejado de sorprender­ nos. Con el encamaradamiento, Haffner iluminó un territorio muy frecuentado de la existencia, una posibilidad presente y muy viva del mundo humano. Sabemos de lo que se trata. To­ dos en algún momento hemos cedido a su atracción. Y habría que estar sordo para no oír hoy con qué fuerza rompe su enor­ me risa envilecedora y fusional.

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R icœ u r,

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«A quí están los míos, mis maestros, m i lin aje

»

Lectura de E lprim er hombre, de Albert Camus

E L4 de enero de 19 6 0 m uere C am us en accidente de tráfi­ co en Villeblevin, cerca de Montereau, en el departa­ mento francés de Yonne. Tenía cuarenta y siete años. Sartre, conmocionado aún por el impacto, escribe: «Estábamos ene­

mistados él y yo. U na enemistad no

ramos a vernos nunca más— , sólo otra manera de vivir juntos y sin perderse de vista en este reducido mundo estrecho que nos es dado. Eso no me impedía pensar en él, notar su mirada en la página del libro, en el periódico que leía y decirme a mí mismo: “¿Qué piensa de todo esto? ¿Qué está pensando en este momento''” ». Estas pocas líneas constituyen la más conmovedora de las oraciones fúnebres. Porque Sartre no decide elogiar al difunto corriendo un velo sobre la disputa que tuvieron o evocando los buenos momentos anteriores a la ruptura. Presenta la ruptura como un capítulo de la relación, como una modalidad de su apego mutuo y, con una suavidad inesperada en su pluma, di­ vulga el sitio que el amigo reprobado seguía ocupando en su fuero interno. La conciencia progresista del siglo deja así en­ tender que el corazón tiene unas razones que la Razón histórica

es nada — aunque no fué­

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ignora. Ocho años antes, sin embargo, ésta había promulgado un veredicto implacable y sonoro.

Recordemos los hechos. En noviembre de 1951, en plena guerra fría, Camus publica El hombre rebelde. A l igual que la mayoría de sus coetáneos, parte de una definición épica y no prosaica del compromiso político. Lo que se impone a la men' talidad de esa época marcada y atormentada más que ninguna otra por las tarascadas de la violencia no es la sabiduría de Pe­ ricles, es la experiencia de Espartaco, no es el gusto por la cosa pública, la preocupación por el mundo, la necesidad y la felici­ dad de escapar, mediante la práctica de los asuntos corrientes, del enviscamiento en las preocupaciones cotidianas o de la fu­ tilidad del amor al bienestar, es, antes que ninguna otra cosa, el rechazo de lo intolerably El hombre accede a la dimensión política de la existencia poniéndose de nuevo en pie y dando media vuelta. Andaba encorvado y, de pronto, se yergue. A l principio, está el levantamiento: «U n esclavo que ha estado recibiendo órdenes toda la vida juzga de pronto inaceptable un nuevo mandamiento». Y la apertura a la humanidad nace de esa secesión original. La solidaridad activa aparece engendrada por el sentimiento de la dignidad herida o por el espectáculo de la opresión de la que otro es víctima. Camus no dice: forma­ mos una comunidad, una ciudad, una patria cuyo destino me concierne. En simbiosis perfecta con el énfasis característico del siglo de las situaciones extremas, afirma: «Me rebelo, luego existimos». Individualmente en su esencia, la rebelión vuelve a poner en entredicho, no obstante, la noción misma del indi­ viduo: «Por todas las existencias a la vez es por lo que el escla­ vo se levanta cuando juzga que, con tal orden, algo en él le re­

sulta negado

opresión, la rebelión afirma «la dignidad común a todos los

».

Por el mero hecho de asignarle un límite a la

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hombres». Ubica en el primer puesto de sus propias referencias «una textura común, la solidaridad de la cadena, una comuni­ cación de ser a ser que hace a los hombres semejantes y liga­ dos». En resumen, y por decirlo con palabras que son ya ana­ crónicas, el hombre sacado de sus goznes por la humanidad descubre la existencia de una naturaleza humana: «¿Por qué re­ belarse si no hay en sí mismo nada permanente que preser­ var?». Pero — dice Camus, y ahí es donde se halla todo el sentido polémico de su libro— la pasión revolucionaria se ha encarniza­ do, por medio de la revuelta, contra esa doble revelación del lí­ mite y de la naturaleza. Para garantizar la victoria del esclavo in­ surgente, la pasión revolucionaria pasó sin vergüenza por encima de la frontera que el propio esclavo había querido trazar. Resul­ tado: instituyó el crimen como medio de acción legítimo e in­ cluso como modo de gobierno. En nombre de la Rebelión, se instaló el Terror y Stalin encerró a Espartaco en un campo de concentración. Con ese diagnóstico, Camus, que tan bien había empezado, no obstante, logró el prodigio de incomodar tanto a los comunistas fieles como a los progresistas antiestalinistas, es

decir, a (casi) toda la intelligentzia francesa de posguerra. Los que se acusan mutuamente de traicionar la promesa de emancipa­ ción mutua se unen de nuevo para acusar a Camus de confundir la libertad con su propia picota al asociar escandalosamente la palabra «rebelión», ardiente de entusiasmo, con estos grandes apagafiiegos ideológicos: el límite, la naturaleza y, peor aún, la

es lo contrario

de la rebelión. La rebelión es la medida: la ordena, la defiende y la recrea a través de la historia y de sus desórdenes.» André Breton es el primero en lanzar sus dardos: «¿Qué es ese fantasma de rebelión que Camus se esfuerza por acreditar y

medida. «La medida — se atreve a sostener— no

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detrás de qué se cobija? A una rebelión en la que se haya intro- ducido la medida, a una rebelión vaciada de su contenido pa- sional, ¿qué puede quedarle? N o dudo de que muchos se dejen engañar con semejante artificio: se ha conservado la palabra y se ha suprimido la cosa». Asociar rebelión y medida es ridicu­ lizar a Rimbaud con una panza y ponerle un gorro de noche a Lautréamont. El papa iconoclasta del surrealismo protesta con­ tra tal sacrilegio. En Les Temps modemes, se es más político pero no se está menos enojado. Después de dos meses de silencio, la revista de Sartre publica, firmado por Francis Jeanson, una reseña asesina cuyo título lo dice todo: «Albert Camus o el alma rebelde». Alma: en el universo histórico de parte a parte, es decir, trans­ formable, donde se mueve el pensamiento comprometido, la palabra ya no se emplea con deferencia, hace sonreír. La bella alma de los Antiguos, que se liberaba del caparazón camal para acceder al cielo de las Formas puras o para ver las cosas desde la perspectiva de la universalidad, se convirtió en el alma bella, prendida de sí misma, que vive, como dice Hegel, con la angus­ tia de mancillar el esplendor de su interioridad por la acción

y

que, por el mundo ilusorio de los valores eternos, huye de

la

dura verdad del mundo real. Esa huida — añade Jeanson en la

estela no sólo de Hegel sino también de Marx— es engañosa. Resulta imposible transgredir la materialidad de la historia, es decir, de la división del trabajo. El más allá es una quimera; y mantener las distancias, también. La separación del alma bella no es menos ilusoria que su elevación. Nadie echa á volar, na­ die se evade, nadie se aísla, nadie se bate en retirada lejos de los combates. La huida es otro modo de estar ahí. Abstenerse es estar aún participando. N o hay alma que valga, no hay torre de marfil en el horizonte: todas las subjetividades permanecen an­

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ciadas a tierra y, hagan lo que hagan, eligen un campo en el que estar: «A l pretender moderar la historia y al captar de ella “la desmesura” sólo en su forma revolucionaria, ¿no se hará cómplice el hombre rebelde, quiéralo o no, de ese otro frenesí de sentido contrario cuya supresión constituye el objetivo mis­ mo y el más auténtico sentido de la empresa revolucionaria? A nuestros ojos incorregiblemente burgueses, es muy posible que

el capitalismo ofrezca un rostro menos “convulso” que el esta-

linismo: pero ¿qué rostro ofrece a los mineros de extracción, a los funcionarios sancionados por haber hecho huelga, a los malgaches torturados por la policía, a los vietnamitas “limpios” a base de napalm, a los tunecinos “rastrillados” por la legión?». El alma rebelde, dicho de otro modo, es un hombre satisfe­ cho. Su «no» enfático al mal es un «sí» tácito al statu quo. Su denuncia unilateral del terror revolucionario manifiesta su terror a la revolución. Su atronadora voluntad de no padecer da a luz una lenitiva «moral de Cruz Roja». Su sumisión a la idea de naturaleza humana revela su conservadurismo; y su elo­ gio de la medida, su pusilanimidad. So pretexto de negar la Historia, consiente en la injusticia y da testimonio de su esta­ tus histórico de privilegiado. ¡Un burgués, ya digo! U n mes después, Camus responde en Les Temps modemes al ataque de Jeanson y expone su hartazgo de estar recibiendo in­ cesantemente lecciones de eficacia de parte de «censores que lo

único que han colocado en el sentido de la Historia es el sillón».

Y la respuesta del Hombre rebelde se dirige al «Señor Direc­

tor». El procedimiento exaspera a Sartre. El apelativo lo deja es­ tupefacto — él y Camus se conocen y se ven con frecuencia des­ de hace diez años— . Y, last but not least, la fórmula utilizada por Camus le recuerda el día de la Liberación de París cuando, en­ cargado con otros miembros del Comité Nacional del Teatro de

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proteger la Comédie Française de eventuales sabotajes alemanes, se había quedado dormido en un sillón. Camus se lo encontró así y lo despertó con unas palabras que en aquel momento sólo fue- ron una broma: «Has colocado el sillón en el sentido de la histo­ ria». Sartre decide entonces coger la pluma él también y a pesar de que, por consideración hacia Camus, había deseado ver pu­ blicado en la revista un artículo más moderado, menos feroz que el de Jeanson, se decide esta vez a no guardarse sus estocadas. «M i querido Camus — escribe— : nuestra amistad no era fácil pero la echaré de menos. Si hoy la rompe usted, es probablemen­ te porque debía romperse.» Y haciéndose fuerte en tal constata­ ción, Sartre pone su mejor empeño en ahondar el abismo. El la­ mento, tan inmediatamente expresado, le deja sitio a una doble e implacable requisitoria. El profesor universitario destroza sin piedad el escrito del argelino. Lo critica severamente por «in­ competencia filosófica», «pensamientos vagos y banales», «ideas flojas, oscuras y embarulladas», «conocimientos recogidos a toda prisa y de segunda mano». El defensor de los oprimidos le repro­ cha severamente el proporcionarles buena conciencia a los opre­ sores. La cámara sartriana filma a Camus en picado y en contra­ picado. Visto desde arriba, resulta indigente: «A l menos algo tendré en común con Hegel: que no nos ha leído usted a ningu­ no de los dos»; visto desde abajo, resulta detestable, porque, «de los dos campos», le proporciona «al que está a la defensiva ideo­ lógica (es decir, aquel cuya cultura agoniza) argumentos adecua­ dos para desanimar al otro». En resumen, Camus es dos veces culpable. A l hacer de la idea de naturaleza común a todos los hombres la revelación de la que la rebelión es portadora, suma el pecado de nulidad al de iniquidad, traiciona de un solo golpe su debilidad intelectual y el ideal igualitario, piensa mal y toma partido por los Poderosos, es decir, el Mal.

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Así, para Sartre, tanto como para Bretón y Bourdieu que, quince años después de la muerte de Camus y en una obra apa­ rentemente científica sobre las estrategias del esnobismo cul­ tural, calificaba con odio El hombre rebelde de «breviario de fi­ losofía edificante sin más unidad que la nostalgia egotista que se asienta en las adolescencias de los centros universitarios de élite y que garantiza con toda seguridad una reputación de alma bella», el gran daño del imperdonable libro es haber difa­ mado la rebelión enarbolando la bandera de su defensa. Lo que la rebelión descubre a los explotados según Sartre no es una textura común, es la profundidad de un desgarro irreparable. Nada, ni el sol ni la muerte, escapa al reino de la desigualdad. Todos somos mortales, es cierto, y el mismo astro sol ilumina nuestros días, pero son los burgueses quienes disfrutan de ocio para extasiarse con su puesta, y lo que llamamos condición hu­ mana nunca es más que un cebo destinado a enmascarar la desemejanza de las condiciones sociales: «Moría un niño, le echabais la culpa a lo absurdo del mundo y a ese Dios sordo y ciego que habíais creado para poderle escupir a la cara; pero el padre del niño, si era parado o peón, les echaba la culpa a los hombres: sabía que lo absurdo de nuestra condición no es igual en el distinguido barrio de Passy que en el popular de Billan- court». Ahora comprendemos por qué Sartre, en 1952, se resigna tan fácil y alegremente a romper con Camus. El enfado le re­ sulta liviano porque en su visión del mundo no hay espacio para la relación amistosa. ¿Qué es lo que constituye el precio de la amistad? La conversación. Y ¿qué es conversar? Es — nos dice Montaigne— discutir por la causa de la verdad, que es la causa común. En esa discusión, lo que importa no es la victo­ ria, es la calidad del intercambio y es el progreso en el conoci­

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miento de las cosas de la vida: «M e gusta una sociedad y una familiaridad fuertes y viriles, una amistad que presuma en la as­

pereza y el vigor de su comercio [

].

N o es suficientemente vi­

gorosa y generosa si no es peleona, si es civilizada y artista, si teme el choque y tiene modales constreñidos». Pero Sartre re­ movió los cimientos de la causa común. El mundo se le presen­ ta escindido en dos fuerzas irreconciliables. Constata la omni- presencia del Antagonismo. Para él, como para los seccionarlos de 1793, «sólo hay hermanos o enemigos». De ahí que el ami­ go, el único amigo posible, sea el camarada de combate: «A l que se una a los fines de los hombres concretos le será impues­ to que elija a los amigos, porque no se puede, en una sociedad desgarrada por la guerra civil, ni asumir los fines de todos ni re­ chazarlos todos a la vez. Pero a partir del momento en que eli­

ge, todo adquiere sentido: sabe por qué los enemigos resisten y por qué lucha él». La escritura sartriana, imbuida de ese terri­ ble saber, rompe con la gran tradición liberadora de la conver­ sación, aunque sea polémica, y se asigna una misión crítica, en el sentido temiblemente cortante que Marx le dio al término cuando le declaró la guerra al estado de cosas alemán: «La crí­ tica en lucha contra ese estado de cosas no es una pasión de la cabeza; es la cabeza de la pasión. No es un escalpelo anatómi­ co, sino un arma. Su objeto es su enemigo, al que desea no ya

refutar sino aniquilar. [

]

Lo que tiene de patético es básica­

mente la indignación; su tarea es básicamente la denuncia» . A l acabar la Resistencia, Camus era «la admirable conjun­ ción de una persona, de una acción y de una obra». Ahora, cuando no se trata de salvar la civilización sino de cambiar el mundo, ya no es a los ojos de Sartre más que un pudiente, sen­ tencioso y afectado. ¡Guerra al hombre fatuo! ¡Abajo el porta­ voz de las clases dominantes! Y Sartre no mantendrá la prome­

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sa con la que cierra su incendiaria respuesta: «He dicho lo que ha sido usted para mí y lo que es ahora. Y ya puede decir o ha- cer lo que sea como respuesta, me niego a pelear con usted». «]Se lo merece!», exclama Sartre el 16 de octubre de 1957,

al saber que acaban de concederle a Camus el premio Nobel de

Literatura. Y cuando Camus declara en Estocolmo, acosado por las preguntas sobre la guerra de Argelia: «Am o la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia», Sartre pien­

sa, con Simone de Beauvoir, que se alinea sentimentalmente en el lado de los pieds-noirs, es decir, de la opresión. En 1966 es

de nuevo Camus quien le inspira su retrato del falso intelectual.

N o nombra a nadie, es verdad, pero al decir que condenar la violencia durante la guerra de Argelia, viniera de donde vinie­ ra, y proclamar urbi et orbi: «N o quiero ser ni verdugo ni vícti­ ma», era contribuir a alejar de la rebelión a los colonizados y

tomar implícitamente partido por la violencia crónica que los colonos ejercían sobre ellos, está designando sin ambigüedad de ninguna clase al antiguo laureado con el Nobel. El hom ­ bre de la radicalidad cruza de nuevo el acero con el hombre de

la medida, más de diez años después de haberlo ejecutado en Les

Temps modernes y seis después de haberle rendido un último homenaje: «Todos los que se ponen a partir de hoy en el punto de vista universalista tranquilizan: lo universal está hecho de falsos intelectuales. El intelectual de verdad — es decir, el que

se agarra al malestar como un monstruo— preocupa: lo univer­

sal humano está por hacer». Entonces, ¿qué es lo que hay que pensar de ese adiós a Ca- mus, cuya nobleza conmovió tanto a Jean Daniel que le pidió

a Sartre que apadrinara Le Nouvel Observateur con Pierre

Mendés France? ¿Sartre esperaba de verdad que su ex amigo saliera del silencio que se había impuesto frente al ciclo infer­

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nal de la tortura y del terror? ¿Necesitaba su palabra? ¿Resultó sacudido por aquella muerte escandalosamente precoz hasta el punto de confesar que tenía un defecto en su coraza ético-po­ lítica, o es que se apoderó de él el demonio interior de ser un Gran Escritor, demonio al que combatía sin tregua, y cedió, según propia confesión, a la tentación de «escribir una página hermosa»? ¿Debemos añadirle fe a su declaración de incom- pletitud — «para nosotros, dubitativos, desorientados, era pre­ ciso que nuestros mejores hombres llegaran hasta el final del túnel»— o hay que darle crédito a aquella confidencia tardía:

«Existe una pequeña falsedad en el artículo necrológico que le escribí a Camus: donde digo que también cuando no opinaba como nosotros deseábamos saber lo que pensaba»? En resu­ men, ¿podemos decir que a Sartre le ocurrió, como a Montaig­ ne, que se instruyó entre los que lo contradecían y que pensó que la verdad era la causa común de la humanidad a tientas, o fue sólo por la forma y por la belleza del gesto por lo que había descrito la muerte de Camus como la interrupción indignante de una conversación insustituible? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que en el Facel-Vega que el 4 de enero de 1960 se estrelló contra un árbol estaba la cartera de mano de C a­ mus, y que esa cartera contenía el esbozo de su respuesta a los ataques y a la espera. La respuesta aquella no iba a tener forma argumentativa de ensayo, sino la narrativa de una genealogía personal que ya tenía título: El primer hombre. En lugar de oponer su visión del mundo a quienes le echaban en cara que hubiera perdido contacto con la historia real de los hombres, había elegido explorar, utilizando la vía de la novela autohjo- gmfica, esa parte de lo real de la que la inteligencia concep­ tual carece indefectiblemente: «A quí están los míos, mis maestros, mi linaje».

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Y en primer lugar, su madre. Su madre, a quien quiere, sea como sea, bajar del cielo de las Ideas adonde la había proyecta­ do con poca fortuna la famosa frase de Estocolmo. Cierto es que sus argumentos llegaron simplificados a oídos de Simone de Beauvoir y a los de una intelligentzia progresista, siempre dis­ puesta al sarcasmo. En realidad, había dicho: «En estos mo­ mentos se tiran bombas a los tranvías de Argel. Mi madre pue­ de estar en uno de esos tranvías. Si eso es justicia, prefiero a mi madre». En otros términos, Camus no afirma la prelación de los vínculos de sangre sobre los valores universales. Le niega toda legitimidad, toda justicia a los atentados ciegos. Es distin­ to a la formulación que se le atribuye. Pero es suficiente para que su madre desaparezca en el personaje conceptual de la ma­ dre y para que él decida devolverle la fisionomía que le perte­ nece, única, insustituible. La madre que, cuando su hijo, ya adulto, regresaba a Argel para verla, se le echaba en los brazos y lo besaba repetidamente, estrechándolo con todas sus fuer­ zas. «Y luego, inmediatamente después, aturdida, se volvía al apartamento e iba a sentarse en el comedor, que daba a la calle; parecía que ya no estaba pensando en él ni en nada, e incluso lo miraba a veces con una expresión extraña, como si ya estu­ viera de más, o ésa era al menos la impresión que él tenía, y molestara en el universo estrecho, vacío, cerrado en el que ella se movía solitaria.» U na enfermedad de niña la había dejado sorda y con cierta dificultad para hablar. La madre, impedida por esa enfermedad «para aprender lo que se les enseña incluso a los más desheredados», forzada a «la resignación muda», acurru­ cada las más de las veces en la región nocturna de la existencia, fija en su retraso y como relegada al limbo de lo propio del hombre, la madre de quien Camus, en El primer hombre, llama Jacques Cormery para no decir «yo» y para atemperar el liris­

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mo de la evocación por medio de la exterioridad de la mirada, esa madre es a un tiempo evanescente y como alusiva. Carece simultáneamente de la distancia consigo misma y de la presen­ cia ante los demás. Inmóvil, cautiva de su estar aquí, escapa a cualquier aprehensión. Ante esa mujer «dulce, educada, con­ ciliadora, pasiva incluso y, a pesar de ello, nunca conquistada por nada ni por nadie», el impulso, de nuevo, se quiebra, y el adulto vuelve a encontrar la sorpresa dolorosa del niño conde­ nado a no poder captar ni mantener a su lado a aquella a quien la falta de lenguaje condena a no poder huir de sí misma. De ahí un amor singular, no catalogado, en el que se mezclan inex­ tricablemente la misericordia y la piedad, la solicitud infinita y la desesperación inconsolable, la ternura por la vulnerabilidad y la prueba de la trascendencia. «La maternidad no tiene salida — escribe Victor Hugo— . No se discute con ella. Lo que hace que una madre sea sublime es algo irracional. El instinto materno es divinamente ani­ mal.» La misma palabra aparece también en la pluma de Ca- mus, pero «la delgada silueta de hombros huesudos, hecha un ovillo en la silla, encerrada en un silencio animal» a la que re­ cuerda con amor deroga la grandiosa definición de Hugo. No es posesiva, abusiva o fusional, está fuera de alcance. N o se des­ ahoga, suelta el abrazo, se escabulle y, sin decir palabra, aban­ dona a sus hijos a la terrible severidad de la abuela; y lo que tie­ ne de sublime o de divino, lo que tiene de inferior y de superior al razonamiento, para hablar de nuevo como Hugo y, con él, entrechocar los registros, no es la resolución feroz del instinto materno, es, a pesar de la dureza de una vida pasada lavando la ropa y ocupándose de todas las tareas de la casa, la ausencia de queja, la incapacidad para el resentimiento. Never explain, ne­ var complain. Ese distanciamiento de la inocencia, esa indoma­

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ble resignación la separan del mundo y la elevan milagrosa­

mente por encima de la vulgaridad de los días: «Delante de mi madre, siento que soy de una raza noble: la que no envidia

nada». Por detrás de la máxima de Estocolmo, están la discapaci­

dad, la pobreza y la aristocrática extrañeza a toda bajeza de un

ser

de carne y hueso. Camus experimenta una necesidad de sa­

car

de la sombra y de darles un estatus a esa miseria y a esa

grandeza, necesidad tanto más apremiante cuanto que no tie­ nen sitio en ninguno de los dos campos o de los dos bloques cuyo antagonismo constituye, para los filósofos de la libera­ ción, la ley de lo real. Cuando el autor de El hombre rebelde se lanza a redactar El primer hombre, ese dualismo despoblador no

sólo está en lo más alto sino que, además, dicta los comporta­ mientos, ocupa el terreno: el presente le pertenece, el porvenir le abre los brazos. Camus ha perdido la esperanza de trabarle el paso. Sus notas preparatorias tienen aún tonos belicosos: «A

los

árabes. Os defenderé a cualquier precio, menos al precio de

mi

madre, porque ella conoció más que vosotros la injusticia y el

dolor. Y si, en vuestra rabia ciega, la tocáis o puede que la to­ quéis, seré vuestro enemigo hasta el final»1. Ya no es la hora del combate, de los arranques militantes. El único extremismo de Camus en Estocolmo y en su libro en gestación es el extremis­

mo de la verdad. Contra las abstracciones hegemónicas del progresismo, escoge no la vía del compromiso sino la de la fi­ delidad y del testimonio. Consciente de la vanidad de todo es­ fuerzo para vencer políticamente a la Reducción y modificar el curso de las cosas, mira hacia atrás y vuela en socorro de los ol­ vidados, de los sacrificados, de los desamparados por el sentido

1 El subrayado es mío.

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de la Historia, es decir, en este caso, franceses de Argelia que no eran empresarios ni terratenientes y que nunca se habían «enriquecido a costa de los moros». A todas esas vidas silen­ ciosas que la división global del mundo entre opresores y oprimidos borra desdeñosamente de las tablillas les ofrece pia­ dosamente el asilo de la obra. Hace oír la voz débil del oblite­ rado, exhuma las existencias tachadas por el esquema de la lucha final, levanta la losa de la filosofía y, él, el primer hom­ bre, él, que como tantos otros huérfanos tuvo que aprender a vivir «sin lecciones y sin herencia», le pregunta sin tregua a su madre, tan poco locuaz, sobre su padre, muerto en los primeros meses de la Gran Guerra. Emergen algunos retazos: perdió muy pronto a sus padres, que habían venido de Alsacia, sus hermanos lo metieron en el orfelinato, nunca les perdonó aquel abandono, aprendió a leer con veinte años, «tenía cabeza, como tú», le dijo su madre, tra­ bajó en la granja y después empezó la guerra, se embarcó hacia Francia, lo mataron y «me enviaron la esquirla del obús». ¿Qué más podía decir ella, que de aquella guerra lo ignoraba todo, que no conocía Francia, que nunca había oído hablar del Im­ perio austro-húngaro y que habría sido perfectamente incapaz de «formar las cuatro sílabas de Sarajevo». La Historia le había arrancado brutalmente a su marido; según la fórmula empleada por el alcalde que vino a anunciarle la triste noticia, había «muerto en él campo del honor», pero «ella no sabía historia ni lo que era la historia». Abocada por la miseria a la repeti­ ción, a la alternancia invariable entre un trabajo aplastante y un descanso sin alegría, se quedó por añadidura encerrada en la prisión de la ignorancia y de un vocabulario reducido. N o po­ seía ni el saber ni las palabras que le habrían permitido enterar­ se de los grandes acontecimientos. Lo extraordinario se fundía

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con lo ordinario. Nada era memorable. N ada atacaba la reali­ dad gris, la cosa uniforme, el bloque compacto que era para ella el tiempo. Ninguna circunstancia destacaba: «La vida entera estaba hecha de una desdicha contra la que nada podía hacerse

y que sólo podía soportarse». Su hijo, por el contrario, posee todo lo preciso para disipar

la bruma de lo indistinto y para captar lo real en su compleji­ dad, en su sutileza, en su profundidad. La lengua le abrió los ojos: descendiente de un largo linaje de taciturnos, salió de la opacidad, es el primer hombre que lo ve todo con claridad. Con el poder de nombrar con precisión las cosas, adquirió la facultad de discernimiento. Pero en este caso no le sirvió de mucho más. Por muy bien que sepa lo que es un archiduque y conozca al dedillo las peripecias que llevaron a la Primera Guerra Mundial, no le encuentra ningún sentido a esa intru­ sión de la historia universal en la vida de todos y cada uno de los hombres. La catástrofe cuyo carácter histórico no es capaz de aprehender la madre se le aparece al hijo como la catástrofe de la Historia. Ella no accede a la razón del destino que la gol­ pea; él, por su parte, levanta acta de su monstruosa sinrazón. Ella está perdida, él está desorientado. Ella no comprende, él constata que no hay nada que comprender. Para ella, «seguía siendo el mismo tiempo cuya desgracia podía aparecer en cual­ quier momento sin previo aviso»; para él, el tiempo se había salido de los goznes. Pero, en el fondo, viene a ser lo mismo. La ignorancia abocada a la oscuridad y la inteligencia confronta­ da a la absurdidad comparten finalmente el mismo estupor. El personaje a quien Camus llama Jacques Cormery para hablar de él como si hablara de otro y elevar así el testimonio

a la verdad superior de la novela, experimentó por primera vez

ese estupor cuando fue, con cuarenta años, a recogerse junto a

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la tumba de su padre, en el cementerio de Saint-Brieuc. Para él, que, a semejanza del Extranjero, «les tenía horror a los ges­ tos y a las conductas convencionales», era una visita que no servía para nada salvo para hacer lo que le pedía su madre in­ sistentemente desde hacía mucho tiempo. De modo que obe­ decía mecánicamente y sin poner nada por su parte cuando, al leer las dos fechas: 1885-1914, tuvo de pronto conciencia de que el hombre enterrado era más joven que él. Un sentimiento paradójico entonces lo invadió, una ola de ternura y de piedad le llenó el corazón: «N o era el movimiento de alma que lleva al hijo hacia el recuerdo del padre desaparecido, sino la com­ pasión turbada que un hombre hecho y derecho siente ante el niño injustamente asesinado — había en eso algo que no esta­ ba en el orden natural, y, a decir verdad, no había orden sino únicamente locura y caos cuando el hijo era mayor que el pa­ dre— . La continuación del propio tiempo se estrellaba alrede­ dor de él, inmóvil, entre aquellas tumbas que ya no veía, y los años dejaban de ordenarse siguiendo el gran río que fluye hacia su final». A hí es, sin duda alguna, en esa locura y en ese caos pre- original, donde se enraíza el rechazo camusiano, tan ardien­ temente criticado por Sartre, de abandonar la existencia hu­ mana en manos de la Historia. En la Historia estamos metidos «hasta las cejas», afirma Sartre. Quizá. Pero ¿quién nos dice que así está bien, que es normal, que tal es, in fine, la verdad de nuestra condición? ¿Quién nos dice que la Historia es nuestra única patria? ¿Quién nos dice que no tenemos otra adhesión, ningún otro recurso, ningún otro modo de habitar o de recorrer el mundo? ¿Quién nos dice que la Historia es por excelen­ cia el lugar donde se elabora el sentido de la vida? ¿No hay que ocultar, para seguir creyéndolo, la prueba instauradora del

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6

siglo xx, ese «fuego universal» que devoró al «padre menor» del primer hombre? En plena conversación con su madre, entre dos preguntas

apresuradas sobre ese padre desconocido, estalla una bomba.

U na bomba que se inscribe en un combate. Es una acción his­

tórica por definición, como lo era el atentado de Sarajevo. Pero con ese acercamiento, ese choque narrativo, Camus su­ giere que la fosa que se abrió entonces entre lo real y lo racio­ nal no ha sido reabsorbida. Y el primer hombre se niega a rati­ ficar con el resplandeciente nombre de justicia el sacrificio de los suyos ante los rigores de la Historia. Existe, no obstante, otro motivo para esa desaprobación sa­ crilega del Gran Englobador. Existe la suerte de haber sido po­ bre en medio de la belleza; existe la experiencia infantil de la generosidad sobreabundante del ser. El primer hombre da gra­ cias a la indigencia por haberlo expuesto a los elementos pri­

vándolo de las prótesis, de los aparatos, de los instrumentos, de las diversiones y de todos los amortiguadores que acolchan la vida burguesa. Ninguna riqueza lo separaba del lujo del mundo natural. Mundo que no solamente contempló. Antes de llegar

a ser juicioso el espectador, lo probó, tocó, saboreó, respiró, se

emborrachó sin mesura con sus olores; corrió hasta quedarse sin respiración, nadó en el agua tibia del mar, llevó bajo los ra­

yos del sol la vida fastuosa de un rey. Despojado de lo superfluo

e incluso de una parte de lo necesario, conoció el poder y la

gloria. «Durante horas sin fronteras en un territorio sin límites,

con la cabeza perdida en la luz incesante y los inmensos espa­ cios del cielo, Jacques se sentía el más rico de los niños.» Para lo bueno y, a veces entre los filósofos, para lo malo, se considera a Camus por lo general como uno de nuestros gran­ des humanistas. La realidad que desvela El primer hombre es

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muy diferente y mucho más original. Camus es uno de los esca­ sos pensadores del siglo xx que le ha puesto límites al imperio de la Historia, es decir, del Hombre. Contrariamente a las grandes filosofías del sujeto o a las de la estructura, le concedió un lugar esencial a algo más que al Hombre en el mundo de los hombres. La tierra humana no se reduce a los dispositivos hu­ manos, a la sucesión de códigos culturales o a la variedad de las formas sociales. Existen las tradiciones y existen las rupturas, existen los actos de los hombres y sus consecuencias en la iner­ cia de la materia. Existe asimismo algo que no depende ni de la praxis ni de lo práctico-inerte y que Argelia le descubrió a C a­ mus: cuando empieza a redactar El primer hombre, ya es dema­ siado tarde para reivindicar los derechos históricos sobre aquel país; queda el inextirpable patriotismo, el nexo que lo une a la realidad argelina en la que no muerde la Historia. En esa me­ moria viva del mar, del sol, de los paisajes, encuentra la fuerza necesaria para resistir no a la marcha de las cosas, desde luego, sino al espíritu historicista del tiempo.

Lo más emocionante e incluso lo más trágico que tiene El primer hombre no es tanto, quizá, que no esté acabado sino.su carácter inaugural. Camus volvía sobre sus pasos y, simultánea­ mente, se desprendía de sí mismo, de la pompa que le repro­ chaba Sartre y del despojamiento demasiado concertado de la escritura blanca. Su prosa se metamorfoseó, con el fin de resti­ tuir cuanto fuéra posible la presencia física del mundo del que había salido. Camus murió justo cuando estaba naciendo lite­ rariamente a una vida nueva. «Se sabe — escribía Sartre en su Respuesta a Albert C a­ mus— que hace falta, si no desahogo, al menos cultura, esa inapreciable e injusta riqueza, para hallar lujo en el fondo de la indigencia.» Pues no, se obstina Camus. La indigencia no es

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solamente un escándalo: en algunos sitios, en determinadas épocas, es un privilegio e incluso un don. Lo que le debe a la cultura no es haber podido catar ese don, sino haber podido decirlo. Y la inapreciable riqueza de la que habla Sartre se en­ cama, para él, en la figura de un justo: monsieur Germain, el maestro de la última clase de primaria. Que «empleó todo su peso de hombre, en un momento dado, para modificar el desti­ no de aquel niño que tenía a su cargo». Y llegó a transformarlo por completo al conseguir convencer a la abuela que, apremia­ da por la necesidad, Quería meterlo de aprendiz, para que lo de­ jara examinarse de ingreso en el liceo y cursar enseñanza se­ cundaria. Antes de aquella bifurcación decisiva, monsieur Germain le había descubierto la existencia de otros lugares. Y el primer otro lugar era Francia. El maestro manejaba manua­ les que se utilizaban en la Francia metropolitana: «Esos niños que sólo conocían el siroco, el polvo, los chaparrones prodigio­ sos y breves, la arena de la playa y el mar encendido bajo el sol; leían con aplicación, haciendo que se oyeran las comas y los puntos, relatos para ellos míticos en los que niños con gorros y bufandas de lana, calzados con zuecos, regresaban a sus casas en medio de un frío helador y arrastrando haces de leña por cami­ nos cubiertos de nieve, hasta vislumbrar el tejado nevado don­ de el humo de la chimenea les indicaba que la sopa de guisan­ tes estaba cociendo en el hogar». Y Camus, para nombrar ese desarraigo maravilloso, escoge el mismo vocablo que las agen­ cias de viaje reservan a los destinos llenos de sol: exotismo. Exotismo de la escarcha. Exotismo de los copos de nieve. Exo­ tismo del invierno blanco. Exotismo «donde el miedo y la des­ gracia merodeaban» en Cruces de madera de Roland Dorgelés, la novela sobre la Gran Guerra de la que el maestro hacía cues­ tión de honor leer amplios pasajes «al final de cada trimestre,

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cuando el horario lo permitía». Exotismo estudioso. Atractiva extrañeza de la cultura escolar. Necesidad de recibir enseñanza, es decir, de abandonarse, de olvidarse, de estar de vacaciones de sí mismo y de recalar en una orilla lejana. Para un niño con­ denado por la pobreza a una vida encerrada en sí misma, la en­ señanza era una evasión. Era también una investidura. Todos los niños «sentían que existían y que eran objeto de la más alta consideración». Cosa que, en aquella versión republicana de la democracia, no significaba en absoluto que se prestara un oído admirado a sus opiniones considerables, sino que, fuera cual fuera su origen social, los juzgaban «dignos de descubrir el mundo». ¿Sigue ocurriendo lo mismo? ¿El respeto es aún lo que era o el homenaje del primer hombre a su primer maestro y su cele­ bración de la «poderosa poesía de la escuela que se alimentaba también del olor a barniz de las reglas y de los plumieres» y «del olor amargo y áspero de la tinta violeta» son testimonio de un tiempo ya pretérito? En el momento en que Camus par­ tía en busca de su pasado, Günther Anders, emigrado a Estados Unidos, describía el presente como la situación en que la me­ tamorfosis del mundo en una cosa de la que se dispone está real

y técnicamente realizada. En otros tiempos, recordaba Anders,

«el hombre, para formar verdaderamente parte del mundo, sólo podía acceder a él más adelante, es decir, a posteriori. Pri­

mero tenía qufe pasar por la experiencia y aprender a conocer­

lo, hasta llegar a ser un hombre realizado y experimentado. La vida era una exploración». Ahora que la realidad se transmite

y entrega a domicilio, en directo o, como se dice hoy, en tiem­

po real, «ese viaje y esa experiencia se han hecho superfluos; de ahí, puesto que lo superfluo termina siempre por desapare­ cer, se han hecho imposibles [—]<dSl mundo se ha quedado sin

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caminos. Ya no recorremos los caminos Ya no vamos al encuentro de los acontecimientos, nos los traen». Esta civilización de la imagen que nacía en 1957 ha llegado hoy a la madurez y, al abandonar los caminos, ha dejado a mon- sieur Germain fuera de combate. De trujamán se convirtió en obstáculo. Enseñaba cuál era la vía; ahora, oculta la vista. Le debía su aura al poder que le era propio: descerrajar las puertas, abrir las ventanas, sacar a los niños de lo exiguo y de la mono­ tonía de sus hogares. La telepresencia cumple hoy en día esa función. Ya no hay lugar para el mediador o el intercesor del universo en el nuevo dispositivo de la información y de la co­ municación planetaria. El maestro que colmaba antaño «un hambre más esencial aún para el niño que para el hombre, y que es el hambre de descubrir», se estrella ahora contra la indi­ ferencia burlona o la somnolienta digestión de la telemirada. Sus alumnos ya no están hambrientos; están ahitos de imáge­ nes impactantes, atiborrados de sucedáneos y de fantasmas. La propia miseria ha dejado de ser la «fortaleza sin puente levadi­ zo» evocada en El primer hombre. Los desfavorecidos contem­ poráneos no están desconectados: tienen un móvil y un mando a distancia. La indigencia navega en el mismo barco visual y virtual que la opulencia. Todos, pobres o prósperos, consumi­ mos programas. De lo más alto a lo más bajo de la escala social, el ser en el mundo de la antigua humanidad le cede inexorable­ mente el sitio a un ser para la pantalla liberado de las limitacio­ nes de la gravedad, victorioso sobre las distancias, saturado de sensacional, conectado a todos los sitios de la tierra y separado de la textura de las cosas, hastiado, «alimentado — como ya de­ cía Valéry— de imágenes visuales o auditivas, que nacen y se desvanecen al más mínimo gesto, casi a una señal». La genera­ lización de esta enorme comilona ocular altera profundamente

101

la naturaleza de la indigencia y cambia radicalmente los naipes de la enseñanza. Por eso nos afecta tanto la lectura de la nove­ la autobiográfica de CamusUil primer hombre se nos aparece como el último mohicano. Conoció el resplandor de una mise­ ria muy distinta, se benefició de una institución muy distinta, no estuvo sometido al reino sin reparto del consumo, creció en una época en la que era el hombre quien iba hacia el mundo y no el mundo quien iba hacia el hombre. Pero no iba solo: mon- sieur Germain, representante de la institución, haciendo las veces de padre en un momento crucial, lo acompañó primero y luego le permitió volverse para tejer lazos con su padre desco­ nocido. Ya adulto, se encontró un día, en Argel, con el antiguo di­ rector de su escuela, monsieur Levesque. Era el depositario de una anécdota excelente e incluso extraordinaria que Camus recoge en su relato. Sucedió en 1905, en Marruecos. Su padre y Levesque combatían en las filas del ejército francés. U na no­ che, cuando el destacamento en el que estaban acampaba en la cima de una pequeña colina protegida por un desfiladero roco­ so, descubrieron al centinela al que se disponían a relevar con «la cabeza caída hacia atrás, insólitamente girada hacia la luna». A l principio, no reconocieron aquel rostro, que presen­ taba una forma extraña: «Pero era fácil de explicar. Lo habían degollado y lo que tenía en la boca, esa hinchazón lívida, era su propio sexo'entero». Lucien Camus (alias Cormery) estaba fuera de sí. «A l alba, cuando habían regresado ya al campa­ mento, había dicho que los otros no eran hombres.» Monsieur Levesque, que pensaba y que era de espíritu abierto, se había sublevado contra aquel rechazo visceral. Quiso distanciarse y respondió «que, para ellos, así era como tenían que actuar los hombres, que estábamos en su tierra y que utilizaban todos

102

los medios a su alcance». Levesque, con herniosa imparciali­ dad, reintegraba al círculo de la humanidad la violencia de la que ambos acababan de ser testigos, confiriéndole el doble se­ llo de la tradición y de la resistencia. Pero el esfuerzo era inútil. Lejos de dejarse impresionar por el punto de vista panorámico que le indicaba que el bárbaro era él, porque creía en la barba­ rie, Cormery se mantuvo en sus ideas. Se reafirmó incluso en la cólera que tenía: «A lo mejor. Pero se equivocan. U n hombre no hace esas cosas». Aunque con un argumento menos elabo­ rado que su interlocutor, Cormery no resulta más superficial. Admite que pueda explicarse semejante acto y encontrarle al­ gunas razones. Se da cuenta de que no es la acción de una pan­ dilla de psicópatas. Reconoce que tiene causas sociales, raíces culturales y que se inscribe en una estrategia de autodefensa, incluso de liberación. Lo que niega, sin disponer realmente de las palabras para decirlo, es que el principio de humanidad se pliegue al principio de razón suficiente. A l objetar Levesque, ecuánime como siempre, «que, para ellos, en algunas circuns­ tancias, un hombre debe permitírselo todo», Cormery se había salido de sus casillas: «No, un hombre se contiene. Eso es un

hombre, o si n o

El hombre, dicho de otro modo, es el ser que se define no por lo que hace — sus proyectos, sus productos, sus proezas, sus edificios, sus monumentos— sino por lo que el escrúpulo o la

vergüenza le impiden hacer. Y eso vale para todo el mundo. La regla no tiene excepción. El hombre que se rebela debe ser también un hombre que se contiene. Después, Cormery había añadido con voz sorda: «Yo soy pobre, vengo del orfelinato, me ponen estas ropas, me arrastran a la guerra pero me retengo a mí mismo». Para decirlo con la lengua hegeliana de Sartre y de Jeanson: el padre de Camus no es un alma bella. Se ufana de su

».

103

persona. Su destino es apenas más envidiable que el de los de­ golladores. Podría, por lo tanto, como víctima, aplicarse el dis­ curso de Levesque y exonerarse él también de la norma moral mediante la crítica social. Ahora bien, no lo hace. No le da rienda suelta a la rabia que siente. De manera que cuando afir­ ma que al oprimido no todo le está permitido y que la miseria no podría constituir un certificado de irresponsabilidad ni a fortiori un derecho al mal, lo hace con conocimiento e incluso con experiencia de causa. «“Hay franceses que no se contie­ nen”, había dicho Levesque. “Entonces, ellos tampoco son hombres”. Y de pronto, gritó: “ ¡Qué raza más inmunda! ¡Qué

raza! Todos, todos

ción. La mala raza no es tal o cual pueblo ni tal o cual civili­ zación, es la humanidad cuando se desembaraza de las trabas que la distinguen de una especie sanguinaria. De los dos protagonistas de ese diálogo capital, el padre de Camus es el más tosco. No llegaba hasta el final de sus razona­ mientos. No terminaba sus frases. Tenía un vocabulario sucin­ to, una sintaxis vacilante y un comportamiento rígido. Mien­ tras su compañero se esforzaba por comprender antes de condenar, él se ponía al rojo vivo y tartamudeaba de indigna­ ción. Pero las apariencias son engañosas: Cormery no rechaza­ ba la luz, se negaba a dejarse arrastrar a la noche en que la de­ cencia ya no se distingue de la abyección. No era por estar limitado por lo-’que ponía límites a la comprensión, sino porque era intratable. Mantenía, contra vientos y mareas progresistas o culturistas, la existencia de un absoluto ético y de criterios uni­ versales. N o rechazaba la diferencia, sino la idea de una multi­ plicidad indiferente de modos de actuar. No confundía tonta­ mente lo que está bien con lo que es suyo, velaba celosamente por lo irreductible, rechazaba con vehemencia el olvido de lo

”.»

No hay ningún racismo en la maldi­

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que está bien en provecho de lo que es otra cosa o de lo que de' bería servir de causa del Bien, y nada lo sublevaba más que el escamoteo del horror por la inteligencia de su interpretación. Camus no heredó, pues, nada, salvo la frase lapidaria «Un hombre se contiene», que no dejó de desarrollar y en la que no dejó de profundizar. Huérfano, «sin pasado, ni casa familiar, ni desván repleto de cartas y de fotos», tuvo que construirse a sí mis­ mo, pero fue como al dictado de su padre como escribió: «El hom­ bre no es solamente esclavo contra amo, sino hombre contra el mundo del amo y del esclavo». Y vuelve a ser un hijo quien, en El primer hombre, se inclina ante los Mudos de los que venía y ante el Amo que lo liberó del silencio de todos ellos, es decir, ante los seres a quienes les debe el haber conocido otro rostro del mundo.

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106

L a broma

Lectura de L a mancha humana, de Philip Roth

^

s aben

u stedes cómo empieza la literatura europea?

^ Empieza con una disputa.» Con esa observación des­

concertante es como Coleman Silk, después de haber pasado

lista, atacaba su clase sobre los dioses, los héroes y los mitos en

el mundo antiguo. Y, sin más preámbulos, leía los primeros ver­

sos de la Ufada a la clase: «Canta, Musa divina, la cólera desas­

trosa de Aquiles [

primer lugar a Agamenón, rey de los hombres, al gran Aqui- les». Y el profesor remachaba el clavo: «¿Qué es lo que se dis­ putan esos dos hombres poderosos, esas dos almas violentas? Algo tan antiguo como una riña de bar. Se disputan una mujer.

Una joven, para hablar con más exactitud. U na joven robada

a su padre. U na joven raptada al amparo de unos combates».

La cautiva se llama Briseida. Es la concubina de Aquiles, y Agamenón decidió apropiársela a cambio de la hija de Crises, el sacerdote de Apolo, a quien debe entregársela para aplacar la cólera del dios. Capricho contra susceptibilidad: la disputa que estalla en el primer canto del majestuoso poema no es una gran disputa. Tiene incluso algo de trivial. La epopeya homéri­ ca, con sus héroes, sus dioses, sus mitos, echa raíces en la prosa

].

Parte del día en que una disputa opuso en

107

de la condición humana. La fábula original nos cuenta una his- toria que no nos cuenta cuentos. Ese modo de entrar en materia hacía las delicias de los es­ tudiantes. Porque al asignarle a la literatura un comienzo tan poco solemne rompía con el protocolo anestesiante del culto a los clásicos y establecía entre las obras más elevadas y la expe­ riencia más vulgar un nexo para el que nada ni nadie los había preparado. Después de haber sido el primer decano judío de la Univer­ sidad de Athena, Coleman Silk acababa de volver a la ense­ ñanza a tiempo completo, y todo le iba yendo estupendamente aquel año de 1995, hasta el día en que, al darse cuenta de que dos alumnos no habían respondido nunca al pasar lista, tuvo esta frase chistosa y fatal: «¿Alguien conoce a estas personas? Do they exist or are they spooks? ¿Existen de verdad o se trata de dos fantasmas?». El mismo día, Colem an Silk fue convocado al despacho del nuevo decano para enterarse a un tiempo de que los dos es­ tudiantes eran afroamericanos y de que debía responder a una acusación de racismo. La palabra spook, en efecto, a la que to­ dos los diccionarios le dan la definición de «fantasma» o de «espectro», también puede emplearse, en una jerga pasada de moda, para designar despectivamente a los negros. El antiguo decano no dab^ crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo habría podido ironizar sobre el color de piel de unos estudiantes a los que nunca había visto? No, no había dicho: «¿Existen de ver­ dad estos negrazos?» — posibilidad grotesca, absurda, imposi­ ble— ; había llegado a plantearse, como consecuencia de su ab­ sentismo y en broma, la cuestión del carácter real o espectral de su existencia. Conque regresó a su casa tranquilo y seguro de que aquella acusación no tendría consecuencias. Se equi­

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vocaba. Pecaba por despreocupación. Aquella palabra de nada — spooks— había desencadenado los rayos de la humani­ dad en lucha contra el racismo y todas las formas de discrimi­ nación. Y esa humanidad, por aberrantes que fueran sus quejas

y sus protestas, nadie tenía de verdad ganas de que se le atrave­ sara en su camino o de buscarle pelea. El decano abrió dócil­

mente un expediente informativo. U na organización

negra hizo enardecida lo mismo, y los compañeros de Coleman Silk, que no querían parecer transigentes con lo Inaceptable y que, por añadidura, estaban demasiado felices de poderle hacer pagar la energía que había desplegado cuando era decano para sacar a su Universidad de la rutina, decidieron tomarse en serio la acusación. A lo mejor era cierto que había querido dar a en­ tender deliberada o inconscientemente que sólo unos negros podían saltarse las clases con semejante perseverancia y desfa­ chatez. De modo que la rabia se apoderó del profesor de la cok'

ra, una rabia no menos furiosa que la de Aquiles, «el exaltado más inflamable, más explosivo que un escritor haya podido nunca complacerse en pintar», como él mismo les decía a sus estudiantes, pero una rabia lógica, militante, argumentada, ba­ sada en razones universalmente compartibles. Era una razón de principio, no de rivalidad masculina. No era la rabia de un hé­ roe imbuido de sus poderes y de sus derechos, sino la indigna­ ción de un inocente aterrado por las persecuciones de que era objeto y que recurría, contra la hostilidad biempensante de sus perseguidores, a la verdad, a la justicia, al sentido común. A su lado estaba Iris, su mujer. La relación se había deterio­ rado hacía tiempo; ante el escándalo, sin embargo, recupera­ ron la antigua complicidad de estudiantes e hicieron frente. Pero Iris no soportó el golpe. U na mañana, se despertó con una migraña atroz y un brazo dolorido. A l día siguiente había muer­

militante

1 0 9

to. Para Coleman no cabía ninguna duda: esa muerte era un crimen. Habían apuntado contra él; y fue a ella a quien mata­ ron. Después de haber dispuesto lo necesario para las exequias, Colem an Silk llamó a la puerta del escritor Nathan Zucker- man, que vivía retirado por aquellos lares. Los dos hombres apenas se conocían, pero Coleman estaba fuera de sí y la rabia le echó abajo las inhibiciones. Le largó febrilmente su historia y, sin más formalidades, le pidió al novelista que la escribiera. Si lo hiciera él mismo, que era la víctima, dirían que exagera­ ba, lo tomarían por un cuentista. El asunto necesitaba un escri­ tor de oficio para que su verdad pudiera taladrar la inverosimi­ litud que encerraba. Zuckerman, fascinado y hasta conmovido por la desespera­ ción de quien iba a convertirse en su amigo, rechazó no obs­

tante la propuesta. La causa era justa, eso era indiscutible. Pero

es que él escribía novelas,

viar de disputas, por muy legítimas que fueran, sino para exa­ minar la existencia por la vía de la narración. N o quería en modo alguno delegar esa prerrogativa en una instancia exte­ rior, trocando su estatuto de autor por el de justiciero, es decir, de personaje en ese gran relato en el que se supone que se juega el destino del mundo y el de todos y cada uno, y que, desde He- gel, se llama Historia. En resumen, que a pesar del sentimiento de rebelión suscitado en él por la mala suerte y la humillación que golpeaban al antiguo decano, se resistió a la tentación de ser un vengador, un héroe, un Aquiles humanista, para seguir insertándose, mientras pudiera, en la estela de Homero. Coleman Silk presentó su dimisión en la Universidad, pero

siguió acumulando notas para un libro que debía llamarse Spooks. Depuraba, majaba, marinaba en el furor y la acritud. Y luego, inopinadamente, llegó la liberación. «Se acabó — le anunció

no manifiestos. N o escribía para ali­

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un día a su nuevo amigo— , tengo una relación, Nathan, una relación con una mujer de treinta y cuatro años. N o puedo de' cirle el bien que me hace.» La mujer se llamaba Faunia Farley, había crecido en una casa de la alta burguesía de Boston, de la que había huido de adolescente, porque el marido de su madre, que no paraba de manosearla, quería acostarse con ella. Se ha- bía casado con un veterano de Vietnam que consiguió llevar a la ruina una granja de vacas lecheras. Y los dos hijos de esa mu- jer a la que la vida intentaba machacar con una constancia in- creíble habían muerto asfixiados en el incendio de la caravana que tenían. El único bien que le quedaba era la caja metálica en la que conservaba las cenizas de sus pequeños; trabajaba como mujer de la limpieza donde Coleman Silk, treinta y seis años mayor que ella, había sido decano; por si fuera poco, ella era analfabeta: había elegido olvidar lo que hasta la edad de ca­ torce años había aprendido en la escuela de Boston. Aquellos dos seres no tenían que haberse conocido nunca. ■ Estaban separados por las barreras triplemente infranqueables de la edad, la cultura, la sociedad. Pero, gracias sean dadas a sus desgracias respectivas y a una pastillita azul, se conocieron. Coleman, emancipado de la rabia del combatiente, desemba­ razado de sus propias fulminaciones, salvado de los tormentos y de los destrozos tan bien descritos por los griegos, extremos que el apetito de venganza desencadena, se sentía vivir, más que nunca pero de otra manera, a la luz de la litada. «Estoy toman­

do Viagra, Nathan [

la debo a la Viagra. Sin Viagra no viviría nada de todo esto

toda esta turbulencia, esta felicidad, se

],

]. [

Sin Viagra seguiría hacia el declive de la edad que tengo,

cuidando la distante amplitud de miras de un hombre de mi cultura y mi experiencia, jubilado al final de buenos y leales

servicios, después de haber renunciado desde hace mucho a los

111

placeres de la carne [

].

Gracias a la Viagra acabo de com­

prender las transformaciones amorosas de Zeus. Así es como habría que haber llamado a la Viagra: Zeus.» Esa maravilla bio- tecnológica, dicho de otro modo, democratiza el Olimpo. Ese regalo, no del cielo sino de la modernidad, pone al alcance de cualquiera las hazañas que las leyendas más antiguas de nuestra cultura atribuían a los dioses. Bajo los efectos de la Viagra, la secularización se sale de sus raíles: lo que el progreso transfiere aquí abajo no son las grandes esperanzas y las visiones proféti- cas de la Biblia, son los prodigios frívolos de la mitología. Quien celebra las virtudes divinas de la Viagra es Coleman Silk. Pero Nathan Zuckerman es quien relata el episodio. El escritor terminó por acceder a la petición del profesor. Lo hizo después de la muerte de los dos enamorados en accidente de coche (y en condiciones que no quedarán desveladas sino al fi­ nal de la historia). Lo que motivó el cambio fue, además de la voluntad de construirle una tumba al amigo difunto, haber descubierto con ocasión de su entierro que aquel «judío de na­ riz pequeña y mandíbulas prominentes» era en realidad un ne­ gro. De modo que ya no se trataba para el novelista retirado del mundo de enzarzarse en la pelea lanzando su «Yo acuso», sino de descubrir el enigma de un hombre- A l que se requería era al artista, no al intelectual. El relato, que sólo parecía necesitar pasión justiciera, exigía ahora bastante más: la elucidación de una elección existencial. Igual que Anatole Broyard, célebre crítico literario del New York Times en los años cincuenta del siglo xx, Coleman tenía la piel clara. Cuando la epidermis no tiene, por lo gene­ ral, más posibilidad que ser franca y exponer el color, la suya elu­ día la regla ontològica común. Indeterminado, equívoco, lími­ te: la antinomia lo había esquivado. Blanco o negro: no podía

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decidirse a primera vista. Su padre, que después del crac de 1929 había perdido la tienda de óptica que tenía y se había vis­ to obligado a trabajar de camarero de coches-cama para sacar adelante a su familia, se lo había advertido: «Cada vdz que hay que tratar con un blanco, por mucho que tenga las mejores in­ tenciones del mundo, nuestra inferioridad intelectual la da por adquirida. De uno u otro modo, si no explícitamente, sí al me­

nos por la expresión del rostro, el sonido de la voz, la irritación

o incluso lo contrario, es decir, la paciencia, los prodigiosos es­

fuerzos de humanidad; siempre te habla como si fueras un re­ trasado mental, siempre se queda boquiabierto de que no lo seas». El señor Silk, en aquel clima de humillación silenciosa (agravado por su posición profesional), siempre había conver­

tido en una cuestión de honor cuidar la educación de sus hijos

y, en particular, su conocimiento del inglés. Un inglés que lla­

maba «la lengua de Chaucer, de Shakespeare, de Dickens» y que honraba prohibiendo las aproximaciones o las locuciones infantiles: «Hasta los compañeros de sus hijos que pasaban por la casa se veían corregidos por el señor Silk». Y desmintió el prejuicio con tanta eficacia que su hijo Coleman era el mejor de la clase en el colegio. Resultado: la familia recibió un día la visita del doctor Festerman, importante cirujano del hospital en el que trabajaba la madre; venía a pedirles a los padres que convencieran al hijo de que, mediante una compensación eco­ nómica, le dejara el primer puesto al suyo, único medio para que este último entrara en una importante Facultad de Medi­ cina de la costa Este, porque en aquellos tiempos el GI Bill aún no había sido instaurado y los judíos padecían un numerus clau-

sus extraordinariamente severo. La familia rechazó aquella proposición indecente. Pero Coleman quedó marcado por el episodio durante mucho tiempo. Así, cuando en Nueva York,

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en 1948, conoció a Steena, una joven de Minnesota, se abstu­ vo de decirle que era negro. Tampoco le dijo que era blanco.

N o le dijo nada. Aunque ella no manifestara ningún prejuicio,

dejó pendiente la cuestión. Pero cuando ella descubrió la ver­ dad sin estar previamente preparada, con ocasión de una visita de presentación en casa de sus padres, en Hast Orange, en Nue­ va Jersey, Steena fue presa de un ataque de pánico. En el cami­ no de vuelta, estalló en sollozos: «N o puedo», y huyó. De modo que, transcurrido un tiempo, le dijo a la mujer con la que iba a

pasar el resto de su vida que era judío y que Silk era «una ame­ ricanización de Silbersweg adquirida en Long Island y que un aduanero caritativo le impuso a su padre». A l hacer aquello, Coleman no se había pasado al enemigo.

N o desertó del mundo de los débiles y de los oprimidos para

disfrutar sin vergüenza de los privilegios de la dominación. N o eligió el bienestar de pertenecer a la mayoría contra el fardo de pertenecer a la minoría estigmatizada de los antiguos esclavos. Eligió la vía exaltante y exigente de no pertenecer. Para decirlo en dos palabras: no cambió de campo, se largó del campo. La tragedia americana, según ponía ya de relieve Tocque-

ville, es menos la esclavitud en sí que la combinación del «he­ cho inmaterial y furtivo de la esclavitud con el hecho material y permanente de la raza». Hay en ello una fatalidad que la libe­ ración no basta para romper, porque «el recuerdo de la esclavi­

tud deshonra a la raza y la raza perpetúa el recuerdo de la escla­ vitud». U n descendiente de esclavos puede responder a esta situación mediante el desafío, mediante la dignidad impasible

o mediante la sobrepuja servil. Pero no puede no empezar res­

pondiendo antes. Está condenado a reaccionar y a reaccionar como miembro de una comunidad. Siempre ha perdido de an­ temano la iniciativa y la independencia. Ya no es el dueño de

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su vida sino, en la sumisión o la rebelión, el esclavo de su color. A l estar asignado a éste como a una esencia, queda excluido de la gran promesa humanista puesta en boca de Dios por Pico della Mirándola hace ya mucho tiempo: «N o te he concedido ni un sitio determinado, ni un rostro propio, ni un don particu­ lar, oh Adán, con el fin de que tu sitio, tu rostro y tus dones los desees, los conquistes y los poseas por ti mismo. La naturaleza encierra otras especies en leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien ningún hito limita, gracias a tu libre albedrío, en cuyas manos te he colocado, te defines a ti mismo». Hoy, es decir, después de la elección de un presidente negro para la Casa Blanca, no hay americano que no se sienta autorizado a reivin­ dicar ese poder y a subrayar: Yes, we can! Peto en los tiempos en que Coleman llega a adulto y se hace cargo de su vida, el tal Adán sigue sin poder ser negro. Aunque la segregación — con­ tragolpe del nazismo— sea cada vez más contestada, la visibili­ dad de los negros tiraniza aún hoy la identidad de éstos, y si­ guen llevando el nombre propio encadenado al nombre común. La negritud, asumida o vergonzante, sigue siendo inolvidable, mientras que los blancos, en cambio, son libres de concederle

o no importancia al color de su propia p ie l U n rostro negro es

negro antes de ser rostro. U n rostro pálido es antes un rostro. Coleman aspira simplemente a esa prelación. Se niega a limi­ tar sus opciones existenciales al abanico de papeles que le ofre­ ce la mirada social. Quiere escribir su propia partitura. Quiere definirse a sí mismo. Quiere beneficiarse de la promesa hecha

a Adán, revistiéndose con la piel no de un blanco sino de un

incoloro. De modo que no se mueve, por traición o por oportu­ nismo, de un nosotros a otro nosotros. Cambia valientemente de pronombre. Se desembaraza del cerco de la primera persona

del plural: Coleman es un pionero del Yo.

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Esa trayectoria y esa resolución tienen algo fuera de lo co­ mún, pero en absoluto cogen a nadie por sorpresa. El propio genio de su nación es lo que inspira a Coleman cuando, para ser un individuo en el sentido pleno del término, repudia la raza y la historia. Porque, ¿qué es lo que hace en el momento de lanzarse a su loca empresa sino hallar una salida americana para la tragedia de América? Pico della Mirándola dio la señal de salida a la modernidad occidental al conferirle al ser huma­ no la capacidad e incluso la obligación de construir su propio ser. Pero en Occidente sólo hay un lugar exclusivamente moder­ no: el continente norteamericano. Mientras que Europa está condenada a formar un compuesto con el Antiguo Régimen, América, al menos en calidad de tierra prometida de la abun­ dancia, es el reino donde el hombre se siente invitado a sacu­ dirse el yugo de sus orígenes y a dejar atrás el destino opresor, como si fuera un trapo viejo. El atractivo del Nuevo Mundo está en su rechazo a transigir, como el Viejo Continente, entre el pasado y el porvenir. Self-made man: tal es la fórmula del homo americanus, que no se aplica menos a Coleman Silk al cortar el nexo umbilical para convertirse en alguien de su elec­ ción que al fulgurante éxito material de Howard Hughes o de Bill Gates. ¿Que Adán no puede ser negro? ¡Pues que por eso no sea! Coleman dejará de ser negro con el fin de ganar la in­ determinación de Adán, y cumplirá así con el gesto americano por excelencia: «Convertirse en un ser nuevo. Tirar por otro camino. Es el drama que sustenta la historia de América: basta con levantarse y ¡en marcha!, con la energía y la crueldad que requiere esa búsqueda embriagadora». Nathan Zuckerman muestra la extraordinaria energía de quien fue en su juventud, y en contra del deseo de su padre, boxeador aficionado de golpe temible, pero también explora su

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lado oscuro. U na vez la decisión tomada, Coleman tuvo que ir a ver a su madre y decirle a la cara la insostenible verdad: «La joven con la que se había casado era blanca y judía, le había hecho creer que él también era judío y que sus padres habían muerto. Lo que significaba en concreto que no podría ver a sus futuros nietos más que de lejos, en los lugares públicos — la es- tación, el zoo o Central Park— y sin darse nunca a conocer. La asesinaba. A l padre no necesita matarlo. El mundo se ocupa de hacerlo. Hay montones de fuerzas que están ya acechando al padre. El mundo le iba a ajustar las cuentas al señor Silk; y lo había hecho, en efecto. A quien hay que asesinar es a la madre.

Y en ello estaba él, el niño al que había querido como ella ha­

bía querido. ¡La asesinaba en nombre de su exaltante idea de libertad!». La libertad, en otros términos, no es dejadez. Hace falta heroísmo ante el egoísmo que la libertad reclama. Y la ruptura de los lazos afectivos se manifiesta bastante más exi­

gente que el desafío lanzado a la ley. Coleman llega hasta el fi­ nal, pero resulta devastado por el dolor atroz que inflige y por

el sacrificio monumental que se impone a sí mismo al romper

todas las cadenas de la heteronomía. El lector asiduo de Philip Roth, no obstante, se pregunta: si ese desgarramiento exige tal esfuerzo, si hace falta tanta vio­ lencia y sufrimiento para acceder al rango de sujeto soberano, ¿por qué correr el riesgo de comprometerlo todo constituyén­ dose una identidad judía? ¿No se ubica automáticamente el que dice «Soy judío» bajo la tutela puntillosa de «Nosotros, los judíos» y, como prueba el primer relato atribuido por Philip Roth a Nathan Zuckerman, El escritor fantasma, se expone a los rayos de esa comunidad despellejada viva cuando se niega a convertirse en su portavoz? Por haber transgredido desde su primer relato el deber de amalgamarse con los suyos, el joven-

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císimo novelista fue tratado de renegado y acusado formalmen- te de haberle entregado la fianza de su talento y de su nombre a los peores tópicos del antisemitismo. Creyó que por medio de la literatura podría escapar a la división del mundo entre «no­ sotros» y «ellos, los goyim», y comprobó lo que eso le costaba. ¿Se habría descarriado Coleman Silk? No, porque es negro. Y, para los negros, los judíos son en primer lugar no negros, es de­ cir, goyim. Unos goyim no del todo como los demás, unos go­ yim que, en los años cincuenta del siglo xx, eran percibidos como más liberales, más tolerantes, más acogedores que los de­ más. Ahí, Coleman corría menos peligro que en ninguna otra parte de encontrarse en la infernal situación de toparse con el racismo sin poder darse a conocer. Y en cuanto a Iris, estaba tranquilo: los padres de su prometida, anarquistas y yidisófo- nos, ayunaban una vez al año, y no era por el Yom Kippur, era para conmemorar el aniversario de la ejecución de Saco y Van- zetti. Coleman operó un auténtico pulso individualista y lo con­ siguió: se evadió de la prisión racial sin caer bajo la férula de una nueva y hostigadora tribu. Pero él, el pionero del Yo, no ha­ bía contado con otro nosotros: «El nosotros que es inevitable: el instante presente, el lote común, el humor del momento, el es­ tado de ánimo del país, la tuerca histórica que se da en la época en la que cada, uno vive». Ese nosotros lo estaba esperando a la vuelta de la esquina y lo hizo tropezar inculpándolo de racis­ mo, a él, cuya vida entera era una protesta contra ¡a estigmati- ZOción y la desindividualización racistas de los hombres. Y lo que constata en semejante ocasión es que «no se vuelve uno racista así, de la noche a la mañana; se lo descubren a uno de pronto, pero se es racista desde siempre. N o es como si se hubiera co­ metido una metedura de pata, una vez: cuando se es racista es

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que siempre se ha sido. De repente, se convierte uno en racista de los primeros momentos». Ocurre hoy con el racismo, por lo tanto, como ayer con el objeto del racismo. Lo criminal no son sus actos ni siquiera sus ideas, es su ser. Diga lo que diga y haga lo que haga o haya hecho el acusado, es racista a perpetuidad, es racista desde que nace hasta que muere. U n determinismo implacable lo encierra en su concepto, sin escapatoria posible. Por muy libre que quiera ser, el individuo que hay en él nunca supera su calidad de representante de una especie dañina. No es sujeto, está sujeto, anclado a su pertenencia, condenado a la repetición, arraigado al mal. La R de «Racista» es su letra es- carlata, y esa letra es indeleble. La falta de la que responde de­ lata la tara que lo aflige. Aquellos a quienes el racista en cues­ tión habría herido, por su parte, no quieren en modo alguno ser reconocidos por quiénes son: lo que son basta para su felici­ dad. La prisa que se dan en denunciar a un profesor que nunca ha tenido ocasión de evaluarlos ni incluso de vislumbrarlos traiciona el auténtico deseo que sienten: ser juzgados, aprecia­ dos e indemnizados no por sus méritos sino por sus raíces o por su color. N o defienden la libertad: la rehuyen e intentan que­ dar exentos de toda responsabilidad individual refugiándose en el capullo de una identidad colectiva. N o hay causa más justa que la causa de la igual dignidad de las personas; no hay necesidad más imperiosa que la necesidad de desestimar toda definición política, científica o religiosa de la humanidad, de la que determinadas comunidades o determi­ nadas culturas se encontrarían excluidas; no hay, pues, combate más legítimo que el combate contra las discriminaciones racia­ les. Pero según demuestra la desventura de Coleman Silk, los buenos sentimientos son a veces la coartada del resentimiento, y, con el profesor maldito, nos vemos abocados a manifestar la

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siguiente constatación desesperada: el espíritu antirracista que sopla en los campus en los albores del nuevo milenio no abroga el espíritu de persecución, sino que lo reaviva. La Bestia ha sido abatida; lo que hace, no obstante, que el aire de los tiem­ pos sea tan difícilmente respirable es la semejanza entre el

buen pensamiento triunfante y los malos pensamientos acuña­ dos de oprobio. Gracias al encuentro milagroso con Faunia, Coleman Silk creyó que podría otra vez cambiar de dirección rompiendo con ese nuevo avatar del nosotros y con la voluntad alienante de combatirlo, de responderle, de ganarle la partida. Conocía, «por la cólera de Aquiles, el furor de Filoctetes, las fulminacio­ nes de Medea, la locura de Ayax, la desesperación de Electra y el sufrimiento de Prometeo», los horrores sin nombre que se producen «cuando el paroxismo de la indignación conduce a ejercer represalias en nombre de la justicia y se entra en el ci­ clo de la venganza», y ese saber volvía de pronto a hacérsele

presente.

ción final, se liberaba de la necesidad de tener razón. Después de haber anulado su heredad, estaba dispuesto a abandonar una parte ya secundaria de sí mismo para existir en primera persona y seguir forjándose su propio destino. Pero el nosotros del espíritu del tiempo no se dejó desprender. U n día, Coleman recibió una carta anónima redactada así:

Nadie podría con él — pensó entonces— si, defec­

Es de notoriedad pública que explota usted sexualmente a una mujer oprimida y analfabeta a quien le dobla la edad.

¿El antiguo decano de la Universidad de Athena reconoció enseguida la letra de Delphine Roux, una profesora francesa a la que él mismo había contratado y que dirigía ahora el Depar­

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tamento de Lengua y Literatura. Era brillante., era culta, era cu néfila, había dedicado una tesis previsiblemente subversiva a la obra de Georges Bataille, llevaba al campus de Athena el es­ píritu sofisticado de la vanguardia parisina y contribuía, con su inimitable french touch, a la sustitución de la gran promesa in­ dividualista a la que Coleman había querido dar cuerpo con el arco iris de las visiones minoritarias. Poco tiempo antes de que el asunto estallara, una estudiante llamada Elena Mitnick se había dirigido a ella como directora del departamento para quejarse de las obras de Eurípides que Coleman exigía en el programa de su asignatura sobre la tragedia griega. La estudian­ te entendía que aquellas obras eran «degradantes para las mu­ jeres». Delphine Roux convocó entonces a su colega para intentar arreglar las cosas con él. Pero la guerra estalló al ins­ tante. Coleman Silk: «Mi querida amiga, me he pasado la vida leyendo esas obras y reflexionando sobre ellas». Delphine Roux: «Nunca desde la perspectiva feminista de Elena». Colé- man Silk: «N i desde la perspectiva judía de Moisés. N i siquiera desde la perspectiva, hoy tan de moda, del perspectivismo nietzscheano». Tal es, en efecto, una de las paradojas cómicas de nuestro tiempo: Nietzsche, muy a su pesar, se vio enrolado por la crítica de la dominación y la militancia igualitaria; la idea hiperdemocrática de una equivalencia de todas las opinio­ nes, de todas las interpretaciones se alimenta hoy del aristocrá­ tico rechazo a sacrificar la jerarquía ante los seres de la univer­ salidad de lo verdadero, enunciado y largamente argumentado por el autor de La gaya ciencia. Cuando, en el semestre siguien­ te, otra estudiante, «pasmada al haber descubierto que, a sus espaldas, el profesor Silk le había aplicado un odioso epíteto racista en presencia de sus compañeros», se precipitó, a punto de echarse a llorar, al despacho de Delphine Roux, pero ésta,

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escaldada, no quiso en modo alguno reeditar la primera expe­ riencia. Sabía que, si llamaba a Coleman, éste se mostraría iró­ nico y paternalista. De modo que sometió directamente el pro­ blema al decano de la Facultad. Y cuando, a pesar de las precauciones que tomaban Coleman y Faunia para no ser presa de nadie, Delphine Roux se enteró de la existencia de su rela­ ción, vio inmediatamente en aquello un nuevo avatar no ya racial sino también sexual del escándalo multiforme de la des­ igualdad de condiciones y aprovechó sin la más mínima duda la ocasión para despertar de nuevo las hostilidades contra el antiguo decano. Estamos en 1998, el año en que Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos de América, fue acusado de haber mentido sobre sus relaciones con una joven becaria rellenita: Monica Lewinsky. Faunia es a Coleman lo que Monica al inquilino de la Casa Blanca: la mujer por la que llega la persecución. D id you have sex with this woman?: Clinton debe responder del cri­ men de adulterio ante los representantes ofendidos de la mayo­ ría moral, y el asunto adquiere tales proporciones que Nathan Zuckerman llega a imaginar «una pancarta gigante de una a otra punta de la Casa Blanca como uno de esos embalajes da- daístas a lo Christo, en la que estuviera escrito: “AQUÍ VIVE UN SER HUMANO”». Coleman, en aquellos mismos momentos, se ve sometido al anatema de la comunidad universitaria de Athena. Los atormentadores del joven presidente y los del vie­ jo decano no hablan la misma lengua. Los primeros, reacciona­ rios y puritanos, fustigan la concupiscencia, la impureza, la «incontinencia cam al» y, como el editorialista William F. Buc- kley, desean para el culpable el suplicio de Abelardo. Los se­ gundos, progresistas, denuncian la opresión y todas las injusti­ cias del orden social. En otros términos, los enemigos de Bill

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Clinton y los enemigos de Coleman Silk son enemigos entre ellos, reivindican valores opuestos, pero lo que los acerca, más allá del antagonismo, es el simplismo vertiginosamente mani- queo de su compromiso político y moral. La desgracia del pro­ fesor procede del mismo mecanismo mental que el encarniza­ miento contra el jefe del Estado. Y el primero, indudablemente menos universalmente expuesto, experimenta el fastidioso añadido de ver transformarse en jueces inmisericordes a sus de­ fensores naturales. Su abogado, Nelson Primus, un joven alto, delgado, ágil y deportista, siempre impecablemente vestido, le sugiere, con la condescendencia propia de sus treinta años ante un viejo ri­ dículo a quien un sucedáneo farmacéutico le ha devuelto la vi­ rilidad a razón de diez dólares la píldora, que ponga fin a sus amores. «Coleman, Faunia Farley no es de su mundo.» Y eso no es todo: los hijos de Coleman también le leen la cartilla. Lo habían apoyado cuando estalló el asunto político, pero el asun­ to sexual es ya harina de otro costal. Están indignados y, con una extraordinaria inversión de papeles, se convierten en jue­ ces, en superegos, en los padres del padre, en suma. Y la situa­ ción no sólo es severa (cosa que Coleman puede comprender), sino reductora (cosa que lo agobia). El día en que le anuncia al mayor, Jeff, que ha roto con la joven «porque no quiere perder a sus hijos», su prudente descendiente lo aprueba y dice sentir­ se aliviado de que no haya habido repercusiones. ¿Repercusio­ nes de qué? — pregunta el padre— : del aborto y de la tentativa de suicidio. Coleman se siente consternado. Aquel embarazo y aquel gesto desesperado son pura invención. Faunia no abortó, Faunia no quiso poner fin a sus días. De manera que le pide aclaraciones a Jeff: ¿de dónde saca esas noticias sensacionalis- tas que él mismo va propagando con tanto entusiasmo? A lo

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que el hijo le responde con el tono cansino de la evidencia que en Athena esos acontecimientos eran de notoriedad pública:

todo el mundo lo sabía. Everyone knows: eran las primera palabras de la carta de Delphine Roux; es el siniestro estribillo de La mancha huma­ na. Everyone knows: el peso del cliché se abate sobre la vida real. Everyone knows: un narrador sin rostro formatea el mundo humano. Everyone knows: los hombres emancipados de la tra­ dición caen bajo la férula de la opinión; el vacío dejado por el poder manifiesto de la comunidad queda relleno por el anoni­ mato del poder social. Lo que quiere decir una vez más que, le­ jos de haber soltado a su presa, el nosotros se ha metamorfosea- do: convertido en impersonal, es ya omnipresente, aplastante, ineluctable. Y Coleman constata con espanto que los princi­ pios educativos que puso en marcha para sustraer el corazón y el espíritu de sus herederos al reino del Everyone knows no han servido estrictamente para nada: «Toda la preparación en la es­ cuela, todas las lecturas que les habían hecho, los anaqueles llenos de enciclopedias, los repasos antes de los exámenes es­ critos, las conversaciones por la noche, a la hora de la cena, la sensibilización sin fin llevada a cabo por Iris y por él mismo so­ bre la naturaleza multiforme de la vida; el cuidado tamizado de la lengua», y el resultado es que su hijo, ególatra y remilgado, acepta como verdades los fantasmas hollywoodienses. Everyone knows o el fiasco espectacular de la cultura. N o es, si queremos ser precisos, por la incultura o por la barbarie por lo que la lite­ ratura queda fuera de toda posibilidad de actuar, es por la rom­ piente narrativa, o sea, literaria, de los prejuicios y de los tópi­ cos que le dan a cada época su fisionomía, su tonalidad, su coherencia. Lo Otro de la literatura obtiene su fuerza de ser otra literatura y de colmar la espera. La educación cede sin mu­

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chos perjuicios al rumor que lo kitsch viste. El sentimentalismo hace las veces de sensibilidad y el dique del escepticismo trági­ co se lo lleva la ola del melodrama universal. Nathan Zuckerman conoció a Emestine, la hermana negra de Coleman Silk, el día del entierro de éste. Ella es quien le re­ vela el gran secreto, la contravida elegida y moldeada con una determinación implacable por aquel hombre hacia el que sen­ tía una amistad profunda y al que no conocía. Descubre enton­ ces la existencia del padre extraordinario que no consideraba el inglés como un instrumento, sino como un patrimonio, y que había velado con celoso cuidado para que sus hijos le hi­ cieran honor. Zuckerman se entera también de que la resolu­ ción heroica y espantosa de Coleman había sido más terrible aún por el carácter incondicional del amor que su madre le te­ nía: «N i siquiera la decisión de pasar el resto de su vida simu­ lando ser amado por otra mujer, una madre que nunca había tenido y que nunca había existido, ni siquiera eso había conse­ guido liberarla de él». Y cuando Nathan le explica a su vez a Emestine las razones de la dimisión de su hermano y le cuenta el asunto de los spooks, ella no da crédito a lo que está oyendo. La idea de justicia inmanente ni siquiera se le pasa por la cabe­ za. ¿Es merecido el castigo al hijo pródigo? No, trivial, imbécil y revelador de los daños del conformismo antirracista. En otro tiempo — observa Emestine— , es decir, en tiempos de sus pa­ dres y también del suyo o de su interlocutor, los fracasos se le atribuían al individuo. Hoy, se le atribuyen al sistema. La recti­ tud política quiere que el hombre sea originalmente inocente y bueno: si hay mal, procede de la sociedad, es decir, de la do­ minación. De todas las formas de la dominación, el racismo es la más escandalosa; y la cultura llamada legítima, la más insi­ diosa. A sí se consigue el prodigio de que «el negro sea el perejil

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de todas las salsas» y, al mismo tiempo, criminalizar la alteridad declarando a los autores de la Antigüedad demasiado difíci­ les, demasiado lejanos, demasiado extranjeros para venir a es­ torbar en las clases. La más leve disimilitud suscita la reproba­ ción solemne de aquellos a quienes se les llena la boca con las

palabras «relación», «diversidad» o

cluye Emestine— , «el estudiante se vale de su incompetencia como de un privilegio. Si yo no lo consigo, eso es que la asig­ natura falla». Erase una vez la escuela. Pero la propia Emesti- ne, tan clarividente y que tanto le gusta a Nathan por su didac- tismo, no quiere ni oír hablar de Faunia Farley. N o hay sitio para esa mujer en la biografía de su hermano. Faunia Farley es inaceptable: la doble tiranía de las normas de urbanidad y de la afectación la excluyen del paisaje.

«apertura». Ahora — con­

D u ra n te m ucho tiempo he pensado que si, a partir de la Pas­ toral americana, Philip Roth había convertido a Nathan Zuc- kerman no ya en el protagonista de sus novelas sino en un cro­ nista excluido de la turbulencia de la vida mediante una operación de cáncer de próstata que lo había dejado impotente e incontinente, era para remacharles el clavo a sus detractores. Se le reprochaba insistentemente que no hablara más que de sí mismo y que escribiera, cobijado por la bandera de convenien­ cia de la novela, la autobiografía interminable del escritor que él era. N o se quería creer lo que decía cuando afirmaba que su obra era no una confesión apenas transpuesta, sino una explo­ ración de la existencia, y que había tanto álter como ego en su álter ego, Zuckerman. Por mucho que mataba y luego resucita­ ba a su personaje, y lo gratificaba con aventuras que él mismo jamás había vivido, en resumen, por mucho que lo lanzaba en las infinitas direcciones de su vida posible, se seguía estando

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desdeñosamente convencido de que mantenía la línea única de su vida real. Nada podía desarmar con más eficacia a la crí­ tica que trasladar a Nathan Zuckerman, con un golpe de bistu­ rí, del estatuto de héroe al de oído que escucha. Dado el tem­ peramento batallador de Philip Roth, algún peso debió de tener esa razón. Pero con la lectura de La mancha humana he descubierto otra, más profunda y más decisiva. Todo lo que ocurre nos llega en forma de relatos. Y aquellos a los que hasta los más sofisticados de nosotros les añaden fe, aquellos que montamos espontáneamente para poner orden en la anarquía de los acontecimientos, son edificantes y rudimentarios. So­ mos desde la infancia consumidores insaciables y productores incesantes de ficciones estereotipadas. N o nos cansamos de re­ ducir los problemas, los dilemas y los rompecabezas de la exis­ tencia a escenas cegadoras en las que el Bien se enfrenta al Mal en combate singular. Los contenidos de esas dos nociones cam­ bian, la estructura permanece: siempre es san Jorge quien clava la lanza en las fauces del dragón. Contra ese activismo noveles­ co, impetuoso y monótono existe una instancia a la que recu­ rrir: la novela. La novela no es una modalidad más de la fábula, es la fábula que no se presta al juego y que, para decirlo con pa­ labras de Milán Kundera, desgarra «el telón mágico tejido de leyendas», colgado ante los ojos del mundo. A l confiarle la narración de las historias postzuckermania- nas a Nathan Zuckerman, Philip Roth personifica ese gesto salvador. Lo encama. Lo integra en la intriga. Le otorga una presencia física. El arte de la novela entra en la novela. La in­ vención se presenta como investigación, el relato se sitúa al mismo nivel que la historia y el rechazo de dominio desde arri­ ba es mucho más que un procedimiento o una estratagema. El lector resulta así confrontado no solamente a la trama y al dra­

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ma de una vida, sino a una lucha (cuya apuesta es toda la vida) entre la imaginación literaria y las proyecciones del reduceio- nismo moral. «Because ive don’t knoiv, do ive? ¿Qué es lo que hace que las cosas ocurran como ocurren? Lo que sustenta la anarquía de los acontecimientos que se van encadenando, las

incertidumbres, los desgarros, la ausencia de unidad, las irregu­

no hay

modo de saberlo. Incluso las cosas que sabemos no las sabemos. ¿Las intenciones, los móviles, la lógica interna, el significado de los actos? Es pasmoso lo que no sabemos. Y más pasmoso aún lo que creemos que es saber.» No sabemos. Pero, sobre todo, no sabemos que no sabemos. Creemos que sabemos. La ignorancia no es un vacío, es un exceso de urdimbres y de cer­ tezas. De modo que hay que desmontarla. Eso es lo que intenta hacer el narrador de La mancha humana. Sin la intervención de Zuckerman, Philip Roth habría hecho aparecer a Faunia Far- ley de la nada. Pasando por su personaje fetiche, pone en esce­ na la imaginación, y no como un atributo de los creadores o como una facultad meramente estética, sino como una herra­ mienta hermenéutica, como la única arma de la que disponía­ mos para resistir a las imágenes que el pseudosaber no deja de producir. El pseudosaber de Delphine Roux y de su feminismo abstracto. El pseudosaber también de Coleman Silk, cuyas confidencias le permitieron a Nathan Zuckerman retratar a Faunia, aunque él también estaba en el error. El día del funeral, Nathan descubre que uno y otro fingían como en una comedia. Ella, la comedia del analfabetismo; él, la comedia del color de la piel. Ambos eran actores y desertores. Coleman había queri­ do huir de la imposición de sus orígenes; Faunia, más radical aún, había querido escapar de la cultura. Sin ninguna fe en sus congéneres, prefería incluso la compañía de los grajos: «U n

laridades chocantes que caracterizan la relación [

],

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grajo en particular, que había sido recogido por la protectora de animales local y que respondía al nombre de Prince». ¿Por qué ese grajo? ¿Porque era el embajador de la naturaleza, ese paraíso del que fue expulsado el hombre? Pues no. Prince es un pájaro cruelmente inadaptado. Cuando quiere abandonar la

jaula y va a posarse en la rama de un árbol, los demás grajos lo atacan y no le queda más remedio que batirse precipitadamen­ te en retirada para evitar el desastre. «Eso es lo que ocurre — dijo Faunia— cuando se ha sido educado por el hombre. Eso es lo que ocurre cuando ha estado uno rodeado de individuos como

nosotros. Es la mácula del hombre. [

dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad,

sevicia,

cuando viene al mundo. [

nosotros. Para siempre, inherente, constitutiva. [

var esa mácula no es más que una broma. Incluso una broma bárbara. El fantasma de la pureza es terrorífico. Demente. ¿Qué es la búsqueda de la purificación sino una impureza más?» En ese soliloquio crucial, Faunia Farley despide de una sola vez las dos visiones del origen que se disputan el corazón ar­ diente del Everyone knows: el mal y la pastoral, el pecado y la inocencia, san Agustín y Jean-Jacques Rousseau. La mancha no es una sanción, es un hecho. Está ahí. N o espera ni gracia ni redención, sino ser aceptada como una modalidad de nues­ tra condición. Es peligroso querer limpiarla en nombre de la virtud o de la vocación sobrenatural del hombre; resulta ridícu­ lo negarla en nombre de la supuesta bondad del hombre natu­ ral. De modo que no es por unirse a un mundo inmaculado por lo que Faunia se aparta de la cultura y llega incluso a prometer­ se con Prince metiéndole en la jaula el anillo que Coleman le había regalado; es porque no quiere tener nada que ver con las

N o puede uno evitarlo

La mácula está en cada uno de

]

Dejamos una mácula,

error, excremento, simiente

]

]

Por eso la­

1 2 9

cruzadas purificadoras que la cultura emprende, anima o ratifi­ ca. Resulta extraño que sea Faunia, y no Coleman, el profesor de literatura griega, o Nathan, el novelista, quien sostenga ese discurso y llegue hasta a pensar que la mitología que concibe a Zeus a imagen del hombre es más sabia que la Biblia y su fan­ tasma fatuo de un hombre hecho a imagen de Dios. ¿No es ella, que fue mancillada por su padrastro, la última persona que pue­ de hablar de una mácula constitutiva? ¿No se desprenden de la sevicia de la que fue víctima todas las desdichas de esta heroína de Dickens perdida en una novela de Philip Roth? ¿No tiene más razón cuando lleva duelo por su inocencia destrozada que cuando sigue el ejemplo de los griegos de Coleman y se recon­ cilia, en contra de la tentación de la desmesura, con la imper­ fección original? Tal objeción valdría si Faunia Farley no hubiera encontra­ do, en todos los medios y bajo todas las formas, la hipocresía, es decir, el disimulo de la mancha, y si su marido no le hubiera he­ cho padecer la violencia infernal de su cólera purificadora. Les- ter Farley había vuelto de una guerra que América había perdi­ do, que le daba vergüenza, que ninguna ¡liada conmemoraba sino sólo un largo muro con los nombres de los soldados muer­ tos y uno de cuyos principales arquitectos, Robert McNamara, había escrito en sus memorias: «No supimos reconocer que en los asuntos internacionales, como en los demás aspectos de la vida, puede haber problemas sin solución inmediata. Para al­ guien cuya vida entera ha estado consagrada a la solución de los problemas, es una verdad muy dura de admitir. A veces, hay que trabajar con un mundo imperfecto e impuro». Así, los best and brightest de la América de los años sesenta y setenta llega­ ron a adoptar la sabiduría abrupta de Faunia Farley, veinte años después, para saldar toda cuenta pendiente. Pero Lester Farley,

130

sin embargo, no puede permitirse el lujo de esa tardía toma de conciencia. La guerra de Vietnam, él no la construyó, no la propuso como modelo: la hizo y ella lo deshizo. Necesita culpa­ bles. La rabia de este Aquiles jadeante exige un exutorio. Y se­ rán la esposa maldita, a la que — dice él— se la estaban tirando mientras sus hijos se quemaban, y el viejo profesor judío que forma con ella una pareja desvergonzada. Una noche, al volan­ te de su pick'Up, se lanza a toda velocidad y con todas las luces encendidas contra el coche en el que iban ellos dos y los obliga, para evitarlo, a tirarse a un barranco. Eso es, en todo caso, lo que descubre Nathan Zuckerman, mientras «todo el mundo sabe» y va repitiendo que el coche que conducía Coleman se salió de la carretera cuando y porque su amante estaba hacién­ dole una felación. A sí es que todo se va aclarando. Pero hay que estar preve­ nido contra la claridad. U n peligro acecha al lector de La mancha humana: instalarse cómodamente en la verdad que suelta Faunia cuando se dirige al grajo y extraer una lección unilateral. Esa verdad, en efecto, no es fácil. Porque el deseo de pureza tiene más de un conejo en la chistera. Coleman, por ejemplo, es la diana, pero ¿no quiso él mismo lavar la mancha de su nacimiento? ¿Su apuesta no consistía en renacer puro de toda ascendencia? Y esa ascesis evoca por razonamiento a con­ trario las últimas páginas de La contravida. En una carta a su mujer inglesa, Marie, que no quiere que una costumbre bárba­ ra mutile al niño que desea, N athan Zuckerman opone el ri­ tual de la circuncisión a todas las formas que puede adquirir el rechazo de la historia: «La circuncisión afirma sin equívoco que estás aquí y no allí; y, también, que eres nuestro, no de ellos. N o hay escapatoria: entras en la historia por mi historia y por mí. La circuncisión es todo lo que la pastoral no es y, se­

131

gún entiendo, conforta el sentido del mundo, que no es el de una unidad sin conflicto». La pastoral es el sueño de una vida

idílicamente natural o íntegramente dominada.

be Nathan— estar circuncidado es perder todo eso: «Los va- lores humanos, que pegan duro, te caen encima de golpe y te dejan la marca de su sello en los genitales». «Ya no hay ni judíos ni griegos», anunciaba al principio de nuestra era san Pablo. Para no dejar que los hombres, en las garras de los encantos de la pastoral, caigan en el olvido total de su condición, Philip Roth eligió ser ambas cosas: judío y grie­ go; judío en La contravida, griego hasta el parentesco asumido con el furioso Aquiles y la celebración de Zeus el libertino en La mancha humana. Y no se queda ahí. En la última escena del libro, Nathan Zuckerman, de camino hacia la casa en que Coleman pasó su niñez y adonde le ha pedido a Emestine que acuda, observa un pick-up gris con una pegatina: Prisioneros de guerra / Desapare­ cidos, «el de Lester Farley, no hay duda». Mete la marcha atrás, aparca junto a aquel vehículo aislado y se dirige hacia el lago de hielo en cuyo centro, inclinado sobre un agujero practicado en la superficie, está tranquilamente pescando el personaje de su libro, al que aún no conoce: «Me encontraba, sin justifica­ ción alguna, en uno de los territorios más puros, más origina­ les, más inviolados, más serenos que rodean los lagos y los es­ tanques de Nueva Inglaterra, y que le dan a uno, justificando así la predilección que se siente por ellos, una idea del mundo antes del advenimiento del hombre». La palabra puro no está aquí mal empleada. El mundo antes del advenimiento del hombre es indispensable para el hombre. Y después de una conversación preocupante y cargada de sobreentendidos, cuan­ do N athan Zuckerman se aleja del pescador, que en ningún

Pero — escri-

132

momento se ha identificado pero que es sin duda alguna Lester Farley, no las tiene todas consigo. Una vez en la orilla, se da la vuelta para comprobar si el otro lo ha seguido para ajustarle las cuentas, y lo que se ofrece a sus ojos es la visión «pura», «apa- cible» y «tan rara en este final de siglo» «de un hombre sólita- rio, sentado en un cubo, pescando a través de cuarenta y cinco centímetros de hielo, en un lago que mueve indefinidamente sus aguas en la cima de una montaña arcádica en América». Engañadora maravilla, falaz Arcadia, cuadro encantador y embustero: el hombre solitario, sentado en un cubo, es un ase­ sino. Faunia tenía razón. La mácula es universal y omnipresen­ te. Pero esa confirmación no tiene nada de militante. Esta vez, no aporta ningún consuelo. Y la última imagen de La mancha humana es tanto más desgarradora cuanto que atenta irreme­ diablemente contra la belleza silenciosa de un paisaje admira­ blemente puro.

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134

L a tragedia de la inexactitud

Lectura de LordJim , de Joseph Conrad

[ 1872 es cuando Teodor Konrad Korzeniow ski expresa

or primera vez su deseo de ser marino. Tiene quince años y, traqueteado desde que nació entre Berdichev, Jitomir, Vólog- da, Chemigof, Lvov y Cracovia, todavía no ha visto nunca el mar. Zdzislaw Najder, el mejor biógrafo de quien iba a convertir­ se en Joseph Conrad, sostiene que a aquel deseo insólito e in­ cluso incongruente no le faltaban ejemplos. En aquella época de grandes conquistas y de últimos descubrimientos, el tiempo del mundo acabado todavía no había empezado y «las tierras lejanas ejercían en los espíritus jóvenes una fascinación consi­ derable», incluso en los países cuya geografía mantenía aparta­ dos de toda vocación marítima. Había exploradores polacos, como Pawel Edmund Strzelecki, gran cartógrafo de Australia, Sygurd Wisniowski, que dio dos veces la vuelta al mundo a vela, o también Jan Kubary, veterano de la insurrección de 1863, que navegaba por las islas del Pacífico con el fin de reco­ ger materiales para las exposiciones de un gran museo de Ham- burgo. Da igual: cuando el joven de tierra adentro declara sus intenciones, su entorno no se lo puede creer. «¿Habéis oído lo

cuando el joven de tierra adentro declara sus intenciones, su entorno no se lo puede creer.

135

que dice el muchacho? ¿Qué fantasía extraordinaria es ésa?», se preguntan su tío y su tutor. Nada los preparaba para el anuncio de semejante vocación. El padre, muerto tres años antes, se ha­ bía entregado en cuerpo y alma a la causa de la patria polaca. Había escrito obras de teatro, poemas y ensayos, de los cuales el más famoso — Polonia y Moscú— describía la Rusia zarista como una encamación moderna de la barbarie asiática y bizan­ tina; había traducido a Alfred de Vigny y a Victor Hugo; había participado en la vida política de su país; había estado preso, había estado exiliado; pero nunca había abandonado el com­ bate: cuando hablaba del océano, era para hacer una metáfora de la nación indomable.

«El mar, semejante al pueblo, bulle y se lanza y nunca deja las armas. N o en vano hay quienes de lejos acechan el regreso de la m area »

Y ese acechador infatigable tenía también la inquietud de la transmisión: «Uno de mis principales objetivos — confesa­ ba— es hacer de mi pequeño Konrad no un demócrata o un aristócrata, un demagogo, un republicano o un monárquico, tampoco un servidor o un lacayo de los partidos, sino un buen polaco». Un buen polaco, no un buen navegante. De modo que los albaceas testamentarios de Apollo Korze- niowski le asignan al preceptor de Conrad la misión imperiosa y confidencial de devolverlo al buen camino. Cosa que intenta hacer con ocasión de unas largas vacaciones que pasaron visi­ tando Europa, aprovechando todos los momentos a solas en los restaurantes o en los trenes para intentar que su pupilo razona­ ra. Pero el trabajo es en balde. El adolescente quimérico no cede un ápice. Entonces, agotado por el vano combate contra

136

una idea fija, con la paciencia a punto de estallarle y sin más argumentos, el preceptor exclama: «¡Es usted un incorregible y desesperante Don Quijote, eso es lo que es usted!». Incorregible, cierto. Dos años después, Conrad abandona Cracovia y se dirige a Marsella; y, después de haber navegado mucho, obtiene en Londres, en 1886, el título de capitán de alto bordo. Pero no por ello es insensible a los alegatos de quie­ nes intentaron infructuosamente que renunciara a su antojo. En sus Recuerdos, evoca el destino de su tío abuelo, que, lu­ chando junto a los franceses en la guerra de Rusia, se había vis­ to obligado a cazar un perro y devorarlo. Esa transgresión ali­ mentaria le inspira un irreprensible terror y un insuperable asco, pero a quien se lo echa en cara es a Napoleón, no a su an­ tepasado: «Ese gran capitán no deja de ser moralmente repren­ sible por haber inducido a un cándido gentilhombre polaco a comer carne de perro, metiéndole en el corazón la falsa espe­ ranza de la independencia nacional. Tal fue el destino de esta nación crédula: morir de hambre durante más de cien años, con un régimen de falsas esperanzas y, por supuesto que sí, de perros». Y él, hijo de un gran hijo de Polonia, él, hijo querido de Apollo Korzeniowski, a quien un cortejo compuesto por va­ rios miles de personas había acompañado piadosamente hasta su última morada, ¿qué hizo mientras tanto? Pues se echó a la mar, se hizo marino, incluso marino inglés, y no, como se lo re­ prochara una célebre novelista de la época, Eliza Orzeszkowa, por oportunismo, sino para vivir su sueño. Conrad no optó por el lujo y las comodidades de la Inglaterra imperial cuando Po­ lonia se plegaba bajo el yugo. N o huyó por conveniencia de su país, reducido hasta unos extremos insostenibles. Y con mayor misterio aún, trocó el perro por una vida sufrida; y la gran co­ milona patriótica, por «almuerzos fantásticos de carne en sala­

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zón y galletas duras en alta mar». Supo lo que es estar ham­ briento, conoció «el sabor del tiburón, del cohombro de mar, de la serpiente, de platos imposibles de describir, que conte­ nían cosas sin nombre». ¿Por eso es un Don Quijote? Es posible, pero no puede, como da a entender su preceptor, salvo cayendo en la mala fe, erigir ese quijotismo en defensa apasionada de la moral caballeresca en un mundo sórdidamente entregado a la envidia y al cálculo. La insalvable comparación entre el destino de los suyos y las pruebas por las que él ha pasado le im­ pide sentirse muy orgulloso. Su extraña conducta incluso ilu­ mina con un amanecer inédito la de su glorioso modelo: «El hidalgo cabalga con la cabeza aureolada por un halo, santo pa­ trón de todas las existencias desperdiciadas o salvadas, por la gracia irresistible de la imaginación. Pero no fue un buen ciu­ dadano». Fue incluso, debido a las exigencias concretas del mundo, una especie de desertor.

Joseph Conrad no hace acto de contrición o de arrepenti­ miento. N o se achaca las acusaciones lanzadas contra él por los ariscos guardianes de la integridad nacional polaca. Sumido en la perplejidad por la exclamación desengañada de su preceptor, concluyó poco más o menos que la alternativa entre el amor inalterable al ideal y la conversión burlona o resignada al mun­ do según es no agotaba la riqueza de la novela fundadora de Cervantes. Otra dimensión de la existencia, otra problemática puede entreverse: la traición idealista del mundo real. Y en lugar de darse golpes de pecho, Conrad quiso darle cuerpo a esa po­ sibilidad humana: creó a Lord Jim.

J im, hijo

un

presbiterio, es decir, en un lugar reglado, tranquilo, en el que nada ocurre de improviso y en el que reina una atmósfera de

de

pastor

protestante, nacido

y educado en

138

rectitud sin fallas, descubre su vocación de marino devorando novelas de aventuras. Actúan sobre él como los relatos de ca­ ballería en el hombre de la Mancha. Con la cabeza repleta de huracanes y de gloria, abandona su pueblo natal, en el que ofi­ cia su padre, porque ya no le basta con ser lector de las historias que lo hechizan, quiere convertirse en el protagonista. A ban­ dona el capullo bíblico para alcanzar la tierra prometida de la intensidad: la mar. Se lanza entonces lejos de su casa con el fin de poner su vida al diapasón de los libros, sueña con salvar a los pasajeros de navios que se hunden, con hacerles frente a los salvajes en las orillas tropicales, con alentar el valor de hom­ bres desesperados en un frágil esquife sacudido por el océano. Como joven romántico, Jim elige obedecer los impulsos del corazón en lugar de la voz de la razón, pero el corazón, para él como para los Antiguos, no es sólo donde se ubica el senti­ miento, es antes que nada el órgano de la valentía, del deber, del honor, la parte impetuosa del alma que aspira a la hazaña y que corre a enfrentarse a los mayores peligros. Jim no es un aristócrata; viene de un medio humilde y está demasiado im­ pregnado por la idea de igualdad de condiciones para ver en la nobleza el privilegio exclusivo de la aristocracia: es plebeyo y quiere ser noble; es decir, quiere demostrarse a sí mismo antes que a nadie quién es. De modo que rechaza con altura de miras toda perspectiva hogareña y se va a formarse a un barco de va­ por de la marina mercante. A l cabo de dos años de aprendizaje, se hace a la mar; pero cuando por fin se adentra por esas regio­ nes familiares de su imaginación, las encuentra singularmente vacías de aventuras. Conoce primero la monotonía de la vida entre el cielo y el agua, y la austeridad prosaica de las tareas co­ tidianas. Sólo una vez se ve confrontado a la violencia de una tempestad, pero que no tiene la consistencia de un enemigo

139

identificable. Resulta herido por la caída de una verga, y lo desembarcan en un puerto de Oriente donde su curación es tan lenta que el navio tiene que marcharse sin él. Una vez restable- cido, embarca como segundo de a bordo en el Patria, «un vapor más viejo que la tos, más flaco que un galgo y más comido por el óxido que una vieja cisterna en desuso». En medio de una travesía sin historias, cuando el navio hendía la calma de las aguas «bajo la inaccesible serenidad del cielo» y Jim era presa de ensoñaciones heroicas y de toda suerte de impulsos genero­ sos, reflexionando voluptuosamente sobre su calidad de ser su­ perior, se produce un choque; pierde el equilibrio y constata poco después que se ha abierto una brecha por debajo de la lí­ nea de flotaciónvEl naufragio le parece ineluctable e inminen­ te. Es de noche. Los ochocientos peregrinos musulmanes a los que tiene que desembarcar en un puerto de Arabia duermen plácidamente, unos contra otros, en la cubierta. Se han puesto en manos de la tripulación, y Jim, que ve venir la catástrofe, no se atreve a despertarlos por miedo a provocar un pánico incon­ trolable. Paralizado, postrado, observa al adiposo capitán y a sus mecánicos intentando soltar una barca y salir pitando antes de que sea demasiado tarde. U na vez en el mar, y mientras el cielo empieza a ser amenazante, los fugitivos llaman frenética­ mente a su cómplice, pero no saben que ha sucumbido de un ataque al corazón. Jim es quien finalmente salta a la barca en su lugar y, como él mismo dice, «a las profundidades de un abis­ mo eterno». N o ha estado a la altura de su misión ni de sus fantasmas. Se preparaba para una acción brillante y, en el momento cru­ cial, perdió pie, se unió en la desgracia a los marineros sin más Dios ni diablo que querer vivir. Se destinaba a brillar en los mares y termina marcado con una mancha indeleble. La epo­

140

peya derivó en desastre. La espera del hecho glorioso terminó por parir un comportamiento miserable y, encima, banal. Mientras tanto, y contra toda verosimilitud, el tabique de pro- tección aguantaba: una cañonera francesa terminó remolcando el Patna, y los confiados viajeros a los que Jim, persuadido del naufragio, había dejado abandonados fueron conducidos sanos y salvos a buen puerto. El inesperado desenlace que sume a los cómplices de Jim en un apuro, para él, a quien la distinción ob­ sesiona, es una tortura. Se sabe atrozmente culpable, aunque aliviado por la noticia de que se ha evitado lo peor; y se siente abrumado por el descubrimiento de que pasó rozando lo mejor. «Más miedo que daño», se dice, midiendo al propio tiempo, con consternación, el daño que le ha producido el miedo según el rasero de las consecuencias memorables que habría tenido la decisión de no saltar por la borda. Actuó como siempre se ac­ túa, sin conocimiento de causa, en una especie de claroscuro, sin tener al alcance de la mano todos los elementos, y ahora que conoce el final, ahora que un pasado perentorio ha hecho tabla rasa con la multiplicidad de los posibles, se retuerce de rabia por haber dejado escapar el papel principal de la novela que de­ bía ser su vida, al tomar por mueca carnicera del océano la son­ risa que, como sin querer, le dirigía la fortuna. No sólo traicio­ nó su juramento marinero, sino que perdió el tren. Además de haber cometido una falta, dejó que se le escapara entre los de­ dos una oportunidad. A la hora de hacer balance, no se siente menos atormentado por el lamento de su fiasco narrativo que por los remordimientos de su desmoronamiento moral. A Jim lo llevan ante los tribunales; pero, antes incluso de oír el veredicto, su contradictor íntimo, «el copropietario de su alma», lo condena a una pena doble y le mete interminable­ mente el dedo del desprecio aventurado en la llaga de la mala

141

conciencia. «¡Qué ocasión perdida! ¡Dios mío, qué ocasión perdida!», murmura avergonzado y furioso, delante de Marlow, el hombre en quien Conrad delega el relato de esta historia después de los cuatro primeros capítulos, es decir, cuando se detiene la novela policiaca, porque los hechos se conocen, al igual que la identidad de sus autores, y comienza la exploración

del verdadero enigma. Jim cayó en lo irreversible por no haber sabido responder a lo imprevisible. La aventura le hizo ofertas de servicio y aquel corazón valiente, imbuido de historias y de situaciones más palpitantes, más temibles, más extraordinarias unas que otras, las declinó. Sabía que no había proezas delica- das y que, para decirlo como Jankelevich, «la muerte, a fin de cuentas, es lo serio en todo azar, lo trágico en todo lo serio y la apuesta implícita de toda aventura». Sus sueños eran ejercicios espirituales que lo preparaban para mirar de frente a la muerte. Sus ensoñaciones novelescas lo convertían en un familiar de la excepción y en un domador del pavor. Pero lo que descubre cuando llega el momento de la verdad es que el pavor se mani­ fiesta echándole la zarpa al sueño y desembridando la inspira­ ción. El miedo, musa exuberante, guionista febril, le muestra «los horrores del pánico, el desorden y los empujones, los ala­ ridos penosos, las barcas que hacen agua, todos los detalles es­

pantosos de un desastre en la m ar

después del choque, le da tiempo a representarse con detalle «la subida repentina de un horizonte sombrío, el levantamien­ to rápido de la vasta llanura líquida, la sacudida brutal, el abra­ zo del abismo, la lucha sin esperanza, el cielo estrellado cerrán­ dose para siempre sobre su cabeza como la losa de una tumba, la rebelión de su sangre joven, el final siniestro». Quizá Jim habría sabido recuperarse, es decir, liberar su imaginación de las garras del miedo y reconocer la prueba que

».

Y como nada cambia

142

estaba a punto de presenciar, si, como le confiesa a Marlow, el golpe hubiera sido regular. Pero ése no había sido el caso. Un choque sordo en el silencio de la noche en una mar inmóvil no constituye una aventura. N ada sucedió como estaba previsto. Pero ¿no es precisa' mente eso la aventura: lo no deducible, el jaque conjunto de lo calculado y lo soñado; un momento de la vida que no está en el programa de los hogareños ni de los especialistas de cine; una ocurrencia que desbarata las precauciones y engaña la es- pera; un acontecimiento que desborda toda prefiguración; un

huésped que viene sin avisar; una extravagancia del ser; la desobediencia de las cosas tanto a la voluntad como a la repre' sentación^Jiíh, idealista en el sentido a la vez moral, novelesco

y filosófico del término, se distrae de la aventura con el con­

cepto de aventura y sus innumerables variantes fantasmales.^-

Ya en el barco en que recibía instrucción, habían dado or­ den, en plena tempestad, de armar la barca para socorrer al

barco de cabotaje que había golpeado una goleta con el ancla,

y Jim se había quedado inerte. Porque tenía la cabeza en otra

parte. Estaba pensando en otra cosa. ¿En qué? En la aventura.

Y cuando dejó por fin de soñar despierto y se decidió a saltar a

la barca, la mano del capitán se abatió sobre sus hombros:

«¡Demasiado tarde, muchacho!». De manera que se había que­ dado en cubierta, avergonzado, confuso y enfadado contra aquel desencadenamiento de la tierra y del cielo que no se ha­ bía anunciado antes, que no se parecía a ninguno de sus sueños

y cuya irrupción intempestiva había frustrado con deslealtad

sus generosos anhelos de actos peligrosos. Mientras que Don Quijote, en lugar de las grandes batallas para las que se preparaba,, sé veía sistemáticamente confronta­ do a la trivialidad de la realidad tangible, es la trascendencia de

143

lo real, su singularidad irreductible lo que desconcierta el qui­ jotismo de J ira-La imaginación del sublime caballero era más rica y más bella de lo que el mundo podía ofrecer; la del soña­ dor de los mares, más pobre^Cervantes inaugura la novela mo­ derna en el sentido que le da Hegcl de conflicto entre la.poesía del corazón y la prosa de las circunstancias. Con esa medita­ ción sobre Don Quijote que es Lord Jim, otra intriga, otro para­ digma aparece a la luz: la deconstrucción del gran fantasma teórico y lírico de una subjetividad absoluta, totalizadora y do­ minante que no choca contra nada que no haya anticipado, contra nada que sea exterior a ella.

retrasarse: ¡qué inexactitudes! Llegar a la

hora: única exactitud», escribe magníficamente Pégü^JDos ve­ ces llegó tarde Jim porque se había adelantado. En dos ocasio­ nes, la aventura, sin conseguirlo, estuvo a punto de interrum­ pir su sueño de aventura, la fractura fracasó, a Jim le faltó ser oportuno, estuvo ausente en el presente mismo al que llamaba con sus deseos. Había abandonado el hogar paterno para que su existencia fuera el encuentro de un destino y no la realiza­ ción metódica de un propósito preestableeido^péro a ese desti­ no fuera de la norma, no lo dejó llegar, dejó que se le escapara al querer darle formau-Alma abierta a lo nunca visto, alma cau­ tiva de sus proyecciones y de sus simulacros: esa antinomia hizo de Jim el mártir del ingenio de la escalera, el héroe trágico de la inexactitud.

La tierra del hombre — dice Kundera en La insoportable le- vedad del ser— es el planeta de la ifiexperiencia: ¿Todo se vive in­ mediatamente por primera vez y sin preparación. Como si un actor saliera a escena sin haber ensayado nunca nada. Pero ¿qué puede valer la vida si el primer ensayo de la vida es ya la

vida misma? [

«Adelantarse;

]

Einmal ist keinmal. U na vez no cuenta. Una

144

vez np es nunca. N o poder vivir más que una vida es como no vivir en absoluto^: J im estaría en la gloria, desde luego, si hu­ biera podido repetir la entrada o, para decirlo con otra metáfo­ ra, si se le hubiera permitido corregir el borrador y entregar un manuscrito presentable en lugar de la chapuza indigna por la que lo iban a juzgar. Pero lo que se hace sin saber, tanteando, a voleo, no puede deshacerse. El planeta de la inexperiencia es también el planeta de lo irrevocable.^- Inexperiencia, sin embargo, no quiere decir ingenuidad. Nadie aborda el mundo con ojos absolutamente nuevos. Las

palabras preceden a las cosas; los relatos, a los acontecimientos.

Y Conrad sugiere en Lord Jim que nunca se es lo suficiente­

mente cándido, nunca se está lo suficientemente disponible, nunca se es lo suficientemente inocente para la experiencia, y

que lo patético de la condición humana consiste menos en el hecho de vivir por primera vez que en la ausencia de una pri- meia-vez verdadera. Se sale a escena habiendo ya ensayado. Se tiene la cabeza llena de réplicas y de personajes, pero el texto de la obra no corresponde sino excepcionalmente al que nos apuntan el sueño, la sabiduría, la memoria, la historia y todos los pensamientos que andan por ahí; lo más frecuente es equi­ vocarse de medio a medio, extraviarse, marrar precisamente en

lo que más se cree y en lo que con más ardor se intenta alean-

zar^'Et mundo es indócil. La realidad supera continuamente a

la imagen o a la idea que nos hacemos de ella. Las circunstan­

cias más decisivas casi nunca parecen lo que sonv ,^

«N o hay que olvidar que

la Ocupación fue cotidiana», escri­

be Sartre, con rara lucidez, en 1945: «Alguien a quien le pre­ guntaban lo que había hecho cuando el Terror de la guillotina

respondió: “He vivido

”.

Es una respuesta que podríamos dar­

145

nos hoy. Durante cuatro años, nosotros vivimos y los alemanes vivían también, entre nosotros, sumergidos, ahogados en la vida unánime de la gran ciudad». Indudablemente, ese nosotros excluía a los judíos y a los combatientes del ejército en la som­ bra. Pero Sartre pone de relieve, con toda razón, que los ocu­ pantes y los ocupados no estaban separados por una barrera de fuego: «El gentío se abría y se cerraba al paso de sus uniformes, cuyo verde desvaído formaba una mancha pálida y modesta, casi esperada, en medio de las ropas oscuras de los civiles. Y además, las mismas necesidades cotidianas nos obligaban a ro­ zamos con ellos, las mismas corrientes colectivas nos zarandea­ ban, nos removían, nos barajaban juntos: los apretábamos en el metro, nos tropezábamos con ellos en las noches oscuras». Donde tendría que haberse producido la colisión, reinaba la co­ lisión de la promiscuidad: «Se había establecido a la larga una especie de solidaridad vergonzosa e indefinible entre los parisi­ nos y aquellos hombres de tropa tan parecidos en el fondo a los soldados franceses, D na solidaridad que no venía acompañada de ninguna simpatía, que estaba hecha más bien de un acos- tumbramiento biológico^ A l principio, su visión nos dolía, y luego, poco a poco, habíamos desaprendido a verlos, habían ad­ quirido un carácter institucional. Lo que acababa de hacerlos inofensivos era que ignoraban nuestra lengua. O í cien veces, en el café, a algunos parisinos expresarse libremente sobre la polí­ tica, a dos pasos de un alemán solitario, sentado a una mesa, con la mirada perdida, delante de un vaso de gaseosa». En resu­ men, había algo extrañamente no tempestuoso en el desastre que se había abatido sobre Francia«.Lá vida debería haberse in­ terrumpido. Pero no lo hizo. Todo continuaba, todo funciona­ ba, la rutina amortiguaba, hasta hacerlo olvidar, el enorme choque iniciál>Lo extraordinario no molestaba nada, o casi

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nada, en el ajetreo ordinario. La violencia se fundía, sin hacer ruido, en el paisaje familiar. Para hablar como Jim, el golpe no era regularJEl Enemigo, la Derrota, el Avasallamiento no corres' pondían a su esencia; un halo de banalidad los envolvía: es una de las razones por las que tantos franceses anestesiados faltaron a la cita con la Resistencia o llegaron tarde,j i l propio Sartre quiso recuperar el tiempo perdido comprometiéndose, es decir, eligiendo guerrear después de la guerra. «Valiente pero distraí­ do — según observa muy atinadamente Régis Debray— , pasó los años negros sin disparar un solo tiro. ¿Habría descargado, si no, la ametralladora después de la batalla, aterrorizando con ar­ mas de efecto retardado a cuantos tenía a su alrededor?» Sartre no era el único en cuestión. Aquellos a quienes aterrorizaba practicaban, sin hacerse rogar, el terrorismo inte­ lectual. Nosotros mismos, los de la primera generación de la Europa posthitleriana, quisimos en 1968 derribar a favor del hombre de deseo la tradicional jerarquía de la razón y de las pulsiones. Pero a pesar de nuestro conocido dualismo, nunca olvidamos este tercer componente del alma — el corazón, en el sentido de coraje, de cólera, de ardor impetuoso— . N o nos bastaba con ser y con afirmar nuestro ser, ardíamos por estar a la altura. Vivir sin tiempo muerto, disfrutar sin trabas — sí, sin duda alguna, pero queríamos sobre todo ganamos el derecho a vivir elevándonos al mismo nivel de quienes, inmediatamente antes de nuestra llegada al mundo, habían tenido que afrontar las tempestades de la Historia— . Y obsesionados por ese pa­ roxismo, nostálgicos de la bravura sin frase, pintábamos de nuevo frenéticamente la apoteosis festiva de los Treinta G lo­ riosos con los colores de la Ocupación, y nos embriagábamos con afrontar la hidra fascista, que renacía sin cesar. Denunciá­ bamos, como baby-boomers impacientes, las múltiples manifes­

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taciones de la inhibición sexual, pero los herederos del siglo de las revoluciones, de las guerras y de las actividades clandestinas que también éramos no podían abandonar sin lucha la verdad de la existencia a los conceptos freudianos. Sin dejar de opo­ ner, con Marcuse, las virtudes de Eros a los rigores de la civili­ zación, pensábamos con Sartre que «el secreto de un hombre no es su complejo de Edipo, es su poder de resistencia frente a los suplicios y a la muerte». U n sueño heroico de huracanes y de grandes peligros redoblaba nuestra rebelión hedonista con­ tra el peso de las convenciones y el corsé de los buenos moda­ les. De ahí, nuestra vehemencia apasionada cuando subrayába­ mos: «C R S - S S » o « ¡Todos somos judíos alemanes!». Nuestros

valerosos continuadores hacen lo mismctcLos ciudadanos de lo digital, es decir, de un planeta virtual, maleable y sin fronteras, tienden a no ver en toda oposición a la gran mezcolanza uni­ versal más que la vuelta o la supervivencia de los viejos demo­ nios indentitarios que asolaron Europa el pasado siglo. Y su in­ tratable «¡Nunca más una cosa así!» diagnostica, en cualquier esfuerzo por controlar la inmigración, un síntoma flagrante de petainismó;>

A la hora de la verdad, la agitación cotidiana disimulaba la presencia del mal absoluto. Hoy, la ilusión del mal absoluto ca­ mufla las verdaderas apuestas de la realidad cotidiana. ¡Don Quijote no hajmuerto! Pero ya no hay ningún Cervantes para ponerlo en su sitio y para desmitificar sus gloriosas certezas. A lo mejor es eso la sociedad postliteraria o el mundo de des­ pués de la novela: un mundo poblado de Emma Bovary sin Flaubert, de hijos de Don Quijote sin Cervantes y de molinos de viento alegremente confundidos con la Bestia inmunda. Jim, al menos, no se contenta nunca con palabras. Quiere vivir por encima de sí mismo, pero no podría conformarse para

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ello con pretextos falsos y con tormentas de pacotilla. Su quijo- tismo, a diferencia del nuestro, no padece ni de falsificaciones ni siquiera de aproximaciones. N o cae en la facilidad de satisfa­ cer su sueño mintiéndose a sí propio. Y cuando se despierta, el caballero que hay en él es quien le pide cuentas. Después de ha­ ber sido degradado y privado de su función por sentencia, con­ sigue, gracias a Marlow, algunos puestos como correo marítimo que recibe a modo de «expiación por haber estado sediento de más gloria de la que podía asumir»; pero los abandona uno tras otro en cuanto da con alguien a quien, sin reconocerlo necesa­ riamente, le han llegado rumores de su asunto. Nadie en la tierra parece ignorar el secreto, es como si lo «llevara en bandolera». ,-BTfantasma de un hecho lo persigue por donde quiera que vaya y parece condenarlo a vagabundear a perpetuidad. A vagabun­ dear inútilmente, por lo demás, porque, como le dice Marlow, el olvido le resulta imposible: .«No soy ni yo ni el mundo quie­

. Pero Marlow consulta como último recurso con su amigo Stein, alto dignatario del gran negocio de Extremo Oriente. Este posee en Patusan una sucursal cuya dirección le ha enco­ mendado a Comelius, un portugués de Malaca casado con una mujer de sangre holandesa y maltesa a quien en su tiempo él también había amado. Ahora que la mujer ha muerto, Stein le propone a Jim que tome el relevo. El mundo se mundializa a pasos agigantados. Pero Patusan, al que los admiradores de Con- rad ubican en algún lugar de la costa este de Borneo, se ha que­ dado al margen de las inspecciones generales de los navios. No se trata de una tierra desconocida, sino de una tierra fuera de circuito, descuidada por el ánimo de conquista. O sea, que^pór intermediación de Stein, el destino se escapa de la gran ley de la existencia y le concede a Jim la flor de una segunda oportu­

nes nos acordamos, es usted quien se acuerda»

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nidad¿>5e le ofrece, indemne de pasado, de ese maldito asunto que lo persigue por todas partes, un lugar lejano, exótico (en el sentido virginal que la palabra está perdiendo) en el que podrá ser lo que él mismo muestre de sí y nada anterior. Jim no lo duda un segundo: a pesar o a causa del peligro, emplea en aprove­ char la ocasión el ardor y la presencia de ánimo que tan cruel­ mente le faltaron cuando, como un sonámbulo, se arrojó a la barca. Agarra admirablemente la suerte que se le presenta:

como hombre sin sombra en aquel país perdido en los confines de las selvas tutelares, se convierte rápidamente en Tuan, es decir, Lord o Gentleman Jim. Después de haber pacificado Patu- san, presa de luchas endémicas entre facciones rivales, se con­ vierte en el amigo de Doramin, el jefe de una de las tribus, y de Dain Waris, su adorado hijo. Se gana, por añadidura, el amor de Jewel, la nuera de Comelius. Jim, al revés que los colonos que, una vez en el corazón de las tinieblas, pierden pie y se hunden en una violencia sin límites, somete Patusan al equilibrio de las fuerzas y a las formas de la ley. JMánda, pero, como en un navio, su mando es una respon-

! sabilidad, y esa responsabilidad, una sujeciqtbJVIarlow lo cons­ tata: «Todo cuanto había conquistado: confianza, reputación, amistades, amor, todas esas cosas que habían hecho de él un jefe también habían hecho de él un cautivo». En Patusan, Jim se reconcilia poco a poco consigo mismo. Nada, ni la tentación de regresar al mundo que abandonó ni la espera del acontecimiento revelador, lo aparta de su tarea. Ha vencido al miedo, su sueño se ha hecho realidad y esa realidad lo acapara por entero. Ya no está con la cabeza en las nubes, ha llegado en punto a la cita de la última oportunidad y quiere se­ guir así. N o se percibe nada en esas circunstancias que pudiera, una vez más, sumirlo en la inexactitud.

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Entonces, a bordo de una goleta robada, surge Gentleman Brown, un renegado de la marina inglesa y conocido saqueador de las costas de la Polinesia. Hace en Patusan una escala de ra­ piña y de bandidaje. Pero le cortan la retirada y el pirata se res­ guarda detrás de un promontorio. El azar quiere que Jim esté ausente en esos momentos. A su vuelta de tierra adentro, va al encuentro de Brown. Éste, que está rodeado, le pide que lo deje partir, y Jim termina por aceptar porque Brown, que ignora todo acerca de su historia, encuentra con una pertinencia casi diabólica las palabras inexorables que lo conducen a ella: «Es­ toy seguro de que su vida no vale más que la mía. He vivido, y usted también; aunque usted aparenta pertenecer a esa catego­ ría de seres que deberían tener alas para poderse desplazar sin rozar la mugre de la tiem ujA h, sí! Hay mucha mugre aquí aba­ jo. ¡Y yo no tengo alas!»- Y Brown atina más aún cuando le pregunta a Jim, «con una especie de franqueza ruda y desespe­ rada», si no comprende que «cuando consigue uno, una noche, salvar el pellejo, no se preocupa de saber cuántas otras perso­ nas mueren: tres, treinta o trescientas». Jim, desconcertado y como hechizado por la evocación de esa mácula común, de esa solidaridad en la desgracia, se rinde:

¿cómo podría él disponer de la vida de un enemigo que acaba de demostrarle que es su igual, su semejante, su hermano de ig­ nominia? El bienhechor de Patusan transmite entonces la con­ signa de no oponerse a la retirada de los piratas. A partir de ese momento, todo ocurre muy deprisa, como si fuera una pesadilla. Brown, que es presa de un resentimiento más fuerte que el interés, se venga de aquel gesto de humanidad y de-la propia humanidad asesinando a los guerreros encargados de observar su partida. Dain Waris está entre las víctimas de esa demostración de barbarie inutiLJim comprende que todo se le

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escapa entre los dedos y que de nuevo ha traicionado la confian­ za de los hombres^Su magnanimidad no resulta menos calami­ tosa de lo que fue su cobardj£>Su redención desemboca trágica­ mente en una recidiva. Pero esta vez al menos no saldrá huyendo en la noche. El recuerdo vergonzoso que Brown había sacado a la superficie le dicta la conducta: sordo a todas las reconvencio­ nes, comparece ante Doramin preparado y sin armas.Et viejo, sin decir palabra, dispara a quemarropa contra el amigo de su hijbí.,«Cuentan que el blanco lanzó a izquierda y derecha, a to­ dos aquellos rostros, una mirada orgullosa e impávida. Después, llevándose una mano a los labios, cayó de bruces, muerto». Jim no tergiversa, es cumplidor. Pero ¡cuánta inexactitud! Para terminar triunfalmente, entrega sin luchar a sus allegados a la vindicta del pueblo traumatizado, y él mismo se aparta del abrazo de aquella a quien había jurado solemnemente que nun­ ca abandonaría. Para no fallar al final, olvida mantener la pa­ labra dada y cae en una sucesión de infidelidades. Vivir es con­ tarse uno lo que vive: al salir al encuentro de una muerte cierta, Jim quiere escribir la última palabra de su historia. Al sacrificarse, no elige desaparecer, sino apropiarse del instante postrero. Su fin debe ser su punto final, su castigo debe ser su obra, su desaparición debe coincidir con su aparición a plena luz. Como lo esencial para él es rescatarse a sus propios ojos, lo que hace, como dice Marlow, es responder «aquí estoy» a la llamada de su propio «egocentrismo exaltado»; y no, a los rue­ gos de los seres de quienes es responsable y que le imploran que no los deje solos.

Pero ni la mirada postrera de Jim ni la conclusión de Mar­ low son la última palabra de la novela. No hay última palabra. El propio Marlow lo confiesa: «La última palabra nunca fue di­ cha, y probablemente nunca lo será. ¿No son nuestras vidas de­

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masiado breves como para permitirnos expresar hasta el final lo que nuestros tartamudeos intentan infatigablemente expre­ sar? He renunciado a oír esa última palabra cuyo sonido, si aca­ so pudiéramos pronunciarla, haría temblar cielo y tierra». Pre­ cisamente para aclimatar al lector en esa ausencia es por lo que Conrad escogió, como hizo después de él Philip Roth, darle a su relato forma de testimonio. Dios se calló, nadie lo sustituye. Marlow no domina el tema. Hombre entre los hombres, multi­ plica los enfoques, las cuestiones, las hipótesis, Su narración interrogativa no llega a zanjar el enigma de ese «corazón in- sondable>>*No está seguro de nada, salvo de una cosa que repi­ te con insistencia: «Jim es uno de los nuestros». ¿Qué quiere decir con eso? ¿Quiénes son los nuestros? ¿Los blancos? Tentado se está de pensarlo cuando se oye decir a Marlow que Dain Waris, por muy amado, respetado y admi­ rado que fuera, no tenía fama de poseer un poder invencible:

«Seguía siendo uno de ellos, mientras que Jim era uno de los nuestros». Pero está claro que, para Marlow, Cornelius, el otro blanco de la isla, es indigno de ese apelativo. ¿Se trata enton­ ces de la hermandad de los marineros? Tampoco parece. Por­ que ni Brown ni el capitán adiposo del Patna ni sus tripula­ ciones son para Marlow «de los nuestros». No forman parte de esa caballería oficiosa más que los individuos que quieren dar forma a su identidad y no darle libre curso, que se esfuer­ zan por parecerse a lo que desean ser más que por acompasar su apariencia a su ser profundo. La verdad les importa al máximo, pero «verdadero» para ellos no quiere decir natural; la verdad que buscan se confunde con el valor, y el valor se pone de manifiesto al someterse a prueba. Con frecuencia se embarrancan, se apartan de la ruta, descuidan, a favor del ideal que los acosa y de la figura en la que trabajan, las obli­

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gaciones que han contraído en el mundo real. Pero lo que re­ presentan en el universo democrático y psicológico de las subjetividades desligadas de su papel institucional, de su ran­ go social o de su inscripción genealógica, es la persistente as­ piración a la nobleza^-

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1 5 5

E l infierno del am or propio

Lectura de Apuntes del subsuelo,

de Fedor Dostoyevski

D e modo que la literatura europea comienza por una dis­

puta. Pero, según observa Kundera, «a Homero no se le

ocurre preguntarse si, después de sus numerosos combates cuer­ po a cuerpo, Aquiles y Ayax siguen teniendo todos los dientes. Para Don Quijote y Sancho, por el contrario, los dientes son una constante preocupación, los dientes duelen, los dientes se caenc«^orque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante. »-Los héroes y los dioses griegos pue­ den ser camales, concretos, turbulentos e imperfectos, pero no tienen ni caries ni abscesos dentales. Y hasta Cervantes no en­ tran estos pequeños problemas en el gran arte. La inspiración novelesca rompe con la tradicional separación de los estilos y se preocupa de pronto de los dientes que llenan (o vacían) las bocas de los personajes. Los destinos ordinarios y lo ordinario de todos los destinos, las vidas modestas y el carácter cotidia­ no de la vida salen de la insignificancia. El reinado del idealis­ mo narrativo se termina: el desdén de la pastoral o de la epope­ ya por las consideraciones a ras del suelo no sigue arrastrando adhesiones. Ningún personaje, ni siquiera el más sublime,

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vuelve a tener el poder o el privilegio de sustraerse de las

En lugar de percibirse

lo trivial'como la negación de lo serio, se explora como una di­ mensión esencial de la existencia*-La musa de Cervantes acoge la contingencia que las otras rechazaban o relegaban a los gé­ neros menores. Y, en lugar de elevar a sus héroes por encima de la prosa de los días, esa musa convierte en cuestión de honor insertarlos en ella. Pero esa cuestión de honor no es el único hecho de la nove­ la. La declaración de Don Quijote a Sancho Panza podría inclu­ so aparecer inscrita en el frontón de los Tiempos Modernos. Le hace eco, por ejemplo, y de un modo mucho más metódico, la promoción que hace Descarte^de «la conservación de la salud» en el rango de «primer bien» y «fundamento de todos los demás de esta vida»*-El cogito quiere resultados, y la modernidad toda ella se arremanga: la prosa es su elemento; el trabajo, su voca­ ción. En lugar de la contemplación o la oración, prefiere el ges­ to reparador; y en lugar de las dos grandes formas — religiosa y filosófica— del cuidado del alma, los cuidados médicos, en par­ ticular los dentales^A l liberarse de toda intimidación emanada de las virtudes clásicas — la caridad, la magnanimidad— , una civilización erige el (interés, es decir, el deseo eminentemente práctico de mejorar su suerte, en guía legítima de la acción hu­ mana? U n nuevo régimen normativo se instaura: la utílidadi. El propio Bien Soberano pretende en adelante ser realista. Con frecuencia se describe a los grandes movimientos re­ volucionarios de los siglos xix y xx como «religiones secula­ res». Se ve particularmente en el comunismo el esfuerzo sobre­ humano o inhumano por hacer realidad aquí abajo las promesas del mesianismo. Pero se olvida lo que la idea del mayor bienes­ tar para la mayoría le debe a la definición específica moderna,

preocupaciones de la condición común

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material y descreída del hombre mediante el cálculo de los pla­ ceres y de los sufrimientos. En resumen, en la edad moderna, la prosa es omnipresente. Ocupa todas las regiones del ser y todas las instancias del tiempo: tanto el real como el ideal, el pasado como el presente y el porvenir. La poesía no se ha quedado sin reaccionar ante semejante imperialismo. Ha querido devolverle a la sensibilidad el.presti­ gia-perdido y, contra la filosofía, que, según Keats, «pliega las alas del ángel, somete todos los misterios a la norma y a la línea recta, despeja el espacio habitado, ahuyenta a los gnomos de la mina, deshilacha el arco iris»,Aía tomado valientemente el partido ya quijotesco del mundo tal como se presenta a los ojos: eso fue el romanticismo. Pero otra protesta surgió desde el interior: una rebelión en prosa contra la prosa en el poder. Fue Dostoyevski y, más exactamente, su novelita jadeante y cru­ cial: Apuntes del subsuelo. El narrador, que es también el perso­ naje principal y cuyo nombre no llega a conocerse, vive en una habitación sucia, destartalada, en los confines de San Peters- burgo. Ocupaba en la administración un puesto muy subalter­ no de asesor de colegio, pero aprovecha la herencia de un pa­ riente lejano para dimitir y, escondido en su rincón, se consagra continuamente a lo que desde siempre ha sido su actividad fa­ vorita: hablarle a la pared. A l cabo de un año de tal soliloquio compulsivo, decide coger la pluma y explicarse por escrito con todos los interlocutores imaginarios. Decisión que sería banal si el hombre del subsuelo entrara en el santuario de la vida del espíritu despojado de humores y acritudes. Pero tal no es el caso. Con él, todo se mezcla en un barullo incesante. El filóso­ fo energúmeno gime y rechina a la vez que teoriza. N o puede argumentar sin exhibir frenéticamente sus llagas. Nunca su cuerpo y sus sufrimientos le dejan reposo al alma; nunca su

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pensamiento se libera de la psique, ni la psique de su habitácu­ lo camal. Nunca su subjetividad se borra ante las ideas. Las convicciones que defiende y los razonamientos que elabora son impuros, vacilantes, groseros y poco acrisolado^C a comienzo, además, a su profesión de fe con estas palabras: «Soy un hom­ bre enfermo, soy un hombre malo». Y para él, como para Cer­ vantes, los dientes tienen una importancia capital: «Me han dolido las muelas un mes entero, sé lo que es>* Pero lo que toma como blanco esa prosa subterránea no es, a diferencia de las que la han precedido, la ilusión idealista; es la ilusión rea- lista vehiculada por la prosa del sudo: «Se lo ruego, señores, presten por una vez atención a los gemidos de un hombre culto del siglo xix, al que le duelen las muelas desde hace dos o tres

días [

de día ni de noche. Aunque él mismo se da cuenta de quecrjoJe

son de ninguna utilidad. Mejor que nadie sabe que irrita a quie­ nes están a su alrededor, y los tortura y se tortura a sí mismo sin provecho alguno. Sabe que el público y la familia con los que se enfrenta no experimentan más que hastío ante sus quejas, ya no se las creen y comprenden que podría gemir de otro modo, con más sencillez, sin tantos aspavientos, sin tantas posturas, y

que exagera por malicia, por maldad

].

.Sus gemidosse hacen malos, rabiosos, ya no cesan ni

Pues bien^en esa humi-

¡' Ilación perfectamente clarividente es precisamente donde yace

i la voluptuosidad “¡Ah, os molesto, os desgarro el corazón, le impido a toda la casa que concibe el sueño! ¡Pues tanto mejor! ¡No durmáis! ¡Daos cuenta de verdad de que me duelen las muelas! He dejado de ser para vosotros el héroe que pretendía ser; ya sólo soy un tipo perverso, un tunante. ¡Tanto mejor! ¡Incluso me siento dichoso de que por fin me hayáis descubier­ to! ¿Os resulta penoso oír mis miserables gemidos? ¡Tanto peor! ¡Voy a lanzaros un alarido aún más herm oso

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Los Modernos, ya cuenten con la armonía espontánea de los intereses, ya tracen programas educativos y políticos para hacer realidad su armonización, se creen lúcidos. Se recrean diciéndose que no nacieron ayer por la mañana y que la cre­

dulidad no es su fuerte. Es para ellos una gloria mirar de frente

a la poco gloriosa realidad humana. Se admiran de no ser ton­

tos, es decir, de no sucumbir ante la admiración, se felicitan de

su perspicacia, se enorgullecen de tomar al hombre como es y

de no construir nunca castillos en el aire. Dejan las novelas para los niños de cualquier edad, sólo los hechos les interesan. Y sin embargo, esos pragmáticos sin sentimientos viven en la ilusión, esos clarividentes ven visiones^su positivismo es tan cándido como el angelismo o el esplritualismo que denuncian,

y quizá más peligroso. N o ven la diferencia, aunque es abis­

mal, entre la voluntad — o, como hoy se diría, el deseo— y el

interés,>

La voluntad — dice el hombre del subsuelo— no depende más del principio de utilidad que de la grandeza del alma. N o es noble, pero tampoco es burguesa. Es imprevisible e inalcanzable, tan refractaria a los preceptos del interés como a las máximas del desinterés. Y como no calcula, no puede ser calculada. Nada dis­ ciplina a ese caballo desbocado: ni el altruismo ni el egoísmo, ni la ley que manda ni la ley que describe, ni el imperativo categó­ rico ni la necesidad científica. «Lo importante es que dos y dos son cuatro y todo lo demás es sólo aire», dicen, después de Baza- rov, el protagonista de Padres e hijos de Turguéniev, todos los enemigos declarados de las quimeras metafísicas, todos los «pen­ sadores realistas» que se lanzan a desilusionar la utopía constru­ yendo la sociedad de la primavera eterna sobre la verdad más elemental y más incuestionable: el apetito de bienestar. «Pero, pase lo que pase, dos y dos son cuatro es algo muy insoportable.

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Dos y dos son cuatro, para mí, huele a impudicia. Dos y dos son cuatro nos mira a los ojos con insolencia. Se planta en jarras, en mitad de nuestro camino, nos escupe a la cara. Admito que dos

y dos son cuatro es una cosa excelente, pero si hay que estar de

acuerdo con todo, os diré que dos y dos son cinco y también, a veces, una cosita muy encantadora», responde el hombre del subsuelo. Y, último desafío a la prosa de quienes tienen los pies en el suelo: «¿Por qué estáis tan inquebrantablemente, tan so­ lemnemente convencidos de que sólo es necesario lo normal, lo positivo, el bienestar, en una palabra?».-

A partir de Dostoyevski, se reconoció la existencia de lo subterráneo, el irreductible poder de la voluntad surgió a plena luz del día, incluso entró — con Freud— en las conversaciones,> Pero si bien los espíritus puritanos se vieron confundidos, los

Bazarov, por su parte, no cedieron un ápice, según atestigua en particular El libro negro del psicoanálisis, ofensiva muy reciente contra la exploración de largo recorrido de la diferencia entre

el interés y la voluntad que es la empresa ffeudiana: «Si contar

uno su vida o rememorar sus sueños no es de gran utilidad para sanar un problema de muelas, una cura psicoanalítica no es

más eficaz para tratar un problema sexual. U n buen dentista hará primero un diagnóstico exacto; después, tratará la muela

para aliviar el dolor, reparar lo que pueda repararse y cambiar

lo que haga falta».

^Frente a eáe utilitarismo inoxidable, y teniendo en cuenta los desastres causados durante todo el siglo xx por los mecáni­ cos de la especie humana, es grande la tentación de saludar en el hombre del subsuelo al denunciador premonitorio de los grandes y de los pequeños delirios de la Razóñ^«Creéis en el palacio de cristal, indestructible por toda la eternidad, al que no podrá sacársele la lengua ni enseñársele los dientes a hurta­

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dillas. Pues bien, yo, si desconfío del palacio de cristal es quizá precisamente porque es de cristal e indestructible y porque no podrá uno sacarle la lengua ni siquiera a hurtadillas». Inhuma­ na, dicho de otro modo, es la tentación de regular el idilio y de confiar el destino del hombre a la lógica, aunque se tratara de la lógica materialista de las necesidades. Si es cierto que to­ das las prisiones no son, ni mucho menos, falansterios, todos los falansterios son prisiones. Admirable requisitoria. El hombre del subsuelo, no obstan­ te, no se deja reducir. Su prosa no es recuperable, ni siquiera por él mismo. Después de haber predicado lo que puede apare- cérsenos como la buena palabra finalizado ya el siglo cristalino del hombre nuevo y de la quimera monstruosa de una solución realista para todos los problemas de la vida, el hablador se hace narrador y traslada los episodios más destacables, es decir, los más grotescos de su existencia. Deduce de tales peripecias que lo que hay en él de rebelde es también lo que hay en él de la­ mentable y de odioso. Lo teníamos por un heredero de Dióge- nes, hirsuto, salvaje, libertario, o por un predecesor de André Bretón proclamando en El amor loco: «Lejos todo cautiverio,

se revela

como un mártir de la alienación. Con él, tomábamos partido por la vida tumultuosa o caprichosa contra los espíritus prácti­

cos y su reduccionismo militante: constatamos que ha descu­ bierto la fórmula de lo invivible. Creíamos que defendía la her­ mosa causa de la voluntad indomable y resulta que desvela su agobiante fealdad. Da testimonio de una verdad más profunda que su propia filosofía, tan convincente, sin embargo. ¿Qué quiere el hombre del subsuelo? Surgir a plena luz y triunfar: «Yo estoy solo, mientras ellos están todos». De modo que se apoya en la literatura — Byron, Pushkin, Lermontov—

ya fuera a las órdenes de la utilidad universal

»:

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para imaginar situaciones en las que sale de pronto de la oscu­ ridad, en las que sus méritos son reconocidos, en las que el uni­ verso entero le aplaude: «Todos se prosternan ante mí en el polvo y se ven obligados a admirar mis perfecciones, pero per­ dono a todo el mundo. Como soy poeta y chambelán, me ena­ moré; recibo innumerables millones y se los regalo inmediata­ mente al género humano, confesando al propio tiempo ante el pueblo reunido en asamblea todas mis “ignominias”, que no son evidentemente ignominias ordinarias, sino que contienen siempre algo “bello, sublime”, algo byroniano, del tipo de Man- fred. Todos lloran y me abrazan (habrían sido unos imbéciles si no lo hubieran hecho), y yo, descalzo y hambriento, me voy a predicar las nuevas ideas ¡y venzo totalmente a los retrógrados en Austerlitz! Seguidamente, suena una marcha: Amnistía ge­ neral. El papa consiente en abandonar Roma y en marcharse a Brasil. Después, baile para toda Italia en Villa Borghese, la que está en el lago de Como, porque se transporta ese lago a los al­ rededores de Roma especialmente para tal ocasión». El hom­ bre del subsuelo no busca la comodidad, se imagina como un héroe. El fantasma de gloria es en él el duelo divagador de la felicidad. Y la realidad no deja de contradecir, de escarnecer, de ridiculizar la divagación sin conseguir nunca ponerle fin. Así una tarde, al pasar por delante de un café, asiste a una pug­ na a base de tacos de billar. Entra entonces en el café, no tanto por estar desocúpado y por curiosidad como para formar parte de la historia. Pero padece lo contrario: el calvario de la inexis­ tencia. N i héroe ni víctima ni comparsa ni siquiera testigo: no importa nada, no causa ninguna impronta, los Otros no notan su presencia, él no tiene puesto alguno en la intriga, no accede a la dignidad de persona: «Me quedaba cerca del billar y, como no entendía nada del juego, molestaba a los jugadores. El ofi­

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cial quiso pasar, me cogió por los hombros y, sin una explica- ción, sin una palabra, me desplazó y pasó como si yo no existie­ ra. Habría perdonado un golpe, pero lo que no pude soportar fue que me hubiera desplazado en silencio». El, que habría dado cualquier cosa por una discusión literaria, se encuentra desterrado de la intersubjetividad misma, queda reducido al es­ tado de insecto: «Se había actuado conmigo como con una mosca». Y esa mosca estuvo meses, incluso años, zumbándole en la cabeza escenas de venganza. El odio no se le difumina con

el tiempo, se va haciendo, por el contrario, más violento, más

intenso. Porque ve al oficial cuando se pasea por la perspectiva

Nevski. Siempre lo ve cómo cede el paso a todos los personajes importantes y, corriendo por delante, obliga a toda la morralla menuda a que se aparte de su camino. U na idea germina en­ tonces en el cerebro del hombre al que ninguna aventura quie­ re y cuya insignificancia lo somete a suplicio: no retirarse, avanzar como un oficial y obligar así a esa «fuerza en marcha»

a tomar físicamente nota de su existencia. De modo que se

compra un sombrero, guantes negros, se endeuda para poder sustituir el cuello de ratón de su abrigo por otro de castor. En resumen, asciende los escalones indumentarios que lo separan de su enemigo. U na vez acabados los preparativos, se lanza

y, después de unos cuantos intentos infructuosos, consigue no

desviarse, no dar un solo paso hacia un lado: los hombros de los dos hombres chocan. El oficial no vuelve la cabeza y hace como si no se hubiera dado cuenta de nada. ¡Pero no es ver­ dad! Aparecieron las represalias: «¡Yo había salvaguardado mi dignidad, no había cedido un ápice y lo había obligado a tratar­ me públicamente como a su igual!», se entusiasma el hombre del subsuelo. Pero el entusiasmo no es total porque el hombre es

muy consciente — ése es incluso el sentido completo de su

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confesión— de que la hazaña con la que se embriaga es un acontecimiento infinitesimal.

Y sus demás empresas son de idéntico corte. U n día, para

romper su soledad, va a casa de Simonof, el único condiscípulo con el que ha mantenido alguna relación. Lo encuentra en ple­ na conversación con otros dos compañeros de la escuela. N a­ die le presta atención, ni Simonof, que sólo lo ve de vez en cuando, ni sus amigos, que guardaban de él un recuerdo exe­ crable. De nuevo pasa por la experiencia de su propia anula­ ción. Los tres cómplices le están preparando una cena de des­ pedida a Zverkof, otro compañero de la escuela, que debe marcharse de la capital. El hombre que ya no aguanta más ser invisible anuncia entonces que se une a ellos. Los detesta a to­ dos, en particular al tal Zverkof por su alegría, su insolencia, sus éxitos con las mujeres, su rápido ascenso<péro quiere ser, y, para ser, necesita que su ser sea confirm ado Simonof y los otros, asombrados, incluso molestos con aquella repentina so­ licitud, consienten finalmente en darle cita para el día siguien­ te, a las cinco, en el hotel París. Tiene que pedirle dinero pres­ tado a su criado para pagar su parte. La petición es degradante, pero está demasiado nervioso por el contacto que acaba de es­

tablecerse para no resignarse a hacerla. Conque llega al restau­

rante a la hora fijada y

siquiera está montada en el reservado previsto. Se queda tra­ gando bilis hasta que llegan, bastante más tarde, Zverkof y su escolta: se habían olvidado de indicarle el cambio de hora. Se creó así un foso que el resto de la velada no dejaría de ensan­ char. Entre ellos, «hay alboroto y alegría», mientras que él se emborracha en un rincón. Cuando llegan los brindis, les mani­ fiesta su desprecio: «Señor teniente Zverkof, sepa que detesto las bellas frases, a los habladores y los uniformes con pinzas en

no encuentra a nadie. La mesa ni

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la cintura [

].

Punto número dos: detesto a los que van de

fiesta en fiesta. Punto número tres: amo la verdad, la sinceri­ dad, la honradez». Después de unos minutos de cólera colecti­

va, de guirigay, el círculo de los comensales vuelve a formarse y se cierra. El hombre del subsuelo queda de nuevo excluido o más bien ignorado, borrado, acuñado con el no ser. Simula en­ tonces indiferencia e intenta demostrarles q