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SLUMS, TERRITORIO DE ARTISTAS Texto: Pablo L. Orosa Fotog rafía: Pablo L. Orosa-Xisco Navarro Al
SLUMS, TERRITORIO DE ARTISTAS Texto: Pablo L. Orosa Fotog rafía: Pablo L. Orosa-Xisco Navarro Al

SLUMS, TERRITORIO DE ARTISTAS

Texto:

Pablo L. Orosa

Fotog rafía:

Pablo L. Orosa-Xisco Navarro

Al caer la tarde, cuando las nubes se agolpan al otro lado de las torres de cristal del centro de Nairobi, en Kibera, el mayor «slum» de Kenia, el rumor de la lluvia golpeando violenta los techos de zinc bajo los que se cobijan alrededor de un millón de personas parece ahogarlo todo. Como si de pronto el barrio se hubiese quedado mudo. Oscuro. Pero adentro, bajo ese mismo horizonte de techos oxidados, resuena la música. Los chistes. El sonido de la claquetas. «Aquí todo el mundo es un artista. Tenemos que crear para vivir».

En pequeño, de arriba a abajo, el colectivo de artistas del Kibera Creative Arts y
En pequeño, de arriba a abajo, el colectivo de artistas del Kibera Creative Arts y
En pequeño, de arriba a abajo, el colectivo de artistas del Kibera Creative Arts y

En pequeño, de arriba a abajo, el colectivo de artistas del Kibera Creative Arts y un vecino de Kibera, donde todo el mundo es un artista. En grande, panorámica de la barriada. En la imagen que abre el reportaje, la sede de Kibera Creative Arts.

P ocos saben que uno de los mejores estudios de grabación de Kenia se encuentra en Kibera. Justo al otro lado del arroyo bruno que la tor- menta forma al arrastrarlo todo: plásticos, to-

mates, heces. Para llegar a él hay que atravesar la ba- rriada y los prejuicios de una ciudad que vive de espaldas a ella. Un pequeño salto para evitar las pilas de flying toilets donde los vecinos hacen habitual- mente sus necesidades y la puerta, coronada por una «K» enorme convertida en orgullo de barrio, nos tras- lada a la otra Kibera. La Kibera en la que nacen los ar- tistas. Philippe, al que todo el mundo aquí conoce por su sobrenombre musical, Phlexible, está terminando de hacer los arreglos. Trabaja en un ordenador último modelo. Como también lo son los micrófonos, el te- clado y los altavoces. Todo aquí es de primer nivel. «No hay otro igual en todo el país», bromea Luis Lan-

«No hay otro igual en todo el país», bromea Luis Lan- chares, uno de los voluntarios

chares, uno de los voluntarios de la ONG española Ku- kuba que puso en marcha el estudio. En apenas unos meses, el pequeño centro de grabación se ha conver- tido en un referente que va más allá de la propia Ki- bera. Artistas de todo el país se han acercado a cono- cerlo. También los creadores Pertxa Ashanti y Morodo se han aventurado a lanzar una colaboración con los chicos de “Made in Kibera”. Porque aquí, subraya Phlexible, «todo el mundo es un artista. Tenemos que crear para vivir». Levantado a principios del siglo XX, cuando el Gobierno colonial británico recompensó con sus terrenos a los comba- tientes nubios que habían luchado para la corona du- rante la Primera Guerra Mundial, Kibera ha sido desde entonces el destino de miles de migrantes rurales que encontraron en sus techos de zinc resguardo para sus sueños de prosperidad. Con una extensión de alrede-

dor de 2,5 kilómetros cuadrados, nadie sabe a ciencia cierta cuánta gente vive actualmente aquí. Algunas estadísticas hablan de 600.000. Otras dicen que su- pera ya el millón de habitantes. «Aquí hay gente de todas las etnias», apunta Geoffrey Ochieng, al que el resto del país conoce como Oyoo tras ser coronado como el hombre más gracioso de Kenia en la primera edición del éxito televisivo “TopComic”. Esta diversi- dad étnica convierte a Kibera en una analogía de la propia Kenia. De sus filias y sus fobias. Un compendio de creatividad, pero también en uno de los lugares más volátiles ante las soflamas tribales.

Violencia tras las elecciones. Hace solo una década, tras las elecciones de 2007, la barriada se convirtió, junto a la ciudad de Eldoret, en el epicentro de una vio- lencia desmedida que se saldó con más de 1.300 muer-

tos –más de un centenar de ellos, en el slum– y 600.000 desplazados. En las últimas semanas, después de que el Tribunal Supremo anulase la reelección de Uhuru Kenyatta por irregularidades en los comicios de agosto, Kibera, al igual que el resto de los slums de Nairobi, volvió a concentrar los enfrentamientos interétnicos. Geoffrey y sus compañeros de la Kibera Creative Arts están empeñados en acabar con las disputas. «Los políticos vienen y van, pero cuando las elecciones pa- sen nosotros tenemos que convivir», repite el cómico desde el pequeño cuarto que hace las veces de centro de reunión para la asociación. Justo al otro lado del estudio de Made in Kibera. Cada dos meses, organizan el Art Attack Festival, un escaparate de la otra Kibera. La que va más allá de las montañas de basura, las es- tadísticas disparadas de VIH y del último atraco. Por- que Kibera es mucho más que eso. «Aquí hay mucho

Sobre estas líneas, Philippe trabajando en su nueva producción en el estudio de Made in
Sobre estas líneas, Philippe trabajando en su nueva producción en el estudio de Made in
Sobre estas líneas, Philippe trabajando en su nueva producción en el estudio de Made in
Sobre estas líneas, Philippe trabajando en su nueva producción en el estudio de Made in

Sobre estas líneas, Philippe trabajando en su nueva producción en el estudio de Made in Kibera. En la fotografía del centro, actuación en Kibera, una de las barriadas más pobres de Kenia y, a su vez, uno de los epicentros de creación artística del país.

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talento», coincide en resaltar Geoffrey. Aquí hay rape- ros con orgullo de barrio, artesanas que hacen brillar el óxido y tipos capaces de hacer reír a los muertos. «Lo que tratamos –continúa Geoffrey– es de atraer a la juventud para que no caiga en la delincuencia». En los últimos tiempos, han incorporado un nuevo elemento al discurso: la construcción de una identidad para el barrio. «Tenemos que vivir como hermanos. Nunca permitas que la política te haga matar a tu her- mano», escribe el cómico en sus redes sociales, empe- ñado en que esta vez la inquina de las elecciones no se lleve por delante la paz que tanto ha costado construir. Porque hoy, al menos mientras el sol luce en el hori- zonte al otro lado de Nairobi, Kibera es un lugar seguro en el que se puede pasear, degustar un chapati recién horneado o incluso disfrutar de una versión surrealista de “Showdown in Manila”. Pese a los esfuerzos por hacer de la barriada un lugar mejor, Kibera sigue siendo un lugar duro. Uno de los más duros para nacer. Apenas hay agua ni electricidad. Tampoco alcantarillado. Tan solo montañas de basura entre las que corretean los pequeños y las enfermeda- des: diarrea, tuberculosis, malaria y VIH. Cada mañana, miles de personas remontan las carreteras cubiertas de arcilla y mugre para ir a trabajar a la otra Kenia. La de Westlands, Lavington y los restaurantes de cocina internacional. Lo hacen con la esperanza de un día po- der dejar Kibera. Lo hacen con el temor de que al volver su casa ya no sea su casa. «Aquí hay incendios casi a diario», asegura Alma, una misionera mexicana que lleva varios años trabajando en la comunidad. Las pre- carias instalaciones eléctricas y los tanques de gas co- locados en cualquier rincón están detrás de la mayoría

de accidentes. No obstante, el mayor de los problemas para sus habitantes es el intrincado sistema de prés- tamos y arrendamientos con el que tienen que lidiar para salir adelante. «Aquí, en Kibera, la vida es com- plicada. Nadie tiene un título de propiedad de sus ca- sas, así que un día llegan y te tiran todo», señala uno de los jóvenes del barrio. «Pero la gente tiene una in- mensa capacidad para recuperarse, para coger la gui- tarra y empezar de nuevo». Esa inspiración artística es, a menudo, la única tabla de salvación para los chi- cos de Kibera. «Aquí la vida es difícil. Necesitas tener muchas ha- bilidades para sobrevivir. Por eso todo el mundo tiene algún talento». El suyo, el de Philippe, es la música. «Empecé a cantar en casa, música local y reggae. La música es una manera de ganarse la vida aquí», ase- gura mientras busca en el ordenador la última de sus creaciones. «Llevo tres días con ella, pero todavía le falta», confiesa. Cuando no está preparando sus obras, Philippe trabaja con las de los demás. Made in Kibera es un centro abierto, un lugar pensado para atraer a los jóvenes del barrio. «Si los jóvenes se involucran en el arte no caen en la violencia», sentencia el cantante. Un pequeño golpe en la puerta interrumpe la charla. Philippe mira el cuadrante. Hay prevista una nueva grabación. Es un joven de 18 años. De aquí, del barrio.

Las ganas de reír de Mammito Eunice. Mientras preparan el escenario, poco más que una atril impro- visado en el patio trasero de una vivienda del barrio, Mammito Eunice, Mama Africa, no puede contener la risa. Eso de cambiar a la Policía por los Buffalo Sol- diers a los que cantaba Bob Marley y a sus perros por

leones es demasiado hasta para una candidata deli- rante como la que ella interpreta: Empress Mammito,

la líder que promete llevar a los rastas de Kibera a pe-

regrinar hasta la tumba de Haile Selassie I en Addis Abeba y convertir el himno nacional de Kenia en una canción reggae. «El himno es muy aburrido, te quedas

de pie, quieto, como una estatua. Queremos un himno con el que puedas perrear», dice. Al fin está todo listo. Las dos cámaras grabando y los cuatro cómicos que conforman este surrealista

partido político ya están caracterizados: gorros, rastas

y ritmos de Bob Marley. Hasta han colocado un mi-

crófono y una grabadora para la rueda de prensa:

–Nosotros no vamos a acabar con la pobreza. Si Jah te trajo al mundo sin nada, ¿quiénes somos nosotros para acabar tu pobreza? De hecho, vamos a multiplicarla. Porque si no fuera por la pobreza, grandes canciones como “Poverty” no podrían haber sido cantadas. –«75 percent of the people dem living in poverty / And the next 25 percent a dem a live inna the luxury». –Dadnos vuestro voto y dejad al Kibera Rasta Asso- ciation Party (KRA) representar a la comunidad rasta en el Parlamento. –Corten.

Más que al voto, que muchos le prometen en redes sociales, Mammito y sus compañeros del Kibera Crea- tive Arts aspiran a que sus sketches hagan reír. Y pensar. La sonrisa como reflexión. El arte contra la violencia. Aunque en muchos casos se trata de artistas consagra- dos, protagonistas de programas de televisión y capaces de llenar grandes recintos al otro lado del barrio, los

miembros del Kibera Creative Arts no reniegan de sus orígenes. De hecho, la mayoría siguen viviendo allí. Y todos vuelven aquí de vez en cuando a grabar pequeñas piezas que luego cuelgan en redes sociales y con las que rescatan el orgullo de ser de barrio al tiempo que demuestran a la otra Kenia, a la que tiene miedo de atravesar Kibera Drive, que sus temores son en realidad simples prejuicios. No todos en el slum son ladrones, traficantes o prostitutas. Muchos son también artistas. «Aquí hay miles», sentencia, entre carcajadas, Geoffrey Ochieng, impulsor de una idea tan sencilla como im- parable: el arte cambia vidas. «Nos hemos ganado el respeto de la comunidad, ahora tenemos que educar a la gente y usar esa influencia para atraer a los chicos y transformar la sociedad». Por eso, han puesto en marcha“Mission I’mpossible”, un programa educativo que resume una filosofía de vida: «Todo lo que quieras llegar a ser es posible». «Se trata de mostrar a los chicos lo que pueden hacer. No es que todos vayan a ser artistas, pero el arte les da la posibilidad de expresarse. De mostrar que están orgu- llosos de ser de Kibera», sentencia el más afamado de los artistas autóctonos. Gracias a este proyecto, las precarias instalaciones educativas de Kibera, en ocasiones cuartos desvencija- dos de los que los alumnos van huyendo a medida que sus familias no pueden pagar los costes, se han llenado de canciones, bailes, poemas. Los chicos aquí, apunta Geoffrey, aborrecen estar sentados en el pupitre. Apren- den “mejor” a través del arte. Para motivarlos, cada po- cas semanas, dentro del bautizado como Artists’Forum, estrellas locales como Karis, Cedrick Kulaoba o la propia Mammito Eunice acuden a los centros de primaria y

En la fotografía de arriba, los chicos de Kogorocho asistiendo a una de las lecciones de música.

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Cada domingo, la Ghetto Classics Orchestra convierte Korogocho en un auditorio abierto a sus más
Cada domingo, la Ghetto Classics Orchestra convierte Korogocho en un auditorio abierto a sus más

Cada domingo, la Ghetto Classics Orchestra convierte Korogocho en un auditorio abierto a sus más de 200.000 habitantes.

secundaria de la barriada para contar su historia. «Viendo a esas celebridades cara a cara y escuchando su historia directamente de ellos, los chicos se dan cuenta de que esa gente, esos artistas famosos, son gente real que una vez estuvieron también en la escuela y que trabajaron duro para ganarse su prestigio». Teniéndolos enfrente, resume Geoffrey, los chicos comprenden que no es la violencia sino «el arte lo que los puede ayudar a salir de la pobreza».

Los Mozart de Korogocho. En Korogocho no hay son- risas. Al menos no tantas como en Kibera. Es media tarde y todo el mundo camina con prisa. El sermón do- minical, repetido en las iglesias de todos los credos cris- tianos, resuena aún en la memoria de un barrio que no entiende del crecimiento económico del que hablan los políticos. Sí, Kenia lleva años creciendo por encima del 5% anual, pero aquí los niños siguen jugando entre to- neladas de basura. Junto al cine en el que hoy todos esperan el partido del Liverpool, se agolpa un grupo de adolescentes. Al menos hoy tienen algo que hacer. Habitualmente, ex- plicará más tarde Simon Kariuki, uno de los hombres más respetados del barrio, los chicos no tienen mucho que hacer. «Aquí hay pocas oportunidades. Es muy di-

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fícil encontrar un trabajo. En muchos sitios te cierran la puerta al saber que eres de Korogocho». La fama de la barriada, ubicada a pocos kilómetros de Nairobi, habla de delincuencia, drogas, prostitución. Justo igual que en Kibera. Justo igual que en todos los lugares a los que se les niega una salida. Aquí, igual que en las calles en las que se rodó“El Jardinero Fiel”, el arte se ha convertido en la última oportunidad. Cada domingo, la Ghetto Classics Orchestra convierte Korogocho en un auditorio abierto a sus más de 300.000 habitantes. Las piezas de Mozart y Bach tapan el bullicio y, por unas horas, el barrio recupera su orgu- llo. Los que tocan, los que hacen sonar delicados los vio- lines y vigorosos los trombones, son sus hijos. Los pe- queños Mozart de Korogocho. La iglesia de San Juan, un complejo religioso que in- cluye varios campos de fútbol, aulas y un templo deco- rado con escenas de la Biblia, es el lugar en el que nace la música. Lo lleva haciendo desde 2008, cuando Elisa- beth Njoroge, una apasionada cantante keniata, empezó a trabajar con una decena de chicos del barrio. Hoy son más de ocheta los que participan en la orquesta. Y cien- tos más en los proyectos deportivos y de baile. Los chicos acuden cuando pueden, la mayoría después de la es- cuela, y ensayan. Ensayan con las ganas del que no sabe

es- cuela, y ensayan. Ensayan con las ganas del que no sabe cuando va a poder

cuando va a poder volver a hacerlo. «Los chicos del slum, cuando comemos, lo comemos todo porque no sabemos cuándo vamos a poder volver a comer. Cuándo aprendemos es igual», explica Kariuki. Cuando vuelven

a casa, los chicos siguen ensayando. Ensayando con ins-

trumentos imaginados porque los reales no los pueden sacar del recinto religioso. Fuera de allí, la vida en Ko- rogocho sigue siendo demasiado peligrosa. El hambre

es por ahora lo único que el arte no ha podido vencer.

Una alternativa contra la radicalización. En el ba- rrio de Mtopanga, a lo largo de la vieja carretera de la costa, vacía de visitantes por las lluvias y el miedo a la amenaza terrorista, un grupo de jóvenes se apiña junto al teléfono. Uno tras otro van pasando los vídeos

y la mañana. «No tenemos nada mejor que hacer», re-

conoce uno de los chicos. Con una tasa de desempleo desbordada tras el derrumbe de la industria turística, los adolescentes buscan respuestas a la «frustración» que les rodea. «En África se tienen hijos con la idea de que, en el fu- turo, sean ellos quienes cuiden de sus padres. Ahora entre la juventud hay más gente sin empleo que con el empleo. Se pasan el día en casa y llega una edad en la que los padres les reprochan que todavía estén allí,‘co-

miendo mi comida’. Eso hace que los chicos se sientan frustrados», explica Alhman Abdulla, uno de los líderes religiosos de esta comunidad de Mombassa, la segunda ciudad más grande del país. El movimiento radical de Al Shabab, apunta Abdulla, «se aprovecha de la falta de empleo y de la situación económica» para atraer a jóvenes desencantados a su causa. Mtopanga, donde la Kenyan Defence Force (KDF) –la entidad encargada de ejecutar la política an- titerrorista y acusada por las organizaciones de dere- chos humanos de haber perpetrado centenares de eje- cuciones extrajudiciales desde 2015– llega con sus pistolas en alto y sus grandes despliegues, es uno de sus graneros de mártires. Aunque muchos se unen a los yihadistas por rencor hacia la Policía o atraídos por las promesas y la fama, la mayoría lo siguen ha- ciendo por hambre. «Sin la pobreza no podemos decir que el radicalismo no existiría en Mtopanga, pero se reduciría bastante», asegura el religioso. Por eso, el consejo de imanes locales ha puesto en marcha un programa de ayuda al em- prendimiento: se trata de que los chicos tengan sus propios negocios para salir de la pobreza. Pequeñas empresas de transporte en tuk-tuk, hornos de pan o tiendas de flores. El remedio contra la radicalización.

El programa «Mission I’mpossible» lleva a artistas a las escuelas para mostrar a los niños de Kibera que existe una salida a través del arte.

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