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LOS LAICOS ¿LOS TOMAMOS EN SERIO?

Franklin Ibáñez
CVX-Magis – Perú

Creo que los laicos debemos comenzar por tomarnos en serio a nosotros mismos como Dios lo
hace. Escribo enamorado de la vocación que el Señor me regaló y que, por el hecho de ser un
don de Dios, merece ser puesto al servicio del Reino. Quiero ser crítico pero especialmente
agradecido de la Iglesia que tanto amo, aunque a veces no comprendo. La Iglesia refleja lo
que sus miembros somos y queremos ser. Sueño con una verdadera Iglesia de comunión que
sea testimonio fiel del amor de Dios por la humanidad entera.

Esa tarea no podrá alcanzarse si las relaciones dentro de la Iglesia son asimétricas, con los
criterios del mundo y no con los de Dios. Por eso, es importante revalorar el laicado,
especialmente en estos tiempos en que la mayoría de identidades está en crisis y busca
afirmarse de cualquier forma. Escribo también para animar a otros laicos y laicas a que
discernamos juntos qué es aquello que Dios espera de nosotros.

Voy a dividir el artículo en dos partes. La primera se ocupa de reflexionar qué significó y
puede significar la palabra laico y el modo de vida que connota. En la segunda parte realizo
una invitación para que la Iglesia entera, incluidos nosotros mismos, nos tome más en serio.

A. ¿Quiénes somos los laicos?

Confieso que no he encontrado muchos escritos de laicos hablando sobre su ser laical, sobre lo
que significa ser laico. Hasta ahora, la mayoría de veces, esperamos que la jerarquía nos diga
lo que somos y lo que debemos hacer. Actualmente las identidades en la Iglesia atraviesan
muchas dificultades. Entonces, al poner en tela de juicio lo que es un laico, estamos también
poniendo en tela de juicio el resto de roles en la Iglesia.

Normalmente entendemos por laico al fiel cristiano bautizado, no sacerdote ni religioso, que
tiene familia o no y vive como un ciudadano normal ocupado en la política, la economía, la
cultura, etc. En pocas palabras, hombres y mujeres de familia y ciudadanos. Esta definición
es demasiado sencilla y será problematizada más adelante. Ahora examinemos el ser de los
laicos según la Biblia, la historia de la Iglesia y el momento actual.

 En la Biblia

Quiero empezar con una clave que nos dejó José Luis Caravias: aunque no me crean, si me
hubieran pedido escribir sobre las raíces bíblicas de la identidad religiosa, me hubiera sido
más difícil que escribir sobre las raíces bíblicas de la identidad laical. ¿Por qué? Está claro
¿No es obvio que la mayoría de personajes en la historia de la salvación, en la revelación, han
sido laicos como se muestra en la Biblia?1 Esta clave de lectura bíblica puede ser muy fuerte
y generar rechazos automáticos; pero si la tomamos en serio, puede aportarnos muchas luces
sobre las identidades en la Iglesia. Espero que esta parte demuestre que Dios siempre toma
en serio a los laicos.

Los patriarcas fueron laicos en todo el sentido de la palabra. La historia de Israel, el pueblo
elegido para la salvación, comenzó con la invitación de Dios a un matrimonio: Abraham y Sara,
una pareja, una familia, una comunidad2! Dios se revela a una familia y usando el lenguaje
familiar. Su primera promesa a la humanidad es aquello que toda familia desea: descendencia
y trabajo. En el AT, el símbolo de la bendición son los hijos. Por eso, Dios les promete gran
descendencia, pese a lo avanzado de su edad. En esta primera Alianza, la pareja tiene
también una parte que cumplir: debe confiar en Dios. No basta adoptar un hijo (Gen 15) ni
obtenerlo por medio de la esclava (Gen 16). Estos medios eran legales en ese contexto
cultural; sin embargo, la promesa de Dios se cumplirá en ellos y Dios no requiere que le den
ese tipo de ayudas sino sólo que confíen en él. El amor se revela en la descendencia
prometida. Lo mismo se les promete a Isaac y luego a Jacob, Israel.

Siglos más tarde, un personaje tan importante como Moisés está mucho más cerca de la
definición actual de laico que de sacerdote. Moisés era pastor de su suegro cuando Dios lo
llamó. Lo mismo su sucesor Josué. Ambos libertadores de Israel eran hombres de familia
ocupados a los asuntos de su tiempo. Luego viene el periodo de los jueces, instrumentos de la
justicia de Dios y no jueces en tribunales como pensaríamos nosotros. Débora, Gedeón, Jefte
y Sansón (los jueces más célebres) no tenían las características de los sacerdotes de aquel
tiempo ni de la actualidad. Resaltemos el caso de Débora: casada, profeta y juez (Jue 4 y 5)3.
Cuando todos los varones se habían rendido, es ella la que inspira valor y confianza al pueblo
entero. Por eso se dijo que la victoria correspondió a mano de mujer (Jue 4,8-9).

Luego viene la época de los profetas. Como se ve en el AT, a pesar de que Israel tiene sus
reyes y sus sacerdotes, son los profetas los que hablan por Dios y transmiten su mensaje al
pueblo. Ellos marcan un hito en la concepción religiosa de Israel. Ellos no hablan tanto de
cultos y rituales en que Israel no fallaba (y en los que a veces nosotros nos concentramos más)
sino de una práctica de vida que es el verdadero culto que agrada a Dios. No se trata de
ofrecer palomas, ayunar, purificarse como de ser solidario con el pobre, atender a la viuda y al
huérfano. Los textos son abundantes. En Amos Dios quiere la justicia (5,24) y defiende a los
oprimidos (8,4-6). Lo mismo en Isaías (1,23) pero resaltando además la denuncia de la
religiosidad vacía (1,11-15; 29,13). Jer 7: el templo y los sacrificios no sirven si las obras no
agradan al Señor.

Cabe resaltar la pugna que se establece entre los sacerdotes y los profetas. Los textos más
anticlericales, si entendemos lo clerical como lo referido al culto y a la profesionalidad de la
religión, son de los profetas. Denuncian el vacío del culto y el sacerdocio con expresiones muy
duras. Los sacerdotes aparecen en sus textos como vigilantes celosos de la ley, moralistas,

1
Cfr. CARAVIAS, José Luis. Raíces Bíblicas de la Espiritualidad laical. Conferencia inédita del curso Magis. Quito,
julio del 2004.
2
Recomiendo el libro de Mester para una lectura bella, entrañable y actual de la historia de esta pareja, patriarca de
nuestra fe (Génesis capítulos 12 al 23). MESTER, Carlos. Abraham y Sara. Cuenca, Edicay, 1990.
3
Para una referencia rápida Cfr CARAVIAS, José Luis. De Abraham a Jesús. Quito, Tierra Nueva, 2001, pp36-38.
hombres de los ritos. Muchas veces se aprovechan de su situación para vivir cómodamente
(Miq 3,11); muchas veces se mercantilizaba su función y se olvidaban de la santidad en la
solidaridad con los pobres (Sof 3,4 Ez 22,26). Los pecados sociales no son denunciados por
ellos (Jer 5,20-31). Malaquías tiene palabras durísimas para los sacerdotes (Mal 2). Muchas
de las críticas también van a los profetas y jefes, pero está claro que el grupo crítico y
autocrítico era el de los profetas. No son hombres ungidos ni de la tribu sacerdotal (levita),
sino más cercanos a lo que hoy conocemos como laicos4.

Otros personajes del AT son los sabios, presentes en los libros sapienciales. Todos ellos son
laicos. Citemos algunos ejemplos. Ruth es una mujer moabita (pagana por no ser judía) que,
tras haber enviudado joven de un israelita, se vuelve a casar con un descendiente de David y
será pariente de Jesús. Judith es la mujer que, ante la cobardía de los hombres, se resiste al
enemigo. En el Cantar de los cantares no encontramos personajes históricos pero sí páginas
bellísimas que dignifican la unión del hombre y la mujer como modelo de la alianza de Dios y su
pueblo.

Ya en el NT, el mismo Jesús, como había sucedido con los profetas, está en constante
enfrentamiento con los sacerdotes de su tiempo. Su desacuerdo no es sólo con las personas
que ejercen el sacerdocio, sino con el sacerdocio mismo como institución5. Hay muchas
tensiones y cabe resaltar el papel que jugaron lo sacerdotes para juzgar a Jesús y
sentenciarlo. Definitivamente él no era sacerdote en los términos de ellos. Los evangelios y
las cartas de Pablo tienen mucho cuidado en no llamar sacerdote a Jesús. Sólo la Carta a los
Hebreos y el Apocalipsis lo hacen, pero para marcar el fin de un sacerdocio tradicional y el
inicio del nuevo sacerdocio que acompaña a todos los que deciden seguir a Jesús.

Finalmente, en el NT los primeros cristianos son José y María: un matrimonio, una familia, una
primera comunidad. Son ellos los primeros que acogen el mensaje y colaboran con él. Luego
nos encontramos con los discípulos. Probablemente la mayoría de ellos eran casados como
Pedro. Eran hombres de familia que, dedicados a su cotidiano, reciben el mensaje y deciden
seguir a Jesús. Cuando los invitó Jesús a dejar casa y familia por el Reino, no puede
entenderse ello como una exigencia de celibato. Se trata de ampliar el horizonte de familia,
es decir, los cristianos son una nueva familia: quienes reconocen como Padre al Dios de Jesús
y, por tanto, se consideran más hermanos entre ellos.

 En la historia de la Iglesia

En las primeras comunidades hubo personas célibes que jugaron un rol clave como Pablo. Pero
no podemos olvidarnos del importante papel de los matrimonios en la predicación del evangelio.
Los matrimonios llevan el evangelio a muchas partes como lo demuestran los casos de Pedro y
su esposa (1 Cor 9,5), Aquila y Prisca (Rom 16,3-5), Andrónico y Junia (Rom 16,7) 6. Ellos eran
tan apóstoles como Pablo y él mismo lo reconoce y agradece. Además existen muchas mujeres
misioneras (Fil 4,2 Rom 16,12) profetizas y predicadoras (1 Cor 12,11).

4
De hecho, el único profeta que además fue sacerdote es Ezequiel. Pero vale la pena destacar que renegó de su
sacerdocio. En Ez 8 y 9 se muestra cómo salió Dios del templo lleno de idolatrías... para irse con los desterrados.
5
Cfr. DÍAZ MATEOS, Manuel. El sacerdocio del laico Jesús. En: El sacramento del pan. Lima, CEI CEP, 1996, 2ed,
cap III, pp81-97.
6
LOFHINK, Gerhard. La Iglesia que Jesús quería. Bilbao, Desclée, 1998,3ºed, pp107-108
El rol de los matrimonios es clave además porque prestan sus casas (hogares) para la
celebración de la Eucaristía. Así el ágape, celebración eucarística, tenía un sentido
eminentemente sagrado sin dejar de ser un acto hogareño, íntimo y fraterno como lo es el
banquete familiar. Las primeras comunidades eran el primer ambiente donde se practicaba la
solidaridad desde el modelo de familia: se compartía bienes, se buscaba trabajo a los
desempleados, etc. Además muchos prestaban sus casas para alojar a cristianos (mensajeros,
predicadores o simples viajeros)7. Se fue tejiendo una red solidaria gracias a los laicos
asentados en sus hogares estables y sus tareas cotidianas.

En las primeras comunidades, la dignidad y responsabilidad, en cuanto seguidores de


Jesucristo, era común. El llamado a ser santo y colaborar en la misión era común a todo
creyente. Esa era la más profunda comunión y relación entre ellos: creer que Jesús era Hijo
de Dios y que anunciaba un nuevo orden para la humanidad. Jesús había formado una
comunidad para que fuera extendiéndose y convirtiéndose en signo de esperanza siendo
sociedad de contraste8 porque no los mantendría unidos el poder ni la organización, sino la fe,
esperanza y caridad.

Sin embargo, los primeros seguidores comprendieron rápidamente la necesidad de organizarse


y dividir funciones para el mejor anuncio de Jesús y sus sueños para el hombre. La
organización aparece como una necesidad para la misión, no como un bien ni un fin
independiente. El único fin es la unidad del género humano en Cristo 9. Toda la Iglesia se
consideraba ministerial aunque los ministerios (servicios) estuviesen repartidos. Se trata de
poner los servicios, dones, en beneficio de la misión y la comunidad, como bellamente lo
recuerda reiteradas veces Pablo (1 Cor 12).

En el Nuevo testamento no existe la palabra laico, ni un término equivalente a lo que hoy


entendemos por laico. Pronto también apareció otro problema ¿cómo distinguir entre
ministros y no ministros? Para cuestiones prácticas de la vida de esta naciente Iglesia, era
necesario precisar más los roles sin que eso llevara a una distinción de dignidades. Se tenía
que distinguir las funciones, no las dignidades ni los grados dentro de los cristianos. Por ello,
se comenzó a emplear el término laico10.

En la cultura grecorromana laós (de allí laico y laicado) significa el pueblo, la plebe, y trae una
carga un tanto despectiva: persona no cultivada, ruda, analfabeta, primitiva. <<El laico es, por
consiguiente, un profano, el que no pertenece al círculo de los levitas, el que no está
consagrado a Dios>>11. <<No tiene ningún cargo. No es autoridad, alcalde, concejal, policía,
oficial, juez y no tiene ninguna otra función. Nosotros diríamos: “es base”, “es pueblo”>> 12. Se

7
Op. cit. pp118-120
8
Op .cit. Ésta es la tesis principal del estudio de Lofhink: la Iglesia está llamada a ser sociedad de contraste por los
valores que vive dentro de ella y ofrece al mundo.
9
Eso lo recuerda con mucha fuerza el Concilio Vaticano II en muchas de sus formulaciones, especialmente al presentar
la Iglesia. Lumen Gentium 1.
10
MORA, Maricarmen. Identidad laical. Conferencia inédita del curso Magis. Quito, julio del 2004.
11
BINGEMER, Maria Clara. Identidad del laico. En: CARAVIAS, José Luis. Recopilaciones en el CD Fe y Vida.
12
SILBER. Quiénes son los laicos. Un curso de formación para Cristianos de Base. En: CARAVIAS, José Luis.
Recopilaciones en el CD Fe y Vida.
importó el término en la Iglesia primitiva pero liberándolo de connotaciones negativas puesto
todos eran comunidad, ekklesia.

Sin embargo, la degradación del laicado se dio con la degradación del mundo, lo secular, siglos
más tarde con la llegada del medioevo y la Iglesia de cristiandad. Como sabemos en el siglo
IV el cristianismo se convirtió en la religión oficial de Roma. Este hecho supuso un control de
la Iglesia en cuanto organización e incluso doctrina, por parte del Estado, especialmente del
emperador Constantino. Eso generó tensiones y enfrenamientos que con el tiempo fueron
separando a la Iglesia del mundo político, social y cultural. Algunos quisieron mantener la
fidelidad al evangelio fugándose del mundo, escapando a su control y su pobreza moral. En
este momento, son los monjes quienes representan un modo de vida alternativo y santo frente
a una sociedad corrupta y decadente13. Este distanciamiento del mundo tenía sentido, mas el
problema llegó con algunas interpretaciones.

Este periodo de la Iglesia está marcado por un fuerte dualismo proveniente del mundo
grecolatino con el que había entrado en diálogo el cristianismo. Al adoptar las categorías del
pensamiento clásico, la cultura cristiana medieval reconoce dualismos como alma-cuerpo,
inmortal-mortal, sagrado-profano, eterno-temporal, contemplación-acción, celibato-
matrimonio, Dios-mundo, Iglesia-mundo, etc. El problema es que los segundos términos son
vistos como menos perfectos o negativos. Los monjes y el clero fueron instalándose del
primer lado y los laicos, ocupados de los asuntos del mundo, del otro por lo que empezaron a
verse como menos cristianos o “cristianos de segunda”.

Ésta fue la interpretación que prevaleció durante muchos siglos. Basta recordar todas las
imágenes del cuerpo como algo negativo, como cárcel del alma, como fuente de pecado; o la
sociedad como lugar de tentaciones y con valores contrarios a los designios de Dios y la misión
de su Iglesia; etc. El laico, como ser corporal que vive en condiciones normales en la sociedad,
heredó esa condición negativa. Para recuperar la dignidad del laico, debemos recuperar la
dignidad del cuerpo, de los asuntos sociales, etc. Durante la modernidad hubo tímidos
intentos porque la jerarquía de la Iglesia miraba al mundo por encima del hombro, y el laico
seguía en el extremo bajo. Éste fue el gran cambio que se dio en el siglo XX....

 En la actualidad

Son muchas las novedades y giros que el Concilio Vaticano II introduce en la vida de la Iglesia.
Se dice que el gran logro fue el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno y la revalorización
de éste, además de recuperar su autonomía. Iglesia y mundo moderno no deberían verse
enfrentados necesariamente, sino en cuanto a temas puntuales que se oponen claramente a los
designios de Dios para la humanidad. La revalorización de los asuntos temporales incluye
también la del laicado.

Por otra parte, a partir del rescate de la noción bíblica de pueblo de Dios, es posible pensar la
Iglesia como un pueblo de sacerdotes en Cristo donde la dignidad es común a todos los
bautizados, ya que es una misma filiación y un mismo Espíritu el que los une. (LG 10). La

13
CODINA, Víctor. Eclesiología medieval de cristiandad. En: Para comprender la Eclesiología desde América Latina.
Cap 4. Estella, Verbo Divino, 2000. pp51-63
definición de la Iglesia como pueblo de Dios destaca ante todo esa comun-unidad de sus
miembros, por encima de las diferencias en organización que todo grupo humano tiene. La
Iglesia de Comunión, como concepto teológico y realidad eclesial, prevalece sobre la
organización y las jerarquías de roles14.

En este contexto tenemos los primeros intentos de definición actual del laicado15. Podemos
reconocer un gran avance y connotaciones más positivas. Vaticano II ha sido realmente un
signo de Dios en el camino recorrido!!!... Sin embargo, este artículo se ocupa más de los pasos
lentos, los retrocesos y estancamientos en la vida de la Iglesia... especialmente me ocupo de
los pasos que faltan dar. Por eso, expongo las definiciones críticamente porque todavía hay
mucho camino por recorrer.

Ha surgido un debate importante sobre la definición del laicado. ¿Se trata de una definición
de lo que es (definición positiva) o de lo que no es (definición negativa)? Gracias a la filosofía,
sabemos que las definiciones incluyen ambos aspectos: expresan lo que algo es distinguiéndolo
de lo que no es. Ambos aspectos son necesarios siempre y cuando expliquen con claridad la
definición. Tenemos además dos formas de definir que van estrechamente juntas: en cuanto
al género, conjunto, o clase a que pertenecen, y en cuanto a la función que cumplen.

Así, aplicando el párrafo anterior, leemos en LG 31,1: << Por el nombre de laicos se entiende
aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden
sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia >>. Entonces ¿cuál es el
género o conjunto al que pertenece? Laico es todo fiel cristiano (conjunto de los bautizados)
no ordenado, no es clérigo (grupo del que se diferencia). El énfasis en lo que no es, en el grupo
al que no pertenece, ha hecho sentir y pensar a los laicos nuevamente que su identidad es “de
segunda” ya que depende de precisar quiénes son los ordenados. Aquí el orden ministerial
aparece como un plus, algo más, que elevaría de categoría a quienes lo reciben y dejaría en la
plebe a los que no16. Ése es el problema de esta primera definición negativa del laicado.

En el párrafo siguiente LG 31,2 leemos: <<... A los laicos pertenece por propia vocación buscar
el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo,
es
decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social...>>. Aquí se trata de una definición positiva porque se
destaca lo que sí les corresponde, la tarea y función que les es propia: ordenar y santificar el
mundo, iluminar las cosas temporales de modo que progresen según Dios. El espíritu del
concilio quiere valorar a los laicos a partir de esta importante e insustituible misión que les
encomienda.

El decreto Apostolicam Actuositatem (1965) desarrolla en su riqueza el contenido de la misión


de los laicos. Aquí se habla de familia, política, medios de comunicación, cultura, profesiones,
14
El cambio ha sido destacado por muchos, especialmente dado que el capítulo II Pueblo de Dios antecede al capítulo
sobre la jerárquica en la Constitución sobre la Iglesia. Sobre el significado de Vaticano II y especialmente el rescate de
la eclesiología de comunión. Cfr. Revista Concilium Año I número 1.
15
Para toda esta parte, revisar los documentos del concilio: Lumen Gentium (1964), Apostolicam Actuositatem (1965), y
la carta de Juan Pablo II Christifideles Laici (1988)
16
Convierte a los ministros ordenados en super cristianos!!! Cfr. PARENT, Rémi. Una Iglesia de bautizados. Para
una superación de la oposición clérigos/laicos. Santander: Sal Terrae,1987. pp91
ciencia, pastoral, etc. La misión es muy amplia, por lo que implica una gran responsabilidad.
No obstante, el problema es el lenguaje empleado que hace excesivo énfasis en el “orden
temporal”. Pareciera que implícitamente hay dos órdenes: uno temporal y profano para los
laicos, y el otro sagrado para los ministros ordenados. Este límite se observa en la definición
clásica del LG 31: a ellos les corresponde la santificación del mundo en el que están insertos,
las realidades temporales, asuntos seculares, asuntos temporales.

En ChL 9, el papa insiste: esta definición es positiva y supera definiciones precedentes que
eran sobre todo negativas. Claramente esta definición junto con todas las tareas que se
explicitan más adelante, sobre todo en Apostolicam Actuositatem, tiene aspectos muy
positivos especialmente en cuanto roles concretos. De hecho, luego del concilio han florecido
los movimientos laicales, se han creado nuevas instancias de participación para los laicos y el
lenguaje cambia respecto de ellos. No obstante, si leemos atentamente todos los documentos
del Concilio notaremos que el uso del lenguaje todavía demuestra mayor honor y respeto a las
autoridades eclesiásticas. Tenemos que admitir que, en todos los grupos humanos, ensalzar a
unos significa valorarlos más que a otros. En nuestro caso concreto, podríamos decir que, por
ejemplo, se llena muchas veces de elogios a las autoridades a costa de presentar a los fieles
como los simples laicos.

El laicado ha recuperado valor, sin embargo, esta definición tiene límites y si connota o no
calificativos negativos dependerá de cómo valoremos el mundo y la tarea de evangelizarlo ya
que el laico vive en él y se ocupa de él. Como señala bien Remi Parent 17, todavía no hemos
podido superar el dualismo sagrado-profano, y el problema de la definición anterior es que
todavía identifica a los sacerdotes como hombres de Iglesia que se ocupan de lo sagrado
mientras que el laico es el hombre del mundo que se ocuparía de lo profano. El sacerdote
estaría más cerca de Dios y el laico, como muchas veces se dice, es mundano. Todavía los
dualismos clérigo-laico, Iglesia-mundo, etc, son muy fuertes.

El laico aparece como el enviado al mundo desde la Iglesia. Pero ¿no está la Iglesia inserta en
el mundo? ¿no está la Iglesia también constantemente necesitada de conversión? ¿no es el
mundo el lugar donde debemos escrutar los signos de Dios? ¿En definitiva, no es Dios el
creador del mundo y del hombre para que en una armónica relación le alaben, sirvan y
reverencien18? Al laico le toca evangelizar diversas realidades del mundo, entre otras: la
familia, el amor, la educación, el trabajo profesional, el sufrimiento. ChL (23) ¿Si eso es lo
propio de los laicos, qué harían tantos clérigos y religiosos en dichas tareas? ¿Ellos también
no aman y sufren como los laicos? Identificar al laico sólo con lo del mundo puede llevar a una
pérdida de identidad eclesial o, en el peor de los casos, a tener dos vidas separadas: la del
ciudadano y la del laico.

Al enviar a los laicos al mundo, la Iglesia, sus asuntos, organización, doctrina y magisterio
quedarían reservados sólo para unos pocos profesionales al respecto: los clérigos. Como
sucede muchas veces, el laico tendría que ir a cambiar un mundo con directrices, criterios,
normas, etc, que han sido dados por otros que no pertenecen al mundo pero que sí poseen el
derecho de decirle al mundo y a los laicos cómo deben ser.... Se produce entonces una

17
PARENT, Op. cit... Un buen resumen puede apreciarse en pp35-40
18
IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales. 23
paradoja que nos recuerda el caso del rey que se creía amo del universo y que enviaba al
Principito como su embajador a lugares que el mismo rey no conocía y sobre los que no tenía
ningún control19. Por eso, el laico no puede perder nunca su identidad eclesial...

B. Una invitación a tomarnos en serio

La posición del laico en la Iglesia

Uno que se preparaba para el bautismo de adultos preguntó a un sacerdote


católico cuál era la posición del laico en la iglesia. La posición del laico en nuestra
iglesia -respondió el sacerdote - es doble: ponerse de rodillas ante el altar, es la
primera; sentarse frente al púlpito, es la segunda. El cardenal Gasquet añade:
“Olvidó una tercera: meter la mano en la monedera”20

Muchas veces decimos “la Iglesia dice... piensa... hace, etc” identificando la Iglesia con unos
pocos, con sus autoridades. Muchas veces pagamos caro el exceso de abdicar de nuestra
condición de miembros responsables de la Iglesia. El crédito o descrédito de opiniones y
acciones personales no puede generalizarse a toda la Iglesia sobre todo cuando la gran
mayoría, laicas y laicos, no participamos en ellos. Los laicos somos también la Iglesia y del
testimonio que demos depende enormemente que el mundo crea... Por eso realizo una
invitación a repensar la participación del laicado en la Iglesia. La invitación es en el fondo la
misma, pero la separo según las tareas que cada uno puede asumir en tres grupos: la jerarquía,
los religiosos y los laicos.

 A la jerarquía

La tarea de la jerarquía no es fácil ni siempre bien comprendida. Muchos obispos y


sacerdotes han demostrado que es posible vivir sirviendo desde la autoridad. Sin embargo,
entiendo que es necesario se crítico para tratar de mejorar juntos. Esta primera invitación
podría ser suscrita por los religiosos, quienes en la estructura jerárquica están considerados
iguales que los laicos.

Que no dialogue consigo misma. Podemos preguntarnos cuáles son los niveles de
participación, tanto de los laicos como de los religiosos, en la estructura y organización de la
Iglesia. El Concilio alentó la formación de instancias como consejos en los cuales los fieles
puedan presentar su opinión y parecer en los asuntos de la Iglesia según el nivel (parroquia o
diócesis u obra de que se trate)21. De hecho, vemos como un signo positivo la implementación
de consejos de laicos. Sin embargo, constatamos que muchas veces el rol “consultivo” es
estrecho. Consulta no significa corresponsabilidad. De todos modos, queda en manos de la
jerarquía el decidir. Muchas veces se actúa y se decide como si no hubiera habido verdadero
diálogo. Incluso constatamos que a veces las instancias de diálogo se convierten en “tapa
huecos” de la organización o excelentes excusas para santificar pareceres personales. ¿Es
sólo consultiva la opinión del laico? ¿qué nos garantiza que la autoridad no haya dialogado sólo
consigo misma?
19
SAINT-EXUPÉRY, Antoine de. El Principito. Santa fe de Bogotá, Lito Imperio, pp38-40
20
CONGAR, Yves. Jalones para una teología del laicado. Barcelona 1963, p. 7
21
Cfr. LG 37. Se alienta al diálogo clérigos-laicos pero también a la obediencia final de los últimos.
Habría que recuperar la práctica de la “recepción” del pueblo de Dios 22. Entendemos por
recepción la participación activa de la Iglesia en aceptar determinaciones que el mismo cuerpo
eclesial no se ha dado. Durante el primer milenio, por recepción se aceptaron los concilios, el
canon bíblico, prácticas litúrgicas, canonización de santos. Lo contrario es la “contestación”:
el rechazo eclesial a algo que no ha sido bien mandado o bien expresado.

Que no monopolice los poderes en la Iglesia. En las sociedades democráticas, se suele


hablar de tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Es cierto que la democracia no es una
forma de gobierno perfecta ni tiene que imponerse en ámbitos que no son de su competencia,
como lo es la Iglesia. Sin embargo, dado que la democracia nos ha enseñado mucho sobre lo
sano de la repartición de poderes y roles, creo que la comparación puede arrojar luces. Así,
aunque no lo justifiquen los documentos de la Iglesia, en la práctica los tres poderes son
detentados completamente por la jerarquía:

a) el poder ejecutivo corresponde a la curia romana encabezada por el papa, luego vienen los
obispos en sus diversas jurisdicciones, y los párrocos. El nombramiento de autoridades y
la definición de tareas es responsabilidad final del clero. ¿No corresponde también una
palabra más fuerte a los fieles sobre las autoridades más idóneas para el gobierno
eclesial? ¿Y una vez nombradas las autoridades, el laico es sólo un ejecutor ciego y
obediente en la tarea del Reino, o puede también ayudar a escrutar los signos de los
tiempos y colaborar en la planificación y organización apostólica de la Iglesia?. Citemos un
ejemplo <<Hasta el siglo XIII, la elección episcopal se realizaba por toda la comunidad
local. Los testimonios son abundantísimos y revelan lo habitual de dicha práctica>>23.
b) el poder legislativo corresponde a las Congregaciones alrededor de la curia24 y a quienes
promulgaron el derechos canónico, y en parte a quienes aprueban los documentos
conciliares (obispos) ¿no tienen también los laicos palabras competentes sobre los
diversos asuntos de los que se ocupa el derecho canónico como de las observaciones en los
asuntos doctrinales, especialmente cuando todo ello tiene que ver con los asuntos del
mundo? Por ejemplo, ¿cuánto participan los laicos en los asuntos sobre el matrimonio y la
sexualidad? ¿se obtiene la perspectiva correcta sobre el matrimonio desde el celibato?
c) el poder judicial, la administración de las sanciones y la resolución de diversos conflictos y
dificultades que aparecen en la vida también corresponde a la jerarquía a través de los
tribunales eclesiásticos. Es cierto que pueden ser asistidos por laicos (como abogados
civiles) pero los fallos corresponden al clero. ¿Qué colocó al clero del lado que permite
juzgar las acciones de los fieles mientras que a ellos sólo les queda aceptar su veredicto?
Por ejemplo, todos los temas referentes a la nulidad o separación del matrimonio aparecen
como temas especialmente polémicos en los tribunales. La nulidad y/o separación no
concedida en algunos casos obedece más a una cerrazón y un apego estricto a ciertos
conceptos que en efecto al bienestar de las personas implicadas, como también a lo
engorroso del trámite.

22
Cfr. CONGAR, Yves. La recepción como realidad eclesiológica. http://servicioskoinoni.org/relat/322. CODINA,
Víctor. Op cit pp 47
23
CODINA, Víctor. Op cit pp 46
24
Baste citar por ejemplo la Congregación para la doctrina de la fe que ha cumplido un rol a veces demasiado
protagónico en los últimos años.
Qué confíen más en el laicado. No me refiero sólo a la trasmisión de responsabilidades, o
concesión de ministerios como se suele decir. La palabra concesión, encargo, envío, remite a
que siempre hay alguien que tiene el poder de conceder, encargar y enviar. Y muchas veces
hemos entendido esto como una tarea tácita de la jerarquía25. La experiencia de laicos en
comunidades demuestra que es posible, rico y un don de Dios el envío comunitario dentro del
propio estilo laical26. Todavía tenemos que precisar más el tipo de autoridad que compete al
laicado y su autonomía.

Por otra parte, se dice que una de las principales misiones de la jerarquía es examinar los
carismas y discernir cuáles son o no propios del Espíritu27. Definitivamente es una tarea
delicada y, tal vez, demasiada responsabilidad. ¿Por qué no confiar más en el propio
discernimiento del laicado? ¿por qué no tratarnos más como adultos: personas maduras y
autónomas? El lenguaje de las ovejas y pastores es muy tierno pero a veces ingenuamente
podemos caer en paternalismo, heteronomía (dependencia de otro), y pasamos de ser ovejas a
ser ovejitas tiernas que dicen “Amen” a todo y pierden toda perspectiva crítica y originalidad.
¿Dónde quedó la doctrina de la conciencia como lugar privilegiado donde el Creador se
comunica con su criatura y que, por tanto, tiene no sólo la posibilidad sino el deber de la
responsabilidad última sobre sus acciones? La Iglesia discierne también por medio del laico28.

Repensar qué nos constituye como Iglesia. Está claro que la Iglesia tiene una misión: ser
sacramento de salvación. La Iglesia será la Iglesia de Jesús si es fiel a la misión
encomendada: la unidad de la humanidad, la comunión con Dios29. Eso es lo más importante, lo
que nos constituye Iglesia por encima de la organización. Esta tarea encuentra su núcleo en la
celebración de la eucaristía como anticipo real, como fuente y cima de toda la vida cristiana
(LG 11, SC 9-13). Si es el acto central de nuestras vidas, cabe preguntarse qué papel cumplen
los laicos en ella. Recordemos que “la Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía hace a la
Iglesia”. ¿Los laicos son sujetos activos para que la eucaristía se realice?

La constitución sobre la Liturgia, Sacrosantum Concilum (1963), introdujo enormes cambios en


la celebración. Por fin la mayoría de laicos podía entender lo que se dice en la misa ya que se
permitía que se celebre en el idioma de la Iglesia local. Además, se intentó promover una
participación activa de los fieles para que no sean sólo extraños y mudos espectadores. Pero
la participación activa consiste en aclamar, responder, orar, cantar y en algunas acciones o
gestos y posturas corporales (SC 30 y 48). Esto es un paso importante, por ejemplo el hecho
de que las peticiones de los fieles sean incorporadas. No obstante, está claro que toda la
autoridad sobre la liturgia pertenece a la jerarquía (SC 22). Puede un sacerdote solo
celebrar la eucaristía pero mil laicos o religiosas no. Entonces no dejamos de ser
espectadores. La eucaristía es central en nuestra vida, mas nuestra participación en ella sigue
25
Y otras veces es la jerarquía la que insiste en ello. Por ejemplo, ChL 23 previene para que no todas las funciones del
laico (predicar la palabra, asistir en la liturgia, etc) sean consideradas ministerios y resalta que el ejercicio de estas
tareas es excepcional y no hace del laico un pastor. Es más, la efectividad de la tarea depende de que sea concedida por
quien sí ha recibido el orden ministerial (en última instancia el clero).
26
La CVX es un ejemplo al respecto, pero podría serlo mejor si se toma más en serio esta importante tarea. La
Comunidad Mundial de Vida Cristiana tiene autoridad eclesiástica concedida canónicamente por la Santa Sede; por
tanto, puede y debe enviar a sus miembros según el discernimiento comunitario. Cfr. Normas Generales 32, de la CVX.
27
Cfr. LG 10; ChL 20 y 22
28
Cfr, LG 35; Gaudium et Spes 15, 16 y 17; Familiarias Consortio 5. Muchas veces las autoridades han olvidado estas
páginas.
29
GONZALES-FAUS, José. ¿Para qué la Iglesia?. Cuadernos Cristianismo y Justicia n° 121, 2003, pp3-6
restringida como ante un espectáculo en el que también aclamamos, cantamos y movemos el
cuerpo. ¿Podemos ser más actores?

 A los religiosos

Admiro la entrega de muchos religiosos. Su estilo, su gratuidad y compromiso me cuestionan


siempre. Dado que el próximo número de Cuadernos de Espiritualidad (107) estará dedicado al
tema de la vida religiosa con un pedido expreso de parte de los laicos a ellos, sólo quiero
indicar dos ideas que serán desarrolladas en el próximo número.

No contraponer modos de vida. El religioso se ha distinguido tradicionalmente del laico por


vivir con mayor radicalidad el evangelio, por estar más disponible a cualquier tipo de misión en
cualquier parte del mundo, por tener un amor más multiplicador. ¿Realmente es así, al menos
en la mayoría de casos? Rotundamente creo que es dañino para ambos contraponer los modos
de vida y hacerlos competir en dignidad o radicalidad de seguimiento. Afirmemos
categóricamente: el seguimiento cristiano coherente es tan difícil para un laico como par un
religioso si es que es llevado hasta sus últimas consecuencias. Ninguno está exento de la
pasión y, afortunadamente, tampoco de la resurrección.

Tal vez habría que cambiar el lenguaje o la concepción tradicional de los consejos evangélicos.
Así, los votos de castidad, pobreza y obediencia tienen su contraparte en la vida laical.
Podemos hablar también de fidelidad, austeridad y disponibilidad desde las condiciones
propias de un matrimonio. Hay muchos laicos que viven estos tres valores; y
desgraciadamente también hay muchos religiosos que no viven los suyos. Los estados y estilos
religioso y laical no pueden compararse en radicalidad porque son distintos y complementarios.
No podemos caer en esa tentación de compararnos.

Por ejemplo, considero inconcebible que se pueda revalorar el matrimonio y ofrecerlo como
verdadero camino de santidad mientras hay textos como: <<La virginidad testimonia que el
Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor
[como el matrimonio????] aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor
definitivo. Por eso la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad
de este carisma frente al del matrimonio...>>30. Poco antes el texto había afirmado la igual
dignidad de virginidad y matrimonio. ¿qué podemos pensar?

Sentirnos compañeros en la misión. Los tiempos actuales de globalización de la economía,


cultura, etc., requieren nuevas estrategias apostólicas y, sobre todo, volver a la experiencia
fundante del cristianismo: ser una comunidad unida por la fe al servicio de la humanidad. Esta
idea puede traducirse en diversas expresiones. Los miembros de la Iglesia, más allá de las
diferencias jurídicas y de roles, debemos considerarnos comunidad en misión, pueblo de Dios,
templos del Espíritu, etc. Todas estas frases definen algo de lo que la Iglesia es y está
llamada a ser. Si la Iglesia es sacramento de la salvación (LG 1), señal para que el mundo crea,
entonces las relaciones de sus miembros deben ser también sacramentales.

30
Familiaris Consortio 16
Debemos vivir entre nosotros, laicas, laicos, religiosos, religiosas y clérigos relaciones basadas
en la caridad de modo que podamos algún día recuperar el atractivo y fascinación que
ejercieron las primeras comunidades. No solamente debemos sentirnos y actuar como
compañeros en la misión para dar más fruto; sino que al vivir como amigos en el Señor31
seremos testimonio verídico del amor de Dios. En las diversas plataformas dentro de la
Iglesia (parroquias, colegios, obras diversas, etc.) como fuera de ella (espacios públicos) los
cristianos estamos llamados a vivir la fraternidad de quienes se consideran hijos de un mismo
Padre.

A la vez esto puede ser una estrategia importante para la evangelización. A propósito de
nuevas experiencias de colaboración y corresponsabilidad en la misión, se habla de crear
redes, de vínculos especiales, incluso sea ha creado un término: el nuevo sujeto apostólico32.
Por ejemplo, la experiencia de la Red Apostólica Ignaciana en el Perú está demostrando que
podemos dar más y mejor fruto si pescamos juntos. Las relaciones de horizontalidad y
especialmente de cariño que vivimos allí son un signo visible de la presencia de Dios con
nosotros. Debemos repotenciar todos los espacios eclesiales y favorecer el encuentro de
carismas y espiritualidades.

 A los laicos

La invitación especial es al laicado en general, hombres y mujeres, jóvenes y adultos de


cualquier espiritualidad. Nadie puede tomar en serio a quien no se toma en serio a sí mismo.
Por tanto, requerimos de una conversión hacia nuestra propia vocación laical. Tenemos una
gran tarea y una gran deuda para con nosotros mismos. ¿Qué me pediría a mí mismo y a los
demás laicos?

• No encerrarnos en lo eclesial ni dedicarnos sólo a lo del mundo. Debemos


ganar en participación dentro de la Iglesia, pero no podemos olvidar que la Iglesia no tiene
como fin a ella misma, sino la evangelización del mundo. Nuestra presencia activa en ambos
espacios consolidará nuestra identidad. ¡Desde la Iglesia y el mundo a la Iglesia y al
mundo... como laicos y ciudadanos!

• No separar fe y vida. El laico de hoy vive en una permanente tensión. Por un


lado, no puede abdicar de su ser iglesia, de su condición eclesial, de su sacerdocio
cristiano. Por otro lado, no puede abdicar de su ser ciudadano, ser agente político,
económico y social en la esfera más pública como tampoco puede abdicar de su ser pareja,
padre o madre, hijo, en la esfera más privada. Siendo siempre íntegros y auténticos,
daremos un mejor testimonio.

• No ser clericalistas. Tenemos que eliminar la concepción de que el laico es


mejor laico cuanto más se parece a un clérigo. Tal vez, los más grandes clericalistas de
nuestra época somos los propios laicos. Quitémonos la pereza de pensar y discernir por
nosotros mismos y sirvamos así a la misión de la Iglesia.

31
Expresión que le gustaba a Ignacio de Loyola.
32
ANTONCICH, Ricardo. Aclaraciones al concepto de nuevo sujeto apostólico. En: Cuadernos de Espiritualidad.
Lima, Centro de Espiritualidad Ignaciana, 2004, N° 105, pp7-17
• Mayor creatividad e intrepidez. Precisamos audacia para poder salir del
letargo, no por un afán reivindicativo, sino por fidelidad a quien tanto nos ama y al sueño
que tiene para la humanidad. Hay que innovar en fidelidad a la Iglesia y dejar que el
Espíritu se trasparente a través de nosotros. Confiemos en que Dios actúa a través de
nosotros.

• Tomarnos más en serio la formación. Todo lo anterior requiere tomarnos más


en serio la formación. No podemos ser sólo excelentes profesionales si la mayoría de
veces descuidamos nuestra formación integral para concentrarnos en una especialidad
según el mercado, y especialmente descuidamos la formación teológica. Si queremos
mayor participación en la Iglesia, tratemos de que nuestra palabra sea significativa. El
primer medio de evangelización deben ser nuestras acciones, pero debemos estar
preparados para hablar de Dios en los lenguajes que Dios requiera.

• Profundizar nuestro ser laical. El laicado es una vocación, una tara por asumir,
un estilo de vida por construir cada vez más cristianamente según lo que Dios pida en
nuestros contextos sociales y personales. Por tanto, estamos llamados a descubrir
constantemente la riqueza de esta vocación y ponerla al servicio del Reino.

• Vivir radicalmente nuestro sacerdocio. No podemos olvidar que el laico es


ungido sacerdote con Cristo al ser bautizado en su Espíritu. Tiene la misión de ofrendar
su vida y su quehaceres para gloria de Dios. Compartimos también el oficio profético
(incluyendo el anuncio y la denuncia) y el linaje real de Cristo.

• Recibir nuestra vocación como un don de Dios. Finalmente, no podemos ser


laicos por negligencia: porque no pude ser religioso ni porque me case demasiado joven o
algo así. El ser laico o laica es una vocación cristiana, debemos asumirla agradecidamente
como un regalo de Dios, como algo que Dios nos ofrece para nuestra felicidad, como un
camino de santidad, un tesoro, una gracia.

Quiero y valoro mucho la diversidad de estilos laicales y estoy muy agradecido de laicos y
laicas tan diversos que me han enseñado demasiado. Son un don y enriquecen la Iglesia. Sin
embargo, escribí especialmente esta parte pensando en rostros muy concretos de los
miembros de las CVXs a las que me toca servir estos años. Espero que la Comunidad Mundial
de Vida Cristiana siga aportando cada vez más a profundizar la identidad laical33.

33
Perfil CVX Perú. Dimensión Comunitaria.
LAS LAICAS ¿NOS TOMAN EN SERIO?

Pilar Romani

CVX – Perú

En los últimos años la presencia de los/as laicos/as como parte de la Iglesia, pueblo de
Dios, ha ido cobrando más cuerpo; sin embargo queda camino por recorrer tanto en el
ambiente del clero como del laicado mismo.
En el presente artículo deseo compartir unas reflexiones desde mi ser mujer que busca
seguir al Dios Todoamoroso34 desde la cotidianeidad que me toca vivir, sobre nuestra
vocación laical, la necesidad de una formación seria para un mayor compromiso y el
amplio horizonte de nuestra misión.
De esta manera espero dar algunas pistas sobre el título, arriba señalado, pues en la
medida en que nosotras las laicas tomemos en serio nuestro rol, lograremos ganar el
espacio que nos corresponde en la Iglesia para ayudar a construir el Reino de Dios en
nuestra sociedad tan necesitada de justicia, paz, reconciliación; es decir hacer realidad el
Evangelio en nuestro aquí y ahora.

Nuestra vocación laical


Uno de los textos que ha iluminado de manera especial mi vocación de laica cristiana miembro
de la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) es el de Mt. 28, 1-10, en el cual se nos narra una de
las apariciones de Jesús resucitado. A continuación, cito y comparto reflexiones del mismo.

“Pasado el sábado, al aclarar el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra
María a visitar el Sepulcro” (v.1-2)
Dos mujeres del entorno de Jesús, con quienes nos podemos identificar fácilmente.
Sabemos que en los tiempos de Jesús el trato entre hombres y mujeres era muy mal
visto, era inconcebible la amistad entre ellos. Sin embargo, Jesús se relacionó con ellas
en un trato horizontal, sencillo, dándoles así su dignidad, un lugar en la sociedad.
Imaginemos la huella profunda que El deja en sus vidas, hasta hacerlas mujeres de
acción integrada (fe y vida). ¿Podemos reconocer cómo ha marcado Jesús nuestra vida?
¿Soy mujer de acción integrada?

“El Angel dijo a las mujeres: Ustedes no tienen por qué temer. Yo sé que buscan a Jesús,
que fue crucificado. No está aquí pues ha resucitado, tal como lo había anunciado. Vengan
a ver el lugar donde lo habían puesto, pero vuelvan enseguida y digan a sus discípulos: Ha
resucitado de entre los muertos y ya se les adelanta camino a Galilea. Allí lo verán ustedes.
Con esto ya se lo dije todo.

34
Antoncich, Ricardo, Charla Fe y Política, Ecuador 2004
Ellas se fueron al instante del sepulcro, con temor, pero con una alegría inmensa a la vez, y
corrieron a llevar la noticia a los discípulos” (v. 5-8)
¡Que detalle de amor de nuestro buen Dios a las mujeres! Las discriminadas, las que no
contaban en aquella sociedad judía son las depositarias de la Buena Nueva; ¡Jesús Vive! ¡Ha
resucitado! ¡Vive para siempre! Ese encuentro con el Resucitado les produce sentimientos
encontrados: un temor que es superado por la alegría de sentirse amadas, convocadas y
enviadas por Jesús.

“En eso Jesús les salió al encuentro en el camino y les dijo: “Paz a ustedes.” Las mujeres
se acercaron, se abrazaron a sus pies y lo adoraron. Jesús les dijo: “No tengan miedo.
Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán.” (v. 9-10)
Otra bella muestra del lugar preferencial que daba a las mujeres. Mientras para el
judaísmo, la mujer era indigna de acercarse a Dios; aquí Jesús, les sale al paso para que
no les quede duda que ha resucitado. Las acoge, con todos sus temores, limitaciones,
debilidades y les da “Paz”. Esta iniciativa amorosa, motiva una respuesta amorosa de las
mujeres, quienes prestamente van a anunciar la noticia a los demás.

Me resulta muy significativo, todo un “símbolo”, que Jesús resucitado haya querido
aparecerse primero a las mujeres. Su especial sensibilidad por los marginados, los
desvalidos le llevan a hacer esta opción. Y no sólo ello, además nos da la misión de
evangelizar, con lo cual queda demostrado que la mujer tiene también una importante
tarea que cumplir.

Formación para la misión


Nuestro referente básico de vida en común son, sin duda, las primeras comunidades cristianas
y de ellas recibimos este testimonio: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, a la convivencia, a la fracción y a las oraciones” (Hch, 2, 42) Hoy en nuestra
realidad, si bien existen laicos y laicas que han asumido su compromiso formativo, todavía
estamos en camino hacia la frecuencia y la profundidad que el texto de Hechos nos revela,
especialmente nosotras, laicas, requerimos mayor esmero en nuestra formación espiritual,
humana, bíblica, socio-política, etc.; evitando asumir conceptos erróneos, tales como “eso es
cuestión del clero”.
Vivimos demasiado involucrados en nuestras responsabilidades familiares, laborales,
comunitarias, apostolados...; en un mundo ruidoso y activista que nos aleja de Dios.
No se trata de dejar de lado nuestras actividades porque es propio de los laicos estar en el
mundo. Sino de iluminar nuestro ser y quehacer desde nuestra experiencia de fe, buscando a
Dios en nuestra vida cotidiana, preguntarnos qué me dice Jesús en lo que me pasó (por
ejemplo) con un compañero de trabajo, o con un disgusto que tuve en casa, o con un problema
(enfermedad, falta de dinero, fracaso amoroso...) o con un logro alcanzado: el puesto de
trabajo tan ansiado que conseguí... Es decir, pedir y desarrollar el ser contemplativos en la
acción.

Nuestra misión
Estamos llamadas a hacer de éste un mundo más humano, más parecido a lo que Dios planeó
desde su determinación por redimirnos. Nuestro campo de acción es amplio. Con satisfacción
puedo decir que conozco a varios laicos y laicas que se toman en serio su vida espiritual y su
misión en la Iglesia y la sociedad. Un ejemplo claro de ello es 35el testimonio revelado por el
Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. En este sentido cabe resaltar las
palabras del Dr. Salomón Lerner Febres en la entrega del mismo al Presidente de la República
del Perú el 28 de agosto de 2003:

“En el Informe Final se habla de vergüenza y de deshonra; sin embargo, hablan también por sí
solos, en sus páginas, actos de coraje, gestos de desprendimiento, signos de dignidad intacta que nos
demuestran que el ser humano es esencialmente magnánimo. Ahí se encuentran quienes no renunciaron
a la autoridad y la responsabilidad que sus vecinos les confiaron; ahí se encuentran quienes desafiaron
el abandono para defender a sus familias convirtiendo en arma sus herramientas de trabajo; ahí se
encuentran quienes pusieron su suerte al lado de los que sufrían prisión injusta; ahí se encuentran los
que asumieron su deber de defender al país sin traicionar la fe; ahí se encuentran quienes enfrentaron
el desarraigo para defender la vida. Ahí se encuentran: en el centro de nuestro recuerdo.”

No sólo hemos tenido una situación de extrema violencia política que afectó a nuestro país y
de manera más cruenta a los sectores más pobres y olvidados de nuestra sociedad, sino que en
medio de tal tragedia muchos hombres y mujeres pobres y humildes también pero llenos de
dignidad, coraje y solidaridad supieron encarnar los valores evangélicos esenciales para la
siembra de la esperanza y del surgimiento de la justicia social.

Nuestro país sigue hoy convulsionado por situaciones de corrupción, desatención de las
necesidades básicas de la población e injusticia. Por ello, debemos guardar en nuestra
memoria afectiva esos testimonios que nos impulsen a comprometernos en la reconstrucción
del tejido social y a evitar situaciones como las expuestas en el Informe de la CVR. La
reconciliación pasa por el reconocimiento y la reparación a las víctimas. Tenemos allí un
ámbito concreto en el cual incidir como laicas ciudadanas y cristianas, es el momento para dar
un testimonio de parte y evitar posturas imparciales o indiferentes, porque Jesús apostó por
el ser humano y encarnó la esperanza en la extrema y difícil situación que le tocó vivir.

35
Lerner Febres, Salomón, Discurso de entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación